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En el contexto americano, pocos grupos indígenas han demostrado la capacidad de sobrevivir a lo largo de la historia como los mayas del altiplano. Hoy día en Chiapas existen más de un millón de indígenas mayas, un número que asciende a cinco o seis millones en el caso de Guatemala. Los pueblos mayas han respondido a la invasión y a la dominación para conservar elementos importantes de su cultura. Este artículo discute las formas en que los mayas del altiplano se han adaptado para sobrevivir a casi cinco siglos de conquista, identificando tres fases claves en su trayectoria histórica: (1) la experiencia colonial, que abarca los años entre 1524 y 1821; (2) una época de reforma y revolución, que corre de 1821 a 1954; y (3) un período de marginalización y descuido desde 1954 en adelante. Pese al desfío, los mayas del altiplano están equipados culturalmente para perdurar. Poco a poco grandes sombras y completa noche envolvieron a nuestros padres y abuelos y a nosotros también, ¡oh hijos míos!....Todos quedamos así. A pesar del lamento del cronista kaqchikel, escrito a mediados del siglo XVI, los mayas del altiplano mantienen una presencia vibrante que ningún americanista puede descartar. Incluso los censos gubernamentales moder-1 Este artículo refleja un interés personal en el tema que se remonta a mi primera visita a Chiapas y Guatemala, viaje que occurió en 1974. Desde entonces, no sólo he tenido la oportunidad de explorar el altiplano maya, sino de realizar investigaciones históricas sobre él y sus habitantes en otras partes, especialmente en el Archivo General de Indias en Sevilla. A través de los años, mi trabajo ha sido financiado por la University of Alberta, la Queen's Universty, el Killam Program of the Canada Council, el Social Sciences and Humanities Research Council of Canada y el Ministerio de Educación y Cultura de España. Otra versión del artículo, en inglés, fue publicado en Richard E.W. Adams y Murdo J. MacLeod, editores, The Cambridge History of the Native Peoples of the Americas, Vol II, Part 2, Mesoamerica (New York: Cambridge University Press, 2000), págs. 392-444. Para esta versión en castellano se han hecho varias modificaciones y revisiones al texto original. El argumento central -supervivencia cultural no obstante la dura realidad de un proceso de conquista que todavía sigue-también se ha articulado en lecturas, mesas redondas, y ponencias presentadas en la Escuela de Estudios Hispano-Americanos, la Universidad Internacional de Andalucía, la Universidad de Sevilla y la Universidad Pablo de Olavide. A mis colegas en estas instituciones, y a sus energéticas cantidades de estudiantes, quiero expresar mi aprecio y gratitud. Como en otras ocasiones, la mano creativa del Dr. Eddy Gaytán, lingüista y traductor, me ayudó mucho. nos, que tienden a enumerar menos indígenas de los que en realidad hay, registran poblaciones mayas considerables, actualmente más de un millón en el estado mexicano de Chiapas y entre cinco y seis millones en el caso de Guatemala. Si, en el contexto nacional de México, los mayas de Chiapas existen como una de docenas de minorías indígenas entre una masa de mestizos, sus contrapartes del otro lado de la frontera constituyen una fuerza demográfica más palpable, ya que los pueblos mayas comprenden aproximadamente la mitad de la población de Guatemala (Cuadros 1-4). Los números son importantes pero, aislados, meramente rasguñan la superficie de nuestra exposición. Sólo contemplando a los mayas desde una perspectiva histórica puede ser apreciada, más completamente, su conspicua presencia. ¿Quiénes son estos pueblos nativos? ¿Cómo, a través de los siglos, se las han arreglado para sobrevivir? ¿Qué clases de vidas han vivido? ¿Por qué debería preocuparnos su suerte? Tales preguntas han encendido debates durante bastante tiempo, desde la valiente postura adoptada por europeos ilustrados como Bartolomé de las Casas, fraile dominico que defendió los derechos de los indígenas en el siglo XVI, hasta la voz apasionada de Rigoberta Menchú, mujer maya cuya condecoración con el Premio Nobel de la Paz en 1992, al igual que los comunicados del subcomandante Marcos después de la sublevación zapatista en 1994, centraron la atención internacional en iniquidades más recientes, amenazas más recientes a la supervivencia maya. CUADRO Fuente: Para 1950, véase Flores, Anselmo Marino: "Indian Population and Its Identification," en Handbook of Middle American Indians, vol. 6, Austin: University of Texas Press, 1967, pág. 22 y Evon Z. Vogt, "The Maya," en Handbook of Middle American Indians, vol. 7, Austin: University of Texas Press, 1969, pág. 23; para 1980, véase Francesc Ligorred, Lenguas indígenas de México y Centroamérica, Madrid: Editorial MAPFRE, 1992, pág. 223; y para 1990, véase La Jornada, 15 de diciembre de 1991. De Vos, Jan: Vivir en frontera: La experiencia de los indios de Chiapas, Ciudad de México: Instituto Nacional Indigenísta, 1994, pág. 35, proporciona una cifra de 716.012 personas en Chiapas que pueden hablar "alguna lengua autóctona." Esta cifra incluiría un número de hablantes nativos no mayas. Véase también Viqueira, Juan Pedro: "Chiapas y sus regiones," en Viqueira, Juan Pedro, y Ruz, Mario Humberto (editores): Chiapas: Los rumbos de otra historia (México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1998), págs. 19-40. La supervivencia misma es la cuestión clave, pero se trata de una cuestión que debemos considerar cuidadosamente. Debemos proceder con cautela, para no romantizar o simplificar lo que pasó en la historia. Las páginas de National Geographic están llenas de retratos lustrosos de pue- Tomo LIX, 1, 2002 blos mayas que aparecen como reliquias anacrónicas, recuerdos de una edad dorada anterior a la conquista española. Los textos marxistas cultivan otra imagen, una imagen en la que los pueblos mayas aparecen como víctimas inertes, forjadas y preservadas por la explotación colonial y neocolonial. Ninguna de las dos construcciones corresponde a lo que ahora sabemos que han sido experiencias variables, ya que la confrontación entre los indígenas y los no indígenas fue algo que se diferenció bastante marcadamente de región a región, si no de un lugar a otro dentro de una región. Si consideramos a los mayas como sujetos, no como objetos, si vemos más allá de mitos anticuados y estereotipos clichés, entonces tal vez podemos verlos como actores sociales, como agentes humanos que responden a la invasión y la dominación para moldear, por lo menos en parte, elementos importantes de su cultura. Este artículo delinea algunas de las formas en que los mayas del altiplano han reaccionado y respondido para sobrevivir a casi cinco siglos de conquista. Para construir una narrativa, se coloca la evidencia en forma de pirámide, pirámide en la que la base del tiempo pasado se va estrechando hacia la cúspide del tiempo presente. Tal estructura está diseñada para poner de relieve las fuerzas históricas que dan forma a, y el contexto histórico que enmarca, las penalidades actuales. La experiencia colonial, que abarca los años entre 1524 y 1821, recibe especial atención, ya que fue durante este período cuando se moldeó irreductiblemente la desigualdad que imperó en épocas posteriores. Las vicisitudes de la vida maya en los siglos XIX y XX se tratan más sumariamente en dos períodos, uno de reforma y revolución de 1821 a 1954, otro de marginalización y descuido desde 1954 en adelante. En la descripción de patrones amplios y tendencias generales se incluyen casos específicos, mecanismo que nos permite obtener un equilibrio entre proporcionar datos esenciales y dar detalles. Después de sus logros en Tenochtitlán, cuyas consecuencias colocaron gran parte del área central de México bajo control español, Hernán Cortés y sus hombres dirigieron su atención a tierras que los informantes les dijeron quedaban al sur y al este, en regiones distantes, donde llegaba la influencia azteca pero donde la autoridad azteca generalmente no predominaba. Chiapas y Guatemala eran dos de estas regiones, quizás mejor Fuentes: Para 1973, véase Pamela Sheetz de Echerd, ed., Bibliografía del Instituto Lingüístico de Verano de Centroamérica (Ciudad de Guatemala: Instituto Lingüístico de Verano, 1983), págs. 4-7; para 1980, véase Francesc Ligorred, Lenguas indígenas de México y Centroamérica (Madrid: Editorial MAPFRE, 1992), págs. 220-23; y para 1992, véase Leopoldo Tzian, Mayas y Ladinos en cifras: El caso de Guatemala (Ciudad de Guatemala: Editorial Cholsamaj, 1994), 20-25. Tzian considera que el Achí es una variante del K 'ich' e. Los mopanes y los itzajes son grupos mayas de las tierras bajas. conocidas en Tenochtitlán por la calidad del cacao, la cochinilla y las plumas de quetzal que producían. Cuando los españoles se aventuraron en estas partes, se enfrentaron a situaciones difíciles en las que las guerras de conquista había que hacerlas no contra un estado unido, bien integrado, sino contra naciones pendencieras, distintas unas de otras, acostumbradas durante mucho tiempo a guardarse resentimiento y agraviarse unas La expedición que Luis Marín encabezó a Chiapas, en febrero de 1524, encontró allí varias sociedades bien organizadas, ninguna de ellas especialmente poderosa, pero todas capaces de valerse de lealtades locales resueltas. El pequeño grupo de Marín avanzó por la región zoque, la parte más occidental de Chiapas, sin ninguna dificultad. Los zoques, cuyo idioma los vincula más a los mixes que a los mayas, ocupaban entonces territorio situado en medio de la Cuenca de Grijalva. Río arriba, en el lugar de la actual Chiapa de Corzo, Marín peleó con los chiapanecos, grupo de origen no determinado. Después de la rendición de estos, Marín marchó con sus hombres hacia el corazón del altiplano central, donde lo esperaban pueblos mayas más apropiadamente definidos. Pasó por Zinacantán, antes de enfrentarse a fuerzas tzoltziles en Chamula. En lugar de ir hacia el este y hacia el sur en dirección a Guatemala, lo cual habría resultado en escaramuzas con comunidades tzeltales y tojolabales, Marín regresó hacia el norte, ruta a Tabasco. Su expedición, en general, tenía más que ver con un reconocimiento estratégico que con el establecimiento formal de dominio español. No fue sino hasta casi cuatro años después, época en la que Pedro Portocarrero y Diego de Mazariegos ya habían vuelto a entrar a Chiapas por diferentes direcciones y con ejércitos más grandes, cuando los pueblos mayas del altiplano central cayeron bajo un dominio español más efectivo. Su territorio fue inicialmente administrado como parte de Nueva España, a partir de entonces (1530-1821) como parte de Guatemala, salvo durante un período breve de cuatro años (1540-44) cuando Chiapa (como los españoles llamaban a la provincia del interior) se autogobernó. El núcleo del asentamiento español en Chiapas era Ciudad Real, el actual San Cristóbal de las Casas. Poco antes de que Marín penetrara desde el norte, las fuerzas dirigidas por Pedro de Alvarado recorrieron el litoral de Soconusco, región situada por debajo de la Chiapa española, al sur de la Sierra Madre, rumbo a Guatemala. No encontraron ninguna resistencia apreciable a lo largo de la Costa del Pacífico. Sin embargo, después de subir al altiplano guatemalteco hubo varias batallas. Los principales oponentes fueron los k 'iche' s, después de cuya derrota los españoles tuvieron que enfrentarse a otros pueblos mayas, uno por uno, los mames, los ixiles y los ch 'orti' s, sólo tres de los muchos que había. Guerreros kaqchikeles pelearon al lado de los españoles, como en la conquista de los tzutujiles de Atitlán. La alianza kaqchikel, W. GEORGE LOVELL Anuario de Estudios Americanos sin embargo, se debilitó después de escasos seis meses, cuando las excesivas demandas de tributo los hicieron organizar una rebelión que duró casi cuatro años. Los kaqchikeles nos dicen: Luego Tunatiuh [Alvarado] les pidió dinero a los reyes. Quería que les dieron montones de metal, sus vasijas y coronas. Y como no se las trajesen inmediatamente, Tunatiuh se enojó con los reyes y les dijo: "¿Por que no me habéis traido el metal? Si no traéis con vosotros todo el dinero de las tribus, os quemaré y os ahorcaré," les dijo a los señores. En seguida los sentenció Tunatiuh a pagar mil doscientos pesos de oro. Los reyes trataron de obtener una rebaja y se echaron a llorar, pero Tunatiuh no consintió y les dijo: "Conseguid el metal y traedlo dentro de cinco días. ¡Ay de vosotros si no lo traéis! ¡Yo conozco mi corazón! Así les dijo a los señores." Ya se había entregado la mitad del dinero cuando nos escapamos.... Nosotros nos dispersamos bajo los árboles, bajo los bejucos ¡oh hijos míos! Todas nuestras tribus entraron en lucha con Tunatiuh.... Abrieron pozos y hoyos para que los caballos y sembraron estacas agudas para se mataran.... Fueron combatidos por la gente y siguieron haciendo una guerra prolongada.2 Algunos grupos mayas, los q 'eqchi' s y los uspantekos entre ellos, de hecho derrotaron temporalmente a los invasores, antes de sucumbir a actos de agresión posteriores mejor organizados. En una incursión, Portocarrero, responsable de los logros españoles contra los kaqchikeles en 1527, avanzó hacia el norte y hacia el occidente, atravesando Guatemala y luego dirigiéndose a Chiapas, donde se encontró con Mazariegos en Comitán. Este encuentro muy probablemente ocurrió en 1528; para esa época, quizás los pueblos mayas del altiplano central de Chiapas ya estuviesen subyugados, pero los seguidores de Alvarado todavía se hallaban en apuros en Guatemala. No fue sino hasta diez a viente años más tarde, en ciertas áreas mucho más tiempo, cuando los españoles sometieron a los indígenas de Guatemala. La resistencia maya hizo de la subyugación militar un asunto prolongado y sangriento. La capacidad de los pueblos mayas para organizar ejércitos para impedir la intrusión española es un indicio importante de que sus tierras tenían poblaciones bastante grandes. Si persiste el debate en cuanto a cuántos indígenas precisamente estaban vivos cuando los españoles llegaron, menos controvertido es el hecho de que la conquista fue más o menos contemporánea con un proceso de despoblación que duró ya bien entrado el siglo XVII y, en el caso de Chiapas, mucho más allá. El cuadro 5 indica el tamaño variable de los cálculos de contacto propuestos en varios estudios sobre Guatemala. De los cálculos representados, los propuestos por Denevan y por Lovell y Lutz (dos millones en cada caso) se relacionan con todo o una porción substancial del territorio nacional. Solano (300.000) nunca define su orbita espacial claramente, pero sus cálculos incluyen un área enorme. Esto significa que se deben tener presentes las diferencias en extensión territorial cuando se hacen comparaciones entre los cálculos. En Chiapas, nos encontramos con menos estudios sobre la demografía maya colonial, lo cual limita el examen a puntos esenciales. Así como, sin importar el número implicado, ahora existe un acuerdo general de que la despoblación indígena fue drástica, si no catastrófica, también así se reconoce que de la combinación de factores responsables por la disminución, la parte que jugaron las enfermedades epidémicas fue la más crucial. Los mayas del altiplano, como los pueblos indígenas desde Alaska hasta la Tierra del Fuego, no tenían inmunidades naturales contra una serie horrible de infecciones del Viejo Mundo. En consecuencia, se encontraban en una posición vulnerable cuando enfermedades tales como la viruela, el sarampión, las paperas y la peste, transferidas sin querer por conquistadores españoles y esclavos africanos, entraron en sus entornos de suelo virgen. Nuestro conocimiento del alcance de las enfermedades tiende a estar mejor desarrollado para Guatemala. Sin embargo, muchas de las enfermedades que se registraron allí también debe haber afectado a Chiapas. Hasta ocho epidemias masivas atacaron Guatemala entre 1519 y 1632, período en el que también se dieron episodios más localizados. Brotes de enfermedad a menudo provocaban otros escenarios de crisis, ya que la mala salud impedía sembrar las milpas, lo que a su vez provocaba escasez de comida y hambrunas. En el Memorial de Sololá se encuentran numerosas referencias a brotes de enfermedad, ninguna de ellas más gráfica que la descripción de una peste que de hecho llegó a Guatemala antes de que llegaran los propios españoles: He aquí que durante el quinto año [1519-1520] apareció la peste ¡oh hijos míos! Primero se enfermaban de tos, padecían de sangre de narices y de mal de orina. Fué verdaderamente terrible el número de muertos que hubo en esa época.... Era terrible en verdad el número de muertes entre la gente. De ninguna manera podía la gente contener la enfermedad. Grande era la corrupción de los muertos. Después de haber sucumbido nuestros padres y abuelos, la mitad de la gente huyó hacia los campos. Los perros y los buitres devoraban los cadaveres. La mortandad era terrible. Murieron vuestros abuelos y junto con ellos murieron el hijo del rey y sus hermanos y parientes. Así fué como nostros quedamos huérfanos ¡oh hijos míos! Así quedamos cuando éramos jóvenes. 3 Por consiguiente, los resultados inmediatos de la intrusión española fueron la guerra, los brotes de enfermedad y el colapso demográfico. Después del trauma de estos trastornos, vino el oneroso cargo de estar sometido al yugo colonial, estatus que exigía expresiones de lealtad y obligaciones muy diferentes a las observadas anteriormente. Se introdujeron varias instituciones por medio de las cuales se implementarían los proyectos y las expectativas imperiales. Dos instituciones claves eran la encomienda y la congregación. La historia de la encomienda es compleja, pero durante los siglos XVI y XVII fue un mecanismo por medio del cual españoles o criollos recibían tributo en trabajo, artículos o dinero de los indígenas que estaban a su cargo. Las encomiendas no eran concesiones de tierra sino, más bien, derechos para disfrutar de los frutos de lo que la tierra y su gente podían proporcionar, ya sea artículos preciados tales como oro, plata, sal y cacao, o productos básicos como maíz y frijoles. Los derechos llevaban consigo ciertas obligaciones, entre ellas cuidar de que los indígenas recibieran instrucción en los principios y la práctica de la Santa Fe Católica, obligación que pocos encomenderos consideraban conveniente cumplir. Las primeras encomiendas a menudo llevaban consigo la adjudicación de cantidades substanciales de tributo. Los encomenderos al principio gozaban de considerable poder como recipientes de tributo, pero el papel de la Corona en relación con la encomienda fue un papel de restricción. Al final, la Corona tomó medidas para desmantelar los privilegios -poniendo restricciones a las disposiciones laborales, por ejemplo, y limitando la herencia más allá de una o dos generaciones-para impedir que incluso los encomenderos más emprendedores se convirtieran en el equivalente de señores feudales. De especial importancia a este respecto fueron las reformas realizadas entre 1548 y 1555, cuando Alonso López de Cerrato fue presidente de la Audiencia de Guatemala, corte cuyos miembros eran nombrados por la Corona y tenían a su cargo el gobierno diario de la extensa jurisdicción que se extendía desde Chiapas hasta Costa Rica. Cuando fue abolida por el régimen borbónico en el siglo XVIII, la encomienda no representaba más que un tipo modesto de pensión. Los estudios de la encomienda en la Audiencia de Guatemala normalmente toman los años de Cerrato como punto de partida. Esta tendencia es comprensible, y la explica mejor el hecho de que nuestra lista de encomiendas más completa y temprana -quién las tenía, qué clases de tributo recibían, que comunidades estaban implicadas-pertenece a la presidencia de Cerrato. Las acciones de Cerrato, especialmente su liberación de los esclavos indígenas y su papel pionero en tratar de poner en vigor las Nuevas Leyes de 1542, ciertamente merecen reconocimiento. Sin embargo, centrarse en Cerrato ha servido para que no nos interesemos en examinar la encomienda cuando la institución (desde el punto de vista español) era más remunerativa y (desde una perspectiva indígena) estaba en su punto de mayor explotación -los primeros veinte años después de la conquista, cuando los encomenderos mismos fijaban las cuotas de tributo, cuando la mano moderadora del gobierno no existía. Un correctivo muy necesitado lo proporciona Wendy Kramer, quien concluye que "lejos de ser el punto de partida de la encomienda en Guatemala, o de reflejar innovaciones recientes realizadas por el nuevo presidente, la [tasación] de Cerrato refleja las circunstancias y las lealtades de seis hombres diferentes, influenciados por, y respondiendo a, las vicisitudes de once gobiernos diferentes."4 Estos seis hombres y sus once gobiernos (Cuadro 7) a menudo asignaban o intercambiaban, confirmaban o quitaban privilegios de encomienda, cada una de los cuales valía miles de pesos anualmente. Uno puede hacerse una idea de la recompensa o la carga en juego, y obtener una medida concreta de la diferencia entre la época anterior a Cerrato y la época de Cerrato, examinando los detalles de una encomienda. El caso de Huehuetenango proporciona datos útiles sobre las obligaciones de encomienda y aclara el proceso de cambio a través del tiempo. Un aguerrido español de nombre Juan de Espinar tuvo Huehuetenango en encomienda desde 1525 hasta su muerte en la década de 1560, con una interrupción de diez a doce meses (1530-31), cuando el privilegio pasó a Francisco de Zurrilla. Durante más de treinta años, una mezcla de persistencia y habilidad política, acompañada de dureza que a veces se convertía en pura crueldad, convirtió a Espinar en el amo de Huehuetenango. Tenía asimismo instintos empresariales, controlando la venta de tributo indígena y desarrollando una elaborada infraestructura de actividades mineras y agrícolas. Inició las operaciones mineras después de darse cuenta de que, a unos diez kilómetros al sur de Huehuetenango, al lado del río Malacatán, se podían explotar placeres de oro. La buena fortuna para Espinar resultó una maldición para los indígenas que controlaba. En documentos preparados más tarde para litigio, Espinar afirmó que cuando Huehuetenango estaba en su apogeo, él ganaba aproximadamente 9.000 pesos cada año por su participación en la minería y otros 3.000 pesos por sus transacciones agrícolas. Espinar vivió lo suficiente para sentir los efectos de la disminución de la población de Huehuetenango a una fracción de lo que había sido cuando inicialmente se le otorgó la encomienda (Cuadro 8). Un factor no relacionado con la enfermedad pero que afectó el tamaño de la población fue W. GEORGE LOVELL que, entre 1525 y 1530, Espinar no sólo tenía Huehuetenango mismo sino también un puñado de pueblos circundantes, cuyo derecho perdió posteriormente, cuando fueron adjudicados a otros españoles. El hecho de perder, durante un año, la encomienda de Huehuetenango a favor de Zurilla provocó una demanda en la que Espinar puso por escrito el botín del que se le había privado. Su deseo de conservar la encomienda era perfectamente comprensible, ya que la pérdida era considerable: los artículos enumerados en la columna central del Cuadro 9 habrían generado buenos ingresos al ser vendidos en el mercado. Además, los suministros de servicio sólo en las minas representaban entre 43.200 y 72.000 días de trabajo al año por parte de los hombres y 10,800 días de trabajo al año por parte de las mujeres. La columna de la derecha del cuadro 9 refleja la encomienda reducida y domeñada de Huehuetenango, después de las reformas de Cerrato. Aunque las ganancias a mediados de siglo eran notablemente menores, Espinar aún podía consolarse sabiendo que tenía la undécima encomienda más grande en toda Guatemala, no incluyendo aquellas encomiendas en las que el tributo se pagaba a la Corona. eran más dispersos que nucleados, y que la poca urbanización que se había desarrollado estaba restringida a lugares altos defensivos, de ninguna manera propicios para una administración eficiente. La política de la congregación fue concebida para solucionar esta anarquía, y los pueblos de indios fueron el resultado de su implementación. De acuerdo a como fue promulgada por la ley, la congregación era un medio a través del cual los indígenas que vivían en grupos aislados serían unidos, convertidos al cristianismo y moldeados en comunidades armoniosas, con recursos que reflejaban las nociones imperiales de vida organizada y civilizada. A la Iglesia, especialmente a los miembros de las órdenes franciscana y dominica, le tocó la difícil tarea de hacer bajar a las familias indígenas de las montañas y reasentarlas en pueblos construidos alrededor de un sitio católico de culto. La orden de misionizar, y el fundamento detrás de ella, está expresada claramente en una real cédula, promulgada el 21 de marzo de 1551: bra ni los mandamientos de Dios; habíamos vivido en las tinieblas. Nadie nos había predicado la palabra de Dios. En el quinto mes del sexto año desde que comenzó nuestra instrucción en la palabra de Nuestro Señor Dios, se agruparon las casas.... Entonces llegó la gente desde las cuevas y los barrancos. El día 7 Caok [30 de Octubre de 1547] se estableció esta ciudad [Sololá] y allí estuvimos todas las tribus. 6 La retórica de la congregación pertenece mucho a lo que Carlos Fuentes llama el "país legal," una ficción colonial en marcado desacuerdo con el "país real" que llegó a existir. 7 En la visión global de imperio, pocas empresas se desviaron tan dramáticamente de la intención original como la congregación, impulsando a los observadores contemporáneos a expresar indignación, asombro y desesperación de que un plan tan grandioso pudiera convertirse en tan poco. La congregación dejó su marca en el entorno en una fecha temprana. De hecho, los pueblos de indios creados por el clero regular y secular en el transcurso del siglo XVI (Cuadro 10) persisten actualmente como municipios, entidades sociales que los antropólogos han considerado las unidades claves para definir la vida comunitaria maya. Sin embargo, ni bien los españoles habían reasentado a los indígenas donde los primeros consideraban adecuado, cuando un gran número de los últimos regresaron a las montañas de donde ellos y sus familias habían sido sacados. ¿Por qué sucedió esto? ¿Qué causó que se aflojara el control de En primer lugar, la congregación fue realizada no por persuasión sino por la fuerza. El hecho de que familias enteras fueran trasladadas, en contra de su voluntad, de un lado a otro hacía poco probable que los miembros que consideraban la experiencia desagradable, si no odiosa, permanecieran en el mismo sitio. Repetidas veces los indígenas huyeron a las áreas rurales para escapar de la continua explotación que sufrían mientras residían en un pueblo o en sus cercanías. Allí podían estar libres de la obligación de dar tributo, proporcionar mano de obra, trabajar en los caminos locales o la iglesia parroquial y servir de cargadores humanos. El refugio de las montañas también se buscaba cuando atacaba la enfermedad, cuya brote en los pueblos de indios a menudo causaba mayor pérdida de vidas por causa de hacinamiento humano que la dura subsistencia en los cerros. Además, la forma en que los mayas cultivaban sus milpas normalmente se hacía mejor viviendo no en centros grandes y aglomerados, sino en grupos pequeños y dispersos. A continuación está la cuestión de la fricción interconfesional y el despliegue de recursos espirituales. Junto con los mercedarios, un tercer grupo menos dominante en la empresa misionera, los dominicos y los franciscanos libraban lo que Adriaan van Oss llama una "disputa territorial," mientras eran impulsados simultáneamente por la llamada sublime de la congregación. Las dos órdenes más grandes y poderosas crearon, cada una, una esfera de influencia relativa a la capital de Santiago de Guatemala, la actual Antigua Guatemala. Los dominicos se trasladaron al lejano norte y occidente, y eran responsables de una región inmensa que se extendía desde Verapaz, atravesaba la Sierra de Chuacús y la Sierra de los Cuchumatanes, y llegaba hasta Chiapas. Los franciscanos optaron por una ronda central más manejable, dentro de un radio de cincuenta kilómetros alrededor del Lago de Atitlán. Los pueblos de indios establecidos en los confines de sus jurisdicciones eran defendidos celosamente por ambas órdenes contra la invasión rival. Las disputas entre ellos desviaron energía de la preocupación apremiante de la conversión indígena y se volvieron tan agotadoras que el 22 de enero de 1556 se dio una real cédula en la que se ordenaba a los frailes, acusados de "baja ambición" y de "proferir insultos," que resolvieran sus diferencias y se comportaran de una manera más digna y cristiana. 8 Tal comportamiento, a los ojos de la Corona, daba mal ejemplo y tenía poco sentido práctico, ya que los frailes eran pocos y sus responsabilidades muchas. De hecho, durante toda la época colonial menos de mil misioneros llegaron a propagar la fe entre los mayas de Guatemala. Las autoridades civiles reconocían bien la ardua batalla que sus asociados religiosos afrontaban diariamente: dos funcionarios de la Corona, Antonio Rodríguez de Quesada y Pedro Ramírez de Quiñones, abiertamente reconocieron que "en esta tierra hay mucha falta de religiosos." 9 A mediados del siglo XVI, los dominicos estaban tan agobiados de obligaciones que les cedieron a los mercedarios el área que se prolonga hacia el sur, desde Huehuetenango hasta la frontera con Soconusco, una elección más aceptable para los dominicos que sus adversarios franciscanos. Por su parte, ya en 1552 los franciscanos habían pedido permiso a la Corona para asumir la responsabilidad de establecer misiones en territorio dominico, "pues que los padres de Santo Domingo no lo hagan." 10 Sin embargo, la hegemonía de los dominicos prevaleció en Chiapas. En el otro extremo de la región, al sur y al este de Santiago, ninguna de las tres órdenes estableció una presencia significativa, dejando el "oriente" guatemalteco en las manos proletizadoras del clero secular menos experimentado. En términos de jurisdicción misionera, la división entre un oriente "secular" y un occidente "regular" es importante reconocerla. Las divisiones eclesiásticas, sin embargo, sólo sirven para subrayar otro proceso más profundo, un proceso de regionalización mejor articulado por Murdo MacLeod en su magnum opus sobre la América Central española. 11 MacLeod argumenta que la explotación de la base de recursos guatemaltecos funcionaba diferencialmente, de tal manera que la atención española se centraba en la costa del Pacífico rica en cacao y en las tierras templadas situadas al sur y al este de la capital, donde se podía cultivar índigo, apacentar ganado y recoger dos o incluso tres cosechas de maíz cada año. Los españoles consideraban mucho menos atractiva la tierra fría del altiplano, situada al norte y al oeste de Santiago -de acceso más difícil y con pocas opciones empresariales. Por consiguiente, su interés en el norte y el occidente nunca fue tan intenso como en el sur y el oriente. Cuando las 9 Archivo General de Indias (en adelante AGI), Audiencia de Guatemala (en adelante AG), 9A, Antonio Rodríguez de Quesada y Pedro Ramírez de Quiñones a la Corona, 25 de mayo de 1555. W. GEORGE LOVELL actitudes españolas relacionadas con el valor de la tierra se traducían en miles de acciones individuales, resultaban en una experiencia colonial notablemente distinta. Al sur y al este de Santiago de Guatemala, donde se invadieron más comunidades nativas, la asimilación cultural y biológica avanzó a un paso más rápido. En el oriente, como también en el vecino El Salvador, los españoles y los africanos se mezclaron con los indígenas y crearon un entorno predominantemente mestizo o ladino. Siempre se podían encontrar en estas partes grupos nativos, ya sea mayas desplazados del altiplano o pipiles autóctonos, hablantes de nahua. Después de todo, la mano de obra indígena, barata y explotada, era la base de la prosperidad económica, la cual fluctuaba en ciclos de auge y quiebra, mientras que la búsqueda de un cultivo comercial exitoso vio al cacao y al índigo ceder el paso a la cochinilla y a la zarzaparilla y, finalmente, al café y los bananos en nuestros días. Sin embargo, al norte y el oeste de la capital, donde las oportunidades de enriquecimiento eran menos y donde pocos españoles estaban dispuestos a establecerse, los pueblos mayas soportaron con mayor resistencia el ataque de aculturación, conservando gran parte de su tierra, reteniendo principios de organización comunitaria y preservando un sentido de identidad que era decididamente suyo. Los idiomas mayas se mantuvieron vivos, así como las costumbres mayas de adorar a los dioses. Las tareas diarias y el ciclo de las estaciones seguían un ritmo maya, no uno español. Incluso el tiempo mismo, los días y los meses que formaban un año, avanzaban con un pulso maya. Cuando, existencialmente, se sitúa la congregación dentro de este panorama, la reacción maya a ella adopta una dinámica formativa y vital. Condenados por la geografía a vivir en una región atrasada en el esquema español de imperio, los mayas moldearon para ellos mismos una cultura de refugio en la que las características e instituciones hispánicas fueron absorbidas y mezcladas con las nativas, a menudo de maneras elaboradas que desconcertaban a, se burlaban de, y al final erosionaron la autoridad colonial. La periodización es algo difícil. Seguramente ya en el siglo XVII, los patrones de costumbres híbridas eran muy evidentes, pero la tendencia había comenzado mucho antes. El reconocimiento de que todo marchaba bastante mal, que la congregación no estaba desarrollándose de acuerdo con el plan, provocó las siguientes observaciones de Pedro Ramírez de Quiñones, redactadas con frustración en una carta al Consejo de Indias: En los pueblos de los naturales hay gran desorden en lo que toca a la policía. Hay muy poco orden entre ellos, ni instrucción. Pecados públicos hay entre ellos muy grandes. Y lo más es que son sin castigo, porque no viene a noticia de la audiencia. En los más pueblos de indios viven cada uno como quiere o como puede y como la audiencia no puede enviar visitadores no pueden cumplir de visitar la décima parte del distrito. 12 Incluso cuando los indígenas desplazados por la congregación elegían permanecer dentro de su abrazo espacial, a menudo se reagrupaban en el pueblo, o cerca de éste, siguiendo linajes domésticos de preconquista que los españoles llamaban parcialidades. Éstas eran unidades sociales de gran antigüedad, organizadas como clanes patrilineales o afiliaciones localizadas de parentesco, y normalmente asociadas con extensiones particulares de tierra. Como los misioneros desconocían la naturaleza discreta de las parcialidades, a menudo varias de ellas eran amontonadas para formar, en teoría, una sola comunidad indígena. Sin embargo, una vez reunidas alrededor de un nuevo centro, las parcialidades conservaban su identidad aborigen al continuar funcionando social y económicamente como componentes separados, en lugar de unirse para formar un cuerpo corporativo. Lejos de ser las entidades plácidas y homogéneas que conjura la legislación imperial, muchos pueblos de indios llegaron a ser un mosaico de parcialidades que se tocaban pero no se penetraban, coexistían pero no siempre cooperaban. En el Corregimiento de Totonicapán, por ejemplo, nueve pueblos de indios comprendían más de treinta parcialidades, cada una de las cuales era tasada individualmente para propósitos del pago de tributo (Cuadro 11) a finales del siglo XVII. Uno de estos pueblos, Sacapulas, incluso logró arreglar que la tierra fuera tenida y cultivada por parcialidad, como lo hacían otros pueblos de indios. Las parcialidades también podían estar correlacionadas con cofradías específicas, introducidas originalmente para el culto de un santo favorecido pero que, con el tiempo, llegaron a servir de útil cobertura cristiana para expresiones más sospechosas. Si el compromiso residencial con la congregación resultó en cierto grado de improvisación, el abandono de los pueblos condujo a aberraciones manifiestas. De nuevo, la decandencia empezó tempranamente. Sacapulas, por ejemplo, tal vez no haya cristalizado precisamente como sus fundadores dominicos imaginaron en un principio, pero una vez que su convento había sido establecido en la ribera sur del río Negro, sí se formó una comunidad bien definida a su alrededor. Una cuestión totalmente distinta era el área rural remota, como revela vívidamente el relato de dos dedicados frailes. * Este manuscrito sufrió serios daños en un incendio ocurrido en el archivo, a principios del siglo pasado. Las cifras marcadas con un asterisco indican que el último número estaba tan quemado que no era legible o se ha desintegrado completamente. Por lo tanto, en cuatro casos, sólo se puede hacer un cálculo de la población de la parcialidad que pagaba tributo. Fuente: Archivo General de Indias, Contaduría 815. Escribiendo al Rey desde el convento de Sacapulas, el 6 de diciembre de 1555, Tomás de Cárdenas y Juan de Torres hablan de los tremendos obstáculos que impedían la congregación efectiva. Mencionan, en primer lugar, las dificultades impuestas por el entorno físico, declarando no sin justificación que "aquel pedazo de sierra es de lo más fragoso y aspero que hay por estas tierras." Mientras la atravesaban, Cárdenas y Torres se habían topado con "poblaciones de hasta ocho y seis y aun de cuatro casas o chozas, metidos y escondidos por las barrancas donde hasta uno de nosotros, ningún otro español aportó." Los frailes se lamentan de que, a lo largo de su caminata, descubrieron "muy grande copia de ídolos, no sólo escondidos pero en públicas casas como los que tenían antes que fuesen baptizados." Los indígenas, argumentan, pueblan tales lugares desolados para que "nadie aportaba allá que les pudiese perjudicar ni estorbar su mal vivir." Las familias que habían encontrado viviendo de esa manera, afirman los dominicos con cierto alivio, "ahora, estando juntos, ellos tendrán menos oportunidad para idolatrar y nosotros mucha más para los visitar." Reasentados de esta manera, los indígenas pueden ser "doctrinados no sólo en las cosas de Nuestra Santa Fe pero también en las de la humana policía." Para los que podrían lamentarse de que la congregación se hacía de manera involuntaria, que trasladaba familias de un lugar a otro en contra de su voluntad, Cárdenas y Torres afirmaban que "no hay enfermo a quien las medicinas no sepan mal." En este sentido, los indígenas "son como niños, y como tales cumple hacer no lo que más les agrada sino lo que más les cumple." Si a veces el tono de los frailes es sobrio y paternalista, el mismo también es conmovedor y prudente. Los dos dominicos captan muy perceptivamente por qué las familias mayas podrían resistirse a la congregación cuando señalan: "Entre todos estos indios ninguno hay que quiera dejar la casilla que su padre le dejó, ni salirse de una pestilencial barranca o de entre unos rescos inaccesibles, porque allí tienen los huesos de sus abuelos." 13 Palabras solemnes, expresadas con un sentimiento de presagio que no tardó en resultar bien fundado. Unos años después de que Cárdenas y Torres se dirigieran al Rey, los principales y caciques de Santiago Atitlán 13 AGI, AG 168, Tomás de Cárdenas y Juan de Torres a la Corona, 6 de diciembre de 1555. Para amplia discusión sobre los éxitos y los fracasos de la pólitica de la congregación, véase Lovell, W. George: Conquista y cambio cultural: La Sierra de los Cuchumatanes de Guatemala, 1500-1821, Antigua Guatemala y South Woodstock, Vermont: Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica y Plumsock Mesoamerican Studies, 1990, págs. 77-99. W. GEORGE LOVELL observaran que "hay en nuestras estancias algunos indios rebeldes que quieren estar fuera de nuestra subyugación y no obedecer nuestros mandamientos en recoger el tributo y otras cosas tocantes."14 Aun cerca de la ciudad capital abundaba la deserción; en 1575 los indígenas de los alrededores de Santiago "se iban de un lugar a otro y se escondian y ausentaban muchos" para evitar ser obligados a proporcionar su propio tributo y pagar aquella parte que se considera que sus familiares difuntos todavía deben. 15 En la misma época, en Verapaz, se informó que parcialidades y familias enteras se marchaban para vivir en las montañas. Dos pueblos de indios, Santa Catalina y Zulbén, habían sido abandonados casi completamente en 1579, sólo cinco años después de que el propio obispo de Verapaz hubiera supervisado el proceso de congregación. En Santa María Cahabón, indígenas ya bautizados abandonaron su pueblo para unirse "de secreto" con "muchos indios infieles que [se] llaman los manchés." 16 Un siglo más tarde, después de que el obispo de Guatemala, Andrés de las Navas, hubiera recorrido por segunda vez su jurisdicción y escuchado, de boca de los curas, noticias de huida, anarquía, idolatría y evasión de impuestos, preparó un expediente que deja poca duda acerca de cuán extendida estaba la desobediencia indígena. Fuera de San Juan Sacatepéquez, segun el Obispo, existía "una sinagoga en un sitio llamado El Pajuiú, donde hace más de viente años que los indios que allí viven ni oyen misas ni confiessen, con pretexto de milperias." Otros pueblos de indios centralmente ubicados -Chimaltenango, Parrámos, Patzizía, Patzún, San Andrés Iztapa, San Martín Jilotepeque, Sumpango y Tecpán entre ellos-provocaron también la ira del Obispo. La reincidencia religiosa era sólo un ejemplo de la desobediencia que le preocupaba. En Comalapa, Las Navas habla de "sahorines y contadores de días," declarando con aversión: "Y cuando los religiosos les predican en la Iglesia y les amonesten que dejen las supersticiones y idolatrías, después que salen de la Iglesia unos con otros dicen que por que han de dejar lo de sus abuelos y antepasados." Tales actitudes entre los indígenas que vivían cerca de Santiago, sólo se exacerbaban lejos de la capital, en ninguna parte más notable que en San Mateo Ixtatán. Allí, en un rincón casí olvidado en la Sierra de los Cuchumatanes, "tierra más ágria y aspera en todo el mundo," Fray Alonso de León anotó que le habían informado "que no estaban puestas en tasación unas ochenta familias," lo cual significaba no sólo que "Su Majestad pierde mucho de sus haveres reales," sino también que "todos estos ocultos no oyen misa, ni se confiessan." La relación entre padre e hijo, declaró De León, era una en la que "no les enseñan más que hacer milpas y vivir todo el día como bárbaros en el monte." Temía que nunca arraigarían comportamiento civilizado, ya que los indígenas de San Mateo "viven con guerras civiles todo el año, unos contra otro." Lo que más consternaba a Fray Alonso era que los indígenas habían decidido construir "una hermita, sin más autoridad que la suya, fuera del pueblo en el monte, en el mismo lugar que fue el sacrificadero antiguo de su gentilidad y barbarismo." La hermita se encontraba "sobre un cerillo entre vestigios de edificios de su antigualla, que llaman cues, en los quales ordinariamente se hallan carbones y copal y otras señales de haber quemado semejantes sahumerios." De León reveló que "otras faltas contra el divino culto, como es llevar a los cerros sangre de animales y gallos de la tierra a ofrecer." Cada mes de marzo, en un lugar situado a dos leguas del pueblo, se apilaba leña al pie de unas cruces que posteriormente eran quemadas. Los "indios diabólicos" de San Mateo, se afirmaba, "con sus malas costumbres y sobrada malicia tienen pervertido el pueblo de calidad y forma que sólo les ha quedado de cristianos el nombre." 17 Fray Alonso al final tuvo que huir, echado de San Mateo por la villanía de los indígenas que creía estaban poseídos por el demonio y estaban conspirando para matarlo. Por consiguiente, la vida en el "país real" chocaba dramáticamente con el proyecto legislado en el "país legal." Sin embargo, sería un error imaginar que, aunque los mayas del altiplano eran malos conversos, no se podía ganar nada explotándolos, que los españoles de alguna manera estaban dispuestos a abandonar fácilmente su búsqueda de poder y enriquecimiento. Los funcionarios tanto de la Iglesia como de la Corona se beneficiaban mucho a expensas de los indígenas, legalmente o de otra manera. En términos de ilegalidad, una de las exigencias más odiosas llegaba en forma de repartimientos de mercancías. El expediente lleva el título Testimonio de los autos hechos sobre la perdición general de los indios de estas provincias y frangentes continuos que amenazan su libertad. W. GEORGE LOVELL res y alcaldes mayores, gobernadores que de hecho compraban los cargos públicos con la intención de enriquecerse, suministraban varios artículos a los indígenas, insistiendo en que fueran comprados a precios favorables para el vendedor, fuera o no deseada la mercancía por los recipientes. Una estrategia opuesta era obligar a la gente a que vendiera a precios bajísimos en un área, luego revender a precios más altos en otra. Los repartimientos aparecen en el siglo XVI, y también fueron una característica del XVII. Sin embargo, su apogeo fue en el siglo XVIII, especialmente en Chiapas, donde fueron impuestos con gran insistencia a las comunidades tzeltal y tzotzil, así como a la comunidad zoque (Cuadro 12). Un artículo popular en estas transacciones era el algodón, que los gobernadores distribuían en rama y al por mayor entre las mujeres indígenas, quienes eran obligadas a hilarlo y luego tejerlo en trozos de tela, o mantas. El artículo acabado producía buenas ganancias -para el corregidor o alcalde mayor, no para la trabajadora. CUADRO 12 BENEFICIOS OBTENIDOS DE LOS REPARTIMIENTOS DE MERCANCÍAS POR EL ALCALDE MAYOR DE CIUDAD REAL (SAN CRISTÓBAL DE LAS CASAS) EN CHIAPAS, 1760-65 Una orden dictada ya en 1561 estipulaba qué artículos y servicios los curas podían pedir legítimamente a sus fieles. Sin embargo, los límites teóricos no siempre eran respetados, y aunque algunos individuos desintere- Tomo LIX, 1, 2002 sados encontraban el llamado de Dios entre los mayas, otros se preocupaban más por el beneficio personal que por la salvación de los indígenas. Los documentos de archivo muestran que los abusos estuvieron nuevamente en su apogeo en el siglo XVIII, cuando se acusó a los curas y a los frailes de varios excesos, incluyendo no reembolsar por servicios personales, vender ganado sin el consentimiento del dueño, recaudación demasiado celosa de fondos para celebrar misa u oir confesión y malversación de fondos de las cofradías. De hecho, fue -o así nos dice el cronista dominico Francisco Ximénez-el anuncio de que el obispo Juan Bautista Alvarez y Toledo tenía la intención de hacer una visita más, lo que provocó la sublevación más desconcertante de toda la época colonial, la de los tzeltales y tzotziles de 1712-13. En Chiapas, las visitas de Alvarez y Toledo eran legendarias, ya que pocas veces dejaban muchos recursos en las cajas de comunidad, fondos creados por los misioneros pero alimentados por los indígenas para reducir el impacto de todo tipo de calamidades. Habría que señalar que su inminente llegada se produjo a penas diez años después de que serios tumultos en otras partes de Chiapas, así como en partes vecinas de Guatemala, provocaran la investigación de actos de corrupción perpetrados por el visitador real, Francisco Gómez de Lamadriz. 18 La inspección inesperada del obispo también debe ser vista en el contexto de las exigencias del tributo y las obligaciones del repartimiento de mercancías, por no mencionar el torbellino de religiosidad maya, una mezcla vertiginosa en la que muchos giros eran impredecibles. En relación con esto último, de la comunidad tzeltal de Cancuc era originaria una figura alrededor de la cual se organizaría en vano la protesta maya, una mujer joven que se llamaba María de la Candelaria o María de la Cruz, cuyos seguidores creían que se comunicaba con la Virgen María. Levántense, declaraba la visionaria tzeltal a sus desgraciados parientes, y acaben con la tiranía española, pues ese rey y su dios están muertos, y han sido remplazados por un rendentor maya que acabará con todos los infortunios: Yo la Virgen que he bajado a este Mundo pecador os llamo en el nombre de nuestra Señora del Rosario y os mando que vengáis a este pueblo de Cancuc y os traigáis toda la plata de tus Iglesias y los ornamentos y campanas, con todas las Cajas [de comu-nidad] y los tambores y todos los libros y dineros de Cofradías porque ya no hay Dios ni Rey; y así venid todos cuanto antes, porque sino, seréis castigados pues no venis a mi llamado y a Dios. 19 Después de los pronunciamientos de María, en los que la influencia del profeta tzotzil Sebastián Gómez de la Gloria debe también mencionarse, más de veinte pueblos se sublevaron, proporcionando ejércitos de 3.000 a 6.000 hombres. Sin embargo, la sublevación no pudo extenderse más allá de su centro tzeltal-tzotzil. La insurgencia maya al final se derrumbó ante una respuesta concertada del alarmado virrey de la ciudad de México; desde Tabasco y Guatemala se enviaron milicias bien equipadas a Chiapas. Las comunidades rebeldes, cuyos líderes fueron agarrotados o fusilados, sufrieron terriblemente durante años después. El viejo orden fue restaurado, incluso con más brutalidad que antes, pues los españoles no eran el tipo de gente que no comprendiera la importancia de dar una lección. El ejercicio de la autoridad ciertamente no pasó desapercibido para los mayas del altiplano, quienes a partir de entonces comprendieron mejor la fina línea entre resistencia y sublevación. Un siglo después, en Totonicapán, incluso cuando se enfrentaban a un régimen debilitado a punto de derrumbarse, los indígenas se cuidaban bien de que los disturbios por el pago de tributo no provocaran rebeliones totales. 20 A medida que se aproximaba la independencia, era evidente que poco había cambiado, o fuera a cambiar, en la forma fundamental en que los españoles de todas las clases trataban a -y se relacionaban con-los indígenas. Para ellos, como para los criollos y los ladinos, la subordinación maya no era una cuestión de polémica o debate: simplemente se daba por hecho, era algo que se consideraba un derecho natural, un elemento no cuestionado de la empresa imperial. La coexistencia bajo estos términos no fomentaba compasión ni respeto. Lo que sí engendraba eran sentimientos mutuos de sospecha, desconfianza, odio y miedo. "El régimen colonial," escribe el historiador guatemalteco Severo Martínez Peláez, "fue un régi-men de terror para el indio." 21 El antropólogo Michael Taussig está de acuerdo, y ofrece algunas observaciones perspicaces propias. El terror, afirma, no es solamente "un estado fisiológico," sino "un hecho social y una construcción cultural cuyas dimensiones barrocas le permiten servir de mediador, par excellence, de la hegemonía colonial." Como muchas características creadas por la conquista española, el espectro del terror -invadiendo los "espacios de la muerte" donde "los indígenas, los africanos y los europeos dieron vida al Nuevo Mundo"-atormentó la existencia maya hasta marcar y desfigurar los siglos siguientes. La realidad compartida de ser maya une a las comunidades del altiplano en Chiapas y Guatemala después de la independencia, pero era inevitable que formar parte de dos agendas nacionales distintas al final resultaría en experiencias postcoloniales diversas. Sin embargo, durante gran parte del siglo XIX los mayas del altiplano lucharon contra problemas similares. Sólo en el siglo XX significó algo diferente ser maya del altiplano en México por contraste con maya del altiplano en Guatemala. Después de que Agustín Iturbide llegó a un acuerdo de independencia en 1821 con el último virrey español, los criollos de Centroamérica que lo habían apoyado eligieron inicialmente identificarse con México. Este arreglo duró sólo dos años, ya que el imperialista Iturbide resultó insensible a las preocupaciones centroamericanas, fomentando así un movimiento separatista que condujo a la formación de las Provincias Unidas de Centroamérica, ella misma condenada a desmembrarse para formar las actuales repúblicas de Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica. Chiapas permaneció en el redil mexicano, la única unidad que lo hizo de todo el territorio que (desde 1561) había sido gobernado como la Audiencia de Guatemala. Tanto en Chiapas como en Guatemala, la batalla para derrocar a España fue seguida de un conflicto interno prolongado entre conservadores y liberales por el control de los puestos del gobierno. Las diferencias entre 21 Martínez Peláez, Severo: La patria del criollo: Ensayo de interpretación de la realidad colonial guatemalteca, México: Fondo de Cultura Económica, 1998, pág. 427. W. GEORGE LOVELL las dos facciones políticas eran muchas, pero giraban alrededor de las preferencias conservadoras por mantener instituciones que buscaban conservar el estatu quo colonial, en contraste con una preferencia liberal por crear un orden económico y social totalmente nuevo, promoviendo los vínculos capitalistas con el mundo exterior. En términos del impacto de la ideología en las costumbres mayas, el conservadurismo representaba más una continuación de la cultura de refugio formada durante la época colonial. El liberalismo, por otra parte, significaba la asimilación al estado ladino moderno que miraba hacia afuera. Las prácticas conservadoras a menudo provocaron cambio cultural mínimo al nivel de comunidad, mientras que las políticas liberales promovieron cambios que alterarían irrevocablemente formas de vivir con la tierra establecidas desde hacía mucho tiempo. Ninguna de las dos facciones pudo afirmar tener hegemonía incontestable hasta las décadas de 1860 y 1870, cuando finalmente prevaleció la autoridad liberal. En Chiapas, los conflictos políticos provocaron más de veinticinco transferencias de gobierno antes de 1850. Lo que permaneció constante fue el deterioro del bienestar indígena, especialmente la pérdida de tierra. A las comunidades mayas les confiscaron tierra que fue declarada "vacante," la cual fue a parar a manos de no indígenas emprendedores, quienes anunciaron su intención de dedicarla a "buen uso," especialmente los terrenos más templados que eran apropiados para los cultivos de exportación. Muchas comunidades mayas en Soconusco desparecieron completamente durante este proceso, mientras que las del altiplano también fueron severamente afectadas. Jan Rus escribe que "de veinticinco municipios tzotziles y tzeltales intactos que existían al momento de la independencia, todos corrieron esta suerte en un grado u otro." Su investigación muestra que una familia ambiciosa, los larraínzars, tomaron posesión de tres cuartas partes de la tierra comunitaria de Chamula, 476 caballerías (unas 20.000 hectáreas) de un total de 636. Junto con otra tierra expropiada a otros dos municipios, los larraízars crearon Nuevo Edén, una enorme propiedad que medía unas 874 caballerías. En vez de abandonar físicamente la tierra que consideraban suya, los indígenas se quedaban como mano de obra contratada, trabajando en plantaciones de tabaco y caña de azúcar en elevaciones más bajas. Rus calcula que, a mediados de siglo, más de setecientas familias se encontraban en esta difícil situación, en la que los cabezas de familia proporcionaban tres días de trabajo cada mes para conservar el terreno que les servía Nuevo Edén, aunque ciertamente "una de las depredaciones más espectaculares de esta naturaleza," difícilmente era "única," ya que en un poco más de dos décadas, "más de la cuarta parte de los indígenas de Chiapas" se vieron transformados de "aldeanos libres en peones y trabajadores permanentes y legalmente obligados." 23 Las usurpaciones ladinas se aceleraron bajo las leyes reformistas aprobadas por el presidente liberal Benito Juárez, quien puso en vigor las mismas en 1863. George Collier nos informa que en ese entonces los ladinos adquirieron "varios terrenos que antes eran comunales" en Zinacantán, donde, entre 1838 y 1875, Robert Wasserstrom calcula que "aproximadamente la mitad de los residentes del pueblo se volvieron arrendatarios." 24 En vísperas de la Revolución mexicana, después de las iniciativas de modernización del dictador liberal Porfirio Díaz (1876-1910), más de diez millones de pesos de capital extranjero habían sido invertidos en Chiapas, gran parte de éste en la producción de café en Soconusco y en operaciones madereras en el extremo oriente del estado, en la Selva Lacandona. A los mayas del altiplano, obligados a trabajar bajo contrato, les tocaba cosechar el café y cortar los bosques de caoba y cedro. En Guatemala, los liberales dominaron la vida política entre 1823 y 1839, pero sus planes para una reforma radical fueron paralizados, si no anulados durante un período de tres décadas, cuando Rafael Carrera llevó a los conservadores al poder después de una sublevación popular. Individuo astuto que llegó a ser conocido como el "protector del pueblo," Carrera deshizo el trabajo de su predecesor liberal, Mariano Gálvez, y creó un estado paternalista fundado en instituciones españolas restauradas. No está claro hasta dónde los indígenas de Guatemala se beneficiaron de la agenda política de Carrera. Aunque Lee Woodward mantiene que "la política proindígena de Carrera de hecho protegió a los indígenas de más usurpaciones de su tierra y trabajo durante la década de 1840," concede que "después de 1850, esa protección empezó a disminuir, cuando Carrera empezó a ligarse más claramente con la élite." 25 Cualquier interpretación que se favorezca, en comparación con lo que les estaba sucediendo a los mayas del altiplano de Chiapas, los mayas de Guatemala encontraron en Carrera un escudo útil aunque temporal. Los liberales volvieron a conseguir el poder político en 1871, seis años después de la muerte de Carrera, y bajo la administración de Justo Rufino Barrios empezaron a implementar con fervor lo que no habían podido hacer durante las cuatro décadas anteriores. Los ataques a la tierra y los asaltos a la mano de obra eran consecuencias inevitables de la visión liberal. La legislación exigía que la tierra fuera declarada formalmente y, si era posible, que fuera registrada no con título colectivo sino con título individual. Sin embargo, las proclamaciones del gobierno no siempre llegaban a oídos indígenas, ni tampoco eran entendidas cuando llegaban. Como en Chiapas, tierras consideradas "no reclamadas" por la administración liberal cayeron en manos de criollos y ladinos mucho más versados que los campesinos indígenas en los detalles de la legislación reformista. Los estudios de esta usurpación sin precedentes son escasos. Dada la sensibilidad política de la cuestión, la magnitud de la apropiación y el impacto que produjo, quizás nunca se puedan determinar con exactitud. Robert Naylor mantiene de que hubo "poco cambio discernible" en la vida maya, de que continuó "casi igual que antes." Más realista es la evaluación de Carol Smith, que los indígenas "perdieron casi la mitad de las tierras que tradicionalmente reclamaban como suyas durante el período colonial." 26 La adquisición de tierra fue impulsada por el hecho de haberse dado cuenta de que varias regiones de Guatemala, especialmente Verapaz y la Boca Costa del Pacífico, ofrecían condiciones agrícolas ideales para el cultivo del café. Siendo zonas que no habían sido tocadas relativamente por el auge del cacao y la fiebre del índigo durante la época colonial, Verapaz y la Boca Costa se convirtieron en centros de especulación agraria considerable. La inversión de capital nacional y extranjero hizo que el café se convirtiera en el principal cultivo de exportación de Guatemala durante la segunda mitad del siglo XIX, posición que ha mantenido en la economía nacional desde los tiempos de Barrios hasta el presente. Cuando está organizada como plantación o finca, como en su mayoría lo está en Guatemala, la producción de café exige inversiones intensivas de mano de obra sólo en la época de cosecha. Por lo tanto, lo que más conviene a las necesidades de los cafetaleros es una fuerza de trabajo estacional, una que proporciona mano de obra cuando se necesita y de la que se puede prescindir cuando no. Como en Chiapas, desde hace más de un siglo, los mayas migrantes han cumplido con este requisito. Los métodos adoptados para conseguir mano de obra han variado a través de los años. La pura coerción en forma de mandamientos, autorizados por el presidente Barrios en noviembre de 1876, reforzó la práctica existente durante muchos años del trabajo por deudas legalizado, el cual perduró en Guatemala hasta ya bien entrado el siglo XX, cuando al final fue reemplazado por una ley de vagancia que exigía que los invididuos que poseían menos de una cantidad estipulada de tierra trabajaran parte del año como trabajadores asalariados para otros: cualquiera que cultivara diez o más cuerdas, pero menos de tres o cuatro manzanas que le daban derecho a una exención, se esperaba que trabajara cien días; cualquiera que cultivara menos de diez cuerdas se esperaba que trabajara ciento cincuenta días. 27 Un hombre debía llevar consigo una libreta de identificación en todo momento, y lo ideal era que al ser inspeccionada se hubiese cumplido con el número requerido de días. Los efectos de estas exigencias, según David McCreery, era "agravar la diferenciación social dentro de las comunidades y contribuir a la destrucción de las estructuras autoprotectores corporativas." McCreery también afirma que tales exigencias "aseguraban la rentabilidad de la principal exportación, empobrecían a la población rural y contribuían a las precondiciones de la actual violencia." 28 Dos investigaciones proporcionan detalles locales que respaldan la afirmación de McCreery, uno de Shelton Davis relacionado con lo que ocurrió en Santa Eulalia, otro de Robert Carmack relacionado con acontecimientos en Momostenango. Davis calcula que, entre 1880 y 1920, aproximadamente 70 por ciento de las propiedades comunales de Santa Eulalia cayeron en manos de ladinos, incluyendo terrenos muy valiosos en la tierra 27 Una cuerda es una unidad agraria variable, la cual mide 0.11 acres o 0.27 acres. Una manzana es aproximadamente igual a 1.7 acres. W. GEORGE LOVELL caliente de la región de Ixcán, "zonas de gran potencial ecológico y económico." De cincuenta y cinco terrenos titulados en estas partes, los indígenas recibieron sólo nueve; de las 1.520 caballerías involucradas en el proceso de titulación, a los indígenas les fueron otorgadas 183. 29 Los ladinos titularon la tierra, como deseaba el gobierno, individualmente, no como cuerpo corporativo, la forma maya para reivindicar la tierra. Mientras que los ladinos se dividían las áreas de la tierra caliente, los indígenas se concentraron en adquirir título legal de la tierra fría, en la vecindad del centro del pueblo. El resultado fue el surgimiento de una dicotomía clásica de grandes propiedades poseíadas por los ladinos en las tierras bajas y un mosaico de campos pequeños cultivados por los indígenas en las tierras altas. Davis registra que la primera tierra que se perdió quedaba cerca de Santa Cruz Yalmux, donde un grupo de ladinos de Huehuetenango reivindicaron unas 200 caballerías. Los demandantes, miembros de la milicia local, presentaron su caso el 22 de mayo de 1888, apareciendo en persona ante el general Manuel Lisandro Barillas, entonces presidente de Guatemala. Reclamaron derechos de propiedad por razones de que: (1) las propiedades de Santa Eulalia en tierra fría "eran grandes y suficientes" para los indígenas que vivían allí; (2) los solicitantes usarían las tierras que querían titular "para el desarrollo de la agricultura capitalista"; (3) durante "la llegada al poder del Justo Rufino Barrios," Huehuetenango jugó un "papel militar" que el gobierno estaba obligado a reconocer; y (4) otorgar título de la tierra permitiría la creación de un nuevo municipio, el cual funcionaría "como puesto militar avanzado para la protección de la frontera entre México y Guatemala," a lo largo del río Usumacinta. A pesar de las protestas de que los demandantes "sólo querían obtener títulos de esta tierra para revenderla después a los residentes indígenas," el gobierno de Barillas en julio de 1888 otorgó 200 caballerías de tierra en Yalmux a los ladinos de Huehuetenango. El 17 de octubre de ese mismo año, se formó el municipio de Barillas. La elección de topónimo relacionó directamente la acción del gobierno con la erosión de las tierras mayas. 30 Los indígenas de Momostonango, nos informa Carmack, "perdieron sus mejores tierras agrícolas bajo el gobierno liberal -cuarenta y seis caballerías de tierras llanas y fértiles en Buenabaj-y varios cientos de caballerías de tierras de boca costa en El Palmar y Samalá." Aunque la cantidad de tierra perdida en términos absolutos era menor que en Santa Eulalia, la incautación de propiedad nativa era tal que, como la población se duplicó de tamaño durante el siglo XIX, la propiedad familiar promedio disminuyó a menos de media hectárea, lo cual significa que "la escasez de tierra alcanzó proporciones de crisis." Carmack considera que las reformas liberales fueron "desastrosas" y "censurables" hasta el punto de que, en 1876, produjeron una "insurección total," que el régimen de Barrios reprimió brutalmente. Adoptando estrategias usadas por las fuerzas armadas guatemaltecas un siglo después, Barrios ordenó que su milicia "quemara las casas y las cosechas en las zonas rebeldes de Momostenango" y que reasentara forzosamente en el pueblo a "muchas familias que se sospechaba estaban ayudando a los rebeldes." Las tropas gubernamentales no tardaron en salir victoriosas, capturando y encarcelando a los rebeldes, muchos de los cuales fueron ejecutados. Carmack concluye que "los últimos cincuenta años de gobierno liberal en Momostenango fueron una época de intensa represión política y económica para los indígenas." Durante este período ladinos locales establecieron "vínculos personales íntimos con los dictadores nacionales." Los ladinos aprovecharon estos vínculos "para establecer un sistema autoritario de gobierno dentro de la comunidad." De 1.000 a 2.000 momostecos, calcula Carmack, fueron canalizados cada año a la región cafetalera de la boca costa, además de ser obligados a prestar servicio público dentro del pueblo mismo. De esta manera, los indígenas contribuían más de 336.000 días por año (16 por ciento del total disponible) en trabajo forzado. Los mismos eran vigilados en sus esfuerzos por ladinos que gobernaban por medio de "una elaborada mezcla de terror y paternalismo." En otra estrategia a la que recurrieron opresores posteriores, los hombres indígenas, para probar su lealtad a un "estado prácticamente facista," eran obligados a participar "en un sistema de milicia y servicio activo casi constantes," lo cual significaba que la "seguridad" de la comunidad tenía prioridad sobre los asuntos personales o familiares. 31 Desde la época de Barrios y sus sucesores, han ocurrido cambios importantes en la manera en que se reclutan mano de obra indígena para las fincas. Sin embargo, la necesidad de forzar a los trabajadores ha disminuido a través de los años, ya que el crecimiento demográfico explosivo en 31 Carmack, Robert M.: "Spanish-Indian Relations in Highland Guatemala, 1800-1944," en MacLeod, Murdo J., and Wasserstrom, Robert (editores): Spaniards and Indians..., págs. 242-244. Guatemala, y la necesidad de ganar más dinero para dar de comer a más bocas, normalmente aseguran una fuerza de trabajo abundante. Esto ha sido así especialmente entre los minifundistas indígenas, aproximadamente 90 por ciento de los cuales viven con sus familias en terrenos demasiado pequeños para proporcionar empleo y subsistencia durante todo el año. Si la coacción disfrazada de cuadrillas de trabajo o leyes de vagancia ha desaparecido, no ha sido así con la desigualdad estructural ni la manipulación étnica que impulsan la migración estacional. En Guatemala, apenas 3 por ciento del número total de propiedades agrícolas ocupan 63 por ciento del área agrícola total, mientras que 90 por ciento del número total de propiedades agrícolas dan cuenta de 16 por ciento del área agrícola total. La mejor tierra continúa siendo usada para cultivar café, junto con algodón, bananos y caña de azúcar, para la exportación, no para alimentar a las poblaciones locales desnutridas, 70 por ciento de las cuales viven en una estado de pobreza que los estadísticos de la ONU describen como "extrema." 32 El único intento serio para enfrentar, si no para enmendar, éstas y otras injusticias ocurrió durante un período "revolucionario" de diez años (1944-54), del cual, como nación moderna, Guatemala no se ha recuperado. Cómo los intereses extranjeros y la oposición nacional unieron fuerzas para poner obstáculos y luego derrocar al gobierno de Jacobo Arbenz Guzmán es suficientemente conocido como para justificar que no sea repetido aquí. Si uno acepta el razonamiento de Robert Wasserstrom por encima del de Jim Handy y Piero Gleijeses, entonces Arbenz "buscaba mitigación, no metamorfosis," y las reformas que implementó constituían en esencia "un programa modesto, no un programa audaz." De acuerdo a como lo ve Wasserstrom, Arbenz operaba creyendo erróneamente que "las dificultades internas de Guatemala se derivaban principalmente de la ignorancia y el aislamiento de su población indígena." Lo que Arbenz y sus seguidores no entendieron fue que "la agricultura comercial de Guatemala representaba una forma especial de capitalismo que había promovido la propagación de la agricultura de subsistencia y la tenencia de la tierra en forma de minifundios." Creyendo que los "viejos antagonismos entre indígenas y ladinos desparecerían cuando, con el tiempo, los siervos indígenas fueran integrados en la vida nacional," la plataforma de Arbenz desafió a, y fue derrotada por, una variante más poderosa e insidiosa del capitalismo que, desde entonces, se ha adaptado a las peculiaridades étnicas y geográficas de Guatemala. Lo que Arbenz nunca comprendió, argumenta Wasserstrom, fue que el capitalismo había evolucionado simbióticamente en Guatemala para crear una situación en la que las comunidades mayas y las fincas de la boca costa existían en grados variables de interdependencia, unas con otras. En este entorno específico, la lógica capitalista dictaba que "si las primeras perduran, las últimas tienen asegurada la mano de obra que necesitan." 33 Cualesquiera que hayan sido los beneficios que los indígenas obtuvieron bajo el gobierno de Arbenz, estos fueron efímeros. Después de la Revolución mexicana, se puede decir que a los mayas del altiplano de Chiapas les fue un poco mejor, ya que a pesar de la persistencia de manifiestas desigualdades y serias lagunas en la legislación de la tenencia de la tierra, a las comunidades indígenas de allí por lo menos les escucharon algunas de sus quejas, aunque de ninguna manera se las resolvieron completa. Durante los primeros quince años después de que la guerra civil en México hubiese terminado, la economía cafetalera de Chiapas continuó creciendo, siendo la mano de obra indígena (como en Guatemala) una de las piedras angulares de la prosperidad. La reforma llegó primero en relación con las condiciones de empleo, específicamente el establecimiento de la Oficina de Contrataciones y el Sindicato de Trabajadores Indígenas, a finales de la década de 1930. Estas agencias requerían, respectivamente, que los indígenas que trabajaban en las fincas negociaran un contrato y se afiliaran a un sindicato, proporcionándoles así, en teoría, garantías gubernamentales de que (1) recibirían el salario mínimo legal y (2) que serían tratados de acuerdo con los códigos laborales defendidos por la administración de Lázaro Cárdenas (1934-1940) en la Ciudad de México. Gran parte del mérito de organizar a los trabajadores indígenas pertenece a Erasto Urbina, personaje popular que se moldeó al estilo de su mentor presidencial. El éxito de Urbina en el frente laboral le dio la seguridad, después de que Cárdenas lo nombrara director del Departamento de Protección Indígena, para organizar la restitución de la tierra, la cual suponía devolver W. GEORGE LOVELL a las comunidades nativas, en forma de ejidos, muchas de las propiedades que les habían quitado durante el siglo XIX. Aunque el historial de Urbina es impresionante, Wasserstrom nuevamente aconseja la cautela, ya que a los dueños de grandes propiedades en Chiapas "por lo general se les permitió conservar sus mejores tierras y parcelas irrigadas." Wasserstrom calcula que "de las 62.000 familias que se habían beneficiado con la reforma agraria, por lo menos un tercio poseían recursos insuficientes para sostenerse." Además, su valoración de la reforma agraria en Zinacantán indica que "casi la mitad de las familias que tenían derecho a recibir parcelas" fueron excluidas del proceso, cuando la mayoría de los hacendados conservaron "tanto sus mejores campos como el control de los suministros de agua." En consecuencia, "60 por ciento de la concesión final del pueblo estaba compuesta de bosques y laderas, mientras que sólo 40 por ciento contenía tierras de labrantío estacionales." 34 Deficiencias como éstas, junto con la ausencia casi total de iniciativas gubernamentales en áreas remotas y desheredadas del oriente de Chiapas, templaron el impacto de la reforma. Sin embargo, como expresa sucintamente Collier, la legislación que gobernaba la tierra y la tenencia de la tierra, en el altiplano central en todo caso, "transformaron las comunidades indígenas de un mosaico de chozas pequeñas, diseminadas entre las propiedades ladinas, en un área de control indígena consolidado y continuo." 35 Ninguna reparación similar a ésta ha sido alguna vez soñada por cualquier gobierno de Guatemala. La segunda mitad del siglo XX marca la bifurcación del destino de los mayas del altiplano en dos trayectorias más definidas, si bien décadas de marginalización y descuido aseguran que la pobreza prevalezca como suerte común de los indígenas, tanto en Chiapas como en Guatemala. Políticamente, Chiapas es tal vez el más complejo de los dos casos al que hay que enfrentarse. Aunque los indígenas de allí han tenido que afrontar toda clase de descriminación, como atestiguan irrefutablemente las novelas de Rosarios Castellanos y B. Traven, incluso un observador tan cauteloso 34 Wasserstrom, R.: Class and Society..., págs. 167 y 171. Tomo LIX, 1, 2002 como Wasserstrom admite que, en 1950, "la reforma agraria y medidas similares habían alterado profundamente todo el tejido de las relaciones sociales en el área central de Chiapas."36 ¿Qué fue, por consiguiente, lo que ejerció una presión tan tremenda en el tejido social y finalmente hizo que se rasgara, provocando la sublevación zapatista del 1° de enero de 1994? Como en el caso de Guatemala, se puede mencionar primero el ritmo acelerado de crecimiento de población desde 1950 en adelante. Retrospectivamente, la historia de la población de Chiapas y Guatemala (véanse Cuadros 1-6) puede ser interpretada como una en que, después de un colapso demográfico después de la conquista, hicieron falta más de cuatro siglos para que los pueblos mayas recuperaran las cantidades que sumamaban al momento del contacto, sólo para que ocurriera la duplicación de tamaño en el espacio de una generación. Tal crecimiento reciente sin precedentes pondría a prueba la resolución política y colocaría una carga material en los recursos de la mayoría de los países, pero en dos naciones tan divididas como México y Guatemala, donde la distancia entre unos pocos ricos y muchísimos pobres adquiere una dimensión étnica y de clase, las implicaciones para la estabilidad social han sido profundas. Durante décadas, el gobierno mexicano mantuvo la paz en el área rural adhiriéndose a la retórica, aunque no siempre a la realidad, de la reforma agraria, consagrada en el Artículo 27 de la constitución mexicana. Extendiendo por lo menos la promesa de reforma agraria a las comunidades rurales empobrecidas, así como proporcionando acceso a crédito y subvencionando provisiones básicas tales como el maíz y la leche, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) pudo contar con apoyo campesino amplio, elección tras elección. Chiapas ha sido un partidario leal del PRI, votando 89.9 por ciento a favor del candidato del PRI, Carlos Salinas de Gortari, en las elecciones presidenciales de 1988. El predecesor de Salinas, Miguel de la Madrid (1982-88), había precidido un programa de austeridad diseñado por la comunidad bancaria internacional para reducir la inmensa deuda extranjera de México, la cual el país había acumulado durante el efímero pero desastroso auge petrolero entre 1972 y 1982. Salinas estaba dispuesto a exprimir aun más a la base campesina del PRI, para satisfacer las presiones externas que exigían un "ajuste estructural" de la economía mexicana que introduciría al país en una nueva era marcada por la asociación de México con los Estados Unidos y Canadá en el Tratado de Libre Comercio Norteamericano. Asociada con una visión de modernización similar a la del dictador liberal Porfirio Díaz hace un siglo, en la que la tierra, el trabajo y los recursos naturales se abrirían a la inversión extranjera, en un esfuerzo para estimular el desarrollo económico, la política del Tratado de Libre Comercio significó mayores apuros para la gente en Chiapas, especialmente en partes de la frontera oriental del estado, donde las condiciones de vida son especialmente difíciles. Las cosas se movieron hacia el punto de ruptura en 1992, cuando el gobierno de Salinas, en un cambio dramático de la raison d'être del PRI, redactó de nuevo el Artículo 27 de la constitución mexicana, acabando así con un compromiso con la reforma agraria que de hecho había definido la relación del estado con sus electores campesinos durante medio siglo. "En Chiapas," insisten George Collier y Elizabeth Lowery Quaratiello, "donde muchas reclamaciones de tierra aún no han sido resueltas después de languidecer en la burocracia estatal durante años, la anulación de la legislación de la reforma agraria les quitó a muchos campesinos no sólo la posibilidad de obtener un pedazo de tierra, sino simplemente la esperanza." La sublevación zapatista, que Collier y Quaratiello creen es "principalmente una rebelión campesina, no una rebelión exclusivamente indígena," tal vez se entiende mejor como una protesta popular contra la violación gubernamental de un contrato social de muchos años. 37 Aunque comenzó en Chiapas, y sin lugar a dudas incluye a los pueblos mayas y responde a una serie de derechos y cuestiones mayas, el desafío zapatista transciende las fronteras locales y regionales y reverbera con significación simbólica en todo México, forzando una reevaluación de la política, la economía, la ideología y la identidad de la nación. En Guatemala, la política de la Guerra Fría que tuvo mucho que ver con el derrocamiento del gobierno de Arbenz en 1954 ha estado tan arraigada y ha sido tan penetrante como la actitud del PRI en México. Seis años después de la caída de Arbenz, oficiales jóvenes de las fuerzas armadas nacionales organizaron un golpe frustrado contra el gobierno del general Ydígoras Fuentes, cuyas secuelas señalaron el comienzo de una brutal guerra civil que se prolongó, intermitentemente, durante treinta y seis años. En titucionales el 25 de mayo de 1993, intentando gobernar por decreto, medida que provocó resistencia popular y al final condujo a su destitución. Ramiro de León Carpio asumió la presidencia el 6 de junio de 1993. Él, a su vez, entregó el cargo en enero de 1996 a Alvaro Arzú, cuyo gobierno firmó un acuerdo de paz "firme y duradera" con los insurgentes el 29 de diciembre de 1996. Sin embargo, la reforma agraria no figuró en los términos del acuerdo de paz, ni en la agenda presidencial de Arzú (1996-2000) o en la de su sucesor, Alfonso Portillo. Es difícil imaginar cómo una paz "firme y duradera" puede alcanzarse sin una reevaluación fundamental de la forma en que la tierra es poseída y trabajada. Guatemala no es un país pobre. Es rica en recursos, naturales y humanos. Guatemala ha sido convertida en un país pobre porque el acceso a sus recursos, especialmente sus recursos agrarios, está caracterizado por estructuras paralizantes de desigualdad. Hasta que no se haga frente a la cuestión de la tierra, y a la dignidad de los pueblos mayas con ella, la causa principal de la agitación civil seguirá sin ser atendida. 40 Mientras tanto, como lo hicieron sus antepasados siglos antes, los mayas del altiplano continúan adaptándose y sobreviviendo, respondiendo a la adversidad o a la falta de oportunidad en formas que nos obligan, una y otra vez, a reevaluar nuestras representaciones. Por ejemplo, ya no podemos considerar que los refugios montañosos de Chiapas y Guatemala son su dominio espacial exclusivo o predominante, ya que los mayas del altiplano ahora viven y trabajan lejos de sus lugares de origen en Mesoamérica. Son especialmente numerosos en el sur de los Estados Unidos, en California, Texas y Florida, tres de los muchos estados a donde huyeron los mayas de Guatemala durante los años violentos de la década de 1980. Sin embargo, también se pueden encontrar concentraciones mayas mucho más al norte, en las ciudades de Chicago, Boston y Providence, Rhode Island, incluso en partes de Canadá. Las descripciones estáticas que los representan como "hombres de maíz," para invocar el término del escritor guatemalteco Miguel Angel Asturias, deben ser reconciliadas con una red de improvisaciones en curso, ya que la supervivencia depende, como siempre, en hacer lo que haga falta para ganarse la vida, incluyendo vivir y trabajar en un entorno urbano norteamericano desconocido, a miles de kilómetros de sus milpas milenarios. Aunque la diáspora maya comenzó como respuesta a la violencia y la represión, desde entonces a los refugiados políticos se ha unido una avalancha de personas que buscan mejoría económica y social. Se cree que hasta un millón de guatemaltecos residen actualmente, algunos legalmente, la mayoría no, en Estados Unidos y Canadá, un número considerable de ellos mayas. Aproximadamente 500 millones de dólares se envían o se llevan a Guatemala cada año en forma de remesas familiares, cuyo impacto, a nivel de comunidades individuales, puede ser considerable. Por ejemplo, el 13 de noviembre de 1996 el periódico guatemalteco Prensa Libre informó que en 1995 sólo la comunidad de Santa Eulalia recibió $3 millones en remesas familiares, enviadas por más de 6.000 mayas q 'anjoba' les que viven y trabajan en los Estados Unidos, la mayoría de ellos en California. Hacer frente a las redes migratorias en una esfera transnacional que abarca los Estados Unidos y Canadá, así como México y Guatemala, es actualmente una realidad de la vida maya del altiplano como lo era enfrentarse a las demandas de la encomienda y el mandamiento en épocas pasadas. Sin importar cuál sea el desafío, los mayas del altiplano están equipados culturalmente para perdurar. Anuario de Estudios Americanos
Tomando como punto de partida la opinión general de que América Latina es el continente violento por excelencia y la hipótesis defendida por Ariel Dorfman (1972) se analiza aquí la cuestión de la violencia política, ciñéndose a la literatura de la segunda mitad del siglo XX. Tras discutir las definiciones (divergentes) de la violencia propuestas por la filosofía política, se pasa a una fenomenología de la violencia en la literatura, examinando hasta qué punto y en qué sentido ésta sería el carácter distintivo de la literatura latinoamericana. Finalmente, se analiza la metarreflexión sobre la violencia política en la literatura ficcional, centrándose en tres puntos: (1) el (presunto) ser violento del mundo latinoamericano, (2) la violencia estatal, y (3) la violencia de la resistencia. Se constata, entre otras cosas, que ha habido una tendencia a atacar la violencia estatal y defender la de la resistencia; tendencia comprensible en tiempos de dictadura, pero que se vuelve problemática bajo una democracia. Dos preguntas cierran este trabajo: hasta qué punto la violencia es un fenómeno de la cultura, que crece en su mismo seno, y no un fenómeno extracultural dirigido contra ella, y hasta dónde la libertad individual y la seguridad cívica pueden ser conciliadas, punto que ha ocupado un lugar central en la discusión internacional después de los acontecimientos del 11 de septiembre. En América la violencia es la prueba de que yo existo ARIEL DORFMAN: Imaginación y violencia en América La Europa que nos juzga, que nos mira desdeñosa, es la mayor suma de genocidios de la historia de la humanidad, es el imperio de la violencia y el racismo MEMPO GIARDINELLI: Qué solos se quedan los muertos Que América Latina es el continente violento por excelencia parece opinión común, a pesar de que los acontecimientos recientes (sobre todo los del 11 de septiembre 2001) y no tan recientes ocurridos en distintos países parecerían indicar que no se encuentra solo en este sentido. La última década, durante la cual se ha completado la transición democrática en una serie de países que habían sufrido dictaduras militares, no ha logrado borrar los dolorosos recuerdos que pueden volver a la superficie en cual-1 El presente artículo se basa en una conferencia dada en el Congreso Anual de la Asociación Alemana de Investigación sobre América Latina (ADLAF), celebrado en Hamburgo en 1999 y dedicado a la violencia en América Latina. quier momento, tal como ocurre cuando otro oficial argentino culpable de torturas es desenmascarado o, en el caso de Chile, con el juicio de Pinochet. Según una estadística de los secuestros a nivel mundial establecida en el 2000 para la compañía de seguros inglesa Hiscox Group y publicada en un resumen por Newsweek en julio de ese mismo año, entre los diez países con el mayor número de secuestros en 1999 (y que representan el 92% del problema a escala mundial), figuran cinco latinoamericanos. No sorprenderá mucho que Colombia se encuentre en primer lugar con un total de 972 secuestros -"uno de los países más inseguros y subvertidos del mundo", según palabras de Gabriel García Márquez. 2 "Eramos, y de lejos, el país más criminal de la tierra", dice el narrador de la novela La Virgen de los Sicarios, de Fernando Vallejo. 3 A pesar de las profundas diferencias que existen entre ellos, las revueltas en Chiapas, la acción de la guerrilla y la mafia en Colombia, los excesos de la policía, los altos índices de criminalidad (para indicar sólo unos pocos fenómenos), colaboran a mantener viva la fama de violento de la que sufre el subcontinente latinoamericano. La violencia real del subcontinente tiene su contraparte en la literatura. Así lo expresa Ariel Dorfman en su ensayo "La violencia en la novela hispanoamericana actual": Decir que la violencia es el problema fundamental de América y del mundo es sólo constatar un hecho. Que la novela hispanoamericana refleja esa preocupación se advierte en cada página escrita en nuestro continente, esas páginas que son como la piel de nuestros pueblos, los testigos de una condición siempre presente. Dorfman recogió este ensayo en 1970 en un volumen que lleva el título emblemático de Imaginación y violencia en América. 4 Si aceptamos su tesis de la omnipresencia de la violencia en la narrativa hispanoamericana como hipótesis de trabajo, escribir sobre la violencia en la literatura 2 García Márquez, Gabriel: Noticia de un secuestro. 3 Vallejo, Fernando: La Virgen de los Sicarios. 4 "La violencia en la novela hispanoamericana actual". En Dorfman, Ariel: Imaginación y violencia en América. A pesar de que han pasado treinta años desde su primera edición, el ensayo de Dorfman sigue siendo considerado como una reflexión paradigmática sobre la problemática; de ello es prueba su inclusión en la colección de los ensayos más significativos sobre la literatura latinoamericana en Sosnowski, Saúl (ed.): Lectura crítica de la literatura americana. Aunque difiero de este ensayo en más de una oportunidad, el peso que parecen tener sus argumentos me ha motivado a utilizarlo como hilo conductor en este trabajo. Anuario de Estudios Americanos latinoamericana significaría escribir sobre esta literatura en su totalidad, incluyendo al Brasil y tomando en cuenta todos los géneros literarios. Ante la clara necesidad de restringir el campo de observación, opto por la violencia política, dejando de lado la violencia en el nivel privado. Sin embargo, esta opción no niega la interrelación entre ambas, lo que discutiré más adelante. Todos sabemos (o creemos saber) lo que es la violencia. Sin embargo, si comparamos las definiciones dadas en las obras de referencia, nos damos cuenta de que existe una gran variedad e, incluso, ciertas contradicciones. Peter Waldmann, en su artículo sobre la violencia política, distingue entre violencia personal, institucional y estructural. La violencia personal es definida como "una interacción social que se caracteriza por la imposición de pretensiones y esperanzas o, más simplemente, por el enfrentamiento corporal directo". La violencia institucional, por su parte, es "el poder de mandar sobre otras personas, apoyado en sanciones físicas, que se concede a personas que ocupan ciertas posiciones". Finalmente, su concepción de la violencia estructural, inspirada en la del investigador noruego Galtung, la define como "la causa de la diferencia entre la realización somática y espiritual del hombre y su realización potencial". 5 La violencia estructural no se puede imputar a una persona o institución determinada, sino -de una manera algo vaga-a las circunstancias reinantes que impiden, por ejemplo, que un enfermo pobre reciba el tratamiento médico adecuado. Este ejemplo hace ver que la violencia estructural pertenece, en última instancia, al campo de la violencia institucional, porque es la consecuencia de una situación política en el sentido más amplio. 6 El concepto de violencia estructural es, además, un fuerte indicio de la evolución que ha sufrido el concepto de violencia en general, dado que dudo de que las situaciones que abarca hubieran sido consideradas como violentas en tiempos anteriores. Las traducciones del alemán y del francés en este ensayo son mías. 6 Scruton, por el contrario, considera el concepto de violencia estructural como mera coartada, por parte de pensadores radicales, para poder justificar mejor la oposición violenta. Más concreta es la definición que encontramos en The Blackwell Encyclopaedia of Political Thought: 7 El autor de esta entrada no distingue entre violencia personal e institucional, pero sí diferencia la violencia estructural, a la cual se alude claramente en la última frase de la cita. A continuación, distingue entre formas instrumentales y expresivas de la violencia, siendo la instrumental una violencia utilizada racionalmente para alcanzar ciertos objetivos, mientras que la expresiva, sea individual o colectiva, es un objetivo en sí misma. La amenaza de la violencia y el acto de violencia contra la propiedad que aparecen, en la definición, como una extensión posible del concepto de violencia, son, en realidad, centrales para la eficacia de la violencia en tanto que instrumento político. Esto se debe a que la violencia real se dirige siempre contra un número específico de personas; de modo general, contra aquellos que el régimen imperante considera más peligrosos. Lo que toca a todos los ciudadanos es la amenaza de la violencia (tanto contra la persona como contra la propiedad), y es esta amenaza la que les produce miedo y los induce a la obediencia cívica. Como lo mostraré posteriormente, este aspecto juega un papel vital en la expresión literaria de la violencia. Es sólo de paso que puedo mencionar las distintas teorías sobre el origen de la violencia, teorías que ocupan un puesto importante en la filosofía política: según éstas, la violencia radica en la propiedad privada (Marx y muchos otros), o en la carencia de los medios para (sobre)vivir (Sartre), o en la rebelión contra Dios (la teología cristiana). Las teorías de índole política tienen en común el relacionar el problema de la violencia con la sociedad. Según el artículo "violencia" del Dictionnaire des littératures, la violencia "es literalmente el contenido de las sociedades, no lo que reprimen, sino lo que organizan, el horizonte de enfrentamiento que sitúa el diálogo". 8 Aun más lejos va Wolfgang Solfsky en su reciente Tratado sobre la violencia (Traktat über die Gewalt, 1996) en el cual pone en relación violencia y cultura: la violencia no es, según él, un fenómeno antagónico a la cultura, sino un producto de ella: La violencia es ella misma un producto de la cultura humana, un resultado del experimento de la cultura. Se la aplica en el nivel respectivo de las fuerzas destructivas. Puede hablar de retroceso sólo aquél que cree en progresos. Empero, desde siempre los hombres destruyen y asesinan con gusto y, por así decirlo, como naturalmente. Su cultura les habilita a dar forma y contorno a esta potencialidad. El problema no reside en la escisión entre las fuerzas oscuras del instinto y las promesas de la cultura, sino en la correspondencia entre violencia y cultura. La cultura no es, en modo alguno, pacifista. Ella forma parte del desastre.9 Aplicando esta misma idea a la realidad latinoamericana, el colombiano Rafael Humberto Moreno Durán escribe que "la 'barbarie' de la dictadura sólo es posible con los medios que le ofrece la 'civilización' asentada en la ciudad que crece". 10 Tanto en la teoría como en la práctica política, el problema de la violencia está ligado al del poder, hasta tal punto que es imposible hablar de poder sin incluir la violencia, y hablar de ésta implica a aquél.11 Desde una perspectiva filosófica, Schwartländer insiste en que hay que distinguir entre los dos conceptos, que a menudo son considerados idénticos. En el sentido más amplio, el poder se funda en su capacidad de imponer la voluntad del que lo ejerce. En este sentido -escribe-este ejercicio del poder es neutral. Sin embargo, se convierte en violencia si es impuesto contra la voluntad de otro(s) hombre(s). La violencia convierte al otro en una cosa a disposición del poderoso; en este sentido, la violencia es profundamente inhumana. Sin embargo, Schwartländer admite que también existe una forma de violencia que puede considerarse como justificada, lo que vale sobre todo para situaciones de legítima defensa. 12 Desde una perspectiva politológica, Scruton describe la interrelación entre los dos conceptos definiendo el poder como "the ability to achieve whatever effect is desired, whether or not in the face of opposition. 13 Waldmann habla de "teoría de la coerción" (Zwangstheorie) y "modelos de consenso". 14 El concepto central de la definición de Scruton es, en lo que toca a nuestro contexto, "coerción". Paso por alto el de "consenso" en tanto que no implica violencia, al menos en teoría. El concepto de "coerción", por el contrario, nos lleva directamente a la problemática de la violencia política. Empero, ¿cómo distinguir "coerción" de "violencia"? 15 En esta definición, la significación de "coerción" está muy cerca de la de "violencia", sobre todo la "physical coercion" que distingue de la "moral coercion". 16 En otro lugar, por el contrario, distingue coerción de violencia precisamente por la ausencia de fuerza física.17 A pesar de estas imprecisiones y hasta contradicciones, el concepto de coerción me parece útil para describir la acción legal de un gobierno legal -basado en el consenso de los ciudadanos-para realizar los objetivos gubernamentales y mantener la paz cívica. Esto puede significar que el gobierno tenga que usar la coerción para imponer sus objetivos contra los que rompan esta paz o amenacen con hacerlo, sea a nivel individual (criminalidad) o de grupo (mafia o resistencia armada contra una democracia). "Violencia", por el contrario, sería el abuso del poder en una democracia (por ejemplo, a través de la violencia policial) o, en una dictadura, la suma de las acciones del gobierno para mantener la paz social y, con ello, mantenerse en el poder. Es cierto que esta diferenciación entre coerción y violencia puede parecer ociosa, tanto desde la perspectiva de los gobernantes como de quienes se resisten a aceptar su autoridad, si bien por causas opuestas. Los regímenes autoritarios nunca tuvieron escrúpulos en recurrir a la violencia cuando les parecía necesario, y en cuanto a quienes se niegan a aceptar la autoridad de un gobierno, sea legítimo o ilegítimo, las acciones del estado siempre habrán de parecerles opresivas, y su resistencia, por ende, justifi-cada. En ambos casos, la distinción entre coerción y violencia pierde toda importancia. En cuanto a la legitimación teórica de su actuación, los unos se referirán a Maquiavelo, y los otros, a Georges Sorel. Estas reflexiones nos hacen ver que la distinción entre coerción y violencia nos lleva a un campo sumamente resbaladizo, lo que se debe, aparte de la dificultad inherente a la problemática, al hecho de que hacen falta, según Waldmann, "investigaciones sistemáticas sobre los mecanismos de la acción violenta del estado en situación de rutina". 18 La ausencia de una distinción clara, en la teoría política, entre violencia y coerción es tanto más deplorable cuanto que esta distinción es de importancia vital, tanto para la realidad política latinoamericana como para su literatura. La confusión entre ambos conceptos está en la base del escepticismo hacia el estado que comparten la mayoría de los intelectuales latinoamericanos. Particularmente difícil es el problema de la defensa contra la violencia que se presenta en todos los niveles. Schwartländer (cf. más arriba) había señalado la situación de "legítima defensa". El caso más sencillo es tal vez el de la vida privada: hay un consenso en el derecho que tiene el individuo de defenderse, incluso violentamente, contra una agresión; derecho que se extiende hasta permitir la muerte del agresor. Los modos y los grados de defensa personal tolerados, sin embargo, varían mucho de una sociedad a otra. Mientras que, en los EE.UU., es considerado absolutamente normal la tenencia personal de armas de fuego, esto constituye una excepción en los países de la Unión Europea. Transferido al campo político, el problema se complica. Dejando de lado la cuestión de la resistencia pacífica, ¿a qué grado de abuso de poder y de violencia tiene que llegar un gobierno para que la resistencia armada se considere justificada? Es paradigmático el caso de la resistencia alemana contra Hitler. Incluso en este caso extremo, los conjurados tuvieron que pasar por encima de una serie de escrúpulos morales para decidir llevar a cabo el proyecto de matar al tirano. Finalmente, el problema aparece en las relaciones interestatales: el problema de la "guerra justa" tiene una larga tradición en el pensamiento político. Si bien las distinciones y definiciones que he presentado son causa de controversia dentro de la reflexión teórica, lo son mucho más en la realidad política. Vuelvo a la distinción entre "coerción" y "violencia". Un criterio fundamental para la misma es -como señalé antes siguiendo a Schwartländer-la noción de derecho. Arrestar a un criminal en una demo-cracia es percibido como un acto lícito de coerción, mientras que todo arresto en una dictadura (salvo el de un criminal obvio) es percibido como un acto violento. Este ejemplo es instructivo en varios sentidos. Primero, sabemos que el concepto de derecho está sujeto a interpretaciones ideológicas. Segundo, que la violencia está sujeta a la percepción del que la ejerce, del que la sufre, o de un tercero no involucrado directamente que la observa, o que, al tener conocimiento de ella, la juzga. Para complicar las cosas, el concepto de violencia (y de su uso legal, semilegal o ilegal) es distinto en diferentes culturas, y ha estado, además, sujeto a profundos cambios históricos. Hasta tiempos bastante recientes, por ejemplo, la tortura era considerada un instrumento legal de la justicia. Otro ejemplo es el caso límite de la pena máxima y su implementación. En cuanto a los modos de ejecución del condenado, muchos de los que se utilizaron en Occidente (sin hablar de otras culturas) hoy nos parecen bárbaros. La discusión se prolonga actualmente en y con respecto a los EE.UU., tanto en lo que hace a la legalidad de la ejecución como a la "humanidad" de los métodos utilizados en la misma. La violencia, en otras palabras, es un hecho sujeto a la percepción no sólo ideológica sino cultural e histórica que a su vez depende de una serie de factores. Esto vale sobre todo para situaciones políticas turbias en las cuales es difícil distinguir de qué lado está el derecho, y si las medidas empleadas son adecuadas o violentas. Finalmente, la denuncia de la violencia puede constituir un arma poderosa en el campo de la opinión pública, tanto por el lado gubernamental (contra guerrilleros, etc.) como por el lado resistente (contra el gobierno, la policía, etc.). Las reflexiones anteriores se basan tácitamente en la suposición de que la distinción entre violencia política y la privada es evidente. Sin embargo, esta distinción es valedera sólo con ciertos matices. Dorfman19 define la violencia política como vertical y social, mientras que la privada sería horizontal e individual. En la violencia vertical, podemos distinguir entre la de "arriba" -es decir, de la parte del poder-y la de "abajo", es decir de la parte del pueblo. 20 Se comprende que la violencia desde arriba se identifica con dictadura y opresión, mientras que la de abajo con resistencia y libertad. En este ensayo, acepto la diferenciación entre violencia vertical y horizontal porque permite delimitar los campos de observación. Cabe, sin embargo, señalar que los límites no son tan nítidos como lo sugiere la defi-nición. La violencia de los narcotraficantes pertenece tanto a la esfera privada como a la política. Discutiré este punto más adelante a propósito del reportaje de García Márquez sobre los secuestros en Colombia a principios de los años noventa. Más aún, la violencia privada puede convertirse en problema político si pasa de ser un fenómeno aislado a uno común. Si la criminalidad civil, por ejemplo, aumenta tanto que es sentida como insoportable por parte de la población, la violencia que, según la definición, es privada, se convierte en un problema político. Esta problemática ya lo suficientemente intrincada se complica más si la transferimos a la literatura. La obra literaria es la expresión de una perspectiva que difiere según los géneros literarios. En un ensayo, una opinión expuesta es la expresión directa de la opinión del autor. En la novela, por el contrario, una opinión expuesta por los personages o incluso por el narrador sólo raras veces puede relacionarse directamente con el autor. En la mayoría de los casos sólo puede hacerse indirectamente, a través del narrador implícito. El autor dispone de una amplia gama de recursos para expresar su visión y dirigir la simpatía o antipatía del lector, lo que le permite, como advierte Sábato en Abaddón, mostrar las diferentes caras de un problema. Ahora bien, es una convicción común que la literatura es, en su esencia, humana y que, por ende, debe contribuir a la humanización del mundo (a pesar de que esto último no ha gozado siempre de consenso entre los literatos). En este sentido, podemos esperar de ella que denuncie la violencia en todas sus formas. La literatura latinoamericana cumple, en su conjunto (y con muy pocas excepciones), con estas expectativas. Sin embargo, cabe tener en cuenta que el compromiso del escritor con la libertad lo puede llevar, aunque sea inconscientemente, a acentuar la violencia del lado opuesto y a minimizar (o justificar) la violencia del lado propio. Hay que contar, además, con las diferentes tendencias, formas y corrientes literarias en boga durante el siglo pasado, las cuales inevitablemente influyeron en los diferentes modos de enfocar y presentar la violencia. Finalmente, cabe señalar que la sensibilidad social y literaria hacia la violencia pueden estar en correspondencia o diferir según las circunstancias. En tiempos de dictadura, pudimos observar una alta correspondencia entre ambas. En la actualidad, por el contrario, se han separado hasta presentarse como opuestas. Volveré sobre estos puntos al final de este ensayo. Con estas reflexiones no deseo abogar por un relativismo absoluto. La violencia sigue siendo violencia; empero hay que tener en cuenta que la realidad política puede ser muy ambigua, y más aun su expresión literaria. La literatura latinoamericana: ¿una literatura de la violencia? En su ensayo citado al comienzo de este trabajo, Dorfman propone una doble tesis: 1) América Latina es, en su esencia, violenta; 2) la literatura hispanoamericana es más violenta que la de otras regiones. Puesto que la violencia real en las sociedades latinoamericanas no es el tema de este ensayo, no voy a discutir la tesis de si la sociedad latinoamericana es particularmente violenta o no en comparación con la de otros continentes. 21 Más aun, y sobre todo en el caso de un investigador alemán, me parece indispensable cierta discreción al escribir sobre el tema de la violencia en otro continente, en vista de nuestra propia historia del siglo XX. Me parece, sin embargo, imprescindible, en el contexto de este ensayo, analizar la reflexión que hacen los escritores mismos sobre la violencia en sus obras, la cual abordaré en la tercera parte. En cuanto a la segunda tesis, Dorfman la desarrolla a través de aseveraciones en extremo tajantes. "A partir del naturalismo -escribe-el problema de la violencia pasa a ser el eje de nuestra narrativa", 22 constatación en la que se explaya unas páginas más adelante: Sin embargo, el corpus que elige Dorfman y la comparación que hace entre la producción novelesca latinoamericana de las décadas anteriores a 1970 con la europea y norteamericana de esa misma época es demasiado limitado para permitirle llegar a conclusiones tan tajantes. Si extendemos 21 Para el problema de la violencia en el pasado del subcontinente, tanto en la realidad histórica como en su representación literaria, ver los siguientes volúmenes colectivos: Duviols, Jean-Paul y Annie Molinié-Bertrand (eds.): La violence en Espagne et en Amérique (XV e -XIX e siècles). McFarlane, Anthony y Marianne Wiesenbron (coords.): Violencia Social y Conflicto Civil: América Latina, siglos XVIII-XIX, en Cuadernos de Historia Latinoamericana, n.o 6, 1998. Para la violencia desde abajo, ver la obra enciclopédica de Balencie, Jean-Marc y Arnauld de La Grange: Mondes rebelles. Anuario de Estudios Americanos el campo de observación históricamente, nos damos cuenta de que la violencia es omnipresente desde los comienzos, incluyendo la Biblia. Y no puede ser de otro modo puesto que la literatura revive conflictos que se resuelven, de preferencia, de modo violento. ¿Cuántos crímenes y muertos hay en la Ilíada, la Odisea, el teatro griego? ¿Cuántos en las tragedias de Shakespeare? Si esto es particularmente válido para la tragedia, donde los conflictos (y su solución violenta) constituyen la base misma de la trama, es igualmente cierto para la narrativa, si bien de manera diferente. A pesar de que la presencia de la violencia, el grado de la misma, su expresión directa o velada varían según las épocas, es difícil, si no imposible, encontrar una época en la cual esté ausente. "La violencia, incluso el horror, no han dejado nunca de estar en el corazón mismo del arte", escribe el novelista francés Marc Petit. 24 La violencia es una constante de la literatura. La tesis de Dorfman que sostiene que la narrativa hispanoamericana es particularmente violenta, debe ser discutida sobre este trasfondo. El problema es sumamente intrincado y exigiría un rastreo sistemático en un corpus extenso de obras, misión imposible en el marco de un breve ensayo. Por ende, los análisis que presento en este capítulo no pueden tener sino valor de ejemplo. Dicho esto, deseo proponer una doble hipótesis: (1) si bien la presencia de la violencia como elemento definidor de la literatura latinoamericana del siglo XX tiene sus raíces, sin duda alguna, en la realidad política e histórica del subcontinente, es decisiva la sensibilidad particular de los escritores e intelectuales ante ella; (2) por lo menos en la literatura del Boom y Posboom, el tema de la violencia se diversifica y cambia, según los distintos países y según la época, tanto en la fuerza de su presencia como en su representación literaria. Una prueba provisional de la primera hipótesis es el hecho de que la gran mayoría (si no todos) de los fenómenos políticos violentos del siglo XX tiene su contraparte en la literatura. Entre ellos, podemos enumerar: la novela de la revolución mexicana, de la dictadura, de la guerrilla, de la violencia (en Colombia y Venezuela), la indigenista, la reacción literaria a erupciones violentas tales como la noche de Tlatelolco. Por otra parte, los períodos violentos del pasado ingresaron en el panorama literario con la novela histórica, sobre todo con la llamada nueva novela histórica de los últimos lustros, si bien es cierto que no faltan antecedentes de las mismas en las décadas anteriores. En todos los casos mencionados más arriba se trata de ciclos con un número nutrido de obras que forman un corpus propio. Lo dicho respecto de la novela puede extenderse al teatro y a la poesía, puesto que muchos de esos ciclos incluyen igualmente piezas teatrales y, por lo menos parcialmente, obras poéticas. 25 Sin embargo, esta enumeración de los distintos ciclos de la violencia (seguramente incompleta) esconde un aspecto central: se trata de ciclos relacionados con determinados hechos políticos reales y que están, por ende, ceñidos a un tiempo y un espacio en particular. Así, en los años de mayor violencia de la Revolución Mexicana, la Argentina vivía un período de paz cívica. Décadas después, cuando los países del Cono Sur sufrían las dictaduras militares de los setenta y principios de los ochenta, la violencia política tenía mucho menos importancia en México. El Perú del Sendero Luminoso, la Colombia de los carteles de Medellín y de Cali son otros tantos casos de violencia limitados a una época y una zona en particular. Si hacemos una contraprueba centrándonos esta vez en la obra de los autores más importantes, llegamos a una conclusión similar. La violencia ocupa, en efecto, un lugar importante en la obra de Rulfo, Sábato, Vargas Llosa, García Márquez, Fuentes o Cortázar -para tomar como ejemplo algunos autores ya canonizados de la segunda mitad del siglo XX. Lo mismo vale para los autores más jóvenes del llamado Posboom: Mempo Giardinelli, el autor cuya obra es, tal vez, la más marcada por la violencia, y Luisa Valenzuela en Argentina, Luis Britto García en Venezuela, José Emilio Pacheco en México, entre muchos otros más. Sin embargo, este mismo chequeo nos permite observar que en la producción de los autores mencionados hay obras que difícilmente podrían clasificarse bajo el signo de la violencia, sin hablar de la obra de otros autores de importancia como, por ejemplo, Alfredo Bryce Echenique. Un caso particularmente significativo es la obra de Borges. A pesar de que la violencia está presente en muchos de sus cuentos, sería difícil -si no absurdo-clasificarla bajo su signo. Es cierto que esta valoración es discutible y depende mucho de las diferentes concepciones de la violencia ya mencionadas. Además, no se puede llegar a una conclusión definitiva hasta haber realizado un análisis sistemático de la producción literaria de las últimas décadas. Las reflexiones anteriores, empero, incluso sin este estudio sistemático, nos llevan a concluir en favor de las dos hipótesis que he propuesto. La mayoría de los autores latinoamericanos ha retomado, en sus obras, aspec-tos de la violencia real de sus países, lo que atestigua su sensibilidad hacia los problemas de sus pueblos. Sin embargo, la violencia no está presente, con una fuerza y un peso iguales, ni en la realidad política ni en las obras literarias de todo el subcontinente, sino que varía según los países y según las épocas. Prefiero, por ende, hablar de la violencia en la novela de la Revolución Mexicana, o en la novela dictatorial en vez de hablar de modo general de la literatura latinoamericana. La generalización que conlleva la tesis de Dorfman se explica, tal vez, por el momento histórico en el que fue elaborada. Los años que van de los '60 a mediados de los' 80 constituyen una etapa particularmente violenta de la historia del continente, y si bien -como ya he señalado-esto no es cierto para todos los países o para todo el período, fue sentida como tal por los intelectuales latinoamericanos. Un indicio de la certeza de esta hipótesis es el hecho de que fue en estos años cuando aparecieron las grandes novelas dictatoriales de Vargas Llosa, García Márquez, Carpentier, Roa Bastos y Uslar Pietri. Es sólo ahora, desde una cierta distancia, cuando podemos distinguir los diferentes matices en una imagen que en ese entonces debió parecer de un negro uniforme. Volviendo, pues, a los distintos ciclos, podemos decir que tienen en común la tematización de la violencia en sus formas históricas particulares, pero que se distinguen en cuanto a su representación. Hasta mediados del siglo XX prevaleció la denuncia explícita de la violencia, bajo los cánones del naturalismo, de los distintos realismos o de la literatura comprometida a lo Sartre. Con el Boom, se impusieron formas más sofisticadas de representación de la violencia, sin que por ello perdiera fuerza la condena de la misma, tal como lo atestiguan las novelas dictatoriales mencionadas arriba. Un ejemplo particularmente instructivo lo constituyen las obras que surgieron de los sucesos de la noche de Tlatelolco, y cuyo abanico literario va desde el testimonio de La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska, hasta la carnavalización en Palinuro de México, de Fernando del Paso, sin que falte la reflexión político-filosófica que encontramos en los ensayos de Octavio Paz. Los autores contemporáneos a las dictaduras militares del Cono Sur prefirieron formas alegóricas bajo un realismo aparente, siendo tal vez los ejemplos más conocidos Casa de campo, de José Donoso, e Incidente em Antares, de Erico Veríssimo. Sobre todo en la Argentina, son numerosas las novelas y piezas de teatro que reflejan la última dictadura militar a través de tramas alegóricas. La llamada novela negra alcanzó particular importancia en este contexto. De modo general, se puede decir que el tema de la violencia se plasma, en la literatura, en el choque entre los órganos de poder y el ciudadano. De ahí la aparición recurrente de la tortura como expresión máxima de la violencia, tortura que muchas veces termina con la muerte del torturado o con la destrucción de su personalidad. La literatura latinoamericana ofrece escenas de pesadilla que se incrustan en la memoria. La tortura, empero, no tiene que ser necesariamente física, existiendo métodos más sutiles, psíquicos, que pueden ser más eficientes que la violencia física. Así, por ejemplo, el trágico fin de Cara de Angel en la cárcel del Señor Presidente. Cuando los torturados son mujeres, la quiebra de su personalidad puede llevar a la víctima a enamorarse de su torturador, "verdadero tabú social", como escribe Estela Patricia Scipioni26 a propósito de Paso de dos (1990), de Eduardo Pavlovsky, uno de los autores que más se ha ocupado de la figura del torturador. El cuento "Cambio de armas" (1982), de Luisa Valenzuela, es una expresión compleja y alucinante de este tabú. El masoquismo de la víctima es la otra cara del sadismo del victimario. Dentro del enfrentamiento entre el poder y el ciudadano, prevalece la tematización de la violencia desde arriba, lo que se explica por las numerosas dictaduras vividas durante el siglo XX. La misma razón explica que sea mucho menos frecuente la tematización de la violencia desde abajo, es decir, la de los movimientos revolucionarios, violencia que, por lo demás, se considera justificada por las circunstancias políticas. Volveré sobre esta problemática en la próxima parte de este ensayo. Un problema particular lo constituyen los movimientos revolucionarios que llegaron al poder. Según una dialéctica magistralmente analizada por Sartre en Critique de la raison dialectique (1960), los movimientos revolucionarios de un cierto tipo se definen como libertarios en la fase de su lucha contra el poder, pero se convierten a su vez en opresivos una vez obtenido el mismo. Un pensamiento análogo asoma en un lugar de Libro de Manuel, de Julio Cortázar. 27 La literatura de la Revolución Mexicana puede considerarse como ilustración de este pensamiento pesimista. Desde los comienzos, los autores tematizaron la violencia revolucionaria y su degradación en bandoleris-mo, como lo atestigua la novela Los de abajo (1915), de Mariano Azuela. Tampoco se callan las violentas luchas por el poder entre los revolucionarios victoriosos -cuya expresión más importante es, tal vez, La sombra del caudillo (1929), de Martín Luis Guzmán-, denuncia que continúa en publicaciones recientes, como, por ejemplo, las novelas de Ignacio Solares. Muy distinto ha sido el caso de la Revolución Cubana, cuya dimensión violenta no ha sido retomada en la literatura de una manera análoga a la de la Revolución Mexicana. 28 La causa de esta diferencia entre ambos corpus resalta mejor en algunos pasajes del libro de Rogelio Rodríguez Coronel sobre la novela de la Revolución Cubana. La novela de la Revolución Mexicana -escribedestila amargura, desesperanza o incomprensión a partir de ideales que en la práctica son mutilados; ideales que históricamente resultan anacrónicos y utópicos por estar referidos a una justicia social irrealizable en el contexto de la época [...]. 29 El novelista de la Revolución Cubana, por el contrario, "colabora en la defensa de un mundo que pugna por establecer nuevos valores, por remodelar a la sociedad y al hombre". 30 En otras palabras, la actitud del novelista de la Revolución Mexicana es utópica y negativa, mientras que la de la Revolución Cubana es realista y positiva. El carisma de Fidel Castro y, tal vez más aun, el mito del Che en tanto que encarnación del sueño del hombre nuevo en la nueva sociedad, sobrevivieron a los diversos escándalos (el de Padilla de 1971 y el de Ochoa en 1989, entre otros). Ni siquiera la extensa literatura del exilio ha conseguido imponer una imagen diferente, a pesar del éxito mundial de algunos de sus autores como Guillermo Cabrera Infante o Reinaldo Arenas. Es sólo recientemente cuando una postura anticastrista hasta favorece el éxito, como en el caso de Zoe Valdés, lo que puede considerarse como un indicio (entre otros) del cambio en la percepción literaria de Cuba, sobre todo en Europa. Sin embargo, el análisis de la violencia política en la literatura sería incompleto, incluso superficial, si se limitara a la violencia misma. Por lo menos tan importante como ésta es su efecto en los hombres y la sociedad: el miedo, el terror interiorizados. La violencia transforma y deforma a los hombres, tanto a los victimarios como a sus víctimas, sean éstos seres que realmente la sufren o que sólo la temen. En este sentido cabe hablar de un "hombre de la violencia", que aparece en circunstancias políticas concretas. Yo el Supremo, de Roa Bastos, o El otoño del patriarca, de García Márquez, son excelentes estudios de la deformación de la personalidad del dictador, como lo son, para citar la contrapartida del personaje, las novelas de las dictaduras militares en el Cono Sur en cuanto a la deformación que padecen las víctimas. A modo de ejemplo puede citarse Cuarteles de invierno, de Osvaldo Soriano, o algunos cuentos de Mempo Giardinelli y Luisa Valenzuela. Parecería lógico esperar que, con la transición democrática en los países del Cono Sur y el Brasil, con el ocaso de los movimientos guerrilleros (con excepción de Colombia), el problema de la violencia política hubiera perdido peso y actualidad en el subcontinente latinoamericano. Y, en efecto, así es, en cuanto que la dialéctica de dictadura y resistencia como tema actual ha desaparecido de la literatura. Sin embargo, esta desaparición es compensada por su reaparición bajo otras formas. En primer lugar, aparece como reflexión sobre el pasado inmediato, lo que se puede observar en un gran número de obras de los últimos años, las cuales atestiguan que la violencia sigue siendo un trauma para los diferentes pueblos. Se podría llegar a comparar esas obras con un tratamiento psicológico colectivo, en el que la superación del trauma exige su previa conscientización. En segundo lugar, el problema de la violencia política aparece en las llamadas nuevas novelas históricas, sobre todo las que se ubican en tiempos de la Conquista o de las Guerras de Emancipación. Tal vez sea la relativa desaparición de la violencia política la que deja la mirada libre para buscar las raíces de la violencia en el pasado lejano del subcontinente. Desde esta perspectiva, se explicaría que la novela histórica apareciera como fenómeno masivo en ciertos países justo en el período de la transición democrática. En tercer y último lugar, queda el tema de la violencia en tiempos democráticos, tema más difícil en cuanto que no conlleva la oposición blanco y negro propia de los tiempos de la dictadura. El estado ya no es, a priori, el enemigo, ni la resistencia armada puede estar, a priori, justificada. Sin embargo, ni las estructuras estatales ni las antiguas ideologías pueden haber cambiado de un día al otro. En el momento en que escribo estas líneas, leo una noticia en El País sobre el "Primer informe relativo al cumplimiento de la Convención contra la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanas o degradantes en el Brasil". 31 Informes similares en otros países latinoamericanos llevarían, tal vez, a conclusiones análogas. Sea como fuere, la elaboración y publicación del informe constituye un paso significativo hacia la humanización del poder político. Esta breve reflexión sobre la literatura latinoamericana del siglo XX nos ha mostrado la estrecha interrelación entre la violencia política y la representación literaria de la misma en sus distintas formas de expresión. Sin embargo, el análisis de la producción literaria respectiva se mantuvo en un nivel descriptivo. La expresión literaria de la violencia sólo adquiere su verdadera significación si incluimos en la discusión la reflexión de los autores sobre la misma. Esto es lo que me propongo hacer en la próxima y última parte de este ensayo. La reflexión sobre la violencia "Son pocas las discusiones sobre la violencia en la novela nuestra", escribe Dorfman, y menciona como excepción Mañana los guerreros (1964), de Fernando Alegría. 32 Esta observación se limita obviamente a las discusiones explícitas que habrán de aparecer con más frecuencia en las obras posteriores. Sin embargo, me parece imprescindible incluir en el análisis las reflexiones implícitas, con lo cual se ensancha notablemente el campo de observación. De modo general, en la reflexión sobre la violencia política podemos distinguir tres núcleos: (1) el (presunto) ser violento del mundo latinoamericano; (2) la violencia estatal; (3) la violencia de la resistencia. Empiezo con el primer núcleo. Vuelvo a la tesis de Dorfman citada al comienzo de la parte anterior, en la cual postula el ser violento del mundo hispanoamericano. En el desarrollo de su tesis, el crítico chileno mezcla argumentos históricos y sociales con argumentos filosóficos de índole existencialista y cartesiana. "La agresión ha comenzado hace mucho tiempo -escribe en su argumentación histórica-; América es el fruto de una violencia prolongada". 33 Por otra parte, ve la causa de la violencia en el sistema social: "Nuestra violencia, por lo tanto, creada por un sistema social que fuerza al 90% de sus habi-tantes a no saber siquiera si vivirá más allá de mañana [...]". 34 Los dos argumentos aparecen como un leitmotiv en la reflexión de los intelectuales sobre la violencia en América Latina. En este contexto son particularmente significativas dos obras de Eduardo Galeano: Las venas abiertas de América Latina (1970), y los tres tomos de Memoria del fuego (1986). Sin embargo, Dorfman va más allá de esta argumentación históricosocial y pasa al nivel filosófico. El hombre hispanoamericano, dice, ha interiorizado la violencia hasta tal punto que ésta se confunde con su ser íntimo: "Soy violento, dice el personaje nuestro, lo siento dentro de mí, es mi personalidad; y al mismo tiempo fluye afuera, como labios de aire, uniéndome con los otros, separándome de ellos". 35 Resulta imposible, para el hombre hispanoamericano, eludir la violencia: "Para parafrasear a Sartre, estamos condenados a la violencia; se ha convertido en el acto cotidiano, en la negra luz que nos alumbra". 36 En última instancia, la violencia es el fundamento de la identidad personal, tal como lo revela la referencia (esta vez implícita) a Cartesio cuando escribe: "Mato, luego existo". 37 La posición de Dorfman frente al mundo de la violencia analizado por él es ambigua: por un lado, forma parte integrante del mismo en tanto que hispanoamericano; por otro lado -y al mismo tiempo-en tanto que crítico, se coloca fuera de él. Posición doblemente ambigua, porque, al definir al hombre hispanoamericano como hombre de la violencia, parece caer en un cierto fatalismo; pero, por otra parte, al describir esta situación, la hace emerger al nivel de lo consciente y, al hacerlo, apela a los hispanoamericanos -y, por extensión, latinoamericanos-a cambiarla. El ensayo de Dorfman puede considerarse, en este último sentido, como un ejemplo de la literatura comprometida en el sentido sartreano. Dentro del mismo campo de la reflexión filosófica y literaria se sitúa la obra de Ernesto Sabato que constituye en su conjunto, tal vez, el mejor ejemplo de la expresión literaria de la violencia y de la reflexión sobre ella. Su pensamiento profundamente moral se mueve en un campo entre filosofía y teología y se enriquece con la dimensión política en las novelas Sobre héroes y tumbas y Abaddón, tanto en su relación con el pasado (Rosas y Lavalle) como con el presente de entonces (Perón y las dictaduras militares). A pesar de la cercanía innegable al pensamiento de Dorfman, sus con-clusiones son opuestas. Para Sabato, el latinoamericano no es, por causas históricas y sociales, una variante humana particularmente violenta, sino que es violento en tanto que ser humano que entra en la oscura teología del mal. El pensamiento de Sabato es universal, sin que él niegue nunca sus raíces argentinas. La teatrista argentina Griselda Gambaro trata la misma problemática desde una perspectiva psicológico-política. En una escena de su pieza Información para extranjeros, 38 la autora incluye un famoso experimento psicológico cuyo objetivo era medir la interrelación entre obediencia y violencia. El experimento estaba disfrazado de experimento pedagógico para determinar hasta qué punto el dolor físico (o el miedo a éste) podía acelerar el aprendizaje. Siguiendo las órdenes de un coordinador, el sujeto de experimentación (llamado maestro) debía castigar con choques eléctricos los fallos del "alumno" que se encontraba en otra sala, y de quien sólo escuchaba la voz recitando el texto que debía memorizar y sus gritos ante los choques eléctricos que supuestamente recibía al equivocarse. La fuerza de éstos iba de los 15 hasta los 450 voltios mortales. Cito la conclusión dirigida al público: Coordinador Esta experiencia, con los gritos grabados y las torturas simuladas, se repitió ciento ochenta veces. Desgraciadamente, este primer maestro que continuó los castigos hasta los cuatrocientos cincuenta voltios que determina la muerte, no constituyó una excepción. El ochenta y cinco por ciento de los maestros [alemanes] procedió en la misma forma. El mismo test se realizó en 1960 en los Estados Unidos. ¿Los resultados?: sesenta y seis por ciento. Obedecían reglas y no eran responsables. La experiencia se realizó en Alemania y Estados Unidos. Entre nosotros sería completamente absurda. 39 En esta escena, la autora invita irónicamente al espectador a comparar la disposición a la violencia de los argentinos con la de otras naciones. La pieza lleva la fecha de 1973; hasta donde yo sé, no llegó a estrenarse nunca. Al mismo tiempo, tematiza la relación entre mando y obediencia que es central para el mantenimiento del poder. Y es en este punto donde la literatura va más allá de los análisis de las ciencias políticas, porque personaliza la problemática y entra en la psicología de los personajes. La violencia en tanto que instrumento del poder es tan eficiente porque causa placer a los que la ejercen. En otras palabras, la violencia política se funda también en la disposición sádica de los hombres, en el placer cruel de torturar al otro. Señalé más arriba la oscura dicotomía entre sadismo y masoquismo. Ahora bien, tal como la violencia puede quebrar la personalidad de un individuo, lo puede también hacer con la personalidad colectiva de un pueblo. Así aparece en una reflexión de la protagonista de la última novela de Vargas Llosa, que trata de la dictadura de Trujillo en Santo Domingo: [...] a fuerza de leer, escuchar, cotejar y pensar, has llegado a comprender que tantos millones de personas, machacadas por la propaganda, por la falta de información, embrutecidas por el adoctrinamiento, el aislamiento, despojadas de libre albedrío, de voluntad y hasta de curiosidad por el miedo y la práctica del servilismo y la obsecuencia, llegaran a divinizar a Trujillo. No sólo a temerlo, sino a quererlo, como llegan a querer los hijos a los padres autoritarios, a convencerse de que azotes y castigos son por su bien. 41 Peor es el caso de los hombres que se han puesto al servicio del dictador y a quienes "Trujillo les sacó del fondo del alma una vocación masoquista, de seres que necesitaban ser escupidos, maltratados, que sintiéndose abyectos se realizaban". 42 Estos hombres son víctimas y victimarios a la vez y su masoquismo en relación con el dictador se convierte en sadismo en relación con el pueblo. Es comprensible que la oscura dicotomía entre sadismo y masoquismo constituya un tabú porque puede llevar a concluir, como dice el famoso refrán, que "no el asesino, sino el asesinado es el culpable". Sin embargo, me parece meritorio el hecho de que algunos autores hayan osado tocar este tabú porque, según uno de los a prioris del psicoanálisis, la cura sólo es posible si el síndrome que causa la enfermedad es llevado del inconsciente a la luz de la conciencia. Ante la tesis de Dorfman y de quienes la abrazan, que supone que el ser latinoamericano es particularmente violento, surgen otras voces -tal el caso de Griselda Gambaro en la escena analizada-que la niegan explí-cita o implícitamente o, por lo menos, la ponen en duda. La negativa explícita se encuentra en algunas obras en las cuales se denuncia la primera postura como expresión de una falsa superioridad moral, sobre todo por parte de los europeos. En este sentido se debe entender la reflexión del protagonista de Qué solos se quedan los muertos, citado como epígrafe de este ensayo, al enumerar las barbaridades cometidas en Europa durante el siglo XX. Del mismo modo, en una escena en la que García Márquez enfrenta, en El general en su laberinto (1989), a Bolívar y a un francés imbuido del sentimiento de superioridad europea en una discusión sobre política y violencia, el Libertador justifica las violencias ordenadas por él en las guerras de emancipación, y recuerda a su interlocutor las barbaridades que los europeos cometieron a lo largo de su historia. De modo terminante, niega a éstos la autoridad moral de reprocharle esas violencias, agregando que "si una historia está anegada de sangre, de indignidades, de injusticias, ésa es la historia de Europa". 43 A pesar de que esta argumentación está ligada, en la novela, al personaje de Bolívar, podemos sacarla de su contexto y utilizarla en el nuestro. La argumentación tiene dos objetivos: (1) negar a los europeos el derecho moral de juzgar a los latinoamericanos; y (2) considerar la problemática dentro de una evolución histórica. Es el segundo punto el que me interesa aquí. En la argumentación de la novela marqueciana, la violencia latinoamericana aparece como resultado de ciertas circunstancias históricas y sujeta a cambios históricos. En este sentido, se opone a la tesis de Dorfman sobre el carácter existencial de la violencia del latinoamericano. La reflexión de los autores, tanto sobre la violencia desde arriba como sobre la violencia desde abajo, está más cerca de la realidad política. El primer caso se da casi exclusivamente en novelas o dramas históricos, mientras que el segundo se da preferentemente en obras cuyo tiempo narrativo es cercano al presente de la escritura, en ambos casos, sin embargo, con notables excepciones. En cuanto a la frecuencia de la representación de la violencia y de la reflexión sobre ella por parte de los autores, podemos observar una relación inversa: es mucho más frecuente la representación (y denuncia) de la violencia desde arriba que la de la violencia desde abajo, mientras que en la reflexión es esta última la que aparece en primer plano. Las causas son obvias, puesto que la violencia ejercida por parte del poder es casi unánimamente considerada a priori como negativa (cf. arriba la argumentación de Schwartländer) y no exige, por ende, una reflexión sobre su justificación eventual, mientras que en el caso de la violencia desde abajo, sí la exige. 44 Empiezo, pues, con esta última, sirviéndome de tres obras significativas de los años '70 y' 80: Libro de Manuel (1973), de Julio Cortázar, Zero (1975), de Ignacio de Loyola Brandão, y Qué solos se quedan los muertos (1985), de Mempo Giardinelli. En Libro de Manuel, Cortázar relata la historia de un grupo de jóvenes latinoamericanos, residentes en París, que preparan el secuestro de un personaje importante para conseguir, de este modo, la libertad de ciertos presos políticos en América Latina. La argumentación de la que se sirve Cortázar para justificar su actuación es doble, implícita y explícita. En el nivel implícito, el autor opone la violencia de los regímenes dictatoriales en América Latina a la acción del grupo. Aquéllos son evocados por medio de recortes periodísticos, que son integrados directamente en el texto. En cuanto a la acción del grupo, el aspecto violento de la misma es cuidadosamente minimizado, hasta el nombre que le dan (la gran joda) le confiere un aspecto lúdico. En la argumentación explícita, cabe señalar un pasaje en el cual un personaje cita la carta de la esposa de un periodista, que había sido torturado y asesinado, y en la que ésta opone dos tipos de violencia: Es importante darse cuenta de que la violencia-hambre, la violencia-miseria, la violencia-opresión, la violencia-subdesarrollo, la violencia-tortura, conducen a la violencia-secuestro, a la violencia-terrorismo, a la violencia-guerrilla; y que es muy importante comprender quién pone en práctica la violencia: si son los que provocan la miseria o los que luchan contra ella. 45 La argumentación es en extremo clara. El origen de la violencia se encuentra en la situación política (opresión por parte de los regímenes dictatoriales) y la social (miseria, hambre, subdesarrollo). La violencia desde abajo (secuestro, terrorismo, guerrilla) es una consecuencia directa de aquélla y es, por ende, justificada, mientras que aquélla es injustificable. En el prólogo, Cortázar se refiere a la lucha "en pro del socialismo latinoamericano", y en una posdata del 7 de septiembre de 1972 señala los hechos sangrientos de Trelew, ocurridos poco antes, confrontándolos con las proclamas de paz en vísperas de los juegos olímpicos de Munich. 46 En Zero, por el contrario, la argumentación es sólo implícita. Loyola Brandão pone cara a cara las proclamas de una moral hipócrita, ampulosa y altisonante de la dictadura y su actuación represiva con la violencia de los guerrilleros, que de este modo aparece como necesaria y justificada. Hasta aquí, la argumentación implícita se parece a la de Libro de Manuel. Empero, el autor brasileño va mucho más allá de esta oposición relativamente simple al enfrentar la acción colectiva y guerrillera con la criminal e individual, con la vida caótica de la gran urbe y la violencia sexual. Zero es una de las novelas latinoamericanas más violentas del siglo pasado, título que comparte, tal vez, con La Virgen de los Sicarios, de Fernando Vallejo. En ella aparecen, en estrecha interrelación, la violencia de un régimen dictatorial, la contraviolencia de la guerrilla, la criminalidad, el sadismo sexual de los hombres y el sufrimiento de las mujeres, si bien no falta la expresión de un cierto placer masoquista por parte de ellas. En ambas novelas, la lucha revolucionaria está ligada a un ideal, el del hombre nuevo en la nueva sociedad, que aparece como un leitmotiv utópico en la literatura de esos años y que está encarnado en la figura del Ché convertida en un mito calcado sobre la de Cristo. En el fondo de la reflexión, se halla el viejo problema del fin y de los medios, es decir, el problema de si el ideal justifica la violencia de los medios utilizados para alcanzarlo y hasta qué punto. La problemática es presentada de modo diferente en Qué solos se quedan los muertos, de Mempo Giardinelli. Esta novela de corte policial narra la historia de un ex-guerrillero argentino exiliado en México, cuya compañera de los años de guerrilla -ahora convertida en la amante de un narcotraficante en Zacatecas-pide su ayuda. En capítulos alternados, aparecen la narración policial y las reflexiones del protagonista sobre su pasado. En un punto dado, el protagonista reflexiona sobre los orígenes de la violencia en su país. En su reflexión no apela ni a la Conquista ni a la situación social como respuesta, sino a una educación "en la violencia de ser juzgados en lugar de comprendidos", una educación autoritaria que convirtió, a su generación, desde chicos en "pequeños centuriones, militarcitos sometidos mediante el grito y el castigo", una educación, pues, que tuvo como resultado que su generación interiorizara la violencia. 47 Como en El general en su laberinto, se trata de una reflexión puesta en boca de un personaje novelesco. Empero, otra vez, esta reflexión rebasa las fronteras del discurso personal, de modo que me parece lícito relacionar este pasaje con el autor, quien cuestiona, tal vez por primera vez en la literatura latinoamericana, la justificación de la contraviolencia. Es cierto que Giardinelli rechaza todo "empate histórico" entre los "golpistas, torturadores, retóricos, los concupiscientes y los mercaderes" y su generación, aun a pesar de reconocer sus "errores, intolerancia y autoritarismos, los afiebrados delirios de muchos". Sin embargo, al cuestionar la actuación de su propia generación -que se rebeló contra la autoridad del estado dictatorial-marca un paso decisivo en la discusión sobre la justificación de la violencia desde abajo. Aparte de esta problemática, el pasaje analizado contiene otro aspecto importante. Al buscar las causas de la violencia de los jóvenes revolucionarios en la formación autoritaria que sufrieron, el personaje novelesco (y, con él, implícitamente el autor) relaciona la violencia que yace latente con la violencia política. Habría, pues, como una predisposición de la sociedad hacia ella. Mencioné anteriormente que el problema de la justificación de la violencia revolucionaria aparece también en algunas novelas históricas. Como ejemplo cabe señalar dos novelas cubanas, muy diferentes en todos los sentidos, pero semejantes en cuanto al problema que aquí nos ocupa. Se trata de El siglo de las luces (1962) de Alejo Carpentier, y de Temporada de Angeles (1983) de Lisandro Otero, que evocan dos grandes revoluciones de la historia europea: la francesa de 1789 y la inglesa de Oliver Cromwell en el siglo XVII. Ambas novelas tematizan la violencia revolucionaria, justificada al comienzo pero que pierde su justificación al acceder los revolucionarios al poder. El tema de la degeneración de la violencia revolucionaria acerca estas novelas a las de la Revolución Mexicana. Ambas guardan una relación muy ambigua con respecto a la Revolución Cubana, y tal vez me lleven a matizar la opinión que emitiera anteriormente en cuanto a la representación literaria de la violencia de esta revolución. De la discusión sobre estas dos novelas a la reflexión sobre la violencia estatal, que se encuentra -como señalara anteriormente-casi exclusivamente en la novela histórica sólo hay un paso. En este contexto, son dos las épocas de mayor relevancia: la Conquista y las Guerras de Emancipación. En las obras que toman la Conquista como tema central prevalece, de modo general, la denuncia de la violencia de los conquistadores. A veces se sirven de la figura de Bartolomé de las Casas para expresar las denuncias, a veces de la de Lope de Aguirre, cuya imagen ha cambiado de traidor a precursor de la Emancipación. En cuanto al dominico, tal vez no se valora adecuadamente el hecho de que no fue una figura solitaria, sino, por el contrario, la punta más avanzada de un grupo de teólogos, juristas y conquistadores españoles que cuestionaron el derecho de conquista y denunciaron sus excesos desde la perspectiva de los vencedores. Sería interesante comparar a este respecto las novelas latinoamericanas con las españolas sobre la temática. Muy distinta se presenta la problemática en las obras sobre las Guerras de Emancipación y los comienzos de las repúblicas modernas. No cabe duda de que las repúblicas hispanoamericanas modernas deben su existencia a una rebelión armada y (es ocioso decirlo) violenta. En la literatura, esta violencia es asumida (y generalmente justificada) y no ocultada, como ocurre en la novela de Jorge Amado Tocaia Grande. A face oscura (1984), en la cual una ciudad próspera que celebra sus cien años de existencia, oculta sus comienzos violentos. Un ejemplo temprano de la evocación de la violencia de las guerras de emancipación es la novela Las lanzas coloradas (1931), de Arturo Uslar Pietri. Ya discutí anteriormente la defensa que, en El general en su laberinto, hace el personaje de Bolívar de las medidas violentas que impone. Más difícil de evaluar es la autodefensa del Dr. Francia, primer dictador de la historia latinoamericana, en Yo el Supremo (1975), de Augusto Roa Bastos. El problema reside en la doble dimensión de la novela que, en el momento de su publicación, fue leída como novela dictatorial, mientras que ahora, desde una distancia temporal de 25 años, es leída más bien como histórica. La lectura de la novela en tanto que dictatorial o histórica influye de modo decisivo en la evaluación de la violencia del régimen del Dr. Francia. En tanto que novela dictatorial, el protagonista será percibido como un precursor del general Stroessner, dictador del Paraguay de entonces. La autojustificación por parte del Dr. Francia aparecerá, en esa lectura, como mera coartada. En la lectura histórica, por el contrario, el caso se presenta de modo diferente. El personaje del Dr. Francia parangona sus actos violentos con su éxito político: haber construido el primer país independiente en territorio sudamericano, y haber mantenido la paz interior y exterior durante décadas, mientras que los países vecinos se hundían en guerras civiles. En el razonamiento del Dr. Francia, la violencia ejercida por él es mínima en relación con los efectos benéficos de la misma, y es justificada, en última instancia, por la llamada razón de estado. No cabe duda de que la figura del dictador reconoce al final de su vida su fracaso, lo que influirá necesariamente en la evaluación de su autodefensa que, a pesar de todo, queda abierta a interpretaciones contradictorias. Como señalé anteriormente, la reflexión sobre la violencia estatal también se encuentra, si bien con mucho menos frecuencia, en obras situadas en el presente. Me refiero a Noticia de un secuestro (1996), de Gabriel García Márquez, y El Décimo Infierno (1999), de Mempo Giardinelli. Ambas obras tienen en común, además, el relacionar la violencia con la democracia, si bien bajo perspectivas opuestas. La obra marqueciana, mezcla de reportaje y ficción, es difícilmente clasificable en cuanto a su género. El juego de palabras inglés de fact y fiction que ha llevado, si no me equivoco, a la nueva denominación de faction, es la expresión que mejor expresa su género. García Márquez narra en su obra el secuestro -en los años 1990 y 1991-de unas personas prominentes por parte de los narcotraficantes, hechos que constituyeron episodios salientes en la llamada guerra sucia entre el narcotráfico y el estado. En algunos comentarios intercalados, el autor reflexiona sobre la violencia en una democracia, comentarios que forman en su conjunto una teoría política. Esta reflexión marqueciana se centra en dos puntos. El primero -en la estructura de la obra el más importantees la estrategia seguida por el presidente César Gaviria de convertir la guerra por parte del estado en un proceso judicial, intentando "crear una alternativa jurídica contra el terrorismo", "una estrategia que no fuera de guerra ni de paz sino de justicia". 48 En términos de este ensayo, esta estrategia consiste en reemplazar la violencia tal cual por la coerción justificada legalmente. Empero, ¿puede sostenerse esta estrategia en tiempos de una violencia máxima? Es este el segundo punto de la reflexión propuesta en la obra. García Márquez evoca la situación de Medellín en esos años, "una ciudad martirizada por la violencia": En los primeros dos meses del año de 1991 se habían cometido mil doscientos asesinatos -veinte diarios-y una masacre cada cuatro días. Un acuerdo de casi todos los grupos armados había decidido la escalada más feroz de terrorismo guerrillero en la historia del país, y Medellín fue el centro de la acción urbana. Cuatrocientos cincuenta y siete policías habían sido asesinados en pocos meses. 49 Un detalle importante en esta cita es la referencia al "terrorismo guerrillero": el estado se ve, pues, amenazado tanto por el terrorismo de los narcotraficantes como por el de las guerrillas. Ahora bien, el antecesor de César Gaviria en el cargo de presidente de la república, Virgilio Barco, había creado en 1989 un Cuerpo Elite para combatir el terrorismo. De este cuerpo se desprendió más tarde "un grupo especializado en operaciones urbanas" que se estableció en Medellín. 50 El punto decisivo es el hecho de que García Márquez alude a las medidas obviamente violentas de este Cuerpo Elite sólo veladamente, lo que resalta más si lo comparamos con la denuncia explícita que hace de la violencia por parte de los narcos y los guerrilleros. El pasaje puede leerse como una aceptación tácita de la estrategia estatal. Una vez más, como fuera el caso -ya discutido-de Roa Bastos, nos encontramos con un autor que se enfrenta al problema de la razón de estado. Si profundizamos en esta problemática, llegamos a la cuestión del estado de emergencia, uno de los problemas más intrincados tanto para la teoría como para la práctica políticas. La situación de Medellín, tal como la describe García Márquez, es sin duda alguna de emergencia. ¿Están justificadas, por ende, las acciones del Cuerpo Elite? Desafortunadamente, la reflexión de García Márquez termina ahí, sin llegar a discutir los límites del poder estatal y las licencias que pueden tomarse en un estado de emergencia. En los hechos narrados, el problema se soluciona de una manera factual, en tanto que la "alternativa jurídica contra el terrorismo" seguida por el presidente Gaviria es exitosa. Esta ausencia de una reflexión sobre el estado de emergencia en una democracia, ausencia común a las obras discutidas en este ensayo, se explica, tal vez, por el hecho de que las dictaduras militares solían justificar el golpe de estado precisamente con este argumento. El abuso de la utilización del estado de emergencia ocultó el hecho de que la democracia necesita reglamentos constitucionales precisos para que no degenere en dictadura. Mientras que la reflexión de García Márquez atestigua, a pesar de todo, una confianza en la democracia, la obra de Mempo Giardinelli está impregnada de una profunda desconfianza, incluso desprecio, hacia el sistema concreto que ha salido del proceso de la transición democrática argentina. La novela El décimo infierno narra la historia de un adulterio, en la cual los amantes deciden asesinar al esposo de la mujer (y mejor amigo del amante), sin causa aparente, ya que el triángulo funciona perfectamente. El asesinato del marido arrastra a los amantes en una verdadera tormenta de violencia, en la cual un asesinato lleva a otro hasta acabar en el asesinato mutuo. La violencia se convierte en el décimo círculo del infierno de Dante. Ahora bien, esta historia, que parece ser exclusivamente privada, tiene una dimensión política, lo que se hace patente en una reflexión del protagonista en la cual éste rechaza toda condena en un país "en el que después de los milicos, que fueron unos cerdos y unos ineptos, ahora gobiernan los mafiosos, los ladrones y los hijos de puta". 51 Esta reflexión del protagonista (y con ella, de la novela) es difícil de interpretar. Se puede ver como una simple coartada por parte del personaje que busca una justificación fácil a su violencia. Su autodefensa afiebrada tiene, sin embargo, un fondo serio, en tanto que expresa una profunda desconfianza en la nueva democracia, democracia que aparece como un juguete en manos de una nueva élite política corrupta y mafiosa. En este sentido, la novela se puede leer como una crítica implícita al gobierno de Menem. Si esta interpretación es correcta, podemos relacionarla con la reflexión del protagonista de Qué solos se quedan los muertos, discutida más arriba. Si en esta novela la violencia política se basó en la violencia privada latente, en aquélla, la violencia privada se expande en un clima político impregnado de violencia. Ambas formas de violencia se condicionan mutuamente. Elegí las dos obras, una de García Márquez y otra de Giardinelli, porque reflejan importantes aspectos del problema de la violencia en las democracias latinoamericanas, sin que pueda pretender haber presentado una discusión exhaustiva de la problemática. A manera de conclusión Al final de esta somera reflexión sobre la violencia en la literatura latinoamericana del siglo pasado, deseo volver a la pregunta por el interés político y literario de la representación de la violencia en la literatura. Estoy convencido de que sigue siendo válida la teoría de Sartre según la cual una 51 Giardinelli, Mempo: El Décimo Infierno. Argentina no se encuentra sola a este respecto. Cf. la reflexión del narrador de La Virgen de los Sicarios: "La ley de Colombia es la impunidad y nuestro primer delincuente impune es el presidente, que a estas horas debe de andar parrandiándose el país y el puesto" (pág. 20). Anuario de Estudios Americanos de las funciones de la literatura consiste en la conscientización del lector o, en otras palabras, en el testimonio de la realidad, para impedir que nadie pueda disculparse aduciendo ignorancia, declarándose inocente. Escribí adrede "una de las funciones", con lo que me distancio parcialmente de su teoría, porque al pretender que sea su función única, lo que era y es una tarea noble -ofrecer testimonio-se convierte en dictado inaceptable. Mirando hacia atrás, desde la distancia temporal, resulta claro que los autores del siglo XX -y de manera particular los de su segunda mitadnunca olvidaron la realidad, incluso cuando utilizan formas que parecen apartarse de ella. Empero, al mismo tiempo, no quisieron aceptar imposición alguna desde afuera, lo que hubiera significado aceptar un dictado que se puede considerar, en última instancia, como una forma espiritual de la violencia. Con la libertad de expresión defendieron también la libertad cívica en general. La reflexión sobre la violencia en la literatura nos lleva, en última instancia, a una reflexión sobre la función de la literatura. En la actualidad, la representación literaria de la violencia y la reflexión sobre ella han entrado en una crisis profunda debido a dos problemas independientes uno del otro. El primero se sitúa entre la realidad y las artes y se puede caracterizar de la siguiente manera. Por un lado, la percepción de la violencia por parte de la sociedad occidental se ha agudizado enormemente. Como ya lo mencionara, se considera hoy como violento lo que en otros tiempos no lo hubiera sido. Las ligas para la defensa de los derechos humanos -entre ellas, Amnistía Internacional-velan por el respeto de estos derechos en todo el mundo y denuncian su violación en los distintos países. Por otra parte, la literatura y, más aún, el cine, la televisión, los videoclips, recurren a la violencia de un modo que hubiera sido inconcebible hace sólo unas décadas y que va mucho más allá de la presencia de la violencia en la literatura en general que mencioné en la segunda parte de este trabajo. En nuestra cultura globalizada, la violencia es omnipresente hasta tal punto que se habla de un verdadero culto a la misma. Con la multiplicación de la violencia literaria crece la exigencia de innovar, lo que lleva a formas cada vez más rebuscadas, hecho que sin embargo no hace desaparecer sus manifestaciones más crudas. El éxito comercial de todas esas producciones se debe al hecho de que la percepción estética de la violencia es fuente de placer en el espectador, un hecho que ya reconocieron los filósofos de la Antigüedad y que ha sido desde entonces el escándalo de los moralistas. La violencia real se confunde con la violencia representada. Cabría preguntar-se si los autores latinoamericanos, al enfocar y denunciar en sus obras la violencia real (sea política o privada) han contribuido a la inflación de la violencia literaria, no importando en este contexto que lo hicieran con las más nobles intenciones. Tenemos y podemos confiar en la fuerza de su imaginación para que puedan salir de este círculo vicioso. El otro problema es de orden político. Para su explicación, recurro otra vez al tratado de Solfsky citado más arriba. Este autor ve en la protección mutua contra la violencia una de las raíces de la sociedad humana. Sin embargo, dicha protección tiene un precio. En palabras de Solfsky: "La sociedad es un instrumento para la protección mutua. Ella termina el estado de la libertad absoluta. De aquí en adelante, ya no se permite todo". 52 El precio de la protección contra la violencia es una limitación de la libertad e implica un disciplinamiento social del individuo. Los intelectuales y escritores latinoamericanos de la segunda mitad del siglo XX, empujados, por una parte, por un ímpetu revolucionario y libertario, y horrorizados, por otra, por la opresión y violencia dictatoriales, optaron comprensiblemente por la libertad. Sin embargo, lo que era comprensible y, más aún, inevitable y necesario en tiempos de dictadura, se vuelve peligroso en tiempos de la democracia, si bien hay que reconocer que siguen existiendo sistemas políticos difícilmente clasificables. La ausencia de una teorización adecuada sobre la dicotomía entre libertad y disciplinamiento se nota en una tendencia entre los intelectuales latinoamericanos a denunciar el disciplinamiento social per se como negativo y dañino. 53 Visto desde esta perspectiva, el problema de la violencia (otra vez, tanto la política como la privada) forma parte de un problema fundamental que consiste en la dicotomía, inherente a la sociedad humana, entre la libertad cívica y el inevitable disciplinamiento social. Buscar una solución teórica y práctica a esta dicotomía es una tarea para los intelectuales y escritores, y no sólo en América Latina. Como en el primer problema señalado, tenemos y podemos confiar en la fuerza de su imaginación. 53 La problemática reaparece en los muchos artículos que siguieron a los acontecimientos del 11 de septiembre. Cito a modo de ejemplo el ensayo de Ignacio Sotelo en el que discute sobre libertad/seguridad, "El binomio libertad-seguridad". Podemos suponer que estos acontecimientos llevarán a una revisión fundamental de la problemática aquí discutida. Anuario de Estudios Americanos
En este artículo se contraponen las figuras del ideólogo y el experto que tienen en común el uso del conocimiento y su polémica proximidad a las altas esferas del gobierno estatal. Se esbozan tres decenios de la vida política peruana en que aparecen y desaparecen esas dos figuras, atendiendo a su extracción sociopolítica y a su lugar en las luchas dentro del poder estatal. El movimiento pendular que parecieran haber tenido en las décadas de los setenta y ochenta, entre gobiernos reformistas más ambiciosos en cuanto a producción ideológica y los gobiernos conservadores más pragmáticos, se rompe con la irrupción del gobierno de Fujimori con sus tácticas mafiosas y secretas. En las últimas décadas y a escala mundial el llamado experto o tecnócrata ha adquirido una importancia creciente hasta el punto de poner en tensión los clásicos modelos ilustrados de la política. Si bien su presencia no es absolutamente inédita sí lo es su arrollador protagonismo, siempre asido a las altas esferas del poder, ligado a las instancias últimas de decisión. En un proceso paulatino, el experto ha ido desplazando a ese tipo de intelectual tan cautivante y polémico como es el ideólogo. Éste, atento a los grandes valores que supuestamente deben tutelar a las sociedades, defiende proyectos de formación de comunidad, preocupación que para los expertos resulta irrelevante. Desde los años del reformismo militar dirigido por el general Juan Velasco Alvarado (1968-1975), hasta el autoritarismo tecno-militar acaudillado por el ingeniero Alberto Fujimori, pasando por la fase conservadora del gobierno militar (comandada por el general Francisco Morales Bermúdez, 1975-1980) y los dos gobiernos constitucionales de la década del ochenta (de Acción Popular, 1980-1985, y el de APRA, 1985-1990), la tensión entre humanistas y expertos por capturar las fantasías del Príncipe ha sido permanente. De una manera amplia que necesita ser constatada con investigaciones más detalladas, podemos afirmar que el papel de los humanistas ha sido pre-ponderante en los tiempos reformistas y populistas, mientras que el de los expertos lo ha sido en los periodos conservadores y represivos. Según muchos analistas -y también ciertas evidencias-, el ideólogo, es decir, el intelectual que busca explicaciones generales basándose en valores universales, ha perdido la centralidad que había alcanzado durante los tiempos modernos. Esa influencia sobre la sociedad que le permitía identificar y propugnar ciertos valores aceptados como fundamentales para que ella pudiera mantener su cohesión e identidad. Sin embargo, esta centralidad del intelectual como encarnación de los valores generales de la sociedad ha ido cediendo terreno ante la aparición y progresiva preponderancia de los llamados expertos. Éstos, portadores de intereses particulares, han ido tomando posiciones progresivamente centrales y siempre ligándose a las esferas del poder. La historia de los expertos es de larga data. Ellos son parte de lo que Alvin W. Gouldner denomina la "nueva clase" que surgió con los tiempos modernos y que a través de los años ha sufrido un proceso de diferenciación interna: por un lado, los intelectuales (humanistas) y, por otro, la intelligentsia (tecnocrática) o expertos. 1 Los expertos, quienes inicialmente pueden ser definidos como aquellos que son competentes "en alguna cosa en la que otros son incompetentes", 2 son portadores de un saber técnico y especializado, se guían por principios-medios, en contraste con los ideólogos, quienes definen su actividad gracias a principios-fines. Como señala Norberto Bobbio: 3 "lo que, de hecho, distingue al uno del otro es [...] la distinta tarea que tienen en cuanto a creadores o transmisores de ideas o conocimientos políticamente relevantes, es el distinto papel que están llamados a desarrollar en el contexto político". 4 En la actualidad, los expertos predominan en un horizonte en el que prevalecen la especialización y el profesionalismo. El ámbito privile-1 Gouldner, Alvin W.: El futuro de los intelectuales y el ascenso de la Nueva Clase, Madrid, 1980. 2 Maldonado, Tomás: ¿Qué es un intelectual? 3 Bobbio, Norberto: La duda y la elección. Intelectuales y poder en la sociedad contemporánea, Barcelona, 1998. Sin embargo, José Antonio Aguilar Rivera tiene razón cuando señala que, en la actualidad, cuando los medios se han convertido en fines -como el mercado, por ejemplo-, tal distinción entre expertos e ideólogos no es tan precisa, puesto que los intelectuales pueden actuar como ambos según circunstancias. No obstante, consideramos que dicha clasificación sigue siendo útil para el tema que estamos desarrollando, a la manera de "tipos ideales", pero siempre con la condición de no entender a una u otra figura de intelectual como irreconciliables entre sí. Anuario de Estudios Americanos giado de acción de los expertos es el poder, con el que dialoga y al que busca influir en sus decisiones. En sus labores de asesoramiento, los expertos se ubican en un espacio intermedio entre la ciudadanía y los dirigentes. 5 A los expertos, en tanto tecnócratas, lo que los legitima es el ser portadores de un saber especializado, no el apoyo de una mayoría electoral. 6 Desde el espacio semipúblico en el que se desenvuelve la actividad del experto, se van configurando circuitos de expertos con el objeto de incidir en las políticas públicas y "disciplinar a los agentes económicos y al propio Estado con patrones de análisis y evaluación derivados de modelos y teorías económicas". 7 La creencia en la supremacía del saber especializado supone, según algunos observadores, el fin de la demagogia que presuntamente encarna el gran intelectual, y abre paso al entronizamiento del realismo que enarbola el conocimiento técno-científico. De esta manera, y según ciertas visiones, la función del intelectual pasa de ser el garante de los valores generales a convertirse -vía los expertos-en el portador de valores particulares. En otras palabras, las funciones tradicionalmente reconocidas a los intelectuales con pretensiones de generalidad hoy se ven severamente cuestionadas, y sus espacios de desenvolvimiento drásticamente reducidos. En América Latina el experto representa una figura que cuestiona al pasado de la política populista, a la cual se ve con una mirada cargada de prejuicios ideológicos, atendiendo sólo a sus características de manipulación y autoritarismo, sin considerar su contrapeso, es decir, dejando de lado el papel que jugó en la incorporación de los sectores populares a la política y en el reconocimiento de éstos como ciudadanos. Supuestamente, los expertos no se identifican con ideología alguna y esa es su carta de presentación para legitimarse ante una sociedad que, a su vez, se muestra apática y desconfiada de la política, lo que facilita su acomodo en las esferas de decisión fundamentales. Desde esta ubicación privilegiada, los expertos diseñan las políticas a aplicar, las mismas que se exponen ante la opinión pública como necesarias para el logro del "bien común". 5 Smith, James A.: Intermediarios de ideas. Los "Grupos de Expertos" (Think tanks) y el surgimiento de la nueva élite política, Buenos Aires, 1994. 6 Babb, Sara: "Los profesionistas en el gobierno y el problema de la tecnocracia: el caso de los economistas en México", Estudios Sociológicos, vol. XVI, núm. 48, septiembre-diciembre, México, 1998. 7 Camou, Antonio: "Saber técnico y política en los orígenes del menemismo", Perfiles Latinoamericanos, año 7, núm. 12, junio, México, 1998. Tomo LIX, 1, 2002 La política sugerida por el experto se desentiende de los problemas humanos, le interesan más las cifras macroeconómicas, los índices de inflación y las estadísticas. No le resultan incómodas las precarias condiciones en las que vive la mayoría de la población. De esta manera, se produce una dramática distorsión: los hombres convertidos en datos. Su foco de atención son los problemas puntuales, privilegian lo urgente a lo importante y no exhiben ningún interés por proyectar formas nuevas de socialización, ni de imaginar formas políticas de constitución de comunidades. Así, elites desprovistas de una visión de largo plazo, y sociedades presionadas por múltiples carencias configuran la realidad actual de los países latinoamericanos. En un panorama como el presente, en el que la política se entiende como la solución de urgencias y en el que los tejidos sociales se desvanecen, pensar en alternativas de salidas a la crisis general de América Latina resulta muy difícil. Para hacerlo se necesita no sólo de sujetos sociales (que algunos ven encarnados en la llamada sociedad civil), sino también reconstituir a las elites intelectuales y políticas, y que éstas propongan nuevas maneras de sociabilidad. Los intelectuales y expertos durante el gobierno militar En octubre de 1968, el jefe del comando conjunto de las fuerzas armadas del Perú, el general Juan Velasco Alvarado, tomó el máximo poder institucional de la república al frente de un conjunto de hombres de uniforme y de un proyecto de transformación "integral" de la sociedad peruana: una revolución. El gobierno del Estado quedaría en manos militares hasta el 28 de julio de 1980 cuando fuera entregado al mismo presidente civil que fuera derrocado en 1968, Fernando Belaunde Terry. Sobre el gobierno militar hay que destacar dos cuestiones. La primera es que la cronología de esos doce años muestra diversos escenarios para el estudio de los intelectuales y los ideólogos en la vida política. No sería correcto hablar del gobierno militar en singular, sino de los gobiernos militares, y su más importante demarcatoria es la distinción entre el gobierno comandado por Velasco Alvarado, hasta el 29 de agosto de 1975, y el dirigido por el general Francisco Morales Bermúdez hasta julio de 1980. La segunda es que, al ser los militares los que dominaban institucionalmente la política, los civiles aparecían en una relación dependiente e indirecta con JUAN MARTÍN SÁNCHEZ Y OSMAR GONZALES Anuario de Estudios Americanos ese poder institucional: eran los militares los que señalaban el carácter de lo civil que nunca alcanzó a tener una dinámica política propia, aunque esto no quiere decir que su participación fuera insignificante. Intelectuales civiles y militares progresistas: la palabra y la acción Carlos Franco encuentra las razones del acercamiento entre la minoría de militares progresistas y un grupo de intelectuales civiles en su común frustración ante el bloqueo del régimen político peruano previo a 1968: "es que los partidos, las elecciones, el Parlamento y el poder Ejecutivo, esto es, las instituciones centrales del régimen político, constituyeron diversas fuentes de frustración para ellos y les verificaron su situación minoritaria y su inserción marginal en el país político".8 Esta opinión parece concordar con el apoyo, desde los primeros días, de los líderes de la Democracia Cristiana, Héctor Cornejo Chávez, y del Movimiento Social Progresista, Alberto Ruiz Eldredge o, poco después, luego de regresar del extranjero, del ex-aprista Carlos Delgado. Con la legitimación que el gobierno militar ganó por la nacionalización de la International Petroleum Company (IPC), otros grupos políticos expresarían su apoyo explícito al proceso, entre ellos el Partido Comunista del Perú, la Central General de Trabajadores del Perú -de dirección comunista-, Acción Popular Socialista de Manuel Seoane e, incluso, parte de la agrupación de derecha Unión Nacional Odrísta. Pero serían los socialprogresistas, los demócratacristianos y, en parte, el PCP los que mayor número de asesores relevantes aportarían al proceso. Las condiciones del encuentro estarían sujetas al proceso mismo de reformas, cuyo ritmo y orientaciones básicas estaban dadas desde el sector militar. Para tener alguna influencia en la implementación de las reformas había que llegar a Velasco a través de alguno de sus asesores civiles más cercanos -Cornejo Chávez y Carlos Delgado, hombres muy estimados por el general-. Esta necesidad de relacionarse con alguno de los coroneles, generales o con el propio Velasco para orientar en algo las políticas públicas, traería consigo un cierta red de influencias, no siempre ideológicamente estructurada, que aumentaba la personalización del poder y que era objeto de críticas de "infiltración" comunista o conservadora. En realidad, se trataba de la ampliación de la minoría gobernante sin otra organización política que el patronazgo del mismo gobierno castrense. Los lugares del encuentro entre militares y civiles determinarían, en gran medida, los rasgos de composición y la dinámica de funcionamiento de esa nueva minoría ampliada. Esos lugares fueron la propia administración pública -con todo su legado de funcionarios y clientelismos burocráticos-, los departamentos más afines al diseño de las reformas -como el Instituto Nacional de Planificación-, los organismos creados por el propio proceso -el Sistema Nacional de Apoyo a la Movilización Social (Sinamos) o el Instituto Nacional de Cultura-, las comisiones ad hoc de las distintas reformas estructurales -la Comisión de Reforma de la Educación, el Consejo Nacional de Justicia-o los directorios de los periódicos expropiados en 1974. Difícilmente se podría decir que el conjunto de asesores civiles -con la tibia excepción del grupo que trabajaba en Sinamos, bajo la dirección de Carlos Delgado-constituyese un grupo homogéneo y concertado en su trabajo. 9 La fuerte personalidad y prestigio intelectual y político de muchos de ellos los hacían muy reticentes al comportamiento orgánico. En general, desde todos los ministerios se convocaba la colaboración de asesores civiles, la mayoría de la veces entre los altos funcionarios y otras entre profesionales, expertos o intelectuales de reconocido prestigio. 10 El Comité de Oficiales Asesores de la Presidencia (COAP) sería el organismo que solicitaría más asesoramiento civil de alto nivel, pues tenía a su cargo la responsabilidad de la preparación, la revisión de las leyes y el diseño del desarrollo de las reformas. Si durante algún tiempo, estos asesores quisieron ser los ideólogos o intelectuales del proceso, pronto resultaron ser los tecnólogos del discurso oficial, aunque con el cierto margen de acción que le permitía la heterogeneidad y amplitud de ese mismo discurso. 9 Entre otros trabajos, el de Kruijt, Dirk: La revolución por decreto, Lima, 1988. 10 Así llegaron al proceso personas como Otoniel Velasco, director del INP, junto con Carlos Delgado -quien luego dejaría este instituto para ser asiduo asesor del COAP y director del Sinamos-, el ingeniero Luis Guilfo o, al Ministerio de Industria, el ingeniero Ángel de las Casas. Para localizar a muchos de estos asesores se pueden consultar los cuatro volúmenes de la Cronología Política publicada por DESCO; el libro de Dirk Kruijt, ya mencionado, otros textos publicados por los protagonistas. También Juan Martín Sánchez realizó algunas entrevistas personales con varios de esos asesores y conocedores del proceso como Francisco Guerra García, Carlos Franco, Hugo Neira, Ricardo Morales, Luis Alberto Ratto, Guillermo Rochabrún, Julio Cotler, Francisco Verdera. Anuario de Estudios Americanos Un caso tal vez especial en cuanto a intensidad, calidad y autonomía de los asesores civiles se encuentra en el sector educación. En éste se inició una casi utópica reforma de todo el sistema cuando en el Perú las políticas educativas apenas habían superado el nivel de expansión de la matrícula escolar y de la alfabetización de las clases populares. La Comisión de Reforma de la Educación presidida por Emilio Barrantes significó un campo abierto por el gobierno militar a la participación de los civiles que se dio con gran vigor, aunque al final también tuvieron que plegarse a las directrices económicas y las decisiones políticas emitidas desde el gabinete. Otra comisión, aunque de corta vida y demasiado indefensa ante las decisiones de los militares, pero que puede servir como ejemplo de la amplia gama de apoyos civiles que tuvo el gobierno de Velasco, fue el Comité Provisional de la Organización Política de la Revolución Peruana, creado el 1 de agosto de 1975. Ese Comité puede tomarse como una fotografía de hasta dónde había llegado la red de la participación sociopolítica en el proceso, tanto en razón de las instituciones representadas y de las personas integradas, como de las dificultades de su constitución, sus conflictos internos y su sometimiento a las decisiones de los militares. 11 No es fácil establecer las posiciones básicas de tantos y tan diferentes asesores y apoyos civiles, aunque sí se puede afirmar que eran personas muy implicadas en los debates ideológicos que se estaban dando en el Perú. En general, procedían de cierto dominio ideológico socialista y revolucionario, eran personas de ámbitos profesionales y académicos que vieron en las ofertas de reformas estructurales del gobierno militar una oportunidad para salir del bloqueo en que pensaban se encontraba el país. Franco resume las dos maneras en que se pensó el proceso dentro de aquella minoría de militares y civiles: "mientras el grupo militar de Velasco organizó su reflexión desde el Estado y la orientó por la necesidad de construir un Estado nacional, los grupos civiles desarrollaron su pensamiento desde la sociedad y lo orientaron por la finalidad de democratizarla substantivamente". 12 Estas dos maneras de pensar la transformación del Perú tienen que ver mucho con ese país heterogéneo en el que no se localiza un grupo político hegemónico que integrase poder y legitimidad; en el que el principal poder coercitivo, el ejército, se distanciaba de los poderes económicos, mientras los intelectuales renovadores no lograban seducir ni a esos poderes económicos ni a las mayorías populares. Ambas trayectorias confluyeron en una "estrategia" que, partiendo de los preparativos anteriores al golpe y los acuerdos institucionales en la cumbre de las fuerzas armadas del 3 de octubre, fue fundamentalmente orientada por el general Velasco, el general José Graham Hurtado (presidente del COAP y buen amigo de Velasco) y Carlos Delgado. Ellos eran el vértice de una red sumamente jerarquizada en la que se integraban diferentes grupos de militares, ministros y asesores civiles desde sus puestos en la administración pública. En esa red, Franco destaca el papel jugado por el COAP, el INP y el Sinamos -organismos directamente dependientes de Velasco y de carácter multisectorial-, en el desarrollo de una estrategia de transformación global del Perú, desde la que se ordenaban a los sujetos según los espacios de poder. 13 Fuera de estas relaciones directas entre militares y civiles se encontraba una amplia gama de intelectuales que defendían sus diversas posiciones políticas con extraordinaria fuerza. Se podían ver a famosos escritores que, con matices, apoyaban al gobierno, como Julio Ramón Ribeyro, o intelectuales como Bravo Bresani quienes, sin asumir un cargo directo en el Estado, defendían el proceso. Pero también había un nutrido grupo de intelectuales que se distanciaban, tras cierto reconocimiento, del gobierno militar como Pablo Macera, Guillermo Thorndike, Mario Vargas Llosa y Mirko Lauer. Los grupos cristianos progresistas también se constituyeron en una importantísima fuente de discusión y debate con personalidades tan destacadas como el propio cardenal Juan Landázuri, los obispos José Dammert y Luis Bambarén, Felipe McGregor desde la Universidad Católica, Gustavo Gutiérrez -el teólogo peruano de mayor prestigio dentro de la Teología de la Liberación-en la universidad y el movimiento popular, y Romero Luna Victoria. La creación de la Oficina Nacional de Información Social (ONIS) jugaría un muy importante papel durante todo este periodo y los siguientes. Sin lugar a duda, también hubo intelectuales con una postura totalmente contraria al gobierno militar como Julio Cotler o Aníbal Quijano (quienes fueron deportados por el velasquismo) y los que mantenían posturas aun más enfrentadas desde el extranjero, como Pedro Beltrán (direc-tor de La Prensa, órgano de expresión de los agroexportadores) o algunos líderes de Acción Popular. Los sectores próximos al Partido Aprista se limitaron a "esperar y ver", mientras que el empresariado trataba de influir en las políticas del gobierno, que tanto favoreció a los industriales, e hicieron de la Conferencia Anual de Ejecutivos (CADE) una importante plataforma de difusión de sus planteamientos llegando al enfrentamiento abierto con el propio presidente Velasco como hizo el empresario Walter Piazza. El asunto de los apoyos intelectuales y la difusión de opiniones en torno a la actuación del gobierno militar no fue nunca un tema menor en la agenda, especialmente cuando los muchos esfuerzos por lograr un mayor apoyo social a las reformas no lograron mayores resultados. Se publicaría una gran cantidad de documentos y revistas, especialmente por parte del Sinamos, en defensa del proceso contra la opinión de los intelectuales y partidos de oposición. Y como último recurso en este enfrentamiento, siempre se disponía de la clausura de revistas semanales como Oiga o Caretas, e incluso la deportación de destacadas personalidades. Para mediados de 1975, el gobierno de Velasco ya estaba muy desgastado y se veía venir el cambio en la presidencia. Con la masiva deportación del 5 de agosto de ese año, la relación entre militares e intelectuales se quebraría sin muchas posibilidades de ser recuperada. Incluso, una personalidad tan destacada como Ruiz Eldredge, dimitiría como director de Expreso en protesta por la depuración que se estaba llevando a cabo bajo la cobertura de una supuesta "infiltración comunista".14 Ordenando la retirada a los cuarteles: llegan los civiles conservadores El 29 de agosto de 1975, el primer ministro, el general Francisco Morales Bermúdez, dio un golpe de Estado e inició lo que se ha conocido como "la segunda fase", caracterizada por un institucionalismo militar más centrado en los cuarteles, donde la Junta Militar asumió mayor protagonismo en el gobierno. El contexto era marcado por la profundización de la crisis económica, el fortalecimiento de la movilización popular y el distanciamiento de los intelectuales, en un ambiente de mayor represión y, luego, de inicio de la transición hacia la democracia. Morales Bermúdez siempre fue el máximo representante del militar de carrera: institucionalista, con formación economía y actitud fuertemente tecnócrata. No se implicó en los preparativos del alzamiento de 1968 sino que se sumó al proceso con posterioridad. Antes, había participado en el gobierno de Fernando Belaunde Terry como apoyo castrense ante la debilidad gubernamental. La trayectoria del nuevo Jefe de Estado nos da un boceto bastante acertado de lo que fue su gobierno. Los civiles ya no alcanzarían la calidad y autonomía que tuvieron durante la primera fase y aunque siguieron los apoyos de anteriores civiles afines al gobierno, estos concluirían en marzo de 1976, cuando el gobierno sustituyó a todos los directores de los periódicos por sus críticas al forzado retiro de los generales Leonidas Rodríguez Figueroa y José Graham Hurtado. Los nuevos directores, como Luis Jaime Cisneros -hermano del ministro del interior durante el "estado de emergencia" proclamado por el gobierno en el intento de controlar las convocatorias de paro nacional en julio de 1977 y mayo de 1978-, conducirían a la prensa estatizada a los máximos niveles de manipulación y entreguismo. Viejos conocidos reaparecieron en la escena marcando nuevos lineamientos y abriendo espacios para una "transición conservadora". Se levantaron voces como la del ex-ministro de economía Manuel Ulloa o la del dirigente del Partido Popular Cristiano (PPC) Luis Bedoya Reyes, que criticaban al primer ministro, el general progresista Fernández Maldonadoque estuvo con Velasco desde 1968 aunque luego apoyó su derrocamiento-, por querer ser el Salvador Allende del Perú. También fueron reapareciendo los líderes del APRA con un matizado apoyo al nuevo gobierno que revelaba su estrategia frente a la muy previsible convocatoria de elecciones. Y tras el fracaso del ministro de economía, general Luis Barúa Castañeda, en el intento de frenar la crisis económica y recabar el apoyo de la burguesía, llegaba al gabinete el primer civil, nada menos que el empresario Walter Piazza, quién se opuso abiertamente a la orientación "participacionista" y social de la primera fase. A su vez, Piazza fue reemplazado en junio de 1977, en medio de un espectacular crecimiento del movimiento popular, pero el gobierno parecía tener ya claro sus objetivos fundamentales: negociar con el FMI la aplicación de las políticas de ajuste económico y ordenar la retirada de los militares del gobierno sin abandonar sus posiciones de privilegio en la escena política. Para los anteriores objetivos no se necesitaba de la creación de un cuerpo de asesores civiles como en la primera fase. Bastaba con algunos portavoces más o menos independientes que, desde la crítica a las reformas velasquistas, lidiaran con la creciente oposición de izquierdas. La administración pública sería depurada de anteriores asesores y organismos como el Sinamos o la Confederación Nacional Agrícola (CNA) serían clausurados. La convocatoria a elecciones para una "asamblea constituyente", exclusivamente elegida para la redacción de una nueva Constitución Política del Estado, fue anunciada por el presidente el 28 de julio de 1977, tras el contundente paro nacional del día 19 de ese mismo mes. La dinámica política que abrió este anuncio y el decreto de convocatoria de elecciones para el 4 de junio de 1978, colocó al gobierno en una situación de mayor aislamiento; por su parte, los intelectuales tratarían de definir sus posibilidades políticas frente a las elecciones. En ese escenario, serían los tecnócratas nacionales y los procedentes de los organismos multilaterales, los que adquirieron una extraordinaria relevancia en el manejo de las políticas del gobierno. El 13 de abril de 1978 la Misión Holandesa, encargada de hacer un diagnóstico de la situación económica del país y sus posibles soluciones, entrega su informe en el que recomienda la negociación con el FMI, la eliminación de los déficit de Petroperú y otras empresas públicas, y el retorno al gobierno civil. 15 Pocas semanas después se pondrían en marcha las diversas medidas del paquete de ajuste económico. El día 15 de mayo, Javier Silva Ruete fue nombrado ministro de economía -autor en la sombra del plan de ajuste-junto con Eduardo Lanatta Piaggio en el Ministerio de Industria y Manuel Moreyra Paz Soldán al frente del Banco Central de Reserva. Los acuerdos con el FMI llegarían pronto, así como el apoyo de Estados Unidos vía AID. El prestigio de Silva Ruete y Moreyra en el sistema financiero internacional les otorgaba un alto grado de autonomía frente a los militares y sus pretensiones de gastos en armamento, o frente a los que pretendían una cierta reactivación económica desde el ministerio de industria. 16 De otra parte, continuaban las protestas del movimiento popular que lograron una total unidad sindical en la convocatoria y realización del paro nacional de 48 horas los días 22 y 23 de mayo de 1978, poco antes de las elecciones. La represión policial se acentuó y el gobierno calificó los suce-15 Ibídem, pág. 281 16 Cotler, Julio: "Las intervenciones militares y la 'transferencia del poder a los civiles' en el Perú", en O'Donnel, Guillermo, Schmitter, Philippe C., y Whitehead, Laurence (comps.), Transiciones desde un gobierno autoritario. Tomo LIX, 1, 2002 sos como obra de "agitadores profesionales". Permanecían encarcelados los dirigentes sindicales y el aislamiento del gobierno llegó a su máximo nivel arreciando las denuncias por falta de libertades y atropello de los derechos humanos. La iglesia progresista cumplió un importante papel en estas denuncias, siendo el obispo de Cajamarca, monseñor Dammert, el más claro exponente de esta actitud. Acción Popular no participó en las elecciones del 18 de junio de 1978 para la Asamblea Constituyente, pero reapareció en la escena política con un discurso de distancia respecto de los militares y autoproclamándose como "auténticos" defensores de la democracia. El PPC se presentó liderado por Bedoya Reyes, y quedó por debajo del 24% de los votos, lo cual fue considerado una derrota ante la ausencia de AP. El APRA alcanzó el 35% de los votos y su líder, Víctor Raúl Haya de la Torre, fue elegido presidente de la asamblea. La izquierda fue la que más sorprendió en estas elecciones alcanzando, entre sus diversas candidaturas, un significativo 36% de los votos.17 El velasquismo trató de tomar vuelo con la constitución del Partido Socialista Revolucionario (PSR) liderado por el general Leonidas Rodríguez Figueroa, pero fue el Frente Obrero, Campesino, Estudiantil y Popular (FOCEP), dirigido por el profesor Genaro Ledesma Izquieta, el más votado entre la izquierda. En su filas se encontraban intelectuales independientes como Laura Caller o el escritor Manuel Scorza, pero su mayor atractivo político y electoral se lo daría el guerrillero Hugo Blanco, quien en 1962 había encabezado las luchas campesinas en La Convención y Lares (Cusco). Durante esta peculiar transición a la democracia, en la que los civiles redactaron una nueva Constitución mientras los militares seguían gobernando sin mayores intromisiones, todos los actores trataron de ganar posiciones frente al futuro nuevo régimen. Aquí los proyectos ideológicos entraron en conflicto con las tácticas políticas y lo que pudo ser defendido ayer es modificado hoy, como la posición del APRA en torno al voto de los analfabetos que finalmente fue impuesto por los militares. La izquierda no aprobó la nueva Constitución y sufría para armar una oposición electoral unificada para las elecciones de 1980. Más fácil le resultaba enredarse en sus múltiples disputas de camarillas y personalismos, perdiendo su anterior gran capacidad de movilización. Para sorpresa de todos, el gran triunfador de esos comicios sería el que mantuvo mayor distancia del gobierno militar y de la Asamblea Constituyente: el candidato de Acción Popular, Fernando Belaunde Terry, barrería con un 45% de los votos válidos. El gobierno de Acción Popular Luego del fracaso del velasquismo y la captura del gobierno por parte de los militares conservadores, el Perú presenció una ofensiva de la derecha aprovisionada de un discurso neoliberal para sustentar ideológicamente su proyecto político. Éste fue un marco propicio para la aparición de una serie de jóvenes intelectuales que se autodenominaban "nueva derecha", auspiciados especialmente por los periódicos La Prensa y Expreso, instituciones como Apoyo, el Instituto Libertad y Democracia (ILD), y revistas como Debate. Se trataba de personajes que irían creciendo en la escena pública peruana, como Juan Carlos Tafur, Pedro Planas, Jaime Baily, Fernando Iwasaki, Willy Quevedo. Todos ellos formados en la escuela de Pedro Beltrán18 reactualizada por intelectuales y políticos como Enrique Chirinos Soto,19 el famoso novelista Mario Vargas Llosa, Manuel D'Ornellas, Patricio Ricketts Rey de Castro,20 Hernando de Soto21 y Arturo Salazar Larraín,22 principalmente. La derrota del proyecto reformista del velasquismo y, en consecuencia, la retirada de los asesores con pretensiones ideológicas, abrieron las puertas a una nueva forma de gobernar y de entender los problemas que aquejaban al Perú. Había llegado el momento del "realismo", de las soluciones "prácticas" más allá de los costos sociales que pudieran ocasionar. La democracia era sinónimo -según esta mirada-de eficiencia. Cualquier otra manera de enfrentar el gobierno era considerada como pura demagogia. En esta forma de gobierno, la entronización de los expertos no fue difícil ni costosa para AP. Este partido carecía tanto de ideólogos como de un programa integral sobre qué hacer con el país. Más bien era un compuesto de poderes locales y hombres ligados al sistema financiero internacional que resolvían sus conflictos gracias al papel dirimente de su conductor, el propio Belaunde Terry. Aun sin ideología definida o discursivamente construida, AP se ubicaba en el centro-derecha del espectro político peruano. Por las características del partido en el gobierno, e imbuida de cierto triunfalismo, la derecha peruana consideraba que los resultados electorales, con los que la sociedad había sancionado el triunfo de AP, significaban la impugnación de la política centrada en el Estado, característica del periodo velasquista básicamente. Por su parte, los empresarios peruanos pensaron que por fin era su hora, pues había llegado el momento de la confluencia entre el control del gobierno y una ideología legitimada socialmente ad hoc a sus intereses. Como señala Catherine M. Canaghan,23 para los capitalistas nacionales en los Andes, el retorno de la democracia significó la oportunidad de resucitar sus instrumentos de influencia sobre los políticos. Como consideraban que los gobiernos militares estaban signados por la incertidumbre, la instalación de un gobierno constitucional les proporcionaría el marco jurídico que reclamaban, no sólo para implementar medidas económicas convenientes a sus intereses, sino también para definir el rumbo político de un gobierno que consideraban amigo. Esas fueron las razones principales que los llevaron a impulsar el llamado proceso de retorno a la democracia. Sin embargo, se trató de una esperanza frustrada, pues los grupos de intereses empresariales continuaron sin acceder a los procesos de decisión política. En efecto, durante el segundo gobierno de Belaunde, Manuel Ulloael encargado de delinear la política económica y con una amplia experiencia en la banca internacional-, y su equipo de tecnócratas, decidían la política económica sin consultar a los partidos. Incluso se rodeó de economistas "repatriados" de los organismos internacionales como Roberto Abusada, quien fue viceministro de comercio, Carlos Rodríguez Pastor o Pedro Pablo Kuczynski, en las importantes carteras que tenían relación con las finanzas y la economía. Atendiendo más a los datos macroeconómicos, este grupo de expertos definió una política en la que lo central era la reducción del Estado y del gasto público, así como impulsar una economía de mercado. No obstante, el gobierno de AP, sólo aplicó tibiamente las recetas neoliberales, en gran parte por la oposición que encontró en su interior el propio partido en el poder. Los políticos "tradicionales", ligados a los cotos locales de poder, muy a la usanza de un viejo caudillismo, reclamaron para sí una mayor injerencia en la delineación de la política económica. Su argumento era muy simple: la aplicación de las medidas fondomonetaristas podía significar para el partido la pérdida de su militancia, que ya incluso empezaba a menguar. El mismo Belaunde mantuvo una posición ambigua frente al proyecto de sus asesores. Más político que economista, Belaunde centraba su interés en el futuro de su partido, pues sabía que una aplicación radical de las recetas fondomonetaristas podía implicar una deslegitimación social de su gobierno muy grande. De esta manera, y en el interior de la pugna reseñada, la política económica del gobierno de AP se caracterizó por la ambigüedad de mantener ciertos niveles de injerencia en la economía por parte del Estado, al mismo tiempo que se impulsaba, erráticamente, una economía de mercado. Dicha ambigüedad también debe ser explicada por la presencia corrosiva del grupo maoísta Sendero Luminoso, que le había declarado la guerra al Estado peruano desde mayo de 1980. Ello obligó al aparato estatal a utilizar sus pocos recursos para atender a las poblaciones andinas que eran las principales víctimas de la guerra. En otras palabras, el Estado se vio obligado a privilegiar ciertas demandas sociales que para la política neoliberal resultaban secundarias. Por su parte, los ideólogos pertenecían en su mayoría a las fuerzas políticas de oposición: tanto ex-velasquistas como a los partidos de la nueva izquierda. Ésta había conseguido una importante legitimidad política gracias a su vinculación con los sectores populares organizados, incluso había llegado a ganar en las elecciones municipales de 1983 la alcaldía de Lima y de otras importantes ciudades del país. En el terreno del pensamiento, desde las universidades y las Organizaciones No Gubernamentales, los intelectuales ligados a la izquierda -militante o ideológicamente-habían alcanzado una importante presencia pública, sustentada tanto en su aparición en los medios de comunicación como en la profusa publicación de libros de corte académico. En otras palabras, los intelectuales de izquierda habían conseguido constituirse en una voz importante en el debate público, pero desde la oposición. En este contexto amplio, en el segundo gobierno de Acción Popular fue muy nítido el desencuentro entre el dogmatismo de los expertos neoliberales y la necesidad política de mantener ciertos niveles de legitimidad. El resultado fue catastrófico, pues el gobierno no dio solución ni a la crisis económica ni a la guerra civil. En este empantanamiento accedió al poder, en julio de 1985, el primer gobierno del APRA. Dicho partido trató de dar un viraje de la política implementada por Acción Popular, retornando a ciertas medidas populistas, al menos en sus dos primeros años de gobierno; los años justamente de sus mayores niveles de aceptación social. El gobierno del APRA: vuelven los ideólogos, pero no están solos El Partido Aprista desplegó, desde sus orígenes, un proyecto político que estuvo dirigido por intelectuales y políticos. Es decir, trató de anudar una fuerte voluntad de poder con la construcción de una visión global del Perú. Al lado de su gran líder -Haya de la Torre-se encontraban intelectuales (o intelectuales-políticos) de gran valía como Luis Alberto Sánchez, Antenor Orrego, Alberto Hidalgo, Manuel Seoane, entre muchos otros. En consecuencia, el aprismo fue, desde su nacimiento, una propuesta político-intelectual. A mediados de los años cincuenta dicho partido sufrió una importante mengua de su parte productora de pensamiento, pues luego de sus discutidos compromisos con la oligarquía un buen número de sus intelectuales más representativos renunciaron y pasaron a engrosar otros partidos como AP, la izquierda o decidieron quedar como pensadores "socialmente desvinculados". El APRA jamás se pudo recuperar de esta sangría de sus hombres de pensamiento. Por ello, entre otras razones, la reflexión de ambición general fue desatendida y su programa, antes tan bien definido, empezó a adqui-rir contornos cada vez más confusos. De esta manera, el aprismo se limitó a la supervivencia política, pero sin renovar los sentidos de su actividad. El velasquismo, además, ahondó el alejamiento del proyecto aprista de una sociedad peruana que se modificaba sustancialmente por medio de las reformas del gobierno militar. Sólo después del retorno a la constitucionalidad, en 1980, el viejo partido peruano empezó -tibia e inconclusamente-a revalorar la importancia de la actividad intelectual dentro de su proyecto político. Pero ya las universidades habían sido hegemonizadas -si cabe el término-por los intelectuales de izquierda. En estas condiciones el Partido Aprista accede al poder, dirigido por un líder joven, Alan García. Éste basó su éxito en que había sabido hábilmente navegar entre las disputas que distintas facciones fomentaron dentro del aprismo luego de la muerte de su fundador en 1979. Como resultado de una acción bifronte -conciliadora en algunos momentos y dura en otros-García se empinó gracias a su oratoria y capacidad para catalizar el humor social de su momento y autopresentarse como encarnación de la esperanza de terminar con la crisis económica y la violencia política. Ante la carencia de intelectuales propios, García apeló a aquellos que ya habían sido protagonistas durante el reformismo militar. Por un lado, incorporó a los ex-asesores del velasquismo -ahora agrupados en el Centro de Estudios para el Desarrollo y la Participación (CEDEP) que edita la importante revista Socialismo y Participación-como Carlos Franco, Federico Velarde, Francisco Guerra García, Hugo Neira, entre otros. Por otro lado, llevó al Perú al asesor argentino Daniel Carbonetto, economista especializado en temas de informalidad. García había construido su discurso, primero, desde la oposición al segundo belaundismo y, luego, en su campaña electoral dirigiéndose a los informales, a los pequeños empresarios y a los campesinos, de manera fundamental. Con ello, le arrebató gran parte de la base social a la izquierda (agrupada en el frente Izquierda Unida) y transmitió una nueva forma de enfocar al sujeto que supuestamente debería atender prioritariamente el gobierno: ya no a los privilegiados de siempre, sino a los postergados también de siempre. En este panorama, dos propuestas sobresalían en el frente interno: atacar la pobreza de aquellos que constituían la base de la pirámide del ingreso y propiciar el desarrollo de las zonas marginadas, como el Trapecio Andino. En tanto la violencia política era vista como una emanación de las condiciones estructurales (afirmación que viene del discurso de la izquierda y que García incorporó al suyo), al dar solución a éstas se resol-vería aquélla. En el frente externo, la propuesta de García de limitar el pago de la deuda externa recobraba un discurso tercermundista y antimperialista. Parecía que el viejo aprismo se encarnaba en la figura del joven presidente. Los dos primeros años del gobierno aprista hacía recordar en mucho a los del reformismo militar: prédica nacionalista en contra de los poderes económicos extranjeros, atención a las condiciones de pobreza y marginalidad de la mayoría del país, estímulo a la burguesía nacional, apelación al mestizaje, a los cholos, como base de la identidad nacional, etcétera. Es evidente que detrás del discurso pronunciado por García estaba el grupo de asesores que provenían del velasquismo. Su huella se puede detectar especialmente en los discursos de los dos primeros años de gestión. 24 Es interesante mencionar que el gobierno aprista sirvió como escenario involuntario para la reactualización de los debates ocurridos en los años setenta, entre reformistas velasquistas (ahora apoyando al aprismo) y los de la izquierda marxista. Los intelectuales propiamente apristas casi no tenían voz en este escenario, quizás porque no tenían ideas que sustentar. Desde la izquierda, espacios como El diario de marka, Amauta o revistas como El Zorro de Abajo y Márgenes, divulgaban una visión del Perú clara, específica, aunque en transformación: la del cambio estructural del país más allá del formato político (más adelante la importancia del tipo de régimen sería importante, cuando se asuma de manera paulatina el tema de la democracia desde las posturas marxistas). Desde el gobierno, era el propio presidente quien transmitía una forma de mirar el país que se entroncaba con las propuestas originarias del Partido Aprista y las posturas de los asesores del velasquismo. El gobierno no tenía una plataforma propia que transmitiera su ideología, y las que habían, los propios diarios oficiales como El Peruano o La Crónica, no alcanzaban a tener un impacto importante, además que éste último diario también contaba entre sus colaboradores con intelectuales de izquierda. De una forma exagerada, se puede afirmar que el presidente García actuaba como una especie de ventrílocuo que pronunciaba discursos que tenían sus orígenes en otros lugares. En efecto, con respecto al aprismo original, García había tratado de remozar su discurso fundador adecuando propuestas que venían de la izquierda, por un lado, y las que provenían del reformismo velasquista, al cual el propio aprismo había combatido, por otro. Luego de sus dos primeros años de gobierno en el que se respiró un cierto aire de estabilidad económica, el aprismo en el poder empezó a manifestar fuertes conflictos internos. García gobernaba de manera demasiado independiente de su propio partido y daba más confianza a sus asesores externos. Una manera de recobrar su liderazgo y afianzar su protagonismo fue el anuncio de una medida que, aunque audaz, terminó siendo el click que inició el fin del gobierno aprista. En 1987, el presidente presentó ante el congreso el proyecto de nacionalizar la banca. La falta de consenso entre los propios apristas, la opinión dividida de la izquierda en torno a la medida, que impidió un apoyo decidido, una opinión pública dubitativa y, por último, la articulación de la derecha, fueron circunstancias que impidieron que el proyecto de estatización se concretara. Quizás el efecto más prominente de la medida frustrada fue el último de los mencionados: el recobrado protagonismo político de la derecha. Si durante el segundo belaundismo se conjuntaron esfuerzos de ciertas personalidades y de prospectos académicos, bajo el aprismo, a este interés intelectual, se sumó la gestación de una voluntad por el poder que se materializó en la conformación de un sujeto político: el Movimiento Libertad. Pero, además, encumbró a un personaje que venía de las canteras de la literatura, el escritor Mario Vargas Llosa. A diferencia de otros esfuerzos de la derecha peruana, el Movimiento Libertad se constituyó en el plató desgarrado de la política peruana de mediados de los ochenta, y desde él difundió una idea-valor: la defensa de la libertad. Si antes la derecha peruana había buscado propalar algún interés (el mercado, la riqueza, el libre comercio), ahora apelaba a un elemento que podía permitir la confluencia de los peruanos más allá de las disputas ideológico-políticas. La libertad se constituyó en signo del nuevo movimiento que emergía e inundaba las calles. En efecto, cuando las banderas de la libertad fueron agitadas se abrió paso la oportunidad para que los peruanos pudieran ver, por primera vez, cuáles eran los rostros de los verdaderos dueños del Perú, antes agazapados detrás del sillón presidencial. Los hombres de carne y hueso del poder financiero salían para reclamar su lugar como actores políticos (aunque después volvieran a sus puestos habituales tras bambalinas). Posteriormente, el Movimiento Libertad dio paso a la constitución del Frente Democrático (Fredemo), gracias a la alianza con los partidos tradicionales AP y PPC. La aparición de dicho frente ocasionó graves discrepancias entre los principales fundadores del Movimiento Libertad: Vargas Llosa y De Soto. Éste, opuesto a cualquier alianza con los partidos que representaban al pasado "mercantilista" (es su término), concluyó por separarse del núcleo original del movimiento. Por esta razón fue el Fredemo el que lanzó la candidatura presidencial de Vargas Llosa para las elecciones de 1990 y que concluyó con la derrota electoral conocida. 25 Esta nueva derecha se caracteriza por su crítica al Estado ineficiente, a los empresarios mercantilistas y por su creencia ciega en el libre mercado y en la libre competencia. Intelectualmente, obvia el proceso particular del desarrollo del pensamiento peruano para asimilarse a un discurso transnacional que incluso menosprecia las culturas particulares. Adam Smith, Milton Friedman, Von Hayek, Revel, Tumlir eran las principales fuentes en las que moldeaban su pensamiento,26 pero por momentos con tanto dogmatismo, intransigencia y fundamentalismo que hacían recordar a los militantes izquierdistas del decenio de 1970. La ascensión de esta derecha renovada opacó el papel de los ideólogos que habían llegado auspiciosamente durante el gobierno aprista y que, al final de los ochenta, fueron identificados con el pasado populista, el radicalismo y la ineficiencia. Y algunas pruebas daban la razón a sus críticos, pues con el presidente García el Perú llegó a los niveles de inflación más grandes de su historia, el senderismo no pudo ser detenido e, incluso, aumentaba su terror, mientras la sociedad peruana se debatía en el caos, la desconfianza y el apoliticismo extremo. Ante este panorama se reclamaba un pragmatismo que tendría que cumplir con la imperiosa tarea de refundar al Estado y a la sociedad peruanos. Parecía que la nueva derecha estaba en condiciones de cumplir este plan, sin embargo, un actor inesperado irrumpiría en la escena político-electoral para reacomodar (o desacomodar, sería más justo decir) las reglas de la lucha por el poder. Luego de su triunfo electoral en la segunda vuelta sobre Vargas Llosa, el prácticamente desconocido ingeniero Alberto Fujimori iniciaba su gobierno entre el desconcierto y la sorpresa. Ni él se imaginó ser ungido como presidente del Perú; sus aspiraciones eran más modestas: un lugar en el Senado peruano. Pero una serie de circunstancias, entre las que no estu-vieron ausentes las revanchas entre actores políticos irreconciliables, permitieron que el pintoresco ingeniero llegara a Palacio de Gobierno. En efecto, luego de un inicio de campaña espectacular, Vargas Llosa se fue precipitando en la aceptación de los sectores populares que, desconfiando de sus evidentes ligazones con los eternos poderes nacionales e internacionales, volteó la cara y encontró a alguien más parecido a ellos, un inmigrante, un hijo del pueblo, que no les prometía grandes cambios pero tampoco les amenazaba con traumáticos programas de reforma estructural. A esto se añadió el fundamental apoyo electoral del APRA y de la izquierda -a la sazón dividida en Izquierda Unida (IU) y en Izquierda Socialista (IS). Como Fujimori no estaba preparado para el triunfo, tampoco estaba listo para gobernar, sin embargo, supo moverse con habilidad y adaptarse a las presiones de los poderes fácticos. Sin programa, equipo ni ideas, pero con un firme propósito de consolidarse en el poder, el nuevo presidente acudió a ciertos personajes de la política peruana que encajaban dentro de las opciones ideológicas y políticas que lo habían apoyado con sus votos. Así, conformó su gabinete con miembros tanto de IU como de IS, incluso un ex-militante de Acción Popular, Juan Carlos Hurtado Miller fue nombrado primer ministro, mientras en el congreso la relación con la bancada aprista era cordial. Tan cordial era que la colaboración del naciente fujimorismo con dicho partido impidió que se aprobara la investigación del ex-presidente García acusado de enriquecimiento ilícito. En esta primera etapa del fujimorismo no aparecía claro nada, ni ideología, ni proyecto, ni programa. El diseño de estos rubros se estaba operando fuera del alcance del público y la crítica. Pronto los militares le darían lo que necesitaba: el Plan Verde que, según se leía en sus páginas, refundaría la república. 27 Desde entonces se fue afianzando un burdo autoritarismo, 28 corrupto y escaso de ideas. Con respecto al tema que articula estas páginas, debemos señalar que el inicio del fujimorismo se debatió entre el mantenimiento de los ideólo-27 Tapia, Carlos: Las Fuerzas Armadas y Sendero Luminoso: dos estrategias y un final, Lima, 1998. 28 Algunos de los libros que tratan sobre el fujimorismo son los siguientes: Degregori, Carlos Iván: La década de la antipolítica. Auge y huida de Alberto Fujimori y Vladimiro Monstesinos, Lima, 2000; Rospigliosi, Fernando: Montesinos y las fuerzas armadas. Cómo controló durante una década las instituciones militares, Lima, 2000; Cotler, Julio, y Romeo Grompone, El fujimorismo, ascenso y caída de un régimen autoritario, Lima, 2000; Bowen, Sally: El expediente Fujimori. Los años subsiguientes, nos hicieron ver más nítidamente la opción del gobierno. Bajo la gestión de Fujimori, los intelectuales -con las características que hemos estado definiendo en tanto ideólogos-, prácticamente no encontraron espacio en la política para desarrollarse, a lo más, actuaron como funcionarios y propagandistas. Como señala Hugo Garavito, 29 se trató del primer gobierno en el que los intelectuales de aspiraciones generales permanecieron excluidos del poder. Si se toma la terminología de Gouldner, 30 se puede decir que los ideólogos cedieron el paso a la intelligentsia, esto es, a la tecnocracia. En contra de las promesas de la campaña hacia la presidencia, el naciente fujimorismo asumió las ideas neoliberales que había combatido. La aplicación del shock económico, la dureza con que enfrentó al senderismo más allá de las formalidades en la defensa de los derechos humanos que habían mostrado los gobiernos anteriores, la lógica de mercado que imperó durante sus años de gobierno, los pragmáticos arreglos limítrofes con los países vecinos, las mal llamadas "reformas" de los principales poderes como el judicial y el legislativo (a los que cerró con el autogolpe del 5 de abril de 1992), entre otras medidas, nos indican que Fujimori iba definiendo las características de su gestión económica dentro de los parámetros neoliberales establecidos por los organismos financieros al mismo tiempo que instalaba un estilo autoritario que se cobijaba en la intervención de los militares leales a él y a su entorno y -lo sabemos ahora-bajo una costra de corrupción. Este estilo pragmático de Fujimori, con la modalidad de resolver problemas aquí y ahora, dejó en un segundo plano la necesidad de definir algún proyecto de sociedad futura. La dimensión de largo plazo, cuyos representantes más prominentes son los ideólogos, fue remplazada por el momento inmediato. Por eso es que para el fujimorismo era tan central el secreto, el actuar de improvisto y por la espalda, sorprendiendo. En este estilo de política, la búsqueda de fórmulas de consenso resultaba írrita. El cuerpo ciudadano, el demos, de alguna manera, estorbaba. Más conveniente era para el fujimorismo la articulación precaria de individuos atomizados, siempre al borde de la supervivencia. En un contexto de esta naturaleza, los intelectuales con pretensiones de totalidad terminaron sobrando. Los espacios naturales en el que se debían desenvolver (como la 29 Garavito, Hugo: "Después de Fujimori ¿qué?", Unomásuno, 16 de abril, México, 1995. Anuario de Estudios Americanos universidad o las ONG, por ejemplo) se debilitaron hasta casi extinguirse, sobre todo en las provincias. Los ideólogos del velasquismo y los pertenecientes a la izquierda prácticamente desaparecieron durante el decenio infame que fue el de 1990 para el Perú y, aunque siguieron en su labor de denunciar la naturaleza del fujimorismo, lo hacían desde tribunas con influencia acotada (casi no tenían acceso a los medios de comunicación). Una incisiva red de agentes y tecnócratas del poder no elegidos públicamente (ni en elecciones ni por procedimientos legales adecuados) tomaban posiciones y suplantaban a una clases política amenazada, desorientada, sobornada o, simplemente, comprada. El abogado de narcotraficantes y militares con problemas, mundialmente conocido por su afición a los videos domésticos, Vladimiro Montesinos, controlaría el poder de fondo, el de las relaciones fácticas y personales, en demérito de las normativas e institucionales, con los militares, los comandos de asesinos y extorsión, los políticos corruptos, el mercado internacional de armas, el narcotráfico y el contrabando. Un auténtico "experto" del poder oculto y de la "antipolítica", como diría Carlos Iván Degregori. Este personaje ayudó al candidato a presidente en la segunda vuelta de 1990, Alberto Fujimori, a resolver algunos problemas con la justicia y conectarse con los nerviosos militares en medio de la guerra con Sendero Luminoso. Tras la estabilización económica, debido al grado cero en que Carlos Bologna (economista graduado en Oxford) llevó a la economía, y la captura de Abimael Guzmán, se radicalizaría la estrategia de poder en la sombra, teniendo como único objetivo político la reelección de Fujimori en 1995, primero, y luego en 2000. Con ésta se salvaguardaba la amplia red de corrupciones y delitos de toda índole en que había caído la clase política oficialista del Perú. Pero si bien Vladimiro Montesinos fue el conductor principal de esta necrosis política, no estuvo sólo y en el juego llegaron a caer abogados tan reputados como Francisco Tudela y Fernando Trazengnies, ambos "afamados" expertos en relaciones exteriores, el hermano del presidente Santiago Fujimori, o la popular conductora del programa de televisión, "Laura de América", la modesta Laura Bozo, que haría un importante trabajo de propaganda burdamente encubierta. El fujimorismo sí tuvo "discurso" pero su elaboración no fue pública o sujeta a debate, sino oculta, mediante operativos de difamación nunca imputables a una fuente cierta, como funcionó con la llamada "prensa chica" pero también con la infiltración y captura de las televisiones y la amenaza a los periodistas e intelectuales que no se dejaban filmar con Montesinos. Todo se volvió un campo de disputa por el poder político pero el poder político estaba más ausente que nunca, se imponía el secreto y la relación privada; el reposo necesario para la reflexión era imposible de conseguir. En este sentido, hasta los intelectuales con mayores pretensiones de generalidad se transformaron en potenciales personajes políticos. Nunca como durante el gobierno fujimorista el campo intelectual-académico fue tan poroso e inútil. En el nuevo siglo esta herencia es pesada, y una reformulación del papel de los intelectuales generales en la sociedad peruana se vuelve imperativa. Observaciones sobre el periodo Una primera cuestión a señalar es que nuestro estudio toma como inicio los años de mayor auge intelectual en el Perú y América Latina desde el comienzo de siglo XX, entendiendo esto como la envergadura (cuantitativa y cualitativa) de la discusión ideológica. Pero si bien en las dos primeras décadas del siglo se podría detectar un protagonismo de los pensadores liberales y conservadores -Víctor Andrés Belaunde, José de la Riva Agüero o Francisco García Calderón, devotos de José Enrique Rodó-, en los años sesenta y setenta el debate está dominando, cuanto menos, por el léxico izquierdista. 31 De aquí se puede extraer, por una parte, la imagen del declive desde ese momento álgido en que, incluso, tuvieron una mayor influencia en las políticas estatales y, por otra, la dificultad para aceptar como intelectuales ideólogos a aquellos que no correspondan con el modelo del intelectual comprometido de la izquierda. Unido a esto último, estaría el esfuerzo desarrollado durante los años ochentas en el Perú por crear una figura de ideólogo liberal, que tan francamente asumiría Mario Vargas Llosa o Hernando de Soto. Una segunda cuestión, derivada de la anterior, sería la percepción de que los intelectuales ganarían influencia y protagonismo durante los gobiernos reformistas y abiertamente centrados en el mayor papel del estado -los de Velasco y García-, mientras que en los gobiernos de retroce-31 Valga como nota la opinión de Sinesio López que no encontraba rastro alguno de pensamiento político de derechas posterior a los años treinta: "El estado oligárquico en el Perú: un ensayo de interpretación", en El Dios mortal. Estado, sociedad y política en el Perú del siglo XX, Instituto Democracia y Socialismo, Lima, 1991; e "Intelectuales y políticos en el Perú del siglo XX", en Adrianzen, Alberto (Ed.), Pensamiento político peruano 1930-1968, Lima,1990. Anuario de Estudios Americanos so del estado -Morales Bermúdez-o liberal-conservadores -Belaunde Terry-serían los expertos los que camparían por sus fueros. Pero ésta es una percepción demasiado marcada por la imagen dominante del intelectual comprometido de los años setenta, pues los expertos tuvieron un peso importante en todos los gobierno, aunque, tal vez, con menos publicidad. Habría que pensar en Otoniel Velasco en el Instituto Nacional de Planificación durante el velasquismo o Daniel Carbanetto durante el gobierno aprista, y no sólo en Silva Ruete y Moreyra para el gobierno de Morales o Pedro Pablo Kuczynski para el de Belaunde. En cualquier caso, estos dos últimos gobiernos habrían tenido una actitud menos favorable al discurso intelectual y más favorable al pragmatismo. Una última cuestión a destacar en este recorrido es el carácter igualmente anti-intelectual y anti-experto del gobierno de Alberto Fujimori. En él -pasado el primer año de envenenada convocatoria al acuerdo nacional-tanto los tecnócratas, Carlos Boloña, o empresarios, Jorge Camet, como los pocos intelectuales que se arriesgaron en sus tenebrosas aguas, Marta Hildebrant o Fernando Trazengnies, acabaron engullidos por la lógica del secreto y el soborno. El FMI o el Banco Mundial tenían, incluso, que enviar a sus expertos junto con los programas de ajuste porque el Estado peruano no disponía de sus propios funcionarios de alto nivel, dándose la paradoja de que la parte peruana en las negociaciones sobre su deuda externa estaba representada por expertos formados o directamente pagados por el FMI. Algo que tienen en común los intelectuales y los expertos, contra algunas opiniones precipitadas, es que los dos necesitan de la política y de los políticos, por mayor que sea el autoritarismo reinante; de lo contrario, el secreto, la antipolítica, como la denomina Carlos Iván Degregori, usurpa los ámbitos de lo público y lo privado dejando al cinismo fáctico como única legitimación posible.
A partir de las competidas elecciones de 1988, el interés de la academia mexicana se ha centrado en los procesos electorales como un termómetro efectivo de la transición política mexicana. Así lo muestra la variedad de textos que sobre el tema han sido publicados desde entonces. No obstante, ¿es posible asumir esa perspectiva? En el presente trabajo se argumenta, mediante la lectura crítica y clasificación de una selección de escritos electorales de la transición, que las elecciones en un proceso prolongado de cambio político como el mexicano pueden servir de medidor efectivo siempre y cuando se asuman sus particularidades, por lo cual debe tenerse cautela en el modo como se utilizan los conceptos y modelos de la literatura de las transiciones. En la última década, el fenómeno electoral ha despertado un enorme interés de los estudiosos mexicanos, sólo comparable al mostrado en la transitología. 1 Desde ambos miradores se ha intentado entender la dinámica política del país, tan peculiar en sus instituciones y prácticas. El resultado de este acercamiento arroja una multiplicidad de perspectivas difíciles de medir con un mismo parámetro. En el presente texto se pretenden analizar aquellos escritos que trabajan el aspecto electoral desde la mirada de la transición. Esta combinación de perspectivas tiene un sentido lógico: si es que una condición necesaria de cualquier régimen democrático es la celebración periódica de elecciones libres y competitivas, 2 entonces no se puede omitir su existencia cuando se 1 Término utilizado para nombrar a la literatura teórica de la transición a la democracia 2 Entendiendo por "elecciones libres y competitivas" aquellas en donde existe libertad del elector para emitir su voto, así como la posibilidad de escoger entre dos o más candidatos o listas de candidatos. Hermet, Guy: "Las elecciones en los regímenes autoritarios: bosquejo de un marco de análisis", en Hermet, Guy et al.: ¿Para qué sirven las elecciones?, México, 1982, págs. 23-25. Según Nohlen, "el cambio fundamental de un sistema político dictatorial comienza con la celebración de elecciones competitivas. En consecuencia, no se exigen simplemente elecciones, sino elecciones libres". Nohlen, Dieter: Sistemas electorales y partidos políticos, México, 1995, pág. 11. evalúa una circunstancia de cambio político. 3 Sin elecciones no hay democracia posible. 4 Además, el ejercicio efectivo del sufragio es un paso decisivo y visible de la transición hacia la democracia. Es un medidor efectivo del alcance del proceso de cambio institucional dado que posibilita la alternancia y la distribución del poder en los distintos niveles de gobierno. En ese tenor, vale preguntarse: ¿pueden cumplir los comicios ese papel en el análisis de la realidad mexicana, es decir, de ser un medidor efectivo de la transición? En otras palabras, ¿se justifica el sitio otorgado a las elecciones cuando el caso analizado cuenta con particularidades que lo diferencian de otros autoritarismos? En las líneas que siguen presentamos los resultados de nuestra investigación bibliográfica acerca de los escritos electorales de la transición en México, guiada por las preguntas formuladas atrás. El objetivo central de este ejercicio comparativo es ofrecer, mediante una lectura crítica, una clasificación mínima de las interpretaciones de la transición electoral mexicana que ubique los términos de la discusión reciente, refiriéndonos a dos ejes articuladores: el uso conceptual del marco teórico de las transiciones y la función que se le otorga a las elecciones en un proceso de este tipo. 5 3 O'Donnell y Schmitter destacan la importancia de la convocatoria a elecciones durante el periodo de tránsito democrático. Según ellos, la convocatoria a elecciones produce un efecto doble: por un lado, si tal declaración es creíble, se comienzan a modificar las relaciones de fuerza dentro y fuera del régimen; por otro lado, los partidos asumen el papel principal antes y después de la elección fundacional, pues es la primera ocasión en que se disputan seriamente los cargos electivos a escala nacional. Por ello es relevante sentar las bases para el "consentimiento contingente", el cual implica que "los actores acepten competir de modo tal que quienes ganen las elecciones ejerzan su superioridad política temporaria de manera de no impedir que asuman el gobierno quienes puedan obtener mayor apoyo en el futuro; y quienes las pierdan en el presente, acepten respetar la autoridad contingente de los ganadores para tomar decisiones imperativas, a cambio de permitírseles ocupar el gobierno y tomar decisiones en el futuro". O'Donnell, Guillermo y Schmitter, Philippe C.: Transiciones desde un gobierno autoritario. Linz, por su parte, le da peso sustancial a la realización de elecciones, al grado de enarbolarlas como la clave del término de la transición: "Nuestra opinión es que la experiencia del gobierno ad interim temporal, sin una legitimación democrática, se puede considerar concluida cuando se haya formado un gobierno de elecciones libres, que demande la confianza sola y únicamente de un cuerpo de representantes. Lo anterior implica que por un periodo mayor de un año no existan reglas inobjetables sobre quien y con qué poderes debe gobernar". Linz, Juan: El factor tiempo en un cambio de régimen, México, 1994, pág. 52. 4 Esto se aprecia con claridad en las condiciones de la poliarquía que establece Robert Dahl: a) cada miembro de la organización lleva a cabo los actos que constituyen una expresión de preferencia entre alternativas programadas (el voto); b) el valor asignado a cada voto es idéntico; c) la elección vencedora es la alternativa que obtiene el mayor número de votos; d) cualquier miembro puede incluir su(s) alternativa(s) preferida(s) entre el conjunto de alternativas ya programadas; e) todos los individuos poseen información idéntica sobre las alternativas; f) las alternativas con el mayor número de votos desplazan a las alternativas con menor número de votos; y g) se ejecutan las órdenes de los funcionarios elegidos. 5 Los elementos considerados para realizar esta clasificación pueden leerse en el apéndice. Anuario de Estudios Americanos La apropiación del campo teórico Una primera aproximación tiene que tomar en cuenta que las interpretaciones mexicanas de la transición son de distinta naturaleza. Este punto es importante tenerlo presente en virtud de que influye en la modalidad de apropiación del campo teórico de las transiciones. La división de enfoques resultante parte de la perspectiva de acercamiento al tema (Cuadro 2), a saber: Es el más abundante en interpretaciones. En él se concentran aquellas que tratan la dinámica de la transición electoral desde una perspectiva histórica, esto es, poniendo énfasis en tramos de tiempo medianamente largos, comparables en aspectos concretos. Aquí se concentran los escritos que abordan unas elecciones determinadas, desglosando la relación entre resultados electorales, partidos políticos y/o marco legal. En esta sección se analiza el desempeño de un partido político en particular en el contexto de la transición democrática. Consideramos pertinente ubicar una casilla con este título porque su alcance es distinto. Es decir, el tratamiento que este enfoque da a la cuestión electoral se parece mucho al del enfoque del periodo histórico, pero existe una diferencia clave: incorpora el tema del corporativismo -representación de intereses-como un elemento decisivo en la dirección del voto. Este enfoque se distingue de los demás no por los temas tratados -cualquiera de los enfoques hace referencias explícitas a la democracia-sino por el tono del contenido, de carácter reflexivo. Es decir, aquí el impulso reside en debatir el desarrollo de la idea de la democracia, tanto en el ámbito teórico como en el empírico. Una vez identificados los enfoques pasemos a la confrontación de escritos con un modelo del campo teórico de las transiciones (Cuadro 1). 6 La pregunta a responder es: ¿cómo se apropian del campo teórico de las transiciones? Enunciada de otra manera, ¿de qué modo sirve el modelo teórico para pensar el presente mexicano? Definimos cuatro tipos de apropiación y los resumimos del modo siguiente (Cuadro 3): Es, desde nuestro punto de vista, el mecanismo más eficaz para enfrentarse al fenómeno electoral, no porque la realidad tenga tercamente que calzar en el modelo, sino por el motivo contrario. La apropiación apegada al modelo de transición permite, principalmente, visualizar las limitaciones de éste y la necesidad de ajustarlo o repensarlo, lo cual es particularmente cierto en el caso mexicano, plagado de ambigüedades y claroscuros. Quizás por esta causa se encuentren solo tres trabajos de esta naturaleza, como puede verse en el cuadro. En este tipo de apropiación el modelo no se usa estrictamente, pero se retoman conceptos e ideas de los transitólogos clásicos para sustentar los argumentos de cada autor, sea como pie de página, o bien, mediante un espacio para hacer un recuento del tema. Conviene destacar que la apropiación de conceptos no demerita la calidad de los textos así clasificados, solo valora el método utilizado para incorporar el marco conceptual de las transiciones. Se caracteriza principalmente por presentar una "figura sin contenido". Es decir, en los escritos clasificados por esquema prácticamente no se cita a los transitólogos clásicos, pero se usan los conceptos afines a esa literatura sin profundizar en ellos. La "figura" transición carece de "contenido" modélico o conceptual. En este espacio se concentran la mayoría de los escritos seleccionados. Se caracteriza básicamente por no usar referencias a la literatura de las transiciones, 7 y por utilizar el término "transición" como un contexto general que no produce mayores explicaciones sobre la transición misma. En la "no-apropiación" existe un vínculo expreso entre lo electoral y la transición, pero ésta última solo es referencia obligada, una especie de "foco de atención" para el lector. MIGUEL ARMANDO LÓPEZ LEYVA Vista con más detalle, la clasificación por apropiación es ilustrativa de varias cosas: Todos los trabajos contenidos en las apropiaciones del modelo y de los conceptos8 corresponden al enfoque de periodo histórico, lo cual parece indicarnos que el abordaje de mediano plazo es propicio para el estudio de la transición que, como proceso político, no puede limitarse estrictamente a una coyuntura electoral o a un actor concreto. Los 32 textos seleccionados hablan de la transición de diversos modos, sea como "transición política", "transición democrática", "transición a la democracia" o "transición hacia la democracia". Este hecho no es banal, si se toma en cuenta que en al menos las tres últimas expresiones se acepta de antemano cierta dirección (o contenido) del rumbo: el tránsito es democrático o se dirige a (hacia) la democracia.9 Además, obsérvese que la expresión "transición" se suele confundir con (o hacer sinónimo de) otras igualmente importantes pero diferentes, tales como "transformación democrática", "cambio político" y "democratización". Las referencias presentes en algunas de las interpretaciones no son las mismas. Como era de esperarse de las apropiaciones del modelo y de conceptos, ahí se concentra el mayor número de referencias bibliográficas, siendo O'Donnell y Schmitter la principal (de 12 textos, 10 las incluyen). En tres de los escritos clasificados aparece Rustow, en cuatro Morlino y en seis Przeworski. Esto nos indica el predominio de la transitología de la primera etapa, según la división de Ruth Berins Collier. En cuanto al significado asignado al término "democracia", siempre está presente 11 la dinámica electoral en primer plano: las elecciones, la alternancia en el poder, el pluripartidismo y/o el establecimiento de reglas equitativas para la competencia. El contenido procedimental de la democracia expresa la manía por lo electoral que recorre al mundo académico mexicano. El espacio privilegiado de las elecciones La segunda parte de la contrastación de los estudios de la transición electoral 12 pretende contestar lo siguiente: ¿es la democracia electoral la que mejor define un proceso de transición democrática? En la práctica, ¿qué lugar ocupan las elecciones en los estudios electorales de la transición mexicana? Porque puede pensarse que forjan momentos de ruptura, de aceleración de la transición, de reforma o bien, de conservación institucional. Cualquiera de estas opciones nos retrotrae al asunto de las fronteras difusas entre el autoritarismo y la democracia que, como se ve, todavía está latente. La división de interpretaciones en este apartado se hizo siguiendo un criterio simple: el año de inicio de la transición. Ésta división tiene un inconveniente, refleja la pluralidad de fechas manejadas como el comienzo del proceso, pero tiene una ventaja inmejorable, pues con la fijación del año en cuestión es dable ubicar con precisión el factor decisivo que desencadena el cambio. En esta clasificación (Cuadro 4) detectamos, al menos, dos trampas académicas. La primera se debe a una ambigüedad para señalar los años determinantes de la transición. Textualmente, cada uno de los siguientes autores no establece con exactitud el comienzo de la transición. Hernández Rodríguez dice: "Desde hace algunos años, pero en especial desde las elec-11 Con excepción de Fernández Christlieb, Paulina: "Partidos políticos y sociedad civil ante la inexistente transición a la democracia en el México de hoy", Rodríguez Araujo, Octavio (coord.): Transición a la democracia. Diferentes perspectivas, México, 1996, págs. 193-212; Hernández Rodríguez, Rogelio: "La difícil transición..."; y Semo, Ilán: "Democracia de élites versus democracia societal: los paradigmas de la pretransición mexicana", en Semo, Ilán et al: La transición interrumpida. 12 Este segundo ejercicio consta de dos claves de lectura: a) la función asignada a las elecciones en el contexto del cambio y b) la fase en que se instalan o que se deriva de su celebración bajo condiciones competitivas. Justamente de aquí viene el carácter procedimental de la democracia, al entendérsele como un conjunto de reglas reguladoras de la competencia y del acceso al poder público. MIGUEL ARMANDO LÓPEZ LEYVA ciones presidenciales de 1988, se ha insistido en que el sistema político mexicano se encamina hacia su transformación democrática". 13 Loaeza argumenta: "No obstante los múltiples tropiezos de los comicios de julio de 1988, en los meses siguientes la idea de que el país estaba comprometido en una transición a la democracia se apoderó de la imaginación pública mexicana". 14 Reyes del Campillo, por último, afirma: "Sin duda ha sido un largo y difícil camino, pero el mejoramiento de las reglas y las prácticas democráticas son una constante desde la conflictiva elección de 1988". 15 La trampa radica en el decir pero no decir. Ese es el sentido de las frases "se ha insistido", "ha sido", o de achacar el surgimiento de la transición a una inasible "imaginación pública mexicana". Estas ambigüedades dicen poco de las posturas de los autores, quizás abonando el camino para un futuro cambio de opinión. 16 La segunda trampa es de orden conceptual, tiene que ver con un error de apropiación conceptual. De la revisión detallada de la fase en que se sitúa la realidad mexicana, salta a la vista un error en cuatro textos. El error estriba en separar tajantemente la transición en sí misma del proceso de liberalización. La liberalización tiende a ser una especie de antecedente de la transición, pero no forma parte de su estructura, de sus etapas o fases. Este fallo afecta directamente la cuestión temporal del inicio, porque si la liberalización es un proceso separado, entonces la fecha de ese proceso y la de la transición en sí son distintas y no coinciden. Loaeza dice que la transición comienza en 1982, pero la antecede un proceso de liberalización gradual -exitoso en cuanto recompuso al régimen-que data de doce años atrás. 17 Sánchez Susarrey arguye que la transición comienza en 1988, precedida por una liberalización proveniente de 1977, año de la primera reforma política significativa. 18 Finalmente, Santiago propone que el pro-13 Hernández Rodríguez, Rogelio: "La difícil transición...", pág. 237. 14 Loaeza, Soledad: "La lenta construcción del pluralismo mexicano", en Couffignal, Georges (comp.): Democracias posibles. 15 Reyes del Campillo L., Juan: "La transición se consolida", El Cotidiano, núm. 85, septiembre-octubre, México, 1997, pág. 4. 16 La misma Loaeza, asegura en un texto anterior que la crisis política de 1982 se convirtió en una transición: "en una etapa en la que la democracia luchaba por instalarse y el autoritarismo se tambaleaba parcialmente". 17 Loaeza, Soledad: "Derecha y democracia...", pág. 637 18 Sánchez Susarrey, Jaime: "México: la transición democrática aquí y ahora", en Barros Horcasitas, José Luis et al. (comps.): Transición a la democracia y reforma del estado en México, México, 1991, pág. 156; y Sánchez Susarrey, Jaime: "Estado y perspectivas de la transición en México", en Cambio XXI, Fundación Mexicana (coord.): Las transiciones a la democracia, México, 1993, pág. 315 LOS ESTUDIOS ELECTORALES EN MÉXICO (1988-1998) ceso de liberalización inicia en 1977 y no ha terminado, lo cual indica que no ha iniciado la transición. 19 El traslape entre el concepto general y uno de sus componentes conduce a la trampa: se considera que la liberalización, siendo un proceso que puede o no conducir a la democracia, no es parte del tránsito democrático, sino una base aprovechable si el impulso de los actores y las condiciones así lo permiten. La indefinición en la dirección de la liberalización parece nulificarla para formar parte de la transición, apreciación ausente -vale decirlo-en los modelos teóricos de las transiciones a la democracia. Además, la transición a la democracia aparece como sinónimo de instauración democrática y, más que eso, de la democracia misma. Por tanto, la transición aparece como un elemento desligado de la apertura política. La lógica de esta trampa se lee así: puede aceptarse la existencia de la liberalización del autoritarismo mexicano sin que marque el transcurso de la transición. Esta última aparece cuando existe voluntad negociadora e intenciones democráticas, y los actores políticos reforman las reglas del juego con rumbo franco a la democracia. De modo que la liberalización es un proceso dúctil que se alarga por los fueros del régimen autoritario -y de los que comparten esta visión errática-como si ella misma no representara un cambio al interior del mismo régimen. En suma, transición y liberalización aparecen como conceptos excluyentes uno del otro: si existe el primero, el segundo funge como antecedente prescindible; si existe el segundo, el primero no necesariamente tiende a cobrar vida. Recuérdese que de acuerdo con la literatura de las transiciones, liberalización y democratización -término éste último que los autores mexicanos citados sustituyen por el de transición-son dos fases que no necesariamente tienen una secuencia definida, ya que pueden, o no, ocurrir simultáneamente y en un lapso muy breve de tiempo. ¿Qué es lo que se desprende de la clasificación del Cuadro 4? Por un lado, el dominio de dos años, 1977 y 1988, ambos con un significado electoral indiscutible. 1977 se relaciona con la reforma política, con la ley electoral promulgada en 1978 o con un proceso creciente de reformas a la legislación electoral. 20 1988, por otro lado, se recuerda por los comicios presidenciales conflictivos, el colapso electoral que se produjo o la posibilidad de la alternancia. De hecho, de las fechas clasificadas, solo dos hacen alusión a aspectos de orden económico: los ochenta y 1982. En lo que respecta a la "fase", obtenemos que 12 interpretaciones hablan de algún tipo de crisis política, de límites sistémicos o de instituciones debilitadas; la mitad de ellas habla -se consideren juntas o separadas la transición y la liberalización-de que el país está envuelto en una transición, así se le califique de "distinta", "incompleta", "larga y difícil", "limitada", "gradual", "peculiar" o "incierta". Esta concentración de argumentos en las fases de crisis y transición, pero sobre todo las adjetivaciones que ésta amerita en la mayoría de las interpretaciones clasificadas, nos hablan por sí mismas del carácter anómalo de nuestra transición política: un proceso prolongado y distinto que merece atención especial de la investigación comparada. 21 Aunque también están las visiones -las menos, por cierto-pesimistas: Semo habla de una etapa de pretransición (inexistente en los modelos teóricos); 22 Loaeza, de un régimen plural lejano de su transformación;23 y Hoyo Arana, de democracia formal con características autoritarias.24 Un diagnóstico a partir del marco teórico y de las elecciones Con la descripción de los dos ejes articuladores de las interpretaciones mexicanas de la transición electoral, concluyamos con las siguientes observaciones. Existen tres posibilidades para apropiarse del campo teórico de las transiciones. La funcionalidad de los conceptos es el aspecto clave en la apropiación teórica. No basta con utilizarlos porque están a la mano o porque son un pretexto cómodo para hablar de cualquier cosa, sino vislumbrar su potencial explicativo. En ese tenor, puede entenderse el predominio de los trabajos clasificados como no apropiaciones. Ellos reflejan la penetración que ha tenido en el mundo académico la transitología pero, a la par y por la baja funcionalidad de los conceptos, cuán alejadas están de ofrecer una explicación rigurosa cuando se asume como moda un término de alcance medio. Situación que se agrava al percatarnos que, de los 17 trabajos denominados no apropiaciones, solamente dos no tienen respaldo institucional, de acuerdo a uno de los criterios establecidos en la selección de textos. 25 Un dato que lleva a la conclusión de que el "rigor y seriedad analíticos" no riñe con la falta de respaldo académico. A pesar de lo anterior, la apropiación del modelo nos parece la más conveniente porque, según hemos dicho ya, permite apreciar los alcances y límites del marco conceptual. Por este camino son pocos quienes se animan a andar, aunque los resultados de sus análisis sean sugerentes y rigurosos, lo cual abre expectativas para jugar -en el más serio sentido del verbocon los varios modelos de transición existentes. Esos pocos son Cansino, Crespo y Merino. Cansino hace uso de una extensa gama de autores de la investigación de la transición, pero asume explícitamente las concepciones de Linz y Morlino. Su premisa mayor es que México vive "un proceso de liberalización política de larga duración -1977 a la fecha-en el que pueden observarse avances y retrocesos en términos de garantías políticas y civiles concedidas". 26 Crespo recurre a Huntington y a O'Donnell y Schmitter para plantear un esquema de "correlación de fuerzas entre promotores y opositores al cambio democrático". Para él, en 1988 el equilibrio de poder entre fuerzas enfrentadas no tuvo un desenlace claro hacia la transición, lo que explica el porqué nuestra transición haya sido "peculiar, lenta, tortuosa, sorpresiva e incierta". 27 Merino hace un símil entre el modelo de fases de Rustow y la situación mexicana prevaleciente a inicios de los noventa. Sugiere que nos encontramos en la "fase preparatoria", caracterizada por una prolongada lucha política y el conflicto, y esboza -retomando a Morlino y al mismo Rustow-cinco escenarios posibles para el futuro mediato. 28 El hilo que une a estas tres interpretaciones del modelo es la idea de que la transición mexicana es un proceso de largo alcance, el cual no ha terminado y que tuvo un momento de ruptura importante en los comicios federales de 1988, aunque solo Merino vea en ese año el inicio de la transición. El asunto de la temporalidad nos interesa porque indica el amplio periodo por el que se ha desplazado el cambio político mexicano lo que, de suyo, impide el uso de la transitología sin restricciones. La democracia electoral es la que mejor define un proceso de transición democrática, pero difícilmente lo hace con nitidez en un caso como el mexicano. Si nos remitimos al Cuadro 3, vemos que en solo cuatro trabajos29 la democracia implica algo más que elecciones, pluripartidismo y alternancia. Sin embargo, la variedad de fechas señaladas como el comienzo de la transición (Cuadro 4) nos indica que, aunque los comicios ocupen un espacio privilegiado en la explicación de nuestro proceso de cambio, no son suficientes para entender la transición mexicana. Esto es, no se observa un momento de ruptura electoral específico que distinga el autoritarismo de la democracia, sino una secuencia gradual de cambios o rupturas que aceleran o detienen la instauración democrática. Ese es el sentido de la aportación de Víctor Manuel Reynoso, para quien "el escenario de las elecciones y los partidos en México parece ser el de un cambio sin rupturas, o más bien: con proceso de pequeñas rupturas, y no con una ruptura que acabe con el sistema anterior (de partido hegemónico) y dé lugar a un sistema democrático", siendo esas rupturas parte de "una madurez gradual de las instituciones democráticas". 30 En ese tenor, podemos afirmar que el proceso político mexicano ha corrido por el sendero de las reformas. En suma, las elecciones mexicanas podrían ser tomadas como medidor de la transición mexicana, siempre y cuando se asuma que: a) la democracia electoral es el horizonte más cercano en el camino del cambio, pero no el indicador de mayor peso en tanto que: b) no existe un punto de ruptura electoral determinante en el lapso de nuestro interés, lo cual ha hecho gradual la renovación del régimen político mexicano. Una reflexión final sobre la transición mexicana El debate acerca de la transición mexicana sigue abierto. La cuestión electoral no pierde vigencia, transcurrida ya la más competida elección presidencial de nuestra historia, la del 2 julio de 2000. La novedad radica en que la posibilidad de alternancia en el poder se hizo realidad con el triunfo del candidato del Partido Acción Nacional (PAN). Este asunto deja de lado los problemas anteriores, relacionados con la parcialidad o injusticia tanto de las reglas de competencia como de los encargados de aplicarlas, lo cual llevaba siempre a un mismo resultado: un partido hegemónico prácticamente invencible mediante la realización de elecciones "fraudulentas". Este cambio trascendental en la vida pública mexicana repercute directamente en la manera que tenemos de entender la realidad. Nuestros parámetros son ahora otros, lo cual nos debe llevar a comprender la naturaleza democrática de nuestra actual situación. Porque México puede ser citado ya como una democracia electoral, un régimen político que permite la celebración periódica de elecciones libres, competitivas y limpias, bajo un marco de competencia aceptada por todos los protagonistas de la política, donde se respetan los derechos civiles y políticos básicos. El reconocimiento democrático actual, sin embargo, no se ha asentado del todo, principalmente en las apreciaciones provenientes del ámbito académico. 31 Este defecto en el análisis se corresponde ampliamente con la extensa discusión del proceso de transición que nos ocupa, tal como se percibe en los escritos aquí tratados sobre la transición electoral. 31 En contraste, la sociedad mexicana parece percibir favorablemente la existencia de democracia. Según una encuesta del periódico Reforma, en diciembre de 2000, a la pregunta "¿considera que hoy en día México es una democracia?", el 59% de los encuestados respondieron "sí es una democracia", que puede compararse con el 45% que respondió en el mismo sentido en enero del mismo año. Por lo anterior, conviene establecer tres conclusiones breves relativas al ejercicio comparativo desarrollado en el presente texto. Se trata de precisar las limitaciones del enfoque transitológico a la hora de aplicarlo al caso mexicano. El regateo democrático o de las virtudes de la alternancia. Los escritores mexicanos analizados en estas cuartillas regatean el calificativo "democrático" al régimen mexicano, así sea en su versión procedimental. Pueden haber sido claros los avances en materia de libertad del sufragio y competitividad partidista y el regateo insiste en nuestra calidad autoritaria: el voto no es libre porque persisten los intentos -exitosos en ocasiones-por coaccionar y dirigir el sentido que asume, y la competitividad está por verse mientras el PRI haga uso de todos los recursos a su disposición para ganar. La insistencia en subrayar los defectos de la práctica democrática se evidencia con mayor fuerza en el discurso político opositor, y se le agrega al regateo democrático la palabra mágica que se convirtió en el "caballito de batalla" del proceso electoral pasado: la alternancia. La democracia, nos dicen las oposiciones, no es cuestión de gradaciones: se es o no se es democrático. No importa tanto la distribución plural del poder previo a la alternancia, mientras el eje articulador -la presidencia-siguiera en manos del PRI. Vistas de este modo las cosas, el punto culminante o la ruptura esperada de la transición, el momento clave del transito mexicano, se definió con la alternancia. Mientras no llegara, cada elección era la extensión de un proceso de suyo largo, dador de vida para el "régimen caduco". El tributo permanente a lo electoral se alimentaba, felizmente, a sí mismo: el regateo democrático perviviría por la falta de alternancia y la falta de alternancia podía explicar por qué México no entraba de lleno en el rango de las democracias. El muro autoritario o de la necesidad de repensar el pasado. El análisis del autoritarismo se transformó en un muro impenetrable, pues el pasado mexicano se estudiaba con la ayuda de las herramientas teóricas disponibles para cualquier caso similar, la más común, la concepción de Juan J. Linz. 32 Así, la preocupación académica se topaba con la valla infran-32 Linz, Juan: "Una teoría del régimen autoritario: el caso de España", en Allardt, Erik, y Rokkan, Stein (eds.): Mass politics: studies in political sociology, New York, 1970, págs. 203-263; y Linz, Juan: "Totalitarian and authoritarian regimes", en Greenstein, F. I. y Nelson W. Polsby (eds.): Handbook of Political Science. LOS ESTUDIOS ELECTORALES EN MÉXICO (1988-1998) Tomo LIX, 1, 2002 queable de nuestro autoritarismo, sin considerar seriamente sus peculiaridades, a saber: a) El carácter anómalo del autoritarismo. Un error básico cruza muchas de las interpretaciones reseñadas: no es el mismo punto de partida al de otras experiencias internacionales. La anomalía autoritaria mexicana tiene dos rasgos esenciales, diferenciadores de cualquier otra transición: el papel discreto de los militares, quienes una vez retirados a sus cuarteles desde que se civilizó el poder, solo aparecieron en coyunturas difíciles; y la recurrencia a elecciones, las cuales nunca dejaron de celebrarse aunque no tuvieran efectos prácticos en la selección de gobernantes. Esto es esencial, ya que los comicios, poco a poco, pero sobre todo en los años ochenta, dejaron de ser un mecanismo de recambio dentro de una misma elite gobernante y se transformaron en medio de expresión de protesta y de decisión pública. La persistencia de las elecciones nos permite entender la relativa calma en que transcurrió nuestra transición, 33 pues eran un dispositivo formalmente existente que tenía que ser activado a través de la presión social. b) El carácter informal del autoritarismo. La transición se refiere, explícitamente, al periodo de tiempo que media entre un régimen que muere y uno que se instaura. El cambio en el país ha recaído parcialmente en sus instituciones, pero principalmente en su funcionamiento. El régimen mexicano, siendo formalmente democrático, se ha modificado exclusivamente en sus instituciones electorales, y ha sido suficiente para accionar el cambio: lo electoral evolucionó en sentido democrático, pues la institución encargada de organizar las elecciones -el Instituto Federal Electoral-es hoy la mayor garantía y expresión del mencionado cambio. No sería exagerado decir que las reformas electorales constituyen el motor de la transición democrática. Por tal motivo, es forzoso referirse a ella en clave electoral. Pero no deja de lla-33 Esa es la idea que sostiene Joseph L. Klesner: "Los regímenes que mantienen instituciones representativas y utilizan las elecciones como medios formales mediante los cuales el poder es transferido (aunque la transferencia real del poder tenga lugar tras bambalinas) ofrecen diferentes caminos institucionales a través de los cuales la democratización puede tener lugar. Caminos que pueden proveer la oportunidad a la oposición de perseguir la democratización sin recuurrir a la violencia y sin la ruptura del régimen". Mexico 's transition in comparative perspective", Comparative Politics, vol. 30, núm. 4, july 1998, pág. 479 MIGUEL ARMANDO LÓPEZ LEYVA mar la atención la extraña paradoja que enfrentamos en el análisis: un país con amplia tradición en leyes incumplidas, sortea el cambio democrático construyendo un andamiaje legal-electoral detallado y completo. La instauración de las reglas de acceso al poder es parte de cualquier proceso democrático. Resta su aceptación generalizadaque atañe a cambios culturales-y asunción como normas de conducta pública. Si se ponderan estas dos características distintivas del sistema de poder mexicano, es bastante útil la perspectiva teórica de las transiciones para ubicar la nuestra. La explicación difusa o de la "transición" como un nicho. El defecto en el análisis mexicano de la transición se expresa en dos vías. En una de ellas, la transición se convierte en el resguardo perfecto para criticar todo lo que somos y desear lo que nos falta; en la otra, la transición se configura en un estandarte, utilizable en el momento justo y para el tema preferido: un dirigente de transición, una mesa de transición o un presidente de transición. El estado de la cuestión en el debate transitológico es, dado el defecto analítico, insatisfactorio y preocupante. En los once años que abarca esta investigación las similitudes interpretativas son raras y abundan las diferencias. Si bien es cierto que la polémica es el condimento principal de cualquier ciencia, máxime si se trata de la Ciencia Política, cuando no se visualizan pautas mínimas de coincidencia -el año de inicio de la transición es un ejemplo simple si se quiere, pero bastante claro de ello-la confrontación se convierte en dinámica permanente y desaparece el diálogo fructífero entre posturas divergentes. Esta diversidad de posturas en torno al proceso de cambio mexicano nos indica que la transición se ha convertido en una especie de nicho. Es decir, un espacio cálido y seguro desde el cual todo se puede guardar, comentar, objetar, desmenuzar. En este tenor, la barrera que define los análisis rigurosos de los comentarios de coyuntura se pierde y sobrevive la confusión interpretativa. Como discurso articulado desde este lugar salvaguardado, la "transición" parece renovarse de acuerdo a las circunstancias. La última renovación se observa con la presidencia en manos del PAN, pues se insiste con vehemencia en que la alternancia en el poder presidencial apenas es el primer paso de la transición, la cual reclama -al modo español-la convo-LOS ESTUDIOS ELECTORALES EN MÉXICO (1988-1998) catoria a una negociación multilateral. El requisito rigorista de la alternancia deja el paso libre a la articulación de un gran pacto que, ahora sí, dé por terminado nuestro largo ciclo político de cambios. Así, el argumento se extiende en la obtención de la democracia: primero, la necesidad de tener elecciones limpias; luego, la alternancia en el poder presidencial; ahora, la necesidad de un "gran pacto democrático". Aunque el regateo democrático persista y, junto con ello, el debate transitológico, resulta indispensable abrir los sentidos a otros problemas y otras vetas de investigación. Si, como hemos dicho antes, la circunstancia política ha cambiado, estamos obligados a extender los horizontes de interpretación. Habrá que dejar el nicho y arriesgarse a construir nuevas fuentes de explicación para el futuro democrático que nos aguarda. Estas tres limitaciones expuestas se complementan unas con otras. Es decir, si el autoritarismo mexicano es anómalo en su constitución y expresión formal, al no marcar una frontera nítida respecto de la democracia, es comprensible la dificultad explicativa para encontrar los momentos cumbres de la transición. No podemos extrañarnos, en consecuencia, de que la transición mexicana haya tenido el mismo carácter anómalo -extraña e irregular en su duración y modalidad-y, por tanto, su carrera histórica no pueda ser aprehendida con facilidad. En otros términos, la multiplicidad de visiones y perspectivas sostenidas por los autores mexicanos son solo un reflejo del anómalo proceso de cambio vivido en el país. Comparativamente, otras experiencias históricas resumen un proceso de esta naturaleza en una media temporal de dos años. 34 El proceso mexicano sale de la regla. Desde nuestro punto de vista, se trata de un movimiento largo, continuo y oscilatorio, con un antecedente clave en el movimiento estudiantil de 1968, pero que comienza en 1977, atraviesa una serie de rupturas y reformas -de distinta calidad y dimensión-y concluye, instalados en la manía electoral, en los comicios de 1997. Es, en ese tenor, un proceso que abarca 20 años. ¿Por qué este hecho marca el término del proceso de transición, si no hubo un suceso dramático que nos lo anunciara, como lo fue el triunfo del PAN en la presidencia? Porque en esos comicios por vez primera las condiciones institucionales para la derrota del PRI estaban dadas, y éste parti-34 Esa es la media de las transiciones democráticas vividas en Europa del Este, según Alcántara Sáez, Manuel: "Una comparación entre modelos de transición hacia la democracia: Los casos de España, América Latina y Europa Oriental", en Alcántara Sáez, Manuel et al.: Procesos de transición a la democracia: Estudios comparativos, San José, 1992, págs. 13-57. MIGUEL ARMANDO LÓPEZ LEYVA do perdió la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados. A la conciencia de la derrota, que es vital en el establecimiento de una democracia, le sigue la conciencia de la aceptación, no dudar de los resultados ni de las reglas de competencia previamente establecidas. El consenso en torno a dichos elementos puede ofrecerse de dicho -que así lo expresen los actores políticos-y de facto -que así lo practiquen los actores políticos. En síntesis, en términos electorales no hay nada que objetar. Por eso la transición ha terminado, incluso desde antes de que la alternancia fuese un hecho. Nuestra transición ha sido extensa, pacífica y pausada, embarcada en dos polos dispares: la continuidad y el cambio. Las reformas electorales se tensaban por estas dos lógicas opuestas, la de la conservación, al procurarse mantener el predominio del PRI aún con instituciones de orientación democrática, y la ruptura, al minarse gradualmente su legitimidad con la aparición de otras alternativas partidarias. Con esta idea de la transición en mente, debemos prevenirnos de dos vicios. Por un lado, de los traslados esquemáticos de experiencias distintas -la española es el ejemplo común, aunque no están exentas las latinoamericanas para justificar el carácter único de la transición mexicana 35pues está visto que México comparte con otros países la característica temporal que hemos destacado; y por el otro, de la fijación exacta e inflexible de un momento electoral cumbre que haga distinguible el paso del autoritarismo a la democracia, pues la democracia mexicana se construyó gradualmente mediante una serie de reformas institucionales de corto alcance. En esa dirección, podemos afirmar que el salto democrático está dado. Resta solamente que adecuemos nuestras impresiones a la nueva realidad que se asoma a la vista, la cual se atisba promisoria. Apéndice: clasificando los textos electorales de la transición mexicana La clasificación de textos partió de dos elementos. Por un lado, la evaluación del "uso conceptual del marco teórico de las transiciones", teniendo como referente un esquema teórico (Cuadro 1) elaborado a partir de la 35 Al respecto, véase Camou, Antonio: "Transición democrática y gobernabilidad en México: una mirada desde el espejo latinoamericano", en Labastida Martín del Campo, Julio et al. (coords.): Transición democrática y gobernabilidad. LOS ESTUDIOS ELECTORALES EN MÉXICO (1988-1998) Tomo LIX, 1, 2002 Dimensiones Estructura del régimen autoritario: a) Origen. b) Composición. c) Grado de movilización. d) Grado de institucionalización. e) Principios de legitimidad. Causas de crisis o erosión: a) Pérdida de legitimidad. b) Desempeño económico (éxito o fracaso). c) Transformaciones socioeconómicas. d) Separación de la coalición dominante. e) La muerte del fundador del régimen. f) Movilización social. g) Presión del exterior (derrota militar, ocupación de una potencia extranjera). Intervalo de tiempo que media entre la crisis del régimen autoritario y la instauración del régimen democrático. Dos procesos: a) Liberalización. -Redefinición y ampliación de los derechos civiles en los planos individual y colectivo. -Proceso controlado "desde arriba", que pretende ampliar la base social del régimen, teniendo como resultado la organización autónoma de la sociedad civil. b) Democratización. -Redefinición y ampliación de los derechos políticos. -Pacto democrático: negociaciones para seleccionar las instituciones democráticas que procuren el acatamiento voluntario de los actores políticos. -Convocatoria a elecciones: reglas políticas que determinan a) las alternativas políticas posibles (dirigentes, políticos y partidos que participan), b) los cargos en disputa, y c) la forma (fórmula) más apropiada para distribuirlos. Acuerdos democráticos como transacción institucional contingente. Aceptación y funcionamiento de las nuevas normas y estructuras de autoridad, lo cual implica que ningún actor está en posibilidad de alterar a su conveniencia ni las instituciones instauradas, ni los resultados del proceso político formal. Expresiones: a) La renovación periódica de la elite gobernante. b) La posibilidad de la alternancia. c) La realización de elecciones libres y competitivas. d) La aparición de partidos y el establecimiento (o restablecimiento) de un sistema de partidos competitivo. Transición en dos vías: del país del "milagro" al país de la crisis y de una democracia tutelada estatalmente a la democratización del sistema político Transición a la democracia larga y difícil, largo proceso de conflictos, negociaciones y debates, difícil e intrincado proceso de reformas incluyentes Aceleración del proceso democratizador impulsado por amplios sectores de la población, deterioro crítico de la hegemonía priísta tradicional, transición democrática difícil Sistema político mexicano en profunda crisis y pleno proceso de transformación (transición), país en proceso de conformar un nuevo régimen político y electoral Institucionalización de la liberalización, liberalización política de larga duración Transición política distinta (sin dictadura por derrocar), que apunta a la modificación del sistema político, la disminución de los poderes metaconstitucionales del presidente y una competencia política mas equitativa y equilibrada "Democracia tutelada", "democracia selectiva", proceso de transición a la democracia, apertura limitada Liberalización gradual y poco conflictiva, inacabado tránsito hacia la modernidad política, largo tránsito hacia la democracia Crisis política profunda, crisis del sistema político, liberalización disfuncional. Creciente proceso de reformas. Fase preparatoria, fase de conflicto político en las filas de la elite gobernante sumada a otras tendencias de cambio precedente "Democracia pendiente": en trance permanente de llegar a ser, el conflicto en la perspectiva electoral mexicana Transición democrática larga que ha tenido un avance fundamental en su consolidación, pero limitada a su estructura formal e institucional (transformación en el tipo de régimen); sistema partidario que ha transitado de un sistema de partido hegemónico a uno de pluralismo limitado "Democracia selectiva", transición mexicana con rasgos muy particulares, más sinuosa y lenta que las registradas en otros regímenes políticos (reflujo de la ciudadanía, recuperación del partido oficial) Crisis de crecimiento de la transición gradual, pactada y no inclusiva (ritmos del proceso complejos que no dependen de una variable, pacto entre gobierno y oposición que deja al margen a un partido político) Transición sin rupturas, transición que no se ha completado, cambio sin rupturas o proceso de pequeñas rupturas y no una ruptura que dé lugar a un régimen democrático Falta de credibilidad de los comicios, fuerza demostrada por la izquierda y probabilidad de que el PRI gobernara (1988-1998)
Este artículo ofrece un estado de la cuestión sobre la historia de la colectividad vasca de Potosí en el siglo XVII, prestando especial atención al conflicto que se vivió en la década de 1620. La introducción resume brevemente el devenir de los vascos de Potosí y los violentos sucesos que los enfrentaron a otras colectividades de origen peninsular. A continuación se indican las fuentes primarias para investigar estos hechos, tanto a nivel archivístico como cronístico. El siguiente apartado examina la historiografía contemporánea, y presenta un balance crítico de lo escrito hasta el presente. Por último se ofrece una relación bibliográfica. El objetivo del artículo es facilitar un primer acercamiento a la cuestión, y servir de base a investigaciones posteriores. La Villa Imperial de Potosí (hoy en Bolivia), capital económica de las Indias en época colonial y una de las principales fuentes de ingresos para la Corona Castellana, suscitó fascinación desde el descubrimiento de su cerro minero en 1543. La riqueza argentífera que albergaba la convirtió en un destacado núcleo de actividades humanas, atrayendo a innumerables personas a su alrededor. Así, sobre aquella fría y árida cumbre de más de cuatro mil metros creció una de las mayores urbes del mundo: a principios del siglo XVII se jactaba Potosí de contar con cien mil almas. Organizaciones, instituciones y formas de relación de todo tipo se crearon a partir de la explotación minera. Todo ello hizo de la historia de Potosí tan rica como su cerro; y ya, desde los tiempos de la conquista, la encontramos mencionada en crónicas, historias y anales, actividad narrativa que ha continuado hasta nuestros días. Un somero repaso de la historiografía contemporánea sobre Potosí nos revela que su sistema de producción ha dado pie a infinidad de trabajos: la "mita", la situación de los indígenas, la economía y el gobierno colonial, las tecnologías minero-metalúrgicas, los intercambios comerciales o los efectos internacionales de la circulación de riquezas. La prosperidad de la villa potosina ha proporcionado la documentación -relativamente abundante-necesaria para realizar todos estos estudios, amén de varias biografías sobre algunos de sus personajes ilustres. La Casa de la Moneda de Potosí, asimismo, es fuente destacada en trabajos de numismática. Entre los temas relacionados con el Potosí colonial se encuentra la historia de su "nación" o colectividad vasca. 2 Instalada ya a mediados del siglo XVI, gozó de un especial protagonismo en la primera mitad de la centuria siguiente. Efectivamente, la explotación minera proporcionó a los vascos gran poder económico y político. La colectividad vasca, formada a comienzos del siglo XVII por unas ochenta familias, se adueñó de un gran número de minas y de "ingenios" para la extracción de plata. Gracias a sus productivas explotaciones, los azogueros vascos obtuvieron cuantiosas ganancias. Sin embargo la extracción de plata requería azogue (mercurio), monopolio de la Corona, que por falta de capital inicial, frecuentemente, no podía pagarse al momento y se fiaba. La Corona prefería que los dueños de minas e ingenios adeudaran a las cajas reales, a detener las extracciones, de las que se sacaba el sustancioso quinto real (el 20% de la producción de plata). Las deudas solían saldarse a plazos. Es así que mediante este sistema de endeudamiento, las minas producían, el Rey obtenía sus quintos y muchos vascos se enriquecían. Tras el poder económico venía el político: los cargos municipales ("oficios") eran vendidos por la Corona a alto precio, cantidad que sólo los más acaudalados podían satisfacer. En Potosí, los vascos opulentos, acapararon la mayoría de oficios del cabildo, haciendose con el poder político de la villa. Sin embargo, tampoco se solía cubrir la totalidad del importe por estos cargos. Por tanto los vascos pudientes de Potosí, como era frecuente en el sistema económico de la Monarquía Hispánica y en general en el juego político-económico del Antiguo Régimen, compaginaban su poder con deudas a la Corona. 2 En la Edad Moderna la palabra "nación" solía utilizarse en el sentido de colectividad. Así podemos encontrar expresiones como "nación india", "nación castellana", "nación criolla" o "nación extremeña". En lo que respecta a la colectividad vasca se le aplicaba el nombre de "nación vascongada", "nación vizcaína" o la más cultista de "nación cantábrica" (cf. Zaballa, Ana de: "Los vascos en México a través de los sermones de la Cofradía de Aránzazu", en Álvarez-Gila, Oscar et al. (ed.), Emigración y redes sociales de los vascos en América, Vitoria, 1996, pág. 470). Esa colectividad, normalmente incluía a alaveses, guipuzcoanos, vizcaínos y navarros (colándose en ocasiones algunos vasco-franceses y bearneses entre estos últimos) y a veces también a los habitantes de las Cuatro Villas (Castro Urdiales, Laredo, Santander y San Vicente de la Barquera). Anuario de Estudios Americanos Sin embargo no toda la población de Potosí aceptaba de buen grado la posición que los vascos detentaban en la villa. Y es que el oligopolio vasco, posibilitaba numerosos abusos de poder. Asimismo, desde principios de siglo, había tensiones sociales de diverso tipo entre vascos y otras colectividades de origen peninsular, tensiones que iremos viendo mejor a lo largo de este trabajo. El conflicto se agravó en 1618 cuando el contador real se detuvo en Potosí para inspeccionar el monto de la deuda al fisco: los miembros del cabildo, vascos en su mayoría, debían una considerable cantidad a la Corona, tanto en concepto de azogue como por oficios. El contador suspendió a los deudores de sus cargos, decisión que estos impugnaron ante instancias superiores. Mientras sentencias y dictamenes, frecuentemente contradictorios, se sucedían y el tiempo pasaba, en la calle crecía el rencor hacia los vascos y aumentaba la esperanza de apartarlos del poder. En 1622, al tiempo que algunos no vascos ocuparon puestos en el cabildo, un destacado miembro de la "nación vascongada" apareció asesinado. La detención de varios extremeños sospechosos del crimen, desató algaradas y luchas callejeras, enfrentamientos que se prolongaron casi a diario hasta 1625. Castellanos, extremeños, andaluces y otros formaron bando, y con el nombre de "vicuñas" acometieron a los vascos. Mientras la sufrida mayoría indígena de Potosí se mantenía al margen del conflicto, vascos y vicuñas se enzarzaban en duelos, represalias y asaltos a propiedades, provocando numerosos heridos y muertos en ambos bandos. Los vascos, inferiores en número, pronto tuvieron que replegarse, refugiarse en conventos o huir a otras ciudades. Asimismo en el seno del poco cohesionado bando vicuña se producían enfrentamientos internos. Diversos emisarios reales, trataron sin exito de solucionar el conflicto. Las luchas tomaron un nuevo cariz cuando una partida de vicuñas asaltó la casa del corregidor (favorable a los vascos), acto que fue considerado como ataque contra la autoridad real. Los soldados vicuñas, convertidos en sediciosos bandidos, fueron perseguidos por las autoridades y acabaron completamente derrotados. Tras el conflicto, los vascos volvieron a recuperar el poder. Se trata, por tanto, de un tema lo suficientemente interesante como para merecer un estudio en profundidad. Con la esperanza de facilitar y promover esa labor investigadora hemos confeccionado el presente artículo. En el primer apartado se señalan las fuentes primarias de la época, tanto archivísticas como cronísticas. En el segundo, repasamos la historiografía desde el siglo XIX hasta nuestros días. El trabajo concluye con una relación bibliográfica. LA "NACIÓN VASCONGADA" Y SUS LUCHAS EN EL POTOSÍ DEL SIGLO XVII Tomo LIX, 1, 2002 Fuentes: archivos y escritos de la época Los archivos constituyen la primera fuente de investigación, y como hemos indicado, la documentación referida a Potosí y los vascos es relativamente abundante. Los principales archivos que recogen información sobre este tema son los siguientes: a. Archivo de la Casa de la Moneda (ACM). Potosí Potosí, en su ACM, contiene el Libro de Juntas de la Hermandad de Nuestra Señora de Aránzazu en el que se inscribían las familias e individuos vascos. A través de este libro puede seguirse la evolución de la comunidad desde el año 1603, fecha en la que se creó la cofradía. Este material resulta imprescindible para estudiar las relaciones de parentesco y las uniones entre vascos. Al fin y al cabo la cohesión que mostraba esta colectividad se debió traducir al nivel familiar. Este archivo de Potosí contiene además interesantes documentos de otro tipo posiblemente catalogados. Archivo General de Indias (AGI). El Archivo General de Indias de Sevilla, dada su condición de archivo central, sobresale por el volumen de documentos que alberga. En él cabe destacar la sección V, Audiencia de Charcas en la que se encuentran numerosas cartas y memoriales dirigidos al Rey, exponiendo cada parcialidad (vascongados y vicuñas) quejas y reclamaciones. 4 También está en 3 Marie Helmer tenía proyectado en 1960 la publicación de un Catálogo de las escrituras notariales del Archivo de la Casa de la Moneda en Potosí, con índice analítico parcial. t. Desafortunadamente no hemos podido dar con esta obra, si bien la primera parte del catálogo parece que estaba en prensa en 1960 (cf. Helmer, Marie: "Luchas entre vascongados y 'vicuñas' en Potosí", Revista de Indias, XX, n.o 81-82, Madrid, 1960, pág. 186). 4 Siguiendo las numerosas y significativas referencias que dan Alberto Crespo (en La guerra entre vicuñas y vascongados (Potosí, 1622-1625), Lima, 1956), y Jose Mari Esparza (en Potosí. Lo componen ordenanzas, cédulas reales, actas de cabildo, informes, cartas, memoriales, etcétera. Los legajos 53 y 134 son documen-JURGI KINTANA GOIRIENA la sección V la Audiencia de Lima donde hay algunos escritos concernientes a Potosí y a sus conflictos. 5 La sección VI, Escribanía de Cámara de Justicia, guarda alguna que otra sentencia dictada contra los implicados en los enfrentamientos. 6 Otra sección de necesaria consulta es la III, Contratación, que contiene los listados de pasajeros a Indias: 7 aunque no ofrece información directamente relacionada con Potosí, resulta útil para rastrear el itinerario de los vascos que se asentaron en la villa. Sin embargo hay que tener en cuenta que a pesar de estar obligados a inscribirse antes de embarcar hacia el Nuevo Mundo no todos lo hacían. 8 En cualquier caso disponemos de un inventario de los escritos relacionados con Potosí que se hallan en el AGI. Archivo Nacional de Bolivia (ANB). Sucre El Archivo Nacional de Bolivia concentra la información relativa a los sucesos de Potosí en la sección Audiencia de La Plata (también llamada Audiencia de Charcas). En ella pueden encontrarse documentos de diverso tipo: libros de acuerdos (Acuerdos de Potosí), cartas, expedientes tos de especial relevancia, pues contienen sendos informes dirigidos al Rey, el primero escrito por vascos (llamado Relación "B") y el segundo por castellanos (llamado Relación "A"). Fernando Serrano (en Vascos y extremeños en el Nuevo Mundo durante el siglo XVII: un conflicto por el poder, Mérida, 1993) dentro de la misma Audiencia de Charcas (del AGI), añade los legajos 114, 116 y 117 al tratar el conflicto menos violento y algo posterior a las luchas de Potosí, que se dio entre las élites extremeñas y vascas de Charcas en la década de 1630. 5 Dentro de la Audiencia de Lima, Esparza (en Potosí. 6 En la sección Escribanía de Cámara de Justicia Crespo (en La guerra entre vicuñas y vascongados..., pág. 71) cita el legajo 1188. La lista de viajeros navarros inscritos en Contratación entre 1511 y 1599 también está publicada en Domínguez-Fernández, Enrique: "Pasajeros navarros a Indias en el siglo XVI", Principe de Viana. Segundo Congreso General de Historia de Navarra. Aunque en esta última lista falta al menos la referencia de un navarro, la correspondiente a Miguelico de Çeruco (Contratación, 5267, n. 2, R. 6) que menciona Esparza en Potosí. Andanzas de un navarro..., pág. 247. 8 En el caso concreto de los vascos residentes en Potosí, Esparza (en Potosí. Andanzas de un navarro..., nota 13, pág. 247) constata que la mayoría no dio su nombre en Sevilla. 9 Vázquez-Machicado, José: Catálogo de documentos referentes a Potosí en el Archivo General de Indias de Sevilla, Potosí, 1964. LA "NACIÓN VASCONGADA" Y SUS LUCHAS EN EL POTOSÍ DEL SIGLO XVII Tomo LIX, 1, 2002 judiciales (autos, pedimentos,...), etcétera. En total noventa y cuatro documentos -casi mil páginas-que contienen información significativa sobre el conflicto entre vascos y vicuñas. Todos estos documentos están ordenados y catalogados en el trabajo de Gunnar Mendoza. 10 Por tanto, prácticamente todas las fuentes del ANB relativas a las luchas se encuentran localizadas y listas para ser investigadas (ver más adelante el apartado 2 y la bibliografía). Por contra, la documentación sobre los vascos, previa como posterior a los enfrentamientos, está por estudiar. Dentro de los tres archivos principales con material sobre Potosí y los vascos, hemos indicado algunas secciones y legajos de interés siguiendo las investigaciones de varios historiadores. Sin duda habrá más documentos a la espera de ser descubiertos. Asimismo, en los tres archivos, aparte de datos específicos sobre nuestro tema, podemos encontrar amplia información referente al gobierno, la administración y la economía de las Indias. Todo lo cual resulta práctico para conocer de primera mano el contexto en el que se movían los vascos en Potosí. No hemos podido confirmar la existencia de fuentes sobre Potosí en otros archivos principales de América. Por contra, en España, deben citarse la Biblioteca Nacional, la Real Academia de la Historia y la Biblioteca del Palacio Real, las tres en Madrid. Todas ellas guardan documentos de interés. 11 También es de consulta obligatoria el Archivo de la Real Chancillería de Valladolid, ya que se ocupaba de los procesos del norte de Castilla, incluidas las Provincias Vascas. En ella se encontrarán los documentos de jucios y sentencias relativos a los vascos que iban a América o que volvían de ella, así como los expedientes de hidalguía exi-10 Mendoza, Gunnar: Guerra entre vascongados y otras naciones de Potosí, Potosí, 1954 11 Así dentro de la Biblioteca Nacional de España se encuentra el Memorial de la Villa de Potosí al Virrey D. Francisco de Toledo, manuscrito 3040, según nos informa Carmen Martín en "Vascos en Potosí: minas y mineros, según una fuente inédita de Arzáns y Vela", en Álvarez-Gila et al. (ed.), Emigración y redes sociales de los vascos en América, Vitoria, 1996, pág. 418. Y en la Real Academia de la Historia (RAH), en la Colección Vargas Ponce (CVP), Pablo Fernández-Albaladejo (en La crisis del Antiguo Régimen en Guipúzcoa, 1766-1833, Madrid, 1975, pág. 166) señala un informe enviado por los guipuzcoanos de Potosí a su Provincia: Relación de los alborotos de Potosí (RAH, CVP, t. En la Biblioteca del Palacio se halla uno de los libros de Arzáns de Orsúa que citaremos más adelante. JURGI KINTANA GOIRIENA gidos para embarcarse hacia el Nuevo Mundo.12 En Sevilla, además del AGI, es interesante el archivo de su universidad. Aunque más difíciles de localizar, varios archivos del País Vasco y España guardan cartas enviadas desde América, algunas de ellas desde Potosí. Hacer un seguimiento personal a los viajeros es otra manera de reconstruir la vida de los vascos instalados en la Villa Imperial. 13 En este caso, los archivos históricos provinciales, municipales, particulares y diocesanos serán objeto de atención.14 Crónicas de los siglos XVI-XVIII La segunda fuente principal de estudio sobre el tema es la cronística e historiografía de la época colonial. La prosperidad de los vascos de Potosí y la virulencia de las "guerras de naciones" fueron registradas por escritores del período. Entre éstos, es el potosino Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela (1676-1736), quien mayor fama ha logrado. Narró los hechos casi un siglo después de que ocurrieran, basandose en gran medida en los relatos recogidos a ancianos potosinos, es decir, fiándose de la memoria popular. Supuestamente también se valió de obras de historia anteriores, pero no consultó sino casualmente documentos originales. Además este autor, jugaba con la historia tanto como con su nombre, que a veces escribía como Martínez Arzáns y Vela, u Orsúa Arzáns y Vela. Por ello se le achaca ser excesivamente fantasioso y novelesco. Los investigadores que han contrastado la información documental con la dada por Arzáns comprueban frecuentes incongruencias. 15 Así Helmer concluye que la obra del autor potosino es de "valor casi nulo para el historiador". 16 En cualquier caso citamos su Historia de la Villa Imperial de Potosí por las abundantes noticias que contiene y por tratarse de un autor ineludible, aunque sólo sea para criticarlo.17 Arzáns de Orsúa también dejó obras más breves de títulos y contenidos semejantes. 18 Todas las crónicas mencionadas por Arzáns de Orsúa merecerían ser consultadas. Desgraciadamente hoy no constan en ningún archivo ni biblioteca, y la única reseña que disponemos de ellas es la realizada por el propio Arzáns. Por tanto pudiera tratarse de un registro de autoridades meramente ficticio. En cualquier caso recogemos sus referencias tal como las consigna Mendoza: 19 Tendríamos para empezar una Relación de las guerras civiles de Potosí, para el católico rey Felipe IV, manuscrito de unas quinientas páginas supuestamente redactado durante el conflicto por el agustino vasco Juan de Medina. El capitán vicuña Pedro Méndez (?-1631) habría dejado inconclusa una Historia Potosina. Bartolomé de Dueñas, el colegial de San Cristóbal de la ciudad de la Plata José Velázquez (?-1675) y el maestro doctor Diego de Guillestegui colegial de San Juan de la Plata, serían cada uno autores de una respectiva Historia de Potosí, escritas las dos últimas en verso castellano. Un tal Juan Sobrino, criollo que habría participado en las luchas, primero en el bando vicuña y después como delator, presuntamente escribió sobre los enfrentamientos unas octavas del mismo título que las obras anteriores. Todos estos trabajos, estaban según Arzáns inéditos en su época. Por contra, el portugués Antonio de Acosta (¿Da Costa?) habría llegado a publicar en Lisboa su Crónica de Potosí escrita originalmente en portugués, aunque tampoco nos consta su existencia. Esta crónica, al poco tiempo de publicarse fue, según Arzáns, traducida al castellano por Juan Pasquier, andaluz de Potosí, sin que acabara su trabajo. Sobre los supues-tos trabajos de Juan de Villegas, partidario del bando vasco, de fray Francisco Xaramillo y del alférez vicuña Zafra, no nos han llegado ni los títulos. Encontrar cualquiera de estos trabajos sería un descubrimiento importante, aunque, como se ha indicado, la propia existencia de sus autores es cuestionada. El ANB parece que no conserva ninguna de estas presuntas obras.20 Acaso haya más suerte en el ACM o en el AGI; y quizás el libro de Antonio de Acosta se encuentre en alguna biblioteca o archivo de Portugal. La Crónica del Perú (1553) de Pedro Cieza de León es obra demasiado temprana para recoger la mayoría de los hechos que nos incumben. A pesar de ello da cuenta de los pormenores del descubrimiento del cerro de Potosí y de los primeros azogueros y comerciantes vascos que en él se instalaron. Uno de aquellos vascos propietarios de minas, Sancho de Madariaga escribió en 1610 dos obras sobre la extracción de la plata: Discurso donde se consideran (...) y Memoria y orden que se tiene (...). Estos manuscritos, conservados en la British Library, es posible que nada digan sobre la colectividad vasca, pero son ellas mismas elocuente muestra de la temprana importancia de los vascos en la minería potosina. Como nota, cabe indicar que Sancho de Madariaga se vio implicado en las posteriores luchas. Otro destacado vasco establecido en Potosí fue fray Vicente Bernedo, natural de Puente la Reina. La vida y milagros de este eremita piadoso produjo alguna publicación, aunque posiblemente esas hagiografías resulten tardías y un tanto periféricas para estudiar la vida vasca de Potosí. 21 El destacado cronista Antonio de León-Pinelo (fines del XVI-1660) entre las muchas obras escritas dejó una Historia de la Villa Imperial de Potosí. Descubrimiento y grandezas de su rico cerro publicada en Madrid en 1680. Más curiosa es una obra anónima, supuestamente escrita en Potosí en 1624, en el momento de mayor intensidad del conflicto entre vascos y vicuñas, titulada: Tratado breve de una disputa y diferencia que hubo entre dos amigos, el uno castellano de Burgos y el otro vascongado en la villa de Potosí, Reino del Perú. Esta obra no está exenta de problemas, pues podría tratarse de un apócrifo escrito en el siglo XIX. 22 Hasta que la obra sea verificada habrá que considerarla con precaución. En caso de que no fuera una falsificación, estaríamos ante una obra apologética castellana, buena muestra de la ideología de la época. En ella se critican diversos aspectos de la sociedad vasca, como la hidalguía universal (especie de nobleza étnica que en teoría alcanzaba a todos los vascos), la presunta poca fidelidad que mostraban ante la Corona, sus herejías, etcétera. El libro no es un ideario especialmente novedoso ya que muchas de estas críticas eran frecuentes entre los polemistas peninsulares de aquel entonces, y en las propias posesiones americanas ya se conocían algunos libelos del mismo tono. 23 En cualquier caso, esta obra refleja bien el ánimo que debió reinar en la Villa Imperial. Así, además de narrar algunos sucesos ocurridos durante el conflicto, puede ser muestra de ciertos argumentos que se usaban para tratar de legitimar ideológicamente a una u otra colectividad. Exiten otras obras conservadas hasta nuestros días, que afortunadamente no presentan problemas respecto a su origen. La más destacada es la del licenciado Gabriel Gómez de Sanabria redactada en 1625 desde su cargo de fiscal de la audiencia de La Plata. Aunque sea algo favorable al bando vicuña parece ser que su Relación de las inquietudes y alborotos de la Villa Imperial de Potosí (...) describe con bastante objetividad los conflictos de los que fue testigo. El manuscrito original se conserva en la 22 Fue publicado por vez primera en Madrid el año 1876 con el sobretítulo de Castellanos y vascongados (recién acabada la segunda guerra carlista y cuando hervía la cuestión de la abolición de los Fueros vascos). Su anónimo editor (que firma "Z" y que según Mendoza podría esconder al americanista español Justo Zaragoza) la publicó sin dar apenas noticias sobre el manuscrito original. Asimismo dio a conocer el trabajo con declarado propósito polémico, mostrando una actitud favorable a la centralizadora unidad constitucional que se llevaba a cabo en aquel entonces. Todo ello hace sospechar a Mendoza de que acaso nos pudiéramos encontrar ante una falsificación (Guerra entre vascongados..., págs. 14, 18-19). Esta misma publicación la menciona Anselmo de Legarda (en Lo "vizcaíno" en la literatura castellana, San Sebastián, 1953, págs. 185, 329,452,515), quien aunque no profundiza en el contenido, identifica por su cuenta al editor también como Justo Zaragoza. Castellanos y vascongados es a su vez citado en una obra de Julio Caro-Baroja (en La hora navarra del XVIII. Personas, familias, negocios e ideas, Pamplona, 1969, págs. 19-20), que vuelve a reconocer tras la "Z" a Justo Zaragoza. Sin embargo ni Legarda ni Caro-Baroja hacen referencia alguna a la autenticidad de la obra (con lo que se entiende que no la cuestionan). El asunto merecería ser investigado. 23 Cabe mencionar el conocido escrito antivasco de comienzos del XVII Historia del búho gallego con las demás aves de España, anónimo atribuido al virrey del Perú conde de Lemos (obra que cita incluso el propio Tratado breve de Potosí). Parece que las posesiones de ultramar, siendo como eran territorios en los que concurrían colectividades de diverso origen peninsular, resultaron un lugar fecundo para las apologías de cada grupo. Los vascos no fueron en esto una excepción y publicaron en América algunas obras reivindicativas de su particularidad (por ejemplo los Discursos de la antigüedad de la lengua cántabra bascongada de Baltasar de Echave que viera luz en México en 1609). British Library, y el ANB posee una copia microfilmada. La segunda obra es la Coronica moralizadora del orden de San Agustin en Peru, con sucesos egemplares en esta monarquia, de fray Antonio de la Calancha. Este libro publicado en Barcelona entre 1638 y 1639 toca sólo superficialmente los conflictos de Potosí. Por último, se ha conservado una descripción anónima del Perú colonial que menciona muy brevemente la enemistad entre vascos y extremeños, aunque no trate específicamente los sucesos de Potosí. Un erudito ha identificado a ese anónimo escritor como el portugués de origen judío Pedro de León-Portocarrero. 24 Estas han sido las obras de las que hemos tenido noticia y que pueden servir de fuente de investigación. Al igual que sucede con los archivos no sería de extrañar que hubiera más, pero creemos haber indicado las principales. No se han considerado otros objetos de estudio como podrían ser el arte y la arquitectura potosina del siglo XVII, que tal vez muestren alguna influencia vasca. 25 La toponimia es otra área en la que tampoco hemos profundizado, siendo probable que haya en Potosí nombres de lugar derivados de antropónimos y topónimos vascos. Con esto, damos fin al apartado sobre fuentes. La historiografía contemporánea (siglos XIX-XX) A partir de las fuentes citadas se han realizado varios trabajos historiográficos en torno a los vascos de Potosí. Evidentemente, no todos los aspectos del devenir la colectividad vasca han merecido la misma atención. La "guerra" entre los "vascongados" y otras "naciones" agrupadas bajo el nombre de vicuñas ha sido el tema que ha producido trabajos más específicos y sustanciales. Y es que este conflicto constituye uno de los hechos más llamativos en la vida vasca de Potosí. A pesar de ser un hecho limitado en el tiempo, no es un episodio aislado y particular. Las causas que dieron pie a los sucesos bélicos están relacionadas con la evolución general de 24 El manuscrito original se encuentra en la Biblioteca Nacional de París. Hoy está publicado (ver en la bibliografía León-Portocarrero). 25 Juan de Contreras en su preve opúsculo Artífices vascos en América (Bilbao, 1952, págs. 16-18), destaca la labor de éstos en la construcción de obras eclesiásticas y civiles a lo largo de todo el Perú virreinal. Sin embargo entre las edificaciones que cita no figura ninguna del Potosí. Habría que comprobar si hubo alguna. La fuente referida por Juan de Contreras sobre esta cuestión es un artículo del arquitecto peruano Emilio Hearth-Terré: "Los artífices vascos en el Perú Virreinal", El Comercio, Lima, 1 de septiembre de 1948. LA "NACIÓN VASCONGADA" Y SUS LUCHAS EN EL POTOSÍ DEL SIGLO XVII Por cuanto los análisis realizados en torno a estas luchas abarcan amplios aspectos de la realidad de la villa. En consecuencia estos trabajos se nos presentan como los estudios existentes más completos sobre "la nación vascongada" en el Potosí del siglo XVII. Antes de abordar las investigaciones más recientes y especializadas, repasaremos la historiografía que incluye menciones esporádicas sobre los vascos de Potosí. Obras divulgativas y reseñas breves Resulta excepcional por su copiosidad la publicación Castellanos y vascongados aparecida en 1876, al que hemos hecho mención anteriormente (ver nota 17). El misterioso editor "Z" de este libro (probablemente Justo Zaragoza) recopilaba en él la citada obra Tratado breve de una disputa (...), añadiendo a continuación una serie de anexos compuestos de pasajes del trabajo de Arzáns de Orsúa y de otros. Todo ello se completaba con un prólogo y una conclusión polémica de la mano del editor en contra del régimen foral y de la singularidad vasca. 26 Los siguientes trabajos sobre el tema fueron más sucintos. Finalizando el siglo XIX, el alavés Becerro de Bengoa daba cuenta de las luchas entre vascos y vicuñas en un breve artículo. 27 Poco después, Antonio Artola presentaba en Madrid una tesis sobre el Potosí colonial. 28 El boliviano Modesto Omiste, en su clásica obra sobre la historia de Potosí, explicaba los conflictos de la Villa Imperial, tocando superficialmente a los vascos. 29 Salvador de Madariaga desde el exilio americano también los trataba en uno de sus libros de historia, 30 información que utilizaron Jon Bilbao 26 Debemos a Jose Mari Esparza la información relativa a esta obra, al permitirnos amablemente la consulta de un ejemplar en su poder. 28 Artola y Guardiola, Antonio: Notas para una historia de la Villa Imperial de Potosí, tesis defendida en la Universidad Complutense de Madrid, Facultad de Filosofía y Letras. No hemos podido consultar esta obra inédita de Antonio Artola y Guardiola. Pero por sus apellidos suponemos que se trata de un autor de origen vasco, con lo que no sería de extrañar que en el estudio incluyera algunos datos sobre sus paisanos. Debemos la noticia de esta obra, al profesor Oscar Álvarez-Gila al que agradecemos asimismo la ayuda y apoyo ofrecidos para publicar este artículo. 29 Omiste, Modesto: Crónicas potosinas. Estadísticas, biográficas, notas históricas y políticas, La Paz, 1918. 30 Madariaga, Salvador de: Cuadro histórico de las Indias. JURGI KINTANA GOIRIENA y William Douglass en su conocida obra sobre los vascos y el Nuevo Mundo Amerikanuak. 31 De esta obra se sirvieron a su vez las diversas publicaciones en torno a los vascos y América aparecidas durante el quinto centenario: Duplá, Ruiz de Azúa, Andrés-Gallego, etc.32 Estas y otras menciones parecidas han constituido reseñas divulgativas más que investigaciones específicas. Además no muy útiles, ya que directa o indirectamente han seguido los discutibles trabajos de Arzáns de Orsúa. Otros trabajos han sido realizados utilizando fuentes más directas. Así Caro-Baroja brevemente, y Fernández-Albaladejo en una pequeña mención se sirven de documentos de primera mano para reflejar los conflictos vividos por los vascos en Potosí. 33 Las biografías de José Berruezo e Ignacio Tellechea sobre la monja alférez Catalina de Erauso (1595-1635) son trabajos más especializados. 34 No se centran en la cuestión de Potosí pero algo la tratan, debido a que Catalina estuvo durante cierto tiempo en la villa y participó en las luchas al lado de sus paisanos vascos. Mario Chacón y Brian Farrelly han estudiado respectivamente la iconografía y la vida de fray Vicente Bernedo, santón potosino de origen vasco según hemos visto. 35 Ana María Presta en su reciente investigación sobre los encomenderos de La Plata, ofrece testimonios de algunos poseedores vascos de repartimientos indígenas, que estuvieron entre los primeros mineros de Potosí. 36 El libro de Lutgardo García-Fuentes, si bien no trabaja demasiado el tema que nos ocupa, algo dice de la actividad económica de los vascos de Potosí. 37 El prestigioso americanista Peter Bakewell, aunque tampoco profundiza en el tema de los vascos, los menciona en una obra y hace una interesante observación -que precisaremos más adelante-sobre el contexto económico en el que estalló el conflicto entre vascos y vicuñas. Balance de los estudios específicos Cinco son los trabajos que abordan de lleno la cuestión de las luchas entre vascos y vicuñas. Estas obras incluyen además información sobre aspectos más generales de la vida vasca en Potosí. Se trata de tres libros y dos artículos, todos ellos de consulta imprescindible: El primer estudio, realizado por Gunnar Mendoza, se divide en tres partes. En la primera se recoge de forma ordenada y se comenta casi toda la bibliografía escrita desde el siglo XVII hasta 1945 sobre el tema. 39 El apartado principal lo constituye el catálogo analítico de noventa y cuatro documentos del Archivo Nacional de Bolivia. Con él Mendoza nos pone a mano prácticamente la totalidad de papeles que puedan encontrarse en el ANB relativos a los conflictos de Potosí. La inestimable ayuda de este catálogo es completada con el listado de personas implicadas en las luchas, 38 Bakewell, Peter: Plata y empresa en el Potosí del siglo XVII: la vida y época de Antonio López de Quiroaga, Pontevedra, 1988. 39 De ella hemos tomado la mayoría de citas relativas a las crónicas y escritos del siglo XVII. La única obra que se le ha escapado a Mendoza, que nosotros sepamos, es la Historia de la Villa Imperial de Potosí. Descubrimiento y grandezas de su rico cerro de Antonio de León Pinelo, publicada en 1680. JURGI KINTANA GOIRIENA indicando la ocupación y/o bando de cada una de ellas. Por último Mendoza ofrece un breve aunque compacto comentario de los hechos. En él presenta un esquema de los bandos en liza: el vasco, económica y políticamente poderoso, y el más heterogéneo de los vicuñas. Entre estos destacaban los "soldados", grupo social compuesto por aventureros medio vagabundos en busca de fortuna que se habrían revelado contra la riqueza y los abusos de poder de los vascos. Pero detrás, ocultos, instigando la lucha se encontrarían los vicuñas ricos, intentando desplazar a los vascos para ocupar ellos su lugar. Los ataques vicuñas habrían provocado el repliegue vasco en un primer momento y su posterior huida. Con el tiempo estos ataques habrían degenerado en bandolerismo y en alguna medida en alzamiento contra la autoridad. Los vicuñas ricos, alarmados, habrían decidido poner termino al conflicto, ahorcando a algunos soldados y logrando el perdón para el resto. Más adelante expondremos la crítica que se ha hecho a esta perspectiva. Alberto Crespo, valiéndose de los archivos del AGI ofrece un pormenorizado relato histórico. Como dice Helmer "una narración sin erudición, pero brillante y colorida, que se lee como una novela de capa y espada". 40 Por consiguiente una obra no muy analítica pero abundosa en datos e información. La conclusión sobre el conflicto que de ella se saca, es que las luchas, aunque aparentaran una forma de odios interregionales, habrían tenido mucho de pugna entre pobres (alineados en el bando vicuña) y ricos (vascos). Se ha achacado a Crespo hacer una interpretación excesivamente simple: el monopolio de poder a manos de una oligarquía y la existencia de pobres se mantuvo posteriormente sin que volviera a estallar conflicto alguno. 41 Asimismo llamar "guerra" como hacen tanto Crespo como Mendoza a aquellas luchas resultaría excesivo y podría esconder la idea de que el conflicto, aunque Mendoza y Crespo lo digan con matices, habría sido una especie de alzamiento criollo contra la autoridad real, como si se tratara de un antecedente de las guerras de independencia de las colonias. Tanto Helmer como Pérez Alcalá niegan este extremo: 42 los ataques en momento alguno se dirigieron contra la metrópolis o contra su autoridad, 40 Helmer: "Luchas entre vascongados... ", pág. 185. Helmer hace esta crítica extensible a Mendoza, opinión con la que discrepamos: Mendoza en momento alguno reduce el conflicto a meras luchas de pobres contra ricos, sino que señala claramente a los vicuñas poderosos como los movedores de la revuelta. Incluso respecto al simplismo de Crespo, parece que Helmer exagera un tanto. 42 Helmer: "Luchas entre vascongados... ", pág. 193; Pérez-Alcalá: "Vicuñas y vascongados: la lucha...", pág. 207. LA "NACIÓN VASCONGADA" Y SUS LUCHAS EN EL POTOSÍ DEL SIGLO XVII Tomo LIX, 1, 2002 circunscribiéndose a los bandos contendientes (el ataque a la casa del corregidor se habría producido por su favoritismo hacia los vascos, no por su calidad de representante del Rey). 43 El artículo de Marie Helmer es una recesión de los dos libros que acabamos de comentar. Ya hemos mencionado algunas de las críticas que en ella se hacen. Como contribución positiva a la cuestión, Helmer plantea la existencia de una crisis económica como detonante de las luchas. Y es que si bien los odios venían de lejos, los ataques comenzaron tras conocerse en el año 1618 las deudas vascas al fisco. Esta colectividad debía grandes cantidades a la Corona, por endeudamiento de azogue y por oficios. El problema era consecuencia de la mala política fiscal de las colonias, pues no había créditos y la Corona se llevaba una exagerada porción de la producción de plata (el quinto), dificultando así el pago de las deudas. Además, según Helmer, antes de comenzar las hostilidades se produjo una crisis coyuntural en las minas de azogue, y la disminución de su producción afectó la de la plata. En torno a ese momento crítico tratarían las demás colectividades de suplantar a la vasca, dando inicio a las luchas. Aparte de este trabajo, Marie Helmer tiene un breve artículo relacionado con los inicios del ascenso vasco en Potosí a fines del siglo XVI. 44 Asimismo tenía Helmer intención de editar un catálogo del ACM útil entre otras cosas para localizar la documentación relativa a los vascos de Potosí, aunque no hemos podido confirmar su publicación. 45 El artículo de Rosario Pérez-Alcalá está realizado sobre los tres anteriores trabajos. En general coincide con las críticas de Helmer. No discute las dificultades económicas globales de las colonias, pero cuestiona que hubiera una crisis coyuntural previa al comienzo de los ataques. 46 Sin embargo, el experto en historia económica Peter Bakewell, aparentemente sin conocer el artículo de Helmer, llega a conclusiones muy similares, esto es, que desde 1615, por tanto en los años previos al inicio del conflicto, la producción de plata potosina habría disminuido, enconando el odio contra 43 El equívoco de suponer que a los vicuñas les animaba el deseo de alzarse contra la metrópoli, no sólo es achacable a la visión mediatizada por preocupaciones contemporáneas que ha podido afectar a parte de la historiografía hispanoamericana, sino que las propias fuentes de nuestro caso pueden alimentar el error: los escritos vascos de la época, en su intento de desprestigiar al bando contendiente, no dudaron en acusar a los vicuñas de desafiar la autoridad del monarca, cuando evidentemente el conflicto era muy otro. 44 Se trata de la transcripción y comentario de la carta vizcaína enviada en 1595 que ya hemos mencionado en el apartado de fuentes (cf. Helmer: "Un tipo social:'el minero'... "). 46 Pérez-Alcalá: "Vicuñas y vascongados: la lucha...", pág. 208. JURGI KINTANA GOIRIENA los vascos ricos. 47 Dejando a un lado la cuestión de la coyuntura económica, Pérez-Alcalá destaca la lucha por el poder subyacente tras las algaradas. Los principales impulsores de la revuelta serían por tanto los ricos vicuñas encubiertos, que tratarían de reemplazar a la oligarquía vasca. Para ello, claro esta, se habrían valido de tensiones anteriores, aunque en la última etapa del conflicto habrían perdido el control sobre ella. Fernando Serrano, utilizando sobre todo las fuentes del A.G.I, nos ha ofrecido un nuevo libro. Desafortunadamente parece ignorar toda la historiografía anterior sobre el tema. Así deja de lado las perspectivas matizadas aportadas hasta ahora, y nos presenta el conflicto de Potosí reducido básicamente a una revuelta popular de los excluidos contra el asfixiante oligopolio vasco (descrito como "régimen de terror"). Aunque menciona el deseo de poder de las élites no vascas, aparentemente relega este factor a un segundo plano. En parte cabe achacar a la documentación utilizada por Serrano lo limitado de estas conclusiones. 48 Por el contrario, en otras cuestiones relativas a nuestro tema, la aportación de Serrano resulta mucho más fecunda. Así merecen tenerse presentes las apreciaciones que hace sobre las mentalidades vasca y castellana. En el mismo sentido hay que subrayar la primacía de la colectividad extremeña que desvela Serrano en la formación y dirección del bando vicuña, así como el descubrimiento de tensiones entre las élites vascas y extremeñas una década después de los principales altercados de Potosí. 49 Por último resulta muy sugestiva la idea que aporta de la relación entre las dinámicas universitarias y del imperio. Más exactamente la posibilidad de que el conflicto de Potosí fuera una trasposición de los frecuentes enfrentamientos entre "naciones" que se daban en las universidades peninsulares, enfrentamientos "llevados" allende la mar por las élites en ellas formadas. Los datos ofrecidos por Serrano para confirmar esta hipótesis no nos parecen concluyentes, pero en cualquier caso sus propuestas abren unas interesantes líneas de investigación para comprobar las relaciones entre 47 Bakewell: Plata y empresa..., pág. 36. 48 Serrano utiliza por fuente principal y sin dudar de su neutralidad el informe conocido como Relación "A" escrito por los castellanos (AGI, Charcas, 134); en cambio ni menciona la Relación "B" (AGI, Charcas, 53) escrita por los vascos, que cuanto menos serviría para contrastar opiniones. En general cabe decir que por el número de documentos del AGI consultados por Serrano su trabajo ha quedado rezagado respecto al realizado por Crespo en el mismo archivo. 49 Que nosotros sepamos ha sido Serrano el primero en señalar estas tensiones del año 1637. Si bien no tan espectaculares como los conflictos abiertos previos, son interesantes porque muestran que vascos y otras colectividades mantuvieron luchas de poder durante largo tiempo. LA "NACIÓN VASCONGADA" Y SUS LUCHAS EN EL POTOSÍ DEL SIGLO XVII el mundo universitario y la vida de las colectividades peninsulares en ultramar. 50 Aunque se trate de un obra inusual no podemos dejar sin mencionar un sexto trabajo en torno a los vascos de Potosí y sus conflictos. Nos referimos al libro Potosí. Andanzas de un navarro en la guerra de las naciones (Txalaparta, Tafalla, 1996, 260 págs.) de Jose Mari Esparza. En vez de un trabajo historiográfico convencional, se trata de una novela histórica construida con documentación original e información de la época. Todo ello se completa con la imaginación del autor en una narración de sabor antiguo y contenido realista. Así se nos cuenta la vida de un personaje histórico, Juan de Echarren, al que se siguen los pasos desde su pueblo natal en Navarra hasta el Alto Perú. Esta novela nos informa de los principales hechos ocurridos en Potosí además de ofrecernos un agradable relato. Si bien Esparza no desarrolla una hipótesis formal sobre las razones del conflicto, apunta al interés de los vicuñas ricos en suplantar a los vascos como principal causa de las luchas. Aparte del valor divulgativo de este trabajo, el investigador más especializado encontrará puntualmente señalados en él los documentos hallados por el autor en los archivos de España y América. Con lo que resulta una obra provechosa también para el ámbito académico. Todas esas referencias las hemos incluido en el apartado de fuentes. No hemos encontrado sobre los vascos de Potosí bibliografía específica para la época posterior al conflicto de los años veinte. Al finalizar los enfrentamientos los vascos volvieron a detentar el poder, pero ignoramos los detalles. Esparza toca sólo superficialmente las décadas siguientes. Serrano, con documentación más precisa, descubre un brote de tensión entre élites extremeñas y vascas el año 1637 según hemos visto. Faltan en todo caso investigaciones para toda la época posterior. Lo llamativo de las luchas de bandos ha hecho que sea ese episodio particular el tema que ha acaparado toda la historiografía relativa a la vida de los vascos de Potosí. 50 Las luchas universitarias de Salamanca que menciona Serrano son estrictamente coetáneas a las de Potosí, no anteriores, y por consiguiente no pueden ser antecedentes de estas. Además Serrano no confirma que cabecillas vicuñas o vascos participaran durante su juventud en conflictos universitarios de ese tipo. Habría que comprobar, por tanto, este extremo. Existe otra posibilidad que nos ha sido señalada por el profesor Oscar Álvarez-Gila: pudiera suceder que la violencia entre "naciones" se iniciara en un determinado punto de la Monarquía, ya en Salamanca ya en Potosí, y que la expansión de la noticia provocara el estallido de conflictos análogos en otros puntos donde vascos y castellanos convivieran en tensión. No habría por tanto un antecedente universitario y una repetición años después en las Indias, sino una dinámica de redes que interactuaría simultáneamente a lo largo de toda la Monarquía Hispánica. Evidentemente, esta posibilidad no excluye la hipótesis de Serrano. JURGI KINTANA GOIRIENA Sin embargo, como apuntábamos en el apartado de las fuentes, además del conflicto podrían investigarse los primeros pasos de la colectividad vasca potosina, o su devenir tras los enfrentamientos, que debió seguir siendo bastante prospero.51 Sea como fuere, en tanto que carecemos por el momento de esos estudios, nuestro estado de la cuestión se ha centrado en el tema de las luchas. Haciendo balance de las investigaciones precedentes, y ciñéndonos al conflicto entre vascos y vicuñas, podemos decir que en él se entremezclaron los siguientes elementos: el monopolio económico y político de los vascos; el consiguiente descontento que ello producía en las demás colectividades peninsulares (especialmente entre las más desfavorecidas); el deseo de los vicuñas ricos de suceder en el poder a los vascos; solidaridades y odios entre "naciones" (y su posible conexión con la universidad); la existencia de un nutrido grupo de "soldados" desocupados en la ciudad; problemas generales del sistema financiero de las colonias; una posible crisis económica coyuntural; y la excesiva corrupción de las instituciones. El interesado en el tema deberá tratar estas cuestiones. Para finalizar cabe añadir que conflictos semejantes al de Potosí, con vascos de por medio, se repitieron en la América colonial más de una vez (por ejemplo el ocurrido en las minas de Laicacota o Izacota entre 1665-1671). 52 Sería interesante investigar la influencia que todos estos sucesos tuvieron de cara a unir la colectividad vasca, dividida en su tierra de origen en varias unidades político-administrativas. Sospechamos que el desarrollo de la solidaridad comunitaria y la formación de un imaginario colectivo común en Vasconia en la Edad Moderna no es ajena a los intereses compartidos que desarrollaron los vascos en América. Pero estudios tan amplios necesitan que casos como el de Potosí sean mejor conocidos. Por consiguiente, esperemos que nuevas investigaciones aborden este tema de Potosí, que además de fascinante en sí mismo resulta a su vez enriquecedor para comprender el devenir general de los vascos y la historia del conjunto de la sociedad colonial. Hemos dividido la bibliografía en dos apartados. En el primero incluimos las obras antiguas comentadas a lo largo del artículo. Salvo excepciones no se encontrarán en él papeles de archivos. Para ese tipo de documentos puede dirigirse a los catálogos de Mendoza y Vázquez-Machicado. 53 Las ediciones modernas de los libros antiguos han sido indicadas, en su caso, entre paréntesis tras los originales. El segundo apartado contiene la bibliografía y la historiografía contemporánea, limitada a las obras que tratan o tocan el tema de los vascos en Potosí. Las demás obras citadas en el texto o a pie de página no se recogen en esta bibliografía. Crónicas y obras antiguas
Luis Fílipe Barreto es un historiador de primera categoría. De su pluma han salido obras tan sagaces, tan densas, tan relevantes como Descobrimentos e Renascimento. Estudos de história e teoria da cultura (Lisboa, 1986), hoy de consulta imprescindible para todos los historiadores de la expansión europea en su conjunto, y no sólo del área portuguesa. Desde hace un decenio Barreto viene dedicando preferentemente su atención a los temas de Asia y, sobre todo, de China. Ahora sus esfuerzos, conocimientos e investigaciones de tantos años se destilan en este libro, que no por estar destinado a un público más amplio que el de los especialistas deja de ser una síntesis admirable por su rigor, su riquísima información y la agudeza de sus interpretaciones. El título del libro -"arar el mar"-, tomado de don Joâo de Castro (la fuente última son los poetas latinos: Virgilio u Ovidio), parece un imposible. Pero es que, como bien dice Barreto, los portugueses, olvidados para su bien de los conflictos europeos, lograron en esos siglos hacer realidad un imposible: que el mar fuese su tierra, que el dominio del mar articulase sus asentamientos y que el ir y venir de las armadas asegurase pingües ingresos a la Corona. Paso a dar una sucinta idea del contenido de este volumen. La obra se divide en dos partes bien diferenciadas. En la primera (11-60) se estudian los condicionamientos -y las posibilidades-que encontraron los portugueses en Asia hasta la segunda década del siglo XVII, en que la presencia lusa en Asia comenzó a retroceder ante la competencia holandesa e inglesa y el poder creciente de imperios como el mogol (fundado por Babur), chino o japonés. Barreto estudia magistralmente cómo se fue construyendo el "Estado da India" -"una red marítimo-mercantil de puntos de apoyo litoral y urbano que se extiende de Sofala y Ormuz a Malaca y Macao"-en tres grandes áreas, cada una provista de características diferentes: el Índico occidental (el área vital para la Corona portuguesa), el Índico oriental-Sudeste asiático, expuesto a una continua expansión del Islam, y el Asia oriental, sometida a la hegemonía china. Los portugueses aprovecharon una coyuntura favorable: el auge del comercio marítimo ante el declive del tráfico caravanero (causado éste por las amenazas de los pueblos nómadas, que provocó a su vez el cierre en sí mismos de los imperios sedentarios) y la existencia previa de unas extensas redes marítimo-mercantiles que facilitaron su asentamiento en Asia. Pero también los recién llegados supieron adaptarse a las circunstancias cambiantes, asianizándose. Unas veces sacaron partido de las rivalidades internas para instalarse: así, de la lucha de Cochín -y Cananor y Quiloa-con Calicut (el puerto privilegiado de la red comercial que enlazaba con el Guzerat y el golfo Pérsico-Arábigo). Otras veces se convirtieron en mercaderes-soldados guiados por intereses privados o semi-oficiales (p.e., en Bengala o en Ayuthia). Otras, por fin, se instalaron de manera informal en sociedad con otros mercaderes, chinos o japoneses (Macao). De ahí la variedad de asentamientos: pequeños territorios (Damâo), ciudades (Goa, Malaca), factorías/fortalezas, protectorados, arrendamiento de territorio (Macao), etc. El desafío luso, que abrió la ruta nueva del Cabo de Buena Esperanza, no logró sin embargo la victoria total en las dos primeras áreas. Como señala Barreto, los portugueses tuvieron poder bastante para vencer batallas navales y romper cercos con la superioridad de su tecnología, pero no tuvieron poder suficiente para derrotar definitivamente en la guerra marítimo-mercantil a las potencias que sustentaban la ruta tradicional del Levante. En cambio, nadie pudo discutir la hegemonía lusa en el comercio marítimo de larga distancia en el Asia Oriental, enlazando -y fundando-puertos como Macao, Nagasaqui y Malaca. En la segunda parte (págs. 61-102) estudia Barreto cómo la cultura portuguesa, de manera esencialmente práctica y utilitaria, aprendió y aprehendió el mundo asiático. Su análisis se divide en tres etapas. 1.a de 1498 a 1510 (la fase de encuentro/desencuentro): cartografía, relaciones manuscritas o publicadas preferentemente en Italia, el país más interesado y afectado por la lucha entre las rutas del Cabo y del Levante. 2.a de 1511 a 1545: cartas de relación manuscritas, tratados (Duarte Barbosa, Tomé Pires), historias generales (Gaspar Correia), crónicas particulares, roteros, etc. 3.a de 1546 a 1630: la gran historiografía (Barros, Castanheda, Couto), la gran literatura (Camoês, Mendes Pinto), infinidad de cartas (entre ellas las annuas jesuíticas), tratados (p.e., Galeote Pereira y Gaspar da Cruz sobre China), estudios medico-botánicos (Orta, Costa), obras doctrinales publicadas en lengua vernácula (tamil, chino o japonés), gramáticas, vocabularios, etc. El papel de los portugueses como mediadores culturales hizo que el portugués se convirtiese en la lengua franca por antonomasia, la lengua usada en Asia por todos los europeos. Gran chasco se llevará quien busque en este libro una exposición lineal y roma. Barreto hace una historia global, atendiendo a todos los datos que proporcionan la historia política, la economía, la sociedad, la ciencia y la cultura para lograr una visión general, una síntesis razonada. En efecto, es preciso contemplar el conjunto, pues todas las piezas del rompecabezas asiático se componen y se descomponen sin parar, se integran y desintegran como las teselas de un mosaico y se ensamblan unas en función de otras al menos en un cierto ajuste transitorio, aunque no hallen nunca acomodo definitivo. Por otra parte, la acción entraña una reacción (la conquista de Malaca supone el auge del reino de Achén en Sumatra), pero la acción se ajusta a unos condicionamientos previos (el enorme incremento del comercio sino-japonés explica la facilidad del asentamiento en Macao). Gracias a Barreto comprendemos mejor el porqué y el cómo de la presencia portuguesa en Asia. Concisión, claridad, saber, inteligencia. Pocas veces se han dicho tantas cosas y tan bien en tan poco espacio. La impresión del libro es tan excelente como su contenido.-JUAN GIL. 368 págs., 10 tablas, apéndice con los datos básicos para la historia del Brasil, una lista de los gobernantes y otra de fechas. La historia latinoamericana sigue siendo percibida en Alemania sólo marginalmente, lo cual se explica en parte por la falta de estudios de conjunto que estén bien escritos y bien fundados a la vez. Esta Breve historia del Brasil seguramente contribuye a hacer el tema asequible a un vasto público. Los autores son tres americanistas reconocidos que se han propuesto explicar la realidad del Brasil actual a través de su evolución histórica. El libro consta de tres partes correspondientes a los distintos autores. La primera, escrita por el profesor Horst Pietschmann, de la Universidad de HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS Tomo LIX, 1, 2002 Hamburgo, comienza con la expansión portuguesa en el siglo XV, analizando sus causas y sus condiciones tanto políticas como sociales y financieras para después describir los comienzos del proceso de colonización con su extraña mezcla de rasgos tradicionales y modernos, sin olvidar la contribución de la población indígena a la formación de la sociedad y del sistema económico. Expone luego los principios de la organización estatal y económica, habiendo sido ésta última concentrada desde el primer momento en la exportación de un producto único, sea el palo del Brasil o más tarde el azúcar o el café. Concluye esta parte en las postrimerías del siglo XVIII. El autor muestra el Brasil como un país heterogéneo -aún despúes del reformismo de Pombal-amenazado no sólo por una quiebra entre sus territorios integrantes, tan diversos entre sí, sino también por la quiebra entre colonia y metrópoli. Retoma ahí el hilo de la narración el profesor Walther L. Bernecker, de la Universidad de Erlangen-Nuremberg, quien prosigue exponiendo el traslado de la corte portuguesa al Brasil y sus consecuencias para el proceso de la independencia brasileña, tan distinto del de los otros países latinoamericanos. Hace luego un análisis crítico de los resultados de la independencia, o sea de la valoración de ésta en la literatura histórica. Basándose en la empírica y en los resultados de estudios recientes, se vuelve contra explicaciones teóricas, tanto liberales como neomarxistas, para concluir que el lento crecimiento económico del Brasil en el siglo XIX no resultó solamente de su dependencia del comercio exterior, sino también de la incapacidad de los gobernantes para desarrollar la industria y el comercio del interior. Ni siquiera se proveyeron condiciones tan indispensables como la alfabetización. El análisis de los problemas políticos de esta época gira en torno a los conflictos entre liberales y conservadores, la hegemonía de los hacendados, el creciente poder de los militares y más tarde los debates sobre la abolición de la esclavitud y de la monarquía. La tercera parte, compuesta por Rüdiger Zoller, de la Universidad de Erlangen-Nuremberg, empieza describiendo el final del imperio y el principio de la primera república. Analiza los problemas de las estados brasileños del siglo XX, cual fue por ejemplo el regionalismo, que acabó por debilitar el poder central allanando el camino para el régimen militar. Los problemas socio-económicos resultaron, según la exposición del autor, sobre todo del creciente endeudamiento que ni siquiera la industrialización y el boom respectivo podían descartar, lo que llegó a poner fin al gobierno de los generales. La relación termina con el gobierno de Cardoso, llamado a solucionar los problemas cuyos raíces están fuertemente arraigadas, como acabamos de ver, en la historia del Brasil. En este respecto el libro cumple su promesa de hacer inteligible el presente del Brasil a través de la historia. Un gran mérito consiste seguramente en el hecho de que, a pesar de haber sido escrito por tres autores distintos, el libro muestra una cohesión interna que revela la continuidad de ciertos rasgos de la historia brasileña. Falta, sin embargo, el estudio de la historia cultural anunciada en la cubierta. A pesar de eso, es de desear que se escribieran más libros como éste contribuyendo a la difusión del conocimiento de la historia de Latinoamérica en estas partes.-ALEXANDRA SCHMITT. Consolidación del orden colonial, Vol. III, T. 1, de Historia general de América Latina, París, Ediciones UNESCO-Editorial Trotta, 2000, 406 págs. Una de las consecuencias menos deseables de la crisis de los grandes paradigmas historiográficos ha sido la fragmentación del objeto de estudio de la historia, descompuesto en una pluralidad de elementos y puntos de vista que hacen imposible la realización de síntesis. Por eso, la publicación del volumen de la Historia general de América Latina dedicado a la Consolidación del orden colonial, dirigido por Alfredo Castillero Calvo y codirigido por Allan Kuethe constituye una excelente noticia. El volumen, de impecable factura editorial, constituye por la exhaustividad de sus pretensiones y el impresionante volumen de colaboradores que reúne mucho más que un manual universitario al uso, y aunque puede y deber ser utilizado por el público de esa procedencia resultará de gran utilidad para investigadores y estudiosos de las temáticas más variadas. Esta voluntad enciclopédica constituye al mismo tiempo que su mayor virtud la fuente de algunas de sus debilidades, en todo caso menores y explicables. Reunir un total de 19 capítulos con 20 autores diferentes constituye en estos tiempos una auténtica hazaña, pero como no podía ser menos encontramos piezas maestras junto a otras de terminación no lograda del todo, ejemplos de inteligentes análisis junto a descripciones un tanto puntillosas y excesivas. La introducción general, escrita por Germán Carrera Damas, recoge sus conocidos puntos de vista sobre el criollo latinoamericano como "dominador cautivo", y aunque siguen aportando elementos de reflexión fundamentales quizás adolecen de un exceso de contundencia que los hacen más discutibles ahora que hace dos décadas. Los capítulos más consistentes y en los cuales director, codirector y autores tienen derecho a reivindicar un carácter magistral son los relacionados con la carrera de Indias, el comercio interregional y la producción en general, escritos por G. Céspedes, A. Castillero Calvo, Z. Moutoukias, J. Fisher, A. Gutiérrez, R. Salvucci, M. Alfonso Mola y C. Martínez-Shaw. Alrededor de ellos giran aportaciones originales como la dedicada por A. Bauer a la alimentación y la agricultura, así como los sólidos capítulos dedicados a Brasil, cuyas relaciones con la América Española, sin embargo, hubieran merecido mayor detalle. Junto a tantas virtudes hay que señalar, como hemos indicado, algunas carencias que podrían ser mejoradas en ediciones posteriores. Hubiera sido interesante conocer mejor la actuación y composición de los elementos institucionales y los individuos que sustentaban el "orden colonial" y daban cohesión a un imperio que aquí aparece algunas veces desdibujado, caso de los funcionarios reales, el ejército o la Real Armada. También consideramos que debía haberse dedicado atención a la historia cultural, el intercambio de ideas, publicaciones, imágenes artísticas e instituciones educativas, los elementos sobre los cuales la América Hispánica construyó, al igual que sobre el tráfico de hombres y mercancías tan excelentemente tratados en este volumen, la fuerza de su prodigiosa identidad.-MANUEL LUCENA GIRALDO. Antropología, año 3, número 4 (La Habana, Fundación Fernando Ortiz, 2001), 184 págs., índice, ilustraciones y fotografías, tablas y gráficos. Con la aparición de su número 4 (quinto en realidad, pues hubo un "0" inicial), la joven revista cubana, Catauro parece que va consolidando su edición. Como otras tantas surgidas en la isla en los últimos años, ésta nació de la necesidad de ofrecer medios para la divulgación del trabajo científico, durante algún tiempo bastante escasos debido a las dificultades económicas del país y al languidecimiento de las antiguas publicaciones que satisfacían dicho requisito consecuencia de ese hecho y de los cambios Anuario de Estudios Americanos acaecidos en el país y que han obligado a una mínima renovación de las instituciones académicas e intelectuales en general. Catauro es el principal órgano de difusión periódico de la también joven Fundación Fernando Ortiz y tiene como objetivo contribuir a divulgar la obra del antropólogo cubano y de todos aquéllos que la estudien o que se interesen en temas que preocupaban al autor. De momento ha nacido, además, como una publicación dirigida en el sentido de que hasta ahora se han establecido temáticas monográficas para sus distintos números de acuerdo con sus mencionados fines. Los anteriores Catauros, se dedicaron a los chinos (1) y a los esclavos (2) en la Gran Antilla y a la obra de Lydia Cabrera (3); el presente a los españoles en la isla y a las relaciones hispano-cubanas. Todos ellos, y al parecer los siguientes -en la editorial de la que proceden estos datos no se aclara-responden a un proyecto intelectual, indagar en las raíces de lo cubano, seguramente una buena definición de lo que guió prioritariamente el trabajo de Fernando Ortiz, que genéricamente fue la temática central del número cero (0). El núcleo de cada número de la revista se concentra en la sección denominada "Contrapunteos", parafraseando parte del título del libro de Ortiz, Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar. En su seno se agrupan las contribuciones monográficas. Junto a él la publicación se compone de otras secciones. "Imaginarios" reúne, en este caso concreto, sendos artículos de Alejandro Calzada y Miguel Barnet acerca de "El mundo visual de la parranda" y "Los vendedores ambulantes" respectivamente, y se dedica un breve espacio a explicar el significado y el porqué del nombre Catauro. "Archivos de folklore" incluye dos documentos de Antonio Bachiller y Morales, "El babujal" y "Las siguapas". Un capítulo de "Entrevistas" alberga en la presente entrega una conversación de Daniel Álvarez Durán con Ildefonso Diéguez, Presidente de la Federación de Sociedades Españolas en Cuba, titulada "Una memoria común: sociedades españolas en Cuba" y, por tanto, estrechamente vinculada con la temática central. Una sección de noticias, titulada "Desde L y 27", la dirección en la que se ubicaba la casa de Fernando Ortiz, sede actual de la Fundación que lleva su nombre, entre menciones a premios, becas, presentaciones de número y actividades, acoge la nota necrológica del prehistoriador cubano Manuel Rivero de la Calla, cuyo fallecimiento lamentamos profundamente. La revista concluye, finalmente, con un apartado de "Reseñas de Investigación" y el llamado "Ex libris", en el que tienen cabida las críticas de libros. Los contrapunteos se inauguran con una edición de Orestes Gárciga del texto de Fernando Ortiz, "Colon y la entrada del capitalismo en América. Una obra inédita de Fernando Ortiz", prólogo de un libro inédito acerca del descubrimiento de América y los orígenes del capitalismo que hace algunos años fue publicado por Julio Le Riverend en la revista Revolución y Cultura, 4 (1991), y en el que, en palabras del referido Gárciga, se examina "la economía, la política y la filosofía de los contradictorios elementos o intereses sociales que tenían que ser coordinados integralmente para lograr una nueva síntesis sociocultural". Roberto Fernández Retamar reflexiona en "Contra la leyenda negra" en un tema que había sido objeto de su atención en otras ocasiones. Afirma que dicha leyenda fue producto de un período de capitalismo emergente en Europa en el que se elaboró un discurso ideológico para legitimar las relaciones de dominio colonial sobre otras partes del mundo, también nacientes, pero también una crítica al poder hegemónico y, por tanto, necesariamente antiespañola. El estudio de Fernández Retamar, aunque conocido en su esencia, es sin duda lo mejor del número 4 de Catauro junto con las contribuciones de Carmen Ortiz García y Gustavo Bueno. La primera analiza en las "Relaciones de Fernando Oritz con los antropólogos españoles" la obra del antropólogo cubano en el contexto general e intelectual de su época y sus vínculos y contactos con otros autores con intereses en estudios similares a los suyos, sobre todo con Julio Caro Baroja. Sostiene que dichas relaciones fueron siempre de reconocimiento por encima de cualquier otra circunstancia, especialmente política. En un breve pero curioso ensayo, titulado "España y América", bastante original y novedoso por sus características, Bueno intenta establecer, según sus propia palabras, "las coordenadas y paradigmas históricos en la conformación [...] de la unidad e identidad de los pueblos que componen la América Latina [...] a través de fundamentales conceptos sinalógicos e isológicos". Aunque el estudio es, como decimos, muy corto para conseguir un objetivo mayor, sin duda que en su cortedad consigue una buena y sugerente aproximación a tales objetivos. Tres artículos de María del Carmen Barcia Zequeira, Sergio Valdés Bernal y Aurelio Francos Lauredo completan los contrapunteos de Catauro. Frente a los anteriores, más específicos, éstos abordan problemas troncales de la temática monográfica del número 4 de la revista, "Un modelo de inmigración 'favorecida': el traslado masivo de españoles a Cuba (1880-1930)" la primera; "¡Ay, qué felicidad!, ¡cómo me gusta hablar español!", el segundo, y "La memoria hispana en la isla a través del testimonio de los inmigrantes españoles" el tercero. El de Valdés Bernal es un estudio lingüístico y trata de ofrecer una síntesis de la evolución del idioma español, de su expansión y enriquecimiento, especialmente en Cuba. El de Francos Lauredo utiliza el llamado Archivo de la Palabra -la opinión de los inmigrantes de la que fuera metrópoli de la isla-para investigar la construcción de la memoria hispana en el país. El artículo se centra en la presentación de la metodología de un proyecto mayor y por esa razón lo que más llama la atención es la omisión más absoluta de referencias historiográficas. El autor cita exclusivamente siete obras, todas ellas dedicadas a problemas teórico-metodológicos, relación desde luego bastante escasa y que esperamos no sea representativa de sus lecturas formativas. El problema con la historiografía es todavía más grave, pues Francos Lauredo explica su trabajo con las fuentes, pero al carecer de referencias no lo integra en el debate y le resta prácticamente toda su potencial contribución al conocimiento del tema que pretende dilucidar. Hay estudios anteriores al suyo, como los de Consuelo Naranjo u Olga Cabrera que han abordado con calidad y buenos resultados asuntos similares y que sin duda no desconoce el autor, así como una problemática claramente definida por la investigación respecto a dichos asuntos que debería haber explicitado, bien para cuestionarla, bien para seguirla, sin duda para ambas cosas al mismo tiempo. El artículo de Barcia Zequeira, para concluir, defiende la inmigración española a Cuba como un modelo dentro del fenómeno migratorio, caracterizado por los privilegios que obtuvo y su resultado exitoso, una tesis polémica, sin duda, que se establece a través de la realización de una especie de balance historiográfico, pero sin la perspectiva comparada que es necesaria para definirlo como tal modelo. A pesar de este defecto, es aceptable como síntesis del problema y, desde luego, absolutamente necesario como cobertura del resto de los trabajos de la sección monográfica de Catauro, ya que ofrece una información básica para entender la razón de la importancia del tema a que se dedica la revista. Seguramente, además, esa fue la intención con la que fue escrito, incluso encargado. En el trabajo de Barcia Zequeira hay, además, un problema que se debe reseñar y que esperamos se haya debido a un error que se subsane con una fe de erratas en próximos números. La autora reproduce, sin mencio-nar la procedencia, una colección de gráficas elaboradas por Consuelo Naranjo y publicadas en "La emigración española a Iberoamérica desde 1880 a 1930: análisis cuantitativo" (en Aula de Cultura Iberoamericana, Nuestra común historia. Poblamiento y nacionalidad, La Habana, Instituto Cubano del Libro, Instituto de Cooperación Iberoamericana, Embajada de España en Cuba, Editorial de Ciencias Sociales, 1993, páginas 116-155), así como en el artículo "Trabajo libre e inmigración española en Cuba, 1880-1930" (Revista de Indias, núms. Subsanar tal defecto nos parece sumamente importante, ya que atenta, no sólo contra la propiedad intelectual, sino también contra el reconocimiento y respecto al trabajo, requisito básico de cualquier publicación honrada que se precie.-ANTONIO SANTAMARÍA GARCÍA. Cuenca Toribio, José Manuel: Historia y actualidad: Clío en la Posada, Madrid, Editorial Actas, 2002, 402 Historia sobre los problemas del presente y de actualidad, abordados en una miríada de breves pero valiosos trabajos escritos con elegante y precisa pluma, inspirada por un loable afán de ecuanimidad y rigor. Tales son las notas que definen el presente volumen colectáneo de artículos periodísticos de los últimos quince años, salidos del taller del historiador español de su generación de más amplia y diversa obra. Dotado de antenas de sensibilidad más aguda y trascendente que las del común, cualidad esencial de todo buen profesional de la ciencia de Clío, el autor aspira a motivar a sus lectores -especialmente a las jóvenes generaciones, mas sin exclusión del resto, profesionales o no en su campo-en pos de reflexiones acerca de los acontecimientos de nuestro más reciente pasado, alejándose de juicios superficiales, coyunturales y pasajeros propios de un "periodismo de lo efímero", por desgracia tan en boga en el palenque de actualidad. El binomio temático en tomo a los horizontes de la disciplina en la que es especialista y de la nación española constituye el núcleo fundamental de la obra. Cada apartado pasa revista a candentes cuestiones del panorama actual, de este siglo XXI en el que parece que aún no acertamos a sentimos ubicados -a pesar de los años de anhelante espera-y que sentó su imperio de facto ha más de una década atrás, sumiéndonos en los problemas heredados de la pasada centuria y en los originados ante la actual coyuntura. La propensión a la amnesia, inseguridad, incertidumbre y desnortamiento de los hijos del tiempo presente" encontrará excelente aguja de marear y vademécum en las constructivas críticas y sugerencias formuladas por Cuenca Toribio. Lejos del fácil empleo de frases hechas carentes de validez en la práctica, el autor muestra las utilidades de la Historia como instrumento para comprender la realidad que nos rodea. "Mientras mayores sean la capacidad asimiladora de una nación y su poder de asunción del pasado, mayores serán sin duda su fuerza creadora y estabilidad" (pág. 41). A pesar de la crítica a la desalentadora realidad y la desconfianza hacia los falsos remedios y aparentes "propósitos de enmienda", la esperanza y el afán constructivista no abandona el cañamazo del espíritu que guía al libro, excelente antídoto contra la autocomplacencia y descreimiento, escepticismo y cinismo que empapan buena parte de los estratos de la sociedad occidental. Como hemos mencionado, el concepto de la nación española, sus problemas y conflictos y las virtudes y defectos de sus ciudadanos -maniqueísmo, totorrecismo, descalificaciones, taifismos y banderías, tancredismo, superficialidad, inconstancia, amnesia, distorsiones y falseamientos del pasado-son abordados a la luz de los acontecimientos fundamentales en su andadura reciente -de la Guerra Civil de 1936 y el Franquismo a la Transición y la Democracia. Afán de objetividad y desenmascaramiento de viejos y nuevos mitos en la comprensión de nuestro ayer más inmediato inspiran las jugosas reflexiones sucesivamente expuestas. Al hilo de esta cuestión, los apartados dedicados a Latinoamérica constituyen una suerte de espejo en el que contemplar diversas facetas de nuestro legado histórico para comprendernos mejor a nosotros mismos. Sin ocultar ni tergiversar lo que de propio y original poseen la idiosincrasia y el patrimonio cultural propio, personal e intransferible de cada uno de los países del Nuevo Mundo, hemos de recordar el importante papel jugado por nuestra lengua como "patria y riqueza común del orbe hispano". Por ello, más que nunca, se hace necesario practicar la historia comparativa -véase el muy sugestivo artículo acerca de Felipe González, Carlos Ménem y Salinas de Gortari-así como el rescate del olvido de personajes y acontecimientos -v. gr. Antonio José de Sucre, cuya ensombrecimiento es paradójico pero frecuente descuido en nuestra época de orquestadas conmemoraciones de muy diverso signo-y, sobre todo, la revisión de las cuestiones más controvertidas de nuestro pasado, de lo que se consideraba como "bien sabido" -el papel de la evangelización en América, faceta que quedó algo al margen de las discusiones que suscitaran los deba-tes del Quinto Centenario-, de las "leyendas áureas" y "leyendas negras" -cuya persistencia queda patentizada aún en los albores del Tercer Milenio. Máxime en los tiempos que corren, en los que negros nubarrones -véase, como botones de muestra, la situación actual en Argentina o Colombia-ensombrecen el panorama de un continente para el que algunos autores formularan en su día promesas de un próspero futuro. Tampoco dejan de estar presentes las igualmente interesantes cuestiones que nos vinculan con el mundo islámico, el ámbito europeo y la Rusia post-comunista, también hoy en el candelero de tertulias e informaciones de muy diverso signo y una vez más abordadas magistralmente por el catedrático sevillano. La brevedad a la que se ven obligadas las presentes páginas nos impiden glosar estas cuestiones con mayor detenimiento. En definitiva, un libro cuya lectura no deben perderse todos aquellos interesados en la reflexión en tomo a nuestro acontecer histórico más inmediato.-JOSÉ MANUEL VENTURA ROJAS. Díaz-Trechuelo, María Lourdes (comp.): Evangelización y Misiones en Iberoamérica y Filipinas: Textos Históricos II, Serie II, vols. 14-1 y 14-2, CD-Rom, de Colección Clásicos Tavera, Fundación Histórica Tavera/DIGIBIS, Madrid, 1999-2001. El desarrollo que está teniendo la historiografía española sobre Iberoamérica y Filipinas no deja de ser, al menos en los últimos años, cuando menos paradójico. Nos referimos, como es fácil de suponer, al período hispano y a la temática relativa a la eclesiología, misionología, etc. es decir, el ámbito que de una manera directa tuvo que ver con la transferencia de la fe cristiana al Nuevo Mundo, con la misión-evangelización, y con el establecimiento de las variadas instituciones eclesiales católicas en aquellos territorios, con el fin de apoyar la pastoral más compleja y que la fe perviviese y llegase a los últimos rincones. Los que de una forma u otra nos venimos dedicando académica o personalmente a estos temas y asuntos, siempre hemos defendido que si se quiere comprender lo mejor y más ampliamente posible el devenir histórico iberoamericano habrá que acercarse, con toda seriedad, a la historia del establecimiento y desarrollo de la iglesia católica en aquellos territorios. De lo contrario, la parquedad interpretativa llevará en algún momento a que podamos cometer errores de bulto. En consecuencia, cuando nos encontramos con un material del tipo que nos ofrece en su compilación la profesora Lourdes Díaz-Trechuelo, gracias a las publicaciones de la Fundación Tavera, y añadida la comodidad que significa poder trabajar con C.D., nuestro agrado y gratitud deben ser más intensos. La mera descripción de los autores y de cada una de las obras que hacemos a continuación, creo que nos puede dar una buena aproximación a la importancia del contenido de esta publicación tipo facsímil. Belasanque, Diego, Historia de la Provincia de San Nicolás de Tolentino de Michoacán, del Orden de N.P. San Agustín ( 1673). El agustino Belasanque, nacido en Sevilla el 25 de julio de 1577, está considerado como el segundo cronista agustino de esta Provincia. Pasó a Nueva España con sus padres, estableciéndose en la ciudad de Puebla. En esta ciudad inició sus estudios con los jesuitas, y los continuó con los agustinos en México, en cuya Orden ingresó, profesando en febrero de 1594. Muy pronto fue destinado a la Provincia de Michoacán, en la que ejerció distintos cargos, incluido el de Provincial. Dejadas las labores administrativas de la Orden, se dedicó a aprender tarasco y a redactar varias obras en el convento de Charo, en el que permanecería hasta su muerte, en 1651. Esta obra, aunque excesivamente apologética, nos muestra al cronista fiel seguidor de Grigalba, lo que no es óbice para que sea catalogado como de buen historiador. Desde luego nos referimos a la actuación agustiniana y a su particular metodología misionera y pastoral. Y es que, tal como se estilaba en la época, y él mismo dice "todo lo tengo experimentado y visto". Ovalle, Alonso de, Histórica relación del reino de Chile y de las misiones y ministerios que ejercita en él la Compañía de Jesús (Roma, 1646). Es una reproducción parcial de la obra, que se publicó en Roma algunos años después de la muerte del autor. Como en otras muchas ocasiones, lo que le llevó a redactar y a hablar acerca de la actividad jesuítica en Chile fue el desconocimiento que se observó se tenía en Europa de la labor de esta Orden en aquellas tierras, que como él mismo indica "en muchas partes ni aún sabían su nombre". Debía de gozar de una memoria prodigiosa, pues cuando redacta la obra se encuentra en Roma y no tiene en sus manos papeles y documentos que le puedan ayudar. Escribe de memoria y de ahí que se le intercalen algunas inexactitudes. De todos modos, la obra no tiene especial importancia, salvo la de ser una mera crónica, respondiendo al clásico esquema de los denominados historiadores religiosos: la tierra y sus pobladores, la conquista española y las misiones. Sin embargo, debemos destacar el amor que Ovalle siente por los paisajes, sobre todo por lo que ve en los Andes, describiéndolos con verdadero sentimiento poético. vos y académico en la Orden, trabajos que compaginó, debido a su enorme capacidad, con la redacción de la crónica, que pudo concluir en apenas año y medio, aunque contó con muchas facilidades a la hora de buscar y ordenar el diverso material. Robert Ricard, hace de esta crónica un pormenorizado análisis, elevándola a la categoría de fundamental si queremos acercarnos a la labor agustiniana en México, incluso si nos interesa saber cuáles fueron sus fuentes y los frailes que recopilaron material para él. Sin embargo, no sabemos por qué se tardó tanto en publicar, pues hasta 1914 no vio la luz. López Cogolludo, Diego, Historia del Yucathan (1688) Es una de las obras más extensas en noticias y datos, no en vano su autor dispuso de toda la información que deseó, al haber sido provincial franciscano de San José de Yucatán. Aunque esta historia no es sino la respuesta a la R.C. de 1635, en la que se pedían datos, referencias y análisis de las instituciones eclesiásticas, así como de sus actividades, en ella podemos encontrar novedades respecto a otras obras. En este sentido, y por usar los datos que el deán Cárdenas Valencia, de Mérida de Yucatán, le facilitó, podemos ver, aparte de las iglesias, conventos y monasterios, datos sobre hospitales, rentas eclesiásticas, sínodos, mártires, ermitas...y otros muchos datos sobre la historia civil de Yucatán. Todo ello, en ocasiones, con cierta amalgama y desorganizando el plan original de la obra. Murillo Velarde, Pedro, Historia de la provincia de Philipinas de la Compañía de Jesús: Segunda parte que comprhende los progresos de esta provincia desde el año de 1616 hasta el de 1716 (1749). Como vemos en el título, la obra es continuación de la crónica que había comenzado el padre Pedro Chirino (Relación de las islas Filipinas), fechada en Roma En 1604, y de la del padre Francisco Colin (Labor evangélica, ministerios apostólicos...), que la continuó hasta 1615, y cuya primera edición vio la luz en madrid en 1663. El almeriense, de Laujar del Andarax, padre Murillo Velarde retomó la historia al año siguiente, 1616, y la culminó hasta 1716. Su medio siglo largo de vida (1696-1753, en el Puerto de Santa María) fue más que suficiente para que pudiera alcanzar la suficiente experiencia de la vida de la Orden en la provincia de las Filipinas. Ingresó en la Compañía en el mismo año que él termina su crónica, 1716, llegando a las Fili-pinas en 1723. Allí se dedicó a la docencia colegial y universitaria, así como a las misiones y a la redacción de varias obras de índole jurídica e histórico-geográfica, tal como es esta crónica, apologética y repetitiva. Rodríguez, Manuel, El Marañón y Amazonas: Historia de los descubrimientos, entradas y reducción de naciones, trabajos malogrados de algunos conquistadores, y dichosos de otros, assi temporales como espirituales, en las dilatadas montañas, y mayores ríos de la América (1684). Ni que decir hay que el título describe el contenido. El barroquismo del jesuita, procurador de la provincia, unido a los materiales que trajo de Quito y a los que pudo conseguir en Madrid, dieron como fruto esta obra de conjunto, cargada de ciertas desproporciones al entretenerse en hechos y circunstancias que no aportan datos de valor. Hay una circunstancia que conviene resaltar de esta obra. Como su autor, lo mismo que la mayoría de los autores eclesiásticos, se olvidó de pedir licencia para la edición de la obra, conforme al decreto Creditae, del papa Clemente X de 6 de abril de 1673, por lo que fue incluido en el Indice romano, hasta que salió de él ¡en 1940!, con ocasión del cuarto centenario del descubrimiento del río que lleva el nombre de la crónica. Ruiz de Montoya, Antonio, Conquista espiritual hecha por los religiosos de la Compañía de Jesús, en las provincias del Paraguay, Paraná, Uruguay y Tape (1639). No por varias veces editada, esta obra ha perdido su frescor e interés, mucho más en esta edición de conjunto. El limeño Ruiz de Montoya, soldado, aventurero y pendenciero antes que religioso, efectuó toda su formación y labor pastoral en el Río de la Plata. En las denominadas misiones del Paraguay ejercería importantes funciones administrativas, llegando incluso a ser provincial de la importantísima provincia paraguaya. También le tocó buscar soluciones para el problema de los bandeirantes paulistas, llegando en sus negociaciones con la Corona a obtener permiso para el uso de armas de fuego en las reducciones, siempre que fuese como defensa. Su experiencia personal, su conocimiento del terreno y su absoluta dedicación al ideario ignaciano, le llevaron a la redacción de su Conquista espiritual..., pero lo hizo abusando de recuerdos y confiando en exceso en Anuario de Estudios Americanos su memoria, lo que le lleva a ciertos errores cronológicos y a un relato, en ciertos momentos desordenado. Pero lo que perdura en su obra es la ingente labor de fundación y conservación misional que los jesuitas desempeñaron en el entonces denominado Guairá, y que tanta literatura produciría con el paso de los años. San Antonio, Juan Francisco de, Chrónicas de la apostólica provincia de S. Gregorio de religiosos descalzos de N.S.P.S. Francisco en las islas Philipinas, China, Japón, etc.: Parte primera en la que se incluye la descripción de estas islas...( 1738) Chrónicas de la apostólica provincia de San Gregorio, Papa, el Magno, Doctor de la Iglesia: De religiosos descalzos de N.S.P. S. Francisco en las islas Philipinas, China, Japón, etc...: Segunda parte (1741) Este franciscano madrileño ejerció el oficio de cronista oficialmente desde 1733. No puede ser considerado el primero, pues toma todos los datos del cronista que citaremos a continuación (Santa Inés), pero sí fue el primero que publicó los resultados de su trabajo. Debemos destacar que el primer volumen fue publicado en Filipinas, Sampaloc 1738, y es tan minucioso en la descripción del archipiélago que sirvió en el siglo XVIII como derrotero por las islas a los marinos. En el segundo volumen se dedica más a los temas eclesiásticos. No es extraño encontrar en los analistas de las obras del padre San Antonio, calificativos muy laudatorios de las mismas. No solo su complejidad, sino que la propia extensión (existe un tercer volumen publicado en 1744, que no aparece en esta edición), permiten que se consulten con asiduidad. Santa Inés, Francisco de, Crónica de la provincia de San Gregorio Magno de religiosos descalzos de N.S.P. San Francisco en las Islas Filipinas, China, Japón, etc. ( 1892) Este franciscano también fue designado cronista oficial de la provincia, en 1674. Solo dos años ocupó el cargo, pero fueron más que suficientes para que, usando los materiales que había recopilado fray Antonio de la Llave que nunca llegó a publicar, pudiese dar fin a la redacción de su crónica. La componen dos libros; en el primero trata de la fundación y primeras actuaciones de los religiosos en ella durante el tiempo que fue custodia; en el segundo, se dedica a la fundación de la provincia y a su historia. No deja de ser una crónica de convento muy normal. Aduarte, Diego, Obispo de Nueva Segovia: Tomo primero de la historia de la provincia del Santo Rosario de Filipinas, Japón y China, de la sagrada Orden de Predicadores ( 1693). Nos encontramos ante el primer cronista dominico de las Filipinas, hombre muy viajero por toda aquella zona, escribe una crónica basada en todo lo que había visto y experimentado, aunque, desde luego, muy al estilo de las apología de los religiosos de la época. Su obra tuvo el honor de ver la luz primera en el Colegio de Santo Tomás de Manila, en 1640, y alcanzó tanta difusión que se agotó en seguida. Se volvió a reimprimir en Zaragoza, con algunas adiciones de su compañero fray Domingo González. Continuadores de esta crónica, aunque solo desde el punto de vista cronológico, serán los dominicos Baltasar de Santa Cruz, Tomo segundo de la historia de la provincia del Santo Rosario de Filipinas, Japón y China, del Sagrado Orden de Predicadores ( 1695); Vicente de Salazar, Historia de la provincia de el Santísimo Rosario de Philipinas, China y Tvnking, de el Sagrado Orden de Predicadores: Tercera parte...(1742), y Domingo Collantes, Historia de la provincia de el Santísimo Rosario de Philipinas, China y Tunquin del Orden de Predicadores: Quarta parte: desde el año de 1700 hasta el de 1765 (1783). Todas ellas están ofrecidas en la presente edición al final de este volumen segundo en C.D. Chantre y Herrera, José, Historia de las misiones de la Compañía de Aunque no siempre original, sí lo es por la forma como compila y presenta todos los datos, incluidos los cartográficos, que son de primera importancia, como sabemos, en la zona que se estudia. Es un hombre que aunque nunca estuvo en América, al escribir en la segunda mitad del siglo XVIII (Chantre y herrera escribe ya en el destierro), captó todo lo que había leído y lo que le contaron sus hermanos expulsos de los trabajos misioneros en la extensa cuenca del Amazonas. La obra, apenas editada tal como se indica en 1901, se refiere a las actuaciones comprendidas entre los años 1637-1767, y desde luego tiene un profundo matiz apologético. Anuario de Estudios Americanos 3. Florencia, Francisco de (S.I.), Historia de la provincia de la Compañía de Jesús de Nueva España... Con un estilo ampuloso y muy apologeta el padre Florencia nos ofrece, junto a la crónica del padre Andrés Pérez de Ribas, una de las pocas crónicas jesuíticas de los primeros años de estos religiosos en Nueva España. Desgraciadamente, solo se editó el volumen primero, que comprende desde la llegada de los jesuitas a la península de Florida, hasta la fundación del colegio máximo de la ciudad de México, en 1575. La obra, editada en 1694, se preocupa de las actuaciones de los misioneros, dejando al margen otros asuntos de interés. La Cruz, Laureano de, Nuevo descubrimiento del río de Marañón llamado de las Amazonas (1900). Nos encontramos ante la primera descripción de experiencias vividas en la navegación misionera del Amazonas. Aunque sea continuación de lo que nos había contado su hermano franciscano fray José Maldonado en su crónica caso homónima, el padre La Cruz nos recrea las misiones franciscanas entre los indios omaguas, con los que él trabajó más de tres años, así como el viaje del portugués Pedro Teixeira, que remontó el Amazonas desde Curupá, entre octubre de 1637 a junio de 1638. Era la primera vez que se efectuaba este viaje, y había quedado muy vivo en los interesados por la zona, aunque por motivos distintos. La crónica la redacta en Quito en 1651, aunque no verá la luz hasta 1900, tal como se indica en el enunciado. Mendoza, Diego de, Chrónica de la provincia de San Antonio de los Charcas del Orden de Nuestro Seráfico P.S. Francisco en las Indias Occidentales Reyno del Perú (1664). Aunque hay ciertas confusiones acerca de su fecha de edición, parece ser que la aprobación de Lucas Fernández de Piedrahita es de febrero de 1665, aunque no se ha podido saber por qué es él el que da la autorización para la edición (¿gobernador del arzobispado por entonces?). Es una de esos crónicas sin mucho valor, aunque ensombrecida aún más por la siempre imponderable de Córdova Salinas. Cuenta, sin embargo, con ciertas ventajas y es que en ella podemos encontrar datos informativos acerca de las misiones franciscanas del Paraguay, muy difíciles de conseguir. Ovalle, Alonso de, Histórica relación del Reino de Chile y de las misiones y ministerios que ejercita en él la Compañía de Jesús [2 vol.] (1645-1646). Es la edición completa, en español, de la crónica del mismo autor, cuya reseña hemos hecho, al tratar de la edición italiana, que aparece en el C.D. n.o 14, primer volumen de este edición. Remesal, Antonio de, Historia general de las Indias Occidentales y particular de la Gobernación de Chiapas y Guatemala: I (1964). De las distintas ediciones de esta conocida y manoseada obra, incluso en los años en que alcanzó a poder ser editada (1619), se ha elegido para ser ofrecida aquí la edición de l a B.A.E. de 1964, que es completa, porque debido a los avatares de su autor y de la obra, ha sido editada siguiendo pautas políticas del momento o intereses variopintos, lo que ha provocado que no se edite completa siempre. El lector va a encontrar aquí todo el proceso de conquista y ocupación, toda la metodología misionera del momento, toda la aplicación de la teoría lascasiana al uso, todos los posibles pleitos entre el clero secular y el regular, pleitos entre clérigos, secularización de doctrinas, etc. Es una de esas crónicas que fueron escritas en el fragor del momento, que no han perdido su frescor, pero en la que no debemos buscar datos y acontecimientos fidedignos. Hay que elevarse y ver las circunstancias elevadas a categorías. Esperemos que los usuarios de estas crónicas obtengan todo el provecho historiográfico que pueden aportarles y que todos los lectores disfruten con ellas, además de que puedan observar la ingente tarea que debió significar la labor de las ordenes en aquellos siglos y en todas aquellas tierras.-JOSÉ LUIS MORA MÉRIDA. Este libro, tan fornido como ágil, es el feliz resultado de una tesis doctoral de la Sorbona dirigida por Jean-Pierre Berthe. Tiene, por tanto, todas las características propias de las prestigiosas Thèses d'État: buena metodología, investigación rigurosa, amplitud de enfoque y minuciosidad al tiempo, manejo exhaustivo de las fuentes, acertada estructuración del tema a RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS Anuario de Estudios Americanos tratar y envidiable claridad expositiva. El estudio es tanto más importante para el lector español por cuanto que en él, aun dentro de una visión de conjunto, la autora, nieta del escultor republicano Ángel Agramunt, da prioridad en su estudio a los frailes mendicantes, en buena parte españoles durante los dos primeros siglos; es decir, a los normalmente considerados como "los malos del cuento". Se divide la obra en cuatro partes. En la primera, introductoria, se destacan varios rasgos comunes y característicos de "La Historiografía misionera": 1) se encuentra fragmentada en los diferentes puntos de vista de las diversas órdenes, con un gran peso, bien comprensible por otra parte, de la historiografía jesuita; es, pues, un "negocio de familia", que muchas veces se imbrica con el nacionalismo y las aspiraciones de la Santa Sede; 2) se orienta a los estudios biográficos, fundamentalmente de los fundadores, con un tono hagiográfico; 3) se funda sobre las crónicas de las diversas órdenes, las fuentes más citadas de la historiografía misionera, muchas de ellas escritas en el siglo XVII; 4) sigue dominada por el contencioso sobre la cuestión de los ritos. La segunda parte ("Leer las crónicas") está consagrada al estudio comparado de las crónicas, distinguiendo previamente entre "crónicas", "relaciones" e "historias" según sea su contenido y la posición del narrador (pág. 75). Se analiza su homogeneidad, la personalidad de sus autores (por regla general, religiosos que no estuvieron en China), la rivalidad entre las órdenes (dominada por el afán de ser la primera) y su interés por la edificación espiritual (comparándose aquí inteligentemente las vidas de los religiosos con las hagiografías medievales), que lleva a omitir toda realidad que atente contra este propósito edificativo; las crónicas, relacionadas con el género hagiográfico, pueden ser leídas como una narrativa mítica, como demuestra el análisis comparado, muy bien hecho por cierto, de varios relatos de fundación; y es más, el nuevo campo misional proporciona a las diversas órdenes la posibilidad de una refundación, de una confirmación de la antigua fundación de cada una de ellas. En la tercera parte ("Nombres y lugares") la autora somete a examen las fuentes manuscritas (cartas, etc.), aparentemente más fiables, pero también ellas tendentes a construir una narrativa hagiográfica. El estudio comparado de los efectivos misioneros lleva a tratar de los "catálogos" de misioneros, que tienen una poderosa dimensión ideológica. P. Girard concluye que, en el período que corre desde mediados del siglo XVI hasta 1716, a un total de 288 jesuitas corresponden 121 mendicantes: los frailes no suponen, por tanto, una cantidad ínfima en proporción con el número de jesuitas. En cuanto a la implantación geográfica de las misiones, la autora destaca la existencia de formas de cooperación entre las diversas órdenes, pero también señala la discreción de las fuentes sobre los lugares de evangelización. La cuarta parte, la más extensa y pormenorizada, está dedicada a "Los instrumentos de evangelización" en sentido lato, es decir, al estudio tanto de imágenes como de obras impresas. Frente a la profusión de textos, preferentemente escritos por los jesuitas (582 frente a 73 de los mendicantes), hay un déficit de imágenes (una importante colección de marfiles se conserva en el Museo oriental de Valladolid). Un hallazgo importante es el descubrimiento por parte de P. Girard de textos -transliterados o no a nuestro alfabeto-de evangelización en chino (libros de oraciones, catecismos, vidas de santos, diálogos de diversa índole, inventariados en págs. 491-503), muchos de ellos redactados por religiosos mendicantes, en especial franciscanos, lo que excluye que éstos hubieran basado exclusivamente su actividad misionera en una evangelización oral; hasta cierto punto es falsa, pues, la imagen del mendicante como entregado a la acción o a la meditación frente a la intelectualidad del jesuita, como quería H. Bernard-Maître. P. Girard hace una tipología general de las obras de evangelización por su contenido: 1) gramáticas y diccionarios; 2) glosarios; 3) obras de devoción; 4) compilaciones de oraciones; 5) vidas de santos; 6) reglas religiosas; 7) diálogos; 8) textos religiosos y catequéticos, la categoría más importante. P. Girard analiza a continuación la tipología de los catecismos en chino, así abreviados como extensos, como los atribuidos a Martín de Rada y a Miguel de Benavides, el catecismo dialogado de Juan García, los catecismos comentados y los que ella llama catecismos "filosóficos". La obra termina con la traducción del catecismo chino del franciscano Pedro de la Piñuela (reproducido anastáticamente en págs. 554-641) y un extenso comentario al mismo (págs. 325-453). Cierran el libro algunos textos, una amplia y preciosa lista de fuentes (traducidas sólo en parte del francés original), una extensa Bibliografía, un Glosario teológico y un índice de los principales misioneros. He encontrado algunas -pocas-erratas: "Betterlorden" (pág. 121, n. 91), el griego "kathchsiV" y "O Didaqué" por "a Didakhé" (pág. 247) "Indie Orientale" (p. Por lo demás, es de alabar la claridad de la impresión. En suma, se trata de una obra excelente por la que es justo felicitar a la profesora P. Girard, catedrática de la Universidad de Marne-La Vallée, quien, por cierto, acaba de publicar una fiel traducción del libro de Adriano de las Cortes (Le voyage en Chine d'Adriano de las Cortes s.j. ( 1625 El profesor Loureiro, a quien debemos otros dos estudios fundamentales sobre los orígenes y la historia de Macao (Em busca das origens de Macau, Lisboa, 1996 y Guia de História de Macau. 1500-1900, Macao, 1999), nos regala ahora este imponente volumen, que reconstruye de manera exhaustiva las noticias, las imágenes y las vivencias que la cultura de la expansión portuguesa tuvo de China a lo largo del siglo XVI; todo ello, con el rigor, claridad y maestría a que nos tiene acostumbrados. Tras unos extensos y eruditos prolegómenos ("Aproximaciones a China hasta 1508") Loureiro analiza en la segunda parte de su obra los "Primeros encuentros y primeras imágenes": la llegada de Diego Lopes de Sequeira a Malaca (septiembre de 1509) y su toma de contacto con los juncos chinos; la conquista de Malaca por Albuquerque (1511), un hito fundamental en el dominio de las rutas comerciales que conducían a China; el subsiguiente descubrimiento del litoral (el Caminho da China de Francisco Rodrigues, el primer rotero desde Malaca hasta los puertos del Celeste Imperio hecho por un europeo, basándose en fuentes malayas; el viaje de Jorge Álvares a Tamâo [1514], la expedición de Rafael Perestrelo ); el nacimiento de la imagen de China en los tratados de Tomé Pires y Duarte Barbosa, el escribano de la factoría de Cananor (que no debe ser confundido con el Duarte Barbosa que fue con Magallanes); el viaje de Fernando Pérez de Andrade (1517) y las peripecias de los portugueses en Cantón (1517-1518). En la tercera parte se estudian los "Encuentros y desencuentros con China (1518-1536)": el fracaso del viaje del "pomposo" Simón de Andrade (1519), el refuerzo de la presencia portuguesa en el Sudeste asiático y en el litoral chino ante la alarma suscitada por los preparativos del viaje de Magallanes, la embajada del boticario Tomé Pires y sus desventuras en Pekín (1518-1521), la expedición malograda de Martín Afonso de Melo (1522) y el restablecimiento de las relaciones con China (1527-1533); gracias a este nuevo intercambio comercial llegaron a manos de los portugueses las notabilísimas cartas de los "cautivos de Cantón" (Cristóbal Vieira, Vasco Calvo), algunos de ellos presos desde la embajada de Tomé Pires, que habría muerto en 1527 y no en 1524, como generalmente se acepta (pág. 343); en estas cartas se acaricia la idea de la conquista de China, el fantástico proyecto que volvería a alucinar la mente del padre A. Sánchez. La cuarta parte está dedicada a historiar las "Noticias, imágenes y vivencias de China a mediados del siglo XVI (1542-1556)", marcadas por la llegada de los portugueses al Japón y el comercio luso-chino. Son los años del asentamiento en Liampó (Ningpo), recordado nostálgicamente por Mendes Pinto, los años en que el mar de China comienza a poblarse de portugueses y hasta de españoles: un gallego, Pero Díez (pág. 377), se embarcó en un junco chino y escribió una relación sobre el Celeste Imperio; otro, Alonso Ramiro, llegó al Lejano Oriente en la armada de Ruy López de Villalobos (págs. 405, 428ss.). Es la época de los sueños misioneros de San Francisco Javier, muerto en el umbral de China, en Sanchoán (1552), la época de la descripción entusiástica de China en el De gloria de Jerónimo Osorio (1549) o en las obras de Barros y Castanheda, pero también de nuevos y dolorosos desencuentros: Galeote Pereira, otro cautivo (esta vez en Fuchou), nos dejó también él una notable relación de sus peripecias, al igual que el anónimo autor de la Enformaçâo trasmitida por el padre Nunes Barreto. El acuerdo con Leonel de Sousa y el aitâo de Cantón Wang Bo en 1554 marcan ya el comienzo de una nueva era, presidida por el interés mutuo en el desarrollo del comercio. R. Loureiro desbroza sabiamente de mitos los orígenes de Macao, subrayando el silencio de las fuentes en los primeros años del asentamiento, engrandecido de manera fulgurante por el auge del comercio con el Japón y la regularidad del tráfico marítimo con Malaca; tampoco, siempre cauto y prudente, se muestra proclive a aceptar otra leyenda grata y placentera, la estancia de Camôes en la ciudad del Nome de Deus. La obra se cierra con sendos capítulos monográficos sobre el Tratado das cousas da China del dominico fray Gaspar de la Cruz (Évora, 1569-1570), fuente de Bernardino de Escalante y de J. González de Mendoza, y la visión de la China que nos dio en su Peregrinaçao F. Mendes Pinto (Lisboa, 1614). En esta breve reseña no cabe dar cuenta de la riqueza de este libro monumental, archivo admirable y luminoso de cuantos conocimientos pueda hoy tener la ciencia sobre las primeras experiencias de los portugueses en China. La certera seguridad en el manejo de las fuentes lusas y la ecuanimidad del análisis apenas dan lugar para la discrepancia. Sólo cabe hacer algunas observaciones menores. La primera me parece interesante porque demuestra lo libresco de algunas de estas vivencias. En efecto, en un caso concreto se puede rastrear a mi juicio el origen de un tópico: me refiero al supuesto parecido físico de los chinos y de los alemanes, tema muy común en la historiografía portuguesa del siglo XVI (cf. pág. 208). Tan sorprendente afirmación aparece por primera vez en Girolamo Sernigi, según Loureiro (pág. 93). Creo, sin embargo, que se trata una vez más de un eco de la tradición clásica: Plinio el Viejo refiere en su Historia natural (VI 88) que los habitantes de la Taprobana (Ceilán) comerciaban con los Seres (= los chinos) y que éstos eran hombres de gran estatura que tenían el pelo rubio y los ojos azules: una especie de hiperbóreos, trasladados por analogía desde el Norte de Europa al Norte de la China; Plinio, extremando su misterio, inherente a los pueblos de la frontera, les atribuye el comercio "mudo" que también supone el Periplo del Mar Rojo (67) a los hombres de Zine (la primera vez que aparece el nombre de China), los Sínai de Ptolomeo. Ahora se comprende mejor, según creo, por qué don Manuel de Portugal calificó a los chinos en 1501 como "homens brancos e de cabelos louros e havidos por fortes". Me parece que aciertan los que, como Lach (cf. pág. 392, n. 26) y nuestros Corominas-Pascual (Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico, III, pág. 417 b 29), defienden el origen griego (typhôn) de la palabra tifón. Baste recordar que Pedro Mártir de Angleria usa precisamente ese término en sus Decades de orbe nouo (I 4 [Alcalá de Henares, 1530, f. 11v]) para introducir por primera vez en un impreso europeo una voz taína, huracán ("has aeris procellas uti Graeci typhones, furacanes isti appellant"). Es curioso que en chino se diga dai fung, que debe de ser un europeismo: ¿viene de ahí el inglés thypoon o viceversa? El vocabulario indica aquí el fuerte mestizaje de culturas. En pág. 100 discute Loureiro las fuentes de la traducción de Marco Polo de Valentim Fernandes. Hace algún tiempo, tras un análisis comparativo del texto latino impreso y de la traducción de Fernandes, pude concluir de manera tajante: "Fernandes utilizó un manuscrito [latino] mucho más depurado que la editio princeps de Ambe-res" (El libro de Marco Polo. Las apostillas a la Historia Natural de Plinio el Viejo, Madrid, 1992, pág. LX); no cabe pensar, por tanto, en la posibilidad de que Fernandes se sirviera de una versión alemana, como sugiere el autor (pág. 113, n. La monografía ejemplar de Rui Loureiro está dirigida preferentemente a los sinólogos y a los especialistas en la expansión portuguesa; pero su lectura también ha de resultar de lo más provechosa a quienes estén interesados por la historia de Filipinas. No en vano Manila fue la gran rival de Macao durante los dos primeros siglos de su existencia: el anhelo frustrado de los españoles fue establecer en la costa de China la escala comercial y misionera que habían logrado poner los portugueses en Macao; aquí se explica el éxito de unos y quizá, también, si se aviva el seso, se comprende el fracaso de otros.-JUAN GIL. Pérotin-Dumon, Anne; M.a José Cot (edición); Claudia Darrigrandi (coordinación general); Elba Peña y Carolina Pereira (diseño); Gilda Vera (asistencia de coordinación); Pablo Whipple (edición electrónica); M.a Soledad Zárate (asesoría); M.a Teresa Escobar Budge y Marie Thérèse Laurent (traducción): El Género en Historia, CD-Rom, Instituto de Historia, Universidad Católica de Santiago de Chile, Santiago de Chile, 2001. En el año 2000 se puso en línea, en el sitio web del Instituto de Historia de la Universidad Católica de Santiago de Chile [URL], un primer paso de este proyecto iniciado por la doctora Anne Pérotin-Dumon -francesa, autora de gran cantidad de artículos, ensayos, capítulos de libros y de dos importantes monografías Être patriote sous les tropiques y La ville aux iles, la ville dans l'ile, centradas en el Caribe colonial-, por entonces profesora visitante en el citado Instituto chileno. Se trataba de un sitio multifacético e interactivo, de nivel universitario, en lengua española, que quería abrir un panorama analítico de enfoques genéricos, principalmente en América Latina. Así se abría una extensa línea de participación entre especialistas, estudiantes e interesados en las cuestiones del género en la historia, visto como "un instrumento de reflexión, información y comunicación sobre un tema que revolucionó los conocimientos de historia en el último cuarto del siglo XX", tal como se indica en la contracubierta del CD-Rom. Anuario de Estudios Americanos 2001 ya se ofreció en la red la etapa inicial de un texto virtual dividido en tres partes, que hasta marzo de ese mismo año había recibido 3.400 visitas de más de cincuenta países, y en el tiempo transcurrido el equipo del proyecto El Género en Historia elaboró un CD con el contenido original de más de treinta artículos dedicados al análisis de diversos espacios sociales vinculados a esta temática, fechados desde la antigüedad clásica hasta el siglo XX. Este volumen virtual, ya convertido en un texto necesario sobre la historia del género, define las herramientas analíticas disponibles para escribir la historia desde esa perspectiva, ofreciendo además un material de lectura y la presentación de tendencias y estudios recientes sobre el tema realizados en Chile, al desarrollarse allí el núcleo del proyecto. El CD-Rom está dividido en tres partes, cada una de ellas con una introducción de la doctora Pérotin-Dumon, que suman más de dos mil páginas. La primera parte, "El género en historia: hitos y premisas", se divide en cinco capítulos (Feminismo y conocimiento, Historia de las mujeres, Género, Masculinidad, Análisis y perspectivas) y referencias bibliográficas finales, con unas 60 páginas. En ella se presentan los antecedentes y definiciones pertinentes, estudiando a la América Latina en relación con la historia occidental y los estudios genéricos dentro de un ámbito más amplio de las ciencias sociales. La segunda parte, la más extensa, con unas 1.800 páginas, recoge una "Antología de trabajos y fuentes", que incluye unas cuarenta obras seleccionadas, referidas a la historia de América Latina a partir del siglo XVI. A su vez, está dividida en cinco capítulos, cada uno de los cuales lleva una introducción específica de la autora-editora: Combates por la historia: Textos fundacionales; Género y relaciones entre hombres y mujeres; Vida, espacio, visión propia de cada género; Género e identidad social y Género y organización social. Entre otras, los textos incluidos llevan firmas conocidas y valoradas desde las ya clásicas como Isabel de Guevara o el cubano Cirilo Villaverde, varias referidas a la historia del género en el mundo occidental y africano y las más concretas sobre estudios latinoamericanos: Arrom, Bock, Lavrin, López Beltrán, Twinam, Mannarelli, etcétera, resultando en conjunto una valiosa información bibliográfica sobre el tema estudiado. La tercera y última parte (unas 250 páginas) lleva como título "La enseñanza y la investigación del género en historia: Lecciones y promesas en Chile" y, como ya se ha indicado, se concentra en el nuevo y activo campo que ofrecen en el país chileno esos estudios aplicados desde la ense-ñanza y la investigación. También se divide en cuatro capítulos: Enseñar el género en historia: Lecciones de una metodología aplicada (con sugerencias de cursos); Programas de los cursos (ejemplos concretos); Los primeros pasos de los estudiantes en la investigación (incluyendo 21 ensayos de éstos, referidos en su mayoría a Chile) y, como final, Una bibliografía: Historia y género en Chile (1985Chile ( -2000)). Después de esta importante aportación, la doctora Pérotin-Dumon ha pasado a integrarse en el Instituto de Estudios Latinoamericanos (ILAS) de la Universidad de Londres y en su nuevo centro de trabajo sigue promoviendo la actividad sobre El Género en Historia que, en marzo de 2002, ha reaparecido en una nueva versión virtual revisada y actualizada, ahora en la página web del citado Instituto londinense, www.sas.ac.uk/ilas, (Seminar, Workshops and Conferences) o directamente en http://www.sas.ac.uk/ ilas/genero_genero.htm, bajo la coordinación de Pérotin-Dumon y con la participación, como ayudante, de Kuldip Kaur. La propuesta es abrir nuevas líneas de investigación, conectar con otras páginas web y, en un futuro, editar nuevos textos en CD-Rom o incluso en un libro, para una mayor y más fácil difusión de los textos. Auguramos que la nueva andadura londinense de El Género en Historia continuará y mejorará la versión incluida en el volumen virtual que aquí comentamos. Enhorabuena y adelante.-M.a JUSTINA SARABIA VIEJO. La construcción de un imaginario de tierras lejanas en Europa requiere -aparte de tradiciones y mitos ya existentes-de informaciones adicionales. Esto fue también el caso de las relaciones entre América y Europa. La historiografía reciente ha señalado con todo detalle los orígenes medievales y clásicos de la imagen de América en Europa. Sin embargo, faltaba todavía un estudio que apuntara cómo, cuándo y en qué lugares se recibieron las nuevas informaciones sobre los terrenos ultramarinos, para que de viejos mitos y nuevas noticias se pueda haber formado un concepto de algo original que fue la imagen del Mundo Nuevo durante el siglo XVI. El trabajo pretende ofrecer una primera aproximación a esta problemática examinado por un lado la circulación de novedades a larga distancia y por el otro lado los medios de comunicación disponibles y empleados para esta tarea. El marco geográfico del estudio es el Imperio de los Austrias y sus zonas de influencia. Para el análisis de las redes de comunicación se escogieron distintas clases de noticias que corresponden a los principales capítulos del libro. Se trata de la distribución de informaciones sobre las primeras expediciones colombinas y su recepción e integración en un imaginario naciente hasta 1513. Un subcapítulo se ocupa de la difusión de imágenes geográficas por parte de la cartografía hasta la época de Ortelius y Mercator. La situación durante la segunda mitad del XVI se analiza mediante el estudio de la difusión de noticias sobre la expulsión de los franceses de la Florida en 1565 y sobre la expedición de Francis Drake al Caribe en 1586. El tercer capítulo de la obra trata de analizar la circulación de noticias que eran de interés permanente durante toda la centuria: la llegada de metales preciosos y los papagayos americanos descritos y pintados una y otra vez en Europa. A base de este análisis el estudio llega a la conclusión que hasta el final del reinado de Felipe II la Península Ibérica, sobre todo Andalucía y la corte castellana, mantuvo un monopolio en Europa con respecto a las noticias sobre el Nuevo Mundo. De este monopolio dependían, al menos hasta 1598, también los Países Bajos e Inglaterra. Esta situación se debía a que la mayoría de las informaciones sobre América circularon a larga distancia usando manuscritos, especialmente gacetas o avisos, cartas y despachos diplomáticos. Informaciones distribuidas por la imprenta llegaron mucho más tarde y con menos regularidad. Además, en su mayoría, las noticias eran mutiladas. Mientras que la Península Ibérica e Italia dominaron la red de manuscritos, los impresos -de escasa calidad informativase difundieron por las áreas del noroeste europeo. Es más, en su mayoría los impresos eran malas copias de previos informes manuscritos. Esto se puede observar especialmente en el caso de los avisos o gacetas manuscritas. Una red de copistas se ocupaba de distribuir estos manuscritos a un gran número de clientes en toda Europa. Algunas de las gacetas llegaron a imprimirse, o bien como folleto suelto o bien formando parte de compilaciones (como las "Meßrelationen" por ejemplo). Del estudio presentado se desprende pues, que durante el siglo XVI no hubo una sola imagen de América sino múltiples, que dependían de los medios de comunicación empleados y de las redes de circulación respectivas. Este trabajo no solamente contribuye a la historia de América en Europa, sino amplia además nuestra visión de la historia de los medios de comunicación dominantes en la época (como el libro, la carta y la gaceta manuscrita). Así nos permite, entender mejor el funcionamiento del sistema de la circulación de informaciones y novedades en el Europa del siglo XVI.-HORST PIETSCHMANN. diado en el caso de Hispanoamérica. Según él, este tipo de investigaciones facilita el estudio de los valores y actitudes de los diferentes grupos sociales frente a los valores establecidos por las instituciones políticas y establece así un vínculo entre historia del derecho y del estado por un lado, y la de la realidad socioeconómica por otro. Constata la existencia de mentalidades y sistemas de valores muy diversos para el caso de Nueva España y la omisión por parte del estado colonial de aplicar las normas por él establecidas. Los intentos de la burocracia ilustrada de superar el casuísmo jurídico fracasaron a causa de la realidad social compleja, lo que equivalía, en términos de Pietschmann, al "fracaso del estado moderno en Iberoamérica". En sus estudios sobre los proyectos del despotismo ilustrado en Nueva España llega, a pesar de lo ya expuesto, a una valoración positiva del "reformismo borbónico", hablando en términos de pensamiento político, no ya de lo realmente logrado. Subraya los rasgos modernos de los intentos de reforma de un José de Gálvez y de su "clan", responsables de una buena parte de los cambios llevados a cabo en esa época. Analizando el uso de términos claves como nación o individuo en el lenguaje de diversos políticos, Pietschmann hace resaltar la cercanía de sus conceptos a los del inminente liberalismo, acentuando así las continuidades entre estado colonial y estado independiente más que las rupturas generalmente constatadas para esta época. Sigue una amplia lista de publicaciones, que demuestra todo el espectro de la labor de Horst Pietschmann, ya que los trabajos sobre la historia mexicana sólo representan una parte, si bien la más extensa, de su obra hasta hoy realizada.-ALEXANDRA SCHMITT. Puig-Samper, Miguel Ángel (coord.): Alejandro de Humboldt y el mundo hispánico. La modernidad y la independencia americana. Número monográfico de Debate y Perspectivas. Alejandro von Humboldt y el mundo hispánico es, sin duda, un buen tema para inaugurar una nueva publicación que nace con la vocación de hacer ciencia entendida como reflexión, crítica y debate, ajena al ámbito académico institucional e, incluso, hasta donde es razonablemente posible, a su editora, la Fundación Histórica Tavera. La revista es monográfica y los temas son propuestos por los investigadores. Su coordinador, Luis Miguel García Mora, y el consejo de dirección se limitan a valorar la valía de las ofertas, lo mínimo imprescindible para poder sacar el proyecto adelante. Sus números, además, no pretenden cerrar el tema en si mismo, sino que son una invitación para participar en una discusión sobre sus contenidos en un foro abierto en la página web de la mencionada fundación, www.tavera.com. Debate y Perspectivas es un ejemplo de las posibilidades que ofrece la tecnología para debatir en libertad y por todos los medios disponibles, de cómo hacer una aportación al conocimiento de un problema sin querer decir la última palabra. La controversia está servida con la publicación de cada número. Hasta dónde puede llegar no depende de editores y responsables, sino de dónde guste todo aquel que tenga algo que aportar o el placer de disentir y acceso a un ordenador con conexión a internet. Para concluir con esta breve introducción sobre el continente del trabajo que nos ocupa debemos felicitar también a la dirección de la revista por el cuidado y brillantez de sus formas. Centrándonos en el tema en cuestión, en primer lugar, es oportuno reconocer que Miguel Ángel Puig-Samper es, sin duda, el hombre adecuado para coordinar el esfuerzo de hablar de Alexander von Humboldt y América. No es éste lugar para reseñar su obra, ni siquiera lo que ha escrito al respecto, basta decir, como ejemplo, que en 1998 editó junto a Consuelo Naranjo y a Armando García el Ensayo político de la isla de Cuba (Aranjuez, Doce Calles), que actualmente coordina una traducción de los diarios del científico prusiano y prepara una exposición sobre él. En lo que se refiere al monográfico de Debate y Perspectivas debemos señalar, además, que la selección de los autores se adecua perfectamente a la materia elegida que, por ser muy amplia, se ha limitado a algunos de los aspectos -modernidad, independencia, avance científico y esclavitud fundamentalmente-, que indiscutiblemente ocuparon un espacio vital en el pensamiento y trabajo de Humboldt en el Nuevo Mundo. En el debe del editor, no todo iban a ser parabienes, es de justicia mencionar también que tanto en la introducción como en el epílogo nos habría gustado encontrar más polémica. Los artículos, pues ese es precisamente el objeto de la revista, analizan y discuten diversos temas desde perspectivas teórico-metodológicas diferentes y, en algunos casos, llegan a conclusiones dispares en las que habría sido interesante abundar, refiriendo, además, su aportación al debate historiográfico. La introducción de Puig-Samper, "Alejandro de Humboldt en el mundo hispánico: las polémicas abiertas", cumple, sin embargo, los otros requisitos imprescindibles que se le suponen y dan fe del pensamiento e investigaciones del autor. Plantea dos problemas de debate en el estudio de la relación entre Humboldt y la América española, modernidad e independencia, con lo que justifica las razones de la elección temática específica del monográfico. Puig-Samper define el sentido de la modernidad en Humboldt a la manera propuesta por otro alemán, Jürgen Habermas: universalidad, interculturalidad y transdisciplinariedad y rigor y crítica en la presentación de los resultados científicos y, siguiendo tales pautas, analiza sus contactos y relaciones con las elites culturales de España y América con el fin de discutir la existencia de una modernidad -valga la redundancia-periférica al margen de la Ilustración española en los territorios que visitó en el Nuevo Mundo, así como su vinculación de los procesos de emancipación de los mismos. En el mismo sentido que el editor, Ottmar Ette defiende en el artículo, "Hacia una conciencia universal. Ciencia y ética en Alejandro de Humboldt", que el concepto de conciencia universal propuesto por el prusiano es complejo, valioso y destaca por su transcendencia visto desde la actualidad, en el contexto del reciente debate sobre la globalización, debido a su noción intercultural y transdisciplinaria del quehacer científico, lo que le permite integrar en un mismo corpus teórico y práctico las propuestas institucionales kantianas y la teleología hegeliana que -dice-se mostraba incapaz de explicar por si sola una realidad caracterizada por "modernidades divergentes". El concepto de modernidades divergentes de Ette se llena de contenido para el caso específico de la América española en el trabajo de José Luis Peset, "Alexander von Humboldt, héroe y científico en la independencia americana". El autor señala que la forja de una nación no radica sólo en un proyecto político, que en su trasfondo hay también elementos culturales, lingüísticos, éticos o científicos. Un entramado complejo, en fin, que en los países latinoamericanos se combinó con el debate entre lo propio y lo relativamente ajeno; esto es, con las influencias europeas. En tal entramado es donde, según Peset, debe situarse, entenderse y analizarse la obra del prusiano, particularmente sus contradicciones, fruto de una época de transición de la Ilustración al Romanticismo, que colaboró a transformar radicalmente como "gran difusor de los saberes y sentimientos modernos sobre el mundo americano". Se puede decir que los artículos reunidos Alejandro von Humboldt y el mundo hispánico se articulan en torno a tres propuestas diferenciadas, una estructura lógica y, aunque implícita, bien definida, pues incluso determina el orden con que se editan. Los de Puig-Samper, Ette y Peset, como hemos visto, analizan de manera global el pensamiento, la obra y el contexto intelectual y político del alemán y ofrecen claves para comprender su significado y trascendencia, pero también sus contradicciones. Los de Michael Zeuske y Frank Holl polemizan acerca de ellas y los de Sandra Rebok, Omar Moncada, Ingo Schwarz y Consuelo Naranjo se centran en aspectos más concretos. En el ensayo titulado "¿Padre de la independencia? Humboldt y la transformación a la modernidad en la América española", Zeuske contrasta el contenido de los diarios del alemán con sus obras publicadas y afirma que aquéllos permiten conocer mejor su trayectoria vital e intelectual, la cual sostiene, al igual que Peset, estuvo intensamente vinculada con los acontecimientos del mundo en el que se desarrolló. Esto explica que su posición frente a la independencia y la revolución en América variase a lo largo del tiempo hasta el extremo de que con el transcurso de los años puede ser considerado, primero, como un reformista; luego como un prócer de la emancipación y, finalmente, como defensor de un nuevo reformismo, específicamente aplicado al caso de Cuba, la última colonia española en el Nuevo Mundo junto con Puerto Rico. Dicha trayectoria aclara incluso -dice el autor-, que al final de sus días, desilusionado por los fracasos del racionalismo histórico y político-social, se interesase más por el cosmos. Frente a la imagen cambiante, circunstancial y práctica, aunque racional, que Zeuske ofrece de la trayectoria vital e intelectual de Humboldt, Holl, abordando la misma temática y con las mismas fuentes -sus diarios-defiende una tesis radicalmente contraria: la presencia de una nítida línea de continuidad. En "El científico independiente y su crítica al colonialismo", dice que tales diarios permiten afirmar la existencia de una arraigada posición anticolonialista, aunque coincide en el contraste entre ellos y la obra publicada, en la que aparece de modo poco explícito, desplazada por su interés en el redescubrimiento científico e ilustrado de América que centró su trabajo intelectual. El autor destaca también la escasa trascendencia que ha tenido el pensamiento histórico y político del prusiano debido, entre otras cosas, a la parca difusión de los citados diarios por razones esencialmente lingüísticas e insiste en la necesidad de remediar el proble-ma, tarea que, como señalamos, ha emprendido el editor del monográfico, Puig-Samper. La recepción del pensamiento y la obra humboldtiana en la prensa española, su trabajo geográfico y cartográfico, su relación con los Estado Unidos y sus ideas reformistas y abolicionistas son las temáticas específicas abordadas por los cuatro últimos trabajos de Alejandro von Humboldt y el mundo hispánico. Rebok analiza en "La percepción de las ideas de Alejandro de Humboldt en la prensa española durante la primera mitad del siglo XIX" lo que se publicó en los diarios de España acerca del alemán y destaca que el interés por sus trabajos científicos contrasta con la escasa recepción, comentarios y críticas que merecieron sus ideas políticas, seguramente debido a la propia disociación de ambas en sus escritos que señalaban Zeuske y Holl. Habría sido pertinente que la autora profundizase en ese hecho, en si precisamente pudo haber una intención explícita por parte de Humboldt en que tales ideas tuviesen poca repercusión en la metrópoli de los territorios acerca de los que estaba trabajando con un sentido eminentemente práctico, ya que requería autorización y respaldo institucional para realizarlo. También se echa en falta una contextualización del objeto de estudio dentro del debate historiográfico y una comparación con lo que se halla sobre el tema en los periódicos americanos, pero debemos señalar que el artículo es parte de una investigación en marcha que seguro resolverá estas cuestiones en el futuro. El estudio de Moncada, aparte de abordar un tema específico de la obra humboldtiana, trasciende el universo temático del monográfico, como dijimos, centrado en el debate acerca de la modernización y la independencia americanas. En este sentido, su inclusión es un acierto, pues recuerda al lector las limitaciones de lo que se ofrece y le invita a considerar otras perspectivas. En "La cartografía americana y el reconocimiento de un espacio propio" el autor nos presenta un Humboldt distinto del que analizan los demás estudios de la revista, aunque quizás más relevante, precisamente por su modernidad: el de la colección de mapas que elaboró acerca de los lugares visitados y que, además, se publicó, cosa que no ocurrió con los dibujados por las autoridades españolas. Dicha colección es la más importante y exacta del período colonial hispano y su edición dio a conocer en Europa y la propia América la riqueza de los territorios del Nuevo Mundo. Por esa razón y por el hecho de que tales mapas se acompañaron de un trabajo de análisis científico y fueron confeccionados en una fecha próxima a la emancipación, no es extraño el valor que tuvieron para las administraciones de las repúblicas formadas en la región. De hecho, aunque la obra del alemán ha sido en muchos sentidos superada, para la geografía sigue siendo el padre de la disciplina moderna. En "Refugio para una libertad razonable o vórtice cartesiano. Aspectos de las relaciones de Alejandro von Humboldt con los Estados Unidos de América" Schwarz analiza los contactos personales del científico prusiano con los Estados Unidos y su relación con ese país, fundamentalmente en lo que respecta a su apoyo a las fuerzas antiesclavistas, muestra de su decidida denostación de la esclavitud. El estudio es más proclive, pues, a las tesis de Holl que a las de Zeuske, pues insiste en la existencia de un eje central en su pensamiento político que no fue alterado en su esencia por las circunstancias; posición en la que coincide con las ideas defendidas por Naranjo en, "Humboldt en Cuba: reformismo y abolición", estudio que cierra el monográfico al margen de un epílogo de Puig-Samper y de una relación bibliográfica en la que se han unido todas las referencias utilizadas por los diferentes autores, magnífica idea que permite contar con un compendio de lo publicado acerca de los temas abordados. Naranjo examina el pensamiento antiesclavista de Humboldt en relación con su obra sobre Cuba, sus contactos en la isla y el impacto que en ella tuvo su trabajo, vinculado con la situación socio-económica de la Gran Antilla en ese momento, caracterizadas por una modernización dentro de los patrones del Antiguo Régimen, en la que fue calando el espíritu de la Ilustración. En este caso, la autora sostiene tesis más parecidas a las de Zeuske, pues afirma que dicho pensamiento partía de la base de que la esclavitud era, en ese contexto, la principal lacra para la referida modernización insular, ideas que coincidieron con las del llamado movimiento reformista cubano. En síntesis, pues, los trabajos reunidos por Puig-Samper en Alejandro von Humboldt y el mundo hispánico componen una lógica, bien estructurada y constructiva aportación al conocimiento de ciertos aspectos relevantes para el conocimiento de la vida y obra del científico prusiano en sus facetas intelectual y política y de la historia del período en que vivió, trabajó y escribió en y sobre América, cumple los requisitos de la publicación que lo alberga, aunque habría sido interesante una mayor potenciación del debate implícito en las contribuciones. Será, sin duda, un referente básico en el futuro dentro de la historiografía acerca de ambos temas.-ANTONIO SANTAMARÍA GARCÍA. Ribes, Vicente: Presencia valenciana en los Estados Unidos (ss. Valencia, Biblioteca Valenciana, Colección Historia/Estudios, Generalitat Valenciana, Conselleria de Cultura i Educaciò, Direcciò General del Llibre i Arxius i Biblioteques, 2001, 113 páginas. Los lazos históricos entre España y América se pueden abordar desde múltiples perspectivas, y el presente libro apuesta por un enfoque y un método bien claros. Centrándose en las conexiones entre Valencia y Norteamérica durante la época formativa de los Estados Unidos, pretende rescatar "la aventura personal y riquísimas biografías de un puñado de valencianos que... han ayudado sobremanera en la construcción del país más poderoso de nuestro mundo." (pág. 7). Sabido es que la presencia española en Norteamérica abarcaba vastos territorios. Desde el siglo XVI la exploración y penetración siguieron dos ejes fundamentales, uno desde el Caribe, y más concretamente Cuba, hacia Florida, las costas del Seno Mexicano y el sureste del continente, y otro desde México, que a su vez se resolvía en tres líneas de avance hacia Texas en el noreste, Nuevo México-Arizona en el norte, y las Californias y lejanas costas pacíficas en el noroeste. Luisiana, adquirida de Francia por acuerdo diplomático 'amistoso' de 1762, permaneció en manos españolas desde entonces hasta 1803. Desde la fundación en 1565 de San Agustín, el primer asentamiento europeo permanente en lo que hoy son los Estados Unidos, las fronteras septentrionales de las posesiones americanas de España conocieron épocas de expansión, de estancamiento e incluso de retraimiento. Sin embargo, gran parte del interés del libro de Vicente Ribes viene dado por la situación geoestratégica entre la declaración de independencia estadounidense de 1776 hasta el fin de la soberanía española en esta parte del mundo en virtud del tratado de cesión de Florida de 1819 y la declaración de la independencia mexicana en 1821. Efectivamente, España compartía con la nueva república americana unas larguísimas fronteras desde la costa atlántica al norte de San Agustín hacia el oeste, siguiendo una línea muy disputada con los americanos, hasta el río Misisipí, y de allí río arriba hasta sus fuentes y los Grandes Lagos. Es decir, españoles y estadounidenses se encontraron durante más de cuarenta años en unas amplísimas zonas de contacto, donde las oportunidades de interacción y conflicto se multiplicaban, tocando cuestiones muy variadas relacionadas con la diplomacia y los enfrentamientos armados, la navegación fluvial y el comercio, las siempre controvertidas relaciones con los pueblos indígenas, la propaganda y los intercambios culturales, y sobre todo el delicado mundo de las relaciones personales. El método elegido por Vicente Ribes para aproximarse a su objeto de estudio imprime carácter al libro. Se trata de una colección de biografías, algunas con detalles basados en una minuciosa investigación archivística y otras esbozadas con someras pinceladas, que nos acercan a las historias personales y familiares, a las experiencias humanas individuales de un elenco de personajes históricos unidos por el hilo umbilical de su orígen valenciano. Es un enfoque atractivo, no sólo para los investigadores y estudiosos más o menos impulsados por afanes académicos o genealógicos, sino para un público lector más amplio, a quien va dirigido preferentemente este libro. Estructurado a grandes rasgos según criterios temático-geográficos, el libro comienza con un precioso estudio de Juan de Miralles, agente español en Philadelphia para informar sobre la evolución de la guerra de independencia de los Estados Unidos, ofreciendo datos novedosos sobre sus vínculos familiares con Francia, su emigración y matrimonio en La Habana, su fortuna labrada en la trata de esclavos, sus anteriores servicios al gobierno español como agente de inteligencia comercial y militar, y sus relaciones con los revolucionarios americanos. Miralles se movía cómodamente entre alicantinos, franceses, habaneros, jamaicanos, ingleses de diversos puertos norteamericanos, francófonos de Luisiana y otros luisianenses, y estadounidenses. El relato de su vida pone de relieve sobre todo la importancia histórica de las redes familiares y las redes de contactos y asociados mercantiles, así como el carácter internacional de esas redes, arrojando al mismo tiempo luz sobre temas como la experiencia viajera y emigrante de comerciantes de Europa y América. La trayectoria vital de Miralles pone de manifiesto no sólo su facilidad de movimiento personal entre países y continentes, sino la capacidad de relacionarse entre las elites mercantiles de diferentes países, su talante para el entendimiento y la colaboración y el cosmopolitismo de su educación. Similares perspectivas ofrece la vida de Francisco Bouligny, militar de relieve en la historia de la Luisiana española, con participación en la guerra estadounidense, y autor de un importante informe sobre la provincia. Los datos que nos ofrece Vicente Ribes sobre la familia Bouligny, en parte y durante un tiempo, corroboran las impresiones sacadas de la biografía de Miralles, pero también muestran el lado más sombrío de la vida económica, poniendo en evidencia la fragilidad de las fortunas familiares mercantiles. No obstante, Francisco continuó las conexiones internacionales de su familia al casarse, recién llegado a Nueva Orleans, con una criolla francesa de familia acomodada, paso que le permitió rehacer su fortuna personal y le indujo a radicarse en este lugar. María de Borja, duquesa de Gandía, nunca estuvo en América, pero está firmemente vinculada a la expansión misionera de jesuitas y franciscanos en las fronteras noroccidentales de Nueva España, porque donó gran parte de su herencia al Fondo Piadoso de las Californias. Esta donación, la entonces inmensa suma de 62.594 pesos, engrosó un fondo, creado por la Compañía de Jesús y heredado por sus sucesores franciscanos, para fundar y mantener misiones. Con este dinero valenciano, pues, se erigió la misión de San Francisco de Borja en la Baja California, y se ayudó sustancialmente en la financiación de las misiones de la Alta California fundadas a partir de 1769. Entre los numerosos religiosos españoles y extranjeros que trabajaron en misiones u otros quehaceres eclesiásticos en Norteamérica, el libro nos recuerda al insigne franciscano Fray Antonio Margil de Jesús (c. El dominico Fray Luis de Sales (1745-1807) trabajó en las misiones bajocalifornianas de 1773 a 1790, fundando las de San Vicente Ferrer y San Miguel, y escribió varias obras sobre sus experiencias. En la región novohispana septentrional de la Pimería misionó el franciscano Antonio (de los) Reyes (1729-1787), quien llegaría a ser el primer obispo de los vastos horizontes de las Provincias Internas. Decidido promotor y organizador de la colonización y evangelización de estas Provincias, luchó contra infinitas dificultades, destacando por su crítica de los abusos cometidos contra los indígenas, y por sus denuncias de los graves problemas con que se enfrentaban los habitantes de estas remotas fronteras. Por último, el artista Tomás de Suria (1761-1840) nos dejó un tesoro de preciosos dibujos, su diario y otros documentos generados durante su servicio en la magna expedición científica de Alejandro Malaspina, realizada entre 1789 y 1794. La obra de Suria constituye hoy una valiosa fuente para la etnohistoria de las costas noroccidentales de Norteamérica. Sin embargo, nos dice el libro poco sobre la familia y educación de este dibujante etnógrafo, y tampoco parece aprovecharse el autor de la rica historiografía existente sobre la expedición de Malaspina, renovada en años recientes a impulsos de su bicentenario. Esta parquedad de datos sobre la formación de Suria y su vida antes de incorporarse a la expedición quizá pueda servir como ejemplo del carácter desigual de las biografías ofrecidas en el libro. Tampoco se trata de que el autor incluya hasta el último detalle de las vidas de todos sus biografiados, pero si el criterio de selección de datos es ese hilo umbilical valenciano que une a todos los personajes, parece razonable esperar una mayor atención a aquellos aspectos relacionados con la formación juvenil de cada uno: su familia, su educación formal y ambiental, sus experiencias vitales tempranas, sus amistades y asociaciones personales, en definitiva todo aquello que ofrecía Valencia a sus hijos y podía caracterizar a sus habitantes. Este comentario no tendría mayor importancia, sin duda, si no fuese por otra ausencia del libro. Me refiero a la falta de un capítulo final a modo de epílogo o reflexión, que una y dé sentido a las partes del libro. La inclusión, en el último párrafo, del mexicano Miguel Ramos de Arizpe resulta especialmente desconcertante, porque allí termina bruscamente el libro, dejando al lector con una sensación de haber alcanzado el fin de una lista, con el agravio añadido de no saber a ciencia cierta porqué se menciona a este personaje, cuyo vínculo con Valencia parece que se limita a que estuvo preso cuatro años en esta ciudad. Al final de esta obra se busca en vano una conclusión que revele y cumpla el propósito global del libro, reuniendo y subrayando las influencias netamente valencianas, en gustos, costumbres, cultura, gastronomía, canciones, topónimos, lengua, folklore, en suma, en estilo de vida o filosofía vital. ¿El estudio de los religiosos, soldados y comerciantes valencianos que pasearon por Norteamérica permite alcanzar alguna conclusión más allá de los casos individuales? ¿Se distinguían estos emigrados valencianos en alguna cosa de otros emigrados españoles? ¿Se puede trazar alguna conexión entre Valencia y Norteamérica como lugares periféricos? El libro nos sugiere que los emigrados procedentes de familias comerciantes mostraban una tendencia a aprovechar sus orígenes y contactos familiares valencianos, pero no plantea en qué medida influía en ello la propia naturaleza de su actividad económica o el período histórico en que se movían, en comparación, por ejemplo, con el comportamiento de los misioneros valencianos. En fin, también se observan algunas erratas tipográficas, de las cuales la más grave es el mal encaje de las notas al pie de las páginas 52 y 57, que han quedado cortadas. No obstante, en términos generales el libro resulta atractivo por su inclusión de un amplio aparato gráfico, diseñado para realzar el enfoque biográfico con numerosas ilustraciones fotográficas y repro-ducciones de documentos, que sin duda ayuda a cumplir el objetivo de acercar hacia esta temática a un público lector más amplio que el netamente académico.-SYLVIA L. HILTON. Durante la Guerra de los Treinta Años los Austrias forjaron una alianza entre Viena y Madrid que siempre fue difícil y nunca del todo unánime, ya que los «primos» de Viena tenían intereses bien distintos de los de Madrid. A pesar de este conflicto de objetivos Madrid mandó tropas y dinero para sostener la posición del Emperador en el Reich. Viena esperaba ansiosamente las remesas de metales preciosos americanos, y reaccionó con cierta desesperación al saber que los holandeses habían capturado parte de la plata en la bahía de Matanzas en 1628. La guerra también dio lugar a una gran contienda/disputa publicística en forma de pasquines y hojas volantes. A partir de 1618 el Reich conoció la segunda gran batalla de estos medios de comunicación; la primera fue la de la Reforma en torno a Lutero, en la cual España jugó cierto papel como enemigo, a saber la guerra de Esmalcalda. Si bien la historiografía alemana trabajó intensamente la publicística de estos treinta años (por ejemplo del papel del rey sueco Gustavo Adolfo) no se sabía hasta la fecha practicamente nada sobre la imagen del imperio español, aunque muchos pasquines atacaron a España ya en el mero título de la publicación. El libro reseñado aquí nos aporta toda una serie de novísimos resultados sobre la imagen del imperio español en esta guerra. Después de describir en los primeros capítulos las relaciones entre el Imperio español y el Reich así como las estructuras de la publicística y del público en Alemania en el siglo XVII, el autor nos ofrece el análisis de los puntos de discordia en la guerra propagandística (monarquía universal, la legitimación bélica, la contrucción de percepciones nacionales respecto al español y al alemán, la leyenda negra, la importancia de América para el público centroeuropeo). Ya que los españoles no reaccionaron apenas a las acusaciones en forma de pasquines y ya que los pasquines citan constantemente a los teólogos españoles de los siglos XVI y XVII (Suarez, Simanca, Riba-deneira, Mariana), Peer Schmidt dedica una sección especial a la publicística española en forma de libros. El autor no se limita a analizar tan sólo los aspectos superficiales de la leyenda negra, sino que el análisis de los pasquines le da lugar a penetrar en la discusión de la acusación más fuerte que los alemanes hicieron al español: pretender la monarquía universal. Para entender esta acusación Peer Schmidt se remonta hasta la época de Carlos V y de la guerra de Esmalcalda, donde ya se forjó una imagen negativa del español. A la vez analiza también los diferentes conceptos de lo que se entendía por monarquía universal en Europa, ya que el público alemán no sólo se enfrentó con publicaciones alemanas, sino que también llegaron pasquines desde "afuera". Con todo, el trabajo de Schmidt supera las fronteras del propio Reich, ya que llegaron textos desde Italia, Francia y -a partir de 1640-de Cataluña y Portugal a los lectores alemanes. Los alemanes la concibieron fundándose en la teoría de los cuatro imperios de Daniel. Esto no dijo mucho ni a los españoles ni a los franceses -los adversarios más activos en la guerra publicística en Alemania. Los españoles hicieron hincapié en la dimensión territorial de su imperio, mientras que los franceses se consideraban como maestros del equilibrio europeo. Fue el rey galo quien intentó restringir el mapa político a Europa, pasando por alto de las dimensiones marítimas de la política. En este contexto sí era importante la leyenda negra, pero no tuvo un papel primordial. Así Las Casas pierde un tanto su papel de protagonista en la formación de la imagen negativa española; es cierto que su "Brevísima relación" no se imprimió durante la guerra, pero sí se conservan ejemplares holandeses en muchas bibliotecas alemanas. No obstante, Schmidt nos revela un hecho algo sorprendente: en 1625 se publicó por segunda vez la "De regia potestate", publicada primero en Frankfurt en 1571. Schmidt nos informa que dicha publicación no se basa en Griesstetter, quien no fue ni secretario del embajador Dietrichstein ni trabajó como Asesor (Oidor) en el tribunal imperial (Reichskammergericht) de Speyer. La tantas veces citada introducción al texto no fue otra cosa que una astucia propandística frecuentemente empleada en la publicística: atribuir una obra a un autor que en realidad no tenía nada que ver con ésta. En suma, Peer Schmidt nos ofrece un panorama del pensamiento político europeo, preguntando constantemente por la dimensión atlántica y americana del discurso político respecto al Imperio español no sólo para la época de la Guerra de los Treinta Años, sino también para el siglo XVI. Por último, considero que este trabajo merecería una traducción al castellano.-HORST PIETSCHMANN. Szászdi León-Borja, István: Los viajes de rescate de Ojeda y las rutas comerciales indias. El valor económico del señorío del mar de los Reyes Católicos. En los últimos meses, la figura del adelantado conquense Alonso de Ojeda se está viendo perfilada con algunos trabajos que están poniendo de relieve la verdadera dimensión de este incansable navegante en los albores del Descubrimiento. A las antiguas publicaciones sobre este descubridor hemos de sumar ahora este interesante trabajo de István Szászdi, profesor de la Universidad de Valladolid, que se centra especialmente en las empresas comerciales de este marino castellano. Y particularmente analiza la expedición que, el 18 de mayo de 1498, partió del Puerto de Santa María, ofreciéndonos datos muy reveladores sobre la utilización por parte de Ojeda de las redes comerciales caribeñas, utilizadas desde tiempo inmemorial por los indios prehispánicos. El libro presenta un extenso y aclaratorio prólogo de Manuel García Arévalo, una breve introducción, cuatro capítulos y un breve apéndice documental. Los capítulos I y II deben entenderse como meras ampliaciones de la introducción inicial. Es en los capítulos III y IV donde el autor entra realmente en materia, haciendo interesantes y sugestivos comentarios sobre las actividades indianas del intrépido descubridor castellano. Ojeda, como tantos otros descubridores, aprovechó la experiencia que le proporcionó su temprana estancia en las Indias, durante los primeros años de la factoría colombina, para regresar a Castilla y solicitar una capitulación con la que llevar a cabo sus propios proyectos. La Corona, temerosa del creciente interés por las Indias de otras potencias europeas, se decidió a conceder estas licencias que definitivamente rompían el monopolio pactado con Cristóbal Colón. Y de hecho, el Almirante genovés no tardó en manifestar a la Corona su malestar por lo que consideraba un grave atentado contra sus prerrogativas, contenidas en sus capitulaciones. No obstante, está claro que detrás de los conocidos descubrimientos de Alonso de Ojeda, reconociendo las costas del golfo de Urabá y del Cabo de la Vela, había unos ávidos intereses económicos. Casi todos los descubridores fueron ante todo comerciantes y algunos incluso traficantes. La Corona lo sabía pero lo consentía con tal, primero, de obtener nuevos ingresos económicos, y segundo, de ver aumentada la expansión castellana. Por ello, la Corona se mostró muy permisiva con aquellos que, como Alonso de Ojeda, excedieron los límites territoriales contenidos en sus respectivas capitulaciones, adentrándose en otras demarcaciones, siempre y cuando -eso sí-supusiese un avance en el proceso de expansión. Precisamente, en 1503, Ojeda fue enviado encadenado a España por este motivo y, poco después, concretamente en 1504, fue absuelto de todos los cargos. La rápida absolución se vio sin duda favorecida por el hecho de que no se encontrara fraude en la entrega del quinto real de los beneficios. Había superado los límites de su capitulación pero al parecer se había mostrado respetuoso con los intereses económicos de la Corona; ésta se daba por satisfecha. Afirma Szászdi que, desde entonces, el navegante conquense se convirtió en el "modelo intrépido" de otros capitulantes con ansias de conseguir fama y dinero aun a costa de superar los límites de las concesiones que habían firmado. Como ya hemos dicho, el capítulo III nos parece el más enjundioso e interesante de todo el libro. El autor demuestra, a través de varias citas documentales, que Ojeda se sirvió de los indios para averiguar los "secretos de la tierra". De esta forma supo las rutas del comercio prehispánico, por donde habían circulado históricamente tanto el oro procedente de los placeres auríferos como las perlas y las esmeraldas. Hasta ahora teníamos constancia de la habilidad de los taínos para la navegación no solo de cabotaje sino también oceánica, pues conocíamos los contactos existentes entre las distintas islas. Concretamente, Fernández de Oviedo nos describió las canoas utilizadas por los taínos, algunas de ellas de gran tamaño, suficientes para realizar una travesía en mar abierto. Para ilustrar esta idea sirva como ejemplo un relato del dominico padre Las Casas: éste refirió, en su Historia de las Indias, que Cristóbal Colón, en su Segundo Viaje, se encontró con unos indios en una canoa que iban de la isla de San Salvador a la de Cuba "a dar nueva de los cristianos". Hoy en día pocos son los historiadores que dudan de la capacidad de navegación de los taínos antillanos mucho más allá de la mera navegación de cabotaje. También sabíamos que esta práctica de aprovechar las redes de comercio indígenas había sido puesta en práctica por los portugueses en África a lo largo del siglo XV. Sin embargo, en lo concerniente a su utili-zación en las Indias Occidentales no disponíamos hasta la fecha más que de referencias esporádicas. Teníamos constancia del uso de guías indígenas por Colón para orientarse por el mar Caribe (Adám Szászdi, 1995) así como del empleo de indígenas como intérpretes o lenguas. El gran aporte del autor de este libro consiste en haber demostrado, con pruebas documentales, que esta vieja práctica portuguesa, introducida por Colón, continuó utilizándose en lo sucesivo por los navegantes españoles. Colón lo aprendió de los portugueses y Alonso de Ojeda de Colón. Y se utilizó no sólo para orientarse geográficamente sino, incluso, para conocer los principales focos de extracción de metales y piedras preciosas. Ojeda, en su expedición, se dedicó a comerciar en las redes del circuito indígena, obteniendo guanines -oro fundido con aleación de cobre-esmeraldas -llamadas cibas por los indios-, palo brasil y esclavos. Y finalmente, en el capítulo IV, el autor defiende la utilización de una política de sigilo en los descubrimientos geográficos para evitar la injerencia de las potencias extranjeras. Una práctica conocida y utilizada desde la antigüedad y que los castellanos utilizaron con respecto al Caribe. En definitiva, se trata de un libro ameno, de fácil lectura -pese al abundante aparato crítico-y que además supone un aporte de primera mano para conocer el mundo de los descubridores que marcharon a América tras la estela dejada por Cristóbal Colón.-ESTEBAN MIRA CABALLOS.
La celebración periódica de mesas redondas se ha convertido en una actividad tradicional de la Escuela de Estudios Hispano-Americanos. Estas reuniones tienen como objetivo principal dar a conocer las investigaciones que realizan en el Archivo General de Indias de Sevilla distintos especialistas nacionales y extranjeros relacionadas con la labor americanista. De igual modo son invitados a participar aquellos investigadores cuya ocupación o conocimiento les hacen especialmente interesantes para la exposición de sus estudios y pesquisas. Las materias que suelen abordarse en estas mesas redondas abarcan un amplio y variado espectro, donde se comprenden no sólo temas históricos, sino también económicos, demográficos, sociales, etc. En la actualidad están coordinadas por el Dr. José J. Hernández Palomo y se celebran todos los martes a las 19:00 horas. Incluimos a continuación la relación de ponentes y títulos de sus disertaciones durante los últimos meses: Año 2001 -Dr. Carlos Ramos Núñez (Pontificia Universidad Católica del Perú). Fabricio Vivas Ramírez (Universidad Central de Venezuela). Enmanuele Amodio (Universidad Central de Venezuela, Caracas). El abastecimiento de agua en Caracas: poder, salud y religión (siglo XVIII). -Juan Carlos Guerrero Bravo (Instituto de Estudios Peruanos, Lima). Sendero Luminoso y la Izquierda legal en el Perú. -Dr. De salinas y caciques: la provincia de Tehuantepec en la época colonial.
Gudmund Stang (1933Stang ( -2002)), pionero historiador iberoamericanista de Noruega Gudmund Stang, con su inteligencia aguda y personalidad carismática, nació en Buenos Aires pero de ascendentes noruegos. Su padre Einar fue un artista notable. El joven Gudmund recibió una educación del modelo anglo-argentino. También fue miembro de la Iglesia anglicana hasta su fallecimiento. A Noruega se fue solo en 1951 para cumplir el debido servicio militar. Luego ingresó en la Universidad de Oslo para estudiar, ante todo historia, graduándose en 1962. Le interesaba en particular la teoría y los métodos de la historia y de las ciencias sociales. Al mismo tiempo logró obtener conocimientos impresionantes en filosofía, literatura, arte y música, sobre todo referentes a Escandinavia, Gran Bretaña y el mundo iberoamericano, las tres esferas "nativas" suyas. Fue como Profesor Asistente en Lo mismo que AHILA como tal, se dedicaría ante todo al período nacional. Trabajando juntos dentro de estas dos redes fue como nos hicimos colaboradores e íntimos amigos. En 1975 AHILA organizó un gran Congreso en la Universidad de Colonia sobre la historia de la emigración europea a Iberoamérica. Allí Stang presentó una ponencia sobre la emigración de los países escandinavos, una de las mejores, sin duda, de tantas que fueron presentadas, debido a su valor comparativo tanto en el contexto escandinavo como en el europeo. Stang tuvo la buena idea de estudiar, en particular un grupo de emigrantes de interés desarrollista especial, los ingenieros. Dedicaría más atención a este tema pero lo presentó solo en inglés y en forma multigrafiada (1989). Creo que merecería la pena su publicación en español. En otra reunión de AHILA en Varsovia en 1980 se trató de las imágenes que de Iberoamérica se han formado en los diversos países europeos. Otra vez, Stang presentó una ponencia de considerable valor comparativo. Lo hizo basándose en lo que los textos escolares noruegos decían al respecto en el curso del tiempo. Un año más tarde, AHILA tuvo una reunión en Estocolmo para discutir la importancia de los capitales, empresarios y obreros europeos para el desarrollo iberoamericano. Este temario se prestaba bien para la orientación investigativa perseguida por Stang. Su ponencia sobre un aspecto de las actividades de las empresas británicas en Iberoamérica y su política de personal, fue innovadora y substancial. En los años 1980 continuaba trabajando sobre diversos aspectos del proceso de la industrialización de los países iberoamericanos. Aunque Stang en sus clases trataba de abarcar incluso la historia precolombina y colonial y en su investigación enfatizaba el período de 1850-1930, nunca dejaría de vista los eventos contemporáneos y a veces concedió entrevistas al respecto. Dadas sus vinculaciones mentales con los dos países, el conflicto inglés-argentino en 1982 le resultó muy penoso. Atacó al gobierno noruego por haberse inclinado hacia el lado británico, pero en dos publicaciones informativas su actitud fue calma y objetiva; incluso ayudan a explicar el colapso argentino de hoy. Desde los años estudiantiles le gustaba el debate y con su mente lógica, a la vez que chistosa, resultaba un adversario formidable para los "revolucionarios" románticos de la época, adictos al "Che" pero menos versados en teoría marxista. Era también un conferenciante poco convencional, de mucho encanto y querido por sus estudiantes a quienes siempre acogió. En el ambiente universitario agradable de la Universidad de Trondhjem, Stang fue un personaje conoci- Anuario de Estudios Americanos do y muy activo. Pudo formar en cada generación un grupito estudiantil que optaba por trabajar sobre Iberoamérica o España. Hace tres años, sin embargo, fue atacado por una enfermedad mortal pero rehusó a rendirse. Aunque abatido, participó en 1999 en una reunión en Barcelona ofreciéndonos allí una ponencia excelente -sobre un tema nórdico, esta vez. Continuó con su trabajo hasta el final, aliviando así sus penas. En cualquier circunstancia, Gudmund Stang era un hombre valiente. He aquí un elenco de sus trabajos sobre Iberoamérica además de su última ponencia en Barcelona:
La Escuela de Estudios Hispano-Americanos (EEHA) de Sevilla, a lo largo de sus más de cincuenta años de dedicación a los estudios americanistas, ha venido apoyando la labor científica de todos aquellos profesores e investigadores que, para desarrollar su actividad, han debido permanecer en la ciudad hispalense. En este sentido, también la Residencia de la EEHA viene siendo desde hace tiempo un lugar de encuentro de muchos americanistas que acuden a su Biblioteca para consultar sus fondos y los del Archivo General de Indias. Siendo un objetivo de la Escuela el decidido apoyo a la investigación de calidad que se realiza en los países americanos y europeos, tanto por jóvenes post-graduados como por parte de renombrados investigadores, se acuerda convocar dos becas de estancia en su Residencia por un tiempo de seis meses de duración y otras dos por tres meses. Las becas incluyen el alojamiento, corriendo por cuenta del becario los gastos del viaje a España y su manutención. Requisitos y condiciones generales Los candidatos deberán ser extranjeros no residentes en España, y para optar a la beca deberán presentar la siguiente documentación: a) Solicitud para participar en esta convocatoria, dirigida a la Sra. Directora de la EEHA, especificando el período de tiempo que solicita. Se considerará también la posibilidad de conceder becas por períodos inferiores a los tres meses antes mencionados. b) Currículum vitae, con mención expresa de dirección postal de contacto, teléfono, fax y correo electrónico. c) Carta de presentación, en su caso, del director de la tesis doctoral, del director del proyecto de investigación a desarrollar en Sevilla o de un investigador reconocido que avale la solicitud. d) Proyecto detallado (máximo de tres páginas) del trabajo de investigación sobre Iberoamérica o Filipinas a realizar en Sevilla, ya sea en materia de ciencias humanas o sociales. En el caso de investigadores de acreditada valía se considerará con preferencia a los candidatos que vayan a impartir en la Escuela, paralelamente a su labor investigadora, algún seminario o taller monográfico dirigido a jóvenes licenciados, en cuyo caso deberán presentar un programa del mismo. e) Los candidatos de países no hispanos deberán acreditar un buen conocimiento del idioma español. Se considerarán con preferencia las solicitudes de aquellos países en los que sus investigadores tengan especiales dificultades económicas para afrontar una estancia prolongada en Sevilla. El período de disfrute de las becas semestrales será de mediados de enero a mediados de julio, y el de las trimestrales de mediados de septiembre a mediados de diciembre. En el caso de becas por períodos inferiores de tiempo, su disfrute siempre será dentro de las fechas anteriormente mencionadas. En todos los casos, la duración de las becas y las fechas de estancia serán fijadas por una comisión al efecto. La resolución de la presente convocatoria se hará pública a partir del 15 de noviembre de 2002 para las becas del primer semestre de 2003 y a partir del 15 de mayo de 2003 para las becas del último trimestre de este año. Podrá declararse desierta alguna o la totalidad de las becas si los candidatos no acreditasen, a juicio del jurado, méritos suficientes. Instituto Interuniversitario de Estudios de Iberoamérica y Portugal. Convocada la IX edición de la Maestría de Estudios Latinoamericanos que dará comienzo en octubre de 2002. Información: Instituto Interuniversitario de Estudios de Iberoamérica y Portugal, C/. Centro de Estudios de México en la Unión Europea (CESMUE) Fue creado el 20 de octubre de 2000 para contribuir a profundizar y consolidar las relaciones económicas, políticas, sociales, académicas y culturales entre México y la Unión Europea en el nuevo marco creado por la firma del Acuerdo de Asociación Económica, Concertación Política y Cooperación México-Unión Europea (23/III/2000). Entre sus múltiples actividades, de forma periódica: edita la revista DATAMEX. Análisis de coyuntura mensual sobre México (11 números al año); realiza el "Seminario permanente sobre la realidad actual de México", de frecuencia quincenal; ofrece servicios de análisis y asesoría dirigidos a empresarios y organismos públicos y privados de la Unión Europea y México; organiza reuniones especializadas y mesas redondas sobre los temas demandados por los distintos colectivos con la participación de prestigiados analistas, empresarios y representantes políticos. El CESMUE tiene el agrado de comunicar su nueva dirección de la página web. En ella podrá encontrar información mucho más detallada de todas las actividades del CESMUE. http://www.cesmue.com. Conferencia Científica "Estructuras agrarias y sociedades rurales en el Caribe, siglos XVI-XX" Con el propósito de dar continuidad al intercambio entre historiadores vinculados con los problemas de las economías agrarias y las sociedades caribeñas iniciado con el Simposio "Historia local y desarrollo económico rural en el Caribe", celebrado en la Biblioteca del Congreso de Washington, EE.UU., en abril del año 2000, el Instituto de Historia de Cuba, con el coauspicio de la Sección de Historia de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), convocan a la Conferencia Científica "Estructuras agrarias y sociedades rurales en el Caribe, siglos XVI-XX", que se celebrará en La Habana, Cuba, del 6 al 8 de noviembre de 2002. Organizados mediante paneles, los debates se desarrollarán sobre la base del siguiente temario: 1. Colonización europea y organización agraria. La apropiación de la tierra. Bienes comunales, ejidos y realengos. Tipología de los sistemas agrarios: plantaciones, haciendas, estancias y minifundios; su relación con los cultivos. Explotación de la tierra: modos y cambios de uso, tecnologías; la ciencia y el desarrollo agrario. La génesis de los capitalismos nacionales: agricultura y mercados. Los modelos azucareros en el Caribe. Las sociedades rurales: indios, sirvientes, engagés, esclavos, campesinos, jornaleros, braceros, colonos y terratenientes. La dimensión sociopolítica del problema agrario: oligarquías, empresariado y movimientos campesinos. Cultura y religiosidad en la población rural. Para cualquier información adicional, así como para el envío de las inscripciones y los trabajos, los interesados deberán dirigirse a: Dras. Mercedes García, Fe Iglesias, Gloria García o Lic. Conferencia "Estructuras agrarias y sociedades rurales en el Caribe, siglos XVI-XX" Instituto de Historia de Cuba. Amistad N.o 510, e/ Reina y Estrella. Coloquio internacional "La Violencia y el Mar en el espacio atlántico (siglos XII a XIX)" Facultad de Letras, Idiomas, Artes y Ciencias Humanas de la Universidad de La Rochelle (Francia). El coloquio pretende examinar los múltiples aspectos de la violencia marítima en el área atlántica (océano, mares cerrados o "anejos", ciudadespuertos y litorales), del siglo XII al siglo XIX, con dos principales objetivos: favorecer el diálogo entre especialistas de diferentes disciplinas interesadas por los campos de la historia del "hecho marítimo" (político, económico, social, jurídico, cultural, religioso, técnico, lingüístico, medio ambiental, etc.); y favorecer un enfoque comparativo del tema, tanto en el espacio como en el tiempo. Nos invita el tema del coloquio a un análisis dicotómico sobre, "Violencias del Mar y Mares de violencias", que permite abordar tanto las violencias del entorno marino como las que se revelan producidas por los hombres. Así, los interesados en participar podrán presentar trabajos en alguna de las temáticas siguientes: 1) vivir la violencia (navío, entorno marino): temores, silencios, ruidos, olores, ademanes, movimientos, sensibilidades. 2) violencia (espontánea, organizada) diariamente experimenta- Anuario de Estudios Americanos da, tanto a bordo como en el muelle: violencias verbales, violencias físicas, violencias psicológicas. 3) el "terrícola" (migrantes, viajeros) ante el Mar: imágenes de violencia, violencia de las imágenes. 4) prácticas, técnicas, mitos, leyendas, religiones, tradiciones populares: ¿cultura o culturas de la violencia? 5) administrar, canalizar, explotar la violencia: los poderes espirituales y temporales ante la violencia Propuestas de ponencias a los correos electrónicos: [EMAIL]; [EMAIL] Para mayor información dirigirse a: Nathalie Garreau. Correo electrónico: nathalie.garreau@ univ-lr.fr. Conferencia Internacional por el Equilibrio del Mundo El 28 de enero del 2003 se cumplirá el 150 aniversario del natalicio de José Martí, figura cimera de la historia americana, quien, por la universalidad de su pensamiento, su obra y objetivos de su proyecto políticosocial, es también una personalidad de trascendencia mundial. La celebración de esa efeméride, al tiempo que nos impulsa a hurgar en la historia, obliga también a pensar los desafíos de hoy a partir de la cosmovisión martiana, en la cual encontramos, sin dudas, un inmenso caudal de ideas para comprender mejor el mundo actual y trabajar por transformarlo en función de los intereses supremos de la humanidad. Colofón del programa de actividades que se están desarrollando en todos los países para recordar esa conmemoración, será la Conferencia Internacional por el Equilibrio del Mundo, que habrá de efectuarse del 27 al 29 de enero del 2003, en el Palacio de Convenciones de La Habana, cuenta con el coauspicio de la UNESCO, la Organización de Estados Iberoamericanos y numerosos organismos y organizaciones internacionales, universidades y otras instituciones. Este evento tiene como propósito reunir a intelectuales de las más diversas corrientes de pensamiento, disciplinas, instituciones y países, conjuntamente con estudiosos e interesados en la vida y la obra de José Martí, identificados por preocupaciones comunes derivadas de los problemas y retos que enfrenta la humanidad. Martí recogió en su obra lo mejor de la cultura de origen hispánico, lo reelaboró, le dio carácter americano y amplió su universalidad, a la vez que asumió como propia la autoctonía, las tradiciones y las culturas de las poblaciones aborígenes de América (incluyendo las del negro, llamado "indígena subrogado"), a las que identificó como partes sustantivas del ser latinoamericano y caribeño. Conoció, divulgó e integró los valores culturales de numerosos pueblos en los más diversos lugares de la geografía mundial. Estudió en Europa, vivió y trabajó en diferentes repúblicas de la América Latina y el Caribe, y pasó un largo destierro en los Estados Unidos, país que conoció y describió con profundidad que aún hoy asombra. Fue periodista, representante diplomático de naciones latinoamericanas, maestro y traductor. En ese peregrinar produjo una vasta obra literaria (poesía, obras de teatro, novelas, crítica literaria, crónicas, cuentos y narraciones para niños, discursos, un amplio epistolario y numerosos ensayos sobre los más diversos temas sociales, económicos y políticos) que lo confirman como uno de los autores cumbres de las letras hispánicas. A la vez, consagró su existencia a organizar y liderar las luchas para conquistar la independencia de Cuba y fomentar la de Puerto Rico, delineando la construcción de una República que, como él mismo afirmara, debía ser con todos, y para el bien de todos, lo cual sólo tiene sentido si se comprende en el contexto de otra de las sentencias que definen el sentido de su vida y su compromiso supremo con la justicia social: "con los pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar". La identificación de la cultura y la educación como componentes medulares de la identidad y el alma de los pueblos, hace del texto martiano un fuerte argumento en la batalla de ideas que se libra hoy; la lucha por la preservación del patrimonio y la diversidad cultural, la erradicación de la pobreza, la educación para todos y el libre acceso a la cultura universal, al decir de Martí, como una condición indispensable para ejercer la libertad. Célebre es su afirmación de que "ser cultos es el único modo de ser libres". Igualmente relevantes son sus tempranos pronunciamientos por el desarrollo económico con equidad y el cuidado del medio ambiente en pleno siglo XIX, cuando estas cuestiones apenas constituían temas fundamentales de preocupación para la humanidad. La Conferencia Internacional por el Equilibrio del Mundo se propone precisamente dar lugar a la más amplia reflexión y debate sobre estos temas, y aspira a contribuir a la conformación de un pensamiento que permita enfrentar los complejos y variados desafíos sociales del siglo XXI. El recuerdo de José Martí, con su amor por la Humanidad, su grandeza de ideales, su democratismo irreductible, su múltiple legado y la vigencia de su pensamiento, crea las condiciones propicias para ese empeño. Temáticas fundamentales de la conferencia -El proyecto de modernización globalizante -El conflicto Norte-Sur y la llamada recolonización "pacífica" del mundo -El Grupo de los 7 y los intentos de remodelación del sistema de dominación mundial -Las políticas económicas neoliberales y sus efectos -Los instrumentos de control y dominio del gran capital -El papel del capital especulativo y la crisis económica mundial -La supuesta defensa del medio ambiente como instrumento de exclusión tecnológica y comercial -Los reales peligros y afectaciones crecientes al medio ambiente y al elemento principal de éste: el ser humano. -Carácter y consecuencias de la política hegemónica de los Estados Unidos ante los desafíos que tiene la humanidad en el siglo XXI. Opciones ante estos desafíos. -El aumento de la polarización social y la restricción del consumo para las grandes masas -Las formas actuales de dominación sobre los sectores marginados: trabajadores, campesinos pobres y medios, mujeres, negros, pueblos indígenas y otros grupos. -La discriminación racial, la discriminación de los inmigrantes y la intolerancia religiosa. -La sobrevivencia ante los problemas del medio ambiente y los efectos de la globalización -Los conflictos de las identidades ante las tendencias homogenizadoras. -La práctica limitada y excluyente de los derechos humanos. -Las democracias restringidas y el mundo unipolar. -La exclusión en el acceso a las nuevas tecnologías y a la ciencia de punta. III.-Los desequilibrios en la cultura y en las ideas -Los instrumentos de dominación cultural: la homogenización -El totalitarismo informativo en la formación de la opinión pública -Las tecnologías y la ciencia como instrumentos mercantiles de dominación y exclusión -La creación artística y literaria como industria globalizada -La lógica del mercado y la ganancia maximizada como base del pensamiento único hegemónico -La deformación de la educación: exclusión, formación únicamente para el mercado y afirmación del pensamiento único. -Las acciones belicistas como política y el irrespeto a la soberanía de las naciones. La llamada intervención humanitaria. IV.-José Martí: figura histórica y literaria -Rescate y depuración de los textos martianos. La edición crítica de su obra. -Aportes realizados para el estudio de la vida de José Martí y la relación con las artes, la literatura, la pedagogía y sus contextos. -Análisis de su obra literaria. La renovación de la lengua y de las letras hispánicas. La transgresión de los géneros y estilos. La construcción literaria de la realidad. Letras nuevas para un mundo nuevo. -Martí y las literaturas no hispánicas. Los aportes martianos a la traducción. -El pensamiento literario y artístico y el sistema de la cultura. -Martí y la literatura cubana. -Recepción y universalización de su conocimiento y de su pensamiento liberador. La imagen de Martí en los medios de difusión. -Nexos de su ideario y cosmovisión con el pensamiento universal. -Esencia y vigencia del ideario martiano. V.-José Martí y el equilibrio del mundo -Búsqueda y construcción de una nueva utopía social -Crítica de la dominación transnacional y neocolonial -Derecho de las colonias a la independencia. El caso de Puerto Rico. -Rescate y recreación del humanismo y de la utopía socialista N OT I C I A S Anuario de Estudios Americanos -Democratización y pensamiento de emancipación -El derecho a iguales oportunidades: el acceso a la educación, a la cultura, a los servicios de salud, a la información. -El derecho a un desarrollo con equidad -Los valores humanistas: ética para la liberación y el desarrollo -José Martí y las acciones prácticas para el equilibrio del mundo: la lucha contra la globalización neoliberal, los movimientos de resistencia contra las hegemonías y contra las tendencias destructivas del medio ambiente. -José Martí, líder revolucionario. Papel de la ética, el derecho y la política en el siglo XXI. La cultura de hacer política. Superar el divide y vencerás y hacer prevalecer la idea de unir para vencer. -Identidad, civilización y universalidad, coordenadas por donde pasan las luchas económicas, sociales y políticas del mundo en el siglo XXI. -Necesidad y afirmación de un equilibrio en las relaciones internacionales basado en la paz, el diálogo y el respeto a la autodeterminación y la soberanía de los pueblos. La democratización del sistema internacional. Los interesados en participar en la Conferencia deberán enviar al Comité Organizador, antes del 5 de septiembre del 2002, el modelo de preinscripción. En este modelo se precisa la modalidad de participación. Los interesados en presentar ponencias o temas libres acompañarán el modelo con un resumen que no exceda las100 palabras y refleje la idea central de su trabajo. El Comité Científico de la Conferencia decidirá las formas de presentación de los trabajos propuestos, que incluirán exposición oral en sala o en forma de póster. Consultas y comunicaciones con los organizadores: Msc. Coordinación: Amy Turner Bushnell. Co-coordinadores: Jorge Pinto Rodríguez, Universidad de la Frontera, Chile, [EMAIL]; Margarita Gascón, Centro Regional de Investigaciones CRICYT Mendoza, Argentina, [EMAIL]; James Brooks, Universidad de California, Santa Barbara. Los estudios sobre las fronteras entre españoles y nativos en América Latina han sido abundantes y variados, tanto para el período colonial como para el republicano. Una tradición historiográfica nos lleva a los "Spanish Berderlands" y a la escuela fundada por Herbert Eugene Bolton en el siglo pasado, y que dio auge en USA a la reconstrucción de la frontera norte con sus presidios y misiones. Las fronteras de pasado hispano en Florida, Nuevo México, Califomia, han sido reconstruidas a partir del modelo boltoniano en su particularidad institucional, esto es, como presidios y como misiones. Pero también se ha revisado ese modelo a la luz de nuevas fuentes, de estudio de casos y de los aportes teóricos que han hecho prestar creciente atención al mestizaje, a los intercambios culturales, a las luchas por acceder a los recursos naturales, al rol de las mujeres y a los más amplios intercambios económicos regionales impulsados por el establecimiento de las fronteras en el período colonial y su posterior evolución en el siglo XIX. Historiadores norteamericanos y mexicanos desde el siglo XX han trabajado con propuestas teóricas y revisado fuentes documentales tradicionales. Igual de interesante es que han iniciado estudios comparativos entre esa frontera norte y la frontera sur, pero casi exclusivamente para el período colonial. Esta actitud, sin embargo, es un reconocimiento reciente de lo/as historiadore/as por determinar las especificidades y los elementos afines en los procesos de conformación y evolución de las fronteras inter-étnicas en las Américas, En el caso de la frontera sur, la frontera con Arauco, al sur de Buenos Aires, al igual que la frontera chichimeca, despertó el interés de historia- Anuario de Estudios Americanos dores y antropólogos tempranamente, desde los mismos cronistas españoles a las primeras historias nacionales del siglo XIX. En efecto, en Argentina y Chile, historiadores y antropólogos han reconocido la influencia de la frontera en la conformación de la identidad nacional en un proceso que arranca en los comienzos de la conquista, pero cuya proyección en el período republicano obliga a revisar y discutir constantemente los habituales cortes cronológicos basados en hitos políticos. Otros estudios sobre fronteras inter-étnicas en el Chaco, la Puna, las misiones, corroboran la necesidad de favorecer encuentros para debatir las dificultades y los logros en nuestro campo de producción historiográfica. Este simposio será un espacio para el debate y la elaboración de un balance sobre los temas, las fuentes y las teorías con las que estamos reconstruyendo nuestro conocimiento sobre las fronteras. -Simposio "Herejía, Idolatría e Inquisición en América". Coordinadores: René Millar Carvacho, Academia Chilena de la Historia, Chile, correo electrónico: [EMAIL], y Ana de Zaballa Beascoechea, Departamento de Historia de América, Universidad del País Vasco, España, correo electrónico: [EMAIL] Este Simposio pretende estudiar la religiosidad en sus vertientes heterodoxas, o consideradas como tales, tanto en el mundo urbano como rural y desde esa perspectiva adentrarse en la historia de las corrientes de pensamiento, historia social y de las mentalidades. Las fuentes principales son las generadas por el Santo Oficio en Indias. En cuanto a la Inquisición en América propiamente tal, el simposio busca que se profundice tanto en el estudio de los aspectos institucionales referidos a los diferentes tribunales, como a la actividad represiva y al análisis de las manifestaciones religiosas heterodoxas, ya sea desde una perspectiva genérica o casuística. Es bien sabido el enorme potencial que encierra la documentación inquisitorial para los estudios de mentalidad, pues bien, esperamos que al simposio se presenten trabajos que aunque no se refieran a delitos de inquisición sí toquen temas de religiosidad y mentalidad a partir de los papeles generados por los tribunales del Santo Oficio. Los indios que habían permanecido bajo la jurisdicción del Santo Oficio en el período denominado en Indias pre-inquisitorial (1519-1569), quedaron exentos cuando se erigieron los tribunales del Santo Oficio (1569). Desde entonces la Inquisición no pudo vigilar ni castigar los delitos contra la fe de los indios, que quedaron bajo la jurisdicción del Ordinario. Los obispos, ayudados en ocasiones por el clero regular o secular, vigilaron la heterodoxia indígena, principalmente la vuelta a sus antiguas creencias, las idolatrías. En este simposio se pretende profundizar, a través de las crónicas y de la documentación episcopal, en el estudio de esta actividad con todas las posibilidades que ofrece: mentalidades, religiosidad, represión, actividad institucionalizada, relación con la Inquisición, etc. Tanto la documentación inquisitorial, la de los archivos eclesiásticos relativa a los indígenas, así como las crónicas sobre la persecución de idolatrías, son fuentes privilegiadas para estudiar la sociedad, pensamiento, mentalidades y creencias tanto de la sociedad criolla como de la población indígena; así mismo, debido a los conflictos entre los obispos, la Inquisición, y las autoridades civiles esta documentación se convierte en un medio para ampliar los conocimientos sobre el Santo Oficio en Indias y sus relaciones con las otras instancias de la sociedad virreinal. El ámbito de la heterodoxia ha atraído a muchos investigadores en los últimos años en los que se han planteado nuevas metodologías y fuentes para su estudio. Es, por tanto, un área privilegiada para los análisis multidisciplinares desde la que podrían analizarse cuestiones como estas: Inquisición en América: aspectos institucionales (organización, finanzas, conflictos de competencia, relaciones con otras instituciones y autoridades, etc.), actividad represiva (tendencias y delitos). Inquisición en América: Religiosidad y mentalidad de la población no indígena a través de los papeles inquisitoriales. Idolatrías indígenas: religiosidad, mentalidad y asimilación de las nuevas formas sociales. La persecución de idolatrías: ¿Institución o actividad improvisada? ¿actividad eclesiástica-civil, o únicamente eclesiástica? 5. Corrientes historiográficas y metodologías -Simposio "Ciencia, Salud y Sociedad en América Latina y El Caribe, siglos XIX y XX". Coordinadores: Gilberto Hochman, Investigador de la Casa de Oswaldo Cruz, correo electrónico: [EMAIL], María Silvia Di Lisia, Facultad de Ciencias Humanas, Universidad Nacional de la Pampa, Argentina, correo electrónico: [EMAIL], Adrián Carbonetti (Investigador del Centro de Investigaciones de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la U.N.C., Argentina, correo electrónico: [EMAIL], y María Soledad Zárate C., Candidata a Doctora en Historia, P. Universidad Católica de Chile, correo electrónico: mzarate@ puc.cl. La historia de la salud, y de las enfermedades que involucra también la historia social de la medicina es un campo dentro de esta disciplina que, si bien no ha sido trabajado desde mucho tiempo atrás, hoy tiene una presencia permanente dentro de la historia del sub-continente y ha experimentado un desarrollo importante a través de la conformación regular de reuniones en distintos congresos, simposios, la publicación de libros, generando un constante contacto entre distintos historiadores de América Latina y otros continentes. Este simposio pretende reunir trabajos de investigadores del continente americano y de otros países que estén interesados en el análisis de los procesos de salud y enfermedad en América Latina y el Caribe durante los siglos XIX y XX y su correlación con factores de carácter social, político, económico y cultural, que a su vez están relacionados con la historia social de la ciencia en general y la medicina en particular. Además estos trabajos ponen de manifiesto la concordancia entre los procesos de institucionalización de las ciencias médicas, la conformación de nuevos discursos y prácticas médicas a partir de las nuevas concepciones acerca de la enfermedad, de la salud, del cuerpo humano que se desarrollan en forma acelerada en las últimas dos centurias y su impacto en la sociedad. A su vez, y en relación a lo expuesto se pretende analizar las intervenciones estatales, en los diferentes momentos y países de América Latina y el Caribe, en la elaboración de políticas destinadas al combate a las enfermedades en general y las epidemias en particular y la conformación de la salud pública como un aspecto de importancia fundamental para el desarrollo de las sociedades. El simposio estará organizado en 4 sesiones de dos horas de duración cada una (tentativamente con 6 (seis) ponencias y un comentarista ) que tratarán las temáticas que se detallan a continuación y que se encuentran, lógicamente, interrelacionadas: 1) Enfermedad y procesos de exclusión-inclusión social durante los siglos XIX-XX. 2) Las epidemias en la historia de América Latina y el Caribe entre los siglos XIX y XX 3) Percepciones médicas y populares acerca de los procesos de salud y enfermedad en América Latina y el Caribe durante los siglos XIX y XX. 4) La intervención del Estado en los procesos de salud -enfermedad en América Latina en el Caribe siglos XIX y XX. Los resúmenes serán recibidos hasta el 1o de septiembre del año 2002, dichos escritos no deberán exceder las 800 palabras ni ser inferiores a las 600 palabras. La fecha límite de la aceptación de las ponencias será hasta el 31 de Noviembre de 2002. Los abstracts deberán ser enviados a las siguientes direcciones electrónicas: [EMAIL] o [EMAIL] -Simposio "Historias de tierra adentro. Historiografía local y regional en las Américas. Coordinadores: Dr. Pablo Serrano Álvarez, Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, correo electrónico: [EMAIL]; [EMAIL]; [EMAIL]; Dra. María Eugenia Romero Ibarra, Facultad de Economía, UNAM, correo electrónico: [EMAIL]; Dr. Raymond Buve, Universidad de Leiden, correo electrónico: [EMAIL] La historiografía local y regional en América Latina ha estado en boga durante los últimos treinta años. La renovación historiográfica ha sido destacada, rompiendo con las historias nacionales, patrias, centralistas y oficialistas en la gran mayoría de los países. Los historiadores, principalmente, han sido los actores principales de esa renovación, en muchos casos influenciados por las corrientes historiográficas europeas. Las líneas de investigación han favorecido la renovación en las historias económicas, sociales, políticas, culturales, territoriales, jurídicas, por lo que la producción historiográfica profesional ha permitido el conocimiento y la reinterpretación de las historias desde adentro, desde la provincia y las regiones constituyentes de las historias nacionales. La revisión actual de la historiografía local y regional se impone como un alto en el camino, pero también para visualizar las amplias perspectivas de investigación que se abren para este tipo de historiografía en el futuro, mediante nuevas metodologías, interpretaciones, temas y enfoques, rompiendo con el cerco de los oficialismos nacionales y las homogeneidades. El Simposio "Historias de tierra adentro" se concentrará en el análisis historiográfico local y regional de distintos países, sin caer en la narración de historias de esas características, Anuario de Estudios Americanos manteniendo el abordaje interpretativo y de análisis de la producción historiográfica. La organización del Simposio se basará, principalmente, en una convocatoria abierta, para lograr la participación de especialistas de Europa, América y otros continentes que se aboquen al análisis historiográfico que se pretende. -Simposio "Cultos Religiosos Populares en América Latina Coordinadora: Eliane Tânia Martins de Freitas, Universidade Federal do Rio Grande do Norte/Universidade Federal do Rio de Janeiro, Brasil, correo electrónico: [EMAIL] Vice-Coordinadora: Eloísa Martín, correo electrónico: [EMAIL] Proponemos un simposio sobre cultos populares, en particular aquellos no formalmente ligados a una institución eclesial: santificaciones locales/regionales no siempre reconocidas por las jerarquías eclesiásticas; tumbas sagradas de personas anónimas o famosas; lugares asociados a eventos míticos y convertidos en sagrados por una fe popular que hace de ellos objetos de cultos y peregrinaciones. Fenómenos, en fin, de una religiosidad "menor", discreta, cotidiana y, sobre todo, local. Existe una amplia literatura, especialmente en el campo de las Ciencias Sociales y la Historia, sobre fenómenos religiosos populares. Sin embargo, poco se ha escrito sobre aquellas manifestaciones menores, sobre su lugar y sobre el alcance de sus significados posibles en el ámbito de la vida comunitaria o regional. Por ser menos formalizados y menos elaboradas por códigos académicos o eclesiásticos, estas pueden convertirse en un espacio de mayor libertad de acción y pensamiento, de invención y reelaboración de signos religiosos oficiales. Pueden ser un rico canal para que se produzcan metamorfosis de los discursos y prácticas religiosas oficiales. Este fórum pretende ser un espacio de encuentro y discusión con colegas de diversas nacionalidades y perspectivas teórico-metodológicas. Nos interesa, especialmente, pensar en la repercusión y controversia que estos cultos populares generan entre los agentes del campo religioso, así como las diversas representaciones que, en torno de ellos, se tejen en la opinión popular y en los medios de comunicación y cómo van siendo transmitidos de generación en generación, aún cuando, muchos de ellos, no sean parte de un calendario religioso oficial. Además de preguntas de cuño etnográfico, proponemos que este simposio se un espacio privilegiado para una revisión teórica y un balance de la bibliografía sobre religiosidad popular. Primer Congreso Sudamericano de Historia. Instituto Panamericano de Geografía e Historia. Santa Cruz de la Sierra (Bolivia), 20-22 de agosto 2003 El Primer Congreso Sudamericano de Historia nace como una iniciativa y resolucion de la XV Reunión de Consulta de Historia del IPGH (Bogotá, octubre 2001), que estimula la celebración de congresos regionales en nuestro continente. Simultáneamente se realizarán en la misma ciudad la Reunión Técnica de la Comisión de Historia y el V Simposio Panamericano de Historia. Este Congreso desea ser un foro donde intelectuales y académicos presenten visiones actuales y renovadas de los procesos históricos de nuestras regiones, con el fin de fortalecer lazos entre personas, instituciones y países, e invitarlos a desarrollar colaboraciones de carácter nacional y continental a fin de enriquecer y matizar la historiografía sudamericana en su conjunto. Sus objetivos fundamentales son: a) Abrir un espacio de difusión, intercambio y debate donde investigadores y estudiosos presenten los avances y resultados de sus investigaciones históricas en los diferentes áreas temáticas e interdisciplinarias, resaltando las nuevas aproximaciones a la historia. b) Promover la integración académica y de investigación entre instituciones y/o grupos dedicados al estudio de la Historia de Sudamérica. c) Promover el intercambio entre científicos, de material bibliográfico, nuevas tecnologías, teorías y procesos de enseñanza de la Historia de Sudamérica y del resto del mundo. d) Analizar, valorar y difundir los aportes de los avances de investigación en el conocimiento científico continental. e) Integrar en la temática del Congreso y en el análisis de la Historia de Sudamérica los nuevos avances científicos y tecnológicos. Las áreas temáticas que abarcará serán las siguientes: 1. Nuevas aproximaciones a la historia de la época colonial. Historia social y de género 4. Historia cultural intelectual y del arte. Enseñanza de la Historia en la Educación Superior. Arqueología, antropología y Etnografía. Archivos, Bibliotecas y Centros de Estudios Históricos. La comisión organizadora y la comisión académica están compuestas por las siguientes personas: Dr. Ing. José Luis Tellería-Geiger (Presidente Sección Nacional IPGH-Bolivia, correo electrónico: [EMAIL] Anuario de Estudios Americanos net.bo), Dra. Clara López Beltrán (Comisión Nacional de Historia IPGH-Bolivia, correo electrónico: [EMAIL] ), Lic. Ramiro Palizza Ledesma, correo electrónico: [EMAIL] ), Dr. Gustavo Prado (correo electrónico: [EMAIL] ) y Dr. Hernán Asdrúbal Silva (Argentina, correo electrónico: [EMAIL] ) Pueden proponerse simposios dentro de las áreas temáticas hasta el DICIEMBRE 2002, presentando el tema, claramente formulado, acompañado de una descripción de unas 200 palabras. Los simposios podrán tener hasta un máximo de ocho ponentes y uno o más coordinadores. Ellos serán los encargados de la organización conceptual y formal del bloque, de proponer la línea temática, elegir a los participantes y contactarlos. También componer el programa general y detallado del simposio y dirigir las sesiones. La aceptación de los simposios estará a cargo de la Comisión Académica del Congreso. Las propuestas de simposios y la solicitud de mayor información deben dirigirse a: Ramiro Palizza Ledesma, IPGH-Bolivia c. XI FIEALC: Globalización en América Latina, Asia y Oceanía Osaka, septiembre 2003 La Federación Internacional de Estudios sobre América Latina y el Caribe (FIEALC) convoca a su decimoprimer congreso a realizarse en Osaka, Japón, bajo los auspicios del Japan Center for Area Studies del Museo Nacional de Etnología, del 24 al 27 de septiembre del 2003. El tema central se titula: Experiencias y Perspectivas de la Globalización en América Latina, el Caribe, Asia y Oceanía. Se pretende reunir a un importante número de americanistas para reflexionar sobre cuestiones tan significativas como: 1. La globalización y sus fenómenos a través de una visión latinoamericanista; 2. Consecuencias de los avances científicos, informáticos y tecnológicos; 3. Desarrollo, crisis y reformas económicas, crecimiento sostenible y medio ambiente; 4. Movimientos sociales, conflictos étnicos y relación de géneros; 5. Cambios sociales y demográficos, urbanización y migraciones internas e internacionales; 6. Democratización, crisis y reformas políticas, gobernabilidad y estado de derecho; 7. Nuevas tendencias en las relaciones internacionales y la integración regional; 8. Hombre y cultura: arte, folklore, lengua y literatura ante la globalización; 9. Educación en la época de globalización; 10. Nuevas agendas regionales y universales. Informes e inscripción en http://www.pac.ne.jp/fiealc2003/. Este dominio, que podrá consultarse en español e inglés será el principal canal de inscripción y comunicación. Consultas especiales, solo en casos urgentes o en representación de instituciones, pueden dirigirse al Prof. Yamada Mutsuo, Presidente del Comité Organizador, correo electrónico [EMAIL] Coloquio Historia de género y de las mujeres en México El segundo coloquio sobre "Historia de género y de las mujeres en México" tendrá lugar en Guadalajara, del 5 al 7 de Septiembre de 2003. El coloquio tiene dos objetivos principales: a) Ser un foro para presentar y discutir la nueva investigación que emplea los avances teóricos y empíricos sobre género al estudiar la historia de México y b) Promover y fortalecer los vínculos de una comunidad internacional de estudiosas(os) dedicadas(os) a la investigación sobre las experiencias de las mujeres y los temas de género en México. Al usar los lentes analíticos de género, el coloquio enfrentará el vacío de esta perspectiva de análisis que aún caracteriza a la historiografía mexicana. Entre los temas que el coloquio examinará están los siguientes: Las complejas relaciones entre clase, género, raza y etnicidad en tanto categorías de análisis. Las distintas maneras cómo las ideas sobre el género constituyen, a la vez que están determinadas tanto por movimientos sociales y políticos, como por ideologías sobre la cultura, la familia y la religión. Las construcciones y significados históricos sobre la feminidad, la masculinidad y la sexualidad a través de diferentes periodos y regiones. El género como un componente del nacionalismo, la creación de instituciones y la formación del estado. Anuario de Estudios Americanos 5. Las relaciones entre género, violencia y derechos civiles, políticos y humanos. Las influencias transnacionales en los patrones de belleza, las concepciones sobre la salud, y el bienestar, la creación de la cultura de consumo masivo y las concepciones populares sobre lo tradicional y lo moderno con respecto al género. Por medio de perspectivas históricas convencionales e innovadoras -y a través de presentaciones formales, mesas redondas y reuniones informales-este coloquio avanzará en los estudios teóricos y la investigación empírica para cuestionar los usos del género en el análisis histórico, las periodizaciones convencionales así como las conceptualizaciones de mujeres y hombres en tanto actores históricos. Información: M.a Teresa Fernández Aceves, [EMAIL] Miscelánea de congresos, simposios, reuniones científicas, etc. -XV Coloquio de Historia Canario-Americana. En esta ocasión el Coloquio estará vertebrado en torno a una cuestión central "Franquicias versus fiscalidad en la Historia de Canarias". Al mismo tiempo, habrá un Seminario especial con motivo del VI Centenario del inicio de la Conquista Señorial (1402). Ello no excluye la admisión de comunicaciones sobre otros temas sobre Historia Económica, Historia Social, Historia Política e Institucional, Arte, Historiografía, Geografía, estudios sobre la Mujer, etc. Información en el correo electrónico: [EMAIL] -La Sociedad Latinoamericana de Estudios sobre América y el Caribe (SOLAR) convoca a su VIII Congreso "El Caribe, antesala del nuevo mundo" a realizarse en Trinidad y Tobago del 8 al 13 de octubre de 2002. Información e inscripciones: Dr. Lancelot Cowie, lancelotcowie@ yahoo.com, [EMAIL] y www.community.wow.net/ solar/. -Convocatoria del Seminario "Fronteras: territorios y metáforas". Organizado por el Instituto de Estudios Regionales de la Universidad de Antioquia, INER y el Grupo de Investigación en Fronteras.
Durante la segunda mitad del siglo XVIII, junto a los cambios estructurales generados por la empresa reformadora de los Borbones, aparecieron nuevos mecanismos de control social, que pretendían sujetar a los individuos con miras a asignarles un lugar dentro de un anillo de instituciones civiles de carácter persuasivo, preventivo y/ o coercitivo. Este artículo indaga las características que aquellos mecanismos asumieron con respecto a la mujer en Córdoba del Tucumán bajo la gobernación de Rafael de Sobremonte a partir de 1785. Débiles, malas y lascivas en América colonial Los españoles difundieron en América el discurso jurídico y las representaciones culturales de género vigentes en España, concibiendo prácticas 1 Este trabajo forma parte de una investigación mayor; en rigor, mi tesis doctoral titulada: "La Mujer frente al derecho penal castellano indiano en Córdoba del Tucumán. Facultad de Derecho y Ciencias Sociales. Universidad Nacional de Córdoba. Asimismo es producto de mi actividad académica como investigadora del Centro de Investigaciones de la Facultad de Filosofía y Humanidades, Área de Historia (Universidad Nacional de Córdoba, Argentina), y del Programa "Estructuras y Estrategias Familiares de Ayer y de Hoy". Centro de Estudios Avanzados, de la misma Universidad. sociales excluyentes y discriminatorias que llevaban a fortalecer la noción de la mujer como persona dependiente2. En este sentido, aparecieron como destinatarias de un discurso de la domesticidad (basado en el ideario de lo doméstico y el culto a la maternidad como máximo horizonte de realización) reforzado por normas jurídicas y escritos doctrinarios que acompañaron su exclusión de diversas prácticas sociales y, muy especialmente, del espacio público 3. Ejemplo de ello resulta la definición de una mujer "ideal" realizada por Pedro Remolac en su difundida obra "Desengaños de un casado y extremos de la mujer": "Las mujeres recogidas en sus casas, ocupadas en sus oficios, templadas en sus palabras, fieles a sus maridos, recatadas en sus personas, pacíficas entre sus vecinas, honestas entre los suyos, y vergonzosas entre los extraños, alcanzarán gran fama en su vida 4. El hecho de que legisladores y juristas las percibieran como seres "naturalmente" inferiores y por ende, dependientes, marcaba una postura patriarcal, al asignarles por un lado, un código ideal de comportamiento (la obediencia sumisa a la autoridad familiar, "castidad", fidelidad y el autoencierro discreto); y por el otro, una suerte de "tutela" omnipresente de la ley que les otorgaba un tratamiento diferenciado por suponerlas "débiles de cuerpo y volubles de carácter" 5. Ciertamente, no se trataba de un fenómeno restringido al ámbito jurídico hispano, sino que respondía al "modelo" de construcción de la natura-leza femenina concebido por la tradición cultural europea, a través de textos fundadores de autoridad religiosa, literarios y de la cultura letrada difundida en las escuelas de filosofía, derecho y medicina existentes en Europa y América. Textos de autoría mayoritariamente masculina, que las constituyeron en objeto de reflexión, fantasía, alabanza y/o condena, y trataron de definirlas y dictarles cómo debían ser en el marco del orden social por entonces vigente 6. Tal vez un ejemplo de las calificaciones de las que fueron destinatarias lo encontremos en las palabras del literato Pedro Antonio de Alarcón, quien describe los estereotipos concebidos por los hombres que ejercían el poder por entonces: "'Es un hermoso animal', solía decir el virtuosísimo prelado....'Es una estatua de la antigüedad helénica' observaba un abogado muy erudito, académico correspondiente de la Historia.'Es la propia estampa de Eva', prorrumpía el prior de los franciscanos.'Es una real moza' exclamaba el Coronel de milicias.'Es una sierpe, una sirena, ¡un demonio!' añadía el corregidor" 7. Partiendo del presupuesto acerca de que ideas y usos antiguos sedimentan y operan como fuente de legitimación, no es casual que el derecho (como norma y como doctrina) recogiera de estos textos la idea de que las mujeres encarnaban indignidad, flaqueza, debilidad intelectual, lascivia, y hasta maldad, lo que conllevó a situarlas como más propensas a la comisión de delitos que, de alguna manera, pusieran en jaque la integridad física o el honor de los hombres, como la hechicería, la brujería o el adulterio 8. De esta manera, el orden patriarcal legisló buscando controlar la esfera de la sexualidad de la mujer, al definir como delitos el adulterio, aborto, estupro, seducción o infanticidio (figuras que aluden específicamente al control de la sexualidad y la maternidad). Paralelamente, colocó un límite al castigo penal de las mujeres por su "menor racionalidad" (presumiendo que no siempre actuaban con "dolo", es decir, sabiendo lo que hacían) y Sobre esto último afirmaba fray Diego Lainez: "a las mujeres hay que castigarlas más blandamente que los hombres pues por la flaqueza de su sexo no pueden resistir a los efectos como los varones" 10. Idea que continuaba compartiendo en pleno siglo XVIII Lardizábal y Uribe (el "Marqués de Beccaria" de la ilustración española): "Débese también tener consideración en la imposición de las penas al sexo, porque... influye en el conocimiento....La debilidad corporal de las mujeres, efecto de su delicada constitución, se comunica también al ánimo, cuyas operaciones tienen tanta dependencia de la organización del cuerpo, y por tanto las leyes deben mirar con mas benignidad en el establecimiento de las penas á las mugeres, que á los hombres. Pero esto no se debe entender, quando la malicia de la muger es tanta, que suele suceder algunas veces, que la haga cometer delitos tan atroces, que excededan la debilidad de su sexo, en cuyo caso deben ser tratadas del mismo modo que los hombres"11. Delincuentes y "pecadoras" de Córdoba del Tucumán 12 Las mujeres de la jurisdicción de Córdoba no escaparon a la asignación del lugar que debían ocupar en el esquema del orden social impuesto (tradicional, estamental, jerarquizado y patriarcal) 13, como tampoco del modelo de comportamiento a seguir, amén de los mecanismos de control social implementados por Sobremonte que hizo del encierro una de las medidas de coerción más importantes a la hora de reprimir la peligrosidad vista desde el Estado en los sectores populares urbanos y rurales (por entonces, en franco aumento) 14. Peligrosidad que se traducía, según el discurso oficial, en la posibilidad latente de que cometieran delitos relacionados con la "ociosidad": homicidio, heridas, robo de ropa y ganado, amancebamiento, adulterio, juegos de azar, vagancia y portación de armas prohibidas 15. Como resultado de ello, a lo largo de treinta y cuatro años, trescientas cincuenta y siete mujeres pasaron por la celda de la Real Cárcel de Córdoba en calidad de procesadas, sentenciadas o detenidas temporalmente. Celda, decimos, porque la ciudad de Córdoba no contó con una cárcel de mujeres con edificio propio, sino que se encontraba injertada en el espacio de la Cárcel del Cabildo, frente a la Plaza Mayor (hoy, San Martín). Su estructura, compuesta por un calabozo común, cocina y corral, estaba separada de las instalaciones destinadas a los hombres por una puerta enrejada, situada en el acceso principal. Compartían, empero, la capilla, y la escalera por la que eran conducidos hacia la sala común, donde tenía lugar una vez al mes las "visitas" que les hacían las autoridades judiciales 16. fuerte presencia geográfica de las Salinas Grandes que, por sus peculiares características, hacía imposible cualquier asentamiento humano. En franca oposición, hallamos la extensa llanura que conformaba la región SE, en tanto que desde Calamuchita hacia el sur, el terreno estaba conformado por pastos duros, pantanos salitrosos y montes de algarrobos y chañares; Lynch, J.: Administración colonial española, 1782-1810. El sistema de intendencias en el virreinato del Río de la Plata, Buenos Aires, 1962; Celton, D.: Ciudad y Campaña en la Córdoba, Junta Provincial de Historia de Córdoba, Córdoba, 1996. 13 Stern, S.: La Historia Secreta del Género. Mujeres, hombres y poder en México en las postrimerías del período colonial, Fondo de Cultura Económica, México, pág.36; Presta, AM.: "La sociedad colonial: raza, etnicidad, clase y género. Siglos XVI y XVII" en Nueva Historia Argentina, Sudamericana, Buenos Aires, 2000, tomo II, pág. 69. 14 Barreneche, O.: "A solo quitarte la vida vengo. Homicidio y Administración de Justicia en Buenos Aires. Universidad Nacional de la Plata, pág.19; Celton, D.: Ciudad y Campaña... 15 Los efectos de la política de control social establecida por Sobremonte podemos evidenciarla en el inicio de gran cantidad de causas y la frecuencia de las detenciones que se ampliaron con el dictado de los bandos, como asimismo, el nombramiento de cuantioso personal, que llevó a la existencia de un considerable aumento de la población carcelaria, mayoritariamente perteneciente a los sectores más bajos de la sociedad. Vassallo, J.: "En torno a la moral sexual en la Córdoba del último cuarto del siglo XVIII" en Estudios. 16 Aspell, M.: ¿Qué mandas hacer de mí?. Mujeres del siglo XVIII en Córdoba del Tucumán, Figueroa Editora, Córdoba, 1996. Ahora bien, ¿quiénes componían la población femenina detenida? En primer lugar, las acusadas de la comisión de algún delito por la justicia, que debían esperar encerradas entre sus muros, mientras se substanciaba el proceso penal 17. Sin embargo, la práctica mezcló considerablemente los sentidos de la cárcel (que legalmente sólo debía albergar a procesados). También hallamos a quienes se las consideró, "locas" (sin que necesariamente hubieran cometido delito alguno), mujeres que permanecían reclusas y no eran ingresadas en centros más apropiados (por ejemplo, la Casa de Residencia de Buenos Aires) por lo costoso del traslado y/o el temor a que fugaran en el camino 18; o como lugar de encierro temporal de esposas, hijas, hijos o esclavos, por mandato de los maridos, padres o amos, cuando según su parecer no se habían ajustado al cumplimiento del "rol" exigido 19. Definidas por la racionalidad del poder como delincuentes y pecadoras, y cuyos comportamientos eran calificados como crímenes y pecados 20, 17 Recordemos que por entonces, se juzgaba a la gente con reglas del procedimiento inquisitivo, que no reconocía el principio inicial de inocencia, sino de culpablidad, lo que conllevaba al encierro "preventivo". Proceso cuyo todo el sistema probatorio estaba encaminado a condenar, porque estaba concebido para valorar sólo la culpabilidad y que reconocía a la tortura como una posibilidad "legal" para obtener la inculpación del acusado. Vassallo, J.: "Represión y Castigo en la Córdoba Borbónica", Anuario. 18 A partir de la segunda mitad del siglo XVIII, en España y en otros países, la cárcel cumplía además de una función de depósito cautelar, una función penal. Gerardo-Suarez S.: Los Fiscales Indianos. Origen y Evolución del Ministerio Público, Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia, Caracas, 1995, pág. 252. 19 A partir de 1789, la política de control social implementada, abrió las puertas de la cárcel a los particulares que no pudieran o no quisieran "disciplinar" a sus mujeres y esclavas a través de castigos privados. En este sentido, aparecieron detenidas numerosas mujeres por orden de sus maridos, o esclavas "por sus amos", con lo cual la justicia cordobesa dio paso a la aplicación de ideas "correccionales". El tiempo promedio fue aproximadamente entre uno y dos meses. Las esclavas fueron: Dolores Crespo, Antonia Ariza, Sebastiana Allende, Magdalena, Martina Ceballos, Martina Loza,.María del Carmen, Bartolina, Damiana Figueroa, María de la Cruz Moyano, Tomasa Rumalda, Lucía Ramona Delgadillo, Juana Molina, Isabel, Teresa Sotelo, María Antonia, Juana, María de la Cruz, Dolores Baigorria,.María Mercedes Mancilla, María del Rosario Vilchez, María de la Cruz Moyano, Jacinta Ximenez y Pabla Miranda. En idénticas circunstancias, hallamos a mujeres que pasaron unos días encerradas, a manera de "correctivo", impuesto por el marido, como Mercedes Toledo, María Dolores Cabrera y María Agustina García; habiendo permanecido la primera dos meses y las dos restantes un mes cada una en 1789, 1790 y 1798, respectivamente. Archivo de la Oficialía Mayor de la Municipalidad de Córdoba. 20 Por entonces existía un paralelismo entre delito y pecado: si bien no todos los pecados eran considerados delitos, esto sí era tenidos por pecados (en mayor o menor grado). Cuanto más cerca del "pecado " se hallaba la acción, mayor pena debía sufrir el acusado. Tomás Y Valiente, F.: "Delincuentes y pecadores". Sexo barroco y otras transgresiones premodernas, Alianza Editorial, Madrid, 1990, págs. 11-31; Clavero, B.: "Delito y pecado. Noción y escala de transgresiones" en Sexo barroco... págs. 57-89. ciento seis mujeres fueron procesadas por la justicia ordinaria de Córdoba: cincuenta y seis por amancebamiento, catorce por robo, once por homicidio, otras tantas por injurias, ocho por adulterio, cinco por lesiones y en igual número por incesto, dos por escándalos, una por bigamia y otra por falsificación de moneda 21. Las causas de los delitos cometidos por estas mujeres se encuentran en la articulación de determinaciones de su condición genérica, con su situación específica de grupo social de pertenencia, edad, condiciones de vida, su relación con los hombres, etc. Pensamos junto a Lagarde y de los Ríos que las relaciones sociales, las funciones, las actividades, las formas de comportamiento, las creencias y las normas que regían la vida de las mujeres son las que explican los delitos que cometieron; ya que muchos de ellos son explicables por su situación vital 22. Se trata mayoritariamente de mujeres que pertenecían a grupos considerados como inferiores, de condición libre, residentes en la ciudad y en la campaña. No contaban con antecedentes penales, ni habían sido detenidas, procesadas y/o castigadas por delito alguno; aunque varias habían resultado "reconvenidas" verbalmente por alguna autoridad secular o religiosa. Tenían una edad promedio entre 25 y 30 años (se era mayor de edad a los 25) y casi ninguna pudo firmar sus confesiones, por "no saber hacerlo". Un alto porcentaje tenía hijos, amén de las que llegaron embarazadas a la Real Cárcel o al lugar de detención previsto por los jueces de campaña y los parieron en medio del proceso. 21 Archivo Histórico de la Provincia de Córdoba. 22 Lagarde y De los Ríos, M.: Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas. Prácticamente todas trabajaban y mantenían a los hijos y otros familiares con los que convivían, salvo las "doñas" acusadas por sus maridos de cometer adulterio. Con lo cual la gran mayoría solicitó la defensa del defensor de pobres del Cabildo. En casi la totalidad de los casos, el espacio de criminalidad femenino no fue más allá de los alrededores de la casa, razón por la que este espacio fue definitorio tanto por los instrumentos y armas utilizados en la consumación de algunos delitos (cuchillos, piedras, palos, cavadores o la palabra misma), como por los fines perseguidos y la identidad de sus víctimas. Estas mujeres robaron ganado para comer, para abrigarse, para iluminar el rancho de noche; se apropiaron de ropa y utensilios de uso doméstico; hirieron a las amantes de sus maridos para continuar su vida en común; injuriaron a quien atacó su honra, su privacidad o el patrimonio familiar; mataron para defender el honor, la vida de los hijos o sus amores; participaron en la organización de "juegos prohibidos" (naipes) para mantenerse y desafiaron las reglas de la moral sexual, para tener una pareja o vivir un amor. Sus víctimas, como correlato de lo expuesto, mayoritariamente pertenecieron a ámbito privado: maridos, hijos, amantes y amos (homicidios, adulterios, heridas, bigamia y robo); mientras que otras surgieron de relaciones sociales y vecindad (homicidios, injurias, escándalos, robos y heridas). Una suerte de excepción podríamos hallar entre quienes resultaron pertenecer al ámbito público (autoridades judiciales y religiosas) que las acusaron por injurias y "escándalos". En este punto cabe precisar que las mujeres atacaron cuando aquéllos ingresaron en su espacio privado, causándoles perjuicios de índole patrimonial o afectivo. En cuanto al género de las víctimas, diremos que prevalecieron los hombres en los casos de homicidios, adulterio, bigamia, robos y falsificación de moneda; en tanto que las mujeres resultaron más atacadas con la comisión de heridas, escándalos e injurias. Los únicos que, a posteriori, apelaron a la justicia para obligar a sus mujeres a abandonar a los amantes, fueron los maridos "ofendidos" por el adulterio de las esposas; al igual que los maridos de las mujeres cuya "honra" (en sentido sexual) había sido cuestionada por las "palabras injuriosas" de las acusadas pronunciadas públicamente. Y esto no es casual, ya que pretendían la reparación del honor personal y familiar, que por entonces descansaba en el comportamiento sexual "casto" de las mujeres 23. En este sentido, evidenciamos no sólo la existencia de tensiones entre personas de distinto género que mantenían relaciones afectivas, o que pertenecían a posiciones socio-económicas diferentes, sino también entre las mujeres, que frecuentemente tenían su origen en celos y/o sospechas de engaños. Ahora bien, más allá de lo expuesto, diremos que existieron diferencias genéricas en torno al delito, consistente en que las mujeres delinquieron significativamente menos que los hombres. Así lo demuestran las cifras que presentamos a continuación: Pensamos que la vida doméstica, sus funciones y sus relaciones vitales como dadoras y nutricias, más el conjunto de prescripciones que las obligaban a ser "buenas" y obedientes -amén del control que pudieron tener de los hombres de su familia-hicieron poco frecuente la delincuencia 24. Sin lugar a dudas, operó un fuerte control social informal (la familia, por ejemplo)que persuadió y reprimió, fundamentalmente porque el lugar de comisión de los delitos imputados a estas mujeres fue el privado ("el lugar" asignado por el orden social). Así, el control institucionalizado (la justicia) operó con mujeres que a su parecer, no tenían una sólida "guía" familiar y actuó cuando el doméstico y el religioso resultaron defectuosos o fallaron. Cabe agregar que, aún cuando hombres y mujeres compartieron la comisión de delitos, éstas se destacan en algunos de ellos, como el robo o el filicidio. El robo femenino está asociado al trabajo: sirvientas y esclavas roban en las casas donde trabajan o en las de sus vecinos. Generalmente, sustraen ropas u objetos que carecen o les hace falta para sentirse "femeninas" 25. También se asocia a las necesidades básicas de la familia (cuando sustraen animales para comer o para hacer cebo e iluminar sus ranchos). Por otro lado, el filicidio (el homicidio del hijo recién nacido) es un delito típicamente identificado con la mujer-madre, que el discurso jurídico supone demente. Tanto entonces, como hoy, la ideología dominante de la maternidad no reconoce la agresividad materna "por el contrario, la encubre y sólo la distingue cuando rebasa ciertos límites que es la locura... lo que violenta la institución, el modo de vida y la definición femenina de las mujeres: buenas por naturaleza, e implícitamente seguras, inofensivas, protectoras y no dañinas para los menores" 26. Así lo vemos en el dictamen redactado por el asesor José Antonio Cabrera, por el que le aconseja al juez conmutar la pena de muerte a María Victoria Ramírez por haber degollado a su beba de cinco meses, aduciendo que la misma padecía "locura": "aquella deprabacion y ferocidad de corazon que condena la ley enteramente ajena a su sexo, de su edad, y mucho mas agena de los sentimientos de Madre que la provida natura a impuesto a favor de una especie, que a su edad solo puede exitar nuestra ternura y los cuidados de conservación" 27. Sin lugar a dudas, este letrado, no escapó al mandato cultural y social de su época, que concebía a la madre como la responsable de la vida del menor, y que mitificaba como única acción posible respecto de los hijos, el prodigarles cuidados vitales Ahora bien, la desigualdad social y genérica también se traduce en la imposibilidad de acceder a un buen defensor (por ser pobres). Ejemplo de lo primero, lo encontramos en Martina Luján, acusada de herir a su amante, quien cuestionó al defensor de pobres asignado por la justicia del cabildo, Antonio Mosa, por su resistencia a defenderla, ya que tenía prejuicios en torno a la causa que había tomado "estado público": " quando aquella se me hizo notoria... no tubo otro arbitrio una persona miserable como la mía, que ocurra al amparo y proteccion del Regidor Defensor de Pobres para su defensa, y aunque es verdad que la tomo á su cargo con mucha repugnancia en agravio de su ministerio como consta de autos" 28. Pero también se evidencia ante el discurso legal, porque no siempre sus palabras fueron escuchadas, ni sus razones consideradas válidas, y menos aún les aceptaron pruebas de descargo a su favor. Recordemos que por entonces, regía el concepto romano de la "imbelicitas sexus", que excluía de valor al testimonio de la mujer en juicio, le prohibía denunciar la comisión de un delito, ejercer la abogacía o ser magistrado 29. Clemencia Martínez en un escrito dirigido al Teniente de Gobernador Intendente, en mayo de 1790: "se me ha corrido de la solicitud de estas relativa á que se haga publicación de provanzas, digo que mi extrema pobreza, no me ha permitido, ni aun encontrar director que me defienda: valiendome, ya de uno, ya de otro, sin que ninguno se hiciese cargo de seguir la defensa, y por lo mismo ignoro si combendrá aun derecho que se haga la referida publicacion, por lo que exige la justicia para que no peresca la mía; que su integridad, se sirva mandar, se entienda dicha mi defensa con el Señor Regidor Defensor de Pobres, pues además....Hallandome en el día en mi estrecha prisión, mal podré conseguir dinero para pagar la defensa... para satisfacer al demandante y para pagar abogado...." 30. Rafaela Sosa, imputada por robo de ganado, acusaba al juez comisionado que la había detenido, por no haber escuchado las razones que le daba de la existencia de cebo, en su casa (arbitrariamente allanada) "Que hara cosa de veinte y tantos días, mando dicho juez comisionado a registrar mi casa, en ausencia de mi marido, con Don Jose Gutierrez, quien efectivamente me encontró en mi casa en un par de saquitos un poco de sebo [obtenido de una vaca] que yo habia muerto de mi ganado, en cuio informe del dicho Gutiérrez pasó dicho comisionado a mi casa, después de muchos días... a registrar la casa...[preguntóle dónde estaba el sebo] a cuya pregunta le conteste diciendole se habia gastado. Por esta respuesta, señor gobernador, me volvio a replicar, diga Vmd. donde esta el sebo [ y ante la misma respuesta]... se mostro aspero, atropellandome, y pegandome de golpes... le dije, Señor Alcalde, el sebo como hera menor lo gaste...[ y pi de justicia porque ] por la violencia con que procedio contra la persona de una muger casada en ausencia de su marido, y que el merito a la causa no dio motivo para semejante violen-cia y por lo mismo ocurro a la benignidad de VS suplicando se sirva de su integridad mandar librase orden de efecto de que comparezca ante este superior gobierno... se le aplique el castigo que meresca su atentado procedimiento...". La convivencia forzada y la espera Partiendo de la idea de que todas las cárceles del Antiguo Régimen fueron lugares malsanos, en los que reinaba la violencia, la promiscuidad y la vejación, la cárcel oficial de Córdoba no escapó a estas consideraciones. Se trataba de un ámbito creado para recluir a quienes habían transgredido el orden; y en el caso de las mujeres, un espacio para recluir a las "malas". Pero más allá de lo aludido, era un espacio de vida ocupado por mujeres sujetas a potestades punitivas muy diversas (eclesiásticas, inquisitoriales, estatales, patronales y/o familiares), por los más variados motivos: delitos, contravenciones, faltas privadas, dementes, esclavas, esposas e hijas encerradas por orden de sus dueños o familiares. En palabras de Howard, se trataba de "un amontonamiento caótico de confinados" 31. Vida que, a criterio de legisladores y juristas, debía transcurrir "separada" de los hombres en similar situación. Una especial norma dictada para las cárceles americanas disponía que "los alguaciles mayores, alcaldes y carceleros tengan prevenido un aposento aparte, donde las mujeres estén presas y separadas de la comunicación de los hombres, guardando toda honestidad y recato y las justicias lo hagan cumplir y ejecutar"32. En tanto que el jurista Juan Marcos Gutiérrez se preguntaba, en caso de que estuvieran mezclados hombres y mujeres "¿Qué fiestas bacanales podrían compararse con las que entonces se celebrarían en aquellas moradas, y qué excesos no se cometerían en unos lugares destinados para contener todo género de desórdenes? 33. Ahora bien, dentro del grupo de las "malas", las prostitutas fueron consideradas las peores, por lo que el jurista Cerdán de Tallada recomendó su separación.: " que muchas veces llegan a ser encarceladas por alguna desgracia, por caso fortuito o por siniestras informaciones y estan con mujeres rameras, que como yo he visto llegando a la cárcel honestas, salen despues de ella tan avergonzadas, como las del publico.... que de otra manera lo que habría de ser corrección y castigo sería medio e instrumento para que fuesen mayores pecadoras que antes, habiendo de ser lo contrario" 34. Recordemos que las prostitutas, eran consideradas por su definición esencial erótica, como "malas" mujeres. Y la separación de unas y otras tiene que ver con el temor a que éstas, transmitieran su "saber de lo erótico" a sus compañeras en encierro 35. Recomendación que en Córdoba no fue considerada, porque la celda común también fue habitada por María Rosa Pedernera, detenida en marzo de 1792 y liberada en abril 36. Ahora bien, en el régimen de convivencia forzada, las presas recreaban en la cárcel la casa. Contaban con algunos enseres y muebles: unos pocos catres, mesa, taburetes, algunas ollas, cuencos y jarros con los que cocinaban a diario y generalmente carne. La mayoría vistió lo que llevaba puesto al momento de la detención; sólo algunas pudieron cambiarse de ropa gracias a la provisión de sus parientes, mientras que otras no tuvieron esa suerte, ya que sus ropas habían sido embargadas al inicio del proceso 37. Recibían visitas de sus familiares que se acercaban a la reja y algunas hasta hicieron labores por encargo, como Rosa Moyano y María Ferreyra, detenidas en 1801 38. Cuando tenían alguna urgencia, por ejemplo, por enfermedad, golpeaban la puerta para que el alcaide acudiera. También recibieron atención médica, que por largos años prestó José Mármol a enfermas y embarazadas. Las mujeres también recrearon relaciones familiares, amistades, enemistades, obediencias y transgresiones al poder. Una de las presas líder del grupo fue María Ochoa (acusada de matar a su marido), porque enfrentó a fines de 1791, en varias oportunidades, al alcaide carcelero Vicente Crespillo, con el objeto de defender a sus compañeras de los reiterados ataques sexuales que cometió contra algunas de ellas. Hasta tal punto que, en una ocasión, llegó a herirlo en una mano con unas tijeras. Así declaró una de las damnificadas, Margarita Montiel: "estando acostada en su cama fue a la hora de la siesta a cerrar la puerta entrándose a la vivienda enderezó donde estaba, con lo que se levantó, sentándose[el Alcaide] en la cama y agarrándola empezó a jugar con ella excediéndose hasta meterle la mano por debajo de las rodillas hasta llegar a la rodilla y entonces llamó a la dicha María Isabel Alanis a efecto de que la socorriera, lo que ocurrió inmediatamente y a ambas dos las tendió en la cama con empellones y principió con esta a los tirones, escapándose la declarante en este intermedio de que resultó se diese un golpe en el ojo impensadamente por estar como ciega y aunque no vio a la referida Alanis con las polleras alzadas, se lo ha dicho María Ochoa que se levantó a taparla según que así lo ejecutó y puesta ya de pie la citada Alanis, sosegado el Alcaide hablando con la declarante profirió la proposición de tengamos acto aunque la palabra con que se explicó fue obscena e impropia que todas eran unas putas y que de esto nada ignoraban a cuyo tiempo hizo la acción y ademán de echar el cuerpo para atrás, poniendo la mano sobre la bragueta y a este tiempo la mencionada Ochoa practicó la de querer incarle con unas tijeritas, que no sabe si lo alcanzó o no, pero incontinenti le descargó varios vergajazos de que le hirió en la cabeza y le lastimó un brazo por querer atajarse" 39 De este testimonio también se desprende que existía entre este grupo de mujeres fuertes lazos de solidaridad. Aunque la violencia también provino de la relación entre las presas, obligadas a la convivencia permanente: Teresa Amarante confesó que María Victoria Ramírez en una oportunidad la amenazó de muerte: "como qe en una ocasión estando en sana Paz con la que declara la agredio agarrandole el pescuezo diciendole mira que te mato, y se le escapó y se fue a dar con otras presas" 40 El encierro, asimismo, conllevaba desarraigo de las condiciones vitales, y generaba malestares. Algunas solicitaron a las autoridades volver a su casa o a la de algún familiar (especialmente quienes se habían definido como "españolas" y que habían sido procesadas por adulterio, injurias o amancebamiento). Doña Bárbara Lencinas (una española acostumbrada a comodidades materiales y al servicio de criadas) se sentía deprimida y enferma en la cárcel, al extremo de no contestar las "vistas" procesales: "por no tener animo de pleitear ó seguir instancia contra su marido". Es por ello que solicitó al juez su liberación, en vísperas de Navidad: "que hallandome sumamente achacosa a causa de los muchos calores y ninguna saludable ventilacion y por otra parte anoticiada del miramiento compasivo y cristiano que hace mi marido Don Nicolas Rios de mis enfermedades y vergonsosos padecimientos suplico rendidamente a la bondad de Vms. Se sirva ponerme en libertad bajo fianza que ofresco con la persona de mi madre Doña María Ignacia Alderete protestando vivir en la casa que dijese dicho mi marido y no darle ocasión y motivo de quejas y sentimiento antes bien procurar restablecer la paz, union y concordia de nuestro estado, que por infelicidad mía se sintio lastimosamente desconsertado" 41 Sin embargo, Bárbara no fue escuchada. Pasó la Navidad y el Año Nuevo detenida en la Real Cárcel, aún cuando en dichas oportunidades solían verificarse solturas 42. En este espacio en el que tuvieron que convivir, también la violencia se desarrolló por parte de quien tenía el poder de custodiarlas: el alcaide carcelero (hombre, por entonces, y que tenía residencia en el mismo edificio). El carcelero, dotado del poder represivo institucionalizado, muchas veces descargó su agresión o abusó de su poder insultando, golpeando y hasta violando; ejemplo de ello fue el ya mencionado Crespillo. Leamos el relato de otra de las abusadas, María Isabel Alanía: "la ha solicitado casi continuamente para el acto torpe, intentando esto fuera del calabozo, a que se ha resistido y por lo mismo no ha tenido que ver con ella". Agregando, que le hacía "impúdicos manoseos, acusaciones impropias y palabras obscenas... hasta levantarle las polleras por detrás bajando de oír misa" 43. Todo terminó con el procesamiento de Crespillo, por parte de Sobremonte, la separación del cargo y el pago de costas (que finalmente no efectivizó por no tener dinero). Ahora bien, una característica subyacente al encierro vivido es la situación de espera, que muchas veces se evidencia en los testimonios que han dejado sus defensores en los expedientes. Sabido es, que estas mujeres vivieron antes de la cárcel otras "esperas": la de no ser descubierta o delatada, pero que concluyó en detención (más o menos violenta, según el caso). La prisión formal desató el miedo al castigo, a la posible tortura, la indefensión ante el poder judicial, el desconocimiento del lenguaje jurídico y de sus derechos. Posiblemente por estos miedos y, sabiendo que la justicia de entonces castigaba duramente a quienes pertenecían a los sectores populares (más aún cuando las víctimas provenían del estamento superior), 41 AHPC. 43 AHPC 1792 -56 -25. algunas de ellas huyeron antes de ser detenidas, o cuando estaban a punto de ser sentenciadas: Teresa Espinosa lo hizo al saber que tenía orden de captura por haber "injuriado" al cura Olmos, tratándolo de ladrón. Mientras que Juana Rosa Miranda (acusada de haber herido al juez Funes, enemigo de su hijo), Bernardina Gómez (por haber robado animales a familias de renombre) o la esclava María Antonia (implicada en un hecho de robo, que terminó beneficiando a un grupo de familias de la elite cordobesa), fugaron de la Cárcel, junto a algunos hombres poco antes de ser sentenciadas. Fuga que resultó exitosa, porque jamás fueron halladas. Después del pasaje inicial, la llegada a la cárcel y la espera para que el proceso no fuera tan largo (y por ende, el encierro), por una actuación diligente del defensor, por lograr que el encierro padecido operara como pena cumplida, por saber la entidad de la pena impuesta o por el dictado de un indulto. Sólo a manera de ejemplo, citamos el caso de Martina Luján, quien a través de un recurso de apelación interpuesto ante la Audiencia de Buenos Aires, solicitaba una rápida resolución de su causa que la había llevado a un largo período de encierro" sin más delito que algun extravío de la debilidad de mi sexo" 44. Ahora bien, distintos testimonios extraídos de expedientes judiciales y del archivo de gobierno nos informan de que la Cárcel no gozaba de seguridad ni higiene, constituyendo un lugar poco apropiado tanto para el cumplimiento de sus fines, como para quienes debían vivir entre sus muros. En este sentido, hacia 1790, manifestaba el alguacil mayor, Antonio de las Heras Canseco, a Sobremonte que "toda clase de gentes" la frecuentaban a cualquier hora, "principalmente de noche", teniendo "campo abierto para pasearse por toda ella". Y en cuanto a la celda de las mujeres, informó que se hallaba "franca y sin embarazo alguno a deshoras, por no tener puertas" 45. Las malas condiciones de salubridad se evidenciaron en 1783, al asumir el citado Marqués, pues la estrechez de la misma había provocado que algunas personas murieran sofocadas, teniendo que alternarse en las noches de estío para respirar por los agujeros o ventanillas de las puertas. Años más tarde, el cabildo reparó en el mal estado de los lugares comunes y lo perjudicial que podía resultar "la inmundicia" que se exten-44 AHPC 1807-109-4. 45 Levaggi: Las Cárceles... día por gran parte del corralón "así a los presos en tan grande número, como a la salud publica, a causa e no tener cabida ni desagües suficientes para la limpieza" 46. Lo que desembocó en la redacción de un memorial presentado por los vecinos, durante 1803, en el cual aparecía identificada como uno de los focos de contaminación de la ciudad: "Córdoba tiene cárceles, camposantos y otros lugares inmundos, cuya fetidez y la de los templos al abrirse de mañana es harto grande. A esto se suma la inmensa corrupción de los corrales. Pero ya que no podemos retirar de nosotros la cárcel, ni los lugares inmundos, los camposantos, ni los templos, podemos por lo menos retirar los corrales dándoles otro sitio aparente" 47. La falta de ventilación de la celda femenina fue cuestionada ese mismo año, y desde el encierro, por la citada Bárbara Lencinas. Mientras que el defensor de Josefa Herrera, Pedro Méndez, la describía como " un lugar que por la inmundicia, hedor, estrepito de prisiones, y tristeza de los presos, es especie de tormento, y se equipara a la muerte" 48. Padecimientos a los que debemos sumar el hecho de que algunas fueran "engrilladas", durante el período de detención, ya como medida de seguridad inicial o como "correctivo" (castigo, supuestamente leve, impuesto por "mala conducta" por las autoridades judiciales, durante las visitas.). Sin lugar a dudas, una estrofa compuesta por un vecino, Cristóbal de Aguilar, que habitaba a pocas cuadras de allí, termina de describir la situación de la cárcel de entonces: La espera devino en la sentencia y por ende, en la imposición de una pena para "satisfacción de la vindicta pública". Recordemos que las penas por entonces tenían un doble fin: el castigo y la intimidación del resto de la población, ejecutando las sentencias en las plazas públicas. Sin embargo, de todas las procesadas, sólo dos fueron condenadas a pena capital, y sometidas a ejecuciones públicas: Josefa Herrera (por matar un niño que era su vecino) y Josefa Marques (por matar a su marido). Las penas más aplicadas, empero, fueron azotes, presidio, destierro, depósito y conchabo en una casa particular. Penas más leves que no siempre eran las reguladas por el derecho en estos casos en particular. Una posible explicación de la existencia de estas "concesiones" otorgadas por los jueces (más allá de los aludidos argumentos de "piedad" y "misericordia" que regían las decisiones de los jueces del Antiguo Régimen) 50 podemos encontrarla en la preocupación que tenía el sistema judicial criminal (sólo ejercido por hombres) de limitar su interferencia negativa sobre el desarrollo de los roles asignados a las mujeres dentro del ámbito de la reproducción y la familia. Esta idea que aparecía conjugada con la concepción borbónica que los individuos debían hallarse sujetos dentro de un anillo de instituciones civiles de carácter persuasivo, preventivo y/ o coercitivo: cárcel, hospital, talleres de gremios de artesanos, barrio, familia, establecimientos particulares, colegio de huérfanas o frontera 51. Atento a lo cual el arbitrio judicial direccionó el cumplimiento de la mayoría de los castigos en "ámbitos restringidos", y hasta "puertas adentro", ocultando el "cuerpo" de la sentenciadas de la mirada de la población. Así hallamos pues, que gran parte de las procesadas y detenidas sentenciadas en visita debieron cumplir con distintas variantes de la pena de presidio (prestación de servicios en el hospital de mujeres, en el Colegio de las Niñas Educandas, encierro en la Residencia de Buenos Aires) destierro, azotes aplicados en el patio de la cárcel, prestación de servicio en casas de particulares y el retorno a la casa de familiares y/o amos. En este sentido, la justicia cordobesa buscó callar, silenciar, minimizar el "escándalo", casando las parejas de amancebados, obligando a vivir bajo "conchabo" a hijas incestuadas, "vagas", o en calidad de "depósito" a 50 Tomás y Valiente, F.: El Derecho Penal de la Monarquía Absoluta (siglos XVI-XVII-XVIII), Editorial Tecnos, Madrid, 1969. 51 Graziosi: "La mujer en el imaginario penal"..., pág. 167 y siguientes. consentidoras de amancebamientos y robo de ganado, encerrando en la casa de los padres, del hermano o del marido a adúlteras y escandalosas, asignando penas espirituales que debían cumplirse en instituciones religiosas; desterrando a amancebadas y ladronas, puesto que los pueblos de reciente fundación se entendía que debían ser habitados por gentes sin tierra, como también por los considerados "malentretenidos", o gente de vidas "desarreglada". En cambio, sobre las mujeres condenadas a muerte recayeron las penas más duras porque con sus ataques había ofendido la construcción misma de los roles de género: una esposa infiel, que asesina a su marido en connivencia con el amante y la otra, que mata a sangre fría a un niño de 8 años, aparentemente sin motivo alguno. Ambas mujeres no tenían hijos ni padres, pertenecían al amplio sector social de las "castas" (por entonces considerado "carne de horca"). En consecuencia, siguiendo a Graziosi, consideramos que era posible que sus cuerpos fueran tocados pública y legítimamente por los verdugos porque no pertenecían a ningún "otro hombre" (padre, marido, hermano o hijo), al que debía corresponderle el castigo 52 A través de la documentación analizada podemos afirmar, una vez más, que el sistema penal fue y será selectivo, ya que generalmente escoge su clientela entre los individuos pertenecientes a sectores especialmente vulnerables y que, además, posee un altísimo componente androcéntrico. El sistema vigente en la gobernación más austral del Imperio durante el período tardo colonial no escapó a esta afirmación. Entre los visitantes asiduos de la cárcel encontramos gran cantidad de personas que pertenecían al sector perseguido. Y entre ellas, claro está, había mujeres. En la relación mujer-justicia se expresa y recrea la relación de la mujer con el poder patriarcal, basada en la dependencia vital, la sujeción, la servidumbre voluntaria y la ignorancia. En estas condiciones, la mujer siempre pierde como delincuente, ya que es considerada culpable. Sin lugar a dudas, las causas por las que fueron llevadas ante la justicia traduce con claridad los temores de la sociedad patriarcal cordobesa de entonces: el incumplimiento de los roles asignados de las mujeres, ya que 52 Ibídem. ISSN: 0210-5810 se juzgó a quienes mataban a maridos e hijos, a quienes hacían uso de su sexualidad abiertamente, a las esposas infieles, a las madres que robaban para darle de comer a hijos y parientes, con lo cual se ponía en peligro a la "familia" misma, entendida por entonces como fundamento del orden social. Dada la peculiaridad de las penas establecidas, evidenciamos que en la asignación de estos destinos se mantuvo una suerte de continuidad del encierro padecido en la Real Cárcel; aún cuando también advertimos que las autoridades habían comenzado a entender al encierro sufrido durante el proceso, como pena, puesto que doscientas sesenta y seis mujeres tanto procesadas, como detenidas sin proceso, resultaron liberadas por haber entendido los jueces que se había logrado la "satisfacción de la vindicta". En este sentido, no es casual que un alto porcentaje haya sido destinado a volver a vivir bajo la guarda de algún familiar, puesto que se entendía el hogar como el "lugar" de la mujer, y a la familia se le atribuía una dimensión disciplinaria. Con lo cual, estamos en condiciones de afirmar que la alianza trabada por entonces entre el Estado y el "pater familias" en relación a la prevención y /o castigo de las mujeres acusadas de la comisión de delitos y contravenciones por la justicia capitular local no sólo resultó exitosa, sino que también desplazó a la Iglesia como agente de control. Pero esta dimensión disciplinaria no se agotó en la familia misma de las perseguidas por la justicia, sino que resultó extendida a las familias "principales" que las recibían en depósito y/o conchabo, a la vida de frontera bajo la atenta mirada de las autoridades y a las distintas instituciones como el hospital, el Colegio de San Alberto o la Casa de Residencia de Buenos Aires. Cabe acotar, asimismo, que estas penas y destinos fueron asignados en un contexto de cambio de las modalidades de castigo, surgidas por la consolidación del nuevo sistema capitalista que, a partir de principios del siglo XIX, comenzó a entender a la cárcel como una única forma de penalización.
A través de estos seis corresponsales va planteándose una amplia gama de problemas económicos, sociales, políticos y religiosos y las posibles soluciones o remedios, a veces muy concretos y factibles. En estas cartas se da una visión panorámica del México de mediados del siglo XVI, en un proceso de cambio y crecimiento de la organización española. Al ir conociendo durante años la rica información sobre el primer siglo de presencia española en México, en este caso aportada por personas poco o nada conocidas en el ámbito oficial, frente a los grandes hombres, famosos por las biografías, estudios monográficos y otros trabajos, me pareció interesante sacar a la luz un conjunto de opiniones, críticas, propuestas, a veces verdaderos dictámenes, que los españoles residentes en aquel virreinato plantearon cuando la Nueva España se estaba conformando. Para este artículo hay que valorar, y agradecer, la labor del ilustre polígrafo mexicano Francisco del Paso y Troncoso, cuyo Epistolario de la Nueva España 1 recogió la mayoría de las cartas que aquí se comentan hace más de sesenta años, facilitando futuras investigaciones que muchos historiadores no han sabido, o querido, luego reconocer a través de las citas de esta obra. La orientación propuesta se vinculaba, como precedente, con una corriente historiográfica de gran tradición, la del arbitrismo, que tan excelentes estudiosos ha tenido en la Historia de España, dando también cabida a los temas americanos, primero con la publicación de catálogos y 1 De 16 tomos, fue publicado por la Antigua Librería de José Porrúa e Hijos de México, entre 1939 y 1943. "bibliotecas" 2 y luego con trabajos sobre los temas, medios e incluso la propia figura del arbitrista, pero siempre referidos al siglo XVII. 3 En la centuria ilustrada, el proyectismo será otra línea interesante para estos análisis de la situación política y económica de España y sus posesiones americanas. 4 Centrándonos en el ámbito mexicano del siglo XVI, todavía se entremezclan intereses casi medievales, que buscan la gloria y el triunfo militar personal, con otros más pragmáticos, orientados hacia el desarrollo del virreinato, sus habitantes y sus riquezas, desde una visión occidental en lo político y en lo económico. A través del género epistolar, estos autores trataron de ofrecer a la Corona su visión personal, a veces como premisa para proponer a continuación diversos acuerdos, monopolios o capitulaciones, o conseguir cargos y premios, a cambio de aumentar las rentas reales y desarrollar los diversos sectores económicos novohispanos que por entonces eran inexistentes. Quizás tratando de dar mayor fuerza a sus argumentos, los corresponsales que se tratan a continuación usan mucho la palabra remedio, que luego será una de las más empleadas por los arbitristas. No se tienen noticias sobre los orígenes y actividades anteriores de este hombre, que fue uno de los que más tempranamente mostró interés por las cuestiones económicas y que ha pasado a la Historia del México colonial por proponer el fomento de dos productos tan distintos como la cerveza y la hierba pastel, un tinte de color azul que se producía mucho en la región francesa de Toulouse. En cuanto a la cerveza, él informaba en su carta de 1544 sobre la consumición de esa bebida por españoles e indígenas, pese a que todavía se cultivaba allí poco trigo y cebada: "llegado a esta cibdad de México visto por el virrey a quien venía sometido (el asiento para fabricar esa bebida) lo aprobó como cosa de que la tierra tenía necesidad por la falta de vino y aceite que en ella hay sintiendo que era cosa en que podía ser servido Su majestad y así he asentado en esta ciudad una bracería [del francés brasserie] para hacer cerveza donde se ha comenzado a hacer e hay buen despacho en la que se hace aunque por la esterilidad del año e haberse helado los panes no se ha hecho tal como se hará acudiendo los años; españoles la beben de cabsa que el visorrey por dalla a entender, la bebe ordinariamente e por favorecer la hacienda que no ha sido poco menester según lo que abunde el tercio de derechos que della lleva e desta cabsa muchos la tratan mal y tienen manera como otros no la beban; los naturales de la tierra la tienen por mejor que sus pulques; hase vendido a ocho reales el arroba por la falta de trigo e cebada que hay: con el tiempo encaminando Nuestro Señor el año saldrá más barato...". 5 A continuación describía, con las mejores previsiones económicas, el futuro de esa explotación, que también redundaría en beneficio de los bienes de propios de las ciudades y pueblos novohispanos, como él sabía que ocurría en Flandes: "... hasta hoy está una caldera asentada en esta ciudad [de México] e segund la mucha tierra e poblazones que en ella hay se pueden asentar cient calderas: a lo que parece por lo poco que hasta agora se ha hecho en ésta por no haber trigo ni cebada, créese que valdrá cada año cada caldera más de mil pesos a vuestra majestad, y poniéndose la orden que se requiere y dando vuestra majestad el favor nescesario a ello como por todos fuese bien tratado e aprobado sin el daño que hoy se rescibe, por el contrario y para ello si vuestra majestad fuese servido aprovecharía mucho hacer alguna merced a los propios desta ciudad de lo que resultare desta hacienda porque acá han dado a entender flamencos y otras personas que han estado en Flandes que este derecho de las cervecerías es de los propios de los pueblos e cuando a vuestra majestad alguna nescesidad se le ofrece deste derecho le hacen servicio". 6 Los trabajos de Jean-Pierre Berthe han seguido la actividad de Herrera en las dos facetas que intentó desarrollar, siendo mucho más compleja la relación del español con el proceso del cultivo del pastel, como abreviadamente se llamó a esta planta. Este informante fue factor de dos alemanes, Enrique Ynguer o Einger (ex factor de los Welser en Venezuela) y Alberto Cuon, que habían firmado un asiento con Carlos I para explotar este colo-5 El autor de la carta se refiere a don Antonio de Mendoza, primer virrey novohispano, que gobernó de 1535 a 1550, y no cabe duda de que exagera al afirmar que los indígenas de Nueva España preferían la cerveza a "sus pulques", con el fin de demostrar que los habitantes de todas las razas se habían aficionado a la bebida obtenida y distribuida por él. Archivo General de Indias (en adelante AGI), México, 76. Alonso de Herrera al rey. "REMEDIOS PARA LA NUEVA ESPAÑA" Tomo LVIII, 2, 2001 rante por un plazo de cincuenta años, a partir de 1535,7 llevando simientes y trabajadores especializados de Francia y Flandes, además de comprar herramientas, animales de carga y esclavos negros para trabajar en los campos y en la delicada recolección de la hierba tintórea, en la que se incluirían también indios tributarios del área de Veracruz desde 1537. 8 Cuando Herrera escribe, por tanto, ya se tenía una información de varios años sobre la explotación, y de nuevo hay que juzgar críticamente las afirmaciones recogidas en la carta sobre las posibilidades económicas del asiento, claramente deficitario según las cuentas de la Real Hacienda de 1537 a 1545.9 Afirmaba él: "En lo que toca a lo del pastel ha de saber Vuestra Majestad que acá se da muy bien y habría lugar para hacerse toda la cantidad que quisieren despachar, así para estas partes de acá como para los reinos de Castilla e otras partes y en toda perfeción como todas las otras cosas acá responden, y así en esta cibdad y sus términos han comenzado a hacer casas e obrería de paños en que hay hasta hoy tres tintes asentados donde se spera en lo que más se hará, tener mucho despacho el pastel". 10 Herrera indicaba las causas y personas que habían impedido el desarrollo de la explotación, con apellidos tan conocidos como el del contador real Rodrigo de Albornoz, que quería ocupar las tierras del asiento para trasladar allí un ingenio azucarero que tenía en Cempoala. Aunque se afirmaba que los indígenas dedicados a este cultivo estaba exentos de tributar a cambio de ese trabajo, que era más benigno que el del azúcar, los propios naturales contradijeron a Herrera en 1547, al denunciar ante el visitador general Tello de Sandoval a los españoles que dirigían la obtención del pastel, acusándoles de exigirles tributos en otros productos, de robarles e incluso de molestar a sus mujeres. 11 El Consejo de Indias respondería en 1550 exigiendo las cuentas a Alberto Cuon, a través de la Audiencia de México, y el nuevo virrey Luis de Velasco se encargó de revisar esas cifras por medio de los oficiales reales y de la visita encargada a Diego Ramírez en 1552, que incluyó los pue-blos que tributaban en pastel. El máximo tribunal del Virreinato, a través de su fiscal, llegó a acusar de negligencia en relación con el asiento a su factor Alonso de Herrera que, después de varios años sin escribir, volvió a tomar la pluma para defenderse, indicando tres motivos principales como causantes del descenso de la producción: las epidemias de 1545-1546 y su mortandad entre los indígenas, las nuevas tasaciones realizadas en esos mismos años y el desvío de la mano de obra adjudicada al asiento para trabajar en la construcción de monasterios. En 1556 el Consejo volvió a intervenir ordenando una probanza que trataba de demostrar el incumplimiento de los acuerdos y los malos tratos contra los indios.12 Los años siguientes generaron una serie de informaciones, protestas indígenas y nuevas tasaciones mediante la conmutación del tributo en este colorante por maíz, hasta que en 1563 se abandonó definitivamente la explotación que todavía estaba en activo. Las motivos finales que trataron de explicar este fracaso fueron el clima excesivamente húmedo, la poca preparación técnica de los que dirigieron el trabajo y los problemas con la mano de obra, que confluyeron en un producto de baja calidad, incapaz de competir en los mercados europeos con el pastel tolosano o de otras zonas productoras europeas. Es curioso que en la misma fecha en que se paró este asiento, Pedro de Ledesma, otro de los informantes que se analizará después, todavía aseguraba que: "... si no ha habido provecho de lo que acá se hace [de pastel] ha sido por falta de quien lo tiene a cargo porque a la lengua (sic) del agua de la mar del norte se puede sembrar en parte donde baja sin peligro de dañarse y a poca costa".13 Es conocido el texto que envió en 1552, 14 aprovechando que venía a la corte Francisco López Verdugo, regidor de Oaxaca. En él se definía como "conquistador y poblador de los primeros, que siempre he estado y residi-do sin haber vuelto a mi patria al cabo de treinta y dos años, donde me han nacido barbas y canas". Gracias a esta carta y al Diccionario de conquistadores recopilado por Víctor M. Álvarez, 15 puede trazarse su biografía desde el nacimiento en Talavera de la Reina (Toledo): hijodalgo, nieto de Joan de Carvajal y doña Elvira de Toledo e hijo de Pedro Xuárez de Meneses y doña Leonor de Guzmán, casado con mujer hijadalgo, hija de Luis de Soto y parienta del gobernador de Cuba Diego Velázquez. Ocupó cargos en Guatemala y la costa de la Mar del Sur, apareciendo como visitador y en otros puestos de justicia, desde los cuales pudo observar los cambios del territorio mexicano con la idea de presentarse ante el rey para dar su opinión sobre diversos aspectos. Su mentalidad de hombre de la conquista, no exenta de resentimiento por las injusticias que sufría, le llevó a incluir en la carta un párrafo que recoge la actitud de este grupo de españoles a la espera de premios y cargos en la Nueva España: Los temas eran varios, todos ellos de plena actualidad en esas fechas. Así, teniendo en cuenta el momento de efervescencia provocado por la aplicación de las Leyes Nuevas, se manifestaba claramente a favor de la concesión del reparto general de la tierra entre los españoles, como premio pero para trabajarlas y dar una parte de ese rendimiento a la Corona a modo de pago, frente a lo poco valioso que resultaba el territorio bajo la administración directa de los diversos cargos de otorgamiento real. Por eso especificaba, poniendo como ejemplos de decadencia a Colima y Zacatula: "... dando cada uno [de los conquistadores y pobladores] conforme a sus servicios y calidad y mandando que cada uno siempre coja frutos que en las tierras se dieren conforme a la calidad dellas y que tome vuestra majestad en ellos y sobre sus pueblos la parte que le pareciere questá en razón, como nuestro rey y señor y arriende sus rentas conforme a los reinos de España y que asistan como mayordomos, cada uno acuda con lo que perteneciere a vuestra majestad y no habrá la perdición que hay ni el poco provecho que se sigue destar en corregidores y fator y tesorero y en una behetría vuestra real hacienda que sería no acabar habello describir porque por experiencia vemos quel pueblo questá en vuestra real cabeza no renta nada con ser cabeceras que podrían dar cuatro doblado.....".17 A lo largo de esta carta se observan fuertes críticas sobre la labor de los religiosos, igualmente desconocedores de la realidad novohispana según Meneses. Mientras para él los indígenas "como gente nueva han menester ley nueva amorosa y mezclada con el azote como crían a los niños en las escuelas" -nótese el sentido paternalista y la visión de inmadurez de los naturales que expone el autor del texto-, los frailes eran "obedecidos y servidos" por ellos debido a su mayor autoridad pero, a continuación, opinaba contra la presencia y actividad continua del clero regular junto a los poderes en vez de dedicarse a la evangelización, "... no se entremetiendo en otras cosas tocante a las gobernaciones, casos de justicia y determinaciones y tasaciones...". Más adelante, al tratar de justificar el trabajo indígena en las minas como no pernicioso, arremetía de nuevo contra los religiosos, personificados en fray Bartolomé de las Casas, llegando a escribir con toda dureza: "... lo que dicen de los esclavos [indios] pudo ser haber hierro [de marcar] en los principios y aunque si se informase de las personas xristianas y doctas como han buscado algunas simples [en] especial el obispo de Chiapa y sus consortes, buscando los medios o malos principios, informaron y aliaron consigo algunas gentes que tenían poca noti-cia y no podían informar verdad porque no lo sabían... y si el saliera electo por Dios como hemos visto su cobdicia, diéramos crédito a su obra; pruebe vuestra majestad a dalle el arzobispado de Toledo..."18 -hasta advertir-"... y siendo así cese el engaño pues tenemos los pies en una de las mayores y mejores cosas que hay en el mundo si se asienta y si no en la peor y en el que más aina se consumiera y acabara...". Frente a estos problemas, Meneses se muestra defensor de la organización indígena precortesiana, pero quizás más por mantener esas críticas hacia el poder religioso que por convencimiento. Frente a las autoridades españolas, como alcaldes y regidores, y a la manipulación de los frailes en la sucesión de los cargos indígenas, opinaba: "Lo que conviene a los naturales es que vuelvan al arte que tenían en sus señoríos y gobernación, acudiendo con lo que fueren obligados a sus tributos, conforme a sus tasaciones, quitalles las gobernaciones puestas y las alcaldías y regimientos por consejo de religiosos porque los señores naturales están arrinconados y se me han quejado muchas veces de las elecciones que se hacen, y que como premite (sic) vuestra magestad y su Real Consejo que sean desposeidos de sus señoríos y dados a muchachos criados de los religiosos y que en tres días aumentan sus haciendas, por aquellas vías hacen sus casas y a sus parientes cada vez que los mudan renuevan los trabajos y otros subsidios...". 19 Pero no siempre daba esa visión positiva del indio. Al tratar de un tipo de trabajo tan necesario como el de los intérpretes o lenguas indígenas, criticaba a los que actuaban como tales por sus "cohechos y robos" en los pleitos entre naturales, perjudicando a los de su propia raza. Por eso elogiaba cómo el virrey Mendoza, los oidores Tejada y Ceynos y el visitador general Tello de Sandoval habían quitado a varios de ellos e incluso azotado a otros, y solicitaba que "hubiese personas dotas (sic) en su lengua, xristianos como los hay que de prima instancia entendiesen [el] porqué de los pleitos desta tierra entre los naturales, como es restitución hecha después que vuestra majestad posee estas partes, es necesario averiguar de plano sin dar lugar a malicias, por questos pueden poco y llévanles lo que no tienen;". Lógicamente, le preocupaba mucho el desarrollo económico que podía alcanzar la minería de oro y plata, que él veía con futuro si se fomentaba el trabajo indígena en los nuevos centros recién descubiertos. Describía Taxco y su rápido crecimiento como ciudad minera y dedicaba varias líneas a demostrar que los indios no sufrían ningún riesgo de enfermedades y de ahogo en esas actividades laborales. En el párrafo de despedida, volvía a expresar su pesimismo por la situación en que se veía, exagerando las tintas: "... yo he escrito como hombre deseoso de acertar aunque más quisiera ir en persona; vuestra magestad recíbalo del siervo como poderoso príncipe y descargue su real conciencia y dé asiento, que ya no cabemos en esta Nueva España con nuestra labranza y crianza, que de todas partes nos cercan trabajos como responden vuestros oidores que allá van, que por no ver perder la tierra se van". Este caballero, natural de Roma, pudo pasar a la Nueva España en 1537 por concesión expresa de Carlos I, aunque parece ser que ya había estado allí de 1530 a 1532. 21 Hasta su muerte en la ciudad de Antequera (Oaxaca) en 1557, ocupó varios cargos en Michoacán, Oaxaca, Puebla y la propia capital mexicana, de la que llegó a ser proveedor mayor; en sus idas y venidas adquirió una gran experiencia y vivió los problemas de la población indígena, dedicando parte de su legado a la construcción de un colegio seminario para religiosos -finalmente dominicos después de un intento con los franciscanos-que sería el de San Luis de Francia, en Puebla. 22 Desde la ciudad de México, donde residiría durante los primeros años del gobierno virreinal de Luis de Velasco, escribió al príncipe Felipe, entonces regente, varias cartas, entre ellas la que aquí se comenta. 23 Por su conocimiento, adquirido in situ en lugares de distintas culturas indígenas, interesa su dictamen, bastante parecido por cierto al de Pedro de Meneses en su punto de vista de valorar la época precortesiana y criticar la organización española respecto a los naturales, por sus consecuencias negativas. Un largo párrafo sin desperdicio lo iba comentando: "Las repúblicas destos naturales me paresce están sin orden y policía alguna, así en lo que toca a su conversión como a lo que conviene a la conservación y augmento dellos, y según paresce esto lo ha causado habérsele pervertido su gobernación tan al contrario de la que solían tener, la cual cierto para el ser dellos, era la mejor que nunca nación tuvo, dejado lo de sus ánimas, y por el descuido que con ellos se ha tenido en gobernar la menor parte destas repúblicas y tratar en sus pleitos y negocios que es nuestra nación y dejar la mayor sin dar orden ni policía alguna y haber dado más libertad de lo que a su ser convenía y puesto entre ellos moneda diferente de la que solían tener que era visto y vestido que no se podía thesaurizar como la que al presente usan, y haberse gobernado debajo de una ley dos naciones tan diferentes como es de hombres a niños". Después de esa opinión final, llena de un paternalismo tan negativo, cargaba todavía más las tintas al comentar los resultados cuando escribía: "Andan al presente entre los naturales dellas y entre nosotros los frenos trocados de arte que los que habían de mandar son mandados y los que nos habían de gobernar no gobiernan, y los que habían de trabajar y cultivar las tierras no trabajan y los oficiales han dejado sus oficios, y todos se han dado al trato de holgar y mercadear en tanta manera que van como hacto (sic) de cabras sin pastor y dejado lo que solían hacer para su conservación al presente no entienden en otra cosa sino en sus vicios, y desto muy poderoso señor, ha resultado y resulta gran daño porque los bastimentos y lo demás necesario para su conservación han subido en ecesibos precios que casi no se hallan por dineros de más de otros notables daños y los vicios que habían de ser disipados prevalecen más que nunca; cierto con tanta disolución, confusión y desorden, no sé en lo que han de parar estos miserables. Los años pasados han sido prósperos de bastimentos, y si con ellos tiene esta nación la falta que digo, qué será dellos subcediendo lo contrario, perecerán de hambre y de pestilencia como suele acontecer." Apoyaba León Romano en su escrito el que se impidieran pleitos y retrasos en la administración de la justicia, siempre alegando que asi se evitaban muchos problemas, y ponía como ejemplo: "Si esta nación por fuerza de armas expugnaran nuestros reignos y nos hicieran guardar sus leyes ordenanzas y costumbres en que aumento viniera nuestra república: cierto creo que se destruyera y asolara. Si sus leyes a nosotros fueran dañosas las nuestras a ellos no han sido ni serán provechosas por ser nación de poco juicio y menos ser, y si Montezuma (sic) rey destos naturales conservó estos reinos con sus leyes, y siendo hombre más inrracional (sic) que de razón con grandísimo augmento y policía hartos de bastimentos, mejor lo conservaría un católico xristiano conformándose con sus leyes y de las nuestras y siendo solo en el gobierno, y no con tantos coadjutores y gobernadores como al presente hay". Más adelante, proponía una solución semejante a la de Pedro de Meneses, por considerarla un mal menor: "Demás de lo que digo conviene dar a esta nación asiento en sus costumbres y algunas de las nuestras las que fueren necesarias y ponellos debajo del yugo de sus centuriones como solían estar que les hagan hacer lo que a ellos conviene apremiándo-M.a JUSTINA SARABIA VIEJO les a ello porque de su voluntad y para sí y sus hijos nunca han hecho ni harán sin premio cosa que les convenga, porque esta nación ha sido y es de tal condición; y reformar los oficios necesarios en sus repúblicas de los cuales al presente carece, y desta manera terná esta nación lo que agora les falta y no quedarán tan destruidas y perdidas por falta de gobierno como al presente están; piden estos naturales ley en que vivan y no hay quien se la dé por no haberse entendido su gobernación hasta agora...". 24 Al tratar otro aspecto que le preocupaba, el de los problemas de abastecimiento, León Romano contraponía de nuevo las dos repúblicas, indicando que ambas debían mentalizarse para trabajar ante el aumento de la población española, del cual daba cifras, que cada año iba planteando mayores problemas para abastecerse de lo más necesario: "Esta ciudad de México y las demás desta Nueva España van en augmento grandísimo de gente de nuestra nación y en mayor necesidad de bastimentos que apenas se pueden sustentar y viven muchos de los vecinos dellas en mucha calamidad e miseria por que casi no lo hallan a comprar con dinero, los unos por no haber de quién como solía, los otros porque aunque lo quieran sembrar no tienen posibilidad, ni dónde, y esto resulta de lo que arriba digo, porque al tiempo que estos naturales tenían concierto en su gobernación los unos y los otros no carecían de lo necesario; si al presente que moran en esta ciudad doce o quince mil ánimas pasa lo que digo, qué será en lo de adelante cuando sean treinta mil; paréceme que por vía ninguna se podrán sustentar sin grandísimos daños e inconvinientes.... Necesaria cosa es questas ciudades se provean como las demás destos reinos, dándoles las aldeas que convinieren en sus comarcas sin tener respecto (sic) al perjuicio de los indios sino a la conservación de ambas repúblicas, pues sé que no lo hay ni faltarán sitios ni tierras baldías para ellas ni gentes que las pueblen, y proveyéndose esto no carecerá México ni las demás ciudades de lo que al presente carecen ni irán los españoles por los pueblos de los indios vendiendo agua por vino y vinagre con agua ni usarán los tratos ilícitos como al presente usan,... y dando la orden que he dicho se dividirán estas repúblicas de manera que la una vivirá sin dar molestia ni vejación a la otra que es lo que conviene, y a ambas no faltará lo necesario; esto conviene se provea con brevedad porque habiendo en ello dilación andan los negocios desta tierra al presente en tal término que podrían parir estas naciones algunos hijos que pocos sirvieran a sus padres ni menos a su magestad, porque de tan ruin preñez no se puede esperar sino mal parto". 25 Este informador anunciaba con agudeza el problema que iba a constituir la primera generación criolla que él veía criarse en las calles y sin un futuro claro, pero su única solución era cuidar las defensas, sin pensar en aspectos educativos y laborales más constructivos: "Los niños mozos desta nuestra república se crían sin virtud ni disciplina alguna, si no es la del tianguez o plaza de México y en otros vicios y aunque los padres les quisieren dar alguna, no hay en qué ejercitarlos; van en augmento grande: no sé daquí a pocos años a que han de parar por no tener salida ni ejercicio virtuoso en qué ocuparlos, parésceme qué en el tiempo que digo su majestad terná pocos amigos en los mozos que al presente hay como en los que de hoy más se criaren, ansí de los de nuestra república como de los naturales y por evitar lo que desto podría subceder sería bien que mandasen hacer algunas casas fuertes y se proveiesen de las cosas necesarias y no se debería tener tanta confianza que diese ocasión a los súbditos que hagan lo que no deben porque las armas siempre suelen traer consigo la paz". El caballero Romano -como fue a veces denominado-defendía la autoridad y la experiencia del virrey como máxima jefatura en aquel territorio, debido a las peculiaridades novohispanas, considerando que había de tener una total autonomía para "que haga la ley conforme a la nación e tiempo y que a los negocios y delitos que se ofrescieren no de plazo ni traslado, mas que castigue con el rigor que a los súbdictos conviene, pospuesta toda tela de juicio como antiguamente se usaba". Llegaba a opinar sobre los errores pasados y la elección de futuros virreyes, defendiendo siempre que éstos, así como los miembros de organismos metropolitanos tan importantes como el Consejo de Indias, fueran personas experimentadas en asuntos de gobierno y administración indianos: "La gobernación desta república hasta agora,..., no se ha entendido por ser diferente de todas las demás que entre los humanos hay como he dicho, porque los que han gobernado y gobiernan han corrido con el tiempo y en algunos negocios fue provechoso y en otros no tanto y si los de allá como los de acá los han proveido por relación de personas que no entendían de lo que trataban ni era de su profesión de que no ha resultado ni resulta a este reigno poco daño. Los yerros que aquí se hacen en breve se remedian, los de allá no sin grandísimo daño. Si el que nos gobierna yerra teniendo presentes los negocios qué harán los que se proveyeren de allá y por relación de los que digo, porque lo que parece ser útil y provechoso para estos miserables cuando llega acá por la dilación del tiempo es dañoso porque no se compadece que el médico esté tan ausente del enfermo como está este reino dél: gobierne, poderoso señor, como digo un hombre solo e yerre porque los negocios desta tierra son de tal calidad que errando los acertará por tenerlos presente". Otro "autor epistolar" prolífico de la década de los sesenta fue este abogado, que llegaría a ser relator de la Audiencia de México. M.a JUSTINA SARABIA VIEJO de 1559 escribió varias cartas a fray Bartolomé de las Casas y a Felipe II -hasta cinco sólo en el mes de mayo de 1563-y todas ellas fueron de gran interés aunque en alguna alegó que "Desta Nueva España no trato cosa ninguna porque vivo en ella y no tengo oficio ni calor ni favor a qué atreverme". También se diferenciaba de los anteriores en que explicaba que no podía pasar a España para informar en persona por que estaba enfermo y podía morir en la travesía y por que era pobre y no disponía de dinero para ese viaje pero solicitaba una real cédula, y de paso algún cargo, que le diera orden y libertad de enviar a la Corona información "en lo de las Indias las cosas de su ynteresse real". 27 En la carta al padre Las Casas, 28 después de describirle los problemas en las áreas de Oaxaca y Puebla y en los conventos dominicos de ellas, se refiere a diversos asuntos de Guatemala y Chiapa, conociendo el interés del famoso dominico por esa zona; pero en los documentos de 1563 29 aparece claramente una rica información sobre aspectos de fomento del virreinato. Así, en otra de esas cartas, fechada en 20 de mayo de ese año, trata varios asuntos económicos y sociales, entre ellos: -Frente a los críticos de la concentración de tierras y ganados en manos de españoles, 30 le preocupaba más que esa ganadería guardada en las grandes dehesas de españoles no estuviera claramente legalizada y proponía "remedios" que beneficiarían tanto a la Corona como a esos poseedores de tierras, siempre sobre la base de la gran riqueza ganadera y sus óptimas posibilidades económicas, en comparación con la metrópoli: "... y es el caso que las dehesas e sabanas e tierras que los españoles en las Indias poseen es cosa riquísima e de grande valor e aprovechamiento de renta porque hombres e vecinos hay en las Indias que poseen estancias tierras e dehesas de todos ganados, ques como un estado en España y ellos no dejan destar temerosos que en ello no poseen más de una figura de posesión a voluntad de vuestra magestad, mientras aquel ganado dura en la tal estancia porque en faltando ni habrá quien lo venda ni comprador que lo quiera, son más preciados los pastos e dehesas destas partes e más ricos fértiles de aguas yerbas leña e sanidad de todos quantos puede haber en el mundo e la carne de todo género el dia de hoy es de grande valor e aprovechamiento a causa de que los indios la gastan e la corambre lo mesmo, jamás en estas partes hay ni subcede en los ganados las morriñas y pestilencias en secas que suelen subceder en España e tiénense por mejores haciendas que las dehesas de La Serena e las demás de Extremadura pruébase que en tres dias que ha que las Indias se ganaron se han dado tanta e tan grande cantidad de ganados en todas ellas e se come e gasta más en una ciudad de Indias que en diez de España e porque podrían los vecinos agraviarse en decir que se les quita lo que poseen e también hacerse reacios en dejar las tierras e servir a su magestad con alguna suma paresce que convendrá que ante todas cosas los pastos e tierras e dehesas se den e declaren por realengas e de su magestad e del patrimonio de Castilla revocando cualesquiera títulos e ordenanzas en especial a los que tuvieren ganados en los términos de sus encomiendas y esto hecho y pregonado luego los dueños de ganados como sepan que hay facultad de vuestra magestad para que se les venda e dé título dello para que sin ganado e con ello las puedan arrendar e poblar e lo demás que convenga para su saneamiento, acudirán con el interés que bueno sea para vejarlos y compelerlos no viniendo luego a lo que convenga se les podrá imponer en lo criado e que se criare un tanto por cabeza y aun en la carne que se pesare e vendiere en las carnecerías e rastros, cobrar alguna cantidad repartida suelto a rata e justo es que pues acá no se sirve vuestra magestad de alcabalas ni servicios ni monedas foreras ni le dan otros aprovechamientos que en España sus vasallos e grandes le dan teniendo más antiguo e mejor derecho a lo que poseen que pues acá los españoles poseen lo mejor del mundo y están riquísimos e viven prósperos e sin vejación ni cuidado antes en toda nobleza llevando tributos de indios e minas de plata e los pastos e tierras que acá vuestra magestad tiene que le sirvan e reconozcan con lo que sea razonable y el que no quisiere dar luego dinero o no lo tuviere que lo imponga de censo sobre las tales dehesas y estancias que no faltará quien compre acá los tales censos e se vendrá a convertir todo dinero y este negocio y los demás son para que juez propio de vuestra magestad venido de España con grande poder lo ensaye y ejecute". 31 -Pensando en la mejora de la Real Hacienda, siempre necesitada, aconsejaba emplear en el virreinato una moneda que mezclara la plata con otros metales, calculando en veinte millones la ganancia por ese cambio: "... porque [en Nueva España] se hace de moneda e plata en ella dos millones de tostones e conforme a la liga que en España se echa tiene acá más valor un tostón que los de España ocho o diez maravedís e ciertamente los mercaderes que tratan en estas partes y en España según se tiene relación si quieren aprovechallos... sino que de hecho luego se eche esta cantidad de liga e cobre e se cobren estos veinte cuentos porque vuestra magestad no tiene en la Nueva España renta que baste para pagar..." los gastos, entre ellos las ayudas y premios a los conquistadores y sus descendientes. -En cuanto a la aplicación de las Leyes Nuevas, y en contra de la postura mayoritaria de los españoles, proponía que se aplicase con rigor el capítulo ordenando quitar los indios encomendados y tributarios a los que 31 AGI, México, 97, R.o 4. M.a JUSTINA SARABIA VIEJO los tuviesen sin ningún título, alegando únicamente que dependían, como sujetos y estancias, de otros pueblos o que las encomiendas les habían sido entregadas por tenientes de gobernadores, no autorizados para hacer estas concesiones legalmente. Y por eso opinaba que: "Vuestra magestad sobre estos casos mande que se haga especial, larga y particular averiguación y que las tales personas por pregón y debajo de grave pena declaren ante el juez de vuestra magestad y su Audiencia qué indios, pueblos, estancias y subjetos tienen y con qué título y esto hecho sumariamente y sin pleitos ordinarios, vuestra magestad se restituya en lo que es de su patrimonio real...". 32 Morales era consciente de que sus informaciones no siempre le ganaron la simpatía de los españoles residentes en México, que llegaron a desconfiar de estos "curiosos" dispuestos a escribir a la Corte reflejando sus opiniones y sugerencias. Según él, "es causa que [éstos, incluyéndose él mismo] sean odiosos y mal quistos, acusados y vituperados aunque sean unos santos". Su carta es uno de los textos emblemáticos en la búsqueda del fomento mediante remedios fáciles para el "engrandecimiento del país y aumento de la Real Hacienda", 33 alegando que si se llevaban a cabo, "en pocos años y con no mucha diligencia y gasto podrían venir de los reinos extraños tantos dineros a los de vuestra magestad cuantos ahora salen, pues todas las cosas de valor y provecho que hay derramadas por el mundo las puede vuestra magestad tener juntas en la Nueva España y cargar de ellas naos como ahora se cargan para acá...". La fertilidad y posibilidades de las Indias eran otra vez destacadas por este informante. A continuación detallaba los posibles elementos de ese cambio, mostrando en algunas líneas matices de un criollismo temprano, defensor de aquellas tierras: -Impulso de los productos tintóreos de color azul, sin aludir a la grana, quizás por que su explotación ya estaba organizada en estas fechas, 32 Ibidem. "Capítulos que dirige al rey Pedro de Ledesma, sobre las cosas que conviene proveer en Nueva España para engrandecimiento del país y aumento de la Real Hacienda". "REMEDIOS PARA LA NUEVA ESPAÑA" coincidentes con los últimos años del gobierno de don Luis de Velasco. Se concretaba en el añil -"que lo de esta tierra es mejor que lo mejor de Berbería"-y en el pastel o hierba pastel -"tan bueno como el de Tolosa" (Toulouse, en Francia)-y consideraba que el fracaso de ambos cultivos en una primera etapa se había debido a la falta de mano de obra especializada, en el caso del primero, y, como ya se ha indicado, a la mala gestión de los asentistas del pastel, pese a que éstos llegaron a trasladar desde Francia pasteliers especializados para enseñar a los indígenas las técnicas del cultivo. 34 -Desarrollo de otras fuentes de riqueza, como plantar olivares con el fin de tener abasto de aceite y jabón, sacando un beneficio rápido de cien mil pesos anuales; producir vino "que se daría muy bueno, por la diversidad de temples y calidades de tierras que hay en esta Nueva España"; cultivar semillas para fabricar posteriormente lino, algodón, ruán, paño y seda, ahorrando con ese desarrollo textil unas cantidades importantes, e incluso fomentar la especiería y las drogas medicinales, para lo cual recordaba los asientos firmados en 1558 con don Francisco de Mendoza, hijo del primer virrey novohispano, con el fin de obtener en aquel territorio pimienta, canela, clavo, jengibre, sándalo y ruibarbo y que, pese a su fracaso, consiguieron buenas calidades "porque el jengibre... se da tan bien como en Calicut, y el ruibarbo lo mismo". 35 Pedro de Ledesma parecía no tener en cuenta -o quizás desconocía-la oposición real al desarrollo de estas fuentes de riqueza en el Nuevo Mundo. -La mejora del estado financiero es otro aspecto de capital importancia desarrollado por este informante con la mayor extensión y detalle. Inicialmente se trata el preocupante tema de la saca de moneda, al que culpa del estado de debilidad y parón económico en que está el virreinato, "porque con valer la hechura de la plata labrada en esta tierra a excesivo precio acaece querer vender la plata labrada a peso de sola ella, y no haber quien la compre ni las demás alhajas de casa aunque se den a menos precio: vienen desta falta de moneda tantos males que serían largos no sólo de escribir más aún de contar: todo esto causa la maldita y rabiosa hambre de enviar dineros a España por la codicia del retorno, y si en ello no se pone límite no sólo esta tierra no se pueda sustentar mucho tiempo, mas España se nescesitará de nescesidades extremas...". 34 Véase Sarabia Viejo, M.a J.: La grana y el añil. Técnicas tintóreas en México y América Central. 35 Sarabia Viejo, M.a J.: "Posibilidades de la especiería mexicana en la economía mundial del siglo XVI". Andalucía y América en el siglo XVI. Actas de las Segundas Jornadas de Andalucía y América, 2 Ts. M.a JUSTINA SARABIA VIEJO -La carestía de los precios, provocada por la dependencia respecto de los productos de la metrópoli, la unía a esa falta de moneda. Esa subida hizo que el coste de la vida se multiplicara por tres o por cuatro en pocos años, llegando a provocar escasez, que, según Ledesma, aumentaría "de aquí adelante questa tierra se pueble en gran manera". 36 Y para apoyar esa autosuficiencia, valoraba la tierra mexicana como "la más fértil, de más baldíos y mejores temporales y más labradores que hay en el mundo; y los indios muy diestros de labrar la tierra con bueyes y arados y otros instrumentos de hierro de que ellos carecían...". Con esta afirmación, claramente excesiva para 1563, trataba de afianzar sus recomendaciones, aunque la realidad laboral que se conoce fuera muy distinta para la mayoría de los indígenas a lo largo del siglo XVI. Profundizaba aún más al afrontar la posible acusación de que, si se rebajaba el traslado de productos desde la metrópoli a Nueva España, el real erario sufriría las consecuencias, al bajar los ingresos de las aduanas y almojarifazgos, principales impuestos vinculados al tráfico ultramarino. La respuesta de Ledesma era que, al aumentar la colonia sus producciones propias, ello redundaría en una subida de los derechos correspondientes a la Corona, incluso por que esos productos podían venderse a los "reinos extraños". Toda una moderna teoría económico-monetaria, que nada conseguiría ante la fuerza del monopolio comercial indiano. -La suspensión de futuros descubrimientos y entradas la consideraba una necesidad complementaria del punto anterior por la sangría monetaria que implicaba, llegando a argumentar que "no hay cabsa para que vuestra magestad deje perder lo ganado por ir con tanta costa a buscar lo que no ha perdido". Matizaba que si el rey quería poblar, convertir infieles o adquirir más riquezas, todo ello lo sacaría del propio Virreinato pues no debía "tratar a la Nueva España como si no la quisiese más de por uno, porque, si por disiparla de moneda los mercaderes cada año vienen a cesar las minas por no poderse costear y por falta de esclavos o vienen a faltar los metales como cada día acaece, todo cesaba y no había cosa de que vuestra magestad pueda ser de ella servido". Con esa protesta se ofrecía una visión negativa del futuro a corto plazo, si no se tomaban pronto las medidas necesarias por parte de Felipe II y el Consejo de Indias. "REMEDIOS PARA LA NUEVA ESPAÑA" Tomo LVIII, 2, 2001 La extensa carta concluía con un párrafo que hoy llamaríamos de incompatibilidades para futuros gobernantes de México, cuya repetición y posterior inclusión en la Recopilación de Leyes de Los Reynos de Indias de 1680, sería una clara muestra de su incumplimiento. En él se detallaban las condiciones que debería reunir: " El que hubiere de venir conviene sobre todo que sea desarraigado y despegado de todas las cosas de acá, recto y celoso del servicio de Dios y de vuestra magestad, apartado de torpes ganancias y siniestras cobdicias, sin pinta de parentesco ni cosa que se le parezca, porque los que están o pretenden permanecer, lo que a unos está bien a otros no les conviene como cuerpo de muchas cabezas de diversos pareceres que forzado ha de ser una ciega confusión, pero si no ha de ser tal, más valdría que la cosa se estuviere como está...". 37 La frase final ya muestra una clara desconfianza en la aplicación de las condiciones que proponía Pedro de Ledesma y puede aplicarse no sólo al aspecto concreto de los gobernantes sino para la recuperación económica del Virreinato imaginada por él a lo largo de la carta. Francisco Gómez Triguillos de Silva De origen ilustre, vinculado a la casa del rey, ya que su abuelo Ruy Gómez de Silva fue ayo de la emperatriz Isabel, ocupó en México cargos relacionados con la Real Hacienda, lo que da a sus cartas un tono de mayor especialización, 38 que contrasta con sus repetidas citas de personajes y escenas bíblicas, en un estilo literario "apoyado en figuras y parábolas", según lo define él mismo. Muestra una preocupación constante por depurar abusos, tanto de burócratas como de otras personas civiles y religiosas, alegando siempre su objetivo de mejorar los ingresos del real erario con una serie de cambios, pero también aprovecha para solicitar al final la concesión o la venta de uno o varios empleos públicos para sí mismo, lo que plantea dudas sobre la honradez de sus testimonios aunque se declare "desembarazado de cuidado y desnudo de bienes". Uno de las cuestiones que le interesaba era la realización frecuente de almonedas o subastas de productos básicos como cacao, trigo, maíz o ropa, 37 Ibidem. M.a JUSTINA SARABIA VIEJO en las cuales, en vez de pagar al contado se permitía ilegalmente el fiado, retrasando con ello la entrada de ese dinero en las cajas reales, a veces durante varios años, mientras los oficiales reales, e incluso los oidores de la Audiencia de México, se enriquecían en poco tiempo. Su opinión era que si no había otro remedio, se legalizara el pago a plazos y así nadie sacaría beneficio personal al permitir las dilaciones ilegales de esos cobros. A continuación vinculaba el mismo tema de las almonedas con los tributos, argumentando que otra medida contra esos abusos, y que además mejoraría el trato dado a los indígenas, era mandar que esos tributos fueran cargados por éstos sólo hasta la ciudad, villa o minas de españoles más cercanas y allí se subastaran o vendieran al menudeo, remitiendo luego los alcaldes mayores, los corregidores o sus tenientes el pago a los oficiales reales. Incluso completaba su opinión con una crítica a esas autoridades locales escribiendo: "... y ansi dará vuestra magestad en qué entender a las tales justicias pues llevan vuestro real salario, porque hay muchos corregidores y tenientes que llevan salario y no saben adónde es el cargo que les dieron si no es cuando van a dar residencia, porque los tornen a proveer sin haber administrado en justicia ninguna y no son pocos;...". 39 Triguillos de Silva extendía sus denuncias a la picaresca de sectores cualificados como los encomenderos, a los que acusaba de quejarse continuamente por la bajada de sus tributarios y pedir otras ayudas, sin indicar que desde mediados del siglo XVI los precios habían tenido una subida tan fuerte que ellos seguían cobrando lo mismo y engañaban al Consejo de Indias para seguir viviendo con lujo. Al contrario que el relator Francisco de Morales, otra cuestión que le preocupaba era la disminución de la cantidad de tierras realengas en la Nueva España, debido a que gentes como "un oficial barbero, herrero, calderero y de otros oficios y hombres viles que no son labradores..." habían obtenido de los virreyes y oidores mercedes de estancias y caballerías de tierra, que luego revendieron al contado o pusieron a censo en cuanto tuvieron la carta acordada, sacando con ello grandes beneficios. Por eso opinaba con dureza: "... es una burla burlada lo que se ha hecho y se hace, qué cosa es esto que siendo vuestra la tierra y adquirida con vuestra real hacienda y sustentada con escuadrones de gente en los campos para tenella en paz y en concordia y con vuestras justicias, administrando y con mucha costa de vuestra real hacienda,... que haya un desafuero y que estén todos tan ciegos que no quieran avisar lo que conviene al pro de vuestra real hacienda, sino que todos sean usurpadores y robadores de vuestra majestad,...". 40 Como remedio mínimo proponía que todos los propietarios de tierras fueran obligados a empadronarse antes de pagar sus impuestos por esa posesión, con lo cual la Corona conseguiría algún beneficio de esas mercedes dadas en perjuicio de sus tierras y el que no lo cumpliera, sería desposeido para que esos terrenos se pasasen a gente pobre y trabajadora dispuesta a cultivarlos. De todos los informantes estudiados, éste es el único que se refiere a las mujeres y, por supuesto, lo hace desde un enfoque económico, al ver a las solteras indígenas como posibles sujetos tributarios, comparándolas con las de diversas regiones de la metrópoli que, cuando se dedicaban al comercio o al trabajo asalariado, pagaban impuestos. Según Triguillos de Silva, en la Nueva España había en esas fechas de la segunda mitad del siglo XVI hasta "un millón y más" de mujeres solteras que podían tributar, ya que conseguían grandes ganancias en los mercados, actuando allí "con más fuerza y más varonilmente". Daba la cifra a pagar de seis reales anuales, distribuidos a medio real por mes, añadiendo que eso no supondría para ellas una carga excesiva ya que ganaban al menos de 15 a 30 pesos cada año. Su afán casi obsesivo por aumentar las rentas del erario público le llevó a extender la propuesta de incluir también entre los tributarios a los "mozuelos de diez hasta quince años", a los que cifraba en más de cien mil, alegando que con esas edades ya se alquilaban para servicios varios, incluyendo los obrajes y su duro trabajo, con lo que llegaban a ganar de doce a dieciseis reales al mes y un tributo de medio real mensual no sería gravoso para ellos. Queda claro que, para este informante lleno de iniciativas, ninguna persona de raza indígena que trabajara debía quedar exenta de tributar. La parte final de la segunda carta la dedicó al tema de la venta de oficios, que empezaba a verse como una fuente oficial de ingresos. Describe Triguillos de Silva que los procuradores de la Real Audiencia de México ya vendían ilegalmente su cargo desde hacía años. Por eso proponía, sin ninguna duda, que fuera la Corona la que ofertase puestos diversos como procurador, fiel ejecutor y otros vinculados a los Cabildos, escribanos del crimen, jueces de difuntos, etc., con el fin de conseguir ingresos extraordi-40 Ibidem, pág. 185. Obsérvese que en este corto párrafo aparece tres veces citada la Real Hacienda, como una clara muestra de la preocupación del corresponsal por el erario público. M.a JUSTINA SARABIA VIEJO narios. Como sabemos gracias a las publicaciones de Francisco Tomás y Valiente y otros, 41 las ventas serían una fórmula usual desde esos años del siglo XVI, sin que eso signifique una atención directa a esta sugerencia del funcionario de la Real Hacienda aquí comentado. Haciendo un recuento temático de estas misivas, se ven varios bloques: -El fomento económico.-Todos se preocupan de aspectos relacionados con el desarrollo de la agricultura especializada (plantas tintóreas, vides, olivos, especias y plantas medicinales), la vigilancia de la ganadería extensiva y suelta y sus dueños sin título de propiedad, el impulso de las industrias derivadas como la fabricación de cerveza y diversas telas y, por supuesto, la minería de plata, con los problemas derivados de la amonedación como la salida excesiva de moneda con destino a la metrópoli o la necesidad de mezclarla con otros metales para obtener la Corona un mayor beneficio. Un tema que tratan varios con detalle es la carestía, vinculada al abastecimiento y a las cuestiones tributarias. -Los problemas sociales.-Ambientados en la cambiante realidad novohispana de mediados del siglo XVI, se refieren tanto a los indígenas como a los españoles. Los primeros son vistos contradictoriamente, ya que se defiende la conservación de su organización precortesiana (autoridades, formas de vida) en una república separada pero, al mismo tiempo, se les ve como trabajadores en las minas y como sujetos tributarios. Respecto a los españoles, se recogen: las reivindicaciones de conquistadores y encomenderos (aunque Triguillos de Silva acuse a éstos últimos de engaño); las dificultades derivadas de la aplicación de las Leyes Nuevas y de las demandas para que se realice de una vez el reparto general de la tierra entre ellos. El caballero León Romano anuncia la inestabilidad social que va a suponer la primera generación criolla, todavía adolescente en 1550. -Críticas sobre los diversos poderes.-Abundan las referidas a las autoridades locales como alcaldes mayores, corregidores y sus tenientes, así como las que denuncian problemas relacionados con la administración 41 Tomás y Valiente, F.: La venta de oficios en Indias (1492-1606). "REMEDIOS PARA LA NUEVA ESPAÑA" Tomo LVIII, 2, 2001 de justicia y el comienzo de las ventas de oficios públicos para el beneficio de la Real Hacienda. Varios expresan duras opiniones contra los miembros de las órdenes religiosas, considerando que manipulan a los indígenas aprovechando su poder sobre ellos. Estos corresponsales se muestran de acuerdo en detallar las condiciones que debe reunir un buen gobernante de aquel territorio, al que la Corona tendrá que dar la mayor autonomía posible, pero también es común a todos la valoración de la tierra, para la que no ahorran adjetivos demostrando así su arraigo en ella, al mismo tiempo que su fidelidad al rey. * * * A través de estos hombres pueden verse, por tanto, las tensiones y posibilidades que México ofrecía a la vista, y a la pluma, de ellos. No cabe duda de que sus cartas debieron aportar noticias de interés a los gobernantes metropolitanos, quizás como contrapartida de la continua documentación oficial que llegaba al Consejo de Indias, aunque sea imposible valorar los efectos reales de sus variadas críticas y remedios. M.a JUSTINA SARABIA VIEJO
Durante casi siglo y medio, los encomenderos de Venezuela usufructuaron el tributo en "servicio personal" como la principal forma de explotar el trabajo indígena. Al final del siglo XVII, circunstancias de orden político y legal si bien presionaban sobre el viejo sistema por necesarios cambios, nuevas condiciones fiscales pronto le imprimieron algunas reformas y, de hecho, lo llevaron a su desaparición cuando en 1687 se impuso la tributación en "dinero". Con el establecimiento del nuevo régimen de tributación también se dieron las normas que regulaban la forma de pago y las tasas de acuerdo a su jurisdicción, así como el ajuste en la asignación de los estipendios de curas doctrineros que desde entonces dependieron del tributo indígena. Este sistema no sólo se extendió con rapidez hasta los pueblos más distantes de la gobernación, sino que además impulsó la oferta de una fuerza de trabajo que se contrató en condiciones más liberales. El presente trabajo responde a la imperiosa necesidad de profundizar un poco más en torno a la reconstrucción del complejo y heterogéneo desarrollo socio histórico de los pueblos indígenas. En Venezuela, hasta hoy, a pesar de algunos resultados parciales, la investigación sobre la temática resulta muy poco satisfactoria, pues todavía sigue pendiente la redacción de una obra de historia general, que ni siquiera existe a nivel de manual, sobre el devenir de las comunidades y pueblos aborígenes que ocuparon las distintas regiones de Tierra Firme. 2 En esta oportunidad, para un lapso sumamente corto como el de una década y una región tan concreta como la antigua provincia de Venezuela, 1 El artículo resultó del seminario: "Jueces y Visitadores en los Pueblos de Indios bajo la administración española", como parte del programa doctoral (curso académico 1999-2000): "Historia y Sociedad en las Américas" a cargo del Departamento de Historia de América de la Universidad de Sevilla. El curso fue dirigido por el Dr. Julián B. Ruiz Rivera, a quién agradezco sus críticas. 2 Aun cuando el asunto no se aborda en este momento, se recomienda el minucioso trabajo realizado por Hidalgo Nuchera, Patricio y Mudarás García, Félix: La Encomienda en América y Filipinas. Su impacto sobre la realidad socioeconómica del mundo indígena. Esta obra si bien recoge y clasifica por tópicos una parte importante de la producción historiográfica sobre el origen y evolución de la organización del trabajo indígena, también da una clara evidencia de los escasos resultados de investigación para la antigua provincia Venezuela. intento rescatar los cambios que se generaron en la tributación indígena a partir de 1687, cuando por fin se derogó el "servicio personal" y en consecuencia se impuso la tributación en "dinero" o su equivalente en especie y que, hacia 1697, la recaudación de la renta se desarrollaba paralela y en cierta armonía con la reorganización del trabajo indígena. Pero también, espero que dichos cambios respondan y formen parte de la continuidad que experimenta la organización y la explotación del trabajo en el largo devenir histórico, al tiempo que explique su particular proceso regional. Encomienda de servicio personal La institución de la encomienda en la provincia de Venezuela se estableció unos años antes de mediar el siglo XVI. Por aquel tiempo, los vecinos y el gobierno provincial después de alegar la gran pobreza de la tierra y con ella, la de los indígenas para tributar en "especie", adoptaron el sistema del "servicio personal" como la mejor forma para explotar su fuerza de trabajo, por el cual los encomenderos a cambio de la protección y la evangelización, pasaron a cobrar un servicio que transformaron en trabajo obligado y cuya labor se tasó en tres días a la semana que los naturales realizarían en el campo o las ciudades. 3 A pesar de las leyes que la Corona dictó hasta bien entrado el siguiente siglo contra el servicio personal, a fin de generalizar la tributación en dinero y la moderación de sus tasas, los vecinos desde los respectivos cabildos y con apoyo del gobernador, consiguieron a través de las reiteradas peticiones económicas elevadas ante los reyes que la servidumbre indígena prevaleciera, pues tal servicio constituía la base de la producción agrícola y no podían prescindir de ella. Pero al mismo tiempo, las particulares condiciones que sustentaban el débil desarrollo del tradicional sistema, tanto por la falta de cumplir con algunas leyes que permitieran su regulación y control, como por las cargas que pechaban los beneficios del trabajo indígena y donde incidía de forma especial la renta de media anata, entre otros hechos, al final del último tercio del siglo XVII ya exigían inmediatas reformas. El tradicional sistema de explotación La conservación del régimen Al igual que por muchos años, durante el primer quinquenio de 1680 el gobierno provincial de Venezuela, a fin de cumplir con la regular asignación de las encomiendas de indios vacantes y subordinadas a distintos pueblos en doctrina, continuó con la tradicional práctica de los edictos para otorgar su administración. Convocadas a público remate entre los vecinos opositores que concurrieran, en torno a los que más pujaran se entregaban las respectivas provisiones de encomiendas hasta entonces en cabeza de la Corona. Pero al final, la preferencia para la concesión dependía de muchos factores, sobresaliendo entre ellos tanto la amistad con el gobernador como el que alegaran cualesquier servicios prestados a la monarquía, o bien algunas manifestaciones en defensa de la Santa Iglesia Católica, con lo cual, pasaban a usufructuar las encomiendas hasta por dos vidas conforme a la ley de sucesión. 4 A través de los títulos expedidos por el gobernador y siempre en nombre del rey, los nuevos encomenderos se obligaban a pagar algunas rentas al erario real, por concepto de "composición de indios", las "demoras y aprovechamientos" por los indígenas repartidos y la "pensión general de indios" que se aplicaban sobre las mercedes recibidas. El provecho de la pensión, en principio, continuó financiando una lista cada vez mayor de 4 Así lo evidencian las cédulas al momento de confirmar algunas encomiendas, como ocurrió, por ejemplo, con Bartolomé Pan y Agua de Trexo, que por muerte del capitán Simón Suárez recibió (1681, agosto) la encomienda de indios del valle de Boconó, jurisdicción de la ciudad de Trujillo; el sargento mayor Luis de Silva y Piña, que por muerte de Lucía de León y Piña recibió (1682, diciembre) la de los indígenas de nación Cayones, asignados al pueblo de doctrina San Antonio de los Naranjos en el valle de Umucaro, jurisdicción de la ciudad de El Tocuyo; o la de Alonso Moxica Santillán, vecino de Barquisimeto, que por muerte de Elvira de Ponte y Alvarado recibió (1684, agosto) los aborígenes de nación Ajaguas, Camayos, Gayones y Coyones, asignados a los pueblos y doctrinas de los valles de Quivor y Umucaro, jurisdicción de El Tocuyo. Archivo General de la Nación, Caracas (en adelante AGN-C), Sección Real Hacienda, Libro Copiador de Reales Cédulas y Títulos, que corren desde 1682 hasta el año de 1702. TRABAJO INDÍGENA EN VENEZUELA (1687-1697) Tomo LVIII, 2, 2001 actividades locales, como eran las destinadas a pagar la infantería de la fuerza y plataforma del puerto de La Guaira, el preceptor de gramática situado en la ciudad de Santiago de León y la limosna para vino y aceite que se distribuía entre los escasos conventos de la provincia. 5 El producto de los beneficios particulares derivados por el disfrute de las encomiendas disminuía por numerosas deducciones. Los descuentos ya no sólo incluían los tradicionales derechos al fisco o los gastos propios del encomendero por la protección y evangelización del indígena; también estaban sujetos los encomenderos a cualquier contingencia, de acuerdo a las resoluciones que se tomaran sobre las demoras de los indígenas o bien de imprevistas contribuciones graciosas al rey; a ello se añadían los fletes por la obligación de tener que presentar en los siguientes cinco años ante los jueces oficiales de Hacienda la confirmación del monarca. Pero lo que más inquietaba a los vecinos era que, para la conservación de aquellas encomiendas, progresivamente vieran aumentar en gran cantidad sus costas, al tener que sufragar nuevas obligaciones como el dar bulas a todos sus encomendados a fin de contribuir con la Santa Cruzada, así como medio real al día, para el sustento de cada uno de los naturales que trabajaran en sus haciendas. La protección del indígena En cuanto a mantener el buen tratamiento y conservación de los indígenas, sus vasallos, fueron numerosas las medidas, que hasta entonces la dinastía de los Austrias ordenó por igual a virreyes, oidores y gobernadores al momento de entrar a servir sus puestos en las Indias. Política protectora que observarían precisa y puntualmente, pues en caso contrario, y advertidos de cualquier falta, no sólo se les seguiría juicio con cargo en la residencia pues era materia de expreso castigo y se actuaría con toda severidad como a transgresores de aquellas órdenes, sino que, además, la imposición de tales sanciones constituiría una medida ejemplar para futuros casos. 6 No obstante, fueron órdenes que de igual modo la Corona prosiguió recordando a los distintos funcionarios. Así lo registran numerosos títulos. Por ejemplo, para ejercer las tareas tanto de gobernador como capitán general de Venezuela que, entre otras muchas obligaciones de naturaleza política, civil, criminal y militar, dependientes de los dos cargos, también respondían por el cuidado y protección de los pueblos indígenas. Con todo, el Consejo de Indias conocía las continuas vejaciones y agravios que recibían los aborígenes, cuando los gobernadores salían a las ordinarias visitas y regulares comisiones hacia la tierra adentro y donde los despojaban de sus víveres para reponer el bagaje de la tropa, por lo que les recordaba en las cédulas: cuando vayáis a tomar posesión del dicho oficio ni cuando salgáis de visita ordinaria de la provincia ni otras comisiones, no obliguéis a los indios a que den bastimentos ni bagajes, sino que esto sea voluntario en ellos, pagándoles justamente lo que se les debiere, según el común precio o estimación de las cosas que hubiéredes menester, sin hacerles perjuicio de vejación alguna, por lo que se debe atender a su alivio y conservación y ser materia tan escrupulosa y digna de todo reparo.7 Condiciones que empujan a su modificación El incumplimiento de las leyes Por distintas cédulas dirigidas a las autoridades superiores de la provincia estaba mandada la estricta aplicación de todas las leyes sobre la atención indígena; pero cual sería la realidad en Venezuela, que al momento de cumplir con la obligación de algunos capítulos sobre la organización de los pueblos aborígenes, éstos nunca se habían aplicado. Así sucedía, por ejemplo, en cuanto a vigilar la buena gestión y administración de los corregidores sobre el cobro del tributo indígena. 8 En este caso se le ordenaba al gobernador Diego Melo de Maldonado, como también a sus antece-sores, que de no hacer cumplir el precepto, con pena y sin admitir diligencias ni descargos en la residencia, sería juzgado y sentenciado en cualquier instancia: cobraréis los tributos de los indios de vuestro distrito que debieren pagar y no lo haciendo, pagaréis de vuestra hacienda los resagos que en vuestro tiempo se causaren como tenéis obligación,... so pena que no cobrando los dichos tributos, pagarán vuestros fiadores lo que de ello dejare de cobrar. De igual modo ocurría respecto al cuidado con las cajas de comunidad de los indígenas, que de hecho no existían. 10 Si bien estaba prohibido por diversas cédulas y ordenanzas reales que ninguna autoridad extrajera cosa alguna, se tenían noticias de otros territorios donde muchos gobernadores y corregidores de indios, contraviniendo lo establecido, sacaban de aquellas cajas la plata y otros bienes que existían para emplearlos en sus tratos, granjerías y usos propios, con lo cual generaban muchos perjuicios a los naturales. En tales casos el rey mandaba: habéis de estar advertido que en ninguna manera habéis de tocar a las dichas cajas de comunidad de los indios, por ningún caso ni para ningún efecto que sea ni servicios de ellos, ni ocuparlos en ningunos ministerios de vuestro servicio, con apercibimiento de que se os hará cargo con vuestra residencia y seréis castigado por ello con demostración. 11 Pero a todas luces lo más importante que estaba ordenado a los gobernadores en las posesiones de las Indias, y hasta entonces no cumplido en Venezuela, se refería a los padrones de indios. Esta consistía en una medida de gran interés entre la Real Hacienda y la Iglesia, no sólo para conocer las condiciones y número de la población aborigen, sino también para estimar algunos montos y establecer de una vez por todas la recaudación del tributo indígena en dinero ya con larga tradición en otros lugares de Hispanoamérica. 12 El empadronamiento de indios tributarios lo realizaría el gobernador, "al tiempo que entráredes a servir el dicho oficio como está dispuesto por la Ordenanza que hizo don Francisco de Toledo, 9 AGN-C, Real Hacienda, Libro Copiador, T. 462, fol. 8. En el epígrafe "Cajas de Comunidad y Cajas de Censos", el autor reconstruye el devenir histórico de estas Cajas desde los primeros momentos de la conquista hasta el siglo XVIII indiano. Anuario de Estudios Americanos siendo mi virrey de las provincias del Perú, que está confirmada por provisión real". 13 La renta que más pesa sobre la encomienda La violencia de los continuos ataques piráticos contra las posesiones hispanas en América, y sobre todo en la extensa jurisdicción de Nueva España, exigió con la mayor prontitud ingentes recursos para su defensa, pues al no alcanzar los que por concepto de media anata ingresaban a las cajas principales de las regiones que correspondían al virreinato, resultaba sumamente necesario disponer de las que pertenecían a otras provincias americanas. 14 En tal sentido y por una cédula dirigida al gobernador de Venezuela, dictada el 2 de septiembre de 1687, se avisó la resolución para sustraer de la media anata de todas las encomiendas de indios en los reinos de Nueva España, Perú y Tierra Firme la mitad de lo líquido del valor de ellas, deducidas primero las cargas pertenecientes a la Real Hacienda. 15 El gravamen, fijado por tiempo de cuatro años y que empezaría a correr desde el 1° de enero de 1688, se destinaría para establecer y mantener fuerzas navales en los mares del Sur y del Norte, con las cuales defender y asegurar las costas y sus comercios de los repetidos ataques de piratas. A consulta del Consejo de Indias, se mandó al gobernador, respecto a la media anata, que diera las oportunas ordenes: para que de todos los repartimientos de indios que con nombre de encomiendas hubiere en esa provincia de Venezuela, se desfalque la mitad por tiempo de cuatro años de lo líquido y efectivo que quedare del valor de ellas a los encomenderos, deducidas primero todas las cargas que tuvieren ya que lo que esto importa en el dicho curso de los referidos cuatro años, que han de empezar a correr y contarse desde el día primero de enero de 1688, se vaya enterando y metiendo como fuere cayendo con toda cuenta y razón en la Caja Real de esa ciudad, cuidando vos de que, lo que esto importare, se retenga en ella con toda separación y sin juntarlo con la demás hacienda mía para la aplicación que yo delibere dar a este caudal. 16 La exigencia de tan urgente contribución se justificaba, en parte, por la misma tradición de esa renta, ya que desde la conquista de las Indias el fin y asunto principal del repartimiento de los naturales por vía de encomiendas, que virreyes y gobernadores en nombre de los reyes hacían merced a particulares por diferentes motivos, se dirigían principalmente a la defensa de aquellos dominios. Así pues, al determinar lo infructuoso de las fuerzas de tierra, sin capacidad siquiera para contener a los enemigos y que sin nuevos destacamentos, armas y naves no podrían disfrutar con toda libertad y seguridad sus haciendas, resultaba conveniente que los encomenderos asistieran al resguardo con sus caudales. Para ello y atento a que la Nueva España, con lo que montaba la mitad de sus encomiendas, no podía acudir sola a la defensa de esa inmensa región caribeña, reservó la media anata de las encomiendas tanto de Venezuela como de otras provincias indianas. Tocó a Diego Jiménez de Enciso, marqués del Casal,17 recibir la cédula para retener la mitad de aquellas rentas líquidas. La orden llegó al puerto de La Guaira el 10 de septiembre de 1688, procedente de los reinos de Castilla y con registro para la provincia, tres días más tarde el nuevo gobernador la mandó publicar en la plaza para conocimiento de los encomenderos y corregidores de indios. 18 Con el pregón se inició la cobranza del complemento de la renta, que guardarían en las arcas reales de la capital y los jueces de Hacienda no sólo certificarían las pagas que hicieran los corregi-dores, sino que la ingresarían por cuenta aparte y sin mezclarla con otro arbitrio real. En adelante, el gobernador despachó copias de la cédula, junto con autos suyos, para que sus tenientes las publicaran en todos los pueblos de la tierra adentro, a fin de que los corregidores entregaran puntualmente lo que montara la media anata líquida y los administradores fiscales, cada uno en su jurisdicción, asentaran el producto por separado. De igual forma procederían los oficiales de la caja de Caracas en cuanto a la razón del cargo y descargo de la renta que, sin ligarla ni retardo, remitirían lo que montara en cada año, como estaba dispuesto, pena de que se despacharía persona a su costa para cumplir con la remisión hasta su destino. El 16 de septiembre se hicieron las diligencias ante los jueces de Hacienda para que observaran lo mandado y no fue hasta el 26 de noviembre cuando la cédula se asentó en los libros de la Tesorería. Entre los pliegos reales que arribaron al puerto de La Guaira por junio de 1691,19 reexpedidos desde el puerto de San Juan de Ulúa (Nueva España) en la fragata del capitán Juan Martínez de Laspidea luego de transportar el azogue desde Castilla, el gobernador recibió una nueva cédula, fechada en Madrid por septiembre de 1690. 20 Se trataba de la respuesta a ciertas dudas elevadas ante el Consejo de Indias, tanto por vecinos de Venezuela como de otras provincias americanas, acerca de si las pensiones se incluían o no en el descuento de la media anata. Tras ratificar lo ordenado en septiembre de 1687, sobre la cobranza y su forma de recaudar, el rey resolvió que en las "pensiones" se observara lo mismo que en las "encomiendas", por constituir un mismo principio tanto en su origen, como en la obligación por parte de quienes las gozaban para defensa de las Indias, de suerte que contribuyeran durante los cuatro años con la mitad de lo que últimamente percibían. No obstante la regla, quedaron exentos encomenderos y pensionarios que no obtuvieran 200 pesos útiles de renta y para cuya regulación se ajustó a lo que pagaran por el derecho de media anata, en orden al efectivo valor de las encomiendas que gozaran o de las pensiones situadas en ellas. Mandaba el monarca en esa oportunidad que el caudal procedido se destinara para la fábrica de armamento y navíos, nuevamente establecidos en Nueva España y hasta donde viajaba el conde de Galve con el alto oficio para regir el virreinato y encargarse de tal empresa. Para procurar el envío de los efectos, el virrey comunicó al gobernador la comisión real y que advirtiera lo propio a los oficiales de Hacienda, en cuyo poder estaban los recursos que a propósito se emplearían en el castigo y extinción de los piratas que infestaban aquellas costas. En tal sentido, el rey le indicaba al marqués del Casal: déis las ordenes convenientes para que por los dichos cuatro años, se cobre la media anata en toda esa provincia así de las encomiendas como en las pensiones, exceptuando como se ha dicho a los encomenderos y pensionarios que no gozan útiles 200 pesos de renta, disponiendo su cobranza y entero en mi caja y para que mi virrey de la Nueva España pueda ir obrando en cuanto al armamento, lo que se ha de ejecutar. 21 Tan pronto como se ordenó continuar con los términos del instructivo, Joseph Ramírez de Arellano, procurador general de Caracas y en nombre de los vecinos afectados de la provincia, suplicó al rey la anterior medida, en cuanto a proceder con el cobro complementario a que estaba sujeta la media anata y, en particular, las encomiendas y pensiones. Proponía el apoderado que se elevara el monto de la dispensa y cuya renta sólo se aplicara a quienes obtuvieran 500 pesos útiles, restituyendo lo que por esta razón, se sustrajo a los encomenderos y pensionarios o sus herederos. Petición que no consiguió los resultados esperados, pues una cédula fechada en Madrid por septiembre de 1691 y dirigida al marqués del Casal expresaba la voluntad real: en la ciudad a toque de "caja de guerra" y hecho se llevara ante los oficiales de Hacienda para que tomaran la razón. El día 29, de nuevo se pregonó en la plaza y otras partes públicas. Reformas introducidas en la tributación Después de casi siglo y medio, tiempo durante el cual los vecinos de Venezuela usufructuaron la encomienda de "servicio personal", las viejas intenciones de la Corona por modificar la antigua forma de tributar a que estaban sometidos los indígenas de la provincia desde los primeros años de la colonización, se concretaron hacia la penúltima década del siglo XVII. No fue hasta 1687, a raíz de la visita que la Corona ordenó sobre las Cajas de la Real Hacienda de Venezuela, cuando en la provincia se inició una profunda revisión del sistema que explotaba el trabajo indígena y que concluyó con su inmediata transformación. Los intereses fiscales se llevaron a cabo mediante la gestión mancomunada del gobernador y el obispo, tras acogerse a las cédulas que ponían fin al servicio personal. A partir de ese año, los indígenas quedaron obligados a tributar anualmente en "dinero" o su equivalente en especie que entregarían a los corregidores nombrados para tal efecto y cuya normativa provincial, dependiendo de los pueblos indígenas respecto a Caracas, estableció los montos del tributo y su distribución para financiar el sueldo del corregidor y la contribución a las cajas de comunidad. Pero con ello, también se modificaron y reajustaron las asignaciones que por concepto de estipendios recibían los curas doctrineros tras las gestiones del gobierno religioso y, que desde entonces, dependieron de las tasas que se impusieron como tributo a los indígenas.24 Cambios en los pagos de la tributación El interés fiscal de la Corona El primero de marzo de 1687 llegó al puerto de La Guaira el Dr. Diego de Baños y Sotomayor, no sólo como obispo electo para Venezuela,25 sino que además, por los documentos y credenciales presentados ante el gobernador y capitán general, los jueces oficiales de Hacienda y restantes autoridades de la Justicia y Regimiento del Cabildo seglar, a nivel local, demostró venir por especial comisión del rey como juez visitador de las cajas reales de la provincia. No fue hasta febrero del siguiente año, cuando por un auto el obispo justificó las precisas ordenes que traía en materia fiscal y, sobre todo, en tratar de aplicar lo que se mandaba por el recién compendio de Leyes,26 como era, cobrar por el arancel de la media anata todas la mercedes, títulos, oficios y rentas que se dieron en la provincia; no obstante, por la restante información, quedaban evidentes otros sutiles intereses de la Corona. La visita del obispo a las Cajas se practicaría sin interferir con la gestión del gobernador, pues, aun cuando el prelado se destinaba a revisar los libros de la oficina de contaduría con el fin de comprobar las cuentas que entregaron los anteriores oficiales de Hacienda, no sólo se destacaba en ella la cobranza de la media anata, sino también indagar sobre las comisiones que el gobernador y los tribunales dieron a personas extrañas para atender los negocios de la Corona en la región, ya que en aquellos libros: no consta ni aparece haber cobrado el real derecho de media anata de los jueces de Residencia y subdelegados de ellos, que han venido a esta dicha provincia a tomarla a sus gobernadores como ni tampoco de los jueces de comisión que se despachan a las ciudades de ella con salarios, por no haber puesto en estilo ni acostumbrado en los tiempos antecedentes, en lo cual ha sido y es damnificado gravemente el Real Haber en cantidades considerables. 27 La Junta de Media Anata extendió el cobro de este derecho, dispuesto en su forma por arancel y resoluciones, hasta los oficios de corregidores que proveyeran los virreyes, presidentes y gobernadores. Pero la misión del obispo, quizás no tan interesado por la estricta pesquisa fiscal ante los escasos rendimientos económicos, se dedicó a reordenar la precaria situación creada con los nombramientos que realizara el gobernador Diego Melo Maldonado, respecto a los "diferentes corregidores de los pueblos de indios de la jurisdicción de cada ciudad y señalándose renta en cada un año por demorarse las que hay en ella". 28 En tal sentido, mandó el ilustrísimo obispo a los jueces oficiales de Hacienda que ellos y sus tenientes, a cuyo cargo estaba la Caja principal en Caracas y las restantes cajas sufragáneas en las ciudades de la tierra adentro, cobraran desde el 3 de febrero en adelante el derecho de media anata tanto a los jueces de residencia, los subdelegados y demás personas que se despacharon con salarios y por jueces de comisión a las ciudades de la provincia, como también a los corregidores y administradores de los pueblos de indios nombrados por el gobernador, aunque fueran interinos. Fin del servicio personal y la nueva tributación Desde finales del siglo XVI y con más ardor durante el XVII la monarquía tenía mandado por repetidas cédulas y ordenes dirigidas a los diferentes gobernadores de Venezuela, que entendieran sobre la supresión del servicio personal y en lo posible resolvieran sobre los grandes perjuicios a que estaban sometidos los indígenas y les seguirían de continuar con la forma de tributar en servicio, procedimiento impuesto desde antiguo en esa provincia. 29 Sin embargo, hasta entonces fue tarea de los cabildos así como función de los procuradores de las ciudades el de apelar ante el rey para refutar tales criterios y, sobre todo, contando con el apoyo de las continuas peticiones hechas por los vecinos desde sus corporaciones, los procuradores de Caracas asumieron el compromiso en nombre de la gobernación para luchar por aquellos antiguos privilegios. Así pues, cada vez que la Corona emitía leyes en este sentido, de inmediato los negociadores enviados a la Corte le salían al paso con otros tantos ruegos, con lo cual lograban que el monarca consintiera temporalmente el servicio personal o en su defecto ganaban especiales mercedes para que la tributación conti-28 Ibídem, fol. 42. Vicisitudes que no se definen hasta mediados de 1687, cuando en atención a los reales mandatos y, en concreto, por la cédula del 26 de agosto de 1686 que le ponía fin a tal sistema, por autos del gobernador, se tomaron las primeras medidas para eliminar el servicio personal y con ello establecer una nueva modalidad. Pero la idea no era tan reciente, pues sólo se trataba de aplicar la ya mañosa figura de la "demora"; con ella, los indígenas cesaron en la obligación de prestar servicio personal a sus encomenderos, y en lo sucesivo, quedaron obligados a dar un tributo anual, mientras la fuerza de trabajo se comenzó a contratar por el encomendero como empresario agrícola. 31 Desde esta fecha, el modelo consagró que los indígenas de la provincia encomendados o en cabeza de la Corona, tributaran únicamente en dinero efectivo o su equivalente en especie a partir tanto de los frutos cultivados como del trabajo remunerado. 32 No obstante, será necesario que tales arreglos esperen hasta el 1° de agosto, pues en esa oportunidad y tras el unánime acuerdo e inmediata orden de las máximas autoridades regionales, constituidas en este caso por el gobernador y capitán general, marqués del Casal y el obispo, Dr. Diego de Baños y Sotomayor, cuando finalmente y en tanto el rey no mandara otra cosa, los indígenas fueron puestos en libertad: quitándoles y aliviándoles del servicio personal que pagaban a sus encomenderos, de tres días cada semana, quedando como los indios de toda esta América con la obligación de tributar un año lo que pareciere conveniente y se les señalase, que entonces fue a razón de doce pesos y cuatro reales en cada un año de tributo. Caracas, Banco Central de Venezuela, 1986, Vol. 32 Señala Nestares, para la provincia de Cumaná, que por cédula del 26 de agosto de 1686, "se ordenaba al gobernador que eliminase el servicio personal de los indios encomendados, y los demorase para que a partir de ese momento su obligación quedase reducida al pago a sus encomenderos del tributo que se les señalase y no volviesen a entregar su trabajo como obligación". Pero no fue hasta 1712 cuando el nuevo sistema de tributación indígena comenzó en aquella provincia. 33 AGN-C, Real Hacienda, Libro de la Concordia que señala los estipendios que anualmente gozan los curas doctrineros de esta provincia de Caracas, formada el 6 de junio de 1691. El maestro Arcila declara no conocer la Cédula sobre la nueva reglamentación, sino el testimonio del teniente de gobernador de San Carlos de Austria, jurisdicción de Caracas, cuando se leyó el mandato del gobernador. Arcila: El régimen, pág. 218; pero tampoco manejó el Libro de la Concordia, pues en ningún momento lo cita y nunca hizo referencia al mismo. Poco después se remitieron a Venezuela dos nuevos despachos reales: uno del 30 de septiembre de 1688 y ratificado por otro del 17 de noviembre del siguiente año, donde, luego de alegar su católico y piadoso celo, el rey mandaba que se rebajaran los anteriores montos hasta 6 pesos a los que vivieran en la jurisdicción de las diez leguas en contorno de Caracas; y 4 pesos a los que habitaran en la tierra adentro. A ello se le sumaban: 4 reales que tomaría para sí el corregidor y que percibiría por su salario; más otros 2 reales para las arcas de comunidad; más lo que tocara por gastos de doctrina y estipendios. Montos que pagarían los indígenas adultos de 18 a 50 años en dinero, géneros o frutos y que entraba a ejecutarse de inmediato, en espera de que el rey ordenara otra cosa. 34 Por los testimonios y autos que continuaron presentándose ante el Consejo de Indias, suplicando la confirmación de nuevas encomiendas, se puede observar que mientras el rey confirmaba las mercedes hechas por el gobernador y las aprobaba mediante los correspondientes títulos expedidos, dejó constancia que a partir de entonces, todos los beneficiarios de encomiendas quedaban exceptuados "de dar medio real a cada indio que trabajare en vuestra hacienda, porque esta la revoco y anulo". 35 Asunto que observaron puntualmente, como también lo ordenado por los anteriores despachos de 1688 y 1689, cuando se ajustó con moderación tanto la tasa y tributo que pagaría cada indígena como la forma en que, en adelante, contribuirían. Disposición de la tributación indígena Las originales órdenes sobre la tributación indígena las recibió el marqués del Casal por enero de 1691. De acuerdo al regio mandato y por su autoridad, el gobernador dispuso en forma reglamentaria la inmediata aplicación de las nuevas condiciones que regirían el sistema de tributación. 37 La instrucción establecía que por los tercios del año se cobrara a cada indíge- na útil comprendido entre los 18 hasta los 50 años de edad la obligación que el rey les especificara. En tal sentido, pagarían anualmente 6 pesos de ocho reales los indígenas de los pueblos de Caraballeda, El Cojo, Macuto, Maiquetía, Mamo, Naiguatá y Torrequemada, por ubicarse dentro las 10 leguas cercanas a la ciudad de Santiago de León; mientras los pueblos de Cagua, Curiana, Santa Cruz y Tarmas pagarían 4 pesos de a ocho en cada año, por estar fuera de las 10 leguas de aquella jurisdicción. Tributo que entregaría cada indígena en las porciones señaladas y según la distancia, tanto por el derecho que pertenecían al monarca mientras estaba bajo su administración, como por lo que debía el encomendado a su encomendero. Cantidades a las que se debían sumar los ya referidos 4 reales para el corregidor y 2 reales más para las cajas de comunidad. Todo lo cual montaría, para los pueblos dentro de los límites de las 10 leguas de la Capital, 54 reales y a los que estuviesen fuera de ella, 38 reales sencillos por cabeza en ambos casos. 38 Hacia julio de 1692 y a escasas semanas de arribar a la provincia, tocó al recién nombrado gobernador, Dr. Bravo de Anaya 39, poner en marcha las órdenes para estrenar el nuevo gobierno de los indios tributarios. Por auto de esa fecha, y en cumplimiento de un pliego real del 12 de diciembre de 1691, se le ordenaba que diera forma a dos tareas: en principio, recaudar la demora del tributo que debían pagar los naturales de su circunscripción; luego, organizar el gobierno político a que estarían sometidos los indígenas. Aun cuando existían otras cuestiones menores, tan sólo eran circunstancias contenidas en la propia cédula. Para su pronta ejecución el gobernador no sólo mandó que el decreto se pregonara en la capital, sino, además, que se despacharan mandamientos a los alcaldes ordinarios de todas las ciudades de la tierra adentro, para que igualmente cada uno lo publicara en la cabecera de su distrito. 40 No será sino a partir del siguiente mes y en atención a la anterior cédula, respecto a guardar la recaudación de los indígenas tributarios, cuando el gobernador comenzó a remitir los explícitos despachos a los alcaldes 38 Ibídem, fols. 39 El 31 de mayo anterior llegaba a Caracas el Dr. Diego Bartolomé Bravo de Anaya, miembro del consejo real y quien era, además, alcalde de la corte real así como oidor de la Audiencia y Chancillería de la ciudad de Santo Domingo de la isla Española. Nombrado por el rey, venía como juez de comisión para la provincia y a cuyo cargo estaría su inmediata dirección con los títulos de gobernador y capitán general de Venezuela. 40 AGN-C, Real Hacienda, Instrucción de Corregidores y Tasas de Tributos de Indios. Auto del 14 de julio de 1692, ordenado por Bartolomé Bravo de Anaya, gobernador y capitán general de Venezuela. FABRICIO VIVAS RAMÍREZ ordinarios de las ciudades interiores. Al dirigirse, por ejemplo, a las autoridades locales de la Nueva Valencia del Rey, 41 tras informar sobre la precedente cédula del 12 de diciembre, les ordenó lo que observarían sobre el nuevo gobierno de los naturales y que al presente se hallaban demorados. Por el auto, el gobernador estableció dos propósitos: en cuanto a su puntual obediencia, que se publicara en la ciudad y de inmediato advirtieran sin omisión alguna a los corregidores de los pueblos indígenas de aquella jurisdicción, con el fin de entregar los testimonios para su mejor desempeño y gobierno; y con relación a los indígenas, que sin dilación procedieran a matricular todos los naturales de sus partidos con claridad y distinción, como más largamente aparecía en la cédula y autos remitidos. La idea de cursar orden a los alcaldes ordinarios se explicaba, en parte, primero por su competencia en la materia y, luego, como autoridad local para que la ejecutaran y vieran su riguroso cumplimiento a la vista de los corregidores. Sin embargo, dos años más tarde, todavía el gobernador alertaba, 42 que si bien por autos de su antecesor constaba el despacho de las instrucciones a los distintos funcionarios, hasta la fecha no remitían noticia que certificara la publicación de aquella cédula (con excepción del capitán Bartolomé de Torrealva Errus y Sotomayor, alcalde de El Tocuyo). Por tal omisión, los alcaldes ordinarios de 1692 fueron penados en 25 pesos para la fábrica de la cárcel de Caracas, en tanto a los que ejercían el cargo y al tiempo que se les notificaba que dentro de los siguientes 20 días mandaran certificación, con igual pena de no cumplirlo, se les cursaba la disposición con la instrucción y autos para que los llevaran a cabo dentro del término. Por enero de 1694 entró en la ciudad de Santiago de León el maestre de campo, Francisco de Berroterán, cuyos títulos de gobernador y capitán general de Venezuela se le concedieron en junio de 1692. 43 En ellos si bien se repiten las antiguas órdenes sobre el buen cuidado y conservación del indígena, también se le subraya la conducta a seguir especificándose que por las infracciones que cometiera sería juzgado en la residencia con imposición de las pertinentes penas. Al resumir las obligaciones sobre este asunto, resaltan: 1) cuidar el buen trato al indígena durante las visitas ordinarias u otras comisiones al interior, no despojándole sus provisiones ni animales 41 Ibidem., fols. Auto del 22 de enero de 1694, ordenado por Francisco de Berroterán, gobernador y capitán general de Venezuela. Cédula del 9 de junio de 1692, al maestre de campo Francisco de Berroterán, caballero de la orden de Santiago, por la cual se le nombra Gobernador y Capitán General de Venezuela. Tomo LVIII, 2, 2001 de sustento y siendo voluntario pagar justamente el costo, según la estimación del común precio y evitando así cualquier perjuicio o vejación; 2) la obligación de empadronar los indígenas tributarios, tras encargarse del gobierno, como lo dispusiera por ordenanza Francisco de Toledo, virrey del Perú y luego confirmada por provisión real; 3) cobrar los tributos a los indígenas de su distrito pues de no hacerlo pagaría con su patrimonio por los "rezagos" que se causaran, mientras sobre los "tributos" sufragarían sus fiadores lo que dejara de cobrar; y 4) observar la prohibición de no tocar las cajas de comunidad por ningún motivo, ni siquiera para servicio de los indígenas y menos ocupar su dinero en actividades particulares. No estarían muy adelantadas las diligencias administrativas, mandadas con tanta insistencia por el rey desde Madrid, cuando el gobernador Berroterán, a consecuencia de lo ordenado en sus credenciales y, en particular, por la ya indicada cédula de diciembre de 1691, decide promulgar con fecha 9 de febrero de 1694, la Instrucción que formó tanto para el funcionamiento y gobierno de los pueblos de indios, como para el trabajo de los mismos y por la cual, en adelante, comenzaron a regirse los corregidores de toda la Provincia. 44 Por una cédula fechada en El Buen Retiro, a 17 de junio de 1696, el rey se sirvió aprobar y mandar que se obedecieran los 40 capítulos contenidos en la Instrucción General que por febrero de 1694 se formara para el gobierno de los Corregidores de Indios de Venezuela. Pero el veredicto confirmatorio de aquella ordenanza, finalmente llegó a la ciudad, entre los despachos que recibiera el gobernador, por diciembre de 1697.45 Reajustes en los estipendios a doctrineros La asignación de estipendios Por costumbre y de conformidad con los antiguos mandatos reales, siempre y cuando fuera necesario señalar el estipendio de los curas, el habitual estilo empleado se expresó a través del mutuo acuerdo o "concordia" entre el Prelado Eclesiástico y el Vicepatrono de cada entidad administrativa. En tal sentido y ante la demanda de lo que se establecía ya por las cédulas y órdenes del monarca ya por los autos del gobernador en razón de la demora que se impuso por agosto de 1687, cuando los indígenas de Venezuela si bien entraron a gozar de la libertad del servicio personal, con igual rigor cesó la forma y modo que hasta entonces se observó tanto en la satisfacción de los estipendios de los curas doctrineros, como en el pago de otros sueldos y pensiones asignadas en las encomiendas. El anterior régimen corría desde la primitiva tasa general que en 1609 se dispuso por acuerdo del reverendo maestro fray Antonio Alcega y Sancho de Alquiza, gobernador y obispo que fueron de la provincia de Venezuela. 46 En el Sínodo Diocesano que por aquellos años celebró en Caracas el ilustrísimo Alcega y donde confirmó la antigua tasa, también se estableció que estaba a cargo de los encomenderos el proveer las iglesias de los pueblos indígenas con los ornamentos sagrados y otras cosas necesarias tanto para el culto divino como para la administración de los Santos Sacramentos. Pero desde 1687 y por ser inexcusable la decoración religiosa, siempre que faltara, se mandó que los frailes lo suplieran a expensas de los efectos que tributaran los indígenas del pueblo donde estuviera la iglesia y alcanzara el partido. En tanto, el cura doctrinero daría recibo a la persona a cuyo cargo se hallara la cobranza de los tributos, arreglándose en esto a las leyes y cédulas expedidas para tal efecto. Por otra parte, y según como se observara hasta ese primer día de agosto, cuando cesó el servicio personal y con ello acabó la obligación de los encomenderos, los estipendios y pensiones comenzaron a pagarse por la Real Hacienda con lo que tributaban los indígenas. Así lo tenía dispuesto la monarquía a través de diferentes leyes y en particular, por la Recopilación de las Leyes de Indias, en donde se mandaba que a los doctrineros con 400 indígenas tributarios, se les acudiera anualmente para su congrua y sustentación con 50.000 maravedís. De este modo, el obispo y gobernador ratificaron el tradicional monto que señalaron en la tasa general, mientras en la particular, hecha para los estipendios de los curas doctrineros, mandaron añadir que los encomenderos diesen a cada doctrinero dos fanegas de maíz 46 AGN-C, Real Hacienda, Libro de la Concordia, T. 30, fols. La incertidumbre que presionaba sobre el servicio personal no sólo encontró un cierto alivio cuando se dictaron las Ordenanzas de 1609, sino que en adelante esta normativa consolidó el sistema de servicio personal como forma de explotar la fuerza de trabajo indígena. Sobre estas Ordenanzas dijo el Dr. Arcila, por desconocer el Libro de la Concordia, que "se mantuvieron en vigencia hasta la extinción de la misma encomienda impuesta por decreto en 1718". Tomo LVIII, 2, 2001 al mes para el sustento así como lo necesario para vino, cera y hostias con que celebrar y ocho reales por misa de cada indígena que muriera. Imposición de nuevas tasas Con el fin de examinar las nuevas condiciones del tributo indígena y conferir lo más conveniente, al efecto de tasar y señalar el estipendio que en adelante percibirían los curas doctrineros de los pueblos indígenas, se reunieron en la ciudad de Santiago de León, provincia de Caracas, Diego Jiménez de Enciso, marqués del Casal, gobernador y capitán general y el ilustrísimo Diego de Baños y Sotomayor, obispo de la diócesis, ambos de Venezuela. Visto lo que se ofrecía y por unánime acuerdo, el 6 de junio de 1691 firmaron un documento que llamaron Testimonio de Concordia. 48 A la letra del concierto alcanzado por las superiores autoridades en lo civil y eclesial, mientras establecían un nuevo orden de pagar los estipendios, renovaron las tasas tanto para el buen gobierno administrativo, como para que cada religioso conociera el salario que le tocaba. La práctica de reajuste se basaría en las matrículas que el mismo gobernador ordenó hacer entre las encomiendas correspondientes a la jurisdicción de cada partido. Así ocurrió con los registros indígenas ya levantados para los términos de Caracas, Coro, Barquisimeto y Valencia, en tanto se realizaban las que tocaban a las demás localidades de la jurisdicción gubernativa. Por las cuentas que el gobernador tenía en sus manos, como eran las referidas a los tributos recaudados entre los indígenas de Caracas y Valencia, las propias autoridades reconocieron que, por las diferentes condiciones económicas existentes entre algunos partidos y doctrinas, no se podía ajustar a todos los curas por igual con el estipendio de 50.000 maravedís, más lo estimado para maíz, vino, cera y hostias, pues, ante el corto número de indígnas asignados, lo que producían sólo alcanzaba para una tenue contribución. En todo caso y aunque se entregara todo el tributo a los doctrineros, sin reservar nada para ornamentos y satisfacción de las pensiones que el rey impusiera para la cátedra de gramática de Caracas y los soldados del puerto de La Guaira, nada les quedaría a los encomenderos. Por lo ya visto y comprobado, se estableció que: 47 Ibídem, fols. Testimonio de Concordia, celebrado en esta Capital el 6 de junio de 1691. no se puede regular igualmente, a punto fijo el dicho estipendio, por haber en unos pueblos y partidos más indios que en otros y haber crecido el número de los indios en algunas poblaciones y otras minorándose con el transcurso del tiempo, de manera que en los partidos que antiguamente tenían los doctrineros el estipendio y meses de doctrina enteros, ahora no alcanza ni aun a la mitad, y en otros que tenían muy corto estipendio y pocos meses de doctrina, ahora se les puede asignar enteramente, según se ha visto y reconocido por la razón que se halló en la Real Contaduría de lo que percibían los dichos curas doctrineros, en conformidad de la dicha tasa antigua. 49 Si bien estas fueron suficientes razones para que las autoridades llegaran a la concordia, la necesidad de nuevas tasas y orden administrativo se orientaba hacia el buen gobierno sobre la materia, sobre todo, porque además convenía que las personas a cuyo cargo estaba el percibir los tributos y satisfacer los estipendios supieran lo que se le pagaría fijamente a cada doctrinero. A fin de cumplir con las cédulas, ordenes, autos, matrículas y demás recaudos presentados y para que quedara asentado lo que se cumpliría en adelante, el obispo y el gobernador asignaron temporalmente lo que encontraron más conveniente y tasaron: para estipendio de cada cura, los 50.000 maravedís que Su Majestad tiene asignados particularmente en todas las doctrinas de esta Provincia, en donde los tributos según el número de indios útiles alcanzaren para esta satisfacción, no obstante que no llegue el número de feligreses a 400 indios tributarios, como en efecto no hay partido que llegue a dicho número. 50 La anterior observación es pertinente, pues sin ánimo de violar la ley,51 la situación se explica por dos hechos: de una parte, ante la escasa concentración indígena y porque muchas doctrinas se componían de dos, tres y más pequeños poblados, muy distantes unos de otros y extendidos por una "tierra doblada, áspera y de penosos caminos"; y de la otra, porque además era difícil agregar a cada doctrina nuevos pueblos y menos cuando se trataba de naciones distintas, aun cuando privara entre los vecinos el sólo afán de llegar al número establecido. 52 Esta última práctica ya prohibida por los grandes inconvenientes que experimentaban los indígenas y hasta por acaecer la muerte de algunos naturales tanto por las riñas y ataques entre ellos como por la mudanza en el temple de un territorio a otro. Por la Concordia las máximas autoridades en lo político y religioso finalmente establecieron una amplia y renovada normativa. Reglamentación que observarían, por aquellos años de aplicación transitoria, mientras el rey dispusiera lo más conveniente, a propósito y conforme con los testimonios e informaciones que le enviaran tanto el obispo como el gobernador, en base a los cuales ordenaría qué hacer en adelante. 53 Las autoridades también declararon su preocupación, con relación a los inconvenientes y daños espirituales que pudieran aumentar entre los indígenas, de no mantenerlos durante todo el año con la asistencia de la religión y la santa fe cristiana. El convenio contemplaba además, en cuanto a las doctrinas que no alcanzaran el estipendio de 50.000 maravedís, ya fuera por el corto número de tributarios o por no producir lo suficiente para su satisfacción, que los religiosos percibieran lo señalado según una regulación por meses. No obstante, al considerar que dicho monto sólo alcanzaría para la congrua, sustentación y vestuario de los curas, fue necesario añadirles otra porción anual para comprar vino, cera y hostias con que celebrar en sus iglesias, según estaba dispuesto por la antigua tasa. Para tal efecto fijaron 24 pesos al año, cantidad en que se reguló tan forzoso gasto, según el excesivo precio que en la provincia tenía el vino y la cera, pues eran géneros introducidos desde Castilla. Otro tanto ocurría con las dos fanegas de maíz, que hasta la fecha pagaban los indígenas cada mes para el sustento de los doctrineros. 54 Luego de reconocer lo corto de sus tributos y sin perjudicar el derecho adquirido por los curas, el gobernador ordenó suspender la tradicional práctica con que éstos percibían las primicias sobre las sementeras. A condición de lo anterior, los doctrineros no cobrarían nada sobre los tributos ni a los indígenas por razón de bautismos, casamientos, velatorios y entierros, ni con pretexto de obvenciones y derechos parroquiales. Sólo percibirían lo que les tocara conforme al arancel, 55 como era: por la limosna 53 Ibídem, fols. 54 El sustento de los curas doctrineros por los indígenas no sólo fue de uso corriente en Venezuela, sino que la práctica se encontraba muy extendida por todas las doctrinas que en los reinos de las Indias se reputaban en "libertad". 55 Con excepción de los Capuchinos, quienes entre 1691-92 y por faltar los doctrineros, actuaron interinamente en los pueblos de Acarigua, Cerrito de Santa Rosa, Villa de San Carlos y Yaritagua, por tanto, mientras estuvieran allí, se entendía que "por no poder dichos religiosos percibir el estipendio", los pagos señalados a los curas de aquellos pueblos, se destinaban para adornos de las respectivas iglesias. FABRICIO VIVAS RAMÍREZ de las vísperas, misas y procesiones que los indígenas hicieran a su devoción; el donativo por las misas de velorios cuando los desposados lo pidieran, no siendo los domingos, en que los curas estaban obligados a celebrarla para sus feligreses; y la donación por las misas que celebraran a los indígenas muertos, lo cual era obligación del encomendero mandarlas decir y sin que el cura fuera forzado a cantar sin pagársela, pues hasta la sepultura el oficio religioso corría a su cargo. Respecto a este último punto, se remitían a las leyes sobre la materia, o lo que se observara en la provincia. Resuelta la anterior parte de la normativa, las autoridades pasaron a regular y tasar los estipendios en forma particular, por distinguir que las condiciones socio económicas no se comportaban semejantes para toda la jurisdicción gubernativa. Así pues, determinada la cuenta y si bien la mayoría de las doctrinas no alcanzaban a los 50.000 maravedís de estipendio más los 24 pesos para cera y vino, pues resultaban insuficientes los tributos ante la estimación del corto número de indígenas que existían en ellas, con el deseo de concertar la mejor forma en la paga, la remuneración definitiva se ajustó conforme al trabajo que tuvieran los curas y según el número de feligreses, de manera que los religiosos no se recargaran con más trabajo y asistencia, sino por el que justamente cobraran. 56 El cálculo se estimaba sobre la base de los indígenas registrados por las matrículas y del tributo que en cada partido se recaudaba, rebajando lo razonable por los nativos que eran relevados de tal obligación por sus oficios, los que enfermaban y los que huían, así como reservando alguna cantidad para las partes donde no alcanzara el tributo, a fin de asegurar ciertos gastos imprevistos y las pensiones impuestas en las encomiendas para la cátedra y soldados. Lo que así sobrara del estipendio se repartiría por meses a razón de 50.000 maravedís al año y 24 pesos para vino y cera, tocando en cada mes 4.166 y 2/3 de maravedís, que hacían los 15 pesos, 2 reales, 18 y 2/3 de maravedís, y los 2 pesos restantes para vino y cera, conforme y como hasta entonces se observaba en la Provincia. Por la anterior remuneración, los doctrineros se obligaban a residir en el partido señalado y dar la doctrina a sus feligreses durante los meses que 56 Algunos problemas surgirían al momento de su cumplimiento, pues cinco años más tarde, todavía no tenían muy claro el origen de los fondos para satisfacer a los curas doctrineros con tan especial cantidad. Por este motivo, declaraba el gobernador que los 24 pesos se prorratearían entre las encomiendas correspondientes al pueblo de cada doctrina y de allí se sacaría el importe de sus tributos según la porción que regularmente le tocaba a cada encomienda como lo tenía dispuesto el monarca y se hacía con el estipendio, pero que no se tocaran los efectos de comunidad. AGN-C, Real Hacienda, Instrucción de Corregidores, T. 32, fol. 39vto. Tomo LVIII, 2, 2001 correspondiera con el estipendio que percibieran. Mientras los curas que tuvieran dos o más pueblos, asistirían en cada uno el tiempo que le tocara de acuerdo a la porción que le pagaran los indígenas de cada pueblo y concluirían los meses de instrucción en la ocasión de la Cuaresma y Semana Santa cuando era preciso que residieran en su doctrina. De conformidad con lo anterior, el obispo y gobernador procedieron, desde junio de 1691 y hasta fines del siguiente año, 57 a tasar los estipendios de los curas doctrineros. Las tareas se iniciaron con los pueblos que hasta entonces habían ordenado y remitido sus matrículas 58 y, al final, las pocas doctrinas que faltaban se arreglaron a proporción por las autoridades. Por la tasación, también se ajustó la cuenta general sobre los pagos pendientes desde agosto de 1687, cuando los naturales fueron demorados. Un resumen con los totales para esos primeros momentos, es como sigue: 57 Según la documentación, el tiempo durante el cual estuvo en vigencia esa modalidad de tributar los indígenas y la forma como se recaudaban y administraban los estipendios de curas doctrineros se extendió hasta 1786, cuando la contaduría real experimentó una nueva reforma. 58 Hacia finales de 1691, aun cuando faltaban algunas doctrinas pertenecientes a la jurisdicción de ciudades como El Tocuyo, Trujillo, Portillo de Carora y San Sebastián de los Reyes, donde se continuaba con el levantamiento de las matrículas, las autoridades sólo esperaban que llegara la información para reanudar el referido señalamiento; y todavía para mediados del siguiente año no se tenía información sobre algunas doctrinas de las tres primeras ciudades. Efectos del cambio entre los indígenas De tan significativa importancia incidieron los cambios que la Corona introdujo en la tradicional organización sociocultural indígena, al tiempo que se producían las reformas en la encomienda, que trastocaron de forma general sus pueblos hasta transformar no sólo su vieja estructura urbana, sino también su concepción política con la pretensión de avanzar hacia el modelo de civilización europeo, occidental y cristiano. En cuanto al funcionamiento interno de los pueblos, la reorganización se inició con el ejercicio de un nuevo gobierno económico en apariencia compartido. En las doctrinas actuaban, por una parte, los corregidores que entendían sobre lo civil, criminal y, en particular, lo fiscal pues en ellos recaía tanto la cobranza del tributo indígena como la organización y el cuidado de las cajas de comunidad; y por la otra, los caciques quienes supuestamente presidían y administraban las cajas comunales junto con otros miembros electos, pero que sobre cuyas cabezas descansaba el orden y la guarda del nuevo sistema. No obstante, las autoridades que promovían el mentado gobierno económico se dirigieron a liberar de forma inmediata y sin restricción el monopolio de esa mano de obra, cuya oferta finalmente se abrió no sólo a las actividades agrícolas de otras regiones, sino que además de contratarse en condiciones más liberales se incorporó en distintas actividades productivas excedentarias para el mercado nacional. Reorganización de los pueblos indígenas El gobierno de los corregidores Durante la gestión del marqués del Casal y ante los progresivos cambios que se introducían en la tributación indígena, paralelamente, el viejo oficio de Corregidor de Indios también experimentó una renovada importancia. 60 Fue una etapa en que los recién titulados asumieron una serie de nuevos compromisos administrativos y si bien su jurisdicción estaba localizada en el perímetro de los pueblos indígenas, su intervención ahora se dirigía hacia lo fiscal, civil y criminal. Por enero de 1691, el gobernador y capitán general, tras informar 61 sobre la importancia del instrumento real del 17 de diciembre de 1689, también advertía del papel que en adelante desplegarían los corregidores por las tareas inherentes a su cargo. 62 Luego de exponer las órdenes reales, tocantes a la libertad del servicio personal de los indígenas y, sobre todo, a la moderación de la tasa tributaria mandó a los corregidores que resultaran nombrados para su recaudación, que abandonaran el cobro de aquel primer monto y restituyeran la demasía recolectada entre los naturales, hasta igualarlos a la segunda tasación. En la cédula antes citada y fecha referida, entre otras cosas, el monarca confirió al gobernador la facultad para confirmar los corregidores nombrados por su antecesor; pero, tras no acoger el encargo real, procedió a suspender las anteriores designaciones. Ante la necesidad de elegir las personas de toda entereza y a su satisfacción para atender tanto el buen gobierno y cobranza del tributo, como la enseñanza, conservación y defensa de los indígenas, el gobernador Casal estableció que los corregidores fueran españoles, personas de calidad y capacidad, temerosos de Dios, con buena conciencia para su educación, enseñanza de costumbres políticas y mantenerlos en justicia, con conocimiento de la naturaleza indígena, su modo de vivir y experiencia de judicatura para su defensa. A partir del mismo enero de 1691, el marqués del Casal, luego de resaltar las condiciones y experiencias sobre cada uno de los postulantes, comenzó a nombrar y despachar los nuevos títulos para la administración de los corregimientos. No obstante, acceder al ejercicio de tal oficio, al igual que antes, significaba cumplir con todo un largo protocolo administrativo. 63 El gobernador si bien mandaba que los candidatos debían consignar ante los jueces de Hacienda las correspondientes fianzas exigidas, pro-61 AGN-C, Real Hacienda, Libro Copiador, T. 462, fol. 81. Auto del 8 de enero de 1691, ordenado por el marqués del Casal, gobernador y capitán general de Venezuela. 62 Aun cuando Arcila dice que el marqués del Casal inició el nombramiento de los corregidores un año antes, lo más importante será la nueva responsabilidad que tendrán los nominados. Arcila: Economía Colonial, T. I, pág. 100. 63 Muy extenso y casi en iguales términos se repetía el texto de los nombramientos para corregidor, como ocurrió en 1691, por ejemplo, con los títulos de Juan Mexia de Collado (enero); Luis Gerómino Osorio (febrero); capitán Juan de Landaeta (agosto); y, Joseph López de Landaeta (septiembre). FABRICIO VIVAS RAMÍREZ badas y abonadas, los montos debían satisfacer las expectativas tanto del cargo como de las autoridades fiscales. 64 Al momento de presentar los testimonios legítimos y las garantías financieras, en caso de que dieran por suficiente las provisiones, los aspirantes suplicaban lo que fuera de justicia. Vistos los expedientes en la oficina de Contaduría y por auto, el contador certificaba al pie de cada título no sólo la conformidad de las fianzas sino que además se dejaba constancia de que el candidato no era "deudor de su Majestad en ninguna cantidad" y de inmediato lo firmaban los demás jueces oficiales. El solicitante con los papeles en regla, se presentaba ante el Cabildo, Justicia y Regimiento de la ciudad y a satisfacción tanto de sus miembros como de los jueces de Hacienda allí presentes, consignaba para seguridad de todos, nuevas y convenientes fianzas por donde se comprometía a dar cuenta con pago al final de cada año por los siguientes cargos: 1) de los tributos que en el primer año y los subsiguientes cobrara en los pueblos indígenas según los padrones; 2) sobre los rezagos que restaran en los años antecedentes de conformidad con la minuta y liquidación; 3) por los reales sencillos cobrados anualmente a cada indígena útil para la caja de comunidad; y 4) al término de su ocupación, quedar sujeto a residencia por el oficio y pagar en lo que fuera juzgado y sentenciado en ella. Así hecho y por testimonio, el gobernador ordenaba que les recibieran el juramento pertinente para que se encargaran de los corregimientos, que los aceptaran en su ejercicio y les entregaran la insignia de Real Justicia que debían usar en sus empleos. El título, para ejercerlo por tres años contados a partir de su nombramiento, lo usarían sólo en los casos y cosas a él referidos. Ya en ejercicio del cargo, si bien los corregidores tenían el control del gobierno local, también debían responder a una serie de obligaciones. A nivel interno y respecto al tratamiento de los indígenas, era de su competencia: 1) cuidar la buena enseñanza de los indígenas, su conservación y aumento; 2) ampararlos del maltrato, forzamiento y violencia al momento de sus compras, ventas y recibir su jornal; 3) defenderlos para que les pagaran enteramente en plata o especie de géneros y frutos por lo que los concertaron y a los plazos señalados, apremiando a los deudores que abonaran sus obligaciones; 4) con lo que procediera de sus jornales y dada su incapacidad, asistirlos 64 Ejercían los cargos de jueces oficiales de la Real Hacienda en Venezuela, los señores Gabriel de Rada, contador; Diego Aguado de Páramo, tesorero; y Juan de Lisardi, factor y veedor. Tomo LVIII, 2, 2001 para que no existiera dolo contra ellos ni los engañaran en cantidades, precios, medidas y pesos; 5) enseñarlos con palabras amigables a comerciar y que solicitaran lo que les interesara sin ser contra conciencia para su manutención; 6) de igual forma, inducirlos a realizar sus labranzas y sementeras, mostrándoles los tiempos del año así como el temple de las tierras para rozar, sembrar y recoger los frutos, con lo cual no sólo sustentarían sus familias, sino que además olvidarían la ociosidad, embriaguez y el vagar a que estaba inclinados por su naturaleza; y 7) procurar que no les quitaran nada con temeridad y mal trato, defendiéndolos como hombres humildes por su pobreza y paga, procediendo en justicia contra quienes intentaran estos y otros agravios. 65 En cuanto a lo externo y para profundizar aquellas diligencias, el gobernador mandó a los corregidores, entre otros encargos, la especial protección del indígena frente a los tratantes ilegales y les señalaba: 1) acentuar el cuidado y vigilancia sobre los comerciantes que practicaban el trato ilícito; 2) solicitar la ayuda no sólo de los alcaldes de la ciudad y demás comisionados nombrados para tal efecto, sino también de quienes perseguían a tales negociantes; 3) atender a la colaboración y buena correspondencia que existiera entre unos y otros, sin competencias que impidieran el real servicio; 4) dar cuenta al gobernador de lo que obraran, para que el rey fuera bien servido y la patria beneficiada. Por tal comisión, si bien no percibirían salario alguno, se resarcirían con la tercia parte que le tocara de los "descaminos" capturados. Finalmente sobre la dignidad del cargo, el gobernador establecía, en primer lugar, dirigiéndose por igual tanto a vecinos como estantes y habitantes 66 que entraran en los pueblos indígenas, la obligación de acatar y respetar al corregidor de aquellos lugares, guardándole todas las gracias, honras, franquezas, libertades, prerrogativas e inmunidades propias del cargo, como ministro de Justicia. En segundo lugar, mandaba a los indígenas y a todas las personas de cualquier calidad y condición, que tuvieran algún litigio u otro pleito con los naturales en lo civil o criminal, que cumplieran con 65 Por los numerosos y extensos documentos de cuidada redacción que entregara el gobernador, se dejó constancia de una amplia normativa que se pudiera entender, como las primeras instrucciones por las que, en adelante, se tendrían que guiar y/o proceder los corregidores. 66 Estas categorías son distintas y de uso corriente en las Indias. En Venezuela, de hecho, las leyes para el buen gobierno provincial clasificaban en tales términos a un sector de la población que siendo de origen hispano, con buena posición social y económica, no tenían el rango de vecinos aunque ya residieran por algún tiempo en distintas regiones de su jurisdicción o simplemente estuvieran de paso; por sus particulares actividades, distinguieron de tal forma a los comerciantes. FABRICIO VIVAS RAMÍREZ los mandatos del corregidor y acudieran a sus llamados en los plazos fijados, pues, de lo contrario, con igualdad de justicia ejecutaría en los inobedientes las penas impuestas, para que los indígenas fueran amparados y satisfechos sus agravios como vasallos. La cobranza del tributo El marqués del Casal, ya por enero de 1691, conminaba a los corregidores con el objeto de proceder a la cobranza de los tributos indígenas; y si bien aludía sobre algunos inconvenientes, también destacaba las grandes necesidades para iniciar las actividades desde ese mismo año y lo imperioso de continuar en los dos subsiguientes, para cada corregimiento por igual. Lapso durante el cual, no sólo darían razón de los rezagos que resultaran por la gestión, ya fuera en torno al tributo principal de los años antecedentes cumplidos o sobre las restituciones que el rey mandaba, sino también consignarían los registros para observar en particular los negocios y conocer en profundidad la administración con el fin de actuar sobre algunos asuntos. En las entregas de cuentas no se aceptaría, bajo ningún pretexto, gastos por concepto de servicios, fletes de bestias, compras o ventas, ni otra razón de interés, tampoco pedir o cobrar a los indígenas más que los tasados 54 reales a los que estaban en la jurisdicción de las 10 leguas de la capital y 38 reales a los ubicados fuera de ella, y que anualmente pagaría cada uno por los tercios del año. Las penas por lo que hicieran en contrario, se les impondrían en la Residencia. 67 Disposiciones que continuaron ejecutando los siguientes gobernadores. Así lo evidencia la expedición del mandato real y autos particulares que dirigieron a los alcaldes ordinarios de Valencia, El Tocuyo, Trujillo, Carora y Coro para que entregaran a cada uno de los corregidores la normativa acerca de proporcionar las cuentas sobre la recaudación del tributo que anualmente pagarían los indígenas. Al cumplir con la cédula dictada en diciembre de 1691, tocó al gobernador Berroterán, 68 por enero de 1694, notificar a los corregidores de su distrito que ejercieron el cargo en los tres últimos años, que dentro de los siguientes 20 días a la notificación y con toda puntualidad dieran los 67 AGN-C, Real Hacienda, Libro Copiador, T. 462, fols. 68 AGN-C, Real Hacienda, Instrucción de Corregidores, T. 32, fols. Auto del 19 de enero de 1694, dictado por el gobernador y capitán general de Venezuela. Y en cuanto a las ciudades del interior, que dichas autoridades ordenaran lo más eficaz a sus tenientes para que los corregidores entregaran las suyas. 69 Para exigir el entrego de cuentas y acatar la ley, nuevamente se despacharon autos a las justicias ordinarias de aquellas ciudades con el fin de obligar a su cumplimiento, so pena, contra los alcaldes y corregidores que no las dieran dentro del término señalado, de 100 pesos que se aplicarían para la fábrica de la cárcel de Caracas. Cantidad que no sólo ejecutarían en cada uno, sino que a costa de aquellos la traerían y, concluidos los trámites administrativos, las justicias remitirían sus testimonios. 70 En tanto a los corregidores en ejercicio, les recordaba que desde enero de 1694 llevaran la formalidad conveniente sobre la cobranza del tributo indígena y que: su distribución y formación de las dichas cajas de comunidad y buena administración en todo lo que se le comete y que ha de dar cuenta con pago a fin de cada año, guardará, observará y cumplirá lo dispuesto en la instrucción que para el efecto se le da, a que se reglará cumpliendo sus capítulos y cada uno de ellos con las prevenciones y formaciones de libros para mejor inteligencia o claridad de toda buena cuenta, dándomela primero para que se provea lo conveniente y más favorable a dichos indios. Las Cajas de Comunidad Durante esta década y por distintas cédulas se mandó a los gobernadores que para la mejor conservación, aumento y reparo de las necesidades de los indígenas debían formarse las cajas de comunidad 72 y, para ello, cada indígena depositaría anualmente los estipulados dos reales sencillos. 73 Correspondió al marqués del Casal no sólo acoger la orden, sino que pareciéndole aquello conforme por necesario acordó, por enero de 1691, que se procediera a formar las cajas con toda anticipación y al menor costo posible, teniendo en cuenta que cualquier gasto corría con cargo a la cuenta de los ya señalados reales que entregaran los indígenas. En la participación de tales cajas, sólo concurrirían los indígenas útiles que estuvieran en la condición de encomendados o bien libres bajo la administración de la Corona. 74 Debió ser muy lenta dicha empresa, pues tres años más tarde Francisco Berroterán por un nuevo auto de 1694, se acogía a lo que le ordenaba el rey sobre "la conservación, aumento y reparo de las necesidades de los indios". Acatando el mandato y tras considerarlo de nuevo conveniente, mandó que se formaran las cajas de comunidad y, donde no estuvieran hechas, que procedieran con tal diligencia y en los términos del caso, guardando toda prudencia y el menor costo posible, para que anualmente cada indígena abonara los dos reales señalados. La construcción de la cajas, si bien se continuó financiando por cuenta de los propios indígenas, correspondió a los corregidores en cada pueblo de su corregimiento organizar su fábrica y control: buena administración, pues en ellas entrarían las cantidades en que fluctuara la cobranza de los dos reales que pagaban los indígenas y para cuya gestión contaban con la buena y proporcionada cuenta y razón. 76 Por este concepto los indígenas aportaban interanualmente a las cajas por vía de ahorro, la tentadora cantidad de 8.572 reales (1.071,5 ps.), cuando para la misma fecha, el sueldo anual de un oficial de hacienda llegaba a los 735 pesos y un esclavo que era la mercancía más costosa, apenas alcanzaba a los 225 pesos de promedio. Liberación de la mano de obra Eliminación de trabas legales para contratar Con el cambio que le impusieron a los naturales cuando establecieron la demora del tributo, los beneficiarios inmediatos de la reforma fueron precisamente los mismos que recibieron las antiguas mercedes indígenas. Tras la desaparición del servicio personal y tan sólo a pocos años de iniciarse la nueva forma de organizar y explotar la fuerza de trabajo aborigen, los vecinos encomenderos pasaron a legalizar por este medio y en forma sutil la vieja costumbre tantas veces denegada por la ley. Fue así como en algunas parcialidades indígenas, sus encomendados finalmente entraron en una progresiva movilización, por cuya práctica se llevaron de unas a otras regiones, con diferentes climas y temperaturas, para trabajar en las apartadas haciendas agrícolas o ganaderas. Un recurso que si bien estaba prohibido desde antiguo, se siguió manteniendo pues, por ejemplo, ya desde enero de 1695, lo denunciaba Joseph Ramírez de Arellano, corregidor del pueblo de Quara. 77 En la información que remitió al gobernador, no sólo refería que allí existía una encomienda "tan grande" que pasaba en número de las 200 familias, dada por el gobierno anterior a Martín de Tovar, vecino de Barquisimeto, sino que además precisaba, que si bien 100 familias eran de nación Chipas con pueblo en el sitio desde antaño, los restantes eran Caquetíos y, por ser de distinta nación, 76 Ante las denuncias sobre la distracción de los bienes de comunidad, la Corona además de incitar al mayor control de aquellos haberes, ordenó que las tres llaves unas veces estuvieran en manos del cacique, del alcalde indígena y del corregidor; otras en las del sacerdote, un cacique y un indígena; y otras en las del gobernador indígena, un alcalde y un mayordomo. 77 AGN-C, Real Hacienda, Instrucción de Corregidores, T. 32, fols. Joseph de Arellano, corregidor de Quara al gobernador y capitán general de Venezuela. FABRICIO VIVAS RAMÍREZ los últimos estaban separados desde el tiempo del servicio personal en el sitio de Chivacoa, hasta donde los condujeron para que asistieran a las labores de labranza que en la región tenía el encomendero. Concluía diciendo el corregidor, "de tal suerte, que no ha sido fácil reducirlos a este pueblo y permanecen en el dicho sitio". La averiguación se llevó por consulta al obispo y tan pronto como se informara sobre el problema, al siguiente mes le respondió al gobernador. 78 El obispo Diego Baños y Sotomayor tras confirmar que en el sitio de Chivacoa, términos de Barquisimeto, se encontraban más de 100 familias indígenas de nación Caquetíos y que pertenecían a la encomienda del sargento mayor Martín de Tovar, en su opinión la culpa sólo recaía en el anterior encomendero, a cuyo sitio forzaron a los indígenas en tiempos cuando se mantenía en servicio personal. En aquella época, la acción se dirigió a emplearlos en el beneficio de las haciendas que tenía en tan apartados lugares y, sobre todo, para que cómodamente y con puntualidad asistieran al trabajo. Continuaba explicando el obispo que por tal razón y en poco tiempo ocurrió lo previsto, pues los indígenas se adaptaron en aquel paraje, de modo que con mucho peligro no sería fácil obligarlos a poblar en otro lugar. Por lo cual prevenía que de ser asignados a la feligresía del valle de Quara, donde residía el resto de las familias indígenas Chipas y estaba constituida la original encomienda, nunca se llevarían amigablemente por ser naciones distintas y enfrentados constantemente. Al final, el prelado advertía que de ello se derivarían algunos inconvenientes, no siendo el de menor consideración que a dos leguas de distancia desde Chivacoa a Quara, ordinariamente los indígenas se quedaban sin oír misa por no concurrir ni mezclase unos con otros. Vistos los informes y con la anuencia del obispo, el gobernador, tras confirmar el traslado, al final reconocía y justificaba que por estar ya habituados en aquel sitio, así como lejos de su pueblo y doctrinero, para que no careciesen más del auxilio espiritual, los agregaba a la doctrina más cercana. Concluidas las diligencias del caso, de inmediato surgieron diversos inconvenientes conflictivos no sólo entre los indígenas, sino también entre los encomenderos y doctrineros lo que, en ciertos momentos, hasta exigió la intervención de la autoridad competente. Dispersión de la mano de obra Las reformas también afectaron de inmediato la tradicional organización del trabajo indígena, lo cual generó un amplio desplazamiento de naturales y, con ello, la dispersión de mano de obra. Desde entonces, fue muy corriente que en la información remitida al gobernador sobre los pueblos indígenas, se denunciara sobre los numerosos naturales que abandonaban sus encomiendas para buscar aventajadas condiciones de vida, tanto por un mejor tratamiento que en otros lugares ya recibían, como por el necesario trabajo para complementar el pobre sustento de sus familias. 79 De una abundante información al respecto, tenemos por ejemplo, un auto del gobernador Berroterán, fechado en agosto de 1696, donde advertía que por información del capitán Manuel de Lunda, corregidor de San Carlos de Austria y San Francisco, sitio de Messi, jurisdicción de Caracas, sabía que muchos indígenas se ausentaban de sus pueblos y carecían no sólo del apoyo espiritual, doctrina y enseñanza política, sino que además, no se encontraban para la cobranza de los tributos que debían pagar al rey y sus encomenderos. Por tal razón mandaba: a los caciques y justicias del dicho pueblo, bayan a cualesquier partes de la provincia donde supieran que hay dichos indios e indias, mayores y menores, y los traigan, y acojan al dicho pueblo, usando para ello de todos los medios de suavidad y blandura, y en caso necesario, se valgan de las justicias y jueces de las partes donde se hallaren; a todos los cuales y a los demás súbditos ordeno y mando, les den el auxilio que necesario fuere para que tenga cumplimiento y efecto lo aquí contenido. 80 Al siguiente mes y por otro auto, en tono un tanto de amonestación, señalaba que "personas celosas del servicio real y bien común de la república" le avisaban que muchos indios de los corregimientos, tras desamparar sus encomiendas se ausentaban hacia otras jurisdicciones y en cuyas 79 Por estas décadas finales del siglo, son muchos los indígenas encomendados que se escapaban y se refugiaban en los trabajos del Real de Minas de San Francisco de Cocorote, a propósito de la explotación del cobre. Numerosos pleitos de encomenderos contra los gobernadores (cuando el estanco) y luego contra sus dueños (ya privatizada) se ventilaban tanto en las residencias como en las visitas a la mina, donde se constataba la ocupación de estos indígenas en las distintas labores de la producción en las minas. Consultar al respecto, Acosta Saignes, Miguel: "Vida de los negros e indios en las minas de Cocorote durante el siglo XVII", Estudios Antropológicos en homenaje al doctor Manuel Gamio. FABRICIO VIVAS RAMÍREZ haciendas mientras unos se concertaban, otros vagaban en su entorno o por los valles de la costa. Aun cuando los corregidores de sus partidos y los indígenas gobernadores hacían las diligencias para retornarlos a sus encomiendas, no lo podían cumplir, por cuanto en muchas regiones además de no admitir las requisitorias, reaccionaban contra aquellas autoridades y sus indígenas acompañantes a quienes ultrajaban y despedían con oprobio y vejaciones. Ante tales hechos y para que en adelante no se experimentara semejante daño, que recibía la república y los encomenderos, el gobernador ordenó que por ninguna razón se permitiera a los indígenas que vivieran en las regiones donde no era naturales, y por tanto demandaba: a los tenientes de justicias, capitanes a guerra, corregidores y demás jueces, y súbditos míos que fueren requeridos con este despacho o testimonio de él, por las personas que fueren a buscar y recoger a sus pueblos con requisitorias de sus corregidores a los indios que anduvieren ausentes de ellos, les den todo el favor y ayuda que para dicho efecto necesitan 81 Ante cualquier desacato, el gobernador prevenía que no sólo actuaría contra ellos como desobedientes a los mandatos de la Justicia, sino que además, se les harían rigurosos cargos sobre los perjuicios, malas consecuencias y daños que por tales infracciones se siguieran, apoyados en la mera relación de su oposición a los indígenas gobernadores, caciques y demás personas que fueran con las requisitorias. Por tal resistencia se les condenaría a un año de servicio personal, a su costa y en la fuerza del puerto de La Guaira, con lo demás que se reservaba como arbitrio por convenir así al servicio de Dios, al alivio de la república y puntual recaudación del real interés, como del que debían percibir los encomenderos de sus tributos. Para su cumplimiento, el despacho se remitió con testimonio a los cabildos de la gobernación, en cuyas jurisdicciones se refugiaban los indígenas tributarios. Tras la llegada del obispo Baños y Sotomayor con encargos tan precisos y junto a la buena gestión del gobernador marqués del Casal, fue la oportunidad para que en la provincia de Venezuela se ejecutaran una serie 81 Ibídem, fols. TRABAJO INDÍGENA EN VENEZUELA (1687-1697) Tomo LVIII, 2, 2001 de órdenes reales que hasta entonces y por diversas medios la Corona intentaba armonizar, como era la triple racionalidad entre el trabajo de los naturales, la percepción del tributo indígena y los cambios que ocurrían en la estructura productiva. En tal sentido, la pervivencia de una producción menor, como sementeras y otros cultivos menores realizados por los indígenas para el autoconsumo y un mercado muy local, comenzó a crear significativos problemas entre los encomenderos, pues aquella tradicional actividad productiva había entrado en una profunda crisis que se expresaba en la progresiva disminución de su rentabilidad. Lo relevante durante este coyuntural proceso fueron los cambios que sufrían tanto los sectores sociales como el económico, pues, considerando las tendencias predominantes de una producción excedentaria, si bien el encomendero día a día se transformaba en esclavista, la producción en general y el cacao en particular rápidamente evolucionaba hacia una economía de plantación para el comercio regional y nacional. En estas condiciones y lejos del católico celo real por la protección del indígena, los beneficios de las reformas recayeron de nuevo en la propia Corona y los vecinos. Por una parte, mientras el erario real entraba a percibir nuevos y mayores ingresos, liberaba a los encomenderos de las antiguas responsabilidades de protección y evangelización del aborigen. Por la otra, mientras los agricultores o ganaderos y algunos artesanos en las ciudades contrataban aquella mano de obra en condiciones más liberales, daban las pautas para el surgimiento y formación de un nuevo sector social: el peón asalariado. Por ello, la incorporación del indígena a las nuevas actividades económicas, permitió principalmente a los sectores terratenientes no sólo contratarlo en trabajos hasta entonces prohibidos, sino que generó un cambio en la forma de obtener una mayor explotación de la fuerza de trabajo indígena. Finalmente, es necesario advertir sobre la equivocada y cada vez más generalizada idea de que a partir de 1687 desapareció el régimen de encomienda en Venezuela; pues la práctica no fue eliminada hasta 1821. Lo que realmente ocurrió en las últimas décadas del siglo XVII fue un cambio en la organización y administración del sistema de explotación indígena, evidente en la desaparición del tributo en "servicio personal", para establecer la tributación en "dinero" o su equivalente en especie. Anuario de Estudios Americanos
En el contexto de las diversas interpretaciones historiográficas sobre la reforma eclesiástica americana del siglo XVIII, el artículo apunta la existencia de una corriente reformista autóctona. El Sínodo de Charcas (1771-1773) fue una iniciativa americana: lo convocó un obispo criollo antes de recibir el Tomo regio de Carlos III que pondría en marcha los concilios provinciales regalistas en América. El trabajo indaga las directrices reformistas del Sínodo en los decretos sobre párrocos y doctrineros. El estudio de la fuentes de esos decretos pone de relieve la recepción de los escritos de Benedicto XIV que, desde Roma, impulsó durante su pontificado (1740-1758) un movimiento de renovación cristiana. Los datos recogidos llevan a sostener que en el siglo XVIII existieron en América dos proyectos de reforma eclesiástica: uno regalista fraguado en Madrid y otro eclesial autóctono, en sintonía con las iniciativas de Roma y en continuidad con los concilios americanos de los siglos XVI y XVII. El reformismo borbónico trató de hacer de la Iglesia americana uno de los pilares de la política colonial. El punto culminante del regalismo estatal lo representó la real cédula de Carlos III, del 21 de julio de 1769, conocida como el Tomo Regio, que puso en marcha la celebración de concilios provinciales en América. La historiografía ha apuntado diversas interpretaciones de las reformas eclesiásticas borbónicas en la América hispana. Manuel Giménez Fernández definió a los concilios americanos del XVIII como instrumentos regalistas para la sujeción de la Iglesia del Nuevo Mundo a la Corona. 1 La 1 Giménez Fernández, Manuel: El Concilio IV Provincial Mejicano, Sevilla, 1939: según esta tesis los veía como instrumentos dirigidos a solicitar desde América la extinción de la Compañía de Jesús; los padres conciliares serían, así, la longa manus del Estado borbónico. historiografía jesuítica, siempre en la perspectiva de las relaciones Iglesia-Estado, ha seguido la misma línea interpretativa. 2 Alberto de la Hera, ha hecho una nueva lectura de los concilios carolinos americanos en los que ve un "experimento piloto" para implantar en la monarquía hispana una iglesia nacional autonómica en el seno de la Iglesia romana. La tradición del Patronato regio en América facilitaría esta primera experiencia que sería trasladada después a la Península. 3 Algunos historiadores europeos y americanos han dado mayor peso a los protagonistas americanos del proceso reformador en el Nuevo Mundo. En la década de los años 60, desde 1962 a 1968, Bernard Bobb, 4 y Asunción Lavrin, 5 desde Estados Unidos, y Nancy Farris, 6 en Inglaterra, apuntaron en esta dirección, siempre a partir del estudio de las relaciones Iglesia-Estado. Con una perspectiva cultural y poniendo de relieve el componente americano del reformismo ilustrado en el Nuevo Mundo se sitúan las lecturas de Vicente Rodríguez Casado 7 y de Mario Góngora; 8 ambos autores desviaron el discurso de las reformas de las simples relaciones Iglesia-Estado a un plano más ideológico. Luis Sierra, en su biografía de Lorenzana, 9 el arzobispo de México que presidió el IV Concilio provincial, 2 "Los concilios provinciales de Indias eran arma de la política regalista durante el reinado de Carlos III; la utilizaron con criterio opostunista para acelerar la extinción de la Compañía". Lopetegui, León y Zubillaga, Félix: Historia de la Iglesia en la América española: desde el descubrimiento hasta comienzos del siglo XIX, Madrid, 1965, pág. 918. También Hera, Alberto de la, Sánchez Bella, Ismael y Díaz Rementería, Carlos: Historia del Derecho Indiano, Madrid, 1992, pág. 480. 3 Interpreta la promoción del arzobispo de México Lorenzana y del obispo de Puebla Fabián y Fuero, a las diócesis de Toledo y Valencia bajo esta óptica. Hera, Alberto de la: Iglesia y Corona en la América española, Madrid, 1992, pág. 479; también del mismo autor: "La renovación conciliar de la Iglesia indiana bajo Carlos III", en Actas y Estudios del IX Congreso del Instituto Internacional de Historia del Derecho Indiano, Madrid, 1991, t. II, págs. 541-560; y "El movimiento conciliar regalista en América", en Las relaciones entre la Iglesia y el Estado. 7 Rodríguez Casado, Vicente: "Notas sobre Iglesia y Estado, durante el reinado de Carlos III", en Revista de Indias, núms. 8 Góngora, Mario: "Aspectos de la Ilustración católica en el pensamiento y la vida eclesiástica chilena" (1770-1814), en Historia, Instituto de Historia de la Universidad Católica de Chile, 8, Santiago de Chile, 1969, págs. 43-73. 9 Sierra Nava, Luis: El cardenal Lorenzana y la Ilustración, Madrid, 1975. subrayó el papel importante de este prelado, separándose de la tesis que veía a la jerarquía americana como longa manus de la Corona. Posteriormente, García Añoveros ha rechazado la visión de la Iglesia americana como víctima pasiva del poder del Estado en Indias. 10 El estudio de las relaciones Iglesia-Estado, perspectiva preponderante en Farriss, ha marcado buena parte de la historiografía posterior. Se ha introducido, sin embargo, un nuevo componente en el debate historiográfico: el caracter autóctono o extranjerizante de las reformas eclesiásticas en la América ilustrada. David A. Brading caracteriza el proceso reformista en América como extranjerizante,11 en la medida en que que enfrentó a los peninsulares reformistas, con el sector criollo del clero. 12 Teresa Y. Maya Sotomayor analiza los objetivos de los eclesiásticos ilustrados de Nueva España en el proyecto reformista13 y, en contra de la supuesta inefectividad del Concilio mexicano del XVIII, por la falta de aprobación oficial,14 sostiene que la escisión entre la religiosidad popular y barroca y la piedad filojansenista del alto clero, puesta de manifiesto en el Concilio, perfilaría la Iglesia del período independiente. 15 Para Luisa Zahino Peñafort 16 los Concilios americanos fueron medio extraordinario para lograr la extinción de la Compañía; y produjeron la oposición al poder peninsular de las clases alta y media criollas, y de la élite indígena, capita-lina y rural, todas ellas vinculadas a los ignacianos. Oscar Mazín 17 y William B. Taylor, 18 han analizado las dimensiones y características del obispado michoacano, y del clero parroquial de México y Guadalajara. En resumen, las reformas eclesiásticas americanas del siglo XVIII se han interpretado como instrumentos de la política del estado borbónico; como una labor extranjerizante, llevada a cabo por el clero peninsular, frente a las aspiraciones de los criollos; como el momento de escisión entre la religiosidad popular barroca y la piedad filojansenista de los estamentos cultos y del alto clero; y como un instrumento de cambio en el orden eclesial americano. Una reciente investigación sobre las medidas acerca del clero secular adoptados por el Sínodo diocesano charquense de 1771-1773, 19 manifestó la existencia de un impulso de reforma surgido en la propia archidiócesis y la fuerte presencia en este proyecto reformista de la doctrina de Benedicto XIV (1740-1758) que, desde Roma, movía a una renovación eclesial. El trabajo que sigue aborda el tema de la reforma de la práctica religiosa y de la evangelización en ese mismo Sínodo de Charcas para verificar si, también en este campo, hay datos que permitan hablar de una reforma eclesiástica autóctona que recogería el impulso de Roma. Actividad sinodal en Charcas De los cuatro concilios americanos carolinos, tan sólo el de Charcas (1774 a 1778) fue precedido por un Sínodo diocesano que tuvo lugar entre los años 1771 y 1773, convocado por iniciativa del arzobispo metropolitano. 20 17 Mazín, Oscar: Entre dos majestades: el obispo y la Iglesia del Gran Michoacán ante las reformas borbónicas, México, 1987; y El cabildo catedral de Valladolid de Michoacán, México, 1996. 19 Luque Alcaide, Elisa: "Los decretos de reforma de la vida sacerdotal en el Sínodo de Charcas (1770-1773)", en Usunáriz Garayoa, Jesús M.a (ed.): Historia y Humanismo. 20 Hay pocos estudios sobre las asambleas eclesiásticas charquenses del s. XVIII. Castañeda, Paulino: "El sínodo de la Iglesia de Charcas de 1773", en Missionalia Hispanica, núms. 35-36, Madrid 1978-1979, págs. 91-135, aborda por vez primera el estudio del sínodo sobre la documentación del Archivo General de Indias; sobre el Concilio provincial de Charcas, de 1774, celebrado tras recibir el "Tomo Regio" carolino, Collado de Merino, M.a Julia: Los Concilios de América bajo Carlos III, tesis doctoral, Pamplona 1987, pro manuscrito, la autora ha utilizado la versión de los Decretos del Concilio conservada en la Real Academia de la Historia (Madrid), Colección Mata Linares, tomo XXX (9/1685); y Soria-Vasco, J. Alejandro: Le Concile provincial de Charcas de 1774 et les déclarations des Droits de l'homme, en "L 'Année Canonique", 15, París, 1971, págs. 481-524. Soria-Vasco ha trabajado la documentación del Concilio conservada en AGI, Indiferente General, 3026 A, 3026 B, 3041 y otros documentos de las secciones de Audiencia de Charcas, Lima y Buenos Aires. Así pues, en Charcas tuvieron lugar dos asambleas eclesiásticas sucesivas: un sínodo convocado por el prelado archidiocesano y un Concilio provincial posterior, en respuesta al Tomo Regio carolino. El 4 de enero de 1765, el arzobispo de Charcas, Pedro Miguel de Argandoña,21 tras finalizar la visita pastoral de la archidiócesis, escribía al rey Carlos III solicitando la aprobación de la Corona para celebrar un sínodo diocesano. Una real cédula del 25 de febrero de 1767 accedía a la petición del prelado. 22 Charcas23 era la sede metropolitana del Arzobispado de la Plata, del que formaban parte, además del territorio archidiocesano, los obispados de La Paz y de Santa Cruz, ambos en Bolivia; el de Asunción, en el Paraguay; Tucumán y Buenos Aires, en la actual Argentina. Es decir, se trataba de una vasta extensión que comprendía las actuales repúblicas de Bolivia, Paraguay, Uruguay y parte de Argentina. Desde 1762 gobernaba la archidiócesis de Charcas el criollo Pedro Miguel de Argandoña y Pastén. Había trabajado antes en Chile, Ecuador y el Tucumán argentino, teniendo así experiencia directa de la América sudamericana. En Córdoba (Tucumán) había impulsado el seminario conciliar, redactando sus constituciones, y había promovido la evangelización de los indios pampas, que confió a los franciscanos. 24 Promocionado en 1761 a la archidiócesis charquense, en 1763 inició la visita de las iglesias de la provincia, confirmando a 50.000 fieles y examinando de cerca la labor de setenta y cinco sacerdotes. El arzobispo advirtió carencias que requerían remedio y decidió afrontarlas en un sínodo archidiocesano. Finalizada la visita pastoral, el 4 de enero de 1765, Argandoña escribió al rey solicitando la venia de la Corona para celebrar el sínodo. Carlos III, dos años después de dar vía al sínodo charquense, el 21 de agosto de 1769, firmaría el Tomo Regio, indicando a los prelados metropolitanos de América que celebrasen concilio provincial; esta cédula real fue recibida en Charcas en plena actividad sinodal, por lo que Argandoña solicitó y obtuvo de Madrid permiso para demorar la convocatoria del concilio provincial hasta finalizar el sínodo. En Charcas se celebró un Sínodo diocesano que precedió al Concilio carolino de 1774; lo convocó un prelado criollo, que se propuso impulsar la reforma del arzobispado antes de recibir el Tomo Regio. Fue, pues, un evento eclesiástico en el que podremos estudiar las tendencias reformistas presentes en la diócesis en el último tercio del siglo XVIII. 25 Los decretos sinodales de Charcas permitirían detectar el signo de la renovación eclesial buscada en La Plata. Objetivos y metodología del Sínodo El edicto de convocatoria del Sínodo, del 12 de octubre de 1770, puso en marcha los trabajos sinodales. El edicto iba acompañado de una carta circular de Argandoña al clero diocesano señalando los objetivos del Sínodo: mejorar la vida religiosa de los fieles e impulsar la evangelización. Una sana base económica en cada curato aseguraría la consecución de los objetivos. El Proemio del libro I de las constituciones sinodales expresa que el trabajo sinodal se había apoyado sobre las orientaciones dadas por Próspero Lambertini, papa Benedicto XIV, 26 en su obra De Synodo Dioece-sana, 27 acomodándola a la realidad americana. Próspero Lambertini, considerado el mejor canonista de la época, relanzó en su obra De Synodo Dioecesana las asambleas eclesiásticas trienales decretadas por Trento. El De Synodo recoge la doctrina canónica sobre el tema que señala su función eclesiástica. 28 Lambertini salió al paso en el De synodo al proyecto de los absolutismos de Estado que, desde el último tercio del siglo XVII, convocaron asambleas eclesiásticas y promovieron sínodos y concilios para obtener la colaboración del clero en su proyecto de Iglesia nacional; 29 estos proyectos abocaban a un episcopalismo defensor de ideas conciliaristas. 30 Frente a una eclesiología de iglesias nacionales, el De synodo presentó la primacía del Papa destacando que la función del sínodo diocesano era legislar praeter y no contra el derecho común de la Iglesia. 31 Esta doctrina sería de importancia primordial para los Concilios americanos del XVIII. Lambertini, formado en un tomismo renovado, 32 había participado como canonista al Sínodo reformista celebrado en Roma por Benedicto Papa del secolo XVIII", "La figura e le opere di Benedetto XIV", in Discorsi e radiomessaggidi S.S. Pio XII, XX, 1959. La síntesis biográfica más completa es la de Rosa, Mario: Riformatori e ribelli nel'700 religioso italiano, Bari 1969; también Morelli, Emilia: Tre profili: Benedetto XIV, Pasquale Stanislao Mancini, Pietro Roselli, Roma, 1955, y Le lettere di Benedetto XIV al Card. de Tencin, Roma, 1955, 1965, 3 27 Benedicto XIV: De Synodo Dioecesana, Editio novissima, Typographia Bassanensi, s.l., 1767 (Roma 1745). Esta obra había sido elaborada por Próspero Lambertini, siendo arzobispo de Bolonia, para preparar el sínodo que deseaba celebrar en la propia diócesis, y recogía las constituciones pontificias y las decisiones de las Congregaciones romanas sobre los temas que debían abordar esas asambleas diocesanas. 29 Luis XIV logró en la Asamblea del clero francés de 1682, la aprobación de los artículos galicanos, que sostenían las "libertades" de la Iglesia francesa, limitando la autoridad del Papa respecto a los obispos franceses; y situándolos bajo el control de la Corona. Roma protestó contra esta medida, condenada por Alejandro VIII en la bula Inter multiplices, de 1690; en el siglo XVIII, seguirían este camino España y Toscana. 30 El febronianismo centroeuropeo coincidía en esta orientación. Juan Nicolás de Honthein (1701-1790), en su De statu ecclesiae et legitima potestate Romani pontificis liber singulares ad reuniendos dissidentes in religione christianos compositus, publicada en 1743 bajo el seudónimo de Febronius, planteaba una Iglesia apoyada sobre el colegio episcopal, del que el Papa sería "primum inter pares", residiendo en el concilio la suprema autoridad. 31 En su libro IX afrontaba el tema de cómo el sínodo debía evitar pronunciarse sobre los temas reservados a la Sede apostólica. Con esta obra Lambertini apunta a la doctrina que sería definida por el Vaticano I en 1870. 33 En su De Synodo se perciben fermentos de renovación de la vida eclesiástica y religiosa, dando valor y espontaneidad a la experiencia pastoral diocesana. 34 Ya en la sede romana, Benedicto XIV, promovió una llamada a la reforma de la vida cristiana pilotada por los prelados diocesanos y apoyada sobre un clero secular de buen nivel. Pues bien, la diócesis de Charcas recurrió al modelo sinodal trazado por Lambertini, antes de la convocatoria conciliar regalista de Carlos III. Para afrontar en el Sínodo las necesidades de la archidiócesis, Argandoña pidió a los párrocos que informaran de la labor de su distrito. 35 Además de los métodos evangelizadores, debían reflejar si impartían la catequesis en las lenguas indígenas y si lo hacían con la frecuencia señalada. Los datos enviados pasarían a los peritos del Sínodo que los tendrían en cuenta para elaborar sus propuestas. 36 La mitra de Charcas se propuso con el trabajo sinodal relanzar la práctica religiosa y la evangelización: ambas tareas son responsabilidad directa de los párrocos y los doctrineros de indios. De ahí que los decretos del 33 Relanzó este sínodo los temas de la reforma tridentina: los deberes pastorales del obispo, la obligación de residencia de obispos y párrocos, la instrucción religiosa, la fundación de seminarios, creando para esto último una especial congregación de seminarios. Número de almas a su cargo: harían el padrón. Extensión y límites de sus beneficios. Número de viceparroquias o capillas. Número de cofradías y sus ingresos. Rentas de las parroquias para costear la luz del Santísimo, los vasos sagrados, etc. 6. Del modo como adoctrinaban a sus feligreses, principalmente a los Indios, y si, "como es justo, por sus propias personas o por la de sus ayudantes les instruyen en los misterios de la santa fe en su propio idioma"; "si tienen personas instruidas y examinadas que adoctrinen a la juventud de ambos sexos todos los días, como es de su obligación; y si a los demás se les enseña, no sólo los domingos y días de precepto, sino también los miércoles y viernes conforme a la ordenanza"; si no se hace así deberían informar debidamente. De cómo corregían los desórdenes: haciendo hincapié en agüeros, adivinaciones, sortilegios, ídolos y medios para corregirlos. Del número de ayudantes que tenían, según las distancias de las doctrinas. De los clérigos vagabundos. Importancia de este punto para tomar medidas que evitasen el mal ejemplo de los eclesiásticos. "De las conferencias morales para los clérigos seculares, en los lugares donde el número de sacerdotes es suficiente para ello". Sobre los derechos parroquiales en los entierros. Si se llevaba el viático a los enfermos que lo pedían. De las fincas y bienes raíces que pudieran tener sus iglesias en iglesias en concepto de dotación. De los ingresos que tuviesen asignados cada una de sus doctrinas. 36 Parece que efectivamente los curas se pusieron manos a la obra y se contó con sus informes para el trabajo del Sínodo. La "Relación de estaciones del Sínodo", relata que aunque se había convocado primero para el día 8 de junio de 1771, "en atención a no haber acabado de llegar los informes e instrucciones que se pidieron a los Curas se prolongó hasta el día ocho de agosto del mismo año, y por otros justos y legítimos embarazos que sobrevinieron se volvió a prorrogar hasta el veinte del citado mes de agosto", en Constituciones Sinodales del Arzobispo de la Plata, pág. 14 ELISA LUQUE ALCAIDE Sínodo charquense, dedicados al oficio de párroco, 37 aparecían significativos para detectar el sentido de la reforma emprendida. La importancia del párroco en la vida colonial ha sido puesta de manifiesto por la historiografía. La política borbónica se propuso ceñir la función del párroco a lo estrictamente espiritual; 38 frente a ello, los padres sinodales charquenses, apoyados en una praxis arraigada desde los inicios de la Iglesia en América, afirmaron que les correspondía a los párrocos "el gobierno de sus súbditos, no sólo en lo espiritual, sino también en lo temporal en cuanto conduzca al bien y provecho de las almas" (lib. I, tít. 8, cap. 2). Impulso a la práctica religiosa de los fieles Ante todo, se deduce de las constituciones sinodales que el cristianismo estaba asentado en las ciudades y pueblos del territorio. Sin embargo, había de mejorar en diversos aspectos. Los fieles necesitaban incrementar el conocimiento de la doctrina de la fe "cimiento de la vida cristiana" (lib. I, tít.1, cap.1) y aumentar la práctica sacramental. Una buena parte del sector popular de la ciudad de Charcas, no sólo de los forasteros y viajeros, no vivía el precepto pascual. De ese dato deducen los sinodales que ocurriría lo mismo en las villas de Potosí, Oruro, Cochabamba y Tarija (lib. I, tít. 8, cap. 11); muchos fieles no recibían el sacramento de la confirmación, porque desconocían la doctrina acerca del mismo y, por ello, el sínodo insiste a los párrocos que la enseñasen a sus feligreses (lib.I. tít. 5, cap.1). Aparece un dato positivo: en la capital estaba muy arraigada la Escuela de Cristo. Era una asociación piadosa que organizaba en la catedral un acto de culto ante el santísimo todos los jueves, que comprendía también una plática sobre la doctrina de la fe; a estos actos asistían un número considerable de fieles, muchos de ellos "gente pobre", y con una alta participación de mujeres. El Sínodo favorece esta actividad, para ello se decidió que ese día se cerrase la catedral más tarde del horario establecido por la asamblea para las iglesias, con el fin de que pudieran asistir quienes regresaban de sus trabajos (Congregación 19). 37 Título VIII del libro I de las Constituciones, De officio Rectoris, compuesto de veintiseis capítulos; se debatió su contenido en las 6.a y 7.a congregaciones celebrada el 25 de septiembre y el 2 de octubre de 1771, aprobándose en esta última sesión. 38 Taylor, William B., "El camino de los curas y de los Borbones hacia la modernidad", en Álvaro Matute, et al. (coords.), Estado, Iglesia y Sociedad en México. ¿ENTRE ROMA Y MADRID?: LA REFORMA REGALISTA Tomo LVIII, 2, 2001 Para afrontar la necesidad de instrucción cristiana el Sínodo renovó las medidas de Trento y de los concilios limenses que aplicaron el tridentino: la catequesis continuada a niños y jóvenes, al menos una vez por semana, y la predicación a los adultos en las misas de los domingos y días de fiesta (lib. I, tít. 8, cap. 2). Además decretó que los párrocos hicieran en voz alta juntamente con los fieles un acto de fe, esperanza y caridad al terminar la misa, como había prescrito Benedicto XIV (libro I, tít. 8, cap. 1). 39 En un siglo en que el pauperismo se había acrecentado, se estudió el modo más eficaz de transmitir la doctrina a los mendigos. En concreto, en la ciudad de Charcas se solía organizar en la casa arzobispal una catequesis el día de la semana en que acudían a recibir limosna. La tercera congregación sinodal decidió que se impartiera en tres puntos de la ciudad: en las parroquias del Sagrario, de San Sebastián y de San Lázaro. Se alertaba respecto a los falsos mendigos: quienes no tenían impedimentos para trabajar no deberían recibir esa ayuda material, antes bien, había que instarles a desempeñar un oficio. El absentismo laboral era un "vicio (...) común en la ciudad y villas de la archidiócesis y para exterminarlo los sinodales exhortan a los justicias reales a que pongan los medios oportunos para erradicarlo" (lib. I, tit 8, cap. 20) Llama la atención el desarrollo que presenta en las constituciones de Charcas la doctrina sobre la misa, recogiendo documentos lambertinianos. Le dedicaron tres capítulos del Título 8. El capítulo 5, exhortaba a los párrocos a fomentar en los fieles una activa participación en la misa. Para ello les deberían enseñar que el sacrificio de la cruz que la misa renueva "no sólo lo ofrece el sacerdote, sino también todos los cristianos, especialmente los que se hallan presentes". El capítulo 9, recogía la obligación del párroco de ofrecer por sus feligreses la misa de los domingos y días festivos. 40 El 10 señalaba los casos en que se permitía a los párrocos celebrar dos misas en un sólo día para facilitar la asistencia de los fieles. 41 Destaca así, la exposición sinodal de la renovación incruenta del misterio de la cruz que realiza cada misa y su insistencia para que los fieles participasen de modo consciente en esta realidad. Estas medidas fueron acompañadas de indicaciones litúrgicas para resaltar la dignidad del culto. Las imágenes de las iglesias debían estar 39 Destaca el sínodo la importancia de que con esta práctica se ejercitan los fieles "a hacerlos con la frecuencia que conviene" y remite a Benedicto XIV, Constitución Etsi minime y Constitución Cum religiosi e Institutiones, LXXII, n.o 21. 40 Lo apoya en la constitución Cum semper, de Benedicto XIV. 41 Apoyado en la constitución Declarasti nobis, de Benedicto XIV. "pintadas y adornadas de modo que muevan al culto"; las tallas de bulto de los altares y las procesionales deberían vestirse del modo que es tradición de la Iglesia universal (lib. I, tít. 8, cap. 8). 42 El sínodo promovió la piedad de los fieles. Ante todo, la devoción a la Madre de Dios: se concedieron indulgencias al rezo del rosario en las parroquias y en las familias; todos los sábados del año se celebraría una misa votiva de la Virgen y se cantaría la Salve (lib. I, tít. 8, cap. 6). Recordó la intercesión del ángel custodio y de los santos; a éstos últimos los presentaba como modelos de los cristianos y recomendó tener sus imágenes en las casas. El cristianismo de los indígenas Las constituciones charquenses reflejan un panorama bipolar respecto a los indígenas: los que habitaban en ciudades y pueblos estaban bautizados; por contraste, aparece difícil la cristianización de los que vivían esparcidos por las montañas. La política de la Corona a favor de la reducción de los naturales no había tenido efecto. 43 El sínodo optó por favorecer la reducción a poblados y recordó a los doctrineros que debían promoverla por la persuasión evitando la coacción de corregidores, justicias y caciques, que convertía en pernicioso lo que estaba pensado para ayudar a los naturales (lib.I, tít. 8, cap. 14). En el Sínodo aparecen las tensiones que en esos años vivían los indígenas. La aplicación del proyecto colonial borbónico en América cargó más el tributo de los naturales y habían estallado una serie de revueltas. En la provincia de Sicasica en 1770, habían matado a uno de los corregidores; el año siguiente, 1771, los indios de la provincia de Pacajes se levantaron también contra el corregidor y la protesta se extendió a diversos lugares. Sólo la intervención del cura del lugar logró restablecer el orden. 44 Denunciaron los sinodales los abusos a los indios de las minas de Potosí: los azogueros les obligaban a trabajar los días de fiesta. El Sínodo recordó que, si la Iglesia permitió a los indígenas que pudieran trabajar en algunas fiestas, lo hizo para que trabajaran sus propiedades y no las de criollos y españoles. 45 Las constituciones sinodales recogen datos de reivindicaciones de los indígenas: lógicamente son aquellas en que el encausado era el cura del lugar. Los indios de Carasi recurrieron al sínodo para que declarase que no estaban obligados a contribuir a la fábrica de la iglesia; el cura debería costear estos gastos de los propios aranceles sinodales. El sínodo rechazó la petición porque este gasto no estaba previsto en el arancel y desde tiempo inmemorial se cubría con las ofertas de los fieles. El sínodo añadía que, si los de Carasi se resistían a lo indicado, "no se les hiciera la menor extorsión", y se informara a la asamblea sinodal para determinar cómo proceder. En contraste con esta mesura, condenaron a la pena de doce azotes a los indios Pascual Choque y Diego Carvajal "por haber sembrado con sus respectivas quejas, notables alborotos e inquietudes que se habían propagado en casi todos los curatos, (...) para escarmiento de los demás". 46 Los indígenas bautizados conservaban restos de sus antiguas idolatrías. De otra parte, ya no aparecen como una población sumisa, como en minoría de edad, que reflejaban algunos relatos misionales de primera hora: eran hombres que reclamaban sus derechos. Se imponía relanzar una evangelización más profunda. 47 El sínodo la apoyó sobre un clero secular con buena preparación. Los datos barajados en las constituciones sinodales dan a entender que los párrocos y doctrineros debían ser más celosos en esta labor. Se instó a los doctrineros a que atendieran a quienes habitaban en lugares remotos e hicieron especial énfasis en su deber de acudir a los moribundos (lib. I, tít. 8, cap.14). El proyecto inicial charquense se propuso enseñar el catecismo en lengua indígena, los doctrineros debían conocerla para acceder a su nombramiento. Pero los decretos sinodales se escribieron después de recibirse en la diócesis el Tomo Regio, que imponía la castellanización; los redactores optaron por una vía media: la catequesis se debía hacer en los dos idio-45 Octava congregación. También denunció el abuso de caciques y principales que les vendían vino, dando pie así al arraigo de la embriaguez (lib. I, tít. 8, cap. 3) 46 XIII Congregación, en Constituciones, págs. 28-29. 47 Establecen que dediquen más tiempo a esta labor: los adultos recibirán la doctrina dos días semanales, además de los domingos; los niños tendrán catecismo todos los días del año (lib. I, tít. 1, cap. 3) ELISA LUQUE ALCAIDE mas, aunque a los más pequeños se les enseñaría en castellano (lib. I, tit 8, cap. 15 y lib. I, tít. 1, cap. 3). El sínodo había subrayado la importancia de la participación activa de los fieles en la misa. Especialmente lo debían procurar los curas de los indígenas (lib. I, tít., 8, cap. 5). Debían poner los medios para que pudieran asistir a misa en los días de precepto; en concreto, deberían impedir que los caciques les cobrasen los tributos en ese tiempo (lib. I, tít. 8, cap. 13) Asimismo, destacó la importancia de que en las iglesias de las doctrinas se cuidase la dignidad de las imágenes y pinturas ya que eran "historia y libro donde se lee y considera lo que se ha de imitar y seguir"; prohibió que los fieles llevasen a sus casas las imágenes procesionales, para cortar así "la superstición de celebrar sus ídolos colocándolos en los propios huecos de las peanas de los santos" (lib. I, tít. 8, cap. 8). Los indígenas acudían a confesarse. Habían llegado noticias al sínodo de que en algunas doctrinas los curas no los recibían con agrado si lo hacían a horas intempestivas, y les reprendían con acritud para que acudieran de día. Un decreto sinodal instaba vivamente a los curas a atender con solicitud al que pedía confesarse a cualquier hora, de este modo facilitarían que recurriesen al sacramento en caso de necesidad (lib. I, tít. 8, cap. 16). En cambio, no solían recibir la comunión y los padres sinodales veían en esto "una de las causas por que muchos indios no están arraigados y fundados (...) en la fe católica". En las constituciones se exhortaba a los curas para que enseñaran la grandeza de este soberano misterio (lib. I, tít. 8, cap. 12). Promueven especialmente la devoción a la Virgen que apartaba a los naturales de las idolatrías (lib.I, tít. 8, cap. 6). Acerca de los santos debían enseñar los párrocos que "no son dioses, error en que aún se mantienen muchos de ellos (...) de forma que queden persuadidos, que aunque en memoria suya se celebren misas, el sacrificio no se ofrece a ellos, sino a sólo Dios" (lib. I, tít. 8, cap. 7) Fuentes doctrinales del texto sinodal charquense: presencia de Roma en Charcas Aparece, en los apartados anteriores un plan de reforma intraeclesial. Charcas apoya sobre el clero parroquial secular la renovación de la vida cristiana de los fieles. Se recoge, a continuación, la enumeración de las citas que sostienen este proyecto. ¿ENTRE ROMA Y MADRID?: LA REFORMA REGALISTA En los datos anteriores destaca la presencia de la doctrina de Benedicto XIV, papa todavía reciente, fallecido en 1758. El proyecto sinodal se había propuesto seguir las orientaciones del De Synodo Dioecesana, y efectivamente la asamblea de Charcas lo hizo así. Fue el papa más abundantemente citado. El Sínodo de Charcas se apoyó en el modelo sinodal lambertiniano. 55 Se recogen, además, citas del De servorum Dei beatificatione 56 y las Institutiones eccclesiasticae, 57 de Lambertini. Aparecen referencias a cinco encíclicas lambertinianas. Tres de ellas trataban de la instrucción a los fieles: la Ubi primum, del 3 de diciembre de 1740, 58 que apoyaba la catequesis sobre un clero secular de calidad; la Etsi minime, del 7 de febrero de 1742; 59 y la Cum religiosi, del 26 de junio de 1754. 60 Las otras dos encíclíque fue reeditada numerosas veces en el siglo XVIII y también a finales del XIX. Bajo la forma de un diccionario alfabético que, según Schulte presenta una indiscutible utilidad práctica, y, al mismo tiempo, una dispersión temática. En cualquier caso en el tiempo del Sínodo charquense era, tanto en Europa como en América, una obra de referencia obligada para la temática: Cfr. 54 Juan de Solórzano Pereira (1575-1654), jurista, catedrático de Salamanca y oidor en Lima, recibió el encargo del conde de Lemos de formar una recopilación de las leyes de Indias. Solórzano lo hizo a base de los cedularios impresos y de los registros de cédulas de la Audiencia de Lima. El proyecto se componía de seis libros, de los que sólo se redactó el primero. El sínodo cita su obra Política Indiana, publicada en 1647. 55 A la hora de redactar las Constituciones los charquenses siguen también las orientaciones lambertinianas que aconsejaban hacerlo a modo de instrucción, detallando la doctrina en casos de prolongado vacío sinodal (De Synodo Dioecesana, lib. 6, cap. 2, n. En Charcas había transcurrido más de siglo y medio desde el último sínodo; y el texto sinodal se redacta las charquenses con una amplitud que permite apreciar la doctrina sinodal. Esta obra recogía la praxis eclesiástica sobre los procesos de canonización y profundizaba, a la vez, en la doctrina de las virtudes heroicas y de las gracias gratis datae impulsando con ello la interiorización de la vida cristiana: Hertling, L. Benoit XIV, DSp., I. 57 Conferencias de teología pastoral y de derecho canónico, sobre temas relacionados con la vida cristiana de los fieles y la labor pastoral del clero: Benedicti XIV, Pastoral e Instrucciones Eclesiásticas de... siendo Cardenal Arzobispo de Bolonia, t. I, Typis Congregationis de Propaganda Fide, Roma 1746, págs. 4-8: La Ubi primum urgía a erigir seminarios, donde aún no existieran y el Sínodo de Charcas se hizo eco impulsando el que ya existía en la diócesis: confirmó las constituciones, dadas en 1708 por D. Juan Queipo de Llano y Valdez, obispo anterior a Argandoña, y determinó, además, las condiciones requeridas para obtener las becas, el uso del vestido talar y las costumbres cotidianas del centro. 59 En ella el papa acude como paradigma de obispo pastor al prelado del Perú Toribio de Mogrovejo, junto con Carlos Borromeo y Francisco de Sales (pág. 114). IV, págs. 213-218: aconseja el método agustiniano expuesto en el cap. 10 del De catechizandis rudibus: establecer un diálogo familiar del catequista con el catequizado, después de la explicación doctrinal, que permita cerciorarse de si ha entendido lo expuesto o necesita volver sobre el tema (pág. 218). 62 El Concilio de Trento está presente con ocho referencias. Los sinodales charquenses recogen el Concilio provincial de Milán, celebrado por Carlos Borromeo para poner en marcha en la diócesis el proyecto tridentino. * * * El Sínodo de Charcas trabaja asimismo con los concilios y sínodos americanos del Sur del continente. Ante todo, los de Lima, la diócesis matriz de la charquense. Aparece el II Limense (1565), presidido por Jerónimo de Loaysa, receptor de los decretos tridentinos, recién llegados a América. Hay una destacada presencia de las asambleas celebradas por Toribio de Mogrovejo que supusieron la aplicación madura de las orientaciones tridentinas. El más citado es el III Limense, convocado y presidido por Mogrovejo en 1582-83, del que partió, como es conocido, un renovado impulso evangelizador en las lenguas vernáculas; también tres Sínodos limenses posteriores del mismo arzobispo Mogrovejo, los de 1588, 1590 y 1592; y el Sínodo limense de 1613, convocado por Lobo Guerrero. 63 De los sínodos americanos destacan la impronta del Sínodo de La Paz, de 1638, celebrado por Feliciano de Vega, 64 buen canonista; la del arequipense de 1684, presidido por Antonio de León; 65 y la del celebrado en Caracas 61 Sobre la obligación de los párrocos de celebrar y aplicar por sus feligreses la misa parroquial de los días festivos; recuerda el deber del párroco de predicar la doctrina y de impartir catequesis; y hacía también un llamamiento sobre el cuidado del culto, subrayando la importancia del canto litúrgico: Benedicto XIV, Colección en latín y castellano de las Bulas, Constituciones, encíclicas, breves y decretos del Stmo. Padre... [según la auténtica edición romana del Bulario, de 1760], t. 62 Sobre las condiciones requeridas para que un sacerdote pudiera celebrar dos misas en un mismo día por necesidades pastorales; en diversas ocasiones alude a lo determinado por el Sínodo limense de 1592, celebrado por Toribio de Mogrovejo: Bullarium Benedicti PP. 63 En el sínodo de 1613, presidido por Bartolomé Lobo y Guerrero, intervino activamente Feliciano de Vega, el que después convocaría el Sínodo de La Paz. 64 El Sínodo de Charcas remite a las Constituciones synodales del obispado de Nuestras Señora de la Paz en el Perú, publicadas por Vega en Lima el año 1639, citada en 50. 65 Antonio de León, madrileño que estuvo al frente de la diócesis arequipeña desde 1679, llevó a cabo una labor pastoral importante, con acento en la evangelización educadora y en la formación del clero diocesano. Ambas dimensiones están presentes en las actas sinodales, que fueron impresas en Lima en 1688: Egaña, Antonio de: Historia de la Iglesia en la América española. Vargas Ugarte destacaba ya su labor con los sacerdotes diocesanos; fue el introductor en la diócesis de las conferencias para el clero. ¿ENTRE ROMA Y MADRID?: LA REFORMA REGALISTA en 1687, convocado por Diego de Baños y Sotomayor. 66 Se constata la continuidad de las asambleas eclesiásticas de la América del Sur. Todos los teólogos y canonistas citados son anteriores al siglo XVIII. Entre los americanos el mayor número de citas corresponde al canónigo peruano Pedro de Reyna Maldonado, en su obra Norte claro del perfecto prelado en su Pastoral gobierno, 67 y le sigue Alonso de la Peña y Montenegro, en su obra Itinerario para parrocos de indios. En que se tratan las materias más particulares, tocantes a ellos, para su buena administración. 68 Aparecen también canonistas europeos: el portugués Agustín Barbosa, considerado el primer canonista de su tiempo, que en su obra Iuris ecclesiastici universi recoge el derecho pontifical; 69 y el alemán Anacleto Reinffenstuel, que en su Jus canonicum universum elabora una enciclopedia de derecho canónico muy difundida en el orbe cristiano. El Sínodo de Charcas, promovido por un prelado criollo, puso en marcha un proyecto reformista que pretendía relanzar la evangelización y apoyarla sobre un clero secular preparado. Estamos, pues, ante una línea de reforma netamente eclesial. Este proyecto de reforma boliviano afirma apoyarse en las directrices del De Synodo Dioecesana lambertiniano. Benedicto XIV impulsó desde Roma, ya en los inicios de su pontificado, una renovación de la vida cristiana que enlaza con la reforma triden-66 Ha sido de importancia relevante en la historia eclesiástica de Venezuela, pues sus Constituciones, impresas en 1698 y reimpresas en 1761, han estado en vigor hasta el siglo XX. Impulsó la catequesis, determinando elaborar un catecismo elemental y otro por preguntas y respuestas, adoptándose como texto oficial, para los más capacitados el Catecismo Romano. También tomaron medidas para la reforma del clero secular, insistiendo en la virtud del desprendimiento y en sus deberes pastorales. Las constituciones sinodales han sido editadas y estudiadas: Gutiérrez de Arce, M.: El sínodo diocesano de Santiago de León de Caracas, Caracas, 1975, 2 vols.; Huerga, Alvaro: "Venezuela: la Iglesia diocesana", en Borges, Pedro (dir.): Historia de la Iglesia en Hispanoamérica y Filipinas, II,. A la vez, la experiencia pastoral de Lambertini le llevó a adoptar medidas concretas para avivar la fe en los cristianos. Entre ellas, la introducción después de cada misa del recitado conjunto del párroco y los fieles de un acto de fe, esperanza y caridad; 72 y la obligación de predicar con continuidad a los fieles, expresando las condiciones requeridas en el predicador. 73 Esas experiencias boloñesas de Lambertini fueron recogidas por el sínodo boliviano en el capítulo dedicado a la doctrina (lib. I, tít. 1, cap.1). Los decretos tridentinos expusieron la doctrina de la misa como sacrificio de la nueva ley, no habían alcanzado a legislar sobre determinados aspectos litúrgicos en línea con esa doctrina. Algunos de ellos fueron señalados en los documentos del papa Lambertini y recogidos por Charcas. 74 Es sabido que el papa Lambertini trabajó para que sus escritos tuvieran impacto en el mundo católico. Benedicto XIV por medio de sus frecuentes encíclicas estableció una comunicación más directa entre el papa y los obispos. 75 Dotó a sus encíclicas de un tono personal y dinámico, reco-giendo su propia experiencia eclesial, y logró por este medio una espléndida vía de comunicación de ida y vuelta con Roma. Respecto a la Iglesia americana, Lambertini la conocía bien desde sus años en la curia. Su trabajo en el proceso de canonización de Toribio de Mogrovejo le abrió el panorama de la Iglesia en el Perú. 76 Como papa, intervino en favor de la situación y la vida religiosa de los americanos, ya en su primer año de gobierno de la Iglesia promulgó la Encíclica Inmensa Pastorum, 77 dirigida a los obispos de Brasil, Paraguay y Río de la Plata, con fecha 20 de diciembre de 1741, en defensa de la libertad de los indios. Con el Breve Non est quidem, del 25 de mayo de 1754, confirmó el patronato de la Virgen de Guadalupe sobre la Nueva España y ordenó que se celebrara como fiesta solemne el día de su aparición, esto es, el 12 de diciembre. 78 El Sínodo de Charcas manifiesta que el proyecto lambertiniano encontró una respuesta positiva en el mundo andino. El impulso a la reforma lanzado desde Roma, fue recogido en los decretos sinodales charquenses acerca de los párrocos y doctrineros. * * * Así pues, en el último tercio del siglo XVIII existieron dos proyectos reformistas de la Iglesia americana. 79 Uno regalista, impulsado desde Madrid por la Corona, encaminado a hacer de la Iglesia americana instrumento de la política colonial borbónica; y un proyecto autóctono, que parte de la misma Iglesia americana y recoge las instancias de Roma, en continuidad con la reforma tridentina y con las asambleas conciliares y sinodales americanas de los siglos XVI y XVII. I, págs. 85-87 78 Alcalá Alvarado, Alfonso: "El acontecimiento guadalupano en la evangelización americana", en Escudero Imbert, José (Coord.): Historia de la Evangelización de América. Ese mismo año, el 24 de abril aprobó el papa el oficio y la misa propios de la fiesta. 79 Claudio Donati ha señalado también en Italia dos proyectos reformistas, uno eclesial y vinculado a Trento, y otro expresión del absolutismo ilustrado; señala en la década de los años 60 del siglo XVIII el cambio entre ambos proyectos; como hemos visto en Charcas hay una cronología diversa: Donati, Claudio: "Dalla 'Regolata devozione' al 'Giuseppinismo'", págs. 93-94. Cabe preguntarse, por último, si tuvieron continuidad los decretos sinodales de Charcas de 1773. Tenemos un dato a favor de su permanencia: las Constituciones sinodales, que hemos estudiado, fueron editadas en Cochabamba en el año 1854, y en la portada consta que esas Constituciones estaban "vijentes en las Diócesis de la República". Tan sólo esa vigencia podría explicar la publicación de los decretos sinodales en una fecha tan tardía. Maya Sotomayor al estudiar el caso de México encontró una situación similar respecto al IV Concilio provincial mexicano de 1771. Esta autora sostiene la continuidad de la reforma conciliar mexicana en la Iglesia americana del siglo XIX. En Charcas, hemos encontrado indicios de la permanencia de la normativa sinodal de 1773. Ahora bien, en este punto, se abren interrogantes que exigen una nueva investigación, ¿seguía presente, a mitad del siglo XIX, el impulso renovador de la vida cristiana que hemos visto enunciada por el sínodo charquense del último tercio del XVIII? ¿ENTRE ROMA Y MADRID?: LA REFORMA REGALISTA
El trabajo pretende ilustrar un aspecto poco conocido dentro de la problemática afroporteña; nos referimos a la capacidad para adquirir bienes inmuebles -terrenos y casasy esclavos que tenían los integrantes de la raza africana, en general de condición libre, pero también esclavizados, en el Buenos Aires tardocolonial, capacidad fundada sin duda en una significativa actividad laboral y, en especial, artesanal. En ese sentido, hacemos referencia a las características de los inmuebles, a los precios de los mismos, a su ubicación en el espacio urbano (distribución de los afroporteños según los barrios) y, por último, a la participación de negros y blancos en el mercado porteño de compraventa de bienes raíces y de esclavos. Poner nuestra atención en aspectos poco estudiados o directamente ignorados por otros investigadores de los procesos esclavistas hispanoamericanos es sólo un medio para acceder a la comprensión de la situación social de los afroporteños. Estos seres humanos -aunque pocas veces tratados como tal, y mucho menos en el caso de los esclavos, los cuales eran, desde un punto de vista jurídico, "una cosa con supervivencias crecientes del concepto de persona" según la definición de Petit Muñoz-1 eran especiales, no por lo bueno de su situación, sino por todo lo contrario. Al color de su piel se unía la pobreza, ésta derivada de aquél. Mala combinación, sin duda; combinación que sofocó las aspiraciones sociales del grueso de la negrada que desembarcó -compulsivamente, claro está-en las orillas del Plata. 2 Sin embargo, hubo algunos integrantes de la raza africana que decidieron luchar -aunque calladamente-por la integración, la cual no fue totalmente lograda ya que después de todo el color de la piel es imborrable. 1 Petit Muñoz, Eugenio et alter: La condición jurídica, social, económica y política de los negros durante el coloniaje en la Banda Oriental, Montevideo, 1947, pág. 186. 2 La cuestión de la trata negrera la hemos abordado en nuestra ponencia "El tráfico esclavista y el estado sanitario de la ciudad de Buenos Aires (1750-1810)", en II Jornadas de Historia de la ciudad de Buenos Aires, Buenos Aires, 1988, págs. 231-240. A estos últimos está dedicada buena parte del presente estudio; ellos, para llegar a ser considerados como seres humanos, debían "parecerse" al blanco, actuar como él. Era importante aprender un oficio y, luego de años de esfuerzo, acceder quizás a la categoría de maestro. 3 Años de trabajo, de privaciones, pero también de ahorro, significaban el logro de la ansiada libertad. Más tarde sería posible comprar un terreno y, por qué no, una casa -que no eran baratas-, lo que exigía que acudiera al despacho de un notario en el cual se celebraría un contrato de compraventa; 4 veremos que estos contratos eran más asiduamente celebrados entre un afroporteño y un blanco que entre dos integrantes de la raza negra. Y si el blanco era dueño de esclavos, ¿qué impedía al negro ser amo de negros? Era necesario comprarlos, y así lo hicieron, aun cuando el precio de los mismos fuera más que considerable. 5 Era preciso también pertenecer a cofradías religiosas frecuentadas por blancos, aunque hubiera, y las hubo, especiales para la "gente de color". 6 Era menester, por fin, poner, al final de una trabajosa vida, las cosas en orden con Dios y con el Estado: había que otorgar un testamento, o más de uno, tal cual lo hacían los blancos. 7 Conseguir estos logros era conseguir, por así decirlo, el certificado de ser humano; de segunda categoría, quizá, pero ser humano al fin. Sabemos que muchos no lo obtuvieron, pero los que sí lo hicieron, dejaron su testimonio. Al mismo, disperso en multitud de documentación, lo hemos buscado, hallado y analizado para tratar de comprender a estos seres humanos de color obscuro, que en alguna medida lograron parecerse a los de color claro. 7 Sobre el tema se puede consultar a Tau Anzoátegui, Víctor: Esquema histórico del derecho sucesorio del medievo castellano al siglo XIX, Buenos Aires, 1971. La cuestión ha sido considerada en nuestro estudio "Diversos aspectos relacionados con la esclavitud en el Río de la Plata a través del estudio de testamentos de afroporteños, 1750-1810", en Revista de Indias, v. Afroporteños propietarios de bienes raíces La figura del negro propietario ha sido poco y nada examinada por la historiografía afro-rioplatense, lo cual llama la atención, pues es bastante significativa la cantidad de documentación que ilustra sobre el fenómeno. 8 Nos referimos a los afroporteños de condición libre, en general, pero en algunos casos esclava, que mediante donación o compra (a crédito o al contado, con dinero prestado o ahorrado, fruto de su esfuerzo personal) lograba obtener terrenos, o casas, en el ejido o, principalmente, en la traza de la ciudad, participando activamente en el mercado inmobiliario urbano. 9 Es necesario realizar, antes de ocuparnos de nuestro tema específico, una sucinta consideración acerca del entorno geográfico. El estudio de antiguos planos porteños, en especial los confeccionados hacia el fin del período hispánico, como por ejemplo la división eclesiástica de 1769 y la división en cuarteles de 1778, nos mostró distintas divisiones territoriales de la ciudad de Buenos Aires. 10 Sin embargo, nuestra propia tarea de investigación y análisis nos llevó a intentar una nueva, que, creemos, por ser más simple ayuda a comprender la problemática. Se repartió la urbe en seis bloques: el Bajo del Río (hacia el este) y cinco sectores que agrupan dentro de sí a pequeños barrios, el Sur (Concepción, Alto de San Pedro, Hospital, Barracas, Matadero de Santo Domingo), el Sudoeste (Montserrat y San Juan), el Central (Catedral, San Francisco, Santo Domingo, San Ignacio y La Merced), el Norte (Santa Catalina, Retiro, Socorro, Recio, Recoleta) y el Noroeste (San Nicolás, San Miguel, Santa Lucía y La Piedad). Hemos encontrado casi un centenar de documentos que se refieren a la compraventa de casas donde al menos uno de los participantes era afroporteño. El cuadro 1 nos permite observar el número de operaciones reali-8 Una interesante excepción la constituye el trabajo de Mallo, Silvia C.: "Población afroargentina: del peculio al patrimonio y la propiedad", XII Congreso Nacional de Arqueología Argentina, t. En otro trabajo se señala "la tendencia en especial de las mujeres, todavía esclavas o libres, a asegurarse la propiedad de sitios, sus propios ranchos o casitas". Goldberg, Marta B. y Mallo: "La población africana en Buenos Aires y su campaña. 9 Un panorama sobre el mercado inmobiliario urbano porteño durante el siglo XVIII y primeros años del XIX se puede encontrar en Saguier, Eduardo R.: "El mercado inmobiliario urbano y la movilidad social en la ciudad rioplatense (siglo XVIII)", Estudios Sociales, año 5, n.o 8, Santa Fe, primer semestre de 1995, págs. 77-100. Tomo LVIII, 2, 2001 zadas en las seis últimas décadas del período colonial, repartidas según los distintos sectores de la ciudad. Vemos que en los orientados hacia el sudsudoeste y nor-noroeste de la urbe es donde se lleva a cabo la mayor cantidad de las mismas, mientras que en el Bajo y en el sector Central son bastante exiguos los casos registrados. Si bien la mayoría de los negros y pardos participantes en la compraventa es de condición libre, algunos de ellos eran esclavos. En ese sentido, es conveniente aclarar que entre los intereses humanos del esclavo 11 se encontraba el peculio, esto es, el derecho a adquirir mediante trabajo personal el que podemos llamar -según Petit Muñoz-"peculio liberatorio", es decir dinero destinado a su manumisión. 12 Aun así, Levaggi señala que "...la jurisprudencia...no fue uniforme. No tuvieron pleno respaldo las prerrogativas de los dueños de esclavos, ni fue siempre reconocido el derecho de éstos al rescate contra la voluntad de aquéllos, por aplicación de los principios del derecho dominial. Analizados todos los antecedentes, puede sin embargo destacarse una tendencia -de la que participa nada menos que la real persona-favorable a la liberación por el justo precio, y cuyo desarrollo futuro conducirá a la abolición de la esclavitud". 13 11 Entre los intereses humanos del esclavo señalados por Petit Muñoz, podemos nombrar: la vida, el sustento, la integridad corporal (con limitaciones), la salud, la libertad de matrimonio, la convivencia efectiva de los cónyuges en el matrimonio, el nombre y el estado civil, la asistencia judicial, el peculio, la moralidad, el derecho de asociación, el reposo y aun el esparcimiento (aunque con grandes limitaciones), etc.. Petit Muñoz et alter: La condición jurídica..., pág. 289. 13 Levaggi, Abelardo: "La condición jurídica del esclavo en la época hispánica", en Revista de Historia del Derecho, n.o 1, Buenos Aires, 1973, pág. 140. Además del liberatorio, existía para el esclavo la posibilidad de adquirir otro tipo de peculio -vía donación por parte del amo-"al cual la ley no impone destino determinado, y cuya conservación no condiciona a fin especial alguno". 14 Entre otras facultades, el esclavo podía disponer libremente de él e, incluso, comerciarlo, previa venia del amo. 15 Sin embargo, en la realidad no siempre ocurría así. El testamento de María Rita Durán, negra libre, de nación Angola, casada con Pedro, negro esclavo de Don Antonio Warnes, es ilustrativo al respecto: "...los cortos bienes que tenemos los hemos adquirido con nuestro trabajo personal, y mi esposo con consentimiento de su amo, y no obstante eso y de ser esclavo quien por lo mismo no tiene derecho a ningún bienes, no obstante por obviar toda y cualesquiera disputa que pudiera ocasionarse y que yo como libre pueda disponer de los bienes sin embarazo el más leve de su amo...hacía renuncia a mi favor de cuantos derechos o acciones pudiesen competirle por su esclavo...". 16 De allí que llame la atención el hecho de que la mujer necesite la venia marital para vender un bien, cuando su esposo es esclavo: "...Sépase que por esta pública escritura que yo, María Magdalena Barragán, vecina de esta ciudad, mujer legítima de Pedro Nolasco García, negro esclavo, de quien obtengo la venia necesaria para la extensión de este instrumento, que me la dio, y concedió, en bastante forma en presencia del escribano actuario de que da fe otorgo que vendo...". El capítulo 18 del Código Negro Carolino -que si bien no entró en vigencia tiene disposiciones que nos dan la pauta de los criterios que imperaban hacia el fin del período colonial-trata sobre el peculio de los esclavos. La Real Cédula del 31 de mayo de 1789 (Code Noir) se refiere -tácitamente-al derecho al peculio en el capítulo I (Educación) al establecer que "...se les explique a los esclavos la doctrina cristiana todos los días de Fiesta de precepto, en que no se les obligará, ni permitirá trabajar para sí, ni para sus dueños...". A su vez, el capítulo III (Ocupación de los esclavos) decreta que "...debiendo principiar y concluir el trabajo de sol a sol, les queden en este mismo tiempo dos horas en el día para que las empleen en manufacturas u ocupaciones que cedan en su personal beneficio y utilidad...". Cfr. en "Cedulario referente al régimen colonial de la esclavitud de los negros", en Revista de la Biblioteca Nacional, t. 15 Una perspectiva diferente sobre la situación se puede observar en el trabajo de Saguier: "La naturaleza estipendiaria de la esclavitud urbana colonial. Sobre la "esclavitud a jornal" en otra sociedad esclavista, se puede consultar el notable trabajo de Aguirre, Carlos: Agentes de su propia libertad. 16 Archivo General de la Nación (en adelante AGN), Protocolos Notariales (en adelante PN), registro (en adelante r.) 5, 1794, f. Tomo LVIII, 2, 2001 Relacionadas con estas normas de derecho civil y comercial, están las del derecho sucesorio referidas a la herencia de los hijos esclavos. Al respecto pueden darse dos situaciones: la primera de ellas es que los padres no incluyan como heredero a su hijo esclavo, precisamente por su condición servil;18 la segunda es que sí lo hagan, pero a su vez aquí podemos encontrar tres casos. Primero, que el recibir la herencia por parte del hijo esclavo dependa de una ulterior venia del amo,19 caso en que hay que tener en cuenta que una herencia quizá permitiría al esclavo comprar su libertad y no siempre los amos, como hemos visto, se mostraban dispuestos a otorgarla; segundo, que la venia del amo ya esté concedida al momento de redactar el testamento;20 tercero, que se lo incluya directamente como heredero. 21 Este último caso podría considerárselo sólo formal, pues en última instancia sería el amo quien tuviera la palabra definitiva. De cualquier modo, teniendo en cuenta, como ya dijimos, que el esclavo podría llegar a rescatar su libertad mediante un aporte hereditario, sabemos que existió una "dualidad de criterios interpretativos acerca del derecho de los esclavos a comprar su libertad, esto es, si ese derecho lo tenían a pesar de la voluntad opuesta del señor, o si era indispensable su conformidad". 22 Hacia el final de la época colonial se habría impuesto el primer criterio. En todo caso, la documentación consultada revela que hubo esclavos que con venia de su amo poseían bienes y participaron de la compraventa, prefiriendo, incluso, comprar un inmueble antes que su libertad. La posible explicación de este fenómeno es que la condición de su esclavitud no era una carga demasiado pesada de sobrellevar. El trato dado a los esclavos rioplatenses fue, en general, benigno, y los trabajos desempeñados por éstos, de carácter doméstico y artesanal principalmente, no hacían la vida excesivamente dura para el esclavo porteño, al menos si la comparamos con la que debían sufrir los inmersos en otro tipo de sociedades esclavistas, aun de las que formaban parte del imperio colonial hispánico. En otros casos, afroporteños de condición libre poseían bienes raíces, si bien integrantes de su familia permanecían en esclavitud. Sin duda estos últimos contaban con la casa, el alimento y la protección legal que les daba el amo, especialmente si esa función la ejercía una comunidad religiosa (ventajas que muchos blancos pobres no tenían, al menos en lo que se refiere a casa y comida). En su testamento, María Catalina Cáceres, parda libre, esposa de Santiago, negro esclavo del Convento de San Francisco, declara tener siete hijos, cuatro libres y tres esclavos del Convento; posee una casita de un tirante, un cuarto de media agua de adobe cocido y techo de tejas, y cocina, construcciones que se alzan en un sitio de 171⁄2 × 70 varas, ubicado en los extramuros de la ciudad, "calle derecha de San Juan oeste". Probablemente una comunidad religiosa era, en general, un amo más blando que un particular, y de allí que Santiago, posiblemente, no se sintiera tan desventurado con su situación. Desde ese punto de vista se entiende por qué la esposa, a pesar de poseer bienes, no compraba la libertad de su esposo e hijos. 23 En otros casos podía ocurrir lo que le sucedió a María Mercedes Rodríguez, parda libre, quien, en su testamento, declara estar casada con Juan José González, negro esclavo del Convento de Santo Domingo. Posee un sitio de 171⁄2 × 22 varas y en él construida una casa de media agua, de ladrillo cocido y techo de tejas, con un cerco de pared y algunos frutales. Dichos bienes los obtuvo con su industria y trabajo, "criando y lavando", y en ellos no tiene participación el marido pues "en nada me ha ayudado, antes por el contrario varias ocasiones lo he vestido y pagado el jornal a sus amos". Es comprensible que esta mujer no deseara sacrificarse, vendiendo su casa, para liberar a un marido que no era demasiado afecto al trabajo. 24 En otros casos el esclavo solicitaba y recibía el permiso para vivir con su esposa e hijos alejado del núcleo familiar del amo, por lo cual parece entendible la compra de un terreno para construir una vivienda o directamente tratar de acceder a una casa. Don Antonio Miguel Moreno, mayor ecónomo de la Parroquia de San Nicolás, vende al negro Manuel, esclavo de la Iglesia y que recibe la venia de los religiosos, un sitio para que pueda hacer un rancho para que viva con su mujer y sus hijos; el terreno per-tenece a la Parroquia y es de 171⁄2 × 70 varas, con un precio de 300 pesos y es pagado por partes iguales entre el negro y Don Bartolo Noriega. Unos meses más tarde el esclavo hace cesión y traspaso del bien inmueble a su mujer y sus hijos. 25 Estos casos serían más frecuentes cuando el resto de la familia fuera de condición libre, para evitar posibles excesos de los amos, esto es, aprovechando la condición de esclavo de uno de los integrantes del grupo familiar, pretendieran tratar a los libres como personas no manumitidas. Los que se beneficiaban con estos permisos pasaban a engrosar aquella categoría de esclavos donde, prácticamente, el único signo de dependencia era la entrega del jornal al amo: los "semilibres"; 26 es muy probable que Anastasio Arroyo, natural del Brasil, casado, esclavo de Don Tomás Arroyo, oficial de zapatero desde hace seis años, que vive en el Alto en casa propia, y Fermín Gómez, negro esclavo de Don Vicente Montoya, natural de Buenos Aires, casado, oficial de zapatero desde hace doce años, que vive junto a Santo Domingo en casa propia, fueran integrantes de estos últimos. 27 Una vez dentro de este engranaje, es factible que antes de liberarse el mismo prefiera comprar la carta de libertad de la esposa, la cual en el futuro engendrará hijos libres y/o libertar a sus hijos esclavos. 28 De cualquier modo, se dieron casos en que el dinero obtenido por la venta de un bien inmueble fue destinado al logro de la manumisión de los miembros de la familia aún esclavos. Asencio Urquizu, pardo libre, y su mujer, Inés Gutiérrez, parda esclava de Doña Ana María Gutiérrez, con expreso consentimiento de ésta, venden a Don Marcos Gutiérrez -cuyo eventual parentesco con Doña Ana María no se hace constar-una casa ubicada en el barrio de San Juan, cuyo sitio es de 35 x 70 varas, con un precio (significativo) de 1.240 pesos. Sabemos que un mes más tarde Urquizu liberta a su hija María Rosa, de cuatro años, en 150 pesos; para ese tiempo, su esposa, al parecer, ya era libre. 29 Todo indica que parte del dinero de 25 AGN, PN, r. 26 Para Eduardo Saguier "la esclavitud estipendiaria venía a equivaler a una libertad condicionada". Saguier: "La naturaleza estipendiaria... ", pág. 46. 27 AGN, Interior, legajo 9, expediente 5, IX-30-2-3, "Lista de zapateros, guarnicioneros, lomilleros y curtidores que se presentaron a consecuencia del bando" (se refiere al dictado por el virrey Vértiz con relación al censo de artesanos), fs. 11-11v., 4 de agosto-1.o de septiembre de 1780; ver también el citado testamento de María Mercedes Rodríguez en AGN, PN, r. 28 Este tipo de estrategias familiares se encuentra muy bien documentado para el caso de Lima durante el siglo XIX por Carlos Aguirre. Aguirre: Agentes de su propia libertad..., cap. 6. MIGUEL ÁNGEL ROSAL la venta sirvió para que el pardo libertara a su familia; el sobrante sin duda alcanzaba para adquirir otra casa, por cierto más modesta, pero sin que la familia resignara su status de propietario. Si bien no sabemos si esto ocurrió realmente, lo que sí sabemos es que, años después, en su testamento Urquizu declara ser propietario de varios terrenos, además de su casa. 30 En cuanto a los inmuebles en sí (casas), en contados casos se especifica el estado de los mismos, e incluso en otros ni siquiera se los describe; además, no siempre las dimensiones de los terrenos son iguales, lo cual no facilita las comparaciones. De allí que se hace difícil poder cotejar datos, pues éstos son disímiles, tanto de década en década como para los barrios en el transcurso de un mismo decenio. Aun así, intentamos acercarnos al problema y calculamos, grosso modo, un precio general de una casa "media" para todo el período: una vivienda de adobe cocido y techo de tejas, que constara de una sala, aposento y cocina, con un pozo de balde, cerco de tuna y algún frutal, y cuyo sitio fuera de 171⁄2 × 70 varas, costaba aproximadamente de 400 a 450 pesos, notándose un alza un tanto aguda para la última década del período considerado. De cualquier modo, hemos encontrado operaciones donde el precio es más alto. Bartolo del Cano, pardo libre, de oficio zapatero, compra en 1773 una casa sita en el barrio de las Catalinas, cuya sala es de dos tirantes, de ladrillo cocido y techo de teja, y una cocina de media agua, de adobe crudo, todo esto edificado en un sitio de 171⁄2 × 521⁄2 varas, donde se encuentran plantados varios árboles frutales; el precio es de 500 pesos. 31 Para 1779 el pardo ha agregado otras construcciones (un aposento, otra sala de media agua, dos hornos, un pozo de balde) que indudablemente revalorizan su propiedad, ya que la vendió en 1.400 pesos. 32 Juan Sarto, pardo libre, compra en 1801 una casa, sita en el barrio de San Juan, que consta de zaguán con altillo, dos salas, corredor, patio, un cuarto, cuarto de criados, un lugar común y pozo de balde; el terreno es de 103⁄4 × 481⁄2 varas, cercado con pared; su precio, realmente importante por tratarse de una operación realizada por un afroporteño, es de 2.800 pesos. Tomo LVIII, 2, 2001 más pequeños que recibían la misma denominación-, y los de 70 varas de fondo, obteniéndose el precio promedio sobre la base de las varas de frente; los datos se han agrupado en el cuadro 2. Al haberse considerado sólo las compraventas donde al menos uno de los participantes era afroporteño, no son demasiados los datos hallados (81 casos); sin embargo sirven, creemos, para tener una idea sobre la cuestión. CUADRO 2 Observaciones: en la fila superior, correspondiente a cada década, se indica la cantidad de operaciones registradas; en la inferior, el precio promedio de la vara de frente. Salvo en un caso (barrio Norte, quinta década), los precios en la traza de la ciudad son más altos que los registrados en el ejido, y aun así encontramos 59 terrenos ubicados en aquélla. Esto obedecería a una conjunción de causas: mayor seguridad personal (o sea, estar menos expuesto al bandolerismo de la época); mayor comodidad (estar cerca de los servicios más elementales); deseo de integración social y, además, poseer un respaldo económico lo suficientemente considerable que permitiera una inversión, o al menos iniciarla, en bienes inmuebles situados en la traza de la ciudad. De todos modos, es probable que al ser el universo considerado tan peque-MIGUEL ÁNGEL ROSAL ño,34 el cuadro 2 no alcance a reflejar la situación real; en todo caso, podemos advertir los altibajos, agudos por momentos, que sufrieron los precios de los terrenos a lo largo del período. Respecto a la distribución geográfica, los terrenos ubicados hacia el sud-sudoeste de la ciudad son definitivamente mayoritarios, más del doble de los situados en el nor-noroeste. Cabe destacar que no hemos hallado datos sobre sitios de 70 varas de fondo ubicados en el Bajo; tal situación no debe extrañar, pues en muchos casos las varas de fondo terminaban en "la inmediación del... paseo transitorio del Bajo del Río",35 en las barrancas,36 o directamente lindaban con el río, siendo probable también que por esta razón sus precios fueran más bajos que en otros sectores de la urbe. 37 Sin embargo, para tener una idea más acabada de la distribución por barrios en función de una eventual preferencia afroporteña por algún sector de la ciudad determinado, hemos confeccionado el cuadro 3, realizado a través de la consulta de una variedad de documentación, como por ejemplo testamentos, donaciones, tasaciones, etc., además de las compraventas de terrenos y casas; sólo en la columna "s/i barrio" (sin indicar barrio) se han utilizado exclusivamente operaciones de compraventa. Ahora sí, el sector Sudoeste (en especial, Montserrat) se va perfilando como el que durante las primeras décadas de vida independiente daría en llamarse "el barrio del tambor", evidentemente preferido por los afroporteños, 38 si bien son considerables los asentamientos en el norte y en el sur de la ciudad, y no menos importante es el número de casos en donde no está especificado el barrio (aunque en disminución hacia el último tra-mo del lapso en estudio, lo cual puede significar simplemente una mayor tendencia a la precisión por parte de los notarios que desempeñaron sus funciones hacia el fin de la época colonial). En la mayoría de los casos analizados los afroporteños involucrados, directa o indirectamente, en las distintas operaciones inmobiliarias son personas de condición libre, las cuales por razones sociales y económicas tendían a ubicarse hacia la periferia de la ciudad; en efecto, los inmuebles sitos en el centro porteño eran más caros y estaban habitados por el patriciado de la ciudad, y sólo los afroporteños de condición esclava que vivían junto a sus amos ocupaban ese sector de la urbe. Tratamos de enfocar la participación de los afroporteños en el mercado local de compraventa de inmuebles desde distintos ángulos: el sexo y la condición legal (libre o esclavo) de los involucrados, y también analizamos si las operaciones inmobiliarias se realizaban más frecuentemente entre integrantes de la raza africana, o entre uno de ellos y un blanco, y en este último caso, si la persona de raza blanca integraba el conjunto de la plebe u ocupaba un lugar más destacado dentro del espectro social rioplatense (la diferencia nos la dan los documentos de la época, al referirse a este último grupo de personas con el tratamiento de "Don"). Compradores c/ trato de "Don" s/ trato de "Don" c/ trato de "Don" s/ trato de "Don" Observaciones: 7 vendedores y 5 compradores son de condición esclava; uno de cada categoría realiza la operación inmobiliaria respectiva con blancos que no reciben tratamiento de "Don". Desde el punto de vista del sexo, a través de la investigación hemos notado que los hombres parecen más activos, tanto en la compra como en la venta de inmuebles. Eso podría obedecer, quizás, a que en caso de operaciones comerciales donde interviniera un matrimonio afroporteño, aparecería el hombre como único responsable. En cuanto a la compraventa donde tanto compradores como vendedores fueran integrantes de la raza africana, sólo hemos hallado 42 casos (en tres de ellos participan esclavos, ya sea como comprador, ya como vendedor). El cuadro 4 revela, en cambio, que las operaciones inmobiliarias entre afroporteños y blancos eran más frecuentes, y que entre las personas de raza blanca intervinientes, la mayoría recibía tratamiento de "Don". Llama la atención que una sociedad tan prejuiciosa, los blancos celebraran contratos de compraventa con negros y mulatos, algunos de los cuales eran esclavos, adquirieran y, en algunos casos, fueran a vivir a casas que habían sido habitadas por integrantes de la "raza infame", o entregaran la que había sido su morada a alguno de estos últimos; llama la atención, por fin, el lugar alcanzado por los afroporteños en la sociedad colonial, dentro de la cual estaba en igualdad de condiciones respecto del hombre blanco, al menos en cuanto al aspecto comercial se refiere. Tomo LVIII, 2, 2001 Afroporteños propietarios de esclavos Los documentos consultados nos permitieron encontrar un total de 63 operaciones de compraventa de esclavos realizadas entre afroporteños y blancos. El total de esclavos involucrados fue de 65 (33 vendidos, 32 comprados), sólo 8 de los mismos eran mulatos, ignorándose para otros su proporción sanguínea, y 35 son de sexo masculino. Sólo 7 de las personas de raza blanca que participaron en dichas compraventas no recibían tratamiento de "Don", mientras que solamente se encontró una operación (trueque de esclavos) entre dos integrantes de la raza africana. 40 También hemos hallado 13 manumisiones (sólo 2 de ellas son gratuitas) y varios testamentos en donde el (o la) otorgante resultan ser afroporteños dueños de esclavos. Precisamente, el testamento de María Isabel, negra libre, natural de Guinea, casada con Manuel López, esclavo de Don Isidoro López Farías, es muy interesante ya que declara poseer sitio y casa, y además, una negrita llamada Ana. 41 Una vez más, nos encontramos frente a un caso donde uno delos integrantes del grupo familiar es propietario de bienes raíces -y aquí también de un esclavo-, mientras alguno de sus miembros permanece en esclavitud. En cuanto al valor de los esclavos, hemos notado precios deprimidos durante los primeros treinta años del lapso en estudio; durante la segunda parte del período, sin embargo, subieron considerablemente, aunque observamos altibajos. De todas formas, el precio promedio para las seis décadas de un esclavo adulto estuvo alrededor de los 250 pesos, si bien el valor podía aumentar de modo significativo si el siervo poseía un oficio. 42 Petit Muñoz afirma, refiriéndose a los dueños de esclavos, que éstos podían ser "todas las personas de la especie humana, naturales o jurídicas, con la sola excepción de los esclavos mismos". 43 Es por eso que ha despertado nuestro interés el hallazgo de dos documentos, los cuales transcribiremos parcialmente; se trata de una venta y de un proceso judicial. Este último se sigue contra el negro Bentura Benítez: "...A los Alcaldes ordinarios de la ciudad de Montevideo hago saber -asienta Don Gregorio Ramos Mejía, alcalde ordinario de primer voto del Cabildo de Buenos 40 AGN, PN, r. 42 Ver nuestro trabajo "Precios internos de esclavos..." 43 Petit Muñoz et alter: La condición jurídica..., pág. 307. Aires-cómo en este mi juzgado se está procesando criminalmente contra un negro llamado Bentura Benítez, o Chavarría, por la muerte que se le acusa haber perpetrado en esta ciudad en la persona de otro negro nombrado Francisco Cribau, esclavo de otra negra, Francisca de Paula, sierva de Vicente Albarez (alias) Ropanda o Ropandilla, soldado que fue del Regimiento fijo de Infantería...". 44 El otro documento es una venta de esclavo; se transcribirá el encabezamiento del mismo: "Sea notorio como yo, Don Vicente Rebuelta Belarde, vecino de esta ciudad, por la presente otorgo que vendo y doy en venta real...a Francisco, negro esclavo del señor Brigadier Don Jaime Sanjust, a quien para efecto de otorgarle esta venta me he informado del dicho su amo acerca de la realidad o manejo de su esclavo, de que tenía licencia del expresado su amo para comprar el mío, quien me respondió a continuación de una carta que le escribí acerca del caso presente, y me respondió que, instruido de mi contenido, concedía licencia al dicho su esclavo para la compra de mi negro Luis, y que pudiese ejecutarla con la mayor satisfacción...". El negro Francisco, esclavo de oficio cocinero, compró en 400 pesos. al negro Luis. 45 Estos dos casos son realmente interesantes dado que no abundan, y por esa misma razón no es conveniente sacar conclusiones apresuradas. Sin embargo, existen, son reales y nos dicen que hubo esclavos que fueron amos de otros esclavos, 46 lo cual quizá no llame la atención desde un punto de vista estrictamente económico, pero sí del social e, incluso, del legal. Por último, sobre el tema del "negro" como amo del "negro", es interesante destacar lo señalado por Carlos Aguirre en su estudio sobre la esclavitud en Lima hacia mediados del siglo XIX: "... la propiedad de esclavos estaba tan profundamente arraigada aun entre la población de escasos recursos, y era visto como algo tan normal que personas de origen negro y, probablemente, ellas mismas ex-esclavas, se esmeraban también en convertirse en propietarias de esclavos...; para muchos esclavos el horizonte al que aspiraban no era en modo alguno liquidar la esclavitud como sistema, sino salir de ella para acceder a una mejor posición social, imitando los usos y valores de los propietarios esclavistas". 46 Resulta interesante comparar este hecho con aquél que se dio en Perú y que fuera estudiado por Harth-Terré: el indio como amo del africano y su participación en la compraventa de esclavos, teniendo en cuenta que no sólo se refiere a la nobleza indígena sino también al indio del común. Harth-Terré, Emilio: Negros e indios, un estamento social ignorado del Perú colonial, Lima, 1973. Con respecto al continente negro, Ki-Zerbo señala que en el reino Kongo hubo esclavos que poseían esclavos. Ki-Zerbo, Joseph: Historia del Africa Negra, t. Tomo LVIII, 2, 2001 Los documentos también nos dicen que participó en compraventas "extrajudiciales". 51 La familia Falcón estaba formada por Ignacio Falcón, natural de Congo, y su esposa, Catalina de Aguila (o Angulemas), de nación Mina, ambos de condición libre y, aparentemente, sin hijos. Sus bienes constan de un terreno, una casa ubicada en la calle de Las Torres, y hacia 1778 (testamento de la negra) nueve esclavos. No sabemos el oficio de Ignacio, pero sí, en cambio, que al menos parte de las entradas del matrimonio provenían del alquiler que cobraban por algunos cuartos de la casa. De dicha familia tenemos noticias entre los años 1753 y 1794: compra de un esclavo, compra de un sitio, cuatro manumisiones (dos ellas múltiples), tres testamentos, dos codicilos, el testamento del albacea de Ignacio Falcón y también el testamento de una negra que nombra a este último como segundo albacea. Por uno de los codicilos del negro 52 nos enteramos de que hubo un proceso judicial donde se ventiló una libertad prometida y luego negada, entre su mujer y una de las esclavas. Finalmente sabemos que todos los esclavos quedaron libres. Aun luego de fallecidos ambos cónyuges tenemos noticias de la familia Falcón por el testamento del albacea de Ignacio, Don Joaquín de Viera y Gago "... Declaro que soy albacea, nombrado por la real justicia, del finado Ignacio Falcón, negro libre, cuya testamentaría no tengo evacuada, a causa de estar en litigio sobre solicitar un negro que fue esclavo del dicho difunto heredarle, pretendiendo se le tenga por hijo de aquél, de lo que tengo instruido a mis albaceas...". 53 En síntesis, queremos destacar el lugar alcanzado por algunos integrantes de la raza africana en la sociedad rioplatense. Observamos que una cantidad nada despreciable de éstos tenía acceso a una vivienda propia o, en su defecto, a un terreno en donde con sus propias manos levantarían la que sería su casa, en principio quizá modesta, pero que con el correr de los años iba a ser beneficiada con ampliaciones y mejoras. Hemos visto también que los precios de dichos inmuebles en algunos casos alcanzaban cifras considerables, más aún si pensamos que en el pago o cobro de las mismas estaban involucradas personas que habían permanecido en esclavitud buena parte de 51 El término "extrajudicialmente" aparece reiteradamente en los documentos de la época. Se refiere sin duda a aquellos contratos donde no intervenía el notario; en estos casos no existía escrituración (lo cual abarataba la compraventa), y se extendía el llamado "papel simple", en el cual las partes especificaban la operación realizada. Tomo LVIII, 2, 2001 sus vidas o que, incluso, continuaban esclavizadas al momento de efectuarse la operación. No es de extrañar, sin embargo, que la gran mayoría de los afroporteños, en consonancia con sus modestas entradas, habitaran barrios alejados del centro de la ciudad, tal cual se desprende de los datos arriba analizados. Sabemos que los contratos de compraventa eran celebrados más frecuentemente con un blanco que con otro afroporteño, y que por lo general el blanco ocupaba un lugar destacado dentro de la sociedad colonial. En otros casos, como en el de Ignacio Falcón y su esposa, son poseedores de un buen número de esclavos. Resumiendo, en el Buenos Aires tardocolonial, si bien existente, la marginación cromática parecería haberse atenuado en la relación comercial entre blancos y negros. Por último, unas pocas palabras respecto de la esclavitud del "hombre de color" por parte del "hombre de color". No tenemos datos para afirmar que un amo negro era mejor -desde el punto de vista del esclavo-que uno blanco; es posible que así fuera. Sin embargo, sabemos que algunos integrantes de la raza africana lucharon ante la justicia (caso de Ignacio Falcón y su esposa) por conservar sus esclavos; éstos, en última instancia, eran un bien económico. Otro ejemplo ilustrativo es el de Rosalía Estela, parda libre, que desde 1793 a 1800 mantuvo como esclava a su sobrina Polonia, también mulata; previo pago de 225 pesos, cantidad facilitada por la madre, de condición libre, de la pardita (tiene 15 años), recibe su carta de libertad. 54 En otros casos, el comercio negrero era realizado por integrantes de la raza africana, como por ejemplo Manuel Joaquín, mulato portugués, que condujo una partida de esclavos a Buenos Aires. 55 Desde un punto de vista socio-cultural parecen lícitas e, incluso, aconsejables, las prácticas esclavistas llevadas a cabo por los afroporteños, ya que las pautas culturales de esa sociedad no sólo las permitían, sino que las alentaban. De esa manera, el "negro", como amo de otros "negros", estaba "más cerca" del blanco, asimilaba su cultura y se integraba socialmente. En todo caso, desearíamos que la presentación que hemos realizado de algunos matices en las relaciones sociales coloniales rioplatenses, con respecto a otras realidades históricas, no sea considerada como una pretensión de "rehabilitar" la esclavitud. 56 Nada más alejado de nuestro pensamiento. 56 Ver la opinión de Carlos Aguirre con relación a la posición del historiador brasileño Jacob Gorender en contra de los que han documentado los logros de los esclavos dentro del sistema pues sólo buscarían "rehabilitar" la esclavitud. Aguirre: Agentes de su propia libertad..., pág. 229.
La centralización y el impulso a la "educación patriótica", diseñados para lograr una rápida homogeneidad cultural entre la población fueron las características clave del sistema público de educación elemental que se consolidó en Argentina en la segunda mitad del siglo XIX. Ellas auparon hacia su cúspide a un sector de funcionarios "normalistas" que tendieron a considerarse como una elite intelectual más apegada a los destinos del Estado que a los de la profesión de la que formaban parte. Sin embargo, en contra de sus expectativas, no pudieron dejar de ser un grupo intelectual subordinado. Los motivos deben buscarse en el monopolio que los "doctores", pertenecientes en general a los sectores sociales más encumbrados, ejercieron sobre los espacios en los que se definían las abstracciones académicas y las políticas educativas y en las estrategias de distinción que los propios "normalistas" aplicaron sobre los demás docentes, que los debilitó como sector profesional. El propósito de este artículo es analizar algunos aspectos del complejo entramado de relaciones establecido por un sector de funcionarios educativos con aspiraciones a convertirse en una elite intelectual con la consolidación de un sistema de enseñanza elemental público y centralizado en Argentina en la segunda mitad del siglo XIX, sistema considerado por sus dirigentes como un elemento clave del ingreso del país en un estado de "Paz y Administración" dentro de un marco de "Orden y Progreso". El conjunto de actores sociales e instituciones que se conoce como "sistema educativo" representa una dimensión decisiva de los estados modernos y deriva en gran parte su importancia del hecho de tratarse de una herramienta centralizada de reproducción y búsqueda de homogeneidad cultural dentro de unos territorios nacionales específicos. Se trata, a su vez de cuestiones de notable relevancia en la propia formación histórica de esos estados, tal como lo han puesto de manifiesto aquellos investigadores que se han ocupado en detalle de su estudio, como Oscar Oslak para el caso argentino. 1 Conviene además resaltar otras cuestiones. La educación en cuanto "sistema" y "proceso", presupone en sus distintas fases la intersección de diferentes problemáticas sociales e institucionales que le otorgan su sentido histórico específico. Esto a su vez se relaciona de manera íntima con el hecho de que la promoción de un mínimo grado de homogeneidad cultural y la difusión de conocimientos básicos demandados por el mercado de trabajo, se topan en su puesta en práctica con los gestos y movimientos de aquellos que pretenden definirse a sí mismos como especialistas y que por tanto pugnan por que se los considere como "educadores legítimos". Pero la cuestión se torna aún más compleja dado que por sus propias características y orientaciones el sistema educativo implica por definición una densa trama discursiva que, si bien tiene a lo pedagógico como centro, se entreteje también alrededor de otros criterios y saberes. 2 El análisis histórico de la especificidad educativa argentina, deberá priorizar entonces el estudio del surgimiento y consolidación de sus instituciones características y de sus grupos jerarquizados y a veces antagónicos, cada uno con sus propias prácticas y discursos y sus intentos "profesionalizadores". 3 Dado que actúan como importante telón de fondo de todo el proceso, es fundamental tener en cuenta las complejas y paradójicas relaciones históricas que el sistema educativo mantiene históricamente con los intelectuales. En efecto, estos representan uno de sus productos más importantes, aunque sin embargo con el auge de la llamada modernidad su campo o esfera de acción adquiere rasgos cada vez más autónomos y específicos. Conviene aclarar por último que el sistema público de educación se consolidó en Argentina entre 1880 y los últimos años del siglo XIX, cuan-2 Proyectando la caracterización que Josefina Ludmer realiza de la Criminología, puede afirmarse que la pedagogía, ciencia en formación entonces, era (y es) una ciencia "intertextual". En buena medida ambas ciencias intentaban dar respuestas desde distintos ángulos a similares preocupaciones y proyectos sociales y estatales. No fue en absoluto casual que intelectuales de primera línea como los hermanos Ramos Mejía, Bunge y otros hayan frecuentado ambos campos tanto en su producción académica como en su actividad como funcionarios. Consúltese: Ludmer, Josefina: El cuerpo del delito. 3 Al plantear estas cuestiones trato de inscribir en el análisis toda la complejidad señalada por Abbot. En cuanto al problema de la legitimidad y de la autonomía de los practicantes de una actividad determinada y específica es necesario remitirse a la teoría de los campos de Pierre Bourdieu y en especial a las particularidades que señala para el campo intelectual. Puede consultarse también Calhoub, Craig, LiPuma, Edward y Postone, Moishe: Bourdieu. Anuario de Estudios Americanos do lograron articularse de manera sólida y fluida planteamientos pedagógicos e institucionales previos. A pesar de la irregularidad de su puesta en marcha y de desacuerdos de importancia entre sus precursores intelectuales, ejecutores y beneficiarios, tal sistema alcanzó con el tiempo a convertirse en un elemento hegemónico y casi mitológico dentro de esa sociedad, hasta las últimas décadas en que la crisis del Estado lo está arrastrando consigo. Esto convierte al estudio de las paradójicas alternativas de su emergencia en una cuestión doblemente importante. Precursores y otros actores educativos La consolidación de un sistema educativo elemental público en la Argentina de la segunda mitad del siglo XIX se dio en un contexto social y económico marcado por la incorporación del país de una manera importante al mercado mundial como proveedor de materias primas. El crecimiento económico provocado por ese proceso de expansión "hacia afuera" fue sin duda notable y tuvo importantes consecuencias sociales entre las que se destacaron la llegada al país de un número importante de inmigrantes, y un proceso muy marcado de urbanización. 5 Como se trata de una cuestión suficientemente abordada, me limitaré a ofrecer sólo algunos datos útiles para mostrar la inmensa tarea que tenía por delante el estado naciente en la búsqueda de una cierta homogeneidad cultural entre la 4 Importantes obras de referencia sobre la historia de la educación en Argentina son las siguientes: Alliaud, Andrea: Los maestros y su historia: los orígenes del magisterio argentino, Buenos Aires, 1993, 2 vol; Ascolani, Adrián (compilador): La educación en Argentina, Rosario 1999; Cucuzza, Héctor (compilador): La historia de la educación en debate, Buenos Aires 1996; Manganiello Ethel: Historia de la educación argentina. Periodización generacional, Buenos Aires 1980; Newland, Carlos: Buenos Aires no es Pampa. La educación elemental porteña 1810-1860, Buenos Aires 1992; Puigross Adriana (directora): Historia de la educación argentina, Buenos Aires, 1991, 5 vol; Ramos, Juan: Historia de la instrucción primaria en la República Argentina, Buenos Aires, 1910; Tedesco, Juan Carlos: Educación y Sociedad en Argentina, Buenos Aires 1986; Solari, Manuel: Historia de la Educación Argentina, Buenos Aires, 1949; Spalding, Hobart: "Education in Argentina, 1890-1914. En 1885, por ejemplo el 45% de la población de la ciudad de Buenos Aires había nacido fuera del país. A su vez, una encuesta realizada en 1914 entre escolares mostraba que sólo un 12% tenían padre y madre argentinos. 6 A la caída de Rosas en 1852, buena parte de las elites político intelectuales que lo sucedieron concibieron la difusión masiva de la educación como un instrumento eficaz de cambio social y de "progreso". En este sentido se hacían eco de un optimismo pedagógico muy propio del pensamiento del siglo XIX. Sin embargo dicho optimismo, cuyo ejemplo paradigmático es la figura de Domingo Faustino Sarmiento, no fue absoluto. Pensadores de la talla de Alberdi, inspirador de la Constitución de 1852, se mostraban pesimistas con respecto al papel transformador de la educación. Creían fundamentalmente en la capacidad transformadora y casi mecánica de unos planes inmigratorios y de colonización, que junto al cambio racial introducirían de inmediato un "espíritu de industria" propio de los países del norte de Europa. Se colocaban en ese sentido en el polo opuesto del pensamiento de Sarmiento que, si bien contenía también una fuerte faceta utilitarista, enfatizaba bastante más el papel político de la educación debido sobre todo a su afán de transformar de manera rápida al habitante de las pampas en un ciudadano activo según el modelo anglosajón. Esta disyuntiva entre utilitarismo y sentido político de la educación se iba a mantener como una constante a lo largo de todo el siglo. 7 Sin embargo el fracaso del sistema de colonización, que quedó limitado sólo a algunas regiones, y sobre todo la gran distancia existente entre las expectativas previas y el origen étnico y regional de los inmigrantes que efectivamente arribaron al Río de la Plata, convirtieron en letra muerta muchos de esos planes educativos y de transformación social. Otros en cambio fueron seriamente reorientados, con lo que perdieron buena parte de su sentido original. 7 Weimberg: Modelos educativos; Tedesco: Educación 8 La distancia entre los primeros planes de educación popular en los que Sarmiento había puesto gran parte de sus expectativas transformadoras y el modelo educativo que se consolidó de manera efectiva con posterioridad fue realmente enorme. Al respecto puede consultarse: Tedesco: Educación; RICARDO GONZÁLEZ LEANDRI Entre 1852 y 1880, periodo histórico conocido como de la "consolidación nacional", se destacaron los cambios estructurales que tuvieron lugar en la década de 1870 en los distintos niveles de la enseñanza. A la cabeza de esos cambios se situaron los tres primeros presidentes del país, Mitre, Sarmiento y Avellaneda, quienes al mando de un estado nacional todavía débil, mantuvieron a la educación entre sus principales inquietudes intelectuales y de gestión gubernativa. También participó en tales cambios un grupo de antiguos emigrados de la época rosista, pertenecientes en su mayoría a la llamada generación intelectual de 1837 y conocidos casi todos ellos por su liberalismo de corte radical, como Juan María Gutiérrez rector de la Universidad de Buenos Aires. Este, tuvo una gran influencia sobre un conjunto de jóvenes liberales que clamaba cada vez con más fuerzas por la plena autonomía educativa, lo que por entonces planteaba, al igual que había sucedido años antes en Colombia y México, una difícil relación con los intentos todavía tenues de imponer una educación elemental obligatoria.9 Sin embargo, con el paso de los años y adaptándose a los cambios ideológicos de la época algunos de ellos, como Zeballos y Ramos Mejía participarían de una manera importante en la consolidación de un sistema educativo fuertemente centralizado impulsado desde el gobierno. Fue gracias al énfasis puesto por Sarmiento en la necesidad de dar prioridad a la instrucción elemental que el debate educativo pudo abarcar otros temas y no referirse sólo al reducido ámbito de las elites e incipientes clases medias. Debido sobre todo a su iniciativa se adoptaron importantes medidas que mostraban una apuesta por cambios bastante radicales en la organización educativa tradicional, casi inexistente. Admiraba Sarmiento el sistema educativo aplicado en varias regiones de los Estados Unidos y el pensamiento de Horace Mann. Fue esa admiración la que lo indujo a contratar a un número importante de maestras estadounidenses para que difundieran sus ideas y sobre todo el espíritu democrático y de participación civil que Sarmiento consideraba propio de aquel país. En la misma línea creó el primer centro de formación de docentes, la Escuela Normal de Paraná e impulsó la creación de asociaciones "de amigos de la educación" y las bibliotecas populares. Una importante iniciativa suya fue el reglamento general de escuelas que otorgaba a unos consejos escolares de distrito, también de carácter electivo, la supervisión de las actividades de las escuelas. 10 Además de los políticos e intelectuales que han sido mencionados otros actores colectivos participaron en la época en la creación de un campo cultural educativo. Ya en la década de 1850 comenzaron a proliferar de forma espontánea sociedades populares de educación entre las que predominaron las creadas por las colectividades españolas e italianas que en buena medida intentaban paliar la precariedad del sistema de educación público. La intervención de los inmigrantes en la educación fue muy distinta, sin embargo, al modelo imaginado por los intelectuales de la época, al cual se acercaban más las maestras norteamericanas. Al fundar escuelas y asociaciones educativas las colectividades extranjeras, en particular la colectividad italiana y algunas minoritarias como la galesa, intentaron controlar la reproducción de su cultura nativa. Como las reformas de la época tenían básicamente un contenido cosmopolita, sus impulsores no podían dejar de mostrarse sorprendidos e incluso defraudados por la aparición en aquellas asociaciones de los mismos rasgos particularistas que habían pretendido eliminar del ámbito local por medio de la inmigración. Con la realización del Congreso pedagógico italiano de la Provincia de Buenos Aires en 1881, que mereció la dura crítica de Sarmiento, se hacía evidente el comienzo de una nueva época. 11 10 Las ideas educativas que Sarmiento persiguió durante toda su vida fueron esbozadas en "Educación Popular", ensayo publicado como libro en 1949 y que incluye sus estudios de los sistemas docentes de Europa y Estados Unidos, países a los que viajó financiado por el gobierno chileno. Se suponía que esos estudios sentarían la base para una reforma del sistema educativo de ese país, lo que no fue posible entonces. Sin embargo, si serían adaptados a la Argentina un cuarto de siglo más tarde. Sarmiento, Domingo Faustino: Educación Popular, Buenos Aires 1915. Sobre la escuela normal de Paraná véase: Carli, Sandra: "Escenario educativo (1883-1930)", Cuadernos, Facultad de Ciencias de la Educación, Entre Ríos, Santa Fe 1995. El reglamento general de escuelas fue promulgado durante el gobierno del presidente Nicolás Avellaneda por la Comisión Nacional de educación presidida entonces por Sarmiento. 11 Las críticas de Sarmiento a la actividad educativa de la colectividad italiana pueden consultarse en: "Las escuelas italianas: su inutilidad" y "Las escuelas italianas", en Sarmiento, Domingo Faustino: La condición del extranjero en América, Buenos Aires 1915, artículos publicados originalmente en El Nacional el 13 y 14 de enero de 1881; Sobre la problemática de la inmigración italiana, su incorporación al medio social argentino y la cuestión educativa consúltese: Favero, Luigi: "Las escuelas de las sociedades italianas en Argentina" en Rosoli, Gianfausto y Devoto Fernando: La inmigración italiana en la Argentina, Buenos Aires 1985, págs. 165-208; Halperin Donghi, Tulio: "¿Para que la inmigración? Un comentario", en Rosoli y Devoto: Inmigración italiana, págs. 87-93; Lilia Ana Bertoni: Patriotas, cosmopolitas y nacionalistas, Buenos Aires 2001. La consolidación del sistema El sistema público de educación elemental, inició su afianzamiento pleno en los años 80. Con la federalización de la ciudad de Buenos Aires y la cuestión del "orden nacional" prácticamente solucionadas el general Roca y sus ministros encararon con premura la plena institucionalización de la actividad educativa en todo el país. 12 Para el nuevo gobierno la plena conformación de un sistema nacional de enseñanza diferenciado por niveles era algo fundamental. Consideraba imprescindible a su vez que el nivel primario tuviera un alcance y una uniformidad suficientes para garantizar una mínima homogeneidad cultural en una población en la que la presencia inmigratoria era cada vez más importante. Obviamente, tal homogeneidad pretendía lograrse a partir de la universalización de la propia visión del mundo de la elites gobernantes. Un momento clave de tal proceso, casi diríamos fundacional, fue el año 1884 fecha de la promulgación de la ley 1420 de Educación Común. Esta ley tuvo como principal antecedente al congreso pedagógico sudamericano de 1882, convocado por el propio gobierno argentino y considerado un hito en el desarrollo educativo de la región. Aparte de los invitados de países vecinos, la mayoría de sus participantes estuvo compuesta por importantes intelectuales locales a los que se sumaron funcionarios educativos de distinto rango. Ambos grupos comenzaban así, bajo la sombra protectora del estado a definir de forma más orgánica una relación que con sus acuerdos y tensiones permanentes se convertiría en una típica característica del funcionamiento del sistema. 13 Todos los congresistas eran conscientes de la mala situación de partida por lo que en forma prioritaria debatieron sobre infraestructura y formación docente. Sólo como tema secundario algunos advirtieron de la necesidad de otorgar homogeneidad cultural a la población por medio de una educación de características "nacionales". Los debates presentaron continuidades y rupturas frente al pensamiento educativo de los años pre- vios. Mientras muchos oradores insistían en la necesidad de mantener una fuerte autonomía de las instituciones educativas frente a la política y el gobierno, un profundo silencio se tejió alrededor de otras cuestiones que habían sido importantes hasta entonces como la participación popular en la dirección de las escuelas. La Ley 1420 de Educación Común estableció la educación elemental, obligatoria, laica y gratuita para los niños comprendidos entre los seis y catorce años. Puede decirse que en términos generales la forma que finalmente adoptó esta ley fue el resultado de una pugna entre tres modelos alternativos de dirimir la relación entre el Estado y el sistema educativo. Primero: el impulsado por el gobierno y los intelectuales liberales que lo secundaban que planteaba una decisiva intervención estatal. Segundo: el de la Iglesia Católica que, sin negar la necesaria intervención del Estado, solicitaba mayores márgenes de autonomía para su proyecto educativo institucional y tercero: el de las asociaciones populares de educación, que abogaban por su independencia dentro de marcos generales más imprecisos. Triunfó con cierta comodidad la primera alternativa sostenida con firmeza por las elites liberales frente a la debilidad de la Iglesia que no alcanzó entonces a consolidar una alternativa sólida como la que desarrollaría ya entrado el siglo XX. Se trató sin embargo de un éxito con rasgos aparentemente paradójicos que en absoluto fueron exclusivos de la Argentina. Conviene recordar en ese sentido las reflexiones de Gregorio Weinberg y de Charles Hale acerca de cómo el liberalismo triunfante se negaba si mismo. 14 Al mismo tiempo comenzaba a plantearse en las cuestiones educativas el mismo dilema entre la república posible y la república verdadera, que tanto agobio produjo entre las elites intelectuales y gobernantes de la época. Paul Groussac, uno de los más brillantes intelectuales liberales, ya reclamaba entonces la necesidad de un centralismo educativo salvador que corrigiera los errores de una participación popular y un federalismo inexistentes en la práctica. 15 En la segunda sesión ordinaria del Congreso Paul Groussac leyó una ponencia que le fue encargada sobre el estado de la Educación. Allí sostenía que "En las cuatro administraciones que llevamos, la progresión centralista es patente y sigue la misma razón que la fuerza del edificio nacional." Para agregar a renglón seguido: "El centralismo salvador está por ahora en las cosas; poco importa que no esté en las palabras. Toda obra civilizadora lo robustece. ¿cuántas provincias han podido hacer un canal, un ferrocarril, un colegio, un buen edificio escolar,..sin el dinero, sin los planos, sin los empleados de la Nación?" citado en: Recalde: Primer Congreso, T 1, pág. 118. Un conjunto de amplias expectativas, como formar al ciudadano, al hombre de industria y lograr una mayor homogeneidad cultural entre la población presionaban sin rumbo preciso, desde hacía tiempo, en favor del desarrollo de una educación básica en todo el país. Para que esa educación básica cobrara vida era fundamental crear un aparato institucional que por un lado asegurara la efectiva difusión de los contenidos que se querían transmitir y por otro propiciara la uniformidad de los saberes y métodos que la hicieran posible. Tal empresa requería un complejo andamiaje que implicaba, a su vez, la transformación radical de la escuela pública y lo que era más importante aún: la constitución de un campo cultural educativo en el que esta escuela estuviera ubicada en su mismo centro. El Consejo Nacional de Educación, creado en 1881 y revalorizado por la ley 1420, fue el organismo centralizador que impulsó ese proceso por lo que se lo puede considerar el actor educativo clave del periodo. No tenía por delante el Consejo una tarea sencilla. Pero estaba arropado por la firme voluntad política de la elite gobernante que lo dotó de importantes fondos que oscilaron entre un 9 y un 12 % del presupuesto anual del Estado, ubicó a su frente, con prerrogativas de ministros, a intelectuales de primera línea y de su máxima confianza y le otorgó una inusual autonomía para los cánones de la época. 16 Al principio su tarea fue vacilante, como lo fue el pleno apoyo estatal, pero su posición logró afianzarse plenamente hacia fines de los años 80, cuando la transmisión de unos sentimientos de nacionalidad comenzó a ser visualizada como imprescindible, ante la alarma que producían la lealtad a otras naciones e incluso el surgimiento de movimientos monárquicos entre unos inmigrantes que comenzaban a arribar al país en cantidades nunca vistas. Los fines homogeneizadores e incluso igualadores de la educación se convertían ahora sí en objetivo político prioritario. Paralelamente, mientras declaraba la supremacía de la escuela pública el CNE seguía sin pausa su empresa de expansión y obtención de hegemonía educativa, cuyo primer paso era hacer cumplir de manera efectiva las disposiciones de la ley 1420. 17 En efecto, el primer y gran objetivo del Consejo fue obtener el pleno cumplimiento de la obligatoriedad escolar que marcaba la ley, lo que implicaba luchar contra la aprensión y la indiferencia de los padres, pero también contra la arraigada costumbre de educar en el seno del hogar. Apeló para ello al uso de la fuerza pública y a la imposición de multas, pero sobre todo intentó persuadir con campañas masivas de matriculación, reparto de alimentos o la atención sanitaria gratuita. 18 Cumplieron también un papel de importancia los nuevos edificios escolares que empezaron a construirse por entonces con gran despliegue de medios, los llamados "templos del saber", diseñados para ejercer un importante impacto simbólico sobre la población. 19 Fue importante para la consolidación del Consejo el impulso que le brindó un conjunto de intelectuales que compartían los temores de muchos otros miembros de la elite por las posibles consecuencias políticas, sociales e incluso institucionales de la fuerte, y constante, lealtad mostrada por muchos inmigrantes hacia sus países de origen. Algunos de ellos, como Estanislao Zeballos, activo participante en muchas cuestiones educativas, presidente de la Cámara de Diputados y, a su vez, futuro ministro a principios del siglo XX, se mostraron en la segunda mitad de la década de 1880 bastante impacientes por esas circunstancias y criticaron fuertemente a una escuela y un sistema educativo que estaban entonces todavía lejos de alcanzar el público amplio que pretendían. 20 Al redefinir la vieja idea de Sarmiento de "educar al soberano" dentro de unos marcos de promoción de la nacionalidad, estos intelectuales observaban también cómo la consolidación de un sistema educativo con esas características les permitía definir un perfil y un espacio simbólico propio más allá de la política. Sin embargo 17 Bertoni: Patriotas, cosmopolitas 18 Esto formaba parte también de una importante estrategia elaborada por el Consejo para hacer que las escuelas públicas fueran no sólo preferibles sin también mejores. Para ello era imprescindible paliar sus obvias deficiencias. En tal sentido fue de suma importancia el rol jugado por los aspectos simbólicos derivados del tipo de elección arquitectónica que se realizaba para realzar el empuje escolar. 19 Schmidt, Claudia: "De la escuela palacio al "Templo del Saber", Edificios para la educación moderna", Entrepasados, Año IX n.o 18/19, Buenos Aires, fines de 2000. Consúltese también Bertoni: Patriotas, cosmopolitas, págs. 41-77 RICARDO GONZÁLEZ LEANDRI conviene recordar, como lo hace Tulio Halperin Donghi, que se estaba muy lejos todavía de la configuración de lo que hoy se conoce como un "campo intelectual". Fue a partir de entonces que, entre 1887 y 1892 para ser más precisos, intelectuales de renombre y otros más jóvenes con ansias y conexiones sociales para serlo, desembarcaron en las diversas comisiones asesoras creadas por el Consejo, como las de didáctica, reformas de programas de estudio y elección de textos escolares. 21 Otra cuestión fundamental para el Consejo fue la creación de instrumentos institucionales que le permitieran tener un efectivo control sobre la totalidad del sistema, es decir tanto sobre las escuelas públicas como sobre las privadas, que representaban aproximadamente un 30% del total. Tal objetivo se planteó primero a través de la reformulación del sistema y los mecanismos de inspección vigentes que estaban a cargo de los Consejos Escolares de Distrito, elegidos en comicios populares entre los notables locales. Los conflictos que estos cambios produjeron fueron zanjados finalmente mediante la creación en 1889 de un cuerpo técnico centralizado de inspectores, dependiente en forma exclusiva de la estructura interna del Consejo, lo que motivó un serio replanteo de su relación con los consejos escolares y de toda la orientación educativa. Como resultado los inspectores se convirtieron en la figura clave de un sistema con una tendencia cada vez más fuerte a la centralización, organizado burocráticamente y estricto, tanto con los consejos de distrito, como con las escuelas de colectividades extranjeras. Buena prueba de ello fue que a partir de entonces la casi totalidad de las decisiones del Consejo fueron adoptadas sobre la base de la opinión de aquella nueva elite de inspectores. Pero ¿Quiénes eran y de donde salían los miembros de esta nueva elite burocrática? Para responder a estas preguntas hay que adentrarse en la estructura profesional del sistema educativo. En tal sentido conviene resaltar que el nuevo marco educativo que se estaba conformando, en el que eran cada vez más importantes el fomento del sentimiento de nacionalidad, el centralismo en la toma de decisiones, 21 Halperin Donghi, Tulio: "Intelectuales en la primera democracia argentina", en Plotkin, Mariano y González Leandri, Ricardo: Localismo y globalización. Aportes para una historia de los intelectuales en América Latina, Madrid, 2001. Sobre la participación de intelectuales en las comisiones de planes de estudio, consejos escolares y de selección de textos puede consultarse los listados reseñados por Roberto Marengo a partir de la información publicada en el Monitor de la Educación Común. Por ejemplo, en 1887 puede observarse la participación en distintas comisiones de textos escolares de importantes intelectuales y profesionales como Paul Groussac, Norberto Piñero, Calixto Oyuela, Enrique Navarro Viola, Lucio V. López, Luis A. Huergo, Eduardo Holmberg y José María Ramos. Mejía Marengo: "Poder normalizador". Tomo LVIII, 2, 2001 y la minuciosa regulación de las atribuciones y los requisitos credencialistas, tuvo, como era previsible, fundamentales consecuencias sobre la estructura interna de la carrera docente en sus distintos estamentos. Profesión docente y paradojas de la elite normalista Los docentes de la época, a la vez burocracia estatal y profesión en vías de consolidarse, constituyeron un conjunto jerarquizado y muy heterogéneo. Sus capas superiores, compuestas por inspectores y funcionarios de alto rango, formaban un todo indisociable con la corriente pedagógica conocida como normalismo, que sentó buena parte de las bases ideológicas del sistema educativo y alcanzó a conformar una sólida subcultura de notable influencia durante el último cuarto del siglo XIX y el XX. El movimiento normalista tuvo su origen en la Escuela Normal de Paraná, a la que ya he hecho referencia, que por sus características, metodología y personal directivo, fue considerada como un trasplante de Boston a la Argentina. 23 22 A través de sanción de nuevo reglamento sobre inspección nacional en provincias El CNE comenzó a extender su influencia al resto del país. Se nombró un inspector en cada provincia para controlar inversión de fondo escolar y para mantener un mismo sistema de enseñanza en todas partes y eliminar los desequilibrios. Comenzó así la consolidación de un cuerpo técnico centralizado. Hasta entonces el Cuerpo de Inspectores, que había sido creado por la ley de subvenciones nacionales de 1871 había funcionado sólo de una manera precaria. Para realizar esa reforma se siguió sobre todo la opinión de quienes desde el interior del cuerpo docente ansiaban una "inspección permanente e independiente de toda otra autoridad que no fuera el CNE", con atribuciones claramente determinadas y responsabilidades definidas. Con la promulgación del reglamento de Inspección de 1889, que implicó la consolidación de un cuerpo autónomo de inspectores se replanteó la relación del CNE y los consejos escolares a los que los inspectores estaban hasta entonces estrechamente vinculados. Consejo Nacional de Educación: Circular a los inspectores nacionales de las provincias con motivo del Reglamento recientemente sancionado, Buenos Aires, agosto de 1889, El Monitor de la Educación Común, tomo IX, n.o 163, agosto de 1889, págs. 143 y 144. Consúltese Marengo: "Estructuración y consolidación del poder normalizador" pág. 83. 23 La escuela Normal de Paraná fue fundada por Sarmiento en 1870 sobre la base del colegio de Paraná y se convirtió en expresión emblemática de sus ideas de transformación educativa. Su primer director fue el pedagogo norteamericano G.A. Stearns que elaboró un plan de estudios basado en la experiencia de algunos estados de la unión y previó una escuela normal y una escuela modelo de aplicación de cuatro y seis años de estudios respectivamente, que actuarían a su vez como garantía de formación de maestros y como modelo "normalizador" de la educación primaria. Referencias explícitas a la idea de que la Escuela de Paraná fue un trasplante de Boston en: Ministerio de Justicia; Culto e Intrucción Pública: Memoria correspondiente al ejercicio del año 1892, Buenos Aires 1893, pág. 20; Con respecto a la formación de maestros de menor calidad, desde la propia elite educativa se afirmaba en 1898 que "Un maestro formado en mejores condiciones resultaría demasiado caro; pero conviene no perder de vista que así se los necesita en una categoría de escuelas y no en todas" Ministerio de Justicia; Culto e Intrucción Pública: Memoria correspondiente al ejercicio 1898, Buenos Aires 1999. Los licenciados de la escuela de Paraná, que en casos muy contados ejercieron de manera efectiva como maestros de escuela, adquirieron de forma inmediata la seguridad de pertenecer a una elite cultural y burocrática con una importante misión que cumplir. Las palabras de Sarmiento eran para ellos un mandato y se sentían fuertemente inmersos en esa pugna entre civilización y barbarie que aquel tan gráficamente había descrito y cuyo principal enemigo interno era la ignorancia. Se trató, sin embargo, de una elite peculiar conformada por becarios jóvenes de escasos recursos a los que con el tiempo se fue aupando a los altos cargos de la estructura docente. El gobierno aplicaba de tal manera una estrategia clara de creación de un personal especializado, complementario al que se formaba en los colegios nacionales, cuya orientación era fundamentalmente producir doctores hábiles para la política y el gobierno. Se intentaba dar forma a una capa de intelectuales y funcionarios subalternos que ocuparan papeles claves en la reproducción cultural. Puede decirse que en términos generales esa empresa se vio coronada por el éxito y que se logró paliar con ello una de las deficiencias más notorias del sistema educativo en sus comienzos. La experiencia de la Escuela de Paraná fue prontamente emulada y se crearon a posteriori un conjunto de escuelas con los mismos objetivos generales. Sin embargo, la premura de los gobiernos, sus deseos de economizar y el énfasis en producir maestros "de distinta categoría y calidad", según el destinatario social, determinaron que por mucho tiempo las titulaciones de la Escuela de Paraná fueran ampliamente preferidas por aquellos con aspiraciones de acceder a la elite educativa. Esta diferenciación dio lugar a importantes tensiones de nuevo cuño que habrían de tener importantes consecuencias sobre el destino de la estructura educativa y de la profesión docente. 24 A partir de la década de 1880 al movimiento normalista le tocó jugar un papel que contenía rasgos contradictorios que convirtieron su "misión" educativa en una cuestión azarosa y compleja. Herederos de las convicciones transformadoras de Sarmiento y de la pragmática educación norteamericana, los normalistas pasaron a ocupar el centro de gravedad de la educación pública y se transformaron en impulsores privilegiados de la nacionalidad, dentro de unos marcos educativos que siguieron poco las orientaciones fundamentales del ex presidente. Formaron parte entonces de un sistema bastante más rígido y centralizado del que habían previsto sus primeros impulsores cuya implementación coincidió a su vez con cambios importantes en la valoración del proceso inmigratorio por parte de las elites gobernantes. De "educadores" deseados, en cuanto impulsores de aquella "educación de las cosas" tan ensalzada por Alberdi, los inmigrantes pasaron a ser considerados como sujetos que necesariamente debían ser categorizados y transformados. 25 El movimiento normalista pudo encarar aquellas actividades centrales debido en buena medida a su adhesión al ideario positivista del que la escuela de Paraná fue uno de los más importantes difusores, gracias a José María Torres y, sobre todo, a Pedro Scalabrini, introductor del pensamiento de Comte en la Argentina. Puede decirse en tal sentido que su creciente influencia formó parte del mismo proceso ideológico e institucional por el cual el liberalismo de corte radical, abrazado con tanto ahínco por una parte decisiva de los intelectuales, sobre todo porteños, se trocó hacia la década de 1880 en una ideología organicista, bastante más apegada a los avatares del aparato estatal. 26 Sin embargo esa adhesión al positivismo por parte de los normalistas no fue en absoluto homogénea y mostró un grado de eclecticismo bastante mayor del que en general se le ha atribuido. Además, la adaptación de esta ideología a la práctica educativa concreta mostró en muchos aspectos escasa solidez y coherencia, sobre todo debido a la manera esquemática en que era difundida hacia las capas más inferiores de la profesión. Esa postura ideológica se vio complementada a su vez por un fuerte afán por liderar la construcción profesional de la docencia. Bajo su dirección el conjunto del cuerpo docente hizo importantes esfuerzos en la década de 1880 para alcanzar el monopolio de una actividad que estaba muy lejos de darse en la práctica. Con tal propósito surgieron asociaciones que trataron de obtener como primer paso el mejoramiento de las condiciones de todos los estamentos docentes. Se destacó en esa tarea la Asociación Nacional de Educación fundada en 1886 gracias al impulso del Centro Unión Normalista de la Capital Federal. Su ejemplo fue imitado en forma inmediata por colectividades docentes de otras regiones y ciudades que fundaron asociaciones similares en casi todas las capitales de provincia. El empuje de esas asociaciones, que pueden ser consideradas también como otro de los subproductos de la ley 1420, fue muy grande. Gracias a su actividad se produjo hacia fines de la década de 1880 un cierto auge, no sólo asociativo sino también cultural del campo docente en formación. Este se basó en el emprendimiento de acciones colectivas tendentes a incrementar y controlar los espacios de difusión y producción de conocimientos pedagógicos. Para ello las nuevas asociaciones organizaron conferencias y crearon bibliotecas, que muy pronto el Consejo Nacional de Educación se vio en la necesidad de reglamentar. Pero el producto más destacado de su labor fue la aparición de revistas especializadas que significaron un notable incremento de la producción intelectual orientada hacia la pedagogía. Como dato ilustrativo puede mencionarse que entre 1886 y 1888 se registró la existencia de 16 revistas editadas por distintas asociaciones de maestros o escuelas normales. 27 Un par de cuestiones claves teñían casi todos los artículos, notas y editoriales publicados en esas revistas y significaron un indicio claro de los afanes profesionalizadores de los docentes de la época. La primera era considerar al cuerpo de maestros diplomados como el único con la suficiente legitimidad, dada su especialización, para producir y difundir prácticas y saberes pedagógicos. La segunda era la promoción de la ciencia pedagógica, a la que se deseaba dotar de un alto prestigio social. Esa promoción iba acompañada, en forma lógica, por la exigencia de unas remuneraciones para sus cultores, acordes con la importancia social de esa tarea. Al encontrarse en pleno proceso de pugna por la construcción profesional las asociaciones docentes, y las revistas que actuaban como sus voceros, trabajaron en forma permanente por el perfeccionamiento intelectual y económico de sus miembros. Buscaban por tanto los docentes definir sus incumbencias y precisar cuales eran los atributos y requisitos para el ejercicio legítimo de la actividad que consideraban propia. Al mismo tiempo reivindicaban para si el derecho de ocupar, en tanto especialistas, los puestos de mayor jerarquía en la estructura educativa. 28 27 Alliaud: Maestros; Marengo: "Poder normalizador". Se destacaron las asociaciones siguientes: Asociación de maestros, fundada en 1885 y presidida por J. M. Larsen; el centro Unión Normalista, fundada en 1886 y presidida por Juan Trufó y la Asociación de Enseñanza de Santa Fe. En cuanto a las publicaciones, además del Monitor de la Educación Común, de carácter oficial, fueron importantes por las personas que estuvieron a su cargo: "La Educación", redactada por Zubiaur, M. Sarsfield Escobar y C. Vergara, "La Enseñanza", de J. Trufó y P. Pizzurno y la "Revista Pedagógica Argentina de F. Guerrini. 28 Alliaud: Maestros LA ELITE PROFESIONAL DOCENTE. De la misma forma que otros grupos profesionales en formación los docentes solicitaron al Estado, de cuyo aparato formaban parte en una importante proporción, un control más estricto de los distintos aspectos de su actividad, en especial los referidos a las credenciales, y la salvaguardia de algunos derechos que consideraban adquiridos. En tal sentido fueron muy frecuentes las quejas con respecto a la actividad de los llamados "maestros libres", sin título habilitante. También reclamaban de los poderes públicos una fuerte centralización en la toma de decisiones que los implicaban. En este caso, sin embargo, la puesta en práctica de tales iniciativas iba a recibir lecturas bastante distintas por parte de los múltiples estamentos del cuerpo docente. Todas las expectativas y solicitudes mencionadas llevaban implícito, además, el establecimiento de la especificidad del saber pedagógico y la definición de sus reglas y métodos La actividad de las asociaciones y órganos de prensa señalados y el movimiento en favor de la profesionalización y la consolidación del campo de la pedagogía, encabezados por miembros de la elite intelectual normalista, apuntaban a una serie de reivindicaciones que respondían a intereses compartidos por todos los estratos del colectivo docente. Había sin duda una importante zona de convergencia de intereses, por más que algún sector pudiera beneficiarse más que otros en casos determinados. Así, por ejemplo, la solicitud de mayor regulación y control estatal y el ataque a los "maestros libres" interesaba al conjunto de los docentes, pero es cierto que afectaba más a aquellos con capacidad y relaciones suficientes para erigirse en inspectores. 29 Sin embargo, resulta también evidente que el logro de muchos de esos objetivos de conjunto se vieron seriamente dificultados por la incapacidad de esos mismos sectores para alcanzar un consenso mínimo con respecto a los límites y al papel, científico o artístico, que debía atribuirse a la pedagogía como disciplina y también por su desigual posicionamiento dentro del sistema educativo. En buena medida esa falta de consenso y la consolidación de fuertes diferencias de distinta índole (de formación, entrenamiento y jerárquicas), en el seno del cuerpo docente, causas de su futura debilidad comparativa 29 Conviene aclarar, sin embargo, que la pugna contra los maestros libres fue sumamente difícil y estuvo bastante lejos durante este periodo de saldarse con una victoria a favor de los "titulados". La memoria del Ministerio de Educación de 1892 señalaba que de 7054 maestros a cargo de la instrucción primaria, sólo 1704 habían pasado por los centros de formación de maestros, es decir que 5350 dictaban la enseñanza sin título habilitante. RICARDO GONZÁLEZ LEANDRI con algunos otros grupos profesionales, se debió en una medida importante al propio carácter ambiguo y en ocasiones contradictorio de la elite normalista situada en su cúspide. Esa ambigüedad, motivada sobre todo por su posición de red intelectual subordinada, fue notoria tanto en el plano de la estructura organizativa y profesional de los docentes como en sus facetas ideológica y académica. De más está decir que ambos planos estuvieron imbricados de forma íntima. Existen importantes indicios acerca de la forma en que ese proceso de diferenciación interna se fue ahondando y cristalizando. En primer término debe apuntarse el hecho de que los esfuerzos por que se considerara al saber pedagógico, y a sus cultores y difusores, como de alto valor social, vieron surgir a su lado, y con igual fuerza, una serie de actitudes que tendieron a limitar los posibles beneficios a un reducido grupo de elegidos. Las causas de ese movimiento, originado en las capas más encumbradas del funcionariado educativo, con amplia presencia normalista, que entraba en contradicción con los profesados "intereses generales" de los docentes, obedecen a una compleja trama de motivos. Entre ellos se situaba en primer lugar la necesidad que existía en la época de jerarquizar determinado tipo de funciones, saberes y prácticas, como consecuencia del propio crecimiento y diversificación del aparato educativo. En segundo término se ubicaron los gestos que los grupos en ascenso en la estructura educativa realizaban para valorizar y "clausurar" sus respectivas posiciones adquiridas, con las consecuentes secuelas "desprofesionalizadoras" sobre el resto. 30 En términos más amplios puede decirse que la tendencia al ahondamiento de la heterogeneidad y las desigualdades (de posición pero también de formación) dentro del colectivo docente obedeció, sobre todo, a la necesidad de estructurar un sistema educativo elemental generalizado con recursos escasos. Conviene aclarar, sin embargo, que si bien en este caso los recursos destinados a la educación elemental fueron importantes dentro 30 Utilizo el término "clausura" en el sentido que lo sugiere la corriente de estudios que sofistica el tradicional concepto weberiano de "monopolio". La existencia de diferencias crecientes dentro del cuerpo docente no implica que estas no hayan existido desde siempre. La generalidad de la cúpula normalista provenía de familias de escasos recursos económicos (aunque no humildes). Un elemento clave a tener en cuenta en la consolidación de esas diferencias es en este caso la diferente capacidad de acceso por parte de los distintos actores educativos a recursos materiales y simbólicos, sin duda limitados y, sobre todo, a las redes de influencia política LA ELITE PROFESIONAL DOCENTE. ARGENTINA: 1852-1900 del presupuesto de gastos del Estado, era evidente que se partía de niveles educativos realmente muy bajos. Además, incidió el fuerte deseo político de mantener el crecimiento del sistema a la par del de la población, que era sin duda notable. Estas cuestiones deben ser observadas con un poco más de detenimiento. Una vez encumbrados en la estructura docente estatal luego de la promulgación de la ley 1420 y sobre todo de la reformulación del sistema de inspección en 1889 los normalistas adoptaron una actitud cada vez más oscilante frente al resto del cuerpo docente. Por una parte las revistas que dirigían e impulsaban mantuvieron un discurso corporativo y muchas veces solidario e inclusivo. Sin embargo ese discurso fue variando de a poco. Si bien en términos generales mantuvo su énfasis en la idea de "misión" y en la abnegación del maestro que luchaba contra la ignorancia, cada vez otorgó mayor espacio a las objeciones a su indiferencia y a sus escasos conocimientos, que muchas veces actuaban casi exclusivamente como mecanismos de exclusión. Dado que los normalistas ubicados en la cúspide burocrática no se veían sometidos a constricciones grupales ni corporativas, podían criticar con dureza y en buena medida incluso intentar "desjerarquizar" o, más precisamente, limitar los intentos de jerarquización de otros sectores del cuerpo profesional docente del que ellos mismos formaban parte. Comenzó por lo tanto un paralelo desvanecimiento de las invocaciones solidarias al conjunto de la profesión. Si comparamos la trayectoria del cuerpo docente con la de otras profesiones en formación en la época como los médicos, por ejemplo, puede observarse una sensible diferencia. Si en este último colectivo las críticas por parte de las elites a otros estamentos inferiores, a los que denostaban como "empíricos", fueron también fuertes durante un tiempo, a medida que la institución académica se renovó y consolidó, esas críticas "internas" desaparecieron o al menos dejaron de tener un carácter público. De tal forma los distintos sectores médicos, salvo los homeópatas al los que se consideraba fuera del sistema, cerraron filas en torno a una institución que en alguna medida los amparaba a todos y dirimían sus diferencias, que las había, de una manera casi secreta. 31 En el caso de los docentes la cuestión fue bastante distinta. 32 Además de los hechos altamente significativos de que para esa época no lograron 31 González Leandri, Ricardo: Curar, persuadir, gobernar. La construcción histórica de la profesión médica en Buenos Aires, Madrid, 1999. consolidar una institución universitaria y de que las pugnas en torno al carácter "artístico" o "científico" fueron más enconadas, influyó también la cuestión de que las críticas a los estamentos subordinados -o a subordinar-y los gestos de diferenciación por parte de los normalistas fueron más necesarios y permanentes. Tanto por motivos internos al propio cuerpo docente, como externos, en los que sin duda influyó la competencia con "la" elite intelectual del momento, nos encontramos en la cúspide docente con un grupo mucho más débil y, por tanto, también más vulnerable. 33 Por otra parte, los normalistas cada vez más se consideraban a si mismos como un estamento "científico" y sobre todo intelectual bastante independiente del resto de los docentes. Al mismo tiempo, como miembros de la alta burocracia educativa estaban más atentos a los objetivos del Estado que a los del complejo y heterogéneo cuerpo con aspiraciones profesionales al que también pertenecían. Para el logro de su objetivo de convertirse en una elite intelectual situado en el pleno corazón del aparato del Estado resultaban sumamente útiles aquellos gestos y críticas que tendían a arrinconar al resto de los docentes, en un papel rutinario, fundamentalmente ritual y sobre todo, empírico. Las maestras de escuela, el último eslabón de la cadena educativa se vieron sometidas por tanto a un complejo y contradictorio proceso de desjerarquización, producto en parte de la propia necesidad de hacer crecer la cobertura educativa de manera imperiosa. A su vez la ansiedad de los dirigentes políticos y educativos por difundir sentimientos de nacionalidad de manera rápida y masiva, condujo a serios intentos de convertirlas en meras "especialistas en ritual". 34 33 Sobre la evolución del aspecto académico de la docencia y la paradójica relación de los normalistas y otros docentes con respecto a la Escuela de Paraná y los estudios universitarios de pedagogía puede consultarse Carli: "Escenario educativo" 34 A esos claros intentos de diferenciación y subordinación no respondieron las maestras de manera pasiva. Muy por el contrario, emprendieron claras estrategias de revalorización de su actividad, que condujo a veces a conflictos con las autoridades educativas. La estricta regulación por parte del Consejo Nacional de Educación de las conferencias educativas debe ser entendida también como un intento de frenar los intentos de autonomía de las docentes. Este proceso se produjo bajo el telón de fondo de otros procesos también complejos; la creciente feminización de la profesión y la consolidación de unos peculiares vínculos históricos entre la familia popular y la escuela, que no serán abordados dentro del presente marco, pero que si es necesario tener presente. Por otra parte debe señalarse también que ese "arrinconamiento" de las maestras en los escalones inferiores de la estructura docente implicaba al mismo tiempo una apertura a los sectores populares. Las facilidades que otorgaba el Estado para el acceso a la "carrera" docente significaban un importante aliciente económico y de ascenso social para muchas familias populares y un trabajo digno para muchas mujeres que veían en el una forma de liberación. Esta cuestión, sin duda contradictoria, producto de las ansias gubernamentales de crear un "ejército de maestras" iba a tener fundamentales consecuencias sociales y culturales en el siglo XX. Tomo LVIII, 2, 2001 A ese intento de diferenciación contribuyeron de una manera importante la ideología positivista, que tendía a ensalzar y primar a aquellos que se dedicaban a la ciencia, y la orientación efectiva que adquirió el sistema educativo, que pretendía no tanto "instruir" sino socializar de una manera general dentro de códigos nacionales que se consideraba en peligro de perderse. 35 La "educación patriótica" implementada por unos gobiernos presurosos por obtener una homogeneidad mínima de la población en el menor tiempo posible necesitaba de un polo intelectual que fijara las grandes líneas y de otro compuesto por aquellas "especialistas en ritual". Por otra parte, el carácter misional que se otorgó a la difusión de la educación laica, condujo a muchos a considerar que la mujer era el elemento ideal para llevarla a cabo. En tales argumentos subyacía fuertemente la idea de que la educación era en realidad una continuación de las tareas domésticas, lo que entraba en franca contradicción con la idea de lograr la profesionalización de todos los miembros del cuerpo docente. 36 El ideal que en realidad se perseguía era el de una profesión escindida, con un sector claramente subordinado. El círculo de la diferenciación / jerarquización se cerró cuando el periodo de estudios necesario para obtener el título de maestro que en 1875 era de cinco años en 1875 se redujo primero a cuatro y después a tres años en 1887, fecha en que además se eliminaron los exámenes finales y cuando se suprimieron las becas para estudiantes hombres, con el argumento, refrendado por la realidad, de que una vez graduados optaban por ejercer otras actividades más prestigiosas y remuneradas. 37 De manera curiosa y sin duda contradictoria se observa claramente como la promoción de la "educación patriótica" y del laicismo como "misión", y los intentos de consolidación de un sistema educativo homogéneo, se daban la mano con el afán diferenciador de la elite intelectual normalista. 35 Alliaud: Maestros; Bertoni: Patriotas, cosmopolitas. 36 Así en la Memoria de Educación del ministerio se observaba que las mujeres estaban mejor dotadas para inculcar la "educación patriótica" que se buscaba debido sobre todo a que "la mujer es siempre quien mejor guarda las tradiciones del pasado por que vive mas del sentimiento que de la especulación" Ministerio de Justicia; Culto e Instrucción Pública: Memoria correspondiente al ejercicio 1992, Buenos Aires 1893, págs. 527-528. 37 Ministerio de Justicia Culto e instrucción Pública: "Informe de la Escuela Normal de Santiago del Estero" en: Memoria correspondiente al ejercicio del año 1886, Buenos Aires 1887, pág. 102. Pocos años más tarde un comisionado del ministerio certificaba que "Los maestros normales en su gran mayoría aspiran a ser doctores y no cumplen con los compromisos contraídos con el gobierno" Comisionado Fitz Simon: "Informe especial", en Ministerio de Justicia Culto e Instrucción Pública: Memoria correspondiente al ejercicio del año 1892, Buenos Aires, 1893, pág. 341. Estos elementos fueron apuntalados por el esquema teórico normalista, basado en Pestalozzi, Spencer y más tarde en Herbart. Este derivó en una gran obsesión por el método y el control sistemático, tanto en la formación docente, como en el proceso educativo en general, lo que indujo históricamente a los normalistas a identificar en exceso pedagogía con didáctica. 38 Por otra parte, el reduccionismo biologicista, otra de sus características más notorias, les permitía catalogar a la mayoría de los alumnos, en general hijos de inmigrantes, como pasivos. Ambas cuestiones, al limitar seriamente el espacio de lo espontáneo en el proceso de aprendizaje colocaban a la figura del maestro en el centro de la escena educativa. Con ello reforzaban los normalistas su propia posición institucional. Pero, al mismo tiempo, el pensamiento normalista proponía una férrea regulación de las actividades de los maestros, a los que, como ya he señalado consideraban en general indiferentes y poco entusiastas, debido sobre todo a su escasa formación. Afianzaban así, en cambio, su posición jerárquica. Sin embargo, como grupo intelectual estos miembros de la cúpula docente jugaron un claro papel subordinado del que les resultó difícil salir a pesar de sus permanentes intentos. Curiosamente esa situación se vio reforzado por las propias estrategias de distinción que adoptaron con respecto al resto del cuerpo profesional al cual pertenecían. Al debilitar y desjerarquizar al conjunto disminuían el valor de sus apoyos naturales, que en otras circunstancias les hubieran permitido tener éxito en sus afanes. Para alcanzar la categoría de "doctores" no sólo era necesario distinguirse por su tarea intelectual al servicio de las altas esferas del estado, era también necesario, como los médicos y abogados, contar con un cuerpo sólido y prestigioso que los arroparan. Puede decirse entonces que, a pesar de su papel de adalides en la lucha contra la ignorancia, en la formación de un tipo específico de ciudadano y en la promoción de la "educación patriótica", los normalistas encumbrados perdieron la batalla por el control de las abstracciones teóricas y por los espacios fundamentales de decisión de las políticas públicas en las áreas que aspiraban a controlar. Lo hicieron a mano de la que puede ser considerada la elite intelectual del momento, hombres de la máxima confianza de los respectivos gobiernos y pertenecientes en gran parte a grupos profesionales más homogéneos, sólidos y tradicionales: "los doctores", en general médicos y abogados, y pertenecientes en una medida importante a reconocidas familias de los sectores sociales más encumbrados. 39 Sólo hay que repasar las listas de ministros y, sobre todo, de presidentes del Consejo Nacional de Educación y de miembros de comisiones específicas de importancia, como la de textos escolares, para observar la proporción decisiva de médicos y abogados, gran parte de ellos de la clase social más acomodada. A modo de conclusión pueden señalarse algunas cuestiones de importancia. Los logros del sistema educativo que se consolidó en Argentina en la segunda mitad del siglo XIX fueron evidentes. Los más destacados fueron la significativa disminución del analfabetismo y el notorio incremento de la homogeneidad cultural de la población en el largo plazo. Sin embargo el sistema tuvo también rasgos típicos que presentaron una mayor ambivalencia y que tuvieron sin duda alguna serias consecuencias en el devenir social y cultural de la sociedad argentina del siglo XX. El más significativo de estos rasgos fue la decisiva influencia que sobre la estructura profesional docente ejercieron en forma conjunta el fuerte centralismo y la prioridad que se dio a la difusión de sentimientos de nacionalidad. Esta influencia conjunta, fruto de tantos desfasajes y tensiones posteriores puede muy bien ejemplificarse por la propia historia de los docentes normalistas que se convirtieron en el alma del sistema pero no lograron situarse a su cabeza. Ello fue así por varios motivos: Primero: Por que a medida que se acrecentaba para la elite la importancia de difundir sentimientos nacionales, más recurría a sus propios miembros para dirigir el proceso. Los más altos directivos, ministros y presidentes del Consejo pertenecieron en general a familias tradicionales y ninguno fue docente, como si en cambio la había sido Sarmiento. Segundo: Los docentes normalistas de alto rango perdieron la competencia que libraron con las elites de las profesiones tradicionales por el dominio de la abstracción teórica y el control académico de la cuestión educativa, elementos de gran importancia a la hora de legitimar de manera simbólica una actividad profesional. Tercero: Los norma-listas, que por momentos se reconocían más como una elite estatal que profesional, se convirtieron en víctimas de sus propias estrategias de distinción dentro de la profesión docente. Sus críticas públicas, y a veces exacerbadas, acerca de la incapacidad de los maestros tendió a estratificar en exceso a la profesión y la debilitó en su competencia con otros sectores. Esa falta de cohesión profesional que fue resuelta por los militares con la disciplina y por los médicos con el academicismo, no pudo ser solucionada por los docentes. Podríamos concluir diciendo que fue en buena medida el propio afán de los funcionarios normalistas de convertir al maestro en sujeto educativo controlado y de menor categoría, lo que les impidió convertirse en los líderes intelectuales que pretendían ser.
Era ya en 1895 un conflicto colonial no un enfrentamiento civil. Por eso las reformas llegaron tarde. Se olvidó que, con alianzas o sin ellas, España sólo podría contar eficazmente con otras naciones si la situación internacional lo consentía. No era así en los años noventa. Cánovas lo sabía y lo insinuó en las Cortes las pocas veces en las que se trató de la cuestión. Este trabajo examina las relaciones entre las potencias europeas y su política en el Mediterráneo, los Balcanes, Extremo Oriente y el Caribe. En crisis las alianzas existentes en Europa, salvo la recién formada entente franco-rusa, el gobierno conservador, presidido por Cánovas desde 1895, trató de definir su política internacional: amistad con Italia y el Reino Unido, pero sin ampliar el compromiso más allá de lo que se firmó en marzo de 1887: defender el statu quo en Marruecos. Tener las manos libres desarmaba cualquier recelo o sentimiento hostil de Francia. Cuando la amenaza de Estados Unidos se sintió cerca, a la vista de su posición en el litigio entre Venezuela e Inglaterra, el ministro de Estado, presionado por los amigos de Italia, especialmente por Austria-Hungría, asoció la renovación de los acuerdos firmados en mayo de 1887 y renovados en 1891, con la obligación de auxiliar a España en el caso de una guerra con los norteamericanos. Desconocemos si se trató de una maniobra para eludir un compromiso reforzado quizás con la presión de la Reina Regente. 1 O hubo un error * Siglas: 2 Su condición de nación mediterránea y el tener territorios vecinos de los Estados Unidos creó una contradicción insalvable. En la emoción de la derrota, vio agravio en lo que fue debate jurídico y una negociación entre partes con intereses contrapuestos. 4 Esa representación pesó en la opinión más que en la sociedad española. 5 Perduró 6 y creó un imaginario que, como todos, termina asociado a la violencia y justificándola irracionalmente. Crisis cubana y solidaridad europea A comienzos del verano de 1896 una escuadra francesa visitó España. Tuvo un buena acogida. La diplomacia francesa utilizaba estas demostraciones de poderío militar como un instrumento. Los españoles hablaron de amistad entre los dos vecinos. En el horizonte y como razón, la amenaza de guerra con Estados Unidos. Esta reacción, repetida en Barcelona donde estuvo una agrupación musical militar francesa, brotaba quizás de la necesidad de creer que la República estaría al lado de España en caso de conflicto con los norteamericanos. 2 Una visión de la política del último gobierno presidido por Cánovas, O'Donnell, Carlos, duque de Tetuán: Apuntes para la defensa de la política internacional y gestión diplomática del Gobierno Liberal-Conservador desde el 28 de marzo de 1895 al 29 de septiembre de 1897, Madrid, 1902. 3 El interés de Estados Unidos sobre Puerto Rico y la dimensión internacional de la posesión de la isla como una base naval en el Caribe, Estades Font, María Eugenia: La presencia militar de Estados Unidos en Puerto Rico 1898-1918. 4 Queda constancia de que así fue en las actas de las sesiones de la comisión que negoció la paz. Documentos presentados a las Cortes en la Legislatura de 1898 por el ministro de Estado (duque de Almodóvar del Río). El peso de lo jurídico en la negociación quedó patente en algunos hechos. Los norteamericanos no consintieron que el pago de la Deuda Cubana hipotecara los recursos a disposición del gobierno que inaugurara la independencia. Estados Unidos se obligaba a garantizar el cumplimiento de lo pactado, en el caso de que no lo hiciera Cuba. Ese fue el origen jurídico de la "enmienda Platt". Una versión de lo sucedido en París, Montero Ríos, Eugenio: El Tratado de París, Madrid, 1904. El autor presidió la comisión española. 5 La sociedad española supo remontar las consecuencias de la guerra. Restableció el equilibrio presupuestario, y el país pudo emprender una política internacional más activa. Ese fue el balance de la gestión de Francisco Silvela las dos veces que presidió el gobierno. 6 Esa constante ha hallado una expresión dolorida y brillante en Laín Entralgo que dictamina como enfermedad española un "darwinismo invertido", es decir, la selección siempre de los peores para sobrevivir y tener éxito: Descargo de conciencia, 1936-1960, Barcelona, 1976. Posiblemente el mejor resultado del I Centenario del 98 ha sido la revisión de lo que fue aquel final de siglo. Anuario de Estudios Americanos Cuba estaba en el centro de la vida pública española. Para octubre se pensaba enviar a la isla otros 40.000 soldados. El gobierno había recibido una autorización especial, unánimemente votada, autorizando los gastos extraordinarios que los ministerios de Guerra y Marina tuvieran que afrontar "con motivo de la actual alteración del orden público" en Cuba. 7 Estos dos hechos y el clima emocional en que se producen resumen el estado de ánimo de la opinión y de los políticos a poco más de un año del inicio de la guerra en Cuba. Preocupaba al embajador italiano en Madrid el incremento de la influencia francesa en España, que no había renovado el año anterior sus acuerdos mediterráneos con Italia. Esta, a su vez, reorientaba su política exterior tras la formación del gobierno presidido por Antonio Starabba, marqués di Rudinì. 8 El recibimiento que tuvo la flota francesa era un mensaje al gobierno: había que acabar con el aislamiento. 9 Otros dijeron que el gobierno no se debería dejar arrastrar por esa ola de manifestaciones. 10 El ministro francés de Asuntos Exteriores, Gabriel Hanotaux, reconoció ante el embajador de España en París, duque de Mandas, que nunca habían sido mejores las relaciones entre los dos países. Y eso sucedía cuando parecían aproximarse Roma y París. 11 Marruecos era un asunto excluido en la negociación con 7 "(Il parlamento) tutto concede che gli si chiegga: uomini e denaro". Renzis aseguraba que los gastos mensuales que ocasionaba la guerra en Cuba ascendían a 25 millones de francos, es decir, unos 300 millones al año. El gobierno de di Rudinì significó, tras la derrota de Adua, un intento de recuperar las fuerzas que apoyaban la monarquía con una política liberal-conservadora. Es un conservadurismo innovador. Esta tendencia tuvo éxito en las elecciones de 1897. La abstención de los católicos y la presencia de los socialistas en las protestas populares provocaron medidas contra los subversivos, entre los que se contaba a los "clericales". 9 Esa fue la interpretación de los diarios republicanos, El Liberal y El País. 10 La Correspondencia de España advertía el 24 de junio, que esas expresiones populares, que revelaban una "constante fraternidad" con Francia, pudieran causar molestia o agravio a Italia, Alemania, Inglaterra, Austria y Rusia, "con los cuales estamos en las más perfectas relaciones". Cuando era muy probable "un conflicto político" con Estados Unidos, no había que crear si quiera la apariencia de que se pedía protección a los otros. Las alianzas han de forjarse siempre mediante la negociación. No deben ser fruto de "acelaramientos irreflexivos". EL HORIZONTE EUROPEO DE LA GUERRA DE ESPAÑA EN CUBA Tomo LVIII, 2, 2001 Italia. Francia y España coincidían en la defensa del statu quo. Si alguna vez hubiera que pactar con alguien, Francia solo lo haría con España. 12 Francia temía un acuerdo entre Italia y el Reino Unido, que afectaría a dos puntos vitales en el Mediterráneo: Egipto y Marruecos. El discurso del ministro de Asuntos Exteriores, Onorato Caetani, duque de Sermoneta, excluía ese posible acuerdo. La declaración, hecha al debatirse el presupuesto del ministerio, fijaba el marco en el que iba a situarse su gestión. Italia seguiría siendo leal a la Triple Alianza, en cuya política confiaba sin reservas. Sus objetivos a nadie deberían causar miedo. Italia tendría relaciones cordiales con las otras potencias. En San Petersburgo acababa de ser muy bien recibido el Príncipe de Nápoles. Con Inglaterra había una relación que unía intereses, sentimientos y tradiciones. 13 La cuestión de Oriente reclamaba, como sucedió años antes, el "concierto europeo". 14 Italia defendería en los Balcanes el statu quo, respetando el principio de las nacionalidades y los límites fijados por los tratados. 15 En cambio, el objetivo de Francia fue impedir la hegemonía de Inglaterra en el imperio turco. 16 12 "Todo el concurso indirecto, pero eficaz, que Francia pueda darnos, nos lo dará, tales como las emisiones colocadas en París y cosas análogas". 14 La existencia del "concierto europeo" favoreció la unidad de Italia. Logró Cavour ganarse un lugar en la Europa posterior a 1815, apelando alternativamente a la "Europa de las nacionalidades" y la Europa de los Congresos entre 1856 y 1867. Esos dos horizontes los mantendría respecto a la cuestión de Oriente. Cuando dejó de existir el concierto, Italia pudo ingresar entre las grandes potencias. Usó antes esta misma imagen Decleva, E.: L'Italia e la política internazionale dal 1870 al 1914. 15 Fue esta una tesis del Risorgimento. Mancini, que enseñó Derecho Internacional en esta universidad desde 1851, y luego en Roma, fue nombrado en 1873 presidente del Instituto de Derecho Internacional, de Ginebra. Ministro de Asuntos Exteriores desde mayo de 1881 hasta junio de 1885, supo acomodar sus ideas a su posición política, llevando adelante la alianza con Austria-Hungría y Alemania e iniciando la política colonial con la toma de Assab. Fue éste el motivo que provocó su dimisión. El imperio otomano debería reconocer a Bulgaria su autonomía en las relaciones con otros Estados. Había una cooperación con Egipto para que, mediante reformas, se restableciera la paz en Creta, sin necesidad de emplear medidas militares. Los conflictos de 1889 acabaron con la autonomía restringida que funcionaba en la isla. Regresó la mala administración y los abusos de los funcionarios. En 1895 los musulmanes atacaron a los cristianos. Un año después, tuvo lugar la demostración naval de las potencias. Y en la primavera de 1897, la guerra greco-turca. Tras ser derrotada Grecia, se dividió la isla en 5 sectores bajo la protección de Rusia, Inglaterra, Italia y Francia. La capital quedó bajo la administración de las cuatro potencias. En 1898, la matanza de Candia, con la pasividad cómplice de los 4.000 soldados turcos, provocó una rebelión que acabó con un acuerdo, patrocinado por los cuatro cónsules. Una Asamblea votó el 27 de abril de 1899 una constitución, que reconocía la presencia de un musulmán en el gobierno. No se logró esto último. 17 En el Mediterráneo, aunque no se renovara el tratado comercial con Túnez el 29 de septiembre de 1896, Italia continuaba en posesión de unos derechos. 18 El futuro de Tripolitania y su estatuto dependía de que se conservara la integridad del imperio turco. El gobierno de Roma vigilaría para que, si se llegara a producirse su fragmentación, no fuera perjuicio de Italia. 19 En las relaciones franco-italianas, no se había pasado de los preliminares. Había viajado a París un comisionado especial del gobierno. 20 Ni siquiera ese dato significaba una novedad. El presidente del consejo, Antonio di Rudinì, había declarado que la pertenencia a la Triple Alianza no impedía unas buenas relaciones con Francia y Rusia. Sobre Creta volvería a intervenir en la Cámara Visconti Venosta el 9 de abril de 1897, respondiendo al diputado Imbriani. 18 Para el impacto económico y social de la implantación del protectorado, Martin, J.-F.: Histoire de la Tunisie contemporaine, de Ferry a Bourguiba, 1881-1956, Paris, 1993. 19 El discurso, que había sido revisado y aprobado en el consejo de ministros, fue aplaudido por la opinión. Había afirmaciones claras y se creía en la sinceridad del duque de Sermoneta. El diputado, antiguo mazziniano, había evolucionado hacia la izquierda legalista. Cooperó con Crispi en el ministerio del Interior. Fue ministro de Agricultura, Industria y Comercio con el general Pelloux desde junio de 1898. Salió del gobierno y regresó al poder como sucesor de Giolitti en la presidencia del consejo, desde el 28 de marzo de 1905 hasta el 8 de febrero del año siguiente. 20 Con su voluntad de mejorarlas el duque de Sermoneta demostraba que el nuevo gobierno pondría en primer término los intereses del país. Tomo LVIII, 2, 2001 que Goluchoswki, el canciller de Austria-Hungría, acababa de manifestar ante las delegaciones del imperio. 21 La crisis del gobierno provocó el relevo de Caetani por Emilio Visconti Venosta en Asuntos Exteriores. Lo sustituyó Raffaele Capelli, 23 por un desacuerdo político con di Rudinì en torno a la ley para las elecciones administrativas. 24 Sus objetivos al aceptar la cartera de Exteriores eran Francia y Rusia. Con esta, uno de los medios, aumentar las relaciones entre las dos casas reales. Pensó en un encuentro del zar Nicolás II con el conde de Turín durante las maniobras militares en Breslavia. 25 El proyecto llegaba tarde. 26 Humberto I no quería que se excluyera a Italia en el recorrido que el zar haría por otras naciones de Europa. No pudo ser, por el compromiso que tenía de estar en San Petersburgo el 20 de octubre, aniversario de la muerte de su padre. 27 21 La agencia Stefani publicó en la tarde del 3 de julio de 1896 una nota oficiosa: las declaraciones de di Rudinì y de Caetani habían tenido una excelente acogida en Berlín, Viena y Londres. Fue un acto oportuno, pero no podría superar la desconfianza, que existía aún, respecto a la nueva orientación de la política exterior italiana tras la dimisión de Francesco Crispi y la sustitución de Antonio Blanc en el ministerio de Asuntos Exteriores. Respondía el embajador en Roma a la Real Orden del 24 de junio, en la que le remitían un despacho del duque de Mandas, embajador en París, con fecha del 18 de ese mes. 22 Propuesta de di Rudinì, 13 de julio, aceptación y comunicación a los representantes de Italia, 17 y 20 de julio, Documenti Diplomatici Italiani, serie terza, volumen primo, Roma, 1953, pág. 89. 24 Los motivos de la dimisión, mantenidos en secreto hasta que el gobierno regresara de Turín a Roma, carta particular Visconti-di Rudinì, 28 de abril de 1898. El presidente del consejo también se consideraba dimitido. Cuando se formó el nuevo gobierno presidido también por di Rudinì, Alemania esperaba que Raffaele Capelli continuara la política de Visconti Venosta. La inestabilidad de los ministerios se explicaba por la índole parlamentaria de la monarquía italiana. El 30 de junio se formó un gobierno presidido por el general Luigi Gerolamo Pelloux. Se encargó de Asuntos Exteriores Felice Napoleone Canevaro. Por un telegrama personal del ministro, enviado el día siguiente, sabemos que el rey se negó a solicitar esa entrevista, pero aprobó la idea de que Nigra comenzase a gestionar la posible visita del zar a Italia. 27 Telegrama personal Visconti-Nigra, 26 de agosto, y telegrama personal Nigra-Visconti, 27 de agosto, ibídem, pág. 128. CRISTÓBAL ROBLES MUÑOZ Después de la estancia de Nicolás II a Breslavia, el príncipe Hohenlohe y el barón Marshall informaron al embajador Lanza de la política de Rusia. Se mantenía la amistad con Alemania. 28 Desconfiaba de Inglaterra, que suscitaría cuestiones en la Europa Oriental para apartar de Asia la atención de los rusos. El viaje a París fue una necesidad política, cumplida con patente desgana. El zar, por motivos religiosos, deseaba que Italia y el negus Menelik firmaran la paz. 29 El Tuat, Cassala y los pactos en Europa La prensa de París anunciaba el 12 de agosto de 1896 que el consejo de ministros, al que asistiría el presidente de la república, abordaría un informe del ministro de la Guerra con los planes para ocupar el Tuat y Guerara. Para comprender ese paso había que tener en cuenta estos dos datos: las acciones francesas contra los tuaregs y el consentimiento de Inglaterra. Hasta entonces España, Italia y el Reino Unido habían apoyado al sultán de Marruecos para que resistiera la presión de Francia. Ahora Londres se desentendía. 30 El comunicado de la agencia Havas no mencionaba que el consejo de ministros del 14 de agosto hubiese tratado el asunto. Podría significar que no estuviera en el orden del día, que nada se hubiera determinado o no se hubiera informado al público. 31 Uno de los diarios que más había alentado la expedición, cambió de tono, anunciando que el gobierno no se arriesgaba a emprenderla. Había que dejarla hasta resolver la cuestión del Gadamés. 32 En octubre la prensa de Argelia daba por hecha la expedición. Se dijo que Mohamed Torres había propuesto un arbitraje al ministro de Francia en Tánger. 33 28 Pese a esa afirmación, la prensa francesa, tras la visita de Nicolás II a Francia, habló de la existencia de una alianza. En Alemania se juzgaba esa reacción como una prueba de que el revanchismo continuaba vivo en Francia. Tomo LVIII, 2, 2001 La expedición penetró por el Sur de Orán en dos puntos. Habían caído las dudas. En agosto se creía que, sin poseer también Gadamés, imposible de controlar entonces, el Tuat nada valía para llegar hasta el lago Tchad. 34 Sin embargo el ministro de Exteriores francés había asegurado varias veces al embajador de Italia que no existían planes en relación con el hinterland tunecino. Aunque el motivo de la expedición estuviera localizado, no podría ignorarse que formaba parte de un proyecto más amplio, formulado después de obtener que Inglaterra reconociera la influencia francesa en una extensa zona del Sahara. Aquel descuido impedía actuar en ella, según Lord Salisbury. 35 Había mejorado la postura francesa hacia Alemania. A través de Rusia, se hizo saber a París que en el gobierno alemán quitaba trascendencia a los escritos periodísticos. Preocupaba sobre todo la actitud francesa hacia Italia. 36 Tensas las relaciones con Londres, no podría creerse que Alemania se volviera hacia Rusia y confiara en ella. En Berlín estaban a la espera de la orientación de la políticas rusa. Había que designar un nuevo ministro de Asuntos Exteriores, sustituto del príncipe Lobanoff para despejar la incógnita que planteaban las divergentes tendencias que presionaban a Nicolás II. 37 Mientras, Guillermo II parecía favorecer las buenas relaciones con Reino Unido. Porque las diferencias comerciales y coloniales no las solucionan los contactos personales. 38 34 Italia no podría quedar pasiva si se efectuara esa expansión hacia Gadamès y el hinterland tripolitano. Confirmación del nombramiento de Muravieff, telegrama 105 Maffei-Visconti, San Petersburgo 13 de enero de 1897, Documenti Diplomatici Italiani, serie terza, volume primo, Roma, 1953, pág. 245. La promesa de buenas relaciones de Rusia con I. entrevista de Muravieff con Lanza, telegrama 306 Lanza-Visconti, 31 de enero, ibídem, pág. 251. En una nota al documento de Lanza, Visconti dice que la política alemana no cambiará mientras permanezca Holstein, que ya estaba en la sección política y personal de Asuntos Exteriores en tiempos de Bismarck y fue consejero de von Caprivi, Hohenlohe y Marshall. Una audiencia con Guillermo II, que expuso sus puntos sobre la situación internacional y sobre el problema turco, telegrama reservado 197 Lanza-Visconti, 22 de enero, ibídem, pág. 247. Por encargo de Visconti Venosta, el secretario de la legación en Londres se informó sobre la existencia de un acuerdo del Reino Unido con Francia y Rusia. Thomas Henry Sanderson, subsecretario permanente del Foreing Office, dijo que nada le había comunicado desde Balmoral Salisbury. Este consiguió disipar la imagen de "egoísmo" de los gobiernos ingleses con su política en Oriente. 39 Haber destruido algunos malentendidos era ya un éxito. Si las condiciones no le resultaran onerosas, Londres podría romper su tradición de no compromiso con alguna potencia o grupo. En esa dirección podría empujarle la aversión política hacia Alemania y las diferencias comerciales con ella. Otro factor decisivo sería el coste del aislamiento en una Europa dividida en dos campos. 40 En enero de 1897 se comunicó a Lanza, embajador en Berlín, que Alemania deseaba conservar sólida la Triple Alianza. Era previsible que, si el Reino Unido quería conservar su aislamiento, se inclinaría hacia el este buscando la aportación de Rusia. De momento no intentaría enemistarse con Alemania y separarse de la Triple Alianza. Berlín pediría a sus aliados cautela en sus relaciones con Londres. 41 Renovado el pacto, dejando intacta la situación en lo que afectaba a Reino Unido y Alemania, ésta quería ganarse la amistad de Rusia para que la alianza franco-rusa no tuviera una orientación antialemana. Esos días, la prensa reveló la existencia de un acuerdo entre Alemania y Rusia. Fue una maniobra de la Hamburger Nachrichten, que inspiraba Bismarck. Cuando en 1890 llegaron al ministerio de Asuntos Exteriores Caprivi y Marshall, quisieron denunciar ese pacto, porque les parecía una complicación política y era además una deslealtad hacia los aliados. En esa fecha se notificó a Austria que no existía acuerdo alguno con Rusia. Nada podría decirse, ya que había una obligación de guardar secreto, incluso después de cesar el acuerdo. Era un pacto de neutralidad. La comunicación de 39 Los conservadores llegaron tras un gobierno presidido por Rosebery. Temía la alianza franco-rusa y pensaba que Alemania sería su contrapeso, reforzada por sus dos aliados, Austria-Hungría e Italia. Rosebery quiso apoyarse en Alemania, pero sin asumir compromisos de aliado, como deseaba Guillermo II. 41 Uno de los motivos de la pasividad alemana en el problema turco era su deseo de no favorecer al Reino Unido, carta particular Lanza-Visconti, 10 de enero, Documenti Diplomatici Italiani, págs. 242-243. Tomo LVIII, 2, 2001 Marshall pretendía disipar dudas sobre la fidelidad del gobierno alemán a sus aliados. 42 El Reino Unido no sacrificaría su posición en el Mediterráneo. En esas circunstancias, Alemania no daría un paso más. Italia, que quiso ser el lazo de unión entre el Reino Unido y la Triple Alianza, no sacó provecho alguno. Lanza creía que convenía a Italia quedar libre de compromisos con los ingleses en Cassala para poder conducirse sin otra preocupación que su conveniencia en el Mediterráneo. 43 Se decidió abandonar Cassala y se comunicó al Reino Unido, 44 anunciando que esperarían a que terminaran las operaciones en Sudán. Acuerdos o desquite entre adversarios No terminaban de encarrilarse las relaciones de Francia con Italia. Así quedó patente en los discursos del presidente del Consejo, el marqués di Rudinì, y del ministro de Exteriores, duque de Sermoneta, el 1 de julio en la Cámara de Diputados de Roma. Ambos sostuvieron que los derechos reconocidos a su país por el bey de Túnez no caducaban al crearse el protectorado francés. Por parte francesa, el gobierno de Félix Méline estaba dispuesto a hacer concesiones comerciales, si se llegaba a un arreglo en la negociación pendiente sobre Túnez. El malestar de Guillermo II y del canciller Hohenlohe por las revelaciones hechas por la prensa adicta a Bismarck, telegrama 2475 Lanza-Viconti, 1 de noviembre, ibídem, págs. 189-199. El gobierno declaró en el Reichstag que Alemania era fiel a la Triple Alianza y mantendría su amistad con Rusia. 43 Estas reflexiones las hizo Lanza tras conversar el 19 de octubre con el embajador inglés, preocupado por las derivaciones que podría tener la irritación inglesa hacia Alemania. Lanza envía como anexo la traducción de un artículo de la Deutsche Wochenblatt sobre la visita de Nicolás II a París. El periódico anunciaba la unión de las potencias continentales contra Inglaterra y Rusia. Tres días más tarde, el embajador en París transmitía a Visconti los comentarios franceses que patrocinaban un acercamiento a Italia y Rusia. 44 Las instrucciones para llegar a un acuerdo y desalojar Cassala, carta particular reservada Visconti-Ferrero, 5 de febrero de 1897. Ante el silencio de Londres, Ferrero debía comunicar a Salisbury que Italia evacuaría Cassala. Sólo estaba obligada a avisar antes a Inglaterra. Al discutirse el presupuesto de Asuntos Exteriores, los discursos de Nasi, San Giuliano, Damiani, Lucifero y de Caetani preocuparon a Albert Billot. El embajador informó a Hanotaux en un extenso telegrama. En su encuentro habitual con Tornielli, lamentó el ministro francés que, cuando se trabajaba en un acercamiento entre los dos países, salieran de nuevo a la luz los problemas anteriores y se presentara a Francia como el mayor enemigo de Italia. Aunque el duque de Sermoneta habló correctamente y expresó su amistad hacia Francia, se echaba de menos una réplica al contenido y tono agresivos de los otros oradores. En sus palabras, Gabriel Hanotaux no discutía el derecho de los diputados y de los ministros italianos a formular sus ideas. Lamentaba el efecto que tendría el debate en la prensa francesa dificultando el propósito de llegar a acuerdos en los asuntos pendientes y de crear un clima nuevo entre los dos países. No sería fácil destruir una imagen forjada desde hacía varios años. 47 En su encuentro con Guillermo II, Nicolás II aseguró que sus acuerdos con Francia no favorecerían el revanchismo de los que deseaban recuperar las dos provincias perdidas en 1870. Era un freno y un desmentido a la impresión que estaban creando los diarios franceses, hablando de una alianza, que permitiría el desquite de su país. 48 La situación inquietaba en Alemania. Ignorando el verdadero alcance de los vínculos entre franceses y rusos, temía un error de cálculo que pudiera llevar a una guerra. La Kölnische Zeitung, un órgano oficioso, recordaba a la zarina Alejandra su condición de alemana. Debería convencer a Nicolás II de los riesgos que entrañaba una posición tan confusa. Era motivo de alarma la influencia que la simpatía de los franceses hacia Rusia pudiera tener en las ideas políticas. Ese impacto no debería ignorarlo la clase dirigente de San Petersburgo, comentaba el diario alemán en su revista semanal sobre política exterior. 49 Después de la visita del zar, el general Billot, ministro de la Guerra y persona de ideas moderadas. Como el más antiguo miembro de la Asamblea Nacional y el más antiguo oficial del ejército francés, pronunció un discurso en la inauguración de un monumento a Naillot, président du Conseil de Santé des Armées, nacido en Briey. Anunció que el ejército estaría a la altura de su deber "le jour où on aura besoin d' elle (l'armée)". El conde de Münster, embajador alemán, se quejó. 50 Gabriel Hanotaux respondió que fue una improvisación y, por eso, no existía una referencia oficial. Pasadas unas pocas semanas, en el debate parlamentario, Billot volvió a hablar de "frontera mutilada". La nación, para defender su independencia, dijo el ministro de la Guerra, necesita un ejército fuerte, porque defender significa poder atacar. 51 En la Revue de Paris, el diputado italiano Franchetti subrayó la mejora de relaciones entre Francia e Italia. Tuvo eco en la prensa. Hanotaux lo comentó con Tornielli. Habían caído prejuicios y podía hablarse sin suscitar objeciones. Le respondió Georges Clemenceau. Para Hanotaux la amistad entre los dos países, pese a los problemas aún pendientes, debía ser una realidad. Había que salir de la retórica y superar la etapa de Crispi, que no se cansaba de expresar su admiración y afecto hacia Francia, pero actuó con peor voluntad que Bismarck. No ahorró medios para perjudicar a su vecina. 52 "Francia se consideraba herida por el desarrollo de Italia como nación independiente". Era una tesis de dos diarios italianos, La Tribuna y La Riforma. Ese tipo de afirmaciones suponía vivir de espaldas a la verdad. Lo que separaba a los dos pueblos eran Túnez, aquella decisión que "engager la France dans la grande politique" 53 y la Triple Alianza. En cuanto a Túnez, Jules Ferry actuó en 1881 con doblez y no supo resistir la presión del chauvinismo grosero de los enemigos de la República. Derrochó los recursos del país mientras los alemanes contemplaban esa operación "acampados" en Alsacia y Lorena. Nadie podría tacharlo de patriotero si decía ahora que no había comparación entre la hipócrita brutalidad de la intervención en Túnez y las provocaciones de Crispi, contando con la protección de Alemania y de Inglaterra. Clemenceau estaba de acuerdo con quienes censuraban la aventura de Túnez, porque condicionó la política continental francesa. 54 Diez años antes se hubiera ganado la amistad de Italia que, sumada a la de Rusia, habría proporcionado a Francia capacidad para su revancha en el este. En cuanto a la Triple Alianza, pocos políticos italianos habían protestado de ella. El mismo Franchetti se limitaba a repetir la tesis oficial: su objetivo no era la guerra contra Francia, sino la paz. Francia era una nación mutilada. Cuando Italia quiso recuperar Venecia, los franceses no se enfrentaron a ella. Si un día Francia tratara de hacer lo mismo con Alsacia y Lorena, los italianos serían sus enemigos. Mientras la Triple Alianza subsistiera, las propuestas de acuerdo se reducían a querer recoger al mismo tiempo los frutos de la adhesión de Roma a Berlín y de lo que, en otro tiempo, se llamó la amistad franco-italiana. Eso era una contradicción. 55 Tenía Italia simpatías entre los radicales franceses, que deseaban derribar sus instituciones. No habría que mezclar con ellos a los republicanos moderados, en esos momentos en el gobierno. Justificaban aquellos la propaganda contra la monarquía con el pretexto de que así se aproximaban los dos pueblos. Los moderados se reconocían en las palabras de Gabriel Hanotaux: una acción en favor de la república en los países latinos iba en la dirección opuesta a la trazada por el gobierno en política exterior. Sobre esta decisión francesa y el significado que tuvo en la política de Jules Ferry, a partir de noviembre de 1883: Billot, Albert: Jules Ferry. Alianzas y estabilidad política La visita de Nicolás II a París se mantuvo en un tono discreto respecto a Alemania. La III República tenía fines pacíficos. Había proporcionado a Francia un período de estabilidad. Era una opción por la paz. Esa había sido su trayectoria. A los franceses les inquietaban dos amenazas: la crisis en el Imperio Turco y la política monetaria de Estados Unidos. En la cuestión oriental, Francia había optado por favorecer lo que allanase los obstáculos y eliminase riesgos para la paz. Había resistido el empuje de la opinión, horrorizada por la represión contra los armenios. El pueblo francés fue unánime en sus manifestaciones. Nadie tendría fuerza para separarse de ella. Frente a eso, Tornielli señaló el tono de la prensa. Bastaba mirar la marcha de la Bolsa. Hanotaux negó que hubiera renacido la agresividad hacia Alemania. 57 Apaciguados los ánimos, creía que se debería negociar un acuerdo sobre la base la mutua renuncia a territorios en el norte de África. 58 La alusión a Tripolitania era evidente. 59 El segundo problema era el bimetalismo en Estados Unidos. Ponía en peligro el desarrollo de las relaciones comerciales internacionales y perjudicaba a Europa. Tornielli se extrañó de que, estando en Francia un gobierno presidido por Méline y formando parte del ministerio inglés Balfour, los bimetalistas europeos se quedaran pasivos ante la pretensión norteamericana. El gobierno francés, según Hanotaux, la juzgaba asunto de primer orden para los intereses de su país, sobre todo los agrícolas. Esta informa-57 Se ha destacado el pragmatismo de Hanotaux. Intentó frenar la presión del partido colonial para impedir un choque con el Reino Unido. La conveniencia de que los tres aliados marcharan de acuerdo e intercambiaran sus ideas en torno al problema turco, conversación con Bülow, 40106/478 Visconti-Lanza, 27 de octubre, ibídem, págs. 194-195. La Triple Alianza estaba jugando un papel secundario en el problema turco debido a la pasividad de Alemania. Los condicionamientos internos y externos de la actitud francesa ante el problema turco, telegrama 2835 Tornielli-Visconti, 18 de diciembre de 1896, ibídem, pág. 226. 59 El lugar de Tripolitania en el diseño de la política internacional de Italia, Grange, Daniel G.: "La Méditerránee dans le système politique italien", Relations Internationales, 60, 1989, págs. 373-386. Es un resumen las conclusiones de la tesis del autor, "L' Italie et la Méditerranée (1896-1911). CRISTÓBAL ROBLES MUÑOZ ción era importante, porque anunciaba una coincidencia con Italia, admitida por el propio presidente francés. El ministro de Exteriores transmitió al embajador la noticia de que Italia continuaba en la Triple Alianza. 60 Fueron frecuentes las declaraciones del ministerio di Rudinì sobre este asunto, debido quizás a la presión de la oposición parlamentaria. Siendo justa la política del gobierno, podría pensarse que Italia tenía dudas respecto a la Triple Alianza. Al mismo tiempo, era imposible evitar que la opinión francesa mantuviera la imagen de que Italia estaba al lado de Alemania consolidando su posesión de la Alsacia y la Lorena. 61 La intimidad con Austria y el Reino Unido suscitaba sospechas sobre la libertad de acción de Italia. 62 Mientras se producían estos movimientos, el gobierno conservador de Cánovas abrió las Cortes el 1 de mayo de 1896. Los partidos dinásticos se reestructuraban, según un informe de la embajada de Francia. Podría haber un relevo en su jefatura. Y Francisco Romero Robledo parecía quedar fuera del partido conservador. 63 Lo mismo podría sucederle a Germán Gamazo en el partido fusionista. Desde el debate sobre el Discurso de la Corona estaban acercándose Francisco Silvela y Segismundo Moret. Ambos eran partidarios de que España tuviera aliados. Esa decisión no la libraría de su soledad frente a Estados Unidos, pero proporcionaría estabilidad a la política interna. 64 Moret fue consciente de ello en 1887 cuando quiso asociar a España con las potencias monárquicas frente a los manejos de republicanos y carlistas desde Francia, 65 que debería tomar nota L. Descos, redactor de este despacho, la existencia de los llamados acuerdos mediterráneos. 66 Moret deseaba un acuerdo con la Triple Alianza. Y ese proyecto comenzaba a tener eco en el ministro de Estado. 67 Así se explicaba los movimientos diplomáticos de los últimos meses. 68 El gobierno se movía entre la contradicción de tener que satisfacer la demanda de Washington introduciendo reformas 69 y atender a una opinión que descalificaba a los independentistas y pedía su derrota total, como condición previa para revisar la situación política de Cuba. 70 ¿Qué había de verdad en este análisis? A finales de julio, el duque de Tetuán envió un memorándum a las embajadores acreditados ante las potencias europeas. 71 A su regreso de Londres, el embajador inglés en Madrid, H. Drummond Wolff, traía este mensaje. Salisbury aconsejaba la mediación de Rusia. La gestión debía centralizarse en San Petersburgo. 72 Se conocía la dificultad de que fuera aceptado el encargo. Fernando: Historia de las relaciones entre España e Italia. 67 "... no estaría tampoco de más aluda a lo que a la Triple Alianza misma interesa que, ante las contingencias y eventualidades del porvenir, España, cuya vitalidad se está demostrando con motivo de la insurrección en Cuba, se vea desembarazada y libre de los compromisos y sacrificios que esta insurrección la obliga". 68 La negociación de la renovación de la accesión de España a la Triple Alianza a través de sus acuerdos con Italia, "El Mediterráneo y la diplomacia secreta. En estos dos trabajos recojo la bibliografía. 69 He tratado de esto en varios trabajos anteriores: "Triunfar en Washington. La postura del gobierno español fue alabada por The Standard. El 11 de agosto se subrayaba el respeto al presidente Cleveland y a los ciudadanos norteamericanos, a quienes sólo se pedía que observaran sus propias leyes de neutralidad. Vencida la insurrección, se reformaría la administración colonial. 71 Se reunieron en París funcionarios españoles para asegurar la confidencialidad del texto. 72 Esa propuesta, sugerida también por el barón de Renzis, embajador de Italia en Madrid, tenía a su favor las buenas relaciones del gobierno ruso con Estados Unidos. Se pedía el apoyo alemán, pues estaba prevista en agosto una reunión de Guillermo II con Nicolás II. Renzis confiaba que Francia ejerciera ante el gobierno del Zar sus buenos oficios. Al barón Marshall causó buena impresión la conducta de España, ibídem, telegrama cifrado y 145 Méndez Vigo-Tetuán, 16 y 18 de agosto. 73 Se pediría a Francisco José de Austria que interviniera ante el zar. El embajador ruso en Madrid era portador de una carta personal de la Regente para Nicolás II. El embajador en Londres debería, al presentar el documento, "acentuar de palabra su expresión, robusteciendo los conceptos y argumentos para poner de relieve la conducta de los Estados Unidos" y "explicar lo mucho que a la Monarquía en España y a la Regencia, así como al principio monárquico en general, interesa y puede afectar las consecuencias de la insurrección en Cuba y mayormente, las de un conflicto internacional con los Estados Unidos...". España se vería forzada a ir hasta ese límite, porque, no hacerlo, sería proporcionar argumentos a los partidos revolucionarios. Aunque se suspendió la entrega del documento, se ordenó que se guardara para usarlo si fuera necesario. 75 Una extensa entrevista entre el ministro de Estados Unidos en Madrid y el duque de Tetuán cambió el clima. 76 Había que suavizar asperezas y cualquier gesto para evitar que, al conocer la existencia del memorándum, se disgustara el secretario de Estado norteamericano. 77 Decidido no enviar el memorándum, tras la proclama del presidente Cleveland, Visconti Venosta, ministro italiano de Asuntos Exteriores, comunicó al embajador en Madrid que el gobierno de Roma se alegraba por la resolución y, sobre todo, por el hecho que la motivaba. La proclama del presidente Grover Cleveland mejoraba la situación. Evitaba una reacción antiespañola en medio de la campaña presidencial. 78 En plena crisis europea, poco podría esperarse de las potencias. 79 No valían los argumentos jurídicos, ni siquiera las razones de conveniencia. El 74 Este aspecto, que no había podido incluirse en el memorándum, fue objeto de la comunicación particular del ministro. AMAE H 2416, Real orden circular al conde de Casa Valencia, embajador en Londres, al marqués de Hoyos, embajador en Viena, a Felipe Méndez Vigo, embajador en Berlín, al conde de Benomar, embajador en Roma, y al conde de Villagonzalo, embajador en San Petersburgo, 28 de julio. Al responder a la notificación del ministro de Estado, Cánovas pidió orden en la acción del ministerio. "Puede declararse que el documento queda en poder de nuestros representantes a título de mera instrucción para poder explicar y noticiar la situación de Cuba y la actitud del gobierno, cuando sea indispensable, pero sin leerlo y menos dar copia a nadie". 76 El ministro de Estado quedó completamente satisfecho de la explicación que le dió H. Taylor. Informó el 11 de agosto a Cánovas y al ministro de España en Washington. Ese mismo día, en el ya citado comentario de The Standard apareció la noticia de la entrevista y de su buen resultado. 79 "... mi impresión es... que la Europa, preocupada hoy por la cuestión de Oriente", y pendiente de los resultados del viaje de Nicolás II, permanecerá inactiva, salvo que hubiera un conflicto con Estados Unidos. La proclama del presidente Cleveland lo alejaba. Así las cosas, era difícil que Europa "entre ahora, ni aun confidencialmente, en acuerdos y conciertos para eventualidades que considera lejanas". Con esa perspectiva, Emilio Visconti Venosta había juzgado un acierto paralizar la entrega del memorándum. Compartía este criterio el príncipe Lobanoff. Tomo LVIII, 2, 2001 marqués de Hoyos expuso a Goluchoswki el valor estratégico que tenía para Europa que Cuba siguiera bajo la soberanía de España. La apertura del Canal de Panamá la situaba en una área vital para el comercio internacional y para la navegación. 80 En el Congreso de los Diputados, al contestar al diputado Tesifonte Gallego, Cánovas reveló que hubo una conversación privada y confidencial, bastante extensa, entre el ministro de Estado y el ministro plenipotenciario de Estados Unidos. En ella se constató la amistad entre los dos gobiernos. Cánovas desmintió la existencia del memorándum. Se pensó en un escrito, resumiendo y dejando constancia de las gestiones realizadas y consignando lo que deberían saber los representantes de España ante otros Estados. Las dificultades con Washington surgían de las autoridades locales, cuyas competencias impedían la intervención de la administración federal. 81 La solución debería brotar de la reflexión y fijar luego los intereses a tutelar y los beneficios a obtener. No podría reaccionarse sin tasar ni medir unos y otros. Estaban en juego el valor de una nación y la fortaleza de su gobierno para enfrentarse a los problemas. Tuvo que recordar Cánovas a uno de los jefes del carlismo la intervención de los norteamericanos en el reciente litigio entre Venezuela y el Reino Unido. 82 El 9 de septiembre hablaron en París el duque de Mandas y Gabriel Hanotaux. Éste, al igual que su colega italiano, juzgó acertada la decisión de España, especialmente en un año en que había elecciones en Estados 80 El canciller austríaco se abstuvo de opinar y de prometer apoyo. 81 Debate entre Cánovas y Tesifonte Gallego, Diario de las Sesiones de Cortes. Gallego mencionaba la posible contradicción entre lo que se había dicho sobre el contenido del documento y las unánimes declaraciones de los ministros ante las Cortes afirmando que la postura norteamericana era correcta y amistosa. El diputado fue autor de La insurrección de Cuba. Crónica de la campaña. Es una dura crítica a la administración española, que consintió con su tolerancia la organización de los revolucionarios. 82 "... según el derecho internacional estricto, Inglaterra podría entenderse con Venezuela libremente, para hacerla o para no hacerla justicia... en una cuestión que en nada concernía a los Estados Unidos. ¿Pues qué ha sucedido? Que los Estados Unidos se han interpuesto; que han declarado que tenían que examinar la cuestión de los límites ellos de por sí para juzgar si tenía o no razón Inglaterra... Seguramente Inglaterra no es una nación que no sea viril. El día que la desgracia quiera que la Europa baje a los campos de batalla y que una guerra se esparza por los mares del globo, ese día se verá si Inglaterra es una de las Naciones que más conserva la virilidad y la energía militar, como todas las energías". Debate Cánovas-Juan Vázquez de Mella, Diario de las sesiones de Cortes... En la conversación, Hanotaux avisó que la posición internacional de Francia no le permitía hacer lo que deseaba en favor de España. 83 Cuba: guerra o negociación ¿Haría el gobierno de Cánovas una apuesta final para acabar la guerra? Así lo creía el representante del partido revolucionario cubano en París. 84 Una de las alternativas era un armisticio: saldrían las tropas de Cuba, conservando España una soberanía aparente. Cuba pagaría un tributo y se mantendría la bandera española. Sería una situación similar a la de Egipto en el Imperio Otomano. Si se abriera paso esa propuesta, Sagasta asumiría el poder y negociaría con el gobierno de los insurgentes. 85 De esta forma se salvaba el honor y se abría un procedimiento aceptable para los españoles. 86 Al acabar la campaña anterior, el balance no era muy satisfactorio, según el cónsul de Italia en La Habana. Los generales senadores, que habían tenido mando en Cuba, no ocultaron que la situación militar en la isla tenía un horizonte poco tranquilizador. 87 Lo sabían también los revolucionarios cubanos, atentos a los gestos y actos que manifestasen el cansancio del gobierno de Madrid. La entrevista de Sagasta con la Reina Regente revelaba una situación "bastante crítica". 88 83 Hanotaux se quejó de haber sido mantenido al margen, aunque era explicable debido a la ausencia del embajador francés en Madrid. H. de Reversaux estaba enfermo. 84 "Cánovas se propone hacer lo imposible... durante la estación seca y, si no obtiene mejor resultado que hasta ahora, se retirará del poder y cederá el puesto en marzo a Pidal, cuya misión será "firmar la evacuación de Cuba"... Este informe me llega por uno de los nuestros de la embajada española en París... Ninguno de los ministros, ni él mismo, cree hoy que España pueda dominar la revolución, pero hacen un esfuerzo desesperado". 85 "Si eso -que me parece a mí serio y digno de discutirse-no conviene sírvase ponerme cuanto antes un cablegrama:'imposible'". 86 "Yo entiendo que al cabo de uno, dos o tres años, España se conformaría con una denunciación del Tratado, retirando su bandera y cambiando el tributo por una indemnización. En resumidas cuentas, cuestión de palabras. Betamces-Estrada, 9 de octubre, ibídem, pág. 78. 88 "Confidencial: la llegada de Sagasta al poder -de acuerdo probablemente con Martínez Campos-había de coincidir con las negociaciones que habían venido aquí a entablar y el comisionado era un antiguo embajador en Roma, en Constantinopla y Berlín, el Sr. conde de Rascón". Betances-Estrada, 4 de diciembre, Correspondencia diplomática... Tomo LVIII, 2, 2001 En las elecciones norteamericanas triunfó el candidato republicano. Era el menor de los males. Durante su campaña W. McKinley guardó silencio sobre Cuba, a pesar de que el reconocimiento de los rebeldes estaba en el programa de su partido. Pese a eso, se pidió al general Valeriano Weyler rapidez y energía. Urgía intensificar las operaciones militares y obtener un triunfo decisivo antes del 4 de marzo. Ese pudo ser el objetivo de la campaña en Pinar de Río para cercar a Maceo. 89 No estaba mal informado Betances, delegado cubano en París. En la audiencia con la Reina, el jefe del partido fusionista se mostró dispuesto a negociar con los independentistas la autonomía. Podría ser un precio aceptable, pues existía una opinión casi unánime, "en dehors de la Catalogne et de la Biscaye", en favor de la paz. Esta opción, sostenida en la prensa de la oposición liberal, en la silvelista y en los consejos de Sagasta a la Reina, se reforzaba con el cansancio que sentían los españoles. Sólo eran reticentes la "camarilla" y Francisco Romero Robledo. 90 Cánovas era más flexible. 91 En unas declaraciones a un periodista norteamericano anunció reformas en Puerto Rico, que se introducirían luego en Cuba. 92 El senador Cameron presentó una resolución reconociendo la independencia de Cuba y pidiendo los buenos oficios de Estados Unidos ante España para que cesara la guerra. Era un paso peligroso. El gobierno de Cánovas advirtió al secretario de Estado que, si aprobaban la resolución las dos Cámaras y la sancionaba el presidente, España la consideraría una declaración de guerra. Ese acto contradecía la abstención expectante del presidente Grover Cleveland. R. Olney recordó al Congreso que reconocer a un Estado extranjero era competencia exclusiva del poder ejecutivo. Pese a eso, se aprobó la resolución. Además de crear un problema con España, abrió un conflicto entre el legislativo y el presidente. Era una prueba de fuerza, pues el Congreso no podría tomar una decisión final antes del 4 de marzo, fecha de inicio de la nueva administración. 93 Como informaba el embajador Reverseaux a su gobierno, había en España una corriente partidaria de la paz, aunque su precio fuera un tratado de comercio favorable a Estados Unidos. Esa tesis la defendían Castelar, Valera, Moret y Silvela. Cánovas, en cambio, decía que nada podía hacerse si antes no se conseguía una victoria, "pacificando" una parte de la Isla o mediante una derrota importante infringida a los independentistas. En un comunicado oficioso redactado por él mismo y aparecido en La Época, decía que si la opinión deseaba en esos momentos la paz, el gobierno consideraría fracasado su programa. 94 Castelar declaró a dos periodistas extranjeros que los avances políticos en Cuba en los últimos años dejaban sin razón a los rebeldes. Estaba de acuerdo con Cánovas: ser implacables en la guerra, liberales y generosos tras la victoria. Algunos norteamericanos hacían un alarde de cinismo al negar a España lo que ellos mismos consideraban su derecho: hacer la guerra a los que buscaban romper su unidad nacional. Cleveland había salvado la situación creada por el Senado. Esperaba que McKinley siguiera la misma conducta. El principio de no intervención es fundamental en las democracias. Fue la base de la doctrina Monroe. En las palabras del jefe republicano, otro gesto coincidente con los demás políticos españoles: escuchamos las amenazas con el estoico desprecio de quienes creen en la justicia de su causa. En la situación militar, la muerte de Antonio Maceo fue el único éxito importante desde que se inició la sublevación. El diputado Imbriani hizo un elogio de Maceo el día 11. Dada su significación política y considerando la reacción de la Cámara, el acto carecía de importancia. El gobierno italiano lo desaprobó y Renzis dio explicaciones al duque de Tetuán. El ministro de Estado ordenó al embajador en Roma que agradeciera las manifestaciones del marqués di Rudinì, presidente del consejo italiano. 95 Aunque el embajador de Italia en Madrid atribuía estas palabras a un "filósofo" y no a un político, era innegable que expresaban una opinión, que prevalecería durante la crisis. Tomo LVIII, 2, 2001 La iniciativa de Senado norteamericano pesó más que la euforia por la muerte de Maceo. En esas circunstancias, la importancia de la guerra en Filipinas crecía hasta el punto de que los cónsules de Francia, Inglaterra y Alemania pidieron naves de guerra para proteger a sus conciudadanos. Aunque la situación se agravara en aquellas islas, el mayor peligro estaba en las Antillas. La hostilidad norteamericana podría empujar al presidente McKinley a "arrancar" una página del derecho internacional y decidir una intervención en Cuba. Cánovas ni siquiera aceptaba la mediación amistosa. Las reformas estaban recogidas en el programa del gobierno conservador. Se aplazaba su puesta en practica no por amor propio, sino por ser materialmente imposible hacerlo en un país en armas. Taylor creía que no era así. Juzgaba a Cánovas un intransigente. El aplazamiento impedía a los cubanos creer en las promesas dadas. El problema de fondo era que, para los españoles las reformas eran sólo una rectificación de los abusos. Y Estados Unidos deseaba otra cosa: un régimen aduanero libre y un tratado de comercio que permitiera una mayor exportación de sus productos que les compensara por la compra de materias primas en la isla. Acceder a esa demanda arruinaría a Cataluña y Andalucía y reduciría los ingresos aduaneros, garantía de los Bonos de Cuba, cuyos titulares eran europeos. El reconocimiento de la independencia se prorrogaría, si Cleveland actuaba sin doblez. Su mensaje al Congreso causó buena impresión. Cánovas y sus ministros estabas satisfechos. El Imparcial dijo que Cleveland aceptaba que la guerra en Cuba era un asunto interno. El que se mencionara el problema parecía al Heraldo una humillación, que rebajaba a España a la misma consideración que se tenía con Bulgaria y Serbia. La Época, recordando que el Mensaje no es el programa de la administración, sino un repaso a los acontecimientos del año, subrayó la nula simpatía con que trataba a los rebeldes y a los que cooperaban con ellos en Estados Unidos. En nada ofendía los derechos soberanos de España. Era la tesis sostenida también en la Correspondencia de España. Medidas políticas y una acción militar para alcanzar el único objetivo que urgía: la paz. Creía El Globo que la aplicación de unas reformas, unánimemente votadas en las Cortes, pondría al lado de España a las potencias europeas. Se recuperaría así el tiempo perdido, después de haber cometido el error de rechazar los buenos oficios de Olney. 96 Si se pacificaba Cuba, quedaría sin argumento Estados Unidos. Cabría, tras la muerte de Maceo, negociar con Gómez y Calixto García que, en otras ocasiones, no rechazaron la entrega de dinero. A favor de esa vía, la experiencia de la insurrección anterior y la "victoria" de Cánovas sobre el carlismo, según comentaban en Madrid algunos diplomáticos. Mientras Taylor era más explícito que su presidente a la hora de hablar de una intervención norteamericana, las potencias europeas se desinteresaban. Aconsejaban, pero no prometían ni adquirían la obligación de ayudar a España. Drummond Wolff le dijo a Renzis que el pequeño burgués inglés no se calienta la cabeza por la doctrina Monroe. No se moverían para impedir su aplicación 97. Comunidad de intereses en el Mediterráneo Cerrada en un círculo de incertidumbres la política exterior, las potencias europeas se acechaban mutuamente. Vigilaban los pasos de las demás. Los frecuentes contactos entre J. M. Radowitz, embajador alemán en Madrid, y Cánovas levantaron sospechas. Se pensó que Alemania estaba en la mejor disposición hacia España. 99 Había crecido su prestigio los días anteriores a la redacción del memorándum del duque de Tetuán. Se benefició de la mala gestión de Drummond Wolff, cuyas intrigas habían fracasado. Contra Francia estaban el poco éxito del empréstito cubano y la tolerancia de su gobierno con Ramón E. Betances. 100 Salisbury aludió al monroísmo y su impacto en la conducta de Estados Unidos en el conflicto de Inglaterra con Venezuela. 101 Y defendió el derecho de una potencia marítima a intervenir en todo lo que afecta a sus costas. 98 La prensa republicana hizo una campaña contra una posible alianza con Alemania. 99 A la hora de la verdad, Cánovas se limitó a otorgar a Alemania las ventajas concedidas a Suiza, es decir, las mismas que tenía el Tratado Comercial vigente con Francia. Orígenes y antecedentes de la crisis de 98, Madrid, 1996, págs. 337-358 EL HORIZONTE EUROPEO DE LA GUERRA DE ESPAÑA EN CUBA En las relaciones de Alemania con el Reino Unido, trató Goluchowski de reducir y disipar la desconfianza mutua. Necesitaba y pedía la cooperación italiana para aprovechar todas las oportunidades de mejorarlas. Costantino Nigra le dijo que Visconti estaba convencido de la necesidad de "vedere con noi l 'Inghilterra per gli affari del Mediterraneo". 108 Alemania se hacía la ilusión de que la alianza franco-rusa había perdido intensidad. Pero el nombramiento de Muravieff suponía la continuidad de la política rusa, como demostró la acogida de ese nombramiento en Francia. 109 Muravieff, durante su estancia en Alemania, se manifestó contrario a cualquier aventura. 110 Deseaba mantener la armonía con las potencia y proceder en unión con Austria-Hungría. Dejó traslucir desconfianza hacia el Reino Unido y una menor sintonía con Hanotaux. 111 Desde el otoño de 1896 había estado atento el embajador italiano en París a los preparativos militares de Francia en Túnez. Todos los ministros de Exteriores le habían asegurado que Francia no tenía el proyecto de apoderarse de Tripolitania. Las complicaciones en Oriente plantaban a la opinión francesa la posibilidad de un desembarco italiano en aquella zona. Hanotaux estaba preocupado por las repercusiones que la crisis pudiera tener en los países ribereños del Mediterráneo. Entre Italia y Francia estaba la presión de sus ciudadanos, que mantenían aún vivos el resentimiento y el recelo. 112 ¿Se había dejado influir el embajador por el razonamiento de sus interlocutores franceses? Tornielli dijo que uno de los peligros mayores para la paz en Europa radicaba en la existencia de pactos secretos, cuya importancia unas veces se exageraba y otras se negaba. Urgía arreglar los contenciosos, no dejando que pasara el tiempo por ellos ni guardando silencio, fingiendo ignorar su existencia. 113 Visconti creía que en el norte de África, además del "mutuo desinterés", había otras dos soluciones. Una, indicar a Francia que la ocupación de las costas de Tripolitania constituían un casus foederis para la Triple Alianza. Otra, un intercambio de explicaciones que eliminara las dudas recíprocas. Esta última tenía dos objeciones: se adelantaba demasiado a los acontecimientos y su eficacia no era segura.114 La mejor salida, notificar a Berlín la eventual acción francesa. Italia tenía acuerdos con Alemania sobre el mantenimiento del statu quo en el Mediterráneo, que legitimaban apelar a un casus foederis. 115 El 16 de marzo el ministro de Exteriores envió copia del despacho de Tornielli al embajador en Berlín. Secundaba así la propuesta de Nigra. Adelantaba una posible declaración de los gobiernos de París y Roma. Quería saber la posición del barón Marshall. 116 Éste no pensaba que Francia tuviera intenciones expansivas en Tripolitania. Por otra parte, el gobierno francés no se comprometería por escrito. Por esta razón, fracasaría la iniciativa. 117 En Viena, sin embargo, estaban seguros de que Francia no se apoderaría de Tripolitania. 118 Para entonces en Roma conocían que Austria no tenía intención de realizar ningún movimiento que sirviera de pretexto a Francia. Todo quedaba en suspenso. 119 Si Francia nada hacía, se limitaría Italia a presentar ante Alemania la existencia de un casus foederis. 120 No confirmaba esa impresión el despacho que envió a París el cónsul italiano en Tripoli. 121 Confirmada la alarma por el cónsul de Italia en Túnez y el vice-cónsul en Susa, había que pedir explicaciones a Hanotaux y reiterarle que Italia no consentiría que se modificara la situación en Tripolitania. 122 Estando conformes los dos gobiernos y siendo falsas las noticias sobre los movimientos de tropas francesas, Hanotaux se adelantó la propuesta de Visconti sobre una explicación bilateral. 123 El procedimiento debería ser muy sencillo. En un despacho de Tornielli, Hanotaux consignaría su conformidad con lo que el embajador afirmaba. Y un resumen de ese texto podría enviarlo el ministro francés a Albert Billot, embajador en Roma. 124 Los recelos de Italia hacia Francia en el norte de África se basaban en el valor de aquel territorio para una nación asentada ya en Argelia y Túnez. Se establecía un contacto entre las posesiones francesas y las mal gobernadas regiones bajo control turco. Por eso se condujo el embajador Tornielli con prudencia, exigiendo siempre de manera amistosa las explicaciones que su gobierno necesitaba o podría precisar. Hanotaux iba en esa misma dirección. Quería librar a Francia de un conflicto con Italia. Tripolitania estaba cubierta por la misma garantía que protegía al Imperio Otomano. Así las cosas, ya no urgía como meses antes un entendimiento con Francia sobre el mutuo desinterés de ambas en aquel territorio. Sin embargo, no responder afirmativamente a la oferta de Hanotaux podría dejar entrever que Italia no quería asumir ese compromiso. La forma era importante. Un acuerdo verbal dejaba en peor situación a Francia, que entregaba dos testimonios frente a una mera confirmación del embajador de Italia de que la comunicación hecha a Albert Billot era correcta.125 La difícil relación entre Francia e Italia La misión marroquí a París en la primavera de 1897 tenía estos objetivos: 1. vindicar los derechos del Sultán sobre Tuat, Guerara y Tidikelt; 2. reclamar la retirada de los franceses de algunos puntos donde habían construido fortificaciones, para asegurarse la posesión de las fuentes, no lejos del Figuit. Esas tierras eran de Marruecos; 3. discutir la posesión de Geliel Amur, cerca del Figuit, de gran valor estratégico; 4. la salida de la misión militar francesa en la corte de Marruecos donde estaba desde hacía 18 años; 5. el levantamiento de la orden de destierro contra uno de los sheriffs de Uasan, acusado de intrigar contra miembros de su familia protegidos por Francia; 6. la reducción de los derechos feudales de éstos y 7. apartar definitivamente de Fez al vicecónsul francés. Esta lista no presagiaba un buen resultado. Los franceses no aceptarían discutir sobre el Tuat. Lo habían declarado así en ocasiones anteriores. Después de haber recuperado las fuentes del Figuit, no las dejarían. 126 El gobierno francés quiso subrayar la importancia de la misión. Los embajadores de España y de Alemania le pidieron datos. A cambio de algunas concesiones en la frontera, quería conseguir Marruecos que se le permitiese cobrar tasas aduaneras, punto que Inquietaba al embajador alemán este punto. El de España temía que se produjera un acercamiento de las tropas francesas a los presidios españoles en la costa. 127 Volviendo a la declaración franco-italiana, Visconti Venosta afirmó: "notre intention est que le statu quo soit maintenu en Tripolitaine; c'est-àdire dans la région comprise entre l 'Egypte et les frontières de Tunisie et Algerie", pues pertenecía al Imperio Otomano, cuya integridad territorial estaba garantizada por las potencias europeas, que la consideraban la base principal para el mantenimiento de la paz. 128 El 9 de junio hablaron Tornielli y Hanotaux, que recordó que, además de Tripolitania, los dos países tenían más intereses comunes. La normalización de las relaciones comerciales debían poner fin a las sospechas y desconfianzas. Las concesiones hechas por Francia sólo podrían justificarse políticamente poniendo el contrapeso de la reanudación de la amistad entre las dos naciones. 129 Este comentario revelaba que el acuerdo comercial provocó largos debates dentro del consejo de ministros. Hanotaux se quejó del silencio del embajador ante algunos asuntos, como los relativos al Mar Rojo. Se sabía que Italia dejaría Cassala, pero no a quién. Se volvía a la etapa en que Francia y el Reino Unido competían por el dominio de Egipto. Si se pensaba ceder a Inglaterra las posesiones italianas en el Mar Rojo, habría que renunciar a las buenas relaciones con Francia. Y eso repercutiría negativamente en las finanzas italianas. 130 La índole parlamentaria de la III República, que colocaba bajo el control de los diputados y senadores la política exterior en todas sus fases, explicaba la sorprendente salida de Hanotaux. 131 No era lógico que, al tiempo que se quitaba una razón de recelo en Tripolitania, se dejara otra en el Mar Rojo. La opinión francesa asociaba el acuerdo comercial con la vuelta a unas buenas relaciones políticas. 132 Cuando Guillermo II invitó al rey Humberto a la maniobras militares que tendrían lugar en Hamburgo, 133 hubo que aclarar que la permanencia en la Triple Alianza no excluía relaciones normales y hasta amistosas con otras potencias. La situación de Italia con Francia era semejante a la de Alemania con Rusia. El gobierno de Roma reanudaba la amistad con Francia para favorecer la paz en Europa. En política interna, los objetivos del gobierno di Rudinì eran el saneamiento financiero y del crédito y reavivar la economía. La hostilidad del capital francés y la ruptura comercial impedirían alcanzarlos. Así lo explicó el ministro de Exteriores al embajador Bülow antes de que marchara a Berlín. Pasos en esa dirección fueron el acuerdo sobre Túnez, la visita del Príncipe Real a París, de camino hacia Londres, y las numerosas pruebas dadas hasta entonces para demostrar su voluntad de acercamiento a Francia. Bajo el más estricto secreto, impuesto por el gobierno francés para sorprender a los proteccionistas, se comunicó al embajador en Berlín que se negociaba un tratado de comercio. Las relaciones bilaterales con Francia eran un edificio frágil en ese momento. El viaje del rey a Alemania podría derribarlo. Si sucediera eso, caería la popularidad de la Triple Alianza, pues demostraría que dañaba a Italia. No podría rechazarse la invitación del Emperador, pero se encomendaba a Lanza que atenuara el efecto. Para eso, se proyectaba que el Rey fuera Alemania con un séquito militar, pero sin acompañamiento político. 134 El gobierno francés conocía las circunstancias políticas en que habría de llevarse adelante la negociación. No tendría que extrañarse de una visita prevista y de mera cortesía. 135 Las consecucuencias previsibles, expuestas en su correspondencia por el embajador en París, afectaron al ministro de Asuntos Exteriores. Era inevitable que el Humberto I devolviera la visita a Guillermo II. Además Hanotaux no podría pedir a Italia que abandonara las líneas básicas de su política internacional y las seguridades que esta le proporcionaba a cambio de un tratado que no pasaba de mediocre. En cualquier caso, Francia sabía que las alianzas de Italia eran públicas y con compromisos precisos. No podría esperar de Italia actos hostiles ni sobresaltos. El embajador creyó conveniente que los ministros no acompañaran al Rey. 136 Visconti era partidario de proseguir la negociación respondiendo a las demandas francesas. No había que romper amarras, sino mantener la posibilidad de reemprender más pronto o más tarde la negociación. carta particular Visconti-Tornielli, 1 de agosto, ibídem, págs. 107-109. La opinión francesa se manifestó contraria a un convenio y, en Italia, la prensa de oposición publicó vehementes manifestaciones de germanofilia. Con todo, la reacción no era tan estridente, pues nadie daba fe a que estuvieran negociando los dos gobiernos. El de Francia aguardaba los resultados de su orientación pacifista, tras su acercamiento y su pacto con Rusia. La prensa francesa estaba inquieta ante el posible regreso de Crispi, que supondría el regreso a una excesiva ostentación de la alianza con Alemania, sin esconder sus proyecto agresivos hacia Francia. 137 Como hemos dicho antes, Visconti Venosta expuso a Bülow que, dado el carácter amistoso y personal de la visita al emperador, juzgaba preferible que no acompañaran al Rey los ministros si la estancia se limitaba a Hamburgo. Si pasara por Berlín, iría con Humberto I algún miembro del gabinete. Quería evitar que Guillermo II y sus ministros tuvieran la sensación de que se deseaba separar a los soberanos de sus gobiernos.138 La perspectiva desde Berlín era distinta. Estarían en Hambrugo Hohenlohe y Bülow. El emperador no conocía a Visconti Venosta. Eso hacía oportuna su presencia en Hamburgo.139 Así se acordó. 140 Para la respuesta a Guillermo II en el previsible brindis del banquete del 4 de septiembre, se preparó un texto protocolario, breve, en el cual Humberto I manifestaba sus sentimientos de amigo sincero y de aliado fiel. 141 Cuando se comunicó a París, 142 Tornielli pensó que le faltaban apoyos para llevar a buen puerto su misión. 143 ¿Podría Italia iniciar un camino nuevo cuando la situación europea estaba cargada de incertidumbres? El gobierno di Rudinì quería mantener los pactos existentes con los dos impe-rios centrales y con Inglaterra y mejorar sus relaciones con Francia y Rusia. Esa aspiración no era una quimera. Las dos alianza estaban actuando como sindicatos de intereses que apostaban por la paz. En Roma tenían la impresión de que el gobierno francés, entusiasmado por su alianza con los rusos, otorgaba escasa importancia a Italia. Había que ser cautos. 144 La previsión de Visconti se confirmó pronto. 145 La negociación comercial se reemprendería en París una vez cerradas las Cámaras. Después del viaje de Guillermo II a Rusia, parecía que Alemania, que creía en el valor de la Triple Alianza, haría una política paralela con Rusia, con la que no existía diferencias y que tenía buenas relaciones con Francia. Todo eso contribuía a la paz en Europa. 147 En los brindis San Petersburgo, Felix Faure, presidente de la República Francesa, y Nicolás II pronunciaron la palabra "alianza". 148 El alcance de esta expresión no se comentó en las entrevistas entre los dos Emperadores. No importaba la forma en que se concretaran los compromisos entre rusos y franceses. Los alemanes estaban satisfechos porque los rusos querían la paz. Para Bülow, cuanto más íntimas fueran las relaciones franco-rusas mayor sería el peso del zar en la política de sus aliados. 149 Hanotaux comentó que, en las conversaciones con Nicolás II y con Muravieff, habló de Italia. En este contexto hablaron Hanotaux y el conde Muraviewff sobre Marruecos. Este fue tajante en la promesa de solidaridad con su aliado. Rusia abrió una legación en Tánger. Era una señal de su voluntad de impulsar su acción en el Mediterráneo. No era creíble que, con sus pactos con Francia, Rusia se hubiera dejado arrastrar a un compromiso contra Alemania, pero no lo era respecto a Inglaterra sobre todo en el Mediterráneo, donde Nicolás II deseaba estar presente y frenar la hegemonía inglesa en la zona. 152 En San Petersburgo se guardaba absoluta reserva en torno al futuro de Bizerta. 153 El Consejo Superior de la Marina, al que asistió el zar, se opuso a la creación de una base naval. 154 Ese otoño de 1897, en medio de una polémica en la prensa de Alemania e Inglaterra, Salisbury pronunció un discurso en el banquete anual del Lord Mayor de Londres. Afirmó que el Reino Unido no se aislaría. Cooperaría con las otras potencias en la solución de los problemas europeos. 155 La entrevista de Goluchoscki en Monza con el Rey, el marqués di Rudinì y Visconti Venosta demostró la sintonía entre Viena y Roma en política exterior. Austria apoyó la aproximación de Italia a Francia. Había que superar la tensión entre Alemania e Inglaterra,156 para que esta no se alejase de los tres aliados y no se acercase a Francia y Rusia. 157 Esos mismos días la presencia de naves rusas y alemanas en el Mar de la China removió a la opinión británica. 158 La presión sobre el gobierno de Pekín podría desencadenar la anarquía. Esta situación hundiría el comercio inglés, ya amenazado con el progreso de las exportaciones alemanas, mientras descendían las inglesas. 159 ¿Había un acuerdo con los rusos para extender el comercio alemán por el Sur de China, perjudicando seriamente a los ingleses? Rusia quería, según Radolin, embajador alemán en San Petersburgo, convertir Vladivostok en un gran puerto militar. China le concedió Port Arthur para que invernaran sus naves, temiendo que Inglaterra diera un golpe de mano. Y esa decisión fue aprobada por Berlín, que comenzaba a sentir los efectos positivos que, de cara a una recuperación de las buenas relaciones entre los dos países, tenía esa situación en Londres. 160 Su política en aquellos mares se basaba en la superioridad naval frente a las otras escuadras reunidas y la estabilidad dentro del Imperio Chino, que, en caso de que se viera presionado por alemanes, rusos y franceses, buscaría la protección de los ingleses. Con problemas en la frontera de la India y una guerra en Sudán, 161 el Reino Unido no entraría en un conflicto con las otras potencias, ni siquiera contando con la ayuda de Japón. Rusia podría esperar su momento en China. Su posición geográfica le permitía jugar todas las baza para ganar. Japón necesitaba la paz y no repetiría su enfrentamiento con China. Francia y Rusia estaban satisfechas con lo conseguido en China. Estados Unidos también se beneficiaba del statu quo. A Italia le convenía ganar tiempo, porque no estaba en condiciones de participar en un reparto colonial. Siendo Inglaterra la única potencia no proteccionista en sus dominios y colonias, a todos favorecía su éxito. Así lo entendían los norteamericanos. 162 Estas impresiones fueron ratificadas en el discurso de Balfour en Manchester: los intereses comerciales ingleses, mayores que los de todas las demás potencias, quedaban mejor amparados si se preservaba la existencia del Imperio chino y todos comerciaban allí libremente, sin zonas protegidas en beneficio de terceros. 163 En este clima, las declaraciones de Bülow en la Cámara prusiana en defensa de la libertad de comercio contribuyeron a mejorar las relaciones con Inglaterra. 164 Las circunstancias que afectan a las relaciones entre las potencias europeas, la orientación de la política norteamericana, la necesidad de mejorar las relaciones internacionales, mientras persistían los efectos de la ruptura del "concierto europeo" y Estados Unidos entraba en la escena 161 Las preocupaciones de Salisbury por la reacción del Negus, tras la victoria de Ondurman y el comienzo de una campaña decisiva en Sudán, 319/152 Ferrero-Visconti, 6 de mayo, ibídem, págs. 318-319. Salisbury hizo suyas las palabras del secretario de Colonias y apreció la prudencia de Francia. 164 Los alemanes estaban inquietos por el incremento de los barcos de guerra japoneses en el Mar de la China. Su embajador en Londres habló del asunto con Salisbury. EL HORIZONTE EUROPEO DE LA GUERRA DE ESPAÑA EN CUBA Tomo LVIII, 2, 2001 internacional, el temor a la guerra y a la presión de la opinión de cada país si no se defendían los intereses nacionales, la crisis interna en China, derrotada y humillada por Japón, la descomposición del Imperio Otomano, la inestabilidad en Marruecos, tras la muerte de Muley Hassan, los problemas Francia e Inglaterra como potencias coloniales en África y en Asia... forman un conjunto que permite entender que el "aislamiento de España" esos años fue algo más que una opción de los gobiernos de la Restauración. A ese complejo de causas, habría que sumar el olvido de que para Cuba había llegado la hora de la emancipación. 165 165 "Recuerdo haber leído no hace mucho tiempo, en un libro notable que unos pobres pescadores del Adriático, al doblar la punta de una isla desierta escucharon angustiosas voces y tristísimo sonido, que repetían sin cesar: el dios Pan ha muerto. Pues bien, señores: los viajeros que hoy salen de Europa y dirigen el rumbo al Asia o a las Américas, escuchan también en la dilatada extensión de los mares ecos, parecido a aquellos, que repiten: el sistema colonial ha muerto". Discurso de Ricardo Alzugaray en el debate sobre el abandono de Santo Domingo, Diario de las Sesiones de Cortes.
Introducción: la ocupación de Leticia En la noche del 31 de agosto al 1 de septiembre de 1932, un grupo de individuos armados, de nacionalidad peruana, ocupó el puerto fluvial de Leticia, capital del distrito colombiano del Amazonas. La población de Leticia tenía por aquellas fecha unos trescientos habitantes. Los asaltantes, que ocuparon seguidamente el territorio conocido como "Trapecio de Leticia", situado entre el Putumayo y el Amazonas, fortificaron en ese territorio una serie de posiciones sobre los dos ríos. Los habitantes de nacionalidad colombiana debieron buscar refugio en territorio brasileño. A fin de restablecer el orden público en el territorio invadido, el Gobierno colombiano armó una flotilla que se dirigió, primero por mar, y después por vía fluvial, a dicho territorio. Hizo escala en diversos puertos del Amazonas, remontó el río, una parte para dirigirse por el Putumayo al norte del trapecio, y la otra parte hacia el sur, por el Amazonas mismo. La expedición estaba integrada por unos 1.500 hombres y 6 unidades. El Gobierno colombiano organizó también otras expediciones por vías terrestre y aérea con finalidad militar. Por su parte, los ocupantes peruanos del territorio colombiano fueron sostenidos en su iniciativa por el Comandante General de la Quinta región militar peruana. Éste dirigió, el 6 de enero de 1933, una comunicación al cónsul general de Colombia en Belem do Pará (Brasil), y al jefe de las fuerzas expedicionarias colombianas, que finalizaba así: "He tomado todas las medidas de carácter militar para impedir la entrada de vuestra expedición a Leticia y para garantizar nuestra seguridad en la cuenca del Amazonas peruano, a fin de impedir actos de hostilidad contra mis compatriotas que ocupan legítimamente la zona de Leticia, apoyados en los principios enunciados de libre determinación de la nacionalidad". El 12 de febrero, la flotilla colombiana se encontraba cerca de la línea fronteriza entre Brasil y Colombia. Fue atacada por aviones peruanos, que fueron a su vez contraatacados por aviones colombianos. No se comprobó si estos enfrentamientos tuvieron ó no lugar en territorio brasileño. El 14 de febrero, el jefe de la expedición colombiana dirigió un ultimátum a un puesto peruano establecido en Tarapaca, en territorio colombiano. Según informaciones colombianas se tomó un importante material de guerra. Como consecuencia de estos incidentes, las relaciones diplomáticas entre los dos países se rompieron el día 15. El 23 de febrero, el gobierno colombiano hizo saber que aviones militares peruanos habían bombardeado los navíos de la expedición colombiana. Finalmente, y por carta del 27 de febrero, el representante de Colombia denunciaba que las fuerzas colombianas eran continuamente molestadas por las guarniciones peruanas en el Alto Putumayo, que forma frontera entre los dos países en esta región. Después de estas confrontaciones, se abrió un período de conciliación, que tuvo por eje la mediación de Brasil primeramente, y que fracasó, declarándolo cerrado el Ministro de Asuntos Extranjeros brasileño el 3 de febrero de 1933. Se abrió entonces otro intento de conciliación por medio de la Sociedad de Naciones, a partir de la comunicación del delegado de Colombia al Secretario General de "incidentes provocados por la perturbación del orden en una de las partes del territorio colombiano en la región del Amazonas", el 2 de enero. Sucesivas comunicaciones de Perú sobre la inaplicabilidad del Tratado de 1922, y de Ecuador sobre sus derechos en la cuenca del Amazonas, y peticiones peruanas de que el Consejo ordenara la suspensión de toda medida de fuerza, culminaron con la creación de un PEDRO LÓPEZ GÓMEZ comité formado por representantes del Estado libre de Irlanda, de España y de Guatemala, y tras nuevas negociaciones, el Consejo recomendaba: -La evacuación completa del territorio comprendido en el Trapecio de Leticia por las fuerzas peruanas, así como la retirada de todo apoyo a los elementos peruanos que ocuparon esa región. -Que las negociaciones fuesen entabladas y proseguidas con la mayor diligencia desde el momento en que se tomasen las medidas prácticas para la ejecución de la primera recomendación. 2 Finalmente, el 25 de mayo de 1933, se firmaba en Ginebra un acuerdo entre los representantes de los gobiernos de los dos países, aceptando las modalidades de ejecución de las soluciones propuestas por el Consejo en el informe de 18 de marzo, tal como fueron recomendadas por el Comité consultivo y aprobadas por el Consejo en su sesión del 23 de mayo. El acuerdo constaba de ocho puntos, e incluía el nombramiento de una Comisión que se haría cargo de la administración del Territorio de Leticia, en nombre del Gobierno de Colombia, y de donde se retirarían las fuerzas peruanas. Esta Comisión, que se encontraría en Leticia en un plazo de 30 días, utilizaría las fuerzas militares necesarias, y tendría una duración máxima de un año. Los gastos correrían a cargo del Gobierno de Colombia. Ambos países se comprometían a cesar en los actos de hostilidad entre ellos. 3 Vamos a analizar la actuación de la Comisión, centrándonos en la figura de Iglesias Brage, y teniendo presente sobre todo los aspectos políticos y administrativos de los sucesos. Pero no se podría entender el conflicto de Leticia sin remontarse atrás en el tiempo, hasta llegar a la época de la dominación española, y especialmente necesario es detenerse en el tratado Salomón-Lozano, de 1922, clave de los sucesos que narramos. Antecedentes: los litigios fronterizos entre Perú y Colombia Los litigios fronterizos entre los dos países andinos se arrastraban desde la época de la dominación española, al igual que ocurre en el resto de las naciones hispanoamericanas, como consecuencia de la conversión en fronteras de las anteriores delimitaciones administrativas, no muy precisas y variables en el tiempo. En el caso peruano tendrán un intento de solución definitiva con el Tratado Salomón-Lozano, de 1922. 4 Este tratado ha de ser contemplado, sin embargo, no sólo como el resultado final de unas tensiones motivadas por factores económicos, sociales, políticos, diplomáticos y militares, sino -y sobre todo-como resultado de la política norteamericana en su "huerto al sur de Río Grande", que si bien se vislumbra como una sombra difusa pero perceptible detrás de todo acontecimiento relevante, a veces se manifiesta con todo descaro mediante intervenciones militares o presiones políticas como ésta a la que nos referimos. El Tratado Salomón-Lozano ha de entenderse, según lo vieron en su día, como una compensación a Colombia por la pérdida de Panamá, zona de valor estratégico único y por cuyo control los Estados Unidos, prescindiendo de todo disimulo, ocuparon militarmente la zona del canal. La compensación territorial a Colombia sería a costa del Perú, con la entrega de vastos territorios amazónicos y con una salida a la navegación fluvial del Amazonas, a través del Trapecio de Leticia. El gobierno dictatorial de Leguía aceptará el tratado, impuesto como condición para su propia supervivencia, con la oposición de todo el país, para quien se trataba de un expolio y de la amputación del territorio nacional de una zona geográfica de enormes posibilidades futuras, en la que aparecerá pujante un nuevo competidor: la República de Colombia. Tras la caída de Leguía, por la crisis del 29, el nuevo gobierno peruano -resignado con la pérdida de los territorios al norte del río Putumayo- tras la ocupación del Trapecio por civiles del departamento de Loreto, centrará el conflicto en torno a este punto geográfico, que es la llave para abrir el paso a la navegación directa por el gran río Amazonas. El conflicto se internacionalizará, al llevarlo Colombia ante la Sociedad de Naciones, quien creará una Comisión de Administración para intentar evitar el choque armado entre los dos vecinos en tanto se iniciaran las conversaciones. Esta Comisión estará integrada por un representante brasileño, un estadounidense y un español. Su labor se desarrollará en medio de dificultades producidas por los intereses enfrentados de los distintos países, hasta la firma del acuerdo entre los dos estados en litigio, en Río de Janeiro en 1934, con el triunfo de las tesis colombianas. En este trabajo nos hemos detenido especialmente en la actuación del delegado español, el entonces Capitán de Aviación Francisco Iglesias Brage, tanto por la importancia y papel protagonista que tuvo dentro de la Comisión de Administración del Territorio, como por la mayor información que tenemos sobre él, puesto que la fuente principal que hemos manejado es su propio archivo personal, del que damos noticia más adelante. El Tratado Salomón-Lozano y sus consecuencias El Tratado Salomón-Lozano y sus antecedentes históricos El Tratado Salomón-Lozano fue firmado en Lima, el 24 de marzo de 1922, entre el Ministro de Relaciones Exteriores de Perú, Alberto Salomón, y el Plenipotenciario de Colombia, Fabio Lozano T., y ratificado en Bogotá el 19 de marzo de 1928. Por él, ambos gobiernos fijaron de común acuerdo una línea de frontera que pusiese término a su antiguo litigio territorial en el Oriente. Esa línea partía desde el punto en que el meridiano de la boca del río Cuhimbé, en el Putumayo, corta al río San Miguel o Sucumbios, sube por el mismo meridiano hasta la dicha boca del Cuhimbé; de allí, por el "thalweg" del río Putumayo hasta la confluencia del río Yaguas; sigue por una línea recta que desde esta confluencia va a la del río Atacury, en el Amazonas, y de allí, por el "thalweg" del río Amazonas hasta el límite entre Perú y Brasil, establecido en el tratado peruano-brasileño de 24 de octubre de 1851. 5 Los antecedentes históricos, según Perú, se basaban en el siguiente razonamiento: -El principio de los límites coloniales o "uti possidetis", que significa la continuidad del estado posesorio presente y futuro, reconocido por Colombia según el Tratado de Bogotá de 1811 y adoptado por los demás países hispanoamericanos como único medio de resolver sus litigios de fronteras, no fue tomado en cuenta en el Tratado Salomón-Lozano. Perú estuvo siempre en posesión legítima de los territorios cedidos a Colombia y que formaban parte de la antigua Comandancia del Maynas, organizándolos, administrándolos y fomentando sus intereses en la vasta zona comprendida entre el Caquetá y el Putumayo, con la creación de centros industriales como la Chorrera y el Encanto, mostrando siempre sus pobladores su voluntad de seguir perteneciendo a Perú. -Por la aceptación del "uti possidetis" colonial quedaba reconocida la territorialidad de Maynas con sus límites naturales fijados por la real cédula de 15 de julio de 1802. La validez de dicha real cédula y su efectividad práctica fue reconocida por la misma Colombia, por intermedio de Bolívar, que en su célebre carta de 1822 al general Santander le manifestaba que Perú se encontraba en posesión de esos territorios según una real orden muy moderna, y por los plenipotenciarios colombianos Galindo y Tanco en las conferencias de 1894. -Perú continuó en posesión de sus provincias de Maynas (actuales departamentos de Loreto y San Martín) desde que nació como estado independiente, y esta posesión reúne las condiciones exigidas para la prescripción adquisitiva: justo título, largo transcurso de tiempo y falta de reclamación suficiente. -Esta posesión se conservó sobre todos los territorios de la región amazónica, no obstante las contingencias de la guerra peruano-colombiana, y a través del Convenio de Girón y el Tratado de Guayaquil de 1829, reconociéndose ambos países sus respectivos territorios y dejando sólo pendiente la delimitación en la cual podrían hacerse mutuas concesiones, no de provincias, sino de las pequeñas porciones que fuesen necesarias para regularizar la línea fronteriza. Las acciones de armas en el Caquetá, la Unión y la Reserva consolidaron los derechos de Perú, defendidos siempre por la diplomacia y la sangre peruana. La Santa Sede erige el obispado de Chachapoyas en la bula "Ex Sublimi Petri Specula", de 2 de julio de 1843, con los territorios de la antigua Comandancia. Y con arreglo al artículo séptimo del tratado con Brasil, aceptando el principio del "uti possidetis", que-PEDRO LÓPEZ GÓMEZ Anuario de Estudios Americanos dó establecida como frontera "la población de Tabatinga y de ésta para el norte la línea recta que va a encontrar de frente al río Yapurá en su confluencia con el Apaporis y de Tabatinga por el Sur el río Yavary". 6 Los antecedentes históricos, según Colombia, pueden resumirse en el discurso que el Sr. Santos, representante de Colombia, pronunció en la sesión del 21 de febrero de 1933 de la Sociedad de Naciones, en presencia de los miembros del Consejo y del Presidente, que venía a decir así: -Se afirmaba que Perú había cedido territorios inmensos que le pertenecían desde hacía siglos. Antes de la independencia, toda la América española formaba un conjunto, los límites de los estados eran límites vagos, y constituían simplemente arreglos administrativos hechos por España según las necesidades de la Administración. Después de la independencia, todos los Estados se encontraron con una complicación enorme de títulos, pues ciertas disposiciones de la Corona española eran naturalmente contradictorias. Así, todos los estados americanos presentaron reivindicaciones territoriales muy grandes, cada uno de ellos tenía títulos sobre regiones idénticas que era preciso partir. 7 -En la cuestión de los límites entre Perú y Colombia, ésta exigía la frontera del Amazonas entera, en tanto que Perú exigía una frontera al norte, casi en los alrededores de la cordillera. El asunto se solucionó con cordura y justicia, teniendo en cuenta los verdaderos intereses de América. En virtud del tratado de 1922, se dio a Colombia una pequeña parte sobre el Amazonas, a fin de que este país tuviera títulos para navegar por este río. -Continuaba el Sr. Santos diciendo que en Perú se levantaban clamores extraordinarios hablando de su nacionalismo y sus derechos sobre su territorio, pero que él preguntaría cuáles eran los trabajos que Perú emprendió en la zona que reivindica, qué ha hecho en todo ese territorio que pretende ser peruano: no hay ni una ciudad, ni una carretera, ni una iglesia, ni una escuela, ni una sola obra de civilización y de progreso. No hay nada en toda esta región, de la que se quiere hacer ahora el corazón del Perú. Sólo existe una prueba trágica de la ocupación peruana de la región del Putumayo. Cuando el caucho era considerado como el oro de América, hace 20 o 25 años, las casas peruanas de Iquitos quisieron explotar el caucho de forma intensiva, y se comenzó a hacerlo en todo el Putumayo, uti-lizando a los indígenas, que fueron tan maltratados que Inglaterra procedió a enviar una comisión de encuesta, presidida por sir Roger Casement. Esta comisión publicó un Libro Rojo que motivó un gran escándalo en América porque demostraba que se había acudido a procedimientos de esclavitud de tal crueldad y salvajismo que la humanidad entera debía protestar contra estos actos.8 Análisis del Tratado Salomón-Lozano Análisis del Tratado en relación a Perú La línea fundamental del tratado era el río Putumayo, en el cual los dos países se reconocían libertad de tránsito y derecho de navegación. Lógicamente, esta línea debía continuar hasta el punto en que el río Putumayo, saliendo del territorio de Perú, ingresa en el de Brasil, y por tal río debía haber continuado también la navegación colombiana, hasta la desembocadura del Putumayo en el Amazonas. Sin embargo, no fue así, y se aceptó la absurda quiebra de la línea del Putumayo, que se detuvo en su confluencia con el río Yaguas, bajando por una línea recta que iba desde esta confluencia hasta el río Atacuary, en el Amazonas, y ésto dio a Colombia el dominio ribereño sobre el Amazonas, desde ese último punto hasta el límite de la antigua frontera Perú-Brasil. De esta manera, la navegación y el supuesto tráfico comercial colombiano, en vez de seguir la línea natural del Putumayo hasta el Amazonas brasileño, tenía el derecho impracticable de convertirse en tránsito y tráfico terrestre y de bajar por un corredor territorial inadaptado en medio de la floresta hasta la margen del Amazonas, en uno de cuyos puntos se encontraba la población peruana de Leticia. Para juzgar de la importancia y gravedad de la cesión a Colombia de la zona comprendida entre la confluencia del Yaguas, el Putumayo, la confluencia del Atacuary y el Amazonas, basta considerar que Colombia no había reclamado, en su largo proceso de controversia, ningún derecho histórico ni ninguna exigencia económica sobre la zona territorial indicada, y que su pretensión máxima había sido salir a la bacía del Amazonas, lo que le daba una opción para participar en el porvenir, en la concurrencia comercial y política que podía tener por eje el gran río. El tratado afectaba profundamente la vida del oriente peruano. No sólo era un nuevo concurrente en la navegación y en el tráfico comercial, sino que era la Colombia interpuesta entre Perú y Brasil, aguas abajo del Amazonas, es decir, en situación de dificultar, como de hecho sucedió, o de cerrar eventualmente el libre tránsito peruano hacia, o procedente del Atlántico. Durante casi un siglo, el condominio de Brasil y de Perú en la gran arteria fluvial no había originado ninguna dificultad cuyo recuerdo deba retenerse. Era, sin duda, absurdo e imprudente introducir un nuevo condominio, darle sobre el río una posición privilegiada. El estorbo y el peligro para el oriente eran un estorbo y un peligro para Perú, consolidado en su región amazónica, no sólo por razones elementales de cohesión nacional, política y afectiva, sino por el interés en conservar la posición que la naturaleza y la historia le habían dado en el corazón del continente. 9 La vasta extensión territorial entregada por el Perú tenía un área superior a diez millones de hectáreas, colonizada desde hacía más de un siglo, civil, militar y eclesiásticamente, 10 registrando allí más de veinte mil habitantes, legítimamente peruanos, y distribuidos en las poblaciones de Leticia, Victoria, Loreto, Santa Sofía, Loreto Yaco, Brea, Sancudo, Atacuary, São Nicolás, Supe, Calla Calla, Sobra, Erayos, Unanimayos, Iberia, Chorrera, Encanto, Oriente, Occidente, Sur, Entre-Ríos, Sábana, Retiro, Emerayos y otros, además de los pobladores de los ríos Hamaca-Yaco, Meta, Loreto-Yaco, Cothué, Yaguas y tantos otros que sería largo enumerar. Con ocasión de la toma de Leticia, el 1 de septiembre de 1932, no excedía de 50 el número de colombianos allí existentes, todos empleados públicos, para administrar a los colonos peruanos, cedidos por el texto del Tratado Salomón-Lozano. 11 Aparte del absurdo político y geográfico ya mencionado, según los habitantes de Loreto, 12 existían estas otras circunstancias a tomar en cuenta: a) El trapecio amazónico (Leticia) no fue nunca un territorio disputado, ni de penetración colombiana, no había (hasta la fecha de este manifiesto, en 1933) intereses económicos ni poblaciones colombianas. b) La totalidad de la población, que era peruana, no fue consultada de forma alguna, como establecen los principios y las prácticas del Derecho Internacional, para el cambio de nacionalidad. c) Para ocupar la margen amazónica que le adjudicó el Tratado, Colombia necesitaba llegar a ella a través de Brasil, descendiendo el Putumayo hasta su confluencia con el Amazonas, y remontando luego éste hasta Leticia. d) No había posibilidad alguna de que la margen amazónica sirviera a Colombia para comunicarse ni para el tráfico con este río ni con el Atlántico, pues sus comunicaciones y su tráfico, así como su comercio, cuando llegase a existir apreciablemente en esas regiones, tendría que seguir la vía indicada del Putumayo hasta Brasil. e) Los productores de la zona del trapecio amazónico cedida a Colombia no podían comerciar con este país, sino con Perú, ni tenían en el primero mercados accesibles de venta de sus productos ni de adquisición de sus elementos. f) Hasta veinticinco días después de ocurrido el suceso de Leticia, la autoridad de Colombia no llegó a manifestarse en esa región. Análisis del Tratado en relación a Colombia Por la segunda parte del artículo primero del Tratado de 1922, Colombia declara que cede a Perú el territorio comprendido entre el río Putumayo y el Sucumbios o San Miguel, conocido comúnmente con la denominación de triángulo de San Miguel, que Ecuador reconoció a Colombia en virtud del Tratado de 15 de julio de 1916. Según el internacionalista venezolano Jacinto López, este tratado carece de seriedad fraternal. Este territorio, sin área determinada, deshabitado, agreste y salvaje, hállase situado en los confines del Alto Putumayo, con diminuta y ridícula dimensión, lejos, muy lejos, de los dominios de Perú, prácticamente enclavado entre Ecuador -que posee la boca del Sucumbios y una parte de la margen derecha del Putumayo donde tiene sus guarniciones militaresy Colombia, que posee la margen izquierda de este último río. Las dificultades de acceso de Perú al indicado territorio no podían pasar desapercibidas a las comisiones demarcadoras, que trataron de salvar las apariencias PEDRO LÓPEZ GÓMEZ en el papel porque de lo contrario hubiera quedado ejecutoriedada la inaplicabilidad del Tratado. 13 Es inevitable la comparación que los contemporáneos realizan del caso con el de Panamá al conseguir su independencia. En esta república, antes territorio colombiano, los Estados Unidos fomentaron un movimiento separatista, sin verdadero enraizamiento histórico, ni político, ni sentimental; lo apoyaron con la fuerza de su marina de guerra; notificaron al mundo que lo consideraban como un hecho irrevocable, y a Colombia que no consentirían la actuación militar contra los insurrectos. 14 A pesar de constituir un atentado contra la soberanía colombiana y contra el Derecho Internacional, producto de una política deliberada e inescrupulosa, de la que los Estados Unidos se jactaron, el hecho tuvo suficiente fuerza, por sí mismo, para determinar una situación internacional que Colombia acabó por aceptar. Esta aceptación no redime ni jurídica ni moralmente al atentado norteamericano, pero revela cómo un acto de naturaleza injustificable puede crear una situación que tiene que ser considerada y que genera un nuevo estado jurídico. 15 Además, Colombia, a pesar de que Panamá había consolidado ya su independencia, por compensación y otras cláusulas, determinadas en los artículos 1.o, 2.o y 3.o de su tratado con los Estados Unidos de América, en marzo de 1922, recibió de este país 25.000.000 de dólares y el franco y libre paso por el Canal de Panamá de sus naves, tropas y material de guerra sin pagar derecho alguno. El Tratado Salomón-Lozano y la actuación del Presidente Leguía El Protocolo suscrito en Lima el 24 de marzo de 1922 por el Ministro de Relaciones Exteriores del Perú, doctor Alberto Salomón, y el Pleni- PEDRO LÓPEZ GÓMEZ potenciario de Colombia, doctor Fabio Lozano, se mantuvo en secreto hasta su discusión en el año 1927. No obstante interesar a todo el país, se prescindió de la intervención de los principales organismos del Estado, llegándose al extremo de desestimar los trámites más elementales: no se sometió al voto consultivo del Consejo de Ministros, como lo reveló el Presidente del Gabinete de esa época, don Germán Leguía Martínez, y se omitieron los informes del Archivo de Límites, del Asesor Jurídico del Ministerio de Relaciones Exteriores, y de la Sociedad Geográfica. El Gobierno, presionando continuamente a la comisión diplomática del Congreso para que dictaminase, hizo todo para imponer la aprobación del Protocolo y en sus mensajes desde el año 1922 se anticipó a la resolución del Parlamento. Su plan de desmembración del territorio nacional encontró fácilmente, en el círculo de sus adictos incondicionales, poderosos auxiliares de este derrotismo diplomático. El diario La Prensa, confiscado por el Gobierno y órgano del oficialismo, fue dirigido por el ciudadano colombiano Guillermo Forero, quien interpretaba la política interna e internacional de Perú en el sentido de las conveniencias del régimen imperante. La prensa del resto del país estaba subvencionada y por consiguiente la prensa libre tuvo que desaparecer por obra de la dictadura. El gobierno personal y de fuerza contra las leyes y la opinión pública añoraba una gran victoria diplomática aún con desmedro de la patria. La dictadura de los 11 años sojuzgó todas las libertades públicas consumando su obra destructora con la organización de una burocracia envanecida por las prebendas e inspirada tan sólo por la consigna del gobernante a quien debía sus favores. A Loreto envió el Gobierno a las personas de más confianza para ocupar los diferentes cargos en la administración departamental, no para auscultar los sentimientos de la población, sino para ahogarlos. La actitud del prefecto de Loreto, encaminada a desprestigiar a todos los que no pensaban conforme a los deseos del jefe del estado, se comprueba en su comportamiento con el senador Arana, quien en repetidas ocasiones invocó su patriotismo insinuándole que informara al gobierno acerca de la inconveniencia e impopularidad del mencionado pacto. El prefecto de Loreto envió una carta al Presidente de la República manifestando que "este señor se ha dedicado a llevar a cabo una serie de intrigas contra mí porque no le dejo hacer lo que le place aquí, porque siempre ha contrarrestado su campaña contra el Gobierno, por el asunto Protocolo Salomón-Lozano". 17 Contrasta esta campaña de persecución del gobierno contra los defensores de la integridad territorial con la protección dispensada a los propagandistas del tratado, entre ellos un ex empleado de Marina, D. J. Constnate Hoyle, quien redactó un informe, acompañado de un plano, recomendando la aprobación de este pacto lesivo, que hizo circular entre todos los representantes del Congreso. 18 Se obstruyó todo esfuerzo que se opusiese al Tratado, mediante violencias y amenazas a los pocos peruanos patriotas que trataron de impedir la desmembración del territorio nacional. La policía secuestró en la Imprenta "La Tradición" la edición de los folletos del senador por Loreto sobre el Protocolo Salomón-Lozano, y se prohibió su circulación, ejerciendo una estricta vigilancia sobre su autor. Esta actitud, que afectaba a los fueros del Parlamento y a la libertad de expresión, motivó las protestas consiguientes en el Senado. 19 No obstante, el congreso regional del norte, en la legislatura de 1927, formuló su protesta contra el Tratado, considerando la situación jurídica de Perú sobre la zona que entonces se pretendía ceder, la obra colonizadora ya realizada por los habitantes de la región amazónica, la extensión del territorio objeto de la cesión -mayor que Portugal-y el peligro del condominio de Colombia en el Amazonas. Dicho congreso de Tumbes, el 23 de junio, tuvo una sesión secreta, en la que los diputados regionales por Loreto de San Martín decían que según nota editorial de La Prensa, de Lima, de 23 de mayo, el Tratado Salomón-Lozano, firmado el 24 de marzo de 1922 y ratificado por el Parlamento colombiano, había de serlo en el Congreso nacional peruano; que algunas cláusulas del Tratado se habían publicado por la prensa brasileña, que se reprodujeron en los diarios de Iquitos, originando una acalorada polémica sobre su veracidad, que fue confirmada por el cónsul de Brasil, Sr. Felippe de Mello; y que para que se pasase a las comisiones diplomáticas de las cámaras nacionales, con el acuerdo del congreso nacional, hacían la siguiente exposición: 1.o El carácter histórico de la soberanía peruana sobre los territorios objeto del tratado nace de la época de la colonización, en que la región de Maynas, después de haber pertenecido por seis años al Nuevo Reino de Granada, fundado el 29 de abril de 1717, extinguido éste, pasó al Virreinato del Perú y Audiencia de Quito. Posteriormente, en agosto de 1739, la gran cédula expedida en San Ildefonso restableció nuevamente el Virreinato de Santa Fe, estableciéndose el 2 de septiembre de 1772 las misiones de Maynas, hasta que, en vista de los informes de don Francisco Requena, gobernador y comandante general de las mencionadas Misiones, la opinión de los fiscales de la Corona delante del Consejo de Indias, a las consultas de 26 de marzo y de 7 de diciembre de 1801, y el parecer del Consejo sobre el modo de proceder el gobierno provisional de la provincia de Maynas, elevado por la Audiencia de Quito, Su Majestad el Rey decretó con data de 15 de julio de 1802: "Que se tenga por desligado del Virreinato de Santa Fe y de la Provincia de Quito, y aumentada con eso el Virreinato del Perú, el Gobierno y la Comandancia General de Maynas, con los pueblos del gobierno de Papallacta, por estar todos ellos en las márgenes del Napo o en sus inmediaciones, extendiéndose aquella Comandancia General no solo por el río Marañón abajo hasta las fronteras de las colonias portuguesas, sino también por todos los demás ríos que llevan sus aguas al mismo Marañón por sus márgenes septentrionales, como son: Morona, Pastaza, Ucayali, Napo, Javary, Putumayo, Jupurá y otros menos considerables hasta la altura en que estos mismos ríos, por sus saltos y correnteras inaccesibles, dejen de ser navegables". Cumplido este mandato por los virreyes del Perú y de Santa Fe, respectivamente, se estableció en 1810 el principio del "uti possidetis" americano que todos conocemos. Nuestra independencia en nada alteró lo establecido, y el Perú continuó y continúa ejerciendo su soberanía, manteniendo autoridades, sustentando guarniciones militares, establecimiento de misiones, instalación de trabajos industriales, navegación bajo nuestro pabellón con embarcaciones de vapor, torres de telegrafía sin hilo y escuelas. 2.o La colonización de esas regiones se llevó a cabo por los hijos y vecinos de los departamentos de San Martín y Amazonas, los que, con el sacrificio de sus vidas y exponiendo sus capitales, en medio de los infinitos peligros de la vida en las selvas, han vuelto efectivos los derechos de Perú hasta donde se encuentran los destacamentos actuales de las guarniciones militares, cuya exacta posesión puede consultarse en los mapas del Estado Mayor General del Ejército. Una de las casas peruanas, "The Peruvian Amazon Company", hizo y continúa haciendo una valiosa obra de civilización en la región de los ríos Putumayo y afluentes, reintegrando a la nacionalidad más de 20.000 indios que hoy son civilizados y llevan un apreciable contingente de brazos y energías al progreso de la montaña. IGLESIAS BRAGE EN LETICIA 3.o El Tratado Salomón-Lozano contempla la cesión a la República de Colombia de un territorio mayor que el de Portugal, pues llega a cien mil kilómetros cuadrados, incluyendo las zonas más ricas en productos gomíferos como "borracha, balata, chicle, etc.", que son también las tierras mejores del departamento de Loreto para la agricultura, constituyendo su despensa, por no inundarse y favorecer así una constante producción agrícola, que contrapesa la falta de ella en otras tierras bajas o inundables. Toda la actividad industrial y todo el comercio de Loreto se basa en la producción del sector señalado para formar parte del territorio colombiano, y sucede que después de los acuerdos con Brasil y Bolivia, por los cuales pasaron a formar parte de aquellas repúblicas zonas inmensamente ricas, hemos quedado con el único tesoro que valoriza nuestra región oriental y que, por doloroso contraste, es el objeto del tratado de referencia. 4.o Si nuestra frontera con el Brasil, Leticia, pasase a manos extranjeras, y junto con ella Pebas y otros poblados y con ellos las industrias establecidas, como son: haciendas de ganado vacuno, ingenios de azúcar, serrerías, etc., valuados en varios millones de soles, habremos asestado un golpe de muerte a la vida agonizante de Iquitos y de toda la región, pobre ya, con la vecindad de Colombia, que se expansionaría por el Amazonas, y llegaría a tal estado de postración que es fácil prever sus fatales consecuencias. Este alegato iba firmado por João Vergara, diputado regional por el Bajo Amazonas, Oswaldo Corpacho, diputado regional por el Ucayali, B. Antonio Acosta, diputado regional por Jurimaguas (Alto Amazonas) y Paulo del Aguila, diputado regional por Moyobamba. 20 La gente de Loreto también protestó, solicitando que se tuviese en cuenta sus deseos, pidiendo el nombramiento de una comisión parlamentaria que visitase la región comprendida en el Protocolo y que se consultase previamente la voluntad de los "regnícolas". La respuesta del Jefe del Estado es la prueba más expresiva de que para el régimen de fuerza imperante no valía nada la opinión pública. En un telegrama de contestación a una de las peticiones de que no se ratificase el tratado, Leguía le decía al prefecto coronel Molina Derteano lo siguiente: "Prefecto Coronel Molina Derteano -Iquitos-. Solo es excusable la actitud de los que me dirigen el radiograma relacionado con el Protocolo Salomón-Lozano, porque ignoran las verdaderas causas del Tratado con Colombia y no ven en él sino el daño 20 Ponto (O) de vista Peruano no conflicto Perú-Colombiano sobre o caso de Leticia. PEDRO LÓPEZ GÓMEZ de intereses personales o de carácter lugareño. Esa ignorancia sin embargo no excusa a los servidores públicos que con olvido de sus deberes y de la lealtad que deben al Régimen se unen a los que protestan de sus actos o pretenden enmendarlos. Mándeme Vd. una lista completa de todos los que se hallen en esa condición y haga usted saber de una manera general que, por la Constitución, el Presidente de la República tiene la gestión de los asuntos internacionales y es capaz para juzgar la conveniencia nacional de los tratados. Haga saber que no se permitirá ningún acto que se traduzca en obstrucción al cumplimiento del Tratado con Colombia. Recuérdeles Usted, que cuando se dio el fallo de Washington, también el Perú en masa, y hasta las damas de Lima, asumieron una actitud idéntica a la de los loretanos hoy, y que si el Gobierno entonces hubiera hecho lo que se le pidió del pobre Perú, no quedaría ahora sino el recuerdo de un pueblo torpe, degenerado e indigno. Con igual visión se va a aprobar el pacto con Colombia y su cumplimiento se traducirá en grandes bienes para el País. Ajuste Usted sus procedimientos a las deducciones que le sugiera el tenor de este radiograma. 21 De acuerdo con la orden recibida, el prefecto Molina mandó la lista de los firmantes que le había sido solicitada, en la que figuraban algunos funcionarios públicos que, por la actitud que habían asumido, fueron inmediatamente destituidos de sus cargos. El cumplimiento del Tratado Salomón-Lozano Perú hizo entrega a Colombia de los territorios que se especificaban en el tratado mediante una comisión, presidida por el prefecto de Loreto, que se constituyó en Leticia, mediante un acta final de 2 de agosto de 1930, suscrita en Iquitos por los señores Molina Derteano y Acevedo, jefe de la comisión colombiana, reduciéndose ésta a declarar la cesión territorial a favor de Perú de los territorios que le correspondía entregar a Colombia, sin un acto material que lo consolidase. La entrega se hizo en virtud de una orden telegráfica, perfectamente anticonstitucional, del dictador Leguía al mencionado prefecto. 23 Esta solución a la disputa fronteriza con Colombia, que le permitía contar con un puerto fluvial navegable en la cuenca del Amazonas, Leticia, aún a costa de penetrar profundamente en terrenos afirmados como peruanos, no fue la única que abordó el populista y poco escrupuloso Leguía. También resolvió el contencioso con Chile sobre las provincias fronterizas de Tacna y Arica, que debía haberse sometido a un plebiscito, como estipulaba el tratado de 1883, finalizada la guerra del Pacífico. Tras el intento infructuoso patrocinado por los norteamericanos de llevarlo adelante en 1926, Leguía negoció un tratado, firmado en 1929, que permitía el retorno de Tacna al Perú, pero admitió la pérdida definitiva de Arica. Como el pacto era razonable, las tensiones entre los dos países se apaciguaron gradualmente. Nacionalismo, autocracia y delimitación de fronteras La crisis de 1929 acabó con el gobierno de Leguía y sus manejos financieros, aunque el factor último fuera la insurrección del joven coronel Luis Sánchez Cerro el 22 de agosto de 1930, que lo detuvo y encarceló. Durante su gobierno se habían acentuado algunos males endémicos del país, como el caciquismo provinciano, el fraude electoral y la corrupción. Una junta provisional dio paso a nuevas elecciones y la campaña de 1931 se convirtió en una contienda entre Sánchez Cerro, con un partido nuevo, la Unión Revolucionaria, de tintes fascistas, y Haya de la Torre, propulsor del APRA, una suerte de radicalismo revolucionario antiyanki que evolucionaría con el tiempo para adaptarse a la situación peruana y no enfrentarse directamente con los EEUU y el gran capital. Pero Sánchez Cerro ganó las elecciones, encarceló a su rival, y propugnó un gobierno populista y nacionalistas, intentando también aplacar a los elementos que habían apoyado al APRA, impulsando algunas mejoras sociales. En esta línea, tomaría partido por un grupo de civilistas que capturó el puerto de Leticia en 1932, y amenazaba con la guerra a Colombia. El gobierno peruano no sólo desafió a la Liga de las Naciones en este problema, sino que envió el Grau, y dos submarinos remontando el Amazonas, para defender sus "derechos". 24 Fagg, John: Historia General de Latinoamérica. Morales Padrón, F.: Manual de Historia Universal. Historia General de América. El Congreso eligió como Presidente interino, con la aprobación del estamento militar, al general Oscar Benavides, perteneciente a la oligarquía criolla, que se concentró en apaciguar al APRA y a sus potenciales seguidores llevando adelante una serie de reformas sociales, y en el curso de las elecciones de 1936 prolongó su mandato con la ayuda del ejército y las clases pudientes. Entre la suave autocracia y las parciales reformas de Sánchez Cerro y de Benavides, la oligarquía pasó el peligroso escollo de la crisis y supo hacerse con el control de la situación, y en 1939 fue elegido Manuel Prado Ugarteche, cuyos métodos se asemejaron bastante a los de los dictadores del Eje, pero cooperó fielmente, sin embargo, con los EEUU, lo que le proporcionó una inapreciable ayuda en la disputa fronteriza con Ecuador. Ésta se arrastraba desde el Tratado de Pando-Novoa de 1832, y la intransigencia en los respectivos planteamientos llevaría a un enfrentamiento armado, con la ocupación de la provincia de El Oro por parte de Perú, pasando a estudiarse el asunto en la III Conferencia de Cancilleres de América, celebrada en Río de Janeiro, y concluyó con un beneficioso "protocolo de Paz, Amistad y Límites", el 29 de enero de 1942. 25 Es en este contexto en el que debemos situar la crisis de Leticia y la intervención de la Sociedad de Naciones, así como la presencia en el "Trapecio" de nuestro protagonista, Francisco Iglesias Brage. Morales Padrón, Historia General de América, págs. 524-526 correspondientes al epígrafe "La cuestión peruanoecuatoriana". Iglesias Brage y la Comisión de Administración del territorio de Leticia La Comisión de Administración del territorio de Leticia El día 19 de junio de 1933, a bordo del vapor colombiano "Mosquera", en el puerto de Tefé, Brasil, quedó constituida la Comisión de Administración del territorio de Leticia, con arreglo al acuerdo de 25 de mayo, y formada por Arthur W. Brown, Coronel del Ejército de los Estados Unidos de América del Norte, Alberto de Lemos Basto, Capitán de Fragata de la Marina de los Estados Unidos del Brasil, Francisco Yglesias Brage, 26 Capitán de Aviación de la República Española y Armando Mencía, del Secretariado General de la Sociedad de Naciones. Los tres primeros como Comisarios, y el último como Secretario General. 27 Pero ¿quién era este capitán de aviación español a quien se enviaba a una misión tan delicada? Veamos lo que decían de él a su llegada. Ingresó en la Academia de Ingenieros Militares en el año de 1918, de la cual salió con el grado de teniente en 1923. Fue destinado a Marruecos, a la zona occidental, en la que permaneció durante dos años, tomando parte en las operaciones 26 Iglesias aparece durante su actuación en Leticia escrito con Y griega: Yglesias. 28 He aquí la bibliografía más significativa sobre la vida de Iglesias: Escrigas, Guillermo: Ferrol en la aviación. [Prólogo de Germán Castro Tomé]. Consellería de Cultura e Xuventude, 1992, 124 págs., especialmente el capítulo del Comisario de la Exposición, Martínez García, Luis: "A Exposición Iglesias Brage e América", págs. 21-94. López Gómez, Pedro: "El Capitán Iglesias, un ferrolano en la historia de la aviación". Llorca Freire, Guillermo: "Iglesias Brage, Francisco", en Gran Enciclopedia Gallega, tomo XVII, Gijón, 1974, págs. 206-207. Se acompaña de un "Álbum-Recuerdo del Viaje de los Aviadores Españoles" (La Habana, 1929) y la Memoria "Expedición Iglesias al Amazonas. Proyecto Definitivo / Francisco Iglesias Brage" (Madrid, 1932), 144 págs., además del videocasete "Francisco Iglesias Brage: No centenario do seu nacemento, editado polo concello de Ferrol". Llorca Freire, Guillermo: "Tres aviadores ferrolanos", en La Voz de Galicia, 22 junio 1988. Nores Castro, Ricardo: "Tres aviadores", en Ferrol Diario, 21 de marzo de 1971. PEDRO LÓPEZ GÓMEZ militares que se llevaron a cabo por entonces como teniente de zapadores. Asistió a la ocupación de Xauen y a la campaña de 1924. Regresó a España en diciembre de este año para ingresar en la aviación militar, haciendo el curso necesario para obtener el título de observador. Volvió a Marruecos en mayo de 1925, esta vez a la zona oriental (Melilla) y en ella desarrolló sus actividades hasta fines de 1926. Participó en las campañas de la toma de Alhucemas y en la ocupación de la zona este del Protectorado español, siendo promovido al cargo de capitán por méritos de esta etapa, desarrollada en su calidad de observador y piloto del Servicio de Aviación en el Grupo de Escuadrillas de Melilla y Grupo de Escuadrillas Mixto. En septiembre de 1926 regresó otra vez a España a conseguir su título de piloto, y en los primeros meses de 1927 fue nombrado Inspector del Estado en la Fábrica de Aviones de Getafe (Madrid -Construcciones Aeronáuticas, S.A.) en la que desempeñó este cargo durante un año. Designado en unión del capitán Jiménez para intentar un vuelo de larga distancia, inspeccionó la construcción del avión "Jesús del Gran Poder", que se preparaba con aquel objeto. 29 En octubre de dicho año realizó un vuelo de 14 horas sin escala, hacia la costa del Sáhara, tomando tierra por avería. En marzo de 1928 hizo otro de 30 horas de duración, sobre España, elevando al doble el récord nacional de permanencia en el aire, obteniendo en unión del capitán Jiménez el premio del Aéreo Club. En mayo del mismo año salió con dirección a la India inglesa recorriendo 5.000 kilómetros sin escala, en 30 horas de vuelo, batiendo el récord nacional de distancia. Tomó tierra en las cercanías de Basora (Mesopotamia) -hoy Irak-por avería, permaneciendo sobre el desierto, en Irak y Palestina, durante tres meses, tras los que volvió a España en dos largos vuelos: Basora-Constantinopla en 14 horas, y Constantinopla-Barcelona en 13 horas. En febrero de 1929 comenzó los preparativos del vuelo hacia América, también en el "Jesús del Gran Poder", 30 con el que partió de Sevilla el 24 de marzo de este año, llegando a Bahía (Brasil) el día 26, después de atravesar el Atlántico en 44 horas de vuelo sin escala. Continuó el vuelo hacia Río de Janeiro-Montevideo-Buenos Aires-Santiago de Chile-Arica-Lima-Paita-Panamá-Managua-Guatemala y La Habana, cumplido con toda regularidad, con un recorrido total de 22.000 kilómetros. Parece que es en estos momentos cuando se despierta su interés por la Amazonía. 31 Regresó a España en un crucero de guerra español desde la isla de Cuba. Durante el viaje de Santiago de Chile a Lima fueron portadores, él y Jiménez, del Tratado de Tacna y Arica. El gobierno de Lima les otorgó la cruz peruana de Aviación. En 1930 desempeñó el cargo de profesor técnico en la Escuela de Pilotos de Guadalajara, y en 1931 de Inspector en la de Albacete. A partir de abril de este año se incorporó a la Jefatura de Aviación en el Ministerio de la Guerra, en donde trabajó hasta 1931, cuando pasó a la situación de supernumerario, hasta 1932, en que habiendo aprobado el Gobierno de la República el proyecto de Expedición Científica a la Región Amazónica, preparado con la colaboración de los principales centros y entidades científicas de España, pasó al Ministerio de Instrucción Pública a fin de organizar dicha Expedición. 32 30 Una selección de la bibliografía sobre el vuelo en su época y en su cincuentenario, en Álbum-recuerdo del viaje de los Aviadores Españoles Jiménez e Iglesias. Habana, [Rafael Pegudo, Amador Vales, Fernando Lescano], 1929, 34 h., fot. García Pérez, A.: "Cincuenta aniversario del vuelo del 'Jesús del Gran Poder'", en El País, 24 de marzo de 1979. "Homenaje ferrolano a Iglesias Brage en el cincuenta aniversario de su azaña", en La Voz de Galicia, 27 de marzo de 1979, pág. 47. "Mañana se cumplen 50 años del histórico vuelo del' Jesús del Gran Poder. El ayuntamiento ferrolano hará una ofrenda floral ante el monumento conmemorativo'", en La Voz de Galicia, 25 de marzo de 1979, pág. 27. Nores Castro, R.: "Cincuenta aniversario del vuelo del 'Jesús del Gran Poder'", en Ferrol Diario, 25 de marzo de 1979. R.L.: "El 'Jesús del Gran Poder' intentó batir el record mundial de distancia", en El Ideal Gallego, 27 de marzo de 1979. En estas circunstancias fue designado por la Sociedad de Naciones para formar parte de la Comisión de Administración del Territorio de Leticia. Pero el comisionado español no era sólo un héroe nacional, famoso en un sector punta de la técnica, como era en aquel momento la aviación, 33 y muy conocido en América por su proeza; ni tan sólo un gran hombre de empresa, capaz de organizar una gran expedición en la que implicó a todos los organismos de relevancia de su país, y al mismo gobierno, por medio de un patronato oficial, con sus proyectos, presupuestos, publicaciones, etc., y que despertó un enorme entusiasmo entre sus compatriotas. 34 Era algo más que todo eso, por sus dotes personales, su simpatía, su cultura y su talante abierto y jovial y sus tendencias personales políticamente incorrectas. En Madrid frecuentó al grupo de poetas y escritores que hoy denominamos generación del 27, y que se reunían a menudo en casa del encargado de la embajada chilena, Carlos Morla, que nos ha dejado una narración 35 de sus contactos con García Lorca, Manolo Altolaguirre, Vicente Huidobro, Luis Cernuda, María de Maeztu, etc., y de sus recuerdos madrileños. Por cierto que Morla tuvo una actuación humanitaria muy valiente durante la guerra civil a través de su embajada. En resumen, se trataba de un comisionado muy especial el que acudía a Leticia con el simple rango de capitán de aviación. Primeras actuaciones de la Comisión Al constituirse la comisión de administración como tal, una de sus primeras medidas fue adoptar un título oficial: "Comisión de Administración del Territorio de Leticia"; y una bandera, formada por un rectángulo blan-33 López Gómez, Pedro: "El Capitán Iglesias, un ferrolano en la historia de la aviación", en La Voz de Galicia, (I), martes, 27 de marzo de 1979, pág. 48, y (II), miércoles, 28 de marzo de 1979, págs. 20-21. 34 Sobre la Expedición Iglesias al Amazonas, véanse: Crónica de la Expedición Científica al Amazonas. Escrigas, Guillermo: "Iglesias Brage.'El sueño americano'", en Ferrol Análisis, 3, junio de 1992, págs. 38-41. Expedición Iglesias al Amazonas. (Publicaciones de la Expedición Iglesias al Amazonas, n.o 1). Llorca Freire, G.: "Iglesias Brage y la expedición al Amazonas", en Ferrol Diario, 15 de abril de 1979. López Gómez, Pedro: La Expedición Iglesias al Alto Amazonas. "Iglesia Brage y la expedición al Amazonas", en Ferrol Diario, 15 de junio de 1979. Verde, Ana: "As culturas amazónicas obxecto de interese para Iglesias Brage", en Iglesias Brage e América. Tomo LVIII, 2, 2001 co con la siguiente inscripción en azul obscuro: "Sociedad de Naciones-Comisión de Leticia". Las tropas puestas a disposición de la Comisión por el gobierno colombiano llevarían como distintivo un brazalete blanco con las letras S D N en azul obscuro sobre su uniforme. Se determinó que la presidencia fuera rotatoria entre los tres comisarios, y por orden alfabético de países (América del Norte, Brasil, España) y su duración de un mes. La evacuación del puerto de Leticia y su entrega a la Comisión por el prefecto del departamento de Loreto, César A. Velarde Más, designado a este efecto por el gobierno de Perú, tuvo lugar el día 23 de junio con toda normalidad y, en consecuencia, la Comisión ordenó al coronel Luis Acevedo, que mandaba las fuerzas colombianas puestas a disposición de la Comisión, que se detuviese en Esperanza el vapor que conducía a las tropas y que sólo 50 hombres se trasladasen al vapor Mosquera para continuar hacia Leticia. Convocados los habitantes de Leticia para establecer con ellos un primer contacto, el capitán Iglesias leyó el acuerdo de 25 de mayo a los 25 habitantes, y al manifestar que sería izada nuevamente la bandera colombiana junto con el distintivo de la Comisión, surgió entre ellos, que eran todos peruanos, un conato de rebeldía que Iglesias sofocó por la persuasión. 36 Al parecer la población ignoraba los términos del acuerdo entre Colombia y Perú, y los peruanos se sentían preocupados por la posibilidad de que llegasen autoridades colombianas. El ambiente era pro-peruano. El 28 de julio, pocos días después de la llegada de la Comisión a Leticia y de la evacuación del territorio, se sublevaron en Iquitos varios oficiales y suboficiales como protesta contra la posible entrega de Leticia a Colombia. Un oficial -el jefe del movimiento-fue condenado a 20 años de prisión; otros tres oficiales fueron expulsados del servicio; once suboficiales y soldados a penas diversas entre 15 y 1 años de prisión. Los habitantes de Loreto manifestaban abiertamente que se sentían dispuestos a actuar de nuevo por la fuerza en el caso de que el territorio de Leticia no volviese al Perú en virtud de las negociaciones que se iban a llevar a cabo. Sin embargo, se aceptaba la entrega de los territorios al margen del río Putumayo a Colombia a condición de que el trapecio de Leticia quedase peruano. Diversos incidentes ocurridos en julio entre los moradores de Leticia y soldados inclinaron a la Comisión a pedir privadamente al gobierno colombiano la sustitución del coronel Acevedo por no cooperar a la política de la Comisión y no ser grata su autoridad para los moradores; fue reemplazado por el mayor Julio Londoño. El 24 del mismo mes Iglesias partirá hacia Iquitos, aceptando la invitación del vicecónsul de España, en nombre de la colonia española, a bordo del buque peruano Norona, viaje que tendrá complicadas repercusiones posteriores. El 8 de agosto la Comisión hizo constar la recepción de un memorial firmado por los habitantes del "Trapecio" en que exponían sus sentimientos y hacían consideraciones e indicaciones respecto a la cuestión de Leticia y el tratado Salomón-Lozano, y se pedía mediante una solicitud firmada por los señores J.E. Giles, Isidro Ruiz, Andrés Fonseca, Alberto Zúñiga, y mil doscientas firmas más, que se entregara a la Sociedad de Naciones. 38 En el mes de septiembre se produjo el asunto Mencía, y la Comisión, presidida por Iglesias en aquel momento, consiguió de la Sociedad de Naciones que se ordenase a aquél regresar a Ginebra y hacer entrega de la propiedad y archivos de la Comisión, lo que efectuó el 21, partiendo hacia Bogotá el día 25. Esto será el arranque de una violenta campaña contra la Comisión, y especialmente contra Iglesias, que vamos a detallar a continuación. Las campañas contra Iglesias Brage El embajador español en París, Salvador de Madariaga, comunicaba al Ministro de Estado español, en escrito de 23 de octubre, las preocupaciones de la delegación colombiana en Ginebra y en París sobre la actuación de la Comisión de Leticia y especialmente sobre el capitán Iglesias, que se centraban en el choque con Mencía, que tuvo que abandonar el puesto, en la no utilización de las tropas colombianas y en la actitud supuestamente pro-peruana de Iglesias. El comisario español, el 14 de noviembre, en uno de sus extensísimos escritos, éste al Ministro de Estado, sobre los supuestos anteriores, recusa 38 IB, 148 (1). Tomo LVIII, 2, 2001 dichas acusaciones, afirmando haber establecido el orden y haber actuado con imparcialidad, informando de todo ello a la Sociedad de Naciones y al gobierno colombiano, sin que haya tenido queja alguna oficial, actuando siempre mediante acuerdos tomados por unanimidad entre los comisarios, y rehusando la aplicación de una política de fuerza, consiguiendo con ello la tranquilidad del territorio en los cinco meses que duraba su actuación. Según él, la opinión colombiana, el partido conservador en la oposición y parte del liberal en el gobierno, y altos jefes y oficiales del ejército, eran contrarios no a la actuación de la Comisión, sino al acuerdo y a los diplomáticos colombianos que firmaron el tratado, aspirando al uso de la fuerza contra Perú, lo que se manifestaba en la actitud de los jefes de tropa puestos a disposición de la Comisión. El Gobierno, por su parte, se veía obligado a defenderse y mantenía el equívoco de que administraba el territorio por intermedio de la Comisión, lo que, al no ser así, originaba su hostilidad contra ella. La destitución del Dr. Armando Mencía, por su incapacidad y sus relaciones secretas con el funcionario colombiano Dr. Antonio Carvajal, asesor jurídico de la Comisión, retirado de su servicio a petición del comisario comandante Lemos Basto, motivó, fomentada por aquellos, una campaña de prensa contra la Comisión y los comisarios en el diario El Tiempo, propiedad del Dr. Eduardo Santos, que fue uno de los gestores del acuerdo. En cuanto al uso de un mayor número de fuerzas, sostiene Iglesias que, aparte de provocar al Perú, no ayudaría a las negociaciones entre los dos países en Río de Janeiro. Finaliza Iglesias indicando que las recomendaciones del Gobierno español no pueden ser consideradas por la Comisión, pues sería una intromisión en el mandato que ejercen por la Sociedad de Naciones. Ya veremos cómo esta postura aséptica de Iglesias forzaría su dimisión. 40 En el mes de noviembre Iglesias realizaría una visita a Bogotá, donde encontró "denso ambiente hostilidad Comisión por fuerte oposición política desarrollada cámara Senado contra Acuerdo Ginebra y campaña prensa realizada por Nieto Caballero contra Comisión y Comisarios particularmente contra mí inspirada por Mencía". 41 Según informaba el embajador español en Bogotá, Arregui, al Ministro de Estado, Sánchez Albornoz, 42 las entrevistas de Iglesias con el Presidente y con el Ministro de Relaciones Exteriores disiparon recelos y restablecieron la armonía; no obstante, aparecieron nuevos artículos críticos en El Tiempo con motivo de la llegada del nuevo Secretario de la Sociedad de Naciones, lo que a su entender revelaba un doble juego por parte de los dirigentes colombianos, cuya actitud "vacilante y ambigua" correspondía al "carácter de este pueblo suspicaz, receloso y altivo". En otro informe al Ministro de Estado, de 11 de diciembre, Iglesias añade a los anteriores comentarios otros sobre las preocupaciones expresadas por el Sr. Santos a Madariaga sobre que él, Iglesias, "no es todo lo imparcial que debiera" por tener como interés predominante su proyecto de expedición al Amazonas, que habría de tener como base inevitable a Iquitos. El capitán español, irritado, dice que "No puede admitirse que el Territorio de Leticia adquiera carácter colombiano por el mero hecho de llenarlo de tropas colombianas... ya que fuera del propio poblado no hay en todo el territorio moradores colombianos que son los que puedan darle principalmente dicho carácter"; en cuanto a la expedición al Amazonas, dice que nadie sabe sus planes, y no se ha dedicado a ellos durante su estancia en Leticia, rechazando las ofertas de ayuda de ambos gobiernos para no herir susceptibilidades; y en cuanto a las bases de la expedición, según el proyecto elevado al Ministro de Intrucción Pública de España en mayo de 1932, y editado y repartido a los Gobierno de Colombia y Perú, se especificaban en él las que serían: 4 en Colombia, 3 en Ecuador, 2 en Brasil y 1 en Perú, Iquitos tan solamente. Como consecuencia de la campaña, y a pesar de la solidaridad del resto de los miembros de la Comisión, Iglesias presentó su dimisión para salvaguardar su propia dignidad y no continuar envuelto en la atmósfera de hostilidad e injusticia desatada, así como para no entorpecer la labor de la Comisión. 43 El Gobierno colombiano, preocupado por el curso de los acontecimientos, presionó al Gobierno español para que Iglesias retirase su renuncia, lo que le solicitan también de la Sociedad de Naciones, manifestándole que confiaban en su gestión, 44 a lo que accede Iglesias, comunicándolo 43 IB, 146 (1). Telegrama de Iglesias al Embajador Arregui, de 13 de diciembre de 1933, y telegrama al Secretario General de la Sociedad de Naciones, n.o 319, de 13 de diciembre, presentando su renuncia; telegrama de los Comisarios Brown y Lemos Basto al Secretario General de la Sociedad de Naciones, n.o 317, de 13 de diciembre, apoyando a Iglesias y expresando su temor a que renunciase. Telegrama del Secretario de la Sociedad de Naciones, dirigido a Iglesias, del día 16 de diciembre de 1933. Tomo LVIII, 2, 2001 al Secretariado el día 18, indicando que espera que el Gobierno colombiano hiciera una declaración pública de confianza. La campaña, sin embargo, continuó. El embajador Arregui, en carta de 7 de diciembre, informa a Iglesias de los nuevos ataques de Mundo al día y El Tiempo, éstos por parte de Guizado y Nieto Caballero, que le presentan como amigo incondicional del Perú, "su mejor abogado defensor", poniendo esta frase en boca del jefe de las fuerzas navales del nor-oriente del Perú, Aurelio de la Guerra, y también de la petición de renuncia que le hace la asustada colonia española de Bogotá. En otra del día 9 le comenta el frenazo en la campaña de prensa y el interés del Ministro de Relaciones Exteriores de que continúe en su comisión hasta el final del mandato, pues se presenta como novedad imprevista la posibilidad de dimisión de Iglesias. Éste, a consecuencia de toda esta campaña, envía unos informes a Salvador de Madariaga -9 de diciembre-en los que aporta como novedad sobre lo anterior los ataques que caen sobre la Comisión por el hecho de estar compuesta por militares, incapaces, según dicen, de comprender el espíritu del Acuerdo de Ginebra y todo el enjambre de juridicidad que lo rodea. Incluye una larga queja sobre las deficiencias que ha tenido que soportar la Comisión, no por las condiciones de la región, sino por "la falta de organización con que se llevan a cabo todas las cosas por parte de los colombianos", mencionando expresamente el correo, cuyos retrasos obligaron a la Comisión a utilizar también los correos del Perú por la vía de Iquitos; quejas que se extienden a las personas colombianas que convivían con ellos, que según les habían dicho "por su rango social y su cultura haría grata la vida en Leticia de la Comisión". En cuanto al territorio, afirma que "tiene un marcado carácter peruano. Colombia no tiene aquí raíces ni intereses de ninguna clase... Este trozo, actualmente de Colombia, es una isla en medio de un territorio extranjero"; pero también ve claro que esa cuestión no tiene que ver con la misión de la Comisión, que es "administrar el territorio por mandato de la Sociedad de Naciones en nombre del Gobierno de Colombia... atendiendo de un modo muy especial a mantener el orden en el territorio", 45 lo que no impide que los Comisarios tengan su juicio personal y reservado del problema de Leticia. Ya el 4 de diciembre de 1933, la Comisión escribía (n.o 633) al Dr. Pedro María Carreño, encargado del Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia, exponiéndole el criterio de que la Comisión no era delegada del Gobierno de Colombia, reemplazando al intendente, sino que, según el acuerdo de 25 de mayo, el Gobierno de Colombia confió la administración del Territorio a la Sociedad de Naciones para que lo administrase durante un año por medio de la Comisión. Como se ve se trata de dos criterios difícilmente compatibles. PEDRO LÓPEZ GÓMEZ los oficiales del ejército dicen que, según conversaciones tenidas con ellos en Bogotá, si se entregase Leticia irían a la revolución y se harían cargo del gobierno, pues piensan estar bien preparados sabiendo que no existe comparación posible entre ambos ejércitos, y lo mismo con la aviación y la marina; los peruanos, en caso de guerra, tomarían el islote estratégico de Leticia y la guerra se trasladaría inmediatamente al Pacífico, por lo que convenía definir la actitud de la Sociedad de Naciones al respecto. Iglesias, pese a la postura del Gobierno colombiano, no se llama a engaño. En carta a Arregui de 22 de diciembre, manifiesta su convencimiento de que fue aquél el iniciador de la campaña contra él, que ha rebasado los términos en que se había encauzado. Considera que todo ha terminado de manera satisfactoria para el Gobierno de Colombia, para el de España y para la Sociedad de Naciones, pero no para él. "Ser imparcial entre Colombia y Perú y a la vez servir determinados intereses que España pueda tener en Colombia es imposible y absurdo... Por esto creo que estoy en un simple compás de espera, ya que más tarde o más temprano esa contradicción se pondrá tan de relieve que yo me veré obligado a presentar nuevamente mi renuncia. Esto sin contar con la posibilidad de que la prensa de Colombia continúe con la actitud ya iniciada". Su claridad de juicio queda explicitada más ampliamente en el informe n.o 4, de 6 de enero de 1934, que envía al Ministro de Estado Español, 46 contestando una orden reservada dirigida a la Legación, de 21 de octubre de 1933, y recibida en ésta el 11 de diciembre (no olvidemos la lentitud de los correos). En la orden se incluían recomendaciones e instrucciones en relación con el desempeño de la misión de Iglesias, incompatibles a juicio de éste con los deberes del cargo de Comisario, y, a pesar de su deseo y voluntad de servir a la vez los elevados intereses de la patria, estima que no le será posible atender aquellas instrucciones y recomendaciones, pues aunque depende exclusivamente de la Sociedad de Naciones no desea desempeñar su misión sin la aprobación y plena confianza del Gobierno de España, y analiza la situación con una exposición dividida en cuatro puntos que parece importante resumir: 1.o Sobre la misión de la Comisión de Leticia, y respecto a lo que dice el Ministro de que "la finalidad esencial de la misma es la restauración de la soberanía colombiana en Leticia", esta insistencia del Ministerio en fijar la interpretación del mandato dado a la Comisión supone una ignorancia inad-46 IB, 146 (3). Tomo LVIII, 2, 2001 misible, y además, el criterio del Gobierno de España es erróneo, pues la misión de la Comisión es simplemente administrar el territorio de Leticia. 2.o Sobre política internacional de España en América, que afirma el Ministro "es de absoluta neutralidad en los conflictos", él estimaba que la solicitud española de entrar en la Comisión suponía entrar en la cuestión a fondo, detallando el clima prebélico existente entre los dos países contenciosos y sus causas, y afirma que aún cuando los Comisarios no entren a discutir el problema de fondo que supone el conflicto de Leticia, España corre el riesgo de que la opinión pública de uno de estos países se sienta resentida y dolorida por su intervención, por lo que el Gobierno español debió abstenerse de proponer un delegado español, pero pesó más en el ánimo del Gobierno el realizar un acto de simpatía hacia Colombia. 3.o Sobre la política de España respecto a Colombia, el Gobierno quiere desvanecer la mala impresión causada por la negativa a vender el crucero "Dato", llevando una política de aproximación a este país, de lo que Iglesias deduce que España tuvo especial empeño en intervenir en el conflicto de Leticia en el momento en que su intervención podía ser grata a los colombianos, es decir, en el momento en que por el Acuerdo de Ginebra se reconocían sus derechos sobre dicho territorio, y se encargaba -según la creencia del Gobierno español-de reintegrarlo la Comisión a Colombia, razón de más para haberse inhibido de la cuestión y no intervenir en la actuación de la Comisión, como no lo han hecho ni Brasil ni Estados Unidos. 4.o Y en cuanto a las recomendaciones para el desempeño de su labor, que debe revestirse de la máxima neutralidad e imparcialidad absoluta, al aceptar el cargo, el Subsecretario del Ministerio de Estado le manifestó a él personalmente que no dependía del Gobierno de España, sino de la Sociedad de Naciones, y que no consideraba oportuno darle instrucciones ni sugerencias de ningún género, criterio que se ha seguido durante cuatro meses y que no se sigue en ese momento. Considera que es imposible ser justo e imparcial y atender la política de simpatía y aproximación entre España y Colombia. La postura de Iglesias era íntegramente apoyada por Arregui, quien le dice comentando su escrito: "me parece una catilinaria admirable contra el Sr. Sánchez Albornoz (¡que lástima que no esté, ya en Estado... para ese solo efecto!) y sus erróneos puntos de vista con respecto a la actitud que debe adoptar España en el litigio colombo-peruano". Mientras tanto, la Comisión continúa sus tareas. El 10 de enero de 1934 se plantea la fecha final de su mandato, que estima debe ser el 23 de junio, y para entonces, y con instrucciones de la Liga para ello, debería dejarse provista a Leticia del número de fuerzas colombianas que el Gobierno colombiano estimara precisas, 15 días antes de abandonar la Comisión el territorio. El Archivo debía ser enviado a Ginebra; y los trabajos pendientes deberían estar finalizados para entonces; se trataba de trabajos públicos de higiene y vías de comunicación, que daban ocupación a trabajadores de la zona, y del censo de población del territorio. Llegan entre tanto, con retraso debido al correo, nuevas órdenes del Ministro de Estado, fechadas el 26 de diciembre de 1933, firmadas por Leandro Pita Romero, que constituyen un modelo de impertinencia y patriotería. La contestación de Iglesias se hace más radical, y tras recordar que no puede ni debe convertirse en el representante oficioso de España, y rechazar los planteamientos respecto al aumento de tropas en el territorio, pues con ello no se evitará el choque armado si fracasan las negociaciones entre los dos países, acepta que si se produjese tal choque se señalaría a la Comisión y a él en particular como responsables, responsabilidad que puede recaer en España, consecuencias previsibles si se hubiera estudiado a fondo la cuestión de Leticia, por todo lo cual presenta su renuncia. Una nueva campaña difamatoria de prensa se desató por estas fechas en El Tiempo y El País contra Iglesias como agente entregado al servicio de la nación vecina; aunque el Ministerio de Relaciones Exteriores desmiente este supuesto, Iglesias comunica oficialmente su dimisión. Arregui se solidarizó con él y con su actuación en Leticia, y planea marcharse del país, por el comportamiento del Gobierno español y su política de contemplaciones absurdas y asqueado -dice-por el comportamiento del Gobierno colombiano que justificaba los editoriales contra Iglesias en que "la oficina de censura de Prensa del Ministerio de la Guerra estaba cerrada por la tarde y por ello no pudo evitarse que El Tiempo publicara el primer artículo agresivo". La dimisión de Iglesias no fue hecha pública en Bogotá hasta el día 16, desde el 10. Naturalmente, a partir de este momento llueven los elogios y las felicitaciones sobre él, algunas tan curiosas como la de Román Casas: "El más humilde de los españoles le suplica no rebocar (sic) su renuncia; jamás hará nada satisfactorio por el solo hecho de ser español. Regrese a la madre patria donde sí le saben preciar lo que vale". Tomo LVIII, 2, 2001 Nuevas presiones para que retirase su dimisión fueron rechazadas con dignidad por Iglesias. El nuevo delegado español será un tal Giráldez. El secretario de la Comisión, García Palacios, en un informe de 1 de abril de 1934 al Sr. Walters, Subsecretario General de la Sociedad de Naciones, afirmaba "que quería dejar claro que el capitán Iglesias ha sido la víctima expiatoria de la lucha de partidos en Colombia. El Partido Conservador, que ataca constantemente el acuerdo de Ginebra ha encontrado en él su víctima para lanzar sus dardos contra el partido liberal que está en el poder actualmente. Se ha jugado a la ligera con el honor de un hombre que se ha entregado a su tarea con todo su ardor, su inteligencia, su comprensión del problema y su gran lealtad".48 Etapa final de la Comisión de Administración Iglesias había polarizado, por lo fuerte de su personalidad, toda la atracción de las diversas tensiones existentes en torno a Leticia; su marcha sólo sirvió para desvelarlas con más claridad. Una reparación de última hora se le hizo indirectamente, al cesar la Secretaría de la Sociedad de Naciones a Mencía en su cargo, por decisión unánime de los cuatro miembros del Comité Judicial de la Secretaría, de acuerdo con las normas de personal, y por su conducta, lo que se comunicó a los miembros de la Comisión de Leticia por T. Azcárate, el 24 de enero de 1934. Por su parte, García Palacios, que continuó carteándose con Iglesias, también fue difamado en un libro escrito por el antiguo secretario de la Legación colombiana en Buenos Aires, acusándole de peruanofilia, lo que produjo en Iglesias "una verdadera sensación de consuelo al comprobar que la conducta de la mayoría de los colombianos con la Comisión fue un tanto rastrera". Iglesias hacía una serie de consideraciones al leer en el Diario Oficial de la Sociedad de Naciones de julio de 1934 los informes de la Comisión, redactados casi íntegramente por él -excepto el final-, al ver rectificadas las declaraciones sobre sus entrevistas con el Presidente de la República, Olalla Herrera, que le llenan de indignación, y comprobar que no se incluye el informe que dejó escrito a la Comisión a la salida del trapecio, y afirmaba "que Colombia había cumplido el acuerdo de Ginebra como le daba la gana; y otra, que la Sociedad de Naciones y la Comisión, que era su representante, no habían tenido fuerza moral ni material para imponerse al Gobierno de aquel país".49 Epílogo Después de su dimisión, Iglesias efectuó un largo y sosegado viaje por el Amazonas abajo, dedicándose a recoger utensilios etnográficos y ejemplares de fauna y flora amazónicas,50 en cuya catalogación contó con la ayuda experta del Director del Museo Comercial de Belem de Pará, Mr. Paul Leccinte; y de una colección de animales (serpientes, aves, felinos, etc.), adquirida en Leticia y engrosada en Manaos, que descansaron más de un mes en el magnífico parque zoológico del Museo Goeldi, y que perecieron en gran parte en el posterior viaje hacia España, pasando el resto al Parque Zoológico de Madrid. En esta ciudad montó una gran exposición de etnografía amazónica,51 que tuvo un éxito enorme, y que contribuyó a extender el interés por los preparativos de la expedición que se organizaba bajo la protección del Gobierno de la República, y que tendría que suspenderse por la crisis político-económica previa a la Guerra Civil del 36. En cuanto a las conversaciones entre Colombia y Perú, el 25 de mayo de 1934, un año después del acuerdo de Ginebra, los dos países firmaban un acuerdo en Río de Janeiro por el que se reanudaban las relaciones diplomáticas, rotas a raíz de los sucesos de Leticia; se reconocía el tratado de límites de 1922 como uno de los vínculos jurídicos que les unía; se planteaba la desmilitarización de la frontera; se creaba una comisión mixta de tres miembros, con la inclusión de Brasil; y se establecía la libertad de navegación fluvial entre los ríos comunes para los dos países, con la creación de un sistema aduanero especial. Anexo: el archivo del coronel Iglesias Brage Este fondo documental, de singular importancia, reflejo de la que tuvo su propietario, formaba parte en realidad de un conjunto mayor, integrado, además, por su Biblioteca y su Colección etnográfica, 53 todo ello muy valioso en relación a la Historia Contemporánea de América. El Archivo fue depositado inicialmente en el Archivo Histórico Provincial de Pontevedra (AHP-Po), en espera de que finalizaran los lentos trámites administrativos para su adquisición, por parte del Estado, a sus herederas, con la intención de incorporarlo a este Centro, lo que se efectuó en 1983. Posteriormente, en 1992, pasó, por intercambio, al Archivo del Reino de Galicia (ARG), en la ciudad de A Coruña, donde se custodia en la actualidad. Está formado por 158 legajos, con documentos de los años 1911 a 1972 54 a los que hay que añadir las colecciones iconográficas y cartográficas (516 títulos), fotográficas (sin cuantificar) y algunos documentos de procedencia incierta que forman colección documental separada. La identificación de sus documentos dio origen a una organización y clasificación inicial, 55 y que serviría de base para la definitiva, que es la siguiente: Clasificación de los fondos del Archivo del Coronel Francisco Iglesias Brage 56
Luego de hacer un breve repaso sobre alguna literatura general relevante acerca del proceso de formación del Estado, el autor se centra en el caso peruano durante el siglo XX, tratando de justificar una periodización distinta a la usualmente utilizada en las ciencias sociales peruanas para, finalmente, llegar a algunas preguntas acerca de si el Estado peruano ha podido constituirse o no en un actor racional. El propósito de las siguientes páginas es modesto: sólo destacar algunas "pistas" importantes para tratar de comprender el complejo proceso de construcción del Estado en el Perú durante el siglo XX, a partir de dos tensiones básicas: La primera tensión es la que se expresa entre los intentos por construir un poder central (el Estado como arena de resolución de conflictos) y la persistencia de los privilegios de los poderes privados. La segunda tensión se manifiesta en la pugna de los sectores sociales excluidos para abrir el sistema y ampliar la base ciudadana del Estado (conquista de derechos) y el esfuerzo de las elites que controlan el aparato estatal para incorporar -sólo segmentadamente-a ciertos sectores sociales al sistema político. En lo posible, evito caer en dicotomías que pueden reducir el análisis, como la que separa lo nacional-popular de lo nacional-estatal. 1 Prefiero ubicar mi perspectiva en el entendimiento de que la sociedad y el Estado son partes de una misma relación. En esta línea argumentativa se ubica, por ejemplo, el trabajo de David Nugent 2 quien, después de hacer una revisión bibliográfica sobre el tema del Estado, señala que las relaciones entre éste y la sociedad hay que entenderlas como compuestas tanto por la cooperación como por el conflicto, y no sólo por la permanente oposición. Una aplicación de este modo de entender las relaciones recíprocas de las clases subalternas y el Estado es la que nos ofrece Viviane Brachet quien, 1 Portantiero, Juan Carlos: "Lo nacional-popular y la alternativa democrática en América Latina", en Henry Pease et. al.: América Latina 80: democracia y movimiento popular, Lima, 1981. 96, núm. 2, junio, 1994. utilizando el concepto de "pacto de dominación",3 logra una interesante relectura del proceso político mexicano, cuestiona el análisis hegemónico que consiste en afirmar que el Estado siempre ha poseido la iniciativa en el tema de las reformas a aplicar y revela el papel principalísimo que han cumplido las clases subalternas en la definición de las políticas estatales. En consecuencia, el Estado y la sociedad interactúan permanentemente y ayudan a transformarse y a constituirse; no se les puede entender por separado. De una manera algo forzada, pero espero que ilustrativa, puedo afirmar que el proceso del Estado peruano en el siglo XX tiene algo de paradójico: ha vuelto al punto donde comenzó, es decir, el del manejo privatizado del poder. Si bien en el largo período que comprende un siglo las clases subalternas conquistaron espacios a manera de oleadas -o de "incursiones democratizadoras", como prefiere denominar Sinesio López4 a las conquistas democráticas de las clases populares-, desde los años ochenta, luego de más de una década de violencia política, crisis económica y ciertos grados de descomposición social, la sociedad peruana se encuentra exhausta y con capacidad de resguardar sólo lo que le resulta urgente e imprescindible, especialmente actividades ligadas a la supervivencia. En ese contexto es relativamente explicable que ciertos derechos civiles y sociales -vulnerados por el régimen autoritario del ingeniero Alberto Fujimori (1990-2000)-no sean considerados por los sectores mayoritarios como "artículos de primera necesidad" y el manejo privatizado del Estado haya tenido carta libre. El proceso del Estado nacional: aspectos teóricos generales Históricamente, la consolidación del Estado nacional es producto de un proceso sumamente largo. Ha sido usual que, teniendo como referentes clásicos a los procesos formativos de los estados nacionales europeo-occidentales, los estudios historiográficos se hayan caracterizado por establecer cortes temporales en los grandes momentos de la historia: Antigüedad, Feudalismo, Época Moderna. La consecuencia de esta estrategia metodo-lógica es que dejó rezagada de los análisis la profunda vinculación que existe entre esas etapas en los momentos transicionales. En este sentido, Perry Anderson5 es un renovador en la manera de entender el proceso formativo del Estado en Europa. Su análisis parte del estudio del mundo antiguo para poder iluminar la manera cómo surgió el feudalismo que, a pesar de ser distinta a la época anterior, no significó una ruptura radical y sin herencia. De igual modo, Anderson analiza la transición ocurrida entre la crisis del feudalismo y la aparición del Estado Absolutista. El mencionado autor parte de la premisa metodológica siguiente: que no hay un tiempo homogéneo en la aparición, desarrollo y crisis del Absolutismo, sino que las variaciones pueden explicarse en función de cada entorno nacional, aun cuando exista un patrón básico que singularice a dicho Estado. 6 La importancia que asume el estudio del Estado para Anderson consiste en que es en él, en tanto representante por excelencia de lo político, donde se resuelven las contradicciones entre las clases. En otras palabras, no se trata de privilegiar sólo una historia "desde abajo" que se centralice en las luchas de las clases sociales por conquistar el dominio; se hace necesario también el estudio "desde arriba" para tener una imagen completa de los procesos históricos. En la misma línea argumentativa, Arno Mayer7 estudia el proceso contradictorio que dio paso a la sociedad moderna, para lo cual parte de tres premisas. La primera es que las dos guerras mundiales del siglo XX están íntimamente ligadas, constituyendo lo que llama la Guerra de los Treinta Años. La segunda es que la Gran Guerra (1914-1918) fue producto del intento del Antiguo Régimen por mantenerse con vida frente a la sociedad moderna e industrial, capitalista en suma. La tercera, y más importante, es que el Antiguo Régimen "era totalmente preindustrial y preburgués". Con ello, Mayer desea demostrar que el Antiguo Régimen persistió hasta bien entrado el siglo XX, contradiciendo a la mayoría de estudios historiográficos que señalaban que había sido eliminado definitivamente en 1789. El tema es, pues, las modalidades que ocurren en las transiciones de una organización económica, política y social a otra. De lo que se trata es de entender el proceso constitutivo del Estado en momentos de transición de un ordenamiento social a otro. Michael Mann8 señala que son cuatro las actividades principales del Estado: mantener el orden interno, la guerra externa, mantener la infraestructura de comunicaciones y la redistribución económica. Si bien éstas pueden ser emprendidas tanto por la sociedad entera como por grupos de interés, quien más eficazmente las emprende es el personal de un Estado central. Ello permite al Estado comprometer a grupos no sólo distintos sino incluso contrapuestos, pudiendo oponerlos para mantener cierto nivel de autonomía con respecto a ellos. Dicha característica es más visible en lo que Mann llama "Estado transicional", ubicado en medio de "profundas transformaciones económicas de un modo de producción a otro". En esta situación no existe una clase económica dominante, y el Estado tiene la posibilidad de enfrentar a los grupos emergentes contra los tradicionales. El elemento que define al Estado nación, siempre según Mann, es su naturaleza "institucional, territorial, centralizada". Además, el Estado combina formas de poder -económico, militar e ideológico-presentes en todas las relaciones sociales. No obstante, sólo el Estado está centralizado con respecto a "un territorio delimitado sobre el que tiene el poder autoritario". El Estado se constituye tanto en un lugar central como con un alcance territorial unificado. De aquí deviene el poder autónomo estatal, pues tiene un campo de acción territorial distinto al de las clases. Por otro lado, la centralización territorial permite al Estado la movilización del poder para el desarrollo social. Con base en estos criterios, Mann polemiza implícitamente con Anderson (en realidad con el marxismo y el funcionalismo los que, dice, tienen visiones reduccionistas) al señalar que el Estado no es simplemente un espacio en el que las luchas de clases y grupos de intereses se expresan. Mann afirma que el Estado ostenta un cierto poder autónomo, por ello lo estudia como un actor personificado en las elites estatales y con voluntad de poder. Es, en alguna medida, un actor racional. Por eso para Mann, si bien el Estado es una arena, es de esa condición de donde surge su poder autónomo dado que responde a la necesidad de que las actividades de la sociedad civil se regulen dentro de un territorio limitado y centralizado. Respecto al carácter evolutivo del Estado, Mann señala que los Estados-naciones que conocemos ahora no son un producto del capitalismo (ni del feudalismo), sino el resultado "de la manera en que los Estados pre-existentes dieron fronteras normativas a las expansivas, emergentes, relaciones capitalistas". 9 La evolución sostenida desde la época medieval hasta la moderna es decisiva para entender las transformaciones modernizadoras y en nuestro tiempo lo es la relación existente entre los estados nacionales y el sistema mundial, especialmente en cuanto a los problemas de la centralización y la territorialización. Ahora bien, ¿por medio de qué mecanismos es posible lograr la centralidad del Estado? Pueden ser varios, quizás el más antiguo sea el de la guerra. Bruce Porter 10 analiza las que denomina "las paradojas de la guerra", en el sentido de que el campo de batalla puede significar destrucción y caos, y que sin embargo detrás de esta realidad se pueden hallar el orden y las reglas. La necesidad de proveer y transportar los equipos necesarios a los combatientes implica un grado de centralización, formación de una burocracia acondicionada para responder a las circunstancias y empleo de tecnologías adecuadas. La centralización permite saber quiénes y cuántos pueden ir a la guerra y obliga al Estado y a sus elites a tener un conocimiento de los recursos disponibles dentro de un territorio dado. Es decir, existe una relación estrecha entre destrucción y organización. Es la destrucción la que fuerza a organizar: la guerra también es disciplina. Otro elemento que coadyuva a la conformación del Estado es el de las estadísticas, las cuales aparecen como una necesidad de aquél para afrontar problemas como la recaudación de impuestos. La Estadística, es decir, la ciencia de Estado, permite a éste conocer a su población: cuántos son, su distribución por edad; cuántos están en edad de trabajar y pueden, por lo tanto, pagar impuestos y su distribución sobre el territorio "nacional". Todos estos elementos constituyen una información que aparece como más perentoria de obtener a medida que el poder personal desaparece para dar paso al ejercicio impersonal del gobierno. Las estadísticas, en suma, son un medio que permite proyectar ciertas políticas estatales. 11 La alfabetización constituye otro elemento presente en la conformación del Estado. Tomando como referencia las primeras etapas de la alfabetización en Mesopotamia (aunque no se trate de un caso único y aislado, sino seguramente repetible) Mann señala que se dio primero al interior del Estado, en su burocracia, produciendo con ello la codificación y estabilización de dos normas: derechos de la propiedad privada y derechos y debe-9 Ibidem, pág. 42. 11 Hacking, Ian: La domesticación del azar. La alfabetización permitió mejorar los sistemas de contabilidad sobre propiedades y adeudos, la escritura centralizó las relaciones (antes demasiado disgregadas) en torno al Estado y coadyuvó a la implantación de sistemas de justicia. 12 Existen otros elementos que actúan en la formación del poder estatal sobre un territorio delimitado, como el papel ya mencionado que cumple la ley y la extensión de las ideologías. En general se trata de procesos de larga duración El Estado peruano: un ogro inútil En el Perú, haber entendido el proceso histórico de formación del Estado como un continuum ha conducido a privilegiar las permanencias -que efectivamente existieron-y menospreciar las modificaciones, orientando un tipo de lectura que se puede denominar organicista. 13 En sentido contrario, leer la historia como una sucesión de etapas ha sesgado a una lectura en la que predomina la sucesión de hechos atendiendo sólo a lo contingente sin considerar lo heredado.14 Una consecuencia de estas lecturas disímiles es que las polémicas en torno al Estado en el Perú han estado teñidas de una clara carga ideológica. No obstante, existe una idea más o menos aceptada en las ciencias sociales peruanas: considerar al Estado como una institución inútil. En efecto, tanto liberales como marxistas coinciden en señalar que el Estado peruano siempre ha estado alejado de la sociedad "real". Los pri-meros atribuyen este alejamiento a la característica mercantilista del Estado peruano;15 los segundos a su carácter de clase y a su subordinación a los intereses económicos internacionales. En definitiva, el Estado en el Perú nunca ha sido representativo de la sociedad. Más aún, sólo lo ha caracterizado su fuerza coaccionadora, precisamente para sustituir esa incapacidad de representación. Pero hay que señalar que estos cuestionamientos, siendo ciertos, no son novedosos, pues ya están presentes en las reflexiones de pensadores tan importantes y distintos teórica e ideológicamente, como son Víctor Andrés Belaunde16 y Jorge Basadre. 17 Al interior de la preocupación por entender el proceso formativo del Estado peruano, un punto polémico es determinar en qué momento se empieza a configurar como tal. Algunos autores señalan que ello empieza a ocurrir desde el gobierno de Nicolás de Piérola, luego de derrotar al general Andrés Avelino Cáceres en la guerra civil de 1894-1895. Otros sostienen que la consolidación del Estado peruano sólo empieza a producirse durante el oncenio de Augusto B. Leguía (1919-1930), algunos más afirman que ello ocurre en el tiempo del reformismo militar del general Juan Velasco Alvarado (1968-1975). Finalmente, hay quienes argumentan que la consolidación de un verdadero Estado nacional en el Perú se está produciendo durante el gobierno de Alberto Fujimori (desde 1990). Como se puede observar, se trata de un asunto aún sin resolver. Sobre el Estado peruano: propuesta de lectura En las ciencias sociales peruanas se suele estudiar la realidad contemporánea a partir de los años finales de la década del veinte, es decir, desde Augusto B. Leguía, José Carlos Mariátegui y Víctor Raúl Haya de la Torre. Lo inmediatamente anterior (principios de siglo) se considera parte de un "antiguo régimen" poco digno de atención. Evidentemente, se trata de una visión recortada, pues es necesario retroceder en la historia para ubicar en sus orígenes reales a muchos de los procesos que se consolidarán posteriormente y no entender a éstos sólo como un momento absolutamente radical y fundacional, sin historia. El derrotero de conformación del Estado peruano no es lineal y sin sobresaltos; tampoco una sucesión de etapas. Por esta razón, para seguir su proceso es necesario plantearse algunas preguntas. Una de ellas está referida a la presión de determinados grupos sociales que buscan la ampliación del sistema político. En los años del orden oligárquico, por ejemplo, oponerse a éste significaba el reclamo por ampliar los linderos de la participación política. En otras palabras, se trataba de conquistar un derecho ciudadano que se restringía a unos pocos sectores privilegiados. Otra pregunta es la que se refiere a la conquista de derechos. En un país como el Perú, donde las grietas culturales no han sido cerradas del todo, la ampliación ciudadana se ve seriamente obstaculizada, a pesar de los avances integradores efectuados desde mediados del presente siglo. Desde una lectura histórica, uno puede observar que la población indígena -mayoritaria en el Perú-usualmente ha quedado excluida de lo que el discurso estatal ha definido como la "nación" y, por tanto, de sus derechos ciudadanos. 18 Si bien construir el Estado monoétnico fue un proyecto común de las oligarquías latinoamericanas, sus consecuencias más graves se revelaron en países como el peruano, donde la población indígena era la predominante. 19 Por lo tanto, la construcción de una sociedad y de un Estado "nacionales" implicaba la resolución de estos dos niveles: social, de clase; y cultural. 20 Dicha situación empezó a variar -por presión de las clases subalternas y de sus representantes políticos-desde, aproximadamente, los años cincuenta del siglo XX. Esta realidad compleja nos obliga a contrarrestar la visión lineal y organicista que ha predominado en los análisis sobre la evolución del Estado, no sólo del Perú, sino de los países latinoamericanos en general. En resumen, entender el proceso de constitución del Estado peruano significa asumir el punto de vista de que se trata de un producto de cambios constantes en los que ciertas etapas tradicionalmente aceptadas (como oligarquía, populismo, reformismo militar, democracia) no se cancelan, sino que se imbrican e interpenetran. La peculiar manera como se relacionan los procesos sociales y su expresión en el terreno estatal permite acercarnos a una explicación global de las formas en que se construyen el Estado y la sociedad en el Perú. Periodización del Estado peruano en el siglo XX La periodización que sigue toma como objeto de análisis los cambios y las continuidades que caracterizaron al Estado peruano desde la república de notables hasta la actualidad. Los otros procesos y actores sociales o políticos (elites, partidos o movimientos sociales, por ejemplo) son tomados en cuenta en la medida que permitan iluminar el proceso constitutivo del Estado en el Perú. Tambien deseo mencionar que no me interesa seguir dicho camino con el tedio de describir cada gobierno, sino descubrir las tendencias generales que hallo en cada período. La parcial institucionalización, característica de la república de notables (1894-1919), tenía su sostén en las alianzas familiares que adquirieron "notabilidad" 21 por distintas razones 22 y que guardaban diferencias tanto en sus orígenes sociales como en los regionales y económicos. En este período, el Estado estaba caracterizado por la captura del poder en manos de un pequeño grupo de familias, conocido como la oligarquía peruana. Aunque no existía una base ciudadana amplia (los movimientos de las clases subalternas por conquista de derechos eran esporádicos), la república de notables marcó el inicio de construcción de cierta institucionalidad estatal que, aunque precaria, trataba de establecer las bases de un poder central. Al Estado de los notables hay que entenderlo como un pacto en el que distintas fracciones acordaron (no siempre de manera armoniosa y pacífica) viabilizar un sistema de dominio y una forma de organización social 21 Por eso, algunos autores prefieren llamar al sistema político de este período como república de notables (Franco, Carlos y Neira, Hugo: El problema de las élites y el pensamiento. 22 Balmori, Diana et al.: Las alianzas de familias y la formación del País en América Latina, México, 1990. De esta manera, agroexportadores (especialmente azucareros), financistas y poderes locales (o gamonales) establecieron un pacto en el que cada uno respetaba las instancias de los otros, y que excluía a las clases subalternas de mínimos derechos políticos y sociales. Si bien en este diseño de Estado los poderes locales tenían una gran influencia política y económica, se establecieron ciertas reglas que se hacían respetar, incluso a la fuerza. 23 No obstante, no puede decirse que el dominio oligárquico fuera monolítico y que impidió la aparición de fuerzas exógenas que golpeaban las murallas del sistema político para querer derruirlas. Una expresión de esas fuerzas cuestionadoras fue la incipiente coalición populista que se formó en 1912, bajo el liderazgo del empresario salitrero, Guillermo E. Billinghurst, quien llegó a la presidencia del Perú (1912-1914) apoyado por un importante movimiento urbano-popular. Dicha coalición se debió a la acción de grupos sociales que aún no cuajaban como actores de clase claramente diferenciados respecto de las elites y del Estado, con conciencia y organización propias. Se trató, por el contrario, de una masa indiferenciada en términos de clase pero no necesariamente de una masa disponible, según la calificación que utiliza Gino Germani 24 para otro caso nacional. No obstante su derrota (pues el billinghurismo sólo duró dieciséis meses) estos grupos urbano-populares abrieron el camino a procesos que se revelarán fundamentales en los años veinte, cuando las clases subalternas consigan niveles más altos de organización y autoconciencia política y se conviertan en los ejes del populismo paradigmático de la historia peruana, el del oncenio leguiísta. Esta etapa tan importante de la historia peruana usualmente ha sido analizada desde la referencia de las clases populares. Ello ha impedido destacar los intentos institucionalizadores de ciertas elites de aquel entonces por considerarlas, en su conjunto, antinacionales y reaccionarias, descontextualizando sus prácticas y discursos. Estos años son, en definitiva, los de la fundación del Estado moderno peruano, no obstante los posteriores vaivenes de éste. La centralización populista y la aparición de las clases subalternas durante el gobierno de Augusto B. Leguía (1919-1930) estuvieron caracte-23 Este conflicto entre poderes locales y proyecto de constitución de un poder central se observa con nitidez en la disputa por el uso legítimo de la violencia. Ello explica el interés de Nicolás de Piérola (1895-1899) por profesionalizar a las fuerzas armadas y convertirlas en parte de un aparato estatal nacional. 24 Germani, Gino: Política y sociedad en una época de transición. OSMAR GONZALES rizadas por el protagonismo caudillista y por una nueva estructuración del Estado en la que los grupos financieros, conectados con los circuitos internacionales, adquirieron gran relevancia; mientras tanto, las clases subalternas mostraban altos niveles organizativos políticos e ideológicos. Es cierto que Leguía arrebató el poder político a las elites oligárquicas, pero no las despojó de su poder económico. Si bien las oligarquías regionales perdieron el control político siguieron manteniendo -e, incluso, ampliaron-su base económica, gracias a la política leguiísta de atraer -de modo ya definitivo-al capital norteamericano, 25 con el que establecieron alianzas. En efecto, bajo el leguiísmo, el capital imperialista norteamericano controló las finanzas estatales y los sectores económicos claves como la minería, el petróleo, la producción azucarera y la industria. El oncenio de Leguía trató de desarrollar -y lo consiguió parcialmente-"una activa política centralista". 26 Una muestra de esto fue la creación, en 1922, del Banco de Reserva del Perú. Sólo desde ese momento se puede hablar de una moneda nacional. 27 Por otro lado, al interior del proyecto de centralización política, el leguiísmo tuvo presente la necesidad de definir los linderos geográficos del país para evitar nuevos conflictos bélicos inconvenientes. Durante el llamado oncenio se firmaron los tratados fronterizos con Ecuador, Chile y Colombia) que, si bien fueron cuestionados en su momento, ayudaron a definir el contorno físico del país. 28 En su relación con las clases trabajadoras, Leguía buscó reglamentar los conflictos laborales adecuando al Estado para que cumpliera con el arbitraje obligatorio. Su gobierno también dictó una legislación para proteger a la clase media, sentando las bases de creación de una legislación "con principios jurídicos autónomos", aun cuando en el plano político tuviera repercusiones negativas para el movimiento trabajador por el fraccionamiento que ocasionó en éste. 29 25 Leguía -señala Ernesto Yepes-si bien en lo fundamental no alteró la riqueza y privilegio de las clases dominantes, significó en cambio el desplazamiento definitivo de la fracción hegemónica civilista de las instancias más altas del poder político" (Yepes, Ernesto: Perú 1820-1920. Un El proceso modernizador que impulsó el leguiísmo trajo como consecuencia la aparición de nuevos sectores sociales, como las clases medias (básicamente burócratas, periodistas y estudiantes universitarios), y obreros (de la construcción especialmente, por las obras viales que se ejecutaron en esos años). Ambos, clases medias y trabajadores, confluyeron en amplios movimientos organizativos, primero para reivindicaciones sectoriales y luego con claros perfiles políticos. Por ello, no es casual que el gran partido de masas del Perú del presente siglo -el APRA, fundado por Haya-tuviera sus orígenes en los años del gobierno leguiísta. Igual ocurrió con la organización obrera bajo el signo marxista orientado por Mariátegui. Un estudiante universitario y un periodista se convirtieron en los principales conductores de los nuevos contingentes sociales surgidos en los años veinte, y que tendrían una profunda influencia en los años posteriores. No obstante, la caida del oncenio no se produjo por la lucha de las masas, ni por las fuerzas políticas radicales de oposición, sino por la caida brusca de las exportaciones producidas entre los años 1929 y 1932, como consecuencia de la crisis internacional. Al quedarse el Estado sin recursos, se desbarató la política populista de Leguía, abriendo el camino para el retorno al poder de las familias oligárquicas. Queda aún por desentrañar el papel y la importancia del populismo en la formación del Estado en el Perú (y seguramente en toda América Latina). ¿Existe una relación directa y causal entre populismo y formación estatal?, ¿es acaso el populismo el que explica la constitución del Estado?, ¿se trata de una movilización exclusivamente "desde arriba"? En cualquier caso, por incorporar a las masas no sólo a la política sino también a la vida social, al populismo puede vérsele como el creador de un nuevo espacio de relaciones dentro del cual, paulatinamente, se forma entre las clases subalternas cierta conciencia de pertenecer a un determinado ámbito estatal. 30 El período de la recomposición oligárquica y la recuperación de los poderes privados (1930-1968) expresó la vuelta de las familias oligárquicas, aunque éstas ya no tenían las mismas características del período 1895-1919. Social y culturalmente ya no las identificaban los valores de honorabilidad, decencia y respeto por ciertas formas; esto se tradujo en el ámbito político en su apelación a las dictaduras con el objeto de controlar el poder político. Los viejos partidos (como el Civil, el Demócrata, el Constitucio-nal y el Liberal) habían desaparecido y el parcial proyecto institucionalizador del Estado fracasado, en gran parte por la irrupción en la vida política y social de las clases populares que -por reacción-hizo cerrarse más a las elites oligárquicas. Además, éstas contaban con el auspicio activo de los militares, quienes se constituyeron desde entonces en los celosos defensores de sus intereses (alianza que se conoce como el civil-militarismo). En efecto, la situación del Perú de fines de los veinte e inicios de los treinta era caótica. Frente a la crisis ocurrida desde los últimos meses del leguiísmo, nuevamente la vieja oligarquía -especialmente los terratenientes del sur-encontró la oportunidad para retomar el poder mediante el golpe militar de agosto de 1930 comandado por el coronel Miguel de Sánchez Cerro. Como en 1914 -cuando la oligarquía despojó del poder a Billinghurst-, ésta acudió a los cuarteles para liquidar un gobierno incómodo y recuperar el control político. Evidentemente, se nota en esta nueva etapa una revitalización de los poderes privados que echaron abajo ciertas medidas de constitución de un poder central que venían siendo adoptadas desde la república de los notables. Con respecto a las clases populares, hay que mencionar que éstas no habían permanecido pasivas como cuando ocurrió el golpe de 1914 contra Billinghurst,31 por el contrario, la situación de crisis -pre-revolucionaria para algunos-, las impulsó a desarrollar una participación política más activa, además porque esta vez sí había conductores ideológico-políticos, especialmente Haya de la Torre. Mariátegui no pudo ver esta convulsionada etapa de la historia republicana peruana por su muerte, ocurrida en abril de 1930. Haya, quien había sido desterrado por Leguía en 1923, 32 pudo volver al Perú -luego del derrumbe del oncenio-para participar en las elecciones presidenciales de 1932. Para entonces ya había fundado la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) como partido en 1930, con un proyecto de construir un Estado que integrara a los sectores mayoritarios excluidos. Haya, que no era un desconocido para la clase trabajadora peruana, y limeña en especial, se reencontró con los sectores trabajadores de Lima y les recordó sus jornadas de 1919 por las ocho horas y la alianza obrero-estudiantil en mayo de 1923 contra el oncenio. La respuesta que recogió fue multitudinaria e hizo que la oligarquía viera amenazado nuevamente su poder. Los niveles de politización de las clases subalternas -especialmente de los trabajadores urbanos y más organizados-se mostraban en toda su dimensión. El triunfo electoral de la oligarquía corría peligro. Ante la formación de las clases marginadas como sujeto político, las familias oligárquicas recurrieron nuevamente a Sánchez Cerro para las elecciones generales. Él era el único que podía derrotar a la fuerza masiva que el aprismo había comenzado a forjar, pues su origen mestizo-popular entronizaba con el de la mayoría integrante del pueblo. Por ello, una vez conocido el resultado, el triunfo correspondió a Sánchez Cerro. El aprismo reclamó por lo que consideraba era un robo de su victoria electoral. La protesta devino guerra civil con el aplastamiento de los rebeldes apristas por parte del ejército en 1932. En ese mismo año asesinaron a Sánchez Cerro y ante la nueva crisis volvió el para ese entonces ya general Óscar R. Benavides, el mismo militar que destituyó a Billinghurst. La oligarquía recuperó el control del poder, pero desde entonces ya no podrá separarse de su brazo armado. Advino una etapa oscurantista en la historia peruana, de dominio casi absoluto de las familias oligárquicas, de escaso brillo cultural y de marginación de las clases subalternas mediante la represión y la persecución política (especialmente de apristas). El Estado fue recapturado por los poderes privados más reaccionarios, y los intentos por construir un poder central se vieron aplazados. La situación cambió temporalmente con el fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945 y con la derrota del fascismo y del nazismo. El aprismo recuperó la legalidad y se abrieron ciertos espacios para la participación de las clases subalternas en un proceso electoral. El APRA auspició el Frente Democrático Nacional (FDN), el que ganó ampliamente las elecciones de 1945. Pero esta experiencia democrática sólo duró tres años, pues la crisis económica y los conflictos al interior del Frente, echaron por tierra los intentos de formar un gobierno sólido. 33 Luego del fracaso del FDN, las elites oligárquicas reaparecieron con un rostro peculiar en el populismo autoritario y conservador del general Manuel A. Odría (1948-1956). Si bien durante su gobierno el Estado se retrajo de intervenir en la economía, tuvo importantes ingresos como pro-ducto del auge de la exportación de minerales. Estos ingresos permitieron a Odría acercarse a las clases medias y a los sectores populares por medio del ofrecimiento de ciertos servicios (hospitales, escuelas, espacios de recreación), además de la ampliación del derecho al voto a las mujeres alfabetas, con lo que expandió el contingente electoral en el país. Ello explica que hasta hace una generación aproximadamente, el ochenio odriísta fuera el más recordado en la mentalidad popular. Por su parte, la sociedad también había cambiado. Durante los años del ochenio es cuando se empieza a generar uno de los hechos más trascendentales de la historia peruana contemporánea: las migraciones del campo a la ciudad, cambiando -andinizando-radicalmente el rostro del Perú, volviendo evidente su componente indígena-mestizo. 34 De otro lado, en estos años el sector industrial iba creciendo también en importancia económica, lo que le permitió reclamar un lugar en el manejo del poder, cuestionando directamente la vigencia del pacto oligárquico que fundó la república de notables (entre agroexportadores, poderes locales y financistas). Sin embargo, las luchas más importantes las protagonizaron los contingentes campesinos, quienes eran despojados de sus tierras tanto por las empresas mineras norteamericanas como por los terratenientes peruanos. En consecuencia, si bien el Estado pasó a ser recapturado por ciertas elites oligárquicas, la sociedad no permaneció pasiva y, por el contrario, exigió el reconocimiento de ciertos derechos. Una expresión nítida de las modificaciones de la sociedad peruana en esta época, fue la aparición de partidos representativos de los sectores medios, especialmente de Acción Popular (AP), liderado por Fernando Belaunde Terry, quien llegó a ser presidente del Perú por primera vez durante los años de 1963-1968, apoyado precisamente por aquellos contingentes a quienes se les había reconocido estatuto legal en el plano electoral. En resumen, fueron treinta y ocho años en los cuales la política se desarrolló entre el autoritarismo militar, el dominio plutocrático y los populismos tanto civil (como el del Frente Democrático Nacional y el de Acción Popular) como militar (del general Manuel A. Odría). La característica común del Estado en estos años es que no pudo constituir una autoridad central, pero justamente esta precariedad institucional ocasionó una serie 34 Sobre la importancia de las migraciones ver Matos Mar, José: Desborde popular y crisis del Estado, Lima, 1985. Degregori, Carlos Iván, Blondet, Cecilia y Lynch, Nicolás: Conquistadores de un Nuevo Mundo. De invasores a ciudadanos en San Martín de Porres, Lima, 1986 y Franco, Carlos: La otra modernidad. Imágenes de la sociedad peruana, Lima, 1991, entre otros. Tomo LVIII, 2, 2001 de grietas en el dominio oligárquico que hicieron temer una revolución "desde abajo". 35 En esas circunstancias apareció el reformismo militar del general Juan Velasco Alvarado. El reformismo militar (1968-1975) significó la liquidación del sistema oligárquico, la constitución -como nunca antes-de un poder central en el Perú y la neutralización -temporal-de la precariedad política por medio de la anulación de los partidos políticos que en el período anterior -por sus disputas sin solución-obstaculizaron una serie de reformas que AP quiso llevar a efecto en los primeros meses de su gestión. Esta experiencia explica, en gran parte, el discurso del no-partido que caracterizó al velasquismo. El reformismo militar estuvo dirigido por una cúpula militar y asesores civiles de distintas tendencias, pero todas antioligárquicas (como ex apristas, ex comunistas, ex guevaristas, demócratacristianos y socialprogresistas), que trataron de constituir un Estado nacional. En estos años se consiguió cierta estabilidad pero en autoritarismo, al interior de una economía que crecía y de una prédica nacionalista e integradora inédita hasta ese entonces en el Perú. Paradójicamente, a pesar de su formato autoritario que impedía ejercer los derechos políticos, el reformismo militar estimuló el auge organizativo de las clases populares que iban modificando sus patrones de relación con el Estado. 36 En efecto, la explosión de gremios, sindicatos y centrales de trabajadores obreros y campesinos 37 no registra en la historia peruana una intensidad similar para exigir y defender los derechos de las clases marginadas. 38 Se amplió un espacio ciudadano que anteriormente estaba reservado sólo para ciertos grupos privilegiados. Bajo el velasquismo el Estado peruano amplió su influencia como nunca antes a gran parte del territorio nacional. Se crearon ministerios e instituciones estatales que trataron de acercarse a la sociedad. Por primera vez en la historia peruana se podía hablar de un proyecto real para conformar un Estado nacional. Sin embargo, un importante sector de trabajadores 35 Especialmente cuando sectores radicalizados de las clases medias protagonizaron las guerrillas -rápidamente derrotadas-en 1965, y que fueron dirigidas por un sector desgajado del APRA, que posteriormente se denominó Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). 36 Lynch, Nicolás: La transición conservadora. 37 Como la revitalización de la central fundada por Mariátegui en los años veinte, la Central General de Trabajadores del Perú (CGTP) y la fundación de la Confederación Campesina del Perú (CCP). 38 Gonzales, Osmar: "Conquista ciudadana y democracia. OSMAR GONZALES -los más organizados-no aprovecharon estos nuevos espacios que ofrecía el reformismo militar para ampliar su participación ciudadana sino que, por el contrario, al lado de una izquierda marxista compuesta por diferentes partidos, se enfrascaron en una lucha frontal contra aquél -caracterizado desde pro-burgués hasta fascista-buscando radicalizar el proyecto reformista, siendo ésta una de las causas -no la única-del fracaso del reformismo velasquista. Por otro lado, el Estado promovió explícitamente la industrialización del país. Nunca como entonces el sector industrial creció en importancia. Pero no todos los empresarios apoyaron este proyecto de desarrollo por razones básicamente ideológicas, aun cuando económicamente les favorecía la nueva política económica. Reclamaban al régimen las libertades políticas y el regreso al Estado de derecho, aduciendo que la excesiva intromisión del Estado en la vida económica -protegiendo a la industriaobstaculizaba la conformación de una burguesía sólida y competitiva. Estos grupos de industriales descontentos formaron, posteriormente, con ciertos partidos39 la oposición de derecha. Curiosamente, fueron ellos mismos -cuando el Perú regresó a la constitucionalidad en los años ochenta y el Estado se retraía de la economía-los que pidieron mayor protección estatal a la industria nacional ante la competencia "desleal" de los productos foráneos. En resumen, la frágil burguesía peruana -al igual que los trabajadores radicalizados-no supo aprovechar los beneficios de una política estatal que los favorecía plenamente. Pero existe un elemento que permite calibrar mejor el esfuerzo velasquista por fundir Estado y sociedad y es el aspecto socio-cultural. En estos años, el Estado legitimó al quechua como la otra lengua oficial; reivindicó ciertos elementos del pasado indígena (como la figura de Túpac Amaru); se llenó de una simbología que recogía esa parte de la historia que en el discurso pre-velasquista sólo eran tomados como parte del folklore; además que otorgó cierta dignidad a los sectores excluidos a quienes hizo sentir parte de una colectividad nacional. En resumen, como señala Carlos Franco,40 el reformismo militar acercó a los distintos contingentes culturales mediante un discurso integrador que no por eso dejaba de ser vertical. En este contexto se produjo una tensión. Por un lado, el reclamo por un manejo privatizado del Estado y del poder político por parte de los sectores de derecha y, por otro, hacer del Estado una instancia nacional, en el sentido de que represente a la mayoría popular pero desde una postura maximalista y confrontacionista. Sumados a esta tensión hay que mencionar los conflictos producidos en el interior de la cúpula militar desatados luego de la enfermedad de Velasco, líder indiscutible del proceso. Finalmente, tras la muerte de éste vino la sucesión, que llegó por el ala más conservadora. El período de la segunda fase del gobierno militar (1975-1990) y el retorno a la constitucionalidad en los años ochenta, si bien desde la historia política abarca gobiernos disímiles, desde el problema que interesa en este artículo -el proceso constitutivo del Estado-constituye un solo momento, caracterizado por la crisis del Estado en su capacidad por mantener una autoridad nacional luego de la experiencia velasquista. En efecto, durante el gobierno de Francisco Morales Bermúdez el Estado inicia una etapa de privatización en el manejo del poder. La "segunda fase" se caracteriza por la regresión de las reformas velasquistas para otorgar privilegios a ciertos grupos de poder económico, especialmente los exportadores. Esto se dio en un contexto económico muy distinto al que viviera el reformismo militar, pues es el tiempo en que la crisis económica empezaba a mostrar sus primeros efectos. Ante ello, el gobierno aplicó las primeras medidas de ajuste: baja de salarios, despidos masivos, alza del costo de vida. A ellas acompañó un paulatino pero consistente retroceso del Estado en cuanto a su intervención en la economía. Al mismo tiempo, el gobierno desató una fuerte represión contra los dirigentes de los sectores trabajadores, haciendo retroceder los derechos que éstos habían conquistado durante el velasquismo. No obstante, la oleada de amplias protestas sociales fue sumamente poderosa arrinconando al gobierno y forzándolo a cumplir con la promesa de la vuelta a un régimen constitucional, la cual se produce por medio de dos etapas: convocatoria a una Asamblea Constituyente en 1979, y elecciones generales en 1980. Ésta despertó grandes expectativas en cuanto a que se podían resolver los principales problemas económicos que el anterior gobierno militar había dejado como herencia. Con respecto al Estado, se pensó que éste podía generar las condiciones para volverse más nacional, porque iba a ser representativo de todas las fuerzas sociales. Pero la democracia estuvo acompañada de dos enemigos mortales: la crisis económica que se iba profundizando, y la violencia subversiva, protagonizada especialmente por Sendero Luminoso. A ninguno de estos dos graves problemas supo dar AP soluciones que generaran una identificación de la sociedad con el Estado, por el contrario, su incapacidad hizo que se separaran aún más. En lo económico, el gobierno acciopopulista efectuó reformas liberales tibias, por temor a perder la escasa base social que había acumulado (básicamente sectores medios en decadencia y alta burguesía). En materia antisubversiva, cierta lentitud y falta de reflejos le impidieron enfrentar la guerra de manera eficaz. La incapacidad para gobernar a una sociedad convulsionada como la peruana hizo que el único mérito de AP fuera terminar su mandato y entregarlo a otro partido legítimamente elegido. El gobierno del APRA (1985-1990) continuó con la tendencia de distanciamiento entre el Estado y la sociedad que ya se observaba desde la "segunda fase". A pesar de un discurso populista en el que integraba como masa a los contingentes populares, y del carisma del líder, Alan García, el gobierno aprista no pudo ni quiso hacer nada contra la tendencia privatizadora del poder. En cuanto a la economía, en un primer momento el gobierno aprista trató de atraer a los empresarios nacionales para que invirtieran en el propio país, pero los grupos de poder económico prefirieron sacar sus capitales hacia mercados que consideraban más seguros. Esta medida dejó sin recursos al Estado. Ante una situación de crisis económica que se prolongaba sin visos de solución, el gobierno aprista sólo intervino en funciones de asistencia social, pero no diseñó un nuevo modelo de acumulación. Por otra parte, tampoco fue capaz de detener la espiral subversiva que crecía incontrolablemente; incluso se llegó a temer un nuevo golpe de Estado. Con respecto a las clases populares, el gobierno aprista llevó a cabo una gestión de tipo populista en la que un sector de las clases populares (el de los desorganizados o informales) sirvió como cliente. Éstas, por su parte, luego de experimentar un gran auge organizativo y de movilización en los años setenta, con la crisis se desarticularon y perdieron su capacidad de influir en las decisiones estatales. 42 Ante la manifiesta incapacidad del 42 A pesar de que, desde 1980, contaban con una importante fuerza electoral representada por Izquierda Unida. gobierno aprista en todo nivel y la profundidad de la crisis de representación de los partidos políticos existentes, aparecieron en el escenario político los llamados independientes o outsiders, quienes controlan al Estado peruano desde 1990. En resumen, en estos años el Estado transitó por un proceso en el que se va desatendiendo paulatinamente de sus funciones reguladoras, proceso que culmina con el gobierno de Alberto Fujimori, el mismo que empieza una nueva etapa en la vida del Estado peruano. La reestructuración liberal (desde 1990 hasta la actualidad), se produce en un momento de desarticulación casi total de la sociedad peruana. Por un lado, una economía que no superaba la crisis y que, incluso, se hundía en ella, agudizando la pobreza y sus consecuencias (delincuencia, marginalidad, corrupción). Por otro, en lo social se manifestaba un exacerbado individualismo y una gran incapacidad de establecer lazos sociales duraderos; la sociedad peruana se convirtió en el escenario óptimo para "el sálvese quien pueda", situación extrema que algunos autores caracterizaron como anómica;43 y que en casi todos los noventa se distinguió por su apatía y desmovilización. En lo político, la crisis de representación de los partidos llegó a sus extremos en este período, lo que la sociedad ha sancionado reiteradamente en todas las elecciones que se han producido durante la presente década. Sólo en el plano de la guerra contra la subversión la sociedad peruana ha vivido cierto alivio, pues el gobierno fujimorista ha logrado, si no desmantelar, minimizar los efectos perversamente corrosivos que ella había estado ocasionando desde 1980. La situación descrita exacerbó la centralización caudillista arropada por una casta tecno-militar, en la cual los fueros de los poderes estatales se fundieron de manera única en los deseos del presidente y su entorno. El excesivo protagonismo caudillista ha tenido una consecuencia funesta en el plano estatal: centralización del poder en beneficio de los poderes privados. De esta manera, y forzando la imagen, el Estado peruano retornó al punto de donde partió en los inicios del siglo XX: la concentración del poder político en una elite, pretendiéndose explícitamente que la política no forme parte de las preocupaciones ciudadanas. Como nunca, el Estado peruano en los noventa se encontró distanciado de la sociedad. Luego del recorrido -rápido y apretado-por el camino seguido por el Estado peruano en el siglo XX, se pueden apuntar algunas consideraciones finales. En primer lugar, espero haber mostrado una relectura sobre el proceso del Estado peruano en el que las diferentes etapas que lo constituyen no forman una sucesión lineal, sino que pueden existir retrocesos y en que cada etapa le puede deber a la anterior algo (mucho o poco) de su carácter. Así, partiendo desde el tiempo de los notables, pasando por el populismo de Leguía, la recomposición oligárquica, el reformismo militar, el retraimiento del Estado y terminando en la reestructuración liberal, hemos podido observar las tensiones que han permanecido en todo el siglo entre Estado y sociedad, y entre poderes privados e intentos de centralización del poder que significa, al final de cuentas, cierto proyecto por constituir al Estado peruano como un actor racional. En una mirada de largo plazo, también podemos observar -desde principios de siglo hasta el momento presente-una derrota de los sectores sociales marginados por ampliar los espacios de influencia en las decisiones estatales, más allá de ciertas conquistas producidas en diferentes momentos históricos en las que pudieron ejercer presión con éxito para ser incluidas en el ámbito estatal. Si bien en el terreno jurídico esas conquistas se han visto refrendadas, no han generado impactos decisivos ni en las prácticas políticas ni en el Estado. Por el contrario, las políticas estatales se concibieron y se convirtieron en decisiones en el interior de una caja negra a la cual la sociedad no tenía acceso. No obstante, esas victorias parciales han tenido su efecto en las formas como el Estado se ha relacionado con la sociedad en diferentes momentos históricos, especialmente en aquéllos cuando la sociedad ha expresado capacidad de movilización y de reclamo. La tensión entre el proyecto de constitución de un poder central y el de preservar el control del Estado para ciertos sectores privilegiados se ha resuelto hasta el momento en favor de los segundos, en gran medida porque los espacios de ampliación ciudadana que se fueron conquistando por oleadas sucesivas se redujeron notablemente hacia finales del siglo XX. De esta manera, el Estado peruano no ha podido constituirse como una instancia nacional de resolución de conflictos por encima de los diferentes intereses fragmentados que componen la sociedad peruana. Por ello, podemos concluir que el Estado peruano no se ha convertido en un actor racional, Tomo LVIII, 2, 2001 según lo ha definido Mann: 44 como una arena de resolución de conflictos, con un poder autónomo de los diferentes intereses sociales en el interior de un territorio demarcado políticamente. Por el contrario, los intereses privados han prevalecido y un sentido "nacional" de gobernar brilla por su ausencia, sin que encuentren ninguna oposición efectiva por parte de los diferentes grupos sociales, al menos hasta el momento. Un "despertar" de la sociedad civil abriría un nuevo capítulo en la historia política peruana, y eso es lo que se espera en el actual momento post-fujimorista. 44 Mann, Michael: "El poder autónomo del Estado...".
pagana pre-hispánica fluye constantemente hacia una sociedad de conversos, dando realidad al concepto jurídico de "indio originario". Se propone superar la oposición entre las interpretaciones "esencialistas" e "hibridistas" de la sociedad indígena, al mostrar que el "originario" necesariamente se construye por los comuneros como "esencial", pero sin por eso negar su constante transformación histórica. Los ritos de separación del "feto agresivo" de la madre también plantean preguntas a los psicoanalistas sobre la influencia que pueden tener las experiencias perinatales sobre la formación individual en diferentes contextos históricos y culturales. Una amplia gama de lecturas etno-obstétricas de los cuerpos de las mujeres embarazadas sigue orientando las prácticas del parto en todo el mundo. 1 Estas lecturas, que se dan en los márgenes del modelo biomédico dominante, representan diferentes perspectivas culturales sobre los procesos fisiológicos, y permiten formas igualmente variadas de atención práctica a las parturientas. Las ideas sobre la gestación, por ejemplo, pueden llevar a las madres a diagnosticar el estado y el sexo de su bebé a partir de sus movimientos, y a las parteras a administrar pociones o intervenir directamente con sus manos para palpar o reposicionar una imagen cultural del feto dentro del cuerpo de la madre. Otras ideas, expresadas mediante el rito y la invocación, pueden indicar un conjunto de correspondencias embutidas que sitúan a la madre como microcosmos en relación a más amplios procesos espacio-temporales de gestación y transformación. Claude Lévi-Strauss 2 ha sostenido que, entre los Kuna de Panamá, el mito y el canto pueden proporcionar una terapia eficaz a una madre cuyo proceso de parto se encuentra bloqueado, al estimular su imaginación mítica hacia una relación psicosomática con su cuerpo. De esta manera, se rechaza la división mentecuerpo que está en la base de la obstetricia biomédica. Sheila Kitzinger, quien mantiene que una sociología comparativa del parto requiere un estudio de las relaciones entre los sistemas de significación, el comportamiento social y el estado fisiológico, también aboga por mayores investigaciones sobre las asociaciones que pueden existir "entre los tipos de sostén psicológico, que se dan en distintas sociedades, y la función uterina". 3 La frase "sostén psicológico" debe tomarse en un sentido amplio, en tanto en cuanto las ideas que mueven los cuerpos culturalmente construidos, también pueden expresar el miedo y la ansiedad de las parturientas sobre el dolor y la mortalidad. Las soluciones etno-obstétricas raras veces intentan justificarse en términos de la "minimización del riesgo", tal cómo se plantea por la obstetricia biomédica. Más bien se enfatiza la inevitable proximidad entre la vida y la muerte. 4 En los Andes, esto puede conducir a un énfasis sobre las características agresivas y peligrosas del feto, con el que la mujer debe luchar, a riesgo de su vida, para poder expulsarlo durante el parto. Al mismo tiempo, el nacimiento del individuo se relaciona con un cataclismo mito-histórico que habría estado en los orígenes de la misma sociedad. Las almas ancestrales pre-cristianas son pensadas como pequeños "diablos" gentiles, que moran dentro de la tierra (ukhu pacha) y deben entrar en los vientres de las mujeres para dar vida y energía a los embriones humanos en gestación. De tal modo que los antepasados paganos se reencarnan como bebés cristianos, proceso que se percibe como análogo a la conversión religiosa de la sociedad andina en el siglo XVI. La gestación del feto adquiere, de esta manera, asociaciones cósmicas. ¿Por qué este paralelismo entre los procesos mito-históricos e individuales de gestación, transformación y renacimiento? ¿entre la dinámica de las épocas históricas y la producción cotidiana de nuevas personas? Las aproximaciones antropológicas a menudo consideran el parto como un elemento dentro de la reproducción biológica y social de una sociedad situada en algún presente etnográfico. Sin embargo, allí donde las grandes transiciones históricas se sacralizan mediante la conversión religiosa, la memoria de esta transición puede servir para conceptualizar el nacimiento de las personas. Así, Altan Gokalp ha mostrado como, en Anatolia, la dualidad de la pareja primordial, compuesta de un dios celeste y una diosa placentaria, ésta última vista como el origen de las almas de los niños nonacidos, con la llegada del Islam fue reemplazada por un único dios celeste identificado con Alá. Al mismo tiempo, la diosa placentaria se transformó en una demonio agresiva, que atacaba a las mujeres parturientas y a sus bebés. El equilibrio genérico se convirtió en antagonismo, y la fuente femenina de la vida en fuente de agresión demoníaca, siguiendo la instalación de la teología patriarcal islámica. Gokalp interpreta este cambio histórico al referirse a una visión pre-islámica del feto como vinculado a la placenta más que a la madre, formando una pareja ambivalente incrustada dentro del vientre. 5 La misma analogía entre el parto humano y una transición mito-histórica se da en los Andes. Según un mito ampliamente difundido, el tránsito desde la edad de los antepasados lunares o Chullpa a la edad del Sol inka y cristiano6 fue un acontecimiento traumático en cuanto que el Sol naciente disecó a los antepasados, convirtiéndoles en momias, y sus casas en las tumbas funerarias que aún se agrupan en diferentes partes del paisaje altoandino. 7 Los únicos Chullpa que escaparon de los rayos ardientes del Sol fueron aquéllos que vivían al lado de los ríos y lagos, en los cuales se hundieron para convertirse en los actuales Uru-Chipaya, o "gente del agua". 8 Pero los antepasados chullpa conservan su posición como antepasados de los indios actuales, a través de la creencia de que sus almas paganas se reencarnan dentro del vientre de cada madre india, para transformarse en cristianos mediante ritos post-natales de separación y bautismo. Esta transformación, que repite a nivel de cada individuo la conversión solar-cristiana de las sociedades andinas, tiene importantes consecuencias para la construcción de la persona entre los indios originarios. Como veremos, significa que cada persona india sigue construyéndose, individualmente, como un cristiano nuevo. La oposición entre nuevos y viejos cristianos es fundamental para comprender las ideas de pureza de sangre y contaminación en las que se basó la sociedad estamental hispánica. Los cristianos viejos fundamentaron sus pretensiones a la nobleza y a los privilegios en la descendencia de sangre y en la residencia en el norte cristiano viejo de la Península. Esto les permitió proyectarse como herederos legítimos de la cristiandad premusulmana de romanos y visigodos, y como quienes habían expulsado heroicamente a los musulmanes tras quinientos años de reconquista. Por otra lado, los cristianos nuevos, como los marranos y los moriscos, vivían bajo la continua sospecha de herejía por parte de la Inquisición. 9 Sin embargo, en la América colonial -como tantas otras veces-las cosas podían invertirse. Los nuevos cristianos andinos, por ejemplo, podían pretender ser más cristianos que los cristianos viejos españoles, cuya opresión tiránica algunos (como es el caso de Waman Puma) denunciaron incluso como no cristiana. 10 Al mismo tiempo, la conexión con el pasado gentil fue necesaria tanto como punto de referencia frente al cual medir la violencia colonial española, 11 como para constituir la categoría fiscal colonial de indio originario. Para los indígenas, la conversión de un estado anterior de gentilidad fue un requisito para mantener sus derechos a la tierra bajo el gobierno español. Por lo tanto, el problema para los nativos andinos fue cómo compatibilizar la autoctonía, que necesariamente implicaba la descendencia substantiva desde los paganos, con su "re-nacimiento" como conversos andino-cristianos. Parte de la solución parece haber consistido en repetir el proceso de conversión con cada nuevo nacimiento. De este modo, podían afirmar una continuidad esencial con los paganos muertos, al mismo tiempo que reafirmaban su transformación histórica en nuevos cristianos. Tal solución trasciende la simple oposición entre "esencialismo" e "hibridis-mo" que, últimamente, ha provocado mucho debate, al representar a la persona india como, a la vez, esencial e históricamente transformada. 12 En este artículo, examinaré la periodización de la gestación y el parto en Macha, un gran ayllu de quechua-hablantes en el Norte de Potosí (provincia de Chayanta, Departamento de Potosí, Bolivia). Voy a considerar las ideas y las prácticas en torno a la concepción y embarazo, para después analizar los ritos de separación que marcan la entrada de cada bebé al reino de la cristiandad solar. La emergencia dolorosa de cada persona en la sociedad macha, mediante las acciones de la madre, del feto y de los asistentes al parto, aparecerá como la repetición en microcosmos de la transformación solar-cristiana de la sociedad pagana, ambas situadas dentro del fresco escatológico de la cristiandad misionera. Al mismo tiempo, el feto aparecerá como una entidad voraz, que absorbe sangre hasta poner en peligro la vida de su madre, quien debe librar una esforzada lucha para salvarse de esta amenaza mortal. Terminaré con algunos comentarios sobre la relación entre la persona y la conversión en las sociedades sujetas al proselitismo violento, y la relevancia de una "historia de los acontecimientos" para los debates actuales sobre las políticas de salud reproductiva. Embarazo, enfermedad y muerte El siguiente análisis se basa en veinticinco entrevistas extensas, realizadas en quechua en 1994-95, con madres y padres de diferentes edades, y con parteros y parteras, todos ellos residentes en la región de la baja puna (c.3800 msnm) del territorio de los Macha. 13 En el siglo XVI, los Macha eran el gran ayllu dominante dentro de la federación aymara y provincia 12 Ver Harris, Olivia: To Make the Earth Bear Fruit. Harris rechaza la crítica del "andinismo" desarrollada por Orin Starn por "orientalista", al aclarar el contexto político donde se desarrollaron el indigenismo y el "andinismo" en los mismos paises andinos. Por mi parte, en este artículo intento aclarar, sobre un período temporal más amplio, las influencias políticas sobre las estrategias indias de auto-construcción, a través de un análisis de las prácticas de parto y de las representaciones comunitarias de la formación de la persona originaria o "autóctona". 13 La mayoría de los entrevistados son del cabildo Pichhichua, del ayllu menor AlaQuyana, mitad Alasaya, de Macha; algunos han conocido al autor desde 1971. Hoy, los Macha hablan un dialecto potosino del quechua sureño, con fuertes influencias del aymara y del castellano. Las entrevistas se llevaron a cabo en quechua por el autor, Balbina Arancibia y Primitivo Nina, éstos últimos hablantes nativos del quechua potosino. Hoy, después de cuatrocientos cincuenta años de persistencia empedernida, 14 las más recientes fuerzas de la modernización han debilitado, dividido y, en parte, disuelto la organización de esta sociedad dual, que abarca desde la puna alta y fría hasta los valles calientes, y que encontré ya fracturada y marginada durante mi primer trabajo de campo (1970-71). Sin embargo, los campesinos de Macha se han adaptado y apropiado de la modernidad mercantil cristiana desde sus inicios, en el siglo XVI, en función del desarrollo de las minas de plata de Porco y Potosí. Así pues, los procedimientos y las creencias que voy a describir deben entenderse como el fruto de un proceso secular de ajuste reflexivo, auto-modernización activa e intervención política. De hecho, algunas entrevistas muestran nuevos esfuerzos por negociar y acomodarse en relación a las actuales políticas de salud reproductiva, que emanan de los puestos médicos locales y de los hospitales. Estas políticas están transformando prácticas específicas sin disolver, hasta ahora, ciertas premisas básicas de las aproximaciones macha al parto, premisas que el siguiente análisis intentará poner de manifiesto. El proyecto más amplio, en el que se enmarcó esta investigación, enfatizaba los peligros que afectan a las madres, y sólo secundariamente la perspectiva del bebé. 15 Pensamos que las políticas de salud reproductiva han desplazado la atención prioritaria desde la madre hacia el bebé, de una manera a menudo perjudicial para las mujeres. Esta opinión fue compartida por nuestros informantes: la muerte de un bebé es motivo de lágrimas y lamentaciones, pero no tiene ni remotamente el significado traumático de la muerte de vista fue transcrita, traducida al castellano andino regional, y anotada en discusión con los entrevistados. Se elaboró un vocabulario general del quechua usado en las entrevistas sobre el parto. También se presentó un cuestionario cerrado a 23 madres, algunas entre las previamente entrevistadas, cuyos resultados también se han utilizado, junto con el anterior trabajo etnográfico y etnohistórico del autor. 14 Platt, Tristan: La persistencia de los ayllus en el Norte de Potosí. De la Invasión Europea a la República de Bolivia. El proyecto más amplio fue elaborado por el Centre of Women's Studies, Trinity College Dublin, y financiado por la Comisión Europea DG XII. El autor y Balbina Arancibia participaron en el subproyecto de Macha por la Universidad de St Andrews, y Primitivo Nina por el Taller de Investigación y Formación Académica y Popular (TIFAP, Sucre, Bolivia). Agradezco a Verena Stolcke por haberme invitado a presentar una primera versión del presente trabajo en el Departamento de Antropología y Prehistoria de la Universidad Autónoma de Barcelona (1998); a Carmen Gómez por la invitación a presentarlo en el Departamento de Historia de la Universidad de Sevilla (1998), y a Nathan Wachtel, Jacques Poloniy y Gilles Rivière, quienes me invitaron a pasar una estancia como Directeur d'Études Invité en la École des Hautes Études en Sciences Sociales (París), donde pude presentar el trabajo en el Centre des Récherches sur les Mondes Amerindiens (CERMA) (1999). El trabajo también fue presentado en un seminario en memoria del antropólogo Gabriel Martínez, recién fallecido, en el Museo de Azapa, Universidad de Tarapacá (Chile), como parte del Proyecto 1990200 de FONDECYT (Chile), dirigido por Vivián Gavilán, del Taller de Estudios Andinos, Arica (2000). TRISTAN PLATT la madre, quien normalmente es un miembro en plenas funciones dentro de la sociedad local. De ahí que nuestra investigación tuviera una dimensión aplicada: la reducción de la mortalidad materna, y esto condujo a un énfasis sobre las ideas y prácticas referentes a la enfermedad perinatal y la muerte. Un problema relacionado con esta preocupación fue hasta dónde era lícito decir que cada mujer ejercía una agencia en el manejo de su propio parto. Los enfoques estadísticos y de reducción de riesgos han conducido a una situación donde ha llegado a ser muy difícil, en la bio-medicina metropolitana, reconocer un parto "normal", salvo retrospectivamente. Esto se vincula con el desarrollo de la obstetricia médica y la hospitalización del acto de parir en las sociedades noratlánticas 16 y nos condujo a preguntarnos cuál podría considerarse un parto "normal" en Macha. Encontramos que éste sería un parto doméstico, donde la madre era atendida, principalmente, por su marido e hijos: los mas jóvenes apartados para que no se asustasen por los gritos de la madre, y los mayores haciendo hervir agua, preparando infusiones y buscando utensilios. Un parto "normal" es, pues, un asunto doméstico, íntimo, que concierne sobre todo a la unidad familiar en la cual está naciendo el bebé. Una pareja poco experimentada puede pedir ayuda, sobre todo para su primer hijo, a la madre del marido, 17 o a otra mujer local con experiencia, que resida cerca de la estancia de la parturienta. En el caso de complicaciones, se buscará la ayuda de una partera especializada, que puede venir desde más lejos. 18 Además, la compañía de hombres, que mascan coca mientras vigilan, también tranquiliza a la madre y la protege de los duendes predatorios (q'ara wawas: "bebés desnudos"), considerados una grave amenaza para la vida de las parturientas. En un caso nos informaron de un parto especialmente difícil, que fue acompaña-16 Foucault, Michel: The Birth of the Clinic. 17 El matrimonio es normalmente virilocal y la herencia de la tierra patrilineal, salvo si faltan hijos varones. En tal caso, el vínculo patrilineal puede recrearse a través de una hija, y entonces el matrimonio será uxorilocal. 18 En el cabildo pastoral altoandino de Tumaykuri (ayllu Majapicha, mitad Majasaya, de Macha), las parteras (unquchij) son consideradas como las equivalentes femeninas de los hombres chamanes (yachaj, "sabio"). Ambos son llamados a su vocación al ser fulminados, reunidos y resucitados por el rayo (Cassandra Torrico, comunicación personal). En nuestra región de estudio, había varias parteras, tanto hombres como mujeres, pero ninguna se había iniciado de esta manera. También se busca la ayuda chamánica en los partos, y en un caso la partera trabajaba junto con su marido chamán. En general, los conocimientos y las capacidades prácticas se vinculan con la experiencia personal del parto: "ver", "saber" y "hacer" son las precondiciones epistemológicas para llegar a ser partera, y muchos conocimientos se transmiten horizontalmente entre hombres y mujeres, en lugar de concentrarse en manos de especialistas. Pero sólo el fracaso de todos los otros recursos conducirían a que las parejas buscasen la ayuda de un sanitario del puesto médico local. Más aún, los grandes hospitales son muy temidos y evitados, como lugares siniestros donde las mujeres son "descuartizadas". 19 Fueron seis las causas principales de mortalidad materna que se enfatizaron por los informantes: 1. Mala posición del bebé (wawa trankasqa); 2. Retención de la placenta (paris trankasqa); 3. Inversión del útero (iwakusyún); 4. Ataque por duendes comedores de sangre (sajt'ay, o sarchuwaqay 20 ); 5. El segundo y el tercero de estos peligros están relacionados. La inversión del útero 21 se vincula con la retención de la placenta, o sea, con el mal manejo de lo que la obstetricia noratlántica llama la "tercera etapa" del parto. 22 El cuarto y el quinto también están asociados, porque se considera que los abortos y las placentas no-bautizados se vuelven duendes, si no han sido enterrados o quemados cristianamente. Asociados con la pérdida de sangre post-parto (yawar apay), estos duendes comen la sangre de las madres parturientas. Sin embargo, hay problemas con la definición de hemorragia, porque la gente reconoce que la cantidad de sangre perdida puede variar mucho de una madre a otra: "nuestros adentros son de toda clase" (imay-19 La alta tasa de cesáreas en los hospitales regionales sugiere que este miedo no carece de fundamento. 20 Sajt'ay posiblemente provenga de ¡saj!, una representación onomatopéyica de la acción de apuñalar; y t'a, el sufijo aymara que significa una acción repetida. "Puñalada repetida" se referiría, entonces, a las punzadas de dolor provocadas por los duendes. Desconocemos la etimología de sarchuwaqay. 21 De acuerdo con un testimonio, el útero (magre, del castellano "madre", o jakaña, del aymara) "sale de repente estirado" (ch 'utast' amun). Cf. la frase recogida por el lexicógrafo Diego González Holguin: "chhutaycumuni o chhutaycutamuni, entrar por lo estrecho estirándose y forcejeando". González Holguín, Diego: Vocabulario de la Lengua General de Todo el Perú Llamada Lengua Qquichua o del Inca. En el testimonio recogido en Macha, el infijo -yku-, que significa la entrada a un espacio estrecho, se reemplaza por el infijo aymara -su-, reducido a -s-antes del infijo de acción momentánea -t'a-, que significa un movimiento rápido de expansión de adentro hacia afuera (cf. Quechua -rqu-). Para la presencia de la afijación y la morfofonémica aymaras en el quechua potosino, ver Platt, Tristan: "The Sound of Light. 22 La prominencia dada a este problema en Macha, que produce un trauma agudo en las mujeres afectadas, contrasta con su relativa infrecuencia en las sociedades noratlánticas. Las causas pueden ser la tracción inexperta sobre el cordón, la presión que se ejerce sobre un útero relajado o la retención mórbida. 23 Veremos que el complejo mundo imaginario de los duendes llega mucho más allá de la situación inmediata del parto, alcanzando las profundidades de la tierra y muy atrás en el tiempo, hacia el pasado colectivo. La sexta causa se refiere a peligros similares, que siguen asediando a la madre después del parto. Muchos peligros se originan en la naturaleza peculiarmente voraz que se atribuye al feto andino, y los peligros asociados de la placenta. El "feto agresivo" es una fuente de dolor, peligro y, a veces, muerte para su madre. Como ya he sugerido, no estaría demás hablar de la madre como si estuviese poseída por un pequeño "diablo" (Que. dyawlu), que debe exorcizarse "trayéndolo a la luz" (paqarichiy) o "vomitándolo" (wijch'uy) para "librarse" o "salvarse" (liwrakuy, salwakuy). Con el apoyo de los que la rodean, ella lucha por separarse de la criatura golosa y comedora de sangre que, junto con la placenta, se ha incrustado dentro de su vientre. Un largo proceso de desequilibrio interno se desarrolla con el aumento del calor y el estancamiento de la sangre, con los que se va "hilando" el cuerpo del bebé (una metáfora significativa, a la cual volveremos). Los retorcimientos violentos del útero deben llevarse a un punto culminante, si va a surgir la nueva vida de entre las garras de la muerte. ¿Por qué este énfasis en la agresión y voracidad del feto? ¿Cómo se entiende el desarrollo fetal, y cómo afecta este entendimiento al tratamiento del niño recién nacido? La noción del parto como una batalla de la mujer por la vida es bien conocida entre las civilizaciones amerindias. Entre los Nawa del México Central, por ejemplo, las mujeres que morían, heróicamente, en el parto se comparaban a los hombres heroicos que morían en la batalla. Los guerreros muertos acompañaban al Sol desde el horizonte de la madrugada hasta el zénit, y desde allí era acompañado hasta el ocaso por las mujeres que habían muerto en el parto. 24 En los Andes, puede observarse una complementariedad similar. En las batallas sobre los linderos, los protagonistas son hombres, mientras que las mujeres se reúnen detrás de las líneas de la batalla, cantando y bailando para animar a sus guerreros, y preparando la comida para su retorno. Durante el parto, sin embargo, los papeles se invierten. La mujer se convierte en la protagonista de una batalla para expulsar el feto agresivo, y su marido debe adoptar un papel de apoyo, cuidado y comprensión (aunque en la práctica esto depende mucho de las relaciones entre la pareja). Tanto en las batallas sobre los linderos, como en las del parto, se derrama la sangre sobre la tierra, y es devorada por las fuentes ctónicas del poder. Las mujeres embarazadas son consideradas "no sanas" (mana sanuchu) o "enfermas" (unqusqa). La raíz unqu-significa desequilibrio corporal, y los extremos de calor o frío a veces se contrarrestan con medicinas de carácter opuesto para restaurar el balance humoral. Con el embarazo, sin embargo, el proceso de calentamiento se acentúa, porque sólo puede expulsarse el "bulto" de su cuerpo si se lleva el calor corporal de la mujer a un estado polarizado de fiebre. Unquy se refiere, entonces, tanto al embarazo como al mismo parto. De ahí que se diga que una mujer embarazada (unqusqa, "enferma"), que experimenta demora o dificultad para iniciar el parto, es "incapaz de enfermarse" (mana unqúy atinchu), y una falsa alarma se considera una situación donde la mujer "solo se pone bien otra vez" (thanirapullantaj). Las parteras, tanto hombres como mujeres, son aquéllas que saben "hacer que la mujer se enferme" [es decir, "que se ponga desequilibrada"] (unquchij), ayudando de esta manera a llevar el trabajo del parto a un climax exitoso. Ideas sobre la concepción Varios discursos se combinan para expresar el embarazo y el parto, cuyo examen nos proporciona una ventana sobre la manera de imaginar y concebir el desarrollo fetal en Macha. Como comúnmente sucede en los Andes, 25 la fertilización se considera más probable durante la menstruación. La sangre menstrual es una parte principal de la contribución de la mujer a la sustancia fetal, y se dice que el feto es como una planta (sach'a), 25 Lestages, Françoise: Naissance et Petite Enfance dans les Andes Péruviennes. TRISTAN PLATT y como tal necesita humedad para crecer. La idea de una planta que crece en el campo uterino de la mujer es una noción difundida por todo el mundo. 26 Esta idea también se invoca cuando las mujeres de Macha dicen que la fertilidad individual de cada una está vinculada con una wirjina (del castellano "virgen"), que patrocina y vive en la tierra de un campo cercano, cuyo nombre secreto sólo ella sabe, y a quien ofrece libaciones. 27 El lenguaje de la sangre impregna todo el proceso de gestación y del parto. Para los Andes, se ha sostenido que sólo la mujer aporta sangre, mientras que el hombre da el espíritu o soplo. 28 Esta idea aristotélica se contrapesa en Macha por la distinción entre dos clases de sangre, la roja y la blanca. Se dice que, como la mujer, el hombre también tiene un útero (makri; del castellano madre), que es la sede de su semilla (muju); la infertilidad puede reflejar un fallo en el "aparato" reproductivo de cualquier miembro de la pareja. 29 El semen del hombre se considera una forma complementaria de sangre, que se combina con la sangre menstrual en el momento de la concepción. Se dice que la pérdida de sangre al final del embarazo conlleva la expulsión de sangre roja y blanca, y los grumos de sangre que se expulsan son considerados tanto masculinos como femeninos (grumos grumas, como lo expresaba un hombre). La idea de un útero masculino tiene ciertos ecos de la covada (trabajo de parto masculino), a lo cual volveremos. La menstruación es considerada también fértil debido a su asociación con el ciclo lunar. La Luna, que -como hemos visto-existía antes de la salida del Sol, durante el tiempo abundantemente fértil de los Chullpa ancestrales, influye en el cuerpo de la mujer durante todo el embarazo, y el período de las lunas viejas y nuevas (wañu y urt'a) se considera como un período de fertilidad extrema o excesiva, porque se dice que en aquel momento el Sol está "cubriendo" (teniendo relaciones sexuales con) la luna. A veces se ven los Chullpa caminando por los campos bajo la luz de la luna, como pequeños viejitos barbudos. Veremos que lo mismo sucede con la placenta y con los fetos abortados después de tres meses de embarazo, si se entierran sin ser bautizados cristianamente. Otro discurso utilizado para expresar la concepción es el del ordeño: la mujer "ordeña las ovejas" (uwijamanta lichí ch'awanchis) y echa el cuajo dentro de la leche para producir el queso. La idea parece ser la de "ordeñar" el pene para que la semilla cuaje en el vientre de la mujer, y produzca un feto. Una sacudida de la fuente de leche produce una división en el queso, justo como el rayo que, si asusta a la mujer embarazada, puede producir un labio leporino o la división del feto en mellizos. 30 Se insinúa la idea de que la gota seminal de sangre "blanca" produce la coagulación de la sangre menstrual "roja" de la mujer. La imagen del ordeño también refleja la participación activa de la mujer en el acto sexual, sin que esté pasivamente "receptiva" ante la penetración del hombre. Como puede suponerse, entre las comunidades mineras de Potosí también se encuentran imágenes conexas con la minería y la metalurgia. La eyaculación del macho en el vientre puede compararse con el acto de echar metal derretido en un crisol o molde. 31 En el siglo XIX, un tipo especial de greda pegajosa, llamada linki, se utilizaba en la Casa de la Moneda de Potosí para cubrir el punto del tubo de hierro de la fragua que se inserta en el horno, donde se funde la plata, para evitar que se fundiese con el crisol. 32 En Macha, linki es también el nombre de la grasa viscosa que cubre al bebé recién nacido. Un pellizco de este linki, sacado de los sobacos del bebé, se da a los que sufren la enfermedad de pérdida de grasa (siendo ésta una expresión elemental de la vida en los Andes), que se produce tras el asalto de unos seres vampirescos, muy temidos, que se conocen como llik'ichiris. Éstos pueden asumir la apariencia de prósperos y hospitalarios dueños de casa, que viven lejos de la comunidad de la víctima, y reciben a los viajeros incautos con muestras de generosidad. Después de dejarles dormir, insertan en su cuerpo un tubo, que se dice que les ha brindado el sacerdote, y extraen su grasa vital. Antes, esta grasa robada era utilizada por el sacerdote para 30 Para la relación entre el rayo y el labio leporino, como una forma de "gemelidad" incipiente en Macha, ver Platt: "Mirrors and Maize..." En los Andes, sin embargo, el modelo para el labio leporino proviene, probablemente, del camélido, y no de la lievre. 31 Bertonio, Ludovico: Vocabulario de Lengua Aymara. 32 Ver Anónimo: Esplicación de algunas palabras provinciales, usadas en el Banco Nacional de Rescates y Casa Nacional de Moneda (1870). Biblioteca de la Universidad Mayor de San Andrés, La Paz (Colección J.R. Gutiérrez No 2339). TRISTAN PLATT hacer las velas de las iglesias; hoy, se envía a los Estados Unidos para lubricar la maquinaria que produce las monedas. 33 Ambas versiones pueden verse como metáforas de tipos sucesivos de explotación económica. Pero el linki de los recién nacidos parece más bien lubricar la salida resbalosa del bebé, asegurando que no se "pegue" a las paredes del útero. Tal greda retiene, pues, su asociación andina y/o bíblica con la creación de la vida. También se utiliza linki para modelar las figuras de los diablos fálicos o tíos, que son expresiones de energía vital que pueblan las minas y proveen al minero de mineral. 34 Así, el linki se asocia con lubricación, fertilidad y fluido seminal, y su presencia viscosa, al cubrir al bebé emergente, también refleja la equivalencia percibida entre el pene y el bebé: uno entra y el otro sale. De ahí que un hombre jocosamente comparó la vagina, que envuelve al pene, con la faja utilizada para envolver al bebé recién nacido. Este aspecto fálico del feto nos recuerda la estrecha relación entre el pequeño "diablo" fetal y los "diablos" subterráneos de las minas. Otro discurso muy poderoso sobre la gestación fetal y el parto se relaciona con la actividad de hilar y tejer, como podía esperarse de una civilización donde el tejido de fibras animales o vegetales se ha valorado tradicionalmente por encima de todos los demás materiales artísticos. La misma sangre, se dice, se convierte en grumos al torcerse como lana hilada; el bebé se forma de los hilos de sangre que se van aglutinando dentro de los tejidos carnosos del vientre materno. 35 Los grumos de sangre que salen durante el parto se asemejan a "pelotas de lana" (muruq'u); la vagina, como acabamos de ver, puede compararse con un textil que envuelve al pene, y se dice que la misma faja usada para envolver al bebé contiene tantos hilos cómo el número de hijos que la mujer va a tener. 36 Finalmente, todo el vientre se "tuerce" (khiwiy) mientras se contrae durante el parto, y los masajes 33 Para un análisis comparativo de las creencias andinas con respecto a estos seres predatorios (también conocidos como qharisiris, o ñak'aj), ver Molinié Fioravanti, Antoinette: "Sebo Bueno, Indio Muerto: La Estructura de una Creencia Andina", Bulletin de l'Institut 35 Es tentador imaginar que los hilos doblados son rojos y blancos y proceden de los grumos torcidos de la sangre blanca masculina y la sangre roja femenina, pero ningún informante explicitó esta idea. Tampoco es seguro (aunque parezca lógico) que la sangre masculina (semen o "cuajo") predomine en la estructura más muscular del feto masculino, y la sangre femenina en el cuerpo más suave del feto de la mujer. 36 Una mujer que no quería tener más hijos dijo que había dejado su faja sin terminar; otra dijo que había pedido a otra mujer, que deseaba tener hijos, que tejiera la suya. Tomo LVIII, 2, 2001 que se aplican para reposicionar un feto también requieren movimientos de torcer con las manos, que se comparan con el acto de torcer la lana para formar el hilo "como cuando uno está hilando". 37 Pero sólo puede crearse un marco viable para la formación de la nueva persona si los grumos de sangre se ponen en movimiento por la introducción de una chispa vital. Ahora bien, la capacidad de la mujer para concebir se asocia también con su piedra local de fertilidad o kamiri. En nuestra región de estudio, ésta era un peñasco cercano, con forma humana, también llamada una huaca hembra. 38 Algunos kamiris se asocian con animales -un perro, por ejemplo, significa partos frecuentes y fáciles. 39 Los informantes también asociaron el kamiri con características físicas y morales, las cuales son transmitidas a la mujer y a su bebé. 40 La palabra kamiri proviene de la raíz quechua kama-, modificada por el nominalizador aymara -iri: significa "infundidor de la vida", y fue adoptada en 1583 por el III Concilio de Lima para traducir la idea judeo-cristiana de un Dios "creador". Sin embargo, la filología moderna la interpreta más bien como el acto de infundir vida en arquetipos inertes, 41 y el principio vital es el mismo para todas las formas de la vida orgánica. 42 De ahí que la piedra kamiri sea una fuente de energía ctónica vital, que entra en el vientre de la mujer y pone en movimiento las sangres aportadas por ambos padres para formar grumos vivientes. El paralelo con las piedras de la fertilidad europeas es evidente, aunque no he oído que las mujeres se 37 La misma imagen de los grumos de sangre como fibras hiladas y dobladas se encuentra también entre los Kuna de Panamá. 38 Wak'a; concentración sagrada de poder, generalmente un rasgo sobresaliente del paisaje. Astvaldsson, Astvaldur: Las Voces de los Wak'a. 39 El zorro (una perra silvestre) también tiene asociaciones legendarias con la fertilidad y el parto, como veremos más abajo. 40 Por ejemplo, se considera que la facilidad o la dificultad del parto se hereda de la madre de la parturienta. Una idea parecida se encuentra en el pensamiento cristiano, con la diferencia fundamental de que, aquí, el alma no procede de los antepasados, sino de Dios. Ver Bartolomé Clavero, "Delito y pecado: Noción y escala de transgresiones", en Francisco Tomás y Valiente et. al., Sexo barroco y otras transgresiones premodernas. 42 Incluso los metales fueron considerados en los Andes (como en Europa, cf. la obra de Agrícola) como materiales orgánicos, que crecían en las profundidades de las minas. Ver Salazar-Soler, Carmen: "La divinidad de las tinieblas", Bulletin Français d'Études Andines 26 (3). TRISTAN PLATT deslicen por las piedras para frotar con sus vulvas esta fuente lítica de impregnación, como ocurrió en partes de Europa hasta épocas recientes. 43 La vida, desde esta perspectiva, nace de las profundidades de la tierra, entre los "diablos" machos y hembras del deseo y poder genésico, 44 y se introduce en el vientre de la mujer a través de las piedras de la fertilidad. Además, la palabra supay, propuesta por el III Concilio de Lima para traducir la idea cristiana de "diablo", tiene de hecho el significado subyacente de "alma" de un antepasado. 45 Tales traducciones imprecisas han contribuido mucho a la forma idiosincrásica de cristianismo que se ha desarrollado en los Andes. Podemos concluir, entonces, que la chispa vital del feto recién formado es un alma ancestral, que se transmite como la emanación de una piedra sagrada kamiri, y después se reencarna en un nuevo marco de sangre, que se forma dentro del vientre después de cuajar el grumo inicial mediante la introducción de la semilla del hombre (sangre blanca) en la sangre menstrual femenina. Señales del embarazo: el feto a los tres meses Sigamos ahora el proceso de gestación, para comprender cómo esta pequeña forma "diabólica" se desarrolla hasta alcanzar el momento de su expulsión. La primera señal del embarazo es la interrupción del ciclo menstrual, que se piensa como el bloqueo de la libre circulación de la sangre en el cuerpo de la mujer. Los que saben "leer" el pulso (llankhiris) "miran" o "leen" la sangre de la madre; dicen poder "escuchar" su voz a través de las yemas de sus dedos. Al iniciarse el embarazo, esta voz es lenta y estancada (lat'u), e indica la formación de los grumos en medio de un calor creciente. Esto se acompaña con la aparición de pecas negras (mirkha) en la cara de la mujer, vómitos (wijch'uy), y los antojos (mullphi) por ciertas comidas, especialmente lo que comen los demás. En Macha, tales antojos parecen reflejar la voracidad del feto adentro, y pueden dejar huellas sobre los hijos; si son muy intensos, incluso pueden dar lugar al malparto. El carácter ambiguo del "diablo" andino, subrayado tanto en el siglo XVI por el sacerdote Bartolomé Álvarez como por los antropólogos modernos, también puede encontrarse en Europa (cf. el daimon griego), una consideración que no habría escapado a la atención de los teólogos del Renacimiento. Ver Del Pino, Fermín: "Introducción", en Álvarez, Bartolomé: De las costumbres y conversión de los indios del Perú (1588). Tomo LVIII, 2, 2001 ejemplo, nos contaron de un joven que había nacido a los siete meses, después de que su madre sintiera un antojo intenso por la oca (tubérculo andino); sus ojos desarrollaron más tarde el color pardo de la oca. 46 Los ojos de la madre también cambian, como se sabe en todo el mundo; pero los ojos de las mujeres andinas cambian de un modo especial. El blanco, se dice, crece hasta ser más visible que el iris, formando un contraste que se conoce como "ojos partidos" (allqa ñawi). Ahora bien, el concepto de allqa se refiere a la relación mutuamente excluyente entre los opuestos, tales como el blanco y el negro, la noche y el día, el hombre y la mujer, etc. 47 Conlleva la idea de contradicción o divergencia dinámica de una frontera impermeable, sea ésta espacial o temporal, pero no la de convergencia o unión complementaria. 48 En las oraciones quechuas del siglo XVI, la divinidad andrógina Wiraqucha, quien infundió la vida a los arquetipos de todas las cosas vivientes (kamay; de ahí que también se le conozca como Pachakamaq, "animador del mundo"), era invocado por los devotos "con ojos allqa", es decir, "animados", inspirados o poseídos por la divinidad. 49 Allqa también se asocia, tanto con la transformación del tiempo histórico, cuando un período da lugar al siguiente (que emerge separándose de su predecesor), como con el nacimiento de un nuevo ser humano, que emerge como una entidad que se separa de su madre. 50 Al nivel mito-histórico, este proceso se considera a menudo como una inversión cósmica entre los mundos de afuera y de adentro (pachakuti), en cuanto que el nue-vo período nace del "mundo interior" (ukhupacha). Así, el nacimiento de la nueva vida desde la oscuridad interna del vientre se presenta como paralelo con la emergencia de una nueva época desde la oscuridad interna de una época anterior. Veremos que el simbolismo del contraste entre blanco y negro también se invoca después del nacimiento, para expresar y realizar la separación ritual de la madre y su crío. A los tres meses, el feto ya muestra su naturaleza. Primero, la madre piensa poder adivinar su sexo interpretando las sensaciones que se producen en ella por sus movimientos. Un macho se mueve "aquí y allá, como un pescadito" (challwa), 51 "que juega en nuestros estómagos"; mientras que la hembra se mueve más suavemente "como una nube apartándose" (phuyu), o como las olitas en la orilla de un lago; porque las hembras no se solidifican tan completamente como los machos. 52 Así, el feto del macho se mueve como un pescadito plateado que se tuerce en un lago rojo de sangre femenina. Durante el embarazo la construcción social del género surge, por lo tanto, de la lectura que da la madre de sus propias sensaciones, que se interpretan como las señales de un comportamiento genérico incipiente. En otras palabras, ella misma construye (performs) el comportamiento genérico que se esperará del niño después de nacer, pretendiendo reconocerlo como un mensaje que emana de los movimientos espontáneos del feto. 53 Luego, la dualidad genérica se construye como si fuera esencial, o sea, como algo inherente a las diferencias de desarrollo entre los fetos machos y hembras. 51 Los peces-gato se encuentran en los manantiales térmicos cercanos a Phutina. Se cogen por los niños, quienes desvían una parte de la corriente del agua hacia una pequeña represa, hecha de piedras, que forma una lagunita donde los peces-gato quedan atrapados. En el siglo XVI, estos peces-gato pueden haberse relacionado con los divinos peces-gato gemelos del lago Titicaca, adorados antes de la aparición milagrosa de la Virgen de Copacabana. Ver Gisbert, Teresa: "El ídolo de Copacabana, la virgen María y el mundo mítico de los Aymaras", Yachay, no. 1. Bouysse-Cassagne, Thérèse: Lluvias y Cernizas. Dos Pachacuti en la historia. Los bebés recién nacidos se levantan "como peces" (piskaru jina), es decir, por sus pies o "cola". Para un análisis detallado de los peces-gato fetales entre los Dogon del África Occidental, ver Dieterlen, Germaine: "L 'image du corps et les composantes de la personne chez les Dogons", en Singularités: les voies d'émergence individuelle... 52 La fuerza suave, líquida y lacustre de las mujeres, que se opone al carácter duro, pétreo y montañoso atribuido a los hombres, es bien conocida por la clasificación dual de las federaciones aymaras pre-hispánicas en uma y urqu. Ver Bouysse-Cassagne, Thérèse: La identidad aymara. 53 Para la construcción "performativa" del género en las sociedades post-modernas del Atlántico Norte, ver Butler, Judith: Gender Trouble. En Macha, la "performance" inicial consiste en las descripciones y las clasificaciones dualistas de los movimientos fetales, que son pronunciadas por la madre a los tres meses del embarazo, y sirven para atribuir a los fetos de cada sexo las características que se consideran, socialmente, como "esenciales" de cada uno. Tomo LVIII, 2, 2001 Mas aún, se dice que tales diferencias pueden observarse concretamente en el caso de los fetos abortados a los tres meses. Hay abortos que se llevan a cabo secretamente por las jóvenes solteras, en las quebradas que marcan los límites de la comunidad, donde los fetos pueden enterrarse sin bautizar, sin sal y sin nombre. La hembra, se dice, emerge en grumos de sangre (qulu) que todavía no se han solidificado, mientras que el macho aparece a los tres meses como "todo un hombrecito" (qharisitutapuni). La atmósfera de proscripción legal y vigilancia policial, que rodea el aborto en la Bolivia rural, la convierte en un área especialmente sensible para la investigación. 54 Sin embargo, la gente se asusta mortalmente de estos "bichos" pequeños, que se conocen como q'ara wawas ("bebés desnudos"), q'ara uñas ("críos desnudos" -uña se usa comúnmente para designar a las crías de los animales) o duendes. Siguen creciendo en sus tumbas inquietas y salen en la noche, sobre todo en el período entre la luna llena y la nueva, momento en el que pueden verse bailando juntos, emitiendo una luz fantasmal (de ahí que también se les llame nina k'ara, "fuego pulsante"). Se sienten atraídos por los niños pequeños, con quienes juegan, y pueden comerlos si no se les ahuyenta con un rosario o un pedazo de hierro. Les crecen las barbas y se comportan de manera muy parecida a los Chullpa, hacia quienes parecen ir revirtiendo, lentamente, en una inversión extraña de la dirección del tiempo. Algunos (siempre "otros", nunca los del grupo del informante) conservan y disecan estos fetos, ofreciéndoles comidas rituales para adquirir riquezas y prosperidad. Incluso se los puede ofrecer al gran cerro hambriento de Tankatanka, 55 en las fronteras de la puna de Macha con el departamento de Oruro. Este cerro se dice que toma la forma de una serpiente barbuda; la misma serpiente parece personificar el carácter fálico de los fetos, a la vez peligrosos y fértiles. 56 No nos sorprende que los principales devotos de Tankatanka sean -en opinión de los indios-la población mestiza en ascenso de los pueblos rurales, que a veces caen bajo la sospecha de 54 Las niñas solteras pueden romper todas las reglas del embarazo para provocar un aborto que tendrá la apariencia de un malparto, maltratándose al levantar bultos pesados, tirándose desde una altura, etc. Los abortivos incluyen el alcohol puro, una parte del panal de la abeja ladrón Lestrimelitta (tujtu punku) y un tinte verde químico que se vende en los mercados, además de infusiones herbales (manzanilla, romero, el cactus qhiwalli, etc.), del mismo modo que se usan para provocar las contracciones del parto. 55 También el nombre de una divinidad triple adorada entre los Charka pre-hispánicos. 56 Como dijo un hombre, la serpiente de Tankatanka es "¡tan gruesa como aquél bebé!" (chay wawa rakhu jina). TRISTAN PLATT tener tendencias satánicas poco escrupulosas, como una manera de explicar su mayor riqueza mercantil. Los fetos abortados son furiosos y vengativos, porque se les ha expulsado de su cómoda morada dentro del vientre, donde podían comer sangre materna en abundancia. Ansiosos por recuperar la nutrición perdida, salen a vagar en la noche, olfateando el lugar donde puede estar dando a luz una mujer, sobre todo si el parto va acompañado por una abundante pérdida de sangre. Visitan la casa, y empiezan a comer la sangre con la mirada de sus grandes ojos fetales 57 (¿una inversión mortífera de los "ojos partidos" de la embarazada?), antes de entrar por su vagina para abrirse camino hacia arriba; si llegan a su corazón (kurasun), la mujer muere. La madre es particularmente vulnerable si está sola y soñolienta; 58 despierta con violentos dolores de estómago que le hacen crujir los dientes, mientras que los duendes "matan en la sangre" (yawarpi wañuchin). Pero se les puede mantener alejados con la presencia tranquilizante de varios hombres mascando coca y vigilando, y con el ordenamiento de elementos simbólicos en el umbral de la puerta: semillas de quinoa (que representan a mucha gente), 59 un peine (ñajcha, que representa el monte espinoso, que no puede pasarse por los duendes), un espejo (que representa un "peñasco resbaloso", llusk'a qaqa), o un látigo de piel de vaca (lasu, que inspira el miedo de los cuernos de la vaca). La creencia en los q'ara wawa muestra claramente el carácter "diabólico" que se atribuye a los fetos. En la España del siglo XVI, los duendes fueron considerados los "ángeles caídos" que ocupaban las cavernas y los pozos y estaban a cargo de las minas y de la riqueza mineral. 60 Una 57 La referencia a los ojos recuerda los inmensos ojos sin párpados del feto antes de alcanzar la novena semana. Inversamente, una mujer que se había dedicado a asistir a las parturientas dijo que se había vuelto ciega por haber mirado demasiada sangre. 58 El q'ara wawa andino probablemente se relaciona con el temacpalitotique de los Nawa, que usaba los brazos mutilados de las mujeres muertas en el parto para echar un hechizo de sueño e inmovilidad sobre los ocupantes de una casa, cuyos bienes y mujeres en seguida procedía a robar y violar. 59 Según los informantes de Macha, la quinoa era una de las comidas favoritas de los Chullpa, y, según Waman Puma, se utilizó por los Inka para hacer recuentos de la población. 60 Ver Covarrubias, Sebastián de: Tesoro de la Lengua Castellana o Española. Covarrubias también vincula a los duendes con la tarasca, un monstruo con colmillos que salía en las procesiones españolas de Corpus Cristi, y también se conoce en las fiestas andinas. R.T. Zuidema sostiene que, en las procesiones de Corpus Cristi del Cusco colonial, la tarasca española encubría la serpiente-arcoiris andina (amaru) (de la cual la serpiente de Tankatanka puede ser una manifestación local). Tomo LVIII, 2, 2001 creencia similar en los duendes mineros existía en muchas otras partes de Europa. 61 En los Andes, también se considera a los "diablos" como los dueños de la riqueza mineral. El aborto del feto revela, pues, su verdadera naturaleza como la reencarnación de un alma muerta pagana -de hecho, los seres peligrosos que cometen el sajt'ay o sarchuwaqay se llaman a veces explícitamente almas (aquí la palabra castellana ha reemplazado a la voz quechua supay). Se reconocen claramente los riesgos de soltar del vientre a este feto diabólico antes de tiempo. 62 Su hambre es similar a la de las huacas ancestrales andinas y a la de los modernos diablos mineros que, si se les priva de sus ofrendas acostumbradas, "comen" -o sea, drenan de sustancia vital-a los que han fallado en su deber de alimentarles. Igualmente, el feto abortado intenta ser el caníbal de las parturientas, mientras revierte inexorablemente a su condición originaria de Chullpa ancestral. Solo si el feto puede seguir comiendo sangre dentro del vientre, puede el alma hambrienta del antepasado crecer hasta renacer, con la posibilidad de la conversión post-natal en un pequeño cristiano viviente. La naturaleza agresiva del feto queda así manifiesta. El proceso de gestación se caracteriza por la absorción hambrienta de la sangre de la madre, mientras sigue creciendo en tamaño y fuerzas, llevándola al borde de la muerte antes de que, finalmente, ella pueda expulsarlo en un paroxismo de calor y contorsión. Esta peligrosa lucha entre su maternidad y el feto es su mayor lucha. La voracidad del feto sólo puede ser domesticada y socializada después de realizarse ciertos ritos de separación de la madre, que se llevan a cabo antes de que se le dé el pecho y se le bautize con un nombre, como un miembro individualizado de la sociedad cristiana andina. Pasaré ahora a considerar estos ritos de separación. Los exámenes prenatales se llevan a cabo por un masajista (qaquri), que también puede ser una partera (unquchij) o leedor de pulsos (llankhiri). En este momento, el lenguaje de la sangre se escucha de nuevo. En que-61 Salazar-Soler: "La divinidad de las tinieblas..." 62 Como dijo un informante, en la forma de un refrán: "'wawastapis wañuchishan, rimuñus purishan', nishanchis" ("Decimos:'a los bebés están matando, y los demonios están caminando'"). El incesto fue mencionado como un motivo justificado para el aborto (como lo es también según la ley boliviana). TRISTAN PLATT chua, casi cualquier proceso puede representarse fonémicamente, 63 aunque el movimiento de la sangre conlleva tal confusión de los sentidos que las sensaciones y los ruidos llegan a ser casi indiferenciables. La onomatopeya quechua nos permite escuchar las palabras dichas por la sangre. Un embarazo sano, que llega a su fin, es indicado por un pulso que dice ¡phuj! ¡phuj! -el mismo sonido que hacen tanto la chicha (cerveza de maíz) en fermentación (con la cual se compara el líquido amniótico), como la sopa espesa calentada con tres piedras, llamada qalapari (o qalapurqa), que era una de las comidas preferidas de los Chullpa. El parto inminente se oye como ¡thum! ¡thum!; mientras un vacilante y delicado ¡t'iuj! ¡t'iuj! dice al leedor de pulsos que el parto está aún lejos. La posición del bebé se revisa con un masaje suave, que ya se habrá hecho por la propia mujer y su marido. En caso de mala posición, la partera, hombre o mujer, puede a veces enderezar al bebé. 64 Untando sus manos con greda, coca mascada y mezclada con nuez moscada, o con khuru (una raíz aromática), la partera masajea, suave pero firmemente, con el movimiento de hilar ya mencionado: ambas manos frotan en sentidos inversos en torno al ombligo axial. Si la cabeza debe dirigirse hacia el cuello del útero (trichu; del castellano "trecho"), se usa un movimiento convergente, desde las costillas hacia el cuello debajo del ombligo, que se toma como el centro del cuerpo. Alternativamente, la mujer puede ser colocada en un poncho, que se sacude y se tira con movimientos precisos, e incluso puede ser lanzada al aire tres veces por dos o cuatro hombres, que agarran las esquinas del poncho (Que. thalay; en castellano "mantear"). 65 También se le puede "hacer bailar" (tusuchiy), saltando, bajo la dirección de la partera, para reposicionar el "bulto" (wultu) pesado en su interior. Si bien se supone que el momento más probable para el inicio del parto se da entre la luna llena y la nueva, existe, sin embargo, algún desacuer-63 Para el carácter altamente motivado del signo lingüístico en quechua, ver Bruce Mannheim: 64 Una indicación de que el bebé está a un lado del vientre es la sensación de vacío en el otro. Algunas madres dijeron que habían detectado el malposicionamiento del feto por el dolor causado por el peso adicional que caía sobre un pie. 65 Algunos movimientos del thalay (manteo) parecen ser más violentos que aquél que se practica entre los Maya, descrito por Sheila Kitzinger como "meceo pélvico". Existe una representación del manteo por cuatro chamanes cornudos, uno con un largo bastón blanco-y-negro (allqa), procedente de la Cultura Imperial Chancay de la costa peruana (1300-1532 DC). Ver la "Escena Médica" de algodón y fibra de llama perteneciente al Museo Larco Hoyle de Lima, que pude contemplar en la exhibición "Tesoros del Antiguo Perú", Museo Arqueológico, Sevilla, presentada del 8 de mayo al 12 de junio de 1999. Las niñas se supone que requieren menos tiempo que los niños, quienes deben hacer cuajar más sustancia muscular y huesuda. De ahí que las niñas puedan nacer a los ocho meses y los niños a los nueve o incluso diez, aunque hay incertidumbre sobre qué calendario debe usarse. Una pareja dijo que contaban el tiempo en semanas de ocho días (de lunes a lunes, martes a martes, etc.), que daría un "mes" de cuatro semanas largas y de 32 días. En general, se esperan variaciones debido a la diversidad de "nuestros adentros", rechazándose nuevamente los intentos biomédicos (y, en este caso, bíblicos) de producir un modelo estandarizado del cuerpo femenino. Cuando "estallan las copas", 66 y la sagrada "chicha" (el líquido amniótico) cae al suelo, la mujer se viste con un viejo vestido y se peina cuidadosamente mientras yace, esperando, con un fajín (wufanta) (tal como se lleva por los guerreros en las batallas) enrollado a la cintura, 67 que se apretará inmediatamente después del parto para evitar que la placenta la asfixie al "flotar" (phaway) hacia arriba dentro de su cuerpo, buscando al bebé. Tanto en las consultas pre-natales como durante el propio parto, la situación de la mujer se relaciona ritualmente con su contexto cósmico más amplio. Se echan las libaciones en las esquinas de la casa, y para las glorias (o rayos). Se establecen correspondencias armoniosas entre el vientre de la mujer como una cueva dentro de la tierra, fuente del crecimiento y del nacimiento, como también con el mundo superior, fuente de la luz y del orden cristianos, que se refractan en los cristales del nacimiento utilizados en la construcción de las ofrendas rituales (mesas). Al hacer del cuerpo de la madre el centro de un conjunto embutido de dimensiones correspondientes, se establecen las condiciones geománticas necesarias para un nacimiento seguro. 66 Wasus t'ujyay; la imagen proviene del vocabulario ceremonial de las libaciones: en ese contexto, los wasus son fuentes de madera, llenas de chicha (cerveza de maíz), a menudo con dos toros en el centro, tallados en madera. Se echan gotas de chicha sobre la tierra antes de servirse, para alimentar a las divinidades ctónicas. 67 Así sucede si las circunstancias son favorables. Pero una mujer nos contó cómo habían empezado las contracciones mientras estaba cocinando patatas en un horno de tierra (wathiya). Su marido quería que terminara de cocinar la comida, pero su hija le dijo que corriese rápidamente a casa. Al llegar, aseguró la puerta desde adentro, para que su marido no pudiera entrar, y dió a luz a solas, agarrada al lateral del catre. Algunos problemas pueden corregirse analógicamente al invertir el origen de la dificultad. Éstos pueden haberse ocasionado por las correspondencias negativas, producto de la negligencia. Por ejemplo, si la mujer hila durante el embarazo, el cordón puede enredarse alrededor del cuello del feto; tejer a pleno sol puede "tostar" la placenta, haciendo que se pegue a la pared uterina; alzar una carga sobre la espalda (q'ipiy) puede torcer el cuerpo (khiwiy, palabra también usada para las contracciones), dejando al bebé malposicionado. La ceremonia de "romper el hilo" (p'itira) es una técnica para rectificar el daño. El cuerpo de la paciente se envuelve con un hilo de lana de llama, plegado a la izquierda (lluq 'i q' aytu), que después se rompe para soltar la maraña u obstrucción adentro. La phishkura es otro rito de "inversión" (kuti, lit. "vuelta, retorno"), en el cual se sacrifica una oveja y se ofrece la sangre al rayo (gloria), mientras que el cuerpo de la paciente (en este caso, la parturienta) se frota con fetos de camélido (sullu) para absorber la desgracia, y luego se reducen a cenizas, que se dejan recogidas en un envoltorio 68 al lado del camino, donde el mal puede pasar a un caminante demasiado curioso. Para ayudar al parto, el proceso de cocción dentro de la mujer se acentúa por la administración de infusiones (mat'i), por fumigación (q'ushnichiy 69 ) y por vaporización (wawsi). Los humos calientes envuelven su cuerpo por dentro y por fuera, ayudando a inducir las contracciones. Una receta de fumigación consiste en hojas tostadas del árbol siempre verde llamado molle, muy utilizado en los ritos públicos para propiciar la vida y la reproducción, cuyo humo picante le resulta molesto al feto y lo hace salir rápidamente: la imagen sugiere una técnica para sacar a un animal silvestre o a un enjambre de abejas de su nido o refugio. 70 Las infusiones pueden prepararse con manzanilla, romero u otras hierbas propiamente andinas (especialmente las hierbas etno-oxitócicas kancha lawa, wallik'iya 68 Sobre la importancia de los envoltorios en las culturas amerindias, ver Desveaux, Emmanuel: "Le Placenta ou le Double Mort du Nouveau-Né". 69 La mujer se pone de pie, con las piernas separadas, por encima de una olla humeante de sustancias médicas encendidas. 70 "La fumigamos adentro con molle tostado. Eso pronto hace que el bebé se asquee desde adentro, pronto -molle es amargo, ¿no? ¡Eso es! hace salir inmediatamente al bebé" (mulliwan asaykunchis. ujta wawata millachimun ukhumanta, ujta -mulliqa jayaqa piru, i?. asta! wawata quchimun pacha). También: "Debe hacer un mal olor en el vapor" (wawsipi phututiykuchina [reduplicación de tu>ti antes de -yku-]). Una idea similar subyace probablemente en el uso de la cola de zorrino en la práctica partera nahua. Tomo LVIII, 2, 2001 y alusima 71 ), junto con miel de abejas tropicales sin aguijón y de avispas, todo hervido en alcohol de uvas (singani) o melaza. Los caldos de grasa de gallina y de huesos de res, condimentados con bayas picantes de ulupika, también se ofrecen a la parturienta. La misma partera describió otra infusión, de orina fermentada con hierbas, todo hervido con tres piedras calientes (qalapari, la comida de los Chullpa). Tres granos de trigo, de calabaza y de alusima 72 se añaden al agua ya enverdecida con hoja de coca, y los humos vaporosos ayudan a hacer resbaloso al bebé. Los masajes del vientre con grasa de gallina calientan más el útero, y frotar los muslos con las deposiciones (wallpa aka) o diarrea de gallina (wallpa q'icha) también ayudan al bebé a deslizarse hacia fuera. Si el bebé está malposicionado y no puede salir, la madre debe ser sacudida o manteada nuevamente, y se dan otros masajes; un partero dijo que solía aplicar su rodilla al vientre de la mujer. Jalar las articulaciones de los dedos o traquetear el cuello hacia un lado son formas de quiropraxis que permiten liberar la tensión y el miedo (mulla). La mujer también puede ser obligada a soplar fuertemente en una botella verde, para forzar los músculos de su estómago hacia abajo e inducir contracciones. La pérdida de sangre -un parto "húmedo"-hace más fácil el nacimiento; un parto "seco" puede doler mucho. Aunque algunas mujeres tienen partos fáciles, la mayoría sufre: hay un constante énfasis sobre el dolor. Se le puede dar para morder un suéter (chompa) de lana o una piel de animal; una parturienta dijo que había desgarrado una piel con sus dientes crujientes, haciendo el sonido ¡qhiij! ¡qhiij! Si el dolor se vuelve insoportable, la partera la anima a gritar ("¡Grita, niña, grita!"), llamando a la Madre Remedios, la compañera de San Pedro en la parroquia cercana de San Pedro de Macha, o a la Madre Guadalupe, ambas vírgenes 73 patronas del parto. El marido puede unirse a ella con sus propios gritos simpatizantes. Si el bebé aún no sale, la partera o ayudante puede meter su mano en la vagina para encontrar y guiar la cabeza (lavando sus manos primero en orina antisépti-71 Wallik'iya, cedrón (Psoralea Pubescens); alusima, espliego (Hyssopus officinalis). Estas y otras identificaciones botánicas provienen del estudio de Denise Y. Arnold y Juan de Dios Yapita (con Margarita Tito): Vocabulario aymara del parto y de la vida reproductiva de la mujer. Este valioso libro representa otro producto, referente sobre todo al mundo aymara del Altiplano, del proyecto financiado por la DG XII. 72 "Sólo treses, pues, tres de trigo, tres de calabaza, tres de alusima. Eso pronto hace resbaloso al bebé" (kinsitallataj a, trigu kinsa, sapallu luru kinsa, alusima kinsa. a kinsa. chayqa llusk'a chay ratu wawataqa chayqa). 73 Se supone que las wirjinas (del castellano "virgen") existen en las capillas cristianas, y también como formas de la Tierra Madre (Pachamama) dentro de la tierra. Pero el peligro y la muerte están siempre presentes. Las hinchazones (punkiy, posiblemente pre-eclampsia) se reconocen como impedimentos para un parto fácil, y a veces el bebé está atrancado de lado (wawa trankasqa), la "puerta está bloqueada" y no puede salir. 74 En ese caso, la mujer quizás muera, salvo si el sanitario del puesto local puede ayudar. 75 Se adoptan varias posiciones para dar a luz: en cuclillas (chukusqa), sentada (tiyasqa), de pie (con el apoyo de los presentes), agarrada al lateral del catre (si se da a luz a solas), a cuatro patas (wakachasqa). El marido puede apoyar a su mujer, tomándola por la cintura desde atrás, con una partera o una pariente sentada delante para recibir el bebé; si el nacimiento se ha realizado en familia, la partera a veces puede entrar después del parto para levantar al bebé y dar cuidado post-natal a la madre. Pero se considera absurdo dar a luz echada sobre las espaldas en posición supina. Esta actitud concuerda con las críticas de la práctica corriente biomédica por las feministas, e incluso desde dentro de la misma profesión obstétrica. 76 El bebé se desliza para afuera con el sonido de ¡phallaj!, una onomatopeya que se tradujo en el siglo XVI como "dar a luz, o el reventar de una presa de agua, de sangre o cosas similares". 77 El estancamiento de la sangre se ha terminado, el dique se ha reventado, el pan ha salido del horno, y la normal circulación de la sangre de la madre puede retomar su curso. Tratamiento postnatal del bebé Inmediatamente después de la expulsión del bebé, mientras aún yace en el suelo o sobre una frazada, 78 la partera rápidamente aprieta el fajín alre-74 Esto puede producirse durante el embarazo al levantar bultos pesados, torcer el cuerpo para alzar una carga o por la violencia marital. 75 En un caso, el sanitario local pudo sacar al bebé, cuando habían fallado todos los otros recursos. "Lo alzó como un pescadito, ¡sí!" Pero la gente protestó de que el sanitario no había prestado ninguna atención al fajín en torno a la cintura de la mujer, y la madre se quejó amargamente de que había usado agua fría para lavarla a ella y al bebé. 77 Ver Bertonio: Vocabulario... (II:255). "phallacatha, parir o reventar el agua represada, sangre y cosas semejantes". Lestages informa que, en Huarochiri, la madre da a luz en cuclillas, y el bebé cae de cabeza sobre una depresión en el suelo, que representa un re-nacimiento del vientre de la Tierra Madre, Pachamama. No he escuchado referencias a esta práctica en Macha, pero sí la idea de un renacimiento de un "vientre masculino" de andrajos, como veremos en seguida. Tomo LVIII, 2, 2001 dedor de la cintura de la mujer para evitar que la placenta "flote" (phaway), "salte" (phinkiy) o "se alce" (jijkatay) dentro del cuerpo en busca del bebé perdido, llegando así a asfixiar a la madre. Sólo entonces se corta el cordón (kururu) con un tiesto (k'analla), a veces recogido del suelo al instante fuera de la casa. Los tiestos también se asocian con los restos arqueológicos del tiempo de los Chullpa. El cordón se ata del lado del bebé con hilo (ilu). 79 Esta parte se va a secar y caer dentro de una semana, y puede usarse en forma de polvo como un remedio para la malaria. El cuidado prioritario que se da a la madre confirma la preocupación que se siente por su seguridad, por encima de la del bebé. Se dice que el uso del tiesto garantizará que el niño tenga siempre buena ropa; el uso de las tijeras o de una cuchilla (gilette), que ahora se ha adoptado en algunas familias, se critica por los tradicionalistas, quienes dicen que esto va a suponer ropa escasa y andrajosa. Detrás de estas creencias subyace un cuento sobre el origen del tejido, que nos proporciona una clave importante para interpretar la conceptualización del parto en Macha. Dios, se dice, dijo al zorro que ordenase a las mujeres sacar sus tejidos de las ollas, pero el zorro les dijo que pusiesen cuatro palos en el suelo para tejer. El zorro es una figura farsante ("trickster"), asociada con los orígenes de la cultura. 80 La idea de que los tejidos debieran sacarse "cocidos" de las ollas ofrece una analogía con la emergencia del feto "hilado" del vientre caliente y húmedo de la madre. La voluntad de Dios sigue gobernando la producción de seres humanos, a partir de las fibras sangrientas que se tuercen para formar grumos, mientras "cuecen" en la "olla" carnosa de sangre de la madre. Pero los recién nacidos, para vestirse decentemente como miembros de la sociedad cristiana, deben envolverse ahora en una "piel social" textil,81 que tejen sus madres de fibra de camélidos en un telar colgado de cuatro palos insertos en el suelo. La actividad social de tejer aparece, así, como una manera de hacer culturalmente visible la esencia tejida de los cuerpos biológicos, un paralelismo cuya expresión culinaria directa fue encubierta por las trampas del zorro. El uso del tiesto, metonímicamente relacionado con las ollas de los Chullpa, para cortar el cordón constituye, por lo tanto, una delimitación simbólica de la frontera convergente entre los tejidos internos ("naturales") y externos ("culturales") del cuerpo humano. De ahí que propicie una abundancia de buena ropa para el recién nacido. Una vez cortado el cordón, algunas mujeres cuentan como después de nacer el bebé -si es varón-es levantado por los pies, y se le insulta por haber proporcionado a su madre tanto dolor y molestia: "¡Pescadito! ¡Pene desnudo (q'ara ullu)! ¡Mira cómo hace sufrir a su madre, desde el principio!" Una mujer (que se llevaba especialmente mal con su esposo, a quien frecuentemente pegaba e insultaba) dijo, estando borracha, que había demasiados niños varones y que deberían matarse al nacer, asfixiándolos con una frazada o entre andrajos, "aunque su padre pueda enojarse". El vientre masculino hecho de andrajos Los andrajos, como tejidos deshechos, son inevitablemente significativos en los Andes. Después de nacer, se recoge y se limpia la sangre y la viscosidad con andrajos que se sacan de unos pantalones de bayeta (calzonas; hechos de tejido casero), pertenecientes al padre, que se rompen en ese preciso instante. La palabra aymara para estos andrajos, q 'usuyllu o q' uchayllu, 82 también se refiere a los andrajos teñidos de añil (que se dicen "negros", aunque son azul oscuro), con los que se amarran las piernas y los pies de la madre cuando, por primera vez, se levanta y sale al aire libre. En ambos casos, los andrajos "sellan" la piel, bloqueando el peligro de nuevos derrames de sangre a través de las superficies aún permeables (especialmente las de los pies) de la madre y del bebé. Pero en el caso de los andrajos del padre, la práctica parece relacionarse con la creencia en un útero paterno. Al igual que el bebé se ha nutrido en el vientre de la madre como un pedazo coagulado de tejido sangriento y caliente, así ahora se coloca dentro de un vientre paterno igualmente "andrajoso". Estos andrajos constituyen un paso intermedio entre los grumos torcidos de sangre, que "hilaron" el cuerpo del feto, y su vestimenta social, tejida de fibra de animal domesticado, con la cual se va a envolver en la sociedad andino-cristiana. La práctica tiene resonancias de la covada que necesitan ser comentadas. Peter Rivière ha sostenido 83 que la covada está diseñada para afirmar la contribución espiritual del padre al bebé, en contraste con la contribución física de la madre. Esta formulación aristotélica es inconsistente con la idea de los Macha de que es el padre quien aporta "sangre blanca" o cuajo, y con la importancia del alma ancestral, procedente de la piedra de la fertilidad, como la chispa vital del feto. Por otra parte, la idea de Malinowski de que la covada legitima el papel social del padre concuerda con la idea del vientre paterno de andrajos, que ofrece un puente entre los torcidos de hilo sangriento, que constituyen el feto en el vientre materno, y los diseños tejidos de fibra animal, que cubren a los miembros de una sociedad donde la propiedad de la tierra se define patrilateralmente. 84 En Macha, los andrajos sacados de unos viejos pantalones establecen la paternidad al representar el vientre del padre biológico y social. Mary Douglas ha sugerido que la covada es una manera de subrayar la confirmación del vínculo matrimonial mediante el nacimiento de los hijos. 85 También en 83 Rivière, P.G.: "The couvade: a problem reborn", en Man, New Series, Vol. 84 La asociación de los andrajos con la paternidad se encuentra también en los Cuentos de Huarochiri (siglo XVI), donde el hijo de Macahuisa identifica a su padre al arrastrarse hacia un forastero vestido de andrajos, quien resulta ser la huaca Pariacaca disfrazada. La divinidad aymara Tunupa -más tarde identificado con Santo Tomás o con Cristo-también reaparece en las leyendas modernas como otro viajero andrajoso, quien también es una divinidad disfrazada, que premia y castiga a la gente según su comportamiento, en una saga mítica ampliamente difundida en el Altiplano boliviano. TRISTAN PLATT Macha el matrimonio es un proceso largo, construido por repetidos ritos de confirmación a lo largo de la vida, pero fortalecido sobre todo por el nacimiento de los niños. 86 Criticando tales interpretaciones, Patrick Menget ofrece un análisis de la covada 87 en términos del reordenamiento de universos cognáticos en el idioma de las sustancias. Esta teoría también capta un aspecto importante de la práctica en Macha. La existencia de dos vientres refleja los aportes complementarios de sustancia sangrienta por ambos padres y la transición del bebé desde el dominio interno de la madre al mundo exterior de los grupos patrilineales. Así, la mayoría de estas teorías logran captar diversos aspectos de la participación masculina en el acto de dar a luz en Macha. Por otra parte, al límite de su cobertura semántica, el concepto de covada tiende a diluirse, porque puede incluir muchas expresiones masculinas de preocupación y cuidado, que se reconocen como tales por la mujer. Esta perspectiva tiene una especial relevancia cuando se da el caso, como en Macha, de que la mujer a menudo es atendida solamente por su marido. La madre es el recipiente hacia donde se canaliza el poder fertilizante de las almas ancestrales, que emanan de la piedra kamiri. Su propia contribución a la gestación se expresa por su relación social privilegiada con el ganado lanar, con el hilado y con el tejido; ella misma, cual camélida hembra, contribuye con los hilos sangrientos a la formación fetal. Pero la patrilateralidad y la virilocalidad determinan la herencia y el asentamiento de tierra y territorio. La contribución de cada padre a la sustancia fetal refleja, por lo tanto, una ideología de complementariedad genérica que puede dar lugar, sin embargo, al cuestionamiento y al conflicto. De ahí que a veces se diga que "crece la amargura entre las sangres" (jayachinakun yawarpura) dentro del feto o del individuo, reflejando una tensión entre la contribución materna y paterna a su ser físico. En el caso del feto, la división efectiva de las sangres puede producirse por un rayo poco después de la concepción, dando como resultado el nacimiento de mellizos. 88 La tensión entre los "vientres" materno y paterno también expresa la tensión entre los parientes de la madre y los del padre, en tanto dadores y tomadores de mujeres. 88 Aquí, se supone que el relámpago o "padre" (tata) se ha equivocado (pantan); los mellizos, por lo tanto, se consideran como ocurrencias anormales y "monstruosas". Del canibalismo fetal a la lactancia Renacido del vientre de andrajos paterno, el bebé aún tiene huellas de sangre, que luego se lavan en una fuente de orina espumosa proporcionada por todos los adultos presentes. La orina es un antiséptico que sale por los orificios inferiores del cuerpo, igual que la sangre reproductiva. 90 Neutraliza y limpia al bebé en un baño amarillo y salado, que constituye un "bautismo" ctónico, anterior al bautismo cristiano de sal blanca con agua, que se administrará pocos días después. El bebé está ahora en un estado liminal entre el vientre y la sociedad, y mientras no haya pasado por esta etapa no se le da el pecho. Durante dos o tres días debe prepararse para la lactancia, recibiendo primero unas gotas de orina sobre un estropajo de lana, o tres cucharaditas de la misma, seguida a veces por gotas de infusión o chocolate. Con la aplicación de la orina, tanto dentro como fuera del cuerpo del bebé, se intenta parar la pérdida de sangre. Madre e hijo están aún imperfectamente separados, y la sangre puede brotar por la superficie de sus pieles en cualquier momento. El tratamiento con orina produce un efecto de curtido; se dice que, de otro modo, los pies del niño podrían abrirse más tarde, al cruzar agua fría y turbia (allpi), porque la piel seguirá aún tierna y fácil de diluirse. 91 Pero la postergación del pecho tiene otro propósito muy importante. Funciona para romper el hambre voraz del feto, y colocarlo bajo la disciplina de la práctica nutricional humana. Esto se confirma cuando preguntamos a una madre si conocía el valor del calostro (kurta). "Sí, eso es muy bueno", contestó, "es demasiado bueno! "No, ya no le hagan amamantar ese calostro, ¡ordeñen eso! para que no lo coma así, si llegara a ser hombre, comerá, mucho comerá, y ¡será una vergüenza para sus padres! ¡Ordeñen esa leche [el calostro] directamente, si va a llegar a ser un hombre!" "mana, kay kurtataqa ama ñuñuchiychisñachu, ¡ch'awarpaychis! mana mikhunanpaj ajina, runapis kanman, mikhunqa askha mikhunqa, tatanta mamanta qhawarachinqa, i si runapis kanman, ¡chay lichita ch'awarpaypuni!" El pensamiento está claro: la voracidad fetal no se considera social y debe cortarse y controlarse, como parte del rito de separación del bebé 90 Es posible que la orina se relacione con las aguas termales volcánicas, aunque el agua volcánica es un tema poco estudiado en los Andes.Ver, sin embargo, Bouysse-Cassagne, Lluvias y Cenizas... 91 El resultante "talón partido" (k'akalli) se cura con grasa derretida en agua caliente. TRISTAN PLATT del cuerpo de su madre, que es asimismo un rito de entrada a la sociedad cristiana. Sólo así sabrá "aguantar" (muchuy) como adulto los períodos de hambruna, y no mostrarse tan goloso como para avergonzar a sus padres por su mala crianza. Envolviendo al guerrero y a la pastora Después de lavado, se envuelve al bebé en pañales (akawara) y luego en una honda (warak'a), un artefacto hecho de tejido denso, con un diseño simétrico en blanco y negro, cuyo simbolismo durante las batallas sobre los linderos se vincula con la idea de allqa. 92 Envolviéndolo en una honda, el niño será un buen guerrero, y puede añadirse una piedrita, colocada en su pequeño puño, con la cual cargar la honda y darle una "mano de piedra" (rumi maki; un nombre que también se da a los líderes guerreros en los Andes). Si el bebé es una niña, se busca garantizar con la honda su habilidad como pastora. Nuevamente, la propiedad masculina de la tierra y los barbechos, heredados patrilinealmente, se vincula con la capacidad de los hombres de proteger las fronteras territoriales; mientras que las niñas y las mujeres se vinculan con los animales que formarán parte de su dote y darán la lana con la cual tejerán la "piel social" de sus familias. La forma del bebé se vuelve rígida, finalmente, al envolverlo con una faja (waltha chumpi), transformándolo en una pequeña y tiesa momia de fertilidad, que recuerda la forma inerte del Chullpa ancestral al que reencarna. Los restos chullpa, envueltos en textiles, eran colocados en posición fetal en sus tumbas de adobe, como si esperaran el renacimiento. 93 Al nacer, sin embargo, el feto se estira, y después se envuelve firmemente, llegando a ser tan rígido como el pene que inicialmente lo "cuajó" dentro de la sangre menstrual de la madre. Con su salida el feto invierte el movimiento penetrante del pene, convirtiéndose así en su expresión simbólica complementaria. De tal manera que al ser transferido desde el vientre de andrajos paterno a la honda, y luego envuelto en la "vagina" social (es decir, tejida) de la madre (la waltha chumpi), el bebé se contrapone al falo paterno, al mismo tiempo que es envuelto y recibe leche (en lugar de ser ordeñado) de su madre. 94 92 Para el simbolismo oposicional del blanco-y-negro en la honda aymara o paqui korahua del siglo XVI, ver Platt, Tristan: "Pensamiento político aymara", en Xavier Albó (comp.): Raíces de América. 93 Cerca de Puno (Perú), existen chullpas (tumbas funerarias ancestrales) que tienen formas explícitamente fálicas. Ver Kauffmann Doig, Federico: Comportamiento Sexual en el Antiguo Perú. El bautismo doméstico cristiano La etapa final que lleva al bebé hacia la sociedad cristiana consiste en rociarle con sal y agua, y darle un nombre. Antes de recibir su nombre es kampa, un monito mudo y anónimo. 95 El nombre cristiano se extrae del almanaque Bristol, que comúnmente circula en el campo; tradicionalmente, corresponde al santo del día en el que nació el bebé. El nombre se da con la fórmula "que sea este nombre" ('kay suti kachun' nispa), y la gente reza tres veces en latín las oraciones que mejor conoce (Pater Noster, Dominus Te Salve, Ave María, Gloria, etc.), mientras se hace la señal de la cruz sobre el bebé con agua salada. Este bautismo doméstico se lleva a cabo dos o tres días después del nacimiento, y antes que cualquier bautismo eclesiástico. Está así completa la transición de "diablo" a ser humano (es decir, cristiano), un proceso que se inició al momento de nacer, envolviéndolo en los andrajos del padre y dándole un "bautismo pre-cristiano" con orina amarilla y salada. La amplia gama de nombres que se encuentran en el almanaque (uno o dos para cada sexo en cada día del año), y pueden ser usados durante el bautismo, debe contrastarse con los muy pocos nombres atribuidos a los diablos -Jorge y Lucas son los más comunes-y con los dos usados por las parejas antiguas de los Chullpa, quienes en los cuentos se llaman, simplemente, Mariano y María (cóndor macho y rana femenina, expresiones de los cerros y del agua). La simple dualidad genérica de los Chullpa coincide con la dualidad genérica anunciada a los tres meses por los movimientos del feto en el vientre. El grado de individuación logrado mediante el bautismo, que hoy combina el nombre del santo y el apellido del padre, es mucho mayor que los dos nombres genéricos que se atribuyen a los diablos y a los antepasados chullpa. 96 La transferencia del bebé, concebido bajo la influencia de la luna, al reino solar de "este mundo" (kay pacha) se logra, pues, como un proceso de individuación y especificación onomástica de la nueva persona social, realizado mediante el bautismo cristiano del feto pagano, anónimo y hambriento, que acaba de nacer. 95 La forma castellanizada camba se usa, hoy en día, para caracterizar a los habitantes de los llanos orientales de Bolivia, que no saben hablar quechua. Los monos también aparecen con los "diablos" durante procesiones festivas. Entre los Laymi vecinos, los bebés pre-bautismales se llaman moro, una clara referencia a su condición de "pre-conversos". 96 Para las propiedades clasificatorias de los nombres propios, ver Lévi-Strauss, Claude: El Pensamiento Salvaje. Para una fase transicional entre las prácticas de nombrar precolombinas y las cristianas, en el vecino pueblo de Aullagas (Lake Poopó) a fines del siglo XVI, ver Álvarez: De las costumbres y conversión... El sacrificio de la placenta Volvamos ahora al destino del compañero placentario del feto. Después de cortar el cordón, el cabo de la placenta se ata con un hilo doblado de lana roja, que después se amarra al dedo gordo del pie izquierdo de la mujer. Esto podría verse como un medio de dotar a la mujer de su propia agencia, en cuanto que le permite ejercer su propia tracción controlada sobre la placenta para ayudarla a separarse de la pared uterina; sin embargo, una tracción demasiado violenta puede provocar hemorragia e incluso la inversión del útero, desenlaces ambos muy temidos. 97 Según los informantes, las placentas pueden salir casi al mismo tiempo que el bebé, o pueden tardar hasta veinticuatro horas. La norma obstétrica de esperar media hora antes de administrar las inyecciones oxitócicas presupone una estandarización del cuerpo de las mujeres que se rechaza en Macha, donde, como hemos visto, "nuestros adentros son de toda clase". La posición adoptada para esperar la placenta también varía, pero la mayoría declararon que preferían quedarse winkusqa, o sea, en la posición en la que cada una se sentía más a gusto. 98 La retención de la placenta se considera uno de los principales peligros del parto, y se asocia con el cocinar sobre el fogón o, sobre todo, con el tejer al sol: el calor sobre las espaldas de la mujer hace que la placenta se pegue a la pared uterina, como la comida que se quema en una olla o sartén. La situación puede tratarse amarrando una cataplasma de maíz hervido (mut'i) a las espaldas de la mujer: en quechua, la palabra qhirqhirchiy significa "hervir", donde el sonido del maíz hirviente se representa fonémicamente como ¡qhir! ¡qhir! El efecto analógico transfiere la separabilidad de los granos en el agua a la placenta dentro de la "olla" uterina, al mismo tiempo que restaura la humedad del "tejido" de sangre y grumos quemado. Otra técnica para obligar a la mujer a expulsar la placenta consiste en hacer que atore hasta la garganta una botella verde: así se baja el diafragma y se produce una contracción. Si falla todo lo demás, algunas parteras meten un cuchillo dentro del útero (lavando primero sus manos en orina) y extraen la placenta en pedazos. 97 El útero invertido puede corregirse al suspender a la mujer cabeza abajo desde una viga del techo ("¡no te muevas, mi niña!" dice la partera) y empujar el útero hacia adentro con el puño, después de lavar las manos en orina. Tal práctica es un equivalente rústico del tratamiento recomendado por las parteras noratlánticas, que consiste en conectar una ducha salina a la vagina, para que por la ley de la gravedad baje el líquido antiséptico, y después empujar el útero hacia adentro con el puño. 98 Agradezco a Cassandra Torrico esta interpretación de winkusqa. Tomo LVIII, 2, 2001 Después del nacimiento, la placenta se trata al principio de manera parecida al bebé: se envuelve en harapos y se mantiene caliente cerca de su madre. Si se deja enfriar, la madre o el bebé pueden sufrir un dolor de estómago. Esta interdependencia entre los tres inmediatamente después del parto refleja el grado incompleto de separación que se ha logrado. Aunque no se le llama explícitamente "mellizo" del bebé, la placenta parece ser tratada como su equivalente simpático. Pasados tres días, debe ser desechada correctamente, para que no se vuelva duende o q'ara wawa, como los fetos abortados. Se entierra entera, rociada con agua salada y acompañada con platos de comida, o se reduce a cenizas, con rescoldo de estiércol animal, antes de enterrarla. Dicho entierro se hace unas veces en el campo, otras debajo del umbral de la casa, donde los innumerables pies que lo pisan aseguran que no podrá salir para amenazar a la familia. 99 No he encontrado ninguna evidencia de que, hoy en día, se coma la placenta por las madres de Macha, algo que fue bastante común en Europa, 100 donde en algunos casos se sigue practicando en la actualidad. Sin embargo, el consumo de la placenta parece haber sido parte de las prácticas de parto en el siglo XVI, y un breve comentario sobre este punto aclarará una importante diferencia entre las prácticas modernas y las pre-hispánicas. El lexicógrafo jesuita del aymara Ludovico Bertonio anotó, respecto a los Lupaqa de las orillas del lago Titicaca en el siglo XVI, lo siguiente: "Tienen otra costumbre muy puerca y bárbara, y es que después del parto la muger come un poco de las pares, mandándoselo el hechizero, para librarse de enfermedades: "cchihua mankamasa yocachasitathà mankantiritha". 101 Ahora bien, la práctica Lupaqa del siglo XVI es probablemente parte de un conjunto más generalizado de creencias. Es probable que, en la práctica registrada por Bertonio, la placenta fuera considerada como el doble o "mellizo" del bebé, de la cual la mayor parte era ofrecida por el "hechicero" a una divinidad ctónica, después de asignar un bocado a la madre. Tal 99 La preocupación que sienten las mujeres después de dar a luz en el hospital debe relacionarse con el miedo a que las placentas puedan volverse q'ara wawa. Para un síndrome similar en la Turquía islámica, ver Gokalp: "Le Placenta..." 100 Gélis: History of Childbirth... Agradezco a Ivan Tavel, de la Universidad Católica de Cochabamba (Bolivia), por haber llamado mi atención sobre este texto, que él está preparando para una nueva edición. TRISTAN PLATT sacrificio de la placenta refleja un tratamiento común que se da a los mellizos en varias sociedades amerindias, donde se mata a uno de ellos, mientras que al otro se le permite vivir. Esta práctica, documentada hoy para los Bororo de la cuenca amazónica (Bolivia), 102 también puede encontrarse en los mitos quechua de la colonia temprana recogidos en Huarochiri. 103 Aquí, durante el período de sujeción al dios costero del fuego, Wallallu Qarwinchu, las mujeres daban a luz solamente mellizos, a uno de los cuales se le permitía sobrevivir, mientras que el otro era devorado por el dios del fuego. Es lícito suponer que, en este mito, el mellizo sacrificado era, en realidad, la placenta del bebé que se dejaba vivir. También parece existir una relación histórica, aún por investigar, entre el mito de Wallallu Qarwinchu y el consumo, hoy en día, de los fetos disecados por la hambrienta y fálica serpiente del cerro Tankatanka. Así, pues, la práctica moderna es probablemente el resultado de la extirpación de idolatrías llevada a cabo por la Iglesia en los siglos XVI y XVII; antes, existía una aproximación comensal ("canibalística") al sacrificio placentario. Sin embargo, un resto del canibalismo placentario puede encontrarse todavía hoy, bajo una forma cristianizada, durante las ceremonias que acompañan a la celebración de Todos Santos y Día de Difuntos. Para esa ocasión, las almas de los muertos se representan como "bebés de pan" (t'anta wawas), pequeñas imágenes hechas de masa de pan y horneadas, que se colocan sobre la tumba en el cementerio, y después se comen por los amigos y la familia del muerto. El cuidado postnatal de la madre La madre ha sido llevada hasta los confines de la muerte; pero, si ha triunfado en su batalla cósmica para expulsar el feto, debe ser traído de nuevo a la vida cotidiana. La hemorragia postpartum (yawar apay) se considera el principal peligro en esta etapa. Algunas madres se quedan en la cama durante una semana y a veces un mes, mientras que otras dicen que se levantan tras un par de días, e incluso de inmediato. El coraje femenino y la "dureza" de la mujer (wapu; del castellano "guapo") no sólo se mode- lan sobre la valentía de los hombres en sus batallas; 105 es una calidad compartida por ambos sexos, cada uno en sus propias esferas de lucha. Después del nacimiento, la madre se lava con agua caliente, y se le da un caldo de huesos también caliente. 106 Pueden administrarse infusiones de una hierba con hojas afiladas (siwinqa; una variedad de cortaderia) para hacer "cortes" internos y asegurar que toda la sangre salga; mientras que la resina de q'uwa 107 ayuda a congelar un brote excesivo de sangre, que podría atraer la atención fatal de los duendes. La administración de hollín (qhisima), picante y negro, también ayuda a contener el flujo excesivo de sangre. La madre, aunque ya se ha librado del bebé, está aún en un estado muy vulnerable. Cuando quiere lavarse las manos, debe hacerlo con agua donde se ha puesto a remojo el chuño (patata disecada), que elimina la calidad "fresca" del agua pura. El chuño es "caliente", y se dice que la mujer debe evitar toda comida "fresca", como por ejemplo la patata y la carne de llama y cabra. Hay algo muy claro, y es que, cuando la mujer sale al aire libre por primera vez, sigue estando bajo el riesgo de los duendes. Aún está "abierta" y, por lo tanto, sujeta a la amenaza del frío; así, un viento chullpa podría soplar hacia sus adentros y provocarle la enfermedad de los Chullpa (chullpa unquy o chullchu unquy), una sensación de debilidad y fatiga que paraliza a la víctima. El retorno de la mujer al equilibrio humoral debe lograrse paulatinamente, mediante una dieta cuidadosa y nutritiva que, en un inicio, excluye las comidas frescas. Antes de salir de casa, la mujer debe amarrarse los pies con andrajos teñidos, sacados de un viejo vestido (aymilla). Se trata de los "harapos negros" (yana q'uchayllu), teñidos de añil, ya mencionados, y que deben distinguirse del q'uchayllu sacado de los pantalones del padre. Puesto que la madre post-partum es susceptible de desangrarse por los pies (igual que el bebé, durante el resto de su vida, si no se lava con orina amarilla), debe amarrarse bien las piernas, desde la pantorrilla para abajo, y frotarse el puente del pie con grasa de gallina y romero, amarrándose la pomada en continuo contacto con los andrajos. 105 Sin embargo, las mujeres solteras también suelen pelear, entre ellas mismas, durante las batallas rituales o tinku, que siguen celebrándose en Macha. Para el tinku, ver Platt, Tristan: Los guerreros de Cristo. Cofradías, misa solar y guerra regenerativa en una doctrina surandina (siglos XVIII-XX). También Platt, "Pensamiento político aymara..." 106 El agua fría que se usa hoy en los hospitales es otro motivo de queja para aquellas mujeres que se encuentran internadas. 107 El incienso de q'uwa se ofrece a las divinidades ctónicas del "mundo inferior" o "interior" (ura parti, o ukhu pacha); el copal y la mirra se ofrecen más bien a las divinidades del "mundo superior" (pata parti, o janaj pacha). Los colores del parto Hasta aquí, he venido mencionando la presencia de colores específicos que "tiñen" diferentes aspectos del proceso del parto. Tal vez sea útil resumir ahora las dos secuencias de contrastes de color, que organizan y vuelven significativas estas ocurrencias cromáticas aparentemente inconexas. Conviene observar que cada etapa y acción sucede bajo la irradiación de los diferentes colores del arcoiris (kuyrami), símbolo de la belleza, de la seducción y del peligro, 108 que articula los diferentes aspectos del parto. Esta secuencia tonal da un significado perceptivo a las relaciones y sensaciones que afectan a la madre y al feto, desde la concepción hasta la separación post-natal. Comencemos por los ojos blancos y negros (allqa) de la mujer embarazada. Como hemos visto, así eran los ojos de los devotos del dios andrógino Wiraqucha. Hoy, en Macha, cuando una mujer queda encinta, sus "ojos partidos" indican el movimiento de gestación iniciado dentro de su vientre, infundido con vida ancestral por la piedra kamiri. Pero ese mismo binomio puede verse, también, al final del proceso, donde el bautizo del bebé con sal blanca contrasta con los "andrajos negros" que protegen los pies de la madre mientras vuelve a la vida normal. Es como si este contraste que, en los ojos de la madre, anunciaba la formación incipiente de una nueva vida, terminara confirmando la separación exitosa del bebé, mediante la distancia física y conceptual entre la frente salada del infante bautizado y las piernas ennegrecidas de la madre. El patrón allqa del blanco-y-negro, como principio de fecundidad, suerte y divergencia dinámica entre principios contradictorios, está ampliamente difundido en la cultura andina. 109 Las piedras blancas y negras también expresaban ideas de deuda y crédito en el aymara del siglo XVI, y en otra parte he analizado su uso en las hondas de diseño blanco-y-negro para "liquidar las cuentas" entre grupos guerreros. 110 Rénard-Casewitz ha analizado el contraste entre la piedra negra de la brujería y el cristal blanco del chamanismo entre los Matsigüenga del Amazonas. Tomo LVIII, 2, 2001 quechuas de Huarochiri; 112 mientras que, en el Potosí moderno, la sal (kachi), cuyo nombre ritual es "cuarzo" (qhispi), ha ocupado el lugar del cristal chamánico. La sal es la sustancia cristalina que refracta la luz, colocando al niño bajo el poder chamánico del sacerdote católico, que sabe la palabra de Dios. 113 De hecho, en las ceremonias que propician un buen parto aún se emplea una piedra de cristal (qhispi rumi). Y las minas de sal son las únicas que caen bajo los auspicios de la "señora cristalina", qhispi siñura, una forma de la virgen cristiana; mientras que todas las otras minas pertenecen a los "diablos" ancestrales y a las fuerzas oscuras del mundo interior (ukhupacha), ocupando así la posición de la piedra negra de la brujería amazónica. Las sangres blanca y roja son las sustancias más básicas del crecimiento fetal, siendo la blanca la semilla del hombre (que da lugar a la grasa lubricante llamada linki) y la roja la sangre menstrual de la mujer. Infundidos con vida ancestral por la piedra kamiri, estos componentes macho y hembra de la sustancia fetal se entretejen como hilos torcidos en una sola entidad. En los siglos XV y XVI, se daba la misma relación al nivel político de la confederación de los Charka, donde los señores de los Charka Rojo y Blanco también estaban vinculados por un complejo conjunto de visitas, contravisitas e intercambios ceremoniales. Los componentes y los procesos de la gestación del bebé recuerdan, al nivel del feto, las características de la antigua confederación en cuyo territorio ha nacido. El verde es el color del molle, el árbol siempre verde, símbolo de la vida perenne en toda la región potosina. Sus amplias ramas dan una abundante sombra en los valles y lugares de descanso para los viajeros, cansados de caminar por los senderos pedregosos bajo el ardiente sol altoandino. Ramilletes de molle se llevan hasta las tierras altas para ser utilizados en la medicina y el ritual. Coberturas verdes de molle se colocan sobre las mesas ceremoniales y sobre los animales sacrificados, y se ponen en los sombreros como adorno. Son la expresión regional más vívida de la fertilidad reproductiva, y ofrecen el color paradigmático de la nueva vida. La hoja de coca se usa también para teñir de verde las infusiones. Y el tinte químico utilizado como abortivo también es verde, porque éste es el color del parto (aunque sea prematuro), como también lo es la botella verde donde sopla la mujer para producir las contracciones que expulsarán tanto al 112 Salomon y Urioste: The Huarochiri Manuscript... TRISTAN PLATT bebé como a la placenta. El verde se asocia, por lo tanto, con la producción y la conservación de la vida terrestre y húmeda, contra la disecación mortífera con la que amenaza el fuego solar. La orina amarilla corta el flujo de sangre roja, mientras finaliza la cocción del bebé. Constituye un bautizo ctónico, procedente de los orificios inferiores del cuerpo, antes de la transición al blanco cristalino del bautizo por la sal. En cuanto excremento corporal es parte de la cultura fertilizante de los poderes del mundo interno. Baña al bebé por dentro y por fuera, disolviendo las huellas de sangre mientras curte la piel. Es el color de la transición desde la sangre roja hacia la sal y la leche blancas, y como tal marca la socialización inminente del feto ctónico en la sociedad cristiana. Es llamativa la coherencia del simbolismo cromático de las diferentes etapas del parto. Las transiciones perceptivas, enmarcadas por la oposición allqa, expresan cómo la madre y el bebé, que ocupan posiciones opuestas al principio del embarazo, van invirtiéndolas durante el embarazo y el parto. El bebé empieza como el negro telúrico de los ojos allqa de la madre recién encinta, ella misma todavía ubicada en la luz blanca del mundo solar cristiano. La transición del bebé, formado de sangres blanca y roja que se ponen en movimiento con el aliento de la piedra, desde la sangre roja nutricional, por vía de la orina amarilla, hacia lo blanco de la sal y de la leche materna se complementa con la transición de la madre desde lo rojo de la sangre menstrual estancada, por vía del verde del parto, hacia el q'uchayllu y el hollín negros, que curten su piel y purgan sus interiores de un exceso de sangre. Así pues, las secuencias son: Negro > Rojo/Blanco > Amarillo > Blanco (bebé); y Blanco > Rojo/Rojo > Verde > Azul/Negro (madre). Dichas secuencias expresan la una el movimiento del feto desde el mundo genésico de los poderes telúricos extra-sociales hacia la cultura humana y cristiana, y la otra el movimiento de la madre desde la posición cristiana hacia el negro de la tierra interior desde donde surge la nueva vida. El blanco-negro (allqa), que al principio se concentraba en los ojos de la madre embarazada, termina expresando la divergencia dinámica y la separación del bebé del vientre materno. En este sentido, todas las transiciones cromáticas proporcionan una estructura perceptiva para el proceso de dar a luz, que también puede contribuir a nuestra comprensión de los significados propiciatorios de las combinaciones de colores en los textiles andinos y, más ampliamente, al estudio de la óptica andina. 114 Volvamos, pues, a los ojos de los devotos del Wiraqucha andrógino, el invisible infundidor de la vida en los arquetipos inertes y poseedor de sus devotos, ojos que comparten diversos seres representados en los materiales arqueológicos, y que, hasta hoy, son también los ojos de todas las mujeres embarazadas. El movimiento dinámico de allqa es el concepto clave en este paisaje imaginativo, tanto de la reproducción humana como de las transiciones históricas. El feto agresivo se ha desplazado desde las tinieblas del interior de la tierra, que son también las del vientre de la madre, y de las energías oscuras de los Chullpa, gobernados por la Luna, hacia la leche blanca y la sal cristalina del bautizo en el mundo exterior cristiano, gobernado por el Sol. Al mismo tiempo, la madre ha pasado desde la posición de un miembro del rebaño cristiano-solar hacia la condición de caverna oscura, donde se gestan las fuerzas del futuro. Lo oscuro interior ha surgido a la luz exterior y se ha separado como lo blanco de lo negro, mientras que la mujer ha debido situarse en el papel del mundo interior (ukhupacha), que TRISTAN PLATT Anuario de Estudios Americanos le permite expulsar el feto pagano como si fuera hacia un nuevo período mito-histórico cristiano. Mientras tanto, el allqa permanece, en diferentes configuraciones, para enmarcar la estructura cósmica y adivinatoria de "este mundo" (kay pacha) donde vivimos, nutridos por los poderes peligrosos de ambos extremos antagónicos. 115 El retorno de la madre a la vida normal de la comunidad pone fin y echa el telón a una dramática representación fisio-cósmica, que ha realizado las transformaciones del universo uterino en aras de la emergencia de una nueva vida y un nuevo tiempo. Hemos seguido la trayectoria del embrión en Macha, desde el momento de la concepción, a través del proceso de gestación, hasta la expulsión del feto mediante el parto y, unos días después, su bautizo doméstico informal como bebé cristiano (wawa) con sal cristalina y el nombre que le otorga su identidad social. Ha empezado, pues, la pertenencia del infante a la sociedad cristiana andina, aunque le esperan muchos otros ritos de pasaje antes de poder tomar su lugar entre los mayores de la comunidad. Al replicar la historia de la sociedad nativa andina, la gestación de cada bebé da realidad a las ideas indígenas sobre su propia "otredad", como una población de perpetuos conversos andinos. Esta analogía histórica se construye a partir de variados y dispersos elementos y discursos, que son los que también proporcionan a la mujer los recursos imaginativos para sentir, interpretar y reaccionar fisiológicamente frente a los cambios vitales, pero peligrosos y a veces dolorosos, que suceden dentro de su cuerpo. En esta teoría de la gestación, el aborto llega a ser indeseable, no porque representa una forma de homicidio o asesinato: finalmente, la persona social todavía no existe, ni el feto tiene una valoración humana e individual mientras no se haya bautizado. Más bien se teme el aborto porque podría soltar un pequeño ser pre-social en la forma de duende ancestral, que terminaría comiendo la sangre de las parturientas de la comunidad. 116 Contra estos duendes anónimos existen medios de protec-115 Para los aspectos adivinatorios de allqa, ver Cereceda: "A partir de los colores..."; y para sus dimensiones cósmicas, ver Bouysse-Cassagne, Thérèse y Harris, Olivia: "Pacha: Sobre el pensamiento religioso aymara", en Albó (comp.): El Mundo Aymara... Tomo LVIII, 2, 2001 ción, y podemos -si queremos-relacionar su poder con los peligros de la hemorragia post-natal. Pero, en cuanto a la transferencia de las ideas culturales a los cuerpos de las parturientas, los duendes son actores en un más amplio drama social, cósmico y mitohistórico que, mediante el alineamiento ritual de correspondencias embutidas, se repite por cada parturienta en el proceso de dar a luz a un nuevo bebé. Su determinación de triunfar en su batalla con el feto agresivo se fortalece al saber que también otros están jugando un papel a su alrededor, ayudándola a traer a un nuevo cristiano solar del vientre del pasado lunar, que a la vez da poder a su propio vientre. En este sentido, el papel complementario del padre, de los especialistas chamánicos y de otros hombres que ofrecen su apoyo dentro de la comunidad, se considera muy valioso como un soporte fundamental para la mujer, justo como el soporte de las mujeres es necesario para los guerreros en las batallas sobre los linderos. Los ritos post-natales de separación son necesarios para contrarrestar la sensación previa de la mujer de que su cuerpo estaba ocupado por un "diablito", cuyo avance hacia la vida cristiana podría costarle la suya. Los bebés se apartan del pecho, y su voracidad ancestral se reprime, antes de que se les permita tomar la nueva fuente cristiana de alimentación. La sangre roja interna se reemplaza por leche blanca, aunque el calostro puede ser considerado como "demasiado bueno" para el bebé. El problema de bonding no se presenta, porque la disciplina post-natal le predispone a tomar el pecho cuando finalmente se le ofrece. Una vez que se le da el pecho, sin embargo, se abandona la idea de disciplina, y el bebé puede alimentarse en cualquier momento y puede seguir mamando durante dos o tres años. 117 Así, la socialización se construye al reemplazar la separación, la disciplina y una experiencia temprana de privación, con un retorno a la misma accesibilidad continua de la alimentación que el feto agresivo había disfrutado en el vientre, y que ahora se provee por los pechos de la madre. A través de los ritos de separación, el infante andino aprende que solo puede sobrevivir en el mundo andino-cristiano controlando su hambre, y que a la privación de hoy seguirá la abundancia de mañana. La lección es psicológica, emocional y fisiológica, lo mismo que la interpretación y reacción materna frente a los estados cambiantes de su propio cuerpo durante el embarazo. Al mismo tiempo, la placenta, compañera del feto e intermediario uterino, tras mantenerse caliente durante algunos días, se elimina a 117 McKee, Lauris: "The Dieta: PostPartum Seclusion in the Andes of Ecuador", en Cohn, Anna, y Leach, Lucinda (comps.): Generations. TRISTAN PLATT través del sacrificio, completando así la separación física de los dos polos allqa encarnados por la madre y su hijo. La construcción de la persona india andina surge, pues, de la conciliación entre la voracidad de los antepasados paganos y las disciplinas alimentarias de la sociedad andina-cristiana, alcanzada mediante la forma compleja de un psicodrama mito-histórico, que se estrena inconscientemente por la mujer y contribuye a formar parte del inconsciente del niño. En su conjunto, y al nivel de un modelo general de la persona novocristiana del indio originario, tales procedimientos podrían relacionarse con los intentos de formar un tipo específico de personalidad, enraizada en la tierra y el subsuelo pagano, y capaz de resistir en este mundo la vida cristiana-solar de un "indio pobre y miserable". A la vez, retiene el acceso a recursos explosivos de energía y rebelión, que emergen exultantes de la persistente fuerza pagana en su interior, procedente a su vez de la piedrakamiri que infundía vida en el momento de su concepción. 118 Además, la "conversión perenne" significa que el cristianismo no es una condición heredada por la sangre -como en algunas ideologías identitarias del Norte español cristiano-viejo-, sino que es un signo de socialización incipiente, que se recibe junto con el bautismo. Los cristianos nuevos, por definición, no pueden separarse enteramente de su propia esencia pagana. La sangre y la semilla proceden de los "diablos" subterráneos, y la vida del feto se origina entre las "almas" ancestrales (supay) de las minas. Aquí tenemos la base sustancial de la identificación política y jurídica del indio originario con la tierra. Los datos etnográficos sobre el parto deben complementarse, entonces, con una externa "historia de los acontecimientos", si queremos comprender las implicancias de este paralelismo para la construcción de la persona india. La conversión amerindia en la América Hispánica debe considerarse en relación a la experiencia específica de la España de la Reconquista. El contraste conceptual entre sectores "puros" e "impuros" de la población hispánica se trasladó a América, donde corrió el riesgo de invertirse a la luz de la explotación colonial de los indios. Además, los españoles e hispanoamericanos con pretensiones de ser cristianos viejos (los únicos, teóricamente hablando, con derechos a trasladarse a América) solían trazar su ascendencia hasta una casa solar ancestral en un "lugar" particular de la Península. De ahí que los derechos hispánicos en América 118 La asociación entre piedras y formas concentradas de vitalidad se ha documentado en varias partes de los Andes. Ver Astvaldsson: "The Powers of Hard Rock"; y Las Voces de los Wak'a... Tomo LVIII, 2, 2001 fueron, inevitablemente, los de forasteros, 119 que vivían en constante tensión con los "autóctonos" indios originarios. 120 La idea de la autoctonía -aunque sea una ficción en términos biológicos-ha determinado la categoría social de los originarios hasta hoy, estableciéndose una contradicción ideológica entre la necesaria herencia de sustancia pagana y la eficacia de la conversión cristiana. Las aproximaciones indias al parto expresan, y en parte superan, esta contradicción. Al mismo tiempo, la oposición entre dos enfoques teóricos en el estudio de las sociedades indias andinas también se supera. Uno de estos enfoques enfatiza el mestizaje de facto, biológico y cultural, de todo habitante "indio", en cuanto producto histórico de olas sucesivas de conquista, cruces matrimoniales, colonialismo y transformación. Por el contrario, el otro enfoque enfatiza la persistencia indígena y su continuidad interna con sus predecesores precolombinos. Una posición busca desmitificar el indigenismo, tachándolo de "esencialista"; la otra defiende la "otredad" cultural y política de los indios andinos. Pero en Macha, ambas posiciones se combinan y se trascienden en una narrativa que subraya la repetida transformación, y reencarnación, de las almas paganas (supay) en bebés nuevo-cristianos. La sustancia "esencial" (alma) de los Chullpa ancestrales se transmite constantemente hacia la época cristiana, y con ella la coherencia de la categoría de originario, que remite a otras categorías de identidad, propiedad y posesión. Y sin embargo, este psicodrama mitohistórico y fisiológico es también el resultado de una historia. Muchas de las prácticas descritas pueden encontrarse en España y en otras partes de Europa, y probablemente llegaron a los Andes en sucesivas oleadas de "modernización" global, desde el siglo XVI en adelante. 121 Por otra parte, la idea de los antepasados como 119 Waman Puma traduce "forasteros" como mitimaes, palabra quechua que se refiere a los colonos andinos precolombinos que, trasladados a tierras lejanas, sea por sus familias, sea por los señores étnicos o por el Estado Inka, seguían manteniendo sus derechos a tierras familiares en sus lugares de origen. 120 Algunos "mestizos" (tomando esta palabra en su sentido social, no solamente biológico) pretendían gozar de ambas formas de legitimidad [URL]. Garcilaso de la Vega, "El Inka"). Pero hasta ahora sabemos poco de las ideas y prácticas del parto en otros grupos marginados, tales como mulatos, zambos y otras "mezclas". La persistencia en las ciudades de algunos aspectos del panorama aquí descrito fue documentada por otros subproyectos dentro del proyecto global de Trinity College Dublin, financiado por la DG XII. 121 En 1541, por ejemplo, un médico mallorquín recomendó atar el cordón, después de cortarlo, a la pierna de la madre. Ver Carbón, Damián: Libro del arte de las comadres y del regimiento de las preñadas y paridas y de los niños. Las técnicas de extraer la placenta también recuerdan las empleadas en la España de mediados del siglo XVIII. Todavía no sabemos en qué medida tales prácticas también estaban presentes en las sociedades andinas pre-colombinas, o si reflejan, precisamente, oleadas previas de modernización europea. TRISTAN PLATT emanaciones líticas puede haberse vinculado con los orígenes de las almas fetales desde mucho antes de 1532, tanto en los Andes como en Europa. La relación colonial con el cristianismo misionero quizás haya acentuado los rasgos "diabólicos" del feto, agravando el maniqueismo psicológico y, como resultado, aumentando el dolor y la angustia experimentada por la madre. En los Andes, el énfasis sobre lo cristiano nuevo se marca por la experiencia específica de la Península, pero también reclama una continuidad de diferencia entre la civilización indígena precolombina y el "bárbaro" mundo colonial y republicano. Hoy, los indios comunitarios luchan por encontrar nuevas formas de adaptación a las últimas manifestaciones biomédicas de la "modernidad", que amenazan con eliminar una de las expresiones más íntimas de los derechos colectivos indígenas a la tierra. La manera de construir la persona que aquí hemos analizado puede considerarse un caso de "esencialismo histórico", una idea que resulta perfectamente comprensible si reconocemos que la experiencia histórica necesariamente subyace en cualquier construcción de lo cotidiano. Al mismo tiempo, plantea preguntas importantes a los psicólogos y los psicoanalistas que se interesen en las experiencias fetales y del parto, en cuanto influencias que pueden contribuir fuertemente a los procesos formativos de la personalidad de los individuos. 122 Las ideas y las prácticas andinas, con respecto a la separación y la reunificación de la madre y el bebé, obligan a realizar nuevos estudios clínicos y/o seguimientos de casos, para determinar en qué medida las teorías psicoanalíticas son limitadas a determinadas experiencias culturales e históricas, y si la experiencia andina -por ejemplo, de la privación temprana-se compensa con las sensaciones reconfortantes infundidas por otras prácticas, tales como los ritos de envoltura y la participación doméstica y familiar en el parto. Las actitudes hacia la comida y las reglas de etiqueta, que enfatizan la necesidad de compartirla equitativamente, junto con el valor positivo puesto sobre el "aguante" (muchuy) en diferentes contextos de la vida agropastoril altoandina (y que no puede atribuirse a ninguna "cultura de la pobreza", como sabemos por los estudios arqueológicos y etnohistóricos), son todos coherentes con los ritos de separación que hemos descrito. Por otra parte, es posible que la investigación futura muestre que estas "premisas básicas" del parto y de la formación de la persona son compensadas o modificadas durante el desarrollo de cada individuo, reduciendo el impacto de 122 Para una perspectiva clínica italiana sobre la influencia de la experiencia fetal en la psicología infantil, compárese Piontelli, Alessandra: From Foetus to Child: an observational and psychoanalytic study. Tomo LVIII, 2, 2001 algunos aspectos y acentuando otros, a tono con la veloz transformación producida en los últimos años en las sociedades campesinas y urbanas andinas. Quedan por realizar nuevas investigaciones comparativas sobre las relaciones entre el "sostén psicológico" y la "función uterina", como recomienda Sheila Kitzinger, en otras sociedades sujetas a una religión ajena, que exige la conversión y el renacimiento espiritual. Debemos preguntarnos si también en ellas se fundan los derechos a la tierra en un concepto de autoctonía, que presupone la herencia de la "esencia" de los antepasados que vivían antes de la conversión religiosa. De esta manera, será posible plantear una teoría que tome en cuenta las diferencias en la formación de la persona en sociedades de diversas denominaciones cristianas en diferentes países, o en países que practican otras religiones que también han llegado mediante un proceso de conquista violenta. En el caso andino, es posible que las heridas infligidas hace muchos siglos no han terminado de tener sus efectos sobre la madre y los hijos, en la medida en que, hoy, éstos reproducen inconscientemente una experiencia traumática que sigue considerándose como fundadora de una determinada identidad social. Pero la encarnación de esta transformación mito-histórica en los cuerpos de las mujeres parturientas también puede verse como un esfuerzo creativo, resultado de una intervención sostenida durante varios siglos, para consustanciar las identidades jurídicas con los procesos generativos de los individuos. Debemos preguntarnos si esta consustanciación puede eliminarse, sin poner en tela de juicio la persistencia de las propias comunidades indígenas que lo han puesto en práctica. El mismo concepto de "violencia" puede encontrarse sobre el tapete de discusión, en la medida en que las políticas biomédicas de salud reproductiva, como otros aspectos de la "modernidad", también presuponen la imposición forzada de nuevas prácticas. Estamos frente a un debate que tiene proyecciones importantes, a la hora de plantear la defensa de los derechos indígenas en las sociedades modernas, y al mismo tiempo lograr la reducción de la mortalidad materna de una manera que respete las ideas culturales y las prácticas etno-obstétricas que desean mantener las madres, no sólo en los Andes, sino también en muchas otras partes del mundo. 123 123 Un proyecto de seguimiento, desarrollado a partir del Proyecto financiado por la DG XII, intentó averiguar en qué medida sería aceptable para las mujeres aymaras de La Paz esperar la salida de la placenta antes de cortar el cordón, en cuanto que esta práctica ofrece un sostén adicional al bebé después de nacer y ayuda a la placenta a separarse de la pared uterina. También cuenta con algún apoyo minoritario en algunas comunidades entrevistadas (cf. n 79). Ver Arnold, Denise Y., Murphy-Lawless, Jo, y otros: Prácticas apropiadas para mejorar las condiciones de atención postnatal de las mujeres bolivianas. Proyecto para la Embajada Real de los Países Bajos.
En la obra literaria del escritor argentino Roberto Arlt, la imaginación no conduce a los personajes a la liberación, sino a la derrota definitiva. Su teatro está lleno de criaturas miserables que tratan de sobreponerse inútilmente a los continuos encontronazos con la vida cotidiana. Sus obras contemplan numerosos desdoblamientos imaginativos que permiten al autor introducir diferentes niveles en la ficción y plantear el teatro dentro del teatro. En La isla desierta, una de sus piezas más breves y representadas, los personajes de una triste oficina portuaria experimentan un cambio radical en sus vidas cuando dejan de trabajar en un sótano y son trasladados a la décima planta de un inmueble. Allí, a través de un inmenso ventanal, son reclamados por un sinfín de tentaciones que se encuentran más allá En el mundo literario de Roberto Arlt la ensoñación no sirve para redimir al hombre, sino para condenarlo. Los continuos desdoblamientos imaginativos que contempla su obra sirven para sumergir a sus personajes en una realidad de catástrofe donde no hay válvulas de escape, ni puntos de fuga por los que aspirar a una situación mejor que no sea el pequeño y gran desastre de la vida cotidiana. En este sentido la dramaturgia de Roberto Arlt insiste en los temas ya desarrollados y consagrados en sus cuentos y novelas, creando una galería de perdedores que tratan de sobrevivir ante las continuas hostilidades de una realidad implacable con los más débiles. 1 En su universo literario la imaginación no es libre ni gratuita. Tampoco tiene un sentido democratizador. Las criaturas miserables están condenadas a tener sueños miserables por lo que toda forma de ensoñación se acaba convir-1 Para una síntesis de los temas y motivos más frecuentes en la literatura de Roberto Arlt véanse los trabajos de Aden W. Hayes: Roberto Arlt: la estrategia de su ficción. Londres, Thamesis, 1981, y Rita Gnutzmann: Roberto Arlt o el arte del calidoscopio. Bilbao, Servicio Editorial Universidad del País Vasco, 1984. tiendo en un espejo cóncavo que devuelve aún más deformada la imagen grotesca de la realidad. 2 La isla desierta (1937) es todavía hoy la obra más representada de Roberto Arlt. 3 En esta circunstancia intervienen numerosos factores, como es la brevedad del texto, en un solo acto, cuya lectura individual es equiparable a la de un relato corto; la accesibilidad de los elementos técnicos que hacen posible su representación y la propia naturaleza de la obra, que la convierte en una síntesis perfecta del teatro arltiano. Una obra en donde se aúnan perfectamente realidad y fantasía, cotidianidad y ensoñación, deseo y frustración. Al igual que ocurre con el conjunto de su dramaturgia, el desarrollo argumental se mueve siempre en un doble plano: el de la realidad miserable de los personajes y el de los sueños que estos son capaces de construir y que no son más que la prolongación de sus frustraciones. Sirva como ejemplo paradigmático el ofrecido en su obra Trescientos millones (1932) en donde la protagonista, una mucama a la que le ha correspondido una herencia de 300 millones con cincuenta y tres centavos, es incapaz de imaginarse una vida feliz con tanto dinero. A diferencia de la Fábula de la lechera de La Fontaine, en la que está inspirada parcialmente la obra, la sirvienta mutila cualquier conato imaginativo, impidiendo la construcción de un mundo feliz y placentero en el que ella sea la verdadera protagonista. Por el contrario, la ficción que construye alrededor de la herencia resulta truculenta y sórdida, y en ella cada motivo para el disfrute se convierte en causa de dolor y desesperanza.4 La realidad de la oficina Siguiendo con los desdoblamientos imaginativos que permite la dramaturgia de Arlt, La isla desierta 5 presenta diferentes niveles de lectura que van desde la realidad a la ensoñación de los personajes. La acción de la obra transcurre en una oficina de aduanas localizada en la décima planta de un edificio funcional que está próximo al puerto de la ciudad (suponemos que Buenos Aires). El espacio escénico aparece caracterizado en la acotación como una "oficina rectangular blanquísima, con ventanal a todo lo ancho del salón, enmarcando el cielo infinito caldeado en azul" (pág. 547). En su interior encontramos a los empleados, "desdichados" de la burocracia administrativa, quienes pasan buena parte de sus vidas encorvados sobre montañas de papeles y albaranes en un trabajo inabarcable. El mundo gris y cuadriculado de la oficina contrasta con lo que sucede más allá de los ventanales: la llegada periódica de barcos de todos los tonelajes, cuya inminente presencia viene anunciada por el pitido de las sirenas. El contraste entre el mundo interior y exterior viene expresado por las acotaciones. Estos segmentos dramáticos, más allá de cualquier información técnica, propia del texto espectacular,6 contribuyen a crear un espacio psicológico en el lector: "Frente a las mesas escritorios, dispuestos en hilera, como reclutas, trabajan, inclinados sobre las máquinas de escribir, los empleados. En el centro y en el fondo del salón, la mesa del JEFE, emboscado tras unas gafas negras y con el pelo cortado como la pelambre de un cepillo. Son las dos de la tarde, y una extrema luminosidad pesa sobre estos desdichados simultáneamente encorvados y recortados en el espacio por la desolada simetría de este salón de un décimo piso" (pág. 547). "Nuevamente hay otro minuto de silencio. Durante este intervalo pasan chimeneas de buques y se oyen las pitadas de un remolcador y el bronco pito de un buque. Automáticamente todos los EMPLEADOS enderezan las espaldas y se quedan mirando la ventana" (pág. 547). A través del enorme ventanal de la oficina los empleados reciben la sensación gratificante de la luz del sol, convertida en un símbolo positivo frente a la oscuridad de la vida cotidiana. Pero no es sólo la luz natural un elemento distorsionador en el mundo de la oficina: también lo es el sonido de los buques que anuncian su llegada a puerto, procedentes de tierras lejanas que son concebidas por los oficinistas como geografías imposibles e inalcanzables. Los empleados trabajan hora tras hora soportando la tentación que supone el llamamiento de los buques. Sus pitidos recuerdan al canto de las sirenas y como los personajes de la epopeya clásica, los oficinistas tendrán que resistir a los reclamos de la libertad. Todos esos mundos posibles que están más allá del gran ventanal de la oficina ejercen sobre los empleados una fuerza irresistible, un magnetismo que los arranca de la vulgaridad de sus vidas y hacen de la ensoñación un bastión frente a la mediocridad y la rutina. A pesar de la riqueza de matices de las acotaciones, los personajes no están caracterizados de forma individual, sino colectiva, a través de la categoría laboral. Salvo el caso del mulato Cipriano, los oficinistas, hombres y mujeres, no tienen rostro, ni rasgos físicos, ni siquiera una manera particular de vestir. Su caracterización viene dada por la profesión que desempeñan: son empleados de aduanas con unos sueldos tan bajos como la propia autoestima. El atuendo con que se presenta ante el espectador (y lector) debe ser gris y pobre, acorde con las expectativas de sus vidas. Son además personajes arquetípicos, cuyo carácter general viene dado por la ausencia deliberada de nombres propios. Así, encontramos a El Jefe, los empleados 1.o y 2.o, las empleadas 1.a, 2.a y 3.a y el Director. Los únicos personajes que tienen nombre y algún rasgo singular son Manuel y María, oficinistas de toda la vida que van a cometer el error de soñar con una isla desierta, dando así nombre a la obra. Son ellos quienes más se equivocan en el cumplimiento del trabajo como consecuencia de los reclamos que están más allá del ventanal: A la oposición interior-exterior de la oficina viene a sumarse otra dicotomía importante: la eficiencia del pasado frente a la inoperancia del presente. Las tentaciones que habitan afuera del edificio son malas para el buen funcionamiento de la oficina. La luz del sol, el aire fresco, el sonido de los buques son elementos nocivos que distraen la atención y dislocan la eficacia administrativa. Frente al desorden con que se inicia la obra, el pasado representa el orden y la disciplina, lejos de los reclamos de cualquier forma de fantasía. En el subterráneo del edificio no hay silbidos de barcos, ni aire puro, ni luz natural, sino silencio, aire viciado y luz artificial; por ello, nada puede distraer la atención de los oficinistas. Para el Empleado 1.o "Uno estaba allí tan tranquilo como en el fondo de una tumba" (pág. 550) y Manuel afirma que allí se sentían "como una lombriz solitaria en un intestino de cemento" (pág. 554). Ascender al décimo piso del bloque de oficinas no es sólo una forma de subir físicamente, sino sobre todo espiritualmente. La visión que tienen del puerto, de las calles y de los buques los acerca a una realidad que ha estado fuertemente reprimida y que acaba presentándose como un deseo, como una ensoñación. El personaje que se encarga de conectar el mundo interior con el exterior, y el pasado con el presente es el mulato Cipriano. Aunque conocemos su nombre, éste siempre viene señalado antes de sus intervenciones como "mulato", lo que le confiere un rasgo distintivo con respecto a los otros personajes de la oficina. Su color representa el mestizaje, la fusión, la síntesis y el sincretismo. Pero también representa un elemento perturbador en el mundo de los empleados "blancos" por cuanto su concepto de la vida y de la libertad está lejos de los usos europeístas para entroncar con el modus vivendi de las culturas negroafricanas. Arlt lo presenta como un "MULATO, simple y complicado, exquisito y brutal, y su voz por momentos persuasiva" (pág. 550). Estamos ante un personaje que representa una totalidad y un sentido global de las cosas. En realidad, más que una criatura singular con rasgos propios, su construcción obedece a tradiciones literarias diversas y su memoria no es la de un hombre normal, sino la de un arquetipo: Cipriano representa al viajero utópico de la literatura y la historiografía colonial. Vestido con "uniforme color de canela" (pág. 550), Cipriano es el ordenanza que lleva y trae los recados de la oficina. Es el único que puede REALIDAD, SUEÑO Y UTOPÍA EN LA ISLA DESIERTA entrar y salir del edificio en horas de trabajo (y de sol) por lo que su presencia sirve para conectar las dos realidades. Sin embargo, Cipriano no es un personaje pasivo y sumiso como podría suponérsele por su condición de ordenanza, sino que es un hombre rebelde y su carácter instigador va a poner en funcionamiento la pequeña tragedia vivida por los otros personajes. 7 El mulato se presenta ante sus compañeros como un verdadero experto en la ciencia náutica: conoce el tonelaje y calado de los buques, el recorrido que realizan, el astillero en el que fueron construidos, el día que los botaron y todo lo referente al arte de marear. Según informa, ha sido "grumete, lavaplatos, marinero, cocinero de veleros, maquinista de bergantines, timonel de sampanes, contramaestre de paquebotes..." (pág. 551). A tenor de sus conocimientos merecería ser ingeniero naval o capitán de fragata, a pesar de la incredulidad, e incluso la burla, con que los otros personajes oyen el relato de su experiencia marinera: La memoria de Cipriano es arquetípica y esencialmente literaria. Conecta con la de los grandes viajeros del periodo colonial, entre los que cabría destacar a Antonio Pigafetta, y entronca de forma definitiva con toda la literatura utópica que se desarrolla al calor de los grandes descubrimientos geográficos realizados a lo largo de los siglos XVI y XVII. Cipriano habla de lugares paradisíacos, a mitad de camino entre la Arcadia clásica y la Utopía (1516) de Tomás Moro: 7 Raúl H. Castagnino ha escrito al respecto: "La burocracia se desconcierta: el horizonte acuático, las chimeneas humeantes de las naves, los mástiles erguidos invitan a la ensoñación. Y a los empleados sólo les basta el estímulo de un mulato tentador para imaginar una isla paradisíaca donde vivir una nueva edad de oro en vez de seguir llenando providencias en manoseados expedientes de trámite. El absurdo mágico y magia de lo absurdo entran en juego". Véase El teatro de Roberto Arlt, pág. 88. El testimonio literario de Cipriano evoca el paraíso perdido, como ocurre en el mundo rural de la Arcadia o en la Edad de Oro y refiere el anhelo de un futuro mejor, como representa todo testimonio utópico. Aunque cribado y cuestionado siempre por la burla de los otros oficinistas, Arlt pone en manos de su personaje una puntada más en ese inmenso tapiz que representan las sociedades ideales, como La ciudad del Sol (1602) de Campanella, la Nueva Atlántida (1627) de Francis Bacon, Cristianápolis (1619) de Johann Valentin Andreä o la Océana (1656) de James Harrington.8 En ese mundo ideal e insular, el hombre vive en perfecta armonía con el espacio natural que le proporciona todo lo que necesita para su felicidad. El tópico del homo faber, capaz de sobrevivir en completa autarquía y libertad, contrasta con el empleado que ha perdido en la maraña administrativa su propia identidad. Es la utopía mestiza, o la nueva raza cósmica, dominadora del Universópolis, como la concibió el pensador mexicano José Vasconcelos (1925) en su famoso ensayo de interpretación de la sociedad americana. Cipriano y los tatuajes El tatuaje posee en todas las épocas una riquísima simbología. A lo largo de la historia, la escritura de la piel ha tenido un profundo carácter religioso, como se desprende del propio Génesis bíblico, 9 pero también ha sido utilizado como un signo de distinción, sobre todo por parte de los pueblos paganos y en la cultura clásica. El origen del tatuaje se pierde en el tiempo y es anterior a cualquier testimonio escrito. No obstante, la palabra "tatuaje" procede, según Corominas, de la forma polinesia "tatau" y fue introducida en Europa por los exploradores Cook y Bouganville en sus respectivos viajes de 1769. El viajero francés reproduce la voz "tatau" y Cook la llama "tattowing". Este último introdujo el término en la Relación de su primer viaje alrededor del mundo, tras su estancia en la isla de Tahití: "Es en ellos corriente pintarse el cuerpo, casi de la misma manera que en otras partes del mundo, practicando lo que ellos llaman tattowing. Se escarifican la piel, punto menos que hasta hacer saltar la sangre, con un pequeño instrumento que tiene la forma de una azada; la parte que corresponde a la pala es de hueso o de concha muy fina, y su anchura, de una pulgada o de pulgada y media; el borde está guarnecido de agudos dientes, en número de tres a veinte, según su tamaño; cuando va a utilizarse lo humedecen en un líquido que preparan mezclando una especie de hollín que se forma con el humo que se desprende al quemar una nuez oleaginosa de que se sirven para alumbrarse, y agua; los dientes así preparados se colocan sobre la piel, e imprimen pequeñas y ligeras sacudidas al mango del instrumento con un palo a propósito; perforan la piel de esta manera e introducen en ella al mismo tiempo, en los puntos heridos, la nueva composición, que deja un tinte indeleble". 10 Todo parece indicar que el tatuaje, en cualquiera de sus manifestaciones rituales, puede ser rastreado a lo largo de todas las épocas, desde 9 Sus orígenes míticos se remontan al Génesis bíblico, a la señal puesta por Dios a Caín para preservar su estirpe a lo largo de todos los tiempos. "Entonces dijo Caín a Yahveh:'Mi culpa es demasiado grande para soportarla. Es decir que hoy me echas de este suelo y he de esconderme de tu presencia, convertido en vagabundo errante por la tierra, y cualquiera que me encuentre me matará'. Respondióle Yahveh:'Al contrario, quienquiera que matare a Caín, lo pagará siete veces'. Y Yahveh puso una señal a Caín para que nadie que le encontrase le atacara" (Génesis, 4). Sobre el sentido que puedan tener estas marcas escribe en la página 200 lo siguiente y se encuentra en: "La operación es penosa y los heridos tardan algunos días en curarse; se sufre por los de ambos sexos entre doce y catorce años y se efectúa en diversas partes del cuerpo y según figuras variadas, obedeciendo a la fantasía del padre o tal vez del rango familiar. Las mujeres están marcadas en forma de Z por las juntas de los dedos de los pies y de las manos y frecuentemente por la parte superior de los pies; la marca de los hombres tiene la misma figura, y tanto estos como las mujeres presentan cuadros, círculos y medias lunas y figuras mal dibujadas de hombres, aves o perros, y otras varias representaciones, en piernas y brazos, algunas de las cuales se nos dijo tenían significación, aunque nunca pudimos saber cuáles fueran". Alaska a la Tierra de Fuego y desde España a la lejana Australia. Sabemos que en tumbas egipcias pertenecientes al año 3500 a. C. se han encontrado estatuillas con marcas y rasgos que pueden ser considerados como tatuajes. En el mundo clásico Herodoto nos informa de que las mujeres troyanas eran tatuadas como signo de distinción y nobleza. Algo parecido nos cuenta Plinio de los hombres de algunas tribus de Samaria y Tracia.11 Galos, normandos, bretones y godos parecen compartir esta misma inquietud por el tatuaje. Hasta aquí algunas pinceladas sobre la Europa pagana, sin embargo, algo muy diferente ocurrió en el mundo cristiano. El origen mítico que se le atribuye al tatuaje en el Antiguo Testamento no puede ser más maldito. Quizás sea esta la principal razón por la que las autoridades eclesiásticas ratificaron su condena por considerarlo una práctica pagana y contraria al mandamiento de Dios. Recuérdese la prohibición recogida en el Levítico 19,28 ("No haréis incisiones en vuestra carne por los muertos; ni os haréis tatuaje. Sin embargo, esto no fue impedimento para que las prácticas de este signo se mantuvieran en algunos sectores de la población, acostumbrados a la vida errante y al contacto con otras civilizaciones. Me refiero a los cruzados medievales, a los viajeros, a los exploradores y, fundamentalmente, a los navegantes. Cruces, gallos, Vírgenes y el tradicional San Jorge luchando contra el dragón pasaron a convertirse en la prueba irrefutable de que alguien había estado en el lugar mencionado. El momento de mayor esplendor del tatuaje se produce a finales del siglo XVI con los asentamientos de colonos europeos en tierras orientales, sobre todo en contacto con la cultura nipona. El tatuaje ha estado desde siempre íntimamente ligado al mundo marinero. Piratas, comerciantes, traficantes de negros o simples grumetes han adornado su piel con las ya consabidas anclas, barcos o serpientes marinas. La simbología de estos motivos es grande y responde casi siempre a un deseo innato de comunicación, sobre todo cuando el hombre está en contacto permanente con la muerte y lejos de su realidad familiar. El hombre de mar escribe en su piel todo aquello que quiere recordar y hace de su cuerpo una segunda memoria, un salvoconducto para el más allá, una especie de mensaje para Caronte. El tatuaje es en definitiva la prueba de que el hombre recurre a sí mismo y a su menuda geografía para afianzarse y preservarse en un mundo que todo lo olvida. Los motivos tatuados dependen de factores tan diversos como la posición que se ocupe en una embarcación, el lugar por donde se transite o el número de millas marinas recorridas. Alberto García Alix ha escrito al respecto: "Habiendo recorrido 5.000 millas marinas se tatuaban un pájaro azul en el pecho; si habían recorrido 10.000 millas, añadían al anterior un segundo pájaro al otro lado del pecho; cuando realizaban más cruceros, se tatuaban una cuerda para tender con ropa interior y medias de chicas. Si cruzaban el ecuador, ponían un Neptuno en la pierna, y para seguridad se tatuaban un cerdo en un pie y un gallo en el otro, tatuajes ambos que les protegían de morir ahogados. Un dragón demostraba que habían cruzado un meridiano, y todo marinero que había estado en Honolulú tatuaba una chica hawaiana en su brazo para hacerla bailar". 14 Toda una vida dedicada a la navegación habrá hecho de muchos hombres auténticos murales vivientes, como ocurre con el propio José Arcadio Buendía en Cien años de soledad 15 o Queequeg en la novela Moby Dick, de Herman Melville. Por eso, el mulato Cipriano utiliza los tatuajes como prueba irrefutable sobre la veracidad de su relato: MULATO (violento).-A mí nadie me trata de mentiroso, ¿sabe? (Arrebatado, se quita la chaquetilla, y luego la camisa, que muestra una camiseta roja, que también se saca). EMPLEADA 1.a-¿Qué hace, Cipriano? EMPLEADA 3.a-Cuidado, que puede venir el jefe. Digan si éstos son tatuajes hechos entre la línea del Tigre o Constitución. EMPLEADA 2.a-¡Una mujer en cueros! 14 Alberto García Alix: "El tatuaje", Suplemento dominical de 'El Pais', 5 de enero de 1992. 15 José Manuel Camacho Delgado: "José Arcadio y el mundo de los piratas", en Huellas, Revista de la Universidad del Norte, Barranquilla, n.o 43, abril de 1995, págs. 20-27. JOSÉ MANUEL CAMACHO DELGADO dad y el erotismo. Despojado de los ropajes que le caracterizan como un ordenanza de la oficina, el mulato se transforma en una criatura libre que hace del movimiento un reclamo para la libertad: "El mulato toma la tapa de la máquina de escribir y comienza a batir el tam tam ancestral, al mismo tiempo que oscila simiesco sobre sí mismo (pág. 555). La siguiente acotación insiste en el carácter transgresor del personaje que gesticula "como un demonio" y "toca el tambor y habla el condenado negro". Dentro del mundo tedioso de los oficinistas, no cabe duda que Cipriano es un demonio tentador que trata de subvertir el orden establecido. Y lo consigue parcialmente cuando los empleados giran alrededor de la oficina y bailan imitando el movimiento del mulato: "Histéricamente todos los hombres se van quitando los sacos, los chalecos, las corbatas; las muchachas se recogen las faldas y arrojan los zapatos. El MULATO bate frenéticamente la tapa de la máquina de escribir. Y cantan un ritmo de rumba" (pág. 556). La danza tiene un sentido ritual y transgresor. Propicia la desnudez simbólica y la liberación de las tensiones internas, reforzada por el particular striptease que ellos protagonizan de manera espontánea y natural. Siguiendo el llamamiento del tambor, los personajes han alcanzado por una vez en sus vidas la libertad, y con ella la ensoñación. Pero como ocurre siempre en su teatro -y en sus novelas-, la ensoñación sólo es el preludio de una caída mayor en el carácter sórdido de la realidad. Siguiendo el ideario del fracaso trazado en obras como Trescientos millones (1932), Prueba de amor (1932) o Saverio el cruel (1936), Roberto Arlt no deja lugar para que los personajes escapen de la realidad miserable que les rodea. La fantasía, la imaginación o el sueño se convierten en espejos deformantes que devuelven desde la representación o la lectura, la imagen de unas vidas mutiladas, incapaces de soñar con total libertad. En La isla desierta el final de la obra no se corresponde con la muerte de su protagonista (o protagonistas) como ocurre en las piezas anteriores, sino con el despido de todos los empleados. La entrada del jefe y del director en la oficina mientras los personajes bailan semidesnudos alrededor del mulato se va a resolver con la expulsión de todos los partícipes de esta bacanal administrativa. Para preservar la eficiencia burocrática y evitar futuros cantos de sirena procedentes del puerto, el director ordenará poner vidrios opacos en la ventana, arrancando de cuajo todo vínculo con el exterior. Es así como la décima planta del edificio se convierte de nuevo en un espacio cerrado y claustrofóbico, un locus horrendus en el que el hombre es arrasado junto con sus tentaciones de utopía.
En el contexto del predominio de una mentalidad poblacionista, dichos desplazamientos fueron percibidos en general de manera negativa, aunque no faltaron voces que, contrariamente, enfatizaron sus efectos positivos. En consonancia con estas diferentes ideas, las políticas migratorias de la corona española pusieron de manifiesto una cierta ambigüedad: si por un lado tendieron a restringir y controlar las emigraciones, por otro lado, también las terminaron alentando. En esta última dirección, tanto las expediciones de colonos como el ejército fueron empleados como vías de poblamiento. PALABRAS CLAVE: políticas migratorias, ideas migratorias, monarquía española, gallegos, asturianos, campañas pobladoras, ejército. A fines de la etapa moderna una parte de la población de Galicia y Asturias participó de diferentes procesos de movilidad espacial. Algunos de estos migrantes siguieron los itinerarios tradicionales hacia distintos 1 Este trabajo fue realizado gracias a una beca otorgada por el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Argentina) y a un subsidio del Centro de Estudios Hispánicos e Iberoamericanos (Fundación Carolina, España), destinado a financiar el proyecto de investigación CEHI 08/03, dirigido por el Dr. Fernando Devoto. Una versión preliminar del presente artículo fue presentada como ponencia en las "Cuartas Jornadas Internacionales de España", organizadas por la Fundación para la Historia de España, el 9 y 10 de septiembre de 2004. Agradezco a Carlos Zubillaga y a Rosario Márquez Macías los comentarios realizados en dicha oportunidad, a propósito de la misma. ámbitos de la Península Ibérica (Castilla, Andalucía, Portugal, por ejemplo), mientras que otros se aventuraron hacia tierras más lejanas, como las americanas (en especial, hacia el área mexicana, antillana o rioplatense). 2 De carácter temporal o definitivo, estos traslados llamaron la atención de la monarquía hispánica y de muchos pensadores de la época, ligados a ella de diversos modos. En general, prevaleció la idea de que las migraciones de peninsulares producían efectos negativos, opuestos a los intereses de la nación. El peso de la mentalidad poblacionista, que asociaba el crecimiento de la población con la felicidad del Estado, condujo a generar una interesante reflexión sobre estos desplazamientos humanos, sus causas y con-2 La bibliografía sobre estos movimientos migratorios es muy amplia. Para los desplazamientos intrapeninsulares se pueden consultar, entre muchos otros: Meijide Pardo, Antonio: La emigración gallega intrapeninsular en el siglo XVIII, Monografías Histórico-Sociales, Vol. VI, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 1960; Ansón Calvo, María Carmen: "Movimientos migratorios en Asturias desde 1768 a 1857", en Actas de la Primera Conferencia Europea de la Comisión Internacional de Demografía Histórica, Xunta de Galicia, Consellería de Educación e Ordenación Universitaria, 1993, págs. 457-474; Dubert, Isidro: Del campo a la ciudad. Sobre las migraciones ultramarinas de asturianos y gallegos con dirección a América, a fines del setecientos, véase por ejemplo: Rodríguez, Jesús Jerónimo: Asturias y América, (Colección "Las Españas y América"), Editorial Mapfre, Madrid, 1992; Díaz-Jove, Santiago: Gijoneses en Indias. Notas sobre emigración e índice geobiográfico (1700-1825), Editorial Auseva, Gijón, 1992; Fernández Romero, Ana María: La huella de los indianos en la documentación notarial, Consejo de Comunidades Asturianas, Oviedo, 1989; Barreiro Mallón, Baudilio: "Ritmo, causas y consecuencias de la emigración asturiana a América, 1700-1900", en AAVV, Emigración española y portuguesa a América, Actas del II Congreso de la Asociación de Demografía Histórica, Vol. 1, Ediciones de Historia, Bilbao, 1990, págs. 73-88; Anes Álvarez, Rafael: La emigración de asturianos a América, (Colección "Cruzar el Charco"), Fundación Archivo de Indianos, Colombres, 1993; Villares, Ramón y Fernández, Marcelino: Historia da emigración galega a América, Xunta de Galicia, Tórculo Artes Gráficas, 1996; Vázquez González, Alejandro: La emigración gallega a América, 1830-1930, Memoria de doctorado inédita, Facultade de Ciencias Económicas e Empresariais, Universidade de Santiago de Compostela, Santiago de Compostela, 1999, 2 Vols; Rodríguez Galdo, María Xosé: O fluxo migratorio dos séculos XVIII ó XX, Xunta de Galicia, Interprint, 1995; Márquez Macías, Rosario: "La emigración gallega a América en la época del comercio libre (1765-1824)", en Revista da Comisión Galega do Quinto Centenario, N.o 4, Santiago de Compostela, 1989, págs. 37-56; Eiras Roel, Antonio y Rey Castelao, Ofelia: Los gallegos y América, (Colección "Las Españas y América"), Ed. Mapfre, Madrid, 1992; Rey Castelao, Ofelia: "Los gallegos en el Río de la Plata durante la época colonial", en Núñez Seixas, Xosé (ed.): La Galicia Austral. La inmigración gallega en la Argentina, (Colección "La Argentina Plural"), Ed. Una clasificación de los tipos de migraciones en la España del Antiguo Régimen puede consultarse en Eiras Roel, Antonio: "Migraciones internas y medium-distance en España en la edad moderna", en Eiras Roel, Antonio y Rey Castelao, Ofelia (eds.): Migraciones internas y medium-distance en la Península Ibérica, 1500-1900, Vol. 3 Este trabajo retomará estas ideas sobre la emigración, al tiempo que intentará focalizar algunas políticas concretas vinculadas a ellas. Comenzaremos aludiendo a determinadas investigaciones que aportaron elementos de análisis para sostener la idea de un incremento de la emigración de gallegos y asturianos hacia el exterior, en las postrimerías de la etapa moderna. Luego analizaremos las visiones de los contemporáneos sobre estos desplazamientos de fines del Antiguo Régimen. En especial, haremos hincapié en las distintas explicaciones elaboradas a propósito de la movilidad espacial intrapeninsular y oceánica de la época. 4 En la tercera parte examinaremos de qué modo la prevaleciente percepción pesimista de los movimientos de personas convivió con otra más positiva, tendiente a justificar el traslado planificado de españoles, con dirección al Continente Americano. En este sentido, discutiremos el rol que cumplieron las expediciones de colonos y el ejército como vías de poblamiento. Por ello, en la cuarta parte nos detendremos en el estudio de una campaña oficial particular: la organizada hacia el Río de la Plata, con emigrantes gallegos, asturianos y castellano-leoneses. Los flujos astur-galaicos a fines del Antiguo Régimen A lo largo del siglo XVIII las migraciones desde Galicia y Asturias hacia el exterior aumentaron progresivamente. Existen ciertos obstáculos para conocer las dimensiones exactas que alcanzaron estas corrientes, en especial, porque la documentación disponible no logra dar cuenta de manera cabal del volumen total de la emigración. Las licencias y pasaportes que se han conservado en el Archivo General de Indias, por ejemplo, hacen referencia únicamente a las salidas legales que se llevaron a cabo por los puertos de Sevilla o Cádiz, dejando de lado aquellas que se produjeron de forma ilegal, o las que tuvieron lugar por puertos diferentes a los del sur peninsular. 5 La explotación de los padrones de población y de otras fuentes notariales, parroquiales o judiciales favoreció una aproximación indirecta a los ritmos de las salidas desde determinadas áreas del noroeste hispánico. Pero los resultados obtenidos en este sentido son algo provisorios y fragmentarios por el momento, y ameritan ser profundizados en futuras indagaciones. 6 Sin embargo, y aún con las limitaciones señaladas, los trabajos mencionados anteriormente permiten abonar interesantes elementos de análisis a la hipótesis de un aumento progresivo de la tasa emigratoria dentro de Galicia y Asturias, desde mediados del siglo XVIII. A un nivel geográfico, este crecimiento de los flujos no afectó a ambas regiones de manera homogénea. Las emigraciones hacia América, por ejemplo, se originaron predominantemente en las áreas costeras del litoral atlántico y cantábrico. 7 Allí había más probabilidades de disponer de la información necesaria para partir a ultramar, ya sea por la acción de los capitanes o marineros que difundían noticias del Nuevo Continente en las zonas próximas a los puertos, o por la propaganda llevada a cabo por los retornados, quienes a menudo brindaban imágenes prometedoras sobre los desplazamientos transoceánicos. En cambio, las migraciones hacia distintos puntos de la Península, que presentaron un carácter estacional, tendiente a complementar los limitados ingresos de las economías campesinas, podían proceder de ámbitos diferentes a los que caracterizaban a las migraciones ultramarinas. Para ejemplificar, podríamos señalar que los desplazamientos de corta o mediana dis-5 Algunos estudios que han explotado las mencionadas fuentes, en relación con el setecientos, y con interesantes resultados, son los siguientes: Macías Domínguez, Isabelo: La llamada del nuevo mundo. 6 Ver como ejemplos los trabajos contenidos en los números 6 y 7 de la Revista da Comisión Galega do Quinto Centenario, de 1989 y 1990, respectivamente. Véase también Eiras Roel, Antonio: "Informe sobre el censo de 1787 como fuente para el estudio comarcalizado de la emigración gallega", en Revista da Comisión Galega do Quinto Centenario, N.o 4, Santiago de Compostela, 1989, págs. 157-175. NADIA ANDREA DE CRISTÓFORIS tancia que tuvieron lugar dentro de Asturias se originaron en las zonas más montañosas y más pobres, es decir en los concejos de la porción meridional o central del Principado, y se articularon de modos variables con las migraciones transoceánicas. 8 Algunos estudios que se concentraron en distintos contextos de recepción de los flujos astur-galaicos transoceánicos de fines de la etapa moderna permitieron una aproximación más precisa a los volúmenes alcanzados por estas corrientes. En el caso de los desplazamientos que se dirigieron a Buenos Aires, por ejemplo, disponemos de algunas cifras de los stocks migratorios, que dan cuenta del incremento de la presencia de los gallegos y asturianos, dentro de la sociedad porteña tardo colonial. Según el padrón de habitantes de Buenos Aires de 1744, para esta fecha había en la ciudad alrededor de 36 gallegos y 8 asturianos. 10 En esta última coyuntura los gallegos se convirtieron en el principal grupo peninsular, desde un punto de vista regional. 11 Detrás de ellos se ubicaban los andaluces, vascos, catalanes, castellanos y asturianos, en orden decreciente. 8 Ansón Calvo, María Carmen: "Movimientos migratorios...", pág. 463. Debemos señalar que probablemente el número de gallegos y asturianos en el Buenos Aires de mediados del siglo XVIII fue mayor. Las cifras que brindamos son mínimas y provisorias, debido a que existen problemas de subregistro de los migrantes del noroeste hispánico en el padrón de 1744 (en algunos casos no se especificaron las procedencias regionales de los españoles). Debemos subrayar que a partir de la documentación empleada se infravalora el número de migrantes del noroeste hispánico, debido a dos motivos básicos: por una parte, los padrones de 1806, 1807 y 1810 no han llegado completos hasta nuestros días: algunos de sus cuarteles o barrios se han perdido o no se han podido localizar. Por otra parte, en muchos casos en las fuentes utilizadas se han omitido las procedencias regionales de los españoles (que pueden figurar como "peninsulares", "españoles-europeos", o simplemente, como "españoles"). De allí que en nuestra contabilización probablemente falten algunos gallegos y asturianos que aparecían con estas últimas denominaciones. Pedro Antonio Cerviño llegó a afirmar que "Como los naturales del Reino de Galicia, habitantes en esta capital [la de Buenos Aires] son en mayor número que los de las demás Provincias de España, respectivamente, por esta misma razón, tienen la satisfacción honrosa de que contribuyeron más que otra alguna a la gloriosa reconquista de ella". Véase Castro López, Manuel: El Tercio de Galicia en la defensa de Buenos Aires: documentos inéditos, Ortega y Radaelli, Buenos Aires, 1911, pág. 5. Algunos testimonios de contemporáneos aludieron al incremento de los flujos españoles (en especial, de la porción septentrional de la Península) hacia la América austral, haciendo hincapié en los variados mecanismos ilegales que ponían en marcha los migrantes con el fin de realizar el traslado ultramarino: A pelotones salen los muchachos de Galicia, Vizcaya Montañas, Asturias, Castilla, y mas Reynos, y Provincias de España para pasar a Buenos -Ayres, que en calidad de Polizones se embarcan en los buques de Guerra, correos marítimos, y embarcaciones particulares, de forma que aturde los que llegan a Montevideo, y aún los que sin saltar allí en tierra se transbordan a las lanchas que pasan a Buenos -Ayres. De los criados de los oficiales de la Armada es muy singular el que vuelve a España, porque ya salen con la mira de quedarse y aunque alguno pueda no tener esa intención en la navegación la forma, y mas si ha tenido algún contratiempo, o disgusto, que dudo el que le falte. 12 En síntesis, distintos tipos de estudios, de ambos lados del océano, han puesto de relieve, a través de documentación más o menos directa, la creciente participación de los flujos astur-galaicos en las corrientes de españoles hacia el exterior. Los movimientos de larga distancia hacia el Continente Americano coexistieron con los intrapeninsulares, tanto a un nivel inter como intra-regional. Éstos últimos, de carácter más tradicional, aportaron a las comunidades del noroeste hispánico una importante experiencia sobre las implicaciones de migrar, que pudo favorecer de distintos modos las partidas hacia las Indias. Las interpretaciones de los contemporáneos sobre los fenómenos migratorios Los testigos que presenciaron las migraciones de gallegos y asturianos en las postrimerías de la etapa moderna atribuyeron dichos desplazamientos a diferentes motivos. Por un lado, aludieron al problema de la falta de trabajo en general, aspecto que estimulaba a los jóvenes a buscar empleo en otras provincias peninsulares o en el exterior. Por otro lado, hicieron referencia a la cuestión del exceso de población, en especial, el producido desde el siglo XVIII, en un contexto de creciente escasez de medios de subsistencia. Por último, pusieron el acento en la desigual dis-tribución de la tierra, es decir, en las características de la estructura agraria del noroeste español, de la que dependía económicamente la mayoría de sus habitantes. Muchas veces, estos factores aparecieron combinados, dentro de un cuadro explicativo mayor. Sin embargo, nos detendremos brevemente en ellos por separado, por razones analíticas. 13 La falta de trabajos "útiles" fue una razón de peso para dar cuenta de la salida de población desde el noroeste hispánico. Sobre este particular se pronunció la Junta del Reino de Galicia, al solicitar al gobierno la concesión del monopolio del comercio con el Mar del Sur. La Junta sostenía que esto último era viable en virtud de una serie de condiciones favorables, entre los que se encontraba la abundante mano de obra existente en Galicia, que podría convertirla en un verdadero centro manufacturero. La prueba de la existencia de esa potencial fuerza de trabajo estaba dada por la "salida de mas de 40 mil hombres que ban a buscar fuera del Reyno su subsistencia y que no se apartarían de sus casas, si se les proporcionase empleo en ellas". 14 En opinión de la Junta: "las Fabricas de Sombreros, las Tenerias, los Texidos de algodón, la fundicion de cañones de Bronce, y todo genero de vasos de cobre son los quatro obgetos mas ovios para radicar en el Pais estos Vagos, y un fecundo manantial de riquezas para la Nacion". 15 Tal como queda expresado, la solución para impedir la salida de población consistía en generar empleos que permitieran fijar a los habitantes a su terruño. El reformista ilustrado Pedro Rodríguez Campomanes sostuvo una idea bastante similar a la expuesta. En su Informe sobre la emigración de gallegos a Portugal argumentó que los pobres jornaleros del Reino "por no encontrar en qué ocuparse se difunden no sólo en Portugal, sino en el resto de España". 16 También agregaba que en el país vecino los españoles del noroeste hispánico encontraban ciertos beneficios: "en Lisboa, por el gran comercio de aquel puerto, hallan facilidad los Gallegos de ganar su jornal mayor que en Galicia. Esta ganancia o ventaja de utilidad es la que llama a Portugal".17 A ello se sumaba el hecho de que una vez traspasadas las fronteras del país limítrofe, los migrantes lograban evadirse de las obligaciones militares. El exceso de población se ponía en relación con la falta de empleos en general, en una concepción donde el primer fenómeno se hacía visible por la imposibilidad de muchos peninsulares de encontrar una ocupación rentable. Como afirmaba Campomanes: "Galicia está muy poblada y tiene a la verdad sobra de habitantes en el estado actual, porque carece de artes, de comercio y de navegación en que exercitarse". 18 Otra importante figura de la época, José Andrés Cornide, compartió esta visión. En sus "Observaciones sobre el establecimiento de colonias en las provincias del Río de la Plata", elaboradas con motivo del proyecto de la monarquía española de enviar familias pobladoras a la América austral, el mencionado político de origen coruñés razonaba del siguiente modo: En esta Provincia [suponemos que se trata de la antigua Provincia de Santiago], como en muchas de los climas septentrionales, es muy numerosa la población por la extrema fecundidad de sus mujeres, por la calidad de los alimentos, por la proximidad de la mar y por la templanza de las estaciones [...] Compárese pues esta extraordinaria fecundidad con la pobreza que llevo indicada y que resultará que en Galicia deben quedar infructíferas muchas de sus producciones por falta de conveniencias en sus padres para establecerlas y por falta de terrenos a propósito en que establecerse; y, aún habiendo estos, por falta de facultades para descuajarlos y por recelo de que su corto rédito (reducidas las pensiones) a penas costée las labores de cultivarlos. De esta imposibilidad para la subsistencia es efecto la continua salida de los gallegos celibatos y casados a Castilla y Portugal, que anualmente ascenderá a más de 50 mil personas [sic]. 19 No sólo en relación con las emigraciones gallegas se mantuvieron ideas como las que acabamos de mencionar, sino que también en vinculación con las salidas desde el Principado de Asturias se llegaron a defender tales posturas. En la percepción del político y escritor gijonés, Gaspar Melchor de Jovellanos, la emigración intrapeninsular asturiana estaba liga-da a un desequilibrio entre la cantidad de habitantes y los recursos disponibles. De este modo, aclaraba: "yo miro estas colonias de emigrantes que pasan los montes y se derraman a buscar su vida por toda la Península, como una exacta medida del sobrante de su población". 20 Los que salían lo hacían para poder subsistir, por razones de fuerza mayor. En esta misma línea de pensamiento, y de modo sugestivo, Cornide sostuvo que la expatriación voluntaria de gallegos no constituía un "vicio", como muchos contemporáneos creían, sino una verdadera "necesidad". 21 Para la Junta General del Principado, el aumento de población era el responsable indirecto de la emigración. Según dicha institución, el primer fenómeno había conducido a una subdivisión de la tierra, y como esta última no garantizaba el alimento de todos los miembros de la familia, algunos de sus integrantes se habían visto en la necesidad de partir del suelo natal. 22 En los informes que los diferentes corresponsales elevaron al geógrafo Tomás López, desde distintos puntos de Asturias, también se vinculaba la situación de miseria, con el exceso de población. Los encargados de elaborar las respuestas al interrogatorio propuesto, en el Concejo occidental de San Tirso de Abres, afirmaban que había "mucha pobreza por mucha gente en mucho terreno", por ejemplo. 23 Sin embargo, algunas personalidades de la época relativizaron la idea de que la sobrepoblación se encontrara en el origen de la emigración gallega en particular, y enfatizaron el móvil de la pobreza, que empujaba a los labradores de buen vivir a "redimir las urgencias de sus familias" en tierras castellanas, andaluzas o portuguesas. 24 Asimismo, otros consideraron que no era la pobreza la causa de la partida de los gallegos, sino una particular estructura agraria, que no garantizaba la supervivencia de todos por igual. En relación con la cuestión de la desigual distribución de la tierra, los argumentos tendieron a remarcar, por un lado, la concentración de la misma en manos de los mayorazgos, monasterios e iglesias, y por otro lado, su exce-siva subdivisión. 25 Según la "Sociedad Económica de Amigos del País de Asturias", esta última situación había conducido a una progresiva pauperización del campesinado, que ya no se podía mantener dentro de las pequeñas extensiones de tierra que poseía. 26 Para finalizar, pondríamos de relieve que en nuestra opinión, los argumentos sobre el exceso de población, la falta de ocupaciones o la desigual distribución de la tierra, esgrimidos en las postrimerías de la etapa moderna, para explicar la partida de gallegos y asturianos, han encontrado un lugar en las actuales interpretaciones sobre los procesos migratorios desde el noroeste español. Tengamos presente que estas últimas terminaron otorgando una gran importancia a los factores de tipo demográfico (presión de la sobrepoblación) o socio-económico (incidencia de las crisis económicas),27 recuperando de algún modo aquellas percepciones forjadas por quienes presenciaron los movimientos espaciales de corta, media o larga distancia, a fines del Antiguo Régimen. Las tensiones entre las ideas de restringir y fomentar la emigración Desde los primeros tiempos de la conquista y colonización, la corona española se preocupó por controlar la salida de peninsulares al Continente Americano. En 1503, la fundación de la Casa de Contratación en Sevilla fue la ocasión para proceder a una primera sistematización de la normativa que debía regular el pasaje de personas a Indias, y su establecimiento en las mismas. Una de las más importantes medidas adoptadas fue la obligación de obtener un permiso de la Casa, como condición para embarcarse a los dominios de ultramar. 28 Con el paso del tiempo, la documentación requerida para obtener dichas licencias se fue multiplicando, lo que dificultaba su tramitación. 29 Hacia fines del siglo XVIII, la política de control sobre los movimientos de personas y bienes se intensificó. 30 El "Reglamento y Aranceles reales para el Comercio Libre de España a Indias", sancionado el 12 de octubre de 1778, se ocupó de regular el traslado transatlántico de pasajeros y mercancías hasta el año 1827. La obligatoriedad de poseer la licencia para embarcarse y las precauciones para que esta prescripción se respetara, quedaron estipuladas claramente en el artículo 10.o del mencionado Reglamento: Al mismo tiempo, el artículo 11.o era explícito en relación con el tratamiento que debía dispensarse a todos aquellos que no cumplieran con la obligación de poseer el permiso para embarcarse: debían ser reconducidos en calidad de "presos" a España, junto con los capitanes o patrones del barco, para ser sometidos a las penas correspondientes a su delito. 32 El aumento del control conllevó una especificación de las categorías de personas que se podían trasladar a Indias: la "tripulación", los "cargadores" y los "pasajeros" (como puede apreciarse en el artículo 10.o, ya citado). Las opiniones de algunos pensadores ligados directa o indirectamente a la monarquía borbónica avalaron la idea de la necesidad de restringir los flujos humanos que salían para el exterior. En este sentido, tengamos presente que figuras como Juan Amor de Soria, el Padre Sarmiento o el Marqués de Croix llegaron a manifestarse a favor de la implementación de medidas coercitivas para frenar el "drenaje" de población del suelo español. Estas últimas iban desde la estipulación de la prohibición, hasta el llamado a una férrea acción estatal destinada a limitar la movilidad de la población campesina, o la confiscación de los bienes de aquellos que abandonaran su tierra de naturaleza o de vecindad. 33 La Junta del Reino de Galicia actuó como "caja de resonancia" de este tipo de planteos. La mayoría de sus miembros consideraba que la emigración había convertido a Galicia en el Reino "más menesteroso y necesitado dentro de España", pues en ausencia de los varones, las familias pasaban hambrunas y no podían pagar sus tributos. El remedio sugerido para evitar este mal era la total inhibición de los desplazamientos humanos, bajo la pena de las más severas sanciones. 34 Sin embargo, debemos destacar que a fines del setecientos, la política de control y restricción defendida por la corona y por ciertos círculos de intelectuales y políticos, coexistió con otra, de abierto estímulo al traslado de españoles a los dominios de ultramar, con fines colonizadores. Esta iniciativa oficial "pobladora" también encontró importantes justificaciones en las ideas de algunas instituciones y pensadores ilustrados de la época, quienes comenzaron a insistir en las ventajas que podía traer la emigración para la España borbónica. Tanto José Somoza como Francisco Somoza de Monsoriú, por ejemplo, mantuvieron que las salidas de los labradores, provocadas por su estado de pobreza, favorecían a la larga la convivencia general del Reino. Esto último se debía a que gracias a los desplazamientos hacia el exterior, los trabajadores lograban acumular un pequeño capital, con el cual podían "pagar las pensiones de sus haciendas, redimir los cuerpos de la intemperie, ofrecer al monarca sus tributos, comprar los instrumentos de agricultura y dedicarse a un pequeño comercio de ganado". 35 Gaspar Melchor de Jovellanos, si bien reconocía los inconvenientes que traían las emigraciones, se inclinaba por destacar sus consecuencias positivas. En este sentido, hacía hincapié en el valor de las remesas como generadoras de riquezas para el país, o destacaba la capacidad de dichos desplazamientos para transformar las "sencillas e inocentes" costumbres campesinas. 36 De esta manera, poco a poco fue cobrando fuerza el proyecto de formar colonias de peninsulares dentro y fuera de España, con el objeto de mejorar el nivel de vida de los más necesitados, y de poblar los dominios de la monarquía sobre los que no se había logrado un férreo control. Ya antes de mediados del siglo XVIII, Benito Jerónimo Feijóo, una de las personalidades más representativas de la primera generación de ilustrados, había sugerido la posibilidad de trasladar gente pobre de Galicia a diferentes colonias dentro de España, para que cultivaran las tierras incultas. 37 Esta propuesta tuvo un amplio eco, hasta tal punto que hacia 1844, la "Sociedad Económica de Amigos del País de Asturias" seguía insistiendo en los beneficios de un "bien entendido sistema de colonización" para ocupar a la numerosa población y "descargar la agricultura y ganadería de brazos inútiles que gravitan sobre ellas". 38 También se argumentó a favor de la formación de asentamientos de peninsulares fuera de España. Pedro Rodríguez Campomanes vio en estos últimos un medio de regenerar a los mal entretenidos y de poblar zonas deshabitadas. 39 A diferencia de lo que opinaban Juan Amor de Soria, el Padre Sarmiento o el Marqués de Croix, Campomanes no creía que los problemas de España se solucionarían impidiendo coercitivamente la salida de peninsulares. En su opinión, la sanción de una ley anti-emigratoria, como la propuesta por el Capitán General de Galicia, no tenía sentido. En un plano ideal, lo prioritario era crear nuevas fuentes de trabajo, para que los potenciales migrantes no tuvieran necesidad de abandonar su suelo natal. En esta dirección, había que comenzar por reactivar la economía, mediante el fomento de la pesca, el libre comercio y la industrialización. Sin embargo, mientras no existieran estas últimas condiciones, la emigración no debía ser concebida de manera totalmente negativa: había que entender que la misma podía conllevar algunos efectos positivos, al contribuir a erradicar la pobreza, entre otras cuestiones. Las salidas de gallegos a Portugal, por ejemplo, no sólo aliviaban las cargas del Estado, sino que también favorecían el crecimiento de la economía española, cuando los que habían partido retornaban con sus ahorros. 40 La concepción de las Indias como un espacio de poblamiento no era por cierto novedosa: tengamos presente que había alimentado las políticas colonizadoras desde comienzos del siglo XVI. Sin embargo, a lo largo del setecientos, las campañas de reclutamiento comenzaron a ser valoradas porque se creía que podían satisfacer algunos objetivos perentorios de la monarquía, tales como asegurar las fronteras en los dominios ultramarinos, reivindicar territorios en litigio, o desarrollar áreas deprimidas para incorporarlas a la economía metropolitana. 41 Hacia 1778 José Cornide justificaba el proyecto borbónico de poblamiento y daba algunas ideas acerca de cómo llevarlo a cabo. Entre otras cuestiones, el político coruñés estaba convencido de que "la América debe considerarse bajo varios aspectos, esto es: en cuanto puede dar consumo a nuestros frutos y ropas, en cuanto puede proveernos de los de su cosecha y en cuanto es una parte considerable de la monarquía". 42 Por ello, los establecimientos en dicho continente debían ser concebidos como sumamente necesarios. 43 El colono español en ultramar aparecía entonces como actor principal de la política de defensa del imperio y como motor de la reactivación económica que podía beneficiar a la metrópoli. En este sentido, un informe anónimo del mismo año que el de Cornide, alentaba la idea de trasladar familias de españoles a los puertos de San Julián, Santa Elena, Bahía sin Fondo y Puerto Deseado, que estaban "clamando por habitantes". De este modo, se podrían evitar las amenazas y hostilidades que esos parajes recibían constantemente de los enemigos de la corona. Incluso, se proponía enviar a los negros libres (solteros y casados) al establecimiento de las Islas Malvinas, para reemplazar a las tropas reales allí instaladas. Estas últimas podrían ser utilizadas para cubrir puertos que estaban desguarnecidos y que eran vulnerables a los ataques extranjeros. 44 La obsesión, bastante generalizada en la época, de ver "adelantada" (es decir, aumentada) la población en América, condujo a José del Campillo y Cosío a sugerir que se podía transportar a dicho continente a una "porción de gente española" que "no solamente no haría falta ninguna en el Reyno, sino que sería conocida ventaja para él limpiar el Estado enteramente de ellas". En este sentido, proponía enviar a ultramar a los gitanos, facinerosos, "mujeres públicas e incorregibles". De los últimos grupos afirmaba que si se los mandaba a Indias, sus miembros se casarían y se "harían gente de bien", sacándose de ello "mucho provecho". 45 Si bien el proyecto de Campillo y Cosío no llegó a llevarse a la práctica, pues sus medios contradecían algunos de los lineamientos de la política emigratoria de la monarquía (recordemos que esta última se había inclinado por una lógica de selección que únicamente favorecía el pasaje de "cristianos" de "buenas costumbres"), tanto las autoridades metropolitanas como las indianas fomentaron la organización de campañas de reclutamiento, para poblar diferentes áreas de los territorios americanos. Los colonos elegidos para estas empresas fueron los originarios del norte español y de las Islas Canarias. Hacia 1724-1725 el gobernador de Buenos Aires, Bruno Zabala, auspició un proyecto para trasladar 25 familias gallegas y otras tantas canarias a la ciudad de Montevideo. La operación, aprobada por la corona, terminó confiada exclusivamente a los pobladores insulares. Los oriundos del Reino de Galicia participaron en otras tres empresas, que fracasaron o tuvieron un éxito muy limitado: la de La Española, en 1767; la del Río de la Plata, de 1778 a 1784; y la de la costa de los Mosquitos, en 1787. 46 Insistiremos en que el objetivo de estas campañas era poblar áreas amenazadas por la presencia extranjera, es decir, fundar asentamientos estables de colonos fieles a la corona, en espacios estratégicos. 47 A continuación nos detendremos en algunos pormenores de las expediciones al Río de la Plata, por constituir un ejemplo de emigración dirigida, en la que participaron no sólo los gallegos, como acabamos de aclarar, sino también los asturianos y castellano-leoneses. Los instrumentos de las políticas de poblamiento en la América austral: las campañas de colonos y el ejército La empresa destinada al Río de la Plata fue en gran medida preventiva: buscaba evitar que los ingleses pudieran penetrar en la región patagónica, desafiando el poder español establecido en la porción austral del continente. 46 Es interesante hacer notar que, aún cuando era evidente la frustración del proyecto poblador del Río de la Plata, la monarquía española continuó promoviendo la organización de una nueva campaña, con los mismos fines que la anterior, con destino a la costa de los Mosquitos. Hacia el año 1787, un artículo aparecido en el Correo de los Ciegos seguía sosteniendo la idea de que este tipo de empresa era "una oportunidad incomparable para el proletariado del norte de España", el cual podía encontrar su "felicidad" en tierras ultramarinas. Para el caso de la expedición al Río de la Plata en particular, ver especialmente el ya clásico libro de Apolant, Juan Alejandro: Operativo Patagonia. Historia de la mayor aportación demográfica masiva a la Banda Oriental, Montevideo, 1970; la prolija obra de Porro Gutiérrez, Jesús María: La emigración asturiana y castellano-leonesa para el poblamiento de la Patagonia en época de Carlos III, Sever-Cuesta, Valladolid, 1995; o los otros siguientes trabajos: Cuesta, Luisa: "La emigración gallega a América", en Arquivos do Seminario de Estudos Galegos, IV, Santiago de Compostela, 1932, págs. 170-176; Longo González, Natalia: "Expedición de familias al Río de la Plata (1778-83). Presupuestos ideológicos", en Revista da Comisión Galega do Quinto Centenario, N.o 2, Santiago de Compostela, 1989, págs. 39-56; Vilanova Rodríguez, Alberto: Los gallegos en la Argentina, Vol. La emigración gallega a América hasta 1930, (Colección "Cruzar el Charco"), Fundación Archivo de Indianos, Colombres, 1993, págs. 31-38, entre otros. Cualquier establecimiento que hagan [los ingleses] en las costas de la América Meridional, debe ser indefectiblemente muy perjudicial para la seguridad de los nuestros, y para nuestra navegación en aquellos mares, siendo de recelar se sitúen en algún paraje de la parte que corre desde el Río de la Plata hasta el estrecho de Magallanes, y aún en el estrecho mismo. Por consiguiente es de la mayor importancia procedamos sin pérdida de tiempo a ocupar allí algunos puntos esenciales que impidan cualquier tentativa, precaviendo los graves daños que se nos seguirán de que se adelantasen los ingleses a ocupar dichos puestos, desde donde interceptarían fácilmente nuestra navegación por el Cabo de Hornos, internándose en el Reino de Chile hasta invadir el Perú. 50 La aparición del libro del Padre Falkner, Descripción de la Patagonia y de las partes contiguas de la América del Sur, hacia 1774, brindó información acerca de las pretensiones inglesas sobre la región, lo que parece haber influido en la decisión de la monarquía española de poner en marcha su operativo de poblamiento. 51 Este último se anunció oficialmente a través de una Real Orden que el Secretario General del despacho de Indias, José de Gálvez, dio a conocer a Jorge Astraudi (encargado de la colectación y el envío de las familias): En las Provincias del Río de la Plata serán muy convenientes algunas familias de España, que se hallen bien instruídas en todas las labores del campo, y otras faenas correspondientes a la mejor enseñanza de cosas domésticas, para que con su ejemplo pueda lograrse, que aquellos naturales lleguen a la perfección que se desea en todas las partes que componen un buen vecino del Pueblo. Por estas razones ha tenido el Rey por preciso se haga a V.S. el encargo de juntar algunas familias pobres de ese Reino, capaces de llenar aquel objeto, tratando con ellas los términos en que hayan de ir con sujeción al destino que quiera darles allá el Virrey de Buenos Aires, ofreciéndoles desde luego, que serán costeados por cuenta de S.M. en los Correos Marítimos que salen de este Puerto, lo que prevengo a V.S. de orden del Rey, para que proceda a su cumplimiento, dándome aviso de sus resultas, del número de las Familias que se presenten a hacer este viaje, y del de las personas de que se componga cada una. Documentos del Archivo de Indias, "Apuntes que se han tenido presentes para formalizar los que se han comunicado al Virrey con fecha de 8 de junio de 1778. Necesidad de formar dos Establecimientos con dos fuertes subalternos en las costas de América Meridional, e idea de la instrucción que se deberá dar a las personas comisionadas de llevar a efecto este pensamiento", 196, fols. 51 Parish, Woodbine: Buenos Aires y las Provincias del Río de la Plata. Desde su descubrimiento y conquista por los españoles, Librería Hachette, Buenos Aires, sin folio, págs. 200-201; Apolant, Juan Alejandro: Un predicador...,, págs. 5 y 6; Porro Gutiérrez, Jesús María: La emigración asturiana..., págs. 10-11. Como se puede apreciar, los fines estratégicos o defensivos no se explicitaban. Las expediciones a la América austral eran presentadas como una campaña moralizante o pedagógica, que encontraba en los labradores su mejor instrumento transformador. Tampoco se especificaba el destino final de los colonos, aunque la corona tenía en claro que deseaba enviarlos a la costa patagónica. Probablemente, se encubría parte del proyecto para no desalentar de antemano el reclutamiento de los potenciales emigrantes, que en última instancia, era voluntario. Una vez comunicada la decisión de organizar la empresa pobladora en cuestión, se dieron a conocer las condiciones bajo las cuales se realizaría el traslado y el establecimiento allende el océano. Entre otras cuestiones, se estipuló lo siguiente: se enviarían 200 familias como máximo; se admitirían a paisanos y labradores, o artesanos de "oficios útiles" (herreros, carpinteros, albañiles, y otros semejantes); se daría preferencia a los casados sobre los solteros; los colonos serían transportados de cuenta de la Real Hacienda; se les daría en América habitaciones útiles para la labor y tierras en propiedad, una o dos yuntas para su beneficio, arados, semillas para sembrar y se los mantendría un año contado desde su instalación en los lugares a los que los destinara el virrey. 53 Por cada persona adulta embarcada, la Real Hacienda se comprometía a pagar 110 pesos fuertes; por las de dos a seis años, 108 pesos fuertes; mientras que por las menores de dos años, ninguna suma. Sabemos que en tiempos de guerra, los asentistas que habían hecho contrato con la corona para el transporte de las familias en cuestión, llegaron a lograr que el gobierno les abonara 150 pesos fuertes por pasajero, lo que pone de manifiesto que en torno a estas expediciones se fueron conformando fuertes intereses económicos, que lograron presionar exitosamente sobre el poder político, para obtener mayores beneficios del emprendimiento poblador. 54 Sin embargo, más allá de la presencia de intermediadores en estas operaciones, como los asentistas mencionados, el responsable y garante último de las mismas fue el Estado español. Recordemos que un representante de este último, Jorge Astraudi, firmó personalmente todas las contratas con las personas que deseaban engan-charse en las expediciones, respaldando los compromisos adquiridos por la corona al respecto. 55 A pesar de las previsiones adoptadas, la empresa pobladora no alcanzó los objetivos esperados. En los sucesivos embarques que se fueron organizando (llegaron a diez, de 1778 a 1784), la presencia de las familias gallegas, que eran las que inicialmente se buscaba captar, fue disminuyendo. De este modo, los contingentes tuvieron que completarse con asturianos y castellano-leoneses. Estos últimos fueron los que predominaron dentro del total de españoles que participaron en las expediciones en cuestión, llegando a representar el 41,7% (855). 56 Algunos investigadores trataron de explicar los motivos por los cuales estos últimos peninsulares no se plegaron abiertamente al proyecto poblador. Por un lado, tanto Antonio Eiras Roel como Ofelia Rey Castelao y Jesús María Porro Gutiérrez mantuvieron que las expediciones no generaron mucho entusiasmo porque el traslado se presentaba como definitivo y de carácter familiar, lo que se distanciaba del modelo migratorio gallego más difundido, caracterizado por el desplazamiento individual y masculino, de tipo estacional o polianual. 57 Por otro lado, Manuel María de Artaza Montero sostuvo que la débil respuesta de los labradores gallegos pareció deberse a la actitud del clero y de la hidalguía quienes, como buenos defensores de ideas anti-emigracionistas, convencieron a los potenciales colonos de los inconvenientes ligados al viaje ultramarino. 58 Por último, María Rosa Saurín de la Iglesia puso de relieve la falacia con que la corona encubrió sus designios estratégicos (de crear fuertes y avanzadas defensivas) bajo apariencias humanitarias. 59 Además de los ricos elementos que avalan estas sugerentes hipótesis, podríamos aportar alguna otra evidencia empírica más, en la dirección de apoyar las explicaciones brindadas por los tres primeros estudiosos mencionados. En efecto, esa tendencia de los gallegos a migrar solos, alimentada por las antiguas tradiciones de desplazamientos espaciales intrapeninsulares, también parece haberse puesto de manifiesto en lo relativo a las campañas en consideración, pese a que con estas últimas, como ya aclaramos, se proponía fomentar el traslado ultramarino de familias completas. Si examinamos cómo se conformaron los núcleos pobladores que partieron de La Coruña, en las sucesivas expediciones (ver el Cuadro 1, en el Anexo), podremos comprobar que los gallegos tendieron a migrar sin familiares o conocidos en mayor medida que los asturianos, por ejemplo. 60 Un 13% de los núcleos emigratorios gallegos estuvieron conformados por un jefe solo, mientras que entre los asturianos, ese porcentaje fue tan sólo del 1%. Los oriundos del Principado se ajustaron en mayor medida a los requerimientos de la monarquía de transportar familias enteras. Estimulados por la propaganda oficial, pero también, debido a la acción de otros mecanismos más espontáneos (el poder de convencimiento de algunos pobladores sobre otros parientes o paisanos), los jefes asturianos lograron movilizar redes sociales más amplias que sus pares gallegos. Quizás esta última circunstancia contribuya a explicar el hecho de que el número total de migrantes asturianos sumados a las expediciones fue mayor que el de los gallegos. Resulta interesante agregar que esas vinculaciones personales podían rebasar al núcleo migratorio propiamente dicho, y ligar a varios de ellos, tal como se desprende del ejemplo que brindamos en el Gráfico 1, en el Anexo. En el mismo nos propusimos dejar plasmadas las relaciones que existieron entre seis núcleos emigratorios asturianos. Se trataba de lazos familiares, que en algunos casos, se superponían a los paisanales (tengamos en cuenta que la mayoría de los sujetos que se encuentran incluídos en el Gráfico 1 pertenecían al concejo de Villaviciosa, y dentro de este último, a cuatro parroquias aledañas, en el noroeste del mismo: Quintueles, Quintes, Castiello y Arroes). Ahora bien, más allá de la necesidad de ampliar el área inicial de colectación hasta Asturias o Castilla-León, no tardaron en surgir otros contratiempos logístico-organizativos ligados a las expediciones en cuestión, tanto dentro del destino transitorio de los colonos (Montevideo), como den-tro de los concebidos como finales (los asentamientos de la costa patagónica). En la primera ciudad mencionada, y según un informe del Intendente de Buenos Aires, Manuel Ignacio Fernández, los gallegos intentaron fugarse, para "evadirse de seguir al destino con que vienen". 61 Así explicaba la situación el funcionario en cuestión: miento del Río Negro no había habitaciones suficientes para acomodar a los migrantes, que eran empleados en la construcción de un fuerte de piedra, que se esperaba pudiera resistir los ataques de los "indios bárbaros". Tanto las personas trasladadas como las autoridades metropolitanas e indianas eran conscientes del enorme gasto improductivo que esta empresa estaba suponiendo para la Real Hacienda. 64 Se imponía tomar alguna medida, al menos para contener los reclamos de los recién llegados, que se hallaban sumidos en la pobreza. En estas circunstancias se comenzó a barajar la posibilidad de reubicarlos en pueblos o fortalezas amenazados por la presencia portuguesa o por los "indios infieles". Con este tipo de iniciativa también se buscaba fomentar la agricultura en otros parajes, limitar el contrabando y garantizar la actividad comercial, que peligraba por la inseguridad de algunas rutas. 65 Paralelamente, se suspendió el envío de nuevos colonos a la costa patagónica, hasta tanto se pudieran reacomodar los que aún permanecían en Montevideo. 66 Las familias fueron redistribuídas entonces en diferentes pueblos o ciudades de la Banda Oriental (Montevideo, Maldonado, Colonia, Rosario, San José, Santa Lucía, Canelones, Pando, Minas o San Carlos, principalmente), y en distintas Guardias de Buenos Aires (Rojas, Salto, Luján, Monte, Ranchos o Chascomús). 67 Sin embargo, en estos nuevos destinos volvieron a surgir inconvenientes: a las privaciones de todo tipo experimentadas por la mayoría de los colonos, se sumó la suspensión del pago del real diario, que la corona se había comprometido a sufragar a cada poblador, hasta tanto se les asignara una morada fija. Los colonos reaccionaron de manera mancomunada, reclamando el auxilio monetario que se les debía, logrando que la monarquía les reconociera finalmente este derecho, en la mayoría de los casos. 68 No obstante, no hubo ninguna medida encaminada a establecer de forma definitiva a los pobladores llegados de España. 69 Otros se habían dispersado por el interior virreinal, e incluso, sabemos que algunos terminaron instalándose en la capital. Aquellos que habían sido colocados en las Guardias de Buenos Aires a menudo vieron amenazado su derecho a la posesión de la tierra -fijado en las contratas suscritas en España-por poderosos hacendados que reclamaban la propiedad de los territorios donde estaban asentados. Estas situaciones crearon conflictos judiciales que llegaron a los Tribunales del Superior Gobierno. 70 Hacia 1796, en la Guardia de Chascomús y otras bonaerenses, los pobladores se habían visto obligados a abandonar sus terrenos de labranza, en virtud de que algunos "hombres ricos" habían logrado reivindicarlos exitosamente, como parte de su propiedad. 71 El conflicto que tuvo lugar en la Guardia de Ranchos, que finalmente supuso una resolución satisfactoria para los colonos, ilustra el tipo de tensiones suscitadas en torno a la tierra. Todo comenzó cuando Don Manuel Izquierdo, vecino de Buenos Aires, estanquero y hacendado de Ranchos, reclamó el título de propiedad de los terrenos donde estaban instaladas varias familias pobladoras, con su descendencia. Estas últimas se organizaron para promover un expediente judicial, donde exigieron que se respetara su derecho a la posesión de la tierra. Fundaban además su pedido en el reconocimiento que ameritaban los fieles servicios que habían prestado al Monarca, desde su llegada a Ranchos en el año 1781: no sólo habían cultivado el suelo que se les había asignado, sino que también lo habían defendido de los "indios infieles", dando el producto debido al Rey y a la Iglesia. Y todo ello lo habían logrado pese a que cuando arribaron a la Guardia en cuestión no tenían más que una yunta de bueyes y una "cuartilla de maíz y media de porotos". 72 Manuel Izquierdo había introducido una gran cantidad de ganado en los terrenos donde estaban establecidos, quitándoles pastos y bebidas para sus animales. Además, era factible que una vez que adquiriera su título de propietario, les exigiera el pago de arrendamientos. La acción conjunta de los pobladores, representados por el asturiano Adriano de la Infiesta, logró de modo algo llamativo un resultado favorable: el Tribunal decidió anular la venta verificada al enriquecido hacendado, por la "malicia con que se ha conducido en ella", devolviéndole el dinero pagado, y dejando a los pobladores en las tierras que ocupaban. 73 A un nivel más individual, podemos comprobar que los periplos de los migrantes peninsulares en cuestión fueron en general muy penosos, no sólo por los sinsabores del propio traslado (en el que solían demorarse más de tres meses, en malas condiciones higiénicas y con una muy escasa alimentación), sino también, por los sucesivos desplazamientos a los que fueron sometidos en el espacio rioplatense, sin que se les garantizaran los medios de subsistencia básicos. Contamos, por ejemplo, con la declaración de Cipriano Antonio Gómez, quien recordaba haber llegado en el año 1779 como poblador a Montevideo, en la Fragata "N. S. del Socorro". Lo acompañaban en esta empresa unas 83 personas. De la mencionada ciudad fue conducido a las costas patagónicas con otros 19 individuos solteros. Allí, una peste de escorbuto azotó al contingente, ya bastante debilitado como consecuencia de una dieta pobre. Una orden superior los instó a abandonar el lugar. Los pobladores enfermos fueron conducidos en el Bergantín Carmen a Buenos Aires. 74 En su nuevo destino, la suerte de Cipriano Gómez no fue mejor: Este poblador, obligado a trasladarse a Córdoba del Tucumán para garantizar su supervivencia, había solicitado ya dos veces que se le abonara el real diario que la corona le debía, incluyendo a toda su familia en este reclamo. La Junta Superior de la Real Hacienda resolvió satisfacer parcialmente esta demanda, estipulando que entregaría el real diario que correspondía a Cipriano únicamente (y no a sus hijos). En cambio, le ofreció un terreno realengo en las inmediaciones de la ciudad de Córdoba, donde podría instalarse con su esposa y descendencia. El asturiano Luis de Génova y su familia también vieron en gran medida frustradas sus expectativas. Trasladados por disposición del Marqués de Loreto a la población del Real de San Carlos, el mencionado colono terminó recibiendo una chacra a tres o cuatro leguas de la misma. En dicho terreno pudo construir "un pequeño y agujereado rancho de paja con una cocinita de lo mismo". Tampoco poseía sementeras de lino, sino un poco de trigo, con un "huertecito sembrado con un puñado de semilla de cáñamo", que "aunque lo llegase a cosechar no podría servir de otra cosa su fruto que dar una señal cierta de que lo producía la tierra". 76 Para "remedar las necesidades de su familia" había cortado algo de leña en el Arroyo del Sauce, lo que lo involucró en un litigio con Alexandro Reyes, quien sostenía que esas tierras le pertenecían y que por lo tanto, no podían ser aprovechadas por el poblador. 77 Como vemos, la supervivencia se tornaba difícil en los casos en que los colonos, colocados en destinos desconocidos y alejados de ámbitos urbanos, quedaban desprovistos de la asistencia de lazos comunitarios o paisanales, o no lograban una inserción laboral favorable. Sin embargo, también fue posible que algunos emigrantes llegados en las expediciones organizadas por la corona transitaran algunos caminos de movilidad social ascendente. En el caso de las mujeres, un matrimonio conveniente podía garantizar un buen nivel de vida, a mediano o incluso, a largo plazo. Los hombres, entre otras vías, podían verse favorecidos si contaban con algún capital que les permitiera iniciar inversiones en el comercio o en la producción. Detengámonos brevemente en dos casos que pueden quizás ejemplificar estas últimas afirmaciones. La asturiana Joaquina Migoya fue trasladada en la misma fragata que Luis de Génova (la denominada "San Josef"), pero su suerte fue bastante distinta a la de este último colono. La acompañaron en el mismo viaje sus padres y sus cinco hermanos, además de unos 561 pobladores más. Pasaron primero a la capital virreinal (el 19 de septiembre de 1781) y luego fueron destinados a la Guardia de Ranchos (a donde se desplazaron el 1 de octubre de 1781). El 22 de marzo de 1792 Joaquina se casó en la Catedral de Buenos Aires con Miguel de Caldevilla, un comerciante asturiano bastante importante para la época, con vínculos mercantiles en amplias zonas del interior virreinal. Cuando contrajo nupcias, la joven no ingresó a su sociedad conyugal más que la "decencia de su persona". Sin embargo, a la muerte de su esposo, recibió como parte de su herencia unos 11.800 pesos en dinero, muebles y alhajas, pudiendo introducir también a su segundo matrimonio una casa, que Caldevilla le cedió para que disfrutara "durante sus días", con la obligación de que luego quedara a beneficio del Hospital de Mujeres de la ciudad. Su primer marido también benefició a un hermano de Joaquina, Juan, habilitándolo en una tienda en Luján y dejándole en herencia una casa contigua en la misma villa. Si bien gracias a su primer matrimonio, Joaquina pudo mejorar su posición, el segundo enlace con Félix García no la benefició en igual medida: este consorte terminó arrestado varias veces por embriaguez y dilapidó no sólo el capital que introdujo a la sociedad conyugal, sino también parte de la dote de su esposa y los gananciales. Joaquina también se vio obligada a entregar "unos restos de almacén que poseía" a su hijo Juan Antonio, por "el abandono en el que había caído su marido". Como podemos apreciar a través de esta historia, el matrimonio también podía precipitar a la mujer en la desgracia, aunque estos casos en general han dejado menos huellas en la documentación disponible. Pedro Pidal, natural de la Jurisdicción de Villaviciosa, en el Principado de Asturias, también llegó en la fragata "San Josef", el 19 de julio de 1781. De estado soltero, venía acompañado por su madre, María Rivero, su hermano, Juan Pidal, y su cuñada, María Josefa Arce. 79 Como Joaquina 78 La información para reconstruir sucintamente esta historia de vida fue tomada de: AGN, Sucesiones, 6782, Joaquina Migoya; AGN, Sucesiones, 5345, Miguel de Caldevilla; AGN, Gobierno Colonial, Padrones Generales de los habitantes de Buenos Aires de 1806 y 1807, IX 9-7-7; y Censo de Buenos Aires de 1810, S IX 10-7-1; Jáuregui Rueda, Carlos: Matrimonios de la Catedral de Buenos Aires. 79 Para la trayectoria del poblador Pedro Vidal hemos consultado AGN, Sucesiones, 7387, Pedro Pidal; y Apolant, Juan Alejandro: Operativo Patagonia..., págs. 335 y 356. Migoya, pasó primero a Buenos Aires y luego a la Guardia de Ranchos. Allí contrajo matrimonio con María Fernández, quien era hija de otros dos pobladores: Francisco Fernández y Josefa Soare. Esta última pareja se había embarcado en La Coruña en la misma fragata que Pedro Pidal, junto a sus cinco hijos y la hermana de Francisco, Josefa Fernández. Al momento de su enlace con María Fernández, Pedro Pidal introdujo a su matrimonio 1.015 ps. 4 rs., mientras que a lo largo del mismo, obtuvo como gananciales 4.606 ps. 2 y 3⁄4 rs. Evidentemente, durante los años que duró su sociedad conyugal, este asturiano logró acrecentar su capital (sin llegar a detentar una gran fortuna para la época). Probablemente, esto último fue posible gracias a que contaba con cierto dinero antes de contraer nupcias con María, lo que le debe haber permitido iniciar sus actividades comerciales y productivas en el ámbito rioplatense. Tengamos presente que al momento de su muerte, Pedro poseía dos pulperías, a cargo de su cuñado Francisco Fernández y de su entenado Simón Cabezas, al tiempo que era dueño de una gran tahona, con un importante número de mulas y caballos. Entre sus bienes se contaban, además, dos ranchos, trigo y cueros, muebles, dos casas en la ciudad de Buenos Aires, dos mil pesos en efectivo y una criada. Más allá de estas trayectorias personales, que revelan ciertamente algunos ángulos de este proyecto borbónico, el balance de la empresa en su conjunto probablemente sea más negativo que positivo. La monarquía no logró cumplir sus objetivos de crear "avanzadas de población" permanentes en las costas patagónicas. Lejos de ello, sometió a los colonos a un sinfín de incertidumbres y penurias. Sus destinos finales fueron en muchos casos azarosos, en lugar de corresponder a los señalados por las autoridades. Posiblemente la corona no conocía suficientemente las condiciones naturales y culturales de la porción meridional del Continente Americano, y como consecuencia de ello, se propuso metas poco viables. Las protestas de los colonos por las promesas incumplidas y por las malas condiciones de vida a las que quedaron expuestos, ponen también de manifiesto que el Estado español no se comprometió todo lo necesario en esta empresa, fundamentalmente, a un nivel financiero. Sin embargo, es interesante señalar que la política de fomento de la emigración, defendida por el gobierno metropolitano, no se limitó únicamente a las campañas pobladoras que acabamos de analizar. También involucró al ejército, que de algún modo, quedó convertido en otra vía de poblamiento. Según la normativa en vigor, los militares peninsulares que cumplían su servicio en América, debían regresar a España una vez que el IDEAS Y POLÍTICAS MIGRATORIAS ESPAÑOLAS: EL CASO ASTUR-GALAICO mismo finalizaba (como mínimo, a los ocho años), o en caso de quedar inválidos. Sin embargo, sucesivas disposiciones oficiales fueron autorizando a los soldados que se hallaban en determinadas condiciones, a permanecer en suelo americano. En primer lugar, esto último fue posible para aquellos que al término de su servicio se encontraban casados. Como estipuló la Real Orden del 20 de agosto de 1786: [...] los soldados europeos, que sean casados en América, y cumplan el tiempo de su empeño, pueden, si quieren, permanecer en estos dominios en calidad de Pobladores donde el Gobierno los destine; y en los casos que ocurran se tomarán los acuerdos que son consiguientes a esta Real determinación, y las posibles precauciones para evitar licencias de abusivos casamientos, que puedan intentarse, especialmente al tiempo de deberse restituir a España los individuos, como se sirve V. E. prevenirme [...]. 80 se hallaban en las Provincias del interior del Virreinato, podían permanecer en ellas, para evitar costos de transporte a España, deserciones, y con el fin de que se convirtieran en una fuerza potencialmente movilizable, en caso de necesidad. 85 La disposición en la materia prescribía que a los militares en cuestión: que echa por la boca". Otro Granadero del mismo cuerpo, Joseph Pita, de origen gallego, también fue exceptuado de regresar a la Península, "por padecer afecto al pecho y dolores artríticos en todos sus extremos". 88 Es difícil saber si en casos como los dos últimos, los soldados padecían realmente de las enfermedades declaradas, o si tenían la deliberada intención de mostrarse convalecientes e imposibilitados de emprender el viaje ultramarino (por ejemplo, si contaban con la complicidad del cirujano y de los coroneles de los cuerpos, para la presentación de un diagnóstico médico que los respaldara en su propósito). Esto último debió ocurrir con cierta frecuencia, a juzgar por el descargo del Inspector de las tropas del Virreinato del Río de la Plata, Antonio Olaguer Feliu, ante su superioridad, en el que afirmaba que había que tomar las precauciones necesarias en relación con los soldados enfermos "a fin de cuidar también por parte de V. E. que no queden fraudulentamente en estos dominios, como previene S. M., correspondiendo sólo por la mía el vigilar, como lo he hecho, y haré en los sucesivo, que no se separen del servicio para quedar en estas Provincias, sino es aquellos que padezcan achaques moralmente imposibles de curar, y que al mismo tiempo les imposibiliten embarcarse". 89 En cuanto a la adopción del estado religioso, a lo largo de los últimos años de la etapa colonial hubo muchos militares que se inclinaron por tomar los hábitos, en especial, dentro de la Orden de San Francisco. Como lo reconocía el mismo Antonio Olaguer Feliu, esta última decisión respondía en algunos casos al deseo de los soldados de querer separarse del ejército. 90 Para comentar un ejemplo, Francisco de Castro y Pardo, Cabo Segundo de Granaderos del Regimiento de Infantería, expuso en dos ocasiones y ante las autoridades su interés por ingresar a la Orden franciscana. Tras la primera petición, no obtuvo una respuesta positiva. Sin embargo, luego de la segunda solicitud, pudo alcanzar sus objetivos: no sólo logró permanecer en el Río de la Plata, entrando a la mencionada Orden, sino que también pudo retirarse de su servicio, antes de cumplir con el período exigido. Las ambigüedades de las políticas migratorias A fines de la etapa moderna las salidas de gallegos y asturianos al exterior (tanto a diferentes ámbitos peninsulares como ultramarinos) despertaron el interés de algunos pensadores ligados a la monarquía borbónica y de la propia corona. Las contrapuestas visiones que se forjaron sobre dichos desplazamientos humanos alimentaron una ambigua política migratoria. En consonancia con la percepción negativa de las migraciones, en tanto movimientos que producían la despoblación del suelo español, y el consecuente debilitamiento del cuerpo social, se defendió el imperativo de restringir y seleccionar los flujos migratorios. Ello encontró una legitimidad legal en la sanción del "Reglamento para el Comercio Libre", a fines del siglo XVIII. Pero por otro lado, y en relación con aquella otra concepción más positiva de los movimientos espaciales de peninsulares, se sostuvo la necesidad de fomentar campañas de poblamiento en el Nuevo Mundo. Estas últimas estuvieron encaminadas a garantizar el control sobre territorios amenazados por la presencia de potencias extranjeras o por la existencia de fuerzas locales capaces de cuestionar el dominio colonial. En general, y tal como queda de manifiesto en el caso de las expediciones al Río de la Plata analizadas, dichas empresas tuvieron un éxito limitado. El objetivo de consolidar el poder hispánico en espacios alejados de la férula estatal se vio en gran medida frustrado: los colonos no pudieron resistir las duras condiciones de vida locales, y la corona no dispuso de los recursos suficientes para sostener el emprendimiento planificado. Los peninsulares tuvieron que ser reconducidos a destinos diferentes a los inicialmente asignados por el gobierno español, integrándose de modos diversos y con variable éxito a la sociedad de acogida. Sin embargo, y más allá de estos resultados poco alentadores, la mera planificación y ejecución de las campañas en cuestión, junto con las disposiciones oficiales que autorizaron a los soldados a permanecer en América, permiten corroborar que aquella idea de restringir las salidas de españoles al exterior, presente desde los primeros tiempos de la conquista y colonización, coexistió a fines de la etapa moderna con otra aparentemente opuesta y contradictoria: la de alentar dichos desplazamientos humanos, con fines estratégicos. * Los familiares podían formar parte del grupo emigratorio principal o de la/s compañía/s. Los conocidos integraban únicamente estas últimas. Las compañías estaban constituídas por un conjunto de personas que se alistaba al lado del grupo principal y que quedaba subordinado al jefe del mismo. Fuentes: Elaboración propia, a partir de AMC, Cajas Río de la Plata, 1780, 1783-1792, Libro de Filiaciones de las Familias del Principado de Asturias que principia en 1.o de octubre de 1779; Libro de Filiaciones del Reyno de Galizia, de las Personas que se alistan para pasar a las Provincias del Río de la Plata desde primero de octubre de 1778, sin catalogar; Juan Alejandro Apolant, Operativo Patagonia.
él mismo se autodenomina, al que incluimos dentro de esa línea protoarbitrista que iniciará su escalada a partir de mediados del siglo XVI, ya que refleja en su amplia y continuada secuencia epistolar características de los seguidores de dicha escuela político-económica. Notificó sobre innumerables asuntos, problemas y personajes que consideró dignos de mención, tratando además de dar los "remedios y soluciones" que creía convenientes para ello, algo tan típico dentro de esa tendencia. La tendencia conocida como "arbitrismo" -importada de Flandes e Italia-inició su gran escalada a partir de mediados del siglo XVI, creciendo y adquiriendo toda su fuerza en la posterior centuria, para declinar visiblemente en el XVIII. 1 En dos cosas se manifiesta el carácter atrevido y jactancioso de los arbitristas: en su presunción de anunciar al mundo ruidosas verdades y de pasar por mensajeros de Dios para mostrar el camino de la redención, y en su vanidad de curar de un golpe y con un solo remedio todos los males de la república, siendo así que suelen ser muchos, diversos y nacidos de muy distintas causas. 2 Siempre es interesante rastrear estas manifestaciones iniciales del arbitrismo allende el Atlántico, con esos personajes que podríamos denominar "protoarbitristas" al manifestar en sus escritos peculiaridades de los continuadores de dicho sistema. Éstos, además de plantear reiteradamente diferentes peticiones particulares y redactar innumerables cartas y memoriales, tan típicos de la época, comienzan a recomendar modificaciones y proyectos -ahí se centra nuestro interés-, en pro de remedios eficaces para una pronta disposición y mejora de aquellas provincias. Dentro de esa doble línea, de reclamaciones y propuestas, podemos considerar incluido a nuestro protagonista. 1 Colmeiro, Manuel: Historia de la economía política en España. Para la realización de este trabajo, hemos contado con los fondos documentales del Archivo General de Indias de Sevilla, depositario de una amplia secuencia epistolar de Jerónimo López, uno "de los primeros conquistadores",3 como él mismo se autodefinió, además de diferentes textos paleográficos, cuyos originales proceden de México. Aunque tanto en su testamento, otorgado en la ciudad de México el 18 de mayo de 1549, como en su relación de méritos y servicios, 4 indicaba que era natural de la villa de El Pedroso (Sevilla),5 coincidiendo en ello los autores consultados, 6 su primogénito homónimo "el Mozo", también en su última voluntad, señalaba que su progenitor nació en Cáceres (Extremadura), -en torno a 1488-, 7 y que muy niño pasó con sus padres a radicarse a dicha villa del Pedroso, y de allí se trasladaron a Sevilla (colación de Santa María). 8 Fueron sus padres Antón López de Viar -hijodalgo- 9 y Elvira Fernández de la Cuesta y era nieto de Garci López de Viar y de Elvira Fernández de la Parra, contando como quinto abuelo al comendador Garci López de Viar. En esta última ciudad, "en tiempo del Rey Católico", cuando oyó pregonar "en las gradas...con sole(m)nidad de trompetas" que los que se decidiesen a poblar las Indias, obtendrían pasaje gratis, además de otras ayudas y favores (ganados, rentas perpetuas...), se le despertó el interés por las nuevas tierras, 10 marchando a Cuba en 1520, en un grupo de unas cien per-sonas, arribando a Veracruz el 24 de febrero de 1521 en la nao "Santa María", como comisario de las Bulas de la Santa Cruzada -de ahí su apodo "el bulero"-,11 junto con fray Pedro de Melgarejo de Urrea. 12 Estuvo en la primera entrada de Texcoco, así como en la "conquista y toma de esta gran ciudad de México", participó en la entrada de la provincia de Pánuco, en las de las tierras de Yopilcingos y costas del mar del Sur hasta Zacatula; asimismo en Motín (donde había minas de Oro), Alina, Colima y Tecumán, obteniendo como recompensa escudo de armas. 13 Tras la pacificación de aquellas nuevas tierras, regresó a España donde residió dos años, siendo llamado por la emperatriz para que le diese cuenta de los sucesos acaecidos. 14 Aunque prefería quedarse en la corte, el emperador, en una audiencia concedida en Burgos (camino para las cortes de Monzón), le mandó volver a México y casarse 15 ya que había ordenado al Consejo que se le concediese la encomienda de Chiautla y la gobernación de Jalisco y que "tuviese cargo de siempre le escrebir e informar...de lo que debiese ser informado, que a lo que screbiese se me daría entero crédito, por haber hallado todas mis relaciones tan verdaderas". 16 En 1527 retornó a México 17 con el título de regidor para el primer pueblo que se fundara tras su llegada, de cuyo puesto no llegó a tomar posesión hasta más tarde, en que consiguió otro nombramiento para el Ayuntamiento de la capital, que presentó al Cabildo el 14 de abril de 1529, no siendo admitido hasta el 12 de mayo de 1531. 18 Ostentó igualmente el cargo de secretario de gobernación. 19 Volvió de nuevo a España20 a dar cuenta en persona, "porque cartas no aprovechaban porque las tomaban todas...",21 de los disturbios existentes en México por los atropellos cometidos por el presidente de la primera Audiencia Nuño de Guzmán y algunos oidores "muy parciales al bando del factor Gonzalo de Salazar...especialmente contra los amigos e criados del marqués del Valle e sus parientes e allegados destruyéndolos a todos en cosas muy de hecho, e faciéndole extorsiones muy recias al dicho marqués", 22 además de los disgustos y atentados contra el obispo Zumárraga. 23 Llegó a México en 1538, y seis años después regresó de nuevo a la Península como procurador de la ciudad, en compañía de Peralmíndez Chirinos y Alonso de Villanueva, para tratar del repartimiento de tierras a los conquistadores, regresando sin haber terminado su comisión. 24 No fue ese su último viaje a España ya que, años más tarde, decidió regresar de nuevo, esta vez acompañado de su hijo homónimo, que entonces tenía unos doce años, "para que me sirva y conozca a Su Majestad" 25 y con el propósito de "pedir justicia", 26 aunque temeroso, porque "ya iba sobre tres veces (la travesía) y pocos escapan de la tercera". 27 Con esta desconfianza, otorgó su ya citada última voluntad 28 y, efectivamente, "murió en la mar, en el navío que iba". 29 El hijo, pues, llegó solo a España de donde regresó en 1551, a la edad de catorce años. 30 Este testamento nos revela una valiosa e interesante información en lo que a su vida familiar y cotidiana se refiere. Fue presentado por Pedro Hernández -su yerno, casado con su hija Ana 31 -, cerrado, sellado y firmado por Cristóbal Rodríguez Bilbao, escribano, ante Andrés de Tapia, alcalde ordinario de la ciudad, y Pedro de Salazar, escribano público. Se presentaron como testigos Antonio de Turcios, secretario de la Real Audiencia, de más de treinta años; Diego Agundez, escribano, de más de veinticinco años y el dicho Cristóbal Rodríguez Bilbao, de la misma edad. 32 Como albaceas nombró al licenciado Tejada, oidor de la Real Audiencia, a Antonio de Turcios, secretario de ella "porque yo lo tengo por hijo", a Juan Xaramillo, vecino de la ciudad, y a su esposa Mencía de Rivera. 33 Entre sus "claúsulas espirituales", es decir las disposiciones que hizo respecto a sus honras fúnebres, número de misas, mandas pías, etc., muy numerosas y detalladas, 34 como era habitual, pedía ser enterrado en la sacristía grande del monasterio de San Agustín. 35 Indicaba ser hermano de las cofradías y hermandades "del hospital de La Concepción desta ciudad y del Santísimo Sacramento y Caridad y de los Ángeles y Santa Bárbara y Nuestra Señora del Rosario y de las Ánimas del Purgatorio y del Nombre de Jesús". 36 En México tuvo su domicilio en la calle de los Oidores, frente a la cárcel. 37 La mayoría de los conquistadores españoles tenía la costumbre de compartir vivienda y comida, aparte de su familia, con gran cantidad de parientes y allegados, además de un alto número de esclavos, tanto indígenas, como negros, como es el caso que nos ocupa, ya que en muchas de sus epístolas hace continua alusión a sus grandes gastos debidos a "casa abierta para cuantos la quieren, mujer española hijadalgo, diez hijos e hijas, larga familia de gente doméstica". 38 caba en su testamento que los tenía "por compra que dellos he hecho a diversas personas", y pedía que no fueran vendidos, sino que sirvieran posteriormente a sus hijos. Entre los que vivían en su residencia, comprados antes del último matrimonio, se contaban: Francisco, indio, sastre, y Elvira, también india; casados y con hijos. Tenía además cuatro negros y dos negras: Juanes, Francisco, Cristóbal, Hernando, Isabel y Catalina 39 más "dos hombres de España a quien doy salario". 40 Con respecto a su extensa progenie, fue debida a tres matrimonios: 41 -El primero, el 24 de noviembre de 1532, con Elvira Álvarez de Mendoza, hija de Alonso Durán de Mendoza, natural de Trujillo o Medellín. Fruto de esta unión, nacieron tres hijos. Un varón que falleció niño y dos hembras: María de la Concepción y Ana López ó Ana de Mendoza. -El 4 de septiembre de 1536 se volvió a casar con Catalina Álvarez de Cabrera, natural de Badajoz, hija de Juan Zapata y Catalina Núñez. Estuvo casado con ella diez meses y once días, dejándole un hijo, al que se le conoció como "el Mozo", para diferenciarlo de su padre -"el Viejo"-. -Por tercera vez, el 17 de junio, lunes siguiente de la Trinidad, de 1538, en la iglesia de la Santa Veracruz contrajo nuevo matrimonio con doña Mencía de Rivera, viuda. 42 Tuvo de esta tercera unión a Bernardina, Juan, Pedro, Luis, Jerónima, Isabel y Beatriz. En la primera, indicaba tener "seis doncellas e la mujer para parir"; en la segunda, especificaba en sendas ocasiones, que eran 11 -7 hembras y 4 varones-, aunque en el testa-39 En dicho testamento indicaba que la llevaba a "este viaje que quiero hacer a España". Fernández del Castillo, Francisco: "Tres conquistadores...", págs. 239 y 240. 42 Su primer matrimonio debió de haberlo realizado a muy temprana edad, ya que en su testamento Jerónimo López aún la sigue calificando como "moza" en "edad de poderse casar...después de mi muerte...porque menor hierro (yerro) que puede hacer e más acertado es casarse, por ques una barrera segura de donde se acoce a él el demonio y se asegura la honra de las buenas mujeres...". Paso y Troncoso, Francisco del: Epistolario..., T. V, pág. 47. 44 En ésta lo especificaba en sendas ocasiones. ISABEL ARENAS FRUTOS mento realizado al año posterior (1549) citaba sólo 10 -6 hijas y 4 hijos-, como hemos comprobado. Debió pues, fallecer una de ellas en ese intervalo de tiempo. Una de sus hijas mayores, Ana López ó Mendoza, se casó, con unos catorce o quince años, con Pedro Hernández Botello. 45 Al enviudar, probablemente sin hijos, se volvió a casar con Diego de Villa Padierna. Otra parece ser que sufrió un gran desengaño amoroso, contando apenas quince años. Fue requerida en amores por el futuro cronista Baltasar Dorantes de Carranza, que sólo tenía uno o dos años más; éste, valiéndose de la intimidad y acaso del parentesco que le unía a la familia, pretendió a una de las hijas, casándose con ella "por presente"; 46 sin embargo, pronto la abandonó, pretendiendo volver a unirse con otra. Fue denunciado y se descubrió que ya estaba casado con anterioridad con doña Mariana Bravo Lagunas, hija del conquistador don Juan Bravo de Laguna. La hija de Jerónimo López, viendo rotas sus ilusiones, entró en un convento donde profesó. Dorantes escapó a su encomienda de Acala, y por fin, acaso en virtud de las influencias familiares, pagó una multa y quedó en paz. 47 Se revela la severa educación que deben recibir esos varones: "industriados en las cosas del servicio de Dios"; que aprendan a "leer y escribir y contar...de edad de hasta diez u once años...hasta que sean buenos gramáticos, en lo qual gasten sus tres ó quatro años"; siendo de edad de quince años "sepan de ellos el estado que quisieren seguir y si alguno quisiere de su buena voluntad ser clérigo e quisiere más estudio...que se le de para el dicho efe(c)to y llegado a edad se ordene e cante misa e si quisiere ser religioso, fraile de alguna de las órdenes de esta ciudad, lo sea con mi bendición y si quisiere ser casado, sirva a su madre y hermanas hasta que tenga edad cumplida que pase de veinte e cinco años e que entonces, los 45 Esta pareja igualmente se quedó viviendo en la casa familiar. Su yerno se hizo cargo de la hacienda cuando él falleció. Fernández del Castillo, Francisco: "Tres conquistadores...", pág. 242. 46 En aquellos tiempos no había mucho rigor para los casamientos; bastaba que se dieran "las manos de presente" delante de dos testigos, prometiéndose por esposos, a reserva de velarse después ante un sacerdote, al que deberían de repetir su juramento para que el sacramento fuera válido. 47 Estos abusos del matrimonio de "las manos de presente" dieron lugar a que la Iglesia prohibiera esa práctica, obligando a la publicación e información de amonestaciones y se persiguió muy duramente la bigamia. Seed Patricia: Amar, honrar y obedecer en el México colonial. JERÓNIMO LÓPEZ: ENTRE LA REIVINDICACIÓN Y EL ARBITRISMO dichos mis albaceas e tutores, le busquen mujer virtuosa e de buenos padres e lo casen e le den la parte que le pertenecerá de mis bienes y en tal caso, se entienda casar primero a mis hijas mayores 48 y no antes a ninguno de los hijos". El vestido de éstos últimos, mientras estuviesen bajo la tutela de su madre, tenía que ser "muy honesto y de paño negro y gorras de paño y jubones de lienzo e camisas de Ruán...que no vistan seda de ninguna calidad, de ribete, ni tira, ni pasamano, ni tafetanes en calzas ni en otra cosa". Igualmente y con respecto a las hijas: "que desde diez años arriba, vayan los domingos e fiestas a misa con su madre"; se las enseñase "a coser, labrar e todas las demás cosas que conviene que sepan las mujeres buenas para regir su casa e servir a Dios e a sus maridos"; "que no pongan sedas ni se pongan estampas, ni cabelleras, ni lazos, ni afeites en sus rostros, ni zarcillos, ni cosa deshonesta a que el mundo convida con sus engaños". Habían de rezar "todas las noches después de la cena, diciendo la doctrina cristiana a todos los de mi casa". 49 También da cuenta de su delicada salud al padecer "enfermedades de gota y otras de vejez quebrantada" 50 y haber perdido incluso un ojo en su segundo viaje a España. 51 Aparte de las posesiones ya citadas, donde se contaban un buen número de cabezas de ganado, en el inventario que se realizó tras su fallecimiento, se indica una heredad de tierras detrás de Chapultepec, al lado de otra de Ruy González, donde reunía también novillos, puercos, ovejas... Además de mencionar la cantidad de 1.509 pesos de oro común en tostones (cantidad nada despreciable), más algunas joyas y menaje de la casa. 52 Sería interesante realizar un estudio comparativo con otros bienes de difuntos de la época, para analizar el poder adquisitivo del momento, la forma de vida, costumbres usuales...etc. 48 Para ayuda en sus casamientos "porque son mujeres y tienen más necesidad de ser más temprano favorecidas", les dejó a cada una cuatrocientos mil maravedíes. La educación de las niñas y jóvenes hispanas y por extensión en el Nuevo Mundo, se encaminó durante siglos a procurar mujeres adultas que concordasen con el módulo que los moralistas habían acuñado. El conocimiento de la doctrina cristiana, primero, y de las labores hogareñas, después, eran los elementos fundamentales de ella. Garrido, Elisa (Edit.); Folguera, Pilar; Ortega, Margarita y Segura, Cristina: Historia de las mujeres en España. De todos es conocida la dilación en la resolución de los asuntos indianos y cómo muchas medidas y determinaciones a aplicar en el Nuevo Mundo, tardaron años en atenderse, o nunca llegaron a implantarse, por circunstancias diversas. Quizás por ello, las peticiones y memoriales públicos y privados procedentes de tierras americanas se multiplican y apilan, repitiéndose una y otra vez las mismas solicitudes esperando la tan ansiada respuesta. Lo mismo ocurrió con nuestro biografiado. En sus escritos las exigencias son muchas, algunas reiterativas, de las que citaremos a continuación tan sólo las más relevantes: En primer lugar, siempre destaca la figura del conquistador, en contraposición a la de los pobladores y colonizadores, que aún habiendo llegado con posterioridad "gozan de la tierra y de los favores, frutos e rentas della, los que la ganamos morimos de hambre...mendigando, que no les alcanza favor alguno de tanto cuanto hay...y se les podría dar y hacer", 53 siendo muy injusto que "quedemos para servir a los que agora han venido", viéndolos "a todos éstos ricos e a mí pobre". 54 Su resentimiento se centraba, lógicamente, en los premios que le habían sido otorgados y su poca importancia. Como anteriormente comentamos, desde su establecimiento en la ciudad de México, el rey le concedió la encomienda de Chiautla y la gobernación de Jalisco. 55 De la primera, jamás llegó a tomar posesión 56 y aunque en 1543 se le encomendó el pueblo de Axacuba, 57 lo consideró una injusticia, al ser este último "un poblezuelo muy pobre e miserable que valdrá en cada año hasta cuarenta e cinco o cincuenta mil maravedíes de renta e no más", 58 mientras otras personas "tienen los repartimientos doblados, e muy doblados y otros, no tienen de comer o mueren de hambre". 59 En cuanto a la gobernación de Jalisco, veinte años más tarde de su conce-sión por el rey -1547-, aún se hallaba solicitando su adjudicación al estar vacante, indicando que él participó "en la descobrir e conquistar", gastando en ella parte de su hacienda 60 pero tampoco la ocuparía. Se quejó hasta el final de sus días de "los grandes agravios que se me han hecho y cómo no se ha complido conmigo alguna merced". 61 Debido a esta situación de necesidad en la que se hallaba, sus hijos llevaban "mantas de la tierra...retraidos a un rincón", mientras que los de los pobladores van "vestidos de seda y oro", y sus hijas "desnudas, e que por ser pobres no haya quien me las pida (en matrimonio), ni aún quien las tome aunque las dé de balde". La orden real recibida por Jerónimo López, y ya comentada, de "escrebir e informar" 64 fue cumplida con largueza ya que nos proporciona una amplia secuencia epistolar con datos de primera mano en esos iniciales momentos del establecimiento español en aquellas provincias. Notificó sobre todos los asuntos, problemas y personajes que consideró dignos de mención, tanto, y en forma tan precisa, que en ciertos momentos su prolija escritura debió resultar molesta, al mostrarse algunos individuos recelosos contra él, ante "la sospecha que...dellos informaba mal a vuestra majestad". Paso y Troncoso, Francisco del: Epistolario..., T. V, pág. 55. 62 Solicita que a los que se casasen con ellas "les favorezcan y les provean de cargos e corregimientos". Ya por estas fechas se van haciendo patentes las quejas emitidas por Gonzalo Gómez de Cervantes cuando indicaba que "a causa de haber subido tanto las dotes (se refiere a las del matrimonio) no hay hombre principal que pueda casar hija, y así hay tantos monasterios llenos de hijas de caballeros ciudadanos...". Gómez de Cervantes, Gonzalo: La vida económica y social de Las referencias más destacables en sus escritos son: Con respecto a la población, indicará la "mucha disminución de gente (española)" 66 que, buscando nuevos horizontes y mayores posibilidades de vida, "se fueron e van cada día por muchas partes, especialmente a la provincia de Guatimala...para desde allí pasar al Perú", mientras que los naturales "son muchos e aumentan de cada día en grand número", corriéndose un grave riesgo, al ser "gente muy belicosa" pudiendo tener el "deseo de verse como en su principio". 67 Sin embargo, la situación pronto cambió a consecuencia de una importante epidemia 68 que asoló "en 10 leguas a la redonda (a la ciudad) de México", afectando a las zonas frías, "que en la caliente no ha tocado", hasta fallecer en siete meses más de 400.000 personas, entre ellas "todo el servicio de la gente doméstica desclavos negros y blancos". Puesto que de su casa murieron 22 personas y "los 17 esclavos negros y blancos", solicitó la merced de poder importar "cincuenta negros e negras horros de todos derechos...para ayuda a rehacer el servicio de casa". 69 En cuanto a la organización administrativa, conocemos los problemas surgidos con los repartos de encomiendas, que en teoría se realizaron para "cada uno segund sus servicios" en las personas de Bernardino Vázquez de Tapia, Andrés de Tapia, Alonso de Ávila, Gil González de Ávila...etc. 70 Vinculado a este tema, notifica la venida del presidente y oidores de la primera Audiencia y el gran desorden que ésta supuso. 71 Igualmente comunica la llegada del visitador Tello de Sandoval, el "buen rescibimiento questa cibdad le hizo" y cómo habló con él en varias ocasiones, comentándole diferentes aspectos, al ser estas provincias "muy diferente de las cosas Despaña", reconociendo el mismo licenciado que era la persona idónea, al conocer "más de las cosas de la tierra que no los recién venidos". 72 En lo que se refiere a la Iglesia, realiza una dura crítica de sus componentes, mostrándose anticlerical al asegurar que los religiosos no padecen necesidad "porque todos están ricos e prósperos", y que aun siendo algunos "santos y buenos", hay muchos frailes soberbios y necios. 73 Hay que situar esta opinión en los años de tensiones entre las órdenes religiosas y los conquistadores, que veían cómo se discutían sus premios e incluso perdían sus encomiendas tras las Leyes Nuevas, pese a la reforma de éstas en Malinas (1546). Interesante también el apartado que podríamos denominar nuevas fronteras, donde se cita la exploración e incorporación de otras provincias (Florida, 74 Campeche, Pánuco 75...), indicando que antes de salir a tierras como el Perú, hay que pacificar México "porque no es justo que la Nueva España quede levantada". "Este negocio (la organización de la Nueva España) es tan arduo y de tan gran calidad que yo no se decir ni ponderar las grandes calidades que tiene porque no es de uno sino de muchos, no de muchos, sino de muy muchos, no de una ciudad, sino de muchas, que se han de hacer no de un reino sino de más, no de los presentes que habitan en él sino de los absentes, no de los nacidos, sino de los por nacer, no de los españoles sólo el bien, sino de los naturales, por la perpetuidad e quietud e reposo dellos,... No es esto para diez ni veinte años sino para siempre". 77 Este párrafo de 1548, entresacado de una de sus misivas finales -siendo ya buen conocedor de aquella tierra por sus muchos años de estancia en la Nueva España-, creemos que es lo suficientemente ejemplificador de su carácter y tendencia y donde se reflejan con claridad sus largas miras arbitristas con respecto a aquellas provincias. Llama la atención el hecho de visionar y tratar de neutralizar esa realidad próxima, donde las dos culturas 73 Ibídem, México, 1 de marzo de 1547, T. V, págs. 15 y 21. 74 Arenas Frutos, Isabel: "Intentos colonizadores en Florida a mediados del siglo XVI". Sarabia Viejo, M.a Justina: "La esclavitud indígena en la gobernación de Pánuco". Paso y Troncoso, Francisco del: Epistolario..., T. V, pág. 21. ISABEL ARENAS FRUTOS más representativas -indígena y española-tendrían que luchar conjuntamente para conseguir el bien común de esa futura nación mexicana. La inclusión de Jerónimo López dentro de esa tendencia protoarbitrista, viene motivada por la idea que siempre mantuvo de "escrebir de los defetos e daños de la tierra...dando los remedios convenientes para ello", repitiendo esa palabra que subrayamos, -remedios-, en muchos de sus escritos, al ser además característica fundamental de los seguidores de esa escuela, como ya comentamos. Tanto es así que, aparte de señalar diferentes enmiendas sobre los asuntos intercalados en sus cartas, decidió redactar un amplio memorial, pormenorizando estas soluciones en un extenso programa con un total de 21 puntos: 78 1) Que se realizasen encomiendas perpetuas, porque "en esto está toda la quietud e sosiego de la tierra", ya que así los encomenderos tratarían de "beneficiar e sustentar e aprovechar", a los indígenas, procurando "hacerlos xriptianos e instruirlos en la fe, lo cual no se hace", sino que los obligaban a trabajar "muy demasiado...y échanlos a perder". 2) Que a los visitadores, alguaciles, escribanos y "lenguas o nahuatatos" que les acompañaron, se les hiciera juicio de residencia "y se les tome por muy estrecha cuenta porque han robado mucho...". 3) Que los naturales fueran muy favorecidos "para que tengan lugar de ocuparse en las cosas de la fe", remediados con justicia en las vejaciones que les han sido hechas y que "lo que les han tomado e robado se les restituya". 4) Que a los anteriores les han sido quitadas el agua, haciendas, tierras y sitios, despojados especialmente por los dichos presidente y oidores de la Audiencia, los cuales se habían construido "molinos e huertas e casas de placer...todo a costa de los naturales e en gran daño e perjuicio suyo". Pedía que todo les fuera restituido, siendo pagados por lo que habían trabajado. 5) Que la ermita de San Lázaro, que habían mandado construir los conquistadores y vecinos españoles "habrá más de seis o siete años", a costa de los indios, como a un cuarto de legua de la ciudad de México, "en la cual muchas veces se había celebrado culto divino e ido a ella con procesiones", fue derruida por Nuño de Guzmán, mandando "edi-ficar una casa de placer muy grande e populosa con sus corredores e ventanas e torre muy bien obrada e fizo cercar de muralla un grande sitio de tierra de compás de cuatro huertas para hacer vergel en el cual edeficaba e mandaba edeficar estanques de agua de argamasa e cenaderos". Esto provocó gran indignación, ya que los naturales afirmaban que era "casa de borrachería", al ir allí dicho presidente "con mujeres e otras personas a hacer banquetes". Solicitaba la reedificación de la ermita para ser usada como tal, dedicando una parte de ella a iglesia y la otra para los pobres como hospital, teniendo así los indígenas "por bien gastado lo que han gastado en la dicha obra". 6) Que a los oficiales reales, como ya gozaban de un salario "de quinientos o seiscientos mil maravedíes cada uno", se les quitasen indígenas y repartimientos de "veinte o treinta mil vasallos", que les suponía de renta otros diez mil pesos de oro, porque "roban a los indios e los destruyen". Él señalaría a cuatro personas "que fagan muy mejor los dichos cargos e con más fidelidad e deligencia porque ellos residirán personalmente a las fundiciones e a lo que fuese nescesario, lo cual ellos no facen, antes ponen mozos e personas que roban...". Estos cuatro designados, "no llevarían salario ninguno...sino por ser favorescidos e aprovechados en sus repartimientos...lo cual se hará con la cuarta parte de los indios que ellos tienen". 7) Que los naturales repartidos por el presidente y oidores (de la primera Audiencia) a parientes y criados "nuevamente venidos a la tierra", fueran restituidos "a las personas a quien ellos los han quitado...pues los dieron e tomaron para sí contra el mandamiento de vuestra majestad". 8) Que los conquistadores resultasen "muy favorescidos e aprovechados pues derramaron su sangre en la pacificación de la tierra..., e fueron en ponella debajo del yugo de vuestra majestad y así serán siempre pasando adelante en aumento de la Santa Fe Católica". 9) Que fuera guardada y cumplida la real cédula para que no pasasen a Indias los prohibidos, puesto que sería "en gran perjuicio de la tierra e deservicio de su majestad e gran peligro". 10) Que los casados vinieran de la Península con sus mujeres o enviasen por ellas. 11) Que el que fuera a poblar la Nueva España no pagase almojarifazgo de su casa y de las cosas que llevase, excepto si eran mercancías para vender "porque la tierra se pueble mejor". Anuario de Estudios Americanos 12) Que los conquistadores pudieran llevar todo lo necesario para proveer su casa y hacienda sin almojarifazgo, 79 con tanto que no fueran mercadurías para vender... porque hay mercaderes conquistadores". 13) Que se designase un protector de indios, "para que les pida su justicia que sea persona celosa del servicio de su majestad al cual... provea dándole poder bastante e ansí los indios que han sido agraviados... serán restituidos e remediados con justicia". 14) Que fuesen revocadas las penas sobre juegos, "porque ha habido día en dos sentencias sobre juego de condenación de veinte e dos mil e seiscientos pesos de oro sin otros muchos que han sido condenados desta manera". 15) Que las órdenes emitidas sobre el marcar a los esclavos fueran revisadas, porque "se ha tenido mucho desorden". Solicitaba "quel fierro tenga persona celoso del servicio de Dios y de vuestra majestad". 16) Que el presidente y oidores no se enterasen de las nuevas elecciones de estos mismos cargos "que agora van" y no les diese tiempo a ocultar los desmanes cometidos en la provincia de Pánuco adonde Nuño de Guzmán era gobernador, porque "de lo que tienen mal llevado se pueda restituir a los dagnificados (sic) por ellos". 17) Que se tomase residencia a los visitadores, alguaciles, escribanos y "lenguas o naguatatos" que les acompañasen, "que entre éstos se hallarán grandes robos e se descobrirán cosas que no se saben porque los indios darán relación de todo lo que les han robado fasta hoy porque lo tendrán asentado e pintado en sus libros e pinturas...que se les de crédito a esto". 80 18) Que se tomasen medidas contra un indígena "lengua o nahuatato" llamado García del Pilar quien, junto al presidente, oidores y el factor Gonzalo de Salazar, "han llevado e robado más de diez quintales de plata sin otras muchas cosas" a los indígenas de Michoacán. 19) Que a Nuño de Guzmán, además del juicio de residencia como presidente, se le hiciera igualmente del cargo de gobernador de la provincia de Pánuco, "porque son cosas excesivas las que allá dicen que han pasado especialmente el destruimiento que ha fecho de la tierra en el sacar de los naturales con codicia...e aún faciéndolos esclavos (a) muchos no siéndolo". Así se intentaría remediar y restaurar lo ocurri- do en aquel territorio, nombrándose a "otra persona que guarde los mandamientos...y mire por el bien e sustento della". 20) Que por ningún puerto pudieran sacarse naturales, claramente vinculado a los abusos de Nuño de Guzmán y sus auxiliares, ya señalados. 21) Que en los procesos realizados sobre juegos y confiscación de los naturales donde no se hubiesen otorgado apelaciones, se remitiesen a la corte, para que el rey tuviera noticia de ello. Analizando su testamento, todos los bienes de la familia López consistían en una encomienda, unas pocas tierras y muchos hijos. Hay que reconocer que por esos años aún no se contaban entre las ricas familias allende el Atlántico, circunstancia que irá cambiando con el paso de los años. El mayor de ellos, "el Mozo", contaba, como ya hemos indicado, tan sólo doce años al morir su padre en 1549. Desde este momento hasta el de su segundo matrimonio, en 1567, con Ana Carrillo de Peralta, sobrina de don Gastón de Peralta, marqués de Falces y virrey de México, 81 los bienes de éste debieron experimentar un considerable aumento, ya que es difícil que en tierra de tan importantes fortunas como la mexicana, el virrey fuese a casar a alguien de su más inmediata parentela con quien no correspondiese. En éste, como en la mayoría de los casos, es complicado rastrear convenientemente las causas y modos que permitieron la creación de la fortuna, aunque sí podemos conocer su ritmo de crecimiento en lo que a adquisición de inmuebles se refiere. Con la boda de Jerónimo López "el Mozo" se inició una amplia alianza de parentescos de la alta burocracia colonial, respondiendo a esa estrategia económica y social tan típica del mundo novohispano. 82 A partir de ésta, casi sin excepción por vía de hembra, emparentaron con los condes de Santiago, Ovando, Rivadeneyra y con los Cervantes. Como consecuencia de esta bien llevada trama familiar, al cabo de cuatro generaciones quedaron unidos los marquesados de Salinas y Salvatierra y el condado de Santiago Calimaya. 82 Artís Espriu, Gloria: Familia, riqueza y poder. Un estudio genealógico de la oligarquía novohispana. Entre éstos últimos, los sirvientes, indi-
A mediados del siglo XVIII el estanco del tabaco suponía una importante fuente de recursos para la Corona, de ahí el interés por su implantación en todos los territorios americanos posibles. Con este fin, en 1763 se creaba una factoría en Santo Domingo dada la excelente calidad del tabaco dominicano. Sobre ambos temas en el presente artículo se realiza un análisis de sus antecedentes, génesis y desarrollo, se relaciona una serie de ingresos y gastos derivados del funcionamiento de la factoría y se incluye un apéndice documental como un ejemplo de las partidas de tabaco adquiridas a los cosecheros para su embarque a la Península. La historia del tabaco dominicano 1 durante la etapa colonial se compone de una serie de noticias esporádicas o muy concretas recogidas en estudios de economía más amplios 2 y algún que otro aporte particular sobre el tema. 3 Y eso que el término "tabaco" aparece usado como tal, en la isla Española, en la fecha temprana de 1529 y que desde esta tierra americana nos llegó una de las primeras crónicas sobre la planta y el uso que de ella hacían los europeos; así Las Casas afirma que "españoles conocí yo en esta isla Española que los acostumbran tomar [el tabaco], que siendo reprendidos por ello, diciéndoles que aquello era vicio, respondían que no era de su mano dejarlos; no sé qué sabor o provecho hallaban en ello". 4 1 Este trabajo es parte de los resultados del Proyecto PB98-0686 ("Instituciones mercantiles y hombres de negocios en España y América: relaciones, influencias y dependencias") financiado por el MEC. Una primera versión fue presentada al XII Congreso de Historia de América de AHILA, celebrado en Oporto en septiembre de 1999. 2 Véanse a este respecto las obras de Cassá, Roberto: Historia social y económica de la República Dominicana. 3 Véase Lluberes Navarro, Antonio, "Tabaco y catalanes en Santo Domingo durante el siglo XVIII", EME EME, vol. V, núm. 28, Santiago (Rep. Yo mismo he escrito dos artículos sobre el tema: Gutiérrez Escudero, A.: "Tabaco y algodón en Santo Domingo, 1731-1795", en Sarabia, Justina y otros: Entre Puebla de los Ángeles y Sevilla. Sevilla, 1987, págs. 151-169 y "El tabaco en Santo Domingo y su exportación a Sevilla (época colonial)", en E. Vila y A. Kuethe: Relaciones de poder y comercio colonial. 4 Las Casas, fray Bartolomé de: Historia de las Indias, libro I, capítulo 46, citado por Céspedes del Castillo, Guillermo: El tabaco en Nueva España. Del mismo modo ya se ha puesto de manifiesto que a Sevilla debieron llegar las primeras simientes de tabaco cuando el siglo XV tocaba a su fin, que el médico Nicolás Monardes consiguió aclimatar y sembrar la planta en el jardín botánico de su casa en la ciudad hispalense, y que esta capital se convertiría en "el primer centro manufacturero de importancia en el país, o incluso en el Viejo Mundo". 5 Con este trabajo pretendemos dar otro paso más en la investigación que hace tiempo llevamos a cabo sobre la importancia del cultivo del tabaco para la economía dominicana y los beneficios que de su exportación a la Real Fábrica de Sevilla se derivaron para la parte española de la isla. Al mismo tiempo, y como hemos hecho en anteriores artículos sobre esta materia, incluimos un apéndice documental que permita conocer uno de los diversos tipos de fuente que podemos encontrar a la hora de abordar el estudio de este importante producto americano, tal como el profesor Céspedes del Castillo ha señalado oportunamente. 6 * * * Es sabido que en fecha cercana al siglo XVIII únicamente se cosechaba el tabaco preciso para el gasto particular de los habitantes de la isla, como diversas fuentes así lo confirman: en 1699 el oidor Araujo y Rivera 7 decía respecto del tabaco que "se cría con gran fertilidad y de buena calidad, de forma que si hubiera comercio se pudiera cultivar mucho, y por falta de él se beneficia solo el que es necesario para el consumo de la tierra". Sin embargo está fuera de dudas que el campo dominicano -en especial las tierras de Santiago de los Caballeros y las zonas próximas-reunía la condiciones óptimas para que se sembrara "de tabaco, especie que se da allí con muchas ventajas a toda la América, así en la calidad como en la abundancia y tamaño de la hoja". 8 Y que la ocupación francesa de la región occidental de la isla y el espectacular desarrollo económico de la misma a partir del Tratado de Ryswick (1697) 9 era un ejemplo incuestionable de las verdaderas posibilidades de progreso de la parte hispana, que además contaba con la ventaja de disponer de mayor espacio territorial para la expansión agrícola. Es ya en pleno siglo XVIII, con la implantación del reformismo borbónico, cuando la historia del tabaco dominicano contemplará un cambio fundamental, en especial porque el propio gobierno metropolitano se percatará de que el cultivo y comercialización de la planta podría suponer una importante fuente de recursos para la reconstrucción del poder imperial y una renta a la que, por tanto, no se debía renunciar. 10 En este motivo anterior radica la causa principal que favorece la continua aparición de proyectos sobre la mejora y potenciación de los cultivos de tabaco, la instalación de molinos de agua, 11 las recomendaciones de incremento de superficies para cultivar la planta, 12 los informes sobre la excelencia del tabaco dominicano, de "tan buena y de mejor calidad que el de aquella isla [Cuba], y con la gran excusa de no tener aquí salida este fruto, no se aplican a sembrarlo ni a beneficiar más que el preciso para su propio consumo, del que se les pierde mucho por su excesivo rendimiento", 13 o los frecuentes envíos de cargas de tabaco a la Península. 14 Pero creemos que el gran hándicap del tabaco dominicano fue la mejor consideración que siempre mantuvo el tabaco cubano. De modo que tuvieron que suceder varios hechos fortuitos para que la situación cambiara sustancialmente. Entre ellos señalemos la ocupación de La Habana por los ingleses en 1762 y la interrupción del envío de tabaco cubano a Sevilla -si bien es cierto, como se ha afirmado recientemente, que la Real Fábrica disponía de otras posibilidades de abastecimiento. 10 Navarro García, Luis, "La política indiana", en América en el siglo XVIII. Los primeros Borbones, Tomo XI-1 de la Historia General de España y América, Madrid, Rialp, 1983, págs. 22-24. 11 Archivo General de Indias, Sevilla (en adelante AGI), Santo Domingo, 303. Juan López de Morla al rey. Gobernador Castro al rey. Por su parte el gobernador Azlor informaba que "obedeciendo la real orden de 18 de octubre de 1770 fomenta las siembras de tabaco en la isla". Gobernador Azlor al rey. 15 Véase Rodríguez Gordillo, José M.: "El abastecimiento de tabacos en el marco del estanco español en el siglo XVIII: reflexiones previas para su estudio", en González Enciso, Agustín y Rafael Torres Sánchez (editores): Tabaco y economía en el siglo XVIII. Tomo LVIII, 2, 2001 Por ese motivo debemos añadir al menos otros dos factores coadyuvantes al proceso antes citado. En primer lugar, una crisis en la producción de tabaco cubano cuya cantidad y, sobre todo, su calidad mermó bastante. Así, por ejemplo, se emitieron varios informes de los expertos de la Real Fábrica hispalense acerca de la excelencia del tabaco dominicano, equiparable en todo e incluso superior, se dice, a la mejor hoja habanera, pues la procedente "del partido de Licey de primera calidad, distinguida en la factura con L.P. y L., y la del mismo partido de segunda calidad, señalada con R.P., excede en bondad a las que de algún tiempo a esta parte se han recibido de La Habana, y todas son a propósito para la labor de cigarros". 16 En segundo lugar, debemos tener en cuenta, además, que muchos cosecheros cubanos, a consecuencia de los bajos precios de venta oficial de la hoja, habían abandonado los cultivos tabaqueros "dedicándose al plantío de cañas de azúcar, en que consiguen mayor interés, y otros han minorado mucho las labores que son precisas a la planta del tabaco para que se críe de buena calidad". 17 Nace así, por Real Orden de 12 de octubre de 1763, la factoría de tabaco de Santo Domingo 18 quien debía encargarse de enviar a la Real Fábrica de Sevilla el tabaco necesario para completar los dos millones de libras que ésta precisaba para sus labores habituales y que fueran de "las calidades que son más a propósito para la fábrica de cigarros". 19 La materia prima principal debería provenir del Cibao -región "importante a causa de las condiciones climáticas y de terreno favorables para la pequeña agricultura" y para el cultivo de la planta-20 y especialmente de la jurisdicción de Santiago. Incluso se ordenó al virrey de México que remitiese a la isla personas experimentadas que fomentasen las sementeras e instruyesen a los labradores acerca del método más beneficioso para la producción de tabaco y su manipulación. 21 Por un informe del gobernador sabemos que la siembra de tabaco se hacía casi exclusivamente en Santiago de los Caballeros, donde 247 veci-nos se ocupaban de las labores ayudados por 202 esclavos. Al cabo de un año se recogían unas diez mil arrobas, que se empleaban para el consumo interno o se comercializaban en otros puertos hispanoamericanos. Esta última práctica será ahora prohibida con objeto de aumentar la producción y los envíos hacia la Península. 22 La factoría dominicana, no obstante, tuvo una vida llena de incidentes cuyos sucesos más significativos exponemos a continuación. Por ejemplo, dos años después de crearse la factoría, el gobernador Azlor mostraba su extrañeza de que mientras que el virrey de México le avisaba de la remisión de 25.000 pesos para la compra de tabacos, él "se hallaba sin instrucción ni orden alguna" para tal asunto. 23 De todas formas, la irregularidad caracterizó la llegada de esos fondos asignados por el Gobierno metropolitano para la puesta en explotación de plantaciones y la adquisición de la materia prima a los cosecheros a través del situado procedente de Nueva España. 24 En este sentido el gobernador Solano ya se quejaba en 1773 de que el virrey novohispano no sólo le había enviado menos caudal del estipulado para tales fines, sino que tampoco se les remitieron los atrasos correspondientes a años anteriores. 25 Y especialmente problemático fue todo lo concerniente al nombramiento de los sujetos que debían asumir los principales puestos ejecutivos de la propia factoría. Parece que, al igual que sucedió en otros territorios hispanoamericanos, fueron elegidos dos empleados de la Real Fábrica de Sevilla,26 con cuya experiencia se contaba para poner en funcionamiento en Santo Domingo toda la infraestructura de esta importante empresa. Así al menos se hace constar en el punto octavo de las instrucciones dictadas en 1763, donde se especifica que el factor "por su antigua práctica en las Reales Fábricas se halla instruido de la perfecta construcción de cigarros y conocimiento de la hoja más aparente para asegurar la perfección de ellos y su mejor consumo con agrado de los aficionados". 27 Tal como ocurrió en otras ocasiones con todo lo relativo a la industria del tabaco, se solicitó que los sueldos asignados al factor (treinta mil reales) y al contador (doce mil reales) de la factoría de Santo Domingo se equiparasen con las retribuciones establecidas para los mismos empleos en La Habana. Aparte de que con ello se estimulaba a los individuos en el desempeño de su labor, se añadía como razón principal para esta igualdad de salarios que: "la isla de Santo Domingo es la Galicia de las Indias, y que todos los géneros, y aún muchos comestibles están por precios crecidísimos, que es imposible subvenir a los gastos con los limitados sueldos que se asignaron...pues aunque sean de plata se verán precisados a contraer empeños para mantenerse con la regular decencia que pide el carácter de los empleos y confianza, mayormente cuando se verán precisados a practicar viajes a lo interior de la isla para tomar conocimiento del país y parajes en que convenga poner mayor aplicación a los cultivos. También es digno de reflexión la precisión que tienen de tratar y conferenciar con el gobernador, audiencia y otros ministros, para que se presenten con la modesta decencia que corresponde al ser comisionados del rey". 28 Es curiosa la comparación de Santo Domingo con Galicia en cuanto a la carestía de vida, pues incide en un problema sustancial: las escasas relaciones comerciales de la parte española de la isla con la Península, rasgo característico de la economía hispanodominicana a lo largo de todo el siglo XVIII.29 Y ni siquiera quedaba el recurso de solicitar las mercancías precisas a otras provincias indianas, pues como ya se había informado hacía tiempo "a más de que a ninguna le sobra...son tal altos los precios en ellas que habiéndose de revender en ésta con correspondiente ganancia, era menester mucha riqueza para que estos pobres comprasen lo necesario". 30 En este sentido se abogó por conceder las máximas facilidades a la factoría dominicana hasta su consolidación definitiva y se formuló toda una extensa serie de medidas encaminada a incrementar los envíos de tabaco a Sevilla. Entre otras propuestas, y tal como gozaban los franceses e ingleses en sus colonias, para el trabajo en las plantaciones tabaqueras se sugirió favorecer la entrada de esclavos negros, cuyo exiguo número en las posesiones hispanas se debía a que su precio estaba incrementado por "el gravamen de un derecho excesivo, del que será conveniente exonerarles a todos los que con religioso o autorizado documento hagan constar están empleados en las siembras y cultivos de los tabacos y rompen tierras para aumentar las cosechas". Al mismo tiempo se aconsejó que los cosecheros de Santo Domingo quedaran exentos de determinados impuestos, cargas o gravámenes por espacio de diez o más años, justo "hasta que tomen todo su incremento las cosechas, cuyo ejemplar empezaron a disfrutar los pobladores de Sierra Morena". 31 De igual modo se indicó la conveniencia de desarrollar también la siembra de tabaco en Puerto Rico -donde en 1785 se fundaba una factoría-, 32 con la esperanza de obtener una hoja que si bien "no aventaja a la de Santo Domingo para la construcción de cigarros es igual en calidad y circunstancias". 33 En esta ocasión se planteaba además la posibilidad de que la producción de tabaco de las tres grandes Antillas juntas (Cuba, Puerto Rico y Santo Domingo) abasteciera a la Real Fábrica de Sevilla de la cantidad suficiente para cubrir toda la demanda de cigarros, "sin ser necesaria la hoja de Caracas, de la que solo se podrá usar en una necesidad urgente para misturarla con los tabacos de las tres islas, según lo pida la necesidad y el gusto de los que lo han de fumar. Este tabaco es demasiadamente suave y su gusto es un poco amargo, por cuyas dos circunstancias lo apetecen los holandeses, en los que está arraigado el vicio de no separar la pipa de la boca. Y como no les molesta la fortaleza, aman mejor esta clase de tabacos que el de otros parajes, y ordinariamente se proveen de él por la vía de Curaçao y es el que corre con el nombre de Barinas, de que en Cádiz se han hecho varios descaminos dirigidos a estas fábricas [de Sevilla]". 34 Hubo incluso una petición al rey de los cosecheros de Santiago de un alza en el precio de venta de las distintas calidades de tabaco a la factoría que les igualara con el que regía para sus colegas cubanos; 35 la aceptación 31 AGI, Santo Domingo, 1.055. Informe de José de Losada, cit. La cursiva es mía. 32 Véase Torres Ramírez, Bibiano: "D. Jaime O'Daly: propulsor del cultivo del tabaco en Puerto Rico", Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña, núm. 15, San Juan de Puerto Rico, 1962, págs. 49-52. 33 Las tierras más a propósito, se dice, serían las situadas próximas a San Juan para así facilitar el embarque de los cargamentos. De todas formas se aduce "la indiferencia de aquellos naturales [de Puerto Rico]" como causa de que no hubiesen prosperado convenientemente este y otros productos (algodón, añil, cacao, etc.) en la isla. Tomo LVIII, 2, 2001 de esta demanda por parte de la Corona contribuyó a potenciar las expectativas depositadas en las explotaciones tabaqueras. La animación suscitada por todas estas circunstancias favorables queda patente de este modo en una crónica 36 de la época: "Por esta razón han tenido últimamente en las Fábricas de Sevilla una preferencia decidida los tabacos de Santo Domingo sobre los de La Habana para los cigarros. Nuestros andullos o garrotes de tabaco son los más apreciados de los franceses, para dar fragancia y cuerpo, con una tercera o cuarta parte de ellos, a su rapé. Esta introducción clandestina ha sido uno de los más fuertes comercios con que ha subsistido nuestra colonia en su mayor decadencia y que todavía da mucho jugo. Después que S.M. (que Dios guarde) ha puesto allí una Administración y toma algún número de quintales en rama, se han animado más los vecinos de Santiago, La Vega y Cotuí a su cultivo, han mejorado la calidad, no están sus pueblos tan miserables; y si se observan otras reglas y otra economía en la compra y conducciones, ganarían más los cultivadores y saldría a mejor precio para el Real Erario". No menor euforia pudo causar el dictamen dado en 1773 por los peritos de Sevilla ante una partida de tabaco dominicano. 37 Decía así: "nos ha parecido que de los 195 tercios de hojas de aquella isla que últimamente se recibieron en estas fábricas y reconocimos, los de superior calidad pueden estimarse equivalente a la hoja regular del partido de Santiago de Govea de la isla de La Habana [sic]; los de mediana calidad a la hoja del partido de Cuba largo y los de endeble a la hoja del partido de Bayamo Largo" O la opinión que también sobre este particular ofreció el fiel de la fábrica hispalense, 38 en cuya declaración se ponían de manifiesto algunas de las principales causas que habían mantenido estancado el desarrollo de la economía dominicana desde fines del siglo XVI (pérdida de importancia con respecto a las otras Grandes Antillas, escaso o nulo intercambio comercial con la Península, etc.). Así afirmaba con meridiana rotundidad que: "Lo cierto es que esta isla [Santo Domingo] ha dado los primeros tabacos que vinieron a España, y por haber tomado incremento el comercio de La Habana, pasó a decadencia el de esta por estar a trasmano y que las flotas ya no hacen arribo, ni refresco en ella, y sí en la de Puerto Rico. Pero continuando el que vengan las remesas, como las dos anteriores, y dándole a 36 Sánchez Valverde, Idea del valor, págs. 185-186. Informe sobre el tabaco de Santo Domingo. sus tabacos los beneficios que van en las prevenciones podrá desde luego servir para una y otra materia, así en la construcción de cigarros como en el polvo, respecto de venir manojos de hoja madura, anchas, de buen olor y suficiente cuerpo, con la fragancia que tienen los de los mejores partidos de la otra isla [Cuba]. Y, en fin, de una hoja se han hecho 40 cigarros, cosa no vista [nunca]". A Santo Domingo podría aplicársele las mismas consideraciones que a Nueva España, es decir que la mayor parte de los plantíos de tabaco fueron "siempre pequeños y de que casi en su totalidad corrieran a cargo de modestos rancheros...[y] hasta cultivadores de subsistencia en superficies de una o dos hectáreas". 39 Sin tener en cuenta la posibilidad de que en la Fábrica sevillana acabara exigiéndose una calidad determinada y un tipo concreto de hoja, un grupo considerable de hispanodominicanos se había dedicado a sembrar tabaco por doquier ante la tentadora perspectiva de las exportaciones a Sevilla. Además de todo lo expuesto, la documentación relativa al cultivo, producción y comercialización del tabaco en Santo Domingo nos ofrece una serie de informaciones relativas a labores artesanales, fabricación de utensilios, compra de tejidos y profesiones especializadas todas ellas vinculadas al proceso tabaquero (seroneros, recueros, carpinteros, herreros, etcétera). Sin duda son una buena muestra del desarrollo económico generado por el negocio del tabaco, al tiempo que un magnífico testimonio del dinamismo que transmitió a gran parte de la población, como Sánchez Valverde refería, hasta conseguir devolverle a la zona española de la isla gran parte del valor que antaño había tenido. La importancia de estas actividades abre perspectivas muy halagüeñas en cuanto a que de la mayor parte de ellas apenas se habían proporcionado hasta ahora noticias al respecto, ni se habían mencionado en determinados trabajos de investigación, cuando es evidente su trascendencia para conocer mejor la vida económica de Santo Domingo. Entre los gastos de la factoría de Santiago de los Caballeros,40 por ejemplo, llama la atención las siguientes partidas, además del papel, tinta y plumas para escribir: -los sueldos de "los dos dependientes, escribiente y reconocedor de dicha factoría...a razón de quince pesos mensuales cada uno". -los jornales de "un peón que sirve en la expresada factoría para el cuidado y aseo de los almacenes, a razón de tres reales diarios". -el pago de los jornales a distintos grupos de peones, "a cuatro reales diarios a cada uno, por enseronar, cargar, almacenar y lo demás anejo al tabaco". 41 -el alquiler de las casas "factorías y almacenes en que se depositan los tabacos de S.M.", a razón de cuarenta pesos mensuales. -la compra de mil quinientas sesenta y ocho arrobas de tabaco de "tienda", tres mil novecientas doce de tabaco "rescogido" y cuatro mil quinientas veinte de tabaco de "libra", a dieciocho, dieciséis y doce reales la arroba respectivamente. -la adquisición de dos mil quinientos serones para "empacar y remitir los expresados tabacos [a Santo Domingo]", así como de quinientos ochenta y nueve serones "averiados en el manejo de la conducción de las haciendas de los labradores a esta factoría", a cuatro reales el par. Por el volumen mencionado debió existir, no cabe duda, un grupo de artesanos dedicados a la fabricación de estas espuertas, pues estamos ante cantidades realmente importantes. -las cargas de yaguas "gastadas en el abrigo y empaque del tabaco, a razón de dos reales cada carga". 42 -las siete mil "y más varas" de cordel de cabuya para coser las bocas de los serones en que se acondicionó el tabaco". 43 -los naipes 44 comprados "para poner a cada serón la cantidad, calidad y peso de tabaco que contiene, partido donde se cosechó y nombre del labrador", además de papel de escribir y otros gastos de escritorio. -la docena y media de tablas de palma "gastadas en la recomposición de los tablados sobre los que se colocan los tercios de tabaco en los almacenes para precaver la humedad, a dos pesos docena". 41 La mayor parte de estas partidas se rebajan en el importe consignado "por haber comprendido los jornales correspondientes a días de fiesta que hubo en dicho tiempo, en que no se pudo trabajar". 42 La yagua es un tejido fibroso que rodea la parte superior del tronco de la palma real y que entonces servía para envolver tabaco en rama. 43 La cabuya es una cuerda obtenida de la pita. 44 En este contexto se entiende "naipe" como la cartulina o el cartón en blanco "cortado a la proporción de la vigésima cuarta parte de un pliego común", según definición del Diccionario de Autoridades. Entre los conceptos que por ingresos o gastos quedan registrados en las cuentas de la factoría de Santo Domingo podemos destacar los siguientes: -la venta de "porción de serones que han resultado útiles de los que se han servido para transportar los tabacos desde la ciudad de Santiago a esta [Santo Domingo], y que por lo que padecen en el tránsito no quedan en estado de volver a servir para el mismo uso, y por tanto se benefician al público los menos maltratados" -pago al carpintero Juan Simono "por componer y acondicionar diez cajones en que se pusieron catorce mil pesos" para su envío a la ciudad de Santiago "para entregar a aquel factor, D. Francisco Espaillat, al fin de ocurrir con ellos a la compra de tabacos de S.M.". Así como al también carpintero Martín Carrasco "por el trabajo hecho en cinco piezas de husillos y tuercas" y al herrero Juan Valerio "por la composición de varias piezas de hierro", todo para las prensas. -los "fletes de tierra" ocasionados por el transporte de los tercios de tabaco remitidos por la factoría de Santiago, "en diferentes partidas, con diversos recueros". 45 Este es un tema del que mereceríamos conocer más, pues nos daría la pauta de todo un perfecto sistema de arriería para el transporte de mercancías al igual que sucedía en el continente. 46 -ocho cargas de majagua "gastadas en fajar y atrincar los tercios de tabaco al tiempo de aprensarlo para su empaque". 47 -adquisición de palos de capá 48 para "el reparo y composición de las prensas" -pago a la cuadrilla de borriqueros cargadores por la conducción de los tercios de tabaco "desde los Reales Almacenes de esta ciudad al muelle del puerto, o para cuando se verifique su embarque a los reinos de España, a razón de un cuartillo de real por cada tercio". 45 El recuero es el arriero a cuyo cargo está la recua. Del apéndice final que incluimos en este trabajo se pueden deducir quienes eran éstos. 46 Véase Serrera Contreras, Ramón: Tráfico terrestre y red vial en las Indias españolas. 47 La majagua es un árbol americano de las malváceas, de cuya corteza se hacen sogas de larga duración. 48 Madera de un árbol propio de las Antillas, parecido al roble, que suele utilizarse también en la construcción naval. Destacan dos variedades, el capá colorado y el capá prieto, éste de madera especialmente fuerte. Tomo LVIII, 2, 2001 -la compra de distintas cantidades de "varas de Bramante crudo a razón de tres y medio reales de plata cada vara" para el empaque de tabacos. 49 -setenta y cinco madejas de hilo acarreto para coser los tercios de tabaco, además de arroba y media de hilo de cáñamo gastada en el empaque y 56 agujas "que se compraron para coser los fardos de tabaco". -jabón para untar los husillos de las prensas. 50 Con fines idénticos se adquirieron velas de sebo de Flandes. -papel, tinta, plumas y "demás gastos de escritorio gastados en el uso de la factoría", al igual que la tinta adquirida para marcar los tercios de tabaco. -los jornales de los peones "que trabajaron, a más del negro esclavo de dicha factoría, en aprensar, coser y otras faenas, a razón de cuatro reales diarios cada uno". -el sueldo correspondiente al maestro enfardelador, don Francisco Tamayo. 51 -los diarios "suministrados al negro Miguel, esclavo de S.M., empleado en el servicio de dicha factoría", a razón de un real por día, 52 además del importe de su vestuario. * * * El apéndice documental que acompaña al presente artículo forma parte del expediente donde se contienen las cuentas pormenorizadas de los ingresos y gastos causados por las dos factorías de tabaco de la parte española de la isla. Consiste en 105 asientos contables -el primero de 22 de febrero de 1790 y el último de 30 de julio del mismo año-, donde se relacionan los envíos de tabaco desde la factoría de Santiago a la de Santo Domingo, los "fletes de tierra" abonados "en plata del cuño mexicano" por el transporte de los tercios y el nombre de las personas a quienes se les paga, que son esos recueros a los que antes hemos aludido. En general, todos los asientos son del mismo tenor. Transcribimos íntegramente el primero de ellos a modo de ejemplo, mientras que para el resto hemos preferido suplir las expresiones que son comunes a todos ellos 49 Las partidas señalan compras de 3.165, 1.133 y 362 varas castellanas a Pedro de Echegarreta, Pedro Gatell y Pedro Petreña, respectivamente. 50 El husillo es un tornillo de hierro o madera que hay en las prensas y otras máquinas. 51 Enfardar o enfardelar significar hacer o arreglar fardos, embalar. 52 Diario es el valor o gasto correspondiente a cada día. por otras locuciones más cortas con el fin de aligerar el texto. Así, la expresión "He recibido del señor D. Andrés de Lecanda, factor principal del real ramo de tabacos" se sustituye siempre por un Ídem; del mismo modo las frases "desde la real factoría de la ciudad de Santiago a esta factoría principal [o a esta capital]" y "que a razón de tres pesos y dos reales ha importado dicha cantidad" han sido reemplazadas por puntos suspensivos. Señalemos como datos interesantes o curiosos que en solo cuatro de los asientos se alude expresamente a la calidad del tabaco transportado. En uno de ellos se cita la "calidad rescogido", mientras en los otros tres se alude a la "calidad de libra", es decir las de segunda y tercera categoría respectivamente según la clasificación establecida para las remesas del producto llegadas a Sevilla. 53 Quizás podríamos suponer que los restantes envíos estarían compuestos por tabaco de "tienda", el más apreciado por la Real Fábrica hispalense para la confección de cigarros. Un 83% de los recueros utilizan a otra persona o a un compañero para rubricar los recibos del cobro de los fletes "por no saber firmar", al tiempo que entre ellos aparecen sujetos con el mismo apellido que probablemente indique una actividad familiar común (Juan Antonio Estrada y Francisco Estrada; Ildefonso Apolinario y Diego Apolinario, etcétera). Y no dejemos de mencionar que en ocho ocasiones son esclavos quienes conducen el tabaco y aparecen identificados por sus propietarios, a tres de los cuales se les antepone el título de "don" (Francisco Jiménez, Melchor Guriel y Dionisio de Moya) quizás por tratarse de personas distinguidas de Santiago de los Caballeros o incluso cosecheros. He recibido del señor D. Andrés de Lecanda, Factor principal del Real Ramo de tabacos la cantidad de cincuenta y dos pesos en plata del cuño mexicano, por dieciséis quintales de tabaco que desde la Real Factoría de la ciudad de Santiago he conducido a esta principal, a razón de tres pesos y dos reales por cada quintal. A ruego de Damián Esteban por no saber firmar, Manuel María Loyé. Ídem, la cantidad de ciento y cuatro pesos de plata del cuño mexicano, por treinta y dos quintales de tabaco... A ruego de Juan de los Reyes por no saber firmar, Manuel María Loyé Ídem, la cantidad de ciento veintitrés pesos y cuatro reales, en plata del cuño mexicano, por treinta y ocho quintales de tabaco... A ruego de Andrés Agama por no saber firmar, Juan Antonio Estrada Ídem, la cantidad de sesenta y cinco pesos en plata del cuño mexicano, por veinte quintales de tabaco... A ruego de Damián de la Concepción, Francisco Estrada Ídem, la cantidad de noventa y un pesos en plata del cuño mexicano, por veintiocho quintales de tabaco... Ídem, la cantidad de noventa y siete pesos y cuatro reales en plata, del cuño mexicano, por treinta quintales de tabaco... A ruego de Esteban Gómez, Francisco Estrada Ídem, la cantidad de cincuenta y ocho pesos y cuatro reales en plata del cuño mexicano, por la conducción de dieciocho quintales de tabaco... Santo Domingo, febrero, veintiséis de mil setecientos noventa. A ruego de Antonio, esclavo de Miguel del Castillo, Martín del Castillo. Ídem, la cantidad de setenta y un pesos y cuatro reales en plata del cuño mexicano, por la conducción de los fletes... de veintidós quintales de tabaco... Santo Domingo, veintiséis de febrero de mil setecientos noventa. Fulgencio de la Rosa. Ídem, la cantidad de ciento sesenta y dos pesos y cuatro reales en plata, del cuño mexicano, por la conducción de los fletes... de cincuenta quintales de tabaco... Santo Domingo, veintisiete de febrero de mil setecientos noventa. Ídem, la cantidad de ciento treinta y seis pesos y cuatro reales en plata del cuño mexicano, por la conducción de fletes...[de cuarenta y dos quintales de tabaco]... A ruego de Tomás Muñoz, Gregorio Félix Ídem, la cantidad de sesenta y cinco pesos en plata del cuño mexicano, como apoderado de D. Baltasar Núñez, por veinte quintales de tabaco que condujo Santiago, esclavo del dicho... Juan Pablo de la Mota. Ídem, la cantidad de cincuenta y dos pesos en plata del cuño mexicano, por dieciséis quintales de tabaco que he conducido... A ruego de José, esclavo de Juan Eduardo, por no saber firmar, Manuel María Loyé. A ruego de Juan de Burgos, Domingo Márquez. Ídem, la cantidad de cuarenta y cinco pesos y cuatro reales en plata del cuño mexicano, por la conducción de catorce quintales de tabaco... A ruego de Carlos de Rojas, Domingo Márquez. Ídem, la cantidad de sesenta y ocho pesos en plata del cuño mexicano, por la conducción de veinticuatro quintales de tabaco... A ruego de Mauricio Acevedo, Francisco Estrada. A ruego Manuel de Paula, Pedro Navarro. Ídem, la cantidad de ciento treinta y seis pesos y cuatro reales en plata del cuño mexicano, por la conducción de cuarenta y dos quintales de tabaco, calidad de Libras... A ruego de José Antonio, Pedro Navarro. Ídem, la cantidad de diecinueve pesos y cuatro reales en plata de cuño mexicano, por la conducción de seis quintales de tabaco... Santo Domingo, cuatro de marzo de mil setecientos noventa. A ruego de Agustín de Acosta, Francisco Estrada. Ídem, la cantidad de cincuenta y ocho pesos y cuatro reales en plata del cuño mexicano, por la conducción de dieciocho quintales de tabaco que desde la ciudad de Santiago a esta capital he conducido... A ruego de Alejo de Tejada, Calixto Antonio. A ruego de Bonifacio Jorquina, Manuel María Loyé. Ídem, la cantidad de setenta y un pesos y cuatro reales en plata al cuño mexicano, por la conducción de veintidós quintales de tabaco... Santo Domingo, nueve de marzo de mil setecientos noventa. A ruego de Francisco Rodríguez, Pedro Navarro. Ídem, la cantidad de veintiséis pesos en plata de cuño mexicano, por la conducción de ocho quintales de tabaco... A ruego de Manuel Santiago, Pedro Navarro. Ídem, la cantidad de treinta y nueve pesos en plata de cuño mexicano, por la conducción de doce quintales de tabaco... A ruego de Manuel Suárez, Pedro Navarro. Ídem, la cantidad de noventa y siete pesos del cuño mexicano, por la conducción de treinta quintales de tabacos... A ruego de Manuel Julián Bretón, Pedro Navarro. Ídem, la cantidad de cuarenta y cinco pesos y cuatro reales en plata del cuño mexicano, por la conducción de catorce quintales de tabaco, de la calidad de Libras... A ruego de Valentín, esclavo de D. Francisco Jiménez, Pedro Navarro. Ídem, la cantidad de sesenta y cinco pesos en plata del cuño mexicano, por la conducción de veinte quintales de tabacos... Ídem, la cantidad de noventa y un pesos en plata del cuño mexicano, por la conducción de veintiocho quintales de tabaco... Ídem, la cantidad de sesenta y cinco pesos en plata del cuño mexicano, por la conducción de veinte quintales de tabaco... A ruego de José Ramos, Manuel María Loyé. Ídem, la cantidad de cincuenta y dos pesos en plata del cuño mexicano, por la conducción de dieciséis quintales de tabaco... A ruego de Tomás Francisco, Manuel María Loyé. Ídem, la cantidad de treinta y nueve pesos en plata del cuño mexicano, por la conducción de doce quintales de tabaco... A ruego de Gabriel, esclavo de Félix de Ortega, Manuel María Loyé. A ruego de Juan Martín, Ignacio Mejía. Ídem, la cantidad de cincuenta y dos pesos en plata de cuño mexicano, por la conducción de dieciséis quintales de tabaco... A ruego de Pedro Rodríguez, Pedro Navarro. Ídem, la cantidad de treinta y nueve pesos en plata del cuño mexicano, por los fletes de doce quintales de tabaco que de cuenta de S.M. he conducido... A ruego de Manuel Hernández, Pedro Navarro. Tomo LVIII, 2, 2001 Ídem, la cantidad de noventa y un pesos en plata del cuño mexicano, por los fletes de veintiocho quintales de tabaco, que de cuenta de S.M. he conducido... A ruego de Pedro del Castillo, Francisco Estrada. Ídem, la cantidad de cuarenta y cinco pesos y cuatro reales en plata del cuño mexicano, por los fletes de catorce quintales de tabacos de la calidad de Libras, lo que de cuenta de S.M. he conducido... A ruego de Vicente Juano, Gabriel de los Santos. Ídem, la cantidad de ciento cuarenta y nueve pesos y cuatro reales en plata del cuño mexicano, por los fletes de cuarenta y seis quintales de tabaco que de cuenta de S.M. he conducido... A ruego de Juan Martín, Gabriel de los Santos. Ídem, la cantidad de ciento treinta y seis pesos y cuatro reales en plata del cuño mexicano, por los fletes de cuarenta y dos quintales de tabaco que de cuenta de S.M. he conducido... Santo Domingo, tres de abril de mil setecientos noventa. A ruego de Manuel Jiménez, Manuel María Loyé. Ídem, la cantidad de ciento noventa y cinco pesos en plata del cuño mexicano, por los fletes de sesenta quintales de tabaco que de cuenta de S.M., he conducido... Santo Domingo, seis de abril de mil setecientos noventa. A ruego de José, esclavo de D. Melchor Guriel, Tomás Rodríguez. Ídem, la cantidad de ochenta y cuatro pesos y cuatro reales en plata, del cuño mexicano, por los fletes de veintiséis quintales de tabaco, que de cuenta de S.M. he conducido... Santo Domingo, doce de abril de mil setecientos noventa. A ruego de Mateo del Rosario, José de Ribera. Ídem, la cantidad de cuarenta y cinco pesos y cuatro reales en plata del cuño mexicano, por los fletes de catorce quintales de tabaco que de cuenta de S.M., he conducido... Santo Domingo, veinte de abril de mil setecientos noventa. A ruego de Andrés Agama, Tomás Rodríguez. Ídem, la cantidad de ciento sesenta y nueve pesos en plata del cuño mexicano, correspondientes a los fletes de cincuenta y dos quintales de tabaco, que de cuenta de S.M. he conducido... Santo Domingo, veintiuno de abril de mil setecientos noventa. A ruego de Damián de los Reyes, Tomás Rodríguez. Ídem, la cantidad de treinta y nueve pesos en plata del cuño mexicano, pertenecientes a los fletes que me corresponden por la conducción de doce quintales de tabaco... todo de cuenta de S.M... A ruego de Paulino del Rosario, José Ribera. Ídem, la cantidad de sesenta y cinco pesos en plata del cuño mexicano, pertenecientes a los fletes de veinte quintales de tabaco, que he conducido de cuenta de S.M... A ruego de Bernardo Durán, Tomás Rodríguez. Ídem, la cantidad de ciento veintitrés pesos y cuatro reales en plata del cuño mexicano, que me corresponden por los fletes de la conducción de diecinueve car-gas de tabaco de cuenta de S.M... que a razón de tres pesos y dos reales o seis pesos y medio cada carga... Ídem, la cantidad de ciento cuarenta y tres pesos en plata del cuño mexicano, por los fletes de la conducción de cuarenta y cuatro quintales de tabaco de cuenta de S.M... Ídem, la cantidad de setenta y ocho pesos en plata del cuño mexicano, por la conducción de veinticuatro quintales de tabaco de cuenta de S.M... Santo Domingo, veinticuatro de abril de mil setecientos noventa. A ruego de Manuel Julián Bretón, Juan Isidro. Santo Domingo, veintiséis de abril de mil setecientos noventa. A ruego de Manuel Polanco, Francisco Estrada. Ídem, la cantidad de sesenta y cinco pesos en plata del cuño mexicano, por la conducción de veinte quintales de tabaco, de cuenta de S.M... A ruego de Diego Martín, Francisco Estrada. Ídem, la cantidad de ciento diecisiete pesos en plata del cuño mexicano, por los fletes que me corresponden por haber conducido de cuenta de S.M. treinta y seis quintales de tabaco... A ruego de Manuel López, Francisco Estrada. Ídem, la cantidad de setenta y un pesos y cuatro reales en plata del cuño mexicano, por la conducción de veintidós quintales de tabaco... Ídem, la cantidad de cincuenta y dos pesos en plata, del cuño mexicano, por los fletes que me pertenecen por haber conducido... dieciséis quintales de tabaco... A ruego de Dionisio del Rosario, Tomás Rodríguez. Ídem, la cantidad de setenta y ocho pesos en plata del cuño mexicano, por los fletes que me corresponden por haber conducido... veinticuatro quintales de tabaco... A ruego de Pedro del Amparo, Tomás Rodríguez. Ídem, la cantidad de setenta y un pesos y cuatro reales en plata, del cuño mexicano, los mismos que me corresponden por haber conducido... veintidós quintales de tabaco... Santo Domingo, cinco de mayo de mil setecientos noventa. A ruego de Agustín de Acosta, Sebastián Sánchez. Ídem, la cantidad de sesenta y cinco pesos en plata del cuño mexicano, los mismos que me corresponden por los veinte quintales de tabaco... Santo Domingo, ocho de mayo de mil setecientos noventa. A ruego de Gregorio Esgueva, Manuel María Loyé. Ídem, la cantidad de ciento cuarenta y tres pesos en plata del cuño mexicano, los mismos que me pertenecen por haber conducido... cuarenta y cuatro quintales de tabaco... A ruego de Bonifacio Jolquiño, Tomás Rodríguez. Ídem, la cantidad de sesenta y cinco pesos, pertenecientes a veinte quintales de tabaco, que de cuenta de S.M. he conducido... A ruego de Carlos Cordero, Manuel de la Rosa Bocanegra. A ruego de Bruno Sánchez, Francisco Estrada. Ídem, la cantidad de treinta y dos pesos y cuatro reales en plata del cuño mexicano, por la conducción de diez quintales de tabaco... A ruego de Eusebio López, Francisco Estrada. Ídem, la cantidad de veintiséis pesos en plata del cuño mexicano, por la conducción de ocho quintales de tabaco... A ruego de José Martínez, Francisco Estrada. Ídem, la cantidad de treinta y dos pesos y cuatro reales en plata del cuño mexicano, los mismos que me corresponden por haber conducido de cuenta de S.M. diez quintales de tabaco... Santo Domingo, diecisiete de mayo de mil setecientos noventa. A ruego de Félix Guzmán, José de Ribera. Ídem, la cantidad de sesenta y cinco pesos en plata del cuño mexicano, por haber conducido veinte quintales de tabaco... Santo Domingo, veintitrés de mayo de mil setecientos noventa. A ruego de Ramón Bueno, José María Rodríguez. Ídem, la cantidad de ciento treinta pesos en plata del cuño mexicano, por la conducción de cuarenta quintales de tabaco... Santo Domingo, veintinueve de mayo de mil setecientos noventa. Manuel de los Santos. Ídem, la cantidad de cincuenta y ocho pesos y cuatro reales en plata del cuño mexicano, por haber conducido desde la ciudad de Santiago a esta capital, dieciocho quintales de tabaco... Santo Domingo, treinta y uno de mayo de mil setecientos noventa. Ídem, la cantidad de sesenta y cuatro pesos y cuatro reales en plata, por la conducción de veintiséis quintales de tabaco de calidad Rescogido... Santo Domingo, seis de junio de mil setecientos noventa. Ídem, la cantidad de ciento diez pesos y cuatro reales, por haber conducido treinta y cuatro quintales de tabaco... Santo Domingo, nueve de junio de mil setecientos noventa. A ruego de Valentín Hidalgo, José María Rodríguez. Ídem, la cantidad de doscientos ocho pesos en plata fuerte, por haber conducido... sesenta y cuatro quintales de tabaco... Santo Domingo, dieciséis de junio de mil setecientos noventa. A ruego de José, esclavo de D. Melchor Guriel, Nicolás de Mueces. Ídem, la cantidad de cincuenta y dos pesos, por haber conducido... dieciséis quintales de tabaco... Santo Domingo, diecisiete de junio de mil setecientos noventa. Ídem, la cantidad de treinta y dos pesos y cuatro reales, por haber conducido... diez quintales de tabacos... Santo Domingo, dieciocho de junio de mil setecientos noventa. A ruego de Damián Esteban, Manuel Reyes. Ídem, la cantidad de cincuenta y ocho pesos y cuatro reales en plata del cuño mexicano, por haber conducido... dieciocho quintales de tabaco... Santo Domingo, veintidós de junio de mil setecientos noventa. A ruego de Mauricio Acevedo, Francisco Hernández. Ídem, la cantidad de cincuenta y dos pesos, por la conducción de dieciséis quintales de tabaco... Santo Domingo, y junio veintitrés, de mil setecientos noventa. A ruego de Pedro, esclavo de D. Dionisio de Moya, Gaspar Gómez. Ídem, la cantidad de cuarenta y cinco pesos y cuatro reales, por haber conducido catorce quintales de tabaco... Santo Domingo, veintitrés de Junio de mil setecientos noventa. A ruego de Victoriano Jacques, Ildefonso Apolinario. A ruego de Miguel Pascual, Juan Antonio Estrada. Ídem, la cantidad de treinta y nueve pesos por la conducción de doce quintales de tabaco, que he conducido... Santo Domingo, y junio, veintitrés de mil setecientos noventa. A ruego de Francisco Pérez, Juan Antonio Estrada. Ídem, la cantidad de treinta y nueve pesos por haber conducido, desde la ciudad de Santiago a esta capital, doce quintales de tabacos... A ruego de Agustín Paulino, Juan Antonio Estrada. Ídem, la cantidad de setenta y ocho pesos por el flete de veinticuatro quintales de tabaco, que he conducido... A ruego de Esteban Gómez, Juan Antonio Estrada. Ídem, la cantidad de cincuenta y dos pesos, por haber conducido dieciséis quintales de tabacos... A ruego de Juan Eduardo, Juan Antonio Estrada. Ídem, la cantidad de noventa y un pesos, por la conducción de veintiocho quintales de tabaco... A ruego de Manuel de Lora, Félix Núñez. Ídem, la cantidad de veintiséis pesos, por haber conducido ocho quintales de tabaco... Santo Domingo, veintiséis de junio de mil setecientos noventa. A ruego de Félix Jerez, Ignacio Cáceres.
Este ensayo es una reflexión ilustrada sobre la diferencia entre historia e historiografía; es decir, entre el pasado y la elaboración sobre el pasado. 1 Más concretamente, pretende subrayar el efecto que las circunstancias personales y sociales del historiador tienen sobre su obra. 2 La frontera de los Estados Unidos, o expansión hacia el Oeste, servirá de piedra de toque para mostrar cómo la historia escrita puede falsear la historia vivida más allá de las comprensibles deficiencias que imponen las limitaciones del ser humano y de cualquier ciencia o disciplina. En otras palabras, cómo el historiador colabora a veces con la sociedad en la producción de una imagen del pasado que se utiliza en favor de ciertos intereses o de objetivos no académicos. Esta perversión de la historiografía es frecuente, lo cual no disminuye la gravedad del hecho, sino todo lo contrario. 1 Una primera versión muy sumaria de este ensayo se presentó al XII Congreso Internacional de AHILA (Asociación de Historiadores Latinoamericanistas Europeos) celebrado en la ciudad portuguesa de Oporto en septiembre de 1999. El simposio "La frontera en la Historia de América" me permitió expresar algunas preocupaciones sobre historiografías desde mi interés personal por el Gran Norte de Nueva España. 2 Es obligado distinguir entre responsabilidades colectivas e individuales, así como entre las varias historiografías sobre un mismo gran tema, pues no sería justo generalizar. La historiografía de la frontera angloamericana es, en su conjunto, bastante más que un producto intelectual. En el título de este ensayo utilizo el término fabricación con el sentido que luego diré. Puede hablarse, también, de un fenómeno de retroalimentación (feedback) entre la historia académica y la imagen que la sociedad tiene del Great American West. 3 Esta historiografía tiene una fecha de comienzo muy clara. Todo empezó con Frederick Jackson Turner (1861-1932) cuando en 1893 leyó ante las American Historical Association una comunicación titulada "The Significance of the Frontier in American History". El joven Turner vino a decir que las circunstancias peculiares de la frontera americana, tales como la abundancia de tierra libre o desocupada (free land, empty land), las oportunidades que se abrían a los colonos, y el peligro común que representaban los indios dieron forma al carácter y a las instituciones americanas. La experiencia de la frontera -decía Turner-aceleró la asimilación de los inmigrantes [se entiende los que procedían de Inglaterra y Europa central], y tuvo un efecto de consolidación y nacionalización de la joven América. La frontera, en suma, extendió la civilización y promovió la democracia. No pudo imaginar Turner la repercusión que aquel ensayo tendría en los Estados Unidos desde su primera publicación hasta nuestros días. 4 Se ha dicho que Turner "inventó" la frontera, término que puede tomarse en sentido figurado o literal, y como un elogio o una crítica. 5 En cualquier caso, han sido enormes los efectos de un texto que contenía la llamada "tesis" o "hipótesis" de Turner, sin que los autores norteamericanos aclaren si se trata de una cosa u otra. Tampoco puede culparse a Turner de los excesos de una historiografía compuesta por miles de libros y artículos sobre la frontera. 3 "American Frontier" y "American West" no son para los historiadores norteamericanos dos conceptos exactamente iguales, pero a los efectos prácticos de este ensayo pueden utilizarse indistintamente. La frontera se ve como un proceso, mientras que el Oeste se concibe como un lugar o un espacio. En español, y para evitar la confusión con otras fronteras en las Américas, lo más correcto sería hablar de la frontera angloamericana. 4 Sobre el interés permanente por la frontera y los altibajos de sus escuelas o tendencias durante el siglo veinte véase mi artículo "Persistencia y crisis de la frontera en la historiografía norteamericana", en Actas del VII Congreso Internacional de Historia de América, vol. 2, Zaragoza, 1998, págs. 1061-1078 5 Según Savage y Thompson "es una cuestión académica sobre un acontecimiento académico, pero los investigadores no pueden permitirse olvidar que Frederick Jackson Turner inventó la frontera". Soy responsable de la versión española de todas las citas tomadas de textos en inglés. Turner puso la primera piedra, recibió honores y ataques, creó escuela y estimuló corrientes críticas en los últimos cien años. Mi atención no está, pues, en la obra de una persona, sino en la historiografía acumulada a partir de Turner por cientos de historiadores norteamericanos. Ante esta asombrosa producción, y en cuanto a la distinción entre la historia como pasado y la historia como elaboración, surge la gran pregunta: ¿Es la historiografía de la frontera angloamericana la narración e interpretación de un pasado al modo y con las inevitables limitaciones de los historiadores, o se trata de algo más y distinto? En términos más precisos: ¿Qué imagen tenemos hoy de la frontera angloamericana y qué relación o distancia existe entre esa imagen y la realidad que fue? A la vista de la historiografía dominante cabe preguntarse si se ha construido una historia o se ha fabricado un pasado. Y aquí utilizo una de las acepciones inglesas de la palabra "fabricar", que no sólo es sinónimo de "construir". En inglés significa también idear o inventar una leyenda o una mentira, falsear o falsificar un documento. 6 La acepción es dura, pero reitero que no estoy interesado en juzgar conductas individuales sino en analizar un fenómeno académico colectivo (la historia del Oeste), que con el paso del tiempo se ha hecho casi tan importante como el propio fenómeno estudiado. A partir de hechos bien documentados, se ha elaborado una imagen del pasado que es una mezcla de mito, leyenda e historia. Esta confusión resulta todavía más chocante si tenemos en cuenta que los acontecimientos son tan recientes que sus primeros historiadores los conocieron personalmente. El propio Turner, en su Wisconsin natal, creció y se formó en lo que todavía era frontera en muchos aspectos. Una historiografía exclusivamente norteamericana, doméstica, ha construido o fabricado de manera más o menos consciente una mitología que le era necesaria a una sociedad sin historia, sin raíces, porque las raíces se quedaron en Europa. Henry Nash Smith, en un libro publicado en 1950, apareció como el primer revisionista de la historia del Oeste, aunque sus efectos no serían 6 Webster ́s Dictionary: "Fabricate: to devise or invent (a legend, lie, etc.). No soy el único en utilizar este término, véase el libro de Peter Burke: The Fabrication of Louis XIV, Yale University Press, 1992, del que hay versión española. Tomo LVIII, 2, 2001 evidentes hasta varias décadas después. 7 Hay muchos mitos sobre el Oeste, escribe Donald Worster en un ensayo que analiza en sus primeros párrafos la obra de Smith, pero el principal de ellos fue una historia acerca de una gente simple y rural, gente corriente, que llega a una tierra extraordinaria para iniciar una vida pacífica y productiva. En esta tierra, la naturaleza humana se elevaría por encima de su vileza y depravación hasta alcanzar una nueva dignidad. Unos robustos granjeros encontrarían la oportunidad de vivir racional y pacíficamente, libres de todas las influencias contaminantes. Millones de individuos darían vida a una tierra que se convertiría en el jardín del mundo. No importaba que antes tuviera que derramarse mucha sangre para expulsar a los pueblos indígenas, pues esa sangre no sería la de los agricultores, gente limpia y decente de vida recta y virtuosa. Este mito agrario -continúa Worster-estaba lleno de contradicciones ya que la civilización encontraría en esta región su superior encarnación, al mismo tiempo que el Oeste era el lugar adonde escapar de la civilización. Sin embargo, el mito agrario fue capaz de mantener unidas ambas posibilidades porque no seguía las reglas del discurso lógico. Era una canción, un sueño, una fantasía que encerraba toda la ambivalencia de una población acerca de su pasado y su futuro. Ninguna región colonizada en tiempos modernos fue tan optimista en su visión como lo fue el Oeste, un optimismo casi ciego. La gente, dice Worster citando a Smith, no veía posibilidad alguna de defecto radical o principio de mal en su jardín. Cualquier mal que amenazara el jardín imperial tenía que venir de fuera. La estrategia defensiva era construir muros más altos y tapar las grietas. La sociedad perfecta que crecería en el Oeste estaría libre de los problemas del Este de los Estados Unidos o de Europa, tales como pobreza, divisiones raciales y de clases, ira y disensión, conflictos como el que había separado el Sur del Norte o enfrentado a Francia y Alemania. Esta había sido, más o menos, la suerte corrida por la humanidad desde la caída en el jardín original. Según Worster, una de las percepciones más importantes de Smith fue que la tesis de Turner sobre la frontera surgió directamente del mito agrario. Turner nunca dejó de creer que la vieja historia era literalmente verdad, y transmitió su fe a sus discípulos. Así nació la historia del Oeste. 8 7 El título de la obra de Smith es muy expresivo: Virgin Land. Utilizo la edición de 1970, para la que Smith escribió un nuevo prefacio. ALFREDO JIMÉNEZ NÚÑEZ Los orígenes del mito son, sin embargo, muy anteriores a Turner. Smith califica al presidente Thomas Jefferson (1743-1826) como el primer profeta del expansionismo de los Estados Unidos. En páginas anteriores afirma que una de las generalizaciones más persistentes sobre la vida y el carácter americanos es la noción de que la sociedad había sido conformada por la atracción de un continente vacío que arrastraba la población hacia el Oeste. A este axioma se adhirió Benjamin Franklin. Después lo hicieron Emerson, Lincoln, Whitman y un centenar más, hasta llegar a nosotros con la impronta personal de Frederick Jackson Turner. 9 La visión épica del Oeste ha llevado a comparaciones con la mitología griega y con la épica europea. Según Commager y Morris, los hombres y mujeres que colonizaron y civilizaron el Oeste pertenecen en parte a un pasado casi legendario y, en parte, a nuestro tiempo. Tras mencionar a una decena de personajes del Oeste (militares, políticos, comerciantes...), afirman que ellos fueron como los héroes legendarios de tiempos antiguos: Jasón, el del Vellocino de Oro; Ulises, Hengist y Horsa [hermanos y líderes legendarios de los anglo-sajones en Inglaterra]; o quizá como los fundadores de los estados modernos, Carlomagno y Barbarroja; Alfred y Valdemar Victorious [héroes ingleses en lucha contra normandos daneses]. En otro sentido, estos hombres de la frontera pertenecen a la era moderna pues abrieron el último Oeste, conquistaron a los indios, construyeron las carreteras y el ferrocarril, transformaron en empresas la caza y la minería. Cuando aparecieron por primera vez en el horizonte de la historia, gran parte del Oeste era todavía el Gran Desierto Americano. Cuando les dijimos adiós, habían incorporado California y Oregón como estados de la Unión y habían organizado en "territorios" el resto de esta vasta área. 10 El episodio del Alamo durante la rebelión de Texas es una buena muestra de cómo los hechos históricos adquieren a veces categoría épica y se incorporan a la mitología nacional. La mayoría estaba formada por sureños que habían traído a Texas sus propios esclavos. Indignados ante la prohibición de la esclavitud por parte del gobierno de México, por la imposición de pesados impuestos y ante la presencia de tropas mexicanas entre ellos, se rebelaron y expulsa-ron a los soldados. En marzo de 1836 declararon la independencia de Texas, y el general Santa Anna se puso de inmediato al frente de un ejército para acabar con la rebelión. Tras la batalla de San Antonio, los rebeldes se refugiaron en la antigua misión española del Alamo bajo el mando de William B. Travis. Entre ellos estaban Davy Crockett, el popular hombre de la frontera. Todos murieron entre los muros de la misión. "Remember the Alamo" es desde entonces como un grito sagrado, y el Alamo se visita hoy con la reverencia debida a un santuario. Estos son, al parecer, los hechos incuestionables sobre el Alamo. David J. Weber ha analizado el episodio a la luz de datos poco difundidos o generalmente soslayados, y de su ensayo tomamos el texto que sigue: Varios autores han recordado que las entrañables historias sobre el Alamo no tienen base en hechos históricos, sino que se han elevado desde el reino terrestre de la realidad hasta la estratosfera del mito. La idea de que Davy Crockett murió ejecutado y no luchando hasta el último aliento, no ha tenido mucha aceptación. Cuando el historiador Dan Kilgore publicó en 1978 el libro How Did Davy Die?, un periódico calificó la obra de "complot comunista para ensuciar a nuestros héroes". El saber popular que rodea la batalla del Alamo, continúa Weber, ofrece los ejemplos más claros de cómo la rebelión de Texas, al igual que otros muchos grandes acontecimientos, se ha teñido de romanticismo hasta adquirir significados que trascienden el propio acontecimiento. Al mismo tiempo, sus personajes principales se han reducido a caricaturas, héroes y villanos. En cierta clase de historia, y en la cultura popular norteamericana, la lucha de Texas por la independencia ha venido a representar un triunfo del protestantismo sobre el catolicismo, de la democracia sobre el despotismo, de una raza blanca superior sobre una población degenerada de mestizos, del futuro sobre el pasado, del bien sobre el mal. La sangre de Davy Crockett, en palabras de un historiador, se vertió sobre "un altar sagrado". 11 Sin importar los hechos, escribe Turrentine W. Jackson, la imagen romántica de la frontera ha penetrado en la conciencia nacional y está allí implantada firmemente. Dos facetas del mito aparecen como dominantes: por un lado, la ecuación de la masculinidad con la ausencia de la ley, con la 11 "Refighting the Alamo. Este ensayo es un ejemplo de crítica independiente y desmitificadora. Fue originalmente una conferencia pronunciada en 1985 en Dallas, Texas, dentro del simposio "Alamo Images: Changing Perceptions of a Texas Experience". ALFREDO JIMÉNEZ NÚÑEZ violencia, lo repulsivo y salvaje; por otro lado, el mito del Jardín del Edén, la tierra con recursos naturales abundantes listos para la explotación, la puerta a la riqueza material, la libertad política, la movilidad social. Entre los perpetradores de estos mitos había viajeros, novelistas, autores de guías y agentes oficiales que tenían que ver con la tierra. En sus escritos señalaron la vestimenta no convencional, los modales abominables, la brutalidad y la constante jactancia de los hombres de la frontera. Al mismo tiempo, hacían elogios de una tierra próspera, una tierra de libertad e igualdad. 12 Ciertamente, la realidad de la frontera fue muy distinta de la visión mítica que ha predominado durante tanto tiempo. Richard Hofstadter afirmaba en 1968 que Turner careció de la pasión intelectual del crítico, y señalaba su incapacidad para ver el lado vergonzoso de la expansión hacia el Oeste: especulación de la tierra, vigilantismo, el cruel despojo del continente, la arrogancia del expansionismo americano, la patética historia de los indios, el nativismo antimexicano y antichino, la tosquedad, casi salvajismo, a que fueron sometidos los hombres en algunas partes de la frontera. 13 Richard W. Etulain observa que la descripción del Salvaje Oeste en las décadas que siguieron a la Guerra Civil tomó dos formas. Una fue el tratamiento que se hizo en la historia, la biografía y la ficción de individuos reales como si no fueran personas de tamaño natural sino más grandes. La otra fue la creación de figuras legendarias basadas generalmente en tradiciones orales, que aparecían en el folklore y en la literatura. Biógrafos e historiadores utilizaron con frecuencia personajes históricos como Billy the Kid, Calamity Jane, Wild Bill Hickok y Kit Karson para crear héroes y heroínas que eran necesarios en la conquista de un Oeste Salvaje. El más importante de estos personajes, convertido en leyenda cuando aún vivía, fue William Frederick "Buffalo Bill" Cody, jinete que fue del Pony Express, cazador de búfalos, explorador y luchador contra los indios. Finalmente, Buffalo Bill viajó a la cabeza del espectáculo Wild West, que se estrenó en Chicago en 1883, recorrió los Estados Unidos y visitó varias ciudades europeas. 14 Estas pocas citas bastarán para ilustrar la existencia del mito del Oeste, sus ambivalencias y contradicciones, y cómo funciona en dos niveles. Uno es el mito creado y fomentado por los intelectuales. Otro es la ver-12 Jackson, Turrentine W.: Prefacio al libro de Ray A. Billington titulado America ́s Frontier Culture. 13 Cita de Worster en "Beyond the Agrarian Myth", pág. 10. Tomo LVIII, 2, 2001 sión popular basada en la obra divulgadora de los historiadores y en una filosofía nacional predicada por los políticos. A la consolidación y difusión del mito popular contribuyó en grado extraordinario una literatura doblemente barata por su poco precio y calidad. En efecto, después de la Guerra Civil tuvo una amplísima distribución en los Estados Unidos la llamada dime novel, y más de la mitad de estas novelas sensacionalistas tenían por tema la frontera o American West. Se vendían por cientos de miles y los lectores del Este se creían mucho de lo que leían sobre una región y una sociedad que les eran extrañas. 15 Mención aparte merece una verdadera literatura de frontera cuyo camino abrió James Fenimore Cooper (1789-1851) con obras como El último mohicano y La Pradera. Es evidente que cierta literatura y el cine (el cine más que ningún otro medio) han contribuido a la fabricación y pervivencia del mito popular del Oeste y de sus personajes: el pionero valiente y laborioso; el cowboy noble, guapo, elegante, que dispara con velocidad y precisión increíbles; la mujer fiel y abnegada, esposa del pionero o del militar, que lo mismo se saca el pecho en medio de la pradera para amamantar a su criatura que echa mano del rifle cuando atacan los indios. El caballo y el revólver son los signos de identidad de unos caballeros del siglo XIX que, en realidad, eran toscos vaqueros o rústicos agricultores. Cuando en la novela o en la película la situación se hace insostenible, aparece el Séptimo de Caballería, como en la Edad Media española aparecía Santiago Matamoros. A los símbolos de una nación joven y laica se sumaron la bandera, los himnos y las marchas militares. 16 ¿Expansión o imperialismo? Es en el terreno de la política donde ha tenido mayores consecuencias la colaboración de la historiografía norteamericana a la mitificación de un pasado muy reciente. El resultado ha sido una filosofía política practicada por hombres ambiciosos y sin grandes escrúpulos. El hecho es particularmente paradójico en una sociedad tan puritana, que desde sus orígenes 15 Ibídem, págs. 5-6. 16 Sobre el género del Oeste (novela y cine) y la fuerza y persistencia del mito pueden verse Bold, Christine: Selling the West. ALFREDO JIMÉNEZ NÚÑEZ tomó como bandera la promoción de la democracia y la libertad. La joven nación adoptó desde muy pronto una nueva religión que pretendía sustituir el fanatismo religioso y la intolerancia de anteriores potencias imperiales. El Oeste se presentó ante el Este como el escenario casi infinito donde se establecería la nueva doctrina. No es necesario entrar en detalles sobre un doble fenómeno que se ha conmemorado recientemente: la expansión geográfica hacia el Oeste y la política imperialista. 17 En 1823, a sólo dos años de la independencia de la América continental española, se formuló la doctrina Monroe, sintetizada en la afirmación de "América para los americanos". No mucho después, John L. O ́Sullivan, editor de la publicación neoyorquina Democratic Review, acuñó otra de esas frases cortas que tanto efecto tienen en la sociedad norteamericana: Manifest destiny. O ́Sullivan escribió en 1845 que era el destino manifiesto de los Estados Unidos expansionarse por el continente que la Providencia le había asignado. En dos palabras se encerraba la justificación para el avance inevitable de la frontera desde el Mississippi hasta las costas del Pacífico. La llave que abrió la puerta a la conquista del Oeste fue una guerra urdida contra México y concluida con un tratado de paz que costó a la república del sur la pérdida de inmensos territorios. El siglo terminó con otra guerra no menos artificial en la que coincidieron las ambiciones de políticos como Theodore Roosvelt, la prensa amarilla y los intereses comerciales de los Estados Unidos en el Caribe y en el Pacífico. España perdió Cuba, Puerto Rico y las Filipinas, mientras la prensa norteamericana presentaba la farsa bélica como una gran victoria, que el país necesitaba en aquellos años de crisis social. 18 Otra frase breve, con resonancia texana, había animado al combate: "Remember the Maine". No es irrelevante para la historia la identificación de Roosevelt con el Oeste. Su pasión por la naturaleza, su afición desmedida a la caza y al riesgo encontraron en la vieja frontera el escenario donde proyectar su personalidad. En su momento, haría lo mismo en el escenario de la política y de la guerra. 17 En 1998 se cumplieron el ciento cincuenta aniversario del Tratado de Guadalupe Hidalgo y el centenario de la guerra hispano-norteamericana. A los orígenes de la historia de los Estados Unidos pertenecía otra conmemoración en ese mismo año de 1998: el cuarto centenario de la fundación de Nuevo México. 18 Sobre los conflictos de Estados Unidos con México y España remito a mis artículos "La guerra hispano-norteamericana y las fronteras de América del Norte", en Corbalán, R., Piña, G. y Toscano, N. (editores): Entre el desencanto y la esperanza, Nueva York, Monografías de ALDEEU, 1998, págs. 75-86; y "Fronteras en América del Norte en el siglo XIX (1821-1898)", en VII Congreso Internacional de Historia de América, Asociación Española de Americanistas, Las Palmas de Gran Canaria, 1998, editado en CD-ROM. Tomo LVIII, 2, 2001 Tampoco es casualidad la fecha del conflicto con España. La guerra ocurrió, precisamente, en la década que conoció el fin de la frontera como tierra sin colonizar, según afirmación del Superintendente del Censo para 1890. Como escribió Walter Millis, la frontera se había esfumado repentinamente en el pasado y los norteamericanos ya sólo tenían ante sí agua salada y las naciones que había más allá. 19 Si "inevitable" fue a mitad de siglo la expansión hacia el Oeste, también resultó "inevitable" al final de la centuria la expansión más allá del continente. En esencia, nada nuevo bajo el sol. Pero lo que interesa destacar aquí es el fenómeno historiográfico, el modo y manera en que la historia nacional ha interpretado unos hechos que fueron parte de un mismo proceso: el desarrollo en las Américas de un imperialismo que por primera vez en cuatro siglos no era real, quiero decir que no era regio sino republicano. Por primera vez, también, la expansión se hacía a través del mar y no por tierra. 20 A la vista de lo que dicen los textos escolares norteamericanos sobre la guerra con México y con España, se puede concluir que cuando se fabrica una guerra, toda historia acrítica de ese acontecimiento y de su contexto social es también, de manera inevitable, una fabricación del pasado. ¿Hacia la desmitificación del Oeste? Un número de historiadores norteamericanos se viene dedicando en los últimos años a desmitificar, a denunciar abusos y errores cometidos en la colonización del Oeste. 21 Al mismo tiempo, proponen nuevos caminos y paradigmas y amplían los espacios temáticos y cronológicos. Estos historiadores son muestra de la enorme capacidad autocrítica de la sociedad norteamericana. De hecho, ha surgido una corriente conocida como New Western History, que se presenta como un intento sistemático de revisar 19 Millis, Walter: The Martial Spirit: A Study of Our War with Spain, publicado en 1931. Citado por Dennis E. Berge en "Manifest Destiny and the Historians", donde el autor hace un análisis crítico del tema. El artículo de Berge aparece en Malone, M. P. (editor): Historians and the American West, University of Nebraska Press, 1983, págs. 76-95. 20 La artificiosidad de la guerra hispano-norteamericana quedó demostrada por los propios hechos bélicos. El combate en la bahía de Manila duró siete horas y causó la muerte de un marinero norteamericano. En el enfrentamiento naval en Santiago de Cuba murieron 500 marinos españoles y sólo uno americano. 21 También la Revolución Francesa, tan aclamada y venerada universalmente, está siendo objeto de desmitificación a partir, precisamente, de la celebración de su segundo centenario. ALFREDO JIMÉNEZ NÚÑEZ y revolucionar la historiografía de la frontera y del Oeste. 22 En otro lugar he resumido lo que significa y pretende la NWH. 23 Sus comienzos formales pueden situarse a principios de la década de 1980 con un libro editado por Michael P. Malone (nota 19). Pero sus antecedentes más inmediatos, según Worster, se encuentran veinte años atrás formando parte del ambiente social e intelectual de las presidencias de Kennedy y Johnson. Son parte del espíritu y de la práctica de la NWH el reconocimiento de la diversidad étnica y racial, el pluralismo social y cultural, la interacción histórica de la humanidad con el medio físico, la ponderación y el equilibrio en la interpretación del pasado, la colaboración con otras ciencias sociales. De estos principios se derivan la atención a la mujer, es decir a la familia, no sólo al hombre; el interés por los indios, los hispanos, los orientales, no sólo los anglos venidos del Este; la denuncia de la explotación y destrucción de los recursos naturales; la inclusión en la historia del Oeste de fracaso y éxito, derrota y victoria, bondad y maldad. En opinión de Worster, se empieza a conseguir una historia que está más allá del mito, más allá de la consciencia tradicional de los conquistadores blancos, más allá de una necesidad primitiva y emocional de héroes y heroínas, más allá de cualquier posición oficial para justificar o legitimar lo que pasó. 24 ¿Cuánto hay de novedad en la NWH desde el punto de vista de la ciencia histórica y cuánto de denuncia y compromiso ético y moral ante un Oeste mal-tratado por quienes lo vivieron y por los que lo han historiado? ¿Cuánto hay de ideología en los planteamientos? Gerald D. Nash, en un ensayo que intenta situar la NWH en un contexto histórico, afirma que este tipo de historia no es nuevo ni infrecuente, y refleja sorprendentes similitudes con otras modalidades, incluyendo a los nacionalistas alemanes del siglo XIX, los nacional socialistas, los comunistas, y las interpretaciones de la Nueva Izquierda. Tales similitudes no implican en ningún modo que los miembros de la NWH sean seguidores de cualquiera de estas variedades de historia. Pero sus visiones deben someterse al mismo análisis crítico de otras formas de interpretación histórica. 25 En cualquier caso, la intención de estos historiadores me parece honesta y los resultados académicos son refrescantes. Pero, siendo realis-22 Contribución colectiva y fundamental para entender la New Western History es el libro ya citado: Trails. 23 Jiménez, "Persistencia y crisis de la frontera en la historiografía norteamericana". LA FRONTERA DEL OESTE O AMERICAN WEST Tomo LVIII, 2, 2001 tas, ¿qué pueden conseguir ésta u otras corrientes revisionistas de todo un siglo de historiografía? ¿Puede la comunidad académica modificar una imagen que ha calado en la sociedad y se ha difundido por todo el mundo como un producto más de la industria norteamericana? ¿Qué influencia social puede tener la New Western History al denunciar los excesos cometidos por los hombres de la frontera, o al reclamar la atención de los historiadores por ciertos problemas o temas como la presencia en el Oeste de los indios y los mexicanos, dos minorías ignoradas o despreciadas por la historiografía tradicional? Nash, por su parte, opina que al igual que ocurre con otras interpretaciones, las de los historiadores de la NWH reflejan tendencias actualmente de moda que pasarán cuando otras generaciones desarrollen sus propias perspectivas. El American West y el Norte español El interés por la frontera norte de Nueva España me ha llevado de manera natural a interesarme por la frontera angloamericana. 26 La comparación sistemática entre dos procesos tan próximos y tan distintos sería muy útil para un mejor entendimiento del Norte y del Oeste, así como para el avance de la teoría general sobre fronteras. 27 Sin embargo, hay que lamentar lo escasa que es la historiografía de la frontera septentrional de Nueva España escrita en español, con notables excepciones. 28 El vacío historiográfico es todavía más notable en relación con las muchas fronteras de la América española tanto colonial como republicana. No ha habido un Turner que promoviera una teoría más o menos adecuada y provocara reacciones de un signo o de otro. Es cierto que los factores culturales y el modo hispánico de colonización fueron muy distintos respecto de la frontera 26 Sobre el lugar que en la historiografía norteamericana ocupan los antiguos territorios hispanos, y el que deberían ocupar en mi opinión, véase "El Lejano Norte español: cómo escapar del American West y de las Spanish Borderlands", CLAHR (Colonial Latin American Historical Review), Albuquerque, N. M., 1996, vol. 5, págs. 381-412. Sobre la necesidad de un marco hemisférico para el análisis y la comparación de los fenómenos de frontera en las Américas, y sus distintas historiografías, remito a mi ensayo "La frontera en América: observaciones críticas y sugerencias", en Sarabia Viejo y otros (editores): Entre Puebla de los Angeles y Sevilla: Estudios americanistas en homenaje al Dr. José Antonio Calderón Quijano, Escuela de Estudios Hispano-Americanos y Universidad de Sevilla, 1997, págs. 475-494. 27 Es sorprendente la ignorancia de esta frontera norte, y de todas las fronteras de la América colonial española, por parte de los estudiosos de este fenómeno universal cuando lo tratan con un enfoque comparativo y presuntamente universal; véase Jiménez, ibídem, págs. 488-489. ALFREDO JIMÉNEZ NÚÑEZ angloamericana. La cronología y las circunstancias históricas también fueron muy diferentes. Pero el hecho sigue en pie: la falta de un tratamiento de las fronteras hispanas sobre unas bases teóricas y metodológicas explícitas y sistemáticas. En cualquier caso, las fronteras de la América española no se han mitificado, si acaso se han demonizado. Afirma Alistair Hennessy que la importancia de la tesis de Turner se sustenta en su fuerza mítica y en su capacidad para proporcionar una ideología nacionalista legitimadora y fructífera, por lo que la ausencia de un mito para la frontera latinoamericana es fácil de explicar en el contexto de las sociedades hispanoamericanas. 29 Pero esta realidad sociocultural no excusa de la correspondiente investigación histórica del fenómeno de frontera en la América hispana. Hay que admitir también que el American West no es heredero de la historia colonial de Nueva Inglaterra, sino que pertenece a la historia de una nueva nación que hace de la frontera su epopeya nacional. Las fronteras de la América de habla española, por el contrario, surgen en el siglo XVI y se reparten desde Nuevo México hasta Chile. Sus protagonistas no son los héroes populares, más o menos folklóricos, ni un equivalente al pioneer anónimo del Oeste anglosajón, sino exploradores y conquistadores que actuaban en nombre de la Corona. Además, las repúblicas hispanas heredan con la independencia su vieja parte de frontera, que todavía hoy es tierra sin atractivo debido a una mentalidad más urbana y a un concepto muy peculiar del trabajo, de la riqueza, del éxito y del prestigio social. En este contexto histórico-cultural, los conquistadores españoles no son para esas repúblicas héroes nacionales sino más bien villanos o algo peor. El caso extremo es el de Hernán Cortés según aparece en la historia y en la mente del pueblo mexicano. El héroe y la víctima de la confrontación que se produce en toda frontera de conquista es el indio, especialmente en ciertos períodos de la vida nacional, cuando los políticos reclaman y reciben la colaboración de la historiografía y el indigenismo se convierte en filosofía política. 30 Con ocasión del quinto centenario del descubrimiento de América, todo lo referente a la conquista y colonización del Nuevo Mundo se cuestionó en España. No puede extrañarnos, pues, que las críticas y las denuncias abunden en los propios países americanos. Para mantenernos en territorios del Oeste recuerdo hechos ocurridos en los Estados Unidos en relación con Juan de Oñate y el cuarto centenario de la fundación de Nuevo México; véase Jiménez: "Don Juan de Oñate and the Founding of New Mexico: Possible Gains and Losses from Centennial Celebrations", CLAHR, 1998, vol. 7, págs. 109-128. LA FRONTERA DEL OESTE O AMERICAN WEST Tomo LVIII, 2, 2001 Volviendo a la historiografía norteamericana, es chocante su actitud ante los hechos ocurridos en la frontera hispana de los Estados Unidos o Lejano Norte español. Ha habido ignorancia o silencio. Ha habido prejuicios y utilización de lo mexicano como forma de reforzar por comparación los aspectos positivos de la frontera anglosajona. En el mejor de los casos, la historia hispana de los Estados Unidos se ha visto como un apéndice prescindible de la historia nacional e, incluso, de la historia del American West. Son excepción los autores que desde Bolton hasta hoy se ocupan de las llamadas Spanish Borderlands, pero su obra no ha supuesto la integración del Norte hispano en la historia del American West. Menos aún, en la historia nacional o U. S. History. 31 Todo ello a pesar de que la frontera española, luego mexicana, se adelantó en siglos a la frontera angloamericana y cubrió una gran parte de lo que sería después el American West. Datos para un análisis ponderado Es fácil, casi irresistible, criticar y denunciar a las naciones grandes que han hecho grandes cosas en la Historia. Las grandes hazañas están generalmente acompañadas de grandes errores, abusos y delitos. He centrado mi crítica en la historiografía de los Estados Unidos, pero dije al principio que la frontera angloamericana me serviría de piedra de toque para la discusión de un fenómeno universal: la manipulación más o menos consciente de los hechos hasta fabricar una imagen del pasado muy alejada de lo que fue. Y esto lo digo admitiendo que no hay verdades únicas ni absolutas y que la pretensión de los positivistas más radicales de conocer la realidad de lo que sucedió a través de hechos positivos era una utopía. A fin de que la crítica contenida en las páginas anteriores (basada exclusivamente en citas de autores norteamericanos) se entienda en términos más equilibrados, añadiré todavía otros datos, algunos contrapuestos. Las condiciones a favor de una historia rigurosa y ponderada del Oeste han sido ideales, sobre todo si se compara con otros períodos y otros temas de la historia de las Américas y de la historia universal. Los investigadores del American West han tenido a mano todas las fuentes imaginables, desde la arqueología a la historia oral, la fotografía y casi el comienzo del cine documental. A pesar de todo, la distancia entre la realidad y la imagen ha sido más grande de lo razonable. Pero no sería justo señalar sólo los puntos negativos ni analizarlos fuera de contexto. Hay explicaciones que no son muy científicas pero, al menos, son humanas, que no es poco. La imagen idealizada del Oeste ha cumplido en la sociedad norteamericana una función positiva, y lo que es funcional en una cultura merece consideración. La experiencia histórica demuestra que la unidad política, la cohesión social, los valores compartidos, la moral individual y colectiva, la fortaleza en los momentos de crisis, la necesaria ilusión para seguir viviendo se sostienen más y mejor sobre mitos que sobre hechos, cifras o leyes escritas. La memoria de un pasado supuestamente glorioso y el llamado "espíritu de la frontera" han sido útiles a una nación construida aprisa por gentes diversas que no tenían un pasado, una lengua, una religión común. La función social de los mitos es, ciertamente, un hecho universal. Aunque los mitos sólo son legítimos hasta cierto punto, pues siempre o casi siempre se elaboran contra otros o con exclusión de otros. Los mitos son parte ineludible de la materia que interpretan el historiador y el antropólogo, pero ninguno de los dos puede ni debe contribuir a una mitificación del pasado. Hay una línea que separa la literatura y la historia popular de una historia estrictamente académica. ¿Por qué tantos historiadores norteamericanos, durante tanto tiempo, han traspasado esta línea o se han situado a caballo sobre ella? 32 La presión social en favor de la idealización y utilización de la frontera ha sido siempre muy fuerte, casi inescapable. Esta presión se ha ejercido en las universidades y en el mundo editorial, tan dependientes entre sí, y ambos dependientes en alto grado de intereses políticos y económicos. La oposición o la crítica a una filosofía convertida en doctrina nacional podría parecer a la sociedad norteamericana una especie de herejía o traición. La consecuencia más común y sutil de estas dependencias es la autocensura por parte del historiador, el profesor, el maestro de escuela. Veamos a este respecto los consejos de Worster al historiador del Oeste, dados en un lenguaje altamente irónico o cínico. Los historiadores del Oeste -dice este autor-no deben hablar críticamente, con hostilidad, de los que están en el poder, pues ellos hacen posible nuestras universida-32 Antes de cualquier respuesta hay que reconocer que la historiografía del American West cuenta con obras individuales de primer orden, aunque hasta los autores más rigurosos han podido contribuir alguna vez, por acción u omisión, a la historiografía dominante. Sirva como muestra de seriedad académica la obra general de Walter Prescott Webb, especialmente The Great Plains, libro publicado en 1931. Tomo LVIII, 2, 2001 des, salarios, bibliotecas, nuestra historia y nuestros museos. Si hablan críticamente del poder, o adoptan una posición crítica sobre el pasado, no deben poner demasiada pasión o acritud en sus palabras. No deben revelar que puede haber ideales importantes que se han violado, o argumentar que hay nuevos ideales que deben descubrirse. Si lo hacen, serán considerados románticos, ingenuos, con prejuicios, polémicos o desagradecidos. Pueden incluso convertirse en ideólogos, terrible etiqueta que con frecuencia se aplica a cualquier historiador que no acepta la ideología dominante u oficial. En otras palabras, deben mantener la historia del Oeste, y el propio Oeste, libres de controversia o desafío radical. Deben escribir en un estilo intelectualmente tímido, con largas notas a pie de página y amplia bibliografía, pero escaso en ideas originales, especialmente si no son comunes o convencionales. Si se les ocurren tales ideas, deben guardarlas para sí o camuflarlas bajo una prosa aburrida y gris para que nadie las tome en serio. Worster concluye que cuando los historiadores no son capaces de verse a sí mismos como intelectuales críticos, como él cree que ha ocurrido a los historiadores del Oeste, se convierten en prisioneros de una ideología en vez de señores de ella. 33 Opino, por mi parte, que en la medida en que estas presiones sean ciertas, la conducta de los historiadores del Oeste, o westerners, si no se justifica por lo menos se explica. Un aspecto más estrictamente académico de la historiografía del Oeste es su naturaleza exclusivamente norteamericana. Utilicé anteriormente el calificativo de historia doméstica, en el sentido inglés del término: una historia hecha en casa para consumir en casa. Todo un siglo, nuestro siglo veinte, para historiar otro siglo, el anterior. Hubiera sido muy fructífero haber contado con autores de otros países, otras culturas, otras lenguas. Pero ni siquiera los mexicanos, tan cercanos y tan afectados en su historia por el avance de la frontera, han contribuido a la historiografía del American West. En cuanto a los historiadores hispanos, ciudadanos de los Estados Unidos, su atención se limita, en general, a la franja Norte de México-Suroeste de los Estados Unidos, a un tiempo reciente o completamente actual, y a problemas que afectan particularmente a la población de habla española. 34 Una categoría propia dentro de la historiografía norteamericana sobre la frontera es la que inauguró Herbert Eugene Bolton (1870-1953). En un librito publicado en 1921, Bolton definió las Spanish Borderlands como el territorio que iba desde Florida a California. El número y calidad de los historiadores norteamericanos que han seguido el camino abierto por Bolton es impresionante. Sin embargo, y pese a la diversidad de enfoques e interpretaciones que se dan en esta historiografía, no se trata en absoluto de una aplicación de la teoría turneariana o post-turneriana a los territorios hispanos, sino de la historia colonial de los territorios norteamericanos que fueron españoles. 35 En conclusión, los historiadores norteamericanos han escrito la historia de la frontera como si al otro lado no hubiera nadie. Ha faltado el contrapunto de indios y mexicanos que, de todas formas, no estaban en condiciones de escribir su versión de la expansión/invasión del Oeste, aunque en los archivos mexicanos, españoles y de los Estados Unidos hay documentación pertinente. Ha faltado también la contribución de historiadores de otros países y otras escuelas, a pesar de la dimensión del fenómeno histórico. Sin duda que otros puntos de vista hubieran ayudado a una visión más equilibrada de la American frontier, pero de estas ausencias no se puede culpar a los historiadores de los Estados Unidos, que han hecho y hacen su parte. Otra cosa es la responsabilidad de la historiografía norteamericana ante sus propias circunstancias. Poderes políticos y económicos han coaccionado la elaboración de una historia que ha fascinado al pueblo que, a su vez, ha ejercido su influencia sobre los historiadores. Este proceso lo calificaba más arriba de retroalimentación o feedback. La literatura popular y el cine han actuado sobre un fenómeno histórico, aunque muy reciente, como no lo han hecho sobre ningún otro fenómeno de semejante o superior magnitud. El resultado ha sido que una historia tan doméstica se ha convertido, paradójicamente, en una historia mítica universal.36 Interrogantes para un examen (general) de conciencia No hay modo más efectivo para comprender a un pecador que haber cometido su mismo pecado. Y en mi deseo de llevar mis reflexiones más allá de la frontera angloamericana, me hago algunas preguntas, en gran parte retóricas: ¿Hay casos equivalentes o similares de fabricación del pasado en la historiografía de las Américas o de otros continentes? ¿Hasta qué punto es culpable el historiador de inconsciencia, conveniencia, connivencia, ambición, miedo u otras debilidades humanas al elaborar su versión del pasado? ¿Hasta qué grado está condicionada la obra del historiador por su nacionalidad, etnicidad o raza, sexo, religión, experiencia vital, situación profesional? ¿Qué peso ha tenido o tiene sobre cualquier historiografía una determinada ideología o un cierto régimen político? ¿En qué grado afectan las ideologías a un mismo hecho, como puede ser la guerra civil española, tan próxima y tan distintamente tratada según bandos más que escuelas? ¿Cómo y cuánto afectan a la fiabilidad de las historias nacionales el patriotismo y otros sentimientos menos excusables como el prejuicio religioso o racial? ¿Qué decir, por ejemplo, de la llamada Leyenda negra sobre España, surgida en Inglaterra, exportada y perpetuada hasta hoy? ¿Y qué decir de las leyendas rosas o blancas? Aceptando, como debemos aceptar, la conveniencia y necesidad de re-escribir la historia, lo que significa admitir la relatividad de sus interpretaciones, ¿qué hay de las verdades únicas o absolutas, si es que existen? Ante la suma de factores tales como la necesidad profesional de publicar, la abundancia de documentación disponible y la proliferación de congresos, simposios y aniversarios, ¿cómo queda afectado el equilibrio historiográfico entre cantidad y calidad, entre historia eminentemente narrativa y el análisis y la interpretación del pasado según marcos teóricos y paradigmas? La antropología, especialmente la británica, ha mirado despectivamente a la historia por la naturaleza de sus fuentes y por sus métodos. Pero, recientemente, el trabajo de campo, base y orgullo de la antropología, se ha cuestionado por los propios antropólogos. 37 "Haber estado allí" ya no ga-37 A. R. Radcliffe-Brown (1881-1955), figura prominente de la antropología social británica, fue muy crítico ante la historia al tiempo que pretendía acercar la antropología a los niveles de fiabilidad de las ciencias naturales. Quizá, el primer gran golpe a la credibilidad de la etnografía fue la publicación en 1967 del diario íntimo y secreto de Bronislaw Malinowski (1884-1942), quien durante décadas fue modelo de investigador de campo. Hago un tratamiento relativamente extenso de estas cuestiones en "Fuentes y métodos de la antropología: consideraciones un tanto críticas", en De la Fuente, M. (editor): Etnoliteratura. Un nuevo método de análisis en antropología, Universidad de Córdoba, 1994, págs. 9-49. ALFREDO JIMÉNEZ NÚÑEZ rantiza necesariamente la veracidad de la etnografía que, de hecho, es una narración escrita por un testigo. Ello sin contar con que una misma realidad puede verse o interpretarse de maneras muy distintas según las circunstancias de cada observador. ¿Puede la crisis de la etnografía devaluar más la historia a los ojos de otras ciencias sociales como en un efecto dominó? O, por el contrario, ¿pueden ésta y otras crisis en el cambio de siglo acercar a todas las ciencias sociales ante el reconocimiento de la limitación humana, sobre todo cuando el objeto de estudio es el propio ser humano en sociedad? Como última pregunta, y en relación con lo que he llamado con ánimo provocador "la fabricación del pasado", ¿de qué podemos acusarnos cada uno de nosotros y qué podemos aprender ante situaciones como la que representa la historiografía de la frontera del Oeste o American West?
Los que conocemos al Dr. Brading, y hemos seguido de cerca su labor historiográfica, hace tiempo que esperábamos este libro que acaban de lanzar las prensas tipográficas de Cambridge; entre otras razones, debido a la atracción que el autor siente hacia el estudio del interesantísimo pasado de México y, en particular, hacia la emergencia del nacionalismo y patriotismo criollo de aquel gran país centroamericano, fenómeno en el que la Guadalupana se erige como su símbolo más trascendental. La trayectoria histórica de la nación azteca ha colmado la pasión académica de un historiador entusiasmado tanto con los conquistadores, indios, intelectuales, mercaderes, virreyes e insurgentes de la época colonial como con los caudillos, campesinos, revolucionarios y gobernantes de la contemporánea; buen testimonio de ello ofrecen su magna obra Orbe indiano y las restantes que han ido jalonando su producción científica. No obstante, la preocupación intelectual de este prolífico e ingenioso profesor de la Universidad de Cambridge, desde hace tiempo, y tras un generoso derroche de horas consultando archivos, se decanta por la historia de las ideas, campo del saber, de larga tradición en su centro de trabajo, que tiene en el libro, en el pensamiento eternizado mediante la letra impresa, el eje de sus fuentes informativas. Tal vez, porque, como muchos otros, otorgó a las ideas, la antesala de las acciones, un énfasis particular entre los factores centrales del complejo causal. Cierto es que los hombres ordenan sus conductas en función de la percepción que tienen de ellos mismos y no, solamente, de la que proyectan los llamados elementos objetivos. Mas la atención que presta al devenir en el tiempo de México, entre el mito y la profecía, no conlleva un análisis reduccionista y aislado de la civilización y cultura europea que allí se consolidó tras la dominación española. No sucede, como en tantas otras ocasiones, que el entramado ideológico americano, sin menospreciar ni minusvalorar la herencia autóctona, se interprete como un problema identitario peculiar y al margen de la tradición occidental impuesta por los conquistadores del Viejo Continente. Bien pueden certificar los lectores de Brading que sus textos se nutren, además de los hitos intelectuales del Nuevo Mundo, de la Biblia, Aristóteles, Platón, San Agustín, San Isidoro, los humanistas del Renacimiento, los "filósofos" de la Ilustración y un largo etc. Sin acudir a metas diferentes, el libro que ahora presento muestra con sutileza las cualidades mencionadas, pues a su autor no le basta con el estudio, restringido a unos determi-nados límites mentales, del origen y evolución de, quizás, la más multitudinaria y trascendente devoción mariana de Hispanoamérica. Aquí, el argumento se sustenta en el polémico protagonismo del culto a las imágenes en el Cristianismo desde sus inicios, drásticamente puesto en boga en la Iglesia a raíz de la irrupción del credo luterano y la inherente iconoclastia de los reformados ante las posiciones de los católicos. En efecto, el ascenso progresivo de la Guadalupana, y así lo subraya Brading, es consecuencia, en principio, de la cristianización u occidentalización desarrollada por las órdenes religiosas, volcadas en la creación de unos nuevos referentes simbólicos que integren y, a la vez, sustituyan a los aborígenes. Sin embargo, y a la vista de la oratoria sagrada del siglo XVII, en el auge que la advocación experimenta durante el Barroco también intervienen, junto a una propaganda eclesiástica interesada en destacar los logros de la evangelización y a la madurez que alcanzan los neófitos americanos, los mecanismos de acción de la Contrarreforma, proceso de cambio cultural en el que las imágenes (recursos mnemotécnicos y didácticos de primer orden) y el culto a los santos desempeñaron un papel fundamental frente a los postulados protestantes y como medios de adoctrinamiento en sociedades mayoritariamente analfabetas. El arte realza, de nuevo, la utilización de elementos estéticos y figurativos para la formación y orientación espiritual de la población, es decir, para el control y promoción de los dogmas y las prácticas religiosas; en definitiva, el objetivo no era otro que mover la piedad a través de objetos decorativos de fácil entendimiento y dotados del potencial mirífico que los convierte en unos intercesores celestiales ideales y asequibles a las masas. Este fin, según queda expresado en el libro sometido a mi juicio, perdura hasta nuestros días; no en vano, la Guadalupana vertebra buena parte de las creencias, de toda índole, de la identidad e imaginario mexicanos de ayer y de hoy, cuyos orígenes, como acertadamente ha señalado el autor en otro lugar, hay que buscarlos en la Nueva España más que en el Anáhuac. El libro, en cualquier caso, constituye un modelo a seguir por los historiadores interesados en trazar el nacimiento, mejor la invención, consolidación y desarrollo de las tradiciones religiosas; porque modélica es la selección e interpretación de las fructíferas y diversas fuentes manejadas, y, no menos, el alarde de capacidad investigadora que subyace en el periodo cronológico abarcado: desde el indio Juan Diego al papa Juan Pablo II, o lo que es lo mismo, un intervalo que fluctúa a través de una variopinta gama literaria, laica y religiosa, que, pese a tener un hilo conductor, habría significado un grave obstáculo para alguien que no hubiese dedicado una considerable parte de su vida a decodificar mensajes escritos. Y es que a pocos investigadores he conocido con una inteligencia tan perspicaz como la de Brading a la hora de aprovechar la variedad de matices que subyacen en los textos hispanoamericanos de todos los tiempos, del Barroco o postcoloniales. De todo esto se deduce, sin olvidar otras valiosísimas aportaciones, que, a partir de aquí, quien quisiere saber los arcanos que esconde la leyenda en cuestión, creencia u otros entresijos del alma, quedan obligatoriamente emplazados en la lectura de Mexican Phoenix. Basta un apresurado repaso del contenido, o simplemente del índice, para comprobar cuánta sabiduría guardan las páginas de este excelente texto, fruto, como no podía ser de otra manera, de la dilatada experiencia humanística y reflexión de alguien que está culminando una etapa de madurez académica y científica sobrada de buenas obras, distinciones y méritos. Va, ya, larga la reseña y es conveniente dejar protagonismo a la opinión y la palabra de quienes leyeren este libro ejemplar de David A. Brading; de lo contrario, podrían acusar las mías de ser consecuencia del afecto y la admiración hacia un maestro británico de la historiografía hispanoamericana. Como fuere, él, al igual que S. Gruzinski, nos ha vuelto a recordar que las imágenes siguen librando una guerra con un final incierto.-CARLOS ALBERTO GONZÁLEZ SÁNCHEZ. Castillo Martos, Manuel, Bartolomé de Medina y el siglo XVI. Un sevillano lleva la revolución tecnológica a América. Índices onomástico, toponímico y de materias. Ya se nos había olvidado que un libro acerca de un personaje sevillano muy poco conocido en la mayoría de los ambientes cultos, podía despertar en nosotros nuevas reflexiones acerca del papel que juega la Sevilla del siglo XVI en la Modernidad. Tantas generalidades, vaguedades, lugares comunes, olvidos más o menos conscientes y permitidos...han ido dejando a un lado, desde los "fastos del 92", la impronta sevillana en América. Hace unas semanas leía en un diario, como una gran noticia, que un químico catalán se había pasado al mundo de la moda, mundo en el que procuraba aplicar sus conocimientos científicos. Yo me preguntaba si no era el mismo caso el de Bartolomé de Medina, aunque al revés. Su camino cultural y técnico se efectúa desde el mundo de los tintes al de la minería, aprovechando la necesidad, cada vez más acuciante, de utilizar metales preciosos en la decoración de ciertas telas y modelos, contribuyendo así a lo que hoy de una manera genérica se suele denominar "un desarrollo sostenible" en el juego de producción y aplicación. Y ello no lo presentamos como chauvinismo ni exageración meridional. Sencillamente es participar al reconocimiento de una personalidad, tal como hace mucho tiempo ya lo viene haciendo la ciudad adoptiva mexicana de nuestro Medina, como lo es Pachuca. Y consideramos que este es un gran mérito del profesor Castillo Martos: habernos descubierto al personaje y describirnos su proceso vital y profesional en un excitante e ilusionante ambiente de un gran momento histórico. Ha tenido la habilidad, circunstancia frecuente en él, de acercarnos a la psicología más íntima de un hombre que, sin grandes tratados y estudios al uso supo y pudo ir diciendo, y al mismo tiempo haciendo, lo que se debía efectuar para extraer más plata, que esta extracción fuese más barata y que la necesaria y fundamental actuación de la mano de obra se efectuase en un proceso que alcanzase sustanciosas mejoras laborales, sociales y económicas. Este libro, fruto de varios años de investigación y de reflexión cuenta con un esquema muy claro, a pesar de la complejidad del personaje y del tema: Bartolomé de Medina en la Sevilla del siglo XVI y en su ambiente alquímico y metalúrgico; planteamiento esencial de la situación minero-metalúrgica de Hispanoamérica en esa misma época. Al mismo tiempo se puede observar cómo influye Medina en la misma, deteniéndose en todas las novedades y facetas originales que van a impulsar, de una manera muy elevada, la producción de mineral de plata y, en consecuencia, la creación de riqueza; aunque ésta, con mucha frecuencia, no alcance la distribución adecuada y oportuna. Pero si, en cuanto al personaje y su actividad científica esta obra resulta atractiva e interesante, no lo es menos por lo que se refiere a otros aspectos muy importantes, aunque menos atractivos en la exposición. Porque esa misma atención y dedicación con la que Bartolomé de Medina se entrega a los cambios y novedades de la producción minero-metalúrgica, también se la ofrece, como hemos dicho antes, a la mano de obra, a la interpretación de lo que debía ser la colaboración de los individuos para con la sociedad y el estado. Es decir, nos encontramos ante un humanista, en el sentido más amplio y profundo del término, y, por supuesto, con todas las consecuencias. Incluso el propio proceso novedoso de amalgamación que él descubre y aplica, se convertirá en una de las técnicas más revolucionarias en el campo de la metalurgia. Hasta el fin de la época hispana en América tuvo aplicación con bastante éxito, siempre que acompañase la riqueza del mineral y de las vetas. Como suele decirse, los historiadores que nos llamamos, debemos agradecer este tipo de estudios y esta forma de hacerlos, porque nos permiten asomarnos a unas facetas del quehacer humano al que normalmente no somos capaces de acercarnos. Al mismo tiempo, podemos comprender y explicar mejor en la docencia ordinaria la producción minera argentífera, la colaboración del estado con la iniciativa privada, el anómalo incremento de la producción de determinadas épocas, la relación de la mina con su entorno, tanto el humano como el socioeconómico, etc. Por todo ello, felicitamos al autor, y nos felicitamos al mismo tiempo todos, por poder tener entre las manos esta obra, que además obtuvo el reconocimiento oficial al serle concedido el Premio de Investigación Ciudad de Sevilla, 2000, y, en consecuencia, fue presentada solemnemente, bajo la presidencia del Excmo. Sr. Alcalde de la Ciudad, en el Salón Colón del Ayuntamiento el día 31 de octubre del presente año 2001.-JOSÉ LUIS MORA MÉRIDA. Ibarra, Antonio: La organización regional del mercado interno Novohispano. México, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y Universidad Nacional Autónoma de México, 2000. Con gran acierto y fruto de las investigaciones llevadas a cabo por Antonio Ibarra sobre la problemática de los mercados coloniales y la historia de Guadalajara durante la colonia, la Benemérita Universidad de Puebla y la Universidad Nacional Autónoma de México editan esta obra, cuyo interés radica en la propuesta novedosa de un modelo cuantitativo de análisis para el estudio de la organización económica colonial de Guadalajara y su región. Especialmente valiosos han sido la lectura y análisis de un magnífico documento de la época, las Relaciones sobre Guadalajara que realizó el intendente José Abascal y Sousa en los años 1802 y 1803, documento que ha permitido establecer el enfoque regional del ensayo, el modelo de desarrollo regional y el manejo cuantitativo de la información, mediante el cual se propone un modelo econométrico de análisis del mercado regional. Así pues, uno de los objetivos principales de la obra ha sido, en palabras del propio autor, "redimensionar teóricamente los testimonios de la época que hayan procurado comprender sistemáticamente el funcionamiento de la economía colonial". El libro ha sido articulado en seis capítulos. El primero, como su propio título indica -acercamiento regional a la historia colonial novohispana-, centra buena parte de su análisis en el debate teórico existente sobre la historiografía económica regional y el concepto de región. Partiendo de los estudios de Sempat Assadaourian sobre la integración económica del espacio peruano, se han determinado algunos principios metodológicos sobre el concepto de espacio económico regional, defendiendo la necesidad de adoptar algunos modelos cuantitativos de las fuentes seriales que permitan explicar mejor la dinámica económica regional y la existencia de un mercado interno. No obstante, respecto al modelo cuantitativo propuesto, estoy de acuerdo con la idea apuntada por Ruggiero Romano en el postfacio del libro sobre la mirada estrechamente cuantitativista que persiste a lo largo de toda la obra, y que pierde de vista muchas variables cualitativas en su análisis. El capítulo segundo comienza su estudio por la presentación de un marco general de la Guadalajara colonial, atendiendo básicamente a la disposición del amplio espacio de la Nueva Galicia, señalando igualmente los límites jurisdiccionales de Guadalajara, en su triple vertiente judicial, eclesiástica y administrativa. Seguidamente se da paso a un estudio de la estructura demográfica, cuyo análisis parte del censo que realizara el visitador José Menéndez Valdés sobre la intendencia de Guadalajara entre los años 1791 y 1793, un censo que ha llegado hasta nosotros gracias a la publicación que hizo Ramón M.a Serrera de él hace una veintena años. Para una mejor compresión de los datos, Ibarra acompaña unos excelentes cuadros sobre la estructura étnica regional, cuya única pega radica en el título que emplea para su presentación bajo la fórmula de "relaciones interétnicas", título bajo mi punto de vista inexacto para presentar la proporción existente de población por grupos étnicos, jurisdicción por jurisdicción. El capítulo tercero se ocupa de los factores históricos que incidieron básicamente en un notable crecimiento de Guadalajara y su región en el último tercio del siglo XVIII hasta 1804, destacando la organización espacial del mercado regional y el crecimiento del centro urbano de Guadalajara y las funciones nucleares que comportaba. Un crecimiento que debe considerarse desde dos ópticas, como así señala el autor: "por una parte la integración urbano-rural de la región central de la intendencia y, por otra parte, la formación de territorios económicamente integrados y periféricos a Guadalajara y su región". Partiendo, en gran parte, de las informaciones que realizó Menéndez Valdés sobre el estado de la producción de la Intendencia en la visita practicada entre 1791 y 1792 -publicadas en sus famosas Noticias Corográficas-, se presenta un magnífico cuadro general de la producción de granos y en general de alimentos, de la industria ligera -básicamente textil y de curtiduría-, y de la producción pecuaria de la Intendencia. Por otro lado, la idea apuntada del papel destacado que cumplen los mercados mineros del Norte y Bajío, que actúan como auténticos motores de arrastre de la economía regional, permite en parte explicar la tesis de una creciente especialización intrarregional de la producción y la expansión de la economía regional por la combinación de una doble demanda interna y externa. Para ello han sido especialmente útiles los datos aportados por Herbert Klein sobre los ingresos efectuados en la Caja real del Guadalajara entre 1680 y 1809 en varios conceptos, como son los ingresos mineros o los ingresos por comercio; unos ingresos que sin duda ayudan a señalar cuales son las principales tendencias en el ritmo de crecimiento de la economía regional. Una de las conclusiones más interesante, pero también más controvertida del estudio, ha sido determinar la existencia de una economía regional que establece una doble relación con el sector externo, tanto como abastecedor de bienes de consumo e insumo de la minería para el mercado interno, como foco de atracción a su circulación interior de gran cantidad de medios de pago. Me remito igualmente a las dudas expresadas por Romano sobre el modo de pago de estas transacciones comerciales, especialmente cuando se pregunta si los valores de las producciones expresados en monedas, se realizaron realmente de esa forma, en moneda, o bien mediante el trueque de mercancías. El cuarto capítulo aborda la organización territorial del mercado regional de Guadalajara entre 1760 y 1803. Para ello se tienen en cuenta los factores que determinan la integración económica regional. El desarrollo de una agricultura comercial, de la ganadería de exportación y de las manufacturas locales permiten comprender una estructura económica diversificada impulsada tanto por la demanda interna como por la demanda extrarregional. Según el autor, se ha producido un debilitamiento de la función concéntrica de Guadalajara frente al protagonismo alcanzado por otras regiones periféricas en la demanda del mercado interno y que generan fuerzas centrífugas de mercado en dirección opuesta a la ciudad. En este sentido llama la atención la región de los Altos, cuya posición estratégica le permitía establecer relaciones de mercado directas con las minas de Zacatecas y Tierra Adentro. El autor nos remite igualmente por su importancia a otro foco de atracción de los Altos, en torno a la feria de San Juan de los Lagos, pese a los pocos datos que ofrece al respecto. Para finalizar, el capítulo se cierra con una exposición sobre las tipologías de mercados, partiendo de la teoría de la existencia de ciertas "rutinas" comerciales que permiten considerar otras posibilidades autónomas o periféricas de mercadeo simultaneas a las redes de intercambio que impulsa el centro solar. En el quinto capítulo se intenta rebatir la tesis defendida por Van Young sobre la existencia de un mercado regional en Guadalajara que, partiendo del modelo solar, define un mercado bien articulado hacia el interior en torno a su capital, pero encerrado en si mismo y sin conexiones y articulaciones externas. En un sentido diametralmente opuesto apuntan las conclusiones de la obra, afirmando la vinculación del mercado regional de Guadalajara con el sector externo y su articulación con el mercado interno colonial. El punto de partida para dicho análisis es el estudio cualitativo de los datos aportados en las Relaciones de Abascal y Sousa de los años 1802 y 1803, y la construcción conceptual del modelo cuantitativo propuesto. El sexto y último capítulo se centra en la lectura histórica del modelo econométrico. Aquí conviene resaltar la idea ya expuesta de forma implícita y explícita en capítulos anteriores sobre la definición de una economía regional diversificada y perfectamente integrada por esa doble articulación que presenta entre el abasto interno y el sector externo. Para concluir, se puede decir que el libro aquí reseñado constituye una buena aportación a los numerosos estudios realizados sobre la Guadalajara colonial. Sin constituir un estudio definitivo y cerrado a la economía colonial de Guadalajara en el siglo XVIII, su mérito radica en las novedades que aporta en cuanto a metodología empleada para el análisis de una documentación que sin ser inédita permite hacernos nuevas preguntas, y establecer nuevas miradas para los estudios de carácter regional y el análisis sobre las dinámicas de funcionamiento y organización del mercado interno colonial novohispano.-M.a ÁNGELES GÁLVEZ RUIZ. Es un hecho que muchos jóvenes latinoamericanos eligen y eligieron universidades extranjeras para cursar sus estudios. También es un hecho que muchos de ellos, después de volver, han jugado un papel importante en la vida económica y social de sus patrias respectivas, pero este hecho no ha atraído todavía la atención de los historiadores. Utilizar las matrículas de estudiantes como fuente histórica a lo mejor a primera vista parece un método extraordinario, sobre todo si se toma en consideración que estudios sobre la educación y su significación social normalmente forman parte de las ciencias sociales. El estudio de Jens Urban, originariamente una tesis de maestría de la Universidad de Hamburgo, muestra que el análisis de las matrículas sí puede producir resultados valiosos para la investigación histórica. El autor se ocupa, de manera ejemplar, de los estudiantes latinoamericanos que frecuentaron la Universidad de Hamburgo entre 1919 y 1970, de su procedencia geográfica y social, las razones que les movieron a empezar sus estudios en el extranjero en general y en Hamburgo en particular, qué papel jugaba el sistema universitario latinoaméricano etc. Según el autor, la tradición de Hamburgo como puerto mercantil y sus múltiples relaciones con los países de ultramar sin duda fueron factores importantes en el proceso de decisión de los futuros estudiantes y sus familias, además que una consecuencia de esta tradición fue el marco internacional de muchas de las facultades de la universidad, como por ejemplo de las facultades de medicina tropical, de economía, de romanística y del instituto iberoamericano. Un primer resultado del estudio subraya este hecho: la mayoría de los estudiantes procedía de familias mercantiles y venía de Chile o del Brasil, es decir de dos de los clásicos países de inmigración en Latinoamérica. Muchos de ellos fueron de prodecencia alemana. Al principio estudiaban sobre todo medicina, pero a partir de los años cincuenta se observa que creció el número de los que se decidieron en favor de los estudios de economía. Una contribución importante del estudio consiste en la inserción de este hecho en el contexto de la historia latinoamericana. Se solía decir que el hecho de que muchos estudiantes latinoamericanos estudiaran en el extranjero sólo fue una cuestión de prestigio. Jens Urban, sin embargo, expone la tesis que la elección de las carreras de medicina y de economía estaba relacionada estrechamente con los intentos de modernización en los propios países latinoamericanos. El estudio de la medicina que prevaleció en la primera mitad del siglo, según el autor, puede ponerse en el contexto del proceso de mejora de los sistemas de sanidad, mientras que se supone que el estudio de la economía que prevaleció a partir de los años cincuenta está relacionado con los movimientos de desarrollo de la economía interna de los países latinoamericanos. El autor no ha podido seguir los pasos de los estudiantes después de regresar a sus países, así que no le ha sido posible llegar a conclusiones acerca del efecto del saber adquirido. Aún así tiene el mérito de haber indicado una manera innovativa de adquirir nuevas informaciones sobre la historia política, económica y social de Latinoamérica.-ALEXANDRA SCHMITT. Lanuza y Sotelo, Eugenio: Viaje ilustrado a los reinos del Perú en el siglo XVIII. Edición de Antonio Garrido Aranda y Patricio Hidalgo Nuchera. Pontificia Universidad Católica del Perú, Fondo Editorial, Lima, 1998, XLII+254 págs., anexos documentales, índices onomástico y toponímico. Este libro se centra en la transcripción anotada, estudio y edición de un manuscrito guardado en la Biblioteca Provincial de Córdoba. Se trata de una crónica franciscana escrita por el sevillano Eugenio de Lanuza y Sotelo, en la que se recoge el viaje realizado por este religioso y otros miembros importantes de la orden seráfica desde su salida de Granada en febrero de 1735 hasta 1746, cuando aún permanecían en tierras peruanas. Durante esos diez años largos recorrerían los actuales países de Colombia, Ecuador y Perú en varias idas y venidas, ya que la Provincia franciscana de los Doce Apóstoles, cuyo comisario general residía en Lima, abarcaba todos los territorios españoles de la América del Sur. La obra está dividida en 36 capítulos, interrumpidos por la pérdida de un último cuadernillo, según los editores. La foliación es de un total de 187, divididos cada uno en recto y vuelto, lo cual significa que estamos ante una crónica extensa, a modo de diario de viaje. Como es lógico, la filiación franciscana del autor da a su texto el carácter de fuente referida al estado y los problemas de dicha orden en relación con el incumplimiento de la alternativa o alternancia, cada trienio, entre criollos y peninsulares, en los cargos de gobierno de estos religiosos. De hecho, Lanuza y Sotelo pasó a América como amanuense en el séquito del padre Alonso López de las Casas, nombrado nuevo comisario general de la Provincia franciscana del Perú, con el encargo de calmar las tensiones y violencias de los años anteriores en las elecciones conventuales, debiendo mostrar más independencia respecto al sector peninsular, claramente apoyado por los anteriores comisarios. Gracias al cuidadoso trabajo de los editores, el Viaje ilustrado a los reinos del Perú en el siglo XVIII nos muestra sus distintos aportes, a pesar de las limitaciones y compromisos del autor con "su" comisario general y con su orden. Por ello los aspectos religiosos constituyen algo latente a lo largo de todo el texto pero se tratan especialmente los problemas con que chocaba la citada alternativa de criollos y peninsulares en la jefatura de los franciscanos, asi como de otras órdenes asentadas en los territorios hispanoamericanos. Fray Eugenio Lanuza se alinea claramente a favor de las decisiones de su superior Las Casas, viéndole como un árbitro pacificador durante todo el relato mientras sus dos editores son más críticos, y yo estoy de acuerdo con ellos, al considerar que este comisario se decantó, igual que sus antecesores, por candidatos peninsulares en los capítulos provinciales de Cuzco, Lima y Chile, provocando con esa actitud nuevas alteraciones -petición de que se anulara el capítulo limeño o no impedir en Chile la elección ilegal de dos provinciales a la vez-en vez de calmar los ánimos. Como aspectos añadidos a esas informaciones, se recogen comportamientos irregulares de los religiosos -codicia, corruptelas en forma de regalos, contratos, apoyos a familiares, etc.-y aparece varias veces a lo largo del diario la palabra relajación, como reflejo de la crisis en que habían caído las órdenes masculinas y también las femeninas, que intentarían afrontar los obispos de la segunda mitad del siglo XVIII a través de la reforma denominada "la vida común". En contrapartida a tantas tensiones, este fraile viajero da una visión de normalidad y calma en los curatos que fue recorriendo la expedición franciscana. Las ciudades y pueblos son descritos con detalle, tanto en su geografía urbana como en sus instituciones civiles y eclesiásticas, fiestas y actividades económicas; entre ellos, Cartagena de Indias, Santa Fe de Bogotá (cap. 9) y otras ciudades colombianas, Quito (cap. 15) y los núcleos encontrados en el camino hacia el Perú hasta llegar a Lima (cap. 21), Huancavelica y Cuzco (cap. 23). En todos ellos la actividad del comisario general en los conventos franciscanos se convierte en tema obligado, casi como justificación de esas descripciones. Pero al narrador también le interesan los seres humanos que iba encontrando, desde los negros de Cartagena de Indias hasta los veinte mil vecinos de Lima, capital que él consideró mayoritariamente negra, mulata e india pues "no hay ni el diezmo de gente blanca" (cap. 21, pág. 106). En general se refiere poco a los indígenas, describiendo algunas edificaciones antiguas de ellos que le impresionaron en su abandono, junto a pervivencias de ritos, fiestas (recepciones, actos de brujería) y prácticas sociales muy extendidas como el amancebamiento, asi como unas pocas palabras -tambos, chasquis, soroche-ya incorporadas a la lengua española. Y como trasfondo de todo el Viaje ilustrado, la naturaleza, a la que se presta gran atención a lo largo de este diario de viaje. Desde "el dilatado llano que hay hasta Santa Fe, que en estos países llaman sabanas" (pag. 43), hasta los efectos provocados en Popayán por un terremoto ocurrido el 8 de diciembre de 1735, las cascadas del río de Bogotá y la fuerza del Magdalena, siempre difícil de atravesar, o las nieves del volcán Chimborazo. Las quebradas, arroyos y montes, forman parte viva del relato y en ese entorno aparecen una flora y una fauna distintas, a las que se intenta a veces buscar parecidos con los animales y plantas de la España metropolitana. Pero también se reflejan en ese texto temas de actualidad. Quizás porque el famoso marino Jorge Juan viajó hacia América en la misma expedición que el grupo franciscano, el padre Lanuza dedica un párrafo detallado (cap. 16) a la expedición franco-española mandada por Godin y La Condamine, que iba a medir un grado del meridiano terrestre en el Ecuador. Y aparece varias veces la preocupación por la presencia de piratas desde Panamá hasta Perú, describiéndose los ataques de Anson y Vernon con sus graves secuelas, al tiempo que se lamenta la incompleta defensa activa y pasiva de esas costas, pese a los grandes gastos en fortificaciones. Se trata, por tanto, de una buena edición, que pasa a formar parte de los textos de viajeros, más escasos si son escritos por religiosos. Su consulta formará parte obligada de futuros trabajos centrados en la fachada del Pacífico sudamericano durante la primera mitad del siglo XVIII.-M.a JUSTINA SARABIA VIEJO. Con el sugerente subtítulo de "el primer intento borbónico por reformar el Perú", Alfredo Moreno Cebrían edita la relación de gobierno del marqués de Castelfuerte, José de Armendáriz y Perurena, memoria cuya redacción en realidad fue encomendada por éste al polígrafo peruano Pedro de Peralta y Barnuevo. Como destaca en su prefacio Guillermo Lohmann Villena el que esta memoria sea en realidad la voz a través del cual se expresara el único criollo en aquella época capaz de dar una visión integral del Perú justifica la trascendencia de la reedición de esta fuente. A diferencia de la que en 1859 fuera editada en Lima por Manuel Atanasio Fuentes, quien transcribió la relación conservada en Santiago de Chile, Moreno Cebrián ha preferido utilizar el ejemplar conservado en la Biblioteca Nacional de Lima en su convencimiento de que el mismo es el original sobre el que se realizaron las copias que hoy se conservan en los repositorios de Santiago, Nueva York y Madrid. A esta relación de gobierno se anexa la memoria reservada entregada por el marqués de Castelfuerte a su sucesor, el marqués de Villagarcia, añadiendose como novedad una breve "advertencia" biográfica conservada en la Biblioteca Nacional de Madrid. El autor califica la Relación del marqúes de Castelfuerte de instructiva por ser la primera en dejar de ser un mero recuento frío e impersonal de hechos, característica de las memorias del siglo XVII, e incorporar reflexiones y valoraciones de indudable valor para la comprensión de la mentalidad e ideología de su época. A diferencia de la memoria del Conde de Superunda que editara el propio Moreno Cebrián en 1983, en esta ocasión la Relación no constituye el cuerpo principal de la obra sino más bien el complemento de un extenso estudio sobre la época del marqués de Castelfuerte que, prácticamente, abarca más de la mitad del libro y que esta elaborado a partir de una extensa documentación procedente de diversos repositorios de España y América y de una amplia bibliografía secundaria rigurosamente actualizada. El estudio de Moreno Cebrián esta dividido en cinco capítulos referidos a la biografía de Armendáriz y sus gobiernos eclesiástico, económico, político y militar. El mundo peruano al que nos traslada este autor cuando el virrey toma posesión de su cargo en 1724, como diría Juan Pedro Viqueira, es absolutamente el de una sociedad relajada y desarticulada en todos sus órdenes sociales. El gobierno de los curas seculares y regulares había dejado de observar las leyes y normas dictadas por el gobierno virreinal y se encuentran en una situación de "desorden moral". Los fraudes contra el Estado eran una práctica común y corriente entre los oficiales de la real hacienda, de la Casa de la Moneda así como entre el personal encargado del cobro de la alcabala y de otros impuestos estancados, extendiendose los tentáculos de estas prácticas ilícitas a los azogueros y mineros del circuito de la plata de Potosí y del mercurio de Huancavelica. En lo que respecta al gobierno político, el aumento de la inseguridad y la criminalidad hace evidente la alarmante decadencia del orden público, complicándose este panorama con la cotidiana falta de higiene en las ciudades y el crónico desabastecimiento de los centros de acopio y venta de productos. La población indígena comienza a rebelarse contra la explotación derivada del sistema de la mita minera. Por último, la seguridad militar dejaba mucho que desear debido al estado de abandono en que se encontraban las defensas y los situados y la inexistencia de naves de guerra. En otras palabras, los males eran generalizados y en la relación de gobierno no se dudaba en achacar el problema a la ineptitud de los virreyes-arzobispos que gobernaron el Perú a principios del siglo XVII, enfilándose especialmente la crítica sobre el antecesor de Castelfuerte, el arzobispo Diego Morcillo Rubió de Auñon, quien luego de dejar el poder se mantuvo en el máximo cargo religioso e iba a sostener una tenaz pugna personal con aquel virrey hasta 1730, año de su fallecimiento. Con evidente razón Moreno Cebrián denomina al gobierno de Castelfuerte como el primer intento serio de reestructurar el virreinato peruano ya que el mismo se asemeja en algunos de sus objetivos a la más ambiciosa pero igualmente inconclusa reforma administrativa borbónica impulsada cuatro décadas más tarde por Carlos III y sus asesores. En efecto, Castelfuerte apuntó a "acabar con la inmoralidad religiosa" recomponiendo y defendiendo el patronato real a pesar de la oposición del arzobispo, de los obispos, de los curas doctrineros y de las ordenes religiosas. Asesorado por Pedro de Peralta y Barnuevo intentó revitalizar la Universidad de San Marcos controlando las oposiciones a las cátedras. En el terreno económico, su más importante empresa fue practicar una revisita general de indios con el fin de actualizar la realizada por el virrey La Palata y cuyo resultado condujo en 1729, cuando la revisita concluyó, a que "aparecieran" en las tasas 22,488 nuevos tributarios. Este exito le condujo a reforzar las mitas mineras a Potosí y Huancavelica que continuaron siendo forzosas. El combate global al fraude fue pragmático pues este se limitó a reprimir los casos descubiertos con penas leves a los autores en un intento de no perjudicar el funcionamiento del sistema. El combate al contrabando y el comercio ilícito con Buenos Aires, Panamá o México se intentó resolver reforzando el control sobre los permisos concedidos a los navíos y aumentando las penas. En lo que se refiere a la política, destaca el esfuerzo de entendimiento entre Castelfuerte y la Audiencia que sirvió de marco para la consolidación del proceso de criollización de esta última institución, aunque menos suerte tuvo en su intento de reasumir la facultad de nombrar los cargos públicos, en especial el del corregidor, y en su deseo de regularizar las transacciones vinculada al reparto de mercancías ejercidas por aquellos. Por último, en el ámbito de la reforma militar destaca la reconstrucción de los situados y las defensas de Lima y el Callao luego de descartar la posibilidad de implementar el proyecto más ambicioso de constituir una fuerza terretre permanente por su alto costo. ¿En qué medida se alcanzaron estos objetivos? De la propia memoria pareciera desprenderse que la incomprensión ante los afanes reformistas del virrey así como la propia crisis económica impidieron que muchos de los objetivos terminaran plasmándose o simplemente empezaran a ejecutarse. Sin embargo, el juicio definitivo acerca de esta fallida empresa oficial provendrá con seguridad de los futuros estudios de caso que sigan haciendo los historiadores en los terrenos económico, político, social y cultural. En suma, el estudio de Moreno Cebrián proporciona al investigador el marco general para adentrarse a la comprensión de una coyuntura poco estudiada pero vital en el virreinato peruano. Su intento de proporcionar una visión general de las décadas más desconocidas de la llamada centuria de las rebeliones andinas junto con la reedición de una memoria de consulta indispensable, otorgan a este libro un lugar especial entre los esfuerzos editoriales relacionados con la publicación de fuentes históricas.-VÍCTOR PERALTA RUIZ. Pita Moreda, María Teresa: Mujer, conflicto y vida cotidiana en la ciudad de México, a finales del período español, Madrid, Publicaciones del Ayuntamiento de Alcalá de Henares, 1999, 246 págs. Esta valiosa contribución a la historia de la familia novohispana recibió en 1998 el Premio "María Isidra de Guzmán". Se trata concretamente de un estudio de la conflictividad en el seno de las familias residentes en la ciudad de México en las postrimerías del período colonial. María Teresa Pita nos muestra con claridad que "el conflicto familiar era la arena donde se negociaban los límites de comportamientos individuales definidos según el contexto de la sociedad patriarcal novohispana" (pág. 12). Para analizar la situación de las mujeres con tal perspectiva, la autora escogió acertadamente como hilo conductor de su obra "historias individuales cuya importancia radica en su acercamiento a su propia realidad humana" (pág. 15). Se trata de casos que llegaron ante los tribunales eclesiásticos, civiles y militares, y que se encuentran en diversos archivos. En la ciudad de México, la autora acudió al Archivo General de la Nación, al Archivo Histórico del Ayuntamiento y al Archivo del Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal. Consultó también fuentes primarias del Archivo General de Indias de Sevilla y del Archivo Histórico Nacional, la Biblioteca Nacional y la Academia de la Historia de Madrid. El análisis crítico de estas ricas fuentes documentales pone de relieve los propios discursos llevados por los distintos protagonistas y por ende descubre unas posiblidades de actuación de las mujeres más amplias y más complejas de las que refleja la historiografía tradicional. Ahora bien, la autora comparte con sus lectores las dificultades de la interpretación y del análisis de los documentos, así como las lagunas que impiden la reconstrucción satisfactoria de ciertos hechos. Por una parte, es innegable que los casos escogidos son por definición una excepción a la norma, ya que representan los casos de conflictos conyugales que transcendieron el ámbito familiar por el recurso a la mediación de actores externos. Se podría por lo tanto objetar que ofrecen una imagen más dramática de las relaciones familiares de lo que eran en realidad. Aceptando esa premisa, se pueden sin embargo conocer las expectativas de los cónyuges a lo largo de las etapas de los pleitos, ya que la meta perseguida siempre era restaurar la armonía familiar. Por otra parte, cabe subrayar que las fuentes empleadas no permiten un estudio detenido de los comportamientos de las mujeres de las capas altas, ya que por evitar el deshonor las familias involucradas se esmeraban en que los conflictos no salieran a la luz pública. Escrito en un estilo preciso y ameno, la obra se dirige tanto a un público de investigadores especializados como de estudiantes u otros lectores menos versados en esta temática. Empieza por una presentación demográfica y socio-económica de la ciudad de México en las postrimerías del siglo XVIII, que constituye el escenario donde se desenvuelven los protagonistas de los casos descritos y analizados posteriormente. En este marco se hace una valoración de la coincidencia de una legislación tutelar y proteccionista con respecto a las mujeres y de los comportamientos reales de las capitalinas de todos las clases sociales. La autora hace hincapié en el hecho de que las mujeres, ante la ley, constituían un ente colectivo definido por su comportamiento sexual y su posición subordinada en el seno de la familia y de la sociedad. A partir de la pervivencia de los conceptos de honor y honra, María Teresa Pita pone de realce la existencia de una doble moralidad femenina que permitió el desarrollo de una mayor libertad sexual y moral mientras se conservaban las apariencias requeridas, como lo subrayó Philippe Ariès refiriéndose al concepto de honor en la Edad Moderna: "l 'individu n' était pas comme il était, mais comme il paraissait, ou plutôt comme il réussissait à paraître". El estudio del sistema procesal y penal permite cernir y profundizar este interesante desfase entre la teoría legal y la realidad social de las mujeres novohispanas. Cabe recordar que en asuntos de conflictos familiares, los tribunales de justicia actuaron más como mediadores preocupados por mantener la unidad familiar definida por las leyes que como justicia retributiva. La autora ha sabido poner en evidencia la paulatina disminución de la capacidad de negociación de las mujeres en el contexto de la recuperación progresiva del conjunto del sistema judicial por parte del Estado, en detrimento de la Iglesia, y la voluntad de aquél de reforzar la autoridad del cabeza de familia masculino. Es ilustrativa a este respecto la evolución del papel de uno de los mecanismos principales de control y represión de la delincuencia femenina: los recogimientos, que adquirieron un carácter totalmente secular y carcelario, muy alejado de sus primeros fines de protección definidos por las instituciones eclesiásticas. Confirma la autora las conclusiones de las escuelas de sociología al destacar que la gran mayoría de los delitos femeninos correspondían a infracciones a los códigos morales y sexuales vigentes, o sea principalmente adulterio y amancebamiento. Las condiciones de ingreso y de estancia en estos centros subrayan la vulnerabilidad legal de las mujeres en la sociedad novohispana colonial. En este momento del desarrollo del tema, María Teresa Pita Moreda profundiza y amplia los planteamientos de Josefina Muriel en su obra de referencia sobre Los recogimientos de mujeres, al dejar atrás una mera descripción de estas instituciones y aportar con su análisis unos datos importantes sobre las condiciones de vida de las reclusas y las sentencias judiciales -civiles y eclesiásticas -que llevaron a su ingreso. La reflexión sobre la práctica de la historia y las modalidades de su escritura lleva hoy en día a un rescate de las fuentes originales e incluso a su reinterpretación, que pone en evidencia los discursos de los verdaderos protagonistas de los hechos estudiados, con el fin de restituir con más exactitud, y más flexibilidad a la vez, los acontecimientos y las categorías sociales involucradas en ellos. Con esta perspectiva, María Teresa Pita Moreda logra precisar las actuaciones de las mujeres inmersas en conflictos familiares en la ciudad de México a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX. Nos ofrece un retrato matizado de la posición de las capitalinas frente a la legislación vigente y a su entorno social, situación compleja por las fisuras en una autoridad no arbitraria del cabeza de familia masculino. Se puede lamentar que los excesivos errores topográficos empañen la lectura de una obra cuya temática es tan apasionante.-ÁNGELA CARBALLEDA. 368 págs., 10 tablas, apéndice con los datos básicos para la historia del Brasil, una lista de los gobernantes y una de fechas. La historia latinoamericana sigue siendo percibida sólo marginalmente en Alemania. No en último lugar esto se explica por la falta de estudios de conjunto que sean bien escritas y bien fundadas a la vez. Esta "Breve historia del Brasil" seguramente contribuye a hacer el tema asequible a un vasto público. Los autores son tres americanistas reconocidos que se han propuesto explicar la realidad del Brasil actual a través de su evolución histórica. El libro consta de tres partes correspondientes a los distintos autores. La primera parte, escrita por el profesor Horst Pietschmann de la Universidad de Hamburgo, comienza con la expansión portuguesa en el siglo XV, analiza su causas y sus condiciones tanto políticas como sociales y financieras para después describir los comienzos del proceso de colonización con su extraña mezcla de rasgos tradicionales y modernos, sin olvidar la contribución de la población indígena a la formación de la sociedad y del sistema económico. Expone luego los principios de la organización estatal y económica, habiendo sido esta última desde el primer momento concentrada en la exportación de un producto único, sea el palo del Brasil o más tarde el azúcar o el café. Concluye esta parte con las postrimerías del siglo XVIII. El autor muestra el Brasil como un país heterogéneo -aun después del reformismo de Pombal-amenazado no sólo por una quiebra entre sus territorios integrantes, tan diversos entre sí, sino también por la quiebra entre colonia y metrópoli. Retoma ahí el hilo de la narración el profesor Walther L. Bernecker de la Universidad de Erlangen-Nuremberg quien prosigue exponiendo el traslado de la corte portuguesa al Brasil y sus consecuencias para el transcurso de la independencia brasileña, tan distinto del de los otros países latinoamericanos. Hace luego un análisis crítico de los resultados de la independencia o sea de la valoración de ésta en la literatura histórica. Basándose en la empírica y en los resultados de estudios recientes, se vuelve contra explicaciones teóricas, tanto liberales como neomarxistas, para concluir que el lento crecimiento económico del Brasil en el siglo XIX no resultó solamente de su dependencia del comercio exterior, sino también de la incapacidad de los gobernantes de desarrollar la industria y el comercio del interior. Ni siquiera se proveyeron las condiciones indispensables como la alfabetización. El análisis de los problemas políticos de esta época gira en torno a los conflictos entre liberales y conservadores, la hegemonía de los hacendados, el creciente poder de los militares y más tarde los debates sobre la abolición de la esclavitud y de la monarquía. La tercera parte, compuesta por Rüdiger Zoller de la Universidad de Erlangen-Nuremberg, empieza describiendo el final del imperio y el principio de la primera república. Analiza los problemas de los estados brasileños del siglo XX, cual fue por ejemplo el regionalismo, que acabó por debilitar el poder central allanando el camino para el régimen militar.Los problemas socio-económicos resultaron, según la exposición del autor, sobre todo del creciente endeudamiento que ni siquiera la industrialización y el "boom" respectivo podían descartar, lo que llegó a poner fin al gobierno de los generales. La relación termina con el gobierno de Cardoso, llamado a solucionar los problemas cuyos raíces están fuertemente arraigados, como acabamos de ver, en la historia del Brasil. En este respecto el libro cumple su promesa de hacer inteligible el presente del Brasil a través de la historia. Un gran mérito consiste seguramente en el hecho de que, a pesar de haber sido escrito por tres autores distintos, el libro muestra una cohesión interna que revela la continuidad de ciertos rasgos de la historia brasileña. Falta, sin embargo, el estudio de la historia cultural anunciada en la cubierta. A pesar de eso, es de desear que se escribieran más libros como éste contribuyendo a la difusión del conocimiento de la historia de Latinoamérica en estas partes.-ALEXANDRA SCHMITT.
Las reuniones científicas tienen la rara cualidad de buscar amalgamar con tanta eficacia como el azogue el circuito de la transferencia de conocimiento, aquilatando en buena plata cuanto la investigación requiere de las fuentes. El Coloquio Internacional La Cultura de dos Mundos. Identidades e imágenes de la Edad Moderna celebrado en Sevilla, del 6 al 9 de febrero de 2001, tuvo a bien procurar tal debate y obtener un resultado de panoplia de las corrientes actuales en torno a la historia cultural y la transferencia mutua entre el Viejo y el Nuevo Mundo. El encuentro fue fruto de una interesante colaboración entre el ra de Sor María de la Antigua, una religiosa que despertaría interés y curiosidad tanto en la Península como en el siglo XVIII americano. La primera sesión adentró a los asistentes en el mundo de los modelos culturales propuestos en la Edad Moderna y los medios para su control por parte de las instituciones, desde la Inquisición (revisada por Ricardo García Cárcel) a la Universidad (a través del estudio de las censuras en Nueva España estudiadas por Carmen Castañeda). Eso sí, también se repasaron aquellas propuestas contraculturales y mecanismos para romper los cauces ideológicos trazados por la ortodoxia y supervisados por la Inquisición (la panoplia de posibles estudios investigaciones pendientes para el caso de Andalucía quedó de manifiesto en el trabajo de Manuel Peña Díaz). Esto permitió abrir el debate a las cuestiones más recientes en torno a la fiabilidad y credibilidad de las fuentes inquisitoriales, discutiéndose al respecto las teorías recientes y las réplicas sobre el criptojudaísmo o no de los primeros procesados. La atención, más tarde, se dirigió a otras fuentes. Las que permiten, a través de un pleito por ejemplo, adentrarse en las lecturas (como puso de manifiesto Berta Ares para el caso peruano), o bien, a través de la escritura realizada desde la cárcel aproximarse a las habilidades y dominio gráfico de los procesados (el estudio de esta escritura cautiva que logra salir fuera del encierro por las vías más insospechadas fue objeto del análisis de Antonio Castillo). La segunda sesión fue dedicada a las imágenes y los textos que nos transmiten el mundo americano a través de las crónicas, la literatura, los dibujos, etc. Los discursos con los que se elaboran y las representaciones que son construidas para dar sentido a la conquista, para explicar el dominio colonial, para reinterpretar las relaciones en la nueva sociedad americana; en fin, todos aquellos entramados que hacen del discurso un mecanismo de explicación, justificación y representación. El análisis de la literatura europea trasplantada en el mundo americano y la elaboración del discurso de la prosa, las crónicas y la poesía hispanoamericana centraron las discusiones de Carmen de Mora, Fermín del Pino, Trinidad Barrera y Consuelo Valera. También pudimos asistir a una relectura de las imágenes urbanas contenidas en la obra de Guamán Poma como una interpretación de la Ciudad de Dios de San Agustín por parte de R.L. Kagan. Un enfoque distinto siguió Pablo E. Pérez Mallaína, que rastreando documentos pudo dar con las claves para intentar comprender las explicaciones elaboradas en torno a los movimientos sísmicos en Lima. La tercera sesión se ocupó de las formas de la religiosidad, analizando la elaboración de los modelos culturales socioreligiosos y la evolución del mundo religioso moderno desde ópticas diversas. Tuvimos ocasión de analizar los fundamentos teológicos que contribuyen a la justificación y consolidación del culto a las imágenes colocando en un paradigma católico y eclesial los fenómenos de devoción en un brillante trabajo de síntesis de David Brading. Esta vertiente pudo ser estudiada al tratar el proceso de "construcción" del santo y su resolución final como discurso en la hagiografía tal como fue desmenuzado en la conferencia de José L. Sánchez Lora. Asistimos a un revelador análisis de la oferta de los libros devocionales que orientan todo el universo de las prácticas y otros muchos elementos que alimentan el imaginario religioso común de la época en el rastreo de libros devotos usuales realizado por C.A. González Sánchez. También tuvimos ocasión de conocer los trasfondos de los conflictos ideológicos ligados a los fenómenos de devoción en la Sevilla de comienzos del siglo XVII en un trabajo elaborado por José A. Ollero Pina que ojalá tenga continuación. En las sesiones pudimos entonar el "Más líbranos del mal" en oraciones profanas y sátiras del mundo al revés que nos presentó Salvador Bernabéu. La cuarta sesión permitió ahondar en las raíces culturales de ambos mundos. El análisis del universo común de referencia en los paradigmas de una cultura propia que esta ligadas a problemas similares a ambos lados del Atlántico permitió conocer mejor el trasfondo general de una época, como reveló la exposición de Fernando R. de la Flor. Los ponentes se ocuparon de la originalidad y las continuidades en la aclimatación e interacción de los proyectos de transferencia cultural y su impacto en la ciencia, las universidades y las artes. Los temas fueron engarzándose y cubriendo desde los primeros atisbos del humanismo en Indias (analizado a través de los intereses comunes en torno a temas bíblicos por Luis Gómez Canseco), el erasmismo sevillano de la primera mitad del siglo XVI (estudiado por Juan Gil) o los fenómenos literarios de la Lima de principios del XVII en la Academia Antártica revisada por Sonia V. Rose. Finalmente José Luis Peset retomó diversas cuestiones al ocuparse de la ciencia al final de la colonia. De este modo fue posible comprender mejor los modelos de referencia en cada caso, su evolución y adaptación institucional en las universidades y centros educativos del mundo americano como puso de manifiesto la síntesis de los trabajos realizados de Luis E. Rodríguez San-Pedro. La quinta sesión dedicada al imaginario y la sociedad ofreció una oportunidad de síntesis de numerosos temas planteados; a través de ponencias en torno a la vida cotidiana de México por Pilar Gonzalbo o las difíciles condiciones sanitarias de las ciudades revisadas por Juan Ignacio Carmona García. Las trayectorias familiares y personales de las mujeres abandonadas a raíz de la emigración americana de sus maridos y la decidida apuesta de estas por narrar sus circunstancia permitió a María J. de la Pascua Sánchez ofrecer testimonios de enorme valía. La identidad de género dio paso a las tesis de Solange Alberro sobre la elaboración de símbolos identitarios criollos, mostrando el interés de la pertenencia y de las apropiaciones que en torno a estas cuestiones elaboró el clero novohispano. Aún quedó aliento para más. Clive Griffin analizó la vida profesionales de los operarios de las imprentas españolas en tiempos de Felipe II. Ya a los postres y con sabio acierto, permítasenos la libertad, Enriqueta Vila Vilar elaboró una síntesis sobre la identidad del indiano dando cuenta del segmento de comerciantes ligados estrechamente, como pocos, a esos dos mundos, culturalmente imbricados, que fueron objeto de este intenso coloquio. Finalmente en la conferencia de clausura Ramón M Serrera Contreras analizó las imágenes pictóricas producidas en el mundo colonial, siguiendo cuidadosamente la reconstrucción del modelo iconográfico y su reproducción y adaptación al (y en el) mundo americano y así como la llegada a España de tales modelos de vuelta tras su paso por América en los siglos XVI-XVII. Fenómeno este último poco conocido y sobre el cual se dio cuenta de numerosas casos, centrándose en algún aspecto como la representación de la Trinidad muy original. PEDRO J. RUEDA RAMÍREZ Seminario «América Latina y lo clásico» Erice (Sicilia), 1, 2 y 3 de marzo de 2001 Erice, antiquísima población enclavada sobre el monte San Giuliano, en la provincia siciliana de Trapani, ha sido el escenario privilegiado de este seminario organizado por la Sociedad Chilena de Estudios Clásicos, con el generoso auspicio del Istituto Siciliano di Studi Politici ed Economici (ISSPE). Durante tres jornadas intensas se reunió allí un buen grupo de investigadores y defensores de la herencia grecorromana para examinar aspectos diversos del legado clásico en el mundo ibérico y americano. El certamen resultó un éxito gracias a la empeñosa y acertada conducción de la profesora Giuseppina Grammatico, siciliana de origen, radicada hace muchos años en Chile y actualmente presidenta de la Sociedad Chilena de Estudios Clásicos. Lo clásico, que nació y se desarrolló en la cuenca mediterránea, llegó a América con los colonizadores del siglo XVI y fue acogido en los distintos territorios de manera diversa, según la idiosincrasia de las respectivas sociedades indianas. Los rasgos característicos de este proceso han de ser estudiados si se quiere comprender la razón de las diferencias que se dan en cada zona y, a la vez, conocer cabalmente el estado actual de la situación. Por ello, la búsqueda propuesta en el seminario de Erice comporta también el esfuerzo de una rememoración profunda, partiendo del análisis de las fuerzas religiosas, políticas y de otra índole que han originado aquellos procesos particulares, interactuando entre sí y presionando para otorgar a lo clásico presencia y consistencia en el Nuevo Mundo. Es evidente que, durante el período que va del coloniaje hasta la actualidad, la presencia de lo clásico se ha ido debilitando en nuestra América hasta perder el vigor necesario para operar activamente y producir frutos. Felizmente, hoy en día se perfila un movimiento de revitalización incipiente, del cual quizá aún no se ha tomado conciencia. Tímidamente vamos descubriendo que lo clásico no es algo accesorio, que su ausencia produce daños difícilmente mensurables y que, en un mundo donde todo deviene cada día más desechable, sólo lo clásico se yergue C R Ó N I C A S Anuario de Estudios Americanos como «algo para siempre». Todo esto surge de un atento examen de las manifestaciones en donde lo clásico se hace presente, mostrándose ya no como simple imitación, sino como re-generación, re-creación, experiencia renovada que obliga a repensar el hoy a partir del ayer. Bajo tales premisas, pues, se convocó y se llevó a cabo el seminario ericino de marzo de 2001, que contó con la presencia de dieciséis expositores. Cinco de ellos provenían de naciones de la cuenca mediterránea (España, Grecia, Italia, Portugal) y los once restantes de países latinoamericanos (Argentina, Brasil, Costa Rica, Chile, Perú). Se leyeron, además, las comunicaciones de tres participantes que no pudieron llegar hasta Sicilia. Haciendo un balance de los logros y perspectivas en el estado actual de la cuestión, la profesora Grammatico se ocupó de enfatizar la dimensión ética y estética de la humanitas clásica y su validez en nuestra vida del tercer milenio. Es un hecho que lo clásico sirve todavía hoy como instrumento fundante y edificante, que ayuda a discernir lo sano y congruente y va acompañado de una larga experiencia -sea, tradición-histórica y cultural. Debe tenerse en cuenta que la lectio (enseñanza) de los antiguos no está muerta, pues ha sido tantas veces impugnada como rehabilitada a través de la historia. Se hace indispensable, entonces, recuperar los valores más importantes de la Antigüedad, rescatando las esencias del anhelo de gloria con Homero, de la magnificencia de la verdad con Platón, del poder de lo divino con Esquilo, de la opulencia de la naturaleza con Teócrito, de la grandeza y pequeñez de lo humano con Terencio, de la vehemencia de la pasión política con Cicerón, de la inconmensurabilidad del dolor con Virgilio (por citar sólo algunos nombres emblemáticos). No hay que olvidar, por cierto, que muchas de las concepciones y complejidades de la llamada «aldea global» de la postmodernidad se hallaron prefiguradas en un estado tan vasto, multiforme y pluriétnico como el Imperio Romano. Y no pocas de esas complejidades fueron resueltas con un sentido de equidad y respeto que hoy nos conmueven. En fin, el ambiente cordial y positivo en que se desarrollaron las jornadas de Erice ha facilitado las condiciones para emprender un plan de acción que, en cada país de América Latina, deberá promover la reactualización de la cultura y las lenguas clásicas. Se trata de un plan general tendente a destacar ideales y valores perennes, capaces de alimentar y orientar a las nuevas generaciones, siempre más frágiles ante el acoso de fuerzas que amenazan destruir sus metas y sus corazones. De este modo se garantizará, en nuestras comarcas del Extremo Occidente, la continuidad de la vigorosa simiente de civilización grecorromana. Presentamos a continuación la lista de las comunicaciones que se leyeron en este seminario, de acuerdo al orden de exposición: Christos Clairis (Grecia-Université de Paris V, Francia). II Seminario hispano-venezolano "Poder y mentalidades en España e Iberoamérica (siglos XVI-XX). En el marco del convenio de cooperación académica suscrito entre la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense y la Universidad del Zulia (Maracaibo, Venezuela) se ha celebrado durante el pasado mes de mayo en el Centro de Estudios Históricos de la universidad venezolana, el II Seminario sobre el sugerente tema de "Poder y mentalidades en España e Iberoamérica". Durante los tres días que duró el evento ha quedado de manifiesto la importante labor llevada a cabo durante los últimos años por un grupo de profesores de ambas universidades y los notables resultados alcanzados a través del intercambio científico realizado entre ellos, cuyos primeros avances en la investigación conjunta ya habían sido presentados en el primer Seminario convocado en Madrid, en mayo del 2000. Hace ya muchos años que numerosos investigadores se hallan embarcados en la tarea de estudiar la complejidad, funcionamiento y dinámica del poder en los estados del Antiguo Régimen pero, de todos ellos, fue Norbert Elías, en su excelente trabajo sobre La Sociedad Cortesana (1969) quien llamó la atención sobre las enormes dificultades existentes a la hora de separar los asuntos personales de los oficiales y/o laborales en la articulación del juego social de aquellas sociedades, haciendo especial hincapié en la idea de que los lazos, afinidades y rivalidades profesionales así como las amistades o enemistades personales era lo que realmente influía en la conducción de los asuntos gubernamentales. Acorde a esas directrices, en la actualidad, muchos historiadores han apostado por emplear técnicas metodológicas novedosas como la prosopografía, para ampliar sus estudios a las relaciones sociales de todo tipo, desde las laborales a las clientelares pasando por las económicas, religiosas o culturales, intentando comprender dicha dinámica social como una estrategia más en el acceso y práctica del poder. En esa línea, otra variable a tener en cuenta es la propia complejidad de dichas redes en lo social, en lo económico, en lo institucional y en lo cultural, que necesitaba articular todo tipo de medios para hacer efectiva su influencia, de ahí que la propia red acabaría convirtiéndose en el instrumento fundamental en las luchas políticas. De ahí que, hoy día, nadie ponga en duda que para acometer el estudio del poder, de sus agentes, de sus formas e instrumentos de dominación es preciso intentar descubrir las relaciones, las redes y las tramas que se iban creando entre los individuos que lo detentaban, y que fue desarrollando un tejido, cada vez más complicado y tupido desde el cual estos agentes, inmersos en unas relaciones interdependientes por múltiples lazos -clientelares, familiares, laborales etc.servían de instrumentos de intermediación entre el Estado y los súbditos. En este sentido, no parece pertinente el estudio de los individuos aislados sino más bien de los grupos, preferentemente las elites, insertados en redes a través de las cuales establecen sus juegos de alianzas, hacen valer sus compromisos, manipulan sus influencias y desarrollan sus simpatías y/o enemistades en función de sus propios intereses, de manera que diseccionando dichas redes a través de todas las capas existentes, puede obtenerse también un panorama bastante aproximado de la mecánica y funcionamiento del poder, indispensable para entender la evolución y dinámica de dichas sociedades a través del tiempo. Del mismo modo, es fundamental resaltar el substrato ideológico y los condicionamientos mentales que estaban detrás de las formas que revisten en la práctica las luchas por el poder con todas las repercusiones que ello implica, necesariamente, en el campo de las mentalidades. Dada la complejidad del tema abordado -Poder y mentalidades en España e Ibero-América-, el extenso marco cronológico a que se refería -siglos XVI al XX-y la diversidad de especialistas congregados, las ponencias y comunicaciones presentadas tuvieron, necesariamente, un carácter muy variado, lo que aportó tal riqueza de contenidos, aspectos y matices a las sesiones de trabajo que generaron unos debates intensos y unas discusiones realmente interesantes, revelando la notable calidad científica de los trabajos presentados. El balance, por tanto, ha resultado enormemente positivo y no sólo por las polémicas en él suscitadas -siempre muy enriquecedoras para los presentes-, sino por haber sabido plantear dichos resultados no tanto como conclusiones de una investigación terminada sino como pequeños avances en un tema obligatoriamente abierto y necesitado de otros estudios que ayuden a situarlo en su verdadera dimensión, algo que no pasó desapercibido a los asistentes, que se comprometieron allí mismo a proseguir esta línea de investigación. El primer día las ponencias estuvieron a cargo del Dr. Enrique Martínez Ruiz, de la Universidad Complutense y de la Dra. Belín Vázquez de Ferrer, de la Universidad de Zulia, Coordinadores del Seminario, versando sobre "Protagonistas del poder en la España Moderna: el ejército de los Austrias" y "De la elite maracaibera a la dimensión social del poder en Maracaibo, siglos XVIII-XIX", respectivamente. En la primera se analizó exhaustivamente, por un lado, la significación de la creación del ejército permanente en el contexto del estado moderno, obra llevada a cabo por los Reyes católicos al término de la Guerra de Granada y, en segundo lugar, el estudio de todo el aparato bélico y la infraestructura militar que iba generándose al compás de los tiempos, basada en la fuerza de la caballería pesada en la primera época, hasta la creciente importancia de la infantería, convertida en la principal arma en el campo de batalla; así mismo de las reformas más importantes acometidas, fundamentalmente, por Carlos V, el llamado "ejército para el interior" y Felipe II en el "ejército para el exterior"; y cómo dicha estructura básica permanecería a lo largo del siglo XVII, sin alteraciones significativas, hasta revelarse inoperante al advenimiento de los Borbones. La segunda ponencia se inscribe dentro de una corriente historiográfica novedosa en la C R Ó N I C A S Anuario de Estudios Americanos actualidad, centrada en la dimensión social del poder a través de sus agentes, y que en este caso tomó de modelo la sociedad de Maracaibo en la significativa etapa de tránsito entre los siglos XVIII y XIX, momento en que puede rastrearse la génesis de una elite que cumpliría un papel fundamental en el proceso de la independencia nacional venezolana; debido al "carácter multiforme y polimórfico de las familias y grupos elitistas" que protagonizaron este decisivo hecho. El estudio fue necesariamente complejo, teniendo que abordar desde el entramado real y simbólico de las redes de relaciones establecidas entre las elites, hasta las prácticas sociales y colectivas, sin olvidar la construcción de sus identidades así como el proceso de formación de los espacios de poder que acaban desembocando en la construcción del estado. Por su parte, las comunicaciones presentadas giraron sobre la identidad de los diversos agentes sociales, ya fueran culturales o burocráticos, y su papel en la configuración de redes clientelares: "Los agentes culturales del Renacimiento al Barroco, en Nueva España" (Jaime González Rodríguez) y "Poder y redes sociales en el gobierno provincial de Maracaibo. 1787-1812" (Ligia Berbesí de Salazar), así como la imagen del poder en "Milagro, belleza o las máscaras del poder. (El sonido de la máscara en las Cabimas de 1818)" (Carlos Medina). El segundo día las ponencias presentadas giraron sobre el diseño de los espacios geográficos que acabarían conformando el organigrama administrativo de la nación venezolana (Drs. Germán Cardozo Galué y Arlene Urdaneta Quintero: "Las regiones en la formación del Estado y Nación en Venezuela. Siglo XIX"), y sobre los protagonistas del poder (Dra. Gloria A. Franco Rubio: "Los actores de la sociabilidad ilustrada en España: proyectos y realizaciones"). La primera se centró en el estudio de la compartimentación del territorio existente en Venezuela durante los periodos aborígenes y colonial, así como el conjunto de sociedades que crecieron y se desarrollaron en ellos, analizando sus específicos procesos a nivel social, económico, político y cultural, un hecho histórico fundamental para entender la estructura política que se materializaría con la proclamación de la República nacional, y con el nacimiento de una nación vista como el resultado de un "pacto de asociación constitutivo entre élites regionales que habían desarrollado sus propios procesos históricos e identitarios" frente a la versión que presentaba un colectivo culturalmente homogéneo "producto de una identidad nacional preexistente". La segunda, por su parte, planteó un análisis de las formas de sociabilidad ilustrada en la España dieciochesca a partir de la idea de que la sociabilidad cumplió una función reguladora de las redes sociales y clientelares al transformarse en un marco de encuentro de las elites, lo que acabó convirtiéndola en otro instrumento más de dominación social, ejerciendo como motor de dinamización de las costumbres y hábitos culturales o, lo que es lo mismo, de las mentalidades; tras la enumeración y repaso de las diversas instituciones de sociabilidad de la época, entre las que destacan las culturales y otras propias de las elites, se trató de identificar los sujetos y colectivos que las organizaban, conformaban y controlaban como un mecanismo más en su estrategia de acceso al poder, entre los que se incluyen desde aristócratas, funcionarios y burócratas hasta militares, hombres de letras, intelectuales, periodistas y mujeres. Las comunicaciones presentadas trataron sobre "José Domingo Rus: un diputado maracaibero en las Cortes de Cádiz durante la independencia venezolana" (Zulimar Maldonado), "Escisión de la mismidad/ Integración de las identidades en la conformación de las naciones hispano-americanas" (Ernesto Mora Queipo) y "Lectura de los escenarios urbanos maracaiberos 1880-1900" (Maxula Atencio Ramírez). El tercer día se concedió más importancia a los aspectos ideológicos y culturales, lo que queda reflejado en el título de las ponencias, "Educación religiosa y socialización en la Maracaibo colonial" (Dra. Ileana Parra, María Gamero y Fanny Sánchez) y "Poder y mentalidades en las relaciones de Género" (Dra. La primera presentó el proyecto educativo llevado a cabo conjuntamente por el estado español y la iglesia católica como un medio de socialización para afianzar el dominio, difusión e implantación española en la Maracaibo colonial, algo imprescindible para entender lo que sería la conquista política por parte de España, poniendo especial énfasis en el análisis de la formación clerical, fundamentalmente en el siglo XVIII. La segunda abordó el estudio de las relaciones de género a través de la novela realista española de finales del siglo XIX tratando de demostrar que para entender la naturaleza del poder no hace falta recurrir al estudio de las grandes instituciones, basta con analizar las formas de vida de una determinada sociedad y los distintos roles en la familia para calibrar quién tiene el poder en las relaciones de género y cuál es la mentalidad de hombres y mujeres al respecto. Junto a ellas se presentaron las siguientes comunicaciones: "Influencia de la modernidad en la imagen latinoamericana" (Elsy Contreras), "La elite maracaibera ante el proceso de manumisión de escalvos, 1810-1840" (Marisol Rodríguez), "El discurso sobre la Constituyente: Pueblo, Sociedad civil y actores políticos, 1999-2000" (Juan Eduardo Romero y Salvador Cazzato), "En democracia ¿es el pueblo masa o ciudadano?" (Ana Irene Méndez y Elda Morales) y "El bolivarianismo como sustentación ideológica de la política de Gobierno del General Eleazar López Contreras" (Nevi Ortín de Medina). Simposio "El vino de Jerez (y otras bebidas espirituosas) en la Historia de España y América" Jerez de la Frontera, 8-10 noviembre 2001 Coincidiendo con la celebración de su Asamblea Anual, la Asociación Española de Americanistas (AEA) realizó del 8 al 10 del pasado mes de noviembre un simposio sobre El vino de Jerez (y otras bebidas espirituosas) en la Historia Anuario de Estudios Americanos de España y América, cuya organización estuvo a cargo de la Dra. María del Carmen Borrego Pla (coordinadora general del simposio), la Dra. María Luisa Laviana Cuetos (Secretaria General de la AEA) y el Dr. Antonio Gutiérrez Escudero (Presidente de la AEA). El objetivo del simposio era reflexionar sobre la importancia del vino y demás bebidas alcohólicas en la vida de los pueblos de España y de América, en un marco geográfico por demás idóneo tal como es la ciudad de Jerez de la Frontera. En concreto, el campo de Jerez fue, y sigue siendo, uno de los principales proveedores de vinos al continente americano. Fue en ese espacio donde se celebró la sesión de apertura, que tuvo lugar en el Palacio de Villavicencio del Alcázar de Jerez y estuvo presidida por el Alcalde de la ciudad, D. Pedro Pacheco Herrera. La Conferencia inaugural fue impartida por el Director General del Consejo Regulador de la Denominación de Origen Jerez-Xèréz-Sherry, D. César Saldaña Sánchez, quien disertó acerca de "Jerez", el vino noble. La participación científica de los ponentes continuó con el trabajo del Dr. Diego Ruiz Mata sobre El vino de "Jerez" en la antigüedad: producción y uso social. Seguidamente participó el Dr. Pedro Sáez Fernández con una exposición sobre Viticultura romana y viticultura tradicional: el marco del "Jerez". Las sesiones científicas del día 8 finalizaron con la intervención de la Dra. María del Carmen Borrego Plá que presentó una conferencia sobre El "salto oceánico": la problemática llegada del "Jerez" al continente indiano. Al día siguiente, 9 de noviembre, continuó la participación científica de los ponentes en el Palacio de Villavicencio del Alcázar de Jerez, sede permanente de la sesiones congresuales. Las actividades científicas desarrolladas en la Sesión 1 de trabajo tuvieron como participantes a la Lcda. Emelina Martín Acosta con un trabajo sobre El vino canario que se enviaba a América en los siglos XVI y XVII. Le siguieron el Dr. Manuel Hernández González que expuso sobre La pugna entre los cosecheros y los mercaderes canarios por la introducción de aguardiente de uva peninsular en el tráfico canario con el Caribe antes del "libre comercio". Posteriormente intervino el Dr. Jesús Varela Marcos con un trabajo sobre La exportación a América de los vinos castellanos en el siglo XVIII. Ana María Mota Buil y Dolores Quintana González. En la sesión 2 de trabajo intervinieron los siguientes ponentes: El Dr. Luis Ramos Gómez con un análisis sobre El aprovechamiento del estanco del aguardiente de caña por la Audiencia y el Cabildo de Quito en 1746 y 1747. A éste siguió la exposición de la Dra. Carmen Ruigómez sobre La acusación de prohibición interesada del aguardiente de caña en la pesquisa contra José Araujo, presidente de Quito (1743-1747). Se incluyó asimismo en esta sesión el trabajo sobre El estanco del aguardiente en Nueva Granada durante el gobierno de los virreyes Pizarro y Solís que presentó la Dra. Siguieron el Dr. Bernabé Fernández Hernández con una exposición sobre La renta del aguardiente de caña en el Reino de Guatemala, 1783-1816. A continuación, participó la Dra. Celia Parcero Torre con un trabajo sobre Reforma fiscal en Cuba: el impuesto del aguardiente en 1763. Las sesiones continuaron con el Dr. Ismael Sarmiento Ramírez con un análisis sobre Uso y abuso de las bebidas alcohólicas en la Cuba del siglo XIX. Esta sesión de trabajo matinal concluyó con el análisis de la Dra. Olga Portuondo sobre Santiago de Cuba, un museo del ron. Las actividades científicas desarrolladas en la Sesión 3 de trabajo tuvieron como participantes a la Dra. Asmáa Bouhrass y al Lcdo. José Luis Caño Ortigosa quienes hablaron sobre La bebida del pulque y el poder de los asentistas en Nueva España. A continuación siguió la exposición de la Lcda. Ana María Fernández Romero con un trabajo sobre Pulquerías y pulperías: lugares de relación y consumo de bebidas alcohólicas. Asimismo intervino el Dr. José Hernández Palomo con El pulque en México: usos indígenas y abusos criollos. La sesión continuó con el trabajo de la Lcda. Finalmente cerró esta sesión la exposición de la Dra. Ana Isabel Martínez Ortega sobre Aguardiente de caña y nuevos grupos de poder en Yucatán (siglo XVIII). Las sesiones científicas matinales del día 9 concluyeron con las exposiciones presentadas en la Sesión 4 de trabajo. En ella habría que incluir el trabajo del Dr. Juan José Batalla Rosado sobre Los dioses del pulque a través del conjunto de códices llamado "grupo magliabechano". A continuación siguió el análisis de la Dra. Emma Sánchez Montañés sobre Bebidas alcohólicas en la América Indígena. Asimismo intervino el Dr. Manuel Casado Arboniés con Las prohibiciones del consumo de chicha: ¿acicate para otros consumos? Apunte antropológico sobre los hábitos de embriaguez indígenas. Seguidamente participó la Lcda. Irma Leticia Magallanes Castañeda con una exposición sobre Desde dentro y desde fuera: las bebidas embriagantes de los chichimecas del Noroeste de México en el siglo XVI. Concluyó esta sesión matinal con el Dr. Arturo E. de la Torre López con una análisis sobre "Borracheras del Diablo" y movimientos revivalistas. Finalizado el correspondiente debate de cada sesión de trabajo los congresistas visitaron las Bodegas González Byass de Jerez de la Frontera. En la tarde del viernes, día 9 de noviembre, la participación científica correspondiente a la Sesión 5 de trabajo ofreció las siguientes ponencias: a Dr. Antonio Colomer Viadel correspondió un análisis sobre El culto dionisíaco en América. Margarita Azcona Domínguez con un estudio sobre Fuentes de información documental para la historia del vino de Jerez. A continuación la Dra. Magdalena Guerrero Cano participó con una ponencia sobre La aportación jerezana a las flotas tras las Leyes de Comercio Libre. Esta sesión de trabajo concluyó con la intervención de la Dra. Aurora Gámez Amián cuya exposición trató el tema de El vino de Jerez y el comercio exterior de derivados de la vid de Málaga (1750Málaga ( -1935)). Esa misma tarde del día 9 de noviembre, pero aglutinadas en la Sesión 6 de trabajo, se expusieron los siguientes estudios: el primero de ellos fue presentado por la Dra. Laura González Pujana sobre La vid: un reto en los Andes. A esta intervención siguió el trabajo preparado por la Dra. Teresa Cañedo-Argüelles sobre Vinos y Bodegas en el valle de Moquegua (Perú, siglos XVI al XIX). A continuación el Dr. Luis Navarro García expuso su tema sobre La comarca vinícola de Parras (México) en el siglo XVIII. Finalmente intervino la Dra. Lourdes Díaz-Trechuelo y López Spínola con un análisis sobre Los "vinos" de Filipinas. Tras el debate a las distintas sesiones de trabajo las sesiones científicas concluyeron ese día 9 un ciclo de Conferencias sobre el vino de "Jerez". La primera de ellas fue pronunciada por la Dra. María Dolores Barroso Vázquez y trató el tema de la Arquitectura industrial en el marco de la Ilustración: la bodega jerezana. La segunda, con el tema de La moderna agroindustria vinatera en el marco de Jerez y América (siglos XVIII-XIX), fue presentada por el Dr. Javier Maldonado Rosso. Finalmente cerró el ciclo de conferencias el Dr. Juan Cordero Tejero con el tema El sistema de criaderas y soleras de Jerez, resultado de 3.000 años de evolución. Al día siguiente, sábado 10 de noviembre, tuvo lugar la Reunión de la Junta Rectora de la Asociación Española de Americanistas, seguida de la preceptiva Asamblea General. Entre otros acuerdos, el Pleno de la Asociación acordó celebrar su X Congreso Internacional de Historia de América en la ciudad de Sevilla para el próximo año 2002, entre los días 8 y 11 del mes de julio. El Acto de Clausura del Simposio fue presidido por la Sra. Delegada de Educación y Cultura Ma Ángeles Gómez Bernal y concluyó con una Cata de vinos de "Jerez" dirigida y comentada por D. Santiago Lledó, Jefe de Promoción del Consejo Regulador de la Denominación de Origen Jerez-Xèréz-Sherry. Los resultados científicos del Simposio serán recogidos en una publicación que sin duda constituirá un amplio y diverso referente para conocer el mundo del vino y demás bebidas espirituosas en la historia de España y de sus colonias americanas. ANA ISABEL MARTÍNEZ ORTEGA HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS
de aproximarnos a la dicha concesión con más seguridad. Hemos querido ofrecer el espectro de posibilidades e intereses que existían en pugna y que clarifican algunas lagunas historiográficas sobre la conquista mexicana. Uno de los capítulos más apasionantes para la Historia del Derecho Indiano es la conquista del territorio que sería denominado como Nueva España. Los problemas técnico-legales que entrañó la incorporación de aquellas tierras con naturales que habían alcanzado un impresionante grado de evolución cultural, cuya industria y recursos asombraron a la humanidad europea, son siempre objeto de estudio entusiasta. La percepción del Nuevo Mundo que tenía la Cristiandad, cambió, brusca y favorablemente, a partir del descubrimiento y conquista de los pueblos ribereños al Golfo de México. A esta realidad se une la del difícil proceso de adaptación de la nueva dinastía, la de los Habsburgo, al reino de Castilla a raíz de la muerte de Fernando el Católico en 1516. La llegada del archiduque Carlos, para asumir su herencia, con su séquito de nobles borgoñones, conocidos entonces como flamencos, constituyeron la causa de una mayor complicación del gobierno indiano debido a su insaciable codicia, o sed de mercedes reales. El Almirante de Flandes y sus intereses indianos En el período anterior a la muerte de Fernando el Católico brillaban en la Corte de Flandes de Carlos, hijo mayor de Felipe el Hermoso, junto Tomo LVIII, 1, 2001 al famoso Guillermo de Croy, señor de Xebres, nombrado desde 1509 preceptor del archiduque por su abuelo el emperador Maximiliano, un número importante de nobles pertenecientes a los estados que había heredado el joven príncipe de su abuela María de Borgoña, más que de su padre. El primero de éstos era Laurent Gorrevod, que tenía el oficio de camarero, además de "Grand Majordome", y que gozaba de la mayor consideración por parte de Carlos, el cual le haría Almirante de Flandes. 1 De 1502 a 1503 los archiduques niños -Leonor, Carlos e Isabelestuvieron bajo la vigilancia de Margarita de York, hasta su muerte. Entonces se unió a aquella pequeña corte la noble navarra doña Ana de Beamonte, quien ya había servido de gobernanta de doña Leonor. 2 Desde su nombramiento el 18 de marzo de 1507 como "Procuradora General Especial e Irrevocable" de su padre, el Emperador, en los Países Bajos, la archiduquesa Margarita mudó la corte de Bruselas a Malinas, para así estar próxima a sus sobrinos, los hijos de Felipe el Hermoso. 3 En 1507 Maximiliano había encargado a su hija, la archiduquesa Margarita, el cuidado de don Carlos y de sus hermanas. Margarita de Habsburgo había regresado a Flandes al enviudar de su segundo marido, el duque de Saboya. A la antigua Princesa de Asturias le acompañaron dos de sus consejeros saboyanos -que tanta influencia ejercerían sobre Carlos-Mercurino Gattinara y Laurent Gorrevod. En Malinas, en el palacio de Margarita, Gorrevod había iniciado su servicio junto al hijo nacido en Gante de Juana de Castilla. El joven Carlos recibió una educación borgoñona y su primera lengua fue el francés. Esos primeros años vividos en Flandes bajo la vigilancia de su tía, la archiduquesa Margarita, y de sus consejeros, marcaron en buena medida su visión del mundo y del lugar que ocupaba en él. En 1515, con quince años, y por orden de su abuelo Maximiliano, don Carlos fue declarado mayor de edad y se mudó a la capital de Brabante, donde mandó acondicionar para su hermana mayor habitaciones propias e independientes en el palacio de Bruselas, cercanas a las suyas. 4 Junto a ellos les seguía Gorrevod. Es también a partir de esta fecha cuando la privanza de Xebres alcanza su plenitud, pero no era el único. Los consejos de Laurent Gorrevod siempre eran apreciados por el futuro rey de España, quien veía en él a un fiel servidor de su tía y no sólamente a un hábil consejero. Por ello Carlos le colmó con honores, cargos y privilegios. El camarero fue elevado a gobernador de Bresse, señor de Beures, almirante de Flandes y, cuando murió en 1527, era conde de Pont --de-Vaulx (Pontevaulx). 5 Don Carlos, antes de partir para España, le impuso el collar del Toisón de Oro a finales del año de 1516 en compañía de otros afortunados, entre los que se encontraban, aunque ausentes, el rey de Francia, el infante don Fernando, el conde Palatino, el marqués de Brandeburgo, el conde de Mansfelt y otros. 6 Tanto era el valimiento de Laurent Gorrevod. Estas circunstancias se deben tomar en cuenta para comprender los sucesos que inmediatamente vamos a narrar. Durante el efímero reinado de Felipe el Hermoso, éste otorgó a Jean de Luxembourg, su camarero mayor, el cargo de más prestigio en la Corte de Borgoña, "todos los oficios de las Indias", incluyendo aquéllos de Hacienda. La inoportuna muerte del Hermoso impidió la ejecución de la provisión. Al morir Luxembourg en 1509, le sucedió en el oficio su deudo Guillermo de Croy, cuya madre era una Luxemburgo. Xebres consiguió que Carlos, por una real provisión de 20 de abril de 1516, le concediera en Bruselas todas las mercedes que su padre había otorgado al anterior camarero mayor. Con ello se hacía con la importante merced indiana otorgada a Jean de Luxembourg. 7 La dicha, constituía un atropello al derecho castellano que prohibía tradicionalmente la concesión de oficios a extranjeros no naturalizados en los reinos, y a la política que habían marcado los Reyes Católicos en el Nuevo Mundo. La dicha cédula fue uno de los primeros documentos que don Carlos firmó como rey de España, sembrando de malos augurios y temores tanto la Corte de Castilla como las propias Indias. Particularmente agraviado quedaba don Diego Colón y los de su casa. Tampoco podía estar contento don Juan Rodríguez de Fonseca, quien 5 Van Durne, Maurice: Les Archives Générales de Simancas et l ́Histoire de la Belgique (IX-XIX siècles), III. Su influencia duró por muchos años en la corte de Carlos. 6 Vital, Laurent: Primer viaje a España de Carlos I con su desembarco en Asturias. 7 Otte, Enrique: "El joven Carlos y América", en Homenaje a Don Ramón Carande, I. Madrid, 1963, pág. 158. Tomás y Valiente llamaba la atención sobre que en la real provisión se indicaba que Guillermo de Croy podía ocupar cuantos oficios quisiere y que los restantes "nombrase personas que los sirviesen", lo que autorizaba la reventa privada de oficios. Tomo LVIII, 1, 2001 con diplomacia eclesiástica, sin oponerse frontalmente, era el único que trataba de estorbar los proyectos de intromisión extranjera en las Antillas. Los demás favoritos "flamencos" no se quedaron atrás en su intento de medrar, y de hincarle el diente a las apetitosas Indias de Castilla. Cuenta fray Bartolomé de las Casas un episodio del que fue testigo y protagonista por aquélla época que es la única fuente contemporánea conocida sobre las apetencias cubanas y mexicanas del almirante de Flandes, y que Giménez Fernández creía ocurrido en febrero de 1518:8 "En estos días el Almirante de Flandes, que había venido con el Rey, gran señor y de gran estado, inducido por algunos españoles de los que habían ido de acá y que por cobrar la benivolencia y favor de los flamencos andaban solícitos en dalles avisos harto culpables, suplicó al Rey le hiciese merced de aquella tierra o isla grande que se había descubierto, que llamaban Yucatán (y ésta era toda la que agora llamamos Nueva España), porque él la quería ir o enviar a poblar de gente flamenca, de su tierra, y se la diese en feudo, recognosciendo siempre a Su Alteza, como vasallo a su señor; y para que mejor la pudiese poblar y proveer de lo que conviniese, le diese la gobernación de la isla de Cuba; de donde pareció que el que le dio el aviso había ido de Cuba y sabía bien lo que avisaba. El Rey, libremente como si le hiciera merced de alguna dehesa para meter en ella su ganado, se la otorgó por no saber Mosior de Xevres que era el consultor principal de las mercedes, lo que éstas Indias eran y lo que al Rey importaban, mayormente tierra nuevamente descubierta, que debiera considerar poder ser alguna cosa grande y de que después de la haber concedido podía mucho al Rey pesarle".9 El fraile predicador sevillano se encontraba en excelentes relaciones con el partido flamenco, como veremos más adelante. Casas tuvo que navegar por procelosas aguas cortesanas, que le obligaban a sonreir y a informar a los nobles de Flandes de los secretos de la tierra indiana y a la vez poner en guardia a don Diego Colón del ultraje de sus derechos hereditarios. Dada la importancia y calidad del testimonio, como de la viveza de su narración, escuchemos la versión de los hechos en su integridad con los comentarios del dominico: "como es cierto que le pesaba si por la industria del clérigo no se estorbara, y fue desta manera: que como ya entre los flamencos el clérigo sonaba y comenzaba a tener autoridad por ser clérigo y por su demanda, aconsejaron los caballeros flamencos al dicho Almirante de Flandes que hiciese buscar al clérigo y de su parte le rogasen que fuese a comer con él (que era manera y uso de flamencos cuando querían negociar), y que dél sabría lo que valía y era la merced que el Rey le había hecho de la tierra de Yucatán, y como para la enviar a poblar de flamencos y para todo lo que a esto perteneciese debía guiarse. Fue al llamado del Almirante convidado el clérigo y dél rescebido con grande alegría e humanidad, y a la mesa se le hizo gran fiesta; y la cortesía y favor que suelen hacer por aquella tierra de Flandes cuando dicen: "Yo bebo a vos, moyseñor", a los amados convidados, le hizo el mismo Almirante; y alzada la mesa quísose mucho informar del clérigo de lo arriba recitado. El clérigo le declaró y encareció con verdad qué cosa eran las Indias y en especial lo que de aquella tierra nuevamente descubierta se esperaba de riquezas, según la muestra que había dado y cuán necesaria era la gobernación de la isla de Cuba para quien aquella tierra hobiese de tractar y señorear, con todo lo demás que para el fin que el Almirante pretendía, con verdad debía declarársele. Quedó contentísimo y gozosísimo el Almirante de Flandes de la relación tan particular que le hizo el clérigo Casas, y por ella el Almirante quedole muy obligado; y como si le hobiera hecho merced el Rey de alguna viña, que de su casa estuviera un tiro de ballesta y en la plaza los cavadores para cultivalla, con la misma facilidad despachó a Flandes, y dentro de cuatro o cinco meses vinieron creo que cinco navíos al puerto de Sanct Lucar de Barrameda, cargados de gente labradora para venir a poblar la dicha tierra. Entre tanto como el clérigo vido la merced hecha a ciegas y en violación de la justicia que al Almirante de las Indias pertenecía por sus privilegios, según los cuales, no sólo en la tierra destas Indias descubiertas pero en las por descubrir pretendía, y justamente, derecho, mayormente en lo que no había duda ninguna, como era la isla de Cuba, que su padre personalmente había descubierto el año de mill y cuatrocientos y noventa y cuatro... cuya gobernación actualmente poseía, denunció la dicha merced al Almirante de las Indias el clérigo, doliéndose de aquella manifiesta injusticia. Reclamó luego el Almirante de las Indias al Rey y a mosior de Xevres y al Gran Chanciller el cual iba ya entendiendo los servicios que el Almirante viejo, su padre, en el descubrimiento deste orbe a los Reyes de Castilla había hecho, y a los agravios grandes que había rescebido; y viendo su justicia, que era manifiesta, suspendiose luego la merced al Almirante de Flandes hecha, cumpliendo con él diciéndole que hasta que se determinase el pleito que el Almirante de las Indias traía con el fiscal real sobre pretender derechos por sus privilegios a todas las tierras que en el Mar Océano se descubriesen, no podía el Rey hacer merced semejante de ninguna dellas; cuanto más que había sido informado que la isla de Cuba, de que ninguna duda se tenía pertenecelle la gobernación della y cuya posesión pacífica ya tenía, no pudo concederle a otro sin su gran perjuicio. Y así se quedó el señor Almirante de Flandes sin Yucatán ni la Nueva España, que por ventura, si el clérigo Casas no avisara con tiempo y ayudara lo que con el Gran Chanciller ayudó, hoy la tuviera y el Rey lo menos della poseyera". 10 10 El propio fray Bartolomé termina por narrar el fracaso del proyecto poblador de Gorrevod con el siguiente comentario: "Venidos sus cuatro o cinco navíos, cargados de labradores flamencos a Sant Lucar y desbaratado todo su fundamento, hallándose burlado o de enojo y angustia desto, o que los probó la tierra, murieron parte dellos y los que escaparon con la vida volviéronse a su tierra perdidos; y en esto pararon los avisos que los españoles que a la sazón estaban en la corte, destas Indias, por buscar favor contra el clérigo daban y dieron al Almirante de Flandes y a los otros flamencos." El poblamiento o colonización de flamencos en las islas del Atlántico Tomo LVIII, 1, 2001 Hasta ahora todos aquéllos que hemos leído a fray Bartolomé hemos hecho acto de fe, creyendo en su sinceridad y exactitud. El episodio no podía ser contrastado y teníamos que limitarnos a valorar los sucesos aceptando los hechos como una verdad absoluta, incuestionable. Sobre este particular escribió Giménez Fernández: "De ninguna de estas decisiones contradictorias, ha quedado rastro en el Registro General de Cédulas... sin duda porque la primera concesión feudal a Gorrevod fue meramente verbal". La Real Cédula a favor de Gorrevod sí existió Diremos aquí que en esto se equivocó el ilustre maestro, pues trabajando en el Archivo General de Simancas tuve la suerte, hace más de una década, de encontrar el traslado de una cédula que se creía no había existido nunca. Con fecha de 29 de marzo de 1518 don Carlos firmó en San Martín de Rubiales, entre Peñafiel y Aranda del Duero, camino de Zaragoza, la siguiente real cédula a favor del almirante de Flandes, cuyo texto corresponde a la noticia lascasiana: "El Rey. Por la presente, acatando los muchos y buenos y señalados servicios que vos Mossior de Breues, Almirante de Flandes, mi primo, hizistes al Serenísimo Rey tenía un importante precedente que no podemos ignorar pasándolo por alto, se trata del poblamiento de las islas de los Azores por campesinos flamencos en el siglo XV. El infante don Henrique aceptó la colaboración de doña Isabel, duquesa de Borgoña, para poblar las islas de Fayal y de Pico con flamencos. En 1430 el Infante Navegante había otorgado la capitanía de la isla Tercera a Jácome de Brujas con la misión de poblar la isla a cambio de la décima de todas las décimas pertenecientes a la Orden de Cristo. En 1466 Jacob von Hurter, natural de Nuremberg, se encargó de colonizar Fayal con flamencos. Dicen algunas fuentes que fueron unas 2.000 personas. Desde esa isla los flamencos pasaron a las de Pico, San Jorge y Flores. A finales de siglo, Martín de Behaim inscribía en su globo de Nuremberg las Islas Azores como Islas Flamencas, debido a la naturaleza de su poblamiento. El Tratado firmado en Colonia el 23 de junio de 1494 entre el Rey de Romanos y su hijo Felipe con el rey D. Joâo II de Portugal, recientemente estudiado por la gran especialista en el Príncipe Perfecto, la Dra. Mendonça, es un acuerdo de no agresión y mutuo socorro ante enemigos terceros. Su sentido se ha enmarcado correctamente en el contexto previo a las capitulaciones firmadas a comienzos de ese mes en Tordesillas por Castilla y Portugal. Es muy posible que la población extranjera del archipiélago de Azores fuera causa de preocupación para el rey portugués en una época en que se temía que se librara una acción ofensiva por parte de la Armada de Vizcaya contra las islas lusitanas. Un tratado con los señores de Flandes resultaba muy conveniente por entonces. Para la Armada de Vizcaya véase mi trabajo: "El origen de la Armada de Vizcaya y el Tratado de las Alcáçovas", en Historia, Instituciones, Documentos, 26, Sevilla, 1999, págs. 547-574. ISTVÁN SZÁSZDI LEÓN-BORJA don Felipe, mi Padre que santa gloria aya, y los que avéys fecho a mí, en especial en esta venida que avéys venido comigo a estos mis Reynos de España y espero que me haréys de aquí adelante y en alguna hemienda y rremuneraçión de(*llos) todo ello y por otros buenos y justos rrespetos conplidos a mi Real Persona, tengo por bien y es mi merçed e voluntad que si el pleito que agora pende en Nuestro Real Consejo entre Nuestro Procurador Fiscal y don Diego Colón, Almirante de las Indias, sobre la gouernaçión de la Ysla de Cuba, que el dicho Almirante pretende que le perteneçe por virtud de las letras y previllejos conçedidas al Almirante su padre ya difunto y a él por el Rey y la Reyna Cathólicos mis señores y Ahuelos, que santa gloria ayan, fuere servido y declarado en nuestro fauor y que perteneçe a Nos proueer de la dicha governaçión o a quien nuestra merçed e voluntad fuere, syn perjuizio del dicho Almirante e de otro terçero alguno, os prometo y doy mi fee e palabra Real de vos proveer e hazer merçed a vos, el dicho Almirante de Flandes, de la gouernaçión de la dicha Ysla de Cuba para que la tengáys y poseáys durante vuestra vida con todos los salarios, preheminençias e otras cosas a la dicha governaçión, anexas e perteneçientes y según y de la manera que hasta aquí la ha tenido y al presente la tiene el gouernador que agora es de la dicha Ysla, y asy mismo aviendo consideraçión a los dichos serviçios es mi merçed e voluntad de vos hazer gracia y merçed de la conquista de la Ysla de Coçumel para que la podáys conquistar e adquerir, e asy adquerida se avrá y de vuestros herederos y subçesores para agora y para sienpre jamás, y tengáys la gouernaçión della rreservando como rreservamos para Nos la superioridad y señorío y suprema jurediçión de la dicha Ysla y la quinta parte de todo el oro y otras cosas que en la dicha Ysla se vbieren y adquirieren en qualquier manera y por qualquier causa y rrazón agora y en qualquier tienpo, lo qual asy mismo se entienda syendo primeramente declarado y sentençiado que Nos podamos hazer lo susodicho syn perjuizio de los previllejos e cartas del dicho Almirante o de otro terçero; y siendo sentençiado en nuestro fabor el pleyto que sobre lo susodicho agora esta pendiente en el dicho Consejo entre nuestro Procurador Fiscal y el dicho Almirante, como dicho es, para lo qual todo mandaré que el dicho pleito se vea y determine por el Nuestro Consejo lo mas breuemente que ser pueda conforme a justiçia y vos prometo que durante el dicho tienpo de la dicha litis pendençia, y fasta que se determine como dicho es, Yo no proueeré ni faré merçed a persona alguna de la dicha gouernaçion de Cuba, ni daré la dicha conquista de Coçumel syno que se estará en el punto y estado que agora está, de lo qual vos mandé dar la presente fyrmada de mi nonbre. Fecha en San Martín de Ruviales. A XXIX días del mes de março de mill e quinientos e diez e ocho años. Por mandado del Rey, Luys de Liçaraço. Don García de Padilla". 12 La real cédula se inicia, así, justificando don Carlos el hacerle merced a Laurent Gorrevod como premio a los buenos servicios que le había hecho a su augusto padre, como: "los que avéys fecho a mí, en especial en esta venida que avéys venido comigo a estos Reynos de España". 13 También decía, don Carlos, esperar nuevos servicios de su almirante de Flandes. Esta introducción justificatoria de la merced forma parte de la real cédula original a favor de Gorrevod, anterior a la conversación con fray Bartolomé de las Casas, de ser cierta su intervención como narra el dominico sevillano. La cual considero clave en lo referente a la concesión al almirante de Flandes del gobierno de Cuba, lo que constituía una violación de los derechos del Almirante de las Indias. ¿El interés que movía al almirante Gorrevod era la codicia de aumentar su patrimonio, por medio de rentas y beneficios en Indias? ¿O es que por ser almirante de Flandes consideraba que el nuevo rey de Castilla, el hasta hacía poco conocido como Carlos de Luxemburgo, duque de Borgoña y conde de Flandes, le debía, por razón de su dignidad, el hacerle merced de islas en el Mar Océano tal como el almirante de Indias poseía por gracia de los Reyes Católicos? Creo que sí, que Gorrevod creía que entrañaba a su título el gozar de un señorío parecido al que se otorgó a Colón en 1492. Cabe pensar que el hecho que perturbó las ambiciones del almirante de Flandes fue el fallecimiento del Gran Chanciller, Jean le Sauvage, en Zaragoza el 7 de junio de 1518, dos meses después que éste señalara la real cédula a su favor. 14 También había sido Sauvage quien había señalado la 13 Durante el viaje, en el verano de 1517, que llevó a don Carlos desde Flessinga al puerto de Tazones, en la costa de Asturias, se temió por la vida del almirante, confundiéndose la nao de la armada que le llevaba con la nao donde iban los palafreneros, caballerizos, y mancebas de la Corte, que zozobró en el viaje. Dice un miembro del pasaje de la dicha armada que: "En este viaje, de ordinario, tanto de noche como de día iba el barco del Almirante delante del del Rey, sin alejarse apenas, para mostrarle el camino". Por ello y debido a la cercanía del fuego del barco en la mar se temió ser la nao del almirante de Flandes. Chièvres al despertar a don Carlos, después de preguntarle si había dormido bien, le comentó al rey: "Os lo preguntaba, señor, a causa de que en la noche pasada ha habido mucho ruido y murmullo en vuestro navío por un barco de vuestra armada que han visto perecer y quemarse, pero no se sabe todavía bien cuál de los vuestros, y hemos temido toda la noche que fuese el del Almirante." A lo que respondió el rey: "Ay, pobre de mí." Y dice el testigo: "Esto lo dijo el rey por amor hacia el Almirante y la gente principal que con él estaba." En la nao del almirante de Flandes iban las joyas del rey, y después de la que llevaba al rey, su hermana doña Leonor y su séquito, que era donde se embarcó Chièvres, el Obispo de Badajoz y don García de Padilla, entre otros; era la que llevaba gentes de mayor calidad. Era caballero y señor de Escanbere. También era el protector de Erasmo de Rotterdam. En 1518 presidió las Cortes de Valladolid, y el rey le confió los asuntos de Indias. Domínguez Casas, Rafael: Arte y etiqueta de los Reyes Católicos. Artistas, residencias, jardines y bosques. Sauvage fue enterrado en el convento jerónimo de Santa Engracia, de aquella capital, a orillas del Ebro. Allí permanecía su impresionante sepulcro labrado por el inmortal Alonso de Berruguete en alabastro aragonés ISTVÁN SZÁSZDI LEÓN-BORJA real cédula de 1 de abril de 1518, en Aranda, por la cual el rey ordenaba a Velázquez a desistir en el envío de armadas exploratorias al seno mexicano y costas de Yucatán -sobre esa cédula nos referiremos más adelante. La muerte jugaba una vez más su papel de inesperada protagonista cambiando el curso de la Historia. 15 Ciertamente se trata de un caso ilustrativo, como dijo Giménez Fernández, de la "ignorancia por parte de los definidores de la política real de qué cosa eran las Indias", allá por 1518. 16 Pero habría que apostillar que los flamencos de don Carlos no eran ingenuos extranjeros acompañantes de su príncipe, y que por tanto eran perfectamente conscientes de que las mercedes indianas prometían un interesante incremento de sus haciendas a costa de los castellanos. Su ignorancia no era bien intencionada. Y como se ha escrito la gestión del chanciller Sauvage creó el malestar del Reino de Castilla, pues favoreció la rapiña flamenca recordando lo ocurrido once años atrás durante el efímero reinado del rey Felipe. 17 La merced de Yucatán era uno de esos hechos que llenaron de razón el discurso de los comuneros. En lo tocante a la gobernación de Cuba, la merced hecha a Gorrevod, que damos a conocer, se trata técnicamente hablando de una real cédula condicionada al éxito de la Corona frente a Diego Colón en el pleito que hasta la segunda mitad del siglo XVIII cuando fue desmontado. En el Museo de Bellas Artes zaragozano se conservan algunos elementos del monumento, como un escudo con las armas de Carlos I. La sepultura del Chanciller fue ordenada por el rey al maestro castellano el 20 de diciembre de 1518, acabándolo éste el año siguiente. Silva Maroto, Pilar: "Ángel con Escudo, Alonso de Berruguete", en Catálogo de la exposición Carolus, Toledo, 2000, pág. 244. Sobre la responsabilidad de Sauvage en la concesión hecha a Gorrevod de la conquista, señorío y gobernación de México, recuérdese lo que el padre Casas decía en su Historia al narrar la reacción del almirante don Diego Colón: "Reclamó luego el Almirante de las Indias al Rey y a mosior de Xevres y al Gran Chanciller..." 15 No así lo entendía el obispo de Chiapas, quien en su Historia hemos visto que se atribuía el mérito de haber convencido al chanciller de impedir el cumplimiento de la merced favorable a Gorrevod: "que por ventura, si el clérigo Casas no avisara con tiempo y ayudara lo que con el Gran Chanciller ayudó". Hace treinta años Ramos Pérez, siguiendo muy de cerca las informaciones de fray Bartolomé de las Casas, vio más que en la muerte de Sauvage -como sostengo-en su sustitución, a la hora de firmar junto al Rey, por Rodríguez de Fonseca y por el secretario Cobos quien refrendaba con su firma. Ramos, Demetrio: "El problema de la fundación del Real Consejo de las Indias y la fecha de su creación", en El Consejo de las Indias en el siglo XVI. Dudo que el fraile dominico, a pesar de su amistad, hubiera podido cambiar la actitud favorable del Gran Chanciller respecto del almirante de Flandes, dado el valimiento de que gozaba ante el rey. La muerte de Jean le Sauvage fue definitiva para enterrar la ejecución de la real cédula, fechada en San Martín de Rubiales el 29 de marzo de 1518, a favor del almirante de Flandes. Fonseca y Cobos dejarían que los acontecimientos se desarrollaran por sí solos. Ni siquiera el nuevo chanciller, Mercurino Arborio, marqués de Gattinara, amigo de Gorrevod desde Saboya (como hemos visto), pudo evitar el que el rey repensase y desistiera de autorizar su feudo con pobladores flamencos en el Nuevo Mundo. Tomo LVIII, 1, 2001 estaba pendiente ante el Consejo por el respeto a los privilegios concedidos por los Reyes Católicos a su padre. La cláusula condicional era que: "fuere servido y declarado en nuestro favor y que perteneçe a Nos proveer de la dicha gobernaçión o a quien nuestra voluntad fuere..." Expresamente se mencionaba en ésta que ello fuere: "sin perjuizio del Almirante e de otro tercero alguno." Mi opinión es que se trata de la merced comentada en la "cena de negocios" de fray Bartolomé de las Casas con el almirante de Flandes. Prueba de lo poderoso que éste último era, y de su gran valimiento en la Corte. 18 Fuera de la anterior concesión a favor de Gorrevod de la gobernación cubana oral, como lo creía Giménez Fernández -las cuales carecían de ejecución si no se ponían por escrito-, la merced hecha en San Martín de Rubiales corresponde de cerca con las observaciones del padre Casas. ¿Pudo recoger esta real cédula un texto en que se tenían en cuenta las sugerencias del dominico? Me parece que es más sencillo y lógico pensar que se trata de la "merced" mostrada por el almirante de Flandes, en la sobremesa, al futuro obispo de Chiapas. Nadie impidió al almirante de Flandes el continuar con su pretensión de la gobernación de Cuba y sus sueños del feudo mexicano. Lo primero fue frenado por el fallo del Consejo, que se veía claro venir. Y lo segundo lo desbarató la realidad indiana: el que mantener y no revocar aquella concesión constituía un grave perjuicio para la Corona dada la riqueza de la tie-18 En el mismo Libro General de Cédulas 38, ff. XCVIIIv.-XCIXr. se contiene otra real cédula favorable "de Mossior de Beures", que lleva fecha de 1 de abril de 1518, la cual es muestra de esa gran privanza de que gozaba con el rey. El texto dice así: "El Rey. Alcaldes de sacas y cosas vedadas, diezmeros, aduaneros, portadgueros y otras personas qualesquier que tenéys cargo de guardar qualesquier puertos asy de mar como de tierra que ay para yr destos mis Reynos al Condado de Flandes, sabed que Mosior de Beures, Almirante de Flandes, que vino comigo a estos Reynos se buelue agora al dicho Condado de Flandes; por ende Yo vos mando que le dexéis e consyntáys pasar libremente por qualesquier desos dichos puertos de mar o de tierra con todos sus criados e servidores que con el van y con tres cauallos españoles y con seys azemilas y oro y dineros que lleua para su gasto y con todas las caualgaduras en que sus criados y servidores fueren, no syendo cauallos españoles, syn le catar por escudriñar, ni pedir, ni llevar derechos algunos, ni le poner otro ynpedimento alguno, jurando primeramente que todo lo que asy lleua es suyo e de sus seruidores que con el van y que no lo lleva para vender ni mercadear, ni para otra cosa alguna de las vedadas e defendidas; e mando questa licençia dure e aya efecto por término de quarenta días primeros syguientes contados desde el día de la fecha desta mi çédula en adelante e no más, con la qual se ha de presentar en la Casa del Aduana del puerto por donde pasare para que ally quede rrazon de todo lo susodicho y los vnos ni los otros no fagades ni fagan ende al. Fecha en Aranda de Duero. A primero día del mes de Abril de mill e quinientos e diziocho Años. Refrendada por el secretario Liçaraço. Señalada del Grand Chançiller e don García de Padilla." ISTVÁN SZÁSZDI LEÓN-BORJA rra, el desarrollo superior de las sociedades de sus naturales y, sobre todo, ser contra derecho. Con la real cédula en la mano podemos dar fe que lo que verdaderamente importaba en ella, por entonces, era la merced del gobierno de Cuba "durante vuestra vida" y en igual medida "la conquista de la Ysla de Coçumel" y su señorío para sí, sus sucesores y herederos "para siempre jamás". También le concedía la gobernación de la "isla" mexicana, reservándose el rey la superioridad, señorío y suprema jurisdicción. Esta real cédula sólo resulta comparable con la Carta de Merced de los Reyes Católicos a favor de Cristóbal Colón que fue otorgada con fecha de 30 de abril de 1492 en Granada, la cual debió servir de modelo o inspiración para la redacción de la cédula fechada en San Martín de Rubiales. 19 Se creaba la posibilidad del temido "feudo" que desde Casas la historiografía ha descrito al tratar de la concesión yucateca a Gorrevod. No sólo constituía un ataque a la autoridad del gobernador Velázquez, sino contra el almirante de las Indias. Otorgar el señorío y la gobernación hereditaria de la isla de Cozumel significaba violar las leyes de Castilla, concretamente el Ordenamiento de las Cortes de Toledo. Editada por Juan Pérez de Tudela, Carlos Seco Serrano, Ramón Ezquerra y Emilio López Oto, I. Madrid, 1994, págs. 74-75. 20 En 1480, en las Cortes celebradas en Toledo, a petición de los procuradores allí reunidos los reyes mandaron que no fueren enajenados ninguno de "los oficios públicos que tengan cargo de administración de justicia e de regimiento e governación de pueblo o provincia". Igualmente declararon sin valor las cartas, cédulas y privilegios en que se enajenasen tales oficios por juro de heredad y con carácter hereditario, fuese en recompensa de servicios o en satisfacción de deudas aunque en ellas se declarara su irrevocabilidad. No contentos, don Fernando y doña Isabel añadieron que: "queremos e ordenamos que todas e qualesquier mercedes e facultades que de aquí adelante fueren fechas e dadas contra el tenor desta ley e contra lo que en ella contenido sean en si ningunas e de nengún valor, aunque contengan en si qualesquier cláusula derogativa e no obstancias". Mas en el caso colombino el privilegio prevaleció sobre la ley al hacer el oficio virreinal y el de gobernador hereditarios. García-Gallo, Alfonso: Estudios de Historia del Derecho Indiano. La real cédula fechada en San Martín de Rubiales el 29 de marzo de 1518 a favor del almirante de Flandes tuvo el mismo efecto. Y, además, era también contra 19 En la dicha carta los reyes justificaban la merced hecha a Colón porque: "es cosa justa y razonable que pues os poneys al dicho peligro por nuestro seruicio seades dello remunerado queriendo os honrrar e faser merced". Además se decía que "vades por nuestro mandado a descobrir e ganar con çiertas fustas nuestras e con nuestras gentes çiertas yslas e tierra firme en la mar oçeana e se espera... se descubriran e ganaran algunas de las dichas yslas..." La dicha merced otorgaba al genovés: "que vos el dicho Christoual Colon después que ayades descobierto e ganado las dichas yslas e tierra firme en la dicha mar oçeana... seades nuestro almirante e visorrey e gouernador enellas e vos podades dende en adelante llamar e yntytular don Christoual Colon e asy vuestros fijos e subçesores en el dicho ofiçio e cargo se puedan yntitular e llamar don e almirante e visrrey e gouernador dellas... e tengan dende en adelante para en toda vuestra vida e despues de vos vuestro fijo e subçesor e de subçesor en subçesor para sienpre jamas por nuestro almirante de la dicha mar oçeana e por visrrey e governador en las yslas e tierra firme que vos el dicho don Christoual Colon descubrierdes e ganardes e vsen con vos...". Colección Documental del Descubrimiento Tomo LVIII, 1, 2001 derecho otorgar un oficio de gobierno a un extranjero, quien "no era natural de los Reinos". De especial gravedad era otorgar el oficio de gobernador de forma hereditaria, como parece ser el caso con la gobernación mexicana al no aclararse lo contrario. Más cuando se hacía coincidir la representación regia con la propiedad de la tierra en la misma persona. Gravísimos resultados hubiera tenido el ejecutar esta cédula para la historia no sólo de España, sino de Occidente. La conducta de Hernán Cortés, y su triunfo ante los mexicas, congelaría para siempre tal sorprendente merced real. Un interrogante que la dicha real cédula plantea es quién informaba al almirante de Flandes de las nuevas tierras descubiertas, así como de las gobernaciones disponibles que podía pedir en merced al rey. Don Manuel Giménez Fernández también reflexionó sobre este respecto y sugirió por solución que el informante de Gorrevod debía ser Francisco de los Cobos. 21 Ello parece muy probable dada la manera de actuar del secretario respecto de los oficios y beneficios indianos. Su antiguo superior, Conchillos, le había mostrado el manejo de los asuntos de Indias tanto para bien como para mal. El propio Conchillos, el 5 de abril de 1518, al dimitir como secretario de los asuntos de Indias escribía al Consejo recomendándole para el oficio en los siguientes términos: sos días de la concesión de la cédula mexicana a Gorrevod-, Cobos recibiera del rey la licencia de enviar 50 esclavos negros a las Indias. Ejemplo que siguió Gorrevod en agosto de 1518, al conseguir del rey de Castilla otra licencia para Indias de 4.000 negros. 23 No puedo más que unirme a la acertada intuición de don Manuel Giménez Fernández quien creyó ver en tal licencia la compensación por la merced de imposible ejecución, relativa a la gobernación de Cuba y a la cesión feudal de las tierras que se conocerían como Nueva España, sólo que el ilustre maestro no conoció la real cédula de 29 de marzo de 1518. 24 La licencia negrera de Gorrevod se obtuvo en un ambiente favorable hacia fray Bartolomé de las Casas y a sus ideas de protección del indio. Alguien tenía que hacer el trabajo duro, el propio padre Casas había presentado un memorial a finales de marzo de 1519 por el cual se pedía al rey que otorgara licencias de hasta 15 esclavos a quienes le ayudaran con préstamos en las Antillas para su proyecto. Diego Colón, almirante de las Indias, contagiado por la fiebre esclavista, pedía licencia para hasta 500 esclavos negros a repartir entre los vecinos de las nuevas poblaciones que prometía, pues no sería posible tener indios en encomienda. El propio fray 23 Previamente, don Jorge de Portugal, camarero del rey, hijo del difunto don Álvaro de Portugal, Presidente del Consejo y deudo de la Reina Católica, recibió en Flandes licencia para exportar a Indias 400 esclavos negros. También del mismo autor, véase: "Die negersklavenlizenz des Laurent de Gorrevod", Spanische forschungen der Görresgesellchaft, 22 band, Münster, 1965. Don Jorge Alberto de Portugal fue el primer conde de Gelves, título creado en 1529, era hijo de don Álvaro de Portugal, que fue Presidente del Consejo Real de los Reyes Católicos, y de doña Felipa de Melo. Casó con la hija de don Diego Colón, doña Isabel Colón. Don Jorge era primo hermano del duque de Braganza, y había heredado el oficio de alcaide de los Reales Alcázares y Atarazanas de Sevilla. Su hijo y heredero fue don Álvaro de Portugal, conde de Gelves y duque de Veragua. Personaje manirroto que despilfarró su fortuna en 1548, cuando acompañó al príncipe don Felipe en su viaje por Europa, también dejó el recuerdo en Sevilla de generoso mecenas de las artes. Casó con doña Leonor de Milán. Zúñiga, Francesillo de: Crónica Burlesca del Emperador Carlos V. Edición, introducción y notas de Diane Pamp de Avalle-Arce. Vila Vilar, Enriqueta: Los Corzo y los Mañara: tipos y arquetipos del mercader con Indias. Los refugiados portugueses y el dilema de la guerra", en Ana María Carabias Torres (editora), Las relaciones entre Portugal y Castilla en la época de los descubrimientos y la expansión colonial. 24 Escribía al respecto don Manuel: "pero nada nos extrañaría que a la extraordinaria concesión del monopolio de importación de 4.000 negros en las Indias, hubiera tenido el carácter de compensación de la revocación de la merced real a que nos referimos." Yo añado la siguiente observación, la reventa de la licencia a los genoveses muestra un desinterés por la trata y sólo un afán de lucro. El Almirante de Flandes había perdido interés, aquello no era comparable con la conquista y señorío mexicano que originalmente le habían concedido. Tomo LVIII, 1, 2001 Bartolomé confesó cómo Gorrevod obtuvo el número de los esclavos de su licencia: "todos los avisos y medios que dio el clérigo Casas para que en estas tierras viviesen los españoles sin tener indios..., plugieron y fueron gratos mucho al Gran Canciller... y a todos los demás flamencos que dello supieron. Preguntóse al clérigo qué tanto número le parecía que sería bien de traer a estas islas de esclavos negros: respondió que no sabía, por lo qual se despachó cédula del Rey para los oficiales de la Contratación de Sevilla que... respondieron que para estas cuatro islas, Española, Sant Juan, Cuba y Jamaica, era su parecer que al presente bastarían cuatro mill esclavos negros. Así como vino esta respuesta, no faltó quien de los españoles, por ganara gracias, dio aviso al gobernador de Bressa, que era un caballero flamenco... muy principal, que el Rey había traído consigo y que era de su Consejo, que pidiese aquellas licencias por merced; pidióla, y el Rey luego se la dio, y luego ginoveses se la compraron por veinte y cinco mill ducados, y con condición que por ocho años no diese otra licencia el Rey alguna". 25 Nunca se pusieron mejor de acuerdo el derecho natural con los negocios. Una vez más la mano de Cobos se muestra al comunicar información reservado de valor económico al almirante de Flandes. Lo que también resulta evidente es que por entonces la camarilla flamenca tenía puestos sus ojos en Cuba, quizás debido a que una de las primeras cédulas de tema indiano firmadas por el rey don Carlos fuera el nombramiento de su camarero Álvaro de Ayala, fechada en Bruselas el 30 de agosto de 1516, como veedor de la isla. El mismo año de 1518 el flamenco Juan de Ubite fue elevado a la diócesis de la isla de Cuba. 26 En realidad como observó acertadamente fray Bartolomé de las Casas, Cuba era necesaria absolutamente para aquel que pretendiera la conquista de México, como plataforma para hombres y aviamiento. Las huestes eran la conditio sine qua non para lograr el señorío feudal "a la colombina" que tanto ambicionaba el consejero y almirante de Flandes, Laurent Gorrevod. Las órdenes reales dirigidas a Diego Velázquez La real cédula de 29 de marzo de 1518 a favor de Gorrevod, concediéndole la conquista y gobernación de Cozumel, constituye una interesante pieza perdida del rompecabezas de las exploraciones cubanas a Yucatán. Hagamos un poco de memoria: la primera expedición salida de Cuba, siendo gobernador Diego Velázquez, natural de Cuéllar, para la exploración de la costa mexicana data de febrero de 1517, y fue la capitaneada por Francisco Hernández de Córdova. Al año siguiente, a comienzos de abril de 1518, Velázquez envió una armada, motivada por los buenos augurios y riquezas que los expedicionarios de Hernández de Córdova hicieron relación. La dicha armada estaba al mando de Juan de Grijalva, deudo del gobernador de Cuba. 27 En los dos viajes fue el piloto Antón de Alaminos. Ya en el viaje de Hernández de Córdova creyeron los cristianos que se trataba de una isla. El indio Julianillo fue cogido entonces para aprender la lengua, sirviendo de intérprete en la expedición de 1518. A él hay que atribuir el que Grijalva fuera directo a Cozumel. Es en este segundo viaje cuando se dice que la isla fue descubierta. Tal como lo narra el Itinerario de la Armada, que escribió el clérigo Juan Díaz, descubrieron la isla de Cozumel, que llamaron de Santa Cruz por ser ésa la fiesta del día y así llamaron la tierra. Lo que debemos de interpretar que la tierra conocida como la isla de Yucatán, pasó a llamarse entonces de Santa Cruz. 28 Dice el Itinerario, que el tres de mayo: "vimos tierra, y llegando cerca della vimos una casa blanca y algunas otras cubiertas de paja en una punta, y un ancón que nacía de un brazo de agua de mar en la tierra, 27 Díaz del Castillo, Bernal: Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Edición de Miguel León-Portilla. 28 El nombre de Yucatán era el que daban los indios de las islas Guanajas a la península, los naturales de ella no la llamaban así como observaba el obispo Landa en su Relación. Decía el obispo franciscano que llamaban a una de las provincias Maya, que fue el territorio que alcanzaron los náufragos cristianos de 1511 -los primeros españoles en pisar suelo yucateco. Landa, Diego: Relación de las cosas de Yucatán. Edición de Miguel Rivera Dorado. Es el indio Yumbé, cacique de la Guanaja, quien en el cuarto viaje de Colón le dio noticia sobre la tierra hacia el poniente. El Almirante le tomó: "para que animase a los indios a platicar con los cristianos". Colón, Hernando: Historia del Almirante. Yumbé le hizo relación que: "una de sus naves cargada de mercancía... venía de una cierta provincia llamada Maya o Iuncatam...". Así se recoge en la "Relación de Bartolomé Colón sobre la navegación al Poniente y al Garbino de Veragua en el Nuevo Mundo". Cartas de particulares a Colón y Relaciones coetáneas. Edición de Juan Gil y Consuelo Varela. Esta es la primera mención de la península de los mayas descrita por su nombre actual. Las expediciones a las Guanajas en búsqueda de esclavos debieron generalizar entre los cristianos el nombre. No olvidemos que cuando la expedición de Hernández de Córdova, Diego Velázquez en un principio los quiso enviar a capturar indios de aquellas islas para venderlos. Esos asaltos debieron ser muy frecuentes. El hecho de que Alaminos condujera directamente a los españoles desde Cuba a la isla de Cozumel muestra no sólamente la mano de los indios mayas que llevaba consigo, Julián y Melchor, sino que la ruta era conocida para éstos. Aunque el comercio entre las Antillas y Yucatán no era constante hay evidencia de su existencia. Szászdi, Ádám: Un mundo que descubrió Colón. Las rutas del comercio prehispánico de los metales. Tomo LVIII, 1, 2001 y por ser el día de la Santa Cruz, llamamos así aquella tierra... Y al otro día por la mañana nos hicimos a la vela para ver una punta que allí aparecía, y dijo el piloto que era la Isla de Iuchathan. Entre esta punta y la punta de Coçumel, donde estábamos, encontramos un golfo en el que entramos, y llegamos cerca de la tierra de la dicha Isla de Coçumel, y la andamos costeando desde la dicha primera torre...". 29 Pero la real cédula de 19 de marzo de 1518 favorecedera de Gorrevod nombra la isla de Cozumel, refiriéndose a Yucatán, lo que significa que la noticia proviene de los informantes indios tomados en Cotoche, según Bernal Díaz, el año anterior por Hernández de Córdova, los indios Julianillo y Melchorejo, quienes debieron dar noticia de la riqueza e importancia de la isla ceremonial de Cozumel, lo que llevaría a la confusión de Alaminos y del resto de la hueste extendiendo el nombre a toda la tierra descubierta y por descubrir. 30 No olvidemos que la Punta de Cotoche, hoy Cabo Catoche, se encuentra no muy lejana, al norte de Cozumel. La insularidad equívoca de Yucatán quedaría confirmada por el parecer del piloto Alaminos, quien al alcanzar la Boca de Términos creyó haber encontrado el estrecho que separaba la ínsula de Tierra Firme. 31 Mas cuando en la Corte de España se trataba de la conquista y del gobierno de Cozumel se entendía por ella a toda la tierra nuevamente descubierta. Con pocos días de separación, entre la real cédula a favor del almirante de Flandes, firmada en San Martín de Rubiales, el 29 de marzo de 1518, se encuentra asentado en el mismo Libro otra real cédula, a mi entender desconocida y que desvela claramente los planes del joven Habsburgo para las tierras yucatecas y del golfo. Diego Velazques, nuestro Governador de la Ysla de Cuba, porque por algunas causas conplideras a mi serviçio es neçesario que por agora no se entienda en la conquista de la Ysla de Coçumel syno que se esté en el estado que agora está, Yo vos mando que no enbyéis a la dicha Ysla de Coçumel ninguna Armada ni gente para la conquistar, ni déys lugar que en ello se haga ynovaçión alguna hasta tanto que Yo provea sobre ello como más convenga a mi servicio; y sy por caso ante questa rreçibiéredes, huviéredes enbiado allá alguna Armada o gente a entender en la dicha conquista hagáys que luego se buelvan y no prosigan más adelante en ello y que dexen los yndios de la dicha Ysla paçíficos y con el mayor contentamiento que ser pudiere e vos procurad que asy se haga por la mejor manera que os paresçiere que convyene como Yo de vos confío, y no fagades ende al porque asy cunple a my servicio. De Aranda de Duero a primero día del mes de Abril de mill e quinientos e diziocho años. Señalada del Chançiller e don Garçía. Refrendada del secretario Liçaraço". 32 Se reservaba así Yucatán y sus tierras colindantes para la conquista del almirante de Flandes. Noticias al respecto también tenía Velázquez, pues Bernal Díaz del Castillo dice: "cuando llegó el capitán de Alvarado a Santiago de Cuba con el oro que hubimos en las tierras que descubrimos, y el Diego Velázquez temió que primero que él hiciese relación a Su Majestad, que algún caballero privado en Corte tenía relación dello y le hurtaba la bendición...". 33 Diego Velázquez había enviado a España a su capellán para prevenir tales peligros, un clérigo hábil llamado Benito Martín, quien llevaba relación de lo descubierto por Fernández de Córdova y de las riquezas prometedoras de la tierra. Su actividad fue tan acertada ante Fonseca, el licenciado Zapata y Conchillos, que consiguió el nombramiento de Velázquez como adelantado de la isla de Cuba y gobernador y capitán general de la tierra de Santa María de los Remedios, es decir Yucatán, y de Cozumel, por una capitulación, fechada en Zaragoza el 13 de noviembre de 1518. Llama la atención que a diferencia de lo prometido a Gorrevod, Velázquez sólo obtuviera como una merced especial la concesión perpetua y hereditaria de la vigésima parte de las riquezas obtenidas para el rey en la nueva "Isla". 34 Ello malograba, en apariencia, los esfuerzos de Gorrevod, mas lo que realmente descalabró a los flamencos -como también al hidalgo de Cuéllar-fue la actuación de Hernán Cortés y la importancia de su conquista ante la opinión pública. La armada de Cortés partió de Cuba un 18 de febrero de 1519, en la Instrucción que Velázquez dio al de Medellín, y que lleva por fecha 23 de octubre de 1518, en Santiago de Cuba, Velázquez figura como "Adelantado y Gobernador de las Islas e tierra nuevamente por su industria descubiertas e que descubrieren". 35 Lo que significa que en el uso se adelantaba a su nombramiento, dándolo por hecho. Si recordamos que en el contenido de la real cédula fechada en Aranda el 1 de abril de 1518 se le ordenaba al gobernador de Cuba que no enviara armadas a Yucatán y que si no hubiera regresado Grijalva mandase una expedición a buscarlo, podemos dar una nueva interpretación a la Instrucción que le dio Velázquez a Cortés y que tiene por fecha el 23 de octubre de 1518. El de Cuéllar, aunque en apariencia enviaba al extremeño tras Olid y las naos de Grijalva, en realidad buscaba ganar tiempo -desobedeciendo la voluntad real-para desvelar el secreto de la tierra sin molestar a los naturales. 36 En aquella época Diego Velázquez sabía el peligro que corría, y como cuenta el propio fray Bartolomé de las Casas por confesión del propio Grijalva, cuando éste volvió a Cuba tuvo que sufrir la ira del gobernador quien no cesó de afearle su poca iniciativa al no quebrantar la Instrucción que le había dado antes de salir. Es decir, quería que hubiere poblado y por tanto desobedecido al rey. 37 El levantamiento de Cortés, y el envío de procuradores a la Corte de España, con ricos presentes y memoriales, complicó aún más la situación. En octubre de 1519, sorteando las iras de Velázquez, Montejo arribó a Sanlúcar. El rey don Carlos recibió en el palacio de Tordesillas, donde se encontraba visitando a su madre, la Reina doña Juana, a los emisarios de Cortés y de su hueste en marzo de 1520, quienes llevaron consigo indios totonacas. A comienzos de abril, en Valladolid, aceptó el presente mexicano y leyó las cartas enviadas desde Veracruz. 38 Mientras, Velázquez desesperaba y lanzaba una campaña contra Cortés a quien tildaba de criado desleal; así le llamaba en la carta del 17 de noviembre de 1519 que escribió al licenciado Figueroa para que hiciera relación al rey del alzamiento de Cortés. Edición de José Luis Martínez. 36 La Instrucción en los capítulos 15 al 17 ordenaba sin dilación a Hernán Cortés que buscara a Grijalva. Aunque de su lectura se extrae que el gobernador Velázquez no tenía interés de su pronto regreso a Cuba. En mayo de 1522 se despacharon desde México nuevos regalos para santuarios y personajes de la Corte de España. Uno de los beneficiados fue "el mayordomo Mayor Moriu de Urre", quien por el oficio debe tratarse de Laurent Gorrevod. El obsequio estuvo compuesto de "Dos rodelas, la una el campo azul con una sierpe de oro e pluma colorada en medio, la otra el campo encarnado e un cigarrón de oro e azul en medio." ISTVÁN SZÁSZDI LEÓN-BORJA tendida el almirante de las Indias pudo tratar con los flamencos sus derechos sobre las nuevas tierras descubiertas en el Nuevo Mundo. Don Diego reclamó el décimo de las rentas que se obtuvieran de la Nueva España. También envió al licenciado Zuazo a Cuba para residenciar a Velázquez en 1521, aunque los gobernadores del reino, al tener noticia de ello, ordenaron a Zuazo por una cédula de 10 de septiembre que se inhibiera de residenciar al gobernador. Días después escribían al propio virrey "maravillándose" de su osadía al intervenir en una jurisdicción ajena. Hay indicios para creer que el segundo almirante de las Indias buscó un entendimiento con Cortés. Con el nombramiento por el cual Cortés podía gobernar los territorios de su conquista, en 1522, parecía desaparecer la coyuntura favorable a don Diego en el frente novohispano de su demanda. Incluso después de ser desposeído de sus poderes virreinales no renunció al sueño de la gobernación de la Nueva España. En 1525, Gonzalo Fernández de Oviedo cuenta que en la Corte corría el rumor de la inminente provisión de la gobernación mexicana a favor de don Diego Colón, debido al malestar contra Cortés entonces. Y se decía que don Diego debía ir "a le descomponer". De nuevo la diosa Fortuna sonrió al de Medellín y frustró las esperanzas colombinas, pues para cerrar este anillo de ambiciones gubernativas moría el segundo almirante de las Indias al año siguiente en Montalbán, en febrero de 1526. El peligro de crear un feudo en Indias, en México, con un señor forastero no fue una anécdota pintoresca de Las Casas. Es por el temor a que el rey hiciere merced a un extranjero de la Nueva España -es decir al almirante de Flandes-lo que llevó a los procuradores Francisco de Montejo y Diego de Ordaz a pedir a don Carlos que no se pudiera enajenar aquel territorio de la Corona Real de Castilla. Petición a la que atendió el rey por una real provisión fechada en Pamplona a 22 de octubre de 1523. 45 A punto estuvo México de convertirse en tierra poblada por flamencos... 44 Incluso en su testamento don Diego no se resignaba a perder el señorío mexicano, pues en él consta: "me es debida la décima parte de todo el oro, perlas, piedras preciosas e otras qualesquier cosas quen estas partes se ganaren e granxearen, asy en las yslas como en Tierra Firme... e de todo lo que se a abido en Tierra Firme e Yucatán e los almoxarifasgos nunca se me a pagado cosa alguna, por manera que todo se me debe..."
El presente trabajo analiza las fuentes legales peninsulares y coloniales con referencia a los caminos desde la Alta Edad Media al siglo XIX. El objetivo es rastrear en los cuerpos legales de la monarquía española sus planteamientos en lo referente a los caminos reales y a su implantación y desarrollo en España y América. Se estudian, además, los diferentes condicionamientos impuestos por las circunstancias históricas en la aplicación del proyecto real sobre vías de comunicación. Pretendemos con ello contribuir a esclarecer los mecanismos que estuvieron en el origen de la apertura y consolidación de los caminos reales con anterioridad a las reformas borbónicas del siglo XVIII. Los caminos en la legislación española El derecho real español intentó abrirse paso, aunque con dificultad, desde la Baja Edad Media, a la par que se iba consolidando un incipiente Estado. En la tradición de la legislación medieval española, a través de sucesivas compilaciones de las leyes emanadas de la Corona, la autoridad real se fue imponiendo a la maraña de jurisdicciones que existían en la península. La dificultad principal a la que se enfrentaba la Monarquía no eran ya los fueros nobiliarios, eclesiásticos o municipales, sino la multitud de disposiciones que para contrarrestarlos se habían ido produciendo a lo largo de los siglos. A menudo, muchas de estas disposiciones resultaban contradictorias, con lo que la administración de justicia era una tarea casi imposible. Para subsanar esta situación se llevaron a cabo sucesivos ordenamientos que recogían los textos anteriores y daban lugar a un nuevo cuerpo legal actualizado. Su promulgación no significaba en la mayoría de los casos que fuesen aplicados como derecho común ni que su aceptación fuese generalizada. A veces, contribuyeron incluso a complicar aún más la situación por la falta de rigor con que se efectuaron. 2 Aún así, resultan una fuente excelente para ver qué directrices siguió la Monarquía para consolidar su poder y de qué instrumentos se valió para fomentar el concepto del bien común y del Estado. El Fuero Viejo de Castilla recoge legislación desde Sancho García en el siglo XI hasta el rey don Pedro I, que llevó a cabo la recopilación de los fueros castellanos en 1356. El Fuero Real, obra de Alfonso X el Sabio, es aproximadamente de 1255. Es anterior a las Partidas, pero de mayor aplicación en la práctica. En el reinado de Alfonso XI, en las Cortes de Alcalá de Henares de 1348, se promulgó el Ordenamiento de las leyes de Alcalá. El Ordenamiento se aplicó hasta que por comisión de los Reyes Católicos, Alfonso Díaz de Montalvo redactó las llamadas Ordenanzas Reales de Castilla, publicadas por primera vez en Huete en 1484. En 1505, ante la profusión de ordenanzas y pragmáticas que se produjeron durante el reinado de los Reyes Católicos, se llevó a cabo un nuevo intento de unificación y aclaración del Derecho con las Leyes de Toro. Dos intentos más se realizaron con posterioridad: la Nueva Recopilación, en el reinado de Felipe II, y la Novísima Recopilación de 1805. 3 Hemos revisado esta legislación para ver cuál fue la política real en torno a los caminos, su evolución, y la importancia que se les asignó en el plan general de la Monarquía. El imperio romano había concebido una red de calzadas como un todo orgánico, para unir y articular las distintas provincias que fue incorporando. Este plan general se superpuso a los primitivos caminos concebidos únicamente para unir poblaciones cercanas. Volver a conseguir esa amplitud de miras y establecer la decisiva importancia de los caminos en el desenvolvimiento del estado fue tarea que llevó toda la Baja Edad Media y prácticamente toda la Edad Moderna. "Y bien puede decirse que, desde esta época, (romana) no volvió a concebirse en España una red orgánica de caminos con miras tan amplias hasta que se trazaron las carreteras del siglo XVIII y los modernos ferrocarriles del XIX". 4 No puede decirse, sin embargo, que todo fuera negativo con respecto a los caminos durante la Edad Media porque esa época se caracterizó por un incremento en el tráfico de personas y cosas. Aunque los caminos se empobrecieron, haciéndose la mayoría de tierra y sin firme, a la vez que se debilitaba el control nacional de los mismos. Como señala Gonzalo Menéndez Pidal: "...en los siglos VIII y IX hicieron su aparición generalizada la herradura, el estribo y un moderno sistema de enganche...". 5 Los primeros y tímidos intentos en la legislación para volver a controlar los caminos los encontramos en el Fuero Viejo: "...judgó don Lope Díaz de Faro que carrera que sale de villa e va para fuente de agua, debe ser tan ancha que puedan pasar dos mugieres con sus orzas de encontrada; e carrera que va para otras heredades debe ser tan ancha que si se encontraren duas bestias cargadas, sin embargo que pasen; e carrera de ganado debe ser tan ancha que se se encontraren duos canes, que pasen sin embargo". 6 Pero es Alfonso X, en el siglo XIII, el que personifica un avance considerable en la concepción de la sociedad en general, sistematizado en el código de Las Siete Partidas. Las Partidas llevaron a cabo un ordenamiento general en todos los ámbitos de la vida. Trataron de eliminar las limitaciones de la Monarquía con respecto a los fueros y al ordenamiento eclesiástico y las trabas en el desenvolvimiento de una sociedad en la que la excepción era estar directamente bajo la jurisdicción real. El nuevo Código "trató de estrechar los lazos harto débiles que unían a los diversos territorios del reino". 7 Estaba compuesto en su mayor parte de leyes romanas y decretales, y "muchas de sus disposiciones eran contrarias a lo que determinaban los fueros generales, provinciales, y aun municipales, que hasta entonces habían regido en el reino". 8 Con respecto a los caminos, en las Partidas se expone por primera vez el interés público de algunos de ellos, la competencia real en los mismos y su mantenimiento inexcusable a cargo de los beneficiados en caso de no poder cubrirse con las rentas del común. Gonzalo Menéndez Pidal resume todos estos aspectos, citando las Partidas, en el párrafo siguiente: "Alfonso X tuvo clara conciencia y experiencia de cómo la red caminera no podía estar formada por la simple suma de caminos locales y, por tanto, pensaba que algunos de esos caminos, por ser de interés general, debían construirse y mantenerse nacionalmente:'Debe [el rey] mandar labrar las puentes e las calzadas, e allanar los pasos malos' (Partida II, tít. 11, ley I); de resultas, estos caminos cobraban carácter super local, y el rey podía afirmar que'los caminos públicos pertenescen a todos los homes comunalmente, en tal manera que también pueden usar dellos los que son de otra tierra extraña como los que moran e viven en aquella tierra do son' (Partida III, tít XXVIII, ley VI.).'Apostura e nobleza del regno es mantener las calzadas e las puentes de manera que non se derriben ni desfagan. E como quier quel pro desto pertenesca a todos, señaladamente la guardia e la femencia destas labores pertenesce al rey que debe i poner homes señalados er entendudos en estas cosas, et animosos e mandarlos que fagan lealmente el repartimiento que fuere menester' (Partida III, tít. XXXII, ley XX). Se pagaría, a ser posible, con las rentas del común, y si no bastaba'entonces deben los moradores de aquel logar pechar comunalmente, cada uno por lo que hobiere, e desto non se pueden escusar caballeros, no clérigos, ni vibdas, nin huérfanos, nin ningún otro cualquier por privillejo que tenga' (Partida III, tít XXXII, ley XX)". 9 Como hemos señalado, la aplicación de las Partidas fue tarea ardua, así que este lenguaje tan explícito no se vuelve a producir hasta que en el siglo XVIII el regalismo borbónico hace posible de nuevo esta amplitud de miras. Por el momento, a Alfonso X no le cupo más opción que aplicar el Fuero Real: "más obra de observación y recopilación y menos obra de ciencia, fue completamente nacional y aceptable desde luego (...) reflejaba la sociedad y satísfacía sus necesidades". 10 Aun así, al intentar aplicar el Fuero Real se levantaron los nobles en Lerma para reivindicar el Fuero Viejo de Castilla, lo que originó la convocatoria de las Cortes de Burgos de 1270. El Fuero Real seguía el lenguaje indirecto que se mantuvo posteriormente, en el que el bien público se articulaba en torno a aquellos aspectos que interesaban a la Corona que se cumplieran para garantizar la comunicación y el tráfico comercial, sin olvidar la pugna con otras jurisdicciones en el uso del camino. Es decir, se abre paso el establecimiento de las regalías de la Corona como primer peldaño para establecer una sociedad plural cuya cabeza visible es el rey. 11 Así, se expresa la necesidad de que los caminos mantengan una determinada anchura y que no sean invadidos 9 Menéndez Pidal: España..., pág. 69. 10 Los códigos españoles..., pág. VII. 11 María Moliner en su Diccionario de uso del español (Madrid, 1989) define la regalía como "Del latín regalis, real: prerrogativa de las que, como la acuñación de moneda corresponden al soberano de un país." Y otra definición la encontramos en el Diccionario ideológico de la lengua española de Julio Casares (Barcelona, 1985): "Preeminencia o privilegio que en virtud de suprema potestad ejerce un soberano en su estado". MARÍA LUISA PÉREZ GONZÁLEZ por las propiedades circundantes. Igualmente hablan estas leyes de la libertad de los caminantes de transitar los caminos y de apacentar a sus bestias en campos abiertos. Establecen además las multas correspondientes para los delitos contra los caminos y los caminantes. 12 El Fuero Real sólo se aplicó de modo más generalizado en el reinado de Alfonso XI (1312-1350) "...pero lo que acabó de establecer la armonía y conformidad de las leyes en todas las partes de la monarquía fue la corrección y reforma de las Partidas, que para publicarlas ejecutó don Alfonso, (...) [pero] no se abolió el uso y autoridad de las leyes municipales (...) sino que se procuró suplir la escasez y remediar los defectos que en otros respectos padecían". 13 Un hito importante en este plan de la Monarquía lo constituye el año 1354, fecha en que las cabañas de ganados del reino pasan a estar bajo la protección real. No podemos extendernos aquí en la importancia decisiva que tuvo el Honrado Concejo de la Mesta en el desenvolvimiento económico del reino, pero es necesario mencionar los repetidos privilegios que la Corona le concedió, y cómo las vías pecuarias pasaron a denominarse cañadas reales. "El rebaño de reses lanares, los caballos, vacas, cerdos y la impedimenta, reunidos en grupos, de un propietario, se llamaba una cabaña. Sin embargo, la cabaña Real no se refiere a los ganados reales sino a la totalidad de la industria pastoril del reino, gobernada por decretos reales. Esta denominación de cabaña Real se usó para refrenar el poderío de las órdenes militares y del alto clero, que decidieron formar otra gran cabaña que no estuviera sujeta a estos decretos". 14 Los siguientes en conseguir el favor de la Corona fueron los carreteros: "...muy favorecidos por privilegios reales especiales:'por comerciar en el país en los tiempos de paz y servir su equipo para el transporte de impedimenta en tiempo de guerra'. 15 En la primera de ellas se reconocía por primera vez la Cabaña Real de Carreteros. "En 1629 la cabaña Real se dilató al incorporar a los cabañiles y los muleros de largas distancias con convoyes de carga integrados por hasta cien mulas". 13 Los códigos españoles..., pág. VII. 16 Ringrose, David: Los transportes y estancamiento económico de España. Tomo LVIII, 1, 2001 Era un sistema en el que el beneficio se daba en una doble dirección: "Al conceder privilegios a la asociación de carreteros, la Corona la subordinó a sus intereses. La Corona podía, entonces, pedir a los carreteros que dieran prioridad a las demandas locales incluso cuando hubiera en el horizonte otro trabajo más atractivo. Dentro de este engranaje de mutua dependencia, el gobierno podía monopolizar los servicios de transporte". 17 Con respecto a los caminos, como era de esperar, recibieron un importante impulso en el reinado de los Reyes Católicos. "Después de haber sentido tan a lo vivo la necesidad de caminos en la guerra de Granada, no era fácil que los Reyes, al llegar la paz, perdieran su interés por las comunicaciones del reino recién incorporado a su Corona, y buen testimonio de ello nos lo da la cédula caminera de setiembre de 1495, en la cual, visto lo provechoso que había resultado el carril abierto entre Guadix y Almería, se ordena la construcción de otros carriles semejantes que comunicasen Guadix con Baza y la Calahorra, así como también con los puertos de Almuñécar y Adra. Un mes después, los reyes ordenan el enlace caminero entre Ronda, Sevilla y Jerez, de una parte, y Ronda con Marbella y Gibraltar, de otra". 18 Acorde con su política de expansión de una economía nacional, los Reyes Católicos legislaron sobre la protección a la cabaña de carreteros, la comodidad en los caminos y el fin de los privilegios de los nobles. Estos privilegios se habían multiplicado, dando lugar a todo tipo de abusos, en el reinado de Enrique IV. Así consta en las leyes promulgadas para subsanarlos, recogidas en la Novísima Recopilación. 19 Como refuerzo de todas estas disposiciones y por la importancia que los Reyes Católicos concedieron a los caminos, establecieron en 1476 la Santa Hermandad, con "jurisdicción sobre todo delito cometido en despoblado, así como sobre los delincuentes que se refugiasen en el campo. Sus procedimientos eran sumarios y rigurosos. 20 En esa época, los caminos pasan a formar parte definitivamente de las regalías de la Corona. Actúan a modo de catalizadores de toda la organización económica que se crea, basada en principio en el ganado trashumante y más tarde en las minas. Los caminos permiten el transporte de mercancías o Lo que resulta obvio es que las leyes no concedían la titularidad al camino, sino la protección real y los beneficios de acogerse a ellas. No existe ningún tipo de planificación supralocal de las comunicaciones pero sí el deseo de que exista. Parece como si para empezar a formar una red de caminos públicos superpuestos a una maraña de jurisdicciones, las múltiples y repetitivas disposiciones reales dejen abierta la posibilidad de ir calificando los caminos reales. Este es básicamente el legado que se recogerá en América, que a pesar de constituir un proyecto regio, sufrirá el mismo mal endémico arrastrado desde la Edad Media. No será posible aplicar un plan general de organización de las comunicaciones perfectamente concebido, sin tropezar de inmediato con intereses particulares que, al fin y al cabo, ayudaban en la expansión del Imperio. Los caminos en la legislación colonial La experiencia medieval de la Monarquía en la península hizo que todo el plan de conquista y colonización de América se concibiera como un proyecto real desde sus inicios. En este sentido, la Corona retoma el espíritu ya vigente en las Partidas en cuanto a la organización de una nueva sociedad cuya cabeza visible es el soberano. En definitiva, se trata de conseguir en América la soberanía y la unidad que tanto esfuerzo estaban costando a la Monarquía tras la fragmentación de la Edad Media. La Monarquía contó desde el principio con las leyes y demás disposiciones reales para lograr el control de la empresa: "El derecho peninsular de la época de la conquista y la colonización americana no constituía un sistema jurídico unificado. Por ello, para conseguir la unidad política y jurídica, la monarquía hispana habría de luchar por imponer su derecho sobre los derechos locales, dictados desde tiempo inmemorial por órganos dis- tintos que los reales. La hegemonía política que fueron consiguiendo los monarcas castellanos no siempre llevó aparejada la unidad jurídica. Esta situación no se dio en América ya que desde el primer momento el único órgano creador del derecho fue el rey". 21 Otro medio para ejercer un dominio regio más efectivo lo constituyeron las reiteradas referencias al bien público y al del Estado en la ingente masa documental que generó la minuciosa burocracia de los Austrias y Borbones. 22 ¿Cómo se constituyó y organizó este derecho? María del Refugio González resume este proceso como sigue: "García-Gallo afirma que el derecho indiano nace del castellano al irse adaptando éste a las especiales circunstancias del Nuevo Mundo, sin que haya un propósito de establecer un régimen jurídico distinto en aquél y en la Península, antes bien procurando asemejarlo. Agrega que el derecho indiano sólo regulaba aquellas situaciones que por darse en América en forma distinta que en España requirieron de regulación diferente, de manera que el derecho indiano es un derecho especial o municipal. Siguiendo a este autor, se puede afirmar que'...el orden jurídico indiano, y por supuesto, el novohispano, formaban parte del sistema jurídico castellano. Aunque para las Indias, el derecho de Castilla era el común o general, y el indiano el particular o especial. Así pues, en caso de disparidad prevalecía el indiano, ya que el castellano tenía carácter supletorio o subsidiario, y se seguía formalmente para su aplicación el mismo orden que se había establecido para Castilla (...) En primer lugar, puede señalarse como elemento constitutivo del derecho novohispano al conjunto de ordenamientos jurídicos que eran derecho vigente en Castilla antes de la conquista de América, los cuales fueron transplantados prácticamente en bloque a los nuevos territorios, y constituían el punto de partida de todo el subsistema (...) En segundo lugar, las disposiciones dictadas para la propia España después de la conquista que por su sola promulgación tenían validez en las Indias; otras requerían el pase del Consejo para ser aplicadas en ellas (...) En tercer lugar, las disposiciones dictadas por las autoridades metropolitanas (...) En cuarto lugar, las disposiciones dictadas por las autoridades locales en uso de facultades delegadas por el 21 González, María del Refugio: "Estudio Introductorio a la Recopilación Sumaria de Eusebio Ventura Beleña". 22 Véase por ejemplo: "Testimonio de Autos sobre la apertura del camino entre Yucatán y Guatemala. AGI, Patronato, 237; y "Noticias de los poblados de que se componen el Nuevo Reyno de León, provincia de Coagüila, Nueva Extremadura y la de Texas... MARÍA LUISA PÉREZ GONZÁLEZ rey (...) En quinto lugar podemos señalar las leyes y costumbres de los naturales que eran anteriores a la conquista y que no iban en contra de la religión católica ni del Estado. En sexto y último lugar se puede mencionar la costumbre..'". 23 El panorama, por lo tanto, se complicó de manera semejante a lo que ya había sucedido en España. Y aunque no tan repetidamente, también se acometió de vez en cuando la labor de ordenar la legislación. Como resultado, se publicaron la Recopilación de Indias en el siglo XVII, la Recopilación Sumaria de Eusebio Ventura Beleña, y el Diccionario de Gobierno de Manuel José de Ayala, las dos últimas del siglo XVIII; ya en el XIX, las Pandectas Hispano-Megicanas de Rodríguez de San Miguel y la Legislación Ultramarina en forma de Diccionario de Zamora y Coronado. Con la misma intención que analizamos los códigos españoles, hemos revisado estos cuerpos de leyes para rastrear la situación de los caminos en el proyecto americano. La Recopilación de las leyes de Indias fue culminada en 1680 tras un largo proceso y con el objeto de ordenar y sistematizar todas las leyes vigentes en los reinos de ultramar. 24 La obra básicamente recoge con algunas novedades en la terminología ("tambos", "virreyes", "pueblos de indios"...) los mismos intereses que ya expresaron las leyes medievales. La Recopilación Sumaria de Eusebio Ventura Beleña se publicó entre 1787 y 1788 en la ciudad de México. 25 Parece que a pesar de no contar con la licencia del Consejo de Indias -la licencia real era imprescindible puesto que una de las regalías de la Corona era sumariar, imprimir y publicar las leyes-, esta compilación privada tuvo un uso generalizado. 26 Contiene "la parte de la recopilación realizada poco más de cien años antes por Montemayor, relativa a los Autos Acordados de la Real Audiencia de México y los mandamientos y ordenanzas del Superior Gobierno [y] (...) el material recopilado por el oidor Beleña, a saber: los Autos Acordados de la Real Audiencia de México posteriores a 1677; los Autos Acordados de la Real Sala del Crimen de la misma Audiencia desde 1723, y por último, las providencias que fueron dictadas por el superior Gobierno también después de 1677 y las reales cédulas y órdenes posteriores a la publica-ción de la Recopilación de Indias". 27 Nos interesa esta obra sobre todo porque recoge disposiciones de carácter local y así "presenta un panorama completo del derecho aplicable en la Nueva España en el último tercio del siglo XVIII". 28 En la recopilación del propio Beleña, no hay referencia específica a caminos en las materias contempladas. Los autos acordados de la Real Sala del crimen que Beleña incluyó trataban de "complementar la regulación novohispana sobre diversas materias, cuestiones de la vida cotidiana no previstas o insuficientemente reguladas en la legislación general". 29 No se recoge ninguna real cédula u orden expedida después de publicada la Recopilación de Indias específicamente referidas a caminos. Con todo lo cual parece que esta materia no necesitara de mayor regulación. También a finales del siglo XVIII publicó Manuel José de Ayala su Diccionario de Gobierno y legislación de Indias. 30 Ayala era panameño y desempeñó los cargos de Archivero y Oficial de la Secretaría del Supremo Consejo de Indias y Archivero de la Secretaría de Indias. Aprovechó la rica documentación del Consejo de Indias y de la Secretaría del Despacho Universal de Indias para formar un Cedulario. "De los Cedularios conocidos que ofrecen mayores garantías históricas (...) [ este cedulario] tiene la ventaja, por ser el más moderno, de incluir documentación de los últimos tiempos coloniales". 31 Incluye en concreto tres cédulas y una orden sobre caminos. 32 Las Pandectas Hispano-Megicanas 33 de Juan Nepomuceno Rodríguez de San Miguel fueron publicadas originalmente en 1839, y se hizo una nueva edición en 1852. "Representa una de las propuestas para recoger el derecho reputado vigente en la época previa a la consolidación de la codificación del derecho (...) Puede decirse que la obra es una compilación ya que careció de sanción oficial". 34 Es una obra tradicionalista que reivindica el valor de la antigua legislación española colonial y que se publicó "para ayudar a poner orden en el caos de la legislación" posterior a la Indepen- En 1846 se publicó la Biblioteca de legislación ultramarina en forma de diccionario, de Zamora y Coronado. 36 Contiene esta obra "el texto de todas las leyes vigentes de Indias, y extractadas las de algún uso, aunque solo sea para recuerdo histórico: las dos Ordenanzas de Intendentes de 1786 y 1803, el Código de Comercio de 1829 con su Ley de Enjuiciamiento, las Reales Cédulas, Ordenes, Reglamentos y demás disposiciones legislativas aplicadas a cada ramo, desde 1680 hasta el día, en que se comprenden las del Registro Ultramarino con oportunas reformas y agregación de acordados de Audiencias, Bandos y Autos Generales de Gobierno, y cuantas noticias y datos estadísticos se han creído convenientes para marcar el progreso sucesivo de las posesiones ultramarinas, y a los fines de su más acertado régimen administrativo, mejoras que admita y represión de abusos". Bajo la voz "caminos públicos" se remite a la Recopilación de Leyes de Indias, cuyas leyes cita textualmente. Antes de pasar a abordar los caminos en Cuba ya en el siglo XIX, hay una única mención a los caminos en México: "Camino carretero de Veracruz a Perote. En relación de don J.M. Quirós, secretario del consulado, datada el 15 de marzo de 1814. Se expresan los trabajos y puentes emprendidos con real aprobación de 15 de febrero de 1803 hasta fin de diciembre de 1811 para mejorar el camino de Veracruz a Perote (41 leguas) y hacerlo transitable a ruedas, en cuyas obras había erogado el consulado 2.776.906 pesos y 7 reales". 37 Orejón sobre los Cedularios del Archivo General de Indias, sin resultados en cuanto a caminos. 38 Como conclusión al análisis de estas obras lo primero que se aprecia es la escasez de disposiciones que aporten alguna novedad tras la Recopilación de Indias de 1680 que, a su vez, retoma los cuerpos legales reales del derecho peninsular. Se observa en algunos casos los intentos de las autoridades locales por adaptar las reglas generales a los casos particulares, pero la esencia de esas disposiciones sigue siendo la misma que animaba a las leyes de los reyes medievales. El uso de los caminos seguía estando plagado de abusos, los cuales afectaban incluso a la población indígena, y la reiteración de muchas disposiciones indican que la legislación no se cumplía. El fortalecimiento del poder real desde luego no se produce de manera simultánea a la situación deseable para las vías de comunicación. En fecha tan tardía como 1803, en las Ordenanzas de Intendentes, el artículo 93 establece que "el aseo y limpieza de los pueblos, buen orden de sus casas, y mejor arquitectura de las iglesias y edificios públicos contribuyen también a la felicidad y fomento de sus vecinos, y aun más particularmente la comodidad de los caminos, su seguridad y posadas, en que se interesa el comercio por la utilidad que resulta a los traficantes o pasajeros, y como por el descuido con que se han mirado las leyes de Indias que de esto tratan, son visibles los perjuicios que se han causado y el atraso en que todo se halla, cuidarán los intendentes de remediarlo, y de que conforme lo permitan la extensión y escasas proporciones del país, se reparen estos daños, haciendo puentes que eviten el riesgo de los ríos, y que se compongan los caminos, poniendo señales que guíen a los pasajeros, y casas que les sirvan de abrigo y descanso, a cuyos gastos contribuirán los sobrantes de propios y arbitrios, conforme a lo que en el artílulo 86 queda declarado, y respecto que los alcaldes provinciales o de la hermandad, que en los más cabildos o ayuntamientos de Indias se han creado, tienen por razones de su oficio la obligación de reconocer los campos y montes, para evitar insultos y robos en los tránsitos y despoblados, se valdrán de ellos a este efecto los intendentes, estrechándolos a que pues disfrutan el honor y prerrogativas de los empleos, cumplan con exactitud sus cargas". 39 38 Muro Orejón, Antonio: Cedulario americano del siglo XVIII. 39 Zamora y Coronado: Biblioteca..., tomo V, pág. 93. Ante la imposibilidad de establecer desde las altas instancias una red coherente de vías de comunicación, se esperaba que, a impulso de las disposiciones sobre la conservación de los caminos y sobre la protección de su tránsito, aquellos fueran surgiendo y articulando el territorio. Si echamos un vistazo a las leyes que recoge la Recopilación, es significativo que bajo la denominación de "Caminos Públicos" se enmarcan disposiciones varias sobre pastos, montes, aguas, arboledas y plantíos de viñas, que cumplen la misma función de impulsar la economía nacional. El camino real, directamente bajo el patrocinio de la Corona y de sus leyes por su importancia en la utilidad pública, debía estar protegido de todo tipo de abusos, para contribuir así a fortalecer el modelo de desarrollo económico impulsado por el Estado, basado en los reales de minas y en las grandes haciendas. Se observa claramente que hay un énfasis especial en la legislación sobre el camino de Veracruz, camino real y verdadero cordón umbilical con la metrópoli. Pero, ¿Cómo surge y se va denominando esta red de caminos? El Camino Real en América Para definir el camino real en América hay que situar a todos aquellos caminos que a lo largo del período español reciben esta denominación en el contexto de la integración territorial de toda la América española según las directrices de la Corona. Dentro de un plan globalmente concebido desde instancias superiores, el camino real es el camino de interés público desde el punto de vista oficial. Su ruta, como veremos, puede variar o incluso ser alternativa, pero siempre es una ruta que articula el territorio en su totalidad según las directrices de la economía de la zona. Cuando se denomina a un camino "real", subrayando su importancia y su utilidad, se recoge todo el bagaje legal peninsular y americano: la aspiración tradicional de la Monarquía por consolidar al unísono el poder real, el estado y los elementos indispensables para sustentarlos. Por esto, el camino real en América tiene un valor añadido y fundamental: consolida la colonización como una empresa real. Y esto es algo que van a aprovechar tanto los beneficiados por las disposiciones reales como las autoridades que representan a la Corona para ir formando la red de caminos reales. Como punto de partida, en 1573 las Ordenanzas de descubrimiento, nueva población y pacificación de las Indias establecían en el artículo 37 sobre "nuevas poblaciones" que "tengan buena salida por mar y por tierra de buenos caminos y navegación para que se pueda entrar fácilmente y salir comerciar y governar socorrer y defender". Y en el capítulo 71 se dice que a los adelantados que cumplieran la capitulación "puedan dar ejidos abrevaderos caminos y sendas a los pueblos que nuevamente se poblaren...". 40 Este era el plan ideal con objeto de integrar lo mejor y más rápidamente los nuevos territorios, así como para evitar errores del pasado. La atención sobre estos caminos vertebrales es temprana en América, y comienza en la Nueva España con el camino de Veracruz, donde el tráfico se había ido incrementando notablemente y era el nexo con la metrópoli. Para dar una idea sobre la importancia de este camino citamos el siguiente párrafo de Ramón Serrera: "...ya en 1540 unos cien trenes de mulas recorrían simultáneamente el camino entre la capital virreinal y el puerto veracruzano (...) En el camino México-Veracruz llegaron a intervenir técnicos de nombradía, entre ellos nada menos que el consagrado ingeniero militar Juan Bautista Antonelli, autor de un interesantísimo dictamen pericial sobre esta importante arteria vial mexicana. El informe o parecer del italiano, fechado en México el 10 de marzo de 1590 y articulado en 62 puntos, aporta noticias valiosas sobre los distintos tramos de la ruta e incluye una minuciosa'Relación y calidad del camino que abrió el doctor Palacios por Orden del Virrey Marqués de Villamanrique...'". 41 El interés por este camino real, y más tarde por el de México-Acapulco, es obvio desde el punto de vista económico y político. Y así lo entendió Humboldt a finales del siglo XVIII al denominarlos "camino de Europa" y "camino de Asia". 42 Seguramente para realzar con esta distinción la trascendencia de ambas rutas para el desenvolvimiento políticoeconómico de la Nueva España. Estos caminos garantizaban que el modelo económico que el Estado trataba de imponer se desarrollase de manera fluida y sin trabas. En este sentido, el camino que conduce a los reales de minas podemos considerarlo camino real por antonomasia, puesto que las minas y las regalías de ellas derivadas constituyeron uno de los objetivos fundamentales para la 40 "Ordenanzas de descubrimiento, nueva población y pacificación de las Indias dadas por Felipe II, el 13 de julio de 1573, en el bosque de Segovia". En Morales Padrón, Francisco: Teoría y leyes de la conquista. Madrid, 1979, págs. 497 MARÍA LUISA PÉREZ GONZÁLEZ expansión territorial y sostenimiento del Estado. El mecanismo por el que todo esto se conseguía era bastante cómodo para la administración colonial: "...que es altísima y divina Providencia, para que por este medio se vaya poblando este Nuevo-Mundo, y es el caso que a todos los minerales ricos que se descubren, luego acuden multitud de gente al eco sonoro de la plata, de cuantos lugares hay de América, y como el sitio en que se descubren las minas es infructífero de los necesarios mantenimientos, logran los labradores y criaderos de los contornos el espendio de sus semillas y ganados; y como estos solos no pueden dar abasto al gentío que concurre, se ven precisados otros, o por la necesidad o por codicia, a descubrir nuevas labores, y poblar nuevas estancias de ganados aun las tierras de mayor peligro por los bárbaros, disponiendo Dios por este medio, que aunque las minas decaezcan, queden las tierras circunvecinas con las nuevas labores y estancias bien pobladas, y con suficiente comercio entre sus moradores", 43 o como indica Humboldt: "...y sin que el gobierno se ocupe en la fundación de colonias, una mina, que en el principio parecía aislada en medio de montañas desiertas y salvajes, en poco tiempo se une a las tierras ya de antiguo labradas". 44 Pero tanto las minas como los caminos para comunicarlas fueron un proyecto regio de creación pero de explotación privada. La Corona simplemente definía la regalía sobre las minas y legislaba para proteger el tráfico en el camino. Pero todo ello a modo de sanción sobre lo ya conseguido. Así lo expone Bakewell al tratar la consolidación del camino real a Zacatecas: "Así, las peticiones enviadas por mineros, sacerdotes y otras personas a mediados del decenio de 1560-70 de que la Corona actuara con mayor eficacia, recibieron como respuesta la cédula del 20 de Abril de 1567, que disponía que la Audiencia de Nueva Galicia tomara medidas para proteger a los mineros y las vías de comunicación, pero que dos tercios del coste de tales operaciones fuera pagado por los colonos mismos, contribuyendo la Real Hacienda sólo con una tercera parte". 45 Lo que se produce en América en general no es la superposición de caminos reales sobre vías disputadas por otras jurisdicciones, sino la apertura directa de estos caminos. Una red de caminos principales que comuni-43 Arlegui, José: "Crónica de la Provincia de NSP San Francisco de Zacatecas". En León Portilla, Miguel: La minería en México. Estudios sobre su desarrollo histórico. 44 caran las distintas provincias y todo el territorio. La Corona, fiel a la práctica de no emplear caudales de la Real Hacienda, siguió el lema de dejar hacer, dejar pasar, correspondiendo a los vasallos lograr el tránsito, la explotación de las minas, las poblaciones para que todo ello se consolidara a través de un camino real que se situaría directamente bajo la protección de la Corona. La secuencia lógica, según la cual el camino hacia un territorio nuevo se abre una vez consolidado el territorio inmediato, no siempre se siguió en América. La conquista de un lugar aislado e incomunicado, motivada por el descubrimiento de minas, por amenaza exterior o por la conversión de indígenas, favorece la calificación del camino a posteriori. Es lógico que se reivindique la titularidad real del camino para integrar cuanto antes el territorio. En muchos casos es una denominación un poco apriorística, porque la utilidad del camino la consolida el tráfico del mismo. A veces éste es muy débil por la precariedad de la colonización. En el caso de la explotación de minas, el bien público estaba garantizado desde el principio junto con los reales derechos. Pero si el camino iba a sustentarse del comercio, el bien público y los derechos reales debían abrirse paso más a largo plazo, a causa de todas las disputas que se observa en las leyes que conlleva la utilización del camino. No obstante, el comercio y sus beneficios redundan en el mantenimiento de los territorios, y son a la larga mucho más duraderos. Observando la red de caminos reales en América, parece que existan dos tipos dentro de esta denominación. Unos de muchísima longitud, como el Camino Real de Tierra Adentro, desde la ciudad de México hasta Santa Fe del Nuevo México, el Camino Real de Chiapas desde México a Guatemala o el camino Real de Lima a Venezuela, 46 cuya función como integradores del territorio es obvia. Y otros más cortos pero que abren una vía de comunicación imprescindible o soportan un tráfico fundamental. Por ejemplo, los caminos reales de Veracruz y Acapulco. En los primeros existen ramales, así reconocidos en algunos casos -por ejemplo los caminos a San Luis de Potosí y Monterrey a que hace referencia Humboldt 47 -pero nunca abiertamente denominados así en otros, como por ejemplo el camino de Texas. Y en este contexto, cuando la 46 Sobre este último camino nos especifica Ramón Serrera lo siguiente: "...la red vial del nuevo reino de Granada formaba una compleja malla cuyo principal y más importante eje constituía una parte del antiguo y gran camino real que recorría el país de Sur a Norte conectando Lima con Venezuela despues de atravesar los Andes ecuatorianos." 47 González Tascón, Ignacio: Ingeniería española en Ultramar. MARÍA LUISA PÉREZ GONZÁLEZ situación territorial en el lejano Norte se complica, sería conveniente distinguir entre los que son simplemente caminos secundarios surgidos a partir del camino real y los ramales de este último en cuanto que su función sigue siendo la integración y consolidación de nuevos territorios. Aquí es donde entran a formar parte los intereses particulares dentro de la política ambigua de apertura y consolidación de los caminos. En efecto, a nadie con la firme voluntad de sacar provecho de un territorio le interesa que esté recorrido por un simple camino secundario. El camino real no sigue una ruta fija, ni tampoco es siempre el mejor (el camino carretero que garantiza el tráfico rodado), ni son necesariamente las calzadas que con mejores técnicas se proyectaron a partir del siglo XVIII. A menudo, el camino real alternaba tramos de calzadas con otros de herradura e incluso míseras veredas. A este respecto existen numerosos ejemplos que lo prueban. En el camino de Veracruz, de tramos muy desiguales en su calidad, en cada nuevo proyecto que se acometió para su mejora hasta prácticamente comienzos del siglo XIX, se llevaron a cabo variaciones en su recorrido. Y este recorrido contemplaba tradicionalmente rutas alternativas. 49 Sin embargo, este camino gozó de unas circunstancias geográficas mucho más benévolas que las de otros caminos reales, pues sus "escasos desniveles topográficos" 50 hicieron afirmar a Humboldt que el Camino Real de las Provincias Internas, "camino longitudinal" en su terminología, era de muy fácil conservación. 51 El camino real es un concepto más complejo que el hecho físico del camino. De lo que se trataba era de mantener la flexibilidad en cuanto a buscar constantemente rutas alternativas que pudieran ser más cómodas y cortas. Por la importancia de la ruta, para su seguridad y para protección de los 48 Es muy ilustrativa sobre este tema la obra de Diego Panes de finales del siglo XVIII, Descripción de los caminos que desde la plaza de Veracruz se dirigen a México por distintos rumbos, Madrid, 1992. También seguía esta tónica el camino real que a través del istmo de Panamá remontaba el río Chagre. "...mixto, marítimo, fluvial y terrestre", citado en González Tascón: Ingeniería..., pág. 417. Tomo LVIII, 1, 2001 que la abren y trajinan se denomina "Real". Para que dicha flexibilidad se respetase, la Corona legisla sobre la libertad de los caminantes de buscar rutas más cómodas o sobre su derecho a oponerse a imposiciones particulares, situando el bien público por encima de intereses privados. 52 Algunos historiadores entrecomillan el término "Real" cuando quieren dar a entender que la denominación es a todas luces exagerada para semejantes caminos. Lo cierto es que la adecuación del nombre a la realidad topográfica del camino real sólo se empezó a producir hacia finales del siglo XVIII. En la mayoría de los casos en Nueva España no se logró nunca. En el siglo XVIII se intenta la racionalización de toda la red de caminos. "Debe quedar claro que los cambios en su actuación, con relación al siglo precedente, deben enmarcarse dentro de la política de la nueva dinastía reinante, especialmente en lo referido a las obras públicas que (...) tienden a replantear estructuralmente la articulación territorial del Estado (...) mantener y consolidar las relaciones de dominio sobre los territorios coloniales, en la cual los ingenieros desempeñaron un importante rol en su puesta en marcha". 53 No obstante el regalismo borbónico, la mayoría de las actuaciones en América se ciñeron a las fortalezas, con objeto de establecer un buen sistema defensivo. En cuanto a los caminos "la gran mayoría de estas obras las hemos localizado en el territorio de Nueva España, donde participaron en ocho caminos, de importancia variable (México-Puebla-Perote, Jalapa-Veracruz, México-Puebla-Orizaba, Córdoba-Veracruz, México-Toluca, México-Vallejo, Veracruz-Antigua, San Blas-Tepic, Mérida-Puerto Sisal, Tabasco-Guatemala), y siete puentes". 54 Por primera vez en la legislación se alude al camino "Real" o también "Principal" y "General", como decíamos por la adecuación del término a lo que había tratado de ser el camino desde el principio. En cuanto al término "Principal", parece que gana terreno en las leyes de los siglos XVIII y XIX con el fortalecimiento del Estado y la creación de instituciones más fuertes para velar por el interés público. El continuo apoyo real a esta idea deja de ser imprescindible. 55 52 Hemos visto por ejemplo la ley de Felipe II de 23 de Noviembre de 1568 recogida en la Recopilación de leyes de Indias, o la Real Cédula de 1608 sobre los vecinos de Tunfaque en la Nueva Granada, que incluye Manuel José de Ayala en su Diccionario. 53 Capel, Horacio et al.: De Palas a Minerva. La formación científica y la estructura institucional de los ingenieros militares en el siglo XVIII. Las obras que se acometen en América desde finales del siglo XVIII recogen este nuevo espíritu. Así Diego Panes en su Relación sobre el camino de Veracruz distingue entre las doce varas de ancho para un camino real ("no deja duda que un camino real debe ser más espacioso en este reino que los de comunicación entre ciudades y pueblos") y las de un camino de travesía que "bastaría tuviese este camino de ocho a diez pies de ancho". 56 En los siglos anteriores, como hemos visto, siempre se dio una cierta ambigüedad en la apertura y conservación de los caminos reales, sin que por regla general se aludiera explícitamente a sus prerrogativas particulares. Por ejemplo, en la confrontación entre Martín de Ursúa y Roque Soberanis a finales del siglo XVII por la sucesión en la gobernación de Yucatán se usa como baza principal el camino que el primero había empezado a abrir para comunicar la provincia con Guatemala. Buscando la aprobación real, el argumento esgrimido es el camino: "...y que en las ocasiones que se ofreciesen de enemigos y socorros de que necesitasen una y otra provincia se podrían dar la mano y asistirse con más facilidad, no siendo el menor motivo que por allí quedaría abierto el comercio, no sólo para ambas provincias, sino para las desta gobernación de VE en beneficio de los vasallos y augmento de los reales derechos (...) últimamente se conseguiría después de tantos años la reducción que no se ha podido lograr de tantas naciones bárbaras de que se tiene noticia que habitan en aquellas serranías...". 57 Otro ejemplo es la carta que los arrieros que cubren la ruta México-Veracruz envían a S.M. con fecha de 19 de julio de 1796 a propósito del proyectado camino por Córdoba y Orizaba. Reivindican el camino tradicional por Perote y denuncian el proyecto como una maniobra más de los contratistas para perpetuar los abusos a que habían sido sometidos tradicionalmente: "... en el paso de este río donde se acostumbra la maldad de llevarnos la contribución de barcas que pagamos al salir de Veracruz sin que los tales bajeles nos transporten pues tomamos pasar a vado...". O bien "... con lo que habemos contribuído de pisage en tantos años, lo que paga el comercio al consulado de México por el derecho de avería podía estar el camino calzado o empedrado de plata." Y se acogen en términos muy explícitos a la protección de la Corona: "No es creíble que los que se acogen al patrocinio de V.M. (Que Dios guarde) salgan mal despachados de 56 Diego Panes, Descripción de los caminos..., págs. 121 y 123. 57 Testimonio de Autos sobre la apertura del camino entre Yucatán y Guatemala. Tomo LVIII, 1, 2001 sus pretensiones justas y en que se interesa el erario real como se demuestra en la adjunta representación...". 58 Ante la indecisión o imposibilidad de la Corona, los particulares con intereses claros en un territorio eran los principales interesados en denominar al camino "Real". Al fin y al cabo ellos eran los que habían arriesgado su fortuna abriéndolo y consolidándolo a sus expensas. Y una vez consolidado, a los que lo trajinaban y también a la Corona, para asegurar la colonización según su proyecto. Toda la legislación y tradición aplicable a los caminos convergen con más fuerza en el Principal o Real que se asienta en la necesidad económica o militar del Estado. Este camino es el que mejor comunica y articula la comunicación, el que soporta mayor tráfico y devenga más intereses para el Real Erario. En este sentido, el camino y su denominación dan importancia al territorio por el que pasa, dentro de la configuración general del imperio español en América. Por ejemplo, es lógico pensar que tras los avatares históricos del reino de Nuevo México 59 los principales interesados en llamar al camino hasta Santa Fe "Camino Real de Tierra Adentro" fueran los propios pobladores y también los comerciantes de Chihuahua, 60 ambos grupos interesados en demostrar la estabilidad del territorio y también beneficiarios del tráfico comercial que se produjo desde los inicios del poblamiento. La escasa calidad que presentaban las vías de comunicación en España y América durante toda la Edad Moderna es un hecho innegable. Desde este punto de vista, no es posible nombrar el camino real en el sen-58 Los arrieros del camino de Veracruz al rey. 59 Sobre este tema dice Enrique Florescano lo siguiente: " La Corona decidió abandonar el territorio conquistado al considerar lo gravoso que resultaría mantener su dominación en tierras tan lejanas. Pero la resolución de una junta de teólogos y juristas sobre no ser lícito, en buena conciencia, abandonar otra vez a la gentilidad a los indígenas ya convertidos (...) forzaron a la Corona a tomar la provincia bajo su protección (...) en los años siguientes una caravana anual de carros y carretas fuertemente escoltada, fue el único vínculo que unió a Nuevo México con las posesiones españolas del interior". Florescano, Enrique: "Colonización, ocupación del suelo y frontera en el norte de Nueva España. En Alvaro Jara, Tierras nuevas. Expansión territorial y ocupación del suelo en América. El autor llega a interesantes conclusiones sobre la cantidad de pobladores dedicados a actividades comerciales así como sobre el volumen de este comercio. MARÍA LUISA PÉREZ GONZÁLEZ tido en que se hace en la mayoría de las ocasiones, siguiendo definiciones actuales: "El [camino] constituído a expensas del Estado, más ancho que los otros, capaz para carruajes, y que pone en comunicación entre sí poblaciones de cierta importancia". 61 Este tipo de definición responde a la sistematización que, como hemos visto, se llevó a cabo a finales del siglo XVIII y principios del XIX. En esas fechas, el fortalecimiento de la Corona posibilitó la creación de las instituciones necesarias para controlar las vías de comunicación. Con estas instituciones, reflejadas en la legislación de esa época, pudieron acometerse por fin las mejoras en el uso y la conservación de los caminos. No obstante, todos estos avances no deberían oscurecer el proceso anterior, en el que a través de mecanismos más complejos se estableció la red de caminos reales en España y América. Desde los siglos medievales la monarquía trató de consolidar el concepto de bien público y del Estado a través de su legislación. El impulso que se dio a la Mesta o a la carretería contribuyó de manera decisiva a la consolidación de los caminos. El proceso de avance no se produjo de manera lineal puesto que fue necesario luchar contra los privilegios tradicionales de los nobles, las ciudades y la Iglesia. Sin embargo, el espíritu de las Partidas terminó imponiéndose a otros códigos más conciliadores a los que había sido necesario recurrir dada la debilidad inicial de la Corona. Cuando se planteó la empresa colonizadora en Indias, se pretendió que dicho espíritu fuera su motor. En ocasiones se ha subrayado que el proyecto real no animaba a la participación privada en la empresa colonizadora. Resulta indudable al respecto la posición de la Corona en cuanto a la implantación de unos patrones rígidos de colonización. Al analizar la legislación sobre los caminos y el desenvolvimiento de los mismos en América se observa el interés real en proteger el tráfico comercial de los abusos que coartaban el desarrollo de la economía. Con ello se ofrecía a la iniciativa privada la posibilidad de transitar por caminos más seguros. La fuerza de la legislación real era la misma para la totalidad de las provincias del imperio, incluidas las aisladas provincias fronterizas. El interés de la Corona estaba, sin duda, en que las leyes emanadas de ella propiciaran que los caminos se extendieran en todas direcciones, viéndose así articulado y consolidado todo el territorio. El camino real americano posibilitó quizá más que ningún otra institución la vinculación de estas nuevas tierras y sus moradores al resto del 61 Diccionario enciclopédico abreviado, Madrid, 1957. Por eso se denomina como "Real" al camino casi desde los albores de la provincia que recorre. 62 Aunque su conservación no fuera siempre la deseada, el camino real garantizaba la prolongación de la normativa real a cualquier punto de España y de las Indias, así como su integración y desarrollo. 62 Remito a mi trabajo: "El camino real y el poblamiento definitivo del territorio tejano" presentado en el IX Congreso Internacional de la Asociación Española de Americanistas celebrado en Badajoz en Octubre de 2000, que aparecerá en la publicación de sus Actas, actualmente en prensa. Fuero Real -"Como los caminos que entran a la ciudad deben estar abiertos, e muy grandes, como solía haberlos: Los caminos que entran a la ciudad, e que van a las otras tierras, finquen bien abiertos, e tan grandes como suelen estar: e los herederos de la una, e de la otra no sean osados de los ensangostar: mas si quisieren facer cerraduras a sus tierras o a sus heredades, faganlas en los suyo: e si alguno contra esto ficiere, peche por la osadía treinta sueldos al rey, e desfágalo" -"Como cualquier puede desfacer la carrera que estuviere cerrada: quienquier que hallare camino, o carrera usada cerrada, desfaga el valladar, o la cerradura sin caloña ninguna qualquier que sea: e si mision y fizo alguna, péchelo aquel que cerró la carrera" -"Como los viandantes pueden apacentar sus bestias: Los viandantes puedan meter sus bestias, e los otros ganados a pacer en los lugares que no son cerrados, ni defendidos, y puedan y descargar, y folgar por un dia o por dos al mas, si el dueño del lugar gelo otorgáre: e guardense de desraygar, ni de cortar arboles que lleven fruto, o otros arboles grandes que sean para labores, que no sean de cortar" -"Como ninguno debe sacar las bestias de los viandantes de los caminos: Ningun home no sea osado de sacar de los campos que fueren abiertos bestias, o otro ganado que fuere de homes viandantes: e quien lo ficiere, e los encerráre en su casa, peche por cada cabeza dos sueldos: e si los no encerráre en casa, e los sacare del campo, peche por cada cabeza un sueldo, la meitad al rey, e la meitad al dueñodel ganado" Novísima Recopilación -"Revocación de los privilegios concedidos por el rey don Enrique IV para llevar portazgos y pasages, rodas castillerías y otras contribuciones. Don Fernando y doña Isabel en Madrigal año de 1476: El señor rey don Enrique IV, en las cortes de Ocaña el año de 69 revocó y dió por ningunas todas y qualesquier cartas y privilegios por él dadas desde 15 de septiembre del año pasado de 64 hasta entonces, y las que diese de ahí adelante a qualesquier Concejos, Universidades, Perlados y Caballeros, y fortalezas, y a otras qualesquier personas para poder llevar portazgo nuevo ni acrecentado. O pasage o pontage, ni roda ni castillería, ni otro tributo ni derecho alguno por personas ni cargas, ni bestias ni carretas, ni mercaderías ni mantenimientos, ni por ganado, ni por paso de madera por el agua, ni por otra casa alguna; y mandó, que de ahí adelante no lo lleven, y que sus arrendadores ni cogedores no lo lleven ni cojan, aunque digan que lo cogen por mandado de sus señores; y que qualquier lo pueda resistir, lo contrario haciendo. A los unos y a los otros poderosamente con mano armada sin pena alguna, y demás que incurran en las penas que caen los salteadores de caminos. Y después en las Cortes que fizo en Nieva año de 1473 tornó a confirmar lo suso dicho, y quiso que no le llevasen, salvo aquellos que antiguamente antes de los dichos tiempos se acostumbraban llevar. Las quales leyes mandamos que se guarden; y si algunas cartas o albalaes el dicho Señor y Rey nuestro hermano dio contra el tenor de las dichas leyes, revocámoslas; y mandamos que ellos, ni los privilegios y sobrecartas dellas no hayan fuerza ni vigor alguno: y defendemos, que persona alguna no vaya contra las dichas leyes so las penas en ellas contenidas y demas pierda qualesquier mercedes que de Nos y de los Reyes nuestros antecesores tuviere" -"Libertad a los carreteros para andar por todos los términos de los pueblos. Don Fernando y doña Isabel en Medina del Campo año de 1497 y don Carlos y doña Juana año de 1516 en Aranda de Duero año de 1517, en Toledo año de 1526 y en Valladolid año de 1533: mandamos a las nuestras Justicias de todo el Reyno y a cada una de ellas en su jurisdiccion, que agora y de aquí adelante dexen y consientan a los carreteros andar por los términos de las ciudades, villas y lugares; y no consientan ni den lugar a que por las guardas ni otras personas les sean llevadas ningunas penas desaforadas ni excesivas mas de lo que justamente se debiere llevar de los vecinos, de manera que no reciban agravio, ni paguen mas penas que los vecinos". -"Obligación de las justicias y Concejos, que fagan abrir y adobar los carriles y caminos por do pasan y suelen pasar y andar las carretas y carros, cada Concejo en parte en su término, por manera que sean del anchor que deban, para que buenamente puedan pasar y ir y venir por los caminos; y que no consientan ni den lugar los dichos Concejos, que los dichos caminos sean cerrados ni arados, ni dañados ni ensangostados, so pena de diez mil maravedís a cada uno que lo contrario hiciere" -"Prohibición de cobrar en las carreteras generales mas derechos de portazgos, peazgos etc, que los impuestos por S.M. Carlos IV por órden de 29 de noviembre de 1796 y circular del Consejo de 3 de enero de 97: Se declara por punto general, que en las carreteras generales no se cobren más derechos de peage, barcage, portazgo, pontazgo ni otro alguno de esta clase que los impuestos por S. M. para la conservación y reparación de los respectivos trozos de caminos construidos a expensan de su Real Erario; y que los que tuviesen privilegio para semejantes exenciones, le presenten original en el Juzgado de correos y caminos, para que examinada en él su calidad, se trate de la recompensa que mereciese". -"Reglas que deben observarse para la conservación de los caminos generales. Carlos III por resol. a cons. de 28 de febrero, y céd. del Cons. De 1 de MARÍA LUISA PÉREZ GONZÁLEZ Anuario de Estudios Americanos noviembre de 1762: En todos los caminos generales, construidos y que se vayan construyendo en el Reyno, se observen las reglas siguientes: (...) 4-Que de este gravamen deben ser exceptuados tales carros, quando son del mismo pais y sólo atraviesen los caminos nuevos y Reales; procediendo en esto de buena fe sin disimulación, ni declinar en vexaciones odiosas". -"Agregación de la Superintendencia General de caminos y posadas a la de correos y postas. Carlos III por Real decreto de 8 de octubre de 1778, comunicado a su primer Secretario de Estado:...ha de pertenecer desde ahora como en otros tiempos, a la misma superintendencia general la de caminos Reales y de travesía de estos mis Reynos, y la dirección, disposición y arreglo de posadas dentro y fuera de los pueblos, con facultad de nombrar Subdelegados, y absoluta inhibición de qualesquiera Jueces y Tribunales..." Recopilación de leyes de Indias -Libro III, tít. III, ley LIII: Que los virreyes puedan mandar abrir caminos, y hacer puentes donde conviniere, y repartir las contribuciones: "...para el uso y comercio de las poblaciones, puedan hacer los gastos que fueren más precisos y necessarios, con la menor costa que sea possible, y que contribuyan para el efecto los que gozaren del beneficio, conforme a las leyes desstos reynos de Castilla, y por la parte que han de contribuir los Indios, tengan muy especial cuidado de que se les reparta con mucha moderación y atención a su necesidad y pobreza..." -Libro III, tít. III, ley LIIII: Que los virreyes y presidentes moderen los corregimientos y jueces que no fueren necessarios, y no consientan tenientes, sino en casos permitidos: "...los corregidores y alcaldes mayores en sus distritos hagan aderezar los caminos y visiten los ingenios y obrajes" (Felipe II en 1595 y Felipe III en 1607). -Libro IV, tít. XVI, ley I: Que se hagan y reparen puentes, y caminos a costa de los que recivieren beneficio: "... y hallando que conviene alguna de estas obras para el comercio, hagan tassar el costo y repartimiento entre los que recibieren el beneficio y más provecho..." -Libro IV, tít. XV, ley VII: Que los indios contribuyan para fábrica de puentes, siendo necesarias e inescusables. -Libro IV, tít. XVIII, ley I: Que las justicias hagan dar a los caminantes los bastimentos y recaudo necesario y haya aranceles: "...para que en las posadas, mesones y ventas se den a los caminantes bastimentos y recaudo necesario, pagándolo por su justo precio, y que no se les hagan extorsiones ni malos tratamientos, y todos tengan arancel de los precios justos, y acomodados al tragín y comercio" (Carlos I a 13 de mayo de 1538). -Libro IV, Tít XVII, ley II: Que no se impida la libertad de caminar cada uno por donde quisiere: "Algunos vecinos tienen ventas y tambos en los caminos que antiguamente se traginaban cerca de ríos y pastos dificultosos, y los caminantes y arrieros han descubierto otros más breves y mejores, y los vecinos interesados en que hagan noche y medio dia en sus ventas y tambos, para poderles vender sus bastimentos y otras cosas, salen a los caminos y los hacen volver y no consienten que vayan por los nuevamente descubiertos en que los caminantes reciben notorio agravio..." -Libro V, tít. II, ley XVIII: Que los gobernadores, corregidores y alcaldes mayores visiten los mesones y tambos y provean que los haya en los pueblos de indios, y que se les pague el hospedage. -Libro VI, tít. III, ley XXV: Que donde hubiere mesón o venta nadie vaya a posar a casa de indio o macegual". Recopilación de Eusebio Ventura Beleña -Ordenanza de 11 de julio de 1580: Que cualquier carretero que estuviere con bueyes en pueblo de indios más de cuatro días para aderezar sus carros o descansar, y hiciere daños, incurra en las penas estatuidas por Ordenanzas, y pague el daño que hubiere hecho. -Ordenanza de 9 de septiembre de 1580: Que la visita de los carros que fueren a Guanajuato, Zacatecas y Tierra Adentro, se haga por el Alcalde mayor en Querétaro o San Juan del Rio; y no antes ni después por ninguna otra justicia con pretexto alguno, pena de suspensión de sus oficios y cargos, y de cien pesos para la Cámara. -Ordenanza de 23 de julio de 1619 y 29 de agosto de 1625: Que la ordenanza hecha para que los dueños de carros no puedan ir ni venir a la Veracruz, sino en los tiempos señalados en ella, no se entienda con los dueños de requa. -Ordenanza de 12 de febrero de 1607 y 9 de diciembre de 1610: Que las justicias del camino de la Veracruz no lleven costas ni derechos algunos a los dueños de carros por las visitas que de ellos hicieren. -Auto acordado y de gobierno de 19 de abril de 1621: Que las justicias y corregidores de Chiconautla, Orizaba y Xalapa puedan hacer y hagan las visitas de los carros, carretas y requas que fueren y volvieren de la Veracruz: y asimismo tengan cuidado los dichos corregidores, cada uno en su Jurisdicción, de aderezar los caminos, especialmente los de Xalapa y Orizava, a quienes se les comete y encarga, revocando los nombramientos hechos de jueces de caminos. Y lo cumplan así, pena de que se enviará persona a su costa a aderezar, y se les hará cargo en sus residencias. -Ordenanza de 21 de enero de 1621, 1623, 1625, 1628, 1636 y 1641: Que se guarde la ordenanza del señor virrey don Martín Enriquez de trece de febrero de MARÍA LUISA PÉREZ GONZÁLEZ mil quinientos y ochenta años, en que se manda que no se hagan visitas algunas de los carros y carretas que fueren y vinieren a la Veracruz, si no fuere en los pueblos de Chiconautla y en el de Xalapa, y de los que fueren por el camino nuevo en el pueblo de Orizaba; y estas visitas las hagan los alcaldes mayores por sus personas (sin que puedan cometerlas a sus tenientes) sin molestarlos ni detenerlos a los dichos carros y carretas. Lo qual cumplan, so pena de incurrir en las penas en que incurren los que usan de jurisdicción que no tienen, y de doscientos pesos, si no fuere precediendo denunciación, querella o información sobre ello, que obligue a proceder conforme a la que tienen de sus oficios. Diccionario de gobierno y legislación de Indias -Cédula 23-11-1568, Cedulario, tomo 30, fol. 238 n.o 69: Ordena Su Magestad al presidente y oidores de la Audiencia de Santa Fe que provean lo necesario para que los vecinos de la ciudad de Tunfaque puedan comerciar por el reino de Granada sin que se les obligue a usar determinados caminos por haber ventas en ellos. -Cédula 15-12-1608, Cedulario, tomo 31, fol. 210 Vo, n.o 202: Confirma Su Magestad al virrey del Perú que se hagan por métodos pacíficos las reducciones de indios en el camino de Quito a la mar, descubierto por orden del licenciado Miguel de Ibarra, "por ser conveniente dicho camino para el comercio de Quito y Panamá, sería bien se acabase de descubrir y perfeccionar por los medios más oportunos". -Cédula 24-1-1698, Cedulario, tomo 5, fol. 333 Vo, n.o 270: Concede Su Magestad a don Martín de Ursúa la libertad para obrar sin dependencia del gobierno de Yucatán en la apertura del camino entre Yucatán y Guatemala, así como el gobierno y mando de todo el territorio que allanase. - Orden 24-11-1750, Cedulario, tomo 17, fol. 161, n.o 195: Ordenan Su Magestad que las ciudades del marquesado del Valle contribuyan como el resto al sostenimiento de los caminos terminando con la exención que disfrutaban desde tiempos de don Miguel de Vertiz." Biblioteca de legislación ultramarina en forma de diccionario -Caminos en la isla de Cuba. Al presidente de la Junta de Fomento (sobre peaje y portazgo en la calzada de Marianao): "...y se formen planos para carreteras generales de comunicación desde esa capital hasta las ciudades de Trinidad y Santiago de Cuba, con la dirección más cómoda y ventajosa, tanto de estas como de las transversales que faciliten las conducciones de frutos y demás artículos de unos puntos a otros para las operaciones mercantiles...". LOS CAMINOS REALES DE AMÉRICA EN LA LEGISLACIÓN Y EN LA HISTORIA -Puerto Rico. Instrucción de Alcaldes Mayores. Que para norte en la parte económico-política de sus empleos dispone el gobierno de Puerto Rico en cumplimiento de real Carta acordada del Supremo Consejo de Indias de 17 de marzo de 1832: "... mantener con el vecindario en los tiempos oportunos los caminos reales en el mejor estado, como que de esto depende el progreso de la isla en todos los ramos de su industria". Anuario de Estudios Americanos
Nos acercamos a la peculiar relación que hubo entre la escritora, acusada de iluminista o alumbrada, doña Ana de Zayas y el obispo de Puebla don Manuel Fernández de Santa Cruz. Nuestro trabajo se centra principalmente en la intervención que hiciera el prelado a favor de la escritora en 1695, lo cual prolongó los autos inquisitoriales y finalmente evitó que doña Ana fuera condenada por el Santo Tribunal. Los protagonistas de esta historia pertenecen al reducido grupo de personas que en aquella Puebla de finales del siglo XVII podían acceder a la cultura que se adquiere en los libros. Empecemos por Ana de Zayas, quien había nacido hacia 1650 en esta ciudad y fue procesada por alumbrada de 1694 a 1700; su caso es particular, entre otras razones por tratarse de una mujer casada cuya sólida formación intelectual no se dio en ningún convento, situación poco frecuente para una época en la que la educación de las mujeres sólo podía darse bajo la regla conventual. Por razones aún desconocidas, su proceso criminal de fe quedó inconcluso; así lo hallamos tanto en el Archivo General de la Nación de México como en el Histórico Nacional de Madrid. 1 Los pocos escritos de esta mujer que se han conservado en los documentos inquisitoriales son el único testimonio que hasta ahora hemos encontrado sobre el pensamiento de tan particular personaje femenino. Los 1 Archivo Histórico Nacional de Madrid (en adelante AHN), Inquisición, 1731, expediente 34; Archivo General de la Nación de México (en adelante AGN), Inquisición, vol. 692, expediente 2, fol. 290. trabajos literarios de Ana de Zayas constituyeron la principal prueba de su delito. 2 En ellos destaca la intencionalidad didáctica de la autora quien, por medio de su escritura, ofrecía con amenidad lecciones éticas que debían complementarse con la práctica de una vida virtuosa. Como se refiere en diversos pasajes del proceso, la vida y obra de Ana de Zayas resultaban un peligro para la República cristiana, principalmente por tratarse de una mujer que transgredía la ley de sometimiento con la que se intentaba sujetar a la población femenina. La escritora se rebeló contra la autoridad de su marido, contra sus confesores y trabajó por transmitirles a estos una manera distinta de vivir la religiosidad. Nuestro otro protagonista, don Manuel Fernández de Santa Cruz, fue uno de los más destacados obispos de la Nueva España. Veló tenazmente por el progreso espiritual y terrenal de su diócesis desde el año que fue asignado a ocupar esta mitra, en 1676, hasta 1699, cuando murió. Fundó hospitales, colegios para teólogos y, sobre todo, se preocupó por crear instituciones que ampararan a las mujeres: escuelas, conventos y casas de recogidas. Fue nombrado dos veces, en 1680 y 1696, arzobispo y virrey ad interin de la Nueva España, puesto que rechazó en ambas ocasiones. Don Manuel compartía con Ana de Zayas el amor a las letras, fue escritor de lo divino -una triada de extensos volúmenes de teología lo demuestran-y también fue escritor de la cotidianeidad, como podemos comprobar en las cartas que dirigió a las diferentes religiosas que se acercaban a él pidiendo consejos espirituales. Precisamente una carta que Fernández de Santa Cruz redactó a la más célebre monja novohispana, sor Juana Inés de la Cruz, ha convertido al obispo en una figura controvertida. 3 No pretendemos sumarnos a la discusión que sobre el tema han mantenido los especialistas; nos limitaremos a ofrecer una información, hasta ahora inédita, basándonos en documentos que hemos encontrado en archivos históricos de México y España, pues nuestro estudio se centra en la relación que unió a este prelado con la escritora Ana de Zayas. El importante papel que Fernández de Santa Cruz 2 Ana de Zayas nunca fue llamada a declarar. En los autos inquisitoriales sus censores anotan: "...pondremos la conclusión de nuestro parecer acerca del juicio que hemos hecho de la escritora, pues para hacerlo, no tenemos otras premisas que sus escritos". 3 Don Manuel Fernández de Santa Cruz fue quien publicó la crítica al jesuita portugués Antonio Vieyra, escrita por sor Juana Inés de la Cruz bajo el título de Crisis de un sermón. Dicho texto fue sacado a la luz por el obispo como Carta atenagórica, precedido de una epístola escrita por él mismo bajo el seudónimo de sor Filotea. desempeñó en la vida de otra fémina ilustrada, hasta ahora desconocida, nos ayudará a comprender con una variedad más amplia de matices las diferentes relaciones que las mujeres letradas podían llegar a mantener con los altos jerarcas eclesiásticos. Este artículo incide en la investigación que sobre la vida y obra de Ana de Zayas realizo para obtener el grado de doctor en Historia de América por la Universidad de Sevilla. Ana de Zayas: escritora y hereje Cuando en 1694 el Santo Tribunal novohispano abrió un proceso contra la escritora Ana de Zayas, acusándola de pertenecer a la secta de los herejes alumbrados, ella tenía aproximadamente 45 años y vivía en la Puebla de los Ángeles, lugar donde nació, hija de una pareja de españoles que se contaban entre los ciudadanos principales de esa ciudad. Desafortunadamente, para 1694 aquella desahogada vida familiar de la infancia había quedado muy atrás; los progenitores de doña Ana estaban muertos y ella se encontraba casada, desde hacía más de veinte años, con don Cristóbal Martínez de Cerdio,4 a quien nuestra autora le tenía puesta una demanda por malos tratos.5 La única hija que había sobrevivido del matrimonio se hallaba entonces recluída en un convento, situación favorable para que en 1695 la escritora obtuviera, como veremos más adelante, el permiso de separación marital gracias al apoyo del prelado Manuel Fernández de Santa Cruz. Una vez conseguida la aprobación del obispado, doña Ana abandonó a su marido y se recluyó en una casa de recogidas, donde continuó su labor literaria. Según los testimonios, esta mujer pasaba la mayor parte del día escribiendo, llevando una vida sin tacha. Sus salidas a la calle tenían como principal destino las iglesias; allí, dialogaba con los clérigos y les entregaba unos papeles, redactados por ella misma, donde habló de ideas y visiones relacionadas con nuevas formas de experimentar la espiritualidad. Dichos textos fueron el punto clave para que a Ana de Zayas se le denunciara por alumbrada en noviembre de 1694. La acusó uno de sus confeso-res: "por hallarse en sus hechos, dichos y escritos, cosas y proposiciones temerarias, escandalosas, mal sonantes y sospechosas". 6 Hagamos un breve paréntesis para hablar de los herejes 7 alumbrados o iluministas, secta radical de carácter místico que originalmente surgió en Guadalajara, España, en las primeras décadas del siglo XVI; 8 fueron uno de los grupos que brotaron dentro de la gran conmoción religiosa que sacudía la Europa de entonces. Los alumbrados se nutrieron de la mística tradicional de occidente y el neoplatonismo gnóstico reavivado por el Renacimiento, y su idea central era concebir a la fe como amor o experiencia. 9 Revisemos a continuación la definición que sobre los alumbrados nos ofrece el denunciante de Ana de Zayas: "Aquellos que habiendo alcanzado a su parecer una gran quietud interior del alma, se tienen por hombres contemplativos; y así sólo atienden a las ilustraciones interiores sin atender ni hacer cuenta de los preceptos y mandatos de la iglesia; ni sujeción ninguna a consejos de doctos, ni dirección de prelados aunque sea el sumo pontífice". 10 Como vemos, los términos alumbrado o iluminado, a la par de calvinista o jansenista, fueron empleados como denominaciones que, de manera general, señalaban a cualquiera que intentara salir del control de la Iglesia. 7 Sabemos que en el siglo XVII hereje era aquél que pertenecía a una secta apartada de la Iglesia y perseveraba en sus opiniones contra el canon católico. Las proposiciones que se condenan y califican son en cinco maneras: temerarias, escandalosas, erróneas, suspectas, heréticas. Y en una pueden concurrir todas". Covarrubias, Sebastián: Tesoro de la lengua Castellana o española. 8 Ver Bataillon, Marcel: Erasmo y España. También en Márquez, Antonio: Los alumbrados. 11 Con intención o sin ella, lo cierto es que Gregorio López se convirtió en el origen de la secta alumbrada en México. "En los procesos instruídos por el Tribunal novohispano de 1595 a 1600, se nombra a Gregorio López en diversas ocasiones, como si hubiera sido el origen de la secta de los alumbrados de la Nueva España". Huerga, Álvaro: Historia de los alumbrados. 12 Poco se sabe de cierto sobre el pasado que tuvo López antes de su llegada a América. Su hagiógrafo, Francisco Losa, ubica su nacimiento en Madrid, pero también se ha dicho que pudo haber nacido en Portugal. Pedro Lobo Correa, traductor al portugués de la Vida de Gregorio Lopes, composta en castelhano pele Licenciado Francisco de Losa, acrecentado o primeiro e ultimo capítulo, Lisboa, 1665, reivindica para la tierra lusitana el nacimiento del primer anacoreta de Indias. Aunque la vida de este personaje estuvo entregada sobre todo a la contemplación y la lectura, 13 el ermitaño también se encargó de guiar con sus luces a un pequeño grupo de seguidores, personas de la capital novohispana y de Puebla, que lo visitaban frecuentemente buscando sus enseñanzas. Años después de la muerte del anacoreta, Felipe II promovió su canonización. 14 Sin embargo, los discípulos de Gregorio López no corrieron la misma suerte y, acusados de iluministas, fueron perseguidos por el Santo Oficio durante la última década del siglo XVI. Así nació el primer foco de tal herejía en la Nueva España. Como había ocurrido en la Península, el movimiento de México tuvo entre sus protagonistas a varias mujeres. 15 Por el momento es difícil precisar hasta qué punto nuestra autora estuvo ligada al grupo de los primeros alumbrados de la Nueva España; un siglo exacto la separa de esta célula embrionaria y durante cien años el movimiento debió sufrir transformaciones, sobre todo después de que la Inquisición encarcelara a sus principales promotores. A reserva de que encontremos evidencias contrarias, a estas alturas del trabajo podemos afirmar que el caso que estudiamos es producto de un nuevo cuerpo heterodoxo, con sus propias particularidades y diferencias respecto a los orígenes del iluminismo mexicano, pero que retomó de éste, entre otras, la idea de una espiritualidad de experiencia o práctica, es decir, una religiosidad que se tradujera en obras virtuosas, punto esencial en el que insiste doña Ana a través de varios de sus escritos, como en su Juego de maroma o Danza moral: en el de muchas de sus coetáneas, beatas arrobadas por el éxtasis místico; 18 sin embargo, la formación intelectual de nuestra autora la diferencia del común de visionarias de su contexto. 19 Además de las experiencias ligadas a lo inexplicable de lo divino, Ana de Zayas manejaba el conocimiento letrado que se adquiría leyendo. En una discusión entablada por la autora con el fraile que la denunció, ella misma explica la dualidad, intelectual e infusa, de sus textos: tertulia importante que legalmente no se conociera pero que funcionara como centro de aprendizaje? Dejemos la pregunta abierta a próximas investigaciones y pasemos ahora a revisar algunos puntos sobre el ejercicio de la escritura en aquella época. En el siglo XVII, la escritura femenina 22 requirió siempre de la aprobación de un superior eclesiástico; 23 tanto en el caso de las monjas encargadas de relatar ejemplarmente hechos relacionados con la vida de sus conventos o de sus compañeras religiosas, como en todas aquellas seglares que, aunque en menor medida, tomaban la pluma por la necesidad de expresar sus experiencias místicas. 24 En todos los casos, las autoras debían tener detrás una figura masculina eclesiástica que las respaldara, ¿hasta qué punto llegaba la relación entre las escritoras y los hombres que las legitimaban?; ¿existió algún tipo de libertad subterránea entre ellas y su escritura? En el caso que estudiamos es difícil marcar una frontera definitiva; no obstante, si nos guiamos por la información de los autos inquisitoriales, podemos afirmar que Ana de Zayas se vio obligada, como todas sus coetáneas, a buscar la legitimidad de un confesor, pero finalmente terminó obedeciendo sólo a su propio espíritu. Doña Ana pertenece a esa minoría, hasta ahora poco estudiada, de mujeres seglares que en el siglo XVII novohispano tuvieron la posibilidad de escribir. El haber estado casada, y por tanto, fuera del cobijo conventual, sitúa a nuestra autora en un lugar de pros y contras que la diferencian notablemente de los casos de monjas escritoras 25 dadas a conocer en diversos estudios sobre el tema. Como otras mujeres acusadas de alumbradismo, la actitud de Ana de Zayas violaba uno de los grandes principios de autoridad al no someterse a sus confesores e intentar adoctrinarlos: 22 Muriel, Josefina: Cultura femenina novohispana. 23 Glantz, Margo: Sor Juana Inés de la Cruz, ¿hagiografía o autobiografía? 24 Este procedimiento se había seguido desde España, donde entre 1500 y 1700 hubo centenares de monjas escritoras; las visionarias estaban obligadas a escribir sus experiencias, de forma que la Inquisición les otorgara o negara la legitimación. Surtz, La guitarra..., pág. 23. 25 Dentro del contexto novohispano hubo otras famosas alumbradas escritoras. El caso más renombrado en el siglo XVII fue Josefa Romero o Josefa de San Luis Beltrán, quien hacia 1648 dictó sus revelaciones al padre Bruñón de Vértiz, su seguidor. Jiménez Rueda, Julio: Herejías y supersticiones en la Nueva España. Este caso es harto distinto al de Ana de Zayas, sin embargo lo citamos como una referencia de alumbradismo y escritura en otra mujer del siglo XVII. En Europa existieron notables casos de mujeres seglares que tomaron la pluma para difundir, como Ana de Zayas, ideas que pretendían renovar las formas de vivir la espiritualidad. Un caso coetáneo a nuestra alumbrada es el de Madame Guyon en Francia. Tomo LVIII, 1, 2001 "Reconociendo ella que los confesores no apoyan sus cosas, y (ni) aplauden sus revelaciones, visiones, ni aprueban su espíritu, se vuelve una víbora y serpiente, los injuria y los desprecia y los deja y huye de ellos. Y este atrevido arrojo dice que Dios se lo manda". 26 Acusaciones como éstas son las que se reiteran en el proceso: "Presume de enseñar a sus confesores en lugar de recibir con resignación sus direcciones y, además, se gobierna con su propio espíritu". 27 Ana de Zayas dio prioridad a su labor didáctica porque, como ella misma afirmaba, Dios la había creado para fines muy concretos, entre ellos ser escritora y maestra de espíritu. El valor que la autora concedió a su escritura como medio para divulgar su propuesta espiritual coincide con el caso de los primeros alumbrados de España y México. Doña Ana tuvo otros importantes puntos de conexión con ciertos rasgos esenciales de los orígenes del alumbradismo, como una favorable inclinación al conocimiento letrado y el emplear la escritura, además de medio de divulgación, como un testimonio que debía permanecer a través del tiempo. Para ejemplo contamos con el caso de un personaje relevante para el alumbradismo mexicano,28 quien pidió plasmar en papel sus memorias antes de ser encarcelado. Sobre el mismo tema tenemos un fragmento de la obra de Ana de Zayas en el que ella pide que sus escritos sean conservados: "por amor de Dios pido que no se pierdan los papeles, que aunque fueran disparates...". 29 Nuestra autora unió a su formación intelectual la ciencia infusa de los visionarios y ambos mundos quedaron plasmados en la parte de su obra (epigramas, poemas alegóricos, epístolas y textos autobiográficos) que se preserva en los documentos inquisitoriales. Ana de Zayas fue una mujer heterodoxa no sólo por lo que dijo o escribió, sino también por lo que hizo: atreverse a promover abiertamente entre los miembros del clero una valio-sa concepción y práctica de la religiosidad. Entregarse a esta labor pudo costarle duros castigos como el ser condenada a las cárceles secretas del Santo Oficio, lo cual no ocurrió gracias a la intervención que el obispo de Puebla hiciera a favor de esta mujer. Manuel Fernández de Santa Cruz: corazón en el convento Tenía entonces 36 años y había conseguido ya los más altos títulos académicos de las mejores universidades de su España natal: licenciado por la Universidad de Salamanca, doctor por la de Valladolid, así como el haber ejercido de canónigo magistral en Segovia. La razón por la que el joven Santa Cruz cruzó el Atlántico fue su nombramiento como obispo de Chiapas, puesto que nunca ocupó porque finalmente se le designó a la mitra de Guadalajara (México). A punto de cumplir cuarenta años, en 1676, un nuevo cambio lo destinó a la Puebla de los Ángeles, donde, literalmente, dejaría su corazón. Cuando Manuel Fernández de Santa Cruz llegó a Ángeles -como se denominaba comúnmente a la Puebla según el nombre que Carlos V le había dado-se cumplían exactamente cien años desde que este lugar recibiera de Felipe II la denominación de muy noble y leal ciudad. 30 El poder se movía por el juego de sus opuestos: jerarquía eclesiástica y autoridades civiles, iglesia secular y órdenes religiosas. A la problemática interna de Puebla se agregaban sus conflictos con la capital: ambas eran las ciudades más importantes de la Nueva España, separadas por dos imponentes volcanes que, al parecer, resultaron pequeños para evitar los muchos altercados. El universo fantástico que, de manera general, empapó a la cultura novohispana se agudizaba en ciudades criollas como Ángeles, donde, antes y después del siglo XVII, siempre existió una especial tendencia a que sus habitantes se recrearan con apariciones divinas o demoniacas. En este contexto era natural ver a San Pedro echando sus redes en las callejuelas inundadas por las torrenciales lluvias de julio, o que San Miguel Arcángel se comunicara con un indio llamado Diego Lázaro. 31 Incluso, la ciudad tenía sus santas propias, como la afamada beata Catalina de San Juan. En esta Puebla de miserias y prodigios, Manuel Fernández de Santa Cruz vería cumplidos sus más queridos sueños de buen pastor: fundó hospitales, edificó el colegio 30 Carrión, Antonio: Historia de la ciudad de Puebla. Tomo LVIII, 1, 2001 de San Pablo para teólogos pasantes y mantuvo diversas casas de amparo para mujeres. La satisfacción que sentía de sus labores como obispo se traduce en las siguientes palabras escritas por el propio prelado: "Porque con la grande experiencia y conocimiento que tengo adquirido en la continua asistencia de casi dieciseis años que ha que sirvo a esta catedral, estoy tan satisfecho del lleno y puntualidad de sus obligaciones que me atreveré a afirmar, sin recelo alguno, que ninguna de las mayores y más acreditadas iglesias de la Europa excede a ésta, y que en este reyno, y otros, es edificativo modelo y sobresaliente y venerable ejemplar de las más lucidas y aventajadas catedrales". 32 El buen camino por el que andaban las muchas empresas de don Manuel Fernández de Santa Cruz en la diócesis poblana fue probablemente un motivo de peso para que el prelado no aceptara convertirse en arzobispo de México en 1680, pero detengámonos brevemente en este pasaje para aclarar algunos puntos. En Madrid, el 6 de junio de 1680, le fue concedida a fray Payo de Rivera, entonces arzobispo de México y virrey ad interin, 33 la licencia para renunciar a su puesto. Ocho días después, en una consulta del Consejo de Indias, la Cámara propuso en primer lugar a Fernández de Santa Cruz en la terna de posibles candidatos a ocupar la mitra metropolitana; en la minuta del documento podemos leer la respuesta de Carlos II: "Nombro al obispo de la Puebla de los Ángeles. 34 La cámara había elegido con justicia a Santa Cruz: "así por su virtud y la satisfacción que se tiene de su persona, como por ser el inmediato prelado a quien regularmente tocare hacerlo". 35 Sin embargo, al obispo de Puebla no le tentaba abandonar su diócesis y así lo había insinuado en 1679, meses antes de ser nombrado arzobispo, por medio de un sobrino suyo que había llegado a la Corte. 36 La insinuación fue confirmada por don Manuel cuando declinó el nombramiento de arzobispo y dejó el camino libre para que Francisco Aguiar y Seijas, entonces obispo de Michoacán, ocupara la mitra metropolitana. 36 "... pero teniendo presente la Cámara el riesgo que puede haber en que no acepte (Fernández de Santa Cruz) el arzobispado, como ha sucedido con otros antecesores suyos, y como lo ha insinuado un sobrino suyo que se halla en la Corte y vino de aquella diócesis en la última flota que llegó a estos reinos (...) el año pasado de 1679". El hecho es importante para esclarecer la imprecisa opinión que Octavio Paz sostiene en Las trampas de la fe donde, según la interpretación de dicho autor, el prelado de Puebla competía con Aguiar y Seijas por el arzobispado. 37 Hemos visto que no hubo tal rivalidad, o por lo menos no por parte de Santa Cruz, quien manifestó a través del sobrino su nulo interés por acceder a la mitra metropolitana desde 1679, antes de que se la ofrecieran en 1680. Con lo anterior podemos ver que tampoco hubo lo que el autor de Las Trampas de la fe llama "una poderosa interferencia", 38 que hiciera cambiar la decisión de Madrid a favor del entonces obispo de Michoacán; sobre el mismo tema, carece de fundamento la frase siguiente: "la elección del arzobispo se hizo de una manera misteriosa...", 39 ya que, como vemos, Paz llama "misteriosa" a una rutinaria consulta del Consejo de Indias con su respectiva resolución real. El Consejo normalmente proponía a varios candidatos para puestos de tanta importancia y, en la ocasión que nos ocupa, existía además, como dijimos, el antecedente del sobrino del obispo de Puebla, quien, llegado a la corte, insinuó que su tío no estaba dispuesto a ocupar la sede metropolitana. Es importante aclarar este detalle porque una de las tesis principales que maneja Octavio Paz en su libro sobre sor Juana Inés de la Cruz es justamente que esta mujer fue víctima de las rivalidades entre los dos grandes jerarcas eclesiásticos, Francisco Aguiar y Seijas y Manuel Fernández de Santa Cruz. Como ya señalamos, el autor de Las trampas de la fe funda dicha tesis en la imprecisa idea de que el obispo de Puebla mantenía una especial relación de conflicto con el arzobispo por haberle éste arrebatado la oportunidad de acceder a la mitra metropolitana en 1680. Lo cual, según hemos visto, es falso. Esto no significa que entre ambos prelados no haya habido serias diferencias de perspectiva y concepción sobre la manera de administrar material y espiritualmente sus respectivas diócesis, pero tales diferencias no se debían a las razones que Octavio Paz ha propuesto. Volvamos a centrarnos en Fernández de Santa Cruz. Dentro de un relicario de cristal y metales preciosos, resguardado por los gruesos muros del coro alto del convento de Santa Mónica, se conserva hasta hoy el corazón de don Manuel, tal como lo ordenara en su testamento: su corazón debía permanecer muerto donde había estado en vida. El sueño personal más importante del prelado fue esta fundación que se había echado a andar en 37 Paz, Octavio: Las trampas de la fe. Tomo LVIII, 1, 2001 1683 como Casa y Colegio de Santa María Magdalena, 40 y que tres años después se convertiría en el convento de Santa Mónica, bajo la regla de agustinas recoletas. Además de los ambiciosos proyectos del prelado, como fueron la fundación de hospitales, conventos y colegios, los pequeños trabajos cotidianos de este obispo reflejan a un hombre entregado a su misión: conseguir el progreso espiritual y material de su diócesis. Para ello, Fernández de Santa Cruz puso especial atención en ver con sus propios ojos las necesidades de sus feligreses y, coherente con sus principios, emprendía largos viajes que abarcaban las sierras y las costas: "... he conseguido el visitar tres y cuatro veces la mayor parte del obispado, y enteramente le he recorrido dos veces llegando a pueblos, curatos y doctrinas en que jamás habían visto ni el suyo, ni ajeno prelado. Caminando más de seis mil leguas, casi lo más a caballo, por ser tan dilatados sus términos, y tener de norte a sur doscientas leguas de longitud de fragosos y peligrosos caminos por sus frecuentes precipicios destemplados y casi intolerables temperamentos". 41 Cuando en junio de 1693 sus achaques le impedían visitar la sierra totonaca, solicitó ser relevado de su cargo por hallarse muy enfermo y no poder cumplir con la principal obligación de su ministerio que, según don Manuel, consistía en que el pastor reconociera personalmente a sus ovejas. 42 Las incursiones que el obispo hizo a los sitios más apartados de la diócesis le permitieron ser muy exigente con los miembros del clero secular y regular; durante sus visitas pastorales comprobó el desorden que reinaba y criticó las malas costumbres de los ministros quienes, además de deshonestos, eran iletrados, según opinión de Fernández de Santa Cruz. 43 Tuvo muchos problemas con la cuestión de las doctrinas, especialmente con los franciscanos: "La materia más grave de este obispado y su clero (...) es el pleito de las doctrinas que sirve, de que ha casi cuarenta y cinco años que está en legítima posesión habiendo sido removida de ellas la seráfica religión de san Francisco en conformidad de lo dispuesto por los sagrados cánones y concilios y repetidas reales cédulas que resistió y contravino obstinadamente la religión por muchos años...". 44 40 Casa fundada con los bienes del canónigo Francisco Reynoso. 43 Este comentario lo hizo contra algunos miembros del Santo Oficio, con quienes el prelado mantuvo relaciones tirantes, como veremos más adelante. Con las autoridades civiles también mantuvo una actitud crítica y más de una vez denunció los abusos cometidos por los alcaldes; la precisión de su prosa da una idea clara del desamparo y la injusticia que existió en aquellas provincias, sobre todo en las zonas indígenas: "Por los procedimientos de estos alcaldes mayores podrán respectivamente regularse lo de los demás, porque todos siguen una misma senda en que el desorden es más crecido mientras mayor y más acomodado es el oficio; porque todos comercian y contratan; y solamente dejan de hacerlo los faltos de caudal, que en cierto modo suelen ser los peores, porque la pobreza los obliga a incurrir en increíbles indecencias". 45 Otro tema que le preocupó constantemente al obispo fue la formación intelectual de los sacerdotes. A los ojos de don Manuel la ignorancia de los clérigos podía ser causa de graves consecuencias, como puede verse en el siguiente fragmento de la correspondencia del prelado, donde además de quejarse por la falta de sacerdotes que debían residir en las doctrinas, acusa la poca ilustración de los religiosos: "por ausencia de curas propios y por quedar en su lugar coadjutores que regularmente son personas ignorantes e iletradas, sucedían muertes de indios". 46 Manuel Fernández de Santa Cruz fue un amante del conocimiento letrado. En una carta que escribe a su confesor explica que, después de acabadas sus labores, a las nueve de la noche: "desde esta hora a las diez, o rezo, o estudio; en esto hay infinitas faltas, porque me entrego con ansia, y nimiedad a los libros; conservando poca o ninguna preferencia de Dios". 47 La escritora, el obispo y la Inquisición ¿Cuándo se conocieron Ana de Zayas y Manuel Fernández de Santa Cruz? El proceso inquisitorial ofrece la primera referencia en septiembre de 1693, aunque es muy probable que su relación hubiera sido anterior. Para tener una idea de cuál era el contexto en el que se movía por entonces el obispo, señalaremos algunos detalles importantes como que el 25 de junio de ese año Santa Cruz había solicitado por primera vez le fuera permitido renunciar a su cargo: "Por la quiebra de salud, e imposibilidad de visitar la 45 Ibídem, fol. 26 mayor parte del obispado". 48 Ese mismo 1693, don Manuel tuvo una grave diferencia con el virrey Conde de Galve, centro del famoso motín del año anterior, por no acceder el prelado a abastecer con las reservas de granos de los diezmos las carencias que había en las trojes de la capital. Dicho altercado puso de manifiesto, una vez más, la tenacidad con que este obispo defendía sus causas; el asunto terminó en concordia para ambas partes, pero fue el virrey quien tuvo que ceder y respetar la decisión del prelado. 49 Una vez señalados algunos puntos sobre el contexto de Manuel Fernández de Santa Cruz, regresemos al hecho que lo une con Ana de Zayas; en septiembre de 1693 el prelado redactó las siguientes frases dirigidas a doña Ana: "Hija, he visto tus papeles, y en todos conozco estás poco sana de la cabeza, el remedio de no empeorar es no escribir, y no escribir hasta que yo te avise". 50 La prohibición que le hacía a la escritora tenía detrás una razón de peso, pues estas palabras fueron escritas por don Manuel cuando éste ya tenía conocimiento de que el fraile carmelita Alonso de Cristo elaboraba la denuncia donde acusaba a la autora de pertenecer a la secta de los herejes alumbrados. Dicha acusación fue entregada al Santo Oficio de Puebla el 15 de octubre de aquel 1693. En ella, fray Alonso de Cristo recurre a una larga argumentación escolástica, propia de la época; además de ampararse en los respectivos puntos teológicos, el carmelita reforzaba su denuncia con fragmentos de la carta que hemos visto anteriormente, donde el obispo manda a la acusada dejar de escribir en bien de su salud mental. Lo que leeremos a continuación es el comentario que el denunciante fray Alonso hace sobre dicha epístola, en la que, refiriéndose a Ana de Zayas, dice: "Y qué más claros desengaños para dejar sus ilusiones y quimeras, y para rendirse a obedecer en todo a su pastor y prelado (...) es mi parecer que las visiones, y hablas, y revelaciones y profecías de esta persona no son seguras ni verdaderas, que no es bueno, ni de Dios, sino ilusión de espíritu; y que engañada del demonio la va este enemigo precipitando y llevando a mucho mal y desdicha. Si con tiempo no toma y sigue los consejos buenos y santos de su pastor y prelado". 51 Sin embargo, contra lo que el carmelita esperaba, hacer referencia a la censura que Fernández de Santa Cruz hiciera a la escritora ayudó a que los 48 AGI, México, 346, fol. 1273. inquisidores no dieran seguimiento a la denuncia, por no hallar delito que perseguir en una mujer que, según el obispo, estaba dañada de su imaginación. El Santo oficio no procesaba a los locos; así, don Manuel protegió a Ana de Zayas en esta primera acusación, como podemos comprobar en la respuesta a Alonso de Cristo dada por los miembros del Tribunal, fechada el 24 de enero de 1694: "... reconociendo por su discurso que la lastimosa mujer a quien tira a desengañar ha pasado por la noticia, examen y comprensión del ilustrísimo señor obispo de la Puebla, quien como tan versado en esta dificultísima teología explica su dictamen y parecer de que está dañada de su imaginación. Nos ha parecido conformarnos o sujetarnos a su claro conocimiento, y calificar por loca, bachillera y ridícula (...) Porque de no ser así, sería ilusa, blasfema, herética, y hubiera corrido toda la selva de la secta de los alumbrados: digna, en fin, de que el Santo Oficio la reconociese y enmendase. Pero siendo (como su ilustrísima dice) delirios de su lesa imaginación, será conveniente que a quien pertenece enmendarla, la disuada, corrija y ponga (si es capaz) en camino de salvación, antes que su capricho y temeridad la precipite a la desesperación". 52 El denunciante Alonso de Cristo quedó inconforme con que el Santo Tribunal no abriera un proceso contra doña Ana, así que entre enero y agosto de 1694 volvió a enviar una larga perorata dirigida a los calificadores. En esta ocasión, fray Alonso iba armado con los autores más graves de la medicina: Galeno, Hipócrates, Luis Lobera de Ávila... para demostrar que en Ana de Zayas no había "las señales y necesarios efectos que comúnmente acompañan a las diferentes enfermedades que perjudican, disminuyen y depravan la razón y el juicio". 53 Fray Alonso aclara a los inquisidores que refirió la carta que el señor obispo envió a doña Ana mandándola dejar de escribir con el fin de probar, no la demencia de la acusada, sino que sus revelaciones eran falsas y sospechosas de alumbradismo. Según el carmelita, el prelado no consideraba a Ana de Zayas una loca, de ser así la habría mandado encerrar en lugar de darle sabios consejos, 54 lo cual contradecía la opinión que el propio obispo daba explícitamente en la epístola a la que nos hemos referido, donde don Manuel, sin rodeos, le dice a la escritora que está "poco sana de la cabeza". Alonso de Cristo entregó a Fernández de Santa Cruz una copia de esta segunda apelación al Santo Tribunal, pidiéndole al prelado consejo para la 52 Ibídem, fol. 110. LA ESCRITORA ANA DE ZAYAS resolución del caso. En respuesta, don Manuel mandó por decreto, el 14 de agosto de 1694, que un par de médicos dieran su parecer sobre la salud mental de la acusada: "Por cuanto estoy informado de que los ilustres doctores Baez y Cruz han curado a doña Ana de Zayas, en una ocasión en que estuvo furiosa, se han de servir en decir su parecer en orden a la especie de locura que padeció, y si hoy padece algunos lucidos o semejante pasión". 55 Los médicos informaron que, si bien la acusada, aproximadamente tres años antes, había estado enferma de "furioso delirio con audacia", vulgarmente loca, en la actualidad se hallaba perfectamente sana. 56 Sabemos por fray Alonso que, después de conocer el parecer de los médicos, el prelado mandó llamar a doña Ana: "Para persuadir y reducir a esta su oveja que dejase los torcidos caminos y erradas veredas que llevaba... Y habiendo visto y hablado su ilustrísima (después de haber resistido no poco el acudir a su llamamiento) y hallándola persistente y pertinaz en las cosas de su iluso y errado espíritu, y habiendo yo escrito y vuelto a instar a su ilustrísima (molestado de mi escrúpulo) me diese su parecer y última resolución en este caso, si debía o no delatar de esta mujer, se sirvió su benignidad de responderme con la carta siguiente". 57 La intolerancia de Alonso de Cristo y el peligro que veía en Ana de Zayas lo llevaron a insistir en que el caso fuera sujeto a una nueva revisión inquisitorial. Este fraile, al tiempo que presionaba al obispo, también se dedicaba a buscar testigos que pudieran impugnar el parecer de Fernández de Santa Cruz en caso de que éste persistiera en sostener la supuesta demencia de doña Ana. 58 La carta a la que el denunciante hace referencia en el párrafo anterior fue escrita por el prelado de Puebla en su lugar de retiro, San Miguel del Milagro, un 7 de noviembre de 1694; las palabras que don Manuel dirigió al carmelita Alonso de Cristo decían así: 55 Ibídem, fol. 126. Sabemos, por varias referencias que hace la propia Ana de Zayas y por los testigos llamados a declarar durante las diligencias del proceso, que ella padeció un ataque de furia ocasionado por los pleitos que la acusada tenía con su marido, lo cual fue llamado por la escritora "la locura misteriosa". Los médicos, por su parte, denominaron a tal padecimiento idiopatía de la cabeza. 58 El 26 de octubre de 1695 fue llamado a declarar el franciscano y calificador del Santo Oficio José Montoro, por él sabemos que un año atrás: "Fray Alonso de Cristo le llevó un escrito para que diese su parecer, en que tiraba a probar que una mujer llamada doña Ana (...) que no estaba loca, sino engañada e ilusa, impugnando en esto un parecer que antecedentemente había dado el dicho señor obispo y los ministros calificadores..." "He visto su carta de VR, y aunque finísimamente he puesto la materia que contiene en la presencia de Dios, y como quiera en duda debe preponderar la causa de la religión y daño de ésta a la caridad y daño del particular, me veo obligado a decir que tenga VP por cierto el que esta mujer no es loca, parece que se debe de juntar, que el Tribunal del Santo Oficio, con vista del informe y papeles de vuestro parecer, y de otros, hará juicio. Que en el mío pesa mucho lo que vuestra reverencia me dice, de que se habla ya de esta mujer en la Puebla, y que así recelo su comunicación con otros haga daño grave, porque para causarlo poco importa que sea loca, si es tenida por cuerda. Dios alumbra este Santo Tribunal en materia de fe, de calidad que nadie errará en ponerse en sus manos, pues con tal prudencia atiende a estas causas que mira por las honras de los inocentes, antes de tomar resolución a su averiguación, con que no nos debe detener la caridad del prójimo en perjuicio de la religión, por quien debemos dar la sangre, y ésta puede padecerlo así por lo que VP insinúa como porque el confesor da ascenso a las cosas de esta mujer, según entiendo (y si la creemos) la manda escribir, teniendo su espíritu por bueno. Siendo tan claro lo contrario. VP haga en este negocio, lo que le alumbrare Dios...". 59 La carta del obispo contiene dos mensajes. Uno, obligado, como el mismo Santa Cruz afirma, a dar una supuesta autorización a que Ana de Zayas "parece" debería ser "juntada", no dice denunciada. El otro mensaje cubre a la escritora bajo el protector velo de una locura que sólo el prelado ve. A esto agreguemos el detalle que utiliza el obispo para descargar un poco la culpa de doña Ana, al decir que ella escribía alentada por su confesor, o sea, Alonso Ramos, quien fuera rector del colegio del Espíritu Santo de los jesuitas y autor de la hagiografía de la beata poblana Catalina de San Juan. Lo cual también es relativo, pues Ana de Zayas llevaba tiempo sin ver al jesuita Ramos por hallarse éste enfermo. No nos detendremos por ahora en analizar la relación que el obispo pudo haber tenido con quien fuera rector del colegio del Espíritu Santo de Puebla, al cual, por ser un personaje de gran importancia en la vida de nuestra escritora, abordaremos a profundidad en trabajos posteriores. Volvamos a la carta que el obispo dirigió al carmelita, asunto que nos ocupa, y veamos cómo el denunciante fue incapaz de leer entre líneas los dobles mensajes del prelado. En su empeño por llevar a Ana de Zayas ante el Santo Oficio, Alonso de Cristo sólo supo mirar en dicho documento la parte donde Fernández de Santa Cruz "apoyaba" que la escritora fuera denunciada. Así, en noviembre de 1694, creyendo el carmelita que tenía las pruebas suficientes contra doña Ana, entrega a la Inquisición de la Nueva España de la ciudad de Puebla la segunda acusación formal contra la mujer 59 Ibídem, fol. 127. Tomo LVIII, 1, 2001 que el fraile consideraba vehementemente sospechosa de pertenecer a la secta de los herejes alumbrados. A partir de entonces empieza el proceso, es decir, el seguimiento de la denuncia con sus respectivas diligencias judiciales, lo cual ocurría solamente cuando el Santo Oficio consideraba que existían fundamentos sólidos para emprender las averiguaciones. Entre los diversos testigos que fueron llamados a declarar figuraba el nombre de uno de los personajes más poderosos de la Nueva España: Manuel Fernández de Santa Cruz. El 7 de octubre de 1695 un comisario del Santo Oficio visitó por primera vez al obispo para examinarlo sobre el caso de Ana de Zayas. Pero el enviado del Tribunal no pudo hablar con don Manuel, quien estaba retirado sin recibir a nadie: "por evitar el ruido de parabienes que pretenden darle personas de todos los estados, del cargo de virrey que se dice ser de esta Nueva España". 60 No sabemos si ésta fue la primera estrategia del prelado para alargar las diligencias del proceso, si efectivamente no podía recibir al comisario, o ambas cosas. Trece días después, el 20 de octubre, el obispo por fin recibió al comisario del Santo Oficio y lo hizo solamente para releer la carta escrita a Alonso de Cristo sobre el caso de Ana de Zayas, misiva a la que ya hemos aludido. El prelado debía ratificar que dicha carta era suya, cosa que don Manuel no hizo, sino que se limitó a pedirle al representante inquisitorial que regresara al día siguiente a escribir la declaración. 61 Así, el 21 de octubre, listo para declarar, cuando fue preguntado si era suya la carta escrita a Alonso de Cristo, Fernández de Santa Cruz sacó el recurso con el que libraría por segunda vez 62 a Ana de Zayas: "Dijo su ilustrísima que la firma de dicha carta es suya, y que dicha carta es copia de otra que hizo trasladar a un paje su Sa. Y que en cuanto a su contenido, habiéndola leído su Sa. Iltma. reconoce que faltó el escribiente en ajustarse al original, porque a donde puso, tenga VP: está en el original, que teniendo VP; 63 porque hace distinto sentido y contrario al dictamen que siempre ha tenido su Sa. Ilustrísima de la mujer acerca de quien escribió a dicho padre; porque la ha tenido y tiene por loca. Porque esta última vez que le habló, habrá tiempo de tres meses, con ánimo de recogerla (...) le dijo tales despropósitos que hizo y se confirmó en el dictamen de que dicha mujer tenía lúcidos. Porque no hablándola en punto de confesión y de espíritu habla muy en juicio, y que nadie la conocerá por enferma, y que sabe su Sa. 62 Y hasta donde sabemos de forma definitiva, por quedar el caso inconcluso sin que el Santo Oficio declarara culpable a la acusada. 63 Subrayado en el original. CONCEPCIÓN ZAYAS que padeció este achaque de locura habiendo estado atada, por la furia que en una ocasión tuvo. Y que por escrito siempre ha dicho esto mismo su Sa. Iltma. y con los que ha hablado sobre esta materia, y para que conste en este mismo dictamen tuvo, en la carta que se le ha mostrado, exhibe el original, y esto responde su Sa. Pero no obstante esto que lleva dicho su Iltma. y el dictamen que tiene explicado, se sujeta a lo que el Sto. Tribunal con vista de autos juzgare por más cierto". 64 Escrita de su puño y letra, la supuesta carta original que presentó el prelado al comisario en su visita del 21 de octubre tenía una modificación primordial en la frase: "que teniendo VP por cierto el que esta mujer no es loca". Como hemos visto en su propia argumentación, según el obispo, el gerundio de tener marca la diferencia con "tenga VP por cierto el que esta mujer no es loca". ¿Cuándo fue escrita esta corrección? Quizá después que Manuel Fernández de Santa Cruz pidiera al enviado inquisitorial regresar al siguiente día, es decir, entre el 20 y 21 de octubre de 1695. Don Manuel dijo la verdad cuando declaró que meses antes a la visita del comisario inquisitorial había hablado con Ana de Zayas "con ánimo de recogerla". Lo que no sabemos es si el obispo mintió al afirmar que la consideraba loca, locura peculiar, porque sólo la percibía él hablando con la acusada en punto de confesión. El resto de los testigos, los médicos y el denunciante afirmaron que la escritora estaba en perfecto estado mental. Un detalle más del obispo: se negó a jurar su declaración, como refiere el confundido comisario: "Estuve con el dicho Señor Obispo, y habiéndole besado la mano, le di el referido recado, y habiéndolo oído, me respondió su Sa. Iltma: "vaya VM, y traiga amplia la ratificación y la firmaré cuando VM quisiere". A que le repliqué: "Señor, no puede ser lo que VS me dice, por causa de que han de asistir, según estilo del Santo Oficio y derecho, dos ministros más del Santo Oficio". Y habiéndolo oído me dijo: "no es menester eso, y tráigala VM cuando quisiere que la firmaré". 65 Ante esta situación, los inquisidores opinaron que el obispo no había sido examinado según las formas del Santo Tribunal y que su testificación sin juramento carecía de valor alguno, por lo que fue necesaria una segunda examinación; ésta se llevó a cabo en diciembre de ese mismo 1695 y Fernández de Santa Cruz ratificó en ella la demencia de doña Ana. El incidente de Ana de Zayas no fue el único roce que tuvo don Manuel con los miembros del Tribunal; entre otros, podemos citar un docu-64 AHN, Inquisición, 1731, expediente 34, fols. Tomo LVIII, 1, 2001 mento con fecha de 16 de junio, año 1694, donde el prelado da cuenta al rey de la tolerancia que ha tenido con el Santo Oficio por evitar competencias de jurisdicción y obviar escándalos. Don Manuel se queja de "No haber en la Nueva España un tribunal que pueda contener al de la Inquisición" 66 y en varios casos prefería "dejar perder jurisdicción que pasar a competencias infructuosas". 67 Al parecer, Fernández de Santa Cruz no estaba a favor de muchos de los movimientos del Tribunal y el interceder para que la escritora no fuera llevada a las cárceles secretas fue una manifestación más de la actitud disconforme que, en general, el prelado sostenía contra el Santo Oficio. La opinión que mantuvo el obispo sobre el dañado estado mental de la acusada hizo que la balanza se inclinara a favor de ella. El primero de junio de 1697, en una audiencia del Santo Oficio de la Inquisición de México, el inquisidor Juan Gómez de Mier votó a favor del encarcelamiento de la escritora. 68 El otro inquisidor que revisaba el caso, Juan de Armenta y Ron, dictaminó que la causa fuera suspendida por parecer en los autos que doña Ana estaba falta de juicio. 69 Después de diversos trámites burocráticos se resolvió que doña Ana de Zayas siguiera en observación, por lo que no fue enviada a las cárceles secretas; hasta 1700, año al que llega el proceso, inconcluso, la escritora continúa escribiendo sin que el Santo Oficio se decidiera a actuar contra ella. Volvamos a 1695, cuando otros vínculos, además de los inquisitoriales, habían unido a la autora con el prelado: fue él quien se encargó de seguir la demanda que doña Ana puso contra su marido, acusándolo de malos tratos y de estar amancebado con una mestiza. Algunos testigos llamados a declarar en el proceso refieren que el caso fue muy sonado en la ciudad. Alrededor de julio de 1695, es decir en plenas diligencias inquisitoriales contra la escritora, el pleito marital se arregló así: Ana de Zayas, 66 AGI, México 700, s/n. 68 Este inquisidor era tío de Juan Mier y Salinas, quien fuera tesorero de la iglesia poblana, personaje que ocasionó muchos disgustos a Fernández de Santa Cruz alrededor de 1693. Dicho tesorero emprendió una serie de denuncias contra el prelado, aunque finalmente se arrepintió y le pidió perdón por las infamias que divulgó contra el obispo. Es probable que la determinación de encarcelar a Ana de Zayas tomada por este inquisidor tuviera que ver con las rivalidades que el sobrino de dicho ministro inquisitorial tuvo con don Manuel. En otro problema de jurisdicción que Fernández de Santa Cruz tuvo con el Santo Tribunal, el prelado manifiesta abiertamente que la raíz del conflicto se debe a que el inquisidor Mier protegía a su sobrino, el tesorero de la iglesia poblana.
Pontificia Universidad Católica del Perú Esta contribución enfoca la biografía, los negocios mercantiles y las vinculaciones genealógicas de don Martín de Osambela (ca. 1754-1825), comerciante navarro, oriundo del pueblo de Huici, que se trasladó al virreinato del Perú y logró armar una sólida fortuna, estimada en medio millón de pesos. Hoy el recuerdo de Osambela ha quedado patente sobre todo en la soberbia casona de cuatro plantas que se hizo levantar, a principios del siglo XIX, en la ciudad de Lima. El presente estudio se ocupa también de las dificultades y la oscura muerte de Osambela, en medio de la guerra de la Independencia, y del destino que tuvieron sus propiedades (unas confiscadas y otras arruinadas) al pasar a manos de su esposa y sus hijos. A pesar de todo, el caso de don Martín de Osambela demuestra que no fueron pocos los empresarios residentes en el Perú que, salvando las trabas administrativas y los recortes de privilegios, consiguieron salir airosos de la introducción del régimen de libre comercio a fines del período virreinal. En el humilde lugarejo de Huici, ubicado al noroeste de la comunidad foral de Navarra (España) y bañado por las aguas del río Larraun, vino al mundo hacia 1754 el protagonista de nuestro estudio: don Martín de Osambela y Osambela. Comerciante trasladado al virreinato del Perú, demuestra con la multiplicidad de sus negocios y la solidez de su fortuna (estimada en medio millón de pesos) que no fueron pocos los empresarios que, en estas tierras, lograron salir airosos de la introducción del régimen de libre comercio en 1778. 1 El recuerdo de Osambela ha quedado patente sobre todo en la soberbia casona de cuatro plantas que se hizo levantar, a principios del siglo XIX, en la ciudad de Lima; pero su buena estrella se opacó abruptamente con la proclamación de la independencia por don José 1 Cf. las impresiones que ofrecen al respecto Mazzeo, Cristina Ana: El comercio libre en el Perú. Las estrategias de un comerciante criollo: José Antonio de Lavalle y Cortés, conde de Premio Real, Lima, 1994, págs. 230-235, y sobre todo Rizo-Patrón Boylan, Paul. Linaje, dote y poder. Señalan estos autores que, a pesar de las reformas administrativas y de la pérdida de los privilegios de Lima como eje de la distribución regional, siguió existiendo dentro de la élite mercantil limeña la capacidad para acumular grandes fortunas. Lo que sucedió más bien fue una recomposición al interior de la cúpula dirigente, en virtud de la cual dinámicos sectores de inmigrantes (vascos y navarros, especialmente) tomaron el protagonismo y se lanzaron a nuevas empresas. de San Martín y sus herederos vinieron a perder, además de la ostentosa morada, gran parte del devaluado patrimonio del fundador. La presente investigación, realizada con un doble carácter social y genealógico, trata primeramente la biografía de don Martín de Osambela, el desarrollo de sus actividades comerciales y la consolidación de su patrimonio, tal como se manifiesta en numerosos documentos sobre casas y bienes raíces de su propiedad. Esta parte biográfica se ocupa también de las dificultades y la oscura muerte de Osambela, en medio de la guerra de la Independencia, y del destino que tuvieron sus propiedades -unas confiscadas y otras arruinadas-al pasar a manos de su esposa y sus hijos. El árbol genealógico presentado a manera de esquema exhibirá los entronques del linaje vasco-navarro de los Osambela, vinculados por la sangre y por negocios con varias otras familias conocidas de la misma procedencia; a continuación, una relación de documentos selectos (tomados del Archivo General de la Nación y de otros repositorios de Lima) expondrá testimonios de primera mano sobre la trayectoria de este importante hombre de negocios de los siglos XVIII/XIX y su posteridad.2 Primera fase: la instalación en el Perú La constancia del bautizo de don Martín de Osambela y Osambela, realizado en la parroquia de Huici -en vascuence Uitzi-el 29 de agosto de 1754, significa la primera referencia histórica de nuestro personaje: el mayor de los siete hijos habidos en el matrimonio de don Martín de Osambela y Arregui y doña María Josefa de Osambela y Azpirroz (de la casa de Recaldea). Su padre era el dueño de la casa de Martiperenea en Huici, a la cual había accedido por herencia de su abuelo materno, don Martín de Arregui. Existía en el mismo pueblo una casa matriz de los Osambela, la cual se hallaba en poder de la rama agnaticia de la familia, los descendientes mayores de un Pedro de Osambela que figura hacia mediados del siglo XVII; pero ambas ramas vinieron a unirse nuevamente por el matrimonio, en 1791, de don Pedro Miguel de Osambela (hermano menor de don Martín) y doña María Miguel de Iriarte. Se dice que los contrayen-tes debieron solicitar licencia especial por hallarse en "cuarto grado triplicado de consanguinidad". 3 No están bien aclaradas las circunstancias de la venida de don Martín de Osambela al Perú -tierra de promisión tan mentada durante las generaciones precedentes-, hecho que debió de ocurrir alrededor de 1775. De acuerdo con César Pacheco Vélez, autor de la mejor aproximación biográfica al personaje, es de suponer que Osambela vendría a este país llamado por los Elizalde. 4 El dato seguro es que su primer destino en el espacio peruano fue la ciudad de Arequipa, donde se sabe que mantuvo contacto con los Goyeneche. 5 Gracias a los papeles de su archivo personal, que felizmente se han salvado en buena parte y están hoy en poder de sus descendientes en Lima, se puede formar un cuadro de sus negocios primigenios utilizando la correspondencia que sostuvo con su socio y representante en Moquegua, Diego Beltrán, de 1775 a 1778. Manifiestan los documentos que don Martín enviaba paños, sedas, tafetanes, medias, ropa confeccionada, pasamanería y especias como pimienta de chapa a Moquegua y toda la vecina región del sur. Beltrán le correspondía con paltas y aceitunas. Escribe Pacheco Vélez: "Beltrán se mueve por Moquegua, Torata y otros valles de proverbial feracidad de la zona. Varias veces demora en los envíos de metálico a Lima; en cierta ocasión Osambela se los reclama desde Arequipa. El éxito de sus actividades comerciales se extiende por todo el sur del Bajo Perú y por el Alto Perú". 6 El buen suceso en los negocios hizo que don Martín pronto viera la conveniencia de traer al Perú a su hermano segundo, don Miguel Ventura de Osambela, para que le ayudara en sus labores mercantiles. De hecho, ya en noviembre de 1781 encontramos una carta del joven Miguelcho (tal era su apelativo en vascuence) firmada desde Arequipa. 7 Este hermano menor se 3 Véase la probanza de limpieza de sangre de don Miguel Ventura de Osambela, inserta en un volumen de traslados de "Reales cédulas de hidalguía y nobleza concedidas a los originarios del valle de Larraun" (fecho en Pamplona, 2 de noviembre de 1784). Se conserva en el archivo familiar de Luis Noriega Prentice. 4 Pacheco Vélez, César: "La casa de Martín de Osambela", en Memoria y utopía de la vieja Lima, Lima, 1985, pág. 190. Véase también Villa Esteves, Deolinda: "Liderazgo y poder: la élite comercial limeña entre el comercio libre y la guerra de la Independencia (el caso de Antonio de Elizalde)", en Los comerciantes limeños a fines del siglo XVIII; capacidad y cohesión de una élite, 1750-1825, Lima, 1999, págs. 133-173. 5 Véase la carta de Osambela a su primo (residente en Pamplona) Pedro Miguel de Arvilla, fecha en Arequipa, 29 de julio de 1777. 6 Pacheco Vélez: "La casa de Martín de Osambela", pág. 190. 7 Carta de don Miguel Ventura de Osambela a don Martín de Osambela, fecha en Arequipa, 6 de noviembre de 1781. DON MARTÍN DE OSAMBELA Y SU DESCENDENCIA EN EL PERÚ Tomo LVIII, 1, 2001 constituyó en el brazo derecho de todas las operaciones financieras y contables de nuestro protagonista, aquel en quien depositaba toda su confianza y resultaba ser su albacea y heredero universal por su testamento otorgado en Lima en mayo de 1812. 8 Pero algún accidente debió de cortar prematuramente la vida de don Miguel Ventura, y no volvemos a encontrar ninguna mención de él tras la carta personal del 26 de febrero de 1813 en la que don Martín de Osambela asienta con toda agudeza y desprendimiento: En medio de nuestra edad y achaques, que acaso nos precisarán a terminar aquí los últimos días, estamos convencidos los dos hermanos (y lo está todo europeo) de lo triste que nos es este suelo por las opiniones de ingratitud, desprecio y aborrecimiento con que se nos mira, y de que se han dado las pruebas más claras y decididas en las elecciones populares de electores de barrios, cuya memoria es un convencimiento claro de que jamás nos tendrán los patricios en el grado de hermandad y relaciones que realmente deben ser consecuentes a la existencia universal de cuantos tengan la cara blanca en América... Para 1793 existe constancia de que otro pariente cercano de Osambela, su primo Juan José (tal vez don Juan José de Iriarte), había venido al territorio peruano. En febrero de dicho año aparece firmando una carta en Cerro de Pasco, aunque se queja del inhóspito temple de este mineral y expresa su deseo de regresar a España. 10 La alusión a negocios de índole minera es una demostración más de la enorme paleta de actividades que desarrollaba nuestro personaje: en 1786 había recibido, a bordo del barco La Rosa proveniente de Guayaquil, un lote de 48 cargas -esto es, unas 3.880 libras-de cacao. 11 De todo ello surge la impresión de que la red comercial de Osambela, al menos en los primeros años de su establecimiento en el Perú, se orientaba básicamente a nutrir el mercado interno. Trabajaba no sólo en la compra y recolocación de productos agrícolas y manufacturados dentro del país, sino también en la importación de materias como el cacao de Guayaquil y el cobre de Coquimbo, que distribuía eventualmente a los polos de desarrollo regional en el propio espacio peruano. Esto quedaría 8 Archivo General de la Nación, Lima [en adelante: AGN], Protocolos notariales (siglo XIX), n.o 664, fol. 84. 9 Carta de Osambela a don Juan José de Iriarte, residente en Cádiz, 26 de febrero de 1813. Copia en el archivo familiar de Luis Noriega Prentice. 11 Debo esta noticia a una gentil comunicación personal de Cristina Ana Mazzeo de Vivò, profesora de la Pontificia Universidad Católica del Perú. TEODORO HAMPE MARTÍNEZ confirmado por un valioso Inventario de los deudores de Osambela, tomado de los libros que dejó el personaje al morir y que manifiesta las fechas, los nombres y los asientos de sus principales clientes: para los años tempranos -los que preceden a 1807-sabemos que sus lugares de colocación eran Paita, Lambayeque, Trujillo, Cajamarca, Pasco, Huancayo, Huamanga, Huanta, Lucanas, Arequipa, Ica y Lima, entre otros. 12 Todo un enjambre de negocios a lo largo y ancho del virreinato. Más aún, Lorenzo Huertas Vallejos -que acompaña unas notas biográficas a la investigación arqueológico-histórica del Instituto Nacional de Cultura sobre la casa de Osambela en Lima-certifica que los protocolos notariales de aquella época guardan "un sinnúmero de poderes que personas de La Paz, Arequipa, Huamanga, Palpa, Chachapoyas, Conchucos, Cajamarca, Trujillo, etc. entregan a don Martín de Osambela para el arreglo de diferentes transacciones comerciales...". 13 Otro de los negocios en que también participó fue la fabricación y venta al menudeo de pan en la ciudad de Lima. Se trata de la casa-panadería de la calle de Granados (más tarde regentada por su hijo don José Valentín Osambela), la cual compró en agosto de 1790 por la suma de 22.629 pesos y 5 reales a don Francisco de Aizinena. 14 Si bien don Martín fue ascendiendo en la escala social de la aristocrática y cortesana metrópoli del Rímac, es un hecho tajante que jamás logró ocupar posiciones de importancia -como prior o cónsul-dentro del tribunal del Consulado. Quizá su condición de nuevo rico o parvenu se lo impediría. Pero está fuera de duda que gozó el aprecio de las altas esferas oficiales, sobre todo del virrey don José Fernando de Abascal, quien el 23 de enero de 1807 escribía a la corte real de Madrid poniendo en relieve las virtudes "patrióticas" de Osambela al haber asumido el compromiso de financiar una compañía de milicias urbanas de cazadores, formada por ochenta hombres y puesta bajo su mando con el rango de teniente coronel: eran las difíciles circunstancias de la guerra desatada con Inglaterra y había que responder con armas y dineros en fidelidad a la monarquía católica. 15 12 El documento, al parecer incompleto, se titula exactamente "Inventario de los deudores de Osambela en los lugares que se designan, fechas de sus escrituras e importancia de sus empeños". Se conserva en el archivo familiar de Cecilia Rospigliosi Prentice. 13 Huertas Vallejos, Lorenzo: "Estudio histórico", en Investigación arqueológica histórica de la casa de Osambela (o de Oquendo) -Lima, Lima, 1981, págs. 73-74. 15 Carta de Abascal al generalísimo don Manuel Godoy, príncipe de la Paz, Lima, 23 de enero de 1807. Copia en el archivo familiar de Cecilia Rospigliosi Prentice. Los años de éxito: casas y negocios El año 1807 marca, en nuestra opinión, un punto de viraje más que simbólico en la biografía de don Martín de Osambela. No se trata únicamente del testimonio de gratitud que recibía (como acabamos de ver) de parte de las autoridades oficiales; aquí interviene en mayor término su asentamiento como poderoso señor de la ciudad de Lima a través de la erección de su notable mansión ubicada en la calle de la Vera Cruz, hoy segunda cuadra del jirón Conde de Superunda. 16 El levantamiento de esta magnífica casona fue posible, ante todo, gracias a las óptimas relaciones de Osambela con los frailes de la orden de Santo Domingo, quienes en realidad le cedieron -por venta enfitéutica al plazo de 150 años-una parte de su "convento grande" dedicado a Nuestra Señora del Rosario. Dicha venta, efectuada el 16 de mayo de 1807 ante el escribano limeño Justo Mendoza y Toledo, comprendía el antiguo noviciado de los dominicos y una parte de la huerta del convento, que habían quedado en estado ruinoso luego del desolador terremoto de 1746. 17 Por no hallarse con medios suficientes para reedificar aquella porción del convento, los frailes reunidos en capítulo (bajo la presidencia del maestro prior, fray Joaquín Molleda) decidieron entregar la finca al uso del rico comerciante Osambela. El terreno comprendía 38 varas de frente (31,76 m.) sobre la calle y 33 varas de fondo (27,58 m.) hacia el interior del convento y recibió el precio -bastante cómodo, en verdad-de 10.000 pesos; para satisfacer el derecho de uso de esta superficie, el adquiriente se comprometía a pagar sólo una renta de 300 pesos al año. La cláusula quinta del citado convenio fijaba que Osambela "ha de poseer la finca que labrase por el espacio de ciento cincuenta años y, finalizados estos, si el convento quisiere reasumirla, le ha de pagar la mitad del valor de lo labrado, a justa tasación". 18 Con tan favorables condiciones, no tardó en levantarse allí, a dos cuadras de la plaza mayor de Lima, la espléndida morada del comerciante navarro, quien dio remate a la primera parte de la obra en el año 1808, tal como lo declara con orgullo una inscripción sobre la entrada principal. Poderosas influencias debió de mover don Martín a fin de que el cabildo municipal le ofreciera permiso para levantar un edificio de más de dos plantas, límite que 16 Antes de erigir esta casona, don Martín residía en una casa ubicada "en la calle de Santo Domingo, viniendo de la plaza mayor para el convento grande del Santísimo Rosario (Orden de Predicadores) a mano derecha, y antes del café conocido por el del Pini". Huertas Vallejos: "Estudio histórico"..., pág. 78. se había estatuido en resguardo de los movimientos sísmicos: en efecto, la casona luce -todavía hoy-un tercer nivel sobre el portalón de entrada (con tres ventadas sobre la calle), y encima un gracioso mirador de traza octagonal y reminiscencias moriscas, rodeado de un largo barandal, el cual ha hecho las delicias de los cronistas y visitantes de la capital desde hace varias generaciones. 19 Como lo hemos podido comprobar personalmente, dicho mirador sirve para observar la llegada de los barcos al puerto del Callao, ubicado a dos leguas de distancia. Ya instalado en tan galana residencia, Osambela se empeñó en acrecentar el frente sobre la calle de la Vera Cruz con algunos solares anexos. En esa mansión tendría amplio espacio para atender sus negocios y para cobijar a su mujer y sus hijos, que empezarían a ver la luz del día, aunque fuera del sacramento matrimonial, a partir de 1810 (aproximadamente). No quedan muy evidentes las razones por las cuales nuestro personaje decidiera habitar en simple concubinato con una dama criolla, la limeña doña Mariana Ureta y Bermúdez, hija de don José Tadeo Ureta y doña Isabel Bermúdez. Los nombres de sus cinco primeros hijos -Mercedes, Mariana, José, Dolores y Cayetano-se revelan a través de su testamento otorgado el 21 de febrero de 1822, un mes después de haber contraído enlace por la Iglesia [ver árbol genealógico]. Las escrituras de última voluntad labradas sucesivamente por Osambela, no obstante ser escuetas respecto a sus actividades comerciales y su cúmulo de propiedades, contienen datos interesantes acerca de su devoción espiritual y las personas de su confianza. Tanto en el testamento de 1812 como en el de 1815 pide don Martín ser amortajado con el hábito y cuerda de la orden de San Francisco y manifiesta, además, su pertenencia a las cofradías o hermandades de Nuestra Señora de Aranzazu (propia de los inmigrantes vascos) y de Nuestra Señora del Rosario (vinculada a los dominicos). Una vez desaparecido su hermano don Miguel Ventura, por otro lado, decide nombrar como albaceas y herederos a dos individuos no emparentados con él, pero de su entorno más cercano: Francisco Mais y Miguel Antonio de Artola. 20 19 Entre los que han representado gráfica o textualmente a la casa de Osambela se encuentran Léonce Angrand y Johann Moritz Rugendas, en el siglo XIX, y más modernamente devotos limeñistas como José de la Riva-Agüero, José Gálvez Barrenechea, Luis Antonio Eguiguren, Héctor Velarde y Juan Manuel Ugarte Eléspuru. Tomo LVIII, 1, 2001 De hecho, sabemos que aquellos años bajo el gobierno de los virreyes Abascal y Pezuela (de 1806 a 1821) enmarcaron la definitiva consolidación del patrimonio de don Martín. Llegó a adquirir de los frailes dominicos -por repetidas concesiones enfitéuticas-una casa en la calle de Santa Rosa de los Padres, un callejón de cuartos (con dos casitas accesorias) en la calle de las Cabezas y otro callejón en la Toma de Santo Domingo. La historia recoge además la versión, transmitida originalmente por Sánchez Carrión, de que Osambela tuvo la suerte de ganar jugando a las cartas la huerta nombrada de la Menacho, en el valle de Ate. 21 Dicha huerta, que por sus numerosos aperos, criados y próspero estado habría valido unos 60.000 pesos, pertenecía nada menos que a don José Baquíjano y Carrillo, el prócer de la Emancipación. Entre los papeles de Osambela que han quedado en poder de sus descendientes se encuentra, afortunadamente, un legajo con copias de cartas destinadas al extranjero y fechadas entre 1807 y 1813. César Pacheco Vélez, quien vio este interesante conjunto de documentos, destaca la valía de las transacciones efectuadas con hombres de negocios de Hamburgo (Brentano y compañía), Madrid (don Juan Bautista de Irribaren) y Cádiz (don Juan José de Iriarte y los señores Micheo, padre e hijo), a los cuales se remitía productos "de la tierra" como cacao, cobre, cascarilla y lana de vicuña. 22 Sólo una de las operaciones aludidas en dichos papeles, la relativa al cargamento del navío hamburgués Wilhelmburg, que traía manufacturas europeas para el mercado de Lima, representa la suma de 436.702 pesos y 4 reales. 23 Bien se deja comprender que esa expectante posición del individuo dentro del gremio de mercaderes de Lima se tradujera en exigencias de cuotas y contribuciones a favor de la Corona. Así tenemos que en el año 1817 el virrey don Joaquín de la Pezuela le intimaba, por sendos oficios cursados el 28 de marzo y el 8 de octubre, la necesidad de aportar 960 pesos al semestre, con el objeto de armar la defensa de los "derechos soberanos" frente a la subversión que significa la invasión de las tropas de San Martín a Chile. 24 La posición rotunda de don Martín de Osambela a favor de la causa realista queda patente, por lo demás, en varias declaraciones de su correspondencia privada. Ya producido el definitivo alejamiento de don José Fernando de Abascal, el comerciante navarro prosiguió en contacto con el antiguo vicemonarca durante sus últimos años de vida en España (donde fungió como miembro del Consejo de Guerra). Así lo evidencian unas cartas para Abascal, hoy guardadas en el Archivo General de Indias de Sevilla, que don Martín le envió el 13 de julio de 1818 y el 9 de julio de 1819; en ellas informaba sobre la "pérdida" de la capitanía general de Chile y daba noticias frescas sobre la administración -bastante discutida-de Pezuela. 25 Si nuestro personaje se empeñó en guardar esa vinculación con Abascal, fue tal vez porque cifraba en el poderoso ex virrey la esperanza de obtener algún título nobiliario del reino de Navarra, como se le había ofrecido ya durante los años de la invasión napoleónica a España. El ocaso: la guerra de la Independencia Por cierto que don Martín de Osambela quedó sin el honroso premio de un título nobiliario, quizá debido a la ingerencia negativa de algunas personas de Lima, y principalmente de don Gaspar Rico, "mi decidido enemigo -como él mismo lo reconoce-, por opuesto en las juntas de Consulado y otras ocurrencias". 27 Pero su calidad de hombre solvente no pasó desapercibida a los dirigentes del triunfante bando patriota, que tomaron las riendas del poder luego de la proclamación de la Independencia el 24 Ambos oficios de Pezuela se conservan, originales, en el archivo familiar de Cecilia Rospigliosi Prentice. 25 Ambas cartas de Osambela se conservan, originales, en el Archivo General de Indias, sección Diversos, leg. 26 Está consignado así en una carta de Osambela para don Juan José de Iriarte (residente en Cádiz), fecha el 15 de mayo de 1812: "[Abascal] informa a Su Majestad de mi extraordinario servicio y de otros de buen vasallo, solicitando se me haga la gracia de un título de Navarra". Véase también Pacheco Vélez: "La casa de Martín de Osambela", pág. 192. 27 Carta a don Juan José de Iriarte fecha el 15 de mayo de 1812, arriba citada (en el archivo familiar de Luis Noriega Prentice). DON MARTÍN DE OSAMBELA, COMERCIANTE NAVARRO SIGLOS XVIII/XIX 28 de julio de 1821 y de la instalación del gobierno protectoral de don José de San Martín. En fecha tan temprana como el 1 de agosto siguiente, el Protector se dirigió al tribunal del Consulado de Lima, reclamando un empréstito urgente (mejor dicho, una donación) por el valor de 150.000 pesos. Osambela fue desde luego llamado a brindar una aportación junto con los demás mercaderes, representando su cuota de 1.000 pesos una fracción de tan sólo 0,66 por ciento. 28 Las dificultades con el nuevo régimen comenzaron en serio desde enero de 1822, debido a la política crecientemente antiespañola del ministro de Guerra y factotum sanmartiniano, Bernardo Monteagudo. En dicho mes se decretó la expulsión de los hombres solteros que no poseyeran "carta de ciudadanía", a quienes se incautaría la mitad de sus bienes para la causa patriota. 29 Fue ante tal amenaza, seguramente, que don Martín de Osambela y doña Mariana Ureta se apresuraron en formalizar su unión conyugal: asistieron el 14 de enero a la iglesia parroquial del Sagrario de la Catedral para ser casados por fray José Santiago Polar, llevando como testigos a dos personajes de origen vascuence (y probablemente emparentados con Osambela), el teniente coronel Juan Aspiruz y don Francisco Iriarte. 30 Es de suponer, además, que ante el riesgo de perder los bienes legalmente declarados, los contrayentes prefiriesen no otorgar una carta formal de dote. En todo caso, al hacer su testamento en julio de 1843, recordará doña Mariana que llevó por caudal propio "un principal de diez mil y más pesos en efectos de mantería que tenía en una tienda en la calle del Arzobispo [...], y también llevé dos esclavos y una esclava, con más cerca de novecientos pesos en alhajas";31 bienes que posteriormente se tomarían en cuenta, al discutir y ejecutar la repartición del patrimonio de Osambela y su esposa entre los seis hijos. Se considera por cierto que la fortuna de nuestro protagonista había llegado a su punto más alto en 1821, con la proclamación de la Independencia, y los peritos judiciales dirán que valía entonces medio millón de pesos. 32 En tal contexto, don Martín -quien nunca había dejado de manifestar sus simpatías por la bandera del rey-cayó en la ojeriza de los sectores oficiales, y sobre todo de Monteagudo, el cual no desaprovechaba ocasión para criticar y esquilmar a "los despreciables y malvados chapetones". Sabemos concretamente que el 13 de abril de 1822 se requirió una donación especial de 110.000 pesos al conjunto de los españoles residentes en la ciudad de Lima. 33 "De los 130 obligados donantes -precisa Pacheco Vélez-Osambela aparece entre los veinte principales con 1.700 pesos, antecedido por Juan Bautista Sarraoa, Mariano de Aramburú, Simón de Rávago (que fue secretario de Abascal), Bartolomé María Salamanca, los Sainz de Tejada, José Matías de Elizalde, José Blanco y Azcona y otros...". 34 Esta vez, dicho sea de paso, ascendía la proporción de su aporte al 1,54 por ciento. Las relaciones de Osambela con el nuevo poder ejecutivo se hicieron tan críticas, que le tocó perder inclusive su colección particular de libros. Hasta ahora se había difundido la noción -transmitida por Estuardo Núñez a base de una relación de gastos ubicada en el Archivo General de la Nación-de que don Martín había contribuido generosamente a las colecciones iniciales de la Biblioteca Nacional de Lima, remitiendo de su propia voluntad un par de carretadas de libros que tenía en su mansión de la calle de la Vera Cruz. 35 Sin embargo, la compulsa de la documentación original nos induce a pensar más bien que aquí se dio una intervención violenta de los agentes del Estado, tal como se manifiesta en una denuncia elevada en septiembre de 1827 por la viuda, doña Mariana Ureta de Osambela, a las autoridades del Congreso de la República: Se podría dudar algo de esta declaración sobre el valor y la riqueza de la colección de libros reunida por el empresario navarro, un hombre a quien no le conocemos en principio mayores inclinaciones académicas o veleidades intelectuales. Habría que pensar entonces, de preferencia, en una biblioteca de ornamentación doméstica y en un eventual lugar de tertulia o reunión para la gente letrada. Lo cierto es que la pendencia judicial sobre el embargo de aquellos libros continuó por muchos años, y todavía era mencionada por los herederos de nuestro personaje en fecha tan remota como 1892 (como se ve en el testamento de su hija doña Dolores). 37 En los expedientes levantados por el juzgado de secuestros en la época de la Independencia, se registra que para enero de 1825 la casa de Osambela en Lima había sido evacuada por don Martín y su familia y se había dado en alquiler -con sus ocho tiendas y cochera accesorias-al extranjero Mr. John Begg, probablemente un inglés. 38 Es que para entonces la familia Osambela había optado por refugiarse en los castillos del vecino puerto del Callao, uniéndose al general José Ramón Rodil y a otros tercos defensores del estandarte borbónico. Debemos tener en cuenta que la persecución antiespañola había tomado caracteres más drásticos al producirse la vuelta al poder de Monteagudo, quien había sido rechazado por un levantamiento popular en 1822, pero regresó nuevamente bajo el amparo de Bolívar. 39 Respondiendo a la emigración de la familia Osambela al Callao, los jefes de la dictadura bolivariana procedieron al secuestro de todos sus bienes (que fueron avaluados en 198.860 pesos) y a la confiscación de la quinta parte de ellos. Para integrar este quinto se adjudicó al Estado la casa ubicada junto al santuario de Santa Rosa de Lima -en la calle de Santa Rosa de los Padres-y la finca de la Menacho, en el valle de Ate, que ya hemos mencionado. El 23 de abril de 1825 fue expedido un decreto ordenando la adjudicación de dicha finca al "tribuno de la República", don José Faustino Sánchez Carrión, como premio a sus servicios por la causa emancipadora y para compensación de su sueldo como ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores; 40 debido al deterioro que había sufrido esta propiedad en medio 37 AGN, Protocolos notariales (siglo XIX), n.o 792, fol. 1908v. Testamento otorgado ante Carlos Sotomayor en Lima, el 22 de junio de 1892. 38 AGN, Juzgado de secuestros, leg. TEODORO HAMPE MARTÍNEZ de las guerras y de los desórdenes internos, fue tasada oficialmente en 20.171 pesos y 5 reales. Al hacerse cargo de la huerta perteneciente a Osambela, expresaba Sánchez Carrión con el mayor cinismo:...después de muchas meditaciones y perplejidades, me he resuelto a esta indicación, porque ya que se me proporciona una finca, quisiera fuese en el campo, por ser muy conforme con mi espíritu este género de entretenimiento y como porque su producto es más seguro que el de las fincas urbanas. 41 La familia Osambela-Ureta había aumentado después del matrimonio de 1822 con el nacimiento de la pequeña doña Juana. Seis hijos menores de edad se hallaban, pues, junto a doña Mariana cuando se produjo, en fecha no determinada, la muerte del desdichado don Martín de Osambela y Osambela, presuntamente a los 71 años de edad. Arrinconado en el mayor ostracismo político y en una exasperante pobreza, el próspero hombre de negocios oriundo del valle de Larraun que logró "hacer la América" con un activo comercio en el espacio tardovirreinal peruano, desapareció en el Callao durante el año 1825 y fue enterrado, probablemente, en las costas de Pacifico junto a la fortaleza del Real Felipe. 42 Así terminó, sombría y patéticamente, la existencia de nuestro personaje. La casa de Osambela y su destino Los aires políticos volvieron a cambiar en 1826, con la caída de la dictadura de Bolívar y el término definitivo de la resistencia española en el Callao. Entonces doña Mariana Ureta trató de poner en ejecución una ordenanza (de 2 de marzo del año anterior), que le permitiría recuperar los bienes secuestrados a su difunto esposo, pagando el quinto de su valor monetario. 43 Al iniciar una larga serie de tramitaciones con el objeto de retrotraer aquel patrimonio al magnífico estado que había poseído, escribía la viuda a los miembros de la comisión de Justicia del Congreso de la República: "Y aun en las naciones beligerantes civilizadas, después de concluida la guerra, siempre es admitida la devolución de propiedades, cuando prueban no haber tenido parte activa en los sucesos. Así es practicado en las más 41 Tamayo Vargas y Pacheco Vélez (comp.): José Faustino Sánchez Carrión..., pág. 291. 43 AGN, Juzgado de Secuestros, leg. Recurso de doña Mariana Ureta de Osambela pidiendo la devolución de sus bienes, "en atención a habérseme alzado el secuestro" (por decreto supremo del 31 de julio de 1826). DON MARTÍN DE OSAMBELA, COMERCIANTE NAVARRO SIGLOS XVIII/XIX cultas, como lo manifiestan los papeles públicos de la Europa en sus antiguas y recientes disensiones". 44 Los primeros objetivos de restitución en el patrimonio de Osambela fueron la casa de Santa Rosa de los Padres y la huerta de la Menacho, confiscadas ambas durante la época triunfal de Sánchez Carrión y el bolivarismo, y cuyo valor en conjunto se tasó a 37.000 pesos. Como quiera que los gobiernos de la naciente República no se avinieron a admitir sus ruegos en pos de una restitución gratuita, doña Mariana se vio obligada a contraer un préstamo especial, ya que ella misma se encontraba ocupada con la crianza de sus menores hijos y había dejado en suspenso los negocios de su marido (quien habría dejado -según se dice-un lote espectacular de 600.000 pesos en deudas por cobrar). Así fue que la viuda de Osambela pactó con el clérigo don Pedro Salvi, cura de la doctrina de Tapo, un empréstito de 16.000 pesos al interés de 1,5 por ciento mensual. 45 Si bien se logró con ese dinero el objetivo inmediato de restituir al patrimonio familiar ambos bienes mencionados -y doña Mariana Ureta vino a fallecer inclusive en aquella morada junto al santuario de Santa Rosa-, el costo del préstamo contraído con el cura Salvi resultó mucho más alto, impensadamente oneroso. Y es que, hallándose la atribulada señora en incapacidad de cubrir los réditos devengados por la suma de 240 pesos mensuales, apareció en escena la persona que heredó los bienes de Salvi y dijo ser la verdadera financista del empréstito: doña Manuela Mesa y Gallegos, natural y vecina de Lima, casada al final de sus días (1854) con don Francisco Antonio de Goytisolo. Desde febrero de 1837, doña Manuela emprendió acciones judiciales para cobrar dichos réditos, señalando que los herederos de Osambela habían puesto como garantía su imponente mansión de la calle de la Vera Cruz, que por entonces estaba arrendada a una firma extranjera, la casa Read. 46 Dado que la situación de la testamentaría Osambela, a cargo de la bien intencionada pero poco ejecutiva doña Mariana, no mejoraba en absoluto (sino más bien lo contrario), un auto judicial del 11 de enero de 1840 mandó embargar a favor de doña Manuela Mesa los arriendos de la casa de Osambela. 47 En este contexto, se dispuso una visita y tasación de la finca, que ejecutaron los peritos ingenieros Juan de Herrera e Isidoro Nieves. El documento original de la tasación, fechado el 31 de octubre de 1840, es sumamente interesante y ha sido publicado casi íntegramente por Lorenzo Huertas Vallejos. Los peritos descomponen su examen en la parte baja y en los altos de la casona; señalan que ésta "tiene de frente 57 varas tres cuartas [unos 47,3 m.] y en ellas diez puertas a la calle, que son la principal, ocho accesorias y una cochera, todas con sus altillos" y destacan, entre otros aspectos, las características de la escalera principal, "que está en el patio y gira por encima de la cochera". 48 El valor neto indicado para la finca, descontadas las cargas del contrato enfitéutico con el convento de Santo Domingo, fue de 69.984 pesos y 1,25 reales. De ahí en más, los esfuerzos de doña Mariana Ureta y sus hijos (en verdad poco colaboradores) se concentraron en evitar la pérdida de la emblemática residencia, el testimonio más visible de la exitosa carrera empresarial de don Martín de Osambela en las Indias. Como parte de su estrategia -ya que realmente, a mi parecer, no lo era-la viuda fue declarada el 26 de enero de1842 absolutamente insolvente, o sea "pobre de solemnidad". 49 Es cierto que ella había gastado sus alhajas en brindar una moderada dote para el matrimonio de sus hijas (doña Mercedes, casada con José Negrete, doña Mariana, con José Ignacio Riera, y doña Juana, con Juan Bautista Vera), pero aún quedaban en su poder todas las casas, callejones y fincas que había dejado su primer marido. Además, consta por los papeles de archivo que la señora Ureta -casada en segundas nupcias con el doctor José Miguel Berasar-poseía el tambo y huerta de las Huaquitas, cerca de la portada de Maravillas, y una tienda o cajón en el portal de Botoneros, frente a la plaza mayor de Lima. 50 Infructuosas gestiones realizó doña Mariana Ureta para que la casa de Osambela se pusiera a remate o fuera entregada a rifa. La situación no estaba absolutamente resuelta cuando ella otorgó ante notario sus expresiones de última voluntad, en julio de 1843, y expiró poco después. Sin mayor éxito en 47 Dicho auto fue confirmado por otro del 7 de abril de 1842, en que "se le adjudica a doña Manuela Mesa los arrendamientos de la finca secuestrada". 48 el sostenimiento de las deudas contraídas, los seis hijos de don Martín de Osambela se limitaron a aceptar que la mansión familiar fuera ofrecida en pública subasta, a partir de 1848, por dos y hasta tres veces. Pero como no hubo postores con ofertas dignas de tomar en cuenta, un auto judicial del 13 de abril de 1853 dispuso que la casa pasara a manos a doña Manuela Mesa, bajo la condición de abonar las dos terceras partes del valor de su tasación. 51 Así fue que el 12 de junio de 1854, habiendo satisfecho dicha señora la paga taxativa de 46.656 pesos, una resolución del juzgado de primera instancia a cargo del doctor Manuel Olivares sancionó la pérdida definitiva de la casa de la Vera Cruz para la familia Osambela. 52 Por no tener descendientes, doña Manuela Mesa -quien falleció apenas cinco meses después de haber adquirido la finca-instituyó como heredero en esta propiedad al doctor Manuel de la Ascensión Oquendo. 53 La posterior instalación de la familia Oquendo no trajo excesivas modificaciones en la estructura de esa señorial residencia, que había sido labrada para acoger los gustos y las exigencias de nuestro protagonista, incluyendo el orgulloso mirador de la cuarta planta para vigilancia de sus embarcaciones en la rada del Callao. Los actuales ocupantes de la finca, una serie de instituciones académicas y de cooperación peruano-española que forman el Centro Cultural Inca Garcilaso de la Vega, se precian de tener buena memoria y denominan a su sede como "la mansión Legado a la posteridad: pendencias de bienes Perdida irremisiblemente aquella residencia, quedó también en cierta manera olvidado el apellido de Osambela en la sociedad capitalina. No se puede afirmar que los hijos del desdichado don Martín tuvieran una figuración prominente en la Lima del ochocientos, pues quedaron sumidos en 51 AGN, Corte Superior de Lima, Causas civiles, leg. 52 AGN, Protocolos notariales (siglo XIX), n.o 164, registro de Juan Cosio, fols. 53 AGN, Protocolos notariales (siglo XIX), n.o 164, registro de Juan Cosio, fols. Testamento cerrado de doña Manuela Mesa y Gallegos, hija de don Juan Mesa y doña María Gallegos, otorgado en Lima el 12 de octubre de 1854. Dicho testamento se abrió ante el escribano Juan Cosio el 2 de diciembre del mismo año, fecha de la muerte de la señora Mesa (fol. 517). 54 El Centro Cultural Inca Garcilaso de la Vega, hoy una dependencia oficial del Ministerio de Educación, fue constituido por el decreto-ley 22.677 (de 10 de septiembre de 1979) y conformado originalmente por estas instituciones: la Academia Peruana de la Lengua, la Academia Nacional de la Historia, la Oficina de Educación Iberoamericana, el Instituto Peruano de Cultura Hispánica, el Patronato del Colegio Mayor San Martín de Porras, la Asociación Hispano-Peruana de Profesionales y la Comisión Mixta Peruano-Española de Intercambio Cultural. TEODORO HAMPE MARTÍNEZ modestas capas medias, nota de la cual sólo se salva quizá la segunda de sus hijas, doña Mariana Osambela y Ureta, que fue casada sucesivamente con dos inmigrantes extranjeros: primero el tucumano José Ignacio Riera (1830) y luego el inglés Thomas Wheelock (1837). Acerca de este último personaje, sabemos que era nativo de Market Drayton, en Shropshire, y que estuvo radicado por varias décadas en la ciudad de Lima, pero regresó a su patria para morir en 1890 en Londres. Por la documentación del Archivo General de la Nación sabemos que durante años mantuvo Wheelock en Lima una serie de pendencias judiciales; una de éstas fue con don Juan Blanco y Pérez, albacea testamentario de doña Mariana Ureta, por el ejercicio del albaceazgo de la testamentaría Osambela y por los pagos y demás beneficios de aquella herencia. 55 Por otra parte, apreciamos que Wheelock -quien había empezado como empleado de la casa Read-mantenía intereses económicos en Lima y en algunas localidades del interior (como Cerro de Pasco, por ejemplo). Está comprobado que durante el año 1854, exclusivamente, invirtió más de 80 mil pesos en la compra de bienes raíces en el ámbito urbano de Lima, el balneario de Chorrillos y el valle de Ate. Este hombre de negocios inglés fue, además, representante de la casa comercial Bates, Stokes & Co. (afincada en el Perú desde los años 1850), presidente del directorio de la Compañía de Alumbrado por Gas de Lima y Callao y accionista de la Empresa de Agua de Lima; y se dedicó corrientemente al préstamo de dinero con intereses. 56 Sea por causa de tan pujante actividad económica, o por cualquier otro motivo, lo notorio es que la rama familiar de doña Mariana Osambela y Ureta fue la que se quedó con los documentos del archivo personal de don Martín. Éstos pasaron en la segunda mitad del siglo XIX a manos del empresario Alexander Prentice, escocés de origen y marido de doña Rosa Riera y Osambela (nieta de nuestro protagonista). Modernamente, hemos podido consultar aquellos papeles -cartas privadas, partidas sacramentales, libros de cuentas y otros-gracias a la amabilidad de dos bisnietos de Prentice y choznos del fundador de la casa de Osambela en Lima: doña Cecilia Rospigliosi Prentice y don Luis Noriega Prentice. 56 Tomamos estos datos sobre la actividad empresarial de Thomas Wheelock de sus múltiples apariciones en los protocolos del escribano Juan Cosio, hacia mediados del ochocientos. 57 Expreso aquí mi sincera gratitud a la señora Rospigliosi y el señor Noriega por las amables facilidades que me brindaron para trabajar en su archivo familiar. Como ya está dicho, los engorrosos y dispendiosos trámites judiciales llevados a cabo por los herederos de Osambela corrieron aparejados con una considerable disminución del patrimonio familiar, el cual si bien se mantuvo casi en número de propiedades, quedó enteramente reducido en cuanto a su valor monetario. Es obvio que "don Martín de Osambela, cuando contrajo matrimonio con doña Mariana, tenía un caudal muy superior a la masa de bienes que se encontró al tiempo de su fallecimiento", y después de su fallecimiento la ingente fortuna quedó reducida a "un valor sumamente inferior", según anota el doctor Antonio Arenas en su laudo arbitral de 1870, estableciendo la partición definitiva de la masa hereditaria entre los seis hijos. 58 Con mejor razón para estar quejoso, uno de los hijos políticos de Osambela, don Juan Bautista Vera, había manifestado previamente en una diligencia judicial:...en los largos años que hasta el presente han transcurrido a la muerte de don Martín de Osambela, nada se ha hecho por parte de los herederos para que la testamentaría llegue a su término. Cada interesado, consultando únicamente su bien individual, ha procurado la indivisión de los bienes hereditarios; y unas veces sembrando la discordia entre los miembros de la misma familia, y otras promoviendo cuestiones maliciosas e ilegales, han conseguido establecer un desorden espantoso para sacar cada uno [...] las ventajas que necesariamente trae consigo la confusión y el abandono en que hoy se encuentran los bienes. 59 Finalmente se llegó a un acuerdo entre los seis coherederos (y una más, doña Tomasa Berasar y Ureta, si consideramos asimismo la herencia de doña Mariana Ureta en su segundo compromiso) para efectuar la tan ansiada repartición del patrimonio legado desde la guerra de la Independencia. El laudo correspondiente está signado el 31 de marzo de 1870 por el árbitro componedor, Antonio Arenas, y elevado a rango normativo por un auto judicial de 20 de abril del mismo año. 60 Se fija en este documento que el caudal de bienes de la testamentaría Osambela asciende a 95.680 pesos y que la parte correspondiente a la esposa, doña Mariana, llega al monto de 13.938 pesos (convirtiendo a esta moneda las cantidades que el laudo arbitral indica en soles). Entre los bienes propios de don Martín de Osambela, tenemos que: [1] la huerta de la Menacho fue adjudicada en cinco partes iguales a sus hijos 58 AGN, Protocolos notariales (siglo XIX), n.o 863, registro de Félix Sotomayor, fol. 1620. Recurso presentado el 1 de octubre de 1857 por José Manuel Manzanilla, procurador de don Juan Bautista Vera y su esposa, doña Juana Osambela. don José, don Cayetano, doña Dolores, doña Mariana y doña Juana Osambela, y una parte mayor para doña Mercedes; [2] la casa de la calle de la Recoleta fue adjudicada, en partes diferenciales, a doña Mercedes y doña Mariana; [3] el callejón de la Toma de Santo Domingo fue adjudicado en dos mitades a don José y don Cayetano; [4] la casa-panadería de la calle de Granados fue adjudicada, casi en su totalidad, a doña Juana; y [5] la casa de la calle de Santa Rosa de los Padres fue adjudicada, como única beneficiaria, a doña Dolores. 61 Quedan fuera de este cómputo los bienes propios de doña Mariana Ureta, incluyendo sus derechos sobre una pequeña casa en la calle del Carmen Alto de Lima, que se traspasaron conforme a su voluntad testamentaria a la única hija de su segunda matrimonio, doña Tomasa Berasar y Ureta (casada dos veces y afincada en París, donde falleció en 1912). 62 Tal es, en apretada síntesis, la historia infeliz y compleja del patrimonio labrado por el comerciante navarro don Martín de Osambela durante los años postreros del dominio español en el Perú; un patrimonio legado a su descendencia, a pesar de las vicisitudes económicas y de los cambios políticos, en el período de la bonanza del guano. Los principales datos biográficos y sociales del linaje de Osambela, con un esquema de los ascendientes de don Martín en cuatro generaciones, y de sus descendientes en otras tantas más, se pueden ver en el árbol genealógico que presentamos a continuación.
Los investigadores que intentaron bucear en la rica personalidad de Vicente Rocafuerte han llegado a conclusiones diversas al abordar su pensamiento religioso 1. Buen católico para unos, semi-protestante para otros; protector o detractor de la Iglesia Católica en el Ecuador; hereje u ortodoxo, Rocafuerte se presenta en su aspecto religioso como un problema para dilucidar. 1 Véase Carbo, Pedro: Americanos ilustres. Don Vicente Rocafuerte, en t. I de Colección Vicente Rocafuerte (en adelante VR), Quito, 1983, I, pág. 84; Jijón y Caamaño, Jacinto: Política Conservadora, Quito, sin fecha, pág. 169; Mecum Kent.: Vicente Rocafuerte. XX de Gran Enciclopedia Rialp, Madrid, 1979, pág. 353; Velasco Ibarra, José María: Teorías Políticas de Rocafuerte, en tomo I de VR, págs. 59-63. Es bastante conocida la trayectoria vital de Rocafuerte, quien, antes de asumir la primera magistratura del Ecuador, desempeñó un sinnúmero de actividades en favor de la independencia de los países latinoamericanos. Nacido en el seno de una familia guayaquileña sin antecedentes anti-clericales -su padre, don Juan Antonio Rocafuerte y Antoli, fue Alguacil Mayor de la Inquisición-, transcurre su adolescencia y primera juventud en París, donde entra en contacto con el ambiente de la Ilustración. Una vez en América se moverá por la geografía continental y escribirá diversas obras en las que se vislumbran algunos elementos de su concepción religiosa. En México, donde permanecerá hasta su regreso al Ecuador, publicará la obra más importante en lo que respecta a su pensamiento religioso: "Ensayo sobre la Tolerancia Religiosa". Del estudio detallado de sus obras y de su epistolario se puede concluir que los primeros escritos, editados entre 1821 y 1824, presentan un primer esbozo de su doctrina religiosa. Los principales puntos de esta doctrina serían los siguientes: la religión es un elemento esencial del comportamiento humano y del orden social: los hombres religiosos serán buenos ciudadanos. El cristianismo evangélico o primitivo contiene los elementos fundamentales de la religión favorable a la armonía social. Por otra parte, la participación en política de los eclesiásticos nada tiene que ver con el espíritu evangélico. En este sentido político ha de interpretarse la posición anticlerical de Rocafuerte; anticlericalismo que le lleva a decir que escribió el "Ensayo Político" "contra los Borbones, contra el Papa y el Federalismo"2. Paralelamente, crece en este primer período en Rocafuerte la influencia protestante. Uno de los grupos que más honda huella dejará en el alma de don Vicente es el de los cuáqueros. También se relaciona con la Iglesia Unitaria, manifestación del protestantismo racionalista. Dice Mecum que "con miembros de estos grupos, conocidos por sus opiniones humanitarias y actividades reformistas, (Rocafuerte) visitó bancos de ahorro, escuelas lancasterianas, escuelas dominicales, sociedades bíblicas y prisiones modernas, cada una de las cuales representaba para él un posible medio para educar a las masas hispanoamericanas e instruirlas en las virtudes morales de honestidad, ahorro, aseo, e industria"3. El lapso de tiempo comprendido entre 1824-1829 -el período londinense-constituye los años importantes en el desarrollo del sistema religioso de Rocafuerte. Los núcleos conceptuales de su pensamiento serían los siguientes: en primer lugar, ha forjado un concepto de religión similar al del cuaquerismo, identificado con un sentimiento interior, con prescindencia del dogma. Su doctrina de la tolerancia se deduce de esta misma concepción religiosa: cada hombre tiene derecho a dirigirse a Dios según le dicte su propia conciencia -y en esto coincide con la doctrina católica de la libertad religiosa-, pero soslaya el deber de la conciencia de buscar la verdadera religión. Este "sentimiento" pertenece a la esfera individual, coto cerrado para la intervención del Estado, que ha de mantenerse neutral. En segundo lugar, observamos un marcado galicanismo en su concepción de la independencia de las iglesias nacionales. La curia romana debe permanecer lo más ajena posible al gobierno de las iglesias locales, las cuales deben estar sometidas al poder del Estado en el nombramiento de cargos y en la disciplina exterior. Una noción protestantizada de la religión; indiferentismo en la base de su doctrina sobre la tolerancia religiosa -con intuiciones magníficas, hay que decirlo, sobre la dignidad del hombre y los derechos de la persona-, antiromanismo, galicanismo y regalismo en las relaciones Iglesia-Estado marcan las características más destacables de la posición religiosa de Rocafuerte en 1829. Ya en México Rocafuerte llega a la cumbre de su pensamiento religioso, cuando escribe su "Ensayo sobre la tolerancia religiosa", que le pondrá en el centro del debate político azteca. En la introducción se plantean las tesis básicas de la obra: en Europa la reforma religiosa precedió a la libertad política; en América, la reforma política precede a la libertad religiosa. Esta última será el medio más eficaz para que los pueblos americanos puedan ser no sólo independientes, sino verdaderamente libres4. El Estado no satisface todas las necesidades humanas, sino que se limita a los intereses civiles, a lo justo y a lo injusto. Cuando éste abandona el campo de lo terreno encontraría a su misma naturaleza. La religión, por su parte, considera al hombre en sus relaciones con Dios y con su salvación. Fijados ya los principios de separación de religión y Estado, y negando el derecho de cualquier religión a erigirse en exclusiva, Rocafuerte analizará las políticas religiosas implementadas en diversas partes del mundo. A continuación, Rocafuerte pasa a describir algunas aplicaciones prácticas de la tolerancia. La más beneficiosa es que ésta facilita el asentamiento de colonias de ingleses, suizos y alemanes, personas que por su alto grado de civilización, por sus costumbres morigeradas y por su espíritu de trabajo son las más idóneas para hacer progresar a las sociedades hispanoamericanas. Todas las doctrinas sostenidas en el "Ensayo" habían sido abordadas en sus escritos anteriores, pero ahora los presenta en un todo organizado y coherente. De sus páginas se desprende un concepto de tolerancia basada en el indiferentismo y contraria, por tanto, a la doctrina de la Iglesia. Quizá donde más se aleje Rocafuerte del dogma católico sea en lo referente a las relaciones con el Papa y a la función de la jerarquía dentro de la Iglesia. A pesar de que al principio de la obra Rocafuerte señala con toda claridad la distinción que debe haber entre poder espiritual y poder temporal, a la hora de referirse al Romano Pontífice le niega casi todo poder espiritual en las iglesias locales. El galicanismo a ultranza sostenido por Rocafuerte llevaría en la práctica a la creación de iglesias cismáticas y, por tanto, no católicas. Una cosa es el sistema de ideas que Rocafuerte ha ido forjando a lo largo de la juventud y madurez, y otra muy distinta la posibilidad de plasmar esas ideas en la realidad, la cual muchas veces se presenta indócil y arisca cuando se ha accedido al poder político y se intenta modificarla. El estadista ha de columbrar el grado de posibilidad de aplicación de que gozan sus proyectos, si no quiere estrellarse con la dura realidad que no perdona error en los cálculos. Debe delinear una política real que a veces no coincide plenamente con el ideal que el gobernante ha concebido en su mente. La política religiosa implementada por Rocafuerte no es contradictoria con su pensamiento. Más bien cabría afirmar que en su política se matizan afirmaciones tajantes de sus escritos, y se priorizan algunos principios, relegando otros. Era el tributo que se debía pagar frente a una realidad MARIANO FAZIO FERNÁNDEZ social muy distinta a la de Filadelfia o Londres. La mentalidad regalista y patronal de Rocafuerte será subrayada en sus actos de gobierno, mientras que la tolerancia religiosa ocupará un segundo plano, aunque importante. Rápidos sucesos políticos y militares, que no corresponde reseñar aquí, llevan a Rocafuerte a constituirse en Jefe Supremo de gran parte del territorio ecuatoriano. En los meses que ejerció el cargo tomó algunas medidas de gobierno que tenían relación con la Iglesia. Una de ellas causó un revuelo de regulares proporciones. El 18 de febrero de 1835 Rocafuerte convocaba a la Convención que debía reunirse en Ambato el 1 de junio. En uno de los artículos del decreto de convocatoria se estipulaba que los eclesiásticos con jurisdicción, los miembros de los cabildos eclesiásticos y los párrocos no podían ser elegidos como diputados por las provincias en que ejercieran su jurisdicción5. En Cuenca la disposición rocafortina causó notable disgusto. El vicario capitular cuencano decidió condenar dos artículos publicados en el periódico "El Ecuatoriano del Guayas" que trataban sobre este tema, defendiendo la decisión del Jefe Supremo6. Rocafuerte decide actuar con mano dura frente a la decisión del Vicario. Remueve al dignatario de su cargo y lo expulsa del país. El enfrentamiento con los religiosos cuencanos levantó barreras para su fácil elección como Presidente. La Convención, presidida por Olmedo, decide revocar el decreto de expulsión del Vicario (o Provisor) Mariano Vintimilla7. Así se serenaron los ánimos, aunque se dejaba claramente asentada la doctrina del Patronato estatal. En junio de 1835 se reunía en Ambato la Convención nacional, que daría al Ecuador una nueva Constitución y un nuevo Presidente. La Constitución de 1835 afirmaba que la Religión Católica, Apostólica y Romana era la del Estado. Al referirse al deber del gobierno de protegerla con exclusión de cualquier otra se suprimían unas palabras presentes en la constitución de 1830: "en ejercicio del Patronato" 8. Pero la simple eliminación de este texto no significó un cambio de actitud por parte de la autoridad civil. Al contrario, Rocafuerte será el campeón en Ecuador de la mentalidad patronal en la primera mitad del siglo XIX. El 8 de agosto de 1835, Vicente Rocafuerte prestaba juramento como Presidente Constitucional de la República. En esa oportunidad dirige unas palabras a la Convención. Escuetísimas las referidas a política religiosa: "Se empeñará en que la Religión tenga el esplendor que corresponde a su celestial origen, haciendo brillar la divina caridad en hospitales, hospicios y Casa de Beneficencia" 9. Anteriormente ya se había dirigido a la Convención. En el mensaje que envía desde Quito se extiende con más amplitud en los temas tocantes a política religiosa. Allí critica la constitución de 1830: "Al lado de las declaraciones de la soberanía del pueblo, de la creación de un cuerpo legislativo, de la distribución de poderes, de la libertad de imprenta, y otras semejantes, que son puramente democráticas, están la intolerancia de otros cultos fuera del romano, el reconocimiento de fueros privilegiados, el pupilaje de los indígenas, y el statu quo de los establecimientos eclesiásticos y monacales, que han consagrado nuestras leyes coloniales"10. Así mismo, animaba a los convencionales a legislar sobre "la reforma del clero, la pureza de sus costumbres, la dignidad del culto, la educación de los sacerdotes, la abolición de ciertos abusos, la extinción de tantos días de fiesta, que entorpecen el desenvolvimiento de la riqueza"11. Se alentaba así, desde la Presidencia, un movimiento reformista que daba carta blanca a la intromisión del poder civil en campos ajenos a su incumbencia. Uno de los centros de atención privilegiados de la política de Rocafuerte fue la educación pública. Consideraba con razón el guayaquileño que la independencia, la libertad y la prosperidad material de la Nación no se lograrían si no se extendían las luces de la educación sobre las grandes masas ciudadanas. El cuadro que presentaba la educación pública en Ecuador en 1835 era para desanimar al más entusiasta. Rocafuerte, sin embargo, salvó obstáculos y dio pasos significativos en el adelantamiento de este aspecto fundamental de su acción gubernamental. La institución que había realizado un esfuerzo más sostenido en favor de la educación a lo largo de la historia del Reino de Quito era, sin duda, la Iglesia. Con ella tuvo que contar Rocafuerte para llevar a término sus proyectos. Pero esta colaboración no estuvo exenta de dificultades. En el mensaje que Rocafuerte enviara a la legislatura de 1837 informaba que en el antiguo Beaterio se estaban realizando grandes progresos, debidos "al esmero, actividad y perfecta consagración de un benemérito profesor de los Estados Unidos, y de la dignísima señora que dirige el establecimiento" 12. El "Benemérito profesor de los Estados Unidos" era Isaac Guillermo Wheelwright, antiguo cónsul en Guayaquil y cuáquero de religión. Las desavenencias con el obispo de Quito no se hicieron esperar. La lectura de la Biblia sin las notas del expositor católico fue una de las causas del enfrentamiento. La disputa doctrinal entre Wheelwright y el clero fue subiendo de tono a medida que los litigantes echaban mano a la pluma. Wheelwright escribió un folleto titulado "Cuatro palabras a los sabios", que fue refutado por el Presbítero José Miguel Clavijo y el Padre Solano entre otros 13. El asunto podría haber pasado a mayores si no hubiera intervenido don Vicente, quien "prohibió que las prensas de Quito publicaran nada más al respecto" 14. En agosto de 1836 Rocafuerte ordena mediante decreto que en los conventos masculinos de Quito se abrieran escuelas primarias que pudieran albergar a doscientos niños. Las monjas de la Concepción debían abrir una escuela similar para niñas 15. En ese mismo año Rocafuerte secularizaba el Colegio de San Fernando, a cargo hasta entonces de los dominicos 16. En 1836 el Presidente había dictado un "Decreto orgánico de enseñanza pública" 17, al que le sucede un "Decreto reglamentario de instrucción pública" 18. En estos dos instrumentos legales se abordaban aspectos de los estatutos y organización del Colegio de San Luis, seminario de Quito. Era otra extralimitación en el ejercicio del poder público. Sana era la obsesión de Rocafuerte por la educación, pero en lo referente a los establecimientos religiosos, llevado de su mentalidad patronal, avasalló derechos ajenos. ¿Cómo reaccionó el clero frente a estas disposiciones? Cuando el agente sueco Carl August Gosselman visitó Quito en 1837 informaba a su rey del malestar que reinaba entre el clero a causa de estas medidas. "A los que debe temer (Rocafuerte) -escribe en su informe-, son a los curas y a los militares. A los primeros no les puede gustar de ninguna manera un presidente que quiere convertir los conventos en escuelas, que cree que los herejes pueden ganar el cielo y que quiere que el pueblo lea la Biblia; por consiguiente consideran que tiene tres cuartas partes de hereje por lo menos" 19. En su mensaje de 1837 el cuadro que pinta el Primer Magistrado no es halagador: la razón del pueblo "está obscurecida por la superstición, entorpecida por una especie de esclavitud feudal, y paralizada por hábitos arraigados de inercia y abatimiento". El clero, por su parte, está educado en las máximas de la inquisición. Y entre las reformas que propone tocantes a la Iglesia se encuentra la reducción de los días de fiesta 20. Para mejorar en algo la situación del clero, Rocafuerte había ordenado en 1836 a los Provisores que los párrocos que no se hallaban en sus parroquias retornaran inmediatamente a ellas. Esta disposición cobró eficacia cuando en julio de 1838 el Ejecutivo decide que no se admitan a los distintos concursos para cargos eclesiásticos a ningún clérigo que hubiera faltado al deber de residencia en los anteriores curatos 21. 1837 será el año en que Rocafuerte lleve a cabo su máxima obra en materia religiosa, ésta sí, beneficiosa para la Iglesia: consigue que el Papa Gregorio XVI erija la diócesis de Guayaquil, separándola de la de Cuenca. El 22 de marzo de 1837 Rocafuerte ponía el "ejecútese" a la ley por la que se separaban las diócesis de Cuenca y Guayaquil, argumentando la gran extensión de la diócesis cuencana, la dificultad en las comunicaciones, y las necesidades espirituales de los fieles, que se verían mejor atendidas con dicha separación. El artículo cuarto de la ley dispone que el poder ejecutivo "dirigirá a Su Santidad las preces convenientes para que acceda a la erección del nuevo obispado de Guayaquil" 22. Pasada una semana exacta, el 29 de marzo, Rocafuerte nombraba al Dr. Francisco Xavier de Garaicoa obispo de la nueva diócesis 23. Las gestiones del Presidente con Roma tuvieron relativo éxito. Mediante una Bula del 29 de enero de 1838, Gregorio XVI erigía la diócesis de Guayaquil, y en el consistorio del 10 de febrero de ese mismo año preconizaba como primer obispo de la diócesis al Dr. Francisco Xavier de Garaicoa 24. Pero Rocafuerte también había propuesto al canónigo Antonio Torres para el obispado de Cuenca. Las informaciones que llegan a Roma sobre el candidato a la silla cuencana -en particular las que envía el nuncio para Nueva Granada y Ecuador, residente en Bogotá, Mons. Baluffino eran del todo halagüeñas. La Santa Sede no consideró idóneo al candidato tan alabado por don Vicente, y la sede de Cuenca permaneció vacante largos años 25. Por la misma ley que fija las rentas del obispo de Guayaquil -cinco mil pesos anuales -, se erige la diócesis de Quito como metropolitana, de tal manera que todos los juicios eclesiásticos suscitados en Cuenca y Guayaquil que se apelasen encontrarían su segunda instancia en la capital de la República. La eliminación de Lima como metrópoli de las diócesis ecuatorianas impedía la posibilidad de que algunos juicios eclesiásticos se ventilasen fuera del territorio nacional, con jueces extranjeros. Fue éste un móvil importante que impulsó a Rocafuerte a erigir la nueva diócesis guayaquileña, paso necesario para convertir a Quito en sede metropolitana 26. La creación de la nueva diócesis muestra, a las claras, el poder que la autoridad civil se había abrogado en materias eclesiásticas: divide diócesis, nombra obispos, adjudica rentas, etc. Era el ideal galicano de Rocafuerte. En ese mismo año se dictan leyes como las de funerales, o de jubilación de los miembros del cabildo, que si no fuera porque tenían la firma de Rocafuerte podrían haber sido redactadas por José II de Austria, motejado como el "Rey Sacristán" e iniciador del josefismo, versión centro-europea del galicanismo francés o del patronato español y americano. Pero el galicanismo de Rocafuerte no fue completo. Este es uno de los puntos donde su pensamiento y su política religiosa se separan. En el mensaje de Rocafuerte a la legislatura de 1839 se lee: "Su Santidad sigue dándonos pruebas de la paternal solicitud con que mira los intereses de la Iglesia Ecuatoriana: aprobó la erección de la nueva Diócesis de Guayaquil que el Congreso decretó en trece de abril de 1837 y confirmó la elección del nuevo Obispo, que el Ejecutivo hizo según los trámites constitucionales; y por el tenor de la Ley de Patronato, igualmente esperamos las Bulas del Obispo electo de Cuenca. Su Santidad ha expedido la bula para la supresión de los días de fiesta, que se sujetará a nuestra aprobación, por razones que os expondrá el Ministro de Relaciones Exteriores. Igualmente recibirá vuestra sanción el nombramiento de visitadores para los conventos de la República" 27. Rocafuerte había nombrado un encargado de negocios en Francia, España y la Santa Sede, don José Modesto Larrea. Se retractaba así de lo expresado en Londres al Ministro mexicano Bocanegra: "Si las legaciones de Francia, Inglaterra y Holanda son inútiles, mucho más lo es la de Roma" 28. Se concretaba así el reconocimiento, por parte de la Santa Sede, del Estado del Ecuador. Por su parte, Roma, nombrará un Internuncio apostólico para Nueva Granada y Ecuador, con residencia en Bogotá. El Presidente mantendrá relaciones amables con el representante de Su Santidad, Monseñor Baluffi, a quien solicita el nombramiento de visitadores para los conventos de Quito. En 1839 Rocafuerte terminaba su mandato presidencial. Se había convertido en el primer civil de toda Hispanoamérica que concluía felizmente su período constitucional. El Mensaje de 1839 dedica largos párrafos a las reformas para mejorar el clero. Entre las reformas propuestas se encuentra la reducción del Coro de la Iglesia Catedral de Quito; que se unifique para todo el país el sistema de diezmos que rige en Guayaquil -los diezmos los cobraba directamente la Tesorería Nacional, suprimiendo así a los colectores y contadores, con el consecuente ahorro de setenta mil pesos-; la reducción de la renta del obispo de Quito; la abolición del fuero eclesiástico; la determinación por parte de las cámaras del número de sacerdotes; y la progresiva abolición de las órdenes religiosas 30. Finalmente, como de costumbre, terminará por recomendar vivamente la adopción de la tolerancia religiosa. Rocafuerte había concluido su período presidencial. En los cuatro años de su mandato había llevado a cabo una política religiosa definida, puesto que con la ley de Patronato en la mano defendió y asentó la intervención de la autoridad civil en el campo eclesiástico. Clero diocesano, clero regular, educación, liturgia, bienes eclesiásticos, todo fue objeto de su tutela y de sus iniciativas legales. Dejaba un poder ejecutivo fortalecido, pero también dejaba a una Iglesia ecuatoriana cada vez más desconfiada de la autoridad civil. Después de su período presidencial, Rocafuerte no abandonará la arena política: gobernador del Guayas, diputado, Presidente del Senado, diplomático, don Vicente se mantendrá activo en la vida pública hasta el día de su muerte. En los primeros meses de 1840, Rocafuerte tuvo que capear un buen temporal causado por sus convicciones religiosas. El Gobernador del Guayas había enviado al Gobierno de Quito una nota donde exponía "el grave riesgo que correría nuestra libertad si admitiéramos en la República la autoridad de Roma en materia de contribuciones y de negocios puramente temporales". En nuestras investigaciones en el Archivo Histórico Nacional hemos descubierto la causa que motivó el envío de dicha nota: el obispo de Guayaquil, Garaicoa, se había negado a entregar el 10 % de sus rentas, como se exigía según las leyes, argumentando que nada al respecto se estipulaba en la bula de erección de la diócesis, bula que, en virtud del exequatur otorgado por el gobierno, se había convertido en ley de la República. La nota que envía sobre este asunto Rocafuerte a Quito, el 18 de diciembre de 1839, a pesar de su carácter confidencial, comenzó a circular por la capital. La reacción de Rocafuerte es lo bastante importante como para no perderse palabra: "En cuanto a la circulación de mi nota entre los fanáticos de Quito -escribía un 12 de febrero-, nada se me da; al remitirla al Gobierno, preví todo lo que ha sucedido, porque conozco que entre nosotros no hay secreto alguno, que no hay en todas las oficinas un hombre que desempeñe fielmente su destino; porque Valdivieso y otros están acechando mis movimientos para desacreditarme, pero tiempo vendrá en que esos miserables y rastreros manejos salgan a la luz y me proporcionen la ocasión de probar que el país está mucho más atrasado en princi-EL PENSAMIENTO RELIGIOSO DE VICENTE ROCAFUERTE pios de honor, de política y de moral, de lo que yo he expuesto al público en mis comunicaciones oficiales. El oficial mayor de la secretaría de Estado, a que pertenece este asunto, que ha franqueado una copia de esta nota ha cometido una falta, que merece un severo castigo; las ideas contenidas en mi nota son las más exactas y las que siguen todos los hombres algo instruídos, que conocen la marcha de los negocios públicos, y están penetrados de la importancia de no consentir nunca que haya dos autoridades en la República, una en Roma y otra en Quito, tratándose sobre todo de asuntos muy temporales, como son los que hacen relación al pago de contribuciones. Le aseguro que lejos de enfadarme porque me hagan pasar por hereje, me lleno de ufana complacencia y les agradezco la circulación de esta noticia, porque hereje en el vocabulario del siglo 19 significa hombre ilustrado, que no sigue el vulgar sendero de añejas preocupaciones y cuya razón despejada es superior a los errores, que un clero astuto sabe cubrir del manto del egoísmo religioso, para engañar a los pueblos y sacar de su credulidad el dinero que necesitan. Mientras más repitan que soy un grandísimo herejote, tanto más honor me hacen, pues es lo mismo que decir que en medio de tanta ignorancia y tanta superstición, no falta un verdadero ecuatoriano que sostenga con desinterés y firmeza los principios del siglo y que impertérrito campeón de la libertad racional, considerada bajo todos sus aspectos, ha desdeñado cubrirse con la máscara de la hipocresía, que siempre está de moda entre los fanáticos y esclavos de Roma. La aura popular no conmueve ya mi sensibilidad, ha perdido ese suave aroma, que en los primeros años de vida, tanto me halagaba" 31. Volvía otra vez don Vicente a sus antiguos ataques a Roma, que en gran medida se habían suavizado en su período presidencial. Sin embargo, las relaciones entre este "grandísimo herejote" y el flamante obispo de la diócesis por él propuganda, Mons. Garaicoa, no fueron tan malas como puede suponerse. Un motivo de discusión fue la negativa de Rocafuerte de prohibir la circulación de unas biblias protestantes. El 18 de marzo de 1840 le comentaba por carta a Flores que "el Señor Obispo, según dicen está muy bravo conmigo: él se empeñó en que yo prohibiese la circulación de los Santos Evangelios sin notas ni comentos y como la ley de la materia del 27 de marzo de 1835 no los prohibe, no he podido acceder a su solicitud. En una segunda nota bastante templada volvió a insistir y yo le contesté insistiendo en la negativa; mi contestación es sumamente suave y moderada en el modo, pero muy enérgica en los argumentos que prueban la mentecatez de semejante prohibición eclesiástica" 32. A pesar de las lecciones teológicas que el Gobernador se atreve dar al Obispo, las relaciones entre los dos fluyeron por cauces tranquilos. El 15 de abril de 1840 Rocafuerte visita a Garaicoa y le encuentra "de excelente humor, alegre, contento y muy satisfecho de U. (Flores), del Consejo de Gobierno, y de todos los que componen la actual administración" 33. El gobernador aprovecha la ocasión para explicarle que todas las acusaciones que caen sobre el gobierno son calumnias de sus enemigos. Y en agosto de ese mismo año, cuando se aproximaban las elecciones para renovar las cámaras legislativas, vuelve a visitar al Obispo: "le hice una reseña del estado político en que estamos y de la necesidad de su cooperación, que yo imploraba, con el objeto de afianzar la paz interior. Le encontré muy amable y me prometió trabajar de acuerdo con el Gobierno para que la elección sea acertada y a satisfacción de todos los hombres sensatos y así puedo asegurar a U. que ganaremos las elecciones". Este pedido de colaboración política al obispo contradice la teoría defendida por Rocafuerte a lo largo de toda su vida sobre la conveniencia de que los eclesiásticos no intervengan en política. En la convención de 1843 será tajante al tratar sobre este asunto en los debates. Durante su período de gobernador, Rocafuerte contrae cristiano matrimonio con doña Baltasara Calderón y Garaicoa, sobrina a la sazón del obispo guayaquileño. Cuando en 1842 estalle en la ciudad una terrible epidemia de fiebre amarilla, el pueblo verá que tanto el Gobernador como el Obispo hacen denodados esfuerzos por paliar en algo la caótica situación material y espiritual que se desencadenó. Murieron unas tres mil personas, cifra impresionante si tomamos en cuenta que la ciudad no alcanzaba los veinte mil habitantes. Las circunstancias lograron unir al tío y al sobrino político 34. Se acercaban los últimos meses de su periodo gubernativo. Tuvo tiempo aún de crear un cementerio no confesional. Decidió, además, que en ausencia de un ministro protestante, un sacerdote católico debía bendecir la 32 Rocafuerte a Flores, Guayaquil, 18 de marzo de 1840, en ibídem, n.o 253, pág. 320. 34 Huerta, Pedro: Rocafuerte y la epidemia de fiebre amarilla, Guayaquil 1987, passim. A este propósito, Fray Vicente Solano comentaba: "El proyecto de Rocafuerte acerca del panteón protestante, bendito por un sacerdote católico, es una de las cosas propias de su cabeza. El sacerdote que bendijera, quedaría excolmulgado; porque nos está prohibido comunicar in sacris, como dicen, con los herejes. Yo creo que el obispo de Guayaquil no lo consentirá; y si lo consiente, me río de él. Es razonable que haya un lugar destinado para sepultar los cadáveres de los herejes; y si quieren bendición, que lo hagan sus ministros" 35. Conforme se iba alejando de las más altas esferas del poder, Rocafuerte volvía a planteamientos más extremos, más concordes con sus épocas londinense y mexicana. Su pensamiento, manifestado en sus cartas, a ratos se radicaliza. Pero su acción gubernativa, su política, siguió discurriendo por cauces más o menos tranquilos, moderados, aunque sin entrar en flagrante contradicción con su pensamiento. En la Convención de 1843 propone la libertad de cultos. Se apoya en los argumentos ya tradicionales en él: la adopción de la tolerancia religiosa en los países católicos -Argentina, Venezuela, Brasil-no produjo ningún daño a la fe del pueblo; "la exclusión de todo culto exterior embaraza cualquier proyecto de colonización europea, que sólo puede realizarse, apoyándose en la base de la libertad de cultos, sin la cual no puede haber libertad política"; "las naciones que no admiten en su seno la libertad de cultos, son las más atrasadas de luces y civilización"36. El 2 de marzo, don Vicente aborda otro tópico de su pensamiento religioso: el clero no debe intervenir en política. La religión trata de las cosas del cielo, y la política las de la tierra. La división de estos dos ámbitos está trazada por "la filosofía sin impiedad y por la religión sin fanatismo" 37. La Constitución de 1843 consagraría estas ideas. En su artículo 36 afirma que "están excluidos de ser Senadores y Representantes (...) los Ministros del Culto". En la Convención de 1845 se opone, sin lograrlo, a la exclusión de la mención del Patronato en el texto de la Constitución Nacional 38. Pocos días más tarde, el 28 de noviembre, se trata en la Convención sobre el artículo referente a la religión del Estado. Don Vicente, ducho en la materia, remozará viejos argumentos, blandidos en sus épocas londinense y mexicana 39. A pesar de su oposición, el artículo 13 de la Constitución se referirá a la religión del Estado. Una vez que fue discutida y aprobada la constitución, se pasó a elegir a los primeros mandatarios de la nación. El 4 de diciembre Rocafuerte es elegido Presidente del Senado, habiendo obtenido 28 votos sobre un total de 38 40. Durante su gestión se opone a la unión de las diócesis de Guayaquil y Cuenca, propuesta por el clero austral 41. A pesar de su delicado estado de salud, que terminará por alejarlo de la presidencia del Senado, intervino largamente y de forma concienzuda en gran número de sesiones. Sobre política religiosa se explayó en dos oportunidades más. Una de ellas versó sobre la inmunidad del clero y sus privilegios 42; la otra sobre la posibilidad de readmisión de los jesuitas en Ecuador, posibilidad a la que se muestra contrario. Sobre este último asunto, Rocafuerte se apoyaba en la experiencia europea y americana para rechazar la posible readmisión de la Compañía de Jesús, a fin de que atendieran algunas misiones. El 14 de octubre de 1846, según reza el acta del Senado, así respondía a un informe presentado sobre este tema tan delicado: "Con esta ocasión tomó la palabra el Honorable Presidente y dijo: esta es una cuestión sumamente delicada: consultemos los hechos y la historia para no dejarnos alucinar. La Compañía de Jesús tuvo su origen en el tiempo en que Lutero y Calvino comenzaron a propagar sus ideas promoviéndose entonces unas luchas reñidas entre los protestantes que predicaban la emancipación; y los católicos que aspiraban a conservar la pureza de la doctrina evangélica. San Ignacio y el Padre Laines quisieron poner contra las novedades una institución fundada en la inteligencia y la virtud: insertada sobre tan firmes bases no pudo menos que prestar grandes servicios a las letras y a las ciencias y a las costumbres; pero la bondad de este instituto solamente duró cientocincuenta años; porque con su agradecimiento la ambición se apoderó de sus miembros, y setenta u ochenta mil jesuitas a las órdenes de un jefe despótico, llegaron a ser nocivos a la sociedad y se labraron su persecución. Es verdad que Federico el Grande acogió a los expatriados, pero a los veinte años tuvo que arrojarlos de Silesia por las disensiones que sembraron entre católicos y protestantes. Catalina II los admitió también; pero Alejandro los ha expelido en número considerable y no existe ninguno en Rusia. Buenos Aires ha tocado los mismos extremos de admisión y expulsión; y la Nueva Granada que los ha llamado a su seno tendrá también que volver atrás, después de haber sufrido la severa censura de todos los hombres que conocen el curso de los negocios humanos. Los jesuitas ni hacen falta para la educación que ha progresado sin ellos, ni son calculados como el informe lo cree para servirnos en las misiones; ellos encuentran su teatro en las ciudades donde pueden influir en las conciencias de los que mandan, y en los intereses del gran mundo: los jesuitas no son los héroes del desierto; no entran en los bosques a recibir el martirio en cambio de la predicación. La comisión eclesiástica del Senado de 1846 recuerde esta historia y espíritu de la corporación jesuítica, para emitir el informe que debe presentar, y recuerde así mismo que más cerca de nosotros tenemos a quien puede servir para el fin que se desea, el Padre Plaza; este sacerdote benemérito del siglo ha hecho venir a Ocopa misioneros españoles, de donde nos lo pueden mandar, si nosotros tenemos la conducta de pedírselos más bien que llamar a los jesuitas para despedirlos mañana" 43. ¿Desconocía Rocafuerte la larga lista de mártires jesuitas, muertos por propagar la fe en Extremo Oriente y en América? Los prejuicios antijesuíticos afloran de los labios de Rocafuerte, que no se pudo excluir de la corriente de opinión dominante de su tiempo. Pasarían algunos años hasta su readmisión en el Ecuador. Rocafuerte emprenderá nuevamente los caminos americanos, esta vez para desempeñar funciones diplomáticas en Lima. Ya no regresaría al Ecuador: el 16 de mayo de 1847 entregaba su alma al Creador. De los últimos momentos de don Vicente caben destacarse dos hechos importantes para el estudio de su pensamiento religioso: su testamento y la recepción de los últimos sacramentos. El 21 de abril de 1847, faltando escasos días para su muerte, Rocafuerte dictaba su testamento. Los primeros párrafos son una declaración de fe absolutamente ortodoxa y de gran contenido piadoso 44. El, según algunos, "grandísimo herejote", hacía humilde confesión de su fe católica. Sin embargo, en el momento de recibir los últimos sacramentos, lo hace de manos de un sacerdote cismático. Apunta Mecum que "en Lima había muchos clérigos; él quiso que le ministrara los santos óleos Francisco de Paula González Vigil, sacerdote excomulgado, que había atacado a la Iglesia de Roma acusándola de ser un monopolio religioso y que deseaba establecer una Iglesia Católica Peruana" 45. Cabría aplicar la castiza frase: "Genio y figura hasta la sepultura". Rocafuerte, desde el punto de vista religioso, murió como había vivido: en el seno de la Iglesia Católica, pero aportando un toque personal. La elección del sacerdote cismático confirma la tesis de Jijón y Caamaño: el catolicismo de Rocafuerte fue sui generis hasta el último momento de su vida. Después de haber pasado revista a las acciones y escritos político-religiosos de Rocafuerte, elaboraremos una conclusión de todo lo dicho hasta aquí. En primer lugar, cabe señalar que la evolución del pensamiento religioso rocafortino es lineal, sin cortes abruptos ni desviaciones dispersivas. Tal evolución podría calificarse de un crescendo gradual, según el cual en cada período se decantan los elementos anteriores y se añaden nuevos. El crescendo cesaría en 1832, cuando escribe su "Ensayo sobre la tolerancia religiosa". Esta obra marca el cénit, la madurez de su pensamiento religioso. Las relaciones y el ambiente en el que se desenvuelve durante la juventud imbuyen a don Vicente del espíritu del siglo, racionalista y romántico a la vez en sus corrientes de pensamiento, y anticlerical y regalista en lo religioso. El compromiso político adoptado por algunos eclesiásticos con las estructuras del Antiguo Régimen, y la política vacilante de León XII, temeroso de enfrentarse con los intereses de la Santa Alianza, impulsan a Rocafuerte a combatir las actividades políticas del clero. Tal era el cariz de sus primeros escritos. Desde un primer momento consideró a la religión -en particular al Cristianismo-como un elemento esencial de la condición del hombre, pero pensaba que era necesaria una depuración de la religión y, de este modo, se debían quitar las adherencias humanas que con el paso de los siglos se habían incrustado en su seno. La carencia de una formación teológica seria hizo que Rocafuerte no acertara en el deslinde de lo divino y lo humano. Lo que comienza como una simple oposición política a las actividades del clero en campos ajenos a lo espiritual -y eso sí era un elemento humano y dañino-se convierte imperceptiblemente en un alejamiento de la doctrina ortodoxa. En Londres ya encontramos asertos temerarios en materias puramente teológicas. A su falta de formación dogmática se añade el influjo del protestantismo, muy en especial del cuaquerismo. Estos dos elementos hacen eclosión en la definición rocafortina de religión -un sentimiento interior-y en la función que le adjudica en la sociedad: el mantenimiento del orden y la beneficencia pública son los dos grandes servicios que prestaría el Cristianismo a la sociedad política. Para que el Cristianismo cumpla con estos fines no es necesaria ninguna dependencia de la autoridad del Romano Pontífice, vista por Rocafuerte con marcada desconfianza y recelo. Así, las relaciones Iglesia-Estado se concretan en el pensamiento del guayaquileño en un galicanismo acusado -creación de iglesias nacionales-y un regalismo sofocante -invasión por parte del Estado de campos propiamente eclesiásticos-. Y como esta obra de moralización la puede llevar a cabo cualquier secta cristiana -aunque en sus obras Rocafuerte se inclinará por preferir al protestantismo-campeará por toda su producción un indiferentismo contrario a la fe católica. Cuando accede al poder político, estos principios pasan por el tamiz de las circunstancias propias del Ecuador de 1835. No es que Rocafuerte se haya moderado en sus planteamientos, sino que simplemente no era posible ponerlos en práctica de una manera tan radical. Cuando deja la presidencia, el tono de sus escritos recupera la radicalidad de los años anteriores. Vicente Rocafuerte fue católico: constan, entre otros muchos elementos de juicio, su bautismo, su matrimonio eclesiástico, la recepción de la extrema unción y del Santo Viático, etc. Pero fue católico a su modo. El análisis de su biblioteca podría darnos la clave 46: habiendo leído y estudia-do a todos los prohombres de la ilustración y del incipiente liberalismo, estaba empapado de las ideas de su tiempo. Al carecer de un asidero doctrinal sólido, forjó en su mente un cuerpo doctrinal propio, que él consideró como ese cristianismo depurado de adherencias humanas, donde el protestantismo, el racionalismo y una buena dosis de prejuicios juegan un papel importante. A su vez, la confusión de ideas de muchos clérigos sobre las relaciones Iglesia-Estado, libertad religiosa, etc., facilitó su propia confusión doctrinal. Ateniéndonos a su política y pensamiento religioso, don Vicente Rocafuerte fue, sin lugar a dudas, un liberal. Su período presidencial es un antecedente importante de las futuras luchas enconadas entre el Estado Ecuatoriano y la Iglesia. El lugar que Rocafuerte ocupa en la historia del Ecuador es de primer orden. Sus méritos son muchos e incuestionables. Pero en su concepción religiosa fue un hijo de su tiempo: ni más ni menos.
El presente trabajo se circunscribe al estudio de la participación económica de la mujer en un ámbito generalmente asociado a la figura masculina, como es el portuario, en la colonia y a fines del siglo XVIII. Nos acercamos a dos mujeres en particular puesto que, lejos de señalar excepciones, es a través de ellas que se puede develar su adecuación a la normativa desde dos situaciones distintas, contempladas por la legislación respecto a la mujer casada. Estas mujeres parecen conocer el lenguaje de los negocios, los vínculos mercantiles, el engranaje de una compañía comercial, las obligaciones de las partes como las contratas y valores que se manejan. Analizar las pautas de comportamiento como las estrategias utilizadas por estas mujeres en una sociedad donde los hombres son los constructores de los espacios reales e imaginarios, se nos presenta como una alternativa diferente, que nos permite dejar de lado la supuesta invisibilidad de la mujer y su identificación con el universo doméstico en función del sexo. En tal sentido, el concepto de género nos da las herramientas necesarias para estudiar a las mujeres en relación a los hombres, sabiendo que la información sobre uno es también conocimiento sobre el otro. La imagen de la mujer en la América latina colonial se asocia a una idea preconcebida de invisibilidad, resultante ésta de la banalización de su trabajo dentro del hogar; sin embargo, parecería insubstancial suponer que el papel jugado por la mujer, en función de lo que se esperaba de ella, hubiera estado limitado a los estrechos confines del universo doméstico. En este sentido nos resultaba interesante abordar un espacio tradicionalmente asociado a la figura masculina, como es el de la economía, específicamente en el Río de la Plata, en una época de conflictos bélicos que obligó a la península a modificar las relaciones con sus colonias a fin de otorgar fluidez al intercambio exterior rioplatense. 1 Dentro de ese contexto han proliferado los estudios relativos al grupo social vinculado a la economía en el Río de la Plata, tratando desde el status, composición y movilidad social al poder político y económico de los mismos; todo lo cual ha servido para comprender el papel jugado por los varones en función de la coyuntura regional, nacional e internacional. 2 Esta tendencia de análisis desde los valores masculinos contribuyó al olvido de uno de los sujetos históricos, en tanto protagonistas que conciben estrategias y toman decisiones. Sin embargo, más allá del ámbito rioplatense, Enriqueta Vila Vilar, refiriéndose a las mujeres sevillanas en el siglo XVI, manifiesta que basta un acercamiento a los fondos del Archivo de Protocolos para advertir la presencia de mujeres que intervienen en transacciones de todo tipo y refiere: "Aproximadamente un 7% de las escrituras son generadas por ellas que aparecen en su papel de viudas o hijas requiriendo una herencia, pero también actuando en nombre del marido, ausente en Indias, como receptoras de rentas y metales, como prestamistas en pequeñas cantidades, como integrantes de compañías comerciales, como dueñas de naos, etc.". 3 nes generadas entre la legalidad y el fraude, las particularidades de las transacciones, los intereses e ideologías en pugna, la problemática de la navegación y el transporte, entre otros. Estos son sólo algunos de los aspectos que han permitido estudiar el desarrollo y desenvolvimiento de la economía rioplatense, en el área mencionada y en el transcurso de fines del siglo XVIII a principios del XIX. 2 Al respecto se pueden consultar los textos de Socolow, Susan: Los mercaderes del Buenos Aires virreinal: familia y comercio, Buenos Aires, 1991; Garavaglia, Juan Carlos: Economía, sociedad y regiones, Buenos Aires, 1987, págs. 7-65; Galmarini, Hugo R.: "Comercio y burocracia colonial. A propósito de Tomás Antonio Romero", Investigaciones y ensayos, n.o 28, enero-junio 1980, págs. 407-423; Socolow, Susan: "La burguesía comerciante de Buenos Aires en el siglo XVIII", Desarrollo económico. Revista de Ciencias Sociales, n.o 70, vol. 18, julio-septiembre 1978, págs. 205-216; Gelman, Daniel: "Sobre el carácter del comercio colonial y los patrones de inversión de un gran comerciante en el Río de la Plata del siglo XVIII", Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana "Dr. Emilio Ravignani", Tercera Serie, núm. 1, 1989, págs. 51-69; Lugar, Catherine: "Comerciantes", en Hoberman, Louisa, y Socolow, Susan, comp.: Ciudades y sociedades en Latinoamérica colonial, Buenos Aires, 1992, págs. 67-103; Vila Vilar, Enriqueta, y Kuethe Allan J.: Relaciones de poder y comercio colonial: nuevas perspectivas, Sevilla, 1999, págs. 25-34; Navarro Floria, Pedro, y Nicoletti, Andrea: "Formación y apertura de una oligarquía criolla en el Buenos Aires Virreinal" en Historia de los Argentinos, Premio "Coca-Cola en las Artes y las Ciencias", Buenos Aires, 1989, págs. 178-214, entre otros. 3 Ver: "Discursos leídos ante la Real Academia Sevillana de Buenas Letras el día 27 de octubre de 1996 por la Excma. Enriqueta Vila Vilar y el Excmo. Sr. D. Francisco Morales Padrón en la recepción pública del primero", Sevilla, 1997, págs. 43-67. Por su parte y para el siglo XVII, Lutgardo García Fuentes identifica un número superior a cuarenta mujeres exportando a Indias. 4 Así, también para mediados del siglo XVII y principios del XVIII, en relación al comercio colonial en Cádiz, Carrasco González expresa: "Resulta también relevante la presencia de mujeres como acreedores de préstamos y cambios. Estas mujeres aparecerán relacionadas, algunas veces, por lazos de parentesco con mercaderes naturalizados o extranjeros. Ellas también como testaferros, pues de lo contrario sería difícil encontrar una explicación a casos como el de la viuda doña Andrea de Barces, quien prestó de una sola vez 54.440 pesos escudos ¡una fortuna! Sin embargo, hay casos en que la inversión de importantes sumas en préstamos a riesgo podía realizarse realmente en su nombre, ya que algunas de estas mujeres se hallaban respaldadas por sus propios negocios o, como ocurre con doña Alfonsa María Figueroa, por la compañía de la que era socia principal, como heredera de su marido Juan Jácome Prorrata. Otras mujeres invirtieron sus dotes, o parte de ellas, en negocios de cambios marítimos, con la esperanza de aumentar sus capitales". 5 Del mismo modo y si nos remitimos al funcionamiento de las mujeres en el Río de la Plata, no pueden desconocerse los trabajos que han apuntado a su funcionamiento en la colonia, ya sea desde el punto de vista social como desde el económico, lo que nos habla de una presencia activa sin lugar a dudas. Dentro de esa línea, se han tratado aspectos tales como la participación de las mujeres en la administración de las propiedades rurales, en el comercio al menudeo, el sector textil o el ámbito alimenticio. 6 En cuanto a la participación de la mujer en la economía colonial, ver Borchat de Moreno, Cristiana: "La imbecilidad y el coraje. La participación femenina en la economía colonial. Instituto Histórico del Patido de Morón, n.o 13, año IV, 1997; Gresores, Gabriela: "La función económica de las mujeres en la Magdalena colonial", Revista de Historia Bonaerense, Instituto Histórico del Partido de Morón, n.o 13, año IV, 1997; Gellert, Alicia Mabel: "El trabajo femenino en Buenos Aires en la segunda mitad del siglo XVIII", en Knecher, Lidia, y Panaia, Marta (comp.): La mitad del país. Tomo LVIII, 1, 2001 matrimoniales seguidas por éstas o su intervención en la construcción de redes familiares. 7 Así fue que descubrimos datos interesantísimos. Elena Studer señala que, en el siglo XVIII, Buenos Aires desempeñó un importante papel en cuanto al comercio negrero, cuando todavía -según ella-el tráfico no era considerado una actividad denigrante, y llegaban a esa plaza compradores desde Chile o del Alto Perú. El dato que nos llamó la atención fue la inclusión de una cantidad importante de mujeres vinculadas al tráfico negrero (31, frente a 456 varones). Otro no menos llamativo fue el caso de Vicenta Uriarte, quien aparece en un listado correspondiente a los embarcadores que extraen metálico desde Buenos Aires entre los años 1779-1783. De igual forma nos encontramos con Mercedes Bello, a quien ubicamos en el empadronamiento de los extranjeros residentes en la ciudad de Buenos Aires para el año 1807, alquilando sus habitaciones a cinco portugueses, siendo uno de ellos José Pintos, a quien se identifica como "...marinero del barco de dicha señora que se encuentra enfermo y se va a mudar al dicho barco que tiene en Las Conchas, lugar donde se pone bueno...". 8 Aún así, no hemos dado con trabajos sistemáticos; se trata más bien de datos aislados, lo que es por demás elocuente para explicar por qué iniciamos esta línea de investigación. El objetivo del trabajo es, básicamente, realizar un análisis descriptivo del comportamiento de dos mujeres contemporáneas en el Río de la Plata durante el siglo XVIII, a partir de la intervención que pudieron tener en el comercio marítimo, desde la condición 7 En cuanto al tema de pautas matrimoniales y redes de parentesco conformadas por las mujeres de la colonia, ver Socolow, Susan: "Parejas bien constituidas: la elección matrimonial en la Argentina colonial, 1778-1810", Anuario del IEHS, V, 1990, págs. 135-161; Lavrin, Asunción: Sexualidad y matrimonio en la América hispánica, Siglos XVI-XVIII, México, 1990, pág. 14; y Cicerchia, Ricardo: "Vida familiar y prácticas conyugales. Podríamos mencionar también los trabajos de Vergara Quiroz, Sergio: "¿Relevancia o subordinación? La mujer en la familia colonial hispanoamericana", en Knecher y Panaia: La mitad del país...; y Rodríguez Villamil, Silvia: La historia de las mujeres en el Uruguay, Montevideo, 1991, págs. 1-21. 8 Ver cuadro XIII correspondiente al número de individuos que en las regiones del Plata se dedicaron a operaciones de compra-venta de negros, en Studer, Elena F. S. de: La trata de negros en el Río de la Plata durante el siglo XVIII, Buenos Aires, 1958, cap. XI, págs. 232 y 238. Así también el listado de "Comerciantes y embarcadores que extraen metálico desde Buenos Aires entre los años 1779-1783", en Anexo 5 de Garavaglia, Juan Carlos: Economía, sociedad y regiones..., págs. 109-112. Respecto a la propietaria de un barco, consultar "Empadronamiento de los extranjeros residentes en la ciudad de Buenos Aires en el año 1807", Documentos para la Historia Argentina, t. MARCELA AGUIRREZABALA jurídica9 como desde las concepciones ideológicas, para percibirlas luego a través de sus movimientos en el ámbito público. Lejos de señalar excepciones, hemos restringido nuestro estudio a dos mujeres casadas dado que, a diferencia de las solteras y las viudas, podían adecuarse a la normativa desde dos situaciones distintas contempladas por la legislación. En Ana Joaquina Silva de Melo y María del Carmen Mármol encontramos a dos mujeres involucradas en el comercio de exportación, una de ellas trabajando a la par de su esposo, D. Manuel Cipriano de Melo. La otra, esposa del Teniente de Asamblea Josef Mexia, ausente en los reinos de España, exportando por su cuenta y riesgo, o envuelta en pleitos judiciales como resultado de convenios comerciales. Estas mujeres parecen conocer el lenguaje del comercio, sus leyes, tipos de contratas, las implicancias de una compañía comercial como las obligaciones de las partes. Una de ellas utiliza las conexiones y relaciones entabladas por su cónyuge a lo largo de toda una trayectoria comercial, interviniendo así en transacciones que abarcan desde el cobro de utilidades a la compra de una fragata. La otra, a cargo de una numerosa familia, la encontramos vinculándose a la producción pecuaria y a la exportación de cueros, astas de toro, grasa y sebo. Así es que, a través del conocimiento de algunas de las áreas de ingerencia donde estas mujeres se mueven, se pretende conocer las pautas de comportamiento como las estrategias y los mecanismos utilizados en una sociedad donde los hombres eran quienes construían los espacios reales e imaginarios. Haciendo uso alternativamente del discurso masculino y femenino, y a través de un estudio de casos 1) intentaremos responder si la presencia femenina en el comercio de exportación estuvo condicionada a la habilitación masculina y, trabajando en forma relacional los dos géneros, superando la unilateralidad de un enfoque restringido sólo al sexo femenino, lo haremos extensivo a las relaciones con el otro sexo; 2) trataremos de demostrar que el lenguaje comercial, los asuntos relacionados con el comercio marítimo y el ámbito portuario no constituyeron un espacio excluyente en función del sexo; 3) confirmaremos la utilización de estrate-gias tanto por parte de la mujer como del hombre, conforme a las concepciones ideológicas aceptadas por la sociedad colonial. En la búsqueda de un marco teórico, recurrimos al concepto de género entendido como "...la construcción de formas culturales consideradas como apropiadas para el comportamiento de individuos de sexo femenino o masculino". 10 Por aludir a las relaciones sociales de los sexos, esta categoría de análisis nos induce a superar la idea de un mundo de mujeres separado del mundo de los hombres y a comprender que la información sobre las mujeres es también información sobre los hombres. Al respecto, Duby y Perrot expresan que: "Una historia de relaciones, que pone sobre el tapete la sociedad entera, que es historia de las relaciones entre los sexos y, en consecuencia, también historia de los hombres".11 Se introduce así la posibilidad de interpretar la historicidad de los roles, la naturaleza de la relación, sin dejar de lado la interacción, al mismo tiempo de conocer el camino seguido por mujeres y hombres en la construcción de sus propias identidades dentro de una realidad histórica concreta. En cuanto a las fuentes, para este trabajo específicamente hemos tomado los Registros de Buques correspondientes al período 1793-1794, documentación esta proveniente del Archivo General de Indias (Sevilla). Asimismo, nos hemos servido de la utilización de expedientes de Tribunales y Hacienda del Archivo General de la Nación (Argentina). 12 El manejo de fuentes editadas como los textos de Juan Apolant, que incluyen el Padrón Millán de 1726, el Censo de 1769 y el Padrón Aldecoa de 1772/1773, todos padrones básicos para el estudio de Montevideo y su jurisdicción, la obra de Félix de Azara con su relato de los Viajes por la América Meridional, los Documentos para la Historia Argentina, específicamente el tomo XII: "Territorio y Población", que contiene el padrón de la ciudad de Buenos Aires para 1778, Las Leyes de Toro, la Novísima Recopilación de las Leyes de España y el Telégrafo Mercantil, Rural, Político-Económico e Historiógrafo del Río de la Plata, junto a una importante bibliografía, sustentan el desarrollo del tema. El caso de Ana Joaquina Silva de Melo Ana Joaquina Silva de Melo 14 se casaba en agosto de 1765 con don Manuel Cipriano de Melo, un lisboeta con una vida bastante agitada y una amplia trayectoria en el Río de la Plata como comerciante y funcionario. 15 Los conocimientos náuticos y experiencia de Melo, así como los servicios prestados al rey le valieron en 1789 el nombramiento de Teniente del Comando del Resguardo del Puerto de Montevideo, cargo que ocupó por espacio de 20 años. 16 13 Ver Apolant, Juan: Génesis de la familia uruguaya, segunda edición ampliada, Montevideo, 1975, t. Documentos para la Historia Argentina, tomo XII: Territorio y Población. Novísima Recopilación de las Leyes de España, que contiene los Libros octavo, noveno, décimo y undécimo. "Telégrafo Mercantil, Rural, Político-Económico e Historiógrafo del Río de la Plata", en Colección de Libros Raros e Inéditos sobre la región del Río de la Plata, publicado bajo los auspicios de la Junta de Historia y Numismática Americana (1801-1802), tomo III, año 1802, Buenos Aires, 1914, n.o 14, marzo de 1802, fs. 14 Había nacido en la Colonia de Montevideo, era hija del ayudante mayor Gonzalo Díaz Chávez y de doña María de Silva. Ver Sabat Pebet, J. C.: Las Bibliotecas de Don Manuel Cipriano de Melo y Doña María Clara Zabala, Montevideo, 1958, pág. 136. 15 El esposo en cuestión, siendo niño aún, había dejado su tierra natal a la muerte de sus padres; remitido a Río de Janeiro, pronto fue transferido a Colonia del Sacramento, lugar de donde se fugó para instalarse en Buenos Aires. A partir de allí intervino en la llamada guerra guaranítica, viajó a Cádiz donde se nutrió sobre cuestiones naúticas, regresó a la Colonia, luego en Buenos Aires se pondría bajo la protección de don Pedro de Cevallos, quien en las intervenciones de 1762 lo nombró práctico de su escuadra. Luego de unos cuantos viajes por el Atlántico se instaló con un comercio en la Bahía, siendo sus principales ocupaciones el tráfico a lo largo de la costa del Brasil, con Africa y con Colonia del Sacramento, aunque no por ello cesarían sus movimientos. En 1777, cuando se enfrentaron las fuerzas españolas con las portuguesas por la posesión de la Colonia, fue apresado por las fuerzas de don Pedro de Cevallos, y ante los servicios que el portugués le habría prestado durante el anterior sitio de la Colonia, decidió volver a nombrarlo como práctico de la Real Armada. Ver Bentancur, Arturo: Don Cipriano de Melo, Señor de fronteras, Montevideo, 1985, págs. 1-12. Bentancur: Don Cipriano de Melo..., pág. 11. Las relaciones de su mujer, Ana Joaquina, no parecen haber influido menos que las conexiones de las que se sirvió Melo para su nombramiento. Él había servido a la corona española, había hecho convenientes amistades como la que lo unía al masón Manuel Ignacio Fernández, intendente de la expedición de Cevallos y por supuesto con el propio Cevallos, entre otros lazos no menos promisorios. En la pintoresca descripción que el historiador Bentancur hace de la pareja, la que parece no haber quedado atrás en las conexiones era doña Ana Joaquina. Se decía que una "estrecha relación" de la mujer de Melo con un alto jefe le había propiciado a éste una vertiginosa carrera en la administración. De esta forma, el autor refiere que la persona favorecida por los encantos de la mujer de Silva, habría sido muy bien aprovechada por Melo, según uno de los serios cuestionamientos que se urdían por entonces. Urdaneta, el beneficiario de los favores de Ana Joaquina, era Contador de la Renta de Tabaco, y, según el mismo autor, don Francisco de Ortega y Monroy, quien había sido designado como Comandante de los Resguardos de todas las rentas de Montevideo y el Río de la Plata por Real Despacho de 1779, era el mismo que esgrimía tales acusaciones en los primeros tiempos del 'incorrumptible' Ortega y Monroy, bastante antes de "trabajar codo a codo" con don Cipriano y terminar presos como cómplices por sus actividades. 17 La figura de Ana Joaquina no pasó desapercibida aun en uno de los tantos procesos que sufrió Melo en la investigación de los presuntos actos ilícitos que éste habría cometido siendo empleado de la Real Hacienda. Entonces el asunto pasaba por la incompatibilidad de la práctica del comercio y negocios por sí o por interpósita persona, directa o indirectamente por parte de Melo, con su referido empleo que, por su misma naturaleza, prohibía tales actividades. Al respecto y en relación a la designación de los portugueses Cipriano Melo, Manuel Cayetano Pacheco como Joaquín de Acosta Bastos, en los cargos de segundo. comandante del Resguardo de Montevideo, administrador general de los Pueblos de las Misiones y oficial en la Administración General de las Misiones, respectivamente, Tejerina señala específicamente sobre los primeros que: "A lo largo de sus extensas gestiones, tanto Melo como Pacheco hicieron del comercio con el Brasil un complemento de sus funciones en la administración colonial. 18 No puede descartarse que el seguimiento de algunas de las operaciones realizadas por la mujer de Melo, como las compras de varias casas en la capital porteña, fueran tal vez el punto de partida de las investigaciones que hizo iniciar el virrey Loreto 19 contra el funcionario del Resguardo de Montevideo. La principal imputación que recayó sobre Melo tenía que ver con la práctica del comercio de ultramar a nombre de su esposa mientras ejercía como funcionario de la Corona española. ¿Había participado su mujer de aquellas transacciones o era un agente pasivo que Melo usaba para realizar sus negocios? Una de las evidencias era la licencia otorgada a su mujer Ana Joaquina Silva en el envío de una expedición al puerto de La Habana en 1787, asociándose al matrimonio Melo Silva con otro comerciante en dicha operación. 20 La sociedad entre el comerciante y la pareja se había constituido al parecer a partir de la entrega de una casa por parte de Ana Joaquina a dicho comerciante, como pago total de la fragata "San Francisco de Asís", alias "El Tártaro". Al respecto, el imputado declaraba que: "...el Escribano Nuñez refiere en el citado certificado, de todo lo cual podrá dar noticia su mujer, que fue quien convino con la compra de la casa, como que era para ella misma y se compró 18 Al respecto y en relación a la designación de los portugueses Cipriano Melo, Manuel Cayetano Pacheco y Joaquín De Acosta Bastos, en los cargos de segundo comandante del Resguardo de Montevideo, administrador General de los Pueblos de las Misiones y Oficial en la Administración General de las Misiones respectivamente, Tejerina señala que: "A lo largo de sus extensas gestiones, tanto Melo como Pacheco hicieron del comercio con el Brasil un complemento de sus funciones en la administración colonial. Tejerina, Marcela: "Portugueses al servicio de España y sus vínculos comerciales con el Brasil", en Silva, Hernán A.: Navegación y comercio rioplatense, Bahía Blanca, 1999, t. 19 Sin duda, uno de los problemas más graves que debió asumir en varias oportunidades la Corona fue el de la participación directa o indirecta de los funcionarios en prácticas fraudulentas. Tal vez el más grave enfrentamiento fue, según Silva, el que protagonizaron el Virrey Marqués de Loreto y el Superintendente General de la Real Hacienda del Virreinato, Francisco de Paula Sanz, pues "La severa actuación virreinal llevó a encausar a los más allegados colaboradores de Sanz: el Comandante de Resguardos, Francisco Ortega y Monroy y el segundo jefe, Cipriano de Melo; sin contar el grave caso contra el Administrador de la Aduana de Buenos Aires, Francisco Ximenez de Mesa...". Tomo LVIII, 1, 2001 con su propio dinero...", agregando más adelante: "como también lo son la escritura de venta que Francisco Caraballo otorgó a favor de dicha su esposa de la esquina y sitio que hoy tiene reedificada su mujer...". 21 Interrogado Melo respecto a la habilitación que habría dado a su esposa para la compra de la fragata manifestaba: "...es cierto que dio permiso a su mujer para que entrase en la compra de la fragata el Tártaro..."; argumentando Melo que si había intervenido había sido consintiendo, en razón de los conocimientos que tenía sobre embarcaciones, la cual finalmente fue vendida a aquel comerciante para constituir la mentada sociedad. En cuanto a las importantes negociaciones que, según los dichos de Melo, habría realizado Ana Joaquina Silva, tales la vinculada a la mencionada fragata, como contratas, manejo y giro de caudales, la compra y venta de varias casas, se le pedía al acusado se reconviniera sobre las mismas. A lo que el deponente contestaba que: "...desde que (su mujer ) está casada con el exponente siempre ha tenido y girado su caudal por separado, aun en el tiempo que el confesante era comerciante, y giraba con gruesas negociaciones suyas, y de comisiones, como lo tiene hecho constar ante S. M. por representaciones". 22 Lo expresado en cuanto a que dichas sumas hayan sido propias de su mujer no resultaba un argumento convincente, más bien era poco creíble; de hecho, la acusación fiscal se basaba en el alegato de que no podía haber separación legítima de caudales mientras durara la unión conyugal. Si bien el causante reconocía que subsistente el matrimonio no debía haber división de caudales, sostenía haber causado pérdidas económicas a su mujer "...por lo cual estimulado de su conciencia y teniendo además de esto tres hijos fuera del matrimonio de los cuales sólo sabe de uno su mujer, de quien no tiene descendencia alguna, para evitar en lo sucesivo semejantes quebrantos y saber lo que a cada uno convenía, estipularon ambos el que cada uno girase su propio caudal, cuya razón ha consentido y se ha conformado en que su mujer gobernare el suyo en los términos que ha confesado". 23 En cuanto al uso de los caudales de su mujer en su propio beneficio, el imputado se defendía alegando que si bien él los tomó en Buenos Aires "...fue con la condición de devolverse a su consorte cuando lo hubiere como pacto que precedió antes de tomárselo...". 24 En este pacto, que en materia económica habrían celebrado los esposos, hay otro aspecto en el que se puede advertir una aceptación tácita por parte de Ana Joaquina de la existencia de un hijo de Melo, en razón probablemente de saber que no podía darle descendencia. 25 Y, según se desprende del discurso masculino, las implicancias de tal convenio conyugal nos permitirían pensar en una especie de "negociación" entre ambos o bien en una cierta sujeción del universo masculino respecto del femenino, con consecuencias bastante nefastas al parecer para aquél, a juzgar por los problemas en que se vio involucrado. En el discurso de Melo la realidad era que: "...es cierto y verdadero que su mujer ha girado con su noticia y consentimiento, en esto no ha cometido delito alguno máxime teniendo su referida mujer caudal propio suyo y girado como lo ha hecho por mano de comerciantes y sujetos conocidos...". 26 Al respecto Betancur afirma que "...era (verdad) lo de la participación efectiva de doña Ana en cuestiones económicas...", aunque era evidente dice el historiador, nadie podía creer en la prescindencia absoluta de Melo en dichas transacciones. 27 El mismo Melo reconocía "la actividad e industria" de su esposa como la incidencia de la mujer en su ascenso económico, lo que no resultaba extraño de pensar por cuanto al morir Melo, la viuda mostraba su enojo ante la subasta de los bienes, expresando el sacrificio de tal adquisición merced a su trabajo de tantos años.28 El caso de María del Carmen Mármol Ya lo escribía don Félix de Azara, aquel viajero que se embarcó hacia América en 1781 a bordo de un buque portugués, mientras España estaba en guerra con Inglaterra: " Las mujeres de Buenos Aires, Montevideo y Maldonado no gustan de hilar la lana ni el algodón...". 29 El naturalista lo que intentaba mostrar era la ociosidad de la mujer rioplatense, proyectando de esta forma la imagen de una mujer más proclive a la pasividad, al desgano y a indolencia que al ajetreo de las tareas. De hecho, cuando se alude a las mujeres que aparecían actuando por sí mismas, se hace referencia generalmente a las viudas; 30 no obstante lo cual van emergiendo mujeres que se desenvuelven sin el aval de la figura masculina, sin mediar el estado de viudez para justificar su participación en actividades consideradas propias del hombre. 31 Borchart sostiene, en relación a la participación femenina en la economía colonial quiteña para los años 1780-1830, que: "Aunque haya un buen número de transacciones llevadas a cabo por mujeres con el expreso consentimiento del padre o del marido, existen numerosas otras en las cuales las mujeres actúan solas y por su cuenta propia". 32 En definitiva, como dirá Lavrin, el estado civil de la mujer no era óbice para el trabajo. 33 María del Carmen Mármol era hija de Juan del Mármol, 34 hacendado, propietario de una estancia en la jurisdicción de la Villa de la Concepción del Uruguay. En noviembre de 1788 encontramos a esta mujer involucrada en un litigio judicial promovido por el embargo de cueros de vaca y de toro orejanos, que le habían sido enviados por su padre desde la estancia nombrada el Rincón de Caravallo. Entonces, el alcalde de primer voto realiza-30 Gresores, Gabriela: "La función económica de las mujeres en la Magdalena colonial", Revista de Historia Bonaerense, Instituto Histórico del Partido de Morón, n.o 13, año IV, 1997, págs. 941-942. 31 Así, puede vérselas al frente de sus hogares pero también dirá Carlos Mayo que las hay propietarias de tierras, arrendando parcelas, vinculadas a la siembra y cosecha, al cuidado de animales, como a su transporte. En relación a las mujeres que intervenían en el caso del comercio con Lima (eje Santiago-Lima) representado por el circuito Valparaíso-Callao, específicamente vinculadas a la exportación de trigo, sebo, como a la importación de algodón, vestimentas y azúcar; ver Cavieres, Eduardo: "Transformaciones económicas y sobrevivencia familiar. Elites en la transición hacia un capitalismo periférico. 33 Sobre el tema refiere: "La administración de estancias y haciendas pequeñas era menos común, pero desde el siglo XVI en adelante ésta era llevada a cabo por mujeres de todos los grupos étnicos que carecían de parientes varones. Prestar dinero en pequeñas cantidades, tejer, hacer cerámicas, coser, preparar bebidas, tales como pulque y chicha, preparar comidas para la venta en las calles o mercados y la venta de diversos productos en los mercados legales, fueron actividades desempeñadas por mujeres, principalmente de las clases bajas. En algunos centros urbanos, las mujeres administraban panaderías y trabajaban en las fábricas de cera y tabaco. El trabajo por cuenta propia gozaba de una posición más elevada que la del servicio doméstico o el trabajo en una fábrica u obraje". Ver Lavrin, Asunción: "La mujer en la sociedad colonial hispanoamericana", en Bethell, Leslie: América latina colonial: población, sociedad y cultura, Barcelona, 1990, t. 34 En el empadronamiento realizado para la ciudad de Buenos Aires en el año 1778 hemos encontrado a una familia integrada por Juan Mármol de 50 años de edad, casado con Francisca Logrego, de 30 años de edad, de origen español y carpintero de profesión, con 8 hijos, una de las cuales se llamaba María del Carmen Mármol, entonces de 10 años de edad. Ver "Padrón de la ciudad de Buenos Aires (1778)", Documentos para la Historia Argentina..., pág. 501. Apolant, Juan Alejandro: Génesis de la familia uruguaya, Montevideo, 1975, t. MARCELA AGUIRREZABALA ba la diligencia de reconocimiento de la producción de Mármol y constataba la presencia de 94 cueros de vaca y 9 de toro orejanos; en consecuencia, María del Carmen Mármol debía suspender la entrega de los mismos y justificar que eran bien habidos y que provenían de la estancia paterna. Dicho testimonio será certificado por los vecinos de Mármol al declarar que "...es muy cierto que (Juan del Mármol ) tiene ganados vacunos orejanos en dicha estancia, por no serle posible marcarlos todos al tiempo de la yerra a causa de que muchos ganan el monte y aunque entre los vecinos de aquel partido se observa la costumbre de señalar los terneros al pie de sus padres, hállanse orejanos interpolados con haciendas ajenas...", manifestando otro de los vecinos que Don Juan de Mármol no era un negociante clandestino de dichos frutos. 35 En 1794 María del Carmen Mármol, casada, con una gran prole a cargo,36 aparecía registrada en los navíos de registro despachando su carga en 'La Prosperidad", surta en el puerto de Montevideo, próxima a regresar a Málaga con escala en Cádiz. Tal como surge de la documentación, la mujer "...embarcó por su cuenta y riesgo y a entregar en Cádiz a Don Miguel Merino y Zaldo, a Don Juan Beato Romero setecientos cuarenta y dos cueros al pelo marcados, cuyos derechos de Alcabala y ramo de Guerra sobre el valor de ocho reales cueros quedan satisfechos en la Real Aduana de Buenos Aires según guía número dos mil seiscientos sesenta y ocho, fecha veintiocho de agosto último". 37 Sin duda, en el caso que nos ocupa, María del Carmen Mármol gozaba de las ventajas y desventajas de su estado civil. 38 Por un lado, experimentaba la autonomía e independencia que parecían conseguirse recién con la viudez y, por otro, en su estado de casada con el Teniente de Asamblea D. Josef Mexía, "...ausente en los Reynos de España...", debía asumir la manutención de la familia a cargo. Ello implicaba para esta mujer la nece-sidad de relegar las tareas mujeriles, en su caso vinculándose a la producción pecuaria y al comercio de exportación. Durante ese año de 1794, encontramos a María del Carmen Mármol presentándose esta vez ante la justicia, exponiendo los daños y perjuicios que había sufrido por el incumplimiento de una contrata para el traslado a la capital de unos 714 cueros faenados, leña, sebo y grasa de su estancia, sita en el partido conocido como Perucho Berna, en la Banda Oriental, "...bien segura yo en el antecedente concierto y perfeccionado contrato...", 39 dice la señora. Mármol expresaba que se había visto obligada a rechazar el ofrecimiento de dos lanchas "...para conducir la carga que sabían tenía yo en el puerto...", por haber consentido con éste que ahora denunciaba, a la vez que "...mediante estas seguridades espontáneamente ofrecidas de parte de Gomensoro y su patrón de Lancha no perdí instante en juntar y hacer acarrear toda mi carga...a las orillas del Puerto de Fleitas en distancia de dos leguas de mi hacienda inmediato a mi estancia...". Entre otras cosas, Mármol señalaba que el descuido de su carga durante el tiempo que había permanecido en espera en las márgenes del río Uruguay le había significado que "...de 714 cueros que yo tenía puestos en el embarcadero...no quedaban más que 660...y para precaver su total robo me fue preciso poner tres hombres y un capataz que los custodia en sacudir y libertar de la polilla". 40 A ello debía agregarse que, a causa del sol y los vientos de la zona, el cuero había perdido su grasitud, que es lo que le confiere más peso y estimación: 54 cueros de la partida acopiada se habían robado y el sebo se había derretido. En definitiva, al deterioro de su producción había de sumarse el contrato del servicio de otra persona para transportar lo que quedaba de la carga, debiendo pagar la mujer un exceso de valor considerando las pérdidas sufridas, más los costos ocasionados por la custodia y conservación de los restantes como de las otras especies acarreadas al embarcadero. En la presentación, María del Carmen Mármol se lamentaba: "No puedo ponderar a V. S. cuantos afanos, congojas y diarias molestias me ocasionó el referido documento, la más apurada pintura de mi congojosa situación en aquel lance, desfiguraría desde luego mis verdaderos padecimientos: mi gente toda y aun yo misma, éramos pocos emisarios para aunar los deseos de proporcionar por algún medio el correspondiente buque a mis 39 AGN, tribunales, 121, 17, 1794. MARCELA AGUIRREZABALA efectos acopiados y por otra parte, todos estos mismos eran necesarios por las diarias operaciones de la hacienda". 41 Por otra parte, asesorada legalmente o tal vez muy avezada en la materia, apelaba a "...los estrechos vínculos de los contratos, resorte necesario de la sociedad...", agregando "...¿no es éste el arbitrio que franquea nuestra legislación cuando la prudencia y atención fueron inútiles para recuperar sus daños?, para seguir "...¿en qué pues consiste bajo estos respectos la injusticia, el exceso, la temeridad y cavilación de mi demanda?". 42 A través del registro que da cuenta de la exportación de cueros con destino a Cádiz, como de su exposición ante los funcionarios, se evidencia que María del Carmen Mármol no sólo se ocupaba de las faenas cotidianas de la campaña como las organizativas y del manejo de personal a su cargo, sino que además parecía ser una entendida y conocer los valores que se cobraban por cada flete. Otro de los puntos que tocaba Mármol en su manifestación era su calidad de jefe de familia en ausencia de su esposo, recordando a quien debía juzgarla que también eran de su incumbencia las llamadas tareas mujeriles como la crianza de los niños: "...y cuando yo tenía acopiadas algunas producciones con el objeto de aumentarlas para retirarme al sosiego y tranquilidad de mi casa en este vecindario, debiendo consideración a la larga familia que me es forzoso anualmente abandonarla...". 43 Finalmente la causa se substancia a favor de la demandante y se notifica a Gomensoro el resultado de la sentencia por la que fue condenado a satisfacer los perjuicios y costas estimados en la cantidad de doscientos pesos. En definitiva y tal como afirma Lavrin: "Las sociedades de la América española colonial compartieron con España la idea de la debilidad intrínseca del sexo femenino, y heredaron el sistema legal que pretendía proteger a las mujeres de su propia debilidad o del abuso de los hombres". La actividad comercial femenina y la legislación Es posible que la legislación resulte medular en el proceso de reproducción social de las diferencias genéricas, al menos no puede desconocerse que es uno de los elementos que interviene en la construcción del 41 Ibídem. Tomo LVIII, 1, 2001 género, por cuanto fija las normas propias o adecuadas para la mujer y el varón. Al respecto Ramos Escandón refiere que: "Si la ley es la norma, el parámetro ideológico a partir del cual se trata de ordenar y aprender la realidad, su análisis desde una perspectiva de la relación entre los géneros cobra significación puesto que en la forma en que se conceptualiza a la mujer está implícita una forma de representación, una proyección de un universo simbólico en el que la mujer queda representada como inferior y que ordena las relaciones sociales entre los sexos como relaciones desiguales de poder, en donde el lugar subordinado es asignado a la mujer". 45 La codificación para la América colonial heredada de España y proveniente de las Siete Partidas (1265), el Ordenamiento de Alcalá (1386), las Ordenanzas de Castilla (1484) y las Leyes de Toro (1505), que serán recogidas por la Nueva Recopilación (1567) y por la Novísima (1805), no ha hecho más que reflejar la realidad de la mujer al ubicarla en una posición de inferioridad frente al hombre. Las mujeres solteras vivían sometidas a la figura paternal, en su defecto la tutela era ejercida por el mayor de los hermanos varones o, llegado el caso, por el familiar más próximo. Cuando el matrimonio se avizoraba como la posibilidad para alcanzar la libertad, las mujeres no hacían más que caer en otras redes, no menos estrechas que las primeras, esto es, bajo la sujeción marital. Al respecto, quisimos reproducir las reflexiones de una dama porteña aparecidas en el Telégrafo Mercantil en 1802 que reflejan lo expuesto: "La buena crianza quiere que se le hable, si se le hacen preguntas se pone colorada, ó se sonríe fuera de tiempo: siempre reprimida, ya por lo que sabe, ya por lo que ignora...En la restricción, y el enojo que padece, espera impaciente que una mutación de nombre la conduzca a la independencia, y a los placeres: llega este momento deseado: sin consultar, ni la inclinación, ni la relación de los humores, en ocho días se conducirá al altar esta víctima joven, allí se le impondrá que va a unirse para siempre con un hombre, que puede ser que jamás habrá visto, que no lo puede amar, y que nunca lo amará, más ella debe sacrificarse a las conveniencias: así da su mano pensando encontrar resarcimiento en la libertad que adquirirá...". 46 Quedaba pues esperar el estado de viudez, la última alternativa donde la mujer podía gozar de capacidad civil. 47 Es decir que en Hispanoamérica, dentro de la institución matrimonial, la figura masculina era la que legitimaba y las mujeres, dentro de ese espacio, tenían libertad de decisión o lo que era lo mismo, se convertían en "sujeto de derecho". 48 Por lo tanto, las mujeres requerían el consentimiento de los cónyuges al momento de querer ejercer cualquier actividad, aunque ello no significaba la pérdida total de derecho legal y económico por parte de ésta. Según Lavrin, las mujeres pasaban del control del padre al del marido, no obstante lo cual, ello no implicaba un sometimiento total al hombre, al punto que: "Las mujeres podían mantener el control sobre los bienes adquiridos antes del matrimonio (bienes parafernales) y disponer de ellos según su voluntad. El sistema hereditario era bilateral y los hijos podían heredar tanto de la madre como del padre. De este modo, la personalidad legal y económica de las mujeres no era absorbida completamente por el matrimonio". 49 Pero pese al criterio imperante de sujeción legal de la esposa con respecto al esposo, evidentemente ésta no siempre fue un agente pasivo y, según las circunstancias, buscó ocupar espacios en defensa de sus intereses. Ana Joaquina tenía caudal propio, había girado importantes sumas, realizado contratas, comprado y vendido, para lo cual se había servido de individuos por ella conocidos en el ambiente comercial. Es pues a través del discurso masculino que adquiere significado el papel representado por Ana Joaquina, a la que se identifica como el sujeto activo de la relación, en tanto que Melo se autopercibía como un sujeto pasivo, víctima de la participación de su mujer en los negocios, aún cuando su esposa se había movido bajo su licencia y consentimiento en función del vínculo. Ana Joaquina no había hecho más que adecuarse a la ley conforme a la cual la mujer, durante su matrimonio, no podía hacer contrato alguno, ni estar en juicio haciendo ni defendiendo sin la licencia del cón-47 Ver Ots Capdequí, J. M.: El estado español en las Indias, Buenos Aires, México, 1941, pág. 96. También consultar Ots Capdequí, J. M.: "El sexo como circunstancia modificativa de la capacidad jurídica en la legislación de Indias", en Instituciones sociales de la América española durante el período colonial, La Plata, 1934, pág. 206. Muriel, Josefina: Las mujeres de hispanoamérica. 48 Expresión utilizada por Cicerchia para decir que: "Sólo desde esta condición (en matrimonio), alcanzó un poder capaz de disputar el control de la voz familiar", ver Cicerchia: Formas familiares..., pág. 108. 50 Todo lo que podía hacer Manuel Cipriano de Melo era argumentar que él "...no tiene por delito el que su mujer lo haya ejecutado...". 51 Por la Ley 56 de Toro, se disponía que el marido era quien podía dar licencia general a su mujer para contraer, y hacer todo aquello que no podía hacer sin su licencia "...y si el marido se la diere, vale todo lo que su mujer hiciere por virtud de la dicha licencia". 52 Cuando en 1790 el virrey Arredondo dio por terminada la causa seguida contra don Cipriano de Melo, quien por entonces venía cumpliendo su arresto, expuso en el auto definitivo haber contemplado la buena fe esgrimida por el acusado, agregando: "...aunque mezclada de una inexcusable mala inteligencia de principios, en haber consentido a su mujer las negociaciones que resultaban del sumario". 53 Las Leyes de Toro habían dado un paso más; la mujer no tendría responsabilidad alguna cuando existiera una deuda, aun cuando ella la hubiera contraído, 54 ni siquiera se podían confiscar los bienes de la esposa para satisfacer la deuda, y menos aún encarcelarla. 55 Al respecto, explica Friedman, esto hace pensar que las mujeres estaban ubicadas en la categoría de menores de edad, incapaces de participar activamente en asuntos vinculados a los negocios y finanzas. 56 Por otro lado, esto es porque el sistema legal en cuanto a la situación de la mujer, derivada ésta de su condición de hija o esposa, 57 estaba estructurado no sólo en base a disposiciones restrictivas sino también protectoras o tutelares al mismo tiempo, circunstancia ésta que le permitió a la mujer adecuarse según la oportunidad. 58 Así pues, a pesar de que, desde la per-cepción femenina, esta concepción de la tutela del esposo sobre la esposa nos conduce irremediablemente a valorarla desde una perspectiva de sumisión y obediencia, Lavrin manifiesta que, en definitiva, "El equilibrio de las implicaciones negativas y positivas del concepto legal de protección, dio a la mujer colonial un considerable grado de libertad y autoridad". 59 En el caso específico de María del Carmen Mármol, ante la ausencia de su esposo, era el juez quien, siendo necesario o provechoso a la mujer, podía darle licencia, valiendo ésta como si su esposo se la hubiera dado. 60 María del Carmen Mármol se había manejado con solvencia y se había posicionado en un lugar asociado a la masculinidad; sin embargo, haciendo uso del estigma de la fragilidad inherente al género y perpetuando aquella imagen de receptora pasiva de la acción del varón, manifestaba: "...la irregular conducta del patrón Otegui o de su amo Gomensoro conmigo, me dejó acopiados en el citado puerto burlándose acaso con el ningún cumplimiento de su contrato de la poca versación de nuestro sexo en aquel tráfico". 61 Paloma Cepeda Gómez refiere que "El Derecho Romano, fundamento de todo el derecho posterior español y extranjero, se basa en la 'imbecilitas sexus' de la mujer y la somete a la 'potestas' marital o del 'pater familias'". 62 No obstante, se puede advertir que mientras por un lado Mármol intentaba persuadir a la justicia, ausente la figura masculina, de su condición de imbecilidad atribuida a las féminas, de la necesidad de protección ante la situación a la que se encontraba expuesta, por otro invertía su discurso y se convertía en sujeto activo al decir: "...también se me arrogó bastante perjuicio, pues cuando en los referidos viajes que tengo hechos de mi hacienda a esta capital con iguales producciones y tal vez más cuantiosas que las referidas, he pagado siempre ciento veinte y cinco o ciento treinta de flete, regular precio de todo buque desde aquel hasta este puerto, la necesidad de salir de mis apuros y redimir principalmente los cueros de una total perdición, me hicieron acceder...en satisfacer los doscientos ochenta pesos que me costó mi regreso. Evidentemente, la mujer estaba lejos de demandar estimulada por "...el desaogo de pasiones particulares...", como dirá Gomensoro en el momento de su exposición. 64 En este sentido, la incorporación del concepto de género nos ha permitido como dice Rodríguez Villamil "...develar cuál ha sido a través del tiempo la naturaleza de la relación. Cómo funciona y evoluciona a nivel de las representaciones, los saberes, los poderes y las prácticas cotidianas. En la ciudad, en el campo, en el trabajo, en la familia, en lo público y en lo privado". 65 Mármol no sólo entendía el lenguaje y la práctica del comercio, sino que además sabía cómo administrar y defender sus intereses; de hecho controlaba todas las etapas de la producción. Sin duda, las estrategias utilizadas por varones y mujeres en el ámbito público, así como los distintos mecanismos que distinguieron los roles asumidos por ambos, nos dan la pauta de la adecuación del género a una situación dada, independientemente de los comportamientos o atributos considerados propios de cada sexo, o las limitaciones ideológicas o las impuestas por la legislación. De allí la importancia como dice Sapriza de "...desplazar el interés del objeto de estudio 'mujeres' hacia los espacios de relación donde interactúan hombres y mujeres, porque es en ellos que se refuerzan los estereotipos o se resiste a ellos...". 66 Hasta aquí es factible pensar que la construcción histórica de una imagen de subordinación de la mujer respecto al cónyuge perpetuó, a su vez, la imagen de un sujeto pasivo y receptor de las acciones de los demás, cuando en realidad el enfoque puede invertirse. En todo caso es importante tener en cuenta, como expresa Chambeaud, que "Las relaciones de género, en tanto relaciones de poder, pueden resolverse en términos de igualdad o como relaciones dominantes. En nuestra cultura se han configurado como relaciones de dominación del género masculino sobre el femenino". Nuestro interés se ha centrado en iniciar una línea de investigación diferente en los estudios que se circunscriben a la participación femenina en el ámbito de la economía rioplatense durante el siglo XVIII. 65 Ver Rodríguez Villamil: "¿Víctimas o heroínas?..., pág. 40. MARCELA AGUIRREZABALA de ello y a fin de superar el discurso feminista que no hace más que reforzar la marginalidad, o por el contrario, el histórico que niega visibilidad a las mujeres a partir de un estereotipo de receptoras pasivas de la acción de otros, recurrimos a la comprensión del intrincado procedimiento de emisión/incorporación de señales, en orden a la división genérica. Al contraer nupcias, la mujer veía limitada su capacidad para contratar y obviamente esa limitación estaba dada por su obligación de obediencia marital, que pasaba a estar por encima de su derecho personal para la contratación. Desde esta perspectiva, a través de la legislación se adscribían espacios de poder, en tanto en cuanto el estado determinaba los derechos y responsabilidades inherentes a cada sexo, que se traducían en relaciones de dominación del género masculino sobre el femenino. Ahora, una vez otorgado el consentimiento legal del cónyuge, éste asumía la responsabilidad por su mujer ante la ley, la esposa tenía absoluta libertad para actuar, es decir se convertía en sujeto activo. De estar ausente el esposo, el juez podía habilitarla en su nombre. Hemos visto que si bien los cónyuges funcionaban como habilitadores de espacios, la reciprocidad de beneficios y responsabilidades en la jerarquización genérica que de esto se derivó no siempre favoreció a los varones ni significó un perjuicio absoluto para las mujeres. Por otro lado, a través de los dos casos analizados, pudimos constatar que, tanto Ana Joaquina Silva de Melo como María del Carmen Mármol, no necesariamente se manejaron habilitadas por sus respectivos cónyuges. En el caso de la primera, sin duda hubo operaciones comerciales en la que el esposo otorgó la mentada licencia, tal la concedida para el envío de una expedición al puerto de la Habana en 1787, o la que le permitió a la mujer la compra de la fragata "El Tártaro". Pero, también resultaba del discurso de Melo que su mujer "giraba con gruesas negociaciones suyas", que desde "que estaba casada siempre había tenido y girado su caudal por separado". Ello pareciera indicar que la mujer podía prescindir de la habilitación de su cónyuge para intervenir en los asuntos relacionados con el comercio, aunque, claro está, bien pudo haber sido ésta una estrategia de Melo a sabiendas de que su mujer estaba protegida por la ley. En el caso de la segunda, la misma mujer hacía constar que debía relegar sus tareas mujeriles una vez al año, para dedicarse al traslado de los cueros y otras utilidades desde la estancia al embarcadero. Alegaba haber convenido en hacer contrato y haber realizado los suficientes viajes con su producción como para saber de los fletes y del regular precio de los mismos. Tomo LVIII, 1, 2001 Por otro lado, también despachaba su producción a Cádiz a su cuenta y riesgo, sin mediar para la operación habilitación alguna; de hecho, su esposo se hallaba ausente en los reinos de España, como ella misma lo dijera. Desde la perspectiva femenina, la necesidad de apelar a la presencia masculina para acreditar un lugar en la sociedad no significó que la figura del varón como tal fuera imprescindible a la hora de tomar decisiones y desenvolverse en ausencia del marido. Sin duda, la participación de estas mujeres fue tan activa como la de los varones en el proceso de construcción, transmisión y consolidación de la diferencia genérica, no obstante lo cual, no puede desconocerse su participación en actividades consideradas propias del hombre como era el comercio de ultramar. Así, las encontramos interviniendo en la exportación de utilidades o en negocios como la compra de una fragata o la realización de contratas comerciales, intereses todos estos relacionados con el ámbito portuario, lo que nos da la pauta de que, más allá de las concepciones ideológicas aceptadas por la sociedad colonial, éste no fue un espacio excluyente en función del sexo. Asimismo, y a través de la articulación de los discursos masculino y femenino, hemos podido servirnos de una variable de análisis válida a la hora de identificar las estrategias y mecanismos de los que se sirvieron mujeres y hombres en la construcción de los roles. Es evidente que la habilitación del cónyuge en función del vínculo matrimonial, como el aprovechamiento de su licencia y consentimiento, fueron las estrategias utilizadas por Ana Joaquina para involucrarse en cuanta actividad económica se presentaba. Sin duda, el empleo de las relaciones y conexiones generadas por Melo, así como las influencias de éste en función del cargo oficial que detentaba, le significaron la posibilidad de realizar transacciones como la compra de una fragata o la conformación de una sociedad comercial. Ello, por supuesto, sin quitarle mérito a los vínculos que supo granjearse por su cuenta doña Ana Joaquina ni al usufructo que hizo Melo de su relación conyugal. El hecho es que, desde la perspectiva que ofrece el discurso masculino, los fundamentos esgrimidos por el imputado nos inducen a ver a Manuel Cipriano de Melo aparentemente como un sujeto pasivo; habilitador o no, su estrategia pudo haber pasado por endilgar a la mujer la decisión y ejecución en aquellos asuntos comerciales. En el otro caso analizado, la estrategia de María del Carmen Mármol fue el aprovechamiento de su condición de mujer de esposo ausente y la MARCELA AGUIRREZABALA Anuario de Estudios Americanos connotación que ello suponía. Sin duda, las estrategias y mecanismos de los que se sirvió al desarrollar las actividades comerciales, que abarcaban todas las etapas de la producción según se desprende de su discurso, pasaban por hacer uso de la condición propia de su sexo conforme a la imagen que la sociedad colonial tenía de la mujer. El mismo demandado, y esto nos permite también observar cómo se han ido construyendo las diferencias genéricas, utilizaba en su defensa una de las características atribuidas a las mujeres: el apasionamiento, para desacreditar la acción impetrada por Mármol. Si bien, por un lado, teniendo en cuenta el ámbito en que se desenvolvieron éstas mujeres, no ha podido identificarse una correspondencia directa entre la diferencia genérica y la que remite a la sexualidad, por el otro, ésta se hizo más nítida a partir de las estrategias adoptadas por las mujeres y los varones. Estrategias que se vinculaban, a su vez, a las opciones diferenciales que se les presentaban, en congruencia con la concepción femenina y masculina que asociaba a las mujeres con los valores domésticos y a los varones con el trabajo productivo, conforme a las concepciones ideológicas aceptadas por la sociedad colonial del siglo XVIII.
En el trabajo se analizan los grupos y las relaciones sociales que se desenvolvieron alrededor de los fuertes-presidios que guarnecían y colonizaban esta región, a partir de la numerosa correspondencia que sostuvieron las autoridades capitulares y de la intendencia de Salta del Tucumán con los hacendados y comandantes de los presidios. Dando lugar a un panorama que reconsidera algunas de las conclusiones elaboradas sobre los grupos y sus relaciones sociales y económicas en las áreas fronterizas periféricas de Hispanoamérica. procesos de las etapas "defensivas" y de la "guerra ofensiva" contra las poblaciones chaquenses; 3 la expulsión y reestructuración de las misiones jesuíticas en manos franciscanas y, el cambio de las políticas estatales hacia el Chaco occidental desde la gobernación de Gregorio de Matorras en adelante. Los últimos años del siglo XVIII cristalizan todos estos procesos en un nuevo tipo de "sociedad de frontera". Este artículo describe y analiza los grupos y las relaciones sociales que se dan alrededor de los fuertes-presidios de la región, especialmente las que se desarrollan en el de Nuestra Señora del Rosario de Ledesma, sede de la comandancia general de fronteras y alrededor del cual vemos jugar, en las florecientes haciendas azucareras y las importantes reducciones de San Ignacio de Ledesma y de Nuestra Señora de las Angustias de Centa, a las distintas políticas oficiales, las consiguientes respuestas y acciones de los indígenas chaquenses y el accionar de los hacendados, misioneros y comerciantes. La documentación principal proviene de la numerosa correspondencia que entabló el comandante general de la frontera con sus superiores de la ciudad de Jujuy y de la intendencia de Salta, entre los años 1790-1800, además de la correspondencia particular que los hacendados tienen con sus mayordomos, toda ella depositada en el Archivo Histórico Provincial. Además el panorama se completó con numerosos inventarios de bienes y expedientes judiciales de los archivos de tribunales, de la curia eclesiástica; y las crónicas de misioneros y colonizadores que recorren la región en la segunda mitad del XVIII. Por último también se tuvo en cuenta la importante producción bibliográfica de los últimos años que explica, en su dinámica particular y en sus relaciones con las ciudades hispanocoloniales, esta porción tan importante para el tráfico mercantil regional de las tierras bajas chaquenses. 4 Deben ser mencionados aquí los trabajos de Doucet, Gastón, "Sobre cautivos de guerra y esclavos indios en el Tucumán. Notas en torno a un fichero documental salteño del siglo XVIII", Revista de Historia del Derecho, 16, Buenos Aires, 1988; Garavaglia, Juan Carlos, "La guerra en el Tucumán colonial..."; Santamaría Daniel y Peire Jaime, "¿Guerra o comercio pacífico? La problemática interétnica del Chaco centro-occidental del siglo XVIII," Anuario de Estudios Americanos, L-2, Sevilla, 1993; Santamaría Daniel, "Población y economía interna de las poblaciones aborígenes del chaco en el siglo XVIII," ANDES, 9, Salta, 1998; Santamaría, Daniel, "Paz y asistencialismo vs. guerra y esclavitud. La política reformista del gobernador Gerónimo de Matorras en el Chaco Centro-Occidental, 1769-1775," Folia Histórica del Nordeste, Resistencia, 1999 [en prensa]; Teruel, Ana, "Zenta y San Ignacio de los Tobas. El trabajo en dos misiones del Chaco occidental a fines de la colonia." Anuario del IEHS, 9, Tandil, 1994 y Vitar, Beatríz, "Las fronteras bárbaras en los virreinatos de Nueva España y Perú (Las tierras del norte de México y oriente del Tucumán en el siglo XVIII)", Revista de Indias, Madrid, 1995. Anuario de Estudios Americanos Los fuertes de la frontera de Jujuy en la última década del XVIII La frontera chaquense occidental de la jurisdicción de Jujuy que protegía a las ciudades de Jujuy y Salta, estaba constituida a finales del siglo XVIII por la siguiente serie de fuertes de oeste a este: El Pongo, Río Negro, Ledesma, San Bernardo y Santa Bárbara. Durante la última década del XVIII quedan únicamente en pie: San Bernardo, Santa Bárbara y Ledesma, como resultado de la ampliación y consolidación de la frontera a partir de la fundación de la reducción de Nuestra Señora de las Angustias de Centa (1779) y de la ciudad de San Ramón Nonato de La Nueva Orán (1794); que inutiliza a los otros fuertes y los convierte en unidades productivas, integrándolos al sistema hacendístico regional. En este proceso el fuertepresidio de Ledesma reemplazará al de Río Negro como cabeza de la comandancia general de fronteras, pudiéndose apreciar con el cambio del asiento y con la desaparición de los establecimientos mencionados, la consolidación colonizadora de esta frontera y el carácter lineal -aunque no exento de retrocesos-del proceso de pasaje de fuerte a hacienda, que se vive a nivel regional. Esto le sucederá a la mayor parte de los establecimientos mencionados, así el fuerte de El Pongo que erigido en 1690 por el cabildo de la ciudad de Jujuy, y constituido en lo que queda del XVII y primera mitad del XVIII en un auténtico baluarte en la protección a las entradas de indios del Chaco; además de servir de punto de partida a varias campañas de caza de piezas al Chaco en la llamada "guerra del Pongo" del año 1706; para 1786 ya no mostrará huellas militares, sino únicamente económicas, pues en su lugar una importante hacienda va a producir melaza y chancaca de caña de azúcar y cereales para el abastecimiento de la ciudad. Lo mismo sucede con el fuerte de Río Negro, que fundado en 1749 por orden del gobernador Martínez del Tineo como Nuestra Señora de los Dolores de Río Negro o fuerte de Lavayén -como también se lo conoce-, constituye un importante eslabón en la política de campañas militares de este gobernador. Pero luego, en 1788, sólo dos años después que el anterior caso, el fuerte de Río Negro dará lugar a la hacienda homónima; y en sus tierras se producirán panes de azúcar procesados en trapiches muleros, y aguardiente hecho en alambiques construidos en los propios talleres de la hacienda. Siendo que la ahora hacienda de Río Negro tiene además la particularidad de contar con la mayor cantidad de esclavos para esta porción LA NUEVA SOCIEDAD DE FRONTERA fronteriza del Chaco: dieciséis, todos ellos especializados en distintos oficios de la producción de azúcar y aguardiente. 5 En tercer lugar tenemos el caso del fuerte de Santa Bárbara, que altera un tanto el orden de transformación del fuerte en hacienda, pero que finaliza como los anteriores constituyéndose también en unidad productiva. Santa Bárbara fue erigida como hacienda en 1765 en tierras dadas por merced por el gobernador Juan Manuel Fernández Campero, al teniente de gobernador de la ciudad de Jujuy, Diego Tomás Martínez de Iriarte en 1755. En un momento de plenas campañas militares, la única forma que encuentra Diego Tomás para asegurar su propiedad es construir un fuerte, el que a su muerte a mediados de 1770 dejará a su viuda, doña Paula Fernández Córdoba, que explotará sus tierras y ganado como si fuera una hacienda de su propiedad, con el auxilio del comandante del fuerte-hacienda, José Gil. Luego, en 1779 al morir también ella, la testamentaría la llevará adelante el comandante Gil, va a entregar las tierras, sementeras y ganado del antiguo fuerte-hacienda, como hacienda únicamente de Santa Bárbara, a los hijos del fallecido matrimonio Martínez de Iriarte. 6 Por último tenemos el caso del fuerte-presidio de Ledesma, el pasaje descrito también habría de llevarse adelante pero ya en el período independiente, pues en las tierras, ganados y mano de obra del antiguo fuerte se construirá cerca de 1830 la importante hacienda de Ledesma productora de ganado vacuno, mular y de azúcar, bajo la propiedad de su antiguo comandante militar don Carlos Sevilla.7 El fuerte de Ledesma en la frontera chaquense El fuerte-presidio de Ledesma es heredero de una vieja tradición de presencia hispánica conquistadora y colonizadora en esta porción del Chaco occidental y remonta su origen a distintos emprendimientos en la región. Por un lado el fracasado asentamiento de Santiago de Guadalcázar, ciudad fundada en 1628 y que sobrevive hasta 1635 y por otro lado, a los fuertes fundados como apoyo a las campañas misioneras y entradas militares del siglo XVII y primera mitad del XVIII. De efímera existencia los fuertes de San Francisco, mencionado por el misionero Lozano en la descripción de la entrada de 1671, y San Rafael, fundado por los soldados que acompañaban al misionero y antiguo encomendero Pedro Ortíz de Zárate en la entrada que hace a sus mercedes de tierras en 1682; serían los antecedentes históricos del de Ledesma. Este fuerte-presidio fue fundado con el nombre de Nuestra Señora del Rosario, entre 1682 y 1711, con el objetivo de guardar al pueblo de San Antonio de indios ojotaes.8 Erigido por el teniente de gobernador de Jujuy Antonio de la Tijera, será fundamental para el desarrollo de las entradas militares de caza de piezas,9 para las fundaciones colonizadoras de la región desde 1710 en adelante, 10 y para la salvaguarda de las reducciones jesuíticas y franciscanas de San Ignacio y de Centa. Por otro lado, en la región de estudio y durante la última década del XVIII, se termina de articular el comercio mercantil entre las ciudades de Jujuy y Salta con las de Orán, Tarija y Santa Cruz de la Sierra, lo que dará lugar a un mercado ampliado que incluye a la frontera chaquense de las jurisdicciones de Jujuy y Salta. En este nuevo escenario, el fuerte de Ledesma, y los fuertes-hacienda de Río Negro y Santa Bárbara, 11 jugarán un importante rol en el reclutamiento, control y regulación de la población indígena y mestiza que trabaja en y para las haciendas y reducciones franciscanas; y del mismo modo, serán muy útiles para el mantenimiento expedito y rentable de la carrera de los comerciantes y traficantes de la región, cumpliendo además con el objetivo político de posibilitar la colonización estatal y la evangelización religiosa. Los grupos sociales y la vida de frontera Cuando se describe a esta porción del Chaco durante el siglo XVIII, se destaca que el proceso de conquista que va de 1700 a 1767, dejó como saldo una frontera militar, presidiaria y multiétnica, y que tales características se prolongan para todo lo que resta del siglo, hasta en la centuria siguiente. 12 Sin embargo, la expulsión de los jesuitas de sus misiones, que libera tierras y mano de obra para los hacendados y colonos, tanto como los cambios en las políticas estatales hacia el Chaco, del gobernador Gregorio de Matorras a García Pizarro, dará lugar en la frontera a una configuración social y económica que si bien mantiene algunos de los rasgos básicos conformados en los primeros cincuenta años del siglo XVIII, altera otros. Se presenta así un nuevo tipo de frontera, más variopinta que la monocroma caracterización que se hace de una frontera militar y presidiaria, a la par que se debe replantear la mirada de ciertas conductas entre las relaciones interétnicas de los grupos indígenas. Los presidiarios de la frontera Regresando a la idea anterior, el fuerte en la frontera tucumana del Chaco ha sido considerado por gran parte de la historiografía misionera como el lugar de descarga de la gente perdida. 13 Juicio que se encuentra también en parte de la historiografía, que considera a esta porción de la frontera chaquense y a sus fuertes como el destino y refugio de los asociales; 14 entendiendo que estos individuos que "inundaban" las ciudades, los montes y la campaña, serían los segregados de una estructura social estamentada y rígida que no contemplaba ningún tipo de movilidad social. Pero al mercantilizarse la ciudad de Jujuy a partir de 1690, incluirá en ese proceso a su frontera con el Chaco, que con la efectivización de las mercedes de tierras en la construcción de haciendas productoras de ganado, azúcar y aguardiente; más el desarrollo económico de las reducciones, se incorporará con vigor en la floreciente estructura mercantilista regional. Algunos de los rasgos de esta frontera chaquense como porción del Chaco occidental, es que alberga a miles de cabezas de ganado vacuno y 12 Vitar, Beatriz, Guerra y misiones...., págs. 109 y 110. 14 Acevedo, Edberto Oscar, La intendencia de Salta de Tucumán en el virreinato del Río de la Plata, Mendoza, 1965, pág. 347. ENRIQUE NORMANDO CRUZ otros miles de mulas, además de producir 20.000 pesos de utilidad a los hacendados productores de azúcar y aguardiente. En cuanto a su población, está habitada por varios cientos de mestizos y algunos españoles, unas cuantas decenas de negros esclavos y pardos libres, y entre siete15 a cuarenta mil indios de las etnias toba, mocovíes y wichís. 16 Esta nueva configuración social nos está mostrando una nueva frontera, que obliga a reexaminar la categoría del presidiario, pues ya no se estaría hablando de una sociedad estamental, de encomenderos, siervos y gente desviada, perdida o asocial; sino de una sociedad con estamentos menos rígidos, casi fracturados por el desarrollo económico mercantil que ahora no excluye la movilidad social. La cual estaría conformada por mercaderes; encomenderos notablemente empobrecidos y trabajadores de diversos grupos étnicos, englobados en la denominación de "plebeyos", quienes según sus intereses vagabundean, sirven o trabajan para los dos primeros grupos; y cuando se resisten a hacerlo o no es conveniente su holgazanería para la estructura productiva, terminan siendo reducidos como presidiarios o peones en algún fuerte o hacienda de la frontera. Respecto de quienes son estos individuos tenemos que los presidiarios que recibe el fuerte presidio de Ledesma provienen principalmente de las ciudades de Salta y Jujuy y de los curatos de Humahuaca o Cochinoca; incluso llega uno proveniente de un presidio de Buenos Aires. A su vez, desde el mismo presidio de Ledesma se remiten presos a otros fuertes de los alrededores, como San Bernardo o Balbuena, en la porción salteña y tucumana de la frontera chaquense, y hasta se llega a mandar un preso a un fuerte presidio llamado de "Valdivia", fuera de la jurisdicción. Junto a este traslado, desde las ciudades y entre los fuertes de la frontera, los presos suelen ser requeridos también desde la ciudad de Jujuy por las autoridades capitulares para distintas tareas: construir la cárcel, trabajar en las obras públicas, o arreglar las acequias. Su remisión se hace en pequeños grupos de dos o tres presos custodiados por igual número de soldados. 17 Estos presidiarios se dirigen a servir como soldados en el fuerte de Ledesma en cumplimiento de condenas que corresponden a penas directas para varios delitos, o como accesoria de otros, o como solución final para los reincidentes. Por ejemplo la pena para el abigeato era de cien azotes y el servicio fronterizo de unos cuantos meses a ración y sin sueldo, de acuerdo a la cantidad y calidad del ganado robado. En el caso de juego de cartas o dados, las penas eran pecuniarias, contemplándose la prisión en el fuerte sólo en caso de reincidencia y únicamente para las indios, negros esclavos o pardos. Para el vagabundeo u holgazanería y la portación de armas, el castigo principal era de cincuenta a doscientos azotes y unos meses de prisión. Por último, el "arrime" a una estancia18 de los vagabundos o forasteros, las heridas con arma blanca, el galope en las calles de la ciudad, el consentimiento de borracheras por parte de los pulperos y la falta de pago de deudas, podían conducir al servicio fronterizo en un fuerte. 19 Siendo tantas las conductas que pueden merecer prisión en la frontera, es seguro que las prisiones no son suficientes y que los fuertes estarían saturados de criminales y delincuentes. Sin embargo, ese no es el panorama y son relativamente pocos quienes terminan finalmente condenados y traslados para cumplir el servicio en el más reconocido fuerte-presidio de la región, el fuerte de Ledesma. Entre ellos contamos un indio tupí de los "reinos de Portugal" que por robo reiterado de una mujer casada recibe la condena de servir seis meses en el fuerte. A Juan Costa, indio alcalde de Purmamarca se lo destierra a Ledesma por matar a un indio de su pueblo estando "privado" por el alcohol. Diego de los Reyes, mestizo, por robar catorce mulas con dos madrinas, recibe la condena de cien azotes al voleo en la plaza pública y seis meses de destierro a ración y sin sueldo. También hay un delincuente anónimo en el registro, cuyo delito de latrocinio recibe la condena de tres meses de presidio. A ellos se suman seis presos que llegan al fuerte de Ledesma en marzo de 1790, de los cuales sólo dos quedan en él y los cuatro restantes marchan para el fuerte que resguarda a la reducción de Centa. Entre este grupo de seis presidiarios queda uno llamado Pedro Pablo Salguero y un peón Julián Ortíz, que no pasan a servir como presidiarios sino que entran a trabajar directamente como peones en la hacienda del comandante general de armas de la ciudad de Jujuy, Gregorio de Zegada, 20 además comandante general de fronteras de la región. El 26 de enero de 1792 el alcalde Ventura Marquiegui (el mismo que solicita presos para terminar con la cárcel) pide el envío de cuatro soldados para trasladar a cuatro presos a la frontera y repartirlos entre los fuertes, sin mencionar la causa de la condena. En promedio es probable que el fuerte de Ledesma contara en los últimos años del XVIII con el servicio de tres o cuatro presos, y una cantidad similar o menor en los fuertes de San Bernardo y Santa Bárbara. Para una frontera que entre 1780-1790 tiene el servicio regular de 50 partidarios, repartidos de la siguiente manera: 27 a 30 soldados en el fuerte de Ledesma, 9 en Santa Bárbara y 11 en San Bernardo, 21 resulta que el peso de los presidiarios es muy bajo, y la calificación de "frontera presidiaria" resulta ahora un tanto exagerada, por lo menos para esta porción del Chaco occidental. Además de esta breve consideración cuantitativa, surge el problema de la calidad de lo sujetos remitidos a servir en Ledesma. Entre los presidiarios puede haber abigeos, ladrones, homicidas culposos y secuestradores de mujeres, junto con peones, esclavos cimarrones, vagabundos u holgazanes. Siendo probable que los abigeos y vagabundos hayan sido en realidad "arrimantes" de una hacienda, con el consentimiento del hacendado, que los necesita para trabajar cierto tiempo; y que en el período de desocupación, este peón de hacienda alimentaría a su familia con el ganado que robaba. También una deuda impagada puede resultar en una situación similar y la solución que encuentra el hacendado, que por lo general tiene algún puesto militar en la comandancia de la frontera, es mandarlo a trabajar en sus haciendas del Chaco. Sintetizando, los presos que encontramos sirviendo a finales del XVIII en los fuertes de esta frontera chaquense están un poco lejos de las categoría de "asóciales y perdidos" con que la denuncia eclesiástica y esta-20 AHJ, ARR, Correspondencia entre Carlos Sevilla y Gregorio de Zegada, Jujuy, 1780-1800, 478 y 480. Constituyendo un nuevo tipo de presidiario que surge de diversas razones: la inexistencia de un mercado laboral en la estructura económica mercantilista de la región, la renuencia de vagabundos, holgazanes y "malentretenidos" por pasar a conformar un mercado laboral que los obligaría a abandonar el control de algunos de los medios de producción que detentan, y por último, la connivencia de los hacendados, que encuentran muy útil emplearlos únicamente en épocas de mayor demanda de trabajo, dejándolos librados a que encuentren solos las soluciones para la reproducción social de su grupo. Grupo social que es tolerado por lo conveniente que resulta para una economía precapitalista que carece de un mercado laboral, pero a la vez controlado cuando perturban demasiado el orden o saturan la ciudad mediante el aprisionamiento en un fuerte. Esta difícil identificación social y laboral de los presidiarios llena de inquietudes sobre todo a las autoridades civiles, principalmente por los problemas que suceden cuando tienen que realizar la remisión, traslado y control hacia y desde los fuertes. Así lo expresa el sargento Lorenzo Revuelta, a cargo del fuerte de Ledesma por viaje del comandante Carlos Sevilla a la ciudad de Salta: en una carta al comandante general Gregorio de Zegada acusa recibo de seis presos mandados desde la ciudad de Jujuy, sujetos con prisiones y custodiados por seis soldados. Según la orden de la comandancia general de la frontera, cuatro de ellos debían continuar hacia el fuerte que protege la reducción de Centa, quedando dos en Ledesma, lo que ejecuta el sargento inmediatamente. Pero, para su desazón, ve regresar a los cuatro milicianos que mandó a realizar el traslado, con las prisiones entre las manos y la noticia de que tres de los presos se fugaron y sólo pudieron hacer llegar a su destino a uno de ellos. Con una antigüedad de servicio de más de diez años al comando de un fuerte (ya que había sido su comandante antes de la llegada de Carlos Sevilla), y a cargo de comandar las campañas de salida de escarmiento y recogida de los indios fugados o agresores de las misiones de la región, el experimentado sargento Lorenzo Revuelta entiende que la fuga no se debe a la ineptitud de sus hombres, sino que resulta de la velada complicidad que a veces existe entre milicianos y presidiarios. Por eso expresa a sus superiores, con cierta resignación, que las emboscadas y partidas organizadas para atrapar a los fugados en las puertas de salida del Chaco hacia los pueblos andinos de la Quebrada de Humahuaca, por más que los encuentre "no los traerán". Por lo que decide ir a buscarlos personalmente, aunque tampoco tendrá éxito y sólo le quedará comunicar a las autoridades que estén ENRIQUE NORMANDO CRUZ Anuario de Estudios Americanos pendientes de la aparición de los prófugos en los pueblos de indios de Tilcara o Humahuaca. 22 Sin embargo el mayor peligro no es la fuga sino que esta complicidad puede llegar a convertirse en alianza, como sucede en 1781-1782, cuando en una de las repercusiones regionales al alzamiento de Túpac Amaru, los soldados de Ledesma no se oponen demasiado al alzamiento toba de la misión de San Ignacio, y hasta un soldado partidario, Carlos Quiroga lidera a los mestizos y criollos que junto a los tobas mencionados toman el fuerte de Ledesma, con lo que llenan de pánico a las autoridades de la región que ven confirmados sus peores temores. Finalmente el alzamiento se lograra sofocar, luego de cuatro meses de campañas y de un duro escarmiento a los rebeldes y a los fugados de las reducciones. 23 De todas maneras, entre soldados y presidarios no hay demasiadas diferencias: muchos de los milicianos que se alistan en el fuerte compartieron con los presos el espacio laboral de la ciudad, o sirvieron juntos como peones en las haciendas de los comandantes de los fuertes de la frontera que cuando no pueden hacer cumplir una deuda los remiten a un fuerte a ocupar las plazas vacantes para cobrarse la deuda de su soldada. Tal vez la única diferencia entre ellos, es que el preso no cobra o cobra sólo una parte de la paga por el servicio en el fuerte, el trabajo en sus tierras o en las sementeras de la hacienda de la autoridad, y con el resto o la totalidad de la soldada se paga su deuda. El soldado, en cambio recibe el total del pago por un servicio realizado en el mismo espacio laboral que el anterior, trabajando codo a codo con quienes tiene que custodiar. Los soldados partidarios de la frontera En 1790 hay 21 soldados en el fuerte de Ledesma, dirigidos por un comandante, un segundo de comandante, un teniente, un capitán, un alférez, cuatro cabos y un armero. Estos partidarios que parecen haber entablado cierta alianza tácita con los presidiarios, además de tener en común con ellos una "vida licenciosa", 24 lugar una gran libertad de movilidad espacial, pues además de los movimientos de tropas que las autoridades del fuerte y de la ciudad disponen para diversos asuntos, como reforzar algún establecimiento en peligro real o potencial de ataques indígenas, o para prestar un servicio específico, como reparar la capilla de una reducción o fuerte o construir la cárcel de la ciudad; los soldados se movilizan con cierta libertad entre uno y otro fuerte de la frontera. Así tenemos soldados que huyen del fuerte de Santa Bárbara hacia el de Ledesma porque no "les gusta" el trato que les da su comandante; o que se fugan del fuerte que defiende la misión de Centa, y que marchan al de Santa Bárbara sin especificarse las causas. Deserciones y fugas que las autoridades solamente comunican a sus superiores aceptándolas de hecho, sin tomar medidas, tal vez por la limitada cantidad de efectivos militares con que se cuenta. Junto a estos desplazamientos, hay otro tipo de "huidas": algunos partidarios se ausentan por largas temporadas a sus tierras y chacras para ver sus ganados,25 y otros se aprovechan de la licencias que se expiden por razones de enfermedad, para terminar desertando del servicio definitivamente. Incluso se registra una fuga amorosa de un fuerte a otro, la del soldado Carlos Tolava, del fuerte de Centa, que huye a Ledesma con una mujer llamada Rufina, porque la familia de ella y los curas del fuerte y la reducción no consienten su matrimonio. El comandante de Ledesma pedirá instrucciones para saber qué hacer con estos amantes, obteniendo el consentimiento para que puedan quedarse en Ledesma a servir como soldado y en matrimonio con su amante. En cuanto a la condición social de los soldados, pueden distinguirse distintos grupos: uno integrado por mestizos, pardos y españoles pobres que probablemente hayan residido en el "monte", dedicándose a la cría de vacas y mulas en los alrededores de la frontera y al abigeato en las haciendas y sobre las arrias que recorren la región. Su conchabo como soldados no significa que descuidan sus medios de reproducción social. Ocasionalmente, y sin prestar demasiada atención a las rigideces de la vida militar, regresan a sus chacras a cuidar sus ganados y atender sus familias que al parecer no siempre se trasladan con ellos al fuerte. Otro grupo de soldados partidarios lo forman individuos de la ciudad de Jujuy que voluntariamente se ofrecen a las autoridades de la frontera para cubrir las plazas de soldados que quedan vacantes. En Ledesma y en los otros fuertes de la frontera las vacantes son numerosas, las que no se deben tanto a las deserciones o muertes, que suman cuatro y veintiuno, respectivamente entre 1780-1790, sino por la gran cantidad de soldados, sargentos, capitanes o comandantes de fuertes que en el medio del servicio contratado se "borran" de él, es decir que se retiran a sus chacras o haciendas, o regresan a las ciudades de Jujuy y Salta de donde habían venido, comunicando su decisión unos meses después. Esta nueva categoría de soldado presidiario, la de "borrado", es notablemente significativa en el número de bajas que sufre esta frontera, ya que para el período de 1781-1790 los "borrados" superan ampliamente a los desertores y muertos, sumando 116 hombres. 26 Estos individuos que se contratan en la ciudad, suelen pertenecer a la casa familiar del comandante general de la frontera, y otros son forasteros de las jurisdicciones vecinas que vienen en busca de mejores oportunidades sociales y económicas, que no son escasas, ya que en estos fuertes los soldados, cabos o sargentos cobran 90 pesos al año, más ración de carne, bizcocho, tabaco y un uniforme. Siendo otra razón que justifica el enrolamiento, la posibilidad de insertarse como productor o comerciante en el mercado de grandes distancias y de diversas mercancías que se esta desarrollando por estos años, ya que asentados en la frontera, se pueden dedicar a abastecer de caballadas a los fuertes, a traficar herramientas, aguardiente, telas, botas de mula y hasta coches de paseo, para las haciendas o reducciones. 27 Utilizando la importante cantidad de efectivo que reciben de los espaciados pagos, como sucede en 1790 cuando los soldados y oficiales de Ledesma reciben el pago atrasado de tres años de servicio: en ese momento, el comandante Sevilla tiene 1.800 pesos en efectivo, su segundo Lorenzo Revuelta 390, el teniente Francisco Javier Robles 600, igual que el capellán Policarpio Villalobos, mientras el alférez, los cuatro cabos y los 22 soldados, tienen en sus manos 288 pesos. Sin embargo en este territorio que en este momento se presenta como pleno de oportunidades, también hay muchos sacrificios que sobrellevar. De ello resulta que la habilitación al ascenso social en esta frontera no es para todos, como es el caso del "soldado Rivas un manchego a quien vuestra merced dio plaza... por europeo y por consiguiente caballero, todo lo incomoda, todos los días esta solicitando irse que el no puede sobrellevar esto. Que no es extraño no pueda un señor europeo tolerar tales fati-gas, con que verá y me dirá si podremos enviarle con mil rábanos porque se puede dar dinero encima por su ausencia". El trabajo bajo un sol abrasador, las fiebres palúdicas, las frías mañanas sin una taza de chocolate y el tiempo que no pasa porque no se tiene ni siquiera un almanaque que marque el cronograma de servicio, dan lugar a que el dicho manchego regrese finalmente a la ciudad de Jujuy por razones de "enfermedad". Pérdida que el comandante del fuerte no sólo no lamenta, sino que le va a pedir a su superior Gregorio de Zegada que por más que se cure no lo mande de nuevo. 28 El espacio fronterizo no parece haber albergado a muchas familias de estos soldados, pese a las recomendaciones de las autoridades sobre preferir el alistamiento de partidarios que tengan familia, premiándolos por ello con doble ración de carne, propuesta que también aparece en los proyectos ilustrados de Félix de Azara, de 1799, donde se indica que la tropa debía ser casada y reclutada en las provincias vecinas por un salario de 30 pesos. 29 En Ledesma la mayoría de los soldados viven solos, tal vez porque sus esposas e hijos quedaban al cuidado de las chacras y ganado o por las numerosas enfermedades que había en la región. Así por ejemplo el año 1792 parece haber sido especialmente duro en las fiebres palúdicas llamadas "chucho". En marzo el comandante informa a sus superiores que no hay forma para que la población se "aparte" del chucho, luego el 24 de setiembre una tal Juanita está grave de la misma enfermedad, y el 12 de diciembre notifica de la muerte de María Palacios dejando una "hijita sarnosa que no tiene cura, ni crece y es medio sonsadilla cuya carga será muy a disgusto para cualesquiera". 30 Respecto de las conductas sociales de los soldados partidarios, el comandante del fuerte de Ledesma resalta la poca confianza que les tiene, algo que no resulta extraño, pues los soldados suelen mentirle y engañarlo cuando piden traslados a otros fuertes y a mitad de camino se fugan a la ciudad de Jujuy. Otros abusan de los permisos por enfermedad para irse varios meses a sus chacras; incluso algunos aprovechan las comisiones de servicio que los llevan hasta Salta o Jujuy para tomarse varios días de des-canso o para robar en las haciendas y casas particulares de los alrededores. Por ello, cuando el comandante de Ledesma debe ordenar alguna comisión de servicio lejos del fuerte, en una reducción por ejemplo, lo piensa muy detenidamente. Así sucede en 1792 cuando el cura de San Ignacio debe pedirle varias veces que le envíe cuatro soldados para protegerlo de las actitudes rebeldes de los indios. Sólo accederá a enviarlos cuando reciba una orden directa de su superior Gregorio de Zegada, comisionando a cuatro hombres de notable "honradez y desempeño", que puedan ejecutar el auxilio sin caer en los inconvenientes que suceden cuando los soldados van a las rancherías de los indios. Junto a este grupo heterogéneo de individuos, actúan como soldados partidarios los indígenas reducidos en las rancherías del fuerte. Ledesma estuvo asistido a comienzos de siglo XVIII por los indios ojotaes, reducidos en el pueblo de San Antonio de Ledesma con ese fin. Por ese servicio, el gobernador Esteban de Urízar y Arespacochaga los exime de pagar "la tasa ni tributo...ni contribuir con indios a las mita a las ciudades, por ser presidiarios... obligados a defender la frontera y salir de campaña". 31 A fines de siglo parecen haber desaparecido del servicio del fuerte ya que no se los menciona en ningún informe. En su reemplazo wichíes reducidos en el fuerte con sus familias sirven como soldados. Trabajan en los rastrojos y acequias de sus tierras y en las haciendas,32 pero parecen haber sido utilizados especialmente como mediadores entre las demandas de trabajo de los hacendados y los curas de San Ignacio y de Centa, y los tobas y wichíes que estacionalmente "salen" de adentro del Chaco para trabajar en dichas unidades productivas. Su rol resulta fundamental para persuadir y hacer retornar a otros aborígenes reducidos que se fugan a mitad de zafra, o cuando hay que convencer a los no reducidos de los beneficios que acarrea una entrada pacífica de conchabo en las haciendas, en vez de una violenta de robo de ganado. 33 En el desarrollo de esta función, las autoridades confían en las relaciones de parentesco y en los sistemas de autoridad prehispánicos. Por ello se envían al frente de estas partidas de indios a los hijos de los caciques, acompañados por los alcaldes y un lenguaraz. Una segunda instancia de mediación (o que se hace conjuntamente a la primera) es enviar a las espo-sas o mujeres parientes de los fugados, sobrinas o cuñadas, armadas únicamente de galleta, charque y tabaco. Como agentes de la nueva autoridad en la región, estos indios son equipados no con armas, sino con comida y regalos para que "congratulen" a los otros. El comandante del fuerte los habilita con caballadas para seguirlos, carne de vaca, bizcocho, sal y mazos de tabaco, para que la intimación surta más efecto. Llevan además, como representantes de la corona, el discurso de sometimiento colonizador: "Van enteradas del benigno perdón de vuestra majestad e volviéndose pacíficamente a su reducción para trabajar, y del rigor con que serán tratados de no hacerlo así". 34 Este rol de algunos indígenas reducidos en el fuerte provoca resquicios en sus relaciones intraétnicas. Los caciques pierden autoridad frente a competidores que esgrimen una legitimidad distinta a la propuesta por los españoles con sus títulos de corregidor, alcalde, madrinero y lenguaraz. Basada en los sistemas de parentesco y el liderazgo para encabezar la recolección de miel y algarroba para las celebraciones tradicionales, estos nuevos líderes logran encabezar permanentes fugas del servicio en el fuerte y en las reducciones. Por otro lado los indígenas que sirven como auxiliares en el reclutamiento de mano de obra aborigen, son identificados como tales y por lo tanto su rol mediador se debilita. Esto puede verse en la negativa que esgrime un grupo de indígenas a integrar una partida que se prepara para capturar un grupo importante de fugados de San Ignacio: dicen que no serán bien recibidos por Trejo, líder de los fugados, ni por los otros indios porque "como ellos el día que se fueron en su seguimiento habían ido como soldados...estarían enojados con ellos, y podrían recelar iban a engañarlos y los atacarían". Las autoridades fronterizas y sus temores La frontera chaquense de Jujuy es guardada por el capitán de infantería Carlos Sevilla, máxima autoridad como comandante de fronteras con jurisdicción sobre los fuertes de Ledesma, Santa Bárbara y San Bernardo. al control de los tobas rebeldes de San Ignacio que habiéndose fugado de ella, asaltaron el fuerte de Ledesma poniendo en peligro toda la frontera, brindando una oportunidad para que los vagabundos, apóstatas y forajidos de los alrededores de la ciudad se levantaran contra las autoridades. Su llegada al frente del batallón de Saboya contribuye a la exitosa defensa de la ciudad de Jujuy y a la recuperación del control sobre los fuertes, reducciones y caminos de la frontera, una tarea que comparte con el gobernador de armas Gregorio de Zegada, comerciante y hacendado con importantes mercedes de tierras en la zona. Si bien en la "reconquista" de esta porción del Chaco participa toda la ciudad de Jujuy, con el auxilio de la de Salta y del citado batallón de Saboya, es el comandante de Carlos Sevilla, el coronel Gregorio de Zegada, quien obtiene los mayores réditos, pues además de nuevas mercedes de tierras en el Chaco, recibe un importante respaldo del rey que lo declara comandante de la frontera de Jujuy y coronel de milicias de la frontera. 36 Mientras tanto, luego de su participación en la represión de los alzados contra la corona, Carlos Sevilla pasa a la ciudad de Salta donde se casa con una de sus vecinas, para retorna a Jujuy el 19 de octubre de 1785 cuando asume el comando de la frontera Jujeña del Chaco desde el fuerte principal de Río Negro, quedando también bajo su jurisdicción Ledesma, Santa Bárbara y San Bernardo. En este servicio recibe el 20 de diciembre de 1787 de los administradores particulares del ramo de sisa de la ciudad de Jujuy, el dinero en efectivo "tabla y mano propia", para el pago de sueldos de la tropa partidaria, tarea que realiza en presencia de Zegada. A fines de 1789 pero esta vez en Ledesma como sede de la comandancia, alista a la tropa partidaria de toda la frontera y realiza el pago de tres años de servicio bajo la supervisión del gobernador intendente Andrés Mestre. Si el traslado de la comandancia de la frontera desde Río Negro a Ledesma se vincula con un cambio político hacia esta porción del Chaco (de la cual son exponentes la fundación de la ciudad de Orán y la reducción de Centa) el reemplazo del comandante general de armas de Jujuy por el gobernador intendente, como autoridad que supervisa el pago de la tropa partidaria, indica la llegada de las reformas borbónicas a la frontera. Subordinada al capitán Sevilla tenemos una variada oficialidad, compuesta por un segundo, el sargento Lorenzo Revuelta (que se ha desempeñado como capitán del fuerte entre 1781 y 1789), un teniente llamado Francisco Valdés, un capitán don Policarpo Villalobos y el alférez Pedro Arias, todos ellos españoles. A ellos deben sumárseles cuatro cabos, un armero y 22 soldados probablemente mestizos, equipados con fusiles con bayoneta, lanzas y dos cañones. En las relaciones sociales entre el cuerpo de soldados y oficiales puede apreciarse que Sevilla confía únicamente en su segundo Lorenzo Revuelta y sus tenientes, pues considera que sus soldados se prestan fácilmente a todo tipo de "bajezas" en las rancherías de los indios y están pendientes de cualquier oportunidad para evadir el servicio militar y laboral, fugándose o borrándose cuando los manda a cumplir comisiones en la ciudad o en otros fuertes. 37 Tras siete años de servicio en la frontera, Sevilla decide en 1792 trasladar a su familia desde la ciudad de Salta para que viva junto a él en Ledesma. 38 Esta decisión muestra el nuevo carácter de la frontera que comienza a poblarse de familias y a despoblarse de presidiarios, y que va dando lugar a haciendas en reemplazo de los fuertes. Por otro lado el comandante del fuerte trabajará como un afanoso colonizador en las tierras que rodean al mismo, donde invierte todo su salario para comprar semillas, construir las acequias para los sembradíos, desmontar el terreno y contratar herreros que construyan los alambiques necesarios para producir aguardiente, hasta llegar a endeudarse para comprar las herramientas para el rastrojo y la cosecha. Esta actitud también perfila el cambio en la política hacia la frontera del Chaco. Sevilla parece preocuparse más en solicitar herreros que compongan las herramientas para labrar, que armeros que arreglen las numerosas armas descompuestas. En la misma línea de pensamiento solicita reiteradamente a sus superiores que le manden azadas, hoces y palas, alambiques y toneles para el aguardiente en vez de cañones, sables o fusiles. Sin embargo, este rol de colonizador no le hace descuidar completamente sus obligaciones de jefe militar. Informa cada semestre de la distribución de las raciones entre los partidarios y del estado de las armas, 39 enro-la a los soldados partidarios con el tiempo del servicio de cada uno para su pago, y supervisa el trabajo de los curas de las reducciones de San Ignacio y Centa: luego de posicionarlos en el cargo y registrar su fecha de asunción para el pago del sínodo, les impone sobre las costumbres que deben guardarse en el trato con indios, habituados a las dádivas y regalos más que a las ceremonias y liturgias descarnadas y sin galleta, aspectos que si no se tienen en cuenta pueden derivar en alzamientos y fugas numerosas hasta llegar a despoblar la reducción. 40 Junto a estas tareas, deben coordinar el auxilio que los hacendados prestan para reducir a los indios fugados del fuerte, reducciones o haciendas y dispone la realización de campañas para amedrentar a los indígenas que osan asaltar las haciendas. Por el conjunto de tareas que realiza, goza de cierta libertad para disponer sobre las vacantes que se producen en el servicio de la frontera, enviando los listados de los puestos libres con propuestas de soldados con nombre y apellido. 41 Finalmente, como parte de su responsabilidad de comandante de la frontera, también cuida los intereses en la región de su superior el capitán de armas y teniente de gobernador de la ciudad de Jujuy, el coronel Gregorio de Zegada. Así manda soldados a su hacienda para construirle potrerillos para que sus mulas inviernen, hace reparar sus acequias o manda a indios a que limpien los rastrojos de las plantaciones de caña de azúcar, dejándolos bajo el mando del mayordomo de la hacienda. Pero lo más importante es el auxilio que sus tropas prestan al mayordomo de Zegada, Miguel Antonio de Iturbe para realizar y proteger el traslado de ganado, aguardiente y azúcar que desde la hacienda de San Lorenzo remite constantemente a las ciudades de San Salvador de Jujuy y Salta. Los comerciantes de la frontera LA NUEVA SOCIEDAD DE FRONTERA "Suelen ir a las misiones varios comerciantes del Valle Grande, de la Laguna, de Tarija y de otras partes, con géneros útiles, y a éstos se les recibe con mucho agrado, y se hacen con ellos los trueques ya mencionados... de Santa Cruz van otros con tasajos de carne chasqueada, melados, alfeñiques y otros frioleras para trocar por algodón e hilados, y cuando esto sobra se les da permiso a los indios, pero cuando escasean se les niega por no dejar a los indios desnudos". 43 La introducción de estos productos debe ir con licencia y guía extendidas por el gobierno de Santa Cruz, so pena de decomiso; y se prohibe especialmente el tráfico del aguardiente en las misiones. 44 El mercado de estos comerciantes son las reducciones, las rancherías de los fuertes y las haciendas azucareras de la región. En este tráfico los fuertes son imprescindibles, porque se prohibe a los traficantes o sus productos residan o pasen en los pueblos de indios de las reducciones. De esta forma las barracas de Ledesma sirven como depósitos para las mercaderías y albergan a los comerciantes y sus auxiliares, que se sostienen con las raciones y vestimentas que allí se les reparten, arreglando las cuentas con los comandantes o con sus superiores a su regreso a la ciudad. Como en esta frontera los comerciantes cumplen una función esencial para el sostén de la población española, aunque deban pagar por el depósito de la mercadería que guardan en los fuertes, saben que pueden contar con el auxilio de sus vituallas para el tráfico mercantil, pues como sucede en las reducciones, siempre habrá algo de la carne obtenida de sus estancias "para los forasteros, a quienes se suele socorrer, particularmente a los comerciantes". 45 Por otro lado las autoridades de la frontera le exigen a los comerciantes llevar la correspondencia oficial, algunos productos, como palmas, y hasta dinero. Finalmente no hay demasiadas precisiones en cuanto a su origen: sólo se menciona varias veces a un tal "Paraguay", como comerciante que trafica con géneros y ganado, y que parece ser persona de cierta confianza del comandante de Ledesma, pues le encarga la comisión de llevarle dinero a su superior el coronel Gregorio de Zegada y comprarle distintos artículos de labranza en la ciudad de Salta. 46 Los indígenas chaquenses: entre el servicio y la fuga Dentro del radio de Ledesma se ubican dos reducciones: San Ignacio y Nuestra Señora de las Angustias de Centa, de indios tobas y wichíes respectivamente. Además de estos grupos hay abipones y chiriguanos, que aunque se encuentran más hacia el este de las reducciones antedichas, mantienen cierta presión en el control de los recursos sobre los anteriores indígenas. Esta población indígena chaquense entabla múltiples relaciones con Ledesma. Los indígenas reducidos allí son wichíes que absorbieron a los ojotaes y ocloyas que antes servían al fuerte como soldados o esclavos, y en este momento mantienen constantes relaciones con los tobas reducidos en San Ignacio y con los wichíes reducidos en Centa, además de salir a mielar con grupos que no están reducidos ni en las misiones ni en los fuertes, pero que "salen" periódicamente de "tierras adentro" a trabajar en las haciendas o en las tierras de los fuertes. Esta conducta es ambivalente ya que puede variar rápidamente a un ataque contra los ganados de las haciendas: así lo hace el cacique wichíes llamado "Lunes" que alberga a un importante grupo toba fugados de San Ignacio y por ello es compelido por las autoridades a que defina su actitud pues "que motivo tiene para querer incomodarnos cuando las veces que ha salido con su gente ha sido bien tratado que han trabajado y pagados se han vuelto, sin que se les ocasione perjuicio alguno, que sigan en la misma amistad y salga pacíficamente a trabajar cuando quiera o que de no, no se llegue a estas inmediaciones porque será tratado como enemigo". 47 Otro aspecto interesante es que no surgen con claridad conflictos interétnicos ni tampoco la dicotomía que se supone entre pueblos "de a pie" más dóciles y los de "tierra adentro" más guerreros; 48 ya que muchas veces los tobas de San Ignacio huyen para recoger algarrobas o miel, y lo hacen junto con wichíes del fuerte de Ledesma, reuniéndose todos en las tolderías de otros wichíes no reducidos para celebrar las tradicionales libaciones con algarroba y miel. 49 Donde si hay rivalidades es con los chiriguanos, lenguas y guaycurúes, que se aprovechan de quienes huyen de las reducciones para robar- les mujeres y ganados. Así se aprecia como las rivalidades interétnicas se mezclan con el proceso reduccional en fuertes, haciendas y misiones complementando las anteriores diferencias étnicas por una determinada por la conquista: reducidos contra no reducidos; diferencias o rivalidades que se superan en momentos de penuria, hambruna o sobrexplotación de los hacendados. Un tercer aspecto de estos grupos chaquenses tiene que ver con las razones que llevan a los reducidos a fugarse de las reducciones, haciendas o fuertes. Los indios que se fugan de Ledesma y de San Ignacio declaran que suelen hacerlo para ir a recolectar miel y que ya en el monte son "llevados" por otro grupo no reducido a mielar y comer algarroba; que esto es lo único que pretenden hacer con su huida y que piensan volver luego al servicio del fuerte o de la reducción. 50 El comandante de Ledesma entiende la importancia de esta actividad para los chaquenses, al punto de recomendar al mayordomo de la hacienda de San Lorenzo, Antonio de Iturbe que libere a los wichíes ocupados en los rastrojos en las épocas y horarios de los rigurosos calores, porque son aquellas épocas cuando realizan sus "borracheras", es decir sus juntas de canto, baile y bebida, 51 sabiendo que pasada la "algarroba" los indígenas trabajadores "caerían" solos en busca del trabajo. 52 Otra causa de la fuga de indígenas reducidos es el maltrato al que los someten los mayordomos de los hacendados. En las cercanías de Ledesma están las tierras de San Lorenzo, propiedad de Gregorio de Zegada, administrada por su sobrino Miguel Antonio de Iturbe quien a pesar de la dependencia jerárquica que el comandante del fuerte tiene respecto de su tío, no acuerda muchas veces con Sevilla, especialmente en el tema del trato de los indígenas trabajadores. Mientras que el comandante aconseja respetar sus horarios de trabajo y sus épocas de recolección de algarroba o meleo, Iturbe no está de acuerdo y prefiere azotar a los indios que abandonan el servicio de la hacienda. Ante esta situación, Sevilla comunica a las autoridades que este trato a los indígenas puede originar un estallido de "revoluciones" y que se llegue a "incendiar" el Chaco con el alzamiento en armas de los indios, además de 50 AHJ, ARR, Correspondencia entre Carlos Sevilla y Gregorio de Zegada, Jujuy, 1780-1800, 454. 51 Santamaría, Daniel, "Población y economía interna...., pág. 183. producirse perjudiciales fugas para el trabajo de la zafra, desligándose de toda responsabilidad si esto llegara a suceder. Sin embargo en otra correspondencia que mantiene Gregorio de Zegada con su mayordomo, se ve que su actitud intolerante hacia la mano de obra aborigen responde a las complejas relaciones que los indígenas tienen en la hacienda con sus patrones, capataces o mayordomos. Allí los patrones se ven obligados a mostrar cierto desprendimiento al contratar trabajadores indígenas ofreciéndoles carne y tabaco, además del pago estipulado que a veces se hace en plata, para que los indios, "vayan contentos con todo lo que les diste y digan a los otros que todo está bien". También les cede tierras cercanas a la hacienda, dándoles semillas y bueyes para cultivar sus zapallos. 53 Esta generosidad puede a veces resultar contraproducente porque los indios salen a trabajar a las haciendas en un número mayor al que se necesita, trayendo con ellos a su "chusma" para comer y no hacer casi nada, según palabras del hacendado. 54 Finalmente ante estos fracasos en la coacción laboral ejercida sobre la mano de obra indígena, lo único que atina a aconsejarle el propietario a su mayordomo es que si se fugan a mitad de trabajo con la plata que se les anticipó, tenga "paciencia, pues que no hay otro arbitrio". 55 Sin poder precisar si los azotes que Iturbe les da a los indios es una práctica constante, o un exceso que hasta el comandante condena, estos documentos aportan datos para ampliar la mirada sobre las respuestas y los métodos de la coacción laboral ejercida sobre los indígenas chaquenses, en unas relaciones laborales peculiares y típicas de una economía mercantilista. Por último, otro motivo que puede llevar a la fuga de los chaquenses de las reducciones, está en las complejas relaciones que mantienen con sus padres doctrineros, antes jesuitas y ahora franciscanos. En el año 1793 dieciséis hombres adultos con sus familias y diez muchachos grandes se fugan de la reducción de San Ignacio porque no quieren al padre franciscano Godoy, sino a otro cura, pidiendo que regrese el padre fray Eusebio Victoria, anterior cura de la reducción, que había sido trasladado a la ciudad de Córdoba. 56 Si bien los wichíes no detallan el porqué de su disgusto con Godoy, el comandante del fuerte si precisa cuales pueden haber sido las causas del 53 AOJ, Papeles de la familia Iturbe, Jujuy-Ledesma, 1790, 18, 176. Dice que el cura le solicitó un envío de soldados para resguardar su persona y entablar un mejor orden entre los indios. No se hizo lugar porque estos indios nunca habían faltado a la obediencia y respeto de su cura, y que a su parecer el verdadero auxilio que se le pudiera dar al padre sería darles de comer a su "gente", pues "nada los tendría más a raya". 57 Más adelante el comandante pone sobre aviso a las autoridades superiores sobre las causas del malestar indígena, al denunciar que el cura atiende inadecuadamente a sus indígenas reducidos tratándolos con una "fatal nulidad, impropios modos de hablar, irregular trato a los indios, castigando por sí con el sablecito, haciéndose el guapito". 58 Lo que provocará una violenta reacción del propio cacique de la reducción, Pedro Xuárez, que imprecara al cura atropellando la puerta de la iglesia y entrando al sagrario con el sombrero puesto y un cuchillo en una mano, sin llegar a mayores actos, pero finalizando su protesta al día siguiente con un ataque directo al cura que consistió en ponerle una mano en el pecho y amenazarlo con un palo "sin acción alguna pero encarándoselo y altanareado". 59 Por estos actos, Xuárez es apresado y se le substanciará un juicio sumario, enviándolo con prisiones a la ciudad de Salta. Mientras tanto, los indios de la reducción se fugan masivamente, y el cura "guapito" huye a la protección del fuerte. Finalmente el episodio se resuelve cuando una partida de indios busca a los fugados con charque y tabaco, y con la noticia de que el cura golpeador ha sido sacado de la reducción. La nueva sociedad de frontera Si hasta la segunda mitad del XVIII los vecinos desheredados del sistema de encomiendas buscan en la guerra un medio de promoción social y el espacio social más adecuado para ello es la frontera presidiaria del Chaco, a finales del siglo las políticas colonizadoras y las adaptaciones de los indígenas chaquenses perfilan otro tipo de frontera. Al parecer ésta sigue siendo un espacio peligroso. Robos de ganado de las haciendas y la muerte de algún trabajador mestizo y hasta de hacendados, aparecen siempre en los informes de los misioneros de finales de siglo, por lo que también continúan las expediciones punitivas de escarmiento, pero con el objetivo principal de buscar a los fugados del sistema reduccional franciscano y de los fuertes. Junto a esto también comienza a perfilarse en los distintos grupos sociales y en las autoridades una visión distinta. Como lo expresa el comandante del fuerte de Ledesma: "Esta bien la demasiada contemplación, pero ni tampoco el rigor del fuego, por no incendiar el sosegado chaco". En una actitud de cautela que muestra que las autoridades perciben que la acción militar limita el desarrollo colonizador, renegando junto al vecindario de los hacendados sobre lo extenuante de las campañas punitivas, en cuyo ínterin se les destruye la hacienda, malogran su trabajo y les falta el sustento para sus familias. Respecto de los indígenas, según el comandante de Ledesma parecen no darse cuenta de la fragilidad del asentamiento hispánico en la región, "la frontera está sosegada sólo en apariencia... si ellos se hicieran la reflexión de que no tenemos gente para nada más que guardar mal la casa, que harían?". 61 Esta falta de percepción de los chaquenses reducidos en reducciones y fuertes, de los fugados, los convertidos a medias y los no reducidos que bajan a servir las haciendas, obedecería a motivos más concretos que a una disminución del "ethos guerrero", ya que siempre que el comandante informa sobre el regreso de indios fugados, se describe un triste paisaje de hambre y necesidad: "traspillados de hambre, vienen desnudos y muy enfermos, dejando dos indios muertos y dos chinas y algunas cosas. Quedan seis viniendo por demasiado débiles y no han podido seguir".62 Y cuando se produce la llegada de indios para trabajar en la zafra del fuerte o de las haciendas, las autoridades mencionan las mismas razones: búsqueda de trabajo y alimentos. También los indígenas expresan los mismos motivos, como lo hace un grupo de veinte indios wichíes, con siete muchachos y cuarenta mujeres y chiquillos con ovejas y algunos ladinos, que dicen venir al fuerte para conchabarse, trabajar, comer y vestirse, sin ninguna otra "idea" que vienen sin armas y en paz, y según el comandante ésta parece ser su intención pues se trata de gente robusta que podrían ganar la comida para su familia y alguna vestimenta y los muchachos y mujeres podrían dedicarse a construir capachos, una especie de recipiente cóncavo de palma con dos asas. 63 Eterno retorno de los fugados al sistema reduccional de los fuertes, misiones y haciendas, que se da en "cueros" y perseguidos por el hambre. De esta manera, descartada la guerra como solución de sus necesidades, queda como una letanía el testimonio de un líder toba que comanda un grupo de indios fugados, que finalmente debe retornar al control social de la reducción, militar del fuerte y laboral de las haciendas: "que había dicho Antonio Tabarcachi, el sacristán, no querían volver sino irse a su tierra que tantas veces se habían ido y los habían vuelto, pero que ahora no habría de ser así".
Los estudios sobre los sectores artesanales son relativamente escasos en la historiografía latinoamericana y generalmente forman parte de trabajos sobre los movimientos obreros. 1 En Argentina, son aún pioneros los trabajos específicos sobre estos grupos sociales para el siglo XIX; 2 a pesar de esta relativa ausencia en la historiografía regional, el análisis de los sectores artesanales resulta de suma importancia para comprender el entramado social urbano, así como los estudios de mercado. El mundo artesanal urbano del norte argentino durante la primera mitad del Siglo XIX, acontecía en un escenario teñido por las turbulencias políticas y bélicas del período revolucionario independentista; tal era la experiencia de los residentes en las ciudades de Salta y San Salvador de Jujuy, quienes además comenzaron a probar ciertas transformaciones propias de la sociedad de mercado. En las primeras décadas de vida republicana, los límites entre pasado colonial y la modernidad fueron confusos, se confrontaron y fluyeron otorgando ciertas características propias a estas pequeñas sociedades urbanas del norte argentino. Ambas se distinguieron 1 Johnson Lyman: "Artesanos" en: Hoberman L. y Socolow S. (Comp): Ciudades y Sociedad en Latinoamérica colonial. Buenos Aires, 1992; Grez Tozo, Sergio: De la Regeneración del pueblo a la Huelga General. Génesis y evolución histórica del movimiento popular en Chile. Santiago de Chile, 1997; Barragan Rossana: Espacio Urbano y dinámica étnica. La Paz en el Siglo XIX. En: Armus, Diego (Comp): Mundo Urbano y Cultura Popular. Buenos Aires, 1990; y Bascary, Ana María: Los Artesanos de San Miguel de Tucumán a fines del Período Colonial. por sus nutridos movimientos comerciales, ya que se ubicaban en los caminos que conectaban a las pampas rioplatenses con los mercados de las minas de plata altoperuanos. El comercio de ganado en particular, había contribuido a otorgarles una destacable fisonomía mercantil, pues los centros de reunión para la compra-venta de ganado o los lugares de invernada de las mulas se ubicaban en puntos muy cercanos a estos espacios urbanos. La distancia que separa a ambas ciudades es relativamente pequeña, aproximadamente ciento veinte kilómetros y a principios de siglo el viaje entre una y otra empleaba dos jornadas "yendo a caballo". El viajero que llegaba del norte podía obviar su estadía en Salta pero el paso por Jujuy era necesario pues tenía la especial característica de ser el punto donde comenzaba el camino carretero que conducía a Buenos Aires. En los albores del siglo XIX ambas fueron afectadas profundamente por los conflictos ocasionados por la independencia y las posteriores luchas civiles, puesto que constituyeron puntos de avanzada durante las guerras y a menudo campos de batalla. En tal sentido, el comercio en ambas se vio seriamente afectado por contribuciones, levas de población o "éxodos" como en el caso de Jujuy. El mercado de ganado en especial fue seriamente perjudicado por la prohibición de las ventas al enemigo y por la obligación de entrega al ejército en forma de "contribuciones de guerra" o "empréstitos". Tales circunstancias modificaron relativamente la función de estas ciudades y así lo señaló el ciudadano Joaquín Carrillo en Jujuy, con su recién estrenado sentimiento patriótico: "La conclusión de la guerra del Perú ha cambiado la posición de esta provincia. Después de haber sido por el largo espacio de quince años el cordón sanitario contra la maligna influencia de la tiranía metropolitana, empieza hoy a formar la frontera de las provincias argentinas, y el punto de contacto de ésta con la nueva República de Bolivia...". 3 En este contexto el análisis del sector artesanal presenta un especial interés para la comprensión de las sociedades urbanas, por sus características socioeconómicas y su rol de proveedores de los mercados locales y regionales; ofrecen así una compleja gama de pautas de la vida económica, debido a la diversidad de oficios que cubrían las demandas de los mercados locales. Asimismo, el estudio de la producción artesanal presenta una realidad bastante compleja y fragmentaria, lo cual se debe por un lado, a la escasez de las fuentes en los espacios que estudiamos y, por otro, a la diver-sidad y cantidad de actores que conformaban el sector; éstos diferían en sus orígenes, composición étnica u oficios, lo que implicaba prácticas y formas de organización del trabajo diferente.4 Composición de los rubros artesanales Los sectores artesanales a pesar de su innegable importancia en el abasto urbano, constituían una reducida parte de la sociedad5 que fue creciendo según los ritmos que impuso el lento aumento demográfico de ambas ciudades, durante los cuales la composición de la población artesanal no varió significativamente. Los rubros que alcanzaron mayor desarrollo fueron los correspondientes a la construcción y mobiliario, seguidos por lo que se dedicaban a la producción de cueros; los primeros crecieron alentados por el crecimiento urbano y los últimos por la demanda de carácter interregional del producto. Quienes se dedicaban a la elaboración de los insumos necesarios para la construcción, desarrollaban sus actividades en los márgenes del espacio urbano, en establecimientos denominados de "material cocido", donde se producían los típicos ladrillos y tejas, elaborados con materiales provenientes de localidades muy cercanas o en el mejor de los casos de los alrededores. 6 Dentro del ámbito de la construcción, los oficios más numerosos eran los ejercidos por carpinteros y albañiles, los últimos trabajaban bajo las órdenes del maestro del oficio o de un arquitecto, en caso de edificios públicos. También los escasos pintores eran empleados por las instituciones públicas y algunos particulares, especialmente cuando se acercaban las fechas de las fiestas importantes, durante las cuales era signo de decoro tener presentables las fachadas de los edificios. Los numerosos fabricantes de artículos de cuero fueron los que expandieron con mayor éxito sus actividades, debido a la importante demanda generada por las diversas utilidades de este artículo, el establecimiento de varias curtiembres dentro del cono urbano y la calidad de las confecciones. Los viajeros apreciaban de manera singular la labor de los artesanos del cuero, así lo manifiestan las expresiones del viajante europeo Erick Von Rosen: "Los objetos, que enseguida describo y que pertenecen al equipo del gaucho, son verdaderas obras maestras de artesanía casera argentina. El lazo, la boleadora y la taba, todo menos el cuchillo, muy bien podrían haber pertenecido a algún estanciero de tiempos pasados". 7 Los cueros eran procesados en las curtiembres, donde además se cortaban las suelas para los calzados y vaquetas. 8 Algunos detalles sobre tal proceso nos lo brinda en un informe el Senador Nacional por Jujuy, Eugenio Tello: "Los materiales empleados son la cal de fácil fabricación, para desengrasar y aflojar el pelo, el cebil para curtir. Hai en abundancia de este vegetal formado de los bosques de mucha estención en los valles. El laboreo es lento i la suela se queda lista solo seis meses después de comenzado el tratamiento del cuero". 9 En tales menesteres se empleaban cueros de los animales que abundaban en la región, como los del ganado vacuno, de diversos tipos: becerros, cordobanes y nonatos, aunque también se empleaban los de perros, cabras y cerdos del monte. 10 Las suelas de las curtiembres eran utilizadas por los zapateros para la confección de varios tipos de calzado y, con el tiempo, el difundido uso de las botas llevó a una especialización del gremio en la confección de este artículo. El trabajo del cuero empleaba a diversos trabajadores especializados en los utensilios indispensables para las cabalgaduras y otros usos del jinete. Los lomilleros 11 y trenzadores se dedicaban principalmente a confeccionar tientos, cordeles, cinturones y lazos; 12 también eran diestros en la confección de las típicas boledoras, 13 útiles para atrapar ganado. Los talabarteros eran diestros en los indispensables "guardamontes", piezas de cuero crudo que 7 Von Rosen, Eric: Un mundo que se va. 8 Son cueros de ternera curtidos y adobados, es decir preparados con sustancias que los dejan aptos para ser trabajados para diversos fines. 9 El cebil es un árbol que abundaba en toda la región del actual noroeste argentino. 10 Carrillo, Joaquín: Descripción..., pág. 42 11 Trabajador del cuero, quien se especializa en efectuar costuras con dos puntadas cruzadas, así elabora las piezas del recado de montar, y las que se ponen a las caballerías de carga. El autor describe el procedimiento para fabricar una boleadora: "... se corta por el medio una tira de cuero crudo de unos dos metros de largo, dejando en ambos extremos un pedazo de 20 cm sin partir. Esta tira se tuerce luego...Las bolas casi redondas de piedra, no muy pesadas y cosidas en cuero, se fijan después una en cada extremo de dicha tira. En el centro de ésta se ata otra tira de un metro de largo, hecha de la misma manera..." EMMA TERESITA RASPI cuelgan de la parte delantera de la montura y sirven para defender las piernas del jinete de la espinosa vegetación de los montes del norte argentino. Algunas profesiones fueron de gran demanda en tiempos de guerra, como el menudo grupo de los herreros, armeros y fundidores, los últimos desaparecieron con el cese de los conflictos, es decir que migraron o se dedicaron a oficios afines. Todos ellos se abocaban a la producción y reparación de lanzas, sables, herraduras, piezas de fusil, etc. En tiempos de paz, el trabajo de los herreros y plateros era requerido preferentemente para la composición de variados artículos del jinete, como estribos, espuelas y sobre todo: el cuchillo, elemento tan preciado que Erick Von Rosen exclamaba "...el cuchillo es la prenda más cara para el gaucho, y creo que muchas veces prefiere perder la china[su mujer] y no el cuchillo, especialmente si este lleva hoja de buen acero y mango de plata...". 14 El gremio de plateros gozaba de notable reputación entre las élites, pues empleaban gran maestría en el revestimiento de los utensilios y adornos que los diferenciaba del resto de la sociedad. En Salta, este gremio destacó especialmente en la confección de diversos artículos religiosos. El nutrido contingente de sastres y costureras tuvo un fuerte aliciente durante las décadas de conflictos bélicos, debido a la demanda de uniformes para las milicias. El trabajo del sastre gozaba de mayor consideración que el de las mujeres, ya que la tradición gremial que sólo incluía a los hombres los acreditaba al respecto, es por ello que a los primeros se les encargaba la confección de uniformes para los oficiales de alto rango del ejército, mientras que las costureras elaboraban las prendas de los soldados. Es así como las remuneraciones fueron también diferentes, mientras a ellos se les pagaba por la calidad a ellas por la cantidad. Otra profesión que gozaba de gran demanda era la del sombrerero, la mayoría de estos artesanos provenía de las ciudades bolivianas. Los sombreros podían ser de distintas calidades y precios según el material de la confección, los más cotizados eran los de cuero de vicuña, animal de la puna y los más frecuentes eran los preferidos por: "La gente de la campaña es la que más usa de los de lana; sirviéndose la generalidad del sombrero europeo". 15 Otros rubros artesanales que lograron cierto desarrollo fueron las lozerías y jabonerías, cuyas instalaciones eran mayores que las de los talleres y se ubicaban en las márgenes del radio urbano. Hacia la segunda mitad del siglo la composición de los rubros artesanales se mantuvo, aunque se comenzaron a diversificar las ocupaciones y aparecieron algunas especialidades nuevas como toneleros y tipógrafos. Peter Burke16 señala que los gremios artesanales revisten ciertas características que los hacen peculiares, ya que se trata de un grupo social que conformarían una "subcultura " de hombres sin mujeres. La afirmación de Burke, resulta aplicable en la esfera del trabajo de los talleres; sin embargo, las mujeres no estaban ausentes de estos rubros, puesto que con frecuencia se encargaban de las finanzas del taller y del cobro de los trabajos realizados por los hombres. Por otra parte, el trabajo femenino se extendió entre rubros como el textil y en el campo de la elaboración de velas y ollas de arcilla. Estas actividades distaban de ser consideradas oficios en el sentido tradicional, puesto que se elaboraban en el ámbito del hogar, sin la necesidad del proceso de aprendizaje y especialización del artesano; la comercialización se efectuaba mayormente en las calles o en algunas pulperías, como medio de complementar ingresos. Las fuentes legislativas indican que se trataba de cuenta-propistas muy pobres, por lo que comúnmente estuvieron exentas de las imposiciones fiscales. Algunas consideraciones sobre la heterogeneidad del sector Las ciudades de Salta y Jujuy se distinguieron por sus nutridos movimientos comerciales ya que se ubicaban en los caminos que conectaban a las provincias del sur con los mercados altoperuanos. Desde la etapa colonial, ambas constituyeron importantes puntos donde los viajeros podían hacer un alto y proveerse de los insumos necesarios para continuar su camino; por esta razón las perspectivas de desarrollo para algunos oficios artesanales eran posibles. Durante las primeras décadas del siglo XIX, el flujo migratorio de artesanos fue tan importante dentro del sector, que el grupo de nativos de la ciudad de Jujuy, por ejemplo, constituía una minoría17 frente al contingente que migraba desde las ciudades del interior argentino, como Tucumán, Córdoba y Buenos Aires. Si bien los conflictos bélicos desatados en estos territorios, actuaron como un factor de expulsión de población, en el caso de los artesanos, ocasionalmente, cumplieron un papel inverso, pues algunas compañías se trasladaron junto a las tropas del ejército, para el trabajo en la confección y reparación del armamento. 18 Entre los países expulsores de población artesanal, Bolivia aportó el mayor volumen durante todo el período; los artesanos bolivianos se dedicaron fundamentalmente a los oficios de sombrerero y zapatero. Los migrantes de otros países limítrofes fueron escasos y sólo eventualmente se instalaba algún europeo. El contingente de personas que trabajaban en los diversos talleres artesanales, además de tener orígenes geográficos diversos, provenía de condiciones sociales también diferentes: desde esclavos libertos 19 hasta los maestros religiosos que dirigían la construcción de templos. 20 En este sen-tido, el factor étnico, que impregnaba todas las relaciones entre los grupos humanos, también fue un elemento presente en la composición y consideración del sector; hacia 1820 el contingente de los artesanos de Jujuy estaba compuesto por un 29 % de personas pertenecientes a las castas, distribuidas entre negros, pardos, morenos y mulatos; la mayoría de ellos se desempeñaron en oficios tan humildes como los de zapatero y albañil. Algunas miradas sociales sobre el sector En el colectivo social, entonces, el ejercicio de las artes mecánicas no era considerado tan prestigioso como otros, a pesar de los intentos de reivindicación realizados por la corona española a fines del siglo XVIII. 21 Así es que, durante la primera mitad del siglo XIX, ningún artesano guardaba relaciones parentales directas con las familias de las elites. Por otra parte se trataba de un grupo social considerado extremadamente pobre y débil, por lo tanto, merecedor de la protección de las autoridades municipales, quienes los veían como: "... una de las clases más necesitadas en la sociedad y que libran su suerte a su trabajo personal e industria que poco les produce",22 por consiguiente, decidieron omitir cobrarles el impuesto de patentes por abrir sus talleres. Si bien las autoridades locales no observaron una conducta contraproducente hacia el sector, tampoco fomentaron su desarrollo. En este sentido la legislación emitida sólo aludió a ciertas pautas de organización interna, referidas al control del trabajo de los oficiales y trabajadores por parte de los maestros. 23 La localización espacial de los diversos sectores sociales actuó como factor que permitía el desarrollo de ciertas características por cuanto diferenciaba y ubicaba a cada uno dentro del entramado social. Así es que los grupos artesanales tendieron a agruparse de manera relativamente compacta en zonas o barrios marginales; 24 en la ciudad de Salta, la concentra-ción de talleres le dio su nombre a la calle de "las Artes". 25 Los locales de dimensiones considerables como curtiembres y fábricas de ladrillos debieron ubicarse en puntos extremos del espacio urbano, a orillas de los ríos cercanos. Un fenómeno distinto ocurría en Jujuy, ciudad menos populosa, donde la dispersión de los artesanos fue más evidente, aunque varios cuartos y talleres se instalaron en las barrancas de los ríos que rodeaban y limitaban la ciudad. 26 Acentuando nuestra mirada dentro del sector, observamos que, de acuerdo a la diversidad de oficios y utilidades desplegadas por los artesanos, se abría una serie de consideraciones jerárquicas que variaban de acuerdo con el rubro y el título profesional. Se observó que en Jujuy los maestros armeros y herreros alcanzaron prestigio en el ejército, por lo que se les encargaba la dirección de las maestranzas y en Salta estuvieron a cargo de maestros plateros. 27 Fueron estos últimos quienes probablemente gozaron de mayor estima entre los miembros de la elite salteña, al revestir con plata los utensilios que le otorgaban prestigio social; también su labor era requerida por el clero en la confección de diversos elementos considerados de uso sagrado. Las profesiones más humildes fueron precisamente las más numerosas, como las de zapateros y albañiles; entre ellos se registró la mayor cantidad de personas de color y esclavos libertos. Contaban con los salarios más bajos y era el sector en que se registró el menor número de propietarios. Vigencia de la tradición española en la estructura gremial La antigua legislación colonial establecía que, para ser admitido en un gremio, era necesario haber trabajado en el oficio como aprendiz y mancebo cierto número de años, rendir un examen al cabo de ellos, presentando una obra maestra, llamada pieza de examen, y pagar cierta cantidad de dinero. El que no se sujetase a estas formalidades no podía ejercer su industria por más que sobresaliese en ella. Con el paso de la Colonia a la Independencia la legislación se flexibilizó,28 pero las modalidades de organización de la estructura artesanal continuaron vigentes durante la primera mitad del siglo XIX, por ello encontramos a maestros, oficiales y aprendices participando de los procesos de trabajo. El primer paso que se debía dar para formar parte del sector artesanal, consistía en ser aceptado como aprendiz de un oficio y ponerse bajo la tutela de un maestro dispuesto a enseñar. Los casos estudiados muestran que, generalmente, los aprendices eran los mismos hijos del maestro o de los oficiales que continuaban con la profesión de sus padres. 29 Aunque también analizamos casos en que los jóvenes seguían profesiones diferentes a las de sus progenitores,30 especialmente cuando se trataba de oficios muy humildes y con pocas perspectivas de progreso económico. De acuerdo a los testamentos, se infiere que los términos del proceso de aprendizaje se establecían según una contrata estipulada entre el maestro y el padre, o responsable del aprendiz, quien generalmente era menor de edad. El postulante vivía en la casa taller del maestro, 31 sin percibir salario alguno, pero bajo su manutención y a cambio de su trabajo personal, durante el tiempo que duraba el proceso de aprendizaje. 32 La posibilidad de aprender y trabajar en el taller significaba, para el aprendiz, una primera forma de emancipación familiar, pues ya no dependía de la autoridad paterna; ello no impli-caba un desentendimiento total de la familia ya que, al finalizar la etapa de aprendizaje, el joven pasaba a percibir un salario como oficial, colaborando así con la economía familiar. 33 En un grado superior, pero dependiente aún de las órdenes de los maestros, se encontraban los oficiales, quienes constituían el contingente de mano de obra calificada, debido a los conocimientos que habían adquirido sobre el oficio durante sus años de aprendices. Los oficiales eran empleados a través de contratos temporales que, durante algunas décadas, se hicieron bajo la forma de "conchavos". 34 El uso de este término en el contrato de oficiales se presta a confusión puesto que también era utilizado para emplear a la mano de obra no calificada, como aquellos "vagos y mal entretenidos, que no tenían profesión ni arte", a quienes la legislación salteña de 1832 intentaba trasladar al campo productivo. 35 Por el momento carecemos de elementos suficientes para saber si las leyes de conchavo buscaban satisfacer una demanda insatisfecha de mano de obra del sector, o sólo constituían un medio eficaz para impedir la vagancia. También nos preguntamos hasta qué punto tales disposiciones no actuaron como herramientas desestructurantes de la organización interna y tradicional de los gremios, al incorporar mano de obra no calificada. Como autoridad máxima dentro del taller, los maestros regulaban el contrato y desempeño de los oficiales; por lo tanto, la acreditación de otro maestro era garantía suficiente para contratar un trabajador calificado. 36 La condición de trasmitir los saberes propios del oficio les otorgaba una serie de derechos y obligaciones sobre sus aprendices, factibles de ser observadas en el testamento del maestro lomillero, José Acuña, quien decía así: "... mando que tan luego Dios sea servido llevarme, sea entregado mi hijo José Manuel, al maestro Mariano Argüello, quien cita encargado por mi de su educación y cuidado, se les entregara todas mis herramientas para que trabaje con ellas y le enseñe al dicho mi hijo el oficio: "Advirtiéndose que por pretexto alguno, ni su madre que por que yo lo he criado a mi costa y podrá sacarlo del poder de Argüello, ni mis albaceas, a no ser que falte con los alimentos, el vestuario o se le advierta que le enseñe vicios, probado que sea se recogerán y darán a otro maestro del mismo arte". 37 Las disposiciones emanadas en este testamento ponen de manifiesto la fuerza con que actuaban los lazos corporativos sobre los individuales, puesto que la indiscutible autoridad paterna sólo reconocía como un equivalente a la figura de otro maestro; ni siquiera la madre u otra autoridad, tenían el derecho de reclamar la custodia del aprendiz. Nótese también, el aprecio y la necesidad de transmitir el estilo de vida artesanal latente en el padre, quien emplea todos los medios necesarios para asegurar y perpetuar el oficio en su hijo. Los maestros generalmente se beneficiaban, como en este caso, con las herramientas y la mano de obra del aprendiz, sin embargo, estaba entre sus obligaciones mantenerlos, trasmitirles el arte del oficio y un estilo de vida digno y honesto. Estas prácticas, aparentemente comunes, se llevaban a cabo según el acuerdo al que arribaban las partes, sin que mediara una regulación municipal al respecto. Tanto el escribano como los albaceas actuaban como autoridades habilitadas para garantizar el cumplimiento de los términos del contrato. Dentro del sector se mantuvo latente la difundida tendencia entre maestros, oficiales y aprendices de convivir en el taller del maestro, 38 es por ello que la casa-taller era el ámbito de convergencia de la vida doméstica familiar, la vida laboral y de educación profesional del núcleo de artesanos. 39 Además de los saberes propios del oficio, algunos maestros eran conscientes del valor de la lectoescritura como condición de ascenso social en el ámbito urbano; es por ello que este tipo de instrucción se difundió sólo entre quienes gozaban de este escalafón jerárquico; 40 por el contrario, la mayoría de los integrantes del sector artesanal era analfabeta. La posibilidad de leer y escribir, entonces, permitía escalar o defender posiciones, así algunos fueron apoderados o testigos de sus pares en diversos litigios. 41 La figura de los maestros cobraba mayor importancia aún, cuando la rentabilidad de sus negocios les permitía hacer pequeños préstamos a quienes resultaban menos afortunados en sus actividades laborales. 42 Otras actividades a cargo de los maestros eran las referentes al ámbito comercial, puesto que debían proveerse de los insumos necesarios en las maestranzas y talleres, vender sus productos o bien, conseguir contratos laborales; por lo cual establecieron fuertes contactos con los tenderos y pulperos de la ciudad. Las formas de organización del trabajo artesanal variaba de acuerdo con la demanda de los productos y los capitales invertidos en los establecimientos. La producción en talleres de carácter doméstico era una de las formas predominantes. 44 La tendencia a vivir en el hogar del maestro, se acentuaba cuando la compañía o núcleo artesanal migraba de una región a otra. 45 En estos casos, el grupo familiar de cada uno de los miembros del grupo solía estar ausente, aunque se registraron casos donde sólo la familia del maestro compartía el hogar con el grupo de oficiales. 46 Otros personajes que solían vivir en los talleres domésticos fueron aquellos que se empleaban en calidad de sirvientes; tales trabajadores podían desempeñarse como personal doméstico o bien como ayudante del taller; si bien estas prácticas se hicieron más frecuentes a lo largo del siglo XIX, no solían ser símbolo de status, más bien pueden interpretarse como un indicador de la necesidad imperiosa de aumentar la productividad del taller. El pago por el trabajo de maestros y oficiales en los talleres variaban de acuerdo al tipo de trabajo demandado; la confección de artículos significaba mejores retribuciones, que variaban según quién aportara los materiales. 47 El trabajo de recomponer piezas era considerado de menor valor, dependiendo del tipo de conocimiento requerido. 48 Las formas de pago en los talleres se fijaban según el acuerdo al que arribaban el maestro y el oficial; al respecto las autoridades locales prohibían la difundida práctica del pago a los oficiales por adelantado,49 lo cual constituía un medio empleado para captar mano de obra calificada aunque frecuente motivo de estafas. Una interesante variación se registró en los trabajos contratados por las instituciones religiosas, en donde se otorgaba como parte del pago una tentadora cifra de indulgencias, premiando así el trabajo temporal con un pago espiritual. 50 Sin embargo, en el contexto de las guerras del siglo XIX, las pobres ganancias que el trabajo artesanal ofrecía a la mayoría de sus integrantes, hacían necesario abrir los horizontes laborales. Entre las prácticas más comunes para aumentar el magro caudal de ingresos, los artesanos solían alquilar las piezas de sus casa-talleres, especialmente a otros artesanos de diversas profesiones. En algunos casos se les permitía residir en calidad de "agregado", aunque tales prácticas fueron sancionadas hacia 1840, por ser consideradas factor que propiciaba la vagancia. 51 La inestabilidad del período y la búsqueda de nuevas oportunidades fueron factores que incidieron para debilitar los vínculos corporativos, pues la necesidad de ingresos hacía que el trabajador protagonizara cambios de profesión en su carrera laboral. Así, se encontró a varios individuos ejerciendo distintos oficios que guardaban una cierta relación en cuanto a los conocimientos que éstos implicaban, 52 o bien, empleados en el ejército como parte de las tropas. 53 Con el transcurrir del tiempo la tendencia a reorientar la mano de obra familiar se acrecentó y algunas familias educaron a sus hijos en oficios distintos a los de sus padres, aunque en general se trataba de profesiones afines; en el mejor de los casos, algún miembro de la familia incursionaba en el comercio minorista, a cargo de una pulpería. Apuntes sobre fábricas, curtiembres y maestranzas Tanto en las ciudades de Salta como de Jujuy se establecieron establecimientos diferentes a los talleres anteriormente descritos, como las fábricas de jabón, las de guardamontes, las curtiembres y las maestranzas. Establecimientos de mayores dimensiones, con más cantidad de empleados y destinados a una producción de carácter relativamente masiva, cuyos mercados trascendieron las fronteras del espacio local. A excepción de las maestranzas, se trataba de establecimientos especializados en la producción de un artículo. La razón que nos lleva a considerarlos como establecimientos de mayores dimensiones, radica en la forma en que fueron vistos por las autoridades, quienes denominaban fábrica a los establecimientos productores de jabón o de guardamontes y les asignan altos montos de impuestos de patente. 55 Las manufacturas que alcanzaron importante desarrollo y tecnificación fueron las curtiembres, en Jujuy se contabilizaron tres, siendo la más importante la de la sociedad Tezanos Pinto, Alviña y Cia, con "4 caleros, 4 lavaderos, 12 cevileros, un motor a vapor, una máquina, para moler cebil, dos grandes galpones para depósito i otro secador a la sombra con reja de fierro"; 56 en la ciudad de Salta, se registraron cinco establecimientos, todos ellos propiedad de importantes comerciantes de la ciudad. El rendimiento en la producción de estos establecimientos, tanto en la ciudad de Salta como de Jujuy, dio lugar a un interesante circuito comercial, estudiado por Viviana Conti. 57 Estos establecimientos fueron creciendo en productividad a medida que avanzaba el siglo y hacia fines del XIX aumentaron las cantidades de curtiembres establecidas en la ciudad. Durante las primeras décadas del siglo XIX, se ubicaron en ambas ciudades las denominadas "Maestranzas del Estado", destinadas a la reparación del armamento de guerra, como cañones o bien a la confección de diversos artículos tales como lanzas, sables, y otros. El personal empleado era predominantemente artesanal, quienes tendieron a desagregar y compartir las tareas, especialmente entre armeros, plateros, herreros, talabarteros y carpinteros, 58 entre todos contaban alrededor de setenta trabajadores calificados. La dirección general estaba a cargo de los maestros plateros o armeros; quienes a su vez se organizaron en maestros mayores y subalternos, los primeros eran responsables del cumplimiento en tiempo y calidad de la producción y los segundos, actuaban como una suerte de capataces. 59 También se empleaba personal no calificado para tareas más rudimentarias. 60 Esta tendencia a concentrar mano de obra calificada de profesiones diversas, implantada por el ejército, no tuvo repercusión en la organización del resto de los talleres una vez finalizada la guerra. 61 En general, el cuerpo de trabajadores orientaba su trabajo de acuerdo con las necesidades que ocasionaba la guerra, aunque la producción generalmente se hacía al por mayor. 62 EMMA TERESITA RASPI nada 63 y si ésta se extendía por toda la noche no implicaba un aumento en la remuneración. 64 Los cuantiosos gastos de guerra contribuyeron a implementar como práctica predominante los pagos en cuotas, 65 a los que se les descontaba ciertos gastos como los alimentos consumidos durante la jornada laboral. 66 Los criterios de pago variaban de acuerdo al rubro artesanal, siendo los oficios más cotizados los de armeros y plateros, en cambio los talabarteros eran los peor remunerados. Los artesanos urbanos de Salta y Jujuy de la primera mitad del siglo XIX, cumplieron un significativo rol en el abastecimiento de estas ciudades mercantiles y el ejército; a pesar de su escaso peso numérico y económico, especialmente en el caso de los talleres. A excepción de las curtiembres, el sector experimentó escasas transformaciones durante la época analizada, a pesar del desarrollo urbano de ambas ciudades; esto se debió tal vez a las características que asumió en estas regiones la lenta pero implacable expansión de la sociedad de mercado, que privilegiaba los valores individuales por sobre los corporativos. Dentro de la experiencia cotidiana de los sectores artesanales comenzaron a manifestarse ciertos cambios respecto a las nociones del orden social del antiguo régimen, en el cual las jerarquías se relacionaban más con la sociedad en su conjunto que con los individuos. La pertenencia a las corporaciones definía los privilegios, las obligaciones y los prestigios de los individuos. Con la adopción de las concepciones republicanas, el sentido de identificación a determinados grupos o corporaciones comenzó a depender también de la posesión de algún mérito individual reconocido por 63 AHS, CG 22/23. El maestro armero cobraba por semana de trabajo 4 pesos. Al carpintero Díaz se le debe por la construcción de 120 cabos de lanzas y compostura de cajas de fusil 32 pesos, 4r. El 22 de septiembre de 1822, el maestro platero Fresco cobra por 23 guardamontes y 33 abrazaderos fabricados para los fusiles que compuso, con cargo del descuento del carbón, limas y carne. Son 5 pesos, 7 reales descontados por raciones de carne, componen la cantidad de 9 pesos, 7 reales que importan las hechuras de guardamonte. Se le paga 5 pesos, 7 reales. SALTA Y JUJUY, PRIMERA MITAD DEL SIGLO XIX Tomo LVIII, 1, 2001 los demás miembros de la sociedad, como la frecuente alusión a los méritos políticos otorgados por los servicios prestados a la causa de la Revolución por algunos maestros herreros en busca de nuevas oportunidades laborales. En estos rubros, como en gran parte de la sociedad, comenzaron a operar criterios ocupacionales y de riqueza económica en la conformación de las estructuras jerárquicas internas de los sectores sociales, aunque ellas no variaran sustancialmente aún de las tradicionales. De acuerdo a lo estudiado, la cima de las jerarquías artesanales la ostentaban los maestros empleados en los oficios más reconocidos, por debajo se ubicaba el contingente de oficiales y aprendices, y más abajo aún la numerosa población de trabajadores no especializados. También la movilidad geográfica de la mano de obra actuó como un factor que debilitó los vínculos tradicionales, al reducir la posibilidad de experiencias compartidas y la conciencia comunitaria que eran las bases de la tradición corporativa; sin embargo, los artesanos intentaron estrategias para mantenerlas, como el traslado de todos los integrantes de las compañias artesanales o la convivencia entre maestros y ayudantes en los talleres. Así, el sistema corporativo sobre el que organizaron sus actividades, les permitió conservar ciertas características culturales de carácter tradicional, como las formas de operar y de transmitir las habilidades propias de cada oficio, lo cual les permitió distinguirse del resto del conglomerado social urbano. Si bien estos grupos representaron la mano de obra pobre de las ciudades estudiadas, les permitieron desempeñar su papel de ciudades mercantiles al participar en los escenarios vitales del intercambio social y económico. Anuario de Estudios Americanos 181 MAPA N.o 1 LAS CIUDADES DE SALTA Y JUJUY EN LOS ALBORES DEL SIGLO XIX EMMA TERESITA RASPI
Toda una línea historiográfica rutinaria, cuando no partidista, ha venido dando a entender que la última guerra hispano-cubana, de 1895 a 1898, fue una continuada sucesión de fracasos militares españoles que culminaron en el consabido Desastre. Basta, sin embargo, profundizar un poco en las fuentes para advertir que, si bien la contienda comenzó de manera harto desfavorable para los españoles, presenció desde el segundo año una poderosa recuperación de estos, hasta hacer presumible su victoria final en los primeros meses de 1898. 1 De suerte que si en Cuba hubo un desastre colonial fue en 1895. Desastre hasta hoy mal explicado, y que merecería un más amplio estudio. La última guerra separatista de la Cuba colonial comenzó, después de fracasar varios intentos, con el alzamiento del 24 de febrero de 1895. 2 Para una información general sobre este conflicto véase Pérez Guzmán, Francisco: "La Revolución del 95. De los alzamientos a la Campaña de Invasión", en Barcia, Carmen, y otros: Historia de Cuba. Alonso Baquer, Miguel: "El ejército español y las operaciones militares en Cuba (1868: La campaña de Martínez Campos)", en De Diego, Emilio (dir.): 1895: La guerra en Cuba y la España de la Restauración, Madrid, 1996, págs. 297-318. La celebración del centenario del 98 enriqueció notablemente el pobre panorama de los estudios españoles sobre Cuba que reflejaron los artículos de Amores Carredano, Juan Bosco: "Historiografía española sobre Cuba colonial (1940-1989)" y Domingo Acebrón, M.a Dolores: "Historiografía de las guerras independentistas cubanas. De las contribuciones recientes merecen ser destacadas las de Amores Carredano, Juan: Cuba y España, 1868-1898. El final de un sueño, Pamplona, 1998; y De Diego, Emilio: Weyler, de la leyenda a la historia, Madrid, 1998. Alzamiento que debía haberse producido simultáneamente en todas o la mayoría de las seis provincias en que estaba dividida la isla, pero que sólo se produjo realmente en la de Santiago de Cuba, y esto en proporciones muy reducidas. El capitán general Emilio Calleja, que estaba sobre aviso y había tomado varias medidas en los días anteriores, dominó fácilmente los brotes que se produjeron en La Habana, Matanzas o Las Villas. Aunque no disponía de muchas tropas -menos de 14.000 hombres en toda la isla; menos de 2.000 en la extensa, accidentada y despoblada provincia de Santiago-, no creyó que el caso fuera alarmante. Envió algunos contingentes por mar a Manzanillo y aseguró que todo quedaría en paz en poco tiempo. La perturbación -se decía en La Habana y en Madrid-se extinguiría por falta de combustible. Pero esta nueva insurrección produjo desasosiego en España, donde por entonces se ultimaba la aprobación (13 de febrero) y promulgación (12 de marzo) de la ley Abarzuza, que concedía a Cuba y Puerto Rico un considerable grado de descentralización o autonomía, como se venía pidiendo desde hacía medio siglo. Cosa curiosa, algunos grupos de Oriente se habían sublevado al grito de "¡Viva España!" con el programa y la bandera autonomista. Sagasta dispuso el envío de unos miles de soldados a Cuba y aprovechó la primera ocasión para presentar la dimisión, de modo que el gobierno recayera en el partido conservador. Presidido el nuevo gobierno por Antonio Cánovas, en él figuraban el general Azcárraga como ministro de Guerra y D. Tomás Castellano en la cartera de Ultramar. Este cambio acarreó la dimisión del capitán general Calleja y el nombramiento, universalmente aplaudido, de Arsenio Martínez Campos para sucederle. La personalidad de Martínez Campos En el momento de ser designado en 1895 para el mando en Cuba, Martínez Campos era, como lo dirá poco después el general Weyler, "el mayor prestigio militar de España", razón por la cual no se le debía haber expuesto a un fracaso. A sus sesenta y cuatro años había acumulado una 3 Cánovas encontró a Martínez Campos en el Senado y sin más preámbulo le dijo que había llegado la hora de exigir de su patriotismo que marchase a Cuba para que terminase la insurrección. El general, cogido de sorpresa, manifestó que aunque no le agradaba mucho, estaba dispuesto a ir donde el gobierno le mandase. Reverter Delmas, Emilio: La Guerra de Cuba. LUIS NAVARRO GARCÍA extraordinaria experiencia de la guerra -guerras carlistas, guerras de África, primera guerra de Cuba, guerra cantonal-, así como una reconocida competencia teórica -profesor de la Academia de Estado Mayor-. Había tenido además una destacada actuación política como protagonista del golpe de estado de Sagunto en 1874, alcanzando el grado de capitán general en 1876 y la presidencia del gobierno en 1879. Entre estas dos fechas había culminado una de sus más destacadas empresas: la pacificación de Cuba mediante el convenio del Zanjón en 1878. "El general, que es en la península el hombre de Sagunto, era para Cuba el hombre del Zanjón". 4 Nadie dudaba de su bravura. Uno de sus más significados adversarios, el jefe insurrecto cubano Antonio Maceo, le reconocía "pericia militar y arrojo no comunes". 5 Aunque también se le reconocían otras habilidades, que hacían decir a Pi y Margall que el general Martínez Campos era "tanto o más hábil para el manejo del oro que el de la espada". 6 Pero no habían de faltarle al general rivales y críticos. Entre estos figuró el coronel Camps y Feliú, que sin ocultar su resentimiento, le consagró todo un capítulo, amén de otras menciones dispersas, en la extensa obra que dedicó a la Guerra de los Diez Años. Allí, negando sus méritos, al tiempo que le llama atolondrado, le atribuye buena estrella: "activo como pocos, posee una naturaleza que nada rinde; no reconoce distancias y en Cuba lo mismo se cuidaba de que le siguieran 200 jinetes que 50. Puede decirse sin exageración que más que el general de un ejército, es un activo explorador de raza árabe que fía todo su porvenir a la fatalidad del destino". Párrafo que podría ilustrar algunos de los episodios que luego han de ocurrir. Dice también de él: "tiene condiciones para ser jefe del E. M. de un buen general, o mandar una división secundando los planes de un general en jefe; pero si se le ha de juzgar como un gran capitán o un insigne gue-, no tiene, no, la talla de un O'Donnell, Espartero y Prim, ni la de otros muchos antiguos y modernos generales, tales como Murillo, Oráa, Córdoba (D. Luis), Moriones y otros que no pasaron de tenientes generales". En la hoja de servicios de Martínez Campos, viene a decir Camps y Feliú, no constan asaltos a plazas de primer orden, ni combates heroicos, ni grandes batallas ganadas, ni retiradas difíciles... "¿En cuántas acciones se ha batido? ¿En cuántas batallas, mandando, ha vencido? ¿En qué momentos supremos, de esos que electrizan a un militar, se ha colocado, sable en mano, a la cabeza de un batallón de cazadores, como Prim en las trincheras de Castillejos, o D. Baldomero Espartero en el puente de Luchana?". 7 También estas preguntas podrían encontar respuesta en su tercera estancia en Cuba, segunda como capitán general. Al igual que otros críticos, Camps negaba a Martínez Campos el título de "Pacificador", porque a su juicio el Pacto del Zanjón había impedido una verdadera paz basada en una definitiva victoria militar, que estaba ya al alcance de la mano, y además el Pacto había tenido tan escasa vigencia que inmediatamente después estalló la llamada Guerra Chiquita. Otro escritor coetáneo, Enrique Piñeyro, cubano revolucionario del círculo de París, escribió acerca del nombramiento de Martínez Campos para el mando de Cuba: "El iluso caudillo aceptó... Estaba él siempre muy cerca de creer que su presencia bastaba para imprimir en todo más favorable aspecto. Dio de esta manera una prueba más de su incapacidad real, de la superficialidad de su memoria y de su espíritu". 8 Esta apreciación carece, sin embargo, de fundamento. Por el contrario, Martínez Campos, que había defendido la permanencia del capitán general Calleja en Cuba, parecía abatido después de aceptar ese mando. Según el conde de Romanones, cuando el general fue a despedirse de la reina regente, ésta "le vio descorazonado y pesimista: quedó convencida de que no era el hombre para dirigir la guerra". 9 Y poco después, en la solemne despedida que se le hizo en Madrid, se le oyó murmurar: "¡Quién sabe, quién sabe! Lo de ahora no es lo de entonces. Tanto va el cántaro a la fuente...". 10 A Martínez Campos este nuevo mando le había sido impuesto por Cánovas, que tenía al respecto la misma opinión que Sagasta: Martínez Campos, que tan buen recuerdo debía de haber dejado en Cuba, era el hombre indicado para restablecer la paz en la isla. Además, se pondrían a su disposición inmediatamente todos los medios necesarios para batir a los insurrectos. En cambio, Cánovas, contra el sentir de Sagasta, aplazó la aplicación de la ley Abarzuza para que no pareciese una concesión hecha ante la protesta armada. Primera fase de la campaña: Peralejos El general Martínez Campos llegó el 16 de abril a Guantánamo, y, tal como estaba previsto, desde ese momento comenzó a ejercer el mando, sin previo juramento ni ceremonia. Visitó luego Santiago y otros lugares, para llegar a La Habana el 23 de abril. Casi por los mismos días habían arribado a la isla furtivamente Antonio Maceo, José Martí, Máximo Gómez y otros destacados líderes insurrectos, con lo que la revuelta cobraba una fuerza de la que hasta ahora había carecido. El mismo 16 de abril había expedido Martínez Campos una orden general en la que daba instrucciones sobre diversos puntos. Una de sus consignas era la de que las columnas no cejasen en la ofensiva: "si por la reunión de partidas rebeldes el número del enemigo no llegara a tres veces más, se le atacará siempre". No había que valorar sólo los sucesos favorables, sino la retirada en orden y disciplina "pues en estas ocasiones es cuando se prueba, no sólo el valor colectivo de la fuerza, sino el mérito del jefe". También disponía el modo de instalar los destacamentos de la tropa, el suministro de quinina y de cartuchos a los soldados y que en el combate sólo se hiciera fuego a la voz del oficial. Sabía que había adversarios más peligrosos que las balas del enemigo: "En esta guerra el mayor número de bajas consiste en la falta de precaución en la comida, en el aseo o en la poca higiene", especialmente obligada en el clima antillano. También ordenaba que no se rematase a los heridos, ni se ofendiese a los prisioneros, y concedía un indulto general por tiempo ilimitado a los rebeldes que se presentasen de paz. 11 Las operaciones de las semanas siguientes tuvieron un resultado alterno. Maceo sorprendió y rindió el destacamento de Ramón de las Yaguas y Martínez Campos tuvo que confirmar la pena capital dispuesta en consejo de guerra contra el oficial que mandaba el puesto. Con este motivo dirigió a los soldados otra orden general: por primera vez en su vida firmaba una condena por cobardía. Después, el 13 de mayo, tuvo lugar la durísima acción del Jobito, donde halló la muerte el teniente coronel Bosch. Pero el 19 de mayo caía José Martí en la escaramuza de Dos Ríos, y se pudo esperar que menguase la fuerza de la insurrección. Sin embargo no fue así. Por el contrario, siguiendo el plan prefijado, el jefe supremo de las fuerzas mambisas, Máximo Gómez, se dirigió hacia Camagüey, logrando entrar en esta provincia el 5 de junio, cruzando el río Jobabo contra todo pronóstico, en medio de un temporal de lluvias que anuló la vigilancia dispuesta por Martínez Campos.12 "Es el primer fracaso de mi vida, pero es de una gravedad inmensa", escribió el capitán general. Y también: "Las esperanzas de evitarlo estaban en el telégrafo, pero éste fue cortado por todas partes y mis órdenes y mis avisos no llegaron, y aquellos escuadrones que yo ansiaba ver llegar y cuyas singladuras contaba como hacen los niños cuando se acercan las vacaciones, llegaron seis días después". 13 Ya para entonces Martínez Campos, preocupado por el crecimiento de la insurrección, ponderaba "la riqueza que hay que guardar y que por su especialidad, por su diseminación, no se guarda nunca bien y es uno débil en todas partes". No había tropas para impedir que uno tras otro fueran incendiados las haciendas y los ingenios azucareros y el general confesaba haber pecado de optimista. "Siento remordimiento por no haberme atrevido a decir al mes, vengan 50.000 hombres más y vengan en seguida". También empezaba a dudar de la eficacia de su "política de atracción sin debilidad", de buscar la conciliación con los alzados, que rehusaban toda negociación. "¿Es mejor la política de represión, la ley de sospechosos, los fusilamientos en consejo de guerra...? No lo sé, no soy voto; sólo aseguro que esa política no la hago yo, tengo conciencia y sólo el con-vencimiento de salvar a mi patria me haría tal vez saltar por encima de mis principios cristianos". 14 En esta tesitura, viendo en el comienzo de la campaña de Gómez la inevitable ampliación del conflicto, quiso dejar el mando. El 13 de junio telegrafió "que habiendo invadido los insurrectos el Camagüey, cosa que creía imposible y que no había podido evitar, su política y su misión habían fracasado, y por consiguiente ofrecía su dimisión". 15 Este sería su estado de ánimo cuando se dirigió de nuevo a la provincia de Oriente, y el 12 de julio, contra el parecer del general Lachambre que lo recibió en Manzanillo, salió de esta población para dirigirse a la histórica Bayamo. Por indicación de Lachambre, comprensiblemente inquieto, se le unieron el general Santocildes y luego, en Veguitas, otros contingentes que venían a componer una columna de 1.150 hombres. Así sumaron 1.550 soldados, de los que 80 eran de caballería.17 Al día siguiente, 13 de julio, reemprendió el camino esta fuerza y, pasado el lugar de Barrancas y cruzado el arroyo Babatuaba, comenzó un tiroteo en las avanzadas. Era la emboscada preparada por Maceo -"el copo", la llamó él-, que se veía ya vencedor del capitán general y conquistador de Bayamo, para lo cual había hecho chapear o despejar una parte del terreno y había abierto trochas transversales al camino por donde pudiera operar su caballería. De los informes dados por el mismo Martínez Campos y de las otras fuentes, nunca muy precisas, parece desprenderse, sin embargo, que al mismo tiempo fue la vanguardia de Santocildes, que cubría el flanco derecho de Martínez Campos por un camino aproximadamente paralelo, la que sorprendió a la retaguardia de Maceo, situada en el monte La Caoba. 18 Después la columna de Santocildes cruzó el terreno que la separaba del capitán general y se situó formando círculo a su alrededor mientras continuaba su marcha hacia Bayamo. Santocildes tomó el mando de toda la fuerza. Vino entonces la parte más dura del combate, con sucesivas cargas de la caballería de Maceo, que la columna rechazó formando cuadros que disparaban en todas direcciones mientras avanzaban, llevando en el centro la impedimenta, el Estado Mayor y los heridos. Así atravesaron la sabana de Peralejos y entraron en un camino limitado por dos cercas de alambre, donde cayó muerto Santocildes que, como todos los generales, jefes y oficiales, se mantenía a caballo. "Eran -dice Gómez Núñez-las dos de la tarde. Nuestros soldados venían marchando desde las 4 de la mañana y combatiendo desde las 10, sin beber ni comer". Martínez Campos asumió entonces el mando y dispuso el avance de una pequeña fuerza -una sección exploradora y dos compañías-que puso al mando del coronel Máximo Ramos y de sus ayudantes el capitán Miguel Primo de Rivera y su propio hijo Miguel, también teniente, marqués del Baztán. 19 La acometida a vanguardia a la bayoneta de este contingente hizo retroceder al enemigo, pero la columna se vio encajonada en aquel camino cerrado en ambos lados por fuertes alambradas, y cortado por una barrera que impedía pasar más adelante. En aquel callejón estrecho, parecido a una ratonera, fue tiroteada la columna por los mambises ocultos en el monte cercano. La situación se hacía desesperada cuando Martínez Campos tuvo lo que un cronista llama "una de sus corazonadas": mediante toques de corneta, hizo invertir el orden de marcha, de modo que la retaguardia pasó a ser vanguardia y la que era vanguardia quedó de flanco derecho y de retaguardia. 20 Toda la fuerza retrocedió hasta alcanzar el punto indicado por el general. Entonces, ante la sorpresa de los enemigos, un tro- LUIS NAVARRO GARCÍA zo de alambrada fue derribado y la columna pudo seguir su marcha hacia Bayamo por un antiguo camino, molestada sólo en la retaguardia por algunos amagos de la caballería mambisa. 21 Martínez Campos había permanecido al lado de la talanquera o alambrada derribada hasta que pasó la impedimenta y el último herido. Luego, caminando en calma y habiendo recogido el armamento de los muertos, a las nueve de la noche entraba Martínez Campos en Bayamo, su punto de destino. Es indudable que Maceo no logró su propósito: ni detuvo a la columna española, ni capturó a Martínez Campos, no obstante lo cual uno de los mambises que allí combatieron escribió que "ruidosa fue la victoria alcanzada por los cubanos en Peralejos". 22 La incomunicación en que momentáneamente quedó Bayamo dio lugar a que corrieran diversos rumores, pero pronto se supo que Maceo había sido rechazado y llovieron las felicitaciones sobre Martínez Campos, aunque alguien le reprochara el peligro en que se había puesto: "su última aventura, de guerrillero más que de general en jefe, ha podido representar para España un desastre terrible". Pero el general había encontrado muy conveniente exponerse: "cuando tenga las fuerzas situadas iré a todas partes con tropa, es decir, iré a los puntos de peligro a dar ejemplo, a animar al soldado, a ver lo que puedo exigir al jefe; fío en mi estrella, y si caigo, ya no me malogro" -concluye, con uno de sus rasgos amargos característicos. En realidad Martínez Campos se había atenido a uno de los preceptos de su orden general: "yo reunía -explica con sencillez-1.523 hombres y no se suponía que Maceo tuviera más del doble". Luego lo obligado era atacar, aun arriesgando todas las fuerzas del distrito: "no me pareció oportuno retroceder, hubiera perdido la fuerza moral con este valiente ejército a quien tanto exijo, y habría sido un golpe fatal". 23 Probablemente Maceo había dispuesto de más de 3.000 hombres, aunque desigualmente armados y, lo que es muy importante, con una clara superioridad en caballería, recibiendo importantes refuerzos durante el transcurso del combate, frente a la exigua tropa montada de la columna de Martínez Campos. Este, sin embargo, pudo abrirse paso gracias a su destreza en la maniobra y a la disciplina y potencia de fuego de su infantería. 24 Fue Maceo quien abandonó el campo. Más aún: en los días siguientes al choque, varias columnas españolas, llamadas por Martínez Campos, acudieron desde Santiago, Holguín y Manzanillo a Bayamo, sin que ninguna de ellas tuviera el menor encuentro con los alzados. El encuentro de Peralejos los había asustado y dispersado. Una vez regresado a Manzanillo, no obstante, Martínez Campos dio renovadas muestras de aquel pesimismo que lo agobiaba tal vez desde antes de salir de España. Si el 8 de julio vacilaba acerca de la política a seguir y de su capacidad para recurrir a procedimientos más severos, el 25 da a entender a Cánovas que los partidos políticos cubanos no tienen ningún peso en la situación: "poco se puede contar con los tres...; no le queda más recurso a España que sus propias fuerzas". De sus recorridos por la isla, aparte del convencimiento de la inutilidad de los esfuerzos realizados por los autonomistas y por él mismo para pacificar a los rebeldes, 25 había sacado la impresión de que la masa de la población estaba con los insurrectos. No quedaba, pues, otro camino que el de seguir un sistema de mayor dureza. Pero "no puedo yo, representante de una nación culta, ser el pricreyeron que huía; pero la vanguardia, entonces retaguardia, porque habíamos pasado el camino de Bayamo, los recibió con tal brío... que no sostuvieron el segundo ataque fuerte más de tres cuartos de hora, pues el de persecución de la columna fue de grupos de caballería, que no se atrevió en un sao magnífico de dos leguas a cargar, sino a tirotear detrás de los matojos". "Como jefe de columna, estoy satisfecho de mí mismo...". Martínez Campos a Azcárraga. 24 Frente a lo ocurrido posteriormente en encuentros como el de Mal Tiempo, en Peralejo intervinieron tropas aclimatadas y en cierto modo veteranas (más de la mitad de la columna la componía el regimiento de Isabel la Católica, de guarnición en la isla) y el general contó además con colaboradores tan eficaces como los tres tenientes coroneles -Baquero, San Martín y Escario-por él tan elogiados, además de los jefes de guerrillas Benítez y Travesí, entre otros. 25 A este fin, aparte el de revistar las fuerzas, se deberían los repetidos viajes realizados a Oriente, de modo que entre abril y septiembre estuvo seis veces en Santiago. En el vapor "Villaverde" recorría las poblaciones costeras -Cienfuegos, Santa Cruz del Sur, Manzanillo, Guantánamo, Baracoa, Nuevitas, etc.-y otras veces visitaba el interior: Puerto Príncipe, Tunas, las poblaciones de Las Villas, Morón, Ciego de Ávila, etc. Sólo a partir de agosto se concentra en el punto de la defensa de Las Villas. Son estos continuos desplazamientos los que dan a su último mando en Cuba un aire de profundo desasosiego paralelo a sus alternativas de optimismo y pesimismo. LUIS NAVARRO GARCÍA mero que dé el ejemplo de crueldad e intransigencia; debo esperar a que ellos empiecen". "Podría reconcentrar las familias...; aislaría los poblados del campo...". Pero "creo que no tengo las condiciones para el caso. Sólo Weyler las tiene en España...", dice, y con esto está proponiendo el nombre de su sucesor. Aunque de todos modos opina que, después de ganar ésta, "antes de doce años tenemos otra guerra". Esta carta confidencial a Cánovas fue enviada por éste al ministro de Estado, duque de Tetuán, para que la mostrara a la reina regente en San Sebastián. Por su parte el duque prefería no hacer cambios: "Un cambio de sistema en estos momentos podría ser fatal. La guerra sin cuartel nos enajenaría las simpatías en el extranjero". 26 Parece que Cánovas participaba de esta opinión, y tal vez eso contribuyó a agravar la situación en los meses siguientes. Segunda etapa: preparando la ofensiva desde Santa Clara, 28 el control y defensa de la provincia de Las Villas, tratando de montar un dispositivo, a semejanza del que existió durante la primera guerra de Cuba, que impidiese a los insurrectos de Oriente y Camagüey tomar contacto con los de esta jurisdicción. Con esto se protegía la parte más poblada y rica de la isla. El elemento fundamental, al menos teóricamente, de ese dispositivo había sido la famosa trocha de Júcaro a Morón, que ahora se hallaba lógicamente abandonada después de haber sido en gran parte demolida para aprovechar sus materiales. Un visitante de estos días dice que en los fuertes que guardaban esa línea había escasa guarnición "y vigilando algunos intervalos, rígidos judas de trapo y cañas, vestidos como soldados, con un fusil sujeto por cuerdas y mirando a la campaña cual si fuesen centinelas". 29 Poco después los hechos probarían que la trocha no había sido adecuadamente protegida. Martínez Campos dejó en ella muy pocas tropas, tal vez porque no disponía de más, y porque el estado ruinoso de las antiguas defensas impedía su puesta en servicio a corto plazo. En cambio, antes de realizar su primera visita a la trocha, cuando entre el 8 y 10 de julio recorrió Morón, Ciego de Ávila y Júcaro, ya había previsto una defensa en profundidad con cuatro batallones llegados de la península, formando dos líneas: la primera en los Jatibonicos, para vigilar el territorio comprendido entre estos y la trocha; la segunda en Placetas, Guaracabuya, Báez y Fomento, contando además con caballería y guerrillas para perseguir partidas en el caso de que Máximo Gómez pasase la línea de Júcaro. 30 Durante su posterior estancia en Santa Clara, Martínez Campos, que pensaba establecer su cuartel general en Placetas, estructuró (15 de agosto) Las Villas, a retaguardia de la trocha, como 5.o distrito militar, con los generales Suárez Valdés y Luque como primero y segundo jefe, y dividido 28 Roloff dio un bando obligando a todos los hombres y familias que viviesen cerca de los caminos a concentrarse, amenzando con fusilar a los que se quedasen a menos de una legua de los poblados y fuertes. Esto, dirá Martínez Campos, "da a la guerra un carácter especial y sobre todo determina la concentración en los poblados de una porción de habitantes pacíficos; nos impone la obligación de alimentarlos cuando carezcan de recursos". "Es deber de humanidad y de gobierno, que ya que no pueda por el carácter feroz que el enemigo da a esta guerra y por las costumbres de diseminación de la población rural, evitar los padecimientos de ésta, está en el caso de aminorarlos". Por eso ordena que estas gentes se concentren en poblados con guarnición y en la línea férrea, que se les asignen terrenos para labranzas, y que los ayuntamientos les faciliten recursos. Guerrero: Crónica de la guerra..., II, pág. 173. Una importante contribución sobre las trochas cubanas se debe al general Sequera Martínez, Luis de: Historial de las unidades de Ingenieros en Ultramar (La campaña de 1898), Madrid, 1999, págs. 143-181. 30 Así lo dice en el parte oficial sobre Peralejo. Guerrero, Crónica de la guerra..., I, págs. 62-67. LUIS NAVARRO GARCÍA en seis zonas, con centro respectivamente en Santa Clara, Remedios, Sagua, Cienfuegos, Trinidad y Sancti Spiritus, adscribiendo a cada zona cierto número de batallones y escuadrones y asignando (24 de agosto) a cada una de estas unidades el distrito que debía vigilar. 31 La fórmula ya era conocida desde la Guerra de los Diez Años y había sido aplicada por el mismo general. Si la trocha y las tropas que debían respaldarla resistían a los rebeldes orientales, Las Villas podrían quedar firmemente en poder de Martínez Campos. Las tropas que esperaba de España iban siendo enviadas con parsimonia. Para finales de julio habrían llegado 9.000 más. La primera expedición importante -la sexta, según el cómputo del ministerio de la Guerra-, compuesta por cerca de 25.000 soldados, partió entre el 31 de julio y el 30 de septiembre. Apenas estarían disponibles, recién llegados y sin aclimatar, al producirse el inmediato choque. Peor aún, la mayoría de aquellos contingentes estaban formados por reclutas, carentes casi por completo de instrucción militar, y a los que ahora se les empezaba a dotar de una nueva arma, el fusil máuser, con el que a veces trataban de familiarizarse practicando en la cubierta del barco que los transportaba. 32 Pero en fin, al llegar octubre contaba, sobre la reducida guarnición existente a principios de año, con unos 55.000 hombres llegados de la península, a los que se sumaban otros 5.000 reclutados en Cuba, más una cantidad similar de guerrilleros y voluntarios movilizados. 33 El capitán general concentró la mayor parte de esas fuerzas en la provincia de Las Villas. Oriente y Camagüey pasaban a ser, como en la primera guerra, frentes secundarios, donde no dejaban de producirse choques -en el ferrocarril de Puerto Príncipe a Nuevitas, en los convoyes de Tunas o del Cauto-pero donde los españoles se mantendrían generalmente a la defensiva. 32 Reparaz, Gonzalo de: La guerra de Cuba. Para una breve valoración de la calidad de las tropas españolas y sus operaciones véase Navarro García, Luis: "Algunas consideraciones sobre las guerras hispano-cubanas", en Armillas, José A. (ed.): Aragón y la crisis colonial de 1898, Zaragoza, 1998, págs. 121-128. 33 El 18 de septiembre dice Martínez Campos desde La Habana que ya han llegado todos los refuerzos. Reverter, La guerra de Cuba..., II, pág. 594. 34 En Camagüey, el jefe insurrecto José María ("Mayía") Rodríguez, siguiendo el ejemplo de Gómez y Roloff, dio plazo de ocho días para que los vecinos se alejasen de la ciudad y los campamentos, bajo pena de muerte, originando un aluvión de refugiados carentes de medios de subsistencia. También prohibió la introducción en la ciudad de leche, carbón, leña, forraje y otros productos del campo. Guerrero, Crónica de la guerra..., II, pág. 320. Tomo LVIII, 1, 2001 Eso permitió a los rebeldes celebrar en septiembre en Jimaguayú (Camagüey), una asamblea en la que redactaron una Constitución y nombraron un gobierno, y poco después Máximo Gómez desde Camagüey y Antonio Maceo desde Oriente iniciaron la marcha llamada "de invasión" para cruzar la trocha y penetrar hacia Occidente, lo que lograron en 30 de octubre y 24 de noviembre, respectivamente, con sorprendente facilidad. Tercera fase: de la trocha a Calimete Martínez Campos había planeado iniciar operaciones ya bien entrado octubre, suponiendo que para entonces habría concluido la temporada de aguas y los caminos estarían secos. Claramente previó acciones a desarrollar en Sancti Spiritus, Sagua y San Juan de los Remedios (Santa Clara). Pero al mismo tiempo confesaba: "Yo no comprendo qué se propone Gómez", a la vista de la aparente inactividad del dominicano en Camagüey. 35 El 17 de octubre, sin embargo, comenzó un gran temporal de lluvias que duró hasta fin de noviembre, dificultando seriamente los movimientos y agravando las penalidades de las tropas españolas. 36 Los huracanes fueron tan fuertes esta temporada que hicieron varar y naufragar al crucero "Colón" en los Bajos de los Colorados (Pinar del Río) y luego al cañonero "Caridad" en la ensenada de Cárdenas. Los destrozos causados por el ciclón se sumaron a los realizados por las partidas rebeldes en plantaciones, ferrocarriles, puentes y telégrafos. Las lluvias hacían inservible el heliógrafo. Estas circunstancias facilitaron la penetración de la fuerza mambisa en el corazón del dispositivo militar español. Martínez Campos, preocupado al parecer por el estado de la trocha, había recorrido aquellos lugares, y se había arriesgado personalmente una vez más al trasladarse en plena temporada de lluvias y con sólo un pelotón de escolta de Ciego de Ávila a Sancti Spiritus, atravesando territorios por donde se movían las partidas locales. El capitán general decidió suspender las operaciones a finales de octubre. En Las Villas las poblaciones quedaban incomunicadas y se hacía casi imposible coordinar los movimientos de las unidades militares. Así transcurrió el mes de noviembre, durante el cual Máximo Gómez había realizado algunos ataques entre la trocha y el límite de Las Villas, aunque sin pasar el río Zaza que marcaba la divisoria, y sin 35 Reverter, La guerra de Cuba..., II, págs. 701 y 707. LUIS NAVARRO GARCÍA que pudieran encontrarlo las columnas que lo buscaban. Por entonces, en la última semana de noviembre, partía de España el llamado "tercer cuerpo expedicionario", con 35.000 hombres, que no serían de gran utilidad en las operaciones de diciembre y enero. El 29 de noviembre se reunían Gómez y Maceo en el potrero Lázaro López, al oeste de la trocha, y allí pronunció Gómez una arenga en la que anunció "la guerra dura y despiadada" -no se trataba ya de la "guerra generosa y breve" de Martí-y el "Ayacucho cubano". De aquí la movilidad de estas columnas, y de aquí uno de los reproches que se harían a Martínez Campos: el no haber hecho retirar o sacrificar el ganado caballar, lo que permitió a los rebeldes renovar una y otra vez sus cabalgaduras mientras avanzaban hacia La Habana y más allá. Por otra parte, las partidas de Las Villas incursionaban en todas direcciones produciendo el desconcierto entre las columnas españolas. Después de la conjunción efectuada en Lázaro López, desentendiéndose de su infantería, a la que se le ordenó avanzar hacia poniente por el sur, Gómez y Maceo se lanzaron el 3 de diciembre con la masa de su caballería a cruzar Las Villas con dirección noroeste, apuntando, aunque con constantes quiebros, hacia Colón, Matanzas y La Habana. Los insurrectos habían tomado la iniciativa antes de que el capitán general emprendiera sus operaciones, hasta el punto de que cuando éste salió de La Habana no pudo establecer su cuartel general en Santa Clara, que ya había sido rebasada por los mambises, y hubo de situarse en Cienfuegos. La marcha de los mambises estuvo marcada por sucesivos encuentros en los que la columna insurrecta generalmente eludía el combate que buscaban los pesados batallones de infantería española, previamente disgregados en columnas de quinientos o seiscientos hombres y en destacamentos que debían proteger poblados y haciendas. 38 El propósito de Martínez Campos había sido ocupar Las Villas para asegurar la zafra. La columna "invasora", en cambio, sólo buscaba progresar, huyendo hacia adelante -por eso se habló de una "ofensiva fugitiva"-, causando el mayor daño posible aplicando la tea a plantaciones e ingenios, con una táctica que no era la del combate, sino la del golpe de mano. Una y otra vez el capitán general disponía los movimientos de las columnas por distintos rumbos tratando de cercar a Gómez y Maceo, pero estos invariablemente lograban escapar del cerco dejando a las fuerzas españolas a retaguardia. En el curso de esta marcha tuvo lugar la acción de Mal Tiempo (15 de diciembre), en la que los insurrectos arrollaron con una carga al machete a una bisoña compañía de quintos, que ni conocían el manejo del máuser que portaban, ni fueron capaces de formar el cuadro. 39 La defensa de Las Villas, en la que se emplearon más de 30.000 hombres -Martínez Campos hizo venir varios batallones de Oriente por mar, hasta Batabanó y La Habana-, había sido rebasada. Martínez Campos, que había tenido su cuartel general en Cienfuegos, se trasladó entonces a Colón, disponiendo una línea defensiva apoyada en el río Hanábana, que también fue burlada: la provincia de Matanzas se había convertido en teatro de batalla, aunque, como de costumbre, la columna insurrecta "culebreaba" -la expresión es del general Arderíus, que informaba desde La Habana-para eludir los choques. Se esperaba contener a los mambises antes de que entrasen en la provincia de La Habana, lo que en principio se logró. Martínez Campos consiguió establecer contacto con el enemigo en el breve y confuso choque de Coliseo (23 de diciembre), pero Gómez y Maceo, que de ningún modo deseaban arrostrar un combate regular, consideraron oportuno abandonar el campo y retroceder. 40 Fue ésta la última ocasión en que Martínez Campos, puesto al frente de una columna, arriesgó su vida en una batalla. Dio la impresión de que se ofrecía como cebo para provocar un choque decisivo con los insurrectos. Combatió como un soldado de fila y declaró luego que sentía que "las llamas salían por delante, por detrás y hasta por los mismos cascos de mi caballo". 41 Pero los insurrectos 39 "La compañía de Bailén, compuesta de soldados recién venidos, que salían por primera vez a operaciones, al verse sorprendidos de manera tan brusca y en número tan considerable, desconcertáronse, no formaron el cuadro, y como iban desplegados en guerrilla no tuvieron materialmente tiempo de reunirse, siendo víctimas del enemigo. En ese ataque resultaron muertos 60 soldados y heridos 30. Casi todos de machete". Allí fue visto el coronel Arizón "a caballo bajo el fuego enemigo, dirigiendo a los soldadosquintos recién venidos-en el manejo del máuser". Sobre este combate, además de la obra de Casasús ya citada, véase Castellanos G., Gerardo: Recuerdos épicos. Mal Tiempo, La Habana, 1942, y Reyna Cossío, René E.: Estudios histórico-militares sobre la guerra de independencia de Cuba, La Habana, 1954. 40 Llama la atención que un mismo autor cubano, testigo presencial del hecho, hable en un lugar de los "laureles (que) recogeríamos... en la gran función de Coliseo", y algo después reconozca que aquella acción, que duró como un cuarto de hora, fue "una escaramuza... que bajo ningún concepto merece el nombre de acción formal". Pero eso sí, como siempre, "para Martínez Campos fue una derrota completa, decisiva, irreparable", nada menos. 41 También dijo entonces: "Si me da una bala se resuelve un problema y se despeja una nebulosa". Reverter, La guerra de Cuba..., III, pág. 321. Tal vez aludía a su ya insegura situación al frente de la capitanía general. LUIS NAVARRO GARCÍA eludieron el choque dejando al general ante el espectáculo de los gigantescos incendios que devastaban la riqueza de la provincia de Matanzas. 42 La batalla de diciembre -la batalla de Las Villas, incluyendo la incursión en territorio de Matanzas hasta Coliseo-había sido, como pronto se vería, la clave de la campaña. En cuatro semanas de continua guerra de movimientos, la red de posiciones y columnas españolas, pese a la abnegación con que las tropas arrostraron todo tipo de penalidades, resultó ser una red con demasiados huecos por los que los jefes insurrectos, disponiendo de expertos guías, y contando en ocasiones con el sabotaje realizado por los empleados de ferrocarriles y telégrafos, habían sabido entrar y salir una y otra vez sin que fuera posible detenerlos y entablar un combate formal. Cuando el mes y el año acabaron, el ejército español de Cuba había sufrido un serio desgaste y su capacidad de acción había quedado muy mermada. El penoso final y el relevo Después de Coliseo, aunque el enemigo había retrocedido, Martínez Campos, tras disponer una concentración de tropas en la línea de Guanábana, Unión de Reyes, hasta la Ciénaga de Zapata, tratando de cubrir la entrada a la provincia de La Habana, se retiró a esta capital desmoralizado. En La Habana fue recibido con aclamaciones en la estación y luego fue objeto el 27 de diciembre de una gran manifestación de apoyo por los tres partidos cubanos. 43 El general se mostró entonces momentáneamente animado, pero ya el 23 había telegrafiado al duque de Tetuán: "Mi fracaso no puede ser mayor. Enemigo me ha roto todas las líneas, columnas quedan atrasadas. No hay fuerzas entre enemigo y La Habana, pues no han llegado a Batabanó los batallones que ordené hace cinco días". Pero las calamidades no habían concluido aún. Aunque aparentemente rechazados en Coliseo, los mambises no habían sido vencidos. Simplemente, al verse por fin enfrentados a una considerable concentración de tropas españolas, optaron por la retirada. Pero después de haber retrocedido hasta salir de la provincia de Matanzas, volvieron a cruzarla, esta 42 Un destacado estudioso, que considera "inexplicable" que Martínez Campos utilizara infantería para perseguir una fuerza de caballería, encontró muchos "puntos oscuros" que impedían conocer con exactitud lo ocurrido en Coliseo. Reyna Cossío, Estudios histórico-militares..., págs. 37-39. 43 Interesantes datos sobre estos sucesos en párrafos de las "Memorias" inéditas de L. de Goicoechea transcritos por J. L. Franco: Antonio Maceo, págs. 292-296. Tomo LVIII, 1, 2001 vez por una ruta más meridional, y tras rehusar empeñarse a fondo en el choque con la columna española que les hizo frente en Calimete (29 de diciembre), el 1.o de enero de 1896 Gómez y Maceo entraban en la provincia de La Habana. Una vez más las columnas españolas habían quedado atrás. En las semanas siguientes la ágil caballería mambisa recorrió esta provincia en todas direcciones, casi sin encontrar obstáculo, en rápidas marchas nocturnas. 44 Los pequeños núcleos de población fueron ocupados o asaltados hasta las inmediaciones de la capital, y Maceo emprendió su correría hasta el punto más occidental de la isla, Mantua, en la provincia de Pinar del Río, al que llegó el 22 de enero. La ciudad de La Habana fue puesta en estado de alerta, temiéndose que pudiera ser asaltada en cualquier momento, mientras que Martínez Campos se esforzaba inútilmente por detener a los insurrectos. Una de sus últimas disposiciones, cuando ya Gómez y Maceo se movían a las puertas de la capital, sería la de situar fuerzas en la línea de Mariel a Artemisa, intentando en vano impedir la penetración de Maceo en Pinar del Río, la provincia más occidental. A la vista del desconcierto con que se movían las improvisadas columnas españolas, en las que se mezclaban desordenadamente tropas de cualquier unidad y procedencia, toda la prensa pintó entonces con trazos lúgubres el fracaso de Martínez Campos, y en los primeros días de 1896 se hizo patente la desconfianza que hacia él sentían la mayoría de los cubanos leales. Sólo lo apoyaban los autonomistas, pero no los conservadores ni los reformistas. El capitán general telegrafió: "yo no dimito frente al enemigo, no defiendo tampoco el puesto: seguiré en él mientras lo crea el gobierno conveniente". El 16 de enero de 1896 el gobierno autorizó a Martínez Campos para entregar el mando al teniente general D. Sabas Marín y para regresar a la península. Era, según Pi y Margall, la fórmula eufemística buscada para encubrir una destitución. 45 De todos modos, Martínez Campos no negaba la realidad y en sus últimas declaraciones en Cuba reconocía: "no ocultaré que he sido poco afortunado en mi campaña, puesto que al llegar yo a La Habana la insurrección sólo existía en parte del Departamento Oriental y 44 En estos días Máximo Gómez dirigió una carta a Martínez Campos proponiendo que España concediese la independencia a Cuba. "¡No más sangre, General; no más tea! España es y será siempre la responsable de tantos desastres". 45 "Eufemismo de que tal vez no se halle ejemplo en las páginas de la Historia". Conangla Fontanilles, Cuba y Pi y Margall..., pág. 223. LUIS NAVARRO GARCÍA hoy se extiende por toda la isla...". 46 Palabras de las que luego se valió la amarga crítica de Damián Ysern. 47 Por otra parte, en su despedida de La Habana declaró, sin duda para rechazar algunas críticas de que había sido objeto, que su política no había sido de benevolencia, sino de humanidad y templanza. "He ordenado el fusilamiento de los cabecillas cogidos con las armas en la mano; he castigado con la pena de muerte a los incendiarios, a los asesinos y a los plateados (bandoleros). Dos cabecillas que fueron detenidos haciendo resistencia a las columnas han sido pasados por las armas. He enviado a Ceuta a las personas sospechosas; he sometido a consejo de guerra a los autores de conjuras contra la seguridad del Estado, a sus cómplices y propagandistas". En cambio a los soldados les dijo: "Mi conciencia me impedía dar a la guerra el carácter que algunos partidos deseaban ver en ella". A los periodistas: "He impedido y me he opuesto a que se repitieran los hechos tristes y luctuosos de la pasada guerra". Y a su sucesor provisional, el general Marín, le advirtió que no se debía combatir a los separatistas con la guerra sin cuartel. En Peralejo y Coliseo desmintió Martínez Campos las acusaciones que le había hecho Camps y Feliú. No era valor personal para luchar al frente de sus tropas lo que le faltaba. Y sin embargo, su última campaña fue un confesado fracaso. Las causas de este fracaso podrían sintetizarse en dos: en primer lugar, Martínez Campos fue probablemente sobrevalorado en 1895 por su papel y sus dotes de pacificador en 1878, sin advertir que el Zanjón sólo fue posible al término de una larguísima guerra que había agotado a los mambises colocándolos en franca inferioridad frente a una metrópoli que entonces recobraba toda su pujanza, y no era ésta la situación en 1895. 47 Ysern, Del desastre nacional..., pág. 293, dice: "Encontró la insurrección separatista débil y la dejó potente; la encontró reducida a una provincia y la dejó enseñoreada de casi todas las provincias; la encontró operando en pequeños grupos sin instrucción ni disciplina y la dejó devastándolo todo en grandes núcleos que muchas veces esperaban a pie firme el ataque de las tropas, lo resistían, y en algunos casos atacaban con decisión la misma columna que mandaba el general en jefe". Recoge luego la opinión de que Martínez Campos pudo vencer "si hubiera batallado en vez de negociar, si no hubiese olvidado que unos mismos procedimientos no sirven para todos los casos". 48 Reparaz, por el contrario, dice: "La segunda guerra nos ha sorprendido aún más desprevenidos que la primera, con menos tropas en la isla, mal armadas, mal organizadas, sin caminos estratégicos, sin cuarteles, sin hospitales, sin dinero, sin nada. No habla la Historia de otro caso igual". Reparaz, La guerra de Cuba..., pág. 68. Tomo LVIII, 1, 2001 segundo lugar, Martínez Campos, fuera cual fuese su capacidad, no dispuso durante su último mando en Cuba de los instrumentos políticos y militares que hubiera necesitado para alcanzar el éxito. El gobierno le negó los medios políticos de conciliación al demorar indefinidamente la aplicación de la ya aprobada ley Abarzuza que podía satisfacer a los cubanos que deseaban alcanzar algún grado de autonomía o descentralización respecto de la península. Más aún, en junio se ordenó la sustitución "gubernativa" de la mitad de los concejales de todos los ayuntamientos, ocasión aprovechada por los gobernadores civiles -contra el parecer de Martínez Campos-para cubrir esos puestos con miembros del Partido Unión Constitucional. Lo mismo ocurrió en las Diputaciones Provinciales en octubre. Con esto, el capitán general perdió el apoyo de muchos reformistas y autonomistas. 49 El gobierno volcó toda su atención en las medidas estrictamente militares, y logró un éxito en el envío de tropas a Cuba: en enero de 1896, cuando Martínez Campos se sentía desbordado por la incursión de Gómez y Maceo, las tropas regulares en la isla ascendían a 120.000 hombres. Las limitaciones que aquejaban a esta fuerza eran, sin embargo, importantes. Los contingentes fueron llegando con gran lentitud, de modo que durante los primeros meses de su gestión Martínez Campos apenas contaba con tropas. A las deficiencias ya observadas en las anteriores guerras de Cuba -excesiva juventud y pobre condición física de los soldados, especialmente sensible en un medio natural que les era en principio hostil, más la carencia generalizada de instrucción militar y el mal funcionamiento de la administración y la sanidad en el ejército-hay que añadir otros desajustes: la ausencia de un Estado Mayor y, hasta fecha muy tardía, de un cuadro de mandos proporcionado al volumen y grado de dispersión que iba adquiriendo aquel ejército; 50 la escasa presencia entre las fuerzas españolas de la caballería, que debiera ser la principal arma contra los mambi-49 Un autonomista, Apuntes sobre la cuestión..., pág. 123. "En esta ocasión las bazas de Martínez Campos se reducían al incremento en el número de soldados y a su talante conciliador... Por añadidura, aun cuando Martínez Campos venía con la idea de lograr una nueva transacción, sus concesiones políticas al autonomismo fueron nulas y en la renovación de ayuntamientos actuó con la orientación clásica de favorecer a los conservadores". Bizcarrondo, Marta, y Antonio Elorza: Cuba/España. 50 Hasta los primeros días de noviembre no llegaron a La Habana los tenientes generales Marín y Pando, designados para mandar los dos cuerpos de ejército de Occidente y Oriente de Cuba. Con ellos llegó todo un plantel de generales de división y de brigada con los que podrían reorganizarse las fuerzas españolas. LUIS NAVARRO GARCÍA ses; 51 y la lenta y al mismo tiempo inoportuna introducción del nuevo fusil máuser en las unidades combatientes. Muchas de estas deficiencias de orden militar serían paliadas o superadas más adelante, lo que contribuiría a cambiar el signo de la guerra en 1896 y 1897, pero para entonces ya no estaba el hombre de Sagunto y del Zanjón al frente del ejército español en Cuba. Se puede, en cambio, atribuir a la conciencia de estas limitaciones el pesimismo que se advierte, desde el primer momento, en Martínez Campos y que aflora sin disimulo cuando, a mediados de junio, al anunciar la entrada de Gómez en Camagüey, consideró que su política y su misión habían fracasado. Poco después se adelantaba a proponer sucesor. Al no serle aceptada esta sugerencia, se vio abocado a adoptar verdaderos planes de guerra, pero lo único que resultó de ellos fue la acción temeraria de Peralejo y el complicado dispositivo de ocupación de Las Villas. Anunció que comenzaría la campaña al terminar las lluvias, pero permitió que fueran Gómez y Maceo quienes tomaran la iniciativa y sembraran el caos en las provincias occidentales. La primera preocupación de su sucesor Weyler al asumir el mando sería la de reorganizar las fuerzas a fin de disponer de un verdadero ejército. Pero si cabe hablar de deficiencias y errores al tratar de la última campaña de Martínez Campos, también parece justo añadir que, como él mismo dijo, no le acompañó la fortuna en esta ocasión. Ocasión única en que los insurrectos pudieron llevar a cabo la incursión hacia Occidente, 52 y en la que por otra parte alcanzó la máxima expansión su menguado potencial militar. A partir de enero de 1896 no hicieron sino retroceder, sin poder reponer efectivos y acosados por un ejército expedicionario y unas fuerzas locales cada vez más eficaces. Pero Martínez Campos ya había advertido que no era aquella la guerra que él quisiera mandar. 51 Una prueba del recurso a la improvisación: "Como en Cuba nada había preparado para la guerra, como no fuera el enemigo, la escasa infantería de marina que se envió, en vez de guardar los buques y las costas, hubo que emplearla como infantería del ejército y enseñar a montar en pocos días a unos cuantos oficiales y soldados para que sirvieran de base a la guerrilla de cuerpo, con lo cual llegamos a tener caballería de marina". Un español, Pequeñeces de la guerra..., pág. 102. 52 "La era de las invasiones a Occidente se había cerrado para siempre. Esta operación militar... no se podía hacer más que una sola vez, y precisamente en la fecha en la cual se realizó, y nunca después, como afirma José Miró. Dos o tres meses más tarde, tal vez hubiera sido imposible, y en ese año 97 jamás; entre mil razones, por una sola: porque llegados por milagro, caídos del cielo cuatro o cinco mil mambises en las provincias de Matanzas y La Habana, para ser aniquilados no tenían los españoles que atacarlos; bastaba dejarlos solos, y en estas desoladas provincias se hubieran muerto fatalmente de hambre, no únicamente ellos, sino hasta sus propios caballos". Figura 2: Croquis de Peralejos según Severo Gómez Núñez. Se aprecian las distintas formaciones adoptadas por la fuerza y la ruptura de la cerca de alambre hacia su izquierda para dirigirse a Bayamo.
Las repercusiones en España del llamado "Desastre de 1898" -una guerra colonial e internacional y, para muchos, punto de partida de una generación literaria-fueron muy numerosas; prueba de ello sería la amplia producción bibliográfica realizada al respecto y, también, la generosa publicación de mensajes periodísticos que emprendió la gran mayoría de los diarios peninsulares. Desde este presupuesto, nuestro trabajo tendría como cometido analizar la visión que cuatro destacados rotativos -líderes en la capital andaluzaofrecieron de esas relaciones entre España e Hispanoamérica durante el tránsito del siglo XIX al XX. En términos objetivos, la pérdida de las últimas colonias ultramarinas representó para España desprenderse de una porción de terreno equivalente tan sólo a la decimosexta parte de lo que fue su Imperio. Mas, el "dolor" con el que se vivió, en 1898, la segregación de esos territorios no pudo igualarse a ninguno de los quebrantos acaecidos a lo largo del siglo XIX. Esta última fase -en razón, quizás, a que el Desastre cerraba la magna obra emprendida en 1492-se sintió de un modo diferente en la Península, hasta el punto de que, tras ella, el "alma española" entraría en el siglo XX con un talante distinto al que mantuvo la centuria precedente. Las repercusiones de lo que fuera una guerra colonial, internacional y, para muchos, punto de partida de una generación literaria fueron muy numerosas, como lo prueba la amplia producción bibliográfica realizada sobre dichos sucesos. En nuestro caso queremos completar la visión del Desastre de 1898 y de los años que lo siguieron desde lo aportado por los periódicos de aquel entonces, unos medios -tal era el caso de los españoles-que, ajenos a las nuevas tendencias internacionales que animaban a la conversión de los rotativos en fuentes informativas, persistieron en su función de servir de cauce a la opinión, las distintas ideologías y la polémica. En esos diarios de alcance nacional -y, como reflejo de éstos, en los de ámbito más restringido-se puso claramente de manifiesto que todo lo concerniente al "98" conformaba un conjunto de temas que alcanzó un profundo arraigo en la conciencia de los españoles. Prueba de ello sería la gran cantidad de informaciones vertidas acerca de lo sucedido en Cuba y Puerto Rico, análisis centrados, en especial, en el examen de las causas que habían originado la pérdida de las últimas colonias ultramarinas de España. 1 Mas, junto a la relación de los hechos y acontecimientos, en esos periódicos se pudo observar, igualmente, la creación de una corriente de opinión que formulamos del siguiente modo: da la sensación, leyendo los artículos y editoriales de la época, que 1492 se mantuvo vivo en un sustrato cultural al margen del curso seguido aquellas décadas por las nuevas repúblicas americanas. Los escritos publicados por la prensa de esos momentos parecen remitir, en última instancia, a un pozo de valores irracionales cargados de elementos historicistas, exteriorizados de forma continua; un espíritu nuevo que, a comienzos de esta centuria, daría lugar a un clima intelectual en el que parecían desenvolverse los españoles muy a gusto. En definitiva, se aprecia como si lo prioritario fuera resolver el tema de los vínculos entre España y América -ámbito teñido "de tópicos y conceptos estereotipados"-al objeto de recuperar, en un segundo momento, las relaciones económicas y políticas. 2 En este sentido, y antes de que el Tratado de París especificara, en diciembre de 1898, el nuevo estatus de Cuba y Puerto Rico, los diarios españoles otorgaron un destacado protagonismo a todo aquel contexto. Lo llevaron a cabo según una doble línea: a) mediante la desaprobación acerca de la dirección tomada por las nuevas repúblicas en lo referente a sus asuntos económicos y políticos; y b) a través del halago hacia todo lo que supusiera el afianzamiento de unos lazos -los de la cultura, los del sentimiento, los de la raza-que, a juicio de la opinión pública española, constituían el soporte fundamental de cualquier acción futura en otros planos. 1 Ver Bolado Argüello, Nieves: La independencia de Cuba y la prensa: apuntes para la historia, Torrelavega, 1991; Ruiz Acosta, María José: Sevilla e Hispanoamérica. Prensa y opinión pública tras el Desastre de 1898, Sevilla, 1996; Sevilla Soler, Rosario: La guerra de Cuba y la memoria colectiva. MARÍA JOSÉ RUIZ ACOSTA Doble faceta que, en última instancia, puso de manifiesto cuán interesada estaba España en Hispanoamérica y cuánto le preocuparía aún su destino durante los siguientes años. Expuesto lo anterior, nos resta, pues, analizar el conjunto de artículos e informaciones publicados entre 1898 y 1903 por los diarios más sobresalientes de la capital andaluza, unos rotativos que, por su calidad y tirada, podemos considerar suficientemente representativos del sentir de los españoles de comienzos de la pasada centuria. -El Porvenir, "Diario político independiente: diario de avisos y noticias". Fundado el 4 de marzo de 1848 por Antonio María Cisneros, el que fuera decano de la prensa andaluza se editaría en Sevilla -primero en la calle Cánovas del Castillo y luego en Hernando Colón-hasta el 3 de noviembre de 1909. -El Noticiero Sevillano, "Diario independiente de noticias, avisos y denuncias". El que se presentaba como el de "mayor circulación de Andalucía" sería fundado por Francisco Peris Mencheta -que también fue su primer director-el 25 de marzo de 1893. A su mentor lo seguirían en la dirección del medio Francisco Hernández Mir, Fernando Llorca, Sixto Pérez Rojas y Ramiro Guardón. -El Correo de Andalucía, "Diario Católico de Noticias". El cardenal don Marcelo Spínola y Maestre, secundado de personalidades sevillanas, sería el mentor de este rotativo que vio la luz en Sevilla el 1 de febrero de 1899. Contó entre sus directores con profesionales de la talla de Rafael Sánchez Arráiz, Luis Medina Togores, Domingo Tejera y José Pemartín. Se sigue editando en la actualidad, aunque ya sin relación alguna con la jerarquía católica. -El Liberal, de Sevilla, "Diario de Información general". Nacido a remolque de su homónimo madrileño, el periódico sevillano vio la luz el 6 de enero de 1901 de la mano de Miguel Moya. El que fuera uno de los primeros representantes del periodismo empresarial en España, estaría dirigido gran parte de su historia por el periodista sevillano José Laguillo Bonilla. Como hemos dicho, el deseo de recuperar a Hispanoamérica para España animó a los diarios sevillanos, primeramente, a publicar una amplia ENTRE LA ESTIMA Y EL REPROCHE Tomo LVIII, 1, 2001 gama de informaciones al objeto de desacreditar la evolución de aquellas repúblicas desde su andadura como estados independientes. En este sentido, se apreció la divulgación de artículos y comentarios que tendían a criticar la evolución económica y política de dichas naciones para, de este modo, reivindicar la positiva situación de la que gozaron durante los años que permanecieron bajo el dominio metropolitano. Acerca de la censura esgrimida en torno a la evolución económica de aquel contexto destacaría la lectura realizada de la grave coyuntura que atravesó Argentina desde 1890. Ciertamente, la inestabilidad social -exteriorizada en las constantes concentraciones populares y estudiantilesresultó el fruto lógico de las duras medidas económicas que impusiera aquel gobierno para atajar la crisis que afectó al país en la última década del siglo XIX. 3 De ahí que El Noticiero Sevillano describiera exhaustivamente el malestar del pueblo argentino, reacio a aceptar las medidas de su presidente -Julio A. Roca-en lo relativo a "la aplicación de nuevos impuestos, el aumento de los existentes y la contratación de empréstitos externos e internos". 4 Crítica a la política económica, en suma, que, sin embargo, no afectaría a la consideración de aquel estado como un territorio poseedor de amplios recursos. Definida como república librecambista, necesitada del amplio intercambio mercantil para favorecer a su principal industria (la exportación agrícola y ganadera), la opinión pública sevillana subrayó, asimismo, su condición de nación apenas explotada -sólo tenía cultivadas 15 millones de hectáreas, "que no representaban ni la vigésima parte del suelo laborable",5 un territorio al que se auguraba "un maravilloso porvenir" a condición de que reanudara sus relaciones con España. 6 En este sentido, y desde la justificación de un pasado y una historia comunes, los diarios sevillanos animaron -como el resto de los rotativos nacionales-la puesta en marcha de convenios y tratados varios. 7 El primero de ellos, firmado en 1901, se planteó con "el fin de formalizar un arreglo parcial en las relaciones comerciales" entre ambos países, algo necesario habida cuenta de los excesivos aranceles que frenaban sus transacciones. 8 Otros acuerdos planteados en años sucesivos -tales como el de la Sociedad de Seguros Hispano-Argentina o la firma de contratos con bancos bonaerensesvinieron a confirmar el papel "director" que España había decidido asumir respecto de aquel contexto.9 * * * En idéntica línea a la expuesta, los diarios sevillanos revelaron un generalizado reproche acerca de la dirección política seguida por las repúblicas hispanoamericanas devenidas soberanas. Al margen del minucioso análisis referente a los cambios acaecidos en Cuba y Puerto Rico desde 1898, interesa comprobar cómo esa prensa encontró en el análisis de la evolución política de las repúblicas hispanoamericanas uno de sus temas prioritarios; examen crítico acerca de la trayectoria interior y exterior adoptada por unos países entre los que merecieron una especial atención Venezuela, Perú y Colombia. Bajo el nombre de Restauración, conoció el primero de los citados la puesta en marcha de un nuevo sistema que, encarnado en la persona de Cipriano Castro, pretendería desde 1899 un doble objetivo: por una parte, solucionar los males que aquejaban a aquel estado desde la época del general Ignacio Andrade, cuestiones como la promoción de un desarrollo desigualmente distribuido, origen del resurgimiento de la conflictividad obrera en la ciudad y en el campo; 10 y, por otra, imprimir a la república un alto grado de modernización, algo que -se pensó-debía asentarse en el culto al progreso y la orientación laica. 11 Desde la interpretación hemerográfica, sin embargo, los años de mandato del presidente Castro se identificaron con una de las etapas más complejas de la historia del país; situación que, como sugerían El Correo de Andalucía y El Liberal, no era sino el resultado del autoritarismo de su máximo dirigente en su empeño por lograr la construcción de un Gobierno dictatorial. De este modo, y desde 1899, en las páginas de ambos rotativos se recogieron diferentes artículos que censuraban una conducta que, en Venezuela, denunciaron numerosos grupos de revolucionarios. 12 Crítica descripción a un sistema que se recrudecería cuando, en 1906, trascendió la enfermedad del general Cipriano Castro y, especialmente, desde 1908, al confirmarse el desmoronamiento de su Administración. En dicho año, los lectores de la capital hispalense percibieron a través de los diarios editados en la ciudad la imagen de una nación fragmentada por el dominio de sus numerosos caudillos, endeudada con el exterior, pobre en recursos fiscales, financieros y monetarios y exhausta tras las prolongadas guerras intestinas que, desde décadas antes, agitaban su suelo. 13 Acerca de Perú, la opinión pública de la capital hispalense ofreció una visión que se distanciaría considerablemente de la idea de estabilidad que alcanzara dicho territorio desde la llegada al poder de Nicolás Piérola en 1895. Fruto de un deficiente sistema informativo o resultado de un sesgado análisis de la realidad, lo cierto es que las noticias ofrecidas al público sevillano tuvieron como protagonista a una nación en continuo sobresalto a causa de las revueltas y revoluciones que azotaban su suelo, los intermitentes enfrentamientos surgidos entre las cámaras y el Gobierno constituido así como en el seno de la facción en el poder, el Partido Civil. En la misma línea, se prestó especial atención a un aspecto que reforzaba la idea de debilidad gubernamental: la referida al continuo cambio presidencial que viviera la nación hasta 1914. 14 La trilogía de países seleccionados para ejemplificar esta primera tendencia se cerraría con las noticias relativas a Colombia, quizás una de las naciones americanas que más sufrió las consecuencias de una inestable política interior a comienzos del siglo XX. La raíz de tal situación se encontraría en el enfrentamiento entre un estado oligárquico -defensor de un fuerte centralismo que, al tiempo que recortaba las libertades, otorgaba un importante papel a la Iglesia católica-y una enérgica oposición liberal. El antagonismo entre ambos alcanzó sus momentos más relevantes durante la llamada Guerra de los Mil Días (1899-1902), cuyos más severos resultados se sintieron en el fuerte desequilibrio que sufriera la economía colombiana y en la pérdida de parte de su territorio, porción que, merced a la ayuda norteamericana, se constituiría desde 1903 en el nuevo estado de Panamá. 15 En el sentido aludido, es menester destacar el interés de los diarios sevillanos por reseñar los enfrentamientos entre Colombia y otras repúblicas americanas, cuyo anhelo por obtener una de las más codiciadas regiones de aquélla -el istmo panameño-se canalizó mediante el apoyo a los liberales colombianos. De ahí que, a juicio de El Porvenir y El Liberal, revolución interna e intromisión exterior constituyeran en el caso de Colombia dos aspectos íntimamente unidos, temas que se entremezclaron en el conjunto de las informaciones ofrecidas, cuyas conclusiones más novedosas se refirieron a la persistencia de la insurrección de la oposición liberal y la consolidación de los conservadores en el poder. 16 * * * A nuestro juicio, la profusión de noticias y comentarios publicados, entre 1898 y 1903, por diarios tan destacados como El Porvenir, El Noticiero Sevillano, El Correo de Andalucía o El Liberal parecía apuntar, significativamente, al deseo de establecer una contundente comparación entre el "nefasto" camino emprendido por las repúblicas hispanoamericanas desde su independencia y la "cómoda" situación que disfrutaran durante los años que permanecieron bajo el dominio español. Desde esa posición se entiende, igualmente, el tono de las informaciones referidas a la política exterior emprendida por las que, desde la Península, eran aún vistas como "hijas de España". Como punto de partida de este segundo aspecto de nuestro análisis resulta obligado referirse a un esclarecedor artículo publicado por El Porvenir, texto que profundiza en las razones del permanente clima de discordia reinante en aquel contexto hacia 1898. Fruto del ánimo reflexivo que caracterizó a los escritos publicados en dicho año, su autor se expresaba del siguiente modo: "De continuar en pie todos los conflictos más o menos amenazadores que hoy se hallan planteados en América, dentro de dos o tres lustros no se conocería el mapa del continente y la población habría disminuido en una mitad. Sobre todas las causas comunes de conflictos internacionales, goza el continente de Colón de una que pudiera llamarse privativa; la ambición de nuevos territorios. En América, la cuestión de límites no tiene limitación. Compréndase bien que los Estados Unidos, pletóricos de fuerza y de población y de industria despojen a México, y ahora a España y mañana a Inglaterra y a las repúblicas de la América Central; pero en Estados recién nacidos, ricos en tierras cuanto exhaustos en población, de industria naciente o sin industria alguna, de erario empobrecido y necesitado de fuerzas para resolver los problemas interiores, no es comprensible esa fiebre de adquisiciones territoriales, que les invade desde el día siguiente al de su separación de España". Y finalizaba con estas palabras: "Pero de comprender esto a explicarse por qué no hay allí pueblo que no pretenda romperse los huesos con el vecino de al lado o con el de enfrente por cualquier peñasco o porción de terreno, (de comprender aquellas confusión a explicarse uno este ansia de despojo mutuo, hay mucho terreno! (...). Hoy por hoy hay más de una docena de conflictos pendientes". 17 La situación descrita -como bien apuntaba el texto de El Porvenirrepresentaría una tendencia constante en aquella zona a lo largo del siglo XIX, una inclinación recogida, además de en la prensa, en la obra de numerosos autores. En este sentido, merece la pena referirse a la interpretación que del asunto hace Gabriel García Márquez al reseñar la vida de Simón Bolívar. El sueño del Libertador de impulsar, paralelamente a la emancipación de España, la creación de una amplio territorio en el que se integraran varias de las repúblicas americanas independientes tuvo el desenlace ya conocido, que el gran mariscal de Ayacucho expone en estos términos: "El Perú, en poder de una aristocracia regresiva, parecía irrecuperable. El general Andrés de Santa Cruz se llevaba a Bolivia de cabestro por un rumbo propio. Venezuela, bajo el imperio del general José Antonio Páez, acababa de proclamar su autonomía. El general Juan José Flores, prefecto general del Sur, había unido a Guayaquil y Quito para crear la república independiente del Ecuador. La república de Colombia, primer embrión de una patria inmensa y unánime, estaba reducida al antiguo virreinato de la Nueva Granada. Dieciséis millones de americanos iniciados apenas en la vida libre quedaban al albedrío de sus caudillos locales". Situación que para el mariscal Sucre no constituía sino "una burla del destino. Tal parece como si hubiéramos sembrado tan hondo el ideal de la independencia que estos pueblos están tratando ahora de independizarse los unos de los otros". 18 La prueba de que, entre 1898 y 1903, esa tendencia continuaba tan firme como en sus primeros momentos la encontramos en los análisis que los rotativos sevillanos ofrecieron de naciones como Argentina. A lo largo de ese período, dicha república se enfrentó a Chile, Brasil, Uruguay, Paraguay y Perú al objeto de apoderarse de "determinados parajes y de dos o tres territorios que -apuntaba El Porvenir-bien pagados, no valen más de dos pesos en papel". 19 En el mismo sentido, se entenderían los contenciosos mantenidos por Venezuela con diferentes repúblicas vecinas, conflictos debidos a la conjunción de irregulares delimitaciones fronterizas, el mutuo entorpecimiento de las iniciativas comerciales o, como en el caso del choque con Colombia, el antagonismo de sus distintos regímenes políticos. 20 Pese al tono similar de este tipo de informaciones, los diarios sevillanos no dejaron de reseñarlas, pues, en su gran mayoría, constituyeron la ocasión idónea para revalidar el papel de España como mediadora y -por qué no-potencial metrópoli moral. La ocasión resultaba, asimismo, propicia para denunciar el "uso interesado" que de Hispanoamérica realizaban terceras potencias, una disposición "egoísta" que contrastaba -se aseguró-con el tono de los intercambios propiciados desde la Península. 21 El tema se apreció en toda su amplitud en la lectura de las noticias relativas a Venezuela, Nicaragua y Colombia. En el fondo de las controversias que entre 1898 y 1903 mantuvieron dichos países latían cuestiones de distinta naturaleza. Primeramente, económicas; de ahí se derivaría el minucioso estudio que los diarios sevillanos realizaron acerca de la crisis que atravesara Venezuela a principios del siglo XX, suceso que causó la bajada de los precios del café y, por ende, la elevación de la deuda externa que el país mantenía con Gran Bretaña, Alemania e Italia. La suspensión de pagos decretada por el gobierno venezolano en 1902 provocó inmediatamente el envío de las escuadras de dichas potencias con el fin de bloquear los puertos venezolanos; tan determinante resolución la contrarrestaría Estados Unidos que, bajo la advocación de la doctrina Monroe, evitó que esos conflictos se convirtieran en enfrentamientos bélicos abiertos. 22 Junto a la censura emitida acerca de la deficiente política económica, la opinión pública sevillana percibió a través de sus rotativos la intransigente actitud de los políticos americanos que, como era el caso del venezolano Cipriano Castro, se destacaban por "una arrogancia sin límites, incompatible con la prudencia que debe inspirar la conducta de todo jefe de estado". 23 Además de los motivos económicos, las conflictivas relaciones exteriores mantenidas por las repúblicas hispanoamericanas encontraron un segundo foco de tensión en el persistente intervencionismo norteamericano que, como recogieron los rotativos de la capital hispalense a lo largo de esos años, animó una escalada creciente de revueltas al objeto de justificar la acción armada. El tema se trató en numerosos escritos, como puede apreciarse en el siguiente párrafo, referido a la situación que viviera Venezuela en 1902: "La guerra civil, devastadora que desgarra a la federación venezolana, ha sido aventada y mantenida por el filibustero yanquée, solapado y rastrero que siembra la discordia para cosechar después los destrozos que dejen las tempestades". 24 Igualmente, en las informaciones acerca de Nicaragua y Colombia, en especial las referentes a las posibles alternativas planteadas por el Gobierno de Washington de cara a la construcción de un canal interoceánico que permitiera incrementar su influencia en aquel área. En el primer caso, el acer-camiento entre norteamericanos y nicaragüenses se produjo a petición del presidente de este último país, Santos Zelaya, quien, "imbuido por la concepción ingenua de la mayoría de los liberales de su tiempo sobre el papel civilizador de la inversión extranjera, permitió varias de las primeras inversiones directas norteamericanas en el país". 25 No obstante, y en cuanto apreció las imposiciones que conllevaba el dinero norteamericano, Nicaragua rechazaría los préstamos concedidos, así como los tratados que otorgara a Estados Unidos con derechos exclusivos para la construcción de un paso interoceánico en su suelo. El tema en sí ya se había planteado tiempo atrás, cuando, a raíz de la celebración del Primer Congreso Panamericano en 1826 -concebido como foro para la cooperación y el desarrollo de todas las repúblicas americanas que habían logrado su independencia-, se escucharon las propuestas estadounidenses relativas a la construcción de un canal que, atravesando Nicaragua, uniese los océanos Atlántico y Pacífico. 26 Proyectado como vía que permitiera el incremento del comercio y la pesca en el Océano Pacífico, así como de las comunicaciones, el tema se recuperó décadas después cuando el Tratado de Nueva Granada (1846) y el de Clayton-Bulwer (1850) desembocaran en el Convenio Chamorro-Bryan mediante el cual Nicaragua recibiría entre tres y cinco millones de dólares a cambio del derecho exclusivo de los Estados Unidos a construir un canal en su territorio, una base naval en Fonseca y el arrendamiento por noventa y nueve años de dos de sus islas. 27 Aunque, finalmente, la obra no llegó a realizarse en territorio nicaragüense, el tema sirvió a los Estados Unidos para asentar su influencia en aquella república. Tal y como apuntaron los diarios sevillanos, la acción yanqui se haría sentir gradualmente en la república, como lo pondría de manifiesto el constante envío de fuerzas que, con la excusa de garantizar la integridad de los ciudadanos norteamericanos y sus bienes, sirvió de apoyo a los numerosos intentos emprendidos para derribar la presidencia del estado hispanoamericano. 28 Prueba de esa misma actitud la constituiría la ocupación militar de que fue objeto la nación centroamericana en 1907 y el derrocamiento, dos años después, de su máximo dirigente -el liberal José Santos Zelaya-merced a la financiación norteamericana a la subversión de la fracción terrateniente aglutinada alrededor del partido conservador. De modo paralelo a las negociaciones con Nicaragua, los Estados Unidos hicieron sentir su presencia en Colombia, ámbito en el que intervinieron activamente hasta 1906. Para la opinión pública sevillana, las razones del inicio, en 1898, de la presencia norteamericana en el país -en el delicado momento político que siguió al enfrentamiento interno entre conservadores y liberales-apuntaban, en primer término, al interés de Washington por el istmo colombiano. En un claro análisis de la situación, El Noticiero Sevillano extrajo las siguientes conclusiones que expuso a sus lectores el 4 de agosto del mencionado año: "A través del velo que ha encubierto su verdadero objetivo, la América del Norte ha dejado transparentar la verdadera causa de su guerra contra las colonias españolas del Atlántico y del Pacífico. Su deseo de poseer Cuba y Puerto Rico se basa en la proximidad de esas islas al istmo que ha de unir el Océano y el Pacífico por medio de un canal y poseyendo esas colonias por la parte oriental y por la occidental las islas Hawai, las Marianas y alguna otra de la Micronesia, los Estados Unidos son dueños del referido paso. Colombia sería para ellos un buen punto central para esa línea de dominio". 29 Indesligable de lo anterior, el anhelo por controlar la producción de los recursos que, tradicionalmente, habían constituido la principal riqueza de la economía de la república sudamericana: la minería y los yacimientos petrolíferos. Desde los últimos años del siglo XIX, ambas razones alentaron a los Estados Unidos a enviar contingentes armados a Colombia, fuerzas que, bajo la excusa de defender los intereses de sus nacionales ante las posibles represalias de los rebeldes liberales colombianos -enfrentados al gobierno conservador de José Manuel Marroquín-, no tenían sino el objetivo de ocupar subrepticiamente el istmo panameño, territorio alternativo para la construcción del canal interoceánico en el caso de que fracasara el proyecto nicaragüense. 30 El mismo objetivo subyacía en las maniobras yanquis practicadas con las fuerzas liberales asentadas en las repúblicas vecinas -Venezuela, Ecuador y Nicaragua-, recurso que reportó a la poten-29 "Política internacional", en El Noticiero Sevillano, 4 de agosto de 1898, pág. 2. MARÍA JOSÉ RUIZ ACOSTA cia norteña grandes ventajas cuando aquéllas derrotaron al gobierno colombiano y lograron la independencia del istmo panameño en 1903. 31 * * * A la luz del tono de las informaciones comentadas se entiende que la opinión pública sevillana concibiera al contexto hispanoamericano como un amplio marco necesitado de una fuerte dirección. Eliminada definitivamente como metrópoli desde la puesta en marcha de las conclusiones del Tratado de París, a España no le cupo sino una única salida para recuperar la influencia política y económica de la que gozara en los siglos precedentes: apelar a la comunión en la raza, el sentimiento y la cultura existente entre ambos contextos. Los vínculos de la unión hispanoamericana Pese a que un sector considerable de la población española prefirió olvidar lo que en Cuba y Puerto Rico aconteciera durante 1898, el recuerdo de lo que en otro tiempo constituyó el imperio ultramarino español se convertiría, para otros, en la principal razón que justificaba el acercamiento entre la antigua metrópoli y sus otrora colonias. Además del deseo de resucitar los vínculos culturales y de raza, pesaron, igualmente, otros objetivos que explican el empeño español por promover una serie de acciones que culminaría -aunque en un contexto diferente-con la celebración de la Exposición Iberoamericana en 1929. Entre aquéllos sobresalía -lo hemos dicho-el afán por conservar una región a la que España había dotado de cultura y costumbres; mas, también, la recuperación de provechosos intercambios mercantiles o la neutralización de la influencia norteamericana en la zona. Y tal grado alcanzó ese interés que los diarios sevillanos se convirtieron en paladines de la causa que devolvería el esplendor a una relación que se creyó definitivamente rota tras los sucesos de 1898. A excepción de momentos puntuales, ninguna república quedó al margen de una corriente que, en 1904, animó El Liberal con palabras como las siguientes: "Todo esfuerzo que tienda en este sentido, toda labor que contribuya a fortalecer el espíritu, no solamente nacional, sino de solidaridad de América y la madre patria, será esfuerzo redentor y por estas razones cumple a los hijos de España o de América que amen a su patria coadyuvar, en la medida de sus fuerzas y con todo empeño y sinceridad, a la labor de la unión iberoamericana". 32 Los ejemplos más significativos de dicha actitud los encontramos en las noticias relativas a México y Argentina. México, el primero de los nuevos estados americanos surgidos tras la emancipación con el que España concertó un tratado de paz y amistad en reconocimiento de su independencia, se erigió, asimismo, en uno de los que establecieron más fructíferas relaciones con su antigua metrópoli. En primer lugar, esa situación se reflejó en las numerosas alabanzas que desde ambos países se vertieron en favor de una más íntima unión. Sirvan de ejemplo las palabras que sobre la "madre patria" pronunciara en 1900 el líder de la colonia mejicana residente en Nueva York y que publicó El Correo de Andalucía: "Marinos españoles fueron los que nos trajeron la civilización de aquella época, mucho más avanzada que la azteca y acabaron con los repugnantes sacrificios humanos. España fue la que abolió el "non plus ultra" de las columnas de Hércules. Yo me glorío de tener sangre española en mis venas: esa sangre generosa que pobló desde la Florida hasta el cabo de Hornos y cuando las colonias llegaron a su período núbil, esa Corona de Castilla, Aragón y León se esparció en pedazos y de ella salió, resplandeciente una luz fulgurante: la república mejicana". Expresión que se completaría con la mención de datos concretos: "España había erigido en México su Universidad, nos había mandado sus mejores talentos, sus clérigos más ilustrados y sus más brillante poetas; por eso deseábamos llegar más pronto a la posesión de todos nuestros derechos". 33 En la misma línea destaca el festejo de numerosos episodios así como la firma de acuerdos de distinta índole, entre los que sobresaldría el que dio 32 Pérez Triana, S.: "Centro América y el Istmo de Panamá", en El Liberal, 3 de mayo de 1904, pág. 1. MARÍA JOSÉ RUIZ ACOSTA lugar al Congreso Panamericano que, inaugurado en octubre de 1901, congregó a la totalidad de los estados de la América del Sur. 34 Durante la celebración de dicho encuentro -proyectado para establecer un tribunal internacional de arbitraje-sería constante la petición del concurso de España en los asuntos hispanoamericanos; de ahí que a la Península se le enviara "en nombre de la América Latina un recuerdo desde el fondo de sus corazones, por ser la antigua metrópoli tanto más querida cuanto más infortunada". 35 La mencionada iniciativa se completaría con la firma de convenios de naturaleza intelectual -tales como el de Propiedad Científica, Literaria y Artística-al objeto de lograr que los autores, traductores y editores de cualquiera de las dos naciones gozaran en el otro país de los mismos derechos y garantías que sus propias leyes les otorgaban. 36 Un segundo acuerdo confirmaría el reconocimiento de títulos académicos entre España y los Estados Unidos mejicanos, pacto que posibilitó que los ciudadanos de ambos territorios pudieran ejercer, indistintamente, la profesión para la que poseían habilitación mediante diploma o título; también, permitía que los certificados de estudios expedidos por la autoridad competente de uno de los dos países fueran considerados válidos en el otro, y, eventualmente, se pudiera obtener un título, diploma o certificado en cada uno de los estados contratantes. Los mencionados pactos se completaron con la continua referencia a algo que en el conjunto de Hispanoamérica se apreciaba como uno de los vínculos mas fuertemente arraigados en las que fueran colonias españolas: la pervivencia del idioma español. El afianzamiento y la expansión de la lengua castellana y la defensa que de la misma se hizo frente al inglés constituyó para los diarios sevillanos una de las muestras más evidentes de la persistencia de un mismo espíritu en ambos contextos. La puesta en vigor, en 1902, de una disposición que imponía el uso del castellano -frente al inglés-a los empleados del ferrocarril mejicano se presentó como la ocasión propicia para que el periódico mejicano El Correo Español publicara el siguiente párrafo que El Porvenir reprodujo para los lectores de la capital hispalense: "Ya era tiempo de que la lengua castellana, que es la lengua del país, que es la que hablan el 95% de los que viajan, fuese obligatoria para los que tienen, ante todo, el deber de satisfacer las legítimas necesida- des del público. Hasta ahora se ha venido dando el caso frecuente de que se dirigía usted a algún empleado pidiéndole alguna información relacionada con el servicio y si se expresaba usted en castellano o le contestaban en inglés o con malos modales". 37 A lo dicho, habríamos de añadir la influencia de las corridas de toros en la república mejicana, prueba de lo cual sería la continua alusión a los más variados aspectos de la "fiesta". De ese modo, las noticias referentes a la construcción de nuevas plazas o al incremento de los aficionados se entremezclaron con la relación de las "faenas" que los más famosos toreros españoles ejecutaron en aquellas tierras. 38 Inscritas en otras coordenadas, pero gozando de idéntica estima, los rotativos sevillanos hicieron mención en sus páginas de los contactos y convenios establecidos entre España y Argentina. Al igual que en el caso anterior, las primeras muestras que confirmaban el deseo de un mutuo acercamiento se encontraron en el inicio de nuevas corrientes de afecto, como las que promovieran personajes públicos concretos. Entre éstos sobresaldrían las manifestaciones del presidente Julio Roca, responsable de la supresión de algunas estrofas del himno nacional argentino susceptibles de herir la sensibilidad de los españoles. 39 Igualmente, y con el fin de que en Argentina se olvidaran "prejuicios falsos" y "la instintiva aversión al conquistador", la opinión pública sevillana enfatizó la existencia de un espíritu común en ambos contextos. De ahí que en las páginas de los diarios hispalenses se recalcara el papel fundamental que España había jugado en las tierras por ella descubiertas. Muestra de ello sería este fragmento que publicara El Liberal en 1902: "No en balde corre por las venas de los hijos de los americanos nuestra sangre; no en vano hemos trasfundido en ellos, debilitándonos para muchos siglos, todas las energías y todos los arranques de la raza; por encima de las menudas intrigüelas y de los antagonismos, la voz de la familia, la ley del parentesco une, consolida, estrecha y hermana". 40 Del mismo modo, en una y otra nación se promovieron actividades de diversa naturaleza: los llamados Juegos Florales de Buenos Aires, conocidos certámenes literarios animados por una clara finalidad patriótica; 41 la inauguración de calles y plazas con los nombres de las más destacadas capitales argentinas y españolas; 42 y la firma de tratados que, como el de la Propiedad literaria, eran similares a los establecidos con México. 43 A los anteriores se sumó el desplazamiento a Argentina de un elevado número de artistas, pintores, profesores y conferenciantes peninsulares que, como la tiple Elena Fons, la compañía de Teatro de María Guerrero y Fernando Mendoza o es escritor y publicista Benito Pérez Galdós, marcharon a aquellas tierras atraídos por el fuerte españolismo que -se aseguraba-pervivía en la república; 44 dicho asunto se completó con la visita que influyentes personajes argentinos -políticos, académicos y periodistas-realizaron a la que fuera su metrópoli. 45 Ejemplos, en suma, concebidos dentro de un clima proclive a mantener viva la unidad hispano-argentina que alcanzó uno de sus momentos culminantes durante la conmemoración, en 1910, del primer centenario de la independencia de la nación americana. * * * En definitiva, cuestiones que podemos agrupar bajo el epígrafe de la aproximación espiritual entre dos contextos: el español, por un lado, y el hispanoamericano, por otro. Mas, como hemos indicado, tendencias que no resultaron ajenas al deseo de alcanzar objetivos de otra naturaleza. De este modo, los mencionados episodios se presentaron como el contexto más idóneo para la puesta en marcha de acuerdos de naturaleza comercial, alianzas que sirvieran -como recogía El Liberal-"para indemnizarnos
Canel fue una mujer de entre siglos, vivió en los años en que los presupuestos de la modernidad alcanzaban a las capas populares. Su vida estuvo signada por paradójicas posiciones: conservadora en la vida real, tanto por sus perspectivas políticas como por sus criterios con respecto al papel de la mujer en la sociedad, abordó en sus novelas y obras de teatro complejos problemas sociales a los cuales dio las soluciones más audaces. Fue directora del periódico La Cotorra, en La Habana, y de la revista Cosmos, en Buenos Aires. Aunque algunos la han considerado como una escritora americana por su larga estancia en el continente, ella se valoraba como una representante del españolismo más intransigente. Este artículo aborda algunas de las contradicciones presentes en una mujer con aspiraciones en la vida intelectual y responsabilidades familiares, entre los años finales del siglo XIX y los primeros del XX. En los años noventa del siglo XIX la sociedad cubana, en pleno cambio social, afrontaba una situación políticamente compleja. Cuatro años antes había cesado totalmente la esclavitud y desde que su liquidación se hizo evidente se fue incrementando la inmigración de fuerza de trabajo blanca, procedente de la Península. Aunque la mayor parte de los recién llegados no aspiraban a consumir su existencia en los cañaverales sino a disputar a los negros y mestizos los trabajos urbanos -labores artesanales y de servicios-, que desde tiempos inmemoriales estos realizaban, muchos constituyeron una emigración de tipo golondrina, que buscaba con el ahorro de sus jornales, mejorar su situación y la de las familias que habían dejado atrás a su regreso a sus aldeas y comarcas. En las capas populares se manifestaba el acelerado proceso de cambios, las mujeres blancas, negras o mestizas reclamaban, los inmigrantes establecían redes de solidaridad, se abrían nuevos espacios y se transformaban otros, todo anunciaba una nueva época. Pero paralelamente a la movilidad que ese proceso entrañaba, tanto para las capas urbanas como para las rurales de la sociedad cubana, la situación política se estaba tornando nuevamente peligrosa para la administración colonial. Los problemas económicos que habían llevado a Cuba a la Guerra de los Diez Años permanecían sin resolver, razón por la cual la situación era comprometida, las elites económicas procuraban constituir un grupo de presión que, supuestamente por encima de todo interés político, fuese capaz de obtener del gobierno colonial algunas de las reformas que necesitaban para el desarrollo de sus intereses económicos. 1 En ese especial contexto llegaba a la Isla de Cuba Eva Canel, o Eva Agar Infanzón Canel, que era su nombre completo. Las circunstancias que la trajeron a la Isla se derivaban del fallecimiento en 1889 de su marido, Pedro Perillán Buxó, que se había establecido en la Isla cinco años antes. 2 Eva mujer: esposa, madre y abuela Había nacido en 1857 en el poblado asturiano de Ocaña, huérfana desde los tres años fue llevada a Madrid por su madre cuyo apellido siempre usó. ¿Reconocimiento expreso hacia una persona que jamás menciona en sus cartas o escritos?, ¿desconocimiento del padre que no podía recordar?, ¿búsqueda de un apellido más sonoro para sus afanes de escritora? Al parecer tampoco sabía mucho de su familia materna pues fue en su retorno a Cuba en 1914, cuando tuvo noticias concretas sobre su abuelo. 3 Tal vez lo de cambiarse el patronímico fuese una costumbre familiar pues Pedro Díaz-Canel Lastra y Acevedo, se hizo llamar Pedro Canel Acevedo, fue abogado, poeta y arqueólogo, y como tal, miembro de la Academia de Historia. A los trece años Eva quiso ser actriz de teatro, en esas gestiones conoció al catalán Pedro Perillán Buxó, nueve años mayor que ella, con quien se casó siendo apenas una adolescente de catorce años. De esta unión nació su único hijo, Eloy. El matrimonio sólo duró catorce años, desde los 27 vivía sola y a los treinta y dos era viuda; jamás volvió a casarse. Sus referencias al marido son escasas y contradictorias, tuvieron una vida inestable y llena de aventuras. Pedro tuvo que abandonar la Península por razones políticas cuando aún estaban recién casados, vivieron en Montevideo (Uruguay), Buenos Aires (Argentina), Santiago y Valparaíso (Chile), y se establecieron en estancias más largas, en Bolivia y Perú. Sus vidas en tierras americanas rayaron la aventura, cuestión que debió marcarla profundamente. Regresaron a la Península en 1881, cuatro años más tarde, salía Perillán Buxó en un viaje a Cuba del que no cual no regresó. Pedro no le dejó bien alguno por lo cual tuvo que vivir en Barcelona al amparo de su tío político, Saturnino Lacal y Ramón. 4 De su marido expresaba que "tenía un nombre en la literatura y en el periodismo y la prensa latina en general",5 pero todo parece indicar que era su antítesis política, pues defendía a los autonomistas, en la prensa española, sobre todo a los puertorriqueños. 6 Pero sus discrepancias también se manifestaron en otros planos, ya una anciana escribía al marqués de Navas: "mi marido, que no ha economizado producirme disgustos, jamás hubiera consentido que nadie me los diese".7 ¿Esas desavenencias eran sólo profesionales? No lo sabemos, pero al menos éstas resultaban evidentes pues con franqueza expresaba que si Perillán no hubiese muerto, ella "habría venido a Cuba a ser lo que había sido antes; una esposa sumisa que escribía de vez en cuando sin consultarle nada y por lo cual, algunas veces, le ocasionaba disgustillos sin mayor importancia, que le hacían mucha gracia y los eludía". 8 No obstante, la Canel expresa que en vida de su marido había publicado mucho sobre América en La Ilustración Artística de Barcelona, en El Ferrocarril de Montevideo, en La Estrella de Panamá y en El Pueblo de Ponce. 9 A pesar de esa autosuficiencia, fiel reflejo de su fuerte personalidad, cuando ya viuda vino a Cuba y comenzó a publicar novelas, fue impugnada por algunos que dudaban de su autoría. Saturnino Martínez, 10 por ejemplo, consideraba que éstas eran de Romero Rubio, en tanto otros las atribuían a parte de la obra inédita de su marido. La calumnia no concluyó hasta que se estrenó El Indiano. Ante esta situación Eva reaccionó como solía hacerlo "cuanto más decían que los escritos no eran míos mas pruebas daba de que no había ningún hombre que me superase en valentía moral". 11 De una u otra forma resulta evidente que la Canel logró su realización profesional a partir de la muerte de su marido y que tal vez el temor a perder la independencia profesional que había obtenido influyera en su decisión de no contraer matrimonio nuevamente. Independientemente de la agitada vida profesional que comenzó a desarrollar a partir de 1891, fue una madre preocupada primero y una abuela protectora después. Todo parece indicar que el viaje a Cuba en marzo de ese año estuvo relacionado con la educación de Eloy, éste, influenciado por la dama de compañía de su madrina, una francesa que había vivido por más de treinta años en los Estados Unidos, quería estudiar en una escuela norteamericana, Eva lo matriculó en la Military School de Yonkers. Pero estas acciones tuvo que realizarlas desde La Habana, no por comodidad sino por necesidad, el viaje que se le facilitó fue en un vapor de la Trasatlántica Española, con el pasaje gratuito que le obsequió la marquesa de Comillas, 12 tenía además los contactos dejados por Pedro y las cartas de recomendación que le había facilitado Antonio Cánovas del Castillo para algunas personalidades de la administración colonial. A pesar de las largas separaciones que debieron soportar, entre Eva y su hijo existió siempre una relación estrecha y mutuamente protectora, que evidenció en los momentos difíciles. En 1898 Eloy estudiaba en la Universidad de Barcelona, cuando los Estados Unidos declararon la guerra a España decidió incorporarse al Regimiento de Artillería de Voluntarios. Al parecer tenía un carácter tan decidido como su madre; consiguió el pasaporte, desde Santander llegó a Saint Thomas, en un pequeño barco de cabotaje -el Olinda Rodríguez, que rompió el bloqueo, y entró en San Juan de Puerto Rico-, desde allí, tras ser apresado por un crucero norteamericano, logró llegar a Port au Prince donde el cónsul español le enroló en la expedición de la goleta María Amelia para llevar víveres al hospital de Baracoa. Se quedó al mando del fuerte de esa villa y para no rendirse, salió en una embarcación y fue recogido en el Canal de Maternillos por el Infanta Isabel. 13 Su compañero en esa aventura fue Arturo Díaz. Años más tarde, en 1908, cuando Eva sufrió un colapso nervioso, probablemente por el trabajo excesivo al frente de la revista Kosmos, del semanario Vida Española y de su imprenta, Eloy viajó a Buenos Aires, liquidó la pequeña empresa y la hizo descansar. Una situación similar se manifiesta desde 1914; a partir de ese año se evidencia en su correspondencia un vivo interés por viajar a los Estados Unidos, en el fondo está el deseo o la necesidad de reunirse con Eloy. Utiliza diferentes pretextos, entre ellos la intención de estudiar diversas cuestiones relacionadas con una modernidad que penetraba a las capas populares y trascendía hacia los problemas sociales que había engendrado: "estudiar los colegios de niños anormales, las cárceles de mujeres, la cinematografía, las industrias femeninas". Cualquier proyecto era válido porque en el fondo latía el deseo de ayudar al hijo que vivía entonces en Staten Island. A pesar de todos sus intentos no logró desplazarse, su situación económica era precaria y no podía hacerlo con recursos propios. A Eloy y su familia los trajo a Cuba, inicialmente, desde Buenos Aires donde "nos habíamos quedado sin un kilo, como llaman aquí a los centavos". Mientras que éste viajaba a Saint Louis, en Missouri, como director de una fábrica que dependía del Banco Español de la Isla de Cuba, ella los mantuvo: En Estados Unidos Eloy tuvo dos hijos más. Para 1927 había muerto y Eva, con setenta años, se consideró responsable de sus ocho nietos. Ante la adversidad reaccionó con una energía desmesurada para sus años: intentó escenificar sus obras sus obras a través de la Isla, pretendió llevarlas al cine en los Estados Unidos para lo cual solicitó la subvención del Duque de Alba. También manifesta, sobre la base de su furibundo españolismo y de su autosuficiencia, que puede ser una especie de embajadora del Rey en todo el continente; sólo ella sabría hacerlo, sólo ella podría, sólo ella actuaría adecuadamente. Pero detrás de ese accionar sólo está una pobre mujer desesperada: "la muerte de mi hijo, señor, ha truncado mi vida moral y material [...], ha muerto en tan desgraciadas circunstancias que me fue necesario comenzar de nuevo a ganar la subsistencia, no mía, sino de ocho criaturas". Ha vivido, ha resistido, ha luchado. Es solo una mujer anciana que aún intenta sostener su familia. Conocer a Pedro para entender a Eva Un análisis psicológico de Eva Canel pudiera demostrarnos que, formada junto a su marido -era una adolescente cuando se casó-, admirándolo profesionalmente, compartiendo con él una vida joven, pletórica de aventuras y desasosiegos, lo convirtió en su modelo de vida. Deseó ser famosa, aplaudida, hablar en público, polemizar, fundar periódicos, escribir novelas y obras de teatro y también, a su forma, participar en la política, aunque, a diferencia de Pedro, estuviese siempre del lado más conservador. Para tener una noción del paralelismo que la Canel, consciente o inconscientemente desenvolvió, es imprescindible conocer algunos detalles de la vida de Perillán Buxó. Sus avatares se aproximan a los de una novela por entregas, buena parte de estos fueron compartidos con ella y evidentemente condicionaron sus futuras acciones. Fue el primogénito de un médico izquierdista al que conocían por el "Marat de Castilla la Vieja", que era por más señas, aficionado a escribir poesía satírica. Como también fue militar se trasladaba de un sitio a otro con su familia. Los Perillán vivieron en Madrid, Aragón, Valencia y Andalucía; finalmente se avecindaron en la Corte, donde el padre era estrechamente vigilado por sus devaneos revolucionarios. Pedro heredó o asumió muchas de las características paternas. A los 13 años escribió su primera comedia titulada Los Negreros. También comenzó a estudiar medicina pero abandonó la carrera en el cuarto año, matriculó entonces en las Facultades de Derecho y de Filosofía y Letras, sin embargo tampoco concluyó estos estudios. Realmente sus intereses lo llevaban a pasar todo el tiempo en la redacción de los periódicos y en los pasillos del Congreso y del Senado. A los 18 años estuvo detenido por vez primera. En esa época escribía en El Madrileño, en Los Sucesos, en El Cascabel y en Gil Blas, que eran los periódicos satíricos de mayor importancia. También por entonces compuso, entre otras, sus comedias Un millón y dos Estrellas, Todo por un Simón, La sortija de Pelo, Colón Cortés y Pizarro, Un Secreto entre Mujeres, El amor y el cornetín, Cisco de retama, y La Antesala del Ministro. Sin abandonar la vida de teatro -entre 1869 y 1873 escribió más de cien obras-, fue articulista de La Discusión y de El Pueblo y formó parte de la redacción de Jeremías. También publicó en El Certamen, La Nación y La Iberia, y fundó algunos periódicos semanales como El Tío Palique y El Domingo. En enero de 1874 se trasladó a América, debido al golpe de estado ejecutado por el General Pavía. Entró en Uruguay, sin más ropa que la puesta, y pronto empezó a trabajar en El Siglo, pero las convulsiones políticas motivaron que a principios de 1875 tuviera que abandonar ese país clandestinamente. Llegó a Buenos Aires en un vapor, disfrazado de fogonero; allí fundó poco después el semanario satírico El Petróleo. Perseguido nuevamente marchó a Chile donde reanudó su afición teatral: escribió la comedia El Bajá de Melipilla, fundó la Compañía Buxó y contribuyó a formar el Teatro Nacional. También manifestó otra peculiaridad, su gusto por la exploración de regiones escasamente conocidas, que años más tarde adoptaría la Canel al escribir una serie de artículos sobre el Estrecho de Magallanes. Con Eva se embarcó para Mollendo, cruzaron el lago Titicaca y se presentaron en la ciudad de La Paz, que entonces gobernaba Hilarión Daza. Fue amigo de Sucre y compartió con las pobres "rabonas". 16 Fundó el primer diario de Bolivia El Ferrocarril; 17 allí estuvo un año, hasta que la amistad con Daza se fue enfriando, entonces concibió la idea de visitar a los misioneros franciscanos, y a las tribus aborígenes que habitaban más allá de las Yungas, en las fértiles orillas del río Ucayali, y allá se fue con los frailes, vistiendo el hábito, ejerciendo de lego, porque sin aquella indumentaria era seguro que los chunchos no le hubieran permitido entrar en sus tolderías. Estuvo 64 días entre los nativos, estudiando sus costumbres, sus dialectos, su modo de ser, presenciando sus fiestas y simulacros de batallas, regalándoles baratijas de quincallería a cambio de arenas de oro, flechas y pieles de animales. Marcharon entonces a Lima, donde Perillán publicó el periódico humorístico La Broma, y el diario Las Noticias. En este país prosperó, fue secretario de La Compañía de Obras Públicas y Fomento del Perú, socio director de la Editorial Prince y Buxó, arrendatario de una quinta agrícola en Lazo, propietario y redactor de El Comercio Español y fundador de El Casino Español; nunca antes había tenido tanto dinero, su capital se calculaba en 100.000 duros. Durante la Guerra del Pacífico estuvo de parte de Perú y Bolivia, fundó hospitales de sangre, organizó legiones sanitarias, renunció a una subvención oficial de 75.000 duros para gastos de sanidad militar, confiando a la caridad y al patriotismo de las damas limeñas las provisiones del campamento. Refería, como el más valioso de sus triunfos, que las mujeres en la capital peruana, desde la más aristocrática a la más humilde, lo habían esperado en la Plaza de la Exposición y desde allí lo hicieron apear del caballo y lo llevaron en andas dando vivas al amigo extranjero que les devolvía sus esposos, sus hijos y sus hermanos recogidos en el campo de batalla. Tras la derrota, escapó de los chilenos y cruzó los Andes. Después de sesenta días de caminatas y escondrijos llegó al puerto ecuatoriano de Guayaquil, allí se reunió con Eva y con su hijo Eloy. A bordo del Saint Simon arribaron nuestros viajeros a Santander en agosto de 1881; se trasladaron a Madrid en septiembre del mismo año, entonces resurgió en la capital de España La Broma, que llegó a ser el periódico más popular de su genero. Escribió para el teatro Las Macetas, ¡Hatchis!, y Los Matadores y paralelamente daba conferencias en los Casinos y Ateneos. Se dice que era buen orador y excelente polemista. Pero en la Península tenía causas pendientes, estuvo desterrado en Valdemoro y solo gracias a las gestiones de su mujer con el marqués de Comillas, pudo regresar a Madrid. En esta ciudad estuvo, dirigiendo y redactando el diario La Correspondencia Imparcial, hasta octubre de 1885, cuando un ataque cardíaco lo puso a las puertas de la muerte. Regresó a Barcelona, donde publicó artículos en El Tribuno, La Broma, El Jaleo y El Zurriago, y colaboró en El Siglo, La Vanguardia, La Ilustración Artística y El Noticiero Universal. Para el teatro escribió el melodrama El Maldito o Un río de oro, la comedia en un acto N.S.E y O, y la popular revista De Madrid a Barcelona, y estrenó el juguete De Juerga. También publicó un tomo de novelitas y cuentos ligeros titulado Bengalas, que se agotó en dos meses. Finalmente Perillán decidió "volver a las andadas y a conocer la parte de América que no he vivido: Cuba, Puerto Rico, Méjico y Centro América. Allá voy como peregrino de la idea, sin más caudal que mis obras, ni más compañera que mi pluma, ¿Volveré?". 18 Esa sería su última empresa. La vida de Eva Canel, desde la muerte de su marido, revela un marcado deseo de imitar sus acciones. Escribe para el teatro, publica novelas, redacta en diversos periódicos, utiliza todos los espacios posibles para presentarse en público como conferencista u oradora, incursiona en la Trocha, viaja a la Tierra del Fuego, es Secretaria de la Cruz Roja Española. Trata de trascender en los espacios públicos, para el privado sólo conserva el papel de madre. ¡Qué falta nos has hecho a todos! 19 Imposible parece encontrar escrita esta frase en una mujer que fue, sin lugar a dudas, una furibunda integrista, monárquica confesa, apasionada defensora de la permanencia del poder colonial en Cuba. Valdría entonces la pena construir algunas facetas de la personalidad de Eva, percibir el contexto en que conoció a José Martí, y tener una visión compleja y matizada de las relaciones humanas. La Canel se encuentra con Martí en Nueva York en 1891, cuando aún no había manifestado su incidencia en la conformación de una opinión pública proclive a la permanencia de los vínculos coloniales y pensaba que podía trabajar en la nación norteña. En la Península se divulgaba un supuesto interés de los Estados Unidos por todo lo español con motivo de las actividades que preparaban para la conmemoración del Cuarto Centenario del Descubrimiento. En Nueva York estaba la escritora Mary Serrano, que había traducido al inglés algunas obras de autores españoles y también José Martí, a quien había conocido a través de una relación epistolar con el escritor ecuatoriano Nicolás Augusto González. De ambos diría que "procuraban darme ánimos al verme descorazonada". 20 Veintitrés años más tarde la Canel confesará de su relación con Martí que "jamás hablamos de política española en general, ni antillana en particular; pero sí mucho de España, de literatura, de razas, de sociología, de hombres y de hechos [...] rehuía la conversación política él y yo, en aquel tiempo, no estaba facultada por la experiencia para abordarla ni rozarla siquiera". 21 Él, que la llamaba amiga, la despidió al salir para Cuba con una caja de bombones y le dijo: "No me escriba. Yo no le escribiré tampoco [...] porque no escribo a quienes bien quiero. Podría llegar a comprometerles". 22 Dice Eva que la comparaba con su madre, cuestión poco probable porque entonces ella tenía 34 años y Martí 38. A pesar de esa "ingenua" aclaración, cabe destacar que Eva vivía en Cuba cuando se produjo la Conferencia Panamericana, cuando se fundó el Partido Revolucionario Cubano, cuando se ocuparon las armas del Plan de Fernandina y también cuando su amigo Pepe, como le llamaba, murió en Dos Ríos. Hasta junio del 95 no funcionó en Cuba la censura de prensa para los asuntos de la guerra, sin embargo no mencionó a Martí en sus escritos de esos años, ni siquiera se refirió a la visión que éste tenía de la política norteamericana, o de su humanismo, o tampoco de su avenencia con los españoles de las capas populares que vivían en la Isla. Esperó a 1914, cuando la construcción simbólica del paradigma martiano estaba arraigada, entonces publicó las cartas de Nueva York, en que éste firmaba como su amigo, 23 y escribió para El Cubano Libre un artículo titulado "El Gran Místico (después de rezar en la tumba de Martí)", 24 en el cual la contradicción política que le había impuesto un "olvido voluntario" se manifiesta subrepticiamente cuando lo mitifica: "¿Sufría? ¿Creía? [...], nacía la sorpresa de verse frente a un místico reconcentrado en sí mismo", 25 en tanto que paralelamente reconocía que "Martí tenía de terrenal el profundo conocimiento del pueblo y de los políticos norteamericanos. Su aversión hacia ellos [...] se acentuaba con la frase rápida, precisa, categórica, para presentarlos, retratarlos y definirlos". 26 Pero de la política colonial de España en Cuba Eva no dice ni una palabra, ha pasado el tiempo y se repite el silencio comprometido y culpable de sus primeros años en la Isla. Eva escritora, periodista, viajera Si la Eva viajera estuvo presente desde que Perillán vivía, e inclusive a él debió su gusto por las aventuras y por conocer nuevos lugares, solo tras enviudar se manifiestan con fuerza sus intentos como periodista y escritora. La primera oportunidad de vincular sus aficiones aventureras al periodismo, la tuvo cuando fue enviada como cronista de la Cámara de Comercio de La Habana a la Exposición de Chicago y remitía dos trabajos mensuales que se distribuían a decenas de periódicos. Sin embargo, basándonos en sus propias consideraciones, sus momentos cumbres fueron la excursión a la Trocha de Júcaro a Morón en 1898, y su viaje a la Tierra del Fuego en 1905. La excursión fue una maniobra de Valeriano Weyler para manipular la opinión pública de la Isla y dar la impresión de que la insurrección estaba totalmente controlada. Su nefasta y sanguinaria política descansaba en tres pilares: deportación de los laborantes27 y presuntos conspiradores de las ciudades; reconcentración de la población campesina en espacios urbanos, para evitar su ayuda a los insurrectos; y construcción de trochas militares para contener en determinadas zonas al ejército mambí. En esta última dirección mandó construir una trocha, de Mariel a Majana, para contener las fuerzas de Antonio Maceo en Pinar del Río, y a fortificar aún más la de Júcaro a Morón, levantada durante la Guerra Grande, con la intención de hacer retroceder hacia la zona oriental a los patriotas y aislarlos en ella. La propaganda en torno a la construcción de estos baluartes militares era importante, pues los cubanos debían conocer detalladamente lo que Weyler estaba haciendo para de esa forma demostrarles y convencerlos de que no tenían posibilidades para resultar vencedores. Así surgió la idea de realizar una "excursión" de periodistas a la ciudad de Cienfuegos, plaza fuerte del integrismo, y después, por mar, continuar viaje hacia la Trocha. Todo aparecía como muy espontáneo, pero desde luego no era más que un montaje propagandístico. Los periodistas implicados fueron Nicolás de Gamboa, Antonio Porrúa, Fernández de Castro y Eva Canel. Estos publicaron un álbum con sus impresiones y las anécdotas del viaje, que dedicaron al sanguinario Valeriano Weyler, marqués de Tenerife. En éste abundan las fotos, en algunas aparece Eva, gorda, peinada con la raya al medio y un ajustado traje de cuadritos blancos y negros -tal vez por eso conocía directamente las necesidades de un buen corset-, junto a ella su primera "dama de compañía", Claudia Touceiro y González -pues una señora no debía viajar sola-. Esta aprovechó su estancia en Cuba mucho mejor que la Canel al casarse, años después, con un rico comerciante. Pronto la periodista se convirtió en el centro del viaje: "Eva se enamora [...] de todo lo que es estudiar a nuestra España militar, esa fase hermosísima de una patria tan grande, tan heroica y tan adelantada". Su presencia femenina era importante porque aparecía como un símbolo maternal, portador de sentimientos caritativos, siempre dispuesta a estar al lado del soldado enfermo o herido. Otra foto capta su imagen repartiendo pesetas entre los soldados que viajaban en el Purísima Concepción, con rumbo a Júcaro. 28 En el hospital de Ciego de Ávila, con su brazalete de la Cruz Roja Española,29 aparece visitando a los infelices voluntarios enfermos, la propaganda continúa: "Eva quiere a los soldados como si fueran sus hijos, los mima, les habla en su dialecto a los más, les pregunta si tienen padres, si han dejado novia en el puerto, les toca las manos y la frente, de cama en cama recorrió cuatrocientas ochenta y dos". 30 Aparece como una madre generosa que reparte obsequios, y no es que personalmente no pudiese serlo, sino que a partir de esto se construye deliberadamente una imagen de altruismo, aunque esta generosidad resultaba restringida, desde luego, a los soldados españoles. En el Álbum también se habla de una figura que no podía ser obviada, Manuel Calvo, jefe en la sombra del fuerte grupo de poder pro-peninsular, 31 aparece como "gran patriarca de los leales [...], encarnación de la patria española en Cuba, amparo del desvalido, benefactor de la humanidad y corazón tan grande como Euskaria, donde vio la luz". 32 Pero estas imágenes, creadas intencionalmente, no resultaron perdurables; para los voluntarios la guerra significaba enfermedad y muerte, en los campos de batalla se sentían solos y abandonados, sin saber a ciencia cierta qué defendían. Eva Canel, por el contrario, recordaría esta excursión años más tarde, en su correspondencia con el marqués de Navas, 33 como uno de los momentos más felices de su vida, cuando la llamaban la Señora, la Dama del Morro, y los soldados la adoraban. Por sus servicios a Cuba, antes del 98, Weyler solicitó para ella el título de marquesa de Rodas y la Gran Cruz del Mérito Militar con distintivo blanco; ya le habían entregado todas las condecoraciones de la Cruz Roja Española y una placa de honor. Tras la muerte de su hijo, la Canel reclamará reiteradamente los méritos prometidos, probablemente porque estos implicaban cierta retribución económica, 34 y se encontraba en la mayor pobreza. Resulta una gran paradoja, tal vez la mayor y más inexplicable de su vida, su admiración por Valeriano Weyler y su declarada fascinación por José Martí. Un carácter muy diferente tuvieron sus relatos sobre la Tierra del Fuego publicados en Kosmos, que le merecieron ser admitida como miembro de la Real Sociedad Geográfica Madrileña. En diversos números aparecen fotos de los habitantes de la región y se relatan su modo de vida y costumbres. En esa época Eva tenía 52 años y aún manifestaba su gusto por la aventura. Otra de sus vertientes periodísticas fue la satírica. En 1892 comenzó a editar, a sugerencia de algunos compañeros de profesión, el periódico La Cotorra, 35 con una línea similar a la que había tenido La Broma. El periódico se anunciaba, en clara alusión al sexo de su directora, como "Organa 32 Álbum de la Trocha..., pág. 37. 35 Solo hemos podido localizar un número de este periódico, el correspondiente al 8 de enero de 1893, año II, no 54, que se encuentra en la Sala Cubana de la Biblioteca Nacional José Martí. Tenía su redacción en la calle Ejido no 2, Bajos, y el número suelto se vendía a 15 centavos plata. La caricatura central representa la llegada a Cuba y también la partida de Mr. Call. Este es acosado, a su llegada, por los periodistas de El País y La Lucha, de tendencia autonomista, también se le acerca el periódico La Unión Constitucional, baluarte del integrismo, en tanto El Diario de la Marina le presta menos atención. Al salir del país, una mujer, que simboliza a España, le da un puntapié, en tanto El País y La Lucha, se conduelen. EVA CANEL, UNA MUJER DE PARADOJAS Tomo LVIII, 1, 2001 (sic) política, satírica y libérrima" y el ex ergo recalcaba: "No sabe tirar el sable (la cotorra). No se bate más que a picotazos". Su triple condición de huérfana, viuda y madre de un hijo menor, supuestas desgracias, permitieron a Eva Canel dirigir personalmente su publicación pues no tenía representante legal que la supliera; 36 tal vez por esto buscó y encontró en la cotorra una representación simbólica femenina que resalta en el ex ergo, y es que, en definitiva, los "picotazos" iban bien con su compleja personalidad. El periódico se caracterizaba por las caricaturas dibujadas por Rosendo Fernández, quien las ofreció gratuitamente hasta tanto pudiesen cubrirse los gastos de edición. En su vertiente literaria Eva Canel escribió siete novelas y cuatro dramas, entre las que se destacan Trapitos al Sol y La Pola, redactadas en España. Durante su estancia en Nueva York, escribió, a solicitud de Mary Serrano, una novela que tituló Oremus. Quince días encerrada en un saloncillo del hotel le bastaron para culminar su redacción. El tema de esta obra, como el de otras que escribió, era sumamente escabroso para la época, pues trataba sobre el adulterio, una madre infiel y una hija que no sólo le sigue los pasos, sino que llega a ocultar el asesinato del padre para no implicar a la autora de sus días. Más tarde concluyó en Cuba su novela Manolín, que reitera el tema de los hijos naturales y de las relaciones extra-matrimoniales, algunas con carácter incestuoso al producirse entre miembros de una misma familia. La edición fue costeada por el Centro y la Beneficencia asturianos, en tanto otro comarcano, el marqués de Pinar del Río, aportaba el papel. Su drama La Mulata, fue estrenado en el Teatro Payret, el 10 de noviembre de 1893; en este caso el tema, también candente, era racial. El padre, catalán y blanco, rapta al hijo que ha tenido con una mulata y lo lleva a España, tras múltiples peripecias, ya adulto, el joven reconoce y acepta a su madre. Poco después llevó a las tablas El Indiano. En diferentes ocasiones la Canel manifiesta sus criterios anti-racistas, durante a su viaje a Santiago de Cuba en 1914 visitó diversas asociaciones de negros y mestizos integradas por individuos amantes del progreso, entonces reiterará: "yo no distingo de colores, tan solo de educaciones, virtudes y culturas [...]. Ya sé que estas ideas mías, expuestas pública y claramente hace ya muchos años [se refiere al debate generado en torno a La Mulata] encuentran resistencias en la mayoría de 36 A pesar de esto la solicitud del periódico fue realizada por Lucio Suárez Solís, quien manifiesta al gobierno la intención de publicar, a partir del 15 de noviembre de 1891, un periódico semanal con caricaturas, que se imprimirá en el establecimiento tipográfico de D. Manuel Romero Rubio. Anuario de Estudios Americanos las gentes, grandes polémicas he sostenido por lo mismo; y es que yo no comprendo el rechazo de un hombre instruido, educado, por una sociedad tan impura, tan defectuosa, como la que rige hoy los destinos del mundo, ni menos la razón del rechazo montada en diferencias pigmentales". 37 Los polémicos temas abordados por la Canel abren otra interrogante: ¿Cómo una mujer cuya conducta en la vida real se caracterizó por la intransigencia y la inflexibilidad, fue capaz de abordar en la literatura temas escabrosos y darles las soluciones más audaces? Eva: feminismo y perturbación social En 1896 Eva Canel declaraba: "Soy una mujer a la española, rancia, que practico, por necesidades de la vida moderna, el derecho incuestionable de luchar con tesón y firmeza por el bienestar de los seres que tienen derecho a mis sacrificios" 38. ¿Quería decir con eso que era una madre dispuesta a ganar el sustento de su hijo? ¿No resulta esta aseveración una expectativa muy limitada para la Eva escritora de novelas portadoras de profundos conflictos sociales y morales? ¿Cómo relacionar este criterio, con una mujer cuya noción del valor político del espectáculo le permitía cabalgar, en las paradas y desfiles, junto al Estado Mayor Español, vestida con su uniforme de la Cruz Roja? 39 Afirmaba que no pretendía sustraer a las mujeres de la esfera de acción "que le conceden su sexo y sus actitudes", tampoco consideraba necesario que tuviesen títulos universitarios que las alejasen "de su ambiente y de sus deberes". Pero nada de esto tenía que ver con su comportamiento real, puesto que las acciones de su vida poco se relacionaban, al menos desde 1889, con las de una mujer doméstica controlada por el marido, el padre, o el tutor. ¿Podríamos entonces deducir que la Canel expresaba lo que cada público quería escuchar?; esta ruda conclusión permitiría al menos dar una explicación racional a las paradojas que se establecían entre su decir y su actuar. Claro que no siempre era así, pues desenvolvió contiendas de las que estaba raigalmente convencida, como por ejemplo la relacionada con el divorcio y no porque el debate en torno al mismo fuese una cuestión religiosa, sino porque lo consideraba un problema social que afectaba "la moral de la familia que era la base de la patria". 40 La polémica en torno a esta cuestión en el Congreso Nacional Argentino, al cual replicaba la Canel, tenía por base atribuir todos los males, incluyendo ese, a la administración colonial española cuyo Código Civil reflejaba el divorcio como una simple posibilidad de separación en condiciones extremas, pero impedía la concertación de un nuevo contrato matrimonial. Eva, españolista hasta la médula, podía abordar en sus novelas el adulterio pero no era capaz de admitir, en la vida real, una separación legal. Reconocía que el matrimonio "no excluía las pasiones", 41 estas debían ser combatidas con "severidad", 42 aunque también con "indulgencia". 43 Era preferible ser tolerante y tener valor para sufrir, dulzura para amar y "fuerza moral para llevar sobre los hombros la carga que nos resulte pesada". 44 Tal vez para no tener que practicar esas "virtudes" decidió no arriesgarse en un nuevo matrimonio. Se preocupaba por los efectos que el divorcio podía tener en las capas populares, pues esto afectaría el sustento de los hijos, no tenía en cuenta, sin embargo, que en Cuba 45 las uniones entre los pobres eran por lo general consensuales y la mayor parte de los niños eran hijos naturales y que por esa razón la ley del divorcio también fue muy debatida, por lo cual tuvo a su favor, esencialmente, a las mujeres de las capas altas y medias de la sociedad. Algo similar debe de haber ocurrido en la Argentina de esos años. Como los planteamientos realizados por la Canel en la Universidad de Córdoba fueron muy criticados por los principales periódicos, trató de justificar su interés sobre la base del cariño que tanto ella como su difunto marido habían tenido por Latinoamérica. También argumentó los deberes adquiridos con el matrimonio sobre la base de su experiencia personal: "recuerdo [...] que el secretario del juzgado estuvo más de media hora leyendo los Anuario de Estudios Americanos deberes que imponía la ley a cada uno de los contrayentes, de cuya media hora, solo cinco minutos corresponderían a los deberes de los maridos". 46 Eva siente placer en reiterar continuamente su posición antifeminista e insiste en que para modificar la situación de la mujer en la sociedad había que comenzar por modificar los sistemas escolares, pues la educación de éstas distaba mucho de asimilar y seguir las pautas modernas. 47 Celebraba, sin embargo el trabajo profesional de las mujeres, se refería por ejemplo, a las linotipistas cubanas como "dominadoras muy gallardas" de la caja, aunque también confesaba que jamás había creído que esa profesión llegase a tener raigambre femenina. 48 Protestaba por la desatención social hacia a la mujer que, decía, se encontraba en Cuba muy descuidada, puesto que aunque los españoles habían logrado edificar excelentes quintas de salud, con un sistema de atención poco común para la época, no lo hacían extensivo a sus compañeras, que no hallaban refugio a través del mutualismo, limitándose la atención a aquellas que, por tener una posición acomodada podían pagar sus estadías. 49 También se refería a que La Habana estaba, a principios del siglo XX, plagada de sirvientas españolas, sin protección ante la marginalidad, ni sistemas educacionales de ningún tipo, acusando a sus propios compatriotas de que muchas de estas cayesen en el abismo por su indulgencia y culpa. Pero nada de esto se concretaba en una acción social desenvuelta a partir de las mujeres; para la Canel el feminismo perturba, conmueve, trastorna las bases de la sociedad y rompe con su criterio de una familia conceptualmente estable, ese equilibrio debía sostenerse a cualquier precio, aunque fuese pagado por las propias mujeres. He ahí su desacuerdo, con esa corriente, aún cuando, en el plano individual estuviese siempre dispuesta a quebrantar normas y a asumir las consecuencias. La razón de lo implacable Hipercrítica con unos y bondadosa con otros; entre estos extremos se manifestaron muchas de las valoraciones realizadas por Eva Canel a lo largo de su vida. Resentimiento, envidia, rencor, animosidad, resquemor, estos sentimientos debieron estar presentes en algunos de sus juicios, pues Eva no perdonaba discrepancias de ningún tipo, su intransigencia resultaba medular y también, por consiguiente, se manifestaba como inflexible e incapaz de admitir criterios y posiciones divergentes a los suyos. Ella, paradigma de periodista, no era capaz de aceptar, desapasionadamente, el éxito de otros. Cuando viaja a Cuba Manuel Aznar dice con sorna "aquí nos cayó un fenómeno periodístico, oratorio, petroniano y algo más que se me queda en el tintero [...]. Después de muchos paseos y muchos banquetes en los casinos de moda, muchos discursos en las sociedades españolas, se nos apareció el señor Aznar aceptando la dirección técnica de El País", 50 y sumamente molesta porque éste había acudido a un acto izquierdista, añade que con motivo de "la muerte de Lenine [sic] se le ocurrió al alcalde de Regla [...] plantar un pino [...] en honor del ruso hirsuto arrastrando consigo todos los bolsibikes [sic] hojalateros que sumaban dos o tres mil". 51 Eva incursiona en todos los campos, incluyendo el económico, y en todos piensa puede sentar cátedra. De Ruano de la Sota, ex Ministro de Hacienda español, dirá: "Pobre señor, si no posee otros más que los problemas estudiados ahora, le vamos a dar un suspenso morrocotudo precisamente en lo que cree dominar". 52 Las vanguardias le daban escozor: ya anciana, replicaba porque la Academia nombraba como miembros correspondientes a los "vanguardistas". Utilizando el rumor sobre la vida privada, la emprendió, ignorando su ya destacada presencia en la cultura cubana, contra un joven y prestigioso intelectual llamado Jorge Mañach, del que proyectó una mixtificada imagen pública cuando solo se refiere a él como "hijo de un abogado gallego, muerto casi trágicamente en una junta de socios del Centro Gallego y casado después con la hija del culpable de la muerte de su padre". 53 De similar forma ataca y desvaloriza a prestigiosas figuras como Miguel de Unamuno o Rubén Darío, al cual critica, improcedentemente, cuando se hablaba de hacerle un monumento. De forma similar se comporta con su compatriota Concha Espina, quien de imagen entrañable, se convierte en una figura enjuiciada en su tránsito del anonimato a la fama. "Carta de Eva Canel al marqués de Navas", no tiene fecha, pero una nota dice que fue respondida el 21 de julio de 1924. Concha comenzó a publicar en Kosmos, donde la Canel le abrió un espacio que supo aprovechar y que, indudablemente, agradeció, cuestión que se evidencia cuando años más tarde le dedica unos versos en los cuales explica su iniciación en las letras: Cargada de ilusión y de entusiasmos a la literatura seguí los pasos y al avistarla de tu pluma española seguí la magia. Poco tiempo ha pasado desde aquel día, temerosa, del arte voy por la orilla y en su centro descubres sus primores y sus misterios. [...] mi admiración compendia todos tus méritos. 54 Muy halagada debió sentirse Eva por un reconocimiento que la presentaba como una legadora de favores que iba por el mundo "derrochando ingenio", por lo cual, desde luego, no dudó en divulgar los versos de referencia en Kosmos. Sin embargo, cuando Concha, en una entrevista, hizo referencia a que sus primeros y pequeños sueldos los había ganado en esa revista, Eva montó en cólera comentando que, cuando en España se pagaba 10 pesetas por un artículo, ella le pagaba a la Espina 25, y se refería a que durante su enfermedad del año 1908, cuando ni siquiera se le permitía leer la correspondencia, ésta le había escrito colérica porque no se le había liquidado un trabajo, entonces su primo Francisco Canel, se ocupó del asunto. Todo terminó con una amistosa misiva de Concha. La Canel resultaba implacable en todo lo que se relacionaba con su autoestima, y nunca perdonó a su compatriota. Refería que ésta no sabía hablar en público y que, cuando en el año 1927 había visitado La Habana, no había sido capaz siquiera de leer su propia conferencia, por lo cual ella debió sustituirla, interpretando como una incapacidad lo que posiblemente fue una deferencia. En su correspondencia con Navas criticaba la forma de redactar de la Espina y expresaba: "no es tan buena" y maneja inadecuadamente el castellano, pues utiliza la frase "hablarles a ellos", en lugar de "hablar a ellos", que es la forma correcta. En su correspondencia con Navas, relata su supuesta polémica con Nicolás Rivero, director del Diario de la Marina, periódico que no dejó de leer durante su estancia en Buenos Aires, porque éste no publicó un artículo que le había pedido; el fondo de la cuestión era muy simple, éste le había solicitado una crónica sobre Concha Espina y ella había escrito un trabajo cuyo protagonista era la revista Kosmos. Más tarde consiguió editarlo en el periódico El Diario Español, del gallego Adelardo Novo, la anécdota muestra el evidente protagonismo de la Canel, que de una u otra forma no se conformaba con ocupar un segundo plano. Sin embargo, se refería con respeto y afecto a Mercedes Matamoros, de quien imprimió un poemario, a Celia Delmonte de Delmonte, a Luisa Pérez de Zambrana y a Domitilia García de Coronado, con quienes había compartido en Cuba. A Luisa la consideraba "la dulce poetisa, la mujer mártir, aquella a quien no dije adiós en el 98" 55 y que, sin embargo, le había escrito un poema a su regreso a la Isla; a Domitila la caracterizaba como "galana escritora y culta pedagoga". 56 Pero ninguna de éstas habían sido sus antagonistas. Su españolismo: ¿añoranza o necesidad de reconocimiento? Eva Canel no ha sido reconocida en la Península como una mujer de las letras españolas; situada entre dos mundos no fue juzgada en su época como tal, en tanto tampoco puede considerársele como americana, pues continuamente reivindicaba su peninsularidad. Carmen Burgos, por ejemplo, se refería a ella como "la gran escritora argentina", 57 pues fue muy conocida a través de la revista Kosmos, editada en ese país. Extranjera para unos y ausente para otros, nadie la reclamaba con la fuerza que ella deseaba; esta realidad debió herir su ego y su manifiesta 55 Canel: Lo que vi en Cuba..., pág. 26. 57 Burgos, Carmen: "Conferencia Femenina", Revista Fémina, La Habana, junio de 1912, año 4, no 6. Anuario de Estudios Americanos susceptibilidad, sin embargo Eva siempre se sintió y también se manifestó como española a ultranza, al punto de representar en Cuba, durante su primera estancia, de 1891 a 1898, a los elementos políticamente más reaccionarios. Reflejaba su intransigencia, durante la Guerra de Independencia, no solo a través de sus escritos, sino de sus actitudes: vestía el uniforme de rayadillo de la Cruz Roja Española, que ella misma sugirió implantar, aparecía en los actos oficiales no como periodista sino en función de ese cargo y manifestaba su apoyo incondicional a la política oficial, y a la acción genocida de Valeriano Weyler. Cuesta trabajo pensar que una mujer que viviese en Cuba, con la experiencia de la Canel, pudiese respaldar la reconcentración que aniquiló a buena parte de la población civil del occidente del país, sobre todo a niños y mujeres. Mientras que Eulalia de Borbón, hija de Isabel II, en viaje oficial a la Isla, llegaba a decir en 1893 que a los cubanos "les sobraba razón en sus deseos de libertarse",58 ya que España siempre había desoído las peticiones de los insulares, la Canel, viuda de un liberal, entendía su españolismo como la adhesión a las posiciones más reaccionarias. Años más tarde reivindicará, bajo el concepto de fidelidad, esas acciones y considerará que nadie, fuese cónsul, diplomático o embajador, podía representar con mayor devoción y lealtad que ella, la política española en cualquier parte del mundo; se consideraba una especie de emisaria del Rey. 59 Llegó a expresar, inclusive, que sería preferible para el gobierno español relacionarse con los Estados Unidos que con los países latinoamericanos, ya que estos habían renegado de su metrópoli. Desde luego este criterio se enmarca en sus deseos de establecerse en la nación donde vivía su hijo. Por esa razón mucho debieron agradarle los versos de Concha Espina: Y si de ti me cuentan divinas cosas la mejor es que sabes ser española. Durante su segunda estancia en Cuba, que se prolongó hasta el fin de sus días, criticaba a los inmigrantes peninsulares, pues consideraba que circunscribían la patria al Centro Regional y a la Casa de Salud que habían construido en la emigración, y estimaba que de esta forma competían entre sí, en lugar de unir sus esfuerzos y considerarse españoles antes que todo. En esos momentos gran parte de los establecimientos regionales eran más poderosos que el Casino Español, los criterios de la Canel apoyaban las intenciones controladoras de los miembros del Casino pero no tenían peso alguno en las decisiones que pudieran tomarse al respecto. Muchas posiciones de la Canel fueron interesadas y también parciales, en sus cartas a Navas, que era funcionario de la Monarquía, hacía comentarios que podían incidir en el destino de algunos funcionarios. Del presidente del Centro Gallego en la Isla diría que era "un abogado renegado, toda vez que tiene carta de ciudadanía cubana", también difama al ministro de la Legación Española en Cuba Alfredo Mariátegui, que aspiraba a ser nombrado Embajador, del cónsul expresará "que no ha sido nunca modelo de moralidad", y en su correspondencia privada se referirá a los escándalos que daba y a sus relaciones con las coristas. 60 No se trata desde luego, de valorar la equidad de las observaciones realizadas por Eva, sino de la forma utilizada y de las conclusiones a que llega al expresar que a Cuba, en 1924, debía venir nada menos que "un militar de los que calzan todavía borceguíes y se ponen medias de lana en el invierno, que no haya nacido en Cuba [...] que venga a oír no a los aduladores de siempre, si no a los que saben hablar". 61 Nueva visión de Cuba, el regreso ¿Por qué razón regresó Eva Canel a Cuba? Había salido en 1898 en un momento crucial: el crucero Maine había explotado en la bahía habanera, habían perecido cerca de trescientos marinos norteamericanos y la situación era manipulada políticamente, tanto por el gobierno norteamericano como por los emigrados cubanos, para precipitar el fin del conflicto. En sus relatos ella, protagonista siempre, potencia su protagonismo y dice que, junto al periodista Paco de Oro, se la acusaba por el estallido del barco, y que por esa razón había sido evacuada a México. Esta interpretación, desde luego, resulta disparatada, aunque es evidente que el Capitán General Ramón Blanco Erenas, que había sustituido a Valeriano Weyler, deseaba 60 Hace referencias a que la policía entró en "un bailongo asqueroso" y encontró "al Ministro de España que era el más vestido de todos porque estaba en calzoncillos y camiseta". Añade que "se le podía ver por la calle acompañando a una mulatona y llevándola al teatro[...]. En el barrio de Jesús María es muy popular a causa de la canela en caña" [subrayado en el original]. BPR, "Carta de Eva Canel al marqués de Navas, 1 de julio de 1923". Anuario de Estudios Americanos evitar todas las confrontaciones posibles y tanto Eva como su colega eran sumamente contestatarios. Sus explicaciones sobre el retorno son diversas; en el libro publicado en Cuba en 1916 expresa que el médico, durante una estadía en Panamá, le dijo que sufría "una sobreexcitación cerebral", que el insomnio la extenuaba, por lo cual requería reposo y silencio; no obstante ella consideraba -influenciada por Felicia, su segunda dama de compañía-, que lo que necesitaba realmente era volver atrás, ver a su hijo, a sus nietos, a sus compañeros más queridos. Entonces le escribió a su amigo y compadre Antonio Díaz Blanco, quien le propuso viajar a Cuba para descansar, en lugar de internarse en un solitario hospital. ¿Buscaba eso Eva cuando se decidió a escribir? ¿Cuál era el motivo de su depresión? Ella no tenía bienes de fortuna, vivía de su trabajo periodístico y editorial, ingresar en un hospital significaba un gasto considerable, en su correspondencia también se refleja la insolvencia del hijo. Frecuentemente conversaba con un amigo asturiano sobre España, y sobre los acontecimientos políticos y sociales del momento, entre los que se destacaba la apertura del Canal de Panamá. Relata que éste le había puesto una guajira en el fonógrafo y ella había roto a llorar "como si hubiese sido la praviana". 62 En otra referencia dirá "Yo no he podido oír una guajira, después que salí de Cuba en 1898, sin llorar amargamente";63 no era Eva, sin embargo, una mujer con la sensibilidad a flor de piel. El motivo de su crisis se hace evidente cuando expresa: "me giraba por cable mi buen compadre trescientos dólares para ayudar a mis gastos". 64 En Cuba pensaba encontrar todos los remedios para sus males. La correspondencia con Navas refleja que había salido de Buenos Aires cuando se decía que los norteamericanos harían pasar un buque por el Canal de Panamá con motivo del Cuarto Centenario del Descubrimiento del Pacífico, en septiembre de 1913, pero todo resultó ser falso; también expresa que la Primera Guerra Mundial había trastornado todos sus planes y la había obligado "contra todo deseo" a radicarse en Cuba,65 a la cual había regresado tras dieciséis años de ausencia. Pero, a pesar de todo, reconocía que la capital que dejó, poco tenía que ver la ciudad que la recibía. Recalcaba, desde luego, que este progreso no se debía a la independencia sino al "impulso del progreso universal en los últimos tres lustros" -es decir, retrotraía el inicio del esplendor a la etapa colonial-y remarcaba aún más: "los españoles con sus grandiosos edificios sociales, los propietarios fabricando casas numerosas, han hecho de la capital de la isla de Cuba una hermosa ciudad y todavía promete mucho, porque va en crescendo" [sic]. 66 Pero también reconoce que al entrar por el puerto no había reconocido a la ciudad, que no respondía a sus recuerdos: "Aquella boca por donde yo había entrado cinco veces, en el transcurso de ocho años, me parecía desfigurada [...] ¡Es el Vedado que ha crecido, que se ha transfigurado! [...] Aquella Habana que tenía ante mi vista ya no era la de mis amores, la mía se había esfumado, se había muerto [...], en su lugar quedaba una hija acaso parecida [...] pero no era la mía".67 Las quintas de Marianao, tristes y abandonadas a su salida del país, se le mostraban con un "atractivo seductor", había tiendas bien surtidas y vías urbanizadas. Eva avizoraba una perspectiva diferente para Cuba: "De este suelo y de este clima se puede hacer la estación invernal de los adinerados y de los necesitados de América y de Europa". 68 Como antaño, la Canel recorre la Isla, es entrevistada y entrevista, publica en periódicos importantes, se le invita a dar conferencias en los centros regionales, especialmente en el asturiano, se reúne con viejas amistades, viaja a Puerto Rico, recorre esa otra isla donde comprueba, tanto la penetración de la cultura norteamericana como la resistencia de las raíces españolas, y regresa nuevamente. A finales de los años veinte podrá decir que no pensaba quedarse, que la guerra la retiene en Cuba, que había deseado regresar a Argentina e ir a España, pero la realidad era que añoraba reunirse con su hijo y que el viaje a los Estados Unidos, que tanto ambicionaba, no se le proporcionó, porque ¿de qué iba a vivir allá, sin amistades y sin conocer el idioma? Eloy no podía mantenerla y Primo de Rivera no escuchaba sus ruegos sobre una dispensa diplomática, que aún cuando no estuviese acompañada de los honorarios del cargo, le brindase cobertura para realizar investigaciones que pudieran traducirse, al igual que había hecho durante su estancia en la Exposición de Chicago, en artículos que recibirían diversos periódicos. A pesar de sus posiciones durante la etapa colonial, Eva fue acogida en Cuba cálidamente. Pocos se acordaban de sus artículos a favor de Weyler. Por otra parte la inmigración española se había incrementado rápidamente al impulso del crecimiento económico de la Isla. Hasta los años treinta buena parte de la riqueza de Cuba estuvo en manos peninsulares y un número apreciable de éstos se desempeñaban en el pequeño comercio y en la esfera de los servicios de las ciudades más importantes. Como esta inmigración fue mayoritariamente masculina, se habían constituido muchos hogares de padre gallego, asturiano, o canario y madre cubana. Tampoco la concepción martiana sobre la guerra había excluido la participación de los españoles junto a los cubanos, el conflicto se libraba contra la administración colonial, no contra los trabajadores peninsulares que vivían en la Isla. Esos factores incidieron en una asimilación natural de esa presencia en la sociedad cubana. Todo ello se reflejó también en la aceptación a Eva Canel. Pobreza, tristeza y solidaridad. Sus últimos años en la Isla La Canel, anciana y sin recursos materiales, intentó reproducir sus acciones de otro tiempo para conseguir dinero, pero tenía ya setenta años, afirma que había tenido éxito en La Habana, pero recorrer la Isla reponiendo sus obras teatrales no debía resultarle fácil. No obstante, su situación económica era precaria desde mucho antes, en 1924 el Diario de la Marina69 propone comprarle una casa, a ese efecto se crea un comité presidido por José A. Presno y del cual formaba parte Manuel Otaduy, representante en Cuba de la Trasatlántica Española. En 1928 José Aixalá publica un trabajo sobre la Canel en su columna "Gente de Casa", donde la consideraba la primera mujer conferencista de América Latina. En ese momento Eva, por el relegamiento a las demandas que había realizado ante el gobierno español, afirmaba que éste no la había ayudado jamás. Para 1929 vivía en un edificio conocido como Palacio Díaz Blanco, ubicado en las calles de Belascoaín y Clavel, propiedad de la familia de su compadre y benefactor Antonio Díaz Blanco, que se lo había facilitado. Considera que su apartamento era modesto, que en nada se parecía a su casa quinta de Buenos Aires y se quejaba de que el ruido de la calle, de los niños, del transporte, la imposibilitaban de trabajar. Es evidente que vivía sola, y que los nietos, por los que tanto se había preocupado, seguían en los Estados Unidos con la madre. Eva Canel falleció en La Habana, ciudad que había amado entrañablemente, el 2 de mayo de 1932. Tuvo una vida intensa y llena de contradicciones, luchó contra prejuicios y fue portadora de otros, era prepotente y autosuficiente y debió vivir sus últimos años gracias a la ayuda de sus amigos en la Isla, pero probablemente aún en esos momentos mantenía los rasgos que habían caracterizado su recia y contradictoria personalidad: "Yo soy la única que puede hablar, la única que no ha tenido subvenciones, porque jamás las ha pedido [...], que no ha gozado de sueldos del gobierno de España [...], que no ha pedido nada ni ha tenido nada [...], que ha escrito voluminosos libros en honra de mi patria y de los españoles [...] y los ha regalado [...]. Algunos españoles residentes en el Nuevo Mundo me han ayudado particularmente a trabajar, no a holgar, ni a divertirme, ni a comprar tierras, ni a hacer casas [...], sin otro afán ni otro objetivo que el de estudiar, unificar, hacer justicia, defender a España contra insidias, injurias, y calumnias". 70 Pero todo eso, como suele suceder, fue solo una parte de su verdad.
El artículo describe el contexto en el que nace la Liga Republicana Española en Buenos Aires en 1903 y las circunstancias que llevan a su desaparición. En él se argumenta que los ataques sectarios de su ala lerrouxista contra los salmeronianos tornaron estéril el movimiento, haciendo que "el oro de América" que los emigrantes buscaban que sirviera a la Unión Republicana para regenerar a España, sirviese sólo como arma de propaganda a la Monarquía. ca, y en particular el lerrouxismo. La república del emigrante describe en detalle la cultura política de la emigración española a principios de siglo. 1 Interesante como es, no está exento de cierta superficialidad y parcialidad: no examina todas las fuentes disponibles, se apoya prácticamente sólo en las lerrouxistas. El ambicioso objetivo de este pequeño trabajo es el de completarlo. Me centraré en la actividad política en el seno de la Liga, y utilizaré como fuentes principales no sólo La República Española y las comunicaciones diplomáticas en que Duarte se basa, sino también la revista España, que él ignora para el período 1904-06. 2 Me interesa sobre todo describir cómo surge este movimiento, único en su tipo en la historia de la emigración española, y analizar las fuerzas externas e internas que le dan forma, que lo conducen del entusiasmo inicial a la apatía. Mi investigación me lleva a veces a interpretaciones distintas a las de Duarte, a las que aludiré en notas a pie de página. Salvadas estas discrepancias, la mejor lectura de este artículo sería la que tuviera ese libro como trasfondo. De la Patriótica a la Liga La actividad política de los republicanos españoles en América, centrada en apoyar económicamente a sus correligionarios en la Península, no comienza con la constitución de la Liga en 1903; precede incluso a la Revolución de 1868. Aunque anecdótico, bien puede servirnos de antecedente el caso de José Paul y Angulo. Famoso por sus vitriólicos artículos en El Combate (1871), se le consideró cómplice, si no autor, del atentado que costó la vida al general Juan Prim, tras cuya muerte se exiló. En Europa, sus pasos se cruzaron con los del ex-sacerdote Romero Jiménez, cabecilla en Málaga de la primera sublevación federal en diciembre de 1868, también en exilio tras haber sido condenado a muerte y amnistiado. Volvieron a juntarse en Buenos Aires, Romero entonces fundador y alma del diario El Correo Español. Tras una estrecha amistad, Paul le causó la muerte, en duelo, en 1880. Hizo dinero más tarde con el proyecto para la ampliación de lo que fue el Dock Sud. Se dirigió después a París, donde pensaba utilizar sus acciones para apoyar una revuelta republicana, pero el 1 Duarte, Angel: La república del emigrante, Lleida, 1998; de entre los trabajos de este autor sobre el republicanismo cabe destacar: El republicanisme català a la fi de segle XIX, Vic, 1987. 2 Los artículos de Malagarriga y Fuente en La Republicana Argentina y en El Correo Español se citan a veces de Malagarriga, Carlos: Prosa muerta, Buenos Aires, 1908, y Fuente, Ricardo: Patria y República, Buenos Aires, 1904. Anuario de Estudios Americanos derrumbe financiero de 1890 dio al traste con su fortuna. Manuel Ruiz Zorrilla le hizo el vacío y murió allí, en la miseria, en 1892. Las acciones que llevó no tuvieron valor alguno, pero fue con ellas que nació el mito de "el oro de América" que nos ocupa. 3 Uno de los escasos amigos de Paul y Angulo en el Plata fue Rafael Fernández Calzada, que emigró en septiembre de 1874, tras haber asistido como corresponsal de La Discusión, el periódico de Pi i Margall, a la última sesión parlamentaria de la República. Presidente de 1886 a 1891 del elitista Club Español, presentó como tal a Isaac Peral en un homenaje que se celebró en 1888 a dos entonces recién llegados que con él protagonizarán la aventura de la Liga Republicana: Antonio Atienza y Medrano y Carlos Malagarriga. 4 Discípulo de Julián Sanz del Río, Atienza comenzó su tarea de periodista republicano en El Pueblo en 1871, defendiendo la política de Nicolás Salmerón. Fue uno de los fundadores de la Institución Libre de Enseñanza, cuyo Boletín llegó en un momento a dirigir. Fue candidato por Almería en las elecciones de 1886 y uno de los firmantes de la moción que en la asamblea de Madrid de 25 de enero de 1887 consumó la ruptura de la precaria unión que por años mantuvieron Salmerón y Ruiz Zorrilla. Actuó de secretario del Partido Republicano Centralista que entonces fundó Salmerón y dirigió su periódico, La Justicia. 5 Carlos Malagarriga había desarrollado una intensa actividad en El Día, en 1880, y El Progreso, que dirigirá en 1884. Fundó El Pueblo en 1887, que se refundió más tarde con El País, al frente del cual estuvieron Alejandro Lerroux y después Ricardo Fuente. Su defensa del zorrillismo le había costado antes de emigrar siete procesos y tres meses de cárcel. 6 La velada que Calzada organizó en honor a Peral -el inventor del submarino a quien, se decía, tantas zancadillas le pusieron por sus inclinaciones republicanas-merece especial mención. La colonia, como la Península, se había dividido en peralistas y antiperalistas, primando en Buenos Aires con mucho los primeros, que constituyeron numerosos comités para recaudar dinero que enviar a Peral para permitirle continuar sus ensayos. Aunque la campaña se centró en el hombre, no en el republicanismo, supuso un antecedente importante, sobre todo teniendo en cuenta que fue sobre la base de esta red de comités que se constituirían después los de la Asociación Patriótica y los de la Liga Republicana. 7 Es importante que nos refiramos a la Patriótica porque es la que crea el contexto que permitirá el surgimiento de la Liga. La xenofobia antiespañola en Argentina alcanzó cotas nunca superadas. Lejos de amedrentarse, la colonia respondió creando en marzo de 1896 esta asociación para "[r]esponder al llamamiento de la Patria siempre que necesite el concurso, bien personal, bien intelectual o pecuniario de sus hijos" y para "[s]alir en defensa del buen nombre y el honor de España cuando fuese necesario". Tomando como punto de partida los mencionados comités Peral, se creó una mucho más amplia red de comités que a través de perfectamente orquestadas campañas recogieron, en números redondos, 2.190.000 pesos en la Suscripción Pro Barco, con la que se compró a España el crucero acorazado Río de la Plata, y 2.258.000 que se enviaron a la Suscripción Nacional que para gastos de guerra convocó la Reina Regente en 1898; a lo que habría que sumar los 58.000 que ya se habían donado a un comité patriótico establecido en 1895 para facilitar el envío de casi dos mil voluntarios que partieron desde Buenos Aires a las Antillas. Un total de más de cuatro millones y medio que, dividido por los doscientos mil españoles entonces residentes en Argentina, supuso una contribución per capita que se ha calculado en 22.5 pesos. 8 Cabe destacar la extraordinaria transparencia con que se condujeron estas suscripciones. Como ya se había hecho en tiempos de los comités Peral, todas las aporta-7 Sobre Peral, Gómez Aparicio, Historia del periodismo..., págs. 550-554. Sobre la Patriótica, García, Ignacio: "El 2 de mayo de 1898 en el Teatro Victoria de Buenos Aires", Journal of Iberian and Latin American Studies, vol. 3, núm. 2, Melbourne, 1997, págs. 33-53; "Voluntarios españoles del Río de la Plata en la guerra cubano-hispano-norteamericana", Cuadernos Hispanoamericanos, núms. IGNACIO GARCÍA ciones, grandes y pequeñas, aparecieron con nombre y apellidos en la primera página de El Correo, portavoz oficial de la asociación. De crear una organización específica para los republicanos españoles se comienza a hablar tan pronto llegan a Argentina las noticias de la formación de la Unión Republicana. Valentín Marqueta lanzará la idea de constituir un Partido Republicano Revolucionario. Había sido militante zorrillista antes de emigrar en 1888. Tras luchar en las barricadas en la revolución de julio de 1890 en Buenos Aires, recorrió Brasil, Venezuela, Cuba y México. En este último país presumiría de ser uno de los iniciadores de la suscripción patriótica para donar a España 588 mulas, mil caballos "y el crucero Extremadura, mayor que el Río de la Plata "[sic]. En vísperas de las elecciones, insiste: "En Argentina viven republicanos ilustres que deben hacer un llamado a la colonia." A mediados de mes da cuenta de la formación de un comité republicano en Córdoba, publica cartas de apoyo de Rosario y Mendoza, y se pregunta por qué nada sucede aún en Buenos Aires. La agitación de El Infierno surte efecto: el 27 de abril, un grupo de republicanos firmaba un telegrama a Salmerón felicitándole por la victoria. Entre ellos, Rafael Calzada, Antonio Atienza, que acababa de ser elegido presidente de la Asociación Patriótica, Carlos Malagarriga, el propio Marqueta y Miguel Daufí, que había sido diputado en las Cortes Constituyentes durante el Sexenio Democrático. 10 El exaltado partido que imaginó Valentín Marqueta pronto se transformó en la más templada Liga Republicana Española, que se constituyó el 7 de mayo en reunión que encabezó Daufí celebrada en el Hotel España. En una segunda reunión se eligió el comité central, presidido por Calzada. No figuró en él el propio Marqueta que, no obstante, declararía con la satisfacción del deber cumplido que la Liga era precisamente ese gran partido republicano que había venido predicando El Infierno. El mitin del San Martín Calzada confesará en sus memorias que le costó mucho tomar la decisión de encabezar un movimiento de este tipo que, conociendo a la colec- tividad, le parecía imposible que pudiera cuajar. La colonia, sin embargo, reaccionó con extraordinario entusiasmo, como no se había vuelto a ver desde los primeros años de la Patriótica, llegando al comité central adhesiones en calidad y número inesperadas, tanto de la capital como de provincias. De mayo de 1903 a febrero de 1904 se llegaron a constituir, sobre la base de los de la Patriótica, un centenar de comités. 12 El Correo Español, buscando salir de una situación financiera deplorable, optó por convertirse en el órgano oficial de la Liga. Compitió como portavoz de los intereses republicanos con dos semanarios: Nueva España, que durante unos meses dirigió Miguel Daufí tras dimitir como vocal del comité central de la Liga para mantener su independencia, y La República Española, que fundó otro vocal, Eduardo Cañas Barco, éste sin dimitir. "Pertenecemos al comité central de la Liga", escribió en su primer número: "acataremos los acuerdos, pero aplaudiremos o censuraremos según veamos;" Malagarriga sería desde los primeros números colaborador habitual. 13 Los republicanos de la Península reaccionaron con entusiasmo a la creación de la Liga. Salmerón, Lerroux y Vicente Blasco Ibáñez enviaron mensajes de apoyo. Costa escribió a Calzada satisfecho por tal "felicísima idea que acelerará aquí el cambio de régimen político". 14 El diputado republicano José de Zulueta viajó a Buenos Aires acompañando una delegación comercial. Se anunció ya a comienzos de 1904 que también viajarían Lerroux y Blasco Ibáñez, aunque éstos tardaron años en hacerlo. 15 En España, la opinión pública -monárquica y republicana-asociaba a la colonia española en el Plata con el crucero y las grandes cantidades de dinero que mandó la Patriótica en 1898, y por consiguiente se la presumía, no del todo con razón, numerosa y rica. Sí se acertó al establecer relación entre este movimiento republicano y el patriótico de 1895 a 1898. Que la Patriótica estuviera liderada por el canovista Gonzalo Segovia y Ardisone, varias veces diputado a Cortes, no debe hacernos olvidar el peso decisivo que los republicanos jugaron en su seno. Quienes la promo-vieron lo fueron: Fernando López Benedito, el director de El Correo y su presidente provisional, y Calzada, que redactó sus estatutos. Sirva de muestra, sin que la lista sea exhaustiva: en la primera junta de la Liga aparecen, además de Calzada, personalidades que destacan en los primeros años de la Patriótica: Antonio Varela Gómez, uno de sus promotores, Manuel Castro López y Manuel Durán que figuran en su primer comité, Avelino Gutiérrez, Atienza y el doctor Troncoso. Siete mil personas asistieron, según El Correo; tres mil más quedaron en la calle. Hablaron, entre otros, Calzada, Malagarriga y Atienza, pero la estrella de la tarde fue un recién llegado: Ricardo Fuente. Había sustituido a Lerroux como director de El País de Madrid y fue con don Alejandro uno de los fundadores de la Federación Revolucionaria, antecedente inmediato de la Unión Republicana.17 Masón, escritor de novelas por entregas bajo el seudónimo de Antonio Asensio, su militancia republicana le forzó a exilarse a París. Al no conseguir en 1903 el escaño por Tortosa por el que se había presentado, tan pronto como se enteró de la constitución de la Liga en Buenos Aires viajó al Plata. Llegó rodeado de misterio, "en misión", dirá La República Española. 18 La fama de Fuente precedió a su viaje. Corresponsal de La Nación en España, Rubén Darío había escrito sobre el periódico El País y quien fuera su director durante cinco años, con halagos tales como "sabe juntar... la autoridad al tino y la comprensión a la afabilidad... el tipo ideal de director para sus redactores", redactores, por otro lado, que se suponía habían de visitar la cárcel con cierta frecuencia. Cuenta como anécdota que su famoso artículo "El triunfo de Calibán" se publicó intacto en el periódico conservador La Época mientras que la censura lo mutiló severamente en El País. 19 Nada más llegar a Buenos Aires, se incluyó a Fuente en el comité central de la Liga. El 7 de julio de 1903, Salmerón pronunció un discurso que hizo mella entre los republicanos en Argentina. Basándose en documentos enviados al Congreso por el Gobierno norteamericano, buscó demostrar que en 1898 se había peleado no tanto por defender la integridad de España como "el trono de un niño y la regencia de una austríaca". En el San Martín, Fuente arengaría: "Vosotros, a quienes la derrota aniquiló moralmente porque sufristeis la vergüenza del desastre en tierra extranjera... ya sabéis qué hacían reyes y gobernantes mientras vosotros os quitabais el pan de la boca y reuníais millones para comprar un barco y contribuir a los gastos de la guerra... Se han burlado de vuestra candidez y de vuestro patriotismo". 20 A estas revelaciones se sumó otra que también hería las fibras más sensibles de la colectividad: el Río de la Plata, se conocía a finales de 1903, había servido de barco de recreo a la familia real y se utilizaba en esos momentos para una visita de cumplido a los Estados Unidos. En el segundo multitudinario mitin que organiza la Liga, en diciembre de mismo año en el Teatro Victoria, con Zulueta como invitado especial, Malagarriga alude en su discurso al "hondo agravio que se inflige a la colonia" con ello. 21 Una muestra más del enlace entre el movimiento patriótico de 1895-98 y el republicano de 1903: en la "Carta de los republicanos españoles a sus compatriotas" con la que se inicia la suscripción para el Tesoro republicano en noviembre de 1904, Rafael Calzada pedirá "hacer por la regeneración de la patria lo que en otro tiempo hicimos por su integridad y su honor." 22 Como veremos, no se hizo tanto. La Patriótica, frente a la hostilidad porteña, reaccionó estrechando filas, con una generosidad que en palabras del ministro de España Julio de Arellano y Arróspide "ray[ó] en lo inverosímil y causó aquí general estupor". 23 La Liga, hostigada por una Legación que aún preside Arellano, en lugar de reforzar su unidad se enzarzará en peleas internas. La reacción monárquica: Gedeón y las cruces Era la primera vez que una asamblea de tales dimensiones se convocaba fuera de España, señalaba Fuente en su discurso en el San Martín: 20 La República Española, Buenos Aires, 26 de julio de 1903. 23 Archivo Ministerio de Asuntos Exteriores, Madrid. Correspondencia Embajadas y Legaciones (en adelante, AMAE), 2314. Ministro de España a ministro de Estado, 1 de febrero de 1899. IGNACIO GARCÍA "Repercutirá como un trueno en el palacio de la Plaza de Oriente".24 Donde ciertamente repercutió fue en las oficinas de la Legación y entre los, pocos, monárquicos de la colonia. Cuando se fundó la Liga, Arellano estaba fuera. Llegó justo en el momento en que se anunciaba el mitin del San Martín. En su informe a Madrid -que del ministerio se filtró a La Época y de ahí a los periódicos de Buenos Aires-indicó que nadie de peso dentro de la comunidad pertenecía al grupo republicano. Hasta en las "Páginas de España" que publicaba el más moderado de los republicanos, Justo Sanjurjo López de Gomara, en El Diario se pidió su dimisión. 25 Se embarcó Arellano de nuevo en septiembre, quedando por años la Legación de Buenos Aires a cargo de Juan González de Salazar como encargado de negocios. Con el apoyo de Madrid, la Legación buscó desacreditar y neutralizar a la Liga. Una de las estrategias que se utilizó fue la de inundar Buenos Aires con cruces -y con promesas de cruces-que se distribuyeron, en palabras de Calzada veinte años después, "en proporciones que seguramente no vuelvan a repetirse". Los republicanos vieron en ello, más que el deseo del gobierno de premiar a esas personas, el propósito de apartarles de la Liga o de impedir su ingreso en ella. 26 Otra estrategia fue la de la difamación. Por esas fechas comenzó a circular por Buenos Aires un pasquín titulado Gedeón, en el que aparecían ridiculizados personajes relacionados con la Liga. Se trataba de una hoja intermitente que se repartía gratis a las personas relacionadas con aquellas a quienes se difamaba. Así por ejemplo, la podían recibir los socios residentes en la Península de comerciantes establecidos en Buenos Aires. Se trataba de minarles el crédito, de quitarles clientela. Muchos hombres de negocios se alejaron de la Liga ante el peligro de verse públicamente ridiculizados. Detrás de Gedeón resultó estar Ricardo Rodiño Iglesias, a quien Malagarriga llevó ante los tribunales. El acusado se retractó, con lo que quedó en libertad, resolución que Malagarriga consideró injusta. "Declaraba además que yo era un perfecto caballero, pero se suprimió esto a mi pedido, pues no me convenía semejante declaración en boca de Rodiño." Detrás de Rodiño, los republicanos vieron la mano de González de Salazar, aunque, como reconoció el propio Malagarriga, se carecía de pruebas. 27 Se hizo famoso en la colonia un telegrama enviado por Salazar al ministerio con ocasión de las celebraciones en 1904 del aniversario de la República, telegrama que publicó El Imparcial de Madrid y, luego, todos los periódicos de Buenos Aires: "Banquete republicano. Dificultad en encontrar sitio por si no pagaban. Tarea la de vigilar nada fácil, ya que las autoridades argentinas no colaboraron a pesar de haber solicitado Salazar el apoyo del mismo presidente de la República: "Díjome que él tiene que tolerar toda clase de insultos... sin poder evitar su circulación". 28 La vigilancia de la Legación fue especialmente minuciosa en lo relacionado con la Patriótica, desde abril de 1903 presidida por Atienza. A un tris de desaparecer tras la derrota del 1898, hubo de continuar, si más no fuera que por completar las gestiones para la entrega del Río de la Plata a España. Bajo la presidencia de Atienza recuperó parte de su prestigio, en condiciones ya de celebrar los Juegos Florales que se habían promovido allá por 1897 como medio de fomentar la confraternidad hispano-argentina (y de recaudar dinero para el barco) y que se habían tenido que aplazar año tras año. La cuestión de si debía la Casa Real ofrecer un premio para estos Juegos Florales, a celebrarse el 12 de octubre de 1904, llegó a enfrentar a Salazar con Segovia, el más caracterizado monárquico de la colonia. El presidente Roca había ofrecido ya su premio y Segovia, que continuaba como presidente de la comisión organizadora, pidió otro al intendente de la Casa Real ("Tema y premio de Su Magestad"). Madrid aprobó su concesión pero el encargado de negocios telegrafió su oposición al ministro de Estado. Sugirió que se enviase sólo si al renovarse la junta directiva triunfara la candidatura monárquica. Criticaba el marcado carácter republicano de la junta actual dando las razones del porqué el Gobierno español no debía dar calor a las iniciativas de la Patriótica. "Si bien es cierto prestó en otras ocasiones relevantes servicios a España con sus fecundas iniciativas inspiradas en el más profundo patriotismo con abstracción de toda idea política a las cuales prestaron su concurso todos los españoles radicados en 28 Archivo General de la Administración Civil del Estado, Embajada Argentina (en adelante, AGA), 9095, 138. La correspondencia de Salazar con el ministerio de Estado adjunta numerosos recortes de prensa, especialmente de El Correo Español, que relatan acontecimientos relacionados con las actividades republicanas de la Liga y la Patriótica. IGNACIO GARCÍA el país, no puede desgraciadamente decirse hoy lo mismo, por la marcada tendencia política de carácter republicano que ha tomado esa corporación coadyuvando a la propaganda republicana inaugurada en esta capital por la liga de ese nombre, como ya he manifestado a VE con personalidades de la Asociación Patriótica, cuyo presidente Sr. Atienza es vocal, el más influyente y de no escasa iniciativa, en los trabajos del grupo republicano, pudiendo VE formarse una idea de su calidad en el hecho de ser dicho Sr. periodista y miembro bastante notable de la redacción de La Prensa, diario que como VE no ignora, es el de más importancia por su gran circulación y más extensamente informado y cuya influencia como órgano del periodismo diario, se extiende con gran profusión a todos los países de América del Sur". 29 La junta de la Patriótica siguió siendo republicana y reeligió a Atienza como presidente; el premio llegó, aunque finalmente quedó desierto. 30 No se limitó Salazar a entorpecer iniciativas con las que pudieran lucirse los republicanos, también apoyó otras que fomentaran el protagonismo de la Legación. La más destacada, el proyecto de construcción de un monumento a Isabel la Católica en Buenos Aires. Fueron los carlistas de El Legitimista los que sugirieron la idea y él la auspició con todas sus energías, lo cual no dejaba de ser peculiar. No fue tarea fácil, como explicaría a Madrid: "El principal obstáculo... ha sido la falta de medios para darle la mayor publicidad posible, porque la prensa del país no quiere encargarse de ninguna cuestión política y los órganos de nuestra colectividad, El Correo Español y La República Española son los más encarnizados enemigos de las instituciones, de esta Legación de S. M. y hasta personalmente del que suscribe. Por fin, y no sin trabajo, he conseguido que El Diario, periódico argentino de gran circulación, lo publique en una correspondencia semanal que titula 'Páginas de España'". 31 Se formó una comisión y se habló de llamar a una suscripción. Los republicanos combatieron la idea y el Senado ni se tomó la molestia de considerar el proyecto de cesión de terreno para el monumento, con lo que pronto se disolvió el comité. Pero el daño a los republicanos ya estaba hecho: se eligió para lanzar el debate el mismo momento en que la Liga ponía en marcha la suscripción para el Tesoro republicano. Llevando la discusión a si el monumento que reflejase mejor el espíritu de confraterniza-29 AMAE, 1354. Duarte: La república..., pág. 117, se hace eco del comentario despectivo de Malagarriga hacia los Juegos Florales; pero debe tenerse en cuenta que el objetivo de Malagarriga en el artículo que se cita no es hacer crítica literaria sino descalificar a Atienza. Tomo LVIII, 1, 2001 ción debía ser el de Isabel la Católica, o el de Cervantes, o el de Castelar, poniendo sobre el tapete el tema de la neutralidad política en el extranjero, se desvió la atención de la suscripción de la Liga. 32 El caballo de batalla de Salazar en 1905 fue la candidatura de Rafael Calzada a diputado a Cortes. Informó en detalle directamente al ministro de las negativas consecuencias que tendría para el ánimo político de la colectividad, ahora relativamente calmado, la elección de Calzada "cuya designación ha sido hecha para halagar no solamente a la persona indicada, que como es sabido fue el fundador de esa agrupación, sino también al núcleo de afiliados a ese programa político, de quienes se esperan elementos pecuniarios que habrían de ser destinados, si los obtuvieran, a los más reprobados fines" advirtiendo que, "en cuanto sea posible, se evite el éxito de la candidatura del señor Calzada". 33 Sería o no por los apremios del encargado de negocios, pero en esas elecciones se le escamoteó el acta a Calzada. Fue esta la última intervención destacada de Salazar en la colonia. Jacobinos, pacifistas y neutros o telesforistas Con ser duro el asalto que desde posiciones monárquicas sufrió la Liga Republicana, no fue tanto el daño como el que padeció a raíz de las desavenencias internas. Como en la Península, el republicanismo español en el Plata se movía entre dos polos: el representado por Salmerón, que daba la primacía a la acción política, y el representado por Lerroux que, recogiendo la tradición de Ruiz Zorrilla, se la daba a la acción revolucionaria. En Buenos Aires, Atienza era, por un lado, más salmeroniano que el propio Salmerón; de su boca, la palabra revolución salía todavía con más dificultad que de la del líder de la Unión. Malagarriga, que en los ochenta había militado en el zorrillismo, encabezaba el sector lerrouxista. Calzada cumplió un destacado papel como cohesionador de las fuerzas republicanas. Hombre de fortuna, había viajado a España en tres ocasiones, cultivando el contacto con Pi y Margall y Ruiz Zorrilla. Visitó a este último en Londres en 1885 portando documentos secretos que José María Esquerdo le había entregado en Madrid y, algunas fuentes también señalan, dinero. 34 Tenido por federal, definió así su republicanismo a mediados de los noventa: "Aunque partidario, por arraigadas convicciones, del sistema federal, nunca fui un entusiasta políticamente de mi insigne maestro y amigo Pi y Margall. Siempre vi en él al profundo pensador, al eminente sociólogo, al varón probo, no al hombre de acción, al revolucionario; y convencido de que la República solo podría venir en España por el camino de la violencia, me sentí fuertemente inclinado al célebre don Manuel Ruiz Zorrilla". 35 Siempre conciliador, su eclecticismo ideológico ayudó en los primeros momentos de la Liga, pero cuando surgieron, a espejo de las de España, las desavenencias en Buenos Aires, no fue dique que pudiera contenerlas. Su mayor logro fue el de mostrar a los emigrantes españoles en América que ser buen patriota no estaba reñido con la militancia republicana. Particularmente durante los años de la guerra, se había mantenido entre los españoles de América -asediados por una opinión pública hostil y buscando ofrecer un apoyo efectivo a la patria-la especie de que los españoles en el exterior debían ser sólo españoles. Se pretendía con ello salvaguardar la unidad y evitar bochornosos incidentes que reforzaran ante los americanos la imagen ya de por sí negativa que solían tener de España. En 1903, la conveniencia o no de que los emigrantes participaran en la política interna de España salió a la palestra a través de un sonado debate entre Calzada y Telesforo García. Poco después del mitin del San Martín, el comité central de la Liga resolvió llamar a los correligionarios de las repúblicas americanas a constituir una Federación Republicana. A este efecto, Calzada redactó una carta que se envió a aquellas personas de las que se suponía simpatizaban con el republicanismo. Entre los contactos de la Liga estaba Telesforo García, uno de los líderes del movimiento patriótico de 1895-98 en México, de quien se decía había mantenido estrecha relación con Castelar. Telesforo, en vez de contestar privadamente a Calzada, mandó la carta a los periódicos madrileños acompañándola con un comentario en el que desautorizaba como patriota el movimiento argentino, basándose en "la conveniencia de 34 Se afirma que le entregó dinero en "Rafael Calzada. Datos biográficos", La República Española, Buenos Aires, 3 de agosto de 1905, y en Dedeu, "Dr Rafael Calzada"; no lo menciona el propio Calzada en Cincuenta años... 35 Calzada: Cincuenta años..., tomo II, pág. 17. Tomo LVIII, 1, 2001 que los españoles, fuera del suelo nacional, no seamos más que españoles". 36 Los periódicos de Buenos Aires reprodujeron la carta de los de Madrid, a la que Calzada se vio obligado a replicar. "A Telesforo", señalaba, "la Monarquía le debe un favor. De haber sabido que el amigo del insigne Castelar pensaba así, no le hubiera escrito."37 Partidarios de la abstención eran la ínfima minoría monárquica, que encontraba en el argumento el instrumento ideal para atacar a los republicanos, y la gran mayoría de emigrantes a quienes no interesaba la política o no querían tomar parte activa en ella. En esa mayoría cabría incluir hasta aquellos que -como Telesforo García-se autodenominaban "republicanos". Para atacar a estos republicanos blandos en los años siguientes se utilizaría en la colonia española en Argentina el adjetivo "telesforista". También se les llamó "neutros". El concepto de neutro, al parecer, lo acuñó Atienza en la revista España pero usaron y abusaron de él sobre todo Ricardo Fuente y Carlos Malagarriga. 38 Minorías monárquicas y carlistas al margen, eran los neutros o telesforistas los que impedían el avance de la Liga. Dos estrategias se diseñaron para hacerles frente: por un lado, la de convencerlos a través de la persuasión para que se unieran a su causa; por el otro, la de combatirlos para obligarles a definirse como monárquicos o republicanos. Estrategias opuestas que correspondían a las dos corrientes de la Liga: la de los salmeronianos y la de los lerrouxistas o, como a partir del mitin del Teatro Victoria comenzarían a denominarse en Buenos Aires, la de los "pacifistas" y la de los "jacobinos". Atienza pronunció el discurso inaugural en este mitin, por ausencia de Calzada. Defendió que a la república se debería ir por todos los medios justificados, e insistió en que él no era jacobino, y sería conservador en un gobierno republicano. Buscaba así acercar a la gran mayoría al proyecto republicano, porque éste era el de la regeneración de España y, a eso, no sólo los jacobinos, sino hasta incluso los monárquicos debieran colaborar. Le siguió Fuente en el uso de la palabra, y éste no pudo resistir la tentación de improvisar una respuesta a Atienza: no para refutar sus ideas, dirá, sino para afirmar las propias. Si Atienza no era jacobino, él sí. Más importante que lo que se dijo fue lo que se insinuó: que Atienza era un republicano tibio, flojo, que había perdido los bríos de otros tiempos, un neutro cualquiera. 39 Aunque las divergencias ya se habían insinuado antes, es a partir de aquí cuando los lerrouxistas declaran la guerra abierta a los salmeronianos en Buenos Aires. Identificar a los "pacifistas", nombre con que Fuente bautizará a la corriente de Atienza, con los neutros es la primera estrategia para desplazarles de los órganos de dirección de la Liga. Poco antes del mitin del Victoria, en septiembre, Fuente se había hecho ya cargo de la dirección de El Correo Español. En su primer artículo definió la política del órgano oficial de la Liga: no transigir con los indiferentes. Hubo en la colonia quien opinó que no se necesitaba un diario político, ni republicano ni monárquico, sino neutro, imparcial. Contra quien así pensara arremetió Fuente en sus artículos "Masculinos y neutros": se puede ser carlista pero no se puede ser neutro viendo el desconcierto en que vive España. Retoma aquí argumentos de Calzada en su carta abierta a Telesforo García, y avanza luego un paso más, rozando ya el insulto: neutros son los que tienen castrado el pensamiento, los pollos que no llegarán a gallos. "¿No quieren los neutros El Correo Español? Pues que no lo lean." 40 Tuvieron razón los que pensaron que había condenado a muerte al diario. Aún sobrevivirá unos meses, para ser suplantado por El Diario Español de López de Gomara. Era Gomara el prototipo de neutro en Argentina: republicano de pensamiento pero de los que creían que España todavía no estaba preparada para la República. No faltaron roces entre los jacobinos de la Liga y sus "Páginas de España" de El Diario. Uno de los redactores de Gomara, que se escondía bajo el seudónimo de Capitán Verdades, estuvo a punto de acabar en los tribunales, acusado también por Malagarriga de difamación. 41 Mientras el número de lectores de El Correo se iba reduciendo, el de las "Páginas de España", abiertas tanto a monárquicos como a republicanos, aumentó lo suficiente para que fuera viable separarlas de El Diario, naciendo así El Diario Español. 42 Frente al bando de Malagarriga y Fuente, Atienza encontró un sólido apoyo en Francisco Grandmontagne, una de las figuras del 98 español que entonces residía en Argentina, y en Avelino Gutiérrez, prestigioso médico. Gracias a Grandmontagne, España pudo contar con colaboradores de la talla del argentino Miguel Cané o de Miguel de Unamuno y Ramiro de Maeztu, firmas que se unirían a las de Joaquín V. González, el hombre clave del segundo roquismo con quien Atienza mantiene estrecha relación, y a las de los institucionistas Francisco Giner, Rafael Altamira y Alfredo Calderón.43 Don Avelino, poco amigo de escribir, dejó no obstante constancia de sus planteamientos políticos: "El pasquín y el libelo no son armas de conquista", advirtió, en referencia tanto a los monárquicos como a los lerrouxistas. Lo que se ha de hacer es "propagar la idea, difundirla por todas partes, hacérsela comprender a los que no la entienden, enseñársela a los que no la saben, predicarla desde la prensa, desde la tribuna, de persona a persona, no perdiendo ocasión para hablar de ella y explicarla". 44 Como Atienza, era de los pacifistas frente a los jacobinos. Estaba Gutiérrez en el bando de los seis del comité central que González de Salazar, antes de tiempo, había informado a Madrid que se habían retirado. No iban a resistir mucho más tiempo, atacados por las mordaces plumas de Malagarriga y Fuente. A medida que el número de asistentes a las reuniones disminuye, el lenguaje de los lerrouxistas se endurece: la República se conquista con sangre. Los que salen con reparos monjiles, "esos castrados del pensamiento como muy bien los ha nombrado el señor Fuente", que se queden con los neutros, tronará Malagarriga. 45 Unos meses después del mitin del Teatro Victoria, Atienza inició en España una serie de ocho artículos titulada "El alma española en América". A través de ellos pretendía explicar a los españoles de la Península cómo se veía España desde la excolonia, cómo era el alma española trasplantada a América y qué cooperación podían esperar de Argentina los republicanos españoles. Fueron sus capítulos V y VI los que precipitaron su salida de la Liga. Los trescientos mil españoles residentes en Argentina, argumenta, tienen fe en el resurgimiento de España, pero los políticos responden a esa fe con estériles debates que impiden hacer frente a los problemas reales: fomentar la navegación y el comercio, e impulsar la educación nacional. Incluso la propaganda republicana no ha producido sino agitaciones espasmódicas. 46 A estos dos artículos respondió Malagarriga en La República Española con otros dos. Primero se es republicano, escribe, y luego, cuando se llegue al poder, se será conservador o radical o federal. Esto es lo que se intentó en España con la Unión Republicana y lo que se consiguió en la Liga, todos sacrificando parte del programa propio en favor del esfuerzo colectivo. Puesto que en Buenos Aires podía decirse que no había monárquicos que combatir, la propaganda de la Liga se enfrentó a los neutros que con su apatía y acriollamiento eran los que impedían que el movimiento comprendiera a la totalidad. En su segundo artículo, observa críticamente la evolución de Atienza. En 1903, en el Teatro San Martín, increpaba a los que no eran republicanos. Ahora, en 1904, dice que el único resultado de la Unión Republicana ha sido producir agitaciones espasmódicas. ¿Qué dirá en 1905?, se pregunta, tratándole de apóstata, tránsfuga y apóstol de la inconsecuencia. Le recomienda se retire a La Prensa a escribir sobre cuestiones de enseñanza y política argentina. 47 Indalecio Cuadrado, secretario de la Liga y el más extremista del lerrouxismo platense, persiguió a Atienza hasta en la Patriótica. Protestó por carta ante la junta ejecutiva de que el presidente utilizara la revista para escribir artículos de orden personal, como si de un periódico político o de empresa se tratara. La junta no juzgó fundadas sus reclamaciones. 48 Atienza respondió a Malagarriga o, más bien, informó a través de España a sus amistades en la Península. No es la primera vez que Malagarriga había intentado agredirle, no sólo con la ironía y el pitorreo, sino también físicamente. "No ofende quien quiere sino quien puede", escribe. Detalla que no es él quien ha desertado del republicanismo, sino la dirección de la Liga, "influenciada por elementos levantiscos". Como ha salido él, añade con poco don profético, "tendrá que separarse antes de mucho el digno ciudadano que figura todavía al frente de esa organización", es decir, Calzada. Para Atienza, los fines de la Liga eran, por un lado, levantar el censo e imponerse una pequeña cuestación mensual destinada a la Unión Republicana para la propaganda de sus ideas y la ejecución de sus planes; y por el otro, atraerse a los vacilantes y remisos. Había que convencer a los tibios, no a los adictos. Su línea no era sino la oficial de la Unión Republicana, que unos meses antes había llegado a un acuerdo de actuación parlamentaria con los liberales. Esta estrategia, reconoció, se había visto sofocada dentro de la Liga "por los heraldos de la furia intransigente apoyados en los dispuestos a seguir al que más grita". 49 Malagarriga vuelve a tratarle de inconsecuente por defender en este artículo la república que había atacado en el otro y a desearle buen viaje. "Esta es mi penúltima palabra. La última, que debería referirse a ciertos deslices de pluma del doctor Atienza, no se dirá en el terreno periodístico". Atienza, retado a duelo, se escabullirá admitiendo que lo de "no ofende quien quiere sino quien puede" no era alusión personal sino genérica. La Liga se fundó para apoyar la Unión Republicana. El apoyo más eficaz que podía ofrecer, se dijo ya desde el principio, era económico. Al anunciarse el mitin del San Martín, El Infierno insistiría: "La revolución, para triunfar, solo necesita dinero, dinero y dinero, pues nos sobra todo lo demás. Los españoles en Argentina que no pueden ir a las barricadas ni a las elecciones porque se lo impide la distancia, deben contribuir con su dinero." 51 Pacifistas y jacobinos estaban de acuerdo en ello, el desacuerdo se producía en el para qué o, más precisamente, para quién. La agresiva campaña de Malagarriga y Fuente tuvo siempre como objeto que estos fondos se destinaran a financiar los proyectos insurreccionales de Lerroux. Para eso viajó Fuente. El dinero fue ya el protagonista de su primer artículo en Argentina: "Españoles en América, vosotros que habéis acudido siempre a los llamamientos de vuestros hermanos de España, acudid una vez más, sed generosos acá con vuestro dinero, como allí lo serán si es preciso con su sangre... Imitad a los irlandeses de los Estados Unidos, a los tabaqueros cubanos de la Florida, a los turcos y polacos de todo el mundo, que se sacrifican por el porvenir de sus patrias desde lejanas tierras". 52 49 "Ingrato paréntesis en legítima defensa", España, II, 64, Buenos Aires, 1904, pág. 20; sobre la línea oficial de la Unión Republicana, Suárez Cortina: El reformismo..., pág. 12. IGNACIO GARCÍA Malagarriga, cansado al parecer de esperar que el comité central de la Liga lo hiciera, abrió él mismo una suscripción en julio de 1903 en La República Española, iniciándola con 15 pesos. No quita que puedan existir otras, todas acabarán en el Tesoro de la Liga, escribe: "Que nadie se arruine, pero que todos den." Puso la proverbial honestidad de Salmerón como garante del uso que se diera a ese dinero. 53 La propuesta de Malagarriga no fue bien recibida por el comité central de la Liga; la propia revista no volvió a mencionar la suscripción. Era el momento idóneo para haberla hecho, cuando el entusiasmo era enorme, cuando toda la colonia se definía republicana, cuando gran número de comerciantes eran socios activos de la Liga. Para que Fuente pudiera canalizarlo hacia Lerroux había que neutralizar la tendencia salmeroniana en Buenos Aires y Atienza, como señalaba Salazar, gozaba de ascendente prestigio. Antes de que Atienza diera su apoyo a la suscripción, tenía que asegurarse de que los lerrouxistas no se apoderasen de ella. No se ganó Fuente la total confianza de Calzada que, aunque simpatizara con los jacobinos, consideraba el jefe de la Unión -no simplemente de nombre, sino de hecho-a Salmerón, y no a Lerroux. Los monárquicos crearon el rumor de que se mandó cierto dinero "a Salmerón" por esas fechas. La República Española despejó la calumnia, sin afirmar ni desmentir la noticia: los republicanos recogen fondos no para socorrer miserias sino para borrar miserias, explicaba, "y si se preguntase uno por uno a todos los donantes, tal vez dirían,'he dado el dinero para ayudar a que se haga la revolución'". La desmentirá meses más tarde, poniendo a Atienza, ya retirado de la Liga, como testigo, ya que "entonces asistía a nuestras reuniones y que, según luego ha dicho, no estaba conforme con la marcha que los exaltados daban a la Liga [y, por lo tanto,] no hubiera dejado de levantar su voz" si se hubiera mandado. 54 En todo caso, si no se mandó no fue por falta de empeño de Fuente. En abril de 1904, publicó su último artículo en Argentina. En él, se volvía a plantear el tema de la suscripción. Pidió que se comenzara sin esperar iniciativas de nadie, ni de Salmerón, ni del comité central de la Liga. Allá donde hubiera comité, que se sellase un pliego de papel y se encabezase: "Suscripción a favor de la República Española." Donde no lo hubiese, bastaba con que tres personas se juntasen e indicasen en el pliego la casa de comercio donde depositar los fondos recaudados. "EL ORO DE AMÉRICA" seguridad de los donantes." ¿Suscripción para el tesoro de la Unión Republicana? No lo aclara, ni pone a Salmerón como garantía. Escribe, simplemente: "Los centavos de los españoles de América serán la metralla con que se barrerá en España a la Monarquía traidora y a los políticos consentidores de la traición." Anunciaba que La República Española publicaría cuantas listas de donantes se recibieran, pero ni se publicó ninguna, ni se volvió a mencionar la suscripción. Si Fuente vino a por dinero, por lo que la prensa republicana deja entrever, se fue sin un duro. Obviamente, el comité central de la Liga no servía totalmente a los intereses del lerrouxismo, y Fuente no tuvo la seguridad de que, al partir él a España, la balanza en el seno de ese comité no se inclinara del lado de los pacifistas. Para asegurar un enlace directo, controlable entre el lerrouxismo y Buenos Aires, se creó el Centro Republicano Español, días antes de su partida: dentro de la Liga, para difundir las ideas de ésta, pero garantizando que pudiera hacer su propia política. Necesario, se dijo reutilizando a su servicio argumentos de Atienza, "no para estrechar nuestras filas sino para despertar a los indiferentes, decidir a los tibios y convencer a los neutros". Se inauguró a mediados de junio, bajo la presidencia honoraria de Calzada y real de Malagarriga. 55 En noviembre, por fin, se desplazaba a Atienza de la Liga. No había para los pacíficos función que desempeñar, había escrito, y de los procedimientos de los jacobinos "no quisimos hacernos cómplices desde el instante en que nos convencimos de nuestra impotencia para repararlos". 56 Atienza se había quejado de que se predicaba para los adictos en lugar de salir a convencer a los indecisos y de que mientras en Uruguay se había recaudado dinero para la Unión Republicana, en Buenos Aires no se había hecho ni eso. Marginado Atienza, Malagarriga dio respuesta a ambas quejas. A la primera con el Centro; a la segunda, presionando ahora que ya tenía el control total para que se abriera la suscripción. El martes 22 de noviembre, el comité central, por fin, la convocó. En julio, Malagarriga asciende a presidente honorario, sustituyéndole como presidente el médico Ricardo Marín. Al año siguiente, Marín se constituirá en el tercer presidente honorario, sustituyéndole al frente del Centro Indalecio Cuadrado. El Centro, más que "la culminación del proceso organizativo de la Liga" (Duarte: La república..., pág. 110), fue una especie de primera escisión lerrouxista de la Liga; la segunda lo constituiría la fundación del Círculo Español Republicano de Cuadrado a finales de 1907. En carta a los comités, Calzada la justificó porque "lo reclama de nosotros Salmerón en recientes comunicaciones". El Infierno intentó contagiar su semiinfantil entusiasmo: "Ha llegado el momento de poner a prueba el republicanismo de los españoles para... lo que no debe decirse, porque está en el ánimo de todos los republicanos... Cada cual debe dar lo que pueda: el rico como rico y el pobre como pobre. Urge mandar dinero a Salmerón." En La República Española, Malagarriga declara el inicio de la suscripción como la gran bomba que se ha arrojado en Buenos Aires sobre planes de los españoles monárquicos de iniciar otra para financiar el monumento isabelino. La campaña estuvo salpicada de referencias al grupo de Atienza a quien se acusa de sus pobres resultados: "una empresa que no siempre fue del lado de los enemigos donde halló los mayores obstáculos." 57 Contrariamente a lo que se había prometido, no se publicaron listas de donantes ni se hizo publicidad de las cantidades recaudadas, excepto la inicial. El País de Madrid, en artículo de Fuente que reprodujo El Correo, calculó que se enviaría más de lo que se recaudó en el período 1896-1898. Obviamente una exageración que, aclaró en su siguiente número La República Española, tenía como exclusivo fin el asustar a la Monarquía. 58 En velada organizada en enero de 1904 en el Casino Republicano de Madrid con ocasión del viaje de Ignacio Ares de Parga, uno de los vocales del Centro Republicano, Fuente defendió frente a la plana mayor del republicanismo español que en América no se creía en componendas y que se esperaba que la República naciera de una revolución: "Podéis creerlo, en la Argentina sólo se espera la orden del jefe pidiendo cuanto dinero sea necesario y señalando la fecha en que se debe enviar para emplearlo en la revolución." Intervino también el propio Salmerón. En un tono un tanto críptico, dice aceptar el Tesoro de la Liga, pero nada prefigura sobre el uso que se le vaya a dar: "Agradezco los esfuerzos de las repúblicas del Río de la Plata en el sentido de formar un Tesoro para que podamos disponer de él cuando llegue el día de la acción; pero declaro que no recogeremos ese Tesoro sino cuando tengamos capacidad para emplearlo en el engrandecimiento, siquiera moral, de la patria España". No era un dinero que se estuviera recogiendo en Buenos Aires para lo que él decidiera y es más que probable que, a través de Atienza, el propio Salmerón lo sabía ya. El Correo del 12 de abril anunció la inesperada llegada de Fuente, trayéndole a Buenos Aires "asuntos mercantiles sin concluir". La República Española anunció su partida en su número del 27. Ni pronunció discurso, ni escribió artículo, ni se dio información otra sobre él. El 30 era la fecha indicada para el cierre de la suscripción, fecha que pasó inadvertida en la prensa republicana. Hay que recurrir a la memoria de Calzada para recomponer lo sucedido. Fuente viajó llevando carta autógrafa de Lerroux, firmada también por Nicolás Estévanez, dirigida a él como jefe de la Liga, más otra personal. Según estas dos cartas y la información de Fuente, había llegado el momento de dar un golpe revolucionario: las personas ya estaban comprometidas, sólo faltaba el dinero. Calzada creyó la historia, lo cual no tiene nada de extraño. Lo que sí resulta extraño es que en aquel momento, 28 de abril, la Liga apenas tuviera fondos: tan sólo contaba con 1.561 pesos moneda nacional. La suscripción, que se abrió con 20.000 pesos en noviembre, se cerraba dos días después. ¿Dónde estaba ese dinero?60 Sigamos a Calzada: "Se acordó que yo anticipase la suma que era necesaria, corriendo el casi seguro riesgo de no reembolsarla, y se giró en el día telegráficamente por el Banco Alemán Trasatlántico." ¿Que le llevó a enviar el dinero a Lerroux y no a Salmerón? La firma de Estévanez, nos dice, pesó en su decisión; su amistad databa de lejos: ya en 1890 había sido corresponsal de El Correo en París cuando Calzada era su director. Pero sobre todo pesó la indecisión de Salmerón: "A todo esto, los correligionarios, todo el mundo, esperaban de España una palabra de aliento: la del jefe, la de Salmerón y Alonso. Yo le escribí cartas y cartas, anunciándole nuestra constitución, ofreciéndole dinero para el partido, hasta enviándole claves para que, por medio de ellas, pudiese pedir con toda cautela lo necesario, y Salmerón se fue al otro mundo sin decir nada, sin pedir nada. Aquel hombre era una esfinge...". 61 Calzada sospechó si no habría pecado de exceso de candidez, pero prefirió considerar que si la revolución no se produjo fue por causas aje-nas a la voluntad de Lerroux y Estévanez. Pi y Suñer, que dijo fue quien traspasó la cantidad a España, la reduce a unas 36.000 pesetas. 62 La operación, que la Liga mantuvo en el más estricto secreto, se divulgó en España con el consiguiente escándalo. Lo insignificante de la cantidad no cuenta. La Legación en Buenos Aires y el Gobierno en Madrid, tan interesados en minimizar la actuación de los emigrantes en 1903, cuando era realmente importante, la exagerarán ahora que habían constatado ya su esterilidad. De ahí en adelante, detrás de todos los rumores más o menos fundados sobre pronunciamientos y atentados contra Alfonso XIII, los periódicos monárquicos no dejarán de sacar a relucir "el oro de América". Calzada en España; Lerroux, en Argentina En la superficie, da la impresión que de 1905 a 1909 es cuando suceden los grandes acontecimientos: Rafael Calzada se presenta como candidato a Cortes en 1905 y le "roban" el acta; se vuelve a presentar en 1907 y marcha a Madrid como diputado. Lerroux viaja a Buenos Aires; Blasco Ibáñez, también, brindándosele un apoteósico recibimiento. Sin embargo, el republicanismo español en el Plata está ya huero, no hace sino vivir de las rentas de 1903. La popularidad ganada con el asunto de "el oro de América" y el prestigio personal del propio Calzada llevaron al director de Las Dominicales del Libre Pensamiento de Madrid, el salmeroniano Fernando Lozano Montes, Demófilo, a proponerle como candidato republicano a las elecciones que habían de celebrarse el 10 de septiembre de 1905. Apoyaron la candidatura los federales, pues se le tenía por federal. 63 Llegado el día de las elecciones, nadie dudó del triunfo de Calzada, pero los periódicos del 13 llevaban ya la noticia, adelantada por el telégrafo, de que le habían quitado 62 Dedeu: "Dr Rafael Calzada", pág. 28. Pi y Suñer, sobrino de Francisco Suñer y Capdevila, afirmó en carta fechada en Gerona el 3 de mayo de 1907 y que reprodujo El Diario Español de Buenos Aires el 1 de junio siguiente, que Calzada dio orden al Banco Español en Rosario para que se girasen 26.400 francos. El apoyo de Lerroux, obvio para Duarte (La república..., pág. 169) no lo es tanto; de hecho, el propio Calzado (Cincuenta años, tomo II, pág. 295), a pesar de sus simpatías por Lerroux, se negará ya en Madrid a abandonar a Salmerón porque considera que son los salmeronianos los que le han conseguido el escaño. Malagarriga envió a Madrid un "cablegrama bomba": "Diarios duélense triste espectáculo España ofrece en América consintiendo indignidades fines inconfesables. Rafael Calzada personifica ideal hispano-americano."64 En La Prensa, Francisco Grandmontagne, su corresponsal en España, prometió "explicarlo todo", pero luego no lo hizo. Nos quedaremos, pues, con la versión del propio Calzada en sus Cincuenta años en América: su triunfo hacía imposible el de otro republicano, Luis Morote, que le seguía con pocos votos y Canalejas, amigo de éste, presionó para que en el escrutinio se invirtiesen los términos, quedando sin acta, por esos mismos pocos votos de diferencia, el propio Calzada. 65 La Unión Republicana consiguió a nivel nacional treinta diputados, seis menos que en la legislatura anterior. Los entusiasmos de 1903 se habían evaporado también en España. El posterior acercamiento de Salmerón a los catalanistas tuvo un curioso efecto en la Liga. Por un lado, enfrió el lerrouxismo de Malagarriga, nacido en Barcelona y defensor del catalanismo. Por otro, los lerrouxistas, ahora encabezados por Indalecio Cuadrado, que desde julio de 1904 presidía el Centro Republicano, ganaron las simpatías de aquellos que miraban con recelo los movimientos regionalistas.66 Calzada continuó con su posición ecléctica: aún simpatizando con Lerroux, aún no entendiendo el acercamiento de Salmerón a los catalanistas, no estaba dispuesto a traicionar al jefe de la Unión. Su candidatura por Madrid volvió a ser proclamada en las elecciones de abril de 1907. También en esta ocasión trató de escamoteársele el acta con la complicidad de otros candidatos republicanos, pero lo evitó la decidida postura de Benito Pérez Galdós, que amenazó con renunciar si tal se hacía. 67 A su llegada a la estación de Mediodía de Madrid el 5 de diciembre fue recibido por millares de personas que, empeñados en acompañarle en su recorrido al hotel, fueron dispersados a sablazos por la policía. Dos días después se detuvo en Madrid a un grupo de sargentos, por suponérseles conspiradores: la prensa monárquica sospechó de Calzada y no faltaron referencias a "el oro de América". El paso de Calzada por las Cortes fue el último coletazo de ese movimiento, y las visitas de Lerroux y Blasco Ibáñez, sólo anécdota, lo que prueba que la historia no siempre se revela en los titulares de los periódicos y que hay que escarbar también en la letra pequeña. En este artículo, y escarbando sobre todo en España, hemos añadido al planteamiento de La república del emigrante el punto de vista de Atienza. Duarte da por buena la versión de La República Española, es decir, la de los lerrouxistas. Ignora la que presenta el ala salmeroniana, peor todavía, la lee a través de los ojos tendenciosos de Malagarriga, o de los tampoco inocentes de la Legación. Con Fuente y Malagarriga, considera también a Atienza neutro, cuando neutro es el insulto con el que aquellos le califican. Los bandos no son Atienza y Gomara (los neutros) frente a la Liga y Calzada (los verdaderos republicanos) como, siguiendo a Malagarriga, Duarte repetidamente los dibuja; 73 los bandos son: fuera de la Liga, los neutros (Gomara, por poner el ejemplo más claro), y dentro de ella los salmeronianos (Atienza) y los lerrouxistas (hasta 1907, Malagarriga), con Calzada flotando entre los dos. Ni jacobinos ni pacifistas podían haber ganado una batalla que se peleaba a miles de kilómetros. La Liga no podía ella sola echar al rey, de la misma manera que la Patriótica tampoco pudo una década antes cambiar el rumbo de la guerra en el Caribe. Sin embargo, no se puede por menos de admirar el respeto a la verdad y sobre todo la transparencia de que hace gala en 1903-05 el sector pacifista de la Liga, eco de esa transparencia que tanto ayudó al éxito de la Patriótica en 1896-98. El que, en especial desde el punto de vista económico, la actuación de la Liga se tornara estéril se debió a las campañas de difamación de los jacobinos (precisamente presentando como neutros a los salmeronianos), a su falta de transparencia (patente en las cuentas del Tesoro), a su recurso a la exageración, al insulto y a la amenaza (la Liga recaudará más que la Patriótica, se escribe; se les llama castrados en lugar de masculinos; se trata de silenciar a Atienza hasta con pistola). Una vez más, estamos aquí ante una versión particular del universal dilema sobre si los medios deben ajustarse al fin o el fin los justifica, solución esta última que suele encontrar defensores en nombre del pragmatismo y la eficacia. La historia de la Liga prueba que tal fama no es siempre merecida.
A fines del siglo XIX, en el campo intelectual correntino comenzó a tomar forma una visión del pasado argentino que privilegiaba la participación de la provincia en el proceso de organización nacional y que sería utilizada en el discurso de su clase política como instrumento para combatir el centralismo y reposicionar a la elite local en un esquema político-institucional adverso a las expectativas de participación que había generado su actuación en el pasado. En ese contexto, la elite intelectual utilizó la figura del general José de San Martín, el máximo héroe nacional, intentando imponer, con relativo éxito, su condición de correntino, y ubicándolo al frente de un panteón de héroes locales, para los que también se reclamaba un lugar protagónico en la historia argentina. En este artículo analizamos el contexto político y económico que dio lugar a las solicitudes de reivindicaciones y los mecanismos utilizados por la provincia para imponer, ante la opinión nacional, a un San Martín correntino, antes que americano. La permanente actualidad de los temas sanmartinianos A mediados de 1995, las Asociaciones Culturales Sanmartinianas de la provincia de Misiones y de la ciudad de Gobernador Virasoro (provincia de Corrientes) comenzaron a trabajar en un plan denominado "Proyecto Yapeyú", destinado a trasladar los restos del general José de San Martín y de sus padres, Juan de San Martín y Gregoria Matorras, a la ciudad de Yapeyú, solar natal del prócer, con la finalidad de convertir a la localidad en un gran "santuario sanmartiniano" y desarrollar un polo cultural-turístico "como barrera de contención a las penetraciones, fundamentalmente culturales, a las que está peligrosamente expuesta toda la zona litoraleña de nuestra querida Argentina". 1 Dos años después, el presidente de la Nación, Carlos Menem, dispuso el traslado de los restos de los progenitores desde el cementerio porteño de 1 La información sobre el "Proyecto Yapeyú" y el traslado de los restos se encuentra en la página www.misionet.com.ar/acsanmartiniana. A partir de allí, se constituyó la Comisión Biprovincial Ejecutora del Proyecto Yapeyú, integrada por los Gobernadores de las provincias de Corrientes y de Misiones y las autoridades de la Asociación Cultural Sanmartiniana de Gobernador Virasoro y de Misiones. El apresurado traslado de los restos de los padres de San Martín se debió a la polémica generada por esta medida, en contra de la cual se había formado en Buenos Aires una comisión "antitraslado". Indudablemente, el proyecto de traslado de los restos del "padre de la patria" tuvo una más enconada resistencia y debió ser abandonado. En el acto efectuado en Yapeyú, en representación de la Comisión Biprovincial, Enrique Gentiluomo destacó que "están de vuelta en el escenario de sus luchas, Juan de San Martín y Gregoria Matorras que tuvieron que pasar años en el cementerio de la Recoleta por una disposición irracional que ya cae en lo ridículo, [de quienes] pretenden erigirse guardianes autodestinados del patrimonio histórico-cultural argentino". 2 Como se advierte, los debates en torno a la figura de San Martín, en los cuales el tema Yapeyú tiene centralidad, persisten aún hoy en la Argentina. No se discuten aspectos de su personalidad ni su actuación, sino que se polemizan cuestiones que no afectan a las mismas. Así lo manifiesta la última polémica (en el año 2000, "Año del Libertador General San Martín"), de gran repercusión en los medios, suscitada en torno a quiénes fueron los verdaderos padres del héroe. Por su parte, el tema Yapeyú ha tenido una larga discusión que se proyecta hasta la actualidad, y que nos permite analizar las vinculaciones establecidas entre historiografía, memoria y política en la Argentina, a la luz de lo que consideramos la invención de una memoria sanmartiniana en la provincia de Corrientes por parte de su elite. Ella reconoció, desde fines del siglo XIX, la importancia de los símbolos y de las interpretaciones históricas para fundar su oposición al centralismo de Buenos Aires; éste, a su vez, se fundamentaba en la construcción de una historia nacional que desconocía las perspectivas provinciales. La apropiación de la memoria del héroe máximo de los argentinos constituiría, en este contexto, una valiosa reivindicación para la postergada provincia. Desde que se comenzó a escribir la historia de la Nación Argentina, se le asignó a José de San Martín un papel principal. Su consagración como héroe nacional se realizó a través de los textos que se propusieron reparar los juicios -considerados injustos-vertidos por sus contemporáneos. Los primeros trabajos que adoptaron este enfoque fueron los artículos de Domingo F. Sarmiento, a partir de 1841, y el Bosquejo biográfico del Gral. José de San Martín, de Juan María Gutiérrez (1863). Quedaría definitivamente consagrado por la historiografía con la obra canónica de Bartolomé Mitre, Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana (1887). 3 Paralelamente, la erección de la estatua ecuestre en la plaza de Marte en Buenos Aires (1862) y la repatriación de sus restos, en 1880, con los consecuentes actos de homenaje, constituyeron otros indicadores del lugar que se le reservaba en la construcción de la historia patria. Hacia fines del siglo XIX, desde el Consejo Nacional de Educación se advirtió la necesidad de revivir las fiestas patrias como medida para contrarrestar el creciente cosmopolitismo que afectaba a la sociedad argentina, más concretamente, a la porteña. En un esfuerzo por "construir la nacionalidad" se estableció un ritual cívico para las celebraciones, se otorgó gran importancia a los símbolos patrios, se multiplicó la imaginería en torno de las figuras de los héroes y se orientó la enseñanza hacia una educación esencialmente nacional. 4 En este marco, el homenaje al general San Martín comenzó a ocupar un lugar central en las celebraciones de mayo y julio,5 hasta quedar elevado a la condición de padre de la Patria. Su personalidad revestida de altos valores morales, su heroísmo, exaltado por las hazañas militares que permitieron materializar la independencia argentina y americana, y su muerte en el exilio voluntario, fueron los elementos que permitieron redimensionar su figura. En un contexto singular, alejada de los problemas sociales que afectaban a Buenos Aires aunque, al mismo tiempo, atenta a sus posibles efectos, la elite dirigente correntina utilizó la figura del Libertador según la orientación que proponía el gobierno nacional, pero también con un peculiar sentido reivindicatorio. Las percepciones de la elite correntina en el cambio de siglo: De la provincia "heroica" a la provincia "postergada" La finalización de la lucha contra Rosas, en la que cinco ejércitos libertadores correntinos habían tenido gran protagonismo, y el logro de la Constitución nacional en 1853, que inició el proceso de organización institucional del país culminado en 1880, generó una gran expectativa en la elite correntina respecto del papel que desempeñaría en el futuro nacional. Por ello buscó reencauzar sus energías sociales en la senda del progreso, bajo el concepto de que su destacada actuación en el pasado reciente, sumada a la potencialidad de sus recursos naturales, la avalaban para ocupar un lugar central en el esquema político y económico nacional, al que pretendía acceder bajo el honroso título de "provincia organizadora". 6 Pero, con la incorporación de la Argentina a la economía mundial a través de la adopción del modelo agroexportador, los miembros de la elite comenzaron a advertir que la posición de la provincia en el esquema económico que se definía no respondía a las expectativas que se habían suscitado desde mediados del siglo XIX, las cuales demostraban un alto grado de optimismo acerca de las potencialidades de su territorio, exaltadas y transmitidas de generación en generación. El sentimiento colectivo de excesiva confianza en el futuro de la provincia tardaba en materializarse, y derivó paulatinamente, desde fines del siglo XIX, en un sentimiento de postergación, que se acentuaba al compararse la situación de Corrientes con el despegue de sus vecinas del litoral, con las que había compartido el protagonismo de los años de lucha por la organización nacional. Esta realidad alejada de las expectativas, también incluía una participación cada vez menor en las cuestiones nacionales, intervenciones federales frecuentes, denunciadas como ataques a su autonomía, y el avance de los poderes nacionales que debilitaba cada vez más a las provincias, burlando las fórmulas prescriptas en la Constitución, por la que Corrientes tanto había bregado. La situación era percibida como injusta por parte de la elite correntina, y fue censurada ininterrumpidamente. En 1911, una editorial de "La ilustración correntina", publicación que expresaba el pensamiento de los hombres de la generación del Centenario, afirmaba que Corrientes, que había estado durante mucho tiempo a la van-guardia de las acciones en el terreno político, para salir de la situación de estancamiento en que se hallaba y ocupar posiciones acordes con las pretensiones históricas de su elite, debía seguir: "El ejemplo siempre fuerte y fecundo que nos revelan algunas provincias hermanas: Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos, Córdoba, Tucumán, con sus extensas zonas llenas de sembrados... con la labor febril de sus molinos, destilerías, ingenios de azúcar, etc., cuya influencia juega papel tan decisivo en la prosperidad del país...". 7 La adopción de este modelo permitiría "reconstruir nuestra grandeza debilitada" y aportar al progreso nacional, al mismo tiempo que beneficiarse de él. La generación del Centenario analizó las causas de tal postergación. Entre los factores que obstaculizaban el desarrollo económico apuntarían la supervivencia de los latifundios, el limitado avance de los medios de transporte y la falta de crédito para la actividad agrícola. La escasa difusión de la agricultura y de la industria y el fracaso de los intentos colonizadores habían causado el desarraigo y su consecuencia inmediata, la emigración. 8 Las potencialidades naturales que no habían sido suficientemente aprovechadas, debían serlo sin demora: "Corrientes continúa ahí, en el sitio que le señalara el conquistador, conservando casi íntegramente toda la fisonomía física de la época en que se fundó; se perpetúa a través de los tiempos y con éstos perpetúa también los mismos dones que siguen provocando las mismas incitaciones a la labor del hombre... Y se ha de perpetuar, y ha de atraer a sí todas esas febriles manifestaciones de la inteligencia, del brazo, del capital, que se exhiben potentes allí abajo, en Buenos Aires, en Santa Fe, en Córdoba, por la fuerza de la necesidad y en cumplimiento de leyes naturales que fatalmente se imponen". La elite correntina se propuso entonces ocupar el lugar que consideraba le correspondía a la provincia en el contexto nacional: uno de los instrumentos utilizados fue la reivindicación de su aporte histórico al proceso de construcción del orden institucional argentino. Los intelectuales correntinos dejaban entrever su disconformidad con el lugar que se les había adjudicado a sus héroes en el marco de la historia nacional, un lugar periférico equivalente al que se le asignaba a la provincia en la "nueva Argentina"; aquellos héroes "esencialmente" correntinos, como Genaro Berón de Astrada o Joaquín Madariaga, cuya actuación estaba vinculada a las luchas por la organización nacional, o figuras como la de Pedro Ferré, ligada a la defensa del federalismo, no trascendían en una historia argentina teñida de un fuerte centralismo. Ante esta situación, intentaron crear un panteón de héroes locales en el cual la figura de San Martín encabezaba a otros "comprovincianos", también "libertadores", pero que habían desarrollado un combate en otro frente: la lucha contra la "tiranía rosista". Mientras el primero era símbolo de unidad americana, los segundos simbolizaban el federalismo, la defensa de la autonomía correntina, en suma: "hacer la Nación en la provincia". 10 Ambos proveían los ideales a los que aspiraban los correntinos. Al Libertador de América se le adjudicó la controvertida condición de "correntino", ya que había nacido en Yapeyú, población ubicada sobre la margen izquierda del río Uruguay. El lugar había sido asiento de una reducción jesuítica fundada en 1627 y, al producirse la expulsión de los jesuitas, se convirtió en la cabecera de un gobernador, cargo que ocupó el padre de San Martín; allí nació el Libertador en 1778. Como consecuencia de la disgregación de la provincia guaranítica de Misiones a comienzos del siglo XIX, su territorio se repartió entre las nuevas naciones surgidas en la región. Argentina incorporaría las Misiones Occidentales, sobre las cuales la provincia de Corrientes (que fuera creada en 1814) realizó una importante política pobladora entre 1827 y 1881: Yapeyú sería incorporado a la provincia en 1830. 11 Organizado definitivamente el país, se produjo un prolongado conflicto jurisdiccional entre los gobiernos nacional y de la provincia de Corrientes sobre la región misionera, que el primero solucionaría en 1881 mediante una ley que creaba el territorio nacional de Misiones, que abarcaba la zona ubicada al este del río Aguapey. Esta medida fue sentida como un despojo por la provincia, cuyos reclamos serían constantes. De allí la reivindicación de sus derechos que importaba rescatar la "correntinidad" de San Martín. 10 Véase Leoni de Rosciani, María Silvia: "El aporte de Hernán Félix Gómez a la historia y la historiografía del Nordeste", en Folia Histórica del Nordeste, Resistencia, IIGHI-CONICET, n.o 12, 1995, pág. 55; "La historia política en Corrientes y sus historiadores", en Nordeste, Investigación y Ensayos, Facultad de Humanidades, n.o 10, 1999, pág. 148; y Quiñónez: Itinerario de la Memoria..., págs. 381-383 11 Schaller, Enrique César: "La provincia de Corrientes y el poblamiento de Misiones", en Unidad y diversidad en América Latina: conflictos y coincidencias, Buenos Aires, 2000, t. Yapeyú, Corrientes y la construcción de lugares de memoria sanmartiniana Los esfuerzos correntinos se concentraron inicialmente en recuperar el solar natal de San Martín, para convertirlo en centro de los homenajes a su memoria. Ya en 1859, el gobernador Juan Pujol, en su mensaje a la legislatura correntina, proponía restablecer con el nombre de General San Martín el pueblo de Yapeyú, que había sido destruido por el ataque de Francisco das Chagas Santos en 1817. Si bien su objetivo era fundar allí una colonia agrícola, apelaba a fundamentos de reparación histórica: "El gobierno, tan interesado como el que más en conservar la memoria de los hechos gloriosos como la de los monumentos que ilustran la historia de la provincia, no puede ni debe dejar de llamar la atención de V.H. sobre la importancia histórica y nacional de restablecer el antiguo y extinto pueblo de Yapeyú, lugar del nacimiento de uno de los más famosos caudillos de la libertad americana, el general San Martín... ningún homenaje más digno pudiéramos ofrecer a la memoria de tan ilustre compatriota, como el de levantar de nuevo el techo arruinado de su hogar doméstico e impedir que el casco de las bestias continúe profanando el lugar de su cuna. Cuando el Poder Ejecutivo se dirige a la notoria ilustración y patriotismo de V.H. es por demás abundar en reflexiones sobre la medida propuesta, y cuánta honra y merecido elogio se granjeará del pueblo argentino vuestra soberana resolución". 12 Como se desprende de esta iniciativa, con anterioridad a la erección del primera monumento a San Martín en territorio argentino -recordemos que la primer estatua del héroe data de 1862-, el gobierno de Corrientes ya había advertido sobre la importancia de erigir un lugar de memoria. Sin embargo, este proyecto no llegó a concretarse; diez años después, el gobernador José Miguel Guastavino se propuso restaurar la casa natal, destinándola a una escuela y nombró una comisión para que individualizara el sitio, objetivo que tampoco alcanzó éxito. El 12 de octubre de 1892, en medio de la revolución organizada por el partido liberal contra el gobierno autonomista de Antonio Ruiz, el 3o ejército de línea se asentó en la localidad de Yapeyú. Como la tradición señalaba a una ruinosa construcción como la casa en la que naciera el General San Martín, se levantó la información entre los pobladores, la cual fue elevada al Ministerio de Guerra. 13 Al año siguiente, se organizó una comisión de homenaje, cuya tarea tuvo un principio de ejecución en 1895. En 1899, el ingeniero Florencio de Basaldúa, debido a los informes contradictorios sobre la ubicación de la casa, decidió consultar a los vecinos más ancianos y labró un acta que determinaba el lugar exacto. Finalmente, el 12 de octubre de ese año, se realizó en Yapeyú el primer homenaje a San Martín, reconociéndose al poblado como la cuna del Libertador, y a la construcción individualizada, como su casa natal. Unos días antes, Roberto D. Oliver, responsable del periódico Corrientes, destacaba la importancia de la recuperación de la memoria sanmartiniana: generaciones, redimidas del pecado original de nuestros días, cultiven ideas más puras de civismo". 16 En esa oportunidad, se labró un acta que dejaba constancia de la donación del solar al gobierno de Corrientes por parte de un vecino. También se inauguró la iglesia parroquial en el lugar que ocupaba la antigua capilla, en homenaje a la memoria de San Martín. La provincia ya contaba con un lugar de memoria, el cual se convertiría en centro de peregrinaciones. En este sentido, se había adelantado a las otras dos provincias que contaban con lugares que podían erigirse en centros de la memoria sanmartiniana: Santa Fe, donde se había desarrollado el primer combate del Ejército de Granaderos a Caballo creado por San Martín, en los campos de San Lorenzo, en las proximidades del convento de San Carlos;17 y Mendoza, donde se había establecido el campamento del Plumerillo, base del Ejército de los Andes. 18 La ciudad capital de la provincia aún no tenía referentes materiales vinculados con San Martín. La imaginería cívica de la ciudad de Corrientes se reducía a una estatua del sargento Juan Bautista Cabral, 19 que se encontraba ubicada en el centro de la plaza San Juan Bautista (1887), y a las columnas conmemorativas de la fundación de la ciudad (1828) y del juramento de la Constitución Nacional (1860), emplazada esta última en el centro de la plaza Mayo e integrada por los bustos de Mariano Moreno, Cornelio Saavedra, Bernardino Rivadavia y José de San Martín, coronados por la estatua de la Madre Patria. 20 En 1890, el periódico "El Litoral" proponía elevar un monumento a San Martín en el Campo de Marte, al advertir que "en tanto que el mártir de San Lorenzo tiene erigida su estatua en la plaza que lleva su nombre... el vencedor de ese mismo combate... no tiene aún el pedestal que reclama en esta capital, en nombre de sus servicios a la patria." Y reforzaba este reclamo argumentando que "San Martín tiene para nosotros el doble título de argentino y de correntino y para la historia el de Libertador glorioso...". En esta oportunidad, se resolvió ubicar la estatua en la plaza Mayo, en reemplazo de la columna conmemorativa de la jura de la Constitución. La norma ordenaba que una comisión de ciudadanos se encargara de organizar las suscripciones populares en toda la provincia. Por esos años, el fervor patriótico había ido creciendo a medida que se agravaba el conflicto de límites con Chile. En mayo de 1902, las celebraciones organizadas por la Liga Patriótica habían adquirido un brillo inusitado, y los fondos obtenidos en el desarrollo de los números programados, que inicialmente debían destinarse a la adquisición de un acorazado para la armada nacional, al diluirse el conflicto, fueron puestos a disposición de las comisiones pro-monumento para que contribuyeran al enriquecimiento de la imaginería cívica en la ciudad. 22 Paralelamente, por una ley provincial, se dispuso la erección de un monumento en homenaje a los "mártires de la lucha contra la tiranía", propuesta que circulaba ya desde los años ochenta. 23 Estas iniciativas revelan la preocupación por dotar a Corrientes de referentes materiales para la construcción de su memoria histórica. La estatua ecuestre de San Martín debía ser una réplica de la existente en Buenos Aires. Se le encargó al escultor José García la realización de un monumento similar al que recientemente ejecutara para las ciudades de Santa Fe y Mendoza, y se comisionó a los doctores Valentín Virasoro y Manuel Florencio Mantilla, residentes en la Capital Federal, y a los legisladores nacionales Juan José Silva y J. Ismael Billordo para que supervisaran la fundición de la estatua, mientras en la capital correntina se iniciaban los preparativos de la celebración inaugural. En proximidades de las fiestas mayas de 1904, la estatua se hallaba en el puerto de Corrientes. El desembarco movilizó a los estudiantes secundarios, que acudieron al muelle para 21 "Una estatua", en El Litoral, Corrientes, año III, n.° 551, 31 de enero de 1890, pág. 1. 22 Un decreto del poder ejecutivo provincial estableció la comisión central y autorizó la formación de comisiones auxiliares y departamentales para encargarse de las suscripciones: Corrientes, año VIII, n.o 838, 5 de noviembre de 1902, pág. 4 presenciar el descenso. Los esfuerzos para bajarla a tierra y llevarla hasta el sitio de su emplazamiento, donde se había iniciado la construcción del pedestal, insumieron varias jornadas en las que la estatua, en medio de la expectativa general, avanzó lentamente sobre un entarimado por las calles Córdoba y Mayo. 24 Por esos días se organizaba una gran apoteosis dedicada a la memoria de San Martín en la ciudad de Mendoza, para lo cual los representantes mendocinos en el Congreso Nacional gestionaron un subsidio. El diputado correntino Juan José Silva utilizó esa circunstancia para solicitar, a su vez, un subsidio que permitiera financiar la fiesta de inauguración del monumento, que coincidiría con la festividad de la Virgen de la Merced, el 24 de septiembre. Numerosos proyectos aparecían en la prensa correntina para integrarse a los festejos y la gran cantidad de sujetos y asociaciones que intervinieron en la toma de decisiones prolongaron los preparativos, mientras que se postergaba indefinidamente la inauguración, debido a que el entorno del monumento no se hallaba en buen estado. Las comisiones entraron en conflicto con el gobierno y la prensa reclamaba la celebración; mientras tanto, el gobernador José Rafael Gómez, en un acto improvisado, el 31 de marzo de 1905, decidió dejar la estatua librada a la admiración pública, interrumpiendo abruptamente los preparativos populares. Dicha inauguración coincidió con el aniversario de la batalla de Pago Largo: "la primera de las jornadas contra la tiranía", explicación utilizada por el oficialismo para fundamentar tal medida. 25 La estatua ecuestre cumplió su papel de referente material desde antes de su inauguración. En agosto de 1904, en cercanías del aniversario del fallecimiento de San Martín, la prensa invitó a las asociaciones a realizar un homenaje al Libertador, y la Sociedad 2 de Agosto del Colegio Nacional tomó la iniciativa, organizando un concurso artístico y literario. En 1905, las fiestas mayas organizadas por el Centro Intelectual tuvieron como acto popular más destacado una procesión cívica que, partiendo de la Plaza Cabral, luego de recorrer las principales calles de la ciudad, finalizó con actos al pie de la estatua del Libertador. Desde ese año y especialmente a partir del centenario, las celebraciones patrias crecieron en brillo y partici-24 El Trabajo, Corrientes, año VIII, n.o 767 y 769, 27 de mayo y 3 de junio, 1904, pág. 2 25 Los periódicos liberales criticaron al gobierno por el manejo del subsidio nacional obtenido por el diputado Juan José Silva, mientras la prensa autonomista justificó la decisión del gobernador de utilizarlo para el arreglo de la plaza. COMBATES POR LA MEMORIA Tomo LVIII, 1, 2001 pación cívica, con la intervención en los preparativos de las celebraciones populares de las asociaciones que nucleaban a los estudiantes y, desde 1910, especialmente del Centro de Estudiantes Secundarios del Colegio Nacional. En el interior de la provincia también surgieron proyectos para la construcción de monumentos a San Martín, como en los casos de las localidades de Goya y Santo Tomé que, sin embargo, tardaron en concretarse. La "cuna del héroe" en el centro del debate El propósito de convertir a las ruinas de Yapeyú en un monumento central para la memoria sanmartiniana, condujo a una polémica que se extendería a lo largo de una década y que alcanzaría repercusión popular y proyección en el ámbito nacional. Ello nos demuestra el gran interés despertado por la historia local en la opinión pública correntina y la importancia asignada a estas cuestiones por parte de los gobiernos provinciales y nacionales, que reconocieron la utilidad política de la historia. Debe tenerse en cuenta que Corrientes atravesó, en la primera mitad del siglo XX, una etapa de desarrollo historiográfico, manifiesto en una importante labor heurística, una rica producción, que incluye obras fundamentales, y polémicas que alcanzaron amplio eco, aun fuera de los límites provinciales. Los movimientos historiográficos prevalecientes en Buenos Aires tuvieron su proyección en la provincia, que buscó incorporar los adelantos metodológicos introducidos por aquellos. 26 En este contexto historiográfico, tendría lugar la polémica en torno al solar natal de San Martín. En 1915, el diputado por Corrientes Ramón A. Beltrán presentó en la Cámara de Diputados de la Nación un proyecto de ley por el cual se autorizaba al Poder Ejecutivo la compra de la manzana de terreno ocupada por las ruinas de la casa de San Martín, "con objeto de restaurarla y conservarla como un monumento de gratitud nacional". Aprobado el proyecto en el Congreso, fue sancionado como ley n.o 9655. El Poder Ejecutivo designó una comisión compuesta por Emilio Frers, José Marcó del Pont y Juan A. Pradére, para que propusiera las medidas reglamentarias y dirigiera el cumplimiento de esta ley. Producida la renuncia de Marcó del Pont, fue reemplazado por Beltrán. Esta ley provocaría un intenso debate, reflejado en los principales periódicos del país, que se inició el 2 de noviembre, con un artículo de Juan Esteban Guastavino sobre "La casa de San Martín", publicado en el diario La Nación, en el cual, tras señalar la falta de fundamentos sólidos para la determinación del solar, amonestaba: "Estamos pues en presencia de un hecho histórico que debe esclarecerse sin dubitación, para que el cumplimiento de la ley nacional, a que se liga un noble anhelo patriótico de los argentinos, no padezca de los visos de una incomprensible veleidad histórica que jamás podría armonizar con los caracteres severos del héroe que la motiva". 27 Dos días después, el mismo diario, bajo el título "Las ruinas de Yapeyú", se hacía eco de esta preocupación y advertía que, si no había documentos o antecedentes válidos, era prudente disipar la duda antes de cumplir la ley que, de lo contrario, consagraría "sin suficiente autoridad por sí misma, un hecho histórico que puede no ser histórico, ni hecho siquiera". A la polémica sostenida entre Beltrán y Guastavino, se sumaría Carlos E. Zuberbhuller, quien publicó el artículo "La casa histórica de Yapeyú. Un antecedente significativo", en el cual abonaba la hipótesis de que San Martín no había nacido en Yapeyú sino en un lugar llamado Santoré, que pudo haber sido Santo Tomé o bien una quinta en las afueras de Yapeyú. Se agregaría Pradére, abriendo un nuevo plano en el debate, pues en La Nación del 17 de noviembre, afirmaba que San Martín no había nacido en 1778 sino en 1781, fundándose en su foja de servicios y en el acta de esponsales; pero se excusaba de emitir opinión sobre los otros aspectos en debate, dadas las funciones que debía cumplir en la Comisión. Se inició así un intercambio, a través del diario, esta vez entre Pradére y Guastavino. Este último reuniría sus artículos y otros documentos en un opúsculo titulado La cuna de San Martín. En medio del debate, el gobierno de Corrientes dictó un decreto el 15 de noviembre, para contribuir al cumplimiento de la ley 9655. Para precisar el lugar exacto de las ruinas, comisionó a Juan Wenceslao Gez, director de la Escuela Normal de Profesores de Corrientes y miembro correspondiente de la Junta de Historia y Numismática Americana, quien elaboró un informe negativo, publicado en La Prensa y La Nación y, al reiniciarse la polémica en 1923, se reproduciría en el primer número del Boletín de la Junta. 28 Gez, Juan W: "Las ruinas de Yapeyú", en Boletín de la Junta de Historia y Numismática, Buenos Aires, n.o 1, 1924. COMBATES POR LA MEMORIA Tomo LVIII, 1, 2001 Planteado el tema en el seno de la Junta de Historia y Numismática Americana, ésta designó una comisión integrada por Martiniano Leguizamón, Adolfo Decoud y Carlos I. Salas, para realizar una investigación histórica sobre este tema. Leguizamón, quien ya venía realizando estudios sobre el mismo, elaboró un extenso informe, con un dictamen negativo, que fue aprobado por la Junta, la cual ordenó su publicación. Se editó así La casa natal de San Martín. Estudio crítico presentado a la Junta de Historia y Numismática Americana con documentos, vistas y planos aclaratorios (1915), que determinaba la inconsistencia de la tradición y la precipitación con que se pretendió recogerla, desconociendo importantes antecedentes históricos. Concluía: "en el fondo de este asunto sólo existe la ficción de una bella leyenda, cuyo misterio acaso nunca será dado esclarecer; pero creemos también que silenciando la verdad, no habríamos cumplido la tarea que la Junta nos encomendó...". 29 Ante el cariz que tomaban los acontecimientos, vecinos y funcionarios de Yapeyú enviaron una nota a la comisión oficial, en la que solicitaban continuar con la tarea, pues "animados de un sentimiento patriótico y justiciero, no podemos permanecer impasibles e indiferentes al juicio vertido por ciertas personas para desvirtuar la tradición histórica transmitida de padres a hijos, sobre la autenticidad de las ruinas". 30 No obstante, Frers y Pradére comunicaban, a principios de 1916, que la comisión había decidido dar por finalizado su cometido, con las reservas efectuadas por Beltrán. Terminaba así la primera parte de este debate. Según Hernán Gómez, historiador correntino al que nos referiremos más adelante, el fracaso en la aplicación de la ley se debió a los errores que ésta encerraba: no tenía en cuenta las donaciones realizadas con anterioridad del terreno ocupado por las ruinas, se refería erróneamente a la casa "propiedad" de San Martín, y proponía su restauración, lo que era impracticable. 31 En Corrientes continuaron los esfuerzos de quienes defendían la autenticidad de las ruinas, como Isidro Nin, director del periódico Nueva Época, de Paso de Los Libres, el presbítero Eduardo J. Maldonado, cura párroco de Yapeyú, que publicó La cuna del héroe (1918) y Tomás Frías, autor de El solar de San Martín (1921); la importancia asignada al tema en Corrientes se señala en la tapa de este último libro: "Con el propósito patriótico de contribuir al esclarecimiento de un hecho capital en la Historia de la Nación Argentina". Desde 1916, comisiones populares de Yapeyú y Paso de los Libres continuaron moviendo a la opinión pública en este sentido. San Martín y Yapeyú: ¿instrumentos para la reivindicación? Al mismo tiempo que se lograba la sanción de la ley 9.655, en 1915, un grupo de correntinos residentes en Buenos Aires comenzó a organizarse para tributar un homenaje al general San Martín en el 65 aniversario de su fallecimiento. En medio de los preparativos y como parte de las celebraciones, de la asamblea del día 15 de agosto surgió el Centro Correntino "General San Martín". Tras la propuesta inicial destinada a instituir un espacio de homenaje al padre de la patria, se manifestaba la formación de un nucleamiento de carácter político, que reflejaba en sus fines el pensamiento, las expectativas y las inquietudes de la elite dirigente correntina. El centro estaba integrado por personalidades destacadas, tanto por los cargos que desempeñaban como por el lugar que ocupaban en el campo intelectual correntino. A pesar de vivir en la capital de la República, se manifestaban plenamente comprometidos con la realidad de su provincia, a la que veían sumida en un estado de postergación política y económica, que la había hecho descender de la posición que había ocupado en el pasado, cuando, siendo parte del viejo litoral histórico, tuviera una amplia y destacada participación en la formación del estado argentino. La percepción de ese retroceso en la jerarquía de "provincia organizadora" implicaba un rudo golpe a las expectativas de la sociedad correntina. Los objetivos que se fijó el naciente Centro Correntino "General San Martín", dan cuenta de esta percepción; además de la finalidad de instituir un homenaje permanente a la memoria del general San Martín, resaltando su condición de hijo de Corrientes, y de apoyar la ejecución de la ley, pretendía mantener unidos a los correntinos residentes en la capital, poniéndolos al servicio de los intereses de la provincia; fomentar todas las iniciativas que pudieran redundar en su progreso y el del país; gestionar o apoyar toda gestión orientada a reintegrar a la provincia el territorio de Misiones y difundir las tradiciones y la historia de su provincia, apoyando las iniciativas culturales de sus miembros. Con el tiempo, y por la influencia social y COMBATES POR LA MEMORIA Tomo LVIII, 1, 2001 política de quienes lo integraban, se convirtió en representante de las distintas asociaciones correntinas ante los organismos del estado nacional, y realizó numerosas gestiones, destinadas fundamentalmente a la obtención de subsidios. 32 La comisión directiva estaba presidida por Benjamín S. González. 33 Aunque se presentaba como una entidad apolítica, sus miembros tenían una clara posición en este sentido, ya que estaban representados los dos principales partidos políticos provinciales, el autonomista y el liberal. Más allá de las diferencias generacionales, los asociados tenían fuertes lazos con el Colegio Nacional de Corrientes, máximo centro educativo de la provincia, del que la mayoría eran egresados, la experiencia de haber participado en asociaciones culturales y recreativas, y lazos de amistad fortalecidos, en muchos casos, por haber compartido la vida universitaria. 34 En agosto, el Centro encabezó la celebración de un gran acto en homenaje al general San Martín realizado en la plaza de Retiro, al pie de su estatua. Participaron los miembros del Centro, los legisladores nacionales de Corrientes y una delegación especial de la provincia, y estuvieron representados el Ministerio de Guerra, el Círculo Militar, el Centro Naval, la Sociedad Damas Patricias, la Sociedad Pro Patria, la Federación Universitaria, la Federación Nacional de Estudiantes Secundarios y diversos colegios y centros particulares, entre ellos el de Guerreros del Paraguay. El Consejo Nacional de Educación se adhirió al homenaje, disponiendo la concurrencia de escolares acompañados de sus maestros, como se acostumbraba en las fiestas patrias, así como la realización en esa jornada de clases especiales dedicadas a la figura de San Martín. 35 El homenaje se inició con un oficio religioso celebrado por la mañana en la catedral Metropolitana, con la presencia de todas las delegaciones y representantes, que culminó con el desfile de los asistentes ante el sepulcro que guarda los restos del Libertador, donde una delegación del Centro Correntino depositó una ofrenda floral. Por la tarde, los actos se desarrollaron en la plaza San Martín, en la que se formaron en corporación los escolares, las compañías de los regimientos 3 y 4 de infan-32 Centro Correntino General San Martín, Memoria Anual, Agosto 1916-1917, Buenos Aires, 1917. 33 La comisión directiva estaba integrada por Miguel Susini, Antonio Ramayón, José C. Verón, Manuel Vicente Figuerero, Delfino Pacheco, Benjamín T. Solari, Joaquín Rubianes, Juan G. Valenzuela, Juan R. Galarza, Walter Elena, entre otros. 34 Cit. en Memoria Anual. Anuario de Estudios Americanos tería y un escuadrón del regimiento de granaderos a caballo, rodeados por un público numeroso. Al pie del monumento fue colocada una placa con una significativa expresión: "Corrientes al más grande de sus hijos". La tribuna fue ocupada por los miembros del Centro, representantes y delegaciones. Desde ella se pronunciaron discursos que giraron en torno a cuatro ejes fundamentales, de los cuales, sólo uno estaba ligado esencialmente a la naturaleza del acto de homenaje: -reafirmar la condición de correntino del general San Martín. -reivindicar el lugar que debía ocupar Corrientes en el contexto nacional. -manifestar el desacuerdo del gobierno correntino con la realidad nacional. -pronunciarse a favor de la restitución del territorio misionero a la provincia de Corrientes. El discurso del doctor Ramón A. Beltrán, diputado nacional y autor del proyecto sobre la casa natal de Libertador, que fuera invitado por el Centro a integrar la comisión de homenaje, pretendió reafirmar la posición de la provincia respecto del origen de San Martín, aseverando que era correntino por haber nacido en Yapeyú, Elevó una queja sobre la forma en que se enseñaba en las escuelas ese aspecto de la biografía del prócer, puesto que al ser presentado como "misionero" podían generarse confusiones que ligaran su lugar de nacimiento al territorio nacional de Misiones. Pero en todo momento se silenciaba la situación jurisdiccional de ese territorio al momento del nacimiento del futuro padre de la patria. En el marco de los permanentes reclamos por la restitución a la provincia del territorio de Misiones, se pretendía imponer una Yapeyú olvidada de su pasado misionero y asimilada totalmente a la tradición de Corrientes: "...San Martín fue correntino, por la raza, por el ambiente, por el territorio en que nació y hasta por el carácter reservado, reflexivo, el "vaso opaco que encerraba el fuego oculto en el interior del alma", según la feliz expresión del general Mitre, su ilustre historiador". 36 En este sentido, resulta aún más explícito el discurso de Juan Balestra, pronunciado al pie de la estatua del Libertador, en el homenaje realizado por los correntinos, en el año del centenario de la independencia, al referirse a la destrucción de que había sido objeto el poblado que pretendía elevarse a la condición de monumento de la memoria sanmartiniana: COMBATES POR LA MEMORIA Tomo LVIII, 1, 2001 "Ni un hogar, ni un morador, ni un recuerdo escrito quedaba en las solitarias y derruidas ciudades de piedra! Pero quedaban la patria y la América para hacer del hijo de Yapeyú, el primero de sus hombres; y quedaba la raza, la tradición y el sitio del primer hogar materno en Corrientes, a la cual perteneció siempre étnica y geográficamente Yapeyú. No están mal pues sus hijos reclamando un puesto entre las columnas que pasan entonando canciones de gloria ante esta estatua...". 37 El discurso de Joaquín Rubianes, quien fuera la voz del Centro Correntino y del gobierno de la provincia en el acto, dejó entrever los objetivos hasta entonces subyacentes, tanto del homenaje como de la reivindicación. Rubianes, miembro del partido liberal y representante de la generación del centenario, en 1913 había presentado a la convención constituyente de su provincia un Programa Orgánico de Reacción Federalista, que excedía ampliamente las facultades de ese cuerpo y revelaba las preocupaciones compartidas por los hombres de su generación. En él proponía una serie de mecanismos tendentes a limitar las intervenciones federales a los estados provinciales, puesto que eran utilizadas como instrumentos políticos al servicio de los intereses de las elites y los partidos; esta propuesta se realizaba desde una de las provincias que, con anterioridad a 1880, había sido "víctima" frecuente del uso de ese recurso por parte del gobierno federal; unas veces, para solucionar sus problemas internos y, en otras ocasiones, debido a sus malas relaciones con el gobierno central. También hacía referencia, en los fundamentos del proyecto, a la necesidad de devolver a las provincias "su plena capacidad financiera" entre otras cuestiones que debían garantizar el ejercicio pleno de la autonomía. 38 Su discurso de 1915, al pie del monumento a San Martín, lejos de reparar en la trayectoria del héroe, mantuvo esa tesitura. Luego de un análisis de la realidad nacional, vista desde las expectativas no realizadas de la elite a la que representaba, reiteró la serie de reclamos que desde Corrientes se venían realizando en el último tercio del siglo XIX, haciendo explícito una vez más el sentimiento de postergación que le provocaba la contemplación de las desigualdades. Cuestionó el progreso argentino, del que la elite nacional se había vanagloriado en la celebración del centenario de la revolución de mayo, y 37 Balestra, Juan: San Martín. Discurso pronunciado ante el monumento del héroe en representación del "Centro Correntino General San Martín". (La bastardilla es nuestra) 38 Rubianes, Joaquín: "Programa Orgánico de Reacción Federalista", en Nosotros, Buenos Aires, año VII, tomo IX, n.o 9, 1912, págs. 398-414. MARÍA SILVIA LEONI DE ROSCIANI Y MARÍA GABRIELA QUIÑÓNEZ lejos del envanecimiento por los logros alcanzados, puso el acento en la falta de equidad evidente en ese desarrollo, debida a la adopción de un esquema económico y una política de obras públicas que favorecían a la región que se hallaba integrada al mercado mundial y excluía a las demás provincias que, como Corrientes, se veían privadas de los medios necesarios para alcanzar un grado de progreso material equivalente. Por ello, en momentos de agitación nacionalista, en lugar del patriotismo optimista, que "pensando en el comienzo obscuro, se deslumbra ante el cuadro del presente", proponía ejercitar un patriotismo exigente que, no conforme con los logros obtenidos, "apenas pisa la meta de un ideal, ya pone el oído atento a las nuevas palpitaciones del pueblo, ya escruta, con mirada resuelta, nuevos caminos en los horizontes inmensos de la vida nacional". 39 Esta concepción del patriotismo, adoptada desde la función pública, debía contribuir a superar las deficiencias del progreso alcanzado, eliminando los contrastes. A la luz de la realidad de su provincia, sostenía que mientras el país se envanecía "por los millares y millares de kilómetros de cintas de acero... que realizan el pensamiento de Alberdi", en algunas regiones, como en Corrientes, las líneas férreas resultaban tan insuficientes como los caminos, los puentes y las inversiones de capital, y no existían las condiciones requeridas para su desarrollo económico. Estos discursos fueron seguidos por breves alocuciones de los representantes del Ateneo Hispanoamericano, de la Federación de Estudiantes Secundarios y de la Federación Nacional de la Juventud, que insistieron en reconocer la legitimidad del homenaje tributado por los correntinos a San Martín en su condición de "comprovinciano". 40 Finalizados los discursos, los escolares, las tropas, las delegaciones y la concurrencia desfilaron frente al monumento. Paralelamente, en la ciudad de Corrientes, el Centro de Estudiantes Secundarios del Colegio Nacional, que desde 1910 lideraba las iniciativas cívicas juveniles, fue el promotor de los actos realizados al pie del monumento de la plaza Mayo y de la procesión cívica de la que participaron las escuelas primarias y secundarias y una numerosa concurrencia. La iniciativa estudiantil obtuvo la adhesión del Consejo de Educación, que ordenó se impartieran clases especiales dedicadas a la figura de San Martín y promovió la asistencia a los actos. COMBATES POR LA MEMORIA Tomo LVIII, 1, 2001 El gobernador Benjamín S. González, 44 quien se preocupó especialmente por la preservación de la memoria histórica y la difusión de la historia provincial, en 1926, declaró feriado el 17 de agosto y organizó el primer homenaje de carácter oficial. Entre los fundamentos del decreto, se sostenía que "nacido el Gral. San Martín en Corrientes, ella debe ser la primera provincia argentina que debe tributar el homenaje de gratitud y glorificación hacia el libertador con la rememoración de la fecha de su muerte". Se adhirieron los gobiernos de otras provincias y, en el caso de Santiago del Estero y Córdoba, también declararon feriado. Santa Fe, por su parte, ya lo venía haciendo desde 1921, con peregrinaciones a San Lorenzo. En esa ocasión asistieron representaciones de todas las provincias, del ejército y la armada nacional. En la iglesia catedral, donde se realizó el tedéum, se levantó el altar de la patria, obra del artista Adolfo Mors. Finalizado el oficio religioso, las tropas marcharon a plaza Mayo, seguidas por las delegaciones portadoras de coronas, las autoridades provinciales, un grupo de damas, escuelas y sociedades extranjeras. Al pie del monumento, se pronunciaron varios discursos, seguidos del desfile militar. Por la tarde, la policía realizó su tributo al sargento Cabral. Las actividades se completaron con partidos de fútbol y una recepción en casa de gobierno para los oficiales de la cañonera "Paraná" y del regimiento de Granaderos a Caballo que habían participado del homenaje. 45 En los años siguientes, se seguirían repitiendo estos actos. Nueva polémica en torno a Yapeyú: la culminación del debate y la imposición del día de San Martín Se continuaron también los esfuerzos por convertir a Yapeyú en un lugar de memoria. El gobernador Mariano I. Loza se propuso construir, mediante la contribución popular, una escuela en la localidad de Yapeyú, que debía llevar el nombre de "General San Martín" y sería inaugurada el 44 Benjamín S. González (1925-1929). Presidió el Centro Correntino General San Martín, en Buenos Aires. Durante su gestión como gobernador de la provincia se publicaron numerosas obras históricas y se realizaron ediciones documentales; se organizó en la provincia el Tercer Congreso de Historia Argentina; se dispuso la determinación de los monumentos y lugares históricos en el territorio provincial y se proveyó su custodia; se crearon el Museo Histórico y el Museo Colonial 45 Véase Gobierno de la Provincia de Corrientes: Homenaje a San Martín. Actos conmemorativos realizados con motivo de la celebración del 76o aniversario del fallecimiento del General don José de San Martín, Corrientes, 1927. COMBATES POR LA MEMORIA Tomo LVIII, 1, 2001 17 de agosto de 1916, en homenaje conjunto al Libertador y al primer centenario de la Independencia. El 9 de septiembre de 1922, en el centenario de la independencia de Brasil, el Colegio Nacional de Corrientes organizó un acto de homenaje al Brasil en Yapeyú, al que se adhirió el gobierno provincial y asistieron delegaciones de las localidades fronterizas de Uruguayana e Itaquí. San Martín fue recordado allí como símbolo de la unión americana. Se realizó una colecta de fondos entre los presentes para construir el templete protector de las ruinas y se constituyó una comisión ejecutora del mismo, patrocinada en la capital federal por el Ateneo Hispano Americano. El periódico Crítica, de Buenos Aires, se hizo eco del movimiento a través de varios artículos; refería que en Corrientes ese era el tema del día y que se sucedían las peregrinaciones a la casa de San Martín desde todos los pueblos, especialmente los de la zona del río Uruguay. 46 Hernán F. Gómez, uno de los historiadores correntinos de mayor relieve, fue un activo promotor de estas acciones. Realizó investigaciones arqueológicas que, unidas al material que le aportaron quienes ya habían trabajado el tema, originaron la obra que reabrió la polémica: en 1923, aparece Yapeyú y San Martín, destinada a confirmar la tradición popular que establecía la ubicación del solar del prócer, a través de una revisión de la historia de Yapeyú. Se propuso mostrar cómo el sitio había sido residencia, sin discontinuidades, de una población que conservó la tradición sobre la cuna de San Martín. Escrita al calor del momento, la obra realiza un estudio crítico de la bibliografía sobre el tema. Unido al testimonio brindado por la tradición oral, a la cual otorga un lugar central, Gómez recurre al estudio del terreno, de las ruinas y efectúa la reconstrucción de la planta del pueblo. En la misma la postura correntina. La Junta de Historia y Numismática Americana, transformada en Academia Nacional de la Historia, emprendió la redacción de la Historia de la Nación Argentina. Allí se terminó de definir la primacía de San Martín, distanciado de un conjunto de "figuras menores" y convertido en expresión esencial del ser nacional. En 1932, el entonces diputado nacional Benjamín S. González, presentó a la cámara un proyecto de ley declarando fiesta cívica nacional el día 17 de agosto. Al fundamentar su proyecto, destacó que "Estaba destinado, Sr. Presidente, que a Corrientes le habría de corresponder el honor de dar a nuestro país el brazo inflexible que aseguraría el cumplimiento de los nobles ideales de los hombres de Mayo. A punto de sucumbir a manos de los españoles en San Lorenzo, lo salva un heroico correntino...y brinda así a la posteridad el símbolo del desinterés, del patriotismo, de la abnegación y de las más acrisoladas virtudes". 51 Sin embargo, cuando, al año siguiente, el presidente Agustín P. Justo oficializó el 17 de agosto como "Día de San Martín", sólo tuvo en cuenta una presentación del Instituto Sanmartiniano, en la cual no se hacía ninguna referencia a las propuestas correntinas. El presidente del Instituto fue la figura central de los actos conmemorativos y quien se encargó de fundamentar la instauración de esta fecha patria: "...intentamos responder a un imperativo de civilización, de justo y oportuno nacionalismo, pero con ánimo desprevenido de toda lucha de clases y de partidos a fin de hacer eficiente y real la unidad de la familia argentina. Queremos que exista una patria grande y digna, y queremos que a su frente se destaque como luminaria suprema la figura de ese Libertador que creó la epopeya y fundamentó así todos los estimulantes posibles para que, estudiándola y escudriñándola, los cultores del pensamiento, de la literatura y del arte, se asocien en el esfuerzo educador de su obra". 52 Otero señalaría que esta era la primera gran demostración cívica en homenaje al Libertador, desconociendo también los actos anteriores organizados por los correntinos. Corrientes se veía nuevamente desplazada en sus iniciativas. No obstante, al año siguiente, González repetiría su presentación, en la cual tampoco aludía al Instituto Sanmartiniano. En ese mismo año, presentó un proyecto de declaración para que se procediera a la brevedad a la ejecución de las obras proyectadas en Yapeyú. Por su parte, el diputado santafesino Plácido Lazo presentó un proyecto para declarar monumento nacional al convento de San Carlos, con el fin de destinarlo a un museo sanmartiniano, y en el terreno adyacente, que se denominaría "Campo de la gloria", se debía erigir un monumento. Frente al "mal entendido fanatismo patriótico que tantas veces lleva a deificar piedras o ruinas con aires de santuarios que no guardan la menor relación con la vida evolutiva del país...si existe algo en nuestra nación, que pueda llevar con holgura y dignidad el timbre de monumento nacional, ese es precisamente el convento". 53 Se hacía referencia así, elípticamente, a las ruinas de Yapeyú. 54 Finalmente, el congreso destinaría los fondos para la construcción de un templete protector de las ruinas en Yapeyú, que estuvo a cargo de la Dirección General de Arquitectura del Ministerio de Obras Públicas, que fue inaugurado el 17 de agosto de 1938. Un día antes, se promulgaba la ley nacional que declaraba feriado esa fecha. Según la crónica periodística, Yapeyú recibió una extraordinaria afluencia de público pero, llamativamente, no hubo una representación significativa del gobierno nacional, que se concentró en los actos en Buenos Aires, que tuvieron mayor repercusión, restándole trascendencia a la ceremonia inaugural. 55 Formalmente, los objetivos de Corrientes se habían logrado: edificar un lugar de memoria sanmartiniana en su territorio e instaurar una nueva fecha en el calendario cívico, pero la provincia no logró ejercer su protagonismo en dichas iniciativas. El movimiento generado por la provincia de Corrientes en torno a la figura de San Martín se inserta en el contexto de su lucha contra el centralismo de Buenos Aires. En esa lucha, la elite correntina, mediante la tenaz defensa de sus tradiciones, perseguía el reconocimiento en el ámbito nacio-nal de la importancia de la provincia como entidad autónoma y como factor clave en el proceso de organización institucional argentino. Los monumentos públicos, las conmemoraciones, los peregrinajes, la reconstrucción de tradiciones orales y la determinación de lugares de memoria fueron distintas herramientas utilizadas por la elite correntina en una desigual competencia con Buenos Aires por el control de la memoria argentina. Frente a la construcción de un San Martín esencialmente "americano", Corrientes revalidaba, en primer término, su condición de correntino, atribuyéndole a la misma la transmisión de las virtudes y los valores que le permitieron convertirse en un héroe continental. De allí que la historiografía correntina se ocupó solamente del tema de la "cuna del héroe", sin abordar otras etapas de su itinerario biográfico, en las cuales se perdía su débil ligazón con Corrientes y se reforzaban sus vínculos con otras provincias, como Santa Fe y Mendoza. Por otro lado, dicha temática le servía de instrumento para sus reivindicaciones políticas sobre el territorio de Misiones. Al mismo tiempo que se efectuaba la construcción de una historia nacional desde Buenos Aires, en Corrientes se elaboraba una historia provincial que sostenía que en la historia argentina se dieron paralelamente dos procesos: uno que iba dando forma a la existencia común de los pueblos y otro que, lentamente, manifestaba la existencia de cada provincia. San Martín y Genaro Berón de Astrada eran los máximos representantes de cada uno de ellos.
cual esta producción habría evolucionado desde los diversos intentos de conseguir una interpretación integral del Perú en su historia, sociedad, economía y política (de 1964 a 1987 aproximadamente), hasta el desborde de este propósito teórico para producir múltiples estudios con diferentes perspectivas y objetos de investigación menos ambiciosos. Esta lectura se centra en las diversas colecciones bibliográficas que ha desarrollado el IEP, en las principales tesis de interpretación integral que se dieron en la bibliografía, y en las más recientes publicaciones sobre los años noventa y la falta de una imagen integral del Perú desde las ciencias sociales. En esta evolución, se detectan algunos cambios de temas y preocupaciones en la investigación, algunas continuidades en las formas de argumentar y el constante esfuerzo de los investigadores del IEP por participar, con su trabajo, en la mejora democrática del Perú. Cualquier revisión general de la bibliografía en ciencias sociales publicada en Perú desde los años sesenta, tendrá que dedicar un capítulo especial a la producción que el Instituto de Estudios Peruanos (casi más conocido por sus siglas, IEP) ha logrado a lo largo de sus 37 años de investigación, formación y difusión. Con este texto pretendo hacer un esbozo de lo que podría ser ese capítulo importante en un estudio más general. Pero sobre todo quiero indagar sobre las líneas básicas de la evolución de las publicaciones del IEP y cómo ofrecieron algunas de las principales interpretaciones sobre el Perú contemporáneo (también algunas de las más destacadas lecturas del Perú colonial y prehispánico, pero éstas no serán tenidas en cuenta en mi reseña por escapar a mi competencia). Finalmente, y ésta es la parte más importante, dedicaré un mayor espacio al comentario crítico de las ultimas publicaciones que ha producido el Instituto en el cierre de una década de oprobio fujimorista. Breve presentación de la labor del IEP El Instituto de Estudios Peruanos dispone de una buena página web en Internet [URL] que presenta con claridad y conci-sión la mayor parte de sus objetivos, historia, actividades, organización, personal, proyectos de investigación y publicaciones. Pero ya se va haciendo necesario un trabajo monográfico sobre el IEP que abarque todos esos temas en mayor profundidad. Éste es un tipo de estudio que apenas se ha desarrollado en Perú, y que por el peso que el IEP u otros centros de investigación y formación similares han tenido en la conformación de una imagen más o menos dominante dentro y fuera del Perú, con significativas repercusiones políticas, sería de gran interés intelectual y sociopolítico. Por ello, y sin suplir ese vacío, tomaré nota de tres aspectos centrales e imbricados en la vida del Instituto: investigaciones, formación y publicaciones. En el primer rubro habría que destacar el siempre difícil esfuerzo de compaginar las interpretaciones globales sobre el Perú -por ejemplo, el debate sobre el predominio oligárquico o extranjero en la historia del Perú que tuvo lugar entre los años sesenta y setenta-con la investigación empírica y el trabajo de campo -estudios de comunidades indígenas o el detalle de las reformas industriales del gobierno militar-. Buena parte de este esfuerzo iba unido al programa de trabajo de alguno de los investigadores principales del Instituto, como Jorge Bravo Bresani, Alberto Escobar, José Matos Mar o Julio Cotler. Y el objetivo central que aglutinaba a buena parte de las investigaciones, al menos hasta mediados de los años ochenta, era explicar la tortuosa relación entre la sociedad nacional desestructurada, diversa y con graves problemas de comunicación, tanto culturales como geográficas, y un Estado que no terminaba de ser oligárquico y dependiente sin lograr la democratización de sus instituciones. Predominó el estudio de la primera parte de la ecuación -esa sociedad coloidal, fracturada por la oligarquía y la dependencia-en trabajos sobre la sociedad rural, las reformas agraria e industrial, las migraciones interregionales o la urbanización; mientras, se descuidó el estudio de los requerimientos institucionales del Estado, con sus problemas administrativos, jurídicos, fiscales, etc. -no hay trabajos sobre el proceso constituyente de 1978-1979, sobre el entramado constitucional y práctico que consolidan el presidencialismo o sobre el Poder judicial, incluso pocos sobre los militares-. Hasta cierto punto, la evolución anterior cambió hacia la segunda mitad de los años ochenta en que comenzó una mayor diversificación de los temas y áreas tratados, aunque perdiendo en sujeción teórica. Con la crisis económica que no toca fondo y el impreciso desarrollo democrático, se amplían los estudios económicos y se da mayor importancia a las vías institucionales de participación política. Por supuesto que en este giro tuvo su JUAN MARTÍN SÁNCHEZ Anuario de Estudios Americanos influencia el mayor margen de maniobra que había ganado la izquierda partidaria en el régimen político peruano, con una fuerza electoral ascendente y previsibles opciones de gobierno. Esto es más claro si se tiene en cuenta que el IEP había sido fundado por investigadores de clara filiación progresista de izquierdas y que ha tratado de mantener esa orientación aunque hayan cambiado los discursos. 1 Con estos cambios surgieron temas de atención creciente, como la relación de los jóvenes con la política, los estudios de género, el desarrollo de Sendero Luminoso y las violencias anexas, los problemas de descentralización del Estado y la economía, el mercado informal, el empleo, los derechos ciudadanos, etc. Y aunque la parte social de la ecuación antes señalada sigue atrayendo mayor dedicación, los problemas de consolidación democrática o su cuestionamiento durante los años noventa han ganado terreno y -que tal vez sea lo más importanteautonomía. Por otra parte, la labor investigadora del IEP, por más que se ha asentado en el trabajo de los investigadores peruanos, no se entendería bien sin tener en cuenta los muchos investigadores extranjeros que han pasado por sus salones, como el cofundador John Murra o Giorgio Alberti, Norbert Lechner, Cynthia McClintock, Abraham Lowenthal, Philip Mauceri, Catherine Conaghan, Steve Stein, etc. Al mismo tiempo, la vinculación de los propios miembros del IEP con centros de investigación extranjeros ha sido constante y fructífera. De esta doble comunicación hacia dentro y hacia fuera se ha nutrido la producción propia del IEP y es un factor a tener en cuenta para cualquier estudio de la misma. En la actualidad, parece consolidada esta mayor diversidad de temas y perspectivas de investigación, desde los diversos proyectos que acoge el programa institucional sobre "Descentralización, desarrollo y democracia en el Perú" (descentralización fiscal, encuestas, reformas del Estado, etc.) hasta proyectos particulares sobre cambios en los poderes locales tras la guerra con Sendero Luminoso, estudios de pobreza y migración, cambios curriculares en la enseñanza, etc. Todos estos proyectos tienen repercusión 1 Tal vez ha aumentado la imprecisión que hace que algunas declaraciones puedan resultar extrañas, como la presentación del IEP en su página web [URL], en que se dice: "Ajenos a toda afiliación partidaria o religiosa, los miembros del IEP desarrollan proyectos de investigación en antropología, economía, historia, sociología y política." Es evidente que ese ajenos no es del todo real ni pretendido, otra cosa es que se trabaje con honestidad y sin dependencias partidarias, religiosas, financieras, etc., algo siempre difícil de conseguir. Sin duda que con una reivindicación progresista y democrática de la investigación objetiva, más acorde con la fundación del Instituto, la imagen corporativa de éste ganaría en claridad. Tomo LVIII, 1, 2001 más o menos directa en las publicaciones del IEP o en las que sus investigadores puedan colaborar con otras editoriales. Ahora bien, en esa mayor diversidad parece que se ha perdido la ambición fundadora del trabajo multidisciplinar a favor de interpretaciones globales sobre el Perú. En los noventa, los trabajos de investigación han sido más inconexos y menos en función de alguna tesis hegemónica en la explicación. Se trabaja más desde las áreas particulares e, incluso, desde la perspectiva personal, aunque no falte la comunicación entre los investigadores. Se nota aquí también la perdida de "los grandes relatos" o teorías generales en ciencias sociales. Una segunda dimensión fundamental en la trayectoria del IEP ha sido la formación de investigadores en ciencias sociales, apoyando a las universidades (incluso supliéndolas) y creando un espacio más intelectual que mercantil para este trabajo (aunque muchos investigadores del Instituto hacen consultorías profesionales para el mercado empresarial o institucional, éstas suelen tener un carácter paralelo al trabajo en el Instituto). En cualquier caso, casi la totalidad de los investigadores del Instituto han sido y siguen siendo (aunque con periodos de distanciamiento) profesores en alguna de las universidades de Lima, especialmente en la Universidad Mayor de San Marcos y en la Pontificia Universidad Católica del Perú (centros de donde proceden la mayoría de los asistentes y jóvenes investigadores que se incorporan al IEP). En esta labor de formación y discusión siempre han estado muy presente las conferencias y las mesas redondas (adjetivadas como verdes por el color del tapete de las mesas). Algunas de esas sesiones han llegado a tener carácter casi de leyenda, como la que tuvo lugar el 23 de junio de 1965 sobre el libro de José María Arguedas Todas las sangres, editada en 1985 por Alberto Escobar (cofundador del Instituto y participante en aquella mesa) en el IEP y reeditada bajo el cuidado de Guillermo Rochabrún en el 2000.2 Incluso son muchas las ocasiones en que el Instituto convoca a una reunión de debate a propósito de alguna coyuntura especialmente difícil de la vida peruana. En esas reuniones se juntan investigadores, políticos y personalidades en general en un formato de conversación más o menos abierto y siempre productivo. Pero el camino más fecundo en cuanto a formación se refiere es el que emprendió el IEP desde comienzo de los noventa con talleres de formación, seminarios de postgrado en ciencias sociales, promoción de becas y proyectos para jóvenes investigadores, etc. Además se participa en varias redes de desarrollo de las investigaciones sociales como son el Consorcio para la investigación económica y social, la Red para el desarrollo de las ciencias sociales en el Perú o el Consorcio para el desarrollo de la ecoregión andina. Finalmente, respecto del trabajo editorial del IEP es importante hacer algunos comentarios sobre sus diversas colecciones y las propuestas que subyacen a éstas. En total son ya unos 350 títulos en el momento de escribir este artículo (es difícil acertar con la cifra exacta, pues hay varios trabajos en prensa que ya podrían estar en la calle). Más otros 110 documentos de trabajo y la publicación mensual de la revista Argumentos. La distribución de estos títulos a lo largo de las diversas colecciones es como se presenta en el siguiente cuadro. He tratado de identificar los años de mayor número de obras publicadas en cada colección, con el propósito de dar una imagen, aunque sea somera -pues no entro a indagar sobre las causas de esta distribución estadística-, de la evolución editorial del IEP. Lo primero que destaca del cuadro de publicaciones es que para 1974 ya estaban en marcha todas las series importantes del IEP, aunque el segundo aspecto a señalar es la irregularidad en la producción dentro de cada serie. Colecciones tan emblemáticas del Instituto como han sido Perú Problema y América Problema 3 prácticamente se cierran a comienzo de los años ochenta, para reaparecer en la coyuntura de la crisis de los años noventa en un espíritu de compilación de asideros para una democracia que se desvanece entre la guerra, la inflación y la corrupción institucional. Inversa trayectoria ha seguido la serie Ideología y Política, que para 1987 sólo tenía dos volúmenes en la calle, siendo relanzada desde esta fecha con numerosas aportaciones de investigadores externos al Instituto y con una clara preocupación por los factores de crisis del régimen democrático des-de los partidos políticos hasta las fuerzas armadas o la violencia senderista. La serie Análisis Económico distribuye sus publicaciones de forma menos concentrada, aunque se nota la influencia de los problemas económicos de la década de los ochenta. Algo interesante en esta colección es que a partir de 1987 todos los títulos están firmado por Efraín Gonzales de Olarte. Cierto que otros investigadores del área de economía han publicado sus trabajos en otras series por el tipo de investigación menos global que han realizado. 4 La distribución de los trabajos de historia (Estudios de Historia, Historia Andina y Fuentes de investigación para la historia del Perú) tiene dos periodos de gran producción relativamente separados entre sí, algo que también ocurre claramente con los 18 libros de los Estudios de la sociedad rural. La serie Lengua y Sociedad, siempre alentada por el doctor Alberto Escobar, tuvo una destacada participación con los 12 volúmenes de gramáticas y diccionarios quechuas que publicó en 1976. Y la colección Urbanización, migraciones y cambios en la sociedad peruana, parece tener un comportamiento más espasmódico, aunque conexos a momentos del llamado "desborde popular", especialmente en Lima. Las demás series han tenido una temporalidad más corta y producciones más limitadas. Por su parte, la Colección mínima con 39 textos desde 1973 y la de Documentos de trabajo con 110 desde 1987 constituyen dos series de características especiales. En el primer caso, se trata de textos en torno a las cien páginas en un formato pequeño. Estos trabajo se desprenden de investigaciones más amplias en las que participan varios investigadores, como son los libros dedicados a la reforma agraria, o responden a intentos de aclarar alguna coyuntura significativa o problema específico del país, como los producidos en torno al advenimiento de la democracia en 1980 o las elecciones de 1990. Por sus características, la Colección mínima juega muy bien el papel de avances de investigación y apertura de nuevas áreas. Es una serie donde no domina una perspectiva particular, como en Perú problema o Estudios de la sociedad rural, dejando un espacio abierto a la innovación pero sin la sensación de propuesta provisional que tienen los Documentos de trabajo. Este último conjunto de texto es el más variado e innovador, con una producción ascendente desde que en 1987 apareciera el primer texto. El mismo IEP clasifica los documentos según el área de investigación, logrando el siguiente reparto: Economía 35, Sociología y política 26, Historia 17, Antropología 12, Talleres (seminarios de formación) 6, Política 6, Etnohistoria 2, Historia del arte 2, Lingüística 2, Estudios de género 1. Muchos de estos trabajos terminan formando parte de alguno de los libros de las principales colecciones del Instituto, habiendo servido como borrador de discusión de los trabajos de investigadores noveles, como Carlos Vargas y Patricia Ames, de investigadores ya veteranos, como Carlos Contreras, Alberto Escobar, Francisco Verdera, o para difundir alguna propuesta de algún investigador visitante, como Abraham Lowenthal y Fernando Henrique Cardoso. Las características de la serie, más cuaderno que libro, ayudan a su carácter de indagación y debate, sin por ello perder profundidad. Sin duda ésta es una muy buena estrategia para la consecución de los objetivos que persigue el IEP, mucho más flexible que la publicación de una revista y que, con las nuevas tecnologías de la comunicación, ganará mayor dinamismo (ya se pueden consultar algunos de estos documentos de trabajo directamente en la página web del IEP, aunque aún son pocos). Principales tesis y debates en las publicaciones del IEP hasta 1992 En este apartado quiero plantear los rasgos básicos de cuatro momentos especialmente ricos en la discusión de ciencias sociales en el Perú. Lo que me interesa es crear el tapiz de fondo para la discusión de la bibliografía reciente sobre la década de Fujimori. Estos cuatro momentos tuvieron varias publicaciones emblemáticas y sobre ellas basaré mi esbozo. El primer momento tiene mucho que ver con la década en que se funda el Instituto de Estudios Peruanos, mediados de los años sesenta. El objetivo era conseguir una imagen interdisciplinal del Perú de esos años de rápida modernización económica y urbana pero con enormes límites a la aplicación de políticas reformistas que afectaran al grueso de la población. Hacia esos límites se dirigiría la mayoría de las investigaciones tratando de encajar las características principales del Perú en algún modelo teórico identificable. Y tres fueron las figuras más solicitadas: la oligarquía, la dependencia y la sociedad rural. Con las dos primeras, los autores trataban de subrayar el factor clave para entender la situación histórica del Perú que, en parte, se plantearon con rasgos opuestos. De este debate dan buena cuenta varios títulos fundamentales de las colecciones Perú Problema y JUAN MARTÍN SÁNCHEZ América Problema.5 Grosso modo, los extremos de la discusión fueron establecidos por el sociólogo francés François Bourricaud y por el economista peruano Jorge Bravo Bresani. Para el primero, la oligarquía seguía existiendo en el Perú como un grupo predominantemente nacional y con gran capacidad de adaptación a las nuevas circunstancias del país, hasta el punto de no mostrarse como grupo dirigente al frente del Estado, pero sí desplegar un discurso fuerte de legitimación del orden reinante. Para ello, usarían la intermediación de diversas instancias de la administración estatal y de los grupos de clase media que las ostentaban, mientras la oligarquía se guardaba la última palabra de su poder económico y de su relación con la economía internacional. Mientras, la creciente movilización social y las migraciones a las ciudades iban erosionando las bases de poder de esa oligarquía que necesitaba transitar hacia otras actividades. Pero el dominio oligárquico no sólo era económico sino que también ordenaba la sociedad con una cultura de formas de hacer y de miedos políticos que aprisionaban la acción de gobierno (presupuestos equilibrados, racismo paternalista, desconfianza de la educación). El problema fundamental sería, entonces, la democratización de la sociedad peruana y la autonomización del Estado respecto del tradicional manejo oligárquico. Por su parte, Jorge Bravo Bresani calificaba de mito el asunto de la oligarquía y presentaba a la inserción periférica y dependiente del Perú al incipiente capitalismo internacional, durante la época de la colonia española, primero, y luego a la economía industrial del Gran Bretaña y Estados Unidos, como la variable fundamental para entender la historia del Perú, su estructura social en los años sesenta y la vías reformistas (modernizadoras) que por esos años están intentando los grupos dirigentes más relacionados con el capital extranjero. La oligarquía no pasaría de ser la capa alta de una exigua clase media nacional que gestionaba en el Perú los intereses del capital internacional. En Bresani, la lectura histórica de largo recorrido era casi tan importante como el análisis de la estructura social. Los principales problemas desde esta perspectiva eran el atraso del país respecto al exterior, el carácter subsidiario de una economía abocada a la exportación de mate-rias primas, la desconexión de gran parte del país del circuito económico dominante y la falta de relación entre una nación fragmentada (coloidal que alguna vez dijera) y un Estado más orientado a las demandas del capital externo que a la integración de la sociedad peruana. 6 El acento en una lógica de la dominación más nacional o más dependentista diferenciaba a diversas posturas intermedias. En general, las investigaciones del IEP estuvieron más cerca de una lectura dependentista, pero el desarrollo de los estudios sobre la sociedad rural -en muchos casos, trabajos monográficos de regiones concretas del país-ampliaron la visión a contradicciones y factores escurridizos para el tamiz oligárquico o externo. Se trataba de la importancia de culturas y formas de producción regionales fuertemente asentadas y que reenviaban muchas interpretaciones a los estudios locales. Fernando Fuenzalida y José Matos Mar destacarían en estas indagaciones desde la antropología y la sociología. Pero también lo haría Alberto Escobar (junto a otros filólogos) con el estudio regionalizado del quechua -idioma que con el gobierno militar sería oficializado como lengua del Perú junto al castellano-o los trabajo de etnohistoria de María Rostworowski o John Murra que le daría otro calado histórico a la diversidad social del Perú. Tal vez, en estos estudios de la sociedad rural -concepto mucho más amplio que el de sociedad agrícola-y del mundo andino no había una tesis teórica dominante, pero sí cartografiaron un extensísimo espacio histórico-social del que se había escrito poco. Esa cartografía tendría una gran importancia en los estudios siguientes y en la interpretación de las reformas militares. En efecto, el segundo momento importante en la trayectoria del IEP estaría marcado por la necesidad de explicar el ímpetu reformista de unos militares, presididos por el general Juan Velasco Alvarado, que durante el siglo XX habían sido el dique seguro contra las movilizaciones sociales y desde 1969 parecían el ariete histórico contra la oligarquía. La nacionalización de la estadounidense International Petroleum Company, las reformas agraria, industrial, educativa o la intervención de la prensa, tan fuertemente asociada al poder oligárquico, crearían un terreno muy movedizo para el posicionamiento intelectual: desde la colaboración de Augusto Salazar Bondy o la simpatía de Jorge Bravo Bresani, hasta la crítica de Julio Cotler o la confrontación abierta de Aníbal Quijano.7 Sin duda fueron años difíciles para el Instituto que se abocó al estudio detallado de las principales reformas del gobierno y a sus efectos en la estructura social del país. La reforma agraria fue la que más dedicación ocupó, con detallados trabajos de Elena Álvarez, José María Caballero, José Manuel Mejía o José Matos Mar. Esta reforma parecía tocar los elementos fundamentales de una sociedad tradicional a la que se habían dedicados los estudios de la sociedad rural. Pero el trabajo más importante de esta época lo realizaría Julio Cotler desde su exilio en México. El libro Clases, estado y nación en el Perú,8 de 1978, sería la primera interpretación integral del desarrollo socio-histórico del país que lograba el IEP. El libro había sido pensado para explicar el reformismo militar del gobierno de Juan Velasco Alvarado, pero pronto abarcó un proyecto que juntaba los principales debates intelectuales habidos en el Perú durante los años sesenta y parte de los setenta. Cotler establece una continuidad histórica básica entre el siglo XVI de la conquista y la reorganización del poder tras la independencia en el XIX para explicar tanto la consuetudinaria dependencia externa del Perú respecto del desarrollo capitalista de los países del norte, como el carácter colonial que tenía la dominación oligárquica interna en el país. Ambos factores dibujaban un mapa poderoso para la navegación intelectual y política: un archipiélago con oligarquías insulares y compañías extranjeras que explotaban productos de exportación sin crear mayores encadenamientos socioeconómicos horizontales; una sociedad coloidal que requería de la permanente intervención de un modelador providencial que le diera forma al Estado-nación, un papel que asumirían los militares del 68 ante la incapacidad de las clases civiles dominantes. El libro del Cotler tuvo una gran acogida y difusión por lo sugerente del modelo interpretativo, esa pirámide sin base que permitía conectar las investigaciones locales con propuestas más globales de la sociedad peruana y, desde aquí, volver a bajar hacia la fragmentada estructura social con políticas de reforma más concretas. Ante esta fuerza del modelo, las críti-cas a la propuesta serían rebotadas a la discusión sin alternativas. Fue el caso de las que hiciera Guillermo Rochabrún, un autor siempre próximo al IEP. En general, Rochabrún cuestionaba la capacidad integradora del modelo de Cotler poniendo contradicciones en los engranajes de su sistema, o como llega a decir: "El resultado que produce un concepto que no es más que una metáfora [se refiere al fracaso de una consolidada unidad nacional] es que se fija sólo en los hechos de su mismo signo, mientras que los de signo contrario -en este caso los que podrían mostrar algo de unidad-si bien pueden ser reconocidos, no cobran significación alguna y no generan problemas que merezcan ser explicados". 9 Pese a lo implacable de algunas de esas críticas, el libro sigue teniendo una muy buena acogida con ediciones sucesivas, pese a que el propio autor, Julio Cotler, se ha distanciado de aquella interpretación. El tercer momento de investigación vendría con los efectos de las transformaciones introducidas por el gobierno militar en la historia del Perú 10 y con el advenimiento de una democracia incierta. El periodo en que los civiles debían recuperar la dirección del Estado, con el regreso a la presidencia de Fernando Belaúnde Terry, el Perú sufriría enormes desestabilizaciones: una breve guerra fronteriza con el Ecuador en 1981 con la que el ejército recupera prestigio y visibilidad; un fenómeno de El Niño especialmente catastrófico en 1983; una guerrilla sanguinaria e invisible en la Sierra con los consiguientes estados de emergencia e intervención militar directa desde diciembre de 1982; una crisis económica inabordable y sin fondo; y un gobierno civil que tendrá como único objetivo político desde julio de 1983 el pasar la banda presidencial a otro civil, quedando como abanderado de la democracia y, por supuesto, de la ingobernabilidad. Con ese telón de fondo y con cierta sensación de que con el regreso del Acción Popular al gobierno el Estado no se había dado por enterado de las impresionantes transformaciones sociales del Perú en los años setenta, 9 Rochabrún, Guillermo: "La visión del Perú de Julio Cotler. Un balance crítico", Análisis: cuadernos de investigación, núm. 4, enero-abril, Lima, 1978, pág. 73. Además de estas cuestiones de metodología, una de las principales críticas tocaba de lleno a la tesis principal de la continuidad sin rupturas de la herencia colonial hasta el Perú actual. Máxime si el capítulo dedicado a la época colonial era el más débil de todo el libro y su interpretación totalmente sometida a demostrar el vacío de poder en el que se produce la independencia y posterior reorganización del país. 10 El más importante balance que se ofrece desde el IEP del gobierno militar es el libro colectivo: McClintock, Cynthia (comp.); Lowenthal, Abraham F. (comp.); Cotler, Julio; Thorp, Rosemary; FitzGerald, E. V. K.; Schydlowsky, Daniel/Wicht, Juan; Stallings, Barbara; Guasti, Laura; Cleaves, Peter S./Pease, Henry; North, Liisa; Pásara, Luis; Eckstein, Susan, y Sheahan, John: El gobierno militar. Una experiencia peruana 1968-1980, Lima, 1985, 466 págs. JUAN MARTÍN SÁNCHEZ el IEP publica una importante cantidad de trabajos que tratan de "descubrir" la realidad de esos cambios. Son los años en que más textos aparecen en la colección Urbanización, migraciones y cambios en la sociedad peruana, especialmente dedicados al crecimiento de Lima y sus infinitos "pueblos jóvenes". Pero también aumenta el número de publicaciones en la serie Análisis económico con cierta dedicación a las economías regionales y al estudio del empleo. En ese ambiente sociopolítico e intelectual, José Matos Mar publicaría en el primer trimestre de 1984 un ensayo catalizador: Desborde popular y crisis del Estado. Si la de Cotler había sido una obra extensa, con amplia bibliografía, en un estilo casi de tesis doctoral, una historia sociopolítica del Perú a la búsqueda del presente, el ensayo de Matos es su reverso, un texto pequeño, sin bibliografía, fuentes o citas, muy afirmativo y con pretensiones apodícticas, seductor y claro, sumamente apologético, un diagnóstico coyuntural en busca de causas históricas y de futuros normativos. Sin duda, el trabajo de Matos Mar, al que contribuyeron los esfuerzos de muchos investigadores del IEP, es brillante y tuvo una enorme eficacia. ¿Cuál era su tesis principal? En su propias palabras: En estas condiciones [las que más arriba he enumerado], la crisis actual no es coyuntural sino estructural. Estamos frente a un insólito y espontáneo proceso de transformación. Un cambio producido por combinación entre el intenso crecimiento demográfico, la explosión de las expectativas, el mayor acceso de las masas a la información, la urbanización sin industrialización y una crisis económica sin precedentes. Un estado en crisis, sin capacidad para responder a la presión de necesidades de las masas, casi sin interlocutor, con un serio vacío de poder y débil legitimidad; que enfrenta a un pueblo que cuestiona y desarrolla creativamente múltiples estrategias de supervivencia y acomodo, contestando y rebasando el orden establecido, la norma, lo legal, lo oficial, lo formal. 11 Las causas remotas de tal diagnóstico estarían en el carácter "inconcluso" de la nación peruana, desde la subordinación cultural, militar y económica que trajo consigo la conquista española, hasta el colonialismo interior de la oligarquías republicanas. El momento de quiebra y emergencia de la estructura social del nuevo Perú sería la década de los 50 con la industrialización incipiente, las movilizaciones campesinas, las migraciones a la ciudad, la preeminencia popular del cholo, las nuevas ofertas par-tidarias reformistas con anuencia en sectores de clase media alta. Le seguirían la intervención nacionalista reformista de los militares entre 1968 y 1975 y la posterior retirada a los cuarteles en medio de la crisis económica, la incapacidad burguesa para concreta un proyecto nacional eficiente y la mayor movilización popular del Perú contemporáneo. De nuevo, la metáfora, la imagen sugestiva, parece ganar el lugar de la argumentación. Matos Mar ofrecía la retransmisión en directo de un "alumbramiento" 12 social: señala la violenta fecundación de la conquista, la larga gestación colonial con sus posteriores riesgos sietemesinos de la débil república, las contracciones del encaje (o mejor desencaje, por lo contradictorio del proceso) en los años 50 a 70, y el rompimiento de la matriz estatal a mediados de los 80. En el nuevo Perú, la distancia entre el Estado burgués, con su democracia convencional, y la sociedad emergente se convierte en ruptura y colisión. Aquí, la falta de un "proyecto nacional" desde las clases dominantes legitima una irrupción social sin necesidad de más alternativa que su presencia, que vislumbra, que evidencia, un futuro socialista. Hoy, tras la década del oprobio fujimorista, podríamos decir, siguiendo con la metáfora del alumbramiento, que el parto no se produjo en las mejores condiciones higiénicas y que bastante de las enfermedades estatales fueron transmitidas al vástago social, que la madre estatal hubiera necesitado mayores atenciones sanitarias, algún plan de descanso por maternidad, mejores alimentos fiscales, certificación profesional de la atención al parto, de los ministerios, de los presupuestos, del Poder judicial, de las investigaciones sociales. Para finales de los ochenta, del Estado peruano parece que sólo quedaban los leucocitos militares y su cóctel de medidas terapéutica del "Plan verde". 13 El cuarto y último momento que presento en este artículo está marcado por la creciente preocupación por las necesidades institucionales de la democracia, obviamente inspirado por lo que a todas luces parecía, desde 12 Esta figura del "alumbramiento" sería explícitamente defendida por otro investigador social peruano, Carlos Franco, en su ensayo Imágenes de la sociedad peruana: la «otra» modernidad, Lima, 1991. Este investigador pertenece al Centro de Estudios para el Desarrollo y la Participación, otro de los institutos importantes en los estudios sociales del Perú, formado por un significativo grupo de colaboradores civiles del gobierno de Juan Velasco Alvarado. Desde fines de los setenta, publican la revista Socialismo y participación. 13 Fernando Rospigliosi hace un análisis del Plan verde de las fuerzas armadas peruanas, diseñado como programa para un eventual golpe de estado, en su documento de trabajo del IEP, Las fuerzas armadas y el 5 de abril. La percepción de la amenaza subversiva como motivación golpista, Lima, 1996. 1987, una crisis irreversible del régimen político. El gobierno de Alan García trastabillaba a cada paso. La incontrolable inflación y la guerra con Sendero Luminoso estaban dejando al Estado y la sociedad exhaustas, por lo que el peligro de un golpe de estado se sentía inminente. En todos estos frentes trató de estar el IEP buscando, casi desesperadamente, como "salvar la democracia". En 1987, Julio Cotler compila una serie de artículos bajo el significativo título Para afirmar la democracia. Poco después, desde 1989, se inicia en la colección América Problema, una serie de libros compilatorios con el denominador común de la democracia (y socialismo, y economía, y violencia, y autoritarismo). 14 Una serie de gran calidad que traía al IEP y al Perú un conjunto de debates de toda América latina que se podrían englobar en el esfuerzo que Norbert Lechner llamaría "De la revolución a la democracia". 15 En el centro de estos debates estaba el intento de establecer una lógica política autónoma de la democracia y no sometida a las necesidades sociales, históricas o culturales, lo que suponía -para las tradiciones intelectuales progresistas marcadas por el marxismo-, renunciar a la explicación socioeconómica en "última instancia" (y ya puestos, romper con el pensamiento teleológico de un futuro como "promesa" de una vida buena). En esta etapa de la producción del IEP -que tal vez aún sigue abierta-no se ha alcanzado ninguna interpretación global del Perú como las que jalonaban la colección Perú Problema. De hecho, esta serie estuvo detenida desde la publicación de Desborde popular, en 1984, hasta 1993, que se publicara el sintomático libro de Max Hernández Memoria del bien perdido. Conflicto, identidad y nostalgia en el Inca Garcilaso de la Vega. Cotler, Julio (comp.); Nun, José; Singer, Paul; Moulian, T./Letelier, L.; Rospigliosi, Fernando, y Sánchez León, Abelardo: Clases populares, crisis y democracia en América Latina, Lima, 1989. Cotler, Julio (comp.); Borón, Atilio; Bustamante, Luis; Cardoso, Fernando H.; Franco, Carlos; Hunneus, Carlos; Karl, Terry; Mayorga, René; Sadrústegui, Miguel, y Weffort, Francisco: Estrategias para el desarrollo de la democracia en Perú y América Latina, Lima, 1990. Gonzales de Olarte, Efraín (comp.); Alburquerque, Francisco; Berry, Albert; Figueroa, Adolfo; Iguíñiz, Javier; Sunkel, Oswaldo, y Thorp, Rosemary: Nuevos rumbos para el desarrollo del Perú y América Latina, Lima, 1991. Adrianzén, Alberto; Blanquer, Jean Michel; Calla, Ricardo; Degregori, Carlos Iván; Gilhodes, Pierre; Guerrero, Andrés; Husson, Patrick; Lavaud, Jean Pierre; León Trujillo, Jorge; Montoya, Rodrigo; Pécaut, Daniel; Pizarro, Eduardo, y Rocha, Alberto: Democracia y etnicidad en los países andinos, Lima, 1993. 15 Lechner, Norbert: Los patios interiores de la democracia, México, 1995. Economía, sociedad y política. 16 Tan sólo el trabajo de Efraín Gonzales de Olarte y Lilian Samamé -publicado en primera edición en 1991 con el título El péndulo peruano. Políticas económicas, gobernabilidad y subdesarrollo, 1963-1990-, estaría próximo a aquellos intentos de diagnóstico y prospectiva globales para el Perú. Sin embargo sus objetivos son mucho más limitados: explicar la ineficacia de las políticas económicas seguidas en el Perú para salir del subdesarrollo y cómo, incluso, lo han agudizado. La tesis tras la imagen del péndulo es sugerente: en tanto "las políticas económicas son endógenas a largo plazo [...] la inestabilidad política ha ejercido una fuerte influencia sobre ellas y ha alimentado la inestabilidad económica, que se sustenta en el patrón económico de dos ejes desarticulados (exportaciones e industria), patrón que es muy fluctuante". 17 En su análisis de la evolución de las políticas económicas, Gonzales y Samamé no sólo tienen en cuenta las variables económicas nacionales e internacionales (producción por sectores, empleo, inflación, exportaciones e importaciones, precio del dinero, deuda, etc.), sino que asumen la agenda política como variable relativamente independiente en el análisis económico, pese a las constricciones que ésta pueda tener. De esta manera encuentran que las políticas económicas han oscilado entre programas intervencionistas por parte del Estado a favor de la expansión de la deman-16 Este libro recoge las ponencias y debates de un seminario celebrado en 1994 con motivo del aniversario. Incluyo aquí las referencias de los participantes y sus ponencias como muestra del movimiento de temas e investigadores en torno al IEP de los años noventa. Figueroa, Adolfo: "La cuestión distributiva en el Perú". Álvarez Rodrich, Augusto: "Del estado empresario al estado regulador" (comentarios de Roberto Abusada y Javier Iguíñiz). Blondet, Cecilia: "El movimiento de mujeres en el Perú. Golte, Jürgen: "Nuevos actores y culturas antiguas". Tanaka, Martín: "Jóvenes: actores sociales y cambio generacional. De la acción colectiva al protagonismo individual" (comentarios de Luis Soberón y César Germaná). Grompone, Romeo: "El incierto futuro de los partidos políticos". Rubio, Marcial: "Los derechos humanos en la legislación y la práctica jurisdiccional del estado". Rospigliosi, Fernando: "Fuerzas Armadas, corporativismo y autoritarismo ¿qué ha cambiado en tres décadas?" (comentarios de Sinesio López, Francisco Eguiguren y Carlos Franco). Remy, María Isabel: "Historia y discurso social. El debate de la identidad nacional". Cornejo Polar, Antonio: "Literatura peruana e identidad nacional. Degregori, Carlos Iván: "El estudio del otro: cambios en los análisis sobre etnicidad en el Perú" (comentarios de José Luis Rénique y Alberto Escobar)]. 17 Gonzales de Olarte, Efraín, y Samamé, Lilian: El péndulo peruano. JUAN MARTÍN SÁNCHEZ da interna y programas de contención de ésta, menor intervención estatal y liberalización del mercado exterior. Los bandazos políticos, mediante elecciones o golpes militares, debidos, en última instancia, a la gran fragmentación socioeconómica del país, habrían hecho ineficaces a las políticas económicas y, aún más, las habrían llevado a una espiral viciosa en que el péndulo se mueve cada vez más profundizando el subdesarrollo y haciendo más necesaria una nueva política de corrección. La salida de tal dinámica perversa estaría en detener el péndulo con algún acuerdo general sobre el tipo de estructura económica que se quiere y sacar buena parte de la dirección económica del país de la agenda política partidaria [Se me ocurre, aunque sin haberlo pensado mucho, que tal vez algo así se habría conseguido con el gobierno de notables de Valentín Paniagua en la transición que ahora vive el Perú. Sin duda, que este gobierno provisional se convertirá pronto en objeto de estudios que desde ya me parecerían importantes]. Lo interesante de la propuesta de Gonzales y Samamé en esta reseña está en la construcción de una matriz para el estudio conjunto de múltiples variables guardando la autonomía de éstas, pero también mostrando sus interdependencias, una matriz teórica ni teleológica ni monista. Otra cosa es, como ya vimos antes, si esta nueva metáfora también filtra y ordena los datos según la confirmación de su hipótesis y si podría cubrir el estudio de otros problemas más allá del asunto para el que fue diseñada. Interpretaciones recientes sobre la década de los noventa: entre el estupor y la esperanza Afortunadamente, el oprobio del gobierno de Alberto Fujimori no detuvo el trabajo en el Instituto de Estudios Peruanos pese a coyunturas difíciles, incluso se aumentó la actividad con más publicaciones, diversidad en los proyectos de investigación y actividades de formación externa. Esto se puede ver claramente en las memorias anuales del Instituto. Y por supuesto, la gestión del gobierno de Fujimori no podía dejar de llamar la atención, desde diversos trabajos tentativos a comienzos de la década hasta otros más ambiciosos de interpretación global. De estos últimos, voy a comentar cuatro libros, dos de ellos finalizados con anterioridad a la caída de Fujimori cuando aún no se lograba pronosticar su fin; y otros dos escritos durante los últimos meses de ese gobierno y los primeros tras la huida del dictador y su director de corrupciones. Tomo LVIII, 1, 2001 Una de las primeras interpretaciones globales de la década fujimorista proviene del área de economía. Efraín Gonzales de Olarte sólo tenía que alargar la perspectiva analítica que había montado, junto con Lilian Samamé, en El péndulo peruano para conseguir esa percepción sintética entre evolución económica, estructural social y cambios institucionales del Estado a través del estudio de las políticas económicas del gobierno fujimorista. Esta síntesis la logra en el libro El neoliberalismo a la peruana. Para su diagnóstico, Gonzales de Olarte dedica un capítulo teórico al establecimiento de los modelos de ajuste estructural neoliberal que un gobierno tenía a su alcance como variantes del "consenso de Washington". En el correspondiente cuadro se indican las principales características de esos modelos. MODELOS DE AJUSTE ESTRUCTURAL NEOLIBERAL POR COMBINACIÓN DE REFORMAS Y POLÍTICAS Tras identificar el ajuste estructural llevado acabo por el gobierno de Fujimori dentro del "modelo extremo", Gonzales de Olarte señalaba algunas de las causas del futuro desmoronamiento del régimen: la incapacidad del gobierno para pasar de las políticas de ajuste económico basadas en la destrucción de un Estado productor y regulador (privatizaciones, liberalización monetaria, laboral y comercial, eliminación de políticas sectoriales, 18 Gonzales de Olarte, Efraín: El neoliberalismo a la peruana. Economía política del ajuste estructural, 1990-1997, Lima, pág. 33 abstención en subsidiar a grupos productivos en crisis, reducción de la administración...) a políticas de estabilización y crecimiento basadas en programas económicos a largo plazo y fortalecimiento de instituciones autónomas. Esa incapacidad estaría más en el tipo de coalición que sustentaba la presidencia (militares, tecnócratas neoliberales y capital financiero internacional), viviendo de un Estado debilitado, una sociedad exhausta y una presidencia sin proyecto político propio, que en el plan mismo de ajuste estructural, por más ortodoxo que éste fuera. Al final se daría un divorcio entre economía y política que, si bien podría ya estar en los objetivos iniciales del ajuste, terminaría por bloquear las posibilidades de reconducción de las reformas hacia una fase de expansión productiva. La propuesta de Gonzales de Olarte tiene las virtudes de un modelo casi weberiano que, con el diseño de situaciones teóricas, consigue un sistema de comparaciones con gran valor interpretativo. Pero en el esquema que nos presenta hay un factor decisivo cuya caracterización es algo ambigua: el papel del Estado. Grosso modo, señala que el Estado ha sido, a lo largo del siglo XX, el principal, casi único, agente articulador de una sociedad nacional de por sí fragmentada e incapaz de definir un proyecto nacional a largo plazo. Cualquier proyecto de este tipo tendría ganadores y perdedores, aunque fuera en términos relativos, pues se basaría en la hegemonía de algún conjunto de intereses particulares. Sin embargo, la fragmentación y aislamiento de estos intereses particulares hacía también que cualquier proyecto fuera insostenible justamente por no incorporar a los intereses opuestos: una solución nítidamente exportadora iría en detrimento de la demanda interna, la industrial nacional, la salud fiscal del Estado y la autonomía externa de éste, lo que tendería a producir un reflujo en sentido contrario sin incorporar a los intereses exportadores. Éste sería el juego pendular de suma cero que ya vimos en el libro de Gonzales y Samamé. Ahora bien, si esta dinámica ha sido endógena a largo plazo y la intervención extranjera no ha marcado la oscilación entre un extremo y otro del péndulo, entonces el Estado nunca habría ganado un mínimo de autonomía ni resuelto la fragmentación de intereses en su propio seno, y su capacidad de articulación de la nación peruana no habría pasado de lo geográfico e ideológico, por tanto el extremismo del ajuste estructural fujimorista no podría ser interpretado como un desplazamiento de la capacidad articuladora del Estado hacia la preeminencia del mercado en tal labor, ni siquiera como un "desborde" del Estado por parte del mercado -que seguiría tan desintegrado como "siempre"-, pues los diques de aquel siempre habrían sido débiles contra el oleaje de los inte- Por otra parte, si las políticas económicas no son tan endógenas y la intervención extranjera es más importante, entonces el esquema del péndulo pierde capacidad heurística. Y si la mayor o menor capacidad de sujeción (más que articulación) del Estado sobre la sociedad respondiera a otro tipo de intereses menos económicos, como los burocráticos, militares, geoestratégicos, o la simple inercia ante la falta de alternativas en un escenario regional ya nacionalizado, entonces la adopción de una u otra política económica perdería centralidad en la vida del Estado. Entiendo que bajo la tesis de que el Estado peruano ha sido el principal cemento de una sociedad fragmentada pero que a su vez, por esa característica transversal de la sociedad, ese mismo Estado no habría alcanzado ni la autonomía ni los recursos suficientes para consolidar la unidad nacional, hay una hipótesis de muy improbable verificación: el que una sociedad más homogénea y articulada implique un Estado más autónomo y coherente en sus políticas a largo plazo. Esta hipótesis parece funcionar como marco normativo no explicitado19 en contraste con una realidad cargada de correlaciones estadísticas adversas. El caso es que esta hipótesis alternativa sólo se podría verificar en un Perú desarrollado e integrado, pero poco nos dice de cómo se llega a tal situación. Y aún más, si durante todo el siglo XX el Estado peruano hubiera sido capaz, pese a la fragmentación social, de mantener una misma política económica, ¿se habría alcanzado esa relación virtuosa entre gobierno y sociedad articulada en pos del desarrollo estable? El segundo libro que quiero reseñar aquí es de Fernando Rospigliosi: Montesinos y las fuerzas armadas. Cómo controló durante una década las instituciones militares, de diciembre de 2000. Es menos ambicioso en cuanto a planteamientos teóricos que los ya revisados, aunque tiene sus propuestas parciales, y consiste en un compendio de textos publicados por el autor en la segunda mitad de los años noventa (los más recientes, aparecieron en la revista Caretas en los meses de mayo y julio de 2000). Tiene un estilo más cercano al periodismo de investigación (Rospigliosi es columnista semanal en la revista Caretas y habitual colaborador del diario peruano La República) que a textos sociológicos. Con este libro defiende la tesis de que la clave del poder político en el Perú de los noventa ha sido Vladimiro Montesinos Torres, ex capitán del ejército, del que fue expulsado por traición a la patria en 1976, abogado de narcotraficantes en los años ochenta y asesor del presidente Fujimori desde poco antes de su investidu-ra como Jefe del Estado y personificación de la nación (según rezaba en la Constitución de 1979 y continua rezando en la de 1993). La proposición más acabada de esta tesis -cuya detallada demostración con un amplio glosario de pesquisas, documentos, confidencias, noticias, etc., hilvana todo el libro-podría ser la siguiente: En Latinoamérica ha habido muchísimas dictaduras en los últimos dos siglos. Pero nunca ha existido una en la que el jefe de los servicios de inteligencia controle el poder, y que esos servicios dominen a las fuerzas armadas. Rafael Leonidas Trujillo tuvo a su Johnny Abbes, Manuel Odría a su Esparza Zañartu, Augusto Pinochet a su Manuel Contreras, Juan Domingo Perón a su José López Rega. Pero jamás ha habido un caso en el que un Vladimiro Montesinos tenga su Alberto Fujimori, como sucedió en el Perú entre 1990 y el 2000. En el Perú, con una historia republicana jalonada de dictaduras, en ningún momento los espías mandaron a las fuerzas armadas. Eso ocurrió por primera vez con Montesinos. Alberto Fujimori no fue un simple títere de Montesinos, si bien éste lo manipuló sistemáticamente. Fujimori fue un cómplice y un socio. Él supo perfectamente quién era Montesinos desde el primer momento. 20 Con estos párrafos, Rospigliosi distingue el factor fundamental en la definición del régimen político peruano de los años 90, una dictadura personal mafiosa, en que las instituciones en que basa su poder, fuerzas armadas y presidencia de la República, son corrompidas por un personaje siniestro. Esto sería posible por la necesidad que ambas instituciones se tenía entre sí, o mejor, por la necesidad que ambas tenían de que la otra la apoyase y le diese todo el poder discrecional sin fiscalizar en que lo empleaba. Y la conexión entre esas fuerzas armadas empeñadas en una guerra sucia contra el terrorismo y un presidente sin partido, ni programa o grupo económico que lo apoyara, fue la basa a jugar por Vladimiro Montesinos. El golpe de estado del 5 de abril de 1992 sellaría esta relación cada vez más perversa y su poder se basaría crecientemente en la corrupción y el chantaje, dejando de lado los objetivos "pacificadores" de los militares, la legitimación plebiscitaria de Fujimori y la "estabilización" macroeconómica neoliberal. Este proceso afectaría, incluso, a las fuerzas armadas y sus relaciones con la sociedad civil. El manejo arbitrario y corrupto que Montesinos habría hecho de los ascensos y los destinos dentro de las armas militares habría roto con toda racionalidad reglamentaria o tradicional del funcionamiento de las instituciones armadas, entrampándolas en la ineficiencia y la mediocridad hasta el punto de poner en riesgo la integridad territorial del país. Además, las relaciones institucionales entre fuerzas armadas y sociedad civil habrían quedado seriamente comprometidos en situaciones de sospecha y desconocimiento difíciles de superar. El principal mérito del trabajo de Rospigliosi es haber descrito con detalle una trama de poder siniestra y anti-institucional, sin caer en la necesidad histórica o en la explicación según algún rasgo cultural o social más allá de las actuaciones concretas de los protagonistas. Pero este iluminar unas zonas oscuras del poder deja en penumbra un conjunto de relaciones sociopolíticas en que actuaba la coalición gobernante. Me refiero al manejo de la legitimidad del gobierno incluso cuando golpeó de muerte la Constitución por la que había sido elegido y, sobre todo, a la incapacidad de que se articulara una oposición creíble. El caso es que, en 1990, Fujimori significó un conjunto de rechazos más que una posición propia definida y que durante su mandato jugó con éstos evitando su cristalización en un programa político concreto, más bien, haciendo de esos rechazos a los partidos políticos y la intervención del Estado en la vida popular un discurso de legitimación de lo no-político, del no-debate, de lo no-formalizado: el gobierno recaudaba o repartía, pero no formalizaba. Todo este campo de acciones es el que no trata Rospigliosi en su análisis y que, al quedar en la penumbra, hace relucir a Montesinos y su trama. Por supuesto que Montesinos y el Servicio de Inteligencia Nacional tuvo mucho que ver en la gestión mafiosa de ese conjunto de rechazos e informalidades sociales, pero no logra explicar del todo la falta de alternativa política o por qué sí la habría en las elecciones del 2000. Más atento a estos últimos problemas se muestra el libro de Carlos Iván Degregori La década de la antipolítica. Auge y huida de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos. Este libro ya tiene en cuenta las tortuosas elecciones de 2000, los acontecimientos en torno al 28 de julio de ese año, con la Marcha de los Cuatro Suyos, el descubrimiento de la videoteca de Montesinos, la huida y persecución de éste, la renuncia desde el Japón de Fujimori y la posterior instalación de un gobierno provisional de "notables". Estos últimos acontecimientos están muy presentes y casi fuerzan a la relectura de buena parte del texto que fue escrito con anterioridad a los mismos. La tesis central con que Degregori quiere que se lea su trabajo, con la que él mismo también quiere leerlos, es la de que los noventa han sido "la década de la antipolítica. Y la antipolítica es efímera como la antimate-ria, volátil como el alcohol y potencialmente explosiva como la nitroglicerina. Sólo puede subsistir con el balón de oxígeno que le proporcionan los «poderes fácticos», externos al sistema político que la antipolítica aborrece y busca demoler". 21 El principal problema es, por tanto, la demolición del orden político como "régimen" de lo público, de la búsqueda de la vida nacional, de la lucha entre proyectos alternativos, con vehemencia, pero con el respeto y la extensión de la publicidad, de la argumentación, de las reglas comparti-das..., una vida con todos los problemas que se quiera, pero sin paranoia, sin el uso del secreto y el miedo. Degregori nos ofrece un amplio registro de esa demolición en sus principales momentos. Al comienzo, casi sin protagonista o con muchos, como el efecto dominó de la crisis de régimen entre la guerra, la bancarrota económica y el colapso de los partidos políticos en torno a las elecciones de 1990. Pronto iniciaron las operaciones de acoso y derribo con las declaraciones en la televisión y los tanques en las calles, como en abril de 1992. Luego, cuidaron el amarre del poder encubierto, con la ley de "amnistía" de 1995 a favor de los violadores de derechos humanos, y la consolidación del poder "escénico" (más que público en sentido político, pues el acceso al mismo era restringido y distorsionado con manipulaciones secretas) con la reelección de 1995. A partir de ahí, todo serían movimientos miasmáticos de un cuerpo sin esqueleto, siempre en la incertidumbre y la crisis, creciendo como abismo: La situación de emergencia política, supuestamente temporal, se volvió permanente. Por eso las huellas de ese nacimiento violento se exhiben hasta hoy y el gobierno se vuelve cada vez más autoritario, desligándose de cualquier representación hasta convertirse en un régimen de camarilla, mafioso y autista, que a estas alturas representa fundamentalmente un pasado que se resiste a serlo. 22 Degregori logra un magnífico "cuaderno de campo" provisto de observaciones documentadas y preguntas contundentes. En aquel tono de los fundadores del IEP, parece que se pregunta constantemente: ¿qué ha pasado y, probablemente, sigue pasando en el Perú para que la vida colectiva nacional sea tan vulnerable? Y por razones de oficio, casi toda su indagación se dirige a entender el manejo de la comunicación social y la construcción (destrucción) del mundo simbólico -discursos, imágenes, códigos, dispositi-21 Degregori, Carlos Iván: La década de la antipolítica. Auge y huida de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos, Lima, 2000, pág. 19. Tomo LVIII, 1, 2001 vos, medios, etc.-de esa vida colectiva. En este contexto más ambicioso, una pregunta explícita de Degregori alcanza toda la fuerza de su vehemente esfuerzo y protesta: "¿qué pasó en el espacio público para que la palabra se desgastara hasta desaparecer?"23 La palabra desaparece no sólo metafóricamente, sino también físicamente con el secuestro de los medios de comunicación mediante corruptelas y el hartazgo de los sentidos con las mentiras, el insulto, la persecución, o la amenaza y la muerte. La mayor parte del libro está dedicada al estudio de este desgaste metonímico de la sociedad, al análisis de la prensa amarilla (chicha, popular) y de los operativos de manipulación (implantes) de la memoria y el olvido. Pero en la lucha contra el gobierno fujimorista, Degregori atisba el resurgir de esa palabra pública, de la promesa peruana, en la forma del río humano que conformó las jornadas nacionales de protesta contra la investidura inconstitucional de Fujimori como presidente de la República el 28 de julio de 2000: En estas consideraciones, como en cierto tono que recorre el libro, aparece un aspecto del análisis que, estimo, distorsiona la claridad del problema de la antipolítica como Degregori lo había presentado al comienzo del volumen. No sé si en los primeros ensayos de éste todavía la oposición a Fujimori no había ganado la importancia posterior y la demolición de la política seguía siendo irresistible (o si acaso sólo tenía fondo en la disolución de la sociedad y el Estado). El caso es que estas consideraciones hacen pensar en que algo fundamental del Perú, de su pueblo, había sabido resistir a la penetración indecente del poder fujimorista. Ese algo no sólo es el pueblo que reaparece para retomar el protagonismo, sino la "bondad" genérica de éste, de la ciudadanía como resistencia, contra la que el poder privado (secuestrado) despliega una amplia e intensa gama de manipulaciones, chantajes, corrupciones, muertes, etc., para así desarticular esa bondad y someterlo. Exagero el tono que esto tiene en el trabajo de Degregori, pero es algo presente que dificulta el pensar la antipolítica como una amenaza, un ataque contra la política y no contra la justicia de un pueblo, de una comunidad victimada. También esto, pero justamente entre el gobierno y el ciudadano que demanda justicia "debería" estar la política como formas (instituciones y prácticas) que impidan la exclusión, que abran el espacio público, que verifique que en toda polémica siempre hay más de dos, siempre otro al que los oponentes pueden recurrir para no caer en la falacia de la guerra como metáfora de la política "real" en la que el primero en morir es ese otro: el juez imparcial, el sistema de partidos, la prensa libre, el ciudadano de a pie, la manifestación, el colectivo de afectados, la policía profesional, el acalde fiscalizado y reivindicativo, la vida privada, el Estado de derecho, las personas físicas y morales..., el pueblo incorpóreo de las votaciones. 25 El ultimo libro que quiero traer aquí, El fujimorismo: ascenso y caída de un régimen autoritario, está firmado conjuntamente por Julio Cotler y Romeo Grompone, aunque cada uno presenta por separado su propio ensayo. Ambos textos fueron preparados con anterioridad a la huída de Fujimori y tratan de incorporar, posteriormente, el nuevo escenario de transición que ésta abre en el Perú. El ensayo de Julio Cotler, "La gobernabilidad en el Perú: entre el autoritarismo y la democracia", tiene dos asuntos principales de reflexión: el primero en importancia y eficacia sería "la participación de diferentes actores internacionales en la escena nacional", esto es, que la intervención de gobiernos extranjeros (Estados Unidos), organismos internacionales (FMI, OEA, BM) y grupos privados (capital extranjero y grupos internacionales de presión) ha sido clave en la evolución que la vida interna del Perú ha seguido en los años noventa debido a la debilidad institucional del Estado peruano y a la situación de crisis extrema del país que ponía en peligro la estabilidad regional; el segundo asunto es la tensión entre gobernabilidad y democracia como razón a favor de soluciones autoritarias cuando se las confronta (lo hizo el gobierno de Fujimori, pero también algunos operadores internacionales) o a favor del régimen democrático cuando se muestra su mutua dependencia (discurso de la OEA y de la oposición interna a Fujimori). En un estilo rápido y desenvuelto -sin uso de citas, estadísticas o marcos teóricos duros-, Cotler recupera la tesis de una sociedad fragmentada siempre al borde de la disolución, con instituciones estatales débiles y un crecimiento exponencial de expectativas sociales que favorecen a los programas populistas económicamente irresponsables. Con este cuadro básico, la sociedad peruana habría entrado en barrena a finales de los ochenta y, a partir de las elecciones de 1990, dos únicas instituciones parecen dispuestas a detener la caída: las fuerzas armadas y la presidencia de la República. 26 Con Vladimiro Montesinos como orquestador, estas dos instituciones entran en coalición con empresarios y tecnócratas nacionales, capital extranjero y el apoyo de la CIA estadounidense, para ejecutar un plan de restauración del orden (económico y militar) y de deflación de las expectativas sociales. La solución es claramente autoritaria y, por estar en contra del nuevo orden internacional liderado por Estados Unidos, descalificada internacionalmente. Sin embargo, la coalición autoritaria logra un amplio respaldo popular y se hace fuerte asumiendo un programa ajeno de reconstrucción de la democracia en una forma más gobernable, aunque también más autoritaria. Todo parece marchar más o menos bien, hasta que crece el aislamiento de la coalición gobernante drenada por la corrupción y los personalismos. También surgen problemas con la estabilización económica, con el respeto al Estado de derecho y con el reflote de medidas populistas para salvar al gobierno de Fujimori de su creciente impopularidad. Ninguna de estas cosas gustaría a los apoyos internacionales del régimen que comienzan a jugar en su contra, con lo que su caída estaría casi prediseñada. De nuevo la intervención internacional estaría en la hora final del fujimorismo. Por supuesto, la argumentación de Cotler es mucho más detallada y cuenta con numerosos textos ya publicados por el autor con anterioridad. 27 Ahora bien, esa misma argumentación sobre la importancia de la intervención internacional en la vida interna del Perú, también nos podría llevar a una lectura dependentista en que la debilidad del Estado peruano no fuera tanto hacia su sociedad como hacia las presiones externas y, a la inversa, no sólo se debiera a una insoluble fragmentación nación sino también a la 26 También se podría interpretar, sin forzar los hechos, que estas dos instituciones habrían tenido una importante responsabilidad en la crisis del Perú. 27 Uno de los más recientes trata el proceloso mundo del narcotráfico, que sería otro de los asuntos transversales del Perú contemporáneo, fundamental para entender la década del oprobio fujimorista. Cotler, Julio: Drogas y política en el Perú, la conexión norteamericana, Lima, 1999. JUAN MARTÍN SÁNCHEZ fragmentada e interesada participación internacional. Por ejemplo, la OEA condenaba el golpe de 1992, pero poco después la Telefónica Española (entonces una empresa mayoritariamente estatal) avalaba el programa fujimorista con 2.200 millones de dólares sin ninguna fiscalización (ni sobre el gobierno peruano ni sobre la multinacional española). 28 O mientras la Unión Europea y el Departamento de Estado de Washington abogaban por la transparencia democrática y el respeto de las leyes, el FMI avalaba la renegociación de la deuda externa peruana en el más sospechoso secretismo y con los resultados menos favorables para la hacienda del país andino. En fin, también hay la más cínica fragmentación en la escena global. Para terminar, trataré de reseñar el proteico ensayo de Romero Grompone "Al día siguiente: el fujimorismo como proyecto inconcluso de transformación política y social". Pese a este impreciso título, el ensayo de Grompone es la más ambiciosa y académica interpretación sobre el gobierno de Fujimori y el Perú actual de las revisadas aquí. Opino así no porque su análisis sea el más profundo, algo en que no supera al de los otros autores, ni porque sus hipótesis estén desarrolladas con más detalle y abarque más variables (en parte, esto último sí), sino porque sus reflexiones giran constantemente en torno a un problema "normativo" fundamental para la democracia: que hay que defender a ésta "como un régimen político y no sólo como apelación vaga a una forma de convivencia social". 29 Quiero entender que aquí se va más allá de la idea de régimen como juego reglado convencionalmente, alcanzando a proponerlo como propiciador del juego hasta el punto de asumir que la definición de éste, de la democracia, es meta y regla para cada participante. Para precisar más la lectura del "días después" que hace Grompone (y aclarar, en lo posible, mi previa opinión), es oportuno traer aquí parte de las exhortaciones con que termina su texto: 28 A partir de ahí, España se convirtió en el principal inversor extranjero en el Perú, normalmente utilizando como lanzaderas algunas empresas estatales en proceso de privatización en España, tras la que irían los bancos, también beneficiarios de las privatizaciones españolas. El 28 de julio de 2000, el único representante de alto nivel enviado por un gobierno de la Unión Europea fue el vicepresidente español Mariano Rajoy. Claro, también los empresarios peruanos han pasado por Madrid para defender el mercado y la estabilidad de las inversiones, como ya pasó varias veces el candidato Alejandro Toledo con un discurso más social pero igualmente tranquilizador para las inversiones españolas. 29 Esta frase la usa Grompone para comentar las posiciones de la izquierda ante la caída del fujimorismo, pero es una proposición que atraviesa su propia interpretación. Grompone, Romeo: "Al día siguiente: el fujimorismo como proyecto inconcluso de transformación política y social", en Cotler, Julio, y Grompone, Romeo: El fujimorismo: ascenso y caída de un régimen autoritario, Lima, 2000, pág. 166. Tomo LVIII, 1, 2001 El clima intolerable del autoritarismo, hasta el mismo desconcierto en que hoy viven muchos de los que lo apoyaron enfrentados a los patéticos acontecimientos recientes, exige reconocer que aun cuando haya dificultades históricas para instaurar el Estado de Derecho -que no es el caso detallar aquí-, ello es una tarea impostergable si no queremos caer en este envilecimiento de las relaciones personales que promovió el fujimorismo con su intolerancia y su desprecio a los ciudadanos y su empecinado propósito de enfrentar a unos con otros. Esta corrosión de los vínculos sociales traslada a las relaciones con los otros lo que en el plano político se vive como falta de derechos y garantías [...] En un plano más profundo se trata de luchar contra esta devaluación de palabras y argumentos que el fujimorismo impuso y que va a ser un lastre difícil de arrojar [...] Y para ello tiene que estar claro para las grandes mayorías que se abre una perspectiva de cambio que va desde la vigencia de comportamientos éticos, a una inevitable transformación social, llevada con realismo pero con una decisión firme de llegar tan lejos como se pueda. 30 Por demás, el trabajo de Grompone revisa las condiciones políticas y sociales en que tuvo lugar la práctica antipolítica del gobierno de Fujimori. Y la tesis transversal a su lectura es que una reducida camarilla de personajes (en extremo, Fujimori y Montesinos, los únicos sin instituciones a que responder, Hermoza Ríos, mal que bien, era responsable ante sus compañeros de armas) ocupó la crisis del régimen político peruano para vivir en y de ella. Los ajustes económicos, el regreso a la escena internacional, los planes de pacificación ejecutados por los militares, la derogación de la Constitución de 1979 y la promulgación de la de 1993, la instalación de "los islotes de eficacia" en la administración, la concentración de las políticas de asistencia social en el macro Ministerio de la Presidencia, la permanente presencia en los medios de comunicación..., resultan actuaciones parciales que la camarilla gestiona en un amplio campo de fuerzas (de batalla) sin institucionalizar. Al comienzo, muchos de esos planes que respondían a grupos que querían utilizar el inesperado poder de la camarilla -capital financiero, militares, tecnócratas-cubren la escena estabilizando algunos "índices" (inflación, violencia, relaciones exteriores) macropolíticos. Pero, tras los éxitos provisionales, la camarilla comenzará a alimentarse de esos mismos planes de estabilización, drenará sus programas y los irá sustituyendo con su propia lógica miasmática de corrupciones y chantajes. En los estertores del proceso, la propia camarilla se auto consumirá como combustible para su huida, apareciendo como perseguidora de sus fechorías (se auto-denuncia en el tráfico de armas, se auto-filma en las corrupciones). Con todo esto es difícil entender por qué Grompone sugiere en el título de su ensayo que el fujimorismo fuera un "proyecto inconcluso de transformación política y social", pues no hay manera de identificar ese proyecto y esa transformación. ¿No se trataría más de un parásito, de una tenia política, de un virus oportunista que aprovechando la debilidad del país infecta sus partes más delicadas y se enquista en ellas? Pero también puede ser que sólo se tratase de un grupo de "ciudadanos" ambiciosos que aprovechó unas oportunidades inusitadas en propio beneficio mientras dejaba hacer y deshacer a cuantos tenían poder a cambio de sus apoyos. Seguramente eran eso, personas como cualquier otra del Perú u otro país, que sin reparos morales (algo que no está inscrito en los genes) dispusieron de sus puestos políticos de manera privada y no hubo manera de detenerlos (aún siguen huidos). Tras 37 años, el Instituto de Estudios Peruanos sigue produciendo interpretaciones del país al que dedica sus esfuerzos, aunque en los años noventa se haya perdido cierta capacidad para crear imágenes integradoras y el desaliento haya impregnado el trabajo de sus investigadores. La idea más común en los textos sobre el fujimorismo es la de la antipolítica, un proceso que parece afectar incluso a la propia teoría política desmontando los parámetros para la investigación social. Carlos Iván Degregori plantea el problema mostrando parte de su desconcierto: Cómo la mayoría no advertimos en su real dimensión hasta bastante después la cobardía presidencial y, más importante, el poder de Montesinos que posiblemente era ya entonces el más poderosos de los siameses. Fueron algunos periodistas de investigación quienes primero advirtieron la magnitud del peligro que significaba Montesinos y su enorme poder: Gustavo Gorriti, Fernando Rospigliosi, Edmundo Cruz, Ricardo Uceda fueron, entre otros, precursores desde las revistas Sí y Caretas, y desde el diario La República. En la reacción tardía de la mayoría de analistas políticos pesó posiblemente la cercanía de los acontecimientos, pero también la influencia de los debates académicos, que a veces se convierten en anteojeras que recortan nuestro campo de visión en vez de profundizarlo. 31 Efectivamente, la academia, más que la teoría, puede convertirse en un límite, en unas anteojeras que nos mantienen en el surco sin atender a 31 Degregori, Carlos Iván: La década de la antipolítica, pág. 352. Pero también es posible que eso pasara más en el Perú previo al oprobio fujimorista que a consecuencias de éste. Una investigación más detallada del propio trabajo del IEP (más si la ampliamos a los corpus de otros centros de investigación) nos podría dar luz sobre esta hipótesis. De momento deberíamos ser escépticos con los propios planteamientos de Carlos Iván Degregori; tal vez el trabajo de investigación no sólo sea el dar una buena y real descripción de la sociedad, tal vez también sea proporcionar el cuerpo normativo sobre la vida colectiva que se quiere desde donde criticar esa sociedad o apostar por su defensa, y someter a la crítica de los demás nuestra propia propuesta de sociedad. Incluso, ¿cómo se podrían comparar periodos históricos distintos, sociedades distintas, proyectos distintos, sin el "amparo" de un esquema normativo sobre la vida buena? Y sin embargo, es un grave peligro confundir la descripción de la sociedad con nuestra propuesta de vida colectiva. La mayor parte de la producción investigadora del IEP ha tenido un sesgo social, dando prioridad a las estructuras e identidades sociales en sus argumentaciones. Sin duda era un trabajo que había que hacer y que debe mantenerse, pero también parece claro ahora que es muy importante investigar los requerimientos institucionales del país, desde los estatales hasta los económicos y los de representación política en sus diversos niveles. Entre estos requerimientos también están los de la propia investigación de los asuntos sociopolíticos: el cuidado de los métodos, de la argumentación, de los fines internos y externos al estudio, de la ubicación social del trabajo intelectual, etc. Tal vez, más que visiones hegemónicas del Perú, en los años noventa lo que se haya echado de menos haya sido la capacidad de una crítica que convenciera de lo funesto de lo que ocurría; también indicar por dónde podrían estar las alternativas, pero sobre todo haber desmontado el discurso de la antipolítica que se alimentaba del raquitismo discursivo en que vivía la democracia. Anuario de Estudios Americanos
Estamos ante una valiosa contribución a la historiografía de las relaciones entre indígenas norteamericanos y hombres europeos durante la época colonial. Concretamente se trata de un estudio de las formas de interacción de franceses y españoles con los indígenas Quapaw que habitaban en el territorio de la confluencia del río Arkansas con el Misisipí, desde la llegada de los primeros exploradores franceses (Marquette y Joliet) en 1673 hasta la cesión de la Alta Luisiana a los Estados Unidos en 1804. Su autor, Morris S. Arnold, es Juez del Octavo Circuito de los Estados Unidos y, más relevante, autor de varios libros y artículos sobre la historia social, cultural y legal del Arkansas colonial. Se trata de un intento lúcido y bien narrado de aproximación al complejo y cambiante mundo de esta tribu en un período cuando todavía ofrecía un alto grado de cohesión social y cultural, aunque ya irremediablemente debilitada por sucesivas epidemias y condicionada por su creciente dependencia de las pautas culturales, tanto ideológicas como materiales, de los recién llegados europeos. Estos indígenas no se nos aparecen, sin embargo, como meras marionetas irracionales y deshumanizadas sujetas entre las tenazas de los intereses coloniales europeos, ni como víctimas indefensas y pasivas ante unos invasores prepotentes, ni mucho menos como virtuosos ecologistas viviendo en una "comunión mágicamente equilibrada con la naturaleza" ( pág. 149). Por el contrario, Morris Arnold se esfuerza en mostrarnos su racionalidad, con todos sus dilemas, sus decisiones e indecisiones, sus cálculos de costes y beneficios, y su lucha por adaptarse a nuevas condiciones, buscando como todos los seres humanos el mayor grado de "felicidad", entendida ya como provecho, ya como supervivencia. De allí que el énfasis en la capacidad de respuesta, más o menos afortunada, de mayor o menor grado de acomodación o de resistencia, nos presenta un mundo donde no tienen lugar ni los estereotipos ni las simplificaciones. Las relaciones inter-étnicas en esta frontera norteamericana llegan a sorprender en ocasiones por la libertad de expresión de diferentes puntos de vista y por la voluntad de comunicación en pie de igualdad entre los indígenas y los europeos. La necesidad de ayuda recíproca para la supervivencia y la protección impuso el desarrollo de pautas de cooperación "económica" en su sentido más amplio, de modo que los europeos también se vieron impelidos a abrazar cierto grado de "indianización", no sólo adoptando algunos comportamientos y modos de vida indígenas sino haciendo concesiones a sus valores legales y religiosos. Estas fueron las claves de una simbiosis cultural dinámica gracias a la cual, según el autor, estos pueblos tan diferentes acabaron creando juntos una sociedad fronteriza íntima y sutilmente unida, basada en el mutuo respeto y el beneficio recíproco. Ahora bien, el afán por concentrarse en el desarrollo de pautas de convivencia, de entendimiento y de cooperación representa en este autor un rechazo consciente de la tendencia historiográfica que enfatiza el "constante conflicto interracial" (pág. XVI) entre indígenas y blancos. El Juez Arnold dibuja, razonadamente y sin las auto-flagelaciones y reservas políticamente correctas tan frecuentes en el mundo académico, "un tipo de imperialismo más amable y más suave" (pág. XVII) que el que aparece en otras interpretaciones. No es que niegue la existencia de múltiples instancias de discordia, de enfrentamiento, e incluso de violencia, necesariamente suscitadas por la co-existencia de estos diferentes colectivos humanos en un mismo espacio geográfico, por sus diferentes actitudes ante la explotación de los recursos naturales, por sus rivalidades políticas, y por sus diferentes esquemas y valores culturales. Sin embargo, no las explica como expresiones o evidencias de invasiones, hegemonismos e intenciones genocidas, sino como interacción racional de grupos humanos movidos en todo momento por el propio interés. Escrito en un estilo accesible, pausado, preciso y elegante, el libro no sólo ofrece una narración minuciosa de la historia de la tribu Quapaw en sus relaciones cotidianas con los inmigrantes franceses e hispanos, sino que comparte con el lector los procesos, a veces dificultosos, de análisis crítico e interpretación de los documentos, señalando incluso en ocasiones las lagunas documentales y las culturales propias que impiden completar la reconstrucción de los hechos. Centrado como está deliberadamente en casos concretos de diplomacia, regalos, medallas, riñas, bebidas alcohólicas, soldados y comandantes, mujeres y mestizaje, caza y comercio, intérpretes y armeros, y un sin fin de ocurrencias y personajes identificados, este estudio no satisfará a los que buscan generalizaciones de ninguna clase, ni las etnocéntricas auto-complacientes, ni las igualmente etnocéntricas auto-inculpatorias. En definitiva, se trata de una obra altamente informativa y meditada que invita a la lectura y obliga a la reflexión. El libro incluye una interesante selección de ilustraciones, y dos apéndices verdaderamente valiosos y pertinentes a su temática: uno sobre la evolución demográfica de los Quapaw, y otro con una lista de los intérpretes que sirvieron en el Puesto del Arkansas. Lo completan abundantes notas críticas que revelan que el autor ha consultado fuentes primarias de los Archivos Nacionales de París y el Archivo General de Indias de Sevilla entre otros fondos, una buena bibliografía, y (siempre digno de agradecer) un índice analítico final.-SYLVIA L. HILTON. Bellingeri, Marco (coord.): Dinámicas de Antiguo Régimen y orden constitucional: Representación, justicia y administración en Iberoamérica, siglos XVIII-XIX, Turín, Otto editore, 2000, 509 págs. Un volumen compuesto por las aportaciones hechas a un coloquio por diversos autores presenta siempre el problema de la unidad. Pero esto es un tópico -certero-que no basta para desautorizar más de un libro que tiene sin embargo sus ventajas. La principal es que, en las aportaciones breves, los autores suelen apuntar hipótesis o resumir investigaciones que requerirían por sí solas un libro, y eso permite al lector enterarse de tesis que, de otra forma, le requerirían un esfuerzo y un tiempo mucho mayor. No voy a resumir cada uno de los distintos capítulos de la obra coordinada por Marco Bellingeri; eso aumentaría la sensación de falta de unidad y precisamente lo que quiero poner de relieve es que la tienen. En punto a lo individual, me limitaré a describir el volumen. Está dividido en tres partes: una se refiere a las llamadas reformas borbónicas, o sea al período de Carlos III principalmente (con la salvedad de que una arranca del siglo XVII y otra se refiere al Brasil); la segunda parte trata del cambio de régimen que implicó la Revolución liberal y que se proyectó sobre la definición del territorio y la de los poderes, y la tercera parte apunta al primer liberalismo, aunque en realidad continen más de un elemento de juicio relacionado también con el tránsito del viejo al nuevo régimen. La primera parte se abre con una reflexión de Horst Pietschman sobre "Justicia, discurso político y reformismo borbónico en la Nueva España del siglo XVIII" (págs. 17-54); Annick Lempérière trata de "La representación política del imperio español a finales del Antiguo Régimen" (págs. 55-77); Tamar Herzog, sobre el papel de los subalternos en la administración de jusitica ("¡Viva el rey, muera el mal gobierno! y la administración de justicia quiteña, siglos XVII-XVIII", págs. 77-96) y Alberto Gallo se refiere a "La venalidad de los oficios públicos en Brasil durante el siglo XVIII" (págs. 97-176). En la segunda parte ("Territorio y poderes entre Antiguo Régimen y orden republicano") se inscriben los aportes de Piero Gorza ("Geografía de lo sagrado y poderes territoriales en una comunidad indígena de la Alcaldía Mayor de Chiapas a finales del siglo XVIII, págs. 179-216), Gabriela Tío Vallejo ("Los 'vasallos más distantes': Justicia y gobierno, la afirmación de la autonomía capitular en la época de la Intendencia, San Miguel de Tucumán", págs. 217-260), Federica Morelli ("El espacio municipal: Cambios en la jurisdicción territorial en el Cabildo de Quito, 1765-1830", págs. 261-294) y Marcela Ternavasio ("Entre el Cabildo colonial y el municipio moderno: Los juzgados de paz de campaña en el Estado de Buenos Aires, 1821Aires, -1854", págs. 295-336)", págs. 295-336). Por fin, la tercera parte (titulada "Las reformas jurídico-administrativas del primer liberalismo) consta de cinco capítulos de Teodoro Hampe Martínez y José F. Gálvez Montero ("De la Intendencia al Departamento, 1810-1830: Los cambios en la administración pública regional del Perú", págs. 339-366), Marco Bellingeri ("Sistemas jurídicos y codificación en el primer liberalismo mexicano, 1824-1834", págs. 367-394), Daniele Pompejano ("Jurisdicciones y poder político: Guatemala entre liberales y conservadores", págs. 395-432), José Enrique Covarrubias ("Emisión de moneda y colonización en el Septentrión: La importancia del utilitarismo en la reorganización administrativa de México, 1733de México, -1833", págs. 433-462) ", págs. 433-462) y Rosa María Martínez de Codes ("El régimen hispano de la propiedad en transformación, 1750-1860", págs. 463-509). Decía que hay una línea que une todas estas aportaciones. El estudio de la historia de Iberoamérica en los siglos XVIII y XIX y, especialmente, en el tránsito del Antiguo Régimen monárquico al régimen liberal republicano no puede reducirse a la gran historia, a las grandes figuras o a las disposiciones generales, sino que hay que ir al estudio de la repercusión real de esas acciones y medidas. Lo cual requiere con frecuencia acudir a la microhistoria (palabra que no he visto usada en el libro, pero que está implícita en lo que digo). Segundo: hay más continuidad de la que se piensa entre los distintos momentos y los diversos cuerpos legislativos que modificaron la historia de Iberoamérica entre 1600 y 1800 (de Austrias a Borbones) y entre 1750 y 1850 (aquí, las aportaciones de la segunda y tercera parte principalmente). Y esa continuidad vuelve a encontrarse más en los "casos" concretos que en la gran historia; porque el pormenor del funcionamiento de los diversos organismos adminitrativos del Antiguo Régimen y del régimen liberal deja ver la importancia del factor humano y, con ello, la continuidad de las personas a despecho de la discontinuidad de las leyes y de los sistemas de gobierno. A que esto ocurría ya en el siglo XVII, se refiere la contribución de Tamar Herzog: en el funcionamiento de las Audiencias indianas (ella lo ha comprobado en la de Quito), se trasladaba sistemáticamente la responsabilidad de los errores a la autoridad delegada del monarca, o sea a los oidores, conforme a una práctica que en realidad se repetía por doquier, no sólo en América, ni sólo entre monarca y Audiencias, sino entre aquél y todos, sin excepción, sus delegados; práctica que se resumía en el grito usual en los tumultos hispanos -españoles igual que indianos-: "Viva el Rey y muera el mal gobierno". Ahora bien, esa "técnica" del traslado de responsabilidades se reproducía en los niveles inferiores y, así, los oidores fiaban a su vez las funciones y, por tanto, la responsabilidad del funcionamiento cotidiano de las Audiencias en el personal subalterno, que, sin embargo, era a la postre no sólo el que de hecho resolvía los expedientes adminsitrativos sino el que tenía realmente el poder o, mejor, el que ejercía el poder de una determinada forma, compartida con la de los magistrados de más alto rango, no modificable unilateralmente por éstos. Esto tiene que ver con la corrupción, un concepto aceptado por una parte de la historiografía hispanista, especialmente la norteamericana, contra el que ya se ha vuelto en alguna ocasión Horst Pietschmann. Insiste en ello en esta contribución pero sobre todo se centra en la idea de que la confrontación entre reformismo borbónico y tradicionalismo indiano -de la que suele hablarse-requiere tantos matices y tiene tantas excepciones que no es defendible sin más. El reformismo atribuido a Carlos III había comenzado ya con su hermanastro y su padre, que lo precedieron en el trono, y la dialéctica entre tradicionalismo y reformismo, por su parte, no separaba exactamente a peninsulares y criollos, sino que estaba ínsita en cada uno de estos dos segmentos, de suerte que había peninsulares conservadores de la misma manera que había criollos reformistas. En realidad, concluye Pietschmann, habría que pensar más bien en que lo que llamamos reformismo borbónico planteó un reformismo burgués, en el sentido de individualista, frente al corporativismo tradicional, y eso en el marco de la prerrevolución "burguesa" de que antaño se hablaba. Por otra parte, no se olvide que ese reformismo se concretó con frecuencia en la creación de nuevos organismos, que de facto sirvieron -a su modo, que nada tenía que ver con el liberal-como cauces de representación. El mismo afán de los reformistas por acabar con la venalidad de los oficios tiene que ver con ello (y es lo que estudia Gallo, mostrando que se daba también en el Brasil portugués). Las reformas de la segunda mitad del siglo XVIII y la primera mitad del XX afectaron entre otras cosas a los Ayuntamientos, que eran los organismos más próximos al vasallo/ciudadano (ciudadano o vasallo según se trate de la post o de la prerrevolución liberal). Es de sumo interés el estudio de Ternavasio sobre el traslado de la autoridad, incluso normativa, de los antiguos Cabildos rurales del entorno de Buenos Aires a los jueces de paz, así como los de Gorza, Morelli, Tío Vallejo, Hampe y Gálvez sobre el papel del territorio -y de su delimitación-como elemento del ejercicio real del poder en los municipios Los estudios de Bellingeri y Pompejano insisten en la idea de que, en este caso frente a los intentos de reforma y uniformación legal que hubo detrás de casi todos los empeños codificadores, la práctica real -en este y otros casos, la jurisprudencia-insistía en constantes y permanencias que hicieron frente o, mejor, ignoraron toda una Revolución liberal. Claro que el libro está lejos de negar que existiera. Y lo dejan bien claro los estudios finales, que son los de Covarrubias sobre el proyectismo mejicano y Martínez de Codes acerca del concepto jurídico de propiedad. No se trata -aquí y en todo el libro-de negar virtualidad a la Revolución liberal, sino de huir de simplificaciones y hacer ver que la realidad, justamente por ser humana (o sea por el papel de "intérpretes" de la ley que cabe a todo súbdito y a todo delegado de la suprema autoridad), era distinta; en cierto modo, recreaba cualesquiera reforma al adaptarla a lo que ya existía o a lo que se quería que existiese.-JOSÉ ANDRÉS-GALLEGO. Cuenca Toribio, José Manuel: La obra historiográfica de Florentino Pérez-Embid, Sevilla, Escuela de Estudios Hispano-Americanos, 2001, 105 págs. Este nuevo libro del prolífico catedrático de la universidad de Córdoba nos confirma, una vez más, sus aciertos a la hora de dirigir nuestra atención hacia los lares más interesantes -en este caso la historiografía, uno de los campos en los que hodierno concentra sus esfuerzos, con excelentes resultados-, al margen, tanto de fáciles comercialismos, como de erudiciones hinchadamente estériles. En efecto, si en los manuales de uso común no figuran referencias a Florentino Pérez-Embid, el trabajo de José Manuel Cuenca nos lo sitúa en su justo lugar, como político y como investigador de la disciplina de Clío, labores que trató de conciliar a lo largo de su trayectoria vital y que acabaron materializándose en serondos frutos dignos de recordar. Su tesis doctoral sobre El mudejarismo en la arquitectura portuguesa de la época manuelina, Sevilla, 1944, cimentó su prestigio como gran conocedor del arte de nuestro país y su -frecuentemente ignoradovecino. Simultáneamente, su calidad como americanista se puso de manifiesto en numerosos libros y artículos salidos de su pluma: sobre la tradición marinera y los descubrimientos en el Atlántico llevados a cabo por las naciones ibéricas a partir del siglo XV, la importancia del Sea Power -remarcada de modo similar a los trabajos de los grandes maestros Vicens Vives o Braudel-, las razones de la incorporación de las Indias a la Corona de Castilla, las biografías de los protagonistas de la conquista, gobierno y administración de América,... Senderos que le condujeron a alcanzar, a fines de los años cuarenta, la cátedra de "Historia de los Descubrimientos Geográficos" de la Universidad de Sevilla, embarcándose posteriormente en proyectos como la edición de los Pleitos Colombinos junto con sus amigos y compañeros Antonio Muro Orejón, José Antonio Calderón Quijano y Francisco Morales Padrón; especialistas de indiscutible prestigio, hoy en día más renombrados y recordados que su colega. Algunos de sus alumnos se convirtieron luego en figuras señeras de las diferentes parcelas historiográficas. También debemos recordar su magnífica contribución al mundo hemerográfico, pilotando cargos directivos en publicaciones tan señeras como Arbor, Cuadernos Hispanoamericanos, Atlántida... Notable catálogo cuya lectura desmiente el tan extendido como erróneo, por excesivamente simplista y generalista, tópico del mundo intelectual hispano de la posguerra como un páramo yermo dominado por las voces monocordes incondicionalmente sometidas a la ideología del Régimen político franquista. Pérez-Embid, como algunos otros autores de su generación, defendió una idea de España más permeada de lo que comúnmente se admitía por la periferia peninsular -incluidos los archipiélagos, ponderando sin exageraciones el papel catalán y rescatando del olvido la nada desdeñable contri-bución aragonesa-, al tiempo que redujo -sin menoscabar, antes bien, para desterrar el tópico-la importancia de la frecuentemente sobrepujada "retórica de lo castellano", exaltada entre otros por Francisco Elías de Tejada. De éste último disentía descartando sus ribeteos nacionalistas, así como la "castellanización" del mensaje y dogma católicos. Militó también en el bando de los que pregonaban la "europeización de los medios y la españolización de los fines", inclinándose por la postura de su amigo Calvo Serer en el duelo dialéctico que éste sostuvo con Laín Entralgo -por la mutua adhesión a la concepción menéndezpelayana, que Pérez-Embid encontraba mal interpretada en su adversario-. El período de la Restauración fue también objeto de su curiosidad, focalizada en el estudio del nacimiento del catolicismo político español -trabajos nutridos más por una notable publicística coetánea que por la aportación documental y que quedaron como avanzadilla de un trabajo de mayor calado que no logró concluir-, de la obra y el pensamiento de Menéndez Pelayo -guía ideológico de no pocos autores de su generación, aunque abordado por él de manera más acertada que por las deformantes visiones "oficialistas" de entonces-; y de la política, fundamentalmente analizando el moderantismo dentro del conservadurismo, hecho que conectaba con la voluntad de potenciar su militancia en la corriente conocida a fines de los 50 como "derecha civilizada". Convencido exaltador del catolicismo como alfa y omega de toda actividad humana, apoyado en el espíritu de "cruzada" -propiciado por la "Guerra Fría"-frente a los abusos de la cultura moderna, mas equidistante tanto del integrismo como del radicalismo, su mensaje, dirigido sobre todo hacia la juventud, adoleció de los defectos de la retórica de sus coetáneos: asistemática, algo desestructurada y salpicada de algunos tópicos argumentales; buena muestra de la evolución ideológica de algunos sectores españoles a mediados del siglo XX, vinculados muchos de ellos a las actividades intelectuales del Opus Dei. Y, cómo no, tampoco queda orillado en este magistral análisis la destacada dinamización cultural promovida por Pérez-Embid desde los puestos de responsabilidad política que supo desempeñar: en la Dirección General de Información (1951-57) y la Dirección General de Bellas Artes. Una pasión por el manejo de los resortes de la vida pública que intentó, en la medida de lo posible aunque no siempre con éxito, compatibilizar con sus labores científicas hasta el fin de sus días. Acaeció su muerte en los umbrales de la Transición democrática, percibida por él solamente en sus inicios. El proceso revolucionario desenca-denado en Portugal con un año de antelación no fue asumido con buenos ojos por nuestro personaje, pues, a su juicio, nada bueno podía esperarse de éste ni para España ni para los vecinos lusos. Compañeros, alumnos, familiares y amigos testimoniaron su reconocimiento y cariño hacia él en el libro Florentino Pérez-Embid: homenaje a la amistad, Barcelona, 1977. A pesar de ser una fuente valiosa para el conocimiento del profesional y del hombre, su carácter misceláneo y su edición y puesta en circulación restringida hicieron de aquella una obra limitada, hecho que viene a corregir esta nueva publicación, con un carácter más "profesional" -sin menoscabo de aquella-. El lector avisado encontrará en la presente obra, escrita con sencillez y a la vez gran riqueza tanto en la expresión como en su contenido, algunas claves de la historiografía española de la segunda mitad del siglo XX, espigadas de un perfil humano y profesional trazado con suma maestría en el conocimiento del oficio. Los escasísimos errores tipográficos no empañan las virtudes mencionadas. Poco más nos queda por decir, salvo felicitar al autor e instar a éste, como al resto de los miembros de la comunidad investigadora, a abrir nuevos surcos en nuestra parcela de estudio, contando, en lo posible, con el apoyo de instituciones tan solventes como la editora del presente libro (Escuela de Estudios Hispanoamericanos -CSIC).-JOSÉ MANUEL VENTURA ROJAS. Excepción hecha de quienes conocemos la manera en que la autora concibe el oficio histórico, pocos podrían arriesgar que, tras el título de esta obra, aparentemente abocada a una biografía, se abre un abanico de problemas que bien puede sintetizarse bajo la expresión de agenda para una historia social de vanguardia. La vida y la muerte de esa "aventura" en el Río de la Plata están -afortunadamente, claro-muy lejos de corresponder al mezquino objeto de Alsina individuo. La "aventura" de Jaime Alsina i Verjés, riquísimamente documentada y magistralmente leída, opera como la llave para abrir una de las posibles puertas de entrada hacia el fascinante mundo de los objetos, los sujetos y los espacios de una experiencia colectiva, que no es otra que aquella (finalmente no tan) traumática disolución del orden colonial en el área rioplatense. Y la elección de esa "puerta" fue -a juzgar por el resultado-acertada. Las huellas documentales que arrojan los archivos de la familia Alsina le permitieron abrir tantos problemas generales tales como el de las pautas migratorias, la integración social en el "espacio nuevo", la interpretación y creación de espacios dentro del ámbito jurídico, o como los modos y perfiles de la organización corporativa y los modelos de solidaridad grupal. También se aboca al estudio de algunos elementos clave para el análisis de la circulación (como la información, el marco legal y la praxis de las Compañías, entre otros); como corolario, explota bien el siempre vidrioso pero saludable ejercicio de analizar a los actores en momentos de bruscos giros políticos. Las fojas encontradas en Buenos Aires favorecían menos la construcción de las series necesarias para fabricar una buena historia económica, que la adopción de una perspectiva sensible hacia las tramas de políticas de familia o hacia los marcos jurídicos interpretados, "usados" y hasta construidos por los actores. Si "...la rellevància d'un document depèn de les preguntes que se li facin..." (pág. 22), la pertinencia de estas preguntas depende, a su vez, de la idea que el autor de las preguntas tiene acerca del mundo al que va a interrogar. Dicho en otros términos: la calidad de las preguntas deriva, en gran medida, de la conciencia que se tiene acerca de la antropología de la sociedad sobre la que se trabaja. Al respecto, Dalla Corte deja constancia, a lo largo de todo el libro, de una saludable preocupación hermenéutica: el nivel del lenguaje -a veces despreciado por algunos en pos de una crítica de segunda mano a la posmodernidad, otras veces banalizado a manos de los mismos posmodernos-funciona como un recurso central en el proceso de recuperación de la antropología rioplatense del ocaso colonial. El tratamiento exhaustivo que la autora realiza sobre el repertorio lingüístico del mundo de Alsina -léase, del mundo de los comerciantes, léase del universo de derechos de la sociedad vivida por y a través de Alsina-no se agota en la comparación erudita que nos lleva del copiador de cartas al Diccionario de Autoridades. Al contrario, esta primera operación dibuja los inicios de una vía de reflexión que acaba, por citar un ejemplo, en la consolidación de la semántica de estos significantes en el mundo jurídico en sentido amplio. Los acápites dedicados a la confianza y la obligación son un bello ejemplo del modo de adentrarse en lo que la autora bautiza como "el fresco jurídico" de la época. A pesar del alto grado de atención a los elementos de permanencia, Dalla Corte no queda presa en las "cárceles de larga duración" y, mucho menos, insensible al cambio. Los tres capítulos previos a la conclusión muestran la complejidad de la inflexión que significó -en este caso para los comerciantes-la coyuntura revolucionaria. Las opiniones, antes más o menos consensuadas, se quiebran: de las "invasiones inglesas" a los episodios de la revolución, se abre un parteaguas que -como toda crisisimplicará un beneficio para algunos actores y un momento difícil para otros que, como Alsina, consiguen sostener algunas de las viejas relaciones, se ven obligados a interrumpir otras y, consecuentemente, a repensar sus estrategias en las nuevas coordenadas, en un principio desfavorables. Aquí aparece, nuevamente, la habilidad en el uso del oficio: los datos gruesos de una realidad ya bastante estudiada, aparecen resignificados desde la óptica de las estrategias de individuos, familias y grupos corporativos que se dieron los comportamientos que consideraron óptimos para recomponer el prestigio perdido, o las deterioradas conexiones mercantiles. Uno de los aportes centrales del libro lo constituye, sin duda, el análisis del ámbito jurídico en que se desenvuelven los comerciantes. Esta veta, la de una historia en la que el derecho es menos una especificidad que un elemento de la realidad toda, un campo de juego, es donde la autora se mueve con mayor plasticidad y solidez. Tributaria de líneas pioneras en este sentido -como las legadas por Tomás y Valiente o, de la más reciente antropología jurídica de Assier Andrieu y Terradas-ha sabido poner en evidencia algunas brechas temáticas que permanecían en la opacidad -véase muy especialmente el capítulo cuarto. Sin embargo, y la autora lo sabrá mejor que el reseñista, estas no son sino puntas de iceberg que apenas comienzan a descubrírsenos... Un libro que tiene las virtudes que acaban de exponerse no podría carecer de la principal, consistente en ofrecer algunos puntos para la discusión: por una parte, puede disentirse sobre el tratamiento dado a ciertas oposiciones identitarias -"patricios" e "hijos del país" por un lado y los "sarracenos peninsulares" por el otro (pág. 221)-, que podrían haber sido objeto de una justa ubicación diacrónica. Una ojeada a la documentación rioplatense del mil seiscientos, nos enseña que existe menos un giro semántico que una resignificación en el plano de la gramática: los significados no han cambiado mucho. Lo que ha cambiado es el juego de asociaciones del significante con los otros elementos de la escena. En segundo lugar, la autora reproduce algunas afirmaciones "instaladas", como la visión de un Buenos Aires "pobre y estancado" hasta el momento de su declaración como capital del Virreinato del Río de la Plata (pág. 38), que el desarrollo mismo de su libro relativiza. ¿La "atracción" de Buenos Aires data recién de la segunda mitad del siglo XVIII? (pág. 39) Si algo enseñan tanto los estudios que cita como el suyo propio, es que las medidas administrativas de la Corona siempre sancionaron situaciones que, de hecho, estaban funcionando. El hecho de que la economía del litoral estuviera estrechamente relacionada con las inflexiones de la economía potosina, no basta para sostener la vieja imagen. Al contrario, la diversidad de opciones que ha tratado de construirse -por ejemplo-Alsina, forma parte de un tejido de estrategias que incluye las elaboradas por otros actores: el soporte, el escenario y el resultado de este tejido, es un espacio económico también diversificado y, por ello, relativamente resistente a los colapsos de los "polos". Su pobreza, en principio, debiera ser presentada en términos relativos. Lo de su "estancamiento", si se ha optado por un análisis en clave de espacios, es definitivamente discutible. En algunos pasajes, el texto deja la saludable sensación de "querer saber más". Quizás puedan plantearse también, entonces, algunas preguntas: la participación de Alsina en el nivel político, asegura la autora, "...és un indici de la consciència que tenia dels riscos que corria en el context econòmic del virregnat del Riu de la Plata..." (pág. 41). En consecuencia, desarrolla los niveles y ámbitos de la participación de Alsina y su relación con el punto. Sin embargo, ¿se agota allí la reflexión -no sobre lo político, muy lograda-sobre los emplazamientos de previsión? Como lo ha señalado ya Jean-Yves Grénier, la problemática del "riesgo" y de la "previsión" es una constante en las economías del antiguo régimen. Entonces, si el marco jurídico no basta, ¿por qué desplazar al "riesgo" como eje? Es una cuestión de elección. En otro momento del desarrollo, muestra con claridad la preferencia que, tanto Alsina como otros comerciantes, tenían por la composición frente al proceso judicial. Siendo una parte central del dispositivo judicial propio de los comerciantes (págs. 68 a 70), ¿no es también cierto que esta preferencia no se agota en este grupo y que, por lo tanto, nos está ofreciendo una vía para reflexionar sobre el peso del acuerdo en un campo social menos acotado y en un período mucho más extenso? El libro se ubica, por su temática, entre los muy buenos trabajos sobre el mundo de los comerciantes en el área rioplatense durante la colonia. Sin embargo, sería injusto decir que se reduce a enriquecer estos planteos, ya que -como ha podido observarse-abre y explora líneas que van por carriles diferentes. El trabajo de Dalla Corte constituye un aporte realmen-te significativo, excediendo holgadamente los objetivos trazados en el inicio de sus investigaciones. En más de trescientas páginas que rezuman aprendizaje y enseñanza, la autora examina una realidad compleja con una solvencia realmente destacable, provee de herramientas para comprender su propio análisis y propone -generosamente-un enorme tablero de sugerencias para que las pensemos y, entusiasmados, nos echemos manos a la obra sobre nuestros objetos con ideas frescas. El recurso de la "pista del nombre" es manejado con maestría. La viabilidad de sus enfoques para el mundo de los comerciantes o el universo jurídico, patente. Este texto pone en evidencia la fertilidad de una cantera historiográfica que, en Argentina, tiene ya sus años de desarrollo, combinando en su factura procesos teóricos y recursos metodológicos obtenidos de una tradición más "europea". Pero su máxima virtud no radica en la profundidad con que explota lo adquirido. Al contrario, resulta de esa actitud de inconformismo y de inquietud que le lleva, por ejemplo, a manejar con una fluidez casi malabarística los ríspidos terrenos de la historia del derecho, la historia de la familia y el análisis de grupos sociales a un solo tiempo. La innovación -dicen los sociólogos de la ciencia-corre por los márgenes y por las fronteras: y es allí, precisamente, donde la autora de este libro se mueve como un pez en el agua, enseñándonos, de una vez, la historia que nos cuenta y el modo de fabricarla.-DARÍO G. BARRIERA. El autor de este libro ha dedicado cerca de cuarenta años de su fecunda vida académica al estudio de la Luisiana española, y pocos investigadores conocerán como él las fuentes archivísticas pertinentes a este tema. La obra que nos ocupa ahora constituye una verdadera aportación al conocimiento de una provincia muy especial, atípica en muchos de sus rasgos, dentro del mundo hispanoamericano. El dominio español en la Luisiana ofrece unos horizontes diferentes de los de otras colonias hispanoamericanas, que le confieren unas peculiaridades de indudable interés para el análisis histórico. Entre sus rasgos diferenciadores más sobresalientes figuran su adquisición tardía por cesión francesa en 1762, su ubicación periférica septentrional, sus tribus indígenas difíciles de controlar mediante políticas tradicionales, su pequeña población -mitad blanca francófona mitad negra esclava-que bajo el dominio español crecería gracias a la inmigración de diversos grupos étnicos, su escaso y desigual desarrollo económico, la dificultad de integrar este territorio en la economía imperial, y su carácter fronterizo con las colonias inglesas de Norteamérica y, después de 1783, con los Estados Unidos de América, que daba a esta provincia una función eminentemente estratégica dentro de los planteamientos globales del imperio español. El libro no sólo recorre la historia de la esclavitud en la Luisiana -narrando sus orígenes franceses, las dificultades encontradas por los sucesivos gobernadores españoles para implantar cambios legales, las manifestaciones de rebeldía africana tales como el fugitivismo, la revuelta, y la conspiración -, sino que a lo largo de su estudio el autor se esfuerza por plantear cuestiones analíticas de la mayor importancia. Pone de relieve, sobre todo, que el régimen esclavista de Luisiana durante la época española era diferente del que existía bajo el gobierno francés, y también diferente de los sistemas esclavistas de las colonias inglesas del continente y del Caribe, o del sur de los Estados Unidos. Es, por lo tanto, un libro polémico por cuanto se aleja de una visión simplista, simplificadora, reductora de "la esclavitud", surgida en parte bajo la influencia de la posterior condena moral de aquella institución, que difícilmente se presta al reconocimiento de diferencias de grado o de carácter filosófico. Gilbert Din, sin embargo, ha querido examinar las particularidades del régimen esclavista durante el dominio español de Luisiana. Así, por ejemplo, documenta la resistencia de los terratenientes ante los esfuerzos gubernamentales por introducir las leyes españolas, que eran algo menos onerosas para los esclavos que el código negro francés imperante en el momento de la cesión. Explica los problemas de índole política que esta oposición suponía para el gobierno español, y las soluciones prácticas alcanzadas mediante concesiones surgidas del compromiso, del oportunismo político, e incluso a veces del favoritismo hacia las elites de Nueva Orleans. No obstante, subraya que por regla general "las autoridades coloniales no permitían la modificación de la legalidad española para satisfacer las exigencias de los grandes terratenientes" (pág. 224). Al mismo tiempo, sostiene que si el régimen esclavista español era algo menos brutal que otros modelos coetáneos, tenía poco que ver con la supuesta influencia benévola de la Iglesia catolica, que según el profesor Din tuvo un papel insignificante, limitándose a una actitud pasiva de mera observadora. Uno de los aspectos más valiosos de este estudio se centra en el análisis minuciosamente documentado de la política de los distintos goberna-dores españoles respecto del tema de la esclavitud. Para ello, no se limita a explicar sus decisiones y sus actos oficiales, a la luz de un buen conocimiento de las prácticas administrativas españolas, sino que intenta aproximarse a su relación con la trayectoria vital y profesional así como con la personalidad de cada gobernador. De esta forma, nos ofrece un estudio de cómo la administración de una provincia marginal del imperio hispanoamericano respondía sólo parcialmente a los dictados que provenían de la metrópoli mientras que las condiciones locales se imponían con fuerza en las realidades cotidianas. Este enfoque también le hace considerar el tema de la esclavitud dentro del contexto general de los diversos intereses de las clases dirigentes de la provincia en cada momento, llevándole a concluir, primero, que ni los problemas prácticos de control inherentes a un régimen esclavista, ni mucho menos las relaciones raciales, ocupaban un lugar destacado entre sus preocupaciones prioritarias, y segundo, que las manifestaciones de rebeldía entre los esclavos eran relativamente poco importantes, y explicables sin recurrir a dudosos contenidos culturales propiamente africanos. Estas interpretaciones chocan frontal y explícitamente con la visión de Gwendolyn Hall, para quien la resistencia a la esclavitud y su contextualización cultural forman el eje central de interés. En definitiva, esta obra del profesor Din nos ofrece una interpretación, fundamentada en bases documentales sustanciales, del régimen esclavista español en Luisiana, desde el punto de vista de su reglamentación, la aplicación de estos reglamentos, y los diferentes comportamientos de los negros, tanto esclavos como libres, dentro de ese sistema, corrigiendo irrefutablemente de paso muchos errores concretos de obras anteriores, incluyendo algunos de la profesora Hall. No ha sido objetivo del autor ofrecer una nueva versión de la vida y la cultura de los negros y mulatos de Luisiana, o de sus perspectivas sobre la esclavitud y las relaciones interraciales en esta época, y por lo tanto no cuestiona ni contradice el interés de tales temas. Lo que sí pretendía y sin duda ha logrado es establecer una base sólida sobre la cual poder acometer la construcción más exacta de esa historia. Muy bien impresa, denotando también una cuidadosa atención editorial, esta obra viene completa con profusas anotaciones críticas, y una excelente bibliografía de fuentes primarias y secundarias, además de un útil índice analítico. Es, sin duda, una obra importante de necesaria consulta, no sólo para la historia de la Luisiana española sino como punto comparativo para cualquier estudio de la agricultura de plantación, la esclavitud y la sociedad en la América del siglo XVIII.-SYLVIA L. HILTON. Hilton, Sylvia L., comp.: Relatos de viajeros de Estados Unidos en Hispanoamérica S. XIX, Colección Clásicos Tavera, Serie ii, vol. 21. Temáticas para la Historia de Iberoamérica, Madrid, Fundación Histórica Tavera y Digibis, 1999. En el siglo diecinueve, se publicaron centenares de relatos de los que viajaron por América Latina y el Caribe desde distintas partes del mundo. En los últimos años, se ha visto un crecimiento de interés en tales relatos de viajeros hasta casi constituir un nuevo campo de investigación. Los investigadores en varias disciplinas -sobre todo en la historia y la literatura-y en los campos interdisciplinarios de los estudios culturales, coloniales y postcoloniales, van recuperando y recogiendo tales relatos, buscando extraer de ellos las pepitas de oro que señalan las venas ricas de la época y las sociedades decimonónicas. Relatos de viajeros de Estados Unidos en Hispanoamérica S. XIX, una compilación hecha por Sylvia L. Hilton, es una fuente imprescindible de materia prima para tales excavaciones. En la introducción a esta edición digitalizada de 32 relatos de viajeros, Sylvia L. Hilton analiza el género de relatos de viaje dentro del contexto de la historiografía de construcciones textuales europeas del Nuevo Mundo, y después analiza los cambios comerciales, tecnológicos, económicos y políticos que dieron forma a los intereses, viajes y escritura estadounidense relacionados con la América Latina decimonónica. En tal revisión de la historiografía, se ve la apropiación de los relatos de viajeros alternativamente como textos de interés literario o estético, como fuentes de documentación sobre los países y sociedades descritos, como relatos biográficos o autobiográficos, como vehículos ideológicos o propagandísticos, y como ejemplos de ideologías y discursos imperialistas. Tales relatos dan evidencia de cómo el viajero vio y definió la tierra y la gente latinoamericana, y de cómo el viajero se vio y se definió a sí mismo con respecto a los otros. Siguen vigentes en la Academia los debates sobre la significación de los textos producidos por los viajeros -en particular, si tales narrativas crearon, confirmaron o contestaron los estereotipos latinoamericanos; si los textos son síntomas de las ideologías imperiales, aparatos de la extensión imperial o instrumentos de conquista; y hasta qué punto el texto produjo o se apropió del Otro para un público lejano. Hilton, como historiadora, evita las generalizaciones del tipo discursivo presente en el campo literario, y se arraiga más bien en la necesidad de tomar en cuenta Anuario de Estudios Americanos la diversidad del sujeto imperial tanto como del objeto colonial, y el lugar y momento concreto representado en cada obra. Siempre se ha considerado la literatura de viajes como una literatura "híbrida," que combina una variedad de géneros, motivaciones, propósitos, tonos y estilos. El carácter híbrido del género hace difícil clasificarlo. En su introducción y selección, sin embargo, Hilton ofrece una aproximación tipológica útil basada en las motivaciones y finalidades del viajero, tales como los motivos políticos/diplomáticos, religiosos, científicos, económicos, literarios, de salud y en plan turístico. Incluye una sección aparte de mujeres, que en general viajaron como acompañantes o turistas que dependían de sus padres, maridos u otros familiares. A pesar de no caber fácilmente con las otras aproximaciones, la clasificación aparte de las mujeres subraya la existencia de un género de relatos de viajeras en el siglo decimonónico. Tal vez lo más problemático de tales clasificaciones (lo que Hilton misma reconoce) es que las divisiones entre las categorías no son mutualmente exclusivas, y casi todos los relatos podrían caber con facilidad en más de una categoría. Habría que felicitarle a la Dra. Hilton por la calidad del aparato de apoyo que provee, y la calidad de los relatos seleccionados. En su introducción y las notas, proporciona información biográfica tanto como bibliográfica extensiva, y anota no solo las selecciones incluidas en el CD-ROM, sino docenas de otros relatos de viajeros clásicos y de algunos menos conocidos -un servicio que apreciarán los profesores que quieren construir cursos sobre temas, regiones o el género en sí. El CD-ROM es de fácil manejo. Contiene una guía de ayuda, símbolos iconográficos claros, capacidad de manipulación de las imágenes (zoom, rotación e inversión, modificación de contraste); posibilidades de reproducción de alta calidad; y ayuda técnica de fácil acceso. El índice es excepcional, y permite al lector buscar textos y referencias individuales y múltiples, y llegar rápidamente a la referencia buscada. Digibis tiene mucha experiencia previa en tales ediciones electrónicas, habiendo digitalizado al Handbook of Latin American Studies (de la Biblioteca del Congreso norteamericano), la Revista andina, el Anuario de Estudios Americanos, y catálogos de numerosos archivos y bibliotecas. Aparte, la Colección Clásicos Tavera, de que forma parte este CD-ROM, es parte de un proyecto más grande de la Fundación Histórica Tavera que tiene como objetivo la edición digital de más de 5,000 obras publicadas entre los siglos XVI y XIX relacionadas con la historia y cultura ibérica, iberoamericana e Útil y necesaria esta publicación en la que se analiza el impacto que tiene la intervención estadounidense en la crisis colonial española en 1898 y su reflejo en la prensa europea. Sylvia L. Hilton y Steve J. S. Ickringill han tenido el acierto de reunir diez estudios monográficos en los que se abordan las visiones que se presentan en los diferentes países europeos sobre este conflicto y su posible repercusión sobre la opinión pública. La singularidad de este estudio viene dada porque utiliza la prensa como principal fuente histórica. En la introducción se presenta el contexto europeo de finales del siglo XIX. Se abordan las perspectivas nacionales de los distintos países europeos, incluida España, y se pasa revista a los principales argumentos utilizados en el discurso periodístico en el que se reflejan las tendencias dominantes de la opinión pública de cada país sobre la intervención estadounidense y sus consecuencias. Hay que destacar la incorporación de una bibliografía amplia y actual en esta introducción. En el primer estudio monográfico, Nico A. Bootsma muestra las reacciones que se recogen en la prensa en Holanda y en sus colonias ante la conflagración de 1898. Destaca su fuerte tono moral y la manifiesta neutralidad del gobierno ante el conflicto, tratando de defender su propia seguridad nacional y sus intereses coloniales. Sin embargo, la intervención estadounidense es defendida por los diarios liberales o protestantes, que resultan los más influyentes. Por su parte, los periódicos católicos interpretan la política adoptada por Estados Unidos como una extensión de la Doctrina Monroe. En general, se detecta en todas las publicaciones un antiamericanismo antes de comenzar la guerra y un cierto tono de resignación después de la derrota española. Durante la contienda, se observa una cierta aversión hacia España, aunque este hecho no significa que no exista al mismo tiempo un temor hacia la amenaza que puede venir desde Estados Unidos hacia sus posesiones de ultramar. Por su parte, Sylvia L. Hilton pone de manifiesto, en su trabajo, las contradicciones y ambivalencias que se encuentran en la prensa republicana española ante la intervención norteamericana. Éstas vienen dadas por la tensión creada entre su ideología y su estrategia política. Los republicanos utilizan el sentimiento anti-yanqui para conseguir un efecto retórico, condenando al régimen español mientras exoneran a los Estados Unidos. La solución que proponen es un régimen republicano y la estrategia de la prensa republicana se basa en explotar el conflicto colonial para provocar una crisis nacional. Así, se aprecian contradicciones en su retórica, por un lado se sataniza a Estados Unidos, para dar más énfasis a las acusaciones y, al mismo tiempo, se alaba a la nación americana, presentándola como el máximo ejemplo de régimen republicano. Esta falta de coherencia en su discurso se debe a la adopción de una posición estratégica a corto plazo, que busca la desestabilización del régimen monárquico, y que incluso en algunos momentos llega a ser incompatible con su ideología republicana. Markus M. Hugo analiza el discurso utilizado en la prensa alemana sobre el conflicto de 1898, observando que en las publicaciones conservadoras y nacionalistas aparece la intervención como una monstruosa acción de Estados Unidos sin base moral o legal, calificándola como un "injustificado acto de violencia". En la prensa protestante y liberal se considera que el origen del fracaso español es la extensión del catolicismo, mientras que entre la prensa católica se culpa al gobierno liberal del desastre. A veces se considera la guerra como una lucha de razas entre "germanos y latinos", y como la victoria de la "raza teutónica", con la que se consideran hermanados. Entre los liberales, progresistas y socialistas el resultado de la guerra es valorado como el triunfo del progreso, instrumentalizando de nuevo la información procedente del exterior sobre el conflicto para ponerla al servicio de unos intereses nacionales. En los círculos conservadores y gubernamentales se considera a España como un símbolo de las tradiciones europeas y del poder monárquico. Steve J. S. Ickringill analiza la visión del conflicto de 1898 en la prensa del Ulster. En ella se refleja la profunda división que existe en la sociedad entre unionistas y nacionalistas, aunque ambos comparten una imagen positiva de Estados Unidos, y las dos comunidades apoyan la causa norteamericana durante la guerra. Sin embargo, hay una clara diferencia, mientras la opinión nacionalista es católica, la tendencia unionista es protestante. Los nacionalistas son conscientes de que España se había solidarizado con su causa en el pasado, aunque también valora la fuerza estadounidense. En la prensa unionista se apoya abiertamente la alianza entre Gran Bretaña y Estados Unidos, mientras que en los círculos nacionalistas se ve con una gran hostilidad. Esta guerra y sobre todo sus consecuencias reavivan otros puntos del conflicto entre los dos sectores. Las imágenes que presenta la prensa rusa sobre el conflicto de 1898 son estudiadas por Ludmila N. Popkova. De su análisis se desprende que en las publicaciones conservadoras no se recoge ninguna información sobre la intervención que pueda enturbiar las buenas relaciones entre Rusia y Estados Unidos, incluso en alguna de ellas se advierte a España que no espere apoyo de Rusia. Sin embargo, en la prensa liberal aparece América como el ideal de organización política, democrática y de libertad en las relaciones comerciales. La postura oficial que predica la tradicional amistad entre los dos países es mantenida por los liberales debido a intereses ideológicos. Así, describen la noble misión de la democracia norteamericana en la batalla contra la tiranía de España y las ansias de libertad de los rebeldes cubanos. Sin embargo, al comenzar la contienda, en la prensa liberal rusa se rompe la unanimidad en el discurso sobre las causas y desarrollo de los hechos. La mayoría de sus publicaciones no aprueban los métodos para resolver el conflicto. Muchos liberales consideran que si América desea diseminar la democracia debe mantenerse alejada de guerras y conquistas. Al finalizar la guerra la prensa liberal cambia su opinión sobre Estados Unidos, y aparece en ella una cierta desilusión ante la democracia norteamericana. Simultáneamente, la prensa de izquierda está más preocupada por los temas de la política nacional, dando una escasa cobertura a la intervención. A sus ojos, Norteamérica no tiene el aura democrática que tiene ante los liberales. Serge Ricard aborda la posición de la prensa francesa ante la intervención norteamericana de 1898. En general, en las publicaciones galas la contienda es tratada exhaustivamente. Se considera que Estados Unidos está interfiriendo en los asuntos internos de un país, arruinando los esfuerzos pacificadores emprendidos por España en Cuba. La prensa republicana moderada muestra una aceptación de la postura española de resentimiento hacia Estados Unidos. En las publicaciones francesas se destacan los esfuerzos que se hacen desde Madrid para calmar al país americano. Se subraya la diferencia entre la opinión pública norteamericana que aparece muy exaltada, mientras que la española mantiene la calma, presentando a una nación orgullosa y valiente que defiende la causa justa. No obstante, en la prensa se manifiesta la neutralidad declarada por Francia ante el conflicto, se muestra una cierta simpatía por la postura española, aunque al mismo tiempo se presenta a Estados Unidos como una nueva potencia. La crisis colonial española de 1898 y sus relaciones con Portugal es estudiada por Agustín R. Rodríguez, quien destaca las cordiales relaciones que existen entre los dos países en ese momento. En la prensa se refleja la gran simpatía que hay en la nación vecina por la causa española. Sin embargo, viendo que el apoyo a España no les iba a servir de gran ayuda, debido a su débil posición, Portugal se inclina progresivamente hacia una alianza con Gran Bretaña. Así, pretende poner a salvo sus colonias. Se puede afirmar que en Portugal se ve el conflicto de 1898 como una clara amenaza, debido, principalmente, a que sus colonias pueden ser objeto de agresiones. La crisis de 1898 hace que Portugal vuelva a la tradicional alianza con Gran Bretaña como una de las líneas fundamentales de su política exterior. Daniela Rossini analiza las imágenes que se ofrecen sobre Estados Unidos en la Italia de finales del siglo XIX. Existen dos posturas, ambas con un fuerte peso: una negativa y otra positiva. Las mayores críticas hacia Estados Unidos se encuentran en los círculos conservadores, que sostienen que en Norteamérica predomina el dios dinero, la corrupción, la falta de ideales y la discriminación social. Al mismo tiempo, sus más fervientes seguidores se sitúan entre los demócratas y radicales; éstos opinan que América es la encarnación de sus ideales de democracia y republicanismo, y los socialistas moderados piensan que es la sociedad burguesa perfecta, sin monarquía. Por su parte, el Vaticano se alinea con España criticando la agresividad de Estados Unidos. Nicole Slupetzky estudia el apoyo de Austria a la causa española frente a Estados Unidos. Su principal objetivo es liderar una posición de defensa de los intereses españoles, aglutinando a las principales potencias europeas para frenar la posición agresiva de la nación americana. Sin embargo, Austria no tiene suficiente poder de convocatoria y se ve sola en su posición, ante lo cual, tan sólo llega a apoyar moralmente la posición española. A pesar de que critica airadamente las acciones estadounidenses, nada puede hacer para enfrentarse a ellas, ya que intervenir en la contienda hubiera sido un fracaso seguro para Austria, así pues opta por mantener una postura neutral ante el conflicto. En resumen, se puede decir que los periódicos interpretan la crisis de 1898 con cierta perspicacia, considerando a esta guerra como el inicio del imperialismo yanqui. Finalmente, cierra la serie de estudios monográficos Joseph Smith, quien analiza la visión de los reporteros de distintos periódicos británicos. Desde el comienzo de las hostilidades sus artículos son favorables a Estados Unidos, y hacen hincapié en la visión norteamericana de los hechos. Por el contrario, la óptica española de los acontecimientos se presenta en raras ocasiones. Las autoridades españolas llegan a considerar a estos corresponsales como agentes que actúan a favor de la nación americana. En sus artículos, los reporteros destacan la falta de contacto social entre los oficiales americanos y los cubanos. Los insurgentes son considerados seres inferiores a quienes no se les considera preparados para ejercer su autogobierno. En la mayoría de las noticias que aparecen en la prensa británica se recoge invariablemente la victoria de Norteamérica sobre España. En definitiva, este libro presenta una lectura muy interesante, diferente y poco conocida sobre la proyección europea de la intervención estadounidense en la crisis colonial española de 1898. Con esta serie de estudios se abordan las relaciones internacionales entre Estados Unidos y las principales potencias europeas de forma comparada, abriendo nuevas vías a futuros debates historiográficos.-ANTONIA SAGREDO SANTOS. Despacho, azogue, comercio, prólogo de Manuel Castillo Martos, Sevilla-Bogotá, Muñoz Moya Editor, 1998, 352 Es casi un lugar común, una especie de referencia general, que los hispanistas ingleses cuentan con un claro ingenio, con una especial habilidad a la hora de exponer sus apreciaciones. El profesor Lang es uno de esos hispanistas ingleses, y seguramente de los más preciosistas. Además, ha tenido la perspicacia de elegir un tema que resulta muy necesario para poder entender y comprender lo que en tantas ocasiones se Anuario de Estudios Americanos ha dicho de la decadencia, y casi mortandad para algunos de la anterior vitalidad española, en la segunda mitad del siglo XVII, sobre todo en lo que se refiere a Hispanoamérica. Por todo eso, nos ha llamado la atención y la forma como lo ha presentado el profesor Lang. Es conveniente desentrañar ciertas coordenadas que no son del uso común: la plata, como base de la economía, sufre una profunda crisis en el transporte desde América que se hace necesario explicar. Los historiadores de la economía americana han situado siempre a la plata como uno de los elementos más esenciales en el complejo fenómeno de la llamada revolución de los precios, ya en el siglo XVI. De ella, de la plata, dependía el incremento del comercio y el impresionante aumento de la circulación del dinero en manos del público. Aunque los historiadores se han concentrado hasta el momento en el comercio, tanto regional como internacional y, por consiguiente, en la banca, con una enorme ayuda de las fuentes históricas, sin embargo, la producción de plata apenas había sido analizada, salvo algunos casos de minas muy principales. Ni que decir tiene que tampoco había recibido la necesaria intensidad el elemento más fundamental en la producción de la plata: el azogue. En consecuencia, tampoco su transporte en las flotas, una vez que se había producido el contacto con la producción minera. Desde que el profesor Pierre Chaunu nos confirmó que una de las cotas más altas en el comercio transatlántico se puede situar hacia 1600, cuando se alcanza la cifra de más de 200 buques y cerca de 50.000 toneladas transportadas (aunque después habría años mejores, pero ya sueltos), y que ello se debió a la marca máxima de plata importada, se pudo llegar a la conclusión de que las provincias indianas sólo tenían la plata, y algunos otros productos, para poder pagarse todas sus múltiples y variadas importaciones. Por lo mismo, se entendía perfectamente que el gobierno español canalizase todo este comercio a través de Sevilla, incluso que lo reservase a los habitantes, o nacionalizados, del Reino de Castilla, como fuente humana y de la financiación de las expediciones. Fue la forma como la Corona controló el comercio y reclamó el quinto de la plata embarcada, así como confiscó, cuando le convenía, algunas partidas de la plata privada de los comerciantes. No era de extrañar que algunos altos funcionarios reales también participasen de este arreglo, con lo que entraban en juego y cooperación con los capitanes, armadores de buques y comerciantes para introducir de contrabando algunas cantidades de plata sin registro. Lógicamen-te, la cuantificación de este hecho es imposible, aunque se puede sospechar que pudo superar el 10% de las cantidades oficiales. En el siglo XVII, la situación comienza a complicarse para el control del comercio con América que efectuaba España. La superioridad de las organizaciones inglesa y holandesa, así como el apoyo que recibieron éstas de sus respectivos estados, resultó decisivo para la erosión del comercio español y su control. Además, comenzó a disminuir la producción de las minas de plata, y las manos muertas de la aristocracia y de la clerecía castellana, así como las dificultades financieras de la propia Corona, comenzaron a impedir la expansión de la pequeña comunidad mercantil española e hispanoamericana. Las constantes guerras con terceros países impedían la protección del comercio atlántico. Hacia 1640, la salida anual de la flota de Sevilla, lo mismo que la llegada de las provisiones de plata, comenzaron a tener gravisimos problemas. Aquí es donde se presenta el estudio y el trabajo del profesor Lang, en el amplio marco de la historia colonial española, específicamente el del comercio con la Nueva España, en la época crítica del estancamiento-recesión de la segunda mitad del siglo XVII. El enfoque principal es el despacho de las flotas destinadas a Veracruz, los llamados galeones de la plata, cuyo tonelaje y frecuencia declinaron precipitadamente en esta época. Se destaca el estrecho enlace entre los suministros de azogue a México, principal cargamento de los galeones a la ida y suministro esencial para la prosperidad minera mexicana, y los motivos de los alarmantes retrasos o suspensiones de la flota. En este sentido se analiza y destaca el papel y la gestión de las minas de azogue de Almadén, con el fin de explicar y analizar los problemas que tenía la entrega de este suministro de la flota en Sevilla. Por lo mismo se estudian todas las gestiones que se tenían que hacer para llevar a cabo y facilitar los despachos a Veracruz, el carácter y prestación de los mandos de la Carrera de Indias, además de los procesos y dificultades en la selección de los galeones que iban a componer la flota; asimismo toda la compleja cuestión de su financiación. Por eso es interesante apreciar cómo se contrasta en este marco con el cometido de las diversas escuadras navales de la época, es decir la Carrera de Indias, la Armada de Barlovento, la Armada del Mar Océano y, sobre todo, los despachos que se llamaban "de los azogues". La sección principal presenta un relato cronológico pormenorizado de la gestión diaria de los despachos, con información archivística, resaltando los variopintos obstáculos, financieros y logísticos, problemas de disponibilidad, capacidad y nombramiento de mandos y reclutamiento de tripulantes, además del papel que jugaron los organismos reales centrales, tales como el Consejo de Indias, la Casa de la Contratación y el Consulado de Sevilla. Así se llega a un cuadro de gran conflictividad entre los diferentes organismos y jerarcas responsables, asunto que, como se puede deducir, complica y enmaraña todos los despachos. En consecuencia, creo que el profesor Lang consigue una apreciación más clara de la naturaleza y de las causas del deterioro del comercio y del transporte entre España y su virreinato más importante de América en la segunda mitad del siglo XVII.-JOSÉ LUIS MORA MÉRIDA. Morodo, Raúl: Atando cabos, Memorias de un conspirador moderado (I). Recuerdos de infancia y juventud de este conocido político de la Transición, militante destacado en la lucha por las libertades durante la segunda etapa del franquismo como estrecho colaborador de su maestro, el también catedrático de Derecho Político y famoso hombre público, Enrique Tierno Galván, objeto de recurrente alusión en la obra glosada. Tras una morosa y muy vívida recreación de su Ferrol natal -en donde, en el seno de una familia de burguesía media, naciera el autor, en 1935, educándose allí con los padres mercedarios-y del ambiente social y, preferentemente, académico compostelano -primer curso de Derecho: 1952-53-y salmantino -1953-58-durante los años de licenciatura y doctorado, la obra toma derroteros más acentuadamente historiográficos, con saldo menos positivo que en el terreno memorialístico; en el que los méritos son, en conjunto, muy abultados por la amena al tiempo que precisa pluma del actual catedrático de la Universidad Complutense (después de un largo y accidentado periplo burocrático, narrado con viveza, meticulosidad, acaso un punto excesiva, y bonomía). La génesis y formación de la corriente político-ideológica conocida en la historiografía de la oposición antifranquista como "tiernismo" -de muy ambiguos y delicuescentes perfiles por su colidancia, a las veces, con el marxismo doctrinal y el comunismo práctico (del que siempre se apartara Morodo, según su reiterada y bien explícita confesión) y, en otras ocasiones, con el socialismo menos estatalista y más liberal-, así como las vicisitudes y andanzas de buena parte del mundo antidictatorial -demócratas cristianos, "FELIPE", ASU, PC, monárquicos juanistas, y núcleos radicados en el extranjero como los de Victoria Kent o los republicanos históricos, y animosas y algo utópicas mesnadas y girones del exilio de la postguerra en Buenos Aires, Santiago de Chile, Toulouse, París, etc., etc.,-se describen con rasgos algo desmalazados pero no desprovistos de interés -estancia en la cárcel de Carabanchel durante el trimestre estival de 1957; confidencias de E. Múgica, Javier Pradera o "Federico Sánchez" (nombre de la clandestinidad de Jorge Semprún Maura, según se sabe); caleidoscópico mundo del Colegio Mayor madrileño "César Carlos" -Mariano Barbero, Manuel Olivencia, Jesús Aguirre, Juan Antonio Carrillo Salcedo, Alfonso Orti et caetera et caetera. Mimbres biográficos y urdimbre histórica se seguirán tejiendo en la rememoración de la "década prodigiosa", decisiva también en la peripecia personal del autor. Sus estancias americanas -América yanqui y América española: Puerto Rico, Nueva York, Méjico, Lima...-mezclarán docencia universitaria y actividad política, a veces, en rigurosa simultaneidad con las de su maestro Tierno Galván, como en la célebre Universidad de San Juan, pilotada -un tanto narcicísticamente, conforme al juicio de Morodo-por un rector de muchos quilates: Jaime Benítez. La galería de personajes públicos e intelectuales del Nuevo Continente llevada a cabo por el buido buril del autor sólo es comparable en riqueza numérica y cualitativa a la del Viejo Continente, sin ningún género de dudas la más dionisíaca y amplia de las estampadas hasta el momento en libros de corte semejante al aquí comentado. Ningún rincón de la vida española e hispanoamericana y, por mejor decir, iberoamericana -por la presencia constante del mundo luso en las evocaciones morodianasqueda sin el pertinente escudriñamiento, concluido y desembocado invariablemente en una semblanza coloreada y vivaz, en la que los tonos bien humorados se imponen sobre los acedos, incluso en la etopeya de adversarios y enemigos -Carl Smichtt merodeará con frecuencia por las páginas de los recuerdos ahora apostillados-. Fernando Lázaro Carreter, Pablo Lucas Verdú, Elías Díaz, Carlos Ollero, Pedro Laín, A. Truyol y Serra, Luis González Seara, G. Torrente Ballester, Francisco Ayala, Dionisio Ridruejo, Salvador Lisarrague, Pedro de Vega, Ramón Tamames, M. Tuñón de Lara, Juan José Solozábal, son -con un recuerdo muy singular de Tierno (en cuya silueta logra su discípulo predilecto el mayor verismo, al conjugar todos los matices de su envidiable paleta)-, entre una miriada de etopeyas académicas de idéntico porte, las delineadas con tonos más refulgentes. M. Fraga Iribarne, Torcuato Fernández Miranda, Francisco Javier Conde, Salustiano del Campo, Julián Marías, Jesús Fueyo, Vicente Beltrán de Heredia, Felipe Lucena -la lista no es completa-, las de pintura menos esplendente aunque nunca en noir... Cuando el pulso narrativo de la obra desfallece -en particular, en sus tramos finales-y las repeticiones crecen con mayor exuberancia, estas pinturas de los principales actores de la vida pública e intelectual de la España de la segunda mitad del siglo XX mantienen la sugestión de la lectura de un libro que acaba en 1969 con una aguda anatomía y desvenamiento del tardofranquismo. Estamos seguros que Cervantes -cuya sombra amiga se recorta sobre muchos pasajes de los recuerdos de Morodo-se equivocará por una vez y las segundas partes serán todavía más fruitivas que las primeras. Y confiemos, igualmente, en que la andadura de entonces sea más serena y detenida, evitándose errores y desmañas como los que deturpan, ay, no pocas páginas de tan bello libro (V. gr. José Luis Comellas como experto colombinista (pág. 64); coincidencia en el mismo gabinete republicano de Giménez Fernández y José María Gil Robles (pág. 383); apoyo decidido del episcopado al nacimiento del partido Integrista en 1888 (pág. 433), el prelado orcelitano Irastorza como antifranquista (pág. 530); Canarias en vez de Guinea y Sidi Ifni como lugar de confinamiento de los monárquicos tras el fallido pronunciamiento de Sanjurjo en Sevilla en agosto de 1932 (pág. 597).-JOSÉ MANUEL CUENCA TORIBIO. Pazos Pazos, María Luisa J., El Ayuntamiento de la Ciudad de México en el siglo XVII: continuidad institucional y cambio social, Sevilla, Diputación de Sevilla, 1999, 442 págs. Fruto de una paciente investigación en el archivo del antiguo Ayuntamiento de la ciudad de México y en el sevillano Archivo General de Indias, completada con el estudio de la documentación de otros repertorios mexicanos y españoles, la Dra. Pazos ha escrito un notable análisis del funcionamiento de esta importante institución virreinal, centro neurálgico de la Nueva España. Editado en la excelente colección "Nuestra América", de la Diputación de Sevilla, se trata de un interesante estudio del cabildo mexicano durante el siglo XVII, concretamente hasta 1692, año en que se produjo un levantamiento popular que incendió diversos edificios y destruyó la antigua sede de la institución, que hoy conocemos arquitectónicamente gracias a diversas pinturas y, en su funcionamiento, merced a este notable trabajo. Las llamas de 1692 consumieron cientos de legajos en donde se registraba la actividad de la ciudad, por lo que este estudio, reuniendo la documentación más diversa, tiene el principal mérito de examinar y evaluar las diversas actividades de esta institución y sus cambios en la centuria, a pesar de la pérdida de gran parte de las actas de cabildo, principal mina de información en la que los historiadores basan sus trabajos. La autora, tras analizar los antecedentes de la institución y sus límites territoriales y jurisdiccionales, dedica el primer capítulo del libro a estudiar los cargos que formaban el concejo capitalino: corregidor, alguacil mayor, alférez real, alcaldes ordinarios, regidores y escribano mayor. El ayuntamiento reunía dos grandes actividades de la gestión pública. En primer lugar, administraba la capital virreinal mediante los regidores; en segundo lugar, impartía justicia -de primera instancia-mediante el corregidor, sus tenientes, los alcaldes ordinarios, el alcalde de la Santa Hermandad y los fieles ejecutores. El segundo capítulo analiza el gobierno y la administración de la ciudad, las elecciones anuales, el reparto de las tareas, el consumo de productos básicos, las calzadas, los empleos circunstanciales y las juntas del cabildo, en donde se tomaban las principales decisiones para el gobierno y la administración citadinas. La ciudad de México, levantada en 1325, fue refundada tras la conquista de las tropas cortesianas a partir de una traza reticular que diseñó el alarife Alonso García Bravo en 1552. Las almenas y torres de las primeras décadas, que daban a la ciudad un aire militar, fueron paulatinamente desapareciendo, levantándose a lo largo del siglo XVII numerosas iglesias, capillas y conventos que llenaron la ciudad de campanarios y cúpulas. Junto a ellas, las grandes mansiones y los palacios, construidos de tzontle y chiluca, daban a la ciudad un aire aristocrático que no pasó desapercibido para los viajeros. Sin embargo, estos ricos edificios compartían el espacio con otras construcciones más modestas que albergaban a una abigarrada población, lo que convertía a la famosa capital en un mundo de contrastes. El tercer capítulo del libro está dedicado a los recursos del ayuntamiento. Pazos enumera los diversos ingresos producidos por el arrendamiento de servicios públicos, desde el abasto de las carnicerías y el estanco de la nieve, hasta los cordobanes y las harinas. Todos ellos permitían sostener la actividad de la ciudad, si bien los ingresos económicos no fueron suficientes, por lo que la ciudad de México estuvo endeudada a lo largo de toda la centuria debido a dos gastos fundamentales: los derivados de las obras de desagüe y las cantidades impuestas por la Corona para sostener la Armada de Barlovento. Y ello a pesar de las recomendaciones del Consejo de Indias de eliminar esa deuda y de introducir la austeridad en sus gastos. Una de las constantes de la ciudad de México a lo largo del siglo es la lucha contra las aguas, que la rodean, la invaden y la amenazan en sus actividades y en su desarrollo. Gran parte de los caudales y de los esfuerzos de los funcionarios del Ayuntamiento se dirigieron a controlar esta amenaza, que se hizo patente con la "gran inundación" (1629-1638), que estudiase hace años Richard Everett Boyer en La gran inundación. Pero no menos esfuerzo tuvo que hacer el cabildo para mantener sus derechos y prerrogativas frente a otros funcionarios reales -principalmente virreyes y oidores de la Audiencia-y miembros del Consulado. También tuvo sus diferencias con las autoridades eclesiásticas y las órdenes religiosas, aunque menos sonadas y constantes que las diferencias con los virreyes. Pazos, la autonomía del Ayuntamiento "llegó al siglo XVII seriamenta afectada por la presencia de oficiales reales ajenos al cuerpo capitular", por lo que el Cabildo negoció para mantener fuera de sus decisiones a los citados funcionarios. El enfoque institucional de este trabajo queda completado -compensado-por el interés de la autora por la historia social y la prosopografía. Los dos últimos capítulos del libro están dedicados a los capitulares de la ciudad de México, desde sus linajes y matrimonios hasta sus actividades económicas. Concluye la autora que "la consanguinidad y lazos evidentes entre los capitulares en las primeras décadas del siglo XVII, fue desvaneciéndose entre los miembros del cuerpo capitular, a lo largo de esta centuria, no porque las familias criollas no continuaran con esta tendencia, que incluso se agudizó en el siglo XVIII, sino por la llegada de gente de diversos orígenes al Cabildo, sin lazos familiares ni relaciones especiales con la oligarquía criolla de la capital" (pág. 335). Pazos no olvida las actividades militares, prestamistas y censistas de estos regidores, así como los delitos de corrupción. Como arquetipo del funcionario, la autora se detiene en dos figuras de gran interés: Cristóbal de Molina y José Arias Maldonado. La solidez del estudio y la importancia del tema sitúan al libro en una posición privilegiada en la reciente historiografía colonial y mexicanista, pues ilumina numerosas cuestiones históricas del cada vez mejor conocido siglo XVII novohispano: funcionariado, vida cotidiana, historia política y social de la ciudad de México, funcionamiento de las elites y "microfísica del poder". Aunque no sean abordados de forma directa, los vecinos de la ciudad, la masa anónima de capitalinos, están presentes como un telón de fondo. Sus inquietudes y deseos se descubren en las asonadas y disputas que jalonan el siglo (1624, 1647 y 1692), aprovechando las pesquisas oficiales para presentar sus quejas y denunciar las corrupciones de sus autoridades. Sobresale una ciudad de México como urbe capital del virreinato, escenario de las principales ceremonias oficiales, ciudad de los desfiles, las procesiones y los castigos, pero también ciudad de tabernas (340 antes de 1629) y de rufianes. Sin embargo, no hay que olvidar la interacción de esta ciudad con sus contornos: una urbe que no tenía murallas, cuyos funcionarios cobraban en octubre, tras la recolección de las cosechas, y en permanente lucha contra las aguas, que hacían variar los límites del cabildo a tenor de las lluvias y las sequías. A finales del siglo XVII, el viajero italiano Juan Francisco Gemelli Carreri nos dejó la siguiente descripción: "La ciudad está fundada en un casi perfecto plano, al lado o, mejor dicho, en medio de la laguna, y así sus construcciones, por la poca firmeza del terrero, están medio sepultadas, a despecho de los habitantes, que procuran hacer bastante sólidos sus cimientos. Su figura es cuadrada y parece un tablero a causa de que sus calles son rectas y así mismo largas, bien empedradas, y están puestas hacia los cuatro vientos cardinales, por lo cual no solamente desde el centro, como Palermo desde su fortaleza, sino desde cualquiera otra parte se ve casi toda entera. Su circunferencia es de dos leguas, y de cerca de media su diámetro, pues casi forma un perfecto cuadrado. No tiene muros ni puertas. Se entra en ella por cinco calzadas o caminos terraplenados, y son los de La Piedad, San Antonio, Guadalupe, San Cosme y Chapultepec: el del Peñón, por donde entró Cortés cuando la conquistó, no existe ya" (Las cosas más considerables vistas en la Nueva España, México, Ediciones Xochitl, 1946, pág.42). En definitiva, el libro constituye un estudio notable para conocer el cabildo del siglo XVII, y será una base fundamental para construir la historia de la ciudad de México, pues viene a llenar un vacío historiográfico (entre el clásico libro de Guillermo Porras Muñoz, El gobierno de la Ciudad de México en el siglo XVI, México, 1982, y el de Jochen Meissner, Eine Elite im Umbruch. Der stadtrat von Mexico zwischen Kolonialer, 1761-1821, Stuttgart, 1993), que muchos especialistas creían insalvable por la dispersión y fragmentación de las fuentes.-SALVADOR BERNABÉU ALBERT.
En el artículo se abordan las sociabilidades intelectuales y las trayectorias de algunos de los personajes más destacados en estas esferas en la Buenos Aires del novecientos. El propósito central es reflexionar sobre el impacto que los profundos cambios económicos, sociales, políticos y culturales que se produjeron en la Argentina por entonces, entre ellos la profesionalización de las actividades intelectuales, tuvieron sobre el rol central que hasta el fin de siglo había ocupado la alta sociedad tradicional en el campo de la cultura. La hipótesis del artículo es que dichas mutaciones desdibujaron ese papel, y en consecuencia, pertenecer o estar vinculado a la elite tradicional pudo ser un capital relevante pero no ya decisivo para obtener éxito o reconocimiento en el mundo de la cultura. En el período extendido entre el último cuarto del siglo XIX y las tres primeras décadas del XX, la Argentina sufrió radicales transformaciones políticas, económicas, sociales y culturales, entre las cuales se destacan: la consolidación del Estado Nacional en 1880 y la reforma electoral de 1912 (que sancionó el sufragio secreto, universal y obligatorio para la población masculina adulta, nativa y nacionalizada), la definitiva integración al mercado mundial, la renovación del aparato productivo, comercial y financiero, y un boom exportador que provocó una expansión de la economía prác-ticamente ininterrumpida entre el novecientos y el estallido de la Guerra Mundial; la mutación de la sociedad originada por la movilidad social, el crecimiento demográfico y la renovación poblacional generada por una oleada inmigratoria sin parangones en el mundo en lo que hace a su peso relativo en la sociedad receptora. 1 El hecho de considerar la metamorfosis estructural como un abanico de procesos aceleradores de la modernización del país impidió que los investigadores -en pos de resaltar las rupturas con las etapas anteriores-advirtieran su relación con los sucesos precedentes, de los que, sin duda era continuadora. 2 Semejantes alteraciones impactaron en la estructura y en la dinámica sociales. Antes, la sociedad porteña había sido bastante permeable y poco estática. Así, entre los protagonistas de la vida nacional del novecientos se contaron individuos que procedían de diversas familias de tardía inserción en la sociedad local, fundadas por inmigrantes radicados durante el XIX, aunque previo al boom de fin de siglo. Un buen ejemplo es Carlos Pellegrini, argentino de primera generación, hijo de un ingeniero saboyano llegado a Buenos Aires en los años 1820, impulsor y presidente del principal club de la alta sociedad porteña del novecientos: el Jockey Club; y una figura central de la política nativa del cambio de siglo, como presidente de la nación entre 1890 y 1892 3. Aun así, los rasgos generales de la estructura social de los dos primeros tercios del siglo XIX previos a los cambios radicales de fin de siglo podrían representarse en los términos de lo que se ha dado en llamar una estratificación tradicional. Es decir, una masa relativamente indiferenciada de sectores populares, por un lado, y por otro, una minoría conformada por familias cuyos miembros, de orígenes diversos, gravitaban en los lugares decisorios de las diferentes dimensiones de la sociedad. 4 En cambio, al compás de las mutaciones mencionadas, se fueron delineando, poco a poco, campos con una mayor entidad propia, con lógicas y reglas específicas, 5 y en ellos, elites cuya composición fue más mixturada por efectos de las alteraciones en la población y de la movilidad social, y en las que el lugar de preeminencia resultó más bien de una consagración y de un reconocimiento obtenidos en la esfera de marras, antes que fruto del origen o de la extracción social. En consecuencia, el peso y la gravitación de la alta sociedad tradicional se atenuaron a lo largo de este período, en tanto que medró el protagonismo de sus integrantes en los espacios decisorios de la sociedad, si bien no se eclipsó de manera absoluta. 6 En este artículo ilustraremos este proceso haciendo foco en el mundo de la cultura, y más precisamente en las trayectorias y sociabilidades intelectuales. Vale precisar que entendemos la condición de intelectual en un sentido amplio: aquel que, si no vive de, sí al menos vive para las actividades intelectuales, 7 consideradas además como aquellas que agrupaban tanto a hombres de ciencia y académicos, como a individuos más bien volcados a las disciplinas literarias y artísticas. Estas concepciones se anclan, en buena medida, en los propios rasgos de la realidad: fue frecuente que una misma persona alternara entre todas estas actividades, mientras que, a la vez, la consolidación del mercado como esfera de consagración de la producción cultural y la misma profesionalización, tanto en el mundo académico como en el artístico y el literario -procesos que fueron cobrando forma a lo largo de estos años-hicieron posible, paulatinamente, que al "vivir para" se sumara el "vivir de". 8 Es importante también dejar en claro 4 Para un modelo de este tipo de estratificación social, véase Germani, Política y sociedad..., págs. 116-126. 5 Seguimos aquí la noción de "campo" planteada por Bourdieu, P,: "Campo intelectual y proyecto creador", en AAVV: Problemas del estructuralismo, Siglo XXI, México, 1967. 6 Nos permitimos remitir aquí a Losada, L.:"¿Oligarquía o elites? Estructura y composición de las clases altas de la ciudad de Buenos Aires entre 1880 y 1930", en HAHR (en prensa, publicación en febrero de 2007). 8 Con relación al ámbito académico, véase Buchbinder, P.: Historia de la Facultad de Filosofía y Letras, EUDEBA, Buenos Aires, 1997. Respecto del mundo de las letras, véase Sarlo, B. y Altamirano, C.:"La Argentina del centenario: campo intelectual, vida literaria y temas ideológicos", Ensayos argentinos. De Sarmiento a la vanguardia, CEAL, Buenos Aires, 1983. En el campo de las llamadas profesiones liberales, se destaca el trabajo sobre los médicos de González Leandri, R.: Curar, persuadir, gobernar. La construcción histórica de la profesión médica en Buenos Aires, 1852-1886, Consejo Superior de Investigaciones Científicas-Centro de Estudios Históricos, Madrid, 1999. LA ALTA SOCIEDAD EN LA BUENOS AIRES DEL CAMBIO DEL SIGLO XIX AL XX desde un principio que a lo largo de estas páginas haremos referencia a los individuos más cercanos al mundo literario y/o artístico que al académico o científico, y a las entidades y cenáculos más directamente vinculados con el terreno cultural que con el corporativo-profesional. Entonces, veremos cómo, mediante las características de las sociabilidades intelectuales y de las trayectorias de algunos de los personajes más destacados en estas esferas, se aprecia cómo se desvanece el rol central que hasta el fin de siglo había ocupado la alta sociedad tradicional y sobre ello, la progresiva consolidación de un campo intelectual dotado de una lógica propia o específica, ante lo cual pertenecer o estar vinculado a la elite tradicional podía ser un capital relevante, pero no ya decisivo para obtener éxito o reconocimiento en el mundo de la cultura. De esta manera, nuestro propósito es ofrecer una serie de lineamientos que ayuden a enriquecer la discusión sobre las características y los alcances de la profesionalización de las actividades intelectuales en la Buenos Aires del cambio de siglo, y, en un sentido más amplio, considerar algunas reflexiones que nos permitan evaluar el impacto de las transformaciones globales que recorrieron al conjunto de la sociedad a lo largo de dicho período. Las sociabilidades intelectuales en el fin de siglo Los cenáculos y los círculos intelectuales más destacados que aparecieron en la Buenos Aires del último cuarto del siglo XIX vinieron en buena medida a suplir la ausencia que el Estado acusaba por entonces en lo tocante al incentivo de las artes y de las ciencias -como lo subrayara más de uno en esos mismos años9 -y a ofrecer espacios de sociabilidad intelectual escasos en la Universidad de Buenos Aires, ganada por un sello orientado a la formación de profesionales liberales, antes que de científicos, académicos o investigadores (una característica duradera que sólo se vería parcialmente atenuada con la creación de la Facultad de Filosofía y Letras en 1896). 10 Esto permite entender que en los círculos intelectuales del fin de siglo convivieran quienes estaban más apegados a las actividades artísticas o literarias y aquellos más vinculados con el campo académico (aunque ambos perfiles distaran de ser mutuamente excluyentes), una convivencia que se reflejó incluso en los nombres de algunos cenáculos, como el Círculo Científico y Literario de los años setenta. 11 No obstante, el más importante fue el Ateneo de Buenos Aires, creado en 1892. 12 Esta entidad fue crucial porque estimuló las actividades literarias, plásticas y musicales e incluso alentó su profesionalización, al reunir a individuos vinculados con estas distintas disciplinas. Allí, por ejemplo, se propuso que los medios de prensa pagaran por sus colaboraciones, cuando por entonces sólo lo hacía el diario La Nación. 13 Otro organismo importante -sobre todo para las letras y la investigación histórica-fue la revista La Biblioteca, creada y dirigida por el francés Paul Groussac entre 1896 y 1898. La figura de Groussac devela que antes de la inmigración masiva del cambio de siglo, el espacio intelectual no estuvo completamente delimitado a los sectores sociales tradicionales, en buena medida a causa de la carencia de los recursos humanos necesarios para ocupar los lugares disponibles. En efecto, a lo largo del tercer cuarto del siglo XIX, Groussac -que había llegado al país en 1848-construyó una exitosa carrera iniciada en el campo educativo, cuando ingresó como profesor en el Colegio Nacional de la provincia de Tucumán en 1871donde residió durante once años, llegando a desempeñarse en su Dirección de Enseñanza-, y continuó luego, en 1883, ya en Buenos Aires como Director General de Enseñanza Secundaria. Fue entonces cuando se convirtió en el director de uno de los diarios más importantes de esa década: Sud América, hasta que fue designado al frente de la Biblioteca Nacional en 1885, cargo que ocuparía hasta su muerte en 1929 (donde creó la revista La Biblioteca). 14 Con todo, el carácter excepcional del hecho de que un extranjero alcanzara la autoridad intelectual que detentó Groussac revela que el panorama predominante era exactamente el opuesto 15. Así, por ejemplo, si se recuerda quiénes fueron los colaboradores del primer número de La Biblioteca, encontramos personajes tales como José María Ramos Mejía, Bartolomé Mitre, Miguel Cané y Rafael Obligado. 16 El Ateneo también reflejó la preeminencia de los sectores más tradicionales en las esferas intelectuales y en el mundo de la cultura de la Buenos Aires del fin de siglo. Entre sus fundadores se contaron figuras como Carlos Guido Spano, Lucio V. López, Miguel Cané, Ernesto Quesada, Lucio V. Mansilla, Calixto Oyuela o Enrique Larreta -entre otros-, todos ellos provenientes de familias de antigua raigambre en la ciudad. Desde ya, hubo discusiones entre estos intelectuales a pesar de compartir su origen social. Entre ellos, se destacó el concerniente a cuál debía ser la arista preeminente en la formación intelectual ante los desafíos que planteaban las radicales transformaciones de la sociedad: si la denominada cultura estética o, en cambio, la llamada cultura científica, una discusión, sin embargo, entablada sobre el denominador común del rechazo a la formación profesional imperante en la universidad. 17 Por otro lado, el disenso sobre el modelo de intelectual revelaba a su vez el diferente papel que estas ocupaciones tenían en cada trayectoria individual. Así, por ejemplo, para algunos (como Groussac), la insistencia en la necesidad de avanzar en la especialización de las letras y las humanidades era el corolario, en buena medida, haber construido su lugar en la sociedad gracias a ellas, mientras que para otros, provenientes de familias más tradicionales (como Miguel Cané, por ejemplo), las inclinaciones espirituales eran una forma de recortar su singularidad en la elite social a la que ya pertenecía por factores adscriptos, lo cual probablemente subyaciera al diletantismo que encarnó y defendió 18. Pero, por debajo de estos matices, la condición de intelectual era una forma de construir una identidad social distinguida, que servía como eje de diferenciación no sólo del resto de la sociedad sino también en el interior de las altas esferas. El carácter excepcional del hombre de ideas subyace a la extendida noción de concebirse como una "aristocracia intelectual", señala también las influencias de la época, en especial de autores franceses como Renan o Taine. Como le escribiera Groussac a Cané, "el odio al espíritu" era el "odio general por toda aristocracia". 19 Justamente, esta identificación recíproca anclada en una concepción de la superioridad de las inclinaciones intelectuales o espirituales -que al mismo tiempo fraguaba un reconocimiento de pertenencia mutua entre individuos de diferentes backgrounds, como los propios Cané y Groussac-se tejía por medio de las sociabilidades intelectuales, como lo marcaron los propios protagonistas: "Nos considerábamos iguales porque nos considerábamos superiores, y en nuestra categoría de soberanos, no cabían cuestiones de présence". 20 De esta manera, se distinguían del vulgo, pero también del "vulgo distinguido",21 siendo los cenáculos literarios, académicos y/o científicos los motores con los que se modelaban estas identidades. En consecuencia, si retrospectivamente los intelectuales y hombres de letras de la alta sociedad porteña pueden calificarse como gentlemen escritores, para apelar a una descripción que ilustra tanto su extracción social como su carácter aún poco profesional, vale subrayar dos puntos: por un lado, que a pesar del diletantismo preeminente, los gentlemen escritores fueron pioneros en desandar el largo y sinuoso camino conducente a la profesionalización del campo intelectual, a través de las entidades que crearon (como el Ateneo). Por otra parte, debe tenerse en cuenta que su cualidad de "escritores" servía como elemento distintivo dentro del grupo más amplio de gentlemen, con el que interactuaban en los clubes sociales distinguidos de la ciudad, como el Club del Progreso, el Círculo de Armas o el Jockey Club. Esto es, que pertenecieran a los círculos tradicionales de la ciudad no debería ocultar sus conflictos internos, en relación con las sensibilidades y con las aficiones culturales e intelectuales. 22 En efecto, el mundo de los intelectuales de la elite tradicional no se agotó en los espacios que congregaban a su grupo de origen como tal, es decir, a las sociabilidades de high life. Junto a los clubes distinguidos, estos individuos circularon y conformaron sociedades, dedicadas específicamente a las inquietudes e intereses culturales, corporativo-profesionales, etc., con las que forjaron una identidad de distinción en el entramado de sus pares sociales. Pero a la vez, los ámbitos intelectuales los contactaron con gente que provenía de una extracción social bien diferente, sobre todo a medida que la movilidad social y el impacto inmigratorio fueron cobrando importancia en la Buenos Aires del cambio de siglo. En el mundillo de escritores y de artistas, así como en la propia Universidad (UBA) comenzó a ingresar una creciente heterogeneidad desde los últimos años del XIX. La cantidad de alumnos de la UBA, por ejemplo, aumentó de forma significativa a lo largo del período: pasó de 963 estudiantes en 1889 a 4000 para principios de siglo, un crecimiento que no se debió sólo a las nuevas unidades académicas que fueron surgiendo (Filosofía y Letras en 1896; Agronomía y Veterinaria en 1909; Ciencias Económicas en 1913), sino también al que experimentaron las carreras más tradicionales como Derecho o Medicina. 23 22 Al respecto, véase Losada, L.: Distinción y legitimidad. Esplendor y ocaso de la elite social en la Buenos Aires de la belle époque, tesis de doctorado, UNCPBA, Tandil, Buenos Aires, 2005, cap. VII. La expresión gentleman escritores pertenece a Viñas, D.: Literatura argentina y realidad política, CEAL, Buenos Aires, 1982. Sobre los clubes sociales de este período, véase Edsall, T. M.: Elites, Oligarchs and Aristocrats: The Jockey Club of Buenos Aires and the Argentine Upper Classes, 1920-1940, Ph. Diss, Tulane University, 1999; Gálvez, L.: Club del Progreso. La sociedad, los hombres, las ideas. 23 Chiroleu, A.: "La reforma universitaria", en Falcón, R. (dir.): Nueva Historia Argentina, T. VI: Democracia, conflicto social y renovación de ideas, 1916-1930, Sudamericana, Buenos Aires, 2000, pág. 368. La recomposición social no se limitó al alumnado, también alcanzó al profesorado -sobre todo en Filosofía y Letras-; queda demostrado entonces que en Buenos Aires la reforma de 1918 fue más bien el emergente de una serie de mutaciones que fueron produciéndose desde los primeros años del siglo XX que el punto de partida de un proceso de renovación. 24 Por su parte, la revista Nosotros, un espacio central en el sendero orientado a la profesionalización de las letras, tuvo como uno de sus fundadores a Roberto Giusti, nacido en Luca, Italia, en 1887, y llegado a la Argentina en su infancia, en 1895. En sus memorias dejó pasajes elocuentes sobre la permeabilidad de la estructura social de la Buenos Aires de la época, del ascenso y de la renovación de la sociedad que sobre ella generó el fenómeno inmigratorio, e incluso de la ausencia -o al menos, de la debilidad-de las barreras interpuestas por los sectores tradicionales: "Han propalado una enorme mentira los que vociferaron que en la Argentina de ayer nadie podía estudiar ni llegar a ser algo sin poseer fortuna pecuniaria o apellido de alcurnia. Soy un ejemplo entre miles de los muchachos sin fortuna pecuniaria [...] a quienes nada ni nadie cerró el paso." 25 En otras palabras, las esferas intelectuales fueron exponentes nítidos de las transformaciones que sufrió la sociedad y las que posibilitaron que los integrantes de los círculos tradicionales y los hombres nuevos aparecidos al compás del boom inmigratorio comenzaran a tener una convivencia íntima o al menos, frecuente. En este sentido, cabe destacar que la tutela o el padrinazgo de los hombres de la high society fue por entonces un capital importante para tener éxito en estos terrenos o al menos para construir una carrera en la Buenos Aires del novecientos. De este modo, por ejemplo, la revista Nosotros contó con el mecenazgo de Rafael Obligado, uno de los máximos exponentes de la poesía gauchesca y miembro de una acendrada familia porteña. En cuanto a las trayectorias individuales, cabe mencionar el apoyo que otro escritor inmigrante, el español Francisco Grandmontagne (autor de uno de los clásicos de este período, Teodoro Foronda, que justamente lleva a la ficción las esperanzas de ascenso social a través de la educación universitaria), recibió de Miguel Cané. 26 También es ilustrativa la relación que vinculó a José María Ramos Mejía, uno de los intelectuales más importantes del cambio de siglo (autor de ensayos sociológicos claves de la época, como Rosas y su tiempo o Las multitudes argentinas), también proveniente de una tradicional familia porteña, con José Ingenieros, otro hijo de inmigrantes que ocuparía un lugar igualmente relevante en la intelectualidad de la belle époque. 27 En efecto, Ramos Mejía fue un padrino crucial en la carrera de Ingenieros al darle un lugar en el Departamento Nacional de Higiene cuando ocupó la presidencia de dicho organismo. 28 A su vez, su relación revela las lábiles fronteras que por entonces existían entre la cultura científica y la cultura estética. Ramos Mejía alternó con los jóvenes poetas modernistas -con quienes también se relacionaba Ingenieros-centrados alrededor del nicaragüense Rubén Darío -quien llegó a Buenos Aires en 1896-, gracias a que el bibliotecario del Departamento Nacional de Higiene, Eugenio Díaz Romero, era también el editor de El Mercurio de América, la revista del grupo modernista 29. En consecuencia, en una sociedad porosa, el mundo cultural no fue una excepción. Con todo, a pesar de la convivencia y de la mixtura crecientes, en los años del cambio de siglo, el papel central y la autoridad intelectual aún eran detentados por los hombres provenientes del alto mundo social porteño, o al menos aquellos que se habían insertado y familiarizado con él antes de las transformaciones estructurales aceleradas en la década de 1880. En el terreno de las letras, la unción de un Miguel Cané o de un Paul Groussac era una carta segura de reconocimiento, como lo revela la valoración dada a sus juicios positivos sobre la obra de algún intelectual, según se aprecia al reco-26 Véase al respecto, Saénz Hayes, Miguel Cané..., págs. 372-375. Las oportunidades abiertas por la educación para el ascenso y la respetabilidad, temas del citado libro de Grandmontagne, se recortan como un tópico reiterado en la literatura y el teatro de la época. El ejemplo más emblemático es F. LEANDRO LOSADA rrer su correspondencia privada. 30 Después de todo, Manuel Gálvez (sobre quien volveremos más adelante) y Roberto Giusti, que en sus memorias no dudan en presentarse como responsables sobresalientes de la afirmación del campo intelectual en la Buenos Aires del novecientos en tanto que impulsores de revistas como Ideas y Nosotros (respectivamente), reconocen también las moderadas rupturas que la acompañaron (coinciden en que las más sensibles llegaron con las "modernas" vanguardias de la década de 1920, centradas alrededor de publicaciones como Prisma, Proa y Martín Fierro). Una demostración cabal al respecto fue el artículo que Alberto Gerchunoff -literato de ascendencia judía, autor de una de las novelas clásicas de las letras argentinas de comienzos del siglo XX, Los gauchos judíos-escribió al morir Cané: "¡Al fin solos!". Además de ser definido retrospectivamente por Gálvez como una muestra de las irreverencias juveniles de su generación, es un indicio de la centralidad de los gentlemen escritores en el por entonces aún incipiente campo intelectual. 31 Sin embargo, su protagonismo se iría atenuando en el transcurso de las primeras décadas del siglo XX. En efecto, la paulatina profesionalización de las actividades intelectuales culminaría erosionando la relevancia de los vínculos con la elite porteña tradicional, al opacar el lugar de su mundo como espacio social clave para la construcción de éxito, prestigio y legitimidad. Al mismo tiempo la preponderancia de los intelectuales provenientes de aquel círculo social también fue menguando a medida que los inmigrantes se hacían notar y aumentaban en número. El mundo intelectual durante las primeras décadas del siglo XX Un somero repaso del vínculo que destacados intelectuales de los años 1910 (como Leopoldo Lugones, José Ingenieros o Ricardo Rojas) guardaron con la elite porteña tradicional nos muestra cómo fue merman-30 Con relación a Cané, véase AGN, S. VII, Fondo Cané, 2200. Con relación a Groussac, véase AGN, S. VII, Fondo Groussac, 3015. LA ALTA SOCIEDAD EN LA BUENOS AIRES DEL CAMBIO DEL SIGLO XIX AL XX do la relevancia de este sector en la dinámica del campo cultural y, en consecuencia, cómo se desdibujó la necesidad de pertenecer o ingresar a ella para obtener reputación intelectual. Los casos mencionados son justamente sugestivos porque sus vínculos con la alta sociedad, si bien no fueron nunca demasiado íntimos, sí reconocieron en un primer momento, en el comienzo de sus carreras, el favor de las cooptaciones "meritócráticas" que aquella operó durante la belle époque. 32 La trayectoria y los perfiles que José Ingenieros construyó de sí mismo como intelectual nos revelan de manera sugestiva el apogeo y el eclipse progresivo de la alta sociedad porteña como referencia en el campo cultural. La promoción de Ingenieros encontró una de sus cifras en las tutelas y mecenazgos del orden conservador, como lo demuestra su ya señalada relación con José María Ramos Mejía. En su caso, además, los vínculos anudados en las sociabilidades intelectuales le permitieron crear una genealogía de pertenencia a los círculos tradicionales de Buenos Aires, a él, que era un hijo de inmigrantes: "meditando sobre este sentimiento de repulsión hacia los ignorantes ensoberbecidos por el dinero o la política, he podido advertir que si a Ramos Mejía se lo contagió López, a mí me lo contagió Ramos Mejía". 33 La identificación tejida con los intelectuales provenientes de las familias tradicionales, construida sobre la base de una sensibilidad compartida derivada de su condición como intelectual, opacaba así las diferencias que existían entre López, Ramos Mejía e Ingenieros en lo referido a sus extracciones sociales. En otras palabras, si para aquellos que provenían de las familias tradicionales, las sociabilidades intelectuales sirvieron para forjar una noción de distinción inter pares, para quienes convivían con ellos en dichos cenáculos y poseían orígenes sociales "nuevos" éstas aparecían como espacios idóneos para trazar un lazo de pertenencia con la alta sociedad. En verdad, Ingenieros parece haber perseguido con afán, al menos hasta mediados de los años diez, el acceso al gran mundo porteño: trascender el vínculo meramente intelectual o profesional con integrantes de la high society para obtener una consideración como un par más propiamente social. Semejante interés devela, en este sentido, la centralidad que jugaba el círculo social del que provenían figuras como López y Ramos Mejía en la Argentina del novecientos. Así, en distintas evocaciones y sem-blanzas realizadas sobre Ingenieros, se lo describe casi como un advenedizo de origen inmigratorio: alguien que cambia su apellido para disimular su procedencia (Ingenieros por Ingegnieros); un personaje que viste de manera llamativa, antes que sutil; una personalidad cuyas aficiones, entre las que se destacaba la de hacer bromas pesadas, lo alejaban del clubman distinguido y mesurado en maneras y comportamientos. 34 Semejantes conductas obligan a pensar si, más que un supuesto afán de admisión, no había en ellas, en realidad, una forma de parodiar las prácticas imperantes en el gran mundo porteño, con el desdén propio que un aristócrata del espíritu demostraría por las cuestiones de présence. Desde ya, el interrogante sobre las motivaciones que latieron detrás de las conductas de Ingenieros probablemente nunca pueda responderse sino a través de la conjetura. Lo que sí vale resaltar es que su integración al alto mundo porteño distó de ser incompleta, y lejos estuvo de ser considerado como un simple perseguidor de reconocimiento. En sus páginas recién citadas, César Viale, figura relevante en espacios como el Jockey Club y el Círculo de Armas, señaló en sus recuerdos los almuerzos que Ingenieros ya no presidía en La Syringa (el núcleo modernista de Rubén Darío) sino en el Jockey Club. En palabras de Viale, en la alta sociedad se consideraba que "conocer y tratar a Ingenieros era un título en aquel tiempo." 35 Por lo tanto, más allá de su éxito o de sus motivaciones, la trayectoria de Ingenieros muestra que la elite porteña era, al menos hasta el ocaso de la belle époque de preguerra, un núcleo gravitante que contribuía a la edificación de prestigio personal, tanto como intelectual como, en un sentido amplio, más cabalmente social. Pero a la vez, las identidades y las referencias asumidas por Ingenieros también nos ilustran los recambios de legitimaciones producidos desde entonces. Así se advierte su perfil de la posguerra: sobresale su autoproclamado carácter de líder de la juventud, su adhesión al bolchevismo, la conjugación de ambas aristas en una perspectiva latinoamericana embanderada en la justicia social y sostenida en la nueva generación, como lo expresó el programa de la revista Renovación, que ideara e impulsara. 36 vez, se abre el campo a las presunciones para pensar por qué Ingenieros cambió tan sensiblemente su perfil como intelectual entre el comienzo del siglo y la posguerra. Se puede recurrir a los móviles atribuidos por Manuel Gálvez (sin dudas simplistas, y en los que también late cierta antipatía, que se intuye detrás de las declaraciones de afecto y de respeto): un Ingenieros despechado social y académicamente (esto último luego de que el presidente Roque Sáenz Peña vetara su nombramiento en una cátedra de la Facultad de Medicina) y que, frente a ello, luego de sus coqueteos con la alta sociedad y con la dirigencia política del conservadurismo, "regresó" a sus orígenes. 37 O, por otro lado, también se puede pensar en una búsqueda de mantener visibilidad intelectual, ante las recusaciones al positivismo que se sucedieron con el cambio en el clima de ideas de la posguerra -vale recordar que Ingenieros había sido uno de sus máximos exponentes en el pensamiento argentino del novecientos-, y en un terreno más concreto y personal, frente al revés académico sufrido al perder el decanato de la facultad de Filosofía y Letras en 1918. Todo ello, claro está, sin dejar de considerar sinceras sensibilidades e inquietudes. De todas maneras, en la segunda mitad de la década del ́10, Ingenieros construyó su lugar como intelectual desde un nuevo punto de vista que exponía los recambios sucedidos desde entonces, y las nuevas vías de consagración o de legitimidad a que podían apelarse en el ocaso del régimen conservador, de la democratización de la política y de la reforma universitaria de 1918. Lo interesante es que el Ingenieros "juvenilista" e izquierdista de la posguerra, tan alejado del positivista del novecientos que flirteara con el alto mundo porteño, dio pie para que de él se trazaran semblanzas recíprocamente antagónicas, en las cuales los rasgos que fueran objeto de descalificación de acuerdo con los parámetros de la alta sociedad adquieren apreciaciones positivas. Así sucede con el Ingenieros que evoca Roberto Giusti: el que si hubiera tenido riqueza, la habría volcado a su compromiso con la "cultura libre", expresada por lo demás en su empresa editorial, La Cultura Argentina; el guía espiritual de la juventud; el sabio dedicado al trabajo durante largas horas en las noches (tan aleja-do del ocioso diletante); pero también aquel que ya no aparece frecuentando el Jockey sino los almuerzos de la revista Nosotros, incluso el mismo que en esas oportunidades "solía elegir los platos simples y sustanciosos y desdeñaba las exquisiteces culinarias" 38. Fueren cuales fuesen sus motivaciones, entonces, el contraste entre el Ingenieros pre y post 1916 alumbra la importancia y luego el posterior ocaso de la significación de tomar como modelo la alta sociedad -o al menos en su mundo socio culturalpara construir una imagen reputada y respetable en la Buenos Aires de posguerra. Para Ricardo Rojas, en tanto, el favor de destacados personajes de la alta sociedad porteña, en su caso Pellegrini, había sido tan importante en los comienzos de su trayectoria intelectual como lo había sido el padrinazgo de Ramos Mejía para Ingenieros; 39 a pesar de sus diferentes orígenes sociales. Rojas, nacido en Tucumán, provenía de una de las familias políticamente más fuertes del Santiago del Estero de fin de siglo (su padre había sido gobernador de la provincia en 1880). Sin embargo, Rojas no tuvo un vínculo íntimo con el mundo social de la high society. Así, recién ingresó al Jockey Club en 1921, y como reconocimiento a la conferencia que allí dio sobre Pellegrini (el fundador del club), con motivo de la inauguración de la sala de la biblioteca de dicha entidad. En esa oportunidad, incluso, Rojas trazó un claro distanciamiento con la institución: "No pude convencer a los caballeros, que me honraban al solicitar mi palabra, sobre el desacierto de mi elección; y a ellos les fue muy fácil seducirme cuando invocaron las excepcionales circunstancias del acto a que asistimos." 40 Las aristas políticas de comienzos de los años veinte sin duda incidieron para que Rojas planteara esa sutil toma de distancia (concurrir más por respeto a la figura de Pellegrini que por la empatía con la institución que le había hecho el convite). Aun cuando en el Jockey convivieron conservadores y radicales (la gran división de la política argentina luego de la elección de Hipólito Yrigoyen en 1916, que puso fin a treinta y seis años de hegemonía de las elites conservadoras), los primeros predominaron sobre los segundos en sus cúpulas dirigentes durante la década del veinte (aún más, el Jockey fue ámbito de reunión y de preparación del golpe de Estado que depuso a Yrigoyen de su segunda presidencia, en 1930). 41 Rojas, en cambio, adhirió al radicalismo y a causas apoyadas por el presidente Yrigoyen. Fue así el autopostulado líder de la juventud durante la Reforma universitaria de 1918 (como lo plasmó en su Profesión de fe de la nueva generación, de 1923), el rector emblemático de la reformada Universidad de Buenos Aires de los años veinte y uno de los intelectuales más importantes de la época identificado con la Unión Cívica Radical. En última instancia, sus creencias políticas culminaron distanciándolo de la sociabilidad de la upper class: en 1936 se le solicitó la renuncia al Jockey alegando que no participaba de la vida de club, argumento detrás del cual parecía estar implícito, sin embargo, su compromiso con la causa radical y el encarcelamiento sufrido a causa de éste 42. Al igual que en el caso de Ingenieros (si bien desde posiciones políticamente más moderadas), las referencias y las identificaciones que Rojas asumió a partir de la segunda mitad de los años diez develan que la unción de la alta sociedad no era un capital necesario para obtener reconocimiento o prestigio, por efecto de que al compás de la democratización acelerada desde entonces, las instancias para conseguirlo se habían diversificado y ampliado (y en este sentido, incluso, la desacreditación de la high society podía ser un capital a favor antes que en contra). Pero más allá de esto, vale subrayar otro punto: si Rojas había encontrado en el mecenazgo de figuras de la alta sociedad y de la elite política del novecientos un sostén fundamental para construir su trayectoria como intelectual, la necesidad de ingresar más íntimamente a su mundo social no fue igualmente relevante. Antes bien, su admisión al Jockey Club en 1921, no fue un hito significativo en la edificación de su carrera, sino que tuvo lugar cuando ya era uno de los intelectuales de mayor peso de la Argentina, y cuando los posicionamientos que lo revalidaron como tal se anclaban en referencias claramente alejadas -por no decir contrapuestas-a las imperantes en una proporción mayoritaria de la alta sociedad. La trayectoria de Leopoldo Lugones, por su parte, otro de los más importantes intelectuales de la Argentina de las primeras décadas del siglo XX, y compañero de juventud de Ingenieros (en la revista La montaña), 41 Devoto, Nacionalismo, fascismo..., págs. 241-248. Sobre las tendencias políticas en el Jockey Club, Edsall, véase Elites..., págs. 103-126. 42 Agradezco nuevamente esta referencia al Sr. Roberto Müller. LEANDRO LOSADA refleja aún mejor el cambio que estamos analizando. A diferencia de Ingenieros y de Rojas, Lugones se destacó en el terreno de las letras antes que en el de la ciencia o el campo académico. A su vez, también en contraste con el autor de El hombre mediocre, provenía de una familia cordobesa de antigua raigambre en el país, aunque al mismo tiempo carente de la gravitación que había tenido la de Rojas. Por ello, las cooptaciones "meritocráticas" del orden conservador -en este caso, los vínculos que algunos de sus familiares tenían con el roquismo- 43 fueron también claves en su carrera, porque le permitieron ingresar al diario La Nación, el principal medio de prensa de Buenos Aires en el cambio de siglo. Su peculiar extracción social (provenir de una familia de abolengo sin fortuna) fue resaltada por un contemporáneo en ocasión de su encuentro con Roca en La Nación, al subrayarse su "tosquedad hidalga" 44. A pesar de estos juicios peyorativos, Lugones se dio a sí mismo un lugar autónomo de la elite tradicional, aun cuando -a diferencia de Rojas-coincidió o, mejor aún, pretendió ejercer cierto adoctrinamiento ideológico-político sobre este círculo social durante los años veinte. No obstante, sus vínculos nunca fueron más allá de lo intelectual, es decir, de ofrecer conferencias en los ámbitos de la sociabilidad distinguida o para el público selecto de la alta sociedad (como las que dio en el Teatro Odeón en los años diez, o ya en los veinte, en la Liga Patriótica o en el mismo Jockey Club, una entidad de la que nunca fue socio). Lo cierto es que fuera a causa de su peculiar origen social o del marcado individualismo que se ha subrayado como rasgo destacado de una personalidad, no existen testimonios claros que den cuenta de un interés por parte del poeta cordobés de codearse con la "canalla enguantada" que refiriera a Rubén Darío, de ingresar en ese universo más allá de los beneficios que pudiera reportarle en su carrera como intelectual 45. Como lo marca en la edición de sus conferencias del Odeón de 1913, célebres por consagrar al Martín Fierro como poema épico nacional y al gaucho como símbolo de la tradición argentina, guardó de presentar una relación de distancia, en la que a la vez resaltó que, antes que recibir una consagración de parte de su auditorio, él era el poeta "enunciador de verdades". 46 Por lo tanto, es atractivo pensar que Lugones muestra la paulatina marginalidad de la elite porteña en la construcción del prestigio o en la erosión de la figura del intelectual. Aun cuando varios momentos importantes de su trayectoria (como las citadas conferencias del Odeón de 1913) estuvieron relacionados con la consagración que ofrecía la "canalla" que dijera despreciar, su figura como intelectual y su lugar en el campo cultural y literario ya en los años veinte dependió más de su vínculo con la vanguardia de la revista Martín Fierro, esto es, de intelectuales y literatos en todo caso cercanos a la elite porteña, antes que con la elite porteña en su conjunto y como grupo social. 47 Manuel Gálvez -otro hombre de letras que había asomado hacia 1910, con la publicación de El diario de Gabriel Quiroga-representa otra modalidad de consagración que se abre en las primeras décadas del siglo XX: la obtenida a través del mercado. 48 En efecto, Gálvez ilustra cómo, poco a poco, el nombre literario ya no emergió exclusiva o incluso preponderantemente del reconocimiento dado "entre nos", apelando a la ilustrativa expresión con que Lucio V. Mansilla delimitaba el círculo de los potenciales lectores de sus causeries en los años 1880 49. Como el propio Gálvez lo remarca en reiterados pasajes de sus memorias, hacia 1910, el prestigio literario podía resultar del éxito en un mercado editorial que, gracias a la reducción del analfabetismo, la extensión social de la educación y la prosperidad material que amplió el horizonte de los consumos culturales entre los sectores populares de la Buenos Aires de comienzos del siglo XX, superaba ya las fronteras de los pares sociales. 50 A propósito, vale recordar que el vínculo de Gálvez con la alta sociedad porteña fue más estrecho que el de otros intelectuales provincianos destacados del Centenario, como Rojas o Lugones (aunque su procedencia estaba más próxima a la del primero que a la del segundo: Gálvez pertenecía a una familia políticamente gravitante de la provincia de Santa Fe). En efecto, a diferencia de aquéllos, concertó su matrimonio con la hija de una familia de dicho círculo social, la Bunge. 51 De esta manera, el caso de Gálvez muestra cómo la consagración intelectual en la Argentina de los años diez y veinte poco podía deber a un origen o a un vínculo íntimo con la alta sociedad porteña, sino, antes bien, encontrar uno de sus pilares en una instancia que superaba los límites de ese círculo social como consecuencia de las mutaciones socioeconómicas y culturales de la época: el mercado editorial. Pero, sin dudas, Ricardo Güiraldes es quien ilustra de manera más nítida la progresiva pérdida de peso de la alta sociedad como escenario decisivo en los arbitrajes que consagraban una reputación intelectual. Esto es así porque a diferencia de Ingenieros, Rojas, Lugones o el propio Gálvez, Güiraldes sí provenía de una familia decididamente perteneciente a la elite tradicional de Buenos Aires, propietaria de tierras en la pampa húmeda y en la que se contaban figuras destacadas de la política vernácula (como Manuel Güiraldes, socio fundador del Jockey Club, presidente de la Sociedad Rural e intendente de la ciudad de Buenos Aires entre 1908 y 1910). Y, en segundo lugar, porque su prestigio como hombre de letras no fue el resultado de su origen social o del laudo inter pares. Antes bien, éste emergió de su lugar en las disputas estéticas del campo cultural y del reconocimiento que su obra ganó en los espacios vanguardistas de la escena literaria porteña de los años veinte, que a la vez lo tuvieron como protagonista activo en publicaciones como las revistas Proa, y sobre todo, Martín Fierro. en las que obró, además, como mecenas financiero. En este sentido, resultaría erróneo señalar que la reputación intelectual de Güiraldes fue vertida por un círculo integrado por personas que podrían definirse, en sentido estricto, como sus pares sociales, pues la mayoría del grupo martinfierrista no provenía, como sí era el caso de Güiraldes, de la alta sociedad porteña. A pesar de estar integrado por destacados hombres de letras oriundos de familias tradicionales (como Oliverio Girondo, Eduardo Mallea o Jorge Luis Borges) y aun cuando esa extracción social permitiera trazar un gesto de diferenciación respecto de otros cenáculos literarios de los años veinte, ganados por una preeminencia de apellidos de origen inmigratorio (como el llamado grupo Boedo), el papel histórico y el status económico de las familias de los escritores mencionados de la revista Martín Fierro -a excepción de la de Girondo-poco podrían compararse con los de la de Güiraldes. 52 En este plano, el autor del Don Segundo Sombra tenía más puntos de contacto con los gentlemen escritores de la generación del ochenta que con sus compañeros martinfierristas: es decir, una procedencia social que, a la antigüedad familiar, le sumaba una trayectoria en los primeros planos de la vida nacional. En consecuencia, el prestigio literario de Güiraldes se fraguó en la otra esfera que, como el mercado, da cuenta de un mundo de la cultura ganado por disputas, instancias de consagración y sociabilidades propias y específicas: la aparición de las vanguardias. En este sentido, es la contracara de Gálvez, quien precisamente fue blanco recurrente de los ataques de la revista Martín Fierro. Pero detrás de este contrapunto, entonces, permanece el denominador común: Gálvez y Güiraldes, los dos intelectuales -de los referidos en estas líneas-más cercanos socialmente a la alta sociedad, fueron figuras destacadas de la escena cultural porteña de los años veinte no como resultado de una unción dada inter pares sino de la obtenida en esferas ajenas a la alta sociedad tradicional como grupo social, o al menos, indirectamente conectadas con ella (como el mercado o la vanguardia martinfierrista). En última instancia, debemos tener presente que las propias sociabilidades intelectuales y los ámbitos sociales de la high life comenzaron a bifurcarse en el transcurso de este período: si en el fin de siglo el club era un punto de encuentro para sostener tertulias o reuniones literarias o intelectuales, durante los primeros años del siglo XX los cafés céntricos de la ciudad (como el Aue's Keller, el Royal Keller, el Richmond o el Helvetia) comenzaron a reemplazarlo. Paralelamente, fue mutando el propio perfil del intelectual: el gentleman escritor, refinado y hombre de club, dejó su lugar a la bohemia porteña. 53 Estos cambios en las sociabilidades y en las identidades se conectaban con otro: aquel que tenía lugar en la extracción social de sus protagonistas. Esto es, con la presencia cada vez más elocuente, junto a aquellos que provenían de familias tradicionales, de quienes reconocían orígenes inmigratorios. Un camino que, anunciado por la revista Nosotros en el novecientos, ejemplificó de manera emblemática el denominado grupo Boedo (contracara de los martinfierristas) en los años veinte, en el que figuraron nombres tales como Castelnuovo, Mariani, Olivari o Barletta. En este trabajo, al mirar en perspectiva la evolución del campo cultural de Buenos Aires durante las últimas décadas del siglo XIX y las tres primeras del XX, nos ha interesado subrayar, más que los cambios que se producen en ese terreno específico, los reequilibrios sociales generales que iluminan. En este sentido, la recomposición que se produjo en el mundo intelectual -la creciente convivencia de individuos de familias tradicionales y de familias "nuevas"-fue un fenómeno sin dudas relevante pero también, en última instancia, esperable en una sociedad que cambió radicalmente como consecuencia de un fenómeno inmigratorio sin paralelos contemporáneos. Incluso, se podrían matizar estas contraposiciones, pues al comienzo y al final del período hubo figuras destacadas de una y de otra extracción, lo cual devela la porosidad característica de la sociedad porteña aún antes del boom inmigratorio. Aunque también es cierto, con relación a los hombres nuevos de uno y otro momento, que los mecanismos disponibles al comienzo para alcanzar un lugar de relevancia, de prestigio, o al menos de visibilidad, se fueron atenuando (como las cooptaciones en un principio forzosamente necesarias ante la carencia de recursos humanos en un país que requería avanzar en la institucionalización del Estado). Así, a medida que nos adentramos en el período, sus trayectorias adquirieron cada vez más los rasgos de una experiencia de ascenso social propiamente dicha (como se advierte si se compara la línea trazada que va de un Paul Groussac, pasando por un Roberto Giusti, a la de los hombres de Boedo). Precisamente, lo que nos resulta más sugestivo es que se devela la pérdida de gravitación en la dinámica de la sociedad de la "clase alta" o las "familias tradicionales" de Buenos Aires. Esta pérdida de relevancia, vale insistir, no radica tanto en el hecho de que sus integrantes hayan perdido el LA ALTA SOCIEDAD EN LA BUENOS AIRES DEL CAMBIO DEL SIGLO XIX AL XX patrimonio o la exclusividad sobre ese campo (pues, en última instancia y en sentido estricto, nunca la tuvieron durante este línea temporal), sino en el punto de que la superposición entre las sociabilidades de la alta sociedad y las sociabilidades intelectuales se fue diluyendo. Así, por ejemplo, si ingresar a un club de high life podía ser una estrategia importante en el fin de siglo para tener contacto con las figuras más gravitantes de la escena intelectual, ya no lo fue tanto a lo largo de las primeras décadas del XX. No necesariamente porque quienes frecuentaban los clubes distinguidos hubieran dejado de tener relevancia en el mapa cultural, sino porque había otras esferas ajenas al alto mundo social a través de las que se podía entablar contacto con ellos, o, directamente, desde las cuales edificar un derrotero propio. En efecto, la profesionalización del campo intelectual, la ampliación social y la reforma institucional de la universidad, la creciente gravitación del mercado como forma de consagración literaria y el surgimiento de nuevos espacios de inserción laboral, entre los que sobresalieron los medios de prensa que aparecieron a mediados de la década de 1910, como los diarios El Mundo o sobre todo Crítica -por donde pasearían sus plumas escritores de la talla de Roberto Arlt o el propio Borges-menos vinculados a las familias tradicionales de la ciudad (como sí lo estaban los grandes diarios de hasta ese entonces, como La Prensa o La Nación), 54 aparejaron novedosas formas de construcción de una carrera en el campo cultural y académico. En este contexto, entonces, el prestigio o el éxito podía seguir decidiéndose por individuos provenientes de la elite tradicional, e incluso su mecenazgo podía ser un capital socialmente útil, pero su centralidad en el terreno intelectual no se derivaba de su procedencia, sino del reconocimiento que gozaban en el propio campo intelectual. Y éste, a diferencia de lo característico de las últimas décadas del siglo XIX, ya tenía sus epicentros en cenáculos escasamente delimitados al "entre nos", o incluso eran ajenos a la sociabilidad distinguida, sin olvidar, claro está, el papel de instancias mucho más definidamente impersonales, emergentes de los acelerados cambios económicos y sociales que había atravesado la Argentina desde entonces, como el mercado. En este sentido, por lo tanto, el campo intelectual ofrece una buena lente para descomprimir una mirada aún 54 Véase Saítta, S.: Regueros de tinta. El diario Crítica en la década de 1920, Sudamericana, Buenos Aires, 1998; Saítta, S.: "El periodismo popular en los años veinte" y Rosa, C.: "La literatura argentina durante los gobiernos radicales", en Falcón, R. (dir.): Nueva Historia..., Sudamericana, Buenos Aires, 2000, t. LEANDRO LOSADA vigente como representación convencional de este período de la historia argentina: aquella que plantea que una reducida elite de ascendencia criolla retuvo las riendas de la sociedad a pesar de los cambios radicales que la sacudieron. Antes bien, el panorama es bien opuesto: la diversificación de la estructura y de la lógica de la sociedad que aquellos generaron desmontaron, poco a poco pero también de manera inexorable, el mundo de la alta sociedad como un ámbito necesario de ser frecuentado (o al cual ser admitido) para construir éxito y/ o prestigio social. Así, por ejemplo, el Centro Nacional de Ingenieros lo hizo en 1895 y el Colegio de Abogados
acogió, como viene haciendo en los últimos años, a antropólogos de varios países latinoamericanos en su VI Congreso de Antropología de Iberoamérica, que tuvo un gran interés para académicos, especialistas y alumnos de estudios afines a las Ciencias Sociales y Humanas y en especial a la Antropología social. Lo que se vio corroborado con la presencia de los casi 300 participantes, interesados especialmente por los aspectos antropológicos, metodológicos, literarios e históricos que se derivan de la Red Temática Docente de la cual el Director de este Congreso es también coordinador general en Salamanca, D. Ángel Espina Barrio. Con la misma se ha logrado establecer un importantísimo vínculo entre Colombia, Perú, México y España (Granada, Burgos, Salamanca), encaminado al apoyo docente en el nivel de postgrado pero también al intercambio de trabajos y naturalmente la ampliación de expectativas americanistas. Este año el Congreso tuvo fuerte apoyo institucional, destacando el otorgado por la Facultad de Ciencias sociales, el Instituto de Estudios de Iberoamérica y Portugal, el Servicio de Cursos Extraordinarios de la propia Universidad de Salamanca; asimismo la Consejería de Educación y Cultura de la Junta de Castilla y León, el Instituto de Estudios Zamoranos "Florian de Ocampo", la UNED de Zamora y las Diputaciones de Salamanca y Zamora. La reunión se desplazó hacia la capital zamorana el día 3 de mayo para realizar en la sede de la UNED una de las jornadas que estaba preparada para considerar las crónicas de personajes nacidos en esta provincia, como fray Toribio de Benavente "Motolinia", o para mostrar la tarea de especialistas actuales zamoranos. Las intervenciones mostraron el valor antropológico de las obras de los llamados cronistas de Indias, quienes, especialmente en el siglo XVI, dieron por primera vez cuenta de los pueblos, culturas y hombres americanos. El tratamiento de las crónicas también tocó los órdenes político, jurídico, educativo, arqueológico, religioso, literario, sociológico, etc. A continuación, incluimos un listado de las exposiciones y sus respectivas aportaciones: -José Antonio Fernández de Rota y Monter (U. de Durante el transcurso del encuentro se realizaron diversas actividades complementarias directamente relacionadas con la Antropología cultural especializada en Iberoamérica. De Brasil, recibimos al Director de la Revista Continente Multicultural, D. Mario Helio Gomes de Lima, de Pernambuco, que presentó el último número de la mencionada revista, lo que motivó también la confección de un número monográfico especial dedicado a España y realizado por varios de los investigadores citados en el Congreso, que aparecería con posterioridad. Asimismo, durante la inauguración, el día dos de mayo, se procedió a la presentación del tercer volu-men de la serie "Antropología en Castilla y León e Iberoamérica", editado por un grupo de investigadores castellano-leoneses del IIACYL. En éste se han compilado algunos trabajos e investigaciones relacionadas con la temática del V Congreso, "Fronteras", que giró alrededor de los conflictos transfronterizos y su impacto cultural especialmente en el ámbito interétnico e internacional. El prof. D. Héctor Molina Fuenzalida, de la Universidad Santiago de Chile, apoyado por la Embajada de ese país en Madrid estuvo trabajando, siempre ayudado por D. Ángel Espina Barrio, en la realización de la exposición MARRICHIÜEU que permitió tanto a los asistentes del Congreso como a los interesados, e incluso a los turistas de la ciudad, apreciar una muestra multimedia de la cultura mapuche, que contenía instrumentos musicales, trajes típicos, piezas artesanales, videograbaciones de fiestas y costumbres cotidianas, grabaciones musicales y documentos históricos reveladores de la influencia mapuche en la historia chilena. El mismo profesor, tras una exposición sobre las consideraciones etnomusicológicas en las crónicas de Indias, procedió al acto de clausura con una sentida actuación de música popular hispanoamericana. Anuario de Estudios Americanos
La Escuela de Estudios Hispano-Americanos (EEHA) de Sevilla, a lo largo de sus más de cincuenta años de dedicación a los estudios americanistas, ha venido apoyando la labor científica de todos aquellos profesores e investigadores que, para desarrollar su actividad, han debido permanecer en la ciudad hispalense. En este sentido, también la Residencia de la EEHA viene siendo desde hace tiempo un lugar de encuentro de muchos americanistas que acuden a su Biblioteca para consultar sus ricos fondos y los del Archivo General de Indias. Siendo un objetivo de la Escuela el decidido apoyo a la investigación de calidad que se realiza en los países americanos y europeos, tanto por jóvenes post-graduados como por parte de renombrados investigadores, se acuerda convocar dos becas de estancia en su Residencia por un tiempo de seis meses de duración y otras dos por tres meses. Las becas incluyen el alojamiento, corriendo por cuenta del becario los gastos del viaje a España y su manutención. Requisitos y condiciones generales Los candidatos deberán ser extranjeros no residentes en España, quienes para optar a la beca deberán presentar la siguiente documentación: a) Solicitud para participar en esta convocatoria, dirigida a la Sra. Directora de la EEHA, especificando el período de tiempo que solicita, considerándose también la posibilidad de conceder becas por períodos inferiores a los seis y tres meses antes mencionados. b) Currículum vitae, con mención expresa de dirección postal de contacto, teléfono, fax y correo electrónico. c) Carta de presentación, en su caso, del director de la tesis doctoral, del director del proyecto de investigación a desarrollar en Sevilla o de un investigador reconocido que avale la solicitud. d) Proyecto detallado (máximo de tres páginas) del trabajo de investigación sobre Iberoamérica o Filipinas a realizar en Sevilla, ya sea en materia de ciencias humanas o sociales. En el caso de investigadores de acreditada valía se considerará con preferencia a los candidatos que vayan a impartir en la Escuela, paralelamente a su labor investigadora, algún seminario o taller monográfico dirigido a jóvenes licenciados, en cuyo caso deberán presentar un programa del mismo. e) Los candidatos de países no hispanos deberán acreditar un buen conocimiento del idioma español. Se considerarán con preferencia las solicitudes de aquellos países en los que sus investigadores tengan especiales dificultades económicas para afrontar una estancia prolongada en Sevilla. El período de disfrute de las becas semestrales será de mediados de enero a mediados de julio, y el de las trimestrales de mediados de septiembre a mediados de diciembre. En el caso de peticiones de becas por períodos inferiores de tiempo, su disfrute siempre será dentro de las fechas anteriormente mencionadas. La resolución de la presente convocatoria se hará pública a partir del 15 de noviembre de 2001 para las becas del primer semestre de 2002 y a partir del 15 de mayo de 2002 para las becas del último trimestre de este año. Podrá declararse desierta alguna o la totalidad de las becas si los candidatos no acreditasen, a juicio del jurado, méritos suficientes. Festival de cine universitario de países andinos La UNESCO y el Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador invitan a todas las Universidades, Escuelas de Cine y Centros de Educación Superior de Argentina, Australia, Brasil, Canadá, Cuba, España, Francia, Holanda, México, Uruguay y Estados Unidos, a participar en el Primer Festival de Cine y Vídeo Universitario de los Países Andinos que se efectuará del 12 al 16 de Noviembre del 2001, en la Sede del Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Este Festival tendrá como objetivo fundamental propiciar un espacio de exhibición, intercambio y reflexión acerca de la producción audiovisual que realizan en sus respectivos países los estudiantes que se preparan como futuros profesionales en este campo o que tienen inquietudes e intereses al respecto. Podrán participar todos los estudiantes universitarios con trabajos realizados en los géneros documental y ficción, en la categoría de cortometrajes, en el soporte material de Vídeo VHS (NTSC), subtitulados en español en el caso de que hayan sido realizados en otro idioma y que tengan una duración máxima de 30 minutos. Los trabajos que se presenten de los países antes mencionados serán exhibidos en una Muestra sobre Cine Universitario como parte del Festival. Para cualquier información diríjanse a las siguientes direcciones: Oficina de la UNESCO en Quito: Teléfs. La Red de Cooperación Eurolatinoamericana (RECAL) A finales de febrero de 2001, la Red de Cooperación Eurolatinoamericana (RECAL) inauguró una página web que permite conocer sus actividades, servir de foro electrónico y, en general, promover las relaciones entre la Unión Europea y América Latina, particularmente en el ámbito de la reflexión y la investigación conjunta. La página de RECAL es una actividad del programa América Latina 2020 que recibe el apoyo económico de la Comisión Europea. AIETI (Madrid: www.aieti.es), uno de los miembros fundadores de RECAL, se encarga de la gestión de esta página, en colaboración estrecha con los otros centros fundadores, IIK (Hamburgo: www.rrz.uni-hamburg.de/IIK/) y CeSPI (Roma: www.cespi.org). Los miembros están en fase de ampliar la red a centros en otros países europeos y a América Latina. EL sitio de RECAL incluye información no sólo sobre las actividades de la red y de sus miembros, sino también documentos útiles para seguir las relaciones UE-América Latina, enlaces, etc. Próximamente se lanzará un boletín electrónico para llevar información a los suscriptores; para ello, sólo se requiere la dirección de correo electrónico en el sistio indicado del "homepage" de www.recalnet.org. Para contactar, escriba a: [EMAIL] V Taller Internacional "Problemas teóricos y prácticos de la historia regional y local" La Habana, Cuba, 22 al 24 de abril de 2002 El Instituto de Historia de Cuba, con el apoyo de la Asociación de Historiadores de América Latina y el Caribe (ADHILAC-Sección Cubana) se ha propuesto en esta oportunidad convocar a especialistas de la Historia Regional y Local, así como de las ciencias y disciplinas afines a ésta, a reflexionar y debatir sobre un conjunto de problemáticas, cuyos resultados contribuyan a la renovación y proyección futura de esta área del conoci- Anuario de Estudios Americanos miento y de la praxis social. Para ello se parte de la experiencia acumulada, sobre todo en los últimos lustros, tanto en Cuba como en el resto de la América Latina y el mundo, así como de los desafíos que implica para este tipo de especialidad la complejidad del mundo contemporáneo. Los debates se desarrollarán sobre la base del siguiente temario: 1.-La reconsideración del papel del sujeto histórico en sus múltiples expresiones en el plano regional y local. La biografía y la nueva biografía, género, familia, redes sociales y genealogía. 2.-Globalización y región: sus especificidades políticas, económicas y socioculturales. Límites, fronteras y articulaciones interregionales. 3.-Microhistoria e Historia Regional y Local: ¿escalas temáticas o territoriales?. Concepciones teóricas y metodológicas, aproximaciones y diferencias en sus respectivos campos temáticos. 4.-Historia ambiental y espacio regional. Transformaciones del medio, impacto ecológico, climatología. 5.-Procesos políticos regionales y locales. Sus particularidades y procedimientos de análisis. 6.-Las ciudades como problema histórico. Su dimensión interdisciplinaria.Ciudades y espacios regionales. 7.-Lo regional y local en la enseñanza de la Historia: Historia de la enseñanza de la Historia Regional y Local. Experiencias metodológicas en la enseñanza de ésta. 8.-Cultura, región y ciudad: etnicidad, migraciones, formas de sociabilidad e instituciones. 9.-Turismo e historia regional y local: experiencias, propuestas y perspectivas. 10.-Estudios particulares de regiones y localidades. El programa científico se desarrollará mediante conferencias centrales, mesas, paneles y ponencias individuales. La conformación de las mesas y paneles se realizará a propuestas de sus organizadores respectivos. Hasta el presente se están conformando tres de estas mesas y paneles sobre familia, ciudades portuarias, plagas y enfermedades, todas en el plano regional y local. Las personas interesadas en participar deberán remitir al Comité Organizador sus trabajos para ser evaluados, antes del 31 de enero del año 2002. Estos deberán enviarse en forma de resumen, no mayor de 300 palabras, vía fax o correo electrónico, conteniendo además los datos generales del autor y vía de localización, preferiblemente correo electrónico. En caso de ser aceptada la propuesta, se informará al interesado, con el objetivo de recibir la ponencia completa a más tardar el 10 de marzo del año 2002. Para cualquier aclaración, gestión o trámite dirigirse a: Dr. Hernán Venegas Delgado. Presidente de la Comisión Organizadora. Directora de Relaciones Internacionales y Divulgación Instituto de Historia de Cuba, Antiguo Palacio de Aldama. Amistad n.o 510, entre Reina y Estrella. Simposio "El Cambio Cultural en el México del siglo XVI" El Institut fuer Religionswissenschaft (Instituto de la Ciencia de la Religión) de la Universidad de Viena organiza en colaboración con el Instituto de Historia un simposio sobre el cambio cultural después de la Conquista. Ponentes de México, los EU y Europa discutirán los diferentes aspectos de las transformaciones culturales, sociales, políticas y religiosas de la época colonial. En el encuentro confluirán perspectivas comparativas e interdisciplinarias y se considerarán sugerencias provenientes de la semiótica intercultural, de la etnohistoria, de la ciencia, de la religión y de los Cultural Studies. Un enfoque especial del simposio será el análisis de los códices coloniales como documentos del cambio cultural. Sin embargo, se aceptan también ponencias basadas en otras fuentes. Para correspondencia e información diríjanse a: Dr. Hans Gerald Hoedl, [EMAIL] IX Congreso Latinoamericano sobre Religión y Etnicidad. "La religión en el nuevo milenio. Una mirada desde los Andes" ALER (Asociación Latinoamericana para el Estudio de la Religión) fue fundada en 1990 en la ciudad de México, en el marco del III Congreso Latinoamericano sobre Religión y Etnicidad, y agrupa a conocidos docentes Anuario de Estudios Americanos e investigadores sobre el fenómeno religioso que proceden sobre todo de América Latina, aunque algunos son de Europa y de otros países de América. ALER organiza congresos cada dos años. El tema general del IX Congreso es "La religión en el nuevo milenio", lo que entraña hacer cierto inventario religioso del país y de la región al inicio del tercer milenio e invita a plantear y analizar cualquier tema del comportamiento religioso latinoamericano, por ser el IX Congreso, como todos los congresos de ALER, un foro abierto para los estudiosos de la religión en América Latina. Sin embargo, dado que es el primer congreso de ALER que se realiza en el Perú, el IX Congreso será un lugar especial de encuentro para los andinistas que estudian el fenómeno religioso y por eso el subtítulo del IX Congreso es "Una mirada desde los Andes". Este congreso funcionará, como es usual, a base de varios simposios temáticos que agrupan las ponencias sobre un mismo tema. Se invita a los estudiosos a proponer simposios temáticos a partir de estos diez grandes apartados, que tratan de recoger los temas y preguntas más importantes sobre la religión latinoamericana y que son los siguientes: -Teoría, enfoques y métodos de la religión. -Las dimensiones del hecho religioso. -La evangelización de América Latina. -La herencia de la evangelización: el catolicismo popular. -Catolicismo sincrético y religión andina. -El complejo mundo evangélico. -Viejas y nuevas religiones autóctonas. -Viejas y nuevas religiones orientales. La fecha límite para proponer un tema de simposio es el 31 de enero de 2002, y de las ponencias depende de las condiciones señaladas por cada director de simposio. Catalina Romero y Manuel M. Marzal, Pontificia Universidad Católica del Perú, Avenida Universitaria, cuadra 18, San Miguel, Lima, PERU. Correos electrónicos: [EMAIL] y [EMAIL] Secretaría permanente de ALER: Dr. Elio Masferrer, Colonia Copilco-Universidad, edif. 51.° Congreso Internacional de Americanistas. International Congress of Americanists, "Repensando las Américas en los umbrales del siglo XXI" Santiago, Chile, 14-18 de julio de 2003 Estos grandes eventos académicos obedecen a la inquietud intelectual y cultural de miles de estudiosos de las Américas por el conocimiento y la comprensión de los problemas americanos de todo orden temático. La tradición de los Congresos Americanistas se remonta más allá de un siglo, hacia 1875, cuando tuvo lugar la primera reunión en la ciudad de Nancy, Francia. Mediante esta primera circular, los Organizadores y los Patrocinadores del 51.o Congreso Internacional de Americanistas extienden la más cordial invitación a participar en este evento académico a celebrarse en la Universidad de Chile, una de las más antiguas universidades americanas cuyos orígenes se remontan al año 1580. Los congresos de americanistas han tenido como característica reunir a investigadores interesados en pensar el pasado, presente y futuro de este continente, en simposios disciplinarios o multidisciplinarios de acuerdo a la naturaleza de los temas propuestos. El 51.° ICA desea conservar esta característica amplia y abierta a las innovaciones de estos Congresos y aprovechar esta oportunidad para otorgar un impulso al desarrollo de las humanidades y ciencias sociales vinculadas a la americanística en el cono sur del continente. Los simposios deberán abordar temáticas de gran relevancia académica y claramente formuladas y ser foros de reunión de especialistas procedentes de diversos países y centros académicos. Entre otras cuestiones deberá tenerse en cuenta que: la fecha tope de proponer y/o inscribir un N OT I C I A S Anuario de Estudios Americanos simposio es el 31 de diciembre de 2001. Un simposio no deberá tener menos de dos (2) y más de tres (3) coordinadores (de preferencia de países y continentes distintos). Por razones prácticas se sugiere realizar los simposios en uno de los tres siguientes idiomas americanos: español, ingles y portugués; obviamente, en casos de necesidad, en un simposio pueden ser usados como idiomas de trabajo dos de ellos o los tres. La aceptación de los simposios estará a cargo de la Comisión Académica del 51.o ICA. El cuadro definitivo de los simposios del 51.o ICA se dará a conocer en el primer semestre de 2002. Por otra parte, las propuestas de ponencias deben dirigirse directamente a las coordinaciones de simposios para su aprobación e inclusión en el programa del simposio y del Congreso; la ponencia debe ser presentada en uno de los tres idiomas sugeridos. Un participante puede presentar, como máximo, dos ponencias en un mismo o en dos simposios diferentes. La fecha límite de la aceptación de la ponencia la definen las coordinaciones de simposios; no obstante, por razones operativas del Congreso la misma no puede pasar del 31 de diciembre de 2002. En otro caso no se incluirá en el Programa Oficial del Congreso. Las inscripciones al 51.o ICA y todo tipo de correspondencia relativa al Congreso deben dirigirse a: 51.o ICA -Universidad de Chile. Contacto: Alberto Vieira, [EMAIL] y albvieira@ madinfo.pt, y http://www.ceha-madeira.net (página CEHA). -II Coloquio Internacional de Historia Social "Azúcar y esclavitud en el Caribe: el final del trabajo forzado". Dirección del coloquio: Vicent Sanz, Departamento de Historia, Geografía y Arte, Campus de Borriol. -VIII Congreso Internacional de Historia Regional. Para el registro de participaciones, informes, aclaración de dudas y comentarios, contactar con Ricar-Departamento de Antropología y Sociología Universidad de Caldas, Carrera 23 n.o 58-65, 3.a planta. Correo electrónico: [EMAIL] (Beatriz Nates) y sgalindob. multi.net.co (Stella Galindo). -Entre el 29 de octubre y 2 de noviembre de 2001 tendrá lugar en ciudad de Antigua Guatemala, Sacatepequez, República de Guatemala, el XXIII Congreso de la Asociación Latinoamericana de Sociología (ALAS), bajo la temática central: "América Latina: entre la globalización subdesarrollo y la emergencia de nuevas alternativas. Los urgentes desafíos del pensamiento crítico latinoamericano". Contacto: Eduardo Aquevedo, correo electrónico: [EMAIL] -Con motivo de haber transcurrido diez años de la promulgación de la constitución política colombiana de 1991, el seminario denominado "La nación multicultural, el primer decenio de la constitución incluyente" se realizará entre los días 6 y 10 de noviembre de 2001 y estará dividido en dos partes: un ciclo de conferencias a cargo de especialistas en el Caribe (6 y 7 de noviembre) en la sede de San Andrés y Providencia de la Universidad y un simposio en la sede de Bogotá (8-10 de noviembre). Toda la correspondencia deberá enviarse a: [EMAIL] y [EMAIL]; o a la siguiente dirección: Ces, Carrera 50, núms. -II Jornadas interdisciplinarias de estudios agrarios y agroindustriales. Facultad de Ciencias Económicas, UBA, Buenos Aires, 7-9 de noviembre de 2001. Contacto: Eduardo Azcuy Ameghino, PIEA piea@ interlink.com.ar -III Coloquio Internacional "Las independencias de América Latina". El Coloquio tratará de incorporar las más recientes investigaciones de algunos de los más reputados especialistas europeos sobre las independencias de América Latina. Para más información: [EMAIL] http://web.usal.es/ ~quino/america/independencia/independencia.htm. El simposio pretende analizar, desde una metodología interdisciplinar, las manifestaciones artísticas y la problemática histórica de uno de los aspectos consustanciales en cualquier construcción de un Estado nacional como es la invención de un panteón de Héroes. Los trabajos han de agru- Fondo de Cultura Económica rio
evolución del Chile colonial ha sido analizada desde numerosas perspectivas historiográficas. Menos conocido es, sin embargo, el impacto que tuvo esta zona de frontera con Arauco en las colonias trasandinas, en el actual territorio argentino, durante el siglo XVII. En efecto, el establecimiento de un ejército profesional en esta periferia austral del imperio español en Indias impulsó cambios en Mendoza, Córdoba y finalmente Buenos Aires que se relacionan fundamentalmente (aunque no exclusivamente) con el abastecimiento de las tropas. Este trabajo analiza las redes mercantiles dentro de las que operaron los principales comerciantes del siglo XVII de Santiago, Mendoza, Córdoba y Buenos Aires en relación con el ejército real establecido en la frontera del sur de Chile. Se describe, por una parte, cómo estos mercaderes operaron en las cuatro colonias de la periferia austral del Virreinato del Perú y, por otra parte, se verifica que un importante volumen de sus negocios se relaciona con el flujo de recursos materiales y humanos desde Cuyo, Tucumán, Río de la Plata e incluso Paraguay hacia los mercados chilenos. 5 Las redes basadas en el parentesco han permitido varias interpretaciones de la historia colonial hispanoamericana. Los autores reconstruyen las redes en cada colonia (intra-redes) y redes con otras colonias (inter-redes); ver, por ejemplo, A partir de principios del siglo XVII, una parte importante de las redes mercantiles de la periferia sur del Virreinato del Perú se relaciona con el establecimiento de un ejército profesional en Chile. A fines de 1598 y principios de 1599 los araucanos iniciaron una masiva rebelión contra los españoles que fueron derrotados en Curalaba. Esto obligó al abandono de los asentamientos hispanos en Arauco y a que la Corona implementase medidas inusuales para la defensa de estos territorios. 1 El Consejo de Indias 1 Las consecuencias de esta medida han sido especificadas en mi artículo, "La articulación de Buenos Aires a la frontera sur del Imperio español, 1640-1740", Anuario IEHS, 13, Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires, Tandil, 1998, págs. 193-214. Para una descripción detallada, ver mi disertación doctoral "The Southern Frontier of the Spanish Empire, 1598-1740", defendida en la University of Ottawa, Canadá. Mi mayor gratitud es hacia el doctor Jacques Barbier por su apoyo y dedicación durante mis estudios de postgrado. La School of Graduate Studies and Research de esa universidad y el Gobierno de Ontario contribuyeron financieramente. Dos becas de investigación postdoctoral en Estados Unidos me permitieron la consulta de valiosas colecciones especiales: la beca María Elena Cassiet en la John Carter Brown Library, Providence, Rhode Island, y la beca Newberry Library Short-term Fellowship, en la Newberry Library de Chicago, Illinois. estimó conveniente el aviamiento y transporte de 1.500 hombres y el 19 de junio de 1600 insistió en que se exigiera al Consejo de Hacienda conseguir los 100.000 ducados necesarios para enviar 1.200 hombres al ejército chileno. 2 Finalmente, las tropas salieron de Lisboa hacia el Río de la Plata con la esperanza de pacificar la frontera con Arauco en poco tiempo. 3 Pero nunca ocurrió, de modo que más allá del efecto en la esfera militar que tuvo el establecimiento de un ejército profesional en los confines de Indias, el económico fue el impacto más duradero ya que las comunidades cercanas fueron las encargadas de su abastecimiento, creciendo así el comercio regional e interregional, estimulado por la llegada (irregular) del situado que incluía prendas de vestir y elementos para la guerra. A principios del siglo XVII algunas fuentes señalan las dificultades para mantener la disciplina porque el situado llegaba irregularmente. Santiago de Tesillo, por ejemplo aseguró que "los soldados andaban descalzos y sin ropas porque se las jugaban" como forma de conseguir recursos debido a la falta de pagos por sus servicios. Y en 1656 el gobernador Pedro Porter Casanate volvió a confirmar que en el presidio de Valdivia los soldados se iban con los indios para poder comer, ya que no se recibía el situado regularmente. Tales dificultades no impidieron, sin embargo, que el situado fuese una base del crédito y del comercio para esta zona de Indias, según los análisis de Te Paske y Klein. 4 Las redes mercantiles que se analizan en este trabajo se vinculan con el abastecimiento de ese ejército en la frontera con Arauco. El estudio de las redes tanto familiares como mercantiles es ya un tema tradicional en la historiografía colonial hispanoamericana, y en este análisis, tales redes explican el efectivo flujo de recursos por extensas y desoladas rutas de la 2 "Informe del Consejo de Indias sobre la urgencia de enviar socorros a Chile, 19 de junio de 1600", en Medina, José Toribio, ed.: Colección de Documentos para la Historia de Chile. 3 Según el gobernador Francisco Quiñones (1599-1600), unos mil soldados bien armados, que trajeran sus cabalgaduras y pagados a razón de 12 pesos corrientes de a 9 reales permitirían concluir la guerra en tres años; en "Relación del Estado del Reino", en Medina, ed.: Colección de Documentos..., tomo V, pág. 276. 4 Santiago de Tesillo: Epítome chileno. Porter Casanate, Pedro: "Relación de los Felizes Successos Que Ha Dado Dios A las Reales Armas del Rey, Nuestro Señor en el Reino de Chile, desde el primero dia de enero de 1656", Madrid, 1656, foja 11, JCBL. Anuario de Estudios Americanos periferia austral del Virreinato del Perú. 5 Se especifica la situación en Arauco para contextualizar las redes mercantiles que surgieron, se mantuvieron y modificaron a lo largo del siglo XVII siguiendo la evolución de esta frontera. 6 Finalmente, esta investigación aporta tanto a los estudios de frontera como a los referidos al siglo XVII que dejan de lado la tradicional perspectiva historiográfica concentrada en la circulación de bienes y servicios en el eje Buenos Aires-Córdoba-Potosí. Presión sobre los recursos por la instalación del ejército real en Arauco La presencia de un ejército de unas aproximadamente 2.000 plazas en promedio para el siglo XVII afectó a los recursos humanos y materiales disponibles en Chile, al crear un mercado consumidor alimentado por el situado que irregularmente llegaba desde Lima. Según un estudio, Chile consumía dos tercios de todos los pagos efectuados por el situado de la Caja de Lima durante el período colonial. 8 Podemos imaginar las consecuencias que esto tuvo en una economía periférica con el siguiente dato: según su propio informe, el virrey marqués de Guadalcázar (1622-1629) envió 3.215.073 pesos a Chile durante su mandato en concepto de once situados. 9 Destinado a solucionar el conflicto con los araucanos por medio de su sometimiento y control por parte del ejército profesional, el situado sin embargo contribuyó a mantener la frontera estabilizada, pero nunca pacificada completamente como para que fuese posible suprimir, o al menos reducir, los gastos de guerra. Las autoridades reales muy pronto comprendieron que las ventajas económicas de recibir un situado eran un obstáculo Revista de Indias, LVI:208, 1996, págs. 659-695; Ruiz-Esquide, Andrea: Los indios amigos en la frontera araucana. Santiago, 1993; León Solís, Leonardo: "Maloqueros, tráfico ganadero y violencia en las fronteras de Buenos Aires y Chile, 1700-1800", Jahburch fur Geschichte von Staat, Wirtschaft, und Gesellschaft Lateinamerikas, 26, 1989, págs. 37-83; Villalobos, Sergio, y Pinto, Jorge: Araucania. Temas de historia fronteriza. 7 Como ejemplos de esta perspectiva se encuentran los estudios de Garavaglia, Juan Carlos: Mercado interno y economía colonial. Córdoba, 1965; y "Potosí y el crecimiento en Córdoba en los siglos XVI y XVII", Universidad Nacional de Córdoba, ed.: Homenaje al Dr. Ceferino Garzón Maceda. Albuquerque, 1993; Matas de López, Sara: "Articulación regional y mercado interno. Salta en la segunda mitad del siglo XVIII", Cuadernos de Historia Regional, 14, Universidad Nacional de Luján, Buenos Aires, 1989, págs. 42-61; y Palomeque, Silvia: "Intercambios mercantiles y participación indígena en la Puna de Jujuy a fines del período colonial", Andes, 6, Universidad Nacional de Salta, 1994, págs. 13-48. 9 Newberry Library (en adelante, NL), "Relación del estado en que el Marqués de Guadalcázar deja el gobierno del Perú al señor Virrey Conde de Chichón", en Beltrán, Ricardo, y Razpide, ed.: Colección de las Memorias o Relaciones que escribieron los Virreyes del Peru acerca del estado en que dejaban las cosas generales del Reino. MARGARITA GASCÓN para la pacificación de Arauco. Pero, subrayaba, había alrededor de 1.500 soldados, insinuando así que alguien se quedaba con la diferencia. "Me dicen que es porque se pagan deudas atrasadas, pero yo no les creo", concluyó el virrey. 10 En otra oportunidad advirtió que siempre habría oposición a la guerra defensiva si esto implicaba una reducción en el situado: "(...) y estoy cierto que han de representar a V. E. grandes miedos y peligros nacidos de esta reformación, y tengo por cierto que proceden más del sentimiento de que vaya este dinero menos, que de tener subsistencia ni fundamento cuanto dijeren".11 Cuando el gobernador Laso de la Vega (1629-1639) pidió duplicar el situado y traer 2.000 hombres de España por Buenos Aires, el virrey informó que aun con 4.000 hombres y el doble de situado no había seguridad de acabar la guerra en cinco años, como se prometía.12 Otros denunciaron esta situación, como el padre Luis de Valdivia, para quien la guerra defensiva en Arauco nunca prosperaría porque significaba estrangular el beneficio del situado. 13 Además de los beneficios posibles que dejaría el irregular situado en la economía local, la presencia del ejército real en Arauco benefició a la élite de Santiago en otras tres formas: 1) con la exención de los deberes militares asociados al beneficio de tener una encomienda; 2) con la creación de un mercado consumidor alternativo al peruano; y 3) con la ampliación de las redes comerciales con las colonias de la vertiente oriental de los Andes. Antes de desarrollar los puntos 2 y 3 que constituyen el tema específico de este trabajo, se advierte que en el primer caso los encomenderos quedaron relevados de las obligaciones militares, pero los miembros de la élite de Santiago no perdieron por ello el acceso a la mano de obra indígena. Al contrario, la situación de frontera militar permitió seguir capturando indios de guerra y esclavizarlos -primera y principal causa para muchos observadores del estado de rebeldía de los nativos-, o pedir encomiendas como retribución por servicios militares. Tan tarde como 1669, Juan Alfonso Velázquez de Covarrubias recibió las encomiendas de Guanacache y Terlumba en Cuyo, confirmadas por el Rey en 1674. El motivo para recibir una encomienda de huarpes fue que había servido en Arauco. El ejemplo puede ser extremo e inusual por lo tardío y porque a partir de 1641, con la política de los parlamentos, los enfrentamientos con araucanos rebeldes habían disminuido, de modo que recibir una encomienda por servicios militares en Arauco hubiese sido más adecuado para un soldado del siglo XVI antes que para uno del último tercio del siglo XVII. Con respecto a los puntos 2 y 3, el aprovisionamiento de las tropas afectó la distribución y el consumo de los recursos materiales del Valle Central. Desde la revuelta araucana de 1598-1599, Santiago era la única colonia de la región con cierta capacidad económica y demográfica como para atender a las necesidades materiales del ejército. En efecto, los asentamientos españoles al sur de Santiago no podían hacerse cargo de las demandas del ejército. Concepción se empobreció y sufrió los terremotos de 1657 y 1687; Valdivia fue abandonada hasta que en 1645 se la fortificó tras el ataque holandés, y tanto Imperial como Villa Rica se despoblaron. 14 Debido a que el norte de Chile es un desierto extremo, y a que el sur se había perdido después de la insurrección araucana, los colonos de Santiago se vieron forzados a explotar intensamente los recursos disponibles en la estrecha franja fértil del Valle Central. 15 Con la instalación del ejército se agravó la disponibilidad de recursos tales como ganado porque, según las fuentes, el ejército requería un mínimo de 5.000 cabezas de vacuno anualmente, así que era imprescindible importarlas desde las provincias trasandinas, en el actual territorio argentino. En el MARGARITA GASCÓN contexto de la economía peruana para el siglo XVII, estos datos confirman las conclusiones de numerosos estudios sobre la diversificación de las actividades productivas, que se fueron ampliando a partir de la minería y del comercio trasatlántico del siglo XVI. En Chile, a principios de la conquista, las minas de oro desde La Serena en el norte hasta Osorno y Valdivia en el sur ocupaban el primer lugar en la economía chilena. Pero a principios del XVII, sin embargo, ante el creciente agotamiento de los depósitos de fácil aprovechamiento, se hizo todavía más evidente la necesidad de iniciar una explotación sistemática de otros recursos, especialmente del ganado ya que permitiría la exportación de sebo y cueros a los mercados del Perú. 16 Hacia mediados de siglo XVII el ejército consumía 8.000 vacas anualmente por lo cual se compraron 30.000 vacas que se arrearon desde las pampas argentinas para las estancias reales en Catentota. 18 El ejército profesional había llegado a Chile a mediados de la primera década del siglo XVII. Lo conducía Antonio de Mosquera y se lo conoce como la expedición de "Los Mil Hombres", a pesar de que su número no superó los 600. Causas de su Duración, medios para su fin: exemplicado en el govierno de don Francisco Lasso de la Vega". 19 Antonio de Mosquera envió a su hermano Luis a España para que consiguiese una autorización para reclutar 1.000 hombres y hacer la guerra "a sangre y fuego", pero cuando Luis llegó a Portobelo "el Virrey le ordenó que con su gente bolviesse a España en guarda del Tesoro Real y plata de particulares, que llevaba el general Alvaro Flores de Quiñones", (JCBL, Aguirre, Miguel: Población de Valdivia. La mayoría de los hombres de Mosquera era de origen portugués. Según esta fuente, en 1600 una compañía entera de portugueses al mando del capitán Francisco Rodríguez del Manzano fue enviada a Arauco por el gobernador de Buenos Aires; (NL, Alejandro Fuenzalida: La evolución social de Chile, 1541-1810. Tomo LVII, 2, 2000 Alonso de Sotomayor: una ruta por tierra desde Buenos Aires a Córdoba y desde allí a Santiago vía Mendoza. 20 La expedición de Sotomayor no había planeado trasladarse por una ruta terrestre, pero debido al mal estado de salud de sus hombres decidió evitar la azarosa navegación del Estrecho de Magallanes. 21 Hubo otra expedición antes de la de Mosquera que transitó también la ruta de Sotomayor con hombres y recursos para la guerra en Chile. 22 Según una carta al rey del propio Sotomayor, esta ruta permitiría llevar caballos del Paraguay hacia Chile donde sus costos eran exorbitantes. A principios de la conquista el precio de un caballo era de 2.000 pesos en oro, pero había bajado a 150 en la primera década del siglo XVII, aunque seguía siendo un costo elevado porque en Córdoba, mientras tanto, su precio difícilmente superaba los 30 pesos. 23 Para los encomenderos de Santiago, la presencia de las tropas profesionales fue un alivio en cuanto a la defensa armada de la región, aunque su abastecimiento provocó luchas por el acceso y distribución de los recursos naturales del Valle Central. A partir de 1620 el Cabildo fue la arena de discusión de las políticas de importación y del precio de ganado en pie requerido tanto para el alimento de las tropas como para exportar cuero y sebo al Perú. Comerciantes y gobernadores acordaban en el Cabildo de Santiago los cupos y precios del ganado que provenía de las regiones trasandinas. Las actas del Cabildo de Santiago testimonian que eran discusiones arduas porque, mientras los gobernadores reclamaban abundante canti-dad de ganado al mejor precio posible para mantener satisfechas a las tropas, los comerciantes exigían cupos restringidos para que no se deprimiese el precio final y de este modo obtener mayores ganancias al exportar sebo y cueros. Para reducir el conflicto, entre las reformas militares que propuso el gobernador Alonso de Rivera en 1605 estaba el establecimiento de estancias reales pobladas con ganado. 24 Rivera, cuya relación con una parte de la élite de Santiago nunca fue óptima, trató de desprender al ejército del abastecimiento que pasaba por los mandatos del Cabildo, y por lo tanto, por las decisiones de los principales comerciantes. 25 No fue posible, sin embargo, abastecer completamente a las tropas con el ganado de las estancias reales, en gran medida porque el abastecimiento era una alternativa económica interesante aunque se ganaba menos que en el mercado peruano. No obstante sabemos que Jerónimo Bahamonde de Guzmán vendió 200 vacas al ejército a ese precio en 1648.26 Dos décadas más tarde, el gobernador propuso pagar 20 reales, pero solamente consiguió por ese precio unas 5.400 vacas de las 9.000 que había solicitado, posiblemente debido a que los comerciantes no encontraron del todo apetecible el precio ofrecido por el asiento. 27 Pero otra parte, sin embargo, el asiento daba la seguridad de cualquier monopolio. Además (y esto era quizás lo más interesante) era una pantalla protectora para importar ganado sin respetar los cupos que establecía el Cabildo de Santiago. El mejor ejemplo lo brinda uno de los miembros de la red de los Toro Mazote. El capitán Gabriel de Toro Mazote compraba yerba mate que llegaba desde el Paraguay y esclavos en Córdoba y poseía tierras en el Valle del Aconcagua, donde el ganado importado desde el este reponía calorías inmediatamente después del cruce de los Andes. Su apoderado en Córdoba era el capitán Francisco Vera Mújica, de acuerdo a un protocolo de 1657. Gabriel también contaba con las tierras de sus parientes Francisco y Luis de Chirinos en Mendoza, quienes eran sus apoderados para cobrar deudas. En 1678 Luis de Chirinos gozaba de una encomienda de nueve indios (cifra relativamente elevada para Mendoza), figuraba como alcalde en 1681 y registró una veta de plata en la mina de Uspallata. 28 Un acta del Cabildo de Santiago de 1664 muestra que los cabildantes recelaban de las importaciones de Gabriel Toro Mazote. Entre sus actividades del día, los cabildantes agendaron el cobrar el tercio de las vacas llegadas desde Mendoza, la capital del Corregimiento de Cuyo, antes de que fueran llevadas a los potreros de Gabriel, donde podía continuar con sus transacciones sin la molesta vigilancia del Cabildo. 29 En 1679 Gabriel era el mayor importador de ganado en Santiago y el ser dueño de potreros en Aconcagua, un punto vital en el cruce de los Andes por el paso de Uspallata-Juncal, le otorgó la posibilidad de imponer una suerte de tributo a los demás importadores que pasaban su ganado por esa ruta. Su conducta desembocó en una agria disputa que estalló en el Cabildo de Santiago en 1679. El Cabildo protestó ante la Real Audiencia que desde "tiempo inmemorial era el paso franco para todos", siendo de este modo el proceder de Gabriel del Toro un acto arbitrario e injusto. Peor para el Cabildo fue cuando en 1680 Gabriel consiguió el asiento de ganado para Arauco que lo autorizaba a ingresar 6.000 cabezas de ganado por año desde Cuyo durante los siguientes dos años. Gabriel podría ahora prácticamente regular el mercado o por lo menos, influir en casi todos los segmentos de la ganadería comercial en Chile. El resto de los miembros de la élite lo sabía y se sintió amenazado, así que la acusación en el Cabildo fue que Gabriel importaba 10.000 cabezas de ganado, el doble de lo que el ejército necesitaba, según los cabildantes, una prueba de que manipulaba el precio del ganado en el mercado de Santiago. Gabriel argumentó que necesitaba importar tantos animales porque debía compensar las bajas ocasionadas por el cruce de la cordillera. El Cabildo presionó al gobernador y hostigó a Gabriel para que abandonase el asiento, pero en vano. Andrés del Toro, pariente de Gabriel. Si Galindo respondía a los mandatos del Cabildo, controlaría los movimientos de Gabriel y de otros importadores de ganado al mercado de Santiago que cruzasen los Andes por ese paso. Es interesante que el propio Galindo participara del negocio ganadero, según consta en el acta del 15 de junio de 1684. Redes inter-regionales: fines del siglo XVI y primera mitad del siglo XVII La apertura de la ruta de Sotomayor, desde Buenos Aires a Santiago, fue el cambio más importante de principios del siglo XVII en esta región austral, poco poblada y con escasas posibilidades de progreso material. La Capitanía General de Chile a principios del siglo XVII, según un informe, tenía "ocho ciudades pobres y poco pobladas". Efectivamente, la capital contaba con no más de unas 200 casas, Mendoza con 32 y San Luis solamente con casi una docena. 32 La ruta de Sotomayor fue utilizada como quería la Corona, esto es, para facilitar el abastecimiento de las tropas en Arauco. Entre los recursos que transitaron la ruta de Sotomayor en 1608 están 200 indios del Paraguay que fueron enviados a servir como soldados en Arauco. La presencia de estos nativos explica el tránsito de tabaco y yerba mate del Paraguay hacia el sur de Chile, durante el resto del siglo XVII. Quienes mejor aprovecharon esta demanda fueron los jesuitas porque optimizaron las licencias reales, provocando celos en los mercaderes laicos. Los mendocinos se quejaban porque los padres, argumentando que las cargas iban para sus colegios y misiones, evadían impuestos y por lo tanto podían vender estas mercancías, a través de terceros, a un precio inferior. En 1696 la presión de los comerciantes logró abrir una investigación porque se acusó al rector del convento de Mendoza de haber recibido 240 arrobas de yerba mate desde Paraguay, con el encargo de enviárselas al provincial de Santiago, Pablo de Aguilar, quien a su vez enviaría el cargamento al de Lima a cambio de ropa y esclavos para sus colegios y misiones. Sin embargo, las autoridades fue-31 Actas del Cabildo de Santiago, tomos XIX y XX. Tomo LVII, 2, 2000 ron advertidas de que parte de la yerba y tabaco, aparentemente en tránsito, era vendida localmente, a través de una esclava del mismo convento, claro que sin pagar los impuestos correspondientes. El rector de Mendoza, padre José Carrión, se limitó a declarar que "no se han vendido más géneros que los que tenemos de cosecha y la yerba y tabaco que por el vino y aguardiente nos traen de las provincias del Tucumán y Río de la Plata. Estas se venden mientras hay, y todo el tiempo: vino, aguardiente, velas, jabón y pan. Se venden en aposento donde vive una negra". 33 La circulación de bienes y servicios por la ruta de Sotomayor abrió posibilidades comerciales para colonias pequeñas y periféricas como Mendoza. Fundada en 1561 como parte de la Capitanía General de Chile, desde 1551 había servido como proveedora de mano de obra, indios huarpes, llevados a trabajar a Santiago. 34 La región había sido visitada en 1551 por Francisco de Villagra cuando, desde el Alto Perú y Tucumán, llevaba 185 soldados, armas y caballos para la guerra en Chile. 35 Una década después de su fundación, en 1574, se autorizó en Córdoba a un grupo de exploradores comandados por Alonso de la Cámara para que buscasen abrir un camino entre Córdoba y Mendoza que permitiese el tránsito de carretas. Alonso en persona se dedicó a aprovechar comercialmente la ruta Córdoba-Mendoza. 36 Pero en general, Mendoza carecía de atractivos para la radicación de españoles así que permaneció despoblada prácticamente hasta la tercera década del siglo XVII. Fue entonces cuando la posesión de tierras para potreros de engorde en el Valle de Uco y Xaurúa, unos 100 kilómetros hacia el sur de la ciudad de Mendoza, comenzó a tener valor económico. Un período húmedo favoreció la existencia de potreros de engorde justo cuando el mercado chileno demandaba vacunos. 37 Facilitaba además la ocupación de Uco y Xaurúa por parte de españoles el hecho de que las tierras estaban vacantes, porque la mayoría de los nativos había sido llevada a Santiago, muerto por enfermedades, o simplemente huido para evitar tra- MARGARITA GASCÓN bajar para los españoles. 38 La importancia económica de poseer potreros en Uco y Xaurúa se debe a la necesidad de engordarlo antes del cruce de los Andes por el paso de Piuquenes o Tupungato. Si la cordillera se cerraba temprano, en abril o mayo, era necesario arrendar potreros para la invernada. Francisco de Larrinaga en 1609 arrendó la estancia El Cepillo en Xaurúa para que pastasen 8.500 vacas "hasta que el gobernador disponga de dichas vacas", en tránsito para el ejército en Arauco. 39 Entre los casos de los primeros propietarios en el Valle de Uco y Xaurúa figura el capitán Gregorio de Puebla, quien llegó a Chile en 1601 y recibió 500 cuadras (1 cuadra=125 metros=1,57 has) en Uco como pago por sus servicios en 1607, aunque en 1605 ya estaba radicado en Mendoza y figuraba como productor de trigo. Alonso de Rivera le donó más tierras, aumentando así sus propiedades. 40 En 1618 el secretario de cámara Bartolomé Maldonado se sumó a la nómina de los primeros propietarios en Uco. Obtuvo parte de las tierras denominadas "Gelante", solicitadas en merced con el argumento de que tenía "indios en la provincia de Cuyo y para ponerlos en estancia necesitaba 2.500 cuadras de tierra". Tres años más tarde Maldonado dio un poder a los capitanes Alonso de Cepeda y Juan de Amaro para que tomasen la posesión de estas tierras que, en 1632, pasaron a la Compañía de Jesús por un trueque y "gracia y donación pura, perfecta e irrevocable" de 130 cuadras que los padres tenían en La Riquinua. 41 Uno no puede dejar de preguntarse qué pasó mientras tanto con los indios que supuestamente Maldonado había radicado en esa estancia. Hacia la tercera década del siglo XVII la propiedad de la tierra en esta región registraba cambios importantes. El capitán Juan de Amaro vendió en 1625 su vasta propiedad en Xaurúa a Jacinto Videla de Guevara, quien habría sido el primero en utilizar intensamente estas 4.000 cuadras para engorde de vacunos. En 1622 una orden real prohibió seguir extrayendo huarpes de Mendoza; aunque nadie la respetó. Tres años más tarde, el obispo Francisco de Salcedo intervino con una amenaza de excomunión, que tampoco dio resultado positivo. Para el socorro de los huarpes que se quedaban en Santiago, la iglesia fundó la capilla de Anuario de Estudios Americanos haberlo afectado ya que arrendaba indios huarpes cuyo trabajo pagaba con mercancías. 46 Otro de los propietarios de potreros en Uco y Xaurúa fue el capitán Pedro Moyano, exportador de ganado a Santiago, quien cerró en 1653, junto con su hermano Antonio, un contrato con el gobernador Antonio de Acuña (1650-1656) por el cual vendían 4.000 cabezas de ganado por un total de 14.000 pesos para el ejército de Arauco. 47 Durante la segunda mitad del siglo XVII siguieron siendo propietarios de potreros, que arrendaban para el engorde de ganado proveniente de Buenos Aires con destino final en Santiago. 48 Resulta paradójico, sin embargo, que mientras la ganadería de engorde se expandía en Mendoza, los pobres urbanos sufriesen de carestía de carne. La situación llegó a tal punto que el Cabildo debió exigir a los principales ganaderos (denominados los "cuatro señores del ganado") que vendieran parte de su ganado en el mercado local para el abastecimiento de los sectores de escasos recursos. 49 La ruta de Sotomayor también le permitió a Mendoza comerciar en los mercados de Buenos Aires y Córdoba. Podía enviar vinos y frutas secas y, a su vez, comprar ganado. En 1602 Francisco de Urbina y otros vecinos ya habían sido autorizados a descubrir un camino que uniese Mendoza con el puerto de Buenos Aires para ubicar la producción de vinos. Los primeros en aprovechar la coyuntura favorable fueron el capitán Antonio de Videla, lugarteniente de corregidor, y el capitán Antonio Moyano Cornejo, quien gozaba de una encomienda en Mendoza, pero que por entonces vivía en Santiago. Antonio fue propietario de carretas y bueyes y contaba con las conexiones de sus cuñados en Córdoba, donde vendía trigo, jabón y velas. Enviaba vinos a Buenos Aires y fue quien estableció una posta en Rodeo del Medio en Mendoza, en la ruta de carretas que llevaban vinos, frutas y cereales hacia Córdoba y Buenos Aires, donde se compraban los productos demandados por los mercados de Santiago y Arauco. 50 Por su parte, la ciudad de Córdoba fue el nudo central de la ruta de Sotomayor y punto de redistribución de esclavos hacia el norte y hacia el oeste. 51 Las redes mercantiles que habían traficado principalmente esclavos, se fueron adaptando a lo largo del XVII para satisfacer también las demandas de otras mercaderías. Tan pronto como Sotomayor completó la ruta Buenos Aires-Santiago, los cordobeses enviaron al influyente comerciante Ruy de Sosa a Lima para asegurarle a Córdoba la venta de esclavos en Santiago. El argumento era que el aumento de esclavos permitiría abastecer Santiago de mano de obra, ya que aquella ciudad carecía de encomiendas a partir de la insurrección de los araucanos. 52 Ruy de Sosa personalmente organizó una compañía en asociación con otro cordobés, Simón Duarte. La compañía con base en Santiago era para criar ovejas y mulas, según dijeron, pero más bien les serviría para traficar esclavos. 53 Hubo otras sociedades similares, como la que existió entre el capitán Gaspar de Quevedo, ex-alcalde de Buenos Aires, con el encomendero mendocino, Juan Ortiz de Urbina, quien no residía en Mendoza sino en Santiago. 54 En el circuito mercantil Córdoba-Santiago vía Mendoza figuraba el capitán Bartolomé de Rojas y Puebla, quien vivía en Santiago, pero mantenía conexiones familiares con Mendoza. Su primo Gregorio fue regidor en Mendoza al mismo tiempo que Bartolomé traficaba en la región. 55 También aparece el canciller perpetuo Alonso del Pozo y Silva, encomendero en Cuyo, terrateniente en Puangue y tesorero de la Santa Cruzada. 56 Compraba esclavos y otras mercancías en Córdoba, donde tenía tratos comerciales con Tristán de Tejada, un estanciero con propiedades en Córdoba y Buenos Aires. A principios del siglo XVII Tejada era probablemente el comerciante más próspero de Córdoba. Comerciaba esclavos, vinos, textiles, mulas y vacas, según protocolos notariales. 57 Su red mercantil incluía a Juan Pozo y Silva en Buenos Aires, terrateniente y célebre contrabandista del siglo XVII. Es importante notar que la Corona conocía estos tratos y, en consecuencia, tenía fundados motivos para impedir que miembros de la alta burocracia colonial se involucrasen en asociaciones mercantiles como las anteriores, pero abundan los testimonios documentales del fracaso para implementar las diversas ordenanzas destinadas a combatir la corrupción. Son conocidas las actividades de los contrabandistas Juan de Vergara y Simón Valdés en Buenos Aires en el siglo XVII. La conexión en Córdoba era Simón Duarte. Cuando se "desterró" a Vergara, su destino fue Mendoza. Pareciera que el mismo Vergara hubiese elegido el lugar y el momento ya que, por entonces, otro negrero que operaba en Lima, Manuel de Cardoso, se había instalado en Mendoza.Vergara habría sido un excelente asesor y conexión con Córdoba y con Buenos Aires; podría incluso haber sido su socio. En Mendoza, ambos estaban protegidos por sus vínculos con la familia Carvajal y Saravia, algunos de cuyos miembros ocupaban cargos en Santiago. 58 Un caso exitoso de comerciante y funcionario es el del capitán Pedro Ome Pesoa, nacido en Chile en 1593, de padre portugués. Fue uno de los pocos oficiales que consiguió un permiso para viajar al Paraguay a comprar ganado para el ejército. Posiblemente no necesitó viajar tan lejos para cumplir con el contrato ya que era pariente de dos familias de importadores de ganado en Chile: los Toro y los Illanes. Andrés Illanes de Quiroga figura como propietario de ganado y, a su vez, tenía vínculos con Cuyo por ser yerno del general Manuel Fernández Romo. 59 Además, Pedro tenía una propiedad con ganado en Uco. Ocupó el cargo de corregidor y justicia mayor, lugarteniente del capitán general de Cuyo entre 1628 y 1631, año en que Laso de la Vega le concedió una gran extensión de tierra en Chile. Sus servicios además le permitieron pedir una merced en Buenos Aires, donde continuó con sus actividades mercantiles y políticas, pues fue alcalde (1636-1640) y teniente de gobernador de Santa Fe. En el Río de la Plata se casó con Isabel de Figueroa, la rica viuda de Melchor de Maciel, y en segundas nupcias con la no menos adinerada Catalina de Melo. Disponibilidad de recursos naturales y adecuación de las redes mercantiles A principios del siglo XVII el ganado caballar fue el recurso natural imprescindible para la guerra en Arauco; y para bajar los costos, como vimos, se propuso importarlos desde Paraguay a través de la ruta de Sotomayor. El primer arreo llegó a Chile durante el gobierno de Alonso García Ramón (1605-1610), con una demora de más de dos años. El encargado de la operación fue el capitán Pedro Martínez de Zavala, quien también traía armas (21 arcabuces, 477 hojas de espada, 475 guarniciones y 468 pomos de espada), que habían sido importadas por Mosquera varios años antes. Martínez de Zavala había prometido que conseguiría 1.000 caballos, y atribuyó la demora a que había enfermado en Córdoba, donde contaba con numerosas relaciones ya que fue lugarteniente de gobernador en 1602. Llegaron a Chile solamente 158 caballos que, según informes del ejército, no sirvieron para las acciones bélicas. La importación, en cambio, favoreció a los involucrados en la compra y arreo de los animales, quienes finalmente fueron enjuiciados durante el gobierno de Juan de la Jaraque- MARGARITA GASCÓN mada (1611-1612). 61 A pesar de esta mala experiencia, Jaraquemada insistió en que importar animales del Paraguay era imperioso porque los chilenos se negaban a criar caballos para evitar su robo por parte de los nativos y las requisas por parte del ejército. 62 De forma similar, la demanda de ganado vacuno para las tropas fue constante porque Arauco nunca pudo salir de su situación de consumidor. Esto por dos motivos. Primero, porque incluso algunos militares se beneficiaban con su abastecimiento, así que las estancias reales languidecían por el abandono y negligencia de los oficiales-comerciantes. Segundo, porque los malones impedían la acumulación de ganado en las estancias reales. Cuando Laso de la Vega llegó a Chile, el jefe araucano Butapichún había destruido 30 haciendas y robado más de 2.000 caballos. El gobernador comenzó por importar aproximadamente 12.000 cabezas de vacuno desde Buenos Aires para repoblar las estancias reales. El 17 de junio de 1631 Laso de la Vega comisionó al capitán Juan Bernardo Jaramillo para esa tarea. 63 El 31 de enero de 1653 los Moyano Cornejo fueron los beneficiarios del contrato para abastecer al ejército, pero cuando iban a llevarlo a Santiago, entraron en conflicto con el corregidor de Mendoza, Martín de Maguna, quien no les permitió extraer indios para ayudar durante el cruce de la cordillera. El arreo sólo pudo dejar la ciudad de Mendoza en abril y sufrió una tormenta de nieve en la cordillera, muriendo gran cantidad de ganado y algunos peones. En el juicio se reveló que el celo de Maguna nada tenía que ver con proteger a los escasos huarpes todavía radicados en Mendoza, sino con intereses personales, ya que reservaba a esos nativos para que acompañaran sus propias carretas y las de sus favorecidos cuando estas caravanas salieran hacia las provincias de Tucumán y Río de la Plata. Aparentemente el corregidor no tuvo inconvenientes, porque dos años más tarde repitió su comportamiento cuando impidió extraer indios para ayudar en el arreo de Pedro Moyano Cornejo, quien nuevamente tenía un contrato para llevar ganado al ejército en Chile. 64 Es menos conocido debido a la falta de fuentes documentales, pero igualmente interesante, el que los indios también aprovecharon las necesidades del ejército para generar sus propias redes y realizar intercambios. Desafortunadamente, las fuentes son fragmentarias, pero hay, sin embargo, una realidad irrefutable y es que la crónica escasez de ganado -que se verifica en los pedidos de los gobernadores al Cabildo de Santiago-debía solucionarse de alguna forma, incluso comprando el ganado a indígenas. 65 Es comprensible entonces que un gobernador que debía dar cuenta del estado de sus tropas y de la frontera a la Corona recurriese a cualquier vendedor, incluso sospechando que era ganado robado en estancias de españoles. Hay fuentes del siglo XVIII que aseguran que esto ocurría, ¿habría sido lo mismo en el siglo XVII? Puede pensarse en una respuesta positiva. En 1749 un jesuita afirmó que los españoles de una vertiente de la cordillera no tenían ningún inconveniente en comprar el ganado robado a españoles de la otra vertiente. 66 Y otro dato sugestivo es que los araucanos no consumían carne vacuna. Según Carrillo de Ojeda, que vivió 46 años en Arauco, los indios "tienen carneros y vacas que usan no para comer, sino para comprar mujeres para casarse. No comen carne que no sea montez". 67 Es también explícito en cuanto a los fines comerciales y no de consumo interno el oficio de Félix de Azara al virrey. En 1796 aseguraba que "los indios de la falda de la Cordillera tuvieron noticias de los ganados de las pampas y llevaban grandes manadas a Chile, cuyos presidentes tenían contratas de ganado con dichos indios". 68 En esta ruta ganadera del siglo XVII, Córdoba fue también el nudo central y abasteció de ganado en pie a Santiago y Arauco. Según un testigo, Córdoba era el paso obligado de carneros y cabras que desde Cuyo se llevaban a Potosí y de vacunos que se traían desde Santa Fe con destino final en Chile. 69 Córdoba se favoreció durante varias décadas de los intercambios interregionales por dos motivos: el puerto de Buenos Aires estaba cerrado y la región era abastecida por mercancías desembarcadas en Lima que también llegaban a través de Santiago-Mendoza. Así por ejemplo, en Córdoba y en toda la provincia del Tucumán se vendían cómodamente los vinos producidos en Concepción y las lanas de Arauco. Los vinos de Mendoza y los licores de San Juan todavía ofrecían escasa competencia a los productos que veían del sur de Chile. 70 Pero la situación de Córdoba cambió desde poco antes de la segunda mitad del siglo XVII, cuando las caravanas y arreos entre Mendoza y Buenos Aires fueron dejando de transitar la ruta de Sotomayor. Preferían internarse más al sur para evadir los impuestos en la ciudad de Córdoba. Para la Corona significó otra prueba del fracaso de la aduana en Córdoba para evitar el drenaje de plata y vigilar el comercio regional. Un informe al Consejo de Indias de 1695 aseguró que el tráfico comercial circulaba por el "camino que va de Buenos Aires al Reino de Chile descubierto (...) por la distancia de 40 leguas que hay desde esta ciudad [Córdoba] al camino referido". 71 Esta nueva ruta que unía Mendoza con Buenos Aires, vía San Luis, era más barata y más corta, aunque tenía el inconveniente de ser insegura porque la proximidad de caravanas tentaba a los asaltos de los indios. En principio, fue usual que los indios pampas del sur de Córdoba se limitasen a pedir que les "regalasen" vino y otras mercancías para permitir el tránsito por sus territorios. 72 Las dificultades con los pampas que enfrentasen estas caravanas no preocupó al Cabildo de Córdoba; después de todo, eran caravanas que En la segunda mitad del siglo XVII la política de los parlamentos iniciada en 1641 en Quillín contribuyó a una cierta calma, aunque no disminuyó la presión sobre los recursos, manteniéndose tanto el número de tropas como su situado. 74 Aunque no hay acuerdo entre los historiadores sobre el tamaño del ejército debido a que las fuentes son contradictorias, en 1640 había 2.121 soldados que recibían pagos del situado; 215 eran indios. 75 Pero los holandeses consideraban que había solamente 1.480 soldados españoles en todo Chile. La hacienda del general Luis de Toro figura en la Memoria de la alcabala de 1657, en Actas del Cabildo de Mendoza, tomo III. 74 NL, "Relación verdadera de las paces que capituló con el Arauco rebelado el Marques de Baides, conde de Pedrosa, gobernador y capitán general de Chile y Presidente de la Real Audiencia. Sacada de los informes y cartas y de los Padres de la Compañía de Jesús que acompañaron al Real Ejército en la jornada que hizo para este efecto el año pasado de MARGARITA GASCÓN 20 alfereces (4.000 ducados), 15 sargentos (2.160 ducados), 1 coronel (1.800 ducados), y 1 maestre de campo (1.200 ducados). 78 Esa calma relativa en Arauco debida a los parlamentos permitió a los araucanos dejar menos hombres en la frontera y cruzar los Andes a buscar ganado en las pampas de Buenos Aires. Por este motivo, la alianza entre los araucanos y los pampas del sur de Córdoba se modificó drásticamente. Los araucanos ya no consideraban a los pampas como aliados para recoger ganado. Esta presencia araucana fue registrada por el Cabildo de Buenos Aires a medida que las vaquerías se internaban hacia el sur; en 1733 el mismo Cabildo reconoció que el ganado salvaje se encontraba en tierras donde dominaban araucanos y pehuenches. 79 Solamente la alianza entre araucanos y pehuenches se mantuvo en la segunda mitad del siglo XVII. 80 La razón fue que los principales pasos en la cordillera estaban en territorio pehuenche. 81 Según un informante, se podían usar unos 80 pasos entre Concepción y Sierra Velluda. 82 El paso del Atuel en el sur de Mendoza era el más transitado por los nativos; el indio José Santos Rodríguez, oriundo del pago de Magdalena en Buenos Aires y lenguaraz de la ciudad de Mendoza, señalaba que este camino no juntaba nieve. Igual información brindó el capitán de milicias Antonio Orsúa: "había pasado por dicho camino viniendo del cerro Nevado en cuyo tránsito no halló más que unas cinco leguas de cascotería, que lo anduvo en el mes de mayo, uno de los más rigurosos del año, con 3.000 carneros y otros animales, y que jamás había oído decir que caiga por aquel camino nieve alguna, a menos de que fuera un invier-no sin ejemplar, por cuyo motivo se había arriesgado a hacer esta experiencia. El señor superintendente agregó, que siendo corregidor de este partido le llegaron unos indios pehuenches en el mayor rigor del invierno (que era el mes de junio) y habiéndoles preguntado por qué camino habían venido, respondieron que se habían dirigido por el boquete del Atuel, para salir al Puente de tierra del río Maule, por la villa de Linares y la ciudad de Chillán, porque jamás habían oído decir a sus antepasados que hubiese nieve por esta entrada o camino, y también se lo habían asegurado varios ancianos de sus parcialidades". 83 Esta fue la ruta ganadera que utilizaron los indígenas desde el siglo XVII hasta avanzado el XIX. En la segunda mitad del siglo XVII se fortificó Valdivia tras el ataque holandés, y fue el destino de unos 500 soldados. Los recursos para el abastecimiento debían optimizarse, aunque varias dificultades relacionadas con el aprovisionamiento continuaron sin resolverse. Para empezar, el precio por el ganado ofrecido por el ejército siguió siendo desventajoso en comparación con el precio de mercado. Sin embargo, había vendedores como Lorenzo Núñez de Silva, terrateniente en Colchagua, que vendió 400 de sus animales a ese precio. 84 Lo mismo sucedía con el precio de los caballos. 85 Sin embargo, viejas prácticas continuaron vigentes en la segunda mitad del siglo XVII. Algunos seguían aprovechando el asiento para evadir el control del Cabildo. En 1657 cuando el Cabildo le ordenó vender al ejército el tercio del ganado introducido desde Uco, Bernardino de Urbina respondió que él había arreado solamente 3.300 vacas en lugar de las 4.500 que el Cabildo aseguraba que tenía. Argumentó que ni siquiera disponía de ese ganado porque ya lo había vendido, así que en dos meses podría vender al ejército su cupo de 500 animales. Vendieron al ejército, en cambio, el tercio de su arreo de casi 2.000 cabezas de ganado traídas desde Buenos Aires, el capitán chileno Pedro Fuentes y su socio el capitán porteño Roque de San Martín. 86 Debido a que el número de soldados seguía siendo elevado, el abastecimiento seguía siendo prioridad en la agenda de los gobernadores y motivo de tensiones con el Cabildo. Cuando Pedro Porter Casanate llegó a Chile 83 NL, Sourryere de Souillac, J.: Descripción Geográfica de un nuevo camino de la gran cordillera para facilitar las comunicaciones de Buenos Aires con Chile. tomo VI, Buenos Aires, 1937, pág. 31. MARGARITA GASCÓN después del levantamiento araucano de 1655 encontró una frontera inestable. En consecuencia, pidió más ayuda a Santiago: 9.000 cabezas de ganado para poder salir de campaña. El Cabildo leyó el pedido del gobernador en la sesión y lo sintetizó en el acta; cuando D. Pedro anunció que iniciaba su expedición contra los rebeldes araucanos, el Cabildo respondió que apoyaba la empresa...¡obligando a todos los conventos de la capital a rezar por el buen fin de la campaña militar! Sin duda que el gobernador quería más que apoyo moral por parte del Cabildo. En 1660 Porter le envió otra carta, apelando a la compasión de los cabildantes por el deplorable estado de las tropas en la frontera; éstos aprovecharon la oportunidad y enviaron la carta al virrey como prueba del empobrecimiento en que vivía la colonia y conseguir así la reducción de impuestos. Tuvieron éxito porque la Corona terminó eximiendo a Santiago de pagar el impuesto de la unión de las armas. Por su parte, el gobernador comprendió que debía dejar de esperar ayuda de Santiago y procedió a llevarse las guarniciones que protegían las espaldas de la capital en el río Maule. 87 El último gobernador del siglo, Tomás Marín de Poveda (1692-1700) era optimista en 1695 porque Arauco parecía completamente pacificado, aunque el ejército debía seguir vigilante, sobre todo por la amenaza de corsarios y el aumento del contrabando. 88 Poveda consiguió caballos cuando los solicitó, pero tuvo severas dificultades para abastecerse de trigo. La novedad durante la segunda mitad del siglo son las reclamaciones de los gobernadores por la escasez de granos, que aumentó incluso después del terremoto de Perú. El 8 de junio de 1656 el Cabildo decidió que el gobernador debía resolver el transporte del cereal a la frontera porque era difícil y caro embarcarlo desde Valparaíso a Concepción; estableció que se debía pagar 10 pesos a cada carreta que llevaba cereal desde Santiago al puerto de Valparaíso e incluso sugirió al gobernador que se reactivara la producción cerealera de las estancias reales en Melipilla, Llipeo, Lampa, Cuminón y Aconcagua. 89 En cierta medida, los precios en Chile durante la segunda mitad del siglo XVII fueron el resultado de la inflación que afectó a toda la economía del imperio. En el Valle Central, la escasez de algunos productos 87 Archivo Nacional de Chile, Fondo Claudio Gay, expediente 24, volumen 15, documentos 14 y 17; Actas del 5 de enero, 13 de febrero, 25 de junio y 8 de julio de 1660, en Actas del Cabildo de Santiago, tomo XVI. La relación entre el gobernador y el Cabildo puede seguirse detalladamente a través de las actas de las reuniones efectuadas durante octubre de 1665, en Actas del Cabildo de Santiago, tomo XXVII 88 Archivo Nacional de Chile, Fondo Claudio Gay, expediente 45, volumen 36, documento 4. Tomo LVII, 2, 2000 se aceleró al ritmo de la inflación y la presión fiscal se hizo más notoria. 90 La exportación de cereales al Perú aumentó después del terremoto de 1687. Según explicó varios años después Carlos Darwin, este terremoto había cambiado el curso de los ríos en Perú en áreas dedicadas a la agricultura cerealera, con su consecuente deterioro. Comenzó a establecerse un patrón de larga duranción, ya que el trigo producido en las haciendas de la zona central de Chile abastecería a los mercados de la costa peruana durante la primera mitad del siglo XVIII. 91 En cuanto a las actividades mercantiles vinculadas a la frontera en Arauco, en la segunda mitad del siglo XVII siguen los casos de militarescomerciantes que operaban localmente: Ignacio de la Carrera, gobernador de la isla de Chiloé, utilizó su poder para monopolizar la exportación de maderas, y todavía gozaba de 21 indios encomendados en 1655, año en que se le nombró corregidor de Santiago. 92 Diego González Montero es otro ejemplo: gobernador de Valdivia en 1650 y dos veces gobernador interino de Chile. Los 27 puelches de su encomienda trabajaban en las tierras localizadas cerca de las minas de Marga-Marga. Incorporó más tierras a su patrimonio a través de la dote de su segunda esposa, aunque su mejor momento económico se debió a la asociación con Florián Ramírez de Montenegro, terrateniente en Colchagua, donde tenía ganado, viñedos y una talabartería. La fuerza de trabajo se proveía de esclavos. 93 Sin embargo, los importadores de ganado en pie a Santiago desde Buenos Aires debieron seguir operando dentro de inter-redes. El maestre de campo Felipe de Arce compraba ganado en Buenos Aires y lo engordaba en su estancia de Colchagua o en Uco. En Buenos Aires aprovechaba para colocar vinos que transportaba en sus pro-90 El impuesto fue parte del programa del conde duque de Olivares para la defensa militar del imperio. Santiago trató de quedar eximida, alegando que ya había contribuido demasiado a la defensa del imperio desde los primeros días de la presencia española en la región, pero a partir de 1640 debió pagar la unión de las armas. Como ejemplo de las dificultades en aprovisionar al ejército con trigo, ver "Causa contra Francisco García Sobarzo y otros sobre la provisión de trigos, conducción del situado y otras materias, 1697," Archivo Nacional de Chile, Real Audiencia, volumen 593 y 437 (incompleto); Gay: Historia..., pág. 332, y Amunátegui: Sociedad..., pág. 151. MARGARITA GASCÓN pias carretas. Para realizar todas estas actividades en colonias tan alejadas entre sí, contaba con las relaciones de su poderosa red de parientes, descendientes de conquistadores: los Cabeza de Vaca por línea paterna y los Verdugo por línea materna. 94 La red de los Toro Mazote siguió expandiéndose cuando Andrés de Toro Mazote se radicó en Cuyo para aprovechar tanto su encomienda como las 4.000 cuadras en San Luis, uno de cuyos linderos daba a la ruta de carretas que transitaban hacia Córdoba. Manuel de Toro Mazote fue miembro del Cabildo de Santiago (desde 1612 a 1661) y tenía huarpes trabajando en su estancia de Aconcagua y Quinteros. A partir de 1651 comerció con Lima en asociación con Tomás Cascos y además explotaba las minas de San Lorenzo en el Valle de Uspallata en Mendoza. Un documento firmado en Córdoba por Marcos Toro Mazote, junto con un poder dado al capitán José Francisco Vargas, testifican los vínculos comerciales de miembros de esta familia con la provincia del Tucumán. 96 Se calcula que una vaca provee aproximadamente de un quintal de sebo, de modo que la necesidad de importarlo era fundamental tanto para mantener ese circuito como para satisfacer las demandas de Arauco. El ejemplo más interesante de gran importador de ganado en pie lo brinda el capitán Antonio de Barambio: nacido en Bilbao en 1580, era terrateniente en Lampa y Colina en Chile, importaba ropa desde Perú que enviaba luego a Buenos Aires donde, a su vez, compraba el ganado que vendía en Santiago. Las importaciones de ganado desde Buenos Aires y San Luis las realizaba asociado con el escribano Gerónimo de Ugas, a través de una compañía que operaba con un capital de como dote de su esposa. En 1655 figuraba entre los que tenían ganado en el radio de doce leguas de Santiago y debían, por orden de la Real Audiencia, abastecer al mercado; en 1657 estaba en la nómina de importadores de ganado desde Cuyo, y por lo tanto, entre quienes debían vender 315 cabezas que correspondían al tercio al ejército. En Córdoba, el capitán Domingo de Burgos operaba en su nombre. Tampoco le faltó participación en la vida política local ya que fue alguacil mayor de Santiago en 1640 y alguacil de Concepción en 1646. 97 El volumen de la actividad comercial con ganado que seguían teniendo los mercados chilenos en la segunda mitad del siglo se aprecia también en el testamento del capitán Lorenzo Suárez, regidor en 1643 y después corregidor en la estratégica zona de Aconcagua, a lo que sumó el asiento en Valdivia en 1651. En su testamento declaró que en la talabartería de su propiedad se producían alrededor de 10.000 cueros anuales, un alto número que prueba la disponibilidad de vacas en el mercado local. 98 Una consecuencia de esta voracidad de recursos de los mercados en Chile fue la extracción sostenida de ganado de las pampas argentinas. La tendencia se notó primero en el agotamiento de los cimarrones del sur de Córdoba y de Santa Fe. En Buenos Aires era solamente una cuestión de tiempo. La extracción de ganado en los alrededores del puerto fue intensa en el siglo XVII para poder pagar por las mercancías introducidas legal o ilegalmente y para su exportación. 99 Pero el puerto podía aprovechar el abundante ganado de las proximidades sin atender a las cacerías ilegales de quienes se internaban hacia sus pampas del sur. Sabemos que los vecinos de Córdoba y de Chile (incluyendo Mendoza) al igual que los araucanos, pehuenches y pampas realizaban vaquerías desde posiblemente la cuarta década del siglo XVII 97 Roa y Ursúa: Reino..., pág. 665; Góngora: Encomenderos..., págs. 94-96 y 156; Silva, Fernando: Tierras y pueblos de indios en el Reino de Chile. 99 La abundancia de ganado en los alrededores del puerto todavía fue registrada por Acarete du Biscay a fines del siglo XVII en su relato Voyage du Sr Acarete à Buenos Ayres sur la Rivière de la Plate e delá au Perou. Otro testimonio lo brinda el padre Cayetano Cattaneo, quien en 1729 aseguraba que las naves españolas cargaban a su regreso 40.000 y 50.000 cueros; número al que se sumaban los cueros sacados por contrabando, calculando así que se matarían alrededor de 80.000 animales para conseguir los 50.000 cueros de calidad, también llamados "de medida" (NL, "Primera carta del padre Cayetano Cattaneo de la Compañía de Jesús a su hermano José, de Módena, Buenos Aires, 18 de mayo de 1729"). MARGARITA GASCÓN debido a que el Cabildo de Buenos Aires no vigilaba la zona. Este dato cronológico lo tenemos debido a la disputa entre los Cabildos de Buenos Aires y Córdoba que desembocó en un juicio de 1704. Un documento de 1659 en defensa de los intereses de Buenos Aires aseguraba que el ganado que pastaba en Córdoba en realidad pertenecía a Buenos Aires porque era el ganado que había sido robado del sur de su jurisdicción por vecinos de Chile. 100 La presión por acceder al cada vez más escaso recurso ganadero de las pampas argentinas fue también causa de enfrentamientos entre los Cabildos de Mendoza y Córdoba. El procurador del Cabildo de Mendoza en 1691 llevó adelante la defensa de los derechos de los mendocinos a vaquear en el sur de Córdoba y de Buenos Aires. El argumento fue que debido al abandono de las estancias por los malones de la segunda mitad del siglo XVII, el ganado de los mendocinos se había dispersado buscando los pastos y las aguadas de las pampas cordobesas y porteñas. Con el mismo argumento, el capitán mendocino Gregorio de Guevara solicitó una licencia de vaquería ante el Cabildo de Mendoza, pero que abarcaría incluso parte de la jurisdicción del Cabildo de Córdoba. 101 Todo indica que las vaquerías debían internarse cada vez más hacia el sur, hacia el territorio indígena, donde todavía podían encontrarse cimarrones. A principios del siglo XVIII, el capitán Juan Luis Ladrón de Guevara murió en una vaquería que se había internado tan al sur, según una fuente, que había llegado a divisar la mítica Ciudad de los Césares. Juan Luis era un importante ganadero, propietario de la estancia Moco en Uco, que había comprado a Jacinto de Videla. 102 De todos los conflictos en esta periferia del virreinato del Perú por acceder a ganado cimarrón hacia fines del siglo XVII, el más largo y eno-joso fue por el derecho a vaquear en la Banda Oriental que enfrentó a porteños, santafecinos y jesuitas de las misiones paraguayas. 103 En los primeros años de la segunda década del siglo XVIII se fijaron las cuotas de extracción de ganado vacuno de la Banda Oriental, que se agotó rápidamente. Por entonces el Cabildo de Buenos Aires buscaba revertir la decidida tendencia al agotamiento de ganado cimarrón de sus pampas del sur. Entre sus medidas estaba la vigilancia con patrullas armadas para que vecinos y/o nativos de otras jurisdicciones no cazasen y una estricta vigilancia sobre el volumen de los embarques de cueros. 104 A pesar de las limitaciones que iba imponiendo el agotamiento del ganado cimarrón, la ganadería comercial se mantuvo como la principal actividad económica entre las colonias de esta región. También en el rubro de la ganadería comercial, la red más eficiente fue la de los jesuitas, y aunque no la reconstruyamos completamente en este trabajo, es importante brindar un mínimo de información que dé cuenta del volumen de bienes que circularon entre sus colegios y conventos, aunque en gran medida se volcaron en los mercados. Desde el Paraguay a Chile, los jesuitas conducían ganado vacuno a través de sus amplias estancias de Córdoba hasta el Valle de Uco y Xaurúa; o desde el Río de la Plata hasta la estancia de Nogalí en San Luis. Acumularon tierras en Uco y Xaurúa durante el siglo XVII por donaciones de particulares, de gobernadores, o por trueques y compra. En 1704 la contabilidad de la estancia de San José de Uco señaló más de 3.000 cabezas de ganado, carretas, sebo y fuerza laboral de 151 esclavos. 105 Una estadística oficial de 1701 señaló que habría en total unas 40.000 cabezas de ganado en Uco, Xaurúa y Llacorón, de modo que la suma del ganado pastando en estas dos estancias de los jesuitas indicaría que poseían casi el 40% del ganado disponible en la zona. 106 103 Finalmente el Cabildo de Buenos Aires negoció las cuotas de extracción de ganado de la Banda Oriental con santafecinos y jesuitas, ver actas del 26 de agosto y 6 de setiembre de 1724; 3 de marzo, 1 y 3 de abril de 1726 y 1 de diciembre de 1730, en Actas del Cabildo de Buenos Aires, tomos IV, V y VI; y Coni, Emilio: Historia de las vaquerías del Río de la Plata, 1555 La revuelta de los araucanos de 1598-1599 transformó a Chile, pero también afectó a toda la región de la periferia sur del virreinato peruano. La causa de la transformación se relaciona con el establecimiento del ejército profesional porque creó un mercado consumidor importante para las limitadas economías de los asentamientos españoles de esta región de Indias. La apertura de la ruta de Sotomayor a principios del siglo XVII, hecho ligado a la frontera con Arauco, fue un primer paso en la transformación porque permitió el flujo de mercancías desde lugares tan lejanos como el Río de la Plata y Paraguay hacia Chile. Sucesivamente, las principales colonias de la zona recibieron la influencia económica de Arauco ya que por esta ruta transitaban los recursos materiales y humanos que demandaba Chile. Las redes mercantiles basadas en el parentesco fueron vitales para el éxito de las empresas de numerosos comerciantes, con excepción de la Compañía de Jesús que operaba con una admirable eficacia corporativa. En Santiago, los terratenientes y encomenderos se beneficiaron con la instalación del ejército profesional y con su situado que fue la base del crédito; la élite pudo olvidarse de las obligaciones de la defensa, mientras mantenía el acceso a encomiendas, o esclavizaba indios de guerra. Además comenzaría a beneficiarse comercialmente pues nada despreciable fue el volumen de recursos que absorbía Arauco: caballos, vacas, vinos, cereales, municiones, vestimenta, cueros, aperos. De modo que una amplia mayoría de los habitantes de Santiago se relacionó con las actividades del abastecimiento, aprovechando vínculos militares y políticos junto con redes familiares extensas. El capitán Alonso de Campofrío, como tantos otros militares-mercaderes, tenía huarpes que trabajaban sus tierras en la estancia de La Ligua mientras que su yerno, el ya conocido capitán Antonio de Barambio, importaba ganado desde Buenos Aires y San Luis "en grandes expediciones", según el testamento de Campofrío en 1662. 107 Realizar estas grandes empresas en el siglo XVII era posible por la seguridad que brindaban las operaciones realizadas dentro de redes de parentesco que extendían la acción individual de una alejada colonia a otra, a través de rutas carentes de seguridad. De manera similar, en el clan de los Lisperguer, Nicolás -que tenía el título de capitán desde 1655-exportaba sebo a Lima y vendía carne seca al presidio de Valdivia. Su red familiar incluía a los Hinestrosa, negreros que operaban en Buenos Aires. Acumuló cargos políticos y militares (incluso pidió su ingreso en una orden militar) sin dejar por ello de manejar sus negocios. 108 No fueron unos pocos casos aislados ni excepcionales y aun con variaciones para la primera y segunda mitad del siglo XVII permiten apreciar las posibilidades para el comercio que otorgó la frontera con Arauco. De ahí que la Corona estaba haciendo el trabajo de Sísifo al mantener un ejército profesional con pagos del situado, porque convertía la situación de guerra en un interesante negocio en una región donde había pocas posibilidades económicas. Además, el que la actividad mercantil tuviese la dinámica que hemos descrito transformaba a la agenda político-militar de la Corona en un buen negocio de familias a la hora de implantarla localmente. Arauco había sido la sección más prometedora de la conquista de Chile, tanto por el número de nativos como por los beneficios de su fertilidad, pero la revuelta araucana truncó las expectativas de expansión, limitando a los colonos a explotar los recursos del Valle Central. Si los recursos naturales hubiesen sido abundantes en Chile es posible que las redes mercantiles hubiesen permanecido en una escala local (intra-redes). Pero su limitado número junto con el aumento en la demanda provocado por el establecimiento del ejército impulsó el comercio a escala interregional (inter-redes) uniendo a comerciantes de Santiago con Mendoza, Córdoba y Buenos Aires. Los parlamentos a partir de 1641 poco aliviaron los gastos de guerra y la presión sobre los recursos. En la segunda mitad del siglo XVII el aumento de la exportación de cereales al Perú sumó este rubro a las dificultades de abastecimiento de las tropas. El resultado de la presencia del ejército real en Arauco fue favorable económicamente para Santiago, que fue la primera y principal colonia que aprovechó las demandas de bienes y servicios del ejército en Arauco. En cuanto a Mendoza, posiblemente hubiese continuado semiabandonada por las escasas posibilidades comerciales; pero al quedar dentro de la ruta de Sotomayor, quedó integrada en la ruta del flujo de recursos Santiago-Córdoba-Buenos Aires/Paraguay. Incluso cuando se comenzó a transitar la ruta San Luis-Buenos Aires, Mendoza ya tenía asegurado su lugar en esta economía periférica gracias a los potreros de engorde de Uco y Xaurúa. Por su parte Córdoba tenía una situación privilegiada al ser el nudo central de las rutas de flujo de recursos. Aun cuando muchas caravanas dejasen de transitar la ruta de Sotomayor y se internasen al sur para llegar a Buenos Aires vía San Luis, Córdoba siguió siendo el lugar de paso de los productos que bajaban desde Paraguay. Desde Córdoba se distribuyeron esclavos, ganado, yerba mate y tabaco durante todo el siglo XVII. Más difícil en cambio es medir el impacto económico del ejército profesional instalado en Arauco en el puerto de Buenos Aires. Desde el punto de vista de las cacerías ilegales efectuadas por vecinos de Chile y nativos, el saldo es negativo ya que contribuyeron a acelerar el agotamiento del cimarrón. De todas formas, hubo un beneficio muy concreto para Buenos Aires porque aprovechó la situación de Arauco para presionar a la Corona. A principios del siglo XVII le vino bien al Cabildo porteño el recordar que era en Buenos Aires donde desembarcaban las tropas llegadas desde España con destino en Chile. Tan temprano como en 1606 la Corona intentó suprimir la posibilidad de comerciar con las colonias portuguesas debido al descarado contrabando. El Cabildo amenazó con que Buenos Aires se despoblaría y que por lo tanto quedaría en peligro todo el sistema defensivo del sur, ya que no habría puerto atlántico en el que desembarcar las tropas que protegerían las espaldas del virreinato peruano. La amenaza hizo retroceder a la Corona que se vio obligada a establecer una aduana en Córdoba que infructuosamente procuró evitar el drenaje de plata potosina. Hay evidencia documental de 1660 que indica la abundancia de ganado salvaje en los alrededores de Buenos Aires como explicación de su riqueza. Un informe a Colbert calculaba unas 6.300 almas, con unos 700 hombres en la guarnición, [campos] "cubiertos de una multitud increíble de caballos y toros, casi todos salvajes, que no valen en Buenos Aires más que un escudo por pieza". Y lo más interesante es que agregaba que "corre mucho dinero que viene del Perú, en patacones, barras de plata y piñas de plata virgen y de Chile vienen lingotes y ladrillos de oro", una afirmación que confirma el activo intercambio entre estas colonias de la periferia austral del virreinato del Perú. 109 Así, la influencia de Arauco en la economía de esta región abarcó, a través de inter-redes, a provincias tan alejadas como el Río de la Plata. Los recursos naturales de estas provincias encontraron en Chile un mercado alternativo al peruano y al circuito atlántico, aunque los historia-109 Archivo General de la Nación, Sala IX, Libro Original, Actas del Extinto Cabildo de Buenos Aires, folio 68; y de Massiac, Barthélemy: Plan francés de conquista de Buenos Aires, 1660-1693. Tomo LVII, 2, 2000 dores se han concentrado en el comercio con el Alto Perú durante el siglo XVII. Las redes mercantiles que enlazaban Santiago con Mendoza, Córdoba y Buenos Aires, sin embargo, demuestran que el establecimiento del ejército en Arauco provocó cambios de larga duración, no solamente en Chile sino también en una amplia zona de la periferia austral del virreinato peruano. Esta influencia se verifica en el flujo comercial a través de redes mercantiles que demuestran que la medida militar que tomó la Corona después de Curalaba tuvo consecuencias que trascendieron ampliamente la coyuntura defensiva. La presencia del ejército con su situado, en efecto, aceleró la explotación de recursos a escala local y regional, impulsando el comercio a través de inter-redes por toda la periferia austral del imperio, y durante la totalidad del siglo XVII. Anuario de Estudios Americanos Liverpool, 1977; Noejevich, Héctor: "La economía del Virreinato del Perú bajo los Habsburgos", Ponencia en el 49 Congreso Internacional de Americanistas, Quito, 1997; Glave, Miguel: "La Sociedad campesina andi- na a mediados del siglo XVII. Estructura social y tendencias de cambio", Historia y Cultura, Lima, 1990, págs. 81-132; y Sempat Assadourian, Carlos: El sistema de la economía colonial. Mercado inter- no, regiones y espacio económico. Sobre la diversificación de la economía de Chile en
en ese tiempo por un oidor de turno y dos alcaldes, los tres criollos, había condenado por robo a dos españoles y otros socios a una pena pecuniaria. Si no la cumplían se les llevaría a un obraje hasta satisfacer la sanción. La sentencia fue mal vista por los reos y por un grupo de españoles y criollos adinerados que se hicieron llamar "la nación española", los cuales se sintieron agraviados por considerarla inusitada y ser una puerta abierta para que en adelante se pudiera imponer dicha pena a los españoles. Este suceso desencadenaría una serie de polémicas y tensiones entre el referido grupo y los ministros de la Sala, que daría como resultado una drástica resolución del monarca, cuyo solo rumor había causado ya la protesta de D. Juan Antonio de Ahumada, quien dirigió un alegato al monarca en favor de los criollos. Una de las muchas sentencias dictadas por la Sala del Crimen de la Audiencia de México, que hubieran podido quedarse en un dato meramente circunstancial, sería el motor que sacó a la superficie otros espinosos asuntos que subyacían en el virreinato novohispano: la ya antigua rivalidad entre peninsulares y criollos, y la forma de provisión de los principales oficios de las Audiencias de Indias. La polémica sentencia de la Sala A través del oidor de turno D. Juan de Oliván Rebolledo 1 y los alcaldes del Crimen D. Nicolás Chirinos Vandeval y D. Juan de la Veguellina 2 1 Este oidor asistía en ese tiempo en la Sala del Crimen por no haber el número suficiente de ministros debido a la destitución de cuatro de ellos y del fiscal, y a que otro de los alcaldes, D. Francisco de Barbadillo Victoria, estaba en una comisión en el Nuevo Reino de León. El motivo de los ceses fueron los cargos que se les sacaron en la visita efectuada por D. Francisco de Garzarón a la Audiencia de México a partir de 1715. Archivo General de Indias, Sevilla (AGI, en adelante), Valero a S.M. México, 5 de abril de 1721. Ver Alonso, M.a Luz: "La visita de Garzarón a la Audiencia de México: Notas para su estudio", en Estudios jurídicos en homenaje al maestro Guillermo Floris Margadant, México, 1988, pág. 23. 2 En otros documentos aparecen los apellidos de estos alcaldes con distinta grafía: Chirino o Vandesval, y Vequenilla o Velleguina. Sandoval, la Sala del Crimen había condenado en 1721, por indicios de haber resultado cómplices en un robo de dinero y géneros, a Matías Ruiz de Cossío y Ángel Díaz Terán, naturales de las montañas de Burgos, y a Francisco Flores y otros socios que decían ser también españoles, a pagar prorrateada la cantidad de mil pesos que era lo que importó el hurto. En caso de no contar con esa suma, se debería poner a los dos montañeses en un obraje y, una vez saldada la deuda, tendrían que salir desterrados cincuenta leguas en contorno de esa ciudad durante cinco años. Si no acataban esto, se les enviaría en última instancia a un presidio. Francisco Flores tendría que permanecer ocho años en un obraje para el mismo fin y después se le mantendría en una cárcel hasta su remisión a España. A otros implicados se les condenó a penas menores. 3 D. Juan de la Veguellina Sandoval expresó haber sido de sentir contrario a la sentencia de los dos montañeses, porque lo que él pedía, y constaba en el libro secreto de la Audiencia donde se asentaban los votos, eran cinco años en presidio. No obstante, consideraba que se producían en ese Reino muchos hurtos, y que incluso habían llegado algunos delincuentes al extremo de llevarse los cálices dejando tiradas las sagradas formas, como ocurrió en Cholula, sin haberse podido averiguar quiénes habían sido los agresores. Por eso estimaba la conveniencia de medidas extraordinarias, aunque juzgaba que la de los reos a obrajes no lo era, ya que la Sala del Crimen había dado otras sentencias semejantes a ésta y no habían causado tanta novedad. 4 Por real cédula de 18 de diciembre de 1722, 5 el monarca puso al corriente al recién llegado virrey D. Juan de Acuña y Bejarano, primer marqués de Casafuerte, 6 de toda esta materia. En ella informaba Felipe V al nuevo mandatario de cómo su antecesor en el virreinato, el marqués de 3 AGI, México, 674. Sentencia de la Sala del Crimen. México, 6 de junio de 1721, en Testimonio de los autos que se han tratado contra D. Ángel Terán, D. Matías Ruiz de Cossío y otros. En el artículo de Bouhrass Asmaá: "El reparto de los reos en los obrajes de Querétaro hacia 1740", en VII Congreso Internacional de Historia de América, Zaragoza, 1996, vol. 2, págs. 942-945, se hace un breve apunte sobre este episodio. D. Juan de la Veguellina a S.M. México, 9 de diciembre de 1721. Real cédula al virrey de Nueva España. Madrid, 18 de diciembre de 1722, en Testimonio n.o 14 de lo ejecutado en virtud de reales cédulas. En ella resume el rey lo sucedido. Los diversos pasos de este expediente se encuentran en AGI, México, 673 y 674. 6 Estamos preparando nuestra tesis doctoral sobre este virrey que se hizo cargo del gobierno desde el 1 de octubre de 1722 hasta el 17 de marzo de 1734 en que falleció. Para conocer datos biográficos del mismo consultar Núñez y Domínguez, José de J.: Un virrey limeño en México, México, 1927. Anuario de Estudios Americanos Valero, le había dado cuenta con autos, en carta de 13 de diciembre de 1721, 7 de tal hecho y de la novedad que le había causado la sentencia. También de que Francisco Flores pidió que se revocara la misma, se le absolviese y diera por libre por los argumentos que alegó en su defensa, especialmente por ser español y por esta razón no debérsele imponer tal pena. Que Flores había declarado ser hijo natural del maese de campo D. José Muñoz de Estrada y haber nacido en las montañas de Burgos, pero que no había presentado información acreditativa alguna. Por su parte, el querellante, Juan Basilio García, vecino y mercader de México, había mostrado una escritura donde constaba que Flores era en realidad esclavo de Muñoz de Estrada. En la misma se evidenciaba que Flores, "blanco, de pelo bermejo", había sido vendido a los nueve años de edad a aquél en Madrid en 1704 por D. Diego Terán y Monjaraz, caballero de la Orden de Calatrava y ayuda de Cámara del rey, en la cantidad de 20 doblones. El verdadero nombre del que se decía llamar Francisco Flores resultó ser Francisco de la Hoya y era turco, todo lo cual quedó confirmado al interrogarse a D. José Muñoz de Estrada y D. Jerónimo Muñoz, hijo y hermano respectivamente del citado maese de campo, ya difunto. 8 Seguía refiriendo el rey a Casafuerte que posteriormente pidieron también Matías Ruiz de Cossío y Ángel Díaz Terán licencia para suplicar de dicha sentencia, la cual se les concedió, pero no se le dieron los autos por estar pendientes en varias diligencias. Presentaron entonces los afectados sus quejas al virrey Valero mediante un memorial en el que expresaron ser naturales de las montañas de Burgos y lo injurioso que había sido para su nación dicha sentencia. Alegaban que a los españoles que delinquían se les tenía señalados los presidios, y que las penas a obrajes estaban previstas por las leyes sólo para los indios, mulatos y otras castas. Por todo lo cual solicitaban del virrey que ordenara al escribano de la Sala del Crimen les diera testimonio de dichos autos para acudir con ellos al monarca. En esta representación refiere el virrey cómo Oliván Rebolledo le hizo creer que la sentencia a los españoles no era a obrajes, sino a que se pusieran en casa de algunos maestros de oficios. Según Valero, pudo comprobar por una relación que constaba en su Secretaría, que aquél le había engañado y la sentencia era substancialmente a obrajes, aunque no apareciera esa palabra en el texto. Valero, con el parecer de su asesor, había ordenado que se le pasaran los autos, pero la Sala se resistió, con lo cual se pusieron de manifiesto las diferencias entre ambas autoridades por cuestiones de jurisdicción. Se apoyaron los de la Sala para esta negativa en la ley 35, título 3.o y la ley 34 del libro 2.o, título 17 de la Recopilación de Indias, y en una Real Cédula de 30 de diciembre de 1694 en la que se mandaba al entonces virrey Conde de Galve que no estorbara ni se entrometiera en las causas que tocaran jurisdiccionalmente a la Sala. A la vista de todo, el asesor de Valero había respondido que dicha ley 35 hacía referencia al conocimiento judicial, y que lo que en ella se ordenaba era que los virreyes no sacaran las causas de los tribunales a donde pertenecían y dejaran las primeras instancias a quien competiera por derecho. En cambio, no había prohibición alguna para que el virrey en calidad de presidente de la Audiencia pudiera mandar que se le diera cualquier auto a fin de documentarse e informar al monarca. Esto, en opinión del asesor, no se oponía a la jurisdicción de la Sala, que era lo que se prohibía por la ley 34, título 17, libro 2.o, por todo lo cual debería el escribano de Cámara pasar los autos al virrey, bajo pena de mil pesos. 10 Continuaba exponiendo el rey a Casafuerte cómo, a consecuencia de todas estas diligencias, se le dio a Matías Ruiz de Cossío y a su compañero testimonio de todos los autos. En estas circunstancias, había acudido D. Francisco de las Navedas con poder y representación de un grupo de españoles y criollos distinguidos, un total de 242 personas que se sintieron agraviadas por la mencionada condena y que se denominaron "la nación española", al visitador general D. Francisco de Garzarón. 11 Le habían referido el estado en que se encontraba esta causa, el modo irregular con que se había procedido, lo injusto y denigrante que había sido para los españoles la sentencia dictada, y la afrenta que había causado esta novedad no sólo a sus paisanos, sino a todos los europeos y nacionales de esos reinos, que Sevilla, 1979, pág. 196. Una visión más completa de esta visita nos la da Alonso: "La visita de Garzarón", págs. 11-27. ASCENSIÓN BAEZA MARTÍN como españoles y descendientes de ellos merecían alguna deferencia y distinción en la imposición de las penas. Pretendieron también que la Sala exhibiera la sumaria que se hubiese hecho para informar al monarca. 12 Garzarón se había abstenido de inmiscuirse en ese asunto por no ser de su incumbencia, por lo cual los querellantes acudirían al Real Acuerdo con el mismo poder y escrito, habiendo hecho constar también que el oidor D. Gerónimo de Soria Velázquez, marqués de Villahermosa de Alfaro, había estado efectuando pesquisas con idea de tacharlos de tumultuarios por defender su nación española. El referido oidor desmentiría lo que los representantes de "la nación española" habían dicho de su persona, y pediría que acreditaran lo que afirmaban. 13 El fiscal pidió traslado de estos segundos autos como incidentes a los principales, pero la Audiencia declaró no haber lugar, ni tampoco al testimonio que de ellos pidieron ambas partes, habiendo considerado conveniente cerrar las puertas a semejantes instancias. 14 Los demandantes habían nombrado también otros apoderados, residentes en Madrid, para que solicitaran del rey el desagravio de la referida sentencia de la Sala, cuya condena había causado tanto escándalo en México que los principales españoles la consideraron como causa propia. Estos apoderados eran: 1.o) D. Domingo Pérez de Celis; 2.o) D. Antonio García de la Madrid; 3.o) D. Dionisio de Arce y 4.o) D. José de Leticia. 15 Mientras tanto, D. Francisco de las Navedas en nombre de "la nación española" había solicitado al virrey Valero que se le dieran testimonios de los reos españoles que en diferentes tiempos se hubieran condenado por la Sala del Crimen a obrajes. 16 Una vez obtenidos, los querellantes pondrían una demanda contra los escribanos de Cámara, Alvarado Cantabrana y Ortega, por estimar que los testimonios que se les proporcionó no se ajustaban a la verdad, y porque el tasador Gudiel le había cobrado por ellos un precio excesivo. En opinión de "la nación española", los escribanos de la Sala del Crimen D. Juan de Alvarado Cantabrana y D. Luis de Ortega habían dado los testimonios falsos sobre los ejemplares de españoles a obrajes forzados por Oliván Rebolledo, quien borró y añadió lo que le pareció en una minuta presentada por Cantabrana encargándole que, conforme a esas notas, debía de redactar los testimonios. Según los querellantes, el escribano tuvo que acatar los designios del oidor por miedo, ya que era su superior y tenía un carácter muy dominante. Acusaban también a Oliván de que solía recibir regalos del demandante D. Juan Basilio García, en ésta y en otras causas, por medio de su cajero D. Miguel Terán. 17 Este incidente fue seguido por el visitador general D. Francisco de Garzarón, el cual impuso las siguientes condenas: a Cantabrana se le privó de su oficio a perpetuidad, se le desterró de México y diez leguas alrededor durante cuatro años; a Ortega se le suspendió por diez años en el uso y ejercicio de sus empleos de escribano, receptor y teniente de escribano y a dos años de destierro en las mismas condiciones que el anterior; a Gudiel, a la suspensión durante seis meses en el uso y ejercicio de su oficio de tasador, y se le ordenó hacer de nuevo la tasación que anteriormente había efectuado en mil pesos y que se consideró excesiva. Todos tenían que abonar además las costas. 18 En España también había causado revuelo la condena de Cossío y Terán, concretamente entre sus paisanos. Los representantes del cabildo de la ciudad de Burgos escribirían un memorial al rey en el que le recordaban su antigüedad e inveterado esplendor, así como el lustre y el honor de sus hijos. Le expresaban el agravio que se les había ocasionado por la venta de los dos montañeses como esclavos a obrajes, y esperaban que no quedara impune esta novedad. En su opinión, esta sentencia iba contra todas las leyes naturales, ya que entre católicos ni se permitía ni se practicaba semejante crueldad. Ambigüedad de la condena A manos del Consejo habían llegado todos los informes de este asunto remitidos por la Audiencia y Sala del Crimen de México y los memoriales de D. Domingo Pérez de Celis. Este sujeto, como ya hemos dicho, en nombre de sus representados, se lamentaba al monarca de la irregularidad de la 17 AGI, México, 673 y 674. México, 22 de septiembre de 1722, en Testimonio n.o 16 de los Autos hechos a pedimento de la nación española contra los escribanos de Cámara. ASCENSIÓN BAEZA MARTÍN sentencia que habían dado Oliván, Chirinos y de la Veguellina, los tres criollos, contra los españoles; de la falsedad de los testimonios y el excesivo precio que les cobró el tasador D. Juan Arias Gudiel por unos instrumentos que servían para injuriar a los mismos que los pagaron. Aseguraba que muchos reos decían ser españoles para librarse de dicha pena, y que éstas se conmutaban siempre que lo fueran. Según ellos, el empeño de la Sala del Crimen era introducir y establecer con esa sentencia el que los españoles pudieran ser condenados a obrajes. En los memoriales se afirmaba que por regla general los criollos miraban con desprecio y odio a los españoles y, si tenían algún poder, se valían de él encubriéndolo con el nombre de justicia. 20 El fiscal del Consejo había observado la contradicción de los testimonios presentados en orden a si habían sido o no condenados españoles a obrajes. En estas circunstancias y no pudiéndose dar providencia correspondiente a la pena del delito del que hubiere faltado a la verdad, el monarca expresaría al virrey Casafuerte que se le remitirían todos los autos que hubiera en el Consejo sobre esta materia para que, con los ministros de su satisfacción, se hicieran las comprobaciones pertinentes. Le prevenía el rey a Casafuerte de que los ministros que nombrara fueran "desapasionados, legales y temerosos", y que no se hubieran visto mezclados en esa causa. También le ordenaba que llamara a su presencia a uno o dos de los principales sujetos que hubieran solicitado el poder y les advirtiera cuán de su desagrado había sido su participación en materia tan ruidosa. 21 Casafuerte designó para esta comisión a D. José Gutiérrez de la Peña y a D. Gregorio Carrillo, ambos oidores de la Audiencia de México, porque sabía que cuando ocurrió el suceso estaban en Guatemala y no se habían mezclado directa ni indirectamente en esta causa. Enterado el virrey de que los principales en solicitar el poder habían sido D. Juan Rubín de Celis y D. Pedro de Escorza, los hizo comparecer ante su presencia y los amonestó como el monarca le había encargado. 22 Los oidores Gutiérrez de la Peña y Carrillo mandaron exhibir los libros de los obrajeros actuales y antiguos donde se registraban todos los condenados al servicio personal en sus obrajes, y de los 403 testimonios sacados de las ciudades de México y Querétaro, no se halló ningún español, igualmente pasó en otros obrajes investigados. Aparte, recibieron 30 declaraciones juradas de los dueños de obrajes de la jurisdicción de Guchiapa, 20 AGI, México, 673 y 674. Real Cédula al virrey de Nueva España. Tomo LVII, 2, 2000 Celaya y Villa de San Miguel el Grande, donde se constató que nunca hubo españoles condenados a ese servicio, ni se había escuchado a los vecinos de más edad aseverar tal cosa. Ambos oidores dictaminarían entonces que los escribanos faltaron a la verdad, porque, debiendo certificar las ventas practicadas en obrajes, mezclaron éstas confusamente con condenaciones a presidios y otras. 23 ¿Se habían condenado o no antes de este suceso a los españoles a obrajes? El asunto se nos muestra turbio, a pesar de que los oidores comisionados por Casafuerte parecen probar que no se aplicó esa condena. Con independencia de si hubo fraude en los testimonios elaborados por los escribanos, la Sala del Crimen había expuesto al rey unos razonamientos bastante convincentes. Aseguraban que esa sentencia a españoles no era nueva, sino que estaba contenida en las Leyes de Indias, en donde únicamente se exceptuaba de la misma a los indios, y en cuanto a las de Castilla, se mandaba condenar a los españoles a servir y poner a oficios. 24 Según los de la Sala del Crimen esa sentencia se había aplicado de 30 años a esa parte por el virrey, y por noticias que tenían, casi desde que se conquistó América, y no sólo a negros, mulatos y mestizos, sino a españoles. A su parecer, era legal que "el que no tiene con qué pagar en la pecunia, pague con el cuerpo", y que no había orden en contrario que la prohibiera. 25 Argumentaban los de la Sala al rey que la pena impuesta a esos españoles no había sido por su calidad de españoles, sino de delincuentes, y que lo que se hacía no era venderlos a obrajes, sino a que obtuvieran con su trabajo en oficinas y oficios la cantidad en la que habían sido condenados por su delito. Añadían que el oficio de tejer y otros que existían en los obrajes ni en América ni en España se tenían por infames, porque entonces ninguno querría aprenderlo ni ejercerlo, como lo hacían los españoles en Segovia, Chinchilla, Navas y otras partes de España. 26 Ponían los de la Sala ejemplos de que en los obrajes de San Miguel el Grande, Acambaro, Istla, Jalpa, Texcoco y en los de Querétaro había españoles, criollos y gachupines. Unos eran administradores y cobraban 600 pesos anuales; otros mayordomos, con 500 pesos, por lo general, al año, y tanto éstos como los administradores era necesario que tuvieran experiencia y conocimiento de lo que se fabricaba, pues de ello dependía la ganancia o pérdida de los amos; ayudantes, que eran los que pesaban las lanas cuando se daban los tequios a los operarios, 300 pesos; porteros, 10 ó 12 pesos al mes además de la ración semanal de carne, maíz y chile; tejedores y tintoreros, que ganaban según lo que trabajaban. También había operarios indios, mulatos, etcétera, dedicados a cardar e hilar. 27 Afirmaban los ministros que lo que había hecho la Sala no era más que obedecer la ley 1.a y 2.a, título 4.o de la citada Recopilación, en la que se prevenía que a los vagabundos españoles, mestizos, mulatos y zambaigos les castigaran las justicias sus excesos con todo rigor, obligando a los que fuesen oficiales a que trabajaran en sus oficios, y a los que no lo fueren a que aprendieran en qué ejercitarse o se pusieran a servir. Para ellos, tanto mulatos como españoles eran iguales en el delito y en el ocio. 28 D. Juan de Ortega, uno de los escribanos que había dado los testimonios sobre la condena de españoles a obrajes, aseveraba que era muy difícil saber si los reos eran o no españoles, porque para ello era necesario conocerlos desde la cuna con toda su ascendencia. En cuanto a juzgarlo por los colores era muy peligroso, porque había muchos mulatos, mestizos y coyotes más blancos que muchos españoles, y al contrario, españoles más prietos que muchos mulatos. 29 La iglesia metropolitana de México coincidía con lo expresado por la Sala del Crimen, asegurando que a los prudentes no les había causado novedad la sentencia porque era conforme a las leyes reales, y se había visto ejecutar en otros de la misma calidad que los montañeses. 30 El provincial y religiosos de la Orden de la Merced aseveraban que la queja de los montañeses y sus paisanos ni era justa ni tenía por qué causar conmoción o alteración, pues no había pueblo que tuviera privilegio para robar ni para que se les dejara en la esfera de nobles, que en este caso no lo eran, después de demostrada su culpabilidad. Estimaban que la justicia no consistía sólo en castigar al reo, sino en procurar que la parte quedara satisfecha. Consideraban que la pena a obrajes tenía tan poco de afrenta que en todos los obrajes del Reino había muchos blancos de Europa y América, que se empleaban en esa labor para mantener a sus familias, sin que ese trabajo les deshonrase. 31 Otro ejemplo de que sí parecen haber sido condenados españoles a obrajes nos lo da el que fuera apoderado de D. Juan de Oliván en Madrid, D. Juan Antonio de Ahumada, más conocido luego por su alegato en favor de los criollos. Aseveraba Ahumada que, cuando entró a servir Oliván el turno de alcalde de Corte, estaba Nueva España infestada de ladrones, y deduciéndose que de los vagabundos y holgazanes podrían surgir delincuentes, se dieron distintas providencias para su extirpación, entre ellas la de que se condenaran a obrajes. Hacía referencia también el apoderado de que presentaba testimonio de una real cédula de 15 de marzo de 1639, en la que constaba que no sólo a los indios se condenaba a obrajes, sino a los españoles, con lo cual quería demostrar que dicha pena era ya una práctica antigua y no una novedad de los actuales componentes de la Sala del Crimen. 32 En la referida real cédula presentada por Ahumada se citaban otras. Entre ellas, una de 3 de junio de 1555 en la que se ordenaba que tan sólo las Audiencias pudieran mandar a obrajes a los indios por tiempo limitado, y eso se practicó en la de México. Sin embargo, a través de las visitas a estos centros pudieron comprobar los ministros el desorden que había al respecto, pues no sólo a los indios que habían sido condenados a obrajes por un determinado tiempo los mantenían perpetuamente en ellos, sino también a muchos españoles, quienes estando allí por diferentes causas y sin oportunidad de reclamar, se quedaban como esclavos. Por otra real cédula de 27 de enero de 1632 se prohibió poner a los indios en obrajes. En 1639 el monarca dejó al criterio del virrey y de los ministros togados de la Audiencia el castigar los delitos graves de los indios para ejemplo público y respeto a la justicia, usando con ellos de "equidad y misericordia", pero no se decía nada acerca de los españoles. Ibídem En este tiempo que abarcó el asunto de la condena de los dos montañeses a obrajes, se había ofrecido también la duda a la Sala del Crimen de si se podían condenar a los indios a obrajes de particulares, pues existían leyes y autos acordados que se contradecían. 34 El fiscal del Consejo aclararía que una cosa era que a los indios se les diera un buen tratamiento y se obviaran todos los abusos que se cometían con ellos, como se había dispuesto últimamente por real cédula de 13 de diciembre de 1721, 35 a raíz de la visita de Garzarón, y otra el que cumplieran la pena correspondiente al delito cometido. Era de parecer el fiscal -y así lo aprobó el Consejo-que todas las veces que el delito lo requiriera se les podría poner dicha pena, pues de lo contrario, al no poderse practicar en esos parajes las de galeras ni otras, se quedarían sin castigo. 36 En contrapartida a todas estas opiniones y argumentaciones, el Real Acuerdo de la Audiencia de México manifestó que se había tenido por extraña e injuriosa la condena de los dos montañeses a obrajes. Consideraban que si en éstos se encontraban algunos españoles era voluntariamente por su salario o alguna gratificación, y afirmaban que el mantenimiento más seguro de esos dominios descansaba principalmente en la reputación de los españoles y particularmente de los europeos. 37 También "la nación española", basándose esta vez en lo que había afirmado D. Antonio Vélez Escalante, mayordomo del obraje de D. Nicolás García de la Mora, expresaba que, aunque a algunos muchachos españoles se les solía poner a que aprendieran oficios con que en adelante pudieran sustentarse, no se les había obligado a ello como reos en fuerza de sentencias y condenaciones. 38 Al entonces fiscal del Consejo, D. Tomás de Sola, a pesar de que aseveraba que "como opuesto a la nobleza española, jamás se había practicado la condena a obrajes", no le pareció desacertada la sentencia de la Sala del Crimen, y por lo tanto, no la consideró ignominiosa. Argumentaba el fiscal, citando a jurisconsultos y teólogos, que aunque el noble no pudiera 34 AGI, México, 528. 35 ser condenado a galeras para que remase como galeote, sí podía servir en ellas como soldado, sin sueldo, porque en eso no se le irrogaba afrenta alguna, ya que ésta nacía del puesto o función que se le diera. Añadía que muchas veces solían condenar los jueces reales a los ladrones a galeras para que, con el importe del estipendio que ganaban, pudieran mantenerse y pagar la cantidad hurtada, y que no por eso dichos reos tenían la consideración de esclavos ni vendidos. 39 Aludiendo a la condena impuesta por la Sala del Crimen de México decía el fiscal del Consejo que, aunque se dijera que esa pena no se había practicado jamás con los españoles, lo que no se podía dudar es que estaba en uso y que, por lo tanto, no debía haber excepción de personas si el delito cometido por éstas así lo requiriese. Apoyándose en las Doce Tablas, la Ley Petilia, la Recopilación de Castilla y otras leyes, ponía de manifiesto el fiscal que los de la Sala del Crimen habían tenido motivos para la sentencia que dieron y que sus procedimientos no eran merecedores de las ásperas críticas que habían recibido. 40 El fiscal del Consejo era de la opinión de que la referida pena a obrajes pudiera mandarse de ahí en adelante, porque estaba comprobado que por las penas regulares no se acababan de extinguir los frecuentes hurtos que se producían en ese Reino. Estimaba que si dicha pena había sido tan sensible, podría ser el remedio más eficaz para que cesaran los robos y saqueos. Al final, y a pesar de todos sus anteriores argumentos, estimó el fiscal como más a propósito prevenir a los alcaldes del Crimen de México para que, en el caso presente y otros que pudieran ofrecerse, excusaran este tipo de condenaciones, como no observadas ni practicadas en Indias, y se aplicaran las más rígidas y usuales contenidas en la leyes. Resoluciones de la Corona El monarca, teniendo presente la gravedad de los incidentes que habían rodeado a esta causa y la conmoción que se originó en México, mandó que el Consejo tomara en sí el conocimiento de la misma, dispensando que la Sala del Crimen lo hiciera en vista y revista como estaba dispuesto por las leyes. A la Audiencia le ordenó que liberase de la referida 39 AGI, México, 673. Respuesta del fiscal del Consejo. ASCENSIÓN BAEZA MARTÍN pena a Cossío y Terán, y que se guardara la costumbre y estilo practicado en aquellas Provincias en cuanto a no imponer la pena de obrajes a los legítimos españoles y sus descendientes. 42 El Consejo de Indias, por su parte, había hecho presente al rey las inquietudes que D. Juan de Oliván había originado en esta causa, y las que se podrían derivar manteniéndose en México con dicha plaza, máxime siendo natural de ese reino y con parientes en la misma, lo que, según se manifestaba, le servía para mezclarse en ese y otros negocios. Para los del Consejo, el hecho de que los jueces fueran naturales de la misma ciudad y provincia en donde ejercían sus empleos -y más estando tan distantes del monarca-era algo perjudicial y dañoso, como ya lo había demostrado la experiencia. Por ello sugerían la conveniencia de separar a Oliván de la Audiencia de México y trasladarlo a la de Lima o ponerlo por vía de depósito en la de Guatemala. De momento el rey no resolvió sobre este asunto, por haberse recibido unos memoriales del oidor Oliván Rebolledo en su defensa. 43 Representaba a Oliván en Madrid, como ya hemos referido, el abogado de la Audiencia de México, D. Juan Antonio de Ahumada. Presentó el apoderado testimonios de los servicios prestados por Oliván en pro de la Corona, y de entre los argumentos que exponía entresacamos el que afirma que este ministro no tenía odio a los españoles como habían alegado los de "la nación española", porque no era posible que un español, como lo eran también los americanos, aborreciese a los de su misma nación, de quienes descendía. Hacía patente Ahumada al monarca que el amor que Oliván tenía a los españoles, y especialmente a los europeos, estaba acreditado por sus obras y ponía el ejemplo de la reparación, a sus instancias, del hospital de Perote, destinado únicamente para albergar a los españoles que pasaban a ese Reino sin medios hasta que los adquiriesen. También las diligencias efectuadas por Oliván siendo juez de bienes de difuntos a fin de que éstos llegaran a manos de sus parientes, cosa que no habían hecho muchos ministros europeos. Según Ahumada, toda la acusación contra Oliván había nacido de su recto proceder y del encono de los que se decían "la nación española", por haber defendido la justicia íntegramente y no permitir los detrimentos que habían intentado aquéllos contra el Real Erario y la administración de justicia. 44 El Consejo estimó que, aunque estos testimonios de Ahumada no se habían tenido presentes al tiempo que se vio la causa de los montañeses, no repercutían en el proceso principal, porque lo que hacían era dar cuenta de los servicios prestados por Oliván en cumplimiento de su obligación. Por lo tanto, el dictamen del Consejo fue el mismo de antes. Recordaban los del Consejo al monarca cómo, hallándose éste informado de los graves perjuicios que causaban las dispensaciones de las leyes que prohibían que, a los naturales de las provincias del Perú y Nueva España donde había tribunales, se les concedieran plazas de la administración de justicia en ellas y licencias para casarse con naturales de la misma tierra, había ordenado por real decreto de 31 de marzo de 1720 que en adelante se observara inviolablemente lo dispuesto por las leyes en relación a estos dos puntos. 45 Al tener noticias en México del destino que se le quería dar a Oliván, le escribirían al rey algunas personas en su favor. Le hacían presente su calidad humana y su sapiencia en el ejercicio de su ministerio. Añadían que aunque Oliván era natural de aquel Reino, tenía escasos parientes y todos ellos distantes, unos en Guatemala, otros en Zacatecas y Michoacán y algunos en la corte. Aseguraban que, aunque todos estuvieren en México, necesitarían muy poco de su favor porque gozaban de una elevada posición económica. 46 Harían ver al monarca que estaba mal informado de que había muchos oidores en México naturales de esa Corte, porque sólo estaba Oliván, que era de las Amilpas. Los otros tres criollos que había, uno era de Puebla, otro de la provincia de Michoacán y el tercero de La Habana, 47 y expresaban que más inmediación tenían en Europa Aragón, Cataluña, Toledo y Sevilla y ni paisanos podían decirse, más aún, ni de un mismo reino. Seguían diciendo los religiosos que era lamentable que cualquier persona, perdiéndole el respeto al rey y confiados en que por la lejanía nunca se iba a averiguar la verdad, podía informarle falsamente sin que recibiera el debido castigo. D. Francisco de Arana a D. Andrés de Elcorobarrutia. Le manda el primero al segundo una copia del referido decreto, que recoge Muro Orejón, Antonio: Cedulario Americano del siglo XVIII, Sevilla, 1969, tomo II, págs. 572-573. Aluden los religiosos primero a D. Juan de la Veguellina Sandoval que, aunque nació en México, su familia era oriunda de Puebla; en segundo lugar a D. Gerónimo de Soria Velázquez, natural de Pátzcuaro (Michoacán), y en tercero a D. Nicolás Chirinos Vandeval, nacido en La Habana. El clamor de los criollos: la apología de Ahumada Es en este momento del asunto de la condena de los españoles a obrajes cuando, según parece, a D. Juan Antonio de Ahumada, el apoderado de D. Juan de Oliván, le habían llegado rumores sobre una resolución del monarca que afectaba a los criollos. A raíz de ello, hacia 1725, escribió a Felipe V un alegato en favor de los mismos. 49 Empezaba Ahumada en su escrito haciendo alusión al referido rumor: "En días pasados se derramó voz de que V.M. había mandado no se le consultase para empleo político o militar de la América a ninguno de los españoles que nacen en Indias". 50 Ahumada dividía su manifiesto en cuatro puntos en los que, haciéndonos eco de la opinión de López Cámara, demostraba su erudición y retórica 51 y su dominio de las fuentes del Derecho en sus diversas ramas, que hacían llevar hábilmente el asunto hacia unos objetivos muy concretos, no en vano se había formado en el colegio de Todos los Santos de México y en su Universidad. 52 Estas cuestiones eran: 1) El derecho que asistía a los criollos para obtener los empleos de América. 2) Su idoneidad para optar a ellos. 3) La exclusividad de los criollos para obtener esos puestos. 4) Consecuencias que podrían derivarse de no dárseles todas las plazas. 53 Ahumada emitía en su manifiesto juicios como éste: "Si S.M. es nuestro legítimo Rey, nuestro adorado Dueño, tan benéfico con todos sus vasallos, ¿por qué los infelices de Indias han de privarse de recibir sus honores y han de querer los émulos que los impere no como su legítimo Señor sino como Tirano?" 54 Sin embargo, el discurso jurídico e histórico-filosófico utilizado por Ahumada ni era original ni añadía nada nuevo, sino muy similar al que habían hecho otros anteriormente, tal y como un joven abogado de Cartagena de Indias llamado Pedro de Bolívar y de la Redonda en 1667 y, más tempranamente aún, Solórzano y Velasco en 1652 y Ortiz de Cervantes en 1620. 55 El antagonismo entre peninsulares y criollos, que reflejaba Ahumada en su manifiesto, es obvio que no era algo reciente, sino que venía de mucho tiempo atrás y se mantendría durante toda la etapa colonial, perviviendo aún después del establecimiento del nuevo Orden como asunto de roce social. Tampoco era nuevo el concepto que tenían españoles y europeos acerca de la inferioridad de los criollos o de su incapacidad. Ya en 1618, un predicador jesuita proclamaba desde el púlpito en la capital mexicana que "los criollos en general no servían para nada bueno y que no eran capaces de regir ni un gallinero", con lo cual se originó un gran escándalo. 56 El mismo virrey Linares, que gobernó en Nueva España desde 1711 a 1716, 57 decía que la mayoría de los criollos procedían de mulatos y negros y en el mejor de los casos de un indio. En su opinión, los criollos sentían antipatía hacia los europeos, pues "aun dándoles de barato los padres que ellos se quisieran apropiar, prorrumpen comúnmente que si supieran dónde tienen la sangre de gachupín se la sacaran y derramaran". Los calificaba de tener costumbres ociosas y unos espíritus apocados que los incitaban únicamente al vicio. 58 Sería Linares partidario de que se apartara a los ministros criollos que había en la Audiencia de México dándole puestos eclesiásticos, como algunos de ellos mismos lo habían pedido, o trasladándolos a otras Audiencias. 59 Es significativo que poco después se efectuara la visita de Garzarón, mediante la cual fueron destituidos muchos ministros, la mayoría naturales de esos reinos. 55 Burkholder y Chandler: De la impotencia a la autoridad..., pág. 21; nota 11 en donde afirma que el razonamiento de Pedro de Bolívar ya había sido utilizado por otros desde 1720 y cita a Lohmann Villena, Guillermo: Los ministros de la Audiencia de Lima en el reinado de A través de la visita se sacó también a la luz la existencia de parcialidades dentro de la Audiencia, una de las cuales, llamada "la Sacra Liga", estaba compuesta de españoles y liderada en ese tiempo por el oidor D. Miguel Calderón de la Barca. La otra estaba formada por criollos y a su frente D. Tristán de Rivadeneyra, siendo sustituido en su ausencia por D. Juan de Oliván. Esto servía para beneficiar las causas de cada bando, de tal modo que en el exterior se decía "estar puestos los bolos". No obstante, en "la Sacra Liga" había a veces también criollos, lo que indicaba que no existía una polarización peninsular-criollo, ni era una cuestión de lugar de origen ni de ideología, sino de conveniencias. 60 También el conde de Frigiliana hacia 1717 había propuesto al Consejo que los sujetos que se nombraran para las Audiencias de Indias fueran españoles, a fin de que se tuviera "cierta evidencia de su literatura, y buenas prendas". 61 Pese a todas estas opiniones, recogidas en esencia por Ahumada en su manifiesto, en el transcurso del tiempo se había verificado que ninguno de estos argumentos habían sido óbice para que los españoles americanos obtuvieran plazas en los tribunales de justicia u otros empleos seculares o eclesiásticos dentro de la administración indiana. 62 A nuestro modo de ver, el alegato de Ahumada no hay que magnificarlo, porque no parece responder a un planteamiento ideológico, y por lo tanto no es un testimonio revelador de la nueva conciencia política del criollo. El manifiesto de Ahumada pensamos que, sin olvidar que el siglo XVIII fue una época de revisionismo y progreso en muchos campos, ni tampoco el malestar y descontento secular que pudieron sentir estos últimos, hay que enmarcarlo dentro del episodio de la condena de españoles a obrajes, que 60 AGI, Escribanía de Cámara, 278C. Declaración de D. José de Uribe, de D. Féliz Suárez de Figueroa y de D. Andrés de Lisiaga. Hace mención de dos consultas del Consejo de Indias y del voto particular del conde de Frigiliana, Burkholder y Chandler: De la impotencia a la autoridad..., pág. 59. 62 Para las plazas dadas a los criollos en diferentes Audiencias destaca la obra de Burkholder y Chandler antes citada. Para la de Lima, la de Lohmann Villena: Los ministros de la Audiencia... Sobre éstos y otros empleos, Tomás y Valiente, Francisco: La venta de oficios en Indias (1492-1606), Madrid, 1972; Navarro García, Luis: "Los oficios vendibles y renunciables en Nueva España durante la guerra de Sucesión" en Anuario de Estudios Americanos, Sevilla, 1975, págs. 133-154; y Sanz Tapia, Ángel: "Aproximación al beneficio de cargos políticos americanos en la primera mitad del siglo XVIII" en Revista Complutense de Historia de América, Madrid, 1998, n.o 24, págs. 147-176. Tomo LVII, 2, 2000 nos muestra las alianzas convencionales entre grupos de peninsulares y criollos en defensa de sus intereses, y por el cual se acrecentó la tirantez entre ellos. La anunciada resolución del monarca de que no se le consultase para empleo político o militar a los naturales de Indias vendría a exacerbar aún más los ánimos de Ahumada, y posiblemente de otros criollos que como él pudieran estar a la expectativa de obtener algún puesto en la administración indiana. La supuesta determinación del monarca, inconscientemente, venía a dar la razón a sus rivales, los de "la nación española". Era, pues, una protesta ante una situación considerada injusta, y que afectaba a la propia estimación e intereses del autor del alegato. Ahumada había nacido en Nueva España y se había formado en un colegio elitista, el de Nuestra Señora de Todos los Santos, en cuyas constituciones y estatutos se exigía que los alumnos fueran "limpios de toda mala raza de indios, mulatos y nuevamente convertidos a nuestra Santa Fe",63 y ejercía ahora como letrado en la Audiencia mexicana. Es presumible, por tanto, que aspirase a una plaza en la administración de justicia para luego ir ascendiendo,64 y que ante el rumor de la posible resolución del rey viera amargamente frustradas sus lógicas pretensiones. Movido por el malestar que le debió causar esa noticia, pensamos que decidió redactar el escrito utilizando hábilmente un discurso ya conocido. No queremos oscurecer con ello el posible patriotismo de Ahumada, ni la generosa intención de favorecer a sus paisanos ante la anunciada decisión de la Corona, que no sólo le afectaba a él, pero pensamos que aún quedaba mucho camino por recorrer para llegar a una concienciación colectiva del criollo, que daría como resultado la emancipación. Siguiendo a Lynch y Lohmann Villena, consideramos que sería anacrónico calificar el conjunto de la política española en América y cada una de las respuestas de los americanos como un preámbulo a la independencia,65 y un engaño asegurar que la identidad de patria constituía un inflexible principio de unión. 66 Resulta curioso, además, que el alegato en una materia de tanto peso como parecía ser ésta, que debería haber levantado una oleada de clamor y que se producía en un momento álgido de fricción entre españoles y americanos, se hiciese en nombre de los criollos pero fuese firmada sólo por dicho abogado. No menos extraño resulta que, si en el caso que hemos expuesto de la condena de los españoles a obrajes, los tres ministros que dieron la sentencia, es decir, Oliván, Chirinos y de la Veguellina, eran criollos, ¿por qué decían entonces los de la "nación española" -integrada también por criollos-que aquéllos les odiaban? ¿Cuál era la diferencia entre unos criollos y otros en ese tiempo? La respuesta, que viene a dárnosla la "nación española" con unos tintes racistas, no en términos absolutos, sino como excusa para lograr provechos y prerrogativas particulares, dice así: capitán; D. José y D. Pedro de Escorza y Escalante, dueños de obrajes; D. Antonio de las Casas Luna Arellano y Orellana, regidor de México; D. Francisco Antonio Sánchez de Tagle, capitán; D. Gaspar Madrazo y Escalera, ex alcalde ordinario y electo corregidor de México, etc., y otros representantes de la ciudad y especialmente del comercio, que hacían un número de 242 personas. 70 No obstante, en opinión de la Sala del Crimen, fue el escribano D. Jacobo Gómez Paradela quien, con poder que le dieron algunos de los citados anteriormente, solicitó, pidió y recogió las firmas "ostiatim", o lo que es lo mismo, de puerta en puerta, en las casas, tiendas y tabernas de montañeses y otros, para lograr sus fines. De lo que se deduce que muchos de los que firmaron el poder ni eran nobles ni gente de alta distinción, como los que aparecían a la cabeza del poder, sino mercaderes, vinateros, tenderos y dependientes de los priores del Consulado. 71 Comentaban los tres ministros de la Sala del Crimen que, según estudios del geógrafo Nicolás de Fer, autor del entonces moderno "Atlas curioso", había sólo en México más de treinta mil españoles que hacían un total aproximado de cien mil vecinos, y que cómo entonces se podían atribuir únicamente 200 hombres el arbitrio de decidir por todos. Añadían que algunos de aquéllos, que cuando pobres eran moderados, ahora que eran ricos no cabían en el círculo de esa América, en especial los asentistas del pulque y del alumbre, que tenían a sus órdenes muchos sirvientes y eran capaces por ello de conmover y turbar el reino. Aducían los de la Sala la informalidad del poder que dieron a D. Jacobo Gómez, porque éste puso en el escrito los nombres al montón, ya que no sabía quiénes iban a firmar o no al pie de ese poder. Tampoco se precisaba con qué fines se había dado, en qué casa se juntaron los otorgantes, quiénes fueron los asistentes, qué puntos se tuvieron en cuenta para confeccionarlo, etc., lo cual acreditaría que era voluntad de todos el hacer aquel acto. 72 El asunto de la condena de los dos montañeses a obrajes vino a demostrar, como ya hemos referido, que lo que subyacía entre los de la Sala y "la nación española" no era más que la rencilla entre dos bandos por la defensa de intereses y privilegios. D. Juan de Oliván Rebolledo, especialmente, y D. Nicolás Chirinos Vandeval y D. Juan de la Veguellina Sandoval, los tres criollos, "dueños" de la Sala del Crimen por la falta de personal, intentaron bajarle "los humos" a los que se hacían llamar "la nación española", y que dicha pena se aplicara a los delincuentes que la mereciesen, independientemente de su lugar de nacimiento y clase social, sin descartar que pudiera pesar también en esta sentencia alguna venganza personal. "La nación española", por su parte, utilizó la sentencia de la Sala para que no se generalizara una condena que pudiera afectarles a ellos o a sus allegados en algún momento, y tal vez para quitar de en medio a aquellos letrados que parecían no favorecer sus intereses. Las rencillas entre Oliván y D. Juan Rubín de Celis y D. Pedro de Escorza (los dos que promovieron que se hiciera el referido poder) eran públicas, no sólo en asuntos profesionales sino personales. Por ejemplo, con D. Juan Rubín de Celis, porque siendo Oliván juez de almonedas, se resistió -según su apoderado Ahumada-a que se le rematase el ramo del pulque seis meses antes de cumplirse el remate anterior y por nueve años como pretendía Rubín de Celis, cuando por reales cédulas estaba dispuesto que fuera por cinco. 73 En versión de "la nación española" era Oliván el que estaba resentido y agraviado con Rubín de Celis porque éste, teniendo a cargo la renta del pulque blanco y conocedor de que un cuñado de Oliván llamado D. Juan Rodezno fabricaba aguardiente prohibido en distintos parajes, que administraba públicamente el receptor D. Diego Ignacio de la Rocha, lo puso en conocimiento del virrey. Algo similar ocurrió entre Oliván y D. Pedro de Escorza. Según "la nación española", el primero había puesto todo su empeño para que a Rodezno, su cuñado, se le adjudicara el asiento de los alumbres, pero el remate final fue para D. Pedro de Escorza, por lo cual le tenía un gran rencor. También hubo sus roces en un pleito que Escorza tenía y que, según Ahumada, no obtuvo el sufragio de Oliván, y desde entonces le estaba preparando asechanzas. Sin embargo, en opinión de "la nación española", como Oliván no pudo desahogar con ellos su resentimiento lo hizo con los dos montañeses. 74 Según parece, esas desavenencias iban más allá de lo puramente profesional. En opinión de un testigo que había escuchado unos comentarios a D. José de Escorza, del grupo de "la nación española", éstos habían enviado "correos a capa" a Zacatecas amenazando al que iba a ser suegro de Oliván (Campa) 75 intención no sólo de frustrar la boda de Oliván, sino de que la hija de Campa se casara con uno de los dos montañeses sentenciados, para cuyo efecto "la nación" le iba a dotar con cien mil pesos. 76 La Sala del Crimen afirmaba que el fin de todo el alboroto promovido por aquéllos no era la piedad hacia los montañeses, sino la ojeriza que le tenían a los ministros porque administraban la justicia sin favoritismos, y no al contrario como los otros pretendían. En opinión de la Sala, la prueba estaba en que tanto que alardearon en la defensa de los dos reos, ni les ofrecieron el dinero para pagar el robo y de ese modo evitar que fueran a obrajes, ni limosna alguna, ni siquiera les fueron a visitar a la cárcel. En cambio, y según divulgó la propia "nación española", habían enviado a sus apoderados en Madrid treinta y dos mil pesos con instrucciones secretas para tratar de conseguir quitarles las plazas a los ministros. 77 Acerca del exagerado revuelo auspiciado por "la nación española" por la sentencia de la Sala decía D. Juan Antonio de Ahumada, el apoderado de Oliván en Madrid, que era absurdo el que pudiera pensarse que por el hecho de condenar a dos ladrones, que además eran vagabundos y estaban amancebados, quedara deshonrada una nación tan ilustre como la española. 78 Se da la circunstancia de que por este tiempo Ahumada fue encarcelado por orden del monarca; posiblemente se debiera a que se presentó en la Corte sin licencia, según parece desprenderse de un memorial que dirigió al rey. 79 Posteriormente, aunque no consiguió Ahumada un puesto en los tribunales de justicia de Nueva España, obtuvo el de corregidor de Zacatecas por cinco años y con un salario de mil pesos, en atención al servicio que hizo de noventa mil reales de vellón entregados en la Tesorería General "para las urgencias presentes". El juramento lo hizo en Madrid el 7 de abril de 1729 ante D. Antonio de Salazar y Castillo, y se le dio licencia para llevar a Nueva España a un criado y doce cajones de libros para su ministe-76 AGI, México, 673. Declaración de D. Alonso de Adán, español, comisario conductor de colleras a obrajes de Querétaro. México, 27 de octubre de 1721, en Testimonio n.o 17 de la averiguación hecha por la Sala del Crimen sobre españoles asalariados en los obrajes. Este testigo hace alusión a D.a Juliana de la Campa y Cos, que luego sería la segunda esposa de Oliván. 80 La toma de posesión tuvo lugar en el Ayuntamiento de Zacatecas el 11 de julio de 1731 ante el teniente general de corregidor D. Pedro José Bernardes y los capitulares. 81 En 1732 se le hizo merced de dicho corregimiento a D. Tomás Domingo de Figueroa en atención a sus servicios y al de seis mil pesos de a diez reales de plata, con la condición de que si no pudiera por algún motivo tomar posesión de él lo hiciera D. Gregorio de Mendoza o D. Juan Antonio de Ahumada. 83 ¿Anticriollismo del rey? Los del Consejo de Indias -que en ese tiempo estaba presidido por el que hacía poco fuera virrey de Nueva España, marqués de Valero 84 expusieron al monarca de nuevo los perjuicios que podrían seguirse de que Oliván continuara ocupando su plaza en México, porque se podía prever, con los émulos que tenía ocasionados de la referida causa, el que intentasen alguna venganza en perjuicio de aquellos vecinos y quietud del Reino. Así pues, le seguían proponiendo al rey que removiese a Oliván a la Audiencia de Lima, ya que para el más exacto cumplimiento de la obligación de los ministros, y siempre que había convenido al servicio del rey, se había practicado el trasladarlos de unas audiencias a otras. De esta manera pasaría Oliván a una audiencia que tenía más salario y podía conservar su antigüedad, como estaba prevenido por las leyes para estos casos, y como se hacía en las Chancillerías de Valladolid y de Granada. 85 Uno de los ministros del Consejo de Indias, D. Gonzalo Ramírez de Vaquedano, estimó que sería de muy mal ejemplo el separar a Oliván de la Audiencia de México, porque había sido ministro de la misma durante catorce años, con buena fama y dispensación de su naturaleza. Recordó que en la visita de Garzarón quedó libre por su recto proceder, el cual había demostrado también en las comisiones que los virreyes le asignaron. 86 Alegaba Vaquedano que si se trasladaba a Oliván, los hombres ricos de México tendrían motivos para amedrentar a los ministros togados siempre que no se avinieran a sus deseos. Hacía presente lo importante que era el que quedase intacta la autoridad de los ministros para que así se respetaran sus decisiones. Finalmente añadía que ya había cesado la causa que ocasionó la queja de los montañeses, pues los reos habían admitido la condena y estaban cumpliéndola y que, en su opinión y a la vista de los autos, el asunto le pareció una porfía contra Oliván. También otro de los ministros del Consejo, D. Manuel Silva Ribera, marqués de Montemayor, era del criterio de que a Oliván se le mantuviera en México, por la molestia que se le seguiría de trasladarlo a la de Lima, y por su demostrada honestidad profesional. 87 La resolución del monarca en este asunto fue la de conformarse con el dictamen de Ramírez de Vaquedano, y a la vez mandó algo que como ya hemos expuesto se rumoreaba, y que en este momento se consolidó: "la Cámara esté a la mira de que para los empleos de Indias no se elijan o propongan naturales de aquellos Reinos". 88 Esta resolución del monarca causó sus dudas en la Secretaría del Consejo, porque no sabían si, según dicho dictamen, se deberían comprender en general los empleos de gobernadores, oficiales reales, alcaldes 86 Ibídem. Aluden los del Consejo a varios testimonios presentados por Ahumada en los que se reconocía la confianza que los virreyes Linares y Valero habían depositado en Oliván. Entre otras cosas se le había encargado el exterminio del aguardiente y bebidas prohibidas y la vigilancia del juego de gallos. Se destacaba su aplicación en desterrar a los vagabundos y ociosos con providencias para su castigo, siendo una de ellas la de que se condenaran a obrajes. Había servido los empleos de gobernador de la Provincia de Texas y desde 1719 desempeñaba el cargo de auditor de Guerra de Nueva España. Véase también Navarro García, Luis: Don José de Gálvez y la Comandancia General de las Provincias Internas del Norte de Nueva España. Al dorso de este documento está la resolución del rey. En Consejo, 8 de agosto de 1727, se dijo "Publíquese este día y se tenga presente lo resuelto por S.M. en la Cámara, y para este fin se dé el aviso correspondiente a la Secretaría del Perú". Anuario de Estudios Americanos mayores, corregidores, castellanos y otros semejantes, o estaba limitado solamente a los ministros de las Audiencias, como lo disponían las leyes y el Decreto de 31 de marzo de 1720. La respuesta del fiscal del Consejo fue la de que por el citado decreto se hacía referencia expresa a las plazas de administración de justicia y, aunque ahora, en la última resolución, se comprendían indistintamente los empleos de Indias, en su opinión, se debía entender sólo para los que tenían el cargo de la administración de justicia y que, si pareciera, se le podría comentar al rey para que aclarase esta duda. 89 A la Cámara no le pareció necesario consultar al monarca como apuntaba el fiscal, pues determinó que en la resolución de S.M. únicamente se debían comprender las plazas de las Audiencias que tenían la administración de justicia y no los demás empleos. 90 Está claro que la voluntad del monarca no respondía a una animosidad hacia los criollos, sino a la de hacer frente a una situación que, como hemos visto, se hacía insostenible, a pesar de que con la visita de Garzarón a la Audiencia se habían destituido a muchos ministros por sus excesos, la mayoría criollos. La determinación real vino no sólo a confirmar las leyes dadas a este fin y el decreto de 31 de marzo de 1720, sino a ampliarla porque se hablaba de "empleos" en general sin especificar cuáles, aunque luego no se llevara a efecto con todo su rigor por sugerencia primero del fiscal del Consejo y por decisión después de la Cámara, que le dieron la misma interpretación que al real decreto de 31 de marzo de 1720. De este modo se pretendía evitar las redes de parentesco y de poder que tanto perjudicaban a la recta administración de justicia. En verdad, esta situación la había provocado la propia Corona con la venta de oficios 91 para hacer frente a los gastos de la Corte y las frecuentes guerras. Esto y las repetidas dispensaciones de leyes, tanto a los españoles como a los americanos, fueron creando un entramado de poder político, administrativo y económico que propició los enfrentamientos entre unos y otros. Lo que trataba el rey ahora era de recuperar el control de las Audiencias, en un periodo analizado por Burkholder y Chandler y que tan acertadamente han calificado como "la edad de la impotencia". Nota de la Secretaría. Cámara El control de las Audiencias no era factible a corto plazo: por los compromisos adquiridos por la Corona con los compradores de los oficios y la imposibilidad de devolver a los pretendientes las cantidades entregadas, debido al casi permanente déficit de la Real Hacienda. Así pues, la propia Corona se veía incapaz de salir de esa urdimbre que ella misma había entretejido. Sería a partir de 1750 cuando lograría ir recuperando el control de las Audiencias indianas. 93 En resumidas cuentas, el asunto de la condena de españoles a obrajes fue utilizado por los diversos grupos, bajo diferentes banderas y como excusa, para defender sus intereses particulares, y por la Corona para paliar los problemas engendrados por el sistema de la venta de oficios.
dependencia y subordinación a la imagen sacralizada del rey y a los cuerpos sociales, comunidades y grupos a los cuales pertenece el residenciado. Se consideran la autoridad y el poder en el marco de normas, códigos y valores propios de la sociabilidad tradicional del Antiguo Régimen, así como la diversidad de vínculos que relacionaban e integraban jerárquicamente al colectivo, para explicar la complejidad del funcionamiento y socialización del poder local en el ejercicio del gobierno provincial de Maracaibo durante los años 1765 a 1810. * El trabajo es un avance del proyecto de investigación "Vínculos, símbolos y poder en el gobierno provincial de Maracaibo. 1787-1812", inscrito en el programa de investigación "Familia, cultura de elites y poder en Maracaibo. Este trabajo pretende analizar los juicios de residencia en el contexto socio-simbólico que explica el funcionamiento del poder en el gobierno provincial durante el régimen borbónico. Desde esta perspectiva, se estudia la aplicación de este procedimiento de control judicial rutinario animado por la normativa legal, para los gobernadores de la Provincia de Maracaibo entre 1765 y 1810. Nuestro interés no se centra en determinar los beneficios o la ineficacia de la política monárquica, como tampoco en establecer opinión sobre su aplicación o los resultados. En todo caso, se analiza el juicio de residencia desde las redes de relaciones de obediencia, dependencia y subordinación a la imagen sacralizada del rey y a los cuerpos sociales, comunidades y grupos a los cuales pertenecen los residenciados. Se trata de explicar las denominadas residencias en la dialéctica del poder del reino -dividido en Cabildos y Gobernaciones-y el poder del rey. En esta sociabilidad de tipo tradicional, la lógica del funcionamiento social del poder se corresponde con el espacio socio-simbólico de relaciones colectivas o comunitarias, en las cuales se mezclaban lo público y lo privado, lo político y lo social y, por tanto, el Estado y la socie-dad. 1 Según lo establecían las normas y los códigos de moral cristiana, la pertenencia a estas corporaciones colectivas y la concurrencia de poderes, demuestran que la autoridad y el poder en la vida del reino eran ejercidos por los grupos elitistas en el interior de las comunidades, con sus naturales relaciones de dependencia. Asimismo, de manera real y simbólica, funcionaban reglas de sometimiento, subordinación y dependencia a la autoridad de los cuerpos o comunidades a las que se pertenecía; campo social que estaba surcado por los actores individuales y colectivos quienes, mediante sus vínculos personales, actuaban como agentes directos del cambio social y político con rivalidades y alianzas. 2 Este análisis relacional permite explicar las separaciones, diferencias o distancias sociales determinadas por la pertenencia a grupos diversos y a las diferencias en el interior de ellos, de acuerdo a las normas, atribuciones y posiciones de sus miembros respecto a las relaciones de dependencia. 3 Desde estas diferentes y diferenciadas visiones del mundo social, el poder se entiende como práctica y representación, pues transita con el mundo cultural y en la dirección establecida por sus actores significativos. Es el caso que en la América hispana las fidelidades, lealtades y solidaridades, estuvieron originadas por estas identidades socio-culturales compartidas entre iguales que se comunicaban en redes de sociabilidad. Esto explica que en las localidades y regiones, las alianzas fuesen decisivas para los acuerdos políticos en los órganos de gobierno, como era el caso de los Cabildos. Por otro lado, el vacío de poder del gobierno monárquico declarado con las medidas comerciales y político-administrativas para reponerlo, devela que el poder del reino se había afianzado con los grupos que dominaban el escenario social, económico y político a finales del siglo XVIII, verificado por las parentelas surgidas del arribo de inmigrantes, estimulados por el despegue de la actividad mercantil quienes, de manera directa o indirecta, tuvieron el control de los órganos de gobierno civil, militar y eclesiástico, tal como ha quedado demostrado con nuestras investigaciones. 4 1 Sobre este tema se recomienda consultar Soriano de Garcia-Pelayo, G.: "Aproximación histórica a lo público y lo privado, a otras nociones afines y a sus mutuas relaciones desde una perspectiva pluridimensional", en Soriano de Garcia-Pelayo, G. y Njaim, H. (edits.):Lo público y lo privado. 2 Imizcoz Beunza, José M.a; Élites, poder y red social. Las élites del País Vasco y Navarra en la Edad Moderna (Estado de la cuestión y perspectivas), Bilbao, 1966, págs. 14-19. 4 Vázquez de Ferrer, B., G. Rijos y N. Ferrer: "Grupos de poder y pautas de comportamiento social en las familias maracaiberas del antiguo régimen", en Revista Mañongo, 9, 1997, págs. 67-98; Vázquez de Ferrer, B., L. Berbesí y N. Varela: "La familia Baralt-Sánchez como modelo de la elite LIGIA BERBESÍ DE SALAZAR Y BELIN VÁZQUEZ DE FERRER Dentro de esta dinámica social y política, los juicios de residencia o las residencias funcionaron como instrumentos de centralización políticoadministrativa y judicial, así como de dominación política por parte de la administración monárquica. Su objetivo fundamental consistía en el control y la intervención sobre los gobiernos y haciendas locales. En el marco del simbolismo político de la época, las residencias evidencian, por una parte, la autoridad y el poder tanto del rey como del reino y, por otra, la complejidad de los vínculos y relaciones establecidas en el interior de las localidades y sus capitales provinciales en el marco de normas, códigos y valores propios de la sociabilidad tradicional; además, constituían el instrumento idóneo para afianzar la justicia, fortalecer y legitimar la institución monárquica. Hasta el presente, al menos en lo que conocemos, el tema no ha sido abordado desde la perspectiva planteada, en razón de lo cual el análisis se ha centrado en fuentes documentales localizadas en archivos españoles, colombianos y venezolanos. Si bien no se ha cumplido una revisión exhaustiva de las posibles fuentes, las utilizadas suponen un material suficiente para que los resultados obtenidos puedan ser matizados con otras investigaciones. Aproximación al balance historiográfico La producción historiográfica sobre la normativa que regula los juicios de residencia -al menos en sus obras más significativas-constituye una herramienta útil en la medida que aporta datos y referencias sobre su carácter jurídico-institucional. Estas fuentes han sido lo suficientemente explícitas, de ahí su valoración. Desde nuestro punto de vista, la obra pionera referida a las modalidades del juicio de residencia es la de José Mariluz Urquijo. 5 Su trabajo describe las disposiciones expedidas por la Corona, mediante las cuales virreyes, Audiencias y Cabildos procedían a legislar. Asimismo, ofrece aportes sobre los hitos que marcan su proceso en Indias. Según su criterio, la escasez de obras especializadas reduce al análisis a fuentes inéditas localizadas maracaibera durante las últimas décadas borbónicas", en Boletín Americanista, 47, Barcelona, 1997; págs. 215-232; Vázquez de Ferrer, B.: "Matrimonio, estatuto social y poder en la familia maracaibera de fines del antiguo régimen", en Revista Opción, 22, 1997, págs. 5-26. 5 Ensayo sobre los Juicios de Residencia Indianos, Sevilla, 1952. Entre las obras consideradas como clásicas, destaca las de Castillo de Bovadilla, Villadiego, Hevia, Solórzano y Bolaños, quienes han estudiado los juicios de residencia peninsulares en el contexto de la legislación indiana, pero sin detallar las particularidades del mismo en territorios americanos. A esta producción de base añade los estudios sobre historia del derecho indiano que registran el conjunto de normas jurídicas exclusivas con carácter general o particular para las Indias Occidentales: instrucciones, ordenanzas, provisiones y reales cédulas conocidas como derecho indiano propiamente. Entre otros cita los trabajos de Muro Orejón, Ots Capdequí, Haring, Aguiar y Acuña y Aguirre. 6 Son estudios esencialmente institucionales que constituyen una referencia obligatoria y su utilidad es incuestionable. La producción historiográfica sobre las disposiciones jurídicas y los juicios de residencia en la Venezuela colonial, al menos la conocida hasta ahora, es muy escasa. No obstante, la existente es de un valor inexcusable, en unos casos, o, al menos de cita imprescindible en otros. 7 Todos remiten a aspectos concretos y, por lo general, muy puntuales dentro del ordenamiento jurídico indiano. A partir de posturas propiamente institucionales, los estudios han centrado su atención en los funcionarios que ejercieron el gobierno en la provincia de Venezuela, viéndoles como individualidades descontextualizadas y en respuesta a la normativa sobre la que se asienta el gobierno monárquico. 6 Muro Orejón, Antonio: El nuevo código de las Leyes de Indias. Proyectos de recopilación legislativa posterior a 1680. Tesis doctoral, Madrid, 1929; Ots Capdequí: Historia del derecho español en América y del derecho indiano, Madrid, 1969; Haring, Clarence: "El Origen del gobierno Real en las Indias Españolas", en Boletín del Instituto de Investigaciones históricas de la Facultad de Filosofía y Letras, Buenos Aires, Año III, tomo 3, N.o 24, abril-junio de 1925; Aguiar y Acuña, Rodrigo: Sumario de la Recopilación General de las leyes, Ordenanzas, Provisiones, Cédulas, Instrucciones y Cartas acordadas por los Reyes de Castilla, se han promulgado, expedido y despachado para las Indias desde el presente de 1628, México,1677; Aguirre, Severo: Prontuario alfabético y cronológico por orden de materias de las Instituciones, Ordenanzas, Reglamentos, Pragmáticas y demás Reales Resoluciones no recopiladas que han de observarse para la administración de justicia y gobierno de los pueblos del reino, Madrid, 1794. 7 Destacan los trabajos de Bello Lozano, Humberto: Historia de las Fuentes e Instituciones Jurídicas venezolanas, Caracas, 1966; Castillo Lara, Lucas: Cedularios de la Monarquía española relativos a la provincia de Venezuela.1529-1552, Caracas, 1959, 2 Ts.; Tosta, Virgilio: Dos Juicios de Residencia en la Ciudad de Barinas; Ponce, Marianela: El control de la gestión administrativa en el Juicio de Residencia al Gobernador Manuel González Torres de Navarra, Caracas, 1992, 3 Ts.; Ponce, Marianela, Diana Rengifo y Leticia Vaccari: Juicios de Residencia en la provincia de Venezuela. Los Welser; Caracas,1977; Ponce, Marianela, y Letizia Vaccari: Juicios de Residencia en la provincia de Venezuela.Juan Pérez de Tolosa y Juan de Villegas, Caracas,1980; Vaccari, Letizia: Juicio de Residencia en la provincia de Venezuela. Don Francisco Dávila Orejón Gastón (1663-1677),Caracas, 1983, 3 Ts.; Vaccari, Leticia: Sobre gobernadores y Residencias en la provincia de Venezuela (Siglos XVI, XVII, XVIII). No cabe duda que esta historiografía está convenientemente valorada con sus limitaciones. De una parte, no permite arribar a conclusiones válidas para espacios y tiempos históricos más amplios que los estrictamente considerados. Por la otra, no logra explicar el juicio de residencia en el contexto de la diversidad de relaciones e interdependencias recíprocas, complejas y jerárquicas que sustentan el ejercicio y funcionamiento del poder; sin embargo, proporcionan datos sobre el ordenamiento jurídico. A excepción de estos estudios, para el conjunto de las provincias venezolanas durante el gobierno monárquico, no se han realizado investigaciones con cierto rigor metodológico dedicadas a esta materia desde el enfoque aquí planteado. El problema que, en definitiva, se trata de plantear y, en lo posible, resolver es escudriñar sobre lo que este instrumento de control representó y significó dentro del sistema político y de la estructura de poder en Maracaibo entre 1765 y 1810. Nuestro objetivo consiste en analizar los juicios de residencia a partir de las relaciones de dominación, de dependencia, de lealtad, de fidelidad y de subordinación que integraban a individuos y colectivos, en correspondencia con los códigos simbólicos que expresaban sus prácticas sociales. El juicio de residencia en el contexto hispano colonial En su sentido más general, los estudios que aluden al juicio de residencia parten por considerar la estructura esencial que mantuvo en España y con la cual se trasladó a América. En tal sentido, se remontan al código de Alfonso X, el Sabio, entre 1256 y 1263 conocido con el nombre de las Siete Partidas, al ordenamiento de Alcalá de Henares, fuente del derecho castellano promulgada en 1348, a las Cortes de Toledo de 1480 y a la Pragmática para corregidores y jueces de residencia publicada en Sevilla en 1500. 8 Las particularidades que adquirió en la América hispana, al igual que toda la legislación indiana, figuran en la Recopilación de Leyes de Indias promulgadas por Carlos II en el año de 1680. Sin embargo, la especificidad americana impuso, en algunos casos de residencia, la necesidad de recurrir a las fuentes del derecho castellano con carácter supletorio. Es convenien-te señalar que como institución no fue privativo de Castilla; otros reinos, al considerarlo como instrumento ideal para el fortalecimiento de la monarquía, reglamentan y disponen del mismo según sus particularidades. Con el ascenso de los Reyes Católicos al gobierno monárquico, la residencia adquirió el fortalecimiento necesario para instaurarse definitivamente como institución legalmente constituida. A partir de 1500 los lineamientos establecidos en la Nueva Recopilación de las Leyes de Castilla permitieron su traslado a América para el control efectivo de los funcionarios en los territorios ultramarinos. En opinión de Haring, 9 la residencia en América se instauró en 1501, cuando se autorizó a Nicolás de Ovando tomar la residencia a Francisco de Bobadilla, procurador en estas tierras. Dada la diversidad de situaciones que se presentaron en tierras americanas para su aplicación, la Corona se vio obligada a adecuar las disposiciones dándoles un carácter específico. Letizia Vaccari 10 advierte que esta institución evolucionó en el Nuevo Mundo y adquirió características que permiten diferenciarla en el conjunto americano. En todo caso, puede decirse que fue más indiana que española. Aunque su origen y cometido fue convergente, no existió un patrón único en la forma de su desarrollo y de su práctica. No obstante, la realidad política, económica, social y geográfica de los territorios americanos, llevó a la Corona a ceder ante el imperativo de las circunstancias impuestas por dicha realidad. Era evidente que, a pesar de existir ya desde el siglo XVI una normativa respecto al control de los oficios y gobiernos, su aplicación fue muy desigual; en ello incidió desde la propia realidad americana, hasta los intereses particulares que se filtraban en las instituciones de poder local. De este modo, se fueron delineando políticas atendiendo a circunstancias locales específicas, pues constituyó un reflejo fiel del proceso de adaptación y cambios a nuevas y diferenciadas realidades. 11 La segunda mitad del siglo XVIII, bajo el amparo de nuevas leyes y de tendencias centralizadoras e impositivas por parte de los gobernantes ilustrados, se dio un vuelco a esta práctica, que si bien se proponía contribuir al buen gobierno y administración local, generó cierta complicidad en el disfrute colectivo de los recursos y bienes públicos. En la dialéctica del poder del reino -dividido en Cabildos-poder del rey, los juicios de residencia fueron claves en el orden institucional de 9 Citado por Mariluz Urquijo, pág.12. 10 Vaccari: Sobre Gobernadores y Residencias..., pág. 39. centralización político-administrativa y judicial y de dominación política, a la vez que contribuyeron al fortalecimiento del poder real en la medida que controlaban, entre otros aspectos, las finanzas locales. Lo anterior prueba que el aparato institucional del Estado absoluto descansó sobre los Cabildos, por ser instrumentos de administración y captación de recursos económicos. 12 En la trama de las instituciones indianas, en opinión de Mariluz Urquijo, 13 el juicio de residencia hacía posible el funcionamiento de los diversos organismos administrativos y judiciales, pues advertía al funcionario sobre la necesidad de ajustar sus actos, prácticas y comportamientos al ordenamiento jurídico vigente. En este sentido, se instituyó como discurso legitimador del poder público, a la vez que de los intereses individuales y públicos. Sin embargo, se duda de su efectividad, sobre todo en los funcionarios de alto rango: en algunos casos no concluían con sentencia; otros eran interminables en el tiempo y, otras veces, las influencias permitían su dispensa. La dispensa o exención de la residencia, en el caso de algunos funcionarios, solicitada por él mismo o por los allegados a su entorno, provocó discusiones y encontradas decisiones judiciales. El problema se hizo muy evidente, sobre todo en el caso americano, durante la segunda mitad del siglo XVIII, a raíz del reformismo borbónico que facultaba a los funcionarios a exigir respeto a sus privilegios y recompensas a sus méritos. En adelante, virreyes, oidores, ministros de Audiencias, militares y gobernadores, entre otros funcionarios, se sintieron con derecho a exigir ante las autoridades respectivas la dispensa de su residencia. Para la segunda mitad del siglo XVIII las dispensas se generalizaron y se convirtieron en práctica común. Por diferentes razones a buena parte de los funcionarios coloniales se les otorgó tal beneficio. La normativa legal establecía que la exención sólo procedía para la parte secreta; la pública debería darse, pues en ella los agraviados podían hacer valer sus derechos. 14 12 La acción fiscalizadora de las finanzas municipales era ejercida por el Consejo de Castilla. Se trataba de una intervención ordinaria establecida directa y bilateralmente entre ambas instituciones del Estado. Al Consejo le correspondía el poder político-legal y al municipio la acción administrativa o ejecutiva. En todo caso, el Consejo de Castilla tomaba las decisiones sobre cualquier asunto relacionado con las finanzas municipales en general y de propios en particular. Por consiguiente, no existió en el ámbito local ninguna autonomía financiera, porque tampoco disfrutaron de autonomía política. Al respecto véase De Bernardo Ares, José: "La configuración del poder público en la Corona de Castilla a finales del siglo XVII", en Revista Tiempo y Espacio, N.o 20, Caracas, 1993, págs. 20-21. 13 Mariluz Urquijo: Ensayo sobre Juicios... págs. 4-5. Tomo LVII, 2, 2000 Sobre el momento preciso en que procedía el juicio de residencia se han suscitado polémicas. Para unos, debía realizarse al final del cumplimiento de sus funciones; para otros, en el ejercicio de su oficio o antes de haberse cumplido el tiempo previsto. Al respecto José Mariluz 15 señala que el juicio podía abrirse en cualquier momento y tomarse en el sitio donde el funcionario cumplía su labor, por lo cual tenía que permanecer en el mismo durante el plazo fijado por la ley para su inicio, una vez concluidas sus funciones al servicio monárquico. Todo juicio de residencia constaba de dos partes: una secreta, en la cual se investigaba la conducta del funcionario en forma sumarial; otra pública en la cual se recibían las quejas y denuncias de particulares, que se sentían ofendidos por el funcionario residenciado. En cualquiera de los casos, el juez de residencia recogía evidencias sobre todo de aquellos elementos que en conjunto representaban el funcionamiento administrativo de una localidad. La inspección implicaba, a su vez, la revisión de libros de Cabildo, protocolos, ordenanzas reales, expedientes sobre causas civiles y criminales, inspección de establecimientos municipales como la cárcel, carnicería, limpieza y construcción de calles, caminos y puentes, entre otros. Otro de los elementos a considerar eran las fianzas de residencia que, según disposiciones reales, debían presentar los funcionarios sujetos a la misma. La fianza aseguraba la efectiva aplicación de las sanciones impuestas, siempre a favor de los agraviados. El monto y las condiciones que regían su cumplimiento atendían a las particularidades locales. En la mayoría de los casos, los funcionarios aseguraban la fianza con algún miembro de la sociedad local que formaba parte del entorno del gobernador. Dentro del simbolismo político de la época, además de recordarle a cada funcionario sobre la necesidad de ajustar todos sus actos, exhortaba a la población a pedir justicia por los agravios cometidos en su contra por cualquier funcionario en el ejercicio de su cargo. Para la Corona era fundamental el cumplimiento y aplicación efectiva de las disposiciones reales, y para ello sólo contaba con la capacidad, honestidad y ética de cada funcionario, reflejada en su nivel moral y político. 16 Por lo tanto, simbólicamente constituía instrumento ideal para afianzar la justicia y fortalecer la monarquía. Para el caso de la provincia de Maracaibo, esta institución se analiza como representación de la fidelidad política y la lealtad mutua en el marco 15 Ibídem, págs. 142-143. del entramado social que articula cuerpos sociales, comunidades y grupos colectivamente vinculados por relaciones de diversa índole. Por tanto, su interpretación histórica debe enmarcarse en la "mentalidad política" de la época, de lo que representan y significan como parte del sistema político y de la estructura de poder. Los juicios de residencia en el gobierno provincial de Maracaibo. En su condición de ciudad-puerto y capital provincial, para las últimas décadas del siglo XVIII Maracaibo era el centro dinamizador de un mercado regional que concentraba las producciones cacaoteras de los valles cucuteños y tierras aledañas al Lago de Maracaibo. Como centro políticoadministrativo, también las lealtades, mediaciones y fidelidades mutuas explican el significado de las actuaciones y prácticas sociales que dinamizan el funcionamiento del poder durante el mandato de los gobernadores de Maracaibo en tiempos del régimen borbónico. Los juicios de residencia, celebrados en la época aquí considerada, responden al entramado social que articulaba los diferentes cuerpos sociales, en el marco de unas pretensiones de poder institucionalizadas en la autoridad monárquica. Son varios los ejemplos de referencia documental que revelan lo sistemático de esta práctica y su revisión indica que la misma afectó muy poco la estructura del poder provincial. En este sentido, el entorno de los gobernadores y su gobierno lo integraban hacendados, comerciantes, propietarios y/o funcionarios, vecinos, hermanos, amigos, compadres y cuñados con prácticas que impregnaban la vida cotidiana local para el disfrute de los beneficios que el poder generaba. Todo indica que las residencias ordenadas en la provincia de Maracaibo entre 1765 y 1810, son reveladoras de las relaciones entre el poder local y el monárquico y entre los cuerpos sociales locales vinculados al gobierno provincial. Desde esta perspectiva, la residencia y su exención pueden considerarse como parte del interés económico y político de quienes tenían acceso a diversas instancias de poder y como una manifestación más de poder. Ello explica la actitud asumida por los miembros del gobierno civil, militar y eclesiástico de Maracaibo, al solicitar su dispensa para la mayoría de los gobernadores que ejercieron el gobierno provincial durante estos años. El juicio ordenado a Alonso del Río,17 quien gobernó la provincia entre 1765 y 1775, fue uno de los más polémicos dada la opinión generalizada de la conducta "inhonesta" de dicho funcionario. Uno de los acusadores más fuertes fue el vicario juez eclesiástico de Maracaibo, quien en todo momento le acusa de "escandalosa y relajada vida" y se eleva su protesta directamente al virrey de Santa Fe, Pedro Messía de la Cerda. El obispo tomó declaración a quince testigos. Todos coincidían en lo perjudicial que resultaba a la vindicta pública, la situación de amancebamiento del gobernador con doña Bárbara Carrasquero, madre de su esposa. Además, se le acusaba de ser un funcionario despótico y ofuscado en sus pasiones, de haber abandonado la ciudad y de escandalosa conducta. En iguales circunstancias, la residencia secreta sentenció 31 cargos concernientes a la violación de las disposiciones legales para el buen funcionamiento de la provincia, las buenas maneras y costumbres y, lo más grave, su escandalosa conducta. Entre los testigos acusadores figuraban varios vecinos de reconocida solvencia moral y económica, como don Francisco Vera, don Felipe Miguel de Inciarte, don Guillermo Roo, don Luis de Celis, don José Antonio Pulgar, don Cristóbal de Hoyo, don Juan Monzant y don José Miguel Puche. Al gobernador se le impuso una multa de 82 pesos y 1027 salarios, en correspondencia con los 10 años, 3 meses y 20 días que se mantuvo en el ejercicio del cargo. 18 En esta oportunidad el resultado de la pesquisa demuestra que los intereses de los vecinos se unen en defensa de su patrimonio local, de su solvencia moral, de ahí que la sentencia sea recibida con beneplácito por todos. En el caso de los gobernadores Francisco de Santa Cruz (1775-1780) y Francisco de Arce (1782-1787), su testamentario y albacea don Bernardo de Lizaur, ante la imposibilidad de finalizar las testamentarias sin evacuar la residencia, solicitó la dispensa en consideración a que ambos funcionarios habían fallecido. La representación de Lizaur observaba haber depositado las fianzas correspondientes a los cargos que pudiesen resultar del proceso y pidió su indulto, pues su objetivo "... era averiguar la conducta y operaciones de los sindicados y si ya estos,...han fallecido la misma sería de muy poco fruto, acarreando mayores costos a sus bienes y perjuicios a sus herederos". 19 Por real cédula en 1790, fue indultado de la residencia secreta, más no la pública, dado el perjuicio ocasionado a terceros. También se ordenó suspender, hasta tanto se decidiera otra cosa, cualquier procedimiento contra los demás funcionarios de este gobierno. En el juego de intereses colectivos entre quienes compartían el ejercicio del poder la dispensa de las residencias, generalizada desde mediados del siglo XVIII en el conjunto americano, revela las nuevas modalidades de las relaciones entre el soberano y sus súbditos. De esta manera, en el marco de la subordinación y dependencia a la imagen sacralizada del rey, la necesidad de control del poder de la monarquía debía responder a las aspiraciones de poder en los súbditos. Simbólicamente la identificación poder real / poder soberano era una representación de la lealtad y fidelidad política. El juicio de residencia seguido a Joaquín Primo de Rivera, gobernador de la provincia de Maracaibo entre 1787 y 1794, al igual que los ordenados a otros funcionarios de este rango, descubre prácticas y comportamientos que explican las relaciones durante el mandato del gobierno provincial. Mediante real cédula fechada en San Lorenzo el 11 de octubre de 1792, se designó como juez residenciador a don Faustino de la Plaza, abogado de la Real Audiencia de Santo Domingo y del Ilustre Colegio de Caracas, teniente de gobernador y asesor general de la provincia de Barinas; en caso de ausencia, sería el licenciado don José Patiño y Sotomayor, teniente coronel del regimiento de infantería Fijo de Guatemala y, en ausencia de ambos, el licenciado Francisco Javier Manzanos, abogado de la Real Cancillería de Granada. A su vez, fue designado como escribano don Isidoro González de Acuña, fiscal de Real Hacienda: "todos sujetos de reconocida trayectoria y aptos para tan delicada misión". Por real cédula se ordenaba que, junto al gobernador Primo de Rivera, debían rendir cuentas de su actuación el teniente de gobernador y auditor de guerra, tenientes de justicias mayores de las distintas jurisdicciones provinciales, corregidores de pueblos, regidores, alcaldes provinciales, ordinarios, de la Santa Hermandad, en fin a todos los que ejercieron funciones de gobierno durante este período. 20 Señalaba que la residencia debía ajustarse por todas las vías y maneras a lo establecido legalmente, de manera que "...podáis, informéis y sepáis cómo y de qué manera han usado y ejercido sus oficios, han administrado justicia, derecho, preeminencia y patrimonio real, y en especial en lo tocante a los pecados públicos y cómo han guardado las leyes, cédulas y ordenanzas reales...". 21 El procedimiento ordenado por el juez residenciador estableció las siguientes pautas para la rendición de cuentas: -El escribano de Cabildo debería certificar con la presencia de los libros capitulares el día, mes y año en que tomó posesión de la gobernación de la provincia el brigadier Primo de Rivera, así como el día en que cesó en sus funciones. Asimismo, si en ese momento ya estaba posesionado del cargo su teniente y asesor general don Juan Esteban de Valderrama. -Igualmente debería certificar que otros funcionarios cumplieron o estaban cumpliendo función alguna. -Certificar si el gobernador era deudor de la Real Hacienda. -Ordenar al escribano poner una certificación de todos los Cabildos ordinarios y extraordinarios celebrados durante dicho gobierno. -Ordenar a los escribanos que le pasasen todos los registros, expedientes y causas actuadas en los juzgados ordinarios. -Ordenar a los escribanos más antiguos que certificasen si el gobernador y sus funcionarios tenían fijado en tabla en la Real Audiencia, el real arancel de derechos. -Ordenar suspender durante el término de la residencia al alcalde ordinario de primera elección. Igualmente al teniente de gobernador y asesor general don Juan Esteban de Valderrama. Sólo podían continuar en su cargo el auditor de guerra y el asesor general de la Intendencia. -Ordenar examinar 18 testigos imparciales y mayores de edad. Una vez evacuados los recaudos necesarios, el juez residenciador ordenó publicar solemnemente la residencia, tanto pública como secreta, fijando edictos en los lugares públicos acostumbrados. 22 A partir de estas exigencias, bajo juramento los testigos elegidos debían responder el interrogatorio secreto formulado, que tenía como objetivo fundamental investigar de oficio la conducta del gobernador (ver apéndice). Este interrogatorio de 41 preguntas, por lo general igual al resto de los ordenados en otras localidades en el período aquí considerado, introduce algunos matices locales que indican unas pautas de comportamiento asumidas colectivamente. En el marco de la política monárquica, se trata de determinar la aplicación y efectividad del conjunto de ordenanzas y dispo-22 Archivo General de la Nación (Caracas), (en adelante AGN), Causas de residencia, T. LXXII, ff. siciones reales que la legislación indiana dispuso para la administración de los territorios americanos. Su contenido refleja los cargos y funciones de gobierno, así como el comportamiento de los vecinos. En este sentido, suministra información sobre diversos asuntos: costumbres, ejecución de obras, salud pública, ornato y aseo de la ciudad, Real Hacienda, asistencia social, recursos públicos, etc. Al manifestar la cotidianidad local, se describe un modo de actuar y una manera de relacionarse en el marco de la fidelidad y de la lealtad. En la residencia secreta ordenada al gobernador Primo de Rivera se designaron diez y ocho testigos entre militares y comerciantes distinguidos, así como funcionarios que habían ocupado alguna plaza en el Cabildo; además, algunos vecinos carpinteros, herreros, sastres, entre otros. Los testigos "... imparciales honrados, de acreditada conducta y reputación, de buena familia y cristianos..."23 fueron don Sebastián Troconis, alcalde de la Real Aduana; don Guillermo De Roo, teniente de infantería; don Juan Monzant, vecino, labrador; don Pedro Fermín de Rivas, ayudante mayor del cuerpo veterano; don Francisco de Larrumbide, capitán de milicias, comerciante; don José Díaz Varela, vecino, comerciante; don Manuel Flores, vecino, comerciante; don Francisco de Iturbe, oficial de las reales cajas; don José Domingo Rus, abogado de la Real Audiencia; don Rafael María Zurbarán, oficial 2.o de la Real Contaduría; don Tomás de Quintana, teniente de milicias; don Domingo González, vecino, labrador; don José Ventura Socorro, vecino, maestro carpintero de blancos; don Ramón Govea, vecino, maestro de herrería; don Juan Carlos Sánchez, capitán de artillería retirado, sastre; don José Luis Sánchez, capitán de artillería de pardos, carpintero; don José Domingo Bracho, soldado de milicias y don José García y Oliva, abogado de los Reales Consejos y Real Audiencia. Dentro de la red de relaciones que legitiman la actuación del gobernador Primo de Rivera, las respuestas de los testigos permiten adentrarnos en la complejidad del entramado social de los vínculos que sustentan las relaciones de poder entre individuos y colectivos, en correspondencia con los códigos simbólicos que definen comportamientos, actitudes, costumbres y prácticas. En estas dependencias recíprocas, lo esencial era el individuo en su imbricación social, pues en su contacto con los otros, se dependía tanto de rivales y contrarios, como de amigos y aliados en una relación que no siempre era armónica. En este contexto socio-simbólico, en su mayoría, las respuestas de los testigos coincidieron en la "buena actuación" del gobernador. Especial mención se hizo al interés puesto en el aprovechamiento y defensa de los recursos colectivos, a la observancia de la moral y buenas costumbres y en su disposición al fiel cumplimiento de la legislación. Por ello su gestión se valora como positiva. Ello lo demuestra el veredicto del juez residenciador. cias don Ignacio Baralt, quien actuó como fiador cuando el gobernador se juramentó en el cargo, Justo Menacho, Francisco de Larrumbide, Tomás de Quintana, Sebastián de Esponda y Antonio de Cabrera e Inciarte. Otros como Francisco de Larrumbide, José Díaz Varela y Tomás de Quintana, fueron testigos de la residencia secreta que se le tomó a dicho gobernador. Buena parte de estos vecinos desempeñaron cargos en el Cabildo como alcalde, regidor y procurador general. En el caso de Ignacio Armada, quien gobernó la provincia entre 1794 y 1799, los Cabildos eclesiástico y secular de Maracaibo, Mérida, San Cristóbal, la villa de Perijá y la Grita de la provincia de Maracaibo, solicitaron en 1797 la dispensa de su residencia cuando aún le quedaban dos años de gobierno. Alegaron la "excelente conducta en el desempeño del cargo". Como prueba anexaron las cuatro representaciones de estos Cabildos, en las cuales solicitaron fuera prorrogada su gestión por cinco años. En una de ellas expusieron que ".. ha ejecutado obras en beneficio del vecindario, el desinterés, arreglados procedimientos y celo religioso con que se ha dedicado a extinguir los pecados públicos, al bien de todos los pobres y ha conseguido la reedificación de la iglesia parroquial, única en dicha ciudad...". 25 A esta solicitud se agregó la del propio gobernador Armada y de su apoderada y hermana María Teresa de Armada, quienes aludieron que con motivo del fallecimiento de su hermano el marqués de Santa Cruz de Rivadulla en la ciudad de Santiago, Reino de Galicia, debía trasladarse a esta localidad para hacerse cargo del marquesado y sus estados, en su condición de legítimo heredero del mayorazgo familiar. 26 En julio de 1798 el rey le concedió el pedimento de separarse del cargo de gobernador a fin de que pudiera regresar a España. En octubre del mismo año, por real cédula fechada en San Lorenzo le fue dispensada la residencia secreta y se declaró lo que debía ejecutarse en cuanto a la pública. 27 Esta dispensa se explica, en el marco de la relación poder local-poder monárquico, en la lucha por el poder entre gobernantes-gobernados y en la cual privaba el interés colectivo, pues la Monarquía era la cúspide del Estado y el Reino constituía la base del mismo. Ninguno suponía la sumisión del otro. De ahí, las fidelidades y lealtades mutuas. 25 Archivo General de Simancas (en adelante AGS), Gobierno de Maracaibo, Secretaría de Guerra. 27 AGN, Caracas, Causas de Residencia, T. XLVI, ff. En 1796 el Cabildo de Maracaibo envió una representación al virrey en la que se solicitó su extinción, pues "... el infeliz estado de pobreza en que se halla la provincia, hace que no sufra los crecidos gastos que ocasionan las residencias...". 28 Lo conveniente sería, según la representación, que el gobernador fijara edictos convocatorios para que todo aquel que se sintiese agraviado lo hiciera saber en un lapso de sesenta días, luego la denuncia seguiría su curso normal. Esto no traería más gastos que los procesales. En 1797 el Cabildo maracaibero señalaba "... el deplorable y exhausto estado en que se mira vuestra miserable ciudad y provincia espera que se le exonere a sus gobernadores y ministros del grave juicio de residencia.... de este mal que tanto recelo ha traído. Sus fieles, leales y amantes vasallos esperamos se digne mirarnos con ojos de piedad...". 29 Según la representación, la solución estaría en manos de la Real Audiencia de Caracas, pues podía poner remedio a las irregularidades presentadas. Las opiniones coincidieron en señalar que la residencia, lejos de ser favorable a la provincia, le era perjudicial y sumamente gravosa. Al parecer, razones inherentes a la autonomía local se unen a otras de carácter monetarista y fiscal como el costo económico que suponía dicho procedimiento. Razones más que suficientes para solicitar la dispensa de las residencias. Esto debe enmarcarse en el contexto de las redes de relaciones e interdependencias recíprocas que sustentaban el ejercicio del poder. La comunidad local representada en el Cabildo y la máxima autoridad provincial, se identificaban en situaciones en las que sus intereses colectivos se veían afectados. De ahí, las muestras de afecto, reconocimiento, solidaridad y lealtad. Acciones de este tipo, fortalecían y aumentaban las redes de sociabilidad que garantizaban poder e influencia. En 1804, en el marco de lealtades que unían y separaban a los miembros del Cabildo maracaibero, en el cual quedaban expresados los intereses de los grupos de poder local, el gobernador Miyares recibió apoyo de sus autoridades y otros funcionarios para solicitar al virrey gestionar la dispensa del juicio de residencia, como gracia en beneficio público. El gobernador Miyares, apoyándose en la prerrogativa que tenían algunos funciona-rios, por ser caballero de la Orden de Carlos III y como fiel y leal servidor del rey, se sentía con derecho para solicitar esta exención, para lo cual recibió el apoyo de los miembros del Cabildo. En agosto de ese año, remitió a las autoridades correspondientes la "Representación y testimonio del acta del acuerdo del cabildo, justicia y regimiento de Maracaibo", mediante la cual se adujeron las razones para solicitar la dispensa de la residencia, sin perjuicio de los que se sintieran agraviados de sus providencias o de los demás ministros. La representación observaba que por ser el gobernador Miyares uno de los más fieles y celosos ministros de su majestad, cuyo gobierno había mostrado gran prudencia y rectitud, era merecedor de tal beneficio y junto a él los demás funcionarios que le habían acompañado en su gestión. Esta dispensa, según el Ayuntamiento maracaibero, contribuiría a su "Real benignidad" y al beneficio de toda la provincia. 30 Entre los capitulares que gestionaron tal solicitud, figuraban Andrés María de Manzanos, Zenón de Veira, Juan Hernández Caballero y Diego de Melo, hombres de reconocida solvencia pública, dedicados a la política y a los negocios. Entre otras razones, argumentaron a su favor su celo y fidelidad como ministro de su majestad, su prudencia y rectitud, la apertura de nuevos caminos, lo cual representaba una ventaja para el comercio, la administración de justicia, las disposiciones para la defensa de la provincia y el celo oportuno en los intereses de la Real Hacienda. En definitiva, como fiel representante de la Corona, era merecedor de tal beneficio. "Por todo lo cual y principalmente por la notoriedad de la recta, fiel conducta de nuestro actual gobernador en todos los asuntos de su incumbencia = este ayuntamiento suplica a V.M.... se sirva dispensar la residencia..., gracia que espera alcanzar en beneficio público". 31 La residencia ordenada al gobernador Miyares creó cierto malestar e inconformidad en la provincia. En tal sentido, el Cabildo en sesión conjunta acordó levantar un acta para manifestar ante el rey su descontento. Expresaron que no había motivos para que a un "... funcionario de la notoriedad del gobernador Miyares se le intente someter a tal procedimiento, y menos aún a nuestra ciudad donde se tiene la experiencia de los perjuicios irreparables y de las ruinas causadas por las residencias...". 32 30 Archivo de la Academia Nacional de la Historia, (Caracas), Papeles de Miyares, T. II, ff. Tomo LVII, 2, 2000 Esta representación del Cabildo fue elocuente al señalar: -"Está persuadido señor este Ayuntamiento que los fines que se propusieron para el establecimiento de las residencias, fue sanos y justos y que era sin duda un recurso necesario para freno del despotismo de algunos malos ministros de justicia, los cuales a pretexto de la distancia y de su independencia gobernaban a su antojo. -De nada más sirve una Residencia que de imponer una extorsión destructora a muchos de nuestros fieles vasallos que han desempeñado fielmente sus obligaciones en los cargos públicos, pues sin duda que de todos, cuando no hay culpados, como sucede por lo regular, deben salir los grandes y crecidos costos de la comisión. -La presencia de los malintencionados que nunca faltan en los pueblos, los cuales a la sombra de una secreta pesquisa, vomitan las más horrorosas calumnias e intrigas con que logran a lo menos por efecto de sus perversas ideas, ver sembrada la discordia entre los vecinos, encendido el odio y rencor de que nacen las malas voluntades e innumerables pleitos con que se acaban y arruinan". La representación revela que esta práctica no parece contar con el beneplácito y apoyo del gobierno local, pues supone cierta sumisión al poder real y en cierto modo una carga económica más, al tener que sufragar los salarios de quienes la ejecutan. Para los objetivos propuestos en la investigación, es fundamental precisar los resultados de las diligencias practicadas en la solicitud de exención de la residencia al gobernador Miyares. Hasta ahora, no ha sido posible localizar la documentación que permita conocer si la residencia se realizó o no. Se aportan elementos teóricos-metodológicos para analizar y comprender las relaciones de poder alrededor del ejercicio del gobierno provincial de Maracaibo durante las últimas décadas borbónicas y primeros años del siglo XIX. Los resultados aquí expuestos sólo abren el camino para la reconstrucción de un proceso histórico que redescubre las prácticas políticas de los grupos dominantes en las instancias de poder local y provincial. En la relación soberano-súbdito, los valores sociales tradicionales de fidelidad, lealtad y solidaridad, involucran indistintamente a la vida social y política, pues el entramado de dependencias e interdependencias no establece diferencias en la distribución y uso del poder. En este marco de rela-LIGIA BERBESÍ DE SALAZAR Y BELIN VÁZQUEZ DE FERRER ciones sociales, el análisis de los juicios de residencia permite penetrar en la complejidad del funcionamiento y socialización del poder en el terreno de un hacer, un deber y un quehacer, en el cual las representaciones y prácticas colectivas expresan la relación dialéctica entre gobernantes y gobernados. Los juicios a los que son sometidos los funcionarios provinciales, además de una práctica legal y usual, representan el poder que sus agentes sociales significan y construyen. Las residencias ordenadas a los gobernadores de la provincia de Maracaibo en el período aquí considerado, revelan cómo colectivamente se participa de unas prácticas que impregnan la cotidianidad local y explican las relaciones e interdependencias establecidas en torno a privilegios y prerrogativas que distinguen a las comunidades locales. De este modo, lo ocurrido con las pesquisas públicas y secretas dispuestas, son características del entramado social alrededor del ejercicio del gobierno provincial. El descontento que esta práctica generó entre miembros prominentes de la sociedad maracaibera y su órgano de gobierno local, pone de manifiesto la reacción de los agentes sociales que controlaban el poder local en el marco de una nueva dinámica social y política. Esto explica que hacendados, comerciantes, eclesiásticos y funcionarios de gobierno político y militar conjugaran lealtades, solidaridades e intereses, reforzando lazos de amistad, negocios y clientelas. En este sentido, acciones a favor de los gobernadores son reveladoras de las redes de relaciones del poder, pues en la mayoría de los casos el veredicto certifica los "méritos y buena gestión" del funcionario residenciado. Interrogatorio secreto incluido en el juicio de residencia del gobernador Joaquín Primo de Rivera ( 1794) Si conocen al brigadier Joaquín Primo de Rivera, gobernador e Intendente que es de esta Provincia, a su teniente don Juan Esteban de Valderrama, a los alcaldes ordinarios y demás ministros; si son parientes, amigos o enemigos y si les comprende alguna otra circunstancia de las generales de la ley, digan y den razón. Si saben que dicho señor gobernador, su teniente y demás jueces y ministros administran cumplidamente justicia a las partes o dejaron de administrarla por amor, temor, odio, enemistad, dádivas, ruegos o parcialidades que hubieren tenido con personas poderosas, expresen en qué causas, o casos, qué daños y perjuicios causaron y a quiénes. Si saben que los referidos han dado buen ejemplo, o causado escándalo en el modo de vivir o portarse, y sin han dejado de castigar los pecados públicos y escandalosos como concubinatos, usuras, juegos prohibitivos, juramentos, blasfemias, alcahuetes o encubridores de malos hechos, y a los vagabundos, ociosos y mal entretenidos, disimulándoles sus hechos, sin aplicarles las penas establecidas en derecho, o si han dejado de ejecutarlo por interés u otros fines particulares. Si saben que han cuidado de la buena educación de la juventud, procurando que sus padres o parientes aplicasen a los jóvenes algún ejercicio útil a la República, sin permitirles la ociosidad, que es el origen de todos los vicios, proporcionándoles maltratos y destinando a cada uno a aquel oficio que más le llamaba la inclinación conforme a su estado y condición. Si saben que el expresado Sr. gobernador e intendente ha velado sobre la conducta y procedimientos de sus tenientes y comisionados, procurando que cada uno cumpliere con puntualidad y exactitud en sus respectivos encargos, sin permitirles que causasen extorsiones, robos e injusticias a los vecinos, o si la han disimulado con agravio de las quejas y perjuicios de los demás vasallos. Si saben que dicho Sr. gobernador, sus tenientes, alcaldes ordinarios y demás que han ejercido jurisdicción en esta Provincia, han determinado, castigado o condenado alguno en grave pena, sin consulta primero con la Real Audiencia del Distrito como está mandado y sin oírles sus descargos, ni su legítimamente convenidos, especifiquen los casos y personas. Si han permitido, auxiliado o disimulado algún alboroto popular, sedición o motín que conspirare contra la autoridad Real o de sus ministros y si por no dar las correspondientes providencias se siguieron muertes, escándalos u otros excesos. Si saben que hubiesen dejado de obedecer y dar cumplimiento a las cédulas, provisiones y otros mandatos del Rey Nuestro Señor, de su Real y Supremo Consejo de estos dominios o de la Real Audiencia del Distrito, o si del mismo modo dejaron de observar las leyes, particularmente las hechas en Toledo, especificando las Reales Ordenes, leyes o disposiciones que dejaron de observar y los perjuicios que resultaron. Si saben que dejaron de dar audiencia a los que a su tribunal acudían a pedir justicia, si les trataron mal, acusándoles o injuriándoles de palabra su obra especialmente a los pobres, especifiquen las personas a quiénes. Si saben que en el despacho de las causas y negocios fueron omisos o, diligentes molestando a las partes con injustas dilaciones o si consintieron semejantes desmanes. Si saben que en sus autos y sentencias hubiesen llevado dichos excesivos, contraviniendo a la tasa del arancel, o si consintieron que sus oficiales u otros ministros lo llevaran, expresen lo que hubieren dicho, y en qué causas y si los llevaron a las Indias, pobres u otras miserables personas. Si cuidaron que tuviese puesta desde el principio de su gobierno en las Audiencias públicas, una copia en tabla del Real Arancel, para que constasen los legítimos derechos que debían llevar ellos como los demás ministros de sus respectivos tribunales. Si saben que en las multas que impusieron en los pleitos y causas aplicaron la parte correspondiente a la Real Cámara y si cuidaron de tener libros en que sentarlas y si omitieron entregarla en la Real Contaduría a los respectivos receptores. Si saben que dicho señor gobernador y demás jueces ordinarios hubiesen sido omisos en defender y conservar la jurisdicción, las regalías del Patronato Real y demás preeminencias Reales, dejándolos usurpar o inhibiéndose de los negocios en que se trataba de ellos, por temor de censuras, interés u otros fines particulares. Si saben que hubieren permitido u otra dentro de la provincia, se erigiere, fundare o construyese alguna iglesia, parroquia, monasterio, hospital u otro lugar sin licencia de S.M. en contravención de las leyes y disposiciones reales. Si saben que han impuesto alguna sisa derrama o contribuyan sin licencia de sello por alguna obra pública o por otro efecto, expresen la cantidad, para qué fines, sobre qué cosas fueron impuestas, si se observaron sobre el asunto, y si invirtieron en los fines de sus destinos u otros distritos. Anuario de Estudios Americanos 17. Si cuidaron que hubiese cárcel con la seguridad correspondiente y con las prisiones necesarias y si por no haberla en esta conformidad, hicieron fuga algunos delincuentes, especificando los que fueron. Si cuidaron que los alcaldes de dicha Real cárcel tuvieran libro en que sentar las entradas y salidas de los presos y de que estuviesen con separación los hombres de las mujeres y si hacían las visitas de cárcel correspondiente. Si atendieron el abasto público y cuidaron de que las carnicerías estuvieren provistas, y también los lugares públicos en que acostumbran vender los demás mantenimientos y que todo fuese por su justo precio, o que si por descuido se vendieron por más de lo regular. Si cuidaron de la limpieza de las calles y que estas se mantuvieran empedradas y desocupadas y así mismo de que los edificios públicos se compusieran y repararan con el menor costo posible. Si han cuidado con particular atención de que los caminos públicos estén compuestos, desmontados y limpios para que los caminantes puedan transitar libremente, y si por su defecto se han seguido desgracias, perjuicios, expresen a quiénes, cuándo y en qué casos. Si cuidaron que hubiere ordenanzas en esta ciudad para su mejor régimen y si los hay cuidaron de su puntual y debida observancia. Si procuraron que se dieren y tomaron las cuentas, los bienes, rentas y propios de la ciudad y de caudales, depósitos y si permitieron se pasare alguna partida indebida y no hicieron pagar los alcances. Si saben que alguno de los susodichos hubiese rematado tales caudales, propios o rentas, en todo o en partes o hubieren sido fiadores o abonadores de los rematadores o permitido que lo fuesen los de su familia o dependientes. Si permitieron gastar los propios o rentas referidas en fines ajenos, sin destino y en casos que no condujeren al bien común de la República. Si saben que los jueces cometieron el examen de testigos en causas criminales o civiles arduas a los escribanos u otras personas sin justa causa, omitiendo hacerlo por sus propias personas o sin actuar ante otros escribanos que no fueren públicos del número habiéndolos en esta ciudad. Si han descuidado o tolerado que dichos escribanos no anotasen en los tales procesos los derechos que en ellos se le tasaron, o si fueron negligentes en hacerlo ejecutar. Si saben que dicho Sr. gobernador o su teniente asesor por si o por interpuestas personas trataron o contrataron, atravesando y comprando mercaderías de ropas, frutos de la tierra u otras cosas para revenderlas a subidos precios, impidiendo que otros los comprasen y vendiesen, y si los embarcaban fuera de la ciudad para sus ventas, o teniendo estancias, huertas, tierras, sementeras y cosas propias o si lo han ejecutado por sus mujeres e hijos que no fuesen casados y velados que viviesen aparte. Si saben que por sus personas u otras interpuestas, hijos, criados y dependientes recibieron algunos regalos, dádivas o cohechos, u otros, si por dejar de hacer recibieron algunos intereses o si igualmente los llevaron por la provisión de las tenencias, corregimientos u otros empleos y oficios, especificando las causas en que intervinieron semejantes cohechos, los perjuicios que se hayan seguido, y los sujetos de quienes recibieron iguales regalos e intereses. Si saben que dicho Sr. gobernador y demás ministros hicieron violencia a mujeres casadas, viudas o solteras en sus casas, si alguno de ellos estuvo públicamente amancebado o con escándalo, o si cometió algún otro delito de esta naturaleza. Si alguno de los susodichos fue abogado, procurador o solicitador de causas ajenas, así en sus tribunales como en otros de la gobernación llevando por ello algunos intereses o si fueren árbitros de compromisos. Si saben que dicho Sr. gobernador ha hecho visita general en toda la provincia, si lo hizo más de una vez y con qué causa. Si cuidaron del buen tratamiento de los indios, haciéndoles justicia, manteniéndolos en paz, sin gravarlos con tributos de los que están dispuestos por reales ordenes, si consintieron que los injiriesen, si se sirvieron de algunos de ellos sin pagarles su trabajo, si cuidaron de que los caciques no los maltratasen, instruyendo para ello a los corregidores conforme a las leyes recopiladas para estos dominios, si se sirvieron de los incorporados a la Real Corona y consintieron ejecutar alguna de estas cosas y no procuraron la conversión y reducción de dichos indios. Si despacharon con prontitud sus causas, o las detuvieron mucho tiempo en las cárceles, si conforme a las ordenanzas municipales fueron alimentados en ellos pasándoles diariamente lo necesario, o si por su descuido han producido hambres o necesidades o por falta de alimentos han muerto en prisión. Si dicho Sr. gobernador ha puesto el correspondiente celo y vigilancia a fin de establecer en los pueblos de indios escuelas de primeras letras para la enseñanza de la lengua castellana como está mandado por su Majestad. Si saben que hubiese sido negligente en providencias que los corregidores en sus respectivos pueblos, cuiden de que hubiese casa de cabildo, que los indios hicieren sus labranzas y tuviesen caja de comunidad, y si no distribuyeron los fondos de dicha caja en los objetos a que hayan destinados por las leyes o si se aprovecharon de ellos. Si en las elecciones de oficios concejiles y demás acuerdos de cabildo, dejaron votar libremente a los regidores o si por el contrario los obligaron con violencia a persuasiones a que votaran en personas de su parcialidad. Si han cumplido con visitar las cárceles en los días prevenidos por ley, viendo y examinando los presos, por que han sido detenidos en ella los delincuentes. Anuario de Estudios Americanos 39. Si dicho Sr. gobernador como Intendente que también ha sido de esta provincia ha cumplido guardando lo dispuesto en la Real Ordenanza e instrucción de Intendentes de Nueva España. Si saben que ha decomisado los géneros y efecto de contrabando o los ha tolerado contra las reales disposiciones, o teniendo parte en ellos, o si los han ocultado o desmembrado, o permitido su ocultación, o desmembración y si en los parajes pertenecientes a la costa han permitido el arribo de las embarcaciones extranjeras para hacer trato ilícito y sacar los frutos de la tierra. Si se han interesado en ello o llevado interés por la tolerancia y disimulo, y si las embarcaciones que han entrado a dichos puertos con las legítimas licencias han sido registradas con la exactitud necesaria, o si al contrario, siendo omitida esta formalidad se les han dado certificación del cumplimiento de sus registros o destinos. Si dicho Sr. gobernador durante su gobierno ha hecho alguna cosa memorable en esta Provincia al servicio de ambas majestades y de la causa pública, exprésenla con toda individualidad.
Se analizan los cuidados y prácticas que se llevaban a cabo durante el embarazo y el parto en la Nueva España. Prácticas que podían ser de carácter supersticioso, religioso o profano y que era importante valerse de ellas debido a que el embarazo se veía como un proceso natural y fisiológico y, a su vez, el momento del parto era temido porque se corría el riesgo de perder la vida. Cuando una mujer está embarazada participa de una serie de creencias populares y lleva a cabo una diversidad de cuidados y prácticas con el propósito de tener un periodo de gestación saludable y lograr un parto fácil, puesto que el acto de parir suele estar rodeado de temor debido a que se le ve como un momento en el que se puede perder la vida. Las creencias y costumbres que se asocian con el embarazo y el parto se han acumulado a través del tiempo debido, entre muchas otras razones, como asienta Foster,1 a que la dilación del embarazo en la mujer recién casada puede crearle una incómoda posición dentro de la familia y su círculo social, según la cultura de que se trate. Podría llegar a parecer que no está cumpliendo con una de sus responsabilidades dentro del matrimonio. Otro hecho muy común es que si en un tiempo razonable la mujer casada no queda embarazada, es víctima de críticas y lástimas, de aquí la necesidad de no pasar por alto las creencias populares. Una vez que se ha dado a luz, la mujer adquiere un nuevo estatus en la sociedad, donde pasa de mujer a madre. Estas creencias y prácticas pueden ser de carácter supersticioso, religioso o profano, libre de fuerzas del orden sagrado. De manera particular analizaré las costumbres y tradiciones sobre el embarazo y el parto en la Nueva España, en las cuales se da una interrelación de ideas europeas e indígenas; cabe señalar que muchas de ellas tienen una larga tradición, llegando hasta nuestros días. Asimismo estudiaré otros puntos enmarcados dentro de la obstetricia, como son la operación cesárea, el aborto y la formación de la partera. La información aquí presentada está basada fundamentalmente en fuentes primarias, escritas en su mayoría en los siglos XVIII y XIX, provenientes de diversos archivos: el Archivo Histórico de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México, el Archivo General de la Nación de México y el Wellcome Institute for the History of Medicine de Londres. En el periodo virreinal, el embarazo y el parto se veían por parte de la población española y mestiza como un proceso absolutamente natural y fisiológico, a diferencia de las creencias prehispánicas donde los dioses tenían una fuerte intervención debido a que los indígenas no tenían una idea precisa de los mecanismos de la concepción. Sin embargo, entre la población novohispana se observan ideas y actividades de naturaleza mística, que son necesario llevar a cabo en virtud de que existe el riesgo de que la madre o la criatura pierdan la vida. La presencia de ideas de naturaleza mística se explica tomando en cuenta que la medicina no se puede estudiar como una entidad aislada de otras formas de cultura de una sociedad, sino que existe una interacción entre ellas. Así pues, para comprender la historia de la medicina es necesario tomar en consideración otros factores de orden social, educativo, religioso, etcétera, y en la época de estudio, la religión cátolica fue un importante factor cultural que influyó en la evolución de la medicina. Por ejemplo, desde el siglo XVI la fundación de hospitales se debió a la Corona española, a donaciones particulares y a las órdenes religiosas; asimismo, la función del hospital no sólo consistía en dar asistencia a los enfermos, sino también en brindar hospedería y practicar la caridad cristiana, además de que su construcción debía hacerse próxima a una iglesia. Por otra parte, aparecieron, al lado de los libros de temática médica propiamente dicha, una serie de publicaciones médico-religiosas, entre ellas las oraciones y las novenas, que tenían como fin la prevención y curación de las enfermedades; es decir, fue común la influencia religiosa en el ámbito médico. En el periodo novohispano, el ejercicio de la obstetricia estuvo en manos de las parteras o comadronas, aunque no de manera oficial; los MARTHA EUGENIA RODRÍGUEZ Anuario de Estudios Americanos médicos no se ocupaban de tan denigrante profesión. Fue hasta el siglo XVIII cuando las parteras fueron reconocidas por parte de las autoridades encargadas de vigilar el ejercicio de la medicina; antes de este siglo solamente eran toleradas. De ellas, Ignacio Segura, médico de la Corte, se expresaba diciendo: "El oficio de la partera es utilísimo para la salud de las almas y de los cuerpos, y aún para la conservación del género humano, por ello son llamadas mujeres sabias y comadres, como si fueran segundas madres de los infantes". 2 Eran mujeres prácticas que a sí mismas se denominaban parteras y, por lo regular, de edad avanzada. La idea que entonces prevalecía era que las parteras debían ser buenas cristianas y confiadas más en los auxilios de Dios que en los de su arte, "...pues devotamente implorados, los concede su Divina Providencia suficientes para salir del mayor aprieto".3 La partera tenía la tarea de cuidar durante todo el embarazo a su paciente. Para el ejercicio de su profesión contaba con una ayudante conocida como tenedora, quien preparaba todo lo necesario para que se pudiera llevar a efecto el parto. En todas las épocas, las creencias y prácticas que giran alrededor del embarazo y del parto están influidas por factores culturales, con un arraigamiento tal, que se ha demostrado por la antropología médica que es más fácil lograr cambios en la práctica sanitaria que en las creencias y actitudes no sólo sobre la gestación y el momento del parto, sino también sobre la etiología y el control de la enfermedad. 4 Las costumbres y prácticas aquí presentadas tienen un carácter preventivo, cuya finalidad consiste en que el embarazo se desarrolle sin contratiempos y que el alumbramiento sea exitoso. Entre las costumbres llevadas a cabo para lograr un buen embarazo cabe citar la recomendación, de origen europeo, consistente en que ni por temor ni por vergüenza las mujeres embarazadas dejaran de pedir aquellas cosas que se les antojaran, pues de no cumplir estos deseos, las consecuencias podrían ser graves, como provocar el aborto y, por tanto, la muerte de la criatura. Asimismo, sobre el antojo de la mujer embarazada se creía, como en la época prehispánica, que era una manifestación de las necesidades del niño a través de su madre y, de no cumplirlo, el producto sufriría. Existieron creencias que no poseen ningún fundamento terapéutico, es decir, de carácter supersticioso, como fue el hacer uso de objetos dotados de un contenido simbólico. Por ejemplo, para ayudar a la continuidad del embarazo se recurría a la piedra imán, llevándola consigo la embarazada. En la Metrópoli se decía que había que llevarla debajo de la axila. Respecto al sexo del feto, los conquistadores también introdujeron la idea de que era señal de que se había concebido un varón los siguientes signos: "color del rostro manchado y apagado, movimientos del feto, cuando mas tarde, pasados los tres primeros meses: sumo aborrecimiento al congreso y calor grande que suele sentirle en el lado del bazo". Cuando se había concebido una niña, los signos eran diferentes: "...suavidad de los efectos del preñado, por las pocas manchas de la cara y porque los meteoritos del vientre no cesan hasta los cuatro meses". 5 Un remedio para combatir los sustos y miedos de las mujeres gestantes, que puede tener un cierto fundamento, era el consumir una bebida calificada como antiepiléptica compuesta, entre otros productos, de láudano, preparación que contiene vino blanco, azafrán y otras sustancias, así como canela y jarabe de rosa. De ello la embarazada debía tomar una cucharadita de tiempo en tiempo. 6 Creencia popular de origen europeo fue que los sietemesinos podían vivir tan bien como los niños nacidos a los nueve meses de gestación. Sobre ello los pitagóricos pensaban que el número 7 era perfecto, por ser impar, de aquí que los niños nacidos en ese mes tuvieran altas probabilidades de vivir. Durante la Edad Media, el número 7 también se consideró de buena suerte, dado que representaba el día de Dios. Como el número ocho es par, se le consideraba imperfecto, por lo que el niño tendría pocas posibilidades de vivir, menos que los sietemesinos, y en caso de que viviera, sería de manera enfermiza.7 Esta creencia carece de fundamento en virtud de que el feto de ocho meses está en mejores condiciones que el de siete. Tanto durante el embarazo como en el momento del parto, la mujer embarazada se valió de diversos rituales. Éstos constituyen un elemento relevante en la manera de cómo determinados grupos sociales enfrentan los momentos en que existen peligros o amenazas. Los rituales tienen importantes dimensiones simbólicas tanto sociales como psicológicas, cuyo lenguaje, expresado a través de diversas maneras, movimientos, palabras, canciones, música, etcétera, se entiende bien en un contexto cultural específico y sólo por aquellos que conocen su significado.8 Cada ritual es un cúmulo de símbolos y actos que revelan algo acerca de los valores de la sociedad: el alumbramiento es un momento único, de una importancia innegable. En la sociedad novohispana fueron abundantes las estampas, las pinturas, esculturas, reliquias y oraciones. Por su parte, la partera también tenía sus recursos, que colocaba en el abdomen o en el cuello de la parturienta, como escapularios, rosarios y medallas. Entre dichas prácticas cabe citar las Palabras de la Virgen, jaculatoria impresa en una oblea o papel que comían las embarazadas, aún a la hora del parto. Dicha jaculatoria también se encontraba impresa en una faja con listones de colores que se colocaba sobre el vientre de la parturienta, y cuyo texto decía: "En tu Concepción ó Virgen María fuiste inmaculada: Ruega por nosotros al Padre cuyo hijo diste á luz.9 El fajamiento se practicaba para evitar que "suba la criatura" o para que "no se agarre en las entrañas del pecho". Respecto a los santos se argumentaba en una novena de 1818 que todos "...son abogados nuestros en el cielo; todos ruegan allí y piden por nosotros: de todos debemos o podemos esperar el remedio de nuestras necesidades, pero de ninguno con más confianza que de aquellos que sobresalieron en este mundo en la caridad y misericordia con sus prógimos". 10 Así, los santos protectores de las embarazadas y del parto más venerados fueron San Vicente Ferrer, San Félix de Cantalicio, San Carlos Borromeo, San Ignacio de Loyola, San Taraco Mártir, Santo Domingo de Silos y San Ramón Nonato. De igual manera, fue común encontrar en el periodo estudiado imágenes de la Virgen en sus diferentes advocaciones, a quienes invocaban las parturientas en el momento de dar a luz, como Nuestra Señora de la Salud en Pátzcuaro y Nuestra Señora de la Caridad en San Cristóbal de las Casas. En la Nueva España sucedió, lógicamente, como en la metrópoli, que los rezos de las mujeres embarazadas se dirigieron fundamentalmente a los santos, en menor proporción a la Virgen y mucho menos a Dios. 11 Entre los santos abogados de las mujeres embarazadas está San Ramón Nonato, de la Orden de Nuestra Señora de la Merced. Debe su sobrenombre a la circunstancia de haber sido extraído vivo del seno de su madre, después de haber muerto ésta. En 1657 el Papa Alejandro VII le incluyó en el martirologio. Desde entonces ha sido muy grande la devoción que se le ha profesado en Cataluña, la cual ha sido acrecentada por la Iglesia, fundamentalmente a partir de 1681, cuando fue extendida a todo el mundo la celebración de su fiesta en la fecha que hoy en día conocemos, el 31 de agosto. Tanto en vida como después de su muerte, se le han atribuido a San Ramón Nonato numerosos milagros en diversas epidemias, pero su más singular protección se ha experimentado en los partos, en memoria de la forma como llegó a este mundo. La devoción a San Ramón Nonato pasó a nuestro territorio con los conquistadores. La Iglesia recomendaba que en todos los partos y fundamentalmente en los más dificultosos se le rezara y se pidiera a Dios por el buen suceso de ellos y que no se usaran oraciones prohibidas y sospechosas, siendo lo más acertado abstenerse de todas las que no estuvieran aprobadas por dicha institución. Su novenario, especial para las embarazadas, se publicó en la Nueva España en 1780 y se reimprimió en 1848. En él se decía que para tener un feliz parto se debía seguir la siguiente recomendación: durante los nueve meses de embarazo, una vez por mes, debían ir a visitar su capilla en el convento de la Virgen de la Merced, haciendo las siguientes diligencias: empezar a ejecutar la novena desde el primer mes, empezando un domingo, día en que murió el Santo Cardenal. Las mujeres que visitaran la capilla deberían ir confesadas y comulgadas, y allí rezar 10 11 Limón, A. y Castellote, E.: "La medicina popular en torno al embarazo y el parto a principios de siglo", La antropología médica en España, Barcelona, 1980, pág. 234. MARTHA EUGENIA RODRÍGUEZ padres nuestros, 10 aves marías y 10 veces "Gloria Patri", para en seguida decir la siguiente oración: ¡O San Ramón No Nacido, prodigioso! a ti vengo, movida de la grande benignidad con que tratas á tus devotos. Acepta, Santo mio, estos pasos, que de muy buena gana he dado, desde mi casa á esta capilla, en memoria de los que tú diste, tan meritorios, que alcanzaron de Dios el que te haya constituido patron especial de las preñadas. Aquí está, Sto. mío, una de ellas, que se pone humilde debajo de tu protección y amparo: suplicándote, que así como se conservó siempre invicta tu paciente en todos aquellos ocho meses, en que fuiste singularísimamente martirizado con el candado, y otras penas que padeciste dentro de la tenebrosa mazmorra, y al noveno mes saliste libre de todas aquellas prisiones; así Santo y abogado mio, te pido humildemente me alcances de mi Dios y Señor el que esta criatura que está encerrada en la obscura cárcel de mis entrañas, se conserve en vida y salud por ocho meses, y en el noveno salga libre á la luz de este mundo: haciendo tú, Santo mio, que asi como el día que salió tu alma de tu santo cuerpo, fué día Domingo, que es día de gozo; así lo sea el que yo la dé á luz, con todas aquellas circunstancias que tú sabes que mas convienen á mayor gloria de Dios, y tuya, y salvación de mi alma. 12 La oración anterior servía durante los ocho meses del embarazo; sin embargo, para el noveno mes, en lugar de rezar una sola vez al mes, como se había estado haciendo, era necesario hacer la novena entera por espacio de nueve días. Asimismo, para la Virgen de las Mercedes se rezaba la siguiente oración: ¡O piadosísima Virgen de las Mercedes! Suplícote por las entrañas dulcísimas de tu piedad, oigas á la afligida que te llama; y por el que sin dolor pariste, y por los meritos de tu siervo San Ramón, cuyo nacimiento fué milagroso, me favorezcas en este parto: yo te ofrezco ser humilde esclava tuya para mejor servir á tu unigénito Hijo Cristo redentor nuestro. 13 La tradición de acudir a San Ramón Nonato no correspondió únicamente a siglos pasados, aún hoy en día se le reza. En la ciudad de México su imagen se encuentra a un costado del altar del templo de Belem de los Mercedarios o más comúnmente conocido como Capilla de las Merceditas. Entre las oraciones eficaces para ayudar a tener un buen embarazo y un parto fácil, ahora de carácter supersticioso, a pesar de la represión que existía por parte del Tribunal de la Inquisición, estaba la oración a la Santa Piedra Imán, pero trayendo consigo un fragmento del mineral. El trabajo de parto se llevaba a cabo en el domicilio de la parturienta. Con anticipación se llamaba a la partera, en quien desde el inicio de la gestación se había depositado una total confianza; sin embargo, no era suficiente con saber que se trataba de una persona experimentada; además de esto, los familiares de la parturienta, y ella misma, hacían su lucha para que el momento del alumbramiento fuera exitoso, valiéndose tanto de medios físicos como de preceptos mágicos y religiosos, puesto que el miedo de la madre surge mucho antes de las primeras contracciones previas al parto. El Tribunal del Protomedicato afirmaba que era difícil encontrar una partera que no tuviera nexos con la magia. Costumbre popular para el momento del parto fue emplear una posición arrodillada, como en la época prehispánica, colocándose la comadrona delante de la parturienta y la tenedora a su espalda, siendo tarea de ambas sacar a la paciente del incómodo momento en que se encontraba. Sin embargo, conforme transcurre el periodo virreinal la mujer adoptó otras posiciones para el acto de parir: una fue sentada en una silla especial, que con anticipación se mandaba al domicilio de la parturiente, como se usaba en Europa, y ya entrado el siglo XIX también se puso en práctica la posición de litotomía, siendo esta última la de menor uso. En el trabajo de parto, la partera y la tenedora iniciaban su labor despojando a la parturienta de la ropa innecesaria; ésta se colocaba en la posición adecuada, ya fuera en una silla o de rodillas, y entre la partera y la tenedora presionaban el abdomen de la paciente, de manera que a cada contracción uterina le seguía una fuerte presión por parte de la comadrona. Helman 14 asevera que en casi todas las culturas se excluye al hombre de la escena del parto, donde su posición se limita a la de un espectador ansioso por el nacimiento de su hijo. En las fuentes consultadas no hemos encontrado referencia alguna al papel que juega el esposo a la hora del alumbramiento en el territorio novohispano. Parecería que se trata de un asunto femenino y a nivel casero, donde la atención médica quedaba en manos de las madres, abuelas y, por supuesto, de las comadronas; hecho explicable, en parte, porque en la Nueva España no existió esa tendencia de que habla Helman, que consiste en medicalizar un fenómeno biológico nor-mal, como es el embarazo, para volverlo un problema médico y convertir a la mujer embarazada en "una paciente pasiva y dependiente". 15 En la literatura de la época se dieron ciertas recomendaciones para el trabajo de parto que reflejan bien el pensar de aquel entonces, donde dicho trabajo tenía que llevarse a cabo con mucha discreción, como se muestra en la siguiente cita. A la hora del parto, "la enferma estará cubierta según la estación, estando desnuda lo menos posible; los ojos del operador deben estar en la punta de sus dedos, él debe sentir sin ver nada, ó sentir como si todo lo viese; asi debe estar dotado de un tacto fino y delicado, tratando de resguardar su epidermis tocando ó frotandolos los menos posible contra cuerpos duros, poniéndola á cubierto del contacto del aire frío, lo que debe conducirle á usar guantes en todo tiempo para tener la piel de las manos suave y sensible". 16 Habíamos comentado que la parturienta daba a luz en su domicilio; sin embargo, para las mujeres españolas y criollas que no podían realizar el trabajo de parto en sus casas debido a que ocultaban su embarazo, o bien, porque no deseaban al recién nacido, se creó el 4 de noviembre de 1774 un Departamento de Partos Reservados, ubicado en el Hospicio de Pobres de la ciudad de México, quedando a cargo de un eclesiástico, aunque los partos los atendía la comadrona. Si el recién nacido no era deseado por la madre, podía pasar a la Casa Real de Expósitos. 17 Era mucha la discreción que se guardaba en dicho establecimiento. El ingreso de la mujer se hacía varios días antes del parto; llegaba con la cara cubierta y, si así lo deseaba, podía permanecer con el rostro cubierto durante toda su estancia, o bien, únicamente en el momento del parto. El Departamento de Partos Ocultos tenía como objetivo, en la medida de lo posible, evitar el infanticidio. Sin embargo, su creación obedeció también a otros fines, siendo éstos de orden moral, social y religioso: amparaba a las madres solteras o abandonadas, cuidaba el decoro de las familias, el honor de muchos matrimonios y la tranquilidad de la sociedad, de acuerdo a la mentalidad que entonces imperaba. Sobre los embarazos ocultos e ilícitos las parteras estaban obligadas, bajo pena de pecado mortal, a guardar un total silencio. No era lícito matar a la criatura, aunque fuera "demasiado fea o monstruosa", y si contaban con tiempo suficiente, debían llamar al cura para que determinara si se había de 15 Ibídem, pág. 146. 17 Ordenanzas para el Gobierno del Hospicio de Pobres de la Ciudad de México en sus cuatro Departamentos, México, 1806, pág. 33. En los partos ilegítimos tocaba a la partera amonestar a las madres y a sus allegados, sin hacer daño a las criaturas. Las parteras también estaban obligadas a asistir gratuitamente a las pobres y ayudarlas con todo el esmero, por lo que Dios les pagaría la caridad, pero de lo contrario, vengaría este agravio. Tarea de la partera era salvar la vida física y espiritual de la criatura; es decir, si la partera veía en peligro la vida del recién nacido, aún dentro del vientre materno, o bien, si temía que sus padres lo mataran, ésta tenía la obligación de bautizarlo, actuando de diferente manera según el caso: si la criatura sacaba la cabeza, la partera debía bautizarla en ella, con la condición de que no debía ser nuevamente bautizada cuando naciera. Si la partera descubría alguna otra parte y no la cabeza, tenía que bautizarla allí bajo advertencia "si eres capaz" y cuando la criatura naciera completamente, debía bautizarla en la cabeza diciendo: "si no estás bautizado y si eres capaz, yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo". De igual forma, si existía el riesgo de que la criatura muriera antes de llevarla a la iglesia, también era la partera quien tenía que bautizarla. 18 Las señales para conocer dicho riesgo eran, entre otras, que la criatura naciera sin llorar, si daba muestras de sofocamiento, si estaba débil, moreteada o si nacía antes de los siete meses. Como medida preventiva para evitar la mortalidad infantil, en 1797 el marqués de Branciforte, virrey de Nueva España, daba a conocer una real orden donde encargaba al Tribunal del Protomedicato que vigilara a las comadres y cirujanos que atendieran los partos, a fin de que aplicaran a los recién nacidos en el corte del cordón umbilical el Bálsamo de Copayba, conocido también como aceite de palo o aceite canimar, en vez de "otros ingredientes ó inútiles ó dañosos" como eran el sebo y la sal. El Bálsamo de Copayba se utilizaba para prevenir "el mal de siete días", una de las principales enfermedades que causaba la despoblación, en ese entonces muy común en Cuba. 19 Algunas de las creencias populares respecto al parto eran, por una parte, que las mujeres que dan a luz con frecuencia se llegan a esterilizar en algún momento. Asimismo fue común el uso de la llamada Rosa de Jericó. Al empezar el parto, la rosa se colocaba dentro de un recipiente con agua, de manera que cuando la planta hubiera extendido sus ramas, el parto se llevaría a cabo. En el periodo que estudiamos eran varias las causas a las que se atribuían las dificultades en el parto: a movimientos graves del cuerpo, contusiones o compresiones fuertes del vientre; pasiones violentas, antojos y pesadumbres; a fiebres, pujos, diarreas, flujos de sangre; estrechez en la vulva; criatura atravesada, débil o muerta y debilidad de la parturienta o temor. De aquí que los recursos empleados para facilitar el mal parto fueran diversos. Comprendían remedios que pueden tener un cierto fundamento, ritos, prácticas tradicionales y supersticiones. Entre las supersticiones que dominaban en la Nueva España estaba el uso de la piedra cuadrada. De ella se decía: "La piedra cándar, o piedra quadrada o quebrada tiene la hechura de un dado, y el color del azero, es pesada...traenla de los confines de la Tartaria los Bonzos, los cuales dicen que tiene muchas virtudes, y por esta razón la agujeran, y la traen á el pescuezo colgada". Y entre las virtudes de la piedra estaba el remediar los dolores de cabeza, las punzadas, los cólicos, aliviar el asma, contra la melancolía y para facilitar el parto. Según decía el doctor Marcos Salgado: "Sirve esta piedra, atada al muslo izquierdo, para facilitar el parto, estando la muger en términos de parir, porque la experiencia tiene mostrado, que aplicada en este estado, obra lo que se desea: en caso que esta diligencia no baste, refregarán la dicha piedra medio quarto de hora con una onza de azeyte de ajonjolí caliente, y lo darán á beber á la Muger, y luego parirá, y echará las pares, y la criatura, sin riesgo ni peligro de la madre, advirtiendo, que luego que la muger para, ó echare la criatura, y las pares, se quita luego la dicha piedra, porque si la dexaren atada mucho tiempo, saldrá la madre fuera de su lugar y las entrañas todas; como yo vi y observé en una muger...". 20 Otro remedio para solucionar los partos dificultosos, también sin fundamento alguno, era el uso del Palo de Fresno, "puesto sobre el vientre que parirá ó si nó, excremento de caballo desleido en vino, y bien colado, y beber medio quartillo, que aunque la criatura esté muerta, la arrojará con facilidad". 21 Para lograr un parto exitoso fueron comunes las velas llamadas de "Nuestra Señora de la Consolación", de "Nuestra Señora de la Luz" y las velas llamadas de "San Ramón Nonato", así como la medalla de este último santo. A la hora del parto la vela debía encenderse y la parturienta tenía que colocarse la medalla al cuello. De igual manera se ponían al cuello escapularios y amuletos. 21 Michael, M.D.: Botica general de remedios experimentados que a beneficio del público se reimprime por su original en Cádiz, Puebla, 1797, pág. 15. Tomo LVII, 2, 2000 Como señala Foster, 22 las creencias y costumbres en torno al embarazo y al parto parecen caer en la categoría de los elementos transmitidos informalmente, donde sorprende que las formas españolas predominen entre los círculos mestizos y los grupos indios aculturados, debido a que, por tratarse de un sector de "cultura femenina", podría esperarse que las mujeres nativas, como esposas o concubinas de los conquistadores, continuaran la práctica de sus propias costumbres y las perpetuaran dentro de esa población mestiza. La operación cesárea, consistente en extraer el feto a través de una incisión uterina por vía abdominal, se empezó a llevar a cabo en la Nueva España hasta el siglo XVIII, aunque siempre realizada en mujeres fallecidas. Este intento desesperado de salvar al feto en caso de la muerte de la madre tiene sus raíces en las culturas de la antigüedad (egipcios, hebreos, etcétera 23 ). Su práctica obedecía a que era el único medio para evitar que se sepultaran con las madres difuntas las criaturas vivas, y fueran socorridas para lograr la vida eterna. Es decir, las cesáreas tenían por objeto asegurar la vida espiritual de los niños por medio del bautismo. El Ritual Romano, elaborado bajo la dirección de Pablo V, de 1605 a 1621, puntualizaba que si se extraía el feto muerto, es decir, si no había posibilidad de administrarle el sacramento del bautismo, no debía inhumarse en lugar santo. Demerson 24 comenta que es lógico pensar que esos mandamientos se siguieran en todos los países católicos, aunque resulta difícil precisar en qué medida. Para salvar la vida espiritual del feto, el virrey de Nueva España, don Antonio María de Bucareli y Ursúa, expidió una circular el 21 de noviembre de 1772 donde apoyaba la práctica de dicha operación. En el documento se advertía que cualquier persona que rehusara la práctica de la operación cesárea o diera a conocer la noticia demasiado tarde, se le sancionaría con una multa de 500 pesos, ya fuera el facultativo, el padre, el marido o parientes de la difunta. 23 Demerson, Paula de: "La cesárea post mortem en la España de la Ilustración", Asclepio, Archivo Iberoamericano de historia de la medicina y antropología médica, t. 25 Bucareli: Circular para la pronta aplicación de la operación cesárea, México, 1772, pág. 1. La operación cesárea, practicada en mujeres vivas, se realizó bajo múltiples controversias desde el siglo XVI en algunos países europeos; sin embargo, en España no tuvo buena acogida, de aquí que en la Nueva España no se pensara siquiera en ello,26 sólo en la cesárea post mortem, considerada como un deber de conciencia por parte de los que rodean a la mujer embarazada, debido al fin que se alcanzaba: la salvación espiritual del producto. A su vez, el Arzobispo de México, Alonso Núñez de Haro y Peralta, al hablar de que una de sus obligaciones era conseguir la salvación eterna, ordenó que, cuando se hiciera la operación cesárea en mujeres fallecidas, se bautizara al recién nacido. Y con base en una Real Pragmática publicada en España el año de 1749 por el rey Carlos III, mandaba también en 1772 que se castigase a la persona que se opusiera a ejecutar la citada operación, pues condenaban al feto, según se creía, a ser enterrado vivo. Asimismo establecía que en virtud de que no siempre había cirujano o persona que pudiera ejecutar dicha operación, "...es nuestra voluntad, que todos los curas y vicarios compren y tengan en su casa un librito pequeño que ha dado a la prensa el R.P. Joseph Manuel Rodríguez...en el cual explica el modo con que comoda y fácilmente se hace la operación, á fin de que los curas y vicarios lo hagan por sí mismos quando no haya persona secular que pueda hacerla...". 27 Con la filosofía ilustrada el intercambio de ideas y publicaciones se incrementó de manera notable, lo que hizo posible que en la Nueva España se conocieran los avances europeos. De aquí el entusiasmo que se manifestó por la práctica de la operación cesárea post mortem, operación que contaba con el apoyo del Real Tribunal del Protomedicato. Testimonio de ello son las publicaciones que aparecieron en la Nueva España, como la mencionada obra de Joseph Manuel Rodríguez La caridad del sacerdote para con los niños encerrados en el vientre de sus madres difuntas y documentos de la utilidad y necesidad de su práctica, impresa en 1773 y traducida del italiano al español de acuerdo al libro Embriología Sacra, ó del oficio de los Sacerdotes, Médicos y Superiores acerca de la salud eterna de los Niños encerrados en el útero del canónigo italiano Francisco Manuel Cangiamila, que había sido publicado en Milán en 1745 y donde habla sobre la práctica de la operación cesárea. En la Nueva España la impresión del libro de Rodríguez se autorizó el 16 de septiembre de 1772, pues "cons-ta no tener cosa que se oponga á nuestra Santa Fé, buenas costumbres...". 28 El libro "...tiene un objeto tan piádoso, qual es la salud eterna de los párvulos, que ciertamente él mismo (Rodríguez) es el mas justo aprobante, y eloquente Panegyrista, haciendola digna no solo de la mayor recomendación, sino de que sea promovida su práctica". 29 De igual manera, sobre el tema se imprimió en la Nueva España el año de 1775 la obra del Dr. Ignacio Segura, médico de la Corte, Avisos saludables a las parteras para el cumplimiento de su obligación, extraídos también de la obra del Dr. Cangiamila. Dado el acuerdo referente de que cuando no hubiera partera ni médico, la operación cesárea la haría el sacerdote, Joseph Manuel Rodríguez daba a conocer que era algo fácil de ejecutar: "...siendo cosa incomparablemente mayor el hacer el oficio de partera con una viva, que el solo abrir el costado de la muerta... mas para no verse los párrocos reducidos a estos peligros requiere la razón que procuren con tiempo tener muchos en sus parroquias, que sepan practicar la operación cesárea parteras, sangradores ó barberos, y en especial algún cirujano verdaderamente caritativo, y que esté siempre pronto á la caza de aquellos parvulitos". 30 En caso de que el cirujano se negara a efectuar la cesárea por no poderse cubrir sus honorarios, el cura debía pagar los gastos de las mujeres de escasos recursos, pues ante todo estaba la salvación eterna de los niños. El libro de Cangiamila, que Rodríguez tradujo al español, insiste en practicar la cesárea post mortem sin hacer caso de las opiniones de médicos y parteras cuando aseguran que el feto ya ha fallecido; sin embargo, el Ritual Romano otorgaba autoridad a los médicos para decidir si el feto tenía vida o si ya estaba muerto. 31 El arzobispo de México sugería varios pasos a quien hiciera la operación cesárea. Verificar primero que la embarazada estuviera muerta y, de ser así, extraer la criatura del vientre materno para posteriormente administrarle el sacramento del bautismo, por lo que exhortaba a los sacerdotes seculares y regulares a que contribuyeran con sus particulares persuasiones a desterrar el horror con que comúnmente era vista dicha operación, tan necesaria para salvar la vida corporal y espiritual de los niños que perdían 28 Rodríguez, Juan María: La caridad del sacerdote para con los niños encerrados en el vientre de sus madres difuntas y documentos de la utilidad y necesidad de su práctica, México, 1773, pág. 45 a sus madres antes de nacer. De igual manera, los sacerdotes tenían que estar prevenidos con una navaja para poder ejecutar la operación. Al principiar el siglo XIX la Corona española continuaba insistiendo en la práctica de la operación cesárea. En abril de 1804 el rey de España daba la orden de que en el Real Colegio de Cirugía se practicara dicha operación en mujeres muertas, y en caso de que no hubiera facultativo, tocaría al párroco decidir quién la practicaría. Estos últimos no debían consentir que se diera sepultura a mujer alguna que hubiera fallecido embarazada, sin que les constara que se hubiera efectuado la operación. En la Nueva España la noticia anterior se dio a conocer cuatro meses más tarde. En el documento se explicaba cómo hacer la operación, empezando por verificar que la madre estuviera muerta, y aunque ya hubieran pasado muchas horas de su fallecimiento, se debía practicar la cesárea, y aunque el embarazo fuera de muy poco tiempo, se tenía que hacer lo mismo, a fin de bautizar al recién nacido. 32 La Real Orden de 1804 nos hace pensar que fue a partir de esta fecha cuando los profesionales de sexo masculino, es decir, los cirujanos o médicos, se empezaron a ocupar de la ejecución de la operación cesárea, y por ende, del ejercicio de la obstetricia, pues los asistentes al Real Colegio de Cirugía eran los cirujanos y médicos y no las parteras que, como ya se mencionó, se formaban de manera empírica. A partir de la publicación de la obra de Cangiamila, la cesárea post mortem se generalizó en países como Francia y España, y por tanto, en la Nueva España, donde fue fomentada por la Iglesia y el Gobierno, aunque no sabemos con qué frecuencia se practicó. Según las fuentes consultadas, la primera operación cesárea en mujer viva hecha en México se realizó en julio de 1850 por el doctor Miguel Jiménez en el Hospital de San Pablo. El aborto es la pérdida espontánea o provocada del producto de la concepción antes de que sea viable. En el periodo estudiado muchos abortos y partos dificultosos eran causados, según las creencias de entonces, por las constituciones astrales, por el aire o por encontrarse en lugares muy frescos. 32 Real Orden sobre la práctica de la operación cesárea en mujeres que han fallecido, Copia del original expedido en Aranjuez el 13 de abril de 1804, México, 1804, pág. 2. 33 Icaza, A. y Luna, C.: "Historia de la cesárea en México", Revista de la Facultad de Medicina, t. Tomo LVII, 2, 2000 En la sociedad novohispana el aborto intencionado era fuertemente sancionado. La partera o cualquier otra persona que aconsejara o cooperara de algún modo al aborto, pecaba mortalmente, aunque la criatura ya hubiera fallecido. La muerte de la criatura se podía pronosticar tomando en cuenta diversos síntomas: "...las molas carnosas que en la preñez se hubieran arrojado, el color del rostro roxo, mudado repentinamente en aplomado, la inflamación de las partes naturales, y convulsión, que sobrevienen á el excito; y las enfermedades agudas que son causas del mal parto, y traen alguna erupción de sangre, como la disentería, pulmonía, dolor de costado, etc.". 34 Obligación de la partera era alejar a la mujer embarazada de tan perversa intención, haciéndole saber las penas que ello traería; si por sí misma no podía hacer algo, debía avisar secretamente al cura para que interviniera y lo evitara. Entre las lecturas que se recomendaban a las parteras, estaba el libro ya citado de Cangiamila, a través del cual se combatía la práctica del aborto, que no se justificaba en ningún caso, ni por vengüenza, temor o miseria. Creencia generalizada fue la de que si después del aborto venía una epilepsia, indicaba que el aborto había sido provocado intencionalmente. Asimismo las parteras tenían la obligación de advertir a las mujeres embarazadas que el abuso de las relaciones sexuales durante el embarazo podría provocar un aborto. Entre los signos que antecedían a éste, cabe citar los dolores en el vientre, acompañados de algún frío u horripilación, repentino flujo de sangre o de agua y debilitamiento del cuerpo. Se recomendaba a las parteras que si la criatura abortada estaba viva y bien formada, se debía bautizar sin condición alguna; si estaba viva pero mal formada, el bautizo se haría, como ya se ha mencionado, bajo la condición "si eres capaz", en virtud de que existía la duda en cuanto a saber si tenía alma racional, pues no se podía establecer el momento en que ésta se adquiría, aunque se llegó a afirmar por parte de algunos médicos que la animación se daba en el momento de la concepción. Los métodos para evitar el aborto han sido de diversa índole; en el orden de lo supersticioso cabe mencionar el uso de las piedras preciosas, como se hacía en la antigüedad; en lo religioso, la costumbre de llevar escapularios o cordones de hábito alrededor del vientre y, de carácter profano, ahora sí con algún fundamento terapéutico, el uso de la herbolaria, como se hacía en la Nueva España. La profesión de partera Tanto en la época prehispánica como en el periodo virreinal el ejercicio de la obstetricia estuvo prácticamente en manos de especialistas de sexo femenino, es decir, de las parteras, no obstante que quienes estaban legalmente autorizados para el ejercicio de la profesión eran los cirujanos romancistas, denominados así porque no habían cursado estudio alguno. Francisco Flores 35 sostiene que la educación obstétrica empezó en la Nueva España con la fundación del Real Colegio de Cirugía en 1768, dirigiéndose a los cirujanos romancistas. En opinión de Nicolás León, no se impartía dicha enseñanza. Por nuestra parte, nos inclinamos a decir que se comenzó a enseñar en el Real Colegio de Cirugía a partir de 1804, de acuerdo con la real ordenanza que hemos citado. Pero no obstante que el cirujano romancista era la persona autorizada por el Real Tribunal del Protomedicato para ejercer la obstetricia, en la práctica eran las parteras quienes ejercían dicha profesión. Creemos que fue hasta principios del siglo XIX cuando el cirujano empezó a intervenir en esta tarea. De acuerdo a Nicolás León no hay noticia de que alguno de los célebres médicos que ejercieron la medicina en los siglos XVI y XVII se hubiera dedicado al ejercicio de la obstetricia, afirmando que los cirujanos mismos parece que desdeñaron el ocuparse de ello. Respecto al siglo XIX habla de dos cirujanos hábiles en el arte de la obstetricia: Francisco Montes de Oca y José Miguel Muñoz. Al igual que los barberos, boticarios, algebistas, hernistas y otros profesionales, las parteras tampoco estaban obligadas a hacer estudios. Su preparación era de manera empírica, al lado de una comadrona bien habilitada. Asimismo, muchos de los conocimientos de las parteras venían de su propia experiencia, de los embarazos que hubieran tenido. Sólo la práctica de la especialidad era necesaria para que las parteras fuesen reconocidas por la sociedad en general, y de alguna manera también por el Real Tribunal del Protomedicato, organismo encargado de vigilar el ejercicio de la medicina. Esta institución autorizaba la actividad de la partera, pero con ciertas restricciones. En los dos primeros siglos del periodo virreinal no hubo disposición alguna que mejorara la enseñanza de la obstetricia o que estableciera exámenes especiales, a fin de dar garantía a las pacientes de la aptitud de los que ejercían la profesión. Las parteras no tenían establecimiento en donde 35 Flores, Francisco: Historia de la medicina en México desde la época de los indios hasta la presente, (edición facsimilar), t. Tomo LVII, 2, 2000 aprender: su oficio era hereditario; el ejercicio de la obstetricia lo practicaban las mujeres que se consideraban experimentadas en el arte de los partos. A partir de la segunda mitad del siglo XVIII la alta mortalidad materno-infantil es denunciada por mucha gente e inquieta a los países europeos, de aquí que sus gobernantes fijaran como objetivo prioritario la formación de la partera. En Francia se generalizó la preocupación de que la mortalidad, debida a la ignorancia de las comadronas, podría causar el despoblamiento de la nación. 36 Estas ideas ocasionaron que se multiplicara la literatura obstétrica, inclusive en España, y por ende, en Nueva España, de aquí que para mediados de la centuria ilustrada la fuente de adiestramiento de las parteras no fuera sólo el ejercicio diario, sino también los libros que llegaban de la Península. Para 1750, cuando la Corona española se preocupó por el ejercicio de las comadronas, el Rey Fernando VI mandó que el Tribunal del Protomedicato de la Nueva España aplicara exámenes teóricos y prácticos a las parteras y les expidiera títulos, y en caso de que no fueran aprobadas, quedarían privadas con graves penas de ejercer su oficio. Para poder aspirar a un título, era necesario reunir varios requisitos: probar su limpieza de sangre y que habían tenido un ejercicio de tres años hecho con cirujano y partera aprobada, lo que demuestra que de alguna manera las parteras sí eran reconocidas por las autoridades, debido a que cumplían una función importante y resolvían un problema social y de atención médica; por tanto, tenían que ser toleradas, pues su práctica permeó a todas las clases sociales. Los médicos estaban en desacuerdo con dejar el ejercicio de la obstetricia en manos de las parteras, dados los abusos que cometían y la superstición que envolvía su práctica, pero tampoco lo retomaban, puesto que el oficio de los partos es, como señala Gélis37 para la Francia del siglo XVIII, y que bien se puede aplicar a otras regiones, el más disgustoso, vil y degradante de la cirugía. Agrega que la sangre vertida en el parto genera repulsión, pues no es la misma sangre que ven los cirujanos en una operación. La sangre del parto se consideró impura, como la de la menstruación, ocasionando entonces que el desprecio recayera sobre la persona que aceptaba dar su ayuda en el momento del alumbramiento; sin embargo y pese a todo, la partera cumplía con importantes funciones, salvar no sólo la vida corporal de sus pacientes, sino también la espiritual. Sobre la ignorancia y desprecio de las parteras, el médico José Ignacio Bartolache expresaba en 1772 por medio del periódico el Mercurio Volante que: "A las Damas seglares quisiera ponderar cuan mal hacen en abandonarse en sus preñados y partos a la indiscreción de las Parteras, sus Comadres, cuya maniobra no tiene nada que ver con las licencias y facultades que esa gente se toma de ordinario no sin grave daño de las pacientes. He notado en esto infinitos abusos de mucha consecuencia. Las personas que repugnarían un medicamento prescrito por un médico docto toman los brevajes más absurdos y desatinados como sea de orden y mano de las comadres. ¿Qué diremos de los sacudimientos para poner la criatura en su lugar? Porque no hablo ahora del misterioso baño que toman las paridas, maestreando las ceremonias una viejecilla ignorante, y ridículamente supersticiosa. Esto es cosa de risa. Hablemos claro, señoras: mientras no aprendieren estas mujeres la arte de partear, escrita y perfeccionada hoy por hombres muy hábiles, es disparate fiarse de las Comadres para otra cosa, que para recibir y bañar la criatura y mudar ropa limpia a la parida". 38 Cabe hacer notar que cuando Bartolache publicaba su periódico, a pesar de que las parteras ya se examinaban, lo hacían sin tener estudio alguno. Respecto al misterioso baño a que se refiere Bartolache, es el temazcal o baño de vapor, utilizado fundamentalmente en el postparto. Data de la época prehispánica y aún hoy en día sigue utilizándose en ciertos grupos indígenas. A través de las fuentes se ha destacado su calidad terapéutica, higiénica y ritual; purificaba por medio del fuego y del agua, curaba diversas enfermedades y servía para que "sanaren" las recién paridas. A pesar de que Bartolache se expresaba con desdén sobre el baño, fue ampliamente reconocido por las autoridades gubernamentales. Para abrir un temazcal era necesario contar con la autorización de la Junta de Policía y con una licencia expedida por el virrey. 39 Durante muchos siglos los médicos y cirujanos no se interesaron por la obstetricia, pues se consideró una actividad femenina; sin embargo, la partera asume un papel sumiso ante el cirujano, mientras que éste se muestra soberbio frente a la comadrona. Por su parte, la mujer embarazada frecuentemente veía al cirujano con repugnancia y lo consideraba como un verdugo, depositando toda su confianza en la comadrona, sin importar la 38 Bartolache, José Ignacio: "Avisos acerca del mal histérico que llaman latido" del miércoles 25 de noviembre de 1772, Mercurio Volante (1772-1773), México, 1979, pág. 55. 39 Archivo Histórico del ExAyuntamiento de la Ciudad de México (AHCM). Baños y lavaderos, v. En el siglo XVIII fue tema de discusión la ignorancia de las parteras; hubo una acusación unánime contra ellas, 40 no sólo en países europeos como Francia y España, sino también en la Nueva España. El lamentable estado de la obstetricia, la inexistencia de una formación sólida para las comadronas, los nacimientos secretos y la superstición que prevalecía en el trabajo que realizaban, condujo a que los profesores de medicina de la Real y Pontificia Universidad de México pusieran de manifiesto la necesidad de reformar la regulación de las parteras. Por su parte, el Tribunal del Protomedicato asentaba que entre los rudos artesanos no había tanta idiotez como entre las parteras. 41 A partir de la disposición dada por Fernando VI, se empezaron a dar instrucciones a las parteras. El 26 de mayo de 1793 el virrey Revillagigedo mandó al Real Tribunal del Protomedicato que previniese a los cirujanos, médicos y parteras que era su obligación asistir al enfermo oportunamente a la hora que se les llamara, de lo contrario se les aplicarían severas sanciones. Por otra parte, también a partir de la orden dada por Fernando VI, el Tribunal del Protomedicato de la Metrópoli encargó al doctor Antonio Medina que escribiera una Cartilla, a manera de preguntas y respuestas, para instruir a las parteras, la cual fue publicada en Madrid el año de 1750. Su impresión en la Nueva España se realizó en 1806. Dicha obra constó de cuatro secciones: 1) definiciones y cualidades físicas y morales de una comadre, 2) de la anatomía, 3) del estado de la preñez y 4) del parto. La enseñanza del arte de parir debía fundarse en el conocimiento anatómico de las partes de la generación de la mujer. Se hacía énfasis en que la matrona debía saber "la constitución de la pelvis huesosa, y de las partes situadas en el ínfimo vientre. La verdadera idea y conocimiento de estos huesos, de su figura, tamaño y articulación, no la pueden conseguir las matrones por la sola explicación y noticia que se les dé en los libros, y así es necesario que á presencia de esqueleto, y de un Maestro Anatómico lo pretendan, por ser el medio mas breve y eficaz para conseguirlo suficientemente". 42 Para el ejercicio de la obstetricia, el Real Tribunal del Protomedicato ordenó ciertas limitantes a las parteras: no debían recetar medicamentos, no podían hacer operación de ninguna clase y en casos laboriosos tenía que 40 Gélis: Sages-femmes... pág. 928. MARTHA EUGENIA RODRÍGUEZ acudir al médico o al cirujano. Por su parte, Medina también insistía en su Cartilla que en los partos difíciles las parteras debían acudir al cirujano. Para la instrucción de las comadronas fueron varios los libros publicados en el periodo estudiado. No obstante que ya han sido citados a lo largo de este trabajo, cabe reunir aquí nuevamente los títulos: el Padre Joseph Manuel Rodríguez tradujo del italiano al español la obra de Francisco Cangiamila bajo el título de La caridad del sacerdote para con los niños encerrados en el vientre de sus madres difuntas, el año de 1773. Por su parte, Ignacio Segura, médico de la Corte, publicó el libro Avisos saludables a las parteras para el cumplimiento de su obligación en 1775; igualmente, con base en la obra de Francisco Cangiamila, en 1806 Antonio Medina, también médico de la Corte y examinador del Real Tribunal del Protomedicato, publicó la obra Cartilla nueva útil y necesaria para instruírse las matronas que vulgarmente se llaman comadres, en el oficio de partear. La publicación de estas obras en la Nueva España fue de gran trascendencia dado que son evidencias de los primeros intentos para dar una educación a las parteras, que si bien debieron haber sido muy hábiles en ciertos aspectos empíricos como en el cálculo del mes de la preñez o en el de la posición del feto, les era necesario adquirir muchos conocimientos más, referentes, por ejemplo, a los principios fundamentales de la higiene o al reconocimiento de los casos difíciles, donde debían llamar al médico. Hemos señalado que en la sociedad novohispana el embarazo fue visto como un proceso natural, de aquí que existiera el riesgo de que éste se interrumpiera o de perder la vida durante el parto o de que éste se dificultara, por lo que fue necesario valerse de ciertos recursos para evitar riesgos. Las costumbres que existieron en torno al embarazo y al parto fueron muy particulares a la ideología de entonces, resultando del sincretismo de las culturas indígena y europea. Muchas de las prácticas llevadas a cabo tanto en el ámbito de lo supersticioso, religioso o profano sobreviven hoy en día, lo que refleja su continuidad histórica; indudablemente en todo ello la sugestión juega un papel muy importante. Fue hasta finales del Siglo de las Luces cuando en la Nueva España la práctica de la obstetricia pasó por una serie de reformas, con base en las innovaciones que en aquel entonces se estaban dando en la Metrópoli, Tomo LVII, 2, 2000 como la práctica de la operación cesárea, la publicación de libros especializados en el tema que se comenta, la instrucción de la obstetricia en el Real Colegio de Cirugía y el reconocimiento oficial de las parteras por parte del Real Tribunal del Protomedicato, hechos que sin duda alguna contribuyeron a enriquecer la especialidad. Por otra parte, es necesario destacar la figura de la partera, cuyo ejercicio de la profesión oscilaba entre lo legal y lo ilegal, dependiendo de los recursos que utilizara. No contaba con una formación académica, puesto que no había donde hacerla, pero se le toleró por parte del Tribunal del Protomedicato debido a que en términos prácticos resolvía un problema de salud, que hasta muy avanzado el virreinato fue desdeñado por los médicos y cirujanos; durante muchos años éstos se limitaron a teorizar en manuales y centraron su atención en otras especialidades de la medicina. En aquel entonces la partera ocupó un lugar trascendente en el ejercicio de la obstetricia. Sin embargo, conforme avanzó el tiempo, la implantación de los estudios sistemáticos, los avances de la cirugía y de la ciencia irían despojando a la partera de la obstetricia, en favor de los cirujanos, con quienes se empezaron a hacer innovaciones y a poner en práctica el uso de técnicas nuevas. En las grandes ciudades, el equipo moderno de las clínicas despojó totalmente a las parteras de su trabajo, aunque hoy en día siguen aplicando su saber, pero restringido a niveles socioeconómicos bajos y a zonas rurales. Anuario de Estudios Americanos
Teniendo en cuenta la importancia de la masiva emigración contemporánea de Andalucía a América, que presenta nuevos componentes respecto a la de época colonial, se ensaya la integración de las ocho corrientes migratorias provinciales en un esquema explicativo de los procesos de difusión de la idea de emigrar entre la población andaluza. Para su realización, sometemos a examen y aplicación el modelo defendido por J. D. Gould, especialmente adecuado al uso de fuentes estadísticas agregadas (compatibles con las usadas por nosotros) y aplicado para explicar otras corrientes migratorias regionales europeas. Este estudio crítico del modelo sometido a examen tiene la virtualidad de permitir establecer hipótesis de trabajo preliminares y necesarias, que pretendemos poner a prueba mediante el empleo de fuentes microhistóricas (como las listas de pasajeros o partes consulares). En este ensayo, 1 que abrimos con una breve aproximación a la evolución de conjunto de la emigración en masa de andaluces entre los siglos XIX y XX, pretendemos poner a prueba un esquema explicativo de los procesos de 1 Las principales fuentes primarias que hemos consultado corresponden a las elaboradas por el Instituto Geográfico y Estadístico, pudiéndose consultar en las Delegaciones del Instituto Nacional de Estadísitica de Huelva y Sevilla (microfichas de los censos) y la biblioteca del Ministerio de Trabajo (boletines de migraciones): Censo de la población de España según el recuento verificado en 24 de mayo de 1857 (Comisión de Estadística General del Reino), Madrid, 1858; Censo de la población de España según el recuento verificado en 25 de diciembre de 1860, Madrid, 1863; Censo de la población de España según el empadronamiento hecho en 31 de diciembre de 1877, Madrid, 1883; Censo de la población de España según el empadronamiento hecho en 31 de diciembre de 1887, Madrid, 1891; Resultados provisionales del censo de la población de España según el empadronamiento hecho en la Península e islas adyacentes el 31 de diciembre de 1897, Madrid, 1899; Censo de la población de España según el empadronamiento hecho en la Península e islas adyacentes el 31 de diciembre de 1900de, Madrid, 1902; Censo de la población de España según el empadronamiento hecho en la Península e islas adyacentes en 31 de diciembre de 1910de, Madrid, 1913; Censo de la población de España según el empadronamiento hecho en la Península e islas adyacentes el 31 de diciembre de 1920de, Madrid, 1922; Censo de la población de España según el empadronamiento hecho en la Península e islas adyacentes del norte y costa occidental de África el 31 de diciembre de 1930de, Madrid, 1932; Estadística de la emigración e inmigración de España en los años de 1882 a 1890, Madrid, 1891; Estadística de la emigración e inmigración de España en el quinquenio 1891-1895, Madrid, 1898; Estadística de la emigración e inmigración de España en el quinquenio de 1896de -1900de, Madrid, 1903; Estadística de la emigración e inmigración de España en los años 1901y 1902, Madrid, 1903; Estadística de la emigración e inmigración de España en los años 1903a 1906, Madrid, 1907; Estadística de la emigración e inmigración de España en los años 1907y 1908, Madrid, 1910; Estadística de la emigración e inmigración de España difusión de la idea de migrar integrando las distintas corrientes provinciales. Sin menoscabo de que el referente del indiano fuera un viejo topo en el imaginario popular, hay que hacer constar que dichos procesos de divulgación, en el marco de la modernización socioeconómica de Europa, se asemejan a las pautas seguidas por la popularización de las numerosas innovaciones tecnológicas y socioculturales que empiezan a caracterizar el nuevo siglo XX (el uso de la máquina de coser, por ejemplo). Por otro lado, aún reconociendo las limitaciones analíticas de la escala provincial (precisadas más adelante), ésta tiene la virtualidad de permitir el afianzamiento de hipótesis de trabajo, imprescindibles a la hora de abordar, contrastar y evaluar con exactitud los ulteriores estudios microhistóricos que estamos llevando a cabo. Desde un punto de vista metodológico, se ha dicho que la decisión de migrar puede ser simplificada en tres elementos interrelacionados. En primer lugar, la resolución de elegir entre los actos de migrar y permanecer. A continuación, la determinación de migrar sólo podría ser abordada después de haber recibido noticias adicionales sobre uno o varios factores (empleo, salarios, acceso a la propiedad, etc., en los lugares alternativos). Por último, actos y factores tienen una consecuencia para el que toma dicha resolución. 2 Así pues, la información constituye una pieza clave en el proceso migratorio, entendido en definitiva como un sistema secuencial de toma de decisión. De hecho, en su tesis sobre los determinantes de la emigración española, B. Sánchez Alonso, tras evaluar la relación entre emigración y una serie de factores explicativos (socioeconómicos y niveles de alfabetismo), estima que existe una correlación positiva y significativa con esta última variable, por lo que concluye: "se confirma plenamente para el caso español el papel crucial que el acceso a la información desempeña en el proceso emigratorio, tanto en el siglo XIX como en el XX". El papel de los procesos de difusión cobra cada vez más valor explicativo en diferentes ámbitos de estudio, como ha puesto de relieve M. Livi Bacci acerca de las pautas regionales en la transición demográfica española. Este autor denomina "factor regional" a una serie de variables imponde-FRANCISCO CONTRERAS PÉREZ El procedimiento por el que un individuo acumula información sobre la alternativa, está guiado por la amplitud y contenido de su campo de información, o el conjunto de lugares sobre los que tiene conocimiento. Tal campo puede estar dividido en dos: un espacio de actividad y un espacio de contacto indirecto. 4 En el marco de las migraciones transoceánicas, el contacto indirecto era obviamente el principal canal de información (a excepción de las migraciones golondrinas, frecuentes entre canarios a América 5 y almerienses a Argelia, por ejemplo). Además, el proceso de toma de decisión de los candidatos a emigrar no sólo depende del conocimiento individual o colectivo de las oportunidades alternativas, sino también de los tipos de información disponible. 6 En las migraciones masivas de Europa a América, podemos considerar dos tipos básicos de canales de información: 7 por un lado, amigos y parientes y, por otro, los agentes de emigración (representantes consulares americanos, agentes y consignatarios de compañías navieras, padroni, etc.). 8 Con funcionamientos distintos, 9 estos dos canales contribuyeron a difundir el ansia por migrar, y a posibilitarla en sus distintas formas. Pero antes de analizar su operatividad, se hace imprescindible hacer un seguimiento, aunque sea breve, de la evolución de la emigración andaluza en su conjunto. rables, diferentes de los factores económicos tradicionalmente aducidos y de difícil individualización, que nos remiten en última instancia a un espacio histórico y cultural homogéneo en el que los nuevos comportamientos se habrían difundido más fácilmente. Livi Bacci, M.: "La Península Ibérica e Italia en vísperas de la transición demográfica", en Pérez Moreda, V. y Reher, D.-S.: Demografía histórica en España, Madrid, 1988, págs. 138-178. 5 Macías, A. M.: "Un siglo de emigración canaria", en Sánchez-Albornoz, N. (comp.): Españoles hacia América. 8 El sistema del padrone o boss, de fundamental importancia en la contratación de trabajadores italianos con destino a Estados Unidos, es descrito en Avagliano, L.: L'emigrazione italiana, Nápoles, 1976, págs. 121-129. Para el caso de Andalucía, hemos analizado el funcionamiento de las agencias de emigración americanas y sus delegados en "Recluta masiva de emigrantes andaluces y su inserción social en Argentina (siglo XIX). Nuevas notas para su estudio", Anuario de Estudios Americanos, t. LIII, n.o 2, Sevilla, 1996, págs. 173-197, en "El río revuelto de la emigración: el papel de las agencias gibraltareñas a principios de siglo", Almoraima. Revista de estudios campogibraltareños, n.o16, Algeciras, 1996, págs. 63-73, y en "El río revuelto de la emigración (II): el papel de las navieras y los estados en Gibraltar a principios de siglo", Almoraima. 9 Para una síntesis genérica del funcionamiento de las redes de reclutamiento y de las cadenas migratorias o redes sociales, véase Vázquez, A. y Estrada, B.: "Causas de la emigración y tipología de los emigrantes", en Historia General de la emigración española a América, Madrid, 1992, t Una evaluación preliminar de la emigración andaluza Como precedente obligado en la historiografía andaluza, el trabajo de Mateo Avilés supone un primer acercamiento al análisis del "volumen y la periodificación" de la emigración andaluza hacia América. Como conclusión acerca de este punto, dicho autor estima que, sin ser el más numeroso de Europa, "el éxodo andaluz resulta, en volumen global [según algunas aproximaciones teóricas, unos 500.000 emigrantes], significativo e importante en torno al 15% dentro de la aportación española a ese grandioso movimiento de población" trasatlántico. 10Dicho lo cual, pretendemos precisar, en la medida de lo posible, este análisis con un enfoque longitudinal que permita observar las fluctuaciones de la emigración andaluza hacia el exterior en su conjunto, desde una perspectiva comparativa 11 y mediante el empleo de indicadores homogéneos, 12 como instrumentos adecuados para aproximarnos de manera más rigurosa a los sucesivos niveles emigratorios presentados por la región. Con este proceder, pretendemos discernir entre lo común y lo específico de la tendencia y fluctuaciones trazadas por el flujo exterior andaluz. A largo plazo, la evolución de la emigración andaluza presenta la conocida forma de curva en S (véase la fig. 1), que caracteriza generalmente el perfil longitudinal del masivo ciclo migratorio europeo desde fines del siglo XIX a principios del XX. 13 En la etapa estadística del siglo XIX, la primera gran oleada emigratoria andaluza tiene lugar en los años finales de la década de 1880, siendo el de máxima emigración 1889. Por el contrario, toda la década de 1890 es de descenso, aunque con pequeñas fluctuaciones. Reactivada a principios de siglo, la emigración andaluza alcanza un nuevo máximo en 1912. Máximo que fue en realidad el momento de apogeo emigratorio, teniendo en cuenta que este nuevo flujo regional está infravalorado en mayor medida a raíz de que, entrada en vigor la Ley de 1907, las agencias reclutadoras desviaran con mayor frecuencia los embarques hacia el puerto de Gibraltar. A partir de la primera guerra mundial se retoma la tendencia a la caída que, después de un fuerte rebrote en 1920, se hizo clara en 1923-24 y se acentuaría en la década de 1930, cuando se cierra este ciclo migratorio en el mundo atlántico. La comparación de estas tendencias de la curva de emigración bruta andaluza con las de España y Galicia, región emigratoria por excelencia, 14 resulta significativa. A simple vista se observan similitudes, pero también discrepancias (véase la fig. 1). Existen tres momentos de coincidencia entre 14 Juana, J. de: V Jornadas de Historia de Galicia. Galicia y América: el papel de la emigración, Orense, 1990. las series: la orientación claramente ascendente de los años 1885-89, más tardía y acusada en el caso andaluz; una segunda tendencia alcista en los años 1911-1913, cuando España y Andalucía alcanzan sus mayores máximos emigratorios; por último, en el período 1914-19, una profunda crisis durante la primera guerra mundial, seguida por un fuerte rebrote en 1920, que fue especialmente acelerado en el caso gallego y más moderado en el caso andaluz. Las mayores discrepancias se producen a causa de la gran aceleración de la emigración andaluza en 1889, y a su brusco descenso posterior, incluso más acusado que en el caso español y, desde luego, opuesto a la tendencia ascendente de la emigración gallega en 1891-95. La emigración andaluza se mantiene, excepto en 1889 y 1891, por debajo de los niveles migratorios de la emigración gallega. Así pues, lo que resulta específico del caso andaluz no sería tanto que se produjera un incremento de la emigración en la década de 1880, sino que esa subida fuera más pronunciada y, a la postre, menos sostenida que en los conjuntos español y gallego. Del mismo modo, se podría señalar que la aceleración de la emigración andaluza en los primeros años del siglo XX fue menor que en España y Galicia, como se observa comparando las tasas de crecimiento anual acumulativo de la emigración en las tres unidades geográficas (véase la tabla 1). TABLA 1 EMIGRACIÓN EXTERIOR. Las mayores discrepancias sin embargo se observan en los períodos correspondientes a los siglos XIX y XX respectivamente. Andalucía alcanzó la FRANCISCO CONTRERAS PÉREZ mayor aceleración migratoria en 1885-1889, superior a la de otras regiones migratorias. Pero en la década de los 90 la desaceleración resultó también más acusada. La subida de principios del siglo XX fue, por otra parte, bastante más moderada, y estuvo seguida de la más fuerte caída al final del período de emigración en masa. Aun suavizando las fluctuaciones de estas series temporales, las líneas de tendencia siguen mostrando discrepancias significativas entre los comportamientos migratorios de Andalucía y Galicia en los períodos considerados: 1885-1895 y 1911-1930 (figs. 2 y 3). La emigración andaluza presenta en ambos períodos una tendencia descendente, si bien resulta más acusada en 1911-30. Esto indica que no hubo en los años inmediatos un flujo migratorio sostenido de entidad tras el "aluvión" de 1889. Por el contrario, la serie gallega presenta una línea ascendente en el primer período, resultado de un fuerte y conocido proceso de retroalimentación de la corriente migratoria. A su vez, en 1911-30 la pendiente de la emigración gallega, siempre presentando niveles migratorios superiores, es ligeramente menos acusada que el declive trazado por la emigración andaluza. El resultado final del conjunto del ciclo 1885-1930 es una línea integrada de tendencia ascendente en la emigración gallega y descendente en la andaluza. Los canales de difusión de la idea de migrar Los agentes de emigración y los amigos/parientes contribuyeron a difundir las ventajas de la emigración y a posibilitarla en sus distintas formas. Su acción de información, estímulo y ayuda financiera determinó tanto la decisión de migrar como la de hacia dónde migrar, 15 entre otros aspectos. Las agencias de emigración Este mecanismo de emigración estuvo constituido por redes de agentes (consulares y de compañías navieras) y subagentes (ganchos) que, trabajando en las regiones emisoras, intervinieron en el proceso de configuración de 15 La distinción entre la decisión de trasladarse y la decisión de hacia dónde trasladarse, fue introducida por Brown y Moore al entender la migración como resultado de una "toma secuencial de decisión residencial". No obstante las deficiencias criticadas en el modelo de migraciones urbanas de Brown y Moore, consideramos útil y obvia esta distinción. Para una síntesis crítica de los trabajos de estos investigadores norteamericanos, véase Lewis: Human migration..., págs. 129-133. la toma de decisión de los candidatos a migrar. Su labor estuvo íntimamente vinculada a los proyectos de pasajes subvencionados por empresas y, principalmente, gobiernos americanos. Entre éstos, los gobiernos de Argentina y Brasil fueron los más activos a partir de la década de los ochenta del siglo XIX. La atracción de colonos europeos se consideraba fundamental para poner en explotación y bajo dominio efectivo del Estado sus enormes territorios, y, en general, para modernizar las nuevas repúblicas. La concreción de la "utopía agrícola americana" trajo consigo la nueva función propagandista de los representantes consulares hispanoamericanos, y la aparición nutrida de agencias de emigración, catapultas hacia el Cono Sur de los apetecidos colonos del Viejo Mundo. 16 Los protagonistas de estas agencias, los agentes y ganchos, cumplieron a la perfección su trabajo, no tanto por filantropía o idealismo, sino por tratarse de una oportunidad de negocio. Su trabajo era a comisión, obtenida de las compañías navieras y de los gobiernos a los cuales estaban vinculadas. Los sistemas de embarque y contratación de inmigrantes daban mucho margen para especular, debido a las importantes cantidades que traían consigo las operaciones mercantiles relacionadas con la emigración. Sobra decir que sus métodos y formas de actuación no siempre respondían a normas morales o legales, sino que también para ellos los "negocios son los negocios". Numerosos ya a mediados del siglo XIX en regiones de "vieja emigración", los centros de enganche estaban situados en los puertos. Desde allí, tendían sus radios de acción hacia las zonas del interior por medio de una red de subagentes que efectuaban los primeros contactos con los "candidatos" a la emigración. La superpoblación, las malas cosechas, las plagas y las sequías posibilitaban sus discursos oportunistas que, muchas veces, abrían alternativas al desaliento del campesinado. Esta labor de propaganda -casi nunca castigada-se completaba con la circulación de folletos, carteles, anuncios en prensa,... Todo ello, claro está, siempre exagerado, proporcionando en general al lector o al oyente una falsa imagen del trabajo y la riqueza en América. 17 En Europa, las agencias de las compañías de vapores fueron acusadas del desarraigo de centenares de millares de habitantes en diferentes países. Si bien S. Akerman prefiere relativizar la labor 16 Azcona, J. M.: "El poder de los ganchos. El negocio de las agencias vascas de emigración en el siglo XIX", comunicación al IV Encuentro de Americanistas (9-11 de noviembre de 1994), Fundación Sánchez Albornoz, Oviedo, pág. 1-13 (inédito). de estos agentes afirmando que, más que incidir en la oleada de emigración, se aprovecharon de ella. 18 Uno de los mecanismos más utilizados por los gobiernos americanos para atraer migrantes fue encargar esta misión a sus funcionarios consulares. A pesar de la polémica suscitada en Argentina por los partidarios de las virtudes de la "migración espontánea", esto fue así, sobre todo, a partir de la década de los ochenta, años en los que se abren "oficinas de información para emigrantes" en las principales capitales europeas. 19 Por último, la decidida política de anticipo de pasajes a los emigrantes por los gobiernos americanos (Brasil primero, después Argentina) desde 1888, se tornó un decisivo estímulo complementario de las acciones propagandísticas de los agentes. Sólo desde entonces se alcanzaron niveles realmente masivos de emigración hacia estos países en Andalucía y en el conjunto español. Cadenas migratorias y redes sociales 20 Otro de los más significativos canales es el que está formado a nivel del grupo primario de amigos y parientes. Denominando a este proceso en primera instancia "cadena migratoria", posteriormente también "red social" (ambos tan interrelacionados como para justificar su uso indistinto en la literatura científica), 21 fue la pareja de investigadores americanos compuesta por John S. y Leatrice D. Macdonald quienes le dieron una ya clásica definición: "cadena migratoria puede ser definida como ese movimiento por el que los migrantes potenciales conocen de las alternativas, son provistos de transpor-18 Akerman: "Towards an Understanding...", págs. 295-300. 20 Como adelantamos, el concepto "cadenas migratorias" (o "redes sociales") hace referencia a los procesos migratorios que se apoyan en los mecanismos interpersonales e informales de información, ayuda financiera y acogida establecidos entre una comunidad en origen y otra en destino. Desde que en 1951 R. A. Lachore publicó su estudio From Europe to New Zealand, este concepto ha sido para los estudiosos una importante herramienta de investigación. Uno de los que más uso han hecho de este instrumento de investigación es Samuel L. Baily, que ofrece unas notas de reflexión sobre el concepto de "cadenas migratorias" o "redes sociales", y los interrogantes aún sin respuesta al respecto, en "Cadenas migratorias de italianos a la Argentina: algunos comentarios", Estudios migratorios latinoamericanos, n.o 8, Buenos Aires, 1988, págs. 125-135. Baily adopta igualmente una perspectiva comparativa en el estudio de las cadenas migratorias en "The Adjustment of Italian Inmigrants in Buenos Aires and New York, 1870-1914", en The American Historical Review, vol. 88, n.o 2, Nueva York, 1983, págs. 281-305. Estos enfoques microhistóricos configuran las líneas de investigación entre los estudioso argentinos, con el Centro de Estudios Migratorios Latinoamericanos al frente. 21 A este respecto, es un buen ejemplo el estudio de Yáñez Gallardo, C.: Saltar con red. FRANCISCO CONTRERAS PÉREZ te y obtienen acomodo y empleo a través, principalmente, de su contacto con migrantes previos", ya sean estos parientes, amigos o vecinos. 22Los migrantes previos (first comers)23 no sólo proporcionan información personalizada acerca de las oportunidades (a veces positivamente exageradas) del país receptor, sino que también pueden asistir a la financiación (billetes de llamada) y asimilación del recién llegado. Se constituyen así los sucesivos eslabones del mecanismo "cadena migratoria" y/o "red social". Como es fácil de comprender, este conjunto de contactos personales,24 que forma la cadena migratoria, posee elementos de "realimentación",25 pues tiende a crear y sostener una corriente migratoria en el tiempo y a dirigirla en el espacio. Esta corriente llega a unir dos lugares o áreas separadas, el destino y el origen, mediante líneas de transmisión informativa y flujos financieros a escala familiar. 26 Ya para la época colonial, se ha constatado este tipo de relaciones interpersonales mediando las aún mayores distancias atlánticas (la introducción del vapor en los barcos las reduciría en el siglo XIX, estrechando el mundo) gracias a las cartas y las terceras personas. Mientras en origen las cadenas migratorias parecen tener un efecto de cascada en la difusión de la idea de emigrar (casi en progresión geométrica), en destino tiende a generar una concentración "étnica" o por "naturaleza" (lugar de nacimiento) de los migrantes. Así pues, y dado que el campo de información, o conjunto de lugares de destino conocidos mediante la cadena migratoria, era de hecho limitado, se dio en América una fuerte con-centración de migrantes por lugar de origen. Se propicia así la formación de barrios étnicos, los grupos de presión étnicos, la segmentación del mercado laboral, los mercados étnicos,... Por consiguiente, y en una época en que "la idea de arrancar viejas raíces era todavía algo extraño y terrorífico para la mayor parte de las personas",28 las cadenas migratorias permitieron humanizar el fenómeno, privilegiando las relaciones interpersonales y creando un ambiente psicosocial más acogedor para el migrante. 29 Para comprender el papel de estos procesos migratorios a niveles masivos, hay que tener en cuenta otro elemento tan obvio como fundamental: el tiempo. El mecanismo "cadena migratoria" se manifestó de modo más evidente y funcional luego que se estableció un grupo numeroso de migrantes en América, que configuró la base de los primeros eslabones de las múltiples cadenas que irían desarrollándose con los años. Este lapso de tiempo fue el que se necesitó para que las expectativas de migrar llegasen a ser contagiadas a otros miembros de la comunidad de origen, y para que los pioneros, integrándose en el nuevo mercado laboral, pusiesen en marcha el proceso de estímulo y ayuda financiera. En una pequeña comunidad rural la transmisión pudo ocurrir muy rápidamente; pero en unidades geográficas mayores el proceso se muestra más lento, porque los eslabones son relativamente menos numerosos, esto es, menos densos en el espacio. Crítica y comprobación de un modelo de difusión A fines del siglo XIX, gracias a la variada acción de los mecanismos hasta aquí descritos, hubo una apreciable difusión de la idea de emigrar en Europa, con diferencias cronológicas regionales. Y de ello hay evidencias cualitativas. No es extraño que, como ya hemos indicado, se hablase de "fiebre de la emigración" ("fever of emigration"). Los andaluces no quedaron inmunes a la sensación de contagio de esa fiebre, incluso en provincias con escasa tradición emigratoria contemporánea como ponía de manifiesto el diario La Andalucía de Sevilla: "La emigracion [...] es, más bien, la moda que impera, y a la que es necesario rendir culto; por esta causa, quizás, es por lo que la misma, ha logrado, arrastrándose como serpiente, introducir al fin y al cabo su cabeza, en nuestra provincia". 30También en la provincia Cádiz, que conocía emigraciones más recientes, muchos se asombraban de la celeridad que tomaba el contagio de la idea de emigrar, que parecía imparable a pesar de las lúgubres cartas publicadas por los periódicos intentando desmitificar las expectativas de América: "Sabemos que hay en Jerez nuevas cartas procedentes de la República Argentina en las que se lanzan amargas quejas por el inicuo trato que allí reciben los infelices emigrantes procedentes de ésta y otras provincias [...].-Lo inexplicable del caso es que continúa la fiebre de la emigración en aumento [...]". 31Según apunta J. D. Gould, esta metáfora, que también era usada en otros países europeos, resulta bien apropiada, en tanto que contiene la "implícita sugerencia de que la difusión de la idea [de migrar] se realiza vía la transmisión entre individuos en íntimo contacto unos con otros",32 esto es, mediante la dinámica de los procesos migratorios que hoy llamamos cadenas migratorias. A este respecto, adoptaremos la definición de "difusión" que da Gould: progreso a través del tiempo de las intensidades de emigración. El indicador de la intensidad emigratoria lo representa convenientemente la tasa de emigración bruta por 1.000 habitantes. Además, según el modelo explicativo de Gould, que comprueba para los casos italiano, húngaro y portugués, este incremento de la intensidad emigratoria, por ejemplo, a escala regional no resulta de un incremento uniforme de la intensidad en todas las subdivisiones geográficas (provincias), sino de un incremento desproporcionadamente mayor en las áreas que han sido previamente menos afectadas, o no afectadas en absoluto, por la emigración. Estas nuevas provincias emigratorias llegan a "suplementar", no a sustituir, conforme pasa el tiempo, las anteriores fuentes de emigración. Cuando esto ocurre, como sucedió en 1900-14 en el sur y este de Europa, incluida Andalucía, se alcanza el momento de "saturación emigratoria" o máxima extensión de la idea de emigrar del ciclo migratorio definido. Este momento se refleja gráficamente en la cima formada por la serie agregada de curvas en "S" que la emigración europea describe a diferentes escalas de estudio. Prov En Andalucía, las intensidades emigratorias registradas en los primeros años para los que hay estadísticas, y el ápice de la emigración exterior, se reflejan en la tabla 2. Observamos, en efecto, que este indicador de la emigración desde Andalucía y desde todas sus provincias se incrementó entre una fecha y otra. Este incremento de las intensidades emigratorias provinciales caracterizó la explosión emigratoria en Andalucía de 1911-13, esto es, el mencionado momento de "saturación" emigratoria. Dicha evolución se refleja gráficamente en una serie de curvas de Lorenz, que expresan los porcentajes acumulados de las poblaciones totales y de la emigración total de las ocho provincias andaluzas (véase la fig. 4). Las curvas coincidentes con la diagonal de 45o, o sea la línea de equidistribución, indicarían que las provincias respectivas suministraron emigrantes al conjunto de la corriente regional en exacta proporción a su participación en el total poblacional. Y viceversa: a mayor amplitud del área entre la curva real y la diagonal de 45o, menor distribución de las intensidades de emigración. La segunda parte del modelo de Gould indica que este incremento de la intensidad emigratoria regional se debió a un crecimiento relativamente FRANCISCO CONTRERAS PÉREZ mayor en las provincias de nueva emigración. En Andalucía, las tasas de variación relativa de las intensidades de emigración provinciales entre 1885-87 y 1911-13, confirman el mayor incremento relativo de las intensidades emigratorias en provincias con menor tradición migratoria que Almería. Efectivamente, las tasas de variación relativa de las otras siete provincias llegaron a estar entre el 87% de Granada y el 63% de Huelva. En menor proporción relativa aumentó la intensidad emigratoria en Almería (37%), la provincia andaluza con la más poderosa y constante corriente emigratoria a fines del siglo XIX. Así pues, el incremento de la intensidad emigratoria andaluza se debió a la acción suplementaria del incremento relativo en las provincias de "nueva emigración", que eran la mayoría en Andalucía al cambiar el siglo. En este último período, Andalucía alcanza su mayor tasa emigratoria (7,52 por 1000), gracias a un incremento relativo de las provincias que menor intensidad emigratoria habían presentando a principios del período observado. Ahora bien, recordemos que, a pesar de ello, aumentaron las diferencias entre Andalucía y Galicia a este respecto, prueba de que no hubo en las corrientes americanas principalmente un proceso de realimentación del flujo emigratorio de similares proporciones. En todo caso, sobre esta razonable coincidencia en la evolución de la divulgación de la idea de emigrar en Andalucía con respecto al modelo explicativo de Gould, debemos hacer algunas precisiones. En concreto, nos referimos a la primera oleada emigratoria andaluza de 1888-90 (véase la tabla 2), que adelantó de manera masiva el proceso que culminaría en 1911-13. Mientras la provincia con más tradición emigratoria, Almería, permaneció en una situación estable entre 1885-87 y 1888-90, Málaga y Cádiz asistieron a una especie de aceleración del proceso de difusión de las ansias emigratorias (a América en lugar del norte de África como los almerienses de por entonces). Tanto es así que, en comparación con las mismas tasas del período 1911-13, estas dos últimas provincias muestran valores superiores. En términos de distribución regional, el resultado se expresa en la curva de Lorenz (fig. 4). Se observa cómo los procesos migratorios desencadenados en 1888-90 dieron lugar a una aceleración de la transmisión de la idea de emigrar: la curva muestra una distribución ligeramente más equitativa que la que veremos en 1911-13. Esto es, en sólo tres años el ritmo de la difusión de la emigración permite adelantar la situación dibujada con posterioridad por la curva de 1911-13, años que hemos denominado de "saturación emigratoria". Teniendo en cuenta las limitaciones de comunicación de la época y las reducidas dimensiones de los contingentes anteriores, esta aceleración en la propagación provincial de la "fiebre migratoria" sólo es explicable teniendo en cuenta mecanismos extraños a las cadenas migratorias, pues queda implícito que fueron desarrollados en un lapso de tiempo más reducido que el que necesitan las redes sociales para asentarse con efectividad y dimensión adecuadas. 33 Por consiguiente, la explicación más plausible apunta al 33 Gould indica que la "difusión refleja el hecho que se requirió algún lapso de tiempo para que la idea de emigración llegase a implantarse en las mentes de los miembros de una comunidad, para que su beneficio neto fuera firmemente demostrado por la experiencia de los que han partido primero, y para que estos pioneros pusieran en marcha el proceso de estímulo y ayuda financiera que forman los eslabones constituyentes de la llamada 'cadena migratoria'. En una pequeña comunidad rural la 'difusión' podría ocurrir muy rápidamente,...; pero entre comunidades [como sucede a nivel provincial] [...], el proceso fue más lento porque los eslabones eran relativamente menos numerosos". Gould, J. D.: "European Inter-Continental...", pág. 292-293 (traducción personal). FRANCISCO CONTRERAS PÉREZ papel de los agentes oficiales de emigración, cuya labor permite potenciar el ritmo de propagación de la idea de emigrar y en tramos temporales más reducidos (un año, por ejemplo). Si hasta entonces Almería poseía una potente corriente, más antigua y aislada en gran parte del resto de Andalucía, hacia Argelia, los nuevas redes de agentes americanos incidirán en otras provincias andaluzas de preferencia, de lo que resulta una mayor equidistribución provincial de la emigración exterior en sólo un año, 1889. Ahora bien, si atendemos a la distribución de los planes de emigrar a América, como segmento particular de la emigración exterior andaluza, observamos igualmente una fuerte concentración. Pues, en realidad, los agentes concesionarios de los pasajes americanos llevaron a cabo su acción de manera bastante concentrada dentro de la región, en tanto que en un principio no debieron extender demasiado sus redes de captación para encontrar numerosos individuos dispuestos a emigrar, pero que hasta entonces habían carecido de la información sobre el destino y de la ayuda financiera suficiente para efectuar el viaje. Así pues, las localidades cercanas a los puertos de Cádiz, Gibraltar y Málaga, puertos donde las casas consignatarias de las navieras tenían sus sedes, fueron con mayor intensidad las más afectadas por estas reclutas. La intensidad emigratoria en Málaga y Cádiz descenderá con posterioridad. De hecho, estas dos provincias presentan en 1888-90 indicadores emigratorios superiores a Galicia, pero hacia 1911-13 ya aparecen distanciadas en considerable medida de los valores presentados por este referente emigratorio por excelencia. Un análisis comparativo en un contexto mediterráneo Estimo que esta evolución de la distribución de la idea de emigrar no debe sugerir que se había alcanzado un hipotético nivel de saturación emigratoria en fecha tan temprana como 1888-90 (al menos temprana dentro de la tradición de emigración en masa al exterior), pues ni siquiera Galicia lo hace a pesar de tener una potente tradición emigratoria desde principios del siglo XIX y haber recibido también parte de los pasajes subsidiados argentinos. A la luz de estos datos, lo que resulta bastante probable en el caso andaluz es que, como hemos observado en capítulos anteriores, la voluminosa emigración de 1888-90 no garantizó posteriormente una corriente de la dimensión relativa de la gallega. Tomo LVII, 1, 2000 Si englobamos Andalucía en el conjunto de las regiones meridionales de Europa, podemos establecer su comparación respecto al caso italiano. La evolución de las intensidades de emigración en Italia se refleja en la tabla 3, distinguiendo las agrupaciones regionales. Al principio del ciclo emigratorio considerado, el conjunto de Andalucía parte con una tasa de emigración media anual similar a las del centro y sur de Italia. El sur de Italia pasaba hacia esos años por procesos económicos similares a los vividos en Andalucía. Se estaban produciendo importantes cambios en la tenencia y el aprovechamiento de la tierra, que trajeron consigo el reforzamiento del latifundismo, el absentismo y la crisis del pequeño propietario. En suma, se estaban reforzando las desigualdades económicas y sociales regionales, en perjuicio del ámbito agrario dentro del proceso de modernización del país. 34El recurso a la emigración de Italia fue difundiéndose en el centro y sur del país, como en Andalucía a lo largo del tiempo (véase la fig. 5). Pero esta difusión no fue igual en las tres regiones. Mientras Andalucía no llega a superar el techo del 8 por 1000 en su ápice emigratorio, por entonces las dos regiones italianas ya habían duplicado este valor. Así pues, como adelantamos a la luz de la comparación con el caso gallego, observamos de nuevo la debilidad relativa de la corriente transoceánica andaluza, la existencia de obstáculos internos a los procesos migratorios, que impedía su desarrollo a pesar de sumarse en el siglo XX otros determinantes objetivos. Como tendencia de la emigración en masa en Andalucía, desde 1885-87 se da un proceso de difusión de la idea de emigrar que, tras una fase de "maduración", culmina con una etapa de "saturación" en 1911-13. En este último período la región andaluza alcanza su mayor tasa emigratoria, gracias a un importante incremento relativo de la intensidad del fenómeno en las provincias con menor tradición en el mismo. El ritmo de esta divulgación no fue uniforme a lo largo del tiempo, produciéndose aceleraciones coyunturales, por la incidencia de importantes mecanismos posibilitadores de la emigración ajenos a las propias cadenas migratorias. Aunque el uso de los agregados provinciales plantea obvias limitaciones como fuente para el estudio de la difusión de las expectativas emigratorias a nivel intercomarcal, es de reconocer que permiten una primera aproximación a la misma (se nos antoja una comparación con la dilatación de un zoom fotográfico). Ahora bien, su precisión depende de la configuración geográfica de las unidades provinciales que tratamos (extensión, facilidad de comunicaciones y acceso a puertos, concentración de la población,...). Es más, sabemos que los límites provinciales no dejan de ser convencionalismos administrativos, y por lo tanto no tienen por qué coincidir con las regiones migratorias, esto es, con las comarcas reales. Teniendo en cuenta lo dicho, como hipótesis de trabajo parece razonable apuntar que las evidencias obtenidas nos llevan a afirmar que los emigrantes andaluces no asentaron redes sociales en destino tan potentes y definidas como las de gallegos, napolitanos y sicilianos. A falta de estos mecanismo posibilitadores de la emigración transoceánica, es muy probable que persistiera una importante emigración potencial o latente, no cuantificable, en Andalucía. A raíz de la acentuación de las desigualdades regionales originadas por los procesos de modernización, esta creciente emigración latente sólo llegaría a tener viabilidad efectiva, si adoptamos una perspectiva secular y colmatándose las posibilidades de los ámbitos urbanos andaluces, en la década de 1960 a propósito del éxodo continental hacia Cataluña y Europa35. Había un acervo migratorio sólido, entendiendo tal como un conjunto de estrategias y hábitos culturales favorables a emigrar.
Gran parte del espacio rioplatense, sin ríos navegables, ni acceso al mar, dependió de tropas de carretas tiradas por bueyes y recuas de mulas para la satisfacción de su demanda de transporte hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XIX, cuando comenzó a extenderse la red ferroviaria. Si bien el sistema de transporte terrestre implementado tenía a su favor ciertas diferencias regionales en los recursos y una considerable cantidad de asentamientos, estos beneficios no siempre lograron compensar las dificultades que significaban el estado de los caminos (simples huellas abiertas a través de las pampas, que poca o ninguna atención recibían por parte de las autoridades, y que en ocasiones eran mejoradas por los propios transportistas) y las largas distancias entre los dispersos poblados. Además, tal sistema no era totalmente especializado y tuvo variados impedimentos que interferían su cometido. En síntesis, el funcionamiento del transporte terrestre rioplatense se enfrentó, hasta la llegada del ferrocarril, a distintos inconvenientes, que si bien entorpecieron el logro de una adecuada integración, no impidieron una relativa fluidez en la circulación de personas y recursos entre las diversas y distantes áreas del territorio en cuestión. El presente estudio es una suerte de continuación de otros que sobre el mismo tema y referidos al lapso colonial hemos realizado hace ya algunos años y, a la vez, complementa la investigación que llevamos a cabo sobre el comportamiento y dirección de los flujos comerciales durante la época rosista, 1 donde pudimos apreciar la intensidad de las conexiones comerciales que fueron entretejiendo las distintas regiones-provincias rioplatenses y su capital en esa lenta agregación de mercados regionales que 1 Ver Rosal, Miguel A.: "Transportes terrestres y circulación de mercancías en el espacio rioplatense, 1781-1811", en Anuario del IEHS, n.o 3, Tandil, 1989, págs. 123-159; "El transporte hacia Buenos Aires a través de la hidrovía Paraguay-Paraná, 1781-1811". en Jahrbuch für Geschichte von Staat, Wirtschaft und Gesellschaft Lateinamerikas, Band 27, Köln, 1990, págs. 127-147; "Los transportes durante la primera década post-revolucionaria; la quiebra de un sistema", en La Gaceta Americana, n.o 7, Buenos Aires, nov.-dic. de 1990, págs. 15-25; y "El Interior frente a Buenos Aires: flujos comerciales e integración económica, 1831-1850", en Secuencia, n.o 31, México, 1995, págs. 51-111. subyace en toda formación de un mercado nacional; obviamente, estamos hablando de un territorio que aún no constituía una nación propiamente dicha. La desarticulación del mercado rioplatense-altoperuano a partir de 1810 produjo en el primero de los espacios mencionados el comienzo de un proceso sin retorno que culminó en una vinculación plena con el Atlántico. Obviamente, la historia terminó así, pero creemos que no necesariamente tuvo que ser de ese modo; en todo caso, hay varias razones para pensar que durante la primera mitad del siglo XIX pudo haber más mutilaciones que las sufridas a partir de la Revolución en el espacio presuntamente dominado por Buenos Aires. No todas las regiones-provincias, ya fuera por la calidad y cantidad de sus recursos naturales, y/o por razones geográficas, pudieron adaptarse rápidamente a la dislocación del antiguo orden. De allí que la conexión comercial de aquéllas con Buenos Aires tuvo distintos niveles de intensidad, pasando desde el tendido de unas débiles ligaduras, casi inexistentes, hasta el entrelazamiento de firmes nexos con el puerto, siempre en función de un ávido mercado exterior de ciertas materias primas, en especial las derivadas de la ganadería. En ese sentido, mientras el Litoral logró, siempre a través de Buenos Aires, fuertes lazos con los mercados ultramarinos, las provincias norteñas de lo que más tarde sería la Argentina, por su parte, conformaron la periferia de un nuevo espacio mercantil, cuyo núcleo se asentaba en el antiguo Alto Perú (aun con ocasionales envíos, ya fueran directos a Buenos Aires o que se dirigieran a Córdoba, la cual los reexportaba hacia el puerto). Las cuyanas, en tanto, no obstante sus conexiones con dicho mercado, parecían más predispuestas a recostarse sobre el Pacífico, exceptuando los períodos de bloqueos, cuando la desabastecida Buenos Aires necesitaba imperiosamente los caldos cuyanos, si bien la producción de los mismos estaba en franca decadencia. Buenos Aires, en tanto, disfrutaba de un período de expansión económica basada en la ganadería, cuyos productos eran, como hemos dicho, altamente apreciados como materia prima por la industrialización europea. Mantenía, además, el control sobre los derechos aduaneros y, al prohibir la libre navegación de los ríos interiores, se reservaba los servicios de intermediación. Así presentado el problema ¿fue inevitable que la balanza se inclinara hacia el puerto? Aun cuando no tenemos cifras globales concretas res- Anuario de Estudios Americanos pecto a los flujos mercantiles hacia las salidas alternativas al mercado porteño, la articulación plena del espacio rioplatense con el Atlántico parecía ser sólo cuestión de tiempo; sin embargo, el peligro de desintegración económica del mismo estuvo siempre latente. Fue en este contexto donde operó un sistema de transporte terrestre con variadas limitaciones que no contribuyeron, precisamente, a lograr la integración territorial. 2 Gran parte del espacio rioplatense, sin ríos navegables, ni acceso al mar, dependió de tropas de carretas tiradas por bueyes y recuas de mulas para la satisfacción de su demanda de transporte hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XIX, cuando comenzó a extenderse la red ferroviaria. Si bien el sistema de transporte terrestre implementado tenía a su favor ciertas diferencias regionales en los recursos y una considerable cantidad de asentamientos, estos beneficios no siempre lograron compensar las dificultades que significaban el estado de los caminos (simples huellas abiertas a través de las pampas, que poca o ninguna atención recibían por parte de las autoridades, 3 y que en ocasiones eran mejoradas por los propios transportistas) y las largas distancias entre los dispersos poblados. Hasta la llegada del ferrocarril, pues, estos obstáculos limitaron dicho sistema a tropas y arrias, que, como veremos, no era totalmente especializado, con variados impedimentos que interferían su cometido y, no siempre eficaz, para vencer distancias y desafíos climáticos y topográficos, o para movilizar considerables volúmenes de bienes hasta los mercados consumidores. En todo caso, debemos tener en cuenta que los dos medios de comunicación más avanzados en Europa para esos tiempos, los canales y las carreteras "empedradas", obras que exigían un cuantioso capital para ser llevadas a cabo, habían fracasado en la propia España, 4 por lo que muy difícilmente pudieran plasmarse en el Río de la Plata. Es así como el sistema de transporte implementado durante la época hispánica, a grandes rasgos siguió funcionando casi sin variantes hasta la segunda mitad del siglo XIX. Las vicisitudes que sufrió tal sistema quedan fielmente reflejadas en los 2 La implementación del transporte fluvial a través de vías de comunicación naturales tales como los ríos Paraná y Uruguay permitió una performance algo más eficiente para la zona del Litoral. 3 Las mejoras de la red vial eran impensables dada la falta de una autoridad central y el estado casi permanente de guerra civil entre los distintos estados provinciales. Tomo LVII, 2, 2000 conceptos que sobre el tema realizó Braudel al compararlas con las que se experimentaron en parte del Viejo Mundo algunos siglos antes: "La ruda Argentina de las primeras décadas de la independencia evoca mil realidades del siglo XVI mediterráneo, con sus enormes retrasos a lo largo de los caminos, a través del Atlántico o sobre tierra americana; las falsas noticias o las noticias demasiado viejas hacían afluir a Buenos Aires las pesadas carretas desde el fondo de la pampa (y el trigo que creían transportar en sazón oportuna para comerciar con él llegaba muchas veces a un puerto que, entretanto, se había saturado y donde ya no tenía salida".5 Distancias y rutas comerciales El itinerario Real de Postas, que data de la primera década del siglo XIX, establecía las distancias entre los distintos centros urbanos del territorio rioplatense midiéndolas en leguas. Convendría, en todo caso, precisar qué longitud tiene una legua. La gran variedad de fuentes utilizadas para realizar este trabajo no determina la longitud de la legua, pero probablemente se están refiriendo a las leguas de posta. En todo caso, no pensamos que se pueda hablar de distancias firmemente establecidas, dado que los transportistas en muchas ocasiones "hacían camino al andar", no sólo por el ejercicio de una idea firmemente arraigada de libertad de tránsito, sino también por el imperio de las circunstancias, tales como factores climáticos, peligro de ataque de indios, convulsiones políticas internas, coyunturas de mercado, etc. Según dicho itinerario, Mendoza distaba de Buenos Aires 261 leguas; el camino en cuestión, pasaba por San Luis, la cual estaba a unas 203 leguas del puerto. Su recorrido era bastante dificultoso, dados los desiertos y ríos a atravesar, y en ocasiones, peligroso, dependiendo del statu quo con los indios de la frontera sur. Todo ello hacía que entre los principales centros de la carrera de Cuyo se utilizaran distintas huellas alternativas según las circunstancias, las cuales volvían a juntarse al llegar a los puntos terminales. 6 En cuanto a las características del camino, el tramo que más dificultades presentaba era la "travesía" desde San Luis a Corocorto, terrible de-sierto de 32 leguas que, sobre todo en verano cuando el Desaguadero se secaba, era la tumba de innumerable cantidad de bueyes. Undiano y Gastelú escribió al respecto: "la soledad del sitio, aquel retiro, aquel silencio, y la memoria de las mortandades acaecidas por falta de agua potable, tienen el ánimo en este melancólico lugar en una triste suspensión, a que sucede un vivo deseo de salir de él...[ y luego agrega] un terreno sequísimo y desigual alternado de lomas y cañadas, a trechos duros y a trechos arenosos: un camino malísimo para ruedas por haberle cortado y desfigurado las aguas de tormentas desde que le abandonaron los troperos, es lo que ofrece esta distancia a la vista del caminante". 7 En ocasiones el viaje se dificultaba aún más pues el camino estaba obstruido por las osamentas de los animales de tropas anteriores, que debían ser movidas para dejar libre el tránsito. En época estival, este trayecto generalmente se hacía de noche para evitar las altas temperaturas diurnas. En invierno, se hacía muy difícil vadear el Desaguadero dada la creciente que presentaba; en esos casos, los viajeros debían cruzar el río a través de balsas. 8 Desde Mendoza a San Juan había unas 45 leguas; sin embargo ese era un camino sólo utilizado por los escasos troperos sanjuaninos. Los arrieros preferían utilizar un sendero entre médanos (donde no había postas) que permitía una comunicación más rápida y directa entre San Juan y San Luis. En cuanto a rutas complementarias, desde San Juan partía una hacia San Miguel de Tucumán (a 190 leguas), pasando por La Rioja (a 89 leguas) y Catamarca (a 131 leguas). Otro camino unía a Córdoba con San Luis (a 83 leguas) y un sendero para mulas, luego mejorado para permitir el paso de tropas de carretas, conectó a Córdoba con Catamarca. También en la carrera del Norte había alternativas a la ruta principal; 9 la más importante era el camino "de los Porongos" que comunicaba a Santiago directamente con Santa Fe (a 93 leguas del puerto), permitía un ahorro de 80 leguas y, si bien recorría una región más despoblada, la misma era más llana en comparación con el áspero terreno cordobés. Otra de 7 Undiano y Gastelú, Sebastián de: "Itinerario de Mendoza a Buenos Aires por el camino de las postas, escrito en Mendoza en 1799", en Anuario de la Sociedad de Historia Argentina, v. 9 En muchos casos, se evitaba pasar por algunas jurisdicciones para eludir los diversos impuestos al tránsito de los estados provinciales. Tomo LVII, 2, 2000 las vías alternativas era la que unía a Santiago con Salta, sin pasar por San Miguel (camino "de Palomares" o "Thenené"), o la que conectaba a Córdoba y Santa Fe. Las Salinas Grandes, situadas a poco más de 100 leguas al suroeste de Buenos Aires, eran objeto de visitas periódicas -generalmente una vez por año, aunque a veces se realizaban dos o más, pero también podían pasar hasta tres años (o más) sin que se hiciera ninguna-por parte de expediciones económico-militares, cuyos principales objetivos eran, por un lado, abastecer a la ciudad del preciado elemento, y por otro, ir consolidando la presencia del hombre blanco en una región que dominaría totalmente bien entrada la segunda mitad de la centuria. Según Lucio V. Mansilla, la ruta a las Salinas fue esencialmente un "camino indio", una rastrillada, "...surcos paralelos y tortuosos que con sus constantes idas y venidas han dejado los indios en los campos...Estos surcos...suelen ser profundos y constituyen un verdadero camino ancho y sólido".10 Los medios de transporte Uno de los medios de transporte más utilizado en las llanuras era la carreta; descrita ya innumerables veces, no parece necesario abundar sobre el tema; de cualquier modo, quizá fuera conveniente subrayar algunos aspectos relacionados con el mismo. Muchos viajeros, alguno de ellos citados en el presente trabajo, dejaron sus relatos sobre las características del vehículo en cuestión, pero es posible que ninguno sea tan minucioso como el de Florián Paucke -aun cuando el de Alonso Carrió de la Vandera, Concolorcorvo, sea, quizás, el más conocido-, quien describe desde el modo de engrasar las ruedas y ejes (para lo cual se empleaba sebo y paja quemada o directamente jabón del que "se usa para lavar") hasta la corneta que utilizaba el conductor (peón) de esta "choza viajante" para "animar a los bueyes" (generalmente cuatro o seis por cada carreta).11 Respecto al número de carretas que conformaban un convoy, las fuentes consultadas indican que aquél podía variar desde una pequeña cantidad hasta la alineación de una larguísima caravana -esto último era conveniente si existía la posibilidad de un ataque indígena-, tal el caso de las expediciones a las Salinas, en donde podían llegar a intervenir hasta seiscientas carretas. 12 En cuanto a los bueyes, Concolorcorvo destaca "la resistencia de los bueyes rocines de Mendoza" y la valentía de los de Tucumán, que cruzaban caudalosos ríos, aun cuando las aguas les cubrieran prácticamente todo el cuerpo; Paucke, a su vez consideraba que un buen buey indiano podía llegar a tener "la fuerza de dos iguales en Alemania", pese a lo cual se necesitaban unos diez animales por cada carreta, para recambio y cubrirse en caso de que algunos sucumbieran. En ocasiones, cuando la dotación de bueyes de una carreta no era suficiente para avanzar, se utilizaban "cuartas"; según el "Lazarillo", "éstas se reducen a hechar dos o tres bueyes más, que sacan de las otras carretas, y así se van remudando, y a la bajada, si es perpendicular, poner las cuartas en la trasera de la carreta para sostenerla y evitar un vuelco, o que atropelle y lastime a los bueyes pertigueros". 13 No todos, sin embargo, eran tan considerados con estos animales; Bauzá y Espinosa, oficiales de la expedición de Malaspina, señalan que si los bueyes se cansaban en ocasión de recorrer trayectos desérticos, a menudo eran abandonados por los carreteros, para ser presas de la sed, el hambre y las aves de rapiña. 14 Desde la región cuyana, el grueso del transporte lo llevaban a cabo las tropas de carretas de Mendoza y las recuas de mulas de San Juan, acarreando principalmente caldos (vino y aguardiente), frutas secas y, en ocasiones, productos ganaderos, en especial cueros vacunos. Desde las regiones Central y Norte del espacio, cuyos principales centros eran Córdoba, Santiago del Estero y Tucumán, el transporte se hacía por medio de carretas casi exclusivamente. De la primera venían productos ganaderos como cueros vacunos, cerda, lana y curtidos; también tejidos "de la tierra" (de lana), tales como ponchos, "frezadas" y jergas. De Santiago llegaba miel, cera, ponchos (de algodón) y cueros vacunos, y de San Miguel, maderas duras -recordemos que en Tucumán floreció la artesanía de construcción de carretas-, suelas y cueros vacunos, arroz, etc. Aun en el Litoral, donde se había implementado un relativamente eficaz sistema de transporte fluvial, el comercio interno dependía de las carretas, las cuales, dada la riqueza forestal, eran elaboradas en las carpinterías de la región, tal el caso de las correntinas. 15 En cuanto a la capacidad de carga de los medios de transporte empleados en el Plata, una carreta podía acarrear unas 150 arrobas (@: equivalente a 11,50 kilogramos) y una mula unas 12. 16 En ese sentido, nuestros datos indican que si bien la oferta de transporte por arrias es más elástica, su capacidad de acarreo es tan limitada que el grueso de la actividad del transporte terrestre depende de las tropas de carretas. Dicha elasticidad iba acorde a la inversión necesaria para la implementación de una recua, mucho más accesible para un campesino o un pequeño comerciante que la formación de un convoy de carretas. Mientras las arrias podían ponerse en marcha con unas cuantas mulas, dinero para salarios del capataz y peones, y alimentos para la travesía, la organización de una tropa de carretas implicaba mayores erogaciones: vehículos, boyada, caballada, dinero para salarios de varias clases de empleados (capataz, carpintero, picadores, boyeros, boyeros de invernada, etc.) y, en ocasiones, la invernada, alimentos, utensilios, etc. De todos modos, troperos ocasionales -tema sobre el que volveremos-podían aunar esfuerzos para marchar juntos (en especial cuando se trataran de distancias relativamente cercanas) y sortear más fácilmente los obstáculos que se presentaran en el camino. 17 Hacia fines del período rosista, un gran número de carretas llegaba a los dos grandes mercados de concentración de Buenos Aires: Plaza Constitución y Plaza Once de Septiembre; Justo Maeso, editor y traductor de la obra de Woodbine Parish, cónsul británico en estas tierras, señala que durante 1851 y 1852 entraron, por año, alrededor de 1.000 carretas de Salta, Tucumán y Santiago del Estero, y 2.500 de Córdoba, cantidad que se iría reduciendo a medida que el ferrocarril se fuera expandiendo. Los fletes que se pagaban por arroba transportada en carreta, según el citado Maeso, eran los siguientes: desde Buenos Aires a Córdoba, 2 reales; a Santiago y San Miguel, 9; y a Salta, 13. El viaje desde las provincias costaba uno o dos reales menos, excepto en el caso cordobés, que era a la inversa. La demanda de transporte por parte del Estado Durante la época hispánica eran frecuentes los contratos entre los transportistas y la Real Hacienda para el traslado de caudales y azogues, de reos, de prisioneros británicos durante las invasiones, de cascarilla, de pólvora, de hierro, de plomo, de armamentos, etc. Sin embargo, los carreteros (preferidos, obviamente, por la capacidad de carga de sus convoyes en tanto y en cuanto las características topográficas de las regiones a transitar lo permitieran) poco entusiasmo hallaban en esta clase de tarea, dadas las dificultades que tenían en cobrar sus servicios ante las trabas burocráticas implantadas por el aparato estatal. De todos modos, ya fuera que les gustase o no a los transportistas, el Estado tenía prioridad absoluta en la satisfacción de su demanda de transporte. 19 Poco después de producida la Revolución el panorama es bastante similar. Una carta de Manuel Belgrano al gobernador intendente de Salta, Feliciano Antonio Chiclana, es ilustrativa al respecto: Relacionado con este tema, hemos encontrado varias demandas por incumplimiento de pagos de fletes por parte del Estado. Al respecto, podemos mencionar el flete de 18 carretas desde Santa Fe a Buenos Aires, a 65 pesos cada una, para el transporte de camas de carreta y otro similar, de 13 vehículos, para el traslado de maderas varias, desde y hacia los mismos lugares. Otro, desde Buenos Aires a Tucumán, que involucraba a 12 carretas cargadas con 264 cajones de azogue a 190 pesos por unidad. Desde Mendoza se fletaron 12 carretas, a 100 pesos cada una, para el traslado de soldados; también desde Buenos Aires y hacia Tucumán partieron efectivos militares en 33 vehículos contratados a 180 pesos la unidad, y desde Santa Fe, 4 carretas a un flete de 46 pesos cada una, transportaron tropas hacia Buenos Aires. Por último, para el traslado de pertrechos bélicos, se fletaron 9 vehículos en Buenos Aires con destino a Córdoba a 55 pesos cada uno. Generalmente, los troperos recibían sólo la mitad de lo estipulado y ello originaba las constantes demandas. 21 Además de las conocidas trabas burocráticas, heredadas del régimen hispánico, se debe tener en cuenta que las arcas del Estado revolucionario estaban exhaustas. Movimiento general de tropas y arrias Las cifras son elocuentes: mientras que el número de mulas desplazadas fue el más importante de todo el lapso, el de carretas fue paupérrimo, muy lejos de los 700 y más vehículos que circularon en algunos de los años de la primera década del siglo XIX, y bien sabemos que el considerable aporte de las mulas movilizadas no alcanza para compensar el retroceso del transporte carreteril. En cuanto a la cantidad de carretas por tropa, cada una de éstas estaba conformada, como media, por 8 unidades, contra 9 del período anterior; las arrias, por el contrario, fueron más numerosas que en el lapso 1781-1811 (25 y 21 bestias, respectivamente). 22 Ver el citado trabajo "Los transportes durante la primera década post-revolucionaria...". Anuario de Estudios Americanos Por la carrera del Norte se desplazaron 260 carretas, unas 39.000 @ transportadas hacia Buenos Aires, bastante menos que las acarreadas desde Cuyo, a pesar de que desde esta última región salieron 100 vehículos menos; obviamente la diferencia fue marcada por la gran cantidad de mulas movilizadas desde Mendoza y San Juan. Las tropas norteñas estaban conformadas, como promedio, por 5 unidades, contra 6 que observamos, como media, para el lapso colonial. Podemos afirmar que en lo que se refiere a la movilización de personas y recursos, en 1820 la carrera de Cuyo aparece como más significativa que la del Norte. De todos modos, las dos carreras juntas -lo que podría considerarse el transporte terrestre-están lejos de superar a la que durante el lapso colonial se llamó la carrera del Paraguay -es decir, el transporte fluvial-23, a pesar del aislacionismo de esta última, que redujo el total transportado a unas 135.000 @, y ello sin tener en cuenta lo acarreado a través del río Uruguay. 23 Son apreciables las ventajas del acarreo fluvial dadas la capacidad de carga de las distintas naves, la baratura de sus fletes y la velocidad de desplazamiento. Sobre el tema se puede consultar a Chiaramonte: Mercaderes del Litoral..., págs. 78-81. La situación de 1820, como hemos visto, pálido reflejo de lo que sucedió durante el lapso tardocolonial, se verá trastocada con el correr del tiempo. Diez años más tarde, a la vez que el esplendor vitivinícola cuyano era una cosa definitivamente del pasado (al menos, en el marco de las relaciones de producción que se establecieron durante la colonia), los bienes "de la tierra" de Córdoba, Santiago del Estero y Tucumán, en especial la riqueza ganadera de la primera, volcará la balanza a favor de la carrera del Norte. También hemos recogido información sobre el tema en el Registro Estadístico de la Provincia de Buenos Aires para los años 1822-1824. 24 En principio, debemos decir que hemos notado ciertas diferencias entre la información de los resúmenes anuales y la consignada en forma mensual, trimestral o semestral a lo largo del trienio; nos hemos guiado por la última dado que es más detallada. En cuanto a las entradas, el resumen de 1822 indica que "desde marzo que se empezó a llevar la razón correspondiente, han entrado en esta ciudad de las provincias hasta fin de diciembre 111 tropas..., y 190 arrias de mulas"; sin embargo, entre las primeras están incluidas 9 que lo habían hecho en enero y febrero, y entre las segundas no lo están 2 que habían arribado a comienzos del año, por lo que en realidad suman 192. La información de dichos meses sólo ilustra sobre el número de tropas y arrias, su procedencia y la cantidad de peones que sirven en las tropas. Del segundo semestre de 1824, solamente sabemos cuanto suman los convoyes y las recuas, el origen de los mismos y la carga que trasladaron. Respecto a las salidas, no se encuentran los datos de enero y febrero de 1822; además, 19 arrias que parten "vacías" en el mes de abril, y en donde no se contabilizan peones ni bestias, son excluidas en la suma general. En el resumen de 1823 falta registrar dos arrias; en fin, dada la gran cantidad de recuas que retornaban "vacías", lo que se puede observar al analizar el peso de la carga transportada por las mismas en 1822, no es extraño que la información correspondiente a los dos años siguientes, prácticamente fuera desechada. Una vez más, los datos del segundo semestre de 1824 son parcos: sólo indican la cantidad de tropas, el destino y la carga transportada. Por último, el resumen de ese año consigna la salida de 33 tropas, pero en la información desagregada por semestres computamos sólo 32. Si bien no se especifica la procedencia y el destino de algunas tropas y arrias, la fuente indica que, de ellas, la mayoría de las primeras transita-24 Ver el apartado sobre las Fuentes y el Anexo Estadístico al final del trabajo. ron la ruta norteña, y que la totalidad de las segundas lo hicieron por la que unía a Buenos Aires con Cuyo. La carga está expresada en arrobas (@) -tal como aparece en los datos mensuales, trimestrales o semestrales consultados-, si bien en los resúmenes de 1822 y 1824 lo está en quintales. El Registro Estadístico del Estado de Buenos Aires de 1856 a 1858, (similar a su antecesor de la década del 20, al menos en cuanto a la información sobre el movimiento general del transporte), brinda datos correspondientes a los años 1828-1831, si bien son bastante más incompletos que los del trienio estudiado. 25 Sobre las entradas del primero de los años citados, una nota aclaratoria expresa que "no se han recibido los datos pertenecientes al mes de diciembre"; otra, esta vez sobre las salidas, indica que "no se han recibido las razones de los meses de abril y diciembre" y, además, no hay registrada información de partida de arrias. La situación se repite en los años siguientes. De 1829, no se consignan datos de entrada de tropas de abril a junio, y de entrada de recuas durante los meses de febrero, mayo a septiembre y los dos últimos del año; tampoco hay cifras de salidas de convoyes de marzo a julio, y faltan las de arrias para todo el año. Los dos años restantes están aún más incompletos. En los cuadros de 1830 aparece la siguiente nota: "El Departamento Estadístico no ha podido llenar los datos de esta tabla por haber faltado con ellos los comisionados para remitírselos" y, finalmente, en 1831 se indica que "además de estar incompletos los datos que se expresan, el Departamento Estadístico no ha recibido las relaciones que deben remitírsele para el lleno de esta tabla". En síntesis, si bien la información sobre el cuadrienio es fragmentaria, nos sirve para ilustrar de manera muy general la cuestión Por último, tres trabajos sobre el comercio entre Buenos Aires y las provincias durante el lapso rosista utilizan la Gaceta Mercantil como fuente principal para tratar el tema de las entradas y salidas terrestres. Lamentablemente, la fuente en cuestión es bastante limitada, de lo cual están conscientes al menos algunas de las autoras de los artículos, pues en uno de ellos se aclara "que no cuenta con datos regulares ni con el precio de los productos o monto total de las cargas". 26 A través de los datos extraídos de dichos trabajos hemos confeccionado el cuadro 3 (ver en el Anexo Estadístico) que merece ciertos comentarios. En principio, casi no hay datos de salida de arrias. La entrada de tropas de 1836 y 1837, y la de arrias del primero de los mencionados, está sólo estimada; además, no se dan datos de entradas de arrias para 1839. Sólo en el primer estudio, sobre el lapso 1830-1835, se desagregan cifras según procedencia y destino de los transportes: Córdoba era la provincia que mayor cantidad de convoyes enviaba y recibía, y desde San Juan llegaba el mayor número de recuas; para los años posteriores la información es muy general, aunque confirmaría la tendencia señalada. Los hombres del transporte El análisis de los nombres de los transportistas aparecidos en las Guías y Manifiestos de comercio conservadas en el Archivo General de la Nación, 28 nos llevó a la conclusión de que el grueso del acarreo está a cargo de profesionales, si bien son un porcentaje menor del total. Junto a ellos están los que podrían ser clasificados como estacionales, sujetos cuya profesión no era la del transporte sino que posiblemente se dedicaran a las tareas rurales y que en los lapsos de menor trabajo o inactividad acercaran al mercado porteño frutos de su propia producción, para aumentar de esta manera el ingreso familiar. De todos modos, a través de las fuentes nos resulta muy difícil de detectar esta clase de transportistas. Lo que sí hemos comprobado es la existencia de -lo que podríamos llamar-transportistas ocasionales, aquellos que circunstancialmente hacían un viaje y no volvían a repetir la experiencia, o lo hacían muy contadas veces. Según nuestros datos, alrededor del 70 % de los hombres del transporte podrían situarse dentro de esta última categoría. 29 En términos generales, entonces, podemos clasificar a los transportistas en profesionales y ocasionales, aunque resulta dificultoso determinar qué número exacto pertenece a una u otra categoría; una forma de acercarnos al problema fue establecer una división sobre la base de la cantidad de viajes emprendidos desde las regiones del interior del espacio rioplatense 27 Otro interesante estudio que nos ilustra sobre el movimiento carreteril de la época es el de Palomeque, Silvia: "Circulación de carretas por las rutas de Santiago (1818-1849) (elementos cuantitativos)", en Cuadernos, n.o 5, Jujuy, 1995, págs. 49-62. 29 Palomeque, no obstante las dudas que plantea en su estudio, parecería corroborar este fenómeno de la ocasionalidad. Palomeque: "Circulación de carretas...", pág. 59. durante el período en estudio. 30 En efecto, aquéllos que se desplazaron cinco veces o más, fueron considerados dentro de la primera categoría y los que realizaron de uno a cuatro viajes fueron englobados dentro de los ocasionales; a éstos habría que agregarles aquellos transportistas que, según nuestros registros, sólo viajaron (en una o más oportunidades) en 1820. Hemos contabilizado 95 troperos que transitaron la Carrera de Cuyo: 54 ocasionales31 33 profesionales 8 del año 1820, siendo uno de ellos de sexo femenino.32 La distribución regional de los carreteros es la siguiente: 74 de Mendoza 8 de San Juan 12 de San Luis 1 de Río Cuarto (Córdoba). Nuestros datos indican que 25 de ellos también acarrearon productos regionales cuyanos por medio de sus propias arrias de mulas y que 35 transitaron por las dos carreras, es decir, la de Cuyo y la del Norte. Respecto a la totalidad de los viajes de sólo los troperos identificados, hemos contabilizado 19 para 1820 y 280 más entre 1831 y 1851; el hecho de que en las fuentes no se encuentren viajes desde Chile, coadyuva a entender las bajas cifras obtenidas sobre viajes -aun sumando los de los arrieros, tema que después veremos-, en relación con el lapso colonial, cuando el promedio de los mismos superaba los 100 anuales. 33 Los carreteros que más viajes realizaron fueron: En cuanto a la frecuencia de viajes, de los 54 ocasionales, 8 hicieron por lo menos dos viajes en alguno de los años del estudio; de los 33 profesionales, 16 viajaron más de una vez (hay casos de más de uno o dos viajes en varios de los años del análisis) y los otros 17 completaron dos o más considerando la otra carrera, su desempeño como arriero o el lapso hispánico, excepto un tropero, Gregorio Ponce. Entre los que más se destacaron por la frecuencia de viajes podemos mencionar a los realizaron dos o más viajes en, por lo menos, 5 años de los que abarca nuestro trabajo: Pedro Juan Alvarez, Dionisio Guerreros y José Nicolás Serpa y los que lo hicieron en 6 años: Julián Alvarez, Pedro José Arenas y Domingo Cruz; pero sin duda el más caracterizado fue Toribio Barrionuevo, que lo hizo en 7 años, y en 3 de los mismos completó tres viajes. El análisis de la velocidad de los viajes comerciales se hizo para 1820 y del resto del lapso en estudio no hemos hallado datos para buena parte del mismo; en el mejor de los casos sólo tenemos cifras parciales para algunos de los años, por lo que hemos escogido 1832 como el más representativo. Debemos recordar que el tema de la frecuencia y velocidad de los viajes está íntimamente relacionado con el de la rotación del capital comercial. La velocidad de las tropas de carretas en 1820, si bien hallamos sólo 15 casos como para extraer una conclusión definitiva, decrece: 58 días contra diez menos (en los viajes desde Mendoza) que se utilizaban, como promedio, en el período tardocolonial. En este sentido, los ataques de indios, "montoneras" y bandoleros parecería haber afectado el normal desplazamiento de los transportistas mendocinos. Al respecto, es ilustrativo el "Manifiesto de la Honorable Junta de Representantes de la Provincia de Buenos Aires a todas las demás hermanas": "La guerra civil existe, y existe con encarnizamiento. Ya las caravanas de comercio que poco antes cruzaban todos los caminos del interior, repartiendo entre los pueblos la vida y la riqueza, hoy son escuadrones armados de hierros fratricidas, consagrados sólo a la matanza y al pillaje. Esto se verifica principalmente en el territorio de esta provincia, pero sus resultados arruinan a todas las demás". 35 En 1832, sobre 13 casos los troperos de Mendoza tardaron 50 días para llegar desde su provincia a Buenos Aires; sobre 2 desde San Juan, uno directo y el restante pasando por Mendoza, los viajes duraron 44 y 74 jornadas, respectivamente. Desde San Luis, para 7 casos, se emplearon 35 días. De todos modos, entre los ocasionales se encuentran 20 que no son dueños de recuas; 17 viajaron como capataces y 3 "a cargo".36 La distribución regional es la siguiente: 220 de Mendoza (35 %) 415 de San Juan (65 %), a los que habría que agregarles 2 oriundos de San Luis. El total de viajes de los arrieros cuyanos alcanza 116 para 1820 y 1162 para el lapso posterior; entre los muleros más destacados se encuentran: José María Sarmiento................ 17 Respecto a la frecuencia de viajes, de los 501 ocasionales, 32 realizaron dos viajes en alguno de los años del lapso en cuestión y 1 lo hizo en tres oportunidades. De los 63 profesionales, 53 viajaron dos veces o más en alguno de dichos años. La frecuencia de viajes es menos notoria entre esta clase de transportistas; aun así hemos consignado a Melitón Arroyo y Benito Molina (ambos de Mendoza) y a Domingo Iribarren y José Antonio Moreno (los dos de San Juan) con dos o más viajes en 4 años del período en estudio, a Pedro Pascual Segura (de Mendoza) que lo hizo en 5 años y a José María Sarmiento (de San Juan) que lo llevó a cabo en 7 de los años que abarca nuestro análisis. En cuanto a la velocidad de los viajes, en 1820 los arrieros mendocinos parecen sufrir los mismos inconvenientes que sus colegas carreteros: tardan bastante más que durante el lapso colonial, 52 contra una media de 46 jornadas. Andrés Villanueva, que conducía 45 cargas de aguardiente y vino, es obligado a detenerse en el paraje Barranquita, jurisdicción de Córdoba, durante dos meses, produciéndose una considerable merma en los caldos, al punto de perder 7 cargas, lo que motiva una investigación del caso. El peón Anacleto Balmaceda, natural de Mendoza, en su versión de los hechos, precisa "que oyó decir que por el Señor General San Martín se había dado orden que parasen todas las tropas que fuesen llegando, porque no se podía pasar para esta ciudad, por estar los caminos ocupados por los montoneros...". 38 37 Del resto, Plácido Maradona completó dos viajes en 1811 y los otros 9 no lograron realizar dos viajes en alguno de los años del lapso. Al parecer los transportistas también sufrían los embates del bandolerismo; ejemplos de lo mencionado pueden ser las denuncias observadas en III, 22-1-2, guías 190 y 252. En todo caso, montoneras donde ocasionalmente confluían "anarquistas", indios y malhechores de todo MIGUEL ÁNGEL ROSAL Sin embargo, el caso de las arrias sanjuaninas es bien distinto: mientras que el promedio de 1781-1811 fue de 51 días para cubrir la distancia entre San Juan y Buenos Aires, en 1820 sólo se tardaron 45, y estos muleros también sufrieron los problemas de sus colegas mendocinos...; de cualquier modo, la "performance" del año 20 fue similar al de 1811, cuando se dio la mayor velocidad del período anteriormente estudiado, lo que podría indicar que hacia fines de la época colonial-principios de la independiente se comenzó a transitar una ruta más directa entre San Juan y Buenos Aires. Desde San Luis, sobre 5 casos, los viajes duraron 28 días. Los carreteros del Norte De los 333 ocasionales, hay 4 capataces y otros 4 "a cargo" con un solo viaje en el lapso. 39 También entre los carreteros norteños encontramos a una mujer. 40 La desagregación según áreas regionales es la siguiente: 11 de Salta (2 %) 91 de Tucumán (21 %) 70 de Santiago del Estero (16 %) 269 de Córdoba (61 %); el restante es de Jujuy. tipo, perturbaban el normal desplazamiento y la vida misma de la campaña. También encontramos testimonios en décadas posteriores. Campbell Scarlet, Peter: Viajes por América. Gerstaecker, Frederich W. C.: "Mendoza en el año 1849", en Revista de la Junta de Estudios Históricos de Mendoza, 2.a época, n.o 8, t. 39 Uno de ellos, Manuel Arias, es tropero cuyano. 40 Se trata de doña Tomasa Gondra de Santillán. El estudio de la velocidad de los viajes para 1820 indica que es indudable que los mismos problemas que sufrieron los transportistas cuyanos, afectaron a sus colegas del norte, si bien las fuentes son menos ilustrativas al respecto: 42 la velocidad de los viajes disminuye, y en mucho. De los 60 días que se tardaban -como promedio-desde Tucumán durante el período colonial, se pasa a 79; para Santiago del Estero (55 y 85, respectivamente) y Córdoba (34 y 53, respectivamente) sucede algo similar. Sin embargo, las trabas que impidieron el normal desplazamiento de las tropas norteñas parecerían no haberse manifestado hasta la segunda mitad del año en estudio. En efecto, durante la primera, los carreteros circularon incluso un poco más rápido que en el período colonial. 43 A partir del segundo semestre, el sistema, ya de por sí alterado, se termina de desquiciar; que se tarden cuatro meses y más desde Córdoba, ilustra perfectamente el panorama. 44 Al respecto, las vicisitudes que debió sufrir José Antonio de Arriaga, vecino de Cochabamba, socio de Ambrosio Funes, a su vez vecino de Córdoba, iluminan sobre los riesgos a que se exponía el comercio de la época: "habiendo dicho don Ambrosio remitido a Santiago de Chile una partida de curtidos para su expendio, por un orden inesperado de sucesos ha tenido que sufrir este negocio los contrastes más azarosos. No bien acababa de llegar a su destino esta desgraciada negociación, cuando en aquellos mismos días llegó a Santiago la noticia de la derrota que había padecido el ejército de la Patria en la memorable acción de Talca. Era demasiado peligrosa la suerte de aquella capital para que se creyesen seguras estas propiedades. El temor bien fundado de que fuesen unos de los despojos del enemigo, obligó al encargado del negocio a que tomase el duro partido de exportarlos precipitadamente a la ciudad de Mendoza. Como la gloriosa acción de Maipo dejó tranquilizado aquel estado, tomó la negociación su giro natural, y volvieron los efectos a ponerse en Santiago. La queja de los viajeros ante el peligro de salteadores e indios es bastante recurrente. Aún en la década del'50 encontramos amargos relatos. Tschudi, Johann Jacob von: "Viaje por las cordilleras de los Andes de Sudamérica; de Córdoba a Cobija en el año 1858", en Boletín de la Academia Nacional de Ciencias, t. 44 Nos sólo durante 1820 existieron inconvenientes para transitar: "los artículos siguientes que con procedencia de Córdoba fueron conducidos en tropa de D. Mariano Cuevas con destino a ésta, y por las circunstancias del país fue indispensable descargarlos en la villa del Rosario por hallarse privado el tránsito". Tomo LVII, 2, 2000 ron los curtiembres detenidos mucho tiempo. Esta fue la ocasión en que se formó mi compañía con el expresado don Ambrosio, y en la que me vi en la precisión de cambiarlos por tabaco negro del Brasil y trasladarlo para su salida a esta capital. La desgracia seguía siempre muy de cerca sus pasos. Puesta la tropa conductora en la jurisdicción de Córdoba, me hallé con la novedad de estar el camino interceptado por los movimientos anárquicos de los montoneros, y en la precisión de suspender la marcha por algunos meses con los costos y perjuicios que son irreparables de una demora tan considerable...". Y aquí terminamos con la extensa cita, que sigue, pues los infortunios del pobre Arriaga no finalizaron al llegar a Buenos Aires: si bien pudo salvar sus bienes de guerras y montoneras, lo esperaban conflictos arancelarios con la Aduana porteña. 45 En fin, sin duda la de comerciante podía llegar a ser una profesión bastante entretenida. Volviendo sobre el tema de la velocidad de los viajes comerciales, debemos tener en cuenta, en cualquier caso, que nuestras cifras son aproximativas, que se trata de promedios y que, en ocasiones, contamos con muy pocos casos, lo cual puede distorsionar un tanto la situación. Los carreteros de Santa Fe Es interesante destacar que no hemos hallado ninguna conexión Santa Fe-Buenos Aires por vía terrestre antes o después de dicho lapso. Obviamente, la comunicación fluvial resultaba más barata, más cómoda y más rápida, pero el análisis de los viajes por tierra nos indica que más del 70 % fue realizado en años de bloqueo, cuando la navegación se hacía muy dificultosa o definitivamente imposible. De los carreteros que trajinaron la ruta Santa Fe-Buenos Aires, podemos indicar que hallamos 87 57 ocasionales 30 profesionales. 46 Pedro Antonio Correa tardó 61 días de Tucumán, y 27 desde Córdoba; Mauricio Argañaraz empleó 72 desde Santiago del Estero y 44 desde Córdoba. De ellos, 8 transitaron por las carreras de Cuyo y del Norte, 2 sólo por la primera y 37 solamente por la segunda. 47 Los que más realizaron fueron Santiago Aráoz, Javier Maidana -al parecer, el único santafesino-, Francisco Pereyra y Gregorio Ponce (4 viajes) y Juan José Arenas, Pedro Costas, Pedro Luque y Antonio Maison (3 viajes). Tan sólo 5 de los ocasionales y 10 de los profesionales realizan más de un viaje en alguno de los años del período analizado; el resto de los integrantes de la segunda categoría completan más de uno en alguno de dichos años desde otras regiones. Los transportistas terrestres rioplatense, dada la incapacidad estatal para solucionar los problemas viales existentes, 48 en no pocas oportunidades se ocuparon del mejoramiento de los caminos, a la vez que estuvieron siempre dispuestos a buscar nuevos itinerarios que fueran más cortos y/o cómodos, y también menos peligrosos. Una idea de libertad de tránsito, fuertemente arraigada, se iba plasmando en la práctica, lo cual no nos permite pensar en distancias interurbanas rigurosamente establecidas. Desde Cuyo, tropas mendocinas y arrias sanjuaninas se encargaban del grueso del acarreo regional, del mismo modo que las carretas tucumanas y, en especial, las de Córdoba, atendían los requerimientos de las áreas central y norteña. El fenómeno de la ocasionalidad del transporte parece haberse acentuado con el correr de las décadas; aun así, la mayor parte de la actividad estaba en manos de transportistas profesionales, los cuales, además, debían responder ante las necesidades de transporte por parte del Estado de forma prioritaria. En cuanto a la velocidad del transporte, sólo era posible incrementarla a través de mejoras técnicas (que no abundaban) y la búsqueda de nuevas rutas más directas; la limitación que significaba la capacidad de carga de los medios de transporte, hacía impensable el traslado de menor peso en 47 Anastasio Cuestas Ramallo, tropero de Córdoba, viene "a cargo" en su viaje desde Santa Fe en 1846. 48 Aun en fechas tan avanzadas como 1855-1856, se pueden hallar reclamos sobre caminos defectuosos y falta de puentes a lo largo y ancho del territorio rioplatense. (Informes de los directores de las Mensajerías Nacionales, Juan Rusiñol y Joaquín Fillol). Urquiza Almandoz: Historia Económica..., pág. 555. Conectado con el tema de la velocidad está el de la frecuencia de viajes; en ese sentido, los transportistas profesionales, generalmente más rápidos, estaban en condiciones de realizar más de un viaje por año. Desde Mendoza y Córdoba, por ejemplo, se podían completar, anualmente, de tres a cuatro viajes. En comparación con el período tardocolonial es indudable que en 1820 el transporte sufrió un retroceso en varios de los rubros que hemos analizado (cantidad de viajes; número de tropas y vehículos; velocidad; carga transportada) 49 y el panorama es similar en cualquiera de las carreras estudiadas. Sólo en el número de arrias y mulas que vienen desde Cuyo se nota algún incremento, el cual no pudo compensar el retroceso sufrido por el sistema de transporte a través de tropas de carretas. Tal como sucedió durante la época hispánica, en 1820 -aunque en menor escala-la carrera de Cuyo aparece como más significativa que la del Norte en cuanto a la movilización de personas y recursos; sin embargo, dicha situación sufrirá cambios en las décadas siguientes de la mano de la bonanza económica de las áreas mediterráneas, en especial Córdoba y su significativa producción ganadera. En síntesis, el sistema de transporte terrestre implementado en el espacio rioplatense se enfrentó, hasta la llegada del ferrocarril, a distintas dificultades -dilatadas distancias, inexistentes o precarias vías de comunicación llenas de obstáculos, mercados muy dispersos-. Si bien esto entorpecía el logro de una adecuada integración, tal sistema, conformado por rústicas tropas de carretas y sencillas recuas de mulas, permitió una relativa fluidez en la circulación de personas y recursos entre las diversas y distantes áreas del Río de la Plata. Indagar sobre los sistemas de transporte de antaño es sin duda una tarea bastante compleja dadas la fragmentación y la dispersión de las fuen-49 Respecto a los fletes, no hemos hallado demasiado datos por lo que nos resulta difícil establecer el comportamiento de los mismos, aunque sin duda tendieron a subir por los riesgos que corría el comercio en esos azarosos días; sin embargo, el caso particular de la conexión Buenos Aires-Chile vía Cuyo se habrán de sentir en esta última región los efectos negativos de la utilización de los fletes marítimos a través de la ruta del Cabo de Hornos. tes que pueden ilustrar sobre la cuestión. Obstáculos similares se nos habían presentado cuando emprendimos el estudio del transporte durante la época hispánica. Sin embargo, aquellas dificultades se vieron agravadas al tratar el tema en el período post-revolucionario, en especial a partir de la década del'20, pues con la reforma administrativa de la provincia de Buenos Aires, desapareció la alcabala, una herramienta por demás útil para el análisis del problema. El examen de las Guías de comercio -a partir de las cuales se cobraba la alcabala en la Aduana porteña-nos permitió extraer datos tales como: fechas de salida y llegada, peso y/o volumen de la carga al partir (y eventualmente al arribar), identidad de los transportistas, percances ocurridos en el viaje, etc. Uno de los años escogidos para realizar el trabajo es 1820, año elegido pues fue tremendamente conflictivo en el marco de las luchas civiles, las nacientes autonomías provinciales y la inestabilidad de la frontera sur, producto del estado de agitación entre los indios pampas, en el plano interno, y con una situación externa para nada estable: inexistencia de vínculosal menos normales-con Chile, pérdida del Alto Perú (y la consiguiente amenaza sobre las provincias norteñas), aislacionismo de Paraguay e invasión lusitana en la Banda Oriental. Por supuesto que todas estas circunstancias se vieron reflejadas, en los Libros de Aduana de Buenos Aires, principal fuente en que se ha basado el análisis de dicho año. De allí que 1820 sirve como muestra para el estudio de los mecanismos del transporte en el contexto de la violencia revolucionaria desatada una década antes, en comparación con el desarrollo del mismo en épocas más pacíficas, tal cual fue el período colonial tardío. En ese sentido, tratamos de exponer los problemas específicos que alteraron el normal desenvolvimiento del transporte. Por medio de distintas fuentes hemos realizado, además, un estudio que nos brinda un panorama general sobre el movimiento de tropas de carretas y de arrias de mulas para los decenios de 1820 a 1840, y luego, sí, un análisis mucho más profundo sobre distintas características de los transportistas, durante los años 1820, 1831-1835 y 1839-1851, gracias a los datos extraídos de la contribución directa. 50 Este impuesto al comercio interior alcanzaba al 4 por mil del total de los precios de aforo de los productos y está asentado en los Manifiestos de comercio consultados, los cuales sin embargo no son tan ricos en información como las Guías correspondientes a la alcabala.
articulados durante el siglo XIX, encaminados, al menos en teoría, a la eliminación, o al menos la reducción, de los innumerables abusos que caracterizan su administración a lo largo de toda la centuria, al igual que había ocurrido en las etapas anteriores. La prestación personal, conocida en Filipinas como "polos y servicios", es una forma de exacción tributaria mediante la cual la población indígena ha de trabajar de forma gratuita y obligatoria para la administración colonial durante un cierto número de días al año. Como señala Phelan, 2 este peculiar sistema de tributación laboral se documenta desde los primeros momentos de la presencia española en Filipinas, viéndose facilitada su instauración por la existencia de una forma similar de trabajo obligatorio en la etapa prehispánica. Es indudable que durante los siglos XVI y XVII esta prestación estuvo directamente relacionada con el desarrollo del sistema de encomiendas. En este contexto, encomenderos y otros personajes de la clase colonizadora buscaron una mayor y más exhaustiva explotación del trabajo indígena para aumentar la producción y los beneficios, lo cual, unido a la necesidad de pagar el tributo -en metálico o en especie-por parte de la población filipina, produjo notables desequilibrios socioeconómicos en las islas. Pese a todo, es notorio que ni las encomiendas ni la misma prestación personal obligatoria tuvieron en Filipinas, 1 El artículo que presentamos recoge en parte información inédita -revisada, corregida y actualizada-perteneciente a la tesis doctoral del autor, titulada Las principalías indígenas y la administración española en Filipinas, leída en 1989 y reprografiada por la Universidad Complutense en 1991. Madison, University of Wisconsin Press, 1967, pág. 99. en ningún momento, una importancia equiparable, ni cuantitativa ni cualitativamente, a la que se documenta en el continente americano. 3 Aunque la guerra contra los holandeses, iniciada a finales de 1609, produjo un incremento y endurecimiento temporal de la prestación en algunas provincias, debido básicamente al corte y transporte de maderas para la construcción de navíos de guerra, la regulación, muy básica, de este servicio había quedado establecida justo desde unos meses antes en aquel mismo año. En efecto, una real cédula de 26 de mayo de 1609 (libro VI, título 12, ley 40 de la Recopilación de Leyes de Indias) prohibía que se repartieran indios para trabajos particulares o públicos, pues debían ser contratados chinos o japoneses que se encontraran en Manila, o indios que acudieran de forma voluntaria, todos debidamente remunerados. Esos repartimientos sólo podrían hacerse "para cosas forzosas e inexcusables, pues en materia tan odiosa no ha de bastar el mayor beneficio de nuestra real hacienda o más comodidad de la república, y todo lo que no fuere preciso para su conservación [de las islas] pesa menos que la libertad de los indios". El paternalismo de la ley es bien evidente y aún se hace sentir más cuando advierte de que se señalen las horas de trabajo diarias del indio "atendiendo a las pocas fuerzas y débil complexión de su naturaleza". Continúa la real cédula ordenando que no se traslade a los naturales a grandes distancias, que se les ocupe de tal forma que puedan hacer compatible la prestación personal con el trabajo en sus tierras y que se castigue con severidad los abusos que pudieran cometer sus caciques indios o las autoridades civiles y religiosas españolas en la organización y desarrollo de los trabajos. 4 Además de en las Leyes de Indias, el sensible mundo de los trabajos obligatorios aparece reflejado igualmente en las ordenanzas de buen gobierno, dictadas por varios gobernadores generales de Filipinas durante los siglos XVII y XVIII. Las de Fausto Cruzat y Góngora, de 1696, además de insistir en la prohibición de la existencia de indios tanores (cap. 21), advierten a los alcaldes mayores, en el capítulo 19, de que no permitan que estén reservados de polos y servicios otras personas que no sean los ancianos y los jóvenes, los cabezas de barangay 5 y sus primogénitos, y los cantores, sacristanes, porteros y cocineros al servicio de iglesias y casas parroquiales. 6 Los restantes varones deberán cumplir con la prestación personal "aunque hayan sido gobernadores capitanes y obtenido otros oficios de guerra, con sueldo o sin él, o por otro cualquier título, causa o razón, ni por ser honrados principales ni por conciertos que hagan unos con otros por razón de sus antigüedades 7 [...]". El mismo capítulo hace referencia a la necesidad de controlar las reservas de esos polos y servicios, pues su mala o corrupta gestión incide en que hayan de trabajar y sufrir más "los hombres más flacos, que son los timauas". 8 Muy similares indicaciones se habían hecho en ordenanzas previas y se harán en las posteriores -como ocurre con las de José Raón, de 1768, aunque éstas sean bastante más severas, en todos los órdenes, con las autoridades españolas-, siempre con escasos o nulos resultados sobre el control efectivo de la prestación personal. La organización irregular de los trabajos y, sobre todo, el cobro fraudulento de redenciones y fallas 9 por parte de las autoridades locales indígenas -o su defraudación por las autoridades provinciales españolasserán reiteradamente denunciados. Así se hace, por ejemplo, en otro tipo de ordenamientos, como ocurre en las "Ordenanzas municipales para el buen 5 Tras la conquista española de Filipinas, el antiguo dato o datu, esto es, el personaje principal de las comunidades indígenas, pasó a denominarse oficialmente cabeza de barangay, conservando -además de ciertos privilegios económicos-el control sobre un sector de los nuevos pueblos. No obstante, su función básica será siempre la recaudación del tributo entre los miembros de su "cabecería". 6 Sin embargo, el capítulo 39 de las mismas ordenanzas, según auto acordado por el mismo Cruzat el 14 de mayo de 1697, reforma el citado capítulo 19 y retira la reserva del tributo y los servicios personales a los cocineros de los párrocos. 7 "Ordenanzas de Gobierno de Don Fausto Cruzat y Góngora", en Papeles sobre las misiones en Filipinas. 8 Esto es, la clase baja. 9 Abona el valor de la redención quien desea verse libre de la prestación personal. La falla es la cantidad pagada, a posteriori, por cada día que no se acude a ese mismo servicio. Estos últimos pagos no correspondían a ningún tipo de redención previa al trabajo, lo que facilitaba aún más la comisión de fraudes por parte de las autoridades indígenas y provinciales. Tomo LVII, 2, 2000 régimen y gobierno de la provincia de Ilocos", dictadas en 1743 por José Ignacio Arzadun y Rebolledo, oidor y alcalde del crimen de la Audiencia de Manila. 10 En el capítulo 11 se advierte de que "los gobernadorcillos 11 de los pueblos de dicha provincia, excediéndose de sus facultades y jurisdicción, han reservado de polos y servicios personales a muchos indios por diferentes cantidades de dinero [...]". Al parecer, los gobernadorcillos justifican tales actuaciones afirmando que con los ingresos obtenidos se pagan los derechos de elecciones, títulos de los ministros de justicia y otros gastos de la administración local. Reconoce el juez que esto es cierto en algunos casos (dada la penuria económica existente), pero asegura que en otras muchas ocasiones las autoridades indígenas se quedan con buena parte de lo recaudado. Y por ofrecer un ejemplo más del siglo XVIII, haremos referencia a la conocida "Relación del Estado de las Islas Visayas, y de todas las Filipinas, de los males que padecen y de los medios que para su restauración propone a la Real Católica Majestad por medio de su Secretario [...]", escrita por Pedro Vértiz, fechada a 31 de diciembre de 1778. 12 En dicho informe, y al margen de la denuncia de otros fraudes, se destaca que los cabezas de barangay utilizan a los polistas para su servicio particular, prohibiéndoles ausentarse sin su permiso e imponiéndoles todo tipo de 10 Reproducidas en la "Copia de las diligencias remitidas por el Licenciado D. Félix de Sousa, Juez Pesquisidor nombrado contra D. Pedro Nevado, Alcalde mayor de la Provincia de Ilocos", segunda pieza, ff. 11 "Gobernadorcillo" es el término que designa en Filipinas, durante la etapa española, a los alcaldes de los municipios indígenas. En realidad, sus funciones y prerrogativas están muy alejadas de las que poseen los alcaldes peninsulares y tampoco las poblaciones indígenas son auténticos municipios. Sobre la organización político-administrativa de las poblaciones indígenas filipinas y sus complejas y difíciles relaciones con la administración colonial española, pueden consultarse algunos de nuestros trabajos, entre ellos Sánchez Gómez, L. A.: "Élites indígenas y política colonial en Filipinas (1847-1898)", en C. Naranjo, M. A. Puig-Samper y L. M. García Mora (eds.), La Nación soñada: Cuba, Puerto Rico y Filipinas ante el 98. 12 Pedro Vértiz fue uno de los cuatro intendentes de provincia (para Ilocos, Camarines, Iloilo y Cebú, respectivamente) nombrados por real orden de 1 de octubre de 1780. Vértiz fue el único que tomó posesión de su cargo. Llegó a Manila en diciembre de 1787 y su destino era la intendencia de Cebú. Diversas circunstancias hicieron que no arribara a la ciudad de Cebú hasta el 10 de junio de 1788. Apenas tuvo tiempo de realizar labor alguna, ya que el 29 de julio de ese mismo año recibió un oficio del capitán general comunicándole la supresión de las intendencias provinciales. Sobre las intendencias en Filipinas durante el siglo XVIII y el informe de Vértiz, ver García de los Arcos, M. F.: La intendencia en Filipinas, Granada, Universidad de Granada, pág. 109-114. También es de gran interés el más reciente estudio de Fradera, J. M.: Filipinas, la colonia más peculiar. El informe de Vértiz se conserva en el Archivo General de Indias, Ultramar, 613. LUIS ÁNGEL SÁNCHEZ GÓMEZ multas y penas corporales. En realidad, esta práctica se encuentra extendida por todo el archipiélago: los indios principales no pueden disponer legalmente de siervos o esclavos (que lo eran básicamente por deudas durante la etapa prehispánica y aún después) y recurren, para el cultivo de sus tierras y el servicio doméstico, a esa mano de obra ilegal y gratuita que obtienen de los polistas. Ya durante el siglo XIX, el tema de la prestación personal se erige en una de las principales cuestiones de debate y polémica en el contexto de las propuestas sobre las reformas de la administración de Filipinas. La razón principal para que esto ocurra no debemos buscarla tanto en lo opresivo del sistema de trabajo obligatorio establecido, como en la continuidad de los abusos a que da lugar su gestión, 13 al tiempo que reiteradamente se llama la atención sobre la escasa rentabilidad pública que se obtiene del mismo. En la práctica, la utilidad legal de la prestación personal se materializa en lo que en diferentes reglamentos se denominan servicios ordinarios y extraordinarios. Entraban en la primera categoría los servicios prestados por los indígenas en los tribunales 14 de los pueblos auxiliando a las autoridades locales; las guardias en garitas y baluartes; la custodia y conducción de presos y el servicio de "cuadrilleros" 15 -siempre que no bastara con la participación de la escasa fuerza armada disponible-; la conducción de pliegos y el mantenimiento general de las obras y servicios existentes. Por su parte, los servicios extraordinarios afectaban a la construcción y reparación de vías de comunicación, puentes y edificios oficiales, tanto civiles como religiosos; los cortes y traslados de maderas e incluso la roturación y cultivo de terrenos incultos, siempre que su explotación fuera en beneficio de los "caudales de propios". Por supuesto, eran moneda común los problemas 13 Ofrecemos información detallada sobre los fraudes cometidos por autoridades provinciales y élites indígenas en Sánchez Gómez, L. A.: "Las contradicciones del colonialismo: conflictos en la administración provincial de Filipinas durante el siglo XIX", Cuadernos de Historia, Instituto Cervantes, Manila, 2-3, 1998, págs. 87-102 y en "Corrupción y justicia colonial: procesos contra jefes de provincia en Filipinas durante el siglo XIX", en M. Luque, J. J. Pacheco y F. Palanco (coords.), 1898: España y el Pacífico, Madrid, Asociación Española de Estudios del Pacífico, 1999, págs. 133-145. Recordemos, por otra parte, que al margen de los fraudes propiamente dichos, los habitantes de determinadas provincias padecen un servicio de prestación personal ciertamente opresivo. Los residentes en la provincia de Tondo, cuya capital es la ciudad de Manila, son indudablemente quienes salen peor parados, debido a la enorme cantidad de tareas y trabajos que exige la administración de la capital del archipiélago. Puede consultarse al respecto la real cédula fechada a 18 de octubre de 1743, que reproduce Rodríguez Bérriz, M.: Diccionario de la Administración de Filipinas. 14 Las casas de gobierno locales. 15 Especie de guardia local. Tomo LVII, 2, 2000 surgidos en relación con el suministro de materiales y herramientas, al tiempo que se carecía casi por completo de personal cualificado para la dirección de las obras y tampoco estaban preparados todos los polistas para desarrollar las tareas exigidas en el ámbito de los servicios extraordinarios. En las páginas que siguen, mostraremos los procesos de reforma y "contrarreforma" desarrollados en las islas y en la península para reglamentar la prestación personal en Filipinas durante el siglo XIX, y esto es algo que obliga a la revisión de un sinnúmero de informes y proyectos que en su inmensa mayoría acaban en vía muerta. Este repaso saca a la luz buena parte del extremadamente burocrático proceso de estudio e información que tiene lugar en la península durante toda la centuria, y especialmente en su segunda mitad, para reformar la administración del archipiélago. El sistema, como podremos comprobar, adquiere tonos casi esperpénticos, con interminables trasiegos de papeles, espaciados por intervalos más o menos largos de olvidos, bloqueos o pérdidas de documentación, que alargan los procesos de forma inimaginable. Obviamente, todo esto se produce no sólo por la lentitud y complejidad del aparato burocrático, sino por la obsesión existente en la península, aún en los momentos de mayor efervescencia liberal, por ralentizar al máximo -cuando no paralizar-los cambios, meramente administrativos casi todos ellos, que pudieran introducirse en el archipiélago. 16 Como hemos comprobado, la prestación personal había funcionado en Filipinas sin que existiera una reglamentación específica al respecto, ya que las indicaciones hechas en las Leyes de Indias y en las ordenanzas de buen gobierno resultaban demasiado vagas. Pese a todo, tanto desde las más altas instancias de gobierno insulares como peninsulares se afronta con no demasiada convicción y de forma totalmente descoordinada la delicada situación de este anacrónico pero indispensable recurso. Es ilustrativo al respecto que una circular 17 de la Dirección General de Administración Local de Filipinas, de 20 de septiembre de 1861, tratando de dar respuesta a las reclamaciones de indígenas de varias provincias sobre el reparto y ejecución de la prestación personal, informa de un superior decreto por el que se ordena la "más estricta observancia", respecto al problema, de la ley 40, título 12, del libro VI de la Recopilación de Leyes de Indias que ya citáramos líneas atrás y que, como vimos, resulta escasamente concreta en sus apreciaciones. También se remite al capítulo 57 de las ordenanzas de Raón sobre limpieza de ríos y reparación de puentes y caminos. Se echa mano, en definitiva, de un ordenamiento legal con más de dos siglos de antigüedad. No obstante, y pese a que existe un casi total vacío legal al respecto, durante la primera mitad del XIX se plantea algún ensayo de regulación básica de ciertos aspectos de la prestación. Así, con fecha 30 de octubre de 1827 el gobierno superior de las islas fija su duración en cuarenta días, y en tres pesos la cantidad a abonar por la redención total.18 Años después, en 1852, se documenta el primer reglamento específico sobre dicho servicio, redactado por Rafael Cerveró, alcalde mayor de Cebú. El citado ordenamiento, fechado a 30 de marzo de 1852, fue aprobado por el gobierno superior de las islas el 13 de abril de ese mismo año, entrando en vigor al mes siguiente. En los años 60 del siglo pasado era aplicado, con autorización oficial superior, en Cebú y Bohol, y sin haber recibido dicha sanción en la provincia de Antique, en la isla de Panay, documentándose también informes para su posible aplicación en todo el archipiélago de las Visayas. 19 Pero la administración seguía sin disponer de una legislación eficaz y de aplicación general a todo el archipiélago. Por real orden de 29 de abril de 1860, se propuso al gobierno de Filipinas que reglamentase de un modo definitivo la prestación, trasladándose el encargo a la recién creada -lo fue en 1858-Dirección General de Administración Local. 20 Redacta el nuevo reglamento 21 Agustín Santayana, jefe del centro, tomando como eje central, al margen de otras disposiciones generales, el plan de Cerveró. Según informes del Consejo de Filipinas, 22 dicho ordenamiento propiciaba notablemente los abusos, ya que disponía -como hacía el propio plan de Cerveró-que fueran los jefes de provincia quienes fijaran anualmente el precio de la redención del servicio, de acuerdo con el coste de los jornales -de valor muy variable-y además requería de una compleja documentación. Pese a todo, el proyecto fue aprobado por el Real Acuerdo, remitiéndose a Madrid en agosto de 1860. En la metrópoli será modificado, sin demasiadas prisas, hasta dar forma al texto del real decreto de 11 de noviembre de 1863 que, con reglamento incluido, se remite a las islas. 23 Este proyecto incluía una muy importante novedad: declaraba sujetos a la prestación -o a su redención-a todos los varones domiciliados o con residencia fija en las islas -indios, españoles y extranjeros-, desde los 18 años -dentro de la patria potestad-o desde los 16 -fuera de ella-hasta los 60. 24 Esta trascendental variación fue considerada improcedente por 20 En este breve repaso histórico, desde 1852 a 1873, seguiremos las líneas marcadas por el Consejo de Filipinas en su dictamen sobre el expediente de la prestación personal -que comentamos en el texto-de marzo de 1876. 21 Existe copia en AHN, Ultramar, leg. Se puede ampliar información en Sánchez Andrés, A.: "Los organismos consultivos del Ministerio de Ultramar y el gobierno de las colonias del Pacífico (1863-1899)", Revista Española del Pacífico, 4, 1994, págs. 65-74. 23 Real decreto y reglamento organizando el servicio de prestaciones personales y la construcción de obras públicas en Filipinas, Madrid, Imprenta Nacional, 1863. 24 No obstante, la nómina de exceptuados (según el artículo segundo) era extensa: ordenados in sacris; militares en servicio activo; empleados y auxiliares en la dirección y administración de la prestación personal cuyo trabajo no sea retribuido; gobernadorcillos y ministros de justicia mientras desempeñen sus cargos y el año que cesen en ellos; cabezas de barangay en ejercicio; quienes hayan ocupado durante diez años el cargo de gobernadorcillo o quince el de cabeza de barangay sin nota negativa; maestros de las escuelas gratuitas y quienes lo hayan sido durante quince años; fieles y estanqueros de la Real Hacienda, mientras ejerzan estos cargos; doce sirvientes del monasterio de Santa Clara y los sacristanes, porteros y cantores de las iglesias catedrales, parroquiales y conventos; vacunadores (más conocidos como "vacunadorcillos"); intérpretes y "testigos acompañados" de los juzgados de primera instancia y de los gobernadorcillos y tenientes de justicia; quienes estuviesen exentos de tributo por enfermedad, pero no los que disfrutan esta exención por privilegio; quienes presten servicios que por disposición del gobierno supremo se declaren equivalentes a la prestación personal. En el mismo real decreto se fijaba en 24 el número de días anuales dedicados a la prestación personal y en dos pesos (o 2,5 según las provincias) la redención total del servicio. El reglamento distinguía entre servicios ordinarios (limpieza y guardia de edificios públicos) y extraordinarios (construcción y reparación de obras públicas) y daba las normas apropiadas para su ejecución. LUIS ÁNGEL SÁNCHEZ GÓMEZ el gobierno de Filipinas, por lo que se suspendió la ejecución del decreto,25 explicándose las razones al recién creado Ministerio de Ultramar en carta reservada de 8 de febrero de 1864. En la misma, se informaba de que sería remitido a la península otro reglamento elaborado de nuevo por la Dirección General de Administración Local. Desde Madrid, se advierte de la imposibilidad de alterar el reglamento de noviembre de 1863; no obstante, esperan la llegada del proyecto citado. Éste se remite -sin estar totalmente perfilado-en octubre de 1864. Según el Consejo de Filipinas, era un proyecto sencillo, en el que se proponía que la redención se abonara en un papel especial, para evitar abusos, también organizaba un "cuerpo de directores e inspectores de las obras provinciales y municipales". En cualquier caso, todos estos trabajos no acaban teniendo vigencia legal alguna, ni siquiera el de noviembre del 63. Será en 1869 cuando vuelva a plantearse una nueva alternativa para la reglamentación de la prestación personal, elaborada en este caso por la "Comisión de reformas administrativas de Manila", creada en octubre de aquel año. 26 El nuevo proyecto propone reducir el servicio a sólo diez días al año -frente a los cuarenta vigentes-, prohíbe la redención en metálico -se admite únicamente la sustitución hombre por hombre-y obliga a cada polista al pago de un duro anual como compensación al Estado. Habrá que esperar nada menos que hasta 1876 para que el Consejo de Filipinas informe sobre dicho proyecto de reforma, 27 haciéndolo entonces desde una perspectiva marcadamente crítica. 28 En primer lugar, consideran que la reducción a diez días significa tanto como acabar con la prestación; además, argumentan que la población no sufre en realidad por la duración del servicio, sino por los abusos que genera su gestión. En cuanto a la sustitución hombre por hombre, creen que no sería practicable en muchas provincias y que en las restantes tendría un muy elevado coste, pues si el valor de la redención alcanza en la actualidad tres duros anuales, subiría hasta seis, ocho o diez en forma de sueldo para los sustitutos. Por último, el nuevo impuesto que se propone por un valor de cinco pesetas anuales se vería como una duplicación del tributo, sin que ello supusiera en contrapartida la redención del trabajo o la eliminación de los abusos. El Consejo propone que se reduzca el servicio a 24 días y que, para evitar abusos, la redención se haga mediante un papel especial de venta en los estancos, para 8, 10 o los 24 días. Quedarían suprimidas las fallas, consideradas como el principal elemento generador de corrupción. Asentadas tales bases, el Consejo se enfrenta a la espinosa cuestión de quiénes estarían obligados a contribuir con la prestación personal. Consideran que habría de hacerse extensiva no sólo a los indígenas, sino a todos los españoles y extranjeros residentes en las islas, con las limitaciones de edad ya acordadas; estarían exentos todos aquellos que enumeraba el decreto de noviembre de 1863, según el dictamen original, aunque tras las modificaciones introducidas se retira la exención a los ordenados in sacris, a los gobernadorcillos y a los cabezas de barangay que ya no estuvieran en ejercicio, que hasta entonces estaban exentos tras varios años de servicio continuado. La redacción definitiva del dictamen lleva a los consejeros Manuel Azcárraga y Tomás López Berges a la elaboración de un voto particu-27 En Sánchez Gómez: "Vísperas del 98...", págs. 19-21, contextualizamos el marco político del último tercio del siglo XIX en el que se inserta el parón de las reformas encaminadas a mejorar la administración de Filipinas, que afecta a los debates sobre la reglamentación de la prestación personal. 28 El dictamen, elaborado por los consejeros Pablo Ortiga y Rey, Manuel Azcárraga y Gabriel Álvarez, es el núcleo central al que sirven de preliminares los datos históricos incluidos en el texto. Dicho dictamen está fechado a 5 de enero de 1876 y fue aprobado, con modificaciones, el 10 de marzo del mismo año (AHN, Ultramar, 5.315, primera parte, exp. Este informe culmina un trabajo iniciado en abril de 1872, cuando el Consejo -para dictaminar sobre lo propuesto por la Comisión de Manila-solicitó del Ministerio de Ultramar toda la documentación existente sobre la prestación personal. Hasta un año más tarde, el Consejo no recibe lo solicitado. Desde este momento, se inicia en ese centro un proceso de congelación voluntaria de los dictámenes sobre las reformas de Filipinas, que dura hasta el citado año de 1876. El expediente, con todos los antecedentes, se encuentra en AHN, Ultramar, 5.343, segunda parte, exp. LUIS ÁNGEL SÁNCHEZ GÓMEZ lar. 29 Plantean, en primer lugar, y como era previsible, que la supresión de las "diferencias entre razas" debe abordarse en el futuro y de manera pausada. Esa "igualación radical" hace posible el desarrollo de "peligrosas teorías que pueden afectar al prestigio y seguridad de nuestra dominación". Consideran que debe "elevarse a los de abajo" y no "bajar a los de arriba". Recuerdan que decir "polista" es lo mismo que decir "indio del estado llano o plebeyo". Además, el recurrir a polistas es "propio de sociedades infantes". Si el servicio está mal, debe "apuntalarse" hasta su sustitución, y no plantearlo desde bases nuevas. Argumentan que si la prestación personal se ha reducido progresivamente desde la conquista de las islas, no es lógico que ahora se pretenda ampliar. 30 Ven la solución en que la nueva contribución 31 que se proyecta introducir en el archipiélago, que habría de sustituir al tributo, se plantee como un impuesto personal basado en la riqueza, y que sean precisamente aquellos que no alcancen un mínimo impositivo determinado quienes deban cumplir con la prestación personal. Para terminar, Azcárraga y Berges no consideran aconsejable eliminar la citada exención a los cabezas de barangay. 32 Como la burocracia peninsular no acaba de concretar nada en relación con la prestación personal, desde Filipinas se intenta ordenar nuevamente, aunque de forma muy básica, el servicio. 30 No todos estaban conformes -como es obvio-con esa reducción de la prestación. El autor de los Apuntes interesantes sobre las Islas Filipinas (Madrid, 1870), que fue Vicente Barrantes -según W. E. Retana-proponía extender el trabajo obligatorio, concediendo indios a particulares, a quienes se debería garantizar sueldo y justicia. Consideraba que éste era el único sistema para desarrollar la agricultura (págs. 213-215). 31 Se refiere a la cédula personal, pero se introduce algunos años después, en 1884. 32 La moción del Consejo, junto con el voto particular citado, se remite al Ministerio de Ultramar con fecha 30 de marzo de 1876. 33 La información que ofrecemos de aquí en adelante procede de AHN, Ultramar, 5.343, segunda parte, exp. Este legajo corresponde al Ministerio de Ultramar y contiene una información más densa que el 5.315, que pertenecía al Consejo de Filipinas. En aquél encontramos -además de otros papeles de menor importancia-dos grandes cuerpos documentales. En primer lugar, el expediente completo sobre la prestación personal, solicitado por el Consejo de Filipinas al Ministerio de Ultramar en abril de 1872 y remitido un año después. El segundo conjunto documental es el expediente relativo a las consultas e informes emitidos sobre el anterior bloque y acerca de lo que debería hacerse sobre el tema de la prestación personal. Contiene un extracto y tres documentos: a) el dictamen del Consejo de Filipinas de 1876 comentado en el texto; b) un reglamento sobre la prestación elaborado por la Dirección General de Administración Civil de Filipinas el mismo año; y c) un informe del Consejo de Estado sobre todo lo anterior, de 1881. Además, a lo largo del extracto se reflejan -como es costumbre-las opiniones de los distintos centros del Ministerio de Ultramar y de otros organismos que estudian el expediente. Tomo LVII, 2, 2000 copia del "expediente sobre formación del padrón de polistas y establecimiento de la cuenta y razón del servicio de prestación personal". Había sido elaborado por la Dirección General de Administración Civil de las islas y contenía una propuesta de decreto que, según Malcampo, vería pronto la luz pública en la Gaceta de Manila. El gobernador solicita la aprobación del decreto y anota que trata sólo los aspectos reglamentarios y de procedimiento, debiendo dictarse resolución definitiva en la península sobre las cuestiones de fondo. 34 Pese a las intenciones del gobernador de Filipinas, el Ministerio de Ultramar considera innecesario estudiar lo remitido desde las islas, pues nada de aquello tendría validez si se acepta lo propuesto por el Consejo de Filipinas en marzo de ese mismo año (1876) y que aún no había sido estudiado. Esto lo escribe Julio García del Busto, jefe del negociado segundo de la Dirección de Administración y Fomento del ministerio, en nota incluida en el extracto, fechada a 30 de marzo de 1877. Con esta nota comienza otro largo proceso de información, en este caso de la propuesta hecha por el Consejo de Filipinas en 1876, que nos lleva -en una primera fase-hasta 1881. En la nota citada, García del Busto se muestra totalmente conforme con el proyecto del Consejo y rechaza el voto particular de Azcárraga y Berges. En oposición a éstos, argumenta que no es denigrante el hecho de que los españoles se conviertan en polistas, pues el trabajo no rebaja, y "sólo hay rebajados donde hay enaltecidos". Por el contrario, la subsecretaría del mismo ministerio, dirigida por Eugenio Alonso Sanjurjo, además de aceptar el citado voto particular, propone que se oiga al respecto al gobierno de Filipinas y a la Dirección General de Hacienda (13 de abril de 1877). El negociado segundo, ahora con Félix Díaz a su frente, considera ociosos esos informes y pide que se pronuncie el Consejo de Estado en pleno (7 de noviembre de 1877). Pese a este parecer, la Dirección de 34 El decreto reduce de 40 a 24 días la prestación, fija la redención en tres pesos y mantiene el sistema de fallas a razón de un real fuerte diario. Los servicios a realizar serían los siguientes: limpieza y custodia de tribunales; conducción del correo y partes oficiales; servicio de vadeos -cuando no estén arrendados por la administración-; y construcción y reparación de caminos vecinales, carreteras, canales, edificios del Estado y otros servicios de utilidad pública. Los trabajos se realizarían de sol a sol, con un intervalo de descanso desde las 11 a las 14 horas. En uno de los informes previos se apunta el dato de que existen 27.000 cabezas de barangay y alrededor de un millar de tribunales en todo el archipiélago, lo que supondría un millar de gobernadorcillos indígenas. Desde un estricto punto de vista económico, no parece que fuera necesaria la supresión de la exención de la prestación personal a estos personajes después de varios años de servicio continuado, aunque evidentemente el número total de exceptuados fuera notablemente superior al de los cabezas y gobernadorcillos en ejercicio. LUIS ÁNGEL SÁNCHEZ GÓMEZ Administración y Fomento del ministerio solicita en noviembre del mismo año el informe de la Dirección General de Hacienda. En este momento, se produce un nuevo bloqueo administrativo que dura hasta julio de 1880. Es entonces cuando el nuevo oficial encargado del Negociado de Contribuciones e Impuestos de la Dirección General de Hacienda del ministerio localiza el expediente -que sin duda había sido retenido-y pregunta si debe elaborarse el informe solicitado en 1877. El proceso sigue efectivamente adelante y la Dirección de Hacienda informa en sentido negativo sobre el hecho de que sean obligados los extranjeros al cumplimiento de la prestación personal. Nuevamente pasa el expediente al negociado de Félix Díaz, quien pide que informe el Consejo de Estado. Pero antes lo hace el Negociado de Obras Públicas, desde donde -pese a estar de acuerdo con lo propuesto-se advierte de que la prestación debe desaparecer en el futuro y con ella la "semiesclavitud" del indígena. Por fin, tras un nuevo paso por el negociado segundo, se remite el expediente al Consejo de Estado. El informe de éste considera que razones de prestigio -entre otras-aconsejan no extender la prestación a españoles y extranjeros; además, dicha contribución debe terminar suprimiéndose. Por el momento, creen conveniente efectuar la proyectada reducción de 40 a 24 días, la supresión de las fallas y que se hagan los pagos de la redención en papel del Estado (30 de marzo de 1881). 35 El complejo proceso que acabamos de reseñar acabó nuevamente estancado y sin ver concretada ninguna disposición. Una nota en el extracto del expediente (de 10 de abril de 1881) explica que se ha decidido dejar todo en suspenso hasta que terminen de resolverse los estudios que sobre la reforma del sistema rentístico de Filipinas se están planteando en el Consejo de Filipinas. Sin embargo, quizás porque la burocracia tiende a hacer las cosas siempre al margen de la lógica, los estudios van a proseguir. El ministerio presenta a informe del Consejo de Filipinas un proyecto de decreto que nuevamente propone reducir a diez días la duración del servicio (irredimibles y sustituibles sólo hombre por hombre) y crea un impuesto provincial como compensación, por un valor de 1,5 pesos anuales. 36 Pablo Ortiga y Rey (el consejero que informa) se muestra favorable a las medidas citadas, pero critica otros aspectos; entre ellos, el hecho de que se excluya de la prestación a españoles europeos y extranjeros. Lo primero sería un agravio para los españoles nacidos en Filipinas, y lo segundo -de incluirse a los chinos entre los extranjeros-además de causar graves pérdidas económicas, acarrearía disgustos y quejas entre la comunidad indígena. Ambas dificultades podrían subsanarse gracias al nuevo impuesto de cédulas personales:37 estarían exceptuados de la prestación personal todos aquellos que pagasen cédulas por un valor de tres o más pesos. El ministro de Ultramar asume casi en su totalidad las indicaciones del Consejo y, por fin, mediante sendos reales decretos 38 de 12 de junio de 1883, se reforma la prestación personal y se crea el nuevo impuesto provincial. La exposición previa del ministro (Gaspar Núñez de Arce) es bastante ilustrativa de la situación existente y de los propósitos que se pretenden alcanzar con la reforma. El ministro apunta como causa principal de los abusos que desvirtúan la prestación al hecho de que, desde "épocas pretéritas", se permitiera la redención de los indígenas más acomodados mediante el pago de determinadas cantidades, que han sido siempre manipuladas por autoridades indígenas y jefes provinciales. Esto, unido a la falta de una reglamentación precisa y a la centralización en Manila de los fon-dos sobrantes tras la creación en 1858 de la Dirección General de Administración Local, ha provocado la falta de atención a las necesidades locales y el descrédito del sistema entre la población. 39 Pero hay más circunstancias agravantes. Muchos jefes de provincia han seguido el erróneo dictado de que cumplirían mejor con su deber cuantos más fondos remitieran a Manila, exigiendo la redención obligatoria de veinte o más días de los cuarenta fijados para la prestación personal, y, lo que es peor, otros tantos han abusado constantemente del sistema de fallas, abusos de los que, como venimos anotando, también participan las autoridades indígenas. El resultado de tales despropósitos es -según el ministroque la prestación "llegue a considerarse como fuente perenne de abusos o inmoralidades y de que algunos lleguen a ser partidarios de la abolición". Núñez de Arce rechaza tajantemente esa última posibilidad, aunque al mismo tiempo reconoce que razones sociales y políticas aconsejan reducir el servicio. Pero, como también es cierto que el presupuesto de fondos locales de 1881-82 presenta un déficit considerable, es necesario recaudar lo suficiente para superarlo, pretendiendo haber encontrado la solución en el nuevo impuesto provincial, por valor de 1,5 pesos. El objetivo de la reforma es doble y complementario: por una parte, se introduce una innovación favorable a la población indígena; por otra, se aumentan los impuestos para compensar las pérdidas debidas a la supresión de las redenciones y fallas. Los aspectos más destacables de la reforma de la prestación personal son los siguientes: se reduce de 40 a 15 días la duración del servicio; no se admiten redenciones ni fallas, sólo la sustitución hombre por hombre; están obligados al servicio todos los varones -de 18 a 60 años-domiciliados o con residencia fija en Filipinas, sin ningún tipo de distinción; 40 los traba-39 Como era muy lento el proceso de elaboración de proyectos de obras locales, gran parte de esos fondos terminaba siendo destinado a otros fines, de acuerdo con los intereses de la administración general de las islas. Otras quejas relacionadas con la utilización de la prestación personal por parte de los jefes de provincia se refieren al hecho de que, cuando aprovechan de forma eficaz dicho servicio, lo hacen mayoritariamente en las cabeceras o capitales provinciales, en las poblaciones en las que tienen su residencia, en definitiva. 40 No obstante, el listado de eximidos era bastante extenso (aunque han desaparecido algunas categorías que sí quedaban eximidas en 1863): eclesiásticos; militares en servicio activo; empleados públicos mientras desempeñan sus funciones; gobernadorcillos y ministros de justicia durante el tiempo que sirvan sus cargos y el año siguiente al que cesen en ellos; cabezas de barangay en ejercicio y sus auxiliares (los llamados primogénitos); maestros; vacunadorcillos con nombramiento oficial; fieles y estanqueros de la Hacienda pública, mientras ejerzan estos cargos; sacristanes, cantores y porteros de iglesias, catedrales, casas parroquiales y conventos; intérpretes y "testigos acompañados" de los juzgados de primera instancia y los que colaboran con gobernadorcillos y tenientes de justicia; todas las personas mayores de 60 años; los enfermos que presenten acreditación médica de su situación; cuadrilleros; todos aquellos que paguen tres o más pesos por el impuesto de cédula personal. Tomo LVII, 2, 2000 jos se realizarán exclusivamente dentro del radio municipal, mientras que las obras de utilidad provincial se harán con audiencia del Consejo de Administración y autorización del gobierno de las islas. Los citados reales decretos establecían las líneas generales de actuación en sus respectivos ámbitos, la prestación personal y el nuevo impuesto provincial. Sin embargo, en ambos casos era necesario -como de costumbre-la elaboración de reglamentos específicos que delimitaran con claridad la forma en que deberían llevarse a la práctica sus contenidos. Esta labor de reglamentación había de ser realizada en las islas, concretamente por la Dirección General de Administración Civil. Este centro redactó, efectivamente, el reglamento para la ejecución de la reforma de la prestación, que se publicó en la Gaceta de Manila el 21 de febrero de 1884. No obstante, todavía debía remitirse a la península para su aprobación definitiva. Así se hizo, cumpliéndose en este caso los trámites con relativa celeridad. El 30 de septiembre del mismo año, el Ministerio de Ultramar pasó dicho reglamento al Consejo de Filipinas para su informe, que resulta extenso y detallado. 41 Comienza rectificando el sistema de empadronamiento propuesto, al tiempo que advierte de que debe desaparecer la diferenciación que se hace en los padrones entre españoles, naturales, mestizos, extranjeros y chinos. Por otro lado, el reglamento no instaura ningún sistema para evitar que los polistas trabajen más o menos de lo ordenado; deberán fijarse claramente, por tanto, los derechos y obligaciones de los trabajadores y limitar el número de días continuados de servicio. Propone el Consejo que se contabilicen como jornadas de trabajo los desplazamientos largos y se consideren como servicios de doble valor los realizados durante la noche, como la conducción del correo o pliegos. Advierten de que en el reglamento se interpreta erróneamente lo señalado por el real decreto sobre imposición de multas a aquellos que no cumpliesen con la prestación. El citado decreto establece 0,5 pesos de multa por cada día que se dejare de acudir al servicio, pero su pago no exime del trabajo, pues de otra forma se restablecería el sistema de fallas que tan perjudicial había sido. Aunque recomiendan expresamente que se controle muy de cerca que las autoridades indígenas no utilicen la prestación personal de forma despótica o arbitraria, consideran que el reglamento trata con excesiva dureza a los gobernadorcillos y cabezas de barangay, en cuanto a las faltas cometi-41 AHN, Ultramar, 5.307, segunda parte, exp. Fue publicado por Álvarez de Mendieta: Recopilación..., págs. 19-61. LUIS ÁNGEL SÁNCHEZ GÓMEZ das en el servicio, y que es igualmente demasiado estricto con los polistas que acuden con retraso al trabajo o que se muestran "insolentes". Por otro lado, los cabezas de barangay -institución que preocupa especialmente al Consejo-deben verse liberados de tareas, y entre otras no debería obligárseles a asistir constantemente a las obras públicas. El Consejo concluye su extenso dictamen señalando que el reglamento no puede tener carácter definitivo, sino que debe regir provisionalmente, con las modificaciones propuestas, hasta su reforma. El ministerio acepta el dictamen del Consejo y lo remite a Filipinascon fecha 3 de febrero de 1885-fijando al mismo tiempo el plazo de "tres meses a contar del cúmplase de esta real orden, para la formación y remisión del reglamento reformado". En la Dirección General de Administración Civil de las islas no debió de recibirse con mucho agrado el crítico informe del Consejo. El caso es que el plazo de tres meses establecido por el ministerio se convierte en dos años. Hasta el 13 de enero de 1887 no aprueba el gobernador general, Emilio Terrero, los nuevos reglamentos de la prestación personal y del impuesto provincial. 42 El director general de administración civil de Filipinas, Benigno Quiroga -de talante liberal-, al elevar el reglamento al gobierno general para su aprobación provisional, hace unas interesantes observaciones que giran en torno a una idea principal que expone con total claridad: las dificultades y abusos que conlleva el servicio de la prestación personal tienen una solución radical que sería la más conveniente a los intereses públicos, y esa solución no es otra que la supresión. La argumentación es clara y contundente: "Es él [el servicio de la prestación], cualquiera que sea el número de días que abrace, vejatorio por su índole; injusto, si admite excepciones por razonables que sean, ocasionado a abusos de todo género, gran elemento de inmoralidad y después de todo absolutamente inútil e ineficaz para el servicio de las obras públicas, para cuya aplicación preferente se le invoca. No son razones de índole técnica las que pueden apoyar este aserto; no son los inconvenientes de la reorganización diaria de brigadas, ni la imposibilidad de utilizar aptitudes, ni la necesidad de llevar a las obras el espíritu de la más severa disciplina, indispensable donde quiera que haya agrupaciones de individuos que deben ser obedientes a un plan común, ni la desventaja que tiene el trabajo no retribuido respecto del que se obtiene por un salario, razones que se necesiten aducir en contra de tan odiosa imposición: basta ver que después de tantos años de utilizarse en estas islas 42 Ibídem, págs. 57-108. Tomo LVII, 2, 2000 una prestación de más de 40.000.000 de peonadas anuales, no hay edificios para los servicios públicos, no hay puentes, no hay caminos; solo huellas de que allí donde una administración honrada aplicó este recurso lo hizo sin la menor inteligencia, y allí donde lamentables negligencias lo consintieron, solo han quedado tristes recuerdos y deplorabilísimos ejemplos." Pese a mostrar Quiroga una opinión personal de tal alcance, razones políticas le obligan a plantear la reforma proyectada y a presentar el nuevo reglamento. Éste sigue fielmente las líneas propuestas por el Consejo de Filipinas y resulta bastante conciso en su ordenamiento. Se divide en dos títulos: prescripciones generales y reglas de procedimiento. El título primero lo componen tres capítulos: contribuyentes y exceptuados, definición de los servicios y organización administrativa del servicio. El título segundo reúne cinco capítulos: formación de padrones, distribución del trabajo personal, citaciones y concurrencias al trabajo, inspección y vigilancia y correcciones y multas. No vamos a detenernos a analizar el articulado del reglamento, pero sí podemos destacar algunos aspectos particulares. En principio, la reglamentación trata de evitar cualquier exceso en la gestión de la prestación personal; de este modo, el artículo octavo define una peonada, o día de trabajo por persona, como la dedicación laboral durante ocho horas consecutivas, con un descanso intermedio de dos horas. Además, se contabiliza dentro de esas ocho horas "el tiempo necesario para la ida y vuelta al trabajo a razón de media hora por cada kilómetro de distancia, para los polistas avecindados en visitas, rancherías, sementeras o despoblados [...]". Las horas de trabajo nocturno se habrían de cuantificar como dobles, al igual que las jornadas empleadas por polistas con oficio si ejercieren éste en el servicio. Por supuesto, la parte ejecutiva de los trabajos quedaba a cargo de los gobernadorcillos, pero asistidos por una junta local, que él mismo presidiría, formada por el gobernadorcillo de mestizos -donde lo hubieracomo vicepresidente, el teniente primero, los jueces de policía, de ganados y de sementeras y "dos vecinos pudientes designados por el Jefe de la provincia a propuesta del R. o D. Cura párroco, siempre que éste tenga a bien hacerlo y en otro caso a elección de aquel". El directorcillo o escribiente primero desempeñaría el cargo de secretario sin voz ni voto. La nueva reglamentación de la prestación personal, después de tan extenso y penoso proceso de elaboración, disfrutó de una corta vida. Tras la reforma de la administración municipal insular en mayo de 1893, los LUIS ÁNGEL SÁNCHEZ GÓMEZ pueblos con mil o más cédulas 43 pasan a disponer de la prestación personal como recurso propio, perdiendo así el carácter provincial que hasta entonces tenía. 44 Por esta misma razón, un superior decreto de 7 de julio de 1893 ordenaba que, desde el año siguiente, los capitanes (esto es, los gobernadorcillos) de Luzón y Visayas, cesaran de ejercer las tareas que sobre el control de la prestación personal les estaban hasta entonces encomendadas. Se encargarían de ello las nuevas corporaciones, que debían proponer al gobierno de las islas las reformas conducentes a la consecución de una auténtica administración municipal de la prestación. La Dirección General de Administración Civil, tratando de orientar a los jefes de provincia afectados por la variación, les dirigió una circular, firmada por Ángel Avilés, con fecha 31 de julio de ese mismo año de 1893. 45 El director insiste en los tópicos que ya veíamos en decretos y órdenes anteriores: "en otro tiempo", asegura, la prestación fue muy importante, pero "hoy [...] es fuente de abusos e inmoralidades". Es decir, la reforma de 1883 -y el reglamento de 1887-no parecen haber logrado modificar en sentido positivo la administración de la prestación personal. Los principales inconvenientes, según Avilés, son: "l.o La distancia y la disposición del caserío en los barrios rurales, que dificulta las citaciones de los polistas y a éstos les imposibilita de asistir a los trabajos comunales cuando las obras están distantes, por la necesidad de volver a sus viviendas a medio día para comer y regresar de nuevo al sitio donde las obras se ejecutan. 2.o La falta en los Tribunales de los pueblos de personal suficiente, para con el celo debido verificar las citaciones. 3.o La falta de medios coercitivos para obligar al indígena al cumplimiento de este servicio." Todo lo anterior -habría que advertir-en el mejor de los casos. Para vencer esas circunstancias adversas, recomienda: "l.o La distribución de los trabajos en forma tal que solo concurran a una obra los individuos de las cabeceras más inmediatas, haciendo que trabajen los quince días consecutivos o por semanas alternadas. 2.o Circunscribir por punto general el servicio de la prestación a los trabajos de apertura, arreglo y reparación de calzadas, y al acarreo de tierras para los terraplenes 43 Esto es, aquellos en los que hubiera mil o más contribuyentes que abonaran el impuesto de la cédula personal. La reproduce Artigas: El Municipio filipino..., I, págs. 53-57. Tomo LVII, 2, 2000 de los puentes, construcción de cunetas, etc., servicio de vadeos, conducción de correspondencia y otros análogos, dado que inútil e ineficaz resulta hoy este concurso para el servicio de obras públicas, a cuya aplicación preferente se viene dedicando. 3.o Vigorizar la acción de las Juntas y nuevos Tribunales en lo relativo a la imposición de multas [...]." Estas recomendaciones se oponen en buena parte a las medidas que venían planteándose desde tiempo atrás, tanto en lo referente a las obras a realizar, como -y principalmente-al reparto de los días de trabajo, pues la reglamentación vigente aconsejaba que no fueran más de dos las jornadas consecutivas trabajadas por cada polista. Precisamente, muchas de las quejas de éstos tenían como base el hecho de que se les obligara a trabajar de forma continuada, lo que impedía que pudieran mantener sus sistemas de subsistencia durante las épocas de la prestación. Para concluir, podemos señalar que aún hubo un intento más de reformar alguna de las cuestiones relativas a la prestación personal. En efecto, esto ocurría en el suspendido real decreto de 12 de setiembre de 1897 que intentaba reformar la legislación vigente en Filipinas. En otro lugar46 hemos comentado cuál era el objetivo que perseguía el gobierno de la metrópoli con este decreto, de ahí que no insistamos en ello. Es el artículo séptimo el que afecta a la prestación, y dice así: "El número 15 del artículo 24 del real decreto de 19 de mayo de 1893, se redactará en los siguientes términos:'El servicio de prestación personal que no sea redimido'". El mencionado real decreto es el que reformaba la administración local de las islas y el citado número 15 se refería a "los quince días de la prestación personal" como uno de los nuevos recursos municipales. Al pretender sustituir la frase original por la citada, se entiende que existe la posibilidad de redimir la prestación personal; con la reforma, por tanto, sólo pasaría al haber de los pueblos el trabajo de la prestación, no el importe de las redenciones. Sin embargo, como ya dejamos señalado, el real decreto de 12 de julio de 1883 decía claramente en su artículo segundo que no podría redimirse en metálico ninguna de las jornadas, siendo únicamente válida la sustitución hombre por hombre. Ante esta situación, sólo podemos plantear dos explicaciones: o el gobierno peninsular de 1897 desconocía las líneas básicas de la legislación sobre prestación personal o, si lo anterior no era cierto, lo que sucedía era que, pese a lo legislado, se man-tenía el cobro de las redenciones; por tanto, la reforma pretendía evitar que esos fondos pasaran a ser utilizados por los municipios, para que de este modo no pudieran servirse de ellos los rebeldes levantados en armas contra la dominación española. Por la información de que disponemos, parece evidente que, de un modo u otro, la administración general de las islas había permitido, contraviniendo la legalidad vigente, el mantenimiento de las redenciones en metálico, 47 dado el valor de este recurso para las arcas locales y provinciales. Como conclusión general sobre el tema del tributo 48 y la prestación personal, podemos señalar, sin temor a equivocarnos, que las reformas liberales del siglo XIX en materia tributaria van a incidir negativamente tanto en el llamado "común del pueblo" como en las principalías y gobiernos indígenas. La idea tan manida después de 1869 de que era necesario reformar un sistema tributario claramente injusto, en el que pagaban igual ricos y pobres, no sólo no se lleva a la práctica, sino que incluso se introducen variaciones que empeoran la situación. En principio, el sistema de cédulas personales instaurado en 1884 pretende hacer contribuir de acuerdo con la riqueza personal, pero lo único que consigue es que el timaua, cailian o "indio del común" pague más y que los mejor situados económicamente contribuyan, es cierto, con cantidades algo mayores, pero esta circunstancia les sirve para redimirse completamente de la prestación personal. 49 Por otra parte, la introducción del impuesto provincial viene a significar, desde una estricta perspectiva crematística, la restauración del antiguo tributo, con la carga negativa consiguiente para los más pobres. La supresión de ese impuesto en 1889 no alivia la situación, ya que como compensación se incrementa el valor de la cédula personal. Además, continúa vigente en la práctica, pese a lo legalmente establecido, el sistema de redenciones de la 47 No obstante, cuando en alguna ocasión una determinada autoridad provincial solicita de forma expresa la recaudación en metálico de la redención de la prestación personal, la autoridad superior de las islas se lo niega. Eso es lo ocurrido al gobernador político-militar de Cebú en 1894. Entonces, en el nuevo contexto creado tras la reforma municipal de 1893, el gobernador intentará, sin éxito, que la Dirección General de Administración Civil apruebe el cobro de las prohibidas redenciones de la prestación personal, para que estos fondos sirvieran al desarrollo económico de las nuevas corporaciones, ya que carecían prácticamente de cualquier otro tipo de ingresos, encontrándose los recién creados municipios en una situación ciertamente lamentable. 48 Aunque nuestro estudio se ha centrado en el servicio de la prestación personal, es obvio que sólo se puede valorar su importancia en el entramado hacendístico filipino si se pone en relación con el complejo y significativo mundo de la tributación personal. 49 La única mejora efectiva para el "común de los naturales" es la reducción del número de días de la prestación personal. Tomo LVII, 2, 2000 prestación: los miembros del "común de los naturales" que desean verse libres del trabajo pueden seguir recurriendo al pago de tres pesos, con el consiguiente quebranto económico. En último término, y pese a todos los debates y a las múltiples opiniones en contra, la prestación personal no desaparece. Y lo peor de todo es que no existe una legislación específica sobre la prestación personal, de aplicación general a todo el archipiélago, hasta 1887, cuando se aprueba el reglamento para el desarrollo del decreto publicado en 1883. Hasta entonces, y aún seguramente después, podríamos asegurar que en cada provincia se continúa con la inercia de modelos generados en épocas pretéritas. Por otra parte, es evidente que con la extensión de este servicio al conjunto de la población, los gobiernos liberales de la península quieren hacer creer que están allanando las "diferencias de raza", que se está igualando, en definitiva, a los españoles -criollos o peninsulares-con sus "hermanos filipinos". Sin embargo, como hemos comprobado, la posesión y el pago de una determinada cédula personal, a partir de 1884, libra de la prestación personal a todos aquellos que siempre habían estado al margen de la condición de polista. De este modo, la anacrónica prestación personal, el trabajo obligatorio y gratuito del indígena filipino, continuará siendo hasta 1898, como lo había sido desde hacía siglos, el principal mecanismo disponible para el desarrollo de las infraestructuras de comunicación y de servicios en las islas. Por otra parte, las principalías indígenas locales y provinciales, a quienes aún interesa participar en los gobiernos de los pueblos, se verán igualmente perjudicadas por las reformas. Aquí también los resultados son frontalmente opuestos a los planteados por numerosos políticos y administradores de las islas y la península. Desde mediados del siglo XIX, y sobre todo después de 1868, una de las ideas fundamentales que se utilizan como bandera de la regeneración de los pueblos indígenas es precisamente la que propugna la devolución del prestigio y privilegios perdidos a los gobernadorcillos y cabezas de barangay. Muchos creían que éste era el único camino para mejorar la administración local, conservar fieles a España a los filipinos y fomentar el desarrollo económico de las poblaciones. Sin embargo, todo esto desaparece en los decretos 50 y reglamentos liberales. Los privilegios históricos de las principalías -exención en el pago del tributo y en la prestación personal-quedan limitados al periodo 50 Recordemos, por otra parte, que la tradición de legislar mediante decreto, sin el más mínimo consenso parlamentario, va a caracterizar a la política española sobre Filipinas durante toda su historia. LUIS ÁNGEL SÁNCHEZ GÓMEZ de disfrute de los cargos municipales y al año inmediatamente posterior al abandono del puesto. Se elimina la posibilidad de transformar en vitalicias esas prebendas por haber servido los cargos durante un tiempo prolongado. Evidentemente, esto sólo podía incidir en que tales principales y autoridades locales trataran de resarcirse de sus gastos y perjuicios presionando sobre sus cailianes. Finalmente, tampoco podemos dejar de señalar que los pueblos de indios no van a gozar de ventajas importantes por las reformas. La centralización presupuestaria existente hasta los años 80 se va a intentar trasformar en semicentralización provincial. Sólo el nuevo esquema municipal de 1893 posibilita a los tribunales municipales el acceso a recursos económicos propios, entre ellos la prestación personal.51 Pese a todo, y al margen de tratarse de unos recursos claramente insuficientes, ya era demasiado tarde. En realidad, hacía tiempo que "era tarde", ya que ni siquiera después de 1868 los gobiernos españoles de turno fueron capaces de asumir ninguna de las comedidas reivindicaciones planteadas desde las islas. No se acepta la representación en Cortes de los filipinos ni se abordan verdaderas reformas políticas. Las cicateras reformas administrativas quedaban muy lejos de lo que habría esperado recibir de la metrópoli una buena parte de la sociedad filipina "ilustrada" de la época.
texto interesante y poco conocido de Leopoldo Lugones (1874-1938) bajo el título de "Nuestras ideas estéticas", en donde el escritor argentino ensaya un acercamiento teóricopráctico en torno al concepto de belleza y su manifestación poética. De este modo, a través de una lectura atenta de "Nuestras ideas estéticas" puede observarse cuáles son los fundamentos artísticos y poéticos de Lugones hacia finales de siglo y en los primeros años del XX, poniéndose de relieve la filiación entre la nueva sensibilidad o modernismo, de inspiración simbolista, y los planteamientos teosóficos que sustentan el pensamiento poético de Lugones en esos años. En 1901, en el número de Philadelphia correspondiente a noviembrediciembre, aparece publicado bajo el título de "Nuestras ideas estéticas" 1 un texto interesante y poco conocido de Leopoldo Lugones en el que el escritor argentino ensaya un acercamiento teórico-práctico en torno al concepto de belleza y su manifestación poética. Nacida en 1898, la revista bonaerense Philadelphia es el principal órgano difusor de las ideas teosóficas en Argentina. Apenas unos meses más tarde, en mayo de 1902, el mencionado texto vuelve a ser publicado esta vez en Sophia, 2 revista oficial de la Sociedad Teosófica en España. El texto de 1902 presenta la siguiente nota de edición: Con verdadero placer reproducimos el presente trabajo (inserto en la revista Piladelphia, de Buenos Aires), tanto por la materia de que trata, sobre la que existe muy poco escrito en la literatura teosófica, como por ser uno de los más bellos estudios del poeta argentino... 3 Algunos detalles de la vida del escritor pueden ayudarnos a comprender la naturaleza de los principios estéticos que postula un por entonces joven Lugones en éste y otros escritos teóricos anteriores y posteriores, imbuidos todos ellos de las doctrinas ocultistas en boga hacia el fin de siglo, sintetizadas, como sabemos, en la Teosofía. En 1898, instalado ya en la capital desde hace más de un año -recordemos que Lugones, nacido en 1874, es natural de Córdoba-, el escritor ingresa en la cofradía ocultista conocida como "Rama luz", perteneciente a la Sociedad Teosófica Argentina. Dos años más tarde, en 1900, Lugones es elegido Secretario General de la "Rama luz", hecho que viene a corroborar la importante labor que por aquellos años desempeña el escritor argentino dentro de la comunidad teosófica rioplatense. De este modo, no debe resultarnos extraña su frecuente participación en revistas como Philadelphia o Sophia en tanto que Miembro de la Sociedad Teosófica (como los restantes cofrades, sus escritos doctrinales aparecen firmados bajo las siglas identificativas M. S. T). Por otra parte, no debemos olvidar un hecho insoslayable que tendrá una amplia repercusión en lo que al panorama literario argentino de finales de siglo se refiere: la llegada de Rubén Darío a Buenos Aires. 4 Cuando el vate nicaragüense, enviado como Cónsul General de Colombia, desembarca en la cosmópolis americana a mediados de 1893, su nombre sonaba ya a uno y otro lado del Atlántico. En 1888, recordemos, se publica Azul..., libro que no pasará desapercibido en el ámbito de la crítica literaria. De otro lado, en Buenos Aires no eran desconocidos sus artículos de La Nación, periódico en el que Darío colabora desde 1889 y en donde más tarde, ya en la capital argentina, trabajará al lado del boliviano Jaimes Freyre, instalado también en Buenos Aires desde 1894. Precisamente serán estos dos escritores -Darío y Jaimes Freyre-quienes, al poco de establecerse en la capital, funden la conocida Revista de América. Los tres únicos números de que consta dicha revista, publicados entre agosto y octubre de 1894, muestran con acierto el camino de renovación que empieza a tomar la poesía de los más jóvenes y señalan igualmente la decisiva influencia francesa que éstos reciben: Baudelaire, Mallarmé, y los más nuevos Jean Moréas, Catulle Mendés, Verlaine, Villiers de L'Isle-Adam, traducidos todos ellos en las revistas americanas de mayor prestigio y apreciados por entonces en los ambientes literarios de moda, antes incluso de que Darío inmortalizara a algunos de aquellos al bautizarlos como raros. Ciertamente, como se ha dicho, 1896 es un año decisivo: es el año de la publicación en Buenos Aires de Los raros y Prosas profanas, obras capitales que en su momento vienen a marcar un antes y un después en el desarrollo de la poesía argentina y de ámbito hispánico en general. Por lo que toca a Lugones, en este mismo año abandona su provincia natal, donde ya era reconocido como escritor de pro bajo el seudónimo de "Gil Paz", y se instala en la gran ciudad. Al llegar a Buenos Aires en 1896, Leopoldo Lugones cuenta ya varios años de actividad periodística y una producción poética que será anunciada por Carlos Romagosa y pregonada por Rubén Darío. Su personalidad se desarrollará en los medios intelectuales de la gran ciudad y se convertirá en pocos años en la piedra angular sin la cual no podría explicarse ni comprenderse la poesía argentina del primer cuarto de siglo. 5 Tal será la rapidez con que Darío y Lugones se conozcan y aprecien, que en ese mismo año de 1896 aquél va a dedicar a su recién estrenado amigo un artículo elogioso que titula así: "Un poeta socialista, Leopoldo Lugones". 6 En este artículo Darío traza un primer retrato del entonces joven 5 Moreau, Pierina Lidia: Leopoldo Lugones y el simbolismo, Buenos Aires, 1972, pág. 19. En efecto, el lugar de honor que ocupa Lugones en las letras modernas argentinas queda de manifiesto en tres importantes antologías poéticas publicadas entre 1926 y 1927: la Antología de la poesía argentina moderna (1900-1925) (Buenos Aires, 1926), de Julio Noé; el Nuevo Parnaso argentino (Barcelona, 1927), cuyo antólogo es Valentín de Pedro; y la Exposición de la actual poesía argentina (1922-1927) (Buenos Aires, 1927), que dirigen Pedro Juan Vignale y César Tiempo. Por su parte, Borges admitó finalmente la maestría de quien en más de una ocasión atacara duramente a la "vanguardia poética o nueva sensibilidad o ultraísmo", en clara alusión al entonces joven escritor del barrio de Palermo: "Yo afirmo que la obra de los poetas de Martín Fierro y Proa -toda la obra anterior a la dispersión que nos dejó ensayar o ejecutar obra personal-está prefigurada, absolutamente, en algunas páginas del Lunario" (Borges, Jorge Luis y Edelberg, Betina: Leopoldo Lugones (1965), en Borges, Jorge Luis: Obras completas en colaboración, Barcelona, 1997, pág. 498). 6 Darío, Rubén: "Un poeta socialista: Leopoldo Lugones", El Tiempo, Buenos Aires, 12 de mayo de 1896. Tomo LVII, 2, 2000 poeta, retrato que a su vez supone una aprobación y una remembranza de aquél "decadente de remate" recién llegado a la capital. No fue Rubén Darío, sin embargo, y a pesar de lo que pudiera pensarse a priori, quien inculcó al joven Lugones el gusto por lo oculto. Antes de la llegada de aquél a Buenos Aires, el escritor argentino ya se ha afiliado a la Sociedad Teosófica Argentina y colabora ocasionalmente en la revista Philadelphia. 7 Su interés por las ciencias ocultas se remonta, no obstante, a su más temprana juventud, en aquellos años en que el escritor aún vivía en la provincia cordobesa: El autor conocía bien las ciencias ocultas. En Córdoba, antes de cumplir veinte años, había tomado contacto con ellas y hasta realizó algunos experimentos, esotéricos, como todos ellos. Ya en Buenos Aires, a fines del siglo pasado, estudió teosofía en obras sencillamente extraordinarias como Isis devoilée, cuya autora, Helena Petrova Blavatsky -tal es su nombre completo-fue precisamente la fundadora en 1873 de la Theosophical Society con sede en Madrás, India. Madame Blavatsky compuso libros notables y voluminosos, como el antes mencionado y La doctrina secreta, síntesis de ciencia, religión y filosofía. En éstos y en otros adquirió Lugones una pasmosa erudición en la materia. 8 Por su parte, Darío se había iniciado en la teosofía de la mano de Jorge Castro Fernández, hijo del Embajador de Costa Rica, José María Castro, quien medió en favor del nicaragüense cuando éste hubo de viajar desde El Salvador a Guatemala en medio de delicadas circunstancias políticas. El joven Jorge Castro, afincado en París e iniciado en los misterios ocultos, pertenecía por entonces a diversas Sociedades Teosóficas de las muchas que existían en toda Europa. 9 Fue este "raro espíritu" al parecer quien pro-7 Marini-Palmieri, Enrique: El modernismo literario hispanoamericano. Caracteres esotéricos en las obras de Darío y Lugones, Buenos Aires, 1989, pág. 40. 8 Lugones, Leopoldo (hijo): Mi padre, Buenos Aires, 1946, citado en Marini-Palmieri: El modernismo literario..., pág. 47. 9 En sus "Semblanzas americanas", publicadas en 1912, Darío dedica un artículo a Castro Fernández conmovido por su repentina e inesperada muerte. Allí pueden leerse estas palabras que demuestran la íntima devoción que les unía: "Yo le lloro porque le amé mucho y fue mi amigo; porque nuestras almas se juntaron en la adoración de unos mismos ideales; [...] Idealista convencido, fue amigo de estos tres escritores y propagandistas, quizá visionarios, tal vez perseguidores de la verdad: la baronesa Adelma de Vay, Sinnet y Papus. ¿Quién puede asegurar bajo el sol que es dueño de la luz? Partidario de esas poderosas doctrinas que hoy sostienen la mayor parte de la juventud europea -el consorcio íntimo de la ciencia y de la religión, el estudio de la naturaleza, la perfectibilidad progresiva del ser humano-, Jorge tuvo a veces que sufrir los juicios duros o burlones de los que, apoyados en su ignorancia o en el escepticismo, combatían sus teorías y principios. La afición de Jorge a los estudios filosóficos y teosóficos fue fomentada en Europa principalmente, por sus tres amigos que he nombrado arriba" (Darío, Rubén: "Jorge Castro Fernández, requiescat", en Obras completas, tomo II, Madrid, 1950, págs. 884-885). ANÍBAL SALAZAR ANGLADA vocó que Darío se interesara cada vez más por las cuestiones teosóficas a través de la Revue des hautes études théosophiques, conocida revista parisiense en la que Jorge Castro colabora ocasionalmente desde 1887. 10 A pesar del manifiesto interés de Darío por los temas espiritualistas y ocultos, no se tienen noticias de que el escritor formase alguna vez parte de una hermandad teosófica. De cualquier forma, lo cierto es que Darío y Lugones, como tantos otros jóvenes curiosos de su tiempo, estaban igualmente interesados por el sincretismo de los saberes teosóficos en boga por aquellos años finales del siglo. En este sentido, sería más adecuado pensar en un enriquecimiento recíproco a través de experiencias propias, tal vez reveladas en las encendidas charlas de café o vividas comúnmente en los trasmundos de la urbe.11 Este compartido interés por el ocultismo tendría a la corta su reflejo en la producción literaria tanto de uno como de otro escritor. En lo que se refiere a Darío, la lucidez de algunos críticos -Arturo Marasso,12 Octavio Paz, 13 Ricardo Gullón, 14 Login Jrade 15 y Giovanni Allegra, 16 entre algunos otrosha puesto de manifiesto en las últimas décadas los principios esotéricos y pitagóricos que sustentan muchas de las composiciones de Prosas profanas (1896), cuya primera edición aparece, cosa significativa, en Buenos Aires. Poemas como el "Coloquio de los Centauros", "La Dea", "El Reino Interior" o algunos de los que componen "Las ánforas de Epicuro": "La fuente", "Ama tu ritmo...", "Alma mía", "Yo persigo una forma..." -estos últimos añadidos a la edición de París en 1901 aunque publicados la mayor parte de ellos con anterioridad en algunas revistas españolas y americanas-,17 son buena muestra de la preocupación de Darío en aquellos años argentinos por los misterios universales y el lenguaje cifrado con que el poeta los canta. Por lo que respecta a Lugones, una vez que el escritor argentino se instala en la capital y es dado a conocer en los círculos literarios e intelectuales de la mano de Carlos Romagosa, comienzan a publicarse en diversos periódicos y revistas bonaerenses (Tribuna, Revista Nacional, El Tiempo, etc.) algunos de los cuentos fantásticos que más tarde formarían parte de los volúmenes preparados por el propio escritor argentino: "Kábala práctica" (El Tiempo, 22 de noviembre de 1897), "El espejo negro" (Tribuna, 17 de noviembre de 1898),18 "La estatua de sal" (Tribuna, 17 de mayo de 1898), "La Meta Música" (Tribuna, 29 de junio de 1898), 19 entre otros. En éstas y en otras muchas narraciones publicadas por los mismos años, Lugones demuestra no sólo su enorme interés por la teosofía y las ciencias ocultas sino también el profundo conocimiento que tiene de ellas. En cuanto a la poesía escrita por el argentino hacia finales del siglo, en noviembre de 1897 aparece en Buenos Aires Las montañas del oro, obra que sería elogiada por Darío en las páginas de El Tiempo a los pocos días de su publicación. La "Introducción" a dicho poemario, publicada pocos meses antes en La Biblioteca de Groussac bajo el título La voz contra la roca, tuvo una acogida entusiasta entre los jóvenes poetas argentinos de entonces por su carácter novedoso tanto en la forma como en el contenido: -Por las eternas rutas Que accidentan la historia, van los pasos enormes. Es un largo desfile de tinieblas informes. Mas, dominando aquella procesión tenebrosa, El alba se levanta como una rosa Cuyos pétalos caen en la lluvia de oro. El poeta apostrofa con su clarín sonoro A la columna en marcha; lo que dice, resuena Como el flujo de bronce de una hornalla harto llena. 20 En estos versos preliminares se adivina ya la vocación hermética de la palabra poética de Lugones: versos cifrados en raras metáforas, rodeados de un fastuoso misterio que persigue el poeta al presentar su obra y que atraviesa ésta desde el principio hasta el fin. De este modo, cuando el poeta se dirige a la nación argentina y, erigiéndose en guía, le muestra el camino a seguir, lo hace a través de un lenguaje sólo apto para iniciados: "El astro de tu suerte flota en lo misterioso;/ Algo como una sorda germinación que abraza/ Con sus potentes vástagos la carne de la Raza..." 21 La interacción del poeta y el Universo, éste como soplo divino que insufla su aliento al primero, aquél como revelador de la armonía y la unidad celestes, se muestra con claridad a través de imágenes que dejan entrever el sentimiento panteísta del poeta: "Él se acuesta con todas las flores de las cimas./ Las flores le dan besos para que él les de rimas./ El sol le dora el pecho. Dios le sonríe -apenas/ Hay nada más sublime que esas sonrisas, llenas/ De divinidad..." 22 En Las montañas del oro, el poeta, visiblemente angustiado, se sitúa en mitad de los desastres universales que pueblan su discurso profético y videncialista: "En medio de aquel trágico horror, yo estaba solo/ Entre mi pensamiento y la eternidad. Iba/ Cruzando con dantescos pasos la noche. Arriba,/ Los astros continuaban levantando sus quejas/ Que ninguno sentía sonar en sus orejas". 23 Luego, asumiendo su compromiso con el hombre, decide tomar un camino. De alguna manera, entiende que, para salvar su alma y todas las almas del "cataclismo" fatal, debe interrogar a los astros, conocer el secreto de su desdicha, que es la desdicha del mundo: "Y decidí ponerme de parte de los astros". 24 Si hasta este momento hemos hecho hincapié en el rastro de ocultismo que la doctrina teosófica imprimió en los años iniciales de la trayectoria vital y literaria de Lugones, y en buena parte del pensamiento poético esencial de quien fuera su mejor y más cercano maestro en el lustro que duró la estancia de éste en Buenos Aires y aun después, se debe fundamentalmente a que en la base de "Nuestras ideas estéticas" está el pensamiento teosófico que se extiende en el fin de siglo como algo más que una moda. 25 De esta manera, a poco de iniciarnos en la lectura de dicho texto, resulta evidente que en las palabras de Lugones rezuma el dictado de La doctrina Secreta de Mme Blavatsky, si bien el escritor argentino, lejos de tomarlo al pie de la letra y parafrasearlo, lo encamina sin titubeos hacia el terreno que mejor conoce y desea dar a conocer: la poesía, entendida ésta como el mayor y más delicado exponente del Arte. En efecto, en consonancia con el título que Lugones da al texto objeto del presente estudio, y tomando como punto de partida la definición del concepto de belleza o emoción estética, la poesía se convierte en el punto cardinal sobre el que el escritor ensaya y enuncia no sólo sus ideas estéticas sino, a la par y en consonancia con éstas, su concepto del mundo y las secretas relaciones de éste con el hombre. Desde las primeras palabras que abren "Nuestras ideas estéticas", Lugones, en clara respuesta a un deseo apremiante de exponer su ideario poético (empresa hasta entonces imposible, según confiesa el propio escritor), explicita cuál va a ser el motivo principal en torno al que girará su exposición y los inconvenientes que su indagación entraña: Trato, ahora, de hacer esto; aunque no se me oculten, así la dificultad que emana de la carencia de definiciones precisas como el implícito obstáculo que apareja el intento de especular sobre cosa tenida hasta hoy por indefinible. 26 La autocita con que se inicia "Nuestras ideas estéticas" y que constituye una primera definición como punto de arranque, pertenece al "Prólogo" que escribiera Lugones en 1899 a la primera edición de Castalia bárbara, de Jaimes Freyre. 27 Reproducimos a continuación esas mismas palabras esta vez en un contexto más amplio: Sentir la belleza es percibir la unidad del Universo en la armonía de las cosas. De este postulado se desprende una consecuencia que antes de ahora tengo expresada así: el estilo es el ritmo. Cómo expresa cada autor esa armonía para producir la impresión de belleza resultante de la unidad demostrada o sugerida: he aquí el problema del estilo. De seguro, la armonía no es más que una; pero los perceptores son diversos y, por lo tanto, diversa es la comunicación. Oye el poeta los ritmos y, según los oye, los repite; si fuera posible abarcar toda la armonía, todos los poetas cantarían lo mismo. 28 Esta búsqueda de la unidad a través de la emoción estética y expresada mediante un ritmo propio -"el estilo"-sólo puede entenderse en el contexto de la crisis espiritual que atraviesa el fin de siglo y las distintas vías que ofrece la poesía como posible salida o refugio. Esta "crisis finisecular", de la que tanto se ha escrito en los últimos años, se extiende con la misma beligerancia y los mismos efectos devastadores a un lado y a otro del Atlántico. Hacia el final del siglo XIX se instala en la sociedad argentina, como en gran parte de Europa y América, una enorme preocupación por el progreso material y científico como única vía posible para alcanzar el bienestar social, al tiempo que se descuida el estado espiritual del hombre, creyéndose de alguna manera que una bonanza traería la otra. En los primeros años del siglo XX, pues, Argentina se muestra en plena carrera hacia el progreso, sostenido éste en una ideología positivista más cercana al utilitarismo de Spencer que a los postulados de Comte. El propio Lugones, en el "Prólogo" a su obra Prometeo. En este mismo año vuelve a ser publicado el texto íntegro en la Revista Moderna de México: "Castalia bárbara", Revista Moderna, México, II, noviembre de 1899, págs. 338-341. 28 Lugones, Leopoldo: "Castalia bárbara", en Gullón, Ricardo (comp.): El modernismo visto por los modernistas, Barcelona, 1980, pág. 304. Independencia argentina, muestra su enorme inquietud por la pérdida de valores que acusa la sociedad de su tiempo: La verdad es que tenemos muy descuidado el espíritu. Confundimos la grandeza nacional con el dinero que es uno de sus agentes. Hemos puesto nuestra honra en el comercio, olvidando que, por su propia naturaleza, el comercio puede llegar a traficar con nuestra honra. 29 En este estado de deterioro espiritual, provocado en buena medida por el positivismo filosófico-político y la consecuente laicización de la sociedad, el poeta encuentra en el idealismo de las milenarias filosofías orientales de base pitagórica, rescatadas ya desde el romanticismo inconformista, una forma de diálogo consigo mismo y con ese otro mundo que está fuera de él y que ve a lo lejos como un extraño: el Universo. De esta manera, cuando Lugones afirma: "Oye el poeta los ritmos" y define la poesía como el ritmo particular con que cada poeta expresa su intuición de la Unidad (esto es, la correspondencia armónica del "yo" con la Naturaleza), no sólo está enunciando su pensamiento poético, sino que además, y sobre todo, está tratando de explicarnos una visión hermética del mundo que parte de las creencias reintegradas en la sucedánea Teosofía del fin de siglo. "El modernismo se inicia como una estética del ritmo y desemboca en una visión rítmica del universo -afirma no en vano Octavio Paz-. Revela así una de las tendencias más antiguas de la psiquis humana, recubierta por siglos de cristianismo y racionalismo". 30 No es mera coincidencia que en los mismos meses en que Lugones escribe el "Prólogo" a Castalia bárbara, el Darío de "Las ánforas de Epicuro" nos descubre el tono cifrado de su voz: "Ama tu ritmo y ritma tus acciones/ bajo su ley, así como tus versos;/ eres un universo de universos/ y tu alma una fuente de canciones". 31 No en vano, la preocupación de Darío por encontrar un ritmo propio, fundamento primero de la métrica modernista, queda ya anunciada desde las "Palabras liminares" a sus Prosas profanas: ¿Y la cuestión métrica? Como cada palabra tiene una alma, hay en cada verso, además de una armonía verbal, una melodía ideal. La música es sólo de la idea, muchas veces. Un proscripto del sol (1910) Algunos años más tarde, en el discurso pronunciado por Lugones el 21 de mayo de 1916 en el Teatro de la Ópera de Buenos Aires, en memoria del que fue siempre su guía y maestro (Darío fallece en febrero de ese mismo año), el escritor argentino señalaría de forma lúcida una de las mayores revelaciones que, a su entender, el vate nicaragüense legó a las nuevas generaciones poéticas y que, de otro lado, puede ayudarnos a comprender la poética de Lugones enunciada en "Nuestras ideas estéticas": La miseria de la literatura americana había consistido en que nos obstinábamos en hablar como España, pensando de un modo enteramente distinto. No bien nació el poeta que restableciera la armonía vital entre pensamiento y palabra, cuando el verso, aunque contase las mismas sílabas, sonó ya de otro modo. El estilo se animó con nuevos colores. Una música más delicada y sutil coordinó los elementos verbales. El idioma poético subordinóse enteramente a la música en que consiste. De esta música emanaron, y no al revés, la emoción y la idea. Comprendióse que poesía y prosa, aun cuando el objeto de aquella sea revelar la emoción y el de ésta formular la noción, están gobernadas por el ritmo. Este no es, en suma, sino la manifestación del tono vital que en cada hombre rige la circulación de la vida. De esta suerte, en el acento peculiar que caracteriza su voz, tiene cada hombre su música. 33 Si contrastamos estas palabras pronunciadas en 1916 con aquellas otras escritas en 1899, pertenecientes al "Prólogo" a Castalia bárbara aludido con anterioridad, notaremos que los postulados poéticos del escritor argentino a finales del siglo XIX siguen con fidelidad las enseñanzas del Darío de Prosas profanas; puesto que en unas palabras, señaladas por Lugones como la gran aportación del poeta-mesías Rubén Darío, y en otras, escritas por el argentino como fundamentos propios, se nos viene a decir lo mismo en idénticos términos: la poesía es, en esencia, música, y es a través de ella que sentimos "la emoción" y vislumbramos "la idea". En cuanto al ritmo, éste aparece definido en el discurso pronunciado en homenaje a Darío tal y como lo concibiera el propio Lugones bastantes años atrás, en el mencionado "Prólogo" de 1899. La afinidad entre la estética que proclama Darío en sus Prosas profanas y los principios que enuncia Lugones en sus escritos de juventud, corroborados luego con el tiempo, no dejan lugar a dudas sobre la influencia decisiva que aquél ejerció sobre el poeta argentino, influencia sin duda potenciada por una coincidencia cosmológica afecta al misterio y a los saberes antiguos y unos gustos estéticos compartidos. En la base de esta cosmo-visión que comparten uno y otro escritor, y que incide sobremanera en sus respectivas poéticas como se ha visto, está el pensamiento analógico, principio elemental de la ciencia hermética y de las religiones pitagóricas. En un artículo anterior al texto que nos ocupa, publicado también en Philadelphia bajo el título "La acción de la Teosofía", 34 Lugones anuncia ya lo que será uno de los ejes de su exposición en "Nuestras ideas estéticas": la analogía como principio que reúne y hace converger lo celeste y lo terrestre, revelando así la unidad como esencia del Universo. "Lo que está arriba es como lo que está abajo, dice la Tabla de Esmeralda de Hermes, clave de la ciencia oculta", 35 señala Lugones en "La acción de la Teosofía". Esta misma cita de Hermes Trimegisto, sustancial para entender los planteamientos idealistas del joven Lugones, volveremos a encontrarla enunciada poco tiempo después en "Nuestras ideas estéticas". La interesante novedad que introduce Lugones en este artículo consiste en trasladar la ley de la analogía al plano poético y mostrarla como principio elemental de la metáfora: "La gran ley de la analogía, en virtud de la cual 'lo que está arriba es como lo que está abajo', tiene su formulación en la metáfora, alma de la poesía". 36 Es quizá Octavio Paz uno de los primeros críticos en señalar la trascendencia poética del pensamiento analógico en un autor como Darío. En "El caracol y la sirena", ensayo dedicado al poeta nicaragüense y que forma parte de Cuadrivio (México, 1965), señala Paz: "La originalidad de nuestro poeta consiste en que, casi sin proponérselo, resucita una antigua manera de ver y sentir la realidad. Al redescubrir la solidaridad entre el hombre y la naturaleza, fundamento de las primeras civilizaciones y religión primordial de los hombres, Darío abre a nuestra poesía un mundo de correspondencias y asociaciones". 37 No obstante, esta facultad visionaria de Darío, apoyada en la correlatividad analógica, había sido puesta ya de manifiesto por Lugones en las palabras que hemos tenido ocasión de leer con anterioridad y que forman parte del mencionado discurso de Lugones en el acto de 1916 celebrado en memoria de Rubén Darío. El escritor argentino, refiriéndose a la intervención redentora de Darío en la poesía de su tiempo, dirá: "No bien nació el poeta que restableciera la armonía vital entre pensamiento y palabra, cuando el verso, aunque contase las mismas 34 Lugones, Leopoldo: "La acción de la Teosofía", Philadelphia, Buenos Aires, año I, n.o 6, 1898. ANÍBAL SALAZAR ANGLADA sílabas, sonó ya de otro modo". 38 De esta manera, la misión fundamental de todo poeta, tal y como plantea Lugones en "Nuestras ideas estéticas", consiste en explicar el mundo desde su visión privilegiada de creador. Constructor de analogías, aquél será el intermediario entre "lo que está arriba" y "lo que está abajo", el que descifre y esclarezca a través de su genio la parte que nos falta, la otra mitad que completa nuestro ser y que llamamos Universo, ese yo secreto. "El artista, adivinando la unidad substancial de las cosas en el alma, que las descubre o infunde, es un revelador del Universo bajo sus aspectos más íntimos", afirma Lugones. 39 Por lo que se refiere a la metáfora, tropo en que el poeta concentra y expresa la imagen analógica, será una vez más Octavio Paz quien se adelante en Los hijos del limo (Barcelona, 1974) para señalarnos la importancia de este recurso en apariencia meramente retórico, y su significación respecto a la espiritualidad de la palabra poética en la escritura modernista del fin de siglo. "La poesía es una de las manifestaciones de la analogía; las rimas y las aliteraciones, las metáforas y las metonimias, no son sino modos de operación del pensamiento analógico". 40 A lo que añade unas páginas más adelante: "La analogía es la metáfora en la que la alteridad se sueña unidad y la diferencia se proyecta ilusoriamente como identidad. Por la analogía el paisaje confuso de la pluralidad y la heterogeneidad se ordena y se vuelve inteligible". 41 En la exégesis que ensaya Lugones en "Nuestras ideas estéticas" en torno a la imagen metafórica se advierte, y así lo reconoce el propio poeta, la influencia del pensamiento panteísta, por el que Dios (es decir: la Unidad) representa la totalidad del Universo, siendo que todas las cosas tienen un alma que es resumen de esa totalidad intuida por el poeta en la emoción que las cosas le producen: "En efecto, dar un alma a las cosas es afirmar su unidad substancial, manifiesta para el artista en la semejanza que les encuentra, y que no siendo intelectual ni física, tiene que ser emocional. [...] Se siente a la metáfora, no se la razona". 42 El pensamiento poético de Lugones, lo venimos anunciando a lo largo de estas páginas, está traspasado por los saberes teosóficos que, procedentes de Oriente, resurgen tanto en Europa como en Estados Unidos hacia el último tercio del siglo XIX. La poesía, hermética por tradición, y en donde 38 Lugones: "Rubén Darío", pág. 237. La cursiva es nuestra. 39 Lugones: "Nuestras ideas...", pág. encuentran acomodo los saberes velados, viene a ser el reflejo de la inestabilidad del espíritu humano en el final de siglo y de la búsqueda incesante de una realidad más allá de un presente histórico poco alentador: "el universo es una escritura cifrada, un idioma en clave -señala Paz-[...]. Cada poema es una lectura de la realidad; esa lectura es una traducción; esa traducción es una escritura: un volver a cifrar la realidad que se descifra. El poema es el doble del universo: una escritura secreta, un espacio cubierto de jeroglíficos. Escribir un poema es descifrar al universo sólo para cifrarlo de nuevo". 43 De esta manera, la poesía, reveladora siempre, en ocasiones trasluce al mismo tiempo la imposibilidad de expresar la unidad que conforman el hombre y el Universo. Así lo expresa Lugones en "Nuestras ideas estéticas":... el sentimiento puro, es decir, el fenómeno en virtud del cual nos sentimos uno con la humanidad o con el Universo, no tiene manifestación objetiva, siendo en su aspecto inferior instinto, y en el superior, conciencia absoluta: lo Inexpresable. Semejante impotencia de expresar lo que se siente, ocasiona el deje de melancolía visible a poco de andar en todo esfuerzo de Arte, y más aún en la poesía. 44 En su estado desequilibrado y enfermizo, el poeta, envuelto en una especie de hipersensibilidad, potencia su capacidad visionaria y con ella la comprensión trascendental de las cosas. La melancolía, producto de un estado de crisis personal, es tenida por Lugones como una forma antinatural de éxtasis que ayuda a percibir el alma de las cosas. Del mismo modo, el amor, en un sentido místico-platónico, es tenido como uno de los grandes motores que mueven al poeta a penetrar en el misterio. 45 Toda manifestación artística, así lo entiende Lugones, debe expresar la emoción del hombre ante la armonía universal. Los estados de sobreexcitación y declive ayudan a percibir la unidad del hombre con el mundo, del que aquél no es sino una réplica menor, un resumen. Entre 1897 y 1898, la revista bonaerense La Quincena publica, en dos números sucesivos, "Los climas del arte", un artículo de Lugones que supone una honda reflexión en torno a la experiencia estética que sufre todo artista y los estados emocionales que la provocan. 45 "La armonía es fecunda porque implica un acto de amor, un conocimiento de lo que está fuera de nosotros y de lo que no somos nosotros -señala Ricardo Gullón-. Si una partícula del universo nos entrega su secreto, el universo entero empezará a hacerse inteligible." ANÍBAL SALAZAR ANGLADA escritor argentino en el citado artículo, la circunstancia idónea que facilita e incentiva el desarrollo de la poesía es el estado de decadencia (en alguna ocasión el propio Lugones, como tantos otros jóvenes poetas de su tiempo, se tildó a sí mismo de "decadente"). Es especialmente en estos períodos de crisis, a su entender, cuando nacen las grandes obras de la literatura, movidas por la fe y por un espíritu profético; mientras que, por el contrario, las épocas de progreso se caracterizan por el predominio de la ciencia y la razón. La decadencia lleva a la revolución: el hombre, rodeado del fracaso material, necesita romper con la ortodoxia social y aspirar al ideal Absoluto para restaurar de esta manera un orden más justo y verdadero. 47 En "Nuestras ideas estéticas" vamos a encontrar este mismo concepto de Arte espiritualizado expuesto en términos muy similares a los usados por el escritor en textos ensayísticos anteriores. En realidad, toda la prédica estética del escritor argentino hacia finales del siglo XIX y en los primeros años del XX, en consonancia con los planteamientos teosóficos que indudablemente guían sus ideas, no nos cansaremos de repetirlo, puede resumirse en la afirmación del espíritu frente a la materia y en la denuncia del arte utilitario que rebaja al hombre a la categoría de mero accidente 47 Estas ideas deben ser entendidas en el contexto de los primeros brotes de socialismo surgidos en Argentina a raíz de la crisis económica de 1890 y las oleadas inmigratorias llegadas sobre todo de Italia, España y los países del Este, que configuran una realidad social compleja. En efecto, al inicio de la década de los 90 emerge con fuerza en Buenos Aires la lucha socialista contra la opresión del capitalismo burgués. En esta lucha por los derechos fundamentales del hombre participará activamente Lugones desde su más temprana juventud. En 1892, junto con un grupo de amigos, todos ellos imbuidos de ideas libertarias, el poeta saca a la luz en su provincia natal un periódico "literario liberal", el Pensamiento libre. Pocos años después, en 1895, funda en Córdoba la primera agrupación socialista del país. Del mismo modo, la actividad de Lugones en los primeros años tras su llegada a Buenos Aires está ciertamente marcada por un socialismo militante y exasperado que tendrá su reflejo en la poesía primera del escritor argentino. En febrero de 1896, una vez que el escritor argentino decide trasladarse a la capital desde su provincia cordobesa, su amigo Carlos Romagosa intercede por él ante Mariano de Vedia, director de La Tribuna, escribiendo a éste para que admita en su periódico al entonces joven poeta, a quien presenta como un reaccionario llamado a convertirse con el tiempo en el más prometedor entre los poetas del momento por su inspiración y originalidad, y sus reveladoras formas. Instalado Lugones en la capital, muy pronto se afilia al Partido Socialista, del que formaban parte otros escritores e intelectuales argentinos, entre ellos Roberto J. Payró, Alberto Ghiraldo, José Ingenieros, Manuel Ugarte, Alberto Bunge, etc. En 1897, junto a José Ingenieros, Lugones edita el periódico La Montaña, cuya publicación estuvo rodeada en todo momento de polémica, llegando incluso a ser "secuestrado" algún que otro número por sus constantes desafios a las autoridades locales. Los poemas "Su Excelencia el mono" y "Soneto ditirámbico contra el sr. Alcobendas" son un buen ejemplo del tono irónico y burlesco que despliega Lugones contra el poder establecido. No obstante, la "Revolución Social" que proclamaban estos jóvenes intelectuales no respondía sino a una necesidad rebelde de posicionarse frente a la injusticia social y al egoísmo materialista amparados por el clero y la burguesía gobernante. Al contrario que éstos, el socialismo suponía la búsqueda ideal de una fraternidad común basada en valores de igualdad y libertad. Debe tenerse en cuenta que la escuela naturalista fue acogida muy favorablemente por los escritores argentinos de la generación del 80 y aun por buena parte de los escritores posteriores, lo que no puede resultarnos extraño si atendemos al gusto de aquellos por el dato real, positivo, frente al desarrollo de la imaginación subjetiva, escasa todavía por aquellos años. "Más que la doctrina -nos dice Pierina Lidia Moreau-, los procedimientos naturalistas atraen a los escritores argentinos y éstos se consagran con preferencia a la descripción psicofisiológica de los personajes. La permanencia de los caracteres realistas y naturalistas se prolongará hasta el siglo XX en la mayoría de los prosistas..." 48 Al igual que rehusa Lugones el arte realista por ser éste una mímesis, tampoco acepta como válido la consecuente tendencia psicologista que indaga en lo más profundo del hombre ("Ese estudio al menudeo de las más nimias acciones, de las ideas más mediocres y fugaces; ese desmenuzamiento de la personalidad"), 49 por tratarse éste de una "forma de auto-idolatría" en que el hombre se adora a sí mismo, con lo que ello conlleva de narcisismo. Por contra, los postulados que defiende Lugones en sus escritos sobre estética, basados aquellos esencialmente en la emoción que produce el objeto idealizado y en la creación de imágenes expresivas y fecundas que trascienden al hombre, deben entenderse en el marco de la sensibilidad modernista que viene imponiéndose desde finales de siglo y que, como hemos venido señalando de forma reiterada, redime en una de sus múltiples vertientes las filosofías orientales y el compendio de los saberes ocultosmagia, cábala, alquimia...-que preservan en secreto la mecánica ancestral del Universo. Imbuido de esta suerte de creencias que defienden la espiritualización de la materia, sublimando así la función artística, parece lógico que el escritor argentino rechace en su ideario estético la banalidad mimética y volitiva que, al decir de Lugones, se ha adueñado de toda forma de arte desde la segunda mitad del XIX y que persiste aún a principios del siguiente siglo:... el materialismo actual ha infestado también el Arte, que de creador se ha convertido en repetidor. Su más alto objetivo es la descripción de la Naturaleza por la naturaleza misma. Y aquel superior intento de elaborarla para espiritualizarla, es pura "metafísica" conforme a la mísera clasificación del positivismo dominante. Frente a esta forma de entender el arte, el idealismo que proclama Lugones en "Nuestras ideas estéticas" encuentra en la experiencia mística uno de sus más altos modos de expresión. Un misticismo que el propio escritor admite, si bien anteponiendo una seria advertencia etimológica: "lo aceptaría de buen grado si se ha de dar a la palabra místico su verdadera acepción".51 Y ésta es, en palabras del propio escritor, la que sigue: En efecto, místico es todo aquél que ha llegado a la unidad con el gran Ser. Para el teólogo cristiano, el que llegó por la vía purgativa a la iluminativa, y por ésta a la unitiva. Ahora bien; el arte, por ser panteísta, es místico. Manifiesta la comunidad del alma del artista con el Universo... 52 Tal y como nos recuerda Moreau, misticismo cristiano y budismo son dos formas de idealismo que niegan la vida material, puesto que ambos buscan en extremo la contemplación y la meditación a través de la aniquilación del "yo". 53 Este agotamiento del "yo", bien sea a través de la vía misericordiosa (la fatiga, la tristeza, la voluptuosidad amorosa...) o bien por la vía de la condenación (el orgullo, la blasfemia, la duda...), lleva a la experiencia extática y mística que necesita todo artista para alcanzar la visión y el goce estéticos. En este sentido, señala Lugones:...vivimos en la ilusión que para nosotros es todo, siendo imposible salir de ella sino agotándola por la experiencia, hasta llegar a la destrucción de la que engendra todos los egoísmos: la ilusión de la personalidad. Esto sería reintegrarnos en nuestra unidad con el Todo. Pero la negación de ese yo que causa nuestro aislamiento, equivale a la muerte, o mejor dicho, a la negación de la vida tal como la concebimos, la vida relativa, la vida de ilusión. Nuestro ser resiste, y de aquí el conflicto que el arte manifiesta en sus melancolías. El camino de la Verdad, así como el del Bien, presentan los mismos obstáculos, pues todos conducen a la reintegración de la Unidad primera, por la renuncia del yo ilusorio. 54 Lugones entiende la obra de arte, pues, como un acto de amor generoso que rechaza por principio toda forma de egoísmo humano, causa de los males mayores que azotan a la sociedad moderna. En las palabras de "Nuestras ideas estéticas" puede apreciarse cierta reminiscencia del pensamiento filosófico de Schopenhauer, referido sobre todo a la ascesis del arte como redención del hombre por la liberación del dolor que le provoca el tedio de su existencia. En el pensamiento schopenhaueriano, esta ascesis sólo es posible con la eliminación del principium individuationis, vale decir del egoísmo humano. Efectivamente, la aniquilación del yo deseante a través de la contemplación del objeto artístico forma parte esencial del sistema que el filósofo alemán expone en su obra capital, El mundo como voluntad y representación (1819). A través del goce estético, el artista se sumerge en un estado de contemplación y se libera de su voluntad, esto es, de sus deseos y necesidades; el ser se despoja de sí mismo y sólo es consciente del objeto que intuye. De este modo, se pregunta Lugones: ¿Dónde está el ser del artista, cuando tiene frente por frente al esbozo escultórico o pictórico, a la página literaria o musical? ¿No podría decirse, con verdad, que en ese esbozo y en esa página? ¿Que en ellos vive, que en ellos siente, que en ellos se angustia, abstrayéndose de todas las preocupaciones que el instinto vital requiere, indiferente al alimento y al sueño, al resguardo de la intemperie, a la precaución de la enfermedad...? 55 Sólo de esta manera, negándose a sí mismo, según expresa Schopenhauer, el genio creador es capaz de captar las ideas eternas de que está impregnado el objeto artístico, convirtiéndose él mismo en correlato de la idea y haciendo al hombre partícipe de lo eterno real, la unidad del Universo. Del mismo modo que en el hombre se resume y condensa el Universo, así también cada obra de arte es el análogo de su creador. El ser del artista, viene a decirnos Lugones, es su propia obra, siendo ésta una reproducción de aquél y de sus propios sentimientos: "Es un fenómeno de simpatía; inconscientemente se ha comprendido al ver la obra, que el autor está allí". 56 Lugones demuestra conocer sobradamente los planteamientos filosóficos de Schopenhauer, lo que no resulta nada extraño entre los jóvenes intelectuales del fin de siglo. No en vano, el pensamiento idealista del filósofo de Danzig se nutre, como sabemos, de las filosofías orientales y del ascetismo cristiano. Sin embargo, en "Nuestras ideas estéticas", el joven escritor argentino, al contraponer el Universo y el hombre -macrocosmos y microcosmos-y expresar la relación de correspondencia que se establece entre ambos, propone justamente el reverso del idealismo schopenhaueriano, como puede apreciarse en el siguiente párrafo, donde la alusión al filósofo es clara:... el Universo es la única persona, en su grande y sencilla dualidad de fuerza y materia, o noumeno y fenómeno, según se lo considere física o metafísicamente; [...] ANÍBAL SALAZAR ANGLADA Universo, considerado del modo que expresan éste y el anterior párrafo, es el extremo límite en que podemos concebir la negación de la personalidad dentro del raciocinio corriente; y de paso, esto es lo contrario del idealismo que dice: el mundo es mi representación; pues para el hombre resulta al revés, y él viene a ser el microcosmos creado a imagen y semejanza del Ser Supremo. 57 Es en este contexto interpretativo de la prédica idealista schopenhaueriana, esto es, el hombre como imagen y semejanza del mundo, y no al revés, en el que deben entenderse las palabras del escritor argentino cuando afirma: "El más noble objeto del Arte es el hombre. Pero el hombre como entidad espiritual, desde que sólo en tal concepto puede considerársele uno con el Gran Ser". 58 Lugones defiende, sobre todo, el "Arte creador, que intenta humanizar a todos los seres", es decir, "dotarlos del espíritu superior que es el hombre, para exaltarlos al más elevado nivel". 59 A través de la poesía, "por medio de una armonía de palabras, sones, colores, líneas" (adviértase en ello el principio sinestésico del simbolismo), el poeta no sólo humaniza la Naturaleza, convertida por el naturalismo en mera descripción positiva, sino que, por medio de su propia armonía y unidad, revela al hombre la comunión universal de los seres y las cosas al concretar dicha comunión en la palabra poética: "He aquí el objeto del Arte", nos dice Lugones. 60 Si el escritor argentino concede tanta relevancia a la unidad como fin al que todo ser animado e inanimado debe aspirar -de ahí la necesidad de acudir a vías espirituales tales como el misticismo, panteísmo y las filosofías orientales-es porque aquélla nos revela la verdadera Realidad o noúmeno, usando la terminología kantiana. Según el pensamiento idealista del que están impregnadas las páginas de "Nuestras ideas estéticas", el mundo se muestra al hombre como fenómeno, es decir, ilusión. Así, la Belleza, al igual que la Verdad y el Bien, no es sino un aspecto fenoménico, una de las múltiples apariencias de la realidad. El tránsito hacia la Belleza, que conduce a la reintegración de la Unidad primigenia, es siempre un itinerario dual: "...nuestra certidumbre depende del contraste, que necesariamente implica dualismo, careciendo por consiguiente de la condición esencial de la existencia; es certidumbre, pero no realidad. Así, el conocimiento de lo bello, no sería tal sin el conocimiento de lo feo". 62 Al conocimiento y afirmación de la belleza, pues, habremos de llegar a través del reconocimiento de su contrario incluido en el propio concepto: lo que no es bello. Al decir de Lugones, es esta forma de conocimiento basada en la constitución dualística del objeto la que suele usar el hombre en su afán de alcanzar la verdad de las cosas. Esta tensión dialéctica que se encierra en cada uno de los seres y elementos que componen el Universo puede apreciarse claramente en la forma en que se estructura el pensamiento vital del poeta en su primer poemario, Las montañas del oro. 63 Para Anna W. Ashhurst, lo que distingue a cada uno de los símbolos que hacen su aparición en el poemario es su carácter dual, puesto que todos ellos -montaña, torres, rosa, nubes, alba, oro...-se componen de una parte ideal y una parte sensible. Esta dualidad entre materia y espíritu tiene su máxima expresión en el símbolo de la "montaña" apuntado desde el título: La figura de la montaña del título muestra el abismo, la noche y lo negro que está allá abajo. En la cima se ve la luz dorada del Sol. Por eso la montaña es símbolo muy adecuado para expresar la visión lugoniana del mundo. La montaña en su base sugiere lo bajo (el estado de ánimo del poeta antes de empezar su martirio). La cuesta sugiere el esfuerzo dinámico realizado en el martirio. La cima sugiere lo puro del ideal que el poeta realiza después de subir la montaña, siguiendo el camino arduo de la fe. 64 Como Baudelaire en el poema "Elévation", muestra Lugones en Las montañas del oro su deseo de elevarse sobre valles y montañas, por encima de los lagos y los mares, más allá de las nubes y del sol; es pura ascensión, un intento místico-platónico de purificar su alma que lleva al poeta a tomar distancia de las penurias terrenas. Este camino de ascenso hacia lo ideal no sólo incluye a los hombres, como puede apreciarse, sino también a la Naturaleza, donde el alma de cada elemento busca su propia perfec-62 Ibídem. Ashhurst esboza en este artículo una clasificación de los símbolos de que se vale Lugones en sus versos para representar su visión cosmogónica, distinguiendo los siguientes tipos: "símbolos ascendentes"; "símbolos de lo ideal"; "símbolos de fuerza y movimiento"; "símbolos de sufrimiento"; "símbolos de lo bajo"; y "símbolos que se refieren a estímulos para sufrir" (pág. 95). ANÍBAL SALAZAR ANGLADA ción: "toda la humanidad, toda la Naturaleza desde lo más alto hasta lo más bajo, trabaja o sufre para purificarse. En la purificación del uno está la salvación del otro. Cuando una parte del conjunto triunfa después de sufrir, es que todas las partes han sufrido y han triunfado". 65 No puede dejar de notarse el pensamiento panteísta que se muestra en esta idea. Así, leemos en el "Tercer ciclo" de la obra: las piedras y los árboles y las bestias de mundo, levantan al cielo sus almas confusas, en el himno de todas las lenguas, de todos los números, en el himno que surge de la Torre de Oro, coronada Lira Árbol Musical, Cráter de armonías, Casa de las doradas virtudes -Torre de gloria... 66 Hacia comienzos del siglo XX se advierte en la poesía de Lugones un tono diferente que anuncia un cambio estético. En "Ramo para el aguinaldo de una princesa", poema en prosa publicado en El Tiempo, en diciembre de 1897, el poeta expresa su necesidad de alcanzar el misterio de la concordancia universal: "el secreto de la luz", "la impalpabilidad del perfume" o "la armonía de la música". En éste poema, al igual que en "Antífona" y "Laudatoria a Narciso", ambos pertenecientes a Las montañas del oro, se anuncian ya unos nuevos modos poéticos que abundan en un simbolismo distanciado de los excesos de la poesía redentora y rebelde que dominan el primer poemario del argentino. 67 Es entonces cuando Lugones abandona el marcado tono hugoniano de sus versos y se deja notar la influencia de Samain. De esta manera, en los poemas escritos desde 1899 que formarán parte de Los crepúsculos del jardín (Buenos Aires, 1905), se intensifican algunos de los procedimientos sugestivos que se muestran con cierta timidez en Las montañas del oro: los símbolos, las metáforas, la música, la sinestesia, todos ellos encaminados a desvelar las universales correspondencias. En 1910, al ensayar Amado Nervo una semblanza del escritor argentino y de su obra poética publicada hasta entonces, aquél dirá: El poeta de Las montañas del oro era un poeta de veinticinco años: osado, turbulento, poderoso como un heraclida; el poeta de Los crepúsculos del jardín es un artista lleno de pericias, nimio en aquilatar la expresión de los detalles, doctor en el matiz, poseedor de la totalidad rítmica del idioma. Un poeta exclusivamente para los cultos, sin ser por eso culterano, magistral en la comprensión de las analogías, aun las más recónditas, íntimas y vagas de las cosas. Esta nueva forma de entender la poesía es la que se anuncia ya en "Nuestras ideas estéticas" y en otros textos teóricos próximos a éste que han sido aludidos desde estas páginas. Por entonces, la influencia francesa sobre las formas de vida y su reflejo en la poesía hacía sus estragos entre la juventud americana. Los jóvenes poetas del fin de siglo, francófilos en su mayoría, eran vistos desde la oficialidad como expresión máxima de la decadencia sociocultural -simbolista y decadente venían a ser, según veremos, términos sinónimos-. Hacia la década de los 90 se daba en los círculos literarios e intelectuales argentinos una encendida polémica en torno a la aceptación o no aceptación de los modelos simbolistas tomados de Francia, como lo demuestra el discurso pronunciado por Carlos Romagosa en un acto-homenaje a Darío celebrado en Córdoba en octubre de 1896. 69 "El discurso 'El simbolismo' fue leído en lo que puede considerarse como uno de los pocos actos colectivos del modernismo hispanoamericano, en el que un grupo de jóvenes defendió públicamente sus ideas y defendió el liderazgo de Darío", afirma el profesor García Morales. 70 Desde las primeras palabras que abren el mencionado discurso puede apreciarse la pugna existente entre los defensores de la tradición y los jóvenes que en aquel entonces llevaban a cabo la renovación estética y que en tono despreciativo eran llamados "decadentes". Sin embargo, tal y como expresa Romagosa en su discurso, no se trataba simplemente de una "evolución" en los modos literarios, ya que todo cambio estético no es sino reflejo de una serie de transformaciones que experimenta la sociedad: "cada manifestación literaria es el medio de expresión de una tendencia social". 71 De este modo, la floreciente modernidad estética vino a suponer, por su rechazo de la modernidad histórica, una nueva forma de comprender el mundo que en la expresión artística se traduciría en un deseo fraterno y ferviente de "amarlo todo", de "conocer el alma de los seres" y profundizar en "el alma de las cosas", repudiando así "la descripción cruda de la naturaleza": "La belleza, el encanto y el misterio -afirma Romagosa-, se hallan esparcidos en todas las cosas del universo, pero, a veces, esa belleza, ese encanto y ese misterio permanecen mudos, o escondidos, esperando quien los descubra y los haga vibrar". 72 Esta nueva sensibi-69 Véase García Morales, Alfonso: "Construyendo el modernismo hispanoamericano: Carlos Romagosa y Rubén Darío", en García Morales (ed.): Rubén Darío..., págs. 85-114. Al término de este artículo se reproduce en su totalidad el mencionado discurso leído en el Ateneo de Córdoba el 21 de octubre de 1896. Las citas usadas en el presente trabajo están tomadas de este artículo. 70 García Morales: "Construyendo...", pág. 86. ANÍBAL SALAZAR ANGLADA lidad, que tiene entre sus principales precursores a Baudelaire, Poe y Wagner, encuentra su cifra poética en la estética simbolista: "Lejos de representar decadencia, el Simbolismo es una perfección literaria: porque ha encontrado el secreto de sensibilizarlo todo, desde los objetos más rudos e inertes, hasta los conceptos más sutiles". 73 En su acendrada crítica de la sociedad moderna, nos dice Giovanni Allegra, los simbolistas reivindican "el sentido de la vida profunda del espíritu, una cierta intuición del misterio y del más allá de los fenómenos, de lo cual desciende su búsqueda de una imaginación sugestiva..." 74 Ya en 1886, Jean Moréas había sentado las bases de esta nueva estética en su manifiesto "Le Symbolisme", publicado en Le Figaro: un vocabulario nuevo, extrañas metáforas, una música y un ritmo distintos, la búsqueda de la armonía en líneas y colores..., éstas serán las señas de identidad de un Arte que quiere ser "puro" y cuyos maestros son, según señala Romagosa, el propio Moréas, Mallarmé, Verlaine, Morice, Retté. No en vano, dice el argentino: "Francia -esa nodriza e institutriz del espíritu moderno-, ha sido la cuna del Simbolismo". 75 En los años finales del XIX, a la pretendida confusión entre los términos simbolismo y decadentismo, vendría a sumarse la denominación de modernismo, que tendrá en sus inicios un marcado carácter peyorativo. Conscientes de ello, los jóvenes abanderados de la sensibilidad moderna prefirieron eludir cualquier tipo de etiqueta (en especial la de "decadentismo", aunque algunos llegan a aceptarla como un reto o una pose) y usaron otros términos más genéricos, tales como "nueva poesía" o "literatura moderna". 76 Por lo que concierne a Darío, éste es señalado en aquella velada literario-musical de 1896 celebrada en su honor, como el gran artífice del espíritu moderno en América: "Azul... fue un libro leído con pasión en América latina, porque por primera vez se veían transportadas a idioma español las cualidades plásticas, pictóricas y musicales del francés; y Rubén Darío quedó considerado como el primer iniciador americano del nuevo ideal literario". 77 Más adelante, Romagosa hace un repaso por los autores más representativos de la "literatura moderna" en los distintos países latinoamericanos, auspiciados aquéllos por las "sonoridades metálicas" de Martí -"Precursor americano de la nueva tendencia literaria"-y el indiscutible 73 magisterio del vate nicaragüense: Gutiérrez Nájera en México, Julián del Casal en Cuba, Jaimes Freyre en Bolivia... Al llegar a Argentina, Romagosa dicta una nómina de escritores afectos a los nuevos modos poéticos -algunos de ellos por cierto arrastran aún cierto tono romántico-, entre los que dedica una especial atención al entonces joven Lugones, "un producto genuino y original del moderno movimiento literario", 78 que en ese mismo año de 1896, trasladado ya a la capital, es presentado por el propio Romagosa y por Darío en los círculos literarios bonaerenses. En el transcurso del presente trabajo hemos tenido oportunidad de examinar cuáles son los fundamentos artísticos y poéticos de Lugones hacia finales de siglo y en los primeros años del XX, fundamentos que en esencia aparecen recogidos en "Nuestras ideas estéticas" y que pueden resumirse finalmente en estas palabras: "Manifestar la unidad substancial de la naturaleza en el espíritu humano, por medio de una armonía de palabras, sones, colores, líneas, personificando lo inmaterial para concretarlo y lo material para humanizarlo, a fin de que, volviendo más accesibles al entendimiento resulte más clara aquella unidad: he aquí el objeto del Arte". 79 Teniendo en cuenta estas palabras y lo expuesto anteriormente, la filiación entre la nueva sensibilidad, de inspiración simbolista, y los planteamientos teosóficos que sustentan el pensamiento poético de Lugones en esos mismos años parece clara. Llegados a este punto, se hace necesario plantear una última reflexión en torno al texto que nos ocupa y a las posibles significaciones del mismo. Sin duda, el hecho de que "Nuestras ideas estéticas" fuese inicialmente publicado en dos revistas teosóficas -Philadelphia y Sophia-es de por sí suficientemente significativo. De hecho, el contenido del texto se muestra salpicado de las creencias ocultistas difundidas por La doctrina secreta en el fin de siglo, de tal manera que muchos de los conceptos que maneja el escritor argentino resultarán ininteligibles para aquellos que no estén familiarizados con las ciencias ocultas. De este modo, el texto, en principio, parecería tener como destinatarios inmediatos a los iniciados en la Teosofía, conocedores de los dogmas secretos difundidos entre los miembros de la Sociedad a través de las diferentes revistas oficiales y la divulgación de obras de carácter doctrinal. Ahora bien, si tenemos en cuenta la forma en que Lugones estructura su discurso, se observa que, tras una bre-78 Ibídem, págs. 112-113. ANÍBAL SALAZAR ANGLADA ve disquisición en torno a la naturaleza de la Realidad y la percepción ilusoria que de ella tiene el hombre, el escritor pasa rápidamente a exponer sus ideas estéticas, tal y como indica el propio título de su disertación, concretadas éstas en la poesía. Esas ideas estéticas enunciadas por Lugones, que resultan todo un manifiesto poético (basado en un ritmo propio que surge del modo en que el poeta capta la música de las ideas, y en una visión analógica del mundo que tiene su origen en el pensamiento espiritualista y primitivo), comparten el mismo espíritu de la nueva poesía proclamada y llevada a su cima por Darío, quien no en vano influyó sobremanera en el pensamiento poético del entonces joven Lugones en el lustro en que aquél desarrolló su actividad intelectual en Argentina. Así pues, como "Nuestros propósitos", programa redactado por Darío y Jaimes Freyre para la fundación de la Revista de América, 80 "Nuestras ideas estéticas" aludiría también a esa "generación nueva que en América profesa el culto del Arte puro, y busca la perfección ideal", sin otros marbetes que puedan deformar aquella "universal comunión artística" surgida a finales del siglo XIX. 81 Quizá en la definición propia que otro gran poeta fin de siglo nos da de la nueva sensibilidad surgida entre los jóvenes poetas de América se halle la clave del movimiento estético al que hace alusión Lugones desde el título mismo de su ensayo. Ese poeta al que nos referimos, curiosamente hermanado también con Darío en sus años parisinos, es Amado Nervo, quien nos dice: No sé lo que los demás entenderán por modernismo. Malicio que ni en América ni en España nos hemos puesto aún de acuerdo sobre la significación de tan socorrida palabreja; pero por lo que a mí respecta, creo que ni hay ni ha habido nunca más que dos tendencias literarias; la de "ver hacia fuera" y la de "ver hacia dentro". Los que ven hacia fuera son los más. Los que ven hacia dentro son los menos. 81 Pocas veces usó Lugones el término modernismo para referirse a los escritores de su tiempo, artífices de la renovación poética, y cuando llega a utilizarlo lo suele hacer en tono despectivo. Así, en su respuesta a la conocida encuesta que la Revista de América realizó entre los escritores más relevantes del continente (Buenos Aires, n.o XX, año III, vol. I, enero de 1914), a la pregunta "¿Cree usted que existe una decadencia actual de la poesía lírica y un renacimiento de la poesía épica en que se revela precisamente el paso del modernismo al americanismo?", Lugones contestaba: "No veo tal decadencia, ni tal renacimiento, ni tal modernismo, ni tal americanismo. Lo único que veo es que aumentan los buenos poetas y esto, en suma, es lo único importante". Ya en respuesta a una pregunta anterior, Lugones había expresado con contundencia su opinión respecto a los movimientos denominados "modernismo" y "americanismo", anunciado este último como sucesor de aquél: "Los tales ciclos son creaciones sin importancia, de manera que no me ha interesado ni me interesa averiguar cuándo se abren o se cierran". Revista de América, Buenos Aires, n.o XXIV, año III, vol. II, febrero de 1914, pág. 6. 82 Nervo, Amado: "El modernismo", en Obras completas, pág. 398. MODERNISMO Y TEOSOFÍA: LA VISIÓN POÉTICA DE LUGONES Es sin duda en este contexto estético (pero también ideológico) en el que habremos de entender la visión poética que nos muestra Lugones en "Nuestras ideas estéticas". El pensamiento de Lugones, como el de Darío o el de Nervo, y el de tantos otros escritores del fin de siglo, está igualmente dominado por una visión panteísta y analógica del mundo, en la que el poeta, con su especial capacidad de sentir la emoción de las cosas, desempeña el papel de intermediario entre el hombre y el Universo con el fin de desvelar el secreto de sus correspondencias:...todas las cosas tienen una fisonomía especial, un alma, una vida poderosísima; que es necesario, en el silencio del espíritu, pegar el oído al vasto pecho de la tierra para escuchar los cien mil latidos de sus cien mil corazones; y que seguir cantando al mar, a la montaña, al cielo, así, en bruto, sin contemplar sus tenues e infinitas estructuras maravillosas, sus variadísimas modalidades, la innumerabilidad de sus matices y el milagroso enredo de sus afinidades secretas, es ofender al cielo, al mar y a la montaña.
Ambas entidades, lideradas por Rafael Altamira y Rafael Vehils, lograron conformar dos paradigmas alternativos para la acción americanista. El primero definió una pauta de intervención fundamentalmente intelectual liderada por las universidades; el segundo, un modelo de intervención prioritariamente económico, ejecutado por asociaciones. Ambos paradigmas mostraron su carácter innovador al brindar propuestas concretas sobre casi todos los aspectos de la acción americanista y al proponer fórmulas que equilibren los intereses regionales y estatales., the Spanish Americanist movement was renewed by the initiative of the University of Oviedo and the Casa de América de Barcelona. El americanismo, como doctrina y como movimiento asociativo, 2 logró abrirse paso en el mundo de las ideas y en la opinión pública españo-1 Agradecemos los valiosos comentarios de Pilar Cagiao, directora del proyecto de investigación subvencionado por la Fundación Carolina, "El americanismo en España, 1898-1936: instituciones culturales y proyectos educativos", a Salvador Bernabéu Albert y a Eduardo Rey Tristán. 2 En relación con el concepto "americanismo asociativo" y al importante papel de las asociaciones como "agentes operativos" del hispanoamericanismo, seguimos a Sepúlveda Muñoz, Isidro: Comunidad Cultural e Hispano-Americanismo, 1885-1936, UNED, Madrid, 1994. las en la particular coyuntura comprendida entre los fastos del Cuarto Centenario del descubrimiento 3 y el Desastre de 1898 4. En aquellos años, pese a la activa colaboración de políticos, intelectuales y hombres de negocios de distintos orígenes, el movimiento americanista fue liderado por la Unión Iberoamericana (UIA) de Madrid, por mucho tiempo única asociación capaz de atraer el interés del Estado y de solventar grandes encuentros de confraternización internacional como el Congreso Hispanoamericano de 1900. La UIA inspiró buena parte de la "política de gestos" hacia las naciones hispanas y la organización de grandes eventos al calor de las propicias efemérides que se sucedieron durante aquellos años. Este americanismo, que pronto se constituyó en interlocutor privilegiado del movimiento ante el Estado y la clase política, articuló un modelo de intervención diplomática que aspiraba a auxiliar técnicamente las relaciones políticas y económicas entre el gobierno y las repúblicas latinoamericanas. No obstante, al tiempo que afloraba en España un estado de opinión hispanoamericanista, el americanismo español fue haciéndose cada vez más complejo y diverso. Así, no debe extrañar que, a medida que se hacían visibles ciertas tensiones, algunas relacionadas con la captación o distribución de los siempre escasos recursos públicos o privados, las exhortaciones a la unidad de la acción americanista constituyeron un tópico de las diferentes asociaciones, que veían en aquella unidad un requisito para poder ofrecer un proyecto uniforme que, además de satisfacer las expectativas de sus diferentes exponentes, pudiese interesar al Estado. En ese contexto y hacia el final de la primera década del siglo XX, se idearon dos estrategias alternativas de intervención americanista: la catalana y la asturiana. Los americanismos impulsados desde Barcelona y desde Oviedo se esforzaron por ofrecer diferentes soluciones institucionales y asociativas que, si bien no agotaron las diferentes expresiones del americanismo español, representaron dos paradigmas útiles para comprender mejor las opciones abiertas en el impulso renovador del diálogo con América latina. Los paradigmas, muy diferentes entre sí, resultaban innovadores ya que ambos definían un programa integral con propuestas concretas sobre todos 3 Véase en particular, Bernabéu Albert, Salvador: 1892, el IV centenario del descubrimiento de América en España: coyuntura y conmemoraciones, CSIC, Madrid, 1987. 4 Véase la obra de Maluquer de Motes, Jordi: España en la crisis de 1898, De la Gran Depresión a la modernización económica del siglo XX, Península, Barcelona, 1999, en la que el autor se refiere a la importancia de los gestos "patrióticos", consistentes en colectas y subvenciones, implementados desde el continente americano para ayudar a la monarquía española contra los Estados Unidos. GABRIELA DALLA CORTE Y GUSTAVO H. PRADO los aspectos de la acción americanista: diplomáticos, legales, intelectuales, culturales, ideológicos, comerciales, productivos, impositivos, inmigratorios, postales, mediáticos. Además, proponían fórmulas alternativas para garantizar el equilibrio entre los intereses regionales y estatales: unos defendían principios de pluralidad, diversidad y autonomía; y otros sostenían el ideal de unidad. La cristalización de ambos paradigmas en el trienio 1909-1911 evidenció que, pese a la virtual unanimidad existente respecto de los grandes objetivos y más allá de las lógicas diferencias que pudieran existir alrededor de cuestiones puntuales, el ya heterogéneo movimiento americanista estaba atravesado por tensiones estructurales que se explican en parte por la diversidad de fines, ideologías y sensibilidades que albergaba. Así, las propuestas lanzadas desde Oviedo y Barcelona dan cuenta de que el movimiento no contaba con un diagnóstico común acerca de la realidad presente y futura de las relaciones hispanoamericanas ni disponía, por ende, de un único modelo consensuado para guiar sus intervenciones. El estudio de los controvertidos hechos acaecidos tras el exitoso viaje americanista de la Universidad de Oviedo -protagonizado por Rafael Altamira-, mientras la Casa de América de Barcelona (CdAB) procuraba federar a las asociaciones americanistas del reino, muestra que, detrás de la colaboración inicial y de la manifiesta voluntad de mantener unido al americanismo, latía una considerable disparidad de intereses y proyectos entre los diversos grupos. De más está decir que la evolución del movimiento americanista fue, en el largo plazo, compleja y sinuosa. Si en los primeros tiempos las tensiones no se hicieron demasiado evidentes, a medida que transcurría la primera y segunda década del siglo XX fueron aflorando diferencias y en ocasiones se recurrió al gobierno en busca de legitimación y financiamiento. Por lo tanto, las tensiones tendían a resolverse a través del recurso al arbitrio estatal y a la transferencia de determinadas iniciativas del programa americanista a la esfera de la administración pública. El creciente interés de los sucesivos gobiernos españoles permitiría proyectar ciertos aspectos del americanismo al rango de política de Estado y abriría nuevos horizontes para sus referentes pero, en perspectiva, terminaría acotando sustancialmente el pluralismo inicial, condicionando la expansión de sus expresiones regionales y preparando el terreno para su casi completa absorción en los años '40 y' 50. Teniendo en cuenta la coyuntura de los años'10 -donde se observa la tendencia a la centralización del americanismo-puede entenderse, en parte, que proyectos como los gestados en la CdAB y en la Universidad de LUCES Y SOMBRAS DE DOS PARADIGMAS DEL AMERICANISMO ESPAÑOL (1909-1912) AEA, 63, 2, julio-diciembre, 2006, 195-216. Hemos abordado con anterioridad otros aspectos de las confrontaciones suscitadas en este periodo [1909][1910][1911]5 en este trabajo y a la luz de documentación en su mayor parte inédita,6 nos centraremos en analizar, en un primer apartado, el devenir de la propuesta de carácter plural y de rango estatal bosquejada en Oviedo, basada en el intercambio de intelectuales. En un segundo apartado, analizaremos el fracaso de la propuesta federativa del americanismo barcelonés y su posterior retracción al ámbito económico y, en especial, al de la búsqueda de oportunidades para la inversión en el mercado americano. En un tercer y último apartado observaremos algunos de los dilemas y contradicciones a los que se enfrentaron los americanismos que denominamos periféricos, procurando comprender los aciertos y errores de la difícil gestión de los hombres del grupo de Oviedo y de la CdAB, de cara al Estado, a la UIA y a los grupos americanistas de otras regiones del reino. El proyecto ovetense: estatizar y despolitizar al americanismo Entre 1898 y 1911, la Universidad asturiana, liderada por un dinámico núcleo de intelectuales krausoinstitucionistas conocido como "grupo de Oviedo", logró conformar un modelo de acción americanista que, teniendo una impronta regional y abrevando en sus propias tradiciones, hitos y fracasos, intentó definir y aspiró a orientar un programa integral de dimensión estatal para volver a vincularse con América, pero que resultó sustancialmente descentralizado. El paradigma, ya desarrollado en 1908, partió des-de el mero reclamo al Estado,7 pasó por el llamado de intelectuales americanos8 y emigrantes españoles voluntarios,9 y se coronó, en 1909-1910, con el exitoso "viaje americanista" protagonizado por su principal referente: el alicantino Rafael Altamira. 10 El americanismo ovetense ofreció a la sociedad española y al Estado una evaluación rigurosa sobre lo negativo que resultaba para el país que ambos mundos "hispanos" estuvieran separados. Se diseñó, entonces, una estrategia de intervención intelectual que definía a las universidades españolas como agentes privilegiados de la regeneración y de la reforma política, y las elevaba a la condición de foros alternativos de diálogo social e internacional, porque se las consideraba depositarias de una racionalidad superior, capaces de armonizar intereses regionales y estatales, así como valores supranacionales de tipo cultural, científico y humanista. Las casas de altos estudios podrían orientar y tutelar las líneas maestras de la política americanista, ofrecer apoyo técnico a la burocracia estatal y a las asociaciones privadas y administrar por sí mismas los aspectos culturales e intelectuales de las relaciones con América. Pese a lo elaborado y "patriótico" del proyecto, al asombroso éxito de Altamira en América y a la extraordinaria repercusión que tuvo su retorno a España, el americanismo ovetense se toparía, casi de inmediato, con serios cuestionamientos ideológicos por parte de la propaganda católica asturiana 11 y con la renuencia del Estado a convalidar su liderazgo en materia de política americanista. Así, en poco tiempo se vería que el resultado del magnífico triunfo de Altamira sería, sorprendentemente, la transforma-ción del proyecto ovetense que lo había alentado. Es importante señalar que ciertos aspectos contradictorios y muy poco realistas de la estrategia ovetense no eran ajenos a esta transformación, que en parte puede ser vista como una derrota. En el proyecto la teoría sostenía sin problemas el ensamblaje de la autonomía universitaria con la supervisión de la burocracia ministerial y la satisfacción de los intereses del Estado. Aquel equilibrio no era viable no sólo porque suponía una redistribución efectiva de competencias centralizadas en beneficio de instituciones autónomas y un freno a la expansión estatal, sino también porque contemplaba, paralelamente, la necesidad de que el Estado se involucrara. En efecto, el grupo de Oviedo consideraba imprescindible la participación estatal en cuatro registros: en la financiación de la reforma y expansión de las universidades españolas; en la coordinación de los recursos legales, comerciales, fiscales y burocráticos que jerarquizaran las relaciones con las antiguas colonias; en el subsidio de las actividades colaterales de la sociedad civil española residente y emigrante y, por último, en la legitimación ideológica necesaria para construir una comunidad panhispánica. La cuestión era, claro está, que la estrategia ovetense suponía simultáneamente la convocatoria y la contención del Estado, o lo que es lo mismo: proponía una fórmula que demandaba plena intervención absoluta a la hora de invertir recursos materiales y simbólicos mientras imponía su abstención casi completa en el diseño y gestión de la política americanista. Llámese a esto una integración auxiliar o subordinada del Estado, lo cierto es que Rafael Altamira, Fermín Canella y sus seguidores formulaban un esquema en el cual se procuraba la promoción del americanismo a la política de Estado, y lo preservaban al mismo tiempo del juego político partidista. Al sustraer la política americanista del influjo de la lucha facciosa y de los lentos circuitos de la burocracia, se esperaba poder instalarla en la esfera de instituciones relativamente autónomas como las universidades y entidades académicas. El delicado equilibrio que demandaba la estrategia fue difícil de mantener por los mismos impulsores del plan ovetense: la necesidad de publicitar y atraer apoyos para el proyectado "viaje americanista" de Altamira, por un lado, y la urgencia por mantener el asunto dentro de los límites de la administración universitaria, por el otro, llevó al rector Fermín Canella a incurrir en ciertos errores y contramarchas que sólo lograrían atraer el interés de la clase política y la mirada atenta y alarmada de otros sectores que veían potencialmente amenazados sus propios proyectos como, por ejemplo, cuando el Rector ovetense filtró a la prensa progresista madrileña lo sustancial del proyecto, tras los fastos del Tercer Centenario de la Universidad de Oviedo. Al tiempo que se cerraba el trato académico con la Universidad Nacional de La Plata para que Altamira dictara un curso sobre metodología de la historia en la Argentina, la Universidad de Oviedo era elogiada por el periódico madrileño El Imparcial por su proyecto de intercambio docente con las universidades americanas, estimando que era la vía adecuada para recuperar el prestigio internacional perdido. Las subsiguientes declaraciones de Canella contenían detalles acerca de la dificultades presupuestarias que suponía organizar un periplo de esta envergadura y la necesidad de contar con el apoyo gubernamental y periodístico para que así "España entera se interesase por lo que debe ser fecunda y trascendental misión". 12 Fue precisamente esta invocación lo que llevó a la redacción de El Imparcial a reclamar que el gobierno y las cortes aportaran recursos a la iniciativa ovetense y a ofrecer aquella tribuna para que Segismundo Moret lanzara una suscripción pública para cubrir los costos del "viaje americanista" que debía emprender Altamira. 13 Canella, sorprendido por la repercusión que habían tenido sus palabras y temeroso de que su proyecto adoptara una dimensión política -que aún el gobierno conservador no había aprobado-, rechazaría la suscripción. De esta manera, dejó en ridículo a El Imparcial y perjudicó, inmediatamente, las relaciones que mantenía con el periódico madrileño. 14 Lo más sorprendente fue que, tras este rocambolesco episodio y gracias a los subsiguientes acontecimientos, el americanismo se convertiría en objeto del atento interés de conservadores, liberales y republicanos, cada vez más atraídos por su dinamismo. Los triunfos de las etapas finales del viaje ovetense y el apoteósico retorno de Altamira a la Península causaron tal impacto en la prensa y en el ámbito gubernamental que el americanismo se transformaría, por un tiempo, en una cuestión de Estado. Pero en aquellas circunstancias tan promisorias como extraordinarias, no sería la Universidad de Oviedo, ni siquiera Rafael Altamira, quienes estarían mejor preparados para capitalizar sus propios éxitos. La dramática caída de Maura y el ascenso al poder 12 "El intercambio universitario", El Imparcial, Madrid, 14 de abril de 1909; véase también la carta de Fermín Canella a Luis López Ballesteros, Oviedo, 18 de abril de 1909, citada en Altamira, Rafael: Mi viaje a América (Libro de documentos), Librería de Victoriano Suárez, Madrid, 1911, págs. 28-29. (1909-1912) de los sectores más regeneracionistas del liberalismo abrieron nuevos canales de diálogo con la oposición socialista y republicana. La buena disposición del nuevo gobierno y su deseo de incorporar a los intelectuales reformistas en altos cargos de la burocracia ministerial y de ejecutar algunos de sus proyectos creó un nuevo clima que ni Canella ni Altamira -inmersos en la administración del periplo-pudieron percibir a tiempo, ni tampoco, para ser justos, se hallaban en condiciones de aprovecharlo. Los interlocutores del gobierno liberal fueron, entonces, hombres muy próximos a Altamira que formaban parte de su mismo círculo ideológico y social e impulsaban un vasto programa de modernización cultural de inspiración krausoinstitucionista que los hombres del "grupo de Oviedo" y sus allegados suscribían plenamente. Los sectores más cercanos a la administración central en la compleja coyuntura de 1909-1910 recibirían de Canalejas y Romanones el encargo de construir un complejo institucional en torno a la Junta para la Ampliación de Estudios (JAE) bajo la órbita del Ministerio de Instrucción Pública, 15 destinado a abrir el anquilosado mundo intelectual español al vivificador intercambio externo, incluyendo el intercambio universitario con América latina. 16 De nada sirvieron los reclamos, las contrapropuestas 17 ni las amargas quejas del rectorado ovetense o de Rafael Altamira 18: el Estado, tan reclamado por el movimiento america-15 Véase el excelente trabajo de Naranjo Orovio, Consuelo; Luque, María Dolores y Puig-Samper, Miguel Ángel (ed.): Los lazos de la cultura: el Centro de Estudios Históricos de Madrid y la Universidad de Puerto Rico, 1916-1939, Colección Tierra Nueva e Cielo Nuevo, CSIC-Universidad de Puerto Rico, Río Piedras, Madrid, 2002; también Niño Rodríguez, Antonio: "La II República y la expansión cultural en Hispanoamérica", Hispania, Revista Española de Historia, 52, 181, 1992, págs. 629-653, donde el autor analiza la orientación de las relaciones con las antiguas colonias durante el periodo posterior, el de la Segunda República, fortaleciendo la comunidad de lengua, cultura e historia a través de un Plan de Actuación Cultural sostenido por el Ministerio de Estado. LUCES Y SOMBRAS DE DOS PARADIGMAS DEL AMERICANISMO ESPAÑOL 16 Formentín Ibáñez, Justo, y Villegas Sanz, María José: Relaciones culturales entre España y América: la Junta para la Ampliación de Estudios (1907-1936), Mapfre, Madrid, 1992. La producción historiográfica, por su parte, siguió en importante derrotero en esos años como puede verse en el trabajo de Vélez Jiménez, Palmira: "Política e historiografía. El americanismo español hasta 1936", que será editado en Revista de Indias; agradecemos a la autora la cesión de este trabajo inédito. 17 Altamira, Rafael: "Medios prácticos para organizar las relaciones hispano-americanas (informe presentado y leído a Su Mejestad el Rey), Oviedo, 31 de mayo de 1910" y "Nuevas indicaciones sobre los medios prácticos para establecer y mantener las relaciones espirituales con los pueblos hispano-americanos", ambos en Altamira, Mi viaje..., págs. 577-598 y págs. 639-642, respectivamente. 18 Testimonios de las comprensibles molestias que esto causó en Oviedo pueden encontrarse en Anales de la Universidad de Oviedo (1908-1910), Tipográfica de Flórez, Gusano y Cía., Oviedo, 1911, tomo V, págs. 536-537, así como en una serie de cartas privadas e inéditas conservadas en el AFREM/FA, que envió el Rector Fermín Canella a Rafael Altamira, fechadas el 14 de mayo, el 8 y el 14 de junio de 1910. GABRIELA DALLA CORTE Y GUSTAVO H. PRADO nista, avanzaba ahora tardía pero implacablemente en el terreno cultural, y transfería a un organismo centralizado de su aparato burocrático el intercambio intelectual con América que Altamira soñaba con regularizar a través de las universidades. La mayoría de las diversas propuestas de Altamira y del claustro ovetense se estrelló en mediano o largo plazo, con la indiferencia del poder central; su implementación fue adjudicada, en el mejor de los casos, a otras instituciones como la JAE o el Museo Pedagógico, o fueron abiertamente resistidas y luego rechazadas por el gobierno 19, como la creación de una Sección Americanista en la Universidad de Oviedo y un "Centro oficial de Relaciones hispano-americanas". 20 Ahora bien ¿por qué la magnífica empresa americanista ovetense tuvo este desenlace? ¿Cómo pueden explicarse los desaires y la gran indiferencia mostrada a los reclamos del "grupo de Oviedo"? ¿Cómo entender que un proyecto patriótico, de cuya lealtad estatal nadie dudaba, fuera desarticulado de inmediato por el Estado, que se apropiaría de los réditos del capital americanista acumulado por Altamira o Canella para transferirlo a la burocracia ministerial? Para responder a estas preguntas debemos tener en cuenta el impacto decisivo de los dos aspectos clave de aquella coyuntura. En primer lugar, la politización inevitable del americanismo, abonada por la imprevisible repercusión americana del mensaje panhispanista ovetense y por el fenómeno de masas que suscitó el retorno de Altamira. En segundo lugar, el cambio paradójicamente favorable del clima ideológico que significaba el ascenso de políticos liberales, como Canalejas y Romanones, decididos a reformar el régimen restaurador, fortalecer el Estado y racionalizar su burocracia. Sin embargo, cabe señalar que la derrota de la Universidad de Oviedo no debe explicarse con el auxilio de ninguna teoría conspirativa. Teniendo en cuenta el persuasivo discurso reformista y pedagógico de los intelectuales krausoinstitucionistas; convencidos de las bondades de la estrategia intelectual y elitista que proponían para restaurar las relaciones internacionales españolas en materia cultural, científica y económica y habiendo asumido buena parte de los argumentos y objetivos del programa americanista, los liberales verían en las ideas de estos hombres una serie de recetas que permitirían mejorar la gobernabilidad del sistema y jerarquizar la vilipendiada Restauración. Por eso tratarían de hacerlas propias y de cooptar a estos ideólogos para la política dinástica o, al menos, para altos puestos burocráticos, seduciéndolos con la promesa, más o menos explícita, de encargarles la ejecución de sus propios proyectos. Pero los tiempos políticos impusieron su ritmo y no esperaron por el viajero, compenetrado en sus labores en América, ni por Fermín Canella, sepultado entre los papeles de su despacho rectoral. Desde esta perspectiva, puede comprenderse mejor tanto la "expropiación" de la que fue objeto la Universidad de Oviedo, como los límites de su estrategia de intervención americanista de signo estadista, descentralizador y "despolitizante". En este sentido, también es posible entender por qué la institución fue más perjudicada que el individuo. En efecto, Altamira tuvo interesantes compensaciones que debemos observar dentro de la lógica de cooptación que regía a la política dinástica y las propias concepciones reformistas del alicantino y su círculo. La ya conocida figura de Rafael Altamira había logrado tal relieve público que las jerarquías políticas liberales no dudaron en ofrecerle entre 1910 y 1913 una serie de atractivas compensaciones honoríficas, políticas y laborales por sus servicios al país. 21 Con todo, el orgullo intelectual de Altamira le impediría estar personalmente satisfecho. El proyecto americanista del grupo de Oviedo, que le era en gran medida propio y preveía una gestión autónoma del intercambio intelectual por parte de las universidades españolas, fue asumido por el gobierno central que derivaría tales menesteres en instituciones guiadas por otras lógicas y finalidades, las cuales terminarían por desatender el programa americanista. De la regionalización a la federación del americanismo: la estrategia catalana El americanismo barcelonés, impulsado por el mundo de los grandes negocios catalanes definió, por su parte y a través de la asociación privada CdAB, una estrategia de intervención prioritariamente comercial e inversora que supo abrir una brecha en el esquema centralizador de la unidad ame-21 A la Cruz de Alfonso XII y al nombramiento de Inspector y luego Director General de Primera Enseñanza, se sumaron su integración en la estructura de la propia JAE como director de sección del Centro de Estudios Históricos; su nombramiento como numerario de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y la creación de una cátedra de americanista en la Universidad Central de Madrid. GABRIELA DALLA CORTE Y GUSTAVO H. PRADO ricanista avalada por otros grupos del reino, en particular el concentrado en torno a la UIA, como veremos aquí. Emprender la aventura americana y conformar un americanismo plural que integrara a los hispanos residentes en el "nuevo" continente fueron dos de los desafíos -si no los más importantes-que planteó la progresiva consolidación del americanismo catalán. 22 En este modelo, los agentes privilegiados de la acción americanista eran, sin lugar a duda, las asociaciones regionales sostenidas por intereses locales y eventualmente asistidas por el Estado. Además de vivificar el abstracto ideal americanista y encarnarlo en la realidad de la sociedad civil, estas asociaciones deberían fortalecerse a través de la colaboración con sus homólogas españolas y proponer soluciones federativas que armonizaran los intereses divergentes y definieran una unidad de acción razonable de cara a Latinoamérica y al propio Estado. Tal estrategia permitiría obtener mayores réditos ante la dinámica y eficaz competencia de Francia, Gran Bretaña, Alemania e Italia y ante los avances experimentados por los Estados Unidos, país que ya se había dotado en 1910 de un poderoso instrumento de acción americanista como la Unión Panamericana de Washington, creada sobre la precedente Oficina Internacional de las Repúblicas Americanas. Apenas concluido el famoso Congreso Hispanoamericano de 1900, el proyecto inspiró el lanzamiento un año después de la Revista Comercial Iberoamericana Mercurio, que impulsó en 1903 la misión comercial a la Argentina de Federico Rahola y Tremols y del republicano Jusé Zuleta, misión de exploración que recibiría el espaldarazo monárquico; la fundación de la Sociedad Libre de Estudios Americanistas en 1909, y del Club Americano en 1910; así como la coronación del movimiento con la fusión de ambos organismos en la Casa de América de Barcelona en abril de 1911. Hasta entonces las actividades desarrolladas por el grupo catalán -liderado por personajes claves de la Lliga Regionalista tales como Verdaguer i Callís, Francesc Cambó, Rafael Vehils, 23 o por el empresariado importador-exportador concentrado en el Fomento del Trabajo Nacional y en la Compañía Trasatlántica 24 -no habían despertado recelos en grupos similares del reino o en el gobierno central. Pero a partir del año 1911, y en los momentos claves de la historia europea (como la creación de la Compañía Hispanoamericana de Electricidad, más conocida como CHADE, que pasaría a sostener económicamente a la entidad americanista catalana 25 ), se verifica una abierta oposición a la autonomía de las propuestas barcelonesas, lo que llevó a sus protectores a preferir un ámbito más económico que cultural, a diferencia del que proponía Altamira desde Oviedo. En ese sentido, en la CdAB acabaría primando el ideal de los "indianos" del Club Americano, frente al que impulsó a reunirse en el contexto del Centenario de las Independencias a los intelectuales de la Sociedad Libre de Estudios Americanistas. El americanismo catalán apostaba al desarrollo autónomo de sus instituciones y proyectos, sin dejar de reclamar -al igual que haría el americanismo ovetense-el apoyo presupuestario y la legitimación estatal, amparándose en su plena identificación con un proyecto regenerador y eminentemente "patriótico" como el americanista. El plan que intentaba atraer tanto a los políticos y hombres de negocios catalanistas, como seducir a la corona, a los líderes de los partidos dinásticos y a los principales referentes del americanismo español, no obtuvo grandes resultados. Cuando la CdAB lanzó su audaz y controvertida propuesta de convocar una asamblea de asociaciones americanistas en Barcelona, para constituir una federación que coordinara sus esfuerzos en toda España, se pudieron percibir por primera vez las oposiciones y resistencias que inspiraba la acción catalana a la vez que ésta pretendía avanzar sobre terrenos en los que, por diversas razones, el Estado u otras asociaciones americanistas reclamaban primacía. Particularmente importante para el americanismo catalán resultó el rápido entendimiento que lograron Labra y el director de la CdAB, Rafael Vehils. Si este diálogo fue posible y resultó fructífero, fue porque existía un diagnóstico común: tanto para el hispanocubano como para el 24 Rodrigo Alharilla, Martín: Los Marqueses de Comillas 1817-1925, Antonio y Claudio López, LID Editorial, Madrid, 2000; también la versión Antonio López y López (1817-1883) primer Marqués de Comillas un empresario y sus empresas, Fundación Empresa Pública, Madrid, 1996. La tentación autoritaria, Grijalbo, Barcelona, 1997; también Ucelay da Cal, Enric: El Imperialismo catalán: Prat de la Riba, Cambó, D'Ors y la conquista moral de España, Edhasa, Barcelona, 2003. GABRIELA DALLA CORTE Y GUSTAVO H. PRADO catalán -que en ocasiones gustaba presentarse como uruguayo o puertorriqueño-gran parte de los males y divisiones que comenzaban a aquejar al americanismo español eran fruto de la pretensión de exclusividad de las asociaciones madrileñas, sobre todo de la UIA. De ahí que para Labra fuera necesario emprender una labor tendiente a "armonizarlas o, por lo menos relacionarlas un poco" para así poder aprovechar la oportunidad que representaba la efemérides del primer centenario de las independencias. 26 Durante aquellos meses, Labra comprometió el apoyo de las Sociedades Económicas del norte de la Península y se mostró optimista respecto de la posibilidad de incorporar una "voz de tierra adentro" que fortaleciera el proyecto federativo, sumando, por ejemplo, a las Sociedades Económicas castellanas y riojanas, así como a las instituciones americanistas andaluzas. Pese a las reservas que confesara Labra a Altamira acerca de la viabilidad política del proyecto federativo, el primero apoyó activamente la iniciativa catalana convencido de que ella representaba la glosa de su "pequeño programa sobre el problema hispano-americano" que, no había despertado entusiasmo alguno en Madrid. 27 Claro que Labra no dejaba de apreciar que la UIA pondría serios obstáculos a los proyectos de Vehils y Rahola, los cuales se potenciarían con los recelos -en gran medida, injustos-que estaban despertando las circulares de la CdAB en los demás centros americanistas españoles; 28 por lo tanto, no debe perderse de vista que la voluntariosa y enérgica gestión que hizo Vehils del proyecto federativo no ayudaría a revertirlos. Persuadido de estar en posesión de una fórmula acabada para organizar al americanismo, reluctante a cualquier negociación que pudiera alterar el calendario o el orden del día propuesto, Vehils no invirtió demasiado esfuerzo en trabar compromisos personales con los dirigentes de las asociaciones convocadas, y delegó en Labra la actividad propagandística. Lo cierto es que la gestión de Vehils estuvo basada en el supuesto de que las entidades convocadas sólo podían decidir si aceptaban o no la propuesta cerrada que les acercaba Barcelona. Así pues, una vez lanzada la convocatoria, cuando comenzaron a divulgarse los inevitables inconvenientes de agenda, equívocos y ocurrencias que amenazaban con alterar aquella rígida hoja de ruta, se manifestaron los límites del talante negociador de 26 CdAB, carta de Rafael M. de Labra a Rafael Vehils, 19 de junio de 1910. 27 IESJJA/LA, carta de Rafael M. de Labra a Rafael Altamira, Madrid, s/f. En efecto, el exceso de celo de Vehils provocó un conflicto por la fecha y sede de celebración de la futura asamblea con la Sociedad Columbina Onubense (SCO). Vehils consideró la mala interpretación de las convocatorias catalanas por el referente americanista de Huelva, Marchena Colombo, una conspiración para arrebatar a Barcelona el control mismo de su proyecto y la hegemonía sobre la futura federación. Labra se encargó de recomponer las relaciones entre la CdAB y la SCO y de negociar una nueva fecha significativa, aunque menos problemática que la original del 12 de octubre, para celebrar la asamblea en Barcelona. Así, para inicios del mes de octubre, el grupo barcelonés ya había aceptado la sugerencia de Labra de convocar el encuentro para el 4 de diciembre de 1911, haciéndolo coincidir con el XXV aniversario de la votación por la que las cortes españolas habían "reconocido" las independencias americanas. Más tarde, y debido a problemas de agenda de Labra, la CdAB aceptó una nueva postergación, y pospuso la sesión inaugural hasta el 14 y 16 de diciembre. 29 Consciente de la ansiedad que reinaba en la CdAB y de las diferentes sensibilidades existentes en el movimiento, en reiteradas ocasiones, Labra le advirtió a Vehils de la necesidad de obrar con "calma y arte" para evitar rozamientos y rivalidades que pudieran comprometer la unidad plural e independiente del americanismo español. 30 Además de pedir sosiego, recomendó a Vehils que tomara nota de la realidad regional de España, con la que el americanismo tenía que operar si quería construir una auténtica Federación Nacional: "Hay que proceder con cautela y que sortear el peligro de que los émulos den al noble y práctico pensamiento de Vds. el aire de una obra exclusivamente catalana. Ya hablaremos de eso... aquí ha estado el Sr. Berenguer de Valencia y hemos hablado largamente de V. y de la organización de los americanistas valencianos". 31 Si bien los americanistas catalanes aceptaron los consejos puntuales de Labra, no parecen haber sido capaces de comprender el sentido profundo de sus advertencias, cuando hizo notar que las gestiones de Labra no harían rectificar el rechazo de la UIA y de su líder, el conservador asturia- no Faustino Rodríguez de San Pedro, Vehils jugó su segunda baza: Rafael Altamira. El interés por captar al alicantino, director general de Primera Enseñanza, se relacionaba también con su posibilidad de acceder al liberal Amalio Gimeno, por entonces ministro de Instrucción Pública. Para decepción de la CdAB, y pese a su compromiso inicial, Altamira mantuvo cierta distancia respecto de la iniciativa catalana, la cual pareció ampliarse debido a la evolución del conflicto con la UIA. A tal punto llegarían las cosas que, para el mes de septiembre de 1911, era notorio que Vehils temía una eventual defección de Altamira que arrastrara tras de sí al Gobierno y al resto del americanismo español. 32 En aquellos días, Vehils remitiría a Altamira varias cartas y cuidadas copias de la correspondencia cruzada con la UIA, para que el alicantino pudiera observar la magnitud del recelo que despertaba la iniciativa en la asociación y para indicarle lo imperioso de su presencia y la del ministro Gimeno en la asamblea convocada para diciembre de 1911. 33 Pese a la significativa ausencia de la UIA y a la frialdad de varias de las asociaciones asistentes, el encuentro se celebró finalmente con un programa elaborado según los términos y deseos de Rafael Vehils y de Federico Rahola. Se resolvió constituir una comisión ejecutiva y una comisión nacional -ambas lideradas por Labra-, encargadas de concretar los acuerdos y de organizar la federación de asociaciones americanistas españolas. Sin embargo, una vez que se disipó el entusiasmo fundacional, poco pudo hacerse: las comisiones, reunidas irregularmente en la casa de Labra, no lograron sobrevivir demasiado tiempo y el proyecto de la federación terminó cayendo por el peso de sus poderosos objetores y, en gran medida, por la incapacidad de la CdAB para inspirar confianza sobre la transparencia de sus propósitos e intereses entre los referentes americanistas y los altos cargos del gobierno. Ahora bien ¿por qué fracasó el primigenio proyecto federativo impulsado por los americanistas catalanes? ¿Por qué fue viable la rápida conformación del complejo institucional americanista en torno del Mercurio o la fundación de una institución tan ambiciosa y polifacética como la CdAB, frustrándose el paso siguiente que era la federación? ¿Por qué el Estado 32 AHUO/FRA, carta de Rafael Vehils a Rafael Altamira, Barcelona, 9 de septiembre de 1911. AMERICANISMO ESPAÑOL (1909-1912) legitimó y hasta apoyó proyectos sucesivos de la CDAN, pero no intervino apuntalando la unidad de las asociaciones americanistas del reino, planteada a finales de 1911? Para responder estos interrogantes debemos revisar no sólo la estricta coyuntura, sino también los aspectos centrales de la estrategia catalana (comparándola con la seguida por los miembros del grupo de Oviedo) la cual pretendía fortalecer la autonomía de los intereses catalanes, sin dejar de invocar las presuntas corresponsabilidades del Estado en el sostén material de sus proyectos. La explicación fundamental, no obstante, hay que buscarla en el proyecto de la CdAB de convertirse en una entidad articuladora entre América Latina y Europa. En parte, el avance de la CdAB en terrenos políticos, diplomáticos e ideológicos que eran considerados propios del Estado fue interpretado como una transgresión al esquema que, de manera tácita, había permitido la convivencia entre los diversos grupos que emergieron en la primera década del siglo XX. La ansiedad de Vehils, además, puede explicar la desconfianza de Huelva y Bilbao así como la frialdad con que Oviedo y los americanistas gallegos recibieron la iniciativa de la CdAB. En todo caso, es evidente que aquellos reparos del resto del americanismo peninsular respecto del proyecto federativo marcaron el destino de la CdAB que se hizo más proclive a abrir sus proyectos a los latinoamericanos establecidos en Cataluña y a los españoles radicados en América. El fracaso federativo jugó su papel en el repliegue económico del americanismo catalán, pero también intervinieron otros factores no menos importantes. En efecto, no sólo existían los límites estructurales del diseño catalán frente a los intereses gubernamentales, sino también frente a los otros grupos americanistas del reino; en particular en la relación con la SCO, asociación que, respaldada por Labra, terminó por lanzar su propio proyecto federal para fastidio de Vehils que veía así enterrada cualquier esperanza de resucitar la federación por él propuesta. 34 La federación podía construir en Barcelona un polo americanista alternativo a la hegemonía madrileña, aunque refrendada por el Estado. Un polo en el que predominaban sociedades del ámbito cultural e intelectual, en el que los intereses económicos catalanes no serían contrastados por las Sociedades Económicas de Amigos del País, y desde el cual se podría negociar en términos favorables con las Cámaras comerciales regionales que se interesaran por el mercado americano. Esta gestión funcionaría con bastante éxito siempre y cuando no se sobrepasara el ámbito económico ni se reba-sara el radio regional. No debería sorprendernos el hecho de que la unidad plural del americanismo predicada desde Cataluña tuviera un límite en la cobertura de sus intereses prioritariamente económicos. La médula económica del proyecto acercó a la entidad a los extranjeros y a los residentes peninsulares en el exterior con los que se quería hacer negocios y establecer mayor intimidad. Quizás por ello, varios años después de fracasada la iniciativa catalana, Vehils aconsejó a los miembros de la CdAB desligarse de los americanistas de La Coruña y del cónsul chileno Ernesto Cadiz, que planeaban fundar en Galicia una Casa de América. 35 La propuesta barcelonesa de federar el americanismo en el ámbito de la sociedad civil, y la idea de enlazarlo con entidades surgidas al calor de la emigración española e incluso con intereses estrictamente latinoamericanos representó un salto cualitativo en el diseño catalán, pero coincidió con el ingreso del americanismo en un lugar importante en la agenda del poder y forzó a adoptar una dirección distinta a partir del año 1912. En ese año, los hombres de la CdAB, al tiempo que luchaban para que la federación no se extinguiera y publicitaban en Madrid y con el apoyo de Labra su visión del americanismo, 36 lanzaron otro ambicioso proyecto que terminó por absorber sus esfuerzos. El 10 de mayo de 1912 Vehils dio cuenta a la CdAB de los resultados de la comisión enviada a Zaragoza y a Madrid para planear la constitución de una federación de españoles residentes en América que debía tomar cuerpo a través de la propia CdAB. Para obtener el apoyo de los emigrantes radicados en el nuevo continente, Vehils se propuso encabezar una nueva misión a la América del Sur que recibiría el carácter de "oficial" por parte del gobierno, respaldado en esta oportunidad por el Ministerio de Fomento y de Estado. Cabe señalar que estos proyectos se mantuvieron y, en algunos casos, cambiaron, durante la República, hasta la crisis de la Guerra Civil. Véase el trabajo colectivo de Pérez Herrero, Pedro y Tabanera, Nuria (coord.): España/América Latina: Un siglo de políticas culturales, AIETI/Síntesis-OEI, Madrid, 1992; Tabanera, Nuria, Ilusiones y desencuentros: la acción diplomática republicana en Hispanoamérica (1931-1939), CEDEAL, Madrid, 1996; también Bernabéu Albert, Salvador: "El americanismo en el Centro de Estudios Históricos: Américo Castro y la creación de la Revista Tierra Firme (1935-1937)", ponencia presentada al Segundo Congreso Internacional de Instituciones Americanistas "Fondos documentales desde las independencias al bicentenario", realizado en Barcelona por la Casa Amèrica Catalunya, octubre de 2005; y su trabajo previo: "Un señor que llegó del Brasil": Americo Castro y la realidad histórica de América", Revista de Indias, 62, 226, 2002, págs. 651-674. AMERICANISMO ESPAÑOL (1909-1912) "misión", que llevaría a Vehils a Sudamérica antes de que se cumpliera una década del viaje inaugural de Rahola y Zulueta, 38 no reprodujo literalmente el espíritu comercial que había guiado a estos últimos en 1903. En realidad, detrás de la fachada fraternal de la misión comercial se contemplaba la idea de recaudar subvenciones para la futura federación entre de asociaciones españolas en América. 39 La consecuencia más importante de la misión de Vehils a Uruguay, Paraguay y la Argentina fue la conversión de la CdAB en una entidad de competencia internacional. Mediando la modificación estatutaria, la asociación privada americanista barcelonesa se convirtió desde entonces en una "oficina internacional económica, subvencionada por los gobiernos español y americanos". 40 Después de un año de reveses, podemos suponer que Vehils se sorprendió ante la aceptación externa de que gozaba su nuevo emprendimiento: la CdAB reencontraba así su camino y esta situación animaría a su eterno director a solicitar a Alfonso XIII que se sumase a la asociación catalana como presidente honorario. Una vez más, el recurso a los referentes americanistas o a miembros claves del panorama político español parecía rendir frutos. 41 En este contexto favorable se consiguió el auspicio del monarca para la celebración en Barcelona de una conferencia internacional iberoamericana de cámaras españolas de comercio, 42 proyecto que tendría que esperar al año 1923 para concretarse, resuelto ya el terrible bache de la Primera Guerra Mundial, consolidada la CHADE como la socia más importante de la CdAB con una cuota anual de más de 12.000 pesetas, y habiéndose incorporado Francesc Cambó -líder de la Lliga Regionalista, mecenas de la CdAB, y vicepresidente de la empresa de electricidad-al sistema gubernamental como Ministro de Fomento primero y de Hacienda después. Pluralismo y soporte estatal: dilemas y contradicciones del americanismo periférico Fruto del contexto ideológico finisecular y de una determinada forma de pensar la sociedad civil y el papel del Estado, uno de los grandes problemas del americanismo catalán y ovetense radicaba en resolver los dos dilemas encadenados que les planteaban sus ambiciosas aspiraciones que lo impulsaban, por un lado, a proyectar su propuesta allende su terruño, procurando atraer el interés de americanistas de otras regiones pero pretendiendo mantener la identidad de su iniciativa; y, por otro lado, a convocar la asistencia material y el apoyo político del Estado, pretendiendo mantener su autonomía y el control de sus gestiones y proyectos. Pese a lo arriesgado de este recurso al auxilio estatal que elevaron prematuramente tanto el americanismo ovetense como el catalán, lo cierto es que en la política interna del americanismo español existía este tipo de tensiones que terminaría por anular sus respectivas líneas de fuerza en un juego en el que sólo prevalecerían proyectos apoyados decididamente por la fuerza estatal. Las tensiones no eran muy diferentes de aquellas que afectaban a todos y cada uno de los aspectos de la política española de la época. Las desconfianzas que interfirieron en el desarrollo cooperativo del americanismo español no deben ser vistas como el resultado del "faccionalismo", sino como la expresión de un insoslayable conflicto de intereses y visiones del asunto que enfrentaban a los diferentes impulsores de este movimiento. De este modo, conflictos que oponían a los proyectos tenían un fundamento ideológico y territorial, pero también es imposible no ver en ellos la impronta, supuestos y limitaciones de aquellas fracciones de la burguesía española que diseñaron o avalaron, respectivamente, aquellas propuestas: la elite intelectual reformista, krausoinstitucionista y regeneracionista; los núcleos más dinámicos del comercio y finanzas orientados al mercado internacional y la elite política liberal-conservadora que dominaba el aparato estatal y garantizaba la estabilidad del sistema oligárquico de la Restauración. En efecto, la estrategia intelectual ovetense consideraba las instituciones estatales relativamente autónomas del influjo político y legitimadas por su campo específico de acción científica, centrado en las universidades, ámbitos ideales para el diseño y orientación de la política americanista racional. Desde esta perspectiva se desconfiaba del pragmatismo de la LUCES Y SOMBRAS DE DOS PARADIGMAS DEL AMERICANISMO ESPAÑOL (1909-1912) burocracia gubernamental -en un Estado estructurado por el caciquismo al que denunciaban por su venalidad-, como del asociacionismo regional que amparaba intereses económicos. El americanismo catalán representado por la CdAB, por su parte, impulsaba una fórmula de institucionalización no gubernamental que propugnaba la colaboración de todas las asociaciones americanistas, preservando los intereses españoles comunes a través de una fórmula federal que unificara la acción americanista sin cuestionar su pluralidad y heterogeneidad constitutiva y que lograra negociar con el Estado un equilibrio aceptable para los intereses regionales. Este americanismo, naturalmente antagónico con el de otros grupos, como el representado por la UIA, también era reacio a confiar plenamente la dirección de la política americanista a unos intelectuales asentados en instituciones universitarias solventadas por el Estado que, por lo demás, estaban lejos de haber asumido en conjunto los planteamientos del reformismo liberal y mucho más todavía de comprender las propuestas catalanas de la Lliga Regionalista de la que provenía la mayor parte de los miembros de la CdAB, en particular su director, Rafael Vehils. Frente a las alternativas que planteaban los americanistas de Barcelona y Oviedo, el Estado se mostraría propenso a apoyarse en la autoridad de la UIA y a favorecer, de manera tendenciosa, la centralización del movimiento que combinaba, en primer lugar, la cooptación de los intelectuales; en segundo lugar, la acotación de la acción americanista autónoma de algunos ámbitos universitarios que eran considerados molestos reductos de la oposición republicana y de la reacción confesional; y, en tercer lugar, el arrinconamiento sectorial de las instituciones existentes, procurando disuadirlas de cualquier pretensión de controlar la política americanista, capítulo de la política exterior y, por ende, potestad inalienable del Estado. Si la rivalidad latente entre modelos que propugnaban un desarrollo plural del americanismo -sin impugnar necesariamente su unidad-y aquel que se hacía fuerte en un proyecto unitario que centralizara los esfuerzos y garantizara la coherencia de una política de Estado que involucraba complejos aspectos diplomáticos, económicos, simbólicos, culturales e intelectuales debía derivar en inevitables fricciones y pujas, ello no fue óbice para que se manifestara otro tipo de rivalidades entre quienes compartían, en principio, más coincidencias que discrepancias. Los múltiples puntos de intersección que existían entre las iniciativas que avalaban la pluralidad, como la catalana y la asturiana, pero también las de menor rango y ambiciones como la gallega o la valenciana, no alcanzaron para coordinarse sin que afloraran posturas renuentes en el americanismo andaluz, mallorquín y vasco. Así pues, por encima de las coincidencias y colaboraciones, también Oviedo y Barcelona rivalizaron no sólo por el talante y orientación de sus proyectos, sino también porque ambas aspiraban a reclutar el apoyo de las reacias instituciones estatales y atraer inversiones del erario público. Las pretensiones hegemónicas y los importantes logros de asturianos y catalanes resultaron paradójicamente contraproducentes para cohesionar las expresiones periféricas del americanismo. Tanto la lealtad estatal de ambas iniciativas, como el supuesto ampliamente extendido entre la elite liberal-reformista de que el concurso del Estado era imprescindible para el éxito de cualquier proyecto asociativo crearon las condiciones para que muchos de sus referentes convalidaran, en última instancia, el avance estatal para absorber al movimiento americanista y evitar su disgregación. Más allá de la contraposición de intereses, ideas y personalidades, estos condicionantes ideológicos también contribuyeron a reorientar entre 1910 y 1911 los proyectos alternativos que aquí analizamos. En efecto, si bien la solidez del diseño ovetense no debe ponerse en duda, su realización demandaba una madurez institucional que no existía en la coyuntura finisecular española. En este marco, convocar el auxilio del Estado pretendiendo convencer a sus administradores de abstenerse de controlar políticamente los réditos del proyecto americanista resultaba aventurado. Sin embargo, los intelectuales ovetenses, inmersos en el horizonte social e ideológico del liberalismo-reformista, no pudieron sustraerse de tomar el desafío pedagógico de persuadir a la clase política de la racionalidad evidente de su propuesta, desatendiendo otras estrategias que, tal vez, podrían haber resultado más eficaces. La apuesta por el Estado eclipsó una vía más plausible para consolidar el americanismo coordinando esfuerzos con otras universidades e instituciones académicas españolas para construir, desde los márgenes, una alternativa a la centralización política y burocratización ministerial. En el caso catalán, las necesidades políticas hicieron que los hombres del Mercurio y de la CdAB se ocuparan en demasía de promover el favor gubernamental y de reclamar a un Estado centralizado y en proceso de consolidación, actitudes "federales" respecto de los intereses regionales. Así, por estas razones, por los intereses comerciales inmediatos que sostenían a la CdAB y por la necesidad de legitimarse, los americanistas catalanes prefirieron acercarse a los círculos políticos nacionales y a los ámbitos universitarios, académicos y culturales, antes que favorecer la multiplicación de otras Casas de América que habrían podido competir con LUCES Y SOMBRAS DE DOS PARADIGMAS DEL AMERICANISMO ESPAÑOL (1909-1912) AEA, 63, 2, julio-diciembre, 2006, 195-216. ISSN: 0210-5810 ella, pero que al mismo tiempo le habrían permitido conformar un polo de poder más consistente desde donde defender sus intereses. Las ambiciones totalizadoras que manifestaron tanto el americanismo catalán como el asturiano alarmaron al Estado y expandieron su competencia a campos que no controlaban pero pretendían dominar de manera hegemónica. La interacción de estos factores estructurales y coyunturales coadyuvó a que el movimiento americanista se debilitara tras su momento de máxima fortaleza -tras el retorno de Rafael Altamira de su expedición continental y al proyectarse la fundación de la CdAB-, y agotara el prestigio que con tanto trabajo había ganado y sus limitadas energías en una vigorosa invocación de la asistencia estatal. La coyuntura de 1910-1912 dispersó en parte el americanismo ovetense, acotó el movimiento catalán y fue el preludio del avance estatal sobre este movimiento en los años de la dictadura de Primo de Rivera y, luego, durante el régimen franquista, bajo la inspiración de una concepción alejada de los presupuestos liberales, reformistas y progresistas que habían orientado al americanismo español entre 1898 y 1923.
Este trabajo forma parte de un proyecto más amplio, "Personajes y Escenarios Espacio-Temporales en la Construcción de la Actividad Científica-Técnica Nacional". 1 En esa investigación partimos del análisis histórico-social de los personajes que contribuyeron con su obra escrita a la conformación y desarrollo de la ciencia y la técnica en México en diferentes espacios temporales, desde la etapa colonial hasta el México contemporáneo. Buscamos justificar la actuación de los autores de obra publicada en diferentes tipos y escenarios de organización social, los cuales, a partir de la existencia de estamentos ocupacionales durante los dos primeros siglos coloniales, derivaron, paulatinamente, en las comunidades profesionales y científicas de sucesivos espacios temporales. En todos ellos propugnamos por poner de manifiesto la existencia de los rasgos característicos de conformación de una ciencia nacional. Fueron éstos incipientes en las primeras etapas y se dieron, fundamentalmente, a través de la vinculación de la ciencia y la técnica con la búsqueda de solución a los problemas de la naciente sociedad novohispana, a la domesticación de las tendencias científicas y técnicas europeas a las necesidades novohispanas, así como a la incorporación de las contribuciones autóctonas a la ciencia europea. Estos rasgos iniciales devinieron, en las siguientes etapas de desarrollo social y económico, en auténticos y originales aportes de una actividad científica y técnica producida en el escenario de finales de la etapa colonial y de los sucesivos espacios y escenarios de la sociedad mexicana independiente y contemporánea. Ha sido así cómo, a partir del conocimiento de las actividades, la vida y las contribuciones científicas y/o técnicas de los personajes que nos legaron obra impresa, y, fundamentalmente, mediante la consulta de fuentes primarias, podemos, paulatinamente, conocer los tipos de organización social en que se movieron y la dinámica que daría lugar a una evidente ciencia novohispana. En la presente investigación analizamos esas características solamente para aquellos personajes que, durante el siglo XVII, produjeron obra impresa en el campo de la minería y la metalurgia. En algunos otros trabajos hemos estudiado los aportes de los letrados en el ámbito de otras áreas del conocimiento, en particular a la ciencia jurídica y a la técnica empleada en las obras del desagüe de la ciudad de México. 2 En uno más, el de los técnicos y científicos vinculados con la astronomía y la astrología. La temática minera en la Nueva España Durante el siglo XVI no se publican, que esté registrado en las bibliografías, obras sobre minería, si bien no hay duda acerca del desarrollo práctico de esa actividad a lo largo del primer siglo colonial. Durante ese periodo se colocan los fundamentos para el desenvolvimiento social y económico de esa rama de la actividad. Se dio esto, por un lado, a través de las exploraciones y descubrimientos de minas y el establecimientos de nuevos reales y, por otro, a partir de la enorme y significativa aportación técnica de Bartolomé de Medina al beneficio de la plata y su mayor y mejor aprovechamiento, procedimiento que fue adoptado y aplicado no sólo en la estructura minera de la Nueva España, también en el resto de las colonias españolas de ultramar. Pero, a pesar del enorme aporte de Bartolomé de Medina al incremento de la explotación minera, este experto no dejó documento escrito alguno. Y, de acuerdo a la delimitación metodológica de este proyecto de investigación, que parte de considerar, en esta etapa, exclusivamente a los constructores de la ciencia y la técnica nacionales que legaron obra impresa, no incluimos en este trabajo el estudio sobre Bartolomé de Medina, si bien ya ha sido incipientemente estudiado por nosotros en otro momento del desarrollo de nuestra línea de investigación. 4 Durante el siglo XVII y a lo largo del periodo que cubre esta investigación, 1600 a 1685, solamente figuran tres personajes como autores de obras vinculadas con aspectos de la minería y la metalurgia. En la vida y obra del primero de ellos, don Luis de Berrio y Montalvo, encontramos, de nuevo, uno de los rasgos característicos de los letrados que desarrollaron sus actividades en la Nueva España de los dos primeros siglos coloniales: su vinculación con problemas que emergieron de esa sociedad en formación. En otros trabajos de investigación hemos analizado la participación de los letrados en la búsqueda de solución a la problemática que significó el desagüe de la ciudad capital y las derivaciones que de esas tareas se centraron en conocimientos técnicos y científicos. El presente artículo está dedicado a analizar, en su primera parte, el aporte que uno de los miembros del estamento de los letrados dio a la construcción de la técnica minera y el saber metalúrgico. En la segunda, las contribuciones que provinieron de otros dos autores, no letrados, un médico y un militar. En los tres casos buscaremos las repercusiones de sus libros en la actividad minera novohispana. Presentamos los estudios de la vida y obra de los tres personajes en el orden cronológico que marca el año de impresión de su primera obra publicada. Es así como el primero de ellos lo fue: Luis Berrio de Montalbo De acuerdo a la bibliografía que hemos consultado sobre el tema minero podemos asegurar que las fuentes primarias localizadas para esta investigación no han sido, hasta ahora, analizadas y expuestas en la amplitud que lo hacemos ahora. 5 De aquí que consideremos de utilidad para la construcción de la ciencia y técnicas novohispanas contribuir con un amplio análisis de la vida y obra de este personaje, el cual se ubica, sin duda alguna, como un funcionario y técnico a la medida de los requerimientos que exigía el funcionamiento del estamento de los letrados que prestaban sus servicios en el ámbito colonial. Si bien se trató de funcionarios de alto rango que estaban totalmente sujetos a las normas de la administración central metropolitana, el rasgo que los distingue y ubica en la construcción de una ciencia o técnica novohispanas y, por lo tanto, raíz de la nacional, es su grado de inserción en el contexto social en el que realizaban sus tareas, manifiesto por la búsqueda de solución a problemáticas surgidas en esa sociedad. Don Luis fue español. Nació en 1597 según información propia, 6 muy probablemente en Osuna o en Sevilla, y realizó sus estudios de bachiller en cánones en la Universidad de Osuna y de licenciado en la de Sevilla. 7 Como todos los letrados, inició su actividad profesional en la metrópoli. Su primer nombramiento fue el de oidor en la Audiencia de Sevilla; su desempeño en ese cargo le confirió la experiencia que más tarde le valdría ascensos en la administración novohispana. Según palabras de su hijo Luis, en la Audiencia sevillana, su padre: "...defendió muchos pleitos y causas con gran opinión y aprobación de todos, haciendo muchas informaciones en derecho, y en particular un tratado en defensa de la dicha 5 Nuestro análisis está basado en los ricos materiales encontrados en el Archivo General de Indias de Sevilla (AGI, en adelante), complementados con los del Archivo General de la Nación de México (AGN, en adelante). Algunas fuentes también las ha estudiado Manuel Castillo Martos en su artículo: "Minería y metalurgia de azogue en la Nueva España (siglo XVII)", QUIPU, Revista Latinoamericana de Historia de las Ciencias y la Tecnología, vol. 12, núm. 1, México, enero-abril de 1999, págs.7-24. ciudad y de una provisión en que hizo un memorial de las casas de ella para repartirles el gasto del reparo de sus murallas para defensa de las avenidas del Río..." 8 En el año de 1627, el conde de Puebla lo nombró alcalde mayor de justicia de la Villa de Constantina, cercana a la capital andaluza, "en donde prendió muchos delincuentes y castigó pecados públicos, y hizo otros servicios de importancia..." Dos años más tarde fue teniente de asistente de Sevilla y estuvo en el cargo más de cinco años, ejerciéndolo: "...con la aprobación del Consejo Real de Castilla, hasta abril de 1634 con mucha aprobación, hallándose en muchos cabildos, presidiendo en la Ciudad en muchas ausencias y ocupaciones del Asistente, donde hubo grande concurso de negocios, y prendió a algunos que falseaban la moneda y acudió al Gobierno de la Ciudad...trabajó mucho con aprobación del Asistente, Ciudad y su Audiencia, pidió un donativo en Triana y juntó cantidad considerable que depositó en poder del depositario de él; remedió algunos incendios, defendió la jurisdicción Real...". 9 No sólo desempeñó su propio cargo, también lo hizo con el de un compañero ausente. Recibió el reconocimiento del asistente de Sevilla, que lo era, para el año de 1634, el conde de Salvatierra, quien más tarde sería virrey de la Nueva España y se convertiría en su benefactor durante su largo periodo al frente del reino novohispano. 10 Fue sólo después de haber comprobado su capacidad como abogado y administrador y haber sido "declarado buen juez en su residencia", cuando fue promovido a un nuevo cargo, ahora en el Nuevo Mundo, el de alcalde del crimen de la Real Audiencia de la Ciudad de México. Don Luis pasó a la Nueva España a principios de 1636 y se le autorizó a embarcarse en Sanlúcar de Barrameda o en Cádiz. Su licencia de embarque acredita algunos datos familiares, entre otros que su madre se llamó doña Jerónima de Montalbo y que se le autorizó a llevar consigo: Francisco de Soto, natural de Balboa, feligresía de Santa María de la Mar, diócesis de Orense, hijo de Bartolomé de Soto y de Francisca López, Juan Sánchez de Tobar, natural de la Villa de Auñón, hijo de Felipe Sánchez Tobar y de Inés Sánchez. Doña Victoria de León, natural de Lucena, mujer de Juan de Tobar, hija de Cristóbal de León y de doña Elvira Clavijo y Montenegro, Las cuales dichas seis personas se despacharon a la provincia de Nueva España, la dicha doña Beatriz de Montalbo por la tía abuela del dicho Alcalde y los demás por solteros y criados suyos y de su mujer y los de Juan Sánchez Tobar y doña Victoria de León y las cuales, por cédula de S.M. y nombramiento de criados, se despachen en cualquiera nao de la flota". 11 En reconocimiento a los servicios que había prestado a la judicatura y administración metropolitanas recibió su nuevo nombramiento real, que dice, en parte de su texto: "Don Phelipe....teniendo consideración a la suficiencia y buenas letras de Vos, el licenciado Don Luis Berrio Montalvo y lo que me habéis servido y espero lo haréis, he tenido por bien y es mi merced que agora y de aquí adelante cuanto mi voluntad fuere, seáis mi alcalde de crimen de mi Audiencia Real de la Ciudad de México de la Nueva España en lugar y por promoción de el Doctor Don Matías de Peralta a la plaza de oidor que ha vacado en la Audiencia por jubilación del Doctor Lorenzo de Terrones y que como tal mi alcalde de ella podáis celebrar, conocer y determinar todos los pleitos y causas criminales que vinieren y están comenzados ante mis alcaldes de la dicha Audiencia...". 12 Se le pidió rindiera el juramento acostumbrado ante la Audiencia de México. Su sueldo anual le fue fijado en ochocientos mil maravedíes. Se le pagaría por los oficiales de la Real Hacienda de la ciudad de México en los mismos tiempos que se pagaba a los otros alcaldes del crimen. Berrio disfrutaría de su salario desde el día que se hiciera a la vela en alguno de los puertos de Sanlúcar de Barrameda o Cádiz. Como era usual, hizo los pagos correspondientes a la "media annata" aún en España. Como letrado en la Nueva España Don Luis y su familia debieron haber llegado a su nueva residencia probablemente hacia mediados de 1636 y de hecho inició su desempeño administrativo y jurídico como alcalde del crimen en agosto de ese año, si bien había sido el 30 de octubre del año anterior cuando se le expidió su nombramiento en San Lorenzo el Real. Por entonces el escenario novohispano13 presentaba estas características: desde 1633 se habían acrecentado las actividades de los piratas holandeses y en noviembre de 1634 una real cédula prohibió el comercio con el Perú. Los indios seguían muriéndose, no sólo por el azote del cocoliztli y otras epidemias, también por situaciones coyunturales, como las inundaciones de la capital y las sequías en el Septentrión y, con frecuencia, por explotación humana en reales de minas, haciendas y otros enclaves. El abastecimiento de mercurio para las minas de plata escaseaba más que nunca; pero, sin embargo, muchos naturales trabajaban en las minas como asalariados e inclusive, en ciertas regiones, como en el Septentrión, disfrutando de ciertos privilegios en la extracción del mineral, como la pepena, que les permitía obtener ciertas ganancias. En 1638, el virrey marqués de Cadereyta escribió al Consejo de Hacienda su preocupación por la carencia de azogue. Como veremos, Berrio también la percibió y como buen funcionario real a la medida de los intereses metropolitanos, pero también locales, parte de su quehacer como administrador y empresario en ciernes fue procurar reducir esta preocupante situación que afectaba en buena medida el desarrollo de la principal actividad económica de la Nueva España. Una de las medidas financieras más importantes de la época fue la que, a partir de 1637, con antecedentes desde 1626, se relacionó con la recaudación de fondos para el funcionamiento de la Armada de Barlovento y Seno Mexicano, destinada a proteger las costas del Caribe y del sureste mexicano: Yucatán, Campeche, Tabasco y Veracruz, con una cantidad nada insignificante, sobre los 200 mil pesos anuales y que, en gran medida, procedían de impuestos, pero también de ganancias mineras. El cabildo de la ciudad de México tomó sus providencias a fin de preservar, para las obras de su desagüe, las tasas impositivas que provenían del vino y que se recaudaban en la ciudad capital y cinco leguas en su contorno, las cuales no deberían ser destinadas a completar los dineros que cubrirían las cuotas para la Armada de Barlovento. También hacia los años treinta del siglo XVII, el cabildo y regimiento de la ciudad capital expuso al virrey los grandes problemas que aquejaban a la Nueva España y que estaban, entre sí, estrechamente relacionados. Por supuesto el cabildo consideró de primordial importancia la difícil situación de la ciudad, cuya pérdida repercutiría en el resto del reino a partir de un centralismo imperante y efectivo, de ahí que situara como primer problema el de la conservación y aseguramiento de la ciudad capital frente a sus inundaciones periódicas. El segundo, que en términos sociales, realmente, constituía el nuclear y fundamental, se centró en torno a la necesidad de sostener y conservar a la población indígena. Para aquella época y como lo fue durante toda la Colonia, eran los indios la base fundamental de las actividades económicas y, por lo tanto, de la riqueza del reino. De ellos escribe el cabildo: "son los indios quienes elaboran las minas de oro y plata y demás metales, cultivan las tierras, crían los ganados y son fielmente quienes benefician y cogen todos los géneros de que se compone toda la riqueza y sustento de la Nueva España". Preocupaba, especialmente en la capital, pero desde luego también en el resto de la Nueva España, la disminución de la población autóctona que se debía, principalmente, al desamparo en que se encontraba y que se centraba en la poca atención que se les brindaba a sus miembros en los siguientes aspectos: el excesivo consumo de bebidas alcohólicas, en términos generales lo que se conocía como "el chinguirito" y en la capital la ingestión del "tepache", que les debilitaba en una gran medida por "ser contrarias a su temperamento" y les exponía a enfermedades, las cuales, a su vez, no se atendían por carecer en los poblados indígenas de hospitales, médicos y medicinas; la falta de apoyo y socorro de los justicias, gobernadores y doctrineros y, por último, su muy escasa alimentación, pues "su comida es una tortilla de maíz y chile lo más ordinario". Como otro de los problemas graves se menciona la necesidad imperiosa de conservar el funcionamiento de las minas y el aumento de su producción, para lo cual se hacía indispensable resolver algunos problemas específicos, entre ellos, mantener a los indios en la explotación minera, dar a los mineros las concesiones por más de los dos años que entonces tenían y procurar que, quienes explotaran las minas tuvieran suficientes recursos económicos y pudieran contar con mayor cantidad de azogue. Finalmente, el último problema consistió en evitar el declive en que se encontraba la producción agraria, principalmente debido al retiro del repartimiento de indios a las haciendas agrícolas o "de panes" y al incremento en el precio de las semillas. Este interesante reporte del estado del reino fue presentado por don Fernando Alfonso Carrillo, escribano mayor del cabildo metropolitano en su sesión del 21 de julio de 1636. "La ciudad", desde luego, se lo dio a conocer al virrey marqués de Cadereyta.14 Sus tareas en la administración La labor de Berrio durante el tiempo que sirvió el cargo antes de ser promovido al de oidor en 1656 fue variada y de total entrega al servicio real como correspondía a todo miembro del estamento de los letrados. Durante los primeros años en su cargo inicial, el de alcalde del crimen, se dio cuenta de que en la práctica jurídica que se realizaba en la Real Audiencia se había establecido ya un vicio en los casos de competencia entre los jueces eclesiásticos y los civiles que defendían la jurisdicción real. Consistía en que los casos de reos refugiados en una iglesia quedaban sujetos a juicio sólo por juez eclesiástico sin dar parte al ordinario o civil y con ello se restaba injerencia a la jurisdicción real o civil. La preocupación de Berrio fue, desde luego, la de restablecer en la Nueva España la observancia de una aplicación jurídica correcta y ajustada a derecho. Debido a ello escribió directamente al rey, dándole a conocer la situación que existía en "esa, su Real Audiencia". Berrio insistió en que era conveniente contar con una cédula real que dejara en claro ambas jurisdicciones y así recomendó: "...que cada una conforme a los sagrados cánones y leyes de los Reynos de Vuestra Majestad y la cédula real del 15 de abril de 1619 (que los eclesiásticos que están, sean absolutamente en su favor) conozcan que no se usurpe a la otra jurisdicción lo que le toca, que por esta causa queden los delitos sin castigo ". 15 Debido a su oposición a que continuara este vicio jurídico y a las causas en las cuales había participado, Berrio fue excomulgado en 1638, si bien el castigo eclesiástico se le levantó por algunos días. En relación con esta situación personal, el alcalde del crimen insistió en "que los ánimos de la justicia real están tan amilanados que en muchos delitos alevosos de quiebra de mercaderes con grandes alzamientos, no se atreven a sacarlos de sus retraimientos". En 1640, desempeñando el mismo puesto de alcalde de corte de lo criminal, Berrio presentó, durante el mes de mayo del mismo año, sus títulos para ser incorporados en la Real y Pontificia Universidad. Fue su padrino de incorporación el decano de la facultad y quedó como doctor de la institución después de haber jurado guardar los estatutos y defender la doctrina de la Inmaculada Concepción. 16 Dos años más tarde, el 2 de julio, se incorporó a la facultad de Cánones de la misma institución y, como era lo usual para los miembros de la Real Audiencia, no quedó sujeto a acto literario o académico alguno; sin embargo, sí ostentó el grado de doctor por esa Universidad. Permaneció en el mismo cargo de alcalde de corte del crimen hasta que fue promovido al de oidor el 13 de septiembre de 1656. Durante ese lapso de 20 años gozó, simultáneamente, de varias comisiones. En su "relación de servicios y méritos" queda claro que: "...Y habiendo pasado a la Nueva España, sirvió en la plaza de Alcalde del Crimen de la Audiencia de México desde agosto de 1636, llegando a ser el más antiguo y fue Auditor General de la Guerra en la Nueva España y los virreyes de ella le dieron diferentes comisiones en la Veracruz, y otras partes y para cobranzas de la Real Hacienda; fue Juez del Estado del Valle y sirvió a S.M. en la composición de las tierras y en los asientos de las alcabalas, naipes, papel sellado y otros, y fue Juez Administrador de todas las minas de la Nueva España y Juez del Pulque...". 17 Su protector, el virrey García Sarmiento de Sotomayor, conde de Salvatierra, fue quien lo designó en el importante cargo de juez comisario, auditor general de la guerra y de la Armada de Barlovento. El nombramiento le fue expedido el 20 de diciembre de 164218 y en él queda claro que el cargo lo había dejado vacante don Pedro de Oros, quien pasó a habilitar la Caja de Zacatecas. Ante la necesidad de que fueran atendidos los asuntos pendientes en el juzgado de la guerra y, desde luego, "atendiendo a las partes de autoridad, letras y prudencia y las demás que concurren en la persona del dicho señor don Luis de Berrio y Montalvo" y al conocimiento que se tenía de su experiencia en tratar "causas y materia de la guerra" y su ya larga experiencia de diez años a la parte en oficios de justicia, tanto en España como en la Nueva España bajo las administraciones de varios virreyes, fue que el gobernante en funciones, conde de Salvatierra, le otorgó el nombramiento. Durante el año de 1643 participó en su calidad de alcalde de corte en quince diferentes decisiones para que el virrey pudiera admitir las solicitudes de particulares y poblados de tierras y aguas, fijándoles el pago que deberían cubrir para poder gozar de esos derechos en sus posesiones de haciendas o poblaciones. 19 En el mismo año Berrio también participó para determinar el monto que se debería asignar al oficio de receptor de la Real Audiencia, mismo que quedó vacante en diciembre de 1643 y se fijó en dos mil cuatrocientos pesos de oro común. 20 Se trató en estos casos de actividades rutinarias, pero de una cierta significación económica y social. Durante el último mes de 1643 el virrey conde de Salvatierra lo nombró juez del pulque de la ciudad de México y cinco leguas en su contorno. El disfrute de este cargo le otorgaba recibir los derechos que provenían de las condenas que permitían las ordenanzas y tenía la facultad de nombrar al escribano y alguacil correspondientes. Desde luego que tuvo que pagar la tasa impositiva de la media annata. 21 Dos de sus comisiones consistieron en visitar a principios de 1644 las tierras del Marquesado del Valle de Oaxaca y de la villa de Cuernavaca, para constatar los descubrimientos de minas que se habían realizado en esos sitios y cuyas labores no se habían puesto en ejecución por pertenecer al "Señorío". En la misma ocasión se le comisionó para visitar y revisar las plantaciones de caña y otras plantas y el funcionamiento de los ingenios y trapiches que en ellas funcionaban. 22 Para junio del mismo año intervino en asuntos relacionados con los abastos de las carnicerías de la ciudad capital. Sus actividades mineras y metalúrgicas El 22 de septiembre de 1643, Berrio fue designado juez administrador de las minas de la Nueva España por provisión real. Durante los siguientes meses de ese año debió haber conocido la existencia de unas olvidadas minas que se habían registrado en 1630 e hizo ensayar y probar el contenido de azogue "de sus metales". Los resultados de sus ensayos parecían prometer que eran ricas. Al respecto escribe el virrey, García Sarmiento de Montemayor, conde de Salvatierra: "...de las cuales había sacado a razón de 18 onzas de azogue por quintal de piedra superficial que denotaban habían de ser dichas minas muy ricas de azogue en lo profundo donde se conjura con humedad y en su centro con menos en relación que la que causa el calor en la superficie.. Ya desde principios de 1644, Berrio manifestó un interés decidido en hacerse cargo de la explotación de esas minas de azogue, así como por experimentar su empleo en la extracción de la plata con ahorro de aquella materia prima. Al iniciarse ese año, el mismo virrey expresó ese interés de su protegido al escribir lo siguiente: "...se demuestra el hecho de que el licenciado Berrio, alcalde del crimen, ha tomado particular cuidado y estudio y afecto, llevando a su casa a Pedro de Mendoza para facilitarle las experiencias para la extracción del metal con menor pérdida de azogue". 25 En su carta el virrey explica que ha asistido a los experimentos en las minas y que por ello ha comisionado a Berrio para que, con su experiencia y conocimientos, asista a la continuación de las pruebas en las minas de Pachuca y Taxco. Fue en ese momento cuando don Luis adquirió conocimiento tanto de ciertos aspectos técnicos sobre el beneficio de la plata, como del funcionamiento de las minas. Este es el argumento fundamental que nos inclina a considerar que la obra que ha sido considerada como su primer trabajo impreso26 no fue tal, pues no pudo haber aparecido en la fecha que le asignan los bibliógrafos: 1634, año en que, por encontrarse en el servicio real como teniente del asistente en la ciudad de Sevilla, obviamente no conocía las minas de Taxco y tampoco había adquirido experiencia en la actividad minera. Sencillamente se trata o bien de un error tipográfico al invertir las dos segundas cifras del año de impresión (1643 por 1634), o bien no existió tal obra y el "Informe" es tan sólo parte de su libro fundamental de largo título. 27 El interés del virrey en el trabajo de su protegido se manifiesta en la visita que realizó a las minas. En ellas, el entonces aún alcalde del crimen le demostró a la máxima autoridad virreinal, "in situ", el beneficio mediante la preparación de los metales con "sal y magistral amasado y cocido en agua de jarillas o barillas". Posteriormente, en su libro, Berrio, además de incluir una consideración metalúrgica, también procedió a describir este método que contribuiría a una menor pérdida del azogue en el procedimiento de beneficio de la plata, el oro y otros metales. 28 Durante sus años como miembro de los letrados y con cargos oficiales en la Real Audiencia, don Luis dedicó parte de sus actividades a lo que fue su principal interés y afición científica y técnica, la explotación y administración de minas de azogue y el manejo de ese material fundamental para el beneficio de la plata. Hacia finales de 1645, quien era simultáneamente alcalde del crimen y juez administrador de las minas de la Nueva España, rescató e hizo trabajos de ensaye en las de azogue situadas en el distrito de Ajuchitlán, a cuarenta leguas de la ciudad de México hacia el rumbo de Michoacán. Dichas minas habían sido descubiertas y fundadas en 1630 por el dominico Alonso Paez y su hermano don Cristóbal de Paez y Montoya. Para sustentar el apoyo que el virrey Salvatierra daría a Berrio, le escribió al rey lo siguiente: "...como me consta de los autos y memorial primero presentado por ellos (los hermanos Paez) en 16 de febrero de 1630 de que hacía demostración. Pidiendo me oyesen las partes y como quiera que esta materia siendo tan del servicio de S.M. estuviese olvidada y constándome por dichos Autos fechos en tiempos de los señores virreyes mis antecesores eran ciertas las dichas minas que se habían sacado en diferentes ensayos en ellas fechos a catorce onzas de azogue por quintal de piedra así en tiempo del Sr. Virrey, Marqués de Cerralbo como en el de Cadereyta que se hicieron en esta Ciudad en presencia de oficiales reales y otros ministros mando en Junta de Hacienda, dar diez mil pesos para la fundación a los primeros...". 29 Poco después del descubrimiento de las minas de azogue, el dominico Alonso de Paez se había presentado ante la Audiencia para asegurar que, a través de las minas descubiertas, quería "hacer servicio al rey". 30 Las actividades de Berrio en este trabajo minero, resumidamente, fueron las 28 Bargalló, Modesto: La Minería y la Metalurgia en la América Española durante la Época Colonial, México-Buenos Aires, 1955, págs. 167-170. MARÍA LUISA RODRÍGUEZ-SALA siguientes: El día 2 de enero de 1646 inició el trabajo de rescate de estas minas, el cual se fundamentó, precisamente, en la firma de una nueva petición por parte de sus originales concesionarios. Berrio presentó un informe el 2 de febrero de ese año, en el cual, no sólo justificó la riqueza en azogue de las minas, también solicitó, ya expresamente, lo conveniente que sería al servicio de la Corona la fundación de un "real y población" y los requerimientos económicos para realizarlo. Las peticiones de Berrio se centraron en disponer, cuando menos, de diez mil pesos para la fundación y rescate de las vetas que estuvieren cateadas y no cateadas y de la población que quedaría anexa al real y el poder contar con repartimiento de indios para el trabajo en la mina. Una vez que se vio su "Informe" en una o dos juntas, el 17 de febrero, el fiscal, la autoridad encargada de presentar las objeciones y ajustar las cuentas, desde luego, siempre a favor de la Real Hacienda y en contra de los solicitantes, opinó que Berrio procediese a la fundación a su propio costo y sin hacer cargo alguno a la Hacienda de su Majestad. Si bien a Berrio no debió satisfacer en nada esta decisión, la aceptó y tan sólo pidió que, a cuenta de los beneficios de la mina, se le facilitaran tres mil pesos para iniciar los trabajos. El 28 del mismo mes el virrey le otorgó, no sólo comisión para ausentarse, amparada en el cargo que ostentaba de juez administrador de las minas de la Nueva España, también le apoyó para que fundara el real y la población. Fue así como le autorizó a dar a los fundadores y pobladores las mismas prerrogativas que habían tenido quienes fundaran las minas de Huancavelica. Son interesantes las palabras que escribió el virrey a Berrio en su carta de comisión: "...vaya y lleve en su compañía al dicho Fray Alonso Paez y a don Cristóbal Paez, su hermano, o a cualquiera de ellos al sitio de Ajuchitlán, donde haga y funde el dicho Real de minas de azogue y población de Nuestra Señora de la Pura y Limpia Concepción, en el sitio y lugar que más a propósito le pareciere, aunque sea el puesto donde fue el pueblo que se llamó de San Gregorio que hoy está despoblado y reparta a los pobladores, montes y aguas del servicio de las dichas minas y tierras que estuvieren baldías y sin dueños para sus sembrados y les conceda las franquezas, excepciones y libertades que se concedieron y están concedidas a los pobladores de Guancavelica, así para que gocen de mercados y tiangues francos y demás ventas ordinarias del trato del dicho Real, para los alimentos y vestir de sus pobladores como para que no tuvieren los que trabajasen en dichas minas según y como no tributan los que trabajan. En la de particulares que yo, en nombre de Su Majestad, se las concedo; y así mismo haga repartimiento de indios en los lugares donde no los hubiere, de salarios y pagas conforme le pareciere; que señale las ocupaciones de mayordomos azogueros, guardaminas y otras que convinieren; haga labrar las vetas que eligieren en el fondo y estados que para elegir continuación de las más MINERÍA Y METALURGIA EN LA NUEVA ESPAÑA DEL SIGLO XVII ricas le pareciere, así en el dicho sitios que han señalado los descubridores, como siguiendo lo que ha propuesto; que haga así mismo los hornos de poder sacar azogue con menos costo...". 31 Para la época el poder disponer del azogue fue de una enorme importancia para la economía de la metrópoli y de sus colonias. Se debió, por un lado, a la proliferación de los descubrimientos mineros en la región septentrional novohispana y, por otro, para mantener productivos los reales ya existentes. Sin duda que la Corona estaba fuertemente interesada en que la extracción del azogue en la Nueva España fuera exitosa. Fue por ello que la nueva y, aparentemente, rica mina rescatada por Berrio, como se ve por el texto anterior, recibió un significativo apoyo oficial dentro de las limitaciones de una economía española bastante exigua. Sin embargo, gracias a ese auspicio, la mina se mantuvo algún tiempo hasta que las autoridades conocieron que la riqueza de sus vetas no era tan espectacular como la había previsto el propio Berrio. Acerca del rendimiento de este mineral y del que correspondió a la concesión dada a Berrio contamos con un amplio y valioso análisis en el recién publicado trabajo del profesor Castillo Martos. 32 Es interesante consignar que Berrio trabajó en las minas durante varios años y que, además del apoyo oficial, él mismo aportó parte de su salario como miembro de la Real Audiencia para el sostenimiento de los trabajos mineros. Así, sabemos que para el 4 de agosto de 1646 y desde las "Minas de la Limpia Concepción", Berrio envió lo que probablemente fue su primer informe de trabajo. En él da cuenta de la primera mina, llamada del Rosario, la que ya había sido trabajada por los indios; también de los inicios del trabajo en "las vetas ricas". Para hacerlo posible hubo necesidad de limpiar esta mina con gran riesgo, pero se realizó en más de 30 varas de largo, se instalaron lumbreras para iluminación directa y se limpiaron sus circunferencias. En la mina de la Santísima Trinidad se construyeron jacales y habitaciones para más de 60 personas y "dos hornos de azosegar y se compró herramienta por dos mil pesos". Berrio proporciona en este "Informe" una brevísima descripción del entorno geográfico. Escribió que en el sitio existían bosques, la leña abundaba y se había encauzado el agua para el servicio de los propios indios y de la recién fundada población. Berrio procedió a invitar a los mineros y consejeros de minas de Tetela para visitar las nuevas y tener ocasión de 31 Ibídem y AGN, Reales Cédulas Duplicadas, vol. 17, exp. 32 Véase, Castillo Martos, "Minería y metalurgia...". MARÍA LUISA RODRÍGUEZ-SALA expresar su opinión sobre el avance de su comisión en la nueva fundación. Aquéllos, que respondieron a la invitación de Berrio, proporcionaron buenos informes sobre la labor hasta entonces realizada. Durante su primera estancia en las minas, la labor de Berrio consistió en lo siguiente: la ampliación de las vetas, el descubrimiento de nuevas minas dentro del mismo circuito, la fundación de poblados y la instrumentación de una adecuada explotación del material, a través de la construcción de los hornos adecuados. Para esta tarea técnica, Berrio siguió las recomendaciones de Jorge Bauer, el llamado "Agrícola", expresada en su "De Re Metalica". A ello aunó sus propias experiencias técnicas. Según uno de sus escritos, los hornos los había fabricado "a su costa; con otro estilo de los de Huancabelica...el intento principal de los hornos por él hechos ha sido excusar vasos, cuya certeza y facilidad para todos ahorros es constante, pues al presente hay 40 mineros en Huancabelica que tienen a seis y a doce baños cada uno que sirven todos los días, con 24 de estos nuevos hornos se daría azogue a todo el Reyno sin que requieran de reparos ni hacerlos de nuevo continuamente como se hace en Huancabelica...". 33 En este terreno señaló, constante y claramente, la diferenciación de sus procedimientos, especialmente los que se referían a la construcción de los hornos y que hacía que se distinguieran de los que se empleaban en las famosas minas peruanas. Inclusive, llegó a manifestar lo importante que sería el que trabajadores de aquella región vinieran a conocer sus procedimientos. Berrio nos introduce con más éxito en su técnica metalúrgica al entregarnos unos bellos dibujos de sus hornos. 34 También es significativo en la personalidad de Berrio el hecho de haber conocido y reconocido el trabajo anterior de los naturales de la región en la explotación del azogue. Inclusive, en sus manuscritos menciona los términos con que se designaba al material en algunos idiomas indígenas: "los gentiles ya conocían el azogue y le daban nombre que era igual al castellano "agua de plata", en tarasco se le llamaba "icitayacata" y en cuitlateco "eumhali". 35 En 1647 recibió apoyo del mismo rey, 36 quien pidió a su virrey, el conde de Salvatierra, que enviara a Berrio los indios que 33 AGI, México, 264: "Cartas y Expedientes sobre la comisión de visitar las minas de azogue de Nueva España que tuvo don Luis Berrio". En el tercero de sus manuscritos menciona, en relación a los hornos de Guancabelica, que éstos fueron tomados de la estampa de Agrícola: "en el libro 9. de Re Metálica de los cinco modos que pone de desazogar el 2o., pag. 34 necesitaba para continuar la explotación de las prometedoras vetas. La decisión real estuvo avalada por la opinión del Consejo de Indias Berrio no dejó pasar por alto la supervisión que hizo a las minas el oidor Gaspar Fernández de Castro. Sin embargo, serían los resultados de los ensayes que hizo este oidor, los que a la postre limitarían el apoyo oficial que se brindó a Berrio. En esa ocasión citó cómo el visitador se llevó buena impresión e información sobre la producción y que conoció, también, cómo esas mismas minas ya habían sido trabajadas por la gentilidad. Berrio escribió que la extensión por la cual se podían localizar las vetas era de, aproximadamente, un circuito de 50 leguas. 37 Don Luis permaneció en la administración de las minas y en el real de la Concepción hasta 1650, año en el cual retornó a la capital a servir su plaza en la Real Audiencia. Su preocupación por el futuro de las minas lo plasmó en el "Informe" que rindió en 1651, en el cual pormenorizó sus actividades e insistió en la importancia de la extracción del azogue para la actividad minera de la Nueva España. Este trabajo está considerado, bibliográficamente, como su tercera obra, pero como he asentado anteriormente debe considerársela como la segunda. El "Informe" lo dirigió al virrey conde de Alva de Aliste e incluye, adicionalmente, una relación de las cartas que envió al Real Consejo de Indias sobre la materia del azogue y la minería. 38 En sucesivos documentos-informes del propio Berrio correspondientes a los años de 1650 y 1651 continuó dando cuenta de lo importante que era para el desarrollo de la minería de la Nueva España mantener la extracción del azogue. 39 Durante 1650, desde luego, residiendo en la región de sus minas, recibió apoyo del virrey, conde de Aliste. La máxima autoridad del Reino de la Nueva España ordenó a los oficiales reales que ajustaran el estado de lo que se le había dado a Berrio en forma adelantada, a cuenta de sus salarios, hasta el mes de diciembre de ese año. De la cantidad que quedara debiendo "se le libren y paguen 4 mil pesos de oro común...dando fianza de vida a su satisfacción". Además se le exigió que todo el azogue que sacara lo enviará o entregará en la Caja Real que lo tuviera a su cargo donde se le abonaría, 37 AGI, México, 264. Señor Don Luis Henriquez de Guzmán, Conde de Alva de Aliste y de Villaflor....Exmo. Sobre el beneficio de la Plata, conservación de Azogues y mezcla de Antimonio, etc... El Licenciado Don Luis Berrio de Montalvo, Alcalde del Crimen más antiguo de esta Real Audiencia de México, Auditor General de la Guerra, y juez de Minas desta Nueva España. Digo, que por Cedulas de su Magestad, etc. MARÍA LUISA RODRÍGUEZ-SALA según su valor "en la cantidad y forma conveniente a cuenta de su débito...". 40 Durante ese mismo año, Berrio en sus escritos hace referencia a sus continuadas y buenas experiencias en la obtención de oro en las minas de San Juan de los Llanos. En alguna ocasión estuvo presente y atestiguó la extracción del aurífero metal, el visitador general de la Nueva España, el oidor de Granada don Pedro de Gálvez. 41 Ante la insistencia oficial que le exigía retomar su plaza de letrado en la Real Audiencia, Berrio regresó a la ciudad de México, muy posiblemente durante 1651. Lo que sí es un hecho es que, a su llegada, rindió informe de todo lo sucedido en las minas de azogue que explotaba. Permaneció en la capital sirviendo su plaza de alcalde del crimen y cumpliendo otras comisiones del virrey, pero mantuvo su fuerte convicción de que se podía extraer buena cantidad de azogue de los minerales para el beneficio de la minería argentífera. Una vez que se reestablecidó en la capital novohispana rindió un nuevo informe acerca de la situación en la cual había dejado las minas de azogue. En su escrito precisó que llevaba año y medio sirviendo su plaza de alcalde del crimen y que: " hace más de cinco años y medio que ha corrido y corre por mi cuenta el descubrimiento, población y gasto de las minas de azogue con costa de más de diez mil pesos en cada un año para darles estado de poderse sacar azogue en tres Reales de Minas que a tres y cuatro leguas de distancia unos de otros he poblado, sustentando y pagado salarios a más de sesenta personas de trabajo y sus familias. Las minas son fijas y sus vetas de ley de azogue que los metales puros recién sacados rinden (como en otro lado he dado cuenta a S.M.)...y la perpetuidad de estas minas está asegurada en su muchedumbre, en hallarse descabezadas las vetas desde lo alto de los cerros hasta sus faldas y hecha labor y mina en cada una de suerte que sirven de socavones las unas de las otras y se saca con facilidad el metal...tengo descubiertas otras muchas que corren al norte que poblaré con lo del salario de la sala que salen de la Audiencia.... En él dio cuenta de todas las minas que tenía descubiertas y pidió, de nuevo, ayuda para continuar en la labor de extracción del azogue, ya que para entonces se le habían retirado las encomiendas de indios destacados en el trabajo de las minas de azogue. Berrio mencionó que en las inmediaciones de La Concepción había descubierto más de doce minas buenas, entre ellas la de San Nicolás. Otro mineral quedó situado a cuatro leguas de distancia; lo nombró Santiago Compostela, sitio que mandó poblar y en donde levantó las oficinas necesarias para la saca del azogue. Con rumbo sur y a dos leguas de La Concepción, existía la mina de San Gabriel Axuchitlán o Ajuchitlán, de donde se habían sacado ya 40 quintales de azogue. Por su interés personal en continuar figurando como empresario minero y al verse imposibilitado para regresar de inmediato al sitio de las minas, pidió ayuda al rey. Fue así como, temeroso de que se despoblase el real recién fundado, solicitó, directamente, a la Corte le ayudase otorgándole otra plaza en la Real Audiencia, ya que con la que tenía de alcalde del crimen le era imposible sustentar las minas y su casa. Explicó que había dejado persona comisionada para que arrendara las minas y las administrara, pero al parecer este arreglo no le había sido útil, ya que, desafortunadamente, su comisionado había fallecido. Sin responsable en el poblado y las minas, el despoblamiento de la región fue casi inmediato, inclusive se descuidaron las casas y algunas de ellas fueron incendiadas. La respuesta a esta solicitud fue totalmente negativa. Por un lado, la metrópoli opinó que se continuara la explotación del azogue. Por el otro, no aceptó que fuera a costa de la Real Hacienda y tampoco que Berrio tuviera un ascenso, obligándole a permanecer en su misma plaza. Sin embargo, se le concedió un pequeño aliciente: se acordó que don Luis podría conservar y explotar las minas, aplicándosele para su trabajo a los delincuentes y los "bárbaros" del Cerro Gordo. Esta propuesta fue recusada por Berrio, quien, poco tiempo después, logró que los indios que quisieran pudieran trabajar por su voluntad y desde luego con paga de sus salarios. Su insistente reclamo de ayuda le fue nuevamente aprobado por el virrey Francisco Fernández de la Cueva, duque de Alburquerque, en 1653. Berrio había solicitado que se le proporcionaran cuatro mil pesos a cuenta de sus salarios como alcalde del crimen, así como lo que le correspondiere como justicia mayor que había sido de las minas de Tetela. El virrey ordenó a los oficiales reales que procedieran a ajustarle las cuentas a Berrio en lo concerniente a sus adeudos como justicia mayor. En consideración a los muchos años que había servido a la administración virreinal en tareas tan importantes al servicio real, acordó un adelanto de dos años en sus sueldos de la plaza de alcalde del crimen. Se le reconoció haber pagado con los azo-MINERÍA Y METALURGIA EN LA NUEVA ESPAÑA DEL SIGLO XVII Tomo LVII, 2, 2000 gues procedentes de sus minas los préstamos anteriores y por ello existía ya una cierta garantía para volver a apoyarlo. 43 Berrio se vio obligado a servir su plaza durante los siguientes tres años y, durante su estancia en la capital, finalmente, pudo nombrar en las minas un mayordomo. Pero, al igual que en la ocasión anterior, este arreglo no dio buenos resultados. Sin ocultar su interés primordial, el minero, Berrio, si bien solicitó licencia en su plaza, el cambio de virrey le fue adverso y permaneció como alcalde en la Real Audiencia. Para ese tiempo don Luis reconoció que su ausencia de las minas había repercutido en grandes daños en la explotación del azogue y que después que se le habían negado los trabajadores y adjudicado delincuentes, finalmente se le había autorizado a continuar los trabajos, pudiendo emplear esclavos. Fue en esa misma ocasión en la cual solicitó al rey darle licencia "para poder casar en cualquiera del distrito de esta Audiencia". Berrio argumentó en su favor haberse dado ya otros casos similares de miembros de la Real Audiencia que habían contraído matrimonio dentro de la jurisdicción de esa institución, añadiendo en su favor que llevaba ya más de dieciocho años de servicios en la Audiencia. Esta petición está fechada en México el 5 de marzo de 1654.44 Dos años después, en 1656, se le autorizó a reiniciar la administración de las minas de azogue; en esa fecha procedió a escribir un nuevo "Informe" de sus actividades y de la importancia de continuar la explotación del azogue. No existe constancia de que este trabajo haya sido publicado, pues sólo conocemos el manuscrito. A pesar del inicial apoyo que le brindó a Berrio el duque de Alburquerque, algún tiempo más adelante, 1656, se lo retiró. El virrey asentó que los expertos habían opinado desfavorablemente en relación a las posibilidades de extracción del material, en forma contraria a como lo había argumentado y probado Berrio. Ante esta situación el alcalde del crimen solicitó, en julio de 1656, permiso para trasladarse a España a defender su posición y sus argumentos mineros; sin embargo, no hay constancia de que hubiera emprendido tal viaje. Lo que sí está documentado es que, precisamente, en ese año, el 13 de septiembre, el rey le concedió, en recompensa a sus servicios, el cargo de oidor. Entró en su posesión el 5 de mayo del siguiente año y lo disfrutó hasta su muerte en 1659. 45 Después de su muerte, las minas que había explotado seguramente cayeron en abandono. No hay noticia de que hubiera continuado su tarea alguno de sus hijos. Para 1657 el mayor de ellos, don Luis, tenía el cargo de capitán, y en esa fecha solicitó al virrey le concediera la alcaldía mayor de "Atrisco con agregación del partido de Tuchimilco", área cercana a la ciudad de Puebla. 46 Algunos años más tarde la extracción del azogue en la mina de Berrio fue puesta en circulación. El ensayador y balanzario de las cajas de minas de la ciudad de México, Martín López, ofreció fomentar y poner en operación, a su costa, las minas de azogue de "San Gregorio que están en la jurisdicción de Tetela y descubrió Don Luis de Berrio". El nuevo interesado previamente había hecho ensayos de la posible producción de azogue y pidió que se le dieran ciertas concesiones para trabajarlas. En 1663 se le autorizó para que las volviera a explotar por su cuenta y al mismo tiempo conservara su puesto de ensayador y nombrara su teniente en las minas, como se le había concedido a Berrio. Se previno que ningún vecino podría obstruir su trabajo y que durante los cuatro primeros años del asiento o estanco que estaba celebrando, no pagaría diezmo como minero y se le tomaría cada quintal de azogue a razón de 82 pesos. Durante los siguientes años el precio sería de 62 pesos y tendría ya la obligación de diezmar. En la entrega de su asiento se le recomendó que tuviera muy presente una correcta explotación, pues si bien las vetas que se habían descubierto no habían sido muy ricas, podrían encontrarse otras más abundantes. Se dejó claramente especificada la importancia y conveniencia de una abundancia del material, tanto para la "Provincia" como para la Real Hacienda. 47 El letrado-técnico recibió en repetidas ocasiones el reconocimiento de la Corona por su trabajo en el descubrimiento, administración y explotación de las minas de azogue, ya que, sin duda alguna, aportó utilidades a la Real Hacienda. Para Berrio su actividad técnica fue la que ocupó su principal interés; sin embargo, dividió correctamente sus tareas para cumplir con los dos papeles socio-profesionales que le tocó desempeñar. En su caso, su actividad como técnico fue la que le proporcionó los requerimientos necesarios para su promoción dentro del grupo profesional de los letrados. Fue así como el rey le otorgó su última promoción, que consistió en su nombramiento en el cargo máximo de los letrados en Indias, el de oidor; lo hizo en reconocimiento a sus labores en la minería y meta- Ya como oidor, recibió una comisión del rey, fechada el 17 de febrero de 1657, para trasladarse a Guadalajara y averiguar el comportamiento y procederes de uno de los oidores de aquella audiencia. No tenemos certeza de que Berrio hubiera realizado esta misión, ya que el rey la concedió también en segundo lugar a uno de los alcaldes del crimen. Sea que haya participado directamente, sea que sólo haya recibido la comisión, lo que es destacable es el hecho de que, como oidor, tuvo el reconocimiento real. Sobre su obra impresa De acuerdo a la bibliografía localizada, publicó su primera obra en 1634; 49 sin embargo, como ya dijimos arriba, resulta difícil aceptar que haya sido en ese año, ya que en su publicación da cuenta del beneficio de las minas de Taxco, lo que presupone un conocimiento previo de su funcionamiento y un manejo de la temática minera, mismo que no poseía antes de su traslado a la Nueva España. Me inclino a suponer que se trata de un error bibliográfico y lo que se ha tenido por su primera obra, en realidad, sea la misma que publicó en 1643 50 y que hasta ahora se ha considerado, dado lo poco estudiado del personaje, como su segunda publicación. La dedicó al virrey conde de Salvatierra. Su contenido no se limita al aspecto estrictamente técnico: incluye conceptualización filosófica y responde a esa vinculación entre el letrado, con su bagaje cultural humanístico, y el especialista en alguna de las técnicas, en su caso, más que la minería propiamente dicha, la metalurgia. De acuerdo a Maffei y Rúa Figueroa, 51 se trata de una obra especializada y "rarísima" que comprende 20 capítulos y que se inscribe en la corriente que buscó perfeccionar los métodos de beneficio de patio, de cajones y el más cercano a su tiempo, el del "beneficio por cazo y cocimiento" a través del uso de azogue especificado por Alonso de Barba. Según la obra consulta- MARÍA LUISA RODRÍGUEZ-SALA nes, se dio tan acertadamente en el desempeño de papeles y roles profesionales en dos de los estamentos más significativos de la época, el de los letrados y el de los técnicos. Este autor de obra técnica52 publicó su primera aportación dentro del estamento de los médicos-cirujanos. Fue en ese ámbito científico autor de una muy interesante obra en que se incursiona, por primera vez, en la academia novohispana en el terreno de la psicología. 53 A través de este libro Becerra trata de explicar el surgimiento de actividades intelectivas, sensitivas y emotivas y vincularlas con la composición y funcionamiento de los cinco sentidos externos y materiales. Bezerra inscribe su obra médica en la "Anathomia Philosóphica", pero como él mismo escribe no pretende ser un experto, ya que reconoce que para ello "son bastantes los escritos del Maestro Juan de Valverde". Si bien Bezerra no fue médico de profesión, sí se le ha reconocido un amplio conocimiento de la materia que trató en su ya clásica obra. Su vinculación con la técnica procede de su papel como ensayador en la Casa de Moneda de la capital novohispana y de su relación con un ensayador, seguramente de mayor posición que él mismo en el estamento de los técnicos, quien le solicitó una "Breve relación del ensaye de plata y oro". En cuanto a los escasos datos de su vida personal conocemos que Bezerra tuvo un hermano, Pedro, quien también ocupó el oficio de teniente de ensayador y fundidor en la misma institución. Debió haber sido mayor que Jerónimo, ya que en ocasión de enfermedad del primero, le fue autorizado al menor "ocupar su lugar y usar y ejercer los oficios". 54 Contamos también con la localización de su partida de defunción. En ella se menciona que falleció el 15 de febrero de 1677 y se le enterró en la catedral de la ciudad de México. Se señala que estaba casado con doña María Munguía y que testó ante el escribano real Cristóbal de Tobar el primer día del mismo mes y año en que falleció. Fueron sus albaceas su mujer y Manuel de León y en su testamento dejó establecida la celebración de 500 misas por su alma. A la fecha de su fallecimiento tenía su domicilio "frontera de la portería de Santa Inés". 55 Como se puede apreciar se trató de un singular personaje con un doble papel científico en el campo de los saberes médicos y práctico en el de la metalurgia. El siguiente personaje es el último de los autores del siglo XVII vinculado con la minería. Juan del Corro y Segarra Su obra es un libro que salió a la luz pública en una segunda edición, incidentalmente, en la Nueva España en el año de 1677; 56 la primera fue impresa en Lima en el mismo año y lleva un título mucho más largo. 57 Es posible que la edición novohispana corresponda a uno de los dos manuscritos que describe el destacado bibliógrafo José Toribio Medina. 58 Interesante y fructífera ha sido la localización documental en el Archivo General de Indias de Sevilla y que nos permite proporcionar, por primera ocasión en la historia de la minería, información sobre este autor; entre otros datos, hasta ahora inéditos, su nombre completo, su genealogía y rasgos de su actividad minera. 55 Archivo Parroquial de la Catedral de México, Primer Libro de defunciones de Españoles, 1671-1680, Libro de los difuntos españoles de la feligresía de la Santa Iglesia Metropolitana de México que empieza desde fecha 14 de noviembre de 1671 en adelante. Información localizada por la licenciada en historia, Rosalba Tena V, becaria del proyecto. 56 Forma del nuevo beneficio de metales de plata. 57 Instrucción y forma de beneficiar metales de plata, de modo que se saque toda sin perder cosa alguna de las que hasta agora se perdía cuyo gran aumento se logra con gran brevedad y ahorro de tiempo y con muy poco consumo de Azogue, cuyo secreto y nuevo agente que obra con tanta eficacia descubrió y redujo a práctica en el Cerro del Potosí y toda su Ribera, Don Juan del Corro y Segarra por el año de 1676 con asistencia del Licenciado Don Bartolomé González Poveda, Presidente de Charcas, que en carta de 3 de junio de dicho año participó los admirables efectos experimentados al Señor Virrey del Perú y remitió testimonio de autos y tanto de la instrucción que es la siguiente: Forma del nuevo beneficio de metales de plata por el Capitán Juan del Corro. 58 Según José Toribio Medina en su Biblioteca Hispano-Americana (1493-1800), Santiago de Chile, MCMII, tomo IV, pág. 403, hubo dos manuscritos, tal vez previos al impreso, de uno de ellos se dice que: "A fines del siglo XVIII poseía otro el Diputado general de Minería en Méjico, Don Juan Manuel Valcarce con el título: Método de beneficiar los minerales argentíferos en lugar del mercurio con la pella de plata". El otro manuscrito era: Nuevo método de beneficiar la plata. MINERÍA Y METALURGIA EN LA NUEVA ESPAÑA DEL SIGLO XVII Tomo LVII, 2, 2000 Don Juan del Corro y Segarra fue natural de Siporo, en la Provincia del Potosí, en Perú y, gracias a la concesión del hábito de caballero de la orden de Calatrava, proporcionó sus antecedentes familiares. 59 El expediente se inicia con el otorgamiento del hábito: "El Rey. Con decreto de nueve de noviembre del año pasado de 1679 en consideración de lo que Don Juan del Corro y Segarra ha servido en el beneficio de las minas que tiene en la jurisdicción de la Villa de Potosí, le hice merced de hábito de órdenes militares para su persona y porque ha elegido el de la orden de Calatrava, os mando..." De la genealogía que presentó para iniciar los trámites del otorgamiento del hábito, entresacamos los siguientes datos. Fueron sus padres, "el capitán Juan del Corro, "Veinte y Cuatro" del Cabildo de la Villa del Potosí, natural de Mérida en los Reynos de España y de doña Antonia de Zegarra y Valverde, natural de la ciudad de Arequipa en el Perú, los dos fueron vecinos de la Villa del Potosí". Por la línea paterna sus antepasados fueron extremeños y por la materna, su abuelo y bisabuelo, naturales de Arequipa y ambos casados con mujeres madrileñas, en tanto que sus tatarabuelos maternos provinieron de la capital andaluza, Sevilla. El personaje ocupó el cargo de capitán en el virreinato del Perú y propietario, sin duda, por herencia, de minas en la provincia del Potosí. Fue en ella en donde se ocupó del beneficio de la plata y de acuerdo a Maffei y Rua Figueroa fue Corro quien, hacia 1674, inventó un nuevo beneficio de los minerales empleando la pella de plata en lugar del mercurio sólo en la amalgamación, sistema que en el momento produjo un gran entusiasmo, pero que pronto decayó, no faltando mineros celosos de aquel entusiasmo, que sostuvieron que Corro no fue el inventor de aquel procedimiento y que era ya conocido por los primeros azogueros. 60 Sin embargo, la sociedad peruana recibió con gran beneplácito el descubrimiento que anunció Corro y fue ampliamente celebrado con procesión religiosa y fiestas populares según narra la reseña que realizó su contemporáneo Lorenzo Felipe de la Torre. 61 Si bien el peruano Juan del Corro perteneció a la misma actividad de explotación minera que Berrio de Montalbo; no puede ser vinculado con el estamento novohispano que aquí analizo, ya que no existe documentación alguna que permita pensar que estuvo relacionado con esa sociedad. Rasgos Estamentales y de Ciencia Nacional de los Técnicos Mineros Las características de los integrantes del grupo de los técnicos, quienes ejercieron su labor en la Nueva España, Berrio y Bezerra, y que se relacionaron y aportaron conocimientos a una de las actividades económicas más importantes de la época colonial, están fundamentadas en el conocimiento de su desempeño profesional y su ubicación contextual. Berrio de Montalbo nuevamente, como lo fueron los letrados-técnicos que intervinieron en las obras del desagüe de la capital novohispana, representa la estrecha relación entre dos estamentos, el de los letrados y el de los técnicos. Bezerra, a partir de su desempeño profesional como técnico ensayador, se vincula, por un lado, con los médicos y, por el otro, con los mineros. En ambos casos pertenecieron a instituciones de control profesional y social, la Real Audiencia y la Casa de Moneda, en ellas obtuvieron reconocimiento a su trabajo y la posibilidad de vincularse con otros estamentos. Estos dos autores que ejercieron en la Nueva España compartieron y mantuvieron corrientes de pensamiento que les permitieron continuar líneas de conocimiento teórico-prácticas y, consecuentemente, tuvieron vinculación con los integrantes de la misma actividad profesional y obtuvieron su reconocimiento. Se insertaron en la sociedad en que transcurrió su vida profesional; en ella fueron reconocidos, en especial, por sus contribuciones a la búsqueda de métodos teórico-prácticos para un mayor beneficio de la explotación minera. En cuanto a su aportación al incipiente proceso de constitución de una ciencia nacional fueron capaces de introducir y difundir conocimientos en una sociedad en desarrollo, y adaptaron sus conocimientos teórico-prácticos a través del reconocimiento e incorporación de los elementos técnicos que anteriormente se habían producido en el propio contexto. Y tomaron conciencia social de la necesidad de contribuir con sus conocimientos y su ejercicio profesional al desarrollo de esta importante estructura económico y social. MINERÍA Y METALURGIA EN LA NUEVA ESPAÑA DEL SIGLO XVII Tomo LVII, 2, 2000
ejemplo de los conventos rurales o vicarías que los dominicos establecieron en Nueva España. El trabajo, enfocado desde un punto de vista artístico, analiza las distintas etapas de construcción, la configuración arquitectónica final del edificio y las funciones de cada uno de los espacios arquitectónicos que lo forman. Uno de los capítulos más interesantes de la historia del arte novohispano del Quinientos lo constituyen los complejos conventuales construidos por las órdenes mendicantes como centros para la conversión y evangelización de la población autóctona. Dejando a un lado el foco de la ciudad de México-Tenochtitlán que presenta unas características propias, al imbricarse de una forma más compleja los distintos estamentos de poder, en el resto de poblaciones el recinto conventual fue el núcleo organizativo y funcional que materializaba el dominio de la Monarquia Hispánica sobre el territorio, especialmente en los pueblos de indios de las regiones más alejadas de la capital virreinal. El presente estudio se centra en el análisis del convento de la orden de predicadores de San Pedro en la ciudad de Etla, estado de Oaxaca. Sus distintas etapas de construcción, la configuración arquitectónica final del edificio, así como las funciones de cada uno de los espacios arquitectónicos que lo configuran, nos ayudarán a ilustrar mejor la política misional desarrollada por la orden dominica en el proceso de evangelización de esta demarcación territorial. Los Dominicos en la región de Oaxaca La orden de predicadores llegó a Nueva España el día 23 de junio de 1526, formada por ocho miembros procedentes de la península y cuatro de la vicaría de las Antillas, dotados con privilegios y proyectos para fundar en Nueva España una nueva provincia. 1 Se instalaron en la ciudad de México hacia el 25 de julio del mismo año, donde fundaron su primera casa pocos meses después de su llegada. 2 A partir de 1528 se inicia la expansión de la orden por las naciones mexicana (valle de México y actuales estados de México, Morelos y Puebla), mixteca (zonas de los estados de Puebla y Oaxaca), zapoteca (estado de Oaxaca), así como en Chiapas y Guatemala. 3 Como señala el investigador Miguel Angel Medina, existió una planificación previa en la ubicación de las casas dominicas. Dicha planificación potenciaba fundamentalmente la región oaxaqueña, por lo que muchas de las casas ubicadas en el valle de México y en la región de Puebla, tenían como finalidad estructurar una cadena de asentamientos que permitieran comunicar directamente la ciudad de México con Oaxaca. 4 La razón de esta elección se encuentra en que era un territorio extenso que no había sido todavía cristianizado por ninguna orden, debido a su distancia de la capital y al variado mosaico de grupos étnicos que lo formaban, cada uno con su propia lengua. Todo ello nos lo narra fray Francisco de Burgoa en su obra Palestra Historial: Entre 1538 y 1578 se produjo la gran expansión dominica por Oaxaca, lo que requería un esquema de organización interna que se basó en dos tipos de asentamientos: prioratos o conventos urbanos y vicarías o conventos rurales, estos últimos localizados en comunidades indígenas. 7 Esta organización se desarrolló en dos focos culturales y poblacionales diferenciados, por un lado la región mixteca y, por otro, la zapoteca, siguiendo el esquema territorial prehispánico. En la mixteca se estructuró una cadena de asentamientos que permitieron comunicar la ciudad de México con Oaxaca. El centro principal fue el monasterio de Teposcolula, desde el que se comenzaron las fundaciones hacia el sur en los valles de Achiutla y Tlaxiaco; hacia el norte con la casa de Coixtlahuaca; y hacia el noroeste con los establecimientos de Tonalá y Tamazulapan. 8 En la zapoteca, aunque la expansión fue menos uniforme, ya que algunos establecimientos estaban dispersos, se siguieron unas líneas directrices hacia el este con centro en la villa alta de San Ildefonso; sudeste para conectarse con la provincia de San Vicente de Chiapas y donde la casa más antigua era la de Tehuantepec; y sur con centros como Huaxolotitlán y Coatlán. 9 El punto de unión entre ambos núcleos fue la casa matriz de la ciudad de Oaxaca. De esta forma, para 1585 la orden tenía sistematizada la evangelización de toda la región, contando con 17 casas en la mixteca y 18 en la zapoteca. 10 Esta importancia determinó que, en 1592, la custodia dominica de Oaxaca alcanzara el rango de provincia independiente, convirtiéndose en la Provincia de San Hipólito de Oaxaca. San Pedro Etla: Historia del edificio El convento de San Pedro Etla, ubicado en la región zapoteca, es un claro ejemplo de arquitectura de la evangelización levantada por los dominicos en las vicarías. Estas eran conventos rurales que tendían a ser autosuficientes y contaban con pocos religiosos, entre dos y seis; los cuales asistían a los naturales de su localidad y de los pueblos comarcanos, estos últimos denominados como visitas. Su actividad se centraba en la evangelización, en la cura de almas y en los trabajos de aculturación, tratando de 7 Pita Moreda, María Teresa: "La expansión de la orden por Nueva España", Los dominicos y el Nuevo Mundo. 8 introducir en las poblaciones indígenas los esquemas, planteamientos y formas de vida de los españoles. 11 La primera construcción de esta zona data de la década de 1530 12 y, según narra fray Francisco de Burgoa en su crónica Geográfica descripción, se levantó en la población cercana de la Natividad: "... la primera que edificaron fue abajo como quinientos pasos de donde está hoy, y en lo más fértil del pueblo, que se llama Natividad, donde llegan los riegos, y humedades de lo que se vierte; la casa era pequeña y mal labrada porque fue de las primeras donde entraron los religiosos". 13 Las primeras construcciones destinadas a la evangelización de la población autóctona estaban constituidas por iglesia, una pequeña casa cural y un atrio. Se realizaban con materiales perecederos y tenían un carácter de provisionalidad, debido a la urgencia que requería iniciar las actividades de conversión, a la falta de conocimiento del entorno geográfico y cultural, y a la carencia de artífices tanto indígenas como españoles capaces de proyectar edificios conventuales permanentes. Esta situación es narrada por Burgoa: "en la forma que el tiempo, y la necesidad permitía en la poca disposición que tenían los indios para labrar los materiales, y en la mucha estrechez de los religiosos contentándose con tan humildes, y pobres casas de tierra, adobes, o tapias mal formadas, y peor cubiertas como hasta hoy parecen en algunos tercios que han quedado". 14 En la reunión capitular de la orden del año 1550 fue aceptado el convento de Etla como casa fija dominica. 15 En este momento debió plantearse la construcción de un recinto de carácter permanente acorde con el nuevo rango que adquiría el asentamiento. Sin embargo, no es hasta el año 1570 cuando aparecen las primeras noticias sobre la edificación de un nuevo convento en la localidad, al ser librados por el virrey don Martín Enriquez 600 pesos de oro común a repartir en dos años para la fábrica del nuevo edificio. 16 AGN, Hospital de Jesús, 208, Traslado del mandamiento dado por el virrey, don Martín Enríquez, para que se paguen 600 pesos de oro común a los naturales de la ciudad de Etla, para la construcción de su monasterio. Según dicho documento, la construcción se plantea porque el primer edificio de adobes y paja había sufrido graves daños tras un reciente temblor. Como primer paso para su realización fue enviada al virrey una traza que resultó no ser moderada, es decir, se había presentado un proyecto de grandes dimensiones y suntuosidad, en relación con los medios económicos y humanos disponibles por la población. Por esta razón, tras haber sido examinada, la traza fue modificada por Claudio de Arciniega, maestro mayor de las obras de cantería de la Nueva España, estableciendo una serie de variaciones encaminadas a racionalizar los recursos disponibles. Mientras se iniciaba este nuevo convento, se mantenía en uso el anterior, cuya provisionalidad fue motivo de un desagradable accidente. El hecho ocurrió siendo vicario fray Alonso de la Anunciación, por lo que se sitúa en el año 1575, y fue el derrumbe de una de las construcciones durante la celebración de la procesión del Corpus, que acabó con la vida de este fraile. Fray Francisco de Burgoa nos cuenta lo sucedido: ción, siendo el carpintero español Sebastián García, junto con un grupo de indígenas, los encargados de su ejecución. 20 En la última fase del convento se levantaron el resto de dependencias monásticas. El claustro se edificó bajo el prior fray José Calderón, es decir, entre 1612 y 1619, mientras que el resto del recinto se concluyó bajo el priorato de fray Alonso de Espinosa hacia 1636. 21 La configuración original del recinto conventual ha sufrido diversas modificaciones a lo largo de los siglos. Hoy día no es posible contemplar la cubierta original de madera de la iglesia porque está techada de concreto desde el año 1961. 22 También la barda del atrio está reconstruida y ha perdido tanto la capilla abierta como las capillas posas que poseía. Configuración arquitectónica: espacios y funciones La traza del complejo conventual de San Pedro Etla sigue el esquema constructivo de la mayoría de los conventos mendicantes novohispanos del Quinientos. Esta homogeneidad arquitectónica fue debida a varios factores de gran importancia. El primero de ellos fue el papel que jugó la Corona española, la cual, gracias a la prerrogativas del patronato real, tenía el derecho y la obligación de controlar el desarrollo eclesiástico en el Nuevo Mundo y, por consiguiente, supervisar las obras arquitectónicas religiosas. Además, la Corona financió parcial o totalmente la construcción de los conventos mendicantes, razón por la cual sus derechos de intervención estaban totalmente justificados, como veremos posteriormente. Esta política intervencionista estuvo en manos de los virreyes, quienes jugarán un papel de primer orden en la designación y erección de los conjuntos mendicantes. En este sentido debemos destacar la figura de don Antonio de Mendoza, quien concertó la llamada "traza moderada" con los religiosos franciscanos y agustinos, aconsejando a su sucesor en el cargo, don Luis de Velasco, que hiciera lo mismo con la orden de Santo Domingo. Burgoa, Francisco: Geográfica..., tomo 2, pág.5. 22 Vences Vidal, Magdalena: "Notas para la arquitectura de la evangelización en el valle de Oaxaca", Los dominicos y el Nuevo Mundo. 23 Colección de documentos inéditos relativos al descubrimiento, conquista y colonización de las posesiones españolas en América y Oceanía, sacados del real Archivo de Indias, volumen VI, Madrid, 1864-1885, págs.33 y 34. El segundo factor fue la homogeneidad en la actividad evangelizadora que desarrollaron las tres religiones, fruto de la llamada "unión santa" que alcanzaron los mendicantes en 1541, la cual documenta el agustino fray Juan de Grijalva: "Hicieron las religiones una unión santa, que así la llamó el señor obispo Zumárraga y por tal la juzgó todo el reino, y fue, que para todo lo que hubiesen de hacer, así en lo tocante a la conversión de los naturales, como a la administración de los santos sacramentos y en las costumbres en que hubiesen de imponer a los tales naturales, hubiese uniformidad: de manera que todas caminasen a un paso. Fue importantísima esta unión, para la fundación de estas iglesias". 24 El tercer y último factor fue la falta de maestros y oficiales cualificados para la construcción de los recintos conventuales. La traza y supervisión sobre el terreno de las obras estuvo a cargo, la mayoría de las veces, de los propios frailes de las órdenes mendicantes. Posteriormente, dicha traza debía ser aceptada y, si era necesario, modificada por el maestro mayor de obras de la ciudad de México, nombrado directamente por el virrey. Este es el caso de Claudio de Arciniega quien, primero como maestro mayor de las obras de cantería de la Nueva España y, posteriormente, como alarife de la ciudad de México, superviso prácticamente todas las trazas y construcciones realizadas en el virreinato entre 1560 y 1593. 25 Así, inspeccionó las obras de la catedral de Pátzcuaro, trazó y dirigió las obras de la catedral de México, intervino en la construcción de la catedral vieja de Puebla, de la iglesia de San Antón y de los conventos de San Francisco, Santo Domingo y San Agustín de la ciudad de México, en el hospital real de los naturales y de los convalecientes también en dicha ciudad, trazó el fuerte de San Juan de Ulúa, y se ocupó del desagüe de las minas de Taxco. 26 El convento de Etla está compuesto por tres unidades arquitectónicas básicas: el atrio con sus distintos elementos, el templo y las dependencias monásticas. El atrio es el espacio natural, limitado por una barda de piedra, que antecede al templo y encierra al resto de espacios conventuales. Actualmente, el atrio es de planta rectangular, delimitado por una barda de 24 Grijalva, Juan: Crónica de la orden de nuestro padre San Agustín en la provincia de Nueva España, México, 1985, págs.114 y 115. 26 Sobre la significación de Claudio de Arciniega y su obra, véase Manuel Toussaint: Claudio de Arciniega, arquitecto de la Nueva España, México, 1981, y Marco Dorta, Enrique: "Claudio de Arciniega, arquitecto de la catedral de México", Actas del XXIII congreso internacional de historia del arte entre el Mediterráneo y el Atlántico, Granada, 1976, págs. 351-360. UN CONVENTO EN LA OAXACA COLONIAL: SAN PEDRO ETLA Tomo LVII, 2, 2000 mampostería, y arcada de acceso en el eje longitudinal de la fachada de la iglesia conventual, la cual comunica dicho atrio con la plaza pública de la localidad. Esta disposición convirtió a ambos espacios abiertos en el centro neurálgico de la población, donde estaban representadas las instituciones y actividades más emblemáticas de la comunidad. Además, la explanada abierta del atrio articulada con la capilla abierta y las capillas posas se transformaba en el centro ceremonial de la población indígena. La capilla abierta de Etla se ubicaba, según el investigador Robert Mullen, junto a la puerta norte del templo, 27 es decir, en una localización semejante a la del convento de Coixtlahuaca, lo que originaría, en nuestra opinión, un característico atrio en forma de L. Desgraciadamente, ni la capilla abierta, ni las capillas posas se conservan, pero sabemos de la existencia de estas últimas por la descripción que realiza Burgoa: ".. el patio de la iglesia está muy bien cercado y almenado, tiene cuatro capillas muy capaces de tixera en los ángulos para las procesiones". 28 En Etla, como en todos los conventos mendicantes, la articulación atrio, capilla abierta y capillas posas fue el recinto donde se desarrollaron todas las actividades relacionadas con la cristianización de la población autóctona. Por ejemplo, la capilla abierta funcionaba como iglesia de indios y escuela (instrucción doctrinal, primeras letras, formación profesional); las capillas posas como altares para las procesiones y recintos para la educación catequística; y la conjunción de los tres elementos como espacio ceremonial donde se celebraban danzas, representaciones teatrales, procesiones, etc. Por tanto, esta unidad constructiva de los complejos conventuales, fue un espacio esencial para la conversión y evangelización de los naturales, pues unía el concepto cultural mesoamericano de culto extrovertido con los contenidos teológicos cristianos occidentales. 29 El templo, como recinto sagrado de toda la comunidad religiosa, era el centro del convento. En Etla es de una sola nave con cuatro tramos, presbiterio diferenciado de planta cuadrada y coro a los pies. 30 Pero, además, presenta contrafuertes interiores que originan tres capillas en cada uno de 27 Mullen: Dominican Architecture..., pág.6. 29 Para una mayor profundidad del tema, véase Espinosa Spínola, Gloria: Arquitectura de la conversión y evangelización en la Nueva España durante el siglo XVI, Almería, 1999. 30 Mullen: Dominican Architecture..., pág. 84. Este investigador señala que esta forma del presbiterio es una de las características más sobresalientes de las iglesias dominicas de la zapoteca. GLORIA ESPINOSA SPÍNOLA los muros laterales de la iglesia. La existencia de estas naves da lugar a un tipo de iglesia que Kubler llamó "criptocolateral" y que se caracteriza porque "en dichos templos, los pasillos laterales están ocupados por una hilera de capillas que lo hacen desaparecer como volumen efectivo, siendo distinguibles únicamente desde el exterior. De esta manera, los templos criptocolaterales son de una y de tres naves a la vez". 31 En Etla esta concepción espacial criptocolateral puede observarse tanto en la planta como en el alzado exterior del edificio: sillares de piedra forman una volumetría simple y geométrica con ventanales abiertos en la parte superior, destacándose el gran cubo que forma la nave que es completado, en ambos laterales, por un contrafuerte corrido de poca profundidad que aloja interiormente las capillas laterales. La iglesia se completaba con una cubierta de madera, que según Burgoa era: a fin de evitar el empleo de la contribución oficial en construcciones menos necesarias para el funcionamiento de los templos, la audiencia de México en 1573 suspendió las ayudas que recibían los mendicantes, en tanto se establecía una fórmula para la financiación. La solución definitiva, dada al año siguiente, consistió en que la Corona seguiría contribuyendo, pero aplicando sus asignaciones a la construcción del cuerpo principal y la capilla mayor de las iglesias, mientras que para la financiación de las capillas laterales, los religiosos buscarían la ayuda de personas particulares. 34 Esta resolución explica por qué en las iglesias conventuales de los pueblos de indios predominan los templos de una sola nave o criptocolaterales de capillas poco profundas como en Etla, los cuales no requieren un gasto adicional para su ejecución. Además, tanto si se tratan de iglesias de una sola nave como de planta criptocolateral, lo fundamental es que el templo se concibe como una "caja cerrada", en el que el centro referencial y eje de la composición lo constituye el presbiterio, jerarquizado por su situación elevada por varios escalones del pavimento de la nave y la presencia de un arco triunfal. Esta disposición de los templos mendicantes novohispanos mantiene los rasgos de los templos conventuales castellanos, donde ya en la primera mitad del siglo XV se adoptó el modelo llamado de iglesia de predicación, establecida por dominicos y franciscanos durante los siglos XIII y XIV en el sur de Francia, Italia y la Corona de Aragón. Este templo, de carácter eminentemente funcional, es de una sola nave libre de cualquier estorbo visual, debido a la inexistencia de soportes exentos y por quedar las capillas laterales empotradas entre sus contrafuertes, insertas prácticamente en los muros. 35 Esta concepción arquitectónica, que pretende subordinar todo al recinto del presbiterio, como lugar ocupado por la divinidad, responde a la capacidad de los frailes mendicantes por sintetizar y resaltar los aspectos más destacados del ritual cristiano, a fin de favorecer la mejor compresión y aprendizaje de una comunidad religiosa recientemente convertida. Había que desdeñar lo superfluo y magnificar lo esencial, pues sólo de esta forma serían asimiladas por una población pagana las premisas cristianas. Etla no es la única iglesia dominica que responde a este tipo de templo, ya que esta planta también la presentan la iglesia de Santo Domingo 34 Ibídem, pág. 304. Anuario de Estudios Americanos en la ciudad de México, la iglesia de Santo Domingo en Oaxaca, San Juan Bautista Coixtlahuaca, San Pedro Huitzo e incluso la de Santo Domingo Oaxtepec que, aunque es de una sola nave, tiene arcadas poco profundas en los muros laterales, por lo que se acerca a la planta criptocolateral. 36 La última unidad constructiva es el claustro y sus dependencias anexas, destinadas al uso exclusivo de la comunidad religiosa dominica. El claustro, como señaló Santiago Sebastián, es un centro sagrado o microcosmos, que está construido como una ciudad sagrada: "es la Jerusalén celeste, ese nuevo mundo descrito en el Apocalipsis, en cuyo centro se cruzan las coordenadas espaciales y se señala por un pozo, árbol, fuente o columna, indicando que allí hay un omphalos o centro del cosmos". 37 En Etla, encontramos un claustro doblado, formado por galerías de arcos de medio punto, que en el primer piso apoyan sobre columnas y en el segundo sobre pilares; ambos tipos de soportes estan adosados a pilares de sección octogonal. Sus cubiertas son bóvedas baídas. 38 La fuente central y el programa decorativo que cubría las paredes del claustro, consistente en un apostolado, símbolo del cuerpo de la iglesia y de los primeros predicadores de la religión, terminaban de completar la concepción simbólica que hemos señalado anteriormente. De la ornamentación mural sólo se conserva un fragmento de esquina donde, inserto en un recuadro, aparece la representación de San Andrés y Santiago el Mayor en el muro frontal a él. El resto de la composición está realizada a base de elementos vegetales, la cruz florenzada propia de la orden, roleos y candelieri. En conclusión, el convento de San Pedro Etla, aunque muy modificado por intervenciones posteriores, conserva la traza moderada característica de los establecimientos mendicantes que durante el siglo XVI se erigieron en los centros ceremoniales de los pueblos de indios. Estos recintos representan, en su concepción espacial y simbólica, la unión de los tres estamentos que, relacionándose, formarán el nuevo cristianismo novohispano: la iglesia lo divino, el claustro el estamento mendicante y el atrio con sus dependencias el mundo indígena. 37 Sebastián López, Santiago, Mesa Figueroa, Juan, Gisbert de Mesa, Teresa: Arte Iberoamericano, desde la colonización a la independencia, Suma Artis, volumen 28, Madrid, 1985, pág.134. Este autor señala que la misma cuadrilla de trabajadores construyó los claustros de Cuilapan y Etla, por lo menos en lo que respecta al primer cuerpo de Etla. La reconstrucción histórica del convento de San Pedro Etla se ha basado tradicionalmente en los datos que fray Francisco de Burgoa recoge en sus obras Palestra historial y Geográfica descripción que vieron la luz en el año 1674. Aunque la información que ofrecen es de sumo interés, ésta se completa con los tres documentos que transcribimos a continuación y que aclaran la evolución constructiva del edificio durante el siglo XVI. Traslado del mandamiento dado por el virrey don Martín Enríquez para que se paguen 600 pesos de oro común a los naturales de la ciudad de Etla (Oaxaca) para la construcción de su monasterio. Los juezes e ofiçiales de la real haçienda de Su Magestad desta Nueua España, administradores y depositarios de las haçiendas y estados de don Martín Cortes, marqués del ualle, hazemos sauer a Juan Gómez Çorita, vecino de la çiudad de Antequera, a cuyo cargo, por nuestra comisión, está la cobranza de los tributos que los naturales de las dichas villas del dicho estado en el ualle de Guaxaca, son obligados a dar conforme a sus tasaçiones, que por vn mandamiento del muy excelente señor uisorey don Martín Enrriquez, cuyo tenor es este que se sigue: Don Martín Enrriquez, uisorrey y gouernador e capitán general por Su Magestad en esta Nueua España y presidente de la audiencia real que en ella reside, por quanto por parte de los religiosos de la horden de Santo Domingo que residen en la çiudad de Etla del estado del marqués del ualle, e por los naturales della, me fue hecha relación que de muchos años a esta parte auia monesterio de la dicha orden en la dicha çiudad, y la yglesia y monesterio auia sido de prestado, hecho de adoves y cubierto de paja, e por ser de ruin edifiçio, con los temblores pasados se auia todo abierto y aruinado de manera que no se podía deçir misa en la dicha yglesia, ni viuir en el dicho monesterio. E que agora ellos querían hazer la dicha yglesia e monesterio de nueuo, y me pidieron mandase que de los tributos que heran obligados a dar al marqués del ualle, cuya hera la dicha villa, mandase ayudarlos para la dicha obra conforme a lo que Su Magestad tiene mandado. E por mi se cometio a Francisco Montealegre, alcalde mayor de la çiudad de Antequera, para que viese la dicha yglesia y monesterio que al presente está hecho, y entendiese si hera sufiçiente para se poder pasar con ello, o si hera neçesario hazer otro de nueuo, y de que obra y tamaño conbenia hazerse, y en que tiempo, y con quantos yndios se acabaría, y que podría cos-GLORIA ESPINOSA SPÍNOLA tar, y si auia lejos y descuidado los materiales o cerca, e si los dichos yndios de su voluntad lo quieren hazer, y embiase relación de todo, con la traça de la obra que se pensaua hazer; el qual hizo sobrello çiertas diligençias, las quales con su pareçer y las dichas traça firmado de su nombre lo ynbio ante mi, y para más justificaçión y entender si la obra que se pretendía hazer conforme a la dicha traça hera moderada, Claudio de Arçiniega, maestro de semejantes obras, el qual ansi mismo dió pareçer que la dicha obra conforme a la dicha traça hera moderada con que la cobertura della fuese de madera y no de piedra, que la yglesia no lleuase cruzero, como en la dicha traza benía trazado y por señalado, y que las paredes se adelgazen y no sean tan gruesas, y que las dos pieças que la vna sirue de despensa y la otra de secrestas se desbien ocho pies a vn lado del quarto haçia la parte del mediodía, para que se pueda hazer vna bentana para dar luz al ambulatorio que está en el dormitorio, y se aga otra ventana en la otra parte frontera desta para lo mesmo, e fecho de manera que la una esté a lebante y la otra a poniente. Y por mi visto el dicho pareçer, por la presente, doy licencia y facultad para que la dicha yglesia y monesterio se aga conforme a la dicha traça que va firmada del dicho Francisco Montealegre y del secretario yuso escripto, guardando la horden y paresçer que dió el dicho Claudio de Arçiniega de que arriba se haze relación. Y para ayuda de lo que se a de gastar en la dicha obra por tiempo de dos años, se dé a los dichos yndios seisçientos pesos de oro común, tresçientos en cada vno de los dichos dos años, atento a lo qual por la presente mando a los juezes ofiçiales de la real haçienda de Su Magestad a cuyo cargo es el beneficio e cobranza de los tributos e bienes del estado del dicho marqués, que dé qualesquier maravedis e pesos de oro que son o fueren a su cargo de los tributos que son obligados a dar los yndios de la dicha villa, los den o tomen en quenta los dichos seisçientos pesos, trezientos en cada vno de los dichos dos años; obligándose el gouernador, alcaldes, regidores y mayordomo de la dicha villa que los gastarán en la dicha obra, y darán quenta en que y como los gastaron cada y quando se les pida, y dandóselos y pagandóselos con este mandamiento y su carta de pago, y la dicha obligación, tomada la razón y la contaduría de dicho estado mando se les resçiba y pase en quenta, hecho en México a diez días del mes de enero de mill y quinientos y setenta años, don Martín Enrriquez. Por mandado de su excelencia Juan de Cueua. Que originalmente queda en la dicha contaduría, se nos manda que dé los maravedies e pesos de oro que son a nuestro cargo de los tributos que los naturales de la dicha villa de Etla son obligados a dar, demos y paguemos al gouernador, alcaldes, regidores y prinçipales della seisçientos pesos de oro común en dos años, trezientos en cada vno, para la obra y edifiçio del monesterio e yglesia de la dicha villa, por ende de los maravedis y pesos de oro que UN CONVENTO EN LA OAXACA COLONIAL: SAN PEDRO ETLA Tomo LVII, 2, 2000 son o fueren a vuestro cargo de los que por los dichos naturales son obligados a dar en tributo les dad y pagad, o les tomareis en quenta dellos, los dichos seisçientos pesos de oro común en los dichos dos años, treçientos pesos en cada vn año, que corran desde el día que les hiçieredes la primera paga, obligándose ante todas cosas el dicho gouernador, alcaldes y regidores y mayordomo de la dicha villa que gastaran los dichos seisçientos pesos de oro en la dicha obra, e daran quenta en que y como los gastaron, cada y quando se les pida que con su carta de pago y la dicha obligación y este reciuimiento o su treslado signado de escriuano les serán rresçiuidos en quenta. Fecho en México a veynte de febrero de mill y quinientos y setenta años. su excelencia por el dicho mandamiento lo manda, por lo qual obligaron sus personas y bienes y bienes propios e rentas de la comunidad de la dicha villa, e los que supieron firmar lo firmaron, testigos Alonso Trebiño y Juan Gallego y el dicho Pedro Maçias, el qual ansi mesmo lo firmó, y por los que no supieron firmar de los dichos otorgantes firmo a su ruego el dicho Juan Gallego. Ante mi Pedro Gutierrez de Urdiçia escriuano publico (rúbrica). (Margen superior derecha): Etla, sobre la obra y destos 600 pesos están cobrados hasta oy fin de agosto de 1572 los 300, anse de pedir a Juan Gómez los otros 300. Al alcarde mayor de Antequera para que informe sobre el estado de la iglesia y ornamentos de que tiene necesidad en el pueblo de Etla. Don Martín Enrriquez, virrey, hago sauer a vos el alcalde mayor de la ciudad de Antequera que, por parte de los naturales del pueblo de Etla del estado del marques del valle, me ha sido fecha relacion que la yglesia del dicho pueblo se nos ha caydo y no tienen donde se selebren los diuinos oficios e oygan misa, por nesesidad que tienen no la han alçado y reparado, y me pidieron mandase dar horden como los açedores del dicho marques les socorra con alguna cosa para ayuda del dicho reparo y con algunos ornamentos y otras cosas de que tiene la dicha yglesia nesesidad, que de muchos años a esta parte por parte del dicho marques no se le ha dado socorro ni cosa alguna de lo suso referido. Y por mi vista por la pressente os mando que luego queste mi mandamiento vos sea mostrado os ynformeis e auerigueis el estado que esta la dicha yglesia y los ornamentos y otras cosas que para ello tienen nesesidad e que cantidad de pesos de oro sera menester para uno y lo otro, lo qual bereis personalmente y dello me ynformareis y enbiareis relacion juntamente con vuestro parecer jurado en forma. Fecho en Mexico a doze dias del mes de março de myll e quinientos y ochenta años. Don Martin Enrriquez por mandado de su excelencia Martin Lopez de Gauna, refrendado por Juan de Cueba.
Bibliografía de bibliografías que recoge las obras de referencia (bibliografías, catálogos, diccionarios, enciclopedias, repertorios biográficos, etc.) que contienen información útil para los estudiosos de la historia de las Islas Filipinas durante el período hispánico, tanto aquéllas específicamente referentes a este archipiélago como las que le dedican un apartado dentro del contexto general del mundo hispánico. Con la presente bibliografía de bibliografías pretendemos proporcionar a las personas interesadas en el estudio de las Filipinas una herramienta de trabajo consistente en la recopilación de todas las obras de referencia (bibliografías, tipobibliografías, catálogos, repertorios biográficos, diccionarios...) que puedan serles útiles. Dos han sido los límites autoimpuestos: uno cronológico, desde la conquista del archipiélago a su independencia de España; otro temático, enfocado a obras de carácter histórico, lo que implica haber dejado de lado obras de temática geográfica, 1 artística, etc. Todas las bibliografías de bibliografías recogidas se atienen exclusivamente a las Filipinas, a excepción de la de Hilton y Labandeira de 1983, que también toca a Hispanoamérica. 2 De especial importancia, por ser una obra periódica que actualiza la información, es la revista Philippine 1 Pelzer, Karl J. Selected bibliography on the Geography of Southeast Asia. 2 Sylvia L. Hilton y Amancio Labandeira, Bibliografía hispano-americana y filipina. Madrid: Fundación Universitaria Española, 1983. 411 pp. (Biblioteca Histórica Hispanoamericana; 6). National Bibliography, publicada desde 1974 por la Biblioteca Nacional de Filipinas. 3 En cuanto a las bibliografías, y como hemos dicho antes, nos hemos limitado a las obras enfocadas a la Historia o que puedan ser útiles al estudio de ésta. En cualquier caso, la tipología es bastante amplia: así, las hay generales, locales, misioneras, económicas... Y aunque tentados en principio a confeccionar epígrafes atendiendo a los distintos tipos existentes, no lo hemos tenido por conveniente debido a las escasas referencias recogidas sobre algunos de ellos. Por otra parte, hemos incluido una serie de obras generales que contienen información relevante sobre las Filipinas, como son las de Palau, Sánchez Alonso, Polgar o Simón Díaz. 4 No queremos dejar de recordar aquí la crítica que Retana y Gamboa formuló en 1906 a las bibliografías y tipobibliografías filipinas existentes hasta entonces:5 mientras alababa las de Medina 6 y las suyas propias, censuraba sañudamente otras, en particular las de Pardo de Tavera y la de los agustinos Pérez y Güelmes. El segundo epígrafe de este trabajo lo ocupan las tipobibliografías, o sea, aquellas bibliografías que recogen las obras publicadas o impresas en un determinado lugar. Merecen mención especial las clásicas de J.T. Medina y W.E. Retana. De las citadas por nosotros, observamos que las hay tanto generales a todas las Islas como específicas a un lugar particular, algunas son relativas a un instituto religioso, en concreto al franciscano, e incluso hay una referente a un tipo específico de materiales, como son los incunables. Como es propio de las tipobibliografías, muchas de las obras recogidas en ellas no tratan sólo de Filipinas; pero al incluir los trabajos de carácter histórico publicados en distintos lugares del archipiélago, resultan repertorios imprescindibles que nos proporcionan, además, un panorama de la situación cultural de las Islas en cada época. En el apartado tercero se recogen los catálogos impresos de fondos bibliográficos 7 sobre Filipinas propiedad de diversas instituciones cultura-les, así públicas como privadas,8 la mayoría existentes hoy día, pero otras ya no. La ordenación ha sido realizada por países -por razones obvias, éstos son España, EEUU, Filipinas y Japón-y, dentro de cada uno de ellos, por ciudades. Entre las bibliotecas hoy dispersadas, hay que destacar la del Museo-Biblioteca de Ultramar. Fue creada por real decreto de 17 de octubre de 1887 con ocasión de la celebración en Madrid -desde el 30 de junio anterior-de una exposición de productos de las Islas Filipinas. Sus fondos, referentes a la historia de los países hispánicos en general, procedían de la biblioteca del Ministerio de Ultramar, de quien dependía, a los que se añadieron donativos y adquisiciones, entre los que hay que destacar las obras y documentos americanistas de Pascual Gayangos y Justo Zaragoza. Aunque suprimido el citado Ministerio en 1899 al perderse las últimas posesiones españolas, la Biblioteca siguió funcionando, en incluso en 1900 se publicó su catálogo. 9 Sin embargo, la falta de fondos económicos hizo que finalmente se cerrara y pasara a la Biblioteca Nacional de Madrid. De los fondos aquí llegados, 10 unos pasaron a la sección de Manuscritos y, otros, a la de Raros; el resto pasó a la sección de Hispanoamérica cuando ésta se creó en 1949. Posteriormente, en 1983 se realizó un expurgo de esta última sección, consistente en pasar las obras anteriores a 1800 a Raros y las publicaciones periódicas a la sección de Revistas. Por último, al desaparecer la sección de Hispanoamérica -oficialmente en 1986, pero en la práctica en 1992-, lo que quedaba pasó al Depósito general, consultable en el salón general de lectura. El siglo XIX fue pródigo en coleccionistas de libros filipinos. Retana cita11 los nombres de fray Agustín María de Castro, Francisco Zapater,12 José de Keyser y Muñoz, Vicente Barrantes, 13 Juan Alvarez Guerra, Ferdinand Blumentritt,14 Trinidad H. Pardo de Tavera, 15 José Velarde, 16 el agustino Eduardo Navarro, 17 Edward E. Ayer, 18 Epifanio de los Santos. Pero de otros dos hay que hacer una especial mención. Uno fue Antonio Graíño, quien reunió una colección de libros espléndida tanto por la cantidad como por la calidad de sus rarezas bibliógraficas. Fallecido en 1945, su colección fue comprada por el Estado español en 1957, el cual la dividió en dos partes: una, fundamentalmente de libros sobre América, entre los cuales había un lote importante de gramáticas, diccionarios y obras en lenguas indígenas, fue llevada a la biblioteca del entonces Instituto de Cultura Hispánica; la otra, compuesta principalmente de obras sobre Filipinas, pero también sobre Cuba y Puerto Rico, fue depositada en la Biblioteca Nacional de España. Posteriormente se realizó el catálogo de los libros filipinos de dicha colección. 20 Funcionario y periodista, reunió una extraordinaria colección que, en 1900, vendió a la Compañía General de Tabacos de Filipinas. Esta institución, creada en Barcelona el 26 de noviembre de 1881 con el objetivo de explotar el tabaco filipino, dedicó, sin embargo, parte de sus esfuerzos a la actividad cultural, en la que destaca la creación de una extraordinaria biblioteca de temas filipinos. 21 Comenzada en 1883 con miras exclusivamente prácticas, es decir, para que la Compañía pudiera disponer de la información que su actividad en el Archipiélago requería, la curiosidad bibliográfica del entonces vicedirector y luego director de la Compañía, Clemente Miralles de Imperial, hizo que se comprara todo lo relativo a las Filipinas. Ello llevó a que en 1894 se entablaran relaciones bibliográficas con Retana y Gamboa, quien seis años más tarde accedió a vender a la firma barcelonesa su propia colección, que 18 Sus libros se conservan en la Colección Ayer, depositada en la Newberry Library, perteneciente a la Universidad de Chicago, Illinois, EEUU. Mr. Ayer ordenó a sus agentes comprar materiales filipinos tan pronto como la victoria norteamericana en la bahía de Manila (1 mayo 1898) fue cablegrafiada a EEUU. Robertson usó esta colección para la compilación de su obra The Philippine Islands (los papeles de Robertson están ahora en la Duke University, Durham, North Carolina, Philippine Studies Program). Ayer, miembro de la junta directiva de la Newberry Library de Chicago, donó su colección a esta biblioteca en 1911. Bibliografía descriptiva y crítica de los libros filipinos de Don Antonio Graíño. 300 pp. Sobre esta colección, vid. Luisa Cuesta, "Dos grandes bibliotecas del Extremo Oriente para la Nacional de Madrid". 20 Para una biografía de Retana, vid.: Manuel Artigas y Cuerva, Quién es Retana. Su antaño y hogaño; reseña bio-bibliográfica. Reimpreso de la Revista Biblioteca Nacional Filipina. Manila: Imprenta y Litografía de Juan Fajardo, 1911. Epifanio de los Santos Cristóbal, Wenceslao E. Retana. Ensayo acerca de este ilustre filipinista. Pueden consultarse también los tres estudios de Antonio Caulín Martínez: "Wenceslao E. Retana y la Historia de Filipinas". (1.a parte: fuentes generales)". (2.a parte: fuentes específicas)". 21 Sobre las actividades culturales de la Compañía, vid. Hidalgo Nuchera, Guía de fuentes manuscritas para la historia de Filipinas conservadas en España..., pp. 92-94. 22 Cuatro años más tarde, la biblioteca de la Compañía, dirigida por José Sánchez Garrigós, aumentó considerablemente su tamaño con la compra de lo mejor que el librero madrileño Pedro Vindel ofrecía en su Catálogo sistemático e ilustrado de la Biblioteca Filipina puesta en venta por Vindel (Madrid, 1904). El contenido de la magnífica biblioteca organizada por la Compañía en Barcelona es conocido gracias a la publicación de su catálogo,23 en cuyos tres volúmenes Retana describe 4.623 impresos de tema filipino, ordenados cronológicamente -excepto el periodismo, que va al final del tercer tomo-y con anotaciones críticas. Todas las piezas llevaban el ex-libris de la Compañía, de estilo modernista, obra del catalán José Triado y Mallol. Debido a las necesidades económicas por las que pasaba, la Compañía General de Tabacos decidió vender su biblioteca. En 1912 el director de la Philippine Library de Manila, James Robertson, concertó su adquisición por el Gobierno filipino con el fin de destinarla a dicha institución. El primero de julio de ese mismo año ya estaban los libros en Manila. En 1929 la Philippine Library fue instalada en la planta baja del palacio de la Asamblea Filipina, donde a consecuencia de la batalla de Manila (1945) fue casi enteramente destruida. Así, pues, de la antigua biblioteca filipina de la Compañía General de Tabacos no queda hoy otro recuerdo, salvo la pequeña fracción que se salvó, que el de su monumental catálogo publicado en 1906. No podemos dejar de mencionar en este lugar a Pedro Vindel y a Carlos Sanz. En cuanto al primero, bien es cierto que no fue un coleccionista, sino un librero-anticuario, del cual recogemos diversos catálogos de libros filipinos puestos en venta. Un doble motivo nos lleva a citarlo: por un lado, su fondo se nutrió precisamente de las bibliotecas de algunos coleccionistas; y, a la vez, nutrió otras bibliotecas, como la de la Compañía General de Tabacos, que le compró una gran cantidad de libros filipinos en 1904. 24 En cuanto a Sanz López, fue un generoso editor de numerosos mapas y documentos antiguos referentes a la historia de los descubrimientos geográficos, entre ellos el de Filipinas. Su fallecimiento en enero de 1979 le impidió culminar una Bibliografía general en tablas sinópticas de las Islas Filipinas, cuyas más de cuatro mil fichas deben encontrarse en la Casa-Museo de Colón en Valladolid, institución a la que en marzo de 1970 donó todos sus libros y papeles de trabajo. 25 Como importantes obras de referencia, recogemos una serie de repertorios biográficos, diccionarios temáticos y enciclopedias. En cuanto a los primeros, y aparte de los específicamente referidos a personajes vinculados a la historia de Filipinas, hemos creído conveniente citar el que sin duda es el más completo para el mundo hispánico: nos referimos al conocido en la jerga bibliográfica como ABEPI -Archivo biográfico de España, Portugal e Iberoamérica-. Por otra parte, no es de extrañar que, debido al relevante papel que jugaron las órdenes religiosas en la colonización del archipiélago, sean mayoría los títulos relativos a personas eclesiásticas, aunque también los hay de ingenieros militares, conquistadores, nobles, etc. En cuanto a los diccionarios y enciclopedias, no cabe duda que pueden desempeñar un papel muy útil en la investigación histórica. Como puede observarse en la lista que ofrecemos, su temática es variada, pues los hay relativos a la Administración, genealógicos, histórico-culturales, etnográficos, geográficos, mitológicos e incluso de idiomas. Por último, somos conscientes de que la variedad de lenguas existentes en Filipinas durante la época colonial -tagalo, pampango, ilocano, visaya, etc.-puede conducir a la necesidad práctica de traducir algunos términos nativos o bien suscitar el interés, no sólo lingüístico sino también 24 En la "Advertencia" al tomo I de su Biblioteca Oriental. Comprende 2.747 obras relativas a Filipinas, Japón, China y otras partes de Asia y Oceanía. 436 pp. (Catálogo de la librería de P. Vindel; 4), Vindel confiesa que Las obras que constituyen esta biblioteca proceden de las extinguidas de D. V. Barrantes, D.J.T. Medina, de Chile; Cánovas del Castillo, D. Justo Zaragoza, Fr. Eduardo Navarro y otros afamados bibliófilos... El número de libros relativos a Oriente, que hoy ofrecemos, no ha sido nunca puesto a la venta en tan crecida cifra... La Compañía General de Tabacos de Filipinas, establecida en Barcelona, reunió un buen número de manuscritos antiguos, y mediante un cambio por impresos que no poseía, me los cedió todo en junto, la mayoría de los cuales conservo, y de entre ellos he escogido casi todos los que ofrezco, desde los números 2.728 a 2.747. 25 Ramón Ezquerra, "In Memoriam: Carlos Sanz". La cita de su obra inconclusa e inédita, en p. GUÍA BIBLIOGRÁFICA PARA LA HISTORIA DE FILIPINAS, 1565-1898 Tomo LVII, 2, 2000 histórico, por conocer los problemas de comunicación a los que tuvieron que enfrentarse los misioneros y la forma como éstos les hicieron frente (redacción de vocabularios y gramáticas). 26 Ello justifica la sexta y postrera sección que cierra este trabajo, la bibliografía lingüística. Aparte de las obras bibliográficas ahí recogidas, hemos querido citar el diccionario de filipinismos de Retana y Gamboa, el de hispanismos en el tagalo de Cuadrado Muñiz y el bilingüe tagalo-español/español-tagalo de Serrano Lacktaw, éste último reeditado en Madrid el año 1965 por el Instituto de Cultura Hispánica. Sirva esta mínima selección de simple botón de muestra del amplio número de diccionarios lingüísticos existentes y que no podemos acopiar por desbordar el marco temático del presente trabajo. 27 26 Un buen elenco de ellas son citadas por Antonio Quilis en su introducción a la reedición del Arte y regla de la lengua tagala de Fray Francisco de San José, OP (1610). 90 pp. más ed. facsimilar; y por Cayetano Sánchez (OFM) en su introducción a la reedición del Vocabulario de lengua tagala, de Fray Pedro de San Buenaventura, OFM (1613). 707 pp. Para los problemas lingüísticos de los misioneros del archipiélago magallánico, vid. John L. Phelan, "Philippine Linguistics and Spanish Missionaires, 1565-1700". 32 La primera edición, que excluía América, es de 1919 y tenía el siguiente título: Fuentes de la Historia española. Ensayo de bibliografía sistemática de las monografías impresas que ilustran la Historia política nacional de España, excluidas sus relaciones con América. Prólogo de Rafael Altamira. Madrid: Junta para Ampliación de Estudios, 1919. XXI, 448 pp. En 1927 se publicó una segunda edición aumentada y corregida con el título de Fuentes de la Historia española e hispanoamericana. Ensayo de bibliografía sistemática de impresos y manuscritos que ilustran la Historia política de España y sus antiguas provincias de Ultramar. Segunda edición, ampliada y revisada. Catálogos impresos de fondos bibliográficos filipinos en instituciones culturales (bibliotecas, archivos, universidades)
nos presenta en este libro una obra absolutamente clave para quien desee conocer el funcionamiento de la maquinaria administrativa de la Real Hacienda novohispana y, que, además, resultará extraordinariamente útil a cualquier estudioso de la realidad social, así como a los interesados en desentrañar los complejos mecanismos del poder en el mundo colonial hispanoamericano de los siglos XVII y XVIII. Tal y como anuncia el autor en la introducción, su intención consiste en realizar una prosopografía de los funcionarios de la Real Hacienda en el México colonial. Sin embargo el Dr. Bertrand desea ir más allá de lo que se considera la clásica definición de prosopografía, entendida como la biografía colectiva de un grupo social o profesional, centrándose en los aspectos externos, tales como sus orígenes, educación, desarrollo profesional y relaciones de parentesco. En efecto, nuestro autor pretende, y consigue brillantemente, realizar un estudio de antropología social e histórica sobre un grupo profesional, que resulta clave para comprender el desarrollo de la administración y la vida novohispana. En ese sentido estudia, por ejemplo, las estrategias del grupo para perpetuarse como tal y las diversas formas en las que pretende integrarse en el conjunto de la sociedad de la colonia. El conjunto de los oficiales reales y los funcionarios del Tribunal de Cuentas, constituyen, en efecto, un grupo ideal para ser objeto de una investigación bajo el prisma de la prosopografía, ya que poseen una evidente homogeneidad profesional, con una formación, unas obligaciones y unos poderes muy similares. Las fechas elegidas para realizar el trabajo no abarcan el conjunto de los dos siglos, tal y como se indica en el título, sino que se circunscriben al periodo 1660 y 1780. De esta manera se pretende delimitar un periodo con fronteras reales y no marcado por las convencionales de los cambios de siglo. La investigación se desarrolla desde los comienzos del reinado de * * * El aparato crítico y el manejo de fuentes es realmente impresionante. El Dr. Bertrand ha investigado en los principales archivos y bibliotecas de España y de México y, no contentándose con eso, incorpora documentación notarial de archivos locales como los de Zacatecas o Guanajuato. Además realiza una clasificación por materias de las fuentes documentales que resulta muy de agradecer. Lo mismo hace con la numerosa y bien seleccionada bibliografía, así como con una nutrida colección de fuentes impresas. HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS Carlos II, cuando la decadencia de la monarquía hispana parecía tocar fondo, hasta el periodo en que Carlos III intensifica las reformas de la burocracia colonial. De esta manera, tal y como reconoce el autor, sigue la conocida propuesta de Burkholder de estudiar desde el periodo de la impotencia al de la restauración de la autoridad. Por lo que respecta a la variable espacial, aunque todos los funcionarios de la Real Hacienda de la Nueva España son objeto de sus preocupaciones, de alguna forma reconoce concentrar su interés en los de la capital y los de los grandes centros mineros de Zacatecas y Guanajuato, de los que, además de información procedente de los grandes archivos nacionales de España y México, posee datos de fuentes notariales. La obra se encuentra dividida en nueve capítulos. Los capítulos primero y sexto hacen referencia a las deficiencias del sistema: abusos de autoridad y poder, más las redes de clientelismo y de amistades, conforman el mundo de la corrupción administrativa del que Michel Bertrand presenta un completo y vívido panorama. Son especialmente interesante los cuadros en los cuales pretende mostrar y valorar los tipos y la intensidad de las extorsiones que sufrían los maestres de los barcos llegados al puerto de Veracruz por parte de los oficiales reales. Igualmente son de enorme interés sus reflexiones sobre el verdadero significado y la conciencia de lo que durante el Viejo Régimen se consideraba como corrupción y la distinta valoración moral que se hacía entonces de este fenómeno. Asimismo, resulta muy original la utilización de los poderes notariales que otorgaban los funcionarios para tratar de dibujar las redes de amistades en las que estaban inmersos. En los capítulos segundo y cuarto, el autor describe todos los resortes de la administración de finanzas y nos explica con todo detalle el desarrollo de las carreras profesionales de los oficiales reales. Son de enorme utilidad las tablas de salarios en las que se muestran, además, la comparación entre los sueldos de los funcionarios de la Real Hacienda y las de los demás sectores de la administración. Igualmente, en una serie muy completa de cuadros, se nos dan precisas noticias del número de funcionarios, sus lugares de nacimiento, la duración de la carrera, la edad media de entrada en el oficio, así como la relevancia de la compra de cargos o, incluso, la relación de aquellos oficiales reales que fueron suspendidos de sus funciones. Los capítulos tercero, séptimo y octavo dan una detallado y completo panorama de los intentos de la Corona por establecer controles para evitar la corrupción, así como la realización de reformas parciales que mejoraran el servicio. El profesor Bertrand nos muestra cómo esta verdadera cascada de controles y reformas, en una búsqueda continua de la eficacia, chocó siempre con las redes de relaciones sociales que establecían los oficiales reales. Precisamente, el autor trata de medir la eficacia a través de las condenaciones de funcionarios realizadas por los tribunales. Con todo, ni el Tribunal de Cuentas, ni visitas e inspecciones, lograron terminar con la corrupción, dándose el caso de que algunas Cajas Reales podían llevar retrasos de más de un cuarto de siglo en la revisión de sus cuentas. Finalmente, los capítulos quinto y noveno profundizan en la inserción de los funcionarios de la Real Hacienda en la sociedad colonial. Así se dan ejemplos de su entronque con linajes criollos, ofreciendo el ejemplo de varios casos concretos. Por otra parte, el éxito social y económico de estos individuos trata de medirse a través de las valoraciones de sus patrimonios mobiliarios e inmobiliarios. En sus conclusiones, el autor muestra a los funcionarios de finanzas como un grupo profesional cortejado tanto por las élites locales como por las autoridades metropolitanas. Las primeras buscaban a toda costa una colaboración que facilitase sus negocios, mientras que la Corona pretendía impedir a toda costa esta alianza. Las reformas administrativas siempre chocaron contra la velocidad con la que estos funcionarios se integraban en la sociedad y se convertían en criollos. Las familias criollas veían en estos jóvenes peninsulares una forma de mejorar la pureza de su sangre, así como la de tener una útil influencia sobre quienes debían fiscalizar sus actividades económicas. Con todo, estos grupos no constituyeron tampoco las elites principales de la colonia. Otros puestos más destacados de la administración con poderes ejecutivos y judiciales, eran los que entroncaban con las más ricas familias de terratenientes, mineros o comerciantes. Los oficiales reales constituían una "elite secundaria" con la que, sin embargo, había que contar a la hora de comprender el entramado social de la Nueva España. Por otra parte, en la lectura del libro se combina la fluidez del lenguaje con la precisión de los datos, lo que es prueba de la madurez del autor como investigador. En suma, el Dr. Bertrand consigue con esta obra realizar una investigación que ha de convertirse muy pronto en un "clásico" de la historiografía americanista, la cual esperamos ver muy pronto traducida al castellano para que, de esta manera, sea más accesible a los investigadores americanistas que tantas cosas de provecho pueden encontrar en ella.-PABLO E. PÉREZ-MALLAÍNA. Bosse, Monika, Barbara Potthast y André Soll: La creatividad femenina en el mundo barroco hispánico. Sor Juana Inés de la Cruz. El libro que se reseña corresponde a la edición de las actas de un congreso celebrado en Bielefeld durante el mes de septiembre del 96, que tuvo como finalidad establecer lazos entre los especialistas que habían participado en diversos coloquios conmemorativos del tercer centenario de Sor Juana Inés de la Cruz. Ello explica que una parte sustanciosa del segundo volumen esté dedicado a esta monja mexicana de fama universal que convoca aquí a sus más ilustres críticos, con Georgina Sabat de Rivers a la cabeza. Pero vayamos por partes y atendamos primero a la excelente calidad de la edición como tal: una encuadernación magnífica es el preámbulo a un texto muy cuidado en cuanto a la limpieza de erratas, calidad del papel y asimismo de las láminas reproducidas. Cosas muy de agradecer y no tan obvias en ocasiones. Al adentrarse en el sumario, el lector percibe inmediatamente las ventajas de la filosofía que presidiera el coloquio y que se han plasmado en las actas: me refiero a la perspectiva interdisciplinar -la literatura y la historia, los aspectos sociológicos o el arte con especial incidencia en la plástica...-. Todo bien lejos de los estériles planteamientos de género que han marcado la investigación escritural sobre la mujer en los últimos tiempos, como moda exportada en gran medida desde los Estados Unidos. Desde mi punto de vista, se trata de uno de los mayores aciertos del libro que se reseña hoy. Esa amplitud metodológica se conjuga con una mirada abierta a lo hispánico, entendiendo por tal lo que fueron la metrópoli y los virrei- Anuario de Estudios Americanos natos americanos durante el Barroco. Desgraciadamente y contradiciendo lo que es la historia de la época, suele ser habitual disgregar los estudios de literatura española e hispanoamericana, con el subsiguiente empobrecimiento, lo que -como digo-no sucede aquí. Por si todo ello no fuera suficiente para asegurar en principio la calidad del libro, al congreso que lo genera fueron convocados especialistas de primera fila. El resultado no defrauda y el lector menos avisado, con una simple ojeada al texto, percibe la solidez y actualidad de los datos consignados en las notas a pie de página, por ejemplo. Los dos volúmenes reúnen un total de 32 ponencias, por lo que es difícil hacer justicia en el breve espacio de una reseña, a la variedad de los trabajos que se recogen. No obstante, trataré de dar algunas pautas que puedan orientar al lector interesado. El marco general queda resaltado por los editores en su introducción: es -y no podía ser de otra manera-"el destino de la mujer letrada en el mundo del barroco hispánico". Ahora bien, esa mujer letrada puede vivir en la corte española o virreinal, prisionera de un complicado ceremonial -como abordan en sus trabajos María Kusche Zettelmeyer, de modo exhaustivo, y de forma más tangencial Sáez Arance y Pietschmann para la metrópoli y el virreinato mexicano, respectivamente-. Puede también pertenecer a la diáspora sefardí -es el caso de Isabel Rebeca Correa estudiada con singular maestría por el profesor López Estrada, entre otros-. O finalmente, estar recluida en un convento, asilo y refugio para la mujer que no contara con perspectivas halagüeñas para el matrimonio o que, sinceramente, buscara el coloquio divino. Sería el caso de tantas místicas que nos han dejado sus vivencias religiosas en textos autobiográficos, muchas veces escritos a petición de sus confesores, o reelaborados por ellos en biografías que entonces pierden parte de su frescura e ingenuidad -como denuncia Margarita Peña en su artículo-. De tantas religiosas cuya existencia tratamos de investigar oscilando entre los datos de la historia real y las guías espirituales que marcan el ideal al que se aspira -como estudia con acierto Asunción Lavrín-. Quedan opciones distintas si bien minoritarias, entre otras ser pintora en la corte como Sofonisba Anguisola. Pero, como se pone de manifiesto en la introducción, la Contrarreforma contribuyó a la especial marginación de las féminas españolas, frente a las italianas del Renacimiento mucho más liberadas. Lo que se constata como una realidad para esta época del Barroco es que el control del sujeto -cuando lo hubo-y los modelos administrativos coloniales no difieren esencialmente de la metrópoli. En fin ¿por qué hubo tan pocas mujeres creadoras, cuantitativamente hablando? Tal vez no fueran tan pocas y no tuvieron la suerte de que se salvaran los correspondientes documentos para atestiguarlas. Los trabajos sobre las poetisas sefardíes -López Estrada, Díaz Esteban y Brownapuntan algo en esta línea. Pero, por otra parte, esa realidad es el resultado lógico de los roles del momento que no permitían a la mujer una educación paralela a la del hombre. Estudiar, en consecuencia, el papel educativo de ciertas instituciones como los Colegios de doncellas que surgen en Castilla durante el siglo XVI, es la tarea que asume Teresa Nava, abordando como muestra el Colegio de Nuestra Señora de Loreto. Las teorías educativas, la legislación, familia y centros docentes, los resultados de la alfabetización que tenían mucho que ver con la reinserción de algunas mujeres en la sociedad... todo ello nos hace sospechar que hubo más mujeres cultas en el siglo de lo que se ha creído. En este sentido, es muy interesante el artículo de José Pascual Buxó acerca de la misteriosa Olivia Sabuco de Nantes. Y lo es porque ilustra la tragedia femenina de la época. Nos hallamos ante una mujer excepcional que escribe una Nueva filosofía de la naturaleza del hombre... publicada en Madrid (1587). Se trata de un nuevo sistema de medicina, con un sorprendente descubrimiento del "jugo cerebral". Pero lamentablemente el libro fue reclamado como propio por su padre a pesar de que su autora, previendo el desastre, se había puesto bajo la tutela del rey y del presidente del consejo. Un caso más, poco conocido por otra parte, del férreo sometimiento y la condena a la aniquilación intelectual de tantas mujeres excepcionalmente valiosas. En resumen: los estudios aquí reunidos dan nuevas luces y profundizan las líneas de la moderna investigación. En el primer volumen, por ejemplo, parece haber una progresión de la vida al arte. La primera -la vida cotidiana-estaría representada por los trabajos de Sáez Arance, Kusche y López Cordón que tratan, respectivamente de la corte de los Habsburgo, el ritual femenino en las cortes de Felipe II y Felipe III, y el gobierno de mujeres como representación de crisis política... El arte abarca la literatura, desde la ficción arcádica hasta el teatro, y la pintura. Begoña Souviron (La mujer en la ficción arcádica: conceptos e imágenes) y Rina Walthaus ("Para pretendida, Tais, y en la posesión Lucrecia": Erotismo y castidad femenina en algunas obras teatrales del Siglo de Oro) juegan con los arquetipos que se aplican a las mujeres en los textos: musas, ninfas y amazonas pululan en las novelas y el teatro de los Siglos de Oro desembocando, en ocasiones, en una visión trágica de la mujer del Barroco. Esas imágenes femeninas se extraen del sustrato cultural mitológico. Pero, además de éste, existen otros sustratos conformadores de las imágenes de mujer: el nivel oficial, que oscila de la misoginia al paternalismo; el nivel religioso, cuyo arco se extiende desde la perfecta casada a la pecadora arrepentida; o la alternancia Eva/María que, sobre todo en el teatro, derivará en paradojas. Si bien la castidad es la norma ideal de los tratados, la escenografía femenina con el pelo al viento, mostrando el pie o incluso la pierna al desnudo, en un clima de violencia física en el que el asunto de la violación se deja ver más de lo deseable, comporta una imagen ambigua de la mujer en el teatro de esta época. Aunque la plástica sólo está representada en el libro por el denso artículo de Stoll, puede decirse con justicia que en absoluto desmerece de la literatura. En efecto, el triunfo de la nueva Minerva. Un recorrido intercultural por el presente y el pasado de un cuadro enigmático de Jusepe de Ribera "Combate de mujeres" (1636) es un análisis exhaustivo y poliédrico de las distintas implicaciones que pueden extraerse de este cuadro colgado en el Museo del Prado de Madrid y que no es sino una de las trece ilustraciones que enriquecen el trabajo. El autor va exponiendo pormenorizadamente a lo largo de sesenta y cinco páginas esa "estética de la pasión" que le dió a Ribera fama de escenificador de la ideología contrarreformista y que aquí, a pesar de las correspondencias estéticas con ese mundo, aparentemente se aplica a un tema pagano. A la descripción del cuadro sigue la referencia al impacto que generó en críticos como D ́Ors para, posteriormente, puntualizar los dos estilos que conviven en el primer plano y la parte central del cuadro y establecer las relaciones con otros lienzos del mismo Spagnoletto que resaltan su italianismo, asignando esta pintura a la vanguardia artística que impulsaron los mecenas del Virreinato de Nápoles. A continuación se glosan los modelos iconográficos derivados del humanismo escenificado, para lo que se aprovecha un panel pintado al óleo en la puerta de un escritorio flamenco del XVII cuya clave se busca en la cultura del libro, concretamente en el episodio del escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la biblioteca del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Se analizan después los personajes que en el cuadro corresponden al público; para desembocar en el traslado de la violencia femenina de la literatura a la palestra. Todo ello concluye resaltando los valores simbólicos del lienzo: la justa escenificada tendría como objeto sellar "el enfrentamiento entre dos sistemas de valores que no solo son irreconciliables, sino que también se desarrollan en diferentes fases históricas". De modo que "la victoria triunfal de la "amazona" frente a la delicada dama, no trata de un acontecimiento momentáneo, sino del punto culminante de un largo proceso de eliminación, por parte de la Virtud, del ideal amoroso y femenino de una élite humanista y caballeresca" (pp. 168 y 171). Y la Venus derrotada se identifica con la Magdalena, cuyo prototipo iconográfico se había constituido en el Renacimiento tardío y triunfa en el imaginario poético y artístico del Barroco. Para concluir y como fruto del estudio del fondo del cuadro en el que destaca el símbolo del túmulo, se reafirma la tesis de que "el escenario en que se desarrolla el conflicto expuesto por Ribera es la cultura literaria que tuvo sus orígenes en el Nápones hispánico (p. En conjunto, el lector se halla ante un cuidadoso acercamiento semiótico apuntalado en una exhaustiva notación. El segundo volumen se abre a la otra España representada por los países flamencos y americanos que amplían el imperio. Las figuras femeninas judías y sefardíes, con Isabel Rebeca Correa a la cabeza, polarizan la atención de los tres primeros artículos. López Estrada se hace cargo, al estudiarla, de la creatividad femenina situada en la periferia del imperio español y la sitúa en el marco de Academias y tertulias a las que se incorporaban mujeres excepcionales. Recuerda que lamentablemente Isabel sólo ha pasado a la historia literaria por su traducción del Pastor Dido de Guarini, que tuvo un gran éxito y muchas ediciones hasta el Romanticismo. Destaca el sentido crítico de la autoría y la notación a la que cabe llamar filológica. Y finaliza consignando el mensaje: "la creatividad femenina aquí puesta al servicio de la difusión de una obra cortesana que convenía con el gusto de las mujeres, podía ser tan eficaz y válida como la de los escritores como la de los varones" (p. Por lo que se refiere a las Indias, Pietschmann, al recorrer el virreinato mexicano en un trabajo medido, nos recuerda que los virreyes no fueron príncipes por derecho propio ni vivieron en un espacio europeo, por lo que la centralización de su poder desembocó en una excesiva ritualización manifestada en la vida social, en la importancia del matrimonio y en las entradas triunfales de los poderosos que en la plaza mayor de México habían consolidado un espacio con valores simbólicos muy oportuno para la supervivencia. Debería insistirse en la variedad de focalizaciones y de asuntos tratados en estas páginas, si bien la segunda parte de ambos volúmenes es casi monográfica. La escritura y algunos enigmas vitales de María de Zayas son abordados en seis ponencias del primer volumen y de forma simétrica se reservan otras seis del segundo para la monja mexicana Sor Juana Inés de la Cruz. Dos mujeres distintas por sus circunstancias vitales, el mundo y el convento respectivamente, aunque la monja estuviera al tanto del mundo como la que más. También por la capacidad y alcance de sus escrituras: mientras Zayas se dedica a la narrativa, Sor Juana tiene sus amores en el verso y el teatro. Finalmente -y aunque se pudiera alargar la cuenta de las divergencias-, muy diversas por el destino de su obra ya que el contar con la protección de la virreina que editó sus poesías, colocó a la monja mexicana en un puesto privilegiado de la historia de la literatura. María de Zayas es conocida por los saraos, es decir, aquellas reuniones en que se cantaba, recitaba poesía y narraban historias en el marco de un rito coreográfico teatral que podía adaptarse tanto al mundo como al convento -como pone de manifiesto el entretenido y curioso trabajo de Susana Hernández Araico-. Sin embargo Monika Bosse hace notar la escasez de noticias sobre su vida. Se resalta la relación con los modelos portugueses e italianos. A través de esa última vía, Nápoles en concreto, le llegará el influjo de las 1.001 noches de donde tomará el cuento de la princesa Budur, ejemplo de travestismo femenino para alcanzar el poder político -como recoge Rubiera Mata en La narrativa de origen árabe en la literatura del Siglo de Oro: el caso de María de Zayas-. Su obra mezcla la herencia de la tradición literaria con la realidad de su tiempo. Así, por ejemplo, utiliza la magia -simple ornamento, cita literaria o motor de la acción-y lo hace en forma burlesca e irónica, consiguiendo una obra en la que se conjugan el pasatiempo, la creación estética y el mensaje didáctico. Su doble condición dominante, por su situación social, y dominada por ser mujer, se refleja en los textos -como plantea Lía Schwartz-quien recuerda que, partiendo de los contextos literarios y éticos de la época, en el juego de engaños y desengaños que rige su ficción invierte la perspectiva de los discursos dominantes; de forma que las figuras masculinas son las inconstantes, imprudentes y simuladoras. El resultado es una moral práctica y laica a lo Quevedo y Gracián, que se plasma en consejos a las mujeres. Tampoco conviene olvidar el cambio radical de tonalidad entre los dos volúmenes de su obra: sólo el segundo se convierte en tribunal de la justa venganza femenina. La defensa del honor femenino conlleva su propia fama de escritora, como recuerda Yllera en un artículo sobre su concepción de la escritura novelesca, en el que se pregunta por el alcance de su feminismo. Y lo hace para concluir que los suyos son textos comprometidos que divierten y aconsejan en la mejor estela del exemplum medieval: el erotismo declarado convive con la crítica a las mujeres por la falta de estudio y, en consecuencia, de arte en su mundo. Completa la revisión de esta singular escritora un artículo de Elías Rivers, María de Zayas poeta de los celos, en que se evalúa con fineza su poesía dispersa por las novelas. Una poesía cortesana, pensada para la música, amorosa, pero en la que la mujer no es sólo objeto sino también sujeto del deseo. Un deseo que conlleva los celos, ejemplo de discreción. Un deseo que implica una eterna guerra abierta entre ambos sexos. Parece imposible decir algo nuevo sobre Sor Juana Inés de la Cruz, pero en este libro se consigue. Georgina Sabat, Benassy-Berling y Margo Glantz siguen profundizando y extrayendo consecuencias de trabajos anteriores, manejando una bibliografía muy actualizada. Benassy-Berling, que en su día elaborara una monumental tesis sobre Humanismo y religión en Sor Juana (1982), explora un tema más científico, el hermetismo. Constata la predilección de los novohispanos por Atanasio Kircher, para señalar enseguida -y discrepando de la canónica interpretación de Octavio Pazque este jesuita no inventó nada importante, aunque su Ars Magna tuviera aspectos modernos y científicos. Lo importante para Benassy no es tanto que su empirismo neoplatónico se convirtiera en un callejón sin salida para Sor Juana, como el preguntarse cuál era el grado de conciencia de la monja respecto a la inevitable miseria científica en que, por diversos motivos, ella se vio obligada a moverse. Porque efectivamente es bien sabido que Sor Juana se mueve en un ambiente adverso. Parece que la Inquisición no fue en el virreinato tan dura como en la metrópoli -lo recoge el trabajo de Scholz-Hänsel-. Pero aún así los artículos de Schüller y Glantz acerca de las disputas que generaron la Carta Atenagórica y la recién descubierta y editada por Trabulse Carta Serafina ponen de manifiesto que "tras el primer plano teológico (se esconde) una autodefensa y no tanto una discusión sobre diversas opiniones referentes a las finezas de Cristo" (p. Francisco de Sales y el Pseudodionisio significarían entonces puntos de partida para una interpretación adecuada de la Carta. Glantz enlaza con las cartas para plantear bajo el epígrafe "vindicación y vituperio" que la hiperbolización de su figura no es sino el necesario aparato defensivo contra sus múltiples detractores. Revisa después la guerra de sermones -"¿conversión o persecución?"-concluyendo que la Carta Serafina circuló por México como libelo y que la grandeza de Sor Juana no tuvo mengua sino más bien quedó realzada en el proceso que se le siguió. Y la confiscación de su biblioteca no le habría impedido seguir leyendo, como lo prueba el inventario de sus bienes. Continuando con sus trabajos anteriores Georgina Sabat, la editora y gran especialista en la monja mexicana, nos da como siempre un documentadísimo artículo sobre Imaginería mecánica en el "Sueño" de Sor Juana. Partiendo de su interés por los instrumentos mecánicos la visiona como "el epítome de la mujer que quiere sobresalir y que se le reconozca, no sólo como tal sino como mujer criolla" (p. Contextualiza después el estado de la ciencia en la Nueva España, sin rupturas violentas, así como el uso de la imaginería en los poetas de la metrópoli, para concluir que la inclinación intelectual de esta mujer le hizo estar al tanto de esas cuestiones: instrumentos técnicos que se relacionan con el paso del tiempo, la fisiología humana -corazón como reloj, pulmón como fuelle...-o "la visión técnica de la totalidad del mundo (que) se repite en otros versos del poema para ponderar su complejidad pesada e incomprensible junto a figuras de la mitología" (p. Por fin Díez Borque, que suele trabajar en el drama del que es una autoridad, demuestra aquí su versatilidad al incidir sobre Sor Juana Inés de la Cruz y la poesía celebrativa del artificio. El análisis de curiosos, poemas cuya reproducción pone de manifiesto acrósticos y demás recursos del Barroco, es excelente. En resumen, es obligado felicitar a los organizadores del congreso y editores de las actas por sus resultados. El libro que comentamos, con sus dos volúmenes, se alza como un hito imprescindible en la bibliografía del tema. Y ni siquiera ciertos deslices -el idioma no tan cuidado en un par de artículos-desmerecen de lo que es una aportación indudable.-MARÍA CABALLERO. Espina Barrio, A.B. (Dir.): Antropología en Castilla y León e lberoamérica. Aspectos generales y Religiosidades populares, Salamanca, Ed. Instituto de Investigaciones Antropológicas de Castilla y León, 1998. Desde hace más de una década, diversos etnógrafos y antropólogos venían desarrollando su labor investigadora en el entorno académico de la Universidad de Salamanca. La feliz coincidencia de sus intereses y su cercanía, hicieron inevitable la formación de un grupo homogéneo que en adelante trabajaría de forma coordinada. En el año 1994 veía así la luz el "Instituto de Investigaciones Antropológicas de Castilla y León", en el seno del cual se llevarían a efecto diversos proyectos centrados en dos ámbitos culturales ciertamente complejos: el de la comunidad ibérica de Castilla y León, y el de toda Latinoamérica. Las enormes posibilidades que ofrecen semejantes campos de investigación tuvieron como lógica consecuencia el intercambio de proyectos con antropólogos procedentes de todos los paises que componen la comunidad latinoamericana. La conveniencia de divulgar los resultados de tales intercambios motivó a los miembros del Instituto a realizar una primera publicación. Para evitar el previsible caos resultante de tan amplio espectro de investigadores y de campos de estudio, se decidió que la misma debía mantener cierta unidad temática, aunque ello supusiera el descanso sobre las estanterías de trabajos ya concluidos, a la espera de su inclusión en un volumen posterior. Firman este primer volumen un total de 27 autores, entre los que encontramos profesores de universidades de ambos lados del Atlántico, así como diversos investigadores. Están representados los siguientes países: Colombia, México, Venezuela, Perú, República Dominicana y España, a través de Instituciones como la Universidad Nacional de Bogotá, el Colegio Mexiquense, la Universidad de Carabobo, la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, la Universidad Politécnica de Santiago, o las Universidades españolas de Salamanca, Oviedo, Cantabria, Barcelona, León, Complutense de Madrid, Pública de Navarra y la U.N.E.D. Esta enumeración da idea de la dificultad que entraña el conseguir una obra con consistencia y congruencia temática, objetivo conseguido no obstante por el director de la misma, el Dr. Angel B. Espina Barrio. Los 36 artículos que la componen están agrupados en dos grandes bloques. El primero de ellos recoge temáticas variadas, como corresponde a un volumen que trata de no asustar al lector presentándole estudios altamente especializados, cosa que sin duda ocurriría si se hubiera optado por una colección de trabajos monotemáticos. El fomento de las labores investigativas con vocación iberoamericanista es el objetivo mejor cumplido de esta obra. Bajo el epígrafe "aspectos generales" comienza el primer bloque, el cual se abre con tres artículos que ofrecen una valiosa visión de conjunto sobre el estado de las investigaciones antropológicas en el panorama cultural y académico latinoamericano, no tanto en lo referente a los diversos planteamientos teóricos, cuanto al panorama divulgador de alto nivel representado por los postgrados. Las diferencias que ofrece el paisaje en este campo de la cultura y la docencia, son notables entre el continente americano y la Península Iberica, como bien subrayan los profesores D. Heraclio Bonilla y el propio director de la obra. Los restantes nueve artículos de esta primera parte ofrecen variedad, y sobre todo, se abren a los intereses de un amplio número de lectores. Así, algunos de ellos presentan más de un aspecto fundamental que hacen difícil su clasificación. Entre sus características, quizá la más destacable sea el componente comparativo que presentan dos de los trabajos. El firmado por el investigador Montes Pérez, es además un estudio monográfico de dos comunidades rurales que encuentra apoyo histórico en los trabajos del antropólogo José María Arguedas. El firmado por el Dr. Gómez Hernández centra su faceta comparativa en el estudio de símbolos y ritos a los cuales da también apoyatura histórica. Centrado en lo simbólico aparece asimismo un trabajo del veterano y admirado profesor Gómez-Tabanera, quien recurre en su caso a determinados arquetipos femeninos, ejemplificados con el archiconocido personaje "Pocahontas", para tratar el complejo "problema del otro", representado por el europeo "conquistador" y el americano "salvaje". También en lo simbólico se radica el artículo de D. Antonio Santos, quien nos presenta el esfuerzo portagonizado por un autor representativo de la historiografía castellana de finales del XVI, principios del XVII: Gil González de Ávila, quien trata de hacer coincidir las más variopintas tradiciones en la ciudad del Tormes. Sin olvidarse del "otro" como problema, el profesor Ferreira acomete un hermeneútico e introspectivo viaje en busca de la identidad venezolana, que le sirve como excusa para poner sobre el tapete un conjunto de preguntas que involucren al lector en sus reflexiones. Por su parte, y sin tratarse de trabajos estrictamente comparativos, otros dos artículos ponen en relación aspectos ibéricos y americanos. Particularmente interesante resulta el de D. Benito Arnáiz, sobre todo para quien quiera conocer a fondo la forma más inmediata de acercarse a las culturas americanas: las colecciones museísticas españolas en esa materia. Finalmente, otros dos artículos monográficos firmados por Martín del Molino y Fernández de Mata, quienes estudian aspectos concretos de las culturas aimara y guane respectivamente, completan esta primera parte de la obra. La segunda parte se centra en uno de los terrenos más fecundos para la Antropología. La componen 24 artículos, alguno de ellos firmado por autores ya presentes en la primera parte. Facilita el imaginario viaje a través del tiempo y del espacio la distribución de los trabajos, que alternativamente nos sitúan en uno y otro continente. Serán excepción dos de ellos, los firmados por Ángel B. Espina y por José Manuel Gómez-Tabanera, al ser los únicos que ofrecen una visión comparativa intercultural de su objeto de estudio: en el primer caso, el culto mariano, omnipresente en toda la extensión geográfica ibero-americana; en el segundo, el estudio de los arquetipos propios de la faceta religiosa de nuestras culturas. El lector encontrará además trece artículos que tienen su objeto de estudio en América, y diez más que lo tienen en la Península. Se añaden a los autores ya citados, los nombres de Eufemio Lorenzo, Pedro Pitarch, Wilfredo Kapsoli, José María Uribe, Juan Francisco Blanco, Victor Burgos, Beatríz Albores, José María Fericgla, Carlos Junquera, Oscar Fernández, Azucena de la Cruz, Félix Ferrer, Mónica Miguel y Guillermo León Escobar. Los estudios abarcan las más variadas facetas de lo religioso, desde el papel de los religiosos españoles lanzados a la conquista en el siglo XVI, y que no sólo sirvieron como justificante moral del acto sino también como revulsivo de la conciencia de una cultura que se imponía por la fuerza; hasta las más recientes y complejas manifestaciones producto del sincretismo entre las creencias, ritos y rituales de razas y pueblos distintos como el vodú de Santo Domingo. Especialmente representado está México, país del cual se estudian las peculiaridades de tres de sus pueblos: tzeltales, nahuas y otomíes. Sumándose al primero de los trabajos, el culto mariano sirve de excusa para estudiar el papel de lo sagrado en la resolución de conflictos en el seno de comunidades rurales ibéricas. Otros dos trabajos nos ofrecen una amplia visión de la religiosidad popular andina, uno desde una perpectiva general, y otro desde un punto de vista más localista. Se estudian además las manifestaciones populares de Paraguay, Panamá, Venezuela, Ecuador y de diversas regiones españolas, especialmente Castilla y León. Como es presumible, los enfoques son variados, y van desde lo meramente descriptivo, hasta los que ofrecen interpretaciones arriesgadas, o sencillamente críticas descarnadas. Como colofón, la búsqueda de elementos que componen la identidad colombiana a través de su literatura y en especial de la obra de su figura más universal: García Marquez. El autor, Guillermo León Escobar, lo hace desde la privilegiada situación de quienes son capaces de conjugar su pertenencia a una cultura, con la distancia necesaria para no perder la objetividad. En conjunto, este volumen abre la puerta a nuevas monografías que, a pesar de serlo, ofrecen una variedad de perspectivas y de objetos de estudio tremendamente sugerentes, y que deben despertar el interés por profundizar en los temas propuestos.-ALFONSO GÓMEZ HERNÁNDEZ. Espina Barrio, A.B. (Dir.): Antropología en Castilla y León e Iberoamérica, II Antropología Visual, Ed. Instituto de Investigaciones Antropológicas de Castilla y León, Salamanca, 1999. El camino iniciado por el Instituto de Investigaciones Antropológicas de Castilla y León con el volumen subtitulado "Aspectos generales y religiosidades populares" tiene su continuidad en este segundo volumen dedicado a la Antropología visual. Como ocurre siempre que dos disciplinas se unen, la variedad de problemas que se plantean afectan no sólo al plano práctico, sino también y en primer lugar, al teórico. Una vez más su director nos ofrece una clasificación basada en criterios geográficos y temáticos, comenzando la primera de las tres partes en que se divide la obra con los trabajos que tratan cuestiones generales, para exponer a continuación los que se ocupan de cuestiones localizadas en la Península Ibérica, y finalmente los que lo hacen en el continente americano. Las posibilidades de relacionar la disciplina antropológica con el mundo audiovisual son enormes, y se ven aún ampliadas con los posibles enfoques metodológicos: el histórico, el historiográfico, el crítico, el fenomenológico o el hermenéutico. Todos ellos encuentran representación en esta obra. Se relaciona la Antropología con el estudio del cine, la televisión, la fotografía, los medios de comunicación y de transmisión cultural impresos, la tecnología multimedia y la iconografía tradicional, popular y religiosa; o más bien, se establecen campos de colaboración entre todas estas formas de expresión audiovisual y la Antropología. Así, dos son los artículos que se enfrentan a cuestiones teóricas, los firmados por Lisón Arcal y por Montes Pérez, a los que habría que añadir un tercero cuyo título llama a engaño, incluido en la segunda parte de la obra y firmado por Gómez Hernández. El estatuto epistemológico de esta disciplina -o subdisciplina según algunos autores-, su desarrollo histórico y los problemas epistémicos que lleva acarreados, son tratados en estas páginas. La experiencia en la realización de documentales antropológicos viene de la mano del conocido director y realizador Luis Pancorbo, quien ofrece una valiosa reflexión sobre el papel de la televisión en el tan nom-brado proceso de globalización, y pone sobre la mesa los problemas a los que se enfrenta el realizador, tanto teóricos como prácticos. Precisamente la documentación es amplia y precisa en los trabajos de Espina Barrio y Demetrio Brisset. El primero ofrece un útil recorrido por la historia del documental y el cine antropológico, que sirve de orientación y referencia a un lector incluso avezado en esta disciplina. El segundo nos ofrece un trabajo histórico centrado en la figura de E.S. Curtis y sus fotografías sobre tribus americanas, que le sirven de apoyo para el tratamiento de la cuestión que ha venido en llamarse "la dicotomía, instantánea versus pose", propia de la fotografía fija. Completan el apartado primero tres trabajos prácticos. Se comenta así desde el punto de vista antropológico una manifestación cultural genuinamente contemporánea, el cómic. Los otros dos ofrecen los resultados y las posibilidades de la aplicación de técnicas multimedia en trabajos de campo y las labores de documentación bibliográfica. El apartado dedicado a los trabajos realizados en la Península Ibérica se abre con una exposición en lengua portuguesa de la antropóloga Catarina Alves, quien se apoya en tres magníficos documentales dirigidos por la propia autora para mostrar al lector los problemas teórico-prácticos que acompañan a esta actividad, dando de este modo la réplica al realizador español Luis Pancorbo. Dichos trabajos ofrecen una perspectiva comparativa entre tres realidades sociales distintas, y se constituyen en un magnífico marco para las reflexiones que se abordan en el texto. Cuanto menos curioso, además de original, resulta encontrarse con el guión impreso de un documental elaborado con una doble función, la antropológico-cultural y la didáctica. Eso es lo que nos ofrece el Dr. Lorenzo en sus páginas. El visionado del documental sería el complemento no por ideal, menos imposible en este caso, si bien la temática abordada no deja de ofrecer enormes posibilidades, tal como comprobará el propio Instituto de Investigaciones a la hora de plantearse la realización de un tercer volumen próximo a ser publicado y que versará sobre el interés de las llamadas crónicas de Indias para la Antropología. El análisis de dos formas de transmisión visual de la cultura, la iconográfica y la fotográfica, se lleva a cabo en los dos artículos que cierran esta segunda parte. El segundo de ellos, firmado por Angel Carril, es además un estupendo ejemplo de labor interpretativa desde el punto de vista etnográfico a partir de la cada vez más frecuente fuente de información que representan los documentos fotográficos. Una nueva colaboración entre las funciones didácticas del documental, y las comprensivas de la Antropología, es lo que nos ofrece el artículo que abre la tercera parte, firmado por Iris Tinoco. En este caso la protagonista es una comunidad indígena peruana. Dos tipos de claves son analizadas: las pedagógicas y las interpretativas. El profesor D. Pedro Pitarch, buen conocedor de las comunidades mayas de los altos de Chiapas, nos señala la importancia relativa y el papel que ocupa la imagen fotográfica en el imaginario y la religiosidad indígena. Las peculiaridades descritas son minuciosas y muy atractivas por la diversidad de perspectivas desde las que son estudiadas y que abarcan la tradición oral, o la propia lingüística. La "otra América", la que figuraba no ya en la mente del conquistador, sino en la del hombre español contemporáneo que no ha viajado al Nuevo mundo, es admirablemente estudiada por el Dr. González Alcantud. Se trata de la "imagen" por excelencia, la que se forma en nuestras mentes y la que nos sirve de referencia en nuestro "hacer" cultural. Un nuevo ejemplo de documentación historiográfica viene de la mano de D. Fernando Calderón, quien hace un repaso a la historia del documental en su Perú natal. Antonio Pérez por su parte, se enfrenta a una problemática original: la elaboración de documentales a partir de materiales ya utilizados. El resultado sólo puede ser aceptable recurriendo a las culturas objeto de estudio y a una de sus manifestaciones más complejas: el texto escrito, la poesía. Toda la problemática de una tribu amazónica, los ticuna, es descrita por Javier Ullán en su artículo, donde analiza la paradoja de la que es víctima quien ve rescatada su identidad cultural por la acción de aquéllos mismos a quienes precisamente debe su desintegración. La Antropología, en colaboración con otras disciplinas, se convierte en la herramienta occidental de recuperación de la perdida identidad. Se cierra este segundo volumen editado por el Instituto de Investigaciones Antropológicas de Castilla y León con un artículo del profesor Carmelo Pinto a modo de apéndice, en el cual se muestra la riqueza y variedad de problemas que puede abordar la Antropología visual. La enumeración de temas se ve completada con una amplia bibliografía, todo lo cual convierte a este guión en un espléndido esquema orientador para los interesados en la materia y un acertado colofón para la obra que hemos comentado.-ALFONSO GÓMEZ HERNÁNDEZ. Gutiérrez Escudero, Antonio y María Luisa Laviana Cuetos (coords.): Si algo tienen de bueno los aniversarios, sin duda es el acicate que suponen para la publicación de nuevos estudios históricos. Cuando aparece un libro de autoría colectiva, cabe dar la simple noticia en una recensión de pocas líneas que apenas bastan para identificar a los autores y enumerar sus aportaciones. Sin embargo, la noticia escueta raramente hace justicia a los esfuerzos de los autores y los editores, y ello nos motiva a comentar más ampliamente un libro de autoría colectiva, que acaba de publicarse, coordinado por los investigadores María Luisa Laviana Cuetos y Antonio Gutiérrez Escudero. Contiene diecisiete ensayos reunidos en torno a la coyuntura histórica de 1898, que sirve como punto de referencia, pero que en algunos casos desarrolla una amplitud cronológica y temática mucho mayor. La introducción elaborada por los dos coordinadores cumple perfectamente su propósito de explicar los antecedentes del presente volumen y, con someras pinceladas, orientar al lector respecto de los capítulos siguientes. Llaman la atención sobre la tradicional perspectiva española o "españolista" de la mayoría de los debates académicos e historiográficos habidos en España, y sobre su relativo olvido de las dimensiones americana y asiática. Con esta colección de ensayos se suman al esfuerzo que felizmente se viene realizando en años recientes, en gran parte en función de este aniversario, por ampliar las miras temáticas y los enfoques históricos. Sólo cabría aquí echar en falta una sección que, requiriendo poco trabajo, habría tenido su utilidad, y era la dedicada a ofrecer algunas notas informativas sobre los autores que colaboran en el libro. Más trabajoso habría sido un índice analítico final, pero los lectores lo habrían agradecido especialmente, por cuanto habría facilitado el acceso más rápido a los contenidos. Por otra parte, interesa reflexionar sobre el afán de superación de limitaciones temáticas e interpretativas anticuadas en torno a la crisis de 1895-99, que inspira tanto a los coordinadores como a los autores de ésta y otras colecciones de ensayos similares de los últimos cinco o seis años. A modo de ejemplo, cabe mencionar las siguientes obras: Asturias y Cuba en torno al 98. Sociedad, economía, política y cultura en la crisis de entre siglos, editada por Jorge Uría González (Barcelona, 1994); La nación soñada: Cuba, Puerto Rico y Filipinas ante el 98, editada por Consuelo Naranjo, Miguel A. Puig-Samper y Luis María García Mora (Madrid, 1996); 1895: Anuario de Estudios Americanos la guerra en Cuba y la España de la Restauración, dirigida por Emilio de Diego (Madrid, 1996); Antes del 'desastre': orígenes y antecedentes de la crisis del 98, editado por Juan Pablo Fusi y Antonio Niño (Madrid, 1996); Cuba, Puerto Rico y Filipinas en la perspectiva del 98, editado por Demetrio Ramos y Emilio de Diego (Madrid, 1997); Más se perdió en Cuba. Las claves del Desastre, editado por Pedro Laín Entralgo y Carlos Seco Serrano (Madrid, 1998); El 98 iberoamericano, de José Luis Abellán y otros (Madrid, 1998); el número monográfico, con el título de "En torno al 98", del Anuario de Estudios Americanos (LV-1, enero-junio 1998); el de la Revista de Occidente (202-203, marzo 1998), titulado "1898: ¿Desastre nacional o impulso modernizador?"; el monográfico de Cuadernos Hispanoamericanos (577-578, julio-agosto 1998), titulado "El 98 visto desde América"; el dossier sobre "España Fin de Siglo" coordinado por Elena Hernández Sandoica en Cuadernos de Historia Contemporánea (20, 1998); 1898: España y el Pacífico. Interpretación del pasado, realidad del presente, coordinado por Miguel Luque Talaván, Juan J. Pacheco Onrubia y Fernando Palanco Aguado (Madrid, 1999); Los significados del 98, editado por Octavio Ruiz-Manjón y Alicia Langa (Madrid, 1999); y la obra, en dos volúmenes, En torno al "98": España en el tránsito del siglo XIX al XX, editada por Rafael Sánchez Mantero (Huelva, 2000). Asimismo, existen varios ensayos historiográficos analíticos, como los siguientes: Sylvia L. Hilton, "Democracy Goes Imperial: Spanish Views of American Policy in 1898" (en: Reflections on American Exceptionalism. También es útil para seguir las pautas de producción la recopilación Bibliografías de Historia de España, número 8: La crisis del 98 (Madrid, 1998). De manera que si ya resulta muy claro que desde mediados de los años 1970 la historiografía española en general se ha modernizado y se ha internacionalizado en muchos sentidos, el americanismo español no se ha quedado atrás, y los resultados están a la vista. Los aspectos propiamente "españoles" de la crisis colonial se estudian desde perspectivas más amplias (económicas, sociales, políticas, culturales, comparativas) y más analíticas, se percibe una mayor comprensión de los anhelos de independencia nacional de los pueblos antillanos y pacíficos, los "cubanistas" trabajan con tesón para ayudar en la construcción de una nueva historiografía cubana de los siglos XIX y XX, los estudiosos del Pacífico están renovando la visión de aquel vasto ámbito geográfico-histórico, y Filipinas ya va dejando de ser la "cenicienta" de la historiografía española sobre el'98. De momento, Puerto Rico se asoma tímidamente al horizonte historiográfico español y sigue necesitando mayor atención. Sin embargo, la gran "asignatura pendiente" es sin duda el papel del país que, a juicio de muchos autores, fue protagonista principal de los acontecimientos de 1895-99: los Estados Unidos. Resulta, cuando menos, intrigante comprobar cómo a veces los mismos historiadores que reclaman más respeto, mayores conocimientos, mayor esfuerzo de contextualización histórica, siguen propagando sin pudor los estereotipos más burdos y simplificadores, en un proceso cultural de satanización de los Estados Unidos, tan alejado de la comprensión histórica como la propia leyenda negra anti-española. Luis Toledo Sande ya nos advierte que pretende reivindicar "la ética en la perspectiva histórica". Su aportación es un alegato condenatorio de la "brutalidad orgánica" del colonialismo español y de la barbarie del "genocidio" de la política de reconcentración; del neocolonialismo de los Estados Unidos, de su imperialismo monstruoso y avasallador, de su racismo feroz; y por último, de los intentos historiográficos de minimizar el salvajismo colonialista. Es decir, es un perfecto ejemplo de la ideología mal camuflada como historiografía. Al menos (presumiblemente porque presenta el panfleto en España), tiene el detalle de distinguir entre el "pueblo" español y su gobierno, pero ni esa dudosa "sutileza" le cabe respecto de los estadounidenses. En definitiva, aparte de no documentar ninguna de sus afirmaciones, su desprecio por el "liberalismo burgués" le impide reflexionar acertadamente sobre el carácter del separatismo y del nacionalismo cubanos. Dice que la calificación de la emancipación de Cuba como "desastre" surge desde un espíritu colonialista y conquistador. Tiene razon, pero sólo hasta cierto punto. Otros espíritus, más atentos al sufrimiento humano, a la pérdida de vidas (españolas, cubanas, filipinas, blancas, negras...), al desperdicio de recursos de todo tipo, a la manipulación de los "pueblos" y sus valores colectivos en beneficio de los intereses minoritarios, califican con razón a esta crisis como "desastre" porque son herederos del mismo ideario que ya defendían Francisco Pí y Margall, Carl Schurz, y otros demócratas anti-imperialistas del'98 en todo Occidente. Su dolor, su rabia y sus denuncias de tanta retórica y obcecación, expresaban entonces el mismo rechazo de los proyectos que servían a los intereses de las elites nacionales (reales o aspirantes) por encima de los derechos humanos individuales dentro de las naciones y en el mundo. Franklin W. Knight ofrece un apretado resumen, con cierta intención comparativa, de perspectivas desde Estados Unidos, España, Cuba y Puerto Rico. Aunque hace mención de la "enérgica oposición de muchos de sus ciudadanos" a la guerra (sin aclarar el carácter de esa oposición) y de su manipulación por el gobierno y otros poderes fácticos, se centra en la política oficial de los Estados Unidos, caracterizada como producto de una cultura racista e imperialista imbuída de fe en la idea del progreso lineal, representada en este ensayo por las actitudes de los generales Shafter y Miles y por algunos agentes estadounidenses en Cuba y Puerto Rico. Pondera la quiebra económica, política e intelectual del colonialismo español, resumiendo la postura del gobierno y sus partidarios como intento de conciliar la defensa del honor nacional con la de determinados intereses económicos privados. En estos dos casos, por tanto, se ciñe a la explicación de una única perspectiva, oficial o gubernamental, sin contemplar la enorme diversidad real de opiniones en ambas naciones. Sobre Cuba, señala que las divisiones internas, el racismo y el clasismo, estaban temporalmente subordinadas al discurso nacionalista, a la promesa de igualdad ciudadana, y a las exigencias de la guerra, pero que en definitiva el proyecto democrático y anti-racista martiano quedó frustrado por los odios raciales cubanos, y también por la injerencia de los Estados Unidos. Por último, la ambivalencia y confusión imperantes en Puerto Rico ante el desembarco estadounidense le lleva a calificar la actitud puertorriqueña como "una sorpresa paradójica". Si esta isla fue tomada por imperativo estratégico-militar, su población no sentía ni amor ni odio hacia España, pero sus iniciales reacciones expectantes, incluso entusiastas, pronto se volverían más complejas y negativas. De nuevo, saliéndose del marco cronológico de su ensayo, termina culpando a los Estados Unidos de los problemas puertorriqueños en el siglo XX. Las acusaciones de genocidio y la muy repetida afirmación de que la guerra se cobró entre 300.000 y 400.000 víctimas cubanas inspiraron el cuidadoso y bien razonado análisis de Luis Navarro García. Critica las cifras manejadas por Pérez de la Riva, tanto por su método como por sus contradicciones. Continúa con metódica transparencia argumentando a favor de una pérdida total, entre la estimación de 1894 (aceptada con reservas) y el censo de 1899, de 183.103 personas, de las cuales la mayoría no fueron bajas en acciones militares, sino muertes producidas por las especiales condiciones de esta guerrilla insular. Además de las repercusiones del lógico descenso de la natalidad en el período 1895-98, señala el aumento de la mortalidad por enfermedades, accidentes, hambre, agotamiento y vejez de personas de todas las edades, y también la pérdida de emigrados y deportados. A su juicio los cubanos, combatientes o simpatizantes de España, que murieron durante la guerra no deberían computarse como "víctimas" de la política española. Ofrece algunas precisiones sobre la puesta en práctica de la política de tierra calcinada tanto por insurgentes cubanos como por autoridades españolas, rechaza contundentemente la tesis que sostiene que la política weyleriana de reconcentración fue causa primordial de una altísima mortalidad, y sostiene por el contrario que el bloqueo estadounidense fue una de las principales causas de muerte por hambre y enfermedades al final de la guerra. La aportación de Lourdes Pérez Villarreal ofrece datos interesantes sobre películas rodadas, tanto coetánea como posteriormente sobre el tema de la guerra, deteniéndose en algunos montajes concretos. Su propósito principal no reside en la historia interna, técnica o creativa, de las películas, o en contextualizarlas en la historia filmográfica, sino en poner de relieve sus intentos de manipulación de la opinión pública, confundiendo a veces las intenciones fraudulentas con sus posibles efectos, o lo que es lo mismo, dando por supuesto la total credulidad del público. Repite el tópico sobre "el genocidio que fue la Reconcentración", y ofrece la versión del fotógrafo Albert Smith de la batalla por la Loma de San Juan, sin contrastarla con otras muchas fuentes disponibles sobre esta acción. Por su parte, Juan José Sánchez Baena presenta una resumida historia de la fotografía decimonónica en Cuba y sus principales impulsores, como introducción a una selección de fotografías fechadas entre 1898 y 1902, cuyo objeto principal es rescatarlas como fuente histórica complementaria. Las reproducciones del apéndice documental van acompañadas por útiles fichas explicativas. Aunque el título del ensayo de Consuelo Naranjo Orovio anuncia "visiones de España", en realidad su trabajo nos ofrece un estudio maduro y amplio de diferentes opiniones sostenidas por destacados pensadores cubanos sobre Cuba, los cubanos y la cubanidad, en las cuales se contemplaban no sólo la herencia "racial" y cultural española sino diversas respuestas a la presencia africana. Se trata, pues, de una reflexión bien documentada sobre el temprano proceso de construcción de la identidad nacional cubana, entre 1880 y 1910. Cualquier resumen de un tema tan difícil y complejo corre graves riesgos, pero en esencia la autora nos va desgranando opciones contrapuestas: 1) la visión de los anexionistas que, en su admiración por los Estados Unidos, despreciaban todo lo español, lo africano y lo cubano, y por tanto se autoexcluían del intento de crear conciencia de cubanidad (Raimundo Cabrera Bosch); 2) la visión de lo cubano definido por su españolidad y la raza blanca, con rechazo del elemento africano, que a su vez se bifurcaba en una opción favorable a los Estados Unidos (las elites blancas representan la genuina cubanidad), y otra antagónica hacia ese país (los campesinos españoles "puros" representan la cubanidad, y hay que fomentar la inmigración española -Francisco Carrera y Justiz); 3) la visión de lo cubano como mezcla de elementos españoles y africanos (felizmente simbolizada por la música cubana), y antagónica hacia la interferencia de los Estados Unidos; 4) la visión de la cubanidad como mezcla hispano-africana, pero con énfasis en la creación de conciencia nacional a través de la educación, el progreso social, la ciudadanía responsable, los valores humanos universales (Enrique José Varona, Rafael María Merchán) y el control cubano de los recursos económicos nacionales (Manuel Sanguily). En todas las búsquedas de rasgos comunes definidores de la nación, rezumaban tensiones racistas y clasistas, tensiones entre nacionalismo e ideologías transnacionales, y diferentes actitudes sobre cómo asumir el pasado colonial y cómo proyectar las expectativas de futuro nacional, dando lugar por un lado a visiones negativas que consideraban que la plural herencia "racial" y cultural era una fuerza desintegradora, y, por otro lado, a otras positivas que reivindicaban la diversidad como consustancial con una identidad cubana integradora (Fernando Ortiz). En suma, ésta es una contribución para leer con detenimiento. La ley de reforma agraria cubana de 1877 pretendía favorecer los procesos de paz y de reconstrucción económica de la isla tras la larga guerra iniciada en 1868, resolviendo algunas de sus tensiones sociales. A Antonio Merchán le llama la atención la paradójica sensibilidad gubernamental ante la demanda social de reforma agraria en Cuba mientras que se hacía oídos sordos a similares tensiones en Andalucía. Concluye que al fin al prevalecieron las nociones del liberalismo económico sobre el derecho de propiedad, fuese pequeña o grande, sin restricciones, lo que socavaría por completo cualquier función redistributiva de la reforma, porque abrió la puerta a la enajenación de las nuevas propiedades pequeñas al cabo de tres años. También tiene interés su análisis de determinados atisbos de ideas más modernas sobre la función social de la propiedad de la tierra, y sobre la reinserción social de los vencidos en la guerra, así como su cuidadosa observación de que esta ley también representaba cierta previsión de que la abolición de la esclavitud crearía nuevas condiciones de trabajo. Según Óscar Álvarez Gila, el bertsolarismo, o poesía 'improvisada' popular vasca, no se alejaba mucho del discurso público mayoritario hallado en otros medios de comunicación españoles. Patriotismo, desprecios racistas hacia los cubanos, ataques contra los Estados Unidos, denuncia del sistema de quintos y redención a metálico, instrumentalización de las noticias en la lucha doméstica entre rivales políticos, conciencia de divisiones sociales en los intereses y los sacrificios representados por la guerra, dolor ante las secuelas de la lucha. Estos hallazgos obligan a preguntarse quiénes, qué grupos o intereses estaban representados por las composiciones que se conservan, y hasta qué punto pudieron ser utilizadas por las clases dirigentes como instrumento propagandístico en medios rurales y analfabetos vascos. Dos detalles diferenciadores merecen ser destacados, aunque el autor sólo les concede una pequeña mención: la emigración vasca hacia los Estados Unidos había proporcionado cierto conocimiento directo de la riqueza de ese país, y la protesta general contra los quintos encontró expresión específica aquí, dirigida contra los liberales que habían sido recompensados tras la última guerra carlista con la exención para sus hijos del servicio militar. Izaskun Álvarez Cuartero pondera la total falta de interés, conocimiento o simpatía de Sabino Arana, padre del nacionalismo vasco, hacia los beligerantes de 1895-98. Anti-colonialista y defensor del derecho de auto-determinación de los pueblos, Arana "se caracterizó por sus posturas retrógradas y agresivas teñidas... de una profunda melancolía", haciendo gala de odios racistas contra españoles y cubanos por igual. Denunciaba el reclutamiento de vascos para la guerra colonial, fuese en filas españolas fuese para apoyar la causa cubana, porque entendía que tales luchas les eran ajenas y que hacían falta para luchar en su propio país. Como es bien sabido, llegó incluso a querer felicitar al gobierno estadounidense por la independencia de Cuba, simplemente para poder dejar constancia de su ansia de una intervención internacional en favor de una patria vasca libre. El gran valor de la prensa como fuente primaria queda ampliamente evidenciado por dos estudios de periódicos españoles. Alfonso Braojos analiza cuatro semanarios ilustrados, identificando diez motivos temáticos comunes en sus noticias sobre el conflicto, y poniendo de relieve que, a su juicio, no se aprecian diferencias sustanciales en su cobertura de los acontecimientos o en su interpretación para la sociedad española. Todos los contenidos reseñados aquí abundan en el discurso patriótico generalizado en otros medios. Por su parte, Rosario Sevilla Soler nos resume en este útil artículo algunos de los hallazgos de sus investigaciones sobre imágenes de la intervención estadounidense de 1898 en cuatro periódicos sevillanos, representativos de diversas posiciones ideológicas del momento. Aunque aclara que ha podido comprobar que dichas imágenes cambiaban en cuanto a sus contenidos y enfoques interpretativos, nos ofrece aquí sus impresión general que viene a confirmar los hallazgos de otros muestreos de prensa respecto del patrioterismo español, los intentos de los "gubernamentales" y algunos otros sectores políticos de hacer distingos en el pueblo estadounidense entre la mayoría de pacíficos comerciantes y una minoría de intervencionistas exaltados, el abuso de estereotipos negativos, y la instrumentalización de las reacciones a todo lo relacionado con los socorros humanitarios y el 'Maine', entre otros aspectos bien conocidos. Entre sus aportaciones interpretativas de interés se pueden mencionar su explicación del discurso periodístico en términos de reacción emocional más que racional, y su insistencia en la impresión de que hubo un divorcio entre el sentir popular y la mayoría de la prensa. Esto se manifestó en una ausencia de culpabilización o siquiera de rencor hacia los Estados Unidos, lo que vendría a apoyar la tesis de que la intervención se vivió como deseado final y alivio a un conflicto que no tenía solución políticamente viable desde el gobierno español. La contribución de Roberto Cassá analiza la evolución decimonónica del antillanismo, o de las ideas y proyectos de asociación política entre diferentes islas antillanas. Entre los motivos y fuentes de inspiración para tales propuestas destaca el ideal bolivariano de unidad hispanoamericana, la proximidad geográfica y las conexiones insulares, la relativa debilidad de pequeños estados-nación como Santo Domingo y Haití, la búsqueda de apoyos para la independencia de Cuba y Puerto Rico, y las ideologías que promovían la solidaridad y la unión de países americanos con rasgos históricos, sociales, étnico-raciales y culturales similares o asimilables. Hacia la década de 1860, el antillanismo ya no se planteaba como fin en sí mismo, sino como paso hacia la soñada unión latinoamericana, siendo Eugenio María de Hostos su principal teórico. La amenaza del neo-colonialismo español de aquellos años sirvió de catalizador. Las actitudes hacia los Estados Unidos eran ambivalentes, tan pronto contando con su ayuda contra el colonialismo europeo, como manifestando admiración por sus instituciones políticas, o recelando de sus tendencias expansionistas. El gradual desencanto con el modelo estadounidense favoreció la búsqueda de ideales y metas distintos, entre los cuales figuraban propuestas antillanistas y panlatinistas. Sin embargo, no tuvieron posibilidades reales de materialización política por su carácter utópico, y por su alejamiento tanto de los intereses de las clases dirigentes como de las aspiraciones sociales, reformistas y revolucionarias de las clases populares. Se acabaron imponiendo los nacionalismos antillanos, las soluciones oligárquicas internas y una toma de conciencia sobre los distintos niveles de dependencia respecto de los Estados Unidos. En su estudio del poeta puertorriqueño Luis Palés Matos (1898-1959), Trinidad Barrera primero resume con someras pinceladas las repercusiones políticas, económicas, sociales, demográficas y culturales del dominio estadounidense sobre Puerto Rico, para contextualizar las claves interpretativas de su obra. Su pesimismo refleja el sometimiento colonial y el decaimiento espiritual de la intelectualidad de la isla, así como su pasión por los viajes imaginarios y su atracción hacia los lugares distantes reflejan el aislamiento insular. En la evolución de sus conceptos sobre el carácter del pueblo puertorriqueño, entran el determinismo racial y biológico, y la noción de que su cultura de raíz hispana se vio abandonada o interrumpida en favor del "progreso" de la civilización anglosajona. Sin embargo, la influencia de Spengler le llevó a postular que la emigración tanto de blancos como de negros y su arraigo en un nuevo paisaje, procesos ayudados por el mestizaje, acabaron por producir nuevas "razas" y culturas propiamente antillanas que se podrían reinvindicar. María M. Caballero Wangüemert llama la atención sobre dos hechos literarios puertorriqueños: la ausencia de conciencia de trauma en la generación de escritores inmediatamente posterior a la guerra de 1898, y el surgimiento en la narrativa puertorriqueña del último tercio del siglo XX del tema histórico del impacto del dominio estadounidense en Puerto Rico. Partiendo del supuesto de que la nación decimonónica era un "pacto político dependiente de la unión de voluntades", adelanta la premisa de que no es tan obvio que la identidad cultural tuviera (o tenga hoy) mucho que ver con la cuestión de la soberanía política nacional. Constata que la primera expresión literaria de crítica del traspaso de soberanía de España a los Estados Unidos no se produjo hasta 1929, cuando Zeno Gandía habló de "Puerto Rico como nación de rehenes". No se pregunta por la razón de esa tardanza en reaccionar, y en cambio señala la existencia desde los años 1970 de una actitud literaria de rechazo y denuncia del vergonzoso "entreguismo" y de la actitud resignada de los puertorriqueños ante la presencia estadounidense desde el mismo 1898, a través de las obras de José Luis González, Luis López Nieves, Edgardo Rodríguez Juliá y Rosario Ferré. Aunque su análisis pone de manifiesto que dichos escritores elaboraron sus propias versiones de la historia, no acaba de aclarar que sus obras nos dicen mucho más sobre estos finales del siglo XX en Puerto Rico que sobre 1898. Desde el vaticinio de 1899 sobre la pronta "norte-americanización" de Puerto Rico mediante la escolarización hasta el reconocimiento en 1998 de su singularidad como nación y su herencia cultural propia, trata Luis E. Agrait Betancourt de rastrear las secuelas del conflicto de 1898 para la evolución de la identidad puertorriqueña. Ni España ni los Estados Unidos prestaban una atención prioritaria a esta isla durante la crisis bélica, y los puertorriqueños pasaron en pocas semanas de posturas patrióticas españolistas a la recepción entusiasta de la presencia estadounidense, explicada como resultado de las derrotas españolas y de la convergencia de diferentes aspiraciones políticas y socio-económicas de las elites puertorriqueñas y de las masas populares. El rechazo de la imposición del inglés como idioma oficial en 1902 sirve simbólicamente como el inicio de un giro de actitud, y a partir de 1923 ganó fuerza la búsqueda de un nacionalismo cultural, que pronto reinvindicaría sus raíces hispánicas, y se beneficiaría del auge económico posterior a la II Guerra Mundial. Pondera, sin embargo, las diferencias sociológicas respecto de la sociedad puertorriqueña de hace un siglo, subrayando la importancia que tiene para este tema la "desterritorialización de la identidad nacional". En 1898 el 98% de los puertorriqueños había nacido en la isla, pero en 1998 el 40% de las personas que se sienten puertorriqueñas reside habitualmente en los Estados Unidos. Después de un largo período de desinterés mutuo (1820s-70s), escritores e intelectuales españoles e hispanoamericanos comenzaron a obser-varse y a valorar, negativa y positivamente, las respectivas aportaciones literarias y culturales. Carmen de Mora Valcárcel comienza su ensayo sobre la crítica española de la literatura hispanoamericana recordando la célebre contraposición que hizo José Enrique Rodó en 1900 de un Ariel latinoamericano, idealista, artista, intelectual y humanista a un Calibán estadounidense materialista, sensual, pragmático y grosero. El conflicto de 1898 y el rechazo de las tendencias hegemónicas estadounidenses vinieron a reforzar el desarrollo de diferentes movimientos hispanoamericanistas, una de cuyas corrientes fue una nueva sensibilidad a los valores estético-culturales de la literatura americana. Así, junto a la continuidad de la línea crítica negativa, que tenía raíces en el siglo XVI, aparecieron a finales del siglo XIX autores como Valera, Menéndez Pelayo y Unamuno, para quienes el idioma común imprimía unidad a toda la literatura en lengua española, y se comenzó a articular ideas en torno a la aceptación de la diversidad dentro de esa unidad lingüístico-literaria esencial. Cierra esta colección unas reflexiones de Juan Maestre Alfonso sobre el concepto de las dos Españas, y su relevancia en la historia de Occidente y de América, antes y después de los procesos de independencia, y su impresión de que los antiguos enfrentamientos ya han cesado de dominar el devenir histórico español gracias a recientes procesos de modernización y europeización.-SYLVIA L. HILTON. López Cantos, Ángel: Los puertorriqueños: mentalidad y actitudes (Siglo XVIII), Ediciones Puerto y Editorial de la Universidad de Puerto Rico, San Juan de Puerto Rico, 2000, 375 páginas. Como ya sabemos, desde hace muchos años el profesor Ángel López Cantos viene centrando sus investigaciones en el Puerto Rico del siglo XVIII y ofreciendo algunas monografías relevantes para comprender ese período tan olvidado de la isla caribeña. Su penúltima aportación fue la que se refería al corso Miguel Enríquez (San Juan, 1998), en la que no sólo centraba su interés en este personaje tan desconocido y al mismo tiempo tan apasionante de la historia insular sino que se adentraba en los entresijos de una vida social y económica (la de Puerto Rico) que le servía de marco a sus actividades de contrabando y de corso. Si ya en aquella obra observamos el conocimiento del profesor López Cantos sobre Enríquez y sobre las coordenadas de su tiempo y de su sociedad, en este libro que ahora reseña- Anuario de Estudios Americanos mos vemos cómo centra su atención en aspectos muy diversos de la vida diaria del puertorriqueño, aspectos que por su propia naturaleza son poco generosos a la hora de aparecer documentalmente, dificultando mucho su estudio y poder llegar a conclusiones. Este aspecto es quizá la mayor dificultad con la que se encuentra el autor pues a veces las deficiencias que presentan las fuentes son tan grandes que las conclusiones se resienten de ello y se ven un tanto "forzadas" por lo que quizás hubiera sido aconsejable acortar y sintetizar algunos capítulos. Estas deficiencias son casi normales cuando abordamos temas novedosos como los que el autor analiza y cuando intentamos cubrir vacíos historiográficos apenas esbozados. A partir del libro de López Cantos podemos iniciar un largo camino para profundizar en estos temas aun reconociendo que las limitaciones documentales que vamos a encontrar en el camino son amplias y que reconstruir la vida social y las relaciones humanas en el Puerto Rico del siglo XVIII no es tarea fácil, ni siquiera para alguien que conoce tan bien los recursos que ofrecen las fuentes documentales como el autor del libro que ahora reseñamos. Él es consciente de esas limitaciones, como apunta en las primeras páginas del libro, y afirma que sólo es posible aproximarnos difuminadamente a los temas que él aborda pues es difícil hallar en los documentos referencias directas de cómo vivieron los puertorriqueños, de su mentalidad y de sus actividades ante la vida. Quizá sería conveniente plantearnos si debemos abordar estos temas cuando la documentación se reduce, según el autor, a reales cédulas, correspondencia de las autoridades civiles, militares o eclesiásticas, de particulares o a juicios de residencia, querellas u otros documentos. López Cantos se ha arriesgado a hacerlo y aunque los resultados a veces se resienten de las limitaciones documentales, en otras se nos ofrece unos datos ricos y exhaustivos del día a día de los puertorriqueños que, cuando menos, demuestran las muchas horas de trabajo en el Archivo General de Indias, fuente principal utilizada por el autor para este libro. López Cantos, en este nuevo libro, se ha centrado en lo que pudiera llamarse mentalidad colectiva del puertorriqueño, reconstruyendo -quizás en un estilo algo recargado-su concepción del tiempo, su actitud ante la vida y la muerte, ante el paso del tiempo y la religión.... La vida cotidiana, en su vertiente espiritual y material, se intuye en cada una de las páginas del libro aunque el autor haya articulado y dividido la obra en ocho capítulos. En el primero de ellos, titulado "A propósito de la población", el autor muestra un buen conocimiento de los censos del siglo XVIII -y de sus limitaciones-pero los utiliza poco, quizá porque los temas que aborda no lo ameriten o porque sobre el tema demográfico se necesiten más estudios en archivos municipales y eclesiásticos para llegar a afirmaciones concluyentes. Mientras no se haga eso, lo dicho por López Cantos parece ser, al menos, coherente. Las más importantes son tres: que la inmigración no fue la causa del aumento demográfico en la isla, que la población insular fue casi toda ella libre y de color (la entrada ilegal de esclavos debió ser numerosa y debió nutrir los nacimientos naturales con los blancos) y que la expansión demográfica produjo una expansión espacial, un incremento de las tierras ocupadas y de los núcleos urbanos. Quedaría por explicar aún cómo se verificó ese aumento vegetativo tan vertiginoso en la isla durante el siglo XVIII y cuáles fueron los factores que contribuyeron al mismo, cuestiones sobre las que poco se ha trabajado y que necesitan todavía un cuidadoso estudio. En "La cadencia de los tiempos pasados" (capítulo II) el autor compagina lo descriptivo de las festividades cíclicas (como la Navidad, la Cuaresma, la Semana Santa o el Corpus) con aportes más teóricos sobre la concepción indefinida y la precisa o concreta del tiempo. La primera era la que marcaba los ritmos. El puertorriqueño utilizaba los mismos ciclos anuales o vitales que los europeos, pero éstos se transfirieron a suelo puertorriqueño tras haber perdido la relación con los ciclos del proceso agrícola peninsular. A otra escala, López Cantos intuye que en el vivir cotidiano y diario, el ritmo de la existencia se movía en torno a actividades muy concretas como el paseo o el rezo del rosario, actividades que desde luego pueden confirmarnos la tesis de que ese ritmo vital fue muy importante y que influyó de modo ostensible en los individuos. El capítulo III lleva por título "Fe católica y religiosidad popular". Quizá la conclusión más relevante a la que llega el autor en estas páginas sea poder afirmar que las prácticas y las creencias religiosas del puertorriqueño no tuvieron apenas influencias africanas ni extranjeras en este siglo, conservando la doctrina católica toda su pureza. Ahora bien, también nos dice que esta religión ortodoxa coexistía con una escasa formación religiosa no sólo entre los puertorriqueños sino también entre los propios sacerdotes, característica que desde luego se hace extensible a gran parte del siglo XIX. Esa religiosidad poco reflexiva estaba acompañada además por una moral muy laxa, preocupada tan solo por regular el sexo y defender la propiedad, olvidando en todo momento la defensa de la persona como tal. López Cantos refleja cómo autoridades civiles y religiosas fomentaron determinadas prácticas religiosas (caso del rosario) y cómo procuraron mantener la pureza de la doctrina a toda costa. No obstante, el puertorriqueño supo convertir siempre que pudo esas demostraciones religiosas en actos lúdicos (los rosarios, los altares de cruz, las cofradías, hermandades...) y con ello rompió el círculo vicioso de su monótono aislamiento rural y "escapó" de las estrategias pedagógicas de la Administración. En cambio, la religión sí consiguió marcar el discurrir diario del puertorriqueño por mucho que éste fuera poco observante del cumplimiento de preceptos como la asistencia a misa, o de practicar los sacramentos de la confesión y de la comunión.... Debemos destacar también de este capítulo las descripciones que hace el autor de cómo se celebraban algunas fiestas religiosas tan populares como la Semana Santa o los Altares de Cruz, y que contribuyen a un mejor conocimiento del mundo de las festividades en la isla. El capítulo IV, titulado "Sociedad y poder", aborda temas más generales, resaltando cuestiones ya conocidas como la heterogeneidad social y étnica de la isla o la pervivencia de los roles españoles. El empeño del autor en este capítulo es señalar y delimitar cómo era la sociedad insular y cómo se estratificaba. López Cantos afirma que se hacía en función del linaje de los individuos, ocupando el lugar más alto los descendientes de las familias conquistadoras y colonizadoras y algunos españoles. En definitiva, piensa que si bien la blancura de la piel iba unida a la distinción y al honor, no necesariamente el dinero o la fortuna. Así, esta elite blanca y casi en su mayoría criolla controlaba el poder local a través de los cabildos pero no por ello su situación financiera solía estar acorde con su posición social. Paradójicamente, debían incluso cultivar sus tierras y/o dedicarse al comercio. El autor continúa afirmando con razón que los españoles tuvieron fácil el acceso a esta elite local ya fuese por la vía matrimonial, por la de sus propios méritos o por la adquisición de fortuna. Todo lo contrario a lo que sucedía con los pardos, auténtica clase media económica dedicada a las profesiones manuales a la que se le taponó cualquier posibilidad de ascenso social. Por último, López Cantos nos informa de que en la estrecha base social, la población de esclavos nunca superó el 12% y que, excepto en casos aislados, apenas hubo enfrentamientos con los blancos a lo largo del siglo XVIII. Es éste, el de la esclavitud en el siglo XVIII, tema que necesita una mayor profundización historiográfica. En "Diferentes, pero iguales" (capítulo V) López Cantos centra su atención en algunos aspectos muy debatidos por la Historiografía como el carácter indolente de los puertorriqueños. El autor desmonta esta teoría acudiendo a las condiciones económicas por las que atravesaba la isla, unas condiciones que no favorecieron en ningún momento el esfuerzo productivo del campesinado, al estar anclada en una autarquía casi completa, sólo rota por el comercio ilegal que apenas podía cubrir las necesidades mínimas. En estas circunstancias, la actividad económica tenía que ser obligatoriamente escasa y de nada se podría tildar al puertorriqueño. Otra conclusión que creo que es digna de resaltar en este capítulo es la del amor e identificación del puertorriqueño por su tierra hasta el punto de que fueron las milicias urbanas, compuestas sobre todo por gentes de color, las que aseguraron la defensa de Puerto Rico frente a tentativas de invasión exterior. En ámbitos más cotidianos López Cantos nos relata cómo España influyó en los gustos de la elite local y cómo la aculturación fue todo un hecho en el ámbito de la alimentación o en el de las prendas de vestir de esta minoría social. Paralelamente, una gran penuria caracterizaba a la mayoría de los grupos sociales que apenas podía cubrir su cuerpo y se alimentaban con una dieta monótona y siempre expuesta a los muchos avatares climatológicos que afectaban a los campos puertorriqueños. El capítulo VI trata sobre un área temática muy estudiada por el autor, la de las "Diversiones y juegos". Aquí volvemos a encontrar, como en el tema religioso, el difícil equilibrio entre las connotaciones de adoctrinamiento que tienen las fiestas (aprender a acatar a la jerarquía monárquica) y el necesario control de las mismas a través de rigurosas normativas. Así, para López Cantos, serían hechos recurrentes en todas las fiestas esa lucha empecinada entre lo festivo y lo lúdico con las normativas morales de la Iglesia católica, y el diferente matiz de la fiesta en función del lugar social que ocupase cada persona. A destacar también en este capítulo la descripción de algunas de las celebraciones más sobresalientes de la isla, caso de los carnavales, o la descripción de aquellos entretenimientos a los que más horas de ocio dedicaban amplios sectores de puertorriqueños: las peleas de gallos, el vuelo de cometas o los juegos de envite y azar... En "Del amor y del sexo" (capítulo VII) López Cantos aborda el complejo mundo del amor y el de las relaciones étnicas y sociales. El Puerto Rico que nos describe el autor está impregnado -simultáneamente-de una gran libertad sexual (que disfruta en especial la población de color) y de unas fuertes limitaciones en poder elegir de forma libre la pareja, sobre todo cuando se trataba de personas de distinta etnia o con relaciones de parentesco. No obstante, es cierto que siempre hubo mecanismos que permitieron poder salvar estas trabas, caso del amancebamiento, paso previo a la bendición oficial de los hechos consumados por parte de la Iglesia. Junto a esta sexualidad más o menos reglada, en la isla hubo también otras formas de entenderla, menos aceptadas todavía, caso de la homosexualidad o de la mucho más extendida prostitución, actividad a la que se dedicaron en especial mujeres de color solteras pero a la que tampoco fueron ajenas mujeres blancas casadas o amancebadas con soldados. Como en tantas otras instancias de la vida insular la Iglesia actuó en estos terrenos como órgano fiscalizador y controló de modo muy especial a las clases inferiores. Por último, un capítulo VIII, muy breve, se centra en el "Bien morir", título con el que el autor se refiere a la preocupación del puertorriqueño por la muerte. No sólo se describe aquí los velorios y los entierros (que varían en función de la categoría social y económica del finado o de su edad) sino que el autor se detiene en las fuertes implicaciones económicas que tenía, por ejemplo, la creencia en el Purgatorio o en el importante peso que tuvo la religión católica a la hora de enfrentarse el insular al tema de la muerte. En definitiva, estamos ante una obra que abre un camino para poder profundizar más en algunos aspectos poco o nada tratados con anterioridad por la historiografía de la isla y que, sin embargo, nos permitirán entender el día a día del puertorriqueño, saber qué le permitió enfrentarse a la muerte, al amor, a la religión o a las fiestas del modo que lo hizo. Queda planteado, por tanto, el reto de escudriñar más en la documentación manejada y en otros fondos documentales puertorriqueños -de por sí escasos para el siglo XVIII-a fin de continuar el camino abierto por este trabajo.-J. RAÚL NAVARRO GARCÍA. Romero Frizzi, María de los Ángeles: El Sol y la Cruz. Los pueblos indios de Oaxaca colonial. En el reencuentro con el pasado y entre la convivencia y los documentos de los indígenas de Oaxaca, María de los Ángeles Romero Rizzi presenta en este texto el trabajo de veinte años de investigación. Sugerente por sí mismo, no se limita a mostrar la unión sincrética de la cultura prehispánica y el catolicismo, se refiere a los procesos históricos desencadenados por la Conquista, a la evolución de dos culturas y a la visión de una época esperada por los pueblos autóctonos, anunciada en su historia, registrada en libros sagrados, repetida en ceremonias y ritos, presagiada en la cuenta calendárica de sus días por los fundadores de sus linajes, cantada en las hazañas de sus códices, perpetuada en los relatos trasmitidos de generación en generación, para convertirse en portadora de la memoria colectiva y las ideas filosóficas ancestrales, sustento de la vida actual de los hombres de esta región. Especialista en el campo de la etnología, la autora trama un discurso con el fin de establecer una escenificación de lo otro en el presente. En su trabajo se advierte su "otro", su pasado, que en un pertinente distanciamiento adquiere una nueva representación discursiva. En este caso, el distanciamiento produce un doble efecto, como dice Michel de Certeau, historiza lo actual y presentifica una situación vivida; este juego, la obliga a explicar la razón de su discurso en función de un lugar limitado por un espacio y un tiempo. La palabra y la escritura participan de manera equilibrada en El sol y la cruz, ambas se determinan mutuamente, las dos siguen siendo los relatos que se cuentan dentro de un medio producido por el desgarramiento social que produjo la conquista y poco más tarde, por la imposición de un nuevo sistema, lo que engendró otro funcionamiento de la escritura y de la palabra. Todo esto se advierte en la obra que se reseña, encontrando también que las referencias y reflexiones que aporta al lector, le interrogan aun más sobre lo que este análisis oculta o explica. Como seres humanos somos conscientes de la existencia del pasado, en esta dimensión permanente, todas las sociedades tienen una larga historia a sus espaldas que le sirve de modelo para construir su presente. En este sentido, la relación establecida por Romero Frizzi entre su experiencia y su práctica científica, la posibilita para revivir y resucitar un pasado; quiere, en un intento renovador, restaurar lo olvidado. Es, como dice ella, una crónica de los vencidos (pág. 16), fundamentada en testimonios coloniales, prehispánicos y presentes, a través de los documentos y las versiones orales de informantes de diferentes comunidades y de instituciones colaboradores de su trabajo. En el suroeste de México se encuentra la ubicación geográfica del estado de Oaxaca; posee una biodiversidad privilegiada y está habitado actualmente por una elevada proporción de población indígena. Con tales características físicas, más los rasgos propios de los diferentes grupos indígenas, el presente reproduce con más insistencia el pasado traducido en un proceso de cambio histórico de ritmo bastante lento, aun y cuando han asi-milado los cambios actuales en su forma de vida. En esta sociedad se unen dos pasados, se funden dos historias en una realidad presente. Los indígenas explican la suya en discursos narrativos que inician en tiempos legendarios; mezclan los eventos históricos con creencias míticas muchas veces contradictorias, es decir, construyeron esquemas mentales que explican el orden de cosas, su propio orden cósmico. El énfasis del discurso puesto en el primer contacto con los europeos fue doloroso: la crueldad de la guerra y la religión facilitaron el camino del conquistador (pág. 107). Afirma Romero Frizzi que el arribo de los españoles sacudió a los pueblos mesoamericanos ¿cómo podían explicar su existencia? ¿Cómo incluirlos en sus esquemas mentales? Ante lo nunca imaginado, los habitantes recurrieron a explicaciones tomadas de sus libros y de su filosofía. Ellos sabían que el cambio era permanente, que a un sol seguía otro, a una era, otra más. Nos dice Romero Rizzi que tuvieron que transcurrir veinte años para que comenzara a consolidarse una nueva forma de vida y que a través de los años de colonización se perfiló una nueva cultura india de fachada católica y occidental en el cabildo, en el templo y en el culto, siempre con una profunda esencia mesoamericanas. El contacto de los indígenas con los europeos generó una gran variedad de procesos en la sociedad nativa y los ajustes que se produjeron comprendieron todos los aspectos de su vida: religión, liturgia, política, tenencia de la tierra, forma de vestir y hasta de la nueva forma de realizar el registro de sus formas escriturales con su propia versión de los acontecimientos. El sol y la cruz es un relato de inclusión y de fascinación, dominado por una estrecha comunicación entre los actores. Puede decirse que se narra a sí mismo por la objetividad de los testimonios y el trabajo sistemático de la historiadora. En él, los indígenas de la región Mixteca, a través de sus actividades cotidianas, se esfuerzan por conservar su pasado en el transcurrir del presente que los conduce a un futuro incierto. En el transcurso de los años, cada generación se ha esmerado por reproducir a los que les precedieron con un alto nivel de fidelidad, en un intento por conservar su rostro o definirse en uno nuevo, tarea por demás compleja que se extiende desde los últimos años de la vida prehispánica hasta los años previos al movimiento de independencia. En este sentido, en la lectura del texto que nos ocupa, se advierte el esfuerzo comunitario de los indígenas oaxaqueños, en un antes, un entonces y un ahora, al grado de preguntarse Romero Rizzi ¿cómo es posible que hoy los pueblos de Oaxaca luchen por lo que consideran importante, mientras que en otro tiempo aceptaron todo lo que les impusieron? (pág. 17). La respuesta no puede ser una, son muchos los elementos a tener en cuenta: instituciones, ideologías, medios masivos de comunicación, actitudes y hasta los fenómenos globalizadores actuales. En esta interpretación de la historia de los pueblos indígenas de Oaxaca, los acontecimientos no se ciñen a los tres siglos de régimen colonial. Su discurso trasciende, nos conduce por espacios de la política, la religión y la economía sin faltar las rebeliones producidas en respuesta al rechazo de la cultura impuesta. Múltiples elementos sobreviven con fuerza, entre ellos, la religión católica, que penetró todas las facetas de la vida cotidiana en el pasado y aun en el presente; se percibe la particular forma de la conservación de su tierra y la necesidad de sostener el templo y los santos, por lo tanto, la vida precortesiana de los indígenas oaxaqueños se vio asimilada bajo la forma de una historia convertida en mito y en ritual dado por la modificación tácita de su sistema de creencias y por la implantación de un marco ideológico impuesto por las medidas transformadoras más drásticas y a un precio psicosocial muy elevado; si no hubiera sido así, el cúmulo de cambios históricos introducidos por los españoles, sin destruir la fuerza de esta especie de tradicionalismo normativo, habría sido imposible. Hacia un presente o hacia un pasado, la obra experimenta una praxis que es inextricable con la de su autora y la de los otros: los indígenas, rica en sentido en función con lo que hacían y ofrecen todavía los relatos de luchas cosmogónicas que enfrentan un presente con su origen, así, el límite marcado por Romero Frizzi, se ve trascendido en la realidad que encuentra su continuidad al afirmar que la cultura india que hoy palpita con vigor en Oaxaca, no es resultado exclusivo de la violencia conquistadora, es sobre todo, futuro de las decisiones indígenas. El libro que reseñamos, equilibrado en su contenido, recorre el espacio físico donde se mueven los actores para comenzar el pasado, testimoniar el momento de la conquista, presenciar la imposición del dominio español; ver de cerca los procesos generados al contacto con la cultura europea, los cambios generados en la vida cotidiana y en las actividades comunales, la rebelión generada en respuesta al rechazo de los nuevos órdenes impuestos. La obra finaliza con la visión del último siglo de vida colonial y una reflexión que muestra la vida colonial no muy distante en el comportamiento de los actuales indígenas de Oaxaca. Más que un libro para especialistas -como bien lo dice la autora-, su lectura, amena, nos conduce por paisajes de montaña, de valles y de costa, por costumbres ancestrales y por imágenes visuales en su caso de gráficas y fotografías. Sin olvidarse del apéndice documental gracias al acceso a los testimonios de algunos aspectos de la vida colonial de los indígenas. Finalmente, el valor de la obra, cual tenemos reconocida por los pares al situarse dentro de un conjunto más complejo en la obra Historia de los pueblos indios de México, constituye un avance en el conocimiento del estado que guardan las culturas indígenas. La obra es producto de un lugar y de un tiempo determinado.-IRMA LETICIA MAGALLANES CASTAÑEDA. Valle Menéndez, Antonio del: Juan Francisco de Güemes y Horcasitas. Primer conde de Revillagigedo. La biografía del primer conde de Revillagigedo, uno de los más interesantes virreyes mexicanos del siglo XVIII, es fruto de varios años de búsqueda y estudio en diversos archivos españoles, labor en la que han colaborado varias personas -el autor cita especialmente a la doctora Pilar Latassa-dirigidos por Antonio del Valle, responsable último de la obra. Dividida en cuatro partes y doce capítulos, esta extensa obra (952 páginas), lujosamente editada, enriquece el texto con excelentes fotografías, dibujos, mapas y cuadros de la época, y cuenta con un interesante apéndice documental (págs.667-877), en donde se transcriben textos tan notorios como el "Reglamento de Güemes para la La Habana, Cuba y Florida" o la "Sentencia del Consejo de Indias a la residencia de Güemes como virrey de México". Además, el autor ha elaborado varios cuadros y mapas que ayudan a estudiar a este prolífico personaje cuya biografía se tejió entre dos mundos. La obra, que sigue en su redacción la serie de estudios de virreyes de México durante los reinados de Carlos III y Carlos IV, dirigida por José Antonio Calderón Quijano, antiguo director de la Escuela de Estudios Hispano-Americanos, y en la que participaron una importante pléyade de -entonces-jóvenes americanistas, se inicia con un estudio genealógico de Juan Francisco de Güemes y Pacheco, nacido en Reinosa en 1681. A continuación, el autor estudia los inicios de la carrera militar del personaje, desde su ingreso en la milicia como cadete (1700) hasta su nombramiento como gobernador de Cuba (1734). Numerosas operaciones y escenarios bélicos de la Guerra de Sucesión se suceden en estos primeros capítulos (Nápoles, Brihuega, Villaviciosa, etcétera), que le proporcionaron al joven cadete experiencia y un rápido ascenso en el Ejército. Como pre-mio a sus desvelos, Felipe V lo nombró gobernador de la isla de Cuba, puesto que ejerció durante doce años. La amenaza de ataque a la isla obligaron al militar a emplearse a fondo en la defensa de la "perla de las Antillas" y a intervenir en diversas operaciones militares en contra de los ingleses. La "guerra de la oreja de Jenkins" tuvo en al Caribe un escenario privilegiado, y en Cuba, su objetivo predilecto, si bien los ingleses, a pesar de sitiar la Habana durante dos meses y de permanecer otros cuatro en Guantánamo -donde llegaron a fundar el efímero pueblo de Cumberland-, no obtuvieron los éxitos esperados. La Paz de Aquisgrán (1748) demostró la importancia que América estaba adquiriendo en el desarrollo y desenlace de los conflictos europeos. Las consignas ilustradas de la época tuvieron su repercusión en los aspectos económicos y sociales del gobierno de Güemes y Pacheco, tal y como se estudia en los capítulos tres al cinco de la segunda parte, destacando la creación de la Real Compañía de La Habana (1740), la política municipal (bandos sobre limpieza de las calles y lugares públicos, el traslado del matadero, etcétera), los trabajos navales (tráfico marítimo y astilleros) y las medidas para abastecer de alimentos a la población durante el dilatado periodo bélico. A pesar de sus desvelos, su carácter enérgico e inquisitorial ("nada se ha de hacer sin que yo lo sepa") le granjearon la hostilidad popular (fue conocido como "el tirano"), ocasionándole además varios conflictos jurisdiccionales, muy sonados en su época, que se volverían a repetir en México, en donde ni el virrey ni su esposa gozaron de los favores del pueblo. Como balance de su gobierno, el autor recoge la opinión de Jacobo de la Pezuela, quien escribió en 1868 que, en general, sus medidas permitieron "una mejora material de la isla". Güemes y Pacheco entró en la capital mexicana el 9 de julio de 1746, el mismo día en el que moría Felipe V, soberano que tanto lo había distinguido (respondiendo el cántabro con magníficos regalos). Ocupará el cargo virreinal durante nueve años, esto es, desde 1746 a 1755, justo en el ecuador del Siglo Ilustrado, que tantas novedades traería a la Nueva España. A este periodo crucial de la biografía de nuestro personaje, dedica Antonio del Valle la tercera parte de su extensa obra, que divide en siete capítulos (Defensa y expansión, Administración pública, Aspectos económicos, La Real Hacienda, Política social, Política eclesiástica y Juicio de residencia). En la etapa novohispana, vuelven a repetirse los desvelos de Güemes y Pacheco por los temas militares y defensivos, pues a las preocupaciones de la isla de Cuba y del Caribe había que agregarle la seguridad de las inmen-sas Provincias Internas y la defensa de las dilatadas costas del Pacífico y del archipiélago filipino. El virrey reorganizó las defensas portuarias, redactó reglamentos, reformó las guarniciones y las milicias, y aprobó la colonización del Nuevo Santander, en la frontera noreste del virreinato, protagonizada por otro cántabro, don José de Escandón. Este último, coronel del regimiento miliciano de la ciudad de Querétaro, no se olvidó de bautizar un poblado costero con el nombre de San Francisco de Güemes, ni otro del interior con el de San Juan Bautista de Horcasitas. Otras cuestiones en las que intervino el virrey Güemes y Pacheco son estudiados en los distintos capítulos de la parte tercera, dedicada a su etapa virreinal, realizándose un extenso y valioso catálogo de los problemas económicos, sociales y políticos, destacando los conflictos financieros, de jurisdicción con las audiencias, etcétera, si bien se echa en falta introducciones históricas a estas cuestiones. De nuevo, Güemes hace gala de su carácter autoritario y de su rectitud a la hora de hacer cumplir las órdenes y reglamentos, por lo que informó al rey de los numerosos incumplimientos y alteraciones que descubría por doquier. Por ejemplo, en 1752 pidió oficialmente la supresión de la Audiencia de Guadalajara por no estar de acuerdo con su proceder. Famosos fueron también sus "excesos" en Zacatecas, que Antonio del Valle estudia con algún detalle. Sin duda, el primer Revillagigedo fue un personajes muy interesante, fundamental para comprender la situación y los problemas del virreinato de la Nueva España en vísperas de la guerra de los Siete Años y de la traumática presencia de José de Gálvez, pero en ocasiones el autor se deja llevar por su admiración, calificándolo -por la creación de la Compañía de La Habana y otras medidas para fomentar la minería-"como el personaje más influyente en la economía colonial y pionero de la economía de los virreyes ilustrados" (p.507). En otras ocasiones se echa mano de tópicos, como cuando trata la boda del soldado con la granadina Antonia Ceferina Aguayo: "Frente a la seria autoridad del militar norteño estaba el contrapunto de la juventud y alegría andaluza de su esposa" (p.65). Por lo que sabemos, la granadina, al menos durante su etapa mexicana, fue de carácter arisco y duro, lejos de la "alegría" que se hace intrínseca a cada andaluz desde la cuna. Frente a la actividad pública, existen en el libro pocos datos sobre la vida familiar del soldado-gobernador-virrey, ya que los archivos son muy parcos en estos datos. Tan sólo unas cuantas pinceladas, destacando el episodio de su incorporación al despacho tras el funeral de una de sus hijas, recordado también por el prologuista, el doctor Luis Navarro. En resumen, creo que esta prolija obra aporta numerosos datos a los investigadores de la historia de Cuba y México, una amplia visión del complejo mundo que le tocó gobernar a Revillegigedo y suficiente información para convertir al libro en una referencia obligada de los estudiosos de la Ilustración en América en general y de la Nueva España en particular. Sin embargo, el peso de la documentación procedente de archivos españoles es abrumador, faltando la custodiada en los repertorios mexicanos, tanto nacionales como provinciales, que guardan sobre este virrey una gran cantidad de documentos. A la par, se echa de menos en el libro bibliografía americana, principalmente de obras editadas en México y Cuba, como la tesis de Patricia Osante sobre el Nuevo Santander o la instrucción del virrey Güemes a su sucesor, el marqués de las Amarillas, editada por Ernesto de la Torre Vilar en la Biblioteca Porrúa (Instrucciones y memorias de los virreyes novohispanos, t. Por otra parte, el autor no oculta -todo lo contrario-su admiración por el biografiado, lo que impide una valoración más ecuánime del personaje, pues no se debe confundir los deseos con las realizaciones, y para evaluar la obra de un virrey no son suficientes ni la correspondencia oficial ni la "estrecha" división temporal que marca el nombramiento y destitución de un personaje público, por más virrey que sea. Como el propio Güemes y Horcasitas señaló a su sucesor, en la obra anteriormente citada "He fenecido los apuntes que miran al gobierno, y no me parece extraño del asunto prevenir con la noticia de una preocupación, la distancia que ésta tiene de la realidad, porque deslumbrado el común con los aparentes brillos de dignidad tan elevada, mide en los virreyes al tamaño de su poder la grandeza de su tesoro, y juzga que todas las resoluciones se convierten en propia sustancia". Uno de los retratos más impresionantes que han llegado hasta nosotros de los virreyes mexicanos es el de Juan Francisco de Güemes y Horcasitas, que se conserva en el castillo de Chapultepec, de la capital mexicana. Ricamente vestido y tocado de la peluca ilustrada, el virrey frunce el ceño y mira de reojo hacia el espectador. Don Juan Francisco vigila a la Nueva España, porque como diría durante su estancia en Cuba, no se "movía una paja" sin su permiso. Pocos meses antes, la corte asistía con recelo y preocupación al motín de Esquilache, cuyas consecuencias precipitarían las reformas en España y América.-SALVADOR BERNABÉU ALBERT. Libros sobre historia de la cultura y de la alimentación En los últimos años han aparecido varios libros centrados en este tema, en los que destaca la perspectiva de la alteridad, mostrando el comportamiento de grupos humanos de un lado y otro del Océano, con sus valores sociales, normas y costumbres en relación con los alimentos. Por esta razón, se plantea una reseña conjunta de cuatro de ellos, dos de autores individuales y los otros dos colectivos y resultado de simposios. Se abre con el libro de Ricardo Piqueras Céspedes titulado Entre el hambre y el Dorado: mito y contacto alimentario en las huestes de conquista del XVI (Sevilla, Diputación Provincial, 1997, 283 págs.), que desde el principio destaca la importancia del hambre como impulsora de la actividad de aquellos cientos de españoles, como contramito de la conquista. La alimentación se convirtió en un elemento primordial del avance de las huestes, en las que el reparto de comida se vinculaba a la jerarquización social, además de los problemas suscitados por su búsqueda, tanto de índole bélica, como de carácter etnológico, al encontrar productos desconocidos (véase el diccionario sobre temas alimentarios, entre las páginas 138 y 150). Hay que aclarar que este estudio se centra en la acción española en la zona del litoral caribe de Colombia y Venezuela -zona de caza, pesca y recolección, de pocos excedentes-, donde se situaron muchos mitos y leyendas, contabilizando dieciséis expediciones, divididas en cuatro ciclos, que respondían claramente a la trilogía alimentaria básica de grano, olivo y vid. Es interesante el análisis sobre la aclimatación de plantas europeas, que resultó muy difícil, mientras que los animales, tanto de carga como para el consumo, se adaptaron fácilmente. Esto trajo como consecuencia el uso de productos como el maíz y la yuca, para obtener panes que duraran largo tiempo, aptos por tanto para las entradas. También las relaciones entre españoles e indígenas y el papel del capitán/gobernador de la hueste como encargado de vigilar, distribuir e incluso premiar con comida especial merecen apartados detallados, así como la visión de la antropofagia como el escalón más degradante, que sólo se practicó en momentos de emergencia y que se evita recoger en las crónicas. En ese complejo medio geográfico, la enfermedad adquiere carta de naturaleza, vinculada también a la alimentación deficiente o en malas condiciones. Por eso se valora la presencia de médicos y cirujanos, que entra-ron pronto en contacto con los productos de la tierra usados como remedios, fomentando los contactos con los indígenas conocedores de plantas y drogas. Se trata, por tanto, de un libro valioso, que pone la alimentación y el problema del hambre como elemento clave para la penetración española, comparable con la atracción áurea, y que fomentó una estrecha relación con el mundo indígena, al que se llega a denominar "comodín", por su presencia y utilidad constante. La historiadora mexicana M.a del Carmen León García es la autora de El Libro de Dominga de Guzmán. Un Documento personal del siglo XVIII (México D.F., CONACULTA, Dirección General de Culturas Populares, 1997, 155 págs.), del que realiza un completo estudio, muy por encima de la usual edición de un antiguo libro de cocina, por otra parte ya publicado como tal en Recetario de Doña Dominga Guzmán, siglo XVIII. Tesoro de la cocina mexicana (México D.F., CNCA/DGCP/Sanborns, 1996). Precedida de un cuidado prólogo de Guy Rozat, la introducción analiza, entre otros temas de la gastronomía histórica, la personalidad de la autora, a la que C. León considera una española llegada por entonces al virreinato mexicano, ya que ella no comía "como mexicana" (pág. 23) y más bien recogió los gustos culinarios de una familia criolla residente en el Valle de Toluca. Los capítulos de esta obra profundizan en diversos aspectos relacionados con el manuscrito: la cronología y aspectos geográficos citados, así como el papel, tinta, adornos y encuadernación y otras cuestiones internas; comentario sobre las 358 recetas ordenadas alfabéticamente, de ellas 174 saladas y 184 dulces, éstas últimas con "pizcas" de azúcar, que muestran la carestía de este producto todavía en el siglo XVIII. Los ingredientes y alimentos no son sólo mexicanos sino de otros territorios americanos (arepas, chicha) y también europeos y, como curiosidad, aparecen 6 recetas sobre tintados de lana, seda y algodón, y se intercalan páginas de libro de cuentas y de información sobre cambios -nacimientos, bautismos-en la familia, a modo de vademecum. Merece una valoración especial el capítulo tercero, en el que se observa el conocimiento de la historia de la medicina y de la alimentación, citando a tratadistas tan famosos como Rupert de Nola, Juan de Altimiras y Francisco Martínez Montiño, en un género -el de los libros de cocinapoco frecuente en la literatura española, frente a su abundancia en Francia y en Inglaterra. Acercándose a la temática de género, se incluye un apartado titulado "las mujeres escriben", que recoge los cambios respecto a la educación femenina en el siglo XVIII, apoyados no sólo por las madres, sino también por los padres, quizás con vistas a colaborar e incluso a dirigir la administración de la casa y de las propiedades. Pero un tema complejo es la biografía de la autora del manuscrito, rastreada en diversos archivos mexicanos con escaso éxito y que sigue abierta. Por tanto, una publicación bien cimentada, que valora los aspectos históricos vinculados a este texto culinario dieciochesco. En tercer lugar se reseña el libro Alimentación y gastronomía: Cinco siglos de Intercambios entre Europa y América (Ronald Escobedo Mansilla, Ana de Zaballa Beascoechea y Óscar Álvarez Gila, editores, Pamplona, Asociación Española de Americanistas-Newbook Ediciones, 1998, 268 págs., láms.), que recoge la mayoría de las ponencias de un simposium del mismo título, incluido en el VI Congreso Internacional de Historia de América que convocó la Asociación Española de Americanistas y organizó la Universidad del País Vasco en 1994. Los propios editores, en la Introducción, además de explicar la inclusión de este tema ante la creciente importancia, tanto en sí mismo como en relación con América, van definiendo el enfoque planteado en la mayoría de los trabajos, de carácter general y basados en la reciprocidad entre España y América. Abre los textos uno del conocido Karlos Arguiñano sobre "Ayer y hoy de la cocina vasca. La alimentación del vasco", a modo de síntesis breve, y en los 26 restantes sólo el de A. Líbano Zumalacárregui vuelve a tocar el tema vasco a través de "El mundo americano en el Diccionario castellano de Esteban de Terreros y Pando", un lexicógrafo vasco del siglo XVIII. Los trabajos se encuadran dentro de una amplia cronología, desde la época prehispánica hasta nuestros días, con una clara mayoría dedicada a la época colonial en América y Filipinas. Veinte de ellos emplean en su título, y lógicamente se centran, en cuestiones relacionadas con alimentos/alimentación, dieta, cocina, subsistencia, abastecimiento, nutrición, comida y gastronomía, referidos a agricultura, ganadería y pesca. La orientación geográfica es igualmente extensa; junto a seis ponencias de carácter general, se recorre buena parte del continente americano desde el Noroeste de Estados Unidos hasta Perú, con algunas carencias como las referidas a Colombia, Bolivia, Chile y algunos países centroamericanos. Y siempre con la extensión filipina. El resultado es una gran variedad en los enfoques histórico, antropológico, etnológico y lingüístico, sin olvidar el interés por la ecología, tan vinculada con la alimentación. Precisamente la dispersión y la generalización de varios textos provocan que el lector se quede "con la miel en los labios", esperando más; pero es muy difícil conseguir una mayor unidad en el tratamiento temático de una obra colectiva, pese a que sus autores son destacados historiadores y antropólogos. Por otra parte, hay trabajos sugerentes, que dejan abiertas futuras investigaciones sobre la historia de la alimentación en América, en las que el mestizaje y el doble viaje de ida y vuelta son siempre aspectos a tener en cuenta. Un libro interesante, bien editado y que se incorpora a una tendencia bibliográfica en auge. Por último, la obra Los sabores de España y América. Cultura y alimentación (Huesca, La Val de Onsera con la colaboración de la Diputación Provincial de Córdoba, 1999, 352 págs.), compilada por Antonio Garrido Aranda, director de un Grupo de Investigación de la Universidad de Córdoba denominado "Cultura Alimentaria" y que continúa otras dos publicaciones anteriores del citado grupo, tituladas Cultura alimentaria de España y América (Huesca, La Val de Onsera, 1995) y Cultura alimentaria Andalucía-América (México D.F., Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 1996), compiladas igualmente por el profesor Garrido. Otro libro colectivo e interdisciplinario, con trabajos referidos a España y a América y que presenta una división interna en antropología, historia y literatura, teniendo a la alimentación como un hilo conductor, de carácter cultural. En la sección antropológica se incluyen textos sobre la identidad culinaria, vinculada a la cocina catalana (Jesús Contreras); la importancia del pan en la cocina popular andaluza (Isabel González Turmo); y del arrope, dulce de origen hispano árabe, en el Noroeste argentino con sus variantes y relaciones sociales (Gustavo F. Scarpa). Cierra este apartado un curioso artículo de C.A. Gálvez Mora, R. Morales Gamarra y J. Castañeda Murga sobre 11.000 años de consumo de reptiles -el cañán-en la costa norte del Perú, que parte de la arqueología, para seguir la captura y consumo de este animal hasta nuestros días. La historia de la alimentación constituye el centro del libro, con los trabajos de M. Gispert Cruells y J. Alcina Franch sobre las flores como componente de la cocina mexicana, con sus vinculaciones religiosas, médicas y sexuales desde la antigüedad y que todavía siguen vigentes. Antonio Garrido estudia el proceso revolucionario que supuso el contacto alimenta-rio entre América y Europa, partiendo de las pautas culinarias de cada ámbito. M. Gispert sigue en esa línea pero centrada en la etnobotánica, estudiando las plantas americanas, encabezadas por el maíz, que pasaron al Viejo Mundo, originando una cocina mestiza. M.a C. Simón Palmer, describe los aspectos religiosos de la cocina del Palacio Real de Madrid, siguiendo la variedad de productos en sus diversos aspectos y en los momentos en que fueron utilizados, según los fondos guardados en su archivo. A continuación se incluye el texto de M.a J. Sarabia Viejo e I. Arenas Frutos sobre la aplicación de la reforma monacal femenina en el México del XVIII al tema de la alimentación, pretendiendo que las monjas volvieran a vivir en comunidad, usando la "olla común", y los problemas que ésta provocó en dos conventos de Puebla y de la Ciudad de México. Como final de la parte histórica, Z. Guzmán Pinto vuelve sobre el tema del pan, esta vez en la ciudad peruana de Oropesa, famoso hasta hoy. Una tercera sección, denominada Literatura y alimentación, se vincula a los valores culturales de la gastronomía, a través de los textos costumbristas de Mesonero Romano, Estébanez Calderón, Larra y el duque de Rivas sobre los alimentos españoles (P. Moraleda); la presencia de los alimentos en el lenguaje empleado por Pablo Neruda en las Odas elementales (J.-C. Rovira) y la "memoria gustativa" reflejada en los usos culinarios descritos por M. Vicent en varias de sus obras, aparecidas en los años 90, que recoge el trabajo de M.a. A. Corral Checa y C. Fernández Ariza. Con este libro se avanza en el estudio de la alimentación en sus diversos enfoques, que gracias a las cuatro obras reseñadas va marcando unas líneas de investigación y mejor conocimiento de uno de los aspectos fundamentales de la realidad humana.-M.a MILAGROS CIUDAD SUÁREZ.
En la Universidad de Salamanca, los días 17 al 19 de mayo del pasado año de 1999, se celebró este Congreso que tuvo un gran interés para especialistas en Ciencias Sociales y Humanas y, en especial, para expertos en Antropología socio-cultural y de Historia de América. Asistió también un nutrido grupo de alumnos de tercer y segundo ciclos, cercano a los 260 participantes, interesados en el campo interdisciplinar delimitado por la Antropología y la Historia Moderna en su desarrollo en el ámbito geocultural de las culturas latinoamericanas. El evento supuso la cuarta edición de un Congreso que, en las celebraciones anteriores, había contado asimismo con la ayuda de varias instituciones entre las que se incluye la Consejería de Educación y Cultura de la Junta de Castilla y León y que había tenido notable éxito académico generando una gran expectativa entre los especialistas de uno y otro lado del Atlántico de cara a futuras ediciones. Las anteriores reuniones giraron en torno a la Antropología en general, a las Religiosidades populares y a la Antropología visual, siempre en el mencionado espacio intercultural. De tales sesiones de trabajo derivaron investigaciones y programas docentes doctorales conjuntos y se generaron publicaciones especializadas sobre la Antropología en Castilla y León e Iberoamérica. En el año 1999 el Congreso se dedicó a resaltar, como veremos en detalle después, el alto valor de las llamadas crónicas de Indias para el desarrollo y conformación de la Antropología cultural y estuvo organizado por la Facultad de Ciencias Sociales y el Instituto de Estudios de Iberoamérica y Portugal de la Universidad de Salamanca, en colaboración con el Instituto de Investigaciones Antropológicas de Castilla y León, y con una amplia representación del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Con el Congreso se pretendía proporcionar a la investigación antropológica e histórica realizada por castellano-leoneses, un marco de diálogo, Asimismo el encuentro, como hemos apuntado, pretendió fomentar vínculos entre investigadores americanos y españoles, de modo que, en un futuro, se puedan seguir realizando proyectos de investigación histórica, social y antropológica en el ámbito de nuestra región, llevados a cabo por grupos de trabajo mixtos hispano-americanos. Tuvo como objetivo también divulgar los últimos trabajos llevados a cabo por investigadores de la Universidad de Salamanca y de otras Universidades de la región (Valladolid, Burgos, UNED, etc.), de Institutos de investigación, así como los realizados en Universidades y Centros iberoamericanos y portugueses: UNAM, U. de San Marcos de Lima, I.P. Castelo Branco, Pontificia Universidad Católica del Perú, Universidad San Martín de Lima, Colegio de México, etcétera. Como objetivo didáctico, para los alumnos asistentes de los distintos ciclos, se pretendió dar a conocer el interés de estos autores del siglo XVI español para el conocimiento del pasado histórico y especialmente cultural, tanto de España como de los países iberoamericanos. Los trabajos se habían planeado alrededor de seis temas centrales y cada uno de ellos contó con una ponencia invitada y varias comunicaciones libres. La programación incluyó los siguientes núcleos temáticos: Interés para la Antropología de las Crónicas de Indias En este apartado inicial se incluyó la ponencia del propio director del Congreso, don Angel Espina Barrio, quien disertó sobre los objetivos de la reunión haciendo un repaso de aquellos cronistas que por motivos de espacio no iban a poder ser tratados por otros conferenciantes y que sin embargo tuvieron una extraordinaria importancia en la gestación de lo que siglos más tarde se constituiría en una nueva ciencia social. En concreto, se hizo referencia, siguiendo un orden cronológico, a las obras de Cabeza de Vaca, Motolinía, Vasco de Quiroga, Durán, Alcalá, Betanzos, Polo de Ondegardo y José de Acosta, resaltando en todos sus señalados aportes etnográficos y etnológicos. Antillas: Pané, Fernández de Oviedo y Las Casas En la sección dedicada a las Antillas, aparte de otras ponencias, subrayaremos la de don Alfonso Gómez Hernández quien señaló al auditorio el interés -para el conocimiento de la cultura taina pero también como hito C R Ó N I C A S Anuario de Estudios Americanos histórico-de la primera crónica indigenista de extensión significativa realizada en América. Nos referimos a la "Relación acerca de las antigüedades de los indios" del padre jerónimo Ramón Pané. En la intervención del Dr. Gómez de la Universidad de Salamanca, quedaron muy claros los aspectos mitológicos, religiosos, organizacionales y culturales en general, de estos hoy extintos indígenas antillanos, para muchos los primeros representantes de la imagen del "buen salvaje" americano. Nueva España: Burgoa y Sahagún Por lo que se refiere a los cronistas de la Nueva España, reseñaremos los trabajos de los doctores mexicanos Güido Munch y Rafael Pérez Taylor, ambos profesores titulares de la UNAM. El primero de ellos, en la conferencia que supuso la inauguración de las sesiones, expuso la aportación de un cronista que no se ha estudiado hasta ahora como merece y que tiene datos preciosos sobre la historia cultural de Oaxaca, Francisco de Burgoa. El Dr. Pérez Taylor, por su parte, realizó una excelente disertación sobre la gran figura de la protoantropología mexicana en su conferencia titulada: "Similitudes y otredades en la construcción de la diferencia en Fray Bernardino de Sahagún. El caso de la Suma indiana. Asimismo otros doctores trataron posteriormente de distintas crónicas y culturas mesoamericanas, como don Pedro Pitarch de la Universidad Complutense de Madrid, quien se refirió a la cultura maya o don Juan Carlos Pérez Guerrero que aludió a Fray Andrés de Olmos y la metodología etnológica. Perú: Betanzos, Cieza y Guamán El ponente invitado para el apartado andino fue el Dr. Wilfredo Kapsoli Escudero, profesor de la Universidad Ricardo Palma de Lima (Perú) quien de manera ilustrada señaló los principales lineamientos del indigenismo de Guamán Poma de Ayala y de su principal obra: "Nueva Crónica y buen gobierno". Sobre este mismo texto también se centró la intervención de doña Rocío Quispe-Agnoli, realizada desde una perspectiva más bien literaria. Nueva Granada: Juan de Castellanos Una crónica virreinal neogranadina sirvió a los profesores doña Amelia Cabero Matilla y don Javier Rodríguez Pérez, secretario actual del Ins-tituto de Investigaciones Antropológicas de Castilla y León, para introducir al auditorio en la importancia, para la historia de lo que hoy es Colombia, del cronista Juan de Castellanos. Su trabajo titulado "Etnohistoria en Juan de Castellanos: cultura, usos y costumbres aborígenes", conjuga muy bien el rigor histórico con la profundidad antropológica. En relación a otras regiones latinoamericanas e incluso del Pacífico, y como ejemplo de los numerosos trabajos y comunicaciones presentadas, dejar constancia de los estudios del brasileño don Rodrigo L. Simas de Aguiar, "Los Cronistas. El proceso de ocupación del territorio Sur-Americano y la cuestión de los guaraní"; de la profesora afincada en Panamá, doña Mónica Miguel Franco, "El istmo de Panamá en los primeros cronistas"; de don Carlos Montes Pérez, "Las Crónicas Etnológicas de las Indias Orientales"; etcétera. V Congreso Internacional y Castellano-Leonés de Antropología Iberoamericana. El Instituto de Investigaciones Antropológicas de Castilla y León (I.I.A.C.yL.) es una asociación cultural cuyo enfoque científico-social se aplica fundamentalmente al estudio de la realidad socio-cultural de Castilla y León y su relación con Latinoamérica, contribuyendo en este área del conocimiento con publicaciones, exposiciones, cursos y congresos, todos ellos realizados en colaboración con investigadores de universidades españolas, portuguesas y latinoamericanas. Desde hace cinco años los asociados han dedicado sus esfuerzos a abrir espacios en los que poder lograr el mayor intercambio de conocimientos mediante la difusión de trabajos e investigaciones realizados por estudiosos de ambos lados del Atlántico. Destaca entre todas esas actividades la realización anual de un Congreso a la vez internacional y regional sobre la Antropología iberoamericana. Las notas que aquí se recogen condensan lo acontecido durante la V edición del citado Congreso, celebrado en la Universidad de Salamanca del 8 al 11 del pasado mes de mayo de 2000. En esta ocasión pudimos contar con una participación, que casi podríamos calificar de masiva, de ponentes y comunicantes: cerca de 60 especialistas llegados de todas las latitudes del continente ibero-americano se dieron cita en el claustro salmantino, destacando, como en otras ocasiones, la presencia de los ponentes procedentes de la Universidad Nacional Autónoma de México. No podemos dejar de señalar que la iniciativa del Congreso parte del Dr. Ángel Espina Barrio, Director del mismo y Presidente del I.I.A.C. y L., quien gracias a su talante y calidad profesional ha logrado llevar a cabo con éxito las cinco ediciones del evento y de este modo ha ido formando el referido canal de encuentro para estudiantes, profesores e investigadores, y en suma, para todos los interesados en las temáticas etnológicas iberoamericanistas de zonas cercanas a Salamanca que de esta manera han podido entrar en relación con estudiosos de otros lugares. De la misma forma las reuniones han supuesto un espacio académico de discusión sobre las culturas y sobre el pasado y el presente de las relaciones y de los distintos conflictos existentes entre los países hispanohablantes junto con Brasil y Portugal. En esta ocasión el tema de discusión se enmarcó bajo el rótulo de "Fronteras", propuesto así no tanto por su alcance político cuanto por su interés transcultural ya que se pensó brindaría la oportunidad de conocer la situación actual de los conflictos transfronterizos ibero-americanos y las consecuencias socio-culturales que de ellos se desprenden, tales como la inmigración, las crisis interétnicas, desaparición de grupos indígenas y, con mayor frecuencia, deterioro en los rasgos de identidad. Además se trataría de procurar un abierto y heterogéneo debate acerca de las posibles causas y soluciones de estos conflictos desde las perspectivas antropológica, histórica y sociológica. Con esta óptica se llevaron a cabo debates alrededor de temas como el contrabando, la religiosidad y la globalización. Por otro lado la propia perspectiva comparativa alertó sobre una frontera más preocupante, aunque quizá más ajena a conflictos geopolíticos: la escisión entre tradición y modernidad. Las fronteras ibéricas tuvieron también destacado lugar en la discusión de los participantes, provocando gran expectación entre los asistentes las intervenciones de los investigadores de la U. de Tras os Montes, de la Universidad da Beira Interior, Universidad de Navarra o de la UNED, por las que pudimos conocer cuáles son los conflictos y cuáles las labores de cooperación en zonas como los Pirineos o La Raya. El encuentro se desarrolló en el Aula Unamuno de la antigua edificación isabelina de la Universidad de Salamanca, que durante estas cuatro intensas jornadas de afanes e intercambio académico, hizo de puente entre España y la América Latina. Tras la inauguración presidida por el Vicerrector de Relaciones Internacionales de la U. de Salamanca, Dr. José Antonio Fernández Delgado y a la que asistieron autoridades como la Concejal de Cultura del Excmo. Ayuntamiento de Salamanca o el Ilmo. Sr. Decano de la Facultad de Ciencias Sociales, se dio paso a las intervenciones, organizadas en trece mesas temáticas según el espacio geográfico al que hacían referencia, con la participación de una media de cinco ponentes por mesa. En concreto se abordaron los siguientes temas: Fronteras en México (cuatro mesas) Fronteras en Portugal y España (dos mesas) Historia y Fronteras en España y Portugal (1) Fronteras en España (1) Fronteras en Colombia y Venezuela (1) Fronteras en Argentina, Chile y Paraguay (1) Fronteras en Centroamérica y el Caribe (1) Fronteras Amazónicas (1) Fronteras en Iberoamérica (1) Tales exposiciones nos permitieron conocer tanto el valioso esfuerzo de los investigadores invitados como sus espléndidos resultados; y el aula, como una especie de velero nos brindó un paseo por el tiempo y también a lo largo y ancho de la geografía iberoamericana, que iba desde el Tratado de Tordesillas hasta los actuales conflictos fronterizos entre Colombia y Nicaragua por la isla San Andrés; o desde una nueva concepción de la frontera mesoamericana a partir de imágenes de satélites, hasta un estudio sobre las fronteras lingüísticas, intraétnicas y nacionales del pueblo maya. Los expositores fueron gradualmente repasando conflictos "rayanos" entre naciones, llegando hasta las actuales contradicciones urbanas, como en el caso de la ponencia titulada "Población rural en la periferia urbana de Bogotá", o en la centrada en "El movimiento chicano en EE.UU", expuestas por doña Alejandra de la Torre Cepeda de la Universidad de Salamanca y doña Mariángeles Rodríguez del CIESAS de México, respectivamente. ¿Que es una frontera? ¿Por qué son necesarias las fronteras? ¿Cómo aparecen las fronteras? ¿Cuánto abarca el campo significativo del término "frontera"? Fueron estas preguntas también objeto de controversia y hubo intervenciones que trataron brillantemente sobre estas cuestiones como las de: Ana Bella Pérez Castro, "Fronteras"; Florence Rosemberg, "La construcción del otro en el espacio urbano"; Rafael Pérez Taylor, "Fronteras étnicas, políticas y mentales"; Juan Carlos Pérez Guerrero, "Del yo al nosotros: Fronteras transitables"; Bismark Hernández, "La homogeneidad Forzada"; etc. La heterogeneidad de las exposiciones y los distintos orígenes de los participantes permitieron que quedaran contempladas prácticamente todas las zonas geográficas representativas del Continente latinoamericano: Toluca, Arauco, Pampa, Patagonia, Río de la Plata, Caribe, Yucatán, Darién, Amazonas y, por supuesto, fronteras tan conflictivas como la colombo-venezolana o las fronteras norte y sur de México. Me queda solo agradecer, como coordinador del evento, la presencia durante el desarrollo del congreso de alumnos y comunicantes, y en especial los destacados discursos de los catedráticos don José Antonio Fernández de Rota y Monter de la Universidad de A Coruña y de don Carlos Fernández Casadevante Romaní de la Universidad Rey Juan Carlos I de Madrid. Concluir en el final de esta crónica, que la quinta celebración del Congreso supuso fundamentalmente la continuidad de una cooperación entre profesores pertenecientes a la Universidad de Salamanca, con otros de universidades españolas y portuguesas ya apuntadas y académicos de las siguientes universidades iberoamericanas: UNAM, Instituto Nacional de Antropología e Historia, Colegio Mexiquense, Instituto Mora, CIESAS, Universidad Autónoma del Estado de México, Instituto Tecnológico de Oaxaca, de México; U. de EAFIT, U. A. de Occidente, de Colombia; Universidad de los Andes de Mérida, U. de Zulia, de Venezuela; U. Nacional del Sur, U. de San Juan, de Argentina; U. de Atacama, U. de Playa Ancha, de Chile; USMA de Panamá; U. de Costa Rica; U. Ricardo Palma de Perú; y U. de Santa Catarina de Brasil. Que la inseguridad está entre los temas más acuciantes de la agenda pública no es una novedad. Constantemente se transmite desde los medios masivos de comunicación la idea de que la "ola delictiva" es una de las principales preocupaciones sociales. Más novedoso es que el "bajo mundo" vaya madurando como objeto de estudio para las ciencias sociales, con sus propias reglas, conceptos y enfoques. De allí que los historiadores comenzaron, no hace mucho tiempo, a abordar el tema de los ilegalismos. El estudio del delito es mucho más que una historia de los que actúan fuera de la ley. Conocer el pasado de este particular universo es llegar a aquellas partes muchas veces ocultas de las "estructuras" de las sociedades. En este contexto es que se llevaron a cabo el 8 y 9 de junio pasados las "Primeras Jornadas de Historia del Delito en la Patagonia". Este evento fue organizado por el GEHiSo, (Grupo de Estudios de Historia Social) en el marco de sus diez años de vida y las Facultades de Humanidades y de Derecho y Ciencias Sociales, de la Universidad Nacional del Comahue. Entendimos que estas Jornadas debían servir a dos objetivos: a) constituirse en un espacio académico en el que se discutieran y presentaran temas referidos al abordaje interdisciplinario de los fenómenos delictivos, penitenciarios, judiciales y policiales; b) estimular la polémica en torno al comportamiento de las actuales agencias de justicia y de represión. Consideramos que estos temas ameritaban una discusión que se alejara del sensacionalismo y del "terrorismo de la actualidad" impuesto por el mundo mediático, ofreciendo un mejor nivel de análisis. Planteamos, y seguimos sosteniendo, que una política criminológica sustentada y alimentada por los "halcones de la mano dura" y que desdeña el aporte de las disciplinas sociales y las políticas sociales, no puede llevar sino a profundizar la actual exclusión de una buena parte de la población y a mantener fuera de ella a otro porcentaje importante (redes delictivas, cárceles). Desde el momento en que empezamos a planificar las actividades para estas Jornadas, los organizadores entendimos que el entrecruzamiento entre la historia (y en general las disciplinas sociales) con el derecho y los profesionales que desarrollan sus labores en la justicia, era necesario y podía dar fructíferos resultados. A lo largo de las Jornadas se presentaron libros referidos a estas temáticas y se montó la exposición fotográfica "La imagen como prueba" basada en material perteneciente al Archivo de la Justicia Letrada de Neuquén que fue cedido en custodia por el fuero federal provincial al GEHiSo hace casi una década. Esta muestra, coordinada por la prof. Marcela Debener (GEHiSo) expuso fotografías correspondientes a reconstrucciones y hechos criminales sucedidos en el otrora Territorio Nacional del Neuquén. La conferencia inaugural a cargo de Hugo Chumbita presentó aspectos cruciales para la comprensión del fenómeno del bandolerismo en nuestro país; la tesitura central giraba en torno a la existencia de una cultura popular anómica que, al despreciar y enfrentar la ley, parece ser la clave para entender la diversidad de resistencias frente al orden tanto colonial como más reciente, donde el Estado argentino adquirió su fisonomía definitiva. Esta tradición de resistencia popular sería la que hermana el bandolerismo del joven Artigas con las imágenes construidas por la literatura gauchesca, el "chacho" Peñaloza, el "gauchito Gil", los caciques indígenas y sus malones, Juan Bautista Vairoletto y los fenómenos más recientes del mundo "villero" de las grandes urbes del país. Precisamente, en la primer mesa de trabajo ("Bandidos y bandolerismo"), las cuestiones tratadas rondaron sobre la acción de los "bandidos sociales" que, como Vairoletto, recorrieron el norte de la Patagonia y el Territorio de La Pampa. Especialmente significativo fue el aporte de Jorge Etchenique acerca de las condiciones sociales que hicieron posible la existencia de este fenómeno. Durante las exposiciones volvió a darse la inacabada polémica acerca del bandolerismo criminal a secas y el bandolerismo "social", seguidor de la clásica interpretación de Eric Hobsbawm. La siguiente mesa estuvo dedicada a las figuras "malditas", cuya sola mención genera resquemor e incomodidad. Allí desfilaron, entonces, suicidas, pro-cesos de estigmatización de indígenas y pobres, prostitutas y la fiebre represora de la Libertadora, castigando a todos aquellos que mencionasen las palabras prohibidas (Perón, peronismo, Evita, etc.). La tercera mesa analizó cuestiones centradas en filosofía y reflexiones sobre el derecho y la justicia. Una de las áreas que generó mayor discusión fue la referida a la justicia en ámbitos mapuche, su autonomía, alcances y atribuciones. Fue destacada especialmente la importancia de una "sensibilidad étnica" por parte de la justicia, una suerte de mirada que pudiera compatibilizar el principio de igualdad ante la ley y el reconocimiento de la diversidad intrínseca de cada individuo. El problema de la cárcel y los castigos, con clara -y ya a esta altura, canónica-influencia de Foucault, también estuvo presente en algunos de los trabajos. Las exposiciones centradas en una interpretación del perfil del mundo delictivo contemporáneo y de algunas novedades impuestas por estos tiempos privatizadores como las policías privadas y su impacto sobre el monopolio estatal de la coerción generaron una viva polémica entre los participantes. La última mesa fue la que tuvo mayor contenido histórico en sus ponencias. Allí, María Beatriz Gentile coordinó la presentación de trabajos que versaban sobre la acción pasada y actual de la policía en ámbitos patagónicos, destacando algunos casos de fuerte resonancia regional. Los ámbitos penitenciarios en el sur de Argentina y Chile (Ushuaia, Araucanía) y su incidencia en los procesos de colonización de tierras indígenas fueron revisados por especialistas de ambos países. Asimismo, también fue analizada la figura del juez de paz, en los casos de Río Negro y Neuquén en las primeras décadas del siglo XX. Además de estos temas, se analizó cómo el mundo de las instituciones policiales fue visto por la prensa. La presencia de antropólogos, abogados, sociólogos, psicólogos e historiadores en un espacio común, sin haber agotado el análisis de la trama compleja que hace al mundo del delito, se nos presentó como un conjunto polifónico tendente a erosionar la actual hegemonía neoconseravadora. Esta última tendencia hace un uso instrumental de las ciencias sociales al buscar respuestas en el pasado para un presente que considera excesivamente violento y destructor de vidas y propiedades, abonando la tesis que para enfrentarlo hay que profundizar la dimensión coercitiva de las oficinas estatales. Por último debemos señalar que estas Jornadas fueron las primeras de su tipo en el país que trataron de pensar una misma realidad regional y que aspiran a nueva convocatoria para los próximos dos años.
Ronald Escobedo había nacido en la ciudad de Arequipa (Perú) el 6 de agosto de 1945. Comenzó su carrera académica en Perú, obteniendo el doctorado en Historia en 1973 por la Pontificia Universidad Católica del Perú (Lima), donde había cursado sus estudios. Inició poco después su actividad docente en la Universidad de Piura, en el norte del país. Allí conocería a la que luego sería su esposa, la Dra. te este periodo, su labor docente fue amplia, impartiendo las materias de "Historia de América", "País Vasco y América", y "Tendencias historiográficas en Historia de América", así como diferentes cursos de doctorado acerca de los temas de su especialidad. Fruto de su esfuerzo fue el aumento del número de asignaturas americanistas en el plan docente de Historia, y el incremento del profesorado del área de Historia de América. Asimismo, dirigió cuatro seminarios sobre temas americanos en los Cursos de Verano de la Universidad del País Vasco, celebrados en San Sebastián, entre 1989 a 1992. Desde 1990 era también Profesor extraordinario de la Universidad de Navarra, donde impartió cursos de doctorado y algunas clases magistrales en la asignatura de Historia de América. En esta Universidad, además, prestó un valioso apoyo y orientación a muchos estudiantes de postgrado, sobre todo latinoamericanos, cuyos trabajos versaban sobre Historia de Iberoamérica. Disfrutaba especialmente en contacto con los alumnos mostrándose accesible, abierto para ayudarles y animarles en sus intereses, dedicando mucho tiempo a la dirección de tesis doctorales. Como nos han comunicado por escrito tras su fallecimiento y por comentarios recibidos de colegas y amigos, muchos -no sólo sus discípulos más directos, entre los que nos encontramos los firmantes, sino también estudiantes de doctorado de otras universidades-se sintieron apoyados y estimulados por sus consejos y ayuda, siempre que lo necesitaron. En cuanto a su labor investigadora, el profesor Escobedo se dedicó, junto a otros diversos temas, a la Real Hacienda en Indias -tema en el que centró sus primeros trabajos de investigación y sus dos tesis doctorales-, a la Historia del Derecho Indiano, y -ya siendo miembro del claustro de la Universidad del País Vasco-a las relaciones históricas entre el País Vasco y América en sus múltiples facetas, abarcando tanto la época virreinal como la contemporánea. Autor de numerosas publicaciones, podemos destacar su libros primero y último: El tributo indígena en el Perú (siglos XVI-XVII) y Las comunidades indígenas y la economía colonial peruana, editado éste en 1997 por la Universidad del País Vasco. Es de destacar, además, que recibió el Premio Internacional de Historia del Derecho Indiano, concedido por el Instituto de Historia del Derecho Indiano "Ricardo Levene" de Buenos Aires, por su obra Control Fiscal en el Virreinato Peruano. El Tribunal de Cuentas de Lima. Por su parte, Las comunidades indígenas y la economía Anuario de Estudios Americanos colonial peruana, publicado en Vitoria en 1997 es, como ha sido reconocido por muchos colegas, una buena muestra de la madurez alcanzada en su intensa carrera investigadora y docente. Algunos de sus artículos se encuentran publicados en las más prestigiosas revistas de la especialidad, como Anuario de Estudios Americanos, Revista de Indias o el Jarbuch fur Geschichte von Staat, Wirtschaft und Gesellchaft Lateinamerikas de Colonia. Colaboró también en importantes obras colectivas, como la Historia de la Iglesia en Hispanoamérica y Filipinas dirigida por Pedro Borges (Madrid, BAC, 1992) y la Historia General de España y América (Madrid, Rialp, 1992). Los dos primeros se referían a la Historia de la Real Hacienda peruana y La Fiscalidad americana: los impuestos de la Real Hacienda. Los otros dos, por su parte, estudiaban la Historia de la emigración y presencia de Euskal Herria en América (siglos XVI-XIX) en colaboración con la Universidad de Pau (Francia), financiado por el Gobierno Vasco y el Consejo General de Aquitania; y La participación vasca en la independencia de las Antillas españolas (1868-1898): ejército, política y economía, financiado por la Universidad del País Vasco. Y, desde luego, mantuvo su interés por la investigación hasta el último momento. Fue Secretario de la Comisión asesora del Programa Los Vascos y América de la Fundación Banco de Vizcaya desde 1986 hasta 1992, y fue miembro del Comité Científico y organizador del Simposio Internacional El comercio vasco con América en el siglo XVIII. La Real Compañía Guipuzcoana de Caracas organizado por la misma Fundación. Igualmente, actuó como Presidente del Comité organizador del VI Congreso Internacional de Historia de América Los vascos y América, organizado por la Asociación Española de Americanistas en Vitoria y San Sebastián en 1994. Fruto importante de este Congreso fue la edición posterior de cinco libros colectivos sobre los distintos temas que se trataron en el Congreso. Colaborador científico en la Oficina de Educación Iberoamericana (OEI) entre 1980-1981, en los últimos años fue nombrado Asesor científico de dicha organización y, como tal, presidió varias sesiones de trabajo para la elaboración, junto con especialistas de otros países, de currículos y manuales de Historia de Iberoamérica, para su implantación en las enseñanzas medias de los países miembros de la OEI. Ya en enero de 2000, el Ministerio de Educación le nombró miembro del Comité de Expertos para trabajar en el Plan Nacional de Evaluación de Calidad de las Univer-sidades, encargo que no pudo llegar a cumplir por encontrarse ya aquejado de su dolorosa enfermedad. Desde 1996 era Presidente de la Asociación Española de Americanistas, cargo que ejerció con iniciativa y verdadero empeño por mantener la vitalidad de dicha Asociación. Alentó la organización de dos Congresos Internacionales y de dos Simposios, el primero dedicado a la metodología docente y el segundo a la metodología de la investigación; éste último, además, con el propósito de apoyar a los jóvenes americanistas. Se preocupó de que las dos reuniones culminaran con la publicación de sus respectivas actas. Dedicó también especial ilusión y mucho tiempo a la edición del Boletín anual de la Asociación, incorporando un nuevo formato y nuevas secciones: sus colaboradores más directos recordamos la ilusión que ponía en la maquetación y edición del Boletín (no en vano el periodismo había sido una de sus aficiones, ya desde sus años de estudiante). Pero por encima de todos los méritos señalados, los que hemos trabajado a su lado todos estos años en el Area de Historia de América de la Universidad del País Vasco, querríamos resaltar su gran perfil humano. De talante sereno y abierto, con un constante buen humor, transmitía optimismo e ilusión por el trabajo. Dotado de un especial sentido de la verdadera modestia, que es signo de inteligencia y de eso que los clásicos llamaban discreción, fue siempre una persona leal, sin dar nunca importancia al hecho de no ser alguna vez correspondido. Logró crear en su entorno un ambiente de trabajo cordial y amable, siempre dispuesto a prestar con generosidad su experiencia y conocimientos para la mejora de la docencia, el desarrollo de nuevas líneas investigadoras y, en general, para apoyar el trabajo de todos los que colaborábamos con él. Se fraguó así una fuerte y sincera amistad, que hace que su pérdida sea especialmente dolorosa para nosotros. Hemos perdido un gran americanista y un gran amigo, pero nos ha dejado un ejemplo humano y profesional que merece la pena seguir.
La Escuela de Estudios Hispano-Americanos (EEHA) de Sevilla, a lo largo de sus cincuenta años de dedicación a los estudios americanistas, ha venido apoyando la labor investigadora de todos aquellos profesores e investigadores que, para desarrollar su actividad, han debido permanecer en la ciudad hispalense. En este sentido, también la Residencia de la EEHA, sita en la calle Alfonso XII, número 16, de Sevilla, viene siendo desde hace tiempo un lugar de encuentro de muchos americanistas que acuden a su Biblioteca para consultar sus ricos fondos y los del Archivo General de Indias. Siendo un objetivo de la Escuela el decidido apoyo de la investigación de calidad que se realiza en los países americanos y europeos, tanto por jóvenes post-graduados como por parte de renombrados investigadores, se acuerda convocar dos becas de estancia en su Residencia por un tiempo de seis meses de duración y otras dos por tres meses. Las becas incluyen sólo el alojamiento en habitación individual, corriendo por cuenta del becario los gastos del viaje a España y su manutención durante la permanencia en la Escuela. Requisitos y condiciones generales Los candidatos deberán ser extranjeros no residentes en España, quienes para optar a la beca deberán presentar la siguiente documentación: a) Solicitud para participar en esta convocatoria, dirigida a la Sra. Directora de la EEHA, especificando el período de tiempo que solicita, considerándose también la posibilidad de conceder becas por períodos inferiores a los seis y tres meses antes mencionados. b) Currículum vitae. c) Carta de presentación, en su caso, del director de la tesis doctoral, del director del proyecto de investigación a desarrollar en Sevilla o de un investigador reconocido que avale la solicitud. d) Proyecto detallado (máximo de tres páginas) del trabajo de investigación sobre Iberoamérica o Filipinas a realizar en Sevilla, ya sea en materia de ciencias humanas o sociales. En el caso de investigadores de acreditada valía se considerará con preferencia a los candidatos que vayan a impartir en la Escuela, paralelamente a su labor investigadora, algún seminario o taller monográfico dirigido a jóvenes licenciados, en cuyo caso deberán presentar un programa del mismo. e) Los candidatos de países no hispanos deberán acreditar un buen conocimiento del idioma español. Se considerarán con preferencia las solicitudes de aquellos países en los que sus investigadores tengan especiales dificultades económicas para afrontar una estancia prolongada en Sevilla. El período de disfrute de las becas semestrales será de mediados de enero a mediados de julio, y el de las trimestrales de mediados de septiembre a mediados de diciembre. En el caso de becas por períodos inferiores de tiempo, su disfrute siempre será dentro de las fechas anteriormente mencionadas. La resolución de la presente convocatoria se hará pública antes del 15 de mayo de 2001 para las becas del último trimestre de este año y antes del 15 de noviembre de 2001 para las becas del primer semestre de 2002. Podrá declararse desierta alguna o la totalidad de las becas si los candidatos no acreditasen, a juicio del jurado, méritos suficientes. Casa de Velázquez (Madrid) La Casa de Velázquez de Madrid es una Escuela Francesa en el extranjero, al igual que la Escuela francesa de Atenas, la Escuela francesa de Roma, el Instituto arqueológico oriental de El Cairo y la Escuela francesa de Extremo Oriente. Se encuentra bajo la tutela del Ministerio de Educación Nacional. Fundada en 1920, inaugurada en 1929, destruida en 1936 durante la guerra civil española y reconstruida en 1959 en su emplazamiento original, en plena Ciudad Universitaria, la Casa de Veláquez es hoy N OT I C I A S Anuario de Estudios Americanos en día un establecimiento público con carácter científico, cultural y profesional. Tiene como misión desarrollar las actividades creadoras y las investigaciones relativas a las artes, las lenguas, las literaturas y a las civilizaciones de España y del mundo ibérico, contribuir a la formación de artistas y de profesores-investigadores, y participar en el desarrollo de los intercambios artísticos y científicos entre Francia y los países ibéricos. Acoge, por lo general durante dos años, en el seno de la Escuela de Altos Estudios Hispánicos (Sección Científica) a 18 investigadores (arqueólogos, historiadores, geógrafos, literatos, lingüistas, sociólogos, economistas, etc.) y paralelamente, en su Sección Artística, a 13 artistas (pintores, escultores, grabadores, arquitectos, músicos, cineastas, fotógrafos, etc.) a los que hay que añadir un becado de la ciudad de París y tres becarios de grandes ciudades españolas. La Casa cuenta con un edificio principal que reúne los servicios administrativos y técnicos, la biblioteca, un restaurante, 25 habitaciones destinadas en prioridad a los miembros y becarios, pero que pueden acoger también a huéspedes de paso en el límite de las plazas disponibles. Cuenta además con una quincena de talleres para artistas diseminados en su parque o repartidos en el edificio principal, al igual que varias salas técnicas (estudio de música, laboratorio fotográfico, taller de grabado, etc.). Su página web es: http://www.maptel.es/casa.velazquez. El Colegio de las Américas, entidad perteneciente a la Organización Universitaria Interamericana, se encuentra en el proceso de creación de la Red Interamericana de Formación sobre Mujeres y Desarrollo. Para tal fin se constituyó un grupo de consulta que tiene como finalidad, entre otras cosas, hacer un inventario de los programas (formales y no formales) de formación existentes en toda América con relación al tema de Mujeres y Desarrollo. La idea es que el inventario que se haga, aunque no pueda ser totalmente exhaustivo, quede completo y que refleje verdaderamente el desarrollo y el interés que sobre el tema hay en las Américas. Por tal motivo, se solicita que las universidades, grupos, ONGs, etc. que estén trabajando en el área de formación y capacitación sobre el gran tema de "Mujeres y desarrollo", lo hagan saber y así queden en el inventario. La idea además es que de ese amplio repertorio de programas final-mente se seleccionen unos seis para que conformen la red interamericana de formación Mujeres y Desarrollo, para cuya financiación inicial el Colegio de Las Américas tiene recursos de la Agencia Canadiense de Desarrollo Internacional ACDI. Más información puede recabarse de María Adelaida Farah Q., Profesora Universidad Javeriana, Bogotá, Colombia. 7o piso, Bogotá, Colombia. A partir de marzo de 2001 se publicará por primera vez una nueva revista interdisciplinaria internacional de estudios sobre América Latina y la Península Ibérica. América Latina-España-Portugal surje de la fusión de las revistas Iberoamericana, Ibero-Amerikanisches Archiv y Notas. El objetivo de la publicación es crear un órgano que represente internacionalmente a la filología hispánica, lusitana y latinoamericana en Alemania tanto en su orientación en el campo de las ciencias sociales como en el de la cultura y la literatura. Además se aspira incorporar la discusión internacional en el análisis alemán sobre América Latina, España y Portugal puesto que la ciencia vive del intercambio y la cooperación. La nueva revista se dirige en primera instancia a un público científico y estará compuesta de tres partes: 1. Seis a ocho artículos científicos que representen tanto las ciencias sociales como culturales. El "Foro", cuyo volumen será de aproximadamente 30 páginas por edición, analizará el desarrollo político y social actual, informará sobre hechos culturales, novedades literarias, congresos, etcétera. La sección de reseñas presentará publicaciones actuales de historia y crítica literaria, historia, política y sociedad. Se publicarán cuatro números por año. Estas fechas constituyen también el cierre de redacción para el próximo número. Las entidades responsables de la revista son conjuntamente el Instituto Ibero-Americano de Berlín (IAI) y el Instituto de Estudios Iberoamericanos de Hamburgo (IIK). El consejo editorial se compone por partes iguales de representantes de ciencias sociales y literarias. Se invita a participar en este proyecto, ya sea con artículos académicos de máximo 70.000 caracteres, ya sea en el grupo "Foro" con ensayos cortos, reflexiones, informes sobre conferencias, entrevistas etc. (máximo 20.000 caracteres ). El idioma puede ser español (preferido), portugués o inglés. Los textos (inéditos) deben ser enviados como attachment a las siguientes direcciones: Instituto Ibero-Americano, Berlín. vollmer@ iai.spk-berlin.de. Con copia a: Instituto de Estudios Ibero-Americanos, Hamburgo. Congreso INKA: Conservación de la biodiversidad en los Andes y la Amazonía Este congreso internacional y interdisciplinario va a tratar de la conservación de la biodiversidad en los Andes y la Amazonía con énfasis en los países Ecuador, Perú y Bolivia. El congreso ofrece la posibilidad única de reunir a los diferentes grupos que se preocupan de la conservación de la biodiversidad: los científicos, las ONGs y el colectivo local/indígena. El intercambio de los varios puntos de vista, necesidades y conocimiento y el debate sobre las deficiencias actuales podría facilitar el desarrollo de estrategias para la conservación de la naturaleza y un manejo más efectivo de los recursos naturales. El objetivo general es la estimulación de un intercambio de conocimiento y puntos de vistas entre científicos, ONGs e indígenas. Los investigadores pueden presentar sus resultados científicos, mientras las ONGs pueden demostrar sus experiencias con proyectos en áreas amenazadas. Los indígenas y otras personas afectadas tienen la posibilidad de hablar sobre sus necesidades para el desarrollo y su interés en la conservación del medio ambiente. Los temas del congreso serán los siguientes: -Introducción: Importancia de la biodiversidad en los Andes y la Amazonía. -Ciencia: ¿torre de marfil o contribución a la conservación de la biodiversidad?: Biodiversidad en las áreas tropicales en el Sur de Améri-ca (referencia esencial a los países Ecuador, Perú y Bolivia); ¿Cómo contribuye la ciencia a la conservación de la biodiversidad? -ONGs: entre "parques sin gente" y desarrollo sostenible: Deficiencias de la ciencia desde el punto de vista de las ONGs e indígenas; ¿Cómo contribuyen las ONGs a la conservación de la biodiversidad? -Ecoturismo: posibilidades y riesgos: Oportunidades y riesgos del ecoturismo para la conservación y un desarrollo sostenible; Ecoturismo desde el punto de vista de los indígenas. Indígenas e interés entre conservación y desarrollo; Uso tradicional de la tierra y conocimiento sobre las plantas medicinales; Desarrollo y los derechos intelectuales de los indígenas. -Conclusión: Perspectivas para una cooperación entre Ciencia, ONGs e indígenas. El congreso está organizado por la Red Internacional para la Conservación de la Biodiversidad y la Diversidad Cultural INKA e.V. (Munich, Alemania) y la Fundación Científica San Francisco FCSF (San Diego, EEUU), que opera una estación científica en los bosques montanos en el sur de Ecuador (con oficina en Loja, Ecuador). Ambas ONGs tienen el objetivo de conservar la biodiversidad y la diversidad cultural. El español e inglés serán las idiomas generales del congreso. Se recomienda el uso del español como medio de comunicación para facilitar el intercambio entre todos los grupos participandos. Ni INKA e.V. ni FCSF tienen la capacidad de traducir las presentaciones o artículos. III Congreso Internacional del Barroco Iberoamericano. "Territorio, Arte, Espacio y Sociedad" Hacia 1980 el tema del Barroco Latinoamericano encrespaba los ánimos, dando origen a persistentes polémicas sobre la metodología de análisis y la cualificación tributaria que sus resultantes artísticas podían tener respecto de los presuntos modelos europeos. Fue entonces cuando el Instituto Italo Latinoamericano de Roma convocó a un amplio espectro de estu- Anuario de Estudios Americanos diosos que replantearon con sus puntos de vista los términos del debate. Se consolidó de esta manera un hito de referencia cuyos resultados pueden apreciarse en el Catálogo de la Exposición y en los dos tomos de las Actas del mencionado Congreso. Una década más tarde, en la ciudad de Querétaro (México) se efectuó un segundo encuentro que posibilitó integrar a una nueva generación de historiadores del arte y de la arquitectura que pusieron en evidencia los avances que sobre los métodos de análisis se habían efectuado. En la oportunidad se definió que Sevilla habría de ser la sede del próximo encuentro, por lo que la Universidad Pablo de Olavide ha decidido asumir la responsabilidad de llevarlo a cabo como continuidad de una tarea académica relevante. Habrá diversas conferencias magistrales a cargo de Antonio Bonet Correa: "El Barroco: estado de la cuestión al comenzar el nuevo milenio"; Alexandra Kennedy: "Los talleres artesanales y la escultura quiteña. El caso de Bernardo Legarda"; Alfonso E. Pérez Sánchez: "La pintura barroca iberoamericana"; José Horta Correia: "Una mirada sobre el barroco lusitano", y Ramón Gutiérrez: "Repensando el barroco americano". Los temas que el Congreso abordará serán los siguientes: Los modos de producción del arte y la arquitectura; Gremios y cofradías; La estructura social y económica de los talleres artesanales. La enseñanza y transferencia de los oficios; La pintura barroca; El escenario de la realidad y la ilusión; El mensaje iconográfico; Circulación de la obra de arte y el mercado; Pintura mural y configuración espacial; La escultura barroca; El papel mediático de la imagen; Técnicas y simbolismos; El mecenazgo de la obra artística; El retablo barroco; La máquina de persuadir; Estructura e iconografía; Estrategias de comunicación; Técnicas y propuestas espaciales; Las artes utilitarias; El equipamiento del mobiliario; La platería; Azulejos y cerámica; Las arquitecturas civil y religiosa; Las nuevas búsquedas espaciales; Equipamiento, color y texturas; Los programas y las funciones; Nuevas tipologías; Arquitectura y ciudad; El urbanismo barroco; El uso del espacio público; La sacralización del espacio externo; Participación y persuasión; Los nuevos elementos urbanos; La fiesta barroca; Escena y espectáculo; Participación social; El teatro urbano y el arte efímero. Información: Fernando Quiles García. Cruzando fronteras en America Latina. Tercer Congreso Europeo de Latinoamericanistas Amsterdam, 3 al 6 de julio de 2002 En 2002 se realizará en Amsterdam, Holanda, el Tercer Congreso Internacional de Latinoamericanistas en Europa bajo los auspicios del CEISAL. La organización del Congreso estará a cargo de la Asociación Holandesa de Estudios Latinoamericanos y del Caribe (Netherlands Association for Latin American and Caribbean Studies, NALACS). En el Congreso se presentarán unas 500 ponencias, las cuales se organizarán en 20 Redes Temáticas y en alrededor de un centenar de sesiones. Las sesiones del Congreso se realizarán durante tres días completos (4, 5 y 6 de julio de 2002). La mayor parte del programa consiste en sesiones temáticas paralelas de dos horas de duración. En cada sesión se presentarán cuatro o cinco ponencias (papers) sobre el tema central de la sesión. Las sesiones serán agrupadas en Redes Temáticas. Las redes temáticas establecidas y sus respectivos coordinadores son los siguientes: -Sociedades rurales y fronteras agrarias, Anthony Bebbington (Universidad de Colorado), Cristóbal Kay (Institute of Social Studies, La Haya). -Medio ambiente y desarrollo sustentable, Anthony Hall (London School of Economics and Political Science). -Globalización y nuevas fronteras culturales, Norman Long (Universidad de Wageningen), Fiona Wilson (Universidad de Roskilde). -Democratización y descentralización, Manuel Alcántara Sáez (Universidad de Salamanca). -Justicia y derechos humanos, Claudio Grossman (Washington College of Law). -Estado y sociedad civil, Menno Vellinga (Universidad de Utrecht). -Relaciones de género, Nikki Craske (Universidad de Liverpool). -Integración económica y financiera, Jaime Behar (Universidad de Estocolmo). -Cruzando fronteras lingüísticas, Pieter Muysken (Universidad de Leiden). Anuario de Estudios Americanos -Literatura, Francisco Lasarte (Universidad de Utrecht), Luz Rodríguez (Universidad de Leiden). -Migraciones y movilidad, Karsten Paerregaard (Universidad de Copenhagen). -Movimientos sociales y étnicos, Tom Salman (Programa para la Investigación Estratégica en Bolivia, La Paz), Xavier Albó (CIPCA, La Paz). -Reformas económicas e institucionales, Geske Dijkstra (Universidad Erasmo de Rotterdam), Andy Thorpe (Universidad de Portsmouth). -Regionalización y fronteras internas, Wil Pansters (Universidad de Utrecht). -Religión, Marjo de Theije (Universidad Libre, Amsterdam). -Relaciones internacionales, Alex Fernández Jilberto (Universidad de Amsterdam). -Estudios urbanos, Otto Verkoren (Universidad de Utrecht). -Violencia e ilegalidad, Dirk Kruijt (Universidad de Utrecht). -Sesiones especiales 1: mesa redonda, encuentro con autor, debate con foro, etc.. -Sesiones especiales 2: organizadas por el Comité Organizador. La Asociación Holandesa de Estudios Latinoamericanos y del Caribe (NALACS) reúne alrededor de 200 académicos holandeses dedicados al estudio de la realidad latinoamericana y del Caribe en los terrenos de las ciencias sociales y humanidades. Entre sus principales tareas se encuentran la organización de simposios y congresos, el fortalecimiento de vínculos profesionales entre especialistas en América Latina y el Caribe, la divulgación de información sobre el desarrollo de actividades académicas y culturales en Holanda relacionadas con la región. El Consejo Europeo de Investigaciones Sociales sobre América Latina (CEISAL) constituye una estructura interuniversitaria de concertación e impulso a las investigaciones europeas latinoamericanistas en el campo de las letras, las ciencias humanas y sociales que se originó a fines de los años 60. CEISAL agrupa a 30 institutos y 12 asociaciones latinoamericanistas europeas y nacionales de 18 países europeos Para correspondencia e información diríjanse a: www.cedla.uva. -VIII Congreso Anual de la Asociación Mexicana de Estudios del Caribe y la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco: "El Caribe. Villahermosa, Tabasco, 4, 5 y 6 de abril de 2001, sede Universidad Juárez Autónoma de Tabasco. Temario: Balances historiográficos; Cartografía; Ciencia y Tecnología; Comercio; Cultura y sociedad (cine, danza, literatura, lenguas, música, religión y teatro); Derechos humanos, democracia y gobernabilidad; Economía y desarrollo; Estado y nación; Geopolítica y relaciones internacionales; La enseñanza del Caribe; Medio ambiente, desarrollo sustentable y turismo; Movimientos sociales y sujetos políticos; Procesos de integración y movimientos migratorios; Puertos; Salud y sistemas de salubridad. La presente convocatoria está abierta al estudio general del Caribe, por tanto, el temario no excluye otras propuestas.Los interesados en participar deberán enviar su propuesta incluyendo: Nombre, institución, título del trabajo, resumen de una cuartilla con objetivos claros y concretos y ficha curricular. Número telefónico, fax, e-mail. Toda información y correspondencia deberá solicitarse y ser enviada a cualquiera de las siguientes direcciones: E-mail: amec@ institutomora.edu.mx. -Coloquio Internacional José Martí y las letras hispánicas. El Centro de Estudios Martianos convoca al Coloquio Internacional José Martí y las letras hispánicas, que se realizará durante los días 10, 11 y 12 del mes de abril del año 2001, en la sede de esta institución. Este evento científico propiciará un intercambio desde la perspectiva actual sobre temas como: a. José Martí y los Siglos de Oro; b. José Martí y el romanticismo; c. José Martí y la literatura española de su época; d. José Martí y la modernidad literaria; e. Las culturas autóctonas americanas como tema de la literatura martiana; f. Recepción de la obra literaria de José Martí en el mundo hispanoparlante; g. José Martí y la oratoria de su época; h. Sociedad y literatura en el texto martiano; i. La lengua de José Martí. Consultas y comunicaciones a: Comité Organizador. Presidente: Dr. Rolando González Patricio. Dirección(es): Centro de Estudios Martianos. Calzada No. 807 esquina a 4, Vedado, Ciudad de La Habana, Cuba. -El Coloquio sobre La Condamine y la medida de la tierra. Organizado por la Facultad de Ciencias Económicas de Toulouse y por el S.C.D. de la Universidad de Toulouse 1, Ciencias sociales Toulouse, Francia, tendrá lugar el 21 de mayo de 2001. Se solicitan comunicaciones sobre la misión "La Condamine" y sus aportes; de manera accesoria sobre otras misiones geodésicas y cartográficas del siglo XVIII (Maupertuis, Delambre y Méchain, La Caille, Cassini, etc.). Se aceptarán comunicaciones sobre misiones posteriores según el grado de interés y de relación con el tema del coloquio. Igualmente, una exposición presentará la misión "La Condamine". -XIX Congreso Internacional de Historia de la Cartografía. Organizado por la Biblioteca Nacional de España, la Universidad Complutense de Madrid y el Ministerio de Defensa-Museo Naval. En la página web http:// www.bne.es/ puede verse la petición de ponencias, carteles y talleres (versión PDF). -VII Reunión de Historiadores de la Minería Latinoamericana. La Universidad Arturo Prat de Iquique y la Universidad de Santiago de Chile tienen el honor de convocar a la VII Reunión de Historiadores de la Minería Latinoamericana, a celebrarse en la ciudad de Iquique, Chile, entre el 1 y el 4 de agosto de 2001. Los temas en torno a los cuales pueden enmarcarse las ponencias, en concordancia con lo realizado en ocasiones anteriores, son los siguientes: Arqueología y minería prehispánica; Comunidad minera y cultura; Gestión empresarial y relaciones laborales; Historiografía; Marco institucional y jurídico; Política minera; Minería y medio ambiente; Minería y sociedad; Regiones mineras y mercado, y Tecnología minera. ANTONIO GUTIÉRREZ ESCUDERO N OT I C I A S Anuario de Estudios Americanos
La institución de la encomienda, introducida en las Indias desde los primeros años de la presencia hispana y regulada posteriormente por la Corona, era el premio que los conquistadores y sus descendientes exigían por los servicios prestados. A través de dicho sistema se ordenaba el repartimiento de indios, que tenían que entregar cierta cantidad de tributo convenido en una tasación al encomendero. 1 La encomienda cumplía la función de ser, en cierta medida, el sustento económico de la población española, pero también, como destaca Salvador Rodríguez Becerra, ofrecía la posibilidad al encomendero de realizarse y ser tenido como un señor de vasallos. 2 A cambio del pago del tributo el encomendero tenía la responsabilidad de instruir cristianamente a sus indios, lo cual implicaba la presencia de un clérigo residente o itinerante que proveyera dicha instrucción, así como la obligación de la defensa de la tierra. 3 Señala Elías Zamora Acosta que la introducción de la encomienda sirvió para la explotación de los pueblos conquistados, además de ser un elemento primordial para la aculturación de los indígenas, especialmente en el aspecto religioso. 4 1 Referencia obligada para el estudio de la encomienda en Indias es la obra de Zavala, Silvio: La encomienda indiana, México, 1973. 2 Rodríguez Becerra, Salvador: Economía y conquista. 3 Recopilación de Leyes de los Reynos de Indias, libro VI, título IX, leyes 1-4. La introducción del sistema de encomiendas en Tabasco5 se sitúa en torno a 1522, cuando Gonzalo de Sandoval hizo el primer reparto de indios entre los conquistadores que le acompañaban en su expedición hacia el sureste de la Nueva España: "... repartió Sandoval aquellas provincias y pueblos en nosotros, después de las haber enviado a visitar e hacer la división de la tierra y ver las calidades de todas las poblaciones." 6 Desde la villa de Espíritu Santo, en Coatzacoalcos -convertida en cabeza de puente de las entradas que se debían de realizar en Tabasco y Chiapas, y asentamiento de buena parte de los veteranos soldados que habían participado en la conquista de Tenochtitlan-, los conquistadores podrían asistir a los pueblos y tierras que les fueron adjudicadas en sus respectivos repartimientos. En Tabasco, los primeros pueblos que se encomendaron fueron los indios de la Chontalpa (Copilco y Cimatán), así como los enclavados en la región zoque, debido a que se encontraban en el derrotero que conducía a la vecina región de Chiapas, otro objetivo fijado por los conquistadores asentados en la villa de Espírutu Santo. Este primer reparto de pueblos fue más nominal que real debido a la inseguridad del territorio y a la escasa presencia española en el mismo, unidas a las constantes negativas de los indígenas a pagar unos tributos que consideraban onerosos y que, a veces, terminaban en levantamientos, como los que hubo en Cimatán y Copilco. 7 La documentación sobre esta primera etapa de la encomienda es muy escasa. Uno de los primeros encomenderos que obtuvieron repartimiento de indios en Tabasco fue el soldado-cronista Bernal Díaz del Castillo. Sus relaciones de méritos y servicios así lo atestiguan: "Por la presente deposito en vos Bernal Díaz del Castillo vecino de la villa del Espíritu Santo los señores y naturales de los pueblos de Teapa y Potuchan que son en la provincia de Comatan (Cimatán) para que os sirváis de ellos y los hayáis de enco-mienda y os ayuden en vuestras haciendas y granjerías... hecha a veinte de setiembre de mil quinientos veinte y dos años. 8 Como él, fueron muchos los conquistadores que accedieron al repartimiento de indios en Tabasco. Tal era el caso de Miguel Sánchez Gascón, que recibió de Cortés, en la misma fecha que Bernal Díaz, la mitad de los pueblos de Cimatán, Ostuacan, Ayapa y Huaimango. 9 Desafortunadamente carecemos de fuentes documentales que puedan acreditarnos el número de encomiendas y los encomenderos que recibieron repartimientos en Tabasco durante estos primeros años de presencia española. Muchos de estos nuevos pobladores, en años posteriores, durante los gobiernos interinos de Marcos de Aguilar y Alonso de Estrada en Nueva España, siguieron percibiendo repartimientos de indios en Tabasco, Chiapas y Oaxaca, áreas adyacentes a la villa del Espíritu Santo: "... Marcos de Aguilar me depositó otro pueblo que se dice Chamula que en aquella sazón asimismo era término del dicho Guazacualco y el tesorero Alonso de Estrada me depositó estancias (Mazateupa, Xalpanecas y Tapocingo) los cuales dichos pueblos poseí sin contradicción ninguna... ". 10 La llegada en 1527 a la alcaldía mayor de la provincia de Tabasco del capitán Baltasar Osorio y del capitán Diego de Mazariegos a Chiapas, afectó negativamente al régimen de encomiendas de estos primeros pobladores. El paulatino poblamiento de las villas de Santa María de la Victoria y de Ciudad Real de Chiapas y las dificultades que suponía el mantenimiento de sus habitantes, movieron al gobierno interino de la Nueva España a que se desposeyeran las encomiendas que estaban en poder de los vecinos residentes en Espíritu Santo y que se pusieran en los términos de las dichas villas y sus habitantes. 8 Archivo General de Indias (en adelante, AGI), Patronato, 87, n.o 1, r. 2, Doña Marina Ramírez de Vargas, viuda de Juan Becerra del Castillo, como madre curadora de doña María de Cepeda, su hija, presenta información de los méritos y servicios del capitán Gaspar de Cepeda, Gómez Díaz de la Reguera y Alonso Ramírez de Vargas, padre, abuelo y bisabuelo de la susodicha y de los de Bernal Díaz del Castillo y Bartolomé Becerra, padre y abuelo de Juan Becerra, Guatemala, 13 de junio de 1619. 9 AGI, México, 203, doc. 27, Informaciones de oficio y parte: Miguel Sánchez Gascón, fundador y poblador de la villa de Chiapa y Tabasco, vecino de Espíritu Santo, Villa de Espírutu Santo, 1537; Zavala: La encomienda..., pág. 322. 2, Doña Marina Ramírez de Vargas,... presenta información de los méritos y servicios del capitán Gaspar de Cepeda, Gómez Díaz de la Reguera y Alonso Ramírez de Vargas,... LA ENCOMIENDA EN LA PROVINCIA DE TABASCO, 1522-1625 Tomo LVII, 1, 2000 Muchos de los vecinos de Espíritu Santo que vieron perder sus repartimientos en beneficio de las villas de Tabasco y Chiapas y sus nuevos pobladores, iniciaron una batalla legal para que les dieran "en recompensa otros pueblos como aquellos, para que se aproveche de ellos por el tiempo que fuere la voluntad de S.M.... ". 11 Algunos, al cabo de los años, recibieron sus compensaciones, como sucedió con Bernal Díaz: "...le diereis un corregimiento en esa dicha provincia de Guatemala... y ciertas fes de encomienda de indios de los pueblos de Sacatepeque y Juanagazapa y el pueblo de Misten... ". 12 Con la llegada del capitán Baltasar Osorio, máxima autoridad en la provincia de Tabasco por el poder que le otorgó el gobernador Alonso de Estrada, se quiso levantar los cimientos para un decisivo asentamiento de la población española en la villa de Santa María de la Victoria. Un primer paso para su consecución fue el cambio de las encomiendas de los antiguos conquistadores de Espíritu Santo a manos de los nuevos pobladores asentados en la villa. Pero conociendo las asperezas y dificultades geográficas y, por ello, la complicada incorporación de las distintas comunidades indígenas al régimen colonial, no era extraño que la situación fuera caótica para la mayoría de los nuevos pobladores, surgiendo rápidamente los disentimientos y las quejas. Las continuas lluvias y el angosto y difícil régimen fluvial, propios de un clima tropical húmedo, eran un impedimento para los encomenderos a la hora de asistir a sus repartimientos, lo cual fue aprovechado por muchos pueblos de indios para alzarse de nuevo o negarse a acudir a la villa para entregar los tributos. Estas pésimas condiciones de vida condujeron a vecinos y encomenderos a plantearse muy seriamente abandonar la provincia, y a las autoridades, a pedir auxilio a la Audiencia de México. Fueron estas causas las que motivaron, en primer lugar, la destitución de Baltasar Osorio y, con posterioridad, la confianza en el adelantado Francisco de Montejo, que fue nombrado alcalde mayor de la provincia de Tabasco en 1529. En 1533 la Corona lo nombró gobernador de la región comprendida entre el río Copilco y el río Ulúa. A partir de este momento y hasta 1549 -cuando mediante una real cédula de junio de dicho año el rey decidió que todas las encomiendas per-tenecientes a los Montejo fuesen removidas y pasaran a la Corona-, 13 la historia de la provincia de Tabasco quedaría unida a esta familia. Un amplio sector de los vecinos asentados en la villa de la Victoria seguidores de la política ejercida por los Montejo, reconocía que éstos facilitaron seguridad a la escasa población española y establecieron el sistema de encomiendas de forma definitiva. Sin embargo, no se pudo evitar ciertos problemas en el disfrute de algunas de ellas. Los principales afectados fueron algunos pobladores adeptos a la anterior máxima autoridad de la provincia, Baltasar Osorio. Los casos de dos de ellos, Bernardino de Medina y Baltasar de Gallegos, aparecen recogidos documentalmente. Medina, que pasó a Tabasco en compañía de Baltasar Osorio, recibió en encomienda los indios de Ocelotlan y Tacotalpa; y del adelantado Francisco de Montejo, por haber participado en la conquista y pacificación de la provincia, el pueblo de Silosuchiapa y la mitad de Spinzol. 14 Sin embargo, aprovechando su estancia durante algunos años en la capital del virreinato, Francisco de Montejo el sobrino le separó de sus encomiendas, que pasaron a su propiedad. Por su parte, Baltasar de Gallegos, que también participó en la pacificación de Tabasco en la hueste de Baltasar Osorio, recibió en encomienda, por el poder de Alonso de Estrada, los pueblos de Tabasco, Tamulte, Gueyecaque (Oxiacaque), Campango (Huaimango) y Anta. 15 Aprovechando la marcha de Gallegos a España, donde había acudido para casarse, el adelantado Montejo le apartó de sus indios y encomiendas, entregándoselos a su hijo Francisco de Montejo. Gallegos se defendió de esta separación aduciendo que, cuando partió a Castilla, "dejó en los dichos pueblos sus calpisques para que tuviesen cuidado de industriar los indios en las cosas de la Santa Fe católica y se recogiese los tributos de los dichos indios... ". 16 Hasta la deposición del adelantado Montejo del gobierno de Yucatán en 1549 y, por ende, la remoción de sus encomiendas y las de su familia en la Corona, el poder arbitrario, manipulador y nepótico, fue el eje de su política en relación con las encomiendas. Fue acusado por religiosos y antiguos conquistadores de apropiarse para él, su familia y paniaguados, de las enco-13 AGI, México, 2.999, Real cédula al licenciado Santillán, oidor de la Audiencia de México, 17 de junio de 1549. 14 Rubio Mañé, J. Ignacio: Archivo de la Historia de Yucatán, Campeche y Tabasco, México, 1942, vol. I, págs. 3-36; Civeira Taboada, Miguel: Tacotalpa, capital de Tabasco de 1666 a 1795, Villahermosa, Tab. 15 AGI, México, 204, doc. 2, Información de los servicios de Baltasar de Gallegos, natural de la ciudad de Sevilla y residente en México para pedir mercedes, 1545. Como se ha visto con anterioridad, ni el adelantado ni sus familiares pusieron cortapisa alguna a la hora de remover y privar de encomiendas a cualquier persona que pudiera ser para ellos un obstáculo. La encomienda significaba para los soldados y conquistadores que iniciaban una nueva etapa como pobladores -en un área cuyo incentivo más seguro era el tributo de cacao que se exigía a los indígenas, al no haber metales preciosos ni otros estímulos económicos-, un premio que podía compensar el esfuerzo y el riesgo de una pacificación laboriosa y dividida en diversas fases como fue la de Tabasco. Montejo el mozo, así como su primo Montejo el sobrino, siguiendo las instrucciones del adelantado, fueron implantando, gradualmente, el sistema de encomiendas en la provincia. Sin embargo, durante estos primeros años de presencia española, con una paz inestable en todo el territorio de la provincia de Tabasco -especialmente a lo largo de la frontera serrana de Chiapas y algunos pueblos próximos a Santa María de la Victoria-, había una renuencia manifiesta en aquellos pueblos a servir a sus encomenderos. Las excesivas demandas y el duro tratamiento a los indígenas venían provocados porque aún no se había fijado una tasación oficial de los tributos y servicios que debían dar a sus encomenderos. Otro factor de descontento venía motivado por la presencia de calpisques en los pueblos encomendados que se dedicaban a exigir dichos tributos y servicios. Según Chamberlain, estos calpisques eran de facto jefes de los pueblos donde trabajaban y sus actos autoritarios se añadían a las ofensas que sufrían los indígenas. 17 La encomienda, en esta época previa a la implantación de las Leyes Nuevas, era la única forma de recompensa de buena parte de aquellos conquistadores y soldados que habían participado en la sujeción de la provincia de Tabasco. Las difíciles y especiales condiciones geográficas y climáticas, la falta de otros incentivos económicos y la limitada posibilidad para el comercio, unidas a las características culturales del área -escasa densidad de población, poblamiento disperso y belicosidad de los indios-, hacían de la encomienda la única atracción económica y social de los escasos pobladores que se atrevían a instalarse en la villa de Santa María de la Victoria. Con anterioridad a la promulgación de las Leyes Nuevas (1542) los indios de Tabasco, al igual que los del resto de los territorios hispanos, carecían de un marco jurídico que reglamentara los deberes y derechos de los encomenderos y encomendados. Señala Silvio Zavala que en los debates previos a estas leyes "se daba por aceptada la libertad del indio y se procuraba hallar la fórmula jurídica que, sin desconocer esta premisa, fuera capaz de satisfacer las necesidades económicas de los particulares españoles".18 La encomienda en estos años se convirtió en un bien comerciable, donde el poseedor de la misma adquiría el derecho de vender, trocar o intercambiar. El propio Montejo había autorizado estas prácticas reñidas con las disposiciones reales que la Corona y el Consejo de Indias habían dictado para proteger al indígena. Claros ejemplos de estas irregularidades eran las que realizó Alonso López, cuñado, representante del adelantado en Tabasco y visitador general de la provincia, como poseedor de varias encomiendas -Tamulte, Huaymango, Soyataco y Nacaxuxuca-, que actuó de forma anómala ordenando y exigiendo a sus indios encomendados que dieren de tributo más de lo que estaba señalado: "Pedro Gaitán regidor, dice que vio en el pueblo de Nacaxuxuca que es de Alonso López le dio 60 xiquipiles soliendo no dar más de 20 en sesenta días, y en el pueblo de Huaymango... le dieron otros 60 xiquipiles y solían dar 20, y que el pueblo de Soyataco, que es también de Alonso López en depósito le dio otros 25 xiquipiles o 30, soliendo no dar más de 10 en sesenta días, y en el pueblo de Tamulte que el dicho Alonso López tenía a su cargo por Don Francisco, hijo del Adelantado Montejo, les sacó también tributos... ". 19 La promulgación de las Leyes Nuevas afectó profundamente al sistema de las encomiendas en las Indias. Las posteriores reformas a dichas disposiciones, especialmente las referidas a la duración de las encomiendas, así como el fin y objeto que se propuso la Corona con respecto a esta institución -supresión de la jurisdicción del encomendero sobre los indios y la limitación al goce del tributo en vez de las antiguas prestaciones personales-, buscaban aunar los deseos de los encomenderos por mantener su estatus y de la Corona por encauzar, controlar y evitar los abusos de las encomiendas. La aplicación de las Leyes Nuevas en los territorios administrados por el adelantado Montejo y sus más allegados familiares no llegó a hacerse efectiva hasta finales de la década de 1540. El que buena parte del área se encontrara todavía en esos momentos en la fase final del proceso conquistador y pendiente de posibles levantamientos a lo largo y ancho de la gobernación, motivó esos retrasos en la imposición de dicho cuerpo legal. La primera tasación oficial efectuada en Tabasco fue la que, en 1549, realizó el presidente de la Audiencia de los Confines, López de Cerrato, desconocedor entonces que, desde un año antes, la Corona había establecido que tanto Tabasco como Yucatán habían pasado a depender de la Audiencia de México. Esta tasación, que originalmente habían elaborado Montejo y los franciscanos, estaba impregnada en buena parte del espíritu y de los contenidos de las Leyes Nuevas, pues en el fondo intentaba controlar el poder de los encomenderos. 20 Sin embargo, como señala Cristina García Bernal, esta tasación "conserva reminiscencias de la primera época, al mantener como parte integrante de la tasación el trabajo de un determinado número de indios para el servicio doméstico del encomendero". 21 Así, concretamente, en los ocho pueblos tasados en la provincia de Tabasco en 1549, los indios de servicio puestos entre los encomenderos asentados en la villa de Santa María de la Victoria se elevaban a 22. 22 Hubo que esperar a 1552, cuando el oidor Tomás López visitó la gobernación de Yucatán para proceder a modificar las tasaciones de 1549 y a la supresión del servicio personal de los indios a los encomenderos, conmutándose con otras prestaciones. 23 Entre la visita que Alonso López llevó a cabo en 1541 y las tasaciones efectuadas por el licenciado Cerrato en 1549, contabilizamos un total de 30 encomiendas en la provincia de Tabasco. 24 De ellas, cuatro estaban en manos de Francisco de Montejo el sobrino, precisamente las que tenían más indios y las que tributaban mayor cantidad de cacao, entre otros productos: Tacotalpa, Tecomaxiaca, Ocelotlan y Xicalango. El resto se encontraba puesta en antiguos conquistadores y pobladores, muchos de ellos afectos al adelantado y, en una menor cantidad, en la Real Corona. Como se ha señalado con anterioridad, una real cédula de junio de 1549 ordenaba que se desposeyera de sus encomiendas al adelantado Francisco de Montejo y que éstas fueran incorporadas a la Real Corona. 25 Las causas de esta privación, aparte de las motivadas por su actuación política, considerada arbitraria, criticada tanto por los religiosos franciscanos como por los conquistadores y pobladores no afectos al adelantado, estaban en la aplicación de las Leyes Nuevas, que ordenaban que tanto los virreyes como los gobernadores, el resto de autoridades políticas, judiciales y eclesiásticas, no pudiesen disponer de indios ni encomiendas. Prohibición ésta que se ampliaba a sus familiares más directos. En 1546 la Corona criticaba la actuación de la Audiencia de los Confines, que consideraba lícita la permanencia de las encomiendas de los gobernadores si éstas estaban puestas en cabeza de sus mujeres e hijos antes de que se publicaran las Leyes Nuevas: "...estoy maravillado de vosotros haber disimulado con esto porque como tenéis entendido la voluntad de S.M. es que de ninguna manera ni por ninguna vía ningún gobernador tenga indios encomendados y así está mandado por las dichas Nuevas Leyes y tenerlos sus mujeres e hijos es un fraude de ellos... ". 26 Argumentaba la Corona que las mujeres e hijos de gobernadores y demás cargos públicos no podían tener encomiendas, pues a ellos les faltaban razones por las que dichas remuneraciones se permitieron. Así, las mujeres no podían defender la tierra, ni tener ni usar armas y caballos para su defensa: "... y las mismas razones hay en los hijos de los gobernadores que están debajo de su poder porque no tienen casa poblada ni defienden la tierra y en efecto es tenerlos sus padres y no ellos... ". 27 La legislación solamente salvaguardaba aquellas encomiendas que estaban puestas en los hijos varones que estuvieran casados e hiciesen vida independiente y las disfrutaran desde que estaban en tal estado civil. 28 Coincidimos con García Bernal cuando señala que la cédula de 1549 ratificaba la aspiración de la Corona por poner la Gobernación de Yucatán -donde se incluía Tabasco-bajo el dominio directo del poder real. 29 El adelantado Montejo tuvo que someterse a una investigación realizada por la Audiencia de los Confines sobre los tributos y rentas que percibió, ilegalmente, de sus encomiendas desde la promulgación de las Leyes Nuevas hasta la privación de las mismas encomiendas. En este período de cuatro años, según el juez de comisión de dicha información Francisco de Ugalde, "debe el dicho adelantado a S.M. todas las rentas y tributos de los pueblos de los repartimientos que él y su mujer e hijos y entenados y nietos tuvieron... porque por dolo y cautelas del dicho adelantado se dejó de ejecutar y se estuvo con ellos, los cuales dichos repartimientos eran de Yucatán, Tabasco, Guazacualco, Honduras". 30 Con anterioridad, en 1547, también por mandato de la Audiencia Real de los Confines, mediante unas provisiones reales, se notificó a Montejo que no tuviesen indios él, su mujer y su hijo en las provincias de Yucatán y Tabasco. Además, se le desposeyó de la alcaldía mayor de la provincia, adonde no asistía desde 1535, dirigiéndola a través de personas interpuestas. 31 Primero fue Francisco de Montejo el mozo, a quien su padre nombró en 1535 teniente de gobernador de la provincia. Desde 1537, fecha de la marcha del hijo del adelantado a la conquista de Yucatán, y hasta 1548, los tenientes de gobernadores y alcaldes ordinarios que se sucedieron en la provincia y en la villa de Santa María de la Victoria, fueron nominados directamente por el adelantado (Juan Ortiz de Gatica, Alonso López, Gonzalo Nieto, Diego de Córdoba). Era, pues, evidente la intención del adelantado Montejo por mantener un control incuestionado sobre la provincia. 32 Se le imputaba a Montejo, en su juicio de residencia, de posible fraude al conceder cédulas de encomiendas a parientes y amigos, después de recibir provisiones reales en las que se le mandaba que no encomendase indio alguno a sus familiares más directos. Hubo testigos, como el encomendero y vecino Diego Alver de Soria, que afirmaban que el adelantado hizo repartimientos de pueblos de indios que estaban puestos en familiares suyos de forma poco clara, en personas de su entorno, como su sobrino Francisco de Montejo, Diego de Córdoba, Juan de Lepe y Rodrigo Alvarez. 33 El adelantado se defendió aduciendo que en el momento que llegaron las citadas provisiones reales de la Audiencia de los Confines, ni él ni sus familiares más directos tenían repartimiento de indios en Tabasco y que dichos pueblos encomendados eran de Alonso López, ya difunto, y que él los puso en dichas personas arriba señaladas. Sólo los pueblos de Xicalango y Atasta, "que el uno tiene 19 casas y el otro 14... luego que se me notificó la dicha provisión de S.M. los dejé en cabeza de S.M". 34 Los efectos de las provisiones que llegaron desde la Audiencia de los Confines dirigidas al adelantado Montejo y su entorno familiar fueron claros y contundentes: veían en dicha remoción una posible salida a las necesidades y penurias que estaban soportando en un territorio nada apropiado para lograr un enriquecimiento rápido, como era la provincia de Tabasco: "... pretendían que pues el dicho adelantado ni su mujer e hijos e hijas no podían tener ninguno indios y los más de los vecinos de esta dicha villa estaban pobres, repartiesen entre ellos los dichos pueblos para con que se pudiesen sustentar los que habían conquistado y poblado la tierra... ". 38 En otro sentido estaban quienes consideraban que las encomiendas expropiadas a los Montejo debían estar puestas en cabeza de la Corona. Este planteamiento era apoyado por los franciscanos de la provincia de Yucatán, donde se concentraba la mayor parte de las encomiendas del adelantado Montejo y su familia. 39 Alegaban los frailes que la incorporación de estas encomiendas a la Real Corona favorecía la conservación de los indígenas: "... tenemos los religiosos por experiencia en México y en Guatemala y acá en Yucatán, que se planta mejor la doctrina y predicación evangélica y hay mejor cristiandad en los pueblos realengos que no en los de encomenderos por tener menos tributos y estar libre de servicio personal y tener más libertad de acudir a los sermones y monasterios donde se doctrinan y bautizan... ". 40 Las posibilidades de salidas para aquellos conquistadores y pobladores pobres, que no habían podido acceder al sistema de encomiendas, se encontraban en recibir de las autoridades rentas en concepto de ayudas de costa, procedentes de los tributos sacados de las encomiendas incorporadas a la Real Corona, la mayor parte de ellas de los Montejo. Las miras de los franciscanos estaban puestas mucho más lejos. Pedían al rey que todas las encomiendas que quedaran vacantes fueran incorporadas a la Corona, pues era lo más beneficioso para los indios. Sin embargo, tampoco buscaban dejar desamparados a muchos antiguos conquistadores y pobladores que todavía optaban a la única compensación que la provincia ofrecía, la encomienda: 38 Ibídem. 40 Carta de fray Luis de Villalpando, fray Diego de Béjar y fray Miguel de Vera a S.M., dando relación de cosas tocantes al bien de los naturales y españoles de las provincia de Yucatán, Campeche, 29 de julio 1550, en: Scholes, France V., Carlos Menéndez, J. I. Rubio Mañé y Eleanor Adams: Documentos para la Historia de Yucatán, Mérida, Yuc., México, 1936, vol. 1, págs. 3-5. FRANCISCO L. JIMÉNEZ ABOLLADO "... por recibir por nuestra causa provecho los indios no reciban daño los encomenderos,... como vuestros servidores, reciban de vuestra real caja el salario o merced que de los tributos de los mismos indios Vuestra Alteza les señalare para que los puedan llevar con buena conciencia ". 41 Los franciscanos criticaron las acciones de las autoridades virreinales, que volvieron a encomendar pueblos que habían sido puestos en la Corona Real. La lejanía de estas tierras de los centros de poder político, así como la ausencia de autoridades que mirasen por los intereses de la Hacienda real y de los indígenas, hacían posible estas situaciones, que los franciscanos de la provincia de Yucatán consideraban irregulares: "... y otros que el licenciado Herrera juez de residencia repartió aquí estando vacuos sin tener para ello autoridad; y otros de aquí y de Tabasco que habiéndolos puesto en Vuestra Real Corona año y medio había Cerrato presidente de la Audiencia de los Confines, los quitó de ella el dicho licenciado Herrera que es ahora Oidor en México y los repartió en encomenderos de Yucatán y de Tabasco; y aún hasta los dineros que habían rentado en este dicho tiempo algunos de ellos los sacó de Vuestra Real Caja y los repartió también en encomenderos... ". 42 En Tabasco, buena parte de los pueblos encomendados en los Montejo, que, como se ha señalado, estaban en manos de personas interpuestas, una vez que fueron removidos no pasaron a la Corona, sino a manos de otros encomenderos. Así, los pueblos de Tecoluta, Omitán, Xalpa, Soyataco, Huaimango, Tamulte y Nacaxoxuca -que, según consta en la residencia que se le tomó al adelantado Montejo, pertenecieron a miembros de su familia en primer grado, aunque formalmente estaban bajo los nombres de otras personas, cuando supieron que el adelantado, su mujer e hijos no podían tener los dichos pueblos-, 43 no pasaron a la Corona Real como otros (Tapixulapa, Astata, Xicalango), sino que fueron encomendados en personas particulares. Después de la destitución de Montejo y hasta 1562, cuando la Corona concede al alcalde mayor de Yucatán, Diego Quijada, la facultad de encomendar indios, 44 ésta sólo pudieron realizarla los visitadores que desde la Audiencia de los Confines se enviaron a los antiguos territorios admi-41 Ibídem. 3, Relación de la residencia de Francisco de Montejo... 45 Conforme los territorios indianos fueron adquiriendo importancia y la complejidad de la administración hispana se fue extendiendo, la atención e intervención de la Corona en los asuntos de Indias aumentaban gradualmente. Durante todo el transcurso de la dominación española fue pauta organizar el gobierno de los dominios americanos de tal suerte que rindieran el mayor beneficio posible a la Hacienda real. En provincias y áreas marginales como Yucatán, Tabasco y Chiapas los únicos beneficios que, en cierta manera, podían compensar a particulares, en principio, y a la Real Corona, a posteriori, eran los ingresos provenientes de los tributos indígenas. La ausencia de minas de oro y plata en estos territorios hizo que una institución como la encomienda fuera la única fuente de compensación que asegurase la presencia y permanencia de los españoles. Atender la fuerte demanda de repartimientos entre los conquistadores, ahora pobladores, que habían participado en el largo proceso conquistador, fue una de las prioridades que tomaron las diferentes autoridades de estas provincias hasta la implantación de las Leyes Nuevas. En esos primeros momentos de presencia española resulta tremendamente difícil que se pudiese encomendar indios en la Real Corona. La primera visita de los pueblos de la provincia de Tabasco realizada en 1541 por Alonso López nos muestra que todos los repartimientos estaban puestos en los vecinos que poblaban la villa de la Victoria. Era normal que, en esos momentos, ante la falta de oportunidades para un enriquecimiento fácil y rápido, las encomiendas fuesen reservadas esencialmente a particulares y no a la Real Corona. Se tendrá que acudir a la tasación efectuada por el licenciado Cerrato en 1549 para advertir la presencia de encomiendas en poder de la Real Corona. De los nueve pueblos tasados cuatro estaban en la Hacienda real, concretamente los más importantes de la provincia. Precisamente eran estos pueblos los mismos que se removieron al adelantado Montejo y a sus familiares (Tabasco, Tapixulapa, Tamulte y Xicalango). 46 Los pueblos de Tacotalpa, Ocelotlan y la mitad de Tecomaxiaca, siguieron tributando, aunque por poco tiempo, a su sobrino y homónimo, Francisco de Montejo. FRANCISCO L. JIMÉNEZ ABOLLADO Debemos tener en cuenta que, a pesar de estar estos pueblos en cabeza del rey, sus ingresos no fueron a parar a las arcas reales. La Corona había dispuesto que los tributos procedentes de las encomiendas expropiadas a los Montejo se distribuyeran como ayudas de costa entre los conquistadores y sus descendientes que no poseían encomiendas. 47 En las "Cuentas de la Real Hacienda" correspondientes al período 1561-1577 observamos una ligera variación en los pueblos de realengo. Tamulte y Tabasco dejaron de tributar a la Hacienda real y fueron puestos en cabeza de particulares. 48 Por otra parte, los pueblos de Ocelotlan y Tacotalpa, que pertenecieron a Francisco de Montejo el sobrino, junto con Xicalango y sus sujetos (Atasta y Jonuta), Tapixulapa y el pequeño pueblo de Tamamulco, formaron los pueblos que pertenecían a la Real Corona. 49 Esta lista se ve asimismo confirmada en la "Relación de la Provincia de Tabasco de 1579", donde se menciona que Xicalango, en estos años, se despobló pasando sus escasos habitantes al cercano pueblo de Jonuta, y ya Tamamulco no aparece recogido. 50 La importancia de estos pueblos de la Real Corona queda manifiesta si tenemos en cuenta algunos datos estadísticos. Para 1579, de los 61 pueblos que aparecen en la "Relación de la Provincia de Tabasco", seis, es decir, 9'8 % del total, estaban en manos de la Real Corona, y de los 2.396 tributarios de la provincia, los pueblos realengos comprendían 477, 19'9 % de los mismos. Ocelotlan y Tapixulapa, con 240 y 110 tributarios respectivamente, eran el segundo y cuarto pueblos con más tributarios de la provincia y Tacotalpa y Xicalango, éste junto con sus sujetos, no bajaban de 60, teniendo en cuenta que la media de tributarios era de 39. 51 Esto es una evidencia de que el adelantado Montejo y su familia llegaron a poseer los mejores repartimientos de indios de la provincia. A lo largo de todo este período, los pueblos realengos aumentaban cuando se incorporaban a la Corona aquellas encomiendas que por muerte de sus poseedores permanecían vacantes. Estas anexiones eran provisionales en el tiempo, en tanto se tramitaba su nueva concesión. Las provisiones entregadas al oidor Tomás López en 1552 señalaban que todas las enco-47 García Bernal, Población y encomienda..., págs. 202-203. 48 El antiguo pueblo prehispánico de Potonchán aparece en unas fuentes como Tabasco y en otras como Tabasquillo. 50 Relaciones Histórico-Geográficas de la gobernación de Yucatán, "Relación de la Provincia de Tabasco", México, 1983, vol. II, págs. 373-378. LA ENCOMIENDA EN LA PROVINCIA DE TABASCO, 1522-1625 miendas que quedasen vacantes en las provincias de Yucatán, Tabasco y Cozumel, fuesen encomendadas en aquellas personas que las merecieran, teniendo preferencia aquellos conquistadores que hubieren participado en la conquista y pacificación de las mismas y que no tuviesen indios de repartimiento. Según las mismas ordenanzas, sólo debían permanecer bajo la jurisdicción de la Real Corona los pueblos de indios que se quitaron al adelantado Montejo y su familia. 52 Ya destacamos anteriormente la oposición de los padres franciscanos de la provincia de San José de Yucatán a que los pueblos encomendados en el rey pasasen de nuevo a particulares. 53 Pueblos como Tecomaxiaca, Chilapa, Guatacalco y Xalapa, que fueron vacando por la muerte de sus encomenderos, se incorporaron a la Real Corona y a ella tributaron provisionalmente sus indios hasta que no se concedieron de nuevo a particulares: "Tasación del pueblo de Guatacalco... parece estar tasado en 25 xiquipiles de cacao y 24 gallinas, la mitad de la tierra y la mitad de Castilla y 12 brazas de red y 4 cestos y 2 petates, 2 sementeras de maíz de 150 mazorcas cada sementera, hacésele cargo al dicho oficial... de la mitad de los dichos tributos por el tiempo que estuvieran vacos los dichos tributos antes que se encomendasen en el dicho García de Ledesma... ". 54 La política de concentración de encomiendas en la Corona encontró oposición entre los vecinos, conquistadores y pobladores. En 1561 el Cabildo de la ciudad de Mérida ya se dirigió al rey pidiendo que se le diera a la máxima autoridad de la Alcaldía Mayor la facultad de "encomendar y repartir los indios y repartimientos que vacaren en estas provincias y Tabasco en conquistadores y personas que tengan méritos...". 55 Con anterioridad, una vez que pasaron a la autoridad real los territorios que conformaron la antigua gobernación del adelantado Montejo, las primeras facultades para encomendar indios se dieron a los visitadores Tomás López y García Jofre de Loaiza en 1552 y 1561, respectivamente. En 1562, la Corona volvió a dar dicha autorización. En este caso, al alcalde mayor de Yucatán, Diego de Quijada: 52 Provisión real a Tomás López para poder encomendar los naturales de Yucatán, Cozumel y Tabasco, 9 de enero de 1552, en Rubio Mañe, J. Ignacio: Archivo de la Historia, vol. I, págs. 133-138; Zavala: La encomienda..., pág. 617. 53 Carta de fray Luis de Villalpando, fray Diego de Béjar y fray Miguel de Vera a S.M., Campeche, 29 de julio 1550, en Scholes y otros: Documentos..., vol. 7, págs 3-5. 55 Carta del Cabildo de la ciudad de Mérida a S.M., Mérida, 6 de octubre de 1561, en: Scholes y Adams: Don Diego Quijada..., vol. I, págs. 13-15. FRANCISCO L. JIMÉNEZ ABOLLADO "...para que por el tiempo que nuestra merced y voluntad fuere, los indios que vacaren en esas provincias, teniendo vos el dicho cargo, los podáis encomendar y encomendáis a los españoles que en ellas residen y residieren...". 56 Quijada fue acusado de encomendar indios vacantes en personas que no eran conquistadores ni antiguos pobladores, como más adelante se verá. Es más, se le achacó que dichas encomiendas pasaron a manos de criados y allegados del citado alcalde mayor de Yucatán, "y lo mismo ha proveído de ayudas de costas, oficios y otros aprovechamientos". 57 Diego de Quijada llegó a utilizar los rendimientos de las encomiendas vacantes para atender las necesidades de pueblos y rancherías en los pueblos cimatanes que, en esos años, fueron sujetados: "... y para doctrinar e industriar a las cosas de la Santa Fe Católica les ha poblado y hecho sus casas entre los pueblos de Cuaquilteupa y Cunduacan en el asiento nombrado Santiago de Cimatán y para este efecto les mandó hacer allí sus casas y les proveyó de bastimentos y les ha mandado hacer sementeras porque no padezcan necesidad y no se ausente ni vengan a disminución... ". 58 Por su parte, el doctor Diego de Quijada aducía que todo lo que rentaron dichas encomiendas el tiempo que permanecieron vacantes estuvo en nombre de su depositario en Tabasco Diego Alver de Soria, dedicándose dichas rentas, en su totalidad, a "vestir y remediar los indios de los pueblos de Cimatán, Naopa y Acatán, que Gómez de Sotomayor, teniente, y yo trajimos de paz y pusimos debajo del real dominio, los cuales poblé entre los pueblos de Cunduacán y Cualquiteupa y les mandé hacer casa e iglesia y los puse en cabeza de S.M... ". 60 Estos repartimientos, que poseyeron hasta sus respectivos óbitos Diego Vázquez Rivadeneira, Juan de Solís, Alonso de la Tovilla y Pedro de Uribe, fueron depositados de nuevo en personas particulares y no en la Real Corona y, concretamente, en personas cercanas al doctor Diego de Quijada. En su juicio de residencia, se elevaron cargos contra él por estos hechos que se consideraron anómalos. 61 Las encomiendas de Juan de Solís -Ayapa, Mecaguacan, Gueytalpa, Teotitáncopilco-fueron puestas en manos de Juan de Villafranca. Según los cargos, Juan de Solís poseía dichos repartimientos sin títulos algunos pues pertenecían a su primera esposa, ya fallecida, y Diego de Quijada los puso en la Real Corona tras la muerte de aquél, encomendándolos posteriormente en Juan de Villafranca al casarse con la segunda mujer del citado Solís, "y los dejó de dar y encomendar en personas beneméritas como S.M. lo tiene mandado". 62 Quijada se defendió de este cargo aduciendo que nunca pasaron estos pueblos vacantes a la Real Corona: "Sólo di un mandamiento, estando en esta ciudad, dirigido a Antonio de Tolosa, oficial de la Hacienda Real de aquella provincia, por el cual mandé que entretanto que no se encomendase, recogiese los tributos y los metiese en la Real Caja... ". 63 Para Quijada, el mérito por el cual se encomendaban en Juan de Villafranca los pueblos que pertenecieron al difunto Juan de Solís no estaba en haberse casado con la segunda mujer de éste, Elvira Ponce, sino que el sim-60 Respuesta del doctor Quijada a los cargos de residencia para Tabasco, Mérida, 19 de febrero de 1566, ibídem, págs. 356-362. FRANCISCO L. JIMÉNEZ ABOLLADO ple hecho de casarse con la hija de uno de los primeros conquistadores de México era buen mérito para podérsele hacer dichas encomiendas. 64 Las encomiendas que quedaron vacantes por la muerte de Pedro de Uribe -Amatitán y Cunduacán-, fueron puestas en manos de su esposa Ana de Sornoza. El doctor Quijada depositó estos tributos en su teniente de gobernación de Tabasco, Gómez de Santoyo, a la espera de que la Real Audiencia de la Nueva España hiciera provisión de dichos repartimientos en Ana de Sornoza, como así finalmente sucedió. A pesar de ello, Gabriel Hernández, criado del doctor Quijada, casó con la citada encomendera. 65 Por otra parte, los repartimientos que pertenecieron a Alonso de la Tovilla -1/2 de Xalupa y Boquiapa-, fueron encomendados en Pedro Interian, "porque es muy honrado vecino y antiguo en la dicha villa". 66 En el cargo que se le hace a Quijada sobre este asunto, se le recrimina el haber casado a su sobrina, María Quijada, con don Gregorio de Cetina, al que le había dado en propiedad las encomiendas que vacaron por muerte de Francisco de Cepeda en Campeche, y no dárselas a la viuda de éste, que se casó con el citado Pedro Interian en la villa de Santa María de la Victoria. 67 Diego de Quijada adujo en su descargo que las encomiendas de Cepeda en Campeche habían quedado vacantes al haber pasado las dos vidas "de que S.M. tiene hecha merced a los encomenderos de estas partes". 68 Por lo tanto, podía encomendarlas de nuevo y así lo hizo, poniéndolas en Gregorio de Cetina. Las encomiendas de Alonso de la Tovilla, la mitad de Xalupa y Boquiapa, que quedaron vacantes por su muerte, pasaron a Pedro Interian, "y porque la mujer del dicho Francisco de Cepeda no quedase perdida y se remediase se los di con condición que casase con ella, y en esto se hizo buen servicio a Dios y a S.M., que es el que yo siempre he pretendido y no otro algún interés humano". 69 Como en los anteriores casos, Quijada señala que nunca estos repartimientos, que quedaron vacantes por la muerte de su dueño, estuvieron en 64 Ibídem 65 Cargos de residencia contra el alcalde mayor de la provincia de Yucatán, Diego de Quijada, Mérida, 31 de enero de 1566, ibídem, págs. 232-259; Descargos de Diego de Quijada, Mérida, 12 de febrero de 1566, ibídem, págs. 269-308. LA ENCOMIENDA EN LA PROVINCIA DE TABASCO, 1522-1625 cabeza del rey, sino que por mandamiento suyo el tesorero de la provincia de Tabasco cobró los tributos que rentaron hasta que tuviesen un nuevo encomendero, en este caso Pedro Interian. 70 Por último, las encomiendas de Diego Vázquez Rivadeneyra -1/2 de Tamulte de la Barranca y Oxiacaque-fueron puestas en García de Avendaño, amigo de Quijada y criado que fue del obispo de Chiapas. Según los cargos, el alcalde mayor de Yucatán obligó a la viuda de Vázquez Rivadeneyra a casarse con Avendaño, a lo que ésta en principio se negó alegando que dichas encomiendas le pertenecían a ella, según cédula del rey. 71 Estas encomiendas, mitad de Tamulte de la Barranca y Oxiacaque, las encontramos en 1579 puestas en Diego Alver de Soria, vecino y antiguo tesorero de la Real Hacienda de la provincia de Tabasco, y que unos años antes se dirigió al rey para que tuviera en consideración sus servicios y antigüedad en aquella tierra y se le encomendase algún repartimiento vacante o el primero que vacare. 72 Muchos vecinos, como fue el caso citado de Diego Alver de Soria, optaban por enviar al Consejo de Indias y al rey memoriales y probanzas de méritos y servicios. Gracias a ellos expresaban a las autoridades la necesidad de que se les diese o encomendase algún repartimiento de indios que estuvieren o quedasen vacantes. Como ya se ha referido, dada la carencia de otras granjerías en estas provincias, seguía siendo la encomienda el único medio de mantenimiento de la república de españoles, a pesar de los sucesivos intentos de los oficiales reales por ir incorporando progresivamente las encomiendas vacantes en la Corona Real. En 1591, el alcalde mayor de la provincia de Tabasco, Juan Ruiz de Aguirre, en una carta dirigida al rey, dio cuenta de que las encomiendas rentaban pocos aprovechamientos. Estimaba que, para que la provincia se poblase, convendría que el rey diera facultad a los alcaldes mayores de Tabasco para poder encomendar los indios que fuesen vacando: "... con esto la tierra se poblará y aumentará, que es lástima ver cuán despoblada está la villa que no hay en ella cuatro o seis vecinos y toda gente pobre causado esto tam-70 Ibídem. 71 Cargos de residencia contra el doctor Quijada que resultaron de la pesquisa hecha en Tabasco, Mérida, 16 de febrero de 1566, ibídem, págs. 350-355; Recopilación de la leyes de Indias, libro VI, título XI, ley I. 72 "Relación de la Provincia de Tabasco", en Relaciones Histórico-Geográficas, vol. II, págs. 373-378; AGI, México, 99, doc. 1, Diego Alver de Soria, vecino de Santa María de la Victoria de la provincia de Tabasco, s/f. FRANCISCO L. JIMÉNEZ ABOLLADO bién haber habido una retasa en los tributos que hizo el Audiencia Real y los dejó pobrísimos... ". 73 Iniciado el siglo XVII, el descenso de la población española se hacía notar. La pobreza de la región en toda su extensión -dificultades creadas por las especiales condiciones geográficas de la provincia; enormes distancias existentes con los centros de decisión política; descenso de la población indígena y, por lo tanto, disminución de los tributos; poco o escaso atractivo económico de la provincia (centrado únicamente en las rentas procedentes de las encomiendas y en un comercio regional muy marginal y poco aprovechado); la cada vez mayor presión de corsarios y piratas-, explica el progresivo alejamiento de la escasa población española, buscando mayor seguridad en otras áreas del virreinato. Todo ello implicaba que muchos encomenderos, debido a que sus rendimientos eran escasos y poco atractivos, hicieran dejación de sus repartimientos. Esto, junto a los que iban quedando vacantes por muerte de sus poseedores, estimuló que se fueran concentrando encomiendas, especialmente las de menos valor, en los pocos encomenderos presentes en la provincia. Así, Alonso de Rebolledo, hijo de Juan de Rebolledo -antiguo contador de la Real Hacienda de la provincia de Tabasco y alcalde ordinario que fue de la villa de Santa María de la Victoria-, y nieto de Alonso de Elvira el viejo -uno de los principales y antiguos conquistadores de la provincia-, recibió en encomienda la mitad de los pueblos de Tamulte de la Barranca, Tamulte de la Sabana, Oxiacaque, Huaymango, Apazta, Oceloteupa y Ulapa, que pertenecieron a Fernando Parias Zapata, "que por habérsele dado y encomendado en esta dicha provincia (Yucatán) otra encomienda quedó como es dicho vaca y se puso edicto de ella conforme a lo que el rey nuestro señor tiene proveído y ordenado en semejantes vacaciones... ". 74 Las otras mitades de los pueblos ya citados y antiguamente encomendados en Fernando Parias Zapata, se pusieron en Francisco Ortiz, hasta entonces vecino de la villa y puerto de Campeche. 75 Este también recibió los repartimientos de Cuilzapotan y Macuspana, pertenecientes a Alonso de Rebolledo, "que por la nueva merced que se le hizo arriba declarado que-73 AGI, México, 112, doc. 3, El alcalde mayor de la provincia de Tabasco a S.M., Acayapa de Tabasco, 6 de mayo de 1591. LA ENCOMIENDA EN LA PROVINCIA DE TABASCO, 1522-1625 Tomo LVII, 1, 2000 daron vacos", 76 así como de los pueblos de Culico, Soyataco y Chichicapa, que poseía Alonso Pacheco de Sopuerta "que por no haber ido a residir y hacer vecindad en la dicha villa de Tabasco conforme a lo ordenado y mandado por S.M. declaré por vacos". 77 Otro encomendero que logró agrupar un buen número de encomiendas fue Cristóbal Tello de Aguilar. Por muerte de Margarita de Paz, los pueblos de Coquiteupa, Puxcatan, y la mitad de los de Tamulte de la Barranca y Tamulte de la Sabana, fueron depositados en enero de 1605 en el citado Tello de Aguilar. 78 Cumpliendo con lo que se especificaba en cédulas y provisiones, dicho encomendero, al igual que el resto, debía de vivir y estar poblado en la villa de Santa María de la Victoria, sin salir de ella sin expresa licencia. 79 La Corona, a través de provisiones enviadas a las autoridades provinciales y locales, señalaba la importancia y el deber de que los encomenderos residieran y asistieran en la Victoria: "... la voluntad de S.M. es que la villa de Santa María de la Victoria esté poblada para que estándolo se excusen de robos y daños que el inglés y otros enemigos hacen hoy y cada día... y que para su reparo tiene mandado que las personas en quien se encomiendan pueblos de indios de la provincia estén y asistan en esa dicha villa con sus casas pobladas haciendo vecindad y acudiendo a la defensa de ella con sus personas, armas y caballos en las ocasiones que se ofrecieren sin hacer ausencia a parte alguna... ". 80 Eran, pues, evidentes los deseos de la Corona y las autoridades por evitar el despoblamiento general de la única villa de españoles existente en un área marginal como la provincia de Tabasco. En el caso de Cristóbal Tello de Aguilar, pese a dichas advertencias, se puede observar que el gobernador de Yucatán, Carlos de Luna y Arellano, tuvo que hacer suspensión por ausencia de sus encomiendas nueve meses después de habérselas concedido: "... habiendo visto que... Cristóbal Tello de Aguilar encomendero... contraviniendo a las cédulas de S.M. en que precisamente manda que los encomenderos de aquella pro-76 Ibídem. Estos pueblos estaban encomendados en 1579 en su padre, Juan de Rebolledo, en segunda vida, "Relación de la Provincia de Tabasco", en: Relaciones Histórico-Geográficas, vol. II, págs. 373-378. 77 AGI, México, 125, doc. 1, Autos de la concesión de ayudas de costa a Juan Bautista Rejón Arias, Mérida, 31 de marzo de 1605 78 AGI, México, 126, Autos y mandamientos sobre la vacante de las encomiendas de Cristóbal Tello de Aguilar de la provincia de Tabasco, Mérida, 25 de abril de 1607. 79 Recopilación de la leyes de Indias, libro VI, título IX, ley X. 80 Ibídem. FRANCISCO L. JIMÉNEZ ABOLLADO vincia asistan y hagan vecindad en la villa de la Victoria... lo cual el dicho Cristóbal Tello de Aguilar no cumplió, antes se vino a estas provincias (Yucatán) sin licencia alguna dejando despoblada por su parte la dicha villa, lo cual mandóse pongan edictos de vacante de las dichas encomiendas para proveerlas en conformidad de la facultad". Cumplido el primer cuarto del siglo XVII, las rentas que producían las encomiendas tabasqueñas seguían siendo muy bajas. Como señala un documento de la época: "... hay pueblos entre ellos tan pequeños que muchos tienen a 8 y 10 tributarios y los mayores no pasan de 40 ó 50... con lo cual se verifica la deterioración en que están aquellos pueblos y no tener congrua el encomendero por ser muy cara la dicha provincia y entrar de acarreo los bastimentos en ella y tener obligación a sustentar armas y caballo por lo cual cuando vacaba la renta de las dichas encomiendas no había quien se quisiese oponer a ellas... ". 82 La solución parecía que estribaba en la acumulación de repartimientos para que las rentas pudiesen sustentar a los escasos encomenderos que iban quedando en la provincia: "... y así fue necesario para que no viniera en total ruina el beneficio de los dichos pueblos, esperar a que por muerte de algunos encomenderos agregando a un cuerpo lo que rentaba hubiese renta... ". 83 Simón Nieto de Salazar, descendiente de conquistadores y pobladores que ejercieron cargos políticos y de responsabilidad de la provincia de Tabasco desde la etapa del adelantado Francisco de Montejo, fue uno de los encomenderos que acumuló un buen número de pueblos indios que quedaron vacantes en la provincia: "Tecomaxiaca, Mazateupa, Usumacinta, Tamulte de Popane (Popane), Istapilla, Jalupa, que vacaron por fin y muerte de don Alonso de Texeda y Mateo de Urriaga, y el pueblo de Tabasquillo de que hizo dejación Juan Tomelín y la mitad de los pueblos de Tamulte de la Barranca, Tamulte de la Sabana, Oxiacaque, Huaymango, Apasta, Oceloteupa, Julapa, de que asimismo hizo dejación Alonso de Rebolledo, encomenderos que fueron de los dichos pueblos que están en la provincia de Tabasco que rentan cada año 400 ducados... Como compensación paralela a las encomiendas se encontraba la fórmula de las llamadas "ayudas de costa". La Corona, amparándose en la expropiación de las encomiendas de los Montejo, quiso que los beneficios procedentes de los tributos que dichos repartimientos producían fuesen a parar a manos de aquellos buenos pobladores que no hubiesen obtenido encomiendas. Sin embargo, también se generalizó el abuso en este sistema de prestaciones. Muchas de las ayudas de costa fueron a parar a personas que ya gozaban encomiendas o que residían fuera de la jurisdicción provincial y no necesitaban tales ayudas. El alcalde mayor de Yucatán, Diego Quijada, expuso al rey algunos abusos que se producían al respecto en la provincia de Tabasco. Según relata Quijada, Francisco de Morales, relator de la Audiencia de Nueva España, recibía de la Caja Real de Tabasco 300 pesos de tipuzque procedentes de las ayudas de costa de la provincia. Precisaba que esto suponía un agravio para los que residían en Tabasco y mantenían aquella tierra, teniendo en cuenta que el citado Morales no había vivido ni tenido contacto alguno en Tabasco: "En efecto, se le han pagado y pagan al dicho Francisco de Morales. En todas estas provincias no hay otra ayuda de costa ni se da al día de hoy a persona alguna, aunque cierto hay algunos pobres que padecen mucha necesidad y convendría que se les diese algún entretenimiento, más no hay que se les pueda dar, porque toda la hacienda que V.M. aquí tiene se distribuye en salarios y en limosnas de religiosos y en edificios de iglesias y monasterios y en una calzada que se ha hecho en una ciénaga... ". 85 Por otra parte, muchos encomenderos vulneraron las normas dictadas para la concesión de ayudas de costa y se acogieron a las mismas. Recibieron, pues, además de las remuneraciones procedentes de sus repartimientos, las derivadas de las ayudas de costa que les fueron señaladas e impedían que otros vecinos de la provincia, con méritos, pero pobres y sin influencia, percibieran este tipo de ayudas. Rodrigo de Paz, encomendero de Tamulte de la Barranca, Tamulte de la Sabana y Puxcatán, y Antonio de Mayorga, de Soyataco, Chichicapa y Culico, 86 percibieron, durante algunos años, 200 y 150 pesos de oro respectivamente como ayudas de costa que les fueron asignadas por el oidor Loaysa en 1561. 87 Sin embargo, se tienen 85 AGI, México, 168, El alcalde mayor de Yucatán, Dr. Diego Quijada, a S.M. dando relación del estado de las cosas en la provincia, Campeche, 20 de mayo 1564. 86 "Relación de la Provincia de Tabasco", en: Relaciones Histórico-Geográficas, vol. II, págs. 373-378. 87 AGI, Justicia, 209, El fiscal de S.M. con los oficiales de la Provincia de Yucatán sobre ciertas adiciones que les fue puestas por el Gobernador de ella de varias ayudas de costa que pagaron, 1567. FRANCISCO L. JIMÉNEZ ABOLLADO tejo y a su mujer e hijos en la dicha provincia de Tabasco". 90 Pese a ello, seguían existiendo personas que recibían ayudas de costa y no disfrutaban de la concesión de encomiendas, mientras los repartimientos iban progresivamente quedando vacantes y concentrándose en pocas manos. No todos los beneficiarios de las ayudas de costa eran vecinos de la provincia de Tabasco. Se tiene documentado el caso de Juan Bautista Rejón Arias, vecino de la villa de Mérida, quien en 1604 solicitó al rey la confirmación de una situación de 300 pesos de oro de minas que le fue concedida en 1601 por el gobernador de Yucatán, Diego Fernández de Velasco, en consideración de sus servicios prestados, las necesidades que padecía y no haber recibido con anterioridad otra merced. 91 En 1605, el mariscal Carlos de Luna Arellano, nuevo gobernador de Yucatán, le señaló a Juan Bautista Rejón 200 ducados de renta en la provincia de Tabasco sobre los tributos procedentes de las encomiendas asignadas en dos mitades a Alonso de Rebolledo y Francisco Ortiz: Tamulte de la Barranca, Tamulte de la Sabana, Oxiacaque, Huaymango, Apazta, Oceloteupa y Ulapa. El resto, pagada la ayuda de costa a Juan Bautista Rejón, "todo lo que valiere y rentare más, se ha de partir entre el dicho Francisco Ortiz y Alonso de Rebolledo". 92 Su hija, Andrea Arias Rejón, siguió disfrutando dicha ayuda de costa, aunque rebajada a 100 ducados de Castilla. 93 * * * La provincia de Tabasco, y en general todo el sureste novohispano, no era un área donde se podían cumplir las aspiraciones de conquistadores y nuevos pobladores. Muy pronto advirtieron éstos que dichas tierras no guardaban en su seno las ansiadas minas de metales preciosos que terminaran con la indigencia de muchos de ellos. A esta "adversidad" hay que unir el clima y la geografía, que dificultaron el asentamiento de población hispana en el área. Ante esta perspectiva, se ha visto como la encomienda sería la institución desde donde la población benemérita española pudo orientar 90 AGI, México, 133, doc. 3, Ayuda de costa para Andrés Rodríguez por su vida y la de su hijo, Mérida, 1615. FRANCISCO L. JIMÉNEZ ABOLLADO su actividad y supervivencia en este primer siglo de vida colonial. A través de la encomienda, los conquistadores y primeros pobladores depositaron sus pretensiones, ya fuera por su valor económico como por su atractivo social. En Tabasco, buena parte de sus vecinos eran encomenderos durante el período 1541-1608, lo que les daba fuerza y poder como grupo. A principios del siglo XVII, las especiales condiciones de vida y los descensos demográficos, indígena y español, provocaron que muchos encomenderos hicieran dejación de sus repartimientos y éstos, junto con los que iban quedando vacantes, se concentraran en pocas manos.
Este trabajo pretende ser una revisión de las interpretaciones que ven en las relaciones entre los mercaderes de la Nueva España y los de Sevilla una subordinación más amplia del comercio colonial bajo el dominio del comercio metropolitano. El trabajo muestra cómo un conjunto de factores permitieron la constitución de una clase autónoma de mercaderes centrados en la ciudad de México. Primero, la reconfiguración del monopolio sevillano frente a los problemas planteados por la distancia y las estructuras de comunicación. Segundo, la creación de mercados de crédito y bienes controlados por instituciones y grupos novohispanos: un proceso que iba mano a mano con el desarrollo de la economia colonial. Tercero, la búsqueda de apoyos políticos e institucionales para mejorar los intereses de los mercaderes novohispanos. El trabajo termina examinando las consecuencias del ascenso de esos mercaderes para la relación entre colonia y metrópoli a finales del siglo XVI. 14 Vila Vilar, Enriqueta: Los Corzo y los Mañara: Tipos y arquetipos en el comercio de las Indias, Sevilla, 1991. 35 Archivo de Notarías de la Ciudad de Mexico Database (hereafter ANCM database). Values are in pesos de a ocho. Anuario de Estudios Americanos
pretende demostrar que dicha relación fue producto de una invención posterior e interesada y, al mismo tiempo, reflexiona sobre cómo, cuándo y por qué se creó este verdadero mito historiográfico. Muchos de los cronistas y testigos de la vida limeña en el siglo XVIII y una buena parte de la historiografía que sobre el Perú se ha producido en los siglos XIX y XX han contribuido a fabricar un mito, a dar vida a un verdadero monstruo: el del gran movimiento sísmico que, además de derribar las casas y hundir templos y palacios, envenena los campos e impide que la tierra de frutos. Curiosamente, de los miles de terremotos de los que hay testimonio que han asolado el Perú, solo a uno, el acaecido el 20 de octubre de 1687, se le achacan tanta cantidad de males, e incluso hay algún autor que lo considera como una de las causas importantes para explicar la decadencia del virreinato peruano y el hecho de que dejara de ser la principal joya de la Corona española en América. 1 Se supone que el seísmo en cuestión tuvo su epicentro en el mar a poca distancia de Cañete. Debido a su extraordinaria fuerza se le clasificó como el de mayor potencia de los sufridos hasta entonces por el virreinato. Causó gravísimos daños en Lima y El Callao, arrasando Pisco, Ica y Cañete. En los Andes, Huarochirí y Arequipa resultaron muy afectadas. Ya en el Cuzco sus sacudidas no produjeron daños, pero hay testimonios que indican que incluso en la lejana Concepción, en el reino de Chile, se llegaron a sentir sus efectos. 3 Con todo, a pesar de la virulencia de sus sacudidas y de la cantidad de edificios, vidas y haciendas que se llevó consigo, esta catástrofe es especialmente recordada por que, según la creencia más extendida, terminó con los cultivos de trigo que se realizaban en los valles cercanos a Lima, inutilizando los campos de manera permanente para producir este cereal y favoreciendo que, a partir de entonces, los limeños dependiesen para su abastecimiento de grano importado procedente de Chile. Pues bien, este artículo pretende derribar este mito a la luz de documentación inédita procedente del Archivo General de Indias de Sevilla. Gracias a ella resulta evidente que los rigurosos contemporáneos de la catástrofe nunca establecieron que existiese una relación de causa-efecto entre la crisis cerealera y el terremoto de 1687 y que todo se trató de una invención posterior, aparecida a lo largo del siglo XVIII. Por otra parte, el presente trabajo desea también formular la hipótesis de cómo, cuándo y por qué surgió esta verdadera calumnia ecológica. En el fondo se trata de un intento de enfrentarse a ese desafío de las actuales formas de hacer historia que ponen su énfasis, no ya en los hechos y ni siquiera en cómo fueron percibidos, sino en la manera en que fueron fabricados para pasarlos como evidencias a las generaciones posteriores. Sirvan estas líneas como una pequeña contribución a eso que se viene llamando la historia de "la construcción de la memoria". 4 * * * Uno de los más brillantes historiadores peruanos contemporáneos, Alberto Flores Galindo, ratifica en el libro que le dedicó a la sociedad limeña del XVIII que la cuestión de si el terremoto causó o dejó de causar la crisis agrícola es, en efecto, un tema recurrente en la historiografía peruanista. Tan trillado está el asunto que uno de los epígrafes de su obra lo tituló: "La cuestión del trigo: una vieja polémica". 5 Se trata de un resumen actualizado y completo, que me exime de realizar aquí una puesta al día del tema. Baste recordar que se refiere a los más destacados cronistas e historiadores que han defendido la relación más o menos directa entre ambos fenómenos: Hipólito Unanue, José María Pando, Guillermo Céspedes del Castillo, Óscar Febres Villaroel, Demetrio Ramos Pérez, etc. Del mismo modo, relaciona los nombre de algunas "excepciones" a esta tendencia generalizada como fueron, entre otros, Manuel Mendiburu en el siglo XIX o Rugiero Romano en el XX. Realmente, la cuestión ha estado presente en los tres siglos siguientes a que, supuestamente, se produjeran los hechos: la trataron gobernantes ilustrados del siglo XVIII, como el oidor don Pedro José Bravo de Lagunas y Castilla; 6 ha pasado por esa voz de la memoria popular decimonónica que es Ricardo Palma, el cual la recoge en una de sus "tradiciones"; 7 y ha llevado a que ingenieros agrónomos y otros técnicos del siglo XX se vean obligados a dar su parecer al respecto. 8 Flores Galindo, después de valorar todos los antecedentes y aplicando el sentido común, expone sus más que razonables dudas de que el seísmo de 1687 fuese el "culpable" de la ruina triguera y lo hace a través de unas preguntas muy sensatas. ¿Por qué, si en el Perú se pueden contar una veintena de terremotos tan formidables como aquel e incluso algunos de mayor intensidad (como el de 1746), ninguno de ellos causó mal a la agricultura? ¿Cómo puede un temblor provocar daños tan catastróficos y, sobre todo, tan prolongados? 9 Para este autor las verdaderas razones de la preponderancia del trigo chileno hay que buscarlas en explicaciones de índole fundamentalmente económica, basadas en la mayor productividad y menor precio del cereal 5 Flores Galindo: La ciudad sumergida. 6 Bravo de Lagunas y Castilla, P.J.: "Voto consultivo que ofrece al Exmo. Sr. don José Antonio Manso de Velasco...el Dr. Don Pedro José Bravo de Lagunas y Castilla...", Lima, 1761. 7 Palma, R.: Tradiciones peruanas completas, Madrid, 1968. En la "tradición" titulada: "Cortar el revesino" y que se dedica al tiempo del virrey duque de la Palata, el gran escritor peruano se refiere a que "...por consecuencia del terremoto de 1687 perdiéronse las cosechas de los valles inmediatos a Lima...", pág. 464. 8 Flores Galindo, A.: La ciudad sumergida..., pág, 27. En esta obra se recoge la opinión de los ingenieros Teodoro Boza y Marino Loli, el último de los cuales fue jefe del programa de cereales de la Universidad Nacional Agraria del Perú. A ello se deben sumar los intereses de los poderosos gremios de navieros y panaderos limeños, que estaban fuertemente decididos a mantener este lucrativo negocio y lograron imponerse a los menos organizados hacendados de los valles costeros. ¿Cuáles son entonces las razones -sigue preguntándose Flores Galindo-para que de una forma tan mayoritaria se haya venido manteniendo la relación entre el seísmo y la esterilidad de las tierras? En el fondo se trata de una cuestión de fuentes o, más bien, de falta de ellas. Todo se basa en opiniones y juicios de personas que escribieron en fechas muy posteriores a los hechos o lecturas precipitadas e incompletas de contemporáneos. Y concluye: "Escasean los testimonios directos. La suma de fuentes tan deleznables, por muy abundantes que sean, no avala ningún argumento". 10 Por mi parte suscribo al cien por cien las opiniones del historiador peruano, y en mayor medida si se tiene en cuenta que ahora sí disponemos de esos "testimonios directos" que él echaba en falta. * * * Esta nueva fuente de información la proporciona un grueso expediente que se conserva en la sección de Escribanía de Cámara del Archivo General de Indias de Sevilla. Los acontecimientos reflejados en estos documentos ocurren entre los años 1687 y 1709 y tienen un denominador común: la petición dirigida a la Corona por los hacendados de los valles cercanos a Lima para que, en vista de las repetidas catástrofes que estaban sufriendo, se les concediese algún tipo de compensación económica. 11 Los hacendados de Lima, al pedir beneficios particulares, tenían a la vista un precedente general. No era mal regalo, pues suponía un ahorro cal-culado en 347.000 pesos en total. 12 Sin embargo, antes de que concluyera el plazo en que todos los ciudadanos estaban libres de pagar aquel derecho, concretamente en 1692, una nueva desgracia se abatió sobre una parte concreta de los vecinos: los campos se vieron aquejados por un proceso creciente de esterilidad que afectó sobre todo a los cultivos de trigo y en menor medida a los de caña de azúcar y alfalfa. Como puede comprenderse, se trata de un hecho clave para nuestra argumentación: ¡hasta el año de 1692, es decir, cinco años después de que se produjese el gran seísmo, los hacendados no se quejan de la productividad de sus tierras! Es más, por informaciones posteriores sabemos que algunas de las cosechas recogidas entre 1687 y 1692 fueron consideradas como excepcionalmente buenas. Pero no adelantemos acontecimientos y sigamos el curso que nos marcan los documentos. Ante esta nueva desgracia que los atacaba en exclusiva, los hacendados se organizaron. Nombraron apoderados ante la Corte de Madrid para lograr convencer a las autoridades metropolitanas de que, una vez terminada en 1695 la exención general de pagar alcabalas, se les concediese a ellos una prórroga de este beneficio. Al mismo tiempo, pretendían conseguir algún tipo de rebaja en el pago de los censos que gravaban sus propiedades y de los que, en su mayor parte, eran beneficiarios distintas asociaciones de carácter religioso. La presión ejercida ante el rey tuvo éxito y una Real Cédula fechada el 15 de febrero de 1699 ordenaba dos cosas: en primer lugar mandaba al virrey del Perú que informase sobre la conveniencia de ampliar la exención de alcabalas a los hacendados y, en segundo término, facultaba a la Real Audiencia de Lima para decidir si procedía moderar los intereses de los censos que pagaban los terratenientes. El asunto de las alcabalas dependía enteramente de la voluntad de los gobernantes y por ello se solucionó con relativa rapidez: tras un informe del Real Acuerdo del virreinato peruano, el rey concedió a los limeños una rebaja muy sustancial en las alcabalas que habrían de pagar. Estas quedaron fijadas en 4.500 pesos anuales, cuando anteriormente los hacendados habían estado contribuyendo con hasta 14.000 pesos al año. El Cabildo Eclesiástico de Lima al conde de la Monclova, Lima, 20 de abril de 1700. Véase también: AGI, Escribanía de Cámara, 519-A. "Testimonio de los autos que siguen los hacendados y labradores...". Certificación de don Ignacio de Loyola, contador de las alcabalas, Lima, 17 de febrero de 1700. Rebajar los censos resultó, sin embargo, un asunto mucho más complejo que disminuir la alcabala. Ya no se trataba de una decisión que debían tomar exclusivamente las autoridades, sino de un conflicto entre dos sectores sociales privilegiados: los propietarios agrícolas y las instituciones religiosas, que eran los principales y casi exclusivos beneficiarios de los censos. Los eclesiásticos debían ser oídos y por ello la cuestión dio lugar a un largo "pleito entre partes", desarrollado entre 1699 y 1709, que es el que nos sirve como principal fuente de información. El conflicto legal dio comienzo con una petición realizada ante la Audiencia el 9 de noviembre de 1699 por Diego Esteban Berrocal, apoderado de los hacendados. En conjunto conforma una documentación sumamente rica y susceptible de ser utilizada por los historiadores desde varios puntos de vista. En primer lugar, permite comprobar el funcionamiento de los grupos de presión, auténticos "lobbys", que se encargaban en Madrid de hacer llegar a buen puerto las peticiones de los grupos económicos y sociales de las colonias. Así, los poderes concedidos por los terratenientes limeños sufrieron una serie de delegaciones sucesivas y fueron pasando de unos apoderados a otros hasta que llegaron a personas bien colocados ante la Corte, normalmente secretarios de altos personajes, que tenían capacidad para influir sobre sus jefes y lograr que se expidiese tal o cual real cédula. También los documentos son una buena forma de acercarnos a elementos de la mentalidad de los terratenientes limeños que, a lo largo de sus testimonios, nos dan su visión de cómo se enfrentan a la ruina y qué es lo que más les apena de la pobreza, la cual para ellos se simboliza, por ejemplo, en que sus mujeres no puedan lucir las joyas que les corresponden y distinguen de las demás féminas de peor condición. Asimismo, el pleito muestra la tremenda fractura social existente entre una parte tan distinguida de la sociedad civil y el clero. Los terratenientes, molestos por la falta de solidaridad de los estamentos religiosos, que no accedían a bajar los censos en una época de tanta calamidad, calificarán la negativa de los eclesiásticos de "repugnante", "inicua", "injusta", "injuriosa" y propia de usureros. Ante esta avalancha de lindezas, deberá ser el propio arzobispo y antiguo virrey, don Melchor Liñán y Cisneros, el que tratará de defender la posición de su gremio indicando que, habida cuenta de su importantísimo ministerio, parecía lógico que los religiosos "se alimentasen del altar". Ambas resoluciones dieron una respuesta positiva a las demandas de los labradores, ordenando rebajar los intereses de los censos de las haciendas trigueras del 5% al 2%, y a sólo el 3%, si además de trigo las tierras producían cualquier otra cosa. Fue la primera de una serie de auténticas desamortizaciones encubiertas de los bienes eclesiásticos que se iban a realizar en el Perú, aprovechando, precisamente, épocas de catástrofes naturales o de conflictos armados. 15 Pero siendo todos esos asuntos de enorme trascendencia, lo más interesante para el tema que nos ocupa es que a lo largo del pleito quedó meridianamente claro que ninguno de los rigurosos contemporáneos del terremoto de 1687 establecieron la más mínima relación entre este seísmo y las perdidas de las cosechas de trigo que se sucedieron a partir del año de 1692. * * * Para nuestro propósito resulta especialmente útil una declaración de 27 testigos presentados por el apoderado de los terratenientes. La prueba testifical pretendía demostrar la agobiante situación económica por la que pasaban los hacendados. Los testigos están, por tanto, escogidos entre los propios dueños o arrendatarios de haciendas, a los que se añaden cuatro mayordomos o capataces. 16 Ni que decir tiene que el tenor de las preguntas refleja la opinión general del grupo de propietarios agrícolas, todos los cuales responden de la misma manera, refrendando las afirmaciones que estaban implícitas en el interrogatorio. En ese sentido, ya en la segunda pregunta queda absolutamente claro que los problemas agrícolas comenzaron en 1692 y no en 1687 y que las causas que los afectados estaban considerando tampoco tenían nada que ver con el movimiento sísmico. Este es el texto de la pregunta: "Si saben que de 14 años a esta parte, desde el de seiscientos noventa y dos, hasta el presente, se ha padecido en las haciendas de campo de los contornos de esta ciudad, 15 Bauer, A.J.: "The Church in the Economy of Spanish America: Censos and Depósitos in the Eighteenth and Nineteenth Centuries", Hispanic American Historical Review, vol. 63, n.o 4, Durham, 1983, págs. 707-733. De los 23 propietarios o arrendatarios, 12 poseen grado de oficiales de milicias; 2 ostentan el rango de regidores perpetuos de Lima; 4 son presbíteros y a 5 se les caracteriza únicamente como "españoles". Tomo LVII, 1, 2000 por accidente de los tiempos y por la fatalidad del influjo, una general y nunca vista esterilidad de frutos". 17 Desde luego que había ruinas y destrozos achacables al temblor, pero estos se circunscribían a los daños que habían sufrido las casas de las haciendas, las cercas o las acequias, tal y como queda establecido en la décima pregunta que es sometida a los testigos: "Si saben que desde el año de 87 se han continuado graves y terribles terremotos que han arruinado gravemente las casas de la ciudad que tienen dichos hacendados y [en] las de campo, sus oficinas para la habitación, ministerios de la labranza, las cercas, los caminos y acequias". 18 Como ya hemos indicado, todos los testigos responden afirmativamente y deslindan perfectamente entre las consecuencias de los terremotos y las pérdidas agrícolas producidas por los "accidentes de los tiempos y la fatalidad de los influjos". Uno de los testigos es especialmente claro a este respecto. Se trata del capitán Juan de Sandoval, un hacendado de 55 años, vecino del valle de Late, el cual, respondiendo a la décima pregunta, en que debía comentar los daños del terremoto de 1687, decía lo siguiente: "... Se ha seguido a los dueños de casas y chacras mucho perjuicio y daño y gasto que comúnmente ha ocasionado la calumnia (sic) de dichos temblores, siendo así que ha sido pérdida aparte a la esterilidad...". 19 Queda pues meridianamente claro que los propios interesados consideraban que la pérdida de las cosechas era una desgracia "aparte" de las que producían los temblores. ¿Podrían tener los labradores alguna razón para mentir? Al fin y al cabo la Corona ya había concedido exenciones tributarias por el terremoto de 1687 y los hacendados podían haber usado esta circunstancia como precedente para sus nuevas reivindicaciones con respecto a los censos. Pero es que, además, no sólo eran los hacendados los que distinguían entre terremotos y esterilidades. El virrey conde de la Monclova y el pleno de la Audiencia, reunidos en Real Acuerdo, expresaron al rey que la ruina de los campos era un hecho que no se había ocasionado antes del 1692. El Real Acuerdo de la Audiencia de Lima al rey, Lima, 11 de septiembre de 1700. Y para que no falte la opinión de ninguna autoridad de importancia, puede añadirse que el propio arzobispo, don Melchor Liñán de Cisneros, achacaba las perdidas de las cosechas a "....accidente de los tiempos, fatalidad del influjo y epidemia...". 21 Hasta aquí hemos aportado opiniones y juicios de valor, pero es que la consulta, bastante más desapasionada, de las cuentas de los diezmos nos muestra que entre 1697 y 1692 se dieron algunas cosechas de trigo calificadas como realmente excepcionales. Uno de los testigos presentados por los labradores fue el presbítero, licenciado Juan de Solano, que anteriormente había ejercido de "diezmero" en las propiedades de don Santiago de Urdanegui, uno de los más poderosos hacendados limeños de fines del siglo XVII. Pues bien, según el licenciado Solano, en el trienio 1688 a 1690 "....recogió en abundancia el diezmo de trigo, cebada, maíz y frijol...". 22 Los principales beneficiarios de los diezmos, es decir, los miembros del Cabildo Eclesiástico de Lima, refrendaban esta información en un memorial dirigido al virrey conde de la Monclova, en el que reconocían que pocos años habían sido tan fructíferos para los diezmos como el periodo 1690-1691. 24 Como puede verse, las pruebas son abrumadoras, de tal manera que puede concluirse sin temor a error que los contemporáneos no establecieron ninguna relación causa-efecto entre el terremoto de 1687 y la crisis triguera que apareció a partir de 1692. Cuando a los propios labradores se les interrogó por las causas que habían provocado la ruina de los campos, las respuestas fueron de lo más variadas y la propia amplitud de posibilidades demuestra que, en realidad, no sabían lo que estaba pasando. Así, muchos se refieren a las heladas; otros a la humedad llegada en mal momento: "garúas a destiempo"; y son frecuentes las referencias a diversas plagas animales tales como "la palo-milla", "el gusano" o ciertas "arañitas prietas". Junto a estos motivos concretos y comunes en el mundo de la agricultura, se aducen otras explicaciones más imprecisas como "epidemias del tiempo", "fatalidad del influjo y la intemperie", y, ¡cómo no!, la omnipresente "voluntad de Dios" como última e inescrutable causa de la mayoría de las desgracias que acontecen a los seres humanos. Como ejemplo de respuesta sobre las causas de la esterilidad, puede escogerse la de uno de los mayordomos de hacienda llamado Nicolás Ortiz: "Se quitó este testigo el sombrero a sacudir la garúa que hacía y vio mucha cantidad de arañitas prietas que parecían goterones de agua... de que resultó hacer juicio que en las lluvias caía la peste a las sementeras... por ser un caso irregular y que, conocidamente, las garúas fuera de su tiempo son apestadas para las sementeras". 25 Desde la distancia que nos separa de los hechos, parece una empresa arriesgada que nosotros, ahora, nos aventuremos a encontrar una explicación única, rápida y sencilla para una crisis agrícola de fines del siglo XVII. Supongo que habremos de contentarnos con interpretaciones generales de carácter económico, basadas en las diferencias de productividad, de coste de mano de obra o de abaratamiento del transporte marítimo, como ya han apuntado varios autores, entre los que puede destacarse a Alberto Flores Galindo, apoyado posteriormente por Enrique Tandeter. 26 Tal vez pueda añadirse que las tierras templadas de Chile presentaban unas condiciones naturales para el cultivo del trigo que, antes o después, terminarían dándole ventaja. Me pregunto si, con las limitaciones tecnológicas de los siglos XVI y XVII, empecinarse en plantar trigo en el Perú no constituyó un desafío demasiado fuerte contra la naturaleza. Una apuesta tan atrevida que, quizá, no sólo sea explicable por razones puramente económicas, pues no debe olvidarse que este cereal tenía, además de un valor en el mercado, un especial valor cultural para los españoles: los criollos peruanos se aventuraron a plantar trigo entre los trópicos porque, entre otras razones, el pan que fabricaban con él era considerado el alimento más adecuado para un hombre civilizado. Testimonio del mayordomo Nicolás Ortiz, Lima, 9 de enero de 1706. En el fondo ésta es también la postura que defendió Demetrio Ramos, el cual hacía referencia a la existencia de una crisis de producción anterior al terremoto, la cual se precipitó cuando el seísmo rompió las acequias y encharcó los cultivos. Véase Ramos Pérez, D.: Trigo chileno, navieros del Callao y hacendados limeños entre la crisis agrícola del siglo XVII y la comercial de la primera mitad del siglo XVIII, Madrid, 1967. PABLO E. PÉREZ-MALLAÍNA BUENO Eso al menos es lo que se desprende del testimonio de uno de los hacendados limeños, el capitán don Bartolomé Rodríguez de Pelaustán. Este veterano terrateniente se vio en la necesidad de explicar por qué durante la crisis agrícola habían muerto varios de sus colegas. Lo achacó a la pena por verse arruinados, o al hecho de estar mal nutridos por comer un alimento, como el maíz, propio de indios: "Por no poder alcanzar muchas familias para el gasto del pan, se valían del maíz, de que resultó graves accidentes, por ser mantenimiento contra la naturaleza, en que no estaba[n] habituada[s]". 27 * * * ¿Si los contemporáneos no establecieron relación alguna entre el seísmo y la crisis triguera, cuando y por qué se generó una idea tan persistente? Da la impresión que de manera explicita debió formularse a fines de la primera década del siglo XVIII. En ese sentido, cuando en 1708, el representante de los hacendados limeños apeló la sentencia de la Audiencia de Lima ante el Consejo, 28 no hay nada en su memorial que permita entrever que ha nacido el mito del terremoto destructor de las cosechas. 29 Sin embargo, cuando en el año 1713 el viajero francés Frezier visitó el Perú debió oír comentarios al respecto, que luego trasladó a la memoria de su viaje que publicó en 1732: "Depuis le tremblement de 1678 (sic) la terre n'y produit pas du bled comme auparavant, c 'est purquoi on trouve meilleur marché de la faire venir du Chily". 30 Según Flores Galindo este es el primer comentario escrito que achaca la responsabilidad de la crisis agrícola al terremoto de 1687, 31 sin embargo hay que advertir que, a nivel de planteamiento teórico, la posibilidad de que 27 AGI, Escribanía de Cámara, 519-A. "Testimonio de los autos que hacen los hacendados y labradores...", declaración del capitán Bartolomé Rodríguez de Pelaustán, Lima, 9 de enero de 1706. 28 Aunque dicha sentencia les fue favorable, los terratenientes tenían la esperanza de una supresión total de los censos. Memorial de Juan Bautista Munilla, apoderado de los hacendados limeños, enviado al fiscal del Consejo de Indias el 9 de agosto de 1708. 30 un terremoto pudiese envenenar las tierras era un hecho perfectamente admisible por la ciencia de la época. Los geógrafos grecolatinos explicaban los terremotos por la acción de gases nitrosos y sulfurosos que se producían en el interior de la tierra como resultado de combustiones espontáneas de materiales en contacto con el agua del mar o de cualquier río o lago subterráneo. Se pensaba en una reacción semejante a la que se produce cuando la cal viva entra en contacto con agua. Cuando estos "vientos venenosos" no encontraban salida, se producía un terremoto que provocaba numerosos escapes gaseosos. Si estos revertían a la tierra mezclados con las gotas de lluvia, los campos podían quedar infectados y estériles. 32 Ahora bien, una cosa es creer en que algo es posible y otra afirmar que se ha producido en la realidad. Este trascendental paso se dio en el Perú a lo largo del siglo XVIII y, de hecho, para cuando se produjo el mayor y más dramático seísmo de la época colonial, el ocurrido el 28 de octubre de 1746, todo el mundo creía y temía que los campos podían volver a quedar estériles. El virrey que gobernaba el Perú a mediados del XVIII, don José Antonio Manso de Velasco, luego nombrado conde de Superunda, afirmaba en su memoria de gobierno que "...una de las más sensibles resultas del gran terremoto que arruinó [Lima] el año de 1687 fue la esterilidad que padecieron sus tierras...". 33 Mientras que el arzobispo don Pedro Antonio Barroeta expresaba con toda claridad el temor de sus feligreses a que estos hechos se repitiesen e informaba al rey que en la ciudad existía el "concepto común" de que el trigo limeño estaba contaminado. 34 El más destacado miembro de la ilustración criolla limeña de mediados del XVIII, José Eusebio de Llano Zapata, 35 nos da una de las versiones más detalladas del miedo que tenían incluso los elementos más cultos de aquella sociedad a que las dramáticas consecuencias del terremoto de 1687 se repitieran tras el de 1746: 32 Según la actual teoría de placas y aunque se admite que puedan producirse algunos escapes gaseosos a lo largo de un terremoto, no parece admisible que se llegue a la esterilización química de amplias porciones de terreno. Otra cosa distinta puede ocurrir con las erupciones volcánicas, que sí pueden dejar inutilizadas considerables extensiones de campos de cultivos. Véase: Moores, E.M y R.J. Twis: Tectonics, New York, 1995. 33 Manso de Velasco, J.A. "Creo que abiertas las oficinas subterráneas y poros con tan repetidos movimientos, saldrían ejércitos de exhalaciones (sic) mezclados de partículas nitrosas, sulfúreas, oleaginosas, que, volviendo a buscar el centro de la tierra, convertidas ya en unas malignas gotas por infrigidación (sic) del aire superior, esterilizarán campos y abrasarán las sementeras, dejando a los hombres con la malignidad de su respiración y pestíferos eructos de sus bostezos, expuestos a catarros, dolores pleuríticos y profluvios de vientre; enfermedades que padecieron los de Lima después de los grandes terremotos que se sintieron a 20 de octubre de 687". 36 Como puede comprobarse, el terremoto despierta temores ancestrales a que una boca terrible se abra y lance su fétido aliento y haga llover sobre la tierra "gotas malignas" que, según dice este mismo autor más adelante, pueden llegar a favorecer la producción de "sabandijas" y demás animales repugnantes. 37 Otro autor contemporáneo de Llano Zapata, el colegial de San Martín, Francisco Ruiz Cano y Galiano, llegó a establecer ciertas connotaciones mágico-religiosas entre la ruina de los templos y la infertilidad de los campos. En la obra que este personaje dedicó a la reconstrucción de la catedral de Lima, recordaba que, mientras estuvo caído el templo de Jerusalén, los campos de Judea no dieron fruto y que por ello la restauración del templo mayor limeño significaría también el fin de la esterilidad de las tierras. 38 Pero la realidad de 1746 fue que, a pesar de todos los temores, la producción de trigo, que ya por entonces se había recuperado, no se vio en absoluto afectada por el nuevo seísmo y en las cosechas siguientes se llegaron a recoger 50.000 fanegas anuales, que venía a ser la mitad de las más altas cotas de producción alcanzadas antes de la crisis de 1692. 39 Esta era una situación muy poco conveniente para los navieros y los panaderos limeños, que desde hacía más de cincuenta años estaban haciendo magníficos negocios con la importación del trigo chileno. Ellos debieron ver en la llegada del nuevo seísmo una ocasión excepcional para renovar los ancestrales temores de los habitantes de la capital, recordándoles que los terremotos emponzoñaban los campos y que, por lo tanto, su salud dependía de consumir el trigo importado. En resumidas cuentas, la hipótesis que propongo para explicar la creación de un mito tan persistente se apoyaría en tres pilares básicos: En primer lugar y debido a las explicaciones sismológicas del momento, desde las mentes más lúcidas del virreinato, hasta las creencias populares, admitían la posibilidad de que los movimientos sísmicos podían tener efectos secundarios que provocaban enfermedades tanto en las personas como en los animales y plantas. En segundo lugar, existían en Lima poderosísimos intereses económicos interesados en desprestigiar la producción triguera local. En tercer lugar, el tiempo transcurrido desde que en 1687 se produjo el anterior gran terremoto, facilitaba el que no existiese una clara conciencia del orden en que entonces se sucedieron los acontecimientos y resultó muy sencillo vincular dos sucesos (el movimientos sísmico de 1687 y la crisis agrícola iniciada en 1692), que en realidad estuvieron separados por cinco años, algunos de los cuales fueron de excelentes cosechas. En ese sentido, aunque la idea de responsabilizar al seísmo de 1687 de la esterilidad de los campos se había formulado en las primeras décadas del siglo XVIII, se vería reforzada tras la gran catástrofe telúrica de 1746. Esta hipótesis se muestra especialmente plausible si tenemos en cuenta la rudeza y acritud de la disputa que, a mediados del siglo XVIII, ensarzaba en el virreinato a partidarios del trigo local ("criollo" era el termino usado entonces) y del chileno. Dos personajes de enorme influencia en la sociedad limeña pueden considerarse como adalides de ambas posturas. Nos referimos al oidor don Pedro José Bravo de Lagunas y Castilla y al decimotercer arzobispo de Lima, don Pedro Antonio de Barroeta y Ángel. Bravo de Lagunas y Castilla era una figura clave en la vida política y social del virreinato. Como oidor decano de la Audiencia se había ganado la confianza del virrey don José Antonio Manso, que le había encargado importantes comisiones ejecutivas, desde la inspección de los edificios de la ciudad tras el terremoto, hasta la presidencia de la junta que estableció el estanco del tabaco, pasando por la investigación y castigo de los indígenas del Cercado que en 1750 intentaron asesinar al virrey y a todos los blancos. 40 Confirmando su papel de ser uno de los consejeros más importantes del virrey, Bravo de Lagunas dirigió a la suprema autoridad del virreinato un larguísimo memorial que denomino: Voto consultivo, y que estaba destinado a demostrar la conveniencia de recuperar el cultivo de trigo criollo y terminar con las importaciones de Chile. 41 En realidad, al virrey no hacía falta convencerlo de la bondad de esta idea, pues en su condición de viejo profesional de las armas, consideraba que depender de un abastecimiento exterior por vía marítima significaba una debilidad estratégica, en el caso de que, como había pasado otras veces, las incursiones inglesas en el Mar del Sur llegaran a cortar las líneas de comunicación y cerrasen los puertos. 42 El Voto consultivo es un interesante ejemplo de las ideas fisiocráticas, pero es también de una enorme importancia para el tema que nos ocupa en estos momentos. En primer lugar, de su lectura se desprende que incluso las personas interesadas en luchar por el mantenimiento del trigo local admitían la posibilidad de que los terremotos fueran capaces de esterilizar los campos. En efecto, Bravo de Lagunas está convencido que el seísmo de 1687 fue responsable de la ruina del trigo ocurrida en los años siguientes, aunque estimaba que estos episodios de esterilización de los campos eran desgracias que seguían sólo a algunos movimientos sísmicos, pero no a todos, tal y como se había podido ver por la nula repercusión que tuvo el de 1746 sobre la agricultura local. Las razones que, según el oidor, explican este caprichoso comportamiento de los terremotos permiten comprobar que los sesudos juristas de mediados del siglo XVIII también temían los malignos influjos de las influencias astrales. Así, don Pedro José estimaba que la causa de la tremenda malignidad del terremoto de 1687 se debió a que fue provocado por la conjunción de tres planetas: el poderoso Júpiter, el "tétrico Saturno" y el "ardiente Marte". Por el contrario, en el de 1746 faltó la alineación de este último, razón que, a su entender, justificaba el que en esa ocasión la naturaleza se conformara tan solo con derribar las casas y tragarse de un sorbo el puerto del Callao, pero dejara en paz los trigales y cañaverales de los valles limeños. Pero Bravo de Lagunas nos proporciona unas informaciones aun más importantes para comprender la creación del mito del terremoto. El oidor indica que había en Lima muchas personas que, dejándose llevar más por 41 Bravo de Lagunas y Castilla: Voto consultivo... He manejado la segunda edición de esta obra, realizada en la imprenta de los Huerfanos de Lima en 1761, uno de cuyos ejemplares se encuentra en la colección de libros antiguos del AGI. 42 Manso de Velasco: Relación que escribe el conde de Superunda..., pág. 128. Tomo LVII, 1, 2000 sus intereses económicos que por su sentido patriótico, estaban esparciendo calumnias contra la feracidad del suelo patrio. Don Pedro José llega a decir que se ha visto obligado a escribir el Voto consultivo, "...porque se conozca el poco aprecio que merece la voz que esparcen los que susurran la mala calidad del trigo criollo y que se mueven por su propio interés...". 43 Y que su principal misión era luchar contra la "...miserable dependencia..." 44 de Perú con respecto a Chile y contra el descrédito que estas falsedades estaban produciendo: "...yo no se por qué a esta tierra la desacreditan los que le deben el ser y la fortuna y con una especie de ingratitud ocultan su bondad...". 45 El oidor no parece tener duda de quiénes eran los responsables de las calumnias: en primer lugar, los poderosos comerciantes y navieros que obtenían enormes beneficios con los fletes y la especulación, ya que guardaban el trigo en los almacenes y bodegas de su propiedad hasta que alcanzase un alto precio o lo ofrecían muy barato para arruinar a los hacendados locales. En segundo lugar, estaba el numeroso gremio de los panaderos, los cuales fingían despreciar el trigo local, pues según ellos proporcionaba "...poca harina y hace mal pan...", pero, después, lo compraban en secreto a bajo precio y amasaban pan que vendían como si fuese hecho con trigo chileno de la mejor calidad. 46 No es probable que Su Ilustrísima, el arzobispo don Pedro Antonio Barroeta y Ángel, fuera uno de esos difamadores que iban lanzando infundios ecológicos contra el trigo criollo, pero lo cierto es que se puso decididamente de parte de los importadores del cereal chileno. Estaba claro que si el virrey don José Antonio Manso y el oidor don Pedro José Bravo de Lagunas estaban en un bando, él iba a estar en el contrario. La extrema rivalidad existente entre las máximas autoridades del virreinato no era un secreto para nadie. El arzobispo había tachado a los principales colaboradores del virrey, entre los que se contaba Bravo de Lagunas, de ser unos "mandarines odiados", una auténtica "pandilla" que practicaba todo tipo de cohechos y corruptelas. 47 No contento con eso, Su Ilustrísima había entrado en cuestiones personales, enviando al rey toda una serie de acusaciones contra los usos privados de sus enemigos, informando, incluso, de las enfermedades consideradas vergonzosas que aquejaban a algunos de sus oponentes. De Bravo de Lagunas, concretamente, había comentado su excesiva afición por las jovencitas zambas, especialmente por dos hermanas que habían sido sucesivamente sus amantes y a las cuales tenía discretamente escondidas entre las criadas de un convento, enviándoles cada noche un coche para traerlas a su casa. 48 Las relaciones de Barroeta con el Cabildo Eclesiástico no eran mejores que las que mantenía con el virrey y sus consejeros. Por ello, cuando los canónigos, que obtenían sus mayores rentas de los diezmos agrícolas, se decantaron por la defensa del trigo criollo, el arzobispo debió reforzarse en la idea de que la mejor postura era apoyar la importación de cereales. En el fondo, esta polémica constituía un excelente campo de batalla en el que enfrentarse a sus enemigos y tratar de infringirles una derrota significativa. El arzobispo se convirtió por ello en uno de los más firmes opositores a la política que estaba siguiendo el virrey de dar preferencia de venta al trigo local sobre el importado. 49 Barroeta, que hasta el momento no había sido un prelado muy popular, pretendió teñir de populismo su defensa del trigo foráneo, convirtiéndose en defensor de todos los consumidores y de los panaderos que estaban siendo castigados por incumplir las providencias del gobierno virreinal. Según el arzobispo, forzar a los limeños a comer pan amasado con grano criollo era lo mismo que "...obligar a comer pan caro, de inferior calidad [y] nocivo a la salud...". 50 Al mismo tiempo, las medidas para hacer efectiva la preferencia de los granos locales fueron presentadas como una auténtica extorsión contra los propietarios de las panaderías: "No han sido atendidos, antes bien, han obligado a algunos de los panaderos a dejar este oficio y a otros les han derramado el trigo en los patios de sus casas, agregándose a estas injustas providencias las de prisión y otras consiguientes, al alterar a estas personas y obligarles a que no sólo tomen sin repugnancia alguna el dicho trigo [local], sino es también a que publiquen ser de mejor calidad que el trigo de Chile, cómo así lo han conseguido y dicen los panaderos, so pena de que serán perseguidos y castigados". 49 Manso de Velasco: Relación que escribe el conde de Superunda..., pág 128. El virrey informaba en su memoria de gobierno que había concedido a los labradores locales "prelación" a la hora de vender su grano. Demetrio Ramos se refiere al "preferentismo" del virrey Superunda y a la reacción que esta política desató en amplios sectores de la población: Ramos Pérez: Como vemos, la batalla por el abastecimiento de trigo a la población de Lima formaba parte de una auténtica guerra. Estaban en juego centenares de miles de pesos, y ganarla o perderla podía significar para muchos la diferencia entre la riqueza y la pobreza, entre el poder o la cárcel. La cuestión se veía complicada al teñirse de un evidente sentimentalismo de carácter patriótico y propiciaba que los diferentes grupos de poder político y religioso lo tomasen como bandera para dirimir sus antiguas y profundas disensiones. Por todo ello, creo que es una hipótesis muy razonable proponer que dentro de esta lucha generalizada, cualquier arma era buena para arrojársela al enemigo. En ese sentido, la calumnia ecológico-geográfica de que los terremotos emponzoñaban los campos constituía, y nunca mejor dicho, un dardo envenenado. Cabe preguntarse por qué lo defensores del trigo local se dejaron ganar esta batalla propagandística y más teniendo en cuenta que, tras el violento seísmo de 1746, los hechos estaban mostrando que los campos cercanos a Lima no habían sufrido ningún tipo de esterilidad. Es posible que pueda haber influido, como hemos comentado, la preexistente idea de la malignidad casi diabólica de este tipo de fenómenos, lo cual hacía temer la multiplicación de las consecuencias catastróficas. Téngase en cuenta que, aun en la Lima ilustrada de mediados del siglo XVIII, la casi totalidad de la población seguía viendo los seísmos como un castigo de Dios por sus pecados y, en ese sentido, el concepto de "plaga bíblica", que tanto mata primogénitos, como envenena los campos, estaba siempre presente como una auténtica espada de Damocles. 52 También puede argumentarse que, simplemente, los defensores de la importación de trigo eran más poderosos económicamente y estaban más organizados que sus contrarios. 53 En ese sentido, aunque el trigo local fuera defendido por el virrey, alguno de los oidores, los canónigos y los hacendados, tenían enfrente a los comerciantes y navieros que, en este caso, contaron con el apoyo de la mayoría de los consumidores, los cuales, por precio y calidad, preferían el pan hecho con trigo chileno. * * * 52 Sobre la interpretación que los limeños hicieron del temblor de 1746 puede consultarse Llano Zapata: Carta o diario..., pág. 4 y siguientes. 53 En este sentido, Flores Galindo afirma que, a mediados del siglo XVIII, Lima era una ciudad dominada por los grandes comerciantes. Flores Galindo: La ciudad sumergida..., págs. 46 y 69. Queda reflexionar sobre por qué los historiadores que han estudiado esta cuestión se han dejado seducir tan mayoritariamente por el mito del terremoto envenenador. Es posible que todo proceda de la necesidad pedagógica que sentimos muchos profesionales de la historia por poner límites y fronteras precisas al fluir de los acontecimientos, al mismo tiempo que proponer explicaciones sencillas y claras a sucesos que, normalmente, resultan demasiado intrincados y complejos. En ese sentido, las últimas décadas del siglo XVII en el Perú colonial constituyen, o han querido ser presentadas, como una especie de frontera, entre real y psicológica, que separaba una era brillante de su inevitable decadencia. Curiosamente, si analizamos la correspondencia de las autoridades limeñas tras el terremoto de 1746, todas coinciden en señalar que a mediados del siglo XVIII el virreinato se encontraba en peores condiciones que en 1687 para afrontar las tareas de reconstrucción. El virrey conde de Superunda afirmaba que en aquellos momentos era imposible conceder exenciones tributarias, tal y como se había hecho en 1687, ya que "...entonces [1687], estaba este reino muy florido y abundante de caudales...". 54 De igual opinión eran los oficiales reales que hacían relatar "...la diversidad de los tiempos, pues entonces [1687], la Real Hacienda, no sólo no sufría menos pensiones en que estaba gravada, sino que se hallaba en disposición de hacer cuantiosas remesas a Su Majestad...". 55 Incluso una institución privada, como el poderoso Consulado de Comercio, reconocía que los tiempos del virrey duque de la Palata, que era quien gobernaba el Perú en 1687, constituían un tiempo todavía "florido." 56 Aun reconociendo que los afectados por una catástrofe en 1746 exageraban la cuantía de sus daños y lo penoso de su situación, no hay duda que a nivel de la imaginación popular existía la idea de que los tiempos del virreinato del duque de la Palata fueron "el canto de cisne" de la grandeza del Perú colonial y, si no una auténtica "Edad de Oro" como la primera mitad del siglo, tal vez podían constituir una "Edad de Plata" anterior al prolongado ocaso. En ese sentido, Ricardo Palma puede servirnos de testigo al recoger en sus Tradiciones peruanas que el duque de la Palata fue el "...virrey más virrey que el Perú tuvo...", el cual, después de ser recibido con toda pompa, llegó a su palacio por un camino pavimentado por los comerciantes con barretones de plata e, instalado en él, "...desplegó el lujo de un pequeño monarca, implantó la etiqueta y el refinamiento de una corte...". 57 Tras estos últimos estertores de esplendor, pareció que todas las furias se desencadenaban contra el virreinato: las contantes entradas de piratas a través del istmo de Panamá; las dificultades crecientes para mantener el sistema de galeones con la metrópolis; el continuado descenso demográfico de la población indígena en general y de la mitaya en particular; los problemas crecientes de la producción argentífera y, finalmente, el terremoto de 1687 y la ruina de la agricultura costeña. El destino parecía confabularse contra la que había sido la joya más preciosa de la monarquía española en América y para que no falte el símbolo más importante: en los años 80 del siglo XVII, la producción de plata de las minas mexicanas alcanzó a las del Perú y, a partir de ese momento, la diferencia a favor de la Nueva España no hizo sino crecer de forma exponencial, superando al Perú a todo lo largo de la centuria siguiente. 58 Para desentrañar convenientemente estos cambios y la subsiguiente decadencia del virreinato del Perú, los historiadores hemos hecho muchos esfuerzos y, como es natural, se han buscado el mayor número posible de vías para analizar de una manera satisfactoria y contundente un complejo problema como es éste. Por ello es claramente comprensible que se haya recurrido, entre otras, a una explicación sencilla, entendible por todo el mundo y que, además, exime de responsabilidades a los seres humanos y por lo tanto resulta muy conveniente para justificar sucesos desagradables. Me refiero, evidentemente, a achacar los fracasos humanos a los desastres naturales. Así, lo mismo que los barcos de la Armada de Felipe II se vieron tragados por los temporales en su empeño por invadir Inglaterra, el brillo del virreinato peruano se empañó enterrado por violentas sacudidas sísmicas. Este tipo de explicaciones suelen ser, como es fácil de comprender, muy incompletas y poco satisfactorias. Creo que puede afirmarse con rotundidad que en el complejo drama de la decadencia del Perú, los terremotos, a pesar del rastro de destrucción que dejaron, no ocupan un papel protagonista, sino tan solo el de dramáticas comparsas. De esta manera, el viejo mito del seísmo que envenena las cosechas y esteriliza los campos sería en el siglo XVIII producto de una calumnia interesada y a lo largo de los siglos XIX y XX el resultado de unos intentos de explicación poco fundamentados. 58 Según un artículo ya clásico, a fines de la década de los ochenta, la producción argentífera de México y el Perú se igualaron en 5 millones de pesos. PABLO E. PÉREZ-MALLAÍNA BUENO:
Escudé, C.: Gran Bretaña, Estados Unidos y la declinación argentina, 1942-1949, Editorial de Belgrano, Buenos Aires, 1983; Rapoport, M., Spiguel, C.: Estados Unidos y el peronismo: la política norteamericana en la Argentina, 1949-1955, Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 1994; Paradiso, J.: Vicisitudes de una política exterior independiente, en Torre, J. C. (ed.): "Los años peronistas (1943-1955)", Nueva Historia Argentina, t. 43 Ibidem, pág. 177; véase anche Zanatta, Bolivia, Peron... Peron fu ridondante e autocelebrativo; enfatico al limite del tronfio.
El propósito de este trabajo es analizar los diferentes comportamientos de las élites capitulares indianas en el siglo XVII, a fin de establecer en qué medida los cabildos fueron, a través de ellas, instrumentos de las oligarquías para defender sus intereses a nivel local e, incluso, provincial, y cuáles fueron los mecanismos de que éstas se valieron para afianzar su poder. Se parte para ello del principio de que en la actuación de las élites capitulares indianas como grupos de poder el proceso fue de la unidad dentro de la diversidad, en la medida en que fueron muy similares los mecanismos de que se valieron para controlar las diferentes esferas de poder. Unos mecanismos, como el sistema de venta y renunciación de los oficios capitulares no electivos impuesto en 1606, las alianzas matrimoniales y las prácticas endogámicas, que dichas élites aplicaron en la mayor parte de los territorios indianos para consolidar su posición y adquirir cohesión y poder. * Una versión preliminar de este trabajo fue presentada en el Seminario sobre El municipio castellano y su comparación con el municipio indiano, organizado en Valladolid por la Fundación Duques de Soria dentro del marco de la Cátedra "Luis Ga de Valdeavellano" (27 y 28 de octubre de 1998). No cabe duda de que en la América hispana la ciudad actuó como instrumento específico de dominación. De ahí la especial trascendencia que la institución del cabildo tuvo en el proceso colonizador de las Indias. Los gobiernos municipales no sólo contribuyeron al arraigo de los cientos de villas y ciudades que surgieron al socaire del avance español, sino que se convirtieron en las piezas claves para el desarrollo de la vida urbana en los nuevos territorios. Es más, al constituir el principal órgano de expresión de los colonizadores y de sus intereses, acabaron por ser la imagen exacta de la realidad social prevaleciente en sus respectivas jurisdicciones. Quizá por ello el análisis de los cabildos permite entender los comportamientos de las oligarquías indianas y, más concretamente, de las élites capitulares. Ahora bien, a la hora de profundizar en la historia de los concejos indianos no se debe olvidar la vital importancia que en la misma tuvo el siglo XVII. Es cierto que en un principio el municipio indiano, como heredero del viejo municipio castellano medieval, consiguió recuperar su per-dida vitalidad y relieve político, al convertirse su cabildo en un poderoso representante de los intereses de lo que podría considerarse estado llano. Pero también lo es que pronto se vería truncada esta etapa de aparente florecimiento por la controvertida política de la monarquía reinante, iniciándose así un nuevo período de decadencia al perder los concejos municipales ese carácter de representatividad de los intereses generales que los había caracterizado. 1 Y en este sentido no cabe duda de que el siglo XVII, que tan decisivo fue para el afianzamiento de las instituciones americanas y para la profunda transformación de la sociedad indiana, se revela como un período cronológico fundamental para la evolución de los cabildos indianos, al ser éstos una de las instituciones que más acusaría los efectos de la política de los Austrias. A este respecto, basta con recordar que fue a principios de la centuria cuando culminó un proceso de enajenación de oficios públicos que se había iniciado en 1559. Efectivamente, fue en 1606 cuando se instauró un verdadero sistema, coherente y completo, de venta y renunciación perpetua de la mayoría de los oficios indianos, algo que no tenía precendente en el modelo legal castellano, donde no se reconocía la calidad de perpetuamente renunciables a los oficios ya vendidos o vendibles. De ahí que Tomás y Valiente asentara que el nuevo régimen sobre ventas de oficios "significó la emancipación del Derecho indiano respecto al de Castilla". 2 Ni que decir tiene que la cédula de 1606, que implantaba dicho sistema, fue de enorme importancia para la vida municipal indiana, pues con ella se inició una nueva etapa en la historia de los cabildos coloniales, toda vez que se modificó sustancialmente la forma de acceder a los mismos y con ello se determinó también su estructura y composición socioeconómica. Es evidente que la nueva disposición favoreció de forma definitiva el que al frente de los gobiernos municipales se impusieran las oligarquías locales que, gracias a sus recursos económicos, se encontraron en situación de ejercer el control de los mismos a través de generaciones, propiciándose así el establecimien-1 Ots Capdequí, José María: "El régimen municipal hispanoamericano del período colonial", Tierra Firme, núms. MANUELA CRISTINA GARCÍA BERNAL to de dinastías familiares que pudieron, incluso, reforzar su poder mediante la presencia simultánea de varios miembros de la familia. Al mismo tiempo, la enajenación en subasta pública de los oficios capitulares supuso en muchos cabildos el desplazamiento de los encomenderos o beneméritos y su sustitución por los nuevos grupos emergentes de hacendados, estancieros, mercaderes o mineros, en cuanto que éstos disponían de la riqueza necesaria para adquirir los oficios capitulares que el nuevo régimen les brindaba. En otros concejos, sin embargo, lo que hizo el nuevo sistema fue más bien facilitar la integración de estos grupos dentro de los círculos dominantes, sobre todo en aquellas regiones, como Yucatán o Chile, donde existían unas élites de carácter aristocrático, fuertemente cohesionadas y poderosas, y donde el prestigio social que conferían los oficios capitulares se convirtió en un claro vehículo de promoción social. De todas formas, lo que sí parece claro es que el sistema impuesto en 1606 puso en manos de las oligarquías indianas los medios necesarios para aumentar su influencia y participación política en la vida ciudadana. Nuestro propósito es, por tanto, analizar los diferentes comportamientos de las élites capitulares indianas en el siglo XVII, a fin de establecer en qué medida los cabildos fueron, a través de ellas, instrumentos de las oligarquías para defender sus intereses a nivel local e, incluso, provincial, y cuáles fueron los mecanismos de que éstas se valieron para afianzar su poder. No obstante, partimos del hecho de que la estructura y la composición de los cabildos estuvieron en gran medida condicionadas por el ámbito geo-económico en que estaban inmersos. Lo cual no es nada extraño si se considera que la diversidad era, y sigue siendo, la principal característica de los territorios americanos. Una diversidad que se impuso desde el primer momento, como lo testimonia la misma casuística de la legislación indiana, y que también afloró en la propia estructura interna de los cabildos. Y es que cada vez se hace más evidente que los cabildos no fueron instituciones de patrón fijo, sentenciadas a reproducir los mismos esquemas orgánicos en todas las regiones, sino "entes vivos", en cuanto que tuvieron libertad para fijar algunos de sus cargos e, incluso, definir sus competencias y privilegios. Es decir, aun teniendo que respetar un núcleo integrado por los alcaldes ordinarios, los regidores y el escribano, junto con unas normas básicas comunes a todos, los gobiernos locales que se establecieron en Indias no estaban obligados a instituir un esquema global prefijado, lo que permitió que cada cabildo pudiera diseñar su propia estructura en función de las particulares características de su territorio. Así lo ha podido verificar Tomo LVII, 1, 2000 González Muñoz, para quien esta "diversidad dentro de la unidad" se hace patente en el hecho de que los tres ayuntamientos de Yucatán, aun perteneciendo a la misma gobernación, presentaran un perfil distinto y peculiar, con claros matices diferenciadores, lo que avala con toda nitidez su tesis de que en Indias ningún cabildo fue exactamente igual a otro. 3 Ciertamente, nuestro tema no es el análisis institucional. Pero no ignoramos la importancia que tiene el conocimiento de la estructura y funcionamiento interno de los cabildos tanto para entender la cotización y el atractivo de los oficios capitulares en función de sus competencias y prerrogativas, como para valorar su proyección en sus respectivos municipios. Por ello sí interesa resaltar que, gracias a los estudios regionales que se han hecho, el cabildo indiano comienza a dar la imagen de una institución dúctil, adaptada a su zona y, por tanto, con personalidad propia. 4 Lo cual, por otra parte, no es extraño, si se tiene en cuenta que no hubo una sociedad indiana, sino muchas sociedades indianas, y que los concejos no hicieron sino reflejar fielmente la sociedad en que se encontraban insertos. De ahí su diversidad y también su importancia para entrever las glorias y tensiones de los diferentes núcleos urbanos, pues no en vano las élites capitulares, a pesar de su reducido número, constituyeron cabal representación de un amplio tejido social que en no pocos casos trascendía los límites del municipio que administraban para llegar a revelar la idiosincrasia de la región. 4 Alemparte, Julio: El cabildo en Chile colonial, 2a ed. Santiago de Chile, 1966; Moore, John Preston: The Cabildo in Perú under the Hapsburgs, Durham, N.C., 1954; Zorraquín Becú, Ricardo: "Los cabildos argentinos", Revista de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, año XI, núm. 47, Buenos Aires, 1956, págs. 95-156; Zuluaga, Rosa M.: El Cabildo de la ciudad de Mendoza. 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El caso de Buenos Aires en el siglo XVII", HISLA, núm. 6, Lima, 1985, págs. 3-20; Palma Murga, MANUELA CRISTINA GARCÍA BERNAL De todas formas, a la hora de intentar definir la actuación de las élites capitulares indianas como grupos de poder se podría afirmar que, al contrario de lo cabe apreciar en la organización institucional, el proceso fue de la unidad dentro de la diversidad, en la medida en que fueron muy similares los mecanismos de que se valieron para controlar las diferentes esferas de poder. Pero antes conviene analizar hasta qué punto el sistema de venta y renunciación de los oficios capitulares no electivos favoreció el acceso a los concejos municipales de grupos económicos y sociales que hasta entonces se habían visto de una forma u otra excluidos de los mismos. Basta con recordar que en el siglo XVI eran los beneméritos, es decir, los conquistadores y sus descendientes los que, avalados además por su condición de encomenderos, señoreaban en los cabildos de las diferentes ciudades. En México, concretamente, el hecho de que la influencia y fuerza de los encomenderos se viera considerablemente mermada por la intensificación de la legislación real, no impidió que durante la mayor parte de la centuria fueran ellos los que controlaran, ya fuera por elección o por merced real, los cargos capitulares más relevantes. 5 Otro tanto ocurrió en Perú, donde era manifiesta la situación de privilegio que gozaban los encomenderos en sus respectivos cabildos, al tener monopolizados los oficios de alcaldes ordinarios y ser, por tanto, los únicos árbitros de la justicia municipal con notorio perjuicio para los restantes vecinos. En este caso fue el virrey Toledo quien en 1570 trató de mermar los fueros y atribuciones de los poderosos encomenderos, ordenando que la elección de alcaldes ordinarios Gustavo: "Núcleos de poder local y relaciones familiares en la ciudad de Guatemala a dinales del siglo XVIII", Mesoamérica, núm. 12, Guatemala/Vermont, diciembre 1986, págs. 241-308; Nicoletti, María Andrea: "El Cabildo de Buenos Aires: las bases para la confrontación de una mentalidad", Revista V Centenario, núm. 13, Madrid, 1987, págs. 97-127; González Rodríguez, Adolfo Luis: "El cabildo de Córdoba durante el siglo XVI: encomenderos, propietarios de tierras, tratantes de negros y comerciantes. Análisis de un grupo de poder", Estudios de Historia Social y Económica de América, núms. La endogamia en los Cabildos de Salta y Tucumán (1760-1790)", Andes, Antropología e Historia, núm. 5, Salta, 1992, págs. 89-124; Martínez Ortega, Ana Isabel: Estructura y configuración socioeconómica de los cabildos de Yucatán en el siglo XVIII, Sevilla, 1993; González Muñoz, Victoria: Cabildos y grupos de poder en Yucatán (siglo XVII), Sevilla, 1994; Ponce Leiva, Pilar: Certezas ante la incertidumbre: Élite y cabildo de Quito en el siglo XVII, Quito, 1998; Pazos Pazos, María Luisa: El ayuntamiento de la ciudad de México en el siglo XVII: continuidad institucional y cambio social, Sevilla, 1999. Tomo LVII, 1, 2000 y regidores se hiciera de forma que los nombramientos recayeran por igual entre encomenderos y vecinos no beneficiarios de encomiendas. 6 Pero si esto sucedía en las regiones nucleares, con más motivo se daba en zonas periféricas, como Yucatán, Chile, Cartagena, Caracas, Quito, Popayán o Tucumán, donde por su misma marginalidad la encomienda acabó teniendo una mayor importancia y pervivencia. En Yucatán, por ejemplo, la hegemonía que los encomenderos llegaron a tener en los gobiernos de la capital y las villas fue casi total, no sirviendo de nada el mandato de la Audiencia de México en 1569 de que la elección se hiciese de forma que se turnasen en los oficios capitulares los encomenderos y vecinos "de tres en tres años", ni tampoco la propuesta del protector de los naturales en 1580 de que "la mitad de los alcaldes y regidores" fuesen "vecinos encomenderos y la otra mitad de pobladores que no tengan indios". Para los beneméritos este procedimiento electivo representaba una gran ofensa por considerar que eran ellos las únicas personas que debían "gozar de los dichos cargos y oficios y no los advenedizos, que no son de edad ni tienen hacienda para si algunos agravios hicieren poderlos pagar en residencia". 7 El mismo predominio se dió en Chile, donde tampoco se acató la orden de la Audiencia de Concepción para que en el cabildo de Santiago la mitad de los oficios recayeran en los encomenderos y "la otra mitad en los demás vecinos y moradores de inferior situación económica". 8 Y análogo fenómeno se produjo en Cartagena, Caracas, Quito, Popayán y en Tucumán, al ser los encomenderos los que de forma clara prevalecían en el gobierno municipal. En Cartagena, por ejemplo, el dominio de los encomenderos era prácticamente absoluto, pues para 1565 el gobernador ponía de relieve cómo de los trece vecinos encomenderos de indios que había en la ciudad, ocho los había proveído el rey por regidores perpetuos y "éstos y yo elegimos cada año dos alcaldes, y siempre salen también encomenderos de indios". 9 En Quito los encomenderos concibieron el cabildo durante el siglo XVI como un coto exclusivo, al tiempo que en Caracas un reducido grupo de encomenderos concentraba no sólo el poder económico y social, sino también el político a través de su presencia en el cabildo.10 En Tucumán, concretamente, fue la Audiencia de Charcas la que tuvo que mediar en el conflicto entre encomenderos o feudatarios y moradores o soldados, estableciendo su oidor Juan de Matienzo el reparto por igual de los cargos de alcaldes y regidores entre ambos grupos, pues sólo debían quedar excluidos "por vileza de oficio los mercaderes que tenían tienda pública de venta al menudeo, los oficiales de artes liberales y mecánicas y los que se alquilaban para trabajos agrícolas". Es decir, las actividades consideradas como indignas y, por tanto, incompatibles con la estimación requerida para desempeñar oficios públicos. Con todo, el oidor no dejaba de reconocer que la vileza de estas actividades dependía de la costumbre local y por ello la limitación impuesta no afectaba a los mercaderes en general, ni tampoco a las villas pequeñas, donde no había muchas otras posibilidades de ganarse la vida. 11 Ante esta situación de práctico monopolio de los gobiernos municipales por parte de los encomenderos o beneméritos es evidente que la enajenación de algunos oficios concejiles ya desde el siglo XVI propició que en algunas regiones se iniciara el relevo de las élites capitulares, al no poder los benémeritos resistir el embate de los nuevos pobladores enriquecidos. 12 En ello fue sin duda decisiva la mentalidad de unos hombres, como los encomenderos o sus descendientes, que vivían anclados en el pasado, intentando reconstruir una sociedad de signo medieval totalmente desfasa-da, sobre la base de unas encomiendas cada vez menos rentables o de unas mercedes que creían les correspondían en justicia. No fueron capaces de comprender que en los albores del siglo XVII el linaje y los méritos habían perdido importancia frente a la riqueza que era la que ya operaba como verdadero agente de estratificación social. Su falta de realismo acabó mermando su capacidad económica y, por tanto, su influjo y poder. Por todo ello no se puede negar que en cierto modo el sistema de ventas y renunciaciones de oficios que se consolidó en el siglo XVII suponía un retorno a los viejos principios igualitarios que habían marcado la constitución de los primeros núcleos urbanos en América y les había conferido un cierto carácter democrático. 13 Ya no se podía alegar para ingresar en el cabildo la categoría social del aspirante, el linaje o la limpieza de sangre, ni tampoco se podía excluir a nadie del mismo por la vileza de sus actividades, ni por su condición de advenedizo y ni siquiera por su falta de pureza de sangre o de capacidad para desempeñar el cargo, puesto que lo único que interesaba a una monarquía en bancarrota eran los ingresos obtenidos por esta nueva vía. Se venía abajo así el tipo de sociedad señorial que los encomenderos y sus descencientes habían intentado fundar, ya que el dinero bastaba para disolver los tradicionales prejuicios respecto a la indignidad del origen o de ciertas actividades, como el comercio, la artesanía o la minería. La riqueza los igualaba a todos, desde el momento en que los oficios eran concebidos como mercancías susceptibles de compra y venta. Ahora bien, es evidente que esta aparente "democratización" era relativa, pues al primar el factor económico se hacía inevitable la composición oligárquica de los ayuntamientos, dado que éstos pasarían a estar dominados por los grupos sociales que en cada ciudad o región tuviesen el poder económico. Por supuesto, el proceso no fue igual en todos los territorios indianos. Lógicamente, cada región, cada ciudad, marcó su impronta e impuso su ritmo. Pero lo cierto es que a principios del siglo XVII el cabildo de México, destacado centro de poder por la riqueza e importancia de la ciudad, ya se había convertido, en "una especie de universidad de mercaderes", al estar integrado en casi un 75% por mercaderes e hijos de éstos y apreciarse una notoria ausencia de los linajes tradicionales que sólo lograban mantener su presencia y poder a través de las alcaldías ordinarias. Como contraste, el 13 Parry: The sale of public office..., pág. 70; Haring: El imperio hispánico..., pág. 170; Carrera Stampa, Manuel: "Las actas municipales, fuente de la historia de México", en Altamira y Crevea, Rafael y otros: Contribuciones a la historia municipal de América, México, 1951, pág. 111. MANUELA CRISTINA GARCÍA BERNAL concejo de Puebla mantenía en 1620 un corte más tradicional, ya que la pérdida de posiciones acusada por el grupo benemérito no significó su desaparición del poder municipal. Es más, la presencia de grupos nuevos de origen mercantil u obrajero no impidió la cohesión del cabildo poblano que se mostraba fuertemente trabado por lazos económicos y de parentesco. 14 Por su parte, el cabildo de Santiago de los Caballeros de Guatemala también presenció el eclipse de los conquistadores y sus descendientes encomenderos, virtuales señores del mismo durante la mayor parte del siglo XVI. 15 La venta de oficios posibilitaría el ingreso en la corporación municipal de importantes y activos mercaderes y con ello la ruptura del predominio de los beneméritos. Está claro que los criollos tuvieron que ceder ante el poder económico de los "recién llegados" y, aunque lograron, como los de Puebla, asegurar su permanencia en el concejo, éste perdió su carácter de "cerrado" para pasar a constituir un organismo abierto a elementos exógenos y, por tanto, mucho más permeable. 16 Un proceso similar al de la capital mexicana se puede apreciar en Lima, la otra sede virreinal, y también en Potosí, Cartagena y Buenos Aires. En el cabildo limeño el repliege de los encomenderos era ya incuestionable para la última década del siglo XVI ante la progresiva pérdida de rentabilidad de las encomiendas y el empuje de los mercaderes, rentistas y hacendados. Sin embargo, serían éstos últimos los que conforme avanzaba el siglo XVII irían copando los oficios capitulares, asentando una hegemonía que se mantendría inalterable hasta los albores del siglo XIX. 17 Y otro tanto sucedió en Potosí, donde el gremio de los azogueros, el grupo de mayor poder adquisitivo, consiguió desplazar de las plazas edilicias a los descendientes de los conquistadores. 18 De igual forma, en Cartagena la enajenación de los oficios provocó una redistribución de fuerzas en el seno del gobierno municipal, hasta el punto de que la primitiva aristocracia encomendera, después 14 Peña: Oligarquía y propiedad..., págs. 149-152 y 166; esta presencia creciente de comerciantes es confirmada por Pazos Pazos: El ayuntamiento de la ciudad de México..., págs. 335-339; Hoberman, sin embargo, considera que el relevo que asumieron los mercaderes en el concejo de la capital mexicana fue más atenuado, pues para 1610 sólo representaban el 25%. 15 Chinchilla Aguilar, Ernesto: El ayuntamiento colonial de la ciudad de Guatemala, Guatemala, 1961, pág. 173; Sanchiz Ochoa, Pilar: Los hidalgos de Guatemala. Realidad y apariencia en un sistema de valores, Sevilla, 1976, págs. 98 de haber tenido un dominio casi absoluto del cabildo a lo largo del siglo XVI, sólo logró mantener una representación minoritaria. Su lugar lo ocuparon individuos que habían medrado en otros sectores productivos, como el comercio de esclavos, y cuyo origen extranjero -portugués en su mayoría-era en no pocos casos soslayado por su poder económico. 19 Y lo mismo se podría decir de la situación en el Río de la Plata y, más en concreto, en el cabildo de Buenos Aires, donde la compra de oficios facilitó el acceso al gobierno municipal de un buen número de comerciantes, en su mayoría también portugueses, que compensaban el exiguo o nulo aprovechamiento económico que "oficialmente" proporcionaban los cargos edilicios con los pingües beneficios indirectos que podían rendir merced a la connivencia con las redes de tráfico ilícito, algo que parece llegó a ser un fenómeno estructural en el desarrollo de la capital rioplatense. 20 En cambio, hubo zonas de la periferia en las que por sus peculiares características tal desplazamiento no se produjo. Un buen ejemplo al respecto lo constituyó Zacatecas, cuyo ayuntamiento no perdió nunca su carácter representativo de la ciudad y de sus intereses, al nutrirse "casi por definición" de mineros y de aquellos comerciantes que tenían estrecha vinculación con la producción argentífera. No en balde Zacatecas dependía de su riqueza de plata y, como apunta Bakewell, "lo que convenía a la plutocracia minera y mercantil quizá también convenía, en términos generales, al pueblo en su conjunto". 21 También el cabildo de Panamá puede ser representativo en este sentido, por cuanto allí fueron los comerciantes los que mantuvieron la primacía que ya se habían asegurado en el siglo XVI, dado su carácter de enclave y lugar de tránsito mercantil. 22 Aunque quizá el mejor exponente de su particular idiosincrasia lo brindó Yucatán, pues la pobreza y marginalidad de la región determinaron que la encomienda desempeñara el papel de institución clave en su proceso colonizador y lle-gara a tener una vigencia excepcionalmente dilatada. Los encomenderos, pese a su indiscutible mentalidad señorial, no dudaron en buscar nuevas fuentes de ingreso cuando el deterioro económico de las encomiendas se hizo evidente. De esa forma en los cabildos de Mérida y Valladolid la venta de los oficios concejiles no significó su relevo, ni su debilitamiento como grupo de presión, al ser ellos los que controlaban los escasos recursos económicos. Es más, para los no beneméritos el acceso a estos cabildos se convirtió, a su vez, en una vía de ingreso en el reducido elenco de los beneficiarios de encomiendas, porque su intención no fue nunca la de hacer la competencia a la poderosa élite encomendera, sino de integrarse en ella. Con ello se fortaleció aún más el poder casi omnímodo que los encomenderos tenían en su gobierno y administración. Sin embargo, en el ayuntamiento de Campeche sí que se pudo apreciar un cambio significativo en cuanto a su composición socio-económica, pues serían los comerciantes los que, por su mayor vinculación con los intereses marítimos y mercantiles de la villa, aprovecharían el mecanismo de la venta de oficios para dominar el gobierno municipal. Ahora bien, aunque este caso constituye una muestra más del amplio abanico de respuestas que la enajenación de oficios tuvo en las Indias, conviene precisar, sin embargo, que en Campeche al empuje de los comerciantes se unió también un cierto abandono por parte de los encomenderos, para quienes era más apetecible residir en Mérida y Valladolid, donde su condición social sería mucho más reconocida. De todos modos, serían las oligarquías locales, viejas y nuevas, las que a la postre controlarían las corporaciones municipales yucatecas. 23 Un proceso semejante se dio también en los cabildos de Caracas y Asunción, donde la venta de oficios no logró alterar su conformación social. Mientras que en la capital venezolana los encomenderos supieron sacar partido del desarrollo del cultivo cacaotero para mantener su posición en el concejo, en Asunción fue la precaria estructura económica de la zona -basada en una agricultura exigua, en unas encomiendas de muy pocos tributarios y en la explotación yerbatera-la que no propició el desplazamiento social. El cabildo siguió controlado por una élite capitular y militar tradicional que acaparaba las pocas fuentes de riqueza y que, por tanto, era la única con capacidad económica para adquirir los cargos edi-23 García Bernal: Población y encomienda..., págs. 366-373, 431 y 437-438; García Bernal, Manuela Cristina: "La aristocracia de Yucatán (siglo XVII), en América: encuentro y asimilación (Actas de las Segundas Jornadas de Historiadores Americanistas), Granada, 1989, págs. 323-327; González Muñoz: Cabildos y grupos de poder..., págs. 126-127 y 132-142. 24 Mucho más peculiar, sin embargo, fue el caso de Chile, donde la enajenación de los oficios capitulares provocó en 1612 la reacción de los encomenderos o feudatarios frente a las pretensiones de un grupo de "hombres nuevos". El cabildo de Santiago de Chile, con el fin de salvaguardar la libre elección de sus regidores, propuso pagar la misma cantidad a que habían ascendido las posturas de los oficios subastados. Fue así como, según Góngora, el cabildo logró afirmar "el principio electivo contra el fiscalismo monárquico, a la vez que la selección aristocrática contra el ascenso incontrolado de hombres nuevos". 25 Es, por tanto, evidente, que la aparente carga igualitaria o democratizadora que podía conllevar el sistema consolidado en 1606 es discutible, toda vez que lo único que este sistema propició fue la constitución de un patriciado urbano privilegiado que concebía el cabildo como una estructura de poder que podía utilizar en beneficio propio. La venta de oficios fue, pues, el mecanismo idóneo que la Corona puso para ello en manos de los grupos más poderosos económicamente. Por ello, a la larga, el posible relevo de las élites capitulares no pasó de una simple alternancia de las oligarquías locales en el gobierno municipal. 26 Al mismo tiempo, como ya se apuntó al principio, el sistema de renunciaciones impuesto en 1606 coadyuvaba a que la administración municipal pudiera acabar monopolizada por un pequeño círculo de familias ricas e influyentes, vinculadas en no pocos casos por lazos de parentesco y cuyos intereses no siempre coincidían con los de la comunidad que representaban. Qué duda cabe que la renuncia de los oficios a favor de parientes más o menos directos fue un factor decisivo para el control de determinados cargos por una sola familia. Es más, al combinarse las renuncias con las compras de los cargos vendibles y el posible acceso a los oficios electivos, se favoreció también la presencia simultánea de miembros de una misma familia en el ayuntamiento. Todo contribuía a que, en último término, se acabaran consolidando verdaderas dinastías capitulares. 25 Góngora, Mario: Encomenderos y estancieros. Estudios acerca de la constitución social aristocrática de Chile después de la conquista, 1580-1660, Santiago de Chile, 1970, págs. 77-79 y 126; Una situación similar se dio en el cabildo de Caracas en 1650 con motivo de la venta del oficio de alguacil mayor, al ofrecer el cabildo el doble de lo establecido en el remate público e impedir que el comprador pudiese tomar posesión del cargo. 26 Sobre el carácter democrático del cabildo véase también Molina Martínez, Miguel: El municipio en América. MANUELA CRISTINA GARCÍA BERNAL Como siempre, las situaciones fueron muy diversas en función de las características de cada municipio. No hay que olvidar que en muchos ayuntamientos pudieron influir una serie de factores para obstaculizar la formación de dinastías familiares. Un factor a tener en cuenta fue lo oneroso que resultaba el desempeño de los cargos, al ofrecer "poco aprovechamiento" y constituir más bien una carga económica para los que lo ejercían, pues en no pocos casos tenían que suplir de sus haciendas los gastos que la administración municipal demandaba. También pudo influir la posibilidad de conseguir unos buenos ingresos mediante la venta del cargo bajo la forma de una renuncia, desde el momento en que los oficios se convirtieron en un bien como cualquier otro, susceptible de compra y venta. 27 Pero los estudios realizados parecen demostrar que las élites capitulares indianas aplicaron unas estrategias comunes a la hora de expandir su poder, influencia y riqueza. Volvemos así a la idea de que en este sentido el proceso fue de la unidad dentro de la diversidad. Uno de los mecanismos para consolidar su posición y adquirir cohesión y poder lo constituyeron las alianzas matrimoniales y las prácticas endogámicas que dichas élites llevaron a cabo en la mayor parte de los territorios indianos. Es más, en algunas zonas como, por ejemplo, Yucatán o Paraguay, el dominio de los cabildos por determinados clanes familiares se debió más a la férrea endogamia aplicada por las oligarquías locales en su política matrimonial que a la venta y renuncia de los oficios que, en estos casos, lo único que hizo fue acentuar el proceso. 28 En cambio, hubo municipios en los que, quizá por el corte menos aristocrático de sus élites capitulares, las alianzas matrimoniales no adoptaron un carácter tan endógámico y ello, lógicamente, posibilitó la constante circulación de individuos y familias dentro del gobierno municipal, restringiéndose así las posibilidades para la formación de dinastías capitulares. Campeche, Guatemala o Zacatecas pueden ser bien representativos a este respecto, pues sus ayuntamientos, al estar dominados por comerciantes y mineros, no lograron adquirir la misma cohesión y estabilidad social. 29 De todas formas, parece indudable que el matrimonio jugó en las Indias un papel decisivo en la constitución de una bien trabada urdimbre de intereses económicos y familiares que permitió a los grupos poderosos regir el escenario político, económico y social. 30 Lógicamente, el cabildo constituía un espacio de poder que se quería mantener y expandir. Y para ello fue sin duda decisiva la formación de complejas redes de parentesco, dado que, como apunta Foucault, el poder no es estático, "no está quieto en los individuos", porque es algo que circula, "que no funciona sino en cadena", y que "se ejercita a través de una organización reticular". 31 En otras palabras, en el cabildo existía, como en cualquier otro espacio de poder, una tensión, una lucha permanente por conservar para sí ese flujo de poder, al ser un bien como cualquier otro y resultar por ello difícil el poseerlo indefinidamente. Muchos ayuntamientos constituyeron así el ámbito en el que las familias de las que se nutría la élite capitular se unían o se enfrentaban en función de problemas comunes o de intereses familiares. Con mayor o menor fortuna las oligarquías indianas lograron reproducirse y estar presentes en las corporaciones municipales a través de estrechos lazos de parentesco con el fin de acaparar el poder, el prestigio y la riqueza. Ese fue uno de sus mecanismos en las dos capitales virreinales donde se concentraban todas las esferas del poder. En México, las familias poseedoras de grandes fortunas y patrimonios lograron dilatar el mundo de sus relaciones e influencias políticas, gracias a la sabia política matrimonial que practicaron. Aquí sí que se combinaron endogamia y venta de oficios para que estas familias poderosas fueran poco a poco controlando los cabildos, penetrando en las audiencias y acaparando las alcaldías mayores y los corregimientos. Y si se tiene en cuenta que la institución del mayorazgo fue el otro mecanismo legal del que este grupo, de marcado carácter aristócrático, se sirvió para conseguir la continuidad del linaje y de las riquezas adquiridas, se comprende fácilmente que este reducido círculo de hombres poderosos fuera, según De la Peña, el verdadero núcleo catalizador de la nobleza mexicana. 32 Un proceso similar se reprodujo en la capital 30 Sobre las "prácticas efectivas" de las élites indianas y los planteamientos metodológicos al respecto véase Langue, Frédérique: "¿Estrategas o patriarcas? La aristocracia empresarial zacatecana a fines del siglo XVIII-principios del siglo XIX", en Schröter, Bernd y Christian Büschges (eds.): Beneméritos, aristócratas y empresarios. Identidades y estructuras sociales de las capas altas urbanas en Iberoamérica colonial, Frankfurt/Main-Madrid, 1999, págs. 275-278. MANUELA CRISTINA GARCÍA BERNAL Anuario de Estudios Americanos peruana en cuyo cabildo llegaron a establecerse ciertas dinastías familiares en las que el cargo capitular, al resultar prácticamente hereditario, se consideraba como algo patrimonial. Lohmann Villena pone de relieve que, aunque sea exagerado definir al cabildo como "una familia de familias", no se puede negar la enorme gravitación que en el ayuntamiento limeño tuvieron las marañas de parentesco que se formaron, así como su importancia para "elevar el índice de cohesión entre los capitulares y afianzar sus relaciones de afecto recíproco". 33 Lo cierto es que la formación de camarillas y parentelas dentro de los cabildos se dio en la mayoría de los municipios indianos. Fueron manifiestas en Santiago de Chile y en La Serena, hasta el punto de que el corregidor de este último municipio denunciaba en 1636 cómo las dos principales familias estaban emparentadas por afinidad o consaguinidad con toda la ciudad, de modo que "la causa de uno, por leve que sea, la reputan todos por propia y salen a ella, como está dicho, con alboroto y escándalo de toda la ciudad". 34 Tal fenómeno no fue tampoco extraño en el cabildo bonaerense donde el grupo de comerciantes se consolidó relativamente pronto económica y socialmente, gracias a sus conexiones con el comercio lícito e ilícito, convirtiéndose por ello en el principal rival del grupo benemérito por la supremacia en la administración municipal. Sin embargo, al igual que ocurrió en los cabildos de Mérida y Valladolid de Yucatán, su progresiva hegemonía no significó necesariamente la sustitución de la inicial aristocracia encomendera o benemérita por los "nuevos ricos", sino lo que algunos autores definen como "autotransformación de la élite", al darse una fructífera relación parental y económica entre los terratenientes o beneméritos y los comerciantes contrabandistas. Se constituyó así en el cabildo rioplatense una amplia red de notables que integraban tierra, comercio y administración. 35 Y tampoco se puede olvidar a este respecto los casos de Quito y La Paz, dado que también allí se formó una compleja red de enlaces familiares y afinidades entre las élites, como medio de promoción y preservación del poder, la riqueza y el prestigio social. De ahí que pueda ser tam-33 Lohmann Villena: Los regidores perpetuos..., págs. 205-211 (la cita textual corresponde a la página 205). 34 Góngora: Encomenderos y estancieros..., pág. 75. 35 Moutoukias, Zacarías: "Burocracia, contrabando y autotransformación de las élites", Anuario del Instituto de Estudios de Historia Social (IEHS), núm. 3, Tandil, 1988; Gelman: "Cabildo y élite local...", págs. 3-20, y "Economía natural-economía monetaria...", págs. 98-99. Sobre las redes de parentesco en el Buenos Aires del siglo XVIII véase Socolow: Los mercaderes..., págs. 49-65. Tomo LVII, 1, 2000 bién considerado como un buen exponente de lo que se ha dado en llamar la "circulación de las élites". 36 Ahora bien, ¿a qué se debía el interés de las poderosas familias por instalarse en los cabildos? ¿Qué era lo que les aportaba el control del gobierno local? Indudablemente prestigio social, algo nada desdeñable en una sociedad donde la tendencia al ennoblecimiento se mantuvo inalterable, incluso entre los nuevos grupos emergentes, a lo largo de todo el período colonial. Y es que por principio los cargos capitulares no propiciaban fáciles y rápidos beneficios, si se tiene en cuenta que su ejercicio no implicaba la obtención automática de un ingreso económico, toda vez que nunca tuvieron un salario fijo a cargo del erario real, sino de sus respectivas corporaciones, lo que en la práctica suponía su inexistencia ante la falta o escasez de propios que padecían muchas ciudades indianas. Es más, en la mayoría de los casos dichos oficios exigían desembolsos personales, ya fuera para costear los festejos, ya para satisfacer los gastos normales que demandaba la ciudad o, en los casos extremos, para hacer frente a situaciones críticas en épocas de catástrofe. Cierto que algunos puestos edilicios, como las escribanías, depositarías, alguacilazgos y fieles ejecutorías, ofrecían ciertos beneficios económicos, al incluir el cobro de determinados derechos por el desempeño de sus funciones, como, por ejemplo, el 2,5% que cobraba el depositario general por los depósitos que recibía, o los porcentajes que percibía el alguacil mayor por las ejecuciones o denuncias que efectuaba. 37 Pero, lógicamente, la importancia de estos beneficios estaba en función del tamaño del municipio y de su actividad económica. Por tanto, si lo que se buscaba era un posible enriquecimiento, es evidente que éste sólo se podría alcanzar por medios ilícitos, es decir, sabiendo utilizar el prestigio y las prerrogativas de los cargos en beneficio propio. Y no cabe duda de que éste fue otro de los mecanismos de que las élites capitulares y, en última instancia, las oligarquías locales se valieron para afianzar su poder económico. Por supuesto, resulta obvio que las oportuni-36 Ponce Leiva: Certezas ante la incertidumbre..., págs. 280 y 285-296; López Beltrán, Clara: "El círculo del poder. Sobre el proceso en general véase Balmori, Diana, Stuart F. Voss y Miles Wortman: Las alianzas de familias y la formación del país en América Latina, México, 1990, págs. 253-294. 37 Sobre las competencias y prerrogativas de los oficios capitulares véanse Avellá Vives: Los cabildos..., y Bayle: Los cabildos seculares...; González Muñoz hace una síntesis muy exhaustiva sobre las funciones de los diferentes cargos, así como sobre sus ventajas e inconvenientes, estableciendo además las peculiaridades que adoptaron en los cabildos yucatecos. González Muñoz: Cabildos y grupos de poder..., págs.26-89. MANUELA CRISTINA GARCÍA BERNAL dades de lucro serían mayores si la capacidad de intervención y decisión se extendía a varias esferas de la administración municipal, pues con ello se reforzaría su influencia y poder. A este respecto cabe señalar la significación que tenían cargos como los de alguacil, fiel ejecutor o depositario general, en cuanto que, al combinarse con los regimientos en algunos ayuntamientos (por ejemplo, los yucatecos), conjugaban las funciones de su exclusiva competencia con las que les correspondían como regidores. Es decir, tenían asegurada su presencia en todos los ámbitos de la administración municipal. Y en este sentido, puede decirse que también los regidores, al asumir dichas funciones, ampliaban su campo de actuación, ya de por sí bastante extenso, toda vez que ningún asunto de sus respectivos municipios escapaba a su intervención y control. 38 Lógicamente, fueron las atribuciones en materia económica, como el control de los productos, el abastecimiento de las poblaciones o la fijación de precios y aranceles, las que aprovecharon las élites capitulares para lucrarse, buscando más su propio beneficio que el de las comunidades que representaban. Así se puso de relieve, por ejemplo, en Yucatán, donde se acusó al cabildo de Mérida del encarecimiento de la carne, precisamente en una época en que las estancias de ganado se multiplicaban. La denuncia se basó en el hecho de que el aumento de los precios se debía en realidad al monopolio que ejercían los grandes estancieros en el abasto de la carne y a sus manejos pues, al ser hombres poderosos por sus oficios en el cabildo distribuían las semanas para el abasto de Mérida a su capricho, reservándose las épocas mejores y, consecuentemente, imponiendo ellos los precios. 39 Y otro tanto ocurrió con el abastecimiento de maíz, canalizado a través del pósito y la alhóndiga, en tanto que se dieron casos en que los regidores, al tener responsabilidades directas sobre este ramo, aprovecharon sus atribuciones para sacar beneficio económico, vendiendo el maíz por su cuenta en épocas de carestía. 40 Pero también en Lima los regidores supieron sacar partido de su privilegiada situación para enriquecerse dolosamente, tanto más cuanto para la década de 1620 los regidores y sus deudos eran "dueños y señores de casi todas las chácaras y heredades del contorno de la ciudad". 39 García Bernal, Manuela Cristina: "La explotación pecuaria y la competencia por la tierra en torno a Mérida de Yucatán", Temas Americanistas, núm. 8, Sevilla, 1990, pág. 32. 40 González Muñoz: Cabildos y grupos de poder..., pág. 68; González Muñoz, Victoria: "El cabildo de Mérida y la alhóndiga: sus implicaciones institucionales", y García Bernal, Manuela Cristina: "El cabildo de Mérida y el abastecimiento de la alhóndiga en el siglo XVII", en Actas del XI Congreso Internacional de AHILA, Liverpool, 1998, vol. II, págs. 385 y 399-400, respectivamente. Tomo LVII, 1, 2000 Así, en connivencia con los alcaldes y fieles ejecutores imponían unos precios a los productos de primera necesidad, como el trigo o la carne, que sólo favorecían sus conveniencias particulares. El mismo virrey llegó a denunciar tal prevaricación, exponiendo al rey cómo las haciendas de los veintidós regidores limeños consistían "en granjerías del campo, huertas, chácaras, viñas y otras inteligencias, de manera que los bastimentos de pan, vino, aceite y frutas que se gastan en ella [la ciudad de Lima] son de sus cosechas y de sus deudos, con que hacen las posturas a los precios que quieren, de que se sigue perjuicio a los vecinos". 41 Y lo mismo ocurrió en Chile, pues en el concejo de La Serena eran los capitulares-encomenderos los que dominaban la producción vitícola y los que, en consecuencia, marcaban los altos precios del vino. 42 Pero tampoco cabría olvidar los efectos que en algunas ciudades tuvieron las competencias que en materia hacendística se delegó en la primera época en los ayuntamientos. Y es que hasta bien entrado el siglo XVII los oficiales reales eran considerados miembros ex officio de los cabildos, ya que contaban con voz y voto en los mismos y participaban por ello en la administración municipal con los mismos derechos que los regidores. En principio su función era la de salvaguardar los intereses reales dentro de las corporaciones locales, pero a la larga, el establecimiento de lazos familiares o de conexiones económicas acabaría por crear una comunidad de intereses con los demás miembros del cabildo y, por tanto, una influencia en asuntos hacendísticos no siempre favorable para el erario real. Sin embargo, el hecho de que en la década de 1620 se decretara su exclusión de los gobiernos municipales y perdieran su calidad de miembros ex officio truncó las posibilidades de enriquecimiento ilícito que tal combinación podía generar. Así ocurrió en Zacatecas y en Quito donde hasta 1620 y1621, respectivamente, los oficiales reales ocupaban dos o tres de los regimientos de forma permanente. 43 Pero hubo zonas, como Yucatán, donde dicha exclusión fue relativa, al hacerse efectiva sólo en Mérida, la capital, pero no en las villas de Valladolid y Campeche, donde los oficiales reales no asistían comúnmente. Allí se mantuvo la práctica, autorizada por la Corona en 1580, de que todo el cabildo o varios capitulares -un alcalde, un regidor y el escribano-se encargaran de cobrar los derechos reales para luego MANUELA CRISTINA GARCÍA BERNAL remitirlos a los oficiales reales de Mérida. Y así fue como en Campeche los capitulares ejercieron la administración hacendística hasta 1665, mientras que en Valladolid conservaron su control a lo largo de todo el siglo XVII. Como consecuencia de ello, se denunciaron por parte de los funcionarios reales situaciones de fraudes y excesos que perjudicaron sensiblemente a la economía de la provincia y, sobre todo, a la propia Corona. Al principio las denuncias afectaban a los tres cabildos, al detectarse en 1616 notables encubrimientos en el cobro de las alcabalas por efectuarlo personas ocupadas "en oficio de república y con encomiendas y son hijos, yernos y deudos de encomenderos", todos ellos interesados en las alcabalas. En realidad, el hecho de que los alcaldes, regidores y escribanos de los tres cabildos fueran también "los tratantes y mercaderes de más consideración y muy emparentados" propiciaba un fraude general, al no pagar ellos los derechos reales que les correspondían, ni dar cuenta de todo lo que cobraban. Posteriormente sería, sobre todo, el ayuntamiento de Campeche el que más irregularidades presentaría, al ser sus alcaldes y regidores "las personas más ricas y emparentadas de dicho puerto y que de ordinario todos tienen navíos y fragatas... y ocultan y usurpan los derechos reales y vienen a ser jueces y visitadores de sus propias causas y navíos". El resultado fue que disminuyó sensiblemente la recaudación de alcabalas y almojarifazgos, a pesar de que las contrataciones y navegaciones por tierra y mar habían ido progresivamente aumentando. Y otro tanto ocurrió con la administración hacendística en Valladolid, aunque allí por su mayor pobreza las repercusiones fueran menores, beneficiándose los capitulares en la medida en que podían evadir algunos de los impuestos a que como encomenderos estaban obligados o aprovechar su función recaudadora para exigir repartimientos de géneros a los indios. 44 Son, pues, muchos los ejemplos sobre las consecuencias que tenía el que los cabildos indianos se hubieran convertido en una instancia oligárquica, desde la cual se adoptaban decisiones que afectaban a una colectividad, pero que sólo generaban sustanciosos dividendos para un reducido sector de la misma. Por otra parte, tampoco se puede olvidar cómo el control del gobierno municipal sirvió a las oligarquías locales como mecanismo para asumir el poder político a nivel gubernamental y aumentar así sus cotas de influencia o para defender sus intereses frente a las otras autoridades civiles o religiosas. Tomo LVII, 1, 2000 Y aunque, por lo general, se dio un cierto equilibrio de poder entre todas ellas, parece demostrado que en el trasfondo de muchos de los conflictos que se generaron entre algunos concejos y los representantes de los otros poderes, como el judicial, gubernamental o el eclesiástico, estuvo su ambición de extraer el máximo provecho de los recursos de sus respectivas regiones. A este respecto es indudable que para los cabildos fue muy importante la facultad que tenían los alcaldes ordinarios de acceder al gobierno de la provincia en caso de ausencia o muerte de la primera autoridad, por cuanto constituía una fuente de poder y prestigio y también una oportunidad para aprovechar la situación en beneficio propio y de sus amigos y parientes. De ahí que los alcaldes ordinarios no dudaran en hacerse con el gobierno siempre que la ocasión se presentaba, pasando incluso por alto los derechos que a este respecto tenían los tenientes de gobernador, con los que sí entraron en conflicto al ser los verdaderamente afectados por el uso y abuso de tal prerrogativa. Y no en pocos casos ello derivó en un notorio perjuicio para sus respectivos distritos, como sucedió en Yucatán, donde entre 1619 y 1620, al asumir los alcaldes el gobierno provincial por muerte del primer mandatario, se produjo una grave confusión jurisdiccional y política y un notable debilitamiento de sus posibilidades de defensa, al quedar la provincia "hecha una sierpe de siete cabezas, sin reconocerse la una a la otra, dos en esta ciudad [Mérida], dos en la villa de San Francisco de Campeche, dos en la de Valladolid y una en la de Salamanca de Bacalar". 45 Sin embargo, los motivos de conflicto más frecuentes entre los concejos y las autoridades gubernativas, y donde más se revelaría la función de contrapeso del poder local frente al provincial, provinieron de la intromisión de la Audiencia (por las competencias gubernativas otorgadas en algunos casos a su presidente) o de los gobernadores en las elecciones capitulares y de la resistencia de los cabildos a aplicar determinadas disposiciones que de alguna forma lesionaban los intereses de los grupos dominantes. Está claro que las presiones ejercidas por la Audiencia o los gobernadores en las elecciones municipales con el propósito de instalar en el gobierno municipal a personas de su conveniencia provocó verdaderos altercados en no pocos cabildos, al verse directamente afectadas las familias más representativas de los diferentes municipios. Altercados que en bastantes ocasiones se solucionaron, como en Quito o Yucatán, mediante enlaces entre capi-tulares y familiares de magistrados o involucrándose algunos de los miembros del concejo en los negocios de los gobernadores. De esta forma las élites capitulares aprovechaban la connivencia con los primeros mandatarios como sistema de defensa de sus prerrogativas y empresas económicas. Pero no ocurrió lo mismo cuando las autoridades gubernativas trataron de aplicar determinadas contribuciones que chocaban de lleno con los intereses de las oligarquías que ellos representaban. Fue entonces cuando la reacción de los concejos frente a las instancias gubernativas se mostró quizá con más virulencia. 46 Hubo casos, sin embargo, en que los conflictos partieron de los propios cabildos, al intentar asumir competencias económicas que en gran medida sólo beneficiaban a algunos de sus miembros más poderosos. Así se manifestó en Guayaquil, cuando desde mediados del siglo XVII su ayuntamiento trató de controlar la explotación forestal frente a la resistencia del gobierno colonial. 47 Por último, también en las relaciones con las instancias eclesiásticas hay ciertos indicios de cómo los cabildos actuaron en muchas ocasiones condicionados por su carácter oligárquico. A nivel general son pocos los testimonios que existen sobre los posibles enfrentamientos entre las corporaciones municipales y la Iglesia, quizá porque no se dieron con demasiada frecuencia o no revistieron suficiente importancia, o quizá también porque, como en el caso de México, los lazos de parentesco entre capitulares y la jerarquía eclesiástica contribuían a suavizar las tensiones. En realidad, los ayuntamientos sólo entraron en verdadero conflicto con las autoridades eclesiásticas cuando éstas acrecentaron sus actividades económicas o de alguna forma atentaron contra los negocios de sus élites. Ello es lógico, si se tiene en cuenta que las jurisdicciones y competencias de los cabildos y la Iglesia estaban muy delimitadas, además de ser de muy diferente condición. Los enfrentamientos entre la Audiencia y el concejo de la capital mexicana por cuestiones de protocolo o injerencias en la actividad capitular aparecen recogidos en Pazos Pazos: El ayuntamiento de la ciudad de México..., págs. 250-254. 47 Laviana Cuetos, María Luisa: "Los intentos de controlar la explotación forestal en Guayaquil: pugna entre el cabildo y el gobierno colonial", en Peset, José Luis (coord.): Ciencia, vida y espacio en Iberoamérica, Madrid, 1989, vol. II, págs. 397-413. Tomo LVII, 1, 2000 haciendas y posesiones que los frailes tenían en la ciudad y, sobre todo, en su propuesta de que los jesuitas no tuvieran "tratos ni granjería en piedra, cal y madera, y en el campo no tuvieran frailes, ni teatinos, por el perjuicio que causan a la república y el mal trato que dan a los indios". 48 En cambio, el conflicto que se planteó en Yucatán entre 1660 y 1665 fue por las tasas que percibían los franciscanos de los indios y que determinados miembros del concejo de Mérida consideraban excesivas, recomendando por ello que las doctrinas de los franciscanos fuesen entregadas a los clérigos seculares. La respuesta del obispo en favor de los religiosos y de su propia actuación consistió en denunciar los onerosos repartimientos de géneros que el gobernador y los encomenderos hacían a los indios, en los cuales participaban los alcaldes que se habían enfrentado a los franciscanos, justo en un momento en que habían asumido el gobierno provincial por muerte del gobernador. De ahí que el obispo pusiera de relieve que los alcaldes que habían informado al rey en contra de las limosnas "eran encomenderos de pueblos, cercados de parientes, amigos y compadres, porque todos eran iguales y todos encomenderos interesados por igual y se hallaban entonces con el mando superior de la provincia". Es decir, lo que en el fondo se ventilaba era los beneficios económicos que una u otra parte podían conseguir de los indígenas. 49 La conclusión que se puede extraer de los múltiples aspectos analizados es que los grupos capitulares indianos, aun dentro de su gran diversidad, constituyeron verdaderas élites de poder, tanto en el plano político como en el económico y social. Y, como tales, desarrollaron unas prácticas o mecanismos bastante homogéneos a la hora de afianzar ese poder. Hubo, sin embargo, modos formales e informales en el ejercicio de su poder. El formal o directo provendría del acceso al cabildo, por elección, compra o herencia, mientras que el informal o indirecto se ejercería a través de las redes de parentesco, de influencias o de conexiones económicas que dichas élites lograron establecer. Ambos modos, sin embargo, sirvieron a las oligarquías locales para consolidar e incrementar su riqueza y prestigio, pero sobre todo para conformar un distinguido círculo con identidad propia, capaz de hacer valer su hegemonía en todos los ámbitos de la vida municipal y hasta del gobierno provincial o regional.
Se analiza de qué manera importantes segmentos de población buscan crear sus propios espacios dentro de la estructura global y las disputas entre los miembros, las alianzas sectoriales y/o coyunturales provocan distintos tipos de conflictos en un siglo que hasta ahora ha sido considerado como el siglo donde tuvo un relativo éxito el llamado "pacto colonial". Se señala la existencia de conflictos a causa de la explotación colonial del indígena, pero también aquellos que se suscitan entre agentes del sector español que buscan alianzas muy diversas y que son emergentes de la gran movilidad social. El siglo XVII encierra en su seno todos los síntomas del desarrollo de la colonización, pero también todos los de su disolución. En él están presentes la totalidad de los actores sociales que tendrán pleno protagonismo en la colonia, y las relaciones que se entablan entre ellos reflejan un amplio abanico de situaciones, que van desde las más cerradas lealtades y alianzas hasta los conflictos abiertos y envueltos en violencia. Conflictos, en sus diversas versiones, que reflejan el descontento por la coerción colonial en el caso de los indígenas, pero también, entre los residentes de origen español por la dependencia de un poder extracontinental, a lo que se suma la lucha de los individuos y/o grupos por la obtención de los recursos económicos y la conquista de los espacios sociales y de poder. Para comenzar debemos considerar las relaciones entre indios y europeos y entre cada uno de estos grandes segmentos de la población con la Corona. Pero si nos detuviésemos aquí el esquema sería muy simple porque reproduce el ideal binario que intentó establecer el virrey Francisco de Toledo al organizar las repúblicas de indios y de españoles. Por lo tanto, conviene arrojar una mirada a la composición social del Perú en esa época, que se destaca por el número creciente de niveles de diferenciación social, la emergencia de nuevas categorías de actores, como los mestizos y los criollos, la movilidad entre estos niveles y aún los cambios de identidad y las formas de representación de esas identidades en relación con las prácticas concretas dentro del contexto colonial. El proyecto toledano en algún sentido reproduce el esquema que la teología católica acepta por esos años para clasificar a la humanidad. El mundo estaba dividido entre ricos y pobres y ese era el designio de Dios. A cada individuo Dios le había asignado una plaza y cada uno tenía la obligación de responder a los deberes de su estado social.1 La equidad divina proveía a cada uno de lo necesario a su condición y las diferencias así establecidas garantizaban que los ricos y poderosos gobernasen y los pobres obedecieran. De esa manera el orden social se encontraba asegurado. Este esquema binario entró en crisis cuando en Europa emerge la burguesía, que no tenía un espacio claramente definido. Para colmo esta burguesía cuestiona el orden divino aceptado tanto por jansenistas como por jesuitas, o en términos más generales, rigoristas y probabilistas, las dos principales corrientes del pensamiento teológico y moral del siglo XVII. Jansenistas y jesuitas fueron construyendo distintos tipos de respuestas para enfrentar ese proceso de complicación social, pero esto no disminuía la importancia del desconcierto inicial. Un proceso semejante se desarrolla en América en general, y en el mundo andino en particular en lo que respecta a la relación entre españoles dominantes e indios sometidos, los que por serlo, ocupan el lugar inferior de la escala social. Se los considera, en el mejor de los casos, como niños que deben ser lentamente incorporados a la civilización y por lo tanto necesitan del patronazgo de los nuevos dueños de la tierra, o sea, de sus conquistadores. Sin embargo, esta bipolaridad se revela irreal a poco de andar. El espacio ultramarino se fue poblando de nuevos agentes de distinta condición social; además, nuevos y viejos agentes renovaban constantemente las formas de vinculación entre ellos y con el aparato burocrático de control colonial. La oscilante y superpuesta legislación de Indias refleja esos vaivenes, corre detrás de las nuevas prácticas que se implementan cada día, tratando de no perder el control, pero el pesado aparato burocrático y jurídico siem-pre deja resquicios, y muchos, para burlar los principios y la aplicación del cuerpo legal. En el amplio espacio del virreinato del Perú, el panorama de la población indígena puede ser clasificado como de multietnicidad, multilingüismo y multiculturalismo. Tampoco pueden ignorarse las jerarquizaciones internas de estos grupos, que se fueron reconstruyendo bajo las circunstancias de la colonización, ni la existencia de una élite de ascendencia real incaica que conservaba privilegios y poder simbólico, aunque no efectivo, pero que continuaba siendo vigilada por las autoridades y que era buscada por muchos disidentes para entablar alianzas con ellos, tras el utópico ideal de emancipación o de restauración del antiguo imperio. La república de españoles imaginada por Toledo no parece haber contemplado las diferencias internas en este estrato social. Por lo menos no con la variedad de escalones que se fueron abriendo a lo largo del tiempo. En el documento elaborado por los comisarios reales de la perpetuidad de la encomienda y sus asesores locales en la década de 1560-70,2 se expresa la necesidad de que se mantenga un flujo constante de nuevos españoles para evitar que los de residencia más antigua, o sus hijos, se fueran desvinculando de España y de sus orígenes. Vieron con gran clarividencia los peligros de emancipación que entrañaba esta desvinculación, argumentación que se renueva en el siglo XVII. 3 Ahora bien, la migración continua fue creando diferencias y mecanismos de inclusión y exclusión que provocaban un aumento de los estratos internos del estamento de origen europeo. Los nuevos inmigrantes debían buscar un lugar en el espectro colonial. Lockhart distingue en primer lugar a los ya instalados y luego a aquéllos que venían como parte de las redes familiares, "los sobrinos", o los paisanos, 4 que llegaban con una base firme para iniciar sus nuevas vidas en la colonia, en un movimiento de inclusión que a lo largo del tiempo podía producir desprendimientos y procesos paralelos de exclusión. Lockhart los diferencia de aquellos otros que carecían de apoyos locales y que debieron ocupar un lugar netamente marginal dentro de la estructura social y económica. Se debe considerar, por lo tanto, la proximidad del parentesco, las condiciones familiares y, para el caso de las sucesivas oleadas de inmigrantes, las oportunidades existentes en el momento de su llegada, las coyunturas políticas y, sin duda, la capacidad de los individuos para introducirse en las redes económico-sociales, o para iniciar nuevas aventuras de conquista, si los espacios disponibles no se correspondían con sus aspiraciones y expectativas. En los escalones más bajos de la jerarquía se encontraban muchos de éstos últimos que se desplazaban entre las ciudades y haciendas buscando oportunidades y a quienes las autoridades denominaron "vagabundos". Se consideraba que era sumamente peligroso que hubiese personas sin status claro y sin funciones específicas. Conviene preguntarse, entonces, cuáles eran las razones de tanta alarma en términos del "interés general". La respuesta está en los mismos documentos de la época, porque una persona que no lograba adaptarse al sistema podía querer alterarlo u obtener el rango al que aspiraba por medios subversivos. Es el caso, como veremos, de Pedro Bohorques, que era uno de esos españoles marginales. Como lo señalaba el virrey príncipe de Esquilache a principios del siglo XVII, estos individuos podían entablar alianzas peligrosas y provocar sediciones. Lo que he llamado las alianzas "espurias" fueron siempre consideradas como extremadamente perniciosas para la salud política de los reinos de ultramar. Aunque éstos se consideraron españoles de pleno derecho debieron soportar, con demasiada frecuencia, que se obstaculizaran sus aspiraciones a participar en los puestos más altos de las jerarquías estatales. Las rivalidades entre criollos y peninsulares provocaron no pocos conflictos, incluso en las 4 Lockhart, James: "Organización y cambio social en la América española colonial", en L. Bethell (ed.), Historia de América Latina, Barcelona, 1990. ANA MARÍA LORANDI órdenes religiosas, como ha demostrado Bernard Lavallé en numerosos trabajos. 5 La mayoría de los criollos jamás viajaron a la Península, y fueron construyendo un conjunto de representaciones sociales y políticas hechas a la medida de sus vidas cotidianas en estos reinos de ultramar. Las realidades cotidianas y los intereses personales y familiares se priorizaron frente al interés metropolitano. Se fue constituyendo así una conciencia más ligada a la residencia que al origen familiar. Por supuesto esto debe ser considerado con extrema prudencia y con variados matices, porque depende de la personalidad, del self que cada historia de vida haya modelado en los individuos. A medida que el tiempo transcurría, el problema del criollismo fue tomando un cariz más crítico. Sucesivas generaciones de criollos fueron poblando los amplios territorios, muchos de conquista más reciente, y adquiriendo posiciones políticas de relevancia. La distancia ideológica con la metrópolis aumentaba a medida que aumentaba la cantidad de generaciones. Sin embargo, este proceso encontró sus límites en los matrimonios con los "españoles nuevos", que además podían aportar capital fresco que revitalizaba las alicaídas economías familiares de antigua raigambre local. En este sentido, las recomendaciones del informe de los comisarios de la perpetuidad, a las que ya aludimos, se cumplieron en buena medida. Las nuevas oleadas de inmigrantes renovaban los vínculos con la metrópolis impidiendo un desgajamiento prematuro. No obstante, el proceso de consolidación de los criollos en las capas intermedias y semi-altas de la burocracia estatal se afirma en este maduro siglo XVII. El primer resultado del "encuentro" de españoles y naturales culmina en la aparición del mestizo. Hay escasa legislación para ellos. Tan solo algunos intentos de limitarles los espacios sociales en los que pueden cir-cular. Pero la variedad de situaciones en las que nacen y viven estos mestizos hace casi imposible fijarlos en un espacio acotado claramente definido. Todos sabemos que los hijos mestizos de los primeros conquistadores y encomenderos fueron en muchas ocasiones sus herederos legítimos y que con el tiempo se fue borrando todo estigma social. El proceso de mestizaje no se detuvo nunca, y la condición social del mestizo dependía fundamentalmente del espacio que su padre le otorgase y de las circunstancias específicas de su nacimiento. Si los hijos quedaban viviendo en las comunidades de sus madres, podían ser considerados incluso tributarios, o sea que eran asimilados al origen materno. Si las uniones se realizaban entre hidalgos o encomenderos con mujeres del servicio doméstico, el lugar que se reservaba al hijo dependía del afecto que el padre sintiera por él o de la situación general en la que se encontraba el padre en el seno de su familia legítima. Pudo ser reconocido, o no serlo;6 pudo recibir una parte de herencia, aunque fuera por donación especial; o quedar relegado a la condición de criado doméstico. Cada caso tiene una resolución particular y, cuando un mismo padre tuvo varios hijos mestizos, cada uno de ellos quedó sujeto a un destino diferente. En una posición intermedia se encontraban los mestizos producto de uniones de españoles pobres o de condición subalterna. Estas situaciones eran más frecuentes en el medio urbano y los hijos de estas uniones tendrán espacios en los servicios, el comercio y las artesanías. En el medio rural estarán especialmente ligados a la hacienda, pero también a la minería. La condición de los mestizos está siendo revisada últimamente por Nicanor Domínguez a la luz de estas variables "situacionales" e históricas. 7 Destaca que este mestizaje histórico-cultural comienza desde el momento en que se produce el desarraigo de los indios de sus comunidades de origen. Según los casos, abandonan los signos específicos de su vestimenta y tratan de mimetizarse con los españoles. Adoptan oficios urbanos, o por el solo hecho de contratarse libremente, con jornales previamente pactados con los mineros que no recibían servicio de mitas, pudieron cambiar su condición fiscal y en algunos casos desprenderse de su adscripción étnica. Más allá del indudable proceso de mixtión, el mestizo es un producto cultural. El trasfondo de los conflictos Las contradicciones legales, la distancia a la metrópolis, la coacción sobre los indígenas y el flujo constante de interés que enfrentaban a los actores sociales por el control de bienes y recursos, se encuentran entre los factores que causaron las tensiones y los conflictos. Mi hipótesis es que la heterogeneidad de una sociedad compuesta por tantos segmentos étnicos y diferenciaciones sociales, y tantas historias de vida diferentes, generaron contradicciones insolubles entre sectores e individuos, y favorecieron el clima de permanente inestabilidad y conflicto que distingue al Virreinato Como consecuencia, el perfil predominante de la sociedad colonial estará dado por la tensión permanente entre la búsqueda de status y poder (incluyendo la opresión sobre los indígenas) y el peligro de la anarquía y la disolución. De ahí que la independencia, que se gesta tan tempranamente en la historia colonial, tarde tres siglos en ver la luz. Por eso también se considera que el siglo XVII fue un siglo de paz. Al observar los conflictos locales o reducir la escala del análisis, siguiendo los principios de la microhistoria, se pueden observar las disputas que se manifiestan en los distintos campos sociales.8 Los conflictos en el siglo XVII Por cierto que los conflictos aparecieron muy pronto en el virreinato del Perú (entre 1535-1548), sobre todo por las cruentas guerras civiles. Es un error considerar que las causas que provocaron estos enfrentamientos simplemente desaparecieron del mapa regional con el orden impuesto por Toledo. Por el contrario, continuaron latentes, y cualquier detonante era bueno para justificar alguna forma de resistencia, activa o pasiva. Puedo sintetizar diciendo que en ese caldo de cultivo de las contradicciones se pueden observar diversos tipos de síntomas que se revelaron a partir de conductas desviadas o intolerables para las autoridades, o bien, directamente en conflictos abiertos. En esta categoría incluyo a todas las formas de alianza entre individuos o grupos de origen español y los indígenas, cualquiera que sea la condición de éstos últimos, y que resultaban parcial o totalmente inaceptables para las autoridades coloniales. Como lo explica Luis Miguel Glave, el siglo XVII se despierta con síntomas de levantamientos de este tipo. Unos meses antes, en abril de 1599, el relator Juan Díaz de Ortiz, aliado con otros españoles (¿o criollos?) 9 prepara un motín con el objetivo de alzarse con la Hacienda del Rey y de otros particulares que bajaba hacia Arica para ser enviada a España. Ortíz ya había tenido actuación en Cochabamba protegiendo a los indios contra diversos abusos. Aunque trataron de hacer pasar este caso como un simple hecho delictivo, es evidente que una determinación tan drástica como alzarse con las cajas reales debía tener un propósito de más largo alcance. El otro caso documentado por Glave en la obra citada es el de don García de Solís Portocarrero que fue ejecutado en la ciudad de Huamanga, acusado de complot contra el Rey, en alianza con Melchor Carlos Inga, a quien se le permitió pasar a España. Pero García y un cómplice fueron ajusticiados en 1601. La idea de restaurar el Imperio del Sol no era nueva en este siglo. Fray Francisco de la Cruz fue ejecutado por el virrey Toledo en 1578 bajo la misma acusación. Y no es el único antecedente. Como lo desarrolla en detalle David Brading en Orbe Indiano 10 muchos religiosos en sus crónicas y memoriales hicieron una encendida apología de los indios, criticaron duramente los abusos a los que les sometían los españoles y defendieron el derecho de los criollos a ocupar cargos de importancia en la burocracia de los reinos americanos. Sin embargo, Brading no deja de observar las contradicciones en las que a veces incurrían esos mismos autores al elogiar a la vez a los incas y a sus conquistadores. Entre ellos se encuentran, por ejemplo, el agustino Antonio de la Calancha y el franciscano fray Buenaventura de Salinas y Córdoba, a quien Santisteban Ochoa titula como un "precursor de la Independencia en el siglo XVII". 10 Brading, David: El Orbe Indiano. Citada por Santisteban Ochoa: "Documentos para la historia del Cuzco", Revista del Archivo Histórico del Cuzco, 2, Cuzco, 1963, págs 21-23. ANA MARÍA LORANDI Otros casos fueron la búsqueda directa de alianzas con los caciques o con los restos de incas refugiados en la selva, que ilustraremos con las gestas del andaluz Pedro Bohorques, 12 o del mestizo Ramírez Carlos. Las aventuras del artesano mestizo Diego Ramírez Carlos son menos conocidas y merecen un párrafo más extenso. Hay dos versiones sobre los sucesos que involucran a este personaje. La del propio actor, que trata de hacer valer sus méritos en la conversión de los infieles, y la del fraile franciscano Gregorio de Bolívar que participa de las "entradas" a los chunchos junto con Ramírez Carlos y que intenta, a su vez, borrar los efectos de lo que pudo ser, de alguna manera, otro caso de "alianza espuria". El Memorial y Relación del padre Bolívar resume los hechos sustanciales de este caso. 13 Contiene además una extensa y muy detallada descripción geográfico-etnográfica de la región de los chunchos. Según fray Gregorio Bolívar, había conocido a Ramírez Carlos en La Plata. Era un "oficial de labrar arpas y guitarras" y parece haber sido un músico excelente, con especiales dotes de seducción. 14 En 1620 Ramírez Carlos visita a Bolívar en La Paz, porque conocía su interés por la conversión de los chunchos, y le invita a buscar un grupo de incas refugiados en la selva que podrían ayudarles en la evangelización de los infieles. Le expresa que éstos están dispuestos a aceptar la nueva religión y la autoridad del Rey. Con provisión favorable del virrey, el fraile acepta acompañarle en esta aventura. Pero pronto asoman desacuerdos entre ambos, en particular cuando no pueden encontrar a los supuestos incas y Ramírez Carlos se muestra incapaz de señalar un rumbo certero para localizarlos. El segundo inconveniente se produce cuando fray Gregorio descubre que su compañero dice ser hijo de Melchor Carlos Inca, nieto a su vez de Paullo Inca y bisnieto de Wayna Cápac. Ramírez Carlos hace anunciar su llegada a los pueblos por un sirviente mulato que tocaba un clarín y se hace venerar como Inca, para lo cual estaba provisto de las vestimentas que así lo representan. 15 Bolívar trataba a veces de desenmascararlo, pero Ramírez reaccionaba diciendo que el fraile quería que entrasen españoles para escla-12 Lorandi, Ana María: De Quimeras, rebeliones y utopías. Según el fraile, Diego Ramírez Carlos era hijo de una mestiza del pueblo de Colquemarca en territorio de los Carangas y de un cierto clérigo llamado "fulano" Ramírez. En una ocasión Ramírez Carlos le regaló a un cacique un traje inca de cumbi (telas muy finas, usados solo por determinados personajes y en ceremonias). MOVILIDAD SOCIAL Y CONFLICTOS EN LOS ANDES, SIGLO XVII vizarlos y que sólo él decía la verdad; que traía la conversión pero que no serían sometidos ni obligados a trabajar para los españoles. Nunca aclara sus verdaderas intenciones, pero en las entrelíneas del relato del fraile Bolívar se puede leer que Ramírez propiciaba la formación de un Estado cristiano pero independiente del gobierno de los españoles. Así pasó más de un año entre disputas e intrigas, sin que el padre Bolívar lograra verdaderas conversiones y sin que aparecieran los supuestos incas refugiados. Al final, convencieron a unos indios para que fuesen a la ciudad de La Paz con el propósito de que conociesen la forma de vida españolas, quedando fray Gregorio Bolívar como rehén hasta que regresaran. Ramírez Carlos, que acompañaba a la misión que subía a la sierra, los presenta como caciques y principales de grandes señoríos, que venían a dar la paz y obediencia al Rey, por lo cual las autoridades civiles y eclesiásticas de La Paz los recibieron con toda pompa y deferencia. El franciscano negará después que se tratase de caciques, admitiendo tan sólo que eran indios del común que exploraban las posibilidades de iniciar "rescates" con los pueblos de españoles. De regreso a la selva Ramírez Carlos vuelve a reunirse con el religioso quien, mientras tanto, había entablado sus propias relaciones, no siempre del todo cordiales, con los indios. Ramírez se "amanceba" con la hija de un cacique, quien le autoriza a que un hijo suyo le acompañe hasta Lima, donde solicita apoyo del virrey. Sale de la selva llevando cartas del fraile que nunca entrega e intriga en cambio en su propio favor. En determinado momento, Bolívar regresa e inicia tentativas para que la conversión la continuasen otras órdenes, pero en definitiva nada se hace. Ramírez Carlos aparentemente se había instalado en Potosí, "aunque pocos días ha me dijeron que era muerto" dice fray Gregorio; o sea poco antes de 1628, que es la fecha de su Memorial y Relación. La contra-versión de esta historia, en el testimonio de Diego Ramírez Carlos, oculta expresamente toda relación de su persona con la monarquía incaica. 16 Por el contrario, relata que hizo esta entrada, que fue bien recibido por los indios y que expresaron su conformidad de aceptar la autoridad real, siempre que no se les obligase a servicio personal "ni otro encomendero sino la real Persona de Su Magestad". Ramírez Carlos le dice al Rey que Bolívar va cumpliendo su misión y que entre ambos consiguieron que caciques y gobernadores de muchos e importantes pueblos fueran a dar su obediencia a La Paz. Le da cuenta al Rey de que el virrey príncipe de Esquilache, que estaba para regresar a España y llevaría su carta, había sido padrino de bautismo del hijo del cacique que le había acompañado. Por todo ello pide mercedes y ayuda porque hasta el momento todo lo había hecho a costa de su propia hacienda. Es evidente que Ramírez Carlos no logra el apoyo que esperaba y no hace nuevas entradas, o al menos no he encontrado constancia de ello. El caso de Pedro Bohorques será expuesto muy brevemente, dado que recientemente he publicado un libro sobre este personaje. 17 De origen andaluz, llega al Perú hacia el año 1620 y se casa con la hija de un mulato y de una indígena, yendo a vivir a la comunidad de la madre de su esposa. Es el típico personaje vagabundo y desclasado sobre quien alertaban los virreyes Luis de Velasco en 1601 y el príncipe de Esquilache en 1618, y que lo coloca en un lugar de sospecha a los ojos de sus compatriotas. Años después (en la década de 1630) emprende largos recorridos por la sierra, informándose sobre dos tópicos esenciales que otorgan sentido a sus acciones posteriores: por un lado los mitos de Inkarrí y los debates jurídicos de los nobles incas para conservar sus preeminencias en la colonia, sumado a la historia de los reyes incas en tiempos prehispánicos, y por el otro recoge los mitos sobre el Dorado, en particular el Paytiti, localizado entre otros lugares en los llanos de Moxos en Bolivia. Sus aspiraciones de ascenso social y de heroicidad medieval como vehículo para obtener su anhelado espacio de privilegio, sumados a una personalidad fabuladora, pero a la vez capaz de asumir los riesgos de la aventura, lo impulsan a buscar el Paytiti mediante diversas entradas a la selva, asumiendo el rol de descendiente de los incas. Durante la última de estas entradas, en 1649-50, para la que finalmente cuenta con una autorización oficial, tiene por objetivo más inmediato el descubrimiento del Cerro de la Sal. Se introduce en las misiones dominicas en la región de Quimiri, al Este de Tarma, y asegura que fundó una ciudad gobernada por un cabildo integrado por los hombres de su hueste, y que ha repartido tierras que pobló con ganado. Ganado robado en las estancias de la frontera de Tarma lo que provocó la reacción de las autoridades y su apresamiento. En este episodio se puede observar el sincretismo que asume Bohorques: la unión de un antiguo imperio con los privilegios de un conquistador, colonizador y fundador de ciudades. El memorial que da cuenta de esta historia revela la intención preformativa de su discurso. Asegurando haber encontrado un reino fabuloso, se convence a sí mismo de que éste existe e informando sobre sus conquistas y fundaciones se ve a sí mismo con los atributos y destinos reservados a los grandes de la colonia. El espacio simbólico que construyen estas alianzas "espurias" alienta a la aventura; no importa cuán terribles sean los peligros físicos, políticos o sociales que se deban enfrentar. Enviado al fuerte de Valdivia chileno, cumple seis años de prisión y luego huye hacia los valles Calchaquíes. Valles que conservaban aún su autonomía a mediados del siglo XVII a pesar de los reiterados pero infructuosos esfuerzos de las autoridades provinciales por conquistarlos. En el trayecto se aloja en las estancias criollas contando sus aventuras y mostrando un mapa del Paytiti que, según su relato, había dejado bajo el gobierno de uno de sus hijos. Promete riquezas y logra conquistar, con su indudable carisma, las voluntades de quienes le hospedan. Una vez en el valle Calchaquí es recibido como rey Inca, y ocupa el vacante liderazgo de la resistencia que sus pobladores han sostenido con éxito durante más de un siglo. Su estrategia consiste en negociar con el gobernador del Tucumán, don Alonso Mercado y Villacorta, prometiendo que su nuevo estatus le permitirá obtener los secretos sobre minas y tesoros que los indígenas ocultan celosamente y que en el imaginario local son las causas de tan enconada y prolongada resistencia. Bohorques y el gobernador acuerdan un encuentro en un lugar neutral, fuera del valle, en un pueblo llamado Pomán. El gobernador invita a participar en esta reunión a los vecinos más notables de La Rioja y Catamarca y Bohorques llega acompañado de los caciques del valle Calchaquí. Durante el encuentro se alternan las reuniones con las fiestas, creando un clima de solemnidad farandulesca para escenificar el drama que allí todos representan. Bohorques obtiene el nombramiento de capitán general y justicia mayor para imponer su autoridad en los valles rebeldes y por otro lado una formal autorización para utilizar el título de Inca. Se le otorga una extensa jurisdicción para que, bajo su prestigio de Inca, pueda descubrir las minas incluso de fuera del valle. A cambio promete también impedir que en lo sucesivo el valle Calchaquí continúe siendo un área de refugio para los que escapaban de las encomiendas. Con su autoridad debe convencer a los indios para que cumpliesen con las mitas a sus encomenderos y con ayuda de los padres de las dos misiones jesuitas que habían logrado instalarse en el valle, colaborar con su conquista definitiva por medios pacíficos. Al conocer estos acuerdos, el virrey desautorizó al gobernador ordenándole con severidad que apresase a Bohorques, reprochándole que le hu-ANA MARÍA LORANDI Anuario de Estudios Americanos biese permitido fuese considerado como Inca. Este era el principal argumento del virrey, que no admitía que hubiese negociado la conquista de los rebeldes calchalquíes por un camino tan "torcido". Bohorques permaneció en la región durante casi dos años, durante los cuales hubo un permanente juego del ratón y el gato con el gobernador, que no acertó a encontrar el medio de eliminarlo. La tensión creció en la región y los preparativos de ataque culminaron con un combate en el que Bohorques y sus indios fueron derrotados, tras lo cual y por exigencia del sedicioso, un oidor de la Audiencia de Charcas se desplazaron hasta el Tucumán para negociar su rendición y traslado a Lima. Ambas cosas se efectuaron en 1659, bajo la promesa de un indulto general que luego las autoridades no respetaron. Al llegar a Lima fue encarcelado y se inició un largo proceso. Casi ocho años después, en enero de 1667, fue ejecutado bajo la acusación de conspiración con los curacas de la región de Lima para provocar una gran rebelión, cuyas particularidades expondremos más adelante. Podemos ver el caso de Bohorques a través de la óptica de la época, expresada en las palabras del historiador jesuita Pedro Lozano: "Así terminó la pertinacia de este hombre, que aspiró ambicioso a no menor empresa que la de coronarse rey de las Indias. Este paradero tuvieron sus raras astucias y marañas, dirigidas todas al valer más, y ser más, pero erró el medio que fue fingirse indio cuando los indios son en Indias los que menos valen. ¡Raro capricho el de este hombre!". 18 Estoy convencida de que a medida que el tiempo transcurría, Pedro Bohorques se fue consustanciando cada vez más con los objetivos y principios de liberación del indígena, que incorporaba a su discurso. En el último período asume totalmente la causa de los indios y se juega la vida por ellos. Las palabras del virrey Alba de Liste son muy ilustrativas del sentimiento de los españoles hacia este tipo de alianzas "espurias". Dice que Bohorques es un hombre "que no tiene lugar en el mundo". Para completar los comentarios sobre este tipo de relaciones "espurias", quiero destacar los interesantes datos que Miguel Glave aporta en su último libro, acerca de muchos agentes españoles que entablaron alianzas con los indígenas o que apoyaron sus pretensiones políticas y podrían ser incluidas bajo el mencionado título. Son esos pequeños datos, que se mul-tiplican en la literatura acerca de todas las regiones del virreinato, los que muestran las contradicciones del sistema, porque estos agentes se enfrentan con los intereses y prácticas, muchas veces corruptas, tanto de particulares como de funcionarios. Y esto sin hablar de facción de los grupos familiares y de las redes económicas y las constantes disputas por los espacios de poder que alimentan ese clima de cotidiana inestabilidad social. No los puedo desarrollar por falta de espacio, pero lo quiero destacar especialmente, porque constituyen una clave, a mi criterio, para dibujar un perfil diferente de la situación social del siglo XVII. Un perfil menos complaciente de esa sociedad heterogénea que tiene grandes dificultades para construir su destino. En el siglo XVII hubo diversos conatos de levantamientos indígenas a veces con el declarado propósito de matar a todos los españoles para recuperar la autonomía política. En general fueron rápidamente desbaratados, aunque en mi opinión merecerían ser reinvestigados con mayor atención, dentro del planteamiento que he expuesto en el párrafo anterior. Los indios consideran que los abusos de las autoridades, de los encomenderos y en general de los agentes coloniales vulneran constantemente sus derechos y extreman las condiciones de opresión a las que son sometidos. Se defienden con un Todas las ciudades deberían ser atacadas simultáneamente el día de Corpus Christi. 21 Empero esta conspiración es desbaratada y el corregidor de La Paz, según Saignes, ordena silenciar todo este asunto. Es probable que la convocatoria a indígenas de tan diferentes estructuras de poder y con un objetivo tan ambicioso haya hecho imposible que finalmente se concretara la rebelión. En 1623 un alzamiento indígena en Songo (un pueblo de cultivadores de coca en las yungas de La Paz) 22 progresa en cuanto a la organización de los indígenas. Exasperados por los abusos a los que son sometidos, matan al corregidor y a varios españoles y mestizos. En este caso, también se establecen alianzas con pueblos del altiplano, como los lupacas de Chucuito y "otros comarcanos". La estrategia es similar a la de la conspiración de diez años antes: matar a los españoles y luego refugiarse en la selva. Los preparativos de la rebelión y la actitud disidente se prolongan por un año. Los sublevados preparan cuevas en los alrededores de La Paz para esconderse y almacenar provisiones y armas. En particular los del Collao debían atrincherarse en un antiguo fuerte en Tiwanaku. Tres frailes franciscanos sirven de enlace y consiguen desarmar la conspiración, que de todas formas culmina con la ejecución de seis caciques, incluido el líder Gabriel Huaynaquile. En la zona de La Paz la inquietud se renueva en 1644. Se repiten las mismas consignas -matar a los españoles y huir-y las mismas alianzas interétnicas, aunque en este caso llegan a la acción armada matando a un representante del corregidor. Empero, en esta ocasión el propio cacique logra apaciguarlos. Los indios de Ochusuma y Iruito (grupos del tronco uru; pescadores del lago Titicaca, que a diferencia de otros urus no estaban aymarizados) inician acciones de bandolerismo organizado. Entre 1632-33 atacan varios poblados aymaras, incluso la iglesia de San Andrés de Machaca, donde maltratan imágenes de la Virgen y del Niño Jesús. 23 Afirman que ellos no eran cristianos y que no obedecerían al Rey. En un primer intento de represión son ejecutados varios de ellos, incluso su jefe. Pero esto no los amila-21 Saignes, Thierry: "Algún día todo se andará. Los movimientos étnicos en Charcas (siglo XVII)". 23 Calancha Antonio de la, y Bernardo de Torres: Crónicas agustinas del Perú, Tomo I, Madrid, 1972; Wachtel, Nathan: Le Retour des Ancêtres. Tomo LVII, 1, 2000 na; nombran en seguida un sustituto, recuperan las cabezas de los ejecutados y reinician los ataques. Los mismos aymaras intentan reducirlos, apoyados en una ocasión por Juan Recio de León, que comandó 100 balsas de totora aportadas por los pacajes y lupacas y entró "a fuego y pólvora, quemando las islas y reduciendo a los rebeldes que no bajaban de 300", 24 aunque estos éxitos parciales no anulaban la capacidad de estos urus de organizarse en otras zonas. En un momento los Ochusumas buscan una alianza con otros grupos urus del Titicaca y del Desaguadero e incluso los del lago Poopó. Los ataques a poblados indígenas y el bandolerismo rural se prolongan hasta finales del siglo XVII. Este caso muestra algunas aristas diferentes. Es la forma menos orgánica de rebelión. El bandolerismo responde a objetivos más inmediatos, menos utópicos. Como lo señalan Aguirre y Walker, 25 el bandolerismo ha sido interpretado desde diversas versiones teóricas. La más difundida, siguiendo las propuestas de Eric Hobsbawn, considera que estos movimientos o acciones criminales responden directamente a problemas sociales y de clases; es lo que se ha llamado el bandolerismo social. Otra vertiente prefiere explicarlos como delitos comunes de los marginados de la distribución de la riqueza. Recordemos que los urus eran los marginados de los marginados. Wachtel ha explicado en detalle el proceso de diferenciación interna de los urus a partir de la aymarización de algunos, forzada o voluntaria, y el arrinconamiento de otros en las islas lacustres del Titicaca y del Poopó, que rechazaron su incorporación o mimetización con los aymaras. Lo cierto es que, al ocupar el lugar más bajo en la escala social, son los mismos grupos aymaras, como los pacajes y lupacas, los que los combaten, porque son los más perjudicados. O sea, los urus están atacando predominantemente a sus enemigos sociales más inmediatos, con el único recurso disponible en el estado de marginación en el que se encuentran. En el centro del Perú se producen también diversos intentos de rebeliones, generalmente abortadas. En abril de 1633, el virrey conde de Santisteban ordena al oidor licenciado don Fernando de Velasco y Gamboa que se dirigiera a la provincia de Cajatambo para intervenir en un levantamiento de los indios del obraje de Churín. Estos se habían rebelado a causa de los malos tratos que se les infería en el obraje. En agosto del mismo año, 24 Glave: De Rosa y espinas..., pág. 95. 25 Aguirre, Carlos y Charles Walker: Bandoleros, abigeos y montoneros. Criminalidad y violencia en el Perú, siglo XVIII-XX, Lima, 1990. Anuario de Estudios Americanos unos 600 indios armados y con pinturas de guerra atacaron la casa del oidor al grito de "mueran todos los españoles porque la tierra es nuestra". 26 El oidor salvó a duras penas su vida, pero luego logró reducirlos, ejecutando a ocho de los principales conjurados. En los últimos meses del 1666 se recibe la denuncia de que se preparaba una gran conjuración de los curacas de Lima unidos a otros de las sierras vecinas y del sur del Perú. La denuncia provenía del gobernador de los indios de la provincia de Cajamarca llamado Diego Lobo, e informaba que "...los de la capital debían alzarse en víspera de Reyes..". 27 A causa de rencillas internas entre los conjurados, Lobo los delató al protector de naturales don Diego de León Pinelo. En otras versiones la conspiración es descubierta por comentarios hechos en un velorio, en el que se encontraban varios alcaldes de las parroquias indígenas, donde se afirma que "dentro de pocos días se avían de acabar todos los españoles y avían de quedar solos los yndios porque los avían de matar a todos...". 28 Por primera vez en el siglo XVII un movimiento indígena se sustenta en el retorno del Inca y en pos de ese objetivo los curacas comienzan a organizarse colectivamente en una actitud ya no reivindicativa sino revolucionaria, puesto que pensaban incendiar Lima, "soltar el agua de la acequia grande de Santa Clara" 29 y masacrar a los españoles. Ese mismo día hubo tres temblores en Lima donde el líder del movimiento fue Gabriel Manco Cápac, un curaca que había logrado convocar a otras autoridades andinas de la sierra central. La noche del 31 de diciembre se tienen noticias de una concentración de 3.000 indios en la sierra y se envía un destacamento de 300 hombres a desbaratarlos. Se dice que preparan el ataque para la víspera de Reyes, pero no pueden localizar a los conjurados. Manco Cápac logra huir a Jauja donde continúa tejiendo alianzas con los de las provincias de Yauyos y Huarochirí para proseguir la rebelión, preparada para atacar lugares habitados por españoles el día 2 de marzo de 1667. 30 Este movimiento alerta a las autoridades, que al año siguiente inician una averiguación sobre su extensión y características, aunque pronto comprobarán que la organización era por lo menos incipiente, dado que sólo pudieron encontrar tres hondas en manos de los supuestos conjurados. Los indios pretendían tomar el poder y se les acusa de haber hecho labrar insignias "de las que usaba el Inga" y otra planchita con las armas que el Rey les había otorgado a los cañaris del valle y que las usaron en tiempos de guerras y cuando acompañan al corregidor. 31 No se trata entonces de una simple revuelta para aliviar las condiciones opresivas del modelo colonial. La propuesta incluye directamente un reemplazo de los titulares del poder. En la matanza participarían también los mulatos y los negros. La propuesta incluía además la exterminación de los españoles, religiosos y mestizos. En la averiguación se involucra a los hijos del curaca de Quispicanchis. Se llamaban Juan y Pedro Atacuallpa y habían viajado a Lima a litigar, pretendiendo que se les reconocieran los privilegios propios de su condición noble, probablemente por alguna filiación Inca, como lo sugiere Pease. Sus reclamaciones están, además, vinculadas a los apremios que soportan los indios por parte de los corregidores y a los abusos que se cometían en las mitas, o sea que una vez más encontramos mezclados los intereses individuales, los colectivos y las reivindicaciones utópicas simbolizadas por la insignia del Inca. Con motivo de la denuncia de un arriero que les acompañaba fueron interrogados acerca de sus actividades en Lima, porque el arriero "...oyó en el baratillo a los dichos hijos del curaca de Quiquixana que habían oydo que habían de herrar a los yndios y los havían de vender y que lo habían oydo junto a las Casas del Cabildo de Lima y que no saben si lo oyeron a los españoles o a yndios... fueron interrogados sobre las versiones que corrían entre los indios diciendo que los españoles... habían de herrar a los indios y los habían de vender y que lo habían oído junto a las casas del Cabildo de Lima...". 32 Todos estos discursos son similares a aquellos con los que Pedro Bohorques buscaba sumar adeptos a su causa en sus incursiones fuera del valle Calchaquí. Por cierto, no es necesario, sino más bien improbable que hayan sido inspirados por Bohorques desde la cárcel, ya que eran ideas que corrían por los Andes y que sustentaban temores y hasta revueltas en varios sitios. Es más, Pease recuerda que en los sucesos en Cajatambo se consigna el rumor que corría entre los indios de que se había dado "Cédula para 31 ACM-HEC, f. 23R, citado por Pease: "Mesianismo andino e identidad étnica...", pág. 64. que fuesen reducidos a esclavitud, quitándoles sus caciques y gobernadores". Incluso pudieron producirse temblores en Cuenca, 33 y en Quito con los disturbios provocados por el corregidor don Alonso de Arenas y Florencia Inga. 34 Por todo ello es posible que Pedro Bohorques se hubiera identificado con el programa y, por qué no, que haya visto en este movimiento la posibilidad de conseguir su liberación. Es difícil saber si tenía algún predicamento entre los indígenas de Lima y el número de curacas que podrían haber contactado desde su prisión. Lo cierto es que las autoridades consideraron que su vinculación con este movimiento era suficiente como para justificar que finalmente se pusiera en obra su postergada ejecución. De todas maneras, las fechas son un tanto inciertas. La sentencia, publicada por Lozano, tiene fecha del 3 de diciembre de 1666 y a causa de los temores que despertó la conjuración, que también le costó la vida a ocho curacas de Lima, Bohorques fue ejecutado el 3 de enero de 1667. 35 Los curacas también fueron ahorcados el día 21 de ese mes; se les cortaron las cabezas y sus cuerpos fueron hechos cuartos. El resto de los conjurados fue enviado a galeras. Revueltas y rebeliones de españoles, criollos, mestizos e indios Uno de los casos más conocido fue el de los combates entre "vicuñas y vascongados" que ensangrentaron Potosí a comienzos del siglo XVII. Estas rivalidades reflejan la competencia entre peninsulares ricos, y los criollos y andaluces (los "vicuñas"), que pretendían acceder a las ricas vetas del cerro. La competencia entre ambos grupos tuvo una historia larga y tortuosa, pero aunque el móvil económico focaliza el conflicto, la disputa por espacios de poder no estaba por cierto ajena en estas competencias, y es un buen caso para ilustrar los problemas del criollismo. llanos, como los Salcedo, vizcaínos y vascos, y el resto "naturales de estas provincias" o "criollos de este Reino", mostrando que podían existir alianzas entre peninsulares y criollos si los intereses económicos así lo aconsejaban. Gaspar Salcedo se distinguía sin embargo del resto de los de su clase por sus vestimentas provocativas, y como dice Lohmann Villena, "en su atavío traía el hábito de los que en el Perú tenían la profesión de aventureros [...} Gastaba, además de espada y daga, dos pistolas pendientes al descubierto del cinto". 41 En el bando de los rebeldes, según los discursos contenidos en distintos documentos que se ocuparon del asunto, hay "criollos del común", "gente criolla mestiza", "mestizos", "criollos y mestizos criollos", pero es notorio que no hay peninsulares. Por cierto que estas categorías no eran rígidas y había un fuerte componente de subjetividad para aplicarlas. Si bien a veces las atribuciones -como la que hace un artesano platero que es interrogado-42 fueron expresadas en términos raciales (rasgos físicos), no hay duda de que existían componentes de marginación social sumados a descontentos por exclusiones político-económicas de diverso rango, ya sean éstas permanentes o coyunturales, que incidían en los discursos clasificatorios. Nicanor Domínguez, en sus trabajos ya citados, está prestando especial atención a estos componentes étnico-sociales y culturales que intervienen en estos acontecimientos y en mi opinión su trabajo, siguiendo en parte la línea inaugurada por Acosta, promete renovar las investigaciones sobre esta rebelión. Por ejemplo, uno y otro bando incluían personas acaudaladas, pero en los escritos del bando de los Salcedo y de las autoridades, durante la primera fase de la rebelión, se hablaba de los otros en términos de "delincuentes y forajidos". El problema es complejo, y es peligroso hacer generalizaciones apresuradas. Lo que se observa es una intrincada red de factores que podían determinar el lugar que cada individuo ocupaba en esa sociedad que se caracterizaba por una gran movilidad, tanto hacia arriba como hacia abajo. Con respecto a los indígenas que participaron directa o indirectamente en esta rebelión de La Paz y de Puno, se encuentran dos situaciones diferentes: los forasteros reclutados en las minas y que fueron utilizados en los combates y los indios de comunidad. Nicanor Domínguez sostiene que muchos de los llamados mestizos eran en realidad indígenas desarraigados de sus pueblos y por lo tanto con intereses diferentes a los de comunidad. Tanto es así que los rebeldes les propusieron a los del pueblo de Zepita que los apoyasen "siguiéndoles con todos sus indios y matando a los españoles, [que] no tendrían que pagar tasas ni tributos, [y] no les mandarían nada y quedarían libres", 43 pero el curaca de Zepita rechaza la propuesta, declarándose fiel vasallo del Rey, por lo que es ejecutado por los rebeldes. El discurso de los amotinados tiene claras intenciones de rebeldía contra la autoridad y reclamo de alianza interétnica. Pero la situación resultó ser suficientemente confusa como para que fracasara. En la segunda fase, 1665-66, las motivaciones fueron similares, pero cambian las alianzas, y en opinión de Antonio Acosta, aquí es más evidente que están más ligadas a los intereses económicos que a los orígenes de cada grupo. Los anteriores aliados (en realidad aliados conyunturales) desnudan odios y rivalidades por la explotación de las vetas más ricas, que enfrentaban a vascos y vizcaínos contra andaluces. El 8 de marzo de 1666, los Salcedo al mando de 600 hombres e indios de servicio, atacan Laicacota y toman posesión del asiento minero al grito de "Muera el mal gobierno, viva el Rey y el Papa". Algunas autoridades apoyan a Salcedo, entre ellos el obispo de Arequipa, pero otras están en su contra. Del lado oficial, el temor se expresa diciendo que los rebeldes eran "mestizos y gente suelta". Los vizcaínos a su vez moteaban a los andaluces de "moriscos" y a los criollos de "gentiles". 44 O sea, la estigmatización socio-étnica que diaboliza al enemigo. El nuevo virrey conde de Lemos decidió emprender personalmente una campaña para someter a los conjurados en julio de 1668. José Salcedo, que anteriormente había sido nombrado justicia mayor del distrito de Paucarcolla, con sede en Laicacota, organizó la defensa del pueblo. Pero ante el avance de las tropas del virrey, los conjurados abandonaron la plaza. Los principales cabecillas fueron condenados y ejecutados, entre ellos el propio José Salcedo, pero su hermano Gaspar, preso en el Lima, aunque también condenado a pena capital, fue finalmente indultado por el Consejo de Indias. Además, se le permitió recuperar sus propiedades y uno de sus hijos, incluso, recibió título de marqués y el hábito de una orden militar. Por cierto, esta rebelión que comenzó como un conflicto de intereses terminó transformándose en resistencia y traición a la autoridad real. Basadre sostiene que se trata de un conflicto entre la autoridad política y el poder económico y desliza que también es una rivalidad entre la nobleza de sangre y los hombres de reciente ascenso social. Por su parte, los extensos capítulos que Lohmann Villena dedica a Laicacota también revelan que aunque las intenciones de separatismo nunca pasaron de proclamas aisladas, las intrigas y alianzas podían conducir a una franca sedición. Al finalizar la contienda, el conde de Lemos escribe al Rey diciendo que había reconquistado el Perú, porque lo había encontrado a punto de perderse. Los trabajos de Acosta y de Domínguez han puesto atención en la composición social de los actores, y en particular en la presencia de mestizos, muchos de ellos, tal vez, indios desarraigados de sus comunidades, circunstancia que obliga a mirar al revés de la trama. Como envés de algunos de los trabajos de Thierry Saignes, 46 que centró su atención en las estrategias positivas de las comunidades indígenas, esta rebelión descubre la gran masa de desarraigados (temporarios o permanentes) y mestizos que buscaban soluciones individuales haciendo frente y/o incorporándose al sistema colonial. Y que a diferencia de las comunidades que optaron en este siglo por una resistencia pasiva o diversas modalidades del así llamado "pacto colonial", las estrategias individuales podían conducir también a la rebelión contra "el mal gobierno". Las rebeliones y revueltas cuyos participantes pertenecen al sector de origen europeo y a los mestizos, merecen mayor discusión y para ello es imprescindible recurrir a las nociones de solidaridad social, ética cristiana en sus diversas interpretaciones y en general a los problemas derivados de las relaciones sociales. Más allá del aparato institucional, económico y legal en el que se encontraban insertos, lo que revelan muchos de estos conflictos es el problema de la insolidaridad social y de la moral laxa predominante en este particular contexto colonial y que lamentablemente no se manifiestan sólo en estos casos extremos de revueltas armadas. Los deba-46 Saignes: "Las etnias de Charcas frente al sistema colonial..." y "Algún día todo se andará. MOVILIDAD SOCIAL Y CONFLICTOS EN LOS ANDES, SIGLO XVII tes jurídicos, casi cotidianos, y la corrupción generalizada en todos los niveles sociales deberían ser objeto de mayor atención que la prestada hasta el momento. Hay conflictos con la Corona o intersectoriales, pero parece no haber existido un consenso social fuerte para defender los derechos y libertades comunes por encima de los individuales o de los grupos de presión. Esto no significa que el concepto de bien común estuviera ausente. En la legislación y en sinnúmero de documentos colectivos o individuales, esta preocupación se encuentra en forma reiterada. Sin embargo, no parece haber sido plenamente asumida por la población en sus prácticas políticas ni en las cotidianas. La solidaridad social era insuficiente y no apta para construir mecanismos de premios y castigos, iguales para todos, al menos al nivel de aceptación/rechazo dentro de la propia sociedad. Durkheim, 47 a diferencia de Kant que propone que las reglas constituyen un imperativo categórico, sostiene que es imposible que un acto se cumpla solo porque es ordenado, abstrayéndolo de su contenido. Es necesario que se incorpore a la sensibilidad de los individuos, que sea deseable, condición que no parece haberse cumplido si dejamos de lado los discursos y consideramos la conducta cotidiana. Lo que más sorprende, como lo he dicho en otros trabajos, 48 es que las mismas prácticas insolidarias rigen tanto en las relaciones dominante/dominado como en las horizontales entre los miembros del sector dominante. Debemos preguntarnos cuánto incide este problema en el desarrollo de una sociedad colonial disgregada sectorialmente, que se aprovechaba de la debilidad del Estado y del silencio cómplice de la Iglesia, que toleraba una vinculación con Dios más formal o ritualista que gobernada por una fe profunda y cotidianamente consciente. Al carecer de una sólida amalgama ética y de capacidad para percibir la delgadez del cemento que regulaba la convivencia, ésta fue una sociedad que no pudo defenderse, como un solo cuerpo de comunidad, de las apetencias, de las pasiones y las desviaciones de sus miembros. Y a mi juicio, la raíz de todo esto se encuentra en las dificultades para construir una identidad bien consolidada. La multietnicidad, mirada desde varios ángulos, presenta claros contrastes: indio/blanco; indio/negro; blanco/negro. Entre los peninsulares la propia ambigüedad nacida de su traumático desarraigo, con solidaridades divididas entre su país de origen y el 47 Durkheim, Emile: Sociologie et Philosophie, Paris, 1967. 48 Lorandi, Ana María "Facciones, poder y ética en el siglo XVIII", (ms) 1998. ANA MARÍA LORANDI de adopción y, finalmente, la región específica en la cual nacieron, andaluces, vascongados, extremeños, castellanos, etc. Hay diferencias en los momentos y condiciones de la emigración; el recién llegado versus el ya establecido. A esto se suma el desfase generacional peninsular/criollo que se fue acrecentando con el transcurso del tiempo. Todo confluía para que ante tanta diversidad humana, y tanta variedad de las historias individuales y familiares, ni aún en aquellas zonas con menor movilidad o más conservadoras lograran construir una identidad que permitiera desarrollar mecanismos de premios y castigos coherentes, consensuados y deseables.
el de las cofradías, si bien nos centramos en un grupo étnico, el de los negros, y en una región que desde fechas muy tempranas da cabida a una abundante población de color, como es la región centroamericana de Panamá. Las cofradías de negros, a las que, por desgracia, no se ha prestado demasiada atención hasta la fecha, constituyen un interesantísimo fenómeno religioso y social, digno de ser estudiado. Como órganos de culto y a la vez instrumentos de sociabilidad étnica, muchas de ellas admitían también entre sus filas a hermanos esclavos, lo que sirvió para mantener los vínculos entre los que ya eran libres y los que todavía seguían sometidos a la esclavitud, entre los que estaban comprometidos con el sistema y los que aún tenían sobradas razones para luchar contra él. Las cofradías de negros como vehículos de integración religiosa y cultural Las cofradías son sociedades religiosas de derecho eclesiástico, que agrupan principalmente a seglares movidos por una clara finalidad espiritual y benéfico-asistencial. En ellas siempre están presentes tres objetivos: 1. Promover la celebración del culto en honor de los titulares de la Hermandad; 2. Buscar la salvación del alma mediante una serie de prácticas religiosas, algunas colectivas, como participación en misas, rosarios, festividades o procesiones, aunque también incluyen otras prácticas individuales que son premiadas con indulgencias tras el pago de la correspondiente cuota; 3. Ejercitar la caridad asistencial entre sus miembros y especialmente entre los más necesitados. Cofradías hubo muchas y muy diversas, siendo susceptibles de ser clasificadas atendiendo a criterios muy diferentes y desde distintas perspectivas. Eso explica que no exista unanimidad por parte de los autores ni tampoco un solo arquetipo fijado y aceptado por todos. Bajo el prisma social y refiriéndose al territorio peruano, Olinda Celestino y A. Meyers estable-cen la siguiente tipología: 1. Cofradías aristocráticas de criollos y españoles (por ejemplo, La Veracruz en Lima); 2. Cofradías gremiales incluyendo como variantes cofradías elitistas (por ejemplo, los hidalgos plateros); 3. Cofradías vinculadas a grupos étnicos peninsulares (por ejemplo Los Vizcaínos); 4. Cofradías de socorros mutuos independientes de los gremios; 5. Cofradías de negros; 7. 1 Años atrás, Isidoro Moreno, en su estudio sobre las hermandades andaluzas, llegó a distinguir hasta 15 tipos teóricos o ideales, precisando que para elaborar dichos modelos había partido de tres criterios fundamentales, cuya combinación utiliza para establecer una tipología: "la forma de pertenencia, es decir el grado en que los individuos pueden elegir o no voluntariamente el pertenecer a la cofradía, lo que depende del grado real, no formal, de apertura o exclusivismo" distinguiendo así entre hermandades abiertas y cerradas; "la forma de integración de los componentes, según que éstos pertenezcan a una misma categoría social -hermandad horizontal-o a varias -hermandad vertical-y el nivel de identificación colectiva (o de integración sociocultural) que la hermandad represente y que puede ser grupal -por expresar la identidad de un gremio, etnia, clase social, sección territorial, etc. en un contexto multigrupalsemicomunal, comunal o supracomunal." 2 Además de esta disparidad de criterios a la hora de diferenciar las modalidades de cofradías existentes, tanto americanas como peninsulares, existe una amplia controversia -no resuelta aún del todo-acerca de si las cofradías, y especialmente las étnicas, fueron asociaciones voluntarias o impuestas. 3 Hace ya muchos años Gabriel Le Bras las definió como "Solidaridades Consentidas" haciendo hincapié en las notables diferencias existentes entre un ejercicio activo de la voluntad a través de la libre elección del sujeto y el consentimiento casi pasivo de la adscripción a una institución dada. 4 Respecto a las cofradías indígenas, los estudios de Celestino y Meyers no permiten conclusiones definitivas, pero sugieren que al menos en sus ini-1 Celestino, Olinda, y Albert Meyers: Las cofradías en el Perú: región central, Frankfurt/ Main, 1981, pág. 8. 2 Moreno, Isidoro: "Control político, integración ideológica e identidad étnica: El 'sistema de cargos' de las comunidades indígenas americanas como adaptación de las cofradías étnicas andaluzas", Primeras Jornadas de Andalucía y América, La Rábida, Huelva, 1981, tomo II, pág. 257. 3 Un resumen de este debate hasta 1981 en Celestino y Meyers: Las cofradías en el Perú..., págs. 8-13. Interesantes reflexiones en Foster, Georges M.: "Cofradía y compadrazgo en España e Hispanoamérica", Guatemala Indígena, 1, 1961, págs.107-135. Citado por Celestino y Meyers: Las cofradías en el Perú..., pág. 9. Anuario de Estudios Americanos cios, coincidiendo con las campañas de extirpación de idolatrías, estas asociaciones fueron instrumentadas "por el poder eclesiástico colonizador con el propósito de controlar religiosamente a los campesinos indios. De ser así, el libre albedrío del indio para pertenecer o no a la cofradía sería mínimo". 5 Andalucía daba cabida ya en la época del descubrimiento del Nuevo Mundo a una sociedad pluriétnica, de manera que no es cierto que fuera en América donde se plantee por primera vez al Estado castellano el problema de integrar y asimilar a una etnia dominada. Según diversos autores, desde el siglo XIV existen cofradías de negros en Sevilla y posteriormente se crean también en otras ciudades importantes: Cádiz, Jerez de la Frontera, Puerto de Santa María, respondiendo al tipo de hermandad que Moreno define como "grupal-horizontal-cerrada". 6 En casi todas las ciudades importantes, a uno y otro lado del Atlántico, los negros se asociaron en cofradías 7 que, a la vez que órganos de culto, fueron instrumentos de sociabilidad étnica. Muchas admitían también a esclavos, lo que sirvió para mantener los vínculos entre los que ya eran libres y los que todavía seguían sometidos a la esclavitud, entre los que estaban comprometidos con el sistema y los que aún tenían sobradas razones para luchar contra él. 6 Las hermandades andaluzas. Una aproximación desde la antropología, Sevilla, 1974, y "Control político, integración...", pág. 257. Véase también: Sancho de Sopranis, Hipólito y Juan de la Lastra y Terry: Historia de Jerez de la Frontera desde su incorporación a los dominios cristianos, tomo II, El Siglo de Oro, Jerez de la Frontera, 1964, págs. 231 y ss. En esta obra que no hemos podido, por desgracia, consultar se incluye, al parecer, una impresionante lista de las cofradías de negros que entre 1400 y 1767 funcionaron en las posesiones coloniales de Portugal y España. 8 En la Sevilla del Descubrimiento consta la participación de negros danzantes en algunas procesiones importantes, como la del Corpus; en ésta eran conocidos como "diablitos", que representaban el desorden y el pecado que el sacramento de la eucaristía venía a redimir. Según I. Moreno "están documentados al menos 21 grupos de danzantes en Sevilla, desde mediados del siglo XVI a mediados del XVII, con los expresivos nombres de Los negros, Los negros de Guinea, La cachumba de los negros, Los reyes negros o La batalla de Guinea, esta última compuesta de "ocho hombres y cuatro mujeres y un tamboril y una guitarra, los cuatro con panderetes y sonajas y los otros cuatro con atabalillos y las cuatro mujeres con sonajas y banderas". (La antigua Hermandad de los negros de Sevilla. Tomo LVII, 1, 2000 nias del culto católico, casi siempre acompañadas de música y canto y de todo un aparato teatral y solemne, muy a gusto con las tradiciones y manifestaciones culturales de indios y negros, fueron utilizadas ampliamente por los religiosos para captar la atención de ambos pueblos. En lo que se refiere al territorio objeto de nuestro estudio, anotemos esta interesante referencia sobre la labor de catequesis realizada entre los esclavos por los jesuitas en el arrabal de Santa Ana, extramuros de la ciudad de Panamá: "Allá acuden los negros bozales -escribe el padre Bernardo Recio en 1748-con sus tambores y cantinelas; y allá iban los nuestros a adoctrinarles y llevándolos en procesión cantando, concluían con la plática en la iglesia de Santa Ana". 9 La cofradía como organización religiosa, que como tantas otras cosas se había iniciado en la Península, pasó de inmediato a América donde hasta cierto punto suplantó con notable éxito -según Robert Ricard-a las antiguas fiestas paganas. 10 En efecto, la Iglesia hizo todo cuanto pudo para conseguir que los negros, al igual que españoles e indios, formaran sus cofradías y hermandades propias en tanto que no solían ser admitidos en las de los blancos. Estas asociaciones religiosas, con fines benéficos y asistenciales, reforzaron con la celebración colectiva de rituales y ceremonias la amistad y la identidad étnica de los africanos, proporcionándoles la ayuda material necesaria para hacer frente a algunos de los apremios más indispensables en el ciclo vital, especialmente en el tránsito hacia el más allá. Más discutible parece, en cambio, que sirvieran para "conservar vivos los cultos afroamericanos", 11 sino más bien para realizar una lenta, pero eficaz, labor de sincretismo religioso y finalmente de desculturización casi total. Creadas, pues, con propósitos religiosos dentro de un orden social discriminatorio, las cofradías brindaron a los negros "un sentimiento de identidad y de valía que, como los cuerpos de milicia, les ayudó a sobrevivir en un medio netamente racista". 12 Por último, es interesante tener en cuenta que las cofradías de negros no abandonaron su enclaustramiento étnico hasta el siglo XVIII, cuando comienzan a admitirse como hermanos a algunos blancos. Desde este punto de vista podría decirse que los negros practicaron, a su vez, una forma de segregación que parece impropia de un grupo sometido. ¿Pero realmente esa apertura fue propiciada por ellos mis-9 Recio, P. Bernardo, S.J.: Compendiosa Relación del Reino de Quito, edición del P. García Goldaraz, S.J., Madrid, 1947, pág. 152. 11 Esa es la opinión que sostiene Klein, Herbert S.: La esclavitud africana en América Latina y el Caribe, Madrid, 1986, pág. 149. CARMEN MENA GARCÍA mos, o más bien consentida por una sociedad cada vez más mezclada, heterogénea y tolerante? ¿Había en tiempos pasados muchos blancos, con su prurito de calidad social y su altanería, dispuestos a ingresar en una cofradía de negros? Cofradías de negros en Panamá 13 La presencia de los africanos en Panamá reviste una importancia extraordinaria y no suficientemente reconocida. Como ya observó Luis Navarro, en muy pocos años el Istmo se convierte en el primer territorio americano de población mayoritariamente negra y esto ocurre un siglo antes de que se asienten las grandes concentraciones de esclavos en las Antillas menores, francesas e inglesas. 14 Con el transcurso del tiempo la supremacía del elemento de color resulta abrumadora, y ya a comienzos del siglo XVII los negros representan algo más del 70% del total de la población. Un siglo más tarde su presencia sigue siendo abrumadora. 15 Las primeras noticias sobre la existencia de cofradías de negros en Panamá que poseemos hasta la fecha datan de comienzos del siglo XVII, aunque es seguro que las primeras debieron organizarse mucho antes. Un informe del guardián del convento de San Francisco, de 1603, habla de la cofradía de Nuestra Señora, que lo era "de todos los negros". Debió ser posterior a estos años la erección de otra cofradía "de morenos", la de San Juan de Buenaventura, con sede canónica en el mismo convento franciscano. En fecha por determinar, los hermanos de la cofradía de negros de Santa Ana, sita extramuros de la ciudad de Panamá la Nueva, en el arrabal del mismo nombre, aseguraban allá por el siglo XVIII que los orígenes de su hermandad se remontaban a tiempos muy antiguos, y aseguraban haber perdido sus reglas fundacionales por el incendio sucedido tras el asalto del corsario Henry Morgan que asoló la ciudad de Panamá la Vieja en 1671, provocando su ruina y posterior traslado a un nuevo emplazamiento, a escasas leguas de distancia. Con la misma escasez de datos nos movemos respecto a los oríge-13 Las probabilidades de la existencia de otras hermandades de morenos en Panamá durante la época colonial no son escasas. Este estudio constituye sólo un avance de un trabajo de investigación en curso que seguramente arrojará nuevos datos. Tomo LVII, 1, 2000 nes de otra cofradía de negros, fundada en Panamá en fecha sin determinar bajo la advocación de Nuestra Señora de la Concepción, con sede en el convento de monjas del mismo nombre. En la iglesia catedral se había establecido ya en el siglo XVII la cofradía de San Sebastián, de la cual nos habla el maestrescuela Juan Requejo y Salcedo en 1640. 16 Posiblemente se trate de la misma cofradía que en 1775 recibe la aprobación de sus reglas por el Consejo de Indias y a la que luego nos referiremos. Por último, no podemos pasar por alto el intento de fundar una nueva cofradía "para pardos y morenos libres" que se registra en 1765, pues, aunque desconocemos si obtuvo la correspondiente sanción canónica, conviene tenerlo presente. La propuesta fue planteada ante las más altas instancias por Asensio María Torres y Carrasquilla, natural de Panamá y capitán de una de las compañías de milicias de pardos, quien relataba en su informe que: El rastreo de las fuentes suele convertirse en tarea ingrata cuando el investigador busca la respuesta sin encontrarla, aunque también es cierto que la suerte algunas veces acompaña. Eso creo que ha sucedido en este caso, ya que conseguimos encontrar las reglas fundacionales de tres cofradías de negros (la de Santa Ana, La Concepción y San Sebastián) con una valiosísima información que a continuación pasamos a analizar. Fundación de las hermandades y sus orígenes étnicos En el centro neurálgico del arrabal de Santa Ana que dominaba el recinto amurallado de Panamá la Nueva se encontraba la iglesia parroquial del mismo nombre, 18 considerada como la segunda catedral de Panamá, que había sido reedificada en 1764 por obra de un piadoso benefactor, el comerciante vasco don Mateo de Izaguirre, ennoblecido tras haber hecho fortuna en América con el título de marqués de Santa Ana y muy dado a las obras de caridad. 19 Allí, frente al barrio negro de Malambo, tuvo su sede la cofra-18 "Dicha iglesia de Santa Ana está en el arrabal, que es la mejor pieza de Panamá, y parece ciudad, si no en lo excelso de la fábrica, a lo menos en lo numeroso del pueblo, en el tráfago y comercio, y en el buen orden de su repartición. Tiene plaza muy lucida, calles anchas y muy bien derechas" Recio: Compendiosa Relación..., pág. 152. 19 Según Juan B. Sosa, Santa Ana fue en sus comienzos una pequeña ermita levantada para los feligreses del arrabal de la nueva Panamá en 1677, repitiendo los mismos nombres y esquemas urbanos que en la ciudad abandonada, en donde igualmente existió una ermita en el extrarradio, en las cercanías de los barracones negros de Pierde Vidas y Malambo. Esta ermita fue elevada al rango de parroquia un año más tarde: Panamá la Vieja, Panamá, 1919, págs. 87-88. El arrabal contaba con un numeroso vecindario que, según se estimaba en 1737, "superaba las 20.000 personas capaces de la Sagrada Comunión", en su mayor parte de negros, mulatos y zambos libres, 20 de manera que no puede extrañar que sea precisamente aquí en donde surja una de las principales cofradías de negros de la ciudad. No se sabe de cuándo data su fundación. Sus hermanos cofrades se vanagloriaban de que esta hermandad y cofradía de Santa Ana era la más antigua de las existentes en Panamá, remontando su origen "desde los principios del descubrimiento de la dicha ciudad y reino de Tierra Firme, según consta por monumentos (sic) antiguos de 141 años a esta parte". Cuando esto exponían, en un expediente remitido en 1765 al Consejo de Indias para la aprobación de sus nuevas reglas, no tenían documentos que respaldasen tal afirmación, pues al igual que en el caso de la cofradía de la Concepción, a la que luego nos referiremos, aquellos se habían perdido a causa de un incendio: "cuya capilla juntamente con los papeles y constituciones fueron quemados por la invasión y hostilidad de los ingleses". 21 Se referían seguramente al ataque del corsario inglés Henry Morgan, que -como ya dijimos-asoló la ciudad de Panamá la Vieja en 1671, provocando su ruina y posterior traslado a un nuevo emplazamiento. Probablemente exageraban en su afán, más que lógico y muy frecuente en todas las cofradías, ya fueran españolas o americanas, de ostentar el número uno entre las de más solera. Sabemos que en la primitiva ciudad de Panamá existía una pequeña ermita bajo la advocación de Santa Ana que había sido edificada por iniciativa del chantre de la catedral, Francisco Díaz, y por el clérigo Juan de Soto, en el camino a Portobelo, muy próxima al puente sobre el río Gallinero. 22 Allí fue establecida la primitiva hermandad: "Por parte de vos los cofrades de la cofradía fundada bajo la advocación de la gloriosa Santa Ana en su ermita...de la antigua ciudad en la cual estaba dicha cofradía". Pero, ¿de cuándo databa su fundación? Y en el caso de que hubiera sido establecida hacía ya 141 años, o sea en 1624, tal y como aseguran sus hermanos, ¿por qué no la menciona, junto a otras hermandades de morenos, Juan de Requejo, tan minucioso en su informe 20 Mena García, Carmen: La ciudad de Panamá en el siglo XVIII. "Aprobación de las Constituciones nuevamente formadas para la cofradía de Santa Ana, fundada en la iglesia parroquial de este título, extramuros de la ciudad de Panamá". 22 Mena García, Carmen: La ciudad en un cruce de caminos. Además, como puede observarse en el cuadro que hemos elaborado, para esa fecha ya se habían establecido -con o sin reglas-en Panamá otras muchas hermandades. En consecuencia no creemos que fuese ésta la cofradía panameña más antigua, aunque sí conviene dar crédito a la memoria colectiva de sus hermanos y confiar en que ya existió una cofradía de Santa Ana en Panamá la Vieja. Por ahora no es posible saber si los africanos se agruparon en cofradías según sus lugares de procedencia. En el caso peruano parece comprobada la estrecha relación existente entre las "naciones" esclavas y los diferentes cabildos/cofradías de negros, 23 pero los datos disponibles para el territorio panameño no permiten por ahora llegar a ninguna conclusión. Sabemos, eso sí, que la iniciativa de fundación de la cofradía de la Señora Santa Ana había partido de tres familias, pertenecientes a diferentes etnias originarias de Guinea Bissau, tal y como se desprende de sus nombres: "la de Branes (Bran), la de Viojoes (Bioho) y la de Bañones (Bañol)". 24 La de Santa Ana respondía a un modelo estrictamente étnico y bien delimitado en sus orígenes: era una cofradía exclusivamente de negros (ni siquiera se alude a las mezclas, como mulatos, pardos u otros), según se hizo constar en el capítulo primero de sus reglas: "Habiendo Dios por gracia especial alumbrado el entendimiento de los primitivos negros para que viniesen en conocimiento de la Santa Fe católica en la ciudad de Panamá, y habiendo determinado estos elegirse por patrono algún santo de la corte celestial les tocó la santa madre Ana para que como abuela de Nuestro Señor Jesucristo implorase el auxilio de su Divina Majestad a favor de ellos que hasta entonces habían estado en las tinieblas de la ignorancia..." La cofradía de San Sebastián estaba domiciliada, como ya adelantamos, en la iglesia catedral. Y aunque es seguro que en 1640 existía en Panamá Viejo una hermandad con el mismo nombre y en la misma iglesia, lo cierto es que -de tratarse de la misma hermandad, lo cual es más que probable-no dispuso de estatutos definitivos hasta 1775. 25 La iniciativa de su erección partió de un heterogéneo grupo de color que aglutinaba a 23 Celestino y Meyers: Las cofradías..., pág. 10. 24 Bran: procede de los Bran, Gola y Burama, originarios de Guinea-Bissau; Bioho: procede del grupo africano de los Bissago, originarios de Guinea-Bissau; Bañol, Bañul: procede de los Bauyun, originarios de Guinea-Bissau. "Aprobación de las Constituciones nuevamente formadas para la Cofradía de San Sebastián fundada en la iglesia Catedral de Panamá". Tomo LVII, 1, 2000 negros, tanto libres como sometidos a esclavitud, y a zambos. Curiosamente el resultado de la mezcla racial negro/indio, conocida frecuentemente como zambos, recibía en Panamá una denominación peculiar: la de morenos criollos, o simplemente criollos. Así se expresa en algunos pasajes del expediente fundacional y muy particularmente en el capítulo preliminar de sus reglas: "Habiendo Dios, nuestro señor, por su infinita misericordia, alumbrado el entendimiento de los hijos de los negros e indios, llamados comúnmente morenos criollos, y el de los negros libres y cautivos para que conociesen el incomparable tesoro de nuestra santa fe católica...que fueron nuestros fundadores". Todos sus hermanos sabían por tradición oral que la cofradía a la que pertenecían era muy antigua, pero no disponían de documento alguno que lo acreditase. Así lo exponía ante el obispo su mayordomo, Juan José Carrillo: que (la cofradía de La Concepción) es "la más abundante de hermanos y de más fondo por el mayor número de limosnas y por los muchos que en ella se alistan estimulados de la puntualidad con que son servidas sus funciones y la arreglada inversión que se hace de sus fondos". Hasta la fecha se desconoce el primitivo lugar de su ubicación, pero lo más seguro es que estuviera asentada en el mismo convento de monjas de la Concepción que ya existiera en Panamá la Vieja, en la calle de la Empedrada, desde fines del siglo XVI. Sus primeros hermanos fueron, al igual que en la cofradía de San Sebastián, negros y zambos, y más concretamente un grupo de negros procedentes de Etiopía: "...determinaron los antepasados etíopes y criollos morenos fundar una cofradía, como lo hicieron a costa de sus propias limosnas, poniéndola por norte cofradía y hermandad, con el título de la Purísima Concepción, que es venerada en el monasterio de las Concebidas de esta ciudad". Las cofradías y sus reglas constituyentes Los libros de Regla constituyen -según Teresa Laguna-"la principal fuente jurídico-normativa del gobierno, administración e historia de las hermandades". 27 Todas las cofradías redactaban sus reglas y tenían sus propios estatutos en los que organizaban la vida interna de la comunidad religiosa. Es de suponer que casi todas se ajustaron a una especie de plantilla general a la que se incorporaron algunos rasgos peculiares e identificativos de cada cofradía, al igual que sucede hoy día con la normativa que rige a las distintas asociaciones. Las normas para ser sancionadas variaron al compás de los tiempos, y en este sentido conviene recordar que la obligación ineludible de aprobación eclesiástica de las Reglas de las hermandades y cofradías -a uno y otro lado del Atlántico-no se generaliza hasta después del Concilio de Trento, dentro del "nuevo espíritu de fiscalización que el concilio trae" y "como producto de una necesidad de control sobre los fenómenos de asociacionismo". 28 No obstante, como acertadamente observa I. Moreno en el caso de Sevilla, "un buen número de ellas, sobre 27 "Regla de la Cofradía de la Santísima Veracruz", Velázquez y Sevilla, Sevilla, 1999, tomo II, pág. 124. 28 Lara Ródenas, J.M.: "Organización interna y estructuras de poder de las Hermandades de Huelva durante el antiguo régimen", Gremios; Hermandades y Cofradías, San Fernando, 1992, tomo I, págs 21-242. Citado por Moreno: La antigua hermandad..., pág. 59. Tomo LVII, 1, 2000 todo de fuera de la ciudad, hicieron caso omiso de esa obligación, como se demuestra en los informes de finales del siglo XVIII". 29 Muchas cofradías americanas, que presentaron ante el Consejo de Indias sus constituciones fundacionales a lo largo del siglo XVIII, no fueron aprobadas por no cumplir con los requisitos legales que, tal y como se hacía constar al ser devueltas, consistían en los siguientes: "Para fundar Cofradías, Juntas, Colegios o Cabildos de españoles, indios, negros, mulatos u otras personas de cualquier estado o calidad, aunque sea para cosas y fines píos y espirituales, preceda licencia nuestra y autoridad del prelado eclesiástico, y habiendo hecho sus ordenanzas y estatutos las presenten en nuestro Real Consejo de las Indias para que en él se vean y provea lo que convenga, y entre tanto no puedan usar ni usen de ellas; y si se confirmaren o aprobaren, no se puedan juntar ni hacer cabildo ni ayuntamiento si no es estando presente alguno de nuestros ministros reales que por el virrey, presidente o gobernador fuere nombrado, y el prelado de la casa donde se juntaren". En el siglo XVIII, la política del regalismo borbónico se muestra abiertamente contraria a la proliferación incontrolada de asociaciones religiosas en América, muchas de las cuales consideraba no sólo carentes de utilidad pública e innecesarias, sino incluso perjudiciales para el bien del Estado. 31 Así se puso de relieve en la sentencia del fiscal del Consejo, dada el 10 de septiembre de 1779, en relación a la solicitud presentada por los hermanos de Nuestra Señora del Carmen para la erección de una cofradía bajo la citada advocación en la iglesia parroquial de Portobelo, encontrándose con esta airada respuesta: "Que reconociendo las leyes de Castilla e Indias la poca utilidad que de estas congregaciones se sigue al Estado y aún al culto divino, tiene prohibido expresamente el que se formen alguna sin que precedan las licencias de S.M. y de los respectivos ordinarios, pues de este modo se consigue que sólo se erijan aquellas que sean útiles para mayor aumento del culto divino y no perjudiciales al Estado y causa pública..." 32 A la vista de las peculiaridades, casi anecdóticas, que separan las constituciones de las cofradías de negros que analizamos y de los diferentes preceptos que las regularon, podemos adelantar que en todas ellas se 29 Ibídem, págs. 59 y 60. 31 Martínez de Codes, Rosa M.a: "Cofradías y capellanías en el pensamiento ilustrado de la administración borbónica (1760-1808)", Cofradías, Capellanías y Obras Pías en la América Colonial, México, 1998, págs. 17-35. CARMEN MENA GARCÍA observan grandes semejanzas que con seguridad provienen de la identidad étnica de sus hermanos, de sus raíces culturales y de su desvalida situación socio-económica. A grandes rasgos, lo primero que destaca en las constituciones de estas hermandades es que, a diferencia de las reglas pertenecientes a cofradías de españoles, que suelen iniciarse simplemente con una invocación al Espíritu Santo, en las de negros todas van precedidas de una manifestación pública de fe y de conversión al catolicismo por parte de los fundadores de la hermandad, negros y morenos de cualquier condición jurídica: "Con motivo de haber Dios, nuestro Señor, dado luces a los etíopes y criollos morenos libres para que conociesen el tesoro de nuestra santa fe católica, determinaron tener alguna particular devoción a quien tributar sus más reverentes cultos..." (Cofradía de la Concepción, cap. 1). "Habiendo Dios, nuestro Señor, por gracia especial alumbrado el entendimiento de los primitivos negros para que viniesen en conocimiento de la santa fe católica en la ciudad de Panamá, más de cien años ha, y habiendo determinado éstos elegirse por patrono algún santo de la corte celestial, les tocó la santa madre Ana". (Cofradía de Santa Ana, cap. 1) "Habiendo Dios, nuestro Señor, por su infinita misericordia, alumbrado el entendimiento de los hijos de los negros e indios, llamados comúnmente morenos criollos, para que conociesen el incomprensible tesoro de nuestra santa fe católica, determinaron estos elegirse un especial patrono y obsequiarle con un culto fervoroso y manifestar de este modo el celo y afición que tenían a las cosas divinas y eligieron al glorioso mártir San Sebastián". (Cofradía de San Sebastián, cap.1). La necesidad de demostrar algo por parte de un colectivo -en este caso la renuncia a sus ritos africanos de origen y su sustitución, más o menos sincera, por una religión que le es ajena y ha sido impuesta por la fuerzaimplica automáticamente un reconocimiento de ser sospechoso ante otros. Por eso los negros necesitaban expresar su sometimiento a la religión de sus amos y al mismo tiempo a sus estrategias de dominio, con fórmulas como las que acabamos de ver. Los negros que fundan estas devociones seguramente ya han dejado de ser un peligro, un potencial foco de inestabilidad en el cuerpo social, pero tienen que manifestarlo una y otra vez, pues sobre ellos planea siempre el estigma de la esclavitud y del paganismo. Una segunda nota común a las tres constituciones radica en la circunstancia, tal vez nada casual, de que todas fueron redactadas en el siglo XVIII, lo cual no excluye que su origen no fuera mucho más antiguo. En efecto, las reglas de la Pontificia Hermandad de Santa Ana se remontan al Tomo LVII, 1, 2000 último tercio del siglo XVIII, ya que consta que obtuvieron del Consejo de Indias la preceptiva "Real Licencia" el 12 de agosto de 1775, recibiendo además el respaldo pontificio correspondiente mediante un Breve de S.S. de 15 de marzo de 1774. Son las únicas que hasta la fecha se conocen, aunque no debieron ser las primeras, según se desprende del título y contenido del expediente enviado al Consejo unos años antes: "Aprobación de las constituciones nuevamente formadas para la cofradía de Santa Ana fundada en la iglesia parroquial de este título, extramuros de la ciudad de Panamá". 33 En el mismo se expresan también las razones que movieron a la Hermandad a redactar nuevas reglas y a las que indirectamente nos referimos más atrás: las antiguas se perdieron en la gran conflagración que asoló la ciudad de Panamá tras el asalto inglés de 1671. Las reglas de la Pontificia Hermandad de San Sebastián datan también del último tercio del siglo XVIII, pues consta que fueron aprobadas el 13 de septiembre de 1770 -a los dos meses de ser redactadas-por el obispo de Panamá, electo de la diócesis de Huamanga, don Miguel Moreno y Ollo, quien otorgó a todos sus hermanos 40 días de indulgencia plenaria. El 5 de marzo de 1774 la Hermandad obtuvo un Breve Pontificio que sancionaba su erección y el 12 de agosto de 1775 el correspondiente "pase" del Consejo de Indias y la Real Licencia del monarca. 34 La cofradía de la Purísima Concepción tuvo que someterse, en cambio, a un largo y durísimo proceso hasta ver ratificados sus estatutos. En 1753 sus hermanos iniciaron los tramites previstos presentando sus reglas ante el gobernador de Panamá, don Manuel de Montiano, quien les concedió la licencia correspondiente en ese mismo año. Hasta 1766, por razones que no se aclaran en el expediente, el proceso estuvo detenido, pues consta que hasta ese año no fue ratificada por el obispo don Miguel Moreno y Ollo. Sin embargo, circunstancias desafortunadas alargaron desesperadamente el proceso en su tercer y último escalón. Circunstancias tales como la ineficacia de los apoderados nombrados por la cofradía ante el Consejo que hasta en número de tres fueron enviados a Madrid, uno tras otro, para sacar el 33 AGI, Panamá, 279. En realidad fueron redactadas el 10 de agosto de 1666 y confirmadas cuatro días más tarde, por el obispo de Panamá, quien concedió en el mismo acto 40 días de indulgencia plenaria a todos los cofrades. En el expediente consta que el notario mayor José Gromin y Toledo certificó una copia de las mismas el 16 de agosto de 1742. Un nuevo traslado y certificación fue realizado el 29 de noviembre de 1765 por el escribano público, Antonio Franco. Finalmente, el asiento de los hermanos de la cofradía lleva por fecha 4 de diciembre de 1765. 34 Curiosamente ambas cofradías, la de Santa Ana y la de San Sebastián, recibieron en una misma fecha los correspondientes permisos tanto episcopal, como apostólico y real. CARMEN MENA GARCÍA expediente del atolladero en que estaba metido; 35 la larga enfermedad del obispo de Panamá, que le impidió contestar a las demandas del Consejo recabando información sobre la cofradía; la desidia de los gobernadores panameños; la lentitud burocrática, etc., llevaron a la cofradía al borde de su desaparición. De hecho, durante algunos años estuvo suspendida de facto, pues una real cédula dirigida al gobernador de Panamá el 19 de enero de 1782 lo conminaba a prohibir la celebración de los actos religiosos de la Hermandad de la Concepción "hasta que no se obtenga para ello mi real permiso". Finalmente, cuando parecía que ya todo estaba perdido, precisamente en un momento en que soplaban vientos contrarios a estas asociaciones religiosas, el expediente salió adelante y las reglas fueron aprobadas por el Consejo de Indias en su reunión de 29 de julio de 1794. Las constituciones de la antigua cofradía de Santa Ana se componen de 11 artículos y reflejan en principio un modelo de asociación religiosa cerrada en torno a una misma etnia: la raza negra -en estado de libertad o esclavitud-, tal y como se hizo constar en el primero de los artículos redactado a modo de introducción o preámbulo. En el mismo se recoge también a sus fundadores, así como los fines espirituales perseguidos por la hermandad. Sin embargo, conviene precisar que tal autoproclamación como cofradía de una sola etnia, formulada en el primero de sus capítulos, debió ser respetada en sus orígenes fundacionales, más no ahora, cuando había transcurrido más de un siglo y la sociedad de castas había alcanzado su máximo desarrollo. La hermandad no pudo seguramente resistirse al empuje de las mezclas raciales que caracteriza al siglo XVIII, y aunque manteniendo su identidad étnica como nota predominante abrió las puertas también a otros grupos raciales, ya fuesen blancos, mulatos u otras mezclas, reconocidas genéricamente como "gentes de color". Así se desprende del catálogo de los hermanos que integraban la cofradía -convertida ya en asociación multiétnica-cuando fueron redactadas sus nuevas reglas y que fue incorporado al final del expediente remitido al Consejo de Indias para su aprobación, como más adelante veremos. Las reglas de la Hermandad de San Sebastián se componen de 18 capítulos y en ellas se reproduce todo lo anteriormente expuesto. La asociación engloba exclusivamente en sus orígenes a los negros y a un sector de las castas: "los dichos hijos de los negros e indios, llamados comúnmente morenos criollos y los negros libres y cautivos, nuestros antepasados...". 35 Existía un gran descontento en especial con el primero de ellos, el presbítero y aspirante al ducado de Gandía, don Francisco de Borja, al que se acusaba de inepto. Tomo LVII, 1, 2000 Pero, a mediados del siglo XVIII, cuando fueron redactadas sus reglas, no existía ningún obstáculo para la admisión de cofrades blancos en el seno de la Hermandad e incluso se les reservó cargos de responsabilidad, como más adelante veremos. Las constituciones de la cofradía de Nuestra Señora de la Concepción son -a diferencia de las anteriores-más completas y detalladas y constan de 44 artículos, precedidos de una introducción, en la que de modo solemne se declaran los propósitos espirituales que guían a la Hermandad. Representan asimismo "un modelo estrictamente étnico y cerrado" en sus orígenes, pues sólo a los negros se les reconoce como posibles hermanos: "...determinaron los antepasados etíopes y criollos libres fundar una cofradía...". Con el paso del tiempo, sin embargo, inicia igualmente un proceso de blanqueamiento, al permitirse el ingreso de hermanos de raza blanca, proceso que no es, en modo alguno, ajeno al notable empuje ascensional de la sociedad de castas en el Panamá de mediados del siglo XVIII. Desde hace unos años la población soporta a duras penas la crisis del tráfico interoceánico, que afecta muy especialmente a un territorio que basa su prosperidad en torno al sector del comercio y servicios. Para la élite panameña cada vez resulta más difícil adquirir y tener a su servicio una mercancía tan costosa. Coincidiendo con esta crisis, la hermandad de la Concepción experimenta, sin embargo, un notable afianzamiento que encuentra reflejo en el acrecentamiento, en cantidad y calidad, de su patrimonio y en su total integración en la vida religiosa de la ciudad que ya a comienzos del siglo XVIII parece bien manifiesta. 36 Esta aparente contradicción puede interpretarse de la siguiente forma: en la medida en que desciende el número de esclavos y aumenta el de los libertos de color en su variada gama de mezclas, respecto al conjunto de la población panameña, dejan de ser un peligro, un potencial foco de inestabilidad en esta sociedad rígidamente estratificada y jerarquizante del Antiguo Régimen, al tiempo que se hace más fácil su integración en el cuerpo social. "Garantes del equilibrio social -escribe Omar Jaén-los libertos de color han permitido, en parte, la relativa tranquilidad interior que demuestra la sociedad panameña integrada, sometida a la autoridad durante la mayor parte de la época colonial". 37 Casi todos los morenos, en la segunda mitad del siglo XVIII, tanto libres como sujetos a esclavitud, estaban ya fuerte-mente transculturados, al ser muchos de ellos hijos o hijas de otros morenos que habían vivido toda su vida en Panamá o en otros lugares de América. 38 Continuando con el análisis de las constituciones, en lo que respecta a la cofradía de Santa Ana, el capítulo 2 regula las elecciones de los cargos directivos, disponiendo que anualmente se celebren éstas el 10 de agosto, día de San Lorenzo. Por la mañana, tras la celebración de una misa del Espíritu Santo, "para que alumbre su entendimiento", la directiva saliente procederá a la elección del hermano mayor, mayordomos y demás oficiales, estableciéndose como único requisito que los elegidos "han de ser de buena vida y costumbres". Las elecciones son abiertas y permiten la participación de todos los hermanos cofrades, quienes serán avisados previamente mediante el sonido de una campanilla, que recorrerá las calles de la ciudad anunciando la junta general, a la que están obligados a concurrir, a las tres de la tarde de ese mismo día, multándose con una libra de cera a todo aquel que siendo avisado no acudiere. La dificultad para emitir el voto por escrito se deriva del alto grado de analfabetismo de muchos de los electores: "mediante que la mayor parte de los cofrades no saben leer ni escribir por lo cual no se pueden hacer las elecciones por cédulas". Por eso, el artículo 3 contempla la posibilidad de que los hermanos emitan su voto de viva voz. El presidente de la junta electoral, con asistencia de un escribano nombrado por el obispo, registrará por escrito los votos. El resultado final de las elecciones no será válido mientras no sea confirmado por el obispo de la diócesis y, en ausencia de éste, por el cabildo eclesiástico. Tanto en este artículo como en los siguientes se contienen interesantes referencias a los mayordomos de la cofradía que merecen un breve comentario. En primer lugar se contempla la posibilidad de que puedan acceder al cargo tanto hombres como mujeres ("mayordomas"). Pero mientras que en el caso de éstas últimas no se precisa su número, ni el modo en que son elegidas, en el de los mayordomos se estipula que deben ser tres: "uno para cada casta", y aunque no se especifica a qué grupo racial corresponde cada casta, es de suponer que se piensa en blancos, negros y mezclas en toda su amplia gama. Esta distinción entre mayordomos para una u otra etnia, de marcado carácter segregacionista, demuestra que los prejuicios de la sociedad de castas traspasaban las barreras más elevadas, incluso las espirituales. En el capítulo 4 se establecen las obligaciones de los mayordomos/as consistentes en la visita de la iglesia parroquial, alternándose cada uno de 38 Ibídem, págs. 384 y ss., trata la disminución de la entrada de negros bozales en el territorio panameño y la progresiva criollización de éstos -tanto esclavos como libres-. Tomo LVII, 1, 2000 ellos por semana, colaborando con el teniente de cura en todo lo necesario "para el culto de Dios y para el aseo de la iglesia, de los altares y de los cementerios". Sólo en esto consistirá su labor "y no han de estar obligados a otra cosa ni se les pondrá mandar nada más". Anotemos que no se establece ninguna diferenciación respecto a las atribuciones de los mayordomos, según fueran hombres o mujeres. Más adelante se reglamenta el orden que ha de guardarse cuando se celebre la junta general de la Hermandad, que debe estar presidida por el teniente de cura de la iglesia de Santa Ana. En ella debían revisarse sus cuentas, el comportamiento de los mayordomos salientes, la elección de nuevos cargos y otras cuestiones de orden interno. Nadie podía hablar sin ser preguntado por el presidente de la mesa, pues "de este modo se evitará la confusión", estableciéndose severas multas para quienes contravinieren lo así dispuesto (cap. 11). Anualmente, la cofradía de San Sebastián celebraba un cabildo general para renovar sus cargos de gobierno: un tesorero, un vice-tesorero, cuatro celadores, dos mayordomos, dos diputados y un hermano mayor. Este último cargo debía ser ocupado "para mayor decoro de la cofradía" por un sacerdote, no siendo requisito indispensable su adscripción a la Hermandad. Respecto a los mayordomos interesa resaltar que se acordó la obligada elección de un español para este puesto, a fin de que "cuide de las caridades que diere la cofradía y los cofrades tendrán cuidado de que el que fuere elegido sea de la mayor distinción" (cap. 4). El prurito de inferioridad de los de color aflora en este texto, que aparentemente se contradice más adelante cuando se especifica lo siguiente: "No podrá ser elegido por mayordomo de esta cofradía ningún español ni ninguno otro de los llamados comúnmente de color y si bien deberá ser elegido indispensablemente un hijo de negro e indio, llamado comúnmente moreno criollo, o un negro habiendo sido éstos los primeros fundadores de esta cofradía" (cap. 17). Es posible que el verdadero significado de ambas cláusulas haya quedado oscurecido por una inadecuada redacción del texto. Y puesto que se habla de dos mayordomos, seguramente se reservó un cargo para un español y otro para un zambo o un negro en atención a que fueron miembros de esta etnia los primitivos fundadores de la cofradía. La junta de gobierno de la Hermandad de la Concepción se renovaba también cada año. El 31 de diciembre, a las 4 de la tarde, todos los hermanos que habían sido convocados a son de campanillas por la calles de la ciudad, debían acudir a la sede de la Hermandad. El mayordomo bolsero presentaba CARMEN MENA GARCÍA Anuario de Estudios Americanos las cuentas del ejercicio anterior y se procedía a elegir a los nuevos cargos directivos, que eran los siguientes: un mayordomo bolsero, tres mayordomos, dos mayordomas, cuatro procuradores y cuatro diputados. Además, como cargos de honor integraban la junta: un hermano mayor, que debía ser sacerdote, "atendiendo al mayor lustre de la cofradía" y un prioste, "para que corra con los convites que puedan ofrecérsele a la Hermandad, procurando sea persona de todo lustre para el mayor respeto, aunque no sea hermano". Las elecciones se celebraban por voto secreto y se requería mayoría de dos tercios para la designación del hermano mayor, prioste y mayordomo bolsero, siendo suficiente con la mayoría simple para el resto de los cargos. El capítulo 33 establecía el siguiente requisito para ocupar el cargo de mayordomo bolsero: "Que ningún español ni persona de color ninguno pueda ser mayordomo bolsero de la cofradía, sino precisamente y por obligación ha de ser el que fuere de color moreno, respecto a que los primarios fundadores fueron de la misma calidad y que hasta el presente se ha guardado el mismo orden, lo cual no deberá observarse para los demás cargos de la cofradía". En algún momento, aún no establecido, de la historia de la cofradía, las mujeres lograron hacerse con ciertos cargos de relativa importancia en la Hermandad, como los de mayordomas, cargos que lo fueron de designación y no de elección. Lo mismo hemos visto que sucedió en la de Santa Ana. Moreno, quien ha puesto al descubierto importantes datos sobre la presencia de mujeres negras en la cofradía sevillana de Nuestra Señora de los Angeles (o de "los Negritos"), 39 considera que las primeras mayordomas que ocupan este cargo a partir de 1679 en la citada Hermandad desempeñaban las funciones correspondientes a las que más tarde serán conocidas como camareras: cuidado, limpieza y vestido de las imágenes y de todo lo referente al culto de la capilla. Y que, por consiguiente, habría que desechar cualquier idea relativa a la igualdad de oportunidades de ambos sexos en el seno de la cofradía, al menos por ahora. Ningún dato proporcionan las reglas de la Hermandad de la Concepción respecto a las funciones desempeñadas por ambas mayordomas. Sin embargo en el proyecto de cofradía presentado en 1772 con el título de La Caridad, teniendo por sede también la iglesia parroquial de Santa Ana, en el capítulo 4.o de sus reglas se dice lo siguiente: "Item en el gremio de las mujeres haya también dos procuradoras que cuiden el aseo y limpieza de los manteles para el altar, 39 Moreno: La antigua hermandad de los negros... Véanse los epígrafes: "La presencia de las mujeres negras", págs. 132 y ss. y "El protagonismo femenino: la Congregación del Rosario...", págs. 174 y ss. Tomo LVII, 1, 2000 adorno para la imagen, estandarte y demás de confraternidad". 40 De lo cual se infiere que al menos aquí el cargo de mayordoma tenía atribuciones muy similares a las camareras de las cofradías actuales. Lo cual no parece quedar tan claro en el caso de la Hermandad de Santa Ana, en donde, como ya vimos, la labor exigida a los mayordomos/as parece más amplia y desde luego no distingue entre ambos sexos. 41 Las cofradías se sostenían con donaciones piadosas de los vecinos (censos y capellanías) y algunas sólo con las limosnas de sus hermanos. La cofradía de San Sebastián establecía una cuota de entrada de 8 reales (cap. 9) y otra semanal (todos los domingos del año) de medio real, pero además obligaba a todos los cofrades a sufragar los numerosos actos de culto, los benéficos-asistenciales y las festividades de la hermandad. La cofradía de La Concepción exigía una cuota más elevada de 12 reales (cap.12), aunque a cambio el nuevo afiliado recibía de manos del sacerdote-hermano mayor un escapulario bendecido, precisándose que si alguna hermana quería vestir el hábito de la virgen de la Concepción, abonaría, además de la correspondiente cuota de entrada, un peso. Del mismo modo, los hermanos quedaban obligados a contribuir con donaciones piadosas a los gastos de la cofradía, si bien parte de los fondos iban a parar a manos de la madre abadesa del convento en donde tenía su sede, sobre todo con motivo de las celebraciones del culto religioso. Muy modestas debieron ser las rentas de la cofradía de Santa Ana que se sostenía básicamente de las limosnas que se recogían en las calles y de las que aportaban sus hermanos, llamadas éstas "de entrada y averiguación". La precariedad económica de la hermandad, justificable dada la pobreza de sus miembros, hacía más aconsejable aún reforzar los mecanismos de seguridad para controlar los ingresos y administrar con sensatez sus escasos recursos. Por ser "muy cortas las limosnas que se recogen al cabo del año y las que contribuyen los cofrades", se establecen medidas básicas de orden interno, tales como guardar los fondos en un arca de tres llaves, cada una de ellas bajo la custodia de una persona diferente (el teniente de cura de la iglesia, el hermano mayor y el mayordomo más antiguo), "de manera que no se podrá abrir dicha arca sin que estén presentes los tres"; asentar por castas, y cada una de ellas por orden alfabético la relación de los hermanos en el libro de asiento de la cofradía, acabando con el desor-40 AGI, Panamá, 283. 41 Curiosamente en el asiento de hermanos de la cofradía de Santa Ana se anota a don Mateo de Izaguirre con el apelativo de "camarero". CARMEN MENA GARCÍA den que hasta entonces había prevalecido, para llevar cuenta ajustada de los que habían pagado limosna y quienes restaban por hacerlo. El hermano mayor estaba obligado, además, a anotar los nombres de los nuevos afiliados, así como las bajas producidas, para que siempre hubiese constancia cierta del número de sus miembros (caps. 2 y 5). En las constituciones de la cofradía de los negros de la Concepción se contempla también la existencia de libros de registro de la hermandad a fin de asegurar su orden interno (cap. 5). El hermano mayor custodia cuatro libros: uno para asentar el cargo de todas las limosnas recaudadas por el mayordomo y otro para asentar los gastos; un tercero con la nómina de los hermanos; y un cuarto con una copia de las reglas de la Hermandad, así como de las elecciones y juntas de gobierno celebradas. Los gastos y atenciones de beneficencia con los hermanos merecen una particular atención en las reglas de todas las cofradías de los negros, habida cuenta que la mayoría de sus afiliados era gente necesitada y perteneciente a los estratos marginados de la sociedad. En la cofradía de Santa Ana sus labores benéfico-asistenciales, reguladas en los artículos 6 y 7, se destinaban a la prestación de los últimos auxilios en el trance de la muerte a los que fallecían en el seno de la hermandad, tarea ésta comúnmente presente en la mayoría de las hermandades. Cuando alguno de sus miembros enfermaba, el mayordomo de su casta debía dar aviso a la hermandad para que fuese socorrido "conforme a los fondos de la cofradía". La visita al enfermo, obligación contemplada por la caridad cristiana, de la que debía hacer gala la cofradía, se prescribía como tarea inexcusable, disponiéndose que el mayordomo señalase a varios cofrades para que, por turno, visitasen al moribundo hasta que se produjera el óbito. Todos los hermanos, ya fueran libres o esclavos, tenían derecho a una muerte y a un entierro dignos. Llegada la hora, el único requisito que se exigía, además de la vinculación con la Hermandad, era estar al día en los pagos correspondientes. Por eso, las reglas obligaban al mayordomo de cada casta a comprobar previamente si el fallecido había cumplido como tal cofrade y, en caso afirmativo, la Hermandad colaboraba con los gastos del funeral, aportando de sus fondos siete pesos, de a nueve reales. Presidía el cortejo fúnebre el estandarte de la cofradía y seis hachas, seguramente de cera, o bien de esparto y alquitrán. Y como siempre hubo clases, incluso a la hora de la muerte, a los miembros de la junta de gobierno -mayordomos u otros-se les reservaba una ceremonia funeraria en la que se cuidaban los detalles con mayor atención que en el caso de los restantes herma- Tomo LVII, 1, 2000 nos y que consistía en: "el entierro en la iglesia de Santa Ana, con el paño, cuatro velas y cuatro hachas, misa cantada y oficio, juntándose todos los cofrades para asistir a este funeral". Para sufragar estos funerales distinguidos, se obligaba a los hermanos a entregar sus limosnas -sin especificar la cuantía de la ayuda-que debían ser escrupulosamente anotadas en el correspondiente libro de registros ("registro de la colectoría"). Y para evitar cualquier descuido o malversación de los fondos se estipulaban las siguientes medidas cautelares: en el registro de la colectoría "se escribirá la cantidad recogida y firmará en él el sacerdote que celebrare dichas misas, no pudiendo disponer de dicha limosna que se recogiere ninguno de los mayordomos, y las misas no se podrán celebrar en otra ninguna iglesia, salvo en la de Santa Ana, so pena de reintegrar la cantidad a que asciendan dichas limosnas" Lo sobrante se depositaría en manos del teniente de cura de la parroquia para misas por el sufragio del difunto fallecido (cap. 8). Igualmente, en el caso de la cofradía de la Concepción, el rito de paso desde la enfermedad hasta la muerte, tan costoso para las clases desposeídas tanto entonces como ahora, mereció una atención especial en sus reglas. También aquí encontramos reguladas fórmulas de fraternidad entre los miembros cofrades, expresadas tanto en lo material (entierro y funeral) como en lo espiritual, que contempla desde la celebración del entierro y misas de réquiem -todo a costa de la cofradía-hasta muestras de consideración para aquellos que fallecieren fuera de la ciudad. Respecto a éstos, el capítulo 20 disponía que "se le cantará una misa con su responso y se dirán tres rezadas, todo a beneficio del hermano o hermana difunta". Se contemplaba asimismo la posibilidad de que el cofrade falleciera en el hospital de San Juan de Dios y fuera allí enterrado (cap. 19) y en ese caso la Hermandad contribuiría con todos los gastos, entregando al citado convento-hospital lo siguiente: "toda la cera que necesitare para el entierro... y diez pesos por la limosna de sepultura que se dará en dicha iglesia y exequias que cantará la comunidad de su convento". La ayuda al hermano difunto se realizaba ya desde el mismo instante del óbito. Una vez avisado el mayordomo bolsero del fallecimiento de algún hermano debía enviarle lo siguiente: "seis velas de a media libra, seis candeleros, la cuna, cuatro paños negros, una colcha de seda, una almohada, seis hachas, seis hacheros y "para la hora del entierro el estandarte con cuatro velas para que vayan alumbrando a Nuestra Señora los hermanos asistentes". Tras las correspondientes misas de réquiem, con cargo a los fondos de la hermandad, los cofrades recibían cristiana sepultura en la pri-CARMEN MENA GARCÍA Anuario de Estudios Americanos mera nave del convento de la Concepción, sede de la cofradía, formando parte de la comitiva fúnebre cruz alta, capas, incensario y dos acompañados (cap. 16, 17 y 18). La estrecha vinculación de la Hermandad con las monjas concepcionistas queda de manifiesto en las atenciones a las que se comprometía la asociación cuando moría alguna de las religiosas, pues en ese caso "ha de ser obligada la cofradía de nuestro cargo a mandar cantar una misa y tres rezadas, poniendo para ello la cera y dando a la reverenda madre abadesa cuatro pesos y cuatro reales para que con ellos sea pagado el padre capellán y demás ministros, atendiendo para esta buena correspondencia que las señoras religiosas dan a todos los hermanos difuntos su iglesia, la sepultura y un responso" (cap. 23). Las exequias de los difuntos en el seno de la cofradía de San Sebastián imitan a las que realizaban por entonces otra cofradía de negros: "del mismo modo que se hace en la de Santa Ana", tal y como expresamente se hizo constar en sus reglas. Quizás por eso los artículos que regulan todas las atenciones con los cofrades difuntos son mucho más concisos. Se precisa, eso sí, que el lugar de entierro "ha de ser en la primera nave (de la catedral)" y que el funeral se hará con la cruz levantada, con pluvial ("llamado comúnmente capa doble") y dos acompañados. Al mismo tiempo, se establecía la obligación que todos los hermanos tenían de colaborar con los gastos del funeral, aportando un real en cada óbito, mientras que la Hermandad se comprometía, por su parte, a proporcionar seis velas, de a media libra, seis hachas, paño negro, bayetas, sotanas y derechos del cura párroco (cap.10). Entre las actividades de las cofradías siempre ocupó un lugar destacado la celebración de sus fiestas. Las de tabla u obligatorias eran numerosísimas; 42 de hecho el calendario religioso había provocado tal invasión de celebraciones que no había para cualquier buen cristiano una sola semana libre de fiestas, con la inevitable interrupción del calendario laboral y el consiguiente enojo del patrono. La situación llegó a tal extremo que la Iglesia hubo de replantearse, a fines del siglo XVII, la obligatoriedad de muchas de ellas, suprimiendo de golpe nada menos que veinticinco fiestas. En 1750 el Papa Benedicto XIV aprobaría una nueva reducción. 43 42 Una relación de las fiestas "de tabla" observadas por la Audiencia de Panamá fue publicada por Fernando Muro en la Historia General de España y América, vol. XI-1. Tomo LVII, 1, 2000 Las cofradías participaban activamente. Todas celebraban sus fiestas y adornaban sus altares. Algunas desfilaban procesionalmente en días señalados por la Iglesia: Corpus, Semana Santa (especialmente en Jueves y Viernes Santo), o bien en acontecimientos especiales e inesperados (rogativas por acontecimientos climáticos, desastres naturales, etc.). Las celebraciones propias de cada una de las hermandades, así como los días, horas y demás circunstancias, solían quedar recogidas en las reglas fundacionales para su puntual observancia. En el mes de noviembre, en un día sin determinar, se celebraba en la iglesia de Santa Ana el aniversario general por todos los hermanos difuntos, con túmulo, misa cantada, oficio y responsos, invitándose a todos los hermanos a participar en los actos. Para esta ocasión se establece de nuevo la obligatoriedad de aportar sus limosnas, cuya cuantía tampoco se especifica. Pero la auténtica y más solemne festividad de la cofradía se celebraba en la parroquia el 26 de julio, día de su patrona Santa Ana. Se recomienda que esta celebración se haga "con la mayor pompa que le sea posible, con sermón, misa cantada y vísperas y los gastos de dicha fiesta se pagarán del arca de dicha cofradía". Además, en esta especial ocasión, se obliga a los tres mayordomos a entregar al teniente de cura, de su bolsillo, seis velas de un peso de una libra cada una y dos hachas, para mayor adorno del altar de Santa Ana. La Hermandad de Nuestra Señora de la Concepción celebraba su fiesta principal el día de su titular, fijado no el 8 de diciembre, como cabría esperar, sino el 17 del citado mes, con sermón, misa cantada "y toda ostentación posible", obligándose a cada hermano a entregar una limosna de un peso de a ocho, así como medio real de limosna durante todos los domingos del año para colaborar en los gastos de esta celebración (cap. 6). Era entonces cuando se procedía a adornar con lujosas colgaduras la imagen de Nuestra Señora, colocada en el altar mayor de la iglesia del convento concepcionista. Seguramente eran las monjas quienes se aplicaban a esta tarea, lo que explicaría la obligación del mayordomo bolsero de la Hermandad de entregar a la madre abadesa seis pesos. El 8 de diciembre, festividad de la Inmaculada, los sones de los "tambores portorricos" -referencia incuestionable de los orígenes africanos de los fundadores-avisaban a los hermanos de la cofradía de la celebración de una solemne misa en el convento de la Concepción, en la que todos estaban obligados a confesar y comulgar "para ganar todas las gracias e indulgencias concedidas a la hermandad" (cap. 40). De nuevo en esta ocasión los hermanos debían colaborar con sus limosnas, al igual que en las otras dos CARMEN MENA GARCÍA Anuario de Estudios Americanos fiestas: la del aniversario general por los hermanos difuntos, que se celebraba en el mes de noviembre con misa y solemne procesión presidida por el estandarte de la cofradía, y la de la Candelaria. Las reglas precisaban, además, que el tercer domingo de cada mes se celebraría misa cantada en honor de la titular ante el Señor Sacramentado, con profusión de luces y música, y recogían el compromiso de gratificar a la madre abadesa con cuatro pesos y cuatro reales. Para la Hermandad de San Sebastián existía una fiesta general de obligada asistencia para todos sus miembros: el 20 de enero, día de su patrono, se celebraba en la iglesia catedral misa solemne en la que todos los hermanos estaban obligados a confesar y comulgar para ganar las indulgencias. Además en el día citado la cofradía salía en procesión por las calles de la ciudad con la imagen de San Sebastián, cuyas andas debían portar aquellos cofrades previamente designados por el mayordomo, precedida por el estandarte de la cofradía. En esta ocasión cada cofrade contribuiría con un peso de a ocho. También la cofradía recoge en su capítulo 11 el compromiso de participar en otras procesiones públicas: "en el entierro de los cofrades, procesión del día del Corpus y su octava, en las rogativas, en la publicación de la Santa Bula y cuando hay edicto de la Inquisición". Una última observación conviene añadir. En las reglas de las cofradías de negros panameños no se contiene alusión alguna que permita pensar en un desfile procesional celebrado con regularidad durante su Semana Santa, como se observa en otras cofradías penitenciales, tanto peninsulares como americanas. Los hermanos de las cofradías: número y distribución étnica Como ya adelantamos, el expediente que guarda las nuevas reglas de la Hermandad de Santa Ana incorpora también la relación de sus cofrades, fechada el 4 de diciembre de 1765, que a continuación pasamos a analizar. Lo primero que llama la atención del listado, que arroja un total de 414 afiliados, es el anonimato de una gran parte de sus miembros, justificado por 44 Eso no significa que no los hubiera. Otros documentos consultados demuestran que en Panamá se celebraban desfiles procesionales ya a comienzos del siglo XVII, muy similares a los de Sevilla y con la participación de cofrades negros. Todavía en el XVIII había Hermandades de penitencia, como la de San Juan de Letrán, del convento de Santo Domingo, que procesionaba el miércoles santo por las calles de la ciudad. Cuando avancemos en nuestra investigación, tal vez podamos dar una respuesta definitiva sobre estas interesantes manifestaciones de devoción popular. Tomo LVII, 1, 2000 razones de orden práctico: "para no hacer la presente relación demasiado larga y tediosa", aunque no oculta su intencionalidad elitista y el espíritu de segregación que la guía: "expresaré solamente -anota el escribano Bartolomé Antonio Franco-los nombres de aquellas personas que merecen ser expresadas por razón de su carácter, y a lo último pondré el número de los demás en sus propias clases". Aquí el término "carácter" no debe ser interpretado como hoy día lo haríamos. No se trata de los rasgos peculiares o de la personalidad de un individuo, sino de la condición social del mismo, de manera que lo correcto sería entender que el escribano detalló solamente los nombres de aquellos cofrades más distinguidos "por razón de su estima social". A destacar el hecho de que todos los hombres o mujeres españoles, cuyos nombres se mencionan, reciben en su totalidad el tratamiento de don/doña, o excelentísima, cosa que no ocurre en el caso de los morenos. Asimismo sólo reciben el nombre de "cofrades" -tratamiento, sin duda, de distinción-los presbíteros y españoles varones, frente al resto, tanto de la gente de color como de las mujeres españolas, a los que se aplica la denominación de "hermanos"/"hermanas". Se observa, asimis- mo, una intencionalidad segregacionista en la división por razas o grupos étnicos ("hermanos españoles" y "hermanos llamados comúnmente de color") y por sexo (hombres y mujeres) con que se diferencia al conjunto de cofrades en las siguientes categorías: Cofrades presbíteros: Suman un total de 24 y están encabezados por el obispo de Panamá, don Francisco Javier de Luna Victoria, promovido ya a la diócesis de Trujillo; por el deán de la catedral y hermano mayor de la cofradía, don José Justo López Murillo; por don José de Achurra, maestrescuela de la catedral y por don Juan José López de Goycoechea, cura párroco de la iglesia de Santa Ana. Del resto de los presbíteros, hasta los 24 que forman el grupo, se silencian sus nombres. Cofrades españoles: De los 22 cofrades españoles sólo se menciona a las dos personas siguientes: don Mateo de Izaguirre, "camarero" de la cofradía "y bienhechor de la enunciada iglesia", 45 y don Manuel Joaquín de Montiano (gobernador de Panamá). Hermanas españolas: De las 34 que forman el total, sólo se destaca a la excelentísima señora doña Gregoria de Aguiar. Hermanos llamados comúnmente de color: Forman un total de 91. Se anota sólo al mayordomo bolsero de la cofradía, el alférez José Calixto de Vega. Hermanas llamadas comúnmente de color: De las 243 de esta categoría, se destaca a la mayordoma María Bernarda de San Martín. Una conclusión inmediata se deriva del análisis de estos datos: la aplastante superioridad de los morenos con un 81% sobre el total. Por desgracia, los asientos no especifican la situación jurídica de los mismos y aunque sabemos de la existencia de esclavos en el seno de la cofradía, no 45 Recordemos que este comerciante vasco había reedificado la iglesia de Santa Ana. Tomo LVII, 1, 2000 es posible averiguar entre los definidos genéricamente como "de color" cuantos negros esclavos y cuantos libres se incluyeron en el recuento. Se trata de una cofradía de negros -libres o esclavos-, pero también de mujeres y especialmente de mujeres negras. Es evidente que el sexo femenino, con el 67% del total, impera en la cofradía de Santa Ana y muy especialmente las mujeres de color -243 hermanas de color frente a 34 hermanas blancas-con un peso porcentual sobre el total cercano al 60%. La cofradía de Santa Ana no menciona en sus reglas ningún requisito para ingresar en la hermandad. Sin embargo en el caso de las otras dos cofradías se fijan algunas normas a tener en cuenta que, a nuestro parecer, constituyen una notable manifestación de los prejuicios que guían a la sociedad jerarquizante y discriminatoria de aquella época. En la cofradía de San Sebastián podía ingresar como hermano "cualquier cristiano, sin pedir otro requisito que el que sean de ánimo quieto y de buenas costumbres, lo que deberá averiguar el mayordomo" (cap. 14). Una cláusula muy similar incorporan las reglas de La Concepción: "Ser cristianos, sin atender a las calidades", precisando del mismo modo lo siguiente: "sólo que tengan bue- nas operaciones y costumbres, que no sean de genio revoltoso", pues en caso contrario el hermano mayor de la hermandad quedaba facultado para borrarlo del libro de asiento (cap. 26). Se consideraba un rasgo intrínseco de los africanos y mezclas su carácter alborotador, desordenado y festivo, de aquí estas precisiones. Con palabras de Carlos Aguirre, los negros libres compartían con otros grupos étnicos, genéricamente designados como "castas", un patrón de conducta que ha sido denominado como "cultura plebeya", muy distante de las exigencias de los sectores dominantes, política y socialmente temida. Y -concluye-"si algún factor distingue nítidamente a la plebe es su carácter inestable". 46 Viviendo de oficios eventuales y mal pagados, conviviendo con la marginalidad y el mundo del lumpen, inmersos en conductas sociales desordenadas y con propensión a la violencia, todos los negros y morenos -incluso aquellos que consiguieron escalar posiciones destacadas dentro del artesanado o la milicia, por ejemplo-tuvieron que soportar toda la carga de desprecio y humillaciones con la que fueron considerados por las élites por su sola filiación étnica y su posición subordinada. Observaciones como las que acabamos de ver se vierten igualmente en otras cofradías de negros peninsulares en siglos pasados. Isidoro Moreno escribe que la cofradía sevillana de Nuestra Señora de los Angeles (o de "Los Negritos") tenía establecida en sus reglas de 1554 la obligatoriedad de realizar una información secreta sobre cada nuevo solicitante, "y si es escandaloso de costumbres no sea recibido, y si después de recibido fuere de malas costumbres, como borracho, ladrón o blasfemo, que sea notorio, corríjanlo hermanablemente, y si no se enmendare a dos veces que sea corregido, sea echado de la Hermandad hasta que conste su enmienda". Esta disposición es interpretada por Moreno como una manifestación más de la dimensión ejemplarizante de la hermandad de los negros, pues considera que uno de los objetivos de la autoridad eclesiástica "fue la de poder contar con negros devotos que fuesen ejemplo y guía moral para el resto de los integrantes de su etnia". 47 Una última observación conviene respecto a la admisión de nuevos hermanos. Guiada por motivos nada espirituales, la cofradía de La Concepción tenía prohibido su ingreso a los enfermos y personas "de edad avanzada", sin precisar el límite de edad, justificándose esta medida en que 46 Agentes de su propia libertad. CARMEN MENA GARCÍA "no se puede esperar de ellos beneficio alguno y antes sí por el contrario mucho perjuicio para la cofradía" (cap. 41). Conviene aclarar que este capítulo fue luego censurado en 1784 -a requerimiento de la autoridad gubernativa-obligando a la cofradía a introducir la siguiente frase: "podrán ser admitidos los viejos y enfermos que quisieren alistarse en ella, con tal que no adquieran derecho a los entierros, aniversarios, etc." En la fecha citada se supeditó asimismo el placet que la Hermandad había solicitado de sus reglas nuevamente redactadas a la supresión de aquellos capítulos que imponían la obligatoriedad de entregar limosnas, lo que impedía el ingreso en la cofradía a los más necesitados y el disfrute de sus beneficios espirituales. "Parece justo -dictaminó el asesor del gobernador de Panamá-que la aprobación que se dé sea con la circunstancia que todos los fieles que quisieren alistarse en ella sean admitidos aunque no contribuyan cosa alguna, sin podérseles obligar a ello, sino sólo aquellos que quisieren ser participantes de los entierros, aniversarios, misas, sufragios y demás actos de costo porque para este fin se exigen las cantidades que se comprenden en dichas constituciones". Y a continuación se justificaba la medida en la siguiente premisa: "Y siendo el principal objeto de estas piadosas fundaciones el logro de las indulgencias concedidas por los sumos pontífices, quedarían privados de ellas los pobres, que no debe permitirse porque franqueándose a los fieles graciosamente el tesoro de la Iglesia, no deben quedar por su miseria privados de él, mayormente cuando está prohibido por la Santa Sede y principalmente por nuestro Santísimo Padre Pio V, todo interés en asunto a dichas indulgencias". 48 Por desgracia son pocos los datos que poseemos respecto a los hermanos de las cofradías de San Sebastián y de La Concepción, aunque en los expedientes que generaron el proceso de sanción de sus reglas constitucionales figuran los nombres de algunos de sus miembros a los que pasaremos a referirnos. En las de San Sebastián (1770) sólo se menciona a su mayordomo, Juan José Carrillo, de oficio "ayudante de la tropa de morenos". 49 Las de La Concepción recogen en 1767 las firmas de 16 hermanos, de ellos cuatro maestros y un bachiller, si bien es seguro que su número debió ser mayor, puesto que -tal y como se hace constar-sólo figuran los que 48 AGI, Panamá, 291, doc. 8, págs. 29 y 30. 49 Se trata, seguramente, del mismo Juan José Carrillo que figura en 1783 en el expediente de la cofradía de La Concepción como uno de sus hermanos más antiguos. Ahora bien, dentro de este grupo se constatan las ausencias de algunos miembros de la hermandad que no estuvieron presentes en el acto por alguna razón que se nos escapa. Esta es la nómina: El expediente contiene anotaciones de años posteriores que revelan la presencia de otros hermanos, como Juan José Carrillo y don Javier del Bosque. El primero era capitán de las milicias de morenos en 1783, fecha en la que declara tener 60 años. El segundo desempeñaba el cargo de hermano mayor de la cofradía cuando se produjo el gran incendio de 1737 y, en consecuencia, debió tratarse de un sacerdote. De los cofrades que figuran en la nómina arriba indicada declararon en 1783 Valeriano Meléndez, "criollo", quien por entonces contaba 70 años; Andrés Corsino Sandino, también "criollo" y de la misma edad, quien acreditó su antigüedad en el cargo pues aseguraba que cuando se produjo el incendio de 1737 -tendría entonces 24 años-ya era mayordomo de la cofradía. Y por último, Juan Cornelio de Echeverz, de 65 años, quien formaba parte, como Juan José Carrillo, de las milicias de morenos con el rango de teniente. Es bastante probable que muchos otros hermanos de ésta y de las restantes cofradías de morenos pertenecieran al ejército regular ocupando cargos de distinto rango. "A principios del siglo XVIII -escribe Omar Jaén-la mitad de las milicias de la gobernación de Panamá y Portobelo están compuestas por hombres de color, aunque de matices variados. Algunos de estos oficiales pardos, gente poderosa en sus poblados, hijos de señores destacados de la sabana, criollos casados con mulatas, terminarán hasta por adquirir el tratamiento de "don" poco tiempo después, al final de la centuria y en el siglo XIX, y ser considerados como del grupo de los blancos dominantes y entre los principales en el interior del país". CARMEN MENA GARCÍA Por último, queremos destacar el hecho de que muchos panameños estaban inscritos como hermanos de varias cofradías a un mismo tiempo: compartían devociones y a veces hasta cargos de responsabilidad. Tal circunstancia es más previsible, desde luego, entre los españoles que entre negros y morenos, pues la carga impositiva que exigían las hermandades, disimulada bajo el concepto de "limosna", disuadía a los sectores más humildes. Por ejemplo, nombres como los del doctor don José Andrés de Achurra, maestrescuela de la catedral de Panamá (cofrade de Santa Ana y de la Caridad), don José de la Guardia (hermano de la Caridad y de la Concepción) y Juan José Carrillo (mayordomo de la cofradía de San Sebastián en 1770 y hermano a un mismo tiempo de la de la Concepción), entre otros, aparecen registrados en fechas muy cercanas en dos hermandades a la vez. Relación de los cofrades de la hermandad de la Concepción asentados al pie de sus reglas constitucionales en 1767:
El presente artículo analiza las actividades mercantiles y políticas del comerciante habanero Juan de Miralles como comisionado de la Corona española en Norteamérica durante la revolución de las trece colonias contra Inglaterra. La presencia de Miralles marcó el principio de las relaciones comerciales y diplomáticas entre Cuba y Norteamérica. El caso de este cubano es un ejemplo importante de la función del comerciante como intermediario en los procesos comerciales, culturales e incluso políticos. Sin embargo, se trata de un ejemplo especial, ya que fue una excepción la presencia de un comerciante cubano como representante de la Corona española para fomentar las relaciones comerciales internacionales desde el extranjero. La orientación hacia Norteamérica y las reformas borbónicas de la administración y del comercio en Cuba pusieron los cimientos para la emancipación de la élite local. Su integración y la coparticipación en las decisiones políticas y económicas aseguraron la lealtad hacia la metrópoli. En eso la actividad de Miralles como importador y diplomático refleja la posición de la aristocracia cubana entre un comercio más liberal y la obediencia a la Madre Patria. El estudio del grupo social de los comerciantes es de primera importancia para la investigación de la interacción económica y cultural que resultó de la expansión europea desde el siglo XV. Al mismo tiempo la relación entre el mundo colonizador y el mundo colonizado se entremezcló con la rivalidad entre los poderes europeos por los territorios de ultramar. Fueron los comerciantes que transgredieron las fronteras de estos diversos lados heterogéneos y lograron moverse a pesar de las restricciones impuestas por España para con el comercio de sus colonias con Inglaterra. Se practicó lo que el libertador argentino Manuel Belgrano había expresado en las críticas, pero acertadas palabras: "El comerciante no conoce más patria, ni más rey, ni más religión que su interés". 1 Con el establecimiento de casas comerciales en diversos territorios de otros imperios no solamente aumentaron los sectores de importación y exportación, sino también los intercambios políticos y socio-culturales que podían llevar incluso al establecimiento de relaciones diplomáticas entre dos naciones. Hay que analizar este proceso como consecuencia de los crecientes intereses económicos de Gran Bretaña en América Latina. Desde la Guerra de Sucesión de España a principios del siglo XVIII, las colonias hispanoamericanas se vieron cada vez más implicadas en el conflicto entre los poderes hegemónicos europeos. El enemigo principal de España fue Inglaterra que mostraba su intención de anexionarse partes del imperio español y además inmiscuirse en el comercio ultramarino. Debido a la creciente producción a causa de la revolución industrial Gran Bretaña aumentó sus exportaciones transatlánticas. Como consecuencia de la preponderancia británica en el tráfico marítimo comerciantes ingleses, escoceses e irlandeses buscaron nuevos mercados más allá del imperio británico y establecieron comunidades en los centros comerciales de las colonias españolas y portuguesas. 2 De este modo en el momento de la independencia hispanoamericana el gobierno en Londres podía disponer de los servicios diplomáticos de estos comerciantes familiarizados con las jóvenes repúblicas. En muchos casos estos negociantes fueron nombrados cónsules estableciendo las primeras relaciones diplomáticas oficiales. En cambio, España procuró proteger su imperio colonial contra cualquier influencia foránea y prohibió oficialmente tanto a los comerciantes extranjeros cualquier actividad como también a sus súbditos mantener intereses comerciales fuera del territorio de la Corona española. Cuba ofrece una situación particular dentro de este panorama. La conquista de La Habana por los ingleses en 1762, a finales de la Guerra de los Siete Años, inauguró las relaciones comerciales de una extensión considerable entre Cuba, Gran Bretaña y sus colonias norteamericanas. Fueron sobre todo los comerciantes procedentes de los centros comerciales en la costa oriental de Norteamérica, los que se aprovecharon de los nuevos vínculos con el mercado de la isla antillana. Al mismo tiempo, Cuba había experimentado un crecimiento económico considerable debido a las reformas borbónicas en las décadas anteriores de la ocupación inglesa. 3 A raíz de la rebelión de las trece colonias norteamericanas contra Gran Bretaña en 1775 se dio un acercamiento económico entre la isla y la parte oriental de Norteamérica, que se intensificó aún más por la interrupción del tráfico de 2 Böttcher, Nikolaus: "Casas de comercio británicas y sus intereses en América Latina 1760-1860: estado y problemas de la investigación actual", Iberoamerikanisches Archiv las Sugar Islands británicas en el Caribe. A causa de la permanente guerra en Europa, Cuba por su parte pasó por una crisis en su comercio con la metrópoli y sufrió por ende dificultades considerables de abastecimiento; como consecuencia, los comerciantes cubanos estaban a la búsqueda de nuevos mercados de colocación de sus productos. Por su rivalidad con Gran Bretaña, España dudaba entre la neutralidad y la ayuda militar y financiera a los rebeldes norteamericanos en su lucha por la independencia. 4 Finalmente, España no prestó apoyo inmediato a las trece colonias, sino decidió primeramente enviar a comisarios especiales para obtener informaciones sobre la situación general desde los territorios en guerra. Estos comisionados fueron mandados por el gobernador de Cuba desde la capital de la isla a puertos y centros comerciales como Baltimore, Filadelfia, Nueva York y Boston. Uno de estos delegados no oficiales del gobierno español en suelo norteamericano fue el comerciante Juan de Miralles, vecino de La Habana. El caso del comerciante Juan de Miralles que se analiza a continuación merece especial interés, sobre todo porque se trata de un comerciante hispano y no anglosajón que trabajó durante un período considerable fuera del imperio español. Por su función polifacética como espía, empresario y diplomático Miralles logró promocionar su carrera profesional y desarrollar al mismo tiempo actividades políticas. Para aclarar el contexto histórico en el cual hay que analizar su actividad mercantil y diplomática conviene esbozar brevemente las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos en ese período. Intereses económicos de Norteamérica en Cuba a finales del siglo XVIII La Habana en el siglo XVIII seguía siendo el núcleo estratégico del Caribe y del golfo de México. Por sus condiciones climáticas y atmosféricas favorables la ciudad había sido elegida como puerto central de la región que albergaba la flota para la defensa de las rutas comerciales y como punto de abastecimiento para las flotas mercantiles procedentes de la Nueva España y el Perú. Sin embargo, al principio la economía de la isla sacó poco prove-cho de esta situación privilegiada de La Habana. Todavía en 1740 el comercio de Cuba se limitaba a un tráfico mercantil escaso con Nueva España y el Nuevo Reino de Granada. Hasta mediados del siglo XVIII una solución fue el contrabando de los comerciantes locales, que actuaron como agentes clandestinos y testaferros de comerciantes británicos ubicados en Jamaica, que tenían el asiento de esclavos para Hispanoamérica desde la paz de Utrecht de 1714. Por lo tanto, los más beneficiados durante el período del "comercio libre" con Gran Bretaña fueron estos comerciantes cubanos y británicos, simplemente por conocer bien el mercado, al cual suplían clandestinamente desde hacía mucho tiempo. No es sorprendente que después de la conquista de La Habana algunos comerciantes locales se mostraran dispuestos a colaborar abiertamente con la potencia invasora. Cuando los ingleses tomaron la capital, encontraron grandes cantidades de azúcar en mal estado, debido a la mala organización del transporte hacia España y a la falta de barcos. Al mismo tiempo, en Europa se había iniciado un fuerte alza de los precios del azúcar por la interrupción del transporte desde el Caribe en tiempos de guerra. Los habaneros estaban impresionados por la rapidez con la que los mercaderes británicos manejaron el embarque del azúcar y la introducción de esclavos y de mercancías. Sin embargo, no hay que sobrevalorar la ocupación británica de La Habana como incorporación completa de la isla en el sistema comercial transatlántico entre el Caribe, Norteamérica y Gran Bretaña. La Habana fue entregada a España después de menos de un año poniendo fin al comercio legal con Gran Bretaña. La introducción de esclavos fue significativa durante los años 1762 y 1763, pero no cambió sustancialmente la estructura económica cubana. Además el éxito de los comerciantes extranjeros se basó principalmente en la producción agrícola de Cuba, que había sido aumentada por las reformas borbónicas antes de la ocupación. 5 Las relaciones comerciales entre Cuba y el mundo británico empezaron a florecer después del tratado París de 1763, cuando La Habana fue devuelta a España a cambio de la Florida. Una de las consecuencias más significativas fue sin duda el principio de un intercambio comercial regular con el continente norteamericano. Algunos comerciantes norteamericanos se habían establecido en La Habana antes de la rebelión contra Gran Bre-5 Para el crecimiento de la agricultura y del comercio véase Marrero, Leví: Cuba: Economía y sociedad, Madrid, 1972-88, vol. VII (1978) Hasta entonces el comercio con Cuba había sido ilegal y esporádico. Además, los agentes británicos que organizaron el transporte de esclavos desde Jamaica vieron con celos la posible intensificación del comercio cubano-norteamericano. Pero en esa época las colonias inglesas en América todavía dependían más del comercio con Santo Domingo, Florida y Puerto Rico que con Cuba. 6 En el tratado de París se estipuló que La Luisiana pasara a ser española y se incorporó a la capitanía general de La Habana. 7 A través de ese nuevo eje el tráfico entre Cuba y las posesiones británicas en América aumentó considerablemente. El crecimiento de las exportaciones de azúcar cubana a cambio de la harina y de los cereales norteamericanos dio motivo al gobierno inglés para establecer una política proteccionista restringiendo el comercio en la región del Caribe. 8 Sin embargo, las restricciones económicas provocaron masivas protestas por parte de las trece colonias. Durante estos años, La Habana no sólo fue la capital de la administración y de la economía isleñas, sino que además llegó a ser el centro logístico para la reconquista española de los territorios que habían sido cedidos a Gran Bretaña en la Guerra de los Siete Años. A finales de los años setenta del siglo XVIII el puerto principal de Cuba se convirtió en el cuartel general de las tropas españolas y el astillero vivió una etapa de intensa actividad. Como consecuencia del crecimiento de la población compuesta por comerciantes, esclavos, marineros y sobre todo soldados, La Habana dependía cada vez más de la importación de alimentos básicos, como la harina, ya que Cuba se especializaba exclusivamente en los cultivos de tabaco, café y azúcar, cuya producción sobrepasaba la capacidad de exportación de la flota mercantil española. Entre 1775 y 1783 llegaron empresarios norteamericanos a Cuba, al mismo tiempo que las regiones de la costa registraron un 6 Lewis, James: "Anglo-American Entrepreneurs in Havana: the Background and Significance of the Expulsion of 1784-85", en: Jacques Barbier y Allan Kuethe fuerte crecimiento en la producción agrícola y el tráfico marítimo. 9 Los comerciantes de Charleston, Baltimore, Filadelfia, Nueva York y Boston ofrecieron transporte de mercancías más rápido y a precios más bajos. Como consecuencia, los impuestos de importación y exportación para el comercio con Norteamérica fueron reducidos. En 1781 llegaron a La Habana un total de 126 buques mercantes norteamericanos; dos años más tarde se inauguró la línea marítima entre La Habana y Filadelfia y en la misma fecha anclaron 183 barcos en el puerto habanero, en su mayoría procedentes de la Bahía de Chesapeake (Filadelfia y Baltimore), Carolina (Charleston), Georgia (Edenton), Nueva Inglaterra y Nueva York. 10 Con el final de la guerra entre España e Inglaterra se redujo la presencia militar en La Habana y la necesidad de importar harina fue satisfecha desde España y México. Bajo la presión del consulado de Cádiz la Corona había revocado las facilidades comerciales con Norteamérica. Sin embargo, este comercio ya había arraigado y varias casas comerciales norteamericanas se encontraban firmemente establecidas en La Habana, sin que se vieran afectadas por los vaivenes de la política metropolitana. 11 La revolución de Santo Domingo, en 1791, provocó que La Habana se convirtiera en el núcleo del sistema de plantaciones entre el Caribe, Luisiana y Florida. Hacendados y comerciantes norteamericanos comenzaron a postular la idea de un imperio de plantaciones entre Norteamérica y las Antillas cuya capital sería La Habana. 12 El 27 de Octubre de 1795 España y los Estados Unidos firmaron un contrato de amistad y navegación. Entre 1796 y 1808 España pasó la mayor parte del tiempo en estado de guerra, mientras la élite cubana se encargó por su propia cuenta de la organización de los asuntos de la isla, hasta conseguir la legalización del comercio con los Estados Unidos. Con la real cédula del 18 de noviembre de 1797 Cuba pudo comerciar con los países neutrales, admitiendo así la insuficiencia del sistema monopolista. 11 Archivo Histórico Nacional, Madrid (en adelante AHN), Estado, 3885bis, expediente 4, núm. 14: Manuel Cabello, Relación que manifesta los comerciantes yngleses americanos que se hallan en esta ciudad, 23 de mayo de 1780. 13 Moreno Fraginals, Manuel: El Ingenio. NIKOLAUS BÖTTCHER cubano con Estados Unidos excedió al realizado con la metrópoli (véanse Cuadros 1 y 2). Durante estos años el comercio fue organizado y dominado por los anglosajones. Cubanos como Miralles, que lograron establecer relaciones comerciales en tierra norteamericana, fueron casos excepcionales, mientras la mayoría de los mercaderes locales se convirtió en comisionistas de las casas comerciales norteamericanas. JUAN DE MIRALLES: UN COMERCIANTE CUBANO Juan de Miralles y la revolución norteamericana 14 Juan de Miralles Trailhon nació en Alicante, hijo de padres franceses. Su padre era mercader; probablemente participaba en negocios de importación y exportación entre Aragón y la costa mediterránea de Francia. No se sabe nada más sobre la vida de Juan antes de su llegada a Cuba. Desconocemos tanto la fecha de su nacimiento 15 como el año de su viaje a las Indias. A causa de su origen francés tuvo que solicitar una carta de naturaleza para poder trasladarse a las colonias ultramarinas; sin embargo, tal documento no aparece en los papeles correspondientes del Archivo General de Indias en Sevilla. De todos modos, alrededor de 1740 ya vivía en La Habana ejerciendo de comerciante. 16 Desde el principio se dedicó a la exportación de tabaco y de azúcar a Cádiz; al poco tiempo logró ampliar sus actividades al convertirse en encargado de empresas inglesas afincadas en Kingston (Jamaica) y San Agustín (Florida). Durante estos años Miralles adquirió los primeros conocimientos del idioma inglés a través de su contacto profesional con los comerciantes británicos. Los meses de la ocupación inglesa, entre agosto de 1762 y junio del año siguiente vivió en La Habana; sin embargo, las fuentes no aportan datos sobre su probable colaboración con los ingleses, ya que no era aconsejable mencionar los vínculos con el principal enemigo de la Corona española. Mientras tanto, el volumen de sus negocios había crecido considerablemente; varios años después de la dominación inglesa reclamaba haber perdido tabaco por valor de 2 millones de reales, que se encontraba en los almacenes de la ciudad al ser conquistada. 17 Después de la retirada de las tropas británicas Miralles aparece por primera vez en escena en 1765 al solicitar el asiento de esclavos. 18 Esa nueva actividad como negrero hace suponer una vez más su posible colaboración con los ingleses, ya que fueron los esclavistas británicos los que abastecieron la capital y sus contornos con un desconocido número de esclavos africanos. 19 Al restaurar la Corona española su poder sobre la isla de Cuba, los representantes de la metrópoli, el gobernador conde de Ricla y el mariscal de campo Alejandro O'Reilly, suspendieron los servicios de la Real Compañía de La Habana por insuficientes. Fue el primer paso hacia las reformas borbónicas en la economía y en la administración cubanas después de la pérdida de la Guerra de los Siete Años. A los pocos meses de su llegada Ricla y O'Reilly habían reconocido el estado desastroso en que se encontraba la economía local, ocasionado por la paralización del comercio y por la falta de mano de obra debida a la ineficaz organización de la trata de esclavos. 20 Miralles ofreció a la Corona sus servicios en vano. En su lugar, Ricla se inclinó por una decisión más tajante y concedió directamente licencias particulares a negreros británicos, que parecían ser capaces de garantizar el suministro por su acceso directo al mercado africano. Pero Miralles no se retiró del negocio e incluso logró convertirse en apoderado de los nuevos asentistas. Cuando la Corona suspendió el asiento con los negreros británicos dos años más tarde y se lo encargó a la Compañía Gaditana de Negros, Miralles entró junto con su colega Jerónimo Enrile como factor en dicha compañía estatal. 21 Mientras Enrile más tarde se convirtió en director y apoderado general de la compañía, en julio de 1769 se suspendió a Miralles como administrador, porque "... este encargo impedía la precisa atención a sus vastos negocios particulares". 22 Obviamente este último se había aprovechado de sus contactos con los centros comerciales ingleses para llevar a cabo negocios ilícitos, como hombre de paja, a través de una tienda que tenía en pleno centro de La Habana; allí vendía mercancías de los almacenes de la Compañía Gaditana a clientes individuales en Cuba y en Jamaica actuando fuera del control de la Compañía. 23 En estos años Cuba alcanzó la primera ola de crecimiento económico. Sobre todo el nuevo acceso al mercado norteamericano hizo incrementar las importaciones y exportaciones a través de La Habana. Al mismo tiempo la inmigración forzosa de esclavos aumentó drásticamente. En septiembre de 1773 se decidió trasladar la caja principal de la Compañía Gaditana desde Puerto Rico a La Habana; antes de concluir la década ya se había transportado más de 13.700 esclavos a La Habana. En una carta con fecha del 12 de octubre de 1776 a la Junta de Negros en Madrid, indicó que disponía de recursos financieros suficientes como para ofrecer a la Corona un pago de 200.000 pesos al año en caso de que se le otorgara el monopolio de la venta de negros en Cuba. 25 Se rechazó la oferta porque Miralles daba la impresión de ser "... hombre de mas tramoya y apariencia que solidez y sustancia". 26 Al estallar la guerra de independencia norteamericana se cortó el comercio entre Norteamérica y las posesiones británicas en el Caribe, con lo que cesó la entrada de esclavos, harina, carne salada y madera. 27 Cuba se aprovechó de esta nueva posibilidad de colocar sus productos en el nuevo mercado. Cuando España estableció relaciones amistosas con las colonias rebeldes, el acercamiento económico entre Cuba y Norteamérica se intensificó a pesar de las protestas de parte del gobierno británico. España incluso permitió a los capitanes de los barcos bajo bandera norteamericana echar anclas en el puerto de La Habana; los avisos referentes a dichos buques fueron expresados de una forma muy vaga para que el comercio aparentara ser legal. Esto incluía que se toleraba la presencia de navíos de guerra, lo que equivalía de hecho a que se le concedía asilo a los corsarios norteamericanos que llevaban algún botín de la guerra contra los ingleses. Los capitanes procedentes de las colonias rebeldes se sirvieron ante todo de la vieja práctica de la arribada, la cual les daba la posibilidad de hacer escala en el puerto de La Habana bajo el pretexto de una avería o de la necesidad de cargar alimentos y agua fresca. En realidad se efectua- Anuario de Estudios Americanos ba un comercio encubierto, declarando la compra de mercancías como gastos de reparación y pagando con esclavos y letras de cambio. 28 Una vez más Miralles dio prueba de su tenacidad e intuición comercial. A pesar de su despedida del cargo en la Compañía Gaditana y la desaprobación de su solicitud por el asiento, el cubano seguía con sus ocupaciones. Entró en colaboración con el comerciante norteamericano George Abbot Hall y a finales del año 1777 estableció una ruta comercial entre Charleston y La Habana convirtiéndose paulatinamente en un conocedor profundo de la situación de las colonias norteamericanas. Con el curso de la guerra de independencia de las trece colonias creció el interés del gobierno español por obtener información de los territorios insurgentes. El conde de Floridablanca dio instrucciones a los gobernadores de Luisiana y de Cuba para enviar observadores e informantes a los centros comerciales de la costa del este de Norteamérica y de la Florida: "Conviene que el Gobernador de la Luisiana, el de La Habana, u otro que sea de la entera satisfacción del Sr. Ministro de Indias, sea encargado de comisionar una o dos personas de gran sagacidad y zelo las quales puedan internarse en las colonias americanas insurgentes, estar a la vista de lo que ocurra, instruirse y avisar". 29 Ya en octubre de 1776 se había enviado a un comerciante criollo, llamado Miguel Eduardo, de La Habana a Nueva Orleáns y más tarde -como agente del asiento de negros-a Filadelfia, para obtener informaciones militares sobre Pensacola y San Agustín. Poco después se mandó a Florida a un tal Eligio de la Puente con los mismos fines. 30 Como fuentes de información estos enviados usaron tanto las gacetas locales de Kingston y Charleston como también conversaciones con mercaderes de esclavos, capitanes de barcos y maestres de navíos. Sus cartas fueron mandadas directamente a Gerónimo Enrile en su función de director de la Compañía Gaditana; de allí fueron transmitidas al gobernador de La Habana o al Ministro de Indias, José de Gálvez, sucesor de Floridablanca. 31 En estos años Juan de Miralles se convirtió en el enviado más importante de la Corona española en América del Norte. Por su experiencia en el comercio con el mundo anglosajón y por el dominio del idioma el cubano disponía de las cualidades necesarias para su misión. El 17 de diciembre de 1777 Miralles recibió las instrucciones de las manos del gobernador de Cuba. De la Torre le avisó que se embarcara como comerciante que acompañaba su mercancía en un barco con rumbo a Cádiz. 32 En el camino debía desembarcar en el continente norteamericano entre Carolina del Sur y Filadelfia bajo el pretexto de una arribada; allí debía hacerse pasar por comerciante cubano en búsqueda de esclavos, harina, carne y otras mercancías de las cuales se carecía en Cuba. La tarea más importante, sin embargo, consistió en enterarse de que si había planes de ataques de parte de las fuerzas armadas de Gran Bretaña contra posesiones españolas. Por real decreto del 21 de enero de 1778 Miralles fue nombrado observador y representante en EE.UU. Se le concedió un modesto presupuesto de 39.000 pesos para comprar géneros (de camuflaje) y regalos (para sobornos). 33 Las personas competentes que entraron en contacto directo con Miralles fueron por la parte española el nuevo gobernador en La Habana, Luis Navarro, y por la norteamericana, el comerciante Robert Morris y George Washington. Sin embargo, la influencia de Miralles fue limitada por los avisos desde La Habana y Madrid respectivamente. Las instrucciones tardaron meses en llegar al enviado dejándole a ratos sin órdenes y sin poderes. Al mismo tiempo, Miralles tenía que agradar a ambos lados, tanto a los diplomáticos y comerciantes norteamericanos como a los representantes del gobierno español. Ya por puro interés profesional le interesaba intermediar entre la Corona española y el Congreso Continental y convencer a ambas partes de las ventajas de una mutua colaboración política y económica. En sus cartas a La Habana elogiaba a los americanos como buenos y responsables socios los cuales estarían dispuestos a colaborar con los españoles en la reconquista de la Florida; incluso ofrecerían el control sobre la navegación mente director de la Compañía Gaditana), el marqués Jústiz y Santa Ana como por el corresponsal de los asentistas Baker & Dawson de Liverpool en La Habana, Felipe o Philip Alwood. Pero por negligencia no se informó a los oficiales de la aduana con lo cual se detuvo a Miranda al retornar a La Habana y se la acusó de contrabando. Antes de empezar el juicio en junio de 1783, Miranda huyó a Norteamérica y después a Inglaterra; más tarde se convirtiría en precursor de la lucha por la independencia (Marrero: Cuba..., vol. XII, págs. 46-55). 32 El gobernador Navarro insistió en que Miralles no implicara jamás al gobierno de España; oficialmente era un hombre privado (Cummins: Spanish Observers..., pág. 106). 17, Gálvez a Miralles, sin fecha. No fue sorprendente que Miralles estuviera satisfecho cuando España declaró la guerra a Gran Bretaña y se preparó el tratado de amistad con Estados Unidos nombrando a John Jay como mediador en las negociaciones preliminares en septiembre de 1779. 34 Las cartas de Miralles contenían sobre todo informaciones militares como descripciones estratégicas del puerto de Nueva York, 35 noticias sobre posibles ataques por parte de Gran Bretaña contra Mobile y Pensacola, 36 informes sobre las fuerzas armadas inglesas y sus movimientos cerca de Nueva York o rumores de un presunto ataque de Newport, el puerto principal de "Rodelán" (Rhode Island). 37 Además de trasmitir estas informaciones se permitió enunciar recomendaciones propias; destacó las posibilidades idóneas para atacar la isla de Jamaica y acabar de una vez con el contrabando inglés entre Honduras y Cuba. 38 En febrero de 1780 se trasladó a Morristown, donde se encontraba el cuartel general de las tropas norteamericanas bajo el mando de George Washington. La misión del cubano consistía en discutir con los norteamericanos la posibilidad de una ofensiva colectiva contra la Florida británica. A Miralles se le prometió el nombramiento como primer embajador, sin embargo, la colaboración oficial había de durar sólo mientras continuaba la guerra. Miralles cumplió con sus deberes diplomáticos sin desatender sus negocios particulares. Aunque su actividad mercantil sirvió de camuflaje, en realidad seguía activo en sus ocupaciones comerciales. Sin embargo, se encontró con los viejos obstáculos de las restricciones económicas de la política mercantil española. En su correspondencia semanal y a veces diaria se encuentran con regularidad informes sobre la situación económica en los jóvenes Estados Unidos. No se cansó de poner de relieve las ventajas que resultarían del aumento de las importaciones para Cuba; elogiaba tanto la buena calidad como los bajos precios y la plétora de las mercancías norteamericanas. El mismo propuso enviar un cargamento de alquitrán, añil y madera a Cádiz. 39 Pero el comunicado oficial con fecha del 24 de julio 1778 desde La Habana se limitó a conceder el permiso de importar una sola carga de hari- na y arroz para la alimentación de los soldados en Cuba. Miralles envió por fin, en un barco de su socio Abbot Hall, un cargamento de 5.588 arrobas de arroz en 292 barriles que había adquirido a cambio de azúcar en Charleston. Aparte de esto, hasta finales de año 1778 Miralles había importado desde Cuba azúcar, puros, vino, pasas, jerez y chocolate como regalos diplomáticos por un valor de 3.842 pesos; sus gastos anuales por alquilar una vivienda, honorarios del médico y los gastos para viajar llegaron a 47.040 pesos. 40 Desde finales de 1778 Miralles se encontró en Filadelfia con la instrucción de ponerse en contacto con el Congreso Continental. En Filadelfía entró en colaboración con Oliver Pollock de Nueva Orleáns y Robert Morris de Baltimore; estas relaciones fueron decisivas para el establecimiento de los contactos comerciales entre Cuba y la costa norteamericana. Gran parte del tráfico marítimo entre Cuba y la tierra firme solía pasar por Nueva Orleáns, posesión española en aquel entonces; desde allí el irlandés Oliver Pollock organizaba los contactos con Filadelfia, Baltimore y Nueva York. 41 Pollock llegó a conocer a Miralles en noviembre de 1778, cuando este último estaba a punto de espiar los planes de las colonias rebeldes con referencia a la navegación del Mississippi. 42 El irlandés fue uno de los personajes claves durante esta época pionera de las relaciones políticas y económicas entre Hispanoamérica y los Estados Unidos. Desde 1760 estaba afincado en Nueva Orleáns y después en Filadelfia como comerciante mayorista por propia cuenta. Durante la ocupación inglesa de La Habana empezó a orientarse hacia el comercio con Cuba estableciendo una compañía con casa comercial de primera categoría en La Habana en 1767. 43 En los años siguientes intensificó sus vínculos comerciales y perfeccionó sus conocimientos del castellano. Su primer caudal considerable lo había ganado con la exportación de harina procedente de la Chesapeake Bay, a través de Nueva Orleáns, al Caribe. 44 Al mismo tiempo consiguió establecer conexiones políticas de primera importancia, algunas a través del uso de sus contactos étnicos: en Nueva Orleáns en 1769 se hizo amigo de O'Reilly, el reformador militar de Cuba de origen irlandés; fue presentado a O'Reilly por otro irlandés, el jesuita Tomás Butler. 45 Más tarde entró en intensa colaboración con el gobernador de Luisiana, Bernardo Gálvez, que era sobrino del ministro de Indias, don José de Gálvez, y el 2 de junio de 1777 fue nombrado encargado oficial del gobierno estadounidense para asuntos económicos referentes a Hispanoamérica. Fue Pollock quien hizo la presentación de Miralles a Robert Morris en Filadelfia en el verano de 1778. 46 Morris, en sus comienzos, había sido un comerciante de Liverpool que se había instalado en Filadelfia como negrero. Después de la independencia de los Estados Unidos se convirtió en el primer ministro de Hacienda del nuevo estado; también fue temporalmente agente de importantes casas comerciales de Europa, como los Hope de Amsterdam y los Merchant Bankers Baring Brothers y Cía. de Londres. En 1803 actuó como negociador de los Baring en la concesión del crédito al gobierno estadounidense para la compra de Luisiana. A finales de la década del 70 Miralles y Morris fundaron una compañía en Filadelfia, que se convertiría en el negocio principal del comerciante cubano. Se organizó la exportación de harina para La Habana en gran escala; era una mercancía de primera necesidad para alimentar a los soldados allí estacionados. La ciudad como puerto principal de la isla era temporalmente el centro logístico de la Corona española para sus planes de reconquistar los territorios en Norteamérica; fueron acuartelados en ella la flota española y un ejército de entre 8.000 y 12.000 hombres. Entre 1779 y 1780 los españoles lograron reconquistar Manchac, Baton Rouge, Mobile y San Agustín. 47 También se organizaron desde Cuba la gran expedición contra Pensacola en 1781, bajo el mando del mariscal de campo Juan Manuel Caxigal, y el ataque contra la parte occidental de Florida y las Islas Bahamas al año siguiente, bajo el mando de Bernardo de Gálvez. 48 Durante estos años el abastecimiento del ejército fue la tarea principal de la administración cubana. Sin embargo, la capacidad de suministro desde la Nueva España sufrió un estancamiento por la lentitud burocrática, la escasez de mulas y los costos elevados de transporte. 49 Por este motivo el gobernador de Cuba, Navarro, encargó a Miralles personalmente que preparase la organización y legalización del comercio con las ciudades portuarias de la costa norteamericana. En noviembre de 1778 Miralles y Morris ya habían enviado la cantidad de 16.000 barriles de harina desde Filadelfia a La Habana. 50 Navarro había otorgado una licencia particular para este cargamento, con lo cual se trata de la primera importación legal en el comercio directo entre la isla y la tierra firme norteamericana. En los siguientes meses esta conexión llegó a ser una línea regular del tráfico marítimo. 51 Después, la correspondencia entre Miralles y el director de la Compañía Gaditana y el gobernador de Cuba fue transportada en los buques mercantes de Morris. Las ganancias que resultaron de los derechos de aduana pagados por el comercio cubano-norteamericano se duplicaron en poco tiempo a más de 800.000 pesos. 52 Mercancías por más de $ 2.5 millones dólares fueron exportadas en 1778 desde Cuba a los Estados Unidos. 53 Finalmente, el 22 de octubre de 1779 se inauguró el "comercio libre" entre estos dos destinos. Según los datos indicados por el historiador cubano Leví Marrero, las ganancias procedentes del boom económico de los años comprendidos entre 1779 y 1781 para los comerciantes de La Habana se elevaron a más de tres millones de pesos. 54 Y fue allí donde se fundó la primera representación oficial de comerciantes norteamericanos. Después de una enfermedad febril Miralles murió de repente el 20 de abril de 1780. Seis días más tarde, su secretario personal y futuro sucesor, Francisco de Rendón, hizo pública la noticia de su enfermedad y muerte. En su carta al gobernador Navarro, Rendón elogió la ayuda amistosa, casi de pariente, de parte de George Washington, quien se ofreció a pagar los gastos funerarios. Rendón se negó a aceptar tal oferta; el funeral tuvo lugar el 29 de abril de 1780 en Morristown, el cuartel general de Washington. La celebración siguió el protocolo de un entierro nacional, con todos los honores militares, en presencia de Washington, del gobernador de Pennsylvania y de un representante del ministro de asuntos exteriores de Francia. En honor de Miralles se celebró la misa católica lo cual provocó consternación por parte de la oposición de Washington por el "servicio anti-cristiano" en un cuartel militar protestante. 55 La carta de Rendón a Navarro fue entregada en La Habana personalmente por Robert Morris. 56 Entre los papeles de Rendón se encontró el testamento del fallecido. 57 En éste Miralles daba la libertad a sus esclavos de servicio y les regalaba una parcela de tierra en los alrededores de La Habana. 58 Además avisaba a sus herederos de que sería Robert Morris, como persona de su confianza, quien debía llevar a cabo los negocios pendientes. De este modo, el testamento ofrece la posibilidad de esbozar las vinculaciones comerciales de Miralles poco antes de su repentina muerte. Sin embargo, los libros de contabilidad se limitan a pocas cartas y algunos balances anuales. Miralles se dedicaba tanto a negocios crediticios como a la compra y venta de mercancías de Cuba y Estados Unidos, sobre todo harina, tabaco, melaza y caballos para el ejército. Además se menciona un cargamento de cuarenta cajas de jarabe, veinte cajas de cerveza y catorce barriles de arroz, las que había encargado a la compañía de Hall en Charleston para su venta en Martinica. También era socio a partes iguales con John Dorsay, un comerciante conocido de Baltimore, en un negocio de venta de caballos al ejército norteamericano. Morris posteriormente vendió los caballos por valor de 27.432 pesos. 59 Miralles se nos presenta como un típico merchant adventurer del comercio ultramarino de la época, con la necesaria disposición de correr altos riesgos en sus negocios. Tenía casi la totalidad de su capital invertido en negocios pendientes, mientras disponía de un efectivo de sólo 132 pesos. A pesar de esta suma más bien modesta, Miralles formó parte del grupo de los comerciantes mayoristas de gran escala. En el momento de su muerte las relaciones políticas y económicas entre Cuba y los Estados Unidos habían ascendido a su punto culminante. El 29 de mayo de 1780 se permitió oficialmente que todos los barcos bajo bandera norteamericana podían atracar en el puerto de La Habana para vender y comprar todo tipo de mercancías; por la situación de guerra se extendió este permiso incluso a la venta de esclavos. 60 Robert Morris se empeñó en designar a uno de sus socios de Filadelfia como comercial agent de los Estados Unidos en La Habana, pero el gobierno en Madrid se opuso. 61 Tampoco se dio permiso a los ciudadanos estadounidenses para obtener propiedades en Cuba. España demoró cada vez más la firma de un tratado comercial con los Estados Unidos; la razón estaba en que el contrabando por parte de los comerciantes norteamericanos en La Habana había aumentado drásticamente. Ya en 1779 Miralles mismo había protestado ante el Congreso Continental contra estas actividades ilícitas. 62 En lo sucesivo, las relaciones mutuas empeoraron después de la paz de Versalles que se firmó el 20 de febrero de 1783. Los Estados Unidos procuraron ampliar sus privilegios comerciales referentes a Cuba, mientras España no consideró necesario en tiempos de paz el comercio con neutrales. La paz de Versalles no sólo trajo consigo el reconocimiento internacional de los Estados Unidos, sino también la reconquista de Florida y Menorca por parte española. Una vez terminada la guerra con Gran Bretaña, España suprimió los privilegios mercantiles de los norteamericanos en Cuba. El 20 de abril de 1784 Robert Morris pidió a Rendón que propusiese al gobierno de Madrid conceder a los mercaderes norteamericanos la libertad de comerciar libremente en el Golfo de México, para mejorar la colaboración y suprimir el contrabando. Rendón transmitió el mensaje, pero añadió al mismo tiempo que tal proposición merecía un cauto y esmerado examen, puesto que, según los datos que tenía, Morris era el contrabandista más grande de textiles y de harina. 63 De hecho, en aquel momento el socio de Morris, Oliver Pollock, se encontraba detenido en la cárcel municipal de La Habana por falsedad en su declaración, intento de soborno a un oficial de la Corona española y negocios ilícitos por más de 25.000 pesos. 64 Por lo tanto, Rendón propuso que se abandonara la política económica liberal, al estilo de Miralles, y se redujera en cambio drásticamente las relaciones comerciales con los Estados Unidos; además se mos- tró partidario de regresar a la política del control estatal a través de la fundación de una compañía monopolista: "... una compañía española de hombres de conocidos caudales solidez y honradez acreditada y que en qualquier caso fuesen capaces de responder a S.M. a el puntual cumplimiento de sus obligaciones; esta compañía enviaría comisionistas a las cinco [puertos] principales de estos Estados como son Charleston, Baltimore, Philadelphia, Nueva York y Boston, donde comprarían todos los artículos que les permitiese el Rey, y emplearían por consiguiente un gran numero de Buques de sus vasallos en la importación de aquellos efectos a los paraxes que se les indicase estipulando con dhos contratantes las propias condiciones que ofrece en su carta el honorable RM." 65 Efectivamente, la consecuencia inmediata fue la expulsión de todos los comerciantes norteamericanos de La Habana en 1785. 66 Pero se trató sólo de una solución temporal, ya que el comercio cubano dependía del mercado norteamericano, sobre todo por la necesidad de importar harina durante las expediciones de las fuerzas españolas a Florida (véase Cuadro 3). Finalmente, el antiguo socio de Miralles y Morris, Oliver Pollock, no sólo fue liberado sino que también recibió el nombramiento de primer commercial agent en La Habana oficialmente reconocido por ambos gobiernos. 67 Mientras tanto, se despachó al comerciante mayor vasco, Diego de Gardoqui, a Filadelfia como primer embajador de España en Estados Unidos. El personaje de Miralles se nos presenta como un portador sumamente importante de la interacción entre dos sociedades distintas ultramarinas, la cuales estaban caracterizadas por diferentes sistemas de colonización. Al inicio de las relaciones cubano-norteamericanas Miralles ejercía una función de enlace como comerciante y mensajero político. No se trata, pues, de un diplomático profesional, ni de un clérigo o un militar, sino de un mercader que se empeñó en el acercamiento entre dos mundos. Miralles era de origen francés, pero había nacido en España; de joven emigró a las Indias. Por lo tanto, es problemático clasificarlo simplemente como miembro del grupo étnico de los peninsulares; en Cuba procuraba ascender socialmente e integrarse en el grupo de la élite local criolla y por ello, en su ocupación de informante Miralles se mostró partidario de los intereses cubanos. Por lo visto, se indentificaba más con su entorno cotidiano colonial que con su origen europeo. Igual que Robert Morris, que llegó a definirse como norteamericano, Miralles como español naturalizado se convirtió en criollo. Como extranjero naturalizado, miembro de una familia europea de comerciantes, Miralles logró rápidamente establecer relaciones comerciales internacionales en La Habana. Sus empeños por conseguir el asiento de negros muestran sus ambiciones tanto sociales como profesionales. Sin embargo, a causa de su origen se mantenía al margen de la sociedad colonial, inhibiéndole el ascenso a la élite azucarera cubana. Sus negocios parcialmente ilícitos, como hombre de paja y contrabandista ocasional, fueron las razones por las cuales resultó excluido de la Compañía Gaditana y del asiento de esclavos. A pesar de ello logró establecerse permanentemente en la vida comercial habanera debido a su integración en los circuitos mercantiles entre Gran Bretaña, América del Norte y el Caribe. Su éxito se debió a sus experiencias como comerciante pionero en el mercado de esclavos y a sus enlaces con socios y comisionistas británicos y norteamericanos en los puertos regionales más relevantes de la trata como Kingston, Nueva Orleáns y Charleston. Después de conceder el asiento a los negreros británicos tras "la dominación inglesa" de La Habana éstos sustentaron su trata con agentes e intermediarios como Miralles. Cuando la Corona española abrió el "comercio libre" para los integrantes de su imperio, también se permitió por primera vez la importación NIKOLAUS BÖTTCHER de productos norteamericanos a Cuba por comerciantes locales y extranjeros. Además, estos "pioneros racionales" 69 supieron aprovecharse de esta temprana oportunidad y lograron controlar incluso la capacidad productora de la economía azucarera cubana, porque fueron al mismo tiempo los que regularon el mercado laboral con el abastecimiento de los trabajadores forzosos. Esta colaboración entre criollos y peninsulares en Cuba por una parte y los norteamericanos por otra se convirtió en la condición fundamental para la transformación económica de la isla a finales del siglo XVIII. Los comerciantes y mercaderes de La Habana dejaron de ser simples comisionistas y factores de las casas comerciales de Cádiz, al no depender exclusivamente de los cargamentos de la metrópoli. Participaron directamente y por su propia cuenta en los nuevos negocios de importación y exportación, sacando provecho de la integración creciente de Cuba en el mercado mundial, centrado a la sazón en el Atlántico. 70 La función del comerciante como intermediario en los procesos comerciales, culturales e incluso políticos, expuesta por Greenhill 71 en el caso de los comerciantes británicos, fue realizada por Miralles como se ha podido comprobar. Pero hay que destacar que se trata de un ejemplo especial, ya que fue una excepción que un comerciante cubano fomentara las relaciones mercantiles internacionales desde el extranjero. En los años de mayor actividad, Miralles se parecía más al prototipo del comerciante anglosajón, el cual había llegado a dominar gran parte del comercio con Cuba después de la Guerra de los Siete Años. Su cualidad consistía en ser flexible, disponer de una intuición para prever buenas oportunidades, orientarse hacia nuevos mercados todavía en vías de formación y utilizar estas oportunidades para ensanchar los propios contactos mercantiles. De la colaboración con estos comerciantes Miralles había aprendido las prácticas modernas del comercio a larga distancia; también combinaba sus propios intereses profesionales con sus tareas políticas. Entró en negocios con grandes casas comerciales de importación y exportación de Inglaterra y Estados Unidos, fundó compañías, estableció nuevas rutas marítimas y tenía trato con comerciantes mayoristas, banqueros, militares de alto rango y miembros de la política tanto cubana como estadounidense. El momento de cambio en la carrera de Miralles llegó con su nombramiento de comisionado al servicio de la administración real. La guerra de revolución norteamericana creó las condiciones para que Miralles se convirtiese en importador y exportador al por mayor, en espía y representante semioficial de la Corona española. Hasta entonces era un empresario individual de categoría mediana que acompañaba su mercancía. La guerra le dio la oportunidad de entrar en negocios con Morris, quien más tarde se convirtió en el "financial wizard of George Washington". 72 Miralles murió demasiado pronto como para hacerse rico a través de su actividad política. La presencia de Washington en su entierro subraya unas vez más la influencia diplomática y la importancia a la que él había llegado en los Estados Unidos. Su mérito más grande consistió en haber establecido -junto con Robert Morris y Oliver Pollock-la primera etapa del comercio directo y legal entre Cuba y los jóvenes Estados Unidos. Con ello se aceleró un proceso de transformación global convirtiendo las relaciones económicas en vínculos políticos entre las dos Américas. De esta manera, Miralles fue uno de los responsables de la orientación de la economía cubana hacia el vecino norteamericano lo que provocó una total dependencia hasta la revolución de 1959. Aportó una parte esencial al acercamiento mutuo entre dos sociedades coloniales que pasaban por un período de cambios fundamentales, en ambos casos hacia la emancipación de la vieja metrópoli. En el caso cubano significó que la élite criolla por primera vez ejercía su influencia sobre la política gubernamental y reivindicó reformas y concesiones de la Madre Patria. Por lo tanto, la élite no sólo salió reforzada económica y políticamente, sino también se mantuvo leal a la Corona incluso antes y después de la independencia hispanoamericana. Es difícil juzgar si Miralles era partidario de una revolución política en Cuba. De todos modos, tomó partido por los intereses criollos al favorecer y fomentar los enlaces económicos permanentes con Norteamérica. Sin duda, como subraya Cummins, 73 estaba entusiasmado por la revolución norteamericana. Como fervoroso admirador de George Washington, envió varios retratos del general al gobernador de la isla y a diversos amigos en La Habana como propaganda por la causa de la independencia. 74 Portell Vilá sospecha que Miralles habría abierto el camino hacia la independencia cubana, si no se hubiera muerto tan pronto. 75 McCadden incluso le pone en parangón con Miranda, Bolívar y Sucre. 76 Pero, es de destacar, que él nunca luchó contra los intereses de la Corona, sino que contribuyó por su parte a que Cuba experimentara un fuerte crecimiento económico a finales del siglo XVIII. La orientación hacia Norteamérica y las reformas administrativas y comerciales por parte de la Corona, pusieron los cimientos para la emancipación de la élite local. España fomentaba la economía azucarera bajo el control de los criollos y al mismo tiempo garantizaba la protección de la isla, logrando mantener el control político. La integración y la coparticipación en las decisiones políticas y económicas aseguraron la lealtad de los colonos. En eso la actividad de Miralles como importador y espía representa la posición de la aristocracia cubana entre el comercio libre y la obediencia. Ahí se refleja el realismo de Miralles que siguió a sus intereses de comerciante y de cubano evitando cualquier roce con la Madre Patria. A principios del siglo XIX Cuba había llegado al cenit de su expansión económica. Sólo en los contornos de la capital se contaban más de 200 ingenios; las casas de comercio norteamericanas exportaron mercancías por valor de 20 millones de pesos desde La Habana. 77 Los patricios habaneros fundaron sociedades patrióticas y periódicos en los que se propagó la orientación hacia los Estados Unidos. Sus hijos fueron educados en las escuelas y universidades norteamericanas. En 1805 -el año de la victoria británica de Trafalgar-el cabildo de La Habana votó por la incorporación de Cuba en los Estados Unidos. Joel Poinsett en su función de "agente de los Estados Unidos para marina y comercio en Hispanoamérica" visitó La Habana en 1822 y se quedó impresionado: "I have never seen so much shipping, and such an appearance of business, in any port of the United Sta-
Las notas que siguen son únicamente un intento de aproximarnos al mundo laboral de la mujer puertorriqueña del siglo XVIII. Decimos un intento porque en ello se queda, ya que las fuentes para su reconstrucción son pobres y escasas y, además, proporcionadas por los hombres y dentro de una documentación de origen oficial. Asimismo, no contamos con escritos redactados por las propias mujeres. Con intención de informar sobre la vida y obras de aquellos habitantes sólo disponemos de un crónica titulada: Historia geográfica, civil y natural de la isla de San Juan de Puerto Rico, escrita por el fraile benedictino Íñigo Abbad y Lasierra, que vivió en San Juan durante los últimos años de esa centuria. En los comentarios personales que hace a todas las noticias, nos muestra el mayor de los desprecios hacia los isleños, pero donde el desdén se aproxima al rencor, es al referirse a las mujeres y, por supuesto, también cuando habla del trabajo de ellas. Pese a estos inconvenientes, en medio de un mar de documentos, hemos encontrado noticias sueltas con las que acercarnos, aunque sea de puntillas, a lo que debió ser el mundo laboral de la mujer boricua durante el XVIII. Actitud ante el trabajo: fábulas y realidades A lo largo de estas notas irán brotando de manera pertinaz las palabras "negras" y "mulatas"; "mujeres de color", libres o esclavas. Su importancia dentro del contexto social puertorriqueño quedará reflejada en las páginas siguientes. Por lo tanto es necesario determinar quiénes fueron en la práctica los sujetos activos del mundo del trabajo femenino en Puerto Rico. Para ello debemos presentar el armazón del funcionamiento de la sociedad puertorriqueña. La sociedad isleña era muy heterogénea. La diversidad de sus componentes ocasionó que tuviera unas características propias que la hacían diferente a la española del mismo período, pero de la que tomaba muchos roles a causa de un origen común. Hacer una división esquemática no es tarea fácil. Los valores que lleva España a América están imbricados con los conceptos de la sociedad medieval: en ellos se enaltecía todo lo relacionado con el honor, unido, ante todo, con el servicio militar y la nobleza y combinado con el desprecio al trabajo vil. La pauta para la calificación de los grupos sociales en Puerto Rico se basó más en los aspectos étnicos que en la situación económica. Las elites se autodenominaron españolas. Comprendían a los peninsulares y a los criollos blancos o tenidos por tales: los conocidos por "hombres honrados." El segundo escalón lo ocupaban los pardos y morenos libres. La base de la pirámide social la constituían los esclavos, mulatos y negros. Los "hombres honrados" estaban destinados a toda y cada una de las complejas labores del gobierno de la república y al ejercicio militar. Las ocupaciones manuales y aun comerciales se consideraban indignas de su clase. El trabajo vil le estaba encomendado a los hombres de color. Los libres representaban a los profesionales cualificados: los artesanos. Los siervos se dedicaban casi exclusivamente a aquellos menesteres donde privaba la fuerza y no se precisaba de grandes conocimientos técnicos. 1 Estos breves y lineales apuntes determinan quién fue el sujeto real de este análisis: la mujer de color, libre o esclava y, en mucha menor medida, la blanca. En el año 1703 se remite un informe a la Corona desde San Germán en el que se le exponen las necesidades que padece la Villa en particular y toda la Isla en general. Entre las más acuciantes estaba la falta de población. Para remediar, en parte, esta situación se solicitó que enviasen habitantes desde las islas Canarias. Con esto no sólo se pretendía conseguir un objetivo, sino también aprovecharse de los conocimientos propios de las mujeres de aquella época. Se piensa que "... puedan ser de mucho útil a las de San Germán y San Juan, enseñándoles a hilar y tejer lino, cáñamo, algodón y cadillo, [una especie de hierva fibrosa que se cría en los trigos y se podía tejer] y que será así lo prueba la misma esterilidad que hubo en Caracas."2 Se puede pensar que la artesanía entre las isleñas, según la afirmación anterior, había casi desaparecido y que su resurgimiento posterior fue debido a la llegada de los canarios a Puerto Rico. Nada más lejos de la realidad. La demanda de canarios no tuvo efecto inmediato, pues hasta 1720 no se produjo el arribo del primer contingente de isleños. Durante la década de los años veinte desembarcaron ocho expediciones con un total de 882 individuos. Este es el único período de Puerto Rico en que se tiene constancia de la llegada sistemática de canarios. Los resultados no pudieron ser más negativos para la demografía isleña ni más catastróficos para los emigrantes. En 1728 el gobernador Juan Antonio Mendizábal comunicaba a la corte que acababa de recibir una remesa de treinta y dos familias. Después de afirmar que todos habían llegado bien, escribe que permanecen "en sanidad y robustez como los naturales, pues con la política de mantenerles dentro de la ciudad el tiempo que parece conveniente, sin salir a los campos, aunque les ha dado alguna chapetonada asistida con caridad se han hecho a este temperamento. Discurro que siguiendo el mismo método con los que llegaron hasta ahora y en adelante vinieren, no experimentarán la infelicidad de los que llegaron en tiempo de mi antecesor, pues de quinientas personas que se componían sólo se hallan vivas cuatro o cinco, cuya desgracia padecieron por la impráctica de haberles internado en las montañas sin dejarles reposar siquiera quince días entre la ciudad, hacerse a las aguas, aires y bastimentos, sin faltarles las curaciones." 3 Esta realidad limitó el posible aprendizaje. También lo restringió la norma que en aquellos momentos se practicaba con los recién llegados a la Isla. La política que se seguía era destinarlos a todos a un lugar concreto con el fin de que fundaran una población. Todos permanecían juntos sin mezclarse con los puertorriqueños. 4 Difícilmente, por tanto, las mujeres canarias pudieron ser monitoras de las puertorriqueñas. Asimismo, no se puede olvidar la extracción social de algunas de ellas. No todas fueron madres de familia honestas y hacendosas. En 1678 se ordena que todos los barcos canarios que desearan comerciar con las islas de Barlovento tenían la obligación de transportar cinco familias hacia aquellos lugares por cada cien toneladas de mercancías que cargaren. Las familias debían estar compuestas por cinco personas. 5 Esto originó, en no pocos casos, que los interesados en este comercio procuraran el permiso a cambio de reunir las familias que precisaban, aunque sus individuos no estuvieran unidos por el vínculo de sangre. No tuvieron empacho en formarlas con personas dispares y, en algunas ocasiones, del mundo marginal. Con esto creyeron que cumplían su parte en el acuerdo y que las autoridades de Puerto Rico no captarían el engaño. 3 López Cantos, Ángel: "La emigración canaria a Puerto Rico en el siglo XVIII", Actas del IV Coloquio de Historia Canario-Americana, Las Palmas de Gran Canaria, 1984, págs. 91-114. 4 Gil Bermejo, Juana: "La primera fundación de Humacao", Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña, núm. 22, San Juan de Puerto Rico, enero-marzo, 1964, págs. 37-40. Certificación de los oficiales reales de Puerto Rico. El gobernador Francisco Danío Granados se quejó al rey y le manifestó que en las expediciones había arribado el número exacto de familias que se determinaban y cada una de cinco personas, pero en realidad no eran familias, sino grupos de personas de cinco individuos. Entre las mujeres venían algunas rameras. Y así se lo notificó: "Que han venido en las primeras veinte familias como en las treinta consecutivas que arribaron por el presente año, las que han hecho poner en estado pues de esto sólo resultan inconvenientes." 6 La solución que se propiciaba para reeducar a la mujer puertorriqueña en el hilado y tejido no pudo venir de las canarias por las razones más arriba expuestas. Fueron pocas las que sobrevivieron en su nueva patria y las que lo hicieron, a causa de un sistema de población determinado, debían habitar los primeros años en lugares apartados y lejos de los isleños y, por consiguiente, se produjo un escaso trato con las nativas. Y llegó a darse el caso paradójico de que algunas canarias, por motivos de su anterior vida, tuvieron que ser reeducadas. La falta de práctica de la mujer puertorriqueña en esas labores, sin duda, debió existir. No obstante, no fueron las canarias, como se solicitaba, las que enseñaron a las de Puerto Rico, sino que ellas mismas mantuvieron los conocimientos que transmitieron de generación en generación. En el último tercio del siglo XVIII parece ser que la situación no había cambiado. Abbad y Lasierra nos describe el comportamiento laboral de las isleñas con estas palabras: "El trabajo de las mujeres es casi ninguno: ni hilan, ni hacen medias, cosen muy poco y pasan la vida haciendo cigarros y fumando en las hamacas; las faenas de la casa corren por cuenta de las esclavas." 7 Como casi siempre sus observaciones son superficiales, sin adentrarse en las posibles razones que las motivaban. En ellas se trasluce un inequívoco desamor hacia los puertorriqueños. Además, se da una contradicción manifiesta cuando asevera que "... las faenas de la casa corren por cuenta de las esclavas." ¿Acaso éstas no eran mujeres? ¿O es que el benedictino no las tenía por tales? Un hecho quedó meridianamente manifiesto. Al menos, las siervas sí conocían el arte de hilar, hacer calceta, coser y todas aquellas tareas propias del quehacer doméstico. La matización hay que considerarla muy importante, ya que nos presta una pista de gran trascendencia a la hora de analizar este apartado. En efecto, el mundo del trabajo estuvo casi en manos de las esclavas y de algunas negras y mulatas libres, y no todas, ya que la mujer de color, por lo general, si poseía siervas actuaba de igual forma que las blancas o consideradas por tales. De la escueta lectura del testimonio anterior es factible entrever que la mayoría de las isleñas eran perezosas. No se dedicaban a aquellas ocupaciones propias y que la sociedad tradicionalmente les había encomendado en razón de su sexo. No se afirma en el texto que no supieran realizarlas, sino que no las practicaban. Al hablar de la negligencia hay que resaltar que, asimismo, se podía aplicar al hombre. La ociosidad, la desidia, la pereza, la dejadez fueron notas con las que constantemente los contemporáneos describieron a la sociedad isleña. Muchas personas opinaron sobre el tema y la mayoría de manera superficial, sin profundizar, ni siquiera intentar comprender las motivaciones que daban pie a que los isleños fueran ociosos y perezosos. En la documentación de la época se puede encontrar un rosario de citas a este respecto. Un gobernador afirmó: "Estos naturales y vecinos han vivido de tiempo inmemorial en el mayor ocio." Otro pensaba de la siguiente manera: "Los naturales del país son muy desidiosos, aunque se estimulen." Podíamos seguir presentando testimonios de este tipo y en todos coincide la idea fundamental: la dejadez y la desidia. Para Lasierra la causa se encuentra en la riqueza de la tierra y la facilidad en proporcionar los frutos. Esto originó la pereza y, por ende, la frugalidad. Casi todos se quedan en la superficie del problema, sin ahondar en él. Según ellos, el isleño con poco esfuerzo podía obtener lo necesario para la vida. Lo tenía todo al alcance, como si del Paraíso se tratara. Contaba con tierra fértil, clima amable y, por tanto, ¿qué utilidad conseguía con el esfuerzo de cultivarla, si los frutos surgían por doquier, como por generación espontánea? Debieron existir unos motivos más trascendentales y que, por supuesto, otro observador más sutil los hubiera atisbado. Nos presentan la vida de los puertorriqueños como la quintaesencia de la sencillez. Si ojeamos los embargos de los bienes muebles que la administración realizó a no pocos isleños acusados de cometer algún delito, quedamos sor-LA MUJER PUERTORRIQUEÑA Y EL TRABAJO, SIGLO XVIII prendidos de las riquezas que algunos poseían en vestidos, joyas, enseres de todo tipo como muebles, cuadros, ropas de cama y mesa, etcétera. Luego, no se les podía tildar de ociosos y perezosos porque no deseaban nada más que aquello que podían conseguir con casi ningún esfuerzo. Su frugalidad no era tanta como se puede deducir de las afirmaciones del fraile benito. Las razones debieron ser, opinamos, bastante más profundas. Hubo varios coetáneos que profirieron unas observaciones acertadas. Según ellos todo esfuerzo laboral era inútil. Perderían trabajo, fatigas y el poco dinero que poseían, ya que los objetos de sus desvelos, los productos conseguidos en sus fértiles tierras no tendrían salida, no podrían comercializarse por la infraestructura viaria, que en la práctica no existía y encarecería los costos de producción de forma excesiva. Esto se agravaba con el sistema de puerto único, San Juan, para el tráfico mercantil exterior. Y si en el mejor de los casos llegaban los "frutos de la tierra" a la capital de la Isla, después de sufrir multitud de peripecias y penalidades, en muchas ocasiones se encontraban con un obstáculo insalvable: la falta de embarcaciones que los sacaran del país. Ante tal realidad incuestionable, de bien poco les hubiera servido a los indolentes puertorriqueños el romper su apatía y dedicarse a la producción de bienes para la exportación. Nadie trabaja por el simple placer de trabajar.8 La mujer y las tareas del hogar No es de extrañar ante lo expuesto que, asimismo, se tildara a la isleña de perezosa. Como mujer tenía encomendados los quehaceres propios del hogar. Y si la desidia del hombre estuvo motivada por razones de origen económico, la atribuida a su compañera participó de idénticas connotaciones. La pobreza, en general, era el denominador común más extendido. La falta de medios económicos se refleja, como era de suponer, en las viviendas que poseían la mayoría de los isleños. Eran muy simples, por no decir primitivas. La mayoría estaban construidas de "madera y tablas cobijadas de yaguas", o "madera y yaguas y atadas con juncos", o "... con bejucos." En pocas de éstas utilizaban los clavos para fijar las maderas. Por lo general, las habitaciones quedaban reducidas a "un soberado", "la sala de afuera" y "el aposento." Una cocina adosada a la casa y que se comunicara con ella era un lujo que muy pocos disfrutaban. Comúnmente estaban separadas de la vivienda, al aire libre, por lo general debajo de un árbol y se reducía a un fuego donde se preparaban los alimentos. Con ello se alejaba el peligro de un probable incendio. La estructura de las casas comunes quedaba reducida a un porche, donde se hacía prácticamente la vida; de una sala que servía de almacén y despensa y de noche, al colgar las hamacas, se transformaba en dormitorio de hijos y esclavos, y un aposento interior, dormitorio permanente de los padres a la vez que almacén de otros usos, como depósito de bastimentos y ropas. La mayor cantidad de moradores no incrementaba el número de habitaciones. El sacristán de Ponce, Francisco Lamboy, era padre de nueve hijos y junto con su mujer vivían en una casa de dos habitaciones. 9 Esta realidad quedó reflejada en los informes de los obispos. En su obligación de velar por la moral y las buenas costumbres de sus feligreses vieron el peligro que encerraban habitáculos tan menguados. El prelado Pedro de la Concepción Urtiaga afirmaba que la causa de que se dieran "adulterios, incestos y concubinatos es por vivir amontonados como brutos en estrechas viviendas." 10 El hacinamiento era, por lo general, común a todas las familias. Para aprovechar el espacio mejor o por simple necesidad, los hijos, aunque fueran de distinto sexo y aun en edades crecidas, compartían una misma cama. Igual ocurría entre la servidumbre. Por estas circunstancias no era extraño que los apareamientos esporádicos o permanentes, al margen de las leyes y las costumbres, constituyeran moneda común en los hogares de no pocos puertorriqueños. 11 Las casas de las elites se diferenciaban más por los materiales con que estaban construidas, "de piedra y tejas" o "de madera y tejas", que por el número de habitaciones.12 Las plantas de unas y otras solían ser, por lo común, muy parecidas. 13 Después de analizar el entorno doméstico y las limitaciones casi inverosímiles del espacio en que se desenvolvían las familias puertorriqueñas, es preciso reconocer que el esfuerzo físico que la isleña tuvo que dedicar para mantener correctamente en orden sus hogares no podía ser muy grande. Las faenas de la casa, su aseo y su organización con poco esfuerzo y tiempo estaban despachadas, dejándoles mucho tiempo libre. Pero culturalmente la mujer tenía encomendadas otras misiones: la preparación de los alimentos y la confección y arreglo de los vestidos. No se pretende en este análisis estudiar los alimentos ni la dieta de los puertorriqueños del siglo XVIII. Queremos aproximarnos al esfuerzo que la isleña tuvo que realizar en el proceso de convertir los víveres en productos inmediatos de consumo para la familia. No hay que olvidar que muchos de los productos que tan generosamente proporcionaba la Isla no se podían consumir directamente: era necesaria una transformación y una posterior y complicada elaboración para su consumo. Abbad y Lasierra, al tratar este punto, sigue insistiendo que las mujeres de Puerto Rico trabajaban poco. La abundancia de frutos, carnes, pescados y mariscos daban lugar a que pasasen "la vida regalada a su modo y cuasi sin ningún trabajo." 14 Esta afirmación induce a crear en el ánimo del lector la imagen de que el hombre puertorriqueño sólo tenía que extender las manos y recoger lo que la naturaleza le ofrecía para su manutención y recreo. Todos los esfuerzos quedaban reducidos a un elemental acto de recolección. En efecto, los alimentos eran abundantes y de fácil obtención. El gobernador Miguel de Muesas escribió al secretario de Indias: "Los víveres del país se hallan abundantes, ningún comestible falta. En la guarnición, cabildo, paisanaje y en todos reina la mayor tranquilidad." 15 Además de guisar, las isleñas estaban obligadas a llevar a cabo otras actividades destinadas a completar la dieta de su familia. La fabricación del pan casabe no era tarea fácil. Había que someter a la yuca a un complicado y laborioso proceso hasta obtener de ella un alimento sano y nutritivo. También era misión suya asar los plátanos, los hartones, otro sucedáneo del pan de trigo. A su incumbencia competía, asimismo, cuando la yuca y los plátanos faltaban por efecto de los huracanes o de las secas, echar mano de Estas labores domésticas tenían un inconveniente añadido. Las cocinas, como ya se ha apuntado, no existían en la práctica. En el mejor de los casos quedaban reducidas a un fogón, unos armarios y unas frasqueras. 21 Lo habitual, en los bohíos y casas de "madera y yaguas", de "madera y tejas" o de "piedras y tejas" era que en las proximidades tuvieran un hogar al aire libre. En las casas de San Juan y San Germán se acondicionaban en los patios y en los huertos interiores y en el campo, junto a las viviendas. No le debió resultar a la puertorriqueña una ocupación agradable trabajar en tales condiciones. Es preciso cuestionar lo que afirmaba el fraile benedictino de que "pasaban la vida regalada a su modo y cuasi sin ningún trabajo." La preparación de los alimentos constituyó una actividad diaria y resultó bastante incómoda y dificultosa. Además de las tareas propias del hogar, la mujer colaboró activamente en la elaboración del aguardiente romo o del ron. 22 Todas las haciendas poseían un pedazo de cañaveral, que dedicaban sólo a la producción del ron. 23 Las ocupaciones agrícolas eran por lo general faenas de los hombres. El descañonar y triturar las cañas en los inevitables trapiches de tracción humana estaba encomendado a las mujeres, al igual que alimentar el fuego de las calderas de los alambiques. 24 Con esta actividad intervino directamente en la economía familiar "por ser el ramo que con menos esfuerzo rinde más utilidad." 25 "Yo -escribió un médico-en todo este referido tiempo de ocho años, siempre he visto usar con feliz suceso este expresado licor de aguardiente no sólo en los que han ejercitado alguna fatiga violenta y sudado lo han usado interiormente, sino también exteriormente dándose una frotación tibia universal, los constipados se han precavi- ÁNGEL LÓPEZ CANTOS do de muchas enfermedades, y en una palabra, este remedio es tan común en esta Isla que no hay mujer que no lo sepa ordenar." 26 Al tratar de los vestidos mantendremos los mismos criterios que los utilizados cuando hemos hablado de los alimentos. No los vamos a estudiar bajo el prisma de la estética, ni analizar las telas con que se confeccionaban o estaban tejidos. Tampoco si unos y otros eran los más idóneos para el hábitat y clima en que se desenvolvían. Eso queda para otro estudio. Únicamente expondremos el proceso laboral que tenían que llevar a cabo las mujeres de Puerto Rico para transformar las fibras en telas y éstas en vestidos. Lasierra afirmó que no hilaban, ni cosían, ni hacían medias: "cosen poco." Esto en parte era cierto, pero totalmente injusta la razón que esgrimió. En sus observaciones se vislumbra que la causa era la pereza, como si ellas no estuvieran dispuestas a cumplir con ese rol femenino. Existieron razones muy poderosas para considerar que su actitud en este asunto fue la más sensata. La referencia que hizo sobre la poca aplicación de las puertorriqueñas al hilado de las fibras que producía la Isla es totalmente falsa. Durante el período hispano, existieron árboles de algodón en Puerto Rico. En casi todas las fincas los había y en algunas se llegaban a recolectar hasta dos cosechas: "Rara es la hacienda en que no se ven árboles de esta especie." En otro lugar escribió también Abbad: "Da dos cosechas al año, la de septiembre es más abundante que la del mes de marzo."27 Si la explotación para su venta en el exterior no comenzó hasta el último tercio del siglo XVIII,28 es preciso admitir que al menos hasta esas fechas los isleños hicieron uso de él para sus necesidades. Es incuestionable que no lo explotaron con regularidad desde el punto de vista económico hasta ese tiempo. Pero está comprobado que el algodón lo recolectaban para hilar y tejer y el sobrante lo comercializaban en el mercado extranjero, porque el español no lo demandaba. Paradójicamente, es el fraile benito el que nos ofrece la información al anotar: "Los extranjeros llevan lo que sobra después de hacer sus hamacas en que lo emplean." 29 En buena lógica cabe pensar que la mayoría de las isleñas sabían hilar, porque el algodón no se puede utilizar tal como lo produce el árbol. Hasta llegar a tejer una hamaca había que realizar un largo y penoso proceso, como despepitarlo a mano. Esta operación la efectuaban las mujeres. Sabemos que hasta 1792 no habían llegado a Puerto Rico las desmotadoras mecánicas. 30 Una vez libre de la semilla se hilaba. Con este elemento cabían dos posibilidades. Sin embargo, sus conocimientos en este arte no debieron ser notables, como se desprende de los escasos testimonios que poseemos para este siglo. Tan sólo hemos hallado en la documentación una noticia de la existencia, en 1710, de un telar, situado en San Germán. 31 Otra posibilidad era tejer a mano: el ganchillo. Con este sistema se tejieron las hamacas, cuyo uso estuvo generalizado entre la población. La clase baja como único medio en el que descansar, y la alta, compartiéndola con la cama tradicional, 32 perdurando esta realidad, al menos, hasta finales del siglo XIX. "Cosen poco", afirmó Lasierra. Expuesto así, induce a pensar que si no lo hacían era por desidia, por dejadez. La realidad histórica que le tocó vivir apunta hacia otra dirección. Sin duda, para coser hay que tener con qué. Durante el siglo XVIII la falta de tejidos fue motivo de una preocupación constante en todas las autoridades, tanto civiles como eclesiásticas. Tal hecho lo refleja la documentación con insistencia. A finales del siglo XVII el obispo Francisco de Padilla solicitó ropa hecha a la Corona "porque así podrá vestir repetidamente estas criaturas y remediar otras muchas, especial las mujeres, cuyo desabrigo me consta es tanto que no sólo dejan por él de oír misa, pero en sus propias casas viven a puerta cerrada por lo que sé a la honestidad de su sexo." 33 Su petición fue atendida, aunque lo enviado no concordaba con su solicitud. Le remitieron tejidos y no ropa confeccionada. Pese a ello, el prelado dio las gracias al rey de manera efusiva con estas palabras: "La llega- ÁNGEL LÓPEZ CANTOS da del socorro causó tan grande alegría que no hay ponderación que pueda significarla..." 34 Otro prelado, en 1750, después de la visita canónica a la Isla, comprobó que la falta de vestidos era de tal magnitud que algunas esclavas y mujeres pobres iban desnudas de cintura para arriba, por lo que ellas mismas se autoexcluían del precepto de la comunión por Pascua Florida. Conocedor de la situación real del país, entendió que la solución era difícil de resolver, por lo que determinó que aquellas circunstancias no debían ser un obstáculo para cumplir con lo que mandaba la Iglesia y así dispuso "que lleguen a tan santa unción con la mayor honestidad y decencia, cubriéndose los pechos con las manos." 35 Constantemente se levantaron voces pidiendo soluciones para remediar tal situación. En una de las críticas que se hicieron a la Compañía de Barcelona se afirmaba que sólo introducía en Puerto Rico "vinos, aguardientes y tejidos gruesos de algodón, que abominan hasta los esclavos de esta Isla, sin que se haya dedicado a surtirnos directamente ni aun de coletas, bramantes, creas, ruanes, bretañas, listados y otros géneros de indispensable consumo en todos los pobres, que constituyen notable exceso la mayor parte de estos habitantes." 36 Tal estado de cosas lo refleja la existencia de un mercado de ropa de lance. Cualquier vestido usado se podía vender sin importar que hubiera pertenecido a un enfermo contagioso: siempre había un comprador. Las autoridades locales por razones de higiene lo prohibieron, pero sólo en los casos "de personas enfermas o desconocidas." 37 Cuando se trataba de individuos cuya identidad era conocida, no se ponía inconveniente alguno. Su tráfico constituyó moneda común en el siglo XVIII. El obispo Francisco de Padilla al rey. Edicto del obispo Julián de Antolino. Junta de la real hacienda. En las Nuevas Ordenanzas de San Germán, datadas el 22 de abril de 1735, en el punto 25 se dice: "Que ninguna persona venda ropa hecha ya usada para evitar los males y enfermedades contagiosas, que por ellas se introducen como se ha experimentado, pena así al vendedor de dos ducados con aplicación de por mitad o tercia parte..., y la ropa se echará al fuego. Y se entiende esta ordenanza con la ropa de las personas desconocidas." En un informe del procurador general de San Juan, fechado en Puerto Rico, 12 de septiembre de 1752, se dispone que las ropas de los enfermos contagiosos deben "consumir el fuego, porque se experimenta que o se vende o se tira en lugares donde los pobres ignorantes del contagio las recogen para su socorro de que resulta apestarse." Petición del procurador de la ciudad de San Juan en Madrid, Pedro de Leyseca, al rey. A la vista de las citas expuestas, cabe preguntarse si la isleña no cosía por desidia o por que no tenía telas con qué hacerlo. Pensamos que por lo segundo. Con estas observaciones hemos intentado situar en su justo punto unas reflexiones realizadas muy a la ligera por informadores superficiales y en las que la puertorriqueña no queda bien parada. La mujer hiló, tejió y cosió siempre que tuvo necesidad de ello y las circunstancias se lo permitieron. Los oficios y la mujer Conectando con lo anterior hay que afirmar, por tanto, que gran número de mujeres confeccionaban sus propios vestidos y los de su familia. Es cierto que el traje popular era muy simple y de pocas complicaciones. Los varones normalmente se cubrían con "una camisa y un calzón largo de lienzo listado de colores, un sombrero de paja y un sable que siempre llevan ceñido." El de las mujeres quedaba reducido "a una camiseta muy escotada y llena de pliegues, uno o dos pares sayas de lienzo pintado." Lasierra comprueba que a causa de esta forma de vestir "llevan los pechos, brazos y parte de la espalda descubiertos, manifestando su poca honestidad y recato." Intenta excusarlas, en parte, afirmando que a causa del clima no llevan "más vestido que el muy preciso para cubrir su desnudez." 39 Para el cronista la causa de que el traje de los isleños fuera tan liviano tiene un componente determinista: el clima. 40 Pensamos que no fue ésa la única motivación. A la comodidad había que añadir, al menos, una causa más: la falta endémica de tejidos. Clima y escasez de telas originaron el traje popular. La participación de las elites fue mínima en su creación. Concretamente los "hombres de honor", aquéllos que detentaban cargos concejiles, 39 Abbad y Lasierra: "Viaje a...", s/n. En el Boletín Histórico de Puerto Rico, vol. VI, pág. 222, el obispo Manuel Jiménez Pérez, después de realizar la visita canónica a Puerto Rico, en su afán de corregir la deshonestidad que suponía el uso escueto de la tela y lo generoso en mostrar sus encantos las mujeres, nos hace una descripción del vestido muy parecida a la de Abbad. Dice así: "Se ha notado no sin intenso dolor de su corazón el abominable traje y uso deshonesto con que nuestras mujeres se atreven a andar por las calles públicas y entrar en las iglesias, llevado las sayas tan sumamente cortas y los pechos tan descubiertos, que no sólo escandalizan, sino, que al mismo tiempo, son causa de muchos y graves pecados." 40 Abbad y Lasierra: "Viaje a...", s/n. debían vestir con decencia. Un alguacil fue acusado "porque su villanía indecencia lo indicaba, pues ni una capa cubría lo grosero de su cuerpo."41 Los capitulares de San Germán fueron tachados de utilizar siempre los mismos trajes negros. Tal indumentaria estaba destinada únicamente a los lutos personales y para los miembros de la casa real. Un edil alegó en su defensa: "Que como escasamente se puede tener un vestido decente, éste se hace de negro y así lo utilizan a diario y en las ocasiones que se precisa." Otro pretextó: "... que estos géneros de vestuarios no se traen tan sólamente por fúnebres vestiduras, ni sólo por continua gala por ser de las que con más frecuencia se usa en esta referida villa..." 42 Las puertorriqueñas de las clases altas tampoco usaban los trajes populares. Vestían a la moda europea. A título de ejemplos trascribiremos literalmente algunas de las ropas que utilizaban: "Unas sayas de tafetán doble negro con su casaca de lo mismo"; "unas enaguas de tafetán rosado"; "un capotillo de grana de mujer con guarnición de oro"; "dos sayas de mujer, una de seda de la China y otra de bayeta" 43; "dos camisas de mujer labradas y guarnecidas de encajes" 44; "una casaquita de mujer negra, guarnecida de galón de oro"; "una casaquita de brocado rosado, guarnecida de oro y botones cubiertos de oro y hormillas de palo"; "dos camisas de mujer, una blanca y otra de seda rosada, guarnecida de encajes..." 45 Así se puede comprobar que el grupo dirigente de Puerto Rico vestía de espaldas a la realidad geográfica. Su atuendo estaba acorde con la moda de allende los mares y pocos eran los puntos comunes con el traje popular. Lo mismo que la isleña cosió la ropa sencilla, también confeccionó la más delicada. Los testimonios directos son escasos, tan sólo poseemos uno. El sargento mayor, José de Andino, retuvo a unos soldados cuarenta pesos para entregarles a cambio ropa. Los interesados le rogaron que "se la diese sin hacer porque ellos tenían a sus mujeres que lo coserían sin gastar en sus hechuras y no quiso." Las prendas entregadas fueron una casaca de picote forrado de holandilla, chupa de listado, calzón de droguete y dos camisas de ruán. 46 Sin embargo, existe una abundante documentación que nos manifiesta bien a las claras que había otras mujeres, que podemos considerarlas como auténticas modistas. Si ojeamos, aunque sea muy por encima, los diferentes embargos que de algunas tiendas se hicieron en el siglo XVIII, comprobamos que todas participaban de un común denominador: la ausencia de ropa confeccionada en sus anaqueles, quedando reducidos a la existencia de tejidos nobles, faltando casi por completo los que empleaba el pueblo en sus trajes como "el lienzo listado, cuyo consumo es casi general en ella." 47 Los comercios contaban con abundantes telas finas y de lujo pese a no disponer de géneros para las hechuras de trajes populares. Así, encontramos holandillas azules, platillas, picotes de lana negra y morados, tafetanes dobles rosados y blancos, rasos y listados de China, rasos de España, gorgonas, barraganes, paños negros y encarnados, "bretaña angosta", ruán holandés y catalufas. 48 La relación de estos tejidos únicamente la presentamos como un simple muestreo. En los embargos que se llevaron a cabo a particulares en esta centuria, en especial a toda clase de autoridades, aparecen otros tipos de telas de lujo. Con estos tejidos se confeccionaron trajes muy sofisticados para hombre, cuya sola descripción nos indica que sus artífices debieron ser modistas consumadas. La escueta reseña que nos dejaron los individuos que inventariaron los bienes se comenta por sí misma. He aquí algunos ejemplos: "Un vestido de raso labrado de color perla, forrado de tafetán doble rosado, con botones del mismo género, con chupa y calzón de raso encarnado con flores de oro y plata y forrado en tafetán encarnado y botones de hilo de oro." "Un vestido de carro de color azul nuevo con botonadura de plata y presillas de lo mismo, forrado en raso pajizo guarnecidas con guarnición de plata con botonaduras de lo mismo y calzón del mismo raso." 49 Algunos tasadores fueron más sobrios en su exposición, pero a pesar de ello se intuye la riqueza de los ropajes como "una casaca de cordoncillo de seda forrada de tafetán azul", o "de raso negro labrado, forradas de tafetán negro", o "un par de calzones de lama rosada", o "una chupa de raso verde", etc... 50 A esta realidad se le puede objetar que dichos trajes no se hicieran en Puerto Rico, sino que sus dueños los trajeran cuando llegaron destinados a la Isla. Hay que aceptar esta hipótesis, al igual que algunos individuos de un nivel económico alto lo encargaran al extranjero, concretamente a Santo Tomás. 51 Asimismo, hubo otros que en vez de solicitar trajes confeccionados, encargaron tejidos nobles, como Miguel Enríquez, que pidió le remitieran "un corte de vestido de color perla o de color ámbar, sea droguete, sea de paño, con dos pares de calzones de lo propio y los forros sean de brin del color que se hallare más adecuado y seda para los ojales correspondientes." También demandó "un corte de chupa y calzón de raso negro adamascado doble." 52 Si se solicitan telas era porque existían modistas con los conocimientos pertinentes para transformarlas en trajes. Se cuenta con otra prueba determinante. En las fiestas que se realizaron para la exaltación al trono de Fernando VI, dice el cronista anónimo que "cuatro riquísimos vestidos previno nuestro señor gobernador para quitarse el luto de su rey y nuestro." La palabra previno pudiera originar sospechas y hacer alusión a preparar más que a confeccionar. Salimos de dudas cuando más adelante en el informe se nos dice que "singularizose nuestro general (gobernador) en un vestido que para ese día mandó hacer de una riquísima y apreciable talado oro guarnecido todo que llamamos los indianos punto de España." En otra ocasión afirmó: "... para esa festividad mandó hacer un vestido de tisú de oro muy brillante cobre campo rojo..." 53 En definitiva, se puede afirmar, sin ningún género de duda, que la profesión de modista constituyó un oficio muy cualificado en Puerto Rico, rayano casi en lo artístico. Pero estas artesanas u otras menos duchas también trabajaron por cuenta ajena en la confección de prendas de vestir menos complicadas, más simples, como calzones y camisas para los esclavos 54 y calzones, casacas y chupas para los soldados. 55 Estas afirmaciones no empece lo que exponíamos más arriba sobre los conocimientos que casi todas las mujeres isleñas poseían sobre la costura. Las modistas cosían para personas que económicamente podían costear esos lujos o para esclavos y soldados que, por lo general, no tenían mujeres y dependían para tales casos de terceras personas. El oficio de panadero se practicaba sólo en San Juan y en algunas poblaciones limítrofes. En el resto de los lugares de Puerto Rico no se consumía pan de trigo, sino ciertos sucedáneos como las tortas de casabe o los 53 Boletín Histórico de..., tomo V, págs. 148-193. "Relación verídica en la que se dan noticias de lo acaecido en la isla de Puerto Rico a fines del año de 45 y principios de el 47 con motivo de llorar la muerte de nuestro Rey y señor don Phelipe Quinto y celebrar la exaltación a la corona de nuestro señor y rey don Fernando Sexto. Dedícase al señor coronel de los reales ejércitos don Juan Joseph Colomo gobernador y capitán general de dicha isla. Cuenta y relación jurada de Miguel Enríquez. Escribanía de Cámara, 138 A. Libro de cuentas de Fernando de Castro. Relación de lo que importaron las telas de los uniformes de las milicias. ÁNGEL LÓPEZ CANTOS plátanos. 56 El pan de trigo constituyó un alimento casi exclusivo de la población blanca y de color pudiente y asentada en la zona metropolitana de la capital de la Isla. 57 A la tropa se le acostumbraba a comer pan de casabe desde el primer momento que ponía los pies en suelo puertorriqueño. Tres días a la semana se les suministraba este alimento, que no repugnaba a sus paladares: 58 "El pan puede decirse que no es un renglón de primera necesidad en un país donde está subrogado por otras muchas materias alimentarias..." 59 La ocupación de los tahoneros podía ser realizada indistintamente por hombres o por mujeres. En las Ordenanzas de San Juan de 1735 se disponía que los beneficios que obtuvieran del pan amasado debían ser de "... una moderada ganancia al panadero o panadera..." 60 La sociedad había encomendado este rol tanto al varón como a la mujer. Sin embargo, el mismo año que se redactaron las citadas Ordenanzas sólo ejercían esta profesión las mujeres. 61 Con el avanzar de la centuria los hombres fueron imponiéndose en la profesión. En 1779 existían en la capital de la Isla nueve panaderos, siete varones y dos mujeres. 63 Y en 1793 la participación femenina quedaba reducida a una tahonera: el resto lo componían hombres. 64 No poseemos información sobre el proceso seguido hasta llegar al dominio de este oficio por parte de las puertorriqueñas y a la posterior abdicación en favor de los varones. Como hipótesis, y sólo como tal, cabe pensar que dichos menesteres constituyeron en España ocupaciones domésticas periódicas propias de las mujeres. Esta norma cultural pasó a América, y concretamente a Puerto Rico. La familia que poseía medios económicos suficientes amasaba su propio pan. Así comprobamos que el gobernador Alberto Bertolano entregaba harina dos o tres veces por semana a una pariente suya para que le cociese pan. Ella, aprovechándose de la situación y abusando de la confianza, amasaba más cantidad, que luego vendía por las calles de la ciudad. 65 Esta situación fue válida mientras la elite de la sociedad sanjuanera estuvo reducida a unas pocas familias con una estructura social muy elemental y descapitalizada. Aunque en las primeras Ordenanzas de San Juan de 1627 ya se hace referencia indirecta a la profesión de panadero, no se manifiesta el sexo de quienes lo ejercían. No hay que olvidar que además de las "familias principales", consumidoras naturales de pan de trigo, desde finales del siglo XVI existieron en Puerto Rico varias compañías de soldados profesionales, en su mayoría peninsulares, en cuya dieta dicho alimento era básico y por su ocupación no disponían de tiempo para elaborarlo. Como una prolongación de la faena doméstica, es muy posible que algunas isleñas amasasen para ese mercado que lo demandaba. Y así continuaron dominando la profesión hasta mediados del siglo XVIII, cuando se produjeron las reformas de Carlos III. Los cambios en el orden militar supusieron la llegada de más tropa y, por ende, de nuevos consumidores de pan. 66 A partir de esos momentos, y hasta el final de la centuria, pasaron por la Isla los regimientos de León, Toledo, Victoria, La Corona, Bruselas, Nápoles, Cantabria y África con un total de más de ocho mil hombres. Y si a esto unimos el aumento de la población blanca, que paulatinamente mejoró su nivel de vida, la demanda desbordó la capacidad económica de las mujeres panaderas. Ya no bastaba preparar unas pocas piezas: había que amasar para muchas personas. Se había pasado de un oficio artesanal a una pequeña industria. No obstante, bastantes particulares continuaron cociendo su propio pan. 68 También puede confirmar esta teoría el origen social de las panaderas. Por las razones antes expuestas no pertenecían a la clase privilegiada. La documentación es muy parca a la hora de indicar su procedencia social. En una sola de las relaciones de los panaderos, la de 1788, se nos ofrecen algunos datos, pero no de todas. Eusebia de la Torre era mulata; María de la Concepción Beltrán, viuda; María del Carmen, abuela con varios nietos que alimentar, y otra, que no se dice su nombre, mujer de Matías Suazo. 69 En la de 1793 la única mujer que aún permanecía en el oficio era, junto con un hombre, la que menos harina amasaba: un barril diario. 70 Al margen de estas hipótesis, es a partir de entonces cuando al analizar las fuentes para la historia de Puerto Rico surge casi de repente y de forma abrumadora el problema de la escasez de harinas. Hasta ese momento, aunque se hace referencia a él, no lo muestran como algo fundamental. El lavado de la ropa en Puerto Rico tuvo dos inconvenientes. Uno, específico de San Juan: las periódicas faltas de agua dentro de las propias casas. Otro, general para toda la Isla: la endémica escasez de jabón. En la capital muchas viviendas poseían aljibes con el fin de recoger las aguas de lluvia, que empleaban básicamente para beber y los usos domésticos. 72 Los que no poseían agua propia se abastecían de una fuente, la llamada de San Antonio, que el gobernador Sancho de Ochoa mandó hacer junto a la Fortaleza, aprovechando un manantial que por allí fluía. 73 San Juan, asimismo, contaba con aljibes públicos. Bajo el patio del Morro, O'Reilly hizo construir un gran depósito para almacenar agua, que podía abastecer a cinco mil personas durante tres meses. Con ello se pretendía hacer frente a un futuro asedio enemigo, al tiempo que se evitaba el gasto diario que ocasionaba el transporte de agua en barcas para el uso de la tropa. 74 Entre los pozos comunes se encontraban el del Tejar 75 y el que estaba junto a la sacristía de la catedral. 76 El abastecimiento de agua a la capital de la Isla fue motivo de preocupación tanto para las autoridades militares, 77 como para las municipales. Cuando el período de la seca estaba próximo, los capitulares procuraban arreglar y adecentar la única fuente: la de San Antonio. 78 También era la ocasión de recordar a los particulares, que tenían aljibes propios, que debían tenerlos preparados y limpios para cuando se acercara la época de las lluvias, con el fin de que "no se experimenten las faltas de agua que todos los años se padecen por muy poca que sea la seca." 79 Este problema era genuino de San Juan. Por la dispersión geográfica de su población, el resto de la Isla no tuvo este problema. 80 Prácticamente todas las viviendas se encontraban diseminadas a lo largo de los ríos y arroyos, de lo cuales no sólo obtenían el agua que precisaban para sus necesidades vitales, sino que también encontraban en ellos un complemento a su dieta con la pesca. La escasez de jabón afectó a toda la Isla. Por lo general era un producto casero, que fabricaban las mujeres, aprovechando los sebos y mantecas de los animales que sacrificaban. Pese a ser la carne uno de los alimentos que consumían con más asiduidad y abundancia, siempre hubo en Puerto Rico falta de materias grasas ya que su uso era múltiple. No sólo se empleaban en conseguir jabón, también en velas y aceites para alumbrarse y, principalmente, como un sucedáneo del aceite para condimentar las comidas. En ciertas ocasiones la penuria llegó a ser tan angustiosa que algunos gobernadores se vieron en la precisión de solicitar a las "islas extranjeras amigas" sebo, jabón y velas. 82 Las ropas las lavaban las mujeres en las fuentes y riachuelos próximos a sus viviendas. Las capitalinas en sus propias casas si poseían aljibe y mientras contenía agua. Cuando llegaba el período seco y el agua se había agotado, acudían como las restantes mujeres a las fuentes y arroyos cercanos. Junto a la de San Antonio se construyó un lavadero público. En los meses de sequía se quedaba pequeño por el mayor número de lavanderas y entonces los aledaños cercanos al manantial se convertían en una prolongación del lavadero. El concurso era tan numeroso que el dueño de los terrenos colindantes se quejó al cabildo y llegó a solicitar que las que fueran a lavar allí le pagaran cierta cantidad por los perjuicios que recibía su hacienda por la gran cantidad de aguas jabonosas que entraban en sus tierras. 83 El ayuntamiento le contestó "que no ha lugar la solicitud, y en caso de recibir algún perjuicio en sus terrenos se le reserva sus derechos para que los repitiese ante el tribunal o tribunales que correspondiese." 84 Las "familias principales" contaban con lavanderas en sus propias casas: las esclavas o criadas. Las mujeres de las clases bajas hacían ellas mismas sus coladas. Los mismos soldados no tenían empacho en lavar sus vestidos y uniformes, aunque fuera en lugares frecuentados por las mujeres. 85 82 AGI, Santo Domingo No obstante, y pese a la escasez de noticias existentes sobre este particular, se puede afirmar que se dio el oficio de lavandera por cuenta ajena: aquéllas que cobraban una cantidad ya estipulada a terceras personas por sus servicios. El gobernador Danío Granados pagaba cierta suma de reales a la negra María de la Concepción cada vez que lavaba su ropa y la de su familia. 86 Y en el hospital de la Concepción -donde no se podía admitir mujeres por muy enfermas que estuvieran al "no haber proporción ni sirvientes de ese sexo"-, sí hubo siempre una negra empleada tan sólo para lavar las ropas de cama y los vestidos de los hospitalizados. La profesión de tendero o pulpero fue considerada en Puerto Rico como privativa del hombre. En 1814 se legisló lo siguiente: "Toda tienda, pulpería, etc... deberá tener mostrador que cierre y separe enteramente al vendedor y a la especie de compradores a fin de que ninguna persona pase de él para dentro y el que pasare el mostrador si fuere hombre pagará junto con el pulpero o tendero que lo consienta cuatro pesos cada uno; y SIENDO MUJER SE EXIGIRA OCHO SOLO AL VENDEDOR, [en mayúsculas en el texto] quien sufrirá además la multa de cincuenta pesos de hallarse dentro reunidas personas de ambos sexos..." 88 Sin entrar en las normas de índole moral, referentes a las relaciones de la pareja, lo que interesa aquí resaltar es la afirmación rotunda e inequívoca que se desprende de la disposición legal. Únicamente se hace referencia al tendero o pulpero, pero no como nombres genéricos, sino que se refiere a los individuos del género masculino, porque en la casuística posible del transgresor, la mujer no aparece como elemento culpable que permita pasar al otro lado del mostrador. Esta afirmación se ve apoyada en cierta manera por las fuentes históricas consultadas. Sin embargo, hubo excepciones. La mujer ejerció de tendera, aunque en menor número que los varones, y sus establecimientos estaban tan bien surtidos como los de aquéllos. De las distintas relaciones de tiendas embargadas, sólo disponemos de dos que pertenecieran a otras tantas isleñas y que ejercían como auténticas tenderas: Ana Carrasquilla y Ana Teresa, ambas viudas. 89 Asimismo, conocemos la existencia de pulperas propietarias de sus establecimientos. María de Chaves, protegida del gobernador Alberto Bertolano, que le enviaba a su pulpería "los barriles de harina para que se amasasen y vendiese la libra a dos reales, y cacao, manteca, aguardiente romo, azúcar y los demás frutos de la tierra." 90 Las otras dos eran Faustina Félix y María Laurencia. 91 Los ejemplos expuestos son una prueba de que tal oficio también lo ejercían las mujeres y más a menudo de lo indicado por la casuística de que disponemos. No hay que olvidar que las muestras con que contamos nacen por transgresiones a alguna normativa. Es de suponer, por tanto, que hubo otras que actuaron de acuerdo con las leyes y de las que no nos han llegado noticias de su existencia. Las mujeres de color libres tenían prácticamente acaparada la venta al por menor de los productos hortícolas, que se despachaban en los puestos de la plaza de San Juan. En esta ocupación estaban los hombres en franca minoría. 92 En los puestos se podía comercializar cualquier "fruto del país," estando sólo prohibido vender las bebidas alcohólicas. Las frutas y verduras se desembarcaban a diario en el puerto en "lanchas que bajaban por los ríos de la costa norte." 93 Se desconoce el momento en el que aparecen las llamadas casillas en la plaza de la capital de la Isla, pero lo que sí se sabe es que nacieron antes de que su uso fuera reglamentado por el ayuntamiento. 94 La Plaza de las Verduras, como se la conocía, estaba situada en la misma plaza del cabildo. En un principio, las casillas se construyeron de forma anárquica: cada vendedora la plantaba donde más le convenía. Con el tiempo, el ayuntamiento se hizo cargo de ellas y de su conservación a cambio de unos aranceles. Al principio se subastaron y después se fijó una cantidad concreta, que era bastante alta, según el criterio de las verduleras. En 1777 el cabildo tomó la determinación de tirar todos los puestos de tablas y lonas y edificar unos nuevos de mampostería y tejas, situados sólo en dos lados, los perpendiculares a la fachada del edificio del cabildo, con el fin de que estuviera expedita la entrada. Con el tiempo, el puesto de pescado que se encontraba en La Marina de San Justo fue trasladado allí para comodidad de los vecinos. Unos años más tarde se habilitó una casilla para la venta de pan. No sólo comerciaban en la plaza las que tenían las concesiones de los puestos: había otras vendedoras ocasionales que les hacían la competencia, las llamadas "viandaderas silvestres que les impedían la venta por ponerse frente a las dichas a hacer las suyas." Lucharon contra el intrusismo que atentaba a sus intereses y consiguieron impedir "los tendajos". Desde el principio del XVIII era frecuente oír la voz del quincallero por las calles de San Juan pregonando los géneros que acababan de llegar de España, 96 o los "efectos de corso" apresados a los traficantes extranjeros. 97 Los vendedores ambulantes de alimentos no aparecen en San Juan hasta finales del siglo XVIII. En esos años, y a principio de la centuria siguiente, se produce una auténtica eclosión en esta modalidad comercial hasta el extremo de convertirse en un serio competidor del comercio establecido en la Plaza de las Verduras y el de las mismas pulperías, circunstancia que obligó a los tenderos a quejarse ante las autoridades. Del posible veto se pasó a su reglamentación ya que una comisión vigilaría a los vendedores callejeros, al tiempo que les cobraría cierta cantidad de dinero en concepto de arbitrios municipales. 98 Esta profesión se dedicó, al igual que la anterior, a comercializar los "frutos de la tierra." También estuvo monopolizada por las mujeres de color, pero con una nota diferenciadora: mientras aquéllas pertenecían al grupo de las mujeres libres, las ambulantes eran en su mayoría esclavas. Sin embargo, al margen de su situación social, constituyeron un grupo de trabajadoras por cuenta ajena y en beneficio de sus dueños. A esta situación se había llegado pese a la prohibición de que los siervos trabajaran para quienes no fueran sus dueños. El Reglamento de Policía de 1814 ordenaba taxativamente a este respecto que no "se destinen a vender comestibles u otros efectos por las calles negras o mulatas jóvenes y menores de treinta años y los amos que contravinieren a esta disposición se les obligará a que vendan dichas esclavas por su justa tasación." Las razones que el legislador esgrime para tal prohibición son de índole moral. En un artículo anterior se dice otro tanto de los esclavos varones que trabajaban diariamente para proporcionar un jornal a sus dueños. El dinero que obtenían el sábado era para su alimentación semanal, por lo que "se dedican -los hombres-al robo y otros vicios y las mujeres se prostituyen con el mayor escándalo." 99 La profesión de maestras de niñas no aparece en la documentación hasta el final del siglo XVIII. Ignoramos en qué se basó Ledru para escribir: "En vano buscaría el viajero manufacturas o colegios..., el pueblo yace en la más completa ignorancia, los frailes y algunas mujeres enseñan un corto número de elementos de religión y gramática y las séptimas décimas partes de la población de la Isla no saben leer." Esta afirmación no refleja la realidad que muestran las fuentes históricas. Al margen de la aseveración final, hasta 1799 no hay alusión alguna al oficio de maestra, mientras que las referencias al maestro fueron constantes a lo largo del siglo. Simón Belenguer al rey. Tomo LVII, 1, 2000 ar las Actas del cabildo de San Juan de Puerto Rico. Desde 1739 las menciones a los maestros que solicitaban dar clase o que les pagasen sus emolumentos, entre otras referencias, fueron continuas Las primeras noticias datadas sobre la profesión de maestras nacen en una sección del cabildo de San Juan el 25 de noviembre de 1799, en la que se trata de estudiar un proyecto para crear cuatro escuelas de niñas. Para ello se encargó a un capitular "informarse bien de las cuatro maestras que por sus buenas cualidades morales y políticas puedan desempeñar asuntos tan importantes." Pocos días después, el 12 de diciembre de aquel mismo año, el ayuntamiento podía contar con las maestras que precisaba, cuyos nombres eran: Paula Molinero, Juana Polanco, Josefa Echevarría y María Dolores Araujo. Produce extrañeza que en el corto tiempo de siete días se hubiera resuelto un problema bastante considerable y a simple vista de difícil solución, porque de no existir maestras que estuvieran ejerciendo su oficio, al menos en San Juan, la selección no hubiera sido tarea fácil. Una escuela se puede improvisar; el profesorado, no. Una profesión tan cualificada como la enseñanza precisa años de preparación y formación. Ante esta realidad, no cabe otra explicación que deducir que la mujer puertorriqueña se dedicó al magisterio mucho antes que apareciesen referencias en la documentación. Desconocemos en qué momento de la historia de Puerto Rico una isleña montó una escuela, pero sin duda fue antes de lo señalado por las fuentes.
durante las últimas décadas del período colonial. Antes de abordar el tema del reclutamiento y remuneración de los trabajadores hemos planteado algunas referencias importantes sobre la población de Oruro, sus características, evolución y desarrollo, que van a condicionar la estructura del mercado laboral. A fines del período colonial, las fuentes manifiestan un aumento de la coacción sobre la población indígena para obligarla a emplearse en la actividad minera. La crisis minera en la región y la supresión del reparto del corregidor, determinaron una disminución en la mano de obra disponible, por lo que los mineros y azogueros utilizaron métodos de compulsión para reclutar y retener a los trabajadores. Estas circunstancias, que promovieron la protesta y denuncia por parte de los trabajadores, nos conducen a cuestionar la existencia de un mercado de trabajo minero libre. Antes de abordar las características de los trabajadores u operarios de minas de Oruro y de los centros mineros circunvecinos, 1 es imprescindible aclarar que esta mano de obra era libre. Esto no quiere decir que constituyera un mercado de trabajo libre como el que se reconocería actualmente, pues como ya sabemos la Corona se encargó a través de ciertos mecanismos, como el tributo y el reparto, 2 de coaccionar a la población indígena para captar sus excedentes y hacerla entrar en el circuito mercantil, bien con la venta de sus productos o de su fuerza de trabajo. Cuando utilizamos el término "libre" lo hacemos con el fin de señalar la completa libertad del trabajador en emplearse frente a la obligatoriedad del trabajo forzado, pero en este sentido tampoco podríamos generalizar que todos los trabajadores mineros en Oruro se empleasen voluntariamente en la minería durante el siglo XVIII. Sin embargo, institucionalmente lo correcto sería aludir a ese 1 Este trabajo abarca además los centros mineros ubicados en el corregimiento de Paria, en el Alto Perú. La Caja Real de Oruro tenía jurisdicción económica sobre dicho corregimiento, al que perteneció Oruro hasta 1606; en ella se registraba la plata procedente de ambos corregimientos, pero los mineros más importantes estaban asentados en la villa de Oruro. 2 Cuando nos referimos al "reparto", estamos aludiendo al reparto de mercancía que hacían los corregidores a la población indígena, y que fue legalizado a mitad del siglo XVIII. Véase Moreno Cebrián, A.: El corregidor de indios y la economía peruana en el siglo XVIII, Madrid, 1977. Y Golte, Jürgen: Repartos y rebeliones, Lima, 1980. Tomo LVII, 1, 2000 calificativo, porque Oruro tan sólo gozó de trabajadores mitayos durante las dos primeras décadas del siglo XVII. 3 La historiografía sobre la mano de obra de la minería andina se ha ocupado de forma más intensiva del estudio de "la mita", es decir de la concesión de trabajadores forzados a ciertos centros mineros en el siglo XVI, y que a fines del período colonial se suponía tan sólo perduraba en Potosí y Huancavelica. 4 Pero durante la segunda mitad del siglo XVIII había otros centros mineros que tenían adjudicados mitayos en menor proporción. Algunos de estos beneficiarios fueron, por ejemplo, el asiento de minas de Huantajaya 5 o las minas de oro de Carabaya. 6 Aunque, sin duda, el trabajo mitayo fue decisivo en la minería de los Andes y en especial en los centros donde fueron concedidos, a menudo se propició una focalización sobre el tema, excluyendo la importancia de otras formas de acceso al mercado de trabajo minero y la estructura de éste en otros centros andinos. En la actualidad encontramos estudios con diferentes enfoques: unos privilegian el papel del trabajo forzado, otros enfatizan la existencia de un mercado libre de trabajo en la minería colonial. 7 3 Oruro nunca recibió asignaciones directas de mitayos, tan sólo se le concedió 530 mitayos que provenían de otros centros mineros en decadencia, asignación que fue cancelada por la Corona en 1618. Archivo General de Indias (en adelante, AGI), Charcas, 415, l. Hay quien propone la existencia de mitayos adjudicados a Potosí que fueron llevados hasta Oruro por los azogueros potosinos hasta 1644, aunque de forma intermitente; Escobari de Querejazu, Laura: "Los extravagantes. 4 Sobre la mita potosina: Assadourian, C. Sempat: "La producción de la mercancía dinero en la formación del mercado colonial", en Florescano, E. (coord.): Ensayos sobre el desarrollo económico de México y América Latina (1750-1975); Bakewell, Peter: Mineros de la Montaña Roja, Madrid, 1989, y Tandeter, Enrique: Coacción y mercado, Buenos Aires, 1992. 5 Dos importantes mineros de Huantajaya tenían concedidas "dos [mitas] de a cincuenta hombres"; AGI, Lima, 1351. Informe sobre el partido de Tarapacá realizado por Antonio O'Brien, cap. 3.o, Tarapacá, 29 de agosto de 1765. 6 Las minas de oro de Carabaya tuvieron asignados hasta 1752, 46 mitayos de los pueblos de Huancané y Vilque, que posteriormente pasaron al cerro de Cancharani. Galaor, Isabel et. al.: Las minas hispanoamericanas a mediados del siglo XVIII. 7 Mientras que para la minería novohispana existe unanimidad sobre un mercado libre de mano de obra, sobre todo en el siglo XVIII, para la andina generalmente se han proyectado las circunstancias bajo las que se realizaba la explotación en el famoso cerro de Potosí. Para los siglos XVI y XVII, Bakewell hace referencia a la importancia del trabajo libre o mingado en Potosí y también a la existencia de indios de repartimientos en los centros mineros de Nueva España: Mineros de la Montaña Roja..., págs. 183-191. Sin embargo Tandeter en Coacción y mercado... enfatiza en la importancia de la renta mitaya. Fisher, Contreras y Carmagnani, en sus estudios sobre la minería peruana y chilena en el XVIII, hacen referencia a un mercado de trabajo libre, aunque no exento de presiones y quejas por parte de los empresarios, que no veían cubiertas sus demandas. En concreto, Carmagnani enfatiza el peonaje por deudas en las minas chilenas como forma de retener a los trabajadores. CONCEPCIÓN GAVIRA MÁRQUEZ Hasta el momento los trabajos realizados sobre los operarios de minas en Oruro, se han centrado en el siglo XVII. Respecto a la primera mitad del siglo, Laura Escobari 8 ha puesto énfasis sobre la competencia por la mano de obra entre Potosí y Oruro, y a la coacción ejercida sobre la población indígena que se veía obligada a ausentarse del centro minero; además de proponer la existencia de mitayos en Oruro hasta 1644, aunque de forma intermitente. Ann Zulawski, 9 basándose especialmente en un censo de 1683, propone que la mayoría de los trabajadores de este centro eran forasteros que mantenían sus vínculos con la población originaria y que formaban "una mano de obra estable" y libre, que acudía a la minería como actividad complementaria a sus actividades agrícolas. Estamos de acuerdo en la importancia de este tipo de relación complementaria entre ambas actividades, pero no podemos calificar a estos empleados estacionales como trabajadores estables. Los indígenas se contrataban dependiendo de su ciclo agrícola y de sus necesidades monetarias, y a veces no coincidía con la demanda de los mineros y azogueros. Partiendo de nuestro análisis regional hemos podido comprobar que la estructura de la mano de obra minera no era totalmente homogénea. Los centros mineros y, en concreto, el acceso a la mano de obra estaban determinados por los distintos desarrollos regionales. En el período y en el ámbito que abarca el presente estudio, se puede confirmar la existencia de un mercado de trabajo minero libre, aunque continuaban vigentes las relaciones de dominación que coaccionaban y controlaban a la población indígena para hacerla entrar o retenerla en la empresa minera. Este tipo de estrategias de presión se manifestarán con más contundencia en los momentos de crisis minera, como lo demuestran los testimonios de 1793 que analizaremos posteriormente. Después de hacer una descripción de las diferentes labores que realizaban los distintos operarios dentro del proceso de producción, tanto en su fase extractiva como de beneficio, en este trabajo pretendemos abordar las principales características de la población que se dedicaba a esta actividad. Plantearemos la importancia del acceso a la mano de obra y los diversos medios de reclutarla, para poder evaluar la existencia de los distintos mecanismos de 8 Escobari de Querejazu: "Los extravagantes. 9 Zulawski, A.: "Forasteros y yanaconas: la mano de obra de un centro minero en el siglo XVII", en: La participación indígena en los mercados surandinos, Comps. Analizaremos las distintas formas de remuneración y las compararemos con las de otros centros mineros. La mano de obra empleada en el proceso de producción de plata comprendió desde el trabajo más elemental, como sería el apiri o cargador de mineral, hasta el más cualificado como el de beneficiador, de manera que esto implicaba diferentes condiciones de trabajo, sueldo y trato por parte del empresario minero, así como distinta condición social. Para obtener un mejor conocimiento de este amplio sector, realizaremos una breve descripción de las ocupaciones más importantes en el proceso extractivo y de beneficio del mineral. 10 En la fase minera o extractiva el trabajo más especializado lo realizaba el barretero, que era el encargado de extraer el mineral de los frontones con herramientas simples y pesadas como las barretas o combas. La utilización de la pólvora era una labor que bien podía ser realizada por el mismo barretero o por el barrenador. El mineral extraído era transportado por el cargador o apiri desde el interior de la mina hasta la cancha o bocamina, donde el canchero o mayordomo estaba encargado de controlar las cargas extraídas, vigilar a los palliris o escogedores de mineral, y distribuir los materiales necesarios para el trabajo, como podían ser las velas o la pólvora. También existía una demanda auxiliar de ciertos trabajos, que podían ser contratados eventualmente, o si la empresa era lo suficientemente grande permanecían como trabajadores estables. Éste era el caso del herrero (que reparaba herramientas), de los albañiles o los carpinteros que apuntalaban el sostén de las galerías. Una vez seleccionado el mineral en la cancha-mina, era trasladado por los bajadores o cargadores que, generalmente, eran trabajadores indígenas independientes, contratados para bajar el mineral desde las minas hasta los ingenios. Las bajas, por lo general, se hacían con llamas y se solía pagar por cargas. Esto suponía un rubro bastante importante en el caso de encon-10 Una descripción más completa de los trabajadores y de sus distintas labores se encuentra para el caso de la minería andina en García Llanos: Diccionario y maneras de hablar que se usan en las minas y sus labores en los ingenios y beneficios de los metales, La Paz, 1983. En el estudio preliminar de esta edición, Gunar Mendoza, comenta la posible visita a Oruro de García Llanos a principios del siglo XVII (pág. XXX). Un estudio de ámbito más general se encuentra en Langue, F. y Salazar, C.: Diccionario de términos mineros para la América Española (siglos XVI-XIX), París, 1993. CONCEPCIÓN GAVIRA MÁRQUEZ trarse distanciados los ingenios de las minas, como ocurría en Oruro donde las riberas se encontraban a dos y tres leguas de las minas, o en el caso de Salinas Garcimendoza, donde no había ingenios y tenían que trasladarse hasta Poopó, costando la baja del cajón 35 pesos. 11 La fase de beneficio del mineral la constituían diversos procesos que requerían de diferente cualificación del trabajador. En algunos casos el mismo azoguero administraba el ingenio, pero aun así siempre tenía una persona de confianza como el mayordomo, encargado de controlar y organizar el trabajo. El beneficiador era un trabajador cualificado y, como tal, bastante apreciado en su labor; de su preparación y pericia resultaba una mayor o menor ganancia en el trato de la amalgama y ahorro de azogue. También existía otra serie de trabajadores especializados en los diferentes procesos, como los serviris, mortiris, horneros, cernidores, y por último los repasiris. Estos últimos se encargaban de un trabajo muy duro y peligroso para la salud, removiendo con los pies la mezcla de mineral y azogue para acelerar el proceso de amalgamación. A fines del siglo XVIII, se alzaron algunas voces sensibilizadas con las trágicas consecuencias de esta labor, pero la situación no varió. Se podía utilizar animales que hiciesen este proceso, como ocurría en el caso de los ingenios novohispanos, donde desde 1777 se generalizó el empleo de mulas, pero en el caso andino su costo no entraba en los cálculos de los azogueros.12 Hasta principios de la República no se aplicaron en Potosí, de forma minoritaria, ciertas innovaciones tecnológicas que evitaban esta labor y que fueron motivadas por el ahorro de mano de obra al suprimirse la mita.13 Población y mano de obra Generalmente, la población de los centros mineros estaba relacionada directamente con el momento productivo por el que pasaban, de manera que en períodos de auge, se producía un aumento de la población, no sólo con respecto a la mano de obra que esto conllevaba, sino a la reactivación de los circuitos comerciales que generaba la demanda de la actividad minera. La curva demográfica de Oruro estaba estrechamente vinculada con la curva productiva del centro minero, la cual fue algo inestable como hemos podido comprobar; pero, en todo caso, el momento de mayor auge demográfico se situó en las primeras décadas del siglo XVII, en plena alza de producción. 14 Sin embargo, en 1781 se produjo una sublevación 15 con características muy especiales, a la que se hizo responsable de la crisis minera que se manifestó a partir de ese año. La producción de plata que había logrado recuperarse a mediados del siglo XVIII se contrajo en más del 50%. 16 Los mineros criollos, en alianza con los indios, protagonizaron una rebelión donde se dio muerte a numerosos vecinos y comerciantes peninsulares. Más tarde la represión y detención de los mineros implicados en 1784 agravó la crítica situación por la que pasaba la minería en la región. De manera que, aunque población y producción estuviesen estrechamente relacionadas, no podemos afirmar que la producción minera determinase de forma definitiva la población del centro, pues los movimientos migratorios y la crisis que provocaron los levantamientos indígenas y su represión, afectaron directamente a la población. En general, la mayoría de los operarios mineros en Oruro y los asientos circunvecinos eran indígenas o mestizos, y en menor proporción se encontraban los "españoles" dedicados a los trabajos más cualificados como administradores, mayordomos y beneficiadores. Precisamente era el sector 14 Un estudio sobre la producción de Oruro y la consolidación de este asiento como centro económico de la región en el siglo XVIII, se encuentra en Gavira, C.: "Oruro, centro minero del Alto Perú, 1750-1820", Tesis doctoral inédita, Universidad de Sevilla, 1998, Cap. 15 Sobre la sublevación de Oruro existen trabajos como los realizados por Cajías de la Vega, Fernando: "La sublevación de indios 1780-1781 y la minería de Oruro", Historia y Cultura, núm. 10, La Paz, 1986. Frigerio, José: "La rebelión criolla de la villa de Oruro. Principales causas y perspectivas", Anuario de Estudios Americanos, t. 16 La crisis minera no fue consecuencia directa de la sublevación de 1781, pero repercutió de forma importante, agravando sus manifestaciones. Gavira, C.: "Producción y crisis en Oruro a fines del siglo XVIII", Revista Metalúrgica, núm. 16, Oruro, 1997. CONCEPCIÓN GAVIRA MÁRQUEZ indígena el más afectado por las sequías, hambrunas y epidemias que provocaban gran mortalidad, y por las consecuencias de las sublevaciones acaecidas durante el siglo XVIII y muy especialmente en su segunda mitad. Respecto a la ocupación de esta población indígena, encontramos discrepancias entre las autoridades locales. El subdelegado Vieytes advertía que los naturales eran forasteros y dedicados al laboreo de metales en su mayoría, sin embargo otro de los subdelegados, Ayarza, no era de la misma opinión: "se equivoca el subdelegado en decir que toda está dedicada a la minería: de las diez partes juzgo yo prudente y por experiencia que las nueve están arrimadas a las haciendas y estancias de aquel partido, y la una en el laboreo de minas e ingenios, porque en éste además se emplean zambos, mulatos, cholos, y aun españoles".17 Como refiere este testimonio, y a pesar de que la mayoría de los indígenas estuviesen vinculados a la tierra, estos indios de hacienda también formaron parte de la mano de obra minera, aunque de forma estacional, dependiendo de su calendario agrícola y sus necesidades monetarias. Respecto a los grupos étnicos de los trabajadores mineros, las fuentes manifiestan que la mayor parte estaba compuesta por indios y, en menor medida, por mestizos. Los mestizos o cholos18 parece que ocuparon cargos de más responsabilidad, intermediarios entre los indios y el administrador o mayordomo y así se encuentra manifestado en los expedientes abiertos por el levantamiento indígena. El testimonio de uno de los cabecillas aludía a la consigna de acabar con españoles y mestizos para librarse de todas las pensiones, y "que en el ingenio de Sorasora no habían de gobernar más los cholos". 19 Según Brading, la mano de obra minera novohispana se distinguía por su gran movilidad, destacándose -en opinión de Lucas Alemán-una diferencia entre los centros con mayoría de trabajadores indígenas "torpes e ineptos"... "que tienen más inclinación para la agricultura", y los mulatos y mestizos, "castas ambas que se adaptan mejor a las ocupaciones que requieren energía del cuerpo y la mente". 20 No hemos encontrado respecto a Oruro ningún testimonio de descalificación del indígena para el trabajo en la minería, sin embargo, sí es constatable que la mayoría de los cargos de responsabilidad estaban en manos de los mestizos o españoles. La población negra esclava, de la que tenemos noticias, no estaba dedicada generalmente a las actividades mineras y aunque todas las familias mineras importantes tenían esclavos, no hay noticias de que ejercieran labores mineras. 21 La población de Oruro, al estar compuesta de indios forasteros y yanaconas, 22 era más fluctuante y variaba dependiendo de factores como el ciclo agrícola o el auge de la actividad minera. Desafortunadamente no contamos con ningún censo 23 para estos años y hemos tenido que acudir a las fuentes fiscales y a otro tipo de informes, que manifiestan las consecuencias demográficas de la sublevación. La disminución de la población se debió a las muertes violentas en los enfrentamientos; a las hambrunas y a las epidemias que se padecieron después, provocadas por el abandono de los campos, por el desarraigo y la movilización que supuso el levantamiento indígena y su represión. La dificultad de cobrar los tributos en 1784 generó todo un expediente; para investigar y justificar al mismo tiempo la situación, el alcalde del Cabildo de Oruro pidió a todos los curas de la villa y repartimientos que evaluaran la disminución de la población. El cura de la iglesia de la Ranchería, barrio indígena, manifestaba lo siguiente: "Hoy al presente es más que lamentable y deplorable el estado de ella [la villa], y del dicho...beneficio de la Ranchería que obtengo, que causa admiración y excesiva compasión, pues sus minerales no se trabajan. Hay al mismo tiempo escasez de azogues, se halla casi sin moradores porque unos andan prófugos, otros se han ausentado a diversos lugares a buscar en qué trabajar. Los bastimentos muy escasos y en especial el pan...Que de estos miserables remanecen diariamente tres, cuatro y más muertos en las calles y canchas al rigor de la más cruel hambre, comidos de los perros, sin ser auxiliados con los santos sacramentos, ni saberse si son casados, solteros, o de qué patria, muriéndose repentinamente. Y de ellos solamente en mi dicho curato de la Ranchería, han sido sepultados en muy corto espacio de tiempo cerca de cincuenta, fuera de los que murieron en el hospital y los que se han sepultado en la misericordia de la Matriz...". 24 Otro de los factores decisivos que incidieron en esta crítica situación demográfica, fue la supresión del cargo de corregidor, y consecuentemente del reparto de mercancías efectuado por éstos y que obligaba a la población indígena a emplearse para conseguir el dinero necesario para los pagos de los productos que se repartían. Los informes enviados desde Oruro se quejaban del perjuicio que suponía la abolición del reparto para la actividad minera por ser la causa de la escasez de mano de obra. En realidad, la supresión del reparto suponía una importante merma en las cargas impositivas de los indios. El corregidor de Oruro tenía asignada la cantidad de 35.225 pesos para repartir en mercancías durante un quinquenio. 25 Si tomamos como referencia los 1.023 indios registrados en la retasa de 1768, les correspondería pagar al corregidor 69 pesos aproximadamente cada año por el reparto, más el correspondiente tributo. A esta cantidad habría que sumar el costo ocasional que supuestamente pagaban los indios por su exención de mitar en Potosí. 26 La reducción de las obligaciones monetarias provocó una menor necesidad de entrar en el mercado de trabajo, aunque fuese de forma estacional. El subdelegado de Oruro se quejaba de que la abolición del reparto afectó de tal manera que los indios no se veían en la necesidad de contratarse para conseguir el pago de estas mercancías y ello se notó no sólo en la mano de obra disponible en Oruro, sino también en la de Carangas, desde donde se contrataban muchos trabajadores: siete o nueve pesos según la tasa de él, se echan a la haraganería a que son muy propensos y no quieren trabajar porque en buscándose para dicho tributo, su coca y un poco de maíz, nada necesitaban más según sus pensamientos, para vivir. 27 Como se ha señalado, en la década de los ochenta son diversos factores los que provocaron la disminución de la mano de obra disponible; a los efectos de la sublevación y su represión, de la crisis minera y de la supresión del reparto de mercancías, se suman en los años siguientes otras circunstancias que agravaron el problema. Tal es el caso de la sequía que se produjo durante los primeros años del siglo XIX y que afectó a una extensa área del Alto Perú y provocó un gran número de muertes por hambres y epidemias, 28 a la que hay que añadir también una crítica situación en la actividad minera por la paralización de los ingenios por falta de agua y de azogues. 29 Las quejas de los mineros y azogueros por la escasez de trabajadores, debido a la importante mortalidad provocada por las pestes que asolaron la región, fueron muy frecuentes durante los primeros años del siglo XIX. Pero sería a partir de 1810 cuando la inestabilidad política y la guerra de independencia provocaron una movilización de la población que repercutió de manera decisiva en la actividad minera. Estos años se sumaron acontecimientos de diversa índole que causaron una gran inestabilidad tanto en la villa como en la región. En 1809 los comunarios de Toledo (Paria) amenazaban con levantarse. Esta amenaza aterrorizó a los vecinos de Oruro, que aún recordaban la violencia desatada en la villa en 1781, y pidieron ayuda para protegerse. Desde Cochabamba se trasladaron efectivos para velar por la seguridad de los vecinos, pero las circunstancias exigieron a esta tropa abandonar urgentemente Oruro para socorrer a Potosí, amenazada por el ejército rebelde de Buenos Aires. Los vecinos de la villa huyeron ante el temor de una invasión indígena. La deserción de los vecinos de la ciudad llegó a tal punto que el presidente de la Audiencia mandó publicar un bando para disuadir con graves penas a los fugados de la villa. El Cabildo se negó a publicar el bando por considerarlo una medida "extratemporánea" e inútil. Esta medida llegó bastante tarde, pues según los tes-27 ANB, Minas, t. Carta del subdelegado Simón Romano a la Audiencia de Charcas. 28 Los caciques de la doctrina de Challapata se quejaban de las dificultades del cobro del tributo y del envío de mitayos a Potosí, debido a las muertes por "la peste y hambre que acaeció por la escasez de lluvias". 29 Un estudio sobre el problema de la sequía y la falta de azogue en Potosí se encuentra en la obra de Tandeter: Coacción y Mercado, págs. 263-266. CONCEPCIÓN GAVIRA MÁRQUEZ timonios, "las tres de las cuatro partes de la plebe han emigrado según se nota en el público aspecto y silencio de las calles". Reclutamiento de la mano de obra Los problemas planteados a los mineros a la hora de reclutar la mano de obra, podían estar determinados, bien por la escasez de población que no cubría la demanda de trabajadores, o bien porque la población mayoritariamente indígena asentada en la región, no tenía la necesidad de emplearse voluntariamente en el trabajo minero. Toda esta "máquina" 31 -como denominaba el subdelegado de Paria a los mecanismos impuestos por el sistema colonial-no fue siempre capaz de abastecer la demanda de mano de obra de los empresarios mineros. Dos factores importantes, a los que ya hemos aludido, agravaron la situación en la región a la hora de conseguir trabajadores: la supresión del reparto de mercancías efectuado por los corregidores, y la disminución de la mano de obra minera que se desplazaba a distintos centros dependiendo del auge productivo. Las estrategias para atraer y retener a los trabajadores fueron muy diversas, sobre todo porque también había que contar con otro factor importante: la competencia. La competencia por la mano de obra entre los distintos centros mineros benefició al sector de trabajadores más especializados, compuesto por un grupo de población flotante que se desplazaba hasta los distintos centros en que se producían boyas interesantes, y que propiciaban buenos salarios y partidas de mineral como atractivo. Sin embargo, otro grueso de la mano de obra era reclutado entre la población local asentada. En Oruro y los asientos circunvecinos, los mineros y azogueros se valieron en muchas ocasiones de recursos coactivos para conseguir trabajadores, bien a través de los mecanismos legales como pudieron ser los cargos de corregidores, alcaldes y subdelegados, 32 o bien a pesar de ellos, utilizando la violencia. Carta del subdelegado de Paria al presidente de la Audiencia de Charcas. Así entendía el subdelegado el sistema: "Este partido es menester que V.E. comprenda que tiene sobre sí todas las pensiones que no son comunes en los demás, como regularmente son: tributos, mita y tambos. Y si falta el giro de las minas como está sucediendo pierde indispensablemente su concierto toda esta máquina". 32 Generalmente los corregidores o subdelegados negociaban con los caciques o alcaldes indios el envío de trabajadores a las minas e ingenios. Por ejemplo en 1792, ante la queja del azoguero Juan Arriluciaga por no tener suficientes operarios en su ingenio, el subdelegado reunió a varios alcaldes indios y les preguntó "cómo no proporcionaban los indios suficientes". MANO DE OBRA MINERA EN ORURO, 1750-1810 en un principio el auge de la minería pudo permitir la atracción de la mano de obra por medio de altos salarios y partidas de mineral, en el período posterior, una vez pasada la abundancia del auge, los empresarios mineros emplearon otras estrategias. La población indígena campesina solía acudir a la minería como fuente de recursos para conseguir el dinero con el que pagar sus obligaciones tributarias. Pero tan sólo acudía de forma esporádica, según sus necesidades y su calendario agrícola. Este sector de la población fue el más presionado para que se emplease en las minas e ingenios cuando era acuciante la necesidad de mano de obra. Existen expedientes que describen las distintas formas de reclutar a esta población asentada en las haciendas aledañas a los centros mineros. En esta documentación, generalmente expedientes abiertos por el protector de naturales ante la Audiencia de Charcas, encontramos numerosas referencias sobre cómo los pongos de haciendas eran compelidos para trabajar en los ingenios o prestar auxilios. En 1793 los indios de la hacienda de Cantomarca (Paria) fueron obligados a trabajar por el mayordomo "a fuerza de un chicote que traía pendiente de un látigo", 33 en el ingenio que se encontraba ubicado en la misma hacienda. Otro de los casos que llegaron hasta la Real Audiencia denunciaba el engaño con que fueron obligados unos indios carboneros por el regidor Miguel Urquieta, a llevar carbón hasta su fundición de estaño en Huanuni, aprovechando que eran pongos de una hacienda que había arrendado su hermano Antonio Urquieta. Éstos se quejaban: "que nos hace traer carbón de por fuerza contra nuestra voluntad dándonos vales, engañándonos en la romana del carbón que llevamos por vernos indios pusilánimes..". 34 En el expediente abierto en 1793 se pedía una investigación que comprendiese los testimonios de todos los trabajadores de los ingenios de las tres riberas, Sorasora, Sepulturas y Poopó (Paria). La primera pregunta que se propuso a los testigos nos parece bastante significativa: "Digan si saben y les consta que los operarios, mandones y mayordomos de dichos ingenios nos maltratan cruelmente con el pretexto de llevarnos forzadamente al penoso trabajo de los buitrones sin darnos ya lugar para labrar, cultivar y sembrar nuestras sementeras, ni las que son de los patronos". Todas las respuestas de los testigos afirmaban este comportamiento, especificando: "cómo los sitados mayordomos y mandones, salen a los campos, y de allí conducen a los indios a dichos ingenios, sean de este paraje, o caminantes, o los que están en las chacras, a todos y a cuantos pueden los llevan a fuerza de chicotazos, amarrados y arrastrados hasta entregarlos en el buitrón". 36 En todos los testimonios encontramos una referencia continua y específica al "penoso trabajo en el buitrón". 37 Los indígenas compelidos eran destinados a realizar una de las labores más duras de todo el proceso de beneficio, como era el repaso. Éste consistía en remover con los pies la mezcla de azogue y mineral para acelerar el proceso de amalgamación. Esta mezcla, en ocasiones, era tan perjudicial que los mismos indígenas se negaban a realizar el trabajo, como ocurrió en 1840 en Salinas de Garcimendoza, "pues que la calidad de los metales es tal que no hay repasiri que sufra una semana de trabajo sin que se le hagan pedazos los pies, como es constante a todo aquel vecindario". 38 Como hemos podido comprobar a través de los expedientes y los informes mandados a la Audiencia, los indios de haciendas fueron compelidos al trabajo en los ingenios de forma violenta cuando su calendario agrícola les requería en el trabajo de la tierra. Puede deducirse entonces, que este grupo de tributarios tan sólo se empleaba como operarios mineros estacionalmente con el fin de recaudar el dinero necesario para el pago de sus obligaciones impositivas, y mientras su actividad principal que les proporcionaba la subsistencia se lo permitía. 39 Se plantea, en este caso, la misma situación que la estudiada por Tristan Platt en la región de Lipez, 36 Ibídem. 37 Buitrón: "receptáculo de madera o piedra en que se hacía la amalgama del azogue y la plata, dividido en seis compartimientos llamados cajones, todo sobre un suelo de bóveda para poder dar fuego por debajo". Este procedimiento se efectuó en el siglo XVI, posteriormente continuó llamándose buitrón a los cajones donde se realizaba la amalgama en frío, García Llanos: Diccionario y maneras de hablar..., pág. 14-15. Véase Langue y Salazar: Diccionario de términos mineros... 38 Defensa que presentó el prefecto de Potosí, Mariano Zilveti, ante la Corte Suprema, sobre la máquina de repaso inventada por los hermanos Ortiz, puesta en práctica en sus ingenios en Potosí, Garcimendoza y Guariguari. Platt: "Historia unidas, memorias escindidas...", pág. 174. 39 Por ejemplo, Pedro Mamani, indio tributario de Sacaca, dijo que, para pagar una deuda con su cacique, fue a trabajar 15 días en el ingenio de José Cazaos y como no le pagaron su jornal, se quejó al alcalde de Sorasora que intercedió por él, pero cuando fue a cobrar recibió una paliza por parte del mayordomo del ingenio. Tomo LVII, 1, 2000 es decir, un desfase entre la economía indígena y el mercado interno construido en torno a la producción minera. 40 Aunque no de forma tan específica, como en el caso de los llameros de Lipez requeridos para la baja del mineral, los indios de haciendas tenían el recurso del trabajo en la minería, es decir, su acceso al mercado de trabajo, integrado dentro de un conjunto mayor de estrategias reproductivas que en este caso estaban determinadas por el calendario agrícola. Y como referimos anteriormente, las necesidades de dinero de la población indígena disminuyeron al suprimirse el reparto y, por tanto, su necesidad de emplearse como operario en las minas e ingenios. La protesta que hizo en 1793 el protector de naturales, pidiendo a los dueños de minas e ingenios que no obligasen a los indios de hacienda a trabajar en los segundos porque de ello "resulta el abandono y exterminio de sus familias", 41 nos podía hacer pensar en una competencia por la mano de obra entre hacendados y mineros, pero conociendo a los dueños de haciendas y sus actividades mineras, podemos deducir que éstos utilizaban a los indios de hacienda para el trabajo en las minas e ingenios en caso de necesidad. Es decir, el minero o azoguero, para asegurarse trabajadores, se convertía en hacendado o en arrendatario de tierras. En el estudio demográfico que realiza O'Phelan sobre los trabajadores mineros de Hualgayoc a fines de la colonia, también consta la procedencia de operarios de las haciendas de la localidad. 42 Como ocurría en Oruro, los mineros sustraían de las haciendas los trabajadores cuando no era cubierta la demanda de manera voluntaria. 43 La actitud violenta de los mayordomos y mandones, a voluntad de los dueños de ingenios, para reclutar mano de obra, parece que fue más allá de las haciendas aledañas. Según los expedientes relativos a los abusos, se 40 Platt, Tristan: "Calendarios tributarios e intervención mercantil. La articulación estacional de los ayllus de Lipez con el mercado minero potosino (siglo XIX)". En La participación indígena en los mercados surandinos. 42 O'Phelan, Scarlet: "Vivir y morir en el mineral de Hualgayoc a fines de la Colonia", Jahbuch Für Geschichte Lateinamerika, vol. 30, año 1993. Esta autora considera que la hacienda, a este respecto, puede ser vista como una reserva de mano de obra. 43 Los problemas por la escasez de trabajadores en el centro minero de Hualgayoc, que tampoco disponía de mitayos, planteó un proyecto donde se tuvo en cuenta la estrecha vinculación de los indígenas con la tierra. El obispo de Trujillo y los mineros pretendían crear un asentamiento alrededor de las minas donde se le ofrecería tierra a los forasteros a cambio de su prestación laboral en la actividad minera. Este proyecto no consiguió llevarse a cabo. Véase Contreras: Los mineros y el Rey..., pág. 98. practicaron levas obligatorias o expediciones para conseguir trabajadores. Así se manifestaba no sólo en los testimonios presentados por los indígenas, sino que también quedaba reflejado en las preguntas que en su defensa expuso el azoguero José Cazaos, el cual tenía abierto un expediente por malos tratos a sus trabajadores: "Ytem, digan si saben que a alguno que traiga materiales, si es voluntariamente, y si les pago inmediatamente en plata efectiva, por cuya razón casi nunca salen mis mayordomos a arcar, 44 a excepción de una vez al año como dicen, y esto sin estrépito". 45 Curiosamente, en la misma pregunta se está confirmando la práctica de salir a hacer levas de indios para emplear en los trabajos menos cualificados y remunerados de los ingenios. Uno de los testimonios presentados por los indios, manifestaba cómo se hacían estas levas sin discriminación ninguna y utilizando el engaño, siendo bastante significativo que aludan a la máxima autoridad, el rey, para justificar su acción: "También atajan a los indios que traen víveres y comestibles a la villa de Oruro, los llevan al ingenio y se quedan sus cargas en el camino a cuyo hecho se les pierde, como ha oído decir, y lloran a sus dueños pero ellos sin más apoyo que decir son mandados y que es el ingenio del Rey, y que por él se trabaja...". 46 Estas prácticas en ningún momento estuvieron respaldadas por las altas autoridades coloniales como ocurrió -según Fisher-47 en Perú, cuando virreyes como Croix en 1788 y Gil, en 1793, hicieron los arreglos necesarios para proveer de trabajadores a ciertos mineros, aunque bajo la denominación de "socorro" para evitar la palabra mita. En el caso de Oruro, las autoridades locales estaban al corriente de estas levas forzosas, entre otras cosas, porque los mineros y azogueros ejercieron de corregidores, subdelegados y constituyeron generalmente el Cabildo, ocupando puestos como los de alcaldes, que suponían jurisdicción en primera instancia en asuntos civiles y criminales. Así lo manifestaba el juez comisionado, Manuel Delgado, en un informe a la Audiencia el año 1790: "Constándole a ciencia cierta al mismo contador que por la escasez de gente, cada dueño de ingenio acceda por ello a la rapiña hasta valerse de jueces para su recluta". 48 El minero Juan Arriluciaga recurría a la Audiencia de Charcas en 1792, pidiendo que "se compelan a 25 ó 30 indios urus de la laguna de Challacollo" para trabajar en su ingenio, prometiendo buen trato y paga efectiva. Su petición fue respaldada por el subdelegado de Oruro, Simón Romano. Pese a ello, la respuesta de la Audiencia fue negativa diciendo que debía arreglar sus necesidades "sin pretensión a derecho y justicia". 49 La competencia por la mano de obra se producía entre los mismos dueños de minas e ingenios, y también entre los diferentes centros mineros. En 1797, llegó hasta la Audiencia una queja de los azogueros por la actuación del subdelegado de Oruro, al cual acusaban de estar reclutando barreteros y peones de minas para los mineros de La Paz, en concreto para el descubrimiento de "un cerro con el sobrenombre del Poderoso". Dijeron que el subdelegado se aprovechó de "la oportunidad de la noche y el día feriado", para escoger los operarios más cualificados con engaños y la seducción de mejor fortuna, retenerlos y enviarlos a La Paz. Pretendían que la Audiencia tomase una determinación para evitar lo ilegal de tal medida basada en el "socorro y avíos" adelantados a los reclutados, "porque gozando los indios la atención y privilegios de menores y miserables necesitan otra solemnidad, como porque en virtud de dicho contrato no quedan hábilmente obligados como en caso preciso se les hará ver a un tiempo". 50 Sin embargo, ellos mismos bajo otras circunstancias alegaban este tipo de contrato y adelantos como válidos y suficientes para reclamar a los trabajadores. El azoguero Solano Polo acudió en 1790 ante el corregidor, denunciando que a pesar del adelanto en dinero efectuado a ciertos operarios, éstos no acudían allí porque estaban trabajando en la mina y fundición de José Domingo Salamanca, el cual "los coarta e impide la voluntad teniéndolos en su mina y fundición de Huanuni con opresión, de suerte que, por más que aspiran a satisfacer sus deudas, no pueden conseguirlo". El corregidor notificó a Salamanca que debía dejar libre a los trabajadores, 51 por tanto, se respetaba formalmente el adelanto realizado a los operarios como si fueran contratos legales. Los adelantos de dinero, como forma de atraer y sujetar a los trabajadores, tenían una contrapartida que consistía en la fuga del trabajador hacia otro lugar, o emplearse con otro patrón que le ofreciera mejores condiciones. Las Ordenanzas de Minería de Nueva España, aplicadas en Perú y Chile, tenían estipulado el derecho de los interesados a buscar y perseguir al trabajador para cumplir con el contrato. Al parecer, esta medida, que representaba una clara defensa de los intereses de los patronos como forma de retener la mano de obra mediante la deuda, ya estaba estipulada en la Recopilación de Leyes de los Reynos de Indias. 52 No podemos evaluar la proporción de trabajadores que eran reclutados de forma coactiva, pero sí podemos considerar la importancia de estas formas de reclutamiento que afectaron mayoritariamente a la población indígena asentada en las haciendas locales, y que fueron destinadas, por lo general, al trabajo más duro de los ingenios. Los testimonios nos dejan constancia de la existencia de mecanismos para captar y retener la mano de obra que iban más allá de las instituciones del propio sistema de dominación colonial. Además de la compulsión violenta o amenazas, otra de las prácticas que se consolidaría con el tiempo sería el endeudamiento, que en muchos casos encubría abusos y sobreprecios de los productos, como veremos a continuación. Diferentes formas de remuneración: mineral, dinero y productos La forma y cantidad de pago por el trabajo minero no estaba reducida exclusivamente al salario. En Oruro, al igual que en otros centros mineros coloniales, las distintas formas de remuneración comprendían principalmente dinero, especies y, en ciertos casos, los trabajadores dedicados a las labores extractivas también se llevaban una parte de mineral, concertada previamente con el dueño de la mina. Los salarios variaban de una empresa a otra, según la rentabilidad de la misma, la escasez de trabajadores o la cualificación del operario. Para abordar el salario de los trabajadores en una labor de mina tomaremos como ejemplo el caso particular de la mina San José. 53 La elección de esta mina no viene determinada por su representación como empresa 52 Libro VII, Título VII, Ley XIV. Desgraciadamente, no contamos con datos suficientes para confirmar hasta qué punto podríamos tomar este caso como modelo, pero, aun así, nos parece un ejemplo bastante ilustrativo, por la cantidad de información que nos muestra. Basándonos en las cuentas de gastos semanales, donde el encargado o administrador anotaba todos los gastos producidos por salarios e insumos, analizaremos la forma y cantidad de pago, el número de trabajadores y el costo que representaba para la empresa. En el cuaderno de cuentas se presenta un resumen de los gastos por semanas, distinguiendo a los trabajadores en tres grupos: barreteros, apiris y palliris. El trabajador recibía su salario según los turnos o mitas trabajadas, de manera que el pago semanal dependía de las jornadas de trabajo realizadas, que no tenían por qué ser las seis correspondientes de lunes a sábado. Los jornales establecidos a los barreteros, apiris y palliris eran de cuatro reales por mitas 54 indistintamente. No aparece información sobre otro tipo de retribución en mercancías o mineral, pero encontramos referencias en el cuaderno al envío de coca y pan hasta las instalaciones, por lo que suponemos la existencia de una pulpería. Como se muestra en el cuadro siguiente, se presenta un progresivo aumento en los gastos semanales que viene determinado por el aumento de trabajadores. La primera semana el grueso mayor de los trabajadores lo representaban 6 barreteros, 9 apiris y 4 palliris, en cambio las últimas semanas registradas aumentaron hasta 21 barreteros, 25 apiris y de 10 a 12 palliris. También observamos que, si al principio de este período, los turnos o mitas cobrados giraban en torno a 5 o 6 por barreteros y apiris y, algo menos, los palliris; en las últimas semanas, se intensificaron las jornadas y aparecen registrados de forma frecuente algunos trabajadores que cobran por 7 u 8 mitas e incluso, en ocasiones, por 11 mitas semanales. Además del salario de los trabajadores de base, están recogidos otros operarios con distintas calificaciones, como el herrero y el arreador, encargado de que se cumplan las faenas, que comenzaron cobrando 4 pesos semanales y aumentaron hasta 7 pesos en las últimas semanas. Por último, el canchero, quien estaba encargado de pagar todos los sueldos y gastos anotándolos en este cuaderno para presentar al dueño de la mina. También aparecen, de forma esporádica, algunos pagos a trabajadores ocasionales que eran requeridos para necesidades puntuales, éste era el caso del albañil y sus peones. En la semana del 25 de noviembre, que fue atípica por incluir entre los gastos el pago de la visita de minas que consistió en 96 pesos, se registraron los gastos por 4 chivatos. Bajo este concepto podría recogerse, bien los odres con el cual se extraía agua de las minas o bien los trabajadores encargados de realizar esta labor. El costo por mano de obra -según el cuadro anterior-representaba una media aproximada del 86% del total de los costos semanales. Hay que advertir que ciertos gastos, como el abastecimiento de coca y el pan, no fueron recogidos en el cuaderno. De todas formas, partiendo del ejemplo concreto de esta mina, nos parece importante señalar el alto costo que representaban los gastos por mano de obra, siendo de suponer que los empresarios mineros intentasen por todos los medios reducir, dentro del máximo posible, los costos por este concepto. Es evidente que, en gran medida, la explotación minera recaía sobre la mano de obra y su importancia con respecto a otros rubros son abismales. Los gastos por herramientas e insumos en este caso eran mínimos. 55 Si comparamos estos salarios con otros centros, observamos que en Hualgayoc (Perú), según el estudio de Carlos Contreras, los salarios de barreteros y apiris eran casi equivalentes, aunque el denominado mayordomo recibía de siete a ocho pesos semanales, mientras que el canchero de la mina San José cobraba un salario mucho más alto. 56 En las cuentas de los gastos de la mina potosina "Labor de Medina", en 1775, encontramos que los barreteros, que solían ser mingas (trabajadores contratados), recibían entre seis y siete reales por turno, al igual que los apiris mingas. La referencia encontrada en este documento como salario del "minero", 57 se refiere al mayordomo o encargado de la mina, al cual se le pagaba 11 pesos semanales. 58 Las diferencias entre los sueldos de los distintos centros parecen más considerables entre los trabajadores más cualificados. Claro que 55 En el caso de Oruro los costos por arrendamiento de las instalaciones mineras eran poco significativos comparados con Potosí. Este tema ha sido tratado por mí en "Producción y crisis en Oruro...". 57 Tandeter los denomina como "supervisores de los trabajadores de las minas", a quienes los azogueros solían entregar las pulperías o "chicherías" bajo arriendo: "Los trabajadores mineros y el mercado", Anuario. 58 Archivo Histórico de Potosí. Casa Nacional de Moneda. Expedientes de Gobierno e Intendencia, núm. 381. CONCEPCIÓN GAVIRA MÁRQUEZ ello tiene mucho que ver con la capacidad de la empresa minera. 59 Cuando se trataba de una mina en total rendimiento y con muchos operarios, la competencia y responsabilidad del mayordomo o canchero sería mayor y, por lo general, recibiría un salario más alto. Esto ocurrió en la mina San José, cuando se intensificaron las labores y aumentaron los trabajadores, también se elevaron los salarios del herrero y del arreador. En el virreinato de Nueva España, el salario también variaba de un centro a otro y dependiendo de la empresa. Aunque se pagaba de forma generalizada un salario de 4 reales, el verdadero atractivo -según Brading-lo constituía el partido. 60 En Oruro, el equivalente al partido era denominado doblas. En principio se trataba de un concierto con el dueño para trabajar la mina sábados y domingos, pero afirma García Llanos que se convirtió en una costumbre durante toda la semana. No sabemos, de forma certera, las condiciones de este acuerdo que generalmente no quedaba registrado por escrito sino que se hacía verbalmente. Este mismo autor hace referencia al valor de las doblas, "muchas de éstas que han valido a quinientos pesos y algunas a mil y a más..."; 61 pero habría que tener en cuenta que esta descripción se está refiriendo a principios del siglo XVII, en pleno auge productivo en Oruro. Godoy, en su Relación de 1607, no recoge este término, aunque alude a una entrega de mineral como forma de atraer a los trabajadores, "además de este jornal les dejaba llevar algunas corpas de metal que las más veces valen el doble del jornal". 62 También deja constancia el visitador de que este concierto se convirtió en "hecho general", atrayendo a todo tipo de gente a rescatar el mineral de los indios. En el caso de no tener permiso o autorización del dueño, es cuando se consideraba juqueo, es decir, robo. Esta costumbre, que representaba una participación de los trabajadores en los medios de producción, constituía todo un atractivo para la mano de obra y también era una forma de pago que permitía reducir el costo del salario. El monto de mineral concertado que se le atribuía al trabajador, llámese dobla, partido o pepena, era muy importante en cuanto suponía una for-59 Arduz Eguía propone, según un documento anónimo de 1759, los siguientes salarios en el Cerro de Potosí: los mitayos cobraban 4 reales por jornada y los voluntarios 6 reales, "los mineros inteligentes, sobrestantes y directores ganan semanalmente 8, 10, 12 o más pesos...": Ensayos sobre la historia de la minería altoperuana. 61 García Llanos: Diccionario y maneras..., pág. 42. 62 Godoy, Felipe de: "Relación del asiento, minas y población de San Felipe de Austria, llamados de Oruro", Boletín de la Oficina Nacional de Estadísticas, año VIII, La Paz, 1912, pág. 438. Tomo LVII, 1, 2000 ma de remuneración a veces más interesante que el propio salario y permitía al operario no estar a expensas de un salario que podía verse reducido por el pago en especies. Este sistema supuso que en las minas más pequeñas, los trabajadores, preferentemente los del interior de la mina, se convirtieran en una especie de socios del propietario. Esta situación ha sido determinante para no considerar a los operarios de minas, que trabajaban bajo estas condiciones, como simples proletarios, ya que compartían la producción. 63 El trabajador solía vender el mineral a los rescatiris, a los beneficiadores particulares, o al propio dueño de la mina. En caso de tratarse de un mineral de alta ley, esta operación representaba un ingreso bastante importante. En Oruro, especialmente en este período, no tenemos muchas referencias a esta forma de remuneración, pero habría que tener en cuenta que la crisis minera, a partir de la década de los ochenta, limitó, en gran medida, el concierto de doblas a los trabajos puntuales de ciertas vetas que se fueron descubriendo. De todas formas, nos parece bastante significativo el haber encontrado estipulado en algunas cláusulas de compañías que no se permitiría este tipo de concierto con los trabajadores. Esta tendencia a reducir o suprimir este tipo de remuneración en mineral fue bastante generalizada en las minas novohispanas durante la segunda mitad del siglo XVIII. Los conflictos suscitados por esta tendencia, que respondió, según la mayoría de los analistas, al proceso de racionalización de la empresa minera, 64 promovieron grandes disturbios en algunos centros novohispanos. Otro de los sistemas más comunes establecidos en el trabajo extractivo principalmente, era el trabajo a destajo, es decir se pagaba por las cargas de mineral sacadas a la superficie. Este sistema era bastante rentable para el dueño y muy arriesgado para el trabajador, que podía tener la desventaja de encontrar zonas bastante duras de trabajar que requerían mayor esfuerzo y tiempo. Generalmente, el dueño de la mina solía pagar algunos insumos como la pólvora y las guías. Las condiciones establecidas en esta forma de trabajo aumentaban los riesgos de accidentes en el interior de la mina porque los operarios pendientes de sus intereses económicos no prestaban atención a la seguridad, ni dedicaban su tiempo a reparar, fijar sueltos o desprenderse de las cajas para desalojar los caminos. Éste fue el moti-63 Sobre este tema son más frecuentes los estudios basados en los trabajadores y minas del virreinato novohispano. Véanse Velasco, Cuauhtémoc: "Los trabajadores mineros en la Nueva España, 1750-1810", en La clase obrera en la historia de México, vol. II, "De la colonia al imperio". Y Hadley, Phillip L.: Minería y sociedad en el centro minero de Santa Eulalia, México, 1979. CONCEPCIÓN GAVIRA MÁRQUEZ vo aducido en un expediente abierto por la muerte de un trabajador en una de las minas de Manuel Herrera, el cual responsabilizó a los trabajadores de las malas condiciones de la mina. Herrera explicó que el sistema de trabajo en esta mina era el llamado "por puñeros, comprando los metales de los indios". 65 El propietario compraba el mineral extraído a los indios, los cuales, pendientes de sacar el máximo de mineral, no se encargaban de la seguridad en el interior de las minas. Esta forma de explotación era muy rentable para el dueño de la mina, el cual, además, no se hacía responsable de los accidentes. Los sistemas de trabajo en la explotación de las minas eran mucho más variados y complejos que los establecidos en las plantas de beneficios. La existencia de pequeñas y medianas explotaciones que se trabajaban bajo distintos conciertos con los trabajadores hace difícil generalizar a los operarios de minas en cuanto a sueldos y relación con los medios de producción. En centros más alejados o abandonados, como era el caso de Salinas de Garcimendoza a fines del siglo XVIII, la mayoría de las minas registradas eran propiedades de los indios originarios de las comunidades vecinas. Estas pequeñas explotaciones pudieron ser trabajadas familiarmente o por medio de compañías, pero desgraciadamente no tenemos datos precisos. 66 Respecto a los trabajadores de ingenios, los operarios más cualificados, administradores, mayordomos y beneficiadores cobraban los salarios más altos. Éstos realmente se podían considerar como los integrantes del mercado libre de trabajo, se beneficiaban de los períodos de escasez de mano de obra aprovechándose para subir las distintas ofertas de los empresarios. Sabemos que el beneficiador Lunita, aun teniendo una propuesta del azoguero Manuel Herrera de 30 pesos semanales, "fue a Oruro a disponer el negocio, a ver si le adelantan el salario, o para ponerse en almoneda del que más diere". 67 Los mineros, a veces, se convirtieron en víctimas de sus mecanismos para retener la mano de obra. El trabajador podía conseguir un adelanto de sueldo y abandonar el asiento minero o escapar con una deuda pendiente, pero a pesar de ello siempre se vería perseguido, como le ocurrió a Miguel Párraga, que fue apresado al año siguiente de fugarse, por haber dejado una deuda pendiente en el asiento de Poopó, y conducido preso hasta Huanuni por el administrador del ingenio. 68 Generalmente, el pago a los trabajadores no se efectuaba totalmente en moneda sino que se realizaba parte en dinero y otra parte en especies que solían consistir en coca, 69 alimentos de primera necesidad como el pan, chuño, maíz, harina, y a veces ropa. Pero estos productos, muy apreciados por los trabajadores, eran suministrados con sobreprecio o de forma abusiva. Los distintos estudios sobre el tema han puesto énfasis en la falta de capital del minero como determinante para recurrir a esta forma de pago, pero cabrían añadir otros factores igualmente decisivos. Carlos Contreras, en su estudio sobre Hualgayoc, propone que esta forma de remuneración mixta, parte en plata y parte en género, era además de una estrategia empresarial, una demanda de los mismos trabajadores, porque de no ser así, en una situación de escasez de mano de obra no lo hubiesen admitido los trabajadores. 70 La documentación encontrada para el caso de Oruro nos sugiere que no debe generalizarse la demanda de los trabajadores sobre esta forma de pago. Concretamente en Oruro, encontramos un gran rechazo y una queja explícita por parte de los operarios respecto al pago en especie. Esto se debía, en gran medida, a que los trabajadores sabían que era una forma de reducir sus salarios y un mecanismo de engaño, abuso y retención. En todo caso, aunque las pulperías de los centros mineros fuesen una de las formas de acceder a ciertos bienes necesarios para la población indígena, por ejemplo la coca, hubo todo un rechazo a la sobrevalorización de su precio, quizás por tener como referencia los precios en el mercado de Oruro y la posibilidad de acceder a estos productos en la misma villa. El pacto entre trabajadores y empresarios sobre el pago en especie cobra mayor sentido en los asientos mineros bastante alejados de los centros comerciales, donde el acceso a ciertos géneros era bastante difícil. Pero ciertos casos nos parece que se salen fuera de este supuesto y demuestran que no podría concebirse este sistema de pago como demanda 68 ANB, Minas, t. 69 Daniel Santamaria opina que para el minero el tráfico de coca constituyó la posibilidad de reclutar y conservar la mano de obra, y de aumentar su rendimiento, de manera que a su actividad básica añadió un activo rol mercantil: "La participación indígena en la producción y comercio de coca, Alto Perú 1780-1810", en La participación indígena en los mercados.... CONCEPCIÓN GAVIRA MÁRQUEZ de los trabajadores de forma generalizada. Por ejemplo, en Potosí, durante una visita de minas en 1765, los mitayos se quejaban de que se les pagaba parte de su trabajo personal en "chicha y coca" que les estaban obligando a comprar por la fuerza. 71 También encontramos otros testimonios referentes al pago en productos que no eran de primera necesidad, como fueron las monteras, cigarros y aguardientes. 72 Es importante tener en cuenta que a la mano de obra estacional, que acudía a las minas o ingenios para conseguir dinero destinado a sus tributos u otras necesidades, no le interesaba el pago en especie. En ocasiones, también eran los propios caciques los que enviaban a las minas a sus tributarios para conseguir dinero. Esta misma situación era la del originario de Sacaca que fue hasta el ingenio de José Cazaos para pagar una deuda a su cacique y se quejaba de que, después de 15 días, "no pudo conseguir el dinero de su personal trabajo". 73 Aun en el caso de que los indígenas demandasen o aceptasen el pago en productos a los que dificilmente pudiesen tener acceso, no estaban dispuestos a pagar un sobreprecio o a ser coaccionados a través de las deudas. El desacuerdo con este sistema de pago por el abuso que implicaba, quedaba reflejado en el interrogatorio realizado a los distintos operarios de los ingenios de las tres riberas. Una de las preguntas planteadas abordaba directamente el tema y, por supuesto, sus respuestas fueron de total rechazo: "Digan si es público y notorio el engaño grave y doloroso de nuestro personal trabajo, y si por el jornal diario y al cabo de la semana nos dan nuestros avíos y socorros en efectos comestibles e inútiles de ropa, recargándonos excesivos precios, de modo que un medio real de coca nos reputan por dos reales, siguiendo esta graduación en todos los demás víveres, tal que no nos soporta la personal manutención cuanto es más la de nuestras mujeres, hijos y familias". 74 Según los testimonios encontrados, no siempre se trataba de que el trabajador adquiriese voluntariamente las mercancías de la pulpería de la mina o el ingenio, ante la necesidad de cobrar el sueldo, sino que eran obligados a tomar a cuenta del jornal una cantidad estipulada de mercancías. Sirva como ejemplo la correspondencia entre el minero Manuel Herrera y su administrador, donde se comentaba la distribución de los productos y precios, de esta manera: "dicho chuño, maíz, y harina, se repartió a toda la gente de aquí, al hornero a 4 reales y a los repasiris y mortiris a tres reales". 75 En otra de las cartas, fechada en 1781 -año de la sublevación indígena-, el administrador hacía referencia al minero del cambio de actitud de los operarios: "ni aun al trabajo no vienen tan temprano, ni lo trabajan con voluntad, sino están hablando contra nosotros, pues ayer a los horneros les dijimos que llevasen doce reales de coca y dijeron que no podían llevar tanto, sino seis...que ahora es otro tiempo ya, y no es antes para que les estemos dando así". 76 Las pulperías de los ingenios y el pago en géneros no eran solamente una estrategia para reducir costos, sino también un negocio del que los mineros y azogueros sacaban beneficios. La prueba está, no sólo en el sobreprecio de los productos del que se quejaban los trabajadores, sino en la existencia de algunas de las cláusulas, recogidas en los acuerdos para formar compañías entre distintos empresarios, donde se especificaba el reparto de los beneficios que generaban el abastecimiento de género a los trabajadores. Por ejemplo, en la compañía formada entre los mineros Esteban Bustillos, Manuel Serrano y el azoguero Diego Flores, se estableció la siguiente cláusula: "Es calidad y condición expresa que en cuanto a las utilidades de la coca y demás menesteres que se hubiese de expender entre la gente que trabajase en dicha mina, haya de ser partida entre los compañeros sin novedad alguna". 77 Por lo general, los dueños de minas e ingenios poseían también haciendas de las que se proveían de estos insumos o hacían grandes compras al por mayor de estos productos, entre los que se encontraba la coca proveniente de las Yungas o bayetas del Cuzco. Se dieron casos de azogueros que tenían propiedades en Yungas desde donde traían su propia coca. Pero aun así, estaría lejos de asemejarse a la situación descrita por Brading de las grandes empresas mexicanas que poseían una gran autosuficiencia 75 AGI, Charcas, 605. Papeles embargados a Manuel Herrera. CONCEPCIÓN GAVIRA MÁRQUEZ de insumos. 78 El pago en géneros también estaba muy determinado por la escasez de moneda en la zona y por las imposiciones del crédito a los mineros, que se realizaban generalmente parte en dinero y parte en productos mercantiles, proyectándose la situación al pago de los trabajadores. Los habilitadores o aviadores llevaban ventajas en el sobreprecio de los productos con que habilitaban al minero y, como afirma Contreras, 79 era una forma de proteger su inversión, asegurando el buen uso del capital invertido. De todas formas, este tipo de remuneración, bastante generalizado en todos los centros mineros a fines del XVIII, no responde exclusivamente a la minería andina, americana ni colonial, pues se estaba practicando también en las minas de Gran Bretaña. 80 Se trataba, en cualquier caso, de una estrategia de los empresarios para reducir costos y controlar la mano de obra. Tandeter reconoce el endeudamiento de los trabajadores que sacaban los efectos a crédito de las pulperías, sobre todo coca, chicha y aguardiente, a precios "que duplicaban los prevalecientes en la ciudad"; el endeudamiento se daba tanto en los trabajadores libres como entre los mitayos, pero afectaba a los menos cualificados. 81 En el virreinato novohispano, encontramos referencias al pago en especies como principal base del peonaje por deudas. Concretamente, en las minas de Santa Eulalia, donde -según Hadley-, la causa principal de este tipo de remuneración era la carencia de capital de los mineros y azogueros, que dependían del crédito de los habilitadores. Los trabajadores, aunque manifestaron sus quejas, compensaban la falta de dinero con la venta de la pepena o partido a los rescatadores. Claro que cuando se rompía esta situación de equilibrio se abría un claro conflicto, como lo demostraron las huelgas de los trabajadores en 1730 en Santa Eulalia, 82 o la producida en la mina de Real de Monte en 1766. 83 78 Brading: Mineros y comerciantes..., cap. IV. 80 Los trabajadores del carbón y del hierro, de Gales y Midlans, estaban siendo pagados con productos a precios sobrevalorados, por lo que emprendieron una denuncia en 1816. Se estaba obligando a los trabajadores a aceptar 2/3 del salario en especie. El Parlamento prohibió esta práctica, pero en 1832 había testimonios de que todavía continuaba. 81 Tandeter: "Los trabajadores mineros...", pág. 61. Este autor considera que el valor de la pepena era seguramente superior al del salario y al de la ración alimenticia. 83 El conde de Regla argumentó que un 37,5% de la plata producida en su mina pasaba por manos de trabajadores. Para el caso del "tumulto" de los trabajadores de Real de Monte por la supresión del partido, véase Velasco: "Los trabajadores mineros...", pág. 290. El abuso del que se quejaron los trabajadores de Oruro a fines del siglo XVIII y el empeoramiento de sus condiciones laborales, fue consecuencia de las presiones de los mineros y azogueros que se encontraron con mayores dificultades para conseguir mano de obra. La disminución de la necesidad de emplearse en la minería por parte de los indígenas que vivían de la tierra, tanto en comunidades como en haciendas, y la crisis minera de fines de siglo, que redujo la capacidad de los empresarios, propiciaron una serie de estrategias agresivas como las levas de indios. Pero más allá de esta coyuntura, consideramos importante insistir en una diferencia o división dentro de lo que se consideraría el grupo que conformaba la mano de obra minera en Oruro; por una parte se encontraría el sector más cualificado, mejor pagado, y más heterogéneo en cuanto condición étnica y social y, por otra, un sector mal pagado e incluso, en gran medida, compelido para el trabajo más duro. Este grupo no tenía la actividad minera como único recurso, por lo que los azogueros se podían permitir el no asegurar, a través del salario, su subsistencia. En este caso, podríamos señalar que el sector agroganadero o la economía campesina -como la denomina Assadourian-84 estaba subsidiando la minería en la región. Quizás no pueda equipararse al nivel que llegaba el transvase de excedentes de las comunidades indígenas hacia Potosí o los centros donde existían indios de repartimiento, pero igualmente las haciendas estaban proporcionando a bajo costo tanto la mano de obra como las mercancías y productos destinados al pago de salarios. 84 Assadourian, en su análisis sobre la mita potosina, afirma que la economía campesina financiaba a la economía minera, rebajando los costos de producción y sufragando parte de los medios de vida indispensables para la reproducción de los trabajadores compulsivos: "La producción de la mercancía dinero en la formación del mercado interno colonial", pág. 266.
ración media permite sostener que presentaba un adecuado nivel calórico y que su calidad nutricional podría haber estado reducida a los mínimos exigibles para la manutención del nivel de actividad en el trabajo del llano. Es posible que las características del funcionamiento económico de los hatos estudiados presionaran los costos de alimentación. Este artículo presenta algunos resultados de un estudio sobre la alimentación de los trabajadores de un conjunto de hatos del Alto Apure, que pasaron a ser propiedad encubierta de Juan Vicente Gómez a fines del primer decenio del siglo XX. 1 Ubicados en esa región del Estado Apure, entre los ríos Uribante por el norte y Sarare por el sur, desde la confluencia de éstos por el este hasta la Selva de San Camilo por el oeste, orientaban su actividad al mercado de San Cristóbal, capital del Estado Táchira y eje del desarrollo cafetalero exportador venezolano hacia 1910 (ver mapa). El hato de mayor valor y tamaño era 'El Caimán', donde se concentraba la gestión. Situado en una extensa área de pastizales en el piedemonte andino, estaba cruzado de oriente a occidente por un antiguo camino ganadero que, a través de la Selva de San Camilo, unía Guasdualito con San Cristóbal. Guasdualito era un poblado ubicado en la margen occidental del Sarare, a pocos kilómetros de su confluencia con el Uribante, y era tanto el punto de 1 Juan Vicente Gómez es el fundador del Estado Moderno en Venezuela. En 1910 los bienes de Celestino Castro, ex-presidente del Estado Táchira y hermano de Cipriano Castro -ex-presidente de Venezuela-salieron a remate evaluados en Bs. Sus hatos fueron comprados en Bs. 90.000 por Juan V. Gómez, ya presidente de la República, por interpósita persona. En: Registro Principal de San Cristóbal (en adelante RPSC), Civil, 1910, Ejecución seguida por el Gobierno Nacional contra los bienes del general Celestino Castro, fs. En 1906 el valor del total de propiedades agropecuarias de J. V. Gómez en el Estado Apure era de Bs. 1.829.388, Troconis G., Luis: La cuestión agraria en la historia nacional, Caracas, 1962, pág. 138. convergencia del ganado del Bajo Apure destinado a la exportación, como el mayor polo comercial de la región llanera sur-occidental. Según el cuadro 1, los dos primeros hatos constituían el núcleo del complejo pecuario, que tenía en total una masa ganadera potencial de 9.600 reses. Es probable que la producción efectiva estuviera más cercana al primer valor, pues no todas las superficies consideradas eran de pastizales. CUADRO El valor sumado de 'La Balza' y de 'Mendero' es de 48.000 bolívares. Tal concentración de propiedades en un solo dueño la convertía en una gran explotación dentro de las grandes propiedades de los llanos centrooccidentales, aunque no de las mayores. 2 Para el conjunto del área llanera se sabe que a comienzos del siglo XX las remuneraciones en los hatos eran por tarea realizada -'ajuste' o destajo-o por tiempo de trabajo. Probablemente la remuneración diaria por tareas se equiparaba a la del trabajo por 2 Calzadilla V., Fernando: Por los llanos de Apure, Caracas, 1948, pág. 158, estima la cosecha anual de un hato bien trabajado entre 1.000 y 2.000 novillos. Sus parámetros, cosechas y promedio de reses por hato son válidas hasta 1910. Para 1920 algunos datos indicarían que en los distritos Muñoz y Páez, que abarcaban el Alto Apure, un total de 56 hatos tenían más de diez mil reses cada uno y 14 de ellos, unas catorce mil reses en promedio. Para los datos básicos, ver: Boletín de la Cámara de Comercio de Caracas, año IX, 15 de agosto de 1920, núm. 81. La contratación por ajuste habría sido más frecuente en los 'peones de mano' y su remuneración en dinero no incluía alimentación y albergue. Para los 'peones de a caballo' lo usual habría sido la cancelación semanal o mensual por días de trabajo. 3 Los valores tienen cierto margen de error para la variable 'número de hombres', ya que varios trabajos por tarea eran realizados por una misma persona. Los porcentajes de días de trabajo y de salarios, en cambio, son más exactos. De ellos se desprende que el 65% del tiempo trabajado fue 'por día' y los pagos 'por tarea' fueron minoritarios. Los peones de 'a caballo' eran remunerados por día, al igual que otros tipos de trabajadores, como meseros, sirvientes, canoeros y pastores de marranos. Todos los trabajadores de este tipo tenían acceso a la alimentación. En el cuadro 3 se presentan datos para el análisis de la estructura del consumo, en la que los dos primeros totales corresponderían virtualmente a hipótesis de consumo mínimo y máximo de 'Carne' (hipótesis I y II), respectivamente, de acuerdo a las dos bases de 'carne utilizable', cálculo basado en el peso por animal característico del Alto Apure. El total III corresponde a la hipótesis III de consumo de carne basada en un peso de 14 arrobas por res. La ración calculada para un trabajador medio se compone de alimentos frescos, algunos ya cocidos pero sin ingerir. En las rutinas alimenticias nunca faltaba una comida diaria abundante, aunque había variabilidad respecto al desayuno. Para el Alto Apure se ha señalado que en algunas ocasiones el 'trabajo de llano' se iniciaba sólo con un pocillo de café y en otras regiones había un desayuno abundante. 4 En los meses considerados había períodos de inactividad ganadera, en los cuales la comida diaria pudo haber sido más pobre en cantidad que en los períodos de trabajo máximo. La alimentación en el hato pudo haber sido distinta a la comida familiar, pero puede suponerse que esas variaciones no fueron sustanciales, dadas las determinaciones ecológicas sobre la agricultura de subsistencia, pues no debe descartar-se la posibilidad de que esta última cocina cumpliera ciertas funciones de equilibrio nutricional. Los datos indicarían que el régimen alimenticio giraba en torno a muy pocos productos básicos: maíz, plátanos, topochos y panela, que eran producidos en los hatos y aportaban el 81% y el 77,7% de las calorías totales, en las hipótesis I y II de la ración disponible neta, respectivamente. El maíz proporcionaba el grueso de las calorías, 55,7% y 53,4%, en ambas hipótesis. Llama la atención el carácter básicamente vegetal de la ración, que contrasta tanto con la naturaleza ganadera de las actividades, como con las observaciones contemporáneas que atribuían un predominio cárnico al régimen de alimentación. A comienzos de siglo, observadores de las costumbres en dicha área señalaban: "la comida del llanero se basaba en carne de ganado, alguna de caza y escasamente pescado. También se contaba con la yuca, el plátano, el topocho, casabe, pero lo esencial en la dieta era la carne de ganado en las diferentes variedades que el mismo medio proporciona".5 Esta fuente cita muchas frutas silvestres que se comían y algunas pocas frutas que era necesario sembrar, dentro de un cuadro alimenticio muy poco variado. Hacia 1935, todavía en 'El Caimán' persistían estas características y seguían siendo habituales estos productos: carne, plátano, maíz, yuca, queso, panela y café. La leche era escasa, y agregarla al café se consideraba propio de los "consentidos de la casa". 6 Se comía carne todos los días y el café era habitual pero no se consumía fruta. Según el observador, no había fruta silvestre y los hombres dependían enteramente de la comida del hato. En éste se fabricaba el queso para el consumo y a los peones se les "picaba un queso en la mesa" cada día. Se puede afirmar que los rasgos principales del régimen alimenticio no habían variado desde comienzos del siglo XIX: ausencia de leche en la dieta adulta, importancia social de la carne, poca verdura y presencia de ciertos artículos básicos como arroz, panela, plátanos y maíz. 7 Poco se sabe respecto a la introducción del café como bebida en los Llanos, pero es probable que su presencia predominante datara de la segunda mitad del siglo, pues hasta mediados de la centuria era corriente en esa región la yerba mate como una bebida de mujeres. 8 Así, parece que la monotonía en la alimentación de los hatos fue una característica de larga duración, aun cuando las observaciones históricas son escasas. Aún más, tal régimen de alimentos parece adaptarse a los caracteres de la alimentación advertidos en la Venezuela del último tercio del siglo XIX, en la medida en que reproduce la débil importancia de la carne y la fuerte presencia del plátano, maíz y papelón en la aportación calórica, 9 aunque revela una mayor significación relativa del aporte cárnico. Es posible examinar la estructura de la ración media, es decir, analizar comparativamente la densidad de nutrientes que ella presenta para establecer su calidad relativa. Con ello surge el problema de la importancia analítica de los sistemas de referencia interpretativos para el examen de los datos. 10 Al tenor de experiencias metodológicas en historia de la alimentación se puede intentar una evaluación que considere los requerimientos nutricionales contemporáneos. 11 En el cuadro 4 la comparación se ha hecho respecto a los requerimientos actuales para realizar una faena "Muy activa" y "Excepcionalmente activa" en un grupo de edad que pudo haber correspondido al de los trabajadores de los dos hatos. El estándar de comparación es un hombre-tipo de edad entre 20 y 39 años, con un peso de 66 kg, sano, físicamente apto para un trabajo 'muy activo' de ocho horas diarias y que consume alimentos para un gasto energético medio de 3.564 kcal/día. Considerados los requerimientos calóricos para un trabajo 'excepcionalmente activo', esta última cifra se situaría en 4.092. La cantidad total de calorías disponibles en la ración de estos hatos, 5.367 y 5.598 para ambas hipótesis, era satisfactoria para el nivel de desempeño físico. Si se considera que la dificultad principal en un análisis 8 Era "preferida por las mujeres suramericanas mucho más que el té y aun el chocolate" según Vawell, Richard: Las sabanas de Barinas, Caracas, 1973, pág. 91. En las haciendas jesuíticas del Casanare en el siglo XVIII el café no era parte de la dieta según advierte Raush, Jane M.: Una frontera de la sabana tropical. Los llanos de Colombia. 9 Torres S., Jaime: "Consumo de carne y nutrición. 11 Instituto Nacional de Nutrición: Requerimientos de energía y de nutrientes de la población venezolana, Documento provisional, núm. 45, Caracas, 1985. Tomo LVII, 1, 2000 histórico reside en la homologación de niveles de intensidad de trabajos situados en contextos sociales distintos, esta conclusión podría fundamentarse más aún. Los rasgos del 'trabajo de llano' hacia el primer decenio del siglo XX, exigían un desgaste físico en los períodos de 'cosecha' que, posiblemente, no se encuentra ni siquiera en el trabajo en áreas llaneras actuales, dentro de hatos que pudieran considerarse similares. 12 De tal modo que podría no ser todavía adecuada, como base comparativa, la categoría 'excepcionalmente activo', utilizada hoy para clasificar el trabajo de un cierto porcentaje del personal obrero de la rama económica de'Hidrocarburos, Minas y Canteras'. En todo caso, en el llano había actividades estacionales que no eran tan exigentes, con lo que la selección de las categorías no parecería ser inadecuada. Pero debe considerarse la posibilidad de sesgo por subvaloración de la intensidad del trabajo llanero a comienzos del siglo. De acuerdo al 'índice de calidad nutricional', INQ, la estructura de la dieta del cuadro anterior revela que la ración media, antes de ser preparada y consumida, contenía nutrientes en cantidades adecuadas de proteínas, hierro, tiamina, niacina y vitamina C. Era insuficiente en vitamina A y riboflavina. De un modo general, podría concluirse que ésta era una dieta satisfactoria. 13 Siendo importante el análisis del régimen alimentario tanto en su apreciación histórica como en su adecuación, antes de su ingestión, también lo es su valor energético, aunque nada sabemos acerca de los componentes sociales de éste en términos de códigos, valores y símbolos. En el cuadro 5, la cantidad total de calorías de los nutrientes ingeridos de las dos primeras raciones se ubica sobre los dos totales calóricos actualmente requeridos para trabajos de tipo 'muy activo' y 'excepcionalmente activo', ya señalados en el análisis anterior. De tal modo que, desde este ángulo, la ración media de ambos hatos podría considerarse apropiada. La distribución porcentual de estas calorías entre los distintos componentes para las hipótesis I y II se presentan a continuación en el cuadro 6. Para evaluar la significación de sus dos fórmulas dietéticas, [9,1 -17,3 -73,6] y [11,3 -18,2 -70,5], conviene compararlas con los aportes calóricos porcentuales recomendables en algunos estudios,15 que establecen la fórmula: [ 10/13 -25/30 -58/65 ] Según los rangos de variación que en ella se establecen, las raciones bajo estudio presentarían un déficit proteico y de lípidos en la hipótesis I y normalidad proteica y déficit de lípidos en la hipótesis II. En ambos casos habría un exceso de glúcidos. Sin embargo, el aporte calórico de los lípidos estaría en las dos fórmulas dentro de proporciones poco adecuadas si se consideran estudios en los que se establece que las grasas deben aportar de un 20% a un 30% de las calorías diarias. 16 En todo caso, se advierte que las limitaciones proteicas y lípidas tendían a ser compensadas con el mayor consumo de glúcidos. No obstante, es difícil establecer qué fórmula fue la más probable, aun cuando es posible presumir que en los hatos examinados la segunda pudo haber estado vigente si se considera el sesgo de sobrevaluación del número de días-hombre de trabajo. Con todo, la misma variabilidad de estos datos sugiere la hipótesis de que el problema central de la ración media de los hatos en la región pudo haber sido el de un equilibrio inestable entre proteínas y glúcidos. El examen de la actividad económica interna de estos hatos en 1909-1910, aporta más antecedentes. El funcionamiento de éstos requería rebajar los gastos de comida por medio de la producción propia de alimentos, de la que las cuentas de gastos/ingresos dan sólidas evidencias. En los glúcidos, el 97% de las calorías de las dos raciones provenían de los plátanos, panela, maíz y topochos, con un peso relativo del maíz del orden de un 63%, productos todos que eran cultivados y procesados dentro de los hatos. Este último producto contribuía con un alto porcentaje de proteínas vegetales, siendo la proporción de las de origen animal de un 51% y 62%, respecto al sub-total de la sumatoria de ambas. Lo que al parecer, era satisfactorio en tanto actualmente se señala como un valor de complemento deseable un 57%. 17 La composición de las grasas tenía como característica la presencia de lípidos vegetales junto a los de origen animal, lo que seguramente proporcionaba contenidos en ácidos grasos esenciales. La adaptación de la ración media a las condiciones económicas de los hatos se advierte, finalmente, en que la panela, plátanos, maíz y topochos tenían un peso del 81% y 78% en el total de calorías alimenticias, en ambas hipótesis respectivamente. Así, en la perspectiva de las calorías alimenticias -y más allá de la relativa normalidad puntual de su balance-es probable que los problemas de la alimentación no radicasen en las cantidades calóricas en sí, sino en el hecho de que la calidad nutricional pudo haber estado reducida a los mínimos exigibles para el mantenimiento de los niveles de actividad física en las tareas de los hatos. Aun cuando debe considerarse la posible ingestión de porcinos en el consumo de carne, de cuya crianza hay pruebas en la documentación, siendo poco factible que éstos sólo se destinaran a la provisión de manteca. Dejando de lado una evaluación pormenorizada de los micronutrientes por sus obvias dificultades desde un ángulo histórico, la evidente monotonía del régimen alimenticio tenía implicaciones respecto a la calidad de la dieta. Todo indicaría que el patrón carne-panela-plátano-maíz, era la clave de los equilibrios orgánicos básicos. Sólo en términos de calorías alimenticias el 97% de los prótidos, el 54% de los lípidos y el 94% de los glúcidos provenían de estos cuatro productos, en la hipótesis de consumo más probable. Si éstos proporcionaban el 87% del total calórico alimenticio, bien podría afirmarse que la alimentación de los hatos dependía de ellos. La estrecha relación de este patrón alimenticio y nutricional con la actividad económica interna de los hatos, en verdad, era un resultado estructural de un proceso evolutivo de larga duración en el cual estaban presentes elementos conformativos propios a las condiciones históricas de surgimiento del hato llanero. Éste se originó en la segunda mitad del siglo XVII a partir de un proceso de asentamiento territorial de empresas itinerantes de caza de ganado e indígenas. Verdadero proceso filogenético, tal territorialización fue posible sólo cuando en la división regional del trabajo surgió la actividad agrícola en el interior mismo de las unidades de producción ganadera. 18 El limitado número de productos componentes de la dieta añade nuevos aspectos al problema de su calidad nutricional. Considerando la hipótesis II, por ejemplo, estos cuatro productos contenían hierro en un 91% y la carne sólo en un 22%. Si se tiene en cuenta que este micronutriente es de más fácil asimilación en la carne que en los vegetales, la predilección llanera por este producto, además de ser una preferencia cultural, era un imperativo nutricional. La vitamina A, tiamina, riboflavina y niacina dependían de esos cuatro alimentos en un 98%, 93%, 95% y 76%, respectivamente. En las condiciones de una ración basada en muy pocos productos, la calidad nutricional era la resultante de un equilibrio que se establecía sobre condiciones precarias. Variaciones en la cantidad de algunos alimentos podían afectarla sustancialmente. En tanto la oferta de panela, maíz y plátanos podía estar afectada por condiciones climáticas, organizativas y económicas, el único alimento básico seguro era la carne. De ahí la importancia que el trabajador llanero le asignaba en la dieta diaria. Su presencia y la monotonía de la dieta eran garantía de equilibrio nutricional. La hipótesis III permite algunas conjeturas sobre el significado histórico de esa ración media en el área más vasta de los llanos centro-occidentales, en tanto las bases de ese cálculo reflejan mejor lo que podría haber sido la aportación cárnica de sus reses y se acepta la monotonía de la dieta como dependiente de las condiciones ecológicas de esa región. 19 Su fórmula dietética [10 -18 -72 ] indicaría una normalidad proteínica en el rango mínimo, junto con un exceso de glúcidos y un déficit de lípidos, dependiendo las calorías alimenticias en un 87% de la carne, panela, plátano y maíz. Estas conjeturas sugieren la hipótesis, a explorar empíricamente, de un desequilibrio glúcidoproteico como posibilidad presente en la alimentación de los hatos de la región llanera. Una observación de mediados del siglo XIX, por ejemplo, señala que los llaneros no consideraban como esencial el "pan", comiendo en su reemplazo hígado cocido, "que les agrada más". 20 Podría considerarse como una práctica correctora de cierto déficit de glúcidos vegetales. La posibilidad de un desequilibrio alimenticio potencial es tanto más probable si se considera que el gasto en carne se restaba al volumen total de la renta-producto anual y su equivalente en ingresos monetarios. La estabilidad de los salarios nominales, 21 sugeriría que el eje conflictivo prin-19 En 1906 un observador señala los rasgos comunes de la comida en la región llanera y su continuidad histórica cuando afirma que "Las plantas básicas de la alimentación llanera fueron, desde los primeros tiempos, el maíz, la yuca y el banano... He ahí nuestra base alimenticia: carne, leche y sus productos; menestra, maíz y sus compuestos, plátanos y yuca", González, Eloy G.: "El banquete llanero," El Cojo Ilustrado, Caracas, núm. 354, 15 de septiembre de 1906, págs. 570 y ss.; y núm. 355, 1o de octubre de 1906, pág. 610. Publicado en Lovera, José R.: Historia de la alimentación en Venezuela, Caracas, 1988, documento núm. 45. 21 Informaciones procedentes de entrevistas realizadas a trabajadores de toda la región llanera sugieren estabilidad salarial hasta la década del 30 de este siglo. Ver Carvallo: El hato..., pág. 32. El salario en dinero era sólo parte de la remuneración total, no existiendo estrictamente un mercado de mano de obra. Tomo LVII, 1, 2000 cipal entre dueños de hato/peones llaneros podría haber estado precisamente en torno a las distintas presiones ejercidas sobre la alimentación y sus consiguientes efectos en el equilibrio de la dieta. En efecto, en la estructura de gastos de los hatos estudiados, los egresos por 'Alimentación','Operaciones' y 'Salarios' eran del 18,6%, 26,8% y 54,5%, respectivamente. 22 Considerados estos dos últimos rubros como costos fijos por hombre, y dadas las condiciones de estabilidad del salario nominal y del utillaje de trabajo, la única posibilidad de restringir los egresos monetarios de los hatos radicaba en la compresión de los desembolsos en alimentos. Por ello, el administrador debía producir internamente los productos de la dieta diaria y/u obtenerlos a bajo precio de economías campesinas cautivas. Una regla de buena administración era precisamente proveer al desarrollo de esta actividad agrícola. 23 En ausencia de tales soluciones o de mal manejo de ellas, la tendencia habría sido disminuir la alimentación y/o rebajar su calidad. Si a ello se contraponía la capacidad negociadora de los peones, por la relativa escasez de mano de obra especializada, el conflicto era una posibilidad dada la lógica económica de los hatos. Es posible, por tanto, que en la evolución histórica de los hatos apureños, como en el resto del llano, hubiera variado muy poco el régimen de alimentos, basado en el patrón carne-plátano-panela-maíz, dentro de los cambios experimentados por el régimen de nutrición, o balance total de valores energéticos que confluían para mantener las capacidades orgánicas de los habitantes de la sabana, tanto dentro de los hatos como fuera de ellos. Las limitaciones de la ración alimenticia presentada se compensaban en medida variable, seguramente, con el alimento ingerido fuera del lugar de trabajo. Algunas de estas limitaciones pudieron ser temporales. Si la documentación no presenta evidencias de consumo y producción de queso, es posible que ello se haya debido a la inestabilidad organizativa, resultado del embargo jurídico ordenado por el Gobierno. Tales alimentos eran tradicionales en la mesa llanera y un testigo afirma su incorporación habitual al almuerzo hacia 1935. 23 El depositario general de los hatos en carta al administrador señalaba: "Queda autorizado para matar y para vender el ganado de que me habla y para limpiar y moler las cañas. Proceda en todo como si fuera suyo, como lo haría un buen dueño... Limpie los topochales y lo demás que haya que limpiar", RPSC, Civil, 1910, legajo "Cuentas de la administración de los Hatos El Caimán y La Balza", fs. Hacia 1846 Páez: Escenas..., pág. 48, constataba que el queso era "un artículo predilecto". JAIME TORRES SÁNCHEZ dicha fuente señala la larga permanencia de los trabajadores en el hato sin acudir a sus hogares. Probablemente, el equilibrio alimenticio final requería que los trabajadores combinaran su actividad de trabajo con la caza, pesca y recolección o, directamente, con la siembra, en el caso de aquéllos que tenían acceso a tierras. En este sentido, la estacionalidad de la contratación podría haber permitido re-encontrar los balances vitales perdidos en los momentos de trabajo dentro de los hatos. En fuentes cualitativas se menciona a menudo la existencia de alimentos de caza, pesca y recolección de frutas como habituales en la comida regional. Para los peones de los hatos estudiados, sin embargo, la fruta no era apetecible. 25 No obstante los rasgos apuntados como generales en la alimentación llanera, hubo probablemente diferencias en la alimentación apureña debidas, quizás, a las mejores posibilidades ecológicas para la ganadería y la agricultura en esta región. Existen evidencias de que en Apure, a mediados del siglo XIX, la alimentación habitual era bastante variada y que en los hatos se acudía más a los recursos silvestres proporcionados por el medio. Es la impresión que dejan las observaciones de Ramón Páez cuando, visitando esa zona señalaba que, como producto de la habilidad de los llaneros en la cocina, la carne asada se complementaba con abundante pescado cocinado de muchas formas y en pleno Apure, Mata Gorda, "la caza era muy abundante, y en todo tiempo se podía contar con ella". 26 El medio físico presentaba una variedad de elementos alimenticios que permitían una dieta balanceada. Tales observaciones sugieren la posibilidad de una disminución de la calidad nutricional de la dieta llanera en Apure durante la segunda mitad del siglo XIX. Si ello hubiera ocurrido, la estabilidad de las poblaciones en torno a las actividades de los hatos podría haber estado acompañada de dificultades crecientes para mantener sus equilibrios orgánicos. En tal caso, la hegemonía y estabilidad de la economía de los hatos apureños, con posterioridad a la década de los setenta del siglo XIX, podría haber sido correlativa a la disminución de las actividades de autosubsistencia. Tal asociación estaba implícita en la lógica económica de la generación de la renta ganadera, pues la provisión oportuna de mano de obra, en condiciones de escasez de ésta, requería de la creación de condiciones adecuadas para su oferta a bajo costo. 27 La ausencia de observaciones e investigación sobre la variabilidad de la dieta en el tiempo y en el espacio es característica también de la diferenciación entre distintos grupos de edad. A mediados del siglo XIX, Ramón Páez señalaba que la leche y la mantequilla eran considerados "como alimentos sólo propios para niños", lo que indica que estaban reservados a ellos, 28 pero no se dispone de más información respecto a la alimentación infantil y de las mujeres embarazadas. A la luz de las consideraciones anteriores, parecería sorprendente que en un área como la del Alto Apure, situada en una región incorporada tarde a la explotación ganadera -la ocupación de sus territorios sólo se completó en los primeros decenios del siglo XIX-el promedio de consumo per cápita de carne en algunos de sus hatos no haya sido más alto, al tenor de las observaciones usuales hechas sobre la dieta llanera y su riqueza pecuaria. Y es poco probable que tales promedios hayan sido sustancialmente distintos en otros hatos de la región pues, en último término, una alimentación aprobada por los peones era factor de estabilidad en la captación de mano de obra. No obstante, debe notarse que el comportamiento social peonil era muy complejo. En general, era una mano de obra disciplinada y frugal: "Escasamente equipados, pagados pobremente, y con la sencilla comida de los Llanos por ración, siempre acuden a toda hora allí donde los llama el deber". 29 Sin embargo, era característica su extrema susceptibilidad "al punto de no tener en cuenta consideración alguna... cuando dice me voy, para sobre la marcha esfumarse sin siquiera esperar a ser sustituido, en la seguridad de encontrar colocación en el hato vecino o en el de más allá". 30 Por último, un problema importante para el manejo económico de la mano de obra y sobre el cual no se dispone de datos precisos es el relativo a la estrecha relación entre sal y estimulantes alcohólicos y no alcohólicos. 27 El hato condicionó la constitución de economías de subsistencia dentro de los límites espaciales y económicos de su funcionamiento por medio de la creación de economías campesinas cautivas y a través de los vínculos de paternalismo/deferencia con sus habitantes. De ahí que los buenos conocedores del llano señalaran la importancia de incorporar agricultores y 'vecinos' dentro de los hatos "para obtener éxito y realizar labores de íntima extracción llanera.... [no basta la remuneración]...porque en el llano, tanto como la buena paga y quizá más, va aparejada la voluntad de servir mejor, por el deber de compañerismo, compromisos de parentesco, compadrazgo, vecindad...", Calzadilla Valdés: Por los llanos..., págs. 248-249. Se ha sostenido también que el alto contenido en sal de la dieta colonial explicaría el gran consumo de chocolate y guarapo. 31 Es probable que la gran utilización de panela como bebida esté asociada con el consumo de sal en estos hatos, pero como ésta se empleaba también en la alimentación del ganado, no ha sido posible discernir el margen de consumo humano. En resumen, puede concluirse que los datos examinados permiten apreciar una diferencia significativa entre la alimentación habitual para los trabajadores de hatos y aquélla percibida por los observadores contemporáneos sobre la alimentación llanera. Los 425 gramos medios netos diarios per cápita no avalan las imágenes de una dieta excepcionalmente rica en carne, sobre todo si se considera el esfuerzo físico que demandaba el 'trabajo de llano' y el carácter esencialmente ganadero de la economía. Sin embargo, parecen bastante más altos que el promedio de 150 gramos diarios per cápita de la población consumidora de carne en la Venezuela de 1873. 32 El total calórico diario dependía en lo fundamental de una dieta vegetal y de muy pocos productos. A comienzos del siglo XX, tal régimen de alimentos en los hatos estudiados del Alto Apure reproduce los caracteres básicos del régimen advertido por observadores en la alimentación venezolana del último tercio del siglo anterior: débil importancia de la carne y mayoritaria aportación calórica de vegetales, aunque con una menor oferta de productos. Es particularmente claro al respecto la existencia del patrón carne-panela-plátano-maíz. Nutricionalmente la dieta presentaba un mínimo proteico aceptable, una deficiencia en lípidos, exceso en glúcidos y una cantidad total de calorías alimenticias diarias adecuada a los requerimientos nutricionales actuales para trabajos de similar intensidad. Ello proyecta un desequilibrio glúcido-proteico potencial en la sociedad de los hatos que podría tener explicación en la particular lógica económica de éstos. Tales patrones alimenticios y nutricionales pudieron ser el resultado de la particular génesis de la división regional del trabajo en el siglo XVII, dentro de la cual se explica el surgimiento del hato. Ello pone de relieve no sólo los imperativos ecológicos presentes en esta dieta, sino también el particular desarrollo histórico de esta economía en un ámbito más vasto. Frente a la precariedad de las condiciones que definían el equilibrio nutricional, la monotonía de la ración media era garantía de adecuación a los 31 Lovera: Historia de..., págs., 81-82. Éste es un valor de una ración atribuida por los contemporáneos. Tomo LVII, 1, 2000 requerimientos energéticos básicos, paradójicamente. Es decir, su papel decisivo en la aportación proteica era la base real que explicaba su importancia social. Si el problema de los costos de los alimentos parece radicar en la dinámica reproductiva de los hatos estudiados y, por tanto, en el nivel de consumo de los peones, el equilibrio alimenticio final pudo tal vez depender de la continuidad de las actividades de caza, pesca y recolección. Una posible ración media regional podría haber sido menos monótona y más rica en nutrientes, aun aceptando su posible deterioro secular, en la medida en que pudo mantenerse la coexistencia de economías de subsistencia y hatos, en condiciones de irregularidad ocupacional de los llaneros de 'caballo y soga'. Es decir, la proclividad peonil a la vida inestable y errabunda podría haber corregido, en cierta medida, desequilibrios glúcidos-proteicos potenciales en la vida de los hatos. Así, tal forma de vida pudo haber sido no sólo un ejercicio de 'libertad' o de vocación para la autonomía económica, sino también una exigencia imperativa de supervivencia. Fuentes: RPSC, Civil, 1910, (2 bultos), legajo: "Cuentas de la administración de los hatos El Caimán y La Balza", fs. 8-9 v., documento 'Lista de peones desde octubre 4 noviembre 28 en El Caimán y La Vega o sea Santa Teresa', 28 de noviembre de 1909; fs.13-24, documento'Cuentas que presenta Carlos Segundo Mora, de la administración de los hatos El Caimán y La Balza, como Depositario de ellos, San Cristóbal, junio 20 de 1910', documento 'Lista de los jornales que he pagado desde el 2 de octubre de 1909 hasta el 7 de mayo de 1910'. Anuario de Estudios Americanos (a) Incluye al caporal. (b) Probablemente Guasdualito. (c) Es probable que estos valores estén sobrevaluados, pues se ha supuesto que las tareas indicadas en la documentación fueron realizadas por hombres distintos. (d) Seguramente uno de ellos es el encargado de los hatos. Éste no figura en la nómina de los pagados pues se le remuneraba con base a un porcentaje estipulado por los tribunales. No se le contabiliza en el total de hombres. (e) Esta cifra se obtiene restando al total los ítems 5, 7 y 9, es decir, el número de hombres que estaba ausente de las casas del hato cuando trabajaban. Corresponde la cifra, por tanto, a los hombres presentes en las comidas diarias. Para calcular el consumo per cápita se utilizó un promedio de días-hombre de trabajo igual a 23,95, obtenido de la división del número de días de trabajo por el número de hombres que efectivamente estaban en el hato. El 'consumo neto medio diario' se ha calculado a partir del peso neto de los alimentos dividido por el factor 23,95 y por el número de hombres. En la hipótesis I se utiliza un promedio de 66 kg de carne utilizable, es decir, el peso medio de una res menos cabeza, patas y rabo. Es el valor estimado por Sterling, Henry S. (coordinador): Problemas económicos y sociales de los Andes venezolanos, Caracas, 1955, pág. 136, única cifra obtenida por observación empírica sistemática a partir de una muestra de fincas en los Estados Táchira, Mérida y Trujillo. En la hipótesis II se utiliza un promedio de 103,5 kg de carne utilizable. Se basa en un peso medio por res de 18 arrobas (450 libras o 207 kg) que corresponde a Guasdualito, según Días González, A.: El Táchira y el Alto Apure separados y unidos al mismo tiempo por la Selva de San Camilo, San Cristóbal, 1940, pág. 32, que era un buen conocedor del área. Coincide con Hernández: Tiempos idos..., pág. 81, quien señala un peso de 18 a 20 arrobas en los novillos apureños conducidos al Táchira o Barinas. Se aplica una media de carne utilizable de 50% de acuerdo al Boletín de la Cámara de Comercio de Caracas, núm. 110, 1923, cifra también usada por Rangel, Domingo A.: Capital y desarrollo. En las hipótesis I y II se ha aplicado un factor de desecho para la carne de 1,2163, correspondiente al promedio de los de la "carne de res" y "vísceras de res". Para la hipótesis III se emplea un peso de 14 arrobas por JAIME TORRES SÁNCHEZ animal, peso medio del ganado llanero de "escasa 'caja' y poco precoz", según Carvallo: El hato..., pág. 69, quien estima que tenía de 13 a 14 arrobas a los 4 o 5 años, cuando estaba apto para la comercialización. Se emplea una cifra de carne utilizable del 50%. Para el cálculo de los valores nutritivos se utilizaron los siguientes alimentos: "arroz blanco cocido (sancochado)" (núm. 2); "maíz amarillo, arepa de" (núm. 23); "frijol cocido" (núm. 264); "cambur topocho" (núm. 358), con valor de 111 calorías; "plátano verde salcochado" (núm. 432); "café: infusión sin azúcar" (núm. 454); "manteca de cerdo" (núm. 485); "papelón negro" (núm. 506). Los criterios de selección fueron, primero, acercarse a las condiciones reales de la alimentación histórica y, segundo, considerar los caracteres de las raciones reales. Se eligieron los valores del maíz amarillo, por ejemplo, pues, según entrevistas, era el que comía la gente en Apure, y no el blanco, que se daba a los animales. Para calcular el peso neto de la carne -que no figura en la presente Tabla-se utilizó el factor de desecho 1,2163, promedio de los factores para los distintos tipos de carne y vísceras, según valores del Instituto Nacional de Nutrición, Tabla de Composición de Alimentos para Uso Práctico, núm. 42, Revisión 1983. De esta misma publicación se emplearon los valores para 'carne magra' (núm. 101) para determinar la composición de nutrientes, por considerarse que sus conceptos se acercan más a la situación histórica analizada que los de la publicación núm. 50. Para el cálculo de los valores energéticos alimenticios del cuadro 5 se utilizaron los siguientes valores Atwater, de la publicación núm. 42: para el arroz, "arroz blanco o pulido"; para la cebolla y ajo, "Otros cultivos subterráneos"; para el maíz, "Harina de maíz, molida entera". 13-24, documento'Cuentas que presenta Carlos Segundo Mora de la administración de los hatos El Caimán y La Balza, como depositario de ellos. San Cristóbal, junio 20 de 1910'; "Cuenta de la administración del hato El Caimán, presentada por su Depositario Carlos Segundo Mora", fs. En las fuentes sólo 11 reses eran "p 'matar", "para el hato", "pa' la casa", es decir, para el consumo interno. Los marranos fueron vendidos. Se mencionan 90 arrobas de carne vendida las que, presumimos, provinieron de nueve reses "cojidas" expresamente para ese fin. Las equivalencias utilizadas son: para el café, arroz y frijoles, una arroba es igual a 11,5 kilogramos; para las especies, cebollas y ajos, una libra es igual a 460 gramos; para el aceite y manteca se utilizaron valores de densidad de 0,92 y 0,916, respectivamente; para la conversión de las damasanas, se establece que una es igual a 18,3 kg; para panela se acepta que una carga es igual a 96 kg o 192 unidades, y una lata de melado, 17 kg; los plátanos se consideran de tipo 'artón' con un peso de 0,5 kg por unidad; y un almud de maíz es equivalente a 18,4 kg Para la carne ya se ha establecido que una res del Alto Apure pesaba 18 arrobas, unos 270 kg. Estas equivalencias son el resultado de investigación documental, entrevistas, observación directa y análisis de publicaciones.
En las siguientes líneas vamos a intentar vincular un aspecto muy poco tratado por parte de la historiografía hispana, la tratadística militar, con el ámbito americano. En primer lugar, nos hemos interesado por la forma de hacer la guerra de los hispanos en América, centrándonos en el caso de la conquista de México, 1 para intentar demostrar cómo el nuevo modelo de escuadrón, puesto en práctica en las guerras de Italia por Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, por primera vez, se impuso entre las huestes indianas. 2 A nuestro juicio, fue este factor, y no tanto el uso de las armas de fuego o de la caballería, el que marcó la diferencia sobre las tácticas indias durante sus enfrentamientos. En segundo lugar, y tras constatar el hecho de que un cierto número de tratadistas militares hispanos de los siglos XVI y XVII gozaron de algún tipo de cargo en las Indias, mostraremos algu-1 Molina, Miguel: "El soldado-cronista y su impresión del mundo indígena (el caso de Nueva España)", Anuario de Estudios Americanos, XVL, Sevilla, 1984, págs. 291-313. Trabajo interesante, pero que apenas hace referencia al tema que tratamos nosotros. 2 Sobre la hueste indiana véanse: sobre sus antecedentes bajomedievales el trabajo de Ramos, Demetrio: Determinantes formativos de la "hueste" indiana y su origen modélico, Santiago de Chile, 1965. García Gallo, Alfonso: "El servicio militar en Indias", en Estudios de Historia del derecho indiano, Madrid, 1972, págs. 745-812. Gómez Pérez, Carmen: "Las huestes indianas" en Navarro García, uis (coord.): Historia de las Américas, Vol. Navarro García, Luis: "El arte de la guerra en la conquista de América", en La organización militar en los siglos XV y XVI. Actas de las II Jornadas Nacionales de Historia Militar, Málaga, 1993, págs. 483-492. nos ejemplos -sólo tres, por un obvio problema de extensión-de tratadística militar escrita e impresa en -o sobre-América y su relación con las obras producidas por entonces en los territorios hispánicos de Europa. Los héroes de la Antigüedad y los conquistadores En el libro IX de La razón de Estado (1589), G. Botero reclamaba al príncipe que hiciera escribir las guerras que hubiese auspiciado, porque, de ese modo, las proezas realizadas serían conocidas por los demás y actuarían como un estímulo. Para Botero, "en esto han faltado grandemente los castellanos, porque habiendo hecho cosas dignísimas de memoria, recorrido tantos mares, descubierto tantas islas y continentes, sojuzgado tantos países y, por último, adquirido un mundo nuevo, no se han tomado el cuidado de que estas empresas, que superan en mucho a las de los griegos y macedonios, fuesen escritas por personas que supiesen hacerlo". 3 Ciertamente, muy pocos autores -entre ellos los que habían estado destinados en las Indias-iban a tener como referentes militares a los conquistadores. Si atendemos a lo que nos dicen los tratadistas, el militar debe leer libros de Historia para extraer de ellos un provecho. 4 Si tal provecho es de aplicación inmediata, en las campañas europeas -o, como mucho, contra los infieles en el Mediterráneo-del momento, difícilmente el conocimiento de la realidad de la guerra en América iba a suponer una ventaja táctica o estratégica para el oficial hispano en sus guerras. Está comúnmente aceptado que la hueste indiana hubo de adaptarse al tipo de guerra que se hacía en América -y la obra de Vargas Machuca es el mejor ejemplo-, y no al revés. Por lo tanto, era muy poco lo que se podía aprender, y consecuentemente aplicar, de las campañas de los conquistadores. Además, a la corona no podía interesarle que sus mejores soldados marchasen a América. Para B. Escalante, su obra Diálogos del arte militar (Bruselas, 1588) tenía como destinatarios los oficiales sin experiencia, para que "se 3 Botero, Giovanni: La razón de Estado y otros escritos, traducción y edición de L. de Stefano y M. García-Pelayo, Caracas, 1962, pág. 175. 4 Juan de Santa María pensaba que la Historia, junto con la experiencia, era una de las "fuentes de la humana prudencia. Pues es cierto, que por los efectos de los casos passados, podemos conocer quales fueron las causas dellos, para tener en otras tales los mismos sucessos", Tratado de República y policía christiana para reyes y príncipes y para los que en el govierno tienen sus vezes (Madrid, 1615), citado por J.A. Fernández Santamaría, estudio preliminar de Alamos de Barrientos, Baltasar: Aforismos al tácito español, Madrid, 1987, págs. LXI-LXII. Anuario de Estudios Americanos hagan pláticos en breve tiempo, ya que en nuestra España falta de todo punto esta doctrina", y, significativamente, apunta que los más necesitados, por inexpertos, eran los oficiales que se enviaban a Ultramar. Por otro lado, ¿qué había de glorioso u honrado -en el sentido de la época-en una lucha contra la humanidad bárbara americana, en la pugna contra guerreros como aquellos, cuando en Europa se luchaba contra los herejes, contra la tradicional enemiga Francia o, mejor aún, contra los infieles turcos y berberiscos? En las guerras del Viejo Mundo se peleaba por Dios y por el rey, por el honor personal y por unas recompensas materiales. En América también, en principio, pero, sobre todo, se peleará por los compañeros y por uno mismo, se luchará por sobrevivir o para no seguir viviendo como hasta entonces: por la parte correspondiente de un botín. En las Indias no se aspira a hacer carrera militar, como mucho a invertir el botín logrado en planificar una nueva conquista y actuar como un caudillo -como significativamente llamaba a los jefes militares B. Vargas Machuca-. Los cargos políticos más relevantes están reservados a los peninsulares. Los conocimientos aportados por esta realidad eran inaplicables en Europa. Por otro lado, ¿cuántos soldados indianos regresaron a luchar a Europa? El militar hispano, como de todos es conocido, durante el siglo XVI aprenderá su oficio en Italia o Flandes, preferentemente. En el Seiscientos lo mismo, con el añadido que, desde 1635, también se luchará en territorio peninsular. América quedaba fuera de este circuito de aprendizaje y promoción militar. Sin duda, G. Botero tenía razón en lo que decía.5 La Guerra de los Países Bajos fue ampliamente utilizada por los tratadistas hispanos de finales del Quinientos y, sobre todo, del Seiscientos como fuente de conocimientos militares que era interesante transmitir. La mejor prueba son las muchas obras que aparecieron -y sus contenidos-, escritas en algunas ocasiones por soldados que habían vivido los hechos que relataban. 6 En las obras dedicadas a las diferentes conquistas del territorio americano también se podían extraer lecciones válidas para los militares, pero difícilmente aplicables a la guerra en Europa. En el caso americano, más que la táctica o la estrategia empleadas, lo que quizás interesó más fue la figura de un héroe hispano -F. Pizarro y, sobre todo, H. Cortés-asimilable a los de la Antigüedad. En realidad, en las Indias se produjo una situación que, salvando las distancias, recordaba algunas de las campañas gloriosas de la Antigüedad: un número muy reducido de soldados -con mucha más infantería que caballería-, pero hábiles y disciplinados guerreros, se impusieron a ejércitos poderosos. Es el caso de Alejandro Magno en sus campañas asiáticas; el de Aníbal y su larga marcha hacia Italia y las posteriores luchas en territorio hostil; también es el caso de César en sus campañas de las Galias, Britania o Helvetia; o el de la retirada de los mercenarios griegos que habían ayudado a Ciro el Menor en su lucha fratricida, tan magníficamente relatada por Jenofonte. Con razón Giovanni Botero había visto la similitud. Algunos autores hispanos también la percibieron. Cuando un autor como J. Castillo de Bovadilla a fines del Quinientos escribió su Política para corregidores y señores de vasallos en tiempo de paz y guerra (Madrid, 1597), 7 al plantearse la preparación de la guerra, como en el caso de tantos otros tratadistas, asumió la idea de que pequeños ejércitos bien disciplinados se imponían a las grandes masas mal organizadas y de escaso espíritu militar. Lo interesante es que los ejemplos aducidos por Castillo de Bovadilla no sólo se refieren a la Antigüedad, sino también a la actuación de H. Cortés y F. Pizarro en América. El padre Alonso de Andrade publicó El buen soldado católico en Madrid en 1642. La idea que el autor quería transmitir era muy simple: el soldado debía ser un buen cristiano y de esa forma alcanzaría tanto la victoria militar como la gloria sólo lo particular, sino también un conocimiento más general. Y en el Seiscientos, con el reinicio de las hostilidades contra los rebeldes holandeses en el marco de la Guerra de los Treinta Años, se publicó mucho sobre el tema. El contador del Ejército de Flandes Antonio Carnero vio publicada su Historia de las Guerras Civiles que ha avido en los Estados de Flandes des del Año 1559 hasta el de 1609 y las causas de la rebellion de dichos Estados (Bruselas, J. Meerbeque, 1625, Fol.), un trabajo importante con 565 páginas. También Francisco Lanario, tratadista militar, prolongó su obra hasta la Tregua de los Doce Años: Las guerras de Flandes, desde el año 1559 hasta el de 1609 (Madrid, L. Sánchez, 1623). Las guerras de los Estados Baxos desde el 1588 hasta el 1599, de don Carlos Coloma, a veces se atribuye a Diego de Ibarra, a quien estaba dedicada (Barcelona, 1627). Utilizamos la edición facsímil de esta última edición, Madrid, Instituto de Estudios de Administración Local, 1978, 2 Vols. ANTONIO ESPINO LÓPEZ eterna. Cuando lo cree conveniente, Andrade introduce ejemplos de cómo los grandes soldados podían ser también virtuosos; una cosa y otra no están reñidas. Los soldados citados son Alejandro Magno, Carlomagno, Alarico, Escipión, Hernán Cortés y el Cid. Es notable que el conquistador extremeño esté ya en pie de igualdad con la élite militar universal. El padre Juan B. Gil de Velasco vio impreso su Católico y marcial modelo de prudentes y valerosos soldados en Madrid (1650). El rastro de sus lecturas, y de las opiniones clásicas, se observa cuando este autor ensalza como ejército disciplinado el de los romanos -sin olvidar el Ejército de Flandes en la época del duque de Alba-y recuperando la máxima, extraída del Epitoma rei militaris de Vegecio, de que unos pocos, pero disciplinados, son superiores a muchos. Para demostrar esto último no necesita recurrir a ejemplos de la Antigüedad cuando cuenta con las hazañas de un H. Cortés o de un F. Pizarro. Parece como si, poco a poco, estas actuaciones fueran calando en la conciencia de los autores hispanos y se terminó por asimilar sus hechos de armas con los protagonizados por los greco-latinos, el Gran Capitán en Italia -el mayor héroe militar hispano en el siglo XVI sin discusión-, el duque de Alba y sus oficiales -Sancho de Londoño, F. de Valdés, B. de Mendoza y otros-en Flandes, o la victoria cristiana en Lepanto. El caso de la conquista de México Ahora bien, estos dos últimos ejemplos corresponden a dos autores religiosos que escriben cuando las rebeliones de Portugal y Cataluña, además de la napolitana de 1647, pusieron en jaque a la Monarquía Hispánica mientras ésta se enfrentaba a su secular enemiga, Francia. Eran años en los que había que recurrir a todos los héroes disponibles. ¿Es casualidad que, en los momentos de máxima decadencia del reinado de Carlos II, un autor como Antonio de Solís se decidiera a escribir -con mucho éxito, por cierto-sobre la hazaña de H. Cortés y los suyos? Secretario regio y cronista mayor de Indias, Antonio de Solís (1610-1686) publicó su Historia de la conquista de México en 1684, el mismo año en el que Luis XIV ocupó Luxemburgo, fortaleza considerada inexpugnable. Refiriéndose a la conquista de México, Solís utiliza unas palabras, en su dedicatoria a Carlos II, que casi podrían aplicarse al caso luxemburgués: "siendo una empresa de inauditas circunstancias, que admiró entonces al mundo, y dura, sin perder la novedad, en la memoria de los hombres". Y más adelante dice: "Los LAS INDIAS Y LA TRATADÍSTICA MILITAR HISPANA DE LOS SIGLOS XVI Y XVII sucessos de que se compone su narración, dan motivos a diferentes Reflexiones Políticas, y Militares: una conquista que importó a V. Mag. no menos que un Imperio; y se consiguió, dexando a la posteridad varios exemplos de lo que pueden contra las dificultades el valor, y el entendimiento". En la aprobación de Nicolás Antonio podemos leer: "Llenos están los libros de las proezas de Hernán Cortés, y de esta su empressa, no inferior, a mi parecer, por el poco número de su gente, por las dificultades que se le opusieron, por las peligrosíssimas batallas... no inferior, digo, a las de Alexandro, a las de César, a las de Belisario y a las de tantos Reyes de nuestra España". 8 Según Solís, la conquista del territorio americano se realizó gracias a empresas simultáneas lideradas por "diversos Capitanes de mucho valor, pero de pocas señas: llevaban a su cargo unas Tropas de Soldados, que se llamaban Exércitos, y no sin alguna propiedad, por lo que intentaban, y por lo que conseguían". De entrada, la naturaleza de estas agrupaciones -y las cualidades de sus jefes-las hacían poco aptas para un uso ejemplificador. Sus adversarios sólo destacaban por el número y por algunas de sus características no ofensivas: se pintaban para parecer horribles al enemigo -una práctica que le recuerda a Solís la descripción que de los Arios de la Germania hizo Tácito-y utilizaban el griterío en el momento del ataque -que no es costumbre bárbara, apunta Solís, pues los romanos en sus batallas también lo hacían. Lo interesante es que, en el siglo XVI algunos tratadistas exigirán el silencio en el combate para que se oyeran las órdenes: como en esta época la mayoría de las agrupaciones militares eran multinacionales, y la premura de la acción militar obligaba a que las órdenes se cumplieran inmediatamente, éstas se transmitían mediante pífanos y tambores, de modo que se alababa el combate lo más silencioso posible. Lo cual no quiere decir que el estruendo de la artillería no fuese, en el ámbito americano, un arma psicológica. Pero la descripción que realiza A. de Solís sobre la forma de combatir de los indios no deja dudas: cuando analiza sus armas, tanto defensivas como ofensivas, cuida mucho en resaltar que el acero no estaba presente. Sus protecciones -los que las llevaban-eran de algodón, de conchas de tortuga, de madera... Lo más importante es su análisis del escuadrón: los formaban "amontonando, más que distribuyendo la gente"; los capitanes "guiaban, pero apenas governaban su gente; porque en llegando la ocasión, mandaba la ira, y a veces el miedo: batallas de muchedumbre, donde se llegaba con igual ímpetu al acometimiento, que a la fuga". 9 Frente a tales disposiciones, A. Solís relata las medidas de H. Cortés en Tabasco; siguiendo el modelo literario utilizado por Tito Livio, Tácito o César, el autor se centra en la figura del personaje más importante y describe su forma de actuar: Cortés, tras animar a sus hombres -pues debían enfrentarse a 40.000 indios-, los colocó tras una altura, para que les cubriera las espaldas, situó la artillería en un lugar desde donde barriese al contrario, cosa fácil al acercarse éste apelotonado, y dispuso a su caballería -tan sólo quince caballos-para que embistiese de través al enemigo (Libro I, capítulo 19). Más adelante, cuando se relata el primer contacto belicoso con los tlaxcaltecas, A. de Solís se contradice al afirmar la diligencia con la que éstos maniobraron para intentar cercar la hueste de Cortés, una vez había sido atraído a terreno llano. En esta ocasión, "fue necesario dar quatro frentes al Esquadrón, 10 y cuidar antes de resistir que de ofender, supliendo con la unión y la buena ordenanza, la desigualdad del número" (Libro II, capítulo 17). Era ésta, y no las armas de fuego o la caballería, la principal arma de la que disponían los españoles. No en vano Cortés había arengado a sus hombres en la isla de Cozumel diciéndoles, entre otras cosas, "pocos somos; pero la unión multiplica los Exércitos", sobre todo si un sólo general impartía las órdenes. En esta ocasión, A. de Solís procura imitar más que nunca el estilo de César en sus Comentarios. F. López de Gómara también reitera una y otra vez la importancia del escuadrón hispano "bien concertado", es decir, perfectamente formado, colocando en medio tanto el bagaje -fardaje lo llama Gómara-y la artillería para protegerlos mientras se marchaba. Si bien en terreno llano tanto la artillería como la caballería podían obrar milagros contra el enemigo, lo más difícil era avanzar constantemente en un buen orden y poder presentar batalla en cualquier momento. 11 Uno de los tratadistas militares hispánicos que mejor explicaron la tradicional táctica del escuadrón fue Carlos Bonieres, barón de Auchy; en su Arte militar deducido de sus principios fundamentales (Zaragoza, 1644) dirá: "una buena orden alegra a los amigos, espanta a los enemigos, asegura al Exército, facilita sus movimientos i la distribución de las órdenes, que dan los cabos; de modo que sin ruido, sin embaraço, manda el General lo que de mano en mano, de oído en oído, llega al menor soldado; i es la orden, la que puede hazer un exército invencible, como la falta della, la que ha hecho perecer algunos de los más poderosos" (págs. 102-103). Volviendo a los cronistas, un conquistador como Bernal Díaz del Castillo en su Historia verdadera de la conquista de Nueva España (Madrid, 1632) no desea emparejarse con César en su estilo literario, sino en sus hazañas bélicas: "Me hallé en más batallas y reencuentros de guerra que dicen los escritores que se halló Julio César, y para escribir sus hechos tuvo extremados cronistas y no se contentó de lo que de él escribieron, que el mismo Julio César por su mano hizo memoria en sus Comentarios de todo lo que por su persona pasó". Para criticar a aquellos que proclamaban las matanzas de indios por parte hispana, Díaz del Castillo no dudaba en resaltar el corto número de gente que participó, cuando además los indios contaban con "sus armas de algodón, que les cubrían el cuerpo, y arcos, saetas, rodelas, lanzas grandes, espadas de navajas como de a dos manos, que cortan más que nuestras espadas, y muy denodados guerreros" (Capítulo XVIII). Es decir, las fuerzas estaban muy igualadas. Cuando en el capítulo XXVI trata Bernal Díaz del alarde de tropas que hace Cortés en la isla de Cozumel, destaca el cuidado que se ponía en las armas, especialmente la artillería, significativamente al mando de Francisco de Orozco, "que había sido soldado en Italia", mientras que las ballestas debían estar en perfecto uso y con repuestos. 12 También se comenta cómo la marcha de Cempoala hacia Tlaxcala se emprendió con todos los hombres armados día y noche -"con ellas dormíamos e caminábamos"-, mientras doscientos tamemes se encargaban de la artillería, y se enviaban exploradores por delante (Capítulo LXI). En la segunda batalla con los tlaxcaltecas, Díaz del Castillo coincide con Solís en la gravedad del momento, cuando "medio desbaratado nuestro escuadrón, que no aprovechaban voces de Cortés ni de otros capitanes para que tornásemos a cerrar; tanto número de indios cargó entonces sobre nosotros, que milagrosamente, a puras estocadas, les hicimos que nos diesen lugar, con que volvimos a ponernos en concierto" (Capítulo LXV). De nuevo, la indisciplina india a la hora de formar escuadrones -además de sus diferencias internas-se nos presenta como su principal debilidad militar. Mucho más peligroso será el combate en Tenochtitlán una vez había sido apresado Moctezuma, derrotado e incorporado a la hueste cortesiana el ejército de Narváez, y Pedro de Alvarado, con sus excesos, hubiese levantado a los mexicas. Bernal Díaz, que recuerda cómo apenas dormían, siempre armados y con los caballos enfrenados, situación que indica unas condiciones de vida de las tropas más duras que en Europa (Capítulo CVIII) -y sin contar la presión psicológica de estar rodeados por una masa humana tan enorme-, explica cómo la masa de indios, que peleaban sin temor a las bajas que les causaban, estuvo a punto de exterminarlos. Es importantísima la siguiente cita: "E no sé yo para qué lo escribo ansí tan tibiamente, porque unos tres o cuatro soldados que se habían hallado en Italia, que allí estaban con nosotros, juraron muchas veces a Dios que guerras tan bravosas jamás habían visto en algunas que se habían hallado entre cristianos contra la artillería del rey de Francia, ni del gran turco; ni tanta gente como aquellos indios, que con tanto ánimo cerrar los escuadrones vieron" (Capítulo CXXVI). 13 Tras la "Noche triste", cuando H. Cortés hubo recuperado fuerzas y apostó por sitiar la ciudad de Tenochtitlán, se fue acercando a dicho lugar con todas las prevenciones posibles. Bernal Díaz repite constantemente cómo se enviaban avanzadillas para explorar el terreno que iba a cruzar el 13 El cronista Fernández de Oviedo se burlaba bastante de la preeminencia adquirida por los veteranos de Italia. Pensaba que, entre las cualidades del soldado, debía estar presente el ser sencillo, recatado y no presumido. No faltaba el que alardeaba de haber participado en alguna de las grandes batallas en suelo italiano: "si os diçe que se halló en la [batalla] de Ravena, no curéis dél si es español, pues que quedó vivo y no fue preso; e si estuvo en la de Pavía, tampoco; o en el saco de Génova o de Roma, mucho menos, pues no quedó rico, y si lo fue, lo jugó o ha perdido: no fiéis dél". Además, la realidad americana era muy diferente a las "comodidades" que los soldados hallaban en Italia; por otro lado, la esperanza de hallar un botín hacía a todos los hombres leales y fieles, situación que podía cambiar rápidamente en caso de no hallarlo y, por lo tanto, momento en el que se debían valorar las virtudes morales del soldado. Tomo LVII, 1, 2000 ejército cortesiano y cómo éste caminaba siempre "con mucho concierto, como lo teníamos de costumbre", precaución que aumentó al entrar en territorio mexicano: "íbamos más recatados, nuestra artillería puesta con mucho concierto y ballesteros y escopeteros" (Capítulo CXXXVII). H. Cortés, tras proveerse de saetas y de munición para sus bocas de fuego, hizo un alarde en Texcoco repartiendo soldados entre los trece bergantines construidos y dividiendo el resto de sus tropas en tres grupos con sus respectivos capitanes para que cercasen Tenochtitlán. Las ordenanzas pregonadas entonces, además de reflejar las medidas habituales en tales casos -evitar las blasfemias, no abandonar el puesto encomendado o dormirse en las guardias-, incluyen algunas otras acordes con las circunstancias: evitar cualquier enfrentamiento con los aliados indios, estar siempre con las armas a punto y preparados, evitar alardear de habilidad y destreza poniendo en peligro los caballos y las armas de fuego... Una vez iniciado el sitio, Díaz del Castillo comenta cómo hubieron de cambiar la forma de combatir a los mexica en el interior de su ciudad, pero dejando muy claro que su única virtud era su número y la mayor dificultad la estructura urbana de Tenochtitlán. Significativamente, Bernal Díaz se refiere a los mexica como "gentecilla", mientras que los aliados tlaxcaltecas son definidos como "varones", aunque se contradice en cuanto habla del tesón defensivo de los primeros y las grandes dificultades que tuvieron para vencerles, con combates tan constantes que, en un momento dado de la narración, para no ser tan prolijo, Bernal Díaz alega que un relato pormenorizado de lo sucedido haría que su obra "parescería a los libros de Amadís o Caballerías". Tras describir algunas maniobras de una y otra parte para buscar nuevos aliados y algún intento de Cortés por negociar la paz, Bernal Díaz comenta cómo se le dio crédito a un soldado, Sotelo, muy ducho en ingenios bélicos, cuyo mayor crédito era haber luchado en Italia con el Gran Capitán, pero el trabuco diseñado y empleado por Sotelo no funcionó. Poco después, tras ser capturado Cuauhtémoc, H. Cortés utilizó el caso de las guerras civiles entre Mario y Sila -ejemplo extraído de la lectura de La guerra de Yugurta de Salustio-para poner fin al pleito entre sus capitanes García Holguín y Sandoval, que disputaban por la captura del mexica de la misma forma como lo hicieran los caudillos romanos. Mientras que el propio Bernal Díaz intentaba comparar la mortandad habida en Tenochtitlán con la ocurrida en Jerusalén, siguiendo en este caso la obra de Flavio Josefo (Capítulo CLVI). Tras una exhaustiva, y por ello asombrosa, relación de los participantes en la conquista y la suerte que corrieron en el transcurso de la misma y después, Bernal Díaz reivindica no sólo la ganancia de gloria y honra mediante el ejercicio de las armas, sino también "he notado que algunos de aquellos caballeros que entonces [en el pasado] subieron a tener títulos de estados y de ilustres, no iban a las tales guerras ni entraban en batallas sin que se les diesen sueldos y salarios; y no embargante que se lo pagaban, les dieron villas y castillos y grandes tierras perpetuas, y privilegios con franquezas, los cuales tienen sus descendientes" (Capítulo CCVII). Si en algo se distingue el soldado de la conquista de sus correligionarios europeos es en las mercedes obtenidas aunque, con el tiempo, los motines en el Ejército de Flandes demostrarían que la vida del soldado era muy dura en todas partes. Otros autores, por ejemplo el conocido como "El conquistador anónimo", estaban dispuestos a considerar una preparación en la conducción de la batalla entre los ejércitos del centro de México: "Guardan un cierto orden en sus guerras, pues tienen sus capitanes generales, y demás tienen otros capitanes particulares de cuatrocientos y de doscientos hombres". Poco más adelante, el mismo autor reconoce su admiración, aunque sea estética, por la formación en batalla ofrecida por los mesoamericanos, así como una cierta disciplina durante y después del combate, con duros castigos para quienes no cumplían las órdenes, o un servicio médico muy desarrollado para retirar del combate a los heridos y los muertos. 14 El licenciado Jerónimo Ramírez defenderá las múltiples capacidades de los indios para, de esta forma, conseguir resaltar la victoria de Hernán Cortés. Es significativo que se escriba esta apología ante el cúmulo de opiniones que despreciaban al indio como oponente en la guerra; ahora bien, si el indio se convierte en un contrincante de talla lo fue, no tanto por sus habilidades marciales intrínsecas, que también las tenía, sino por el contacto con un enemigo superior. Utilizando ejemplos de la Antigüedad clásica -los tebanos, en principio poco dados a los asuntos marciales, terminaron siendo unos expertos en la guerra por la presión de sus contrarios-, el autor consideraba que si bien era verdad que los indios, antes del descubrimiento, "eran guerreros y belicosos, porque unas provincias con otras traían entre sí muy sangrientas guerras, poco después que pasaron a las Indias españoles y comenzaron a entrar en campo con ellos, salieron tan esforzados 14 Citado en Lameiras, José: El encuentro de la piedra y el acero, Michoacán, 1994, págs. 70-74. Tomo LVII, 1, 2000 y valientes, y tan ingeniosos en ardides de milicia, que se podían comparar con los más prácticos soldados de Italia, porque los indios ni en fuerzas, ni en buena proporción y firmeza de cuerpo, ni en valor, ni en ánimo ni entendimiento, ni en discurso de razón dan la ventaja a ninguna nación del mundo". 15 Y sobre los incas se tenía una opinión parecida. Pedro de Quiroga en sus Coloquios de la verdad (1563) pone en boca de Barchilón las siguientes palabras: tras comentar la increíble victoria de F. Pizarro y sus escasos hombres frente a un ejército enorme, se advierte: "Y no te engañes o no te engañen, diciendo que no eran hombres, sino indios sin razón y sin uso de guerra; porque soldados eran y muy diestros ya en la guerra y hechos a los trabajos y trances de ella, y aun soldados victoriosos que, cuando fueron acometidos de los nuestros, las lanzas traían ensangrentadas y las manos llenas de victoria de batallas que habían vencido... Al fine, era un ejército formado y armado el que los nuestros vencieron". 16 Cuando el cronista Francisco de Jerez quiso comentar idéntico tema, coincidió en señalar la destreza de las tropas incaicas y su formación "en escuadras con sus banderas y capitanes que los mandan con tanto acierto como turcos". Se puede alabar militarmente al indio, pero sin compararlo con un enemigo europeo del momento: Francia o los príncipes protestantes alemanes. En cambio, la comparación con el infiel turco es factible. 17 Pero, con todo, era el extraordinario número de sus guerreros su principal baza y su mentalidad bélica, más cercana a hacer prisioneros que a destruir al enemigo, su principal inconveniente. Juan Ginés de Sepúlveda, en su Historia del Nuevo Mundo, también relata la batalla de Cintla que, tras ser ganada por H. Cortés, daría lugar a la pacificación de Tabasco. Hasta 40.000 indios, divididos en cinco columnas, rodearon a la hueste hispana, de forma que, "entablado el combate, los nuestros, rodeados por tan gran número de indios, se vieron tan acosados que tuvieron que defenderse en formación cerrada". 18 Aunque la caballería y los ballesteros hicieron estragos, queda clara la ventaja que suponía luchar en forma de escuadrón moderno. Francisco Cervantes de Salazar en su Crónica de la Nueva España -muy influida por F. López de Gómara-pone en boca de 15 Ramírez, Jerónimo: "Apología en defensa del ingenio y fortaleza de los indios de la Nueva España, conquistados por don Fernando Cortés, marqués del Valle", recogido en la edición de Lobo Lasso de la Vega, Gabriel: Mexicana, B.A.E., Vol. 16 Quiroga, Pedro de: Los coloquios de la verdad, Edición de Daisy Rípodas, Valladolid, 1992, pág. 80. H. Cortés las siguientes palabras: "Confiésoos que la gente entre quienes estamos es infinita y bien armada, pero también no me negareis que nos tienen por inmortales... Mientras más son, más se confunden y embarazan; muerto uno, van todos como los perros tras él" (tomo I, pág. 270). Para este autor el poderío militar hispano se fundamentaba en la disciplina férrea impuesta por H. Cortés y en el escuadrón. En Otumba, los indios ocupan todo el campo con su griterío, siendo descritos como "leones desatados", y se acercaban a las filas hispanas a hacer prisioneros, "pero Cortés, que vía que toda la fuerza estaba en que los suyos estuviesen juntos y en orden (...) defendió tan bien su escuadrón, que ningún soldado le llevaron" (tomo II, pág. 64). En el momento de máximo peligro, los de caballería llegaron a introducirse en el interior del escuadrón formado por los infantes para que no les matasen los caballos. Una vez superado el peligro, H. Cortés ordenó un alarde de su ejército que sirvió para animar a sus aliados indios, "encendiólos [el alarde] en un deseo ardiente de verse con los enemigos mexicanos, porque entendían que con el ayuda e favor de gente tan valiente, tan diestra y tan exercitada, no podían dexar de alcanzar victoria de sus enemigos, y envidiosos de aquel orden y manera de alarde, dixeron a Cortés que ellos querían hacer otra reseña" (tomo II, pág. 108-109). 19 Las acciones militares de otro conquistador, en este caso del norte de México, Nuño Beltrán de Guzmán, también nos permiten comprobar que la lucha contra los chichimecas fue muy ardua y que, sobre todo, la formación en escuadrones al estilo practicado en Europa -especialmente en las guerras de Italia-y el uso combinado de las armas de fuego y la caballería, así como los perros, sin olvidar el concurso de los aliados indios, fue la clave del sometimiento de los naturales. Con todo, Nuño Beltrán de Guzmán quedó impresionado por la gallardía de sus contrincantes. En su invasión de lo que se llamaría la Nueva Galicia, Guzmán marchaba con sus hombres en formación, de modo que en los primeros escarceos los indios se retiraron al ver "la horden y mucha gente que llevava". Poco más adelante, el conquistador insiste en que avanzaba siempre enviando por delante ojeadores y su gente en formación, o en "horden" como él dice. Tras los primeros combates, Guzmán alaba la valentía de aquellos hombres, algunos de los cuales eran capaces de enfrentarse contra un caballero con armas de piedra y madera: "y digo esto a vuestra magestad por que se sepa que tienen ánimo muchos dellos y que osan acometer qualquier español". En varias ocasiones, la admiración sentida hace que la comparación sólo pueda ser posible con los propios españoles: los indios peleaban "con tanto esfuerzo y ánimo como sy fueran españoles". Acostumbrados a pelear con sus semejantes, los chichimecas solían esperar a los españoles formados en batalla en lo alto de una prominencia, pero al desconocer la caballería, no pudieron prever que los caballos hispanos podían subir y atacarles. De hecho, ante esta tesitura, que se repetiría, la estrategia desarrollada por Guzmán consistía en dividir sus fuerzas en tres escuadrones: uno con toda la caballería, infantería hispana e indios aliados, que impedirían la huida del enemigo; otro compuesto por infantería hispana e indios aliados, que cubriría otro flanco y, finalmente, un tercer escuadrón, al mando del propio Guzmán, compuesto por el resto de la infantería y la artillería, cuyo cometido era el ataque frontal a la posición de los chichimecas. Los indios aliados, al comprobar la efectividad de la caballería, nunca se adelantaban si no eran acompañados por algunos caballos que los cubriesen en caso de contraataque chichimeca. En la batalla de Atecomatlán, Guzmán fue superado por la estrategia chichimeca, puesto que, de forma inconsciente, se lanzó al ataque con uno de sus tres escuadrones contra una formación india que no sólo le superaba en número, sino que fue asistida por una reserva, mientras que los otros dos escuadrones hispanos también eran atacadas simultáneamente por fuerzas superiores. De nuevo, Guzmán reconoce el "esfuerço y denuedo" de la acometida de los indios, que luchaban "con tanta destreça como sy fueran españoles, toda su vida acostunbrados en la guerra, sabiendose tan bien guardar del cavallo o de la lanza como soldados acostumbrados en aquel exerçiçio". 20 En cuanto los indios exhibían una cierta disciplina y un cierto nivel estratégico, además de su arrojo, los problemas para la hueste conquistadora se incrementaban. Un detalle interesante es que once tratadistas militares hispanos de los siglos XVI y XVII gozaron durante su carrera de un cargo en América. El sargento mayor Juan Márquez Cabrera, tras una dilatada carrera militar en Europa de veinte años fue enviado como gobernador y capitán general a Honduras. En su obra Espejo en el que se debe mirar el buen soldado (Madrid, 1663) se refleja una cierta sensibilidad por América: su trabajo debería servir para "que ayude en algo a los soldados, asta a los de los exercitos de Europa, como a los que sirven en las dilatadas provincias y Reynos que govierna V.A.", pero las únicas experiencias militares que valora son la europeas. El maestre de campo -y gobernador de Gibraltar-Francisco Dávila terminó sus días como gobernador y capitán general de Cuba. Veterano de batallas como Rocroy y Lens, Francisco Dávila fue autor de dos obras Política y mecánica militar para sargento mayor de tercio (Barcelona, 1667) y Excelencias del Arte Militar y varones ilustres (Madrid, 1683) publicada póstumamente; su estancia en América, aunque activa -trabajó en las murallas de La Habana-, apenas dejó reflejo en su obra. Diego García de Palacio, jurista de formación, aunque perteneciente a una familia de militares cántabros, desarrolló toda su carrera en el virreinato de Nueva España: oidor de la audiencia y alcalde de corte de la Ciudad de México; terminó publicando sus Diálogos militares de la formación é información de personas, instrumentos y cosas necesarias para el buen uso de la guerra en aquellas tierras (Ciudad de México, P. Ocharte, 1583). De A. Heredia Estupiñán sólo sabemos que era hijo de militar y que estaba destinado en el virreinato del Perú, publicando en Lima (1660) una Teórica y práctica de esquadrones deducida del tesoro militar... El autor explica muy claramente los motivos -y las circunstancias-que le impulsaron a escribir sobre estos temas: "Yo, pues, habiendo nacido hijo de sargento mayor, me incliné al formidable ministerio de los Escuadrones... A este ministerio, pues, aficionado, se aplicó mi genio en lo más florido de mi juventud, y ocupando la plaza de ayudante de mi padre fuí instruido como de mano maestra y paternal". Juan F. Montemayor, literato y jurista, continuó su carrera iniciada en Cataluña con el cargo de magistrado en Santo Domingo, donde llegó a capitán general y, más tarde, seguiría como oidor en la audiencia de Ciudad de México. Fue autor de un apreciable Discurso político Histórico jurídico del derecho y repartimiento de presas y despojos aprehendidas en justa guerra, premios y castigos de los soldados, publicado en México (1658), que fue reeditado en Amberes en la imprenta de J. Struald en 1683 y 1685. F. Pérez de Navarrete fue corregidor y justicia mayor del puerto de Guayaquil, en Ecuador. Fue autor de un Arte de enfrenar (Madrid, 1626) que dedicó al conde-duque de Olivares. Por su parte, el capitán Francisco de Céspedes y Velasco fue gobernador y capitán general de Buenos Aires y autor algunos años antes de un Tratado de la Gineta, provechosa y breve (Lisboa, Luis de Estupiñán, 1609). Dentro de este pequeño grupo de autores atraídos por la jineta y los caballos en general cabría incluir a Bernardo de Vargas Machuca; éste sirvió durante más de veinte años en Indias como maestre de campo y murió justo antes de emprender el retorno a América para servir al frente de un cargo político. Fue autor de Milicia y descripción de las Indias (Madrid, 1599) y de tres tratados sobre la jineta: Libro de exercicios de la gineta (Madrid, P. Madrigal, 1600); Teórica y exercicios de la gineta (Madrid, D. Flamenco, 1619); Compendio y doctrina nueva de la gineta... Y, por último, no podemos olvidarnos del único autor criollo, Juan Suárez de Peralta, y su Tratado de la caballería de la gineta y brida (Sevilla, F. Díaz, 1580). 21 F. Vázquez de Silva era teniente de capitán general, corregidor y justicia mayor de Santiago de Guayaquil, en el virreinato del Perú. Su obra Fragmentos de puntos y aforismos militares y políticos, redactada en la Península, fue publicada finalmente en Lima en 1651. El más conocido esgrimista de la segunda mitad del Quinientos, Jerónimo de Carranza, también tuvo un destino en América: fue gobernador y capitán general de Honduras. La obra que le dio fama fue Philosofia de las armas publicada a su costa en Sanlúcar de Barrameda en 1582 y reeditada en la Corte en 1600. El éxito de la esgrima en América es innegable. Se sabe que algunos criollos incluso viajaban a la Península en busca de las enseñanzas de maestros reconocidos. La polémica entre los seguidores de Carranza y los de la otra figura de la esgrima hispana, Luis Pacheco de Narváez, también tuvo su prolongación en la obra de José Mateo de Garaillana Conclusiones philosophicas de la sciencia y destreza verdadera de las armas, que inventó y sacó a la luz... G. Sánchez de Carranza (Guatemala, Antonio de Pineda, 1684). Otro esgrimista, pero de finales del Seiscientos, el maestre de campo F. Lorenz de Rada tuvo un destino como gobernador de Veracruz. Fue autor de Respuesta philosófica y matemática, en la qual se satisface a los argumentos y proposiciones que a los profesores de la verdadera destreza y philosophia de las armas... (Madrid, D. Martínez Abad, 1695) y de un Crisol de la destreza, donde se purifica el oro de la verdad (s.l., s.f.) publicado a fines del Seiscientos y, por qué no, quizás en América. 21 Sobre este autor y B. Vargas Machuca véase, Flores, Benjamín: "La jineta indiana en los textos de Juan Suárez de Peralta y Bernardo de Vargas Machuca", Anuario de Estudios Americanos, Tomo LIV/2, 1997, págs. 639-664. Las obras de D. García de Palacio, B. Vargas Machuca y A. Heredia El oidor de la Audiencia y Alcalde de Corte de la Ciudad de México, Diego García de Palacio, noble montañés, hermano de militares, escribió sus Diálogos militares... mientras estaba destinado en el virreinato de Nueva España, apareciendo en 1583. Estaba dedicado al virrey L. Suárez de Mendoza, conde de la Coruña. Eugenio de Salazar consagra una larga oda a la obra, resaltando la importancia de la artillería y las bocas de fuego en general, y sobre los escuadrones es significativo que diga: "como se abran, y cierren con presteza/ se dividan y junten los varones:/ que el orden y destreza en la batalla/ importa más, que el petto y fina malla". Ya ha pasado la época del valor personal, del ataque frontal de la caballería pesada; ahora lo que importa es el aprovechamiento técnico de la artillería, y, sobre todo, el orden en el campo de batalla impuesto por la disciplina militar. D. García de Palacio iba a descollar en la defensa de tales ideas. Dividido en cuatro libros, el primero trata sobre las cualidades del capitán -el oficial en general-y el soldado. De entrada se pregunta si en América hay posibilidades de aprender algo en cuanto al arte de la guerra. Planteado como un diálogo entre un vizcaíno, que pregunta, y un montañés que responde, el primero habla de "la poca theórica de las cosas de la guerra que hasta ahora se ha practicado en la parte de las Indias", si lo comparamos con Italia, por ejemplo. El montañés replica que muchos de los que conquistaron las Indias ya habían aprendido el oficio en Italia antes, "y aprendieron la manera de pelear, que en particular allí es necesario: con la qual suplieron y aventajaron la que llevava o sabida... porque en las Indias ya se sabe todo lo necessario al Arte militar" (folios 8-8vo). Los principales autores citados son César, Vegecio y Tito Livio, y los ejemplos que resaltan el punto de vista del autor son extraídos de la Antigüedad clásica. Como jurista, García de Palacio trata en primer lugar sobre la guerra justa, pero sin aportar nada nuevo al tema y, lo más interesante, tratando sobre la guerra contra los infieles, pero sin recordar las campañas de conquista contra los indios. Según el autor, para alcanzar la victoria, que es el fin de la guerra, es necesario un cuerpo -el ejército-cuya cabeza es el general, pero debe tener un "orden y concierto" que se obtiene mediante la disciplina. D. García de Palacio aspira a hallar la formación militar perfecta, del general al soldado, sin olvidar la caballería y la artillería. El capitán ha de ser pruden- Tomo LVII, 1, 2000 te y poseer fortaleza, es decir, saber escoger los medios, los momentos, etc., para hacer la guerra y disponer además de la presencia de ánimo suficiente para desarrollarlo sin decaer en su empeño. El perfil del buen capitán se complementa con buenos conocimientos de matemáticas, aritmética y cosmografía -"a lo más común he visto en los capitanes y soldados de tierra y mar, que professan esta Arte, sin el fundamento necessario de las Artes liberales" (folio 39)-. La elocuencia es útil para que el oficial incite a los soldados antes de la batalla, recordando las arengas de un César, por ejemplo. En cuanto al soldado, es necesario que sea ante todo obediente, casto y austero; la codicia es mala compañera de las armas, "que quando Hernando Cortés tuvo preso a Mocteçuma (Señor de México), les forçaron los Indios Mexicanos a salirse y dexar la ciudad: y los que cargaron de Oro, plata y cosas preciosas, y mostraron su cobdicia: lo pagaron con la vida" (folio 47). Defendía el silencio y la concentración de las tropas en el ataque para atender las órdenes y poder los oficiales maniobrar con el escuadrón. Más que el recurso a los chillidos o cualquier otro tipo de manifestación sonora, que García de Palacio debía asimilar ahora a los indios, el enemigo debe ser impresionado con la disciplina y la pericia de las tropas formando los escuadrones. La masa de hombres en movimiento. A partir del folio 50, García de Palacio describe al recluta ideal sin poder disimular, como tantos otros tratadistas, la influencia de Vegecio. Defiende casi un imposible: que el recluta luche por la honra y no por la paga. También, la vieja idea de que el futuro soldado sea reclutado en "Provincias y partes ásperas, y de pocos regalos, donde los mancebos se crían más vellicosos, fuertes y exercitados, y que de aquella provincia se tenga experiencia de fidelidad". El ejercicio con las armas en las manos ha de ser continuo y el trabajo constante, el soldado no puede ser ocioso. Todos viejos preceptos del saber militar romano compendiado, como decíamos, por Vegecio (folios 51-55). El libro segundo es casi una prolongación del anterior en tanto en cuanto aplica lo señalado en las diversas circunstancias de la guerra. El libro tercero, que ocupa los folios 93-144, versa sobre las armas de fuego y la artillería, y es el que más fama ha dado al autor. Como otros muchos autores posteriores, comienza dando noticias históricas sobre la pólvora y la artillería, así como recetas particulares para fabricar pólvora de arcabuz, de cañón... Ciertamente, García de Palacio demuestra un conocimiento técnico muy grande, aunque los problemas de balística que plantea ANTONIO ESPINO LÓPEZ Anuario de Estudios Americanos son muy primarios, son más bien cuestiones prácticas del tiro con arma de fuego. Trata sobre los diversos tipos de cañón, cómo cebarlos y apuntarlos y, quizás lo más novedoso, se plantea la presencia de la artillería en el mar y sus efectos sobre otras naves. Tras referirse a las formaciones de griegos y romanos, traza los modelos de escuadrón más usuales de su época, expone el método de la raíz cuadrada para lograr un escuadrón cuadrado perfecto -con tantos hombres de frente como de fondo-y sus variantes. Finaliza con recomendaciones sobre el lugar más aceptable para levantar un campamento y/o alojamiento de los soldados. Hubo que esperar a 1599 para que apareciera el primer -y únicotratado militar hispano centrado en la guerra en América. El maestre de campo B. Vargas Machuca en su libro Milicia y Descripción de las Indias (Madrid, 1599) que comprende, en realidad, tres tratados, era consciente de que sus escritos podían ser de interés dispar para el lector. Vargas dirá en el prólogo que los libros "leyendo su todo no pueden dejar de dar gusto su artificio y doctrina; pero si se leen en parte, también será fuerza arrinconarse, juzgándole sin provecho". Dice B. Vargas que escribió la obra durante tres años que estuvo en la Corte reclamando alguna pretensión que tenía. Nacido en Simancas en 1555, estudió en Valladolid y, con quince años, se marchó a servir en el ejército a Italia. A su vuelta, pasó a las Indias con el cargo de maestre de campo, donde sirvió veintidós años. A su regreso a la Corte, donde permanecería, de 1599 a 1621 publicó tres libros, así como un pequeño trabajo dedicado a Felipe IV poco antes de morir en 1622: Compendio y doctrina nueva de la Gineta (Madrid, 1621). Según Nicolás Antonio, dejó inédita una "Defensa de la conquista de las Indias" en la que impugnaba la obra de Fr. Bartolomé de las Casas Brevísima relación de la 22 Al respecto, véase la obra de García de Palacio, Diego: Instrucción náutica para el buen uso y regimiento de las naos, su traza y gobierno conforme a la altura de México (Ciudad de México, P. Ocharte, 1587). La aportación sobre la artillería de este autor cabe enmarcarla entre los trabajos del tratadista artillero más influyente en la España del Quinientos, el matemático Nicolò Tartaglia (c.1499-1557) con sus obras: Nova Scientia (Venecia, 1537), el primer tratado de balística, y Quesiti e inventioni diverse (Venecia, 1546), donde proponía, en el sexto libro, la defensa de las fortificaciones en base al fuego artillero disparado desde unas murallas de nueva planta. En ambas obras, N. Tartaglia utiliza el diálogo entre el científico sin experiencia práctica -el matemático-y el soldado práctico sin conocimientos técnicos -el artillero-. Es una relación dialéctica entre el saber abstracto que anhela una demostración empírica y el ansia por comprender el por qué del artillero. Las ideas de N. Tartaglia sobre la progresión del proyectil y el alcance de las piezas fueron refutadas a fines del XVI por autores hispanos como Alaba, Diego de: El perfecto capitán, instruido en la disciplina militar, y nueva ciencia de la artillería (Madrid, 1590) o Collado, L.: La Plática manuale (Milán, 1586). A. Remesal creía que no se publicó por la dureza del ataque contra Las Casas. 23 Las motivaciones del autor para escribir esta obra eran claras: "la principal fue servir a la Majestad real alentando aquella milicia que tan dejativa está, y también dar escuela della a muchos caudillos que en aquellas partes emprenden conquistas y pacificaciones sin ningún conocimiento, que son causa de que se pierdan mal nuestros españoles no quedando ellos ganados. Obligóme así mismo el afición que a ésta arte de la milicia he tenido desde el día que ceñí espada, siguiéndola en Italia, armadas y en Indias". En la aprobación de D. Juan de Mendoza, se dice que Milicia y descripción de las Indias se debe imprimir "por la mucha utilidad que causará a todas las Indias, siendo tan buen espejo para los que la dicha milicia de ellos se ocuparen, y en estas partes, por la curiosidad y cosas notables que contiene". Cuando se dirige a P. Laguna, presidente por aquel entonces del Consejo de Indias, Vargas busca que "ampare y favorezca este trabajo... abriendo a unos el camino de teórica y a otros de práctica de que carecen los más que gobiernan, así en paz como en guerra", para que tengan recopilado en forma de libro todo el conocimiento sobre la materia. También B. Vargas Machuca contó en Milicia y descripción de las Indias nueve sonetos laudatorios de oficiales y licenciados, pero destacamos otra composición del licenciado A. de Carvajal, titulada "Epístola persuasoria", en la que se puede leer: "sacando del ingenio y la experiencia/ Re militar, que es nueva y necesaria/ Las armas y la pluma tomaron vuelo,/ el ingenio y el brazo han hecho liga,/ el sabio que leyere, vaya a tiento,/ que el valor con prudencia vuela alto,/ y el que repruebe en Indias este ejercicio, /mire que pierde el nombre de soldado". B. Vargas Machuca comienza por referir cómo las armas europeas se hubieron de adaptar a las condiciones propias de América, sustituyendo las armas defensivas de acero por otras de algodón tupido típicas de los indios de Nueva España -"En las Indias usaron al principio ballestas, cotas y corazas y pocos arcabuces, también rodelas. Ya ahora en este tiempo, con la larga experiencia, reconociendo la mejor arma y más provechosa, usan escopetas, sayos de armas hechos de algodón, espadas anchicortas, antipa-23 Vargas Machuca, Bernardo: Milicia y descripción de las Indias, Madrid, 1892, 2 Vols. La obra en cuestión se titulaba Apologías y discursos de las conquistas occidentales (1612) y fue finalmente publicada por Fabié, A. M.: Vida y escritos de Las Casas, Madrid, 1879, tomo II, págs. 409-517. Véase al respecto, García, Ricardo: La leyenda negra, Madrid, 1992, pág. 247, nota 21 y la moderna edición de Apología y discursos de las Conquistas Occidentales, edición y estudio de María Luisa Martínez de Salinas, Avila, 1993. ANTONIO ESPINO LÓPEZ ras y morriones del dicho algodón y rodelas". Las noticias sobre las características bélicas de los indios ocupan las primeras páginas y, seguidamente, se trata de las virtudes marciales que ha de poseer el oficial -ser experimentado en asuntos de la guerra, prudente al acometer las empresas, diligente al ejecutarlas, ser diestro en el manejo del escuadrón y en la forma de gobernar las tropas-, que en las Indias, por las características de la hueste indiana, son más importantes que en la propia Europa. B. Vargas no utiliza los términos oficial o capitán, sino que emplea la palabra caudillo para referirse al jefe de guerra hispano en América. Piensa Vargas que en las Indias no se ha acertado con el tipo de personas elegidas como oficiales por los gobernadores, de modo que hay poca gente de calidad -hidalgos-entre la oficialidad... El problema es que el caudillo ha de tener un cierto caudal para mantener a sus hombres hasta que se obtenga algún botín y para pagar los gastos de una nueva conquista. B. Vargas recomienda una cierta edad, entre 30 y 50 años, para el caudillo debido a lo trabajoso que es la conquista en América a nivel físico; pero no es menos importante la moral, la diligencia para superar todas las pruebas sin rendirse. También se ha de ser prudente -y determinado-en todas sus decisiones y contar con las opiniones de los soldados más experimentados -baquianos-. A diferencia de García de Palacio, Vargas Machuca es capaz de poner al nivel de Alejandro o César a gentes como H. Cortés, F. Pizarro o G. Jiménez de Quesada, cuyos hechos de armas le sirven de ejemplo. 24 El libro segundo versa sobre las características del soldado participante en la conquista de América. Acreditar experiencia en los asuntos americanos se valoraba muchísimo, pero también un buen estado físico -tener de 15 a 50 años, no estar obeso-, de temperamento tranquilo, para no alborotar los ánimos, de modo que Vargas aconseja no llevar mujeres en las jornadas de conquista y, sí, en cambio, sacerdotes -siempre y cuando puedan seguir aquellos "trabajos"-que procuren adoctrinar a los soldados, impidiendo que blasfemen, y que adoctrinen a los indios cuando sea el caso. En las expediciones americanas era especialmente importante contar con una buena provisión no sólo de armas, municiones y herramientas -difíciles de sustituir allí-, sino también de bastimentos y, sobre todo, 24 G. Botero en su La razón de Estado no entendía que los mismos que rebajaban las proezas de los españoles en el Nuevo Mundo, "celebren las proezas de los atenienses contra Jerjes o de Alejandro Magno contra Darío, o las de Lúculo contra Tigrane o de Escipión contra Antíoco". Véase la traducción y edición de Stefano y García-Pelayo, pág. 174. Tomo LVII, 1, 2000 medicinas y gente práctica que sepa curar las enfermedades, especialmente las heridas envenenadas, típicas de aquellas tierras. El ejercicio continuo con las armas es fundamental -"el soldado que fuera enemigo de cargar las armas, se puede presumir pondrá la esperanza de su vida más en los piés que en las manos" (págs. 146-147)-, pero también el conocimiento práctico; por ello, Vargas Machuca alecciona sobre el hábito de los indios de planear emboscadas y atacar en grupos reducidos, casi sin plantear nunca batallas campales, de modo que el uso de los perros que los aterroriza y, sobre todo, su capacidad para detectar las emboscadas, hace que sean insustituibles en el modo de hacer la guerra en las Indias. 25 El libro tercero trata de las obligaciones generales del soldado que sirve en América -que son las mismas que en Europa-: humildad, obediencia, práctico con las armas, honrado, buen camarada, leal con el rey, honesto, buen cristiano... y cómo ha de procurar mantener la compostura en las tierras de los indios amigos; también plantea las peculiaridades de las marchas por territorio enemigo, avanzando poco a poco, haciendo continuas paradas, pero manteniendo siempre la formación de combate, las mechas encendidas y en silencio para oír antes a un enemigo que se caracteriza por el uso de lo sonoro en la guerra. Siempre hay que reconocer los caminos, o abrirlos, pero avanzando siempre con precaución. Dedica especial atención al vadeo de los ríos, que siempre es una operación militar delicada, aconsejando sobre la construcción de puentes de campaña. También ofrece consejos útiles de cómo acampar con la máxima seguridad posible y elegir tanto los días de lluvia como la noche -"trasnochada" o "encamisada"-para atacar a los indios, así como usar emboscadas con ellos, lo que nos hace pensar que Vargas Machuca analizó muy bien, y adaptó, algunas peculiaridades bélicas de los indios, pero sin admirar ninguno de sus logros. De todas formas, en Europa también se organizaban encamisadas para atacar de noche el campamento del enemigo. Un consejo se nos antoja como especialmente importante: "Aviso a los soldados que no se desabriguen uno de otro, porque en esta guerra un soldado no es más de para un indio, porque si le cogen dos indios le matarán; y si dos se hallan juntos, son pocos 25 Sobre los perros, cita F. Morales Padrón el testimonio del padre Cobo: "En las primeras conquistas se ayudaron mucho de los perros en las guerras que tuvieron con los indios; porque industriados, eran utilísimos, mayormente en tierras fragosas y de bosque, donde por ser los indios gente suelta no los podían seguir los españoles. Cobraron los indios tanto miedo a estos perros de ayuda, que en la batalla que sabían que venía algún perro desmayaban y se tenían por perdidos. Y los perros, con el artificio de la guerra y despedazar indios, se hacían bravos como tigres". Morales Padrón, Francisco: Los conquistadores de América, Madrid, 1974, pág. 115. veinte indios y si cuatro, son poco ciento". Siempre respetar la formación, el apoyo mutuo, la principal arma hispana. Sólo cuando el indio, como los araucanos, consigue levantar un escuadrón bien formado de picas, el hispano se verá obligado a deshacerlo con su arcabucería para, a posteriori, intentar romperlo con la caballería. 26 El libro cuarto plantea cómo hacer la paz con los indios y su principal consecuencia que es la urbanización inmediata de la zona y el reparto de tierras entre los hombres... Lo mejor es mantener al indio contento con el dominio hispano, ganándose su voluntad, pero también cumpliendo siempre con lo pactado con ellos. El premio a todo soldado es inexcusable, pero mucho más al que ha servido en la conquista americana por todo lo que se ha padecido. La obra se completaba con un tratado de la esfera y una descripción de las Indias que, junto con las obras dedicadas a la caballería de la jineta, cubren el universo de los intereses del autor. En 1660 publicaba en Lima el sargento mayor Antonio de Heredia Estupiñán su Teórica y práctica de escuadrones. La obra se dedica al virrey del Perú, conde de Alva de Aliste. En la aprobación del capitán Juan de Leyva, éste comenta que tras una de las victorias del famoso conde de Fuentes, la batalla de Dorlan, el gobernador de la plaza Hernán Tello Portocarrero le presentó un libro de escuadrones -que no se llegaría a publicar, por lo que sabemos-y en la aprobación que del mismo hizo el sargento mayor Martín Durango, éste dijo que no sólo había que imprimirlo, sino "dar por precepto inviolable que ningún soldado esté sin él, y que se lea en los cuerpos de guardia". Leyva pensaba que lo mismo se debía decir del libro de Heredia Estupiñán por su erudición, brevedad y claridad. En la censura del capitán F. Ruiz Lozano, éste dice que en aquel libro "hallará el docto variedad de discursos en todas las ciencias y gran erudición en las matemáticas; el republicano una política cristiana; el bisoño una disciplina y enseñanza con que en breve tiempo se haga famoso milite; y el veterano nuevas derrotas y caminos que le conduzgan al más perfecto conocimiento y excelencia del arte de la milicia". Asegura que no ha visto en otras obras la manera de formar escuadrones circulares -"que en los autores que yo he visto, no solamente no la hallo practicada, más por ignorar el modo de formarlos, los han condenado por inútiles, lo que no hicie-26 Según Alberto M. Salas, "la lucha en escuadrón cerrado, bien protegido y erizado de picas no es frecuente... si no es en Chile": Las armas de la conquista de América, Buenos Aires, 1986, pág. 277. Aún siendo una obra estimable, pensamos que el autor no dedica la atención suficiente al escuadrón hispano. Tomo LVII, 1, 2000 ran si hubieran alcançado su verdadera fábrica, por ser la figura circular la más capaz y la más perfecta de las formas de la geometría"-, ni tampoco los triangulares y los de diversos lados. Y concluye: "Últimamente este tratado es digno de toda estimación y aprecio, mayormente quando en los tiempos presentes ay tan pocos que se apliquen en este reyno, no digo a escribir, más ni a estudiar esta facultad, ni que sepan unir en el Arte militar la parte práctica con la especulativa. Y es la mayor recomendación assí de la obra como del Autor averse serbido V. Exc. de que se le leyese todo este tratado en los ratos que le dexa libres la principal atención del gobierno". En el prólogo, A. de Heredia Estupiñán nos informa que es hijo de sargento mayor y al cuidado de su padre se formó, de manera que comenzó a aficionarse no sólo a la facción práctica del asunto, sino también a la teórica, y quizás con demasiado ímpetu, pues escribió mucho, quizás demasiado y ahora, en el escrito que presenta, había quitado mucho de lo escrito, "pareciéndome que la cólera española no tiene sufrimiento para leer difusos y largos tratados, aunque sean de materias tan importantes". También asegura que le ha llevado mucho tiempo leer todos los autores que ha podido cuyas doctrinas él ha puesto en orden aspirando sólo a servir a su patria. Piensa que los tratados de los antiguos se hallan "muy esparcidos y dilatados, siendo los modernos más llenos de elegancia y retóricas, que de doctrina, la qual no bien se explica con términos esquisitos y realçados, a cuya causa solo sigo y copio los autores que hablan con estilo llano y natural... excluyendo las tropelías, confusiones de algunos modernos, que parece que de propósito no quieren que los entiendan, y assí se luce poco su enseñança, pues nadie aprende, y todos quieren ser maestros". En realidad, la obra que tratamos es sólo un extracto de otra mayor que tenía prevista para la imprenta -y que, al parecer, nunca publicó-titulada "Tesoro militar". La obra está compuesta por 54 folios más un índice. Comienza, citando a Jenofonte, que el orden "es una de las cosas más útiles y convenientes", y que ha sido la mano de Dios, y no la sabiduría del rey Pirro de Epiro -como dicen algunos-, la que le dio a los hombres los escuadrones. El escuadrón "es orden, unión y compostura de alguna gente armada, en tal manera que moviéndose a esta y aquella parte formidablemente señoree la campaña por hallarse en él la defensa y ofensa necesaria" (Fol. La firmeza del escuadrón se conseguirá cuando conste de orden, valor, destreza, agilidad y fuerza, valores que no siempre concurren a la vez. Tras presentar los diversos modelos de escuadrón de los que más adelante tratará, Heredia critica a aquellos que aseguran que el escuadrón circular no es ANTONIO ESPINO LÓPEZ Anuario de Estudios Americanos práctico: en todo caso no han sabido formarlo y, por ello, no fían de él. Pero la realidad es que, en campo raso, este sistema es capaz de frenar un ataque de caballería por todos los lados a la vez, igual que es escuadrón cuadrado de gente. De hecho, recuerda que de este sistema se decía que podía avanzar siempre por el terreno sin problemas: ciertamente si lo atacan por los cuatro lados a la vez no. Heredia piensa que el escuadrón circular, una vez ejercitados los hombres, demostrará que es más fuerte que el cuadrado. Para el autor, toda la dificultad está en la falta de disciplina: los antiguos tenían tan disciplinados a sus hombres que ellos, por sí solos, sin necesidad de oficiales, eran capaces de formar un escuadrón. Sobre el escuadrón cuadrado de terreno tratan autores como C. Pérez de Exea y C. Lechuga, 27 pero lo hacen de una forma tan "larga y obscura, [que] el estudiante que no está enterado de los otros principios de Aritmética, se ofusca y confunde tomando aversión al ministerio..." Precisamente por ello, dice Heredia Estupiñán, "pondré yo meramente las reglas de esquadrones, y una regla general para todas las proporciones, que al soldado curioso cosa fácil será aprender la aritmética en los muchos libros que hay della" (Fol. Las siguientes páginas están destinadas a explicar las diversas reglas para formar los sucesivos tipos de escuadrón, siempre con la aritmética como principal aliada, aunque en el inicio de su obra ya había advertido que "la experiencia es la madre de la ciencia" (Fol. 5vo), de modo que se ha de practicar todo lo aprendido o, mejor aún, tras practicar las cosas es cuando se aprenden. También es consciente de que aquel tipo de enseñanza necesita de demostraciones visuales, mediante grabados, pero tiene que excusarse por no hacerlo, "porque en el lugar donde me hallo no aura quien abra de buril las estampas, y si lo hubiere, no aura caudal con que pagarlas" (Fol. Aún bien entrado el siglo XVII los referentes militares seguían siendo los ejércitos de la Antigüedad clásica 28 y una cierta polémica -quizás 27 Lechuga, Cristóbal: Discurso que trata del cargo de Maestre de Campo General, y de todo lo que de derecho le toca en el Exercito (Milán, P. Malatesta, 1603); Pérez de Exea, Miguel: Preceptos militares, orden y formación de esquadrones..., (Madrid, Vda. de A. Martín, 1632). Otros tratados del momento: Barroso, Bernardino: Teórica, práctica y exemplos de guerra... (Milán, 1622); Fernández de Eyzaguirre, Sebastián: Libro de aritmética, con un tratado de las quatro formas de esquadrones mas acostumbradas en la milicia (Bruselas, 1608); Lorente Bravo, Miguel: Compendio militar, i tratado de esquadrones (Zaragoza, 1644). 28 Lo mismo ocurría en Europa. Tomo LVII, 1, 2000 artificial-sobre cuáles eran los mejores modelos de escuadrón posible, cuando en los ejércitos de la Monarquía Hispánica de pocos años más tarde, en lugar de preocupar tanto la formación de los escuadrones, interesaba mucho más reestablecer las voces de mando entre los oficiales del ejército, especialmente entre los sargentos, a tal grado de decadencia se había llegado en los difíciles años del reinado de Carlos II.
He aquí otra muestra del quehacer historiográfico de la profesora tapatía Carmen Castañeda, prolífica investigadora de la época colonial mexicana, y en particular de Guadalajara, su ciudad, de la que siempre nos ha despertado admiración su versatilidad. Esta cualidad, fruto de una dedicación plena y de una vocación ejemplar, se aprecia con nitidez en un repaso, aun apresurado, de su creación científica, que fluye a través de un curso cuyos meandros abarcan tanto la historia política e institucional como la socioeconómica y la cultural o, de acuerdo a la denominación francesa, de las mentalidades. Pero, cierto es del todo que este último derrotero, el de la cultura y las ideas, viene siendo, y así lo puede garantizar la afición común y amistad que a ella me une, el argumento más preciado de su labor académica; no en vano pasa por ser una destacada conocedora de la educación universitaria y la circulación y producción del libro en los decenios finales de la Nueva España y de los iniciales del México independiente. A la zaga de estos entresijos del pasado, uno de los objetivos que ha perseguido, y persigue, la doctora Castañeda es la historia de la imprenta en Guadalajara, un episodio más, aunque singular, de la compleja y dilatada evolución de la tipografía novohispana y mexicana, el fin último, su mejor comprensión, al que contribuye el libro, sobre libros, que voy a reseñar. Imprenta, impresores y periódicos en Guadalajara, 1793-1811, ve la luz para celebrar y homenajear la exposición, en diciembre de 1999 y en el Museo del Periodismo y las Artes Gráficas de Guadalajara, de siete primigenios ejemplares del primer periódico insurgente El Despertador Americano, elaborados en los tórculos de la capital tapatía, a costa del editor Francisco Severo Maldonado, entre el 20 de diciembre de 1810 y el 11 de enero de 1811. Sin duda, y mereciéndolo el evento, esta manera, un libro, de festejar la exhibición de unos productos tipográficos excepcionales tal vez sea la más eficaz y oportuna de las opciones posibles; ¿hay una mejor? Mas debo advertir que no es catálogo ni uno característico de acontecimientos similares. El presente resume, en parte, y dada la premura de tiempo con la que suelen trabajar los autores para estos compromisos editoriales, la investigación que Carmen Castañeda viene realizando desde tiempo atrás, volcada en la cultura del libro en Guadalajara: en el establecimiento de la imprenta, la distribución comercial de sus productos y, ambicionando otros márgenes de tan apasionante historia, los consumidores tapatíos, los usos del libro y las prácticas y representaciones derivadas de la lectura. Este sugerente abanico de temas en estudio, que conectan con las últimas novedades historigráficas, lideradas por R. Chartier, rebasaban con creces el objeto de la labor encomendada a su ejecutora. De ahí que, con buen juicio y acorde a la ocasión, se limitara, y no es poco, a desentrañar los orígenes de la imprenta tapatía y la complicada empresa que conllevó la edición y estampa del primero de los periódicos insurgentes. Adéntrese, pues, el lector en esta suma de letras y páginas con la intención de aprender y comprender cuán tortuoso resultaba abrir un taller tipográfico en una ciudad sin imprenta y alejada de los principales centros productores de libros, la competencia a sortear, en ambos lados del Océano. Refiere un sector industrial, en Europa y América, entonces sustentado, en aras del control estatal y la ganancia asegurada, en un cúmulo de exenciones de tributos y privilegios reales, algunos de los cuales trataron de obtener para su negocio los Valdés a partir de 1793, año en el que comienzan a funcionar las prensas de Guadalajara. De este modo, y por ser todavía muy estrecha la demanda y reducido el número de lectores (prioritariamente clérigos, profesiones libres, universitarios y funcionarios), aunque muchos los oyentes, los impresores pretenden el favor de la Corona (y lo obtienen en 1795 y 1818) para poder ofertar los libros de mayor y generalizado consumo: calendarios, cartillas, catones, catecismos, devocionarios y los útiles a las facultades académicas. Respecto a estos últimos, conviene destacar el papel que jugó la Universidad tapatía, al igual que en otros lugares, como un importante factor de la llegada de la imprenta. Es de agradecer, además, la atención prestada a la figura del impresor a lo largo de la cronología delimitada, resultando de sumo interés el perfil de José Fruto Romero, un minero que decidió invertir su numerario en un negocio al que no le unía ningún vínculo profesional. Aquí, y a guisa de hipótesis, es nítida la intervención del capital en un ramo económico que lo necesitaba para sobrevivir, o la rentabilidad de unas artes gráficas en ascenso y con un futuro prometedor. Más arriesgado sería conectar la decisión del minero a su teórica afición hacia la letra impresa, pues, en las fechas, y así lo atestigua en varios casos Jaime Moll, no es inusual ver entre impre-sores y libreros a personas totalmente ajenas al sector; al contrario, los hubo analfabetos y semianalfabetos. Los capítulos finales abordan la génesis del periodismo en Guadalajara, localidad en la que este medio de comunicación social despliega su influencia desde finales del siglo XVIII. En aquellos años los tapatíos conocían la Gazeta de México, la Gazeta de Madrid y el Semanario de Agricultura y Artes. Pero, superada la centuria ilustrada, a comienzos del XIX, también supieron las nuevas de la afrancesada peninsular a través del Correo Político y Literario de Salamanca y del Semanario Patriótico de Cádiz, Madrid y Sevilla, dos peródicos españoles, con posteriores reimpresiones en Guadalajara, que Carmen Castañeda califica de antecedentes de El Despertador Americano. Correo Político Económico de Guadalaxara, un producto gráfico pionero que nuestro magnífico libro ilustra con un valioso apéndice facsimilar. De lo dicho, puedo deducir que la autora enfrenta el fenómeno de la imprenta, en este trabajo y en los que vendrán, con el fin de llegar a los presupuestos de Armando Petrucci, reconocido experto en la materia que nos enseña, a la hora de estudiar el libro, la importancia de dos factores esenciales como son el productor-editor y el consumidor-lector, los extremos: "de un canal de transmisión de mensajes que acaba por fijar el objeto producido y consumido dentro de esquemas de uso y apropiación bien determinados y, por tanto, al menos a partir de un cierto punto, difícilmente modificables". No creo que sean precisas más palabras para animar la atención de curiosos y estudiosos hacia la bonanza del libro en cuestión. Las mías no hacen gala a su contenido ni quiren glosarlo; basta sólo él para garantizar que lo dicho es consecuencia de la admiración científica y no del afecto o la amistad.-CARLOS ALBERTO GONZÁLEZ SÁNCHEZ. Castañeda, Carmen (Coordinadora): Círculos de poder en la Nueva España. Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), México D.F., 1998, 239 págs., bibliografía general y sobre élites. Bajo la coordinación de la doctora Castañeda, se agrupan en este libro nueve artículos sobre las élites novohispanas durante el período colonial. Estos trabajos proceden, en su inmensa mayoría, de ponencias presentadas en el 47o Congreso Internacional de Americanistas, celebrado en Nueva Orleans, en 1995. El objetivo general de todos ellos será aportar información a la discusión sobre el poder que ejercieron las élites locales y regionales en Nueva España. Centrados cronológicamente en el período colonial y geográficamente en regiones periféricas poco estudiadas (norte, noroeste, occidente, este y sureste de la Nueva España), estos artículos no se limitan a un análisis puramente institucional sino que persiguen más bien una reconstrucción del engranaje de grupos que ejercieron el poder y que estaban enlazados entre sí mediante lazos de parentesco. A pesar de su carácter local o regional, se detectan en ellos similares conclusiones a las obtenidas en trabajos más generales, subrayándose la necesidad de que dichas élites se conecten a un contexto social, económico y político. La doctora Ethelia Ruiz Medrano en "Los funcionarios coloniales en México como empresarios, el primer virrey Antonio de Mendoza (1525-1550)" muestra el modo en que las actividades económicas particulares de este virrey y otros funcionarios formaban parte del sistema colonial. La autora desvela cómo los intereses económicos de don Antonio de Mendoza explican su política de fomento de la actividad ganadera entre los colonos, o de los obrajes o tareas de carácter comercial. Actividades que determinarán políticas locales que van en detrimento de los intereses de la Corona. La doctora Chantal Cramausel, en " El poder de los caudillos en el Norte de la Nueva España: Parral, siglo XVII", aborda los conflictos surgidos en 1636-1650 entre oligarcas del Parral y los sucesivos gobernadores enviados por el virrey a la zona. Después de estudiar los acontecimientos, la autora revela las características de la alianza que estos hacendados tuvieron con la Audiencia, buscando el medio más eficaz para oponerse a un detrimento de su poder, y, en contrapartida, se convierten en el brazo armado de la Audiencia en Nueva Vizcaya. La autora se centra en analizar las bases del poder de caudillos como Francisco Montaño de la Cueva. Poder económico basado en encomiendas y trabajo forzado. Todos los gobernadores tuvieron que pactar con ellos porque eran indispensables para controlar a los indios rebeldes. Es, en efecto, su fuerza militar, la base de su poder. El maestro Francisco González Hermosillo, en "La élite indígena de Cholula en el siglo XVIII: el caso de don Juan de León y Mendoza", polariza su interés sobre los grupos dirigentes indios en dos ámbitos. En primer lugar, una aproximación general en la que se analiza el peculiar modelo de reconstrucción de los cacicazgos en la región poblana de Cholula después de la conquista. Interesante es el proceso por el que los macehuales reivindican derechos de representatividad política y cómo el Cabildo indio cho-lulteca se convirtió en el instrumento para mutar la condición social y categoría de los naturales. Se trata de la ascensión de una nueva aristocracia nativa, amparada y tutelada por la orden franciscana. En segundo término, el autor realiza una concreción de este modelo en la biografía de don Juan Antonio de León y Mendoza como representante excepcional de las élites indígenas novohispanas. La doctora Norma Angélica Castillo Palma, en "Los estatutos de 'pureza de sangre' como medio de acceso a las élites: el caso de la región de Puebla", intenta responder a varios interrogantes acerca del concepto de limpieza de sangre, el modo en que fue usado en América y su práctica como mecanismo depurador para acceder a las élites. Aborda en principio las modalidades de los estatutos de exclusión en España, su extensión temporal y sus fundamentos religiosos, culturales y económicos. Si en España los estatutos de "limpieza de sangre" sirvieron para distinguir a los cristianos viejos de las minorías judías y moriscas, en el Nuevo Mundo se usarán como mecanismo para perpetuar en el poder político y económico a la élite peninsular. Así, las modalidades de dichos estatutos en las Indias Occidentales adquieren un carácter racial más pronunciado. En último término, el artículo analiza las diferentes informaciones de pureza de sangre en la provincia de Puebla y su utilización como mecanismo de selección y promoción social, así como el medio de movilidad social: en un caso, las probanzas de la calidad de español, en el otro, de la calidad de mestizo. Ana Isabel Martínez Ortega, en "Oligarquía comercial y poder en Campeche, siglo XVIII", se plantea el estudio de la oligarquía dirigente campechana. Este sector basa su peculiaridad en el predominio del grupo de "recién llegados" peninsulares, tanto en el Cabildo como en las actividades económicas de la ciudad. El análisis de las bases económicas de los concejales de Campeche y el peso específico que el comercio presenta en ellas, sin olvidar las actividades pecuarias, se traslada también a la esfera política, donde el predominio de los comerciantes en el Cabildo era significativo. Asimismo singulariza a Campeche el modelo de reconocimiento social, pues no será la cualidad de beneméritos, sino la posesión de riqueza y la obtención de un cargo público dentro del gobierno local. José Cuello en, "Las élites coloniales en el Noreste de la Nueva España", identifica a una serie de élites locales y regionales del Noreste colonial mexicano, singularizadas en el examen de las élites de Saltillo. El período a estudiar comprende desde la conquista de la región en 1577 hasta la independencia. A lo largo de ellas se desarrollan los cambios de las élites: de encomenderos-labradores a comerciantes criollos y peninsulares, y los mecanismos, como el de involución socioeconómica, que los determinan. En su artículo sólo queda apuntada la necesidad de nuevos estudios acerca de otras élites civiles de carácter local o regional y su inserción en los períodos de desarrollo propuestos. La doctora Carmen Castañeda, en "Los vascos, integrantes de la élite en Guadalajara, finales del siglo XVIII", toma como punto de partida de su tema el Padrón de Guadalajara de 1791 para localizar y valorar el peso que el grupo de vasconavarros habitantes de la ciudad poseía en el seno de la élite local. Después de abordar las características de Guadalajara y la oligarquía allí asentada, queda constatada la importancia de la presencia vasca dentro de ésta, tanto en su actividad comercial como en su presencia en el Ayuntamiento. María de la Luz Ayala, en "La élite comercial de Guadalajara 1795-1820", complementa el trabajo anterior, delimitando los rasgos característicos de los comerciantes tapatíos, así como el tipo y marco geográfico de su actividad, que no abarca sólo el ámbito regional sino que en algunos casos se amplía al territorio novohispano. Dicho análisis se concreta en tres comerciantes: don Juan José Cambero, don Francisco Cerro y don Francisco Benancio del Valle, representativos de su grupo. A destacar la importancia de los mecanismos de reproducción profesional, la diversificación de actividades laborales y el desarrollo de la familia extensa como la más adecuada para encauzar un número tan variado de actividades. Por último, la doctora Frédérique Langue, en "Mineros y poder en Nueva España: Zacatecas en vísperas de la independencia", dedica su esfuerzo a estudiar la élite zacatecana, en este caso el grupo de los grandes mineros. Parte del análisis de las consecuencias que las reformas borbónicas traerán a esta zona del virreinato y fundamentalmente la creación de un Tribunal de Minería que funcionará como medio de expresión de los intereses de los mineros más poderosos. Éstos se convierten así en sujetos políticos dotados de un organismo representativo y de una jurisdicción propia. Más aún, estos mineros ampliarán su esfera de influencia pasando del ámbito regional al virreinal y, en unión con los montañeses de Guanajuato, formarán una alianza contra los comerciantes y la familia Fagoaga, lucha por el poder que se entabla en la capital virreinal. Así pues, es necesario resaltar la importancia de acometer trabajos como el presente. Importante en cuanto a la metodología, porque se ha acentuado el uso de fuentes de archivo municipales y notariales, aún poco explotadas. Necesario, no sólo porque se ha encuadrado la realidad de estos grupos en contextos económicos, políticos y sociales más amplios, sino que, además, apuntan direcciones y vacíos historiográficos, que es preciso abordar con nuevos estudios, como señala Frédérique Langue con respecto a la Historia de las ideas dentro del grupo de poder y las nuevas formas de sociabilidad. Fundamentalmente estos trabajos apuntan a la necesidad de abundar en este camino: nuevos estudios que, desde un marco local y regional, permitan el reconocimiento genérico de su naturaleza, los mecanismos de reproducción social y sus valores distintivos. No cabe, por tanto, sino felicitarnos por la publicación de una obra como la reseñada.-JUAN MANUEL CABELLO BENÍTEZ. Forgues, Roland (coordinador): Mujer, cultura y sociedad en América Latina. La Red Alfa Túpac Amaru y el Programa Micaela Bastidas, adscritos a la Universidad de Pau y de los Países del Adour, comienzan ya a ofrecer frutos maduros en cuanto al desarrollo del proyecto común de las universidades adscritas y la publicación del resultado de sus investigaciones. Esta Red reúne once universidades de América Latina y Europa, que han puesto de manifiesto su interés común para aproximarse a la problemática de la mujer, de su educación, de su estatuto social, su acceso a la educación, su presencia en la política, en el arte y la literatura. que sin duda llenará un vacío para aquellas personas que desde las dos orillas del Atlántico se preocupan y se ocupan de cruzar las miradas y mostrarse, no sólo para conocerse mejor sino, lo que es más importante, para comprenderse a través de aperturas desprejuiciadas. Los trabajos se presentan siguiendo un orden alfabético dado por los apellidos de los autores, sin embargo, quisiéramos resumir aquí la diversidad de los aportes de este libro colectivo tratando de agruparlos a partir de temas comunes. Cuando pensamos en musas, autoras y heroínas, aludimos apenas a algunos roles de la mujer que se abordan en estos estudios, sólo como una aproximación: por un lado está representada una amplitud de geografías, dadas ya no sólo por la procedencia de los distintos autores, sino por los problemas relacionados con la mujer en diversas partes del mundo americano; luego está el margen de lo cronológico. Los enfoques podrían agruparse empíricamente en varios grupos: el estudio de modelos educativos en Venezuela y problemas de género, en los trabajos de Mirla Alcibíades, "Siglo XIX venezolano: la ciudad de Caracas consagra un modelo educativo"; el de Luis Bravo Jáuregui, "El acento femenino de un perigeo: mujeres en la escuela venezolana a partir de 1958"; el de Néstor Tenorio y José Gómez, "Sexualidad y educación sexual en el norte de Perú", y el de Juan Andreo y Lucía Provencio, "Una vida de horizontes y fronteras. Baldomera Fuentes: mujer y maestra". En este último trabajo se analiza la realidad vital de la mujer en el accidentado siglo XIX cubano desde la perpectiva de un estudio de género, mostrando la figura de una mujer que asume su defensa individual frente a los grupos dominantes de una sociedad colonial, racial y androcéntrica, y que además asume su ser personal como separado, emancipado, enfrentado y vencedor; esta dicotomía produce una dramática tensión perfectamente documentada y analizada por los autores. Luego se encuentra el tema de las mujeres como autoras y su relación con los géneros literarios, especialmente el narrativo; éste es el tema del artículo de Helena Araujo, el cual se titula "¿Imitadoras de García Márquez? Otro grupo de trabajos explora el aspecto documental y experiencial, a través de enfoques comprensivos de la sociedad brasilera y cubana, asumiendo el estudio de la mujer y su relación con la problemática laboral. En este grupo se pueden articular dos estudios: el de Paola Capellin, "Las trabajadoras interpelan a la sociedad brasileña", y el de Rafaela Macías Reyes, "Algunas reflexiones acerca de los factores que limitan la presencia de la mujer en las funciones de direc-ción en el municipio Santiago de Cuba". Otro núcleo de trabajos se concentra en el estudio de la mujer como tema de la escritura literaria: "La mujer en la obra de Jorge Icaza", de Olga Caro; el de Alvaro Contreras, "Jardines y cuerpos"; el de Hervè Le Corre, "Una poética del desarraigo: Alma Rubens en la obra de José Manuel Poveda (1888-1926"), y, finalmente, el ensayo de Modesta Suárez, "De algunas figuras femeninas bíblicas en la poesía de Dulce María Loynaz". Otro grupo de estudios se concentra en la discusión teórica sobre la condición de lo femenino y su relación con la escritura; en este tema proponen sus puntos de vista Roland Forgues, "Escritura femenina y patrones culturales en el PerúTM" y Rosa María Reyes, "Apuntes sobre la subjetividad femenina". Luego se encuentra un conjunto de ensayos que por su temática engrosan el temario sobre el papel político y social de la mujer en casos históricos concretos: Dominique Gay-Silvestre, "Mujer, familia y revolución en Cuba (1959Cuba ( -1989)"; Sara Beatriz Guardia, "Micaela Bastidas y la insurrección de 1780"; Valèrie Joubert, "Mujer y resistencia en Santiago de Chile", y Bernard Lavallé, "¿Estrategia o coartada?, el mestizaje según los disensos de matrimonio en Quito (1778-1818)". Otro grupo importante de trabajos se concentra en la relación de la mujer con la familia y las organizaciones políticas y sociales: "Organizaciones de mujeres entre la solidaridad y el asistencialismo", de Blas Gutiérrez y Pedro Jacinto; "Mujer, familia y funciones familiares: un enfoque de género", de María Julia Jiménez Fiol, y "Declive del patriarcado, la familia en el imaginario femenino", de Elodia Xavier. Cierra el conjunto de artículos en el agrupamiento temático que hemos propuesto en esta nota, el trabajo de Ana Vicente, que estudia los contrastes en las percepciones de lo femenino y la otredad; su artículo se titula "As mulheres do Brasil vistas por duas feministas portuguesas". Es importante subrayar que algunos de esos estudios refuerzan el diálogo con hechos relevantes, ocurridos en el pasado hispanoamericano, principalmente durante los siglos XVIII-XIX, y que mediante rigurosos estudios de fuentes primarias y documentos ilustran facetas que, mirando hacia el pasado, están también llamando la atención sobre el presente, con lo cual lo histórico se dinamiza e incorpora a una problemática que no se cierra en los límites de su propia contemporaneidad. Por otra parte, la puesta en diálogo de factores de índole sociológica, política, histórica, literaria y antropológica, distingue en este volumen la presencia de enfoques multidisciplinarios, cuyo eje fusiona preocupaciones conceptuales sobre eso que hoy muy polisémicamente se denomina sensibilidad e identidad femenina. Esta condición se desprende de una discusión conceptual planteada en varios de los artículos señalados y que también tiene el objetivo de ilustrar hechos concretos y decisivos del hacer cotidiano. Hombres y mujeres, lectores, teóricos y especialistas convergen en este espacio de discusión para cerrar filas ante la necesidad de explicar, de aportar certezas en los días de hoy en los que reinan las apariencias e incertidumbres. Cierra el volumen una utilísima addenda, rica por demás en matices; es la sección de notas bibliográficas y comentarios sobre publicaciones recientes que se suman al análisis y presentación de aspectos particulares de la escritura femenina, así como indagaciones documentales e históricas sobre el tema: Mirla Alcibíades escribe sobre el libro de Lady Rojas-Tempre y Catharina Vallejo, Poética de escritoras hispanoamericanas al alba del próximo milenio; Marian Barrantes escribe sobre la obra de Toril Moi, Teoría literaria feminista; Catherine Dumas escribe una interesante nota A propos du sujet fèminin dans le discours de la critique littèraire contemporaine en France. Por otra parte, Carole Laberrondo comenta la reedición del libro de Sara Beatriz Guardia, Mujeres peruanas. El otro lado de la historia y, finalmente, Marie Noílle reseña El abanico y la cigarrera. La primera generación de mujeres ilustradas del Perú, de Francesca Denegri. Asimismo, se destaca en la sección de crónicas, la escrita por Helena Araujo ("¿Hombres feministas? Un congreso milagroso"), a propósito del encuentro internacional "Mujer, creación y problemas de identidad en América Latina", realizado en Pau, Francia, en mayo de 1996, cuyas actas fueron editadas por el Consejo de Publicaciones de la Universidad de los Andes, en Mérida, Venezuela. Luego aparece un recuento del taller internacional "La mujer en América Latina: identidad y cultura", realizado en Santiago de Cuba en diciembre de 1998. Y para aquellas personas interesadas en obtener más información en torno a este proyecto ALFA de estudio e intercambio académico, Jean Marie Flores elabora una síntesis sobre la Red Túpac Amaru y el Programa Micaela Bastidas. También para los interesados en el tema de la mujer, Sabine Forgues comenta la labor del "Centro de Estudios de la Mujer en la Historia de América Latina" (CEM-HAL), que dirige en Perú Sara Beatriz Guardia. Tratándose de una publicación universitaria, que plantea una apertura al diálogo intercultural e interdisciplinario, los interesados podrán encontrar una surtida bibliografía, elaborada por Modesta Suárez, que registra un conjunto de estudios, ensayos y trabajos críticos sobre el tema de la mujer en América Latina, publicados a partir de 1990, distribuidos en cuatro secciones: "Mujer e historia", "Mujer y sociedad", "Mujer, cultura y educación" y "Mujer y creación". Este volumen de cuatrocientas páginas invita al acercamiento, al diálogo sin fronteras de ninguna índole. El programa Micaela Bastidas hace un gran aporte apoyado por investigadores, escritores y docentes, representantes de prestigiosas universidades y centros de estudios, y contribuye al intercambio de conocimientos y experiencias, al mismo tiempo que se forjan nuevos desafíos para el futuro que se alza con retos cada vez mayores para la mujer, cuyas búsquedas y expresiones en todos los campos del conocimiento abonan la tierra fértil para nuevas emancipaciones.-GREGORY ZAMBRANO. Fradera, Josep María: Gobernar colonias. Hacía tiempo que veníamos esperando este libro, que ahora reseñamos, del profesor Fradera. Un libro que debe ser recibido con alegría por quienes nos interesamos en desentrañar las interioridades del siglo XIX pues supone por la perspectiva rigurosa utilizada por el autor una aportación muy valiosa para la historiografía española -tan escasa aún de obras sobre la política colonial seguida en el Caribe decimonónico y en el archipiélago filipino-. La selecta bibliografía, las consistentes conclusiones y la novedad del enfoque temático que realiza Fradera hacen de este libro una obra imprescindible para conseguir una interpretación certera de lo que supuso el colonialismo español y europeo en el siglo XIX. La dificultad de acceder a estos trabajos se resuelve ahora con esta edición que viene a cubrir un vacío innegable en los estudios sobre el colonialismo europeo y español en el siglo XIX, al tiempo que quiere revalorizar la variable o el factor político dentro de lo que son los procesos coloniales, y mostrar el interés -ya dilatado en el tiempo-de Fradera por las "políticas relacionadas con la formación de los espacios coloniales dominados por los países europeos en el mundo moderno" y por desentrañar cuáles fueron los fundamentos políticos del dominio colonial español tanto en Cuba y Puerto Rico, como en Filipinas tras la independencia del continente americano. A la primera cuestión -el colonialismo europeo-el autor le dedica dos artículos: "La experiencia colonial europea del siglo XIX (una aproximación al debate sobre los costes y beneficios del colonialismo europeo)" y "Opio y negocio, o las desventuras de un español en China". El primero de ellos fue escrito entre 1991 y 1992, circunstancia que no limita su interés pues aunque desde entonces se han publicado interesantes novedades sobre el tema la aportación del profesor Fradera, lejos de ser una "aproximación" supone una referencia de gran peso en la historiografía española sobre el colonialismo decimonónico. Fradera utiliza una detallada y sugerente bibliografía para abordar el viejo -y poco estudiado en Españadebate de los costes y beneficios del colonialismo y de su aportación al desarrollo económico de Europa -se detiene en los casos de Gran Bretaña, Portugal y Francia-. La circunstancia de reconocer la naturaleza explotadora del hecho colonial no implica -como bien nos dice Fradera-"necesariamente" una aportación "determinante" al desarrollo de los capitalismos nacionales europeos. Así, llega a la acertada conclusión de que no podemos ofrecer sólo una lectura económica de dicho proceso sino que más bien debemos resaltar el papel desempeñado por las políticas coloniales para conseguir que las sociedades no europeas pudiesen ser medibles desde parámetros cuantificables y para empujar (por la vía tributaria) a los campesinos hacia las transacciones mercantiles -incrementando el excedente comercializado-o para configurar el mercado de trabajo. Esto pudo conseguirse, lógicamente, gracias a una decidida acción de los estados europeos y de los poderes coloniales que impusieron los mecanismos de explotación y de control sobre los procesos económicos y las estructuras sociales, transformadas para que resultaran funcionales a las necesidades de las economías europeas. Su otro artículo es el titulado "Opio y negocio, o las desventuras de un español en China", en el que Fradera incorpora ya los territorios españoles a las grandes líneas del colonialismo europeo, esta vez en Asia. Fradera sintetiza admirablemente cuál fue el proceso seguido por los europeos en la comercialización del opio desde mediados del siglo XVII y cómo en Asia la articulación del mercado del opio estuvo unida siempre a la expansión política europea y a la articulación del comercio internacional. A fines del siglo XVIII se produjo una auténtica revolución al intervenir decididamente las políticas estatales en su producción y comercialización, aunque este monopolio interno del opio, como muy bien apunta Fradera, debe entenderse como un mecanismo que unía el control sobre los productores y la libertad de comercialización en manos privadas. En este marco es donde el autor coloca a la figura de Lorenzo Calvo, quien fuera factor de la Compañía de Filipinas en el puerto de Cantón y figura relevante de la época. Fradera aprovecha la oportunidad para poder ofrecernos una visión de lo que supuso el gravamen del opio dentro del sistema fiscal filipino y de lo que significó para la minoría china del archipiélago (como consumidores, administradores, etc.). Fradera desarrolla el tema de cómo al hacerse el Estado con grandes beneficios sin apenas costes, los poderes coloniales fueron permitiendo cada vez más la circulación del opio al tiempo que se hacía más estricto el cobro de las cargas fiscales correspondientes. A la segunda cuestión -los fundamentos políticos del dominio español en sus colonias tras la quiebra imperial-dedica el autor tres artículos: "Raza y ciudadanía. El factor racial en la delimitación de los derechos políticos de los americanos"; "¿Por qué no se promulgaron las "Leyes Especiales" de Ultramar?" y "Quiebra imperial y reorganización del poder colonial en las Antillas españolas y Filipinas". Aunque cada artículo hace referencia a aspectos concretos, todos ellos intentan explicar los fundamentos políticos del nuevo orden colonial que se configura entre los años 1808 y 1824: un período en el que se origina, culmina y concluye el proceso de independencia continental. El autor afirma que para poder acercarnos al conocimiento de las posesiones españolas debemos rescatar la dimensión de todas las políticas posibles, no sólo la de aquéllas articuladas a través del marco liberal pues éste excluía a la inmensa mayoría de la población. O lo que es lo mismo, a lo político debemos darle una consideración mucho más global que la simple política institucional. En "Raza y ciudadanía....." Fradera explica las conexiones existentes entre el concepto de raza y las nuevas relaciones entre España y sus posesiones en el marco definido por el liberalismo gaditano, es decir, estudia cómo se utilizaron las cuestiones raciales -si la población de color libre era excluida de la sociedad y del juego político-en el debate político, tanto por parte de los liberales peninsulares -para reducir el número de diputados de Ultramar-como por los propietarios criollos en las Antillas españolas. Como bien documenta Fradera este hecho fue, sin duda, el fruto de la modificación que experimentó la cultura de la raza con el avance desmedido de la esclavitud en el siglo XIX. El tiempo empezaría a jugar contra los cubanos blancos pues los esclavos, necesarios para la economía azucarera, justificaron a la postre las líneas directrices de la política colonial: la exclusión de los diputados en 1837. En el artículo "¿Por qué no se promulgaron....?" se aborda la solución política que el liberalismo adoptó para encarar la nueva etapa colonial que se abrió con la independencia del continente. Esa nueva etapa en las relaciones coloniales se caracterizó en un primer momento por la defensa y reconocimiento de la igualdad a ambos lados del Atlántico pero manteniendo la preeminencia peninsular en los organismos representativos y de decisión, circunstancia que anunciaba la política del Estado liberal hacia las colonias tras 1824, caracterizada por las reticencias hacia la lealtad política de los americanos y por el control del escenario político. Estas dos circunstancias, como muy bien documenta Fradera, son las que explican la "especificidad" que tuvieron las posesiones de Ultramar para los liberales peninsulares a partir de 1837 y que se encargó de plasmar la Constitución de aquel mismo año. No obstante, esa promesa de Leyes Especiales para Ultramar no cuajó hasta la Constitución de 1876 (cuarenta años después de ser enunciada) y no fue sino una promesa hecha sólo para suavizar la expulsión de los diputados americanos en las Cortes peninsulares, la otra gran medida restrictiva recogida por la Constitución de 1837. Con ella se vienen a sentar las bases definitivas del colonialismo liberal posterior a la muerte de Fernando VII, caracterizado por la centralización y la militarización del mando en las colonias. De lo apuntado hasta ahora habrá que partir para poder ofrecer nuevas aportaciones sobre este tema. Por ejemplo, es preciso abordar la forma de enfrentarse otros liberalismos europeos al hecho colonial en los momentos que se producen cambios bruscos, revolucionarios, en las respectivas metrópolis, o estudiar con detenimiento cuáles fueron las otras sensibilidades dentro del liberalismo peninsular que se enfrentaron a las líneas maestras -centralizadoras y militaristas-que aquí hemos visto y que, en cierta forma, preludian reformas adoptadas por el liberalismo muchos años después. Por último, en "Quiebra imperial...." se alude a la forma en la que el marco institucional heredado de la etapa imperial fue adaptado al nuevo contexto político que se abre con el siglo XIX. El profesor Fradera plantea con acierto que la política colonial del liberalismo fue desde el principio del reinado de Fernando VII abiertamente contrarrevolucionaria (con algunas "concesiones" a la representatividad política de los criollos en las diputaciones provinciales y en las Cortes peninsulares, conservando -no obstantelos capitanes generales poderes excepcionales heredados del absolutismo) pero todavía se hizo más conservadora tras la muerte del rey, contrarrestán-dose así el gran poder económico -control de las intendencias de Hacienda-, social y cultural que se había concedido a las clases dirigentes cubanas, marginándolas aún más de las instituciones y centros de decisión políticos. En este sentido, la metrópoli actuó como auténtico garante del orden social -amenazado por la esclavitud-e hizo de ello el elemento básico de su legitimación en Ultramar. Con ello se pretendía conseguir un objetivo muy sencillo: satisfacer las aspiraciones esclavistas criollas preservando al mismo tiempo el dominio español. Así, la autonomía del poder colonial, la centralización y la militarización se convirtieron en los tres elementos sobre los que se asentó el equilibrio de las razas mientras se producía la crisis imperial, se consolidaba el liberalismo en la península y se transformaban económica y socialmente las sociedades americanas. La situación colonial en América era tan peculiar que a Fradera no se le escapa la situación paradójica que vive y protagoniza el Estado liberal al facilitar en América, en el transcurso de la primera mitad del siglo XIX, la aparición de un mando supremo -las Capitanías Generales-, que fue el único capaz de tener una cierta autonomía política en los espacios coloniales tras el deterioro experimentado por las intendencias y las audiencias a lo largo de ese siglo. En esta evolución el año 1837 fue decisivo pues dicho año se adopta ya de forma abierta un tipo de política colonial excepcional a los procedimientos políticos seguidos hasta entonces en la península y se acaba con el relativo consenso que había existido entre el Estado y las clases dirigentes de Ultramar. Con gran acierto, Fradera afirma que este modelo político se fue agotando al tiempo que se producían en Ultramar los cambios y las transformaciones sociales y económicas de principios de la segunda mitad del siglo XIX, pero los intentos de abordar la situación colonial y de adoptar las reformas necesarias de tipo político y social se encontraron con dos circunstancias excepcionales: la guerra de Cuba y la Revolución de 1868. El tema elegido por Fradera en este artículo es de una enorme trascendencia para entender las líneas maestras de toda la política colonial española en las Antillas y plantea interrogantes que necesariamente deberán resolverse a partir de nuevas investigaciones documentales y a partir de renovadas lecturas de lo escrito hasta ahora sobre el tema. Así, a título orientativo, creemos que es fundamental elaborar estudios detallados sobre las autoridades que ocuparon cargos de responsabilidad en la Administración colonial (capitanías generales, audiencias, intendencias.....) en este período trascendental de la historia contemporánea española a fin de poder dilucidar cuál fue su intervención en la forma definitiva que adoptó el colonialismo liberal. Hay también un gran desconocimiento, que conviene resolver, sobre la actuación seguida por los diputados e intelectuales cubanos en Madrid y en Cádiz tanto desde el punto de vista político como periodístico, y a nadie se le escapa que ello puede ser de una gran trascendencia para conocer sus conexiones con la clase política y los intelectuales de la península, para conocer su sensibilidad frente a las reformas políticas, sus alternativas a la política liberal... Por último, algunas cosas más. Los fallos que se aprecian en la maquetación de algunas páginas no deben ocultar las otras muchas cualidades técnicas que la obra tiene: así, por ejemplo, su formato es un acierto y su preciosa portada también. En definitiva, estamos ante una obra relevante, no sólo novedosa historiográficamente hablando sino muy bien escrita, cualidad que es más de agradecer cuando se trata de un árido tema de historia política que el autor solventa de la mejor manera: de modo riguroso, exhaustivo y ameno, dando sentido a toda una serie de artículos que deben incrementar el interés de los investigadores por una época como ésta tan destacada para la metrópoli como para las colonias americanas.-JESÚS RAÚL NAVARRO GARCÍA. González Sánchez, Carlos Alberto: Los mundos del libro: Medios de difusión de la cultura occidental en las Indias de los siglos XVI y XVII. Albricias, antes que cualquier otra cosa, por un libro que renueva unos estudios languidecidos desde que I.A. Leonard redactara artículos pioneros en la década de los treinta y cuarenta de nuestro siglo, luego recogidos en su Los libros del conquistador. Este libro estudia de forma novedosa el universo cultural del intercambio del libro en varias vertientes, los materiales que utiliza son fuentes de archivo, en la mayor parte de los casos inéditas, y tiene la notable cualidad de enfocar el libro en varios apartados netamente distintos que son a la vez complementarios: estudia la norma de control burocrática de la Casa de Contratación para el libro y el procedimiento inquisitorial de vigilancia, analiza el papel de los mercaderes de libros en estos intercambios y da a conocer dos importantes fondos de librería de Lima, detalla en otro apartado la posesión de libros de peninsulares a través de inventarios post-mortem y, con suma atención, deslinda los géneros embarcados a través de un muestrario de envíos de libros a América. Tal suma de perfiles ofertados en distintos tiempos y para diferentes territorios es una de las riquezas del libro: ofrecer una radiografía del universo de transferencia de la cultura europea que tendrá un amplio radio de acción e influencia en el entorno cultural del territorio americano y, a la vez, delimitarlo, dando noticias acertadas y orientaciones precisas al respecto. El estudio de la norma legal y las instrucciones que intentaron fijar un control del libro enviado, primero a través de los mecanismos de la Corona en Sevilla, es decir, la Casa de la Contratación y sus oficiales, y más tarde dejando tal actividad en manos del Santo Oficio, revela las fisuras y quiebras de tal sistema de vigilancia. A la vez, el autor orienta las pesquisas de la investigación en torno al otro terreno que se libra en los textos mismos, en una guerra continua contra la herejía y, más tarde, en la búsqueda del adoctrinamiento devoto. Nos movemos, preferentemente, en la segunda mitad del siglo XVI y la primera del siglo XVII, por lo que este estudio ofrece un panorama de conjunto del cambio cultural del renacimiento de finales del XVI al mundo barroco, un contraste en el que el autor se recrea, y donde aun queda bastante que ahondar en cuanto a sus desarrollos en los virreinatos, pues estas características resaltadas por González Sánchez tienen su reflejo en la oferta cultural, la delimitación de aficiones lectoras, los cenáculos cultos o la actividad de la escritura y la definición de la autoría, problemas que vienen del espejo del mundo europeo, quizás en coyunturas diferentes, pero no necesariamente opuestas. La etapa de coyuntura de cambio cultural en los virreinatos, con el comienzo de etapas áureas de singular relieve, ofrecerá al lector atento no pocas conexiones con la literatura, el teatro o las artes plásticas coloniales, alimentadas ampliamente por las obras que aquí aparecen detalladas conforme se asientan en las hojas de registro que resulta obligado presentar ante las autoridades portuarias sevillanas. El capítulo que dedica al universo de las letras presenta aspectos del máximo interés. El análisis de las fuentes le permite fijar mejor la fuente del Registro de navíos, imprescindible para el conocimiento de las memorias de títulos declaradas en las hojas de registro que a continuación utiliza para delimitar el conjunto de obras que son objetos culturales de intercambio, insertos en las redes comerciales y sometidos a principios mercantiles en su tratamiento por parte de los libreros, elementos que en este libro se tienen menos en cuenta, pues el mayor interés lo centra nuestro autor en la correcta identificación de las obras y el estudio de los géneros embarcados. Para conseguirlo se detiene en dos muestras, una selección de 11 hojas de regis-tro con libros de 1583-1584, con la intención de comprobar el posible impacto del índice de libros prohibidos de Quiroga, y otra selección de 12 hojas de registro de 1605, en total, 824 y 2098 libros respectivamente, una muestra suficiente que es trabajada y analizada en el libro con cuidado, aunque, eso sí, quizás demasiado cercana entre sí para permitir fijar con evidencias suficientes cambios importantes. La muestra podría enriquecerse con algunas catas más, en años clave, que permitan delimitar mejor la evolución de los conjuntos, de libros religiosos y textos laicos, en que el autor agrupa temáticamente las obras. Ahora bien, esta muestra sí que resulta más coherente en su conjunto: estaría delimitada entre el índice de 1583 y el de 1612, coincidiendo con uno de los momentos de más circulación de libros con América. En este sentido, la selección permite cortes particularmente interesantes, centrándose, por una parte, en la literatura contrarreformista y devocional, y por otro lado, en la difusión de la literatura de entretenimiento, con el Guzmán de Alfarache y las obras de Lope o Cervantes como puntos de referencia notables, comprobándose como los libros recién publicados en España se envían regularmente a América. El estudio de estas listas de títulos permite un conocimiento de las obras que van en las bodegas de los barcos, bien acondicionadas y protegidas del agua del mar, pero el autor, inquieto pesquisidor de lectores, espiga de las visitas de los comisarios inquisitoriales en el puerto de Veracruz la posesión entre las pertenencias personales de pasajeros y otros tripulantes. El entramado cultural de la América colonial queda en este libro enriquecido a la vez que los interrogantes saltan notablemente, ¿nos encontramos ante una oferta para las élites? A tenor de alguno de los inventarios de librería no sería necesariamente así, ni mucho menos. El libro incluye enfoques cuantitativos y otros más cualitativos, en una perspectiva más interesada en la historia del intercambio con una mirada desde España y sobre el papel de españoles, sin adentrarse en el delicado campo de las repercusiones en la sociedad colonial, aunque, eso sí, aquí tenemos los puntos de referencia que suelen faltar en estudios dedicados a interpretar, muy a la ligera, esta exportación de libros como mera historia de ideas o de las élites cultas. El libro nos coloca directamente en los ojos las "librerías" de personajes como Pedro Durango, con 1204 libros, y Cristóbal Hernández, con 1718 libros. Se trata de un librero ambulante con un surtido de obras de historia muy amplio y, sorpréndanse, un mercader de cajón, esto es, una tienda portátil de madera, que dispone de un surtido devocional que haría las delicias de cualquier lector del XVII aficionado a vidas de santos, oratorios y libros espirituales. El contraste con algunas librerías serias es evidente, frente al negocio sólido de quienes ofertan junto a estos textos "populares" otros jurídicos y teológicos es evidente. El autor aun continua llenándonos de maravillas los ojos con el capítulo final, adentrándose en el difícil terreno de la posesión particular después de pasearnos por el tráfico comercial de libros y el negocio de librerías poco al uso respecto de las que acostumbramos a considerar. La familiaridad de González Sánchez con los bienes de difuntos, objeto de su tesis doctoral convertida ya en libro, le permite delimitar la posesión de libros dentro de un amplio conjunto de 1081 inventarios post-mortem en los que encuentra libros en 186 casos de inmigrantes. El estudio cuantitativo a que somete la muestra permite un acercamiento plural a niveles de fortuna, composición numérica de las bibliotecas, precio de los libros y otros tantos elementos temáticos que dibujan con precisión y rigor la posesión en todas sus facetas cuantificables. El disponer del conjunto de bienes le permite afinar también grupos socio-profesionales y otras cuestiones, que permiten afirmar que nos encontramos con uno de los escasos trabajos de conjunto sobre bibliotecas coloniales particulares de los que tenemos noticias. Cabe felicitar al autor, esperar que estas derrotas (entiéndase caminos de brújula y timón) le lleven a otros puertos de igual o más felicísimo acierto y congratulémonos de leer sobre libros, placer como pocos donde los haya.-PEDRO J. RUEDA RAMÍREZ. Hernández Díaz, Jaime: Orden y desorden social en Michoacán: El Derecho Penal en la Primera República Federal, 1824-1835. La administración de justicia y las conductas delictivas son temas muy poco estudiados, a pesar de los distintos enfoques a través de los cuales se pueden abordar. Los trabajos desarrollados sobre ese tema y que utilizan la información judicial son escasos y recientes. Para el caso de la historiografía michoacana del siglo XIX, sólo contamos con un estudio que trata la administración de justicia, el control social y la reorganización del derecho penal, y es el que nos ocupa. Da la impresión que Orden y desorden social en Michoacán abordará la historia del Derecho penal y se limitará a esa línea como lo han hecho otros investigadores, tanto en el caso nacional mexicano como para ámbitos regionales. Jaime Hernández va más allá de la historia del Derecho y hace una reconstrucción política y social del momento que le interesa: la primera República Federal. Se ocupa del Derecho penal en la teoría y en la práctica. El autor sigue la línea tradicional de la cronología del México Independiente. Formalmente el trabajo debe comenzar en 1824, pero no es así, se inicia con los cambios que se impulsaron desde finales del siglo XVIII en la administración de justicia. Hace referencia a la resistencia de los grupos privilegiados y afectados por esos cambios, y después se ocupa del Derecho de transición, que es el de la primera República. Para poner el punto final de la obra, el autor divaga un poco, a pesar de que se menciona la fecha de 1835. Este libro tiene el mérito de profundizar en la historiografía michoacana de la primera mitad del siglo XIX, y va más allá de los problemas políticos que marcaron el período. Inclinado hacia los cambios jurídicos, Hernández expone los elementos presentes en el Antiguo Régimen y los contrasta con las nuevas ideas, para sostener que, durante la primera República Federal, el Derecho penal michoacano vivió una etapa de transición. Las leyes penales expedidas en el tiempo estudiado son esa manifestación; conservan elementos y conceptos del antiguo Derecho penal de la monarquía española y recogen ideas y criterios del movimiento ilustrado que pretendía su transformación. Considera el autor que la atención otorgada al Derecho penal por los grupos dirigentes michoacanos se enriqueció del movimiento innovador que desde fines del siglo XVIII cuestionó las viejas prácticas criminales en Europa y que se había traducido en importantes manifestaciones en la legislación penal de varios países. Así, Hernández defiende que las concepciones de una cultura jurídica diferente arrancan en Michoacán desde la última década del siglo XVIII, y que el ambiente cultural vallisoletano, favorable para la reflexión jurídica, se enriqueció notablemente con la irrupción del movimiento liberalconstitucional español, tanto en la experiencia de Cádiz de 1810-1813, como en su manifestación al iniciar la década de 1820, en que vuelve a tener vigencia el régimen constitucional. Sin embargo, reconoce que los cambios producidos por la Ilustración en España no alcanzaron al derecho penal ni a la administración de justicia criminal. Llama la atención que cuando Hernández se ocupa de la Ilustración se extiende mucho al hablar de Cesare Beccaria y su obra, De los delitos y de las penas, para concluir que en realidad no tuvo influencia en España. Para él, el tema que marcó un cambio en la monarquía española fue la Constitución de Cádiz. La influencia gaditana se percibe en el establecimiento de ayuntamientos constitucionales y en la diputación provincial de Valladolid. Uno de los procesos que el autor desarrolla es el Congreso Constituyente y, por supuesto, en él se detiene de manera puntual para explicar la organización de la justicia criminal, que, en opinión de Hernández, estuvo muy marcada por la Constitución de Cádiz. Coherente con el título, el autor habla de dos tipos de desórdenes: el político y el social. En cada uno de esos casos los actores son distintos. El primero se manifestaba en los Congresos constitucionales, el Poder Ejecutivo y la inestabilidad política del país. El segundo, en la delincuencia que debían controlar las autoridades. Bandolerismo y vagancia son los delitos que de manera especial llamaron su atención y, de acuerdo a su estudio de los debates del Congreso, sugiere que a esas infracciones le dieron mayor importancia las autoridades. Uno de los puntos de unión de los dos tipos de desórdenes son las sublevaciones del período. El desorden político levantaba grupos de guerrilleros, que más tarde caían en el otro tipo de desorden, el social, convertidos en bandoleros. Parte importante del trabajo es la exposición de las continuidades en la forma de control que existía bajo el dominio español y las aprobadas por los legisladores michoacanos. Pone como ejemplo los bandos prohibitivos de portar armas cortas, y señala que los bandos de buen gobierno se apoyaban en la ordenanza redactada por el intendente Felipe Díaz de Ortega para la división de Valladolid en cuarteles, a finales del setecientos. Entre los cambios importantes del período independiente está la creación del juez de letras y el proyecto de código penal y de procedimientos criminales, así como la orden de aprensión y la necesidad de agilizar los juicios. De los cambios llama la atención el que se establezca la prisión como pena. El autor utiliza como argumento que en la sociedad colonial predominó el orden sobre el desorden y que esa imagen cambió radicalmente en Michoacán después de la independencia mexicana. La lucha armada y la inestabilidad política estimularon fenómenos sociales como la delincuencia y la inseguridad pública, producto del desorden. Una idea parecida defiende Paul Vanderwood, sin embargo, recientes investigaciones están demostrando que ese clima de aparente orden colonial no era tal, y que las autoridades novohispanas también tuvieron que afrontar y tratar de resolver problemas como el bandolerismo y la vagancia. De ahí la continuidad entre los bandos de buen gobierno en una época y la otra. Para Jaime Hernández, la historia del Derecho no puede desentenderse de su aplicación y consecuencias: debe ocuparse de quienes pensaron y legislaron el Derecho. Pero también se hace necesario comprobar la vigencia de la ley y el uso que se hace de la misma en los tribunales, y la reacción de los sujetos sociales a quienes iba dirigida la norma, esto es, los sectores sociales que aparecen aceptando o violando las reglas del Derecho. Uno de los puntos que toca es el desconocimiento de las leyes por parte de los encargados de la administración de justicia; este fenómeno era más frecuente en el interior del estado, donde no había abogados y los alcaldes eran gente que desconocía los procedimientos judiciales. De ahí la importancia de los jueces de letras. De la revisión de las fuentes señala que las prácticas procesales que siguieron los encargados de justicia eran las que se habían utilizado desde los tiempos del Antiguo Régimen. Los alcaldes eran los funcionarios encargados de iniciar las causas criminales, tal como ocurría en la época colonial. Afirma que hubo aumento en la delincuencia y ofrece como prueba los movimientos migratorios que se elevaron a partir de la guerra de independencia. Como evidencia de la migración presenta las solicitudes de dispensas de vagos. En conjunto, Orden y desorden en Michoacán desarrolla un cuidadoso análisis de la situación política y social de la nueva realidad que surgió del movimiento de independencia. Es el punto de partida para profundizar en la historia social y legal de Michoacán en el siglo XIX.-M.a ISABEL MARÍN TELLO. Imágenes e imaginarios nacionales en el Ultramar español. Naranjo Orovio y Carlos Serrano (Eds.). Consejo Superior de Investigaciones Científicas-Casa de Velázquez, Madrid, 1999, 391 págs., notas. El libro reseñado es uno de los frutos del centenario de la pérdida de los últimos restos de las colonias españolas americanas. Durante algunos años pasados se han publicado decenas de libros no solamente en España sino también en Cuba, en los Estados Unidos, México y otros países cuyos autores o editores intentaron contestar las preguntas ligadas con los acontecimientos de 1898. Especialistas de muchos países estudiaron no sólo los asuntos militares, las relaciones internacionales o la repercusión de la gue- Anuario de Estudios Americanos rra del 98 en diferentes partes del mundo, sino también la situación en los países involucrados en el conflicto durante el enfrentamiento armado, sus antecedentes y el desarrollo posterior. Es muy difícil encontrar un problema no mencionado durante estos años por los especialistas interesados en la temática del 98 y parece inverosímil que los estudios nuevos puedan ampliar nuestros conocimientos. Esta constatación vale, probablemente, para la factografía. Era dudoso que los historiadores encontraran nuevos documentos que explicasen algunos de los "secretos" de la guerra hispanocubana-norteamericana, como por ejemplo el lugar del hundimiento del Maine. No obstante, queda siempre un espacio libre para las interpretaciones de los procesos. Uno de los mejores ejemplos es el libro reseñado, cuyos editores presentan veintitrés estudios centrados, ante todo, en el tema que en los últimos decenios atrae la atención no solamente en el contexto de la liquidación definitiva del imperio colonial español en América, sino también en el de la formación de las comunidades modernas del mundo contemporáneo. Nos referimos a la formación de las naciones en las últimas colonias de España en América y en las Filipinas, y la relación entre este proceso y las manifestaciones a favor y de mayor intensidad hacia el independentismo en estos restos del imperio de los reyes españoles. La cuestión de la formación de la nación está estrechamente ligada con el pensamiento de los portavoces de las comunidades que, buscando sus características especiales, ya entraron en el proceso de la formación de la sociedad nacional. Uno de los rasgos característicos de este proceso es la búsqueda de los héroes nacionales y de los hechos heroicos que influyeron en las capas amplias para fortalecer la conciencia del pasado -y también del presente y del futuro común-. Otro rasgo típico es la tendencia a presentar las particularidades de la entidad nacional en contraste con otra entidad, considerada regularmente como una entidad no solamente ajena sino hasta poco amistosa, o en el mejor de los casos, competidora. Los portavoces de diferentes entidades nacionales dispusieron, por ello, de una gran cantidad de ejemplos para su argumentación en las entidades vecinas, o también lejanas, escogiendo siempre las ideas que pudiesen aprovechar para sus actividades. Para el estudio de los nacientes nacionalismos en Cuba, Puerto Rico y Filipinas es importante conocer las manifestaciones del nacionalismo en España, ya que los portavoces de los "nacionalismo coloniales" compartían en lo sustancial la cultura de la metrópoli, por lo que en su pensamiento "patriótico" observamos signos comunes a los idearios nacionalistas de la metrópoli. Por eso no sorprende que los editores abran el libro con el estudio de Carmen Ortiz García "Ideas sobre el pueblo en el imaginario nacional español del 98" (ver págs. 19-34), en el que la autora compara diferentes opiniones sobre el pueblo considerado desde el tiempo del Romanticismo alemán como uno de los portadores de "lo nacional" en las comunidades nacionales. Después de la presentación de diferentes conceptos, Carmen Ortiz concluye con las palabras que puedan utilizar sobre el mismo tema los especialistas interesados en la situación cubana o puertorriqueña: "Así pues, los antropólogos criminales retratan un pueblo -sobre todo el que cuentan que ven en las prisiones y su entorno-que parece distinto al que había cantado sus coplas flamencas a Antonio Machado y Álvarez unos años antes, pero que es el mismo que canta y sabe las historias de los bandoleros, que tiene un "alma", aunque resulte pícara y bandida y no tan épica como quería Costa, que, aparte de la poesía y las canciones que atesora, trabaja la tierra de otros en unas condiciones injustas y miserables, pero según unas formas de derecho y economía agraria consuetudinarias. En fin, un pueblo que todos ellos, intelectuales del 98, quieren conocer, explicar, regenerar, colocar dentro de la nación y de la historia". (pág. 42). Carlos Serrano presenta en su estudio "Vara de Rey y los héroes del Caney: un mito de doble cara"(págs. 89-91) la problemática de la formación de los mitos a partir de los acontecimientos históricos que en diferentes momentos pueden tener una significación distinta. El estudio de Zoila Lapique Becali, "Los sucesos de la historia de España y Cuba en las etiquetas de los cigarrillos y habanos cubanos" (págs. 103-116) es fruto de una investigación que goza en los últimos años de más partidarios al presentar mediante las etiquetas de cigarrillos y marquillas de tabaco un aspecto de la vida cotidiana y su influencia en la interpretación de la historia. En su investigación demuestra cómo su utilización frecuente por las elites estuvo dirigida a influir en las opiniones de amplias capas de la sociedad. Las mismas consecuencias tuvieron en algunos casos también las discusiones científicas, en las que sus participantes, presentando diferentes opiniones en el campo científico, fortalecían las tensiones entre dos entidades nacionales. Esta problemática la analiza en su estudio "Empatías y conflictos en las relaciones científicas hispano-cubanas a finales del siglo XIX" Armando García. Paul Estrade en su artículo demuestra que no solamente es especialista renombrado en los estudios martianos sino que también destaca por sus conocimientos sobre el autonomismo cubano al analizar este problema en un contexto más amplio de la existencia de la nación cubana -"El autonomismo criollo y la nación cubana (antes y después del 98)"-(págs. 155-170). Enrique López Mesa en "Historiografía y nación en Cuba", págs. 171-195, ofrece un esbozo muy útil de la discusión sobre la problemática de la nación cubana. Compara las opiniones de los historiadores cubanos con las de los investigadores de Europa, rechazando el concepto que defendió por ejemplo Sergio Aguirre, es decir, la idea de que el problema ya había sido resuelto, concluyendo su análisis en palabras más modestas: "El proceso de etnogénesis y formación nacional en nuestro país es y seguirá siendo un tema abierto, en el que los modelos de inteligibilidad se irán sustituyendo paulatinamente. Y mientras los historiadores discurren sobre su origen, la nación cubana -aun en medio de la crisis actual-permanece erguida, como la gran ceiba con que la compara Castellanos, árbol sagrado para los creyentes en los cultos sincréticos, azotados por los vientos, pero respetado por los rayos" (pág. 195). Miguel Ángel Puig-Samper y Consuelo Naranjo Orovio continúan en su estudio sumamente interesante, titulado "Fernando Ortiz: Herencias culturales y forja de la nacionalidad" (págs. 197-226), su investigación sobre las relaciones científicas y culturales entre España y Cuba, confirmando las profundas raíces españolas de la cultura cubana. Luis Agrait defiende, desde otro punto de vista, la misma idea en el caso puertorriqueño (ver "Puerto Rico del 98 al 98: Frontera de culturas/cultura de frontera", págs. 269-279) al considerar a Puerto Rico como una región fronteriza en la defensa de la hispanidad en contra de la cultura anglosajona de los Estados Unidos. El proceso de la formación de la idea de la nación puertorriqueña es analizado, entre otros, por Libia M. González y Ma Dolores González-Ripoll Navarro. La primera de ellas, en el estudio "Entre el tiempo y la memoria: los intelectuales y el imaginario nacional en Puerto Rico, 1860Rico, -1898" (págs. 281-296)" (págs. 281-296), esboza el panorama del pensamiento de los intelectuales que conformaron el concepto de la nación basado en su propia cultura e historia llena de hazañas heroicas. Uno de los problemas de mayor envergadura de estos intelectuales fue la incorporación de todos "los hijos de esta tierra" en la única comunidad a pesar de que existía una conciencia clara de las diferencias entre diversas capas de la sociedad colonial. A este respecto, la autora comenta: "Esta idealización integradora pretendía proyectar una aparente armonía que internamente solo parecía alterarse con la separación evidente entre la elite culta y los "otros" no educados" (pág. 295). Mientras Libia M. González dedica su atención a diferentes personajes de la sociedad puerto-rriqueña de los últimos decenios del siglo XIX para demostrar que sus ideas fueron utilizadas en el proceso de "invención" de dicha nación, Ma Dolores González-Ripoll Navarro investiga el concepto de nación en la obra de Eugenio de Hostos en su artículo "El imaginario nacional puertorriqueño en la obra de Eugenio María de Hostos", págs. 297-306, confirmando la opinión basada en el estudio de otros portavoces de diferentes entidades nacionales. También en el pensamiento de Hostos, la formación de la idea de la diferencia entre "lo español" y "lo puertorriqueño" significó el primer paso hacia la demanda de un Estado soberano, o -en el caso de Hostos-hacia la formación de una confederación de territorios soberanos en las Antillas. El libro reseñado significa, sin lugar a dudas, un aporte para el estudio de la historia del Caribe español en las postrimerías del siglo, que tiene una importancia especial porque al menos para una parte de los historiadores el siglo XIX fue el siglo de la formación de las naciones modernas. Prácticamente todos los autores de la obra editada por Consuelo Naranjo Orovio y Carlos Serrano se interesan en las cuestiones ligadas con este fenómeno presentando opiniones que pueden aclarar esta problemática no solamente a un nivel concreto sino también al nivel general, naturalmente, sin aspirar a una definición universalmente aceptada, ya que la experiencia dice que todos estos intentos terminaron sin éxito. Por el contrario, los autores de Imágenes e imaginarios nacionales en el Ultramar español, sin formular conclusiones definitivas, presentan ideas que pueden inspirar a los estudiosos sobre la problemática. Con este libro, de nuevo se abren ante nosotros líneas interesantes de investigación, de la mano de historiadores e hispanistas de merecido renombre.-JOSEF OPATRNÝ. El descubrimiento y la excavación del Templo Mayor de México-Tenochtitlan desde 1978 ha provocado una verdadera avalancha de libros, estudios e informes sobre este singular y extraordinario monumento. El último que ha llegado a mis manos y, sin duda, uno de los más originales e importantes es el del brillante investigador francés Daniel Lévine, encargado del departamento de América del prestigioso Musée de l ́Homme de Anuario de Estudios Americanos París y especialista en diferentes culturas del mundo mesoamericano, que trabajase durante los años 1979-1980 en la excavación de aquel famoso santuario bajo la dirección de Eduardo Matos. El libro de Lévine, lejos de ser una nueva descripción del Templo Mayor o de sus excavaciones, es una aproximación original y penetrante a la interpretación inteligente de la historia azteca a través de los símbolos contenidos en las fuentes etnohistóricas y su contrastación con los hallazgos proporcionados por las excavaciones del Templo. Es así, que el libro, de cortas dimensiones, se ha concebido como un texto dividido en tres partes o capítulos: 1) registro de las ideologías; 2) la reescritura de la historia y la ideología, y 3) la verificación de la historia: los vestigios del Templo Mayor. En el primero de esos capítulos Lévine da cuenta de la pluralidad de culturas y de unidades políticas independientes en el Centro de México, antes de la unificación imperial azteca que se refleja en la diversidad de tradiciones historiográficas y cronologías contrapuestas, pero, sobre todo, a través de varios ejemplos, demuestra que la historia mexica es una historia ideológica y simbólica, más que una historia de acontecimientos al estilo de la historiografía occidental. En el segundo capítulo se aborda el tema de la reescritura de la historia mexica con el fin de inventar una tradición ilustre que borre los muy humildes orígenes chichimecas de la tribu azteca; todo lo cual viene a representarse iconográficamente mediante símbolos que transmiten una nueva ideología del pueblo mexica en su fase imperial. El núcleo del mensaje simbólico, que se halla por igual en los mitos recogidos en las crónicas y representados en las esculturas y relieves creados en los apenas cien años anteriores a la llegada de los españoles, tratan de legitimar al pueblo azteca mediante su incorporación a la tradición tolteca. Los ejemplos que aporta Daniel Lévine al respecto son concluyentes. Por último, en el capítulo 3 se trata de verificar esa historia interpretada míticamente en la iconografía azteca mediante los vestigios descubiertos a través de las excavaciones del Templo Mayor. Es así, que Lévine pasa revista a la historia del pueblo azteca siguiendo etapa tras etapa las siete que han sido fijadas por Eduardo Matos y que corresponden a los sucesivos reinados de los soberanos aztecas, quienes, al reconstruir el Templo Mayor cada vez que eran elevados al trono, contribuyeron a materializar la historia en múltiples ofrendas y otras evidencias que simbolizan aquella historia hecha de acontecimientos, pero también de mitos y símbolos cos-mológicos y religiosos del pueblo azteca. Como el propio Daniel Lévine dice: "Cada edificio, cada escultura del recinto sagrado es la transcripción en piedra del discurso ideológico forjado por los mexica, tras su victoria en 1428 sobre Azcapotzalco". Nos hallamos, pues, ante un pequeño gran libro interpretarivo de la historia azteca, del Templo Mayor como monumento que sintetiza esa historia y del lenguaje simbólico del arte en relación con la mitología y la cosmovisión del pueblo mexica; libro al que, en conjunto, hay que valorar como una de las aportaciones más importantes de los últimos años al conocimiento y comprensión de la Civilización azteca.-JOSÉ ALCINA FRANCH. Textos Clásicos de Historia de Cuba [CD-Rom]. García Álvarez y Luis Miguel García Mora. Serie I: Iberoamérica en la Historia, Vol. MAPFRE Mutualidad, Fundación Histórica Tavera, Madrid, 1999. Dos especialistas en la historia cubana, el historiador español Luis Miguel García Mora, que durante los últimos años dedica su atención principalmente a la problemática del autonomismo, y el profesor de la Universidad de La Habana, Alejandro García Álvarez, coautor de uno de los libros más importantes sobre la historia de Cuba publicados en los últimos decenios (Oscar Zanetti y Alejandro García, Caminos para el azúcar, La Habana 1987, traducción inglesa Sugar and Railroads. A Cuban History, 1837-1959, Chapel Hill and London 1998), ofrecen al público especializado un CD-Rom de extraordinaria importancia basado en su profundo conocimiento de la historiografía y de las fuentes de la historia de Cuba. A pesar de que en la "Introducción" hacen constar que la colección comprende obras de los cuatro siglos durante los que Cuba formó parte del mundo español, o para decirlo más precisamente, fue una colonia española, el CD-Rom significa un aporte importantísimo para los estudiosos interesados, ante todo, en el siglo XIX. Esto no sorprende tanto si tenemos en cuenta el hecho de que ha sido precisamente ese siglo el que más ha atraído la atención de los especialistas en la historia y la sociedad de la isla, y que durante ese período aparecieron en la colonia personajes que, gracias a sus capacidades intelectuales, pertenecían a la cumbre del pensamiento hispanoamericano. Figuras como José Antonio Saco o José Martí representaron el pensamiento más penetrante no solamente en Cuba sino en toda América Latina. Al mismo tiempo debemos registrar un hecho de extraordinaria importancia. Durante el siglo pasado se publicó en Cuba una cantidad sorprendente de libros dedicados al análisis de diferentes aspectos de la vida económica y social de la colonia, al mismo tiempo que la naciente ciencia natural presentó los resultados de investigación de las primeras generaciones de científicos, considerados hoy día como fundadores del pensamiento científico cubano. Los autores advierten de estos hechos en la extensa introducción en que esbozan muy en breve la historia política y económica (mencionando siempre el contexto más amplio de los acontecimientos o de las relaciones económicas) de la isla, desde los primeros contactos de los españoles con la población indígena hasta fines del XIX, siglo no sólo caracterizado por el auge de la lucha por la independencia nacional, sino también por la intervención estadounidense, en cierto modo fruto de las ambiciones más antiguas de ciertos círculos económicos, políticos y militares de los Estados Unidos. Los expansionistas estadounidenses hablaron ya, desde los principios del siglo XIX, de la importancia extraordinaria de Cuba para los destinos de los Estados Unidos. Tomando en cuenta la cantidad de los estudios dedicados a las relaciones de Cuba con los Estados Unidos, no es gran sorpresa que Luis Miguel García Mora y Alejandro García mencionen en la introducción repetidamente la política estadounidense en Cuba, subrayando la importancia de las fuentes estadounidenses del siglo XIX para el estudio de la historia de la colonia española. No obstante, este esbozo representa solamente una parte de la introducción. La parte más importante está constituida por la breve descripción de las obras incorporadas en el CD-Rom, que servirá como un guía sumamente útil especialmente para los estudiantes que, hasta hoy, sólo han tenido la posibilidad de trabajar con recopilaciones como las de Carmen Almodóvar (Antología Crítica de la Historiografía Cubana /Época colonial, La Habana,1986, y Antología Crítica de la Historiografía Cubana /Período neocolonial, La Habana,1989) y eventualmente en las ediciones nuevas (José Antonio Saco, Papeles sobre Cuba, I-III, La Habana, 1960Habana, -1962, o la extraordinaria edición de la famosa obra de Alejandro de Humboldt, Ensayo político sobre la Isla de Cuba, Miguel Ángel Puig-Samper, Consuelo Naranjo Orovio y Armando García González (eds.), Aranjuez, 1998). Lamentablemente, es hecho indiscutible que algunas publicaciones sumamente importantes para los especialistas son prácticamente inaccesibles; de los estudiantes ni hablar. Mencionemos en este con-texto, por ejemplo, las voluminosas obras de Jacobo de la Pezuela, (Diccionario geográfico, estadístico, histórico de la isla de Cuba) o de Ramón de la Sagra, (Cuba en 1860 o sea cuadro de sus adelantados en la población, la agricultura, el comercio y las rentas públicas), por un lado, o los folletos como Noticias de los ingenios o fincas azucareras que en estado de producción existen actualmente en toda la Isla, según los datos que arrojan los padrones para la contribución al 30%, con expresión del partido en que se encuentran situados y la jurisdicción a que pertenecen, por otro lado. Naturalmente, no pueden faltar los censos de población (es verdad que en los últimos años aparecieron al menos antologías de los censos más importantes, Los censos de población y viviendas en Cuba. Estimaciones, empadronamientos y censos de población de la época colonial y de la primera intervención norteamericana, La Habana 1988) entre los que destaca el Resumen del censo de la población de la Isla de Cuba a fin del año 1841, publicado en 1842 y, ante todo, el Censo de 1899 publicado en Washington en 1900, lleno de datos de gran importancia para el historiador interesado en la imagen de la sociedad isleña a principios del XX en su dimensión política, social y económica. También resultan notables, en este contexto, los discursos de economistas cubanos del siglo XIX, como fueron Francisco Arango y Parreño (Discurso sobre la agricultura en La Habana y medios de fomentarla) o Francisco de Frías Jacott (La cuestión del trabajo agrícola y de la población de la Isla de Cuba, teórica y prácticamente examinada) que también existen en ediciones posteriores que, sin embargo, hoy día constituyen prácticamente la misma rareza bibliográfica que las ediciones del siglo XIX. Entre los textos políticos encontramos, ante todo, los trabajos de José Martí (El Presidio político en Cuba y las Bases del Partido Revolucionario Cubano). Además hay que apreciar que los editores incorporaron también los artículos de los portavoces de aquella corriente política que no tuvo como la meta la independencia de la isla, incluyendo textos de Rafael M. de Labra o Rafael Montoro. De las obras de historiadores están, entre otras, los trabajos clásicos de José Martín Félix de Arrate y Antonio José Valdés. A su vez también se incorporan algunos documentos que confirmaron los cambios en los fines del siglo XIX: Resolución Conjunta del Congreso de los Estados Unidos del 18 de abril de 1898 y el Tratado permanente de 22 de mayo de 1903 que determina las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos de América. La obra es, de tal manera, una ilustración viva del proceso histórico de la Cuba colonial. Como en el caso de cualquier selección, los críticos eventuales pueden mencionar que uno u otro documento o obra faltan en el conjunto y que, según su opinión, tendrían su lugar en el CD-Rom. Por otro lado hay que tener en cuenta que cada selección tiene su extensión técnicamente aceptable (en el caso que nos ocupa el CD incluye más de 14.000 páginas) y la tarea de los compiladores consiste en escoger los textos apropiados. A mi modo de ver, Alejandro García y Luis Miguel García Mora entregaron un trabajo excelente que apreciarán todos los profesores universitarios. Gracias a ambos historiadores, llega a sus manos el material fundamental para que sus estudiantes desbrocen nuevas posibilidades en el estudio de la historia de la Cuba colonial.-JOSEF OPATRNÝ.
Se reúne y sistematiza en este artículo toda la documentación referente a la emigración española a Santo Domingo en 1506. posible que esta emigración masiva, procedente de un país diezmado por la peste, tuviera a su vez efectos deletéreos en la demografía indígena, al someter a los habitantes de la Española a una nueva y devastadora infección. La sugerencia de este posible contagio, propuesta por N. D. Cook en un libro muy interesante 3, cobra, a la luz de los documentos que estudio, mayores visos de verosimilitud. Sea como fuere, la muy real amenaza de que se propagaran al Nuevo Mundo los miasmas de Sevilla alarmó, y con razón, al gobernador Ovando, a quien tuvo que confortar Fernando el Católico, quizá con demasiado optimismo, el 21 de octubre de 1507: Lo del temor que allá teníades de los navíos que ivan de partes donde morían de pestilencia ya cesará, pues, a Dios gracias, en los dichos lugares ha cesado la pestilencia. A Él plega de guardar lo de allá y lo de acá 4. Juan Ruiz Las escrituras nos enseñan a distinguir entre los hombres que fueron a sueldo y los que emigraron por su cuenta y riesgo. Empecemos por pasar revista a los asalariados y a sus patrones. Es de notar que entre los primeros se observa un aumento considerable del número de casados. Ése era uno de los objetivos de la política de la Corona, sin duda; pero también a los amos les interesaba tener a su servicio a personas más hechas y formales en teoría y que, con un hogar ya establecido, no pondrían reparo alguno a la hora de regresar a la Península una vez que se cumpliese el plazo fijado en el contrato. El mismo criterio se aplicó a los esclavos 5. No figura en esta larga lista de pasajeros ningún esclavo, ni blanco ni negro, a pesar de que algunos de ellos habían pisado ya suelo de las Indias para lucro y beneficio de sus amos. Su llamativa ausencia indica que los colonos confiaban todavía en que la mano de obra indígena hiciese los trabajos más duros, aunque es preciso señalar que no pocos trabajadores españoles fueron contratados -en apariencia-con el exclusivo fin de realizar las tareas de labrar la tierra y lavar el oro. En una época de tanteos y experimentos, casi todos fallidos, no puede sorprender esta indefinición o, por mejor decir, promiscua confusión de la mano de obra a emplear, unas veces española y otras taína 6 o esclava. El auge del comercio indiano favoreció la aparición de compañías de dos o más socios, uno de los cuales residía de manera permanente en la Española. En las escrituras que comentamos aparecen las compañías siguientes (el asterisco señala al compañero o factor en Indias, si así consta; la cifra indica el número de personas contratadas): Álvaro y *Fernando de Briones, hermanos (10). Andrés Cataño y *Diego de Alvarado (5). Bernardo de Grimaldo y el jurado *García Tello y *Juan Fernández de las Varas (4). En un principio Grimaldo, todavía extranjero, actúa en nombre de los que son en realidad sus socios y con los que, como es sabido, acabó peleado 7. Luis Fernández y *Sancho López (4). Pedro y Juan Daza, hermanos (2). Juan de Cea, su hermano *Diego de Cea y su cuñado *Fernando de Córdoba (1). En 1506 la compañía de los tres parientes no pasaba por sus momentos mejores, pues Juan de Cea no había recibido ningún fruto de anteriores envíos a sus deu-5 Así, por ejemplo, a Alonso de Hojeda se le dio licencia para pasar a Tierra Firme "seis esclavos blancos casados en estos nuestros reynos de Castilla" el 5 de octubre de 1503 (AGI, Indiferente General, 418, I, 139v). 6 Es lo que mandaron los reyes a Ovando en la instrucción que le dieron en Granada el 16 de setiembre de 1501: "porque para coger oro e fazer las otras labores que nos mandamos hazer será neçesario aprovecharvos del serviçio de los indios, conpelerlos heis a trabajar en las cosas de nuestro serviçio, pagando a cada uno el salario que justamente vos paresçiere que devieren de aver segund la calidad de la tierra" (AGI, Indiferente General, 418, I, 39v). 7 El rey había ordenado el 5 de enero de 1505 que los extranjeros que cargaban mercaderías para la Española lo hicieran "en conpañía de naturales e non ellos como prinçipales, e que los fatores sean naturales" (AGI, Indiferente General, 418, I, 149v Entre los empresarios que al parecer actuaron en solitario descuella el baquiano Pedro de Uclés (9), seguido de Fernando de Porras (4), Juan Pérez (4) y Juan Martín (3). Más a la zaga quedan Alonso de la Barrera, Fernando de Herrera, Gonzalo de Corvera, Martín de Cáceres y Pedro Chacón con dos trabajadores, mientras que la mayoría (Francisco Jiménez, el piloto Francisco Niño, Francisco de Osuna, Gonzalo Fernández, Juan de Cardona, Juan Mill10, Lorenzo de Ahumada, Martín de Cáceres, Martín de Gamboa, Pablo de Ávila y Sancho López) se contentó con los servicios de un solo peón. Sorprende que una mujer, Marina Bernal, requiriese la asistencia de un jornalero, el carmonés Bartolomé de Carmona, en Puerto de Plata, la villa que en la costa septentrional de la isla hacía la competencia a Santo Domingo. Otra mujer, Juana, quizás una adolescente, se avino a su vez a ser la criada de un matrimonio, Juan de Cárdenas y Teresa Gómez. De todas maneras, conviene extremar la cautela al enjuiciar los casos anteriormente citados, pues lo que a primera vista parece una iniciativa particular bien pudiera provenir de la decisión y capital de varios socios. Así, por ejemplo, consta que en 1503 Gonzalo de Corvera había hecho una compañía con el piloto Alonso Sánchez Roldán11; el 4 de setiembre de 1504 el mismo Corvera, probablemente gracias al dinero social, pudo enviar a la Española a seis personas para emplearlas tanto en sacar, apurar y lavar oro como en plantar heredades 12. Es muy posible que la misma sociedad siguiera en vigor todavía en 1506. Por su parte, Pedro Chacón era un trapero conocido, propietario incluso de una nave llamada por su dueño la Chacona: ¿resulta creíble que arriesgara su persona yendo él mismo a las Indias? ¿No es más razonable pensar que tuviera un socio industrial en el Nuevo Mundo? El contrato de trabajo, ya formulario, consta de dos cláusulas que especifican las obligaciones respectivas de las dos partes, la contratada y la contratante. Como muestra arquetípica he elegido una obligación cualquiera, a la que he quitado todas las referencias circunstanciales y he añadido indicación de las dos cláusulas principales: ( Mucho más interés tiene el segundo grupo, realmente extraordinario. En efecto, las actas notariales indican de manera irrefutable que una gran cantidad de personas pasó a Indias en ese año pagándose ellos mismos su pasaje, aunque entre ellas pudiese haber también algún asalariado (véase n.o 7). Se puede concluir que la Española había dejado de ser un lugar inhóspito para convertirse en una tierra de promisión. Es muy llamativo, por otra parte, el hecho de que la inmensa mayoría de los emigrantes siguiera procediendo de Andalucía y de Extremadura. Parece como si las familias pobres andaluzas y extremeñas hubieran reunido sus últimos ahorros para enviar a alguno de sus retoños -o a varios amigos o familiaresa buscar allá en el Nuevo Mundo un alivio a su miseria, aprovechando que al frente de la gobernación se hallaba un extremeño, frey Nicolás de Ovando, más sensible a sus cuitas que un Cristóbal Colón. Los viajeros, que se embarcaron en diferentes naos y carabelas (en la colonización española no hubo una Mayflower), pagaron por la travesía una suma variable, que oscila normalmente entre 8 y 13 castellanos por persona. A cargo del maestre corría darles mantenimiento y agua desde que la nave zarpara de Sanlúcar de Barrameda hasta que arribase al puerto de Santo Domingo. Sirva de muestra el contrato que hizo -pero no firmó; sólo pusieron su rúbrica los escribanos-el hombre más famoso de todos cuantos fueron este año a las Indias: Sepan quantos esta carta vieren cómo yo, Fernando Cortés, fijo de Garçía Martínez Cortés 14, vezino de don Benito, tierra de Medellín, otorgo e conozco que devo dar e pagar a vos, Luys Fernández de Alfaro, vezino d'esta dicha çibdad, maestre de la nao que Dios salve que ha nonbre San Juan Bautista, que agora está en el puerto de las Muelas del río de Guadalquivir d'esta dicha çibdad, qu'estades presente, o a quien esta carta por vos mostrare e vuestro poder oviere, honze pesos de oro fundido e marcado, que son por razón del pasaje e mantenimiento que me devedes de dar en la dicha nao desde el puerto de Barrameda fasta la isla Española al puerto de la villa de Santo Domingo este viaje que agora va la dicha nao; e renunçio que non pueda dezir ni alegar que lo susodicho no fue e pasó así; e si lo dixere o alegare, que me non vala; los quales dichos honze pesos de oro me obligo de vos dar e pagar en la dicha isla Española en paz e en salvo, sin pleyto e sin contienda alguna, del día que la nao llegare... 15 Como en las escrituras se especifica el nombre del maestre de la nave que recibió el dinero del pasaje, se puede hoy reconstruir a grandes rasgos la distribución de los pasajeros en el embarque y la fecha de su partida. Tuvo lugar de la siguiente manera: Alonso Quintero (vecino de Palos, maestre de la nao Trinidad). Pasajeros: 2 (uno de ellos dudoso). 14 La escritura parece indicar que el nombre del padre de Hernán Cortés -llamado en documentos posteriores Martín Cortés-era en realidad Garcí Martín Cortés. El escribano dejó espacio en blanco para acabar los formularios jurídicos cuando tuviese tiempo y ganas o le pidiesen copia los interesados; y así quedó la escritura, incompleta y sin fecha, como la mayoría de estos contratos de pasaje. En el margen inferior se anota: "Reçibió dos ducados", quizá como señal. Sancho de Salazar (vecino de Rota, maestre del San Juan Bautista). Sorprende ciertamente este elevado número de aspirantes a colonos, incluso teniendo en cuenta que las lagunas de nuestra información son muy grandes. En efecto, nada sabemos sobre los pasajeros que fueron -o pudieron ir-en las naos San Jorge (maestre: Alonso Sarmiento), San Juan (maestre: Pedro Vallés), San Nicolás (maestre: Fernando de Morales), Santa Cruz (maestre: Alonso Cansino) o Santa María del Espinar (maestre: Juan Vinagre), por poner algún ejemplo. Las naves, por otra parte, solían hacer dos viajes al año a la Española, uno en primavera y otro en invierno. Tal parece haber sido el caso de la nao Santa María de la Luz, que tuvo a dos maestres distintos en cada travesía (Fernando de Bonilla y Juan de Medina); en cambio, la documentación apunta a que hubo dos naos que llevaron el mismo nombre (San Juan Bautista), la de Luis Fernández de Alfaro y la de Sancho de Salazar. En cualquier caso, la gente debió de ir hacinada en la primera travesía de la nao de Francisco López. ¿Fallaron algunas personas de aquel verdadero tropel de 36 hombres y mujeres en el último momento? ¿Se suplieron con nuevos pasajes las bajas que pudieron causar el miedo al mar o una posible enfermedad, o bien esos puestos vacantes quedaron sin cubrir? Es arriesgado hacer cábalas. Pero hay que tener en cuenta que los emigrantes habían pagado el pasaje o parte del mismo por adelantado, y que nadie está dispuesto a perder dinero, de suerte que quien no se embarcaba, es de supo-Alfonso Fernández. Bartolomé ner que reclamase sus cuartos. Así ocurrió al menos una vez, según consta documentalmente. Pedro López y Pedro de León, vecinos de Solano, habían dado ya cuatro ducados a Pedro de Llano, el escribano del San Juan, por su pasaje y mantenimiento, cuando una enfermedad vino a aguarles sus sueños transocéanicos. Pues bien, los pobrecitos dolientes dieron poder a Juan Ortiz, vecino de Almendralejo, para reclamar el dinero entregado, que Llano devolvió religiosamente 16. En otra ocasión, en el contrato de Ruy González y Diego Pérez con Luis Fernández de Alfaro, se señala que la escritura "no pasó", es decir, que no llegó a ratificarse. Los documentos no indican el lugar que le fue asignado en la nave a cada pasajero. Cabe pensar que se habilitara un camarote para Leonor de Porras y su séquito y que los más pobres se acomodaran como buenamente pudiesen, pero nada consta. Sólo en escrituras más recientes se proporcionan más detalles, no sin motivo: el galeón tenía más cabida que la nao 17. Resulta muy ilustrativo comparar la vaguedad de los contratos firmados en 1506 con la precisión de tres de los pasajes que dio en 1538 Miguel Ruiz de Ullán, maestre del galeón Santa María la Antigua, cargado en Sanlúcar de Barrameda con destino a San Juan de Ulúa. Así, el 4 de marzo el licenciado Lorenzo de Tejada, oidor de la Nueva España, se igualó con el maestre en 15.000 mrs. por una cámara "hecha en la chimenea a la vanda de a babor", así como en otros 24.000 mrs. por el flete de las doce personas que llevaba consigo, chicos o grandes, a razón de 2.000 mrs. cada uno 18. A su vez, el 11 de marzo Alonso de la Serna, vecino "de la çibdad de México de la Nueva España de las Yndias del Mar Oçéano", se comprometió a pagarle 99 ducados en total: 30 por el flete de una "cámara que en la dicha nao vos me dais a la vanda del castillete, cabe el cabestrante, a la vanda d'estibor [sic], e quarenta e ocho ducados por el pasaje de otras çinco presonas que comigo e de llevar, a razón de ocho ducados por persona, e los veinte e çinco restantes por el pasaje de tres esclavos negros que comigo e de llevar, e porque nos llevéis en ella fasta el puerto de San Juan de Lúa de la Nueva España e porque nos deis lugar en el dicho galeón en que lleve el matalotaje para mí e para las dichas presonas y esclavos" 19. Por último, Diego de Zúñiga pagó el 11 de marzo 32 ducados por una "cámara debaxo de la puente" y otros 32 más por el pasaje de otras tres personas y lugar para el matalotaje 20. De 1506 a 1538 la situación, más que cambiar, subió de nivel, como lo prueba el hecho de que aumentara el número de acompañantes y criados y que entre ellos figurasen algunos esclavos negros, probablemente llevados para su venta en el lugar de destino, no en balde habían transcurrido tres decenios entre las dos fechas. Un enigma curioso plantea el paso de Hernán Cortés. Todas sus biografías antiguas coinciden en fechar su primer viaje a las Indias en 1504. Sin embargo, los protocolos hispalenses, como ya señaló Hugh Thomas 21, atestiguan que el caudillo extremeño partió para el Nuevo Mundo en 1506. El error, si existe, pudo provenir de un fácil baile de letras (jU djv por jU dvj). Más difícil de explicar es la grosera equivocación en la que habrían vuelto a incurrir los panegiristas cortesianos al dar el nombre del maestre de la carabela en la que se embarcó. Tanto la relación latina, debida muy probablemente a la pluma de Francisco López de Gómara22, como la Historia general de las Indias del mismo cronista23 indican que el maestre de la misma fue Alfonso Quintero y su piloto Francisco Niño, ambos vecinos de Palos. Ahora bien, en 1506 Francisco Niño fue el maestre de la nao Santa Clara, mientras que Alonso Quintero lo fue de La Trinidad; mas Cortés no hizo su contrato de embarque ni con uno ni con otro, sino con el maestre del San Juan Bautista, Luis Fernández de Alfaro, quien habría de ser uno de sus socios capitalistas en 1519 24. Son quizá demasiados errores para que los cometiera un cronista serio y allegado al conquistador de México. La única manera posible de salvar la tradición historiográfica y el crédito de la biografía latina y la Historia castellana, que ofrece detalles del viaje que no parecen inventados, es que éste de 1506 fuera el segundo viaje de Cortés a la Española; efectivamente, Alonso Quintero zarpó a Indias en 1504 como maestre de La Trinidad, y bien pudo haber sido entonces su piloto Francisco Niño: el viaje historiado por las dos obras de Gómara. En 1506 hubo menos compañías de las que se hubieran esperado en proporción a la afluencia de emigrantes. Gonzalo Díaz, un mercader de Lopera (Calatrava), se concertó con el sevillano Juan de Baena en los términos entonces usuales: Díaz había de pasar a Indias a vender las mercancías que le enviase Baena; iban a medias en la tercera parte de las ganancias, mientras que las dos terceras partes habrían de corresponder al mercader propietario de la mercancía, salvo que la misma perteneciese a Juan de Baena, a quien Díaz se comprometía a mandar diez pesos de oro todos los años 25. Más nuevo y curioso es otro tipo de negocio. Dado que la Española carecía de medicinas europeas, que era preciso suministrar desde Sevilla, el boticario sevillano Juan Bernal llegó a una serie de conciertos con dos colegas y paisanos a quienes sedujo la idea de tentar fortuna en Ultramar. Al primero, Gonzalo Fernández, le dio Bernal 20.000 mrs. en medicinas, drogas, aguas, confites y otras mercaderías 26; al segundo, Juan de Jerez, 1.000 reales en medicinas, conservas y mercancías varias, que se cargaron en la nao Santa Catalina, de la que era maestre Alonso Cota 27. Tanto Fernández como Jerez se comprometieron a abrir tienda en Indias, entregando la parte alícuota de las ganancias a Luis de Córdoba, estante en la Española, que era el representante de Bernal. En el primer caso, los socios iban a medias durante los dos años que habría de durar la compañía; en el segundo, las dos terceras partes de las ganancias correspondían a Bernal, que ponía también de su parte un mozo, quedando la tercera parte restante para Jerez. Pero resulta que este Jerez había residido ya en la Española, ya que en marzo de 1506, estando en Sevilla, fue preso en la cárcel del concejo por motivos que desconocemos. Alarmados por esta causa, los boticarios genoveses Jerónimo Barón y Antonio Castello encargaron al maestre Juan Rodríguez Chocero que reclamara un dinero que Jerez les debía en las Indias, "así el puerto de Santo Domingo como en otras partes" 28, deuda contraída sin duda en una estancia anterior del moroso en la Española. Un boticario sevillano más pasó a Santo Domingo en 1506: Francisco de Zamora, a quien los mismos genoveses encomendaron el cobro de las deu- das tanto del citado Juan de Jerez como de un Fulano de Medina, vecino de Sevilla pero residente en la Española 29. Y aún otro boticario, Francisco Sánchez, vivía al menos desde 1506 en La Vega; también tenían correspondencia con él los citados Barón y Castello, que le enviaban sus productos a Puerto de Plata 30. En la Española tampoco faltaban médicos, los llamados entonces "físicos", allí residía por aquellos años un galeno que se decía "maestre" Pedro de Oñate, "vezino de la villa de Santo Domingo" 31. La muchedumbre que pasó con Ovando en 1502 planteó al gobernador acuciantes problemas tanto de manutención como de alojamiento, por lo que el comendador solicitó de inmediato a los reyes que, mientras no hubiera mantenimientos, prohibieran la emigración a las Indias, petición que le fue concedida el 20 de marzo de 1503: En lo que dezís que no vaya más gente de la que allá está por agora, porque no ay labranças para más, fasta que las aya, se hará como dezís 32. El gran número de personas llegadas en 1506 redobló los miedos de Ovando ante las posibles y nefastas consecuencias de tamaño aluvión demográfico. De ahí que el gobernador pidiera de nuevo que se frenara el aflujo de emigrantes, petición que sorprendió esta vez al rey. La contestación del monarca, que lleva fecha del 27 de octubre de 1507, fue un tanto sibilina, pues no dio ni quitó la razón a su gobernador, pero se reservó en cualquier caso la decisión final: Lo que dezís que no se dexe ir de aquí 33 allá más gente, aunque sea de trabajo, fasta que la pidáis, bien quisiera yo saber por qué cabsa dezís que no vaya gente de trabajo, porque acá creído tienen que, quantos más trabajasen, mayor sería el 34 provecho; pero, en fin, proveerse ha tanbién en esto como viéremos que más cunpla 35. La honda transformación que, durante el gobierno de Ovando, había experimentado la Española para bien de los colonos se manifiesta sobre todo en el notable número de mujeres -más de veinte, la mayoría sevillanas-que acudieron a embarcarse al puerto de las Muelas; las más pudientes, protegidas por un séquito de criados, las más pobres, acompañadas de un pariente o de un amigo de la familia. Como la isla, al parecer, había dejado de ser el lejano y bronco Oeste de los primeros tiempos colombinos, no pocos maridos mandaron llamar a sus mujeres, así lo hicieron el carpintero Martín Los oficios de los hombres que fueron a la Española son, por lo general, los de siempre: los obreros manuales, entre los que predominan el simple "trabajador", el "albañil" y el "labrador". No faltan tampoco oficios EMIGRANTES A LA ISLA ESPAÑOLA EN 1506 más especializados y raros, como un marinero que sabe manejar el bote pequeño llamado por su forma chinchorro 36 y un número inusitado de tejedores de todos tipos. Pero el cambio experimentado por la colonia empezó ya a exigir un nivel de educación más alto a los futuros pobladores, de este modo entre los pasajeros de 1506 figuran un portero de vara (sin duda, para guardia y ornato del cabildo), un mayordomo (es decir, un hombre experto en cuentas), un sacerdote, un bachiller y hasta tres boticarios. He aquí la lista completa (excluyo el "herrero" del n.o 73 y el "pescador" de n.o 200, que interpreto como apellidos): Poco o nada sé de la extracción social de estos hombres. Algunos tenían ya a sus espaldas una larga experiencia en tierra de las Indias, como Pedro de Uclés o Martín de Gamboa, a quien, por sus servicios, los albañiles (11) 36 En un principio Ovando no dejó pescar a los vecinos de la Española, sin duda para controlar el mercado de abastos. Sin embargo, ante las quejas de los vecinos, desprovistos de mantenimientos, los reyes despacharon al gobernador el 20 de marzo de 1503 una orden taxativa: "que dexéis fazer a los vezinos de las dichas islas los varcos que quisieren para pescar en que pesquen con ellos libremente" (Indiferente general, 418, I, 101v [CDIU V, pág. 49]). A la pesca sin duda se iba a dedicar nuestro chinchorrero. Reyes Católicos habían nombrado contino; otros, chapetones, alcanzarán nombre y celebridad más tarde, como Fernando Cortés, el conquistador por antonomasia. La mayoría, sin embargo, no dejó huella hoy reconocible. Lo que sí es llamativo son las ínfulas de grandeza que se apoderaron de la gente, incluso muy humilde, cuando se decidió a cambiar de aires emprendiendo el viaje; así, Martín de Cáceres, un tejedor, oficio que desde los griegos era considerado despectivamente "mecánico", se convirtió de la noche a la mañana en un escudero. Llegados al Nuevo Mundo, no pocos hombres se pondrán nombres y apellidos vascos para presumir de nobleza antiquísima. Es evidente que en esta turbamulta de pasajeros se colaron algunos conversos. Así, sospecho que el sevillano Lorenzo de Ahumada fuese un tío abuelo de Santa Teresa: recuérdese que con el correr de los años había de pasar a Indias un hermano de la santa, llamado también Lorenzo de Ahumada, y que otro tío abuelo, canónigo, el doctor Nuño Álvarez de Cepeda 37, salió escapado de Sevilla para Roma nada más establecerse en esa ciudad la Inquisición. Marina Bernal nos trae a la mente el triste sino de otra Marina Bernal, reconciliada en Sanlúcar de Barrameda en 1514 38. Sería también tentador relacionar al sevillano Tomás del Río con la familia del obispo de Scala, tan duramente castigada por el Santo Oficio; y a judío suena también el apellido Boadira que llevaba el compañero de Tomás, Gonzalo Boadira. Podrían tener asimismo ascendencia conversa Alfonso de Sevilla, Diego López, Diego Ruiz, Francisco Jiménez, Gonzalo Fernández, Juan de Jerez y Pedro de Valera; mas como no hay de ello pruebas contundentes, más vale prescindir de falsas conjeturas. Era natural que así sucediese, incluso sin contar con el no pequeño aliciente que ofrecían las Indias como asilo del control inquisitorial. El comercio indiano, en efecto, atrajo muy pronto el interés de los grandes mercaderes conversos, que tuvieron que desplazarse por fuerza al Nuevo Mundo para vigilar la marcha de sus negocios. A los ejemplos que he estudiado en otra parte 39 puedo añadir un caso más y precisamente de 1506, el del sevillano Fernando de Ávila, hijo del contador de doña Catalina de Ribera Diego de Ávila, quien en su testamento, recordando deudas, trajo a 37 Véase Gil, J.: Conv. El padre Javierre me llamó muy oportunamente la atención sobre el parentesco de la santa con este Cepeda, parentesco que me había pasado inadvertido. 38 colación las sumas millonarias que le debía otro converso importante, Juan Sánchez (llamado de la Tesorería por su tío el tesorero aragonés), por su aportación de mercancías al comercio indiano: Déveme el dicho Juan Sánchez de la Thesorería quatroçientas mill mrs. por un conosçimiento firmado de su nonbre, que son de las mercaderías e cosas que yo le vendí que tenía adereçadas para llevar a la isla Española... Declaro e digo que yo resçibí para llevar a la dicha isla Española de Miguel de Soria, vezino de la çibdad de Granada, çiertas cosas de mercaderías en un arca, que montaron sesenta mill e quatroçientos mrs., las quales cosas y la dicha arca yo le entregué al dicho Juan Sánchez entre las otras cosas que le vendí; e por razón del trabajo e industria que yo puse avía de aver çierta parte; y porqu'el dicho Juan Sánchez me dio de provecho en el presçio que con él hize a razón de treze por çiento, y quedando en mí la parte que del dicho provecho ove de aver, quedaron por del dicho Miguel de Soria sesenta e tres mill e quatroçientos e onze mrs., los quales dichos sesenta e tres mill e quatroçientos e onze mrs. mando que le sean pagados al dicho Miguel de Soria de los mrs. que se cobraren del dicho Juan Sánchez 40. A favorecer esa afluencia tan constante como solapada de los conversos hacia el Nuevo Mundo se unió otro factor más, el matrimonio de los emigrantes (de cristiandad nueva o rancia) con sevillanas de linaje poco limpio. Bastará dar un ejemplo: el notario apostólico Alonso de Jerez, marido de Francisca Ruiz, casó a sus dos hijas con dos indianos ilustres de los primeros tiempos, a Juana de Astorga con Pedro de Arbolancha y a Catalina Ruiz con Martín de Gamboa, encandilando a este último con una dote de 100.000 mrs. que no llegó a ser pagada nunca en su totalidad, quizá a causa de un revés económico causado por un malhadado encuentro con el Santo Oficio 41. Converso es también el entorno de los Briones 42. El paso de conversos a Ultramar trajo consigo, fatalmente, una secuela indeseada: el estiramiento del largo brazo de la Inquisición. Por un azar -la ida de Leonor de Porras-nos es conocida la estancia de Juan de Mata en la Española, alguacil del arzobispo de Sevilla. Sobre la familia véase Gil, J.: Conv. 41 Como confesó la madre en su testamento, "yo le he pagado veinte e seis o veinte e siete mill, y demás d'estos creo que mi primo Johán Ximénez de Gatica, difunto, que Dios aya, le dio otros quatro o çinco mill" (5.1506, 395v: 21 de octubre). Una breve e incompleta noticia sobre la familia en Gil, J.: Conv. JUAN GIL alguacil de la Inquisición hispalense, casado en segundas nupcias con otra Porras, Ana de Porras 43, muy probablemente se trate de un matrimonio de dos hermanos con dos hermanas. La presencia de Juan de Mata en Santo Domingo plantea un inquietante problema, pues no parece que lo hubiesen llevado a las Indias asuntos particulares, antes bien, da la impresión de que se encontraba allá por exigencias de su cargo -y el arzobispo de Sevilla era entonces Diego de Deza, el Inquisidor general-y de que su cometido se pensaba que habría de durar largo tiempo, tanto, que hizo necesario el traslado de toda la familia. Tal vez a causa de su diligencia cayó en manos del Santo Oficio Diego de Cea (para sus negocios en Indias véase más abajo s.v Francisco de Villalón), a quien le fueron confiscados los bienes antes de 1510 44. La procedencia geográfica de los pasajeros muestra que la emigración, como queda dicho, partió por lo general de Andalucía (y sobre todo de Sevilla y su tierra, a la que pertenecía entonces Encinasola) y de Extremadura (especialmente de la Baja Extremadura):
La Escuela de Estudios Hispano-Americanos (EEHA) de Sevilla, a lo largo de sus más de cincuenta años de dedicación a los estudios americanistas, ha venido apoyando la labor científica de todos aquellos profesores e investigadores que, para desarrollar su actividad, han debido permanecer en la ciudad hispalense. En este sentido, también la Residencia de la EEHA viene siendo desde hace tiempo un lugar de encuentro de muchos americanistas que acuden a su Biblioteca para consultar sus ricos fondos y los del Archivo General de Indias. Siendo un objetivo de la Escuela el decidido apoyo a la investigación de calidad que se realiza en los países americanos y europeos, tanto por jóvenes post-graduados como por parte de renombrados investigadores, se acuerda convocar dos becas de estancia en su Residencia por un tiempo de seis meses de duración y otras dos por tres meses. Las becas incluyen el alojamiento, corriendo por cuenta del becario los gastos del viaje a España y su manutención. Requisitos y condiciones generales Los candidatos deberán ser extranjeros no residentes en España, quienes para optar a la beca deberán presentar la siguiente documentación: a) Solicitud para participar en esta convocatoria, dirigida a la Sra. Directora de la EEHA, especificando el período de tiempo que solicita, considerándose también la posibilidad de conceder becas por períodos inferiores a los seis y tres meses antes mencionados. b) Currículum vitae, con mención expresa de dirección postal de contacto, teléfono, fax y correo electrónico. c) Carta de presentación, en su caso, del director de la tesis doctoral, del director del proyecto de investigación a desarrollar en Sevilla o de un investigador reconocido que avale la solicitud. d) Proyecto detallado (máximo de tres páginas) del trabajo de investigación sobre Iberoamérica o Filipinas a realizar en Sevilla, ya sea en materia de ciencias humanas o sociales. En el caso de investigadores de acreditada valía se considerará con preferencia a los candidatos que vayan a impartir en la Escuela, paralelamente a su labor investigadora, algún seminario o taller monográfico dirigido a jóvenes licenciados, en cuyo caso deberán presentar un programa del mismo. e) Los candidatos de países no hispanos deberán acreditar un buen conocimiento del idioma español. Se considerarán con preferencia las solicitudes de aquellos países en los que sus investigadores tengan especiales dificultades económicas para afrontar una estancia prolongada en Sevilla. El período de disfrute de las becas semestrales será de mediados de enero a mediados de julio, y el de las trimestrales de mediados de septiembre a mediados de diciembre. En el caso de becas por períodos inferiores de tiempo, su disfrute siempre será dentro de las fechas anteriormente mencionadas. La resolución de la presente convocatoria se hará pública antes del 15 de noviembre de 2000 para las becas del primer semestre de 2001 y antes del 15 de mayo de 2001 para las becas del último trimestre del año. Podrá declararse desierta alguna o la totalidad de las becas si los candidatos no acreditasen, a juicio del jurado, méritos suficientes. Premio Casa de América La Casa de América es un foro abierto para el debate político, institucional y académico sobre las relaciones entre los países que integran la Comunidad Iberoamericana de Naciones. Ésta, definida en la I Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno celebrada en Guadalajara como "un conjunto de afinidades históricas y culturales" que nos enlazan "en un instrumento de unidad, basado en el diálogo, la cooperación y la solidaridad" reclama ser objeto destacado de análisis. Con el Premio Casa de América se pretende estimular la reflexión y el estudio de los principales aspectos que caracterizan lo iberoamericano: la Anuario de Estudios Americanos investigación sobre hombres, ideas e instituciones; movimientos y fuerzas políticas, sociales y culturales más representativas de Iberoamérica y su proyección de futuro; las declaraciones institucionales y las formulaciones programáticas que se produzcan como consecuencia del proceso de cooperación y colaboración en el ámbito de las Conferencias Iberoamericanas y, en general, todo aquello que pueda contribuir en alguna forma al mejor conocimiento del concepto e idea de Iberoamérica. Con estos fines y objetivos, se convoca el Premio Casa de América de acuerdo con las siguientes bases: Se otorgará a la persona, grupo de personas o institución social o académica que, a juicio del Jurado, presente el mejor trabajo de investigación, original e inédito, sobre cualquier aspecto relacionado con las relaciones iberoamericanas. Se tendrá en cuenta el interés cultural, socioeconómico y político, la actualidad informativa, el rigor científico y el manejo de fuentes, documentación y bibliografía más congruentes con el tema, así como también las referencias a los planteamientos y definiciones vinculados con la Comunidad Iberoamericana de Naciones y las Conferencias Iberoamericanas de Jefes de Estado y de Gobierno 2. La extensión del trabajo será libre, con un mínimo de ochenta folios, escritos a máquina y a doble espacio, incluyendo en ellos bibliografía y/o fuentes documentales, en español o portugués. El autor o autores, en caso de ser una investigación de carácter colectivo o de institución académica, tendrá que adjuntar un resumen del curriculum vitae, con sus actividades, investigaciones y publicaciones. El trabajo original y la documentación adjunta deberán encontrarse en Madrid, en las oficinas de la Casa de América, a más tardar el día 30 de octubre de 2000. El Jurado que otorgará el Premio estará compuesto de personalidades iberoamericanas, seleccionadas para este fin por la Casa de América. El resultado de las deliberaciones del Jurado se anunciará a través de los medios de comunicación. El Premio de Investigación Casa de América estará dotado con un millón de pesetas. El envío de los originales de las obras deberá hacerse por duplicado y especificando "Aula Bolívar" a: Casa de América, Paseo de Recoletos n.o 2 -28001 Madrid. No se devolverán los documentos presentados. Grupo interdisciplinario de investigación sobre las Américas (GIRA). El continente americano, ¿es acaso un espacio de identificación cultural y simbólica? ¿En qué medida América constituye un elemento determinante en la formación de la identidad de los individuos que la habitan? El tratado de libre comercio (ALENA), unido al fenómeno de la globalización, han provocado un reencuentro inevitable de alternancias que sobrepasan las fronteras nacionales. Si bien es cierto que ésto ha significado una cierta apertura, al mismo tiempo ha provocado todo un cuestionamiento acerca del significado del verdadero concepto de identidad. Más allá del simple hecho de compartir un espacio geopolítico común, podemos constatar la existencia de un intercambio de culturas, un fenómeno de transculturalismo, que se refleja en una identidad doble y múltiple. Lejos de entrar en contradicción con el deseo de preservar una identidad local, regional o nacional, este proceso tiende más bien a traducirse en una original síntesis que integra múltiples pertenencias. A nuestro modo de ver, es en el seno de esta dinámica de identidad donde ha surgido una idea de americanismo que podría ser definida, de manera general, como el sentimiento de pertenencia continental y la conciencia de una característica especificamente americana, expresada a través de valores y comportamientos. Este americanismo se traduce claramente en la tendencia de naciones o sociedades, más allá de la sociedad estadounidense, de recuperar el concepto de "ser americano" como un calificativo aplicable a cada uno de los integrantes de sociedades o naciones del continente. Esta tendencia parece desarrollarse en oposición al movimiento de "americanización" implantado por los Estados Unidos de Norteamérica, fundado en una relación de dominio cultural ejercido por los Estados Unidos en todo el continente americano. ¿Cuáles son los cambios que esta situación provoca en la definición de relaciones a nivel económico, político, cultural y social? ¿De qué manera este hecho afecta al concepto de "hegemonía" de la sociedad estadounidense, la diferencia entre Norte/Sur propia del continente americano o la representación de América como espacio simbólico? Estas son algunas de las constataciones y preguntas que fundamentan los estudios realizados por GIRA (Grupo interdisciplinario de investigación sobre las Américas). En el marco de sus investigaciones, GIRA aborda el problema de la identidad continental americana y del americanismo, volcándose principal- Anuario de Estudios Americanos mente en la situación observada en ciudades-metrópolis o regiones metropolitanas, consideradas como lugares clave de la organización económica de las sociedades y centros importantes de confluencia y de transición, cuya dinámica de identidad se ve ampliamente sometida al fenómeno de la llamada "transculturalidad". De manera más precisa, los estudios se realizan a partir de la situación quebequense, orientada en una dimensión comparativa. Con este propósito, los lugares privilegiados por GIRA son, además de Quebec como punto de base, el ROC (resto de Canadá), la Costa Oeste americana, México y Argentina. Por último, y considerando esta problemática como un asunto de actualidad, el enfoque de GIRA intenta ser interdisciplinario. Es así como integramos a la vez el campo de las ciencias sociales (antropología, sociología, ciencias políticas, geografía) y de la historia, así como el estudio de expresiones literarias y culturales. A través de esta breve presentación, GIRA desea establecer una red de contactos y de intercambio de información con personas, grupos de investigación o instituciones cuyas actividades puedan encontrar, de una forma o de otra, puntos en común con las nuestras. Si usted está interesado en saber más acerca del GIRA y sus actividades, o simplemente desea enviarnos sus referencias, artículos, nombres de personas, recursos, etc., puede entrar en contacto con nosotros mediante alguna de estas direcciones: [EMAIL] GIRA. Centro de Estudios "La Mujer en la Historia de América Latina", CEMHAL En esa perspectiva, el Centro de Estudios "La Mujer en la Historia de America Latina", CEMHAL, se ha propuesto como objetivo promover el estudio de la presencia de la mujer en la historia a través de investigaciones específicas; así como fortalecer y coordinar el intercambio entre los estudiosos del tema de diferentes países. En el mes de diciembre la sección Artículos del website de CEMHAL, http://www. Mayor información en: Sara Beatriz Guardia. Centro de Estudios La Mujer en la Historia de America Latina, CEMHAL. sarabe@ amauta.rcp.net.pe. Análisis e Historia de las Migraciones (AHM) La lista Análisis e Historia de las Migraciones (AHM) nace desde las Universidades de Santiago de Compostela y Vigo (España) con la intención de intercambiar todo tipo de noticias y referencias sobre la movilidad de la población, con especial interés por las migraciones. A pesar de que esta lista es la materialización de una idea originada en Galicia, que cuenta con una acendrada tradición migratoria, la intención de los dos moderadores es apostar por una dimensión internacional y por un tratamiento de los temas tanto en su vertiente histórica como de la más inmediata actualidad. AHM, en suma, va a ser aquello que queramos entre todos. Esta iniciativa forma parte de un proyecto mucho más ambicioso del que se espera poder adelantar sus líneas maestras en la próxima primavera. Se trata de colaborar en la ruptura del tradicional aislamiento que en ocasiones sufren los que se dedican a este ámbito académico. Se pretenden dos cosas: en primer lugar, que la lista tenga un alto nivel científico, y en segundo, que sea útil a cualquiera con independencia de su más o menos larga trayectoria profesional. Se busca un fluido y enriquecedor intercambio de ideas en el que desde este momento te invitamos a participar enviando un correo a: [EMAIL] dejando en blanco el "Asunto" y escribiendo en el cuerpo del mensaje subscribe ahm y a continuación el nombre del interesado. María Xosé Rodríguez Galdo. Catedrática de Historia e Instituciones Económicas. Universidad de Santiago de Compostela. Profesor titular de Historia e Instituciones Económicas. Información sobre la lista electrónica REDER REDER nace de la iniciativa de un grupo interdisciplinar de 80 investigadores y profesores de 10 países de Europa y América cuyo propósito es el de difundir y estudiar el exilio republicano de 1939. Pretende convertirse en un espacio de intercambio de información y un instrumento de colaboración plural y participativo, donde todos los interesados en el tema (sean o no especialistas) encuentren un foro que responda a sus intereses, siempre sustentado en los criterios de calidad científica, respeto y colaboración hacia los demás integrantes de la lista. Sus objetivos principales son: Seleccionar, dar a conocer y reseñar todo tipo de nuevos recursos bibliográficos, hemerográficos, multimedia, páginas web, etc. 2. Propiciar el diálogo y la discusión sobre temas de interés relacionados con el exilio de 1939 y su memoria en nuestro presente. Intercambiar todo tipo de información de tipo práctico (convocatorias de ayudas, becas, subvenciones, cursos, congresos, etc.), valorando la de mayor utilidad para los integrantes de la lista. Facilitar el intercambio entre investigadores, profesionales (especialmente de la docencia) y público interesado en el tema, propiciando la creación de grupos de trabajo afines. HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS Difundir la labor de investigación de cada uno de sus integrantes. Utilizar las nuevas tecnologías y proponer nuevas formas de investigación y difusión del exilio republicano adecuadas al nuevo entorno de la sociedad de la información y la comunicación. REDER está administrada por, y abierta a todas las personas que quieran difundir o solicitar todo tipo de información y recursos, iniciar un debate, publicar una reseña, nota de lectura y/o un artículo. REDER además servirá para dar a conocer las investigaciones de cada integrante de la lista y poner en contacto a quienes estén trabajando temas afines. La lista está vinculada con la red temática homónima: Red de Estudios y Difusión del Exilio Republicano (REDER), creada en 1999. Para cualquier información sobre ella, puede enviarse un correo a la administradora de la lista. Para suscribirse en REDER envíe un mensaje a listserv. rediris.es dejando el asunto en blanco y escribiendo en el cuerpo del mensaje "suscribe REDER" y a continuación el nombre del interesado. Nueva "página" www de h-mexico Los moderadores tenemos el placer de anunciar la nueva "página" WWW de h-mexico, ubicada en http://www.h-mexico.unam.mx. En ella podrán ver la compilación de los avisos sobre reseñas publicadas, becas y apoyos a la investigación, convocatorias a presentar trabajos en congresos, libros y revistas, anuncios de futuros congresos, novedades editoriales (revistas y libros), presentaciones de libros, recursos de interés en Internet y directorio de investigadores. Existen sistemas de búsqueda que harán más fácil la ubicación de la información deseada. Asimismo, aquí estarán los "foros" de h-mexico, esto es, los grupos dirigidos a un corto número de especialistas, coordinados por diferentes miembros de h-mexico; a diferencia de otras secciones, el acceso a los foros (y a los mensajes y documentos de sus participantes) estará restringido por una contraseña ("password"). Si les interesa explorar la posibilidad de establecer uno de estos foros, les rogamos comunicarse con nosotros. Esta página tiene la peculiaridad de ser interactiva: cualquiera de los usuarios de h-mexico podrán incorporar informaciones, sin necesidad de recurrir a los moderadores. Como podría ser inconveniente que cualquier Anuario de Estudios Americanos persona tuviera este derecho, para registrar nueva información será necesario contar con un password. Para obtenerlo, es preciso que registren sus datos aun cuando sean actualmente miembros de la lista de correo. Desde luego, esto no es indispensable si solamente desean consultar los avisos generales de la página. Sin embargo, les recomendamos que se tomen un minuto para cumplir con esta labor, que además les permitirá aparecer (si así lo deciden) en el directorio. Los moderadores queremos expresar nuestro agradecimiento a las personas que hicieron posible la realización de este largamente acariciado proyecto: el Dr. Alejandro Pisanty, director general de Servicios de Cómputo Académico, UNAM; el Dr. Juan Voutssas Márquez, director de Cómputo para la Administración Académica; la Lic. Marcela Peñaloza Baez, subdirectora de Sistemas, DGSCA; el Ing. Alexei Dozetti, Jefe del Depto. de Estructuración de Sistemas, DGSCA, y su equipo de trabajo, que laboraron durante meses para comprender las peculiares necesidades y los curiosos usos y costumbres de los historiadores. Esperamos contar con sus obervaciones, críticas y sugerencias. El Archivo Histórico Municipal de Guanajuato presenta el Catálogo Protocolo de Cabildo 1603-1896 El Archivo fue dado en custodia en 1947 por el Ayuntamiento de la ciudad a la Universidad de Guanajuato, en 1977 se integró a la Escuela de Filosofía y Letras, y a partir de 1999 forma parte de la Dirección de Archivos y Fondos Históricos de la misma institución. Los objetivos planteados desde sus inicios han sido los de preservar, organizar y difundir el patrimonio histórico documental que custodia, por ello sus tareas principales han sido la ordenación y descripción del acervo, el cual cubre una cronología que va de 1557 a 1940. Ha sido organizado en 32 grupos documentales entre los que se encuentran: - La mayoría de los fondos cuenta con algún instrumento de consulta como inventario, índice, fichero o catálogo. El Protocolo de Cabildo es una colección de libros notariales que cubre una extensa cronología, de 1603 a 1896, y contiene casi 40.000 referencias documentales. La información es tan variada como diversa es la tipología documental de los libros notariales, se pueden localizar compraventas de casas, terrenos, minas, arrendamientos de haciendas de beneficio de metales o de labor, manumisiones de esclavos, cartas de dote, fundación de capellanías, hipotecas, testamentos. Para mayores informes favor de comunicarse con: Alma Linda Reza. Archivo Histórico Municipal de Guanajuato. Red Internacional de Estudios sobre la Imagen Los participantes del Primer Congreso Internacional de Estudios sobre la Imagen, que tuvo lugar en Cuernavaca entre los días 6 y 10 de marzo de 2000, estuvieron de acuerdo en la necesidad de crear una red que, a través de internet, permitiese crear un foro permanente de información y discusión entre todos aquellos investigadores que, aunque proviniendo de campos diferentes (antropólogos, historiadores, semiólogos, sociólogos, Anuario de Estudios Americanos comunicólogos, etc.), coinciden en la utilización de las imágenes como objeto de estudio. La Facultad de Artes de la Universidad de Cuernavaca aceptó encargarse de la elaboración de un borrador en el que, después de recoger las propuestas enviadas por los demás participantes, se hiciese una propuesta de la organización y funcionamiento de dicha red. Elaborada ya dicha propuesta, a continuación se exponen las directrices básicas: La red será organizada y mantenida, en el aspecto técnico, por la Facultad de Artes de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, quien nombrará un coordinador encargado de asegurar su funcionamiento. Habrá un correo electrónico para ponerse en contacto con él. Por lo que se refiere a sus contenidos será la que los propios miembros hagan circular a través de ella. Los miembros de la red podrán darse de alta y de baja de forma automática mediante el envío de un mensaje por correo electrónico. Se intentará que sea lo más sencillo posible, por ejemplo sólo con el envío de su correo electrónico a una determinada dirección. En todos los mensajes se incluirá información sobre como darse de alta. Se recibirá confirmación automática de altas y bajas. Cualquiera de los miembros podrá distribuir por la red la información que desee: presentación de su línea de investigación, información sobre eventos, reseñas bibliográficas, búsqueda de investigadores que estén trabajando sobre un determinado tema, etc. Esta información llegará automáticamente a todos los miembros de la red. Sería aconsejable que en el momento de darse de alta el nuevo miembro de la red hiciese una breve presentación de su línea de investigación (opcional). El sistema sólo aceptará mensajes de las personas que estén dadas de alta en la red. Se establece el compromiso de hacer circular por la red sólo aquella información que se considere relevante y tenga que ver con el objeto de estudio de la red. Los mensajes que circulen por la red serán automáticamente pasados por un antivirus. En cada país participante habrá un moderador encargado de dinamizar y distribuir la red (se aceptan voluntarios). Se estimulará la creación de grupos de discusión específicos dentro de la red. Los mensajes distribuidos a través de la red estarán sujetos a copyright y su contenido pertenece única y exclusivamente al autor o autores de los mensajes, excepto en los casos en los que se hace referencia directa a material previamente protegido por el mismo derecho de autor. Queda prohibida la reproducción total o parcial de cualquier mensaje electrónico difundido en la red sin el consentimiento expreso del autor del mensaje, siendo el autor del mensaje -y no la redel único responsable del derecho de copia. Ni la red ni sus administradores son responsables de la veracidad o el contenido de los mensajes distribuidos en ella. Se aceptan propuestas para un nombre corto para la Red. La nuestra es R-Imagen. Al margen de la red sería aconsejable la creación de una Asociación, que podría funcionar de manera más o menos informal, por ejemplo con un representante en cada país y un coordinador general que se encargase de recibir las diferentes propuestas para la organización de futuros congresos. Dirección postal: Rua Flor do Bosque, n.° 3. VIII Congreso Latinoamericano sobre Religión y Etnicidad Padova (Italia), 5-10 julio de 2000 Dentro de este Congreso tendrá lugar el simposio: «Tradición, Transformación y Sincretismo Religioso en el Discurso Literario Hispanoamericano», coordinado por Marie Sautron y Marie-Christine Seguin. Nuestro propósito consiste en poner de realce la(s) evolucion(es) de las representaciones religiosas tradicionales (modelos de las antiguas culturas, sea del Nuevo Continente, sea del Occidente), en el discurso literario contemporáneo, en la prosa, poesía o drama... Radica también en efectuar un balance de esta producción literaria de la cual transparenta una fusión de dos o varios sistemas religiosos, que va plasmándose en una identidad religiosa determinada. Estará considerada y analizada la problemática siguiente: ¿Cómo se expresan el mestizaje de dichos sistemas religiosos y la nueva identidad religiosa? Estarán considerados y analizados los conceptos siguientes: -Alteraciones (añadidura, supresión, sustitución, desviación, etc.) que permiten el paso de la estructura primera de un sistema religioso a otra. -Aculturación que permite estimar y equiparar, en términos de importancia y de supervivencia, los distintos sistemas religiosos. Los enfoques analíticos pueden ser distintos: Historia de la Religión, Antropología, Sociología, Etnología, Historia y otros ligados a la literatura. Doctora Marie Sautron, profesora e investigadora en el I.U.F.M (Instituto Universitario de la Formación de los Maestros) de la Reunión (Francia). Teléfono y fax: 0262 21 99 80, correo electrónico: [EMAIL] Doctora Marie-Christine Seguin, investigadora en el G.R.A.L (Grupo de Investigaciones sobre América Latina) en la Universidad de Toulouse II le Mirail (Francia). [EMAIL], [EMAIL], [EMAIL] -Condiciones de trabajo y organización obrera en la Argentina. Coordinadores: Oscar González (Universidad Nacional de Quilmes-Universidad de Buenos Aires), Jorge Firpo (Universidad Nacional de Quilmes). Jornadas de Historia Económica "La sociedad se compone de familias y no de individuos" afirmaba A. Comte, punto de vista categórico al que F. Le Play añadía "el individuo no es una unidad social". Ambas afirmaciones subrayan la antigüedad de un interés sobre la familia, tanto histórico como sociológico, una de cuyas primeras herramientas fue la genealogía. Esta última, que constituyó una de las más antiguas ciencias de lo humano, tenía como finalidad marcar la separación entre el territorio de las "familias" y el de las colectividades constituídas por un conjunto de familias. En la línea de las reflexiones sociológicas surgidas a partir del pensamiento de A. Comte, la historia llamada de los "Annales" se ha esforzado muy pronto en aplicar su propia concepción del objeto y del análisis histórico a la temática familiar. Deseosa de centrar su atención sobre campos historiográficos distintos a los que interesaban a la historiografía tradicional, desplazó primero su mirada hacia la actividad económica, más tarde hacia la organización del campo social y finalmente hacia la sicología colectiva. Al abordar estas últimas temáticas, se encontró inevitablemente con la temática familiar que vino entonces a ser, desde hace más de medio siglo, uno de los temas centrales de la historiografía "annalista". Del análisis demográfico -precisamente fundamentado sobre el método llamado de "reconstrucción de las familias"-a la historia de las mentalidades muy estrechamente asociada a la historia de la familia, tanto de su representación como de su memoria, y pasando por el estudio de las estructuras familiares, la producción historiográfica de la segunda mitad del siglo XX no ha cesado de reflexionar sobre esta problemática familiar con el afán de considerarla en toda su riqueza y complejidad. Es dentro de esta filiación científica que se ubicó desde su principio el equipo "Familles" adscrito a "FRAMESPA", equipo de investigación conjunto del CNRS y de la Universidad de Toulouse, cuya orientación prolongaba las investigaciones realizadas anterioremente dentro del C.E.R.H.P.I. (Universidad de Toulouse) y del G.D.R. 30 (CNRS). Esta línea de investigación, cuyos resultados fueron obtenidos en estrecha colaboración con historiadores españoles, ha constituido el fundamento del encuentro realizado en 1997 en Carcassonne y cuyas actas serán próximamente publicadas. El propósito de este nuevo encuentro internacional consiste, por lo tanto, en establecer un balance de las inves- Anuario de Estudios Americanos tigaciones realizadas desde aquella fecha, así como identificar los nuevos rumbos tomados por esta reflexión al considerar las nuevas orientaciones que, desde hace ya algunos años, han contribuido a renovar profundamente esta historia de la familia. Al redescubrir el actor social individual y su aspiración a la autonomía frente a las estructuras, el microanálisis ha transformado el terreno familiar en uno de sus campos de predilección. De G. Levi a J. Contreras no son sino "historias de familias" las que se reconstruyen sistemáticamente. Es por lo tanto, poniendo una atención particular a las configuraciones sociales capaces de jugar con o sobre las estructuras familiares, a los dinamismos que afectan a la familia y contribuyen a redefinir estrategias y objetivos, a las relaciones cambiantes y aleatorias mantenidas por el grupo familiar con su entorno, sea este definido en términos de instituciones políticas, económicas, sociales o culturales, que esta nueva historia de la familia se escribe hoy. Abandonando el planteamiento centrado en las estructuras, tiende a transformar el campo social, aquí muy especialmente el campo familiar, en un lugar antropológico mucho más que en objeto de análisis en sí mismo. Teniendo en cuenta la doble especificidad del equipo de investigación organizador del encuentro, interesado en reflexionar desde un planteamiento construido en la larga duración -desde la Edad Media hasta el siglo XIX-así como en mantener una perspectiva comparativa entre la Francia meridional y el mundo hispánico -espacio susceptible de ampliarse a las colonias españolas del Mediterráneo occidental así como al espacio hispano-americano-deseamos que la reflexión desarrollada durante este encuentro la tome en cuenta. Aunque de manera puramente indicativa y sin pretender imponer limitación alguna, proponemos algunos de los asuntos que deseamos ver desarrollados o abordados: -Estudio de los patrimonios familiares, analizados tanto en su dimensión material (la tierra, el cargo, la casa...) como en su importancia inmaterial, tal como el apellido, el o los títulos, el capital social o los patrimonios relacionales. -Estudio de las relaciones mantenidas por la o las familias con las instituciones de poder de todo tipo, sean estas instituciones políticas, económicas, sociales, religiosas o culturales. -Estudio de las sociabilidades construidas a partir de, en torno a o añadiéndose a las solidaridades familiares. -Estudio de los métodos utilizados por los propios historiadores para abordar la temática de familia: genealogía, prosopografía, herramienta informática, microanálisis... -Estudio de la construcción de las memorias familiares mediante la "fabricación" o la manipulación de genealogías, así como con la redacción de libros de memoria familiar -ya sean los livres de raisons franceses o los ricordanzi italianos-, todos ellos instrumentos que contribuyen a la fabricación de referencias familiares míticas. Encontrarán toda la informacion útil sobre la organización del coloquio en la página Web de la Universidad: http://www.univ-tlse2.fr. El Centro de Investigaciones de América Latina (CIAL) de la Universitat Jaume I de Castellón (España) convoca el II Congreso Internacional "Nueva España y las Antillas: Las ciudades y la guerra, 1750-1898" con la finalidad de establecer un foro de debate en el que se ofrezcan los resultados de las más recientes investigaciones y reflexiones sobre el ámbito americano. Este II Congreso centrará su actividad en el marco espacial comprendido por México, Centroamérica y el Caribe en los siglos XVIII y XIX, en un período dominado fundamentalmente por el final de la presencia colonial. El Congreso está estructurado en cuatro secciones diferentes que complementan la amplia temática del encuentro. Se han establecido cuatro mesas de trabajo: Las rebeliones: Revueltas durante la etapa colonial, insurrecciones contra el poder colonial y guerras de independencia. Anuario de Estudios Americanos 2. La defensa de las fronteras: Defensa estratégica y militar de los diferentes territorios. Fronteras naturales, antropológicas y naturales. Poblaciones e indígenas de las zonas en frontera. Ejércitos y milicias: La significación de la institución militar. La actuación de los ejércitos en la defensa de los territorios. La formación de las milicias y los ejércitos nacionales. Las representaciones de la guerra: La iconografía de la guerra. Arquitectura militar: teoría y práctica. Urbanismo y defensa de las ciudades. Comité científico: Carlos Martínez Shaw, Universidad Nacional de Educación a Distancia; Virginia Guedea, Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM; Nicolás Sánchez Albornoz, New York University; Luís Miguel Enciso, Universidad Complutense de Madrid; Jaime E. Rodríguez O. Irvine, University of California; Jonathan Brown, Institute of Fine Arts, New York University; Alejandro García Álvarez, Universidad de La Habana. Más información en: Centro de Investigaciones de América Latina (CIAL). Universitat Jaume I (Castellón, España). Campus cta. de Borriol. XIV Coloquio de Historia Canario-Americana Con la coordinación general del Dr. Francisco Morales Padrón (Universidad de Sevilla) y la Secretaría General a cargo de Dña. Elena Acosta Guerrero (Casa de Colón, Las Palmas) tendrá lugar en la fecha señalada arriba el XIV Coloquio de Historia Canario-Americana. A semejanza de lo ocurrido en el XIII Coloquio celebrado en 1998 acontece en este del año 2000: a la habitual temática de las relaciones canario-americanas, objetivo prioritario de las reuniones convocadas por la Casa de Colón desde 1976, se une la presencia de unos centenarios a los que no podemos permanecer ajenos. En este año 2000 conmemoramos el medio milenio del hallazgo del Brasil por los europeos, el del nacimiento de Carlos V y el de la instalación de los Borbones en España. Centenarios alusivos a hechos trascendentales en el devenir histórico. Estas efemérides y sus consecuencias contarán con Seminarios especiales, insertos en el discurso general del protagonismo de las Islas en sus vinculaciones con el Nuevo Mundo. Así se han establecido las siguientes áreas temáticas: -Geografía y organización territorial. Coordinadores: Juan Están previstos, además, los siguientes seminarios: -300 aniversario de la instauración de la dinastía borbónica en España. Coordinador: Antonio Bethencourt Massieu (UNED, Las Palmas) -V Centenario del nacimiento de Carlos V. Coordinador: Manuel Lobo Cabrera (U. Las Palmas). -500 aniversario del descubrimiento del Brasil. Coordinadores: Roseli Santaella Stella (U. de Sao Paulo) y Carlos Castro Brunetto (U. La Laguna). Más información puede solicitarse a XIV Coloquio de Historia Canario-Americana. Casa de Colón, calle Colón, n.o 1. Correo electrónico: [EMAIL] Ejes temáticos: -La cuestión regional. Procesos de integración regional. El Mercosur. -La evolución periférica. La cuestión del desarrollo. Procesos de diferenciación periférica. Crisis periféricas en los 90. -Países: estudios de caso. Mundialización y dimensión nacional. Los 90 y el neoliberalismo. Oferta de recursos y actividades productivas. Cambios tecnológicos y territorio. Aspectos sociales, demográficos y urbanos. Problemáticas ambientales. -Sobre océanos y mares. Comercio, transporte y reconversión portuaria. Fuentes energéticas y contaminación. Problemáticas costeras. -Sistemas de información geográfica. Tratamiento de datos y distribución de información. Aplicaciones SIG a aspectos ambientales, sociales, cartográficos, económicos y administrativos. SIG en educación e investigación. Durante el Encuentro tendrán lugar conferencias, exposición de ponencias y paneles de discusión sobre medioambiente, educación y líneas de investigación. Serán presentados libros y revistas, que deberán ser enviados con la debida anticipación. Contacto correo electrónico: [EMAIL] Congreso Internacional "La enseñanza de las ideas constitucionales en las Universidades españolas e iberoamericanas" Este Congreso se realiza en el marco de los actos programados para celebrar los 500 años de la fundación de la Universidad de Valencia y en colaboración con el Consejo Español de Estudios Iberoamericanos (CEEIB), la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educacion, la Ciencia y la Cultura (OEI) y la Asociación Española de Derecho Constitucional. Las ideas constitucionales recibieron un importante impulso reflexivo como consecuencia de la apertura al Nuevo Mundo y las nuevas realidades, relaciones e instituciones que ello supuso. En el siglo XIX la bandera constitucional y el pensamiento liberal se alzan simultáneamente en la Península y en la América española, para sufrir avatares y contradicciones pero también alcanzar hallazgos como el amparo de los derechos y el constitucionalismo social, enseñanzas hispánicas al orbe jurídico mundial. -Las ideas políticas y constitucionales en la Universidad de la Monarquía transcontinental. -Fueros; Cortes; Cabildos; Leyes de Indias; Escuela de Salamanca. -El nuevo constitucionalismo del siglo XIX. -La constitución española de 1812, su influencia en la península ibérica y en América. Las Constituciones de las nuevas Repúblicas independientes. -El siglo XX y el constitucionalismo social. -La nueva enseñanza de las ideas constitucionales. La pugna por la configuración del Estado Social de Derecho. -Las últimas transiciones democráticas. -La Constitución española de 1978, superación del régimen autoritario. -La salida democrática en Iberoamérica. Nuestro constitucionalismo en la etapa de la integración supranacional de Estados. A partir de esta edición el evento se abre a la reflexión sobre la historia regional y local de América Latina y el Caribe, con lo cual se aspira a enriquecer el intercambio de especialistas y propiciar la búsqueda de lo universal desde la perspectiva regional y local. -Santiago de Cuba, 485 años de Historia y Cultura. -Historia y cultura cubanas. -Expresiones histórico-culturales de las regiones y localidades de Cuba. -Investigación y enseñanza de la Historia de Cuba. -La Historia regional y local en América Latina y el Caribe. -La República de Cuba en vísperas de su centenario. -La Archivología en América El Comité organizador evaluará proposiciones de paneles, mesas redondas y ponencias que se presenten antes del 1 de septiembre de 2000. Para mayor información diríjanse a: Convocatoria del IV Seminario Jan Patula La línea de Historia Mundial de la Universidad Autónoma Metropolitana unidad Iztapalapa convoca al IV Seminario Jan Patula bajo el tema "Fronteras culturales y territoriales" a celebrarse del 12 al 16 de febrero de 2001 en las instalaciones de la universidad. En un máximo de 14 líneas se expondrán el tema, objetivos, hipótesis y, eventualmente, metodología y fuentes de trabajo. -Entrega de la ponencia a más tardar el día 8 de diciembre de 2000. Deberá tener una extensión de 20 a 25 cuartillas en letra de 12 puntos Times New Roman, a doble espacio. -Entrega del artículo para su publicación a más tardar el 30 de marzo de 2001. Las indicaciones de formato se darán a conocer posteriormente. Entre el 26 y el 29 de junio de 2001, en Moscú, tendrá lugar el Congreso de la Federación Internacional de Estudios sobre América Latina y el Caribe (FIEALC). Por acuerdo unánime de la Asamblea General de FIEALC (Tel-Aviv, abril de 1999) la organización del evento estará a cargo del Instituto de Latinoamérica (ILA) de la Academia de Ciencias de Rusia. El lema del congreso es: "El aporte de Latinoamérica y el Caribe al Universo del siglo XXI". Conceptualmente, el Congreso enfocará el estudio de América Latina y el Caribe no como objeto pasivo, sino como protagonista activo de la historia, la economía, la política y la cultura mundiales. Se tratará también de hacer síntesis de los resultados fundamentales del desarrollo de la región en el contexto mundial durante el siglo XX para, sobre esta base, explorar las tendencias de inserción de las sociedades latinoamericanas y caribeñas en el universo del siglo XXI. El Presidente del Comité Organizador es el Dr. Vladimir Davydov, del ILA. Temario tentativo del X Congreso de la Federación Internacional de Estudios sobre América Latina y el Caribe (sujeto a modificaciones según propuestas de los participantes): Las sociedades latinoamericanas: de los orígenes al siglo XX. Las civilizaciones americanas antiguas: nuevos enfoques de su evolución. Elementos regulares en la formación y el desarrollo de las civilizaciones indias. Testimonios arqueológicos de la época precolombina. Geografía política e historia política de las sociedades precolombinas. El encuentro de dos mundos: balance de adquisiciones y pérdidas. La formación civilizacional de Latinoamérica. La acumulación originaria en Europa y el papel de las plantaciones. Las sociedades autóctonas y los colonos. Concepciones histórico-filosóficas de la comunidad y del desarrollo de la región. La política de las grandes potencias en el Nuevo Mundo. Las guerras de la Independencia. Evolución histórica de las sociedades y los Estados latinoamericanos. Ideas liberales y tradiciones conservadoras. Consolidación y erosión de la sociedad agraria durante el siglo XIX y a comienzos del XX. El papel de la violencia en la evolución de Latinoamérica, balance de las reformas y revoluciones. El papel de la herencia histórica en la vida contemporánea de la región. Principales resultados y enseñanzas del desarrollo de los países latinoamericanos y caribeños durante el siglo XX, en el contexto de la historia mundial. Concepciones latinoamericanas del desenvolvimiento del individuo y la sociedad. La filosofía latinoamericana de la historia. El espinoso camino del desarrollo "de persecución". El cambio de los modelos de desarrollo económico y de integración en el sistema de las relaciones económicas mundiales. Problemas de las zonas económicas cerradas (enclaves, maquiladoras, plataformas de exportación, etc.). Peculiaridades de la modernización industrial de la región. De las dictaduras tradicionales a la democratización, pasando por el enfrentamiento de diversas alternativas de desarrollo. El pensamiento socialista: ¿nuevos puntos de referencia o utopías? Incorporación de las masas populares a la lucha política. El nacionalismo y sus modalidades, los regímenes militares nacionalistas. Las Fuerzas Armadas y la política. Lo duradero y lo reversible en el balance del desarrollo político durante el siglo XX. El desarrollo de los procesos interamericanos y los procesos de integración. El Movimiento de los No Alineados y el potencial de la colaboración Sur-Sur. El Caribe: peculiaridades de las vías de desarrollo. Culminación del proceso de descolonización. Cuba en el sistema de relaciones del hemisferio occidental. El lugar de Latinoamérica en las relaciones internacionales del siglo XX. El "Norte" y el "Sur". La política de los países latinoamericanos en la ONU y otros organismos internacionales. Globalización y regionalismo: ¿contraposición o complementación recíproca? Influencia del proceso de globalización en la evolución de la economía y la sociedad de los países latinoamericanos y los países con economía de transición. La globalización y el desarrollo territorial. Latinoamérica y el Caribe en el contexto planetario del siglo XXI. La transición a la civilización postindustrial y las posibilidades de inserción de la región en las nuevas estructuras del mundo contemporáneo. Perspectivas de los ciclos microelectrónico y biotecnológico de modernización científico-técnica. Posibilidades de adaptación de las nuevas tecnologías en Latinoamérica. Los nuevos modelos de consumo y de estilo de vida. La revolución informática y los peligros del "mundo virtual". El potencial científico de América Latina y sus aportaciones al acervo mundial de la ciencia. La crisis de la ideología socialista y sus repercusiones en América Latina. Del mundo bipolar a través de la monopolaridad a una comu-nidad multipolar de las naciones. Latinoamérica en el nuevo orden mundial, perspectivas de sus aportaciones a la formación de un mundo multipolar. La época post-confrontación y la revisión de las concepciones de la seguridad nacional y regional. Latinoamérica en los nuevos parámetros de la seguridad nacional y regional (narcotráfico, terrorismo internacional, problemas ecológicos, guerras locales). El nuevo papel de las Fuerzas Armadas. De la teoría de la dependencia a la concepción del desarrollo con orientación social. Mitificación y costos del modelo neoliberal de superación de la crisis y "modernización". La concepción del desarrollo sostenible. La educación a la luz de los requisitos de la civilización postindustrial. América Latina y la solución de los problemas globales en el sistema "ser humano/naturaleza". Las políticas en materia de ecología. ¿"Ciudad global" o "aldea global"? 3.4. Los ciclos ordinarios y extraordinarios del desarrollo: sus repercusiones en América Latina. Perspectivas de solución del problema de la deuda. Las élites políticas y la democracia participativa. Perspectivas de desarrollo de la sociedad civil. "La fisonomía social" de Latinoamérica en el siglo XXI: las nuevas líneas de confrontación social. Democratización del poder y democratización de las masas. Tipología de los regímenes políticos. Los movimientos obrero y campesino, el destino de la clase media. Corrupción y economía clandestina, una amenaza a la estabilidad social. Evolución de las civilizaciones latinoamericanas en el siglo XXI. ¿Mantenimiento de la singularidad civilizacional o plena integración en la civilización occidental? 3.7. El nuevo papel de América Latina en la división internacional del trabajo. El paradigma del "millardo de oro" y las vías de superación de los desequilibrios económicos y sociales. El peligro de marginación en el sistema de la economía globalizada. Las relaciones políticas y económicas de América Latina con los centros mundiales de poder y los mercados emergentes en el siglo XXI. Imperativos y "libertad de opción". Los vínculos con EE.UU., Europa, Asia-Pacífico. Posible evolución de los procesos integracionistas en la región: identidad latinoamericana y divergencia en las vías de evolución de las diversas agrupaciones. Latinoamérica y el Caribe: su lugar y su papel en la cultura mundial. Los mecanismos de génesis cultural en Latinoamérica. Génesis y etapas de formación de las culturas. La cultura india tradicional en la sociedad latinoamericana contemporánea. La herencia de los pueblos indios de Latinoamérica en la cultura mundial. El lugar de la cultura latinoamericana en el desarrollo de la cultura y la civilización mundiales. Problemas de tipología de las culturas latinoamericanas y caribeñas. Regularidad y elementos específicos en el desarrollo de la cultura latinoamericana del siglo XX. La literatura y el arte en su relación con las nuevas corrientes artísticas y filosóficas de Occidente. Evolución de las lenguas europeas en el contexto histórico de Latinoamérica y el Caribe. Perspectivas y fuentes potenciales del nuevo período de formación de las culturas latinoamericanas y caribeñas. Carácter cíclico de la actividad creativa. Contactos entre civilizaciones e interacción de culturas. Latinoamérica y el Caribe en el movimiento deportivo mundial. Los juegos deportivos en la historia y la cultura de los pueblos autóctonos de la región. Políticas estatales en materia de deporte y educación física. El deporte y la salud de la nación. Factores de popularidad de determinados deportes, las principales escuelas deportivas. La comunidad iberoamericana: idea y práctica. Formación de una nueva identidad iberoamericana (factores espirituales, políticos y económicos). Los países de la Península Ibérica: superación y reconsideración de la herencia y búsqueda de nuevas vías de cooperación con Latinoamérica. La cumbres iberoamericanas: ¿peldaños de aproximación a la comunidad? 5.4. La comunidad de los países de habla portuguesa: parámetros de su interacción. El individuo y la humanidad en el mundo postindustrial (dimensión latinoamericana). Parámetros no tradicionales del progreso. Aspectos humanitarios del desarrollo económico y tecnológico. La energía social como factor del progreso. El comportamiento irracional en la vida social. Anuario de Estudios Americanos 6.2. La moral y su papel en el medio social. Tipología de la psicología étnico-nacional y de la psicología social. Crisis existencial y crisis espiritual. Filosofía del personalismo existencial. El papel de los mitos en la conciencia de masas. Nexos sociales verticales y horizontales. La participación en cuanto forma de realización del individuo. El problema de la tolerancia en la vida social. El papel del carisma y del populismo. Causas del comportamiento asocial y delictivo. Formas y vías de socialización del individuo, el problema de la armonización del individuo y la sociedad. La religión y la Iglesia en la sociedad, la política y la moral. La vida religiosa, la espiritualidad y la fe. Evolución de las doctrinas y la política de la Iglesia. El destino de la "teología de la liberación". El protestantismo, el factor islámico, los cultos afroamericanos. Las relaciones interétnicas: experiencia latinoamericana para el nuevo siglo. La cuestión india en el contexto de los problemas de la economía, la política y la cultura espiritual. Mitos y conceptos religiosos de los pueblos de América Latina. Teoría y práctica de la autonomía y de otras formas de autodeterminación de las etnias. Las etnias separadas: enfoques para la solución del problema. Los conflictos interétnicos y las vías para resolverlos. El papel de las diásporas en la formación y desarrollo de las comunidades latinoamericanas y caribeñas. Enseñanzas y potencialidades del desarrollo de América Latina y Rusia (paralelos, diferencias e interacción) 8.1. Lo común y lo específico en el desarrollo histórico de Latinoamérica y de Rusia (Eurasia). Similitudes y diferencias en los niveles y tipos de desarrollo de las dos regiones durante el siglo XX. Influencia recíproca en el desarrollo civilizacional y cultural de Latinoamérica y de Eurasia. Los movimientos de izquierda y la Internacional Comunista en la historia de Latinoamérica. XVII Encuentro de Historiadores Locales dedicado al 485 aniversario de la Fundacion de Santiago de Cuba 23 X Congreso de la FIEALC El aporte de Latinoamerica y el Caribe al Universo del siglo XXI
La legitimación festiva del sistema de poder colonial contaba en el Nuevo Mundo con dos aliados simbólicos fundamentales, dos objetos que representaban directamente al monarca y que, por ese mismo hecho, eran recargados de majestuosidad y rodeados de veneración. El sello y el pendón reales se constituían así en soportes de su presencia intangible, pero ubicua, en todos los rincones del imperio a través de su panoplia litúrgica y, específicamente, gracias a estos objetos singulares. Transformados, a través de un ceremonial sacro/profano apropiado, en verdaderos "fetiches" -al encarnar la "omnipresencia" del soberano, cual transubstanciación divina-, ambos objetos cumplirán su rol político a través de estrategias rituales diferentes, pero complementarias, en el seno de las representaciones mentales colectivas de la sociedad colonial. Por su parte, los representantes vicarios del soberano y la élite local de Santiago van a aprovecharse ampliamente de la existencia de estos objetos y de la "sacralidad" con que estaban recargados. Al gozar de la exclusividad de su manipulación, estos actores sociales del poder reforzarán su prestigio individual y los lugares privilegiados reservados a sus instituciones al interior del sistema. Una gran "presencia" en Santiago El primer objeto de nuestro análisis corresponde al sello real, un símbolo tradicional de la justicia superior del monarca, quien lo estampaba originalmente al pie de cada documento firmado de su mano. La expansión de la colonización y la necesidad de proyectar la soberanía real sobre los territorios de ultramar implicó la extensión metafórica de la aplicación directa de dicha justicia, a través de la proliferación de los tribunales de Real Audiencia que se instalaron progresivamente en ciudades importantes y/o estratégicas del Nuevo Mundo. Cada uno de estos tribunales disponía de uno de estos sellos, fabricado en plata. Al estamparlo al pie de sus resoluciones éstas tenían validez como si fueran emanadas de la mano del propio soberano, como lo había estipulado explícitamente Carlos V. 2 Sin duda, la frase "Yo el rey", escrita al lado de dicho sello, confirmaba la "presencia" de la suprema autoridad y evidenciaba la relatividad del poder ejercido localmente por dichos tribunales, rescatando su origen peninsular. Esta constatación era esencial para fortalecer el cumplimiento de la voluntad real y la extensión de su dominio en territorios lejanos. Sin embargo, el rol simbólico asignado a dicho sello así como a los magistrados u oidores que lo utilizaban, en tanto que representantes personales de dicha justicia real, revestía a la institución con una solemnidad especial que se revelaba con un peso propio en el imaginario local. El sello, en ese sentido, actuaba como un catalizador esencial. En el caso de Chile, fue en 1609 cuando dicha proyección persuasiva adquirió toda su importancia, en el momento de instalarse la Audiencia en Santiago 3 3 Este tribunal superior ya había tenido un primer establecimiento en Chile entre 1567 y 1575, en la ciudad de Concepción, que había asumido una función paralela y de importancia creciente frente a la capital oficial del "reino". En efecto, desde el siglo XVI dicha ciudad era el centro de atención política y militar dada su proximidad a la zona de guerra contra los indígenas mapuches del sur. De hecho, allí habitaba el gobernador chileno durante la mayor parte de su mandato. Durante el siglo XVII esta situación se modificará raramente, pues la capital de la frontera del sur será generalmente el destino inicial de cada nuevo gobernador, quien llegará con refuerzos desde España o Lima y se instalará allí con su familia y, como en el caso de Martín de Mujica, en 1646, "con mucho acompañamiento de criados muy lucidos, y nobles". En este mismo ejemplo vemos que Mujica es recibido en Concepción por su antecesor, el marqués de Baides, en medio de diversas demostraciones festivas; véase Rosales, Diego de: Historia general del reino de Chile. Flandes indiano, Santiago, 1989, II, pág. 1218; ver también Carvallo y Goyeneche, Vicente: Descripción histórico-geográfica del reino de Chile [1796], en la Colección de historiadores de Chile y de documentos relativos a la historia nacional (en adelante CHCh), X, pág. 101, donde apunta: "... hasta fin del siglo anterior [se refiere al siglo XVII] fue esta ciudad [Concepción] el destino de los capitanes jenerales [...]". En general, los nuevos gobernadores tomaban su cargo en primer lugar -bien provisionalmente-en Concepción, y se quedaban allí el tiempo necesario (algunos meses, un año,...) con el fin de informarse sobre la situación de la guerra y de idear una nueva estrategia. Luego, partían hacia Santiago para tomar posesión oficial de su cargo, sobre todo desde 1609, en que debían asumir paralelamente la presidencia de la refundada Audiencia. En todo caso, después de haber cumplido estos ritos y de haber tratado los asuntos de gobierno más urgentes, retornaban rápidamente a Concepción. La efímera duración de la Real Audiencia en Concepción y el carácter de las críticas que motivaron su término reflejaban claramente el rol asignado/ejercido por el alto tribunal civil y la incongruencia de su presencia en un contexto monopolizado por el mundo militar. Así, según el cronista Diego de Rosales, esta institución fue establecida definitivamente en Santiago, "... por ser allí el mayor concurso de la gente, y estar en tierra donde la paz estaba más de assiento, y las variedades de la tierra de arriba de la Concepción, donde: primero estubo, fue más conveniente su asistencia en esa ciudad, JAIME VALENZUELA MÁRQUEZ Anuario de Estudios Americanos y coincidiendo con la consolidación de la primacía de esta ciudad, en tanto que único asentamiento urbano capaz de abrigar el tejido civil del Estado. 4 El ceremonial de la recepción del sello, junto con el de la instalación del tribunal, se reveló como un evento sacralizador por excelencia. A lo largo de toda la celebración podemos apreciar que fue dicho objeto el que concentró todo un ritual claramente consagratorio. En este sentido, nos parece interesante la interpretación planteada por David Freedberg. 5 Analizando la respuesta de un devoto/observador frente a una imagen sagrada, señala que lo importante es que dicho acto se basa en la convicción de la presencia de lo representado más que en la representación en sí. Esta tradición occidental, que podemos encontrarla desde el culto a los iconos bizantinos hasta la religiosidad animista ligada a las máscaras ceremoniales en el África Occidental, plantea una fusión entre signo y significado que caracteriza también las representaciones asociadas a la práctica devocional de la América colonial. Para realizar dicha fusión y adquirir aquel poder, en todo caso, la imagen/objeto debe pasar por un proceso de consagración que le permita superar su simple materialidad. 6 Ello fue justamente lo que ocurrió durante la recepción del sello real en la capital chilena. De hecho, determinados aspectos y gestos del evento, así como la intención final de persuadir al imaginario colectivo de que en dicho símbolo se encontraba la "presencia" del monarca, nos acercan claramente al dogma de la transubstanciación. y de grandes utilidades, porque como los gobernadores estaban siempre ocupados en la guerra y eran más soldados, que letrados, la justicia no se administraba con la entereza que se debiera...": (Historia general..., II, pág. 831). En otro documento de la época se informa que "... la [Audiencia] de la Concepción se calló y deshizo como plantada en frontera y cercana a las inquietudes de la guerra y parte para ella no conveniente y para allí y más en los primeros principios de los pocos vecinos que en ellos había pareció demasiada y que allí no tenía la Audiencia qué hacer" (BN. Vicente Carvallo y Goyeneche, por su parte, piensa que este tribunal "... no tenía allí [en Concepción] objeto alguno: todos precisamente eran militares y más le convenía un consejo de guerra que un senado; eran allí tan inútiles las plumas como necesarias las espadas": (Descripción..., CHCh, X, pág. 103). 4 De Ramón, Armando: Historia urbana. Historia de una sociedad urbana, Madrid, 1992, págs. 41-42; Carvallo y Goyeneche: Descripción..., CHCh, X, págs. 101-102; Errázuriz, Crescente: Historia de Chile durante los gobiernos de García Ramón, Merlo de la Fuente y Jaraquemada, Santiago, 1908, II, pág. 27; Barros Arana: Historia jeneral..., V, pág. 341; Juan, Jorge y Antonio de Ulloa: Relacion historica del viage a la America meridional, Madrid, 1748, III, libr. 5 Freedberg, David: El poder de las imágenes. 6 Véanse los artículos "Sacré" y "Anthropologie visuelle", en la obra de Bonte, Pierre e Izard, Michel (dirs.): Dictionnaire de l 'ethnologie et de l' anthropologie, París, 1992, págs. 641-642 y 741-742, respectivamente. RITUALES Y "FETICHES" POLÍTICOS EN CHILE COLONIAL Tomo LVI, 2, 1999 Así, si bien los nuevos magistrados actuaron en un primer plano, al lado del gobernador/presidente, era el sello el que se presentaba a los ojos de la población como el símbolo central que les irradiaba la autoridad del monarca lejano pues, según señalaba el propio soberano, "[...] cuando el nuestro sello entra en cualquiera de las nuestras audiencias reales de estos reinos, entra con la autoridad que si nuestra real persona entrase [...]". 7 De ahí que esas autoridades desplegaran para aquella ocasión un tratamiento "fetichista" singular hacia dicho objeto, conscientes de que aquello les revertía con su aura legitimante. Los flamantes oidores habían llegado desde Lima a fines de abril, pero los preparativos para la fiesta habían comenzado tres meses antes. Aún se tuvo que esperar hasta comienzos de septiembre para que todo estuviera dispuesto y el sello hubiese llegado a la capital. Como era habitual para las grandes ocasiones litúrgicas, correspondía a la municipalidad la organización del evento y ornamentación de la ciudad, así como la convocación de la población. Así, se encarecía el arreglo y embellecimiento de las calles por donde transitaría el cortejo; también se prohibía, so pena de multa, los lutos de particulares, incluso los de la propia élite, a fin de recrear un ambiente de completa alegría y de suspenso de lo cotidiano. Se mandaron hacer vestiduras para los integrantes del cabildo, que sin duda tendrían un lugar privilegiado en esta gran liturgia legitimante del sistema de poder del que formaban parte. Es interesante constatar que el tono sacralizador de la ceremonia ya se veía en su organización, pues el cabildo costeó la fabricación de un suntuoso palio destinado a cubrir el sello a lo largo de su recorrido urbano. La "sacralización" Contamos con una descripción excepcional que nos revela con cierto detalle los diferentes pasos rituales que acompañaron esta ceremonia; pasos orientados a recrear un culto venerativo al sello y que, en todo caso, eran los previstos para todo el imperio en ocasiones similares. 9 En primer lugar, podemos apreciar que el evento se desarrolló en dos días, igual que las principales fiestas religiosas. Como éstas, el primer día se dedicó a articular determinados ritos característicos de las vísperas, a los que se unieron elementos propios de las recepciones de autoridades vicarias. Así, a la hora prevista, los integrantes de la nueva Audiencia y toda la aristocracia local se dirigieron cabalgando a una casa en las afueras de la ciudad, donde aguardaba el gobernador con el sello; desde allí se organizó el cortejo oficial que acompañó el trayecto hasta los "límites" urbanos. El mensaje simbólico enviado al espectador era bastante claro y reflejaba la intención de persuasión política que alimentaba a este programa ceremonial: el gobernador, en tanto que nuevo presidente del tribunal y, por lo tanto, reforzado en su rol de representante real, monopolizaba el contacto directo con el sello, trayéndolo colgado del pecho y oculto a la vista dentro de una caja dorada. La "sacralización" del objeto monárquico se hizo evidente de inmediato, pues el cortejo se dirigió directamente al convento de San Francisco -situado en el margen sur de la ciudad-, en cuyo interior se había previsto una recámara apropiada para acoger el sello hasta el día siguiente. Toda la comitiva se apeó y desapareció de la vista del público, iniciando el ceremonial privado propio del "tabú" que debía rodear al sello. El espacio sagrado escogido para este fin tenía, por su parte, un peso indiscutible en el imaginario colectivo, entre otros factores porque allí también se custodiaba otro "fetiche" esencial para la estabilidad de la ciudad: la imagen de Nuestra Señora del Socorro, intercesora singular frente a las catástrofes y, sintomáticamente, una advocación fuertemente ligada al cabildo y al imaginario aristocrático/guerrero en el que fundaba sus orígenes la élite de Santiago. En efecto, dicha invocación protectora tenía una tradición local de apropiación municipal, que se arraigaba en el voto jurado por el ayunta-9 El documento lo hemos transcrito integramente en anexo. Ver en general Recopilación de leyes de los reinos de las Indias mandadas imprimir y publicar por la majestad católica del rey don Carlos II nuestro señor, Madrid, 1681 (en adelante RLI), libr. La cédula enviada a la nueva Audiencia para su instalación, señalaba explícitamente: "... yo vos mando que tengais cuidado llegado que sea el dicho sello a la dicha provincia de Chile, antes que entre en la dicha Audiencia de Santiago, de salir vosotros y la Justicia y Regimiento de la dicha ciudad un buen trecho fuera de ella a recibir el dicho sello y desde donde estuviere a la dicha ciudad vaya encima de un caballo bien aderezado y vos el presidente y oidor más antiguo lo llevad en medio con toda la veneración que se requiere, segun y como se acostumbra hacer en las audiencias reales de estos reinos y así por esta orden ireis hasta le poner en la casa de la Audiencia real..." Tomo LVI, 2, 1999 miento desde los primeros tiempos de la conquista. Su culto se había establecido a partir de una imagen que habría traído Pedro de Valdivia en persona desde España, y que habría sido custodiada más tarde en el templo de San Francisco. Dicha imagen se constituyó en objeto de culto preferencial del universo de conquistadores hispanos, que construyeron su primera ermita y que fundaron una cofradía reservada a su grupo social. Esta virgen, además, había sido elegida tempranamente también como patrona de las armas españolas implicadas en la conquista de Chile, "[...] a quien los antiguos pobladores y conquistadores de él tenían en tanta veneración y devoción que se sabe de cierto que ninguno salía de la ciudad para fuera de ella o para la guerra que primero no la visitase y lo mismo de vuelta antes de entrar en sus casas [...]". 10 La Virgen del Socorro se ligaba, así, a una conciencia de identidad histórica por parte del cabildo y, por lo tanto, de la élite local. Una élite que se esforzaba permanentemente por mostrar su origen en términos de aristocracia guerrera, heredera de los primeros conquistadores. 11 Su imagen, además, contaba con el poder y la popularidad necesarias para interceder ante la divinidad frente a grandes epidemias o catástrofes telúricas, jugando un rol global y superior al de los santos y vírgenes que actuaban como especialistas de calamidades específicas. Dicho rol se basaba, justamente, en que la Virgen del Socorro actuaba como patrona "de la ciudad" y era "auspiciada" de forma institucional por el propio municipio. Actuaba sola o apoyando a los santos respectivos. 12 De este modo, la primera fase de la "sacralización" del "fetiche" monárquico iba a realizarse al interior de un espacio que, además de un contexto intrínsecamente sagrado, ofrecía, implícitamente, la perspectiva de ligar el símbolo real a dicha imagen tutelar. La habitación destinada a recibirlo, adornada con solemnidad, hacía resaltar un ambiente imponente donde, bajo un dosel -decoración que normalmente estaba dispuesta sobre los asientos de los obispos y de las principales autoridades políticas-se había elevado un pequeño estrado con un bufete. Sobre él, en medio de cojines y sedas, el gobernador y el oidor decano, incados en evidente actitud adorativa, colocaron el cofrecito "sagrado". Encima de éste se colocó una corona de plata dorada, de la cual no existe cuenta en el Cabildo, por lo que quizás provendría de alguna de las imágenes mariales (por qué no de la propia Virgen del Socorro?). Aquí se dio por terminada esta primera fase litúrgica de la recepción del sello. La comitiva procedió a retirarse, salvo el oidor decano, que protagonizó la segunda fase de sacralización: la vigilia. Acompañado de un secretario, encargado de dar el correspondiente testimonio de la labor cumplida, la autoridad se quedó junto al pequeño santuario monárquico toda la noche. La entrada oficial del "fetiche-tabú" El día siguiente, que coincidió sintomáticamente con una fiesta religiosa tan importante como la Natividad de la Virgen, fue el de la entrada oficial del sello, ya "sacralizado", a la ciudad. El cortejo adquirió allí todo el esplendor de las grandes celebraciones, componiéndose de todas las autoridades civiles y religiosas, desde el gobernador hasta los capitulares, el clero secular y regular de la ciudad, así como el conjunto de la élite, todos pomposamente vestidos. El día anterior no habría revestido el mismo despliegue, seguramente, porque no correspondía al día principal de las celebraciones y por el poco espacio de exhibición pública que se les re-servó a los participantes, por haber estado el cortejo limitado a las afueras de la ciudad. De hecho, la "coincidencia" con la festividad marial permitió acrecentar el lucimiento y reforzar el ambiente "sagrado" que debía envolver a todos estos actores, pues -según nos informa otro cronista-la misma comitiva, antes de dirigirse a buscar el sello al convento de los franciscanos, participó en la celebración de la "misa y fiesta" llevada a cabo anualmente en el convento de los mercedarios. 13 Una vez llegado adonde esperaba el sello, el cortejo se apeó y parte de él ingresó hasta la recámara. Allí tuvo lugar un nuevo rito de veneración por parte de las principales autoridades. Los gestos fueron ahora más numerosos y significativos que el día anterior. Además de arrodillarse ante el cofre, el oidor decano procedió a abrirlo y a extraer el precioso objeto. El gobernador y el propio obispo, así como el conjunto de oidores y los alcaldes del cabildo procedieron a besarlo y a colocarlo sobre sus cabezas, en señal del poder superior que portaba dicho símbolo. Después de guardarlo en su cofre, fue llevado bajo palio desde la recámara hasta la salida del convento, tal como si de una procesión religiosa se tratase. De hecho, la comunidad franciscana en pleno, con cruces y vestimentas litúrgicas, formó parte de este acompañamiento. Afuera, esperaba el resto de la comitiva y un caballo lujosamente adornado destinado a portarlo. A la vista pública, el juego misterioso se acentuó, pues el cofre dispuesto sobre el caballo fue a su vez cubierto con bandas de género, cuyos extremos eran sostenidos por el gobernador y el oidor decano. Estos últimos se transformaban así en los protagonistas más cercanos al "fetiche". Por lo demás, conforme a la propia disposición real, estas autoridades debían ubicar el caballo del sello en medio de ellos y acompañarlo "[...] con toda la veneración que se requiere [...]". 14 El juego de sacralidad se acentuaba también puesto que, cual cortejo del Corpus Christi, dicho caballo iba cubierto por el palio confeccionado por el cabildo. No nos debe extrañar, por lo mismo, que fuera esta institución en pleno la que se encargara de llevar las varas que lo sostenían durante el trayecto entre el convento franciscano y la plaza mayor. La élite municipal también jugaba, de esta manera, un papel protagonista, insertándose en el límite interior del círculo privilegiado que rodea-ba al fetiche monárquico. Otros dos oidores, por su parte, iban delante del caballo, tirando de otras bandas de tela que se descolgaban de él. Según deja entender la descripción del evento, delante de este núcleo central iba "[...] grande infinidad de gente [...]", entre los que se contaba el obispo y su cabildo eclesiástico, así como el clero regular de la ciudad. 15 Así, todo lo que rodeaba al "fetiche" oculto correspondía al espectáculo ofrecido por el sistema de poder local, que se beneficiaba y nutría del símbolo real según el lugar ocupado por cada actor, de su cercanía al objeto, etcétera. Interesa en particular subrayar el hecho de que la vanguardia de toda esta estructura móvil estaba encabezada por el otro símbolo de la presencia monárquica -el pendón-y por cinco compañías de milicias, acompañamiento característico en estos años de tensión bélica en el sur del reino. Estos civiles militarizados aportaron una solemnidad marcial al desfile, acentuado por el ruido de sus instrumentos musicales y las descargas de su armamento, con lo que, "[...] yendo en prosesion y orden de guerra, se fue marchando hasta llegar á las casas reales [...]". 16 Al mismo tiempo, sus integrantes se beneficiaban del lucimiento personal que les brindaba su integración espectacular al evento. De hecho, al llegar a la plaza, decorada como era habitual para las grandes ocasiones, fueron estas compañías las encargadas de disponer el espacio de tal forma que el cortejo circulara entre ellas durante el último tramo que debía atravesar hasta el edificio de la Audiencia. Al llegar a su destino, el sello venía impregnado no sólo con la "sacralización" previa, sino también con toda la admiración y el aura misteriosa que había recogido a lo largo de su trayecto, oculto siempre a la vista de la gente común en su cofre y rodeado de toda la pompa que ensalzaba su rol político, su proyección fetichista en el imaginario colectivo, en fin, la presencia transubstanciada del propio soberano. La fase siguiente retomaba el aparato ritual que había caracterizado la sacralización privada escenificada en el convento franciscano: el símbolo monárquico entró en el edificio, pasando así a alimentar con su carga sagrada el interior de la sede que albergaba a una de las instituciones vicarias fundamentales de la Corona, alimentando su legitimidad en el plano esencial de la subjetividad. Su característica de "fetiche" misterioso, por otra parte, formaba parte de la esencia de su estrategia simbólica permanente. De hecho, fuera de la recepción de este primer sello, las fuentes no registran otra similar, lo que es sintomático si consideramos que, con cada nuevo monarca que ascendía al trono, se enviaba uno con las nuevas armas que debía reemplazar al sello del rey difunto. Al parecer, este momento era vivido como un acto más o menos administrativo, con una breve ceremonia privada limitada al tribunal. Lo común a lo largo del período colonial fue, por lo tanto, la ausencia de celebraciones públicas orientadas específicamente a este objeto simbólico. Por otra parte, sólo tenían acceso a la manipulación de este singular "tabú" los miembros de la Audiencia -especialmente el canciller, que guardaba la llave del cofre-, en el momento de emitir una resolución. El privilegio de verlo se extendía a otros funcionarios principales, a miembros del cabildo y al resto de patricios locales en las ocasiones en que se recibía a un nuevo gobernador u oidor. En estos casos, la norma imponía que antes de aceptarlos oficialmente en el seno de la institución -como presidente o como magistrado, respectivamente-se debía cotejar el sello que traía la cédula de nombramiento con la matriz que guardaba el tribunal local. Es interesante subrayar el lugar central que volvía a ocupar la élite municipal en estos rituales esporádicos, pues no sólo tenía derecho a sentarse en la sala de la Audiencia, sino también a acompañar la traída del sello desde la recámara donde se guardaba hasta la sala y su posterior retorno una vez efectuado el rito de cotejo. 17 En el caso de un nuevo presidente, esta ceremonia interna contrastaba con su juramento público como gobernador, realizado momentos antes en las "puertas" de la ciudad. Era una ceremonia semi-privada, a la que sólo tenían acceso los privilegiados de siempre, los actores tradicionales del poder local, mientras que el resto de la sociedad aguardaba en la plaza, consciente de la discriminación lógica que aquel objeto misterioso y poderoso reservaba a un círculo exclusivo de elegidos. Era en esta discriminación en donde el sistema marcaba los grandes espacios metafóricos que separaban jerárquicamente a los actores del poder del resto de la comunidad. Paralelamente, este ocultamiento premeditado de uno de los símbolos fundamentales de la monarquía jugaba con una fórmula clásica de la religiosidad dominante -por ejemplo, la hostia consagrada, oculta a la vista profana la mayor parte del año-. Por la vía del misterio, la "sensación" colectiva respecto a la sacralidad del sello real podía fácilmente unirse a las de respeto y temor por lo desconocido, en el marco del poder evidente y objetivo que ejercía el tribunal que lo guardaba. Una estrategia diferente para el estandarte real En contraste con este ocultamiento premeditado y permanente, y siguiendo el juego barroco de contradicciones tan caro a la época, existía otro objeto que también representaba la soberanía del monarca y su omnipresencia en sus colonias, pero mediante una estrategia completamente diferente: la del lucimiento público y ostentoso, la de la exposición regular y relativamente frecuente ante los ojos de los súbditos locales. El pendón o estandarte real, si bien portaba una representación similar a la del sello, se constituyó en el símbolo monárquico más común en América. Ello no sólo por su mayor presencia en el espacio público, sino y sobre todo porque debía encontrarse en prácticamente todas las ciudades del "Nuevo Mundo", a diferencia del sello, que únicamente estaba donde había Audiencia. Además, era un objeto que tenía una larga tradición como símbolo del poder monárquico en Castilla ya desde el siglo XII, como lo testimonian miniaturas de la época. 18 Finalmente, hay que tener en cuenta que, a nivel local, el pendón se había integrado al imaginario político medio siglo antes que el sello. La primera vez que se le menciona en las fuentes de la capital chilena es justamente en 1556, cuando la llegada de la cédula que concedía las armas de la ciudad, un evento que marca también, sintomáticamente, el establecimiento de la fiesta anual al apóstol Santiago. 19 Esta larga tradición, unida a su vocación de símbolo "público" de la soberanía real, le daban un peso distinto en la alimentación de la legitimidad del sistema político, frente a la privacidad misteriosa con que apareció revestido el sello en el siglo XVII. De hecho, la frecuencia de su exposición pública comenzaba por la más aleatoria y espaciada en el tiempo, aunque también la más importante en relación a los objetivos adscritos a dicho símbolo: el pendón encabezaba las principales ceremonias de la monarquía, especialmente las procla-18 Rucquoi, Adeline: "De los reyes que no son taumaturgos: los fundamentos de la realeza en España", Relaciones, 51, El Colegio de Michoacán, Zamora, 1992, pág. 77. 19 El cabildo nombró para la ocasión al primer alférez real, encargándole la fabricación de un estandarte en seda carmesí (Actas del cabildo de 23 y 24 de julio de 1556, citadas en González, Julio: "Santiago apóstol y el paseo del estandarte real en Chile", Boletín de la Academia Chilena de la Historia, Santiago, 52, 1955, págs. 136-137. Cf. también Carvallo y Goyeneche: Descripción histórico-geográfica..., CHCh, X, pág. 36). En todo caso, será dos años más tarde, con motivo de la primera proclamación real efectuada en Santiago -por Felipe II-, que cuando el municipio confecciona un pendón oficial y permanente, en damasco azul, donde se podían ver bordadas por un lado las armas de la monarquía y por el otro las de la ciudad (Acta del cabildo de 15 de abril de 1558, ACS, XVII, págs. 11 y 19). En estas ocasiones, era este objeto el que centralizaba los gestos y ritos "entronizantes", así como los gestos de fidelidad de los súbditos. En efecto, el día de la proclamación de un nuevo monarca comenzaba con la constitución del cortejo oficial que "oficiaría" la ceremonia y que incluía a las principales autoridades civiles y a los notables del municipio. El grupo se dirigía a caballo y en orden jerárquico hasta la casa del alférez real, donde se guardaba el estandarte. Luego de haber incorporado al símbolo y al que lo custodiaba, y siempre con el rigor ceremonial requerido, el cortejo avanzaba hasta la plaza mayor, donde unos días antes se había construido un rústico estrado. Desde la mañana temprano la oligarquía local, tanto la de la ciudad como la que venía para la ocasión desde la comarca cercana, se había instalado alrededor de esta construcción efímera, así como los batallones de milicias más importantes, los gremios de artesanos y la masa de espectadores, convocados por el bando municipal previamente publicado. Las principales autoridades subían al podio y se procedía entonces a la lectura en voz alta de la cédula real que anunciaba el acontecimiento. Luego, el documento pasaba por las manos de cada actor político, que lo colocaba sobre su cabeza en signo de acatamiento. Los ritos que seguían a continuación se centraban en el estandarte real, objeto que encarnaba en ese momento y ante la mirada pública el juego simbólico de cambio/continuidad de la cabeza del sistema de poder imperante. En un gesto de fidelidad evidente, el estandarte era besado por cada uno de los personajes que se encontraban sobre el estrado, incados y con sus cabezas descubiertas. 20 Acto seguido, tenía lugar el rito más importante: el juramento público de fidelidad y la aclamación del nuevo rey. El gobernador o su representante tomaba el estandarte de las manos del alférez y gritaba una frase más o menos estereotipada en todo el imperio. Para la aclamación de Felipe IV, por ejemplo, se gritó: "Castilla y León y el reino de Chile y sus provincias por el rey don Felipe, nuestro señor, cuarto de este nombre [...]". El gobernador repetía esta fórmula tres veces desde diversos ángulos del estrado, al 20 La primera vez que un nuevo monarca fue proclamado en Santiago -se trataba de Felipe II-, "... estando el dicho Pedro de Miranda [el alférez real] parado con el dicho pendón [sobre el podium], el dicho señor Justicia Mayor é los dichos señores del Cabildo é los demás desuso referidos [funcionarios diversos y autoridades eclesiásticas], por su orden, con sus gorras quitadas, llegaron donde estaba el dicho alférez con el dicho pendón, é las rodillas hincadas en el suelo, tomaron el canto postrero del dicho estandarte real, lo besaron é pusieron sobre su cabeza, como estandarte é bandera de su rey é señor natural, y en señal del reconocimiento debido" (Acta del cabildo de 17 de abril de 1558, ACS, XVII, passim). Anuario de Estudios Americanos mismo tiempo que batía el pendón con energía. Este gesto, que oficializaba el "coronamiento" metafórico del rey virtual en la colonia, era acompañado por los gritos y vivas de aprobación -inducidos, evidentemente, desde el podio-de la masa de espectadores y por los disparos de la milicia, considerados como el gesto indudable del juramento colectivo de fidelidad al "señor natural". 21 Los gritos y disparos continuaban durante la etapa siguiente, en la que los actores principales volvían a montar y, junto al resto de la oligarquía asistente, llevaban a cabo una serie de cabalgadas triunfales por las calles de la ciudad, encabezadas por el estandarte y su alférez real y por el representante vicario del monarca. En este mismo sentido, conforme a la representación que encarna, el pendón ocupa un lugar privilegiado en las liturgias legitimantes del poder local. Encabeza, por supuesto, las principales ceremonias ligadas a la recepción de autoridades vicariales. Para las recepciones de nuevos gobernadores, por ejemplo, luego de su "entrada" a la ciudad, a caballo y seguido del resto de actores políticos, la nueva autoridad avanzaba por la "calle del Rey" en medio de un desfile que iba encabezado por dicho símbolo portado por el alférez real. Este papel privilegiado constituía el signo evidente del peso superior que debía tener la soberanía de la monarquía lejana, fuente de todo poder político en el "Nuevo Mundo", pese a la magnificencia personificada en la nueva autoridad vicaria. El pendón traspasaba a esta última, de esta forma, la evidencia irrebatible de la fuente originaria de su poder, a través del contacto visual -confusión en el mismo espacio que 21 El acto de izar y arbolar el pendón real era un rito fundamental, llevado a cabo en todas las concentraciones urbanas del imperio español. Su manipulación ritual en estas ocasiones se insertaba en el juego metafórico del "renacimiento" de la monarquía. Por lo demás, vemos ritos similares en el caso de los funerales reales franceses. En este caso, por ejemplo, se bajaba el estandarte frente al féretro del soberano fallecido, procediendo de inmediato a izarlo nuevamente con energía, simbolizando con ello la llegada sin interrupción de su sucesor. Al respecto, véanse los conocidos estudios de Kantorowicz, Ernst: Los dos cuerpos del rey. Un estudio de teología política medieval, Madrid, 1985, págs. 385-392, y de Giesey, Robert: Cérémonial et puissance souveraine. Podemos observar la misma fórmula para la coronación de Carlos V, en Bruselas, en 1516; véase Varela, Javier: La muerte del rey. La ceremonia de "izar pendones" por el rey era una tradición de la Castilla medieval. Tuvo lugar por primera vez en honor de Enrique de Trastamara, en 1366; véase, al respecto, Rucquoi, Adeline: Histoire médiévale de la Péninsule ibérique, Paris, 1993, pág. 327. Ver también Solano, Francisco: Las voces de la ciudad. México a través de sus impresos (1539-1821), Madrid, 1994, pág. XLIX, que recuerda, en todo caso, que en Castilla nunca hubo una ceremonia específica para la coronación real, sino sólo un acto público de juramento en que el soberano se comprometía a respetar ciertas costumbres y fueros tradicionales. Después de este discurso seguía de inmediato el rito de izamiento del estandarte y la aclamación colectiva por parte de los súbditos reunidos en lugares específicos de la ciudad. Tomo LVI, 2, 1999 focalizaba el evento, similitud de telas y colores decorativos...-y a través de los gestos rituales explícitos que efectuaba el personaje frente a dicho objeto -arrodillarse y jurar el cargo, por ejemplo, o, en el caso de la proclamación de un nuevo monarca, el gesto de besar directamente el estandarte, como acto de sumisión-. 22 De acuerdo a su estrategia de exhibición pública generalizada, el pendón encabezará también las principales celebraciones que se llevarán a cabo en el espacio público, tanto en el plano civil como en el religioso -como, por ejemplo, la procesión principal de Corpus Cristi-. Incluso, en situaciones de emergencia bélica en el sur, será utilizado, conforme a la antigua tradición medieval, para convocar en la plaza mayor al reclutamiento de voluntarios: una apelación a la fidelidad de los súbditos en torno a un sentimiento/símbolo común, que se conjugaba muy bien con la fuerza emotiva que emanaba de dicho estandarte. 23 En todas las situaciones anteriores, el pendón asume plenamente su rol de símbolo de la soberanía real, de materializador de la cabeza suprema del poder, paternal y autoritaria; un objeto, enfin, que se presenta frecuentemente a los ojos de la población como referente común en el proceso de su unificación mística en torno a la figura monárquica. El símbolo del rey imaginario, con su exhibición en primer plano, actúa efectivamente, de esta manera, en la lógica de la retroalimentación legitimante del sistema de poder. Su presencia en los principales eventos permite irradiarlos con la imagen poderosa que representa, lo mismo que a los principales actores políticos locales que siempre están próximos a él y que participan del privilegio de manipularlo a la vista pública. Por extensión lógica, el símbolo real proyecta, así, dicha legitimación al conjunto de mecanismos de dominación que están implícitos en el posicionamiento político y en los roles de poder asumidos por cada uno de dichos actores. En contrapartida, el pendón -y el monarca que representa-obtiene la legitimación de su función simbólica al ser revestida de actos ceremo-22 En 1568, por ejemplo, para la recepción del nuevo gobernador Melchor Bravo de Saravia, la municipalidad ordenó disponer el habitual dosel para la jura ritual que se llevaría a cabo en la entrada a la ciudad. El material utilizado fue una tela de damasco azul, con flecaduras de seda y oro, igual al que había servido para fabricar el estandarte que se instalaría a su lado en el momento de la ceremonia: una ligazón cromática más, orientada, como otras, a la visualización de una comunión de poder entre el Rey/pendón y su vicario. Luego, en el momento del cumplimiento de los gestos rituales, se marcarían las necesarias jerarquías entre ambos "actores", a fin de evidenciar también el equilibrio que regía dicha comunión (Acta del cabildo de 16 de agosto de 1568, ACS, XVII, págs. 243 y ss). Anuario de Estudios Americanos niales específicos, de gestos de sumisión explícitos por parte de dichos actores y, enfin, de ritos claramente "sacralizadores". ¿Fiesta de Santiago o del pendón?: un juego de sacralizaciones al interior del sistema Esta legitimación, con la que frecuentemente se recargaba el pendón, tenía un acento especial y una regularidad que aumentaba su importancia -en relación al resto de liturgias cívicas, generalmente aleatorias y esporádicas-, en la fiesta que anualmente se le dedicaba. La costumbre y la ley habían estipulado desde los primeros tiempos de la conquista que el estandarte real debía ser paseado solemnemente por las calles importantes de cada ciudad americana una vez al año, en compañía de los principales vicarios del monarca y de la aristocracia local, todos vestidos y engalanados como para las grandes celebraciones del sistema. Lo interesante de recalcar es que la ocasión no sólo se veía revestida de importancia por este rito eminentemente cívico, sino y sobre todo porque el día escogido debía coincidir preferentemente con la fiesta religiosa del santo patrono de la ciudad o con el aniversario de su fundación. En este sentido, el modelo para las colonias periféricas como la chilena provenía de las capitales virreinales, según lo establecía la disposición dictada en 1530 por Carlos V: en Lima el paseo del pendón se realizaba el día de Pascua de Reyes, mientras que en México era en la fiesta de San Hipólito. 24 Asistimos así a una nueva manifestación de la tradicional imbricación de liturgias políticas y eclesiásticas, orientada a la legitimación del sistema. Con ello, el evento adquiría una dimensión sacralizante especial, que iba mucho más allá del simple "paseo" y se transformaba en una verdadera fiesta cívico-religiosa. Siguiendo esta norma, en Santiago se realizaba cada año el día de la fiesta del apóstol Santiago (25 de julio). Para México, véanse las descripciones transcritas en Bayle, Constantino: Los Cabildos seculares en la América española, Madrid, 1952, págs. 661-663. Este mismo autor transcribe la disposición dictada por el virrey del Perú en 1702 para la celebración de dicho evento en Buenos Aires, durante la víspera y el día de San Martín, patrón de la ciudad (págs. 665-666). 25 Cf. para Santiago, Pérez García: Historia natural..., CHCh, XXII, pág. 166. Carvallo y Goyeneche, en su Descripción..., CHCh, X, pág. 69, señala que en su época (a fines del siglo XVIII) en La Serena -norte de Chile-, fundada el 15 de noviembre de 1543, el pendón era paseado la víspera y el día de San Bartolomé, patrón del villorrio, "... procurando imitar en lo posible a la capital del reino en la grandeza y majestad de la función". Luego, este autor nos informa que ocurría algo similar en San Agustín de Talca -en el centro del país-, fundado el 17 de febrero de 1742 (Ibídem, RITUALES Y "FETICHES" POLÍTICOS EN CHILE COLONIAL Tomo LVI, 2, 1999 toda fiesta religiosa principal, dicho paseo se efectuaba también el día previo, asociándose así a la vísperas canónicas del santo. Cabe subrayar la importancia que adquiere a nivel local la articulación del ceremonial anual previsto para dicho objeto en el contexto de la celebración de este apóstol tan singular. Sin duda, al observar que Santiago era el patrón de muchas de las ciudades americanas, la situación vivida en Chile podría ser bastante común, sobre todo si abordamos dicha fiesta como una estrategia de unificación simbólica del imperio colonial en torno a la personalidad fuerte de un santo ligado íntimamente a la monarquía hispana. 26 Sin embargo, si tomamos en cuenta el imaginario identitario que predominaba entre el sector aristocrático de la capital chilena y que fundamentaba una parte esencial de su prestigio, podemos deducir que dicha fusión litúrgica iba más allá de la coincidencia con la fiesta del patrono local. El apóstol Santiago se caracterizaba por ciertos elementos propios que se ajustaban perfectamente a la significación persuasiva que se le quería otorgar al pendón y a la fuerza de su sacralización. En este mismo sentido, la representación del santo tenía implicaciones concretas para la plusvalía simbólica que obtenía la aristocracia local de la manipulación ostentosa de dicho objeto. Recordemos, primeramente, que Santiago había sido el nódulo simbólico del imaginario español de la Reconquista y del espíritu de cruzada peninsular, elementos que luego retomaría en la conquista del Nuevo Mundo. Santiago era, sin duda, el personaje "divino" más adecuado -entre los componentes del panteón cristiano-para ser asociado a la soberanía real en los territorios coloniales. En segundo lugar, a nivel local, debemos recordar lo señalado respecto al imaginario nobiliario, anclado en un supuesto origen guerrero, que era cultivado por la aristocracia chilena, pese a su alejamiento paulatino de la guerra efectiva dejada en manos del ejército profesional de la frontera sur del reino. pág. 91). Domingo Amunátegui Solar, en El Cabildo de Concepción (1782-1818), Santiago, 1930, pág. 9, señala, para fines del mismo siglo XVIII, que este paseo tenía lugar junto con la procesión realizada durante la fiesta de la Inmaculada Concepción, patrona de la ciudad, el 8 de diciembre. En este caso había una coincidencia con la fecha de refundación urbana, el 8 de diciembre de 1754, después del desplazamiento de su establecimiento original en la bahía de Penco. José Toribio Medina, en su recopilación titulada Cosas de la colonia. Apuntes para la crónica del siglo XVIII en Chile, Santiago, 1952, págs. 24-25, apunta que el paseo del estandarte real en el villorrio de San Martín de la Concha, fundado en 1717 (luego llamado Quillota, en la zona centro-norte de Chile), se llevaba a cabo el día de San Martín, patrón del asentamiento. Este afán de prestigio "nobilizador", esta mentalidad señorial de valores militares, omnipresente en la élite local, se refuerza aún más a nivel simbólico si observamos las imágenes representadas en el propio estandarte: si bien por el anverso están representadas las armas de la monarquía, por el reverso están bordadas las de la ciudad, otorgadas por Carlos V en 1554. 27 Eran dos caras de la misma medalla, en la que se confundían simbólicamente el poder monárquico y el de la élite local. Se materializaba, así, una identificación visual de la élite con la monarquía y, al mismo tiempo, con el aura nobiliaria que le otorgaba la manipulación privilegiada y monopólica del escudo otorgado a la ciudad, conforme a la ecuación metafórica: "ciudad noble" = cabildo = "nobleza" de Santiago. Ecuación refrendada por la autorización otorgada a la capital chilena, por la misma cédula que designaba dicho escudo, para nominarse "muy noble y muy leal ciudad". 28 Así, al mismo tiempo que se manifiesta públicamente una "presencia" regular del monarca lejano, alimentando periódicamente su lugar omnipresente en el imaginario colectivo, se le asocia a una fiesta religiosa de gran peso simbólico para la estrategia hispana en América. En este sentido, se trata de una materialización litúrgica que actúa sobre la memoria de la comunidad, recordando la victoria de un sistema de dominación donde se coludían sus tres pilares fundamentales: Monarquía, Iglesia y élite local. Al mismo tiempo, observamos como un hecho central la mencionada plusvalía que obtiene esta última. Primeramente, al asociarse ritualmente a la representación emanada de dicho santo, orientada al refuerzo de su imaginario identitario y de su auto-representación como estamento noble. En segundo lugar, al apropiarse ritualmente del fetiche monárquico y posicionarse como su manipulador oficial, a través de la institución municipal. Así, en 1605, esta última acordaba que en la misa del apóstol el pendón debía ser llevado por el alférez real en posición enhiesta, tanto en la entrada como en la salida de la iglesia, y que fuesen los alcaldes quienes llevasen las borlas de sus extremos. 29 De esta forma, y ya desde mediados del siglo XVI, la liturgia anual del apóstol adquiere rápidamente el objetivo deseado por la monarquía... y por la aristocracia local, que era la encargada oficial de llevarlo y de acompañarlo en estos días. Posicionamiento de los actores y rol del alférez real En efecto, la víspera de la fiesta el cabildo, acompañado del gobernador -si se encontraba en la ciudad-, de la Audiencia y del resto de la élite local, así como de un destacamento de la milicia, iban a casa del alférez real, donde se guardaba el "fetiche", y lo traían con él al edificio municipal. Allí era colgado a la vista pública desde una ventana que diera a la plaza mayor. El edificio que albergaba a la élite institucionalizada se irradiaba, así, a la vista de la población, con la legitimidad otorgada por la presencia y la manipulación directa y exclusiva de este símbolo. Este último, por su parte, comenzaba a "re-cargarse" con la "energía litúrgica" recibida en estos días, reforzando su carácter de encarnación "icónica" del rey lejano al ubicarse en el centro de los eventos y compartir con su cortejo la admiración colectiva brindada al sistema de poder. Luego, todos estos actores se dirigían a la catedral para la celebración de las vísperas respectivas. 30 Al día siguiente, el mismo cortejo transportaba el pendón en dirección a dicho templo, donde se llevaba a cabo la singular fusión entre la fiesta eminentemente religiosa, la del apóstol Santiago, y la fiesta del "paseo" del estandarte. En la lógica que alimentaba estos eventos, este instante era el más importante, pues dicha fusión se traducía en una verdadera "sacralización" anual del símbolo real. En primer lugar, la misa se efectuaba con la solemnidad de las grandes ocasiones, con el obispo vestido de pontifical, el cabildo eclesiástico en pleno y los representantes de todas las órdenes regulares. 31 El pendón, por su parte, se colocaba directamente en el interior del recinto reservado a lo sagrado: el presbiterio. Así, a lo largo de toda la ceremonia, el símbolo real se hallaba a la vista de todos los asistentes en un lugar de gran privilegio, pues se le disponía al lado derecho del altar mayor, que era el lado del evangelio -el de mayor importancia jerárquica, en relación al de la epístola, a la izquierda-, entre éste y el sitial del obispo. Es interesante destacar, por otra parte, que en dicho espacio sagrado el estandarte no estaba solo. Como en todo evento civil o religioso en que este objeto participaba, la persona encargada de portarlo, el alférez real, estaba a su lado, beneficiándose de la liturgia sacralizante. Y esto, pese a las prohibiciones explícitas que establecían que en el presbiterio no se podían sentar laicos de ninguna condición. 32 La costumbre había avalado a lo largo del tiempo esta práctica, al punto de hacerla parte indispensable de dicho escenario. De ahí que en el conflicto suscitado entre el obispo Luis Francisco Romero y el cabildo, a comienzos del siglo XVIII, su pretensión de eliminar esta "ilegalidad" no tuviese ningún eco. Por lo demás, el municipio, al conocer la solicitud enviada por el obispo, escribió una perspicaz carta al monarca señalándole que "[...] aunque esta Santa Iglesia ha franqueado el presbiterio al pendón real, no ha sido por abuso o corruptela de los derechos canónicos, sino por manifestación y lealtad profesada a las armas reales". 33 Ello explica el hecho de que este instante adquiriera una importancia particular dentro de los objetivos honoríficos que valorizaban dicho cargo municipal, pues era una excepción litúrgica que anualmente lo colocaba en un alto grado de prestigio jerárquico. La sacralización del fetiche, que lo re-cargaba regularmente de la energía sobrenatural necesaria para ejercer su rol simbólico, se concretaba en el momento oportuno de la ceremonia a través de una bendición explícita realizada por los intermediarios oficiales ante la divinidad, con aspersión de agua bendita y exhortaciones rituales determinadas. A ello se unía el infaltable sermón persuasivo que, sin duda, servía para resaltar el rol jugado por dicho objeto así como su relación con el apóstol hispano. Leal Curiel, Carole: El discurso de la fidelidad. En 1783 se repetiría la misma polémica, ahora entre el obispo de Concepción y la municipalidad de esa ciudad; ver González: "Santiago apóstol...", págs. 141-143. Tomo LVI, 2, 1999 ello recaía también, indirectamente, sobre la persona que lo portaba, es decir, el alférez. 34 No debe parecer extraño, por lo tanto, el que este personaje asuma un rol cristalizador de las pretensiones políticas de la élite local, al custodiar permanentemente este símbolo, y que por ello mismo no sólo concentre un enorme peso honorífico sino también un rol efectivo en el seno del consejo municipal, donde tenía derecho a voto activo en sus sesiones. Más aún, las disposiciones reales llegaron a otorgarle ciertas preferencias en cuestiones de protocolo, como la precedencia en el asiento, en el voto y en la firma de documentos inmediatamente después de los alcaldes, a los que podía incluso reemplazar en caso de ausencia. 35 Por lo demás, el quiebre provocado por la inserción de este personaje en el orden jerárquico ocupado por los actores en las ceremonias se presentaba continuamente en toda gran ceremonia o recorrido ritual por el espacio público. Su función institucional y el rol simbólico adscrito al cargo hacían que el notable que lo ocupaba pudiese saltar dicha malla jerárquica y ubicarse en un lugar protagonista en los cortejos de las principales celebraciones. El prestigio personal del "funcionario", renovado pública y frecuentemente con este privilegio, se unía así al derivado de su inseparable ligazón física con el símbolo real. Este "quiebre" de las jerarquías visuales normales se volvía particularmente destacado no sólo, como hemos visto, en la misa del apóstol Santiago, sino también en las cabalgatas que se llevaban a cabo luego de la aclamación de un nuevo monarca y para el paseo anual del estandarte: el alférez real iba siempre al lado del gobernador o del oidor decano que lo reemplazaba. De acuerdo a la ley, en caso de presencia del gobernador -o del virrey, dependiendo del lugar-el alférez ocupaba el lado izquierdo, dejando el derecho -el más importante-a dicho oidor. 36 En otras oportunidades, se situaba después de la Audiencia, pero en todo caso siempre precediendo a sus pares del cabildo. Este último, por su parte, siempre seguía un orden jerárquico, que comenzaba por el corregidor y los dos alcaldes y continuaba por los regidores en orden de antigüedad. Dicho rol y, sobre todo, su función política como "defensor" y custodia del estandarte real permitía al cabildo insertarse en la más pura tradi-ción de los fueros castellanos y compartir institucionalmente el honor y el prestigio de este "funcionario", quien canalizaba la legitimación nobiliaria pretendida por los descendientes de la élite "originaria" de Chile. De hecho, hasta el momento de su venta pública, se trataba de una nominación anual efectuada por los capitulares entre los principales notables de la ciudad. 37 Esta condición determinaba, efectivamente, que el cargo estuviese en manos de uno de los miembros más importantes de dicha élite, el más "digno" de ocuparse del símbolo real. El prestigio que le atraía dicha ocupación a su persona y a su familia se acrecentaba aún más si consideramos que el alférez no sólo se encargaba de trasladar el fetiche sacralizado para las ocasiones ceremoniales, sino que además lo custodiaba en su propia casa durante todo el año que ocupaba el cargo. Este gran privilegio alcanzó una proyección geométrica tras la decisión de poner en venta dicha función, a partir de 1612. En ese momento, la custodia del pendón, adscrita al cargo de alférez, pasaba a ser "propiedad" del comprador. En consecuencia, el prestigio emanado de la "posesión" de este objeto, tanto para el personaje mismo como para su familia y su hogar encargado de guardarlo, podía extenderse a perpetuidad y, eventualmente, traspasarse a una nueva generación por la vía de una "venta endogámica". De ahí que en este año de la primera venta "al remate", que lo fue también para otros puestos municipales, sería el cargo de alférez real el más codiciado y el que sería vendido por un precio mucho más alto que los otros. De ahí también el hecho de que surgieran conflictos en el interior de la élite cuando en esa ocasión el cargo fue adquirido por un "hombre nuevo", el capitán Isidoro de Sotomayor, un mercader, sin raíces en la élite originaria de la conquista, la única que se consideraba con la "nobleza" necesaria para monopolizar este puesto privilegiado. 38 El cabildo llegó incluso a solicitar a la Audiencia que anulase la venta, proponiendo que fuese el propio municipio quien eligiese al nuevo alférez, y prometiendo restituir el precio que se había convenido en el remate. El ritual cívico luego de la misa mayor Volviendo a la fiesta del apóstol Santiago, debemos recordar también que este juego de energías legitimantes que circulaba de ida y de vuelta entre el estandarte real y los actores locales del poder, pasando por la sacralización eclesiástica, se reforzaba aún más en la procesión religiosa que seguía a la misa. Como era de esperar, allí desfilaban, en primer plano, el alférez portando el símbolo y los dos alcaldes asidos de sus borlas laterales. Más aún, las propias andas de la imagen del santo eran portadas en ese momento por regidores del municipio, junto con miembros del cabildo catedralicio. En fin, el espacio público continuaba siendo el escenario de la nueva etapa ritual que seguía a las ceremonias religiosas. Se procedía entonces al "paseo" oficial que determinaba la ley y la costumbre. En realidad, se trataba del mismo rito lúdico-profano que acompañaba la proclamación de un nuevo soberano: el pendón real, siempre en las manos de su alférez, encabezaba una ostentosa cabalgata de las autoridades vicarias del monarca y del conjunto de la aristocracia por las principales calles de la ciudad. Como en dichas grandes ocasiones, las descargas de armas de fuego y el ruido de tambores y pífanos de la milicia, así como de las campanas de las iglesias, acrecentaban también la espectacularidad del evento. Vista la importancia trascendental que había adquirido la liturgia religiosa, este momento aparecía en realidad como un acto complementario. Su función se orientaba más bien a reforzar a posteriori y en la vía pública la sacralización que había obtenido el objeto en el momento de la ceremonia canónica. Además, esta cabalgata ayudaba a reforzar la "ganancia simbólica" que estaban obteniendo los grupos dominantes, por la evidente 39 Sin embargo, Sotomayor sería confirmado en su cargo por el rey, cinco años más tarde. Archivo General de Indias, Chile, 27: carta del cabildo al rey de 19 de diciembre de 1613, citada por Meza Villalobos, Nestor: La conciencia política chilena durante la Monarquía, Santiago, 1958, pág. 72, y González: "Santiago apóstol...", pág. 138. En 1681, después de la muerte del alférez del momento, fue el gobernador mismo quien nombró al sucesor, en premio de una donación de 400 pesos que esta persona había hecho al tesoro real (Acta del cabildo de 24 de diciembre de 1681, ACS, XLI, págs. 95-98). Anuario de Estudios Americanos admiración colectiva que generaba su lucimiento público y por el hecho de tener el privilegio de acompañar al fetiche sacralizado. Como apuntaba el cronista Felipe Gómez de Vidaurre, "Es verdaderamente ésta la función que da más gusto y que presenta la idea más clara de sus genios [de los criollos], porque no sólo se ve esta riqueza en los que van en la función, que son todos los cabildantes, algunos parientes y amigos del alférez real y otros que por gusto salen acompañando el Pabellón Real, sino en el inmenso pueblo que concurre a la plaza, todo de gala, a ver esta función". 40 Por lo demás, la cabalgata en sí misma, en el contexto de Santiago colonial, constituía un recordatorio ritual de todo ese universo de raíces guerrero-señoriales que la élite de la ciudad reivindicaba e intentaba reproducir en torno a cada liturgia del poder. En ese mismo plano podemos situar la importancia que se le otorgaba a la reproducción de la tradición hispana y virreinal de efectuar corridas de toros para clausurar la celebración. Al igual que para otras ocasiones festivas, el cabildo se esforzaba cada año para organizar tres días de fiestas profanas, si bien hay períodos en que al parecer esta práctica cae en el olvido, hasta que alguna revisión de archivos o el entusiasmo de algún celoso regidor hacen que se recomience la tradición importada desde la Península. En ocasiones, las corridas podían incluir también torneos y juegos ecuestres de origen medieval, tan caros a la élite colonial por su identificación con los patrones lúdicos identitarios de la nobleza española. 41 Verdaderos "juegos escénicos", dichas expresiones lúdicas fueron desde un comienzo adaptadas y reproducidas en América como otro canal privilegiado para hacer circular visualmente un mensaje reforzador del orden social, un instrumento que se adicionaba al ceremonial grave, a través de la aparente ingenuidad del universo lúdico, a fin de regenerar en ese plano el prestigio de los actores del poder, particularmente de la élite. Son diversiones "señoriales", monopolizadas por la élite local. Más aún, estas diversiones no sólo expresaban una visión aristocrática del mundo, sino también una visión guerrera, tanto se imbricaban ambas en el imaginario de los grupos dominantes. 42 Sin ir más lejos, al organizar 40 Gómez de Vidaurre, Felipe: Historia geográfica, natural y civil del reino de Chile, CHCh, XV, pág. 305. 42 Viqueira, Juan Pedro: ¿Relajados o reprimidos? Diversiones públicas y vida social en la ciudad de México durante el Siglo de las Luces, México, 1987, págs. 33-36. RITUALES Y "FETICHES" POLÍTICOS EN CHILE COLONIAL Tomo LVI, 2, 1999 las manifestaciones para la fiesta del apóstol Santiago de 1651, el cabildo señalaba explícitamente que los toros y cañas debían ejecutarse "con capas y espadas"; una clara alusión, pensamos, a la nobleza principal de España, que era justamente "de capa y espada". 43 Dichas expresiones lúdicas contribuían directamente, así, a alimentar el conjunto del universo identitario de las élites chilenas. De hecho, conforme a la propia tradición española, la corrida, "...école de guerre, jeu d'un pays installé dans la guerre, où domine l'élevage extensif...", 44 se había insertado cómodamente en el contexto de la Conquista, apoyando el imaginario bélico ennoblecedor de las nuevas "aristocracias" coloniales. La significación socio-política asignada a estos espectáculos explica, efectivamente, el interés de la élite de Santiago por organizarlos cada vez que una ocasión especial merecería una celebración, incluyéndolos, como era la tradición hispana, en las grandes festividades del calendario eclesiástico. Un ejemplo claro de esta proyección se puede ver en el caso de la fiesta anual que vemos asociada al estandarte real. En tanto que evento regular y frecuente en el tiempo y en tanto que articulación ritual de referentes simbólicos pluridireccionales -fiesta de un santo guerrero por excelencia, fiesta del símbolo real y fiesta, al mismo tiempo, de la "ciudad"/élite institucionalizada-, no nos debe extrañar que dicho día fuese una ocasión preferente para la organización de corridas y de juegos "señoriales" en la plaza principal. De hecho, visto el rol central que asumía en ese día el alférez real, era evidente y lógico que se encontrara en primera línea en esta etapa de la celebración, generalmente encabezando una de las cuadrillas. Hacia 1592 encontramos por primera vez una referencia a los juegos de cañas ligados a la celebración del apóstol Santiago. Sin embargo, el mismo documento informa que esta era una costumbre habitual, pues "... siempre se suele solemnizar con hacer juego de cañas y correr toros otro día después" (Acta del cabildo de 10 de julio de 1592, ACS, XX, pág. 386). Ver González: "Santiago apóstol...", pág. 137, donde se señala, erróneamente, que ésta habría sido la primera vez que se habrían organizado tales juegos para celebrar a dicho santo. A n e x o presidente y llevandole así llegados á la puerta de la reja de la capilla mayor del S[eño]r. San Fran[cis] co entraron con él debajo del palio que para ello se hizo de razo carmesí con las senefas de terciopelo y guarnecido por la parte de afuera con flocadura grande de oro y por la de adentro con otra flocadura del mismo tamaño de plata el cual llevaron los dos alcaldes hordinarios y once personas del cab[ild] o que por todos fueron trece vestidos todos con las ropas rosagantes d[ic]has. y saliendo á la puerta de la iglesia hallaron fuera de ella un caballo obero aderezado con gualdrapa y guarniciones de terciopelo negro todo muy bien guarnecido cubierto con sutellis, el cual habia ido desde las casas reales con todo el d [ic] Señor por cuan bien se habia fecho todo, mando que el real sello se llevase á su cuarto hasta que se ordenase la parte y lugar conveniente adonde se hubiese de poner, el cual fueron acompañando todos los caballeros y demás personas que estavan en la dicha real sala y los d[ic]hos. señores salieron de la sala real a el corredor que esta delante de ella y cae á la plaza en la cual estavan las compañias d[ic]has. de a caballo y de infanteria las de a caballo en los puestos d[ic]hos. esquinas de la plaza y las de infanteria en dos puestos enfrente la una de la otra, de las cuales salieron diferentes mangas escaramusando unas con otras y las compañías de acaballo escaramusaron tambien y con esto se acabó la fiesta de este recibimiento la cual doi fee que se hizo con grandisima solemnidad y aplauso de toda esta ciudad e para que á todos conste de mandato del d[ic]ho. Señor Doctor Merlo doi esta fee fecha en Santiago de Chile en nueve dias del mes de Setiembre del año de mil y seiscientos y nueve.-firmolo el d[ic]ho.
vaje, que estaban retocando y que a partir del Descubrimiento adquiere un significado específico, pasando de ser una figura meramente folclórica a convertirse en un referente político. En la época inmediatamente posterior al descubrimiento de América, la dificultad extrema en la tarea de aprehensión de la realidad recién conocida consistió en el hecho de que, a la vez que se la describía y analizaba, fue necesario construir el utillaje teórico e ideológico para interpretarla. Algunos intentaron aplicar a las Indias las tradiciones, los criterios y los valores paradigmáticos que habían impregnado la antigüedad clásica y la mentalidad medieval, que parecía que el Renacimiento acababa de barrer, pero los autores más conscientes del hecho radicalmente nuevo intentaron explicarlo partiendo de los elementos de novedad que encontraban en América. 1 De aquí que el habitante del Nuevo Mundo y su figura se presentaran en la escena como material para alimentar las funciones que el autor hubiera querido señalarles, de tal manera que bien pronto el indio americano adquirió valor simbólico con el doble mito del buen salvaje hecho hombre o el del bárbaro en quien cabían todos los vicios. Más tarde, desde la mitad del Quinientos y sobre todo a partir de los últimos años del siglo XVI y primeros del XVII, fue toda América la que fue asumida como connotación de una función signifi-1 La dualidad de las sendas culturales abiertas con los autores contemporáneos al Descubrimiento se manifiesta también en los estudiosos actuales al momento de encarar el hecho histórico. Pueden tomarse como ejemplo de ello las posturas encontradas de Gil-Bermejo García, J.: "Ideas sobre el indio americano en la España del siglo XVI", La imagen del indio en la Europa moderna, Sevilla, 1990, págs. 117-125: "En este contexto cabe señalar un aspecto interesante: las sorpresas y novedades no provocaron extrañas imaginaciones de tipo medieval", pág. 118, y Alvar, M.: "Fantastic tales and Chronicles of the Indies", Amerindian images and the legacy of Columbus, Jara-Spadaccini, eds., Minneapolis, 1992, págs. 163-182: "The code of chivalry as a principle that makes possible the transmission and understanding of the New World for the West", pág. 163. cativa en la producción literaria e ideológica, tanto es así que, como dice Alvar, la literatura adquirió vida y la vida se tornó literatura, porque los cuentos fantásticos, las historias clásicas y las evidencias materiales se tomaban todas al mismo nivel cognoscitivo. No se personificaba el dato geográfico, sino que el Nuevo Mundo era investido del valor de escenario en el que se desarrollaban hechos de gran significación: allí tenía lugar la elaboración patriótica de la exaltación de los españoles y de sus gestas. El primer aspecto bajo el que se presentaba al lector el tema americano en la literatura española del Quinientos fue, como no podía dejar de ser, el de la polémica desencadenada tras los hechos del Descubrimiento y las denuncias de Las Casas. El modo en que se había realizado la conquista y la colonización de América se puede ver, desde el punto de vista de la historia de las ideas, en P. Sainz y Rodríguez mientras que López Alonso y Elorza, en El Hierro y el Oro, pasan revista a los aspectos políticos en España. Fueron precisamente las presiones de Las Casas las que obligaron a convocar en 1550 una junta de teólogos en Valladolid, en la que tuvo lugar el choque entre Sepúlveda y el dominico y, como era imposible ocultar la sinrazón de los españoles en América, "de aquí nace un fenómeno excepcional: la insólita mala conciencia de la conquista, anticipadora de la problemática que en siglos más cercanos ha de suscitar el moderno colonialismo europeo", como demuestra el que Carlos V no perdiera nunca de vista las recomendaciones a su hijo a propósito de las medidas a tomar para alcanzar la justicia en el Nuevo Mundo. 2 En los orígenes de esta actitud está Las Casas, cuyo pensamiento es la raíz de la Leyenda Negra que tantos resquemores parece sigue suscitando a casi cinco siglos de su formulación primitiva, tanto es así que algunos autores incluso hoy día tildan al fraile de "empecinado orgullo", definiéndole como "andaluz desaforado" que se aferraba a las doctrinas teológicas sin buscar en ellas una justificación de la misión 2 Sáinz y Rodríguez, P.: La evolución de las ideas sobre la decadencia española, Madrid, 1925, págs. 27-28 y 36-43; y López Alonso, C. y Elorza, A.: El Hierro y el Oro, Madrid, 1989, págs. 59, 37, 93-94. Sobre Las Casas, Abellán, J.L.: "Los orígenes españoles del mito del 'Buen Salvaje', Revista de Indias, Madrid, 1976, núms. Los españoles vistos por sí mismos, Madrid, 1986. Adorno, R.: "Discourse on colonialism: Bernal Díaz, Las Casas and the Twentieth-century reader", Modern Language Notes, n.o 103, 2, Baltimore, 1988, págs. 239-258; Benítez Rojo, A.: "Bartolomé de Las Casas: entre el infierno y la ficción", Modern Language Notes, n.o 103, 2, Baltimore, 1988, págs. 259-288; Galmés, L.: Bartolomé de las Casas defensor de los derechos humanos, Madrid, 1982; Hanke, L.: Bartolomé de las Casas, The Hague, 1951; Id.: All mankind is one, De Kalb, 1974; Hernández Morelli, R.: "La praxis lascasiana a la luz del análisis gramsciano de los intelectuales y su función social, en la conmemoración del primer contacto de España con América", Literatura hispánica, Reyes Católicos, Descubrimiento, Barcelona, 1989, págs. 32-37;O'Gorman, E.: Cuatro Historiadores de Indias, México DF, 1979; Ortega, J.: "Las Casas, Anuario de Estudios Americanos española y por lo tanto reo de antipatriotismo. 3 El objeto de este trabajo es el estudio de la literatura de ficción, por lo que se pueden soslayar las referencias a los tratados de política que en el Quinientos ponían en tela de juicio la licitud y la justicia de la conquista y los debates sobre los títulos que justificaban la dominación española en América. La figura de Las Casas es probablemente excepcional por el calado histórico de su obra, por la pervivencia de sus afirmaciones y la vehemencia con que propagó y defendió sus ideas. Hacia mediados del siglo XVI, entroncando en la tradición renacentista erasmista y fuertemente influida por los contenidos de la Brevísima Relación lascasiana, nació una obra literaria que más abajo se analizará y que es emblemática de una actitud ante América, las Cortes de la Muerte, para muchos un hito en la producción literaria de tema americanista, "y [que] repite muchos de sus argumentos" según Morínigo. 4 Para la comprensión cabal de la postura de quienes se colocaban críticamente enjuiciando el Descubrimiento y el proceso de la conquista de las Indias Occidentales es necesario enfocar brevemente el tema del indio americano. El doble tema del buen salvaje y del indio depravado De todas las funciones que el argumento americanista tuvo en la literatura del Cinco-Seiscientos, la más radical fue la que se presentaba enjuiciando el valor político del Nuevo Mundo y el sentido de la presencia reformador social y precursor de la 'teología de la liberación'", Cuadernos Hispanoamericanos, n.o 466, Madrid, 1989, págs. 67-88; Zamora, T.: "La controversia política del destino de América en el siglo XVI", Cuadernos Hispanoamericanos, n.o 373, Madrid, 1981, págs. 15-26; Dille, G.F.: "El descubrimiento y la conquista de América en la comedia del Siglo de Oro", Hispania, n.o 71, Univ. Southern California, Los Angeles, 1988, págs. 492-502; Cro, S.: Realidad y utopía en el descubrimiento y conquista de la América hispana (1492( -1682( ), Madrid, 1983; Adib, V.: "Los indios en la Historia de Motolinía", Ábside, T. XIII, México, 1949, págs. 89-94; García García, A.: "La ética de la Conquista en el pensamiento español anterior a 1534", La ética en la conquista de América, Salamanca, 1984, págs. 77-104; Alcina Franch, J.: El descubrimiento científico de América, Barcelona, 1988; Esteva Fabregat, C.: La corona española y el indio americano, Valencia, 1989; Fernández Buey, F.: La gran perturbación, Barcelona, 1995; Padgen, A.: La caída del hombre natural. El indio americano y los orígenes de la etnología comparativa. Véanse también Martinengo, A.: "Los enfoques de la cuestión indiana: Las Casas reenunciador del mensaje colombino", La imagen del indio..., págs. 297-317; Mignolo, W.D.: "When speaking was not good enough. Illiterate barbarians, savages and cannibals" Amerindian images..., págs. 317-345; Milhou, A.: "El indio americano y el mito de la religión natural", La imagen del indio..., págs. 171-191; y Mora Mérida, J.L.: "la visión del indio por los eclesiásticos europeos de los siglos XVI y XVII: notas sobre la idea misional en Europa", Ibídem, 4 Morínigo, M.A.: América en el teatro de Lope de Vega, Buenos Aires, 1946, pág. 43. LITERATURA Y RELIGIÓN EN EL TEMA AMERICANO DEL SIGLO DE ORO Tomo LVI, 2, 1999 española en él. La elaboración renacentista de la historiografía, en la que mucho influyera Maquiavelo, había producido la idea de que el vencedor era siempre el más fuerte y había desvinculado la posición victoriosa de la ética o de la moral religiosa, por lo que no habrá que extrañarse de que contemporánea y consecuentemente, por reacción, naciera la figura de un nuevo vencedor, "materialmente perdedor, el más débil, la víctima, vencedor moral, espiritualmente superior". 5 Desde Guevara hasta Rousseau, en la Edad Moderna, América asumió como valor principal precisamente su novedad, entendida como inocencia radical, como negación de la degeneración ética del Viejo Mundo y los habitantes del nuevo continente, absolutamente mejores que los europeos, se revestían de una carga utópica porque representaban al hombre nuevo, nuevo pero que podía degenerar a su vez y de ahí la pasión puesta al denunciar las atrocidades culturales y morales cometidas en el Nuevo por el Viejo Mundo. De este modo se realizaba un proceso de idealización abstracta, mediante el cual el nativo americano, en adelante el indio, era deshistorizado, despojado de su auténtica realidad y convertido en el buen salvaje. Transformado, no inventado, porque el personaje ya era conocido desde toda la Edad Media. El descubrimiento de América, en este caso, sólo dio la posibilidad de reforzar o reelaborar literariamente este personaje, así que el buen salvaje es una continuación del viejo tema del hombre salvaje enriquecido con los matices propios de una tradición misional -y por lo tanto interesada--que se remontaba a la Edad Media. Baudot ha señalado cómo y cuánto está en deuda la construcción de la imagen del otro -el indio americano de Motolinía--con la cultura franciscana cuyas raíces se pueden encontrar en Giovanni da Pian del Carpine y su Historia Mongolorum. 6 Este mito está estrechamente relacionado con otro igual o más famoso, el de la Edad de Oro, cuyos contenidos no eran 5 Cro, S.: Realidad y utopía en el descubrimiento y conquista de América Hispana (1492-1682), Madrid, 1983, págs. 221-224. Sobre el valor de la utopía en el descubrimiento, véase Fernández Herrero, B.: La utopía de la aventura americana, Barcelona, 1994. 6 Me parece muy interesante lo que puntualiza S. López Ríos ("El concepto de salvaje..."), a propósito de la definición de los nativos americanos en el siglo XVI y la caracterización de "salvaje": "para referirse a ese desconocido ser mítico, fruto de la imaginación humana, a medio camino entre el hombre y la bestia, que vive apartado de la civilización, en bosques y selvas, y uno de cuyos rasgos más característicos es estar cubierto de pelos", pág. 148; también págs. 149-150 y 150-152. No hay que olvidar el buen criterio de García Cárcel, La leyenda..., pág. 232, para establecer el cambio de actitud ante los indígenas del Nuevo Mundo. También Baudot, G.: "Amerindian image and utopian project. En la misma línea de análisis escriben Duviols, J.P.: "Los indios protagonistas de los mitos europeos", La imagen del indio..., págs. 377-388; y también Mora Mérida, "La visión del indio...", Ibídem,. Anuario de Estudios Americanos solamente estéticos sino fuertemente marcados por motivos y deseos utópicos o ideológicos, como ha señalado Maravall. En tiempos del emperador aún era posible la utopía de la Edad dorada, de la vida sencilla opuesta a los afanes de la corte y los tráfagos de la ciudad. Los humanistas habían encontrado campo abonado para la recepción del mito del buen salvaje en el clima cultural de la alabanza de aldea, pues veían a los indios americanos como seres que habían sabido mantenerse en un nivel ideal de "virtuosa mediocridad"; 7 Sin embargo cumple poner en guardia acerca de la diferencia entre la idea del buen salvaje mitológico y la representación de los indígenas del Nuevo Mundo tal y como se da en la literatura de los siglos XVI y XVII; entre los humanistas americanistas, como los ha llamado Maravall, quienes hablaban del primero se referían a los segundos, bajo unos ropajes distintos y por supuesto con unos fines muy diferentes de los de aquéllos que nunca siguieron la elaboración del mito del hombre primordial y ahistorizado. Es extraordinariamente importante para comprender plenamente el alcance y las dimensiones culturales de la invención del personaje indiobuen salvaje notar que, a la luz de los estudios citados hasta ahora, se puede trazar la diferencia profunda de cómo se realizaba la aproximación cultural al problema por los hombres de la Iglesia y por los escritores. La formulación del problema de la existencia del otro, de un ser distinto en la fundamental unidad de la condición humana, ocurre con fines de evangelización, mientras que los escritores posteriores, recurriendo a la figura del indio, adoptaron una postura mucho menos problemática, aceptando los "estereotipos de uso cotidiano [...]. El indio era una persona de constitución débil y de condición social ciertamente humillada". 8 Era la visión moral de los nativos por parte de los gobernantes y el hecho de que fuera la que muchos dramaturgos transmitieran sin crítica deberá hacer que lamentemos las ocasiones perdidas para construir en el teatro americanista del Siglo de Oro un carácter humano de tal y tanto alcance. Y si no se hizo no fue por falta de capacidad -Hamlet, Segismundo, Don Quijote son contemporáneos-sino por falta de interés. La figura del indio en la literatura tiene un valor instrumental, igual que lo tenía para los escritores reli-7 Maravall, J.A.: Utopía y contrautopía en el "Quijote", Santiago de Compostela, 1976, págs. 172 y 192, y todo el capítulo VI; también Id.: "Un Humanisme tourné vers le futur", L'Humanisme dans les lettres espagnoles, Tours, 1976, págs. 337-348; Martí, A.: "La utopía en Don Quijote", Anales Cervantinos, Madrid, 1991, págs. 45-72, especialmente págs. 47-53; sobre la comedia de indios, véase Mazur, O.: The wild man in the Spanish Renaissance and Golden Age theatre. Éstos desarrollaron una aproximación interrogativa y creadora, mientras que aquélla lo redujo a un mero detalle. Pero también en este aspecto la elaboración estética del contenido americanista fue lenta, pues hasta la primera "comedia de indios", El Nuevo Mundo Descubierto por Colón (1598-1603) de Lope de Vega, sí aparecen en la escena buenos salvajes, pero no tienen ningún punto en común con los nativos americanos, siendo más bien comparsas de las muy ideológicas obras de pensamiento publicadas en España a raíz de la difusión de la Utopía de Moro. Parecería como si los escritores no hubieran visto de inmediato las posibilidades puramente literarias de este recurso y se limitaran sencillamente a usarlo para razonamientos claramente políticos y, de hecho, estéticamente esas aplicaciones fueron escasas o no aprovechadas, pues no se consiguió crear un tipo literario parecido al del "gracioso", "valentón", "celoso", "cornudo", "galán" o incluso al del "indiano", entre los muchos que hay en las Letras españolas del Cinco y, sobre todo, del Seiscientos. Ni siquiera en la Araucana de Lope, pieza que tiene por argumento la representación de la pasión de Cristo ambientada en tierras del Nuevo Mundo, se puede decir que los indios americanos sean buenos salvajes, porque si hay figuras positivas, como la de Jesús o el Bautista, encarnadas por Caupolicán y Colocolo, también el diablo es un indio, Rengo, en este caso un salvaje malo. Incluso si se mira en la Araucana original, de Ercilla, que sin embargo exalta a los nativos chilenos, se verá que tampoco se puede hablar de elaboración del mito del buen salvaje porque los indios son presentados como seres históricos, reales, con sus ideales positivos -lucha por su honor y por su libertad--pero también negativos, con las pasiones propias de todos los hombres. 9 Ni por encima, ni por debajo. Lo mismo ocurría en los otros textos mencionados, textos que, aun ani-9 Ercilla, A. de: La Araucana, (1569), ed. Morínigo-Lerner, Madrid, 1979; Oña, P. de: Arauco domado, (1596), ed. J.T. Medina, Santiago de Chile, 1917; Santiesteban y Osorio, D.: Quarta y quinta parte de la Araucana, Salamanca, 1597; Gerli, E.M.: "Elyseum and the Cannibals", Renaissance and Golden Age. Sobre la presencia del mito del buen salvaje, véase también Cro, S.: "Montaigne y Pedro Mártir: las raíces del buen salvaje", Revista de Indias, n.o 190, Madrid, 1990, págs. 665-685; Deyermond, A.: "El hombre salvaje en la novela sentimental", Filología, T. X, Buenos Aires, 1964, págs. 97-111; Durand, J.: "El chapetón Ercilla y la honra araucana", Ibídem, págs. 113-134; König, H.J.: "La visión alemana del indio americano en los siglos XVI y XVII", La imagen del indio..., págs. 127-156; Levin, H.: The myth of the Golden Age in the Renaissance, Don Mills, Ontario, 1969; y Ortega Medina, J.A.: "El Indio absuelto y las Indias condenadas en las Cortes de la Muerte", Historia Mexicana, T. IV, 1954IV, -1955. Desde el punto de vista de las implicaciones religiosas, véase Delumeau, J.: El miedo en Occidente, Madrid, 1989, págs. y 141 sigs. Anuario de Estudios Americanos mados por tensiones ideológicas, eran ante todo piezas literarias y como tales querían presentarse al público. Pero los escritores críticos, los polemistas, hacían política, no estética y sus razones necesitaban de un material humano más contundente: éste era el buen salvaje. Era un modelo a priori y por lo tanto aparece en la producción americanista con una función muy concreta, esto es, de polémica política y de crítica de la conquista. Sin embargo en otros escritores el indio era ya la imagen absolutamente positiva, que sólo precisaba de la intervención de la religión para que realizara la perfección que guardaba en potencia. La diferencia era enorme en relación con los escritores políticos como Las Casas y Vitoria; para éstos el indio era manso y sobre todo indefenso; las críticas lascasianas se dirigían a la crueldad de los conquistadores para con un pueblo que no les había hecho nada, que era inocente, reafirmando la injusticia de una violencia desencadenada contra quienes no tenían culpa alguna. Precisamente porque eran inocentes se desmontaba la pretendida justificación de la guerra justa: no había habido ninguna injuria previa para justificar la brutalidad europea. Para Las Casas y Vitoria los indios eran hombres, no bestias. Para los creadores del mito del buen salvaje los indios no eran sólo hombres, sino el prototipo del hombre bueno, más que hombres, la meta de la utopía. En este sentido se puede decir que el mito del buen salvaje no es el soporte de la crítica a la dominación europea sobre el Nuevo Mundo, sino un instrumento colateral para poder llevar adelante algunos aspectos de esa crítica. El mito del buen salvaje se halla al final, como producto de un planteamiento y no al principio, como base de una visión del mundo. Indirectamente había sido el mismo Colón quien había proporcionado las primeras armas a los críticos de su descubrimiento, con la imagen idílica que creó gracias a la descripción en rosa del Nuevo Mundo y de sus habitantes. Más tarde la historia de la conquista no seguiría ningún talante humanitario y la práctica administrativa y política de la encomienda bien pronto causaría alarma y execración entre algunos colonizadores, indignados con el trato que se daba a los nativos. Las voces de protesta pudieron oírse en la Península y en Ultramar, desde el famoso sermón de Montesinos en 1511, en el que exigía para los indios el mismo respeto y la misma dignidad de todo hombre necesitado de evangelización e instrucción. Hasta esa fecha no parece que a las mentes de los castellanos se hubiera asomado la figura del buen salvaje. 10Es interesante notar que en muchas de las principales obras de la literatura del Siglo de Oro los nativos americanos hacían de héroes positivos o de personajes centrales, con rasgos de dignidad y honor comparables con los de sus enemigos blancos, en la primera mitad del período estudiado: en Guevara, en las Cortes de la Muerte, en Ercilla... mientras que, sobre todo en el siglo XVII, el indio en otros textos literarios sólo conseguía un papel "de todo punto irrelevante" como dice Laferl a propósito de Tirso de Molina.11 Esto ocurre porque los indios no eran los protagonistas de la acción, sino el objeto sobre el que actuaban los conquistadores, y hacían a lo sumo de comparsas en obras destinadas a hablar de y a los españoles, cuyos compatriotas aparecían en los primeros planos de la trama. El indio era un personaje secundario y un personaje que se revestía de los ropajes positivos o negativos según los períodos y los objetivos del autor que lo trataba. En el caso del indígena visto favorablemente, los escritores de entre los siglos XVI y XVIII estaban incluso demasiado contentos de haber dado con un actor de carne y hueso para un personaje que era ya medieval y que ahora tomaba un carácter positivo, mientras que la tradición anterior lo había cargado de los vicios y defectos más repugnantes.12 De Juan de Maldonado a Bernardin de Saint Pierre cambia la imagen del indio porque ha cambiado la función que se le atribuía en el metatexto, de tal manera que la literatura interesada transformaba al indio de carne y hueso en carne de mito. Naturalmente ningún escritor habría llevado a cabo la mitificación del etíope, del chino o del turco; eran tipos humanos demasiado conocidos, demasiado cercanos, demasiado gastados por la historia, demasiado probados por la experiencia. En cambio el Nuevo Mundo era el nuevo tiempo, la posibilidad de emprender una nueva historia libre del lastre del pasado y de sus condicionantes, con nuevos sujetos que parecían interpretables según la voluntad del autor. 13 De hecho casi todas las obras de la primera mitad del siglo XVI que tratan directa o indirectamente del Nuevo Mundo son de carácter moralizador o polémico. El Villano del Danubio y las Cortes de la Muerte son el espejo de la fuerza de la Brevísima Relación de Las Casas y sus repercusiones, que se reflejan tanto en la literatura como en la política. En todos estos casos la imagen de América ofrecida por los autores demuestra a las claras no una voluntad de ilustrar neutralmente sino de orientar la opinión del lector, mediante una elaboración de la realidad original enmarcada en los esquemas mentales habituales de la época. Más tarde, a partir de la época de la Contrarreforma, el tema americano quedará englobado en la teoría de la educación por medio de la imagen 14 y las nuevas realidades serán presentadas bajo la doble vertiente del fortalecimiento de los estereotipos y mitos culturales o también como justificación o crítica de la acción política. Por ejemplo, si la desnudez adánica del indio se podía aceptar como muestra de su radical esencia paradisíaca, todo el sistema de la encomienda tal y como se había implantado en América había de aparecer monstruosamente injustificable; si, por el contrario, se tomaban en consideración las prácticas bestiales de canibalismo entre los indios, entonces todas las críticas de la actitud de los blancos para con los nativos perdían su razón de ser. Se trataba, por lo tanto, de elegir según los intereses de cada polemista la imagen que mejor se hiciera a sus fines. En todo este proceso el Viejo Mundo estaba aplicando al Nuevo un sistema de referencias que no era el suyo propio y cuya única finalidad consistía en reducirlo a datos comprensibles y aceptables en el contexto de la cultura europea o en este caso concreto de la española. España impuso su Ibídem,; García Pabón, L.: "The indian as image and a symbolic structure", Amerindian images..., págs. 530-564; Jiménez, A.: "Imagen y cultura. Consideraciones de la antropología ante la visión del indio americano", La imagen del indio..., págs. 77-84; Keen, B.: "The European vision of the indian in the sixteenth and seventeenth centuries. A sociological approach", Ibídem, págs. 101-116; König: "La visión alemana...", Ibídem; Moffitt-Sebastián: O Brave new people. Albuquerque, 1996; Pietschmann, H.: "Visión del indio e historia latinoamericana", La imagen del indio..., págs. 1-11; Winius-Hoogeveen: "A legend in black and white: the Amerindian indian and the propaganda in the Eighty Years War", Ibídem, págs. 43-59. Sobre el racismo literario ante el indio, véase Barnett, L.K.: The ignoble savage. American literary racism, 1790-1890, Newport-London, 1995; aunque trata de un período y un ámbito geográfico distinto, desvela los mecanismos de creación de una realidad cultural dirigida. 14 López Baralt, L.: "La iconografía política de América", Nueva Revista de Filología Hispánica, T. XXXII, México DF, 1983, págs. 448-461; Jorgensen, P.A.: "Shakespeare 's Brave New World", First Images of America, Berkeley, 1976, págs. 83-89; Baader, H.: "La conquista de América en la literatura española", Romanische Forschungen, núms. El descubrimiento del Nuevo Mundo en las culturas italiana y española, Cáceres, 1993; García Sáiz, M.C.: "La imagen del indio en el arte español del Siglo de Oro", La imagen del indio..., págs. 417-432; y López Baralt: "La iconografía política..." LITERATURA Y RELIGIÓN EN EL TEMA AMERICANO DEL SIGLO DE ORO Tomo LVI, 2, 1999 realidad interpretativa dando origen a dos visiones de su actuación en las Indias -la rosa y la negra-pero las dos habían sido generadas siguiendo los mismos métodos constitutivos. Lo que puede dar razón de la interpretación del tema americano en España es por lo tanto su contexto político y cultural; durante toda la segunda mitad del siglo XVI la dinámica estuvo marcada por la desaparición del erasmismo del campo de la vida intelectual y el paso de España de una posición política hegemónica en Europa a otra de repliegue. La crítica de la conquista en la literatura En las Letras españolas del Siglo de Oro la crítica política de la conquista se manifiesta en la primera mitad del Quinientos, sobre todo al coincidir con el período de máxima expansión del erasmismo y viene a chocar casi frontalmente con la ideología de los conquistadores, al menos con esa que expresa Bernal Díaz del Castillo en su crónica. 16 El comportamiento de los conquistadores, según este autor, se habría regido por una ética que les era común, de consagración al servicio de Dios y a la grandeza de Su Majestad, teniendo siempre por norte la observancia de las reglas de la caballería. Estas afirmaciones tendrían mucha importancia en la segunda elaboración ideológica de la conquista, la de los escritores nacionalistas, pues les ofrecía una serie de declaraciones, casi de "testimonios", de la auténtica actitud de los españoles en América. Pero era una visión interesada, ideológicamente orientada tanto como la de los escritores erasmistas. Para ellos el punto central de su planteamiento era el irenismo humanista, en cuyo nombre se condenaba cualquier tipo de violencia y con mayor razón la que se ejercía sobre una población inocente: "En lo que yo he andado, que es bien la tercera parte del mundo, no he visto gente más virtuosa y pienso que tampoco la hay en las Indias..." según el Viaje de Turquía,17 con lo que se decía que los habitantes del Nuevo Mundo eran un término de parangón para la virtud. Pero el texto que representa el punto culminante de esta actitud fue las Cortes de la Muerte de Hurtado y Carvajal y de la que ya se ha subrayado el erasmismo. De hecho la línea de continuidad es evidente incluso en la presencia literal de afirmaciones de autores evidentemente erasmistas como Valdés, sacadas del Diálogo de Mercurio y Carón,18 donde se dice "Fuime a un reino nuevamente por los christianos conquistado, y diéronme dellos mil quexas los nuevamente convertidos, diziendo que ellos havían aprendido a hurtar, a robar, a pleitear y a trampear..." mientras que la Muerte en sus Cortes 19 reiteraba que los cristianos habían enseñado a los indios "a hurtar, a robar, a pleitear y a trampear". La condena de la actividad de los españoles en el Nuevo Mundo no podía ser más clara y la ironía valdesiana la hacía aún más cruda con el uso de ese adverbio, "nuevamente": lo que era nuevo, el mundo y quienes desde hacía poco -nuevamente-habían sido convertidos, se habían cargado, gracias al ejemplo de los evangelizadores, de los vicios más típicos y antiguos del Viejo Mundo. La condena política de estos autores comprometidos era muy distinta de la que realizaban los escritores europeistas; para los segundos la conquista fue intrínsecamente mala porque importó a España los vicios de los indios y corrompió las sanas y viejas costumbres europeas, mientras que para los americanistas el sentido de la infamia se invertía, acusando a los "civilizadores" de estropear un mundo virgen con sus maldades. En el fondo se trataba de participar de las polémicas entre erasmistas y "maquiavélicos", donde la posición de los primeros era la de Las Casas, exigiendo la aplicación del bien y la justicia en sentido religioso a los asuntos del mundo, mientras que en el campo contrario, por ejemplo, Ginés de Sepúlveda compartía con Aristóteles la opinión de que los hombres nacen naturalmente libres o esclavos por natura. Las Cortes de la Muerte Publicada en Toledo en 1557, esta pieza formalmente medieval -una elaboración de la tradicional Danza de la Muerte-presenta en su escena XIX las quejas de los indios. La obra es de evidente corte erasmista, con su contraposición entre piedad exterior puramente aparente y los hechos concretos, pues los indios decían que eran más felices cuando aún eran paganos que tras la evangelización de los españoles, porque éstos habían sido la causa de sus males. Anuario de Estudios Americanos del cristianismo en el mundo de principios del siglo XVI y el balance no es muy halagüeño: una zona de Europa hacia occidente y el norte, otra más limitada al sur y a oriente hasta Polonia. En el resto de la Tierra sólo hay paganos. Cuando el interlocutor pregunta al carnicero del diálogo si no se ha enterado de los nuevos territorios "marcados con la cruz de Cristo" -evidente referencia a América-, aquél responde que sí, pero que también sabe que en aquellos parajes eran más llamativas las rapiñas de los conquistadores que la llegada de la verdadera fe. Las palabras y el pensamiento del maestro, como se puede ver, daban la línea de argumento a sus seguidores en España. La denuncia de los horrores de la dominación española se fundaba en las fechorías de los blancos y la religión no valía para justificar nada, porque a los indígenas se los seguía maltratando incluso tras haber abrazado la verdadera fe. El diagnóstico de la situación era la codicia de los castellanos, que había sido tanta como para llegar a cortar los dedos para robar unos anillos, o las orejas para llevarse unos pendientes, que había impulsado a cometer tanta violencia, tantos homicidios... Se daba la vuelta a la teología de la evangelización: ¿Por haber venido a la viña del Señor a la tarde, es permitido que a los que él hubo querido roben, maten sin temor? Pues ellos han predicado que tanto dio a los postreros que en su viña han trabajado, como a los que han madrugado y salieron los primeros". 23 Parecería que la pregunta fuera a enjuiciar el sentido de la Providencia y sus designios en el campo de la predestinación, rozando peligrosamente la desesperanza y/o la herejía, pero la clave de la respuesta a las interrogaciones de los indios está a este lado de la ortodoxia, en el valor salvífico de la fe, en el poder irénico de la religión. Las décimas siguientes insisten en la oposición entre mensaje religioso y prácticas de los evangelizadores. Pero las críticas de los autores de las Cortes de la Muerte se templaban en su contenido ideológico con la solución que la Muerte ofrecía a los indios: la paciencia cristiana para soportar los males del presente y, desde luego, 23 Carvajal-Hurtado: Cortes..., pág. 32. Tomo LVI, 2, 1999 aceptar siempre los dictados de la religión. A pesar de la virulencia de la crítica ante la realidad de la conquista, el efecto ideológico final era claramente apaciguador, en el caso de que alguien se hubiera enfervorizado demasiado por las arengas pro derechos de los nativos. En este sentido, las Cortes de la Muerte recoge el eco de la actitud lascasiana pero para darle una respuesta menos radical que sus planteamientos. La intervención en la escena de San Agustín, Santo Domingo y San Francisco, predicando obediencia y resignación, determinaba la significación final del texto. Condenando la actividad de los españoles en América se planteaba el problema del justo modo de gobernar las Indias y del justo trato a sus nativos, pero sin dejar el menor resquicio a la posibilidad de poner en tela de juicio el status quo de fondo, esto es, el dominio mismo de los europeos. Y a bien mirar, el mensaje de los santos que aparecen en la obra no iba dirigido sólo a los nativos americanos sino al público peninsular que presenciaba la representación, para acallar más las protestas en casa que las ultramarinas. En este sentido, Las Cortes de la Muerte tienen más valor en su parte de crítica que en la constructiva de bosquejar alternativas concretas. La denuncia de las injusticias cometidas por los españoles no era el único punto polémico de la obra de Carvajal y Hurtado. El razonamiento lógico del discurso filoamericanista llevaba a los autores a demoler las pretendidas razones de la guerra justa, rechazando cualquier ius conquistae: "¿Qué injuria, o qué villanía o qué deshonra o despecho les habemos hecho hoy día, porque tal carnicería hagan, en nos, como han hecho? ¿Robámosles por ventura sus campos, sus heredades, sus mujeres? ¿Qué locura es esta, y que desventura de tantas enemistades?". 24 Es la evidente argumentación indigenista según la cual no se podía esgrimir un estado de guerra ante un pueblo que no había hecho nada a sus agresores. Pero la contestación que da la Muerte es demasiado acomodaticia, recomendando paciencia y fe, puesto que si el Señor ya había liberado a los indios 24 Ibídem. "De otros demonios mayores... creedme que os librará destos lobos robadores". 25Desde luego que en este texto la Muerte, que debiera ser el juez de todos los acontecimientos, se presenta también como abogado, y ello para quitar fuerza subversiva a la crítica de la situación indiana. El Relox de Príncipes Indudablemente, los autores más importantes en sus críticas a la conquista de América fueron, en el universo literario, junto con Hurtado y Carvajal, Guevara y Cervantes en la Numancia. La relación entre estos dos últimos autores es patente en el desarrollo del dramático choque entre razones de los vencedores y derechos de los vencidos. Guevara,26 en el episodio del Villano del Danubio, fundamentaba su posición polémica en el elemento moralizador de crítica de la codicia de riquezas de sus tiempos, apoyada en la convicción de la Edad de Oro y del estado de bondad primigenia de los llamados "salvajes". El alcance político de los discursos guevarianos era muy calculado, pues por los años en que escribía el Relox de Príncipes -1528-Carlos V estaba preparando su coronación en Italia. Con el episodio de los Garamantes, junto con el del Villano, Guevara construía dos parlamentos hechos ante el poder conquistador por representantes de sendos pueblos que habían sido vencidos y cautivados por los vencedores y criticaban duramente la fuerza que se les había hecho a la vez que reclamaban su libertad y dignidad. El Relox de Príncipes contiene dos episodios directa y explícitamente relacionados con el asunto americano; aunque en ninguno de ellos se menciona en ocasión alguna el Nuevo Mundo, es evidente por su conteni-do que los capítulos dedicados a los Garamantes y al Villano del Danubio no son relleno anecdótico con sabor a mundo clásico sino referencias políticamente orientadas hacia la situación contemporánea. Los Garamantes con toda evidencia encarnan el tema del hombre de naturaleza, que vive en un estado paradisíaco. Sin embargo esa forma de vivir no produce un ser rudimentario o primitivo, un salvaje en suma por muy bueno que sea. Los Garamantes viven revestidos de un altísimo concepto de su dignidad personal y lo expresan en los capítulos XII y XIV, al decir que para ellos es mejor "tenerse en mucho" y "tener poco" que lo contrario. 27 Significativamente el discurso de los Garamantes, como el del Villano del Danubio, lo pronuncia un representante de esos pueblos ante el poder que los oprimía -Alejandro y Roma, respectivamente. El paralelismo con las Cortes de la Muerte salta a la vista: en ésta los indios se dirigen al sumo poder, la Muerte, pero en la España de 1557 y su órbita el máximo poder era el emperador, mientras que el Relox de Príncipes fue escrito inmediatamente antes de la coronación de Carlos V. Leyendo así estos textos, desaparece la ambigüedad de la postura de la Muerte en la obra de Carvajal y Hurtado, pues ser juez y parte -es decir, tener capacidad para enjuiciar y enderezar las injusticias denunciadas-sí era una prerrogativa del césar. Y en Guevara los dos episodios mencionados se presentaban precisamente como ejemplos de actos injustos de gobierno. Los Garamantes guevarianos despreciaban cualquier tipo de riqueza y su propuesta era un programa fundado en la filosofía cristiana del mensaje primordial del Evangelio teñido con mucho de estoicismo. Era un programa ético, a diferencia del de Carvajal y Hurtado, más fideístico del que sostenía el Villano del Danubio, donde primaba la justicia política. Guevara ha graduado su intervención crítica en relación con la conquista introduciendo primero en su libro la exaltación de la vida sencilla de los indígenas -en sus aspectos materiales-para poder pedir más tarde para ella el mismo respeto y los mismos derechos políticos que los que gozaban los "civilizados" europeos. El sentimiento irénico por el que se rechazaba cualquier justificación a la guerra de conquista y la propuesta de un camino de perfección interno dan la exacta base erasmista del razonamiento. En el fondo, el discurso de los Garamantes es la puesta al desnudo de la oposición entre lo que se predica y lo que se hace: 27 Guevara, A. de: Relox de príncipes, (1529), ed. E. Blanco, Madrid, 1994, pág. 264. Anuario de Estudios Americanos "... nosotros holgamos ser bárbaros en la lengua y ser griegos en las obras, y no como vosotros, que teneys la lengua de los griegos y teneys las obras de los bárbaros". 28Es de creer que ese "vosotros", más que a los de Alejandro, en el libro ha de entenderse arrojado a la cara de los castellanos colonizadores del Nuevo Mundo, en lo que es otra crítica a los lobos vestidos de corderos. La intencionalidad política de los episodios del Relox de Príncipes sale a la luz del día en el caso del Villano del Danubio. Directamente el emperador empieza a narrarlo con ocasión de unos graves desórdenes acontecidos porque no había consejeros capaces de hablar claro al príncipe -papel al que en la vida real aspiraba Guevara. El viejo campesino danubiano afeaba la codicia de los romanos por conquistar tierras de otros pueblos, "Que ni la mar no pudo valer en sus abismos, ni la tierra no pudo assegurar en sus campos". 29Nadie estaba a salvo de la ola de expansionismo impulsada por la codicia. Parecía que el mundo no tuviera más razones que el interés y por eso algunos autores sensibles a esta acusación tuvieron que desmontar la carga explosiva que esas ideas representaban contra el movimiento de conquista de los castellanos. Elocuentemente es Lope, en su Arauco Domado de 1615 -repárese en lo tardío de la fecha-, quien se deshace de la acusación, arrancando sin embargo de un discurso de Tucapel, que es de evidente filiación villanesca: "Si el soberano Apó juntos quisiera chilenos y cristianos españoles, no con tan largo mar nos dividiera, un sol dios diera luz y no dos soles, acá y allá de un alba amaneciera; mas quando aquí se ven sus arreboles, allá es de noche: luego quiere el cielo que se sustenten en distinto suelo". 30Lo que había hecho Lope, para eliminar la objeción, era volver el razonamiento en clave religiosa, mientras que antes había sido político y de derecho. De esa manera interpretaba bien la mentalidad y la ideología barrocas. En el Renacimiento, mientras tanto, abundando en los contenidos del mensaje del sabio Garamante, ahora la acusación de tiranía y rapiña a los romanos se mezclaba con motivos típicamente contemporáneos como la fama, la gloria y la virtud, porque "Las riquezas que se allegan por codicia y se guardan con avaricia quitan al poseedor la fama y no les aprovechan para sustentar la vida". 31Hay que notar el énfasis puesto en subrayar que los defectos principales del conquistador -codicia y avaricia-son exactamente lo contrario de las virtudes -frugalidad y generosidad-del perfecto caballero cristiano. Todo el capítulo III está dedicado, en la obra de Guevara, a condenar las ansias de riqueza de los conquistadores. En cambio decía el viejo danubiano, "Los que estáys acá nos robáys la fama, diziendo que pues somos una gente sin ley, sin razón y sin rey, que como somos bárbaros incógnitos nos pueden tomar por esclavos". 32El capítulo sucesivo con la crítica de la guerra de conquista formulaba las preguntas que servirían más tarde para hilvanar el discurso de las Cortes de la Muerte. Guevara refutaba todos los supuestos que podían justificar el ius conquistae con una afirmación indiscutible: romanos e ilirios no eran vecinos, por lo que era imposible que entre esas dos naciones surgiera conflicto alguno. A fortiori el argumento se aplicaba a la conquista de América y después volvía a repetir sus razonamientos teológicos. Dado que los romanos/castellanos no eran en ningún caso mejores que los vencidos ilirios/indios, para éstos su derrota se debía solamente a que sus dioses estaban enojados con ellos y los habían castigado. Pero los conquistadores no podían conformarse construyendo nuevos templos, porque la religión verdadera consiste en seguir la virtud, no en las formas externas, y con su actitud hipócrita podían esperarse el mismo daño que ahora estaban infligiendo a los conquistados.33 Aquí, con una base de pensamiento erasmista, Guevara pasaba del campo de la crítica político-moral al de la profecía apocalíptica. El fundamento seguía siendo el mismo y coherente: "¿Cómo es possible que vosotros [los conquistadores] deys orden de vivir a los estrangeros, que quebrantáis las leyes de vuestros antepasados?". 34 En estas líneas se manifiesta la postura moralizadora, cuando construye su visión del hundimiento de los valores éticos que han de regir la sociedad a causa del mal ejemplo de los poderosos. La conclusión parece ser desalentadora: "Andémonos todos á robar, á matar, á conquistar y á saltear, pues vemos el mundo está ya tan corrupto". Ante esa visión pesimista la última parte del capítulo es una recreación del mito de la Edad de Oro, cuando no había ni enemigos, ni ejércitos, ni codicias, ni poder coercitivo. El tema del Estado da pie a Guevara para volver al asunto político y tratar de los gobernantes ineptos. Estos son quienes tienen mayores responsabilidades en los males presentes, porque favorecen a los opresores y perjudican a los más débiles y "olvidan la governación de los pueblos por darse a plazeres y vicios". 35 Esas desviaciones del recto uso del poder, apunta el Villano, se deben a la corrupción en la metrópolis, tema que realmente interesaba a Guevara. Hablaba por boca de su personaje, mirando a la Corte: laxismo propio de una época jesuítica; dando al personaje una connotación cómica se intentaba quitarle su autoridad moral. Un tema esencialmente semejante al de Guevara es el que desarrolla Cervantes en la Numancia, al representar el choque entre las razones del militar encargado de una conquista y la voluntad de un pueblo libre y que quería seguir siéndolo. 38 Los romanos de Cervantes hacían el papel de los expansionistas castellanos, pero con una diferencia que jugaba en favor de los primeros: en tiempos del conflicto entre Roma y Numancia el resultado no estaba empañado por consideraciones de interés religioso, mientras que Cervantes se daba perfectamente cuenta de que, en sus tiempos, los "nacionalistas" podían jugar la baza de los beneficios que la conquista había traído a la religión, y a los pueblos conquistados, gracias a la evangelización que recibían. Zimic, en un estudio muy eficaz, ha llegado a la conclusión de que "la actitud de Cervantes ante conquistadores y conquistados no es de ningún modo ambivalente, como la de Ercilla y Zúñiga en su Araucana, sino categóricamente exaltadora de los numantinos y condenatoria del imperio romano". 39 Es posible encontrar en el razonamiento cervantino la conciencia de que no se podía ahondar en esa crítica política porque ahora sí que se había dado con la Iglesia. Escrita en 1585 según sus editores, la Numancia plantea problemas de moral política acuciantes también en la actualidad, al presentar las razones del militar que desea vencer pero evitando todas las bajas posibles entre los suyos durante la guerra. Es magnífica también, en todo el texto, la oposición entre lógica militar y espíritu de resistencia de la población civil, pues para ésta la guerra es mucho más radical -y la sufre más directamente en sus carnes-que entre los soldados: aspecto actualísimo donde los haya, considerando los contemporáneos desastres bélicos. Con relación a las 38 King, W.F.: "Cervantes' Numancia and imperial Spain", Modern Language Notes, n.o 94, Baltimore, 1979, pág. 207. Cortes de la Muerte o a los episodios guevarianos del Relox de Príncipes, este rasgo dramático es el que organiza y articula más profundamente el mensaje del texto cervantino: los militares romanos podían tener razón, o al menos una razón, para actuar como estaban haciendo ante los numantinos. En la riqueza de puntos de vista es donde se percibe la distancia entre el pensamiento de Cervantes y de otros autores, más ensimismados en sus convicciones: Cervantes intentaba pensar y hacer pensar y al moverse en la línea de la puesta en tela de juicio de los derechos de conquista, remitía al problema no resuelto de la presencia de los castellanos en el Nuevo Mundo. La paciencia de sus numantinos, como la de los araucanos por aquellas fechas tan en boga, no se habría rebelado contra sus dominadores "Si el insufrible mando y desafueros de un cónsul y otro no la fatigara". 40Esa era la razón de los chilenos en La Araucana de Ercilla, y también en Dávila, por ejemplo, aunque este segundo autor sea posterior. En este sentido la Numancia podía resultar peligrosa para el pensamiento "patriótico", pues daba por justificación a las operaciones bélicas de los españoles los mismos motivos que podían esgrimir contra ellos los indios americanos. Sin embargo la interpretación del texto cervantino se complica enormemente al intentar dilucidar si la intención del autor fue la de exaltar a sus compatriotas o criticar la acción violenta de un pueblo contra otro. Tomando en consideración exclusivamente el desarrollo dramático-histórico de la obra, no cabe duda de que Cervantes, aun reconociendo la valía personal del general Escipión, está de la parte de los numantinos que preferían perder la vida antes que la libertad. Se trataría en tal modo de la valoración objetiva pero no imparcial -en 1585-de un acontecimiento ocurrido en el 133 a.C., pero cuyas consecuencias se aplicaban al momento en que fue escrito: si hay que ensalzar sobre todo el deseo de vivir libres, no hay justificación para los castellanos en el Nuevo Mundo y los nativos tienen absolutamente razón. Desde este punto de vista el texto sería un caso cerrado, un mero ejercicio de retórica literaria, mas para negar esta tranquilidad de juicio e introducir un motivo más agudo de reflexión Cervantes presenta, a partir de I, versos 255 sigs. a las figuras de España y del Duero en su texto. Ahora los esquemas de valoración se difuminan. ¿Qué significado tiene vaticinar para España un futuro de dominadora en el mundo, si los dominadores, en el momento en que el Duero realizaba su profecía, aparecen bajo una luz negativa? España iba a arrebatar su libertad a otros pueblos al igual que los romanos se la habían quitado a ella y por eso se lamentaba, y de esa acción iba a sacar gloria y grandeza, pero resultaba que la gloria y la grandeza de los numantinos consistían precisamente en haber defendido su libertad contra quienes querían privarles de ella. Es indudable que la profecía del Duero 41 es una exaltación "nacionalista" de los destinos imperiales españoles. Cervantes armonizó entonces el aspecto de crítica de la conquista y del expansionismo castellanos integrando esos dos temas en un conjunto de significados y afirmaciones que los desmontaba y privaba de legitimidad y se halla diseminado por todo el texto. Ante todo, el reconocimiento del peso del hado, un tema que los críticos no han puesto demasiado de manifiesto y que merecería mayor atención. A lo largo de la Numancia los augurios van dejando en claro que el destino de la ciudad está sellado. La profecía del Duero sanciona para España una posición política internacional que le corresponderá en un futuro -interpretamos, aunque Cervantes no lo dice-, que le corresponde por su valor y no por puro fatalismo. Así, no hay que buscar ni una causa política o moral que dé razón de la caída de Numancia a pesar del valor con que se defendió, ni un mérito especial para explicar el poderío español. La una estaba escrita, el otro se lo han ganado a pulso los españoles. Sencillamente todo es tan inexplicable como la vida misma, opinión muy cervantina. Pero esta supremacía -se supone que se está refiriendo a la que España demostraba en el mundo y también por tanto en América-, debe ser animada por la virtud y la generosidad. Ahora Cervantes vuelve a acercarse a Guevara y a Carvajal y Hurtado, de los que se había alejado con sus planteamientos realistas. Y aquí de nuevo los indios hablan en la Numancia por interpuesta persona: los numantinos ofrecen paces a Escipión pues "tu virtud y valor es quien nos ceba", 42 es decir, para dominar bien es preciso hacerlo demostrando unos rasgos de grandeza de carácter que no siempre todos los gobernantes habían tenido. Anuario de Estudios Americanos
El gran incremento en la producción de añil que se registró en Centroamérica en la segunda mitad del siglo XVIII, provocado según algunos autores por el impacto de las incipientes reformas borbónicas y según otros por el aumento de la demanda consecuente a la Revolución Industrial, es el asunto que ha atraído con más fuerza la atención de los historiadores centroamericanistas desde hace años, dejando en la oscuridad casi total el período precedente. Teniendo en cuenta que desde mediados del siglo XVII se constataba la existencia de una importante reducción en el flujo de mercancías que entraban o salían de la región por vía "oficial" a través de Honduras, la primera mitad del XVIII, aun presentando signos de recuperación, sería la sombría antesala del brillante período posterior. Esta interpretación, que se basa casi de forma unitaria en los intercambios externos de la economía colonial centroamericana, tiene su origen en el famoso planteamiento de Murdo Macleod sobre los ciclos económicos centroamericanos, según el cual el fin de un boom en una mercancía de exportación determinaría el comienzo de una situación de crisis económica general que sólo se solucionaría con el siguiente boom exportador. 1 Así se pasó del cacao en el siglo XVI a la primera etapa del añil a principios del XVII; y de ahí a la etapa de gran crecimiento exportador que surgiría a partir de 1750. En nuestra opinión, las décadas finales del siglo XVII y la primera mitad del siglo XVIII deben ser examinadas desde otro enfoque. Sin pretender dejar a un lado la importancia fundamental del comercio exterior para la región centroamericana, debemos tener en cuenta sin embargo que ése no era el único componente de la economía de la región. Obviamente existían otros sectores que completaban la realidad económica de la zona, en los cuales desarrollaron sus actividades algunos de los más prominentes comerciantes de la época. Estos hombres de negocios tenían clara la consigna para resistir y prosperar en el cambiante y vulnerable mundo de la Centroamérica colonial: diversificación de actividades. Esta diversificación les permitió no sólo sobrevivir en los momentos en que el tráfico directo entre Honduras y Cádiz quedó prácticamente paralizado (sobre todo en los años del cambio de siglo), sino incluso amasar importantes fortunas. La élite de comerciantes se involucró, en esta primera mitad del siglo XVIII, en la mayoría de los conductos del comercio que, una vez descartado el tráfico oficial de mercancías por medio de navíos de registro entre Cádiz y Honduras, aún subsistían en la economía regional. Éstos eran, por un lado, los canales para el comercio exterior diferentes al "oficial" mencionado anteriormente: la exportación-importación de productos a través de Veracruz y La Habana, y el sector de comercio externo menos conocido, el contrabando, que a principios del XVIII se realizaba sobre todo con comerciantes ingleses; en segundo lugar, el comercio intercolonial, en el caso centroamericano principalmente con México, La Habana y Perú; y por último, el comercio interno, entendido éste como el flujo de mercancías entre las distintas zonas que componían el llamado "Reino de Guatemala" (todo el área centroamericana sin Panamá más el actual estado mexicano de Chiapas). Otras actividades, como agricultura para el consumo local y para la exportación, ganadería, minería y transportes, también jugaban un papel en la trama. Sólo una visión global, que contemple y dé la importancia que merecen esos sectores diversos, puede llevarnos a una mejor comprensión de la realidad colonial centroamericana en esos momentos "oscuros". Intentaremos en el presente ensayo profundizar en nuestro conocimiento de esta compleja trama, siguiendo las actividades de algunos de los comerciantes guatemaltecos más activos durante la primera mitad del siglo. Entre ellos había tanto recién llegados como hijos de peninsulares nacidos en Guatemala o descendientes de rancias familias criollas. Casi todos utilizaron las redes familiares y el entramado burocrático colonial para conseguir mayores ventajas económicas y unas mejores posiciones sociales. Todos aprendieron que un aprovechamiento inteligente de esos resortes, unido a la imprescindible diversificación de actividades, les daría la seguridad económica y la reproducción de su status en un lugar étnicamente complejo y considerado marginal en el sistema colonial hispano en América. Aunque nuestra intención aquí sea la de relativizar la importancia del sector externo en el conjunto de la economía regional, no cabe duda de que seguía siendo un elemento fundamental y por él comenzaremos nuestro análisis. El comercio exterior de Centroamérica en estos primeros años del siglo XVIII se desarrollaba con el gran handicap de la casi nula relación directa entre Honduras y Cádiz. (Ver gráficos I y II). A falta de navíos de registro oficiales que colocaran los productos en España, los comerciantes guatemaltecos tuvieron que utilizar tres vías diferentes para alcanzar el mercado europeo: la salida de productos por Veracruz, la conexión con la Habana y el contrabando. Sabemos que una gran cantidad de mercancías salieron en dirección a Veracruz por la ruta terrestre que unía la parte central de Guatemala con Oaxaca para dirigirse después al Atlántico. Hay menos evidencias sobre la conexión con Cuba y el contrabando, pero su importancia era fundamental. Miguel Eustaquio de Uría, uno de los más importantes comerciantes de las primeras décadas del XVIII, utilizó frecuentemente estas vías alternativas de exportación de productos en la fachada atlántica. Nacido en Santiago de Guatemala en 1680, tuvo indudablemente a su padre, Juan Ignacio de Uría, como guía y consejero. Juan Ignacio, natural de Sanlúcar, había emigrado a Guatemala pocos años antes del nacimiento de su hijo, y había establecido ya una importante red comercial. Los datos que tenemos de la actividad de Miguel Eustaquio de Uría, al primer golpe de vista, resultan paradójicos. Según los registros de los barcos que hacían la ruta entre Cádiz y Honduras, Uría sólo importó 74 quintales de hierro y 10 cajones de textiles por esta vía "oficial" entre 1700 y 1740. Sus exportaciones en este período se limitaron a 200 arrobas de chocolate, 32.000 vainillas y algo de carmín. 2 Son cifras escasas cuando las comparamos con otros datos de la actividad comercial de Uría, cuya trayectoria fue claramente ascendente durante este período. 3 Aunque en las escrituras figura el término 2 Archivo General de Indias (AGI). 3 Archivo General de Centroamérica (AGCA). Protocolos de Antonio González, diversas escrituras de obligación de pagos por compra de géneros a favor de Miguel Eustaquio de Uría, año 1738. general de "géneros de Castilla, China y de la tierra" para describir los productos vendidos, no cabe duda de que una buena parte eran importaciones de origen europeo. Otra prueba de esta afirmación es el hecho de que en ese mismo año 1738 Uría firmó obligaciones para comerciantes en Cádiz por un valor de 21.125 pesos, incluidos los intereses del 25 %. Dado que en toda la década 1730-1739 sólo llegaron tres barcos a las costas de Honduras procedentes de Cádiz, ¿cuál era la vía de entrada de estos productos comprados en la Península?, ¿había otras formas de aprovisionamiento de mercancías del exterior? Sin duda, Uría estaba usando en estos momentos las otras vías de salida y entrada de productos atlánticos en Centroamérica: Veracruz, la conexión directa con la Habana y el contrabando. La ruta hacia Nueva España, según todos los datos que poseemos, era la más importante vía de exportación-importación durante la primera mitad del siglo XVIII. Veracruz fue durante muchos años el principal puerto de salida del añil guatemalteco exportado a España, algo que levantaba amargas quejas entre los diputados del comercio guatemaltecos, que intentaban por todos los medios que la producción saliera por los puertos de Honduras hacia La Habana. Sin embargo, la escasez de barcos que llegaban a los puertos atlánticos del istmo obligaba a los exportadores a utilizar la difícil ruta mexicana. Después de la feria del añil que se celebraba cada año en Apastepeque entre el mes de febrero y finales de marzo, los trenes de mulas partían de Santiago llevando añil a la ciudad de Oaxaca. El viaje duraba normalmente cuatro meses, pero con frecuencia algunos de los cargamentos no llegaban hasta finales de julio o principios de agosto. Oaxaca era el límite hasta el que podían llegar los arrieros guatemaltecos y allí las cargas debían ser transferidas a las reatas mexicanas, cuyos conductores ponían un alto precio por el transporte. 4 Desde allí se continuaba viaje a Veracruz, donde el añil era intercambiado por los productos que llegaban de la Península, sobre todo textiles, aguardientes y artículos de ferretería, que eran llevados a los almacenes de Santiago o se utilizaban en la feria de Apastepeque para utilizarlos en la compra de nuevos cargamentos de añil. Los intermediarios mexicanos, que finalmente se encargaban de embarcar la mercancía, se llevaban la mayor parte del beneficio. 5 Prueba de estos inter-cambios comerciales es una escritura que firma Miguel Eustaquio de Uría con dos arrieros que hacen la ruta desde y hacia Nueva España, por la que éstos últimos se comprometen a pagar a Uría cierta cantidad de pesos por haberse dañado una parte de la carga. Las mercancías transportadas eran vidrio, bretañas y marquetas de cera, todos productos importados desde Cádiz. 6 El impago de esta cantidad determinó que Uría se quedara con la recua de mulas del arriero. 7 No sólo Uría usaba esta vía de salida de productos. Otro importante comerciante de la época, Francisco Marcelino Falla, tenía sólidas relaciones a través de Oaxaca. Por esa vía sacó en los primeros años del siglo XVIII grandes cantidades de añil, algodón y textiles que entregaba a Pedro Barrios, su agente en la ciudad. 8 El comercio con Nueva España no se limitaba al paso de añil para ser reexportado a la Península. Existía un comercio directo con el virreinato, que consumía una parte del añil (según Acuña Ortega unas 200.000 libras al año) y que enviaba productos a Guatemala, como textiles, cerámica o marroquinería. 9 Datos de finales del siglo XVIII nos informan de que la parte de los productos exportados que se quedaba en Nueva España era escasa, pues hasta un 90 % de lo que se transportaba por esta vía iba dirigido a Veracruz para su reexportación. Parece probable, sin embargo, que en la primera mitad del siglo la proporción del añil exportado que iba destinada a Nueva España fuera mayor. Macleod argumentó en su clásica obra sobre Centroamérica colonial que una de las causas de la crisis de la segunda mitad del XVII en el sector exportador fue la dificultad para encontrar mercados alternativos, una vez que la ruta hacia Cádiz por los puertos de Honduras había quedado prácticamente cortada. Sin embargo, el mercado mexicano sí absorbió parte de la producción centroamericana, sobre todo de añil. Macleod descarta la posibilidad de que Nueva España se convirtiera en mercado alternativo por el hecho de que se producía añil también allí. Pero no cuenta con un factor importante: la excelente calidad del añil guatemalteco (en su variante flor), que era considerado en la época como el mejor del mundo. A pesar de las dificultades de la ruta a través de Oaxaca, que seguramente tendría una incidencia en el precio final, el añil guatemalteco pudo conservar su competitividad en el mercado de Nueva España. 10 Hay evidencias de que los comerciantes guatemaltecos lograron colocar una gran cantidad de tinte en ciudades textiles como Puebla. Podemos comprobarlo en la declaración de capital de Juan José González Batres, otro de los comerciantes radicados en Guatemala de esta primera mitad de siglo. Juan José González Batres desarrolló sus negocios entre los años 20 a 50, participando así de los primeros momentos del boom del añil. La evolución de su fortuna indica a las claras su éxito en los negocios. En la declaración de bienes que efectuó con motivo de su primer matrimonio en 1721 su capital ascendía a 68.701 pesos. Una parte sustancial, sin embargo, figuraba bajo el epígrafe "deudas". Un análisis geográfico de la distribución de estas deudas nos da cuenta de la importancia que alcanzaba la conexión mexicana, y en concreto Puebla, en las actividades del comerciante (Ver Tabla 1 y Gráfico III). Como era lo normal en la mayor parte de los comerciantes prestamistas, el grueso de las "habilitaciones" u operaciones crediticias de González Batres iba a las provincias de Tegucigalpa y de San Salvador. El volumen de deudas alcanzado por Veracruz nos indica que los productos exportados por Juan José eran enviados por la ruta mexicana hacia los navíos que zarpaban desde esa ciudad. Eso muestran también otras fuentes consultadas como los documentos de los navíos de registro que partían de las costas de Honduras, en los que Batres embarcó cantidades escasas. 11 Como se puede ver, las deudas de Puebla (15.253 pesos) dejan claro que una parte importante del añil expor-tado por Batres se dirigía a los obrajes de esa ciudad.12 Un tal Pedro Moreno representaba a Batres en Veracruz, 13 y Andrés Garai, en Puebla, recibía los zurrones de añil y le remitía a cambio "ropa de la tierra". En Cádiz, al final del largo periplo, le quedaban por cobrar más de 8.000 pesos. Puebla era, por lo tanto, uno de los principales centros de la actividad comercial de Batres. En proporción, sólo Tegucigalpa y Salvador superaban a la ciudad mexicana en las cantidades adeudadas. El añil no era el único producto que se transportaba a través de la ruta mexicana. Como veremos más adelante al tratar del mercado interno, buena parte del cacao, cochinilla y textiles de algodón conseguidos de forma compulsiva por los alcaldes mayores en las comunidades indígenas, llegaban a Oaxaca bien para su reexportación o para su consumo en Nueva España. La tercera vía exportadora que hemos enumerado era el contrabando. Macleod da a la actividad contrabandística una importancia especial. Según el historiador escocés el comercio ilícito adquirió enormes proporciones en la crisis de la segunda mitad del siglo XVII y habría sido el principal causante de la recuperación económica que según él se produjo en los primeros años del siglo XVIII. 14 Otros autores, como Víctor H. Acuña, se han mostrado contrarios a esa idea proclamando la poca importancia que tendría esta actividad en la estructura global de la economía centroamericana. 15 Lo que parece incontestable es que el fenómeno no se circunscribió a los períodos de depresión del comercio en el Atlántico sino que fue un elemento recurrente de la historia colonial de Centroamérica. Personas con altos cargos burocráticos participaron activamente en la actividad contrabandística, consiguiendo así un aporte adicional a sus ingresos ordinarios. 16 Los comerciantes de la capital, en ningún modo ajenos al contrabando, nombraban agentes en lugares costeros como Gracias a Dios, donde establecían sus líneas comerciales con los ingleses. 17 Al menos en el caso de Uría, el comercio con los británicos representaba una parte importante en sus negocios. En 1723, el comerciante fue acusado de proteger al gobernador de Honduras, Enrique Logman, en sus tratos ilícitos con los ingleses, y de haber participado él mismo en el contrabando. Otro testigo fue aún más preciso. Declaró que Miguel Uría vendió 4.000 vainillas al capitán de una balandra inglesa, un tal Pedro Tirpi, y al mercader judío Francisco Ferro. Los ingleses intercambiaron las vainillas, valoradas en 100 pesos, por anascotes, una tela de fabricación holandesa, a razón de 15 pesos la pieza. 18 El comercio intercolonial fue también una importante salida para las mercancías del Reino de Guatemala, por mucho que Macleod insista en la "escasez de mercados" como uno de los factores causantes de la crisis 18 AGCA. GRÁFICO III ORIGEN DEL CAPITAL ADEUDADO A JUAN JOSÉ GONZÁLEZ BATRES Fuente: Ver tabla 1. económica centroamericana de la segunda mitad del XVII. Aparte de las ya examinadas con Nueva España, existían importantes relaciones comerciales con La Habana y Perú, a pesar de los obstáculos legales existentes para este comercio. A través de innumerables peticiones, los comerciantes de Guatemala trataron por todos los medios de hacer comprender a la Corona que era necesario sacar la producción por los puertos de Honduras haciéndola llegar a La Habana, donde podría ser embarcada en el convoy que se dirigiera a la Península. 19 A lo largo de los siglos XVI y XVII, hubo un comercio esporádico entre las dos regiones, si bien en 1676 se decretó la prohibición de las comunicaciones comerciales entre Guatemala y La Habana. Esta disposición se mantuvo hasta 1760, cuando otra Real Cédula volvió a permitir los contactos. A pesar de estas medidas legales, el tráfico comercial entre las dos zonas continuó produciéndose durante todo este período. Los puertos centroamericanos de los que salían las mercancías eran Omoa y Trujillo. Las mercancías que se intercambiaban eran por el lado guatemalteco añil, madera, plata y zarzaparrilla, y por el lado cubano azúcar, tabaco, café, aguardiente y cera, entre otros. 20 La navegación se realizaba en barcos pequeños tipo balandra que pudieran escapar más fácilmente al ataque de los abundantes corsarios que en estos momentos se movían por el Caribe. 21 Indudablemente, Uría tenía en La Habana otra de sus fuentes de aprovisionamiento y de salida de sus exportaciones en esta mitad del siglo XVIII. El comerciante, ajeno a las disposiciones legales contrarias al comercio con la isla, poseía un barco que realizaba la ruta entre Honduras y Cuba y en 1724 nombró a un tal Francisco Antonio Basabe como agente en La Habana para que llevara sus negocios. Los comerciantes guatemaltecos a través de la diputación de comercio llegaron a gastar 16.800 pesos en la construcción de un camino a Omoa, lo que había mejorado sensiblemente, en su opinión, las comunicaciones con ese puerto. Para este trabajo estamos utilizando una versión traducida en soporte magnético, que el propio doctor Palma nos cedió gentilmente en Guatemala. Al no tener numeración en las páginas, citaremos el capítulo en que se encuentra el párrafo citado, en este caso el IV. Protocolos de Mateo Ruiz Hurtado, 10 de julio de 1724, poder que otorga don Miguel de Uría a don Antonio Varela, residente en Santiago, y a don Francisco Antonio Basabe, vecino de San Cristóbal de la Habana, ":..digo que yo tengo por mia propia una valandra nombrada Nra. Sra. de el Pilar y San Antonio De Padua que hube y compre en nombre público.... otorgo que doi mi poder... en primer lugar a don Antonio Varela.... a cada uno en su lugar para que llegada que sea dicha valandra a el prosedan a entender en el desembarque o descarga de los frutos y efectos que de mi quenta y riesgo lleba asegurandolos a su satisfacción". Tomo LVI, 2, 1999 El contacto con Perú pronto surgió como la ruta externa más importante después de México y el contrabando. Durante años hubo una agria disputa entre la sociedad centroamericana y la Corona sobre la conveniencia de legalizar la relación comercial entre las dos regiones. Los problemas de abastecimiento, argumentaban los vecinos de Santiago, habían llevado al Reino de Guatemala a una situación límite, pues carecían de bienes básicos como vino y aceite, que normalmente llegaban a través de los navíos de registro y que no se podían producir en la región. La solución, decían, era importar estos bienes de Perú. La Corona finalmente accedió y en 1718 permitió una relación comercial limitada. Los peruanos podían enviar a Guatemala 30.000 botijas de vino al año y 200.000 ducados de plata acuñada, lo que podía ser intercambiado solamente por productos de la tierra. Las mercancías que Guatemala podía dar a cambio eran sobre todo brea, madera y otros materiales para construcción naval, palo brasil y, por supuesto, añil. Según Wortman, en 1647, unos años antes del período tratado aquí, Nueva Segovia llegó a exportar un millón de libras de brea hacia Perú. 23 No cabe duda de que el comercio con el Pacífico había sido y seguiría siendo uno de los más importantes sectores de la economía colonial centroamericana. La ruta siempre dejaba un saldo favorable a Guatemala, pagado con plata. El metal peruano, que en siglos anteriores había sido el más utilizado en los intercambios comerciales, pasó a ser usado únicamente en los intercambios interiores, tras la creación de la casa de la moneda en Santiago de Guatemala en 1731. Se calcula que el promedio importado estuvo lejos de los 200.000 ducados permitidos en la Real Cédula, situándose en torno a los 80.000 pesos año. Acuña Ortega ha destacado el carácter complementario que tenía la relación comercial con Perú, al suministrar productos dificilmente disponibles por via atlántica. 24 Uría aparece directamente involucrado en el comercio con Perú desde 1733. En esa fecha aparece otorgando un poder a un capitán de navío para que administre el barco "Santo Cristo de los Milagros y San Francisco Javier", que estando en el puerto de El Realejo se disponía a efectuar viaje a Perú. Las escalas iban a ser, en el viaje de vuelta, Guayaquil y Paita. El navío pasó a ser propiedad de Uría al morir su anterior dueño, Javier Aguirre, de quien el comerciante guatemalteco se había constituido en fiador. La deuda contraída con Uría y otros acreedo-res en el momento de la muerte de Aguirre ascendía a 56.140 pesos. Uría se comprometió a cumplir con las obligaciones de su deudor vendiendo la carga del barco (consistente en 1.500 quintales de palo brasil y 331 cajones de brea) o el mismo barco, en caso de que el heredero de Aguirre no aceptara sus deudas. 25 Si en todos estos intercambios con regiones del exterior que hemos presentado uno de los principales productos que se utilizaba era el añil, ello nos lleva a preguntarnos por la situación de la producción de la planta tintórea durante estos años, previos al denominado "boom" del añil de mediados del siglo XVIII. La información sobre producción de añil en estos primeros años del siglo es muy escasa. Casi todas las monografías dedicadas al cultivo y comercialización de la planta tintórea dan cifras de producción y exportación a partir de los años 60 ó 70 del siglo XVIII. 27 Si bien esos son años de continuos desastres naturales, con epidemias, plagas de langosta y el fuerte terremoto de 1717, la cifra nos parece demasiado escasa. 28 En un informe del presidente de la audiencia de Guatemala, Pedro de Ribera, del año 1734, aparecen cifras, para fechas ligeramente posteriores, muy por encima de las indicadas por Palma. El capitán general informaba de la existencia de "305 haciendas, con 643 obrages, para los quales se nezessitan nueve mil y dos operarios...". En cuanto a la producción: "... resultó que aunque por abundar el añil como genero de cosecha en unos años mas que en otros no se puede regular a punto fixo la cantidad que cada año se beneficia no obstante prorrateandose los años buenos y malos se cogeran un año con otro veinte mil arrovas que hacen quinientas mil libras, cuio monto al precio que esta regulado de quatro reales libra es el de ducien-25 AGCA. 26 Smith, Robert S.: "La producción y el comercio del añil en el reino de Guatemala", traducido en Luján Muñoz, Jorge (ed.): Economía de Guatemala, 1750-1940, Antología de lecturas y materiales, Guatemala, 1980; Rubio Sánchez: "El añil o xiquilite", Anales de la Sociedad de Geografía e Historia, año XXVI, tomo XXVI, septiembre de 1952. 27 Palma, Gustavo: "Economía y sociedad en Centroamérica", en Pinto Soria, Julio (ed.): El régimen colonial. Luego, en 1717, un gran teremoto sacudió Centroamérica... 29 Estas cifras, aunque probablemente exageradas, nos indican que la industria del añil había seguido manteniendo un ritmo de producción considerablemente alto durante un período de escasos o inexistentes contactos directos con Cádiz. Podemos considerar esto como una prueba más de la existencia de rutas alternativas al comercio externo centroamericano en los momentos de mayores dificultades para el tráfico a través de Honduras. Como ya hemos apuntado, Murdo Macleod insiste en la escasez o inexistencia de esos mercados y rutas alternativas a la del comercio atlántico. Sin embargo, en su clásica monografía da una prueba más de la existencia de otras salidas para los productos centroamericanos: un testimonio del año 1700, citado por el gran historiador, muestra que entre 600.000 y 1.000.000 de libras de añil salían cada año por Veracruz en ese momento.30 Para Macleod, esto sería una prueba de que la crisis del XVII se estaba remontando, pero lo que esas cifras demuestran es la enorme capacidad que tenía la ruta terrestre mexicana para la salida de los productos de exportación del Reino de Guatemala y de la gran producción de añil que existía en estos momentos en la región. Tengamos en cuenta que las mayores cantidades que llegaron a exportarse desde Centroamérica en el momento álgido del "boom" del añil (década de los 70) se situaron en torno a 1.400.000 libras, en un momento de gran afluencia de navíos a los puertos del Atlántico. Es evidente que necesitamos estudios más pormenorizados sobre la industria del añil en estos primeros años del siglo XVIII, pero con los escasos elementos de que disponemos parece claro que la industria tenía una importante vitalidad ya en estos momentos. El escaso número de barcos llegados a Honduras enmascara una realidad más compleja y una economía exportadora mucho más diversificada de lo que hasta ahora se ha creído. ¿Qué ocurrió mientras tanto con el mercado interno? ¿Hacia dónde se dirigían los productos llegados del exterior que estos comerciantes adquirían, después de sortear tantas dificultades? El problema del mercado interno nos hace preguntarnos por la naturaleza de la demanda existente dentro del territorio centroamericano. Para poder realizar alguna estimación debemos indagar en primer lugar sobre los datos demográficos del período, finales del siglo XVII y primeras décadas del XVIII. Aunque la información de que disponemos es escasa, todo indica que la recuperación de la población indígena tras el impacto de la conquista fue muy diferente según las zonas. Si en regiones como Chiapas no hubo un incremento demográfico hasta finales del siglo XVIII, en el Occidente de lo que es hoy la República de Guatemala, donde se concentraba la mayor parte de la población antes y después de la conquista, se aprecia que el siglo XVII es un período de clara recuperación. 31 Otros sectores de población, como los mestizos y los blancos, crecieron también durante este siglo. También hay ciertos signos de recuperación de la población urbana. Según todos los testimonios, Santiago de Guatemala vivió uno de sus períodos de apogeo durante la parte central del siglo XVII. Se efectuaron numerosas construcciones, entre ellas la catedral, cuya culminación hubiera sido muy difícil en un período de profunda depresión económica. 32 Wortman indica, sin embargo, que el período 1700-1720 fue uno de continuas catástrofes naturales que incidieron negativamente en el crecimiento de población. 33 Es posible que lo que se produjera fuera una ralentización del crecimiento ocurrido en las últimas décadas del XVII. A pesar de ello, los niveles de demanda, sobre todo urbana, debieron mantenerse altos en este momento. Por otra parte, la actividad añilera en San Salvador, que como hemos visto mantenía seguramente unos importantes niveles de producción en estos momentos, generaba una demanda que había que cubrir. Tanto más cuanto que una importante proporción de las "habilitaciones" o créditos de los comerciantes exportadores, poseedores de capital, estaban compuestas por productos de la tierra, sobre todo textiles. El movimiento de mercancías dirigido a satisfacer esa demanda tenía mucho que ver con las prácticas que llevaban a cabo los alcaldes mayores, genéricamente denominadas repartimiento, que incluían distintos tipos de relaciones económicas compulsivas. La principal era el adelanto del dinero del tributo de los indígenas que después se cobraba en productos (sobre todo productos agrícolas, tanto para el consumo local como para la exportación) a precios mucho más bajos que los del mercado. Existía también la práctica de entregar materias primas como algodón para obligar a las muje-31 Lovell, W. George y Lutz, Christopher: Demography and Empire. 33 Wortman: Gobierno y sociedad..., capítulo 4. Tomo LVI, 2, 1999 res de las aldeas a su hilado y en ocasiones a su tejido. Los comerciantes también se aseguraban una salida para sus mercancías de importación o de producción local como azadones, al obligar a los indígenas a comprarlas a precios inflados. A través de estas prácticas se ponía en marcha un gran movimiento de mercancías entre las distintas regiones del Reino de Guatemala: las magistraturas de Nicaragua producían algodón, que era transportado al valle de Guatemala y a la región de Chiapas para la producción de hilo y textiles. Las manufacturas chiapanecas, junto con el cacao y la cochinilla conseguidos en las provincias de la costa del Pacífico, se enviaban a Oaxaca. México era también el destino de algunos de los textiles producidos en el altiplano guatemalteco, pero el grueso se dirigía a los campos mineros de Tegucigalpa y a las zonas productoras de añil de San Salvador. 34 Parte de la producción de hierro de la provincia de San Salvador se enviaba a las zonas urbanas o se transformaba en azadones que se introducían entre las poblaciones indígenas del valle de Guatemala, el altiplano o Chiapas. Estas prácticas compulsivas eran realizadas por los alcaldes mayores y los comerciantes, quienes formaban sociedades que durante los últimos años del siglo XVII y los primeros del XVIII tuvieron un tremendo desarrollo. Este hecho determina que el repartimiento no pueda ser ya considerado como una simple acción corrupta sino como la forma más importante de movimiento de mercancías en el interior del Reino de Guatemala. Según Robert Patch, el repartimiento no sólo era "la manera de mantener una burocracia a bajo costo, y considerable beneficio para la Corona", sino que "era un rasgo esencial del intercambio comercial, ya que las fuerzas del mercado por sí solas no habrían tenido como resultado la transferencia de beneficios desde los campesinos en la escala requerida por la clase mercante". 35 La importancia del repartimiento era de tal magnitud que ningún comerciante podía realizar sus negocios sin establecer una relación comercial con un alcalde mayor, o sin ocupar él mismo una de las magistraturas provinciales. Algunos comerciantes vieron cómo su capital crecía al mismo ritmo que la lista de magistraturas ocupadas. Uno de los casos más espectaculares de aprovechamiento personal de las magistraturas provinciales nos lo ofrece Manuel de Lacunza, un vasco-navarro emigrado en la primera década del siglo XVIII que consiguió una cuantiosa fortuna a través del 34 Patch, Robert W.: "Imperial politics and local economy in Colonial Central America, 1670-1770", Past and Present, 143, Mayo 1994, pág. 102. Anuario de Estudios Americanos repartimiento de mercancías y las actividades asociadas. Por medio de sus conexiones familiares,36 consiguió introducirse en los recovecos de la burocracia colonial, escalando puestos al mismo tiempo que expandía sus negocios. Lacunza empezó siendo teniente de alcalde mayor en San Antonio Suchitepéquez en los años 1711-1712. Más tarde consiguió el corregimiento de Quezaltenango y la propia alcaldía mayor de San Antonio Suchitepéquez, aunque en forma de futuras. De hecho tardaría casi ocho años en ocupar de forma efectiva este cargo. Desde su puesto en Quezaltenango, que empezó a servir en 1734, organizó una extensa red de negocios que iba desde Oaxaca a México capital, Perú e incluso a Cádiz. Al pasar a ocupar la alcaldía mayor de Suchitepéquez en 1739, se aseguró el control de Quezaltenango, pues logró mantener esta magistratura bajo el mando de uno de sus apoderados. De esta manera, Lacunza ocupó a la vez los dos lugares de la asociación, el de comerciante y el de alcalde mayor. Desde Suchitepéquez, Lacunza enviaba a Santiago de Guatemala hilo de algodón, cacao y dinero procedente de la población indígena. Su aliado en Santiago, el comerciante Francisco de Granda, adelantaba el pago del tributo en los tercios de San Juan y Navidad y se encargaba después de la conversión en dinero de los productos remitidos por Lacunza. La asociación Lacunza-Granda se parecía mucho a la establecida por Miguel Eustaquio de Uría con Gabriel de la Peña, a la sazón alcalde mayor de Huehuetenango. Uría se constituyó como fiador del magistrado el 6 de julio de 1727. El comerciante se responsabilizaba del pago del tributo a las Cajas Reales mientras que de la Peña se comprometía a repartir azadones, provenientes de los ingenios de hierro de Uría, fardos de hilo (para confeccionar tejidos) y otros productos entre los indígenas. Desde Ciudad Real de Chiapa el funcionario remitía después la producción (sobre todo textiles) a Oaxaca, Campeche, Puebla e incluso a Veracruz, donde podía ser convertida en dinero. Tras la muerte de Gabriel de la Peña, Uría, como su albacea, tuvo que encargarse del arreglo de las cuentas y fue nombrado justicia mayor de Chiapa interino por un año. 37 No fueron sólo comerciales las actividades desarrolladas por los hombres de negocios guatemaltecos en esta primera mitad del siglo XVIII. En un constante afán por la diversificación, en aras de una mayor seguridad, invirtieron en tierras, sobre todo las dedicadas al alimento del ganado, y en algunos casos, como el de Uría, incluso dedicaron recursos a la producción minera. Existió una producción argentífera de cierta importancia en las cercanías de Tegucigalpa, pero las características de estas explotaciones mineras, con rudimentarios medios técnicos y muy baja capitalización, determinó que muy pocas veces los comerciantes se Guatemala invirtieran directamente en ellas. La relación tenía un carácter indirecto, a través de habilitaciones (créditos similares a los otorgados a los productores de añil), o bien por medio del alcalde mayor de turno que solía tener un fácil acceso a los metales preciosos, muy importantes para los intercambios comerciales dentro y fuera de la región. El hecho de que los comerciantes fueran quienes garantizaban los insumos de la minería (escasos, dado el bajo nivel tecnológico de las explotaciones), y el transporte de la producción hasta Guatemala, determinaba que se llevaran la parte del león en detrimento de los productores directos, quienes permanecían en una situación de dependencia. Ya hemos visto cómo Juan José González Batres tenía a Tegucigalpa como el principal centro de sus habilitaciones. También Francisco Marcelino Falla tenía una especial relación con esta zona minera, reflejada claramente en los protocolos notariales. 38 Uno de los casos más interesantes nos lo proporciona Diego Arroyave y Beteta, hijo del comerciante Ventura Arroyave y Beteta, que ocupó desde 1743 la alcaldía mayor de Tegucigalpa. Arroyave, desde su privilegiada plataforma, se responsabilizó durante su ejercicio de la adquisición y conducción de la plata desde las minas hasta los más significativos comerciantes de la capital, entre los que se encontraba su propio padre, Ventura de Arroyave y Beteta. Según Linda Newson, la plata se podía cambiar en Guatemala con una ganancia de 5 a 10 reales por marco, dependiendo de su calidad. 40 Durante la primera mitad del siglo XVIII se produjo también un cierto nivel de inversión en la minería de hierro. En el oriente de la actual República de Guatemala y en el valle de Metapas en San Salvador existía una producción irregular de hierro que abastecía la demanda local ante la escasa cantidad de metal que llegaba desde Cádiz. La ciudad de Santiago de Guatemala, que tenía una intensa actividad constructora tras los periódicos movimientos sísmicos, era el principal mercado del metal. Por otra parte, los azadones y otras herramientas fabricadas en los ingenios de hierro eran uno de los productos más comunes "repartidos" forzosamente por los alcaldes mayores entre la población indígena de sus jurisdicciones. No existen datos fiables del total de hierro producido en el Reino de Guatemala en el siglo XVIII. Sólo disponemos de algunas noticias sobre las cantidades introducidas a través de la aduana de Santiago. Entre 1720 y 1729 pasaron por el control aduanero 1.176 quintales de hierro, según los datos proporcionados por José Antonio Fernández Molina. La financiación de la producción del metal solía venir de los comerciantes de la capital, aunque lo hacían en menor cantidad que con la producción de añil o la de plata. Los comerciantes eran reacios a desviar la siempre limitada cantidad de crédito desde la rentable zona añilera a la inestable y poco fiable producción férrica. 41 Miguel Eustaquio de Uría fue uno de los más activos participantes en el sector minero en esta primera mitad de siglo. El 20 de febrero de 1732 compró dos ingenios de fabricación de hierro en San Salvador, situados en la localidad de Santa Ana, en el valle de Metapa. En el lote, por el que Uría pagó 16.500 pesos, se incluían 4 esclavos y un terreno de dos caballerías y cuatro cuerdas, además de una veta de hierro de donde se extraía el mineral. La vocación de minero de Miguel Eustaquio duró poco tiempo. En 1735 alquiló los terrenos a un tal Manuel Ximénez de Cisneros, quien se comprometía a pagar 2.000 quintales de hierro en 10 años y a no enajenar ninguno de los bienes de los ingenios. El arrendatario no pudo cumplir las condiciones, bien a causa de una mala gestión o por lo cuantioso de la cifra que tenía que pagar cada año. Las minas fueron cedidas entonces a Felipe Ruiz de Contreras, quien realizó un nuevo contrato de arrendamiento con Uría en 1739, en términos más realistas. Se comprometió a entregar una cantidad de hierro casi cuatro veces menor a lo exigido inicialmente. Tras 41 Fernández Molina, José Antonio: "Al estilo de Vizcaya..." La producción de hierro en el Reino de Guatemala, Guatemala, 1989, pág. 12. Tomo LVI, 2, 1999 la muerte de Uría, los albaceas hicieron un nuevo contrato de arrendamiento y finalmente, en 1752, las minas fueron vendidas a José Mendez por 6.500 pesos, casi tres veces menos de lo pagado por Uría 20 años antes. 42 Esta pérdida de valor de la explotación refleja sin duda las nuevas condiciones que se dieron hacia mediados de siglo, momento en que la mayor afluencia de barcos de registro a las costas hondureñas aseguró el aprovisionamiento de hierro procedente de España, con la consiguiente caída de precios. Las inversiones en tierras dedicadas a la agricultura para la exportación, el consumo interno o la ganadería figuraban también entre los más importantes rubros de los libros de contabilidad de los comerciantes guatemaltecos de esta primera mitad de siglo. Aunque no se observa un significativo acaparamiento de tierras, sí parece advertirse un interés por adquirir un número de terrenos suficiente con el que respaldar inversiones futuras. En esta primera mitad de siglo, la mayor parte de las tierras compradas eran potreros situados en el Valle de Guatemala, es decir, tierras dedicadas al engorde del ganado. 43 La ganadería ocupaba un lugar muy importante en la economía regional, tanto la de vacuno, destinada al abastecimiento de los núcleos urbanos, como la caballar y mular, destinada al transporte de mercancías por tierra, tan importante en este período. Prueba de la importancia de la ganadería en la Centroamérica de principios del XVIII es que algunas operaciones de venta de mercancías se cierran con el compromiso del comprador de pagar en reses, normalmente en el plazo de un año. 44 Hemos visto, por lo tanto, después de examinar las actividades de algunos de los más importantes "hombres de negocios" del Reino de Guatemala, que la economía colonial de la primera mitad del siglo XVIII no tiene esas características de parálisis que tantas veces han dibujado los historiadores. El comerciante guatemalteco de la época, consciente de las dificultades existentes para la exportación a través de los canales oficiales, buscaba sus oportunidades en otras rutas. Compraba añil en El Salvador, en cantidades seguramente menores que en los años posteriores, pero de ningún modo despreciables. Transportaba el añil por la ruta mexicana hacia Veracruz, pero dejando también importantes cantidades en Oaxaca que serían reintroducidas en el mercado novohispano, sobre todo en Puebla y la capital. Para ello nombraba agentes en las ciudades mexicanas, que actuarían como delegados comerciales. Conducía asimismo el añil y otras mercancías de la región, como brea y vainilla, hacia Perú y hacia los puertos de Honduras donde había establecido contactos con los británicos que merodeaban en esas costas. Para realizar estas actividades invertía capital en la compra de uno o dos barcos, que le permitirían también llevar sus mercancías hacia La Habana, un puerto que, junto con Veracruz, era el auténtico almacén de los productos de exportación centroamericanos. Nuestro comerciante se cuidaba de crear una sociedad con un alcalde mayor, o actuar él mismo como tal, para asegurarse el aprovisionamiento a muy bajo costo de productos de exportación como cacao, o de mercancías imprescindibles para el comercio con San Salvador, como "ropa de la tierra". Frecuentemente invertía en tierras, no en grandes extensiones, sino en las suficientes para apacentar el ganado que compraba cada año, un ganado que le serviría para obtener cuantiosos beneficios en el abastecimiento de carne a las ciudades, sobre todo a Santiago de Guatemala, y en ocasiones para utilizarlo en el intercambio con San Salvador. Eventualmente dedicaba unas tierras a la cría de mulas, que tenían gran demanda ahora por la importancia del tráfico terrestre de mercancías. El comerciante guatemalteco establecía también contactos en Tegucigalpa, bien a través de un alcalde mayor o por medio de la concesión de créditos, donde podía obtener el metálico necesario para engrasar las operaciones comerciales. Todas estas operaciones se podían dar por separado, aunque en algunas ocasiones, como en el ejemplo de Uría, se juntaban para darnos como resultado un espectacular caso de diversificación de actividades y de éxito en los negocios en un momento de dificultades en el transporte, y en una región de acusada marginalidad dentro del entramado colonial hispano en América. Debemos pensar en términos distintos sobre la economía centroamericana de este período. Parece que nos encontramos más bien ante una sucesión de crisis cíclicas, en la línea de Wortman, que ante una gran crisis LOS COMERCIANTES DE GUATEMALA EN LA PRIMERA MITAD DEL XVIII Tomo LVI, 2, 1999 general motivada por las supuestas dificultades en la exportación. No cabe duda de que el declive fue largo y profundo en las relaciones directas con Cádiz a través de los navíos de registro, pero ello no determinó una parálisis de las relaciones económicas. Nuestros comerciantes encontraron y aprovecharon con beneficio las numerosas grietas que la economía oficial dejaba en el sistema colonial.
El proyecto, que llegó a contar con planos de construcción, tuvo que hacer frente a importantes dificultades como fue la oposición del arzobispo y la desidia del mandatario, que retrasó considerablemente los trámites precisos. En este trabajo se estudia el proceso seguido para conseguir la licencia que autorizara la fundación y las razones por las que ésta no se llegó a obtener, situando el tema en el particular contexto del archipiélago filipino. "Pero ¿para qué me canso, si sabemos que la mano de Dios no está ligada y que su estilo es revelar a los párvulos las cosas grandes que oculta a los sabios?". El presente estudio es continuación de una línea de trabajo centrada en el análisis del mundo de la espiritualidad femenina en el archipiélago filipino, a partir de dos de sus manifestaciones, los conventos y los beaterios. Este trabajo está dedicado al estudio del proyecto de fundación de un convento para jóvenes mestizas de chino, patrocinado por los gremios de mestizos de tres pueblos próximos a Manila: Tondo, Binondo y Santa Cruz. Se ha realizado a partir de documentación inédita del Archivo General de Indias de Sevilla y se refiere a los años 1778 a 1789. 2 Los chinos constituían con respecto a los nativos de Filipinas una minoría insignificante, pero no así con respecto a los blancos, cuyo número fue siempre muy escaso y a los que igualaron e incluso superaron en algunas ocasiones. Éstos no eran los únicos residentes en las 1 AGI, Filipinas, 1048. Fray Bernardo Javier de las Alas, procurador de causas de la Audiencia de Manila, al real acuerdo, s.f. 2 Este trabajo se ha enriquecido con las referencias bibliográficas que me ha proporcionado la doctora Justina Sarabia Viejo, cuya gentileza agradezco desde estas páginas. islas, ya que había otros en las tierras del interior dedicados al comercio. En 1729, según un informe redactado por los propios chinos, el número total de los miembros de su comunidad existentes en Filipinas no pasaba de cinco mil. Unos años más tarde, en 1741, el oidor de la Audiencia de Manila, don Pedro Calderón Enríquez, calculaba que sólo en las provincias de Tondo y Cavite se contabilizaban unos cuatro mil chinos, a los que había que sumar los del parián de Manila, que en 1754, según el padrón mandado hacer por el gobernador don Pedro Manuel de Arandía, eran 1.181. Aunque este gobernador decretó la expulsión total de los chinos en 1755, siete años después había en el parián y en las provincias próximas a Manila 6.000 chinos. Las uniones de éstos con nativos fueron abundantes y en 1753 el número de mestizos de sangley se cifraba en 30.420. 3 Los españoles siempre miraron con suspicacia a los chinos, actitud que no comenzó a cambiar hasta la segunda mitad del siglo XVIII, cuando tuvieron que reconocer que la laboriosidad de esta comunidad podía ser de gran utilidad para el despegue económico de las islas. 4 Dos eran las razones que alimentaron secularmente el recelo hacia los chinos o sangleyes: el hecho de que habían establecido un auténtico monopolio comercial en las transacciones al por menor y la perniciosa influencia que se les atribuía sobre la población indígena en lo relativo a prácticas religiosas. Ambas cuestiones se proyectaban igualmente sobre los chinos cristianos, a los que se contemplaba con desconfianza.5 Los primeros momentos del proyecto La fundación de un convento en que pudiesen "consagrarse a Dios y apartarse de los peligros del siglo" las jóvenes mestizas de chino era la respuesta a un anhelo largamente acariciado por esta comunidad. El proyecto inició su andadura en el año 1778, cuando los mestizos de los pueblos de Tondo, Binondo y Santa Cruz firmaron un poder a favor de don José M.a Mendoza y en su defecto de don Julián de Illescas (agentes de negocios y vecinos de Madrid) y en caso de falta de ambos, del padre dominico fray Sebastián Valverde, procurador general de la provincia del Santísimo Rosario de Filipinas. 6 Éstos debían realizar los trámites y gestiones oportunos para conseguir la autorización que permitiera fundar el citado convento, conforme a las estipulaciones establecidas por los propios mestizos, plasmadas en unas instrucciones firmadas por éstos el 17 de diciembre del mismo año. Según el texto de dichas instrucciones, las razones que sustentan la pretensión de los mestizos eran la existencia en la ciudad de Manila y en sus arrabales, e incluso en el resto del archipiélago, de un gran número de jóvenes mestizas que deseaban abrazar el estado religioso y la falta de un centro en el que pudieran satisfacer su vocación. En este documento se mencionan expresamente el convento franciscano de Santa Clara y el de dominicas de la tercera orden, de los que se dice que eran fundaciones reservadas a las españolas y mestizas de español exclusivamente. En sentido estricto, a mediados del siglo XVIII había en las islas tan sólo un convento de religiosas, el de Santa Clara de Manila. Existían además los llamados beaterios, centros en los que vivían retiradas mujeres devotas y estaban en conexión con alguna orden religiosa que los tutelaba. La mayor parte de ellos en realidad tenían una doble naturaleza, ya que eran casas de retiro para mujeres piadosas y centros de enseñanza. Era frecuente que se profesaran votos, pero no siempre sucedía así. 7 En esta categoría se incluía el de Santa Catalina de Siena, fundado en 1696 por la madre Francisca del Espíritu Santo, natural de Manila, y por el padre fray Juan de Santo Domingo, provincial de la orden de predicadores. El fin primordial de esta fundación era la oración y la vida piadosa, pero al igual que sucedía con otras fundaciones parecidas, también admitía a jóvenes educandas. A mediados del siglo XVIII el centro contaba con cincuenta y cinco beatas, de las que quince eran españolas y el resto indias. 8 El hecho de que en los documentos se asimile este centro al convento citado puede responder muy probablemente a que en ambos se profesaban votos. En todo caso era evidente que no existía en Filipinas, en la época en que se pone en marcha el proyecto de las mestizas de sangley, un cauce adecuado que diera cumplida satisfacción a los deseos de sus hijas de ingresar en el estado religioso. Según consta expresamente en las instrucciones entregadas a sus representantes, el proyecto respondía a los afanes de los mestizos de los tres pueblos citados de los extramuros de Manila. 9 El convento sería de religiosas dominicas y llevaría por nombre Santa Rosa de Lima. Las madres fundadoras deberían venir, previa licencia, de conventos de Europa, "para establecer como se debe la observancia regular". Puesto que sería fundación de los mestizos de chino, en él debían profesar sólo las hijas y descendientes de mestizos de sangley con india, con exclusión de españolas o mestizas de español, criollas, indias puras, negras o cualquier "otra nación". En caso de existir un número de solicitudes de ingreso superior al de religiosas que se pudieran recibir, tendrían prioridad las naturales de los pueblos fundadores sobre las mestizas de otras localidades. Bajo estas condiciones, y especialmente la sujeción a la obediencia de los padres dominicos, los mestizos se comprometían a levantar el edificio con todas las dependencias precisas, una iglesia debidamente equipada y a dotarlo con una renta fija para la decente manutención de las religiosas. Precisamente a mediados del siglo XVIII el gobierno ordenó el traslado de las beatas al colegio de Santa Potenciana y la supresión de la fundación, pero ésta continuó su vida hasta el siglo XIX. Otros centros de igual naturaleza fueron el beaterio de la Compañía de Jesús (que tras la expulsión pasó a ser dirigido por el arzobispado), el de San Sebastián de Galumpang (agustinos recoletos), el de Santa Rita de Pásig (agustinos) y el de Santa Rosa o de la madre Paula (dominicos). Una aproximación al estudio de estos centros la encontramos en el trabajo de García de los Arcos, M.F.: "El convento de Santa Clara y los beaterios de Manila en el siglo XVIII", en El monacato femenino en el Imperio español. 9 Es importante señalar que el término "mestizo" lo empleamos como sinónimo solamente de "mestizo de chino" o "mestizo de sangley". Anuario de Estudios Americanos teniendo facultad para renunciarlas en favor del convento si lo deseasen. De esta forma, podría beneficiarse toda la comunidad de religiosas, cuyo número aumentaría o disminuiría en la misma proporción en que lo hicieran las rentas de que dispusiera el convento. Éste nunca recurriría a las limosnas ni al erario real para su sustento. Con ello se pretendía obtener más fácilmente la aprobación de un proyecto como éste, que no perjudicaría a otras fundaciones similares que se mantenían de la caridad pública o de las donaciones del Estado. El empeño con que los mestizos pusieron en movimiento este asunto queda de manifiesto en dos hechos: en el rápido acopio de fondos y en los pasos seguidos para obtener la aprobación real de la fundación. En cuanto al primer aspecto señalado, en el momento de iniciarse los trámites precisos contaban ya con 12.000 pesos destinados a iniciar la construcción. Pero la recaudación de fondos continuaba y se afirmaba que, una vez conseguida la licencia real, "se juntaría caudal, no sólo suficiente, sino también superabundante".10 Sin embargo, no eran éstos los únicos fondos que la comunidad mestiza estaba dispuesta a comprometer en el proyecto y así hicieron llegar a varios comerciantes de Cádiz diez picos y veinticinco libras de pimienta negra "de buena calidad" y ciento ochenta y cuatro libras de ruibarbo superior, a fin de que el producto de su venta se remitiera a sus apoderados en Madrid. 11 Había cierta impaciencia en la comunidad mestiza por conseguir la aprobación real. Para obtenerla autorizaban a sus apoderados a hacer los gastos que estimaran precisos. De ahí que manifiesten su deseo de obtener la licencia real absoluta, y de no ser así, que al menos se consiguiera un permiso para iniciar las obras, con la condición de que los mestizos dispusieran de los caudales suficientes para la construcción y dotación del monasterio. Para acelerar los trámites, se pediría al rey que nombrara a una persona de su satisfacción, encargada de declarar que tal requisito se cumplía para proceder sin más espera a dar inicio a la fundación. Esta misma persona debía tener también facultad para declarar el número de reli-giosas que podían ser admitidas. En cualquier caso, se autorizaba a los apoderados a realizar toda diligencia conducente a obtener la licencia para el convento, aun alejándose de las propias instrucciones que se les había entregado, pero siempre que mediara el consejo "de abogados y otros sujetos inteligentes" y que la fundación fuera de dominicas de la segunda orden y para hijas y descendientes de mestizo de sangley e india. Los trámites para la fundación del convento empezaron de la forma ya expuesta. Andando el tiempo, los mestizos supieron que habían violado la normativa establecida para estos casos por la ley e intentaron rectificar su error.12 Efectivamente, años más tarde, los nuevos gobernadorcillos de mestizos de los pueblos de Tondo, Binondo y Santa Cruz elevaron un escrito al gobernador de las islas pidiendo su intervención en este asunto. En realidad lo que demandaban no era sino el cumplimiento por parte de la suprema autoridad civil de las islas de aquella parte que le correspondía en razón del vicepatronazgo que ostentaba. Así, los mestizos pidieron que el gobernador informara de que su proyecto era perfectamente viable, que habían reunido ya 12.000 pesos y podían reunir más y que no perjudicaría a terceras personas. Solicitaban también que se fundamentase su pretensión en los servicios que dicha comunidad había prestado y continuaba prestando a la Corona y al bien público de las islas. La tramitación del expediente en Manila La petición de los mestizos fue remitida al fiscal de la Audiencia en febrero de 1780. Casi un año hubo de transcurrir antes de que su informe llegara a manos del gobernador, quien sometió el asunto también al parecer de su asesor. Ambos coincidieron en que, de acuerdo con la ley I, título 3, libro I de la Recopilación, se debía recabar la opinión del arzobispo y completar todos los trámites que la legislación ordenaba en estos casos. 13 Ocupaba por aquel entonces la sede metropolitana de Manila el enérgico escolapio don Basilio Sancho de Santa Justa y Rufina, quien se inhibió en esta cuestión considerando que, puesto que los mestizos habían iniciado directamente el trámite ante el soberano, no cabía más que esperar la decisión real sobre el tema. Con todo, no se mostró muy entusiasmado por el proyecto al que calificaba de innecesario: "No hay duda que esta erección tiene un fin piadoso, pero también no aparece aquella necesidad que la mencionada ley llama urgente para erección de monasterios en las Indias. Y, considerado más de fondo el espíritu de esta ley, se requiere otras causas no menores que aquella necesidad. Nada más desea este prelado que el bien de las almas y el acierto en su dirección y en el real servicio a que siempre propenden mis conatos". 14 Pasado el expediente a la Audiencia, ésta confirió comisión a don Emeterio Cacho, a la sazón oidor alcalde del crimen, para que recogiera los informes de las personalidades civiles y eclesiásticas prescritos por las leyes. En total se recibieron dieciocho testimonios entre los días 20 y 23 de marzo de 1781, de los que la mayor parte (12) correspondían a eclesiásticos. A todos los informantes se les preguntó acerca de cuatro cuestiones: si sabían de la existencia en la ciudad de Manila de algún convento o beaterio en el que se recibiese como religiosas a las mestizas de sangley; si tenían conocimiento de que alguna de ellas hubiese pretendido tomar hábitos y hubiese sido rechazada; si consideraban a los mestizos capaces de reunir los fondos precisos para levantar y mantener un convento y si dicha fundación causaría perjuicios a las comunidades religiosas o a la sociedad de las islas. En cuanto a los seis testimonios de civiles, todos ellos coincidieron en que no había en la capital convento alguno, excepción hecha del de Santa Clara y del Beaterio de Santa Catalina y que en ninguno de los dos se admitía a mestizas de sangley, circunstancia ésta que había que demos-trar en las informaciones que se realizaban previamente a la admisión de las aspirantes. Eran frecuentes los casos de jóvenes que habían visto frustrados sus deseos de abrazar el estado religioso por dicha causa, a pesar de contar con caudales suficientes. De ahí que, en general, la fundación que pretendían los mestizos fuera bien recibida por los informantes, que veían en ella "el único medio para que se pierdan menos almas y se adelante en lo espiritual". 15 La mitad de los declarantes consideró difícil que los mestizos reunieran los fondos necesarios para construir, dotar y mantener el convento. En realidad, ésta no era la opinión más común entre la sociedad española de las islas, que frecuentemente acusaba a aquéllos de enriquecerse con sus lucrativas actividades. Más en consonancia con este punto de vista se encuentra el testimonio de don Felipe Vélez Escalante, capitán de una de las compañías urbanas de Manila, quien aseguró que: "siempre que el gremio de mestizos se junte, podrán recoger el caudal que exige dicha erección y dotación, atento a que sólo ellos tienen al presente la mayor masa de plata". 16 Sin embargo, era compartida por todos los informantes la convicción de que, de conseguir establecer el convento, no se perjudicaría a nadie, siempre que los mestizos respondieran unidos a la obligación de garantizar los fondos precisos para su sustento y no se recurriera a pedir limosna. Los testimonios de personas eclesiásticas fueron recabados de las órdenes religiosas y de miembros del cabildo catedral. En cuanto a los primeros, se tomó declaración a dos religiosos de cada una de las órdenes existentes en las islas, previa licencia de sus superiores. 17 Los miembros del cabildo catedral fueron el doctor don Miguel Cortés de Arredondo y Oriosolo, deán y el doctor don Antonio Fernández de Córdoba, canónigo de gracia. Sus informes coincidían únicamente en la afirmación de que no eran admitidas las mestizas en el convento de Santa Clara, ni en el beaterio de Santa Catalina. En todo lo demás sus opiniones no pueden ser más opuestas. "Que los dichos mestizos de público y notorio son muy hábiles a buscar sus haberes, y que los contempla bien parados para la fundación de este monasterio y para las rentas de subsistencia que requieren las leyes de su majestad, y en cuanto al beneficio espiritual se siga de esta fundación, asegura que será grande y de mucha edificación no sólo para los de su nación, sino para todo el público, sin que se siga perjuicio alguno a éste (...) y de consiguiente ni a las otras comunidades que hay, siempre que tengan su dote competente y no hayan de mendigar". 18 Frente a esta opinión, a juicio del doctor Fernández de Córdoba, los mestizos de sangley no disponían de caudal suficiente para la fundación y dotación y tampoco lo conseguirían reunir una vez obtenida la licencia real. Sin embargo, su opinión contraria a la erección del convento se fundamentaba también en razones de más trascendencia, ya que no consideraba "a las que provienen de su origen capaces en general para encargarse de la perfección que se requiere de la vida religiosa, y que de consiguiente, no lo considera útil a la causa pública ni al Estado". 19 De las declaraciones recogidas a miembros de las órdenes religiosas e incorporadas al expediente se desprende que éstas eran conscientes de la frustración que la comunidad mestiza sentía al ser rechazadas las instancias de sus hijas para ingresar en los conventos de la ciudad. Dos de los religiosos informantes explicaban cómo habían realizado gestiones personalmente, a fin de lograr el ingreso de alguna joven mestiza, pero que finalmente vieron fracasar todos sus esfuerzos. Tal es el caso de fray José de Santa Orocia, procurador general de recoletos, a quien se le contestó que se cansaba en vano, "porque en teniendo sangre de sangley de ninguna suerte la recibirían". 20 Por responder a una demanda muy sentida, el proyecto del convento fue positivamente valorado. Ejemplo son las palabras de fray Manuel de San José, predicador general de la provincia del Santísimo Rosario: "que por lo que le da a conocer el púlpito y confesonario, cree habrá muchas que con vivos deseos apetezcan dedicarse a Dios y vivir bajo clausura, lo que dejan de practicar por carecer de conventos en que sean recibidas, y que no contempla perjuicio el más leve a la causa pública en dicha erección y sí ésta conseguirá muchos bienes espirituales". 21 Así pues, desde la perspectiva de los declarantes, el único inconveniente podría venir de la financiación. Solucionado este problema con la garantía que proporcionaban los recursos económicos de que disponían los mestizos, los frutos de esta obra serían siempre beneficiosos, tanto para la comunidad de mestizos como para el resto de la república. El expediente con el testimonio de todas las diligencias realizadas sobre este asunto fue remitido al rey, con el parecer favorable de la Audiencia de Manila, en mayo de 1781. Este tribunal, basándose en los informes recogidos, calificaba el proyecto de útil, pero dejaba claro que sería así "siempre que en él se pongan superioras de conocida conducta que puedan desde luego doctrinar en la vida religiosa a las primeras que tomen el hábito". El asunto en el Consejo de Indias El expediente fue estudiado por el fiscal del Consejo en enero de 1783; así se inició un largo proceso, complicado por el fallecimiento del primero de los representantes elegidos por los mestizos para llevar a buen puerto su proyecto. En realidad al Consejo habían llegado tanto el expediente formado en Manila (acompañado por la carta de la Audiencia ya citada) como la concesión de poderes por parte de los mestizos, pero en los más de cuatro años transcurridos desde la firma del mencionado poder, no se había llevado a cabo gestión alguna para satisfacer las pretensiones de los mestizos. De esta forma, el Consejo asumió la opinión de su fiscal, en el sentido de que era preciso informar al representante señalado en segundo lugar, don Julián de Illescas, para que exhibiera el poder que le había sido conferido y decidiera los trámites que procedía seguir en este caso. 26 El asunto se complicó al informar Illescas al Consejo que no había podido conseguir que la viuda de don José Mendoza le entregara el poder que su esposo tenía para el proyecto del convento. El fiscal entonces aconsejó la intervención de don Pedro Muñoz de la Torre, protector de los Agentes en Indias, al que se informó de los detalles de este asunto. El hecho de que el citado protector del cuerpo de agentes se inhibiera en esta cuestión, afirmando que no tenía competencia para intervenir en las testamentarías de los agentes, "ni tampoco como juez de ministros, porque no gozan sueldo aunque se les contemple dependientes del Consejo", contrarió profundamente al fiscal, quien respondió con dureza. Así afirmó que le incumbía por su cargo haber puesto a recaudo los papeles de los negocios de América, para evitar los perjuicios que podían producirse si hubiera algún extravío de documentos. Por otro lado, éste era el procedimiento más rápido para recuperar el poder y para que la petición del gremio de sangleyes continuara su tramitación a manos del segundo representante. Ante esto, "mediante que el señor Muñoz se desentiende de mezclarse en este asunto por los justos motivos que para ello le asistirán, sin duda", estimó el fiscal que el escribano de cámara debía entrevistarse con la viuda y testamentarios del fallecido Mendoza, reconviniéndoles sobre la entrega del poder y demás papeles relativos al asunto. En caso de no lograrse, se averiguaría quién era el juez que conocía en la testamentaría y se le pasarían los oficios correspondientes para lograr el objetivo perseguido. 27 Con todo, no era éste el único problema al que tenía que darse solución; estaba también la cuestión del dinero que el fallecido había recibido para promover la fundación del convento y el intento de suplantar de la comisión a don Julián de Illescas por el hijo del difunto. Efectivamente, doña María Morillo, viuda de don José Ignacio de Mendoza, elevó al Consejo un memorial en el que informaba de la entrega al oficial mayor de la escribanía de cámara, del poder que le había sido demandado, así como de todo lo demás concerniente al "completo desempeño del predicho encargo", al tiempo que señalaba que éste había sido confiado a su hijo, don José María de Mendoza, oficial del cuerpo de Marina. Esto se había hecho por un motivo especial y con la facultad de delegar la comisión en quien considerase oportuno si sus ocupaciones profesionales le impidieran atenderla personalmente. Sin embargo, habida cuenta de que estaba destinado en Cádiz, nada obstaculizaba el que asumiera la dirección del asunto, por lo que se pedía la devolución del poder y de los restantes documentos entregados. El Consejo de Indias fue contrario a esta maniobra, entendiendo que al haber muerto el primer representante sin haber señalado un sustituto, la comisión recaía en el otro elegido por los mestizos. A éste se le debían entregar los papeles relativos a este negocio, así como las cantidades de dinero enviadas. En este punto, se sabía que le entregaron a don José Ignacio de Mendoza 3.200 reales de plata de a 16 cuartos cada uno, pero se suponía que se le habían podido confiar otras cantidades y era preciso fiscalizar su uso. De esta forma las cuentas presentadas por la viuda del citado agente fueron sometidas a la inspección de la contaduría general, antes de ser aprobadas por el Consejo de Indias. 28 Según constaba en los documentos que estudió la contaduría general, el cargo ascendía a 6.023 reales y 18 maravedís, que le fueron entregados a don José Ignacio de Mendoza por don Jacobo Galván, vecino de Cádiz, a través de su corresponsal y don Casimiro Segismundo Agarino. La data ascendía a 1.662 reales y estaba compuesta de cuatro partidas: 18 reales por el porte del pliego en el que había llegado el poder y varios documentos recibidos en septiembre de 1779; 120 reales pagados al abogado que formó la representación para dicho recurso; 24 reales de dos copias que se sacaron de ella para presentar y remitir; 1.500 reales que se cargaron "por razón de agencia y solicitud de este asunto en los tres años corridos hasta el fallecimiento del citado Mendoza, a 500 en cada uno, inclusos portes de cartas y gastos de escritorio, sacando de alcance contra sus bienes y testamentaría la cantidad de 4.361 reales y 18 maravedís de vellón". En opinión de la contaduría general, el cargo era correcto y había quedado confirmado por una carta original presentada por don Julián de Illescas ante el Consejo de Indias el 3 de septiembre de 1783, firmada por don Jacobo Galván. Sin embargo, en cuanto a las partidas de data, no encontró nada que las justificara "y antes por el contrario, en concepto de esta oficina, presta suficiente mérito para su repulsa y absoluta exclusión". 29 Se pretendía justificar que don José Ignacio de Mendoza recibió en septiembre de 1779 el poder y los documentos para realizar la solicitud en nombre de los mestizos de sangley y que efectivamente presentó su demanda, a lo que responderían los 120 reales pagados supuestamente al abogado que hizo la representación y los 24 reales correspondientes a las dos copias hechas. Sin embargo, no había en todo el expediente constancia de haberse realizado trámite alguno, a pesar del tiempo transcurrido. De aquí se deduce no sólo que las partidas de data eran injustificadas, sino también la "culpable omisión" del citado representante. En definitiva, el informe de la contaduría general daba por sentado que éste se había desentendido por completo del encargo que se le había confiado y que por lo tanto las cuentas presentadas no eran correctas. Únicamente admitió como legítimo el abono de 18 reales por el porte del pliego en que llegó el poder y otros documentos rela-tivos al mismo asunto. De esta forma, también fue rechazado el cobro de los 1.500 reales que su viuda se había abonado en concepto de "solicitud y agencia" del negocio. Teniendo en cuenta los años transcurridos y que no se había hecho nada por realizar el encargo recibido, sorprende el desparpajo con el que se pretendía cobrar por gestiones que no habían tenido lugar. También se indicaba en el informe que se debía dar cuenta del resultado de la inspección a don Julián de Illescas, encargándole que solicitara en el juicio de testamentaría de su antecesor Mendoza el cobro de los 6.005 reales y 18 maravedís de vellón que resultaban contra ella y el que "promueva el curso de este retrasado expediente, hasta obtener resolución sobre el punto principal a que se dirige". 30 El informe de la contaduría general fue asumido por el fiscal y el Consejo de Indias. Éste, a su vez, resolvió someter a la consideración del fiscal la cuenta presentada por la viuda de Mendoza y la solicitud que hicieron los mestizos de sangley en Manila. 31 En realidad, a partir del momento en que el nuevo apoderado de los mestizos se hizo cargo del asunto, éste comenzó a moverse. La primera de las gestiones que llevó a cabo está fechada el 20 de agosto de 1784; se trata de una representación elevada al Consejo en la que exponía las razones que justificaban la petición de los mestizos y las características que tendría el convento. Terminaba solicitando la autorización para fundarlo y que se comisionara al gobernador de las islas, o a la persona que se juzgara más apropiada, para señalar el número de religiosas que había de formar la comunidad y se iniciaran las obras de erección del monasterio. Apoyaba su solicitud en los informes favorables de la Audiencia de Manila y del gobernador, así como en la suma reunida por los promotores del convento y en la capacidad de éstos para aportar cuantos fondos fueran precisos. Esta petición fue informada favorablemente por el fiscal del Consejo quien tomó en consideración los informes contradictorios del arzobispo, del gobernador y de la Audiencia. Con todo, y pese a señalar que "parece que no puede ofrecerse dificultad en conceder la licencia", ya que se había respetado el procedimiento establecido por las leyes, señaló tres cuestiones de indudable importancia relativas a las características de la fundación. La primera de ellas se refiere al hecho de que el convento estuviera reservado en exclusi-va a chinas y mestizas, lo que podía acarrear serios inconvenientes en caso de que no hubiera solicitudes de ingreso. A juicio del fiscal, este inconveniente podría eliminarse si se establecía la preferencia de ingreso a favor de chinas y mestizas, pero sin excluir a otras, especialmente españolas. La facultad que se reconocía a las religiosas para recibir sus dotes, legítimas y herencias, y para renunciarlas a favor del convento, es la segunda de las cuestiones en cuya consideración se detuvo el fiscal del Consejo. En este punto, y sin duda muy influido por las ideas dominantes en la corte, señala que "esa ilimitada permisión de amortizar bienes puede con el tiempo llegar a ser muy perjudicial al Estado y Real Patrimonio, siendo así que no se debe conceptuar necesaria tal facultad para la subsistencia del monasterio mediante a que se le ha de dotar ahora competentemente de todo, y en adelante se le irán agregando las dotes de las que vayan entrando en él". 32 La tercera cuestión sobre la que reflexionaba el fiscal es la tutela de los padres dominicos. En este punto era preciso, si se quería respetar la voluntad de los mestizos, recabar la aceptación formal de la orden a través de un documento firmado por el provincial de Santo Domingo de las islas. Pese a ello, debido sin duda al ambiente que se respiraba en la corte en estos años, el fiscal señala que "acaso sería más conveniente quedasen sujetas las religiosas inmediatamente a la jurisdicción ordinaria del prelado diocesano". 33 En definitiva, la opinión del fiscal era que estos particulares exigían "previo y más detenido examen, para precaver mayores inconvenientes en lo sucesivo". Por ello, debían ser tomados en cuenta tanto por el gobernador como por la Audiencia de las islas antes de acordar lo más conveniente en el tema de la fundación que se pretendía establecer. Descendiendo ya a cuestiones más concretas, el fiscal indicó que se debía proceder a realizar el plano del convento y a determinar el número de religiosas que acogería, así como la cuantía de las dotes y "todo lo demás conducente a la perfección del establecimiento". De todo ello habría de informarse al Consejo, sin poner en ejecución nada, en tanto se librara la real cédula autorizando la fundación. El Consejo de Indias asumió el informe del fiscal, al que únicamente añadió la conveniencia de que se señalara también la cantidad de dinero necesaria para la subsistencia de las religiosas. 33 Sobre la política secularizadora y las relaciones entre obispos y órdenes religiosas en Filipinas en el siglo XVIII, véase Manchado López, M.: Conflictos Iglesia-Estado en el Extremo Oriente Ibérico. Tomo LVI, 2, 1999 diente fue firmada en Madrid, el 19 de diciembre de 1784 y llegó a Filipinas en la fragata "San José" tres años más tarde. La lenta cristalización del proyecto En Manila los trámites administrativos se fueron complicando; el fiscal de la Audiencia consideró que, puesto que se trataba de una fundación eclesiástica, era necesario pedir parecer al arzobispo, a quien se debía remitir todo el expediente. También se debía pedir al apoderado de los mestizos que en el plazo de ocho días presentara ante la Audiencia el plan del nuevo convento, sobre el que el metropolitano expondría su opinión. 34 Pero el asunto sufrió una nueva demora, a la que no debió ser ajena la mala salud del arzobispo y los muchos problemas a que tuvo que hacer frente como consecuencia de sus difíciles relaciones con las corporaciones religiosas de las islas. Lo cierto es que a don Basilio Sancho le llegó la muerte el 12 de diciembre de 1787, y nada se había adelantado en este asunto. Tal circunstancia hizo que fueran el deán y el cabildo catedral de Manila, que gobernaba la diócesis en sede vacante, los encargados de dar su parecer sobre el proyectado convento. En este sentido, su opinión no difirió de la expresada años atrás por el metropolitano y prueba de la poca importancia que daban al asunto es que su informe no pudo ser más lacónico ni contundente: "halló no ser necesaria la erección de dicho monasterio, pues para que los que quieran tomar semejante estado pueden valerse de los medios que las leyes de estos reinos les suministran". 35 El expediente formado sobre el tema del convento, incluido el parecer del deán y cabildo catedral, fue entregado al apoderado de los mestizos. 36 Éste redactó un prolijo memorial en el que intentaba dejar bien asentada la voluntad real favorable a la fundación y lo "extemporáneo" del informe anterior. Efectivamente, en su opinión la real cédula de 19 de diciembre de 1784 ya manifestaba la buena disposición del soberano, puesto que en ella se ordenaba proseguir los trámites, a cuya conclusión quedaba supeditada la aprobación expresa y definitiva del convento. En este estado de cosas, sólo incumbía a la autoridad eclesiástica dar su parecer en lo relativo a aspectos concretos de la fundación, pero en modo alguno sobre la pertinencia o no de ésta, cuestión sobre la que ya se había pronunciado el arzobispo en su momento. En este sentido, era cierto que el metropolitano fallecido se había manifestado contrario al convento, pero, a juicio del apoderado de los mestizos, este informe ya había sido considerado por el monarca y no era lógico suponer que esperara una nueva opinión sobre el mismo asunto. Más energía dedicó al redundante informe del deán y del cabildo catedral, ya que eran varios los aspectos que consideró necesario contestar. En primer lugar, convenía dejar claro que la fundación de un nuevo convento era una necesidad urgente y el único camino para que las mestizas ingresaran en la vida religiosa. Por otra parte, los reyes mostraban una gran preocupación por el fomento de la educación virtuosa de las mujeres y adoptaban las medidas precisas para ello, entre las que se contaba la concesión de licencias para la erección de monasterios. De esta manera, y aunque no querían que estos centros proliferaran, su celo religioso les llevaba a preferir que hubiera de más que de menos, siempre que quedara acreditada su utilidad o necesidad, circunstancias que concurrían en este caso. Un aspecto muy interesante de su exposición es la defensa que realiza de las cualidades espirituales de las mujeres mestizas, cuestionadas por quienes sumaban a los demás inconvenientes el de su supuesta incapacidad para llevar una vida de perfección religiosa: "pero en esto se hace un notorio agravio e injuria a las de esta nación, y aun a Dios, pues Su Majestad es el que en estos asuntos hace toda la costa; llenos están los libros y el cielo de santos simplicísimos e ignorantísimos de la prudencia y ciencia del mundo, y sin ella no sólo eran perfectísimos solitarios y monjes, sino obispos y ministros de millares de monjes sapientísimos". Fray Bernardo Javier de las Alas, procurador de causas de los de número de la Audiencia de Manila, a la Audiencia, s.f. Tomo LVI, 2, 1999 La habilidad y la eficacia con que se desenvolvían las mestizas en sus quehaceres cotidianos era, además, buen modelo de la ejemplaridad con que podían vivir su existencia retirada en el claustro: "Si por el obrar en lo humano se arguye el proceder en lo divino, nadie negará en las mestizas el aventajado discurso que tienen para sus adelantamientos, subsistencia, gobierno económico de sus causas, crianza y educación de sus hijos en lo moral y político, y especialmente en el retiro dentro de sus casas". 38 Por otra parte, los criterios por los que se medía la necesidad de las comunidades monásticas masculinas y femeninas eran muy distintos, porque eran diferentes los fines que perseguían. En el caso de las segundas, su utilidad derivaba del bien espiritual que obtenían las monjas de la vida contemplativa y la mortificación, "y la necesidad es que esta abstración del mundo y negación de sí misma no se puede conseguir por no haber monasterio en que profesar esta vida". Así pues, según insiste el apoderado de los mestizos, la obra era necesaria, buena, y en absoluto onerosa. Debía llevarse a cabo además conforme a lo planeado por los propios mestizos, es decir, como una fundación dependiente no del obispo, sino de los superiores de Santo Domingo. En este punto contradice expresamente lo sugerido por el fiscal del Consejo de Indias y la cuestión no es baladí. En Filipinas aún no se habían olvidado los enfrentamientos entre el arzobispo y los superiores de las órdenes religiosas por razones de jurisdiscción y cualquier iniciativa susceptible de menoscabar la autoridad diocesana era vista con enorme recelo. Sin embargo, no eran éstos los únicos trámites que la real cédula de 1784 ordenaba y, para darle el debido cumplimiento, dispuso el real acuerdo que se pidiera al apoderado presentara el plano del convento y especificara el dinero con que se contaba, el número de religiosas que ingresarían, la cuantía de las dotes y los fondos necesarios para su subsistencia. 39 Además, el expediente completo debía ser remitido al provincial de Santo Domingo para que manifestara la voluntad de aceptar bajo su tutela el nuevo convento 40. Para realizar estas diligencias fue comisionado el oidor semanero don Manuel del Castillo y Negrete, quien el 3 de mayo de 1788 recibió el juramento de los dos arquitectos encargados de realizar los pla-38 Ibídem. El padre provincial, fray Nicolás de Cora, manifestó la disposición de su orden de hacerse cargo del convento, "siempre que sea del real agrado y venga con las licencias necesarias". Anuario de Estudios Americanos nos: don Domingo de la Cruz González, nombrado arquitecto de oficio y don Juan Bautista Nieto, vecino de Binondo, escogido por los mestizos y aceptado por el oidor comisionado "respecto ser arquitecto conocido".41 La financiación del convento Uno de los aspectos más importantes de la fundación era precisamente el económico, ya que si no se demostraba la disponibilidad de los fondos precisos para la erección del convento y el digno mantenimiento de las religiosas, el proyecto quedaría frustrado. De ahí que, cuando el real acuerdo pidió la justificación del dinero reunido por los mestizos, éstos se esforzaran en presentar una suma de pesos suficiente. De esta forma, entre los meses de mayo y junio de 1788 se registraron cuatro escrituras de donación y dos declaraciones jurídicas referentes a sendos legados, todas ellas a favor del proyectado convento para mestizas. En cuanto a los legados, alcanzaba cada uno la cifra de cinco mil pesos; debían destinarse a la fábrica del convento y al mantenimiento de las religiosas y respondían a la voluntad expresada por dos benefactoras en sus respectivos testamentos. En ambos casos, se señalaba un plazo de tiempo en el que la fundación debía realizarse; transcurrido éste, si no había tenido lugar o si el "juicio de hombres prudentes" era que el convento no llegara a establecerse, los legados debían reintegrarse a los bienes de las testadoras. 42 Las cuatro donaciones procedían de miembros de la misma familia, a la que también había pertenecido una de las creadoras de un legado a favor del convento. Se trata de don Antonio Tuazon, teniente coronel de los rea-les ejércitos y coronel agregado al batallón del Real Príncipe, y de sus tres hijas. El origen de la donación de don Antonio estaba en el voto hecho a Dios en el año 1786 de entregar 25.000 pesos al convento de mestizas para la manutención de sus religiosas. Ésta era la cantidad que esperaba obtener en beneficios de "la crecida suma de pesos" que había invertido en el navío "San Andrés", cuya pérdida llegó a temerse. Al llegar felizmente el navío al año siguiente separó dicha cantidad de sus bienes para destinarla al fin prometido. Al igual que había hecho su esposa al disponer el legado en favor del convento, también señalaba un plazo de tiempo (en este caso 15 años), transcurrido el cual el dinero debía sumarse al resto de sus bienes y distribuirse conforme a lo estipulado en su testamento. 43 No es ésta la primera ocasión en la que el nombre de don Antonio Tuazon aparece entre los documentos relativos al convento de mestizas. Efectivamente, en 1782 el gobernador de Filipinas remitió a don José de Gálvez una carta pidiendo el rápido despacho de este asunto. En este documento hablaba de la contribución de 5.500 pesos que don Antonio Tuazon realizó en la última guerra y de sus tres hijas que deseaban ingresar en un convento, deseo que anhelaba ver cumplido su anciano padre antes de morir. 44 Las tres hijas eran doncellas mayores de veinticinco años y compartían su vocación religiosa. Habían tenido conocimiento de que el expediente relativo al convento de mestizas se encontraba en el trámite de manifestar los fondos con que se contaba para fundarlo y les constaba que éstos no eran suficientes. Por ello habían decidido ayudar a su construcción y mantenimiento donando parte de sus legítimas materna y paterna, "que son de alguna entidad". La donación ascendía a 16.000 pesos y se realizaba con carácter irrevocable, aun en caso de que se produjera su fallecimiento o de que desistieran de su vocación, porque con el resto de sus legítimas tendrían suficiente para mantenerse. 45 En el mes de julio del mismo año fue registrada ante notario público otra escritura de donación a favor del convento, esta vez de 1.000 pesos. La donante era doña Juana Apóstol, vecina de Binondo, que deseaba tomar hábito en él. La cantidad estaba destinada a la manutención de las religiosas y sería entregada cuando las obras del convento fueran concluidas y "estando todas las cosas en su formalidad". A estos fondos debían sumarse además 615 pesos procedentes de una colecta organizada entre el gremio de mestizos; la mayor parte de esta cantidad (500 pesos) se había invertido en el comercio con Acapulco, destinándose el resto a sufragar los gastos de la tramitación del expediente ante la Real Audiencia. Éstos eran los recursos económicos para la fundación del convento. Sin embargo, como informó el apoderado de los mestizos al oidor comisionado por la Audiencia, había muchos paisanos y paisanas que habían prometido contribuir económicamente, "luego que vean la ejecución de la fundación". Estas donaciones ascendían a cantidades considerables, pero no fueron especificadas por no multiplicar los trámites y retrasar el curso del expediente. El proyecto de los mestizos se vio favorecido por la generosidad de algunos particulares, como los arquitectos autores del plano del convento que se comprometieron a no cobrar nada por su trabajo, "atendiendo a ser una obra tan pía y santa". En realidad, ya habían contribuido con algunos reales, pero, como ellos mismos afirmaban: "deseamos con todo anhelo el sacrificarnos más y de más empleando nuestro sudor con todo gusto para esta santa fundación". 46 Una donación importante fue la realizada por don Casimiro de los Santos, apoderado de los mestizos, quien se obligó "gustosamente" en escritura privada a donar las alhajas y muebles de la iglesia: "que son retablos, imágenes (que están ya prontos), campanas, cáliz, copón y vinajeras, ornamentos de género de los cinco colores que usa la Iglesia, lámpara, cruz y ciriales, y otras cosas menudas". Calculaba que como muy pronto el convento estaría fundado pasados dos años y, por si se producía en este tiempo su muerte, dispuso en su testamento que sus albaceas cumplieran este compromiso. 47 Los mestizos habían resuelto que en el convento se recibieran treinta y tres religiosas de coro y doce legas, de las que sólo las primeras deberían llevar dote (300 pesos), aunque no se excluía la admisión de alguna 46 Ibídem. Declaración de don Domingo de la Cruz González y de don Juan Bautista Nieto. Escritura de donación realizada por don Casimiro de los Santos, clérigo presbítero, maestro de ceremonias de la santa iglesia catedral y notario mayor del real y apostólico tribunal de la santa cruzada. Tomo LVI, 2, 1999 aspirante pobre que fuera considerada útil o necesaria para el convento. No obstante, al principio se admitiría sólo el número de monjas que se pudiera mantener con las rentas disponibles; éstas procederían de los réditos del dinero que hubiera sobrado tras la construcción de los edificios, empleado en bienes raíces, gestión de la que ya se estaba ocupando el apoderado. En definitiva, los fondos disponibles ascendían a 52.000 pesos, de los que debían detraerse los 19.982 de la construcción del convento y la iglesia; quedaban 32.018 pesos líquidos que, puestos a censo al rédito del 5% anual, producirían unos 1.600 pesos. Los rendimientos podían ser mayores (alcanzando hasta el 8%), si se empleaban en haciendas o tierras sueltas de labor de buena calidad, pero esto dependía de las tierras que se pudiera comprar y parecía más conveniente realizar los cálculos sobre rendimientos seguros. Los gastos anuales a los que habría que hacer frente ascendían a 638 pesos en concepto de alimento del padre vicario y de un criado, salario de mozos y mandaderos, reparación de los edificios, salario del médico y medicinas, salario de dos sacristanes, aceite, vino para misas y cera. Descontada esta cantidad, restaban 962 pesos, con los que se podrían sustentar dieciséis monjas de coro y legas, a razón de 60 pesos cada una, "con atención a la baratura del arroz y pescado con que se alimentarán, y de los géneros que se vestirán sin diferencia de unas a otras, porque habrán de usar los mismos alimentos y vestuario; y sin necesidad de que haya criadas que las sirvan, porque ellas mismas podrán servirse. Pero, acaso de considerarse necesario o conveniente que las haya, podrán mantenerse cuatro con la cuota regulada por cada religiosa, reduciendo su número a quince". Los últimos informes y la resolución real El expediente completo pasó a informe del fiscal de la Audiencia de Manila quien se manifestó abiertamente favorable a la fundación del convento y, si bien realizó algunas consideraciones en lo relativo al número de 48 Ibídem. Esta evaluación de los gastos fue realizada por encargo del oidor comisionado por el escribano don Gregorio Buenvecino. El desglose de los gastos es como sigue: alimento del padre vicario y de un criado, 150 pesos; salario de cuatro mozos y dos mandaderos, 72 pesos; reparaciones de la fábrica material del convento e iglesia, 100 pesos; asistencia del médico, 100 pesos; medicinas, 80 pesos; 12 tinajas de aceite de alumbrar para el servicio del convento e iglesia, 24 pesos; cera de la iglesia y convento, 40 pesos; 24 botellas de vino de misa, 12 pesos; salario de dos sacristanes y munecillos, 60 pesos. No se tuvieron en cuenta los gastos que se ocasionarían por ropa de altar y diversas alhajas y muebles, ya que el apoderado de los mestizos aseguró que todo ello quedaba incluido en la donación que se comprometió a hacer. Tampoco se tomó en consideración la comida para los sirvientes "porque con la que se haga para la comunidad habrá para todos". Anuario de Estudios Americanos monjas, no encontró argumento alguno que justificara la más mínima reserva sobre el proyecto. Así, estimó que la documentación incluida en el expediente dejaba "abundantísimamente justificada la necesidad y justas causas capaces de inclinar el ánimo del Rey para que se digne conceder su permiso". En este punto, consideró sin fundamento las opiniones en contra emitidas por el arzobispo difunto y por el deán y cabildo catedral; el hecho de que las mestizas no tuvieran convento para dedicarse a la vida contemplativa era para el fiscal una causa "justísima y urgentísima". En sus palabras hay una embozada crítica a la actitud adoptada por la mencionada jerarquía eclesiástica, que parecía minimizar un problema cuya importancia era evidente: "en verdad que no es la salud espiritual de estas mujeres de tan poco momento, para negarles por proposiciones no fundadas el asilo que solicitan para dedicarse a vida contemplativa y religiosa, cuando no tienen otro alguno en estas islas en que puedan ser recibidas". 49 El fiscal en su informe también tomó en consideración el dinero de que disponían los mestizos, así como el plan económico presentado y el progresivo incremento del número de religiosas, en función del aumento de las rentas. En nada de ello encontró qué proponer, por acomodarse a lo que se observaba en otras fundaciones de la misma naturaleza. Únicamente señaló que el número de 33 religiosas de coro y 12 legas era "bastante excesivo, y con particularidad si se admiten también criadas seculares, como suele verificarse en los conventos que hay en España de la misma orden". Por ello, sugería la reducción de su número a una tercera o cuarta parte menos, "para que de este modo pudiesen mantenerse con alguna más comodidad las restantes". 50 En definitiva, estimó que la Audiencia debía atender a la fundación del convento y que éste debía reunir las características recogidas en el expediente; es decir, que fuese sólo para mestizas, que se mantuviera de sus propios recursos y que su construcción se adecuara al plan ya presentado. En cuanto al dinero que sobrara, se emplearía en comprar haciendas que sirvieran de dotación perpetua y, en el caso de no hallarse éstas de momento, se pondría el dinero a rédito de un 5%. Sólo se admitirían inicialmente las monjas que las rentas pudieran sostener y su número podría incrementarse al mismo ritmo que éstas, hasta alcanzar el número de 33 monjas de coro y 12 legas, o al número que fijara el real acuerdo, sin 49 Ibídem. Vista del fiscal de la Audiencia de Manila. En todo caso, siempre que se quisiera aumentar el número de religiosas se debería informar a la Real Audiencia a fin de recabar su aprobación. Este tribunal, por lo demás, tendría que aprobar la cuantía de las dotes y el que se invirtieran del mismo modo que el dinero de la fundación, para que con su producto se incrementaran los fondos para el mantenimiento de las monjas; también le correspondería dar el visto bueno a la aceptación sin dote de algunas aspirantes pobres. De esta forma, todos los trámites ordenados por la real cédula de 1784 fueron cumplidos y de ello dio cuenta la Audiencia con una carta en la que exponía su oposición al nuevo convento. Este documento contravenía uno anterior en el que el mismo tribunal había informado de modo favorable el proyecto de los mestizos. 51 Este radical cambio de opinión se justificaba por tres motivos: la insuficiencia de los fondos reunidos, considerar innecesario el convento y los perjuicios que a la sociedad y al Estado podría causar. En realidad esto suponía echar por tierra todo lo conseguido hasta entonces, en un momento en el que la aprobación real parecía inminente. Esto era así por cuanto las consideraciones de la Audiencia de Manila habrían de pesar en la corte y más aún cuando abundaban en lo expuesto por el fiscal del Consejo en su último informe. Respecto al primer inconveniente señalado, los 52.000 pesos disponibles eran considerados insuficientes, ya que 20.000 eran necesarios para la construcción del convento y con el resto no se podían afrontar los demás gastos; sólo se podría asegurar la subsistencia de 16 religiosas y, además, en los cálculos no se habían tenido en cuenta los gastos que ocasionaría el traslado desde Europa de las religiosas que se harían cargo de la fundación y de la instrucción de las novicias, gastos de los que tenían que responder los promotores del proyecto. A la escasez de fondos se sumaba un hecho de no menor importancia: a juicio de la Audiencia, el convento era innecesario. En este punto, dicho tribunal asumía la opinión expresada antes por el fallecido arzobispo, y repetida por el deán y el cabildo catedral. Realmente no le resultó muy difícil a la Audiencia defender lo contrario a lo que había dicho siete años atrás en un informe que confesaba no haber podido hallar. Así, negó que hubiera un número elevado de mestizas que quisieran profesar como religiosas; sólo esporádicamente una o dos expresaban este deseo y, en las fechas en que se remitía el expediente a la corte, la Audiencia sólo conocía el caso de las tres hijas de don Antonio Tuazon. La falta de voca-51 Ibídem. Declaración jurada de fray Francisco González..., "Testimonio", fols. MARTA M.a MANCHADO LÓPEZ ciones entre las mestizas había quedado de manifiesto en los escasos fondos recaudados en la junta que se celebró con este objeto. De ahí que los 615 pesos reunidos fueran una prueba evidente de la total indiferencia con la que el gremio de mestizos veía el asunto, lo que hacía temer que no estuviera garantizada la subsistencia del convento. En este punto, la Audiencia profundizaba más, puesto que no se limitaba a denunciar el poco interés de los mestizos, sino que aseguraba que el proyecto respondía a los intereses particulares del coronel Tuazon y a los manejos de los dominicos. En su opinión, éstos eran los que habían iniciado el proceso, deseosos de tener en las islas un monasterio de religiosas de su orden. De ahí que, quizás a instancias suyas, los mestizos insistieran en que la fundación debía ser de dominicas de la segunda orden y estar bajo la autoridad de los superiores de Santo Domingo. 52 La pretensión de que se permitiera a las religiosas recibir y entregar al convento herencias y legítimas es otro de los aspectos contemplados con suspicacia por la Audiencia. Este deseo, sobre el que ya había manifestado sus reticencias el fiscal del Consejo, era entendido como una perversión del auténtico espíritu que debía animar la vida retirada de los claustros: "esta libertad acarrearía con el transcurso del tiempo el trastorno, alteración y ruinas que por iguales concesiones han sufrido muchas familias y provincias. Vuestra Majestad tiene prevenido en sus reales resoluciones, apoyadas en el derecho canónico, no se funden monasterios sin rentas suficientes para mantener sus individuos, ni que de éstos se admitan más de lo que sufran aquéllas, con que teniendo las que basten, sólo el deseo de enriquecerse, de que deben estar muy ajenos y distantes por su general instituto, puede sugerir igual pretensión con conocido perjuicio de las familias y del Estado". 53 Es difícil descubrir cuáles eran las auténticas intenciones de la Audiencia al atacar de esta forma el proyecto, pero lo cierto es que no pudo esgrimir argumentos más eficaces. La falta de liquidez económica era importante, puesto que la corona no autorizaría una fundación gravosa; pero la denuncia de posibles maniobras de las órdenes religiosas en una época en 52 Los dominicos habían intentado infructuosamente años antes la creación de un convento de clausura para mujeres en Manila; los franciscanos entendieron que esta fundación amenazaba la pervivencia del convento de Santa Clara y alegaron impedimentos de orden económico. A esto se sumaron las reticencias de los vecinos, que veían cómo el número de jóvenes españolas se reducía por las profesiones, y temían no tener esposas para sus hijos. Así pues, Felipe IV en real cédula de 16 de febrero de 1635 prohibió la fundación de dicho convento. La Audiencia de Manila al rey. Tomo LVI, 2, 1999 que se las observaba con enorme suspicacia, era un medio mucho más eficaz para detener una iniciativa que no se veía con simpatía. En este punto, es oportuno recordar que ya el fiscal había hecho notar que se debía considerar si no era preferible que el convento estuviera bajo la jurisdicción directa del ordinario "para precaver mayores inconvenientes en lo sucesivo"; y que el apoderado de los mestizos, cumpliendo la voluntad de sus mandantes, había manifestado que no se debía intentar colocar al convento bajo la autoridad del obispo, sino bajo la de los regulares, "quienes han conseguido privilegios para iguales fundaciones, aunque lo contradiga al ordinario, y aunque le pese". 54 La carta de la Audiencia y el expediente al que acompañaba llegaron al Consejo de Indias en mayo de 1789 para luego remitirse a la contaduría general. En septiembre le fue devuelto junto con una nota en la que se explicaba que no era materia sujeta a su inspección puesto que la fundación no gravaba al real erario. De esta forma, no quedaba más que someter de nuevo el asunto a la opinión del fiscal. Su informe tiene fecha de 3 de octubre y en él se muestra contrario a la erección del convento, alegando motivos económicos. Así, haciendo suyas las consideraciones de la Audiencia, estimó que el dinero conseguido no podía garantizar el mantenimiento del convento. De ello había que informar a los mestizos para que, si persistían en su empeño, consiguieran reunir más fondos. Una cuestión quedaba pendiente y era la solución que se daría a las jóvenes mestizas que quisieran tomar los hábitos y que viesen frustrados sus anhelos al no autorizarse la fundación. El deán y el cabildo catedral de Manila habían indicado que las leyes del reino proporcionaban los medios adecuados para satisfacer sus aspiraciones. Pero, como aseguró el apoderado de los mestizos, no había ley que franqueara a las mestizas las puertas del convento de Santa Clara y del beaterio de Santa Catalina; y, aunque existieran tales leyes, las mestizas no serían admitidas. El fiscal era muy consciente de que no había remedio a esta situación: "Sin embargo de que reconoce el fiscal que será muy sensible a las mestizas de sangley que aspiren al estado religioso el no poder llevar a efecto esta santa vocación y recomendable destino, por defecto de convento en que poderlo verificar, no encuentra por ahora arbitrio para el oportuno remedio de este grave inconveniente, por suponerse que el único monasterio y beaterio que hay en aquel archipiélago no permiten admitir en ellos más que a las hijas puras o mestizas de los españoles, y no poderse alterar esto sin el probable riesgo de cooperar indirectamente con ello a que se altere el sosiego de una y otra comunidad y pasen a ser un seminario de disturbios pertur-54 Ibídem. Informe del deán y del cabildo catedral... MARTA M.a MANCHADO LÓPEZ dad de que surgieran contiendas entre el provincial de los dominicos y el obispo. De hecho, se consideró incluso el colocar al convento bajo la jurisdicción directa del metropolitano. Pero, quizá, tanto el fiscal del Consejo de Indias como el Consejo mismo alegaron insuficiencias económicas para sugerir la denegación de la licencia y esta circunstancia fue considerada suficiente. De esta forma, el asunto fue despachado sin entrar a considerar cuestiones más complejas y delicadas. Por último, es necesario tener en cuenta otro hecho importante y es la naturaleza de la fundación, en el sentido de que se pretendía que estuviera destinada a las hijas de los mestizos de chino. La afirmación de que éstos carecían de dinero es insostenible, así como el que no existieran suficientes vocaciones religiosas entre sus hijas. Otra cosa distinta es la consideración en que se tenía a este grupo y las ideas, bastante arraigadas entre la sociedad española de las islas, acerca de sus insuficientes cualidades morales y espirituales. Desde esta perspectiva, es más fácil comprender la poca importancia que algunas personalidades eclesiásticas dieron a una fundación de esta naturaleza, ya que donde hay poco que cosechar, poco se pierde no cosechando. En este sentido es llamativo el hecho de que sean precisamente las órdenes religiosas, que estaban más próximas a indios y mestizos, las que apoyen más la fundación del convento; incluso aquéllas que, como los franciscanos, podían verse perjudicadas con el nuevo monasterio. Desde esta perspectiva, considero que en el hecho de no llegarse a fundar el convento de mestizas influyeron, de alguna forma, las razones ideológicas de las que habla Martínez Cuesta al explicar los motivos del contraste entre la vida contemplativa femenina en Iberoamérica y en Filipinas:
Se analiza el papel desempeñado por las comunidades indígenas de la Nueva España en la critica coyuntura del conflicto insurgente que se desencadenó en 1810. El estudio profundiza en las motivaciones que indujeron a esas comunidades a tomar uno u otro partido de los enfrentados en los campos de batalla, y pone el énfasis en las divisiones que imperaron en su seno. Se muestra, en fin, el papel subordinado de los indios sublevados, que nunca gozaron de la plena confianza de sus dirigentes criollos. Al comenzar estas líneas me viene a la mente la brutal expresión empleada por Francisco Bulnes para significar el lugar reservado a los indios por los artífices de la política mexicana a lo largo del siglo XIX: "una máquina de carne para morir o matar por cualquiera causa o sin causa". 1 Tiempo habrá, más adelante, para volver sobre esta consideración. De momento, esa desagradable imagen nos despeja el camino para acercarnos al tema que nos hemos propuesto desentrañar, en la medida en que esto sea posible: ¿será cierto, como quizá sospechamos, que la condición de "acarreados" acompañó también a los indios que murieron en los campos de batalla a raíz de la agitación revolucionaria desatada en 1810? Tal vez sea Eric Van Young uno de los historiadores que más ha insistido en la importancia que debe atribuirse a las conspiraciones que precedieron al estallido de la insurrección de septiembre de 1810 -tanto las apócrifas como las reales-, para comprender el comportamiento de los pueblos indígenas durante la guerra insurgente. 2 También nosotros arrancaremos, como punto de partida, de dos sucesos aparentemente desconectados del trascendental movimiento iniciado en aquel año por el cura Hidalgo. Al lector impaciente debemos advertir que no estamos proponiendo una introducción ajena al objeto de nuestro estudio. El saldo de uno y otro episodio es elocuente: sin un estímulo exterior, y sin un liderazgo también ajeno, los pueblos indígenas que habitaban lo que pronto sería la República mexicana se hallaban incapacitados para una acción de amplio 1 Bulnes, Francisco: El verdadero Díaz y la Revolución, México, 1992, págs. 14 y 50. 2 Van Young, Eric: La crisis del orden colonial. Para explicar esa impotencia no es preciso acudir al socorrido tópico de la ignorancia indígena3 -como cualquier otro lugar común, poseedor de cierta dosis de verdad-: basta pensar en la completa falta de articulación de las comunidades indígenas, fragmentadas, divididas y enfrentadas muchas veces entre sí, que dejaba vía libre a la acción de los inconformes criollos. Ese era el sentir de las autoridades novohispanas, como lo muestra una carta del brigadier Calleja al virrey Venegas, fechada el 29 de enero de 1811, en la que expresaba su temor por el peso que representaba la Nueva España para "una metrópoli que vacila". Tanto criollos como europeos, proseguía Calleja, se hallaban convencidos de las ventajas de un gobierno independiente; y tan generalizado era ese sentimiento que el triunfo de la causa separatista no habría encontrado muchos obstáculos si no hubiera mediado la "absurda insurrección de Hidalgo" que, al abrir las puertas de la rebelión a los indígenas, desvirtuó la naturaleza de aquellas aspiraciones independentistas. 4 La invertebración entre las comunidades originó comportamientos muy diferenciados de unas y otras, que han de ser tomados en cuenta a la hora de enunciar juicios que pretendan traspasar particularismos. Si William B. Taylor captó una notable diversidad en las formas de inquietud rural que se manifestaron en Jalisco y en Oaxaca a principios del siglo XIX, y en las actitudes observadas por los pueblos de una y otra región durante las luchas insurgentes,5 la investigación que hoy presentamos enfatiza la pluralidad de decisiones de los pueblos indígenas en el marco más amplio del Virreinato, y quiere romper con el panorama convencional de una masa aborigen que se batió con entusiasmo por la causa de Hidalgo y de Morelos. Las primeras señales de alarma Diez años antes del estallido de la guerra insurgente se produjo en Tepic, Nueva Galicia, un brote de revuelta derivado de móviles que nunca llegaron a ser conocidos con detalle. No obstante, las noticias sobre esas ocurrencias circularon por toda la Nueva España y dejaron a su paso temores y esperanzas: "en cierto tiempo se divulgó que en tierra adentro había un rey coronado, el señor Mariano I, y sólo con haberse dicho ya, esta vil, infame y traidora nación española no hallaba medio o ardid para recoger sus caudales, e irse a sus tierras". 6 Existen muy interesantes coincidencias entre ese episodio y el que tuvo como protagonista a José Bernardo Herrada -el mesías trastornado de Durango-a fines de 1800 y principios de 1801: tantas que algunos funcionarios de la administración virreinal llegaron a pensar que Herrada y Mariano eran una misma persona. 7 Eric Van Young y Enrique Florescano se han ocupado de esos sucesos y Van Young ha señalado dónde se halla la correspondiente documentación de archivo. 8 Remitimos, en fin, a la Historia de Méjico de Lucas Alamán, que proporciona otras referencias. 9 Los acontecimientos de Tepic, cuyo relato omitimos por las razones apuntadas, revelan aspectos de interés y muestran, en último término, la incapacidad en que se hallaban los indígenas para articular con visos de éxito un movimiento de resistencia al poder virreinal. También en el Archivo General de Indias hemos localizado otro interesante expediente, relacionado éste con la causa que se instruyó en septiembre de 1808 -Garibay había reemplazado ya a Iturrigaray-a dos españoles: José Luis Rodríguez de Alconedo, patrón de platería, y su her-mano, José Ignacio, profesor de farmacia y administrador de una botica, a los que se acusaba de intrigar para promover una insurreción en México. 10 Según confesión del segundo de los presuntos cómplices, cuando fue invitado a sumarse a la conspiración que se hallaba en marcha, los conjurados "tenian ya listados como diez mil Indios, y como quatro mil Americanos", y esperaban la incorporación de otros tres pueblos de indios. Otro de los interrogatorios -aplicado a un mestizo de nombre Espinosaaportó novedades sobre los móviles que impulsaron el complot: "quitarles el mando á los Gachupines, con lo que se haria este Reyno feliz bolviendo á sus dueños que eran los Criollos". 11 Con independencia de la fiabilidad de esos testimonios -escasamente creíbles en su literalidad-, las averiguaciones judiciales practicadas arrojan luz sobre varios aspectos importantes: son españoles y mestizos quienes se ven implicados como artífices de los preparativos insurreccionales, que persiguen el objetivo inequívoco de operar una traslación del poder político en beneficio de los criollos; y se recurre a los indios como carne de cañón que ni siquiera merece la connotación de "americana": los verdaderos "americanos", a quienes se ha de restituir lo que les pertenecía en calidad de dueños, son los criollos. Años después, el Ilustrador Americano dejó traslucir las mismas convicciones cuando, al comentar las exageraciones con que la propaganda realista había celebrado el sitio de Cuautla, sostuvo que las armas de Calleja habían triunfado "solamente de las viejas, de los muchachos y de unos pocos indios". Indiferentismo indígena y revolución liberal gaditana Lo expuesto hasta aquí y lo que se desarrollará a continuación proporciona un presupuesto que juzgamos de la máxima importancia para comprender la posición de los indígenas ante la insurgencia. Y es que el estado espiritual y cultural de esas gentes en vísperas de la revolución distaba mucho de ser el óptimo y el deseable. Así lo había reconocido con desaliento el conde de Revillagigedo, años atrás, al comprobar que los 10 AGI, México, 1.472. 12 Plan del Ilustrador Americano, en García Díaz, Tarsicio: "La prensa insurgente", en Hernández, Octavio (ed.): La República Federal Mexicana. esfuerzos empleados para inculcarles la fe y la doctrina "no habían producido el efecto que debía esperarse y los indios estaban aún bien ignorantes y muy rudos en asuntos de religión". 13 Prácticamente idéntico al panorama trazado por Revillagigedo era el balance realizado por Fernández de Lizardi en uno de sus escritos, dedicado a la dispensa concedida a los indios para que no les obligara el precepto de oír misa algunos días de fiesta, por gozar de la consideración de cristianos nuevos a los que no convenía plantear exigencias demasiado severas: ahora bien, si esto es así, han pasado ya los trescientos años de neofitazgo, ¿deben o no reputarse los indios como cristianos viejos? Si deben reputarse como tales, es fuerza que les obliguen los preceptos de la Iglesia como todos. Si no, ¿hasta cuántos siglos han de ser los indios aprendices de cristianos? ¿Si será hasta el fin del último, usque ad consumationem saeculi? 14 Por tales motivos y por todo un cúmulo de razones que no es oportuno analizar aquí, el arranque del proceso insurgente sorprendió al indio en un status de tremenda inferioridad: no sólo en su condición socioeconómica, sino también -y sobre todo-en sus niveles educativos y culturales. Es, pues, comprensible que la trasformación del orden político acometida por las Cortes gaditanas difícilmente podía arrancar al indio de su apatía y abulia habituales. Encontramos un buen exponente del alejamiento entre los dirigentes políticos del virreinato y el grueso de la población india en una divertida e imaginaria carta de los indígenas de Tontonapeque a El Pensador Mexicano, a la que dieron pie las pláticas del cura sobre las consecuencias del principio de igualdad contemplado en la Constitución de Cádiz, ya enunciado antes con carácter general en el decreto de 15 de octubre de 1810 y, para el caso de los indios, en el de 9 de febrero de 1811. En la escéptica apreciación de los naturales del pueblo, su condición de ciudadanos15 sólo se había materializado en el incremento de la carga impositiva. ¿Qué nos importa que nos quiten el dichoso triboto, si nos han cargado de contribociones al antojo del Comandante que ya nos saca el sangre, porque no tenemos mas que darle? Mas mejor lo estabamos antes; y no agora con el maldita Costitucion, que sos mercedes llaman el código á gusto, el código divino y quen sabe que mas. Con razon mochisimos no quieren el Costitocion, y esto que son ricos; pos nosotros los probes indios ¿como los estaremos con esta maldá? 16 No cabe duda de que Fernández de Lizardi, buen conocedor de su entorno, atinaba al interpretar los incrédulos sentimientos que albergaban los indígenas con relación a las idílicas promesas liberales: y eso no obstante el gran esfuerzo propagandístico desplegado por los patrocinadores del Nuevo Régimen. En efecto, después de que la sublevación de Riego hubiera obtenido el retorno del constitucionalismo a España, se editaron múltiples folletos a través de los cuales se pretendía convencer a los indios de las excelencias del sistema constitucional, con un particular énfasis en su acceso a la condición de ciudadanos, en igualdad de derechos con los demás españoles, y en la supresión de antiguos usos, como la pena de azotes, las mitas o los servicios personales. La apología de las nuevas libertades llegaba al extremo de atribuirles la capacidad de influir en la conciencia de los indios para enseñarles a discernir el bien y el mal: tantos bienes vais á disfrutar, que no sabreis apreciarlos sino gozandolos realmente, porque sujetos en los tiempos pasados á tantas trabas, opresiones y desdichas, ni conociais el nombre del bien, y el mal mismo se os presentaba en la copa de oro, esto es, con la máscara de bien, con el nombre de proteccion, de amparo, de favor; y embriagados con una lisonjera esperanza, con una falsa seguridad, vuestra alma sensible, connaturalizada con las penas, aletargada con el peso de sus desgracias, á penas como en un profundo sueño, sentia lo gravoso de su suerte miserable. 17 A la vez, se insistía en la necesidad de que los indios accedieran a la instrucción, como el medio más eficaz para evitar que rebrotaran los antiguos abusos: alguno de vuestros pueblos no hubiere escuelas, exigid á vuestros curas y ayuntamientos que os las pongan, que así lo manda la Constitucion. 18 Sabemos, sin embargo, que las nobles intenciones que habían inspirado los decretos de Cortes que pretendían suprimir privilegios e igualar a todos ante la ley se vieron frustradas, en buena parte, por la confluencia de una larga serie de factores: muy en particular, las nuevas contribuciones que vinieron a recaer sobre los indios, y las arbitrariedades de los mandos militares, que agravaron la penuria económica de los indígenas. No cabe olvidar, en último término, la discriminación de los americanos que introdujeron las Cortes cuando se ocuparon del delicado asunto de la representación indiana en el órgano legislativo. 19 En pleno apogeo de la guerra insurgente, cuando apenas había entrado en vigor la Constitución en tierras de la Nueva España, se escribió con amarga ironía en Sud acerca del silencio impuesto a los indios, incapaces de protestar contra los agravios que se les inferían, porque "no nos dexan hablar ni aprender lo necesario"; privados de gustar las uvas de Zapotitlan, pues "decian que por Leyes de Indias solo podian comerlas los Sres. gachupines", y reducidos a la miseria, "porque dixeron los padres que andaban con Hernan Cortes, que los indios habian profesado la pobreza evangelica para salvarse". Las comunidades indígenas y la coyuntura bélica: ¿insurgentes o realistas? Muchas comunidades indígenas pelearon en la guerra insurgente de 1810, sin que pueda sostenerse una adscripción en bloque a uno u otro de los bandos enfrentados. Más aún, como ha hecho notar Alicia M. Barabas para el espacio geográfico oaxaqueño, los indígenas de pueblos enteros que se vieron involucrados en el conflicto titubearon en la elección del bando que debían apoyar: así, mientras que algunos pueblos de la mixteca de la costa sostuvieron la causa independentista, otros del mismo litoral se pronunciaron en favor de los españoles. 21 Incluso se podría pensar, con Hamill, que la mayoría de indios y castas de la Nueva España prefirió mantenerse lejos del conflicto, y que sólo se movilizaron cuando éste les afectó de un modo directo. 22 Virginia Guedea observa, de su parte, que la guerra provocó una participación generalizada de la población de los Llanos de Apan y zonas circunvecinas de Puebla y Veracruz, y que en ambos bandos tomaron parte "tanto gente 'de razón' como la 'indiada'". 23 William B. Taylor afirma que no todos los indios del mundo rural de Jalisco -entonces, Nueva Galicia-, ni siquiera la mayoría, tomaron parte en el levantamiento que tuvo como hitos la batalla de Zacoalco y la ocupación de Guadalajara por las fuerzas de José Antonio Torres; y que, después del retorno de los realistas, los indígenas de Zacoalco quedaron profundamente divididos en sus lealtades políticas y en sus proyectos de futuro. Añade también que el apoyo a la insurgencia no fue una acción colectiva de pueblos enteros -quizá con la excepción del breve período de Torres-, sino decisión de individuos aislados, por numerosos que hubieran podido llegar a ser; e incluso registra la existencia de dos pueblos -Tonalá y Tlajomulco-, que se inhibieron en la lucha que se desarrolló durante aquellos críticos años. 24 La indeterminación de muchas comunidades indígenas y la identificación de otras muchas con el bando realista pueden ser explicadas de muchos modos. El juicio que expresa Castillo Ledón ayuda eficazmente a pensar esas razones a partir de un fundamento sólido: "la independencia la promovieron los criollos y los mestizos y aun algunos españoles. Hidalgo y todos los jefes pertenecían a las dos primeras clases. La guerra no se declaró precisamente para vengar agravios de los indios; pero sí arrastró a éstos". 25 Es ésa la interpretación a que se abona Cécile Gouy-Gilbert, que resalta la ambigüedad de la lucha por la independencia que, si bien reunió a los indios bajo la influencia de Hidalgo y de Morelos, "se llevó a cabo sobre todo por el hecho de que los criollos querían desembarazarse de la 'burocracia peninsular' sin cambiar por ello la estructura social de la Colonia". 26 Dieter George Berninger participa de la misma opinión: "los verdaderos beneficiarios de la independencia fueron los criollos [.... Todos sus objetivos en la lucha por la independencia tenían estrecha relación con el deseo de sustituir al gachupín [... en las posiciones de poder". 27 A fin de cuentas, el parecer de Castillo Ledón reproduce los puntos de vista expresados por la mayoría de autores del siglo pasado, que admitieron una movilización masiva de indígenas durante la insurrección, que se decidió como por instinto. 28 Así lo expresó nítidamente Lorenzo de Zavala: "los indios tomaron una parte tan activa en la revolución, cuanta les permitían sus facultades morales y su incapacidad de discurrir por el estado de degradación en que estaban"; "Viva la América y la virgen de Guadalupe, fue el grito dado en el pueblo de Dolores, y diez mil indios mal armados y medio desnudos agrupados alrededor de sus corifeos, obraban por un sentimiento desconocido y corrían a destruir a sus opresores". 29 El hecho mismo de que muchos campesinos indios se contasen entre los seguidores de Hidalgo indujo a unas cuantas corporaciones de naturales, cuyo régimen de vida estaba ligado a centros urbanos -incluidas las parcialidades de la capital del virreinato,30 las repúblicas de indios de Guadalajara y el gobernador de naturales de Querétaro-, a manifestar su fidelidad a la causa realista y a proponer la organización de tropas de voluntarios. Lucas Alamán recoge la respuesta que, unos cuantos meses antes de la sublevación de Hidalgo, había dado el gobernador de la parcialidad de indios de San Juan a la proclama de Garibay, por la que éste informó de la negativa marcha de la guerra que se sostenía en la península ibérica contra las armas de Napoleón: "aun cuando no hubiese en España mas que un pueblo libre de los enemigos, donde residiese aquel cuerpo nacional (la junta central), á este se debe reconocer como lugar teniente de S. M., y no pueden (los indios), tener otro rey que el inmediato sucesor de la casa de Borbón". 31 Al mismo autor debemos el registro de las protestas de fidelidad de otras corporaciones de indígenas, después ya de haberse producido la revuelta del cura de Dolores, y la constancia del alborozo con que acogieron las parcialidades capitalinas la noticia del regreso de Fernando VII a suelo español. 32 Aunque pudiera dudarse de la sinceridad de esas declaraciones, parece verosímil su rectitud si se tiene cuenta -como observa Virginia Guedea-que no existían relaciones entre los diversos grupos indígenas que facilitaran la manipulación de aquellas expresiones de lealtad que, por lo demás, no lograban encubrir signos de simpatía hacia el movimiento insurgente de parte de algunos dirigentes de las parcialidades capitalinas, como los que participaron en unas juntas clandestinas celebradas en el tecpan de Santiago en junio de 1810 con la finalidad de impedir el envío de dinero a España, obtener el consentimiento para que los pueblos pudieran reunirse y tratar sobre la independencia, exigir la instalación de Cortes y reclamar al gobierno la entrega de armas a los indios. 33 Ese fue también el caso de Francisco Galicia, que había sido gobernador de la parcialidad de San Juan y que, después de haber sido designado elector del ayuntamiento de México en las elecciones de noviembre de 1812 por la parroquia de Santa Cruz Acatlán, escribió a Rayón informándole de lo ocurrido en aquella jornada y prometiéndole ayuda si se acercaba a México con sus fuerzas. Rayón respondió el 10 de diciembre: "los movimientos de esa capital son expresivos de su patriotismo. La Junta Suprema está informada de todo; se nos avisará con tiempo para protegerlos con nuestras armas; que no se destruyan los edificios ni se disipen los caudales. Y sólo destronar a Venegas, los oidores y gachupines": Prontuario de los insurgentes, págs. 207 y 208. Anuario de Estudios Americanos rebeldes, murió en prisión en Acapulco mientras esperaba la embarcación que iba a conducirlo a su destierro en las Islas Marías. 35 Otro antiguo gobernador de la parcialidad de San Juan, Dionisio Cano Moctezuma, acreditado también como elector en noviembre de 1812 por Santo Tomás, se vio implicado en una averiguación sobre su "conducta y manejo", por considerársele autor de una carta que se encontró en poder de Morelos. Constaba además a las autoridades realistas que Cano Moctezuma se hallaba en comunicación con los insurgentes y que pertenecía a los Guadalupes. 36 Asentado que la mayor parte de los dirigentes de las parcialidades capitalinas, con excepciones como las ya reseñadas, se solidarizaron con la autoridad virreinal, puede pensarse en otros móviles coadyuvantes en esos testimonios de adhesión: la militarización general que sufriera el virreinato a partir de entonces [desde 1810] y que tanto afectara a los sectores socio-económicos más bajos de la población vino a despertar en algunos de los funcionarios indígenas, además del deseo natural de evitar que sus gobernados sufrieran las consecuencias de una leva masiva, el deseo de formar con ellos cuerpos organizados que estuvieran bajo su mando y que ofrecieran un apoyo al ejercicio de su autoridad, amenazada por el establecimiento de la Constitución de 1812, que aparentemente abría nuevas vías de acción a los indígenas pero que, de hecho, venía a poner fin a su régimen especial de gobierno. 37 Las afirmaciones de Virginia Guedea sobre el impacto del texto fundamental de Cádiz en la vida de las comunidades indígenas, que acaban de reproducirse, son contradichas -al menos en parte-por las tesis de Antonio Annino que apuntan a una "interpretación india" de la Constitución, en el sentido de que las parcialidades de la capital supieron defender el "poder étnico", incluso en lo referente a los bienes de comunidad cuya administración se confió a los nuevos ayuntamientos electivos: "entre 1812 y 1813 no era de ningún modo obvio que el traslado de los bienes étnicos a los nuevos cabildos implicara la pérdida automática del control por parte de las dos parcialidades". 38 35 Anna, Timothy E.: La caída del gobierno español en la ciudad de El mismo Annino ha enfatizado en otro trabajo la determinación con que se aplicó en la Nueva España el código constitucional de 1812, que no titubeó en la concesión del status de ciudadanía liberal para los indios y que tuvo como consecuencia la entrada de las comunidades en el mundo del constitucionalismo moderno: un ingreso que, sin embargo, implicó la adaptación de las normas políticas de la Modernidad a las tradicionales prácticas de gobierno indígenas, y el consiguiente efecto potencialmente desestabilizador para el nuevo orden. 39 Andrés Lira relativiza los puntos de vista de Antonio Annino: si bien es cierto que algunos antiguos gobernadores de las parcialidades de la ciudad de México se vincularon a las nuevas instituciones -"para ellos el régimen constitucional era una etapa más en su carrera política"-, las autoridades de las repúblicas dependientes de las parcialidades vieron comprometido su futuro, pues la existencia de ayuntamientos constitucionales señalaba su extinción como focos de poder local. 40 De otro lado, la matanza de la alhóndiga de Granaditas, en Guanajuato, no sólo aterrorizó a las clases altas y medias de la Nueva España, sino que amedrentó a elementos de inferior condición social, entre los que se contaban numerosos indígenas: "los indios poseedores de tierras comunales y los campesinos sentían temor de ser desposeídos por los pobres carentes de tierras que militaban en las fuerzas de Hidalgo", 41 como también pudieron experimentar miedo ante la perspectiva de verse enrolados a la fuerza en alguna partida de insurgentes. 42 Se explica así que poblaciones indígenas, como los habitantes del altiplano central o los empleados de haciendas de las regiones situadas al norte del Bajío, como San Luis Potosí, 43 prefirieran mantenerse a la expectativa y sólo de modo aislado prestaran apoyo a los insurgentes. Lo mismo ocurrió entre los mixtecos, a quienes debió de resultar poco atractiva la posibilidad de ser gobernados por hombres como los capitanes de Morelos: por eso respondieron con evasivas a las exacciones tributarias y a las demandas de víveres para los cuarteles insurgentes. "Cuando el pueblo de Yodocono resistió un pedido del coronel Aparicio que exigía 25 pesos, 39 Annino: "Nuevas perspectivas...", págs. 54 Anuario de Estudios Americanos 4 arrobas de totoposte y una ración de zacate, la guarnición del cuartel cercano atacó al pueblo con caballería e infantería, quemó los bohíos y se llevó presos a los hombres que lograron atrapar, a quienes el coronel extorsionó por 3.000 pesos antes de soltarlos". 44 Por lo que hace a los indígenas del valle de México, Timothy E. Anna coincide con Hamill en subrayar la escasa ayuda que proporcionaron a Hidalgo, influidos quizá por la intensa propaganda del gobierno, que divulgó por todos los medios a su alcance los horrores sembrados por la insurgencia en el interior del país. 45 Es preciso admitir que todavía hoy nos encontramos carentes de información precisa que permita valorar en su justa medida las motivaciones de las regiones y de los diversos grupos sociales que se alzaron en 1810. 46 Pero el mismo retraso con que se produjo la expedición del decreto por el que Hidalgo obligó a devolver a las comunidades de los naturales las tierras que les habían sido usurpadas ilegalmente -decreto del 5 de diciembre de 1810-y la limitación del alcance de esa medida, que se circunscribía a la restitución de tierras arrendadas, pueden hacer pensar en un cierto carácter instrumental y en la necesidad en que se veía el cura de Dolores de conciliar los intereses del levantamiento criollo con los de otros sectores sociales que estaban brindando apoyo a la insurrección. La posterior abolición del tributo significó ya un importante paso adelante en la ruptura con el ordenamiento anterior: así lo han entendido Luis Villoro y Enrique Florescano, que interpretan esa medida como expresión de la soberanía efectiva del pueblo y del propósito destructor del orden antiguo. 47 Tampoco parece imprudente generalizar la hipótesis que formuló William B. Taylor para explicar la incorporación al movimiento insurgente de grupos e individuos de las poblaciones del centro de Jalisco: más que atribuirla a contagio de la propaganda de los rebeldes, habría que pensar en el rechazo que provocó la represión realista y su política de tierra quemada. 48 Del mismo modo resulta convincente su recurso al influjo de los curas sobre sus feligreses, que pudo condicionar de modo decisivo la postura favorable u hostil de éstos hacia la insurgencia. 49 Los argumentos de que se sirvieron algunos insurgentes para justificar su militancia en el bando contrario al realista se nos antojan, a veces, peregrinos, pero no dejan de remitir a un interesante simbolismo. Van Young recoge la respuesta que dieron unos indios capturados cerca de Yuririapúndaro en 1810, cuando fueron interrogados por su adscripción al campo rebelde: los caciques de sus pueblos les habían ordenado unirse a las fuerzas de Allende por orden del rey. 50 Y el mismo autor subraya el extraño entrelazamiento de aspiraciones tan confusas como el mesiánico milenarismo indio y un legitimismo distorsionado, que se concretó en rumores como la presencia de Fernando VII en México, entre 1810 y 1811, disfrazado de un enmascarado que favorecía la causa de los rebeldes. 51 No cabe duda, desde luego, de que los indígenas que se alzaron en 1810 obedecieron a impulsos que poco o nada tenían que ver con los postulados de la elite protoliberal, y eso aun cuando los símbolos motivadores de su rebeldía fueran formalmente los mismos elegidos por los criollos que dirigían el movimiento. 52 Lo entendió muy bien Juan de Yandiola, enviado a la Nueva España por las Cortes para analizar la situación del virreinato, cuando advirtió que el movimiento promovido por los criollos se complementaba con otro de raíces populares, que implicaba a muchos indígenas levantados en defensa de su religión y tradiciones, que creyeron amenazadas. 53 En el curso de los años que duró la contienda, por vez primera, las comunidades indígenas adquirieron conciencia de su propia fuerza, gozaron de una verdadera autonomía, e incluso aprovecharon para adueñarse de tierras o aguas que venían reclamando desde tiempo atrás a propietarios 48 Taylor: "Bandolerismo e insurrección...", págs. 213 y 219-222. Francisco Antonio Moreno, cura de San Pedro Quiatoni, obispado de Oaxaca, manifestó por escrito el efecto producido en el pueblo por el paso de un jefe militar insurgente, el presbítero José Antonio Herrero: "fue bien visto y recibido de mis indios, dejándolos desengañados del error que padecían y quedando adictos a la justa causa y defensa de la religión a favor de la nación americana": Prontuario de los insurgentes, págs. 466-467. Anuario de Estudios Americanos particulares. Esa competencia por la tierra, unida a la tradicional resistencia a las coacciones fiscales, había alimentado desde tiempos remotos frecuentes litigios: y no parece imprudente suponer que, a partir de 1810, influyera en las actitudes favorables a la insurgencia que observamos entre esos pueblos. "Diferencias locales sobre estas cuestiones pudieron determinar que algunas poblaciones se inclinaran a favor de la insurgencia y otras a favor del realismo, o hacia la no participación". 54 A decir verdad, no todas las rebeliones de indios venían motivadas por pleitos sobre utilización de tierras o de aguas, pero sí se hallaban relacionadas con esta vertiente, de uno u otro modo: por ejemplo, las tensiones provocadas por el endeudamiento, las condiciones de trabajo o la regulación de salarios. 55 No obstante, como previene Tutino, es preciso limitar el alcance de esas protestas rurales que, en la mayoría de los casos, afectaron sólo a comunidades campesinas aisladas. 56 El esfuerzo bélico acometido desde 1810 incorporó a muchas de aquellas comunidades, hasta entonces aisladas, a una coalición de intereses cada vez más amplia, pluriétnica y plurisocial: "pueblos indígenas, labradores del campo, pequeños rancheros, mayordomos de haciendas, arrieros, vaqueros, artesanos, letrados provincianos, párrocos, oficiales de la milicia, y aun familias prominentes de la localidad". 57 En consecuencia, los conflictos locales preexistentes tendieron a ensancharse y su resolución rebasó la disponibilidad de medios con que hacerles frente: por eso, el logro de la independencia política no obtuvo la erradicación de esos problemas. 58 Aunque la postura más difundida entre los indígenas -incluso antes del grito de Dolores- 59 fuera favorable a la causa insurgente, algunos de ellos protagonizaran importantes hechos de armas en este bando, muchos sufrieran encierros en calabozos realistas, muchísimos entregaran su vida por la causa de Hidalgo, y otros se distinguieran por los servicios de espionaje y de apoyo desde la retaguardia que prestaron en favor de la insurgencia o por los cuidados que prodigaron a sus heridos y enfermos, resulta imposible obviar el hecho de que existieron diferencias de opinión en el interior de los pueblos, y que hubo bastantes que lucharon abiertamente en defensa de los derechos esgrimidos por España. Pocas veces han parado mientes los historiadores en esa presencia de bandos antagónicos en el seno de las comunidades, a que nos referíamos en el anterior párrafo. El hambre de tierras instigó no pocos conflictos internos y condicionó más de una lealtad. Fue el caso, recordado por Ortiz Peralta, de Ixmiquilpan, cuyo gobernador se dirigió en 1812 al Juzgado General de Naturales en solicitud de permiso para una redistribución de las tierras de repartimiento entre nuevos solicitantes, que aprovecharon la coyuntura de que los anteriores beneficiarios se habían sumado a la insurgencia. 60 Aunque casi toda la provincia de Tlaxcala se hubiera decantado por la causa insurgente, según aseguraba Rayón a Morelos, "el gobernador de indios es del partido contrario, y por razón de su crecido caudal e influjo los tiene en sumo grado oprimidos". 61 Un indio noble, Diego Páez de Mendoza, capitaneó a los patriotas de Ameca, y derrotó y arrebató el equipaje al insurgente Arroyo cuando huía de Valladolid y trataba de penetrar en la provincia de Puebla. 62 Otro caso ejemplar fue el de Agustín de la Cruz, gobernador de Yodocono en 1816 y 1818, que fue denunciado como realista por sus convecinos partidarios de la insurgencia. Según la acusación, cuando los rebeldes abandonaron el pueblo, De la Cruz "hizo sacar en procesión el retrato del rey, con música, cohetes y vivas" (lo que no hubiera podido realizarse sin el concurso de mucha más gente). 63 Recordemos, en fin, a Jorge Cipak, gobernador de Patzún, recomendado por el capitán general de Guatemala al secretario de Estado y Gobernación de Ultramar, para que se le premiara con el derecho a poner las armas reales sobre la puerta de su casa, y para que se le autorizara a nombrar al gobernador de aquel pueblo en la persona de uno de sus hijos: todo ello en recompensa por haber prestado valiosos servicios a la Corona durante la insurrección. 64 60 Ortiz Peralta, Rina: "Inexistentes por decreto: disposiciones legislativas sobre los pueblos de indios en el siglo XIX. 62 Alamán: Historia de Méjico..., vol. IV, pág. 27. José de Bustamante, presidente y capitán general de Guatemala, al secretario de Estado y de Gobernación de Ultramar, 18 de noviembre de 1814. Anuario de Estudios Americanos Juan Ortiz Escamilla certifica varios casos de poblaciones cuyos habitantes se dividieron a la hora de decidir a cuál de los dos bandos en pugna iban a apoyar: Tepeji del Río, Chapa de la Mota, Tulancingo. Aunque no se tratara de lugares exclusivamente indígenas, y aunque algunas veces -como en Tulancingo-, la alineación con realistas o insurgentes se identificara con la bipolarización de una sociedad escindida en notables o paisanos honrados y plebe, también es cierto que no hubo unanimidad ni siquiera entre los indígenas. 65 Por supuesto, la dificultad para asentar juicios de carácter general prevalece también aquí: después de haber registrado varios ejemplos que muestran diversidad de pareceres, no podemos silenciar el caso de la república de Coatepec, de la jurisdicción de Sultepec, que dirigió una representación a Morelos para pedir que les nombrara gobernador. 66 Difícilmente hubiera prosperado una iniciativa semejante de no existir unanimidad en la adhesión a la insurgencia. Lo mismo parece sugerir la recaudación de cuarenta y siete pesos para la causa rebelde que efectuó la república de Santo Domingo Tonavistla. 67 No obstante, como en todos los donativos voluntarios, la disposición de los naturales en favor de la insurgencia que insinúa esa colecta ha de ser contemplada con cierta desconfianza, y no implica necesariamente una simpatía generalizada hacia ese bando. Eric Van Young discrepa de la opinión común que ve en la insurgencia un fenómeno eminentemente mestizo, y se inclina por otorgar carácter mayoritario a la participación indígena en el movimiento insurgente. Sustenta su seguridad en el análisis de una muestra de mil trescientas personas acusadas de pertenecer a aquel bando, que permitió observar que casi el 55% de los individuos cuya etnicidad pudo ser averiguada eran indígenas, lo cual se "corresponde en grado bastante alto con la conformación étnica de la Nueva España". 68 No obstante, pensamos que esas observaciones estadísticas, aunque interesantes y meritorias, nada enseñan sobre la postura de los indígenas ante la guerra: en efecto, si la proporción de insurgentes aborígenes descubierta por Van Young equivale a la que guardaba ese sector respecto de la población total del virreinato, no se aporta ningún indicio que permita suponer una predilección de esas etnias por la causa insurgente: simplemente se constata que se reproducía en el campo insurgente la misma estructura poblacional del territorio novohispano. Se nos ocurren, además, otras objeciones al uso que hace Van Young de la información que recabó para su análisis. Según él mismo declara, la muestra se refiere a "individuos capturados por insurgentes ["como sospechosos de insurgentes", debió escribirse con más propiedad] entre 1810 y 1815"; 69 y tal vez no repara en el hecho de que no siempre se demostró que aquéllos a quienes se acusó de participación en la revuelta estuviesen efectivamente comprometidos con ella. Hubo, por fuerza, casos en que los detenidos resultaron absueltos. Y es bien conocida, por otro lado, la arbitrariedad con que los subdelegados y los comandantes realistas procedían a capturar "insurgentes", para granjearse la estimación de sus superiores y para imponer el terror en las poblaciones que habían manifestado simpatías hacia la causa enemiga. Precisamente de esa ligereza se quejó ante el rey Manuel de la Bodega y Mollinedo, en una representación que firmó en Madrid, el 27 de octubre de 1814: "autorizado cualquiera comandante para calificar de insurgente á el que encuentra en el campo ó poblado, lo hace ordinariamente sin la menor formalidad, y la inmediata ejecucion acaba con la vida de este miembro de la sociedad y decide de la suerte de toda su familia". 70 Todavía podemos llevar más adelante la crítica a la muestra seleccionada por Van Young de "individuos capturados por insurgentes": no sólo no debe darse por supuesto que todos los acusados fueran insurgentes, sino que aún debe excluirse de esta consideración a muchos que fueron condenados o conceptuados como tales y que, sin embargo, no formaban parte de la insurgencia. ¿O es que la justicia impartida bajo la presión de un ambiente de guerra civil, y sin las garantías establecidas desde 1812 por la Constitución, debe reputarse de infalible? Si en circunstancias de paz, la inquisición policial y la administración de justicia dejaban tanto que desear, y ofrecían facetas y rigores diversos según fuera la condición socioeconómica de los presuntos trasgresores de la norma, ¿no cabe pensar que eso ocurrió también durante la lucha insurgente? ¿No resultaba más asequible oscurecer las pesquisas policiales y 69 Ibídem. 70 Bodega y Mollinedo, Manuel de la: Representacion hecha al Rey, por el Exmo. Sr. Consejero de Estado Don Manuel de la Bodega y Mollinedo. Anuario de Estudios Americanos enmarañar los procesos judiciales en favor de los miembros de las clases acomodadas que de las gentes que carecían de fortuna y que nada podían ofrecer a cambio de su liberación? Por todo ello, resulta más que verosímil que los depauperados indígenas padecieron el rigor de la represión virreinal más que los criollos y que los mestizos; y que, insurgentes o no, resultaron inculpados con mayor frecuencia que otros grupos étnicos y sociales que gozaban de mayor poder adquisitivo para sobornar a los agentes de la justicia realista. Para reforzar nuestros argumentos habría que recordar que, a tenor de un bando difundido por Calleja desde Zacatecas, en mayo de 1811, cualquier persona que viajara sin pasaporte corría el riesgo de "ser aprehendid[a] ó tratad[a] como insurjente": si ese débil indicio bastaba a los mandos militares para otorgar el carácter de rebeldes a los que fueran sorprendidos sin esa documentación -y así se registra en los papeles de la época-, no parece que el historiador que escribe a más de siglo y medio de esos acontecimientos pueda conformarse con pruebas tan extremadamente débiles que permitían condenar a muchos inocentes cuyo "pecado" era de ignorancia, y no de insurgencia. 71 A fin de acabar de ratificar la carencia de bases con que se imputaba a muchos indígenas la condición de insurgentes, resulta pertinente referir un episodio del que dio cuenta Ignacio González Campillo, obispo de Puebla de los Ángeles, a Francisco Xavier Venegas, virrey de la Nueva España. Se quejaba en aquella ocasión el prelado angelopolitano de la torpeza de un tal Manuel Sánchez que, advertido por una denuncia, marchó al frente de su tropa para detener por la noche a unos sospechosos que, según la delación recibida, se disponían a pernoctar en una finca cercana a la capital de la provincia. La inopinada llegada de los soldados asustó al personal de servicio de la hacienda, que dormía plácidamente y pensó que era sorprendido por ladrones. Se trabó un tiroteo, a resultas del cual cayó herido de muerte uno de los criados. Finalizada la refriega, "el Comandante de la expedicion se vino á esta ciudad, ponderó la multitud de Indios, que llamaba insurgentes, y el mucho fuego que se había hecho contra su tropa". 72 Si Van Young exagera tal vez al sostener que los indígenas se decantaron mayoritariamente por la insurgencia, el juicio de un contemporáneo de la guerra, el obispo electo de Michoacán, Abad y Queipo, peca del otro extremo. Así lo anotó Manuel Lorenzo Vidaurre en una glosa a la carta del 20 de junio de 1815, a través de la cual el prelado asturiano había expuesto su posición ante el fenómeno insurgente: "don Manuel Abad y Queipo con respecto á Méjico, que es la parte de América de que únicamente puede hablar algo, confiesa que los indígenas sensatos é ilustrados fueron opuestos á la independencia, por el sério convencimiento de su espíritu en los inconvenientes que resultaban". El indígena visto por los caudillos insurgentes Incluso si se admite la participación efectiva de muchos indígenas en la insurgencia, y se pondera la voluntad integracionista de Morelos, 74 resulta incuestionable que también entonces fueron objeto de discriminación por parte de los caudillos militares y de personas acomodadas, que no ocultaban la desconfianza que les inspiraban esas masas levantadas en armas, a las que consideraban incapaces de captar el verdadero sentido de la lucha. Es éste el sentimiento que se trasluce en un comentario bienintencionado de Pedro García, vecino de San Miguel el Grande y uno de los primeros ciudadanos que se unieron a las fuerzas de Hidalgo: "los indígenas daban a conocer su contento cuando llegaron a entender los motivos y fin de aquel movimiento". 75 Idénticas prevenciones hacia la "plebe" indígena mostraron los Guadalupes en una carta a Morelos, en la que calificaban de "autómatas" a esas gentes, que "no ven mas que lo presente, sin reflexionar en el futuro, 73 Vidaurre, Manuel de: Votos de los Americanos á la Nacion española, y á nuestro amado monarca el Señor Don Fernando VII: verdadero Concordato entre españoles, Europeos, y Americanos, refutando las máximas del obispo presentado Don Manuel de Abad y Queipo en su carta de veinte de junio de mil ochocientos quince. 74 Podrían mencionarse a este respecto el bando del 17 de noviembre de 1810, donde Morelos dispuso que ya "no se nombrarán en calidad de indios, mulatos ni otras castas, sino todos generalmente americanos"; su discurso en la apertura del Congreso de Chilpancingo, donde asumió, en nombre del Congreso, la responsabilidad de cambiar "la suerte de seis millones de americanos", o los Sentimientos de la Nación, en los que proscribió la esclavitud y la distinción de castas, "quedando todos iguales, y sólo distinguirá a un americano de otro el vicio y la virtud": Lemoine, Ernesto: Morelos. Véase también Roca, C. Alberto: "De las bulas alejandrinas al nuevo orden político americano", Anuario Mexicano de Historia del Derecho, T. V., México, D. F., 1993, págs. 329-369 (pág. 344). 75 García: Con el cura Hidalgo en la guerra..., pág. 60. Van Young: "Rebelión agraria sin agrarismo...", págs. 49-50. Anuario de Estudios Americanos y viven conformes con su abatimiento, con que los dexen vivir en los vicios á que cada qual és inclinado". Claro, que esas características negativas podían ser explotadas al servicio de la causa: "ésta clase de gente se dirige segun conviene, y algun partido se podrá sacar de ella". 76 No otra había sido la preocupación de Ignacio de Allende, que llegó a manifestar a Hidalgo que, puesto que los indios no entendían "el verbo libertad, era necesario hacerles creer que el levantamiento se lleva a cabo únicamente para favorecer al rey Fernando"; 77 que más de una vez perdió la paciencia con sus seguidores indígenas (en San Miguel y en Guanajuato); 78 que, en otra ocasión, se quejó ante el caudillo insurgente de que "los indios están muy alzados" y habían cometido varias atrocidades en las personas de tres europeos y un criollo, 79 y que, en una carta que escribió a Hidalgo desde Guanajuato, para convencerle de que reuniera sus tropas a las que él mandaba, expuso que el descrédito de los ejércitos insurgentes era tal que "hasta los mismos indios lo han censurado". 80 Además, persuadir a los indios -como sugería Allende-de que la sublevación se proponía la defensa de los derechos del rey Fernando entrañaba riesgos que desveló José Ignacio Rayón: supóngase sin embargo, que nuestras armas victoriosas triunfaron por fin de los opresores. Un cálculo ligero y sencillo puede demostrar la debilidad y languidez a que es preciso quedemos reducidos; y entonces la masa enorme de los indios, quietos hasta ahora y unidos con los demás americanos en el concepto de que sólo se trata de reformar el poder arbitrario, sin sustraernos de la dominación de Fernando VII, se fermentará, declarada la independencia y aleccionados en la actual lucha, harán esfuerzos por restituir sus antiguas monarquías, como descaradamente lo pretendieron el año anterior los tlaxcaltecas en su representación al señor Morelo. 81 Parecidas eran las preocupaciones que Aldama confió al coronel realista Diego García Conde cuando éste se hallaba prisionero en manos de los insurgentes: tanto él como los demás jefes que capitaneaban la insurrección se habían persuadido del carácter irrefrenable del movimiento que habían desatado y de que, si los acontecimientos seguían su curso normal, "quedarían estos países en favor de los indios, sus primeros dueños". 82 Lorenzo de Zavala pareció penetrar en los pensamientos de Allende, cuando escribió: "¿qué podía hacer el coronel Allende, por más conocimientos que se le supongan, con más de cien mil indios que ni entendían el idioma, que mucho menos eran capaces de someterse a la disciplina, y que tenían que entrar en acción inmediatamente?". 83 En el decisivo trance de marchar sobre la capital del virreinato, desprovista de defensas que pudieran resistir a las fuerzas insurgentes, Allende volvió a manifestar su desconfianza en las hordas de indios, que a duras penas habían triunfado en las Cruces y que, con toda probabilidad, huirían azorados cuando se trabara el combate. 84 También había sido ése el mensaje que trasladó Carlos María de Bustamante a los españoles de la ciudad de México, cuando intimaba su rendición a las tropas de Morelos: "creisteis que eramos peores que bestias feroces, que no dabamos quartel, y que nuestros exercitos se componian de indios tumultuarios, armados de honda y flecha, por lo que osasteis resistirnos". 85 Las Campañas del General D. Félix María Calleja, de Carlos María de Bustamante, traslucen el inconsciente menosprecio de su autor hacia los indios. Así, en la descripción de un pequeño enfrentamiento en Puerto Carrozas, en septiembre de 1810, se presenta "á unos miserables indios que ignorando los estragos de la artilleria tapaban las bocas de los cañones con sus sombreros", y en la reseña de la rendición del puerto de San Blas a las tropas realistas, en diciembre del mismo año, se alude a "la impericia y desórden del ejército que lo atacó, compuesto de unos cuantos lanceros y mayor número de indios inexpertos [de dos a tres mil, dirá en otro luga], 86 que habrian encontrado su ruina si cualquiera de las baterias de la plaza al acometerla les hubiera hecho fuego". 87 Cuando el insurgente José Mariano Anaya se presentó en Ixmiquilpan en noviembre de 1810, comisionado por Allende e Hidalgo, transmitió instrucciones escritas a los gobernadores y principales de las repúblicas de indios, para que reunieran a toda su "indiada" y la remitieran a Xochitlán. Las órdenes que impartió dirigidas a los "vecinos de razón" implicaban un tratamiento diferente para éstos, más respetuoso si se quiere con su disponibilidad, pues se limitaban a solicitar que fueran convocado. 88 Muy parecida fue la conducta de los insurgentes que entraron en Zacatlán a principios de febrero de 1813: enseguida requirieron a los gobernadores de varios pueblos de indios que les suministraran mano de obra que colaborara en los trabajos de fortificación de la ciudad. 89 El mismo José María Morelos pareció tener bien claro "que nuestro sistema solo se encamina á que el gobierno político y militar que reside en los europeos recaiga en los criollos", y "que siendo los blancos los primeros representantes del reino, y los que primero tomaron las armas en defensa de los naturales de los pueblos y demas castas, uniformándose con ellos, deben ser los blancos por este mérito el objeto de nuestra gratitud y no del odio que se quiere formar contra ellos". 90 Lógicamente, al interpretar estas palabras del caudillo insurgente, es preciso tomar en cuenta su intencionalidad de captar voluntades para una causa que, sin el apoyo de los criollos, difícilmente podía albergar esperanzas de triunfo. Por si cabía algún espacio de duda acerca del papel que se reservaba a los criollos -y, por eliminación, a los indígenas-en el nuevo Estado, Morelos remachó en febrero de 1812: "nuestra sentencia no es otra sino que los criollos gobiernen al reino y que los gachupines se vayan a su tierra". 91 Más contundente aún es el contenido de un Aviso importante al público que, "para que llegue á noticia de todos", hizo circular Morelos desde su cuartel de Aguadulce, en Michoacán, el 10 de agosto de 1814: "corre in voce que por Zacatlán y Chignahuapan les hemos dado un par de golpes á los Mexicanos". En cambio, aunque el bando que Morelos tituló Contra Plan de Calleja, del 7 de julio de 1813, incluya una clasificación de los habitantes del reino en cuatro clases, y enumere las obligaciones propias de cada una de ellas, no puede ser interpretado como si se tratara de una marcha atrás en el camino hacia la supresión de distingos: fueron consideraciones estrictamente militares las que sirvieron para esa catalogación de las personas, según su disponibilidad para el servicio de las armas. 93 También es cierto que José María Morelos predicó la libertad para el Anáhuac, y prometió "restablecer el Imperio Mexicano" mediante los trabajos de la asamblea que se instaló en Chilpancingo. De ahí su mítica invocación a los "genios de Moctezuma, Cacama, Quautimozin, Xicotencal y Calcontzin", emplazados a contemplar el fausto momento en que vuestros ilustres hijos se han congregado para vengar vuestros ultrajes y desafueros y librarse de las garras de la tiranía y fanatismo que los iba a sorber para siempre. Al 12 de agosto de 1521 sucedió el 14 de septiembre de 1813; en aquél se apretaron las cadenas de nuestra servidumbre en México-Tenoctitlan; en éste se rompen para siempre en el venturoso pueblo de Chilpancingo. 94 Con todo, el recurso a ese simbolismo -perfectamente comprensible desde una perspectiva de indagación en las propias raíces-no comportaba ni remotamente, en el ánimo de Morelos, una especial consideración del mundo indígena en el proyecto del nuevo Estado. Con las limitaciones que se quiera, y aun admitiendo la supeditación de las comunidades indígenas a los proyectos políticos de los dirigentes de la insurgencia, permanece el hecho de que la guerra atrajo sobre ellos destrucción y, en muchos casos, abandono de sus pueblos: un estado de cosas que a mediados de siglo distaba de haberse resuelto. Así, los campesinos de Cuyutlán, Santa Fe, San Diego y San Juan Bautista solicitaron al Congreso de Jalisco, en 1849, la devolución de las tierras de asiento de sus pueblos, que habían debido abandonar a consecuencia de la guerra, entre 1810 y 93 AGI, Guatemala, 531. Ni que decir tiene que la resolución de la legislatura estatal no consideró de utilidad pública la restitución de los terrenos, y recomendó el camino de los tribunales de justicia para una eventual demanda contra las personas que se habían establecido allí. 95 Aunque el caso referido en el párrafo anterior revista un aspecto muy particular, que no cabe generalizar, existen abundantes elementos de juicio que inducen a pensar que el sacrificio realizado por muchos indígenas durante las guerras insurgentes fue baldío o, al menos, aprovechó a otros. Los aborígenes mexicanos podían identificarse, en líneas generales, con las palabras de un personaje de La coqueta: ¿para qué he ido a exponer mi vida en los campos de batalla? ¿para qué la exponen tantos valientes agrupados en derredor del estandarte de la libertad? ¿Y para quién es la libertad? ¿Pueden ser libres instantáneamente esos millones que tenemos de seres degradados, cuando no sienten en sí mismos la dignidad de hombres? ¿Para qué es la igualdad, si no podrían soportarla en parte alguna? 96 Por mucho que se escribiera en los días de la guerra y en fechas muy posteriores, persistió la discriminación de los indígenas, incluso por parte de los caudillos insurgentes que se beneficiaron del generoso esfuerzo desplegado por muchos de ellos. Pero se intentó silenciar ese hecho, al tiempo que se magnificaba y se mitificaba la aportación indígena al movimiento liberador. En efecto, y como destacó oportunamente Doris Ladd, las historias sociales del período de la insurgencia tienden a enmascarar el papel relevante que jugaron entonces las clases adineradas, y prefieren centrar su atención en los grupos oprimidos -campesinos, negros, indígenas-, "dada la propensión a buscar el significado del pasado histórico en la 'cultura de la pobreza'". 97 Mariano Otero, que no necesitaba manipular la aportación de los postergados a la lucha emancipadora, valoró de manera muy diferente el papel de los privilegiados criollos, y se refirió en términos entusiásticos a la acción de la "raza trasplantada", llamada por Dios para quebrantar "las cadenas de aquellos pueblos que con solícito cuidado había hecho crecer en los ignorados bosques del Nuevo Mundo", y aprestándose a proclamar "la igualdad de todos los derechos y de todas las obligaciones, extinguiendo las distinciones absurdas y funestas, que han dividido a los pueblos en dos razas, la una de señores y la otra de esclavos". 98 No difería en mucho el pensamiento de Ignacio M. Altamirano, que no tuvo recato en aceptar que "el elemento social a cuyo impulso se consumó la independencia de la Patria no fué ni el indigenato mexicano ni el elemento popular compuesto de las clases que hacían causa común con él", pues lo impedían "sus intereses y su alejamiento de las cosas públicas": hasta tal punto que, de haber triunfado la revolución de 1810, las clases privilegiadas habrían sido barridas por quienes consideraban ya insufribles sus abusos. 99 Los primeros caudillos de la causa emancipadora procedían, según Altamirano, de las capas bajas de los criollos, las de condición menos favorecida, las castas mestizas que los españoles llamaban con desdén criollas para distinguirlas de los habitantes de la colonia de origen español, y aun de una cierta clase aristocrática formada aquí después de la conquista y que había adquirido altos fueros y privilegios y aun títulos de nobleza, sea a causa de sus riquezas territoriales o mineras, sea por enlaces contraídos en España o por el simple favoritismo. 100 Maqueo Castellano, que conceptuó la insurrección de 1810 como un "relámpago de iracundia, de los oprimidos contra los opresores", afirmó categóricamente: "nadie podrá nunca probar que fué el indio el que hizo la independencia de la Patria, por más que hayan sido indios muchos de sus gloriosos caudillos, aunque los más eran criollos"; 101 y eso, porque la mayoría de aquellas razas "vencidas, vilipendiadas, muertas" respondieron con la indiferencia a la llamada que se les dirigió para que se sumaran a la rebeldía. Pero, aun cuando se admitiera que "la gran masa indígena" se levantó en armas, nunca se podría sostener que alcanzara a comprender los móviles de la sublevación. A lo sumo, "el indio pudo acaso ver en la Independencia tres cosas: el recobro de las tierras, la liberación del pago de impuestos y de la prestación de servicios personales, y la ruina del español que se había hecho odiar".
A finales del siglo XIX, se difunden en México los descubrimientos realizados por Pasteur y Koch. La revolución microbiológica entraña, por una parte, Pobres, tuberculosos y moralidad burguesa Aunque el romanticismo del siglo XIX nos legó una imagen de la tuberculosis con un halo de glamour, para la mayoría de la población, los primeros síntomas de la enfermedad implicaban el terror a la cercanía de la muerte inminente. No sólo los bohemios fallecían tuberculosos sino que el mal se extendía a segmentos amplios de la sociedad. Por ello, el siglo XIX es llamado el "siglo de la tuberculosis". 2 Al igual que durante las epidemias de cólera, la distribución desigual de la tuberculosis y de otros padecimientos indujo a algunos analistas sociales 1 Refrán citado por Melgarejo, Luis: Ensayo sobre el tratamiento de la tuberculosis, tesis para examen profesional de medicina, cirugía y obstetricia, Facultad de Medicina de México, 1889. Dice el mismo autor más adelante: "Durante todo el siglo XIX, pero sobre todo en sus décadas románticas, se vio en ella el arquetipo de 'la enfermedad que distingue y mata'". europeos de procedencias científicas distintas a afirmar que existía un vínculo entre las condiciones materiales de existencia y la enfermedad. Engels, Virchow, Villermé son sólo algunos de los hombres ligados a esa preocupación. En su vertiente más radical, esta corriente evidenció las mutaciones que el novel proletariado urbano sufrió en su modo de vida al instaurarse el régimen de gran industria y desarrollarse la promiscuidad urbana. De estos análisis emergió un proyecto político que colocaba a la clase obrera como protagonista de la transformación de la sociedad. 3 En otras palabras, del diagnóstico nacían los objetivos terapéuticos, integrales uno y otros. Resulta obvio que esta concepción de la enfermedad poseía efectos peligrosos para la burguesía en tanto cuestionaba los logros económicos de la industrialización que, hacia mediados del siglo XIX europeo, se extendía a gran velocidad. La doxa liberal traducida a un código de conducta señalaba que el individuo se fabricaba su destino conforme a su conducta moral. Una de las expresiones de la concepción burguesa de la construcción individual del destino es la representación de la pobreza. Si hasta el siglo XVIII, el pobre es el Cristo que desciende a la tierra para verificar el respeto a las virtudes cristianas en el mundo terrenal, a partir del siglo XIX, el siglo de inauguración de la carrera desenfrenada por la ganancia individual, la pobreza cambia de signo. La exigencia de abolición de instituciones públicas de asistencia a los pobres va de la mano de la conversión de la caridad en un acto voluntario, cuya concesión o no pasa a ser un asunto saldado con la conciencia individual del benefactor y en absoluto una obligación ético-social. Por ello también, el pobre deja de ser el prójimo en desgracia para convertirse en miembro de una "raza", no de una clase, cuyos rasgos de salvajismo y barbarie la condenan a las calamidades que padece. 4 Esta observación tiene claras expresiones en el México porfiriano: "Coeficiente de barbarie, que sólo por una persistencia atávica de salvajismo en el espíritu de las masas inferiores se comprende...la producción del fenómeno criminológico indica, pues, que la causa es orgánica, y que la hiperestesia bélica e impulsatividad sanguinaria del salvaje persisten en esos delincuentes vulgares y se ponen en conmoción por hechos que son indiferentes para los demás". Anuario de Estudios Americanos Sin embargo, los pensadores médico-sociales desbaratan la veracidad de este código demostrando, por un lado, el carácter colectivo de la enfermedad y, por otro, las determinaciones de ésta que, por lo tanto, están lejos de ser libremente escogidas. La situación no tardaría en cambiar. La medicina hipocrática, cuya influencia se mantiene durante varios siglos, atribuye al clima una importancia particular en los estados mórbidos. El terreno, el agua, los alimentos, el modo de vida constituyen factores del estado sanitario de una región. En suma, "el hombre sano o enfermo es considerado parte integrante del conjunto cósmico". 6 La explicación ambientalista de la enfermedad y de la salud da cuenta de los estados sanitarios colectivos y ofrece medios de curación individuales. Empero, desde principios del siglo XIX, el paradigma al cual deben ajustarse las ramas del conocimiento para gozar del estatuto de ciencia son las ciencias exactas. La concepción ambientalista de la salud y la enfermedad es demasiado vaga a los ojos del nuevo modelo científico: "La medicina ha sido rechazada durante mucho tiempo de las ciencias exactas", sentenció Bichat en 1801. "A partir de esas palabras, los médicos de vanguardia van a intentar con esforzado ahínco que sus juicios diagnósticos dejen de ser meramente conjeturales y precientíficos, y se hagan plenamente ciertos y científicos". 7 Se asiste en este terreno a una de las manifestaciones del choque, conceptualizado por Carlo Ginzburg, entre el paradigma de inferencias indiciales y el paradigma galileano.8 La cuantificación, el establecimiento de relaciones de causalidad, el principio epistemológico de conocimiento de la realidad como objeto, como cosa, la generalización, son algunas de las premisas del paradigma galileano. Todo aquel conocimiento que no se sujeta a ellas deja de ser considerado como verdadero y engrosa las filas de saberes y habilidades sin eficacia práctica aunque dignos de ser conservados junto con otras muestras del folklore. Sin embargo, la medicina, al igual que la historia, forman parte del conjunto de saberes que no renuncian a la particularidad de sus objetos-sujetos de estudio. Su adaptación al paradigma galileano tomará su tiempo. En efecto, la culminación del esfuerzo de la medicina por alinearse con el desarrollo de las ciencias exactas sobrevendrá a finales del siglo XIX con los descubrimientos de Pasteur y Koch. En 1882, este último descubre el bacilo tuberculoso que lleva actualmente su nombre. La microbiología médica nacía y en su auge iría desplazando a las interpretaciones ambientalistas. La etiología de las enfermedades deja de ser social y recae exclusivamente en los microorganismos patógenos. De este modo, la medicina satisface una de las condiciones científicas, la de explicar mediante el establecimiento de una relación de causalidad exacta y objetiva: "A instancias de la obra de Koch y de Pasteur, las concepciones acerca de la etiología de diversas enfermedades se vuelven más exactas y sobre todo más eficaces pero más estrechas. Se concede más importancia a las investigaciones sobre la biología de los gérmenes que al conocimiento de las influencias del medio". Únicamente una postura ultraizquierdista señalaría a Pasteur y a Koch como ideólogos a sueldo de la burguesía quien, gracias a sus descubrimientos, se beneficia de la declinación del discurso médicosocial. En realidad, la ciencia recién empieza a forjar sus relaciones con la producción capitalista, 10 aunque ciertamente la microbiología es retomada por el discurso burgués para denostar los amenazadores tonos de la medicina social hacia el orden y progreso capitalistas. No serían ya el establecimiento del régimen salarial, la industrialización capitalista y las condiciones de trabajo impuestas al proletariado los responsables de la tuberculosis, sino el bacilo de Koch. Es, en consecuencia, en el individuo aislado, atacado por un microorganismo anónimo, donde debe detenerse la mirada médica. Los descubrimientos en microbiología tienen un fuerte impacto en México. Este efecto se advierte al confrontar los paradigmas explicativos de la tuberculosis pulmonar antes del descubrimiento realizado por Koch y después de este acontecimiento. Se puede comprobar dicha ruptura a través de las tesis en medicina sustentadas a fines del siglo XIX. El tema de la tuberculosis interesa recurrentemente a futuros galenos y no es para menos. En el hospital de San Andrés en la ciudad de México, 9 Grmek: "Géographie médicale...", pág. 1085. 10 Fueron la química y la física las que iniciaron esos nexos en la segunda mitad del siglo XIX a través de la aplicación de sus descubrimientos al proceso de producción inmediato de mercancías. La medicina no ingresaba aún al campo científico subsumido por el capital el cual en esa época sólo subsumía formalmente el proceso de reproducción de la fuerza de trabajo. La gravedad de la enfermedad se repetía en otros nosocomios. Ante este panorama, tanto para el común del pueblo como para el gremio médico, la tuberculosis significa el deceso inevitable. 11 No obstante, la impotencia de los profesionales no impide que intenten explicar las causas de la enfermedad y ofrecer remedios empíricos. La pobreza y el hacinamiento urbano son declarados culpables de la enfermedad: "La tisis se muestra principalmente en todas las personas sumidas en la miseria y cuyas habitaciones insalubres, mala alimentación y privaciones continuas, las ponen en la imposibilidad de precaverse de una manera eficaz contra las enfermedades. Lo que aparece de más positivo sobre la ethiología (sic) de esta afección es la herencia". 12 Otro médico coincide con el anterior aunque discrepa justificadamente con respecto al carácter hereditario de la enfermedad. Retoma a Virchow para denunciar a la miseria: "La tuberculización debe existir donde exista la miseria, y miseria hay en todas partes". 13 Igualmente están todos de acuerdo en lo excepcional de los casos curados: Pocos años después de escritos los textos reseñados, llega a México la noticia de la hazaña de Koch y suscita gran interés en las autoridades sanitarias alarmadas por la alta frecuencia del padecimiento en México y, particularmente, durante el último decenio del siglo. Por ello, un grupo de médicos del Consejo Superior de Salubridad se desplaza a Berlín en 1891 para conocer más detalles del descubrimiento de Koch. 15 A partir de ahí, se modifica la causalidad atribuida a la tuberculosis, así como las recetas médicas. "La Kochbacilosis, dice un pasante de medicina, es la soberana destructora de las masas". 16 Reconoce el aspirante a galeno que la aglomeración en las grandes ciudades propicia la alta frecuencia de la tuberculosis, pero diluye en la alta densidad de población toda la problemática de miseria que los médicos prekochianos habían puesto de relieve. En el mismo sentido, otro futuro médico indica que esta enfermedad "hiere en todas las edades, siega en todas las estaciones, es la enfermedad de la primavera de la vida, de la edad adulta y sobre todo de los grandes centros de civilización". 17 Los medios terapéuticos recomendados cambian concomitantemente. El discurso médico adopta el tono moralista de la burguesía ante las prácticas consideradas viciosas de la población. Por consecuente debe descartarse ante todo el alcohol: "Hay autores que creen que en los alcohólicos, no se desarrolla esta enfermedad; esta opinión no es muy aceptable, si tenemos en cuenta los desórdenes que se producen especialmente en los órganos digestivos por el abuso de los alcoholes". 18 El autor de la tesis no aporta pruebas en torno a la ineficacia del alcohol para el tratamiento de la tuberculosis; simplemente condena su consumo. A cambio recomienda el arsénico, la estricnina, la glicerina y el cloruro de sodio, entre otros. El bacilo de Koch constituye el pretexto para denunciar a la inmoralidad del populacho como legítimo responsable de la enfermedad, de la cual es su víctima favorita. De este modo, la medicina se erige en guardiana de las buenas costumbres en aguerrido combate contra el vicio. Desaparece de la medi-cina y de sus observaciones epidemiológicas primerizas la miseria popular como etiología colectiva de la enfermedad. Al referirse a los internos, un tesista señala que "con frecuencia se ve que los más jóvenes estudiantes adquieren vicios que, como el onanismo, además de ser altamente inmorales, son también altamente destructores del organismo". 19 Por esta razón aconseja el seguimiento puntual de varias reglas a las que denomina "de higiene": "Se procurará alejar del pueblo las costumbres alcohólicas, lo que se conseguirá: A. Imponiendo castigos enérgicos al que quebrantara este precepto. B. Elevando los impuestos á la venta de los alcoholes, tanto cuanto sea necesario para abolir, si fuere posible el expendio de dichas bebidas". 20 Anexa recomendaciones de ventilación, alimentación y ejercicio para los internos de las escuelas y "además se cuidará de la moralidad de sus costumbres". 21 Todavía aparecen adosadas a los consejos de buena conducta para evitar la tuberculosis, observaciones en torno a la elección de los climas benignos, mas este género de indicaciones queda opacado por las consideraciones que reciben el reconocimiento oficial de la academia científica. En esta última perspectiva, el bacilo de Koch penetra no los organismos debilitados por la miseria, sino aquellos corroidos por el vicio y la inmoralidad. Las recomendaciones de higienización de los pobres revisten el sentido de una moralización. Se recetan cambios en el "género de vida" sin que ello signifique el trastrocamiento de la condición de clase. Desde esta óptica, cambiar el género de vida se traduce por destierro de las costumbres inmorales y, entre éstas, destaca la embriaguez que tanto deplora la burguesía pues a ella le endilgan la indisciplina obrera, el ausentismo -los famosos San Lunes-y el bajo rendimiento de la fuerza de trabajo. Con el tiempo, para algunos grupos obreros, el médico se convierte en purificador de las almas, conocedor al igual que el cura de las intimidades del pueblo y perseguidor de sus conductas oprobiosas: ¿Acaso había logrado la medicina convencer a los pobres que la causa última de sus dolencias se encontraba en el fondo de las botellas de pulque? Conflictos obrero-patronales y tuberculosis: el bacilo de Koch como coartada He reseñado en otra parte cómo la incorporación de trabajadores de origen campesino y artesanal a la industria moderna en expansión a partir de 1890 implica el descubrimiento de realidades inéditas para el novel proletariado industrial. La disciplina del trabajo fabril, la sujeción estricta a horarios fijos y predeterminados, la regularidad de las labores, la compartimentación estricta entre tiempo de trabajo y tiempo libre son algunos de los descubrimientos de los obreros recién estrenados. 23 Pero también asisten a la emergencia de una calamidad adicional: enfermedades ya conocidas o desconocidas para algunos cobran buen número de víctimas. Esto último no constituye una novedad en sí, sino el carácter colectivo de la enfermedad y de la muerte. Al inicio, los trabajadores enfermos ofrecen respuestas individuales como el retorno al lugar de origen para sanar o morir en la patria chica que los ha visto nacer o bien la añeja petición de una caridad o socorro al administrador para poder compensar la pérdida del ingreso monetario durante la convalecencia. En determinadas circunstancias, la solicitud de una caridad recibe el apoyo de los trabajadores en su conjunto, deja de ser una humilde petición y deviene una conflictiva exigencia colectiva. El proceso de percepción de la patología emergente y su relación con las condiciones del trabajo industrial es lento. No obstante, el asociacionismo acelerado de los años revolucionarios -1910-1920-reduce, para algunos contingentes de trabajadores, los tiempos que toma este proceso. Las circunstancias políticas y, en no pocas ocasiones, el oportunismo político conducen a varios jefes revolucionarios, a la sazón gobernadores interinos o provisionales, a legislar sobre las condiciones de trabajo. En los nuevos códigos laborales queda asentada la responsabilidad patronal por los accidentes de trabajo y el consiguiente pago de una indemnización. Puesto que el accidente acontece en horas de trabajo y en el lugar de trabajo, resulta sencillo determinar su profesionalidad. Ello no significa que, en los primeros tiempos de la legislación laboral, las indemnizaciones sean pagadas automáticamente. Serán necesarias gestiones legales dilatadas ante diversas autoridades y la presión de la fuerza sindical para obtener las indemnizaciones e incluso así los esfuerzos a veces resultan infructuosos. La enfermedad, a diferencia del accidente, no acontece en un momento determinado y en un lugar preciso. Los autores de los códigos del trabajo habían optado por dejar fuera la reglamentación de la indemnización de las enfermedades profesionales, así como la misma definición de la profesionalidad de la morbilidad obrera. Circunstancialmente, habían incluido el tema aunque en términos tan vagos que su aplicación se tornó imposible. ¿Cómo hacer valer entonces la profesionalidad de las enfermedades? La frecuencia de determinada enfermedad en grupos relativamente homogéneos de trabajadores los conducirá, a pesar del vacío jurídico, a denunciar de manera torpe el vínculo entre las condiciones de trabajo y determinados padecimientos y a exigir el pago de indemnizaciones a los enfermos. Entre los mineros, es la silicosis; entre los textileros, la tuberculosis, aunque la movilización obrera no abarcará a los obreros de todas las regiones donde se localizan estas actividades productivas. Me detendré particularmente en la segunda enfermedad mencionada. En la región que he estudiado más detenidamente -Orizaba y su hinterland fabril-es alrededor de los años 1918 y 1924 cuando se registra la mayor beligerancia obrera en torno a la profesionalidad de la tuberculosis. 24 En este artículo, no interesa la exposición del desenvolvimiento de estos conflictos, sino la argumentación de los empresarios o de sus representantes ante las demandas obreras. La inmoralidad de la raza de los obreros, sus hábitos etílicos y su desorden son denunciados por los empresarios y sus ideólogos para contrarrestar las exigencias de los trabajadores y culpabilizarlos de las desgracias tuberculosas que los aquejan. Por lo tanto, sería injusto, alegan, que ellos recompensen, mediante indemnizaciones, las conductas viciosas. Esta secular matriz discursiva no constituye ninguna novedad. Las tareas de moralización se imponen como remedio. Se trata de predicar el ahorro y el espíritu previsor para poder enfrentar individualmente al infortunio y de 24 Aunque ya se encontraba en la agenda reivindicativa de los obreros, la Ley del Trabajo de 1918 ofreció un marco de legalidad a la lucha por el reconocimiento de la profesionalidad de determinadas enfermedades y el pago de las indemnizaciones. Sin embargo, la ley era vaga puesto que no definía los criterios de profesionalidad de las enfermedades ni las enumeraba. Con ello abría las puertas al regateo y a la dilación de los pagos de indemnización. Tomo LVI, 2, 1999 inducir un consumo menor de alcohol para acabar con el flagelo de la tuberculosis. La novedad radica en la apropiación ideológica del nuevo descubrimiento de Koch para legitimar su rechazo a los ordenamientos legales y a las pretensiones obreras. El bacilo biologiza la causalidad de la tuberculosis y, concomitantemente, le atribuye una causalidad socialmente neutral. En otras palabras, se escinde lo biológico de lo social: "La tuberculosis es una enfermedad peligrosa, señala el gerente de la fábrica de cigarros La Violeta en 1918, cuyos estragos se hacen sentir en todo el mundo, no importando que las personas tengan tal o cual ocupación profesional". 25 El bacilo se convierte en la coartada para negar la profesionalidad de la tuberculosis. Puesto que la causa de la enfermedad pertenece al orden biológico, no hay razón para concluir que la tuberculosis posee determinaciones sociales. Las posibilidades teóricas de enfermar son idénticas en todos los individuos, pero si algunos se enferman más, ello se debe a un factor que asume el rango de variable independiente. Se trata de la inmoralidad de los pobres. Aquello que era denuncia de miseria social en el discurso de los médicos prekochianos deviene, en la argumentación burguesa, inmoralidad proletaria. La burguesía reclama la demostración de una relación de causalidad perfectamente identificable, siguiendo el cánon de cientificidad exigido por el paradigma galileano. Retóricamente no puede negar su responsabilidad cuando acontecen accidentes en el trabajo porque la causa es una y su efecto inmediato es discernible. Pero está disconforme cuando se le achaca la responsabilidad por el bacilo de Koch. Los trabajadores de Orizaba fueron tercos e insistieron en el reclamo de indemnizaciones para los tuberculosos o para sus deudos. El punto culminante de la lucha tiene lugar entre junio y julio de 1923 en una huelga que ha sido llamada "de los diez mil". 26 Durante el paro, se escuchan los mismos argumentos desde que se había iniciado este reclamo: "Querer hacer aparecer la tuberculosis pulmonar como una enfermedad profesional en los obreros de las industrias textiles, sería querer reducir por un simple decreto el 25 Citado por González Sierra, José: Monopolio del humo, Xalapa, 1987, pág. 170. Se trata de la respuesta a la reclamación de un obrero que contrae tuberculosis después de 14 años de trabajo en la fábrica. Por "humanitarismo", prosigue, se otorgará a los enfermos 4 pesos semanales durante tres meses, así como las medicinas necesarias. 26 Rajchenberg, Enrique: "Orizaba, junio de 1923: la huelga olvidada" en México entre dos revoluciones, México, 1993. ENRIQUE RAJCHENBERG S. radio de acción de uno de los más terribles azotes que sufre la humanidad. La tuberculosis es una enfermedad infecciosa producida por la invasión del organismo por el bacilus de Koch". 27 El fin de la huelga es posible gracias, entre otros, a la promulgación de dos decretos sobre enfermedades. Uno concierne a las enfermedades "ordinarias" y el otro a las profesionales. Sin embargo, el gobierno del estado encarga la redacción de una ley sobre riesgos profesionales que defina a las enfermedades profesionales y el ámbito de responsabilidad patronal. Los empresarios se enteran del proyecto pero no logran conocer anticipadamente su contenido aunque si prevén que les será desfavorable. Por ello, contratan a especialistas cuyo dictamen no difiere de los argumentos de siempre: "La tuberculosis no puede ser considerada como enfermedad propia de alguna profesión, arte, oficio u ocupación alguna". 28 Dos razones sustentan el razonamiento. La primera se refiere a la propagación del bacilo de Koch "desde el principio de la vida humana sobre toda la superficie de la tierra". Es una azote que aflige a toda la humanidad, no a un grupo particular de trabajadores. La segunda razón se basa en la predisposición del organismo. ¿Por qué, se preguntan, existen individuos con huellas de tubérculos que sin embargo no desarrollan la enfermedad? Esta evidencia permite concluir que la tuberculosis es causada, además del microbio, por "la herencia, la debilidad congénita, la acumulación de hogares estrechos, poco iluminados y menos ventilados, la escasa alimentación, las enfermedades debilitantes, el alcoholismo y la sífilis de los padres, el alcoholismo de los mismos individuos, la diabetes". 29 Por todo lo anterior, la tuberculosis posee "un origen extraprofesional" y está "totalmente fuera del alcance de su (del patrón) responsabilidad". El temor patronal estaba justificado. En su exposición de motivos, se señala que "en la presente ley se consideran todas las enfermedades cuyo carácter profesional se ha reconocido por las primeras autoridades científicas y entre dichas enfermedades se La legislación veracruzana se vuelve motivo de escándalo y denuncia en las cámaras industriales. Los gastos originados por la legislación han aumentado desmesuradamente, afirman. La nueva disposición legal suprime la generosidad patronal ejercida desde mucho tiempo atrás sin necesidad de métodos coercitivos y la suplanta por "el aprovechamiento, por toda clase de beneficiarios, del abuso de la responsabilidad patronal"; 32 por ello pregunta el autor del artículo: "¿Hice bien con haber establecido de modo espontáneo y sin que nada ni nadie me obligara, un servicio médico y farmacéutico para mis trabajadores y sus familiares realmente enfermos, siendo que este acto que yo quise orientar noblemente se ha convertido en obligación?" 33 El reconocimiento de la profesionalidad de la tuberculosis constituye el otro punto que suscita indignación entre los industriales. Ninguna legislación extranjera ni obra científica, aseveran, la habían mencionado como enfermedad profesional. El bacilo de Koch sigue siendo la coartada, sin embargo, un cambio se ha operado. Los obreros ya no son designados, por lo menos públicamente, como una raza salvaje, sino que deben ser reconocidos como una clase convertida en interlocutora social de los empresarios. La Convención Industrial del Ramo Textil que se reúne a partir del 6 de octubre de 1925 es la ocasión para que los empresarios vuelvan a plantear el problema: "Por lo que hace a la industria textil debemos decir que no se han señalado enfermedades profesionales peculiares a esta industria, en ninguna de las legislaciones del mundo, ni aun en aquellos países en donde esta rama industrial ha adquirido un gran desarrollo; en la industria textil sólo podrían señalarse aquellos casos de intoxicación ocasionados por razón de los materiales que se manejan, especialmente en los departamentos de Tintorería y Estampado". 34 31 Proyecto de ley sobre riesgos profesionales, mimeo. 32 "La legislación veracruzana sobre responsabilidad patronal en las enfermedades de los obreros" en México industrial, México, octubre de 1925, pág. 213. 34 Robredo, José: Puntos de vista de los industriales de hilados y tejidos de la República sobre los asuntos puestos a discusión en la Convención Industrial Obrera del ramo Textil, México, 1925, pág. 60. Definitivamente, la tuberculosis debe ser considerada una enfermedad ordinaria, "desgraciadamente muy extendida y que no se adquiere por el solo trabajo en la industria textil". 35 Durante la Convención, los patrones logran que, a falta de derogar el artículo sobre enfermedades profesionales de la legislación veracruzana, se prohíba la admisión de trabajadores tuberculosos a las fábricas textiles. 36 La revancha llegaría en 1931 cuando entra en vigor la Ley Federal del Trabajo. Esta no contempla el pago del salario a los enfermos "no profesionales" ni tampoco reconoce a la tuberculosis como padecimiento profesional para los trabajadores textiles. 36 Secretaría de Industria, Comercio y Trabajo: Convención colectiva de trabajo y tarifas mínimas de aplicación en la República, México, 1927, pág. 44.
experimentó un rápido crecimiento económico, que contó con una elevada participación de capitales extranjeros. En su composición por origen, las inversiones francesas ocuparon un lugar muy destacado, detrás de las británicas. En este trabajo realizamos un ensayo de caracterización de los grupos que animaron dichas inversiones, fundamentando su adopción como eje de análisis, sobre otros enfoques utilizados en los estudios de este tipo. Seguidamente examinamos la formación y características de los grupos inversores franceses en la Argentina, atendiendo a su composición y cuadro de intereses, así como a los patrones de inversión, gestión y rentabilidad que los distinguieron. De esta manera aportamos a la comprensión de la dinámica interna de las inversiones y de su lógica en el escenario local, marcada por una ambigua relación, nutrida de expectativas pero también de tensiones, con las élites locales a todo lo largo del período. En su composición por origen el predominio de los capitales británicos fue evidente a lo largo de todo este período. No obstante, la participación de los capitales de otros orígenes fue también significativa y creciente. Entre ellos, el caso de los capitales franceses merece destacarse especialmente. En primer término, por sus dimensiones relativas: ocuparon el segundo lugar permanentemente, y llegaron a representar un 20 % de las inversiones extranjeras totales en vísperas de la Primera Guerra Mundial. En segundo termino, presentaron una estructura bien diversificada hacia los principales rubros de inversión de la época (ferrocarriles e infraestructura, sector público y finanzas), y estuvieron asociados, hasta fines del siglo XIX, a una presencia comercial equiparable a la de Gran Bretaña. A pesar de ello han sido muy poco estudiados (cuadro 2). En diversos trabajos anteriores hemos tratado de avanzar en el análisis de la intervención de los capitales franceses en la Argentina, a través de sucesivos estudios de casos. 3 En este texto pretendemos centrarnos en las características generales de los grupos inversores que activaron la afluencia de estos capitales, vale decir en aquellas coaliciones de intereses que captaban los recursos del público en los mercados financieros, decidían sobre su destino ulterior y mantenían el control de las empresas creadas. El análisis de los grupos inversores ha sido muy poco utilizado en los trabajos sobre inversiones extranjeras en la Argentina. Como se examinará más adelante, resulta notoria la prevalencia de estudios por sectores, o en el mejor de los casos, centrados en las empresas individuales. La pertinencia del enfoque que proponemos, y su conexión con otros conceptos empleados en la literatura sobre el tema, serán el objeto de la primera sección de este trabajo. En la segunda sección analizaremos, en sus grandes líneas, la evolución de los principales grupos inversores franceses en la Argentina. A partir de los datos recopilados en nuestras investigaciones sobre el tema, procuraremos delinear algunas de las características destacables de estos grupos en cuanto su composición y el cuadro de intereses que articularon 3 Véanse Regalsky, Andrés: "Exportaciones de capital hacia los países nuevos: los bancos franceses y las finanzas públicas argentinas, 1881-1887", Revista de Historia Económica, Madrid, 1987; "Finanzas, inversiones y política estatal en el siglo XIX: las inversiones francesas en los ferrocarriles argentinos, 1887-1900", Siglo XIX. 4 La posibilidad de discernir estrategias de inversión por parte de estos grupos será discutida en la conclusiones, como un aporte a la comprensión no solo de la dinámica intrínseca de las inversiones, sino también del papel desempeñado por los capitales franceses en el escenario local, y de la ambigua relación (cruzada de expectativas, pero también de tensiones) que mantuvieron las élites locales con el capital extranjero en la Argentina de este período. El concepto de "grupo inversor". Nuestra propuesta de centrar el estudio en los actores o agentes económicos involucrados en el flujo de los capitales franceses a la Argentina, nos impone la necesidad de dar algunas precisiones sobre el concepto elegido como clave, el de "grupo inversor". La mera enunciación de esos términos pone de manifiesto dos cuestiones: nuestra ubicación en el plano de los inversores, los que toman las decisiones de inversión, en contraposición a las propias inversiones consideradas en sí mismas como objeto de la investigación. Al mismo tiempo, que estamos aludiendo a actores colectivos, "grupos" de inversores, y no a actores individuales. En los enfoques centrados en inversores individuales suele operar la idea "heroica" de un empresario "innovador" aislado (con reminiscencias obviamente schumpeterianas), que por obra de su intuición para los negocios, su esfuerzo, astucia y capacidad logra llevar adelante toda una serie de inversiones ligadas a una empresa o conglomerado. Esta figura, presente otrora en los estudios de la historia industrial o de empresas (business history), omite a nuestro juicio el hecho, tan de relieve en análisis recientes, de que ese empresario opera en una red de vinculaciones personales y comerciales, y que parte de su éxito reside en saber recurrir a ellas de una manera hábil y eficaz. El concepto de economía "de red", utilizado especialmente para explicar la operatoria moderna de empresas y conglomera-4 En este punto, el de la identificación y comprensión de la lógica de los actores, ver los análisis que desde la historia política ha efectuado Guerra, François-X.: México.Del Antiguo Régimen a la Revolución, México, 1988; y "Pour une nouvelle histoire politique: acteurs sociaux et acteurs politiques", Structures et cultures des sociétés ibéro-américaines, au-delà du modèle socio-économique, Paris, 1990, págs. 245-260. Anuario de Estudios Americanos dos, se encuentra también subyacente en algunos análisis destinados a explicar la emergencia de los principales conglomerados o "grupos" empresarios en la Argentina de fines del siglo pasado. 5 Al referirnos a los "grupos", entendemos que su acción trasciende la figura del individuo al frente de una empresa, y esto vale para decir que su actividad empresarial y sus decisiones estratégicas de inversión pueden ser mejor comprendidas en un contexto de alianzas, familiares y extrafamiliares, que desde muy antigua data están en el origen de muchos de los participantes, y también otras más recientes forjadas en el mismo devenir de los negocios. Aludir a "grupos" implica penetrar en la dimensión "informal" de la financiación de empresas, tanto bancarias como industriales o de cualquier otro objeto, que requirieron el concurso de una amplia red de participantes, para lo cual se ponían en juego las conexiones familiares y comerciales de que disponían los empresarios en cuestión. Este concepto de "grupo inversor" guarda analogías con diversos términos utilizados en los análisis del campo empresario, y sobre todo de las estrategias de negocios, que se enmarcan en estudios contemporáneos de los procesos de industrialización y "ajuste" estructural de la Argentina y otros países latinoamericanos. Así encontramos el uso de términos tales como "grupos", "grupos económicos y empresariales", o incluso "grupos económicos de inversión". Aspiazu, Basualdo y Khavisse definen al "grupo económico" como un "conjunto de empresas con una dirección única...en numerosos sectores de la economía", aludiendo por una parte a su caracter de "conglomerado" pero, también, al hecho de que la lógica de la conducción empresarial trasciende el marco de cada empresa en cuestión. 6 5 Marichal, Carlos: "La gran burguesía comercial y financiera de Buenos Aires, 1860-1914: anatomía de cinco grupos", 1982 (mimeo); Barbero, María I.: "Grupos empresarios, intercambio comercial e inversiones italianas en la Argentina. Sobre la economía de red, Green, Raúl, y R. Dos Santos: "Economía de red y reestructuración del sector agroalimentario", Desarrollo Económico, 126, jul.-sept. 6 Aspiazu, D.; E. Basualdo, y M. Khavisse: El nuevo poder económico en la Argentina de los años 80, Buenos Aires, 1986. Para el área latinoamericana, ver Gálvez, J., J. y J. Tybout, "Microeconomic Adjustments in Chile during 1977-81: The Importance of Being a Grupo", World Development, 13:8, 1985, págs. 969-994, y sobre todo Leff, Nathaniel: "Industrial Organisation and Entrepreneurship in the Developping Countries: The Economic Groups", Economic Development and Cultural Change, 26:4, 1978, págs. 661-675, que es tal vez la reflexión más importante sobre este tipo de organización, así como Fligstein, N., y P. Brantley: "Bank control, Owner control or Organisational Dynamics: Who Controls the Large Modern Corporation?", American Journal of Sociology, 98:2, 1992, págs. 280-307, sobre la corporación norteamericana. LAS INVERSIONES FRANCESAS EN LA ARGENTINA, 1880-1914 Tomo LVI, 2, 1999 Por su parte, Quiroz y Mushammer se refieren a los grupos como los ámbitos donde se generan las inversiones, que dan cuenta de las empresas y participaciones en las que dichos grupos aparecen involucrados, aunque por otra parte restringen la significación del concepto a la dimensión "informal" de la financiación (obtención de fondos que no pueden ser captados en el mercado "formal" de capitales).7 Esta restricción no parece funcionar en los casos que nos toca analizar, donde dichos grupos actúan como tales precisamente para canalizar fondos de los mercados "formales" de capitales. Los estudios sobre la historia de las inversiones extranjeras en la Argentina han adoptado por lo general el enfoque contrapuesto de tomar a la empresa como unidad de análisis. Dichos estudios, en su mayor parte sobre las inversiones británicas, han tendido a eludir así un análisis centrado en los grupos de inversión que, sobre todo en los de ese origen, se tornaba dificultoso por la naturaleza más heterogénea y compleja de los participantes. Esto a su vez ha suscitado otros problemas y limitaciones. Por un lado, en la evaluación de la rentabilidad de las inversiones, que exige definir quiénes son considerados los inversores. El estudio global de los dividendos ha colocado de hecho en el centro del análisis al conjunto de individuos para los que la inversión era en realidad "de cartera", orientada a la búsqueda de un mayor rendimiento, pero que carecían de participación en la gestión efectiva de los fondos. Por otra parte, los estudios individualizados de las empresas, si bien han permitido un análisis más rico de los avatares experimentados por las inversiones extranjeras en el país receptor y de los factores que influyeron en sus resultados, quedan encapsulados sin un hilo conductor que permita ligar esos casos con la evolución general de las inversiones, ni explicar la lógica de decisiones que trascendían muchas veces a las empresas en cuestión. 8 Solo los trabajos sobre empréstitos públicos se han focalizado en un tipo de actores como el que nos interesa: los banqueros y financistas que intervenían en las negociaciones con los gobiernos de los países receptores. Se trata del tipo más característico de "inversiones indirectas", pero paradójicamente, donde los actores tenían a su cargo decisiones que involucraban a todo el proceso de inversiones. Aún en estos casos, los actores aparecen corporizados en firmas individuales que participan en negocios puntuales, acotados en el tiempo y el espacio, y sin elementos de continuidad que permitan delinear lo que podríamos llamar las estrategias de inversión.9 Más recientemente, autores británicos han puesto su atención en aquellos elementos de la comunidad de negocios de ese país que tenían un alto grado de control sobre las empresas creadas en el exterior. Así pues, Chapman ha llegado a utilizar el término "grupos inversores", aunque restringido a ciertos operadores (las antiguas "trading companies"). Jones ha realizado, en ese sentido, los estudios más acabados sobre el agrupamiento de estos inversores y su configuración de intereses. 10 Últimamente, el enfoque "chandleriano" de la nueva "business history" ha alimentado más bien el enfoque anterior, centrado en las empresas. Si bien lo ha hecho en el marco de nuevas temáticas de estudio, que permiten un conocimiento más rico de la dimensión organizativa, tiende a tropezar con las dificultades ya señaladas, puestas en evidencia, en el caso británico, por la inestabilidad y vida efímera de las empresas hasta 1914, como también por la existencia de tomadores de decisiones fundamentales desde afuera de la estructura formal que se ha querido analizar. Desde ese ángulo, el concepto de "free standing companies" es en este momento objeto de discusiones. 11 El enfoque que proponemos se nutre, en cambio, de una respetable tradición en la historiografía francesa, referida a buena parte de los actores que tratamos de abordar: los bancos y grupos financieros. Estudios clásicos como el de Luthy sobre la banca protestante y otros de historias de empresas, han mostrado la importancia de las redes de alianzas familiares y extra-familiares en el origen de los establecimientos de banca "privada", que configuraban, de hecho, verdaderos grupos en sí mismos. A través de ellos obtenían el grueso de los recursos, y también las conexiones necesarias para los negocios en los que se iban a emplear. En ese sentido, ¿no podría entenderse esta emergencia de grupos como parte de las nuevas formas de sociabilidad que desde las postrimerías del Antiguo Régimen venían modelando las nuevas élites económicas? 12 La noción aparece también en los estudios que, desde Jean Bouvier en adelante, se han hecho sobre la formación de los modernos establecimientos por acciones. Desde cierto punto de vista podría hablarse de una permanencia y readecuación de las estructuras anteriores, bajo condiciones cambiantes que incluyen la "revolución ferroviaria" del siglo XIX. La nueva organización societaria no haría más que formalizar la participación de los distintos actores, que en los casos más importantes configuraban a su vez otros tantos grupos. Esto precedió al pasaje por los mercados "formales" de capitales, donde se obtuvieron fondos adicionales (muchas veces, la mayor parte), esta vez de un conjunto atomizado de "inversores" individuales. 13 Finalmente encontramos el concepto en algunos de los mejores estudios franceses sobre la exportación de capitales. Aquí las inversiones externas aparecen articuladas en torno a grupos, que frecuentemente reunen los intereses de varias casas bancarias e incluso industriales. Tal vez la principal diferencia con el enfoque que proponemos se encuentre en el énfasis con que se atiende a la influencia de estos "grupos de intereses" en la definición de las políticas del Estado metropolitano, y en el propio curso de la economía francesa. 14 En nuestro caso, nos importa ante todo el impacto de su presencia en la economía y sociedad receptora. El estudio de estos grupos, y de su relación con los otros actores, del sector público o privado, nativos o extranjeros, en el medio en el que les tocó actuar, constituye una herramienta para hallar algunas claves explicativas de su patrón de inversiones, y de su papel de partícipes y modeladores en el proceso de transformaciones económicas y sociales en curso. Los grupos inversores franceses en la Argentina. Un ensayo de caracterización En la configuración de los grupos inversores franceses en la Argentina hay una característica que resalta con claridad: es la presencia dominante de las grandes firmas bancarias, que los diferencia de otros casos más heterogéneos como el de los grupos británicos. El peso decisivo que los grandes bancos franceses tenían sobre el mercado financiero de París, tornaba indispensable su participación en negocios que, en este período, solo podían financiarse en ese mercado.15 Los dos primeros grupos franceses en la Argentina se formaron a comienzos de la década de 1880, a raiz de la negociación de empréstitos con el gobierno nacional: uno se constituyó en torno de la Banque de Paris et des Pays Bas (BPPB), y el otro, de la Société Générale (SG). La intervención de estos dos grandes bancos supuso una ruptura con su orientación previa, hacia Europa y el Mediterráneo, que pudo verse facilitada por la coyuntura de auge de 1879-82 del mercado de valores de Paris. Encontramos antecedentes de su interés por la Argentina desde principios de la década de 1870, así como operaciones previas de caracter similar en otros países sudamericanos. 16 La composición de los grupos se ajustó al cuadro de vinculaciones que mantenían sus integrantes en el mercado francés. El agrupamiento conducido por la BPPB, el primero en introducirse en los negocios argentinos, incluía otros dos miembros, Comptoir d'Escompte y L&R Cahen d'Anvers. Comptoir, uno de los grandes bancos de depósitos del período, era el colaborador más asiduo de la BPPB en esta etapa en la colocación de títulos entre el gran público, a través de su amplia red de sucursales. Cahen d'Anvers, una firma privada ligada de antiguo por lazos de parentesco con algunos de los fundadores de BPPB (Bifschofsheim, Bamberger), parece haber cumplido, según lo sugieren indicios posteriores, la función de articulador inicial del grupo francés. 17 Cada miembro del grupo o "sindicato" original, era cabeza de otro grupo o "subsindicato". La BPPB había sido definida en un principio como un verdadero sindicato de banqueros formalizado en sociedad por acciones. Sus miembros más conspicuos mantenían por lo menos tres instancias de participación en los beneficios de las operaciones: como accionistas, a través de los dividendos, como directores a través de los "tantièmes", y en tanto firmas asociadas (la "table") por la retrocesión del 50 % de cada negocio que obtuviera el banco. 18 Comptoir y Cahen también conformaban sendos grupos, el primero con los financistas que participaban en el directorio (algunos de ellos, como Pierre Girod, ligados a la Haute Banque), y el segundo con otras casas privadas, como Heine, de origen alemán, que atraía a otros participantes de esa nacionalidad. Los tres miembros originales integraban el sindicato "contratista", 19 el único que asumía compromisos formales ante el gobierno. Junto a los otros participantes formaban el "sindicato de garantía", que debía tomar los títulos que no pudieran colocarse entre el público. Luego venía la emisión, confiada en este caso al Comptoir y en menor medida a la BPPB. La fuente principal de utilidades estaba dada por la brecha entre el precio de emisión y el convenido con el gobierno. Es evidente que la diversa participación funcional de los banqueros implicaba niveles de "beneficios" diferenciales. Los socios contratistas recibían una comisión predeterminada sobre los títulos atribuidos a cada uno, y lo mismo sucedía con los establecimientos que se ocupaban de la emisión, en tanto que el sindicato de garantía practicaba entre sus miembros una liquidación de beneficios de orden variable, según el éxito final de la operación. 20 El otro grupo, integrado por la Société Générale y el Crédit Industriel et Commercial (CIC), tuvo un perfil algo distinto. El esquema de un banco de negocios asociado con uno de depósitos, que hemos visto funcionar en el grupo anterior y que alguna bibliografía consagra como el único vigente, no se verificaba en este caso. Tampoco participaban casas privadas como la de Cahen. Los dos establecimientos del grupo correspondían al tipo de "banco de depósitos" que, se suponía, debía jugar solo un rol de colaboración o acompañamiento. Cabe recordar, sin embargo, que la SG había sido organizada en sus comienzos de acuerdo a un modelo de "banca mixta", similar al del Crédit Mobilier, que nunca había abandonado del todo. Sus primeras operaciones le habían dejado negocios de participación en diversos países, incluidos los sudamericanos, que hacia 1890 superaban, en términos absolutos, a los del principal banco de negocios, BPPB. 21 Lo más notable en este grupo era la participación del CIC, distinguido en la bibliografía como el exponente más cercano al modelo británico de banca "pura" de depósitos. Carecía por entonces de una red de sucursales en provincia que pudiera tornar significativa su participación en la colocación de los títulos. En rigor, aparecía como una filial de hecho de la SG, varios de cuyos directores y representantes compartía. Este perfil menos autónomo y "comercial" del que se postula, tal vez haya influido en la crisis que soportó el establecimiento a principios de los 90, luego de lo cual habría adoptado un perfil más conforme al de la imagen histórica que perdura. La BPPB, en su condición de chef de file del Sindicato contratista y de su rol en la colocación, percibió 9.2%: Archivo de la Banque Paribas (ABP), Procès-Verbaux du Conseil d'Administration, 27 de septiembre de 1881). Tomo LVI, 2, 1999 La configuración de estos grupos no quedaría completa si no se incorpora una pieza esencial para su funcionamiento: los agentes o intermediarios en Buenos Aires. Su participación era indispensable en las negociaciones previas con los gobiernos, que determinaban las condiciones y donde se jugaba la posibilidad misma de obtener el negocio. La presencia de estos intermediarios se generalizó a partir de la instalación del cable telegráfico con Europa, en 1876, que modificó las técnicas de negociación vigentes. Hasta ese momento, los gobiernos recurrían al envío de un comisionado con plenos poderes a Europa, que negociaba directamente con las diversas casas bancarias de acuerdo a las bases mínimas que se le habían estipulado (y a veces, apartándose ostensiblemente de ellas). 23 Las operaciones con los grupos franceses a comienzos de la década de 1880 fueron las primeras que incluyeron la negociación en Buenos Aires a través de representantes locales de las casas europeas. Una parte de la tramitación continuó realizándose en Europa: la formalización del contrato definitivo o "General Bond", con la participación de un representante (generalmente diplomático) del gobierno. A veces constituyó la oportunidad para introducir modificaciones nada formales en las condiciones, como sucedió con el contrato definitivo del empréstito de Obras de Salubridad y Puerto del Riachuelo, firmado en 1883 por el ministro argentino en París. 24 En dos oportunidades, en 1885 y 1890, la complejidad de las negociaciones y la multiplicidad de los interlocutores llevaron al gobierno a retornar al sistema de un comisionado especial que tratara en Europa con los banqueros. Pero se trató de la renegociación global de varios empréstitos, y por otra parte sus resultados, poco satisfactorios para los intereses del gobierno argentino, indujeron a no repetir la experiencia. 25 23 Ver la correspondencia de los ministros de hacienda con los comisionados, De la Riestra et Varela, a propósito de la negociación en Londres de los empréstitos de 1866-68 y 1871, respectivamente, en Ministerio de Hacienda (Argentina), Memoria, Buenos Aires (1868), anexo B, y Ministerio de Economía (Argentina), Archivo de la Deuda Pública, carpeta 2094 (febrero-junio de 1871). 24 En ese contrato se suprimió la mención de un plazo determinado para llevar a cabo la emisión de los títulos, hecho que debilitó la posición del gobierno más adelante. El ministro, Balcarce, había recibido una participación en el sindicato de garantía al que se habían retrocedido éste y anteriores empréstitos: Archives de la Banque Paribas (ABP), Dossiers divers, 252-4: "Lettres à Morton Rose" (13 y 18 de noviembre de 1882) y 252-2A/5H: "Tableau Général des Participants". 25 En 1885 fue enviado Pellegrini, siguiendo instrucciones del presidente Roca, pero pronto entró en conflicto con el ministro de Hacienda debido a las condiciones del contrato que firmó. Ministerio de Economía (Argentina), Archivo de la Deuda Pública, carpeta 2096, telegramas intercambiados (abril-junio de 1885). En 1890 fue enviado Victorino de la Plaza a negociar con Baring, antes de la caída de esta casa bancaria. Sus acuerdos con Rothschild debieron ser luego modificados. Anuario de Estudios Americanos La representación de los grupos franceses fue asumida por casas pertenecientes al "alto comercio" (como gustaba denominarse, a la francesa) de Buenos Aires. Estas firmas, ligadas por razones de su giro comercial con la plaza de Paris, venían orientandose crecientemente hacia los negocios financieros. De modo similar a lo sucedido con los merchant banks, a partir de la revolución de las comunicaciones que impuso el telégrafo y la navegación a vapor, estas firmas se encontraron con cuantiosos fondos disponibles, por los menores requisitos de stock, que destinaron a operaciones de crédito y negocios de todo tipo. La entrada de nuevos actores, que puso en cuestión su posición predominante en el campo comercial, también contribuyó a ese viraje en favor de los negocios financieros. Las antiguas relaciones de crédito que mantenían con las grandes casas comerciales y bancarias europeas, pudieron ser el punto de partida de su integración en los grupos inversores de los que estamos hablando. 26 Los agentes locales que colaboraron con los dos grupos examinados fueron Bemberg, Heimendahl y Compañía (con el grupo de la BPPB), y Franz Mallmann y Compañía (con el de la SG). Estas antiguas casas comerciales, progresivamente volcadas a las operaciones financieras, disponían de una estructura apropiada para cumplir este papel, por su doble base en Buenos Aires, cerca de las fuentes de los negocios, y en Paris, en contacto directo con los banqueros. El propio fundador de la casa Bemberg, Pedro Otto, se había instalado en París en 1880, dejando en Buenos Aires a su socio Rudolph Heimendahl, secundado por su hijo Otto Sebastián. Por su parte Franz, y luego Emile de Mallmann, operaban simultaneamente entre Buenos Aires, Montevideo y Paris. 27 Ambas casas, a la vez que rivales, conservaron cierta afinidad, puesta de manifiesto en la similitud de sus vinculaciones europeas, que dio lugar a importantes negocios comunes, como en la participación de Heimendahl primero con Bemberg, luego con Mallmann (fines de la década de 1880) y, tras la bancarrota de éste en los años 90, nuevamente con su socio inicial. 28 La sólida posición de estos personajes en el seno de la élite local y entre los círculos financieros de París, se veía reforzada en algunos casos por oportunos enlaces: de Bemberg y Heimendahl con las Ocampo, y de una hija de Pedro Otto con el vástago del banquero Jacques Stern. Este último, integrante de la conducción de la BPPB, tomaría una participación especial en todas las operaciones argentinas del grupo en estos primeros años (ver cuadro 1). 29 Tal vez el exponente más destacado de esta estrategia de vinculaciones sea Ernesto Tornquist. Su compañía apareció en este período vinculada al alto comercio de Amberes, y a destacados intereses industriales y financieros de Alemania (Krupp, Disconto Gesselschaft), patria de origen de varios ancestros de la firma (Bunge, Bornefeld, Altgelt y los mismos Tornquist), mientras que en el ámbito local, además de las vinculaciones familiares con la élite por el costado materno, varios de los abogados de la firma ocuparían el Ministerio de Hacienda de la Nación (J.J.Romero, E.Berduc, J.M.Rosa) y el propio Ernesto Tornquist desempeñaría, en sus últimos años, el cargo de senador. La empresa, responsable de la introducción de los bancos alemanes en las operaciones con el gobierno argentino a mediados de los años 80, se reubicaría una década más tarde como representante de los grupos británicos hegemónicos, y también de ciertos grupos franceses en la esfera de los negocios hipotecarios. 30 Sin alcanzar el mismo relieve, las casas antes mencionadas ejercieron una significativa influencia en el medio local en la década de 1880, reflejada en la participación de Mallmann y de Heimendahl en el directorio del semi-oficial Banco Nacional, y en los contactos de Bemberg y Heimendahl con la flamante administración del presidente Roca en 1880, que permitieron al grupo de la BPPB la obtención de su primer empréstito argentino. Otro aspecto significativo en el funcionamiento de estos grupos franceses, fue la estrecha colaboración que mantuvieron con casas bancarias británicas, a las que confiaron la emisión de una parte o de la totalidad de los títulos. Al principio influyó la inseguridad de poder colocar los títulos argentinos en un mercado hasta entonces ajeno a esta clase de valores. Así 29 Véanse los lazos de parentesco en Ministerio del Interior (Argentina), Archivo General de la Nación, Sucesiones, 4247: Pedro Otto Bemberg (1895), y en Cutolo, Vicente: Nuevo Diccionario Biográfico Argentino, Buenos Aires, 1968. 30 Ver la abundante bibliografía publicada por la misma empresa: Tilmant, Jean: Ernesto Tornquist et Compagnie et le commerce anversoise, Amberes, 1908; Tornquist, Ernesto, y Compañía: Crónica de la casa, Buenos Aires, 1922; Tornquist, Ernesto, y Compañía: Antecedentes de Ernesto Tornquist y Compañía y de sus compañías afiliadas, Buenos Aires, 1932; Institución Tornquist, Ernesto Tornquist, 1842-1942, Buenos Aires, 1942, y más recientemente, los estudios de Sabato, Jorge Federico: La clase dominante en la Argentina moderna. Formación y características, Buenos Aires, 1988. Anuario de Estudios Americanos pues, el grupo de BPPB decidió operar con la angloespañola Cristóbal de Murrieta, que había efectuado en Londres la última emisión de títulos argentinos. A partir de 1882, la crisis redujo a un mínimo la receptividad del mercado de Paris, y entonces la asociación con las firmas británicas implicó asegurar el acceso a la única plaza donde todavía había una demanda significativa de estos valores. Tras asociarse en 1882-83 con la firma angloamericana de Morton Rose, el grupo de BPPB debió recurrir al partenaire más poderoso, Baring Brothers, hasta entonces su principal adversario, mientras el grupo de la Société Générale, hizo lo propio con otra importante casa británica, J.S.Morgan. 31 La segunda mitad de los año 80 asistió a una diversificación de los grupos franceses, como así también, a importantes cambios en su composición. Por una parte, su participación en los empréstitos públicos nacionales se redujo a un mínimo y tornóse más pasiva. El conjunto de los bancos analizados intervino como sección francesa de un consorcio internacional encabezado alternativamente por las grandes firmas británicas y alemanas, en dos empréstitos de conversión cuyos títulos, significativamente, no se colocaron en París. Al mismo tiempo, nuevos rubros atrajeron el grueso de los capitales: empréstitos provinciales, compañías de crédito hipotecario y ferroviarias. Estas últimas constituirían las primeras inversiones "directas" de este origen. El primitivo grupo de la BPPB se fraccionó en dos segmentos. Por una parte, Cahen d'Anvers se constituyó en el eje de un agrupamiento de dimensiones variables, en asociación con Heine, y a veces Comptoir, que tomó diversos empréstitos provinciales. En menor medida también actuó en esta esfera el grupo de SG. La gestión local estuvo a cargo de Bemberg y, en un caso, de Mallmann. La primera firma (ahora conducida directamente por el hijo del fundador, Otto Sebastián), tuvo en estos años un amplio campo de acción. Por una parte, intervino en cinco de los seis empréstitos en cuestión, incluído el de Mendoza, en cuya negociación se interesó el propio general Roca. 32 También colaboró en las operaciones de crédito de un conjunto de bancos franceses y alemanes con el Banco 31 Archives de la Banque Paribas (ABP), Dossiers divers, 252-4/5c, correspondencia con Morton Rose (noviembre de 1882), y 250-17, correspondencia con Hoskier (marzo-abril de 1884). Sobre Morgan, ver también Burk, Kathleen: Per Ardua ad Astra. 32 Mateu, Ana María: "Bancos, créditos y desarrollo vitivinícola", Cuadernos de Historia Regional, 17 /18, Universidad Nacional de Luján, 1995. Por otra parte, obtuvo concesiones ferroviarias (una de las cuales, de Córdoba al Noroeste, colocó en el mercado británico), y es posible que haya acompañado a Cahen en la fuerte participación que esta casa tomó en otra compañía, el Ferrocarril Nordeste Argentino, con sede en Londres. 33 Mallmann tuvo una intervención mucho más modesta como agente de la SG. También representó al mencionado consorcio francoalemán en algunas operaciones con el Banco Nacional y con la municipalidad de Buenos Aires. 34 La BPPB, ahora distanciada de Bemberg, se interesó en un nuevo agrupamiento que tomó a su cargo las primeras inversiones en sociedades anónimas, localizadas en la provincia de Santa Fe. El elemento más activo parece haber sido un conjunto de financistas aglutinados en la Banque Russe et Française (BRF), la Société Française des Etudes et Entreprises (SFEE) y la Compagnie des Constructions Mechaniques de Fives Lille. Esta última compañía, de destacada trayectoria en la construcción de ferrocarriles en el continente europeo, debió lanzarse a la búsqueda de nuevas operaciones en ultramar por la declinación de sus mercados tradicionales. Dada la presencia de los elementos financieros, se orientó hacia la participación en sociedades cuyo equipamiento pudiera controlar. 35 Su implantación en la Argentina, donde creó dos compañías ferroviarias, se vio favorecida por los vínculos comerciales que ya mantenía en el país, como principal proveedor de maquinaria azucarera. El epicentro de su nuevo accionar estuvo en Santa Fe, donde pocos meses antes algunos de sus asociados habían colaborado en el lanzamiento de una compañía de créditos hipotecarios cuyos recursos se iban a obtener en el mercado de París. La participación de BPPB, ausente en esta primera operación, resultó indispensable para la concreción de los proyectos ferroviarios. En estos negocios se advierte particularmente el papel decisivo de los intermediarios locales. En un caso, el del banco hipotecario, de un personaje de la política local, Llambí Campbell, que había dirigido previamente la famosa entidad homóloga de la provincia de Buenos Aires. En el otro, de una firma franco-argentina, Portalis y Compañía, que adquiría con el tiempo una importancia equivalente a Tornquist y Bemberg en la plaza local. Al igual que estas últimas, aunque con una implantación más reciente, desplegaba sus actividades financieras junto a las de exportación e importación, y había obtenido unos años antes la representación de Fives Lille en la Argentina (excepto Tucumán). La crisis de 1890: reorganización y nuevos avances La crisis de 1890 marcó una interrupción en el flujo de las inversiones, y abrió paso asimismo a una profunda reorganización en el seno de los grupos establecidos. En las sociedades auspiciadas por BRF y Fives Lille, la BPPB pasó a asumir un rol más importante. La limitada capacidad financiera de los dos socios iniciadores, que desembocó en la quiebra de la BRF y la salida de Fives Lille del negocio ferroviario, fue su contrapartida. El espacio ganado no implicó que la BPPB asumiera la conducción directa, sino sólo un poder de veto. En el rubro hipotecario, un grupo local asociado al promotor tardaría años en ser desplazado. En la compañía ferroviaria de Santa Fe, la presidencia quedaría en manos de uno de sus antiguos aliados (Ewald) por espacio de un cuarto de siglo. La crisis también produjo estragos entre los representantes locales. La firma de Portalis, que contaba con una comandita de Fives Lille y de la BRF, fue disuelta tras un agrio enfrentamiento con sus socios europeos, aunque se reorganizaría rápidamente con nuevos apoyos externos. La de Mallmann se declaró en quiebra en 1894, como consecuencia de sus intentos frustrados de seguir en la línea previa (la negociación de empréstitos públicos). Ello acarreó su sustitución por Bemberg en los negocios financieros que representaba, y por las casas de Staudt y Bracht en el plano comercial. En mejor posición quedó en cambio Bemberg, que consolidaría en estos años sus intereses industriales, transformando la cervecería Quilmes, que fundara poco antes junto a su pariente Wendelstadt, en la más 36 La equiparación con Bemberg y Tornquist, en Guy, Donna: Argentine Sugar and Politics: Tucuman and the Generation of Eighty, Arizona State University, 1980, cap. III, págs. 97-106. Los hermanos Portalis, llegados de Francia en 1870, descendían de un famoso jurisconsulto y miembro del parlamento de la monarquía de Julio. Mantuvo su posición de agente local en la renegociación de los empréstitos provinciales, e intentó una iniciativa similar respecto de las cédulas hipotecarias de Buenos Aires. 37 La representación local en el caso de los ferrocarriles de Santa Fe, primeramente atribuida a un ingeniero designado por Fives Lille, fue encomendada, a partir de 1893 y a instancias de la BPPB, al empresario Casimir de Bruyn. Este personaje, llegado hacía pocos años de Amberes, se había desempeñado en el comercio de exportación de lanas con una de las casas francesas más poderosas, Wattinne Bossut et Cie. Desde esa posición también obtuvo, en compañía del ingeniero Rómulo Otamendi, la representación del grupo de la BPPB. 38 Durante la década del 90, De Bruyn y Otamendi se vincularon con otra serie de intereses franceses y belgas, que confluirían al cabo de unos años, en la conformación de un nuevo grupo inversor, el de la Banque de l'Union Parisienne (BUP). Se trataba, por una parte, de los empresarios Ernest Bunge y Georges Born, también llegados de Amberes, que pronto adquirieron una posición preponderante en el comercio de exportación de cereales. Hacia 1896, junto a De Bruyn, se incorporaron al comité local de un banco británico, el Anglo Argentine Bank. En dicho banco tenía una fuerte participación Edouard Bunge, el asociado de Bunge y Born en Amberes. El grupo lograría poco después incorporar a la Société Générale Belge (SGB), y en 1898 formalizarían la creación de una compañía de créditos hipotecarios en la Argentina. De Bruyn y Otamendi asumirían a partir de entonces la representación simultánea de dos grupos, pues continuarían ejerciendo la de la BPPB. La Banque de l'Union Parisienne, fundada en 1904 para agrupar, según la versión tradicional consagrada en la bibliografía, a las antiguas casas de la alta banca protestante de París, 39 incluyó como su fuerza más dinámica e influyente a la SGB. No solo su participación accionarial superaba ampliamente la de cualquiera de las otras casas, sino que estas últimas, con una trayectoria que se remontaba al menos a tres o cuatro generaciones, se hallaban ya en la etapa en que su papel pasaba más por administrar el patrimonio adquirido, que por una labor creadora de nuevos negocios. La aparición del grupo de la BUP fue sin duda el hecho más significativo en el segundo ciclo de inversiones, en el cual se asistió a una multiplicación y entrelazamiento de los grupos inversores. Su representación local, a cargo de De Bruyn y Otamendi, era compartida con la BPPB. Su primer presidente, Lucien Villars, había sido previamente subdirector de dicho banco, y por tal motivo formaba parte de la dirección de los ferrocarriles de Santa Fe, que no abandonaría en todo el período. Con una larga trayectoria en España, había viajado a la Argentina después de la crisis de 1890 para contribuir a reorganizar la compañía, y a él se atribuye la propuesta de De Bruyn como el nuevo representante. 40 La expansión de los intereses franceses en la Argentina a partir de 1900 fue notable, y este fenómeno ha tendido a ser asociado con el fuerte crecimiento de los "banques d 'affaires" en el mismo período, que hemos estudiado en la sección anterior. No obtante, no hubo una correlación tan exacta, como se ha querido ver, entre los nuevos "banques d 'affaires" y los nuevos grupos de inversión. De hecho, otro tipo de entidades, algunas no financieras, tuvieron un papel nada desdeñable en este proceso. 41 El grupo de la BPPB continuó, por cierto, siendo el más importante, tanto por los intereses que agrupaba como por los negocios en los que participó. Su fisonomía mantuvo una cierta continuidad con el ciclo anterior, y siguió sustentado primordialmente en torno a los ferrocarriles de Santa Fe. En los empréstitos públicos nacionales participó, junto a los grandes bancos de depósitos, en un consorcio internacional integrado también por los grandes bancos británicos y alemanes, y al que se agregaron en los bancos americanos. 42 La colaboración con la SG, y con Baring sería uno de los pilares de la política de la BPPB a principios de siglo. 43 En el caso de la SG, las relaciones habían asumido un caracter más permanente desde 1905, y a partir de entonces, este banco participaría en los ferrocarriles de Santa Fe y en los otros negocios ferroviarios montados en esta etapa. El grupo operó también junto a Tornquist en una compañía de créditos hipotecarios que tuvo el liderazgo del mercado. El entrelazamiento de los grupos, o cuando menos la comunidad de intereses, fue particularmente visible en el campo ferroviario. Allí el grupo de la BUP protagonizó uno de los proyectos más ambiciosos, el de una red de trocha angosta que cubriría toda la provincia de Buenos Aires. Desde un principio contó con la colaboración de la BPPB y la SG, a cambio de una representación en el directorio. Al cabo de unos años, la SG pasó a tener una actuación preponderante, por su papel en la colocación de las obligaciones, mientras que la presencia de BPPB tendió a apagarse. Lo mismo sucedió con el ferrocarril de Rosario a Puerto Belgrano, tal vez el proyecto más audaz en competencia con las grandes compañías británicas. Su implementación requirió la constelación más abigarrada de inversores franceses en una sociedad anónima. Si bien la BUP no participó, lo hicieron la BPPB, SG, Bénard & Jarislowsky, Dreyfuss, Bemberg, Hersent y Batignolles. El papel principal fue ejercido al principio por Bénard, como presidente de la nueva compañía y coordinador del grupo metropolitano. Este pequeño pero activo banco privado, asociado con Hersent en el proyecto del puerto de Rosario, mantenía una política que lo acercaba al tipo ideal de "banque d 'affaire". Su red de relaciones con Bemberg, Portalis, Dreyfuss y la BPPB le permitiría participar en diversos empréstitos provinciales. Hacia el final del ciclo sería desplazado de la conducción del grupo ferroviario por la SG y la BPPB. 44 La colaboración o "entente cordiale" entre BPPB y BUP sufriría varias fisuras, que se harían primero evidentes en la esfera de los empréstitos públicos nacionales. El fracaso de la BUP en ser admitido en el consorcio internacional de Baring y la BPPB, lo llevó a competir abiertamente. En 1911, tras una serie de empréstitos tomados por ese agrupamiento, la BUP logró desplazarlo en lo que fue el importante empréstito nacional. Al año siguiente la colaboración que los dos bancos franceses mantenían en el plano ferroviario, a través de las compañías de Santa Fe y de Buenos Aires, sufrió un rudo golpe al integrarse el grupo de la BPPB en un holding multinacional, el Argentine Railway Company (ARC), junto a varias com-44 Antecedentes de Bénard en Kurgan-van-Hentenryk, Ginette: "Finance and financiers in Belgium, 1880-1940", en Cassis: La City de Londres..., págs. 317-336, y "La puissance financière française vue par les milieux d 'affaires belges", en Milza, P., et R.Poidevin: La puissance française à la "Belle Epoque". Sobre la conducción del Ferrocarril a Puerto Belgrano, Archives Nationales, Archives d'Entreprises (AN-AE), 103 AQ 412-413, y Archives de la Banque Paribas (ABP), c.261:84, 7. Anuario de Estudios Americanos pañías británicas. Esta decisión, en la que parece haber tenido incidencia la SG, consagró una separación más definida de intereses entre ambos grupos, y desde entonces De Bruyn y Otamendi quedaron solamente con la representación de la BUP. Un grupo nuevo, con un perfil bien distinto a los anteriores, se constituyó en el segundo ciclo alrededor del puerto de Rosario. En éste los intereses dominantes no fueron bancarios o financieros, sino básicamente "industriales". Se trataba del consorcio formado por las empresas Hersent y Schneider para la construcción y explotación de dicho puerto. El grupo contó con el apoyo de varias casas bancarias, como el CIC, pero con funciones bien acotadas. Bénard, el verdadero banquero del consorcio, se ocupó de la "ingeniería financiera", mientras que la constructora Hersent fue la que realmente tomó a su cargo la gestión del negocio. Parte del interés de esta firma iba a ser posteriormente reciclar su estructura en obras nuevas, y con ese objeto el grupo ensayó otras participaciones. En vísperas de la negociación de un nuevo empréstito argentino, el grupo intentó asegurarse pedidos en varios proyectos del gobierno nacional, en una serie de episodios que generaron fricciones diplomáticas de cierta entidad. 45 Con el mismo fin el grupo Hersent aceptó incorporarse al Ferrocarril de Rosario a Puerto Belgrano, y tomó a su cargo la construcción de los muelles que la compañía iba a explotar en ese puerto terminal. Además al grupo le interesaba el tráfico adicional que brindaría al puerto de Rosario ese ferrocarril. De hecho, el mayor nivel de actividad de esta línea se logró, precisamente, en el tramo orientado hacia este puerto. Otros grupos menores y de estructura más inestable quedaron conformados alrededor de los empréstitos. Encontramos frecuentemente asociados a los ya citados Bénard y CM, así como a Dreyfuss y un establecimiento argentino, el Banco Español del Río de la Plata (BERP). Este último, un banco formado por la élite mercantil española de Buenos Aires, colocaba los títulos obtenidos a través de su sucursal en Paris. Por su parte 45 El estudio más importante sobre el grupo Hersent es el de Barjot: "La Grande Entreprise de Travaux Publics...". Sobre Schneider, véase d'Angio, Agnès: "La politique de Travaux Publics de Schneider et Compagnie de 1895 á 1910" (memoria de maestría), Universidad de París IV, 1992. Para el negocio del puerto de Rosario ver los fondos depositados en Archives Nationales, Archives d'Entreprises (AN-AE), 211 AQ 1-5: Société Financière de Rosario, y el capítulo VI de nuestra tesis. Con respecto a las fricciones diplomáticas, véase la correspondencia entre los ministros franceses de Finanzas y de Asuntos Extranjeros en Ministère de l'Economie et des Finances, Archives Economiques et Financières (MEF-AEF), B31.326 (año 1908). Ver también el capítulo VIII de nuestra tesis doctoral: "Marchés financiers...". Tomo LVI, 2, 1999 Dreyfuss, la principal exportadora de granos de la Argentina y tal vez del mundo, desarrollaba sus operaciones financieras con aparente autonomía, asimilable a un banco privado. En ese caracter intervino en uno de los ferrocarriles, donde convergían sus intereses financieros más los del tráfico de granos que se suponía iba a generar. 46 En estos grupos continuaron desempeñando un papel importante los elementos locales, algunos de ellos caracterizados miembros de la élite local. En el Ferrocarril de Rosario a Puerto Belgrano intervino como concesionario inicial Diego de Alvear, gran propietario rural y una de las personalidades de la época, y luego Bemberg, que se ocupó de reunir a los diversas firmas europeas que conformaron el agrupamiento definitivo. En este negocio se puso en juego, asimismo, la participación de personajes de la élite local. El ingeniero Bustos Morón, también fuerte propietario de tierras, que como subsecretario de Obras Públicas de la Nación intervino en la aprobación de los presupuestos y materiales del puerto del Rosario, tuvo una peculiar relación con el grupo contratista y luego, al constituirse el Ferrocarril a Puerto Belgrano, fue designado al frente del comité local en Argentina. Por lo que queda dicho, en este ciclo actuaron algunos de los intermediarios locales que lo habían hecho en el ciclo anterior. Otto Bemberg, antes y después de intervenir en este agrupamiento antes citado, tuvo un papel aún más destacado en otro negocio ferroviario de la provincia de Buenos Aires, la construcción de una línea para el estado provincial. Su relación con el gobierno bonaerense databa de sus gestiones para el arreglo de las cédulas hipotecarias. Otro de los que reaparecieron fue Portalis, que operó como agente local en dos importantes empréstitos de las provincias de Buenos Aires y Santa Fe contratados en 1910 por BPPB, aunque no como asociado de ese banco sino del otro miembro contratista, Bénard, con el que anudó una amistad personal. También participó junto al Crédit Mobilier en otros dos empréstitos de Buenos Aires, y junto al Banco Francés del Río de la Plata, entidad de la colonia local, en un empréstito de Corrientes. En ambos casos se trató de emisiones conjuntas con un "merchant banker" británico, Erlanger & Co., con el que Portalis se había ligado estrechamente. Con su apoyo, Portalis había participado en nuevas áreas de inversión: la de los ingenios azucareros, en sociedad con el empresario francés Hileret, y la de las explotaciones forestales de Santa Fe y el Chaco, donde constribuyó a constituir a principios del siglo el "trust" La Forestal. 47 En los años previos a la Primera Guerra Mundial Portalis acompañó a Erlanger en el lanzamiento de varias empresas argentinas en el mercado británico (Argentine Tobacco, Gath y Chaves). Tambien participó junto a otros financieros locales (Bemberg y Tornquist) en la reorganización de una gran empresa industrial (Cristalerías Rigolleau). Hacia el final del ciclo, la propia firma de Portalis fue reorganizada como sociedad anónima, y así se consolidaron las participaciones de sus socios locales y europeos: Bénard, Erlanger, Bracht, étc. Uno de los nuevos intermediarios financiero de este período fue Theodore Bracht y Cía, firma argentino-belga de origen alemán. Operaba desde hacía mucho en la plaza, en el rubro de la exportación de lanas al mercado de Amberes. Además de sus vinculaciones con Portalis, que implicaron la participación en varias inversiones conjuntas (sobre todo compañías de tierras) también se vinculó por alianzas matrimoniales con Bunge y Born, hacia el final de este ciclo. En el empréstito nacional de 1911 actuó junto a De Bruyn en la representación del consortium tomador, probablemente por los intereses belgas que acompañaron a la BUP. La evolución de los grupos franceses y del cuadro de sus intereses en la Argentina, tal como ha sido delineada en este capítulo, sugiere algunas observaciones finales que consideramos importante destacar. En primer lugar, la existencia de un sesgo diferencial con respecto a los grupos de origen británico, por el papel más destacado de las entidades bancarias. Este rasgo se ha podido relacionar con las diferencias observadas en los respec-tivos mercados financieros, que en el caso francés se reflejaban en su caracter marcadamente centralizado en torno a los grandes bancos. La presencia de dichas entidades, excluyente en los primeros grupos, por la propia naturaleza de sus operaciones (los empréstitos argentinos de comienzos de la década de 1880), continuó siendo dominante cuando a fines de la década se plantearon otro tipo de negocios, los ferroviarios. En los grupos que operaron en negocios ferroviarios, y posteriormente portuarios, se ha podido observar, asimismo, el papel nada desdeñable de empresas industriales y de obras públicas, algo que tampoco era habitual en los grupos de origen británico. Pero en estos casos, como en los anteriores, es perceptible una lógica que no pasaba necesariamente por la rentabilidad intrínseca los negocios, sino que parece más bien haberlos trascendido, y que se puede vincular con las ventajas "externas" que los mismos debían proporcionar. En lo que concierne a las empresas industriales y de obras públicas, su participación les iba a permitir obtener un mercado "cautivo" o bajo condiciones especiales, con una rentabilidad sin duda diferencial con respecto a la que les dejaban sus operaciones ordinarias. Lo mismo puede decirse del otro tipo de actores. Para los bancos, los negocios no estaban planteados en función de la rentabilidad de los fondos en ellos invertidos, sino de la que les iba a procurar su posición de proveedores de ciertos "servicios" financieros. En todos los casos, los fondos debían provenir principalmente del público ahorrista y no de los miembros del grupo inversor. Entonces lo que más interesaba era la posibilidad de colocar los títulos en condiciones tales de asegurar una comisión elevada para sus emisores y, si la empresa tenía éxito, captar otra porción de beneficios en su condición de accionistas. Este tipo de intervención parece descartar "a priori" cualquier tipo de interés sobre el contenido del negocio que hiciera pensar en una estrategia de inversión derivada del mismo. No creemos que haya que ir tan lejos. La elección del contenido no estaba totalmente librada al azar, ni dejada a la exclusiva voluntad de los actores. Por una parte, se hallaba acotada a aquellos rubros que los mercados metropolitanos estaban dispuestos a aceptar, en países y en rubros capaces de alimentar expectativas favorables del público. Pero sobre todo la elección del contenido estaba acotada por las condiciones locales: aquello que era viable en la Argentina, y que podía generar una rentabilidad suficientemente atractiva como para sostener la intervención de los grupos inversores: no, por ejemplo, en las explotaciones rurales, donde los empresarios nativos se desenvolvían con una solven-cia y un conocimiento de la situación que los tornaba imbatibles, sino allí donde ese capital local era insuficiente o incapaz de concurrir, sin el respaldo de un mercado de ahorradores como el europeo. Tales condiciones eran especialmente propicias en el sector de obras de infraestructura (ferrocarriles, puertos), y en los mercados del dinero: de ahí su participación en la creación de establecimientos de crédito (hipotecas, comercio exterior) y en la provisión de fondos para un tomador insaciable en el escenario local: el Estado. La secuencia recorrida por los grupos inversores en su implantación específica en los diferentes negocios, así como la configuración de intereses que fueron adquiriendo, dependió sobre todo de las oportunidades emanadas de una bullente realidad local, donde interactuaban las necesidades del crecimiento económico, las políticas implementadas desde el Estado en el nivel nacional y provincial, y el propio juego entre los intereses locales y los otros grupos extranjeros ya establecidos. Este último aspecto, de notable significación en un proceso en el que los capitales franceses no eran ciertamente los primeros en llegar, se puede correlacionar con el importante papel que en la gestación de las inversiones tuvieron los intermediarios y agentes locales. La presencia de estos elementos, por las estrechas vinculaciones que permiten adscribirlos a las élites, y el propio peso que adquirieron en el medio financiero local, se diferencia notoriamente de lo observado en el caso de las inversiones británicas. Su importancia no cedería aún en el segundo ciclo de inversiones, dándoles a estos grupos ese matiz tan particular, que resultó funcional para los proyectos de diversificación de las fuentes externas de financiación por parte de las élites locales, en un momento en que sus relaciones con los grupos británicos distaban de ser armoniosas.
actual provincia argentina del Chubut, se convirtió a comienzos del presente siglo, y con motivo del descubrimiento en la zona de importantes yacimientos de petróleo, en un destacado foco de atracción de inmigración. A través del análisis de YPF, la empresa más influyente de la zona, observamos la importancia jugada por la colectividad española en este proceso, así como su carácter de inmigración no especializada tendente a ocupar los empleos menos reconocidos en la empresa. El interés de la historiografía peninsular, e incluso de la argentina, por el proceso migratorio español hacia aquella república sudamericana se ha concentrado desde siempre y casi exclusivamente en el marco de la provincia de Buenos Aires; pero, aun no negando el peso importantísimo de esta región en el contexto general argentino, es evidente que tal situación genera una serie de interrogantes difíciles de resolver si no es merced al desarrollo de las monografías regionales. Si este estado de la cuestión es, desde luego, perjudicial para un mejor conocimiento de un proceso de la importancia del que estamos hablando, en el caso concreto de la amplia región patagónica las circunstancias no difieren de la tónica general o incluso se agravan, 2 posiblemente debido al poco peso de su población con respecto al total de Argentina y también, por qué no decirlo, a su carácter un tanto marginal en el panorama general de aquella república. Nuestro objetivo en este presente artículo es tratar de "romper el hielo", adentrándonos en la averiguación del papel jugado por los inmigrantes españoles en los trabajos de extracción de petróleo en los yacimientos petrolíferos de Comodoro Rivadavia, a lo largo del primer tercio del siglo XX; unos yacimientos que se convirtieron, una vez descubiertos, en el fundamental motor económico de una zona hasta el momento deprimida. La ciudad de Comodoro Rivadavia, actualmente la segunda entidad poblacional de la Patagonia argentina, ha sido durante aproximadamente la primera mitad del presente siglo lugar de destino de un destacado flujo migratorio de procedencia española, cuya trascendencia en el complejo panorama interétnico de la localidad ha sido y sigue siendo, desde luego, muy importante. La colectividad española representó, sobre todo en el primer tercio de esa centuria, un grupo humano de dimensiones considerables y que contribuyó de forma significativa al progreso de aquellas tierras con su trabajo, tanto en las instalaciones petrolíferas de la zona como en el sector servicios. Enclavada en la provincia del Chubut (ver mapas), al fondo del golfo de San Jorge, 3 fue fundada por decreto del gobierno argentino en el año 1901 con el objetivo de dar salida a la producción agrícola de la colonia Sarmiento. Este primer núcleo poblacional de pocas pretensiones recibirá dos años más tarde el impulso de la inmigración bóer, procedente de Sudáfrica, dirigida por Conrado Johanes Neethile Visser y con el decidido apoyo de Buenos Aires, que veía en ello la adquisición de un grupo humano altamente especializado en la ganadería que podía dominar un paisaje tan hostil, 4 todo esto encuadrado en el marco de su política de poblamiento de la desértica región patagónica. Sin duda alguna, la terrible aridez de la zona 5 no doblegó a los colonizadores, aunque conscientes de las dificultades que ello implicaba pidieron insistentemente al gobierno prospecciones con el fin 3 El Chubut está limitado al norte por el paralelo 42, que lo separa del territorio de Río Negro, al este por el Océano Atlántico, al sur por el paralelo 46, que lo divide de la provincia de Santa Cruz, y al oeste por la línea de altas cumbres de los Andes, que lo separan de Chile. Ver Martínez, M.: La Patagonia Central. Descripción física y política de la gobernación del Chubut. 5 Se podría dividir la región patagónica en dos grandes zonas: una montañosa al oeste, ocupada por los Andes y sus ramificaciones y otra al este, que iría desde la precordillera hasta el mar y que es parte de la meseta o altiplanicie patagónica. En esta zona, semiárida, arenosa, pedregosa y con raquítica vegetación, es donde estaría enclavada la ciudad de Comodoro. En Martínez: La Patagonia Central..., pág. 14. Anuario de Estudios Americanos de saciar la importante demanda de agua en aquellas tierras, una petición que será finalmente atendida por la administración y que cambiará para siempre la vida en la Patagonia. Efectivamente, cuando el técnico Humberto Beghín comienza, en julio de 1907, a perforar un pozo para saciar aquellas necesidades de agua, no se podía imaginar el drástico cambio que aquella acción provocaría en el entorno, pues en diciembre de ese mismo año del pozo manará petróleo, iniciándose así un proceso irreversible, cuya primera consecuencia será el decreto del presidente Figueroa Alcorta prohibiendo las posesiones mineras privadas en un amplio radio. 6 Indudablemente, las actividades ligadas a la extracción de petróleo no sólo supondrán la transformación de aquel paraíso para los naturalistas, del que ya había disfrutado el propio Charles Darwin durante su viaje en el "Beagle" ochenta años antes; 7 también suponía un crecimiento demográfico ciertamente importante en toda la Patagonia. Hasta esa fecha Comodoro era un poblado de unas trescientas casas pequeñas y cabañas con una escuela para cuarenta alumnos y unos ochocientos habitantes, 8 es decir, un pequeño lunar en el desierto demográfico patagónico; diez años más tarde, en 1917, la población contaba ya con 3.232 habitantes, 9 un crecimiento que ya configuraba las particularidades del desarrollo urbano de la localidad, caracterizado por la creación de diferentes núcleos poblacionales separados del primitivo emplazamiento y derivado de las áreas de influencia, mayores o menores según el caso, generadas por las diferentes compañías petrolíferas asentadas en la zona. 10 En cuanto a ese crecimiento demográfico, algo se podría decir también del resto de la región: en el censo nacional de 1895, unos doce años antes del descubrimiento del petróleo, la Patagonia en su conjunto contaba con tan sólo 24.041 habitantes, el 0'73% del total de Argentina; y de ellos solamente 3.748 vivían en el Chubut; 11 veinte años 6 Casamiquela, R. M. y otros: Patagonia y Antártida Argentina. 9 Datos proporcionados por el diario La Protesta (5 de octubre de 1915) y que nosotros recogimos de la tesis doctoral inédita de la profesora Susana Torres, dirigida por el doctor Sam Baily en la Rutgers University de New Yersey y titulada Two oil company towns in Patagonia: European inmigrants, class and ethnicity (1907-1933), pág. 47. 10 Tal circunstancia queda plenamente manifestada en la distribución de la población comodorense en 1915, según las estimaciones del diario La Protesta. Según éstas, se podría hablar de cinco zonas claramente diferenciadas, de las cuales hay dos que destacan por su aportación; por un lado, el primitivo núcleo poblacional, con 1.300 habitantes y, por otro, el barrio de la Compañía Nacional (Km.3) con 1.562. Junto a ellos aparecen el barrio de Astra con 100, el de la Compañía Argentina del Petróleo (Km.8) con 120 y el de la Compañía del Ferrocarril (Km.5) con 150. 11 Cignetti, A.M.: La inmigración española a la Patagonia. Anuario de Estudios Americanos después, en el censo de 1914, aparecen en esa provincia 23.065 habitantes, pasando a ser en 1920, 30.118 y ya 110.754 en el censo de 1947.12 Los resultados numéricos pueden parecer a primera vista cortos, pero debemos tener en cuenta, por un lado, los bajos niveles poblacionales de los que partimos y, por otro, la tremenda dificultad que supone el poblamiento de una región como la patagónica. Parece imposible entender este crecimiento demográfico sin tener en cuenta la atracción que debió suponer el nuevo enclave para una importante masa migratoria, que vendría a cubrir la necesaria mano de obra en una región hasta la fecha completamente carente de ella y en la que el elemento extranjero, como no podía ser de otra manera en Argentina, jugó un importante papel, como queda de manifiesto en los distintos censos nacionales. 15 Nuestro objetivo pues, como ya hemos comentado, es el de abordar con mayor profundidad el conocimiento de esa inmigración española a Comodoro a lo largo del primer tercio del siglo XX, y más concretamente su peso en el sector más dinámico del panorama económico comodorense: el de la extracción del petróleo. Para tal fin nos hemos concentrado en el análisis de la empresa más importante de la región, que no es otra que la estatal YPF. La historia de esta compañía comienza tres años después del hallazgo de Beghín, es decir en 1910, cuando el gobierno argentino decide crear la Dirección General de Explotación del Petróleo, que empezará a desarrollar una labor tendente a hacer factible la extracción del crudo, creando las infraestructuras y acopiando el material y personal especializado necesario para llevarla adelante. De todos modos, las dificultades de financiación y los cambios de rumbo en la política llevada a cabo por la administración harán languidecer durante toda la década de los'10 las expectativas depositadas en el yacimiento, lo que se traducirá en unos muy bajos niveles de producción. 16 No será pues hasta su refundación con el definitivo nombre de Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF) en 1922, y bajo la eficaz dirección del general Enrique Mosconi, cuando las instalaciones reciban el espaldarazo definitivo, sufriendo un importante proceso de reorganización que las transformarán en una empresa capaz de competir con éxito en el mercado interior, convirtiéndose de este modo en un modelo a seguir por otros países de Iberoamérica. 17 Nuestro trabajo se fundamenta en el vaciado sistemático de todas las hojas de personal de YPF 18 a lo largo del período acotado (1915-1933), es decir, prácticamente desde su fundación 19 y durante sus años dorados en la década de los'20. Son exactamente 8.283 las fichas consultadas y la información que se puede extraer de ellas es ciertamente rica, ya que nos presenta el historial laboral del sujeto a lo largo de su estancia en la empresa; sin embargo, la que a nosotros nos interesa para un estudio de estas características es, por un lado, la nacionalidad del trabajador y, por otro, su estado civil en el momento del ingreso. Por supuesto, en el caso de los españoles hemos querido afinar un poco más, analizando también la profesión con la que empiezan a trabajar en YPF, así como su duración en la empresa; por último, una mínima parte de las fichas referentes al grupo de españoles nos ofrece la región peninsular de procedencia, aunque esta información -como veremos-debe ser tomada con muchas reticencias, debido fundamentalmente a su poca representatividad. Nacionalidad de los trabajadores Comenzaremos por el estudio del peso español en el conjunto del sector laboral petrolífero, comparándolo con el aporte de otras nacionalidades e incluso con el propio argentino. A grandes rasgos, y si dividiésemos en dos grandes grupos la procedencia de la masa trabajadora en el período 16 Márquez, D.: "Hacia la definición de un modelo de bienestar: estados, trabajadores y políticas socio-laborales en los Yacimientos Petrolíferos Fiscales de Comodoro Rivadavia (1915-1939)", en Márquez, D. y Palma, M.: Distinguir y comprender. 19 Lamentablemente las hojas de personal de los primeros años de la empresa no se conservan. Anuario de Estudios Americanos analizado, por un lado los argentinos y por otro los extranjeros, observaríamos cómo el peso del elemento no nacional es abrumador. El porcentaje de trabajadores no argentinos supera pues con creces al de aquéllos, y eso a pesar de la política de "argentinización" llevada a cabo por la dirección de la empresa, sobre todo a finales del período, atrayendo al enclave a un importante contingente de operarios procedentes de las provincias del noroeste del país (Jujuy, Salta, Catamarca, La Rioja...), y cuyo objetivo era lograr formar una masa trabajadora a priori mucho más dócil a sus exigencias que lo que podía ser la extranjera. 21 De todas maneras, y teniendo en cuenta los datos censales anteriormente barajados, la importancia de este sector no nativo aumenta si consideramos que el porcentaje más alto que aquellos recuentos otorgan a los extranjeros para toda la provincia del Chubut es de un 45'9% del total de la población. Y es que resulta imposible hablar del mercado de trabajo argentino anterior a 1930 sin tener en cuenta la inmigración extranjera, sin cuyo aporte habría sido imposible entender el crecimiento económico alcanzado en el país por aquellas fechas. 22 Parece pues evidente la atracción que supusieron para este elemento no argentino las nuevas condiciones abiertas tras el descubrimiento de los yacimientos petrolíferos; un sector laboral que, agrupado por continentes de origen, da una clara preponderancia al elemento europeo, que alcanza el 94'7% del total de trabajadores no argentinos. Si hay algo a destacar de la población comodorense actual es su absoluta heterogeneidad, que se traduce en un sinfín de asociaciones que agrupan a cada una de las colectividades que han contribuido al rápido crecimiento de la ciudad, así como a un florecimiento económico hoy en día transformado en inquietante crisis una vez cuestionado, por no decir perdido, su estatus de "capital argentina del petróleo". Indudablemente, tal característica deriva de ser durante 20 El grado de protección a esta nueva mano de obra fue tal que en los informes de la empresa se insta a conservarlos en su puesto pese "a su manifiesta mala voluntad para el trabajo y su escaso rendimiento". Parece evidente que tal inoperancia era preferible a las incursiones sindicalistas del elemento extranjero; ver Márquez, D.: "Conflicto e intervención estatal en los orígenes de la actividad petrolera: Comodoro Rivadavia (1915-1930) (1915-1933) Tomo LVI, 2, 1999 el primer tercio del presente siglo polo de atracción de una ingente mano de obra procedente, fundamentalmente, de Europa y que es un capítulo más, si se quiere secundario pero sin duda interesante, de ese importante movimiento migratorio que protagonizaron los habitantes del viejo continente, que -como afirma Cipolla-es posiblemente el más importante de toda la historia de la humanidad. 23 Es evidente que el peso europeo en el caso que nos ocupa resulta aplastante, como no podía ser menos, pero conviene acercarnos un poco más al estudio de ese importante grupo mediante la exposición de los países que participan en él:24 Total Hay cuatro nacionalidades que destacan claramente, sumando entre ellas un 66'1% del total: España, Portugal, Bulgaria e Italia, países con acreditado peso en el movimiento migratorio europeo. A juzgar por los datos obtenidos, parece claro que es la Europa mediterránea la principal suministradora de operarios a YPF, lo cual no es, ni mucho menos, sorprendente; la inclusión en este grupo de tres países con una importante tradición migratoria, como es el caso de Italia, España y Portugal,26 aúpan a este grupo a ese lugar tan claramente dominante. Le siguen en importancia los "eslavos" -con todas las reticencias que se le quieran poner al término-, que procedían de unos territorios que habían sufrido directamente los envites de la Gran Guerra y las posteriores reestructuraciones fronterizas, causas muy a tener en cuenta a la hora de explicar la marcha de sus países de origen. Éste será un sector de trabajadores que gozará de la desconfianza de la dirección de la empresa por su supuesta adhesión a idearios revolucionarios, por lo que su peso se hará menor a medida que nos acerquemos a finales del período.27 Ya con una importancia inferior a los dos anteriores grupos aparecen los integrantes de la Europa central (fundamentalmente alemanes, checoslovacos y austríacos) y los de la Europa atlántica, cuya presencia es meramente testimonial cuantitativamente hablando, aunque no cualitativamente, pues se trata en buena parte de casos de migración especializada, fundamentalmente ingenieros. En cuanto a los inmigrantes procedentes del propio continente americano, son los naturales de los países vecinos a Argentina los que destacan claramente, sobre todo los chilenos, que suponen el 71'4% de los 227 trabajadores procedentes de ese continente. Se trata de una inmigración no cualificada, que ya presagiaba el peso mayor que gozará en épocas más recientes y prácticamente hasta la actualidad; sin duda alguna, estamos hablando de la más desplazada y despreciada de todas las colectividades existentes en Comodoro. 28 Comparándola con la inmigración americana, no digamos ya con la europea, la aportación asiática es cuanto menos discreta, un 1'2% del total con 70 fichas. De este sector de inmigrantes tan sólo diremos que proceden en su gran mayoría del Oriente Medio. 29 Por último, comentaremos que los trece africanos aparecidos en la documentación, y que constituyen un raquítico 0'2%, proceden todos del mismo país: Sudáfrica; es decir, son miembros de la importante colonia bóer de la región. No olvidemos que en un primer momento y antes del comienzo del "furor petrolífero", la provincia del Chubut se caracterizaba fundamentalmente por las grandes haciendas regentadas por estos individuos, exiliados tras los conflictos bélicos acaecidos en aquella colonia británica, y que pese a su integración sin grandes problemas en el nuevo país, guardaron celosamente sus costumbres y su lengua, así como los ritos religiosos de la Iglesia Reformada de Holanda.30 Los españoles en YPF: estado civil, profesión, duración en el empleo y procedencias Como parece quedar de manifiesto en el apartado anterior, es la española la colectividad más importante de todas las reflejadas en los libros de personal de YPF. De todos es sabido que la migración española al continente americano ha sido, desde el descubrimiento, muy intensa: si hacemos caso de las estimaciones llevadas adelante por los estudiosos de la materia en la actualidad, podríamos aseverar que más de cinco millones de españoles cruzaron el océano Atlántico en dirección al Nuevo Mundo durante los últimos cinco siglos y que las tres cuartas partes de ellos corresponden al período 31 en el que el papel desarrollado por la República Argentina fue de gran relevancia. Pensemos, por ejemplo, que entre 1857 y 1938, y si tenemos en cuenta las clásicas estimaciones de Reinhard, alrededor de dos millones de españoles elegirán como destino para hacer fortuna este país. 32 Pero podríamos afinar aún más, merced a la información aportada por la tesis inédita de Chávez Galindo, basándose en las fuentes del Instituto Nacional de Estadística y del Ministerio de Trabajo, 33 por la que sabemos que en el período que va desde 1909 hasta 1933, prácticamente el que nosotros hemos abordado en este trabajo, Argentina será el país que reciba el mayor número de emigrantes españoles, concretamente 1.035.763. A partir de ese momento las circunstancias bélicas, primero la guerra civil española y después la segunda guerra mundial, así como el cambio de las circunstancias económicas en América, irán restando fuerza a un proceso que ya no se recuperará. 34 Se ha comentado generalmente que la diferencia fundamental entre la emigración de los países europeos industrializados y la española redundaba en que aquélla se basaba en garantías acordadas entre estados, lo que propiciaba una emigración familiar y, por ende, el proyecto de una instalación definitiva en el nuevo país. Por el contrario los españoles, al igual que por ejemplo los portugueses, no contaban con el apoyo estatal, lo que forzaba los embarques clandestinos y las salidas individuales que, a su vez, derivaban en el tantas veces mencionado mito del retorno. 35 Sin embargo, y sin meternos a juzgar esta afirmación, que como todas las generalizaciones son criticables, lo cierto es que los estudios que se han realizado en los últimos años demuestran que la proporción entre hombres y mujeres varía de acuerdo con el país que se trate; por ejemplo, es menor en Argentina o Brasil de lo que sería en Cuba. Hablando precisamente de Argentina, y apoyándonos en Yáñez Gallardo, sabemos que a medida que nos adentramos en el presente siglo la proporción de hombres por mujeres baja; así, si durante todo el siglo XIX estaba en 3'4 hombres por cada mujer, entre 32 Reinhard, M., Armengaud, M. y Dupaquier, J.: Histoire genérale de la population mondiale, París, 1968, pág. 401. 33 Los datos que a continuación exponemos los recoge el profesor Santos en una obra de reciente publicación; de todas formas, hay que indicar que al ser datos oficiales no se cuenta con la importante emigración clandestina, por lo que, a nuestro entender, hay que considerar que esos resultados obtenidos pecan en sus estimaciones por defecto. 34 A similares conclusiones llega también el profesor Yáñez Gallardo, advirtiendo que los niveles más altos en cuanto a intensidad se alcanzan entre 1905 y 1914, así como desde 1925 en adelante se aprecia una tendencia claramente descendente, fruto de la depresión económica internacional. 36 La idea de un peso importante de la emigración familiar a la Argentina no sólo la ofrecen los historiadores, sino que también queda reflejada en la documentación oficial española; el Consejo Superior de Emigración decía en 1923 lo siguiente: "La emigración a la República Argentina se halla en gran parte formada por familias que emigran desde luego con fines de colonización, o son llamadas por el jefe cuando ha conseguido una situación estable; (...) De este carácter singular de nuestra emigración a la Argentina se deriva el hecho de que en ella la proporción del número de mujeres sea muy elevada, casi el sesenta por cien del de hombres..." 37 Por otro lado, el censo argentino de 1914 nos ofrece también otro dato a tener en cuenta, 38 ya que en él se refleja un importante número de españoles casados: efectivamente, de los 464.123 peninsulares registrados por la administración argentina, hay 220.768 de este estado, un 47'6%, frente a 228.932 solteros (49'3%), 39 es decir, casi se podría hablar de un empate técnico entre los inmigrantes españoles de estos dos estados si a los casados añadimos los porcentajes de los viudos. Tal circunstancia no debe resultarnos nada extraño, pues al grupo de peninsulares que hubiesen arribado a la república sudamericana con sus mujeres, o que más tarde las hubieran hecho venir, hay que sumar el otro grupo que accede al matrimonio en el país de destino, ya sea con mujeres de la misma procedencia, ya sea con argentinas o con miembros de otras colectividades. 40 Estos argumentos pueden explicar los resultados obtenidos en la documentación de YPF, donde el porcentaje de operarios españoles que entran a trabajar en la empresa y están casados es ciertamente importante, 41 un 44% (650), frente a un 54% de solteros (806), un 1'3% de viudos y sólo un divorciado. Además de todo lo dicho, no debemos olvidar la importancia que para el grupo de casados debió tener el hecho de que el proceso migratorio hacia 36 Yáñez: La emigración española..., pág. 160. 38 Silva: Inmigración y estadísticas..., pág. 30. 40 Parece colegirse de las investigaciones centradas en estos comportamientos que hay unos importantes porcentajes de endogamia en el caso de la migración española a la Argentina, aunque bien es cierto que a medida que nos acercamos en el tiempo los matrimonios entre españoles y mujeres de otras nacionalidades van resultando más frecuentes. Ver Sánchez: La inmigración española..., pág. 28. 41 De las 1.515 fichas consultadas hay 38 sin ninguna información al respecto, lo que supone un porcentaje de ocultación de tan sólo el 2'5 %. Anuario de Estudios Americanos Comodoro se realizara masivamente desde Buenos Aires, un caso evidente de proceso migratorio escalonado, lo que podría implicar un mayor grado de asentamiento -es decir, formación de familias o bien atracción de la familia peninsular-del que tendría lugar si la localidad fuera el puerto de destino sin escalas del inmigrante. De todas formas, y a pesar de esa importancia de los españoles casados, lo cierto es que son los solteros los dominadores del panorama laboral comodorense, aunque con unos porcentajes sensiblemente inferiores a los observados en el resto de trabajadores no argentinos de las instalaciones: 42 Ciertamente en este sector laboral el grupo de solteros aumenta significativamente su importancia aunque, de todas maneras, las diferencias no deben sorprendernos, ya que en esta generalización quedan escondidos los casos particulares de cada una de las nacionalidades incluidas en él y que, lógicamente, se acercarán en algunos casos y se alejarán en otros de los resultados obtenidos para los españoles; aun así parece esencial subrayar las diferencias entre el grupo de españoles y los demás trabajadores de los yacimientos. Sin embargo, no debemos caer en la trampa de olvidar otra circunstancia muy a tener en cuenta, ya que bien pudiera suceder que un número importante de estos casados procediesen de otras empresas de la zona, es decir, que ya se hubiesen asentado años atrás en Comodoro, configurando allí sus familias. A tal efecto conviene no olvidar que a comienzos de 1926 en Astra, importante empresa privada de la zona, los españoles ocupaban el segundo lugar en importancia numérica con un 22'1% del total. 43 42 En el caso de los trabajadores no españoles aparecen 145 partidas no válidas, es decir, un porcentaje de ocultación del 3'3%. 43 Así lo asevera la profesora Torres tras el vaciado del libro de registro de obreros de aquella empresa, de la que se colige una preponderancia de los trabajadores alemanes con 178 integrantes, el 32'3% del total, seguidos por los españoles con 122 y el 22'1% y ya más alejados los trabajadores búlgaros (8'7%) y portugueses (4'9%). Es este el sector en el que más importancia cobra el grupo de solteros, casi un 80% del total de argentinos que acceden a YPF lo hacen sin haber contraído matrimonio. Varias son las razones que pueden justificar estos resultados: por un lado, es innegable que el masivo acopio de trabajadores nacionales llevado adelante, como ya señalamos, por la dirección de la empresa en las regiones noroccidentales del país tendría mucho que ver con estos resultados; evidentemente, a la dirección le interesaba la adquisición de trabajadores jóvenes, fuertes y con el menor arraigo posible en su lugar de origen; además la carencia de una estructura familiar podía hacerlos mucho más dóciles a sus mandatos en las tierras patagónicas. Por otro lado, y al contrario de lo que sucedía con la gran mayoría de trabajadores extranjeros, los argentinos sí que podían desarrollar un proceso migratorio directo a las factorías comodorenses, lo que significaría una supremacía del grupo de solteros, al menos durante la primera etapa de este movimiento. Para complementar y completar en mayor medida este estudio, se hace imprescindible un análisis por tramos de edades de los diferentes grupos de trabajadores que operaban en los campos de Comodoro y sus inmediaciones. Comencemos por los extranjeros no españoles: Con los datos en la mano, se podría decir que el inmigrante extranjero no español tipo que viene a trabajar por estas fechas a las instalaciones petrolíferas comodorenses de YPF es un hombre soltero y de entre 21 y 30 años; de hecho este tramo de edad supone el 53'2% del total (y dentro de él, el 55,3% corresponde a operarios de entre 26 y 30 años). Domina claramente el sector de solteros, con un porcentaje del 72'8%, así que podríamos aseverar que el grupo de trabajadores extranjeros y no españoles es un sector laboral que accede al trabajo en su etapa "más productiva" y sin haber constituido por el momento una familia. A partir de los 31 años observamos una caída muy importante del grupo de solteros que, poco a poco, va cediendo su hegemonía a los casados cuanto más avanzamos en edad; de todas formas esta superioridad de los casados desde los 36 años no quiere decir que éstos no estén perdiendo efectivos, sino que lo hacen de una manera más gradual que lo que sucede en el grupo de solteros, que numéricamente caen en picado. Por su parte, los trabajadores argentinos se distribuyen de la siguiente manera: Como sucedía ya en el anterior grupo, es el tramo de edad 21-30 el dominador del panorama con un 65'8% del total, porcentaje más elevado que en el grupo de extranjeros no españoles; además, en este caso observamos como son los cinco primeros años de ese tramo los clarísimamente dominantes con un 64'8% del mismo. Por tanto, si bien a grandes rasgos no hay una variación en cuanto a las edades preferentes a la hora de entrar en la empresa, lo cierto es que contemplamos un sector laboral sensiblemente EMIGRACIÓN ESPAÑOLA A LA PROVINCIA DEL CHUBUT (1915-1933) más joven que en el anterior caso analizado. De igual modo se observa claramente una brusca bajada numérica de los solteros a partir de los 31 años, aunque siguen dominando el panorama hasta los 41, eso sí, con cifras más bien discretas dado el menor peso del grupo de casados en este sector laboral; las razones de estos resultados ya han sido esgrimidas con anterioridad. El grupo de trabajadores de origen español presenta unos comportamientos ligeramente diferentes como podemos contemplar en la siguiente tabla: A juzgar por los resultados cosechados, hay que afirmar que en el caso del sector laboral español es necesario abrir un poco más de lo que lo habíamos hecho con el resto de trabajadores el abanico de edades preferentes a la hora de acceder al trabajo en las instalaciones: parece que los años propicios para entrar en YPF irían de los 16 a los 30 años, tramo que supone el 56'7% del total. De ellos, los trabajadores de entre 26 a 30 años son los más abundantes, así como los solteros, que constituyen el 74'6% del total en estas edades. Sin embargo, ya en la franja 26-30 -y aunque verdaderamente en este tramo los dos estados se encuentran en la práctica nivelados en importancia-se atisba una variación de los comportamientos que supondrá que, de ahí en adelante, sea el grupo de casados el destinado a dominar el panorama aunque, de todas formas y como ya sucedía en los grupos anteriores, la importancia numérica y porcentual de estos tramos se hace cada vez menor a medida que avanzamos en la edad. En el censo de 1914 observamos cómo el tramo más importante de la colectividad española era el que iba entre los 20 y los 30 años, que suponía VÍCTOR MANUEL CASTIÑEIRA CASTRO Y ALFREDO MARTÍN GARCÍA Anuario de Estudios Americanos el 32'1% del total; 45 los resultados son entonces a grandes rasgos coincidentes con los observados en las hojas de personal de YPF y, por tanto, ratifican nuestras conclusiones. Así pues, parece evidente que, como en el caso del resto de operarios, el grupo de españoles se caracteriza por ser un sector laboral joven, más joven incluso que el de extranjeros no españoles, como se manifiesta en la mayor fuerza de la franja que va entre 16 y 20 años y que a buen seguro vendría a engrosar el grupo profesional de los aprendices. 46 Otra información ciertamente interesante ofrecida por las fichas de personal de YPF es la duración en la empresa de sus trabajadores; efectivamente en el historial de cada uno de ellos aparece la fecha de alta y la de baja, así como sus posibles ceses y reincorporaciones posteriores. Para simplificar el panorama, optamos por contabilizar de forma sistemática los años en la empresa de cada uno de los españoles localizados, obviando los ceses y readmisiones, para de esta manera obtener unos resultados globales que, a nuestro entender, ayudan a clarificar el conocimiento de las condiciones laborales de esta importante masa trabajadora. Los resultados arrojados por la documentación son los que siguen: 47 45 Los porcentajes del censo son inferiores debido, fundamentalmente, a la inclusión de franjas de edades no contempladas en las estimaciones sobre la documentación de YPF, es decir, la de menores de 16 años y la de los mayores de 60. Ver Silva: Inmigración y estadísticas..., pág. 28. 46 La emigración de menores preocupaba mucho en España al Consejo Superior de Emigración, dadas las dificultades por parte de las autoridades españolas para actuar en su favor en casos de manifiesta explotación. De todas maneras estas situaciones eran mucho más comunes en otros países, como por ejemplo Cuba, que en la propia Argentina. Ver Yáñez: La emigración española..., pág. 160. EMIGRACIÓN ESPAÑOLA A LA PROVINCIA DEL CHUBUT (1915-1933) Tomo LVI, 2, 1999 El 58'5% del total de trabajadores españoles no llegan a laborar cuatro años en los yacimientos petrolíferos estatales de Comodoro; y un 20'2% no lo harán siquiera un año. Tal circunstancia puede deberse bien a una cierta precariedad laboral, es decir, a trabajos quizás de tipo más o menos eventual, o también a la búsqueda por parte del trabajador de circunstancias más favorables, ya sea en otra empresa petrolífera de las inmediaciones o en el sector servicios, que viviría posiblemente por estas fechas un buen momento dado el importante crecimiento demográfico de la localidad. Pero, desde luego, un elemento significativo muy a tener en cuenta fue la elevada conflictividad social vivida en Comodoro durante los años que estamos estudiando, que no sólo afectó a YPF, sino también a las demás empresas del entorno, y cuyas consecuencias más inmediatas fueron, por un lado, la sucesión de despidos realizados de cualquier individuo sospechoso de instigar la oposición frontal a la dirección y, por otro, la ya comentada política de "argentinización" de la compañía. Como es lógico, ambas medidas estaban estrechamente ligadas, pues para los directivos de la compañía estatal era fundamentalmente el elemento extranjero el culpable de estos altercados, como queda de manifiesto en una de las muchas cartas de correo interno escrita por uno de ellos: "Es propósito del que suscribe ir dando con preferencia los puestos de mayor importancia a elementos nacionales y de los que se tenga garantía de orden (...) en virtud de que son los extranjeros los que forman la casi totalidad del personal de esta repartición (...) y son los primeros adherentes a cualquier movimiento de huelga". 48 Esta política de despidos era mucho más factible en una compañía como YPF que en otras, como por ejemplo la ya mencionada Astra, en la cual el número más reducido de trabajadores y su mayor especialización los hacían mucho más necesarios y, por tanto, los inmunizaba en mayor medida de la política represora de la dirección; situación de la que no gozaban los "elementos hostiles" de una empresa de la capacidad numérica en cuanto a operarios como la estatal. Así lo demuestran las cifras porcentuales de trabajadores que abandonan la empresa en diversos años de la época que estamos analizando; 49 así, en 1917 hay un porcentaje del 54'2% de bajas, cifras 48 Esta opinión, muy difundida en la época, y que venía a identificar la conflictividad social con individuos revoltosos de los bajos fondos, se olvidaba, como acertadamente opina Daniel Márquez, del verdadero problema generado por factores de mayor alcance relacionados con las condiciones laborales o habitacionales de los trabajadores. Ver Márquez: "Hacia la definición de un modelo...", pág. 140. VÍCTOR MANUEL CASTIÑEIRA CASTRO Y ALFREDO MARTÍN GARCÍA éstas que en la práctica se mantienen o incluso aumentan a lo largo del período, llegándose a cotas tan exorbitantes como el 97'3% de 1920. De todas formas, y aun teniendo en cuenta todo lo comentado, conviene resaltar la importancia porcentual del grupo de operarios con un historial de más de una década en las instalaciones comodorenses y que, de hecho, son el grupo más numeroso tras el de los trabajadores con menos de un año de historial; es pues un sector muy a tener en cuenta. Pero a pesar de su importancia, indudablemente a la hora de realizar un análisis global se podría decir que el sector laboral español en YPF es un grupo mayoritariamente con pocas raíces en la empresa, aunque tal situación no se debe a una característica peculiar o diferencial de ella, sino que se trata de unas condiciones laborales comunes a la gran mayoría de los trabajadores de los campos petrolíferos estatales. Asimismo, y como veremos a continuación, junto a esa precariedad laboral hay que hablar también de un sector empleado básicamente en las labores menos complejas, en el trabajo de menor preparación técnica. Pero antes de profundizar en este aspecto, es necesario realizar una serie de aclaraciones con respecto a la información aportada por las fuentes y a su utilización por nuestra parte: las fichas de personal de YPF nos ofrecen la categoría profesional con la que comienzan a trabajar en las instalaciones patagónicas los operarios españoles, así como las posteriores labores desarrolladas en ella hasta el momento de su baja. Para este trabajo nos interesó la categoría laboral con la que entran a trabajar, pues es el testimonio más evidente del grado de preparación con el que cuenta esta colectividad para conseguir un empleo en la empresa petrolífera. Hecha esta aclaración, parece evidente, a juzgar por los datos obtenidos y como ya hemos señalado, que la gran mayoría de los españoles que vienen a trabajar a YPF lo hacen como mano de obra no cualificada. 50 Más del 77% de los 1.319 españoles localizados en la documentación entran en la empresa alimentando la base de su pirámide laboral, llevando a cabo labores bien de peón o bien de aprendiz o cadete. Tal circunstancia no supone ninguna sorpresa en un proceso migratorio como el español, caracterizado por un peso importante, aunque ni mucho menos exclusivo, 51 50 Aparecen 196 fichas sin información sobre la primera ocupación desarrollada por el trabajador, lo que supone un 12'9% de ocultación. 51 El protagonismo casi total que otorgaba la historiografía tradicional a los agricultores en el proceso migratorio hacia América es hoy cuestionado, pues tal dominio numérico es lógico en un país básicamente agrícola en esa época. Ver Sánchez: La inmigración española..., pág. 110. EMIGRACIÓN ESPAÑOLA A LA PROVINCIA DEL CHUBUT (1915-1933) Tomo LVI, 2, 1999 de los habitantes de las zonas rurales sin ninguna preparación o cualificación. Al menos así lo indica la información aportada por el Instituto Geográfico y Estadístico de España, que abarca desde 1882 hasta 1956, y que otorga el predominio, desde el primer año en que se pone en funcionamiento su aparato estadístico y hasta 1930, a los migrantes dedicados antes de su marcha a la agricultura. 52 La distribución profesional en la empresa de este importante grupo de trabajadores no especializados es la siguiente: Total % De todas maneras, en la gran mayoría de estos primeros empleos con los que acceden los españoles a trabajar en YPF no se contemplan cargos de notable responsabilidad, lo que nos vuelve a llevar a esa idea de poca especialización y cualificación de este grupo laboral en las instalaciones petrolíferas. Numéricamente, y dentro de esa variedad ya reseñada, destacaríamos a los foguistas, a los marineros o a los oficiales; curiosamente, el segundo de estos grupos, el de los marineros, estaba prácticamente monopolizado por trabajadores gallegos procedentes de la zona de Fisterra, desempeñando actividades ligadas al mar. 53 La última incógnita por desvelar en este análisis del sector laboral español en las instalaciones petrolíferas estatales de Comodoro Rivadavia sería su procedencia geográfica, y es también la más difícil debido a la escasez de información que nos aportan las fuentes: de las 1.515 fichas de 53 La función de estos marineros era la de abastecer la importante demanda de alimentos y otros productos de la masa trabajadora de las instalaciones petrolíferas. Para tal fin hacían el trayecto marítimo desde Comodoro hasta Buenos Aires. El trabajo era muy duro e ingrato por la falta de una infraestructura portuaria en condiciones, lo que provocaba grandes penalidades a la hora de descargar los productos. Como es lógico, con esta escasez de datos no podemos considerar los resultados recogidos como fiables; de todos modos y a la espera de resolver este vacío con algún otro tipo de información, los ofrecemos seguidamente: A pesar de todas las reticencias ya comentadas a la información aportada por las fichas de personal, lo cierto es que no deja de resultar por lo menos curioso que de entre todas las regiones peninsulares destaquen Galicia y, sobre todo, Andalucía, como las mayores aportadoras de hombres a la empresa, dos colectividades que han brillado desde siempre por su importancia en la ciudad; de hecho, sabemos que es precisamente la región andaluza la principal suministradora española de inmigrantes a la localidad, fundamentalmente procedentes de la provincia de Almería, a pesar de no contar excesivamente en el marco global de la emigración española a América a comienzos del siglo XX. 54 Pueblos como Níjar, Lucaimena de las Torres o Albox contribuyeron de forma muy importante a ese proceso almeriense hacia Comodoro, dejando para siempre ligado su nombre al del crecimiento demográfico de aquella ciudad patagónica. 55 En cuanto a los gallegos, la segunda colectividad en importancia en Comodoro, parece ser que el área de procedencia estaría situada fundamentalmente en la vertiente Atlántica de la región, sobre todo en la comarca de Fisterra. De todas formas, todas estas apreciaciones carecen del necesario respaldo de un exhaustivo trabajo cuantitativo, que mida de una vez por todas el aporte de estas dos regiones españolas al crecimiento demográfico comodorense. Por último, destacaríamos en importancia a la colectividad castellanoleonesa, región con un papel discreto en su aporte americano y en donde tan sólo provincias como León, Zamora o Salamanca destacarían en un proceso de escasa incidencia, comparándolas con otras regiones españolas. Una vez expuestos los datos obtenidos de las fichas de personal y antes de concluir, quisiéramos recalcar las principales deducciones que podemos sacar de esta primera aproximación al estudio de la aportación española al crecimiento económico y demográfico de la ciudad de Comodoro Rivadavia, un crecimiento derivado directamente del descubrimiento de los pozos petrolíferos, circunstancia que propició un muy importante proceso migratorio hacia la localidad durante el primer tercio del siglo XX, en el que destacaron, sobre todo en los primeros años del proceso, los inmigrantes europeos procedentes en su mayoría de los países mediterráneos. De entre este importante conjunto mediterráneo podríamos indicar que es la colectividad peninsular la más importante numéricamente en las instalaciones petrolíferas de YPF, un grupo que procederá fundamentalmente de la región bonaerense, siendo un caso típico de migración escalonada. Asimismo, el inmigrante español tipo que llega a estas instalaciones será un hombre soltero de entre 16 y 30 años, es decir, ligeramente más 55 Fernández, A. y Saborido, J.: "Petróleo e inmigración: los andaluces en Comodoro Rivadavia", en Revista de Indias. EMIGRACIÓN ESPAÑOLA A LA PROVINCIA DEL CHUBUT (1915-1933) Tomo LVI, 2, 1999 joven que sus compañeros extranjeros, y dedicándose a las labores menos especializadas; es pues un operario de baja cualificación, que viene a engrosar los puestos menos importantes del panorama laboral comodorense. Tal circunstancia se ve agravada además por una duración en la empresa harto discreta que, si bien no es prerrogativa exclusiva de esta colectividad, lo cierto es que acentúa el carácter inestable y precario de los empleos ocupados por españoles en los Yacimientos Petrolíferos Fiscales. VÍCTOR MANUEL CASTIÑEIRA CASTRO Y ALFREDO MARTÍN GARCÍA Anuario de Estudios Americanos
En 1946 y sobre "la arquitectura moral de la revolución del 4 de junio de 1943", el "coronel de los trabajadores", Juan D. Perón, conduce los destinos de la sociedad argentina. La redistribución del ingreso marca los perfiles de la Nueva Argentina, la que a través de un Estado dirigista y planificador propone poner la economía al servicio de la "justicia social". En ese contexto y sustentado por un discurso de confrontación que tiene como contrincantes al pueblo y a la oligarquía, el Estado populista se convierte en vocero de los reclamos y necesidades de los trabajadores, de los descamisados. Ellos son los protagonistas de la era peronista y el Estado su vocero. Este estudio analiza, a partir del discurso, las definiciones que el gobierno peronista formula acerca de la pobreza y de los pobres; precisa los medios que propone el Estado para contrarrestar la pobreza y formula una valoración de las connotaciones políticas que se otorga al concepto. El objetivo es hacer un balance del significado de la pobreza vista desde la esfera del poder de un gobierno nacionalista y popular y hacerlo a la luz del análisis histórico. "No comprendía que habiendo pobres hubiese ricos y que el afán de éstos por la riqueza fuese la causa de la pobreza de tanta gente". Perón, Eva: La Razón de mi vida, Buenos Aires, 1950, cap. 3, pág. 18 "La pobreza no es bella en ninguna parte; y si desagrada a mis amigos mexicanos lo que miran reflejado en ese espejo, es a ellos a quienes corresponde cambiar las realidades objetivas de su condición". Lewis, Oscar: Antropología de la pobreza. Definiciones acerca de los pobres y la pobreza A mediados de la década de 1940 -y asentado en la "arquitectura moral de la revolución del 4 de junio de 1943"-el gobierno nacionalista y popular liderado por "el coronel de los trabajadores", Juan Domingo Perón, conduce los destinos de la Nación Argentina. 1 La redistribución del ingreso, obtenido sustancialmente de la producción agraria, en favor del impulso -a través del crédito-de la pequeña y mediana industria que produce para un mercado interno en expansión, es también la garantía para el pleno empleo y marca los perfiles de la Nueva Argentina, que a través de un Estado dirigista, arbitral y planificador, propone colocar la economía al servicio de la "justicia social", aunque tratando por todos los medios de alejarse de cualquier referencia que lo emparentara con el marxismo. 2 De ahí su preocupación por asociar el contenido social de su programa a la doctrina social de la Iglesia y su "poder moral". La función social de la propiedad que ésta sostenía desde la época de las encíclicas Rerum Novarum (1891) y Quadragesimo Anno (1931) -por ejemplo-permiten al peronismo presentar su propuesta como una alternativa equidistante del colectivismo y del liberalismo ortodoxo. La tercera posición se transformaría así en una atractiva opción para el justicialismo. 3 En medio de esa situación y sustentado por un discurso de confrontación que se apoya en el pueblo y en la oligarquía en su rol de actores protagonistas 4 -de la Argentina peronista el primero y de la Vieja Argentina el segundo-, el Estado populista que lideran Juan Perón y Eva Duarte de Perón se propone "robustecer el hogar, la escuela y el trabajo por ser los grandes modeladores del carácter", al tiempo que se convierte en el vocero de los reclamos y las necesidades "de los hombres que trabajan", 5 de los humildes, de los descamisados, de los pobres. Ellos son los protagonistas de la era peronista, es decir, "la multitud en estado dinámico", como "expresión democrática por excelencia", en tanto "es el recurso y la fuerza de los pequeños y de los anónimos", diría José M. Ramos Mejía en la Argentina del Centenario, en 1910, cuando se refería a la multitud como "una larva que evoluciona, o mejor que eso, un embrión que parece mantenerse en estado estático, esperando la oportunidad de sus transformaciones". 6 En la Argentina peronista la hora de la transformación parece haber llegado. El discurso del poder así lo explicita y lo reitera, cuando el Estado a través de su política de previsión social procura "asegurar el mínimo indispensable para vivir" y se aferra a la "asistencia social como el principio que asegure que el hombre debe tener un salario para comer, habitar y vestirse"; ya que -agrega el Manual del Peronista-"sobre el dolor y la miseria nada se construye". 7 Si bien suele existir consenso acerca de las condiciones objetivas de la pobreza -un término polarizado, polisémico y que remite a condiciones alternativas-, no ocurre lo mismo cuando se pondera la situación social que ella implica y que fluctúa con los tiempos. Dada una situación de carencia de bienes y servicios con efectos psicofísicos para el afectado, puede decirse que "la pobreza irrumpe como contexto y como vivencia", 8 y que puede entenderse en dos sentidos: como carencia absoluta o en relación con privaciones relativas, es decir, las carencias confrontadas con algún "grupo de referencia". 9 En cualquier caso, la pobreza, como otros problemas sociales, no encuentra una explicación sólo en cuestiones económicas o en desajustes en la dinámica de crecimiento. No es difícil advertir entonces la estrecha vinculación que existe entre la cuestión social, las mediaciones del sistema de poder y las decisiones estatales en relación con las condiciones de vida. 6 Ramos Mejía, José M.: Las multitudes argentinas. Sobre el discurso puede consultarse: Girbal-Blacha, Noemí M.: "Dichos y hechos del gobierno peronista (1946-55). Lo fáctico y lo simbólico en el análisis histórico", Entrepasados. Otros aportes al estudio del peronismo en Waldmann, Peter: El peronismo, 1943-1955, Buenos Aires, 1981; Buchrucker, Cristian: Nacionalismo y peronismo. La Argentina en la crisis ideológica mundial (1927-1955), Buenos Aires, 1987, cap. 4; Tur Donatti, Carlos M.: "La utopía criolla en el siglo XX: cultura y política del nacionalismo restaurador en Argentina", en Revista de Ciencias Sociales 3-4, vol. XXX, Puerto Rico, mayo 1995, págs. 165-203; Castro Rea, Julián, Ducantezeiler, Graciela y Faucher, Philippe: "La tentación populista: Argentina, Brasil, México y Perú", Foro Internacional. 8 Fernández Pardo, Carlos A.: Economía y sociedad de la pobreza en las provincias argentinas, Buenos Aires, 1984, págs. 7-8. 9 Moyano Llerena, Carlos: La pobreza de los argentinos. UNA INTERPRETACIÓN HISTÓRICA A TRAVÉS DEL DISCURSO PERONISTA Tomo LVI, 2, 1999 "Un día oí por primera vez de labios de un hombre de trabajo que había pobres porque los ricos eran demasiado ricos; y aquella revelación me produjo una impresión muy fuerte"; así expone y define Eva Perón "el tema de mis soledades",10 como ella consideraba a la pobreza, inscripta en el marco seductor del discurso populista que junto a Juan Perón modela, en su afán por difundir la doctrina y las realizaciones que le dan credibilidad social al régimen. ¿Cómo describe el peronismo esta "pobreza sensible", que si bien comprende a zonas rurales y urbanas, se arraiga sustancialmente en la ciudad y en las áreas suburbanas del Gran Buenos Aires? Su visión de la pobreza se identifica con "esas colmenas de arquitectura baja que son los barrios pobres", aquéllos de "ranchos de paja y barro, casillas de latón, algunas macetas de flores y algunas plantas [...] el bullicio de los chicos jugando en los baldíos", pero donde durante las noches se hace notar el hacinamiento, la falta de camas, de colchones, de higiene y de comida, abundan los pisos de tierra, el frío y la lluvia que se filtra por los techos, alentando las enfermedades. Una realidad que Eva Perón identifica -en el discurso de confrontación que caracteriza al gobierno popular peronistacon "la expresión más sórdida y perversa del egoísmo de los ricos". 11 Para el Presidente Juan Perón la inauguración de su gobierno el 4 de junio de 1946 representa "el triunfo del pueblo argentino", que dejaría "deslumbrados a los que vivían en la semipenumbra del interés creado"; aquéllos que forjaran "una atmósfera artificial a fuerza de repetir que somos un país rico y callar que eran extraordinariamente pobres las masas trabajadoras". 12 Dos años más tarde y alentado por el rédito político obtenido a partir de esa "revolución de carácter económico, densa en realizaciones sociales", Perón no vacila en diagnosticar que "el tugurio infecto, la esposa famélica y envejecida por la labor agobiadora, los hijos depauperados, la falta de higiene, representan el ambiente propicio a la germinación del odio y con él, de la violencia". 13 Sustentando así un discurso descriptivo, de lenguaje sencillo, claro, con un mensaje directo; aquél que mientras contrarresta cualquier avance comunista, va orientado a justificar sus concesiones en pro del mantenimiento del control social y del orden, tan caros a la élite dirigente y al gobierno nacional. La pobreza se asocia a la falta de riqueza material propia de la Argentina pre-peronista y al mismo tiempo justifica la necesidad de lograr en la Nueva Argentina una redistribución equitativa de los bienes, que permita hacer realidad la "justicia social" y consolidar la "reforma social"; que -no obstante los anuncios-parece alcanzar un tope hacia los años de 1950, cuando el Estado implementa el "cambio de rumbo", revisa la política económica, escasean los acuerdos en materia de previsión social y se apela con insistencia a la racionalización. Entonces, el discurso que alienta la división de la sociedad argentina en dos bandos irreconciliables, peronistas y antiperonistas, pone énfasis reiterado en las realizaciones de la etapa próspera de la Nueva Argentina y deja de describir y caracterizar la pobreza, a la subcultura que representa, como un fenómeno preocupante en esos tiempos. 14 Se prefiere asociar la pobreza, la miseria, la enfermedad y la angustia de la inseguridad con la desocupación, el desempleo y la imprevisión, que -por supuesto-no tienen cabida en la Argentina de Perón. 15 En un discurso que insta a conservar los beneficios obtenidos, se advierte al mismo tiempo sobre las carencias del pasado y la necesidad de preservar lo que se tiene para consolidar el futuro, reclamando lealtades de parte de los beneficiarios directos de aquellas concesiones. Producir más y consumir menos es la consigna del momento. Las definiciones y descripciones de la pobreza marchan unidas, para el oficialismo, a dos cuestiones clave: el enunciado de los medios para contrarrestarla y la valoración política que de ella se hace a partir de un discurso y de un mensaje que se alimenta de la contrastación entre la Nueva Argentina y la Argentina oligárquica; temas que se abordan a continuación para cumplir con el objetivo propuesto en este estudio: el de hacer un balance de la significación de la pobreza vista desde el escenario del poder que detenta el gobierno nacionalista y popular de Juan Domingo Perón, y hacerlo a la luz del análisis histórico. Los medios para contrarrestar la pobreza El antídoto para contrarrestar los males de la pobreza -conforme a los postulados de la doctrina peronista-es la "justicia social", que el Estado concreta asegurando el trabajo, la salud pública, la educación y la previsión y asistencia social. Cuenta para plasmar sus aspiraciones no sólo con una legislación dispuesta a asegurar esas proposiciones sino con el invalorable accionar de la Fundación de Ayuda Social María Eva Duarte de Perón, que obtiene personería jurídica el 8 de julio de 1948 con dicha finalidad asistencial,16 expresada a través de sus objetivos: 1) prestar ayuda pecuniaria o en especie "a toda persona carente de recursos que así lo solicite y que, a juicio de la fundadora, merezca ser otorgado"; 2) construir viviendas para su adjudicación a familias indigentes; 3) crear y/o construir establecimientos educacionales, hospitalarios, recreativos o de descanso conforme a sus fines; 4) construir establecimientos benéficos de cualquier índole, con o sin cargo al Estado nacional, provincial o municipal; y 5) propender, contribuir o colaborar por todos los medios a su alcance a la realización de obras de interés general y "que tiendan a satisfacer las necesidades esenciales para una vida digna de las clases sociales menos favorecidas". En suma, la enunciación de todo un programa contra la indigencia, la pobreza y el abandono social. Una propuesta que se materializa a través de obras que están destinadas "a los humildes, llenas de niños, de ancianos, de descamisados, un poco más felices que antes", afirma Eva Perón. 17 A través de estos postulados se complementa la obra de "justicia social", la "justicia redistributiva", propuesta por Juan Perón en el discurso de proclamación de su candidatura a Presidente de la República, del 12 de febrero de 1946, cuando se muestra partidario de instrumentar las leyes "como un medio de progresar, pero de progresar todos, pobres y ricos, en vez de hacerlo solamente éstos a expensas del trabajador";18 proyectando una línea de continuidad iniciada por él un bienio antes desde la Secretaría de Trabajo y Previsión. El programa de acción "que se asienta sobre la voluntad de la mayoría y sobre el derecho de todas las familias a una vida decorosa, la que tiende a evitar el espectáculo de la miseria en medio de la abundancia", 19 es enunciado tempranamente y en esa coyuntura por el entonces coronel Perón. Una vez más, usa un lenguaje simple y directo, que lo singulariza, para destacar que esa tarea es "la preocupación fundamental del Estado" que él lidera. ¿Cuáles son los medios propuestos para superar la pobreza?: "la elevación del nivel de vida hasta el standard compatible con la dignidad del hombre y el mejoramiento económico general"; la propulsión de organizaciones mutualistas y cooperativas; el incremento de la formación técnica y capacitación profesional; los préstamos para la construcción y renovación del hogar obrero, de la clase media, pequeños propietarios, rentistas y jubilados modestos, "y estímulo, fomento y desarrollo del vasto plan de seguridad social y mejoramiento de las condiciones generales de trabajo". 20 Para concretar estas aspiraciones, el Estado cuenta desde julio de 1946 con el Consejo Económico Social, organismo asesor y coordinador en esas áreas de su competencia. La pobreza se asocia siempre con la clase trabajadora, toda vez que para el peronismo su permanente referencia al "pueblo" se identifica con "el pueblo humilde, trabajador y descamisado", al que el propio Perón designará -a partir de 1950-como "lo único permanente en el país", es decir, "la única base de sustentación para la unidad nacional", esencia de la "comunidad organizada". 21 Ya en 1947 y como para dar muestras de que "la justicia ha de cumplirse inexorablemente, cueste lo que cueste y caiga quien caiga", 22 el Presidente Perón informa ante la Asamblea Legislativa que, en materia de remuneraciones, el Estado fija un salario mínimo mensual de 200 pesos para los empleados y obreros nacionales y aumenta en un 15 % los sueldos municipales menores de 300 pesos; amplía el régimen de previsión social a los enfermos y desocupados, consagra los Derechos del Trabajador, promueve la construcción de viviendas de tipo económico y barrios obreros y desarrolla el "turismo popular para el trabajador", al que conceptualiza como "una necesidad social". Para afirmar el éxito de su política socioeconómica, el gobierno destaca que mientras el costo de vida ha crecido un 78,5 % entre 1939 y 1947, el salario medio ha aumentado, en igual período, un 102,3 %. Guarismos que el Estado hace corresponder con el afianzamiento paulatino de la industria nacional y a los que considera "una demostración evidente del resultado de la aplicación de las medidas legales tendientes a lograr una mayor justicia social." 24 La previsión también resulta un exponente del bienestar social y no sólo de la población activa, sino de quienes por razones de edad o incapacidad física no tienen posibilidades de trabajar. El Estado peronista atiende sus reclamos y necesidades. Una política previsional que se prolonga en el aumento de la capacidad de ahorro popular, cuyos depósitos en cajas de ahorros bancarias se triplican entre 1943 y 1948, año -este último-en que registran un total de 6.094.000.000 de pesos. También la capacitación del obrero se desarrolla a través de múltiples iniciativas promovidas desde la Comisión Nacional de Aprendizaje y Orientación Profesional, el Instituto Técnico y la Universidad Obrera. En 1948 la existencia de 5 escuelas fábricas, 27 cursos de aprendizaje, 20 cursos de medio turno para varones y 2 para mujeres, 16 cursos profesionales femeninos, 20 cursos acelerados y 5 escuelas privadas de fábricas -además de los similares que promueve la Fundación Eva Perón-expresan en números el carácter de este aspecto del asistencialismo brindado a los sectores populares y no exento -en muchos casos-de un adoctrinamiento. A esos beneficios Perón les atribuye el aumento del rendimiento medio por hora trabajada por el obrero argentino. Las medidas adoptadas por el Estado no sólo benefician a los habitantes del medio urbano. Se orientan también a dar seguridad al hombre de campo, a través de "salario, vivienda y comodidades suficientes como para evitar la migración en masa hacia las grandes ciudades."26 El contexto y los objetivos no son nuevos y se orientan a hacer efectivo, como en décadas anteriores, el control social, ahora avalado por una legislación acorde a los tiempos (Estatuto del Peón Rural, 1944; Estatuto del Tambero Mediero, 1946; del Centro de Oficios Varios -luego FATRE-en 1947), que se prolonga desde 1950 en un incentivo directo al cooperativismo; aquél que no manifiesta una "mentalidad opuesta a la economía social justicialista",27 y que por entonces agrupa a unos 200.000 afiliados. No obstante las resoluciones orientadas a radicar a la población rural en el campo, el crecimiento del Gran Buenos Aires es notorio, y si ya en 1937 Alejandro Bunge se refería al "grave problema del hogar de una sola pieza", cuando comprobaba que el 80 % de las familias obreras que habitaban la planta urbana de la capital vivían hacinadas en una sola habitación,28 el censo de 1947 muestra que el problema es muy complejo y subsiste. La pobreza debe ser contrarrestada allí y en sus bases. El nacionalismo económico peronista orienta entonces sus inversiones hacia las obras públicas, fijando un orden de prioridades en relación con las exigencias populares. Del total de recursos dirigidos a promover estas obras, un 20 % se destina a viviendas, otro 20 % a obras hidráulicas, un 25 % al transporte ferroviario y fluvial, un 5 % a la provisión de agua potable, al igual que a escuelas y hospitales. 29 El número de pasajeros transportados por ferrocarril entre 1946 y 1950 se duplica, a la par que la Corporación de Transportes de la Ciudad de Buenos Aires ve crecer de 1.713.000.000 a 2.434.000.000 el número de pasajeros que transporta en igual período, como una muestra del dinamismo socioeconómico que convoca a todos los sectores de la población en la Argentina de fines de la década del'40. En materia de salud pública también se advierten adelantos. "El Estado debe afrontar la asistencia médica integral en beneficio de aquellos que ganan menos", afirma en su capítulo XII el Manual del Peronista. Se hace referencia a una inversión en salud pública bien organizada, que sólo tenga como límite "la cura de todos los enfermos que el país tiene". 30 A propósito, en 1949 es el propio Presidente Perón quien, al inaugurar las sesiones legislativas, da cuenta de la instalación de 7 hospitales regionales con 400 camas y 30 micro-hospitales rurales, así como la ampliación de pabellones y servicios en los ya existentes. La organización del transporte aéreo de enfermos, mediante 12 aviones-ambulancia que trabajan en coordinación con 100 ambulancias terrestres distribuidas en todo el país; el funcionamiento de 5 maternidades y la habilitación de 50 Centros de Maternidad e Infancia en zonas alejadas, que se suman a otros 60 que se reorientarán con brevedad, son algunas concreciones que procuran dar satisfacción a los múltiples pedidos formulados por reparticiones públicas y particulares. 31 La creación del Instituto Nacional de Hemoterapia (1947), la instalación del Hospital Nacional de Odontología y de unos 60 consultorios odontológicos, la campaña antipalúdica y la lucha contra el cáncer a partir de un diagnóstico precoz, la educación sanitaria popular y el tratamiento con equipamiento de última generación, también son algunas muestras de la tarea realizada por el gobierno para combatir, desde esta perspectiva, la pobreza y la desprotección de los sectores más bajos de la población. 32 La atención del enfermo se considera un asunto fundamental en la consolidación de la familia, y por esta razón en 1950 el país cuenta con 21 hospitales y policlínicos de reciente creación, con un total de 22.650 camas, distribuidos en todo el espacio territorial argentino. A ellos se suman los 19 hogares escuelas creados por la Fundación, que tienen capacidad para albergar a 25.320 niños en todo el país y varios hogares de tránsito que para 1949 -a un año de su creación-han atendido más de 60.000 casos. 31 Archivo General de la Nación (en adelante, AGN): Fondo documental Secretaría Técnica 1a. y 2a. Hacia 1949 el gobierno de Juan Domingo Perón reconoce que, si bien el incremento salarial es un hecho en la Nueva Argentina, también lo es el aumento en el costo de vida, que para ese año estima en un 12,5 %. La justificación del aumento de circulante -que se relaciona con la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central, que a partir de 1949 desliga la emisión fiduciaria del respaldo en oro -34 encuentra una explicación contundente "en la dignificación de los trabajadores", en la baja de los niveles de pobreza entre los sectores populares, en la satisfacción de sus necesidades de vivienda, ropa, trabajo, medicamentos y máquinas de coser, reclamados una y otra vez en la correspondencia dirigida al gobierno y a la Fundación Eva Perón. Dicho con palabras de Evita, el propósito es que los pobres "se acostumbren a vivir como ricos (...) que se sientan dignos de vivir en la mayor riqueza", de ahí que en los "hogares" administrados por la Fundación -como Eva Perón proponía-"ningún descamisado debe sentirse pobre. Por eso no hay uniformes denigrantes. Todo debe ser familiar, hogareño, amable". Se apela entonces a una propuesta directa: mantener alto el nivel de ahorro nacional y su tasa de inversión, para conservar el nivel de empleo y "por esto no pueden dolernos los sacrificios que nos impone satisfacerlo", afirma Perón; reclamando la lealtad popular sin dejar de reconocer a la justicia social como "el gran objetivo de nuestro movimiento", 36 amparado desde entonces en los principios de la "doctrina nacional". Mientras tanto, por diversos medios de información y divulgación se insiste en que el "Presidente de la República General Juan Perón aconseja producir más y consumir menos". 37 El cambio de rumbo en la economía argentina, a partir de 1950, promueve desde 1951 los reclamos de particulares e instituciones públicas en 34 Girbal-Blacha: "Diagnóstico, legislación financiera... ", págs. 155-198. 37 Casas, Blanca Alicia: El Alma Tutelar. Libro de lectura para primer grado superior, Buenos Aires, 1954, 4.a edición, pág. 45. UNA INTERPRETACIÓN HISTÓRICA A TRAVÉS DEL DISCURSO PERONISTA Tomo LVI, 2, 1999 favor de la construcción de barrios obreros, casas baratas, cooperativas constructoras de viviendas y control de los alquileres frente al déficit habitacional; 38 solicitudes que inciden en el discurso oficial que insiste más en rescatar los logros del camino recorrido que en señalar con precisión la acción anual de gobierno; se hace corriente la referencia a la necesidad de "consolidar la reforma social". 39 En tanto rescata, de forma especial, "la acción que por las familias humildes de nuestro pueblo" desarrolla la Fundación de Ayuda Social María Eva Duarte de Perón apela a los réditos derivados de la solidaridad popular y de la unidad nacional, al mismo tiempo que revaloriza los beneficios de contar con fuerzas de trabajo organizadas, así como las ventajas de la economía social; mientras avanza hacia un virulento discurso de confrontación entre pobres y ricos, peronistas y antiperonistas, que advierte al tiempo que descalifica y obliga a definir posiciones frente a la política justicialista. "Buscamos hacer desaparecer toda causa de anarquía para asegurar con una armonía, a base de justicia social, la imposibilidad de alteración de nuestras buenas relaciones entre el capital, el trabajo y el Estado", recuerda Perón a la sociedad en su conjunto y a los opositores en especial. 40 En mayo de 1953 el balance de la gestión en materia de política social, que Perón formula frente a la Asamblea Legislativa, confirma lo expuesto. Dice entonces que hasta 1943 los obreros defendían su salario a través de la huelga sin mucho éxito; entre 1943-46 los reclamos siguieron y fueron oídos sin apelar con frecuencia a medidas de fuerza, en tanto "se fueron imponiendo los principios de justicia social que contiene la doctrina peronista"; en 1953 -afirma Perón en momentos en que se dispone a anunciar el Segundo Plan Quinquenal-"los trabajadores no piden incrementos de salarios. NOEMÍ M. GIRBAL-BLACHA la más absoluta solidaridad del pueblo argentino", 41 en tiempos de reajustes, falta de empleo, deterioro salarial, reglamentación de convenios colectivos de trabajo y apertura de nuevas fuentes laborales; 42 pero cuando aún se mantienen los logros de la "revolución social" iniciada en 1943, y Perón se dispone a entregar a ese pueblo "las banderas verticales de la justicia social, de la independencia económica y de la soberanía política". 43 Por entonces, un libro de lectura para niños que están iniciando la escolaridad primaria recuerda a estas generaciones infantiles, a través de una ilustración y un breve texto, que "ese es un obrero argentino. Sale cantando de la fábrica donde trabaja y camina con prisa, hacia su otra obligación: la escuela. Tiene buen sueldo, vacaciones pagas, aguinaldo, asistencia médica y la vejez asegurada con la jubilación". 44 Podría decirse que en esta Argentina la pobreza es un mal recuerdo. Los reclamos populares que llegan a través de una nutrida correspondencia dirigida a la Presidencia de la Nación 45 y los datos del Censo Nacional de 1960 muestran que aún queda mucho por hacer; que se ha avanzado, pero que la marginalidad sólo ha retrocedido para tomar impulso y crecer. Valoración política de los pobres, los humildes, los descamisados "Un día oí por primera vez de labios de un hombre de trabajo que había pobres porque los ricos eran demasiado ricos; y aquella revelación me produjo una impresión muy fuerte", expone Eva Perón en las páginas de La Razón de mi Vida, en los albores de la década de 1950. 46 Su origen humilde, la identificación de esta causa con la causa de Perón, inaugurada a partir de su gestión al frente de la Secretaría de Trabajo y Previsión, y su accionar desde la Fundación de Ayuda Social hacen de Eva Perón "la dama de la esperanza", "la revolucionaria", "la mujer del mito", pero esencial-mente "la abanderada de los humildes"; y de su función una "misión de intermediaria entre los humildes y Perón". De ahí que las llamadas por entonces "células mínimas" -las colaboradoras barriales-ejerzan una función primordial para llegar aun a los lugares más apartados con el beneficio de la asistencia social. 47 Para el Estado peronista la pobreza es símbolo de contraste entre la Argentina de "la opresión oligárquica" y la "Nueva Argentina" que brega -desde la doctrinaria "justicia social"-por "salarios justos y condiciones dignas de trabajo" y por satisfacer la "falta de vivienda, vestidos, salud",48 a través de un acercamiento paternalista y personal del poder político hacia los sectores populares. La lucha contra la pobreza -con toda la carga simbólica que ella encierra-es la razón de ser y la expresión de la "justicia social" propuesta por la doctrina peronista. "No es filantropía ni es caridad, ni es limosna, ni es solidaridad social, ni es beneficencia. Ni siquiera es ayuda social [...] Para mí es estrictamente justicia", afirma Eva Perón, en su preocupación por distinguir su tarea de la que tradicionalmente desempeñaran "las decadentes damas de la Sociedad de Beneficencia", quienes a su juicio hacen de la caridad que brindan "un placer de los ricos"; toda vez que desconocen las necesidades de los pobres, añade Evita en un discurso que confronta, desafía, denigra y descalifica al oponente. 49 Para la esposa del primer mandatario, pedirle ayuda a ella "y pedir a Perón no es humillante para nadie, ni para los más encumbrados. Menos para un descamisado que ve en él a un padre." 50 De ahí la importancia de prestar ayuda a este sector de la población que será, a corto plazo, la columna vertebral del movimiento justicialista. La referencia a los pobres, a los descamisados, a los humildes, está siempre dirigida a marcar diferencias entre la Argentina preperonista y la liderada por el presidente Juan Perón. El contraste es su nota distintiva: los hogares no son asilos, "los Hospitales no son antesalas de la muerte", las viviendas no son lugares para dormir "sino para vivir alegremente"; viejas costumbres que en la "Nueva Argentina" se atribuyen a que "todo en la "obra social" del siglo que nos precedió fue así: frío, sórdido, mezquino y egoísta." La oligarquía resulta en este discurso responsable de todos los males de la sociedad argentina. "Ellos -dice sin rodeos Eva Perón-los hicieron comunistas [a los niños] poniéndoles un uniforme gris, dándoles de comer un solo plato, cerrándoles todas las puertas de la dicha humana, de la simple dicha que es tener un hogar o una imitación del hogar por lo menos." 51 El contraste es la nota permanente que se trasunta tanto en las imágenes como en el discurso peronista, que asume, en varias ocasiones, un carácter desafiante y emplea un lenguaje que denigra al oponente, en tanto conforta y protege al desamparado y al "compañero" de la causa justicialista. La misma Eva Perón se encarga de darle esa connotación cuando refiriéndose a los pobres afirma: "yo deseo que se acostumbren a vivir como ricos... que se sientan dignos de vivir en la mayor riqueza", es decir, en una riqueza diferente, aquélla que es capaz de dignificar, como la que propone la Argentina peronista, donde -además-esos ricos tengan "alma de pobres: humilde, limpia, sencilla." 52 Los afiches, folletos de difusión y bibliografía de propaganda de la acción de gobierno reproducen imágenes grisáceas, tristes, agobiadas y escuálidas de hombres, mujeres y niños de la sociedad argentina anterior a 1943. Es cuando el empleo escasea, los sueldos se pagan con atraso, las viviendas son precarias e insuficientes, los precios aumentan y el malestar social se generaliza y se hace más virulento, sostiene el peronismo en su discurso y en su mensaje dirigido a la sociedad en su conjunto. La fotografía de la situación contrasta con las imágenes que allí se hacen corresponder con la Argentina peronista, donde no hay mendicidad, ni ollas populares, no hay desempleo y el bienestar social se difunde y se afirma. La vida del obrero argentino se muestra como símbolo de éxito, prosperidad y alegría a través de la propaganda oficial, cuando Juan Perón afirma y sostiene con su accionar lo que los sectores populares quieren oir; es decir, que "ningún habitante que trabaja debe ganar menos de lo que necesita para vivir." 53 El discurso también se esfuerza por negar la connotación política que este asistencialismo de hecho encierra. Para expresarlo en palabras de Eva Perón: "yo no niego que mis obras ayuden a consolidar el enorme prestigio político del general, pero nunca he subordinado el amor al interés... y menos tratándose de mi pueblo"; 54 dando muestras de sus dotes de lider 51 Ibídem, págs.167-168. UNA INTERPRETACIÓN HISTÓRICA A TRAVÉS DEL DISCURSO PERONISTA Tomo LVI, 2, 1999 popular, personalista, con una gran capacidad organizadora pero también manipuladora, haciendo uso de un despliegue de mecanismos de articulación y comunicación entre el líder y la clientela política, en base a un paternalismo capaz de garantizar el cumplimiento de los anhelos populares. Un balance a la luz del análisis histórico Como bien propone el antropólogo estadounidense Oscar Lewis al analizar la sociedad mexicana en los niveles marginales entre 1947 y 1958, permitiéndole escribir su magnífica Antropología de la pobreza, también en la Argentina peronista, como en otras naciones modernas de entonces, la pobreza es un factor dinámico; sugiere antagonismos intersectoriales, implica problemas sociales y necesidad de cambios. El peronismo asume su causa y deja registro de todas esas cuestiones. Mide y define la pobreza, la confronta a su opuesto: la riqueza; articula su doctrina y su política sobre ese eje, adopta gran parte de los símbolos de esta subcultura, utilizando su lenguaje, sus gestos, sus paradigmas, y opera los cambios, que precisa y difunde por contraste. Le da envergadura política y hace de ella el sello capaz de singularizar los perfiles de la "Nueva Argentina" en oposición a la "Argentina de los privilegios", que la precediera; simplemente haciéndose eco de los anhelos y las necesidades de los obreros, de los humildes, de los descamisados. Sabe escuchar y transmitir ese legado, con un objetivo muy preciso que condensa en una selección de la obra máxima de la tradición gauchesca: el Martín Fierro, usándola para ilustrar uno de los tantos afiches de propaganda que muestra gráficamente una Argentina injusta, oligárquica y opresora. Se afirma en ese texto: "Tiene el gaucho que aguantar/ hasta que lo trague el "oyo"/ o hasta que venga algún criollo/ en esta tierra a mandar". La hora parece haber llegado de la mano de Juan Domingo Perón y la "justicia social". En medio de la crisis del discurso liberal argentino, Perón se apropia de las críticas al liberalismo y las transforma en ese discurso de confrontación al que se hizo referencia; introduce cambios, pero rescata continuidades con la tradición política argentina. 56 Polemiza con los opo-55 Álvarez Junco, José y González Leandri, Ricardo (compiladores): El populismo en España y América, Madrid, 1994, págs. 44-54. 56 Halperin Donghi, Tulio: "El lugar del peronismo en la tradición política argentina", en Amaral, Samuel y Plotkin, Mariano (compiladores): Perón del exilio al poder, Buenos Aires, 1993, págs. 15-44. Anuario de Estudios Americanos sitores y a cada paso calcula los efectos ideológicos y políticos de su acción discursiva, que siempre toma muy en cuenta el ámbito donde se pronuncia, para capitalizar al máximo el efecto emocional y su valor simbólico para forjar la memoria colectiva. Revaloriza el sentido de algunas palabras que por lo común se identifican con la descalificación del que las recibe. Así, el pueblo se convierte en "pueblo trabajador", digno y heredero auténtico del futuro, Perón es el "primer trabajador" y se considera a sí mismo y ante la sociedad como un descamisado; para el discurso evitista -en cambio-Perón es siempre "glorioso" y "padre de todos los argentinos". La oligarquía -a su vez-es "egoísta y vendepatria". Eva Perón, usando un lenguaje casi de radionovela, se califica a sí misma como una mujer "humilde" y "débil", haciendo gala de un ritual que revitaliza el sentimiento de colectividad. Atento a estos ritos, el peronismo comienza a contrarrestar los efectos no deseados de una pobreza a la cual no es ajena la Argentina preperonista, pero que -sin duda-desde mediados de la década del'40 adquiere un despliegue político y un grado de conciencia social desconocidos hasta entonces. Perón recoge las experiencias privadas de los trabajadores y las hace públicas, afirmando sus valores, su estilo de vida; dando a ese sector mayoritario de la sociedad "la dignidad simbólica de ser alguien", 57 y en ese contexto, la pobreza adquiere un papel de primer orden, al tiempo que se convierte en eje del accionar nacionalista y popular de la gestión gubernativa liderada por Juan Perón. El peronismo es "un conglomerado polifacético de legados y transformaciones" que provienen de las luchas sociales que lo precedieron y -como ha expuesto recientemente Natalio Botana-muestra un "paternalismo transgresor" que esgrime un "lenguaje guerrero y combatiente". 58 Pero, la singularidad de la prosperidad peronista es que se torna palpable para el hombre común y, especialmente, para los sectores sociales más pobres. Entre 1946 y 1948 la economía argentina da muestras de esa prosperidad, con una tasa de crecimiento promedio de la producción anual de un 8,4 %. Pero no es sólo ese aumento lo que hace del peronismo una etapa atípica de la historia que el país había vivido hasta entonces. Una distribución más equitativa de la riqueza, el aumento en los salarios obreros -en 57 De la Torre, Carlos: "Los significados ambiguos de los populismos latinoamericanos", en Álvarez Junco y González Leandri (compiladores): El populismo en..., pág. 58. UNA INTERPRETACIÓN HISTÓRICA A TRAVÉS DEL DISCURSO PERONISTA Tomo LVI, 2, 1999
El subcampo de la historia social de la salud y la enfermedad se encuentra en franco crecimiento en América Latina, y libros como Avatares de la medicalización en América Latina lo demuestran sobradamente. Despojada, esta historia, de los trabajos que ensalzaban la vida de médicos eminentes, de las luchas de los médicos contra las enfermedades, de los grandes descubrimientos en medicina como ciencia y de los análisis estructuralistas, aparece una nueva visión de la historia de la salud y la enfermedad que pone el acento en la problematización de los procesos históricos por donde transcurrieron los procesos de enfermedad, de la medicalización y de las políticas públicas destinadas a sanear las sociedades. En un diálogo riquísimo con la ciencia política, la antropología, la sociología, la literatura, la historia del arte y la historia de la ciencia -entre otras disciplinas-, la historia de la salud y la enfermedad va encontrando caminos que le permiten obtener resultados que la diferencian fuertemente de aquella vieja historia laudatoria elaborada especialmente por médicos historiadores con escaso rigor histórico. Avatares de la medicalización recorre América Latina desde sur a norte con trabajos donde se observa un grado importante de heterogeneidad en los procesos de medicalización y lucha contra la enfermedad en los tres países tratados en los diferentes artículos (Argentina, Brasil y México). Pero también se puede apreciar, en la lectura, cierto grado de homogeneidad, especialmente en el tiempo en que las intervenciones de la medicina tuvieron su inicio y un importante desarrollo. Entre finales del siglo XIX y mediados del XX, la medicina comenzará a intervenir en la vida social generando nuevas demandas al Estado, discutiendo sobre el origen y desarrollo de endemias, sobre el destino que debe dársele a los locos, acerca de la necesidad de generar desde lo biológico y lo social una entidad nacional, y sobre la necesidad de generar -en muchos casos desde la eugenesia-un nuevo tipo de hombre que permita un desarrollo económi-co, social y político distinto del que venían siendo objeto los países latinoamericanos. Esta tensión entre la heterogeneidad y la homogeneidad de la historia de la salud y la enfermedad, y de la medicalización en América Latina, se ve reflejada en el libro que compila Diego Armus. Los artículos ponen el énfasis en diversas problemáticas donde el diálogo con distintas disciplinas es una constante, enriqueciendo los artículos desde diversas conceptualizaciones y metodologías. Este diálogo de la historia con otras disciplinas es analizado por Diego Armus en el primer capítulo del libro. En "Legados y tendencias en la historiografía sobre la enfermedad en América Latina Moderna" se hace un recuento, no despojado de críticas, de las líneas de investigación que hoy tienen vigencia en la región. El autor menciona tres grandes "etiquetas" en el marco de las cuales se realizan las investigaciones de la historia social de la salud y la enfermedad: "la nueva historia de la medicina", "la historia de la salud pública" y "la historia sociocultural de la enfermedad". El resultado de la lectura y análisis crítico de las investigaciones sobre el tema es una puesta en escena de un sinnúmero de pesquisas que aportan al desarrollo de este subcampo de la historia social y que sorprende por su desarrollo en un período tan breve de tiempo. En los tres trabajos referidos a la Argentina se aprecia la búsqueda de nuevos caminos para hacer una historia social de la salud y la enfermedad y de la medicalización que se escape de los tradicionales formatos historiográficos; así, el artículo de Laura Malosetti Costa, "Buenos Aires 1871: imagen de la fiebre civilizada", aborda la problemática de la fiebre amarilla mediante el famoso cuadro de Blanes, "La Fiebre Amarilla". La investigación permite entrever la recepción que tuvo la obra en el Buenos Aires de finales del siglo XIX, y el por qué de dicha recepción. El análisis profundo de la pintura, comparada con un boceto, desentraña los símbolos que el autor expresaba y que se relacionan directamente con un cambio en las formas de pensar la enfermedad en la urbe porteña. Diego Armus, en "Historias de enfermos tuberculosos que protestan. Tomando como contrapunto las perspectivas de análisis foucaulteanas, donde el enfermo es considerado como un sujeto histórico neutro, despojado de toda intencionalidad de acción y permeado por las iniciativas médicas, el autor estudia a lo largo de esos veinte años las diversas formas de acción individual y grupal de los tuberculosos en sanatorios y en RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS AEA, 63, 2, julio-diciembre, 2006, 307-359. ISSN: 0210-5810 la calle, en lucha por lo que ellos consideraban sus derechos y donde la política tenía una fuerte presencia. De esta forma, el acento está puesto en una historia desde abajo, en la cual el enfermo generaba iniciativas a fin de conseguir un mayor bienestar. El artículo de Susana Belmartino, "Servicios de salud y sistema político: Argentina, Brasil y Chile, 1920/1970", realiza, en un diálogo fluido con la ciencia política, despojado de los esquemas estructuralistas y desde el neoinstitucionalismo, la conformación y desarrollo de los servicios de salud en los tres países y su relación con los sistemas políticos. El resultado es un minucioso trabajo bibliográfico de acercamiento a una posterior investigación histórica que, desde el esquema teórico del neoinstitucionalismo, permita un acercamiento más adecuado a la temática abordada. Los artículos elaborados por investigadores brasileños y referidos al Brasil demuestran -como dice Armus en el prólogo del libro-el grado de desarrollo que ha adquirido la historia social de la salud y la enfermedad en ese país y que supera a las producciones de los demás países del continente. Estos artículos se centran en la relación entre enfermedad, racismo, la conformación de la nacionalidad y la intervención médica y sus formas de legitimación. Nizia Trinidade Lima y Gilberto Hochman realizan un análisis de las condiciones de salud del Brasil rural, la mirada que los intelectuales brasileños tenían de él entre fines del siglo XIX y principios del XX y los cambios en las formas de pensar el país a partir de las campañas de saneamiento rural. En "Condenado por la raza, absuelto por la medicina: Brasil descubierto por el movimiento médico higienista de la primera república" los autores ponen en juego las vicisitudes por las que pasaron las campañas de saneamiento rural; el descubrimiento de un país que comenzó a ser develado por una mirada despojada de racismo y donde el país -visto como un enfermo-cambiaba a ser doliente por estar abandonado por las elites urbanas. El racismo y la enfermedad vuelven a encontrarse en el artículo escrito por Sergio Carrara: "Estrategias anticoloniales: sífilis, raza e identidad nacional en el Brasil de entreguerras". El autor analiza, en clave simbólica, las visiones que los médicos tenían acerca de la sífilis como un problema de carácter nacional, y las direcciones que le daban a ese problema para des-estigmatizar al pueblo brasileño, pensado por muchos intelectuales de la metrópolis y del mismo Brasil como amoral, primitivo, entregado al sexo, pero por su composición racial donde el cruce de razas habría HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS AEA, 63, 2, julio-diciembre, 2006, 307-359. En ese sentido, la sífilis era vista y analizada como un mal del propio pueblo. La hipótesis trabajada por Carrara es original y sugerente: los médicos brasileños habrían aceptado el desarrollo de la sífilis en el país debido a que el extirpar la enfermedad llevaría una o dos generaciones, a partir de las cuales el país podría desarrollarse, mientras que el carácter miscegenado del pueblo lo condenaría eternamente al atraso. El diálogo con la historia de la ciencia es retomado por el artículo de Simone Petraglia Kropf, Nara Azevedo y Luis Otávio Ferreira, titulado "La construcción de la enfermedad de Chagas como problemática médico social en Brasil (1909Brasil ( /1950)". Este trabajo trata acerca de las vicisitudes que se generaron en torno al proceso de legitimación de la enfermedad de Chagas a principios del siglo XX. Toda enfermedad requiere un proceso por el cual la ciencia y la sociedad llegan a un acuerdo en torno a sus síntomas y a las estrategias para su tratamiento. Ese proceso, en el cual ingresó el Mal de Chagas, fue largo y plagado de disputas; el artículo da cuenta minuciosamente de estas disputas en el plano de lo científico. Los trabajos referidos a México están unidos por la temática de la modernización y el desarrollo de un hombre mexicano sano y fuerte para el desarrollo de la nación. Claudia Agostoni, en "Discurso médico, cultura higiénica y la mujer en la ciudad de México entre fines del siglo XIX y comienzos del XX", pone el acento en las visiones de los médicos acerca de la higiene y su relación con la educación en el México de entresiglos. La autora pone estudia el papel que desempeñaba la mujer en el desarrollo de ese proceso. En un acertado análisis encuentra que la mujer como esposa y madre tenía, para los galenos mexicanos, un rol primordial para la educación del pueblo y de las generaciones futuras. El manicomio La Castañeda, u Hospital Psiquiátrico de la ciudad de México, es el objeto de estudio de Eric Van Young. El título del artículo es muy sugerente: "Ascenso y caída de una gran utopía: el Manicomio General de México a principios del siglo XX", aunque el autor pretende ir más allá tratando de trazar una historia de la psiquiatría y su relación con el Estado. Inaugurado durante el período revolucionario, siendo un proyecto del porfiriato, el autor narra la historia del hospital desde tres trabajos realizados por tres autores contemporáneos que analizan la historia del Manicomio Castañeda. Por último, el artículo de Alexandra Stern centra su atención en los vaivenes de la eugenesia del México de principios y mediados del siglo RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS AEA, 63, 2, julio-diciembre, 2006, 307-359. "Mestizofilia, biotipología y eugenesia en el México post revolucionario: hacia una historia de la ciencia y el estado: 1920/1929" es el título con el que la autora se imbuye en el intrigante recorrido de una disciplina que tuvo cierta aceptación en los medios médicos americanos. Las conclusiones de la autora revelan el desarrollo de una disciplina que se diferenciaba de los centros científicos europeos, y donde el concepto de raza era relativizado. Como se puede apreciar, Avatares de la medicalización... es un exponente de la nueva historia social de la salud y la enfermedad en América Latina, donde los temas son problematizados y donde la ciencia, el estado, la ideología y los enfermos desempeñan un papel fundamental a la hora de realizar cada análisis. Es un libro que debe ser leído para entender y seguir construyendo este subcampo de la historia social.-ADRIÁN CARBONETTI. Blanco Andrés, Roberto: Eduardo Navarro. Un agustino vallisoletano para la crisis de Filipinas, Estudio Agustiniano, Valladolid, 2005, 285 Esta obra del doctor Roberto Blanco Andrés recoge un estudio biográfico, sólidamente documentado, del religioso agustino calzado Eduardo Navarro Ordóñez. La importancia de este personaje es bien conocida por los especialistas en la Historia de Filipinas, puesto que se trata de una figura que emerge poderosa en las controversias que animaron los convulsos años anteriores a la pérdida del archipiélago. Sin embargo, nunca había sido objeto de un estudio amplio, global, que rescatara no sólo su actividad al frente de la procuraduría de la Provincia del Santísimo Nombre de Jesús de Filipinas (el aspecto más conocido), sino la totalidad de su riquísimo devenir vital. Tal es el objetivo del presente libro, en el que su autor reconstruye la biografía del padre Navarro, desde su nacimiento de Valladolid (8 de noviembre de 1843), hasta su muerte en la misma ciudad y a la edad de 66 años (7 febrero de 1910). El interés de la biografía del padre Navarro y, por lo tanto, de esta obra, va más allá de la peripecia vital de un personaje relevante, puesto que al estar estrechísimamente vinculada al archipiélago filipino, su lectura nos adentra en el conocimiento de la historia de los dominios españoles en el Pacífico. La personalidad poderosa y polifacética del biografiado es abordada con una mirada lo suficientemente templada como para reseñar sus grandes aciertos, pero también sus zonas oscuras, particularmente en lo relativo a sus opiniones acerca de la condición de los filipinos, su férrea defensa de trasnochados privilegios de las órdenes religiosas y cierta dureza de carácter que padecerían sus propios hermanos de hábito. No es la primera ocasión en que el autor (doctorado por la Universidad de Valladolid con la máxima calificación en 2004, con una tesis sobre Iglesia y Estado en Filipinas: las órdenes religiosas y la cuestión de los curatos ) aborda la compleja historia del archipiélago filipino en las últimas décadas del dominio español. Tampoco es el primero de sus trabajos en que aparece la figura de fray Eduardo Navarro. El religioso estudiado llegó a tierras filipinas en la misión del año 1864. Tras completar su formación eclesiástica y aprender la lengua ilocana, recibió su primer destino como misionero, en tierras de Ilocos Sur. Aquí permanecería diecisiete años trabajando en los pueblos de Santa Cruz, Villavieja y Bantay. Fue en ese tiempo cuando las ya tensas relaciones entre la comunidad agustina de la provincia y el obispo de Nueva Segovia, el recoleto Mariano Cuartero, derivaron en un conflicto abierto en el que se vio envuelto fray Eduardo. Antes de que este sonoro litigio se resolviera, recibió la orden de viajar a la Península. Corría el año 1886 y se iniciaba una nueva etapa en la vida del P. Navarro. Por entonces la Orden de San Agustín, que conocía desde mediados de siglo un evidente resurgir, se encontraba inmersa en un proceso de renovación intelectual que le granjearía un bien merecido prestigio y que se encuentra en la base de la decisión de Alfonso XII de entregar a la provincia el monasterio de El Escorial (25 de abril de 1885). Éste se constituyó como casa-filial del colegio-seminario de Valladolid, y su rectorado fue confiado al padre Navarro, pero per-manecería poco tiempo en ese cargo, ya que el 19 de noviembre de 1887 pasó a ser comisario procurador de la provincia de agustinos de Filipinas. Al desempeño de este oficio pondría fin la comisión que se le encomendó para estudiar el estado de varias repúblicas hispanoamericanas, a fin de evaluar las posibilidades de que la Provincia se estableciera en ellas. Concluido su periplo por tierras americanas (1890), regresó a Filipinas, donde trabajó en los pueblos de Guagua y San Fernando, al tiempo que desempeñaba otros oficios dentro de su orden. Esta segunda estancia en aquellas tierras coincidió cronológicamente con los gobiernos de Valeriano Weyler (1888-1891) y Eulogio Despujol (1891-1893), en unos años de progreso y modernización para el archipiélago, pero también de reivindicaciones desatendidas y de dramáticos errores por parte del gobierno español. Poco después, el capítulo provincial celebrado en Manila a comienzos de 1893 le confió el cargo de vicario provincial y comisario procurador en la corte de Madrid. Era la segunda vez que asumía este oficio y en su desempeño tuvo que hacer frente a los graves problemas suscitados en el seno de la propia Orden con motivo de la unión de los agustinos españoles al general romano, problemas en los que se involucró el gobierno al considerar que la orden papal violentaba las regalías de la Corona y el Real Patronato. A esta polémica, que vendría a cerrarse en el capítulo de 1895, se sumaría la inquietud surgida del enrarecimiento de la situación política en las islas, con el estallido de la revuelta tagala y la irrupción del Katipunan. Las órdenes religiosas desplegaron una intensa actividad, siendo con frecuencia fray Eduardo el coordinador de las iniciativas de sus procuradores ante el gobierno peninsular, como se recoge y comprueba en una abultada correspondencia y en escritos de diversa naturaleza. A partir de su análisis, Blanco Andrés reconstruye el pensamiento del biografiado considerándolo expresión acabada de las preocupaciones e intereses de las corporaciones religiosas que trabajaban en Filipinas. Desde su óptica, la gravísima situación política tras el alzamiento tagalo era fruto de la perniciosa política asimilista, a cuyos efectos se sumaba la obra silenciosa de la masonería. La crisis, "colmo de ingratitud y conjunto detestable de bajas pasiones", era consecuencia de una política insensata que borraba la distancia entre conquistadores y conquistados, menoscababa el prestigio español y atacaba a las órdenes religiosas, baluarte del dominio peninsular sobre el archipiélago. El análisis del pensamiento de Eduardo Navarro da paso al estudio de sus propuestas concretas para neutralizar los efectos de una política cambiante e insensata. ISSN: 0210-5810 La trayectoria vital de fray Eduardo está atravesada por una constante preocupación por la cultura y la historia de Filipinas. En este punto Roberto Blanco recoge resultados de un trabajo anterior ("Eduardo Navarro y la creación de la Biblioteca Filipina del Real Colegio-Seminario de Agustinos de Valladolid", ya citado), enriqueciéndolos con nuevos datos acerca de las colecciones de periódicos compiladas por el agustino (Prensa de Madrid y Diario de la Guerra), sobre su inconclusa compilación documental relativa a la invasión inglesa de las islas y la toma de Manila, en 1762 (Documentos indispensables para la verdadera historia de Filipinas), y acerca del impulso dado por él a la creación del Museo Filipino (hoy, Museo Oriental de Valladolid). La biografía se cierra con una reflexión, ciertamente ponderada, sobre el carácter y personalidad del biografiado, en la que aparecen luces y sombras: su apasionamiento e intransigencia, pero también su condición estoica y su religiosidad humilde y sincera. El libro incluye mapas, reproducciones de dibujos realizados por fray Eduardo y un pequeño apéndice documental en el que se reproducen escritos suyos y referencias publicadas en la prensa sobre la aparición de su obra Filipinas. Estudio de algunos asuntos de actualidad. La obra de Blanco Andrés, acreedora a una encuadernación más consistente, está escrita con un estilo ágil y plástico, aunque irregular. Con frecuencia su autor se deja llevar por un exceso de arcaísmos y la tensión del relato decae. Acusa la falta de una revisión cuidadosa de las pruebas de imprenta que habría puesto orden en signos de puntuación, acentos, concordancias, loísmos, trastrueque de palabras, frases de sentido confuso, faltas de ortografía, errores de expresión o gramaticales, que deslucen un trabajo serio y bien documentado. En definitiva, estamos ante una obra de indudable interés, bien construida y sólidamente documentada.-MARTA M.a MANCHADO LÓPEZ. El pasado 30 de marzo se cumplieron treinta años del golpe militar en Argentina. La fecha fue recordada y lamentada -no podemos decir que conmemorada-tanto en Argentina como en otros países, entre ellos España. Hubo algunas actividades científicas o divulgativas en universida-RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS des españolas, caso de la de Salamanca o de Santiago de Compostela, por ejemplo, además de una extensa cobertura mediática. El tema está presente no sólo por este aniversario, sino por la atención que en los últimos años, tanto en Argentina como en Uruguay o en Chile, han despertado aquellos hechos y sus consecuencias humanas, políticas y sociales. Los juicios contra los represores, la anulación de la legislación que amnistió en su momento a los responsables tanto de las rupturas democráticas como de los delitos de violación de los derechos humanos, etc., son viva actualidad desde que en octubre de 1998 el juez Garzón abriera nuevas expectativas con la detención de Pinochet en Londres, con todas las consecuencias judiciales y políticas en aquel país a partir de entonces. Esto alude, entre otras cosas, al papel que España ha desempeñado en esta lucha por la justicia, la memoria y contra la impunidad. Pero si bien así ha sido en la esfera pública y judicial, no podemos decir lo mismo en la académica y científica. En los últimos años los estudios sobre las dictaduras del Cono Sur en los años setenta y ochenta, así como sus consecuencias en exilios, violaciones de derechos humanos, etc., han sido cuando menos escasos. Un ejemplo nos lo da la espléndida obra de Benedetta Calandra: en la exhaustiva bibliografía de su trabajo muestra su amplio conocimiento del tema y de lo editado recientemente tanto en Argentina como en Europa y en Estados Unidos, las obras producidas en España son bastante escasas, además de haber sido resultado de investigaciones de autores de origen argentino (Jelin, Jensen o Mira, o colaboradores en trabajos suyos) no siempre radicados en nuestro país. Posiblemente no es más que el reflejo de la poca fuerza que la temática tiene hoy día en el americanismo español, a pesar de su fuerte presencia en nuestra sociedad. Esta misma reseña es prueba de ello, pues a pesar del gran aporte que esta obra supone, han pasado ya cerca de dos años desde su edición en Italia hasta que podemos difundirla en la comunidad académica española. H.I.J.O.S., i figli dei desaparecidos argentini aborda uno de los aspectos más desconocidos de la lucha por la memoria, la justicia y contra la impunidad en la sociedad argentina desde el mismo día del golpe militar: los hijos, los descendientes de aquellos que fueron detenidos, torturados, encarcelados, desaparecidos o forzados al exilio entre 1976 y 1983, que desde 1996 se organizaron en H.I.J.O.S., acrónimo de Hijos por la identidad y la justicia, contra el olvido y el silencio. Con ellos, la simbólica y reivindicativa presencia de las Madres de la Plaza de Mayo, así como la dura lucha de las Abuelas por la recuperación de sus nie-HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS AEA, 63, 2, julio-diciembre, 2006, 307-359. ISSN: 0210-5810 tos nacidos y robados en cautividad tienen continuidad en una nueva generación que recoge su testigo y lo renueva con novedosas formas de lucha y actividad en pro de sus objetivos: la recomposición de la identidad individual de los miembros de la asociación, y la denuncia de la impunidad de los crímenes de la dictadura, con todo lo que ello implica y que Calandra recoge a la perfección en su trabajo. Éste ha sido planteado desde una óptica especialmente interesante, y que además es la más compleja. No efectúa una descripción clásica de H.I.J.O.S., de su organización, sus modos de actuación, de su discurso o sus denuncias. Profundiza en los aspectos menos tangibles de su actividad, en los más sutiles y menos fáciles de localizar y exponer al lector. Y lo hace con un notable éxito, aquel que revela la magnífica formación teórica y metodológica de la autora, además de sus capacidades propias. El trabajo está dividido en cuatro capítulos, además de una introducción y las pertinentes conclusiones. En la primera repasa sintéticamente los momentos, contextos y actores a los que se va a referir: golpe, dictadura, regreso a la democracia y lucha por la memoria. Demuestra un excelente y sólido conocimiento de la bibliografía sobre el tema producida tanto en Argentina como en Europa o Estados Unidos, además de las cuestiones teóricas propias. Apunta desde la introducción elementos que estarán siempre presentes en el texto y que relacionan lo estudiado con el marco en el que debe comprenderse: la lucha por la memoria y los derechos humanos como problema de categoría y dimensión universal, trayendo a comparación, ilustración o como ejemplo metodológico a seguir, estudios referidos a la Shoah, la represión de las Fosas Ardeatinas italianas, del régimen soviético, o el exilio español, entre otros. El primer capítulo se dedica al nacimiento de H.I.J.O.S., con todo lo que ello supone. Pero no describe el proceso organizativo, sino aquello que impulsó a sus fundadores, sus motivaciones, y el marco de lucha por los derechos humanos y contra la impunidad en el que se insertó en Argentina, con referencias precisas a Madres y Abuelas. Todo ello basado en una amplia bibliografía explicativa e interpretativa, así como en algunos testimonios recogidos por la misma autora. Con ello, inserta a H.I.J.O.S. en el esquema global de actores, acciones y motivaciones, y así nos indica el lugar que ocupan, el por qué y para qué lo hacen, y a qué necesidad responden. Madres buscan hijos, abuelas buscan nietos, e hijos buscan conservar la memoria de lo ocurrido, así como reivindicar la lucha y la recuperación moral y humana de los desaparecidos, de la generación perdida de Argentina. El segundo capítulo se dedica a la identidad. Sin detenerse en la descripción organizativa del grupo, profundidad que en algunos momentos se echará de menos y que es una de las pocas lagunas del trabajo, la autora toma una de las Comisiones internas de la asociación, la de Identidad, y a través de ella nos muestra la esencia y el objetivo fundamental de H.I.J.O.S. Es un "significativo ejemplo de socialización de memorias individuales", como acertadamente lo describe. La asociación sirvió y sirve, en primer lugar, para la recomposición de la identidad propia, a través de la confrontación de la historia de cada miembro con la de los demás, en un mirarse al espejo a través de otros. Se reconstruye la identidad propia fuera del ámbito familiar que signó el conocimiento y, sobre todo, el olvido de aquello que es traumático en cada familia en torno a este tema. En medio, Calandra hace pasar los debates de la sociedad argentina en torno a los desaparecidos, las formas de tratar la cuestión, los derechos de las familias biológicas y las de adopción, los de los propios niños, etc. La Comisión de Identidad es también la responsable de los homenajes, de las actividades públicas a las que los hijos llegan desde lo privado, desde el recuerdo del progenitor. Rescatan las identidades de estos, y al tiempo, y con la ayuda de terceros, los conocen ellos mismos. Luchan contra una sociedad que los niega, o los ningunea, o les da una identidad genérica que no refleja su lucha, ideales y realidad, más allá de los aciertos o errores que hubiesen tenido. Y en ese rescate de la memoria, se llega a la desaparición, a lo que significa, a la figura del desaparecido, y a los traumas que esto genera personal y colectivamente. A través de un exquisito manejo de la fuente oral, indaga en la figura de los desaparecidos para sus hijos, y las estrategias de estos para vivir con ellos y recordarlos. Pero todo este camino no es uniforme, como tampoco lo son las categorías en él presentes. Y de eso se ocupa el capítulo tercero bajo el literario título de "Disonancias", que resume perfectamente los múltiples elementos de conflicto: son hijos de padres muy diversos, humana, social y políticamente; de padres con experiencias diversas que marcaron también la evolución de sus descendientes, por cuanto hay hijos de desaparecidos, de exiliados, de asesinados, o simples simpatizantes de su tarea; y que tienen por tanto memorias divididas y conflictivas. Los objetivos de H.I.J.O.S. son comunes, pero su memoria es múltiple y con disonancias. Cada uno de los miembros -y la asociación en conjunto a través de sus estructuras-recupera, reconstruye la memoria de sus progenitores, y debe hacerlo de forma crítica con su propia tarea: ¿fueron héroes, mártires, personas comunes que lucharon por unos ideales, con sus errores o aciertos? En general, los hijos luchan por recuperar la dimensión humana de sus padres, y valoran su entrega militante sin juzgar su idoneidad o desempeño. Calandra completa esta parte con dos debates de interés: la justicia y el recorrido de una sociedad hacia la impunidad, por una parte; y el perdón individual y la reconciliación nacional por otra. Pero en esta cuestión no acertó a hacer presentes a los hijos, los protagonistas de la obra, a mostrarnos con profundidad cómo procesaron esas cuestiones. Se quedó en debates más teóricos, académicos, basados en ejemplos de otras latitudes que, si bien muy interesantes y muy bien expuestos, distraen la atención del hilo conductor previo. Para finalizar Calandra analiza los espacios de acción de H.I.J.O.S., y con ello pone de manifiesto la novedad que suponen respecto a madres o abuelas. Frente a las marchas silenciosas y circulares de las primeras en el corazón del poder, en la Plaza de Mayo, los hijos participan en el espacio público con renovadas fórmulas: el escrache es la principal, la manifestación móvil y de denuncia que pasa de testimoniar el horror a descubrir y condenar socialmente a sus responsables. Además, ocupan espacios como la escuela, invitados por los maestros a dialogar con los estudiantes. Esta cuestión es bien aprovechada por la autora para reflexionar, con sólidas bases teóricas, acerca de la confrontación entre historia y testimonio, entre el lugar de los historiadores en la transmisión de su objeto de estudio y el de los propios testigos o sus herederos. Además, y en la fórmula adoptada en todo el trabajo para ir revelándonos las cuestiones organizativas de H.I.J.O.S., descubrimos su multiplicidad y disonancia en una nueva dimensión: sus sedes son múltiples, y ya no sólo en las ciudades argentinas, sino también en todos aquellos países en los que hay "hijos del proceso". En España, Italia, Suecia, Francia, México, etc., están los "hijos del exilio". Ellos traen a colación debates más profundos que sólo quedan apuntados al final del trabajo: el exiliado frente al desaparecido, sus posibles responsabilidades, los tipos de exiliados y, consecuencia de todo ello, la multiplicidad de memorias, las dificultades identitarias del hijo del exiliado, su ausencia de raíces, la dualidad de espacios en la que vive, etc., así como la ausencia de memoria del exilio (la "memoria silenciosa") en el debate en Argentina acerca de la violencia de Estado. En su trabajo, Benedetta Calandra expone una exquisita formación teórica y metodológica, además de un amplio conocimiento del tema y de otras temáticas próximas aunque diferenciadas, como hemos señalado. Su presencia constante a lo largo del texto lo enriquecen notablemente, volviéndolo por momentos casi un ejercicio de historia comparada. Pero además, el manejo de las fuentes es impecable. Supera perfectamente las dificultades de tratar un tema tan reciente y conflictivo, plenamente vivo en la sociedad argentina, y para el que la distancia temporal parecía en principio necesaria. Acudió para ello a la documentación de las asociaciones implicadas, a archivos privados y personales, o a ONG. Y aquí nos descubre un fondo de especial riqueza, muy raramente consultado, y que se revela en este trabajo como de máximo interés para el conocimiento de las violaciones de derechos humanos en América Latina en los años setenta: el archivo de Amnistía Internacional en Londres, en el que consultó comunicados de prensa, informes que servían para sustentar las campañas de los socios, la documentación básica para aquellos, etc. Además, completó sus fuentes con todos aquellos elementos, clásicos o no, que podían ser útiles tanto para recoger información como para comprender su objeto de estudio: prensa, fuentes literarias, memorias, o material audiovisual o fotográfico, ejemplo éste además de la expresión y sentimiento de H.I.J.O.S. en su lucha por la memoria. Cabe, por último, felicitar a esta joven investigadora de prometedor futuro, y agradecerle su trabajo y la luz que arroja acerca de uno de los protagonistas de la lucha contra por la memoria y contra la impunidad en la Argentina en esta última década. Cubre un vacío considerable en la bibliografía sobre el tema y lo hace de forma notable. Sólo queda esperar que su trabajo pueda ser pronto más conocido en España, bien en su versión original o bien en una posible y necesaria traducción al castellano.-EDUARDO REY TRISTÁN. Cook, Noble David: La conquista biológica. Bienvenida sea esta traducción del excelente libro de Noble David Cook, Profesor de Historia en la Florida International University (Miami), que, revisado y ampliado en la versión española, estudia, en la estela de los pioneros trabajos de J. Duffy y A. W. Crosby, el devastador efecto que sobre la población indígena del Nuevo Mundo tuvieron las enfermedades epidémicas europeas (la viruela, el sarampión, la peste bubónica, la peste neumónica y el tifus: una infección tras otra, en oleadas, coincidiendo con el cambio generacional, repitiéndose a intervalos de 25 a 30 años); según Cook, "la mayor catástrofe de la historia de la Humanidad", superior en HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS AEA, 63, 2, julio-diciembre, 2006, 307-359. ISSN: 0210-5810 mortalidad a la Peste Negra; como que, a su juicio (y al de Las Casas), se llevó consigo posiblemente al 90 % de los amerindios en las cuatro primeras generaciones que sucedieron a la conquista. La primera en desencadenar el contagio fue la segunda expedición de Colón, que rompió el aislamiento ecológico de América y Europa: tres indios murieron "de viruelas a la partida de Cáliz" (1493) y, según sabemos por el doctor Chanca, en enero de 1494 sólo quedaban dos indígenas de los siete que habían salido de la Península. Son datos poco precisos para hacer cálculos sobre la propagación del mal, indudablemente acrecentado por las dolencias de los españoles, quizá éstas últimas provocadas por la peste porcina (así F. Guerra).De la misma manera, no se puede saber la causa exacta por la que murieron doscientos de los 550 esclavos que envió Colón a España en 1494. Sí consta en 1495 la gran mortandad de los indígenas, reducidos a la tercera parte; aunque Colón la achaca a la hambruna, sin duda hubieron de influir otros factores, entre ellos las consecuencias nocivas de las enfermedades europeas. Los agentes patógenos se extendieron con las dos últimas navegaciones de Colón -en la cuarta es probable que la tripulación enfermase de malaria, introduciendo la calamidad en el istmo de Panamá-y los llamados viajes menores. Las naves que llegaron a la Española durante la gobernación de Ovando zarparon de una Sevilla diezmada por la peste: otra posible fuente de contagio, la "red barredera", según la gráfica expresión de Las Casas, que consumió las nueve décimas partes de la población indígena. Las expediciones españolas también sufrieron otras dolencias: la de Pedrarias Dávila fue atacada por la "modorra" (meningitis epidémica, encefalitis letárgica o tifus) y después por la peste, epidemias que indudablemente se transmitieron a los aborígenes. En 1520, un informe de Hernando Gorjón, vecino de Azúa, atribuye la despoblación del Caribe a los efectos de "viruelas, sarampión e romadizo", causas naturales a las que Nicolás Federmann añadió otras dos provocadas por el hombre: la guerra y la explotación por parte de los españoles. La primera pandemia de viruela documentada, que no por azar coincidió con un reasentamiento de los indios, tuvo lugar en 1518, propagándose por las vías comerciales fluviales, terrestres y marítimas tanto de los indios como de los españoles y asolando las islas del Caribe y la tierra firme. Los indios murieron "como rebaños apestados con hálito contagioso", en gráfica expresión de Pedro Mártir de Angleria. En 1520 la viruela llegó al Yucatán, difundida por unos indios infectados que pertenecían al ejérci-to de Pánfilo de Narváez, y alcanzó en breve la ciudad de México, dejando a su paso un escalofriante reguero de muertes; entre los fallecidos se encontró el rey Cuitláhuac. El éxito militar de Cortés, entonces, se habría debido en buena parte a la atroz epidemia (es una hipótesis probable; pero entonces la viruela hubiera hecho los mismos estragos entre los tlascaltecas, y sin los tlascaltecas Cortés no hubiera tomado México). La enfermedad dirigió también su curso asolador hacia el Tahuantinsuyu: casi con seguridad fue la causa de la muerte de Huayna Cápac, siendo Cuzco el posible foco de la epidemia que, además de cebarse en el vulgo, segó la vida de parte de la familia real (su mujer y su hijo Ninan Cuyoche, por ejemplo). Otra vez, pues, la enfermedad habría facilitado la conquista (claro que, de haber sido así, hubiera entorpecido al mismo tiempo la marcha de Pizarro); pero al menos la imprevista desaparición del Inca provocó la guerra civil entre sus dos hijos. En la década de 1530 apareció el sarampión, quizá traído de Sevilla, causando otra devastación extraordinaria, que entre los indios tuvo un índice de mortalidad del 25 al 30 %. De México la expedición de Diego de Guzmán lo llevó a Nueva Galicia en 1530-1531; en 1532 ya asolaba la población de Guatemala, Honduras y Panamá y se piensa (Dobyns) que incluso llegara hasta Florida, que ya había sufrido posibles contagios infecciosos por parte de las expediciones de Juan Ponce de León (1511), Lucas Vázquez de Aillón (1521) y Álvar Núñez Cabeza de Vaca (1528). A su vez, las relaciones de Schmiedel y van Staden permiten ver el progreso de epidemias no determinadas en el Paraguay (1542) y en Brasil (1550) respectivamente: los dos se salvaron del cautiverio o de algo peor gracias a los mortales efectos de las mismas sobre los indígenas. De 1545 a 1548 se desató en el área central de México una epidemia devastadora, quizá traída por la flota en la que viajó Las Casas y que fue descrita por Tomás de la Torre en su Diario: el terrible cocolitzli (quizás el tifus exantemático, llamado por los españoles "tabardillo"), llamado en Guatemala gucumatz, que se repitió en 1575 y en 1587 con los mismos efectos deletéreos, teniendo un índice de mortalidad del 60 al 90 % según Motolinía. En Quito hubo muchas muertes a causa del catarro (probablemente gripe) en 1573. La epidemia que se declaró en México de 1576 a 1580 está muy bien documentada: era el tifus según Mendieta, pero cuando el contagio llegó a Guatemala la enfermedad fue descrita como viruela, tifus y catarro; también Nicaragua fue infestada por el catarro en 1578. Un nuevo reasentamiento de los indios andinos, hecho esta vez por el virrey Toledo, favoreció la propagación de mortíferas enfermedades en el virreinato peruano entre 1585 y 1591, debidas tal vez a tres factores epidemiológicos. El virrey conde del Villar, que ya había hecho frente a la peste como asistente de Sevilla, tomó entonces una medida oportuna: mandar quemar la ropa de los fallecidos por el mal. En 1595 hubo en el área central de México una epidemia de sarampión, tifus y paperas. La armada que zarpó de Plymouth en 1585 al mando de Drake también tuvo efectos indeseados sobre la demografía indígena: su gente, infectada por la peste en Cabo Verde, propagó los gérmenes nocivos a las costas de Florida por donde pasó. Aunque las epidemias europeas acabaron por hacerse endémicas en América, no afectaron a todos los lugares con igual intensidad: las regiones costeras de clima tropical estuvieron más expuestas a una mortalidad alta, y aun fue la población del litoral, la primera en tener contacto con los extranjeros, la que sufrió generalmente un descenso demográfico más brusco y continuado; los habitantes del altiplano resistieron mejor al ataque de los gérmenes nocivos. En el siglo XVII hubo nuevos y muy virulentos brotes de sarampión, viruela, peste, escarlatina, difteria (el "garrotillo"), erisipela y leishmaniasis; pero sólo en 1647 apareció en la colonia británica de las Barbados una epidemia nueva traída por los esclavos negros, la fiebre amarilla, que produjo allí la muerte de 6.000 personas; después, en 1649, se propagó a las islas (Margarita, Puerto Rico y Cuba), a la costa e interior de la Nueva España, a Colombia y a Florida. El cólera, de efectos muy rápidos, llegó más tarde, en el siglo XIX, cuando el vapor reemplazó a la vela. Cook, que se muestra justamente muy crítico con la brutalidad con que se realizó la conquista española, hace sin embargo una valoración de la diferente actitud que tuvieron los españoles y los ingleses ante las epidemias que diezmaron la población amerindia. Mientras los primeros se lamentaron de la mortandad -bien sabían ellos la utilidad de la mano de obra nativa-y, por ello, trataron de salvar la vida de los indígenas imponiendo, por ejemplo, la cuarentena (así lo hicieron en los Andes en 1580), los ingleses "dieron la bienvenida a la desaparición de los dueños originales de la tierra": así lo quería Dios, para que los "elegidos" heredaran sin compra ni compromiso unos campos deshabitados. E incluso los anglosajones no vacilaron en utilizar contra los indios la guerra de gérmenes en el siglo XVIII, inoculando bacterias a los nativos por medio de mantas infectadas (así en 1763: págs. 234-35). Por su parte, los indios, impotentes ante el mal -su antigua medicina no curaba las nuevas dolencias-, "asociaron la llegada de los europeos con la enfermedad". De esta suerte surgieron revueltas como los movimientos Santidade en Bahía o Taki Onkoy en los Andes (los dos del 1560), que aspiraron a devolver el mundo indígena a su antiguo orden, librándolo del yugo extranjero -y, en consecuencia, de las epidemias, que se habrían de volver entonces contra los dominadores-. Historiador curtido en muchas lides, Cook maneja las fuentes documentales con suma prudencia y no extrae de ellas deducciones forzadas para hacerles decir lo que no dicen. La mayor dificultad estriba en determinar con exactitud la enfermedad real del paciente a partir de descripciones que son tan vagas como imprecisas (piénsese en todos los diagnósticos que han dado médicos y aficionados a los achaques de Colón). La mortandad de la población indígena en Guatemala en los primeros años del siglo XVI pudo deberse a viruela o a sarampión (pág. 83; véase pág. 104), así como el gucumatz posterior a peste pulmonar o tifus (pág. 117). Otro ejemplo más: es sugestiva la explicación (consumo de pescado contaminado) que ofrecen los Phillips al "color del limón o el azafrán" que tenían los hombres que vinieron de la Española en 1496 con Colón a bordo de dos carabelas; puedo ofrecer en su apoyo un fenómeno similar atestiguado en las fuentes: la epidemia que se declaró a bordo de la nave de Quirós en 1606 por haber comido pargo "çiguato" (relación de fray Martín de Munilla en C. Kelly, Austrialia Franciscana, I, Madrid, 1963, pág. 80); todavía se llama a la dolencia "ciguateo" (curiosamente, "ciguatos" se denominan hoy en Sanlúcar de Barrameda las gambas o langostinos que tienen todavía blando el caparazón). Ahora bien, también enfermó la gente de Colón en el tercer viaje, sin que haya que buscar siempre la causa de la dolencia en la alimentación. Para mayor confusión, el color amarillo de la tez fue asimismo una característica de los enfermos del Darién (pág. 66). Concluye el libro con una oportuna cita del Memorial de Sololá: "Para morir nacimos", frase lapidaria que aparece en la conclusión de otro hermoso estudio de Cook y Lovell (Juicios secretos de Dios) y que da título a este libro (Born to die) en la primitiva versión inglesa (Cambridge, 1998). Ahora bien, la misma expresión aparece en el Romeo y Julieta de Shakespeare, cuando el viejo Capuleto, recordando la muerte de Tibaldo, sentencia: "Well we were born to die" (III 4, 4). "Proverbial", anota con razón J. L. Levenson (The Oxford Shakespeare, pág. 283). Ahora bien, esta frase, proverbial tanto en inglés como en español, es evidente que fue enseñada a los indios por los frailes o curas doctrineros. Una vez más lo que parece indígena a primera vista acaba por ser europeo. Para terminar, unas pequeñas observaciones. Se expresa mal Cook en la pág. 94 cuando habla sobre el comercio desarrollado con el que se encontró Colón en el cuarto viaje: en vez de "los taínos, los caribes y sus vecinos" entiéndase "los mayas y sus vecinos" (pág. 95). El término fhigo (pág. 101) da la impresión de ser una mala lectura del original por parte de Newson: tal vez haya que corregir "fuego"; en cualquier caso, no da la impresión de que se trate de una enfermedad (en ese caso, sorprendería sobremanera el singular: como en el caso de latín ficus 'almorrana' [sobre él exclusivamente en esta acepción trata Covarrubias, Tesoro de la lengua española, pág. 1051ss. ed. Arellano-Zafra], lo lógico hubiera sido emplear el plural). Sebastián Caboto no partió de Sevilla para colonizar el Río de la Plata, sino para alcanzar la Especiería (pág. 160). Américo Vespuche no fue piloto de Colón en el tercer viaje (pág. 162). Erratas hay muy pocas: la más llamativa, que remonta por cierto a Warren Dean, es Sousade por Sousa (pág. 163). Cook sabe combinar como nadie el conocimiento de las fuentes documentales españolas y de la bibliografía especializada con la interpretación de los datos médicos, elevando su bien trabada urdimbre al plano de la historia general. El libro, muy bien escrito, se lee de un tirón. Unas láminas en color muy bien escogidas ilustran perfectamente el tema de estudio. En resumen, y como decía al principio: una obra excelente.-JUAN GIL. Di Liscia, M.a Silvia y Bohoslavsky, Ernesto (editores): Instituciones y formas de control social en América Latina, 1840-1940. Con cierto halo renovador, el libro Instituciones y formas de control social en América Latina 1840-1940. Una Revisión se inscribe dentro de una historiografía crítica sobre los estudios latinoamericanos del disciplinamiento. ISSN: 0210-5810 sobre las estrategias discursivas y sus consecuentes prácticas nacidas a fines del siglo XIX y principios del siglo XX, fundamentos de un modelo de saber-poder. La desconfianza hacia algunas premisas y metodologías trazadas por la historiografía precedente (Zimmerman 1994, Ruibal 1993, Barreneche 2001, Salvatore 2001) nace a partir de una serie de factores que contribuyen al análisis histórico: 1) el exagerado peso y magnitud que se ha dado a las instituciones de represión, castigo y confinamiento (penitenciaria, hospicios, escuelas) para modelar la realidad; 2) la prioridad que han cobrado en los estudios del control social los textos fecundados desde las agencias estatales, olvidando los saberes engendrados por los sectores subordinados para alterar, resignificar y discutir con dichas agendas. "De allí que los actores pertenecientes a ámbitos oficiales o de elite parecen ser protagonistas exclusivos de esta historiografía" (pág. 10); 3) la necesidad de considerar los saberes especializados como "áreas de disputa", como elementos accesibles -a través de su divulgación-con todos los participantes. Los autores prestan atención a saberes no reducidos a espacios herméticos, sino más bien, a saberes que se filtran en ámbitos no científicos y en sectores para los que no fueron concebidos; y 4) una mirada que albergue áreas periféricas nacionales. Esta historiografía del control social ha focalizado sus estudios en ciudades capitales y en otras esferas urbanas importantes en las cuales el corpus ideológico criminológico positivista pudo imponerse. Esta compilación, por el contrario, al abarcar un mapa geográfico más vasto y rico se ha propuesto un análisis plural sobre regiones que debieron afrontar un presupuesto oficial acotado para las pretensiones de la scuola positiva representadas por las agencias estatales. Los autores han logrado la ambiciosa tarea de dar cuenta de novedosos dilemas acerca de "qué existe, qué queda del éxito del control social del Estado y de la imposición burguesa de la racionalización científica totalizadora y el desprecio de la elite por las masas en América Latina de mediados del siglo XIX" (pág. 15). Asimismo, el libro nos hace participes de un interrogante que ha calado en la historiografía del control social: la influencia y trascendencia de la obra del filósofo francés Michel Foucault. Atravesados por su ideología y estructura conceptual de saber-poder, los editores reflexionan -invitando al diálogo a Deleuze (1981,1990), Veyne (1984) y Leonard (1983)-de qué forma y cómo prosigue el camino de la historia de las instituciones del control social después de Foucault. Los espacios de vigilancia y represión social como la penitenciaria, las colonias de niños débiles, el asilo Open Door, la escuela y sus reformas educativas son tratados en la primera parte del libro. Los artículos de Gómez Correa, Bohoslavsky, Bassa, Di Liscia y Schell señalan las prácticas cotidianas y los límites coercitivos de las agencias estatales. Cada uno de ellos procura cristalizar en sus análisis cuál fue realmente el alcance y efectividad en la intención de castigo y domesticación social de fin de siecle, y qué obstáculos materiales, humanos e ideológicos se interpusieron en la concreción del deseo positivista en rincones tan dispersos de América Latina. El encierro femenino cobra voz en el estudio de María José Gómez Correa para el caso chileno a mediados del siglo XIX. La casa correccional de Santiago, fruto de las ansias positivistas de erigir nuevas metodologías, dejó de ser en 1864 un establecimiento penal laico comenzando la dirección y guía de la misma por la congregación francesa del Buen Pastor, cuyos postulados retomarían ideas penitenciarias sobre el poder de lo religioso para la salvación de las almas. El texto se encuentra influenciado por categorías de género, entrecruzándolas en el discurso penal y carcelario de la época, lo que permite recuperar formas de construcción de identidad. Bajo las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del siglo XX, las instituciones correcionales actuaron como "establecimientos híbridos" al compartir márgenes institucionales ambiguos entre el poder estatal y la actividad privada y benéfica. Las instituciones de confinamiento, de acuerdo a Gómez Correa, representaron en la escena chilena un papel de precariedad y existencia "zigzagueante", debido a las constantes faltas de recursos materiales sumado a las dificultades de implementar parte de la cosmovisión penitenciaria. Esta misma situación se refleja en el trabajo de Ernesto Bohoslavsky para las instituciones de control neuquinas en tiempos de los Territorios Nacionales. El autor subraya este marcado desfasaje entre la teoría y la práctica que se proyectaba en la frugalidad presupuestaria y en las falencias de profesionalización de los funcionarios producto de la desatención estatal que obstaculizaban la efectividad en la tarea de vigilar y controlar. A partir de estos elementos, Bohoslavsky intenta complejizar una posición que la historiografía del control social ha silenciado. El artículo convoca a discutir la supuesta relación unilineal y subordinada entre los discursos de las elites patagónicas -y en última instancia nacionales-y su verdadero o real talento para imponer sus proyectos. Por esta vía invita a seguir estudiando las múltiples formas en las que la ley ha sido empleada como esce-nario de negociaciones y de conflictos en el juego interpretado por los distintos sectores de la sociedad. Prosiguiendo con la misma lógica de pensamiento, Daniela Bassa reconstruye por medio de una valiosa fuente histórica, como son las historias clínicas, el itinerario de los "insanos" pampeanos que fueron trasladados al Asilo-Colonia "Open Door", atendiendo al diagnóstico, tratamiento y permanencia en dicha institución. De esta manera la autora expresa que "sectores que no tienen voz adquieren una nueva presencia, comienzan así a ser considerados en la historia, al prestarle atención a sus huellas y registros" (pág. 116). La práctica psiquiátrica reitera las carencias y abandonos que los autores anteriores percibieron para las cárceles neuquina y chilena. Las historias clínicas vislumbran en su interior los descuidos institucionales hacía los pacientes, quienes permanecían librados a su suerte. La mayor parte de los expedientes contienen, según Bassa, solo silencio, no hay pistas ni indicios del transcurso de sus vidas, "quedan como inmóviles en el tiempo, es gente sin historia" (pág. 122) al no existir más información que la obtenida al momento de su internación en el Asilo. Entre las investigaciones que tienen como eje la educación, Patience Schell y Silvia Di Liscia, irrumpen profundizando en temáticas de estudio como las reformas educativas mexicanas y las colonias-escuelas para niños débiles en Argentina, a partir de la intervención institucional y sus transfiguraciones en la organización, su funcionamiento y relación con los actores sociales. Patience Schell incorpora una visión compleja y dinámica sobre la educación mexicana, al tratar preferentemente la tensión existente entre la educación del niño como individuo libre y la educación como ciudadano para la sociedad. De esta manera, reconoce en el sistema educativo de principios del siglo XX un terreno de lucha entre la libertad y el control, entre una educación a través de la experiencia y el conocimiento integral y una tradicional, verbalista, de memorizar y recitar; elementos de análisis que no han recibido ninguna mención en la historiografía. La autora enfatiza que, aunque la educación y sus consecuentes reformas (durante el porfiriato y el período revolucionario) han formado parte de una política de control sobre la niñez para adoctrinar trabajadores productivos, generaron una "tendencia gemela", ya que al mismo tiempo, la educación proveyó las herramientas para el libre pensamiento.Por otro lado, Silvia Di Liscia, incorporando en su estudio un importante corpus de fuentes conocidas e inéditas, procura examinar para la primera mitad del siglo XX el ejemplo que constituyeron las escuelas y colonias de niños débiles en la aspiración por modificar el ambiente "negativo" de los sectores populares, los cuales se encontraban más propensos al contagio de enfermedades y malestares crónicos. Su mirada se ciñe sobre los grandes centros urbanos argentinos y, particularmente, sobre el Territorio Nacional de La Pampa. En este último, la autora se detiene a observar y reflexionar cómo la organización y el ejercicio de estos centros de control higiénico y moral dependieron en sus inicios del esfuerzo comunitario y privado. El ambicioso proyecto gozó los mismos avatares que el resto de las instituciones de control social que alberga esta revisión. Con apelaciones permanentes al poder central, el financiamiento de las escuelas-colonias para niños especiales obtuvieron escaso apoyo estatal, sufriendo las problemáticas ya mencionadas para los correccionales, las penitenciarias y los asilos. La segunda parte del libro está protagonizada por los sujetos y sectores "subalternos" junto con sus propios saberes y estrategias frente al control. Sus posibles capacidades y resistencias, testimonios de proyectos alternativos, son indagados en los artículos de Ferreira, Speckman y Ablard. Dicha literatura apunta a rescatar las prácticas y discursos de los individuos sin voz ante la opresora mirada estatal y social. Desde un prisma alterno, los "controlados" dejan de ser víctimas para metamorfosearse en jugadores activos y creativos de la realidad social. Reducir la escala de análisis del universo de las grandes explotaciones esclavistas brasileñas hacia el municipio de franca concedió a Ricardo Ferreira la oportunidad de abordar las costumbres, prácticas y estrategias de un grupo de mujeres y hombres que fueron percibidos únicamente como dominados. Así el autor se inmiscuye en un mundo de señores y esclavos que se definían de acuerdo con sus requerimientos, negociaciones y conflictos para explorar sus múltiples relaciones -especialmente en la esfera de la criminalidad-en un escenario signado por la vigilancia y el castigo. La vinculación entre la ley y la costumbre es considerada también por Elisa Speckman en su investigación sobre el duelo en el México del porfiriato. La polémica Romero-Verasteguí invita a repensar ciertas categorías como la distancia entre la norma y la praxis, el concepto de honorabilidad, las cualidades de los particulares para inferir derecho, la igualdad jurídica y la interacción con otros actores públicos. La autora mexicana en su exposición hace hincapié en la contradicción permanente en la que tropezó el modelo de control social defendido por las elites. Al igual que en los trabajos anteriores, Jonathan Ablard circunscribe su mirada a un caso particular que le brinda la oportunidad de subrayar la ambigüedad de la historia de la psiquiatría en Argentina. Las ideas de enmarcar esta disciplina en un contexto social mayor, de reconsiderar a los hospitales y el sistema legal como agentes de control efectivo, y de cuestionar si los saberes médicos ofrecieron un programa para crear una sociedad moderna, higiénica y moral atraviesan el texto. Desde una perspectiva metodológica, el caso observado por Ablard presenta los signos de resistencia a la autoridad, adquiriendo disímiles formas para cuestionar o rechazar la ideología dominante. La pretensión de este libro de arrojar luz sobre algunos aspectos de la historia del control social es así mismo la de polemizar con una historiografía que ciertamente ha vislumbrado al Estado como todopoderoso en su proyecto de disciplinamiento, omitiendo los rasgos dinámicos propios de los sujetos protagonistas del juego social, en una coyuntura mucho menos estática y pasiva de lo que imaginó hasta ahora la literatura referente a este punto. En este sentido, los artículos que componen esta revisión bosquejan una historia de las instituciones del control social como una puerta abierta que invita a internarse en el estudio e indagación de sujetos y agencias estatales que no han recibido atención aún. Al mismo tiempo, desde una perspectiva global interesa destacar el papel desempeñado por los editores que han evitado caer en la trampa de una sumatoria de textos sin mayor coherencia que su temática. Por ello, el presente libro es la concatenación de preguntas, desconfianzas e inquietudes hacia los discursos y prácticas de los funcionarios positivistas y de los actores "controlados" portadores de estrategias y saberes para negociar o rechazar la cohesión impuesta. El resultado es una trama que no se articula en torno a fragmentos y cronologías lineales, acogiendo el texto una nueva mirada metodológica y una valiosa renovación analítica, cuyo soporte se encuentra en un heterogéneo corpus de fuentes (historias clínicas, periódicos, revistas científicas, memorias oficiales, programas de estudios, escritos de maestros y oficios criminales contra los esclavos) de regiones periféricas que desdibujan el "éxito" centrado en las grandes urbes latinoamericanas. Algunos El auge de los estudios sobre la inquisición peruana se remonta al menos a unas tres décadas atrás y tiene entre sus principales representantes a René Millar Carbacho, Bartolomé Escandell Bonet, Guillermo Lohmann Villena, Gabriela Ramos, Teodoro Hampe, Fernando Ayllón y Pedro Guibovich. Todos ellos han proporcionado nuevas interpretaciones que han corregido o ampliado los datos consignados en la clásica y siempre indispensable Historia del Tribunal de la Inquisición de Lima de José Toribio Medina. Guibovich es un prestigioso investigador en cuya trayectoria destaca un temprano interés por desentrañar aspectos relevantes de la actuación del Santo Oficio peruano en distintas épocas. Ejemplo de ello es su biografía del calificador Juan de Almaraz a finales del siglo XVI o su estudio sobre la licencia para la lectura de libros prohibidos solicitada por el médico y científico Hipólito Unanue a principios del siglo XIX. El indispensable catálogo de los fondos inquisitoriales existentes en el Archivo Histórico Nacional de Madrid que publicó en 1998 con el título de En defensa de Dios muestra asimismo su compromiso por interesar a los historiadores hacia la consulta de estos materiales. Guibovich ha incursionado también en la historia del libro y son ampliamente conocidos sus estudios dedicados a las bibliotecas de los jesuitas del Cuzco o de connotados personajes como Juan de Espinoza y Medrano. El resultado de esta doble vertiente académica fue su tesis doctoral sobre la cultura del libro y la inquisición colonial defendida en la Universidad de Columbia y que al obtener el premio accésit del concurso de monografías Nuestra América 2002 ha sido editado en Sevilla. El objetivo fundamental de Censura, libros e inquisición en el Perú colonial es demostrar que a través del análisis de la censura se puede ofrecer una nueva interpretación sobre la actuación de la inquisición en relación con la difusión de los libros. Ya Millar Carbacho había realizado una breve incursión por esta temática al concentrar su análisis en el siglo XVIII. A diferencia de este investigador, Guibovich introduce matizaciones de tipo cronológico y metodológico para justificar una aproximación analítica alternativa y distinta. Para comenzar éste propone como fronteras temporales de su investigación la fecha del establecimiento oficial del Tribunal del RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS Santo Oficio en Lima y el año en que entró en vigor el Índice de 1747. Esta novedad cronológica se ajusta a una necesaria visión de largo aliento con la que el autor aspira a destacar la importancia de una cultura letrada anterior al auge del despotismo ilustrado. Pese a la existencia de la Inquisición, el florecimiento de la cultura libresca peruana fue bastante significativo a pesar de concentrarse fundamentalmente en Lima, Cuzco y La Plata. Como bien señala el autor, la censura inquisitorial debió actuar sobre un escenario urbano y barroco compuesto de múltiples lectores, mercaderes, libreros y significativas bibliotecas privadas e institucionales. En relación con la novedad metodológica, Guibovich propone dos argumentos contundentes. Primero, que la censura de libros practicada por los inquisidores a lo largo de estos siglos no puede calificarse de represiva y ominosa, tal como lo señaló la interpretación liberal decimonónica, y hasta hoy muchos creen, sino que la misma debe definirse como intermitente y permeable. Segundo, que el funcionamiento de esta censura debe valorarse a partir de una exploración de sus dimensiones sociales, es decir averiguando quiénes eran los responsables de aplicar dicha censura, e institucionales, o lo que es lo mismo indagando las circunstancias en las que actuaban los agentes de la censura y las herramientas bibliográficas con las que contaban para efectuar sus deberes. Guibovich advierte que otro supuesto metodológico indispensable para comprender la censura de libros en el Perú es el de comprender a la Inquisición limeña como parte integrante y, sobre todo, dependiente del sistema inquisitorial del imperio español. Por lo tanto, la actuación de esta instancia religiosa en su condición de un tribunal de distrito siempre estuvo supeditada a lo que dispusiera el Consejo de la Suprema de Madrid. Los nuevos estudios sobre la historia de la Inquisición en Europa tienen una fecha clave en el simposium celebrado en noviembre de 1998 en el Vaticano cuando, entre las conclusiones, la curia romana expresó su arrepentimiento por consentir la aplicación de métodos de intolerancia y de violencia en su afán de proteger la fe. Ese mismo año fue igualmente significativo porque el Vaticano permitió la apertura a los historiadores del archivo del Santo Oficio que por siglos había resguardado celosamente. Este cambio de actitud de la iglesia, como ha recordado recientemente el profesor Ricardo García Cárcel, ha coincidido con el cambio de actitud de los historiadores ante la Inquisición. Los historiadores europeos hoy se alejan de los mitos y de los prejuicios construidos por la historiografía romántica y liberal del siglo XIX e inscriben sus análisis de la Inquisición dentro de conceptos más amplios como el disciplinamiento social, el proceso civi-lizatorio y el avance de la confesionalización. La desideologización discursiva ha conducido al agotamiento de una historiografía apegada a las lógicas de la represión contrarreformista y de la cuantificación de los mártires del tribunal de la fe. Ahora interesa comprender de ese pasado inquisitorial la complejidad del ejercicio de ese poder, los rituales y la simbología que lo acompañaban y el grado de entendimiento entre el centro del poder del Santo Oficio desde donde se tomaban las decisiones y las periferias europeas y americanas que acataban pero no necesariamente cumplían esos preceptos. En Hispanoamérica los estudios sobre la inquisición en Nueva España de Solange Alberro son un ejemplo de esa nueva sensibilidad historiográfica. El libro de Pedro Guibovich igualmente se inscribe en esa tendencia revisionista porque trata de comprender sin justificar la actuación de la Inquisición en lo que se refiere a la difusión de la cultura libresca en Lima. Censura, libros e inquisición en el Perú colonial desmitifica los tópicos sobre la Inquisición pero además logra su cometido de ir desmontando la lógica de su poder relativo, "intermitente y permeable", al adentrarse en el conocimiento de sus integrantes, de su mentalidad y de su actuación cotidiana.-VÍCTOR PERALTA RUIZ. Jiménez Núñez, Alfredo: El Gran Norte de México. El Lejano Norte, nombre con el que se conoce al septentrión novohispano, fue una de las comarcas en donde tuvieron lugar complejos acontecimientos durante la época colonial. Para el período virreinal no se puede trazar una línea fronteriza por no existir otro reino reconocido; sin embargo, a mediados del siglo XIX se dibujó un lindero físico entre el sudoeste estadounidense y el antiguo norte del México independiente, con el que dieron comienzo los estudios de la frontera promovida de manera autónoma por cada país. La frontera novohispana fue un espacio que se inició en el siglo XVI y se mantuvo durante tres siglos bajo las directrices de la monarquía hispana. El término «frontera» tuvo un significado muy relativo para los españoles; los mapas de la época no contenían líneas que delimitaran el territorio y el concepto se aplicaba a la extensión inmensa e indefinida situada más allá del altiplano central de México y a las regiones marginales de las provincias RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS septentrionales del Nuevo Reino de León, Coahuila, Nueva Vizcaya, Sonora y California. El territorio periférico del virreinato se conoció con diversos nombres: "la gran Chichimeca", "la tierra de la guerra", "la tierra de indios bárbaros", "el Septentrión" y "América Septentrional", entre otros. El Nuevo Mundo se convirtió en una gran frontera para España a partir de 1492; desde ese momento sus límites se incrementaron en virtud de los distintos procesos de conquista y colonización y más tarde por la implantación del sistema político, religioso, sociocultural y económico predominante. Sobre estos procesos se ha escrito una amplia bibliografía a la que se suma la investigación del profesor Alfredo Jiménez, presentada por historiador el estadounidense David J. Weber en el marco del 52.o Congreso Internacional de Americanistas. La obra que se reseña define la frontera "como los territorios situados más allá del valle de México que estuvieron bajo jurisdicción española de manera más o menos efectiva durante un tiempo largo". Para su autor, los "extraños rumbos" que siguió la colonización española le permitió escribir la historia del Septentrión. La metodología aplicada en este estudio sigue las líneas de la Antropología y de la Etnografía en el análisis de la documentación de archivo para escuchar a sus informantes. Su objetivo es escribir sobre las razas y pueblos que vivieron en esos siglos mediante una "etnografía diacrónica" y con un enfoque comparativo que valore las distintas formas de conquista y colonización. Su atención se ha centrado preferentemente en la representación mental de los españoles en las relaciones horizontales y verticales dentro de una sociedad sometida al poder de dos instituciones: la Corona y la Iglesia. Comienza por cotejar las fronteras del territorio peninsular con las fronteras americanas a partir de un análisis que presenta la diferencia entre la reconquista de las tierras en la Península y la expansión en los territorios de Ultramar. En la primera, las distintas Coronas se empeñaban en recuperar los territorios ocupados por los musulmanes; en la segunda, los exploradores descubrían los recónditos parajes del Septentrión americano con la mente poblada de fantasías. Una de las más importantes fue "Las Siete Ciudades de Cíbola", que existía en las cartas de marear y que se convirtió en uno de los primeros motores que impulsó a los hombres a incrementar las regiones del Imperio. La investigación se ordena por temas y comienza con el reconocimiento geográfico de los territorios septentrionales; en ella resalta la compleja interacción de una serie de variables que influyeron en la evolución de la región, entre las que se encuentran la naturaleza poco propicia y habi-tada por tribus y bandas nómadas escasamente desarrolladas y la condición de tierra periférica con escaso control. El profesor Jiménez escribe su obra «desde fuera» y «desde dentro» del mismo espacio fronterizo mediante un formato que va de la cita textual a la interpretación de los documentos con los que pretende tener una visión más general de la frontera. Las peticiones, demandas, apremios, clamores, denuncias de los españoles y criollos, así como la voz de los naturales denunciando, a través de misioneros como Eusebio Kino, Junípero Serra y Juan de Salvatierra, los abusos y vejaciones que padecían, son algunas de las formas de expresión que se encuentran en los testimonios. Los asuntos sobre los que tratan los documentos son la guerra y los presidios, la cura de almas y las misiones, las ciudades sedes de los poderes públicos y sus autoridades, sin dejar de lado las cuestiones eclesiásticas. Algunos se refieren al poblamiento del Gran Norte, que se conformó con la suma de españoles, indígenas, negros y mestizos, y otros, al choque entre las instituciones de poder y los conflictos entre sus autoridades. En todas las actividades de la frontera norte novohispana el autor explica procesos de mediana y larga duración con antecedentes y consecuentes tales como la economía, la política, las prácticas culturales y la cosmovisión indígena. Como se puede apreciar, la amplia gama testimonial permitió al investigador documentar con solidez los principales procesos analizados en este trabajo. La investigación se apoya principalmente en una amplia selección de manuscritos del fondo de la Audiencia de Guadalajara del Archivo General de Indias y requirió del estudio de casi dos centenares de documentos; el más antiguo es una carta del Cabildo de Compostela al Rey informándole sobre los problemas de jurisdicción con la Audiencia de México y los sufrimientos que padecían sus vecinos en 1533. El más reciente se titula "Extractos y compendios de la obra más importante del bien de la Iglesia y de la nación española", de fray Mariano López Pimentel, de 1809. Las fronteras son áreas privilegiadas para conocer el impacto y las consecuencias del contacto entre dos poblaciones; las americanas y las europeas lo fueron a lo largo de siglos. El corpus de la investigación del profesor Jiménez comienza por poner sobre la mesa la producción historiográfica de la frontera septentrional española, mexicana y estadounidense; al estudiarla, el investigador se percató de que la mayor parte de ella versaba sobre las raíces prehispánicas y la historia colonial del territorio; pocas se referían a la época en que la región formó parte de México independiente RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS AEA, 63, 2, julio-diciembre, 2006, 307-359. ISSN: 0210-5810 y casi ningún estudio sobre los antecedentes peninsulares; vacío que trata de llenar. La obra de Jiménez se apoya en una amplia bibliografía en la que destaca la producida por investigadores estadounidenses; a ésta corresponde el 55.9%; las referencias bibliográficas españolas y de algunos países sudamericanos configuran el 25.8%, mientras que la mexicana sólo alcanza el 18.2%. ¿A qué se debe esta diferencia cuantitativa? La obra incluye mapas de archivo y otros elaborados por el autor, fotografías y un índice analítico. La reducida bibliografía sobre la frontera norte escrita en español se debe, según el autor, a la falta de un cuerpo de teoría interpretativa de la que sí disponen los estadounidenses. ¿En qué consiste esa teoría? ¿En la abundancia de trabajos académicos en donde se repiten los temas sobre las Spanish Borderlands, la American West y la American Frontier? Por citar un ejemplo, Herbert Eugene Bolton dirigió 104 tesis doctorales y 323 másters que versaban sobre el asunto de la frontera y trataban con simpatía los temas de los misioneros y las misiones españolas; estos temas historiográficos han sido desmesurados en relación con otros de la frontera. El encuentro de la frontera norte mexicana y la del oeste estadounidense comienza a partir de la década de 1820; para entonces la Nueva España había producido una gran cantidad de documentación sobre sus territorios periféricos de la que se han nutrido los investigadores; una muestra de ellos se presenta en el capítulo cuarto. De la historiografía de la última década del siglo XX destacan las obras de una nueva generación de historiadores; cita como ejemplo La frontera española de David J. Weber, "From 'Boltonians' to 'Weberlands': The Borderlands Enter American History" de James A. Sandos y la reseña de Martín González de la Vara hecha a tres libros publicados en Estados Unidos entre 1986 y 1991, titulada "Nuevos estudios sobre el suroeste norteamericano". La obra que se reseña se estructura en dos partes: "Escenario y trama" y "Que hablen ellos", ambas con títulos muy sugerentes. La primera parte la componen tres capítulos. El primero, titulado, "España y un Mundo Nuevo", resume el modelo de sociedad llevado por los españoles a los territorios conquistados. El segundo, "La tierra y el hombre", hace referencia a la geografía del territorio y a la etnografía indígena; con estas disciplinas intenta mostrar la organización del Gran Norte y la importancia de la naturaleza en el proceso histórico. El capítulo tercero, "El Gran Norte Español, 1540-1820", es una síntesis cronológica de los sucesos históricos de la América Septentrional desde sus inicios hasta el fin del período colonial; HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS AEA, 63, 2, julio-diciembre, 2006, 307-359. ISSN: 0210-5810 contiene la evolución política, eclesiástica y la información etnográfica obtenida en un extenso espacio geográfico que va desde el Seno mexicano hasta el Océano Pacífico. La segunda parte del libro es abundante en citas textuales de las autoridades y los vecinos del Septentrión. Por la ubicación del territorio es curioso observar cómo los primeros califican el cargo público obtenido como un «destierro», mientras que los otros lo perciben como un «desierto»; en ambos casos se aplicó a su condición de soledad y alejamiento. Los documentos analizados por el profesor Jiménez revelan otras categorías que, aunque más subjetivas, no son menos importantes. Una de ellas es la percepción del tiempo por sus pobladores, considerándolo de manera obsesiva en aquellas vastedades; otra es la distancia, elemento reiterativo de las autoridades que influyó de manera importante en las decisiones políticas y en la implantación de novedades. Esta parte consta de seis capítulos; en ellos los actores hablan a través de las cartas y manuscritos. El capítulo cuarto, titulado "Los españoles ante la naturaleza", trata del encuentro de los hispanos con un medio ambiente desconocido. En él aparecen los testimonios (todos los manuscritos han sido editados) de tres laicos y cinco religiosos: el soldado Alvar Núñez Cabeza de Vaca, el obispo Alonso de la Mota y Escobar, el clérigo Domingo Lázaro de Arregui, el carmelita Antonio Vázquez de Espinosa, el brigadier Pedro de Rivera, el obispo Pedro Tamarón y Romeral, el ingeniero Nicolás Lafora y el fraile Agustín de Morfi. El capítulo quinto, "La Corona y la Iglesia: Un poder compartido", contiene las voces que los representantes de estas instituciones dirigen al Rey, a través de sus demandas, recursos y apremios. En el capítulo sexto, "Tierra de guerra viva", se enfatiza el papel de las milicias en la protección de las vías de comunicación en la tarea de someter a los naturales. En el capítulo séptimo, "Economía y sociedad", el autor analiza la economía, el comercio, la prosperidad, la pobreza, el papel de las minas y la producción de plata. Las formas de propiedad de la tierra y la sociedad se analizan bajo los conceptos de poblamiento y despoblamiento, incluyendo el desarrollo urbano y la densidad racial. En el capítulo octavo, "Una cultura de frontera", resalta los valores de la cultura hispana, coherentes con su tiempo e idénticos a los que se manifestaban en la península y se aplicaban en todos los virreinatos; destaca el ejercicio del control de la Corona en aquellos confines sin utilizar apenas la fuerza física en virtud de la existencia de un orden social que se basaba en un acuerdo entre el rey y sus vasallos que estimulaba la lealtad, calmaba la impaciencia y mantenía la esperanza, mientras que las autoridades civiles y eclesiásticas de la frontera se ocupaban de los pecados. El último capítulo, "Una frontera imperial en perspectiva", es considerado por el autor como un ensayo de análisis; en esta síntesis destaca el uso de la técnica de la comparación de la que se derivan más diferencias que semejanzas en la forma de percibir la frontera norte. En él se aprecia que la interpretación historiográfica se ha realizado mediante una comparación asimétrica: la expansión de la frontera septentrional española comenzó en el siglo XVI, mientras que la de los Estados Unidos se inició en el siglo XIX; la frontera novohispana dependía de Madrid y la estadounidense de Washington; la frontera española tenía de por medio el Océano Atlántico, mientras que la angloamericana, las llanuras centrales del territorio continental; los nativos encontrados en los territorios fronterizos novohispanos fueron incluidos en el proyecto virreinal, pero en los Estados Unidos, los naturales se excluyeron de todo proyecto colonizador. Los elementos que influyeron en la asentamiento de las poblaciones septentrionales fueron el caballo, la carreta y las mulas y los medios que se ocuparon en la conquista del sudoeste estadounidense fueron las carretas, el tren y el telégrafo; por último, en cuanto a las armas utilizadas por los españoles, fueron las propias del siglo XVI y en la expansión estadounidense las correspondientes al XIX. Las semejanzas que el autor encuentra, a pesar de la diferencia temporal, son la ambición, la valentía, el esfuerzo y el sufrimiento de los hombres que poblaron ambos lados de la frontera creada en la segunda década del siglo XX y en la continuación de algunas prácticas culturales como fue el fuerte que sucedió al presidio y el cowboy al vaquero y al pastor. En este último capítulo, el autor hace un reconocimiento a la actuación de los españoles que participaron en la expansión geográfica del imperio y a la experiencia militar de los gobernadores e intendentes enviados a la frontera, reconocimiento que extiende a los eclesiásticos. También subraya que el intercambio de ideas y de personas entre España y América se mantuvo gracias al nombramiento de altos cargos seculares y eclesiásticos de origen peninsular, práctica que contribuyó y sostuvo la actualización de la cultura metropolitana y a su evolución en territorios tan alejados. Finalmente, el autor reflexiona sobre la visión que existe entre los historiadores y el público estadounidense en quienes aún predomina la imagen de una frontera española caracterizada por los presidios y las misiones, por la forma en que la gente malvivía en una sociedad marginal y marginada. Hace un balance sobre la percepción de la frontera hispana por los esta-dounidenses que ha venido sosteniéndose en la copiosa historiografía sobre el Oeste surgida de las tesis de Turner, que dio respaldo académico a la mitificación de la frontera sur angloamericana. A esta postura, el profesor Jiménez presenta la tesis del movimiento crítico revisionista identificado como New Western History y remite a la edición de Patricia N. Limerick, Clyde A. Milner y Charles E. Rankin, Trails: Toward a New Wester History que afirma que la existencia del norte español se obscureció con el "éxito" de la expansión anglosajona hacia el Pacífico en virtud de los intereses económicos y políticos de los Estados Unidos. El resultado es una obra sólida que pone al alcance de los investigadores una síntesis sobre el territorio septentrional novohispano y una aportación a la historiografía hispana sobre los estudios de la frontera. El autor deja la inquietud de continuar con las investigaciones sobre el Gran Norte con una perspectiva más extensa con raíces peninsulares y prehispánicas, más larga en el tiempo de lo que aparece en la historiografía estadounidense y en la historiografía convencional mexicana, hasta llegar a las fronteras recientes.-IRMA LETICIA MAGALLANES CASTAÑEDA. Los estudios sobre la esclavitud, internacionalmente hablando, y sobre todo en sociedades que fueron esclavistas, como la de Cuba, constituyen un tema historiográfico mayor. El análisis del tema hunde sus raíces en los tiempos en que aún se practicaba la trata de africanos y han sido y son susceptibles de múltiples acercamientos y desde distintos ángulos multi y transdisciplinares. En un panorama como el descrito, sin embargo, todavía es posible realizar aportaciones novedosas e interesantes, aunque ello requiere un notable esfuerzo. Esto ocurre con el libro que nos ocupa, Runaway Slave Settlements in Cuba, de Gabino La Rosa Corzo, investigación acerca de los palenques o asentamientos de esclavos prófugos (cimarrones), traducción al inglés del original en castellano, Los palenques del oriente de Cuba: resistencia y acoso, Editorial Academia, La Habana, 1991. La cronología que abarca la investigación de La Rosa es la más amplia posible. El libro comienza en los tiempos de la colonización de Cuba, con los hechos ocurridos en Jobabo en 1533, y se detiene especialmente en los sucesos de El Portillo, en 1743, el primer ataque de gran magnitud que sufrió un palenque de esclavos. Aunque la parte de la obra dedicada a épocas anteriores al siglo XIX y al surgimiento y desarrollo de la moderna plantación esclavista cubana está concebida realmente como un ensayo introductorio, resulta sumamente interesante debido a la mayor escasez de estudios acerca del período. Runaway Slave Settlements in Cuba se centra en los años posteriores a la Revolución de Haití ( 1891), cuando la Gran Antilla se convirtió en la azucarera del mundo, se reformó su relación colonial con España para facilitar el desarrollo de su agricultura comercial y la exportación de sus frutos, y aumentó considerablemente la importación de esclavos, imprescindibles para el trabajo en los ingenios debido a lo poco poblada que estaba la isla. Del capítulo dos al cinco, con el que concluye la obra, el autor se dedica al estudio del período. Los tres primeros se definen con un criterio temporal y exploran las etapas de surgimiento, consolidación y declive de la plantación esclavista, y el último analiza el palenque como un sistema de resistencia. En lo que respecta al espacio de análisis, el libro se circunscribe a la mitad oriental de Cuba, mucho menos poblada y atrasada económicamente que la occidental. Esto tiene implicaciones relevantes, más teniendo en cuenta una de las tesis que demuestra La Rosa: los palenques del Este de la isla no fueron núcleos de concentración de los esclavos huidos de todo el territorio, como se había creído tradicionalmente, debido al aislamiento de la zona, sino que se nutrieron básicamente de población procedente de sus alrededores. Por ese motivo, una de las conclusiones implícitas del libro es que resulta preciso investigar lo que ocurrió en la otra mitad del país. Una segunda cuestión que no explicita el autor es que la limitación geográfica del estudio explica por qué la progresiva desaparición de los asentamientos de cimarrones en la región levantina de la Gran Antilla fue anterior al inicio del proceso abolicionista, que comenzó con la primera guerra de independencia colonial (1868-1878), a causa de que el referido atraso del área aumentó con el tiempo y la mayoría de los ingenios que había en ella desaparecieron en el proceso de modernización del sector en la segunda mitad del siglo XIX. Con los matices expuestos la investigación de La Rosa es muy interesante por el hecho de que aborda aspectos poco tratados del fenómeno esclavista y con una metodología refinada, completa y transdisciplinar que combina herramientas de la Historia, la Antropología y la Arqueología y ofrece aportaciones al conocimiento de las tres. Los diarios de los cazadores, a los que el autor ha dedicado un estudio monográfico Cazadores de esclavos: diarios, Fundación Fernándo Ortiz, La Habana, 2004, junto con la documentación oficial, civil y militar, acerca de los palenques y las luchas que se desarrollaron en ellos, son sus principales fuentes documentales. Pero junto a ellas se utilizan los resultados de las excavaciones realizadas en los asentamientos. Con ese material se reconstruyen planos y mapas fundamentales para el estudio. El análisis de los palenques, por otro lado, sirve al autor para analizar las formas de vida de los esclavos y, por extrapolación, usos y costumbres que fueron comunes a aquéllos y a los habitantes del medio rural en Cuba en general. El tipo de agricultura y economía que practicaban, los cultivos que sirvieron de base para su alimentación y el transcurrir de su cotidianeidad son aspectos que interesan a La Rosa y que suponen, quizás, la mejor aportación de la obra a la historia de la isla, más allá de su tema concreto de investigación. Junto con las conclusiones ya mencionadas de la obra, La Rosa analiza el tipo de emplazamientos que se eligió para los palenques, en zonas recónditas, de fácil defensa y dispuestos de modo que fuese sencillo abandonarlos y hallar cobijo en lugares colindantes en caso de sufrir ataques. También demuestra, y esto es más interesante aún, que su población no fue particularmente beligerante y por lo general optó por la huida antes que por la confrontación cuando se vio amenazada. Runaway Slave Settlements in Cuba, en definitiva, analiza una de las múltiples formas de resistencia de la población de color a la esclavitud en el Gran Antilla. Acerca del tema habían escrito algunos estudios autores como José Luciano Franco o Francisco Pérez de la Riva, pero por lo general, sobre todo en las últimas décadas, los historiadores se han interesado más bien por otros temas: las rebeliones, las luchas políticas y legales, objeto de obras publicadas por Rebeca J. Scott, Gloria García Rodríguez o Manuel Barcia Paz. Llama la atención la ausencia de referencias y, por lo tanto, la valoración de las conclusiones de los trabajos más recientes acerca de esos temas en el libro de La Rosa y su omisión en la breve bibliografía que ofrece. Seguramente ello se debe a que el libro se escribió hace más de una década, pero para la edición en inglés habría sido conveniente realizar una actualización. Este es, sin duda, el principal defecto de una magnífica y muy relevante investigación.-ANTONIO SANTAMARÍA GARCÍA. Luqui-Lagleyze, Julio Mario: Por el Rey, la Fe y la Patria: El ejército realista del Perú en la independencia sudamericana, 1810-1825. La presente obra del profesor Luqui-Lagleyze, miembro de la Academia Sanmartiniana de la República Argentina, y reputado historiador militar de la Independencia Hispanoamericana, nos parece tan interesante como necesaria. Interesante porque deshoja con gran concisión y buena pluma los avatares de un ejército, el Realista, cuyas operaciones fueron en gran medida el reflejo de la sociedad del momento, tensionada entre los intereses metropolitanos y las fuerzas centrífugas de los criollos; y necesaria porque de entre las muchas obras sobre la historia militar colonial española escasean aquellas que estudian con rigor el volumen, la composición y las acciones de grandes fuerzas armadas. En este caso se rompe con cierta tendencia a los estudios locales de carácter militar para ahondar en el análisis completo durante el período clave de 1810 a 1825 en el que el ejército Realista realizó un enorme esfuerzo por evitar la pérdida de Sudamérica. Esta obra completa en gran medida otras de semejante temática tales como el excelente estudio de la campaña militar realista de Julio Albi, Banderas olvidadas: el ejército realista en América, así como la radiografía de la sociedad colonial del primer tercio del siglo XIX de Edmundo A. Herrera, Los vencidos: un estudio sobre los realistas en la guerra de independencia hispanoamericana, donde se incide fundamentalmente en los aspectos socio-económicos del realismo. Uno de los aspectos más destacados de este libro, y que merece especial atención, es el uso extensivo de las fuentes primarias, en especial la de los archivos peruanos, aunque sin dejar atrás al Archivo General de la Nación de Santiago de Chile así como varios archivos españoles de carácter militar, como el de Segovia. Sin embargo, más allá del enorme esfuerzo de investigación que esconde esta obra, el autor ha permitido al lector conocer con detalle cómo ha sido el proceso metodológico que le llevó a crear las bases de datos, tablas y elementos de estudio que conforman el cuerpo principal de la investigación. Este apartado se nos antoja decisivo en historia militar, especialmente cuando se trata de secuenciar enormes masas de datos, bien de carácter fiscal o social, pues los estudios prosopográficos, que en gran medida se encuentran aquí reflejados, necesitan de un HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS correcto manejo metodológico, y en este caso los resultados que muestra el autor denotan un trabajo serio y disciplinado de las grandes series estadísticas de militares que encontró. El libro está estructurado en un capítulo introductorio, en el que el autor analiza muy someramente los orígenes del ejército virreinal del Perú entre los siglos XVI y XVIII, y tres partes dedicadas cada una a los hombres, las unidades militares realistas y los medios que se utilizaron en la larga y cruenta campaña que se describe al final. Los orígenes de la administración militar española en el Perú, así como el análisis general de la estructura militar en América durante los tres primeros siglos de la presencia hispana están tratados, sin embargo, algo superficialmente, ya que el autor pretende que sólo sirvan como elementos primarios para dar entrada a las grandes cuestiones de principios del siglo XIX. No obstante, se muestra impreciso en algunas apreciaciones, especialmente cuando afirma que desde la Península llegaron entre el siglo XVI y XVII "la totalidad de los elementos y los fondos para la defensa de los territorios ultramarinos americanos". Es bien sabido que desde el punto de vista de los medios financieros el continente americano era autosuficiente, y esos elementos que llegaron de la península fueron muy limitados en los dos primeros siglos. El breve análisis que realiza sobre la administración militar en el siglo XVIII, tan rica en la historiografía tradicional, muestra algunas limitaciones bibliográficas que dan lugar a afirmaciones no del todo sustentadas o algo contradictorias, ya que considera la creación del ejército virreinal peruano en fecha tan tardía como 1745, durante el mandato del Conde de Superunda, o rebaja sustancialmente el papel de las milicias a lo largo de la centuria. La primera parte del libro, dedicada a los Hombres del ejército realista, constituye uno de los apartados más interesantes y fundamentados de la investigación. Aquí se realiza un análisis profundo de la procedencia geográfica de los hombres (85% americanos), del número de oficiales (un 5%, con un momento máximo en 1823) y de su procedencia geográfica en detalle. La presencia de los elementos procedentes de la Guerra de Independencia española, acabada en 1814, constituye una prueba más para el autor de la importancia que se le dio al conflicto americano. Resulta sintomático cómo se logra demostrar no sólo la primacía de elementos americanos dentro del cómputo general de la oficialidad del ejército realista, con un 63% del total, sino que esta tendencia fue exactamente la contraria cuan-do de unidades veteranas se trata. Al mismo tiempo, se desmenuza la adscripción geográfica de las milicias que combatieron junto con los realistas, hecho este muy interesante que permite alejarse de los tópicos nacionalistas de la historiografía decimonónica americana, demostrando lo importante de su número y calidad. Pese a la gradual importancia de las milicias en el volumen general del ejército realista, éstas estuvieron siempre por detrás en los ascensos, estando, por lo demás, muy sujetos a las condiciones socio-políticas de cada etapa. El estudio del soldado realista ocupa gran parte de este apartado, donde se aprecian con claridad las diferencias sociales entre los diferentes grados por origen geográfico e incluso por vinculación a determinadas entidades regionales en el espacio peruano. El autor demuestra que el reclutamiento en América estuvo muy difundido, y que, pese a los lógicos inconvenientes, nunca faltaron reemplazos. Resulta, por otra parte, muy interesante el estudio de los diferentes niveles raciales en el ejército realista, en donde los blancos criollos y los mestizos coparon los puestos de mayor responsabilidad tanto en el ejército regular como en las milicias, dejando a los americanos indígenas, negros, pardos y morenos en un segundo plano, aunque destacando que muchas de las principales unidades estarían a efectos prácticos formadas casi exclusivamente por estos últimos grupos. Se detallan a continuación, en el segundo gran bloque de la obra, todas las unidades militares realistas, con especial atención a las tropas expedicionarias mandadas desde el famoso Depósito de Ultramar, en Cádiz (12.198 hombres), fundamentalmente de infantería y alguna de caballería y artillería. El total, de no menos de 49 unidades entre regimientos y batallones, demuestra el enorme esfuerzo de la corona española por apaciguar la revuelta americana y la extensión geográfica que acabó teniendo el movimiento insurgente, pues muchas de las unidades provenían de la Capitanía General de Chile. Las 41 unidades milicianas analizadas a continuación, dispersas por la capitanía de Quito, del Alto Perú, de la Intendencia del Cuzco, o las propias de las costas del virreinato limeño demuestran la enorme importancia orgánica de estas unidades y el amplio apoyo social que tuvo en la zona el movimiento realista. El catálogo de estas unidades se cierra con un conciso análisis de las guerrillas realistas, muy mal conocidas hasta ahora y que, según el autor, son una clara imitación americana de las que combatieron en España contra los franceses entre 1808 y 1814. La tercera parte está dedicada en exclusiva a los medios que hicieron posible el sostenimiento de la guerra durante tantos años. Tras un breve recorrido por la organización de la financiación de la guerra en el siglo XVIII, en la que tal vez falta un aparato bibliográfico más preciso y actualizado, el autor analiza la caja matriz de Lima como la fuente fundamental que sostuvo la guerra hasta 1821 en que, por los vaivenes de la guerra, el virrey La Serna la trasladó a Cuzco. Los porcentajes de gasto militar fueron excepcionalmente altos para el conjunto de todas las cajas virreinales, siendo del 90% en muchos años, lo que prueba la vinculación prácticamente absoluta de todos los medios financieros al servicio de la guerra. Los préstamos y contribuciones voluntarias constituyeron elementos de la financiación del ejército realista nada desdeñables, especialmente en la etapa del virrey Abascal. Estas entregas de dinero fundamentalmente por parte de la élite local desempeáron un gran papel social para quien ofreció el dinero, pero supusieron una dura prueba para la masa social menos favorecida que vio gravar sus haciendas en los últimos años de la guerra de forma creciente. Los egresos de la contienda son analizados al detalle con numerosos cuadros haciendo especial hincapié en los costos de los sueldos, muy altos en los últimos cinco años de la guerra. Tras un análisis de los elementos materiales intervinientes en el conflicto, tales como el vestuario y el armamento, se pasa a un muy elaborado e interesante apartado sobre la sanidad militar y la alimentación de los realistas, aspectos estos muy novedosos y realmente poco tratados por la historiografía militar clásica. El autor demuestra el inusitado nivel de atención médica de las tropas, con cirujanos muy profesionales, y varios importantes hospitales militares, tanto de campaña como tradicionales. La alimentación aunque no muy abundante parece que tampoco faltó en ningún momento de forma alarmante. Un pequeño estudio sobre las fuerzas navales en poder de los realistas antecede al último apartado del libro en el que se analizan brevemente las diferentes etapas de la guerra. Estas son, según el autor, cuatro: a) de 1810 a 1816, bajo el mandato de la personalidad dominante de virrey Abascal, en la que el ejército realista apenas recibió tropas y se mantuvo básicamente con la estructura del siglo anterior, b) de 1816 a 1820, bajo el gobierno del virrey Joaquín de la Pezuela, en la que los realistas obtuvieron importantes victorias, y en donde los militares peninsulares recién llegados provocaron al parecer las primeras fricciones con los americanos que hasta el momento dirigían las operaciones, c) de 1820 a 1821, cuando se produce el intento de invasión del Perú por San Martín y la aparición de los ayuntamientos constitucionales, a imagen de los que en España se estaban creando bajo el Trienio Constitucional; y finalmente d) de 1821 a 1824, cuando un golpe palaciego eleva al virreinato a José de la Serna y se produce la invasión efectiva del Perú con la subsiguiente derrota decisiva de Ayacucho. En definitiva, estamos ante un libro muy bien estructurado, útil y muy oportuno en la historiografía militar de principios del siglo XIX, en el que se ahonda en aspectos tan decisivos como el factor humano y la fiscalidad militar, para acabar mostrando el verdadero valor efectivo del ejército realista en la difícil coyuntura que le tocó discurrir.-JOSÉ MANUEL SERRANO ÁLVAREZ. Viforcos Marinas, M.a Isabel y Campos Sánchez-Bordona, M.a Dolores (coords.): Fundadores, fundaciones y espacios de vida conventual. Esta sobria, digna y voluminosa edición de la Universidad de León recoge un conjunto de reflexiones, revisiones y nuevas aportaciones al complejo tema del monacato femenino, que en los últimos veinte años se ha constituido en una fructífera línea de investigación, de gran vitalidad tanto en España como en Iberoamérica. 1 Las encargadas de coordinar y ordenar los trabajos han sido las doctoras Viforcos y Campos, ambas con una amplia experiencia investigadora y con un respetable número de publicaciones a sus espaldas, muchas de las cuales están directamente relacionadas con esta temática. El volumen se ha estructurado en tres bloques de desigual extensión. El primero, titulado "Órdenes y conventos femeninos peninsulares", agrupa veintitrés trabajos, organizados en torno a dos ejes temáticos. Los dieciséis primeros, dispuestos de forma cronológica, responden al eje "Fundadores y Fundaciones". Éste se abre con una aportación sobre el monasterio de Vega, a cargo del doctor Santiago Domínguez Sánchez ("El monasterio de Vega: de los orígenes altomedievales a la Edad 1 Una referencia clara son los anteriores congresos sobre Monacato femenino: La Orden Concepcionista. Actas del I Congreso Internacional, Universidad de León-Diputación de León, León, 1990, 2 vols.; I Congreso Internacional del monacato femenino en España, Portugal y América, 1492-1992, Universidad de León-Secretariado de Publicaciones, León, 1993, 2 vols.; Memoria del II Congreso Internacional El Monacato Femenino en el Imperio Español. Monasterios, beaterios, recogimientos y colegios. Homenaje a Josefina Muriel, Manuel Ramos Medina (Coord.), Centro de Estudios de Historia de México Condumex, México DF, 1995. HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS Moderna", págs. 17-50), que estudia el que fuera el ejemplar más notable de la Península Ibérica de monasterio dúplice en la Baja Edad Media, centrándose básicamente en el análisis de su rica documentación. Sobre este mismo centro monacal versa otro trabajo debido a Patricia Herrero Sánchez ("Las constituciones del cenobio de Santa María de la Vega de Oviedo", págs. 103-115), que gira en torno a esa normativa dada a la institución por el obispo ovetense don Gutierre de Toledo en el siglo XIV. Al periodo medieval pertenecen igualmente dos interesantes investigaciones sobre los monasterios cistercienses y los conventos de clarisas en Portugal, debidas a Luis Miguel Rêpas ("Os mosteiros cistercienses femininos em Portugal: a herança medieval. Fundaçoes e fundadores", págs. 51-78) y a M.a Filomena Carvalho Andrade ("O processo fundacional dos conventos de clarissas no Portugal medievo", págs. 79-101). A la pluma del P. Luis Vázquez Fernández, OM, se debe una aproximación al monacato de su Orden en la obra de Tirso de Molina ("Monacato femenino mercedario en la Historia de Tirso", págs. 117-130). Les sigue una rigurosa panorámica sobre la historiografía de los núcleos peninsulares de las jerónimas, de la que es autor el P. Francisco Javier Campos y Fernández de Sevilla ("Los monasterios españoles de jerónimas en la historiografía oficial de la Orden", págs. 131-162). El resto de los estudios del apartado trata de diferentes iniciativas fundacionales y del peso de la nobleza en los claustros: Gonzalo Fernández Suárez, como excelente conocedor de los Sarmiento, condes de Ribadavia, documenta la existencia en los cenobios de Valladolid de féminas de esta familia ("La presencia de mujeres del linaje Sarmiento en los conventos vallisoletanos durante el siglo XVI", págs. 163-172); Juliana Beldad Corral pasa revista a los nuevos conventos erigidos en los siglos XVI y XVII en la actual Castilla-La Mancha, en territorios bajo la jurisdicción de la Orden de Santiago ("Las fundaciones del clero regular femenino durante los siglos XVI y XVII sobre los señoríos de la Orden Militar de Santiago en Castilla la Nueva",; Soledad Gómez Navarro se adentra, con seriedad y rigor, en la problemática del aumento de los monasterios femeninos en Córdoba ("Por esos caminos de Dios: asentamiento y expansión del monacato femenino en la Córdoba Moderna", págs. 191-212); Francisco Amores Martínez analiza el papel desempeñado por Gaspar de Guzmán y Pimentel, conde de Olivares y duque de Sanlúcar, en la fundación del convento de la Concepción de dominicas, trasladado de Castilleja de la Cuesta (Sevilla) a Loeche (Madrid), y el patronazgo desarrollado sobre las carmelitas descalzas de Ávila, Loeches y Sanlúcar la Mayor ("Las fundaciones y patronatos conventuales del Conde-Duque de Olivares", págs. 213-229); le siguen las aportaciones, menos acabadas y académicas, de Francisco Javier Sarasa Sánchez ("El monasterio de San José de carmelitas descalzas de Zaragoza en su etapa fundacional", págs. 231-242) y Soledad Arribas González ("La huella de la venerable Marina de Escobar: Las brígidas de Valladolid fundan en Vitoria", págs. 243-258). Irma González Sánchez y Juan Díaz Álvarez son autores de un estudio sobre el convento de agustinas de Gijón, en el que se analizan las dificultades fundacionales por las diferencias surgidas con ese Municipio, y se efectúa un breve balance sociológico de sus profesas en el siglo XVII ("El convento de las madres agustinas recoletas de Gijón. Cierran el subapartado dedicado a "fundadores y fundaciones" tres investigaciones sobre monasterios andaluces: la de Felipe Serrano Estrella, que reflexiona esencialmente sobre las constituciones otorgadas a las bernardas jienenses por su fundador ("Relaciones entre fundador y fundación. El caso de don Melchor de Soria y Vera y las Bernardas de Jaén", págs. 277-313); la de Manuel Romero Bejarano ("Datos históricos sobre el convento de clarisas descalzas de San José de Jerez de la Frontera", págs. 295-313), que arroja luz sobre el desconocido convento jerezano de San José, fundación de clarisas descalzas; y, por último, la de Salvador Hernández González ("Fundación y avatares del convento de Madre de Dios de Cazalla de la Sierra (Sevilla)", págs. 315-326) sobre el monasterio de esta localidad serrana, que se centra sustancialmente en el edificio conventual y su patrimonio artístico, desde un punto de vista histórico-documental. El segundo eje -"espiritualidad y vida conventual"-ensarta siete trabajos. El primero se debe al P. Francisco Rafael de Pascual y es una lúcida reflexión sobre el sentido del monacato femenino en la historia, tanto en el mundo medieval como en sus retos frente al tercer milenio ("Modernidad en los monasterios femeninos de la Edad Media y medievalismo en los de la Modernidad", págs. 327-354). Rita Ríos de la Llave se centra en la experiencia de una comunidad concreta, Santa María de Castro, analizando el proceso seguido en la adopción de la normativa -regla agustiniana, disposiciones de Gregorio IX y constituciones de San Sixto de Roma y de Humberto de Romans-que permitiría su integración en la Orden de Predicadores ("La adopción de reglas y constituciones como forma de integración en la rama femenina de la Orden de los frailes predicadores durante la Edad Media: la comunidad de Santa María de Castro en San Esteban de Gormaz", págs. 355-370). Ana Suárez González, con la minuciosidad y seriedad demostrada en todas sus anteriores publicaciones, ofrece una panorámica de las librerías corales de los monasterios cistercienses leoneses, que hasta este estudio eran prácticamente desconocidas, particularmente las de los centros de Carrizo y Gradefes ("Libros de coro en monasterios femeninos cistercienses de León. Siglos XVI-XVIII: una imagen desde múltiples espejos", págs. 371-424). También a monasterios cistercienses se refiere Manuel Ramón Pérez Jiménez, pero en este caso a los de Aragón y Navarra, centrándose en las visitas realizadas por el abad de Veruela fray Lope Marco, para pulsar su estilo de vida y el peso ejercido en ella por la jurisdicción masculina ("Reformas y visitas del abad de Veruela en los monasterios femeninos de la orden del Císter en los reinos de Aragón y Navarra durante el siglo XVI", págs. 425-445). A través de los conventos de Santa María de Bretonera y de la Santísima Trinidad de Vidaurreta, M.a José de Lanzagorta se aproxima a la realidad económica de los conventos de clarisas y a la reinterpretación que supone el espíritu de pobreza de la Santa de Asís ("La cultura de la pobreza en la vida conventual clariana femenina. Dos ejemplos de La Órden: Santa María de la Bretonera (Belorado) y la Santísima Trinidad de Vidaurreta (Oñate)", págs. 447-463). M.a José Vilar García estudia también un monasterio clariano, el Real de Murcia, pero tomando otra época como marco -la transición a la contemporaneidad-y adoptando otra perspectiva, la de su implantación social, a través de las cofradías y hermandades que acoge y de la expansión de las devociones que promueve ("La proyección social de un convento de monjas en una ciudad de provincias en la transición del Antiguo Régimen al Liberalismo. El caso del monasterio de Santa Clara la Real de Murcia", págs. 465-484). Cierra este apartado Ester Alba Pagán con una visión histórica de la Casa de la Misericordia valenciana, cuyos orígenes se remontan al medioevo, aunque deteniéndose especialmente en los cambios operados en el siglo XIX, tanto en su organización como en su concepción ("La casa de Nuestra Señora de la Misericordia y la preocupación asistencial valenciana. El segundo gran bloque de la publicación se intitula "Religiosidad y vida monástica en Hispanoamérica" y acoge una decena de trabajos, de los que la mayor parte -ocho-se refieren al virreinato novohispano. Entre éstos los hay que exploran temas novedosos, como el de los escritos monjiles, así el de las conocidas especialistas Asunción Lavrín y Rosalva Loreto ("La escritura femenina hispanoamericana. Aproximaciones historiográficas", págs. 515-537), o como el de la vida cotidiana a través de los objetos que acompañan el día a día de la monja, así el de Nuria Salazar Simarro ("El ajuar de las celdas novohispanas", págs. 645-665). Otros profundizan en aspectos de investigación ya consolidados, aunque no agotados, como son los estudios sobre economía conventual: Francisco Javier Cervantes Bello estudia la situación del cenobio poblano de Santa Teresa ("Las fundaciones piadosas del convento de Santa Teresa en Puebla de los Ángeles (México). Siglos XVII-XVIII", págs. 539-548); Isabel Arenas Frutos y M.a Justina Sarabia Viejo realizan una interesantísima e inédita aportación documental de los fondos de la Colección Borbón-Lorenzana custodiados en la Biblioteca Castilla-La Mancha de Toledo ("Declaraciones de las rentas conventuales femeninas en la ciudad de México (1764-1770)", págs. 613-644); y Graciela Bernal Ruiz analiza el conflicto de intereses planteado entre los conventos mexicanos de San José y Santa Teresa, ambos de carmelitas descalzas ("La polémica por un derecho: discordia entre dos carmelos", págs. 691-612). La doctora M.a Justina Sarabía, maestra de muchos americanistas y tan incansable como generosa investigadora, firma otro documentado estudio, cuya temática fundamental son los intentos de implantación de la vida común en los conventos poblanos, desarrollados por el prelado Fabián y Fuero ("Vientos de reforma (1768-70): El trabajo femenino en los conventos calzados de Puebla de los Ángeles", págs. 549-572). Sobre cuestiones devocionales y heterodoxias tratan las aportaciones de Eduardo Merlo ("Imágenes taumaturgas de los conventos de monjas de Puebla", págs. 573-589) y de Antonio Rubial ("Monjas ante la Inquisición novohispana del siglo XVIII", págs. 667-672), que pone en evidencia la necesidad de introducir matizaciones en el oscuro estereotipo inquisitorial construido a partir del liberalismo decimonónico. Sólo dos de los trabajos referentes a Hispanoamérica se ocupan de América del Sur. El de Alicia Fraschina, reconocida investigadora argentina y buena conocedora de la problemática conventual bonaerense, que en esta ocasión se suma a la innovadora corriente de los escritos de mujeres ("La cuestión autobiográfica en el epistolario de Maria Antonia de San José, beata de la Compañía de Jesús, 1730Jesús, -1799", págs. 705-728)", págs. 705-728). Y el de M.a Isabel Viforcos, que incrementa su producción bibliográfica sobre los claustros femeninos con un concienzudo análisis de la normativa conciliar y sinodal del virreinato peruano, a partir del cual es posible construir el marco jurídico-teórico de la vida conventual femenina en el periodo colonial ("Las monjas en los concilios y sínodos celebrados en las iglesias del virreinato peruano durante la época colonial", págs. 673-703). El tercer y último bloque responde al epígrafe "Arquitectura y Patrimonio Artístico de los monasterios españoles e hispanoamericanos". La mayoría de los trabajos se refieren a investigaciones realizadas sobre conventos peninsulares y, en buena medida, se centran en el periodo barroco, aunque haya algunas excepciones a ese marco temporal-estilístico. Cronológicamente el primero es el de Cristina Sanjust i Latorre sobre el monasterio barcelonés de Pedralbes y las transformaciones impuestas por la reforma monástica del siglo XV ("El edificio del monasterio de Pedralbes de Barcelona durante la reforma. De la lejanía estilística y la cercanía geografía y cronológica del convento clariano de Santa Ana de Valencia de Alcántara y del cisterciense de Sao Bernardo de Portoalegre, escribe Berta M. Bravo Escudero ("Arquitectura religiosa en la raya alentejano-cacereña: Los monasterios femeninos de Santa Ana de Valencia de Alcántara y Sao Bernardo de Portoalegre", págs. 747-763). Los conventos leoneses están representados a través de dos trabajos de profesores de esa Universidad: Emilio Moráis Vallejo, que ofrece una panorámica sobre la introducción del barroco en los claustros de esa jurisdicción ("La introducción de las formas barrocas en los conventos femeninos de la provincia de León (España)", págs. 765-786), y M.a Dolores Campos Sánchez-Bordona, que hace un encomiable esfuerzo por reconstruir el desconocido proceso fundacional y constructivo de las agustinas de Villafranca ("La expansión de las agustinas recoletas en la España del siglo XVII. Fundación y construcción del convento de San José de Villafranca del Bierzo (León)", págs. 787-824). El patrimonio artístico de las clarisas de Castilla y León y su problemática es objeto de estudio por parte de Patricia Andrés González ("Aspectos artísticos e iconográficos en las clausuras de clarisas en Castilla y León: su patrimonio disperso", págs. 867-904). Por su parte, Vicente Méndez Hernán hace gala de una gran capacidad de síntesis, pasando revista a los retablos pertenecientes a los conventos de monjas de Plasencia: el de San Ildefonso, el de clarisas de Santa Ana, el de capuchinas, el de dominicas de la Encarnación y el de carmelitas descalzas ("El arte y el monacato femenino en la diócesis de Plasencia", págs. 825-846). Más puntual es el tema elegido por Alberto Fernández González, que se ciñe a una actuación arquitectónica concreta, la realizada por Domingo de Andrade y Fernando de Casas en la edificación coruñesa que acogió a las capuchinas ("Domingo de Andrade y Fernando de Casas en el convento de Capuchinas de A Coruña", págs. 847-866). La publicación se cierra con dos trabajos complementarios que son los únicos que exceden el marco peninsular, pues ambos se refieren a la ciudad novohispana de Puebla de Los Ángeles: el de Luz del Carmen Jimarez Caro ("Arquitectura de los templos monjiles en Puebla, México", págs. 905-925) y el de Juan Francisco Salamanca Montes ("Conjuntos conventuales femeninos de Puebla, México (Una visión histórico-arquitectónica", págs. 927-947). El conjunto de la miscelánea arroja un balance positivo por la calidad de los trabajos, de la que son un aval los apéndices tanto documentales como gráficos. No hay duda de que debe rendirse un reconocimiento a las coordinadoras de la edición, porque nunca es fácil aunar el esfuerzo de investigadores tan dispersos y diversos, y se requieren muchas dosis de entusiasmo y valentía para sacar adelante encuentros y ediciones de este tipo. Por supuesto que toda obra es mejorable y, en ese sentido, el libro adolece de las taras habituales en toda miscelánea, como la excesiva dispersión de los trabajos, cierto desequilibrio en la extensión, o la falta de una relación bibliográfica final, que pudiera servir de recopilación y orientación para todos los interesados en la temática de la mujer consagrada y recluida. Sin embargo, esas sombras en nada desmerecen el peso de los estudios compilados en ella.-JESÚS PANIAGUA PÉREZ. Weber, David J.: Bárbaros: Spaniards and their savages in the Age of Enlightenment, New Haven y Londres, Yale University Press, 2005, 466 págs., ilustraciones y mapas. David Weber publicó en 1992 The Spanish Frontier in North America.1 Trece años después, aparece el libro objeto de la presente reseña. Es tan inevitable como conveniente relacionar de algún modo estas dos obras que son dos pilares de la historiografía sobre fronteras en las Américas. Parece también oportuno recordar la obra general del Prof. Weber, un infatigable investigador que desde hace muchos años camina con paso firme por espacios cada vez más amplios. Bárbaros consta de introducción, seis capítulos y un epílogo. Descontadas las páginas dedicadas a una extensísima bibliografía (págs. 371-440), una cuarta parte del texto principal (págs. 279-370) corresponde a las notas, numerosas, generalmente largas y siempre jugosas porque no sólo proporcionan referencias bibliográficas, sino información complementaria y especialmente útil para el especialista. La colocación de las notas al final y no a pie de página hace un tanto engorrosa su consulta pero favorece una lectura continuada y amena de cada capítulo, todos ellos escritos con extraordinaria claridad y calidad de lenguaje. El método de exposición en The Spanish frontier in North America fue la distribución en capítulos de grandes temas que marcaban ciertas épocas y tenían sus focos en determinadas regiones de América del Norte. Puede hablarse de narración diacrónica: primeros encuentros, fundación e imperio, conquistadores del espíritu, explotación, rivalidad internacional, rivalidad comercial, reorganización de las defensas fronterizas, la Nueva California, el imperio perdido; finalmente, las transformaciones producidas por la centenaria presencia española y la herencia recibida por los Estados Unidos. Bárbaros sigue, obligadamente, un método distinto que puede calificarse de comparación sincrónica por tratarse, entre otras cosas, de un tiempo relativamente corto, aunque el espacio se reparte por los dos hemisferios. El tema, además, es monográfico: el indio bárbaro o "independiente" en una fecha tardía marcada por una política básicamente común a todas las fronteras. Dicha política estaba a su vez más o menos inspirada por la Era de la Razón. Pero a pesar de los factores ideológicos y políticos comunes a todo el imperio, había diversidad geográfica y étnica, lo que lleva al autor a dividir cada capítulo en secciones introducidas por epígrafes referidos a una determinada región, a ciertos grupos indígenas, a ciertos problemas. En suma, un eficiente método que permite abarcar en un solo volumen un espacio inmenso jugando constantemente con lo común y lo diverso, siempre alrededor del eje definido por la condición bárbara de la población indígena. 2Las primeras páginas de Bárbaros son bastante más que una "Introducción". Se trata de un verdadero ensayo con valor propio. El autor, además de exponer el alcance y los propósitos de la obra, establece críti-camente el marco para la comprensión de la política de España en su imperio americano durante la segunda mitad del siglo XVIII. Esta aproximación se hace en relación, sobre todo, con la política de Inglaterra y de los Estados Unidos en el mismo período. De hecho, el primer párrafo habla de Henry Knox, secretario de guerra de los Estados Unidos que en 1794 estaba a punto de retirarse tras diez años de servicio. En su movimiento hacia el Oeste, según Knox, los "americanos" habían causado la total extirpación de casi todos los indios en las regiones más pobladas de la Unión. Y a lo largo de las fronteras occidentales continuaban invadiendo las tierras indias incitando a los "salvajes" a la represalia y arrastrando a los Estados Unidos a la guerra. En palabras de Knox, sus compatriotas habían sido más destructivos para los indios americanos que los conquistadores de México y Perú. Con esta rotunda y provocativa cita, David Weber plantea de entrada, de manera tácita, cuestiones tales como la conveniencia de la comparación, el relativismo con el que hay que analizar la conducta de los pueblos y de los individuos y ciertas interpretaciones historiográficas. Dice Weber que Knox, probablemente, sabía poco acerca de las políticas y prácticas de sus homólogos españoles en cualquier parte del hemisferio, excepto en América del Norte. Lo que la mayoría de los "americanos" conocía de las relaciones españolas con los indios empezaba y terminaba con los conquistadors. Los descubrimientos de Colón y las conquistas de México y Perú habían cautivado la imaginación americana y reforzado una fuerte tendencia antihispana y anticatólica en el pensamiento americano. Para Weber, la cuestión historiográfica afecta no a los políticos y al público de aquella época sino a los historiadores de hoy. Y sale al paso de las oversimplifications de autores que no ven cambios a lo largo del tiempo en la política española hacia el indio, o afirman que las autoridades españolas olvidaron poco y aprendieron poco del pasado. Para estos autores, la política de Inglaterra y de Francia se basaba en el comercio mientras que España actuaba con la vana esperanza de la conversión en masa de los indios al catolicismo. Por su parte, Weber afirma que sería un error suponer que los Borbones del siglo XVIII mantuvieron una política única. De hecho, mientras unas autoridades ofrecían la paz, otras insistían en responder a la violencia con la violencia. En la Era de la Razón, incluso el ejército español, jerarquizado y profesionalizado, hablaba con voces diversas, divididos sus miembros en reformadores y en defensores del status quo. Y lo mismo ocurría en otros grupos de interés. El tema de este nuevo libro de David Weber está delimitado en su título: las relaciones de los españoles con el indio bárbaro a lo largo del reinado de Carlos III (1759-1788) más un cuarto de siglo hasta la independencia de México. Weber deja a un lado una vez más el mundo habitado por indios sometidos, reducidos, tributarios o domésticos para laborar en el mundo mucho menos estudiado del indio bravo, infiel o gentil, salvaje, bárbaro. Los hechos y los datos así como las interpretaciones que los españoles hacían de sus fronteras constituyen un todo construido dentro de un discurso altamente intelectual, filosófico. Weber no sólo aporta información, no sólo narra acontecimientos y describe conductas, sino que establece el marco de pensamiento dentro del cual vivían y se movían los españoles. Una época presidida por una doctrina (la Ilustración) más o menos practicada por autoridades familiarizadas con las nuevas ideas. No obstante, la singularidad del imperio español y de sus fronteras se mantuvo en este período por la persistencia de un sistema de valores y de unas creencias que convivían con la nueva doctrina. Muchas autoridades tenían un conocimiento de primera mano de aquellos territorios, destacando don José de Gálvez, visitador que fue de Nueva España (1765-1771), ministro de Indias y presidente del Real Consejo de Indias (1776-1787). En lo que Weber llama las tierras no conquistadas, políticos, militares y burócratas tuvieron que enfrentarse a una segunda conquista bajo circunstancias bien distintas a las del primer siglo. El signo de los tiempos y el apoyo de un monarca ilustrado se materializaron en una política de exploraciones científicas de las que da buena cuenta el capítulo uno ("Savants, savages, and new sensibilities"). El hilo conductor del capítulo es la expedición Malaspina que, partiendo de Cádiz en 1789, recorrió las costas de América desde Chile hasta Alaska para volver a Cádiz cinco años después. Alejandro Malaspina quiso en cierto modo emular los viajes del capitán Cook y del francés La Pérouse. El jefe de una compleja expedición científica, con objetivos muy diversos, mostró un especial interés por las poblaciones indígenas, aunque su opinión sobre los indios fue contradictoria. Malaspina y sus oficiales idealizaron algunos aspectos de su conducta hasta el punto de sugerir que sus compatriotas podían beneficiarse emulando a los indios. Sin embargo, el marino español comparó a los patagones con los indígenas de California en forma muy desfavorable para estos últimos. Concluye Weber que mientras que las metáforas de salvajes buenos y salvajes malos demostraran su utilidad, ambas podían existir una junto a otra, incluso como parte de la retórica de un mismo pensador ilustrado como Malaspina. El capítulo dos ("Savages and Spaniards: Natives transformed") aborda una cuestión tan obvia como generalmente olvidada o pasada muy por alto. Después de dos siglos y medio de presencia española en el Nuevo Mundo, también los indios bárbaros conocían a los españoles mejor que los habían conocido sus antepasados, lo que les permitía unas formas más eficientes de resistencia. En sentido inverso, la adquisición del ganado y el comercio de productos españoles podían también debilitarlos y llevarlos al sometimiento. Los indios que consideraron los productos europeos como una necesidad más que un lujo desarrollaron una fuerte dependencia de los españoles. Esta dependencia podía comprometer en tiempos de crisis su autonomía cuando no forzarlos a la completa rendición. Por otro lado, las transformaciones políticas, sociales y culturales de los supuestos salvajes presentaron serios retos y oportunidades a los administradores de la España borbónica cuando pusieron toda su atención en las colonias americanas durante el reinado de Carlos III. ¿Podían los ilustrados españoles convertir a los indios, derrotarlos o coexistir con ellos? No podía faltar, ni siquiera en el marco de la Era de la Razón, un capítulo dedicado a la religión de los españoles, es decir, a los misioneros y a la conversión de los indios bárbaros. El capítulo tres ("The science of creating men") está dedicado a este tema. Obsérvese la elección, probablemente no gratuita, que Weber hace en el título del capítulo respecto de la cita del virrey Castelfuerte que aparece inmediatamente después. Decía el virrey: "El arte de hacer cristianos es la ciencia de crear hombres". ¿Se trataba de más ciencia que arte? ¿De novedad frente a tradición? El nuevo método de integrar a los indios lo define Weber como la preferencia por el comercio (marketplace) y por el mercado de trabajo (labor market) en detrimento del método tradicional de las misiones. Los reformadores borbónicos querían secularizar las viejas misiones, acabar con la tutela forzosa de los indios y liberar a los misioneros para que pudieran hacer nuevas conversiones. Pero cuando los religiosos entraron en las nuevas fronteras, los reformadores trataron de aplicar un método que limitaría la autoridad de los religiosos al terreno de lo espiritual. El fracaso del nuevo método en algunos lugares hizo volver al antiguo en regiones como Baja California, Sonora y Nueva Vizcaya, e introducirlo en la Nueva California. Al final, dice Weber, los métodos misioneros, los éxitos y los fracasos dependieron tanto de las iniciativas de los indios como del celo de los misioneros, de las políticas borbónicas o de las relaciones directas de los indígenas con los españoles. El pragmatismo fomentado por el racionalismo se manifestó en la alternancia o en la duda entre políticas de guerra y políticas de acomodación, entre violencia y comercio; incluso en pactos frente a terceros. Estas disyuntivas están especialmente desarrolladas en el capítulo cuatro, "A good war or a bad peace?". Son muy significativos los títulos de cada una de las secciones porque ponen de relieve el vacilante criterio de las autoridades españolas ante un problema insoluble: "Offensive war and economic development", "War on the Seris: victims or rebels?", "Authorizing offensive war: Apaches", "Rejecting offensive war: Mapuches", "Offense or defense? Las autoridades que estaban claramente a favor de una mala paz podían también encontrar razones para una buena guerra. Con calificativos muy de nuestros días, Weber afirma que los que estaban en el nivel más alto podían ser halcones (hawks) o palomas (doves) según demandaran las circunstancias. En la medida que se descartaba la guerra como medio para integrar a los indios independientes, el problema quedaba reducido a elegir o combinar el comercio, el regalo y el buen tratamiento (capítulo cinco, "Trading, gifting, and treating"). En los primeros siglos, el regalo y el comercio se consideraron incentivos para atraer a los indios a la misión. En la segunda mitad del siglo XVIII, el comercio se vio como el principal agente de integración cultural: comerciantes y no sólo misioneros. Pero una vez más, hubo diferencias de opinión. Unos pensaban que al privar a los indios de todo comercio se verían forzados a aceptar la ley de los españoles. Otros temían que el comercio haría a los indios más astutos, sagaces e informados y, por lo tanto, se convertirían en adversarios más formidables. No obstante, el comercio se impuso como respuesta práctica ante la decreciente capacidad de España para luchar con los indios al mismo tiempo que las guerras en Europa consumían sus recursos. También influyó en las autoridades españolas el ejemplo de los rivales europeos en América del Norte. Regalos, concesión de medallas y bastones, agasajos y otras muestras amistosas de tratamiento fueron parte de la política hacia el indio. Así mismo, se impuso en cierta medida la admisión por parte de España de un dominio limitado sobre unas tierras que, de todas formas, no dominaba. Pero una política aplicada a todas sus fronteras presentaba serios inconvenientes en regiones con presencia de rivales europeos. Los comerciantes españoles no podían competir en precio, cantidad y calidad y ello favorecía la elección por parte de los indios así como el contrabando. En la Era de la Razón, la coexistencia pacífica y la lenta integración de los indios independientes no siempre prevalecieron, a pesar de que la corona las favoreció generalmente y las altas autoridades las defendieron con frecuencia. En los lugares donde los españoles codiciaron la tierra de los indios y dispusieron de los medios para tomarla, las políticas ilustradas cedieron ante la avaricia, el oportunismo y la violencia colectiva. El Prof. Weber cita en la Introducción una definición de frontera concebida como el lugar donde grupos, tribus, naciones y estados rivales se encuentran y compiten por recursos y espacios. 3 El título de una recopilación de Weber y Rausch sobre fronteras en la historia de América Latina es en sí mismo la definición más breve en palabras y la más amplia que se puede hacer del término frontera: donde las culturas se encuentran. 4 Pero Weber en su capítulo seis ("Crossing borders") habla de otras fronteras. Quizás no hay un aspecto más profundamente humano y doloroso que la experiencia individual de quienes cruzan la línea que separa su cultura de la cultura del otro y se sitúan de grado o por fuerza en una sociedad extraña. La variedad de estas situaciones en la América española queda recogida en las secciones del capítulo: cautivos españoles, comerciantes y desertores españoles, cautivos indios, indios situados voluntariamente en mundos españoles, el drama de los que no eran salvajes ni españoles. El Epílogo es en realidad un capítulo más que permite al autor cubrir brevemente los años de transición y el primer siglo republicano. Como en los casos anteriores, las citas en el frontispicio y unos hechos concretos que aparecen en los primeros párrafos y anuncian de forma impactante su contenido. "Yo tuve el honor de acabar con una horda de nómadas salvajes y feroces [los charrúas]... Yo hice lo que otros antes que yo habían sido incapaces de hacer". Esto decía hacia 1831 Fructuoso Rivera, presidente de Uruguay. En julio de 1806, fuerzas británicas tomaban Buenos Aires y obligaban al virrey a huir. Un indio, en nombre de dieciséis caciques pampas, informaba al ayuntamiento de que estaban listos con caballos y cientos de hombres para proteger a los cristianos de los colorados, como llamaban a los soldados ingleses. Por aquellos años, otros indios también mostraron la misma lealtad contra los ingleses o contra los insurgentes; o hicieron precisamente lo contrario tanto en Sudamérica como en América del Norte. Los realistas, por su parte, veían a los indios como leales o como gente degradada. Las contradicciones, pues, eran abundantes. Los insurgentes utilizaron a los indios como símbolos de su lucha, pero las actitudes liberales no mejoraron necesariamente el estatus de los indígenas. La consideración de "iguales" podía suponer también la pérdida de la vieja protección paternalista. En no mucho tiempo, algunos líderes hispanoamericanos justificaron la aniquilación de los indios independientes y la apropiación de sus tierras al considerarlos de nuevo como salvajes. Bajo los borbones, habían prevalecido las palomas frente a los halcones, pero el pragmatismo se imponía cuando la paz era imposible y se disponía de suficiente fuerza para vencer. En opinión de Weber, fue el poder, más que el poder de las ideas, lo que había determinado cómo los ilustrados españoles deberían tratar a los salvajes. En este sentido, las campañas contra los indios en la segunda mitad del siglo XIX fueron una continuación más que un repudio de la política española. Las ideas pueden tener el poder de dar forma a la política, pero el poder también conforma las ideas. Tras la reseña de un libro tan rico y sólido es momento de decir algo sobre su autor. David Weber manifiesta una vez más en su investigación su actitud ante el pasado y su personal manera de utilizar las fuentes históricas. La presentación de casos concretos mediante citas literales de los personajes y la diversidad y disparidad de sus conductas muestran lo que parece una firme convicción del autor: las cosas no son blancas o negras, las tonalidades de gris son muchas, las personas no son esencialmente buenas o malas, sus conductas cambian o son contradictorias de acuerdo con las circunstancias. Esta manera de hacer historia puede producir incomodidad al lector porque deja a su libertad y responsabilidad el hacer juicios que el historiador no puede expresar más allá de su mente. Es aquí donde se percibe en su plenitud la condición de profesor de David Weber, que no pretende atacar ni defender, juzgar ni dar respuestas absolutas sino informar con honestidad y abundante documentación, contraponer hechos y opiniones, sugerir y nunca dogmatizar, estimular al estudiante y al especialista para que cada uno saque sus propias conclusiones. La historia de los bárbaros en la América española del siglo XVIII es un tema que se presta de manera extraordinaria a este ejercicio académico porque la ambivalencia, la contradicción, la guerra y la paz, las rivalidades entre unos y otros caracterizaron en grados extremos el drama vivido por sus actores en un espacio y una época concretos. La American Historical Association ha concedido a Bárbaros. Spaniards and their savages in the Age of Enlightenment el "John Edwin Fagg Prize" como el mejor libro sobre España, Portugal o América Latina publicado en 2005. Un merecido reconocimiento a una obra que inicia una nueva época y será la mejor referencia por un largo tiempo. La versión en español no debería demorarse en beneficio de un amplísimo público y de una historiografía que tiene en la población de habla española el sector más interesado y concernido por el pasado histórico que recoge este libro. Hay una coincidencia casi absoluta en las fechas de publicación de Bárbaros y del libro de John H. Elliott sobre imperios del mundo atlántico,5 dos obras que son fruto de una larga elaboración. Pero hay otras coincidencias no casuales, signos sobresalientes de nuevas orientaciones historiográficas. En sus respectivos estudios, Weber y Elliott sitúan el imperio español más allá y por encima de las visiones dominantes en la historiografía anglosajona, que se ha caracterizado por la fuerte limitación al siglo de descubrimientos y conquistas, por el olvido o la escasa atención a las fronteras y, lo que es más grave, por la persistencia de estereotipos y prejuicios. Nota común de los dos libros es también el tratamiento comparativo. En el caso de Weber, es constante el contraste entre todas las fronteras hispanas. En el caso de Elliott, la comparación entre el imperio español y el imperio británico es la médula de la obra. Además, los autores prestan atención exclusiva o preferente a la América del Norte. En este sentido, Weber y Elliott contribuyen a llenar o reducir vacíos existentes incluso en la historiografía en español. Este reseñador ha propugnado repetidamente la comparación o el contraste dentro del doble hemisferio americano, y el imperio como el marco más adecuado para el análisis de sus fronteras. Por todo ello le resulta especialmente gratificante la aparición de dos obras que responden de manera magistral a esta estrategia investigadora.-ALFREDO JIMÉNEZ.
pero frente a ésta, el texto que presentamos se singulariza por la amplitud de noticias acerca del estado fiscal y militar del archipiélago. Tras hacer un breve repaso de los fines de las corografías dieciochescas y de sus medios para fomentar el desarrollo económico -las descripciones geográficas-, analizamos el manuscrito, fijándonos en su contexto histórico, contenido, estilo, fuentes y finalidades, destacando entre éstas últimas la de presentar a las Filipinas como la reencarnación de una nueva Roma. El manuscrito que presentamos pertenece a la Real Academia de la Historia de Madrid y se encuentra depositado en la "Colección Traggia", signatura 9/5.248. El hecho de que esta descripción se encuentre manuscrita puede radicar en la política de sigilo practicada por el gobierno español. En efecto, ante el temor de que potencias extranjeras pudieran conocer la realidad de las posesiones americanas, se pensaba que una forma de protegerlas era prohibiendo la difusión y publicación de cualquier estudio geográfico detallado, máxime si contenía datos militares tan precisos como pormenoriza éste. Por esto no se podían imprimir libros sobre América si no era con especial licencia del Consejo de Indias. 1 ¿Cómo y cuándo fue a parar esta descripción a la Real Academia de la Historia?. La obra fue adquirida en Manila por el padre Joaquín Traggia, de Santo Domingo, en una fecha comprendida entre 1767 y 1772, años en los que residió en las Islas Filipinas. Según refiere él mismo en una anotación autógrafa al final de la descripción (folio 126), pasó a Manila en la primera de las fechas en compañía del recién nombrado arzobispo don Basilio Sancho de las Santas Justa y Rufina 2 y regresó a la metrópoli en 1772 "por negocios del Concilio provincial de aquellas Islas". Miembro de la Real Academia de la Historia desde 1791, a su fallecimiento en 1802, y por disposición testamentaria, esta obra pasó, junto al resto de sus manuscritos y libros, a los fondos bibliográficos de dicha institución madrileña. 3 La descripción es anónima y está sin fechar. En cuanto a lo primero, el nombre de su autor no aparece en todo el texto. La única pista la encontramos en el folio 27, cuando aquél escribe que "Al presente se halla governando dicho obispado el Ylustríssimo Señor Maestro Don Ysidoro de Arévalo, natural de esta tierra, de prendas amabilíssimas, como que lo comuniqué en el tiempo que estube con su Ylustríssima para transportarnos por tierra a esta ciudad [Manila] con el motivo de haver arribado al puerto de Naga el navío que nos condujo del puerto de Acapulco". En otras palabras, nuestro autor llegó a Manila por tierra desde Naga, a cuyo puerto arribó, por causas que ignoramos, el navío que lo transportaba desde Nueva España. En Naga o en la cercana ciudad de Nueva Cáceres debió conocer al obispo de esta diócesis, por entonces don Isidoro de Arévalo, de quien quedó gratamente impresionado. Como éste ocupó la silla episcopal de Camarines entre los años 1741 y 1751, nuestro autor debió llegar a Naga entre ambas fechas. También ignoramos todo sobre su personalidad. ¿Fue un religioso o un civil?. El hecho de que plagie la obra del franciscano Juan Francisco de San Antonio puede hacer pensar que se trata de un clérigo; 4 pero la información de tipo fiscal y militar que añade nos inclina a creer que se trata de un funcionario civil o militar, que a la hora de redactar plagió la mayor parte de la obra del franciscano citado. Pero sobre ello volveremos más adelante. ¿Cuándo fue escrita esta obra?. Por lo dicho anteriormente tuvo que ser, necesariamente, después del nombramiento de don Isidoro de Arévalo 2 Ocupó la sede arzobispal filipina entre 1766 y 1787. 3 Sobre Joaquín Traggia véase el apéndice. Sin embargo, ha resultado negativa la consulta de la obra de Gómez Platero, Eusebio (OFM): Catálogo biográfico de los religiosos franciscanos de la provincia de San Gregorio Magno de Filipinas, desde 1577 en que llegaron los primeros a Manila hasta los de nuestros días, formado por el P. Fr. [...], por mandado del M.R.P. Ministro Provincial de la misma Fr. Pedro Moya, Manila, Imprenta del Real Colegio de Santo Tomás, 1880. Anuario de Estudios Americanos como obispo de Nueva Cáceres, hecho que sucedió en 1741. 5 Aparte de esto, un análisis interno del texto nos ayudará a fecharlo con más precisión. Una primera referencia al respecto la encontramos al principio de la obra (ff. 7-7v): "Es verdad que al presente se hallan estas yslas muy deterioradas con los sucesos adversos del mar y sus raras contingencias y no menos con las presentes guerras que tienen años a el tráphico, y por esto esta Manila expuesta a mil contingencias adversas, y más con los acaesimientos repetidos que se an visto y experimentan lastimosamente". Se refiere el autor al quebranto económico que sufrieron las Filipinas al suspenderse la navegación del galeón tras su apresamiento el 30 de junio de 1743 por George Anson. Un dato más preciso lo encontramos en el folio 32. Al hablar del obispo de la Nueva Segovia -capital de la provincia de Cagayán, en la isla de Luzón-, el autor informa que es don Juan de Arechederra, por entonces "Gobernador y Capitán General de las Yslas por muerte de Don Gaspar de la Torre". Si Arechederra ocupó el gobierno entre 1745 y 1750, esta obra debió ser escrita entre dichos años. La solución la encontramos en el folio 102: hablando de la comisaría de la Santa Inquisición, el autor nos informa que el citado Arechederra la ejerció "hasta 21 de septiembre del año pasado de 745", fecha en que cesó por su ascenso al gobierno de las islas. El hecho de ser la presente una obra de mediados del siglo XVIII nos llevó a compararla con la de su coetáneo Juan Francisco de San Antonio, miembro de la provincia franciscana de San Gregorio de Filipinas, 6 pudiendo comprobar que la primera sigue en gran parte a la segunda. Para ello hemos cotejado ambas descripciones, llegando a los siguientes resultados. Ambas comienzan con una descripción de la naturaleza de Filipinas. En la de San Antonio ocupa sus 13 primeros capítulos. Pues bien, la anónima no los transcribe por completo, sino que comienza a mediados de su capítulo V, exactamente en el f. 17; faltan, por tanto, los capítulos I a IV, la primera parte del V y los XI y XII de la obra del franciscano. A continuación ambas obras describen topográficamente las islas y provincias de Filipinas. La de San Antonio abarca los capítulos XIV a XXXVII. Si bien ambas descripciones son similares, la anónima se singulariza en lo siguiente: 1.o Especifica el número de pueblos de cada provincia; los tributos de la corona, lo que rentan y en qué productos; las cargas económicas de cada provincia y el saldo de sus respectivas cajas reales. Hay, pues, un interés fiscal que falta en la obra del franciscano. 2.o La anónima recopila en la descripción de las provincias noticias que en la de San Antonio están dispersas por varios capítulos. -al hablar de la provincia de Camarines, la anónima reúne las noticias que San Antonio ofrece en sus capítulos XIX y LIV (salvo el catálogo de obispos de la diócesis, que la anónima omite); -al describir la provincia de Cagayán, la anónima reúne las noticias que San Antonio ofrece en sus capítulos XXI y LVII; -al tratar de la provincia de Cebú, la anónima recopila las noticias que San Antonio da en sus capítulos XXXIII, parte del LI y LIII, omitiendo el LII; -al hablar de la jurisdicción de Cavite, la anónima reúne la información de los capítulos XXX y XXXVIII. 3.o El tercer punto en que se singulariza la relación anónima es que ésta hace referencia a personajes posteriores a la fecha de redacción de la descripción de San Antonio. -si éste anota como último obispo de Nueva Cáceres a Felipe de Molina y Figueroa, fallecido en 1738, la anónima cita como obispo de esta diócesis en aquel momento a Isidoro de Arévalo, nombrado en 1741; -si San Antonio cita como último obispo de Cebú a Manuel Antonio de Osio y Ocampo, fallecido el 9 de septiembre de 1737, la anónima PATRICIO HIDALGO NUCHERA Anuario de Estudios Americanos cita como último obispo de dicha diócesis a Protasio Cavezas, nombrado el 7 de diciembre de 1741; 7 -por último, la anónima cita como obispo de Cagayán a Juan de Arechederra, nombrado el 2 de octubre de 1745, 8 dato que obviamente omite San Antonio. La tercera parte de ambas obras está dedicada a la relación de las plazas, castillos, fuerzas y presidios existentes en toda la gobernación filipina. Aquí también la relación anónima sigue a la de San Antonio, aunque se singulariza en tres puntos: 1.o La anónima tabula las cifras de artillería y pertrechos militares, hecho que falta en la de San Antonio. Ello nos indica que falta en ésta un claro interés militar que sí existe en la anónima. 2.o Como ocurrió anteriormente, la relación anónima recopila información que en la de San Antonio está dispersa. Así, al hablar de Manila, la anónima recoge lo que en San Antonio está en los capítulos XXXVIII, LXVI, LXVII, LXI, LXIII, LXIV y LXV, omitiendo todo el capítulo LXII. 3.o Al describir las reales providencias en beneficio de las fortalezas existentes en las islas, la anónima ofrece una información inédita en San Antonio al individualizar las plazas existentes en la real polvorista y la real fundición, con sus respectivos salarios. El orden de las dos siguientes partes está invertido en las descripciones de San Antonio y la anónima. Si en la primera la parte cuarta está dedicada al origen y costumbres de los nativos de las islas y la quinta al estado eclesiástico, en la anónima es al contrario. Fijándonos en esta última, su parte cuarta ("Estado eclesiástico") corresponde a los capítulos XLVI, XLVIII, XLIX y L de la de San Antonio, omitiendo los XLVII, LVIII, LIX y LX; por otra parte, los capítulos LI a LVII no es que se omitan, sino que su información -correspondiente a los obispados sufragáneos de Cebú, Camarines y Cagayán-fue incorporada a la descripción de sus respectivas provincias. La quinta y última parte de la descripción anónima está dedicada al origen y costumbres de los indios de Filipinas. Transcribe por completo el capítulo XXXIX de San Antonio y pequeñas partes de XLI y XLII; pero omite el XL, XLIII, XLIV y XLV. Este plagio casi completo no nos ha de extrañar, ya que una de las características de la historiografía de la época es su falta de originalidad;9 a diferencia de hoy los plagios eran habituales y en muy pocas ocasiones se citaban las fuentes de información. Sin embargo, la presente descripción se singulariza en su amplitud de noticias acerca del estado fiscal y militar de las islas, lo que nos lleva a pensar que fue encargada en un tiempo y con una finalidad muy determinados. Esta falta de originalidad nos indica que ésta no es la primera descripción que se realizó sobre las Filipinas. En efecto, desde su descubrimiento diversos autores describieron su geografía, su naturaleza y los avatares de la colonización. En su mayor parte fueron religiosos, hecho que se debe a ser ellos una parte importante de los hombres cultos de la época y a estar encargados de escribir las historias locales de sus respectivas órdenes. Todos -también nuestro anónimo autor-mezclan en sus obras noticias históricas, geográficas, etnográficas, artísticas, etcétera. Casi siempre la descripción geográfica encabeza la obra, como preámbulo que ayuda a situar al lector en el marco donde se desarrolla la acción evangelizadora; pero para evangelizar a los nativos era necesario antes conocerlos; de ahí el interés por sus costumbres y su historia prehispánica. Pues bien, este compendio geográfico-histórico-etnográfico de una región conforma el género corográfico tan en boga en el siglo XVIII, al cual pertenece la descripción que aquí presentamos. Si acudimos al Diccionario de la Real Academia Española, la corografía es definida como "descripción de un país o de una región". Para diferenciarla de la "topografía", los autores de los siglos XVIII y XIX aplicaban a la primera la precisión de ser una descripción de una provincia, mientras reservaban la segunda para la descripción más concreta de un lugar particular, como pueblo, villa, etcétera. 11 En el Libro I de su Geographía Histórica diferenciaba los términos cosmografía, geografía, corografía y topografía. "la Cosmografía es la descripción del Mundo o del Universo, en que se comprende cielo y tierra. La Geografía es descripción de la Tierra, en que se comprende la tierra y el agua, que todo junto se llama globo terráqueo; globo por su figura esférica o redonda, y terráqueo por incluir la tierra y el mar. La Corografía es descripción de un Reino, de una Provincia o de una región particular. Topografía es descripción de una ciudad, de una plaza, de una villa, de un campo o de un paraje o sitio particular, en 10 Ver la introducción de López Ontiveros, Antonio, a la Corografía histórico-estadística de la provincia y obispado de Córdoba. Por el licenciado D. Luis María Ramírez y de las Casas-Deza. 2 v.; vol. I, pág. XCIX. Este autor remonta el origen de las corografías al mundo griego, donde los geógrafos interesados por las realidades físicas, humanas y económicas protestan por la reducción de su disciplina a la descripción geométrica y astronómica de la superficie terrestre y desarrollan, junto a la "Geografía" fundada sobre la astronomía, la geometría y la física "teórica", una disciplina "descriptiva", que reposa sobre la observación y la exploración, que recibe el nombre de "Corografía". Esta geografía descriptiva, practicada por Polibio, Estrabón y otros no será destronada hasta la implantación de la "Moderna geografía" en la segunda mitad del siglo XIX, preconizadora de una exposición causal, sistemática y en suma científica. 11 De entre sus varias obras es necesario destacar dos referentes a las islas Filipinas, donde estuvo destinado desde 1723 a 1750: la Historia de la Provincia de Philipinas de la Compañía de Jesús. Segunda parte, que comprehende los progresos de esta Provincia desde el año de 1616 hasta el de 1716, Manila, en la Imprenta de la Compañía de Jesús, por D. Nicolás de la Cruz Bagay, año de 1749. Esta obra es la continuación -la "segunda parte" a que hace referencia el título-de la de su hermano de orden Francisco Colín, quien a su vez continuó la de Pedro Chirino. Su otra obra es la Carta Hidrográphica y Corográphica de las Islas Philipinas, dedicada al Rey Nuestro Señor por el Brigadier Don Fernando Valdés Tamón, Caballero de la Orden de Santiago, Gobernador y Capitán General de dichas Islas (Manila, 1734). Pero su obra cumbre, editada a su regreso a España, es la monumental Geographía Histórica donde se describen los Reinos, Provincias, Ciudades, Fortalezas, Mares, Montes, Ensenadas, Cabos, Ríos y Puertos, con la mayor exactitud, y se refieren las Guerras, las Batallas, las Paces y Sucesos Memorables, los Frutos, las Riquezas, los Animales, los Comercios, las Conquistas, la Religión, los Concilios, las Sectas, los Gobiernos, las Lenguas, las Naciones, su genio y su carácter, y se hace una Compendiosa Memoria de los Varones insignes en Virtud, Letras, Armas y Empleos de cada Reino; lo que da luz para la inteligencia de la Sagrada Escritura, de la Historia Antigua y Moderna, Sacra, Eclesiástica, Civil y Natural, y de las Fábulas y los Poetas. La escribía el P. Pedro Murillo Velarde, de la Compañía de Jesús. Y la dedica a la Sacratísima Virgen de Guadalupe que se venera en México. Con privilegio, en Madrid, en la Oficina de D. Gabriel Ramírez, Criado de la Reina Viuda N. Señora, Calle de Atocha, frente de la Trinidad Calzada. 10 v., de los cuales parte del VIII se dedica a las Islas Filipinas y el IX a América. Sobre la figura de Murillo Velarde, véase el estudio preliminar de Serrera Contreras, Ramón María, a la edición facsímil del citado tomo IX, realizada -bajo el título de Geographía de América (1752)-en Granada, 1990; y la introducción del citado y de María Angeles Gálvez a la publicación de la parte de Andalucía, correspondiente a los capítulos XII, XIII y XIV del Libro I, realizada -bajo el título de Geographía de Andalucía (1752)-en Sevilla, 1988. Tomo LVI, 2, 1999 que se pintan los ríos, montes, edificios, castillos, palacios, plazas, árboles y prados. La Hidrografía es descripción de las aguas, mares, lagos o ríos". 12 A decir verdad las corografías dieciochescas no se limitan a describir los accidentes geográficos de un país (situación, emplazamiento, límites, producciones), sino que abarcan aspectos tales como la historia, la población, hombres célebres, monumentos, etcétera. Puede decirse que la corografía es una síntesis lograda de historia, geografía y arte. Creemos que ello explica el porqué Murillo Velarde, al redactar su Geographía, a la que define como "una ciencia físico-matemática que enseña la descripción universal de toda la tierra", la acompañó del calificativo de Histórica, aunque diese prioridad al primero de los términos: "Este título contiene dos asuntos: uno principal, otro accesorio; uno en recto, otro en oblicuo. La Geografía es el principal, la Historia el accesorio, pero ambos de suma extensión: el uno comprende toda la redondez del globo terráqueo; el otro el curso de todos los siglos". 13 Y, en este sentido, Serrera Contreras 14 opina que la obra del jesuita almeriense está concebida más como una suma de "corografías" que como una geografía explicativa concebida desde unos claros criterios territoriales o administrativos. ¿A qué aspiran las corografías dieciochescas?. Evidentemente no se quedan en la mera descripción geográfica de datos relativos a situación, población y producciones, sino que aspiran, en la línea ilustrada del momento, a preconizar una serie de medidas económicas que fomenten el desarrollo económico. En este sentido estamos de acuerdo con Muñoz Pérez en su hipótesis de la aparición de una conciencia de diferenciación regional española en el siglo XVIII y su correlato de que los distintos problemas reclamaban no una ley general, sino una serie de medidas particulares de fomento y desarrollo para cuya adopción debía tenerse en cuenta la realidad geográfica y, esencialmente, la de carácter regional. Vemos, pues, cómo la geografía como ciencia estuvo al servicio del intento de reestructuración del imperio español del siglo XVIII. 15 Pero para poder acometer dicha reestructuración hacía falta una mayor información de las realidades a transformar. 12 Murillo Velarde, Geographía Histórica, Libro I ("De la Geographía en general y en particular"), capítulo 1.o ("Qué es Geographía?"), págs. 1 y 2. 13 Geografía Histórica, "Prólogo al lector y razón de la obra", pág. 1. 14 Estudio preliminar citado, pág. XXXII. 15 Muñoz Pérez, José: "Papel de la Geografía en el programa español de reajuste económico del XVIII español". La información sobre las Indias Para conseguir esta información el Consejo de Indias tenía dos alternativas: crear un cuerpo permanente de especialistas que recorriesen los dilatados espacios hispanoamericanos; o contar con la colaboración de las propias autoridades indianas, facilitándoles una normativa para que todos los informes fueran uniformes. El Consejo de Indias prefirió esta segunda vía. En un principio, se encargó a todos los navegantes y descubridores el envío de descripciones e informes de las tierras que descubrían y conquistaban. Más tarde, el presidente del Consejo de Indias, Juan de Ovando, ordenó la formación de un libro descriptivo de todas las provincias indianas, a realizar por el cosmógrafo y cronista mayor de las Indias. 16 Para llevar a cabo su tarea, se enviarían a Indias unos cuestionarios muy completos realizados por el propio Consejo; las respuestas de las autoridades locales a dichos cuestionarios se conocen con el nombre impropio de Relaciones Geográficas. 17 La tarea de organizar las Indias hizo que el recurso a este sistema de preguntas generalizadas fuera frecuente en el siglo XVI. 18 Para Ponce Leiva la causa estriba en la crítica que desde principios de dicho siglo se hizo al propio sistema de cuestionarios, ya que las respuestas al de 1604 "fueron, en general, tardías y de dudosa calidad", abriéndose paso la desconfianza "entre quienes tenían a su cargo la tarea de sistematizar y hacer operativa la información recibida". 19 Como alternativa al desprestigiado "cuestionario", el Estado recurrió a otros instrumentos de información, como fueron el envío de órdenes precisas relativas a cuestiones específicas, a visitas generales de los distintos territorios y al envío de expediciones científicas. En el siglo XVIII se va a potenciar el afán de conocimiento de la realidad geográfica indiana, cuya raíz hay que buscarla en el deseo de la nueva dinastía borbónica de revitalizar la decaída metrópoli hispana. La solución estribaba en conseguir que los territorios americanos bombearan crecientes cantidades de recursos, para lo cual era necesario aprovecharlos más racionalmente. Con este fin, y con el paralelo de disminuir la autonomía política que las Indias habían conseguido durante la época de los Austrias, se reformó la administración colonial, se enviaron funcionarios más eficaces, se agilizó el sistema comercial, se rompió el monopolio mercantil gaditano, se favoreció la producción de aquellas materias primas requeridas por las industrias metropolitanas... Ya señalamos anteriormente que ahora se toma conciencia de que la diversidad de los territorios americanos necesitan no una ley general, sino medidas particulares que coadyuven a su desarrollo. Pues bien, de aquí nace la necesidad de tener una información actualizada acerca de las diversas realidades americanas. Con esta intención, el 30 de agosto de 1739 se envió al gobernador de Filipinas, don Gaspar de la Torre, una orden orientada a informar sobre la realidad del archipiélago. 20 Podemos considerarla un precedente de la cédu-18 A destacar que en 1679 se ordenaba a las autoridades eclesiásticas indianas el envío de datos individualizados de todas las ciudades, villas y poblaciones que hubiese en las respectivas jurisdicciones de sus obispados, así como de la población española e india. Pero ante la queja del obispo de Santiago de Guatemala de no tener los medios necesarios para llevar a cabo dicha labor, dos años después el rey la encargó a las autoridades civiles. 19 Ponce Leiva, Relaciones histórico-geográficas..., T. I, págs. XXXVIII-XXXIX. Carta de don José de la Quintana al gobernador de Filipinas, Madrid, 30 de agosto de 1739. La orden dió lugar a un voluminoso expediente, acabado en julio de 1746, que podemos considerar como una relación geográfica. Citada por Serrera Contreras en su estudio preliminar a la obra de Villaseñor y Sánchez, José Antonio de: Suplemento al Theatro Americano. Anuario de Estudios Americanos la de 19 de julio de 1741 firmada por Felipe V en el Buen Retiro. Dirigida a los virreyes de Nueva España, Perú y Nueva Granada y a todos los presidentes de Audiencias, gobernadores y capitanes generales de las provincias americanas, ordenaba el acopio y envío de noticias con el fin de "instruir" con ellas la descripción del estado de las provincias. 21 Pero las órdenes fueron llevadas a cabo únicamente en el virreinato de Nueva España. En efecto, en 1743 el conde de Fuenclara, don Pedro Cebrián, comisionaba al cronista de la ciudad de México, el sacerdote don Juan Francisco Sahagún de Arévalo Ladrón de Guevara, y al contador de reales azogues don José Antonio de Villaseñor y Sánchez, para que se encargaran de la tarea de formar cuestionarios que resumieran los intereses estatales, así como reunir los informes que remitiesen los gobernadores, alcaldes mayores y justicias de todos los distritos del virreinato, dándoles forma, "sacando de ellos un extracto comprehensivo de todo cuanto dichas justicias informaren". En otras palabras, se les pedía que resumieran los datos reunidos de las respuestas a su cuestionario. 22 Sahagún y Villaseñor elaboraron el cuestionario al que debían ajustarse las autoridades locales en sus respuestas. Comenzó a repartírseles el 6 de marzo de 1743: cada una de ellas recibiría un despacho del virrey que reproducía la cédula de 1741, con la formación de la comisión y las órdenes sobre los procedimientos a seguir. 23 El mencionado cuestionario constaba de ocho preguntas en las que se inquiría noticias sobre los pueblos, sus habitantes, clima, distancia entre asentamientos, situación económica, producción y comercio, estado de las misiones.... Con los datos reunidos, la comisión Sahagún-Villaseñor debía realizar una síntesis homogénea del estado del virreinato. Por renuncia del primero, la tarea recayó exclusivamente sobre Villaseñor, siendo su resultado impreso en México en 1746 (la primera parte) y en 1748 (la segunda) bajo el nombre de Theatro Americano. Descripción general de los reinos y provincias de la Nueva España. 24 A pesar de su impresión, la obra de Villaseñor tardó en distribuirse. En realidad el hecho de que se imprimiera fue algo excepcional, pues las relaciones geográficas no se encargaban con el fin de destinarlas al público en general, ya que contenían noticias que podrían ser utilizadas por naciones extranjeras para el contrabando o, incluso, la ocupación. Además, es evidente que un libro impreso era de más fácil manejo y podría llegar a un mayor número de personas. Por estas razones en 1750 se determinó prohibir la venta, donación y difusión pública del Theatro Americano. Análisis de la Descripción de las Yslas Philipinas Para la mejor comprensión del texto, creo necesario comenzar este apartado reseñando la situación de las islas en los años en que fue escrito. Desde mediados de la tercera década del siglo XVIII las relaciones entre España y Gran Bretaña se fueron deteriorando. La causa era la negativa de la South Sea Company a pagar la deuda de 68000 libras esterlinas contraída con la corona española. En caso de no liquidarse, Felipe V amenazó con rescindir el asiento de negros. Pero lejos de asustarse, los comerciantes ingleses recogieron el desafío y, comprendiendo que la guerra estaba en sus manos, negaron el pago de una sola libra esterlina. El episodio de la Oreja de Jenkins 26 será una mera excusa. El 3 de octubre de 1739 José de la Quintana, secretario del Despacho Universal de Marina e Indias, comunicaba al gobernador Gaspar de la Torre cuál era la situación de las relaciones con Gran Bretaña, participándole que eran conflictivas y podían influir en Filipinas. Por indicación de la corona, de la Torre debía cuidar de los siguientes puntos: evitar el comercio de los ingleses en Filipinas y requisar cuantos efectos suyos se hallasen en las islas; estar preparados para resistir cualquier posible ataque y prevenir que el galeón navegase con las seguridades oportunas. 26 Se refiere a la tempestuosa sesión de la Cámara de los Comunes inglesa en la que dicho capitán se presentó exhibiendo la oreja que le habían cortado los españoles cuando realizaba contrabando en el Caribe. Fue la excusa para declarar la guerra, que se denominó por ello guerra de la oreja de Jenkins. Don José de la Quintana a don Gaspar de la Torre. La guerra se declaraba el 3 de noviembre de 1739, enlazando al año siguiente con la de la Sucesión de Austria, con lo que se va a prolongar hasta 1748. Uno de los objetivos ingleses era Manila. Sin embargo, la toma por parte de Francia (aliada de España con la firma del segundo Pacto de Familia de 1743) de Madrás hizo que la armada inglesa desviara su objetivo a la recuperación de su factoría. Pese a todo, Lord Anson logró apresar el patache Covadonga, que volvía de Acapulco con el real situado y el producto de las ventas del permiso de los comerciantes manileños. En Filipinas la guerra ocasionó la suspensión de la carrera de Acapulco, la toma de medidas para proteger Manila y Cavite y el aviso a los alcaldes mayores de las provincias del archipiélago para que informasen, si lo hubiese, de cualquier movimiento de la armada enemiga en las islas. Esta vez no ocurrió nada y la paz se firmó en 1748; más tarde, en la posterior Guerra de los Siete Años, Manila caería en manos inglesas el 24 de septiembre de 1762. 28 Como señalábamos con anterioridad -nota 20-, el 30 de agosto de 1739 se solicitaba al gobernador de Filipinas, Gaspar de la Torre, que informase de la realidad del archipiélago, siendo una de sus finalidades la de conocer las defensas de las islas en esta crítica época. Curiosamente, el informe que presentamos contiene amplias noticias sobre la situación y estado de las diferentes fortalezas militares. Pero el texto va más allá, ofreciéndonos una valiosa información de las islas a mediados de la centuria ilustrada. En cuanto al contenido de la obra en sí, está dividido en cinco partes, lo que facilita su utilización. La primera está dedicada al mundo natural, ofreciéndonos una información acerca de la fertilidad de las islas, sus riquezas, frutos, plantas y árboles "fructíferos", maderas, peces y animales. La segunda parte ofrece una información básicamente de tipo geográfico. Después de describir las islas Marianas, el autor se centra en el resto de las 28 Para la situación de las Filipinas en esta época, véanse las obras de Rodríguez García, Vicente: El gobierno de Don Gaspar Antonio de la Torre y Ayala en las Islas Filipinas, Granada, 1976, principalmente págs. 159 y siguientes y García González: El gobierno en Filipinas del Ilmo. Sr. Don Fray Juan de Arechederra y Tovar, obispo de la Nueva Segovia, Granada, 1976, principalmente págs. 17-22. Tomo LVI, 2, 1999 provincias en que se dividía la gobernación de las Filipinas. En todas las descripciones el autor sigue un esquema parecido: límites de la jurisdicción, distancias geográficas, frutos de la tierra, número de pueblos, los tributos que pertenecen a la corona, lo que producen anualmente y lo que, descontadas las cargas y gastos usuales, se ingresa en las cajas reales de Manila. La información contenida en la tercera parte es básicamente de tipo militar. Sorprende la cantidad de fuerzas militares, muy superior a la existente en otras regiones de las Indias. La causa de ello hay que ponerla en relación con la existencia de una doble frontera en el territorio de las islas Filipinas: una exterior, frente a los musulmanes del sur, principalmente de Mindanao y Joló; y otra interior, frente a pueblos indígenas refractarios a la penetración española. Con buen criterio expositivo, el anónimo autor escalona su información en tres niveles: el primero se centra en la capital, Manila. Tras una descripción de su trama urbana y de sus instituciones principales (comercio, gobernador, audiencia y contaduría), nos ofrece noticias acerca de las fortificaciones que la defienden, la fuerza de Santiago y la de San Felipe de Cavite. A continuación, nos informa acerca de las veintidós fortalezas y presidios desperdigados por las distintas jurisdicciones de las islas, dando una relación de su artillería, pertrechos, gente de mar y sueldos. Por último, nos ofrece una relación de las distintas providencias dadas tanto por la corona como por el gobierno de las islas, en orden a mantener las referidas fortalezas. La cuarta parte de la obra trata del gobierno espiritual de los habitantes de las Filipinas. En este sentido nos informa acerca de la llegada de los primeros religiosos, la erección de la catedral, los estipendios de su cabildo catedralicio, la jurisdicción del arzobispado, la comisaría de la Santa Inquisición, el tribunal de la Santa Cruzada, las iglesias y colegios de Manila y, por último, de los curatos de religiosos existentes en las islas. Cierra la descripción una relación sobre el origen de los indios que las habitan. El autor reduce a tres los tipos de gentes que los españoles encontraron cuando llegaron allí en 1565 (f. 118): "La primera, los que dominavan gobernando como señores absolutos, políticos en su modo. La segunda, de negros montaraces y bárbaros, que en lo alto de los montes habitaban como brutos. La tercera, de hombres ni tan bárbaros ni tan políticos como los passados, pues aunque vivían retirados no aborrecían la política y comercio". En cuanto al estilo, al estar basada en la descripción de Juan Francisco de San Antonio hace que la que aquí presentamos tenga la sequedad propia de quien no ha tenido vivencias personales en los lugares que describe. Al copiar, nuestro anónimo autor no aporta datos personales de si intervino en algún suceso, no hay admiración por edificio alguno con pasión, no se realizan fieles descripciones de los pueblos o paisajes. Si acaso, al describir el obispado de Nueva Cáceres (capital de Camarines) se muestra más preciso: recordemos que nuestro autor arribó al puerto de Naga a su llegada desde Nueva España y que conoció al obispo don Isidoro de Arévalo, de quien refiere puntuales noticias. 29 Pero, en general, no tienen cabida en esta descripción los recuerdos personales ni los detalles costumbristas típicos de quien ha recorrido personalmente el territorio que describe. La situación cambia en el capítulo dedicado al origen de los indios filipinos, pero ello no es mérito de nuestro anónimo autor, sino del que plagia. En efecto, ahora la pluma de éste -San Antonio-se hace más libre, como si no tuviera que sujetarse a un guión preestablecido. No sólo informa de las hipótesis más al uso, sino que las contradice e incluso arriesga opiniones personales. Un ejemplo de ello lo tenemos cuando habla del tercero de los tipos indígenas a que hacíamos referencia anteriormente (f. 119): primero ofrece las hipótesis existentes, contradice después la de quienes creen que descendían de los negrillos o primitivos señores de las Filipinas porque "no se parecen en nada a aquéllos"; y por último, se inclina a pensar que son mestizos de malabares e indios por su "color moreno claro, nariz aguileña, ojos encendidos, pelo lacio, dócil genio y buen trato". Escasas son las fuentes historiográficas mencionadas por nuestro anónimo autor. Como ya señalamos, ello es característico de la historiografía del momento, donde lo habitual era el plagio y el ocultamiento de las fuentes de información. Ya hemos mostrado cómo esta descripción está basada en duda su afirmación de que los indios de tales provincias desciendan de japones o chinos por el hecho de "haberse hallado allí sepulturas de hombres de mayor estatura que los yndios y algunas alajas de Japón y China que se han conservado entre ellos" (f. San Antonio y su copista no están muy seguros de este origen porque dichos indicios "pueden proceder de otros varios acaecimientos, con la gran cercanía de China y Japón... Pero siempre nos quedamos en congeturas como en todo después de tanto trabajo; sirva sólo de luz para que otros discurran más verdaderos principios..." (ff. Por tanto, estamos en este caso -y no en otros, como veremos a continuación-ante unas personas típicas del siglo ilustrado, con una actitud científica que duda ante los criterios de autoridad. Finalidades de la Descripción: ¿referente geográfico, corografía dieciochesca o utopía renacentista? Si consideramos esta obra un mero informe geográfico, las finalidades de su autor debieron ser las mismas que movieron a San Antonio a realizar la suya. En este sentido, el franciscano nos las especifica en la capítulo I de su obra, titulado precisamente "De los motivos de este libro": servir para la perfecta "inteligencia" de los acontecimientos historiados; para que los lectores de la obra no tuvieran que recurrir a otros libros, que generalmente no poseían, para buscar noticias referentes al clima, alimentos, costumbres, etcétera, de las islas; y, sobre todo, para acabar con la ignorancia que se tenía en España sobre el archipiélago filipino, razón por la que muchos misioneros se retraían de ir allá. Asimismo, San Antonio piensa que su descripción corográfica servía (f. 4) para el pretérito ("porque por esta descripción se podrán regular bien las virtudes de los siervos de Dios que nos precedieron y se podrá entender la substancia de los sucesos entretexidos"), para el presente ("para remedio de la necesidad en que nos hallamos si llegassen a penetrar los Señores Ministros lo grande de la mies en tan corto número de obreros") y para el futuro ("porque en este mapa podrán abrir y explayar los ojos los religiosos que ayan de venir por misioneros, tanteando y compaseando en él su vocación por tan raros clymas y rumbos"). Sin embargo, ya hemos señalado que esta descripción se singulariza, con respecto a la de San Antonio, por sus noticias acerca del estado fiscal y militar de las Islas. ¿Respondería esta descripción a un encargo de las autoridades civiles filipinas?. ¿O, acaso -enlazando con el tema tratado de UNA COROGRAFÍA ILUSTRADA INÉDITA Tomo LVI, 2, 1999 la información sobre el Nuevo Mundo-se trata de la respuesta a un encargo del gobierno metropolitano?. Recordemos que en 1739 para Filipinas y en 1741 para Nueva España se había ordenado llevar a cabo sendas descripciones geográficas. Las noticias referentes a la hacienda y a las fuerzas militares pueden avalarlo. Pero en su contra hallamos en ella lagunas tan importantes como una falta absoluta de datos sobre la población española, mientras que de la indígena sólo se informa de la que está incorporada a la corona; tampoco se hace mención de posibles crisis pasadas y los remedios para superarlas. 33 Asimismo, no hay una relación exhaustiva de acontecimientos coetáneos, ni se proponen remedios a la situación crítica que estaba viviendo el archipiélago por culpa de la suspensión del viaje del galeón a causa de la guerra. El autor no se muestra ni optimista ni pesimista -¿será porque vive en una región pobre y particularmente abandonada?-; no hay reflexiones profundas sobre las instituciones, el comercio, la población; nada sobre cuestiones tan interesantes como la propiedad o los fenómenos monetarios. Incluso en su disertación sobre el origen de los indios, no nos dice nada de los contactos de la "república de los indios" con la de los "españoles". No hay, pues, una crítica constructiva, no se señalan defectos ni se proponen remedios para subsanarlos. Por ejemplo, en el tema tan importante de lo que ingresan las diversas provincias en las cajas de Manila no se proponen remedios para aquéllas cuya contribución es negativa. Todo esto nos lleva a pensar que, si efectivamente esta descripción respondiera a un encargo gubernamental, el autor no supo ofrecer lo que de él se esperaba, seguramente porque su mentalidad estaba anclada en el pasado; de ahí que, en lugar de dar respuestas al estado de cosas imperante, se limitase a copiar lo que otros -en este caso fray Juan Francisco de San Antonio-ya habían escrito con otra finalidad. Sin embargo, y a pesar de estas deficiencias, sí es factible pensar que esta relación, tenga o no su origen en la mencionada cédula de 1741, responde a la finalidad de la política borbónica de diferenciar las distintas regiones del imperio con el fin de aplicar en ellas una política de fomento apropiada. Como sabemos, en la segunda mitad del siglo XVIII las autoridades coloniales impulsaron el desarrollo de la riqueza del país. Por ejemplo, en el campo minero se hicieron esfuerzos 33 De este último tenor es, en cambio, el informe de don Simón de Anda y Salazar, oidor de la Audiencia de Filipinas, redactado en Manila el 7 de julio de 1768 (AGI, Filipinas 940). Con el fin de revalorizar las islas después de su toma por los ingleses en 1762, Anda analiza y describe los problemas más puntuales del archipiélago, dejando constancia de todas aquellas circunstancias que habían contribuido a la secular decadencia de la colonia. Dicho informe es estudiado por Cosano Moyano, José: Una visión de Filipinas en el reinado de Carlos III, Córdoba, 1990. PATRICIO HIDALGO NUCHERA en el terreno de la prospección y la explotación de yacimientos de oro, hierro y cobre; y en el agrícola se fomentó la extensión y el desarrollo de ciertos cultivos destinados a la exportación: canela, clavo, vainilla, seda... Es verdad que, en gran medida, la ilusión de hacer grandes riquezas se vio frustrada. Pero, como nos dice García de los Arcos,34 las tentativas continuaron a finales del siglo XVIII, cuando la política económica se encaminó resueltamente a hacer que la colonia pudiera prescindir del situado: a) Se desarrollaron cultivos como la caña de azúcar, el tabaco y el añil, que estaban destinados a convertirse más tarde en importantes productos de exportación. b) En cuanto al tabaco, explotado sobre todo en la provincia de Cagayán, en 1782 el gobernador Basco y Vargas implantó su monopolio; e inmediatamente produjo tales ingresos al Estado que la colonia fue en lo sucesivo autosuficiente. El añil también fue cultivado en algunas regiones y exportado por los chinos en su mayor parte. c) En cuanto a la industria, la más importante era la de los astilleros. Principalmente se encontraban en Cavite; en 1794 se crearon unos en Binondo, arrabal de Manila, para construir embarcaciones dedicadas a la guerra contra los musulmanes. En 1796 el gobierno de Madrid ordenó el traslado de los astilleros de San Blas a Cavite, para reforzar la lucha contra europeos o musulmanes. d) En cuanto al comercio, hacia 1765 se estableció la comunicación directa España-Filipinas, aunque chocó con la oposición de los interesados en la pervivencia del antiguo galeón transpacífico. En 1769 se creaba en Manila un consulado de comercio y en 1785 el puerto de Manila obtuvo la libertad de comerciar con los países de Asia, extendiéndose a todos los países europeos cuatro años más tarde. Finalmente, la creación de la Compañía de Filipinas coadyuvó al desarrollo de la economía filipina, principalmente en lo que se refiere a la agricultura de exportación: algodón, añil, azúcar, etc., así como el comercio interno, concediendo préstamos a los agricultores. Todo lo expuesto es señal -según la autora citada-de que en las últimas décadas del siglo XVIII Filipinas comenzó a dar síntomas de actividad en lo que se refiere a las ideas de progreso que defendían los ilustrados de la época. Esto implicó el que las islas comenzaran a desvincularse de la Nueva España en tres aspectos: comenzó a generar rentas propias que la liberaron del situado novohispano; diversificó las relaciones comerciales con países europeos y asiáticos; y rompió, al establecerse la comunicación España-Filipinas por el cabo de Buena Esperanza, los lazos con los mercaderes novohispanos que se lucraban con el tráfico del galeón. Así que cuando México se independizó, las Filipinas pudieron seguir unidas a España casi un siglo más. Por todo lo hasta aquí expuesto y -como ya nos preguntamos-si fuese cierto que esta descripción fue solicitada por la metrópoli con la finalidad ilustrada de conocer para impulsar el desarrollo, podríamos concluir que nos hallamos ante una corografía dieciochesca fallida. En efecto: su contenido demuestra que su autor no supo estar a la altura de las circunstancias, redactando un escrito anclado en la mentalidad de los siglos anteriores, en donde primaba el panegírico y la utopía. El fin de las obras redactadas bajo esta óptica era transmitir una imagen del territorio descrito como poseedor de una posición central y privilegiada en el imperio español. Esta imagen de un territorio o ciudad como centro es un reflejo de la posición que, en su tiempo, asumió Roma. Si nos fijamos en la descripción que presentamos -así como en sus antecesoras-podemos decir que estamos ante la imagen de Filipinas como reencarnación de una nueva Roma. 35 El modelo de este tipo de descripciones quedó fijado a mediados del siglo XVI y, según Quesada Casajuana, 36 gira en torno a tres presupuestos: la grandeza, el ánima y la fertilidad del territorio descrito. La "grandeza" significa la consideración del territorio en cuanto a su cantidad y cualidad, lo que tiene que ver con el número de sus ciudadanos y la variedad las instituciones públicas; para demostrar la "grandeza" de un territorio, el autor ha de describir los elementos seculares y religiosos que lo hacen ser un lugar feliz. El "ánima" estaría representada, en primer lugar, por los hombres ilustres que habitan o han habitado el territorio descrito; y en segundo lugar, por la configuración de una sociedad cristiana basada tanto en sus eclesiásticos ilustres como en la presentación de una ciudad que se enorgullece de sus obras de caridad (hospitales, atención al pobre), y que es además defensora y difusora de la fe. Y finalmente, la "fertilidad" queda concretada en tres aspectos: la existencia de un entorno amplio -del que 35 La idea de Roma como modelo de república en la historiografía indiana ha sido estudiado por González Rodríguez, Jaime: La idea de Roma en la historiografía indiana (1492-1550), Madrid, 1981. 36 Quesada Casajuana, Santiago: Las historias de ciudades: geografía, utopía y conocimiento histórico en la Edad Moderna, Barcelona, 1988, especialmente págs. 51-52. Del mismo autor: La idea de ciudad en la cultura hispana de la Edad Moderna, Barcelona, 1992. Anuario de Estudios Americanos se destacan sus cualidades-que permita el autoabastecimiento; la inclusión de la ciudad en una región climática adecuada dada por una latitud idónea; y la presencia de aires y aguas saludables. Pues bien, la descripción que presentamos creemos que responde al modelo expuesto, ya que destaca la grandeza, el ánima y la fertilidad de las islas. La "grandeza" queda expuesta al describir sus instituciones políticas (gobernador, Audiencia, comercio, fortalezas y pertrechos militares) y religiosas (enumeración de iglesias, conventos, curatos, hospitales, colegios). Estas últimas reafirman el papel de las islas como centro caritativo y difusor de la fe. Se ofrece así una visión de las Filipinas como unas islas creyentes y evangelizadoras, simbolizadoras del triunfo del cristianismo sobre la herejía. Son, pues, unos territorios providenciales, pues representan una manifestación de los designios divinos. El "ánima" se encuentra más difusa en esta descripción, aunque puede descubrirse en el relato de las dignidades diocesanas y en la multitud de curatos esparcidos por todas las islas, lo cual las configura como un centro defensor y difusor de la fe. Y por último, la presente descripción -como todas las anteriores que le precedieron-destaca en su primera parte la "fertilidad" de aquéllas, basada en su salubridad, buen clima y vientos favorables. Como vemos, permanece en los escritos del siglo XVIII la ligazón clásica entre fenómenos atmosféricos (aires, temperaturas) y riqueza y carácter del territorio. Es cierto que grandeza, ánima y fertilidad configuran una imagen de las Filipinas como polis ideal, incluso como un territorio vital del imperio hispano. Pero no era esto precisamente lo que los ilustrados dieciochescos solicitaban.
En la realización de este trabajo nos han sido de una enorme utilidad los comentarios a la Recopilación de leyes de Indias de Manuel José de Ayala,2 como complemento ideal de los trabajos de la Junta encargada de la elaboración de las nuevas ordenanzas. En este sentido, dado que las ordenanzas del Consejo de Indias de 1636 fueron incorporadas a la Recopilación de 1680, los apuntes de Ayala a estos títulos esclarecen las decisiones adoptadas en cada momento por la Junta y aportan, en todo caso, elementos nuevos de juicio para la valoración del Derecho aplicable al Consejo en la segunda mitad del siglo XVIII. Con carácter meramente introductorio, y para facilitar la aproximación al estudio del proceso actualizador de las ordenanzas, que se abordará posteriormente, vamos a referirnos brevemente en este apartado a la historia de dicha legislación, desde la fundación del Consejo en 1524. Las primeras ordenanzas del Consejo de Indias fueron promulgadas en 1542 a raíz de una visita realizada a este tribunal. Estas ordenanzas, conocidas como Leyes Nuevas, en cuya formación no participó el Consejo, no sólo regulaban aspectos relativos a la organización y funcionamiento interno del mismo, sino que contenían numerosas disposiciones relativas a las Audiencias de Indias, su jurisdicción y el tratamiento y cuidado de los indios. Un año más tarde, en 1543, por iniciativa del Consejo, se añadieron seis disposiciones adicionales. 3 Los primeros nueve capítulos se dedicaban exclusivamente a los aspectos internos de la institución. Subsidiariamente, para la resolución de aquellos asuntos que no estuvieran regulados por las nuevas ordenanzas, se debían observar las del Consejo de Castilla. 4 Apenas transcurridas tres décadas desde la formación de esta primera normativa, y también como consecuencia de otra visita, esta vez realizada por el licenciado Ovando, se promulgaron las ordenanzas del Consejo de Indias de 1571. Estas culminaban el proceso de separación de este tribunal respecto del Consejo de Castilla, y consagraba la autonomía del joven Consejo de Indias en lo relativo a su propio gobierno y funcionamiento. Tras unas primeras leyes generales sobre el trabajo del Consejo, se regulaban las obligaciones, derechos y privilegios de cada uno de los miembros que lo componían, comenzando por el presidente y terminando por el cosmógrafo-cronista. Las ordenanzas de 1571 se promulgaron como parte de una futura recopilación de leyes de Indias, que no llegó a realizarse hasta finales de la siguiente centuria. Para entonces, estas ordenanzas habían sido sustituidas por otras promulgadas por Felipe IV en Madrid, el 1 de agosto de 1636. La elaboración de este cuerpo legal parece que vino propiciada por la falta de ejemplares impresos de las antiguas ordenanzas que, según era costumbre, se solían entregar a los nuevos consejeros. 5 Es de suponer, sin embargo, que la existencia de numerosas disposiciones dictadas desde 1571 debió pesar, todavía con mayor fuerza, en el ánimo del Consejo de Indias a la hora de impulsar la formación y promulgación de unas nuevas que recogiesen esta normativa. Como últimamente ha demostrado el profesor Sánchez Bella, la formación de las ordenanzas del Consejo de Indias de 1636 fue realizada por el licenciado Antonio de León Pinelo. Éstas formaban parte de una recopilación más amplia de leyes de Indias, sustancialmente coincidente con la de 1680. 6 Las ordenanzas de 1636 han sido estudiadas con acierto por Schäfer, que destaca, entre otras cosas, su gran extensión respecto a las anteriores, por lo que no pueden ser entendidas como una mera edición de las antiguas. Como dato significativo señala este autor que, frente a los 122 capítulos que contienen las ordenanzas de 1571, las de 1636 comprenden 245, observándose este crecimiento normativo especialmente en las leyes relativas a las secretarías del Consejo y a la contaduría de Indias, que experimentaron un importante desarrollo en este tiempo. 7 Cuando por fin se promulgó en 1680 la Recopilación de Leyes de Indias, se incorporaron en su libro II las de 1636. La formación de las nuevas ordenanzas El comienzo de los trabajos: algunas dudas preliminares A finales del siglo XVIII, el Consejo de Indias se seguía gobernando a partir de las ordenanzas dictadas siglo y medio antes por Felipe IV. Sin embargo, el paso del tiempo había vaciado o modificado sustancialmente el contenido de muchas de estas disposiciones. 6 Sánchez Bella, Ismael: "Hallazgo de la 'Recopilación de las Indias' de León Pinelo", en Derecho Indiano. Tomo LVI, 2, 1999 de otros Consejos de la monarquía era similar o incluso peor. Así, por ejemplo, el Consejo de Castilla carecía de una colección formal de normas relativas a su régimen interno, hallándose éstas dispersas por todo el ordenamiento legal. 8 Para remediar esta situación, que, como hemos dicho, afectaba a la generalidad de los Consejos, la Junta de Estado propuso en su instrucción reservada "renovar las instrucciones con que se gobiernan los Consejos y Cámaras, acomodándolas a los tiempos presentes y mejorándolas en cuanto sea posible, oyendo para ello a los ministros más doctos, activos y celosos". 9 De acuerdo con el dictamen de la Junta de Estado, Carlos IV promulgó una real orden, con fecha de 19 de noviembre de 1790, en la que encomendaba al Consejo de Indias el nombramiento de una junta de ministros que procedieran a revisar y actualizar las ordenanzas de este tribunal. Una vez realizado este trabajo, la citada junta debía remitir las ordenanzas al rey, con el correspondiente dictamen del gobernador del Consejo, para que una vez aprobadas, fueran enviadas a la imprenta. 10 En cumplimiento de esta orden, don Francisco Moñino, gobernador del Consejo, nombró a los consejeros don Rafael Antúnez, don Jorge Escovedo, don José García de León y Pizarro y don Manuel de Ayala para que formaran dicha Junta encargada de actualizar las ordenanzas de 1636, suprimiendo lo que estuviese derogado y añadiendo o modificando lo que fuera pertinente, de acuerdo con las disposiciones que se habían dictado con posterioridad, o con la práctica que se seguía en el Consejo. Para el cumplimiento de esta labor, la Junta solicitó de las Secretarías del Consejo de Indias que se le remitiesen todos los documentos relativos a su encargo. Como segunda medida, trazaron un plan de trabajo y distribuyeron los títulos de que se componían las ordenanzas entre los distintos ministros, para que cada uno por separado los estudiase y propusiese lo que juzgase conveniente. Sobre este trabajo se debatiría en las sucesivas juntas. Todo parece indicar que los consejeros se aplicaron con diligencia a su tarea. 11 Sin embargo, ya en la primera reunión, que celebraron el 19 de diciembre de 1790, se propuso que el presidente de la Junta, don Rafael Antúnez, diri-8 AGI, Indiferente General, 885, Real orden de 19 de noviembre de 1790; recogida también en la Novísima Recopilación, lib. IV, tit. III, ley V. 9 Ferrer del Río, Antonio: Obras originales del Conde de Floridablanca, Madrid, 1867, pág. 220. Informe de la Junta de ministros encargada de formar las nuevas ordenanzas del Consejo de Indias, dirigido al marqués de Bajamar, gobernador del Consejo de Indias, 13 de mayo de 1802. Anuario de Estudios Americanos giera una consulta al gobernador del Consejo para que éste se la hiciese presente al rey, con el fin de que se resolvieran algunas dudas que se les habían planteado e imposibilitaban, a juicio de los consejeros, seguir con este trabajo. En ejecución del acuerdo de la primera reunión, el presidente remitió un oficio con fecha de 25 de diciembre de ese mismo año, dirigido al gobernador del Consejo, en el que le hacía partícipe de los interrogantes que habían paralizado su trabajo. Como cuestión previa, y demostrando una fina sensibilidad jurídica, Antúnez planteaba que la adecuación de las ordenanzas a los tiempos presentes conllevaba necesariamente la alteración o revocación de algunas de las leyes de la Recopilación, lo que contravenía lo dispuesto en la propia Recopilación al no seguirse los trámites establecidos por ésta para crear o revocar leyes. A continuación exponía el primero de los problemas que habían suspendido la actividad de la Junta, y que se refería a las competencias del Consejo, cuestión sumamente espinosa 12 que había sido fuente continua de conflictos a lo largo de ese siglo. Recordaba Antúnez que, según dos decretos de fecha 20 de enero y 11 de septiembre de 1717, se habían reducido las competencias del Consejo de Indias a los negocios contenciosos y de mera justicia. Además, se le había despojado a este tribunal de la facultad de expedir despachos u otras disposiciones de gobierno y se le había apartado del conocimiento de los asuntos de hacienda, guerra, navegación y comercio, así como de la provisión de empleos y cargos. Lo dispuesto en estos dos decretos -continuaba el presidente de la Junta-había sido revalidado por dos cédulas de 18 de Mayo de 1747 y 3 de agosto de 1748. Siendo esto así, reconocía el propio Antúnez que la práctica seguida por el Consejo de Indias hasta ese momento contradecía las disposiciones legales que acababa de citar, por lo que la Junta no sabía a qué atenerse. Anotación de un oficial de la Secretaría de Gracia y Justicia a continuación del extracto de la consulta de don Rafael Antúnez. En ella se afirma que los interrogantes planteados por la Junta de ministros "son los puntos más delicados, más espinosos, y más expuestos a choques entre los Ministerios de Indias. Más delicados, porque son sobre la autoridad y facultades del Consejo que en el día no están bien fixadas, por que a la verdad son varias e inconstantes las declaraciones sobre estos particulares, y hay en el archivo de esta Secretaría una multitud de expedientes en orden a cada uno que amedrentan. Mas escabrosos porque se rozan los puntos de las facultades del Consejo con las que los Ministros exercen y han exercido especialmente en este siglo. (...). Mas expuestos a choques por lo que acaba de decirse y porque cada Ministro por lo que toca a su Departamento, se opondrá a que el Consejo hiciese algunas declaraciones que coartasen tal vez las prerrogativas que disfrutan o exercen por el beneplacito de S.M. y no estan sugetas a reglas". tos de comisos, de los que conocía el Consejo tanto en sala de Justicia como en sala de Gobierno. Asimismo, las casas de moneda se hallaban sujetas a la jurisdicción del Consejo que, además, resolvía en apelación las testamentarías y abintestatos de los militares que morían en Indias, así como los recursos de nulidad e injusticia notoria de los negocios ejecutoriados en la Audiencia de la Casa de Contratación, relativos al comercio con las Indias. La segunda cuestión que se planteaba hacía referencia al plan económico de las secretarías del Consejo, regulado fundamentalmente por un real decreto de 20 de enero de 1717 que, según estos ministros, no se hallaba en práctica en muchos de sus apartados. En tercer lugar se encontraba el problema de la contaduría, que no sólo era competente en los asuntos de la hacienda indiana, vedados al Consejo, sino que se entendía directamente con la vía reservada, por lo que la Junta desconocía las disposiciones que para su funcionamiento se podían haber dictado por este conducto. En cuarto lugar se consultaba si en las ordenanzas que tratasen del gobierno interior del Consejo debía recogerse la división de negocios entre el propio Consejo y la Cámara de Indias, pues cuando se promulgaron las ordenanzas de 1636, este órgano no existía. Por último, la Junta suplicaba que se concediese a su presidente la facultad de solicitar de Sevilla cuantos papeles necesitase para la realización del encargo que se le había encomendado. La consulta de la Junta, una vez resuelta por don Antonio Porlier, marqués de Bajamar, fue devuelta al Consejo para que éste le transmitiese la resolución adoptada. Así, mediante oficio de 26 de octubre de 1791, el decano del Consejo hizo partícipe a los ministros de la Junta de la decisión tomada por el marqués de Bajamar en relación a la consulta que habían formulado. En su contestación, el secretario de Gracia y Justicia aclaraba que el encargo que había recibido la Junta no iba encaminado a la formación de unas nuevas ordenanzas, sino a "recoger en un quaderno las reglas, observancias y obligaciones del presidente, Governador, y Ministros de la tabla y asimismo de todos los subalternos, y dependientes del Consejo, sus oficinas, archivos, arreglo de oras, trabajo de los oficiales, y en una palabra a prevenir y decretar todo quanto conduce a la disciplina interna, y externa del tribunal". Se pretendía, de esta manera, que todo el personal que trabajaba en el Consejo de Indias, desde su presidente hasta el último subalterno, conociese con certeza sus respectivas obligaciones. Aun cuando el marqués de RAFAEL GARCÍA PÉREZ Bajamar afirmaba al comienzo de su dictamen que el trabajo de la Junta no debía traducirse en la formación de unas nuevas ordenanzas, en otro lugar de este mismo escrito ordena que "las nuevas ordenanzas que se formen" 13 debían remitirse a las leyes de Indias, "citandolas oportunamente sin entrar en interpretaciones, extensiones, ni alteraciones de ellas". Por otra parte, del estudio de las actas de las sesiones que realizó la Junta se desprende que el objetivo final de ésta era realmente la formación de unas nuevas ordenanzas, partiendo del estudio crítico de las anteriores de 1636, incorporadas a la Recopilación de 1680, y de la normativa dictada con posterioridad a esta fecha, así como de la experiencia acumulada en todos estos años. Por último, Porlier animaba a la Junta a solicitar de Sevilla cuantos papeles necesitase para la realización de su trabajo. 14 El dictamen del marqués de Bajamar fue aprobado por la Junta Suprema de Estado, mediante acuerdo de fecha 10 de octubre de 1791, en el que se ordenaba que se remitiese la orden consiguiente al gobernador del Consejo de Indias para que éste la comunicase a la Junta. reunión cada uno de los ministros analizase las ordenanzas y leyes relativas al capítulo primero del Consejo, anotando lo que se debía suprimir, añadir o conservar, conforme a las resoluciones que desde entonces se habían dictado. Los consejeros resolvieron también que el vocal de la Junta más antiguo solicitase de la secretaría de lo Indiferente copia de los decretos de establecimiento, supresión y renovación de la Cámara de Indias. Esta documentación fue aportada en la siguiente sesión, donde se leyeron y analizaron estos decretos. Con todo este material y el trabajo previo realizado por cada uno de los ministros, la Junta se encontraba ya en condiciones de afrontar el arduo cometido para cuya realización había sido constituida. En efecto, en las tres sesiones siguientes, que tuvieron lugar entre el 24 de febrero y el 9 de marzo de 1792, se comenzó a redactar el borrador de las nuevas ordenanzas, 16 finalizando la elaboración del capítulo primero sobre el Consejo en la última de estas reuniones. Ante la ausencia de don Rafael Antúnez, presidente de la Junta, el vocal más antiguo, don Jorge Escovedo, ocupó su lugar en la siguiente reunión, por indicación del decano del Consejo de Indias. Escovedo era, además, el depositario de todos los papeles de la Junta. En esta sesión se decidió modificar la ordenanza número 15 17 pues "convenía limitar la facultad que se da al que presida la sala para llamar quien decida en igualdad de votos, añadiendo sea sin esperar el ministro de la sala que aquel día haya faltado, y en el acto se llame al mas moderno de otra sala de Gobierno". Se rectificaron también algunos de los acuerdos adoptados en anteriores sesiones, relativos a la supresión de algunas ordenanzas, como la 23 18 y la 26, 19 que ahora la Junta juzgaba que debían continuar en vigor. Se decidió asimismo suprimir parcialmente la ordenanza 27,20 dejando en vigor sólo lo referente a leer con preferencia las cartas que venían de Indias. Los vocales pasaron a continuación a examinar los autos acordados de este capítulo, sugiriendo que algunos de estos autos fueran insertados en distintos capítulos de las ordenanzas, y añadiendo pequeñas correcciones en otros. El examen de los autos del Consejo concluyó en la siguiente sesión, celebrada el 18 de mayo de 1792. En la siguiente junta, que tuvo lugar justo una semana después, se leyó de nuevo el título del Consejo y se emplazó a los consejeros para que en la próxima sesión sugiriesen las oportunas reformas. En ella la Junta acordó introducir algunas modificaciones que agilizasen el funcionamiento interno del Consejo. Así, se resolvió no "embarazar el Consejo Pleno, ni llevar a él las incidencias que muchas veces ocurren de expedientes tratados, o pendientes en tres salas, pues quando pudiesen separarse, y su gravedad no exija correr con el principal, siguiesen su curso natural, para que no se entorpeciesen, y dilatasen, ni el Consejo Pleno se ocupase en lo que no lo pidiese". En esta misma línea agilizadora del trabajo del Consejo, se proponía que, no existiendo expedientes para despachar en una sala, se tomasen de las otras. Se sugería también que, cuando faltasen ministros en alguna de las salas, el que presidiese la sala primera los nombrase, comenzando por los consejeros más modernos. Asimismo, los vocales resolvieron que en las votaciones que tuvieran lugar en Consejo de tres salas, faltando ministros, bastasen cinco votos, para no dilatar excesivamente el despacho de los asuntos. También se debía modificar lo relativo al conocimiento del Consejo de los bienes de difuntos, de conformidad con lo dispuesto en los decretos de extinción de la Audiencia de Cádiz. 21 En la decimotercera sesión, celebrada el siguiente 22 de junio, la Junta decidió eliminar algunas trabas legales que impedían el diligente funcionamiento de la sala de Justicia. En este sentido, se propuso que "se acusase solo una reveldía y no tres", así como que se suprimiese del procedimiento judicial la fase de pedimentos de conclusion, dándose por conclusos los autos sin necesidad de que lo solicitasen las partes. Siguiendo el orden sistemático de las ordenanzas, los vocales comenzaron, en esta misma sesión, el examen de las disposiciones relativas al presidente del Consejo, que concluiría en la siguiente reunión. La primera ordenanza de este título se refería a la asistencia del presidente al Consejo por la mañana y por la tarde. A este respecto, entendía la Junta que se debía reducir a sólo las mañanas. En la siguiente ordenanza, la número 70, 22 se debía aclarar que, aunque correspondía al presidente velar por el cumplimiento de las resoluciones del Consejo, ello no impedía que uno de los ministros recordase cada mañana los asuntos resueltos y los pendientes. También en la ordenanza 71 23 se debía añadir que, además de las listas que en cada sala se ponían para su gobierno con los negocios que debían tratarse, el presidente o quien gobernase el Consejo debía poseer una copia para decidir los asuntos que se despacharían con preferencia. En la ordenanza 72 proponían suprimir el señalamiento que correspondía realizar al presidente para el despacho de algunos negocios que se encomendaban a determinados ministros por las tardes, los martes, jueves y sábados. El motivo principal de tal recomendación era que los expedientes de confirmaciones de oficios, breves y dispensas de poca entidad debían resolverse en la sala del ministro comisionado. La ordenanza 73 24 sugerían redactarla en términos generales, precisando que el presidente, no siendo letrado, tenía voto en todos los negocios que no fueran de Justicia y entre partes. La ordenanza 77, que establecía la existencia de un consejero semanero, debía modificarse para que la semanería se distribuyese por salas, "por turno semanero de sus Ministros, a fin de que no se firme Cedula, o providencia el que no estubiese instruido del negocio, o su resolucion". La Junta, en esta misma sesión, proponía, asimismo, que se suprimiese la ordenanza 78, que ordenaba que el consejero a quien correspondiese acu-22 Esta ordenanza encomendaba al presidente la función de proponer al Consejo lo que considerara conveniente para el mejor gobierno de las Indias, resolver lo que se acordase y ejecutarlo. 23 Establecía que el presidente debía tener los memoriales de los negocios que se hubiesen de resolver en el Consejo, y procurar que se despachasen los asuntos de los interesados ausentes. 24 Según esta ordenanza, el presidente letrado tenía voto en los asuntos de gobierno, guerra, gracia y merced, y en las visitas y residencias, y no siendo letrado sólo en los negocios de gobierno, guerra, gracia y merced. Anuario de Estudios Americanos diese a la Junta de competencias, por no acomodarse a los últimos decretos que se habían dictado para dirimir las cuestiones de competencias entre los Consejos. En la siguiente sesión, celebrada el 6 de Julio de 1792, se continuó y concluyó el examen de las ordenanzas relativas a la figura del presidente. Así, se resolvió omitir la ordenanza 83, en virtud de la cual, el juez de cobranzas del Consejo debía remitir las de Sevilla a un juez letrado de la Casa, y las de otras partes a los jueces ordinarios. Respecto a los autos acordados, apenas se modificaron, limitándose las propuestas de la Junta al emplazamiento en otros títulos de algunos de ellos. Una vez finalizado el análisis de las ordenanzas que se referían al presidente, y antes de comenzar con el estudio del título de gran canciller, la Junta se detuvo en el examen de diversas cuestiones. Así, en esta junta, que era la decimoquinta desde que comenzaran los trabajos, se debatió acerca del turno de los relatores, según el reparto de negocios dispuesto por los gobernadores, y las quejas que al respecto habían presentado algunos relatores. Se decidió dejar el estudio de este asunto para más tarde. Se acordó, asimismo, que en la ordenanza 11 que versaba sobre el Consejo de tres salas, se tuviera presente que los negocios extraordinarios que la sala correspondiente remitía a las otras, debían ser de gravedad. La Junta resolvió, también, que se formaran las ordenanzas necesarias para el recibimiento por parte de los subalternos del presidente y consejeros. Por lo que se refiere al título del gran canciller, la Junta llamó la atención sobre el hecho de que este cargo había sido extinguido, careciendo, por tanto de sentido su regulación en las ordenanzas del Consejo. 26 En esta misma sesión, la Junta comenzó el estudio de la regulación que las ordenanzas hacían de los fiscales y sus agentes, limitando las posibles modificaciones al sueldo que debían percibir. Así, los consejeros proponían que en la ordenanza 111 27 se expresase el aumento concedido por el último real decreto, 28 y se suprimiese la ordenanza 112 por haber variado el método de pago de sueldos. Se acordó a este respecto, que se pidiese a la Secretaría el decreto en que se aumentaba a cuatro el número de agentes, y se fijaban sus sueldos. Estos extremos, según expone la Junta, habían sido determinados por una real orden de 18 de octubre de 1791, que no hemos podido localizar. En esta misma junta de 17 de agosto, se abordó también el análisis del título relativo a los secretarios del Consejo. La primera ordenanza de este título, número 114, 30 debía ser actualizada con arreglo a la planta que presentaban las Secretarías en esos años de finales del siglo XVIII. 31 Asimismo, se proponía la actualización de la ordenanza 115, que se refería a la división geográfica de las competencias de los dos secretarios, omitiendo los tribunales que ya no existían y añadiendo los nuevos que se habían creado. Sin embargo, la Junta sugería que se delimitasen en general los territorios: por un lado Nueva España y por el otro Perú. 32 La 27 Esta ordenanza disponía que el fiscal del Consejo (en este caso los fiscales) debía percibir el mismo salario que los consejeros, y ocupar el primer lugar después de ellos. Entre otras cosas, igualó el salario de los fiscales del Consejo de Indias con el que percibían los fiscales del Consejo de Castilla, esto es, 55.000 reales de vellón anuales, cantidad que permaneció invariable hasta 1808. 29 Esta ordenanza establecía que para que el fiscal del Consejo cobrase su salario debía presentar una certificación del secretario más antiguo que acreditase que había llevado cada lunes al Consejo una relación de los pleitos fiscales que estuviesen pendientes. Comenta Manuel José de Ayala al respecto, que esta ordenanza "pide total reforma, porque también estos Ministros, y los demas del Consejo son pagados de sus sueldos por la Tesorería General, y el Pagador, Receptor, ni Tesorero del Tribunal, cuyos oficios, variados en los nombres y substancia, en nada de esto intervienen. Las Relaciones y Memorial de los pleitos que estan pendientes en su poder -continúa Ayala-, no avisan de ello los Lunes, porque estas Relaciones de todos los negocios que han pasado a su poder para responder y oir sus dictamenes, las forman sus respectivos Secretarios cada mes, con fecha de él, y año en que se les pasó, y las presentan a cada Sala del Consejo". 30 Esta ordenanza establecía la existencia de dos secretarios, cada uno con dos oficiales mayores y dos segundos. 31 La cifra oficial de los oficiales que, según un decreto de 4 de enero de 1720, en vigor hasta 1808, debían componer las Secretarías era de ocho: un oficial primero o mayor, dos segundos, dos terceros, y tres aspirantes. Sin embargo, lo habitual a lo largo del siglo XVIII fue que entre diez y doce oficiales trabajaran en cada una de las Secretarías del Consejo de Indias. 32 Comentando esta ordenanza, apunta Manuel José de Ayala que debiera quitarse la referencia a las Audiencias de Panamá y Buenos Aires, pues fueron extinguidas en su día. Anuario de Estudios Americanos ordenanza 116, en opinión de la Junta, debía ser suprimida en su casi totalidad, quedando tan sólo en vigor lo relativo al refrendo por los secretarios de los despachos de Cruzada. 33 Para el examen de la ordenanza 117, a tenor de la cual los negocios comunes o neutrales debían despacharse por el secretario más antiguo, la Junta decidió que se solicitase a la Secretaría "razón de la actual división de negocios de ambas, y agregación de lo indiferente". 34 Continuando con el repaso de las disposiciones relativas a los secretarios, la Junta decidió que la ordenanza 119 fuera corregida parcialmente y adaptada a la práctica que se seguía en el Consejo,35 según la cual cuando faltaba algún secretario, el otro publicaba lo concerniente a las dos Secretarías, pero el oficial mayor del secretario ausente pasaba a despachar en el Consejo. 36 Igualmente, la ordenanza 120 debía ser adaptada para que los consejeros asistieran a los litigantes y pretendientes en las oficinas y no en sus casas.37 A continuación, la Junta decidió que algunas ordenanzas continuasen sin variación, y otras fueran suprimidas, por coincidir con algunas leyes de la Recopilación de 1680,38 lo cual no deja de causarnos extrañeza por cuanto es sobradamente conocido que las ordenanzas de 1636, en su totalidad, fueron incorporadas a la Recopilación de 1680. Continuando con el estudio de las ordenanzas relativas a los secretarios, y al igual que en la anterior junta, los consejeros decidieron omitir una serie de ordenanzas por considerar que se correspondían con otras tantas leyes de la Recopilación. 39 En la siguiente junta, que tuvo lugar el 7 de septiembre de ese mismo año, se comenzó el examen de los autos acordados del título relativo a los secretarios. La Junta propuso que el auto número 15, que establecía que los secretarios tenían obligación de firmar y rubricar todos los papeles e inventarios del Consejo que "entraren en su poder", se añadiese a la ordenanza 121. 40 Asimismo, el auto número 29, debía ser transformado en ordenanza. 41 Por otra parte, se dejaba en suspenso la corrección del auto 98 que establecía una preferencia de los oficiales mayores sobre los contadores en los actos públicos, por cuanto aquéllos gozaban de la condición de secretarios del rey. Además, la Junta disponía que se solicitasen las declaraciones hechas al respecto por el rey en tiempos de los contadores Tomás Ortiz de Landázuri y Francisco Machado. Al mismo tiempo, la Junta mostraba sus reservas acerca de su competencia para regular este punto. El examen de los autos acordados del título relativo a los secretarios se concluyó en la siguiente junta, de fecha 22 de ese mismo mes de septiembre. Los consejeros resolvieron que los citados autos se completasen con una serie de disposiciones tendentes a mejorar la gestión y el control de las Secretarías. En este sentido, debía añadirse a los autos acordados, que cada oficial semanalmente presentaría "una lista a su Gefe de los expedientes de su mesa, y estado, con fecha del dia que entraron en ella, e igualmente lista de las Cedulas, Despachos, o Cartas Acordadas que expida por ella, y fecha de los Acuerdos en que se mandaron librar, del mismo modo razon de las consultas pendientes, y que deban hacerse". Asimismo, las Secretarías no debían entregar a las partes "Cedulas, Despachos, o Cartas de Ynformes, solo los Titulos de empleos, o Comisiones que las mismas hayan de exercer, y se remitan en derechura". En lo relativo a los aranceles de las Secretarías, la Junta se abstuvo de realizar recomendación alguna, por cuanto ya existía una comisión encargada de su formación. Por otra parte, se juzgó oportuno averiguar el método que se empleaba en las Secretarías en la formación de extractos de los expedientes, y discernir entonces los que corresponderían a las Secretarías y a los relatores, teniendo en cuenta lo dispuesto en la ordenanza 158. 40 Esta ordenanza establecía que los papeles debían ser entregados a los secretarios mediante inventario, a través del cual se les pediría luego cuenta de ellos. 41 Este auto ordenaba que cuando se le recordara al rey una consulta se le debía remitir una copia de ella. 42 Según esta ordenanza los secretarios debían sacar una relación de todo lo que se pidiese o escribiese al rey, ordenándolo en un libro por materias y lugares. En la vigésima sesión, que se celebró el siguiente 5 de octubre, la Junta comenzó el estudio de las ordenanzas relativas a los relatores, resaltando la conveniencia de que se nombrara un tercer relator "por la falta de tiempo para formar extractos y Memoriales". 43 Sin embargo, la Junta estimaba que este tipo de propuestas era ajeno a sus competencias, por lo que dejó de lado este asunto para proponerlo en su día junto con otras dudas que se le planteasen. Sobre el turno de los relatores se había tratado ya, brevemente, en la junta de 20 de julio de ese mismo año, cuando se examinaron las ordenanzas relativas al gran canciller. En aquella reunión se decidió posponer el tema hasta que se tratase de los relatores en general. Llegado el momento de abordar este controvertido asunto, que había originado una consulta de la sala de Justicia del Consejo al rey,44 la Junta resolvió que "se insertase en una o mas ordenanzas de este Titulo la division de negocios en las quatro partes de oficio, y Pobres, y ademas de sus quatro turnos se formasen otros dos de Residencias". 45 También se trató en esta junta de los aranceles de los relatores. Sin embargo, no se adoptó ningún acuerdo al respecto, dada la existencia de una comisión encargada de su formación. Los consejeros resolvieron que se redujeran las catorce ordenanzas que regulaban este oficio a una sola que se limitase a ordenar la observancia de las leyes de este título de la Recopilación de 1680. También se acordó solicitar del Consejo los acuerdos y reales decretos relativos a la obligación del escribano de cámara de dar parte, en los recursos de segunda suplicación y de injusticia notoria, de haber realizado las partes los preceptivos depósitos, con el fin de incorporar estas disposiciones a las ordenanzas. En la siguiente sesión, el consejero Escovedo hizo partícipe al resto de los vocales, de una conversación que había mantenido con el gobernador del Consejo sobre la conveniencia de trasladar el día de reunión de la Junta al sábado, por celebrarse los viernes Consejo pleno. No parece que hubiera oposición alguna por parte de los vocales de la Junta. A continuación, se pasó a examinar el título de los contadores, y tras comprobar la correspondencia de las ordenanzas que regulaban este cargo con las leyes respectivas de la Recopilación de 1680, se decidió, como en la anterior junta, condensar las ordenanzas de este título en una sola, que ordenase el cumplimiento de las citadas leyes. Además, se vio la conveniencia de insertar como ordenanza el auto acordado número 12, que prohibía a la contaduría dar ninguna relación sin consultar antes al Consejo. También se juzgó oportuno transformar en ordenanza la última disposición de este título, que recogía un acuerdo del Consejo de Indias de 5 de mayo de 1638. En este acuerdo se ordenaba a los contadores, entre otras cosas, que utilizasen el término "señor", para nombrar al presidente y consejeros de Indias, que comunicasen al Consejo o al consejero comisario, mediante un breve expediente, los despachos de los que tomasen razón y los reparos que hubieran puesto, que no dictasen despachos que fueran competencia de las Secretarías... En favor de las atribuciones de la contaduría, este acuerdo de 1638 reconocía a esta oficina la facultad de "hacer reparos en los despachos que ván de las dos Secretarias del Consejo", no sólo por errores de cuenta, sino también cuando contravinieran órdenes, cédulas u otros despachos anteriores, de los que se hubiere tomado razón en la misma contaduría. 46 Por último, en lo que se refiere a los aranceles de los contadores se decidió esperar a que la comisión encargada de su formación se pronunciase al respecto. En la siguiente junta, que tuvo lugar el 3 de noviembre de ese mismo año, se revisó todo lo acordado en las dos anteriores sobre la contaduría y se decidió formar una o varias ordenanzas que recogiesen lo dispuesto en los decretos de 27 de marzo y 10 de abril de 1760, 47 10 de noviembre de 46 Comenta Manuel José de Ayala, que este acuerdo de 5 de mayo de 1638 "se cumple y practica, excepto comunicarlo con el consejero comisario, pues lo hacen en derechura al tribunal por medio del secretario á quien corresponda el asunto". Realizaba una remodelación general de la planta de la contaduría y de su régimen de trabajo. Así, por lo que se refería a la composición de sus oficinas, se confirmaba en su puesto al contador general, don Felipe de Altolaguirre, con un sueldo de 50.000 reales de vellón anuales. Se nombraba, además, un oficial mayor, a quien correspondían 15.000; un oficial segundo, con 12.000; dos terceros con 10.000 cada uno; dos oficiales cuartos, ambos retribuidos con 8.000; dos quintos, con 6.000 cada uno; dos entretenidos, ambos con 3.000 y un portero del Consejo, que debía prestar sus servicios en las oficinas de la contaduría. Por otra parte, se ordenaba al Consejo y a la Cámara de Indias, que no evacuase expediente alguno en que directa o indirectamente se vieran afectados los intereses de la Hacienda real sin que precediese informe de la contaduría. Además, una vez resueltos y adoptadas las providencias oportunas, estos expedientes debían pasar a la contaduría donde se guardarían. Nombramiento de los sujetos que debían servir estas plazas de oficiales. 49 Entrando ya en el examen de las ordenanzas relativas al receptor, la Junta las halló conformes con las leyes de la Recopilación. Asimismo, constató la inobservancia "de muchos de los puntos contenidos en dichas Leyes, y alterados otros, ó pendientes de Expedientes no resueltos". Los consejeros eran conscientes, sin embargo, de que en virtud de la real orden de 18 de octubre de 1791 no debían innovar las leyes, por lo que se decidió suspender el arreglo de este título hasta que se resolviese el alcance de sus competencias en este tema. En caso de que se les autorizase para modificar la legislación, la Junta veía la necesidad de solicitar los últimos reglamentos que se habían dictado sobre este oficio. 50 También renunciaron los consejeros a modificar las ordenanzas sobre el cronista, hasta que se aclarasen las facultades de la Junta, por cuanto las disposiciones que se habían promulgado por la vía reservada sobre el método de describir la historia de Indias, así como lo último que se había regulado sobre este oficio, contradecían lo establecido en las propias ordenanzas y en las leyes de Indias. La misma resolución adoptó la Junta, al abordar el estudio de la regulación del cosmógrafo, por concurrir idénticas circunstancias. En esa misma sesión la Junta continuó con el examen del título del alguacil y sus oficiales, y concordando las ordenanzas con las leyes de la Recopilación decidió no introducir modificación alguna. Sin embargo, sí juzgó oportuno añadir un nuevo título referido a los porteros y mozos sirvientes, en el que, entre otras cosas, se incluyesen algunas reglas extraídas de las advertencias que hizo el juez de ministros, Pedro Muñoz de la Torre, a estos dependientes, el 4 de mayo de 1779. Probablemente se refiera al decreto de 11 de Octubre de 1751 que creó la figura del contador general, permaneciendo el resto de contadores en sus empleos al servicio del primero hasta que el rey les proporcionase nuevos oficios. Existe un error de transcripción, pues la fecha correcta del real decreto que dispuso la división de la contaduría es de 17 de febrero de 1788. Reglamentos relativos a las funciones del tesorero y a la exacción de las penas de Cámara. El primero de ellos es de fecha 5 de noviembre de 1771 y lleva por título "Reglamento y Ordenanza de lo que se ha de obserbar para la custodia, buena administracion y mejor cuenta y razon de los caudales propios del Consejo y de los demas ramos y causas que protege". El tercero, aprobado en 1799 modificaba parcialmente el anterior, y tenemos noticia de él a través de la obra del historiador francés Bernard: Le Secrétariat..., págs. 100 y 101. Advertencias del juez de ministros Pedro Muñoz de la Torre, 4 de mayo de 1779. En estas advertencias o recomendaciones, Muñoz de la Torre resumía las principales obligaciones que debían observar los porteros. Así, entre otras cosas, recordaba que cada una de las salas del Consejo debía estar atendida por dos porteros de manera que cuando en una de las salas se llamase a uno de éstos, el otro debía permanecer a la puerta, cuidando de que nadie se Tomo LVI, 2, 1999 Una vez la Junta hubo concluido el examen de todas las ordenanzas del Consejo, y su cotejo con las leyes y autos acordados, los vocales decidieron remitir a don Rafael Antúnez, presidente de la Junta, que ya había regresado a Madrid, los papeles con el resultado del trabajo realizado. Asimismo, se juzgó conveniente reservar la siguiente junta para tratar de los asuntos que habían quedado pendientes de resolución. En cumplimiento de estos acuerdos, los vocales se trasladaron a la posada de don Rafael Antúnez, que recibió los documentos con las propuestas. Sin embargo, dado su precario estado de salud, pasaron los años sin que convocara de nuevo a la Junta; finalmente falleció en Cádiz. Como se solía practicar en estas ocasiones, don Silvestre Collar recuperó de casa del difunto Antúnez todos sus papeles, entre los que se encontraban los trabajos de la Junta, y los remitió al gobernador del Consejo. Con fecha 18 de enero de 1802, el marqués de Bajamar, gobernador del Consejo, los devolvió de nuevo a la Junta, nombrando a los consejeros Acedo y Torres Múzquiz en sustitución de Antúnez y José García Pizarro, que también había fallecido. Don Jorge Escovedo, nuevo presidente de la Junta, convocó a los vocales para el siguiente día 1 de febrero de 1802. Después de que cada uno se instruyera de lo actuado hasta ese momento, se leyeron todos los papeles que recogían el trabajo realizado. Concluida la lectura, se acordó que Manuel José de Ayala "formase un breve apunte, o extracto de todas las Juntas para dar una historia, o razon coordinada y seguida, en que con claridad se viese lo que ya estava travajado, como las dificultades y dudas que impedían la conclusion de este negocio". Este informe, redactado por Ayala, es el que nos ha servido de base para conocer los trabajos de la Junta encargada de la formación de las nuevas ordenanzas del Consejo de Indias. En las sucesivas reuniones, los vocales examinaron los apuntes redactados por Ayala y debatieron sobre las dificultades que impedían teracercase a escuchar. Los porteros debían concurrir a sus puestos treinta minutos antes de la hora señalada a los ministros. Si por cualquier causa alguno no podía asistir, debía advertirlo al portero de estrados, para que éste lo comunicara al Juez de ministros, expresando el motivo o enfermedad. Formaba también parte del trabajo encomendado a los porteros el comunicar recados a los ministros que se hallasen indispuestos, siguiendo un turno ya establecido que comenzaba por el más moderno y excluía al portero de estrados y al de la contaduría. Lo mismo se practicaba cuando se trataba de convocar a los ministros a Juntas o cuando se les debían comunicar avisos particulares. Pedro Muñoz de la Torre recordaba también a los porteros que los recursos debían dirigirlos al juez de ministros o al decano del Consejo. Respecto a las propinas establecía que los porteros debían ponerse de acuerdo, llevando en una caja común la cuenta y razón de las propinas y emolumentos, que se repartirían al final de cada mes con la debida igualdad. Por último, les recordaba que debían obedecer al portero de estrados en todo, pues a éste correspondía ordenar los avisos y cuidar del servicio puntual de los porteros del Consejo. Anuario de Estudios Americanos minar con éxito este trabajo. De esta manera, la Junta concluyó que no era posible formar las ordenanzas que se habían propuesto y decidió remitir al gobernador del Consejo un oficio con los resultados de este expediente, el informe elaborado por Manuel José de Ayala, y todos los papeles sobre este asunto, con el fin de que el marqués de Bajamar diese cuenta al rey y éste resolviera. Ayala terminaba su escrito exponiendo algunas de las dificultades y dudas que habían encontrado en su trabajo que impedían que éste pudiera concluirse satisfactoriamente. Así, en primer lugar, señalaba que el desorden que imperaba en el Archivo de Indias retrasaría mucho la remisión de los papeles que necesitaban para concluir su misión. Lo mismo sucedería con los documentos que se solicitasen de los Consejos y Secretarías. Por otra parte, "repetidas serían las consultas con que la Junta incomodaría a los Ministerios, y de consiguiente á S.M.", por las múltiples dudas que habían surgido. A modo de ejemplo, Ayala exponía algunas de las cuestiones que se le habían planteado sobre el nombramiento de los visitadores del Consejo, a quién correspondía, su número, quién corría con los gastos... Del mismo modo, las figuras del juez de ministros o del secretario de la interpretación de lenguas, planteaban, a los ojos de la Junta, un sinfín de interrogantes difíciles de resolver. El mismo número de problemas habían surgido a la hora de examinar "las facultades, preeminencias, recivimientos, Juramentos y Ceremonias correspondientes, respectivamente, al Señor presidente, Gobernador, Gran Chanciller, y Decano del Consejo; Y sobre el arreglamiento del Archivo Secreto del Tribunal". Además, se veía necesario el nombramiento de un secretario que sirviese en la redacción de los acuerdos, la remisión de oficios y la formación de consultas. Cuando menos, parecía imprescindible el auxilio de un escribiente. Siguiendo con esta serie de obstáculos que volvían intransitable el camino que debía recorrer la Junta para elaborar unas nuevas ordenanzas del Consejo, Ayala señalaba que la Junta tenía noticias de que don Silvestre Collar, secretario del Perú, había formado un plan ordenado para el gobierno de sus oficinas, por lo que poco o nada se podía añadir al respecto. Por su parte, el secretario de Nueva España también había redactado unas normas para el correcto funcionamiento de su departamento. Ayala terminaba sus apuntes llamando la atención sobre una circunstancia que, a la postre, sería decisiva en la disolución de esta Junta: la extinción de la Junta que se encargaba de redactar el Nuevo Código de Leyes de Indias. La extinción de la Junta En cumplimiento del último acuerdo adoptado, la Junta encargada de la formación de las nuevas ordenanzas del Consejo de Indias, dirigió una consulta al gobernador del Consejo, con fecha de 13 de mayo de 1802, en la que exponía las dificultades que imposibilitaban la continuación del trabajo que hasta entonces había desarrollado. 52 La Junta comenzaba su escrito recordando los motivos que justificaron su constitución y la primera consulta que elevó al gobernador del Consejo, con la respuesta que recibió aprobada por la Junta de Estado, a la que ya hicimos referencia en su momento. A continuación, exponía uno detrás de otro los inconvenientes que hacían inviable el proyecto para cuya realización se había constituido. Así, en primer lugar, reconocían que particular". Por consiguiente, la Junta concluía afirmando "la imposibilidad de llenar los deseos del rey hasta tanto que el Nuevo Codigo tenga su perfeccion, y con Leyes ciertas pueda establecerse un Plan que en manera alguna se oponga a ellas". Por todo ello, solicitaba cesar en su cometido, hasta que nuevas circunstancias posibilitaran la realización del trabajo que se le había encomendado. La consulta venía firmada por Jorge Escovedo, Manuel José de Ayala, Miguel Calixto de Acedo y el conde de Torres Muzquiz. El marqués de Bajamar recibió la consulta junto con los demás papeles, y lo remitió todo al rey mediante consulta de 1 de junio de 1802. En ésta, el gobernador del Consejo, tras exponer al monarca todos los argumentos esgrimidos por la Junta, daba su parecer. En este sentido, el ministro entendía que la formación de unas nuevas ordenanzas no sólo daría lugar a una obra excesivamente voluminosa, sino que además estaría expuesta a continuas variaciones que alterarían lo expuesto en su momento como regla fija. Esta reflexión -precisaba Porlier-se apoyaba en la experiencia acumulada con la formación del Nuevo Código de Leyes de Indias. Así, tras ocho o nueve años de trabajo sólo se había concluido el primer libro. Por todo ello, el dictamen del gobernador del Consejo era favorable a la extinción de la Junta. La resolución del rey, anotada a continuación del extracto de la consulta formulada por el marqués de Bajamar, acogía la petición de la Junta y, tras decretar su cese, ordenaba al Consejo que se encargase del arreglo de los aranceles a los que la Junta había hecho referencia en su consulta de 13 de mayo de 1802. De esta manera, después de mucho trabajo y escaso fruto se extinguió la Junta creada doce años antes para elaborar unas nuevas ordenanzas del Consejo de Indias. El trabajo realizado por la Junta para la elaboración de unas nuevas ordenanzas pudo parecer estéril tanto a los consejeros que integraban aquélla como a sus contemporáneos, pues no contribuyó a mejorar la organización y el funcionamiento del Consejo de Indias. Desde este punto de vista podemos afirmar que el intento frustrado de elaboración de unas nuevas ordenanzas del Consejo, que sustituyeran a las de 1636, no alteró la vida de este tribunal en el tránsito del siglo XVIII al XIX. Sin embargo, transcurridos dos siglos desde que Carlos IV decidiera decretar su cese, los materia- Tomo LVI, 2, 1999 les reunidos por esta Junta adquieren un notable valor para los estudiosos del Supremo Tribunal de Indias en las postrimerías del Antiguo Régimen. En efecto, además de permitir en buena medida calibrar la vigencia de muchas de las disposiciones que se recogían en la Recopilación de 1680, todavía en vigor en este tiempo, las afirmaciones contenidas en las propuestas que los miembros de la Junta realizaron en las distintas sesiones, y el análisis de los problemas con los que tuvieron que enfrentarse, iluminan la realidad de una institución que parece renacer en la segunda mitad del siglo XVIII. 53 A través del estudio de los trabajos realizados por la Junta se percibe la realidad de una institución que mantiene una vitalidad y una pujanza poco compatibles con la visión que algunos autores han querido transmitir de la historia del Consejo de Indias en el siglo XVIII. 54 Así, por ejemplo, los problemas de delimitación de competencias con la Secretaría de Estado y del Despacho de Indias ponen en entredicho la aplicación en toda su extensión de los decretos de 20 de enero y 11 de septiembre de 1717, que, como señalamos en su momento, arrebataron al Consejo un gran número de atribuciones en beneficio de la Secretaría del Despacho de Indias. Por otra parte, la consulta que la Junta realizó el 25 de diciembre de 1790 arroja algunas luces sobre la creciente importancia de la contaduría general de Indias en el siglo XVIII y su progresiva separación institucional del Consejo. El acceso de la contaduría a la vía reservada suponía, de hecho, la sustracción al conocimiento del Consejo de muchos de los asuntos que ésta tramitaba y una pérdida evidente de la influencia que tradicionalmente el Consejo había ejercido sobre la misma. Por todo lo anterior, el estudio de los trabajos de la Junta encargada de elaborar unas nuevas ordenanzas del Consejo de Indias supone un paso más en el conocimiento de esta importante institución en el siglo XVIII. 54 Véase en este sentido la citada y, por otra parte valiosa, obra de Bernard: Le Secrétariat...
Las tesis doctorales constituyen una fuente bibliográfica que merece un tratamiento específico por parte de la documentación científica. Cada una de ellas es el fruto de un trabajo de investigación de larga duración, desarrollado bajo una dirección desempeñada por un investigador de competencia contrastada. Se trata de investigaciones exhaustivas que exigen un tratamiento novedoso y conllevan muchas horas de trabajo. El proceso de evaluación por parte de un tribunal nos asegura la calidad de estos trabajos. Todo este esfuerzo no merece que esta documentación pueda caer en el olvido. Sin embargo, en España la difusión de las tesis es en gran parte una tarea pendiente, ya que no existe un depósito central que garantice la accesibilidad de estos documentos y facilite su reproducción o consulta. Para la localización de tesis es necesario acudir a cada una de las respectivas universidades en las que encontraremos normas muy diferentes. La base de datos Teseo del Consejo de Universidades reúne un gran número de referencias de tesis españolas, pero su consulta es de poca utilidad para los trabajos de búsqueda bibliográfica al no garantizar el acceso a los documentos originales, cuya responsabilidad pertenece a cada una de las universidades. El objetivo de este trabajo es doble. Por un lado, pretende contribuir a la necesaria difusión de esta documentación científica, a través de la recopilación y clasificación de las tesis relativas a la Historia de América Latina 1 leídas desde el curso 1976-1977, incluyendo en este artículo solamente las referencias relativas a la Edad Contemporánea por razones de espacio. En segundo lugar, esta recopilación nos va a permitir analizar las tendencias de la investigación histórica latinoamericanista desarrollada en España durante estos últimos veinte años. Debido a las características propias de estos documentos, podemos considerar la evolución de la lectura de tesis latinoamericanistas en las universidades españolas como uno de los indicadores más relevantes para el análisis del estado de la investigación científica desarrollada en este campo en nuestro país. La validez de este indicador debe matizarse: parte de los doctorandos son becarios latinoamericanos que realizaron su tesis en España. Pero este hecho no las convierte en investigaciones ajenas al latinoamericanismo español, sino que lo enriquecen notablemente. Este estudio no pretende, por tanto, realizar un ambicioso estado de la cuestión de este campo de investigación, sino tan sólo contribuir a su análisis parcial, siguiendo una línea de estudios bibliométricos ya iniciada por otros autores 2. Podremos comparar las tendencias del latinoamericanismo español con las de algunos otros países europeos, a partir de los datos reunidos en la base de datos de Tesis Europeas sobre América Latina, en cuya elaboración hemos contribuido aportando las referencias de la parte española. Esta base de datos se configuró a partir de un repertorio impreso elaborado por la Red Europea de Documentación e Información sobre América Latina (REDIAL) en 1992 3. Actualmente reúne casi cinco mil referencias. El análisis desarrollado en este artículo se centra en las tesis relativas a la Historia de América Latina. Este sector es especialmente predominante en el americanismo español. Su importancia es también relevante dentro 1 Para la justificación del uso del término América Latina merece la pena consultar: Quijada, Mónica: "Sobre el origen y difusión del nombre 'América Latina' (o una variación heterodoxa en torno al tema de la construcción social de la verdad)", Revista de Indias, vol. LVIII, n.o 214, Madrid, 1998, págs. 595-615. Datos bibliométricos y algunos comentarios", REDIAL. Vidal, Laurent: "Cuestión urbana y América Latina. Anuario de Estudios Americanos del conjunto de la Historiografía española. En un país tradicionalmente ocupado en reflexionar sobre su propia Historia, con muy pocos especialistas en otras zonas geográficas, la Historia de América supone la única excepción que reúne a un alto número de investigadores. La mayoría de las referencias están extraídas de la base de datos TESEO del Consejo de Universidades [URL]. La localización de las mismas no es una tarea sencilla, al carecer de descriptores precisos para este tipo de búsqueda. Sin embargo, esta base de datos no reúne la totalidad de las tesis españolas, por lo que se ha procurado enriquecer esta selección, en la medida de lo posible, con otras fuentes complementarias: los repertorios impresos del propio Consejo de Universidades, la base de datos Tesis Doctorales de la Universidad Complutense de Madrid [URL] y el Directorio de Americanistas Españoles. 4Se han analizado las tesis encontradas sobre cualquier aspecto histórico relativo a América Latina, exceptuando la Historia de la Literatura, pero incluyendo disciplinas como la Historia del Arte, la Arqueología, la Historia de la Lengua, la Historia Económica o la Historia de las Relaciones Internacionales. Por razones de espacio, se incluyen en este artículo exclusivamente las referencias de tesis relativas a la Historia Contemporánea de América, aunque el análisis que a continuación se desarrolla se refiere a la totalidad de las tesis localizadas. De un total de 1449 registros de tesis españolas existentes en la base de datos "Tesis Europeas sobre América Latina", 633 pueden considerarse como investigaciones históricas, de las cuáles se incluyen en este artículo las referencias de 262 tesis de Historia Contemporánea. A pesar de las ausencias que sin duda existirán en esta recopilación, espero que resulte de interés para los lectores de esta revista. Este recurso de información continuará actualizándose en la base de datos REDIAL-TESIS, a la cual puede accederse a través de internet, bien desde la página web del CINDOC [URL] o desde REDIAL [URL], y en la cual podrá consul-tarse el conjunto completo de referencias bibliográficas de tesis sobre Historia de América que no puede recogerse en el formato de un artículo de revista. Análisis general de las tesis españolas de Historia de América Los datos que aquí se presentan están condicionados por variables de difícil control: las lagunas existentes en las fuentes consultadas, la evolución de la presencia de doctorandos latinoamericanos en nuestro país, el desarrollo de las becas antes y después del Quinto Centenario, etc. Por consiguiente, hay que matizar que dichos datos no deben tomarse más que como meros indicadores relativos de las tendencias existentes en este sector de la investigación. En el siguiente gráfico se presenta la evolución cuantitativa del número de tesis leídas en las universidades españolas relativas a Latinoamérica en el conjunto de las Ciencias Sociales y Humanas en comparación con las de Historia de América Latina. Sin embargo, en el conjunto general de las tesis americanistas españolas se observa un mayor crecimiento a partir del curso 1992-1993 que no se ve correspondido en el ámbito concreto de la Historia. Por tanto, puede decirse que el peso específico de este área temática tiende a reducirse dentro del americanismo desarrollado a través de las tesis españolas, evolucionando desde el 74% en el curso 1978-1979 hasta sólo un 26% en 1993-1994. Aunque las tesis de Historia de América mantienen unas cifras anuales bastante estables, su crecimiento es menor que el de otras disciplinas dentro del americanismo. Este peso relativo de la Historia dentro del americanismo español queda palpable en otras fuentes consultadas: está representado por el 56% de los investigadores que figuran en el Directorio de Americanistas Españoles 5 y por el 35% de las referencias incluidas en la base de datos ISOC-ALAT 6. Su peso relativo, no obstante, continúa siendo superior al que representa la Historia dentro del americanismo desarrollado en otros países europeos, como se observa en los siguientes datos extraídos de la base de datos de REDIAL "Tesis europeas sobre América Latina": A continuación se desglosan las Universidades y Facultades donde han sido leídas las tesis localizadas. No debe interpretarse esta tabla como un ranking sino como una información relevante sobre la localización 5 Román: Directorio... 6 ALAT es un subfichero de la base de datos ISOC, gestionada por el CINDOC, que vacía la literatura científica española en Ciencias Sociales y Humanidades: artículos de revista, ponencias e informes publicados desde 1975. Está accesible desde las páginas web de dicho centro: www.cindoc.csic.es. Destacan con claridad los dos centros tradicionales del americanismo español, la Universidad Complutense (42%) y la Universidad de Sevilla (19%), pero también debe destacarse el alto grado de dispersión de la investigación desarrollada en este campo, con 28 Universidades y 85 Facultades diferentes. No se puede analizar adecuadamente la distribución por departamentos ya que este dato sólo figura en el 43% de las referencias obtenidas. El predominio de la Universidad Complutense de Madrid y la Universidad de Sevilla tiende a disminuir con el tiempo al surgir nuevas universidades que contribuyen a una mayor dispersión del latinoamericanismo. La Universidad Complutense es especialmente preponderante en algunas áreas temáticas dentro del latinoamericanismo, en concreto se sitúa por encima de su valor medio (42%) dentro de las siguientes disciplinas: Arqueología (86%), Historia precolombina (75%), Historia Contemporánea (57%), Historia política (60%) e Historia del Derecho (52%). Por su parte la Universidad de Sevilla destaca por encima de su valor medio (19%) en: Historia colonial (35%), Historia militar (46%), Historia social (35%) e Historia económica (33%). Las Facultades de Geografía e Historia y de Filosofía y Letras representan lógicamente el monto mayor de las tesis recopiladas (71%), aunque es un hecho destacable que el 29% procedan de otras Facultades y Escuelas ajenas a la Historia. Igualmente, destaca el elevado número de investigadores diferentes (221) que figuran como directores de las tesis seleccionadas. Como profesores que han dirigido mayor número de tesis de Historia de América en estos veinte años, según los datos que figuran en esta recopilación, hay que destacar a Mario Hernández Sánchez-Barba (18), Paulino Castañeda Delgado (15), Manuel Ballesteros Gaibrois (14), Luis Navarro García (12), Demetrio Ramos Pérez (11) e Ismael Sánchez Bella (10). Todas estas cifras podrían ser mayores, ya que tan sólo se ha localizado este dato en el 65% de las referencias. En cuanto a los países latinoamericanos más estudiados, destaca sobre todo México, con 134 tesis, lo que supone un 21%.
Tras las etnografías de Tristan Platt, Nathan Wachtel, Roger Rasnake y Gilles Rivière, que han hecho avanzar considerablemente la antropología del altiplano boliviano en las últimas décadas, nos llega ahora este importante trabajo de Thomas Abercrombie sobre la comunidad aimara de Santa Bárbara de Culta (o K'ulta, como dicen sus miembros), compuesta de la localidad del mismo nombre y los muchos caseríos que tiene a su alrededor. En el mapa político de Bolivia, corresponde a uno de los cantones en que se divide la provincia de Abaroa, en el departamento de Oruro. El estudio etnográfico que hizo sobre la organización social y política y las ceremonias religiosas lo complementó con una investigación de la historia del lugar desde el siglo XVI hasta el XVIII, consultando para ello documentos de la administración española guardados en los archivos bolivianos y en el General de la Nación Argentina. En 1986, el trabajo realizado le permitió leer una tesis doctoral de antropología en la Universidad de Chicago, titulada The Politics of Sacrifice: An Aymara Cosmology in Action, que es a su vez la base del libro que aquí se reseña. Desde esa fecha, ha regresado a K'ulta en varias ocasiones y continuado su investigación histórica, trabajando en el Archivo de Indias y otros archivos españoles, así como de nuevo en los bolivianos, hasta cubrir en su totalidad los 450 años que separan la conquista española del territorio del momento presente. Pathways of Memory and Power incorpora estos nuevos datos a la discusión anterior 1 y ofrece como principal novedad temática una larga reflexión sobre los medios de producción y transformación de la memoria colectiva en una formación política como la de esta comunidad aimara. En su tesis doctoral, Abercrombie mostró el modo que los integrantes de K'ulta tenían de preservar o cambiar un orden institucional y simbólico que, aun nutrido de componentes de origen occidental, les era suyo propio y no por ello se parecía mucho al que debía de existir en el territorio antes de la conquista española. Era un orden que daba sentido a una existencia marcada por la posición hegemónica en sus vidas del capitalismo internacional y el Estado boliviano y que, al mismo tiempo, permitía un acomodo creativo y original a esa hegemonía. El medio clave de reproducción o transformación era el sacrificio regular y colectivo a los dioses en una multitud de contextos ceremoniales bien definidos, especialmente los de las seis fiestas religiosas más importantes del año: Corpus Christi (en junio), Nuestra Señora de Guadalupe (el 8 de septiembre), la Exaltación de la Cruz (el 14 de septiembre), San Andrés (el 30 de noviembre) y Santa Bárbara (el 4 de diciembre). Los sacrificios eran de llamas y, simbólicamente, de hombres. Las divinidades destinatarias eran no sólo los santos y símbolos católicos del mismo nombre (pero con significado indígena), Jesucristo y la Virgen María (igualmente con significado indígena), sino también los antepasados, el cóndor, las montañas y un largo etcétera que daba cuenta de una vida dedicada al pastoreo y al intercambio de productos con las poblaciones agrícolas y urbanas de otras regiones de Bolivia. El cosmos se dividía para ellos en dos partes, una situada por encima de la otra, no sólo físicamente sino también en valor simbólico: la parte o mitad de arriba (alax-pacha), donde moraban los santos, Jesucristo (identificado con el sol) y María (relacionada con la luna); y la mitad de abajo o terrenal (manxa-pacha), a la que pertenecían las montañas y el cóndor, el lugar de reposo de los antepasados y los guardianes invisibles de las llamas, las alpacas y el resto del ganado. El mundo social también se dividía en dos partes, que evocaban a su manera las dos mitades de la división más general del universo. La relación de importancia que se daba entre alax-pacha y manxa-pacha era equivalente a la que se establecía entre la comunidad de K'ulta y el orden exterior a ella: lo propio tenía prioridad sobre lo extraño. Dentro de la propia comunidad, sus miembros también distinguían entre una mitad de "arriba" y otra de "abajo". Cada una englobaba a dos o más ayllus, que eran corporaciones endógamas de parientes, propietarias de tierras, divididas a su vez cada una en varios linajes patrilineales, también propietarios de tierras, que eran exógamos. Esta existencia en K'ulta de grupos de descendencia unilineal venía a contradecir lo que era entonces un lugar común en los estudios andinos, por efecto de la publicación del libro Andean Kinship and Marriage (Ralph Bolton y Enrique Mayer, eds., 1977), según el cual, no había nada en los Andes centrales que se pareciera a la gens clásica; los grupos de parentesco se formaban bilateralmente, teniendo en cuenta los parientes consanguíneos de ambos padres, o eran acaso el resultado de un régimen de descendencia paralela de los dos sexos. La mitad "de arriba" en el seno de la comunidad había sido antiguamente la de los gobernantes. En el presente, sin embargo, la pertenencia a una u otra mitad no servía como criterio de discriminación social y política. Lo que contaba para ello era la forma de participación en la intensa vida ceremonial de K'ulta, especialmente en la segunda mitad del año. La participación venía determinada por el grado alcanzado en un cursus honorum preestablecido, que comenzaba con el matrimonio y el primer pago de impuestos al Estado y terminaba varios años o décadas después, según fueran los recursos humanos y materiales con que contara el postulante. La organización de los sacrificios ofrecidos a los dioses en las fiestas (abiertas en principio a todos los varones casados) era la vía para acceder a otros oficios religiosos que redundaran en una auctoritas aún mayor, así como la base sobre la que legitimar cualquier aspiración a los cargos del cabildo del cantón, el principal de los cuales era el de "jilaqata mayor". Tanto los oficios religiosos como los cargos políticos tenían una duración anual. Los sacrificios eran más o menos costosos según fuera el grado alcanzado con ellos. Siempre era necesaria la ayuda de parientes y deudos, tanto más fácil de conseguir cuanto mayor fuera su número y/o cuanto mayores fueran las obligaciones contraídas con el interesado por sus parientes no consanguíneos, principalmente por yernos y cuñados como precio del matrimonio con sus hijas y hermanas, respectivamente. También eran precisos alimentos y bebida con los que corresponder a esta ayuda recibida (aparte de las llamas del sacrificio), y con que agasajar a los demás participantes en la fiesta (miembros de otros linajes y de otros ayllus) y agradar también a los dioses invocados. A todos ellos (parientes, invitados y dioses) se les devolvía de esa manera prestaciones hechas con anterioridad, o ellos mismos incurrían entonces en una deuda que debían cancelar en el futuro. La contraída por los dioses era la de continuar asegurando el orden del universo que los culteños entendían y en el que sus acciones, rituales o no rituales, tenían sentido. El sacrificio, y muy especialmente la bebida, sellaba y renovaba así las relaciones de reciprocidad entre los comuneros, y entre ellos y los dioses; y era un acto de afirma-ción del lugar de la comunidad en el cosmos, así como un recordatorio de su vinculación con el pasado. Para Abercrombie, este orden político, ritual y cosmológico, al no ser precristiano pero tampoco plenamente occidental, contradecía las expectativas de las grandes formulaciones de la antropología de entonces sobre las comunidades nativas de los Andes y, por extensión, de otras partes de la América indígena: la del funcionalismo (según la cual, las comunidades eran mundos cerrados y autosuficientes) y la teoría materialista del llamado "sistema de economía-mundo", para la cual las comunidades eran puntos de la periferia del orden capitalista internacional, explotadas por éste como lo había sido la clase proletaria en el capitalismo nacional clásico. Desde ambos puntos de vista, todo lo que hubiera en ellas que no fuera occidental sería, o bien expresión de una larga resistencia clandestina al imperialismo de Occidente, o bien restos poco relevantes de la derrota ante este proceso. No se contemplaba la posibilidad de que tanto lo mundial como lo local fueran fenómenos contradictorios a la vez que sistemáticos, ni que las relaciones entre uno y otro ámbito fueran de simbiosis a la vez que de conflicto. De acuerdo con sus investigaciones etnohistóricas, el orden sintético de K'ulta tenía su origen en las transformaciones políticas, económicas y religiosas que había iniciado el gobierno del virrey Francisco de Toledo (1569-1581): transformaciones que disolvieron los cacicazgos aimaras del Altiplano en una multitud de repartimientos, reducciones y doctrinas. La comunidad de K'ulta procedía del cacicazgo asanaque, en el margen oriental del lago Poopó, y había terminado de configurarse en sus principales rasgos contemporáneos a finales del siglo XVIII. Lejos de ser un producto exclusivo de la obra "civilizadora" española, fue ante todo obra de los propios culteños, quienes no dejaron de buscar, generación tras generación, según fueran las circunstancias del virreinato, un sistema político propio, así como el modo más adecuado de dar sentido a sus vivencias concretas, pasadas y presentes, en un universo que ya no era el que habían conocido sus antepasados, ni sus dioses. En Pathways of Memory and Power, Abercrombie insiste sobre esta conclusión de sus investigaciones, que no puede dejar de disgustar a los indigenistas que hablan de 500 años de resistencia, ni a los neoliberales, que no se cansan de pronosticar la victoria completa de la economía de mercado y el modo de vida occidental en el mundo entero. Pero de la K'ulta que él ha conocido llama ahora especialmente la atención sobre sus varias formas de recordar el pasado, que es naturalmente un pasado que responde a las necesidades del presente, como ocurre entre nosotros. Las formas obvias son la mitología y las ideas cosmológicas; y las no tan obvias, pero tan efectivas o más que las primeras (al ser más recurrentes por la acción ritual de que forman parte) son los diversos ofrecimientos de bebida en los sacrificios, así como las peregrinaciones a lo largo y ancho de un paisaje que está lleno de lugares significativos mitológica y cosmológicamente. Los ritos que estructuran tales medios de expresión de la memoria social son los mismos que permiten reproducir o transformar el orden político de la comunidad y el modo de relacionarse ésta con el mundo exterior. La estructuración consiste en dar al contenido de las expresiones una sucesión ordenada, como la de las estaciones a lo largo de un camino o sendero (thaki en aimara, path o pathway en inglés; de ahí el título del libro). La peregrinación regular a Santa Bárbara de Culta los días de fiesta desde cualquiera de los caseríos circundantes (peregrinación que ha dejado marcadas sobre el terreno líneas comparables a las famosas de Nazca) es desde luego entendida como un camino así; pero también lo es la narración mitológica, la carrera político-religiosa de un jefe de familia hacia un alto cargo en el cabildo del cantón, y hasta la serie de ofrecimientos de bebida a los dioses en un sacrificio, en la cual las invocaciones se ordenan en relación directamente proporcional con la proximidad, espacial y cronológica, de quien hace el ofrecimiento. Aunque tales medios de expresión de la memoria social no son cualitativamente distintos de los empleados por otros pueblos que no han conocido lo que nosotros entendemos por historia escrita, sí lo son, y mucho -argumenta también el autor-con respecto a ésta, que concibe como uno de los elementos más distintivos de la cultura occidental que llegó por la fuerza a los Andes en el siglo XVI. Abercrombie dedica buena parte del libro a mostrar las implicaciones de esta diferencia para lo que sabemos del pasado de K'ulta a través de los textos dejados por los españoles y por la administración virreinal y después republicana, cuyo estudio continuó después de leer su tesis en 1986. Es un ejercicio de comparación que presenta como el necesario correlato metodológico de la síntesis ontológica que observara en la misma K'ulta, en su orden institucional y simbólico: una síntesis propia de una situación de "frontera", de "intercultura". Menciona así el imperio inca, la España del Renacimiento, la conquista de Pizarro y sus hombres, las posteriores coyunturas históricas que desde el siglo XVI hasta la actualidad se significaron por su poder de trans-formación de los antiguos cacicazgos aimaras del Altiplano en nuevas formaciones políticas, hasta desembocar en el orden presente: como el movimiento Taki Onqoy en los años 1560, las reformas del virrey Toledo a partir de 1570, las campañas de extirpación de idolatría en el siglo XVII, las rebeliones de finales del siglo XVIII, las sucesivas iniciativas del gobierno de Bolivia contra la propiedad común de la tierra y las reacciones que éstas suscitaron entre la población indígena. Finalmente, la reforma agraria en la revolución de 1952 y los cambios de las últimas décadas: la creciente atomización del cantón, la difusión en él del protestantismo, los desastres ecológicos de los años ochenta y noventa, la emigración a las ciudades, el impacto del declive de la producción minera en el país y el paralelo ascenso de la de pasta de coca. Son todos ellos temas tratados por otros investigadores y, por eso, lo que Abercrombie escribe en esta parte del libro es, potencialmente, la más controvertida de todas. Sobre el imperio inca, por ejemplo, acepta sin más la teoría de G. Conrad y A. Demarest (Religion and Empire, 1984) sobre el motor de la expansión del imperio (la necesidad que tenía cada emperador de fundar su propio linaje) (pág. 141). De la España de Carlos V dice que fue "una monarquía centralizada y absolutista", aun reconociendo el poder que tenían la nobleza y las villas y ciudades (pág. 133). Sobre el movimiento del Taki Onqoy, prefiere caracterizarlo como "una lucha sobre la memoria" que no estuvo relacionada con la resistencia inca en Vilcabamba (pág. 219). Sobre las rebeliones de fines del siglo XVIII, niega que tuvieran un carácter milenarista o algo parecido (pág. 292 y ss.); dice que fueron, por el contrario, actos revolucionarios (en el sentido lineal de la palabra), que supusieron el definitivo derrocamiento del régimen de cacicazgo del siglo XVI en favor del alternativo que había empezado a configurarse con las reformas del virrey Toledo y ha pervivido hasta el presente. Aduce como dato más significativo en apoyo de esta interpretación que los rebeldes, surgidos de las reducciones, combatieron por igual a los españoles que a los caciques tradicionales, y por el contrario respetaron a los párrocos de las comunidades. Sin embargo, las rebeliones fueron vencidas, y parece al menos paradójico proponer que el orden de los rebeldes, que ya existía desde el siglo XVI, resultó no obstante vencedor. Es además extraño el ancho marco temporal contemplado para la definitiva sustitución de un régimen por otro, nada menos que doscientos años, que parece contradecir la opinión que Abercrombie da de todo el devenir histórico en el Altiplano desde la Conquista: un proceso complejo y conflictivo, vivido día a día, según fueran las circunstancias y los contendientes. Tampoco considera los datos que apoyan una caracterización alternativa de las rebeliones, o al menos de alguna de ellas, como "movimiento nativista y mesiánico", según ha expuesto recientemente N. A. Robins (El mesianismo y la semiótica indígena en el Alto Perú: la gran rebelión de [1780][1781]1998). En todo caso, la relevancia para Abercrombie de la tradición historiográfica a través de la cual conocemos esos y los demás hechos analizados, es la de cotejarla con la memoria social de K'ulta, con su "etnohistoria", en lo que debiera ser el auténtico significado de esta palabra. El resultado fue que una y otra han tenido, y tienen, muy poco en común. Este divorcio se debe, según él, principalmente a la incapacidad de la cultura occidental, hasta hace poco, por saber valorar formas diferentes de registrar y recrear el pasado. El ejemplo más notorio que pone es el de la ceguera de los autores españoles de los siglos XVI y XVII, salvo excepciones como Polo de Ondegardo o Cristóbal de Molina de Cuzco, ante el significado de las expresiones artísticas nativas o de lo que ellos llamaron "borracheras". Pero incluso Polo o Molina de Cuzco no buscaban un conocimiento desapasionado de la cultura indígena; antes al contrario, los dos representaban el poder de los colonizadores y sus estudios no tenían más objetivo que hacer más efectivo ese poder. Abercrombie procede entonces a hacer una crítica muy severa de los fundamentos epistemológicos de las fuentes escritas convencionales, especialmente de las crónicas, las relaciones y las obras de historia propiamente dichas. Es mucho más indulgente con respecto a los documentos administrativos y judiciales, los que se guardan en los archivos. A modo de contrapeso, ofrece también algo parecido en el frente etnográfico: una descripción detallada de los medios y circunstancias de su propio trabajo en K'ulta. Él llegó allí procedente de un país, como los EE. UU., de donde emanaba buena parte de la presión "civilizadora" más reciente. Estaba becado con unos ingresos que superaban con creces los de una familia media del lugar, y su intención era hacer algo que los culteños no podían entender que fuera trabajo productivo. Nos cuenta que sus actividades pronto consistieron en mucho más que observar lo que la gente hacía y hablar con ella, ya que no le quedó otro remedio. Intervino así profundamente en la vida comunitaria, trabajando de albañil y comerciante y ejerciendo de médico, de sepulturero y de juez electoral. De vez en cuando le hacían preguntas sobre su propia cultura y lo que había aprendido de la ajena. A pesar de todo ello, alguien llegó a acusarle de ser un kharikhari, con ocasión de la muerte repentina de un hombre cuyo linaje tenía un contencioso con el de los anfitriones del autor. El kharikhari, llamado en Perú ñak'aq o pistaco, es el que se dedica a extraer la sangre y la grasa de los nativos de los Andes para ofrecerlo en sacrificio a sus propios dioses: así es como vive y se enriquece, a costa de la energía vital del hombre andino. Es el equivalente en España al sacamantecas. Generalmente se le identifica con un forastero opulento, cuyo nivel de vida no puede explicarse de otra manera. Ante una muerte extraña, es la peor acusación que le pueden hacer a uno que visita los Andes, pues puede acarrear el homicidio inmediato. Afortunadamente para él y para todos, Abercrombie pudo superar ésa y otras crisis, de menor envergadura pero asimismo trascendentales. Al contarlas ahora, y no en 1986, y proceder a la crítica de la memoria histórica de K'ulta no escrita por culteños, quiere mostrar al lector todas las cartas de un juego que es mucho más que académico. Por lo que se refiere a la información etnográfica, esta actitud está en línea con lo que tal vez haya sido la principal contribución del posmodernismo a la antropología: la toma de conciencia del investigador sobre los determinantes y las implicaciones, tanto sociales como políticas, de su trabajo; y hacerlas después públicas. Pero, en el frente historiográfico, el acercamiento crítico a las fuentes es muy antiguo; y por eso el planteamiento de Abercrombie puede llamar menos la atención del lector y no tener el mismo impacto heurístico. En el ámbito de la historiografía universal, es conocido el precedente de la crítica de la escuela francesa de los Anales a la historiografía positivista, y antes de eso, la de la escuela filológica alemana (Niebuhr, Schwegler, Mommsen) a las fuentes sobre la Antigüedad. En el campo de los estudios andinistas, el problema epistemológico que presentan los escritos españoles de los siglos XVI y XVII para el conocimiento de la historia y la cultura indígenas ya fue suficientemente diagnosticado por William Robertson a finales del siglo XVIII, y ha sido tratado después por muchos otros estudiosos, como William Prescott, Marcos Jiménez de la Espada, Philip Means o Rubén Vargas Ugarte, por nombrar sólo algunos, y no de los más recientes. Es un problema que no tiene una solución definitiva, y la que proponga el investigador tiene que ser juzgada por su relevancia para su tesis general. En el caso de Pathways of Memory and Power, creo que la valoración hecha de esos textos es adecuada en la medida que el autor muestra que no eran libres del contexto que las produjo, que era el de una violencia sistemática contra las poblaciones objeto de estudio; pero insisto en que esta contribución es sólo una más entre muchas otras que ya hay en la bibliografía. Más discutible es que lleve su análisis de ese contexto hasta una condena general de estas fuentes, salvo los documentos administrativos, porque dice que sus autores escribieron para el poder colonial y fueron ciegos a las manifestaciones de la memoria social indígena. Pienso que la difusión de la escritura en la España del siglo XVI no había alcanzado tal grado como para pensar que ya no tenía importancia en ella la oralidad en la transmisión de la información, ni expresiones de la memoria social comparables a las de los cacicazgos aimaras, como romerías, procesiones o la iconografía de cuadros, estatuas y relieves en las iglesias. Abercrombie admite la importancia de la oralidad, pero no considera la de los demás medios mnemotécnicos no escritos, que pueden explicar por qué autores como Polo y Molina de Cuzco describieron las fiestas de la capital de los incas e identificaron sus lugares de peregrinación. Es verdad que sus obras, y las de otros autores, no han registrado tanto de la cultura nativa como el antropólogo contemporáneo desearía, pero no se puede negar que la información es considerable; y lo es porque se da igualmente la regla inversa de la familiaridad: la de que uno tiende a fijarse en aquello que le llama la atención, y puede llamarle menos la atención lo familiar que lo extraño, aunque no acierte a explicarlo y menos a compartirlo. Buena parte de la información en las crónicas y demás textos sobre la economía política inca, sobre la organización social en Cuzco, sobre las akllawasi o los quipus, pongo por caso, tiene este origen. El problema real aquí sigue siendo que carecemos de medios adecuados para establecer la fiabilidad de la información, como sería la versión indígena que estuviera libre de la influencia de la Conquista; pero no por eso hay por qué rechazar esa información, sin detenerse en pormenores. En el caso de la descripción adecuada de la cosmología nativa y el sentido de sus ritos, es cierto que el prejuicio religiosopolítico de los españoles militaba poderosamente contra ella; aun así, uno puede encontrar en sus escritos datos muy valiosos, como los encontró Abercrombie en las obras de Polo y Molina de Cuzco. La sobrevaloración de los documentos administrativos a expensas de las demás fuentes -un tópico en la bibliografía de los últimos cuarenta años-no me parece tampoco justificada, por el mismo motivo; si no es por el interés en todos estos años por hacer estudios locales, para los que el segundo tipo de fuentes puede faltar. Los documentos administrativos pertenecen al mismo contexto general (la conquista y la colonización) que las crónicas y demás obras de historia; y fueron, además, todos ellos, oficiales, lo que no se puede decir de muchas de las otras fuentes. Todas ellas son, por principio, útiles; cada texto requiere un tratamiento por separado, según su relevancia para el problema que interese. Pero la larga discusión en el libro sobre los medios de producción de la memoria histórica, la no culteña y la culteña, no parece que redunde en la seguridad del autor sobre la validez de su descripción del orden político y simbólico de K'ulta; antes al contrario, habida cuenta de la incertidumbre que expresa al principio y de nuevo al final de la obra: seguramente, por considerar que esa descripción no puede escapar tampoco a los determinantes de su presente, incluidos los políticos. Sin embargo, él mismo sabe que ha sido siempre así, aunque no siempre se haya reconocido. No veo por ello razón alguna para la inseguridad, salvo la de ser consciente de que la investigación tiene que aportar algo más que brillantes consideraciones sobre epistemología y procedimiento; y de que toda obra de ensayo es una obra de autor, y las conclusiones en la ciencia son siempre provisionales. Lo que importa es que se defina bien la problemática a que se quiere hacer frente, incluida la metodológica, y se planteen argumentos razonados después de haberse sopesado suficientemente los datos relevantes. Pathways of Memory and Power cumple de sobra con estos requisitos sobre la historia y cultura de una comunidad aimara, y por eso recomiendo encarecidamente su lectura desde aquí-JUAN J. R. VILLARÍAS ROBLES. Asociación de Historiadores Latinoamericanistas Europeos (AHILA) e Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Liverpool, Liverpool, 1998, 4 vols. La dimensión de estas Actas refleja claramente la importancia alcanzada por los Congresos trienales organizados por la Asociación de Historiadores Latinoamericanistas Europeos. En este caso, y rompiendo con la línea de los diez Congresos anteriores, el tema no fue único y por eso resulta relevante la lista de los 19 simposios, en los que se incluyen 138 ponencias en total y, por supuesto, sus contenidos. Las dimensiones obligan a una larga información, detallando los participantes y sus temas. El Volumen I se inicia con la conferencia plenaria de D. A. Brading, titulada "Patria y nación en el Imperio español", centrada en la importancia que tuvieron las Indias para apoyar la idea de España como centro de una monarquía Universal, en la cual también tuvo cabida el patriotismo criollo. A través de autores como Solórzano Pereira, Palafox, Torquemada, Salinas y Córdova, Miguel Sánchez, Feijoo, Campomanes e incluso Rousseau. Con su dominio del tema, Brading va siguiendo el concepto de patria y su amplio y diverso contenido hasta la época de la Independencia en el mundo hispánico de la época colonial. A continuación se incluyen cuatro simposios dedicados a: 1: Ideas y modelos políticos de la época de los Austria en América; 2: Historia de las Ideas, la Cultura y los intelectuales en América Latina (siglos XIX y XX); 3: Amazonía: ordenación del territorio y relaciones inter-étnicas (s. XVI-XX) y 4: Estructuras y mecanismos de poder en la Historia del Ecuador. En el SIMPOSIO 1, con introducción de H. Pietschmann, se pretende "presentar y analizar las principales ideas políticas que influyeron la política colonial de la Corona y presentar una contribución a la reconstrucción de los modelos de sociedad que inspiraron las autoridades gubernativas al formular su política hacia América". Dentro de él participaron Tamar Herzog ("La política espacial y su aplicación: las'Ordenanzas de Descubrimiento, Nueva Población y Pacificación de las Indias' y las tácticas de conquista (siglos XVI-XVII)") y Magdalena Chocano ("Poder y trascendencia: la construcción de la muerte como nexo político en la Nueva España del siglo XVII"). El SIMPOSIO 2, muy extenso, presentado por Hugo Cancino Troncoso y Carmen de Sierra, trata de "generar... un espacio permanente de discusión y de investigación sobre los intelectuales, la historia de las ideas y la producción cultural en América Latina". Las ponencias se agrupan en dos ejes temáticos: historia de las ideas, la cultura y los intelectuales y, en segundo lugar, marcos institucionales y publicaciones. En este simposio se incluyen trabajos de O. Carlos Stoetzer ("La evolución de la Filosofía en Iberoamérica: una visión general a vuelo de pájaro"); Mónica Raisa Schpun ("Urbanizaçao e relaçoes de gênero: a cultura fisica de homens e mulheres em Sao Paulo nos anos vinte"); C. de Sierra ("Definiciones de los sectores intelectuales y universitarios uruguayos frente a la 'Guerra Fría' y la 'Tercera Posición': las polémicas de las décadas 1950-1960"); Eugenia Scarzanella ("La nación femenina: el papel público de las mujeres en la sociedad argentina, 1910-1940"); H. Cancino Troncoso ("El discurso ide-ológico y el proyecto del movimiento de reforma universitaria de Córdoba, Argentina, 1918"); Lucia Maria Paschoal Guimaraens ("A oposiçao panfletária: a face oculta do liberalismo radical de Octávio Mangabeira"); Nanci Leonzo ("A Geometria do exilio"); Célia Freire A. Fonseca ("Luiz Freire (1896-1963) e a ciência no Brasil; da Escola de Engenharia ao CNPq (1951) e a fundaçao do Instituto de Fisica e Matemática (1952)"); Vanda Arantes do Vale ("A pintura brasileira do século XIX -Museu Mariano Procópio"); Juan José Sánchez Baena ("La religión y el control de la instrucción pública en Cuba. El caso de la revista La Idea"); Iara Lis Franco Schiavinatto Carvalho Souza ("O Instituto Histórico Geográfico Brasileiro: entre a naturaleza e a história") y Teodoro Hampe Martínez ("Trayectoria y balance en la historiografía peruana: 90 años de la Academia Nacional de la Historia (1905-1995)"). El SIMPOSIO 3 aparece dirigido por Pilar García Jordán y Chiara Vangelista, especialistas sobre la Amazonía brasileña y andina. Ellas tienen interés en "analizar y debatir algunas de las características presentes en los procesos desarrollados en la Amazonía..." y agrupan cinco ponencias: la propia Pilar García J. ("Estado boliviano, misiones católicas e indígenas amazónicos. Una reflexión sobre los reglamentos misioneros y la secularización en la prefectura de Guarayos (1871-1939)"); Núria Sala i Vila ("El sur andino y su proyección amazónica: imaginario y colonización (1800-1929)"); Ascensión Martínez Riaza ("La diplomacia española en el conflicto Perú-Ecuador (1887-1910)"); Chiara Vangelista ("Os Bororo do Rio Sâo Lourenço: análise territorial e estacional duma guerra de fronteira étnica (1817-1886)") y Camilla Cattarulla ("Misioneros/pioneros en Matto Grosso. Los salesianos entre los Bororo: identidad étnica e integración social"). Ecuador -y en concreto sus estructuras y mecanismos de poderfue el tema del SIMPOSIO 4, uno de los más concurridos, coordinado por Manuel Lucena Salmoral. En él se incluyen mayoritariamente temas de microhistoria y de relaciones entre la oligarquía quiteña y el funcionariado, publicándose las siguientes ponencias: Roswith Hartmann ("El papel de los mitimaes en el proceso de quechuización. El caso del Ecuador y la problemática de las fuentes"); Manuel Casado Arboniés ("La primera contaduría ecuatoriana: la caja real de Quito en el siglo XVI"); Jacques Poloni-Simard ("Los cabildos de indios en el corregimiento de Cuenca: de su control por los caciques a la afirmación de su autonomía"); Pilar Ponce Leiva ("Linajes y familias en el cabildo de Quito, siglo XVII: pervivencias y discontinuidades"); Angel Sanz Tapia ("Provisión y beneficio de cargos políticos en la Audiencia de Quito (1682-1698)"); Tamar Herzog ("La configuración histórica del espacio: caminos y correos en la Audiencia de Quito (siglos XVII y XVIII)"); Christian Büschges ("Honor y orden social en el distrito de la Audiencia de Quito (siglo XVIII)"); María Eugenia Chaves ("El honor de una esclava guayaquileña: a propósito de la esclavitud y las estrategias discursivas de libertad en el siglo XVIII"); Luis J. Ramos Gómez ("Los más ricos de Quito en 1740. El préstamo de 50.000 pesos solicitado por el virrey Eslava"); F. Morelli ("Las reformas en Quito. La redistribución del poder y la consolidación de la jurisdicción municipal (1765-1809)"); Agueda Rivera Garrido ("Coyuntura comercial en la Audiencia de Quito, 1768-1803"); Manuel Lucena Salmoral ("Oro para el anticristo: los propietarios de minas de Quito a fines de la colonia"); Emmanuelle-Rébecca Sinardet ("Liberalismo y reformas educativas: la escuela como mecanismo de consolidación del poder liberal (1895-1925)") y Ferenc Fischer ("¿La 'Guantánamo' del Océano Pacífico? La rivalidad de los EE. UU., Alemania, Japón y Chile por la adquisición de las Islas Galápagos antes de la I Guerra Mundial"). Dentro del Volumen II se incluyen los siguientes cuatro simposios, de numeración correlativa, sobre: 5: La economía marítima de América latina (siglos XVI-XIX); 6: A construçâo do povo brasileiro no século XIX atraves da História e da Literatura; 7: Los Cabildos indianos: institución, poder y crisis y 8: Las Raíces históricas de la Cuba contemporánea. La introducción del SIMPOSIO 5, escrita por John Everaert y Carlos Martínez Shaw, muestra la importancia de la sección de la Historia económica dedicada específicamente a la economía marítima, en sus actividades productivas y comerciales, con lo cual conecta además con la historia social, de las instituciones, e incluso cultural. Con esa amplia temática, se publican 16 ponencias: Michel Morineau ("Carrera y carreira: un estado de la cuestión"); M.a del Carmen Mena García ("Precios agrarios y fletes marítimos en la carrera de las Indias a comienzos del siglo XVI"); Enriqueta Vila Vilar ("Algo más sobre el fraude en la carrera de Indias: práctica conocida, práctica consentida"); José M.a Oliva Melgar ("La negociación del 'nuevo asiento' de la avería (circa 1643-1667)"); Ana Isabel Martínez Ortega ("Rancherías pesqueras en Yucatán a fines del siglo XVIII"); Carlos Martínez Shaw ("Francisco de Saavedra y la real compañía marítima"); Marina Alfonso Mola ("El reformismo borbónico y la flota colonial ¿Éxito o fracaso?"); María Mestre Prat de Pádua y David Matamoros Aparicio ("Construcción naval y costes en la real compañía de La Habana"); Manuel Díaz Ordoñez ("La burguesía barcelonesa, el asiento de jarcia y el comercio con América"); Antonio Gutiérrez Escudero ("Tráfico naval y reformismo borbónico en Santo Domingo"); Carmen Parrón Salas ("El nacionalismo emergente y el comercio. La expulsión de extranjeros de América (Perú), 1745-1778"); Hernán A. Silva ("Formalidades y pseudolegalidades en el establecimiento del tráfico neutral con y a través del Brasil"); Marcela V. Tejerina ("Comerciantes portugueses en el Río de la Plata en épocas de conflicto (1777-1808)"); Guillermo Andrés Oyarzábal ("Entre marginalidad y protagonismo: una aproximación a la vida de las tripulaciones españolas en el Río de la Plata (1762)"); Adriana Rodríguez ("De la marginalidad a la modernización: los espacios portuarios de Ultramar en Argentina a fines del s. XIX") y Ana M.a Cignetti ("Los galeses en la Patagonia. Estudio de caso de una colonización atípica"). El SIMPOSIO 6, introducido por Marianne L. Wiesebron, se dedica a la evolución del Brasil decimonónico a través de la historia y la literatura. A continuación aparece un SIMPOSIO -el 7-dedicado a uno de los temas más llamativos de la Historia institucional, con implicaciones sociales, políticas y económicas, como son los Cabildos indianos. Manuela Cristina García Bernal, en su introducción, comienza afirmando que "nadie ignora la especial trascendencia que la institución del Cabildo tuvo en el proceso colonizador de las Indias" e incluso en los tiempos del proceso independentista. A continuación aparecen las ponencias de M.a Carmen Borrego Plá ("El Cabildo de Santa Marta en el quinientos: dominio y supervivencia"); Julián B. Ruiz Rivera ("Cartagena de Indias: municipio, puerto y provincia (1600-1650)"); Victoria González Muñoz ("El Cabildo de Mérida y la alhóndiga: sus implicaciones institucionales"); M.C. García Bernal ("El Cabildo de Mérida y el abastecimiento de la alhóndiga en el siglo XVII"); Hilda R. Zapico ("Cabildo y ceremonias de la realeza en el Buenos Aires del siglo XVII"); Laura Cristina del Valle ("Conflictos de autoridades en el Buenos Aires del siglo XVIII"); Adolfo Luís González Rodríguez ("Las fiestas religiosas en la Córdoba del siglo XVII (1643-1671)") y M.a Magdalena Guerrero Cano ("La administración del mundo rural en el Santo Domingo de mediados del siglo XIX: la creación de alcaldes pedáneos"). A los orígenes históricos de la Cuba contemporánea se dedica el SIMPOSIO 8, coordinado por Josef Opatrný, en el que el grupo de trabajo de la AHILA sobre la Historia de Cuba eligió profundizar en el período colonial del XVIII y en el XIX, en aspectos diversos, añadiéndose algunos trabajos sobre este siglo, anteriores al castrismo. Así, se publican ponencias de: Celia María Parcero Torre ("Ilustración y reformas borbónicas en Cuba: el gobierno de Juan de Prado"); M.a Isabel González del Campo ("Pleitos de hidalguía desde Cuba en el siglo XVIII"); Antoni Kapcia ("1953 -fecha clave entre las generaciones rebeldes en Cuba"); Juan Bosco Amores Carredano ("Francisco Arango y Parreño: la transición hacia la modernidad en Cuba"); Josef Opatrný ("La historia de Cuba en la argumentación nacional. Lecciones orales de Pedro Santacilla"); Brígida Pastor ("Historia del feminismo en la Cuba del siglo XIX: Gertrudis Gómez de Avellaneda, periodista 'avant la lettre'"); Lucía Provencio Garrigós (La instrucción primaria en Santiago de Cuba a mediados del siglo XIX: un avance estadístico"); M.a Teresa Cortés Zavala ("Algunos aspectos de la identidad nacional puertorriqueña en la obra de Salvador Brau"); Dorothea Melcher ("Pensamiento político y solidaridad internacional en Cuba, 1924Cuba, -1926. El grupo minorista y los exiliados venezolanos") y Allan J. Kuethe ("Temas de continuidad: el situado en la historia cubana"). El Volumen III incluye cinco simposios sobre temas muy distintos entre si, como son: 9: Imperialismo de libre comercio: revisión de un concepto analítico; 10: Contribución de la Ciencia y Cultura prehispánica y criolla al desarrollo de la minería y metalurgia iberoamericanas; 11: El proceso de desvinculación de los bienes eclesiásticos y comunales en América (s. XVIII-XIX); 12: Nacionalismo y populismo en América Latina y 13: A questao da identidade nas regioes platina e andina: uma visao comparada. El SIMPOSIO 9, coordinado por Walther L. Bernecker y Thomas Fischer, se dedica al concepto de 'imperialismo de libre comercio', creado en 1953 por J. Gallagher y R. Robinson, y que se vincula a la "expansión política y comercial inglesa en el siglo XIX", en busca de nuevos mercados para su industria. Más tarde, a mediados de los 70, la categoría de 'dependencia' se estableció como nuevo paradigma, centrándose en América Latina. Dentro de él están los trabajos del propio W.L. Bernecker ("Haití en el siglo XIX: límites de aplicabilidad del concepto 'imperialismo de libre comercio'"); Petra M. Weber ("Los impedimentos y las condiciones favorables al imperialismo de libre comercio: Perú, 1824-1879"); Frank Ibold ("Una introspección en las relaciones económicas de la Argentina en la época del imperialismo -¿dominación unilateral o aprovechamiento informal de dependencias recíprocas?"); T. Fischer ("Entre control informal e intervención abierta: el arbitraje internacional de reclamaciones extranjeras contra Colombia, 1890-1914") y Almudena Delgado Larios ("La intervención europea en México en la prensa española (1861-1862)"). Bajo la coordinación de Manuel Castillo Martos, el SIMPOSIO 10 se centra en el estudio de la aportación de la Ciencia y la Cultura al desarrollo minero iberoamericano, al considerar que en éste último "convergen elementos y aspectos científicos, técnicos y humanísticos". En esta línea temática múltiple, incluye las ponencias de Purificación Gato Castaño ("Los indios Chiriguanos y el Colegio de Propaganda Fide de Tarija, 1753-1810"); Octavio Puche Riart ("La explotación de las esmeraldas de Muzo (Nueva Granada) en sus primeros tiempos"); M.a I. Aragón Sánchez y M. Castillo M.: ("Datos inéditos del trabajo en las minas de Cajatambo en el siglo XVI"); Margaret Bolton ("Alcalá y Amurrio: los antecedentes químicos y alquímicos del trabajo de un azoguero del siglo 17 o siglo 18 (sic)") y Mervyn F. Lang ("La tecnología minera hispanoamericana a través de los sistemas de laboreo y fundición en Huancavelica"). Las diversas modalidades -locales, regionales y nacionales-del proceso desamortizador en la historia del siglo XIX, en conexión con la obra política llevada a cabo desde el Estado, "en función de unos fines económicos determinados y mediante operaciones desamortizadoras distintas", constituyen el tema del SIMPOSIO 11, coordinado por Alberto de la Hera, Rosa M.a Martínez de Codes y Hans-Jürgen Prien. El último abre la publicación de este grupo de ponentes, con su trabajo "La secularización de bienes eclesiásticos como problema de la historia de la iglesia en Europa"), siguiéndole Ronald Escobedo Mansilla ("El regalismo y las rentas eclesiásticas: una aproximación a la política desamortizadora"), Elisa Luque Alcaide ("Debate sobre las cofradías en el México Borbónico: el primer asalto de la desamortización regalista"), Ana de Zavalla Beascoechea ("Expolio de bienes de la iglesia en México: la actitud de la jerarquía"), Abelardo Levaggi ("Ideología de la desamortización argentina del siglo XIX"), R.M.a Martínez de Codes ("El proceso desamortizador en la historiografía española ¿un modelo a seguir?"), Gisela von Wobeser ( "La' con-solidación de vales reales' y su repercusión económica en la sociedad novohispana"), Carlos Herrero ("La reforma educativa de 1833 y la desvinculación de bienes eclesiásticos"), Teresa Cañedo-Argüelles ("La desvinculación de bienes en las comunidades indígenas del sur andino (siglos XVI-XVIII)"), Jean Piel ("Las leyes de desamortización y su importancia en el proceso neo-latifundista republicano en el Perú de 1824 a 1924"), Carmen Martínez Martín ("La redefinición de los derechos de propiedad en los treinta pueblos Guaraníes: un primer ensayo (1767-1801)"), Edda O. Samudio A. ("El ocaso de las tierras comunales indígenas en la Mérida andina") y Franck Schenk ("La práctica de la desamortización de las tierras comunales en México (1856-1900): los trabajos de los peritos locales"). El SIMPOSIO 12, sobre las tendencias nacionalistas y populistas, coordinado por Diana Quattrocchi-Woisson, trata de profundizar en estas "dos corrientes políticas insoslayables cuando se estudia la historia de América Latina, considerando que, a través del 'nacionalismo' y del 'populismo', se perfilan fenómenos políticos, económicos, sociales y culturales que ayudan a entender la especificidad de esta región". Incluye las siguientes ponencias: D. Quattrocchi-W. ("Del nacionalismo al populismo. Itinerarios historiográficos"), Sandra Jatahy Pesavento ("Visoes literárias do urbano: a seduçao de Paris e a identidade nacional (França-Brasil)"), Angela de Castro Gomes ("O populismo e a ciências sociais no Brasil: notas sobre a trajetória de um conceito"), Paulo G. Fagundes Vizentini ("Nacionalismo nas relaçoes internacionais: a política externa de Vargas para a América Latina e a Argentina de Perón"), Noémi Girbal-Blacha ("Mitos y realidades del nacionalismo económico peronista (1946)(1947)(1948)(1949)(1950)(1951)(1952)(1953)(1954)(1955))"), Donna J. Guy (" Rupturas y continuidades en el papel de la mujer, la infancia y la familia durante la década peronista"), Marie-Noèlle Sarget ("Militarismo, nacionalismo y anti-imperialismo en Chile (1924Chile ( -1958) "), Gyula Horváth ("El populismo y el nacionalismo en América Latina y Europa Oriental"), Karen Saunders ("El APRA: un simulacro de la nación peruana") y Ferran Gallego ("La invención de una tradición revolucionaria: memoria y realidad en la formación del Movimiento Nacionalista Revolucionario de Bolivia, 1935Bolivia, -1952")"). Centrándose en el concepto de región como ámbito en el que se relaciona el espacio con una realidad objetiva y una historia, el estudio comparativo de la identidad en las regiones platina (sur de Brasil, parte de Uruguay y de Argentina comprendida entre los ríos Salado, Negro y Jacuí) y andina, es el tema del SIMPOSIO 13, coordinado por Ieda Gutfreind y en el que aparecen dos ponencias, de la propia I Gutfreind (igual título que el Simposio) y Heloisa Jochims Reichel ("A questao da identidade no regiao platina"). Por último, el Volumen IV recoge los siguientes simposios: 14: Interacciones entre élites nacionales y locales; 15: Nuevas tendencias historiográficas y metodológicas en la historia latinoamericana de los siglos XIX y XX; 16: La frontera en el lejano Norte mexicano; 17: Mentalidad religiosa, credo e iglesia en la sociedad colonial y nacional de América Latina; 18: Los espacios públicos en América Latina: la invención de la política moderna (siglo XIX) y 19: Industrialización en México, 1830México, -1940.. El SIMPOSIO 14, sobre el tema de las élites, aparece bajo la doble coordinación de Hans-Joachim König y Marianne Wiesebron y se inserta "en el contexto más amplio de la problemática referida a las condiciones y particularidades bajo las cuales se ha desarrollado la formación/construcción de la nación en América Latina". Dentro de él aparecen: Hilda Zapico ("La élite capitular porteña y los conflictos de precedencias (siglo XVII)"); Clarisa Beatriz Borgani ("Elites y poder municipal en el Buenos Aires de la segunda mitad del XVII"); Miriam Adriana Cinquegrani ("Elite y poder: reflexiones acerca de los comportamientos de la élite capitular porteña a fines del siglo XVIII y principios del XIX"); Monique Alaperrine Bouyer ("Esbozo de una historia del Colegio San Francisco de Borja de Cuzco"); David Cahill ("'El movimiento Inca nacional' del virreinato peruano en el siglo XVIII: una indagación de los fundamentos del concepto") y Françoise Martínez ("Un proyecto educativo local contra un proyecto educativo nacional: el caso de Potosí en 1886"). La historiografía y metodología referida a la historia de América Latina en los dos últimos siglos (SIMPOSIO 15) incluye cuatro ponencias: Magnus Mörner ("Algunas reflexiones acerca de la relación espacio-tiempo histórico en el contexto latinoamericano"), Benito Bisso Schmidt ("Os estudos biográficos na historiografia brasileira recente: avanços e impasses"), Eusebio Quiroz Paz-Soldán ("Nuevas tendencias historiográficas y metodológicas en la historia peruana de los siglos XIX y XX") y Alejandro Tortolero V. ("Nuevas tendencias en la historiografía latinoamericana: historia y medio ambiente"). Alfredo Jiménez Núñez coordina el SIMPOSIO 16, sobre la Frontera Norte de Nueva España y en él participan varios miembros de un equipo de investigación sobre ese tema: el propio A. Jiménez ("El norte de Nueva España: visiones emic de una sociedad de frontera"), María Castañeda de la Paz ("Movimientos de pueblos en la frontera norte de Mesoamérica según las fuentes indígenas"), Beatriz Suñe Blanco ("Colonias Tlaxcaltecas en el norte de la Nueva España") y Felipe del Pino García ("La frontera nordeste de Nueva España: fuentes y problemática"). El SIMPOSIO 17 se dedica a la Iglesia en la América colonial, uno de los temas que ha sido objeto tradicional de estudio en los Congresos de AHILA. Sus ponentes son: Marta María Manchado López ("La visitareforma a la provincia del Santísimo Nombre de Jesús de Filipinas"), Pierre Ragon ("Libros de devoción y culto a los santos en el México colonial (siglos XVII a XVIII)"), y José Luis Mora Mérida ("Visitas ad limina de los obispos caribeños en el siglo XIX y la sociedad"). El siglo XIX es el marco cronológico del SIMPOSIO 18, bajo la coordinación de Francisco-Xavier Guerra. En él se estudia a los estados/naciones como nuevos modelos de unidad política surgidos tras la Independencia, en su carácter de repúblicas bajo un orden constitucional y con "profundas mutaciones culturales", más allá de esta mutación política. Engloba los siguientes trabajos: Annick Lempérière ("El 'público' del antiguo régimen (Nueva España)"); el mismo F.-X. Guerra ("Política antigua y política moderna en las revoluciones hispánicas"); Véronique Hébrard ("Opinión pública y representación en el Congreso Constitucional de Venezuela (1810-1812)"); Joëlle Chassin ("Libertad y censura. El nacimiento de una opinión pública en el Perú insurreccional"); Geneviève Verdo ("El escándalo de la risa, o las paradojas de la opinión en el período de la emancipación rioplatense") y Georges Lomné ("La patria en representación, una escena y sus públicos: Santafé de Bogotá, 1810-1828)". El SIMPOSIO 19 se centra en el estudio de la industria mexicana entre el XIX y el XX, agrupando cuatro trabajos: Manuel Plana ("La historiografía sobre la industrialización en México: temas y orientaciones"); Sergio Niccolai ("Mano visible y mano invisible en los primeros intentos para 'perfeccionar' la industria mexicana, 1830-1870"); Carlos Riojas López ("Las fábricas en México durante el siglo XIX: estudio de caso en Atemajac y el Batán") y Humberto Morales Moreno ("La época de las manufacturas y la formación del sistema industrial mexicano entre 1835-1920"). Como colofón, aparece una sesión general, de carácter misceláneo, cuya cronología abarca desde el siglo XVIII ( José Barco Ortega, "Las contradicciones de un gobernador: Filipinas, 1762-1764"), pasando por la Independencia (Ivette Pérez Vega, "El agente secreto militar en la independencia de América: el capitán Feliciano Montenegro y Colón") y el tránsi-to del XIX al XX (María Inés Dugini de Cándido, "Domingo F. Sarmiento en el cine y su permanencia en la historia" y Teresa González Pérez, ("Desde Cuba a Canarias, la escuela moderna y la metodología racionalista"), hasta la época más reciente y sus problemas económicos y políticos, con los trabajos de Michael Derham ("Turismo venezolano: ¿esperanzas futuras? Una perspectiva histórica") y Juan Rodrigo Álvarez Álvarez ("La administración de César Gaviria en Colombia ¿un gobierno de apertura?"). Con esta larga información de participantes y temas queda clara la relevancia de esta edición, siempre problemática por su extensión y variedad. Quizás se echa en falta una publicación mejor y sin los errores y carencias en la forma, derivados de esa multiplicidad antes aludida y, desde luego, es difícil de aceptar la reducción de ponencias excesivamente largas, hecha por el editor. Pero, finalmente, así se cumple con uno de los temas esenciales de esta Asociación, que es la publicación de las Actas de sus Congresos trienales.-M.a JUSTINA SARABIA VIEJO. norboliviana), 1871-1948", Pilar García Jordán analiza las cambiantes relaciones entre el Estado boliviano, las órdenes misioneras y los sectores propietarios en lo relativo a la pacificación, reducción y transformación de los indígenas amazónicos en individuos "productivos". La autora argumenta que existieron cinco momentos en dicha relación. Los tiras y aflojes entre el gobierno y los misioneros que caracterizan a las etapas intermedias, y que responden a transformaciones en los paradigmas políticos hegemónicos, a las presiones de las clases propietarias, y a cambios en la coyuntura económica, constituyen el grueso del trabajo y son hábilmente presentados por la autora. De esta discusión destacan dos elementos. El primero que, contrariamente a lo que han argumentado muchos estudiosos de la historia amazónica, el principal papel de los misioneros no ha sido el de pacificar, entrenar y disciplinar a los indígenas amazónicos a fin de convertirlos en mano de obra barata de libre disposición. García Jordán demuestra la constante renuencia de los misioneros a permitir que los neófitos trabajaran para terceras personas; no por razones éticas sino porque requerían de la mano de obra indígena para implementar su propio proyecto religioso, el cual tenía por principal objetivo lograr un alto grado de autosuficiencia económica y autonomía política. El segundo elemento es que en la amazonía del siglo XIX y XX temprano misioneros y propietarios, lejos de ser aliados como muchos han propuesto, competían por el poder a nivel local y regional. Al centro de este conflicto estaba, por un lado, lo que constituía el principal recurso económico de la región: la mano de obra indígena, y por otro, lo que constituía el principal recurso político: el apoyo del Estado. Lo que revela este trabajo es la dura batalla ideológica en la que misioneros y propietarios estaban involucrados por ganar la adhesión del Estado para su causa. El ensayo de Frederica Barclay, "Sociedad y economía en el espacio cauchero ecuatoriano de la cuenca del río Napo, 1870-1930", que combina una visión macro con un análisis micro de los procesos sociales y económicos de la economía cauchera en esta región, presenta una situación sustancialmente diferente a la de las Misiones de los Guarayos. En el oriente ecuatoriano la transición de una administración misional a una administración civil de régimen especial se dio en épocas mucho más tempranas. Tras la Revolución Liberal de 1895 los misioneros jesuitas -a quienes se había encargado la administración de la región en 1861-perdieron gran parte de su control sobre la mano de obra indígena. De ahí en adelante ésta pasó a ser disputada por los patrones caucheros y las autoridades locales y regionales. Barclay argumenta que en una primera etapa el mayor motivo de conflicto eran los intentos por parte de los patrones de "seducir" a los "indios libres" -quienes por ley debían estar a disposición de las autoridades para la realización de trabajos públicos-a fin de convertirlos en "indios conciertos", es decir, en indígenas habilitados o aviados. En este proceso las autoridades a veces se oponían a los patrones y a veces actuaban en complicidad con los mismos. En una segunda etapa, a partir de la crisis de precios del caucho de 1907, el principal motivo de contienda entre autoridades y patrones fue la "exportación" de mano de obra indígena a los países limítrofes -principalmente Perú-mediante la institución del "traspaso de cuentas". La autora argumenta convincentemente que entre 1907 y 1925 la región del alto Napo ecuatoriano pasó de ser un "frente extractivo" a ser un "frente laboral" en donde el principal recurso económico dejó de ser el caucho y pasó a ser la mano de obra indígena. A través del análisis de las acciones del Estado para frenar este comercio, Barclay cuestiona la imagen tradicional que supone que el aparato estatal estuvo permanentemente al servicio de los intereses de los patrones caucheros. En su trabajo "Alucinaciones justificatorias: las misiones al Madre de Dios y la consolidación del Estado Nación Peruano", Lissie Wahl también aborda la relación entre Estado e Iglesia en el proceso de incorporación de los territorios y pobladores amazónicos a la vida nacional. A diferencia de los trabajos anteriores, sin embargo, la autora aborda esta temática a través de un análisis del discurso ideológico de los sectores gobernantes y los misioneros dominicos, más que del estudio de las formas concretas en que los misioneros ejercieron control sobre la población indígena y, particularmente, sobre los Harakmbut. Esta opción, por lo demás totalmente legítima, produce no obstante ciertos desfases. Así, por ejemplo, el artículo explora minuciosamente cómo el proyecto cultural misionero se imbricaba con la propuesta civilista de los gobiernos de la llamada República Aristocrática; pero más adelante la autora informa que salvo un fallido intento a princi-pios de siglo, los dominicos no lograron establecerse en la zona sino hasta 1941, mucho después que dicha propuesta cayera en descrédito. Wahl concluye su ensayo con un incisivo análisis de los esfuerzos que hicieron los misioneros dominicos a partir de 1941 por erigirse en términos ideológicos y prácticos en los únicos mediadores entre los Harakmbut y las fuerzas naturales y sobrenaturales vitales para su supervivencia. En este sentido, este trabajo es más una historia de las ideas que una historia económica o social, tal como es el caso de los trabajos anteriores. Núria Sala i Vila combina estas dos perspectivas con muy buenos resultados en su ensayo "Cusco y su proyección en el Oriente amazónico, 1800-1929". La autora divide la historia republicana de las fronteras de colonización en esta región de la amazonía peruana en tres grandes etapas. Para cada una de ellas analiza no sólo el discurso sino las acciones que tanto el Estado como las elites cusqueñas emprendieron a fin de efectivizar su control sobre los territorios amazónicos. Gracias a la profundidad temporal de su estudio, la autora logra desentrañar los procesos de expansión y contracción de las fronteras de colonización en los diversos frentes de "proyección" del Cusco. Una dimensión importante de estos procesos fue el control de la mano de obra indígena, ya sea serrana o selvática; control que en algunos casos enfrentó a los sectores propietarios con el Estado y, en otros, constituyó un factor unificador. El estudio de Ascensión Martínez Riaza, "Estrategias de ocupación de la amazonía. La posición española en el conflicto Perú-Ecuador (1887-1910)", es uno de los más novedosos a la vez que uno de los mas ex-céntricos de esta colección, en el sentido de tener un centro diferente. Mientras que los demás ensayos analizan los procesos de ocupación efectiva, así como las estructuras administrativas, sociales y económicas que fueron surgiendo y desarrollándose en los frentes y fronteras amazónicas, éste se ocupa de la dimensión geopolítica de los procesos de ocupación a través del estudio de las maniobras diplomáticas de Perú y Ecuador de cara al Arbitraje que ambos países solicitaron a la Corona española. Por medio de un análisis riguroso de una gran variedad de fondos documentales y fuentes publicadas, la autora analiza las acciones de la diplomacia española desde su aceptación del Arbitraje en 1887 hasta su inhibición en 1910. El estudio de la influencia que tuvo la situación política y económica interna de ambos países en su respectivo quehacer diplomático, y el análisis de la progresiva interregionalización del conflicto, la cual terminó en el entronamiento de los Estados Unidos como principal potencia mediadora en el continente, añaden nuevas facetas a un tema que ha sido objeto de numerosas publicaciones. Esta colección constituye una importante contribución no sólo al conocimiento de la historia de la amazonía andina, sino a la discusión más amplia en torno a los procesos de construcción (o falta de construcción) de los estados-naciones latinoamericanos. La misma se hubiera beneficiado, sin embargo, de un ensayo introductorio que pusiese de relieve tanto los aspectos comunes como las diferencias existentes entre las diversas experiencias nacionales. Que ésta quede como una de las tareas pendientes de un grupo de investigadores que vienen renovando con sus trabajos la joven historiografía amazónica.-FERNANDO SANTOS GRANERO. Gonzales, Osmar: Sanchos fracasados. Los arielistas y el pensamiento político peruano, Ediciones PREAL, Lima, 1996. En las últimas páginas de la obra de Augusto Salazar Bondy, Historia de las ideas en el Perú contemporáneo, publicada en 1965, se encuentra una reflexión interesante sobre la evolución de la filosofía y las ideologías en el Perú. Según este autor, en los años sesenta "se ha hecho presente el ideal de un pensamiento genuinamente nacional, que se enlaza con el proyecto de fundar una cultura capaz de expresar los valores y las aspiraciones del hombre de esta parte del mundo". Pese a esta optimista declaración, que es más una esperanza que un diagnóstico cierto del desarrollo de las ideas en el Perú, Salazar Bondy insistiría en su tesis, según la cual: "la frustración del sujeto histórico en la vida peruana ha sido especialmente grave para la filosofía hasta nuestros días [...] La filosofía peruana no ha podido hasta hoy hablar a todos y ser oída por cada uno en su propio lenguaje, porque le ha faltado la unidad de una misma esencia cultural; no ha podido recibir de todos el impulso vigorizador del pensamiento, no ha podido hacer que todos, convergiendo cada uno desde su situación y perspectiva vital, la impulsen y alienten, porque la existencia social nacional no ha encontrado todavía el camino común de todas las existencias personales".(Augusto Salazar Bondy, Historia de las ideas en el Perú contemporáneo, pag.459) Salazar Bondy era el epígono de una larga tradición de pensadores en busca de la "emancipación mental", de la liberación espiritual, ideológica, de los pueblos americanos. Esta problemática se inició con la consolidación de la independencia política, en los años treinta del siglo pasado, y planteó la necesidad de un discurso propio frente a la nueva Europa industrial e imperialista y, más tarde, frente a los Estados Unidos de América. Con el inicio del siglo, lo que antes habían sido reflexiones aisladas o exóticas en el Perú, toman cuerpo generacional con los "arielistas" de 1905, que dedicaron la mayor parte de su trabajo intelectual a pensar el «nosotros» peruano. José de la Riva Agüero, Víctor Andrés Belaúnde, José Gálvez, Ventura y Francisco García Calderón, como representantes más ilustres de su época, consolidan una temática necesaria en cualquier proyecto nacional: la historia particular del Perú como fuente de su identidad; la necesidad de integración de la población indígena; la búsqueda de un mecanismo de cambio en la sociedad que rompa con el bloqueo de la oligarquía civilista pero que, a su vez, evite la revolución social; el rechazo a la sociedad liberal-individualista y el reencuentro con el cristianismo como paradigma del espíritu nacional y de la acción política. Este grupo tendría que medir sus fuerzas con los nuevos proyectos y discursos que se producen entres los actores del Perú de los años veinte: el socialismo, con José Carlos Mariátegui a la cabeza, el aprismo de Víctor Raúl Haya de la Torre, y el "populismo conservador" de Sánchez Cerro al comienzo de la siguiente década. No fueron las únicas corrientes y discusiones ideológicas que se daban en aquellos años, y en algunos círculos ni siquiera eran hegemónicas, pero sí que catalizaron las discusiones políticas de la época y establecieron los modos más importantes de enfrentar la elaboración de un proyecto nacional hasta, por lo menos, el advenimiento de la dictadura de Odría en 1948 tras la derrota del gobierno civil del Frente Democrático Nacional presidido por José Luis Bustamante y Rivero. A la inicial agenda temática de los arielistas le sobreviene la Gran Guerra y el triunfo de la Revolución Rusa, que hacen trizas tanto el pensamiento liberal decimonónico como el marxismo previo al asalto al Palacio de Invierno. Durante los años de Leguía, 1919de Leguía, -1930, buena parte de los participantes en los debates ideológicos salieron del Perú y viajaron por la Europa de entre-guerras recogiendo los elementos básicos de sus debates ideológicos: los nacionalismo y los derechos de autodeterminación de los pueblos; las vías correctas al socialismo; las fases de la evolución de la historia; los problemas de representación política de las masas en el Estado; la organización política y su papel en la acción revolucionaria; el lugar de la cultura en la configuración social y la estrategia política; el imperialismo y el significado de la Gran Guerra; el sentido mismo de la Revolución y sus condiciones históricas; etc. La larga Revolución mexicana había calado ya en los pensadores de toda América, que mirarán de otro modo a las rebeliones indígenas que ocurren por aquellos años y que daban cierto sustento al "indigenismo revolucionario" y a sus reacciones. El autor del libro Sanchos fracasados, Osmar Gonzales, se interna en el precedente campo de problemas con gran perspicacia y una excelente redacción que ayuda tanto a la lectura como a la mejor comprensión de los planteamientos. Este libro ha sido recibido con gran interés y se ha constituido en un punto de referencia central en el estudio y la discusión sobre historia de las ideas políticas en el Perú, un área muy abandonada por largos años. Podemos encontrar ya un buen número de reseñas críticas al libro en diversas revistas de toda América Latina, incluso un largo artículo de Ricardo Portocarrero Grados ("¿Veto o fracaso? Apuntes sobre la intelectualidad peruana durante la República aristocrática", Allpanchis Phuturinqa, año XXIV, núm. 50, segundo semestre 1997, Cusco) que discute en forma preliminar, pero sistemática, las tesis centrales del libro de Osmar Gonzales. Éstas son, desde la discusión en torno a la historia de las ideas políticas: el carácter de fundadores que tendría el grupo arielista en la constitución de un pensamiento nacional peruano; el cuestionamiento de algunos estereotipos que se hicieron sobre ellos como intelectuales orgánicos de la oligarquía; y el silenciamiento que se habría echo del primer programa intelectual planteado por el grupo en las dos primeras décadas del siglo, en favor de las obras posteriores a la crisis "revolucionaria" de los años treinta. Gonzales se preocupa por darnos una visión integral del grupo intelectual y de su discurrir, tanto en las propuestas textuales como en las acciones políticas, hasta el año 1932, período que se cierra con la retirada intelectual del grupo a posiciones más conservadoras y, particularmente, más desalentadas, en las que ellos mismos reconocen su fracaso en las ideas y en las acciones políticas, fracaso que Belaúnde comenta explícitamente a Riva Agüero en una carta de la que Gonzales toma el título de su libro. Se cruzan los motivos intelectuales, los propósitos políticos y los debates con otros intelectuales, con las condiciones sociales y personales del vivir de cada autor, aspectos ya señalados en otras reseñas y especialmente en el artículo de Portocarrero Grados, como en una respuesta a este artículo que el propio Gonzales ya ha remitido para ser publicada en la revista Allpanchis. Me gustaría, tan siquiera en un par de párrafos, comentar un aspecto que cruza todo el libro de Gonzales, incluso en otros trabajos suyos ya publicados, que es la relación de los intelectuales y sus propuestas con la política. Osmar Gonzales se proponía, como él mismo defiende, recuperar a los arielistas peruanos como pensadores "clásicos" de su propio país, Perú. Se trata de localizar puntos nodales en la evolución del pensamiento político peruano dentro de la preocupación que ordenaba el planteamiento, expuesto más arriba, de Salazar Bondy. Pero como este último autor, Gonzales busca una respuesta sociohistórica a los dilemas de la constitución del pensamiento político -lo cual no deja de ser interesante y necesario-y asume, como parte central de esa respuesta, la noción de Fernando Trazegnies de "modernización tradicionalista". Siento que Gonzales adopta esta noción de un modo algo distinto a como la construye su mentor, al dar más peso a los determinantes sociales que lo hiciera Trazegnies en su libro La idea del derecho en el Perú republicano del siglo XIX. Para este autor, lo definitorio de su noción teórica era que toda innovación en la sociedad peruana adquiría rápidamente un lacado de tradicionalismo como si siempre hubiera sido así y perdiendo el valor de novedad que en algún momento tuvo. Aquí se pierde esa dimensión fundamental de la modernidad que subraya reiteradamente Vattimo: el prestigio de lo nuevo frente al rechazo de lo tradicional. Pero no se trata tanto de la condiciones sociales "objetivas", sino de la subjetivación de esas relaciones, de las formaciones discursivas en que se constituyen. Tanto la propuesta de Tranzegnies como la adopción más sociológica de Gonzales eluden, en parte, la discusión sobre el aspecto "normativo-político" de las reflexiones intelectuales y nos llevan más a una historia de las ideas que a una apertura a la teoría política, para mí, la gran ausente en el pensamiento peruano y, posiblemente, latinoamericano, ausencia en la que yo buscaría la dificultad para pensar en términos universales y no historicistas. Mientras que el límite de Tranzegnies estaría en que su noción teórica de "modernización tradicionalista" está construida en una comparación entre la historia de Europa y la del Perú sin hacer una previa crítica de lo ocurrido en Europa y asumiendo el discurso dominante en ésta sobre su colonización del resto del mundo; el límite de Gonzales se encontraría en su intento de derivar la calidad política de los proyectos nacionales de la historia social de sus emisores en el seno del Perú. La calidad de clásicos de los arielistas no estaría tanto -si es que la tuvieran-en sus condiciones históricas de aparición y desarrollo, como en la pertinencia y eficacia renovada de sus argumentos y discursos (el carácter de clásico también es algo sujeto a historicidad): su carga normativa, su pretensión de inmortalidad que Hannah Arenht encon-traba en las intervenciones ante el Agora clásica como rasgo central de la condición política (humana). Sé, porque conozco su trabajo y sus proyectos, que Osmar Gonzales anda rastreando algunas respuestas a los dilemas que Salazar Bondy planteaba sobre la evolución del pensamiento político y la filosofía en el Perú y América Latina, y me uno a su esfuerzo postulando el libro aquí reseñado como un muy importante texto de referencia para cualquiera que se plantee preocupaciones afines. Pero me atrevería a sugerir una hipótesis de reflexión teórica que tomo del libro de Norberto Bobbio El tiempo de los derechos, según la cual los derechos, como toda proposición normativa presentada a una sociedad, como todo acto político, son constituidos históricamente pero deben de ser asumidos e incorporados a la sociedad como atemporales y universales. Esta perspectiva nos ayudaría a salir del excesivo sociologismo y de la ucronía historicista, para tratar de estudiar y discutir los planteamientos ideológicos en su vitalidad normativa siempre presente; lo otro sería insistir en recuperar las condiciones de su producción, algo absurdo más allá de la pura nostalgia erudita. El libro de Osmar Gonzales no siempre está lejos de la nostalgia, pero sí, y mucho, de lo absurdo.-JUAN MARTÍN SÁNCHEZ Obras clásicas para la historia de Iberoamérica [CD-Rom]. Compilación de Juan Pérez de Tudela y Bueso. Serie I: Iberoamérica en la Historia. Volumen I. Fundación Histórica Tavera y Digibis, Madrid, 1998, 10.000 páginas, guía de ayuda, ficha de las obras, índice, ilustraciones, prólogo del compilador e introducción de José Andrés Gallego. Obras clásicas para la historia de Iberoamérica debería, en realidad, haber incluido un subtítulo, paréntesis o postilla en su título: conquista y colonización, pues en virtud, el objeto de esta crítica es una selección de las denominadas genéricamente Crónicas de Indias; una selección, en palabras de su autor, Juan Pérez de Tudela, "[...] destinada a brindar generosamente a incontables personas la oportunidad de tener a su inmediata vista y manejo todo un enorme tesoro de expresiones, confidencias y mensajes del pasado iberoamericano, en su íntegra literalidad 'de imprenta'; de disponer de un anaquel hoy todavía calificable de 'portentoso' [...]". No cabe duda, el compilador tiene razón y, como luego se vera, en modo alguno es discutible el valor indispensable, clásico y referencial de los textos editados en el CD-Rom Obras clásicas para la historia de Ibeoramérica. Lo único que se puede discutir aquí es la necesidad de haber sido más claro en su título y, también, de haber realizado un esfuerzo superior en su prólogo e introducción para explicar el por qué de la selección. Firmados por el autor de la compilación (Juan Pérez de Tudela), y por el director de la Colección "Clásicos Tavera" (José Andrés-Gallego), de la que aquélla forma parte, además, como volumen inicial, ambos -prólogo e introducción-se concentran en explicar al lector el alcance y los límites de las ediciones masivas que permite la informática. También señalan el mencionado carácter inicial de este CD-Rom, que ha sido continuado por otros con idéntico objetivo de difundir los textos básicos para el conocimiento del pasado de los países, regiones y ciudades de América Latina, España, Portugal y Filipinas, así como de ciertos temas monográficos relacionados con esas mismas zonas geográficas. Si excluimos estas críticas, que además no se presentan con el ánimo de restar valor alguno a la obra comentada, la selección realizada por Juan Pérez de Tudela, cuya obra como americanista avala suficientemente su criterio, merece, sobre todo, una presentación en detalle. Por orden alfabético de apellidos, pues alguno hay que elegir, y consignando el lugar, el impresor y/o editor y la fecha de publicación de la edición elegida entre paréntesis tras él, la compilación incluye facsímiles de la Historia natural y moral de las Indias, del padre José de Acosta (Sevilla, Casa de Iuan de León, 1590); los cinco volúmenes del Diccionario geográfico-histórico de las Indias Occidentales ó América, de Antonio de Alcedo (Madrid, s.n., 1786); las Piraterías y agresiones de los ingleses y de otros pueblos de Europa, de Dionisio Alsedo Herrera (Madrid, Imprenta de Manuel G. Hernández, 1883); los dos volúmenes de la Historia antigua de México y de su conquista, de Francisco Javier Clavijeto (México, Justo Zaragoza, 1844); las Cartas y relaciones de Hernán Cortés (París, Imprenta Central de los Ferro-Carriles, 1866); las Obras poéticas de la Musa mexicana Sor Juana; el primer tomo de los Poemas de la única poetisa americana, musa décima, soror Juana Inés de la Cruz, y la Fama, y obras posthumas del fenix de Mexico, de Sor Juana Inés de la Cruz (editadas las tres en Madrid, la primera por la Imprenta Real en 1715, y las otras dos, también por la Imprenta Real y por la Imprenta de Antonio González Reyes respectivamente, en 1714). Las otras obras que componen la selección de Juan Pérez de Tudela son los dos volúmenes de la Historia natural, civil y geográfica de las naciones situadas en las riveras del río Orinoco, de José de Gumilla (Barcelona, s.n., 1781); las Noticias secretas de América, de Jorge Juan Santacilla y Antonio de Ulloa (Londres, Imprenta de R. Taylor, 1826); la Geografía y descripción universal de las Indias, de Juan López de Velasco (Madrid, Establecimiento Tipográfico de Fortanet, 1894); La relación y comentarios del governador..., de Alvar Núñez Cabeza de Vaca (s.l., s.n., 1555); las Virtudes del indio, de Juan Palafox y Mendoza (s.l., s.n., 1659), y La florida del Inca; la Primera parte de los comentarios reales: que tratan sobre el origen de los Yncas, y la Historia general del Perú, del Inca Garcilaso de la Vega (editadas en Lisboa por la Oficina de Pedro Crasbeek en 1609 las dos primeras, y en Córdoba en 1617 la tercera). La cantidad (16 obras, 22 volúmenes y casi 10.000 páginas) y, sobre todo, la calidad de los textos editados hablan por sí solas de la compilación, aunque estamos seguros de que también hubo uno o más criterios: representatividad, dificultad de acceso, compensación geográfica, incluso estilo literario, para justificar la elección de esos libros y no otros. En cualquier caso, los intereses específicos del lector serán los que terminen juzgando la idoneidad de lo compendiado en cada caso, y no este reseñador, que se ha limitado a relacionarlo y a dar cuenta de su valor referencial. En otro orden de cosas, no es posible terminar la reseña de una edición en CD-Rom sin hablar de las características técnicas de la publicación. Sobre este respecto hay que decir que la labor y el rigor editorial son dignos de elogio. El manejo del programa es sumamente fácil, no obstante, incluye una buena y sencilla guía de ayuda para el usuario. Las obras han sido digitalizadas en edición facsimilar, de modo que son reproducciones idénticas del original. La página inicial de la compilación en CD-Rom es un sumario de todos los textos incluidos en él a través del cual se pueden realizar búsquedas por diferentes campos (uno a uno o por varios a la vez): autor, título, edición, así como por los índices de cada documento. Para cada libro se ha realizado una ficha independiente en la cual, además de sus características, se adjuntan los referidos índices para facilitar su consulta. Desde esta página inicial se accede también al prólogo, a la introducción y a la guía de ayuda. El sistema ofrece distintos tipos de visualización (zoom, rotación e inversión de imagen, modificación de los niveles de contraste). También es posible seleccionar partes del contenido y guardarlas en cualquier otro soporte magnético (diskett, disco duro, CD-Rom) y/o imprimirlas con una calidad muy superior a la de una fotocopia convencional. En definitiva, la edición digital permite al investigador un acceso integral y sencillo a la documentación. Recapitulando, por tanto, Obras clásicas para la historia de Iberoamérica, dejando a un lado su identidad como parte de un proyecto más amplio y ambicioso, es una obra de incuestionable valor para el conocimiento y estudio de la conquista, colonización y poblamiento de América por los europeos en general y los españoles en particular, así como de los pueblos que la habitaban antes de la llegada de éstos, y del desenvolvimiento de esas sociedades e individuos aborígenes tras su sometimiento. Aunque el valor intrínseco de la selección no deja lugar a dudas, su utilidad concreta dependerá de los intereses específicos del investigador que la consulte. Independientemente de ello, además, su presencia es imprescindible en las bibliotecas y centros dedicados a las ciencias sociales y humanas, especialmente en los especializados en la historia de España y de América Latina y, sobre todo, en aquéllos que debido a su reciente creación o a limitaciones económicas no han podido acceder a ediciones anteriores de los textos que contiene, y en cualquier otro que priorice entre sus objetivos la facilidad de acceso y consulta a la información y la preservación de la documentación original.-ANTONIO SANTAMARÍA GARCÍA. Textos clásicos de literatura jurídica indiana (I) [CD-Rom]. de Ismael Sánchez Bella. Serie II: "Temáticas para la historia de Iberoamérica". Fundación Histórica Tavera y Digibis, Madrid, 1999, Introducción, índices general y de las obras, guía de ayuda, 17 obras en 21 volúmenes y 9.000 páginas. Textos clásicos de literatura jurídica indiana forma parte del amplio proyecto de la Fundación Histórica Tavera, "Colección Clásicos Tavera", cuyo objetivo es editar en CD-Rom las obras más relevantes para el conocimiento histórico de los países, regiones y ciudades de América Latina, España, Portugal y Filipinas, y de ciertos temas monográficos relacionados con esas mismas zonas. El número 23 reúne 17 libros, en 22 volúmenes (unas 9.000 páginas), de 16 doctores de derecho indiano, administrativo, penal, civil, militar y canónico de los siglos XVI al XIX. El compilador, Ismael Sánchez Bella, de la Universidad de Navarra, explica en la introducción las razones de la selección y otros detalles de las obras. A pesar de la capacidad de un CD-Rom -dice-, la magnitud y calidad de lo escrito sobre el tema obligan a elegir sólo algunos textos, decisión que se ha basado en tres criterios: importancia, representatividad y dificultad de acceso a las ediciones. De acuerdo con los criterios del compilador, el contenido de la selección es correcto. Su valor dependerá fundamentalmente de los intereses particulares del investigador que lo utilice; pero lo que no se puede objetar es el carácter básico, "clásico", de las obras elegidas. La primera, por orden alfabético, pues de algún modo hay que empezar, es la de Francisco de Alfaro, que fue fiscal de la Audiencia de Panamá y Charcas, oidor de la de Lima y consejero de Hacienda, Tractatus de officio fiscalis: deque fiscalibus privilegiis, impresa en 1606 en Valladolid (la edición reproducida es la editada en Madrid en 1639 por Francisco Martínez). Este libro es, además, el único del CD-Rom que no se refiere específicamente a América, no obstante se trata de un excelente trabajo general sobre la institución fiscal que fue muy usado allí. Como Alfaro, Lorenzo Mateu Sanz no es especialista en derecho indiano; fue oidor del Consejo de Indias, regente del de Aragón y alcalde de la sala de alcaldes de la Casa y Corte de Madrid. Ahora bien, de las 78 controversias que contiene su Tractatus de re criminali sive controversarim Usufrequentium in Causis Criminalibus, cum earum Decisionibus, tam in Aula Suprema ac Hispana Criminum, quam in summo Senatu novi Orbis (impreso, al parecer, en Lyon en 1676 por Claudy Bourgeat), cuatro están dedicadas al Nuevo Mundo. El tercer compendio general seleccionado por Sánchez Bella son los cuatro volúmenes de los Juzgados militares de España y sus Indias, editados en Madrid en 1817, en las imprentas de Repullés, Real (tomos I y II) y de Ibarra (tomos III y IV). La obra, de Félix Colón de Larriátegui, es una exposición de textos legales de España y América, en la que se advierte que cuando la norma era igual en ambos lugares se aborda de manera general, señalando sólo su fecha de publicación en Indias. Expresamente, se refiere a las reglas que han de observar los oficiales y demás ministros; a los testamentos; a las funciones de los virreyes, capitales generales y gobernadores; a la milicia y al correo ultramarino. Más específico del derecho militar americano es el Discurso político, histórico y jurídico del derecho y repartimiento de presas y despojos aprehendidos en justa guerra. Premios y castigos de los soldados, de Juan Francisco Montemayor y Córdoba de Cuenca, oidor de la Audiencia de México, editado en México en 1658 por Iván Ruiz. El libro trata del modo en que se reparten las presas, del amparo a los huérfanos de guerra y de las penas imputables a quienes se niegan a acudir al servicio del rey. La obra de Antonio Joseph Álvarez de Abreu, Víctima real legal: discurso único juridico-historico-politico sobre que las vacantes mayores y menores de las Iglesias de las Indias Occidentales pertenecen à la Corona de Castilla y León con pleno y absoluto dominio, publicada en Madrid en 1726, aunque la edición que se reproduce en el CD-Rom es la de 1769 (impresa por Andrés Ortega, también en Madrid), le valió al autor, que fue alcalde visitador del comercio entre Castilla y las Indias, el título de marqués de la Regalía. Su doctrina, aceptada por el Monarca, se muestra respetuosa con Solórzano, pero ataca la Concordia de Burgos de 1512, considerándola apócrifa y nula por todos sus respectos legales. Acerca de estos mismos problemas, de las regalías, del real patronato y del contencioso civil-eclesiástico tratan varios de los libros compilados por Sánchez Bella, como el Defensorio histórico, canónico-legal, del abogado de los Reales Consejos, Esteban Ferau de Cassañas, impreso en Madrid en 1737 por Alonso Balvás, o la Ofensa y defensa de la libertad eclesiástica, de Melchor de Liñán y Cisneros, arzobispo de Lima, impresa en Lima en 1685 sin mención del editor. Ferau, como Álvarez, tomó partido por la monarquía y defendió la legitimidad del Patronato Real; de la potestad real sobre el cuidado, defensa, colección y administración de los espolios y rentas vacantes de la Iglesia indiana, señalando la obligación de expenderlos entre los pobres, según las disposiciones canónicas y el dictamen de los santos padres. Liñán, por el contrario, diserta sobre el estado eclesiástico y sobre la facultad de los corregidores y juristas civiles de hacer sumarias contra quienes lo poseen. Otro aspecto de la administración eclesiástica es el abordado por Pedro Joseph Porras en los dos volúmenes del Gobierno de los Regulares de la América, ajustada religiosamente a la voluntad del Rey. Trabajado en obsequio de la paz y tranquilidad conveniente a los Regulares mismos con los señores Diocesanos, Virreyes, Presidentes, Audiencias, Gobernadores y demás Tribunales subalternos, impresos en Madrid en 1783 por Joaquín Ibarra. La obra de Porras, comisario de regulares en Indias, fue famosa por su controversia con el general de su orden, Antonio Abian, en la que medió el ministro José de Gálvez, el Consejo de Indias, las audiencias de México y Lima y la Inquisición por sus críticas al real patronato, que considera concesión papal, y al mal gobierno que los prelados de su orden ejercen en Indias. Del derecho canónico, Sánchez Bella incluye también en la compilación los dos volúmenes del Gobierno eclesiástico pacífico, y unión de los dos cuchillos, pontificio, y regio, de Gaspar de Viallarroel, impresos en Madrid por Domingo García Morrás en 1656; la Fasti novi orbis et ordinationum apostolicarum publicarum ad Indias Pertinentium Breviarium cum Adnotationibus, editada en Venecia en 1776 por Antonium Zatta, y obra de Cyriacus Morelli, pseudónimo -se dice-de Domingo Muriel, y los dos tomos del Cursus juris canonici, hispani, et indici, de Pedro Murillo Velarde, publicados en 1743 (el CD-Rom incluye la edición de 1791, hecha en Madrid, en la Tipografía de Ulloa Ruiz). El libro de Villarroel, obispo de Arequipa y Santiago de Chile, es una relación de datos y anécdotas que ayudan al conocimiento de las potestades de la Iglesia y del Estado en América; el de Muriel, sacerdote, profesor universitario y procurador, contiene 606 ordenanzas apostólicas y abunda en controversias como las referentes a si los diezmos son bienes eclesiásticos o regalías, o a qué conducta se debe seguir con los indios, tema tratado en una Bula de Pablo III. Finalmente, el de Murillo es una exposición en latín de la doctrina canónica de las Decretales de Gregorio IX, considerado como el mejor texto de derecho canónico escrito por un autor español en el siglo XVII. El Cursus juris canonici de Murillo Velarde, autor del que Ismael Bella ha seleccionado también la obra Practica de testamentos, en que se resuelven los casos más frequentes, que se ofrecen en la disposición de las ultimas voluntades (impresa en Madrid por Andrés Ramírez en 1765), y los libros de Alfaro, Gaspar Escalona y Agüero y Juan Hevia de Bolaños son las cuatro obras más valiosas que contiene el CD-Rom. La Arcae limensis gazophilacium regium perubicum, publicada en 1647 en Madrid sin mención del editor, de Escalona, es un completísimo tratado en dos volúmenes sobre la Hacienda indiana en tiempos de los Austrias; versa sobre los distintos organismos, ingresos e impuestos, e incluye las Ordenanzas de 1573, 1605 y 1609 sobre la administración hacendística y el Tribunal de Cuentas. La Curia Philipica, de Hevia, editada en Madrid, también en dos volúmenes, en la Oficina de Pedro Marín en 1771, merece como pocas la consideración de texto clásico del derecho indiano y, además, está envuelta en una controversia sobre su paternidad, pues quien la escribió tenía un profundo conocimiento de los procedimientos jurídico-administrativos que no se corresponden con las noticias acerca de la formación y desempeño profesional de Hevia (fue escribano en Madrid y en las Chancillerías de Valladolid y Granada antes de marchar a Indias, donde residió en Quito y Lima). La importancia del tratado es tal que fue usado por los juristas hasta bien entrado el siglo XIX, cuando las legislaciones nacionales sustituyeron a la española. La selección de Sánchez Bella se completa con las obras de Juan Díez de la Calle, Pedro Pérez Landero Otañes y Castro, y Joseph de Rezabal y Ugarte. Díez de la Cale, oficial de segunda de la Secretaría de Nueva España del Consejo de Indias, publicó en 1646 sin mención del lugar y editor, un Memorial, y noticias sacras, y reales del imperio de las Indias occidentales, dirigido a Felipe IV y que trata de lo eclesiástico, secular, político y militar que por su secretaría debe el autor conocer (presidios, gente y costas, valor de las encomiendas de indios, otras cosas). Además, incluye el escrito de León Pinelo sobre la edad y grados que deben tener los presentados a prebendas de la Iglesia de Indias, Memorial y compendio breve del libro intitulado Noticias sacras y reales de los imperios de la Nueva España, el Perú y sus Islas de las Indias Occidentales. Pérez, escribano real, editó en 1696 la Practica de Visitas, y Residencias apropiadas a los Reynos del Perù, y deducida de lo que en ellos se estila (Nápoles, Nicolas Layno), volumen compuesto de tres tratados que versan sobre las visitas y residencias, interrogatorios y advertencias, y sobre los obrajes y el modo de moler los metales, dirigidos a los escribanos y oficiales de Indias que por inexperiencia los necesiten. Finalmente, Rezabal, que fue juez de medias anatas y lanzas en Perú, y alcalde del crimen de la Audiencia de Lima y oidor decano de la Audiencia de Cuzco, concluyó en Madrid en 1792 un Tratado del Real Derecho de las medias-anatas seculares y del servicio de lanzas á que están obligados los títulos de Castilla. Origen histórico de este Juzgado en el reino del Perú. Reglas con que se administran estos ramos de ambas Américas, conformes en la mayor parte a las que están prescritas en España para su adeudo y recaudación, impreso en la oficina de Benito Cano, obra destinada a dejar a su sucesor cuando dejó Lima para marchar a Cuzco; una sucinta instrucción del método con que se administran los ramos de los que entiende para que no encuentre las mismas dificultades que él halló al ocupar el cargo. Todas las obras contenidas en el CD-Rom han sido digitalizadas en edición facsimilar. La edición es rigurosa y está hecha con esmero, el manejo del disco es sencillo, pero, además, dispone de una buena y comprensible guía de ayuda. Al abrir el programa, el usuario encuentra una pantalla que le permite consultar la introducción de Sánchez Bella, así como la introducción y las selecciones de libros del resto de los "Clásicos Tavera" editados antes que él (número 1-22). Desde esta primera pantalla se accede también al sumario de contenidos de los Textos clásicos de literatura jurídica indiana, a través del cual es posible realizar búsquedas por distintos campos (uno a uno o varios a la vez): autor, título, palabras clave. Cada uno de los textos incluidos en la selección cuenta, además, con una ficha independiente, en la que, aparte de sus características, se incluye un índice que permite efectuar consultas y búsquedas similares a las del sumario general. El sistema ofrece distintas opciones de visualización (zoom, rotación e inversión de imagen, modificación de los niveles de contraste), así como la posibilidad de seleccionar partes del contenido, imprimirlas con una calidad muy superior a la de una fotocopia convencional, o guardarlas en cualquier otro soporte magnético. En definitiva, con la edición digital el investigador dispone de un acceso fácil e integral a la documentación.-ANTONIO SANTAMARÍA GARCÍA. Novedades aparecidas en Portugal sobre la expansión portuguesa en la India y en Lejano Oriente La conmemoración de los descubrimientos portugueses ha dado felizmente pie a la publicación de numerosos libros sobre muy diferentes aspectos de la expansión lusa. Creo de interés dar cuenta de algunos de estos estudios recientes -de todos me resultaría imposible-, pues la comparación de las dificultades que encontraron a su paso portugueses y españoles resulta profundamente esclarecedora para valorar sus resultados y aun para tratar de captar las características de la colonización respectiva, impuestas no por diferencias de carácter, sino por las circunstancias: que ni los propios portugueses se comportaron de igual manera en Brasil que en la India. La expansión portuguesa por Oriente tuvo, en principio, un carácter eminentemente comercial: las acciones de guerra, por frecuentes que fueran, 1 se centraron en ocupar militarmente los puntos estratégicos que permitían dominar la ruta de las especias (Goa, Malaca, Ormuz). No es un azar, pues, que desde muy pronto los portugueses, una vez llegados a la India, nos dejasen observaciones tan certeras como sagaces sobre el comercio asiático y sus rutas. Entre todas estas relaciones destaca la Suma oriental de Tomé Pires, boticario, factor de las especias en Cananor y embajador 1 Sobre el tema quiero destacar la reciente y admirable monografía de Juan Marinho dos Santos: A guerra e as guerras na expansâo portuguesa. Anuario de Estudios Americanos en China (allí murió hacia 1527), obra de primerísima importancia que llegó a Portugal hacia 1515/1516 y que hasta ahora sólo nos era accesible en la versión del manuscrito parisino (Assamblée Nationale, 1248) editado por A. Cortesâo (Coimbra, 1978). Recientemente Rui Manuel Loureiro ha dado a conocer una nueva versión, la que guarda el ms. 299, ff. El manuscrito de Lisboa da un texto afín al traducido al italiano por G. B. Ramusio; se trata, pues, de una copia parcial -llega sólo hasta Camboya y Champá, y de ahí pasa a Cochinchina y China-, cuyos cortes tratarían de velar a las demás potencias -y muy particularmente a España-los secretos de Malaca e Insulindia: esto es, las riquezas de la Especiería y las informaciones de interés estratégico. De ahí, pues, la importancia que tiene para la historia de la rivalidad luso-española en el Extremo Oriente esta nueva versión del manuscrito lisboeta, aunque desde el punto de vista crítico sea inferior a la del manuscrito parisino. Ceilán fue conocida desde la Antigüedad clásica: una de las tablas de Ptolomeo representa a la Taprobana -la isla mayor del mundo-rodeada a su vez de un enjambre de pequeñas islas o islotes. Excusado es decir, por tanto, el júbilo con que don Lorenzo de Almeida, el hijo del virrey, pisó en 1506 el suelo cingalí, rico en canela, pedrería de toda suerte y elefantes. A tratar la relación de los portugueses con la mítica isla está dedicado el muy interesante y documentado libro de Jorge Manuel Flores (Os portugueses e o mar de Ceilâo. Trato, diplomacia e guerra (1498-1543), Lisboa, 1998, 368 págs. y dos mapas), que entiende por mar de Ceilán el corredor que geográfica e históricamente articula la isla con el Malabar y el Coromandel de manera mucho más estrecha de lo que comúnmente se piensa. Después de estudiar la cadencia del tráfico marítimo y las arterias de navegación, así como los puertos, las mercancías y los mercaderes, Flores pone de relieve la falta de una potencia marítima que controlara el mar de Ceilán antes de la llegada de los portugueses: en el continente no ejercieron un dominio efectivo sobre el Estrecho ni el reino de Vijayaganar -la unidad política más importante del sur de la India-ni los Pandyas, Telegus o Maravas; en el interior de la isla tampoco lograron imponer su hegemonía en el océano los tres reinos interiores (Kotte, el más importante por tener los mejores puertos, Sitawaka y Jaffna), divididos "en una miríada de fracciones más o menos autónomas". Resulta así la paradoja de que los guardianes del Puente de Adán fueron en realidad los intrusos: los portugueses. En efecto, los recién llegados tuvieron una percepción clara de la unidad de ese mundo complejo, de ese "microcosmo", por usar la feliz expresión de G. Bouchon. 2 Era la llave que necesitaban para ser finalmente dueños del mar de la India. En 1506 el rey don Manuel pudo anunciar a la Cristiandad que la Taprobana, "antes considerada otro mundo [recuérdese el otro mundo, al que creía haber llegado Colón en 1498]", estaba sólo a cuatro días de viaje de las fortalezas portuguesas. No había peligro en proclamar la nueva a los cuatro vientos: la Taprobana, como demostraba hasta la saciedad la Geografía de Ptolomeo, caía dentro de la demarcación del monarca portugués (no ocurrirá así, sin embargo, con la más incierta Malaca, disputada a su regio yerno por los Reyes Católicos). Un año después, en 1507, don Manuel dio parte ya de la conquista de la Taprobana al Papa Julio II: se había hecho realidad uno de los sueños en que se dejó mecer a lo largo de algunos años la corte castellana. La noticia era entusiasmada propaganda manuelina: de hecho, la primera fortaleza, la de Santa Bárbara, sólo fue levantada en 1518 por el gobernador Lopo Soares de Albergaría y tuvo que soportar ataques y cercos mientras las prioridades de la "estrategia índica" fueron otras, hasta que Vasco de Gama ordenó su desmantelamiento en 1524 con la aprobación de Juan III. Por otra parte, la construcción de la fortaleza en Colombo hizo que los enemigos del Estado de la India no fuesen en este caso los "moros de la Meca", sino los mercaderes locales que distribuían la preciada canela a los mercados del Malabar. Así fue como los Mappillas se transformaron en guerreros, organizando flotas de paraos que rivalizaron -con fortuna muchas veces-con las naves portuguesas: el mar de Ceilán conoció quince años de guerra a sangre y fuego (1525-1539), llamada gráficamente por el autor "guerra de estero", en la que sólo eran capaces de combatir embarcaciones de pequeño calado, fustas y bergantines. La derrota de los Mappillas en Vedalai transformó, según Flores, el mar de Ceilán en un "lago portugués" entre 1539 y 1543; pero el espacio de tiempo es demasiado corto a mi juicio para hacer una afirmación tan tajante. Una nueva crónica sobre el reino de Achén, en el Norte de Sumatra, ha sido editada con una excelente introducción por Jorge M. dos Santos Alves y Pierre-Yves Manguin (O roteiro das cousas do Achem de D. Joâo Ribeiro Gaio: Um olhar português sobre o Norte de Sumatra em finais do século 2 Un pequeño detalle: en págs. 104-105 se menciona una inscripción portuguesa en Ceilán en la que está esculpido el año de 1501 (uno de los argumentos para atribuir a la armada de Juan de Nova la llegada a la isla). Parece que es la inscripción de la que se da una fotografía (n.o 5); ahora bien, lo que parece leerse allí es 1561, y no 1501 (ni 1521, como se dice en el pie de la fotografía). Anuario de Estudios Americanos XVI, Lisboa, 1997, 141 págs., con dos mapas y fotografías). Se trata de una compilación hecha por don Juan Ribeiro, obispo de Malaca entre 1578 y 1601, sobre los datos proporcionados por un tal Diego Gil, quien durante sus muchos años de cautiverio en Achén recogió un cúmulo de preciosas informaciones que permiten reconstruir la Sumatra de aquel período, con una población mayoritariamente urbana. El reino de Achén, la región donde invernó Marco Polo en su viaje de vuelta, aparece ya mencionado en otras obras portuguesas, como la Peregrinaçâo de Fernando Mendes Pinto,3 en relación sobre todo con el hipotético descubrimiento de una fantástica Isla del Oro vecina a Sumatra (recuérdese la contrapartida española, la Rica de Oro cercana al Japón). A fines del siglo XVI se barajó la conquista de Achén para poner coto a las incursiones corsarias de sus habitantes por el Estrecho de Malaca y para cerrar de paso la vía marítima que transportaba la especiería (la pimienta de Sumatra, de la que se exportaban unas 1.800 toneladas anuales) desde Achén al Mar Rojo encaminándola por las Maldivas, haciendo la competencia, por tanto, al comercio luso. Por su interés, del original portugués enviado al rey Felipe en 1584 se hizo una traducción castellana en Manila hacia 1590. El texto está muy pulcramente editado, de suerte que sólo en tres puntos me atrevo a disentir de Alves y Manguin. El primero es banal: en la página 73 quizá no habría estado de más señalar para el lector menos avisado que "tecume" ("fizerâo um tecume e juntura e fortificaçâo" no es más que "teçume". En el capítulo 21 (pág. 83) creo que debería puntuarse: "E nesta praia toda até Coala Chadhee, que serâo quase três legoas pola costa do mar, que tem bons desembarcadouros e bons caminhos pera a povoaçâo do Achem, areceâo os Achens ser a nossa desembarcaçâo", en vez de poner punto después de Achem, interrumpiendo la ilación lógica. En el capítulo 45 (pág. 97) es mejor a mi juicio el "esclavoneses" del manuscrito Boxer que el "escara bonesses" (que permite reconstruir un primitivo "escravoneses") elegido por los editores. La relación del Itinerario de Linschoten (Amsterdam, 1596), dando cuenta de su viaje a la India y describiendo después la Insulindia, China y Japón, fue, como es sabido, un éxito comercial. Ahora podemos saborearlo en una estupenda versión al portugués debida a Arie Pos y Rui Manuel Loureiro, a quienes se debe también el sugestivo y documentado prólogo (Itinerário, viagem ou navegacâo de Jan Huygen van Linschoten para ás Indias Orientais ou Portuguesas, Lisboa, 1997, 414 págs.). Linschoten fue un hombre curioso y paciente ("soufrir pour parvenir" parece que fue su lema) que no sólo supo ver, sino que escribió sus experiencias y encima las hizo comentar con observaciones científicas de todo tipo por uno de los más notables botánicos de su tiempo, Bernardo Paludano, su vecino en Enkhuizen. Antes de pasar a la India Linschoten permaneció más de medio año en Sevilla (llegó a la ciudad el 1 de enero y partió el 1 de septiembre de 1580), donde se encontraban sus hermanos. Sevilla, curiosamente, era la residencia periódica de Benito Arias Montano, que durante su estancia en Flandes había hecho amistades con luteranos: precisamente Montano sirvió de enlace entre Paludano y el médico portugués, asentado en Sevilla, Simón de Tovar. ¿Tuvo Linschoten alguna relación con el biblista? Es una pregunta que no puedo responder. Claro está que por aquel entonces había gran cantidad de comerciantes flamencos que operaban en Sevilla. Sólo en el año 1598 y sin ánimo alguno de exhaustividad apunto los siguientes: Jacques Vivien, Jorge van Henguel, Adán Becquer, Miguel Becquer, Juan Florido, Elías Sirman, Juan van Ertbrugen, Gerardo Tsibantz, Justo de Vroot, Cornieles Lampsinz, Juan van Hooren, Esteban Coriels y Gaspar Calier. Cualquiera de ellos pudo haber encarrilado en Sevilla los negocios de Linschoten y antes los de sus hermanos. Una novedad muy de agradecer de esta edición, realmente esmeradísima, es que reproduzca en cuidadas láminas aparte los hermosos grabados y mapas de J. van Doetechum (como el espléndido de Goa, dedicado al príncipe Alberto de Austria, a la sazón virrey de Portugal) que ilustraron la edición holandesa. Es lástima que no se hayan traducido los epigramas latinos que los acompañan, pues destacan lo que a juicio de los diversos autores eran los puntos esenciales de la narración. Un imperio marítimo como el portugués por fuerza sufrió cuantiosas pérdidas de naves, contingencia tan natural como inevitable. Estos naufragios dieron origen a toda una copiosa literatura, compilada por Brito en su famosa História Trágico-Marítima (curiosamente, no hubo en España algo parecido, y eso que G. Fernández de Oviedo, precursor en ésta como en tantas otras cosas, empezó a recoger de manera sistemática historias de naufragios). Se echaba de menos un estudio moderno. Paulo Guinote, Eduardo Frutuoso y Antonio Lopes han colmado esta laguna con una excelente monografía (Naufrágios e outras perdas da "Carreira da Índia". Las pérdidas, miradas sin sobresaltos a principios del siglo XVI, fueron mitificadas después, por virtud de una "fragilización psicológica de la mentalidad colectiva", como señal de un castigo de Dios, conforme a partir de 1585 comenzó el declive de la Carrera de la India. Unos utilísimos y completos inventarios dan el nombre de la nave y el lugar del naufragio, así como un anejo estadístico contabiliza las pérdidas; acompaña el volumen una pertinente serie de documentos y una abundante bibliografía. Para conocer a un intelectual -y con mayor razón, para calibrar la calidad de un historiador-es preciso conocer sus lecturas. Eso es lo que ha hecho de manera verdaderamente ejemplar Rui Manuel Loureiro con el soldado y cronista Diego de Couto (1542-1616), autor de una historia que enlaza y continúa las Décadas da Asia de Juan de Barros, obra monumental que todavía carece de una edición crítica integral (A biblioteca de Diogo de Couto, Macao, 1998, 448 págs.). Una vez hecha la semblanza de Couto y sentadas las bases teóricas del estudio (cabe destacar especialmente el capítulo segundo, que versa sobre los libros y bibliotecas en Oriente durante el siglo XVI, y el estudio en el capítulo cuarto del Tratado de Estacio de Amaral, la primera "bibliografía" de la expansión portuguesa), el autor hace un pormenorizado y exhaustivo análisis de las fuentes de las Décadas IV-XII, para reconstruir finalmente lo que pudo haber sido la biblioteca del cronista real en la India: una lista de 124 posibles obras propone muy razonablemente Loureiro, que luego pasa a hacer un concienzudo análisis de la misma por temas. Fundamentales para la historia del cristianismo y de los asentamientos europeos en Japón son las Cartas que os padres e irmâos da Companhia de Iesus escreverâo dos Reynos de Iapâo e China aos da mesma Companhia da India e Europa desdo anno de 1549 atè o de 1580, publicadas en Évora en 1598. Afortunadamente, ha aparecido una edición facsímil con certera presentación a cargo de José Manuel Garcia (Maia, 1997) Dividido en XVI partes, al margen de los textos introductorios, el epílogo institucional y la bibliografía, este voluminoso texto conmemorativo coordinado por el profesor José G. Cayuela Fernández, de la Universidad castellano manchega, presenta una indudable vocación de globalidad, al aprovechar el acontecimiento de la reciente celebración del Centenario del 98, para realizar una reflexión colectiva y polisémica sobre el ser de España y sus territorios ultramarinos a lo largo del último siglo. Los dos primeros epígrafes de la obra colectiva que nos ocupa, poseen igualmente carácter introductorio, porque aparte de la obligada referencia a las fuentes generales también contienen algunas consideraciones sobre la Modernidad, destacando en este sentido el enorme esfuerzo didáctico realizado por el profesor Cayuela para resumir, en algo más de cien páginas, cuatrocientos años de densa historia de las relaciones hispanoamericanas. Las partes III, IV, V y VI nos aportan la visión de sus autores sobre las condiciones económicas de las Antillas en un contexto internacional y, asimismo, el juego de intereses producido por el reajuste colonial y las repercusiones del Desastre en España. Aspecto este último sobre el que también se profundiza en los capítulos VIII y IX, en los que, al mismo tiempo, se analiza la realidad antillana y americana a partir de los nuevos perfiles generados por el cambio de situación política en Cuba y Puerto Rico, y por la consolidación del expansionismo norteamericano en la zona del Caribe. Sin omitir referencias al mundo indígena, a la lingüística, al arte, la economía o la geografía (capítulos X-XVI), este texto ofrece, como uno de sus logros más llamativos, el intento por aproximarse a una visión interdisciplinar y, desde luego, lo más completa posible de este siglo de Historia hispanoamericana y, también, por ello mismo, universal. A pesar, pues, de algunos pequeños desajustes formales como, por ejemplo, el tipo de impresión de las cabeceras de los trabajos que produce un cierto rechazo estético -aunque podamos valorar su utilidad para localizar el estudio apetecido-; ciertas desigualdades en cuanto al tratamiento de los temas objeto de estudio, inevitables en todo trabajo de esta envergadura y características, y también algunas carencias bibliográficas bastante significativas, pese a todo esto, el texto coordinado por el profesor Cayuela Fernández constituye una obra de obligada consulta que premia un gran esfuerzo coordinador e investigador y que, en definitiva, bien ha merecido la pena en relación con su notable mensaje unificador de criterios, métodos y temas, escalonados en un contexto de generalidad y rigor, y que, además, ha unido en el fraterno y cercano campo de la investigación histórica a estudiosos cubanos y españoles, como para rechazar, en el silencio y la prudencia de las ciencias, las sombras del dolor que nos mantuvo separados, hace ahora cien años, por la mutua incomprensión y la locura bélica.-MANUEL DE PAZ. Carbonell de Masy, Rafael, con las colaboraciones indicadas de Teresa Bluers y Ernesto A. J. Maeder: Estrategias de desarrollo rural en los pueblos Guaraníes (1609-1767), Antoni Bosch, editor, Barcelona, 1992, XXII+512 págs. Siento mucho que por un despiste personal este libro no haya tenido y más temprana reseña en el Anuario, siendo utilizado por mis alumnos desde hace algún tiempo. Pido disculpas, especialmente al autor y a la Biblioteca de la Escuela de Estudios Hispanoamericanos del CSIC. Cuando has comprobado que la gestación de una investigación ha dado su fruto en una excelente publicación; cuando se observa que en temas que parecían cerrados, aún aparecen aspectos olvidados u obviados por otros analistas o estudiosos; y cuando te das cuenta que la investigación histórica, no el mero planteamiento periodístico, aporta soluciones a problemas humanos, entonces comprendes que este ingrato trabajo de la investigación histórica, tan denostado, por sometido a atrabiliarias políticas administrativas, es merecedor de seguir contando con tu dedicación e interés. Al menos en los temas de tan fuerte contenido humano. Aún recuerdo la tarde, cuando en la Escuela de Estudios Hispanoamericanos, el autor y yo mismo conversábamos acerca del tema. El ya venía de una larga y fecunda experiencia investigadora, docente y pastoral por aquellos territorios rioplatenses, sobre los que quería aportar su personal síntesis. Su perspectiva laboral, desde la atalaya de la FAO, le permitía entrar en el tema con un talante con el que otros no podían. Además su formación intelectual, como he dicho en tantas otras ocasiones "desde dentro", le aseguraban un bagaje y una perspicacia no comunes. En consecuencia, aquí está su labor: ignaciana-jesuítica, en la buena intelección de los términos; incluso hasta en la parte fundamental del título: estrategias, según aquella táctica de "cuerpo de intervención rápida", de la que hablaba San Ignacio a los primeros miembros de la Compañía, para que estuviesen o fuesen "allí donde la Iglesia o el Papa los necesitase o enviase". Sin embargo, en su aplicación a este caso concreto, creo que es lo único que aparenta ser disonante. Porque, ¿con qué práctica y preparación misional-reduccional, precisamente con los guaraníes, contaban los jesuitas como para decir que se presentaron ante ellos con una estrategia?; ¿bastaban los estudios y análisis del padre Acosta, la organización interna de la Compañía de Jesús, y la crisis, a veces fracasos, de otras órdenes en los mismos campos misionales, por aquellos años, para poder hablar de "estrategia integral para el desarrollo misional y global de los pueblos"? Porque, los planteamientos teológico-filosóficos de Vitoria, de Suárez, de Molina, ¿daban suficiente cobertura ideológica, ya a principios del siglo XVII, como para que los misioneros jesuitas hubieran alcanzado, al menos como orden, la madurez misional necesaria?... Creo que en el estudio de la "conquista de almas para Dios", no debemos partir de las consecuencias, sin antes analizar y rememorar bien, y con justicia, todas las posibles causas. Es lo único en lo que no comparto la tesis de fondo del libro de Rafael Carbonell. En cuanto a la forma, es un libro atractivo, bien organizado y redactado, y con un envidiable aparato documental y bibliográfico. Ejecutado todo ello con una modélica perspicacia y, en consecuencia, con una honestidad científica que le honra. Con un esquema muy tradicional, lo divide en quince capítulos y nueve apéndices. Sin embargo, en ninguna de ambas partes, aparece un orden lógico, si podemos hablar así. Ello obliga al lector a tener que releer páginas anteriores o consultar el aparato crítico de una forma constante, si uno no quiere perderse. Ello sucede, como fácilmente se puede suponer, más en los capítulos que en los apéndices, donde cada cual tiene su propia unidad, aunque sin seguir tampoco un orden supuesto. Para que se comprenda bien lo que se quiere decir, va el ejemplo más llamativo. El capítulo XV presenta "La base doctrinal relacionada con la estrategia del desarrollo en los pueblos guaraníes", que cuenta con los siguientes epígrafes: "El reconocimiento de la autonomía: la Corona no tiene derecho a estos reinos, sino a enviar predicadores del Evangelio"; "El influjo doctrinal del P. Luis de Molina"...; "Autodeterminación en los pueblos guaraníes bajo la real corona"; "Una economía para la sociedad"; "Apertura al progreso de las ciencias: la base matemática"; "Una ciencia para desentrañar la naturaleza y usarla racionalmente"; "El abrazo de Europa y América". Y este es el capítulo último, el que va tras la expulsión de los jesuitas, las estrategias de desarrollo rural, la contabilidad en las reducciones, la evolución demográfica, etc., que son otros tantos capítulos. Por eso decía, que creía que la base ideológica, la que el autor denomina la "estrategia doctrinal", debía haberla situado antes, con el fin de que el lector hubiera podido comprender mucho mejor los otros asuntos. Esta forma de presentar los temas, con algo de desorden cronológico, no extraña tanto en los apéndices, como hemos dicho, por la propia identi-dad de cada uno. Pero, aquí tampoco entendemos muy bien el orden que se le ha dado. Así aparecen los que podríamos denominar como financieroeconómicos antes que los ideológicos; por ejemplo, "Preceptos del Visitador... a los Procuradores..." es el último, mientras que el primer apéndice que se nos ofrece es el de las "Cuentas de los pueblos guaraníes...". También debemos indicar, en este somero análisis del aspecto formal, que el autor pasa de puntillas sobre los asuntos y temas correspondientes a los siglos XVI y XVII, poniendo mucho más énfasis y fuerza analítica en el siglo XVIII. Yo lo comprendo mejor, pues todavía es normal que en la Compañía no se haya borrado la impronta que dejó la primera expulsión, y sobre todo la supresión de la Orden; sigue sin entenderse cómo ello se efectuó en el siglo en el que más gloria dieron a la Iglesia y al Estado español. La sinrazón que ello significó, desde todos los puntos de vista, aún sigue sin poder ser explicada suficientemente. Como he dicho, felicité en su momento al autor, cuando supe la idea que tenía entre manos. Reitero mi felicitación ahora, y celebro que los críticos interesados en los temas jesuíticos y misionales hispanoamericanos, con un sentido más evangélico que puramente histórico (con los sentidos actuales que se le dan a estos términos), podamos encontrar en este estudio más elementos y datos con los que poder mirar la estupenda experiencia misionera que fueron las reducciones guaraníticas en el mejor espíritu de la Modernidad.-JOSÉ LUIS MORA MÉRIDA. Los presupuestos teóricos y metodológicos de la ciencia histórica han sido sometidos en las últimas dos décadas a un continuo replanteamiento. Se cuestionan los enfoques previos y se exploran nuevas claves explicativas de los acontecimientos y los procesos. Se integran en los análisis factores y agentes antes descuidados. Se buscan nuevas fuentes documentales o soportes gráficos que nos aporten conocimientos suplementarios. La historia se muestra sensible al cambio social que constituye, en definitiva, su propia materia prima Close Encounters of Empire es una buena muestra de ese fenómeno. Los estudios que agrupa asumen los planteamientos de la teoría postcolonial y las interpretaciones postmodernas de las relaciones internacionales, a la vez que exploran las posibilidades del "giro cultural" aplicado a la historia de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina. Se parte de la insuficiencia de otros paradigmas anteriores. Ni el discurso del realismo en las relaciones internacionales, ni las teorías sobre la modernización, la dependencia, el imperialismo o el sistema-mundo han sido capaces de abordar satisfactoriamente las complejas y múltiples interrelaciones entre Estados Unidos y América Latina en los siglos postcoloniales. Las relaciones continentales no pueden ser reducidas a explicaciones de contenido estrictamente económico y político. La historia cultural aporta nuevas perspectivas de conocimiento, nuevas vías de análisis de realidades cambiantes y de influencias mutuas. Los autores de este libro colectivo orientan sus trabajos en esa dirección. El libro nos introduce en esas nuevas miradas a través de varios ensayos teóricos. En ellos, se despliegan las posibilidades interpretativas que presenta la nueva Historia Cultural de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina respecto a otros paradigmas (G.M. Joseph); se ponen de relieve las paradojas de las interrelaciones en el binomio extranjero-local según los valores que se den a esos conceptos en su evolución diacrónica (S.J. Stern), y se examinan las denominadas "representational machines of informal empire", a través de los agentes, mecanismos y discursos que por la empresa del conocimiento colocaron al sur del continente bajo la óptica de Estados Unidos (R.D. Salvatore). La parte central del libro está dedicada a un conjunto de estudios empíricos. La mayoría sitúan sus análisis en la región centroamericana, que por su condición de frontera más próxima permite apreciar mejor los efectos de los procesos de penetración, difusión e hibridación cultural provocados por la expansión estadounidense. Categorías como modernidad y tradición son cuestionadas a través de una nueva selección y lectura de las fuentes de la memoria, tal y como reflejan los artículos sobre la rebelión sandinista (M. Schroeder) y sobre el enclave de la United Fruit Company Banana en Colombia (C.C. Legrand). También se replantean los papeles de agente y receptor en el proceso de transmisión de conocimientos, como nos sugiere el examen de la misión médica de la Rockefeller Foundation's en Costa Rica (S. Palmer). El peso de las representaciones del poder que acompañaba a las manifestaciones del predominio tecnológico de Estados Unidos queda patente en los estudios sobre la asistencia militar a la República Dominicana (E.P. Roorda), y sobre la intervención de tropas mercenarias estadounidenses en Brasil (S. C. Topik). Ese simbolismo del poder se percibe igualmente en el análisis de la "mirada imperial" que se observa en las visiones del territorio de los Andes (D. Poole). Los contactos entre las élites latinoamericanas y estadounidenses no estuvieron inevitablemente mediatizados por relaciones de hegemonía y dependencia, como puede observarse en la colaboración bilateral en el programa de distribución de films estadounidenses en México (S. Fein). Ese flujo de interacciones, de conductas que se mezclan y se transforman, es perceptible en los análisis sobre relaciones de género, moralidad y prácticas sexuales que exponen las experiencias de Puerto Rico (E.J. Findlay) y Chile (T.M. Klubock). Incluso se nos muestra cómo una indagación en las actitudes hacia determinados productos alimenticios puede ayudarnos a entender mejor la organización económica y la identidad nacional en la República Dominicana (L. Derby). Los tres ensayos finales del libro contienen reflexiones generales desde distintos enfoques. En el primero se traza un balance de la evolución de la teoría postcolonial, de los paradigmas dominantes en el estudio de las relaciones internacionales, y de la incorporación del factor cultural como nuevo eje interpretativo capaz de aportar otras perspectivas a la investigación (E.S. Rosenberg). En el segundo se señalan las limitaciones de los planteamientos sobre la dependencia o el sistema-mundo, y las insuficiencias de la vieja literatura de la antropología social, para proponer un panorama más amplio de los modelos sociales que incorpore a los análisis todo un conjunto de ideas y representaciones presentes en los encuentros culturales (W. Roseberry). El último de los estudios, a través de la presentación y explicación de un grupo de imágenes, nos expone cómo el recurso a otros lenguajes y la interpretación de sus mensajes abre nuevas posibilidades al conocimiento histórico (M.C. Suescun Pozas). Los autores de Close Encounters of Empire se plantean nuevas cuestiones que nos ayuden a comprender y explicar mejor lo que F. Coronil califica en su prólogo como procesos de transculturación asimétricos. Nos animan a depurar conceptualmente los análisis sobre las relaciones transnacionales por medio de una reinterpretación en clave cultural de las interrelaciones entre lo extranjero y lo local. La propuesta es sugestiva, aunque no exenta de riesgos, como nos indica G.M. Joseph en las páginas finales de su ensayo al apuntar tres desafíos mayores que es preciso afrontar en esta línea de análisis. A ellos cabría añadir otra consideración. Resulta un tanto sorprendente que en esta propuesta de historia transnacional y transcultural quede relegado lo que podríamos denominar "el otro historiográfico". En otras palabras, en los ensayos teóricos del libro la casi totalidad de los estudios manejados tienen origen anglosajón y, por supuesto, están escritos en inglés. Tanto la historiografía latinoamericana como la europea en lengua no inglesa cuentan con obras que han asumido desafíos conceptuales y metodológicos en una orientación similar a la que aquí se nos ofrece. ¿Cómo explicar su ausencia en una obra de estas características?-LORENZO DELGADO GÓMEZ-ESCALONILLA. La obsesión de España. El sevillano Blanco White (1775-1841), figura de singular valía y de discutida significación en la atormentada época de la España de Carlos IV y de Fernando VII -incluyendo los episodios de la pérdida de la mayor parte de las posesiones de Ultramar-se nos revela aquí, no sólo a través de su agitada biografía, sino mediante el examen en profundidad de sus escritos, que son precisamente los de un español voluntariamente exiliado en Inglaterra y crítico apasionado de las costumbres y la política de su país natal. El Dr. Moreno Alonso, profesor de la Universidad de Sevilla, ha invertido con este objeto varios años de investigación en archivos españoles y extranjeros, principalmente británicos, habiendo consultado el rico epistolario de Blanco y de sus amigos, así como la publicística de la época. Todo ello le ha proporcionado un conocimiento poco común acerca de la peripecia vital e intelectual de Blanco. La copiosa producción de Moreno Alonso sobre el final del Antiguo Régimen, que recientemente se incrementó con la aparición de La Forja del Liberalismo en España. Los amigos españoles de Lord Holland, 1793-1840(Madrid, 1997), se enriquece ahora con esta amplia monografía dedicada a la problemática personalidad del sacerdote sevillano José María Blanco y Crespo, que desde su fuga a Inglaterra en 1810 -definitiva invasión de Andalucía por las tropas napoleónicas, dispersión de la Junta Central hasta entonces instalada en Sevilla-adoptaría los apellidos Blanco White con los que ha pasado a la historia. De algún modo este estudio constituye una pieza más dentro de toda una serie de trabajos dedicados por el autor a la época de la Guerra de la Independencia española, en la que figuran obras como La Generación Española de 1808 (Madrid, 1989), Sevilla napoleónica (Sevilla, 1995) y Los españoles durante la ocupación napoleónica. La vida cotidiana en la vorágine (Málaga, 1996). Pero más aún viene a ser la necesaria y esperada culminación de las investigaciones realizadas durante más de una década sobre la figura y la obra de Blanco y que anteriormente dio como frutos la publicación de diversos conjuntos de sus escritos, tales como las Cartas de Inglaterra (Madrid, 1989), Cartas de Juan Sintierra (Sevilla, 1990), Diálogos argelinos y otros ensayos (Sevilla, 1991) y Conversaciones americanas sobre España y las Indias (Madrid, 1993). Esta última publicación recoge las más claras pruebas del interés de José María Blanco por los sucesos que, durante su estancia en Londres, de 1810 a 1825, ocurrieron en la América española y que, como no podía ser menos, atrajeron fuertemente su atención de periodista y de analista político. Ahora, en el libro que aquí comentamos, su autor dedica bastante espacio a las opiniones vertidas por Blanco sobre estas cuestiones desde las páginas de El Español y en otras publicaciones, como la Enciclopedia Británica. Todo un capítulo, titulado "Libertad para América", consagra expresamente Moreno Alonso a estos temas, pero en realidad pueden encontrarse en esta obra otros muchos pasajes de los escritos de Blanco que abordan puntos relacionados con la política americana de España, desde la expulsión de los jesuitas en 1767, hasta la insurrección del ejército de América en 1820. Entre estas dos fechas y en torno a ellas aparecen otras figuras -Jovellanos, Godoy, Quintana-y episodios -el 2 de mayo, la revolución de Sevilla, las Juntas y las Cortes-sobre los que la pluma de Blanco arroja la luz de su inquietante búsqueda y su profunda penetración. Atrayéndose las iras y las invectivas de la Regencia y las Cortes de Cádiz, Blanco criticó sin ambages la actitud adoptada por el gobierno español ante las primeras manifestaciones del juntismo americano, las producidas en Caracas desde abril de 1810. Sostuvo el derecho de los americanos a la libertad en igualdad con los españoles -"el derecho de las colonias españolas a una perfecta igualdad con la madre patria"-y a sus propios gobiernos en régimen autonómico, lo que lo convirtió también en adversario de la Constitución de 1812. Al mismo tiempo, ni deseaba ni esperaba la independencia de aquellas colonias: "los americanos no pensarán jamás en separarse de la corona de España si no se les obliga a ello con providencias mal entendidas". Esto sería lo que, a su juicio, finalmente ocurriera. Nunca estuvo Blanco en América, aunque en 1817, convertido ya en pastor anglicano, pensó trasladarse como misionero a la isla de Trinidad, donde podría "predicar alternativamente en inglés y en español". Pero su interés por América fue constante, desde su infancia en Sevilla y Cádiz, hasta su residencia londinense, desde donde mantendría correspondencia con Francisco de Miranda, o diatribas con fray Servando Teresa de Mier, o gozaría de la amistad de Andrés Bello, a quien aconsejó acerca de la posibilidad de establecer monarquías en América. En 1825, en cambio, publicaría unos "Consejos importantes sobre la intolerancia dirigidos a los hispanoamericanos", poniendo en guardia a las nuevas repúblicas contra "los abusos que han destruido la España". Prototipo del ilustrado liberal, que tanto puede ser calificado de afrancesado como de anglómano, abiertamente enfrentado con la España y la religión que le tocó vivir -¡con cuánta intensidad!-, su célebre heterodoxia no lo hizo antiespañol, antes al contrario, siempre hizo profesión de patriotismo y, una vez que se alejó de su país y rompió con su primitiva fe, Blanco vivió siempre mirando a España y tratando de encontrar remedio a los males que aquejaban a esta nación. Sus reflexiones, que hoy parecen tan lúcidas, referidas tanto a España como a los países americanos, marcan precisamente el contraste entre los viejos moldes en que había vivido la monarquía hasta entonces, y la nueva cultura política que intentaba penetrar y producir cambios que por fuerza serían resistidos y producirían sensibles desgarramientos. Como el de la propia vida de Blanco, marcada por su "obsesión de España".-LUIS NAVARRO GARCÍA. Laviana Cuetos, María Luisa: Estudios sobre el Guayaquil colonial. Cada vez que se publica, escribe, habla o invoca a Guayaquil, tenemos que pensarla como una formación social, como una identidad, proceso socioeconómico, simbolización y acción cultural que desde el mar se toma la costa y desde la costa, a través del mar, se abre al mundo. Quienes la interrogan, escrutan en su ser y en su espíritu, y luego cuando desde la letra, la palabra o la imagen, tienen la revelación de sus expresiones variadas y múltiples, se dan cuenta que Guayaquil es algo más que un lugar, una ciudad-puerto y una porción de tiempo histórico lineal. Es una identidad, cultura y energía que nos define, nos habla y al expresarse se toma el ser de aquél que a ella se acerca. Esto le ha pasado a Laviana Cuetos. Por eso, su persistente obsesión amorosa y tiernamente cognitiva hacia ella, que se expresa en sus continuas publicaciones sobre esta formación social. Guayaquil es una seducción y pasión, espacio-regional y cultural, constante para quienes se acercan a ella como visitantes o en actitud de cognición. Este trabajo de reconstruir el ser y hacer histórico de Guayaquil es nativo y externo, interno y abierto. Por eso, la doctora María Luisa Laviana Cuetos, en su carrera investigativa y teórica, se acercó a nosotros, llegando a conocer las estructuras del siglo XVIII guayaquileño. Ninguna lectura es inocente. Siempre está socialmente determinada, no sólo por las condiciones existentes, la demanda social, las búsquedas teóricas del lector, sino también por los contenidos del texto y toda la atmósfera del contexto en el que se da esta relación. Mi lectura del libro de la historiadora española Laviana Cuetos quiere hacer explícitas estas determinaciones. Los nueve estudios que estructuran la obra nos permiten constatar que en medio de la diversidad de objetos tratados hay tres elementos constantes que se reiteran en ellos. El primero es la pregunta y constatación de por qué, en el siglo XVIII, en Guayaquil, se origina y desarrolla una prematura modernidad mercantil y protocapitalista que es disfuncional en el conjunto de la formación social colonial de la época. Esto ha sido llamado por Juan Maiguashca como el desplazamiento regional socioeconómico (El desplazamiento regional y la burguesía en el Ecuador, 1760Ecuador, -1860Ecuador,, 1978) ) y también por Carlos Contreras como el primer boom cacaotero (El sector exportador de una economía colonial. Así como el de Manuel Chiriboga: Jornaleros y gran propietarios en 135 años de exportación cacaotera, 1980. En este primer elemento es necesario señalar el estudio pionero de Dora León Borja y Adam Szaszdy (El comercio del cacao, 1964). Sin embargo, es importante reconocer que el trabajo más serio, profundo, estructural y minucioso de la modernización económica de Guayaquil, del siglo XVIII, lo tiene y lo viene realizando, hace muchos años, María Luisa Laviana Cuetos con su licenciatura y su tesis doctoral. Los dos estudios y sus constantes investigaciones, que hoy se amplían en este libro, permiten captar y comprender cómo y por qué se estructura y reorganiza, con flexibilidad, el Guayaquil de los siglos XVIII y XIX. El segundo elemento que está presente como hilo articulador de los nueve estudios de este libro es el complejo juego de intereses, contradicciones, pugnas y negociaciones que tienen y realizan distintos grupos de interés por controlar las materias primas, los excedentes, la monetización de ellos, el eje de acumulación y los porcentajes de su distribución. Esto se evidencia con claridad, por ejemplo, en el estudio "Control de la explotación forestal: pugna entre el Cabildo y el Gobierno Colonial", y en "Las Cajas Reales de Guayaquil en la segunda mitad del siglo XVIII", cuanto en el referido al "Estanco del Tabaco", así como el que trata el "Comercio y Fisco". Dentro de este juego de intereses tenemos que reparar en el estudio sobre la "Maestranza del Astillero de Guayaquil". Aquí es necesario que reparemos en la pregunta central que parece guiar el estudio de la doctora Laviana Cuetos. La autora busca probar y demostrarnos cómo en una realidad sociopolítica y urbana que se llama Guayaquil y que se extiende en el conjunto de la piel geográfica costeña, los maestros constructores se guiaban por las condiciones de la demanda interna y externa, que a su vez, tenían en consideración los requerimientos de transformación que impulsaban la agroexportación de la costa. Aquí nos pone en evidencia, no sólo, la defensa de la acumulación interna, sino además, cómo los constructores navales guayaquileños defienden su espacio, ubicación, distribución y riquezas internas. El tercer elemento que está presente en esta importante colección de estudios son las variadas estrategias de supervivencia y negociación que asumen los distintos sectores sociales y étnicos para garantizar su supervivencia cuanto la permanencia de sus intereses. Esto se expresa en los estudios de "Miguel de Olmedo en Guayaquil", "Brujería, curanderismo y religión en la Provincia de Guayaquil", "Las Cajas Reales" y otros. La obra, en general, es muy rica en temas, visiones, explicaciones y apertura de caminos para la comprensión y un conocimiento objetivo del Guayaquil colonial del siglo XVIII. Estos estudios parecen desarrollarse con una intención globalizante, bajo la pluralidad de aspectos, que permiten tener una comprensión: socioeconómica, demográfica, cultural, política y del imaginario social que caracterizaba al Guayaquil colonial. Un aspecto que merece destacarse es el constante señalamiento de la importancia económica de Guayaquil y las estrategias de sus sectores sociales por vivir, en medio del dominio colonial, buscando, al mismo tiempo, desarrollar su ambiente y modernizarse socialmente. Esta dialécti-ca compleja de conservación de estructuras coloniales y de creación de mecanismos innovadores y superadores de esa situación para insertarse modernamente y responder de mejor modo a los requerimientos mercantiles de una transición postcolonial, es la que fluye de esta obra. Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que la propuesta de Laviana Cuetos es poner en evidencia una estrategia compleja de los sectores y actores sociales del Guayaquil colonial de reestructuración, reordenamiento y modernización que impulsan sus sectores, comprendiendo los nuevos tiempos y las nuevas condiciones. Estrategia que consistiría en llevar a Guayaquil desde una economía de ritmo lento, sustentada en los astilleros y en la función de intermediación de mercancías a través del flujo de productos al interior de la Real Audiencia de Quito, hacia una socioeconomía de ritmo dinámico y acelerado, sustentada en la agroexportación cacaotera y en circuitos de circulación más amplios (inter e intracoloniales) donde el libre comercio funciona por la vía abierta y por la vía encubierta (el contrabando), pero respondiendo a una nueva lógica que ya no maneja ni controla España, aunque opere como espacio institucional de mediación. Este, a mi juicio, es el aspecto central de la propuesta historiográfica de la doctora Laviana Cuetos, sobre su constante acercamiento a Guayaquil. Los distintos señalamientos de la autora sobre ingresos fiscales, tasas, gravámenes, monopolios, liberalizaciones, obstáculos a liberalizaciones, puntos de inflexiones, incrementos y crecimientos acelerados, costos de mano de obra, incrementos de gravámenes, racionalizaciones para la recaudación de tasas coloniales, índices salariales de peones, variedad de ritmos y dinamismos demográficos, aceleraciones del movimiento urbano, incrementos mercantiles, etc., entre otros, son aspectos fundamentales que nos están diciendo que Guayaquil, como espacio geoeconómico colonial, pasa, a todo lo largo del siglo XVIII, por una etapa de transición, reestructuración y transformación, diferente de la depresión y crisis de la sierra centronorte que vive Quito y del reordenamiento que tiene la sierra centro-sur con Cuenca como eje. En este período su socioeconomía, su dimensión urbana, va de un manejo lento y ritmo medio de sus recursos agrícolas, marítimos, artesanales, comerciales y demográficos, hacia un Guayaquil geoeconómico distinto, aceleradamente protocapitalista que tiene que diseñar estrategias geopolíticas de retención del excedente colonial, de eficiencia productiva y de eficacia en la nueva relación mercantil que la reordena y la dinamiza. En otras palabras, toda una estrategia modernizadora, distinta de la estrategia de reacomodo colonial semifeudal que se produce en el interior, especialmente en la región centro-norte andina, que tiene como eje Quito. De otro lado, es necesario que reparemos que esta comprensión macroestructural que nos proveen los estudios de la doctora Laviana Cuetos, del Guayaquil del siglo XVIII, son importantes, pues desmitifican la creencia de un dinamismo de Guayaquil atribuido, exclusivamente, a los efectos de las reformas borbónicas. Error en el que incurren algunos historiadores. También su percepción y señalamientos, ajustan cuentas con aquellos que interpretan el dinamismo de Guayaquil del siglo XIX sin antecedentes y atribuido, exclusivamente, a la presencia de los estímulos de factores externos del comercio internacional. Afirmación que no lee ni comprende la red y dinamismo intercolonial e intracolonial que se produce en la zona y que la autora capta y precisa. Como lo hace en esta obra, en el segmento "problemas metodológicos en el estudio de la Real Hacienda guayaquileña", donde expresa: "No son sólo estas medidas racionalizadoras de la administración fiscal y liberalizadoras del comercio las únicas que determinan la marcha del erario, de ahí que aunque tales medidas provocan un rápido aumento de los ingresos fiscales guayaquileños, no pueden por sí solas garantizar la continuidad del auge, que debe también sustentarse en un crecimiento económico general" (pág.155). Captar este aspecto fundamental es lo que le permite a la doctora Laviana Cuetos comprender por qué: "a fines del siglo XVIII comenzó la prosperidad de Guayaquil basada en el cacao, y fue en esa época cuando la Provincia empezó a ocupar el puesto que durante siglo y medio tendrá en el sistema económico internacional: ser la principal productora y exportadora de cacao en el mundo hasta bien entrado el siglo XX" (pág. 13). Pero ¿por qué hemos avanzado en este sentido, hasta sintetizar, en la anterior explicación, el contenido de los nueve valiosos artículos y su itinerario teórico, investigativo y metodológico, que va de su licenciatura a sus actuales publicaciones? Lo hemos hecho sustentado en la siguiente hipótesis que debemos manejar para comprender los porqué y cómo de la dinámica, ritmos y ciclos de la Antigua Provincia de Guayaquil. Para nosotros, el micro y macro dinamismos del Guayaquil colonial de los siglos XVI y XVII que se activa en la socioeconomía de astilleros y en el flujo comercial de intermediación, como puerto de entrada hacia el interior, corresponde a una economía mercantil de ritmo lento, articulada y movida por la lógica del modelo colonial que organizó España para la generación, apropiación y transferencia de excedentes lógica a la que respondió también la socioeconomía minero-textil quiteña de la sierra centronorte. Pero, la agroexportación cacaotera y la manufactura artesanal de paja toquilla, la dinámica urbana y demográfica que capta y registra la doctora Laviana Cuetos corresponde a otra lógica y a otro modelo, aunque aparezca organizado en tiempos finales del dominio colonial. Sin embargo, corresponde a una nueva lógica, reorganizadora postcolonial y a una dinámica mercantil capitalista que tiene como organizadora y racionalizadora del espacio internacional la economía inglesa y las potencias europeas que reordenan el mercado internacional de los siglos XVIII y XIX. Este es el nuevo mercado mundial capitalista, donde España ya no jugará el papel central, sino uno secundario de mediación entre las nuevas potencias y las colonias que controló en los siglos XVI y XVII. El comprender que el boom cacaotero del XIX de Guayaquil y sus espacios debe tener un antecedente de modernización y racionalización previo a las reformas borbónicas y al boom agroexportador del siglo XIX, es el gran mérito de estos estudios que nos permiten dar cuenta de las estructuras, los ciclos, ritmos y destinos de la economía de Guayaquil, de la costa y el rol de esta ciudad y provincia, en la actual economía nacional.-WILLINGTON PAREDES RAMÍREZ. Toledo Sande, Luis: Cesto de llamas. Biografía de José Martí. Recientemente, esta editorial sevillana, ha publicado la edición española de la obra Cesto de llamas. Biografía de José Martí, que goza ya en nuestra América de un prestigio considerable, a pesar del poco tiempo que lleva circulando. La obra fue publicada por primera vez en 1996, en La Habana, por la Editorial de Ciencias Sociales, y consiguió en esas mismas fechas el Premio Nacional de la Crítica. La segunda edición vio la luz en 1998, a cargo de la Editorial Pueblo y Educación. Poco más tarde, a punto de concluir el año del Centenario de la emancipación cubana, ha sido publicada en España. Puedo decir que supone un hito en la historia de la recepción del prócer cubano en el territorio peninsular, ya que hasta ahora sólo contábamos con una biografía española de Martí, todo un clásico pero algo antigua: el libro de Jorge Mañach Martí, el Apóstol, publicado por Espasa-Calpe, dentro de la colección Austral, con muchas reediciones y el presti-gio de una colección tremendamente popular en nuestro territorio, pero algo desfasada si se tiene en cuenta los importantes hallazgos que la crítica de los últimos cincuenta años ha hecho sobre la vida de Martí. Aparte de la biografía de Mañach, se han publicado en España la Biografía de José Martí, de Carlos Márquez Sterling (1973), la de Nelson Martínez Díaz de 1987 para Historia 16, la de María Luisa Laviana -algo más reciente-y la novela que en 1992 publicó Andrés Sorel en Libertarias bajo el título de La agonía del libertador. Como estos trabajos o han sido breves o han tenido poca difusión, lo cierto es que sólo el de Mañach ha gozado de una verdadera popularidad. Esa es la razón por la que el libro de Toledo puede convertirse en una puesta al día, seria y contundente, de los diferentes hitos que coronaron la vida del personaje más decisivo de la historia de la Isla, completando además un año de celebraciones centenarias de una independencia por la que Martí dio su vida. Es también relevante el libro de Luis Toledo porque la historia de la recepción de la vida y la obra de Martí no es comparable a la de ningún otro literato o intelectual de la América Hispánica, y las consecuencias literarias y extraliterarias de la repercusión y la recepción de su vida y escritos han determinado categóricamente ciertas evoluciones culturales e ideológicas de la Isla. Se puede decir, en palabras de Ottmar Ette, que la "recepción de los textos de Martí y la historia de esa recepción se han convertido, al menos para un público lector latinoamericano, en parte esencial y siempre presente de su obra". Por eso es tan crucial conocer a fondo cada detalle de su vida, pues una biografía objetiva, documentada, íntegra, completa y satisfactoria (como el caso que nos ocupa) puede ayudar a entender zonas de su obra sobre las cuales se instala continuamente la polémica interpretativa. Hay que partir de la base de que ni siquiera los cubanos insulares, recién muerto Martí, conocían ligeramente la vida y obra martianas. Sobre todo era el exilio norteamericano el lugar de su acción durante los quince últimos años de su vida, y únicamente en ese ambiente era aclamado como líder. La primera iniciativa insular para la guarda de su memoria fue la colocación de una placa conmemorativa en la casa natal, cinco años después de su muerte, el 28 de enero de 1900, idea además de los exiliados de Cayo Hueso. Poco después una asociación compró la casa y la entregó a su madre. En esa época es cuando comienza el verdadero culto a Martí dentro de la Isla, que cristaliza en la colocación de una estatua en la calle del Prado, en 1905, primera piedra de un conjunto de monumentos y placas que se erigirán por todo el país en esos años, y ante los que desfilarán multitudes de personas cada 28 de enero, aniversario de su natalicio. Y con el culto comienza el mito, que se alimenta durante todo el siglo hasta llegar a la identificación entre Martí y Fidel Castro a partir de 1959. Por eso, una biografía sosegada contribuye a forjar una imagen del Martí real, no del mito. Y Luis Toledo es un hombre perfectamente capacitado para ello, ya que conoce a fondo la vida, la obra y la historia de la recepción de ambas en el ámbito latinoamericano. El mismo autor asegura en el prólogo que su libro nació de "veinte años de lectura y meditación" (pág. 16), más o menos en el mismo momento en que comenzó también su actividad política para difundir la figura de Martí: en 1977 forma parte del equipo fundador del Centro de Estudios Martianos, inaugurado en esa fecha, y trabaja en él hasta que en 1986 es elegido director del centro. Este cargo lo ocupará hasta 1990, momento en que pasa a trabajar en el Ministerio de Cultura, y más tarde en la Casa de las Américas. En este momento es subdirector de la revista Casa de las Américas. Además, entre sus ensayos anteriores se deben destacar algunos libros que recogen trabajos monográficos sobre la vida y la obra de Martí, siempre con una sagacidad crítica y una finura interpretativa fuera de lo común. Son títulos fundamentales Ideología y práctica de José Maní y José Martí, con el remo de proa, escritos durante los 70 y los 80. La nueva biografía que ya tenemos entre las manos posee además una virtud común al resto de las obras de Toledo: el carácter literario, que para nada disminuye el rigor de la labor investigadora. No se trata de un frío ensayo que aporta un conjunto ordenado de datos empíricos, sino que se observa asimismo un esfuerzo notable para dotar a la prosa ensayística de valores propiamente literarios, lo que contribuye a que la lectura sea entretenida. En este sentido, aplaudo especialmente el acierto del autor al elegir, sistemáticamente, versos estratégicos y frases memorables de Martí para encabezar los capítulos y subcapítulos del libro. Cada etapa de la vida del cubano va introducida por una frase que compendia de un modo sintético y a la vez poético, el contenido de lo que se va a tratar. Por si esto fuera poco, las citas documentales, sacadas de la propia obra de Martí, que se entrelazan con las argumentaciones de Toledo, están escogidas de forma que el carácter testimonial no ahoga el propósito literario. El acierto a la hora de escoger los fragmentos de la obra martiana es, por ello, digno de resaltarse. Desde luego, no se trata de una vida novelada, aunque el conjunto del texto posea un alto estilo literario: estamos ante una biografía rigurosa, que pretende llegar a un público amplio, tanto el conocedor de la figura de Martí como el curioso que desea una información que no sature sus expectativas. Mejor que nadie lo ha explicado el mismo Toledo en su prólogo: "Una biografía -es decir, toda biografía que se respete-quizá abrace la ilusión, declarada o secreta, de poder ser leída como una (buena) novela, y debe tener para ello "mañas" nobles. Pero en las páginas que siguen no ha de buscarse la "novela" inventada para atraer lectores, o eso que el propio Martí -con tono y en contexto que revelan aprensión-llamó "la maña de la biografía", sino el empeño de representar una vida real que basta y sobra para asombrar y conmover por sí misma. El autor ha tenido una guía: la honradez, y confía en que los lectores la perciban hasta cuando no coincidan plenamente con él". (pág. 15). En definitiva, estamos ante un trabajo útil, sugerente para un público general español, interesado por la vida de un hombre que tanto ha tenido que ver no sólo con el destino de su Isla en el siglo que ahora cerramos, sino también con la misma historia de la hispanidad contemporánea a ambos lados del Atlántico.-ÁNGEL ESTEBAN.
El Coloquio ha sido coordinado por un Comité Científico de siete profesoras, encabezado por Cristina Segura Graiño, actual presidenta de la AEIHM, contando también con un Comité Organizador (P. Díaz, M.a V. López Cordón y C. Segura Graiño) y con la gestión de secretaría a cargo de Ana Isabel Cerrada Jiménez. En esta reunión internacional ha habido tres tipos de participación: ponencias, comunicaciones y una mesa redonda final, además de los turnos de preguntas y comentarios al final de cada sesión. El jueves 27, tras el acto de inauguración, se inició la sesión de mañana con la ponencia de Stella Georgoudi (Ecole Pratique des Hautes Etudes, Paris) sobre "Las sacerdotisas griegas ¿tuvieron poder?", enriquecida con aportaciones documentales, abriéndose después una mesa de comunicaciones moderada por Rosa M.a Cid, que se centró en temas de Historia Antigua. La tarde del 27 incluyó otra mesa de comunicaciones coordinada por M.a Isabel del Val y dedicada a temas sobre Mujer y poder desde la Edad Media al siglo XVI en los reinos de España y Portugal, con las exposiciones de A.I. Cerradas Jiménez, M.a M. Rivera Garretas, A. Muñoz Fernández, C. Segura Graiño, A. Vargas Martínez y J. Lorenzo Arribas. Cerró esta sesión Luisa Muraro (Università degli Studi, Verona), con la ponencia "Poder y autoridad de las mujeres", dando al segundo término una valoración distinta a la usual, al estudiarse vinculado a la autoría femenina, con el valor de la lengua, y sobre todo de la escritura y lectura de las mujeres, a través de la historia, como elemento de independencia simbólica. En las dos sesiones del viernes 28 se incluyeron en las comunicaciones temas referidos al continente americano. La mañana se inició con la ponencia de Carmen Sarasúa (Universidad Autónoma de Barcelona), titulada "Industrialización y reorganización del poder económico entre hombres y mujeres en los siglos XVIII y XIX", referida a los cambios en esas dos centurias vinculados al avance industrial. Moderada por M.a José de la Pascua, se abrió la mesa de comunicaciones, con la presencia de M.a L. Fernández Fernández -M. Santo Tomás Pérez y J.L. Callejo Arenal, M.a T. Alario Trigueros, M. Carabias Alvaro, M.a C. Muñoz Ruiz, además de las de M. Cabré i Pairet (sobre las médicas norteamericanas, 1925-1940), M.a E. Argueri (Nordpatagonia a principios del siglo XX) y M.a J. Billorou -M.a H. Di Liscia y A. M.a Rodríguez, que trataron la construcción de la ciudadanía femenina en los primeros gobiernos peronistas en la Argentina. Cerró esta mañana la Asamblea de la AEIHM, en la que se trataron diversos temas referidos a esta Asociación. Por la tarde, de nuevo se presentaron comunicaciones referidas al siglo XX, moderadas por Teresa Ortiz: L. Sanfeliu, R.M.a García Ballesteros, A.I. Alvarez González, I. Blasco Herranz, M. Augustín Puerta, P. Díaz, M.a J. Dueñas Cepeda y de nuevo M.a H. Di Liscia, tratando las relaciones de género y prácticas políticas en una ciudad de provincia argentina a través de las mujeres que presidían las comisiones vecinales. Cerró las actividades del día 28 la ponencia de Cristina Borderías (Universidad Central de Barcelona) titulada "Trabajo y estrategias de autonomización en las trayectorias sociales de las mujeres". Este VII Coloquio concluyó el sábado 29 con una mesa redonda dedicada a la historia como reflexión social actual, bajo el tema "Las mujeres y el poder: representaciones y prácticas de vida en la actualidad", en la que participaron representantes de sindicatos, de la Fundación D. Ibarruri, de la C R Ó N I C A S Anuario de Estudios Americanos propia Facultad sede y del grupo de apoyo a Madres de Plaza de Mayo. A través de diversas perspectivas, se hizo el acercamiento al tema objeto del Coloquio, generándose después varias intervenciones y discusiones, que abrirían paso a la clausura. M.a JUSTINA SARABIA VIEJO Jornadas sobre "Presente y futuro del americanismo europeo" La estatutaria reunión semestral del Comité Ejecutivo de AHILA, que en esta ocasión se llevó a cabo en Sevilla el día ocho de mayo del presente año, permitió la celebración de las citadas Jornadas auspiciadas por la Universidad de Sevilla y la Escuela de Estudios Hispano-Americanos (CSIC). Gracias a la presencia de un cualificado grupo de americanistas europeos se pudo organizar un debate abierto acerca de la situación de los planes de estudios en distintas universidades, a los proyectos y programas de investigación, a la labor que distintas asociaciones profesionales llevan a cabo, a la problemática de los egresados respecto a su situación laboral, etc. Las Jornadas transcurrieron a lo largo del viernes siete de mayo, en sesiones de mañana y tarde, y contaron con la asistencia de un significativo grupo de alumnos, licenciados, profesores, etc. Las diferentes intervenciones, tras las cuales siempre se estableció un fructífero debate, estuvieron a cargo de Adolfo González Rodríguez (Vicerrector de Relaciones Institucionales y Extensión Universitaria de la Universidad de Sevilla), Enriqueta Vila Vilar (Directora de la Escuela de Estudios Hispano-Americanos), John R. Fisher (Universidad de Liverpool), Marco Bellingeri (Universidad de Turín), Antonio Gutiérrez Escudero (Vicepresidente de la Asociación Española de Americanistas), Pablo E. Pérez-Mallaína (Director del Departamento de Historia de América de la Universidad de Sevilla), Josef Opatrny (Universidad de Praga) y Raymond Buve (Universidad de Leiden). Aunque por cuestiones de espacio y tiempo solo nos vamos a limitar a hacer un breve resumen de estas Jornadas, sin embargo nos parece importante resaltar que la mayor parte de las exposiciones merecerían la pena publicarse en su totalidad dado su interés. En efecto, el planteamiento de la situación de los estudios y de la investigación americanistas en los respectivos países de origen de los participantes, al modo de un "informe nacional", es un material de gran utilidad para conocer este mundo de la Historia de América en el cual nos desenvolvemos profesionalmente, intuir sus problemas y aportar soluciones y sugerencias para un mejor desarrollo científico del mismo. El profesor John Fisher, por ejemplo, nos mostró el impresionante auge del americanismo en el caso británico en nuestros días, pues mientras que a fines de la década de 1950 casi no existía en el Reino Unido, sólo entre 1990 y 1996 se han generado 368 tesis doctorales (cuarenta de ellas en historia). Mientras que el presente es esperanzador, el futuro no es tan halagüeño: el Instituto de Glasgow cerró sus puertas en 1997 y los Centros de Cambridge y Essex no tienen un porvenir muy claro, algunos profesores destacados se han jubilado prematuramente y otros se han marchado a los Estados Unidos, etc. Confiemos en que la actividad que se desarrolla en Liverpool, Londres, Oxford y en la Sociedad de Estudios Latinoamericanos (450 miembros) permita mantener el ritmo de producción científica (libros, revistas, congresos, etc.). El profesor Raymond Buve nos ofreció una ampliación del informe publicado en el boletín HLA 23 (1998), al que incorporó la relación de tesis doctorales y publicaciones americanistas más significativas de los últimos meses en Holanda. Un dato importante fue su afirmación de que "para la mayor parte de los estudiantes holandeses la Historia de América es solo una parte dentro de la licenciatura en Historia General, Ciencias Sociales, Arqueología, Geografía, Economía o Ciencias Empresariales". Es decir que son una minoría quienes hacen un itinerario curricular exclusivamente en Historia de América Latina. Para el Dr. Buve, esta situación permite a los jóvenes familiarizarse con un ambiente multidisciplinar, a la vez que adquieren actitudes y mentalidades muy positivas "para empresarios de toda índole en la esfera privada y pública en busca de trabajadores". Raymond Buve, además, hizo una clara exposición sobre el estado actual de los estudios de Historia de América Latina en Portugal en la que puso de manifiesto "la relativamente escasa comunicación interibérica, porque en muchos aspectos Portugal dio la espalda a España, una condición que no difería mucho de la relación entre Brasil e Hispanoamérica". Si bien en todas las licenciaturas en Historia la "Historia dos descubrimentos e da expançao portuguesa" es una asignatura obligada, en su parte principal ésta se refiere a la presencia lusa en Africa y en el Medio y Lejano Oriente. Porque en cuanto a América Latina "tiende a dominar el Brasil colonial tanto en clases como en trabajos de tesis" mientras que el resto de los territorios continentales casi no se contempla en proyectos de investigación. El profesor Josef Opatrny realizó una magnífica disertación sobre "Los estudios latinoamericanos en la República Checa" cuya extensión impide pormenorizarla en esta breve síntesis. Señalemos que el interés por Hispanoamérica tuvo su período de auge en los años cincuenta y sesenta de nuestro siglo, cuando "los movimientos nacionalistas antiestadounidenses en Guatemala, Bolivia y sobre todo Cuba atrajeron no solamente la atención del publicismo checoslovaco sino que fueron aprovechados por un grupo de especialistas del ámbito universitario donde se enseñaba el español (la Universidad Carolina de Praga y la Universidad de Olomouc, por ejemplo)" para favorecer la creación de Centros de Estudios Ibero-Americanos. Temas referentes a las relaciones checo-latinoamericanas, la emigración checa a países como Argentina, Brasil, Cuba, México o Paraguay, el estudio del movimiento obrero en América Latina, junto con investigaciones sobre lingüística y literatura, han sido y son las principales áreas a las que dedican sus esfuerzos los especialistas checos. El Dr. Antonio Gutiérrez Escudero habló en cuanto Vicepresidente de la Asociación Española de Americanistas, organización que a fines de 1998 contaba con 315 miembros en los que se incluyen no solo titulados superiores en Historia de América, sino también geógrafos, latinistas, doctores en Arte, Derecho, Literatura, etc. Aunque la AEA no es un centro de investigación en sí mismo, entre sus fines estatutarios se encuentran, entre otros, los siguientes objetivos: 1.-Celebración de un Congreso bienal. Desde 1984 y hasta el presente se han organizado encuentros en Trujillo, Córdoba, Sanlúcar de Barrameda, Valladolid, Granada, Vitoria, Zaragoza y Las Palmas de Gran Canaria. Un total de 18 volúmenes componen las actas de estos congresos -sin contabilizar el último celebrado el pasado año-que son una buena muestra de la investigación desarrollada por los miembros de la AEA. El próximo Congreso Internacional está previsto para septiembre del año 2000 en Badajoz. 2.-Convocatoria de Simposios Monográficos. El primero de ellos tuvo lugar en junio de 1997 con el tema central de "Metodología Docente de la Historia de América". El segundo se celebró en Medina del Campo (Valladolid) en julio pasado con el título de "Metodología y nuevas líneas de investigación en Historia de América". Aparte de un Boletín de aparición anual, la AEA ha publicado el libro "Alimentación y Gastronomía: cinco siglos de intercambios entre Europa y América" (Pamplona, 1998) y es su intención edi-tar los resultados de los simposios monográficos antes citados, así como otros trabajos de investigación. Enriqueta Vila Vilar trazó las líneas maestras de los trabajos y proyectos americanistas que desarrollan la Escuela de Estudios Hispano-Americanos (Sevilla) y el Departamento de Historia de América del Centro de Estudios Hispánicos (Madrid), ambos pertenecientes al CSIC, y cuyas investigaciones tienen un vivo reflejo en sus respectivas publicaciones periódicas: el Anuario de Estudios Americanos y la Revista de Indias, donde además se dan cita las destacadas firmas del americanismo mundial. Los principales proyectos abordados en los últimos años son: La aprehensión de la frontera en América Latina; Relaciones de poder y comercio colonial, siglo XVI-XVIII; Iglesia y Estado en México: la región de Puebla en los siglos XVII al XX; y Las dimensiones de la crisis. A los que habría que añadir programas concretos referentes a las relaciones entre Andalucía y América o al desarrollo turístico, histórico y medioambiental de Portobelo. El futuro investigador americanista del CSIC gira en torno a los siguientes proyectos: Retorno o permanencia. El dilema de los emigrantes tardíos en el Río de la Plata; Los mestizos como intermediarios culturales; Instituciones mercantiles y hombres de negocios: relaciones, influencias y dependencias; Iglesia y Estado en México, Filipinas y España; Agua y saneamientos en las ciudades intermedias del Perú; Discursos, imágenes y literatura: las escrituras de la historia y la formación de las mentalidades; Espacio público y crítica en el México Ilustrado; etc. Confiamos en que este tipo de reuniones se sigan manteniendo pues su celebración permite un mejor conocimiento del universo americanismo tan necesario como conveniente. ANTONIO GUTIÉRREZ ESCUDERO C R Ó N I C A S
La Escuela de Estudios Hispano-Americanos (EEHA) de Sevilla, a lo largo de sus cincuenta años de dedicación a los estudios americanistas, ha venido apoyando la labor investigadora de todos aquellos profesores e investigadores que, para desarrollar su actividad, han debido permanecer en la ciudad hispalense. En este sentido, también la Residencia de la EEHA, sita en la calle Alfonso XII, número 16, de Sevilla, viene siendo desde hace tiempo un lugar de encuentro de muchos americanistas que acuden a su Biblioteca para consultar sus ricos fondos y los del Archivo General de Indias. Siendo un objetivo de la Escuela el decidido apoyo de la investigación de calidad que se realiza en los países americanos y europeos, tanto por jóvenes post-graduados como por parte de renombrados investigadores, se acuerda convocar dos becas de estancia en su Residencia por un tiempo de seis meses de duración y otras dos por tres meses. Las becas incluyen el alojamiento, corriendo por cuenta del becario los gastos del viaje a España y su manutención. Requisitos y condiciones generales Los candidatos deberán ser extranjeros no residentes en España, quienes para optar a la beca deberán presentar la siguiente documentación: a) Solicitud para participar en esta convocatoria, dirigida a la Sra. Directora de la EEHA, especificando el período de tiempo que solicita, considerándose también la posibilidad de conceder becas por períodos inferiores a los seis y tres meses antes mencionados. b) Currículum vitae. c) Carta de presentación, en su caso, del director de la tesis doctoral, del director del proyecto de investigación a desarrollar en Sevilla o de un investigador reconocido que avale la solicitud. d) Proyecto detallado (máximo de tres páginas) del trabajo de investigación sobre Iberoamérica o Filipinas a realizar en Sevilla, ya sea en materia de ciencias humanas o sociales. En el caso de investigadores de acreditada valía se considerará con preferencia a los candidatos que vayan a impartir en la Escuela, paralelamente a su labor investigadora, algún seminario o taller monográfico dirigido a jóvenes licenciados, en cuyo caso deberán presentar un programa del mismo. e) Los candidatos de países no hispanos deberán acreditar un buen conocimiento del idioma español. Se considerarán con preferencia las solicitudes de aquellos países en los que sus investigadores tengan especiales dificultades económicas para afrontar una estancia prolongada en Sevilla. El período de disfrute de las becas semestrales será de mediados de enero a mediados de julio, y el de las trimestrales de mediados de septiembre a mediados de diciembre. En el caso de becas por períodos inferiores de tiempo, su disfrute siempre será dentro de las fechas anteriormente mencionadas. La resolución de la presente convocatoria se hará pública antes del 15 de mayo del 2000 para las becas del último trimestre de este año y antes del 30 de octubre del 2000 para las becas del primer semestre del 2001. Podrá declararse desierta alguna o la totalidad de las becas si los candidatos no acreditasen, a juicio del jurado, méritos suficientes. Los puertos en el área caribeña hispanohablante (desde 1762 hasta el siglo XX) Se estudiará el puerto o mundo portuario en el área caribeña hispanohablante, como receptor o factor de cambio y modernización que desempeñó un papel activo en procesos como la urbanización y la transculturación. Las cuestiones a abordar en este estudio atañen a distintos niveles de Anuario de Estudios Americanos análisis y metodología, de modo que se realizarán desde varias perspectivas que permitan una aproximación de tipo multidisciplinar: I. Geografía: situación marítima, factores naturales, vías de comunicación, defensa y fortificaciones, arquitectura (socio)urbana y portuaria, planes urbanísticos, espacio y diseño portuario, demografía. Economía: funciones comerciales del puerto, conexiones entre puerto e hinterland o forland, tráfico negrero libre y clandestino, comercio de cabotaje. Instituciones: relaciones con el Estado, los grupos dominantes, las élites y los instrumentos de presión (asociaciones, consulados, juntas de comercio, aduanas, intendencias). Técnica: innovación tecnológica, mundialización de la ciencia. V. Sociocultura: emergencia de estratos sociales, organización social, oficios relacionados con el mundo portuario, relaciones sociales de producción, ideologías, mentalidad y cultura marítimas, introducción de ideas nuevas. Cultura y Literatura: imágenes y representaciones literarias y artísticas del puerto. Se desea una amplia representación de los puertos caribeños: La Habana, Santiago (Cuba); San Juan (Puerto Rico); Santo Domingo (Rep. Dominicana); VeraCruz (México); Centroamérica; Cartagena, Barranquilla (Colombia); La Guaira-Caracas, Maracaibo (Venezuela), etc... Para toda información: Michèle Guicharnaud-Tollis. V Congreso Centroamericano de Historia La sede de la organización es el Instituto de Estudios Históricos, Antropológicos y Arqueológicos de la Universidad de El Salvador. Desde que empezaron en Honduras en 1992 los congresos centroamericanos de historia se han estado celebrando en un diferente país centroamericano cada dos años. En estos años han ganado un gran prestigio y son ahora un foro obligado para todos aquellos interesados en la historia de Centroamérica. El quinto congreso representa un reto especial. El estudio de la historia en El Salvador recibe muy poco apoyo institucional. El Salvador es el único país de América Latina donde ninguna universidad ofrece la carrera de historia o tiene un departamento especializado en su enseñanza. Esta situación es particularmente preocupante en un país que está saliendo de una prolongada crisis donde la memoria histórica es elemento imprescindible para construir la paz sobre fundamentos sólidos. Se solicita a la comunidad académica internacional que haga un esfuerzo para apoyar este congreso con su presencia. Un congreso exitoso contribuirá a mostrar a la sociedad salvadoreña el papel esencial del estudio serio de la historia para pensar en el futuro. Los organizadores del congreso invitan a la comunidad académica a enviar propuestas de ponencia directamente a los coordinadores de mesa antes del 15 de abril del 2000. La lista preliminar de coordinadores de mesa del V Congreso Centroamericano de Historia es la siguiente: Archivos, Bibliotecas, y Centros de Estudios Históricos: Guillermo Nanez, [EMAIL]; Eugenia López, [EMAIL] Historia Colonial: Elizabeth Fonseca, [EMAIL]; Steve Webre, [EMAIL] Historia Cultural: Patricia Alvarenga, [EMAIL] Historia Económica: José Antonio Fernández, [EMAIL]; Julie Charlip, [EMAIL] Historia de la Educación y Enseñanza de la Historia: Oscar Picardo Joao, [EMAIL]; Jose Antonio Salas, [EMAIL] Historia y Género: Rocío Tabora, Rocío.tabora@ undp.un.hn; Eugenia Rodríguez [EMAIL] Historia de la Identidad Etnica y Mestizaje: Jeffrey Gould, [EMAIL]; Ramón Rivas, [EMAIL] Historia Intelectual e Historiografía: Mario Vázquez, [EMAIL]; Sajid Herrera, [EMAIL] Historia y Literatura: Patricia Fumero, pfumero@ cariari.ucr.ac.cr. Historia Política: Arturo Taracena, cirma.investigacion@ rds.org.gt; Knut Walter, [EMAIL] Historia Social: Aldo Lauria, [EMAIL] Si se prefiere, las propuestas de ponencias pueden enviarse a la dirección que a continuación se señala, desde donde, posteriormente, se remitirán a los Coordinadores de Mesa. Igualmente, cualquier sugerencia que se desee hacer sobre alguna temática en particular favor dirigirla a: Quinto Segundo Congreso Internacional Sanmartiniano El Segundo Congreso Internacional Sanmartiniano, convocado por la Comisión Nacional Ejecutiva de Homenaje del Sesquicentenario del fallecimiento del General José de San Martín, para los días 14 al 16 de agosto del año 2000, en la ciudad de Buenos Aires, se propone contribuir al mejor conocimiento y difusión de la vida y obra del Libertador. El tema central del congreso es "El Libertador General José de San Martín y la emancipación sudamericana", con el siguiente temario general: La situación y el pensamiento en Europa y su influencia en la emancipación americana. El precedente temario servirá de guía general para los asuntos a tratar, sin que ello signifique la exclusión de otros temas o aspectos afines con la motivación central del Congreso. Podrán participar en el Congreso investigadores nacionales y extranjeros que lo hagan a título personal o en representación de instituciones. Serán condiciones indispensables para ser participante: a) Inscribirse en el Congreso. b) Presentar un trabajo de investigación ajustado a los siguientes requisitos: 1. Ser original e inédito. Tener un máximo de veinte (20) páginas tiradas en computadora, tamaño A-4, en letra tipo 10/12. Contener un resumen de no más de dos (2) hojas. Acompañar dos (2) disquettes con la versión del trabajo realizada con procesador de textos Word para Windows. Remitir el trabajo, resumen y disquettes antes del 1.o de junio del 2000, indefectiblemente, ajustados a las normas establecidas. c) Haber sido aceptado el trabajo por la Comisión Organizadora. Los participantes podrán tener el carácter de titulares o de adherentes: a) Los participantes titulares son los miembros de número de la Academia Sanmartiniana y aquellas personas argentinas o extranjeras invitadas o que se hayan inscrito. Los participantes adherentes son aquellas personas que hayan sido invitadas o solicitado su participación y no presenten un trabajo. Los participantes titulares tendrán derecho a voz y voto en las comisiones a que pertenezcan, y a voz solamente en aquellas a las que asistan sin formar parte de ellas. Cada participante titular tendrá derecho a un solo voto en las resoluciones aunque ostente más de una representación. Los participantes adherentes no tendrán voz ni voto. Dirección del congreso: Mariscal Castilla y Alejandro Aguado, Plaza Grand Bourg (1425). El Centro de Investigaciones de América Latina (CIAL) de la Universitat Jaume I de Castellón (España) convoca el II Congreso Internacional "Nueva España y las Antillas. Las ciudades y la guerra, 1750-1898" con la finalidad de establecer un foro de debate en el que se ofrezcan los resultados de las más recientes investigaciones y reflexiones sobre el ámbito americano. Este II Congreso centrará su actividad en el marco espacial comprendido por México, Centroamérica y el Caribe en los siglos XVIII y XIX, en un período dominado fundamentalmente por el final de la presencia colonial. El Congreso estará estructurado en cuatro secciones diferentes que complementarán la amplia temática del congreso. Las rebeliones: revueltas durante la etapa colonial, insurrecciones contra el poder colonial y guerras de independencia. La defensa de las fronteras: defensa estratégica y militar de los diferentes territorios. Fronteras naturales, antropológicas y naturales. Poblaciones e indígenas de las zonas de frontera. Las representaciones de la guerra: la iconografía de la guerra. Arquitectura militar: teoría y práctica. Urbanismo y defensa de las ciudades. El Congreso está abierto a la presentación de comunicaciones para cualquiera de las secciones. Para la presentación de comunicaciones será necesario enviar el titulo y un resumen (10 líneas) antes del 1 de marzo del 2000. El texto definitivo de la comunicación deberá ser enviado antes del 30 de junio del 2000. La comunicación no podrá exceder de 15 páginas (incluidas notas, cuadros, ilustraciones y bibliografía). Comité Organizador: Carmen Corona, presidenta. Manuel Chust, Joan Feliu, Víctor Mínguez, Vicent Ortells, José A. Piqueras, Antonio Poveda, Wences Rambla y Vicent Sanz. Para más información: [EMAIL], [EMAIL] y broseta@ his.uji.es. III Congreso Europeo de Latinoamericanistas (CEISAL): Cruzando Fronteras en América Latina Holanda, 2002 Cuando se está próximo a cruzar el umbral de un nuevo milenio se convoca a una discusión sobre el futuro de América Latina en relación a procesos contemporáneos de globalización y transnacionalización. El tema general gira alrededor del concepto de frontera por ser una noción simbólica que históricamente ha sido -y continúa siendo-de gran importancia en la construcción del imaginario político y social latinoamericano. Se espera que estas reflexiones sirvan para la generación de una fructífera discusión. La organización del III Congreso Europeo de Latinoamericanistas en Amsterdam en 2002 es una iniciativa de la Asociación Holandesa de Estudios Latinoamericanos y del Caribe (NALACS), la cual ha designado un comité organizador para la realización de dicha tarea. Las Universidades de Amsterdam, Leiden y Utrecht ya se han comprometido a apoyar financieramente esta iniciativa. Otras instituciones académicas holandesas como la Universidad Agraria de Wageningen y el Instituto de Estudios Sociales de La Haya también han expresado su interés por participar en la organización del Congreso. Amsterdam ha sido designada como sede de este evento y el Centro de Estudios y Documentación Latinoamericanos (CEDLA) se encargará del secretariado. El objetivo principal es la realización de un congreso que posea un alto nivel académico. Para lograr dicho objetivo, será necesario poner un límite al número de ponencias, las cuales serán seleccionadas según criterios de excelencia académica. En cuanto al contenido, el comité organizador aspira a la obtención de un balance equilibrado entre las diversas disciplinas. Se hará un esfuerzo por lograr una combinación óptima de disciplinas y temas, complementando ponencias históricas y filológicas con ponencias sobre actuales temas políticos y económicos. Las sesiones estarán agrupadas en áreas temáticas y disciplinarias. Cada área tendrá dos coordinadores, uno con residencia en Holanda y el otro perteneciente a otro país europeo. El comité organizará algunas sesiones especiales sobre temas que, en la opinión del comité, merezcan una atención destacada, ya sea porque se ubican muy bien dentro de la temática general o porque posean la potencialidad de abrir caminos hacia nuevos paradigmas. El programa científico del congreso durará cuatro días. Las sesiones durarán 2 horas en las cuales se presentarán cuatro ponencias. Partiendo de un límite de 10 sesiones paralelas como máximo, el comité organizador no aceptará más de 500 ponencias. Sólo así será posible garantizar un intercambio académico satisfactorio y una organización compacta y coherente. Aparte de las sesiones 'normales' se organizarán sesiones especiales como 'mesas redondas','encuentros con autores', etc. Además, paralelamente al programa de ponencias se organizarán conferencias plenarias con expertos invitados. Los idiomas del Congreso serán el español y el inglés. Cualquier solicitud de información deberá dirigirse a: María José Ramírez Ramírez. Centro de Estudios La Mujer en la Historia de América Latina, CEMHAL El estudio de la presencia y participación de las mujeres en los procesos sociales, económicos, políticos y culturales que ha seguido América Latina constituye un aspecto esencial para una mejor interpretación de la historia. Consideramos indispensable la reconstrucción de una historia donde las mujeres aparezcan en el centro de la formación de las sociedades y de la civilización. Este es el objetivo que se ha trazado el Centro de Estudios La Mujer en la Historia de América Latina, CEMHAL. El aporte multidisciplinario y la importancia del análisis que ha cobrado en las últimas décadas la presencia de la mujer en la historia permite diversas líneas de investigación que CEMHAL difunde a través de boletines que incluyen resúmenes de libros, así como ensayos, artículos, comentarios y entrevistas. Al impulsar la investigación y el intercambio de reflexiones e ideas, da también a conocer la labor de otros centros o instituciones afines. En las ultimas décadas ha cobrado notable importancia el análisis crítico del desarrollo y participación de la mujer en la historia, limitada hasta entonces a un papel pasivo e intrascendente donde figuró sólo como dato simbólico o anecdótico. En realidad, la historia formal ha significado un registro único de las actividades masculinas, interpretadas según valores masculinos. El esfuerzo por reconstruir el pasado femenino, denominado hasta hoy Historia de la Mujer, debe entenderse fundamentalmente como un modelo conceptual que permita descubrir y analizar el otro lado de la historia. Asimismo, la preeminencia que ha adquirido en las últimas décadas la historia social, posibilita una nueva lectura de los distintos procesos sociales y económicos que ha vivido América Latina vinculados al estudio de género. El aporte multidisciplinario encaminado a la investigación del papel que desempeñaron las mujeres, su situación, pensamientos y acciones, admite constatar desafíos metodológicos y conceptuales. El primer desafío es afirmar que la mujer tiene una historia. El otro, es la carencia de fuentes, ya que las que existen son en su mayoría complejas y contradictorias puesto que han recogido e interpretado acciones y valores masculinos. El reto consiste en trascender la búsqueda de datos que puedan ser ubicados en la historia formal, hacia una nueva concepción y manera de entender la historia. Sin embargo, no se trata de escribir una "historia compensatoria" a partir de aquellas mujeres notables que hicieron caso omiso a las normas establecidas; tampoco hacer de la "historia de la contribución" el tema central de la historia de las mujeres, puesto que las elimina como sujeto histórico y objeto de estudio. En esta perspectiva, el Centro de Estudios La Mujer en la Historia de América Latina, CEMHAL, se ha propuesto como objetivo promover el estudio de la presencia de la mujer en la historia de América Latina a través de investigaciones específicas; fortalecer y coordinar el intercambio entre los estudiosos del tema de diferentes países; así como impulsar convenios para el desarrollo de la investigación con otros centros o instituciones afines. Las líneas de investigación son las siguientes: Presencia de la mujer en las sociedades prehispánicas inca, maya y azteca; impacto de la conquista española en las mujeres de estas culturas; posición de la mujer en la sociedad durante la etapa colonial en América Latina: familia, cultura, cultura afectiva, religión, educación, literatura, periodismo y arte; la mujer en el movimiento de independencia de América Latina; cambios producidos en el imaginario femenino de América Latina en los siglos XIX y XX; representaciones de la mujer en los siglos XIX y XX; elementos teóricos e históricos en la conformación de movimientos de mujeres en América Latina; historiografía feminista latinoamericana; escritura femenina e historia en América Latina; historia de la sexualidad y de la maternidad en América Latina; la mujer latinoamericana en el discurso histórico. Equipo de trabajo: Sra. Estados Unidos); Estela Valverde (Universidad de Queensland. Australia); Adelaida Martínez (Revista "Letras Femeninas". Estados Unidos); Roland Forgues (Universidad de Pau. Francia); Concepción Solana (Asociación Mundial de Mujeres Periodistas y Escritoras. Estados Unidos); Karina Sarmiento (CEIME, Ecuador); Maria Philomena Gebran (Universidad Federal de Rio de Janeiro. Brasil); Alicia Martínez Tena (Universidad de Santiago de Cuba). Centro de Estudios La Mujer en la Historia de América Latina (CEMHAL). Correo electrónico: [EMAIL] Página web: http://www.rcp.net.pe/Cemhal Grupo de Historia Oral de la Pontificia Universidad Católica del Perú -GHOPUCP Nos comunican la formación del Grupo de Historia Oral de la Pontificia Universidad Católica del Perú -GHOPUCP-creado por iniciativa de un grupo de jóvenes historiadores interesados en la metodología de la Historia oral. El Grupo de Historia Oral es una asociación interdisciplinaria de aprendizaje, investigación y difusión que agrupa a investigadores interesados en la metodología de la Historia Oral. Inicialmente GHOPUCP ha sido formado por cinco miembros del área de Historia: Roisida Aguilar, Isaac Cazorla, Carlos Chávez, Javier Gómez y Rosa Troncoso, quienes tienen un profundo interés por el desarrollo de la Historia Oral en Perú y más aún cuando la Universidad Católica lleva la vanguardia en este tipo de investigaciones. (En 1995 se realizó la primera investigación con la metodología de la Historia Oral. Fue con el proyecto "Los tarapaqueños peruanos: Testimonios de su historia" que culminó con 46 tarapaqueños entrevistados en 230 horas de grabación en audio y 10 en vídeo. El segundo proyecto en marcha es sobre la historia de la universidad: "Testimonios que iluminan el futuro", iniciado en mayo de 1998 y que a la fecha cuenta con 132 entrevistados en 333 horas de grabación). Los objetivos propuestos son: a. Promover un espacio multidisciplinario de investigaciones en el que la Historia Oral sea el eje central de la propuesta. b. Continuar con una línea de investigación de creación de fuentes orales a través de la metodología de la Historia Oral. c. Desarrollar la metodología de la Historia Oral a través de un Seminario permanente de discusiones teóricas. d. Promover las investigaciones en Historia Oral a través de proyectos multidisciplinarios. e. Propiciar el contacto con centros e investigadores afines en el extranjero. f. Diseñar y ejecutar actividades de formación docente en Historia Oral. g. Desarrollar actividades de proyección a la comunidad utilizando el enfoque ofrecido por la Historia Oral como elemento de autoafirmación de identidades locales y/o nacionales. h. Difundir los resultados de las investigaciones, así como de las actividades de formación, capacitación y proyección a la comunidad. Para mayor información pueden comunicarse con: Rosa Troncoso, [EMAIL] Carlos Chávez, [EMAIL] Isaac Cazorla, [EMAIL] RED de historia de la prensa en Iberoamérica El pasado 7 de septiembre de 1999, se formó en el Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad de Guadalajara (México), por iniciativa del Departamento de Estudios de la Comunicación Social, la RED de historiadores de la prensa en Iberoamérica. Esta red de investigación e intercambio académico internacional tiene como objetivo fundamental reunir a los investigadores de diversas áreas del conocimiento en torno a un objetivo común: la investigación de la historia de la prensa y el periodismo. Los objetivos pueden puntualizarse así: I. Reunir a los interesados en la problemática teórica y metodológica inherente al estudio de la prensa y el periodismo en los diversos países de Iberoamérica, sin privilegiar ningún enfoque, sino propiciando la multidisciplinariedad. Serán bienvenidos los investigadores provenientes de diversas disciplinas: historia, literatura, comunicación o sociología. Propiciar el intercambio de información de todo tipo concerniente a la investigación de la historia de la prensa y el periodismo y a los integrantes de la red: dando a conocer novedades bibliográficas y hemerográficas, congresos, foros diversos y productos de investigación. Incentivar el rescate de los materiales hemerográficos así como la conservación de los acervos, buscando sensibilizar a las autoridades en torno a esa necesidad. Buscar la difusión del conocimiento y de la misma información manejada a través de la creación de una pagina web y propiciar la publicación de índices y catálogos, tanto de fondos públicos como privados Anuario de Estudios Americanos a los que los integrantes tengan acceso. Así mismo procurar la realización de una publicación conjunta con los resultados de las investigaciones de los miembros. V. Propiciar el contacto con otras redes y asociaciones de temas y objetivos afines. Fomentar la relación con las Facultades a fin de vincular la investigación con la docencia. El requisito para pertenecer a la RED es tener el interés de estudiar la historia de la prensa en Iberoamérica, partiendo de una de las líneas de investigación propuestas, a saber: Problemas teóricos y metodológicos del estudio de la prensa. La prensa en las regiones. Periódico como producto cultural y formador de opinión pública. Prensa e historia política. El impacto de las tecnologías en el desarrollo del periodismo. El público, la circulación y la recepción de los periódicos. Periodismo y sus modalidades. Presentación de un libro sobre el Primer Conde de Revillagigedo En el Salón de Actos de la Escuela de Estudios Hispano Americanos (CSIC) de Sevilla, tuvo lugar, el pasado día 21 de octubre a las 19 horas, la presentación del libro titulado "Juan Francisco de Güemes y Horcasitas, Primer Conde de Revillagigedo, Virrey de Nueva España. La obra, de gran formato y con 952 páginas, es de una cuidadísima edición y está estructurada en cuatro partes: I. Orígenes y carrera militar en España; II. Sus últimos años en la Corte. Se incluyen además 133 ilustraciones a color, un apéndice de 46 documentos transcritos, bibliografía, vocabulario e índices onomástico y geográfico. El acto estuvo presidido por la Dra. Enriqueta Vila Vilar, Directora de la EEHA, quien en su intervención destacó la figura de don Antonio del Valle, doctor Ingeniero de Minas, cuya sensibilidad humanista le ha llevado por el sendero de la investigación histórica con obras de dimensiones tan monumentales como los nueve tomos sobre "La Minería Hispana e Iberoamericana", y otras de igual importancia como "Los Reales Seminarios de Vergara y de Minería de México", "Don Fausto de Elhuyar y Don Andrés del Río, descubridores, respectivamente, del tungsteno y del vanadio" o "Transferencias administrativas y tecnológicas entre Almaden y Huancavelica". Asimismo intervino el Dr. Luis Navarro García, Catedrático de Historia de América de la Universidad de Sevilla y autor del prólogo del libro que se presentaba, quien comenzó resaltando la importancia de esta nueva contribución al conocimiento de los virreyes novohispanos durante el siglo XVIII. Para el prologuista, Juan Francisco de Güemes fue "un militar de cuerpo entero, un auténtico soldado...un hidalgo montañés como tantos otros que, abandonando su modesto hogar de Reinosa, dedicó su existencia al servicio de las armas, logrando los sucesivos ascensos desde cadete hasta capitán general, junto con el desempeño de algunos de los más brillantes puestos de la administración y la ascensión social que supuso el logro de un título nobiliario". Por último, don Antonio del Valle hizo una extensa presentación de su libro aclarándonos, en primer lugar, el por qué de su interés por la figura de Güemes y Horcasitas, aparte del paisanaje común. Así pudimos saber que durante la investigación que llevó a cabo sobre el origen de los apellidos de Reinosa [recogida en "Tierra añorada" (1978)], encontró en los libros parroquiales de la iglesia de San Sebastián una nota marginal en la partida de bautismo del biografiado donde se hacía constar su condición de virrey de Nueva España. Este punto de partida le fue suficiente para lanzarse a la búsqueda de datos sobre un personaje tan singular que además le brindaba "una nueva ocasión para ofrecer tributo a la tierra que me vio nacer", a lo que se añadía que "por añadidura yo también fui bautizado en la misma parroquia". La profusa documentación recogida le ha permitido seguir la vida del Primer Conde de Revillagigedo "paso a paso desde aquella Reinosa, rural y artesana; por los campos de batalla en los que se formó militarmente; en las tierras indianas como defensor de territorios inmensos y administrador celoso; hasta su muerte en Madrid, después de 66 años de servicio ininterrumpido a los cuatro primeros Borbones". Del mismo modo señaló que "Cuando uno escudriña en los documentos, identificándose con el biografiado, nace el ansia de ir más allá de lo escrito. Surgen los sueños y al ter-minar uno tiene la tentación de seguir discurriendo sobre lo que podía haber sido, en su intimidad, el personaje...un hombre que supo convertirse en cabeza de un linaje y que presidió en México el apogeo del barroco en el virreinato. Un hombre en cierto modo olvidado con indudable injusticia, que yo he querido reparar por el buen nombre de su Reinosa natal". No se olvidó Antonio del Valle de resaltar que este meticuloso trabajo de investigación no habría podido llegar a buen puerto si no hubiera sido por la ayuda y colaboración de un selecto grupo de personas a quienes agradeció sentidamente su importante contribución. A nosotros sólo nos queda agradecerle a él que eligiera la sede de la Escuela de Estudios Hispano-Americanos en Sevilla para la presentación en Andalucía de una obra tan rigurosa y documentada, que viene a ampliar nuestro conocimiento sobre la historia del virreinato mexicano en una etapa tan significativa como fue la de la Ilustración. José de San Martín y su tiempo Acaba de aparecer el libro José de San Martín y su tiempo, cuya edición ha estado a cargo del Dr. Luis Navarro García, vicepresidente del Instituto Español Sanmartiniano. La obra recoge todas las ponencias presentadas al I Seminario Sanmartiniano, celebrado en Sevilla los días 4, 5 y 6 de marzo del presente año, más los artículos de José Antonio Calderón Quijano (1993) y Antonio Orozco Acuaviva (1994), que por su interés merecían una nueva edición. La publicación está dividida en dos partes. La primera de ellas, titulada "San Martín: el militar, el político, el hombre", comprende los trabajos que versan directamente sobre el Libertador: Juan Pérez de Tudela, "San Martín y Bolívar"; José Luis Comellas García-Llera, "La España de Carlos IV y la formación de las elites iberoamericanas"; Manuel Moreno Alonso, "Los amigos ingleses de San Martín"; Antonio Egea López, "Alejandro Aguado, el amigo español de San Martín"; Enrique de la Vega Viguera, "José de San Martín, militar criollo"; Luis Navarro García, "El proyecto político de San Martín"; Paulino Castañeda Delgado, "Las convicciones religiosas de don José de San Martín"; Pedro Pascual Martínez, "San Martín, la independencia y las Cortes de Cádiz"; Ascensión Martínez Riaza y Alfredo Moreno Cebrián, "Territorio e Independencia. Las estrategias de San Martín y Bolívar (1810-1830)"; José Luis Mora Mérida, "Nuevas interrogantes sobre la entrevista de Guayaquil"; María Luisa Laviana Cuetos, "Entre Quito Miscelánea de congresos, simposios, reuniones científicas, etc. -El Centro de Estudios Canadienses de la Universidad de Rennes 2 (CEC) y el Laboratorio Interdisciplinar de Investigación sobre las Américas (LIRA) tienen convocado el Coloquio Internacional "Las Américas y el Pacífico", que tendrá lugar en Rennes los días 4 y 5 de febrero del 2000. Dirección de contacto: Jean-Pierre Sánchez. -El XX Congreso Estudiantil sobre América Latina (Universidad de Texas en Austin, 11-12 de febrero del 2000), organizado por la Asociación Estudiantil del Instituto de Estudios Latinoamericanos (ILASSA) de la Universidad de Texas, es un foro multidisciplinario para estudiantes de las más diversas áreas de estudios latinoamericanos. Tiene como fin facilitar a los estudiantes la oportunidad de intercambiar experiencias de investigación, desarrollar la capacidad de realizar presentaciones profesionales, intercambiar ideas e información y conocer a otros estudiantes en este campo de estudios. Una mayor información puede obtenerse en la página de internet: http://www.lanic.utexas.edu/ilas/ILASSA. Para cualquier duda o pregunta: Sean Hale, Beth Letalien, o Angela Stuesse, coordinadores de la Conferencia ILASSA 2000 en la siguiente dirección electrónica: [EMAIL] -Del 19 al 24 de marzo del 2000 se celebrará el Seminario Internacional "Historia y tecnología del azúcar. Del agua a la máquina de vapor". Correo electrónico: [EMAIL]; [EMAIL]; [EMAIL] URL: http://www.nesos. net; http://www.ceha-madeira.net/ -Conjuntamente con la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Gotemburgo (Suecia), el CELCIPR (Centro de estudios de literaturas y civilizaciones del Río de la Plata) organizará su Séptimo Congreso Internacional del 20 al 22 de junio del 2000, con el tema "Los múltiples desafíos de la 'Modernidad' en el Río de la Plata". El objetivo es permitir el encuentro de investigadores de diferentes orientaciones en el campo de las letras, las ciencias sociales y el conjunto de las ciencias humanas que se interesen en la problemática de la "modernidad" en el Río de la Plata. La idea de "modernidad" servirá como hilo conductor de los proyectos "modernizadores" y los cambios efectivos que se producen en la sociedad rioplatense desde mediados del siglo pasado hasta la actualidad. La ideología, las interpretaciones históricas, las corrientes intelectuales, los géneros literarios, las modas, así como el cuestionamiento del concepto mismo de "modernidad" son temas de reflexión para este encuentro. Presidente del VII Congreso y del comité organizador: Ken Benson, [EMAIL] Coordinador: Profesor Leonardo Rossiello, [EMAIL] La correspondencia debe dirigirse a: Goteborgs universitet: Institutionen för romanska sprak. Todos los detalles sobre el Centro y el Congreso en: http://www.iheal.univ-paris3.fr/celcirp/ y http://www.iheal.univ-paris3.fr/c elcirp/. -En agosto del 2000 tendrán lugar en Porto Alegre (Brasil) las primeras Jornadas de Historia Regional Comparada, que principalmente estudiará la Historia Económica y Política de las regiones de: Rio Grande do Sul, Uruguay y provincias argentinas de Córdoba, Entre Ríos, Santa Fe, Corrientes y Misiones. El coordinador de las jornadas es Ronaldo Herrlein Jr.: [EMAIL] Págiba web: www.fee.tche.br/ jornadas2000. -La Asociación Argentina de Historia Económica y la Facultad de Ciencias Económicas de la UNT convocan a las XVII Jornadas de Historia Económica, que tendrán lugar en la ciudad de Tucumán los días 20, 21 y 22 de septiembre del 2000. Como es una tradición en las reuniones de la AAHE, las jornadas se desarrollarán en tres instancias: mesas redondas, simposios y mesas generales. Con el propósito de orientar las discusiones en torno a un área temática amplia pero precisa, en esta ocasión se propone un tema central de debate: "Estado, empresas y mercados". Se advierte que esta recomendación no es excluyente. Como es habitual en las reuniones de la AAHE, se aceptarán enfoques interdisciplinarios siempre que los perfiles propuestos privilegien problemáticas propias de la historia económica y social. Fecha límite para la recepción de los resúmenes analíticos: 31 de marzo del 2000. Fecha límite para la recepción de las comunicaciones: 15 de junio de 2000. Correspondencia: XVII Jornadas de Historia Económica-Comisión Organizadora Secretaría de Postgrado y Extensión. Facultad de Ciencias Económicas de la UNT. Correo electrónico: [EMAIL] edu.ar. ANTONIO GUTIÉRREZ ESCUDERO N OT I C I A S
surgidas entre los años 1578 y 1600, que me posibilitaron la conformación de una muestra que ha sido sometida al análisis estadístico matemático. Igualmente fueron consultadas las actas del Cabildo de la Ciudad propias de ese período y gran parte de los documentos relacionados con el quehacer cubano de esos años que se conservan en el Archivo General de Indias en Sevilla. El análisis particular del fenómeno de la compraventa de esclavos en La Habana, nos ha permitido arribar a conclusiones que matizan los criterios anteriormente establecidos sobre el comportamiento de este mercado en la mencionada ciudad. Según la estimación de la Casa de la Contratación de Sevilla, en el último cuarto del siglo XVI los esclavos eran considerados como la mercancía más importante que se llevaba a América. 1 La Habana no se mantuvo ajena a ese proceso de introducción y comercialización de esclavos y es por ello que cualquier estudio de la actividad comercial de esta ciudad en la segunda mitad del siglo XVI, no deba ni pueda obviar el análisis del fenómeno de la compraventa de esclavos en esos años. La incipiente sociedad habanera de mediados y fines de los quinientos, se encontraba en un proceso de afianzamiento de su base económica y la mano de obra esclava jugó un papel importante en este proceso de búsqueda y ubicación del "rol cubano" en el sistema económico metrópoli-colonias, un rol que le permitiera recuperarse del estancamiento en que le dejó el abandono provocado por la minería continental y además desarrollar deter-minados cultivos, crías y producciones artesanales, que lograran satisfacer la demanda de los habitantes de la Ciudad y que a la vez posibilitaran la incorporación de algunos productos al comercio "exterior" de la época. Ya en la segunda mitad del siglo, con el papel dado al puerto habanero en la Carrera de Indias y la consiguiente conversión de la Ciudad en un más fuerte mercado, se produjo un aumento súbito de la demanda de productos de la tierra; con esto la tenencia de mano de obra esclava se hizo una necesidad imperiosa, que los habitantes de La Habana buscaron resolver por todos los medios. Se plantea que la presencia de esclavos africanos en Cuba estuvo estrechamente vinculada a la producción azucarera, no obstante es bien sabido que casi desde los inicios de la colonización de la Isla, estuvo presente el esclavo africano como mano de obra en la minería, en algunos cultivos de subsistencia, en la construcción de las fortificaciones y en el cumplimiento de las labores domésticas. La historiografía cubana más reciente que trata el tema, plantea una división en cuanto a los tipos de esclavitud existentes en la historia de Cuba. Una primera que denominan patriarcal, utilizando el término explicado por Marx, y otra de plantación, en la que la masa esclava es explotada principalmente en los latifundios cañeros con el fin de producir para el mercado capitalista. Esta tipificación señala como fundamental en el siglo XIX -para ser más exactos desde los últimos años del siglo XVIII-la esclavitud de plantación, mientras que denota el predominio de la patriarcal en los siglos XVI, XVII y XVIII. 2 Como es sabido, todas las operaciones de compraventa que se realizaban en La Habana debían registrarse en alguna de las escribanías existentes en aquel entonces. Lamentablemente a nuestros días sólo ha llegado parte de las escrituras de la denominada Escribanía de Antonio Regueyra, donde oficiaron algunos de los principales escribanos de la época, tales como Juan Bautista Guilisasti y Martín Calvo de la Puerta. 3 Los documentos de esta escribanía datan desde el año 1578 y el número de escrituras referidas a compras de esclavos entre ese año y 1600 -muchas de ellas incompletas, truncas o totalmente destruidas-está cercano a los 900. Es por ello que el estudio de la compra y venta de esclavos en la segunda mitad del siglo XVI en La Habana, debe necesariamente circunscribirse a los años que median entre 1578 y 1600, teniendo en cuenta además como un factor contrario al interés cognoscitivo, el hecho de que aún en el período señalado, faltan escrituras de los años que van del 1580 al 1584 y también de 1594; además hay escasa información de algunos otros. El tipo de fuente también nos plantea la típica pregunta sobre la representatividad y suficiencia de estas escrituras, y nos pone ante la dificultad de que nos resulta imposible realizar constataciones ya que en la actualidad carecemos de cifras exactas sobre población, llegadas de barcos negreros, etc. que serían fundamentales para realizar un control de proporciones. Todo ello, lógicamente, nos hace conscientes desde un primer momento de que las respuestas de nuestras interrogantes nunca podrán tener un carácter generalizador y definitivo. No obstante, los datos existentes pueden ser analizados cualitativa y cuantitativamente y el carácter repetitivo y típico de estas escrituras permite arribar a conclusiones referentes al comportamiento de los precios en el período en general y en cada uno de los años en particular. La compraventa de esclavos en La Habana del siglo XVI no ha sido profundamente tratada. Algunos autores contemporáneos han tenido en cuenta este aspecto en obras de mayor amplitud temática, pero pocos han contado con la revisión de los protocolos para la confección de sus trabajos, debido principalmente al carácter inédito de estos documentos y a las dificultades de su consulta por las características de su escritura y por su deterioro. Es por ello que continúa sin elaborarse un estudio analítico del comportamiento de los precios de la mano de obra esclava, un estudio que tome en cuenta la influencia ejercida en estos precios por las características de "la pieza", determinando la posible correlación entre el precio y algunos de estos rasgos fundamentales del esclavo. Nuestro trabajo centra su objetivo en estudiar los aspectos anteriormente señalados. Ideas generales y presentación de una muestra Con la revisión de las fuentes notariales se detectó un total de 880 operaciones de compraventa, con un número de 1.138 esclavos vendidos. Una vez desechados 88 casos, se conformó una población de 1.050 individuos con información referente a cinco variables, a saber: fecha de la operación, sexo, edad del esclavo, procedencia geográfica o étnica del mismo y el precio. La muestra general se subdividió a su vez en varias muestras según los parámetros de la población que se pretendía estudiar, para de esta forma ESCLAVOS EN LA HABANA EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XVI Tomo LVI, 1, 1999 caracterizar la población masculina y femenina, caracterizar las distintas representaciones según su procedencia étnica o geográfica, analizar la población según grupos de edad, evaluar el comportamiento de los precios por cada año y para todo el período. En el año 1556, por una real cédula del 6 de junio, la Corona fija en 100 ducados el precio de los esclavos que se vendían en Cuba,4 pero a los pocos años, en 1561, otra real disposición deroga la anterior en tanto que iba directamente en contra del proceso introductor de mano de obra esclava en el Nuevo Continente y afectaba todo intento productivo en la Isla. Se plantea que los precios de los esclavos variaban según la edad y la salud de los mismos, que también podía influir en ellos la condición de bozal o ladino de "la pieza", su carácter y sobre todo si conocían un oficio. Esto último estaba muy relacionado con el alquiler de esta mano de obra, algo que se fue generalizando en La Habana y que reportaba al dueño considerables ganancias, y también con la costumbre, prohibida por varias ordenanzas, de mandar a los esclavos a ganar de por sí. Un esclavo se encarecía además por el pago a la Corona de los impuestos propios del comercio de la época -almojarifazgo, avería, lonja-y por el precio de la concesión del asiento. A estos valores se sumaban los gastos de fletamiento y mantenimiento de la carga en el océano. Datos encontrados en los registros de la Casa nos hacen pensar que, en la década del 90, los pagos que se debían hacer para introducir esclavos en Cuba variaron, no en gran medida pero sí en una cantidad de ducados considerable, lo que lógicamente se reflejó en el precio final del esclavo con un encarecimiento paulatino del mismo. La ley establecía la prohibición de vender esclavos a un mayor precio del que se les había dado en el momento de su introducción en América; con esto se perseguía impedir la especulación con el traspaso de los esclavos de un propietario a otro. Según el historiador Ramiro Guerra, esta disposición iba en perjuicio del comprador de un bozal, quien al comprarlo no tenía garantizada la adaptación del mismo y además debía adiestrarlo en el trabajo, y lógicamente al venderlo más adelante por la misma cantidad, sufría pérdida. 5 Con la revisión de las fuentes no detectamos ni un solo caso de esclavo bozal acabado de introducir y vuelto a vender más adelante a un mayor precio. La muestra que hemos manejado evidencia en unos pocos casos la reventa de esclavos a precios mayores que los de su compra. Tratando de ahondar en este aspecto, hemos seguido las compraventas de esclavos de armazones realizadas por los principales mercaderes que actuaron en la ciudad y no hemos podido hallar un solo caso de reventa de un esclavo a un mayor precio, lo cual resulta paradójico, pues significaría que estos comerciantes venderían los esclavos sin obtener ganancia alguna. Pensamos que debieron existir determinados subterfugios ilegales, mediante los cuales los mercaderes pudieron lucrarse con este tipo de operación, ya fuera cambiando el nombre del esclavo, realizando la reventa en otra escribanía o incluso llevándolos a vender en otras poblaciones; ahora bien, nuestras fuentes no revelan estos manejos. Como ocurría con todo tipo de mercancía, en el mercado de esclavos también primó la forma de pago fraccionada, en la que posiblemente estuviera escondido además un tanto por ciento de interés. Las características propias del mercado habanero de limitación de compradores y recursos monetarios y amplia arribada súbita de productos, en este caso esclavos, provocaban una necesidad de venta a plazos, pues los compradores no contaban con las cantidades pedidas y los vendedores se veían obligados a aceptar adelantos, fianzas e hipotecas de pago, que en la mayoría de los casos tardaban años en cumplimentarse. En la mayor parte de los casos se hipotecaban los propios esclavos comprados; también en otros tipos de operaciones mercantiles aparecían los esclavos, como garantías de pago por la compra de pipas de vino y de harina, de piezas de cuero y de ganado. 6 Incluso mediaron los esclavos como valor en operaciones de préstamo monetario y de empeño. 7 Los esclavos recién llegados en cargazones tenían por lo regular un precio menor que los demás esclavos vendidos en la ciudad; en ello influía el estado de depauperación en el que arribaban, luego de viajar hacinados en los barcos negreros. Una de las cartas dirigidas por los oficiales reales a Felipe II en agosto de 1572, relacionada con la llegada de 193 de los 300 esclavos que designó fueran a Cuba por su orden, nos da una pauta del deplorable estado en que llegaban: "... pusímoslos en la estancia de La Chorrera donde se han reformado y hoy comienzan a trabajar los 110 varones y así harán los demás a fin de este mes, hanse muerto tres y una niña de enfermedad de cámaras tenemos gran cuenta de curarlos y así están fuera de peligro y van convaleciendo."8 Pero no sólo murieron esos cuatro casos citados anteriormente, sino que para el mes siguiente ya habían fallecido trece a causa de la viruela, además de otros once esclavos que no vinieron en esa cargazón, pero que fueron contagiados. Es decir, que luego de dos meses de haber llegado aún estaban "convaleciendo", no en balde tenían que tener los recién llegados un precio bastante inferior, ya que no estaba totalmente garantizada su supervivencia. Esto se aprecia claramente al comparar los precios de ambos tipos de esclavos; en los recién llegados se observan generalmente precios inferiores al promedio calculado para los años en que se vendieron, lo cual es tan evidente, que en 1596 y 1600, años en que se comerciaron las "piezas" de las armazones de Leonardo Flores y Gonzalo Prieto, el precio promedio de los esclavos es inferior al de los años inmediatos. Esto estuvo motivado principalmente por los menores precios de los esclavos de cargazón, mas que por cualquier otra causa relacionada con la oferta-demanda, pues se sabe que en el período la oferta de esclavos no llegó a satisfacer en ningún momento la necesidad de la población de estas fuerzas, sino que por el contrario se solicitaba al rey autorización para introducir nuevas cantidades, a pesar de que no se contaba en muchos momentos con el dinero preciso para el pago de los esclavos llegados. No obstante, también era posible vender esclavos recién llegados a precios más elevados, lógicamente en estos casos la salud del cautivo no se había resquebrajado tanto como la de la mayoría de sus compañeros de viaje; es así como se dieron ventas de algunos de la mencionada cargazón, tan-to hombres como mujeres, en cifras de hasta 220 ducados. Pero eso sí, jamás los precios de los esclavos acabados de llegar se aproximaron a los precios máximos anuales de la década del 90, que oscilaron entre los 300 y los 400 ducados. Cabe la posibilidad de pensar que en determinados casos influyera también en el precio de los esclavos el que fueran vendidos en grupos, es decir que fueran comprados en lote y con ello se abaratara el precio de cada uno. Situaciones que puedan indicar este procedimiento no abundan en las fuentes; se pudo apreciar en nuestro estudio que en las ventas de grupos de esclavos el precio individual era igual e incluso en algunos casos mayor que el precio promedio de la "pieza de esclavo". Debemos agregar que prevaleció, a lo largo de todo el período analizado, la compraventa de esclavos de forma individual, aunque se observan en la muestra una cantidad de operaciones de compra de más de un esclavo por un solo individuo (95 operaciones que representan el 10'79%), principalmente en parejas, (un total de 66 operaciones); también se llegaron a vender excepcionalmente en grupos de 3, 4, 5, 6, 7 y hasta 12 esclavos, este último caso es una compra realizada por Daniel Baez de Araujo a Cosme Luys, el 2 de agosto de 1596. 9 De lo anterior se desprende que existió una correspondencia biunívoca entre el número de operaciones efectuadas y la cantidad de esclavos vendidos, es decir a mayor número de operaciones realizadas en un año corresponde una mayor cantidad de esclavos vendidos y viceversa. En relación con el total de operaciones de compraventa de esclavos realizadas anualmente, en nuestra muestra se aprecia un aumento paulatino de la cantidad de compraventas y del número de esclavos vendidos. Sin dejar de tener en cuenta el deterioro de las escrituras y la desaparición de un numeroso grupo de ellas, se hace evidente que en los primeros años, en los que la llegada de esclavos a la Ciudad era más esporádica y menos cuantiosa, la cantidad de operaciones fue mucho menor que las realizadas a partir de 1595, en los que a causa de la política de asientos, al florecimiento de determinadas producciones y al aumento de la población en La Habana, la llegada de esclavos se hizo más regular y cuantiosa. Los bajos niveles de venta registrados en estos últimos años pudieran deberse a la escasez de datos en las fuentes, pero debemos tener también en cuenta los altibajos sufridos por la llegada a La Habana de embarcaciones, en enormes cantidades en 1595 y 1596, luego en cuantía mediocre en 1597 y 1598 y con un considerable ascenso en 1599 y 1600. La influencia de la edad en el precio de los esclavos Los esclavistas calculaban la edad de los esclavos por estimación visual que se expresaba habitualmente en las escrituras por un intervalo numérico, por ejemplo, "entre 15 y 16 años", "entre 21 y 25 años". Alerta el doctor Fraginals sobre el margen de error que introduce esta estimación, pero alega como un factor de confianza en los datos, la amplia experiencia de los esclavistas en este asunto, quienes se basaban en la práctica sistemática en el mercado de esclavos. 11 Se hace evidente que el grueso de las piezas que se comerciaron en el mercado habanero se hallaban en las edades de mayores posibilidades para la producción, lo cual influye en el precio de la forma siguiente: se nota un aumento del precio del esclavo hasta los 30 años y un descenso a partir de los 35 años aproximadamente. Las edades promedio de los esclavos vendidos en los siete primeros años que hemos estudiado, oscilan entre los 24 y los 28 años, excepto en 1585, año en el que el promedio de edad es de 22 años. La causa de esta disminución se explica por el hecho del aumento del número de cargazones llegadas en la década del 90, en las cuales arribaban esclavos jóvenes llevados a América directamente desde África. 10 Morineau, Michel: "Un siglo después de la conquista: los imperios ibéricos." Leon, Pierre: Historia económica y social del mundo I. La apertura del mundo. 11 Moreno Fraginals, Manuel: "Aportes culturales y deculturación", en La historia como arma y otros estudios sobre esclavos, ingenios y plantaciones. La edad del esclavo influía decisivamente en su precio, pues ésta era un factor íntimamente relacionado con la productividad; una menor edad garantizaba la explotación del esclavo durante un mayor período de tiempo, lo que representaba más productividad y mayor rentabilidad. Los esclavos de ambos sexos que alcanzaban mayor precio eran los que se encontraban entre los 20 y los 40 años, fuera de este intervalo, tanto más jóvenes como más viejos, sus precios eran menores. El límite de 15-20 años era el mínimo generalmente para los importados pues, "traerlos más jóvenes implicaba tener un "activo" (en el sentido contable) de baja productividad y, sin embargo, corriendo los mismos riesgos de muerte de los altamente productivos". 12 Los cálculos de correlación nos revelaron las edades en las cuales los esclavos alcanzaban un mayor precio a lo largo del período estudiado; estas edades oscilan entre los 23 y los 31 años. Este análisis fue realizado también para las poblaciones masculina y femenina por separado y demostró que hasta los diez años los hombres eran más caros que las mujeres pero a partir de esta edad en la generalidad de los casos el precio de las mujeres estuvo por encima. No obstante no podemos ceñir la realidad a los marcos estrechos de los cálculos matemáticos, pues en la muestra abundan casos que se salen de estos estimados, y pudiéramos citar varios ejemplos de compraventa de esclavos en edades óptimas con precios mínimos o, por lo contrario, esclavos muy jóvenes y muy viejos vendidos a precios superiores a los considerados lógicos por los cálculos. En estos casos excepcionales hay que entrar a analizar particularmente las posibles condicionantes que actuaron en estas operaciones, que pudieran estar dadas por el conocimiento de un oficio por parte del esclavo, o un estado de salud deplorable, por ejemplo, lo que nos sirve para entender los resultados no del todo afirmativos de los cálculos matemáticos. La influencia del sexo en el precio de los esclavos Se señala que durante todo el período de la trata se introdujeron en América una mayor cantidad de esclavos hombres que de mujeres; este predominio de la importación de hombres se debía a factores económicos, pues la mujer esclava siempre fue considerada como de baja productividad en comparación con el hombre. En nuestra muestra, que por supuesto no refleja todo el proceso introductor, sino sólo un grupo de operaciones del mercado habanero, se observa anualmente una mayor cantidad de compra de hombres que de mujeres, pero la diferencia de estas cantidades es generalmente mínima, y en los años 1592 y 1596 contamos con una mayor cantidad de ventas de esclavas que de esclavos (ver apéndice 2). Un aspecto a tener en cuenta para explicarnos este casi logrado equilibrio entre sexos está determinado por el tipo de producciones a las que estaban destinados generalmente los esclavos de particulares en La Habana de esos años, es decir, pastoreo de ganado mayor y menor, cría de aves y labranza de estancias destinadas en su mayoría al consumo local, servidumbre, y en el caso de esclavos conocedores de oficios era habitual su alquiler. En todas estas tareas podían resultar útiles ambos sexos, e incluso las esclavas eran alquiladas como criadas, cocineras y lavanderas, con mucha mayor frecuencia que los esclavos; también se plantea por algunos historiadores el hecho de que eran prostituidas por sus dueños, cosa de la cual no tenemos ninguna evidencia, pero que tampoco se puede descartar. En el período de nuestro interés se da un fenómeno harto curioso que debemos tener en cuenta en nuestro análisis, que es el hecho de que la venta de esclavas resultaba más lucrativa para los cargadores que la de los esclavos, en tanto aquéllas se compraban a un precio bastante inferior al de los hombres en África y se vendían en América a precios no muy diferentes que el de éstos. Esto nos indica que generalmente las esclavas fueron en el período más caras que los esclavos; el motivo de este mayor precio debe estar dado por la condición propia de la mujer de reproducir la fuerza de trabajo, lo cual pudiera indicar que en los años de nuestro estudio resultaba más económico para la mayoría de los habitantes de la Ciudad mantener a una esclava y a sus hijos, que comprar un esclavo en el mercado, ya que debido a la alta demanda, la poca oferta y los altos precios, comprar un esclavo en La Habana de la época, era uno de los mayores gastos que debía encarar cualquier vecino. Un esclavo en estos años solía ser más caro que muchas de las parcelas de tierra que se vendían en el territorio occidental de la Isla, o que ciertos tipos de embarcaciones que fondearon en el puerto habanero, o que algunos de los solares urbanos que se traspasaron en la villa y también semejantes en precio al alquiler anual de algunas de las pocas casas en buenas condiciones de la ciudad. En el precio de determinadas esclavas se incluía el de sus hijos pequeños en el caso que los tuvieran, algo muy habitual y que tenía una clara motivación mercantil, en tanto encarecía el precio de la madre y no se pagaban por ellos los impuestos establecidos. Al observar el fenómeno del precio de los esclavos de nuestra muestra, una vez dividida la población por sexos, se hace posible apreciar el hecho de que las mujeres esclavas resultaban generalmente más caras que los hombres, rasgo que también se hará evidente en el análisis de los precios por sexo según el origen del cautivo. No obstante nos negamos a dar a esta conclusión una importancia trascendental, pues esta diferencia de precios no es tan relevante; mas bien lo característico del período es una similitud de los precios entre ambos sexos, ya que comúnmente podemos encontrar operaciones en todos los años analizados en que se pagan iguales precios, bajos o muy altos, por individuos hombres y mujeres. El precio de los esclavos con oficios y su alquiler El caso del contrato de aprendizaje concertado entre Juan Recio y el sastre estante en la Villa, Luis Gálvez, el día 1 de septiembre de 1586, para que enseñara a su esclavo Nicolás el oficio en espacio de un año, nos adentra en otro de los aspectos a tener en cuenta al estudiar el comportamiento del precio de los esclavos en el período en cuestión, que es el aumento del valor de uso y por ende del precio del esclavo, en la medida de que era capaz de desempeñar un oficio. Recio debía garantizar, por todos los medios, la permanencia del esclavo en poder del maestro y se comprometía a no retirárselo, so pena de pagarle "lo que juzgare un oficial que merece de jornal el dicho negro hasta ser cumplido el dicho año"; por su parte Gálvez debería vestir, calzar y alimentar al esclavo, tratarle bien y mantenerle en su casa "... y le mostraré el dicho oficio de sastre sin encubierta... y si por mi culpa o negligencia dexare de aprender el dicho oficio, hasta que lo sepa lo tendré en mi casa y le pagaré lo que comúnmente un oficial... ganare en aquella sazón." 13 La costumbre de alquilar a los esclavos, estuvo bastante generalizada en la sociedad colonial cubana, y se circunscribió generalmente a las ciudades hasta el siglo XIX. 14 En el período que estudiamos, los dueños de esclavos los alquilaban por un día, por uno o varios meses y hasta por tiempo de unos años; según el doctor Leví Marrero, cuando el alquiler se efectuaba por un tiempo relativamente largo, que podía ser de varios meses o un año, su precio era frecuentemente superior al salario de muchos trabajadores libres horros, indios e incluso españoles. 15 Una ordenanza del 9 de junio de 1561 prohibía a los habaneros mandar a sus esclavos a ganar de por sí, quien lo hiciera se exponía a pagar una 13 Rojas: Indice... 14 Moreno Fraginals, Manuel: El ingenio. 15 Marrero, Leví: Cuba: economía y sociedad. Siglo XVI: la economía. Al analizar el tema de los derechos reales en su obra, Marrero, en el capítulo noveno referente a la sociedad cubana en el siglo XVI, concretamente en el apartado dedicado a los esclavos, aborda algunos aspectos relacionados con el fenómeno esclavista, cuando se refiere a las distintas modalidades del trabajo que estos desempeñaban y las condiciones de vida de los mismos. Es en esta sección donde aborda brevemente la cuestión del precio de los esclavos en La Habana, basado fundamentalmente en las transcripciones de María Teresa de Rojas que abarcan la década entre 1578 y 1588, enriqueciendo este aspecto con información sobre las disposiciones reales que regulaban este comercio, sobre las formalidades y generalidades del mismo y sobre la procedencia de los esclavos. MARCOS D. ARRIAGA MESA multa de 3 ducados y al esclavo se le darían 100 azotes. En la orden, por lo contrario, se incentivaba el hábito de alquilarlos. 16 Tal anuencia de las autoridades estaba motivada por dos razones que hacían del alquiler de esclavos algo conveniente. La primera era que las autoridades se servían de los esclavos que alquilaban a los vecinos para realizar determinadas obras de interés en la villa para las que no contaban con mano de obra, tales como la construcción de la iglesia, el acarreamiento de mercancías y las obras de la zanja; incluso fue habitual también la presencia de esclavos alquilados en las obras de fortificación. La segunda estaba relacionada con el cobro que se hacía por el derecho de alquilar esclavos a los propietarios que no eran vecinos de la Ciudad. Este cobro fue establecido en la sesión del Cabildo del 21 de octubre de 1569, y respondía a las quejas de los residentes habaneros que veían con desagrado que los de tierra adentro se beneficiaran alquilando a sus esclavos en la villa, mientras que no pagaban ninguna de las contribuciones ni prestaban los mismos servicios propios de los vecinos. Por ello el Cabildo estableció que los no residentes que quisieran alquilar sus esclavos en la ciudad, tuvieran que contribuir en todo lo que era costumbre en La Habana de esos años, como medio vecino si tenían un esclavo alquilado en la villa y como un vecino normal, si eran dos los esclavos ganando jornal. 17 A pesar de las prohibiciones, los vecinos habaneros continuaron mandando a sus esclavos a ganar por su propia cuenta en vez de establecer contratos de alquiler, y en el año 1589 la situación ya era de desorden generalizado, según las autoridades del Cabildo, las que subieron la multa a 6 ducados e incentivaron la denuncia con un interés monetario. 18 El alquilar esclavos fue habitual entre los dueños de pocos esclavos, uno o dos de ellos, quienes tenían en esta actividad una de las formas de obtención de entrada monetaria; 19 sin embargo, es posible encontrar testimonios de cuando lo hicieron algunos de los elementos del grupo de poder habanero, muchos de ellos los mayores propietarios de esclavos de la ciudad. El alquiler de esclavos estuvo relacionado con la usura y representaba para su dueño la entrada de una suma de dinero efectivo en un momento en el que lo necesitaba. En varias ocasiones los propietarios del esclavo recibían una suma de dinero mayor de la que costaba el trabajo del esclavo que daban en alquiler y se comprometían en la escritura a devolver el resto al finalizar el tiempo del contrato. 20 La operación realizada entre Francisca de Orellana y el capitán Francisco de Rojas, pudiera tratarse de un préstamo encubierto, no sabemos por cuáles motivos y con qué tanto por ciento de interés. La mencionada Francisca le alquiló al capitán una esclava, durante seis meses cobrándole un real diario, lo que sería aproximadamente 180 reales (16,36 ducados) por todo ese tiempo; sin embargo, acto seguido Francisca le pagó 100 ducados por adelantado, lo que no tiene mayor explicación en el documento y nos pudiera enfrentar a un caso de usura. 21 Llama la atención la acción, reflejada en varios contratos, de alquilar esclavas acabadas de parir para que criaran a recién nacidos esclavos por espacio de un año y en tales casos la crianza incluía el amamantar al pequeño en los primeros meses de su vida. Tanto los esclavos que se alquilaban como los que ganaban de por sí, obtenían ganancias propias que les permitían pagarles a sus dueños las cantidades por ellos exigidas y en muchos casos les posibilitaba la compra de su libertad; en esto lógicamente destacaron los esclavos que conocían un oficio. Una idea bastante clara sobre la rentabilidad del alquiler de esclavos en la fecha, nos la pueden dar los cálculos sobre el tiempo en que tardaba un comprador en amortizar el precio del esclavo dándolo en alquiler. Para ello hemos estudiado algunos casos de varios años, tomando el promedio de precio anual por sexos como base del análisis. El resultado nos deja claramente demostrado que el pago por los alquileres de los esclavos hacía la actividad lo suficientemente rentable como para que se mantuviera a lo largo de todo el período estudiado, pues se podía recuperar lo pagado por uno de ellos en un tiempo que iba entre los dos y los cinco años, lo que daba un amplio margen de rentabilidad si se entiende que los esclavistas esperaban que los esclavos jóvenes tuvieran una vida útil de 20 años aproximadamente como mínimo. El trabajo de los esclavos con oficio estaba presente en la mayor parte del quehacer económico habanero; quiere esto decir que hubo presencia esclava en las labores de construcción llevadas a cabo en la Ciudad, los casos más representativos quizás estuvieran entre los esclavos del rey que trabajaron en la construcción de las fortalezas, muchos de los cuales aprendieron el oficio de la cantería, lo que le permitió a Gabriel de Montalvo, por poner un ejemplo ilustrativo, prescindir del trabajo de diez oficiales canteros a los que se les pagaba jornal y sustituirlos por ocho esclavos del rey que eran tan diestros como los anteriores en las tareas propias del oficio. 22 También muchos esclavos estuvieron vinculados a la ganadería como criadores y vaqueros; entre las mujeres fueron comunes las cocineras, las hospederas, las lavanderas y las vendedoras; también hubo esclavos dedicados a la sastrería, la tenería, aserradores; incluso contamos con un ejemplo de un esclavo conocedor del oficio de calafate, actividad mucho menos propia de los hombres de esta condición. Tal es el caso del esclavo Pedro, de 36 años y de confusa nación, ya que fue vendido dos veces a lo largo del año 1599, conjuntamente con su mujer, siendo presentado la primera vez como congo y la segunda como angola. El precio de ambos esclavos varió de enero a octubre del mencionado año en 10 ducados, ya que el 12 de enero el capitán Tomás Bernardo de Quirós, vecino y regidor de la Ciudad, los vendió al capitán Pedro de Caravajal, también vecino, por 730 ducados, mientras que éste los dio a Francisco Núñez el 30 de octubre, por la cifra de 720 ducados. 23 Al dividir la cifra total del precio de la pareja, nos da un alto precio individual para ambos esclavos: 360 ducados por cada uno, que supera en aproximadamente 100 ducados los precios promedios calculados en la muestra para ese año, tanto en la población masculina (256'7 ducados) como en la femenina (260'42 ducados). Debemos tener en cuenta además que estos precios promedios serían los más adecuados para esclavos entre los 20 y los 25 años, o sea 10 años más jovenes que el citado esclavo; pero creo que sería ilógico pensar que costaran lo mismo un esclavo joven, conocedor del arte de la calafatería, y una esclava, que debió ser igualmente joven, pero de la que no se señala otra característica más de que es la esposa de Pedro. Con ello quiero decir que el precio del mencionado esclavo lo podemos situar por encima de los 400 ducados sin temor a equivocarnos, máxi-22 AGI, Santo Domingo, 99, r. Tomo LVI, 1, 1999 me cuando lo sabemos conocedor de uno de los oficios más necesarios en La Habana del siglo XVI, dedicada a la construcción de naves en sus astilleros con el interés de la Corona de por medio, y en la que sabemos por varios documentos que no abundaban los conocedores del oficio en cuestión. En el año 1582 en La Habana sólo había dos vecinos y dos estantes conocedores del oficio de calafate. 24 En el mes de marzo del año 1591, en pleno apogeo de la actividad de construcción naval habanera -una real cédula de 1589 había establecido que se fabricaran entre 12 y 18 fragatas en los astilleros habaneros-sólo estaban radicados en La Habana el maestro del astillero y "cinco o seis carpinteros", frase literal del gobernador y posiblemente imprecisa en cuanto a la cifra, pero de innegable veracidad, pues le urgía conocer las últimas ordenes del rey al respecto de las fragatas para tomar 40 carpinteros y algunos calafates de las flotas antes de que partieran del puerto con destino a la Península. 25 No contamos hasta el momento con el conocimiento exacto del salario de un calafate en el año 1599, la única información que podemos brindar es la que ofrece Leví Marrero para el año 1579 en su obra, donde señala como paga anual de un calafate la cifra de 142 000 maravedíes, es decir, 369,67 ducados anuales, 26 un alto salario que posiblemente no se le pagara a un esclavo, pero debemos ubicar muy cercanas a esa cifra las posibles ganancias del propietario de un calafate si lo daba en alquiler, como es de suponer que haría. Finalizando debemos plantear que uno de los mayores incentivos de la enseñanza de un oficio a un esclavo era el hecho, demostrado por los historiadores Leví Marrero y Julio Le Riverend, de que en La Habana el precio de un esclavo oficial se duplicaba en el momento en que se hallaba surta la flota en el puerto, cosa que ocurría anualmente durante varios meses incluso. La procedencia de los esclavos y su precio Según Fernando Ortiz, las leyes establecieron que sólo podían ser llevados a América esclavos de las zonas de Angola, Guinea, Cabo Verde y las islas cercanas, mas el comercio tratista obvió todas las disposiciones 24 Marrero: Cuba: economía..., pág. 338. Anuario de Estudios Americanos y se condujeron al nuevo Mundo esclavos de todas las regiones de África occidental y hasta de la oriental. 28 Los africanos eran designados en muchos casos por la etnia a la cual pertenecían, en otros por la región geográfica de la cual procedían y algunos lo fueron por el nombre de la factoría por la cual eran sacados del continente; siendo la procedencia de los esclavos otro de los elementos que podía influir en el precio de estos, ya que los compradores rápidamente llegaron a preferir determinadas condiciones de unas naciones sobre las de otras. En la actualidad es complicado conocer el verdadero origen de los llegados a América, pues se le dieron nombres que tendían a generalizar, comprendiendo bajo la denominación de una gran zona a hombres y mujeres procedentes de tribus y etnias diferentes. Los esclavistas habaneros preferían a mediados del siglo a los esclavos biáfaras y bran, considerados buenos trabajadores, según deja ver la petición que hacen los oficiales reales de la Isla de que se introdujeran esclavos de esas etnias; igualmente reconocían la calidad de los esclavos procedentes de la zona de Cabo Verde, que fueron en un período los esclavos que más caros se podían vender en el América, según establecía la real provisión de 6 de junio de 1556, que regulaba las ventas. 29 Se ha determinado que entre los años 1570 y 1595, período de excesiva escasez de esclavos en la Isla, las regiones de Senegambia y Sierra Leona fueron las principales suministradoras de los que se encontraban en manos de los vecinos habaneros, situación que cambió radicalmente a partir de la firma del asiento con Pedro Gómez Reynel y la etapa de suministro portugués de esclavos a toda la América hispana, en la que por cuestiones de rivalidad entre Portugal y otras naciones europeas, dirigieron sus intereses y mecanismos tratistas hacia la zona de Angola, y por ende América, y La Habana en particular comenzó a contar con una mayor cantidad de esclavos de esta procedencia a partir de 1595. 30 Los esclavos calificados como Angola son el grupo más representado en nuestra muestra, con un total de 402 individuos y una edad promedio de 20 años. Las cifras demuestran la primacía en la introducción y venta de esclavos angola por encima de los de otras procedencias. Estos esclavos procedían de la zona comprendida entre los ríos Dande y Kwanza, que era la conocida en la época como Angola, y según el análisis de la muestra realizado por el historiador Alejandro de la Fuente, fueron minoría entre los esclavos llegados a Cuba entre los años 1585 y 1594, pero ya a partir de 1595, año en que se inicia el denominado período portugués de la trata, fueron la mayoría de los llegados a la Isla hasta mediados del siglo XVII. 31 El precio promedio calculado para los esclavos angola en el período es de 232'27 ducados aunque los esclavos así denominados llegaron a tener precios de hasta 400 ducados. Los esclavos bran, procedentes del interior de Costa de Oro y extraídos del continente africano a través de la factoría Elmina, ubicada entre los ríos de Sierra Leona y el Volta, hacen un total de 83 individuos en la muestra con una edad promedio de 23 años. Los bran alcanzaron un precio promedio en el período de 254'86 ducados, pagándose un precio máximo de 390 ducados por un esclavo de esta procedencia. Procedentes de la región llamada Río Grande en Senegambia, los biáfara aparecen con una frecuencia de 78 individuos. Los esclavos calificados como congos incluían a miembros de numerosas tribus de la zona que se incluyeron en la trata bajo esa denominación general, como es el caso de los anchico; 32 éstos ascienden a 89, fueron vendidos a un precio promedio de 232'97 ducados; los hombres a 228 '83 y las mujeres en 242' 13 ducados. Los esclavos criollos vendidos aparecen con una frecuencia de 54 casos, con un precio promedio de 233'50 ducados. 32 En la muestra hay 12 casos de esclavos anchicos. Anuario de Estudios Americanos Otro grupo importante en nuestra muestra es el de los zape, procedentes de la región de Sierra Leona, los que aparecen con una frecuencia de 33 casos. 33 Además de los lugares de origen de los esclavos anteriormente mencionados, también se vendieron esclavos mandingas, procedentes de las márgenes del río Gambia (17 casos), los biohos, habitantes del archipiélago de Bissagos (14 casos), banón, bañón o bañol, procedentes de las riberas del Cazamancia (25 casos), nalúes, procedentes de la región entre los ríos Geba y Núñez (9 casos) y jolofos, ubicados entre los ríos Senegal y Gambia (13 casos); estos últimos esclavos tenían fama de ser rebeldes y por ello una real cédula de 28 de septiembre de 1532 había prohibido su introducción, pero se continuó llevándolos a lo largo de todo el siglo XVI. 34 Con menor frecuencia aparecen en la muestra analizada esclavos de otras etnias y procedencias, tales como los basambo; los arará, procedentes de la zona de Dahomey; los berbesí, propios de la región circundante al río Salum, en Senegambia; los carabalí, procedentes de la zona del Golfo de Guinea y que rápidamente gozaron de preferencia entre los esclavistas por su buena actitud hacia el trabajo; los embo; los folupos, que habitaban en las márgenes del río Cazamancia; los lucumí, procedentes del reino de Ulcami; los macambi; los volante y los papei, que habitaban en la desembocadura del río Santo Domingo, donde los portugueses establecieron la factoría Cacheu. 35 Así como en menor medida individuos de zonas, de los que no se citó en el momento de la venta su denominación étnica. Es decir, en la muestra contamos con algunos casos de esclavos de Cabo Verde; de Guinea, considerados altamente rentables y que gozaban de aceptación por los habaneros, según nos deja ver la real cédula de 6 de junio de 1556 fijando un precio máximo de los esclavos en 100 ducados y que exceptuaba a los de Guinea, poniéndoles un sobreprecio de 20 ducados por sus mejores condiciones; de Mozambique, Sao Tomé, Zambia. También hay unos pocos casos de esclavos de Terranova; este nombre responde al de la factoría portuguesa en la cual fueron comprados, Porto Novo, ubicada en el golfo de Guinea. 33 El apéndice 3 muestra la información de los precios promedio calculados para los esclavos según su procedencia geográfica o étnica, una vez dividida la población por sexos. 34 Fuente García: "Los esclavos africanos en. Estuvieron presentes en el mercado habanero esclavos nacidos en la Península Ibérica y en tierras de América, a los cuales se les denominaba criollos. En nuestro trabajo los hemos nombrado criollos extranjeros para diferenciarlos de los nacidos en Cuba. De estos tenemos criollos de Portugal, de Sevilla, de Cartagena, de Jamaica, de Honduras, de Santo Domingo, de Popayán, etc. Los esclavos nalú resultaron tener, según los cálculos, el precio promedio más elevado, que ascendió a 268'78 ducados; sin embargo, ningún esclavo nalú llegó a tener un precio máximo de 400 ducados, como en el caso de los esclavos de Angola, del Congo, los biáfara, los zapes y algunos criollos nacidos en América. Según nuestras fuentes los angola, a pesar de gozar de una buena aceptación por los esclavistas habaneros, tuvieron un menor precio que los esclavos con otros orígenes. Este grupo cuenta con el menor precio promedio calculado: 232'27 ducados. De ellos se planteaba que eran robustos, dóciles y hábiles para el trabajo, lo cual, combinado con un precio módico, los hacía gozar de gran aceptación. Debemos acotar que, no obstante tener estos esclavos el menor precio promedio, los hubo con tan buenas condiciones que llegaron a costar 400 ducados, lo que significaba un precio bastante elevado para la época. En general los esclavos llegaban al mercado precedidos de criterios sobre su productividad, carácter e idoneidad para los distintos trabajos; es por ello que se consideraba, por ejemplo, que los biáfara y los bran eran buenos trabajadores y que los mandinga eran esclavos de poco trabajo. No obstante, la conclusión a que se arriba después de todo este análisis es que no había una gran diferencia entre los precios de los esclavos de distinta procedencia; más bien se puede señalar que esta característica no era una de las que más podía influir en el precio de la "mercancía" esclavo, máxime cuando no fue frecuente la llegada de partidas y cargazones a la bahía habanera en esos años, por lo que los compradores se debieron conformar con lo ofertado por los vendedores, entiéndase angolas. Al comparar los promedios de precio calculados para cada una de las procedencias estudiadas, se observa que la generalidad de estos esclavos se vendía a precios bastante semejantes y que la diferencia no llegó a ser nunca muy señalada y rondó sólamente en estos años, entre los 25 y los 30 ducados. Al observar las cifras de precios se hace de nuevo evidente el mayor valor que tenían las esclavas sobre los esclavos; en todas las etnias el pre-MARCOS D. ARRIAGA MESA Anuario de Estudios Americanos cio promedio de las mujeres es mayor que el de los hombres; en relación con los precios máximos igualmente ocurre que las esclavas angola, congas, biáfaras y criollas extranjeras llegaron a costar hasta 400 ducados, un precio que sólo alcanzaron los hombres de la etnia zape (ver apéndice 3). Una vez vistas las distintas variables que se han considerado como fundamentales para la compresión del comportamiento del precio de los esclavos, podemos decir que nuestro estudio evidencia un aumento del valor de esta variable a lo largo del período pero con continuas oscilaciones; además este análisis permite pronosticar un descenso del precio de los esclavos para los años siguientes a 1600, si tenemos en cuenta la línea de tendencia observada, que se muestra en el gráfico. A su vez los índices relativos de precio calculados demuestran igualmente el aumento del precio de la pieza de esclavo desde los años iniciales del período estudiado hasta 1600, evidenciando también los momentos en que esta mercancía alcanzó su mayor valor real, léase años 1593, 1591 y 1599 y los años en que tuvo las cotas menores el precio de un esclavo en el mercado habanero, es decir, los años 1579, 1585 y 1596. 36 Al relacionar las cifras de esclavos vendidos anualmente en nuestra muestra con los precios promedio calculados para cada año se concluye que, paralelamente al ascenso paulatino del número de esclavos vendidos, se produce un aumento del precio de los mismos, lo que nos hace pensar en el hecho de que nunca la llegada de una mayor cantidad de esclavos fue un factor que influyese en el precio de los mismos disminuyendo este valor. El ascenso del precio de los esclavos fue constante en el período y las disminuciones en el mismo estuvieron condicionadas por factores propios de este comercio, fundamentalmente la condición física de los esclavos, lo que explica el fenómeno del año 1596 por ejemplo, en el que a pesar de ser considerable la cifra de bozales entrados, el promedio de precio disminuye por la pésima condición física de la mayor parte de los esclavos llegados directamente desde África. En cuanto a las posibles variables que podían influir en el precio de un esclavo en el momento de su venta, es necesario plantear que, si bien el sexo y la procedencia eran tenidos en cuenta para fijar un precio en la operación, estos elementos no determinaban una gran diferencia de valor, sino que más bien lo normal era que hubiera una mínima o ninguna variación, entre lo que se pagaba por un hombre y una mujer con similares condiciones físicas, o entre un angola y un bañón con iguales aptitudes, por citar dos ejemplos. Ahora bien, guiados por los cálculos matemáticos se nos hizo evidente que no era sólo la edad la que influía en el precio del esclavo; si bien es cierto que esta es una de las variables fundamentales que decidían el precio de un esclavo, la relativa y no total correspondencia entre edad y precio se explica por la influencia que ejercía en la condición corporal del esclavo en la operación. Es lógico que dentro de la población esclava en venta fueran mayoría los jóvenes de determinadas edades propias para el trabajo físico a mediano y largo plazo (10, 15 e incluso 20 años a partir del momento de la compra), pero ya una vez situada "la pieza" dentro de esos parámetros ocurría que no todos tenían las mismas condiciones físicas, siendo esta la variable determinante para la fijación de un precio por parte del vendedor y el pago de tal cantidad por el comprador. 36 Los índices relativos de precio se calcularon tomando como año base el 1589 por ser el que contaba con un precio promedio más representativo y con una cantidad de esclavos vendidos más cercana a la media de todos los años. MARCOS D. ARRIAGA MESA La posesión de esclavos no sólo reportaba el beneficio de utilizar su fuerza de trabajo en una actividad económica específica, sino que además daba al dueño la posibilidad de utilizarlos como valor de cambio, según dejan ver las fuentes en varios casos de hipotecas, empeños, trueques, imposiciones de censo, donaciones en dote, etc. También los esclavos podían ser generadores de capital para unos y único medio de mantenimiento de otros, en tanto se hizo común en la Ciudad el darlos en alquiler o mandarlos a trabajar por cuenta propia, de tal forma que algunos habaneros los hicieron aprender un oficio, siendo en estos casos particulares la condición de oficial del cautivo, la principal cuestión a tener en cuenta en caso de venta.
que en gran parte fue realizado por innumerables misioneros, tuvo como uno de sus retos más difíciles de llevar a cabo la alfabetización de las poblaciones indígenas, aunque no siempre con un sentido meramente altruista. Distintos tipos de escuelas y colegios, diversos sistemas pedagógicos, fueron puestos en práctica a fin de que los indios aprendieran a leer y escribir. La intención de este trabajo es relatar y explicar los aspectos más interesantes Los orígenes de la evangelización Tras las noticias de Colón, los Reyes Católicos se apresuraron a legalizar las consecuencias del descubrimiento y la posesión de las tierras descubiertas, amparándose en el principio de la autoridad papal sobre las tierras poseídas por infieles. Del papa Alejandro VI (el valenciano Rodrigo de Borja) obtuvieron con relativa facilidad una serie de bulas en 1493, por las que se les atribuían todas las tierras a más de cien leguas al oeste de las islas Azores, autorizándolos para "someter a sus habitantes y moradores y convertirlos con el auxilio de la divina misericordia a la Fe Católica". 1 Una de las obligaciones morales a la que se comprometía la Corona hispana era la de enviar a aquellas tierras "[...] varones probos y temerosos de Dios, doctos, instruidos y experimentados para adoctrinar a los indígenas y habitantes dichos en la Fe Católica e imponérseles en las buenas costumbres, poniendo toda la debida diligencia en todo lo antedicho [...]". 2 Desde el principio, pues, la empresa indiana se revistió de un profundo sentido religioso. Este deber moral de evangelizar los nuevos territorios no se limitaba a un abandono por parte de sus habitantes de sus religiones, o a un conocimiento superficial de la doctrina católica, porque el cristia-1 Domínguez Ortiz, Antonio: Historia Universal: Edad Moderna, Madrid, 1989, pág. 53. 2 Bula Intercaetera (1493) en Ibot León: La Iglesia y los eclesiásticos en la empresa de Indias, Barcelona, 1973, pág. 130. nismo era más que una religión; se trataba de una forma de vida, de unas costumbres y usos propios: era una cultura. 3 Y como tal cultura necesitaba un proceso educativo para asimilarse, proceso que, dentro de sus numerosas facetas, incluía la alfabetización de la sociedad. Ya en el segundo viaje de Colón, en 1493, la reina Isabel decidió que fuese acompañado por varios frailes para iniciar la evangelización. Se envió a fray Bernardo Boyl para que "[...] la palabra de Dios sea predicada y sembrada entre los naturales y habitantes de dichas tierras e islas que ahora no tienen conocimiento de la fe, para convertirlos en nuestra fe y religión cristiana, y enseñarlos e instruirlos en la práctica de los mandamientos del Señor [...]". 4 Este proceso de alfabetización ha cumplido más de quinientos años, y, sin embargo, no se ha valorado en su justa medida, y probablemente nunca podrá valorarse por muchos intentos que se hagan.5 La primera gran dificultad: la lengua Para la enseñanza de la escritura y la lectura o, en un sentido más general, para evangelizar y aculturar a los indios hacía falta utilizar una lengua. El panorama lingüístico del Nuevo Mundo era muy complicado. Multitud de lenguas con multitud de dialectos, todos diferentes entre sí y todos parecidos a la vez; estructuras gramaticales que nada tenían que ver con la lengua española, que por aquel entonces acababa de ser reglamentada. Sin embargo, el problema se subsanó en gran medida, dando lugar con el paso del tiempo no sólo a la difusión del castellano, sino a la pervivencia de muchas lenguas amerindias. El primer sistema empleado por los misioneros para enseñar la doctrina cristiana fue el de las señales y gestos, pues desconocían la lengua indígena y aún carecían de intérpretes indios. 6 La práctica fue demostrando a los misioneros que el sistema empleado hasta entonces planteaba muchas dificultades y no era eficaz para sus fines educativos. Decidieron cambiar de método, procurando una convivencia más estrecha con el indio. Este cambio nos lo relata fray Juan de Torquemada en su Monarquía Indiana y fray Jerónimo de Mendieta en su Historia Eclesiástica: "[...] y así fue, que dejando a ratos la Gravedad, y Autoridad de sus personas, se ponían a jugar con ellos con pajuelas o pedrezuelas los ratillos que tenían de descanso, y esto hacían por quitarles el empacho con la comunicación; y traían siempre papel y tinta en las manos, y en oiendo el Vocablo al indio, lo escrivían, y el propósito que lo dijo. A la tarde juntábanse los Religiosos, y comunicavan los unos a los otros sus escritos, y lo mejor que podían conformava a aquellos Vocablos al Romance que les parecía convenir. Y acontecioles que lo que oi les parecía que avían entendido, mañana les parecía no ser así." 7 En esta ocasión el método había partido de los propios misioneros, que intentaron aprender la lengua indígena para de ese modo poder explicar a los niños el significado de las oraciones que les enseñaban en latín o en castellano. 8 A consecuencia de las noticias que iban llegando a la Península, el Consejo de Indias decidió tomar cartas en el asunto: el problema del idioma llegó a ser una cuestión oficial. Una real cédula de junio de 1550, dirigida a don Antonio de Mendoza, virrey de Nueva España, decía lo siguiente: "Tratando de los medios que para este fin se podía tener, ha parecido que uno de ellos y el más principal sería dar orden como a esas gentes se les enseñare nuestra lengua castellana, porque sabida ésta, con más facilidad podían se adoctrinados en las cosas del Santo Evangelio." 9 Con esta cédula se veía a la lengua castellana como un vehículo no sólo para el adoctrinamiento, sino para la asimilación cultural hispana. Se colocaba la enseñanza del idioma por delante de la religión -"siempre la lengua fue compañera del imperio", decía Nebrija-, aunque lo que se buscase en el fondo fuera un mejor camino para una buena evangelización. Era el principio de una campaña de la corona con la que pretendía la difusión del castellano mediante una serie de cédulas y mandamientos, más o menos exhortativos, que nunca se cumplieron en su totalidad. El problema de la lengua se iba resolviendo con la formación de intérpretes indígenas; pero si bien este sistema ahorró dificultades, pronto se evidenció que la enseñanza incurría en graves errores ante los inconvenientes que traían consigo las malas traducciones. Para poner solución a este nuevo escollo, se instó a que los religiosos aprendiesen la lengua indígena para lograr, a la vez que un mayor acercamiento al indio, su definitiva evangelización. Ya en las instrucciones para el virrey Mendoza estaba presente la actitud comprensiva hacia las lenguas indígenas, aunque como medida provisional: "Y porque para aprovechar en la conversión de los naturales es muy importante que entretanto ellos saben nuestra lengua, los religiosos y eclesiásticos se apliquen a saber su lengua y para ello la reduzcan a alguna Arte y manera fácil que se pueda aprender [...]" 11 Esta nueva solución fue bien aceptada por el misionero, ya que era el primero en conocer la dificultad de enseñar el castellano. El padre Blas Valera opinaba sobre el asunto: "Si los españoles que son de ingenio muy agudo y muy sabios en ciencias, no pueden, como ellos dicen, aprender la lengua general de Cuzco, ¿cómo se podrá hacer que los indios, no cultivados ni enseñados en letras, aprendan la lengua castellana?" 12 Una dificultad añadida a la hora de aprender las lenguas amerindias era la gran cantidad de ellas que existían en una misma zona, y sus dialectos. 13 Para dar buen cauce a esto, el padre José de Acosta proponía que no sería desacertado imponer una sola lengua general que ahorrase trabajo a los misioneros y beneficiase a la enseñanza de los indios. 14 Fray Alonso de Zúñiga creía que esta medida de la lengua general no era imposible, pues ya los incas la habían puesto en práctica. 15 Un texto muy bello, e ilustrativo de lo que fue el problema idiomático, es el contenido en una carta de fray Rodrigo de la Cruz al emperador en 1550: 11 Citada por Bayle, Constantino: España y la educación popular en América, Madrid, 1941, pág. 368. 13 Baudot habla de no menos de cuarenta lenguas indígenas de uso corriente en el territorio mexicano sometido a los españoles. 14 Paniagua Pascual, J.M.: La evangelización de América en las obras del padre José de Acosta, Pamplona, 1989, pág. 445. Gimeno: El Consejo de Indias..., pág. 111. "Vuestra Magestad ha mandado questos indios deprendan la lengua de Castilla. Jamás la sabrán, sino fuere cual o cual, mal sabida; porque vemos un portugués, que casi la lengua de Castilla y Portugal es toda una, está en Castilla treinta años, y nunca la sabe. ¿Pues cómo la han de saber éstos, que su lengua es tan peregrina a la nuestra, y tienen manera exquisita de hablar? A mí paréceme que Vuestra Magestad debe mandar que todos deprendan la lengua mexicana, porque no hay pueblo que no haya muchos indios que no la sepan, y la deprendan sin ningún trabajo, sino de uso y muy muchos se confiesan con ella. Es lengua elegantísima, tanto como cuantas hay en el mundo." 16 Felipe II, por cédula de 19 de septiembre de 1580, otorgaba al náhualt el merecido título de "lengua general de los indios", tanto por su difusión antes de la conquista como por la importancia que los misioneros le dieron en sus acciones. 17 Sobre la preferencia por las lenguas indígenas por parte de los misioneros se ha discutido bastante. Ana Gimeno dice que esta tendencia al uso de lenguas aborígenes pudo ser debida a que muchos de los misioneros pertenecían a distintos países, pues cada orden religiosa podía mandar miembros de diversas nacionalidades, y, por tanto, era inviable la enseñanza del castellano, por desconocimiento, como la propia de cada misionero. 18 No creemos que este argumento tenga demasiada validez, ya que es de suponer que la mayoría de los misioneros enviados a Indias fueron peninsulares conocedores del castellano, y en todo caso, de haber sido extranjeros, tendrían como lengua común el latín, que sí podría haberse utilizado de forma sistemática en la educación de los indios. Se ha visto en la utilización mayoritaria de las lenguas naturales un deseo por parte de los frailes de evitar la "hispanización" del indio. A este respecto, no hemos de olvidar que los religiosos solieron tomar partido por conservar a los indígenas en sus modos peculiares de vida y cultura, evitándoles lo más posible el contacto con europeos, y consideraron la diferencia de lengua como una excelente muralla. 19 De este hecho fueron conscientes los propios contemporáneos, incluso la corona, que inició -como ya se ha comentado-una campaña en favor del castellano a fin de evitar la "mexicanización" lingüística que predicaban los misioneros. Hasta se oyeron voces dentro del propio grupo religioso contra la excesiva expansión de lenguas como el náhualt. La razón que se daba era la creencia de que con esta utilización de las lenguas naturales lo que se pretendía era tener sujetos a los indios y la creación de un "imperio" en el que ni la corona ni los españoles estarían incluidos. 20 Lo que es seguro es que la preferencia de los misioneros por el uso de las lenguas amerindias en la educación tuvo motivos razonadamente fundados. El primero y más esencial fue la mayor facilidad que los indios tendrían en comprender los diferentes conocimientos; en segundo lugar, porque el uso de las lenguas naturales separaba de la mente del indio el proceso educativo-evangelizador del proceso hispanizador, impuesto por unos extraños. 21 Bien lo decía el padre José de Acosta: "Vemos a los indios que cuando oyen a un predicador que les habla en su lengua nativa le siguen con grandísima atención, y se deleitan grandemente en su elocuencia, y son arrebatados por el afecto, y con la boca abierta y clavados los ojos están colgados de su palabra." 22 Nuevamente la realidad mostró el poco éxito de este renovado intento. Se fue comprobando que pese al uso de la lengua indígena en la educación, los resultados eran escasos e inestables. Algunos apelaron a la pobreza de vocablos en estas lenguas para exponer ideas de carácter teológico y filosófico, lo que provocaba grandes defectos en la explicación de los misterios de la fe. 23 Si bien es cierta esta deficiencia de las lenguas amerindias, pronto los misioneros dieron con la solución. Por un lado, se introdujeron vocablos castellanos en las predicaciones, es decir, se "indianizaron" palabras castellanas, evitándose posibles confusiones a los indios, y, por otro lado, se recurría a perífrasis en el propio lenguaje indígena. 24 En el último tercio del siglo XVI se inició una política oficial cada vez más insistente en que se enseñase en castellano; aunque en un principio no se pretendió el abandono de las lenguas aborígenes. Pero esta postura fue adquiriendo tintes más radicales, hasta el punto de que, alegando que el uso de las lenguas nativas facilitaba el recuerdo y el mantenimien- SERGIO RODRÍGUEZ LORENZO to de las idolatrías, 25 se propuso obligar a los indios a que aprendiesen el castellano y que se prohibiese el uso de sus lenguas. El rey, empero, determinó tomar una vía intermedia, y a la consulta del Consejo de Indias respondió de este modo: "No parece conveniente apremiarles a que dejen su lengua natural, mas se puede poner maestros para los que voluntariamente quisieran aprender el castellano y se dé orden como se haga guardar lo que está mandado en no proveer los curatos sino a quien sepa la de los indios." 26 La disposición del compromiso, de la convivencia del castellano con las lenguas americanas, se dio el 3 de julio de 1596: El sistema de enseñanza Nada más iniciarse la colonización en las Indias se puso en práctica un sistema de enseñanza que, debido a la claridad de ideas que presentó, no podemos pensar que fue improvisado ni desarrollado sobre la marcha. 30 Ricard opina que en "una sociedad de lo que se ha convenido llamar tipo teocrático -como la española o la azteca-la enseñanza nunca puede hallarse separada de la educación. Por consiguiente, la enseñanza de la doctrina cristiana y la de la lectura y la escritura van paralelas, se hallan intimamente ligadas y son dadas a menudo por los mismos maestros." 31 Era lógico, por consiguiente, que los misioneros pensaran en utilizar las escuelas para enseñar el catecismo -sobre todo al principio-y, simultáneamente, las primeras letras, pues estaban acostumbrados a ver cómo la lectura y la escritura se aprendían en cartillas de la doctrina cristiana. De este hecho, asociación entre enseñanza y catequesis, surgieron las dos primeras características del sistema escolar indiano: una orientación de los centros educativos hacia la formación religiosa más fuerte que en la Península y la iniciativa exclusiva de la Iglesia en la impartición de la enseñanza. 32 De la tradición indígena se tomaron la idea de los internados al lado de los conventos y el recogimiento de las niñas. Tipos de centros educativos Para la educación e instrucción del indio se recurrió al empleo de siete clases de centros de formación y sus respectivos sistemas: internados femeninos, centros interraciales, centros interclasistas, colegios de enseñanza "media", educación de niños en España, escuelas elementales y colegios de niños nobles. 34 De todos éstos, sólo los dos últimos llegaron a con-30 Sobre los antecedentes peninsulares de la política educativa véase Kobayashi, José María: La educación como conquista, México, 1974, págs. 131-145; Sánchez Herrero, José: "Alfabetización y catequesis en España y América" en Teología y Evangelización (actas), Pamplona, 1990, págs. 237-258; Luque Alcaide, Elisa: "La evangelización y la educación: Colegios y Universidades" en Historia de la Evangelización en América (actas), Ciudad del Vaticano, 1992, pág. 535. 32 Laspalas Pérez, Francisco José: "Una visión de la obra educativa de España en América (siglo XVI)" en Teología y Evangelización (actas), Pamplona, 1990, págs. 140-141. 33 Pazos, M.R.: "Los franciscanos y la educación literaria de los indios mexicanos" en Archivo Ibero-Americano, núm. 49, año XIII (1953), pág. 29. SERGIO RODRÍGUEZ LORENZO figurar una unidad espacio-temporal; el resto apareció siempre de forma puntual, sin la sistematización de las escuelas elementales y los colegios de niños nobles. Los internados femeninos tuvieron un escaso desarrollo debido a que la mentalidad de la época apenas cuidaba la instrucción de las niñas. Abundaron más las denominadas "escuelas de amiga", de régimen externo, en las que las alumnas aprendían algunos rudimentos de la doctrina cristiana, labores domésticas (cosido y bordado) y donde con relativa frecuencia ejercitaban la lectura; sin embargo, rara vez se aprendía a escribir. 35 Los centros interraciales estaban integrados por alumnos indios, esencialmente hijos de caciques, y españoles; pero a veces también aceptaban negros y mestizos. Pudieron tener tanto carácter de internado como de régimen externo; los había de enseñanza elemental (lectura, escritura, canto y catecismo), como pudieron ser el Colegio del Nombre de Jesús a cargo de los agustinos hacia 1537, o el jesuita de San Juan de Oaxaca fundado en 1575; y de enseñanza superior (gramática, arte, teología), como el que establecieron los agustinos en 1541 en Michoacán, el Colegio de Tiripitío. Los centros interclasistas fueron, en esencia, producto de la orden jesuítica. Se trataban de una modalidad intermedia entre las escuelas elementales y los colegios de niños nobles. Tenían un carácter selectivo y de internado, pero sus alumnos, siempre indios, no tenían por qué pertenecer a la nobleza local. Dos ejemplos de este tipo de centros fueron el llamado Seminario de Tepotztlán, de 1582, y el de San Gregorio, de 1586, donde se enseñaba castellano, lectura, escritura, catecismo, música y oficios como la platería, la pintura o la escultura. Los colegios de enseñanza "media" se limitaron a los fundados por los franciscanos en Tlatelolco y Quito. Normalmente se han denominado a estos centros colegios de enseñanza superior -incluso en el siglo XVI-; pero Pedro Borges cree que el término adecuado es el de "media", pues suponían un nivel superior al elemental, aunque no alcanzaban el universitario. Estos colegios estaban destinados exclusivamente a los niños nobles. La enseñanza se compuso, en principio, de lectura, escritura y gramática (latín), pero con el tiempo se fue ampliando a la retórica, la astrología, el castellano e incluso la medicina. 36 La aparición de esta clase de colegios dio lugar a mucha polémica, de la que hablaremos más adelante. El envío de niños indios a España para estudiar fue iniciado ya en 1493 por Cristóbal Colón, y constituyó una práctica más o menos generalizada durante varias décadas del siglo XVI. 37 No debemos confundir a los indios que por iniciativa propia o por la de sus encomenderos vinieron a España con los expresamente enviados con el objeto de estudiar en conventos españoles. La entrada de los primeros fue prohibida a partir de 1526; el segundo grupo lo integraban niños nobles. El sistema se fue restringiendo con el tiempo, pues resultaba más caro, peligroso e incómodo que poner a los niños a estudiar en los colegios que ya florecían en América. No obstante, debe considerarse esta iniciativa como una prueba del interés que, desde el inicio de la colonización, se puso en la formación de la elite indígena; eso sí, no por mero altruismo, sino como medio de instruir al resto de indios y por la conveniencia de que las autoridades locales fuesen conocedoras de la lengua castellana y de la escritura, a fin de servir de nexo entre los colonizadores españoles y la gran masa indígena. 38 Las escuelas elementales y los colegios de niños nobles fueron los únicos que se difundieron por todo el Nuevo Mundo. Las diferencias teóricas entre unos y otros estaban muy claras. Las escuelas elementales tenían régimen externo y sus alumnos pertenecían bien sólo al pueblo, si en el lugar no había nobleza o ésta iba a sus propios colegios, bien a ambos grupos si no existían estas condiciones. Los colegios de niños nobles poseían un régimen de internado y se destinaban exclusivamente a los hijos de caciques. El nivel de enseñanza era el mismo: se reducía a la lectura, la escritura, la música, el catecismo y, a veces, el latín. Pero si en teoría eran fácilmente distinguibles, esto no ocurría en la práctica, al menos en los primeros tiempos. Parece más lógico que se constituyesen primero los colegios de niños nobles, pues desde el primer momento se vio en la educación de estos niños uno de los mejores instrumentos para influir en la sociedad indígena, ya 36 Borges: Misión y civilización..., pág. 282. 37 En abril de 1531, se enviaba una real cédula a Francisco Tello, tesorero de la Casa de la Contratación, para que informase sobre la educación que estaban recibiendo tres niños indios en el monasterio de Santa María de las Dueñas. (Colección de documentos inéditos relativos al descubrimiento, conquista y organización de las antiguas posesiones españolas en América y Oceanía (en adelante CDI), de Pacheco, Cárdenas y Torres Mendoza, Madrid, 1864-1884, volumen XLII, págs. 462-463). 38 Sobre el papel de las elites indígenas como nexo entre los conquistadores y el pueblo aborigen, véase Stern, J. Steve: Los pueblos indígenas del Perú y el desafío de la conquista española. SERGIO RODRÍGUEZ LORENZO que en un futuro serían sus dirigentes, y en el presente influirían en su padres, que eran seguidos "ciegamente" por sus subordinados. 39 Muy pronto, sin embargo, estos primeros colegios de niños nobles también incluyeron a niños del pueblo, como nos lo indica fray Jerónimo de Mendieta: "[...] aunque en algunas partes hubo descuido de hacer esta diferencia (especialmente en los niños del pueblo pequeños donde es poca la gente), que sin distinción se enseñan a todos los niños, hijos de principales y de plebeyos, a leer y escribir en las escuelas." 40 De igual manera, en los inicios todos los colegios eran internados, pero luego muchos dejaron paso a un régimen externo, según nos cuenta fray Bernardino de Sahagún: "A los principios, como hallamos que en la república antigua criaban los muchachos y muchachas en los templos [...] tomamos aquel estilo de criar los muchachos en nuestras casas, y dormían en la casa que para ellos estaba edificada junto a la nuestra [...] Pero como no se ejercitaban en los trabajos corporales como solían [...] porque ejercitábamos con ellos la blandura y piedad que entre nosotros se usa, comenzaron a tener bríos sensuales [...] y así los echamos de nuestras casas para que se fuesen a dormir a casa de sus padres; y venían a la mañana a las escuelas a aprender, y esto es lo que ahora se usa." 41 Al poco tiempo, pues, de iniciarse estos tipos de centros de enseñanza, se establecieron ya totalmente las diferencias, dando lugar a las dos modalidades descritas. En la enseñanza e instrucción de los indígenas se excluyó a los adultos de una forma sistemática, por la dificultad que su educación planteaba, la poca utilidad inmediata y la resistencia a una actividad mental poco habitual para ellos. Fueron los niños y jóvenes indios los objetos de esta enseñanza, pues además de una mayor facilidad, se conseguía la aculturación de los que en un futuro inmediato serían los adultos de la sociedad indígena, y, mientras tanto, eran magníficos elementos introductores de la nueva cultura -y religión-en sus casas y familias. 42 En la América del siglo XVI -y casi siempre-, se dio preferencia a la enseñanza de los niños, mientras que las escuelas elementales -las más difundidas-de niñas fueron escasas, cuando no inexistentes. Dentro del grupo masculino tuvieron prioridad los hijos de la nobleza local, como puede comprobarse por la aparición de colegios especiales para ellos (colegios de niños nobles), sistemas educativos no al alcance de otros (envío de niños a España o los colegios de enseñanza "media"), y cuando la escuela no podía satisfacer la enseñanza de toda la infancia de un lugar se procedía a una selección en la que nunca faltaban los niños nobles. Esta selección, de acuerdo con un criterio estamental, ha dado lugar, a posteriori, a duras críticas contra los misioneros. Empero, si nos colocásemos en el lugar de un hombre del siglo XVI, no existía nada de extraño. No olvidemos que los misioneros, como hombres de su tiempo, estaban inmersos en el ideal de la sociedad estamental, en la que cada estamento tenía unas funciones y unos privilegios, o no, determinados; se trataba, en definitiva, de un "concepto feudal" de la enseñanza. 43 Si nos situásemos en el lado indígena, tampoco les causaba asombro, pues en los tiempos prehispánicos también se hacía distinción entre la nobleza y la plebe. 44 De todas formas, como hemos visto, el sistema no fue tan rígido y cerrado. En las escuelas elementales el número de alumnos no siguió una regla fija. Osciló entre treinta y sesenta, cuando menos, y ochocientos y novecientos, cuando más, según la extensión y población del lugar. En el resto de centros la cifra media rondaba el centenar. La costumbre más generalizada consistía en que fueran los propios misioneros, y entre ellos los religiosos no sacerdotes, quienes se encargaran de la formación de los indios. No obstante, también hubo maestros que no tenían por qué ser religiosos. En el colegio de niños nobles de Santo Domingo aparecía un bachiller dando clases de gramática; los maestros de las escuelas elementales de Jalisco eran todos indios, etc. 42 Medina, M.A.: "Métodos y medios de evangelización de los dominicos en la Nueva España" en Los Dominicos y el Nuevo Mundo (actas), Madrid, 1988, pág. 166. En 1625, la orden jesuita se expresaba de esta manera: "(...) si interesa mucho el estudio a la gente común, mucho más importa que no les falte a los hijos de los príncipes y gentes nobles, porque es la parte más principal de la República, la cual, con sus buenas o malas costumbres, llevan tras sí todo lo demás, y porque con el tiempo viene a parar en sus manos el gobierno y administración de Reino." (Citado por Domínguez Ortiz, Antonio: Las clases privilegiadas del Antiguo Régimen, Madrid, 1985, pág. 407.) Anuario de Estudios Americanos Contenido y metodología de la enseñanza En las escuelas elementales, pero también en otros tipos de centros con el mismo nivel de enseñanza, los contenidos abarcaron siempre el catecismo, la lectura y la escritura en lengua indígena, y la música. La enseñanza del latín estuvo más generalizada de lo que parece, sobre todo por el intento de preparar a los niños indios para el sacerdocio o para que, al menos, colaborasen con los misioneros. También en muchos centros se concedió una especial importancia a la caligrafía, arte en el que los indios mostrarían ser verdaderos maestros. La enseñanza del castellano no se generalizó hasta el siglo XVIII; antes no se siguió una regla y, normalmente, estuvo al arbitrio de los misioneros. 45 Evidentemente las escuelas necesitaban textos para la enseñanza, que fueron distintos según el tipo de centro y su contenido académico. En los comienzos, y con el propósito de que los indios aprendiesen el castellano, los religiosos utilizaron los métodos de enseñanza europeos: cartillas, catones, carteles con el alfabeto y la formación de sílabas... Luego se inició la confección de textos en lenguas amerindias. 46 El envío de cartillas y catones desde la Península al Nuevo Mundo se hizo en grandes cantidades, sin perder de vista las que se hicieron en la propia América. Ya en fecha tan temprana como 1505 se registraba en la nao Santa María del Antigua ciento treinta y ocho cartillas "para leer moços". 47 En 1512, la Casa de la Contratación encargó al famoso impresor Jácome Cromberger dos mil cartillas a dos maravedís para entregarlas a fray Alonso de Espinar, que iba a la Española. 48 En 1585, en la armada que iba a Tierra Firme, la nao Santa Catalina llevaba unas cajas de libros destinadas a Alonso Ruiz y que contenían dos mil quinientas cartillas, mil doscientos catones, veinte artes de cuentas, etc. 49 Ejemplos como éstos abundan en el Archivo General de Indias. En general, puede decirse que hubo tres clases de textos de alfabetización en América. 50 La primera consistió en las cartillas, abecedarios o catones en castellano, dirigidos en principio a los niños españoles, pero que servían también para niños indios a falta de otro texto más apropiado, cuando se enseñaba el castellano en la escuela o cuando los niños indios estaban relativamente hispanizados. La segunda clase eran las cartillas o abecedarios expresamente elaborados por los mismos misioneros para los niños indios, y en el material que tuviesen, ya que uno de los mayores problemas a la hora de la obtención de material escolar fue la falta de papel, que tuvo que ser suplantada incluso con tablillas de madera. La tercera y última clase de textos fueron los denominados catecismos o doctrinas alfabetizantes, que consistían en exposiciones breves (catecismos) o extensas (doctrinas) del cristianismo, pero que servían a la vez para aprender a leer y con los que podía lograrse tanto la evangelización como la alfabetización del indio. 51 Estos textos comenzaban con las letras del alfabeto, con sus variantes, así como algunos signos de abreviación; luego las vocales, solas y combinadas con letras consonantes; seguía, como ejercicio de lectura y como contenido que había que asimilar, el texto propio de cada caso. Los catecismos presentaban una serie de textos a aprender de memoria: padre nuestro, avemaría, credo, salve, artículos de la fe, mandamientos de Dios y de la Iglesia, sacramentos... Las doctrinas añadían, además, una explicación de los puntos más importantes del cristianismo. 52 Una vez que se aprendía el abecedario, y a falta de otro libro de lectura, se procedía al aprendizaje de estos catecismos o doctrinas, cuya elaboración solía ser una de las primeras tareas de los misioneros, y constituyeron el grueso de los ejemplares impresos en las primeras imprentas del Nuevo Mundo. Estos textos podían encontrarse en castellano, latín, una lengua indígena o una combinación de las tres lenguas, como por ejemplo la Cartilla para aprender a leer, atribuida a fray Pedro de Gante, que se imprimió en 1569, y que estaba en castellano, latín y náhualt. 53 SERGIO RODRÍGUEZ LORENZO dad de los misioneros en este terreno fue tal, que rara era la lengua que no tenía su texto. 54 El momento decisivo llegaba a la hora de ponerse a enseñar el alfabeto a los indios. En sí misma, su enseñanza no resultó muy costosa. Diego de Valadés nos ofrece un testimonio de su participación en la alfabetización de Nueva España: "si la escritura se componía de imágenes y sonidos, es conveniente reducir asimismo la ciencia de las letras a sonidos e imágenes". 55 Para ello se aprovechó la casual semejanza de algunos objetos a las letras (la A parece un compás o una escalera, la B una mandolina, la C una herradura, la E una sierra, la I una columna...) para, de este modo, dar un cierto contenido a las letras, de forma que no resultasen tan abstractas. 56 Es cierto que muchos objetos no tenían nada que ver con las letras; en este caso, se les daba un significado convencional, como en los jeroglíficos indígenas. Éste ha sido llamado por Ricard "método ideográfico". 57 Por otra parte, las letras podían asociarse a sonidos (la A podía sugerir Antonio, la B el de Bartolomé...): Ricard lo denomina "método fonético". 58 Más complicado resultó adaptar el alfabeto latino a las lenguas amerindias, ya que los signos resultaban "una vestidura demasiado ancha para las lenguas americanas, en las que sobraban letras, claro que a veces faltaban, o, lo que era más frecuente, sobraban y faltaban a la vez." 59 La dificultad dependía en gran medida de la lengua amerindia de que se tratase. Para algunas, cuyo sistema fonético era bastante sencillo, el trabajo no era insuperable. En ese caso, los misioneros lograron su objetivo con relativa facilidad. Así, los fonemas propios del náhualt son unos veinte, y el alfabeto latino es, en general, suficiente para representarlos. Algunos sonidos delicados se pudieron representar por conjuntos de consonantes como "tz" o "tl" y, en total, los misioneros utilizaron diecisiete letras de nuestro alfabeto. Todavía hoy el náhualt se escribe según las normas establecidas en el siglo XVI, salvo algunos detalles técnicos. Para el maya, la reducción fonética a través del alfabeto latino resultó más problemática; con todo, también aquí y de forma general, se lograron los objetivos que los misioneros buscaban. Igualmente, los problemas del quechua fueron solucionados de forma conveniente. Esto no ocurría con otras lenguas; el otomí, por ejemplo, con sus cuarenta y ocho sonidos, planteó dificultades insalvables para los medios que poseían los misioneros, y tuvieron que conformarse con ligerísimas aproximaciones. 60 Los intentos fueron más allá de la pura transcripción fonética de las lenguas indígenas; se necesitaba el conocimiento de los distintos elementos de las lenguas, su ordenación, sus funciones, etc., es decir, se requería la confección de gramáticas y vocabularios, que no tardaron en surgir. La gramática náhualt de fray Andrés del Olmo estaba lista en 1547, y la primera edición del diccionario náhualt de fray Alonso de Molina data de 1550; el Arte i doctrina christiana en lengua otomí de fray Alonso Rongel es anterior a 1548; la gramática de tarasco de fray Maturino Ghiberti está fechada en 1558 y su diccionario de la misma lengua en 1559. Dentro del siglo XVI, se pueden encontrar el Arte de la lengua Zapoteca de fray Pedro de Feria, 61 la Gramática y arte de la lengua general de Perú y El Lexicón o Vocabulario de la lengua general del Perú de fray Domingo de Santo Tomás, de 1560, 62 y un largo etcétera. A estas gramáticas y vocabularios se unían los catecismos y doctrinas cristianas para la educación de los indios, muchas de las cuales estaban en lenguas indígenas o bilingües; así, de 1539 es la Breve y más compendiosa doctrina cristiana en lengua mejicana y castellana, 63 o, en el Perú, la Doctrina cristiana en quechua y aymara, de 1584. La difusión de la enseñanza por el siglo XVI indiano Nos centraremos sólo en el proceso de puesta en marcha y difusión por las Indias de las escuelas elementales y colegios de niños nobles, pues, como se expuso en páginas anteriores, fueron los únicos centros que se organizaron de forma sistemática por todo el continente. La política de creación de escuelas para indígenas empezó muy pronto. Ya en 1503, en las instrucciónes que los Reyes Católicos dieron al primer gobernador de La Española, Nicolás de Ovando, se le ordenaba: "que luego haga hacer en cada una de las dichas poblaciones y junto con las dichas iglesias una casa en que todos los niños que hubiere en cada una de las dichas poblaciones se junten cada día dos veces para que allí el dicho capellán les muestre leer y escribir, y santiguar y signar y la confesión, el Paternoster, el Avemaría, el Credo, el Salve Regina." 65 Las leyes de Burgos, en 1512, establecían que todos los hijos de caciques menores de trece años fuesen recogidos por los franciscanos para enseñarlos en la lectura, la escritura y la doctrina durante un período de cuatro años, para que luego volviesen a casa de sus padres. 66 A fines de febrero de 1513, el clérigo Hernando Suárez recibió el nombramiento de maestro de Gramática, para que crease en Santo Domingo una escuela a la que debían de acudir los hijos de los indios principales para aprender a leer y escribir en latín. 67 Desde La Española, franciscanos y dominicos realizaron un ensayo de "conquista pacífica", que tuvo por escenario la costa oriental de Venezuela; queda constancia de que al menos los franciscanos utilizaron allí internados para niños indígenas en 1519. 68 En 1523 llegaron a México los primeros misioneros propiamente dichos, ya que los anteriores fueron sólo capellanes de los conquistadores. Ese mismo año, fray Pedro de Gante fundaba la primera escuela de Nueva España en Texcoco, junto al palacio del por entonces señor de la ciudad, Itxtlixoxhilt; 69 fue fray Pedro de Gante "el primero que en esta Nueva España enseñó a leer, escribir y cantar y la doctrina cristiana". 70 La siguiente escuela se situó en Ciudad de México y fue fundada por el segundo grupo de misioneros franciscanos que llegaron a Nueva España, los llamados "doce apóstoles", en 1524. Luego siguieron la escuela de Huetjotzingo en 1525 y, en 1527, la de Tlaxcala y la de San José de los Naturales en la capital. Estas escuelas constituirían la base del sistema educativo franciscano en México, sistema que copiarían otras órdenes y que pasó al resto del continente en años posteriores. 71 En 1569 los franciscanos tenían en Nueva España unos sesenta y nueve conventos-escuelas; en la relación presentada por esta orden al visitador Ovando en ese año, afirmaban que en la provincia de Michoacán existían catorce centros en los que un maestro indígena enseñaba a los niños a leer, escribir y cantar. 72 Es más que probable que el modelo mexicano se implantase en Guatemala y toda la región centroamericana, pues gran parte de sus primeros misioneros procedían de Nueva España o mantenían estrecho contacto con ella. En Guatemala, las escuelas de alfabetización comenzaron a funcionar en 1536, y fueron obra de la orden mercedaria, a la que pronto se unieron franciscanos y dominicos. Fray Juan de Mansilla estableció tres escuelas (Santiago de Guatemala, Atitlán y Tecpanatitlán) a fin de que "se junten los hijos de los principales y los demás que vuieren de aprender", para lo que nombró a "preceptores frailes que saben la lengua de los yndios, para que les enseñen la lengua de España y a leer [...]" 73 En Nicaragua, consta que en 1565 el mercedario Nicolás del Valle mantenía escuelas públicas en los pueblos que administraba. Se hizo célebre en Yucatán fray Juan de Herrera, que fundó escuelas en Maní durante varios años, de donde salieron "excelentes discípulos, lectores, escribanos y cantores." 74 Al igual que en México, los misioneros del Perú tuvieron por costumbre fundar una escuela de primeras letras en cada convento. Las primeras instrucciones para la construcción de escuelas datan de 1535, pero no fue hasta 1541 cuando se constituyeron de verdad. Hubo religiosos, como Tomás de San Martín y Domingo de Santo Tomás, que llegaron a fundar sesenta escuelas cada uno entre 1550 y 1560. 75 En la actual Colombia, fue el protector de indios de Santa Marta el iniciador de las escuelas para indios en 1530; aunque no sería hasta 1538 cuando se iniciara una política educativa más seria. Destacó, dentro del 76 En Ecuador, existen documentos que hablan de la existencia de colegios de niños nobles; en 1552, fray Jodoco Ricke fundó una escuela que algunos años más tarde sería ampliada por fray Francisco de Morales, convirtiéndola en "un Colegio al modo y orden del de Nueva España" donde se enseñaría, además de las primeras letras, diversos oficios, gramática y castellano. 77 En el resto de las Indias también llegó la alfabetización, pero ya en el siglo XVII, con el establecimiento de las misiones jesuíticas en el Paraguay, Uruguay, Argentina y parte de Chile. La alfabetización indígena: una cuestión polémica Como hemos señalado, la instrucción de los indios se inició desde el principio de la colonización española en el Nuevo Mundo. El trabajo de los misioneros fue tan intenso que hacia 1559 había en América unas doscientas escuelas donde se enseñaba a leer, escribir, cantar y la doctrina cristiana. Los indios respondieron brillantemente en sus capacidades de captar conocimientos y aplicación de éstos; los testimonios son numerosos. Fray Toribio de Benavente, "Motolinía", nos da una exquisita muestra de la suficiencia e ingenio que observó en los indios: probaba "que los más agudos y vivos parecen ser en general los nacidos en estas tierras que los nacidos en nuestra España, puesto que después creciendo suelen perder esta viveza." 79 A pesar de esta observación de Mendieta, la educación iba funcionando, y no surgían recelos en la población española por esta instrucción elemental a los indios, que pronto se amplió a una serie de trabajos mecánicos y artesanales. El padre Acosta defendió en 1589 la necesidad de fundar escuelas elementales, porque veía en la educación de la infancia y la juventud un medio para que los nativos se convirtieran en verdaderos hombres. 80 Sin embargo, existieron personas que se mostraron en contra de la educación de los indios. Juan Peláz afirmaba en 1530 que sólo era necesario que el indio supiese el padre nuestro y el avemaría; el escribano Jerónimo López opinaba que era bueno que supiesen la doctrina, pero era perjudicial que entendieran de la lectura y la escritura. 81 La verdadera polémica saltó cuando se pensó en dar a los indios una instrucción superior a la que se impartía en las escuelas elementales, que les permitiera salir de su inferioridad y asumir funciones directoras en la nueva sociedad colonial. Fray Juan de Zumárraga, primer arzobispo de Nueva España, y el virrey don Antonio de Mendoza pensaron un proyecto para abrir la cultura a los indios y que, de acuerdo con sus habilidades, pudieran acceder a puestos de responsabilidad. Realmente, la idea de dar una instrucción superior a los indios ya aparecía en una carta del contador Rodrigo de Albornoz en 1525: "Para que los hijos de los caciques y señores, muy poderoso Señor, se instruyan en la fe, hay necesidad nos mande Vuestra Magestad se haga un colegio donde les muestre leer y gramática y filosofía y otras artes, para que vengan a ser sacerdote [...]" 82 El proyecto de Mendoza, Zumárraga y el presidente de la Audiencia, Fuenleal, se hizo realidad en 1536, cuando se fundó, el 6 de enero, el Colegio de la Santa Cruz de Santiago de Tlatelolco. 83 Los franciscanos vieron en él la culminación a su obra evangelizadora. Se trataba de una institución a la que sólo accedían jóvenes indios nobles en régimen de internado. Tradicionalmente, se ha pensado que la finalidad del colegio fue la 79 Mendieta: Historia Eclesiástica..., Libro II, Capítulo XXVII, pág. 148. 80 Paniagua Pascual: La evangelización de América..., pág. 458. 82 Citado en Gómez Canedo: La educación de los marginados..., pág. XVII. SERGIO RODRÍGUEZ LORENZO formación de sarcerdotes. No hay duda de que éste parece que constituyó uno de los fines; pero no el único ni el más importante. Inicialmente, el objetivo era la enseñanza del latín y los autores clásicos (Gramática), historia, retórica, oratoria, filosofía, astronomía, teología y medicina: constituía, en definitiva, la puerta de acceso a la Universidad. 84 La enseñanza solía durar tres años, y entre los profesores hubo verdaderos maestros que aún hoy día conservan su prestigio, tal fue el caso de Focher o fray Bernardino de Sahagún. En 1546 el colegio sería abandonado en su dirección por los franciscanos, debido a la falta de medios económicos, y fue entregado a la corona, haciéndose cargo del colegio los propios indios que habían sido formados allí. En 1570, prácticamente en ruinas y con el número de alumnos muy debilitado por las epidemias, volvió a manos franciscanas; pero ya no tuvo el esplendor de antes. 85 La fundación del Colegio de Tlatelolco puso de manifiesto las diferentes posturas de las órdenes religiosas con respecto a la instrucción del indio. Los franciscanos fueron siempre los que mantuvieron una mayor apertura de ideas; preferían las escuelas elementales a los colegios de niños nobles y, como se ha visto, no tenían reparo en ofrecer una enseñanza superior al indio. Los agustinos no hacían distinción entre indios nobles y plebeyos; pero su mayor atención estuvo en la enseñanza de trabajos mecánicos, artesanías y la música, además de la educación elemental. Los jesuitas tuvieron como propósito fundamental la educación de criollos y españoles; aunque entre ellos hubo quien luchó por dar el mismo nivel de enseñanza a los indios, no lograron su objetivo, y las escuelas que fundaron con este fin no pasaron de la enseñanza del catecismo, la lectura, la escritura, el castellano y algunas veces algo de latín. Los dominicos, que fueron con los franciscanos los que más ardor pusieron en la fundación de escuelas elementales, mantuvieron una posición oficial contra una instrucción de mayor nivel a los indios. Uno de los superiores y más distinguido miembro de la orden de predicadores, fray Domingo de Betanzos, se definía así en torno a la cuestión: "los indios no deben estudiar, porque ningún fruto se puede esperar de La experiencia, no obstante, demostró lo contrario. Cierto es que del Colegio de Tlatelolco no salieron sacerdotes; pero en él se instruyeron historiadores, traductores, retóricos, latinistas, amanuenses y magníficos tipógrafos, 87 como lo evidencia la selecta minoría de indios cuya profesión llegó a ser la de intelectual; recordemos los casos de Fernando de Alva Ixtlixóchilt o Juan Pomar. 88 Estos éxitos dejaron al descubierto las auténticas razones de los que se oponían a este nivel educativo. No se trataba de una duda sobre la capacidad intectual de los indígenas, sino que creían que para gobernar a los indios con poco esfuerzo lo mejor era dejarlos en una cultura mínima, la necesaria para que fuesen buenos cristianos y obedientes vasallos de la corona castellana. Darles una mayor instrucción, que les permitiera acceder a cargos de responsabilidad en el gobierno de la colonia, como deseaban Zumárraga, Mendoza y otros, era, según los detractores, acelerar el momento de la emancipación total. 89 En un impresionante texto podemos observar cómo estas artimañas no eran desconocidas para el buen virrey don Antonio de Mendoza, que advertía así a su sucesor: "Algunos dirán a Vuestra Señoría que los indios son simples y humildes, que no reina malicia ni soberbia en ellos y que no tienen codicia; otros, al contrario, y que están muy ricos y que son vagabundos y que no quieren sembrar. No crea ni a los unos ni a los otros, sino trátese con ellos como con cualquier otra nación, sin reglas especiales, porque pocos hay en estas partes [que] se muevan sin algún interés, ya sea de bienes espirituales o temporales, o pasión o ambición, ora sea vicio o virtud." 90 Las primeras escrituras manuscritas de indios en América Entre las asignaturas de los planes de enseñanza de los indios nunca faltó la escritura; a ésta se le unió en varios centros la asignatura de caligrafía. Tanto en materia escritoria como caligráfica, los indios mostraron una gran habilidad en su uso. "Motolinía" nos da testimonio de ello: "Escribir se enseñaron en breve tiempo, porque en pocos días que escriben luego contrahacen la materia que les dan sus maestros, y si el maestro les manda otra forma de escribir, como es cosa muy común que diversos hombres hacen diversas formas de letras, luego ellos también mudan la letra y la hacen de forma que les da su maestro. En el segundo año que los comenzamos a enseñar dieron a un muchacho de Tezcuco por muestra una bula, y sacola tan al natural, que la letra que hizo parecía el mismo modelo, porque el primer renglón es de letra grande, y abajó sacó la firma ni más ni menos [...] Letras grandes y griegas, puntar y apuntar, así canto llano como canto de órgano, hacen muy liberalmente, y han hecho muchos libros de ello, y también han deprendido a encuadernar e iluminar [...]" 91 No fue "Motolinía" el único que se percató de las habilidades caligráficas de los indios; Mendieta también nos ofrece su opinión: "Después se fueron haciendo muy grandes escribanos en todas las letras, chicas y grandes, quebradas y góticas. Y los religiosos los ayudaron harto a salir escribanos, porque los ocupaban a la continua en escribir libros y tratados que componían o trasuntaban de latín o romance en sus lenguas de ellos [...]" 92 Incluso los que estaban en contra de enseñar a los indios, como el escribano Jerónimo López, consejero del virrey, mostraban su admiración: "[...] tomando los muchachos para mostrar la doctrina [...] luego les quisieron mostrar leer y escribir; por esa habilidad, que es grande, y por lo que el demonio negociador pensaba negociar allí, aprendieron también las letras de escribir libros, puntar e de letras de diversas formas, que es maravilloso verlos." 93 Con la dominación española, los indígenas continuaron su escritura típica (jeroglífica); pero como con la presencia de los españoles no sólo llegaron objetos nuevos, sino también sonidos, fue preciso traducir a los jeroglíficos indígenas tanto las imágenes como los sonidos; así, por ejemplo, si querían escribir "Mendoza", pintaban un ágave (Metl) y una especie de ratón (tozan), leyendo "Metltozan", es decir, "Mendoza". 94 A través de este mismo procedimiento los misioneros llegaron a confeccionar catecismos en jeroglíficos. A la vez, la influencia de la nueva cultura hispana produjo transformaciones en sus códices. En ellos alternarían figuras que representaban signos jeroglíficos y siluetas de personajes, muchas veces a la usanza castellana, Nos han llegado hasta nuestros días bastantes manuscritos realizados por indígenas mexicanos, tanto en lengua nativa como en castellano. Algunos presentan buenas muestras de escritura gótica y semigótica, fruto de la imitación de códices europeos; otros poseen una escritura menos caligráfica, aunque de letra clara con tendencia a la cursividad, sin llegar a tipos avanzados de letra procesal. Hemos de tener en cuenta que los indios, influenciados por la costumbre de expresar sus ideas mediante dibujos, vieron las letras como otras tantas figuras a dibujar, y de ahí su escritura clara, uniforme, suelta, sin el gran número de ligaduras que era común en la escritura de los castellanos, habituados al manejo de la pluma. 95 A modo de conclusión Dos son las ideas que el lector, en nuestra opinión, debería de haber sacado tras la lectura de las páginas precedentes. La primera, que el Nuevo Mundo no fue un espacio marginado ni ajeno a la promoción cultural por parte de la corona castellana. Y segunda, que los indios fueron considerados individuos, personas, seres humanos lo suficientemente dignos y merecedores de una política educativa que entrañaba una enorme cantidad de paciencia, esfuerzo e ilusión en aquellos que, también hombres, hubieron de llevarla a efecto.
En este trabajo se analiza la evolución de las estrategias y métodos utilizados por los españoles para dominar a los pueblos autóctonos (reche o mapuche) del centro-sur de Chile. Se pretende demostrar que existe una diferencia radical entre el modelo de conquista imperante durante el primer siglo (1550-1641) y los dispositivos de sujeción que se asentaron después (1641-1810), pasando de una máquina de conquista soberana, que remite a un ejercicio violento del poder y que tiende a funcionar a partir de la integración-exclusión, a otra que se funda en una empresa de civilización-asimilación de los pueblos sin policía. Asimismo, se pone en evidencia el papel central jugado por los jesuitas en el paso de un modelo a otro. Hasta una época reciente, los tres siglos de contactos hispano-mapuche eran percibidos básicamente a través del prisma guerrero. A tal punto que la narración de los acontecimientos de la frontera sur del Reino de Chile casi se limitaba a la enumeración de las contiendas entre dos protagonistas que poco a poco, a través de siglos de violencia e incomprensión, se habían ido constituyendo en auténticos enemigos hereditarios. La historia de la Araucanía consistía en una lista de batallas bajo la idea de que el carácter belicoso y naturalmente salvaje de los araucanos había mantenido en jaque la empresa conquistadora y civilizadora del invasor español. Este marco interpretativo propició la construcción de la figura del araucano como un guerrero indomable que, a pesar del contacto plurisecular con el español, no parecía sacar ningún provecho de esa proximidad y de la potencial influencia de gentes portadoras de una cultura superior. Así pues, desde la llegada de los conquistadores hasta los primeros sobresaltos de la guerra de independencia, la Araucanía tan solo había sido el teatro de una lid sin piedad en la que el salvaje y resistente araucano había podido dar rienda suelta a sus instintos más primitivos; la historia de las relaciones hispano-indígenas se reducía, de alguna manera, a la de la guerra. En oposición a esta visión dominante de la Araucanía como espacio guerrero, a principios de los años 80 se desarrolló en Chile una nueva corriente historiográfica (conocida bajo el nombre de Estudios Fronte-rizos), que se propuso tomar en cuenta las relaciones fronterizas en toda su complejidad, llegando a la conclusión de que la guerra no había sido la única modalidad del contacto entre españoles y mapuche. En efecto, según los estudiosos de esta corriente, se puede distinguir entre una primera etapa claramente bélica (1536-1655) y una segunda caracterizada por la convivencia pacífica (1655-1883), en la que los contactos fronterizos y las instituciones de frontera (misión, comercio, parlamento, capitanes de amigos y comisario de naciones como agentes pacíficos del poder español) sustituyeron paulatinamente a la guerra de conquista y al contacto violento. 1 El interés de estos estudiosos se concentró, por lo tanto, en aquello que los anteriores habían dejado escapar, cegados por el mito de la guerra permanente, a saber: la naturaleza de los contactos fronterizos en época de paz y las transformaciones socioculturales a que dieron lugar. Aunque estos trabajos se caracterizan por su gran diversidad, hay sin embargo una serie de hipótesis y conclusiones comunes a todos ellos y que podríamos resumir de este modo: 1) A partir de la segunda mitad del siglo XVII, se instaura un periodo de paz o de convivencia pacífica que deja atrás la antigua lógica guerrera. 2) Esta paz es tanto el producto histórico y lógico de los roces fronterizos y de las relaciones de dependencias que, poco a poco, se tejieron entre ambos sujetos como el resultado de una clara voluntad de las autoridades españolas de establecer vínculos con los indígenas en la medida en que la guerra de conquista había fracasado. 3) Dicha paz se apoya en varias instituciones que expresan el aspecto voluntarista de esta política de acercamiento (misión, parlamento, comercio, intermediarios sociopolíticos o tipos fronterizos), y se afianza mediante un profundo proceso de mestizaje y de una permanente e intensa circulación de valores, objetos, ideas e individuos. 4) Los conflictos violentos que perturban esporádicamente la paz deben ser interpretados en el marco de esa misma dinámica de convivencia pacífica, y no como una reacción indígena a la voluntad hispana de dominarlos. Los estallidos guerreros se explican esencialmente en razón del desfase en el grado de desarrollo cultural entre ambas sociedades: los indígenas no pueden comprender normas de conducta que no corresponden a su estadio cultural (trabajo en las minas para producir un excedente, voluntad de difundir la palabra de un Dios omnipotente, política de reducción a pueblos, etc.). 5) La existencia de un espacio fronterizo estable, en donde se afianzan lazos de dependencias y en el que circulan cosas y personas, tiene como consecuencia lógica la aculturación progresiva del indígena y su asimilación pacífica a la sociedad de mayor cultura. 6) Por último, este largo proceso de deculturación de los grupos mapuche y su frenético interés por los productos materiales y culturales de una civilización superior o más avanzada constituiría la primera etapa en la incorporación pacífica de la Araucanía al Estado chileno a fines del siglo XIX. No voy a emprender aquí una crítica pormenorizada de los postulados teóricos etnocéntricos y evolucionistas que subyacen en los Estudios Fronterizos y que llevan a sus autores a considerar que un grupo de "cultura inferior" debe, necesariamente, estar sometido a un proceso de aculturación impuesta para sufrir luego una desestructuración de su organización sociopolítica y una dilución de su identidad específica. 2 Sin embargo, sí voy a detenerme en sus concepciones implícitas acerca de las nociones de paz, guerra, política y resistencia. Desde esta perspectiva considero que los Estudios Fronterizos, a pesar de su interés explícito por los procesos de mestizaje y por la dinámica sociocultural, siguen prisioneros de una visión de lo político y de la cultura en gran parte tradicional. Así, en lo que concierne a su filosofía política implícita, tienden a considerar la guerra como el único modo de imponer un orden; de tal manera que, una vez desaparecida la voluntad de conquistar los territorios indígenas por las armas, parece desvanecerse todo tipo de empresa de sometimiento y sujeción. Dentro de este marco interpretativo, la misión, el parlamento y el comercio se nos presentan como espacios neutros del libre intercambio de objetos y valores. En este trabajo trataré de demostrar sin embargo que, lejos de ser lugares de convivencia pacífica o de paz, se trata de espacios de pacificación, y que las relaciones políticas entre ambos protagonistas, durante el segundo periodo histórico (1641-1810), deben ser consideradas como una prolongación de la guerra por otros medios. En definitiva, intentaré demostrar que el fin de la guerra de Arauco no supone la entrada a un periodo de paz sino de pacificación. 2 Para una crítica detallada de los postulados téoricos y de las conclusiones de los Estudios Fronterizos véase Boccara, Guillaume: "Notas acerca de los dispositivos de poder en la sociedad colonial-fronteriza, la resistencia y la transculturación de los reche-mapuche del centro-sur de Chile (XVI-XVIII)", Revista de Indias, vol. LVI, no. 208, Madrid, 1996, págs. 659-695; Boccara, Guillaume: Des Reche aux Mapuche: analyse d 'un processus d' ethnogenèse (changements et Tomo LVI, 1, 1999 El otro problema que surge de la lectura de estos trabajos tiene que ver con su concepción sustantivista o esencialista de la cultura. La entidad e identidad cultural son consideradas como cosa dada a priori, como una esencia que únicamente se transformaría por contaminación o por souillure. En consecuencia, toda modificación de la tradición y de la lógica sociocultural (paralizadas en una esencia eternal, ahistórica) es percibida como una pérdida de la pureza original y como la primera etapa hacia un proceso de total asimilación. Empero, los últimos estudios etnohistóricos permiten afirmar que, lejos de haber desaparecido a través de una mecánica de la aculturación impuesta, los grupos nativos entraron en una dinámica de reestructuración y de redefinición de su identidad, cuya expresión más notable fue la emergencia de una nueva identidad y entidad étnica (los mapuche) mediante un largo proceso de etnogénesis. 3 Antes de seguir adelante quiero precisar que, si bien aquí retomo la periodización establecida por los Estudios Fronterizos, le doy un sentido y un contenido radicalmente diferentes. En primer lugar, porque considero que no hubo una ruptura nítida o paso brusco y brutal de un periodo histórico a otro. La transformación del modelo de conquista se efectuó progresivamente mediante desplazamientos, deslizamientos y desmoronamientos. En segundo lugar, porque no considero que estos dos periodos se opongan como la guerra se opone a la paz. En efecto, una y otra deben ser analizadas como un sistema o como las dos facetas de una misma máquina de poder. Durante el segundo periodo ya no se trata de reducir a los indígenas por las armas para establecer la pax hispánica, sino de pacificar a individuos y grupos, es decir, de politizarlos y civilizarlos mediante una labor permanente y continua sobre sus cuerpos y mentes. La lógica de guerra-paz desaparece poco a poco, instaurándose un nueva máquina civilizadora que funciona a partir de la inculcación-interiorización de nuevas normas y de la reforma de las costumbres consideradas como salvajes. Se trata de hacer del indio un verdadero hombre y de su colectividad una verdadera sociedad; un proyecto fundamentalmente humanista4... y "etnocida". El poder soberano y los dispositivos concretos de la conquista: Como ya he mostrado en otro trabajo,5 este periodo se caracteriza por la guerra a sangre y fuego y una paz esporádica. Esta primera tentativa de conquista por las armas funciona a partir de unos determinados dispositivos de poder -aplicando la terminología foucaltiana-, como son la expedición guerrera, la encomienda, la esclavitud, la maloca, el fuerte y, a nivel discursivo, el requerimiento. Dichos dispositivos, que se inscriben dentro de un diagrama de poder que podríamos llamar soberano, se fundamentan en una mecánica que se propone someter a masas y funcionan a partir de un principio que podríamos definir como el derecho a matar. No exigen un control continuo sobre los individuos ni requieren un conocimiento exhaustivo y preciso del sujeto sobre el que se ejerce la acción. El ejercicio del poder en este caso tiene como objetivo incorporar masas y territorios a un espacio de soberanía real y reunir bienes y riquezas mediante la extracción de un tributo. Como vamos a ver, este diagrama de poder pre-disciplinario (denominado así por Foucault)6 o pre-civilizador gira en torno a la figura omnipotente del soberano. En caso de rebelión, por ejemplo, el ofendido es el propio rey, pues la ley equivale a la voluntad del soberano. Del mismo modo, los fuertes en territorio enemigo y el camino real son siempre la significación de un poder soberano, y el propio requerimiento representa la quintaesencia de este poder, que engloba incluso lo religioso. En fin, dentro de este diagrama, el poder encuentra su legitimidad en la persona real y se impone desde el exterior sobre una masa de sujetos, esencialmente a través de la modalidad de represión-coacción. Veamos, pues, con un poco de detalle cada uno de los dispositivos que funcionan durante este primer periodo. La lógica de guerra-paz en Araucanía y la afirmación del poder real En el caso de las expediciones guerreras, realizadas cada verano por las tropas españolas, tenemos un tipo de ejercicio del poder bastante discontinuo. De hecho, estas empresas no suponen un control permanente sobre las comunidades rebeldes; primero, porque sólo se llevan a cabo en una épo-ca del año y, segundo, porque son localizadas y delimitadas en el espacio. En efecto, los gobernadores siguen un "recorrido punitivo" de comunidad en comunidad y, luego, se vuelven a invernar en los fuertes, que funcionan como enclaves protegidos en territorio enemigo. Esas entradas, discontinuas y represivas, tienen como objetivo afirmar el poder real, dando lugar a masacres y castigos con el fin de reducir y amedrentar a los indios rebeldes. La necesidad de localizar geográficamente a las diversas comunidades no interviene como un modo de vigilarlas, sino como un instrumento que permite realizar con cierta eficacia una labor esporádica de represión. En mi opinión, es en el marco del ejercicio de un poder soberano como hay que entender la extrema violencia de la represión y el aspecto espectacular y público de las mutilaciones corporales inflingidas a los indígenas apresados durante las expediciones. Las narraciones de masacres de niños y mujeres así como la práctica de mutilaciones (cortarles la nariz, las manos, la cabeza) pueden interpretarse como la expresión de la voluntad española de restablecer una soberanía dañada o de castigar un crimen de lesa majestad. Desde esta perspectiva, se parecen a las ceremonias de suplicio, que aspiraban a manifestar de manera clamorosa el poder real. No se trata aquí de castigar la violación de un pacto político, como veremos que ocurre en el segundo periodo, sino de restablecer y expresar simbólica y físicamente la fuerza soberana del rey. El carácter inhumano de las masacres y mutilaciones nos remite al ejercicio de un poder que no tiene la humanidad por medida. Es así como, después de la victoria de los españoles en la batalla de Andalien (1550), Pedro de Valdivia mutiló a los indios prisioneros y les envió de vuelta a sus comunidades a modo de escarmiento:...murieron trescientos indios y prendiéronse más de doscientos. Y de aquéstos mandó el gobernador castigar, que fue cortalles las narices y manos derechas...Hecho este castigo, les habló el gobernador a todos juntos, porque había algunos caciques y prencipales, y les dijo y declaró cómo aquello se usaba con ellos porque les había enviado a llamar muchas veces y a requerir con la paz, diciéndoles a lo que venía a esta tierra, y que habían recibido al mensajero, y que no solamente no cumplieron aquello, pero vinieron con mano armada contra nosotros... que lo mismo se haría con los demás que no viniesen a dar obediencia y a servir a los españoles. De esta suerte se enviaron estos indios a sus casas para en castigo de ellos y exemplo para los demás. 7 La noción de requerir que aquí aparece remite de manera directa al famoso Requerimiento, el cual de manera casi caricaturesca afirma el poder absoluto del soberano sobre unas masas y unos territorios indeterminados y sobre unos grupos desconocidos y definidos como súbditos del rey. Este texto, escrito en 1513 y donde se señala que el Papa, jefe de la cristiandad, había otorgado al rey el derecho a conquistar y evangelizar los territorios habitados por pueblos bárbaros, tiene todas las características de lo que John Austin llama un enunciado performativo. 8 Era precisamente con la lectura de este texto y del ritual que lo acompañaba cómo los españoles tomaban posesión de un territorio y transformaban a sus habitantes en vasallos de su rey. Además de enunciar los derechos del soberano y los deberes de sus sujetos, el requerimiento tenía también valor de amenaza ya que el no respeto del poder real hacía automáticamente de la guerra una causa justa y de la esclavitud una institución legítima. Tal y como señala Todorov, el objetivo de los españoles no era la comunicación. 9 La prueba más clara es que este texto se decía en castellano y a veces sin intérprete. Por otra parte, esta guerra justa y esta esclavitud no debían efectuarse de una manera indeterminada. Los vasallos insubordinados debían ser castigados con crueldad y sin piedad. 10 Antes de seguir adelante, es necesario interrogarse sobre la relación que existía entre lo político y lo religioso en la empresa de conquista de este primer periodo. A diferencia de lo que ocurre en el segundo periodo, creo que la empresa de evangelización estuvo subordinada a la imposición de un marco jurídico-político de soberanía. No quiero decir con esto que lo religioso actuara únicamente como justificación de la empresa de conquista territorial, sino que el principio que rigió la instauración de los dispositivos de poder se inscribe en una lógica de la soberanía que tiene al rey como clave de bóveda. De tal modo que la evangelización no está pensada aquí como empresa de transformación de una cultura ajena o como evangelización de la cultura, sino que actúa como una modalidad de la imposición de una soberanía política trascendente y omnipotente. Como ya señalaron Bestard y Contreras (1987), en el requerimiento la problemática de la diferencia cultural está totalmente ausente. 11 Se podría decir incluso que la diversidad cul-8 Este filósofo inglés define como performativo un tipo de enunciado particular, que no es ni una descripción ni una afirmación ni una exhortación, sino una frase que, en un cierto contexto y bajo ciertas condiciones, hace que decir algo es hacerlo. Las palabras "En el nombre del Rey y de Dios tomo posesión de esta tierra" o "Te bautizo" son enunciados performativos en el sentido de que no son ni verdaderos ni falsos, no necesitan ser demostrados, no describen, pero hacen. Austin, John L.: Quand dire c'est faire, París, 1970. 10 Véase el texto reproducido en Bestard, Joan y Contreras, Jesús: Bárbaros, paganos, salvajes y primitivos. Tomo LVI, 1, 1999 tural es el punto ciego de este texto, que expresa la voluntad de integrar a unas masas indeterminadas y unos territorios sin límites claramente fijados. Este aspecto formal tendrá, por lo demás, su traducción concreta en la subordinación de la empresa de cristianización a la de conquista política. A manera de ilustración presentaré dos ejemplos de esto: el primero es el relato que hace Martín Fernández de Enciso de su experiencia del requerimiento; el segundo se refiere a las modalidades de integración de los indios amigos al aparato militar español de la frontera araucana. El primer caso está tomado de J. Bestard y J. Contreras, quienes recogen un texto de Enciso (1519), donde se refleja de manera muy clara la subordinación antes mencionada: puede destacar que la diferencia cultural no está todavía problematizada. En otras palabras, si bien los españoles tienen su propia concepción de la cultura y de la alteridad, ésta no funciona todavía como principio ideológico-político o elemento clave en la empresa de conquista. El segundo ejemplo del funcionamiento concreto de este principio de soberanía que procede por integración-exclusión, a diferencia del principio civilizador que lo hace por asimilación-marginación, lo encontramos en los indios amigos del centro-sur de Chile, quienes ayudaban a los españoles en su empresa de conquista de la Araucanía, pero que, lejos de asimilarse y fundirse con las tropas españolas, disponían de sus propios escuadrones y practicaban, a la vuelta de las expediciones guerreras, sus rituales antropofágicos. Resulta muy interesante ver que las descripciones de estas prácticas bárbaras, realizadas ante la total indiferencia de los jefes españoles, se encuentren en los textos de un misionero jesuita, Diego de Rosales, quien más tarde encarnaría el nuevo modelo de conquista y civilización. He aquí lo que él escribe:...ver que los indios amigos de los españoles hagan con los indios de guerra, que cogen, lo mismo, matandoles a su barbara usanza, sacandolos el corazon, comiendosele a vocados y haziendo flautas de sus canillas i huesos. Y assi, por no irritarlos mas y por la indecencia que trahe consigo el usarse en tierras de christianos una crueldad tan barbara, debian los Gobernadores, los Maestros de campo y sarjentos mayores no consentir mas en sus tercios semexantes atrocidades, tan contrarias a la piedad christiana. Y aunque lo escussan con que los indios amigos se sentiran de que se lo estorven, no es razon que convence, que siempre he visto que quando lo han querido estorvar, lo han hecho, y quando han querido conservar a un indio esclavo, para servirse de el o para venderle, le an librado de la muerte, y aunque los indios le han pedido para matarle, con buenas razones se le han conservado... Y siendo este uso gentilico i tan contra la christiandad i humanidad que professa la religion christiana, se debiera desterrar de las tierras de los Christianos...la condescendencia con ellos en eso es dañosa, de mal exemplo y escandalo y de que se pueden seguir grandes daños y inconvenientes, y que sin eso, se puede con razon temer no nos castigue Dios con malos succesos, por no ajustarnos con su Santa Ley i no hazer a los indios a la nuestra, sino que ellos nos hagan a la suya. 13 El objetivo de los españoles era disponer de unos aliados experimentados en su empresa de integración de los espacios aún libres de la Araucanía. Para ellos el hecho de que sus aliados indígenas practicaran 13 Rosales, Diego de: Historia general del Reino de Chile, Flandes Indiano, Santiago de Chile, 1989, vol. 1, págs. 130-131. (Tanto en éste como en los demás textos de Rosales se ha hecho una nueva puntuación). Tomo LVI, 1, 1999 rituales bárbaros no constituía un problema, ya que el resorte de esta primera conquista no era la cristianización o civilización de los indígenas. La preocupación de los gobernadores y maestros de campo era agregar el máximo de indígenas a sus tropas e incorporar nuevos territorios al espacio de soberanía real, sin ninguna preocupación por el aspecto religioso o cultural de dicha empresa. De ahí que los idios amigos dispusieran de sus propios escuadrones, fueran dirigidos por sus propios jefes y emplearan sus tácticas y prácticas guerreras "tradicionales". Y si bien es cierto que a la cabeza de estos escuadrones figuraba un capitán de amigos huinca, 14 éste compartía su cargo con un indio y desempeñaba un mero papel de encuadramiento. Su función era esencialmente militar, con prerrogativas limitadas, y contrasta notablemente con el papel de intermediario cultural, de "agente aculturador" y con la labor de vigilancia que llegó a ejercer el capitán de amigos a partir de la segunda mitad del siglo XVII. Además de la expedición guerrera y el requerimiento, la encomienda funcionó asimismo como otro de los dispositivos de poder cuya meta era, al menos en un primer momento, someter a masas indeterminadas con el fin de reunir bienes y riquezas mediante un uso discontinuo de la fuerza de trabajo indígena. A pesar de haber sido la fuente de numerosos conflictos entre los encomenderos y el poder real, la encomienda se inscribe dentro del diagrama de poder soberano en la medida en que opera a partir de la extracción periódica de riqueza o de fuerza de trabajo bajo la amenaza armada. Hay que señalar que la entrega de encomiendas no requería un conocimiento preciso de las poblaciones otorgadas a los distintos conquistadores que intervenían en una expedición, como bien se puede ver en la primera entrada de Pedro de Valdivia en el sur de la Araucanía. Apenas llegado a orillas del río Cautín, el extremeño procede a la distribución de encomiendas sobre un territorio delimitado de manera muy aproximada y cuyas poblaciones se conocen solamente en términos de densidad: Es necesario señalar que este conocimiento parcial del territorio y de la demografía indígenas estuvo acompañado durante muchos años del desconocimiento de las estructuras sociopolíticas reche. Los títulos de encomiendas de las primeras décadas son bastante significativos al respecto. Las unidades sociopolíticas (lebo, rehue, cabi) son muy a menudo confundidas y la pertenencia de un grupo o cacique a un determinado agregado sociopolítico se establece de manera aproximada y arbitraria. De ahí los numerosos conflictos entre encomenderos en torno al reconocimiento de sus derechos sobre unos territorios y unas poblaciones que, a veces, se superponen. Por otra parte, el ejercicio discontinuo y a menudo violento del poder hacía que su eficacia fuera bastante relativa. Además de generar una resistencia armada por parte de los indios, no permitía una extracción regular del tributo. Numerosos encomenderos se quejaban de que los indios de mita muy raramente se presentaban para realizar su trabajo. El último dispositivo que parece integrarse en este diagrama soberano, imperante en el primer siglo de la conquista, es el fuerte. No se trata de hacer aquí un análisis de las estrategias militares españolas, ni tampoco de estudiar la estructura de los diferentes tipos de fortificación, sino de intentar comprender la naturaleza de la relación con el Otro que instituía el reducto español en territorio enemigo. Desde esta perspectiva, es posible detectar una transformación en la "ideología de la fortificación" entre el primer y el segundo periodo y, por consiguiente, en el tipo de relación que los españoles mantuvieron con los indígenas. En efecto, el fuerte funcionó primero como enclave en territorio enemigo. Era un espacio protegido, aislado e inexpugnable, que simbolizaba el poder español y real; un lugar estratégico a partir del cual se podían organizar expediciones guerreras para luego volver a encerrarse en él. Funcionaba a la vez como refugio, cabeza de puente en territorio enemigo y marca simbólica de la potencia española sobre un espacio por conquistar. Construir un fuerte venía a significar una presencia y, por consiguiente, un acto de apropiación sobre el territorio comarcano. Se entiende, pues, que la primera tarea de las tropas en su avance progresivo en territorio reche fuera la construcción de reductos fortificados. En definitiva, durante este primer periodo el fuerte cumple únicamente una función guerrera, además de simbolizar un poder; era, sin embargo, un espacio clausurado, que impedía cualquier comunicación con los indios. Otro tanto ocurre con el camino real, cuya existencia era sobre todo simbólica. Dicho camino, que vinculaba entre sí los diversos asentamientos españoles en territorio enemigo, no tenía como objetivo establecer una Tomo LVI, 1, 1999 comunicación con los indios ni mucho menos vigilarlos. Una vez más, el problema de los españoles no era la comunicación con el Otro. El único tipo de contacto que los conquistadores tenían con las comunidades que vivían en los alrededores del fuerte estaba encaminado a cubrir sus necesidades alimenticias, para no morirse de hambre. La política de guerra defensiva como precursora del diagrama civilizador Como ya he señalado en la introducción, este modelo de conquista, que funcionaba a partir de una lógica de integración-exclusión, no era el único en la época. En efecto, en la política de guerra defensiva llevada a cabo por el jesuita Luis de Valdivia (1612-1626) se pueden percibir señales precursoras del modelo de asimilación-marginación que va a imponerse a partir de la segunda mitad del siglo XVII, pues lo que proponía este émulo de José de Acosta era pacificar a los indios por medio de la evangelización, el comercio y la política. Inscrito en la tradición lascasiana de crítica a las exacciones cometidas por los españoles (trabajo personal, esclavitud, guerra a sangre y fuego) y con una gran experiencia misional adquirida en Juli, Valdivia fue el precursor en Chile de una política de comunicación con los indios. En tanto que consideraba la barbarie de los indios como el fruto de la habituación y de la influencia de Satanás, la lucha va a desarrollarse en dos frentes simultáneos: contra el diablo y las prácticas demoníacas y perversas de los reche por un lado y, por el otro, a través de la transformación de sus hábitos culturales y de su organización social. Si bien el proyecto del jesuita es original en el Chile de principios del siglo XVII, sabemos que se inscribe en un movimiento más general de transformación de la relación con el Otro y de la problemática de la diferencia cultural que se desarrolla en América; un proceso que A. Pagden resume, en la introducción a su estudio sobre los orígenes de la etnología comparada, en estos términos:...explicar un cambio transcendental en la comprensión de las sociedades humanas, el cambio de las descripciones generalizadas del comportamiento humano en términos de las disposiciones psicológicas individuales a una sociología ética basada en la observación empírica, el cambio de una descripción de las culturas en términos de una naturaleza humana que se consideraba constante en el tiempo y el espacio, a un mayor relativismo antropológico e histórico. En el lenguaje de Michel Foucault, se trataba del GUILLAUME BOCCARA cambio de un mundo en el que el pensamiento se movía "en el elemento del parecido" en busca de "las figuras restrictivas de lo semejante", a uno en el que los observadores empezaron a registrar, clasificar y describir la diferencia y la discontinuidad. 16 En la medida en que los errores de los indios estaban determinados por el contexto sociocultural en el que habían sido educados, así como por la lucha que el demonio mantenía contra las criaturas de Dios, pero también en la medida en que su mentalidad era infantil puesto que su mundo cultural era, en comparación con Europa, un mundo nuevo, era posible y necesario educarlos. Es en este marco ideológico como es preciso entender tanto el significado del proyecto y de los métodos desarrollados por Valdivia como las resistencias que provocó y que pudieron más que la política de guerra defensiva y de evangelización. ¿Qué es lo que planteaba Valdivia? ¿Por qué fracasó su empresa?. En primer lugar, propone acabar con la conquista por las armas, el trabajo personal y la esclavitud, pues además de entrar en contradicción con los valores más fundamentales del evangelio, son las principales causas de las sublevaciones indígenas. Al mismo tiempo, procura entablar una comunicación con los indios rebeldes, organizando reuniones políticas (parlas) con las comunidades enemigas para transmitir un mensaje de paz. Al igual que el gobernador Alonso de Ribera, planea consolidar una línea fronteriza a lo largo del río Bío-Bío con el fin de oponerse a las malocas de los reche de tierra adentro en territorio pacificado. Existe, sin embargo, una diferencia esencial en la concepción que uno y otro se hacen de la frontera: para Ribera se trata de consolidar las posiciones españolas y de emprender regularmente expediciones guerreras tierra adentro para reducir a los indios y hacer avanzar progresivamente la línea fronteriza; para Valdivia, en cambio, se trata de asegurar una infraestructura sólida de donde puedan partir los misioneros a realizar su tarea evangelizadora. Por otra parte, las fortificaciones que proyecta instaurar el jesuita ya no son consideradas como lugares aislados e inexpugnables, sino como los eslabones de una cadena de comunicación y vigilancia. En efecto, Valdivia concibe el fuerte como un dispositivo de visibilidad, que permite vigilar y proteger a los indios amigos asentados en sus alrededores. Vigilarlos y además controlarlos, pues una vez reducidos a pueblos en las proximida-16 Pagden, Anthony: La caída del hombre natural. El indio americano y los orígenes de la etnología comparativa, Madrid, 1988, pág. 21. Tomo LVI, 1, 1999 des del fuerte ya no podrán hacer lo que se les antoje. Al mismo tiempo, protegerlos contra las malocas de los indios de tierra adentro, a los que Valdivia llama, y ésta es una novedad discursiva fundamental cuyo alcance se analizará más adelante, ladrones o delincuentes. Además, el fuerte ya no es sólo un lugar-refugio, desde el que se emprenden expediciones militares o misionales, sino también un espacio abierto y permeable hacia el que es necesario atraer a los indios. La línea fronteriza, concebida hasta entonces como una línea defensiva y guerrera, pasa a ser considerada como un espacio de comunicación, que debe servir para establecer contactos, tejer vínculos e informarse de lo que pasa tierra adentro. En definitiva, la máquina política en la que se inscriben esos nuevos dispositivos de poder (la misión, la reducción a pueblos, la frontera como espacio de comunicación y de vigilancia, la "parla" como reunión política hispano-reche cuyo objetivo es el de informar e informarse) es fundamentalmente diferente a la dominante durante este primer periodo. El proyecto de Valdivia tiene que ver con otro tipo de poder que ya no busca imponer por la fuerza o reprimir, sino más bien incitar, convencer, inducir pautas de comportamiento, transformar las costumbres e instaurar normas o una norma común y homogénea. Dicho proyecto, además de chocar contra los intereses estrictamente materiales de soldados y encomenderos,17 se fundamentaba en un principio político radicalmente distinto al entonces imperante. Con Luis de Valdivia se puede afirmar que el Chile colonial entra en la era moderna de la civilización, cuyo medio de acción principal, al menos durante un primer momento, es la evangelización. Por lo tanto, el periodo de guerra defensiva no es un etapa desprovista de significado, como algunas veces se ha dicho, sino que deja aparecer las primeras fisuras del modelo soberano de conquista y prefigura un tipo de saber y una concepción del poder que llegarán a ser dominantes durante el segundo periodo. Volviendo a la concepción valdiviana de los distintos dispositivos que debían conducir a la pacificación de los indios delincuentes, veamos lo que escribía a propósito de las fortificaciones en la zona de Yumbel:...habiendo de meter adentro los indios de Cayuhuenu que recibian daño del enemigo, aquel fuerte que solo servia de ampararlos se puso donde hiziesse dos oficios, que los amparasse y en lugar mas seguro y guardasse mucha mas tierra, convirtiendole en los seys torreones que guardan las cinco leguas de Puchangui, donde las postas se ven unas a otras y ven a la posta del campo de Yumbel. Y con sola la gente de Cayuhuanu [sic] se poblaron seis torreones a diez soldados cada uno, y los soldados son mejor visitados alli y alimentados. Y el campo puede presto acudir al socorro, y los indios tienen mejores tierras para sembrar y todos estan debajo de una posta que les esta mirando... Parecio bien fortificar estas cinco leguas con seys torreones de adoves que se ven el uno al otro, y no puede passar de dia nadie sin ser visto... 18 Las tres ideas claves que resaltan de este texto y que, como sabemos, estructuraban el proyecto valdiviano son: vigilar, civilizar y proteger. 19 El poder de vigilancia tal y como él lo concibe ya no busca ser visto de todos, como en el caso del poder soberano que encontraba el principio de su efectuación en la manifestación ostentatoria de su existencia, sino más bien verlo todo. El recinto fortificado es uno de los muchos puntos de visibilidad de una cadena flexible, que tiende a controlar y registrar la multiplicidad de los movimientos. Por otra parte, el desplazamiento de los indígenas no se concibe desde una perspectiva de explotación de la fuerza de trabajo, sino como un medio para su civilización. Hay que vigilar y, si llega el caso, castigar a los indios, pero es preciso también inculcarles nuevos modos de vivir, sin obligarles ni constreñirles mediante la coacción o la fuerza bruta. Es así como se les distribuyen mejores tierras para que se sedentaricen y adopten una actividad económica digna de los verdaderos hombres: la agricultura. Es así también como se les trata de enseñar a que vivan con más policía, juntándolos en pueblos. Por último, hay que protegerlos de la violencia de los indios de tierra adentro. Valdivia espera que esta obra de civilización sirva de ejemplo además a los indios ladrones, atribuyéndole al comercio un importante papel en esa nueva empresa de pacificación: 18 Memorial del Padre Luis de Valdivia, "El Padre Luys de Valdivia Vice-Provincial de la Compañía de Jesús en el Reyno de Chile. Digo que la mayor parte de mi vida, he gastado en la conversión y pacificación del dicho Reyno...", en Archivum Romanum Societatis Iesu (en adelante ARSI), Chilensis Historiae, vol. 4 (1604-1664). La fecha inscrita sobre el documento es 1611; sin embargo, por la naturaleza de los hechos narrados y habida cuenta de que Valdivia señala que hace 29 años que está en Chile, más bien parece datar de comienzos de la década de 1620. 19 Encontramos esta triple exigencia en otro texto de Valdivia cuando escribe: "...los mismos indios del estado de Arauco para estar bien amparados con ocasion del daño que les hiço Anganamon, pidieron reducirse y asi se redujeron a media legua y a una y a dos del fuerte de Arauco de donde nuestro campo los puede amparar mejor..., donde mucho mejor pueden ser enseñados en la fee con menos riesgos de los padres de la compañia que estan en Arauco... estan mas juntos para defenderse del enemigo y ser defendidos de nosotros y mejor castigados los que dellos delinquieren" ("Relación breve de lo sucedido en la pacificación del Reyno de Chile por los medios que su magestad cometió al Señor Marqués de Montesclaros virrey del Pirú que llevó a su cargo el padre Luys de Valdivia de la Compañía de Jesús desde el 13 de mayo de 1612 hasta 1 de noviembre de 1613 años". Tomo LVI, 1, 1999...en quitandoles [a los indios rebeldes] el cebo que hasta aqui han tenido para hacer daño a nuestros amigos antes de las reducciones, y en fortificando nuestra frontera bien por donde hasta aqui hemos experimentado sus entradas, no han de poder entrar sin ser vistos...no han de hallar en que hacernos daño y lo han de recibir de ordinario; esto les necesitara a dejar la guerra y convertir el pillaje en comercio, como ya lo han comenzado a hazer a temporadas. 20 Reforma de las costumbres, transformación de la organización social y política, extirpación de las falsas creencias, instauración de un nuevo modelo económico y reeducación de los cuerpos (hexis corporal) y de las almas (habitus cultural), todos esos aspectos del proyecto valdiviano en particular, y jesuita en general, muestran que la empresa de evangelización es concebida como una empresa global de civilización. Otro aspecto a tener en cuenta en esta política es el marquage simbólico del territorio que entrañaba la edificación de capillas y la instalación de cruces. A diferencia del poder real, que simbolizaba su presencia y se apropiaba del espacio mediante las fortificaciones enclavadas en territorio enemigo, los jesuitas utilizarán este otro tipo de marquage, en el que la capilla y la cruz se ubican en el corazón mismo de las comunidades indígenas y se incorporan a las estructuras ya existentes, siendo ambas concebidas como instrumentos de penetración en el tejido sociopolítico indígena. Los misioneros tratan además de adecuarse a las categorías nativas (identifican la cruz con el voye, árbol de canelo con valor sagrado para los reche; no vacilan en hacerse pasar por chamanes o, al menos, no despejan las dudas sobre su identidad real...) e intentan insertarse por este medio en el tejido social mapuche con el fin de conocerlo y actuar sobre él. El tipo de saber que los jesuitas elaboran y desarrollan sobre el ser social indígena está íntimamente relacionado con la naturaleza del poder que buscan ejercer sobre un sujeto (individual y colectivo) desde ahora bastante bien conocido y definido. Es así como, durante el parlamento de Catiray (1612), Valdivia no duda en adoptar el ritual tradicional reche: se deja conducir al lugar que ellos reservan para sus cojau (reuniones políticas), penetra en este terreno sagrado con una rama de canelo en la mano (tal y como prescribe el rito), se dirige a los indios en mapudungun y sigue el orden de precedencia que impone el admapu (costumbres de la tierra o tradición). En fin, da muestras de una apertura poco común en su época e inaugura un nuevo tipo de relación con el Otro. Ahora bien, no hay que equivocarse y cometer el anacronismo de considerar a los misioneros como unos defensores respetuosos de la cultura y del modo de vida indígena. Los jesuitas mantienen una auténtica guerra. Son los soldados de Cristo contra Satán y no vacilan en oponerse a unas prácticas bárbaras que, como hemos visto, no parecían molestar demasiado a sus coetáneos (encomenderos, soldados, oficiales y gobernadores). Durante su misión en la isla de Santa María, por ejemplo, los jesuitas se opusieron a la realización de un rehuetun, que las autoridades civiles no habían juzgado necesario prohibir: Un cacique en nombre de toda la isla tomo la mano y dijo... que assi como nosotros teniamos nuestro dios, nuestra ley y nuestras ceremonias en la misa, asi ellos tenian su dios, que era el guecubu y a el adoraban, tenian las tradiciones de sus antepasados, que era su ley, y sus sacerdotes y ceremonias, y que havian de hacer la fiesta de reguetun donde habian de elegir sus sacerdotes, y asi, que nos podiamos ir porque no havia lugar para oir las cosas de dios... le dijo el Padre Aranda que mirase bien lo que habia dicho, que por ser cristiano merecia mui grande castigo. Entonces, otro cacique llamado don Pedro Lebeuya quiso dorar lo que el otro tan desvergonzadamente dijo, diciendo que en el reguetun no adoraban al guecubu ni al demonio, mas solamente trataban de cosas pertenecientes al gobierno y daban a entender a las mugeres que el guecubu les descubria sus maldades para que viviesen bien. Mas en realidad, de verdad comunmente dicen que en este reguetun hablan con el demonio y hasen otras mil supersticiones. Empezaron su reguetun, no se atreviendo el corregidor a quitarselo por haverles dado el señor gobernador licencia para ello. 21 Hay que señalar que con los jesuitas entramos en una etapa de proliferación de relaciones e informes que tratan de la sociedad reche desde el punto de vista político, religioso y económico. Además se emplea un nuevo tipo de vocabulario, donde los indios no-reducidos ya no son rebeldes, sino ladrones y delincuentes. El encarcelamiento o el cautiverio ya no son concebidos como una manera de afirmar el poder real, sino como una labor de reeducación. Los jesuitas hacen listas de los miembros de las comunidades que visitan, establecen clases y categorías de indios y proceden mediante una lógica de individualización. Como en el caso de la disciplina estudiado por Foucault, la civilización "fabrica" individuos. Se trata de una técnica específica de poder que "toma a los individuos a la vez como objetos y como instrumentos de su ejercicio" 22. El tipo de saber que desarrollan 21 "Carta anua de la Provincia de Paraguay, Chile y Tucumán" (1609). 22 Véase Ewald, François: "Michel Foucault et la norme", en Giard: Michel Foucault..., pág. 206. Tomo LVI, 1, 1999 los misioneros corresponde a un tipo de poder que busca disciplinar, normalizar, civilizar. Se adquiere información para actuar con más eficacia y con el fin de extender, intensificar e incrementar los efectos del poder. Ya no se constriñe, prohibe, reprime o impide, sino que se utiliza el conocimiento acumulado y cuidadosamente clasificado para producir, incitar, inducir, intensificar. Se procura inmiscuirse en la sociedad indígena, crear lazos de dependencia reales o simbólicos y multiplicar las relaciones diádicas. A menudo se recurre a las artimañas y se emplea la ambigüedad, el artificio, el simulacro o el "engaño honesto" para que los indios se vuelvan virtuosos. 23 Se intenta establecer un nuevo tipo de saber-poder, que es preciso rastrear en los micro-actos que obligan e incitan de manera casi imperceptible. Es en el detalle y a través de minucias cómo actúan los misioneros y es por la multiplicación de esos pequeños pormenores cómo nace la empresa más amplia y eficaz de vigilancia y de sujeción de los indios. Y si bien es cierto que esta microfísica de la civilización fracasa durante el primer periodo, a partir de la segunda mitad del siglo XVII la lógica de la civilización se va a imponer como la forma dominante y como el principio ordenador de una nueva máquina de pacificación. El poder civilizador como nuevo principio de sujeción: evangelización, política y comercio (1641-1810) Como bien ha señalado Rolf Foerster, el parlamento y la misión fueron los dos mayores "logros" de la obra evangelizadora jesuita. 24 Los soldados de Cristo tuvieron, en efecto, un papel fundamental en este segundo periodo. Primero, porque fueron los que soportaron casi todo el peso de la empresa misional en las zonas fronterizas y tierra adentro. Segundo, porque su conocimiento de la realidad sociocultural indígena y sus métodos de penetración fueron de gran utilidad en la construcción de un nuevo espacio de discusión y confrontación: el parlamento. Por lo tanto, los jesuitas se ubicaron en el centro de las dos instituciones que iban a imponerse como los pilares de la nueva política española en tierra araucana. Conviene, pues, interrogarse sobre la naturaleza de tales instituciones y sobre el tipo de relación que tienden a establecer con el Otro. Muy a menudo han sido consideradas como espacios de convivencia, de paz, de consenso o de pacto, como si toda voluntad de sujeción estuviera ausente y nos encontráramos ante unos espacios encantados de la libre comunicación. Sin embargo, tanto el parlamento como la misión (junto con las escuelas de indios, la institución de los caciques embajadores, el establecimiento de puestos fronterizos, la regulación del comercio a través de la organización de ferias y de la creación de licencias, etc.) se dibujan como dispositivos de normalización, cuyas principales preocupaciones son el orden público, la policía y la institucionalización de una norma jurídicopolítica común. No voy a analizar aquí la lógica misional en sí, ya definida al presentar el proyecto de Valdivia. Lo que trataré de demostrar, a través del estudio de los parlamentos, es que los principios políticos desarrollados por los jesuitas a principios del siglo XVII (vigilancia permanente, normalización, individualización, centralización, comunicación, información) constituyeron la base sobre la que se construyó la nueva empresa civilizadora llevada a cabo hasta, por lo menos, su expulsión. Según la historiografía tradicional, 1641 marca un hito en la política española hacia los mapuche. Es, en efecto, en este año cuando el gobernador Francisco López de Zúñiga entabla una política de parlamento, que tiene como meta establecer la paz sobre nuevas bases. Es también entonces cuando, con motivo de los parlamentos de Quillín, Repocura e Imperial, se reconoce la frontera del Bío-Bío como línea de demarcación entre dos mundos: el indígena al sur y el español al norte. No hay que engañarse, sin embargo, sobre el significado de esta frontera, puesto que las autoridades españolas reconocen a los nuevos vasallos del rey el derecho a disfrutar libremente de sus tierras en la medida en que, precisamente, aceptan ser y comportarse como súbditos. Esto conlleva una serie de obligaciones y supone el cumplimiento de un cierto número de compromisos por parte de las comunidades que han aceptado los nuevos términos de la comunicación. Todo esto no quiere decir que la citada fecha no sea importante; se podría incluso afirmar que, quince años después del intento fallido de guerra defensiva, los parlamentos realizados por el Marqués de Baides constituyen el punto de inflexión de la política española en la Araucanía. En efecto, tanto en sus aspectos formales como en sus contenidos dichos parlamentos marcan una ruptura respecto a la política del primer periodo. Tomo LVI, 1, 1999 Si nos atenemos al aspecto formal de las relaciones mantenidas por los dos protagonistas durante esas reuniones, percibimos en López de Zúñiga una apertura que recuerda a la de Valdivia. El gobernador, al igual que hizo el jesuita en Catiray, acepta participar en el ritual de paz autóctono. Deja que los ulmenes o caciques sacrifiquen rehueque (llamas) y no interviene en las ceremonias que se realizan entre indios rebeldes y amigos. Recibe de buen grado de manos de los indios la rama de canelo, untada con la sangre del rehueque, y permite que se expresen larga y libremente los representantes de las comunidades. El ritual es respetado en la medida en que, como escribía el jesuita Alonso de Ovalle, esta ceremonia "aunque gentílica parece tiene su fundamento en muchas historias y aun en las sagradas no le falta". 25 La novedad de los métodos empleados se percibe asimismo en el tipo de relación de poder que el gobernador intenta instaurar. Ya no se trata de imponer o de reprimir, sino más bien de sugerir, manipular e incitar. López de Zúñiga entrega bastones de mando a los caciques, ofrece numerosos regalos y asigna títulos y grados correspondientes a la jerarquía militar española: Y para honrarlos dio baston con casquillos de plata de gobernador y Capitan general a Lincopichon, por aver sido el primero en dar la paz, y otro de Maestro de campo a Don Antonio Chicaguala y otro de Sargento Mayor al hixo mayor de Lincopichon, Cheuquenecul, para que gobernassen sus tropas contra los que no quisiessen admitir la paz. Mandolos vestir a lo español, con capas y capotillos, y hazer buen agasaxo... 26 Esta voluntad de sustituir la jerarquía militar reche por una terminología y una estructura española es totalmente original en el Chile de la época. Se puede incluso ver en ello un signo precursor de la política que buscará reducir progresivamente la distancia o diferencia sociocultural con el fin de obtener una paz segura y duradera. Asimismo, en el hecho de vestir a los caciques a la española se puede entrever una anticipación de la política asimilacionista que se va a desarrollar a lo largo de este periodo. Otras propuestas españolas confirman la impresión no solo de una toma de conciencia de la diferencia cultural, entre civilizados por un lado y salvajes por el otro, sino también de su integración como parámetro en la nueva estrategia de pacificación. En efecto, la integración de esa diferencia como ele-mento a tomar en cuenta en el cálculo político se percibe en la proposición hecha a los indios de entregar a sus hijos para que sean educados en un medio español. 27 La originalidad de las propuestas del Marqués de Baides radica sobre todo en la utilización novedosa que hace de los religiosos y de la institución misional. Así, en el discurso de los jesuitas que acompañan y aconsejan al gobernador se puede constatar que la evangelización ya no funciona como justificación o codificación de un discurso político de soberanía, sino como principio político en sí. De tal manera que la evangelización acaba siendo el arquetipo de un nuevo tipo de poder que se va asentando poco a poco, y la pacificación de los indios pasa por la construcción progresiva de una unidad en la fe, sinónimo ella misma de uniformización en los modos de vida; pues como señala Diego de Rosales, refiriéndose a las palabras del propio gobernador: No pretende el Rey ni quiere vuestros hixos, vuestras mugeres, vuestras haziendas, vuestro oro. Su principal deseo y su primer motivo en las conquistas de las Indias y de estas Provincias es la salvacion de vuestras almas, vuestro aumento y quietud. Pues sois hombres racionales y conoceis el bien y el mal y el discurso natural y la experiencia os lo ha dado a conozer, dexad de veras y de todo corazon vuestra porfia, vuestras traiciones y dobleces. Tened lastima a vuestras almas, a vuestras vidas y a vuestra libertad; hazeos cristianos y tengamos un corazon y una fee; que [a] menos de que lo seais, no podemos tener union verdadera; porque no ay union entre las naciones si no es por la Religion, y lo que las divide es la diversidad de la creencia y adoracion... Aumentad vuestros ganados y no deis de comer con ellos al enemigo, lograd el trabaxo de las sementeras; que mexor que las coma quien con sudor las haze, que no que se las coma el fuego, que las consume sin provecho. 28 Como se puede ver, ya no se trata de extraer un tributo, sino de procurar que los indios se vuelvan a instalar en sus tierras para que produzcan; se les incita a trabajar, a producir y a multiplicarse. Ya no se les amenaza con la muerte, sino que se intenta regular su vida. Todos esos puntos están presentes en las condiciones de paz aceptadas en Quillín y que Rosales resume de esta manera: todos los Indios retirados, de la tierra adentro, a que se vuelvan a sus tierras antiguas de sus Padres y antepassados con sus familias y ganados, sin que los pueda detener pariente ni otra comodidad. Y los que de sus tierras quisieren venir a poblar a las de los españoles o Indios amigos, se les ha de dexar a su voluntad, con sus mugeres, hijos y haziendas... La sexta, que han de admitir predicadores y ministros de el Evangelio, para que los prediquen y industrien en el conocimiento de el verdadero Dios. 29 Esta voluntad de civilizar a los indios mediante la sedentarización, la transformación de su mentalidad económica, la producción disciplinada y sin despilfarro, la instauración de una norma religiosa y, por lo tanto, cultural y de un control permanente sobre sus cuerpos y actividades, la volvemos a encontrar unas décadas después en los acuerdos firmados en el parlamento de Malleco (1671): 1....han de salir de las montañas en que se hallan y venirse a vivir a sus poblaciones antiguas conforme estaban antes del alçamiento; 2....han de estar unidos en sus rancherias para que puedan los curas y padres misioneros instruirlos en los misterios de nuestra santa fe; 3. An de estar con un Capitan de Amigos en su poblacion para que los mantenga en paz y justicia rija y govierne para todo lo que se ofreciere del servicio de su Magestad...; 4. An de estar obligados a asistir a todas las escoltas y conducirlas a los fuertes y partes donde mas combenga resultando en esto la combeniencia propria y suya en que no esten ociosos y que tengan algun exercicio... Que todos los indios sean restituidos en sus haciendas para que las cultiven y usen de ellas como proprias quedando obligados a sembrarlas para que con este exercicio se baian enseñando a vida politica y sociable y que cada mes nombren un cacique que venga a darme quenta de la forma y [?] en que se allan y ynformarme de los agravios y bejaciones que recivieren de otros yndios o españoles para que se probea el remedio que mas convenga en justicia mantendiendolos en ella; 7. Que siempre que hubiesen de salir de su poblacion para otra que an de dar quenta a su Capitan de Amigos para yr y bolber limitandoles el tiempo; 8. Que todos los cautivos sean restituidos y que si hicieren fuga en algun tiempo de sus poblaciones a otras den quenta al Capitan de Amigos para que los restituya a sus encomenderos; 10. Que qualesquiera Caciques que en tiempo de guerra ayan maloqueado a otros caciques se restituian las pieças que ubieren apresado tanto de una parte como de otra olvidando rencores y viviendo con quietud y paz amigable. 30 Observamos aquí una nueva etapa en el proceso de vigilancia y cómo los nuevos mecanismos de poder empiezan a ser enunciados de manera relativamente clara. El capitán de amigos cumple ahora un doble papel. En primer lugar, debe actuar en sustitución de los mecanismos indígenas para 29 Ibídem, pág. 1136. 30 "Artículos que han de observar y guardar en lo de adelante los caciques y parcialidades que han venido a dar la obediencia a Su Majestad..." Archivo General de Indias (en adelante AGI), Chile, 62. GUILLAUME BOCCARA regular los conflictos. Se pretende de este modo no sólo el control y la neutralización de la legislación criminal autóctona, sino también el hacer reinar una paz y una justicia definidas a partir de criterios jurídicos españoles y extracomunitarios. Ahora bien, ese marco jurídico-político exógeno no debe imponerse desde el exterior por medio del suplicio y la coacción; lo que se busca es establecer una relación de poder particular e interna entre el capitán de amigos y los miembros de la comunidad. Aparece entonces la voluntad de reemplazar los mecanismos reguladores indígenas por nuevas técnicas que ya no pasan por la compensación o la muerte, sino por el castigo. El delincuente debe ser castigado en la medida en que viola la paz púbica y atenta contra la soberanía de la comunidad en particular y contra el orden colonial en general. El segundo papel que debe desempeñar el capitán de amigos es el de capataz o vigilante de la comunidad; no sólo ha de controlar un espacio concreto sino también el tiempo de quienes lo habitan. La civilización de los indios pasa por el control de su espacio y de su tiempo, y por la inculcación de un arbitrario cultural que considera que el tiempo es precioso y que el espacio está hecho de segmentos. El capitán de amigos tiene la difícil misión de inducir a los indios a que vivan con más policía, mediante el ejercicio de un poder de vigilancia que funciona de manera continua y exhaustiva. Otro aspecto interesante y novedoso del parlamento de Malleco es la incitación que se hace a los indios para que produzcan, aconsejándoles que trabajen sus tierras para así aprender poco a poco a vivir con más policía y reducirse a una vida sociable. Se les pide además que den cuenta regularmente del estado de la producción agrícola. Esta voluntad de transformar la mentalidad económica indígena se expresa muy claramente por medio de una nueva dicotomía: indios trabajadores frente a indios ociosos. El parlamento que tuvo lugar en Yumbel unos años más tarde (1692) constituye otra importante etapa en la instauración de este nuevo diagrama civilizador-asimilador. Tal y como señala Leonardo León, el discurso de las autoridades españolas, y especialmente el del gobernador Marín de Poveda, ya no se basa en las amenazas. 31 El objetivo primordial del gobernador es el de mostrar que la paz es posible con tal de que los mapuche adopten poco a poco los usos y costumbres de los españoles, siendo la conversión el principal medio en esta empresa civilizadora. Como en el parlamento de Quillín, la paz es posible en la medida en que se logre establecer una uni-31 León Solis, Leonardo: "El pacto colonial hispano-araucano y el Parlamento de 1692". Tomo LVI, 1, 1999 dad en la fe, entendida como uniformidad en los modos de vida. Como bien dice un cacique mapuche hispanizado, presente en el parlamento, se trata de "hacer nuevo mundo en el modo de vivir reformando los ritos y las costumbres de la ley ignorante en que vivían los indios". 32 Marín de Poveda promete a los mapuche no extraer más tributo y procurar además que no se realicen más malocas y expediciones militares en su territorio. Ellos, a su vez, deben corresponder como "...vasallos y procurar de su parte seguir y imitar las costumbres y modo de bivir de los españoles". 33 También deben limitar las guerras intestinas, plegarse a una nueva relación económica (el trabajo asalariado en las estancias fronterizas), aceptar la intromisión de los capitanes de amigos en sus asuntos internos y abrirse en cuerpo y alma a la labor de reforma ontológica y sociocultural puesta en marcha por los misioneros. La nueva política de Marín de Poveda tiene como meta matar al indio que hay en el hombre para que sea verdaderamente hombre. Sin embargo, esta empresa humanista y etnocida no debe llevarse a cabo por la fuerza. La idea es llegar a asimilar a los indios a la sociedad, a la cultura y a la máquina productiva hispano-criolla a través de un largo y minucioso proceso de deculturación y de normalización de los espacios. En este contexto, la noción de frontera adquiere un sentido radicalmente nuevo: la frontera del Bío-Bío ya no es concebida como una línea guerrera, sino como un espacio-tiempo de civilización, como una zona de transición entre la barbarie y la civilización. Se aspira a que este espacio se vaya dilatando a la vez que la diferencia sociocultural se vaya retrayendo. El parlamento se convierte en una institución central de esta nueva política de regulación e imposición de una norma jurídico-política común. Así, en los parlamentos de Negrete (1726) y Tapihue (1738) se intenta regular y vigilar las relaciones económicas hispano-indígenas mediante la implantación de un sistema de ferias, la necesidad de un permiso para cruzar la frontera (en ambas direcciones) y la delimitación de los productos que se pueden o no vender; además, los oficiales de los puestos fronterizos deben vigilar los desplazamientos, controlar los precios de venta y registrar las cantidades de objetos intercambiados. Otro de los aspectos fundamentales en las actas de estos parlamentos radica en la voluntad de responsabilizar al cacique en caso de violación de los acuerdos. Esta disposición jurídica es, en mi opinión, una pieza central en el asentamiento de esta nueva máquina de poder. En efecto, mediante esta responsabilización individual del cacique lo que se busca es: 1) crear cabecillas y actuar sobre el edificio sociopolítico indígena en el sentido de una mayor centralización; 2) establecer un espacio común con una única norma jurídico-política, que funcione tanto del lado indígena como del lado hispano-criollo; 3) generar y crear individualidades o individuos positivos que actúen en el sentido deseado, no por temor o en respuesta a una coacción exterior sino por interés y necesidad interna, debido a la posición que se ocupa en el nuevo campo de poder y a la interiorización de nuevas normas de conducta y de nuevos valores. De ahí que los tres aspectos recurrentes y notables de esta nueva máquina de civilización-asimilación-normalización sean: 1) la tendencia a la concentración de la estructura sociopolítica de los grupos o sociedades sobre los que se intenta actuar; 2) el énfasis puesto en la producción de individuos responsables de sus actos y de los de sus sujetos así como de individualidades positivas, con el fin de aumentar los efectos del poder; 3) la búsqueda de la uniformización y homogeneización cultural a través de la inculcación-interiorización de valores, ideas, pautas de comportamiento, representaciones del cuerpo, etc., etc. Todos estos aspectos (económicos, políticos y civiles) los encontramos confirmados y resumidos en los acuerdos correspondientes al parlamento de Tapihue (1774):...les propuse y aceptaron el nombramiento de jueces... para que celasen de las salidas de los mocetones y las entradas de yanaconas, españoles, mulatos y negros, con obligación de dar aviso al cacique para su inmediata expulsion y remesa a los comandantes de las plazas cercanas como para el castigo de los que saliesen sin licencia y facil averiguacion de las especies, ganados y animales que llevasen robados, haciendose de lo contrario responsable el cacique que los permite o disimulase o no procediese a la restitucion... Que no han de usar [los indios] de otros pasos del rio Bio Bio que los que tengo señalados, presentandose a los cabos de las plazas que los resguardan, con manifestacion de los efectos que sacaren de sus tierras y de los que retornasen con sus productos o de los que adquerieren con su trabajo personal en haciendas españolas... Ofrecieron ultimamente entregar sus hijos para su educacion politica y christiana en colegios. 34 Por otra parte, hay que añadir que los españoles aprovecharon este parlamento para reafirmar una vez más su voluntad de injerencia en los asuntos inter-mapuche: el gobernador Jáuregui pidió a los indígenas que acabasen con sus luchas internas para no perturbar el orden y el bien público. En el parlamento de Tapihue se pone muy bien de manifiesto que estamos ante un dispositivo que intenta actuar de manera exhaustiva y cuya función es la transformación de las costumbres y las formas de organización sociopolítica indígena. A lo ya dicho, hay que sumar otras dos facetas. En primer lugar, el deseo de hacer que esas reuniones sean lo más generales posibles y que cada comunidad allí representada encuentre su lugar en un espacio desde ahora ordenado y clasificado de manera rígida; en segundo lugar, la denominación de unos representantes indígenas que debían vivir de manera permanente en Santiago, los llamados caciques gobernadores. Con la creación de esta institución se pretendía instalar en la ciudad a representantes de los cuatro futamapu que pudieran comprometer con sus decisiones a la totalidad de las comunidades indígenas. Era una idea completamente subversiva y un dispositivo de un marcado carácter aculturador en la medida en que intentaba romper con el sistema político indígena, en el que las decisiones se tomaban colectivamente a través de una confrontación directa de todas las opiniones existentes. He aquí un texto que describe de manera bastante nítida lo que los hispano-criollos se proponían lograr mediante esta disposición jurídico-política, en la que se refleja de nuevo la voluntad de normalizar-civilizar-centralizar: El último punto que considero importante destacar de los acuerdos firmados en Tapihue tiene que ver con la voluntad española de imponer un nuevo marco jurídico a los grupos indígenas de tierra adentro y de traspasar las prerrogativas penales desde el interior de las comunidades hacia el exterior. El cacique es desde ahora el responsable de los actos delictivos que se cometen en el seno de su comunidad, debiendo entregar a todos los 35 "Relación de las misiones del Obispado de Concepción de Chile del Obispo al Rey" (28-08-1784). GUILLAUME BOCCARA delincuentes (indios, criollos, mulatos, mestizos) a las autoridades españolas. Unas medidas que demuestran la intención de fortalecer el poder de los caciques, a la vez que reflejan una de las características principales de esta nueva máquina de poder, que busca sobre todo individualizar e imponer unas normas. En consonancia con ello, ya no se define el malón como una empresa bélica sino como un delito; a los conas ya no se les considera como guerreros ni a sus caciques como jefes de guerra, sino que se les incluye en la categoría genérica de delincuentes, junto con los vagabundos y bandidos mestizos o mulatos. De tal manera que se podría decir que es a través de esta nueva gestión de la ilegalidad y en función de la instauración de un tipo particular de poder cómo se va dibujando la nueva figura del delincuente y se construye la categoría de la delincuencia, entendida ésta como un acto que perturba el orden público colonial y obstaculiza la empresa de pacificación-civilización. Definidas las normas de vida (parlamento de Yumbel), corresponde ahora definir normas jurídicas y políticas. El espacio social tiende así a homogeneizarse. La diferencia entre el rebelde mapuche y el bandido mestizo ya no es una diferencia de naturaleza; ambos son delincuentes a los que es preciso castigar. Ni tan siquiera las luchas intermapuche son consideradas como conflictos intertribales, sino como asuntos que conciernen directamente a las autoridades españolas. Asistimos así, durante esta segunda mitad del siglo XVIII, a una auténtica "estatificación" de los mecanismos disciplinarios. Uno de los medios empleados por las autoridades coloniales para optimizar los efectos de este nuevo poder fue, precisamente, hacer de los caciques verdaderos agentes (en el sentido de juez y policía) del rey. A manera de ilustración veamos lo que dice el decimocuarto punto del parlamento de Tapihue al respecto: Gobierno... pues ninguno ha de poder pasar desde ahora el expresado rio, sino por los referidos pasos de Santa Barbara, Puren, Nacimiento, Santa Juana y San Pedro presentandose primero...para que los asienten en el libro que han de tener a esse fin los comandantes...; pues lo mismo se mandara por bando con gravissimas penas contra los españoles que fuesen osados a pasar a sus tierras por otros pasos y sin expresa licencia del Superior Gobierno o del Maestro de Campo General, a los que podran ellos prender y remitirme para que yo los castigue como a transgresores de mis ordenes. 36 Para terminar esta revisión de las estrategias de sujeción puestas en juego en la construcción de lo que fue un imponente edificio jurídico-político, trataré brevemente algunos aspectos de la política entablada por el gobernador Ambrosio O'Higgins. Si hubiera que resumir la acción de este gran conocedor de la frontera y de los asuntos indígenas, diríamos -retomando una fórmula de François Ewald-que con él pasamos de una civilización-bloqueo a una civilización-mecanismo.37 Dicho de otra manera, el objetivo de O'Higgins, figura central en la política fronteriza, no fue el de cerrar los espacios, sino el de abrir vías de comunicación; no el de restringir y vigilar el comercio hispano-indígena, sino el de dejarlo libre. La perspectiva espacial de O'Higgins era mucho más amplia que la de sus predecesores y no toma sólo en cuenta la frontera del Bío-Bío; por el contrario, desea trazar vías de comunicación, seguras y rápidas, entre las fronteras norte y sur del territorio mapuche (Concepción-Valdivia-Osorno-Chiloé) y facilitar las comunicaciones este-oeste (Santiago-Mendoza-Buenos Aires). En definitiva, lo que él pretende es la construcción de un espacio de la perfecta comunicación, un espacio liso, sin segregación. Los medios utilizados se ponen muy bien de manifiesto durante los preparativos del parlamento de Negrete. Primero, se pone en contacto directo y personal con los caciques con el fin de impulsarles a que actúen en un determinado sentido. En sus cartas emplea un estilo metafórico, en consonancia con la manera de expresarse de los indígenas; trata de comprometerlos moralmente y de darle una profundidad histórica a sus negociaciones, advirtiéndoles que el parlamento es una ceremonia que forma parte de su tradición (admapu) y que deben ser amigos de los españoles porque sus padres también lo fueron. Segundo, les pide que pongan fin a sus luchas intestinas y que dejen transitar a sus enemigos por sus tierras, para que puedan acudir al parlamento y no puedan justificar su ausencia en razón de la hostilidad de sus "hermanos de raza". Asimismo, durante el propio parlamento (1793) negocia con los pehuenche de la cordillera el tránsito regular y masivo de caravanas españolas por los pasos de Antuco y Villacura en busca de la sal ultracordillerana. Conversa con los caciques de la zona de Valdivia sobre la reconstrucción de la ciudad de Osorno, destruida a consecuencia de la gran sublevación de las postrimerías del siglo XVI. Pide a los caciques llanistas que impidan la salida de sus conas hacia las Pampas y la frontera de Buenos Aires. Decide además poner fin a los múltiples tratados que regulan el comercio e indica a los caciques que su autorización para atravesar su territorio ya no será necesaria. La política de O'Higgins tiene como meta la total homogeneización del espacio sociopolítico de la Araucanía. 38 El aspecto más interesante y novedoso de sus gestiones en los asuntos indígenas y fronterizos es el énfasis que pone en la noción de libertad y su convicción de que la civilización de los indios será la consecuencia lógica de la eliminación de las trabas que obstaculizaban la comunicación entre las dos naciones. Ahora bien, la libertad que propone O'Higgins es una libertad vigilada y hay que inscribirla e interpretarla dentro de un proyecto más global de conquista y colonización. En efecto, esas vías de comunicación que se trazan, esos caminos que se balizan y esas trabas que se eliminan son otros tantos dispositivos que permiten establecer unas relaciones de poder determinadas, que deben desplegar su eficacia en ausencia de la figura del rey. La instauración de una libertad vigilada permite a los caciques desplazarse, pero en el sentido indicado. El comercio libre es concebido como un modo de acabar de una vez por todas con el irreductible salvajismo de los salvajes. No hay que prohibir el comercio de vino, puesto que los indios apetecen tanto esta bebida que se puede esperar, a medio plazo, invertir los flujos de bienes y hacer que los indios borrachos vendan hasta sus caballos. 39 Con el gobierno de O'Higgins, el Chile colonial-fronterizo entra en otra etapa (laicizada, contractual y jurídica) de lo que podríamos llamar el proceso de civilización. De hecho, la obra misional que había dado su tono 38 Véase al respecto los artículos dos, cuatro y cinco del "Auto del parlamento de Negrete de marzo de 1793". 39 "El Capitán General O' Higgins da cuenta de los insultos cometidos por los indios de la jurisdicción de Valdivia, del parlamento celebrado y providencias que ha tomado" (12-12-1793). Tomo LVI, 1, 1999 al diagrama civilizador durante casi siglo y medio es relegada a un segundo plano. 40 A pesar de ello, la lógica de sujeción de los primeros parlamentos de la segunda mitad del siglo XVII y la de los últimos del periodo colonial es la misma: una lógica de imposición de normas y civilización. Civilización entendida como una nueva anatomía política, humanista, que se despliega como un arte de la distribución de los cuerpos en el espacio a través de un control permanente de las actividades y que se arraiga y efectúa mediante la creación de pequeñas individualidades positivas, adaptadas y funcionales. 41 Normalización que opera a través de la inculcación de un arbitrario cultural, que tiene como meta la asimilación y que, por lo tanto, tiende a generar márgenes y a dibujar nuevas figuras de la alteridad en las fronteras (los delincuentes, los salvajes, los indios ecuestres, los indios ociosos, etc.). 42 40 Bajo el gobierno de O'Higgins la práctica y el discurso políticos en torno a los indígenas empezaron a independizarse de la esfera religiosa, en la que habían encontrado su principio ideológico hasta ese momento. En su política de pacificación de la zona de Valdivia y Osorno, O'Higgins prefirió contar con la creación de ciudades antes que con el establecimiento de misiones, guiado por el principio de que era imposible introducir la religión si no se había instaurado previamente la civilidad (véase "Carta de O 'Higgins a Diego Gardoqui" (8-01-1793). Volveremos a encontrar esa autonomía de lo político bajo el gobierno de Muñoz de Guzmán, a principios del siglo XIX. Así, durante la realización del parlamento de Negrete (1803), ya no se trata la brujería como un problema religioso sino como un asunto eminentemente político. El discurso de Pedro Quijada, que presidió el parlamento, no hace ninguna referencia a la empresa evangelizadora e insiste sobre las ventajas políticas y económicas de una comunicación pacífica entre españoles y mapuche (véase "Extracto de las actas y de los tratados de amistad que se renovaron en el Parlamento general celebrado con los Yndios... en los días 3, 4 y 5 de marzo de 1803". Archivo Nacional de Chile, Fondo Morla Vicuña, vol. 24, fs. Sobre la progresiva laicización del proyecto de civilización en América y la influencia de la Ilustración véase Duchet, Michèle: "De la destruction des indiens à la civilisation des sauvages: une thématique de l 'idée coloniale au XVIIIème siècle", en Jaulin, Robert (comp.): Le livre blanc de l'ethnocide en Amérique, París, 1970, págs. 227-272. 41 Retomamos aquí un formulación de Frédéric Gros (Michel Foucault, París, 1996) a propósito del sentido que Foucault daba a la noción de disciplina. Para un excelente análisis del proceso de gestación del Estado moderno y de "estatalización" de los mecanismos de poder en Europa véase Christin, Olivier: La paix de religion.
Interacción étnica y diplomacia de fronteras en el reino miskitu a fines del siglo XVIII En este trabajo me propongo examinar las interacciones sociales, étnicas y de género del reino miskitu, durante el intento de colonización española a fines del siglo XVIII. Es durante este período, y como consecuencia de acuerdos internacionales, que Gran Bretaña aceptó que su población desocupara la región, posibilitando por primera vez el asentamiento de españoles. El efímero proyecto colonizador español del reino miskitu, que se implementó desarrollando una diplomacia de fronteras con el fin de asegurar la lealtad del rey miskitu, dependió en gran medida de la historia de amor entre uno de los jefes indios principales y su cautiva española. El área centroamericana constituye, desde una perspectiva histórica, una zona de frontera, límite y unión de los dos grandes centros sociales y culturales indígenas precolombinos (los Andes incaicos/imperio Chibcha y Mesoamérica). A la llegada de los europeos era este territorio una zona pobre, menos significativa en centros urbanos y de organización social no tan compleja, aunque favorecida indudablemente por el contacto con aquellas dos grandes civilizaciones. La franja centroamericana del Caribe1 la poblaban tribus seminómadas de cazadores y recolectores, con una organización social igualitaria en el área geográfica que corresponde al actual territorio de Honduras y Nicaragua. Los conquistadores españoles se asentaron en la región del Pacífico del territorio centroamericano, cuyos habitantes, no obstante poseer una organización patriarcal más compleja conducida por una casta teocrática de guerreros, pudieron ser dominados con mayor facilidad. Debido a que el área del Caribe no contaba con poblados españoles fijos, se convirtió en escenario de frecuentes interacciones entre los grupos aborígenes y los nuevos actores sociales provenientes de Europa. Los con-quistadores españoles, que acompañados por misioneros católicos intentarían en forma periódica adentrarse en la zona (siendo rechazados violentamente la mayoría de las veces), competirían por el control de la región con los comerciantes y colonizadores británicos, los aventureros europeos, los piratas y los bucaneros. El monopolio establecido por la Corona española no limitaba la participación de los británicos en la vida económica de la colonia, ya que eran éstos quienes, por medio del contrabando, suplían a los propios colonizadores españoles de aquellos productos que les resultaba difícil obtener desde otros centros coloniales. El monopolio comercial establecido por España y el contrabando británico fueron dos aspectos complementarios de la economía del período colonial, y duraron lo que la colonización española. La articulación estructural de los litorales del Caribe y del Pacífico del actual territorio centroamericano se expresaba a diferentes niveles durante la época colonial. Desde sus respectivas bases, las poblaciones indígenas, los británicos y los españoles participarían de un juego implícito de relaciones tensas y conflictivas no exento, no obstante, de prolongados períodos pacíficos, estableciéndose en ambos casos tratados comerciales, de cooperación, acuerdos diplomáticos o intentos de acercamientos religiosos, colonizadores y sexual-afectivos. En este trabajo me propongo discutir algunas ideas acerca de las interacciones sociales en la región del Caribe de Nicaragua y Honduras, durante el intento de colonización española del reino miskitu 2 a fines del siglo XVIII. 3 Profundizar en el estudio de este período histórico es importante por varios motivos. En primer lugar, porque es entonces cuando se produce la unificación de los zambos y los indios miskitu. Esta unificación, con las consecuencias político/sociales que ello implica, es el resultado indirecto de la historia de amor entre un jefe principal miskitu y su cautiva española. Además, es durante este período, y en gran medida gracias a dicha relación amorosa, cuando se crean las condiciones para la presencia oficial de 2 El nombre "miskitu" es el utilizado por el grupo para autodenominarse en la lengua indígena. En las fuentes españolas se les nombra como "mosquitos", "misquitos" o "moscos". Conociéndose el reino como "Mosquitia" y su área de influencia como "Costa de Mosquitos". En este artículo utilizaré las diferentes denominaciones, de acuerdo a las distintas fuentes, prefiriendo el término "miskitu" en mi propio análisis. 3 Debo un agradecimiento a la Fundación Wenner-Gren, Fundación en memoria de Lars Hierta y Consejo Sueco de Investigación Humanista y Social (HSFR) por las becas de postdoctorado que me concedieron y que posibilitaron la búsqueda de documentación en el Archivo General de Indias de Sevilla; así como también a la Escuela de Estudios Hispano Americanos, por la beca de alojamiento en su residencia. Anuario de Estudios Americanos los españoles en el territorio del reino, siendo éste otro aspecto poco estudiado hasta el momento. En segundo lugar, porque gracias a que el proyecto colonizador español está bien documentado en los informes oficiales, es posible examinar diferentes aspectos de las relaciones intergrupales entre los españoles, los británicos y los miskitu. Las raíces de la discriminación étnica y de género Suele aceptarse que no puede hablarse de los miskitu como grupo étnico diferenciado antes del siglo XVII, ya que son el producto de la unión entre un subgrupo de indios sumu de habla dialectal bawhika, europeos y africanos. 4 En diferentes fuentes se menciona que los primeros africanos llegados a la región provenían de un barco que en 1641 naufragara frente a Cabo Gracias a Dios; se sabe asimismo que estos africanos fueron hechos prisioneros por los miskitu y finalmente asimilados como miembros activos del grupo. 5 El aporte africano a la conformación de los miskitu continuaría durante los siglos siguientes con la llegada de esclavos liberados o escapados de diferentes lugares del Caribe. Los miskitu del área de Cabo Gracias a Dios fueron los que recibieron mayor aporte africano, lo que se refleja en el fenotipo que los caracteriza y que ha llevado a que se los denominara como "zambos" miskitu, para diferenciarlos de aquellos otros miskitu del litoral que poseen una apariencia más indígena, a quienes se llamó "indios" miskitu. No es de extrañar que las poblaciones indígenas del área ofreciesen sus mujeres a los europeos, ya que esto sucedía de igual manera en otros contextos del continente. La primer impresión que tuvo Cristóbal Colón cuando arribó a esta Costa por primera vez en su cuarto y último viaje refleja esa "generosidad" en la entrega de mujeres. Decía el almirante: "En Cariay, y en esas tierras de su comarca, son grandes fechiceros y muy medrosos...Cuando llegué allí luego me enviaron dos muchachas muy ataviadas, la más vieja no sería de once años y la otra de siete, ambas con tanta desenvoltura que no 4 Otro autor relaciona el origen de los miskitu con la mezcla indiscriminada entre esclavos procedentes de las Antillas y las diferentes tribus de la región (votos, ramas, ulúas, toacas, sumus, payas, etc). Sin embargo, esta versión se contradice con la mayoría de los estudios sobre el tema. Ver al respecto Beltrán y Rozpide, R.: La Mosquitia. Tomo LVI, 1, 1999 serían más que unas putas...en llegando las mandé adornar de nuestras cosas y las envié luego a tierra..."6 La actitud de manifiesto rechazo de Colón ante esta bienvenida ofrecida por las dos muchachas, enviadas por los suyos a recibir a los extranjeros, no sería el patrón común de comportamiento de los europeos en América. Los conquistadores españoles eran hombres solos, pese a que la política pobladora de la Corona había llevado a incluir mujeres como pasajeras ya en el segundo viaje de Colón. Posteriormente, se regularían los viajes a las Indias disponiéndose que no podrían viajar aquellos hombres que dejasen a sus esposas en España. Sin embargo, se concedía un período de dos años para que los viajeros regresasen a buscar a sus familias, lo que si bien no muchas veces se respetaba era indicio de que existía una clara política poblacional para los territorios recién descubiertos. Esta era inexistente en el caso de Gran Bretaña, siendo la población de este origen que llegaba a la costa del Caribe centroamericano exclusivamente masculina. Ambos, españoles y británicos, entablaron relaciones sexual-afectivas con las mujeres nativas, pero éstas adquirieron características diferenciadas ya fuese que se tratase de las áreas del Pacífico (predominio español) o del Caribe (bajo influencia británica). Si bien no ha sido éste uno de los temas más populares, se ha comenzado a considerar las consecuencias de la conquista para las mujeres indígenas, especialmente en lo que se refiere a hallar una explicación satisfactoria del mestizaje. No existe, sin embargo, ningún estudio que profundice en el carácter de las relaciones entre hombres y mujeres en el sector del Caribe de Nicaragua y Honduras. Se sabe que a poco de iniciarse el siglo XVII existía una colonia de puritanos en la isla de Providencia, y que desde allí se implementaba el comercio con las poblaciones indígenas del Cabo Gracias a Dios. Se ha señalado también que todos los puritanos tenían varias mujeres indígenas, pese a las claras directivas de que no debían mezclarse con ellas. La cuestión pareciera haber alcanzado una dimensión problemática, ya que la dirección de la compañía de los puritanos discutió esta situación y la regularizó haciéndola aceptable, por medio del compromiso de que los hijos engendrados con las mujeres indígenas serían bautizados y educados en forma cristiana. 7 Esta costumbre de bautizar a los hijos tenidos con las mujeres miskitu se convertiría en una práctica común. Se menciona, por ejemplo, que los capitanes de los barcos que llegaban de Jamaica solían realizar esa ceremonia anualmente con todos los niños nacidos en su ausencia, y se afirma que: "many of them are indebted of these men more than baptism. 8 Las tempranas relaciones comerciales entabladas por los británicos crearon las condiciones para transformar el modelo indígena de relaciones de género y contribuyeron a implementar la segregación étnica en la región. Ambos modelos se institucionalizaron al establecerse un reino con una dinastía miskitu, reconocida y apoyada por Gran Bretaña en 1687. Un pirata que recorrió la región en la segunda mitad del siglo XVII ofrece uno de los primeros testimonios acerca del rol que ocupaban las mujeres miskitu en el juego de transacciones comerciales entre los indígenas y los europeos. Al parecer, las mujeres se amancebaban con los hombre no miskitu que llegaban a la región y mantenían con ellos un trato equivalente al que tenían con los hombres de su propio grupo. Se intercambiaban de esta manera los servicios domésticos y sexuales de las mujeres por algún producto que el sector masculino apreciaba, debido a su calidad de no tradicional. La mujer quedaba comprometida a permanecer con ese hombre no miskitu durante su estadía y, cuando éste se ausentaba, volvía a reintegrarse a la vida tradicional de la comunidad, donde era aceptada sin reservas tanto ella como los hijos que esas relaciones produjeran. 9 Los hombres miskitu conformaron el brazo armado de los británicos en el área centroamericana y, en calidad de tal, solían acompañarlos en sus viajes. Un viajero del siglo XVIII menciona que las ausencias masculinas se prolongaban a veces por varios años y que estaba socialmente aceptado que la mujer conviviese con otro hombre durante el tiempo que su compañero fijo estuviese alejado. 10 Entre los miskitu las relaciones sexual-afectivas eran expresivas y desinhibidas, especialmente en el contexto de las fiestas, caracterizadas por un gran consumo de mishla y ebriedad ritual. Un pirata francés invitado a participar en una de estas fiestas observa que: "...después...comienzan a beber del licor que antes he mencionado...luego vienen muchas canciones y caricias a las hembras. Y llega esto hasta el punto de que para demostrarles los hombres su inmenso amor toman una azagaya y se clavan la punta en su miembro viril, cosa que yo me negaba a creer hasta que vi con mis propios ojos esa y otras semejantes. Y no lo hacen únicamente en tales ocasiones, sino también en cualquier momento en que declaran su amor a la mujer deseada." 11 Los miskitu practicaban la poligamia y se aceptaba que un hombre tuviese tantas esposas como pudiera mantener. Cabe preguntarse de qué forma se equilibraron las prácticas de la poligamia con el intercambio temporal de mujeres miskitu con los europeos. Quiero sugerir la posibilidad de considerar las guerras interétnicas, que se sucedieron en forma continua durante los siglos XVII a XVIII, como el factor que equilibró este intercambio. Las relaciones sexual-afectivas intergrupales de los hombres se dieron con otras mujeres indígenas de las tribus conquistadas o con mujeres de diversos orígenes étnicos de los poblados españoles que fueron atacados, tratándose en la mayoría de los casos de mujeres que se asimilarían forzosa o voluntariamente al grupo. Estas guerras intergrupales en la región fueron resultado de la obtención de armas de fuego por parte de los miskitu, y dieron origen a un paulatino proceso de segregación étnica. Dichas armas fueron conseguidas por medio del intercambio con los británicos, quienes les pagaban con productos no tradicionales aquellos otros locales que eran de su interés, incluyendo dentro de esta categoría a las mujeres indígenas. El poderío militar del grupo y su supremacía local en desmedro de las otras tribus indígenas se basó, precisamente, en la adquisición de esas armas de fuego que periodizaron las luchas interétnicas y las convirtieron en una empresa económica organizada a fin de obtener prisioneros que se pudiesen vender como esclavos, ya fuese para el trabajo en el área o para su exportación a otros centros coloniales. Las quejas de las autoridades españolas se repitieron y se volvieron asiduas. El gobernador de Costa Rica se pronunciaba, por ejemplo, acerca de las hostilidades de los miskitu en el Valle de Matina, asegurando que de allí se habían llevado: "las cosechas de cacao, los esclavos que los vecinos tienen al cultivo de las haciendas y muchas personas libres de color, vendiéndolas por esclavos en las colonias de Jamayca, Curazao y en otras poblaciones que tienen en esta comarca." 12 De esta forma se generaron las condiciones para el establecimiento de una sociedad étnicamente segregada. Los hombres de las tribus que habitaban el actual territorio centroamericano, hacia los cuales los miskitu dirigían sus ataques, era hechos prisioneros y vendidos como esclavos a los europeos, mientras que sus mujeres eran adoptadas como "esclavas" para todo servicio, inclusive el sexual, siendo de esta forma asimiladas culturalmente con el correr del tiempo. 13 La Gazeta mensual de Guatemala del 9 de abril de 1730 se refería a esta situación en los siguientes términos: "(los miskitu no) tienen más riqueza que la que adquieren del robo, y algún comercio que tienen de los frutos que lleva su país con los ingleses, de quienes adquieren armas de fuego, con que infestan nuestras costas, y saquean nuestros pueblos, llevándose la gente, de la cual los hombres venden por esclavos a los ingleses, y las mugeres, que es su más apreciable robo, aplican a su torpe uso, asiéndolas a todos comunes." 14 Es así como la alianza militar miskitu-británica tuvo como resultado la captura de un número incierto de mujeres españolas, negras, mulatas o indígenas de los poblados del Pacífico, que corrieron la misma suerte que sus semejantes de la región del Caribe centroamericano. En un informe del ingeniero Díaz Navarro, dirigido al Marqués de Pozoblanco, se decía que: "Las mujeres que tienen, así esta nación (la Mosquitia) como los zambos e ingleses y demás, las han robado de nuestras poblaciones inmediatas: por el año pasado de 1743 sacaron del pueblo de Jinotega, en el partido de Matagalpa, cuarenta mujeres y niños, cuya entrada hicieron cien indios mosquitos y zambos y cuatro o cinco ingleses..." 15 El aumento poblacional de los miskitu, pujante y constante hasta convertirlo en el grupo predominante del área, puede relacionarse con el rol de esas mujeres miskitu, condicionadas a servir sexualmente a hombres no miskitu, y con el de esas otras mujeres no miskitu en un inicio, pero "amiskitadas" con el transcurso del tiempo, como consecuencia de ser obligadas a convivir con los hombres miskitu. 12 García Peláez, Francisco de Paula: Memorias para el antiguo reino de Guatemala. 15 Ayón, T.: Historia de Nicaragua. Tomo LVI, 1, 1999 Para las autoridades españolas constituían los ataques miskitu un problema de grandes dimensiones. El gobernador de la provincia de Nicaragua, José Antonio Lacayo de Briones, escribía en 1759: "No puedo referir sin dolor las hostilidades e invasiones que ha experimentado esta provincia en este siglo, por los indios zambos mosquitos, por sí en tiempos de paz, y tripulados con ingleses en el de guerra, por el año 1709 y 1710, saquearon por tres veces el partido de Chontales, robando y talando sus haciendas, y llevándose diferentes familias prisioneras." 16 Puede decirse, en suma, que el modelo de género originado durante el período colonial se caracterizó por una clara tendencia hacia las uniones sexual-afectivas exógamas tanto del sector femenino como del masculino. La exogamia, sin embargo, no debilitó los límites étnicos sino que contribuyó al aumento numérico del grupo y a su consolidación como grupo predominante del área. Esto se debió a que la mayor parte de las relaciones sexual-afectivas intergrupales protagonizadas por las mujeres miskitu fueron temporales, retornando éstas con sus hijos al seno de la comunidad, donde la nueva generación fue socializada en forma tradicional. Asimismo, influyó el hecho de que los hombres miskitu incorporaran a mujeres de distinta procedencia étnica al grupo, asimilándolas a la cultura predominante. La colonización española del reino miskitu. Los piratas y bucaneros británicos tenían su centro de operaciones en la región del Caribe de Centroamérica, en las islas de Jamaica y Tortuga, y desde allí en forma periódica dirigían sus ataques contra los asentamientos españoles localizados en la región del Pacífico, interceptando también el tráfico de productos a España. El éxito de estos ataques residía en la cooperación brindada por los indios miskitu, integrados al área de influencia británica por el apoyo que esta potencia brindara a la creación del reino (1687) y ratificara al establecer la superintendencia en 1749. No obstante ser la presencia española en la región inexistente, la Corona se negaba a admitir que estos territorios estuviesen fuera de su jurisdicción. En la segunda mitad del siglo XVIII se negoció que Gran Bretaña abandonaría la zona y se le concedió a cambio la región de Belice.17 La evacuación de la población inglesa se produjo un año después, en 1787, momento a partir del cual la Corona española se propondría colonizar el área. 18 Este proyecto, no obstante, no sería exitoso y no se prolongó por más de trece años de constantes e infructuosos intentos por conocer el área y sus habitantes. Tal como acertadamente se ha afirmado, la Costa de Mosquitos fue el último enclave colonial establecido por España en el período previo a la independencia y el primero que tuvo que abandonar. 19 Tratando de tener presencia en la región, España planeó la fundación de establecimientos en cuatro poblados (Río Tinto, Cabo de Gracias a Dios, Bluefields y Río San Juan), desde donde debería implementarse el acercamiento por medios pacíficos a la población local. Río Tinto (Black River) había sido fundado por los comerciantes ingleses y convertido en sede de la superintendencia en 1749. Los españoles se posesionaron de este poblado, lo nombraron en español, e intentaron desde allí colonizar el área mediante la migración de familias provenientes de Asturias, Galicia y Canarias. 20 Bluefields fue el lugar considerado más adecuado para un establecimiento español, 21 que, no obstante, no llegó a concretarse debido a que resultaba innecesario asumir ese gasto porque se contaba allí con un hombre de confianza, el coronel Roberto Hodgson. Este había pactado no ser afectado por la evacuación a cambio de colaborar con las autoridades españolas. 22 Los otros dos lugares propuestos, Cabo de Gracias a Dios y Río San Juan, no pasaron de ser provisorios poblados de efímera existencia. Muy pocos fueron los colonos españoles que sobrevivieron a las epidemias, y que aún vivían en la región después de 1790. Estos aseguraban sentirse en permanente inseguridad debido a la posibilidad de ser atacados tanto por los británicos como por los miskitu. 23 La política española para el reino no fue más que un intento por suplir la presencia británica con una diplomacia de fronteras, en donde no se escatimarían esfuerzos por evitar los ataques miskitu. Esta política estaba acorde tanto con la Real Orden del 18 de junio de 1791, que regulaba la entrega periódica de regalos a los miskitu, 24 como con lo estipulado en el artículo 14 de la Convención Mosquita, donde se acordaba que: Se insistía en que los productos debían ser de buena calidad, porque los miskitu rechazaban o menospreciaban aquellos que los españoles les hacían llegar desde la Habana y Cartagena. Se repetía que los miskitu esta-23 Sobre la colonización española en la Costa de Mosquitos puede consultarse: Sorsby, "Spanish Colonization...", pág. 150.. 25 Sánchez Pedrote, Enrique: "El coronel Hodgson y la expedición a la Costa de Mosquitos", Anuario de Estudios Americanos, separata del tomo XXIII, 1958, pág. 7. 26 "Varias noticias del río San Juan, Yslas adyacentes de la Costa de los Mosquitos, provincias y partidos que tiene el reyno de Goatemala, años 1791 a 1804, " en Relaciones... CLAUDIA GARCÍA ban acostumbrados a la calidad de los productos europeos que habían recibido de los británicos, y que los que entregaban los españoles no los habían apreciado ni usado por ser "toscos y pesados." 27 Cuando los británicos despoblaron la región, el reino estaba dividido en dos parcialidades, la de los zambos que acataban la autoridad del rey George 28 y la de los indios, bajo el mandato del gobernador Briton. Esta estructura de autoridad se veía reforzada por un almirante, un general, un coronel y jefes menores. La relación entre Briton y George era, al parecer, amistosa ya que ambos colaboraban en asuntos de guerra y comercio. Se evaluaba la población de los zambos en 6.000, de los cuales la mayoría eran hombres armados, y la de los indios en aproximadamente la mitad, señalándose que estos últimos contaban con 600 "soldados aguerridos." 29 Uno de los primeros informes realizados por los españoles, luego de un viaje de reconocimiento, comunicaba que la parcialidad de George era la más respetable, especialmente por "sus mayores conocimientos nacidos por el roce que él y sus súbditos...han tenido con los extrangeros." 30 El área poblada por ambos, zambos e indios miskitu, se extendía desde el Río Tinto al Río Mico, y en toda esta zona se reconocía la autoridad de George como superior; sin embargo, las intrigas y desentendimientos entre zambos e indios no estaban ausentes de la vida del reino. No había poblados grandes, sino pequeños caseríos dispersos, siendo el asentamiento medio de unas diez o veinte casas. Aún a fines del siglo XVIII los miskitu, pese a la existencia de aldeas más o menos permanentes, continuaban trasladándose en forma ocasional, especialmente en las épocas de caza y pesca. Por su parte ambos jefes, el rey y el gobernador, tenían más de una residencia entre las que alternaban. El rey George, por ejemplo, residía gran parte del año en Sandy Bay y, periódicamente, en Dancin, Río Coco arriba, siempre dentro de su área de dominio circunscrita a Cabo Gracias a Dios. Un ingeniero español, a quien en 1790 se le encomendó el reconocimiento de la región, manifestaba que todos los zambos 27 "Relación del reconocimiento geométrico y político de la Costa de Mosquitos, desde el establecimiento del Cabo de Gracias a Dios hasta el de Blewfields, practicado por el ingeniero ordinario Don Antonio Porta Costas, en virtud de orden del M.I.S. Presidente don José de Estachería. 28 El rey George fue el quinto rey miskitu desde la instauración del reino. Se lo conoce como "George I" y gobernó durante el período 1755-1766, momento en el que se concretó la unidad del reino. Tomo LVI, 1, 1999 del distrito que se extendía desde Cabo Gracias hasta Sandy Bay, así como los de la laguna de Perlas, eran partidarios del rey George. 31 La imagen del rey George, que por ese entonces tenía aproximadamente unos treinta años, era la de un hombre agradable, de "aspecto formidable" y "grave". 32 Cuando se hacía presente en algún lugar lo acompañaba siempre una comitiva de treinta o cuarenta miskitu, entre los que se contaban sus jefes principales. Era costumbre recibirlo con honores en las naves inglesas y despedirlo con salvas de cañonazos. De él se ha dicho: "...con su sola presencia infunde respeto en sus súbditos, que le tratan con quanta sumisión cabe en su barbarie, sin atreverse a estar tocados ni sentados delante de él..." 33 Su autoridad se acentúa al subrayarse sus rasgos despóticos: "goza sobre todos sus dependientes y partidarios una autoridad y jurisdicción enteramente despótica, ni hay más ley que su gusto, ni a su gusto oposición." 34 Además: "de nada experimenta falta, porque es con propiedad dueño de vidas y haciendas, de que resulta si alguna cosa necesita, la toma del primero que la tiene, sin que éste tenga derecho a negársela." 35 Sin embargo, el autor de esta descripción entra en contradicciones consigo mismo al afirmar que: "de la misma manera que es dueño absoluto de los bienes de sus dependientes, lo son éstos de los suyos, porque tienen derecho a todo lo que sobra del gasto de su casa." 36 Esta última versión pareciera acercarse más a la realidad, y concordar con otras acerca del valor de la propiedad entre los miskitu. Se sabe, por ejemplo, que el rey repartía los regalos que recibía entre sus partidarios, aunque primero seleccionase una parte para su propia familia. A catorce leguas de Sandy Bay, se localizaba la residencia del gobernador Briton en Tubapi, asentamiento de 26 casas. La autoridad de Briton era también significativa e impresionaría a dos capitanes españoles que lo visitaron, quienes relataron que cuando bajaron a tierra la gente del gobernador estaba formada en dos filas que se extendían desde la playa hasta su casa. Algunos de los partidarios del gobernador tenían "alabardas...una bandera ynglesa en un asta, y en otra un gallardete francés en señal de paz", y de esta forma y "a caja batiente" fueron conducidos por el intérprete a la casa donde se alojarían, a la espera de que el gobernador los recibiese. 38 El gobernador de la provincia de Nicaragua, Juan de Ayssa, luego de entrevistarse con el gobernador Briton en 1787, lo describía en los siguientes términos: "Es de edad de más de 50 años, de aire despejado, buena estatura, semblante agradable y se maneja con libertad sin que le embaracen el vestido, el bastón y espada. Come con aseo, es muy parco y apenas prueba licor..." 39 La vida económica del reino se había ido estructurando desde el siglo XVII en torno al intercambio con los británicos. Esto implicaba una actividad económica rudimentaria de recolección de zarzaparrilla, carey, plumas, pieles, la caza de la tortuga, el corte de madera, etc., y en especial, los ataques a los poblados españoles donde se obtenían dos bienes preciados: ganado, con el que enriquecer la dieta, y prisioneros. Los prisioneros masculinos eran o bien vendidos a los británicos para obtener otros productos (en especial armas de fuego), o bien se les obligaba a trabajar en las plantaciones de los miskitu para así aumentar la capacidad de intercambio. En el caso de las mujeres, como ya se ha dicho, éstas eran repartidas o vendidas a los hombres miskitu o a los británicos, siendo obligadas a convertirse en las "esclavas" de estos hombres para todo trabajo doméstico, además del servicio sexual y la procreación de hijos. Esta estructura económica del reino tenía su foco principal en Bluefields, siendo éste el centro de actividades de un personaje controvertido: el coronel Roberto Hodgson, hijo de aquel otro Roberto Hodgson nombrado superintendente de la Costa en 1749. Estaba casado con Isabel Pytt, hija de un comerciante británico (Samuel Pytt) y de una española que naufragara en la Costa y que fuera recuperada por éste de manos de los indios para 38 Ibídem. Así como Samuel Pytt había sido un personaje socialmente importante y respetado en la región, el coronel Roberto Hodgson despertaba sentimientos encontrados. La mayor parte del comercio local se concentraba en sus manos. Disponía de un bergantín, una balandra y una fragata con las que transportaba los productos locales a Jamaica, las colonias de Norteamérica y Gran Bretaña, abasteciendo el reino de productos manufacturados europeos. En su establecimiento contaba con la ayuda de otros europeos de diferentes nacionalidades y de, por lo menos, doscientos esclavos negros. No sólo se dedicaba a la explotación maderera, sino que intercambiaba con las poblaciones nativas los productos que traía de Jamaica por otros locales. Este intercambio era considerado por muchos desigual y en ciertos informes se mencionaban las quejas de los miskitu por el "despotismo" y el "maltrato" que recibían de Hodgson. 40 En un área poco poblada como era la Costa del Caribe de Nicaragua y Honduras, luego de la evacuación de la población británica, Hodgson era indudablemente el representante por excelencia del poder económico. No es de extrañar que las autoridades españolas trataran de pactar con él y de lograr su apoyo para ganarse la simpatía de los miskitu. 41 A partir del alejamiento de la población británica, los españoles habían comenzado a recorrer la región con fines claros y precisos: por un lado, realizar un reconocimiento del área, evaluando la capacidad de guerra de los miskitu; por otro, intentar negociar la devolución de los prisioneros de guerra. Los barcos comisionados para colaborar y supervisar el traslado de los británicos llevaban como directivas entregar regalos a los miskitu y negociar la devolución de los prisioneros. El capitán de fragata y comandante de la Corbeta San Pío, Gonzalo Vallejo, acompañado de Marcos Jonter, invitó con este motivo al rey George a comer en el navío para agasajarlo e iniciar los tratos. Este se disculpó aduciendo motivos de salud, pero envió en su lugar al general Roberto, su suegro, acompañado de una comitiva. Según el relato del propio Vallejo, "fueron obsequiados del mejor modo posible." 42 Se les hizo entrega de algunos comestibles y se les reiteró la invitación para el día siguiente. En esa segunda ocasión, el general Roberto manifestó que su presencia se debía sólo a que había venido a 40 AGS, Secretaría de Guerra, 6946, exp. 42 "Diario de ocurrencias particulares acaecidas en las dos ocasiones que el Capitan de Fragata y Comandante de la Corbeta San Pío, Don Gonzalo Vallejo, se le comisionó en la Costa de Mosquitos desde el Río Tinto a los establecimientos de Barlovento", en Relaciones históricas..., pág. 225. CLAUDIA GARCÍA recoger los regalos que los españoles le harían llegar al rey George. Vallejo y Jonter exigieron, como paso previo a la entrega de los regalos, la devolución de los prisioneros, pero al no obtener respuesta aceptaron iniciar la negociación de cuáles serían los productos a traer al reino para ganarse la buena voluntad de sus habitantes. Esto sugiere la idea de que la diplomacia española se veía limitada en su desarrollo, por la imposición de las reglas de juego por parte de los miskitu. Al no avanzar los tratos sobre la devolución de los prisioneros españoles, se entrevistaron Vallejo y Jonter con el rey George. Posteriormente, y ya en territorio del gobernador Briton, la comitiva española se enteró de la existencia de una "mestiza ynglesa" que era propietaria de "tres mugeres españolas." Estas mujeres habían estado "casadas" con indios, pero como estaban endeudados con la "ynglesa," ésta se las había quitado para cancelar la deuda. Cuando la comitiva española intentó recuperar a los prisioneros que tenía esta mujer en condición de esclavos (cuatro mujeres y cinco muchachos), todos españoles, tropezó con su negativa a entregarlos ya que implicaría para ella una gran pérdida económica. La mujer aducía que los indios a quienes le había quitado estos esclavos le debían "150 conchas de carey" y que no podía perder los "500 o 600 pesos que le producirían". Se logró acordar una compensación de 125 pesos y los prisioneros fueron embarcados en la corbeta San Pío, para retornarlos a sus lugares de origen. Por su parte, el gobernador Briton incumplía la promesa dada de entregar los únicos cuatro esclavos que asegurara tener en su poder, luego que "una niña de siete años huyera a la selva". Así pues, en este viaje sólo se obtuvo la devolución de nueve prisioneros españoles, cifra llamativa considerando lo asiduo de los ataques miskitu a los poblados españoles y la cantidad de prisioneros que se mencionaba en cada caso. 43 Lo cierto es que los miskitu manifestaban una cierta resistencia a la devolución de los prisioneros españoles, a quienes consideraban "sus esclavos." Devolver a un prisionero se traducía a sus ojos como una pérdida económica, y lo usual era que se exigiese a cambio una retribución económica, que no siempre aceptaban pagar las autoridades españolas. Así fue como un jefe miskitu, el capitán Chacanía de la parcialidad del rey George, se presentó ante el comandante del establecimiento de Río Tinto para reclamar que se le compensase por la pérdida de su único esclavo, que luego de escaparse había buscado refugio en dicho establecimiento. Se trataba de un mulato libre de nombre Manuel Josef Ayala, hecho prisionero durante uno de los ataques miskitu a los poblados del Pacífico y vendido al capitán Chacanía hacía ya doce años. El jefe miskitu exigía que se lo compensase por la pérdida sufrida ya que por Ayala había pagado " dos barquillas, una yegua, una escopeta y una manta", y no aceptaba las explicaciones que el comandante español le proporcionara acerca de que los prisioneros de guerra debían ser devueltos. 44 Esta resistencia a la devolución de los prisioneros españoles no aparece marcada por un determinismo de género, si bien poco ha trascendido acerca de motivos extra económicos que pudiesen haber existido en el caso, por ejemplo, de las relaciones sexual-afectivas entabladas por los hombres miskitu con las mujeres capturadas. En el relato mencionado acerca de las cuatro mujeres españolas vendidas a los indios miskitu, y recuperadas porque éstos no habían saldado una deuda, es significativo que quien actuaba de intermediaria era una mujer mestiza. Queda aquí claro que la relación de subordinación no necesariamente puede ser siempre explicada en términos de desigualdades de género, sino que debe relacionarse con otros fenómenos tales como la pertenencia étnica y de clase, en un contexto social específico. El gobernador Briton, su cautiva y la diplomacia española. Durante 1782 se sucedieron los ataques de los indios y zambos miskitu a los poblados españoles. En un ataque realizado contra Juigalpa, en Nueva Segovia, provincia de Nicaragua, se llevaron los miskitu, entre otros prisioneros, a una niña de diez años -María Manuela Rodríguez Sanabria-y a seis muchachas mulatas: Brígida, Manuela Antonio, Ana Sanabria, Juana Bello, Ana Valdez y María Centeno. Estas cautivas fueron vendidas al gobernador Briton, siendo de su propiedad al iniciarse el período de presencia española en el reino. En ese entonces, María Manuela tenía quince años y, al parecer, el gobernador Briton se sentía atraído por la muchacha, por lo que había consentido en dejarse bautizar por Ana Sanabria. Esta "conversión" de Briton se extendió por voluntad suya a cuatro de sus esposas, Quili, Larinda, Miliori y Bisibel, a uno de sus hermanos de nombre Rabili, a su hijo Caluil y a su hija Mirimal. Durante su cautiverio María Manuela había dado su palabra de matrimonio al gobernador Briton. Quizás impulsado por estos motivos personales (su relación con María Manuela) o por la dinámica que tomaba la política del reino luego 44 AGS, Secretaría de Guerra, 6946, exp. Anuario de Estudios Americanos de la evacuación de la población británica, Briton aceptó una invitación para visitar la provincia de Nicaragua e impulsó al rey George a hacer lo mismo. Como muestra de sus buenas intenciones, aceptó devolver a sus cautivas de Juigalpa, a quienes envió de inmediato con una comitiva en la que se incluían algunos esclavos negros de regalo para el padre de María Manuela, y su hija Mirabel, entregada al cuidado de ésta como garantía de su palabra de matrimonio. Briton envió también a uno de sus hijos al virrey para que se le instruyera en la religión católica. 45 La actitud del gobernador miskitu no podía ser tomada más que con júbilo por parte de las autoridades españolas, pues podía significar el fin de más de un siglo de hostigamientos armados. Prueba de la recepción que tuvo el acercamiento iniciado por Briton fue que su hija Mirabel fue bautizada en la catedral de León el 6 de julio de 1787 por el obispo de la diócesis Juan Felix de Villega, siendo sus padrinos el propio gobernador de la provincia, Juan de Ayssa, y su esposa Agustina Lorraz. Cuando a fines de 1788 se presentaron en Cartagena siete jefes principales zambos e indios para anunciar la próxima llegada del rey George y del gobernador Briton, fueron "tratados con mucha afabilidad en hospedaje, comida, vestuario y toda asistencia" por las autoridades españolas, 46 y a la llegada de éstos se los alojó en casa del gobernador. La manifestación de Briton acerca de sus intenciones de repetir su bautizo, para asegurar validez al que otrora recibiera de la mulata Ana Sanabria, contó con el beneplácito del gobernador, quien lo organizó con toda la pompa que la personalidad del protagonista requería. La importancia de este suceso se reflejó en un artículo de La Gazeta, donde se mencionaba que: "el mismo excelentísimo señor arzobispo virrey, que hizo el oficio de párroco, siendo padrino a nombre del rey nuestro señor el gobernador y comandante general de la plaza, yendo antes a conducir de su palacio al virrey al ayuntamiento de la ciudad, y todos los ministros, y su distinguido vecindario, formándose la tropa desde el palacio hasta la catedral, haciendo salva la fusilería al tránsito por las esquinas; en dicha catedral esperaba el prelado y cabildo eclesiástico con la clerecía y comunidades religiosas que asistieron al acto que se practicó con las ceremonias eclesiásticas y la mayor devoción, poniéndole los nombres de Carlos Antonio con el apellido de Castilla, y a el acto de echar el agua se hizo una salva con toda la fusilería y la artillería del baluarte más inmediato." 47 45 La Gazeta de Goatemala, del 6 de julio de 1788, citada en García Peláez: Memorias..., pág. 116. Briton impresionó bien a las autoridades españolas, especialmente en su actitud devota. Pidió que se enviaran misioneros a su parcialidad y aseguró que haría cuanto estuviese a su alcance para lograr que los niños asistieran a recibir el sacramento y la instrucción religiosa, pero se mostró dudoso ante la actitud que adoptarían los adultos. Por su parte, el rey George, era un observador externo y silencioso. En ocasiones se excusaba aduciendo problemas de salud para no presenciar el bautizo de algún miembro de su comitiva; en otras, se expresaba con dudas acerca de esta nueva religión que imponía al miskitu alejarse de sus esposas. 48 Como la mayoría de los hombres principales del reino, George practicaba la poligamia teniendo más de diez mujeres. De él se ha dicho que "despojaba" de sus mujeres e hijas a sus súbditos, "apropiándolas quando y como se le acomoda." 49 A estas afirmaciones puede oponerse la propia visión indígena, reflejada en los escritos de muchos de los cronistas, acerca del privilegio que implicaba para un padre entregar a su hija al cacique o al sacerdote para que éste la desvirgara. Esta costumbre, observada en América en tiempos precolombinos, resultaba chocante a ojos españoles. 50 Ofrecer una mujer al rey George (el hombre más poderoso del grupo), o que éste la exigiese para sí, puede interpretarse como un honor del rey hacia los parientes de esa mujer e inclusive hacia ella misma. Lo cierto es que, al convertirse al catolicismo, Briton estaba dando un paso que lo separaba de la práctica usual de la poligamia, la cual simultáneamente George reivindicaría. Una vez en Tubapi, Briton se detuvo poco, sólo lo necesario para delegar la gobernación en su hermano Robenly y regresó a León, desde donde envió un mensaje acompañado de su retrato al gobernador de Nicaragua, Juan de Ayssa, anunciándole sus intenciones de pedir a María Manuela el cumplimiento de su promesa de matrimonio. Aquí las fuentes se contradicen en ciertos detalles. Aparentemente, la respuesta de María Manuela fue clara y concisa, reiterando la promesa y su buena voluntad de llevar a cabo el matrimonio, haciendo saber a Briton que "de cuyo cumplimiento y palabra no debía dudar, sabiendo que era noble y española." 51 Entran aquí en juego ciertos valores culturales y morales propios de aquel momento histórico que no pueden dejar de mencionarse. 50 Se observa, por ejemplo, que muchos padres ofrecían a sus hijas al cacique para que éste las desvirgara. CLAUDIA GARCÍA pano de formación de las familias se basaba en el valor que se concedía a "la palabra de casamiento". Era éste un compromiso que ligaba a dos personas para la realización de una futura unión formal. De alguna manera "la palabra de matrimonio" constituía una situación similar a la de un matrimonio no consumado, pero podía revocarse de no haber existido contacto sexual. 52 Había también otros atenuantes y la palabra de matrimonio podía romperse cuando, por ejemplo, se descubría que existían desigualdades étnicas o sociales que se considerasen muy grandes. Los matrimonios eran contratos acordados por los padres, que eran quienes decidían con quien debían casarse sus hijos; reconociendo a estos su derecho a aprobar o no dicha elección. Los factores de mayor peso al seleccionar pareja para los hijos solían ser la importancia social y la pertenencia étnica del pretendiente. En el caso de María Manuela y Briton, la palabra de matrimonio dada por ésta al gobernador durante su cautiverio sellaba una paz deseada por los españoles y volvía difusas o intranscendentes las diferencias étnicas. No obstante había ciertos problemas, como las relaciones polígamas de Briton, que debían solucionarse previamente para que el matrimonio contase con la aprobación de la Iglesia. Al entrevistarse María Manuela con el misionero Barrueta, enviado a Tubapi en misión religiosa a pedido del propio Briton, le manifestó su negativa, no a casarse, ya que estaría dispuesta a "sacrificarse", sino a retornar a aquella región, pidiendo que convenciera a Briton para que se trasladase a vivir a "tierra de cristianos." 53 Barrueta, no obstante y por su cuenta, intentó discutir con Briton acerca de su decisión de contraer matrimonio con María Manuela y, tratando de disuadirlo, le propuso que eligiera a aquella de sus esposas que fuese de su predilección para continuar casado con ella, separándose de las demás. Briton respondió que no quería "mujer mosquita sino española," y Barrueta comenzó a entrevistar a las esposas de Briton para averiguar cuál era la primera, y por lo tanto la "legítima", tratando de ordenar a las demás en orden temporal para que al concretarse el divorcio Briton pudiese indemnizarlas por orden de importancia. Esta tarea implicaba sus dificultades ya que: "Hermenegilda Visibel, reputada por ser la primera...era cuarta en razón de tiempo, y primera o principal por jerarquía de nacimiento, que fue pedida a sus padres y entregada por estos sin contrato ni consentimiento suyo...además tenía otros cuatro esposos vivos y con todos ellos hijos." 54 52. Cuando Barrueta intentó profundizar en las relaciones con las otras esposas surgió además que: "unas eran cautivas, otras compradas y otras cogidas que no le agradaban, quisiesen ellas o no, no quedando a su arbitrio decir sí o no." 55 El misionero resolvió finalmente divorciar a Briton de todas sus mujeres, declarándolo en libertad de volver a casarse. Una de las ex-esposas del gobernador, Magdalena Midioli, escribió a María Manuela en nombre de tres de ellas para transmitirle un recado de Hermenegilda Visibel, otra de las antiguas esposas: "te suplica...que por amor de Dios te vengas, que mires que es preciso, porque quien ha de gobernar esta casa y quien se ha de doler de ella. Ya ves que Hermenegilda es mujer de edad, y después de Dios no tiene a quien dejarle sus hijos, sino es a vos, pues vos avís de ser la dueña de todo. Te prometemos quererte más que antes." 56 Es importante señalar el trato cercano con que Magdalena escribía a María Manuela. Su carta entablaba un diálogo de "mujer a mujer" entre las anteriores mujeres de Briton y aquella que era su prometida. No trascienden celos ni competencias, sino más bien una comunicación entre amigas que han convivido juntas, que saben que deben apoyarse y que se alegran al saber que una de ellas va a contraer matrimonio. No hay que olvidar que María Manuela fue raptada cuando sólo tenía diez años, e integrada a la casa del gobernador. Es muy posible que hubieran sido las esposas de éste quienes asumieron el cuidado de María Manuela, introduciéndola en las tareas domésticas que debía cumplir. Tampoco sería extraño que durante su larga permanencia en Tubapi, María Manuela no sólo aprendiese a expresarse con facilidad en la lengua indígena, sino que también su integración hubiera sido socio-cultural, es decir, que hubiese llegado a ocupar un lugar determinado dentro del sector femenino, no sólo del hogar del gobernador sino también del poblado. Se esperaba que María Manuela, luego de su matrimonio, asumiera el liderazgo de ese hogar, ocupándose especialmente del cuidado de la nueva generación. Su rol de madre no se vería circunscrito en forma exclusiva a los hijos biológicos que pudiera engendrar, sino también a los hijos de su marido. Magdalena Midioli comunicaba también a María Manuela que el gobernador viajaría a León para concretar el matrimonio y que, desde que 55 Ibídem. CLAUDIA GARCÍA éste regresara de su viaje anterior, no había mantenido contacto carnal con sus otras mujeres, diciendo que sólo las mantenía por los hijos. La carta de Briton a María Manuela anunciando su pronta llegada, confirmaba lo antedicho. El gobernador se refería a que Barrueta le había hecho saber que para ser cristiano debía dejar a todas sus mujeres y él aseguraba haberle contestado que: "a todas las dejaba, desde luego, menos a una señora de que estaba prendado, que es U. Cuando venga no hallará en mi casa mujer ninguna. A U. la quiero por verdadera mujer legítima y esposa, para mientras dure la vida..." 57 En carta al obispo de León, Juan Felix de Villegas, diría Barrueta que Briton estaba tan ciego que, si no se casaba con doña María Manuela Rodríguez, no se sabía que podía llegar a hacer. 58 Finalmente, y después de que varios religiosos se pronunciaron a favor de la libertad para casarse del gobernador, ya que sus anteriores matrimonios no podían considerarse tales de acuerdo a la doctrina cristiana, la unión entre el gobernador miskitu y la joven española se concretó en la catedral de León el día 21 de diciembre. Hay que señalar que Briton entregó a otros cinco prisioneros a su llegada a Granada, y que de las cartas de Barrueta transciende que en Tubapi había aún muchos otros. El regreso de Briton y su esposa se produjo a fines de 1789, rodeado de los rumores de malestar que reinaban en la parcialidad y que llegan a sus oídos aun antes del arribo a Tubapi. Briton envió mensajeros a buscar a sus ex-mujeres, Hermenegilda Visibel, Magdalena Midiole y una tercera de la cual no sabemos su nombre. Estas le informaron que Alparis, su sobrino, se encontraba en posición de abierta rebeldía y que había llamado a junta para hacerse nombrar gobernador. Briton le envió el bastón, símbolo de su poder y de su deseo de verlo, pero Alparis no sólo no respondió sino que además no devolvió el bastón. Buscando aliados, logró Briton reunir en junta a sus jefes principales; juntas que se repitieron a diario durante un cierto período sin trascender el contenido de las discusiones. Poco a poco, Briton fue limitando la labor misionera de Barrueta ante la actitud de sus súbditos, especialmente los hombres que practicaban la poligamia y que veían en esta nueva religión un peligro para la continuidad del dominio doméstico tradicional. El rey George tampoco aprobaba la permanencia de 57 Ibídem. INTERACCIÓN ÉTNICA EN EL REINO MISKITU A FINES DEL S. XVIII los misioneros en tierras del reino, y esto había conducido a que ambos, George y Briton, estuviesen "encontrados." 59 Un informe del establecimiento de Río Tinto, fechado el 25 de julio de 1789, se refería a la actitud disconforme del rey George y proponía: "suavizarlo con regalos y unirlo a Briton, para que en corto tiempo se pudiese lograr...la cristiandad que abrazó Briton, y no me queda duda que se conformaría pues lo necesita." 60 No era esto acertado, George contaba con mayor apoyo que Briton y, si bien había manifestado abiertamente que "él estaría con unos y con otros", 61 refiriéndose a españoles e ingleses, lo haría obviamente en base a sus condiciones e intereses, y ya se había manifestado en contra de esta religión que impedía al hombre tener cuantas esposas quisiese. Briton era consciente del peligro que corría su vida y así lo comunicó por escrito al gobernador Ayssa, a quien solicitó el envío de algunos hombres armados para su protección y la de su familia. En estas circunstancias, el gobernador volvió a rodearse de sus ex-mujeres, lo que le hizo ganarse el repudio del misionero Barrueta. No obstante, esta actitud más que signo de su desamor por María Manuela quizás no haya sido más que un intento por "rodearse de aliados", ya que estas mujeres eran quienes mantenían a Briton informado del malestar social. Cuando el peligro era inminente, Briton decidió que era hora de que María Manuela, que estaba embarazada, regresara con su familia. Su decisión resultó ser acertada, ya que poco después Briton moría asesinado, según las fuentes consultadas, a manos de su sobrino Alparis con ayuda del rey George. Alparis no sólo se convirtió en el nuevo gobernador, sino que además, ayudado por su hermano Solera, se dirigió a Bluefields para atacar el establecimiento de Roberto Hodgson, a quien perdonó la vida sólo por las súplicas de su mujer, Isabel Pytt. Cuando posteriormente se le preguntó a Alparis qué motivos le habían llevado a atacar a Hodgson y a saquear su establecimiento, respondió que "había sido mui malo con los indios, y que no lo querían, pero que a su esposa sí la estimaban." 62 Los Hodgson abandonaron todos sus bienes y se dirigieron a León a dar cuenta de lo sucedido. 61 Conversación entre Briton y George en Cartagena durante el bautizo del primero, transcripta en Gámez: Historia..., pág. 153, y García Peláez: Memorias... CLAUDIA GARCÍA pérdida de estos dos aliados fuertes (Briton y Hodgson) dificultaría la permanencia de los españoles en la región. Dada la importancia de lo sucedido, las autoridades españolas enviaron una comisión para investigar los hechos y "explorar las intenciones de los jefes indios de la Costa de Mosquitos". 63 Un subteniente español, Juan Sivelly, acompañado por un médico inglés, Francisco Meani, recorrieron los poblados de los indios y zambos, reflejando en un diario de viaje las entrevistas que sostuvieron. Este material ofrece una nueva visión sobre la muerte de Briton, así como también profundiza en la personalidad del rey George, de Alparis y permite dar continuidad al destino de algunas de las ex-esposas de Briton. Se informa que varios indios de la parcialidad de Briton habían pedido ayuda al rey George, quejándose del "maltrato" que recibían de aquél, entendiéndose por tal su empeño en imponer la monogamia en los territorios de su dominio. La reacción contra Briton había ido en aumento hasta que comenzó a planearse su asesinato. Se habían producido dos intentos fallidos en Haulver, detrás de los cuáles se descubriría el apoyo de Roberto Hodgson a Alparis mediante el suministro de municiones. Los partidarios del rey George aseguraban que éste había tratado de mediar, pidiendo que los indios miskitu intentasen resolver esta cuestión dentro de su parcialidad. Sin embargo, el papel del rey no queda totalmente claro. Los distintos testigos informaron que, cuando Briton pasó por Sandy Bay en la piragua en que alejaba a su familia con el fin de ponerla a salvo, fue interceptado por el rey George, quien no le dejó continuar el viaje hasta que respondiera a las acusaciones que había en su contra. Briton fue así detenido por George, pero: "después de algunos días el gobernador hizo fuga, pero...no siendo práctico en aquellos caminos fue aprendido y recombenido por que hacia fuga sino tenia delito, no quiso contestar diciendo solo que sabia que había de morir, y así que lo despachasen luego, lo que verificaron a los dos días." 64 Esta primera versión se amplía con otra, según la cual Briton debió presentarse a una junta de principales, quienes "resolvieron devia morir, comunicose esta resolución a George que no se había presentado en junta y que contra su ánimo había consentido por no dar un exemplo, y que este consentimiento lo dio temiéndose una rebuelta de los suios contra el." 65 63 Ibídem. Tomo LVI, 1, 1999 Algunos testigos informaron que el gobernador Briton, luego de ser sentenciado en esta junta, fue ahorcado por los capitanes miskitu Wilson Powel, Pedro el Cristiano y "otros de la plebe," siendo enterrado allí mismo. 66 La comisión española increpaba a los testigos, preguntando si no creían que actuando de esta manera ofenderían al gobierno español; una y otra vez recibían la misma respuesta: que el gobernador había sido cruel pretendiendo "que los hombres tuviesen una sola mujer." 67 Es así como la actitud consecuente del gobernador Briton al declarar su amor a María Manuela y afirmar que sería la "única mujer de su vida" lo había llevado a tratar de que sus súbditos siguiesen este ejemplo, originando la rebelión que acabaría con sus días. Poco se sabe de María Manuela con posterioridad a este suceso, sólo que nunca volvió a casarse y que tuvo un hijo al que llamó con el nombre cristiano de Briton, Carlos Antonio de Castilla. 68 Las mujeres anteriores del gobernador, por su parte, enteradas de la llegada de la comisión española para investigar su muerte se presentaron a declarar y pidieron apoyo, ya que decían estar perseguidas por Alparis y por otros indios principales, quienes querían vengar en ellas la preferencia monógama de Briton. Meani y Sivelly registraron en su diario: "Aquí llego la india Francisca, una de las antiguas mugeres que el difunto don Carlos de Castilla tenia antes de imponerse los sagrados ritos de nuestra religión, y presentándonos dos hijos del referido nos suplicó la auxiliásemos y amparásemos para pasar a un establecimiento español, por razón de que entre los indios recibían maltrato, y amenazaban de hacer esclavos a los citados hijos cristianos en lugar de los prisioneros que Briton había quitado a sus gentes, sin satisfacerles lo que havian pagado por ellos." 69 Hermenegilda Visibel y su hija María Micaela se encontraban en la misma situación. Según la anotación del diario: "A las dos de la tarde llegamos a Bragmans, en donde hallamos a la citada Esmeregilda con María Micaela, hija maior del difunto Don Carlos Antonio de Castilla, las que nos hicieron la misma súplica de la Francisca, añadiendo la Esmeregilda, que temía que alguno de los jefes con violencias le quitara su hija para hacerla su muger, lo que sentía mas que todo otro maltrato por ser ambas cristianas y no querían que la casasen con infiel" 70 66 Ibídem. CLAUDIA GARCÍA Detrás de estas persecuciones estaba el nuevo gobernador Alparis, quien tenía su residencia en Arenas Blancas, población de veinte y seis casas. Poco antes de la muerte de Briton, Alparis fue visitado por un español quien lo describía como "absoluto y despótico", señalando además que tenía tres ingleses en el poblado que profesaban odio a los españoles "administrando a los indios iguales sugestiones." El capitán español transmitiría la siguiente imagen de Alparis, entonces almirante, a sus superiores: "le hallé decentemente vestido, con vn sombrero de plumas, botas y espada, ostentando su bastón. Vi un personage de agradable, aunque grave presensia, que en el modo de proponer sus razones manifestaba una índole sencilla y un animo despejado." 71 Las actitudes abusivas de Alparis desde que había ocupado el puesto de su tío, le comenzaron a crear enemistades, aun entre los suyos. Se sabe que luego del ataque y saqueo al establecimiento de Hodgson, el rey George envió a algunos zambos a guardar las cosechas y los animales del inglés, para que estuviesen a disposición de su esposa, Isabel Pytt, cuando ésta los reclamase. Sus enviados fueron interceptados por Alparis y su hermano Solera, quienes se llevaron todo. Mientras que Solera reconocía el hecho, Alparis no sólo lo negaba sino que decía desconocer el paradero de estos bienes, al ser interrogado por Sivelly y Meani al respecto. Igual sucedía con las pertenencias personales de Briton y María Manuela, que se intentaron recuperar para devolverlas a ésta última. Las denuncias contra Alparis eran también por abusos con las mujeres. Una mestiza de habla inglesa, María Trenk, que habitaba en Laguna de Perlas, suplicaba a Sivelly y Meani que intercedieran para que Alparis "no la incomodase como acostumbraba" ya que éste amenazaba con "quitarle una prima suia y obligarle a servirle como esclava." 72 Por otra parte, una india se presentó a denunciar que habiendo Alparis realizado ciertas compras en un barco inglés, y quedando con el saldo desfavorable, había acabado por saldar su deuda entregando al capitán a su hija, que era una "zamba libre de 16 años". 73 Es interesante la actitud crítica y de manifiesto rechazo de estas mujeres ante actitudes que atropellaban su libre albedrío en cuestiones relativas al sexo. Así como las ex-mujeres de Briton denunciaban actitudes de autoritarismo de los hombres, que coartaría la libertad de las hijas de éste para 71 "Relación del reconocimiento...", pág 270. Tomo LVI, 1, 1999 elegir pareja, estas otras dos mujeres se oponían a los avances sexuales no deseados, forma en que se explicitaba el dominio despótico masculino. Por los pocos datos que poseemos no es posible generalizar; sin embargo, podría indicarse una tendencia hacia la no aceptación de su subordinación por parte de las mujeres, independientemente de su pertenencia étnica. Existía, sin embargo, un control indiscutible de la sexualidad femenina ejercida por los hombres miskitu sobre las mujeres de los demás grupos étnicos, resultado de su supremacía militar. Este control masculino se extendía a las mujeres de su propio grupo en casos más limitados y relacionados siempre a una situación coyuntural. Lo cierto es que, al parecer, las mujeres miskitu poseían mayor libertad de decisión sobre sus relaciones sexual-afectivas que las demás mujeres de la región. Como ejemplo puede recordarse a la primera esposa de Briton, de quien el misionero Barrueta dijera que además de éste tenía otros cuatro "esposos", todos vivos y con todos ellos hijos. Respecto a la situación del reino después de la muerte de Briton, puede decirse que Alparis sufrió las consecuencias de haberse manifestado en contra del rey George. Alparis, no conforme con ocupar el lugar de Briton había comenzado a reivindicar el cargo de rey, puesto que él era "un verdadero yndio." 74 Estas amenazas, que no sólo cuestionaban la autoridad del rey sino la supremacía de los zambos sobre los indios, no cayeron en oídos sordos y el rey George comenzó a expresarse en favor de limitar la autoridad de Alparis. Al acompañar George a Meani y Sivelly al establecimiento de Río Tinto, solicitó una entrevista a puerta cerrada con el comandante español de dicho establecimiento para manifestarle que estaba dispuesto a castigar a Alparis, ya que éste acabaría por "ser la causa por su mal proceder de la desgracia de su nación." 75 Meani y Sivelly anotaron en su diario que: "la providencia dicta qual seria la respuesta del comandante y nuestra, se le dijo que haria mui mal de tomar satisfacción por si mismo de unas cosas que solo dependen del Exmo Sr. Presidente del Reyno, replico Jorge que consideraba que el Exmo estaba muy distante de Río Grande." 76 Obviamente, la decisión del rey George estaba ya tomada aquel domingo 4 de diciembre de 1791 y seguramente contó con algún beneplácito por parte de la autoridad española, ya que Meany y Sivelly registraron que: 74 Ibídem. CLAUDIA GARCÍA "viendo que era infructuosa qualquier proposición para persuadirle de lo contrario se concluio la conversación, y Jorge volvió a la sala del concurso con las mas grandes señales de satisfacción y confianza, de modo que si no nos equivocamos, es la sola vez que Jorge casi sin acompañamiento, que mandó retirarse, quedó tan confiado tarde en el establecimiento." 77 Poco después, Alparis, tres de sus mujeres y doce indios importantes de su parcialidad serían asesinados por órdenes del rey George, quedando éste desde esos momentos como autoridad máxima del reino, con domino tanto sobre zambos como sobre indios miskitu. A partir de entonces se unificó el reino, desapareciendo en forma paulatina muchas de las diferencias entre zambos e indios. Si bien en un comienzo la historia de amor entre María Manuela y Briton permitió vislumbrar la paz entre los españoles y los miskitu, el asesinato de éste significaría el fin de toda esperanza en este sentido, así como también de la intervención española en la Costa de Mosquitos. Con este evento desapareció la presencia misionera en el área por más de sesenta años, siendo reanudada por los moravos recién en 1849 en Bluefields y en 1883 en las zonas de predominio miskitu. Otra consecuencia del asesinato de Briton fue la supervivencia de las costumbres tradicionales y del dominio de las prácticas de poligamia, que perdurarían pese a la conversión religiosa.
las Jornadas "Migraciones: su influencia sobre las sociedades contemporáneas". Esta actividad fue organizada por el Departamento de Migraciones Masivas del Instituto de Historia y coordinada por el Prof. Jan Zamoyski, jefe del Departamento hasta el año 2005. En la actualidad, la entidad integra a siete personas: cinco investigadores con título de doctor y títulos superiores y dos estudiantes de doctorado. Las actividades científicas del Departamento, fundado en 1992, se han centrado en la investigación de los procesos migratorios en los tiempos modernos, particularmente en los siglos XIX y XX, considerando que las migraciones y sus efectos constituyen uno de los desafíos más serios de las sociedades de los albores del siglo XXI. Los científicos del Departamento perciben el problema de las migraciones como un fenómeno histórico de carácter social y una parte inseparable de los procesos históricos en la escala macro y micro. Consideran que el análisis de este tema se debe plantear desde una perspectiva interdisciplinaria, utilizando diversos métodos de las disciplinas de ciencias sociales lo que posibilita una mayor comprensión y una descripción más precisa de dichos procesos. El Departamento realiza el proyecto conjunto de investigación "España y Polonia: desde migraciones masivas a Américas hasta el cierre de las fronteras europeas" con los historiadores y antropólogos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. El fruto de este proyecto han sido varias publicaciones de estudios. Otro resultado del proyecto lo constituye el programa de intercambio de los investigadores y varias jornadas y coloquios organizados tanto en España como en Polonia. En septiembre de 2005 los estudiosos del CSIC y del Departamento de Migraciones participaron en las Jornadas "La movilidad espacial en el contexto americano y europeo: el caso de España y Polonia" organizadas por la Escuela de Estudios Hispanoamericanos en Sevilla y el Centro de Estudios Históricos de Madrid. El año anterior se había organizado la mesa abierta sobre la influencia de migraciones en las sociedades contemporáneas en la Academia de Ciencias de Polonia. Algunas actividades han sido realizadas gracias a la ayuda y el apoyo del Instituto Cervantes de Varsovia. Entre éstas, una de las más importantes fue el coloquio "España y Polonia: dos países migratorios (finales del siglo XIX y comienzos del XX)", organizado en 2002 en la sede del Instituto en Varsovia. Las jornadas sobre migraciones organizadas anualmente en diciembre ya se han convertido en una tradición para los especialistas polacos y algunos investigadores extranjeros que se dedican a estudios sobre este tema. Las últimas, las de diciembre de 2005, fueron las undécimas organizadas por el Departamento. Todos los años se propone un enfoque específico con el fin de abarcar el problema de migraciones desde una perspectiva multidisciplinaria, poniendo énfasis en la complejidad de los procesos de la movilidad humana. Como ejemplo: en el año 2001 las jornadas fueron tituladas "La caída de los imperios y el desarrollo de migraciones", en el año 2002 "Polonia-España. Migraciones", en 2003 "Mujeres y la juventud en migraciones" y en 2004 "Migraciones y cultura". Todas las ponencias presentadas durante las jornadas son publicadas en la serie "Migraciones y Sociedad". Las Jornadas "Migraciones: su influencia sobre las sociedades contemporáneas" propusieron investigar las migraciones como un rasgo característico del mundo contemporáneo y como un fenómeno cuyo papel va a ser cada vez más significativo. Creemos que las migraciones afectan todos los aspectos de la vida de las sociedades desarrolladas, organizadas en Estados. Algunas transformaciones suceden de una forma inmediata y directa, como por ejemplo se puede observar en el caso de las estructuras sociales, los mercados de trabajo, los asuntos sociales o el derecho. Algunas se dan de una manera paulatina y pueden ser observadas desde una perspectiva temporal y estructural más amplia. Esto concierne sobre todo al desarrollo económico y demográfico. ISSN: 0210-5810 los procesos migratorios son importantes no sólo desde el punto de vista de los países acogedores, sino que también constituyen un desafío para las sociedades de orígen de los emigrantes, particularmente en los casos de flujos masivos. El encuentro de los dos mundos: por un lado los inmigrantes y, por otro, la sociedad de acogida, dan como resultado una variedad de consecuencias y actitudes. En algunos casos la convivencia y los procesos de integración y adaptación se dan de una forma pacífica y con menos tensión; en otros, aparecen choques y enfrentamientos cuyo resultado es la creciente hostilidad mutua entre los que llegan y la sociedad que los acoge. Es preciso subrayar que al analizar las líneas de contacto de estos dos grupos se hace necesario abarcar también el tema clave que es el de la cultura (las diferencias de valores, creencias, modelos de comportamiento, etc.) bastante poco tratado en la materia general de migraciones. Entre los objetivos que perseguimos con la organización de las Jornadas se encuentra el crear un espacio de diálogo entre distintos investigadores de ciencias sociales que dedican sus estudios al tema de las migraciones. Intentamos también establecer un clima de reflexión y análisis entre educadores, miembros de ONG, profesionales de servicios sociales y representantes de instituciones gubernamentales. Las Jornadas de 2005 fueron inauguradas por el Director del Instituto de Historia, el Prof. Stanislaw Bylina y por el Coordinador de parte del Departamento de Migraciones Masivas, el Prof. Jan Zamojski. En total, se presentaron 19 ponencias en las que se expusieron los resultados de los proyectos e investigaciones individuales de las personas invitadas. Pudimos contar con la presencia de los investigadores de varias universidades polacas: la Universidad de Varsovia, la Universidad Jaguelónica, la Universidad Maria Curie-Skłodowska de Lublin, la Universidad Adam Mickiewicz de Poznan y de una universidad extranjera, la Universidad Complutense de Madrid. Estuvieron presentes también los investigadores de la Academia de Ciencias de Polonia y de la oficina polaca del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados. La presencia de los sociólogos posibilitó el debate sobre algunos problemas teóricos referentes a los procesos migratorios. Uno de ellos se basa en los cambios que se producen en actualidad en la percepción sociológica y política de los conceptos de la ciudadanía y la nacionalidad en los países de la Unión Europea. Slawomir Lodzinski (Universidad de Varsovia) presentó un análisis de este problema señalando no sólo los cambios en la HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS esfera del derecho comunitario, sino también las transformaciones de las identidades nacionales. Elzbieta Budakowska (Universidad de Varsovia) así mismo presentó sus observaciones acerca del fenómeno del "nomadismo" como una de las características de las migraciones contemporáneas. Los nómadas actuales son personas en movimiento constante que tienden a desarrollar una identidad híbrida, sin ninguna necesidad de echar raíces en el lugar donde actualmente residen. El nomadismo, desde la perspectiva más amplia, está tratado como consecuencia de la globalización. La presencia y la ponencia de Agnieszka Kosowicz (funcionaria de la oficina polaca del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados) posibilitó incluir dentro del programa de las Jornadas la cuestión de los refugiados. El problema fue analizado desde una perspectiva interesante y, sin embargo, poco tratada: la contribución de la presencia de los refugiados al desarrollo local. La mayoría de las ponencias se concentraron en la cuestión de la inmigración en los países europeos. Se debatieron los problemas que enfrentan las sociedades europeas en distintas esferas de vida y la influencia de los inmigrantes sobre la autopercepción y autodefinición de las comunidades nacionales. Dorota Pudzianowska y Renata Wloch (Universidad de Varsovia) hablaron sobre Francia analizando, por un lado, la política migratoria de este país en los años 80 del siglo XX y, por otro, las transformaciones del republicanismo francés causadas por la creciente inmigración musulmana. Otro caso de país mayoritariamente acogedor es Suecia. Elzbieta Michalik (Universidad Maria Curie-Skłodowska de Lublin) presentó el tema del funcionamiento de la política de integración de los inmigrantes en este país y sus resultados en la esfera social. Las migraciones después de la segunda Guerra Mundial a Alemania sirvieron como punto de referencia para la reflexión acerca de la evolución de la definición de una nación (Aleksander Posern-Zielinski, Universidad Adam Mickiewicz de Poznan). Ewa Kowalska (Academia de Ciencias de Polonia) comparó la emigración judía de Ucrania a Alemania y a Israel. El caso de Polonia fue presentado desde distintos puntos de vista. Por un lado, Polonia es todavía un país que exporta el capital humano, sobre todo a los países más desarrollados de la Unión Europea tales como Alemania, Gran Bretaña, Irlanda o España. Por otro, recibe individuos del Este de Europa y de Asia. El análisis de la presencia de los polacos en los mercados de trabajo de los países europeos lo presentó Ewa Nowak (Universidad Maria Curie-Skłodowska de Lublin). La consideración de CRÓNICAS Polonia como un país receptor de imigrantes fue introducida por Anna Napiontkowna (Academia de Ciencias de Polonia), a través de su análisis de la imagen del imigrante en la prensa polaca del año 2005. Polonia atrae oleadas de algunos países muy lejanos, tanto en el sentido geográfico, como cultural. Una de las minorías residentes más numerosas, particularmente en los grandes núcleos urbanos, es la comunidad vietnamita. A los estudios de este grupo de inmigrantes se dedican Teresa Halikowa (Academia de Ciencias de Polonia) y Dorota Kalecinska (Universidad Adam Mickiewicz). En sus ponencias, expusieron, respectivamente, los problemas de integración de la población oriunda de Vietnam en Polonia y la experiencia de emigración en el mundo literario vietnamita. Las migraciones extraeuropeas son un tema poco tratado en Polonia, sin embargo dentro de nuestras jornadas siempre incluimos algunos casos, en particular conectados con flujos migratorios en los continentes americanos. En las últimas jornadas estuvieron presentes especialistas que se dedican a algunos casos específicos en esta materia. Bogumila Lisocka-Jaegermann (Universidad de Varsovia) habló sobre las migraciones de las sociedades caribeñas, ilustrando el tema con ejemplos de emigración de Puerto Rico y Cuba. Gaja Makaran (Universidad de Varsovia) analizó las migraciones internas en Bolivia, poniendo énfasis sobre sus resultados en la esfera social y política de este país. Para entender el desarrollo y consecuencias del fenómeno de migraciones hoy en día es imprescindible investigar su aspecto histórico. Desde esta perspectiva, Bernard Kolodziej (Universidad Adam Mickiewicz) habló acerca de la influencia de migraciones sobre las estructuras religiosas en los países acogedores. Natalia Aleksiun (Academia de Ciencias de Polonia), a su vez presentó el tema de Litwacy1 y su emigración a Polonia a la luz de la historiografía judía. Una de las sesiones de las Jornadas fue dedicada a las migraciones en los países de habla hispana. Al caso particular de España, fueron dedicadas cuatro ponencias que resumiremos detalladamente. Maria Skoczek (Universidad de Varsovia) en su presentación analizó el factor de turismo como impulso de migraciones. Se concentró en el caso de España como país que, tanto por sus valores climáticos y culturales como por su menor coste de vida, atrae a la inmigración extranjera, sobre todo de los países de la Unión Europea como por ejemplo Gran Bretaña, Alemania o los países escandinavos. Es una cuestión poco estudiada ya que, frente a la inmigración masiva de tipo económico de los países latinoamericanos y africanos a España, este grupo constituye una evidente minoría. Los llamados "inmigrantes de calidad de vida" o "turistas permanentes" constituyen un grupo de inmigrantes más deseados. Lo forma sobre todo gente mayor que decide comprar su segunda casa en una región turística de España, sobre todo en la parte meridional del país: la Costa del Sol o la Costa de la Luz. Con el tiempo, estas estancias de tipo medio turístico se convierten en residencia permanente. Una de las características más importantes de este tipo de migraciones es una fuerte concentración de la población extranjera en municipios más bien pequeños. En algunos casos los inmigrantes llegan a superar en lo cuantitativo a los habitantes originarios cambiando la estructura social local. Una inmigración intensa de extranjeros muy bien situados económicamente sin duda contribuye a fomentar el desarrollo económico de la zona, pero sus consecuencias más significativas se dan en la esfera cultural. Dominika Skwarska (Universidad de Varsovia) habló sobre la situación actual de la inmigración a España. Su interés y sus estudios se centran sobre todo en las oleadas inmigratorias provenientes de los países de América Latina y sus consecuencias para la sociedad de acogida. La investigadora analizó los problemas de la inmigración latinoamericana y las perspectivas de su integración social. Subrayó el papel de las ONG y los medios de comunicación en la creación de imagen social del inmigrante en España. Dentro del conjunto de comunidades minoritarias ve al grupo latinoamericano como más privilegiado que otros, a pesar de las experiencias de discriminación en distintas esferas de vida. Otro análisis del "boom" inmigratorio en España hoy en día lo presentó Mikolaj Stanek (Universidad Complutense). Su ponencia enfocó las cuestiones económicas relacionadas sobre todo con la presencia de la mano de obra barata, representada por la creciente inmigración en los mercados de trabajo españoles. Se observa una fuerte concentración de esta mano de obra en algunos sectores en los cuales no se necesitan calificaciones altas, por ejemplo en la construcción, el turismo, la producción agrícola y los servicios. A corto plazo, este fenómeno puede ser ventajoso porque contribuye a un desarrollo dinámico de estos sectores de economía sin mayor coste para el Estado. La contratación de trabajadores indocumentados CRÓNICAS disminuye gastos sociales. Sin embargo, en el futuro la limitada movilidad social de los inmigrantes puede consolidar la segregación étnica en los mercados de trabajo y la progresiva marginalización de algunos de los grupos de inmigrantes. Además la economía, o por lo menos algunos de sus sectores dependientes del trabajo de los inmigrantes, pueden frenar las posibles inversiones y oportunidades del desarrollo futuro. La última de las ponencias referentes a España, presentada por Magda Fratczak (Academia de Ciencias de Polonia), analizó la cuestión de la actividad política de los exiliados argentinos en España durante la dictadura militar 1976-83. España fue el país que acumuló más exiliados y refugiados y se convirtió en uno de los centros de la campaña internacional contra la dictadura en Argentina. La ponencia presentó cómo funcionaban las organizaciones y asociaciones de exiliados y qué papel desempeñaban en esta campaña, así como la importancia de la ayuda y el apoyo a su actividad por parte de algunos partidos políticos, sindicatos y ONG españoles. Todas las ponencias presentadas durante las Jornadas incentivaron discusiones muy vivas. Gracias a la presencia y participación de los representantes de las ONG e instituciones gubernamentales fue posible añadir la voz de prácticos a la discusión científica sobre el fenómeno de migraciones. Es destacable sobre todo la presencia de los funcionarios del Ministerio de Trabajo y Política Social, del Instituto de Política Social y de la Oficina de Repatriación y Extranjeros. Tanto por su organización, como por el número de ponencias, los temas tratados y la cantidad de asistentes, podemos decir que las Jornadas "Migraciones: su influencia sobre las sociedades contemporáneas" arrojaron un balance positivo. Esperamos que de esta manera hayamos podido responder al creciente interés que suscitan los procesos migratorios y contribuir a la formulación de nuevas propuestas y nuevas soluciones que vayan más allá de los enfoques tradicionales y traten de explicar la dinámica de dichos procesos en el tiempo y el espacio. Consideramos que es importante crear y mantener el clima y los espacios de diálogo, donde los representantes de distintos ámbitos referentes a migraciones puedan intercambiar experiencias y discutir resultados y propuestas. En diciembre de 2006 el Departamento organizará las Jornadas "Espacio migratorio de los países hispanohablantes". MAGDALENA FRATCZAK HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS La conmemoración del V Centenario de la muerte de Colón en España Durante todo este año de 2006 se han venido celebrando una serie de exposiciones, congresos y seminarios para conmemorar el V Centenario del fallecimiento de Cristóbal Colón en Valladolid. Presento aquí una breve reseña de los que, de una u otra forma, he tenido noticia. Por fuerza la nómina no puede ser exhaustiva, ya que se han debido de suceder otros muchos que desconozco. Cristóbal Colón y los taínos. Obra Social y Cultural. Junta Castilla y León. Como señaló la comisaria de la muestra, Araceli Sánchez Garrido, en esta exposición se pretendió dar a conocer el entorno histórico en que se desarrolló la empresa colombina (la cartografía, los instrumentos científicos y la situación política a finales del siglo XV) y mostrar la cultura material de los habitantes con los que Colón se topó al descubrir el Nuevo Mundo. La exposición se centró en torno a tres apartados. En el primero, Las Noticias, fueron mostrados una serie de instrumentos, mapas, libros y cuadros representando la llegada del almirante al Nuevo Mundo, sobresaliendo, a mi entender, las piezas que Colón pudo haber visto (idolillos, un duho, un precioso cinturón...). El segundo apartado, que estuvo dedicado a la sociedad taína ilustró, con objetos sencillos, la vida cotidiana de aquella sociedad, destacando una extraordinaria colección de vasijas e idolillos. El último espacio expositivo, el mundo simbólico, incluyó una serie de objetos para el ceremonial de la cohoba así como hachas, trigonolitos, amuletos, una maraca, un aro de piedra, collares, vasijas zoomorfas... El catálogo, magníficamente ilustrado, contiene seis artículos que conforman una monografía muy cuidada sobre el tema desarrollado en la exposición: Taínos, una geografía simbólica en las Antillas (Araceli Sánchez Garrido); Los taínos en los apuntes de Cristóbal Colón (Manuel García Arévalo); Los taínos, vida, espacio y cultura (Marcio Veloz CRÓNICAS Maggiolo); La religión taína (Mons. José Arnaiz); Etnohistoria del Caribe ( Luis Arranz Márquez), La imagen que acuñó Colón del Nuevo Mundo (Anunciada Colón de Carvajal). Hay que felicitar a los organizadores que en esta exposición han logrado reunir un conjunto de piezas americanas de indudable valor, muchas de las cuales nunca habían sido expuestas en nuestro país. La existencia en la Biblioteca municipal de Fermo de uno de los escasos ejemplares de la Carta impresa de Colón anunciando el Descubrimiento, en su segunda edición latina, fue uno de los motores que impulsaron la realización de un proyecto cultural entre la Diputación de Valladolid y la ciudad italiana que viene desarrollándose en ambos países desde hace unos años. Con el pretexto del aniversario del fallecimiento de Cristóbal Colón en Valladolid ambas instituciones han organizado una exposición itinerante. Como señala Antonio Sánchez del Barrio, director de la Fundación Museo de las Ferias de Medina del Campo y comisario por parte española, la exposición no se concibió como una muestra de contenidos estrictamente colombinos, sino como una oportunidad para dar a conocer en ambas ciudades una parte representativa de sus respectivos conjuntos patrimoniales bibliográficos, teniendo como argumentos generales la Geografía, la Navegación, la Cartografía, la Botánica, la Medicina y la Historia Natural del Nuevo Continente. Para ello se ha contado, además de con el fondo documental y gráfico de la Biblioteca de Fermo, con los vallisoletanos de la Biblioteca de Santa Cruz de la Universidad de Valladolid, los de la Casa Museo de Colón y los de la Fundación de las Ferias y Simón Ruiz, a los que se han sumado la Biblioteca de la Real Academia de la Historia y el Museo de la Farmacia Hispana de la Facultad de Farmacia de la Universidad Complutense de Madrid. En el catálogo, quince textos preceden a la lista de obras expuestas. En definitiva se trata de una exposición de libros y mapas, con algún que otro objeto como los botes y cajas de farmacia, en los que sobrevuela callada la figura de Cristóbal Colón, como se ve con sólo consultar el índice de artículos. Esperamos que el proyecto cultural iniciado con tanta brillantez siga dando frutos en el futuro. a cargo del prof. Jesús Varela Marcos, sigue una síntesis de los contenidos expositivos efectuada por el comisario don Antonio Ignacio Meléndez Alonso, que nos anuncia sus intenciones: "contar un relato a través de las obras de arte y hacer que los visitantes conozcan a Cristóbal Colón". El catálogo se cierra con una descripción del Real Monasterio de Santo Tomás de Ávila (Fr. Rafael Laya Hidalgo), y dos breves textos de presentación del Museo de Arte Oriental de Santo Tomás de Ávila a cargo de los dominicos fr. Blas Sierra de la Calle y fr. Quizá se debían de haber colocado también como apéndice los tres textos de inicio de otros tantos apartados (los demás carecen de introducción): La sorpresa faunística de los expedicionarios de Josefina Barreiro, Museo de la parroquia de San Juan Crisóstomo de Madrid, de Pedro Tomé Martín y un breve estudio sobre los indígenas del Perú del padre Joaquín Barriales Ardula, que, a mi entender, se pierden en el conjunto del catálogo. En el capítulo I, "El sueño de Cristóbal Colón", se exponen obras que rememoran la España de los Reyes Católicos, el camino al Oriente y el viaje, poniéndose aquí de manifiesto la aventura y la aportación científica entre dos mundos con culturas tan distintas y complejas. El capítulo II recibe el nombre de "La tierra" y está dedicado a los animales en su medio, las plantas y los productos. Si el capítulo III está dedicado a los "hombres y la mujeres", el IV a lo que los organizadores llaman "los afanes" o trabajos y el V y último nos muestra las dos orillas a través de la religión con dos apartados que se titulan "Muchos dioses" y "Un solo Dios". En esta exposición el visitante podrá observar toda clase de objetos: esculturas, pinturas, orfebrería, mapas y planos, excelentes esferas terrestres, instrumentos para la navegación, reproducciones de naves, láminas de plantas, textiles, libros, figuras de marfil y de jade, porcelanas chinas, piezas de cerámica de Filipinas y del Nuevo Mundo.... La exposición resulta verdaderamente apabullante, quizá por un exceso de piezas. Los concurrentes, sin duda, tendrán una nueva visión de "Las dos orillas" pero, ¿sabrán algo más de Colón después de la visita? 4. Cristóbal Colón y el Mito Colombino. Museo Naval de Madrid. En esta Exposición la Dra. Luisa Martín-Merás, comisaria de la misma y directora técnica del Museo Naval de Madrid, se marcó un reto HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS importante: nada menos que examinar la figura y los hechos de Cristóbal Colón a la luz de las distintas acepciones que tiene la palabra mito. Pues, en efecto, el descubridor sigue aún hoy cargado de mitos pese a los avances historiográficos que la mayoría del público que se dice enterado insiste en desconocer. Distribuidas en las primeras salas del Museo se han ido colocando las 119 piezas expuestas para esta ocasión, todas ellas pertenecientes al fondo de dicho museo. La idea central que recorre la Exposición parte del mito del proyecto colombino. Unos disparatados cálculos que le iluminaron para llevar a cabo con éxito su obsesión de llegar a Oriente por Occidente. Si su plan, como nos recuerda Martín-Merás, estaba inmerso en el mito, también su figura fue mitificada a lo largo del tiempo y especialmente durante todo el siglo XIX bajo los auspicios del movimiento romántico europeo. En tres ámbitos se analizan las tres facetas distintas del almirante que se han querido destacar. El primero, denominado El entorno cortesano de Cristóbal Colón, muestra una visión de don Cristóbal en la corte de los Reyes Católicos, con la exposición de una serie de réplicas de embarcaciones y artillería de la época junto con documentos y retratos de los personajes con los que el marino se relacionó. En el segundo, Cristóbal Colón y el mito romántico, se han reunido diversas representaciones e interpretaciones de la figura de Colón realizadas durante el siglo XIX. Entre éstos, los organizadores han querido destacar los expedientes de los traslados de los restos de Colón de Santo Domingo a la Habana en 1777 y desde esta ciudad a Sevilla en 1898, así como la importante colección de monedas conmemorativas y dibujos que idealizan la vida del genovés. Por último, bajo el título Tiempo de descubrir se exponen junto a los modelos a escala de las naves colombinas, utensilios y artefactos, instrumentos náuticos, mapas y cartas y, como no, una de las joyas del Museo Naval, la Carta de Juan de la Cosa de 1500. El catálogo, además de un índice de piezas, contiene dos artículos. Anunciada Colón de Carvajal hace una oportuna presentación del almirante en un trabajo que titula, Cristóbal Colón, sus glorias y desalientos, y Nieves Rodríguez Amunátegui recoge en el suyo la Bibliografía colombina en el Museo Naval. El volumen se cierra con un acertadísimo Apéndice documental de los fondos colombinos anteriores a 1900 existentes en el Museo Naval en que se colacionan los manuscritos, impresos e iconografía, esta última con fotos. Se reúnen en esta exposición una serie de libros que, con objeto de analizar la cultura libresca del almirante, ha seleccionado su comisario el prof. Nicasio Salvador Miguel. Distribuidos en tres salas, se pudieron contemplar en primer lugar la reconstrucción de su biblioteca particular: los cuatro ejemplares anotados no sólo por el propio don Cristóbal, sino también de mano de su hijo Hernando o de fray Gaspar Gorricio (Imago Mundi de Pierre d'Ailly, Historia Rerum de Pío II, Historia Natural de Plinio y El libro de Marco Polo) y los libros que con toda seguridad hubo de poseer el descubridor (como, por ejemplo, la Cosmografía de Ptolomeo, el Almanaque perpetuo de Zacuto, el Catolicón de Balbo o una Biblia). La segunda sala estuvo dedicada a los libros que Colón cita en sus escritos y que se corresponden con lecturas tan diversas como la Medea de Séneca, la Geografía de Estrabón o las Antigüedades judaicas de Flavio Josefo, entre otros. En la última sala se recogió una muestra de la producción libresca tras los viajes colombinos y así, muy oportunamente, se han expuesto no sólo los escritos de los que después se llamarían cronistas de Indias (Las Casas, Oviedo Pedro Mártir, Andrés Bernal o Gómara), sino también la de otros autores no menos importantes como Elio Antonio de Nebrija, Cecco d'Ascoli o Lorenzo Gambara que dedicó un largo poema a los viajes colombinos. La sala se cierra con la exposición de dos cartas autógrafas de Colón, las que conserva en su Biblioteca la Real Academia de la Historia. Acompaña a la muestra un catálogo en el que, además de una relación de las obras expuestas, se incluyen seis artículos cuyo índice es el siguiente: Cristóbal Colón: los libros del Almirante (Nicasio Salvador); Colón y sus misterios (Juan Eslava Galán); Cómo hablaría Colón el Español (José J. Gómez Asencio); La génesis del descubrimiento y la nueva Imago mundi, según los cronistas de Indias (José Carlos González Boixo); Avatares de los libros del Almirante en la Biblioteca Capitular y Colombina (Nuria Casquete de Prado) y La Documentación colombina en el Archivo General de Indias (María Isabel Simó Rodríguez). Ya no podemos disfrutar con la visita a esta exposición pero sí podemos aprender mucho de la lectura del catálogo; especialmente son magistrales los artículos de los profesores Nicasio Salvador y José J. Gómez Asensio. HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS Asimismo hemos de señalar que la selección de libros, nada fácil, se ha realizado con exquisito cuidado y su consulta puede ser un excelente instrumento de trabajo. La exposición recorre la vida de Colón en cuatro bloques temáticos. En el primero, Colón y su entorno, se muestra al hombre: su familia, sus amigos y enemigos, sus relaciones con la corte. En el segundo se presenta su bagaje científico, sus libros y los instrumentos y mapas que pudo haber utilizado. El tercero está dedicado a la preparación de los viajes que, independientemente del puerto del que partieran, fueron organizados en Sevilla. En el cuarto, el fracaso del virrey, se exponen las dificultades de la colonización, las nuevas licencias para descubrir, la destitución del virrey y las angustias del almirante que quiere partir de Sevilla para dirigirse al encuentro de don Fernando. La exposición termina con un canto al marino que, aunque con sombras indudables, fue quien abrió el Océano Atlántico e hizo posible la conquista y colonización de un Nuevo Mundo. La muestra reúne medio centenar de autógrafos colombinos procedentes del Archivo General de Indias y de la Fundación Casa de Alba; siete ejemplares de la Geografía de Ptolomeo, entre ellos un manuscrito de mediados del siglo XV, de la Biblioteca Nacional de Madrid. Así mismo no se han regateado esfuerzos para la exposición de piezas singulares como el retrato de la Reina Católica de Juan de Flandes o la Tabla del Paraíso de Brueghel del Museo de Bellas Artes de Sevilla; la colección de mapas del Archivo General de Indias, instrumentos originales del Museo Naval de Madrid o un tesorillo de piezas americanas del Museo de América, entre otras obras. El catálogo, bien presentado e ilustrado, consta de trece artículos a los que sigue un índice de las piezas expuestas. Tras una presentación del personaje, Cristóbal Colón, luces y sombras de Consuelo Varela, se han publicado cuatro capítulos dedicados a las ciudades que Colón frecuentó con asiduidad en Andalucía: Sevilla a finales del cuatrocientos (Antonio Collantes de Terán), Granada en tiempos de Colón. Apunte histórico CRÓNICAS (Manuel Barrios Aguilera), La ciudad de Córdoba en tiempos de Cristóbal Colón (Emilio Cabrera), Huelva, 1492 (Manuel González Jiménez). Las familias de Colón fueron tratadas por dos autores: Gabriela Airaldi se ocupó de la italiana, Retorno a los orígenes: " y Juan Gil de La familia portuguesa. A La cartografía colombina dedicó su artículo Ilaria Caracci; M.a del Carmen López Calderón a La Ciencia y la técnica en el Descubrimiento de América, Salvador Bernabeu Albert a "Los viajes menores. La ruptura de un monopolio (1499-1509)"; a Cómo nació la Casa de la Contratación István Szásdi León-Borja; a El Asia que Colón no encontró Isabel Soler y María Isabel Simó Rodríguez a Los autógrafos colombinos en el Archivo de Indias. Catedral, Catedral de Sevilla. Con objeto de dar a conocer el legado que la Catedral de Sevilla aún conserva de Cristóbal Colón, sus libros, el mausoleo que guarda sus restos, la sepultura de su hijo Hernando y el edificio, que con modificaciones, conocieron los Colón, la Institución Colombina y el Cabildo Catedral han organizado esta muestra que se exhibe en el interior de la sede hispalense. La exposición se ha organizado en tres zonas. La primera que recibe al visitante se ha situado en torno a la tumba de Hernando Colón y en ella se muestran los cuatro libros que pertenecieron a don Cristóbal y que él mismo anotó de su puño y letra colocados en una biblioteca virtual a la que se han añadido otros ejemplares vinculados a la época. La segunda zona, que discurre entre las tumbas de padre e hijo, muestra, en cierta medida, la catedral que Colón conoció. Junto a la capilla de la Virgen de la Antigua, ante cuya imagen tal vez rezó el genovés, se exponen varias piezas de época y una reconstrucción planimétrica de las distintas fases de la construcción del edificio. Para la tercera zona, el mausoleo de don Cristóbal, se ha construido un entarimado que permite ver la urna que conserva sus restos. De todas las exposiciones que hemos reseñado, ésta es la única que no va acompañada de un catálogo. Es una lástima como también lo es que hayan coincidido dos muestras sobre Colón en Sevilla en las mismas fechas y en lugares tan próximos. Para conmemorar el V Centenario de la muerte en Valladolid de Cristóbal Colón en 1506 se está preparando una exposición cuyo comisario es Fernando Checa Cremades. Reconstruyendo el horizonte intelectual y científico en los planes del almirante, se mostrará al público algunas de las repercusiones esenciales del descubrimiento de América en la historia de Europa durante los siglos XVI y XVII: la influencia en el imaginario artístico y cultural occidental de las tierras recién descubiertas. La idea inicial de esta propuesta es explorar cómo el concepto de lo maravilloso-imaginario resultó decisivo en la mente de Cristóbal Colón: cuáles fueron las vías de recepción de los hombres, las tierras, la naturaleza y el arte que Colón había descubierto y descrito inicialmente en sus diarios y cartas, teniendo por límite cronológico el similar proceso en México y Perú; ya que obras como las Cartas de Relación de Cortés o la Crónica de Bernal Díaz del Castillo (por poner solo algunos ejemplos relevantes) adquieren una extraordinaria importancia cultural desde esta perspectiva asimiladora. Por este motivo, en esta exposición se propone analizar cómo se integró esa "materia de los sueños" en la imaginación de los europeos durante la Edad Moderna. En el recorrido se ha insistido en estos puntos fundamentales a través de las colecciones de objetos de arte y de maravillas, reconstruyendo en el montaje una de esas colecciones, un gabinete de maravillas del XVII. Por otro lado, la influencia del arte español en el arte colonial se podrá analizar a través de piezas de arte mexicano que evidenciarán cómo América también se integra en el arte occidental. Otro apartado se dedicará al arte precolombino que vieron los primeros conquistadores, para ello la exposición contará con importantes piezas, hasta el número de cien, de arte azteca de primera magnitud, así mismo también estarán representados con piezas seleccionadas el arte inca, arte caribe y el oro de Colombia. CRÓNICAS Bajo la dirección del profesor Jesús Varela Marcos se celebró este congreso. Ante la imposibilidad material de reproducir todo el programa, me limitaré a señalar solamente las ponencias que se dictaron en las distintas mesas. Las culturas indígenas de América a finales del siglo XV (Concepción Bravo Guerreira); Los precedentes en Canarias de los pactos de Colón en La Española (A. Tejera Gaspar); Fonseca y Colón: dos visiones del indígena (Adelaida Sagarra Gamazo). -Colón y el entorno europeo: Dotación y aprovisionamiento de armadas enviadas a las Indias. La protección internacional de los pueblos indígenas cinco siglos después (Alberto Herrero de la Fuente; Descubrimiento y exploración del Caribe: las relaciones con los indígenas (M.a Luisa Martínez de Salinas Alonso); Evangelización y música en la América Hispana. Presencia de la música polifónica europea en el siglo XVI y asimilación de elementos indígenas (M.a Antonia Virgili); Organizado por la Universidad Internacional de Andalucía, el Excmo. Ayuntamiento de Palos de la Frontera y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas se celebró este congreso en el que, con el formato de mesas redondas, fueron debatidos cinco temas. En la primera mesa, La ciencia del almirante, presidida por el Dr. José Luis Comellas, participaron los profesores Jorge Luis Matos (Los viajes de Colón y la náutica portuguesa del quinientos); M.a Luisa Martín-Merás (Los Mapamundis que inspiraron a Colón), Stefano Pittaluga (Los libros perdidos de Cristóbal Colón) y María Isabel Vicente Maroto (La revolución cosmográfica a partir de los viajes colombinos). En la segunda mesa, dedicada a los acompañantes de los viajes colombinos, presidida por la dra. Justina Sarabia Viejo, intervinieron los drs. Guadalupe Chocano (Los Colón que descubrieron el Nuevo Mundo), Gabriela Airaldi (Los italianos en las naves de Colón), Rui Manuel Loureiro (Portugueses en los viajes de Cristóbal Colón) y Juan Gil (Nueva documentación sobre Vicentiañez Pinzón y Cristóbal Guerra). La tercera, presidida por el prof. Hugh Thomas y dedicada al virreinato colombino contó con la participación del dr. István Szásdi León-Borja (Colón virrey. Una aproximación jurídica a la institución), la dra. Berta Ares Queija [Relaciones sexuales y afectivas en tiempos de conquista. La Española (1492-1516)] y la dra. Consuelo Varela (La vida en la colonia durante el virreinato colombino). Como introducción a la mesa redonda sobre la imagen de Colón a través del tiempo, el dr. Salvador Bernabeu Albert dictó la conferencia: De leyendas, tópicos e imágenes. A continuación se celebró la mesa redonda, presidida por la dra. Isabel Arenas Frutos, en la que intervinieron la dra. Carmen Bernand (Colón y la modernidad: de un centenario a otro), la dra. Annie Molinié (Cristóbal Colón en Francia: los libros de texto de Historia (1920Historia ( -1970) ) y la dra. Trinidad Barrera (Roa revisita a Colón). No pudieron asistir los drs. Carla y Wim Philips, pero sí enviaron sus textos, "Cristóbal Colón en la historiografía de los Estados Unidos" y "El uso de los Pleitos colombinos en la historiografía americana desde Washington Irving hasta el presente", que aparecen publicados en las Actas. La última mesa, presidida por el dr. José Manuel Pérez Prendes, estuvo consagrada a la presentación de la nueva edición de los Pleitos colombinos que bajo la dirección del prof. Pérez Prendes están ultimando CRÓNICAS la Fundación Mapfre y la Escuela de Estudios Hispano Americanos. Participaron en esta sesión la dra. Anunciada Colón de Carvajal, el dr. Antonio López y la dra. Consuelo Varela. El congreso se inició con una conferencia de la dra. Carmen Mena García, "Colón por fin en Sevilla. (Crónica del regreso de los restos colombinos a la capital hispalense en 1899)" y se cerró con otra del dr. Miguel León Portilla, "Cristóbal Colón en la mira de los cronistas amerindios". Para dar a conocer algunas de las publicaciones que sobre Colón han aparecido durante este año, todos los días se dedicó un tiempo a una sesión que se denominó "La hora de los libros". A lo largo del congreso se presentaron los libros de Luis Arranz Márquez, Gabriela Airaldi, Guadalupe Chocano, Isabel Vicente y Mariano Esteban y una edición portuguesa de la obra de fray Ramón Pané. Como ya se había anunciado, el libro que contiene las Actas del Congreso se presentó y distribuyó entre los asistentes el día del inicio de las sesiones, lo que permitió y facilitó animados debates tras las exposiciones de las mesas redondas. Beerman); El tercer viaje de Colón en su incidencia en la conquista de Melilla (Jesús F. Salafranca Ortega); Cristóbal Colón y los inicios de la justicia en la isla española. Nombramiento y actuación de los primeros Alcaldes Mayores (Amadeo Julián); Las ediciones de los pleitos colombinos (Bibiano Torres Ramírez), La documentación histórica y los resultados de los análisis científicos sobre los restos colombinos (Guadalupe Chocano Higueras); El cálculo medieval de la longitud de arco ecuatorial. Raimon Llull, la carta Pisana y el Diario colombino (José Antonio Hurtado García); Los ecos de Colón en la metodología de la Ciencia y de la Historia (Carlos Alberto Campos), Colón y el cine (Conchita Burman). Me consta que a lo largo de todo este año se han ido celebrando ciclos de conciertos y de conferencias en diversas ciudades españolas que no puedo reseñar, ya que carezco de información suficiente. Tengo constancia, por ejemplo, de que la Diputación de Sevilla proyecta una serie de conferencias por los pueblos de la provincia durante el mes de noviembre y que el Ayuntamiento hispalense organizó un concierto el día 20 de mayo. Así mismo la Real Academia Sevillana de Buenas Letras ha programado unas conferencias para los días 16 y 17 de octubre en las que participarán el dr. Antonio Collantes de Terán (La Sevilla que vio Colón), el dr. Francisco Morales Padrón (Cristóbal Colón, Washington Irving y Sevilla); el dr. José Luis Comellas (El cielo de Colón) y el dr. Ramón María Serrera Contreras (Colón y la cartografía italiana del Descubrimiento). Por su parte la Real Academia de la Historia ha organizado en Madrid un ciclo de conferencias que tendrá lugar la última semana de octubre, ciclo que debía de haber presentado don Guillermo Céspedes del Castillo, recientemente fallecido, en el que intervendrán don Luis Suárez Fernández (Colón e Isabel la Católica), don Carlos Seco Serrano (El tercer viaje de Colón y el descubrimiento de Suramérica),don Hugo O'Donnel y Duque de Estrada (Las gentes del mar y la vida a bordo a fines del siglo XV), don Miguel Ángel Ochoa Brun (La diplomacia y el descubrimiento de América) y don Manuel Fernández Álvarez (Navegando con Colón). En Pozoblanco (Córdoba) el prof. Pérez Prendes coordinará un seminario a mediados de noviembre, mes en el que también dedicarán ciclos de Conferencias en honor del marino genovés las universidades de Alcalá de Henares y la Rioja. CRÓNICAS Sólo con hacer un simple cómputo de las actividades aquí reseñadas no creo que se pueda afirmar que la muerte de Colón no se ha celebrado en España durante este año, como alguna prensa quiere hacer creer a sus lectores. XII Encuentro de Latinoamericanistas Españoles Organizado por el Consejo Español de Estudios Iberoamericanos (CEEIB) y coordinado por el Instituto Interuniversitario de Iberoamérica y Portugal, dicho encuentro contó con el apoyo de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, en cuya sede del Palacio de la Magdalena, en Santander, se celebró. Bajo el lema "Viejas y nuevas alianzas entre América Latina y España" se presentaron ponencias que abarcaron los distintos ámbitos de las Humanidades y de las Ciencias Sociales que fueron de utilidad para aquellos que trabajan sobre la realidad latinoamericana, facilitando el intercambio del conocimiento, la crítica intelectual y la construcción de una auténtica red de académicos e investigadores. Se presentaron alrededor de 200 ponencias, aproximadamente la mitad están publicadas en un cd-rom, y además han sido depositadas y tienen libre acceso para su consulta a través del archivo abierto de la Biblioteca Americanista Europea [URL]. Estos trabajos fueron debatidos en las siguientes áreas temáticas: Historia, presente y perspectivas de la política exterior de España en Iberoamérica. -La migración transatlántica: pasado y presente. -Escolarización, exclusión y bandas latinas: ¿Un preanuncio de los disturbios de Francia o de West Side Store? -Partidos y sistema de partidos en América Latina. -Instituciones y reforma política en América Latina. -Desarrollo económico en América Latina. -Empresas, poder y desarrollo: España y América Latina. HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS -Acción colectiva y movimientos sociales. -Redes formales e informales de colaboración, intercambio y conocimiento entre Europa y América Latina. -Representación y comportamiento político. -Estructura de poder, cambio social y dinámicas institucionales en América Latina y España. -Análisis crítico de la cooperación internacional. -Las independencias y las nuevas naciones en Iberoamérica, 1808-1850. -Poder y territorio en América Latina: identidades, discursos y teorías. -La calidad de la democracia en América Latina: debates y perspectivas. -Literatura en América Latina. -Redes y prácticas clientelares en el ejercicio del poder: América Latina ayer y hoy. -Elites estatales, elites intelectuales y conocimiento social en América Latina. Durante el transcurso del congreso fue presentado el portal CEEIB/REDIAL (www. americanismo.es). Este portal, fruto de la colaboración del Consejo Español de Estudios Iberoamericanos (CEEIB) y de la sección española de la Red Europea de Información y Documentación sobre América Latina (REDIAL-España), contiene bases de datos acerca de los latinoamericanistas españoles, las unidades de investigación que llevan a cabo estudios sobre esta temática y los proyectos de investigación en curso, los recursos documentales disponibles en España, las tesis doctorales defendidas en universidades españolas, además del sumario y vaciado de revistas y actas de congresos. Por último se llevó a cabo la Asamblea anual del CEEIB. Entre las cuestiones debatidas debemos señalar que se han convocado los premios profesor José Luis Rubio y profesor Manuel Lizcano a las mejores ponencias presentadas al encuentro, en los ámbitos de las Ciencias Sociales y de las Humanidades, respectivamente.
Junto a estas familias la capa social alta de Quito incluyó a varios altos funcionarios de la Audiencia y Real Hacienda, en su mayor parte de origen peninsular o de otras partes de América, además de otros españoles europeos y criollos. En comparación con los otros integrantes de la capa social alta, la mayor parte de las familias de la nobleza titulada tuvo la ventaja de prolongarse en el espacio y en el tiempo, hecho que les facilitó ejercer constantemente cargos y funciones importantes en varios ámbitos de la sociedad. La diferenciación entre la nobleza titulada y el resto de la población urbana no fue nítida, puesto que la mayor parte de los titulares procedía de la capa social alta del distrito de la misma Audiencia. Además, no obstante los rasgos comunes de las familias estudiadas, algunas de éstas, como los Maldonado, tuvieron problemas económicos en la época colonial tardía, mientras otras, como los Sánchez de Orellana, llegaron a la cúspide de su historia familiar. Había también algunas familias, como los Villacís, que a pesar de no gozar de un título de Castilla eran muy acaudaladas y fueron reputadas de pertenecer a la primera nobleza de la ciudad. La nobleza titulada no gozó tampoco de privilegios propios. Por esta razón los títulos de Castilla fueron más bien el signo más prestigioso e incuestionable de pertenecer a la nobleza de Quito, término y concepto coetáneo más importante para referirse a la capa social alta de la ciudad. De la nobleza titulada de Quito solamente el marquesado de Maenza fue concedido en 1625 a un ascendiente español de la familia quiteña de los Matheu, mientras que las otras familias beneficiadas se habían establecido en América ya antes de la concesión del título de Castilla. La mayor parte de los títulos fueron concedidos a partir de la segunda mitad del siglo XVII, cuando la Corona española aumentó la concesión de títulos y de hábitos de las órdenes nobiliarias a sus súbditos americanos. 4 Cinco de estos títulos (el condado de Selva Florida y los marquesados de Lises, Miraflores, Solanda y Villa Orellana) fueron concedidos previo pago de una suma cifrada entre 22.000 y 30.000 pesos. El hecho de que al final de la época colonial toda la nobleza titulada del distrito de la Audiencia viviese en Quito se debe a la calidad de esta ciudad de ser el centro político, económico y social de todo el distrito. 5 Al mismo tiempo, Quito era la ciudad más importante de un espacio más reducido, o sea la sierra norte y central, que se extendía del corregimiento de Ibarra en el norte al corregimiento de Ambato en el sur. Las actividades económicas y los empleos de las familias de la nobleza titulada se situaron en todo este espacio, por cuyo motivo algunos de sus miembros se trasladaron de manera temporal o incluso continuada a otras villas y asientos de la región. Centrándonos en los principales apellidos de la nobleza titulada de la época colonial tardía, se puede decir que, aunque el origen de las respectivas familias era muy variado, una vez establecidas en la sierra norte y central del distrito, su desarrollo y características fueron muy parecidos. 6 La inmigración de los fundadores americanos de estas familias comprende un largo período que va desde fines del siglo XVI hasta la primera mitad del XVIII. Mientras que entre los inmigrantes más antiguos sólo hubo unos pocos encomenderos, otros, como los primeros Guerrero, lograron emparentarse rápidamente con descendientes de conquistadores, primeros pobladores o encomenderos de la región. No todos los primeros miembros de las familias estudiadas llegaron directamente desde España a Quito (los Carcelén y Maenza, siglo XVII), sino que algunos se radicaron primero en otras ciudades de la sierra (los Guerrero, final del siglo XVI; los Flores, Jijón y Maldonado, siglo XVII; los Sánchez de Orellana y Villavicencio, siglo XVIII) o en otras ciudades americanas, por ejemplo del Perú (los Montúfar, siglo XVIII). En el origen de varios linajes quiteños encontramos a varios corregidores del distrito de la Audiencia, beneficiados con el título antes o poco después de su llegada; por ejemplo, los Jijón, Maldonado y Sánchez de Orellana en el siglo XVIII. Sólo la familia Montúfar tuvo un alto funcionario, nada menos que presidente de la Audiencia, como fundador de su linaje. Desde un principio, los ascendientes de esta nobleza crearon sus patrimonios sobre la base de obrajes y haciendas, y diversificaron sus ingresos comerciando con productos propios y con ropas y otros efectos europeos adquiridos preferentemente, hasta la primera mitad del siglo XVIII, en Lima. Al mismo tiempo, a partir del siglo XVII, se puede constatar una presencia continua en el cabildo de Quito de las primeras generaciones de algunas de estas familias. A partir de su llegada a la ciudad todos los miembros de estas familias trataron de confirmar y consolidar su ascenso social, emparentándose con las familias ya establecidas y más importantes del lugar, algunos de cuyos apellidos que databan de la época de la conquista se perdieron a través del tiempo. Desde finales del siglo XVI se puede observar una tendencia endogámica constante entre la capa social alta, por cuya razón en la época colonial tardía pocas familias quiteñas solían, y efectivamente podían, reclamar su descendencia de los conquistadores y primeros pobladores del país. 7 El discurso del linaje, o sea de la ascendencia y pertenencia a las familias destacadas de la ciudad y del distrito de la Audiencia, sirvió a las familias reconocidas como nobles para defender la distinción y exclusividad social que reclamaban, reflejando de este modo un aspecto típico de las aristocracias de las sociedades jerárquicas de la época moderna. A continuación se analiza más extensamente la base económica y las funciones públicas de la nobleza titulada quiteña durante la época colonial tardía, así como también las relaciones de parentesco y socioeconómicas que existían en su interior y entre las familias respectivas. Desde la fundación de Quito en 1534 el espacio urbano fue un espejo de la estructura de la sociedad, puesto que aparte de los edificios administrativos, las iglesias y los conventos, las casas alrededor de la plaza mayor y de todo el centro de la ciudad pertenecieron a los oficiales reales, al alto clero y a los hacendados y comerciantes más ricos. 8 Durante la época colo-nial tardía, toda la nobleza titulada tuvo sus casas de morada en la parroquia central de El Sagrario o en la parte colindante de la parroquia de Santa Bárbara, mientras que las parroquias periféricas albergaron sobre todo a la población blanca empobrecida, mestiza e indígena, o sea a los llamados plebeyos, a pesar de que muchos indígenas y mestizos vivían y trabajaban en el centro en una casa perteneciente a la capa social alta. 9 Las casas del centro eran comúnmente de una planta, al contrario de los edificios simples de los barrios periféricos. Describiendo las casas del centro quiteño el naturalista bogotano Francisco José de Caldas constató en 1805 que "la nobleza y el estado medio ocupan siempre el alto [piso]; las piezas bajas están destinadas a la plebe". 10 Muchas casas del centro albergaron, aparte de la familia del dueño, a otros parientes, criados y esclavos, así como viviendas, tiendas y almacenes propios o dados en arriendo; de manera que una casa venía a ser un pequeño pueblo. 11 En la casa de Mariano Flores y Vergara, segundo marqués de Miraflores, vivían en 1797 veinte personas: el marqués, su esposa, dos hijos adoptados, otra mujer del mismo apellido, nueve esclavos negros y seis criadas indígenas. 12 El valor de las casas privadas más grandes de la ciudad podía alcanzar unos 15.000 pesos, aunque la mayoría de las mansiones de la nobleza titulada valían entre 5.000 y 8.000 pesos y estaban comúnmente gravadas con censos. En cambio, el valor de las casas de los barrios periféricos solía ser de unos cientos de pesos. A pesar de que, en comparación con los palacios urbanos de las capitales virreinales de México o Lima, las casas quiteñas eran más bien modestas, algunas familias nobles de Quito vivieron en edificios grandes, equipados de mobiliario y decoración de lujo. La casa del mayorazgo de los condes de Selva Florida, situada en un lado de la plaza del monasterio de San Francisco, era sin duda el edificio privado más imponente de la ciudad y abarcaba, con su jardín, una manzana entera. El primer edificio de esta casa había sido adquirido por el primer ante-pasado quiteño de los condes, Pedro Ponce de León, en 1595. 13 Aparte de las casas principales de morada, las familias más acaudaladas disponían de otras casas que formaban parte de un mercado inmobiliario relativamente vivo. 14 Además de representar el prestigio y patrimonio de una familia y su linaje, algunas casas particulares sirvieron como centros de las relaciones sociales de la capa social alta, sobre todo con ocasión de fiestas privadas o públicas, o para hospedar a viajeros famosos como Alejandro de Humboldt o al ya mencionado Francisco José de Caldas. 15 Mientras que las casas urbanas de las familias quiteñas analizadas cumplieron en primer lugar un papel social, las fincas rurales tuvieron sobre todo una función económica. La prosperidad de la nobleza titulada de Quito se basó en gran medida en sus haciendas, ubicadas en los corregimientos de Ibarra, Otavalo, Quito, Latacunga, Ambato y Riobamba. 16 De los bienes rurales, desde las pequeñas estancias hasta las grandes haciendas, salió una amplia gama de productos agropecuarios, con algunas especializaciones locales (como la caña o los productos lácteos), que fueron consumidos en las mismas fincas o vendidos en los mercados urbanos del corregimiento respectivo o en otras ciudades de la región. Una porción importante de los ingresos de la economía rural se originó, hasta el final del régimen colonial, en los grandes obrajes que fueron una parte esencial del sistema hacendario. 17 Como en la mayor parte de la América hispánica, la producción agropecuaria de la época colonial tuvo generalmente una rentabilidad más bien baja. Además, durante el siglo XVIII decrecieron considerablemente los ingresos de la producción obrajera por la competencia de la industria 13 Jurado Noboa: Plazas y plazuelas..., pág. 99. 14 Los datos sobre los bienes inmobiliarios y las actividades económicas de la nobleza titulada (y de la capa social alta en general) se basan sobre todo en el análisis de 76 (205) testamentos y otros documentos pertenecientes a los registros notariales del Archivo Nacional del Ecuador, Quito (en adelante, ANE/Q). 15 Véase la fiesta pública en la casa del alférez real Mariano Donoso con motivo de la coronación del rey Carlos IV en 1789: "Relación de las Fiestas Reales (...)", Archivo Municipal de Historia, Quito (en adelante, AMH/Q), n.o 134, Actas del Consejo, 2 de marzo de 1790, fols. 16 De éstas y todas las haciendas comprendidas en 205 testamentos depositados en las notarías quiteñas durante la época colonial tardía, ninguna se ubicó fuera de la región de la sierra norte y central del distrito de la Audiencia. 17 Sobre la industria textil del siglo XVIII véase sobre todo Tyrer, Robson B.: Historia demográfica y económica de la Audiencia de Quito. Sobre la producción agropecuaria no existen todavía estudios específicos respecto a la época colonial. CHRISTIAN BÜSCHGES doméstica y de las importaciones europeas. 18 El valor de las haciendas particulares de la capa social alta de la ciudad se cifraba entre unos cientos y 150.000 pesos; el valor de la mayoría de los fundos no pasó sin embargo de los 30.000 pesos. Al igual que las casas urbanas, la mayor parte de las fincas rurales estaba gravada con censos que, dada la escasez de dinero circulante en la región, ofrecieron una fuente de capital importante para facilitar nuevas inversiones. Muchos censos sirvieron además como base de capellanías, obras pías o alimentos, cuyos beneficiarios pertenecían muchas veces a la misma familia y a su parentela. La mayoría de los hacendados más importantes de la región pertenecía a las familias de la nobleza titulada, de las cuales los Sánchez de Orellana y los Matheu eran los más acaudalados. Jacinto y Joaquín Sánchez de Orellana, herederos únicos del primer marqués de Villa Orellana, obtuvieron en 1787 cada uno, de parte de los bienes del mayorazgo y de las casas urbanas de la familia y descontados todos los censos e hipotecas, varios obrajes y haciendas con un valor de 75.000 pesos, suma considerable para la región en esta época. En cambio, había otras casas nobiliarias, como los Maldonado, que fueron menos afortunadas y solamente poseían unos pocos fundos cargados de fuertes deudas. Al final de la época colonial, además de la nobleza titulada, había también otros terratenientes destacados, como las familias criollas de los Freire y Villacís o individuos como Gabriel Álvarez del Corro y Andrés Fernández Salvador, ambos inmigrantes de la metrópoli. No obstante su función primordial de proveer a las familias principales de una base económica sólida y estable, algunas fincas rurales, particularmente en el hinterland de la ciudad de Quito, eran a la vez grandes mansiones rurales que, equipadas con una casa de morada, una capilla, muebles lujosos, tejidos y cuadros valiosos, servían como lugares para demostrar el status social de sus dueños. A lo largo del Camino Real, que pasaba por la sierra norte y central del distrito de la Audiencia, varias haciendas ofrecían a los viajeros prominentes, como Caldas o Humboldt, un alojamiento espléndido y una hospitalidad generosa, mientras que los hacendados podían rodearse del lustre de sus huéspedes. William B. Stevenson, secretario del conde Ruiz de Castilla, presidente de la Audiencia de principios del siglo XIX, escribió sobre su llegada a la región en 1806: 18 Büschges, Christian: "Crisis y reestructuración. La industria textil de la Real Audiencia de Quito al final del período colonial", Anuario de Estudios Americanos, LII:2, Sevilla, 1995, págs. 75-98. Tomo LVI, 1, 1999 "Partimos a la mañana siguiente de nuestra llegada a [La] Tacunga, y avanzamos hasta la hacienda Chisinchi [del marqués de Villa Rocha], y al otro día a la [Hacienda de la] Ensillada, de propiedad del Marqués de Villa Orellana, en donde se congregaron todas las autoridades y personalidades de Quito, con el objeto de cumplimentar a su Presidente y Capitán General". 19 Los latifundios eran pues un fundamento esencial de la prosperidad y del prestigio de una persona y de su familia. A pesar de que hubo un mercado vivo de bienes rurales, 20 existían haciendas famosas firmemente ligadas a los patrimonios de algunas de las familias de la nobleza titulada de Quito, perpetuando la prosperidad y el apellido de sus linajes. Sin embargo, como el derecho sucesorio español proveía la partición equitativa de la herencia entre todos los hijos, la continuidad del patrimonio se veía amenazada por la dispersión de los bienes familiares entre muchos herederos. Sólo las grandes familias, poseedoras de un patrimonio extenso, lograron sin problemas mantener la integridad de sus bienes más productivos y prestigiosos, como se ve en el caso de Manuel de Jijón y León. Según sus testamentos de 1799 y 1801, Manuel dejó seis hijos con derecho a la sucesión de sus bienes. Se debió sólo al hecho de que Manuel había heredado antes las propiedades de su hermano Miguel, primer conde de Casa Jijón y muerto sin sucesión, que todos sus hijos heredaron varias haciendas de un patrimonio que comprendía, en el momento de su división, 15 haciendas, potreros y hatos. 21 Para evitar la dispersión de los patrimonios algunas familias quiteñas habían optado, a partir de la primera mitad del siglo XVII, por fundar un mayorazgo, institución de origen peninsular que permitió legar una parte fija del patrimonio a los hijos primogénitos de un linaje. 22 La función socioeconómica del mayorazgo se desprende, por ejemplo, de una licencia que el rey Felipe V dio en 1712 a los fundadores del mayorazgo de los marqueses de Maenza: "En la división de los bienes resultan grandes inconvenientes, y por ellos se pierden y se destruyen las familias y memorias de las personas nobles e ilustres, y por con-19 Stevenson: "Viaje de Guayaquil...", pág. 218. Otra hacienda famosa por su función de centro social fue la hacienda de Chillos de Juan Pío Montúfar y Larrea, segundo marqués de Selva Alegre, situada al sur de la ciudad de Quito. 21 Testamentos de Manuel de Jijón, Archivo Histórico del Banco Central, Quito (en adelante, AHBC/Q), Documentos particulares, núms. 22 Acerca del origen y de la estructura general de la institución véase Clavero, Bartolomé: Mayorazgo. Anuario de Estudios Americanos trario se conservan y perpetuan, quedando enteras y unidas por medio de la institución de los mayorazgos". 23 Al final del siglo XVIII existían en el distrito de la Audiencia de Quito diecisiete vínculos y mayorazgos. 24 De estos vínculos, trece se ubicaban en la sierra norte y central, y de ellos diez pertenecían a familias quiteñas. Estos diez vínculos comprendían además los seis mayorazgos más valiosos de todo el distrito de la Audiencia, cuyo valor variaba entre alrededor de 20.000 y 140.000 pesos. Los marqueses de Maenza y una rama de la familia Sánchez de Orellana disfrutaron además de las rentas de un mayorazgo en la metrópoli. 25 A pesar de que para un mayorazgo se podía vincular en principio cualquier bien o renta, los grandes mayorazgos quiteños se componían siempre de una casa urbana y de unas haciendas, que comprendían en la mayoría de los casos un obraje, reflejando de esta manera la estructura típica de los latifundios de la región. 26 Cabe señalar que las familias de los marqueses de Maenza y de los condes de Selva Florida tenían, al final del siglo XVIII, problemas para mantener los bienes y el capital fijados en las respectivas actas de fundación de sus mayorazgos, hecho aparentemente debido tanto a faltas individuales como a las consecuencias económicas de la crisis de los obrajes. No obstante, los mayorazgos no perdieron su aprecio general en la alta sociedad quiteña. 27 Junto a la producción agropecuaria y textil las actividades económicas de la nobleza titulada incluyeron el comercio, tanto con la propia producción como con otros productos domésticos o importados, y la minería. El comercio textil se dirigió sobre todo hacia la gobernación de Popayán, que adquirió una importancia cada vez más grande durante la segunda mitad del siglo XVIII, a causa del aumento de la producción aurífera en las minas de la costa pacífica. Hubo, sin embargo, pocos comerciantes puros en las filas de las familias de la nobleza titulada que invirtiesen de manera constante e independiente de la producción propia en el comercio activo. La mayoría de este comercio se desarrolló a nivel interregional, o sea entre Quito y Lima o, sobre todo, Cartagena. Casi ningún comerciante de la nobleza titulada y del comercio quiteño en general se dedicó al gran comercio con la metrópoli. Una excepción era la empresa familiar del tercer marqués de Solanda, Fernando Sánchez de Orellana, y otros familiares y parientes en Quito y Madrid que se dedicaban, alrededor de mediados del siglo XVIII, al comercio de textiles europeos entre Quito y la península, a través de Cádiz y Cartagena, donde tenían factores propios. Sin embargo, después de la muerte del familiar madrileño, la empresa fue liquidada a partir de 1767. 28 Entre los representantes más importantes del comercio quiteño con Popayán y Cartagena, dentro de la nobleza titulada, figuraron en primer lugar Pedro Montúfar y Larrea, hermano del segundo marqués de Selva Alegre; el abogado Mariano Maldonado y Borja, hijo del segundo marqués de Lises, y el primer marqués de Villa Orellana, Clemente Sánchez de Orellana. Además, a la parentela de las familias principales perteneció, durante la época colonial tardía, un comerciante peninsular, Pedro Buendía y Dávila, que se dedicaba igualmente al comercio interregional. Por otra parte, algunos miembros de las familias principales, comenzando por Pedro Montúfar, ejercieron el cargo de juez de comercio que, a falta de un gremio, vigilaba la vida comercial de la ciudad de Quito. Durante el siglo XVIII la minería tuvo solamente una importancia marginal para la estructura económica de la sierra norte y central del distrito de la Audiencia. Escaseaban no solamente vetas prometedoras y accesibles sino también conocimientos específicos y capital. CHRISTIAN BÜSCHGES razón hubo pocos vecinos quiteños que arriesgaran sus caudales en la explotación de algunas minas de plata. Entre estos mineros se puede destacar a Manuel Guerrero y Ponce de León, heredero del condado de Selva Florida, que mantenía al final del siglo XVIII, en compañía del comerciante quiteño Miguel Ponce y sin rendimiento alguno, dos de estas minas verdaderas o supuestas, pertenecientes al terreno de una de sus haciendas en el corregimiento de Latacunga. 30 El único minero verdadero y exitoso entre la capa social alta de la ciudad fue Pedro Quiñones y Cienfuegos, miembro de una antigua familia minera de Barbacoas, en la gobernación de Popayán, que se casó en Quito con la tercera marquesa de Miraflores al final del siglo XVIII. Empleos, rangos y profesiones Quito albergó las más importantes instituciones de la administración civil, eclesiástica y militar del distrito de la Audiencia. Miembros de las familias de la nobleza titulada de la ciudad ocuparon una gran parte de los empleos y funciones en estos ámbitos, en cuanto la política real, los reglamentos de las instituciones y la capacidad e influencia personales y familiares lo permitían. Además, entre los criollos de la capa social alta de Quito fueron solamente los miembros de la nobleza titulada y su parentela inmediata quienes dirigieron sus peticiones de un empleo importante directamente a la Cámara de Indias, destacando sobre todo el status social y los méritos de sus ascendientes. 32 Como en el caso de los bienes raíces, los empleos y funciones que los miembros de estas familias ejercieron se ubicaron no sólo en la capital de la Audiencia y sus términos, sino también en otros corregimientos de la región, pero muy raras veces fuera de ésta. 33 Partiendo de una reconstrucción de las familias de la nobleza titulada y su parentesco inmediato, 130 personas han podido ser registradas según los empleos y funciones que ejercieron en las diferentes esferas de la sociedad durante la época colonial tardía. Tomo LVI, 1, 1999 El provecho que sacó el titular de un empleo en la administración, la iglesia o la milicia incluía en el caso de los cargos más importantes, junto al influjo directo en un campo particular de la vida social, un alto prestigio, pues solamente los empleos civiles y eclesiásticos más altos estaban dotados de una remuneración suficiente para sostener un estilo de vida dispendioso y representativo. De todas maneras los empleos de mayor rango proporcionaban a sus titulares una base económica suficiente y constante. En la administración real los cargos mejor dotados eran los de presidente y oidores de la Audiencia que ganaban, al final del siglo XVIII, 6.000 y 3.300 pesos por año, respectivamente. Los corregidores recibían algo más de 1.000 pesos. Los ingresos de los funcionarios de la Real Hacienda pocos pasaban de los 1.000 pesos o consistían, en el caso de algunos escribanos y secretarios, exclusivamente en los impuestos y derechos cobrados en el ejercicio de su función. 34 La Audiencia, como institución administrativa más importante del distrito, comprendió los cargos más altos y mejor dotados de la región estudiada. Sin embargo, las familias de la nobleza titulada y en general los criollos quiteños ejercieron pocos empleos de esta institución, puesto que los reyes borbónicos preferían conceder estos cargos a peninsulares y criollos nacidos en otras regiones del espacio colonial. 35 Además, las exigencias respecto a la cualificación de los candidatos eran particularmente altas en el caso de los cargos más importantes de la Audiencia, razón por la cual a un miembro de la familia Sánchez de Orellana le fue negado, en la primera mitad del siglo XVIII, la concesión del cargo de oidor. 36 Una excepción fue la concesión de la presidencia de la Audiencia a Fernando Sánchez de Orellana, tercer marqués de Solanda, en 1744; por ser oriundo del mismo distrito debió pagar 27.000 pesos por el empleo, que ejerció de 1745 a 1754. 37 Además, dados los a veces largos intervalos entre la muerte o el relevo de un funcionario y la llegada de su sucesor, o 34 "Relación exacta y circunstanciada de todos los empleos políticos de Real Hacienda, y Militares que hay en la ciudad de Quito y toda su Provincia (...)" [1786], primera parte, Boletín del Archivo Nacional de Historia, IV:6, Quito, 1956, págs. 89-99. 36 Herzog, Tamar: "¿Letrado o teólogo? 37 Herzog, Tamar: "La empresa administrativa y el capital social: los Sánchez de Orellana (Quito, siglo XVIII)", ponencia presentada en el simposio del grupo Personal Administrativo y Político Español (Centre National de Recherches Scientifiques, París), Granada, 1994. también en épocas de mucho trabajo, la Audiencia nombró de vez en cuando conjueces o fiscales interinos, entre los cuales figuraron algunos familiares de la nobleza titulada, como el ya mencionado Pedro Quiñones y Cienfuegos. Más amplia fue la presencia de las familias estudiadas y de los criollos en general en la jerarquía mediana de la administración real, o sea en el caso de los funcionarios de la Real Hacienda y de los corregidores, aunque al final de la época colonial bajó el número de criollos beneficiados con corregimientos. Cumpliendo de nuevo un paradigma ya bien conocido, después de establecerse en la ciudad de Quito, los miembros de las familias estudiadas no ejercieron generalmente ningún empleo de Real Hacienda o de corregidor fuera de la sierra norte y central. Los corregidores eran elegidos por el rey de una lista de candidatos elaborada por la Cámara de Indias. La mayor parte de los cargos de la Real Hacienda fue rematada por la misma Audiencia, a pesar de que el rey concedió a veces un cargo directamente. El verdadero dominio de las familias principales de Quito fue el nivel más bajo de la administración civil, o sea el cabildo, en el cual ingresaron miembros de todas las familias estudiadas, con excepción de los Villavicencio, cuyos familiares ocuparon en cambio cargos del ayuntamiento de la villa de Riobamba. Tanto en el caso de las regidurías como en el de los empleos municipales los criollos fueron una mayoría abrumadora, incluso respecto a las dos alcaldías ordinarias quiteñas, puesto que la ley de la alternativa entre candidatos criollos y peninsulares no fue estrictamente observada, debido en parte al reducido número de vecinos peninsulares en la ciudad. 38 Las regidurías perpetuas fueron rematadas por la Audiencia. Sin embargo, los regidores tenían la posibilidad de renunciar a su cargo en favor de otra persona, que en la mayoría de los casos fue un pariente inmediato. Los titulares de los empleos municipales eran elegidos a principios de cada año por el mismo cabildo. El ejercicio de la mayor parte de las regidurías y empleos fue a título honorífico, sin ninguna remuneración, y el deseo de obtenerlos estuvo ante todo motivado por el prestigio que daban a sus titulares y no tanto por ra-38 Según un cálculo del año 1765 vivían 51 vecinos y 23 moradores peninsulares en la ciudad; véase "Relación sumaria de las dos sublevaciones de la plebe de Quito", Boletín de la Academia Nacional de la Historia, XV: 42-45, Quito, 1937, págs. 102-116. 39 Además para la adquisición de algunas regidurías y cargos municipales fue necesario una inversión de algunos cientos o miles de pesos. 40 La autoridad y la influencia concreta de los titulares de los diferentes empleos y funciones sobre la sociedad, como también la posición de los individuos y grupos sociales frente a las instituciones de administración, son temas muy complejos que, por falta de espacio, no se pueden tratar aquí. 41 Cabe mencionar que el cabildo, órgano político más importante para la representación de los intereses de la capa alta de la sociedad local, controlaba algunos aspectos importantes de la vida económica de la ciudad y su hinterland, por ejemplo, a través de la concesión de créditos a censo, los arrendamientos de tierras de los ejidos o la organización del abasto de la carnicería municipal. Estas facultades del cabildo favorecieron a varios familiares de la nobleza titulada, sin que fuese necesario que los beneficiados respectivos hubiesen sido miembros del cabildo. El acceso de las familias estudiadas, y de los criollos locales en general, a los cargos de la jerarquía eclesiástica fue similar a la situación en la administración civil. En el cabildo eclesiástico, institución más importante, la presencia de los criollos fue bastante restringida. La excepción más notable fue otra vez Fernando Sánchez de Orellana a quien, después de haber servido la presidencia de la Audiencia, el rey nombró deán de la catedral, con un sueldo anual de 2.500 pesos. 42 La mayoría de los eclesiásticos de las familias de la nobleza titulada eran curas o clérigos presbíteros que, por falta de un curato propio, servían capellanías que en muchos casos pertenecían a la misma familia. El capellán más notable fue, sin embargo, el cura de Cayambe (corregimiento de Otavalo), Domingo de Larrea y Villavicencio, quien sirvió a lo largo de su vida nada menos que 23 capellanías 39 Sólo algunos cargos subalternos, que no fueron normalmente ejercidos por miembros de la capa alta social, recibieron una indemnización de poco más de 100 pesos anuales por los gastos ligados al empleo, véase "Cuentas generales (...) de la renta de propios del Cabildo de Quito, de los años de 1788 a 1796 (...)", ANE/Q, Fondo Especial. Presidencia de Quito, c. Juan José Guerrero y Matheu pagó en 1801 por el empleo de regidor-fiel ejecutor 4.000 pesos, ibídem, t. 41 Véase Herzog, Tamar: La administración como un fenómeno social. 43 A causa de sus ingresos relativamente bajos e inestables algunos presbíteros y también curas tenían para su sustento haciendas propias. Los curatos servidos por los familiares de la alta nobleza quiteña se ubicaron no solamente en la ciudad de Quito, sino en toda la región de la sierra norte y central. Algunos clérigos comenzaron su carrera eclesiástica como curas de pueblos ajenos a la capital para obtener después un curato quiteño. El doctor Gregorio de León y Mendoza, pariente de los condes del Real Agrado y de los marqueses de Villa Rocha, logró de esta manera subir, tras su formación en el Colegio Real de San Fernando, de cura interino del pueblo de Calpi, cerca de Riobamba, a maestre escuela de la catedral de Quito, beneficio que le proporcionó un sueldo anual de 2.000 pesos. 44 Al contrario que en la administración civil, una carrera de este tipo en el distrito de la Audiencia no fue excepcional en la jerarquía eclesiástica, donde el criterio del origen social de los candidatos tuvo obviamente un peso menor frente a la cualificación y formación personal. Finalmente, se encuentran solamente dos frailes en las filas de las familias estudiadas, ambos ejerciendo funciones importantes de su orden respectiva. El número de monjas fue considerablemente más alto, 18 en total, sin poder hacer suponer que hubiera existido una política decisiva de parte de estas familias de reducir por este procedimiento el número de herederos. Junto con los cargos civiles y eclesiásticos, los rangos militares tuvieron siempre un gran prestigio en el distrito de la Audiencia. Sin embargo, antes de la creación sistemática de cuerpos de milicias, entre 1779 y 1784, la organización militar de la región no ofreció una cantidad considerable de cargos y rangos. Al contrario de la reforma del sistema de milicias en la Nueva Granada, los rangos del distrito de la Audiencia de Quito, incluso los más altos, fueron dados preferentemente a los criollos. 45 Por esta razón encontramos entre los oficiales de los diferentes cuerpos miembros de todas las familias estudiadas. Además, el sistema de milicias fue quizás el sector público en el cual el predominio social de la alta nobleza quiteña fue más visible, puesto que los rangos principales de coronel y teniente coronel y las plazas de las planas mayores voluntarias de los regi-43 Véase su testamento, ANE/Q, 6. 44 Véase "Relación de los méritos, grados y literatura del Doctor D. Gregorio de León y Mendoza (...)" [1754], AGI, Audiencia de Quito, 195 A. Tomo LVI, 1, 1999 mientos fueron dominados por algunos títulos de Castilla y sus familiares más cercanos. También los rangos y cargos militares concedidos a la capa social alta de Quito comprendieron toda la sierra norte y central, a excepción del rango de coronel de infantería de un batallón de la ciudad de Cuenca, en la sierra sur, que fue concedido a Pedro Buendía y Dávila, yerno del tercer marqués de Villa Rocha. Todos estos rangos de las milicias fueron empleos honoríficos, sin sueldo, pero con mucho prestigio vinculado a los uniformes de gala y al fuero militar. Resta mencionar la gran cantidad de abogados que se reclutaron de casi todas las familias de la nobleza titulada, aunque eran la excepción los que vivían solamente de los ingresos de esta profesión. Otros empleos para cuyo ejercicio era necesario una preparación formal fueron los cargos universitarios, pertenecientes hasta la época colonial tardía a los colegios mayores de los jesuitas, los dominicos y los agustinos, hasta que en 1776 el rey Carlos III ordenó la fundación de la universidad de Santo Tomás. 46 A partir de aquel año aumentó el acceso de las familias estudiadas a los cargos universitarios. Hasta el final de la época colonial varios miembros de estas familias ocuparon una cátedra de leyes o de alguna otra materia. Parentesco y redes familiares Las relaciones familiares y de parentesco entre la nobleza titulada de Quito con otras familias ilustres de la ciudad tuvieron una importancia central para conservar y fortalecer la destacada posición social tanto de las personas y familias particulares como de todo el núcleo de la capa social alta. Siguiendo el modelo que caracterizó a la nobleza española y europea desde la transición del Medioevo a la época moderna, las familias con títulos de Castilla de Quito cumplían en gran escala el principio aristocrático del matrimonio justo, o sea correspondiente al propio status social. 47 46 Lucena Salmoral, Manuel: "Entre la escolástica y el despotismo ilustrado. Reformismo universitario en Quito en vísperas de la Independencia", en La universidad ante el Quinto Centenario, actas del Congreso Internacional de Universidades (Madrid, 13-16 julio 1992), Madrid, 1993, págs. 193-207; ídem: "Una universidad que nunca tuvo estatutos: Santo Tomás de Quito", Estudios de Historia Social y Económica de América, IX, Alcalá de Henares, 1992, págs. 99-115. 47 Para el caso de la metrópoli véase por ejemplo Beceiro Pita, Isabel y Ricardo Córdoba de la Llave: Parentesco, poder y mentalidad. Como sus homólogos españoles, la nobleza titulada quiteña buscó fortalecer su pretendida distinción y exclusividad sociales a través de lazos matrimoniales que condujeron a una clara tendencia endogámica dentro de su grupo. 48 Estas familias, antiguas y nuevas, formaron a través de los lazos matrimoniales redes sociales que incluían además a otras familias nobles sin título, como los ya mencionados Villacís y Freire. Las familias Montúfar y Sánchez de Orellana fueron especialmente exitosas, puesto que se vincularon con casi todas las familias importantes de la ciudad. Una consecuencia de esta endogamia fue el hecho de que Felipe Carcelén y Sánchez de Orellana, quinto marqués de Villa Rocha, sucedió en 1803, por los derechos de su madre, también en el marquesado de Solanda. Las nuevas leyes matrimoniales que los reyes Carlos III y Carlos IV proclamaron a partir de 1776 coadyuvaron, sin duda, a forzar la disciplina familiar, puesto que exigían a los títulos de Castilla pedir una licencia real antes de casarse y aumentaban generalmente el control de los padres de origen español sobre la elección de los cónyuges de parte de sus hijos menores. 49 Cuando Jacinto Sánchez de Orellana y Chiriboga, hijo primogénito del primer marqués de Villa Orellana, emprendió en 1781 un viaje a España, sus padres le expidieron una licencia para poder casarse con una persona de igual sangre, declarándole al mismo tiempo desheredado para el caso de que fuera a contraer un matrimonio desigual y contra el agrado de sus padres. 50 Cuando, algunos años después, Josefa Sánchez de Orellana, otra hija de los marqueses, se casó contra la voluntad de éstos, fue efectivamente desheredada. 51 Puesto que hubo entre las familias de la nobleza titulada pocos casos de pleitos matrimoniales, es evidente que el control informal de los enlaces fue normalmente suficiente. 52 La tendencia endogámica fue también facilitada por la dispensa matrimonial, mediante la cual el Papa o un vicario suyo podía suspender, en casos particulares, la prohibición eclesiástica de matrimonios entre parientes inmediatos hasta el cuarto grado de consanguinidad, grado correspondiente al número de generaciones que había entre los cónyuges respectivos y su ascendiente común más cercano. Cuando en 1803 el abogado quiteño José Javier Ascásubi y Matheu, nieto del séptimo marqués de Maenza, pidió una dispensa del arzobispo para casarse con su prima Mariana de Matheu y Herrera, justificó su solicitud haciendo hincapié en la dificultad con la que en esta ciudad las personas ilustres podían encontrar sujetos de igual naturaleza para contraer estas alianzas. 53 Entre las familias de la alta nobleza se efectuaron durante la época colonial tardía tres matrimonios de un segundo grado de consanguinidad, dos de un tercero y dos de un cuarto. A pesar de los matrimonios endogámicos de la nobleza titulada, ésta se enlazó también con otros criollos considerados como nobles, por ejemplo con miembros de la familia Borja; sin embargo, lo hizo con muy pocos peninsulares. La mayor parte de los matrimonios con criollos se limitó a familias de la misma región de la sierra norte y central, como los Chiriboga, León y Villavicencio, que mantuvieron una fuerte presencia en Riobamba. La familia Sánchez de Orellana fue uno de los pocos ejemplos de una integración exitosa de personas llegadas de la sierra sur; otro caso fue el del comerciante Nicolás de Carrión y Vaca, cuyos hijos se emparentaron a partir de mediados del siglo XVIII con las familias Flores, Jijón, Larrea y Sánchez de Orellana. No existían, en cambio, relaciones de parentesco con familias de la costa. El hecho de que las relaciones comerciales entre Quito y la gobernación de Popayán aumentaran considerablemente, durante la segunda mitad del siglo XVIII, se refleja también en una inmigración de comerciantes y empresarios del norte hacia esta ciudad. De esta inmigración se originaron algunos enlaces matrimoniales con la alta nobleza quiteña; por ejemplo, parte de los familiares de los Cabezas y los Quiñones. Mientras miembros de la familia Cabezas se vincularon a los Sánchez de Orellana, los Quiñones se emparentaron con los Flores hasta heredar incluso el título de marqués de Miraflores. Enlaces con familias criollas, radicadas fuera del distrito de la Audiencia, eran más bien escasos y de una importancia menor para la estructura social local de Quito. Dado el origen limeño de la séptima marquesa de Maenza, Mariana de Aranda, la familia de su marido quiteño, Gregorio Eugenio Matheu, mantuvo hasta el final de la época colonial relaciones con la capital del virreinato del Perú, hecho confirmado por el matrimonio de dos hijas suyas con destacados nobles limeños, Diego Suazo, de la orden 53 AC/Q, Matrimoniales, año 1803. CHRISTIAN BÜSCHGES nobiliaria de Santiago, y José Zapata Hurtado de Mendoza, conde de Cumbres Altas y antiguo oidor de la Audiencia de Quito. Mientras que las últimas dos parejas se radicaron en Lima, Juan Pío Montúfar y Frasso, igualmente oriundo del Perú y presidente de la Audiencia de Quito a partir de 1761, se casó en esta ciudad con una hija de la familia Larrea, enlace facilitado por una licencia real a causa de la avanzada edad del marqués. Fue el único alto funcionario real que se casó con una mujer de origen quiteño. 54 A causa de la inmigración relativamente baja de la metrópoli durante la época colonial tardía, la cantidad de matrimonios entre miembros de la nobleza titulada y peninsulares fue también muy baja; hubo solamente cuatro con comerciantes españoles. 55 Los matrimonios tuvieron una importancia crucial para mantener o aumentar el patrimonio y el prestigio de una familia. La documentación que el cuarto marqués de Solanda, Diego Sánchez de Orellana, entregó a la Audiencia en 1789 solicitando una licencia real para poder contraer matrimonio con María Nicolasa Guerrero y Nájera, refleja todos los valores y requisitos según los cuales la alta nobleza quiteña evaluaba su propio rango social y elegía a sus cónyuges. 56 Puesto que los padres y abuelos de Diego eran ya difuntos, sus hermanas atestiguaron el consenso familiar ante la decisión de su hermano. Destacaron que María Nicolasa pertenecía a las familias más ilustres, antiguas y recomendables de la ciudad, entre cuyos ascendientes habían figurado los varones más esclarecidos y señalados en religión y piedad, en pureza de sangre, en empleos públicos y militares y en los muchos y muy grandes servicios en obsequio del rey y de la patria, razón por la cual el matrimonio era conforme al lustre, honor y decoro del título de Castilla. El padre de María Nicolasa, Pedro Guerrero y Ontañón, consintió en el matrimonio destacando las ilustres cualidades de esclarecida nobleza y empleos que adornaban la persona del referido señor marqués, y porque, poseyendo un mayorazgo de los más pingües de la ciudad, tenía con qué soportar las cargas del estado. El factor económico más inmediato de los matrimonios fueron las arras y sobre todo la dote, con la cual fueron transferidas riquezas a veces 54 Véanse en cambio los vínculos matrimoniales considerablemente más estrechos entre la nobleza titulada y los funcionarios reales y sus familiares en Chile; Barbier, Jacques: "Elite and cadres in Bourbon Chile", Hispanic American Historical Review, LII:3, Durham, 1972, págs. 416-435. 55 Véase en cambio la mayor cantidad de matrimonios de la alta nobleza mexicana con peninsulares en Ladd, Doris M.: The Mexican nobility at Independence, 1780-1826, Austin, 1976. 56 Expediente que sigue el marqués de Solanda, solicitando licencia para contraer matrimonio con Doña Nicolasa Guerrero (...), ANE/Q, Matrimoniales, exp. Tomo LVI, 1, 1999 considerables entre generaciones y familias. Entre las grandes familias de la ciudad de Quito fue común, hasta la Independencia, proveer a las hijas con una dote que iba de 2.000 a 38.000 pesos, mientras que las arras que daba el novio oscilaban entre 2.000 y 10.000 pesos, el equivalente a la décima parte de sus bienes. 57 Ambas partidas podían consistir en casas, haciendas, alhajas, indumentaria y dinero en efectivo, que a menudo fue invertido inmediatamente en la adquisición o el mejoramiento de una finca rural. Puesto que la dote era solamente el pago adelantado de una parte de la herencia, los matrimonios llevaron consigo a veces la transferencia de otros bienes o títulos. Aparte de la ya mencionada sucesión del minero de Barbacoas, Pedro Quiñones y Cienfuegos, en el marquesado de Miraflores, se puede mencionar también el caso del mayorazgo de la familia Freire. Por el matrimonio de una heredera del mayorazgo, María Josefa Yerovi y Freire, con Francisco María de Larrea y Santa Coloma, en 1758, sucedió en el goce del vínculo su hija María Josefa, quien se casó con Joaquín Montúfar y Larrea, siendo ambos parientes consanguíneos en segundo grado. Cuando su hija, María Mercedes de Montúfar y Freire, contrajo matrimonio en 1818 con Mariano Miño y Valdés, rector y profesor de la universidad de Santo Tomás, tuvo que ceder ante la presión de una parte de su familia y dejar la sucesión a un pariente suyo, Ramón Borja y Villacís, puesto que la carta de fundación exigía que los cónyuges de los herederos del mayorazgo fueran hidalgos. Fue en vano el intento de Miño de demostrar con documentos su propia calidad de noble. 58 La tendencia endogámica de la nobleza titulada de Quito fue acompañada de la formación de redes familiares que abarcaron campos sociales y económicos diferentes. 59 Los testamentos y asientos notariales evidencian múltiples contactos que van desde poderes y fianzas hasta préstamos y negocios comunes. Un vínculo estrecho y constante existió por ejemplo entre Miguel de Jijón, primer conde de Casa Jijón, y Clemente Sánchez de 57 Las sumas indicadas se basan en 45 casamientos documentados en ANE/Q, Matrimoniales y Testamentarías. 58 Pruebas producidas por parte de don Ramón Borja y Villacís en causa que sigue con el doctor don Mariano Miño sobre la propiedad y pertenencia del mayorazgo de la hacienda de Cochasqui, ANE/Q, Vínculos y Mayorazgos, exp. 59 La función de las redes familiares ha sido estudiada sistemáticamente para el caso hispanoamericano por Balmori, Diana, Stuart F. Voss y Miles Wortman: Notable family networks in Latin America, Chicago y Londres, 1984. Orellana, primer marqués de Villa Orellana. Durante sus largos viajes a Europa, el conde dejó la administración de todos sus negocios y propiedades en el distrito de la Audiencia de Quito a su pariente. 60 Vínculos particularmente estrechos y múltiples existieron asimismo entre las familias Montúfar y Larrea. Las redes familiares se manifestaron también en otros contextos sociales, por ejemplo en los testimonios con motivo de casamientos o pleitos. En 1786 José Román y Sánchez de Orellana se casó con Josefa Carcelén y Sánchez de Orellana, ambos parientes consanguíneos en tercer grado, en casa del cuarto marqués de Villa Rocha, José Carcelén; como padrinos asistieron el cuarto marqués de Solanda, Diego Sánchez de Orellana, y la primera marquesa de Villa Orellana, Javiera Chiriboga; testigos fueron Mariano Flores, segundo marqués de Miraflores, y Pedro Buendía Dávila, yerno del tercer marqués de Villa Rocha. Status social y poder Las familias de la nobleza titulada de Quito formaron, junto con los cargos más altos de la jerarquía político-administrativa, eclesiástica y militar y algunas otras personas y familias criollas o peninsulares, la capa social alta, o sea la nobleza, durante la época colonial tardía. Por su prestigio, riqueza y función, la nobleza titulada fue considerada como el núcleo de la nobleza quiteña y, no obstante su diferenciación interna, se presentó como tal en las fiestas públicas, que proyectaban una imagen oficial e idealizada del orden social. 62 Las familias de la alta nobleza quiteña fueron, por lo tanto, los agentes y representantes destacados de una mentalidad aristocrática que, coadyuvado con la economía poco dinámica de la región, logró conservar y fortalecer, hasta el final de la época colonial, una estructura social jerárquica que se asemeja a las sociedades tradicionales del Antiguo Régimen europeo. El hecho de que la nobleza titulada y en general la nobleza quiteña no gozaran de privilegios propios limita su carácter de estamento, que sin duda tenían por el prestigio social que atribuía la capa social alta a la ascendencia ilustre y al ejercicio de empleos de honor. 63 Varios familiares de la alta nobleza quiteña mostraron además otro rasgo típico de las sociedades tradicionales de la Edad Moderna, es decir, la cristalización de rangos, o sea el ejercicio de varios cargos y funciones importantes en los campos social, económico y político-administrativo de la sociedad por una misma persona. 64 No me parece razonable caracterizar a la nobleza titulada o a toda la capa social alta de Quito como una élite social o política, puesto que los conceptos modernos de élite acentúan normalmente la capacidad y la función específicas que distinguen a las élites y a sus integrantes de los otros grupos y estratos de la sociedad, que se definen sobre todo por su origen social, los privilegios o la riqueza de sus miembros. 65 Respecto al término de élite política o al de oligarquía, ambos conceptos ligados al ejercicio de poder, quisiera expresar otras dudas o limitaciones acerca de su aplicabilidad para caracterizar a la nobleza titulada y a la capa social alta de Quito y de otras ciudades de la Hispanoamérica colonial. Existían sin duda muchas diferentes estructuras y mecanismos del poder que la nobleza quiteña, como también las otras capas sociales altas urbanas, sabían utilizar en su beneficio, por ejemplo por sus relaciones con los funcionarios reales locales o a través del cabildo. Sin embargo, la influencia de los quiteños, como la de los criollos americanos en general, sobre la política global fue muy restringida, por cuya razón se escuchaban, durante la época colonial tardía, voces que reclamaban abiertamente la participación activa de los criollos locales en la delineación de la política real, 63 Véase Büschges, Christian: "Las leyes del honor. 65 Véase por ejemplo Dreitzel, Hans P.: Elitebegriff und Sozialstruktur. Además Bush, M.L.: "An anatomy of nobility", en Social orders and social classes in Europe since 1500: Studies in social stratification, ed. por M.L. Bush, Londres y Nueva York, 1992, pág. 46. Anuario de Estudios Americanos en cuanto que ésta afectaba directamente a los intereses y problemas de su respectiva región. 66 La hora de la toma del poder vino finalmente, para los miembros de las capas sociales altas de Quito y de Hispanoamérica en general, con la crisis de la monarquía hispánica a partir de 1808 y la lucha por la independencia. Una vez que la independencia del distrito de la antigua Audiencia de Quito fue alcanzada por las tropas bolivarianas, bajo el mando de Antonio de Sucre en 1822, algunas de las familias más destacadas de la capa social alta de Quito lograron mantener su destacada posición social y ocupar puestos prominentes en la jerarquía política del siglo XIX, fenómeno bien conocido asimismo en otros países hispanoamericanos. 67 Véase por ejemplo Stone, Samuel Z.: The heritage of the conquistadors.
participación y usufructo del poder de un sector al que podríamos denominar "acomodado" y en la utilización que hacían de las redes de relaciones de su entorno. En el apartado 1.o presentaremos una breve descripción de la identidad de quienes durante 16 años formaron el matrimonio Mendeville-Sánchez. A continuación analizaremos el capital relacional de Mendeville y los beneficios que obtuvo de la inversión matrimonial. En el tercer apartado haremos lo mismo con María Sánchez. A modo de conclusión, analizaremos las particularidades de esta empresa matrimonial. El matrimonio lleva, en sí mismo, una doble contradicción: la disyunción sexual, que divide tanto como une. Esta mezcla de división y de unión se reproduce en el modo mediante el cual las redes ("agrupaciones") articulan la familia dentro de la sociedad global. 1 E. BOTT * Quiero agradecer muy especialmente al dr. Eduardo Míguez por su tiempo y todas sus sugerencias y a Nicolás Quiroga por su invalorable ayuda. El tema de las relaciones personales y de las ventajas y posibilidades que ellas brindan ha sido tratado en numerosas oportunidades. Sin embargo, cada nuevo estudio reanuda la posibilidad de avanzar otro paso hacia la comprensión del fenómeno en lugares, tiempos y sociedades distintas. La representación de la sociedad como una compleja suma de interrelaciones no es nueva. Empero la reflexión acerca de cuáles son los factores que producen, propugnan o desarticulan estas interrelaciones ha sido menos usual entre historiadores y sociólogos. No es nuestra pretensión despejar aquí todas las dudas relativas a la morfología y funcionamiento de la sociedad que nos ocupa, no obstante, procuraremos conocer aspectos que sobre ella se desconocen. El estudio de estas "representaciones", ajustándolas a tiempos y lugares diferentes, es una forma válida para lograr un mayor conocimiento de aquellas sociedades tan lejanas a nosotros. Sin abusar de las herramientas que proporciona al historiador la sociología se utilizan, para el trabajo que presentamos aquí, algunas de las nociones elaboradas en el marco de los estudios de network analysis por considerarlas apropiadas para abordar el tema, como así también usaremos parte de los conceptos que, a propósito de los sistemas de reproducción social, elaboró Pierre Bourdieu. Emplearemos aquí los referidos especialmente a las estrategias de reproducción entendidas como el ".. conjunto de prácticas, fenomenalmente muy diferentes, por medio de las cuales los individuos o las familias tienden, de manera consciente o inconsciente a conservar, a mantener o mejorar su posición en la estructura de las relaciones de clase". Estas estrategias estarían definidas en relación a la posición que se ocupa en el sistema de posiciones y de relaciones de posiciones sociales que Bourdieu define como campos. En una sociedad hay tantos campos como bienes preciados ésta tiene. El principio de diferenciación que cada uno de estos campos tiene es el del capital especifico, entendido como "conjunto de bienes acumulados que se producen, se distribuyen, se consumen, se invierten, se pierden...",2 que está en juego. Bourdieu distingue principalmente tres variedades de capital además del económico: el social, el cultural y el simbólico. Citamos brevemente las definiciones de éstos últimos. El capital cultural es el ligado a los conocimientos, la ciencia, el arte. El social esta unido a lo que Bourdieu llama red durable de relaciones, a lo que podemos agregar que "el volumen de capital social que ha logrado un agente particular, no sólo depende de la extensión de la red de relaciones que él puede efectivamente movilizar en un momento determinado, sino también del volumen de capital económico, cultural o simbólico de cada uno de aquellos agentes a quienes está ligado por pertenencia a esa red". 3 El capital simbólico por último es "el capital de cualquier especie, cuando es percibido por un agente dotado de categorías de percepción... cuando es conocido y reconocido como natural". 4 Una vez ubicados en esta problemática, centraremos nuestro trabajo en el estudio de un caso concreto de matrimonio. El caso elegido permitirá avanzar en el conocimiento de parte de las interrelaciones que conformaban la sociedad porteña a través del matrimonio Mendeville-Sánchez, situado en Buenos Aires a principios del siglo diecinueve, cuando el país comenzaba, no sin serias dificultades, a organizarse interior y exteriormente. Valdría la pena entonces recordar aquí rápidamente el marco en el que vivió el matrimonio en cuestión. Las repercusiones de la crisis monárquica desatada en España luego de la abdicación de Carlos IV y del posterior cautiverio de su sucesor Fernando VII se plasmaron, en el virreinato del Río de la Plata, en la revolución del 25 de mayo de 1810. Esta significó la toma del gobierno por parte del Cabildo de Buenos Aires, en nombre del rey cautivo. El intento de gobernar este extenso y joven virreinato estará signado por la guerra en las fronteras y al interior del mismo. El 9 de julio de 1816 un Congreso, reunido en la ciudad y provincia de Tucumán, declara la independencia de las Provincias Unidas de Sud América. Sin embargo la tarea de unificar ese espacio parecía muy difícil a pesar de la declaración de la independencia y de los esfuerzos que se realizaban para lograrlo. El año 1820 ilustra el quiebre de ese aparente orden. Luego de varios años de incesantes luchas entre caudillos provinciales, destinadas a definir la orientación de la organización nacional, las provincias asisten en esa fecha al desmembramiento del espacio construido desde 1810. A partir de allí, el nuevo "orden" político de las provincias estará regido por pactos interprovinciales y por esporádicos actos de unión. Las dos tendencias en esta lucha por el control del gobierno fueron federales y unitarios. De forma rápida y sucinta podemos decir que los primeros eran partidarios de una federación de estados y su representante máximo, en la provincia de Buenos Aires que es la que nos ocupa, fue Juan Manuel de Rosas, su gobernador durante dos períodos, 1829-1833 y 1835-1852, obteniendo en la última oportunidad poderes extraordinarios para el gobierno de la provincia y además el manejo de las relaciones exteriores de todas las Provincias, de lo que se conoce como la Confederación Rosista. 5 Los unitarios propulsaban un gobierno centralizado, y soñaban con un estado liberal y moderno. Luego de la reunión de un congreso nacional en 1824, en el que se intenta legislar acerca de la unión de las provincias, en 1826 se elige como presidente a Bernardino Rivadavia, representante máximo en el poder de la facción unitaria, quien abandona el cargo tan sólo un año después. A partir del segundo gobierno de Rosas el panorama político parece aglutinado bajo la impronta federal rosista. En 1853, luego de su derrocamiento, se sanciona la Constitución Nacional que regirá sobre todo el territorio de la llamada entonces Confederación Argentina. Este es el marco general de nuestro trabajo que tendrá como eje la observación del comportamiento social de un matrimonio como recorte de la red total porteña entendida esta como el conjunto general de individuos o enlaces ("tramas") posibles entre los individuos de una sociedad. 6 Nos centraremos en la discusión de las formas posibles de acceso, participación y usufructo del poder de un sector al que podríamos denominar "acomodado" 7 y en la utilización que para lograrlo hacían de las redes de relaciones de su entorno. En este trabajo tratamos de presentar, dentro de los límites que nos imponen las fuentes, la estructura interna de las redes personales de los Mendeville-Sánchez, así como el conjunto de vínculos que poseían, enmarcándolos siempre en la sociedad porteña de principios del diecinueve, cuya configuración 8 permitió ejemplos como el que presentamos. Las fuentes son principalmente las existentes en el Quai d'Orsay (Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia, AMREF), donde consultamos correspondencia diplomática, memorias y documentos y papeles personales de los cónsules. Los informes que llegaban a París desde el Río de la Plata fueron, en un primer momento (1820-1827), los que viajeros, marinos o cónsules de otros territorios enviaban al gobierno contando el estado de cosas en la región. Además, se consultaron fuentes del Archivo General de la Nación (AGN) de la Argentina, y la edición de la correspondencia de María Sánchez 6 Tomamos aquí la definición que cita Mitchell, Clyde: Redes sociales en situaciones urbanas., Manchester, 1969, como de J.A. Barnes. Este concepto es citado también por Moutoukias, Zacarías: "Narración y análisis en la observación de vínculos y dinámicas sociales: el concepto de red personal en la historia social y económica" pág. 231 en: Inmigración y redes sociales en la Argentina moderna. 7 Aclaremos que la posición es acomodada fundamentalmente por su capital relacional y no tanto por el económico, como lo veremos en el ejemplo elegido. 8 Cuando hablamos de Configuración pensamos en la definición de Norbert Elias, quien la describe como la figura global siempre cambiante que forman los "jugadores" y que incluye no sólo su intelecto sino toda su persona. Pensando en la sociedad porteña como una configuración nos parece importante tener presente lo que Halperín denomina "la carrera de la revolución" que, aunque esta expresión define a las clases políticas, determina la suerte de sus familias también. Esta "carrera" estaría signada por "dos opuestas tentaciones: la de acercarse a esa fuente de tantos bienes y males [el nuevo estado] y tratar de emplearla en provecho propio, y la de mantenerse alejado de ese peligroso proveedor de esfímeros honores y riquezas" Halperín Donghi, T.: De la revolución de independencia... pág. 162. VALENTINA AYROLO que realizó Clara Vilaseca en 1952. 9 Existe también un archivo privado, perteneciente a la familia Lezica, que contiene papeles de los Mendeville-Thompson, con el que trabajó María Sáenz Quesada en su libro Mariquita Sánchez. Vida política y sentimental, editado en Buenos Aires en 1996. ¿Quiénes eran los Mendeville? El matrimonio estaba conformado por Jean Baptiste Washington de Mendeville y María Josepha de todos los Santos Sánchez y Trillo, quien pasaría a la historia argentina como Mariquita Sánchez. Mariquita había nacido en Buenos Aires el 1 de noviembre de 1786 en uno de los hogares más prestigiosos de aquel entonces. Era la única hija de don Cecilio Sánchez de Velazco y de doña Magdalena Trillo y Cárdenas, viuda en primeras nupcias de un riquísimo y poderoso comerciante de Buenos Aires llamado Manuel Del Arco. Cuando don Cecilio llegó al Río de la Plata en 1771 se encontraba sin dinero10 pero, gracias a su casamiento, logró una posición económica más que interesante, a la que acompañó con puestos políticos -alcalde de Barrio, alcalde de Primer Voto, regidor fiel ejecutor y defensor de Pobres a su Costa-que ayudarían a la consolidación de su posición y de su prestigio.11 El abuelo de Mariquita, por el testamento de su primer yerno,12 estaba a cargo de la administración de la parte correspondiente a la herencia de su nieto, Fernando Joseph, único hijo vivo de la madre de Mariquita y de Manuel Del Arco. Sin embargo, Cecilio Sánchez iniciará con éxito acciones judiciales tendentes a obtener la administración de la fortuna de Del Arco. La temprana muerte de su medio hermano dejó definitivamente a Mariquita como única heredera del patrimonio de Del Arco. 13 Vale la pena recordar algunos detalles significativos de la vida de esta mujer. En tiempos de la Independencia tuvo una actuación destacada al lado de su primer marido, Martín Thompson, apoyando a los independentistas que se reunían en su salón de tertulia. Conocido desde tiempos coloniales, había sido cerrado en 1804, al morir don Cecilio, y reabierto luego del primer casamiento de Mariquita en 1805. Este salón sería un lugar de encuentros privilegiado durante toda la primera mitad del siglo XIX, aunque intermitentemente, debido a algunas ausencias forzadas de su anfitriona. Cuenta la tradición que fue allí donde se escuchó por primera vez el Himno Nacional Argentino y que ella, junto con otras mujeres de patriotas, confeccionó las primeras escarapelas que se lucirían en la Semana de Mayo, comienzo oficial del movimiento que llevaría, en 1816, a la Declaración de la Independencia de las Provincias Unidas de Sud América, más adelante República Argentina. A pesar de que estos hechos la convierten en una activa protagonista de los acontecimientos políticos de la época, son los entretelones de su primer matrimonio los que marcarían la excepcionalidad de su caso y, según se dice, inspirarían la obra El sí de las niñas de Fernández de Moratín, estrenada en un teatro porteño en 1805. Su padre le negó el permiso para casarse con Martín Thompson y López Cárdenas,14 el novio "que ella había elegido". En 1804, apenas muerto su padre, Mariquita y su novio apelaron al virrey Rafael de Sobremonte15 para que éste la autorizara a contraer matrimonio, ya que su madre también se oponía a la boda. Los padres de Mariquita habían elegido como esposo de la niña a Diego Del Arco, sobrino de doña Magdalena pero, a pesar de los argumentos esgrimidos por su madre,16 el virrey falló a favor de la joven pareja. En 1816 Thompson fue enviado en misión a los Estados Unidos, para lograr, entre otras cosas, el reconocimiento de la independencia de las Provincias Unidas. Murió en altamar, en el viaje de regreso hacia Buenos Aires en 1819, dejando a Mariquita viuda con cinco hijos: Clementina, Juan, Magdalena, Florencia y Albina. Jean Baptiste Washington de Mendeville había llegado desde Francia al Río de la Plata en 1818, condenado a tomar servicio en Buenos Aires como resultado de un "duelo desgraciado". 17 Gracias a W. Parish Robertson sabemos que había sido "cumplido oficial de Bonaparte". 18 Mariquita se casó en segundas nupcias con él en 1820 19 y tuvieron tres hijos: Julio, Carlos y Enrique, este último muerto a los 13 años. Lo poco que conocemos sobre las primeras actividades de Mendeville en Buenos Aires se lo debemos a la misma Mariquita, que cuenta que al llegar a la capital argentina, Mendeville daba clases de música, situación en la que lo conoció. 20 Sabemos también, gracias a los papeles personales de los cónsudiscordancia; pero cuando los negocios indicados, que de notoriedad se saben no ser otros que la material administración de unas fincas fructíferas..." (pág. 170). Pero ni siquiera Mariquita cedió a los ruegos de su madre que decía: "Si a la hija de una familia la llevara el aprovechamiento espiritual, si este fuere el deseo que la ocupara, si no atendiera tanto a otras cosas, como a la religión, entonces no se apartará del consejo de sus mayores, entonces no contrarrestará abiertamente a la voluntad de sus padres, porque la misma religión que afecta seguir se lo prohibe bajo culpa de pecado mortal..." (pág. 162); pero María Sánchez había escrito al virrey de forma terminante, mostrando determinación y diciendo que luego de agotar todos los medios de dulzura para con su madre, "[a]sí me es preciso defender mis derechos; o V.I., mándeme llamar a su presencia pero sin ser acompañada de la de mi madre para dar mi última resolución, o siendo esta la de casarme con mi primo, porque mi amor, mi salvación y mi reputación así lo desean y exigen..." (pág. 153). 17 Mendeville era originario del pequeño pueblo de Sos, en la Lot-et-Garonne. A pesar del pedido del acta de nacimiento que realizamos directamente al pueblo de Sos, no se pudo dar con el paradero de la misma. Los únicos datos de su filiación son los que nos proporciona el acta de matrimonio existente en el Archivo Privado de la familia Lezica [en adelante AL], en los que constan los nombres del padre, Santiago Mendeville, y de la madre, Julia Vinter (Sáenz Quesada, M: Mariquita Sánchez..., pág. 81). El motivo de su emigración ("duelo desgraciado") está en la compilación de cartas de Vilaseca, C.: Biografías..., pág. 11. 18 Robertson, J.P. y W. P: Cartas de Sud -América. 19 Con respecto a la fecha exacta de la boda existen varias opiniones. Clara Vilaseca y Jorge Zavalía Lagos fechan el matrimonio el 25 de febrero de 1819. María Sáenz Quesada, por el contrario, habla del 20 de abril de 1820 basándose en la fotocopia del acta de casamiento existente en el AL. Quesada dice: "No pudo haberse casado en esa fecha [por el 25 de febrero de 1819] porque todavía no había enviudado de Thompson [que se encontraba en misión en los Estados Unidos desde 1816 y cuya muerte es conocida en Buenos Aires, desde Montevideo, en diciembre de 1819]. Podía en cambio tenerlo de amante, como posiblemente ocurrió mientras no pudo legalizar la relación..." Cabe decir aquí que Thompson padeció de desórdenes mentales en los últimos dos años de su estadía en los Estados Unidos; un criado de la familia, que murió antes de embarcarse para el Río de la Plata, se encargaba de cuidarlo. les y a otros documentos, en los que consta sin precisar la fecha de inicio de esas actividades, que Mendeville tuvo una casa de comercio hasta que asumió su puesto de cónsul general en 1828. 21 En realidad, más que una casa de comercio era una asociación comercial que compartía con el francés Edouard Loreilhe. La entidad, Mendeville, Loreilhe y Cía., estaba registrada bajo patente 28 en la calle Florida como "negociantes", dedicada a la importación de productos franceses. 22 A partir de 1825 se abrirían para la familia Mendeville otros horizontes que, en parte, están relacionados con las características particulares de la pareja. Ese año, J.B. Washington de Mendeville fue nombrado inspector general de Comercio Francés y, a partir de 1827, abandonaría ese cargo para asumir el Consulado General de Francia en Buenos Aires. 23 En este marco y a partir de ese momento comienza a dibujarse el tema que nos ocupa. La construcción de la red: el capital relacional de Mendeville y sus beneficios a través del matrimonio Recordemos que a través del caso Mendeville-Sánchez nos interesa ver si realmente podemos decir que el matrimonio es una inversión o puede funcionar como tal. Esta empresa matrimonial tiene como capital fundamental las relaciones que ambos cónyuges aportan y que en el caso que estudiamos tendrá algunas particularidades. Vale la pena aclarar antes de seguir adelante que este caso nos permite ver una de las formas de estructuración patrimonial posibles y válidas en el Río de la Plata del diecinueve. Así podríamos decir que veremos en nuestro ejemplo como es realizada la "segunda" estructuración familiar, la Mendeville-Sánchez, por la mujer de la pareja, quien parece apostar todas sus cartas al capital social. Consideramos que el capital relacional de Mendeville es el conjunto de todas las relaciones que estableció en su carácter de cónsul francés, habitante de la ciudad de Buenos Aires durante 16 años y esposo de una porteña de familia tradicional. Si bien es cierto que Mendeville tuvo una carrera destacada gracias en parte a Mariquita, los beneficios del enlace no fueron pocos para ambos. 24 A juzgar por la lectura de los informes consulares, la intervención de Mendeville en la sociedad y en la política local parecería haberse dado en dos niveles. Por un lado, gracias a la efectiva mediación de su mujer, en un sector de la política local, y por otro, en sus propios negocios y amigos. La influencia de su mujer De acuerdo con las denuncias de sus contemporáneos, parece evidente que la influencia y/o la mediación de su mujer realmente existió. Un examen atento de la carrera de Mendeville permite observar que su evolución estuvo marcada por su matrimonio. En primer lugar, ante la insistencia de varios enviados y viajeros galos sobre la importancia de que se designara un encargado de los asuntos comerciales franceses en Buenos Aires, el gobierno francés elegiría para el puesto a Mendeville. Como lo señalan el contraalmirante Rosamel y, más tarde, el barón de Damas: "Si su majestad aprobara el proyecto que yo creo es mi deber presentarle de establecer un Inspector General de Comercio de Francia en Buenos Aires, yo le propondría se le confiera el título al sr. Mendeville, sujeto de V.M. establecido en el país desde hace varios años. El goza de una considerable fortuna y se encuentra en íntimas relaciones con los personajes más influyentes". 25 Vemos así que, muy probablemente, su primer empleo al servicio de Francia tuvo relación con su considerable fortuna y sus conexiones en el país, ambas condiciones proporcionadas por su casamiento. Algunos años más tarde, en 1836, el cónsul interino Aimé Roger consideraba a Mariquita la artífice de la carrera de Mendeville. Opinaba que el señor Mendeville no sólo obtuvo la Agencia Comercial, gracias a su esposa, sino también el Consulado: "Gracias al recibimiento lleno de cordialidad que hizo a los oficiales de la Marina Real, que fueron los primeros que visitaron el Río de la Plata, gracias al prestigio de su inmensa fortuna y también al estado precario de nuestras relaciones con los estados de América del Sud ella obtuvo para su marido el título de Agente General del Comercio de Francia y, más tarde, el de Cónsul General." 26 Finalmente, la ilustre señora, parecería ser la responsable de que el cónsul haya permanecido en su cargo durante un prolongado lapso una vez finalizada su designación. 27 Sería ingenuo no ver que esta injerencia de Mariquita a favor de su marido, traducía la búsqueda indirecta de una porción de influencia y poder para ella misma en la sociedad porteña de la época. Sin embargo cabe señalar que este tipo de intervención sólo puede comprenderse como parte de la estructuración familiar a la que hicimos referencia en un principio. La injerencia de Mariquita puede leerse como una estrategia de reproducción familiar 28 que visaba a la conservación del espacio social que le era propio desde su niñez y que había sido reforzada con su primer casamiento. Puede pensarse que ante la pérdida de cierto número de recursos económicos sólo le quedaba orientar su conducta hacia la maximización del resto de sus capitales, a saber el social, el cultural y el simbólico. La posibilidad de ser sede del Consulado de Francia, país por el que sentía gran admiración, le abría las puertas hacia el exterior desde la perspectiva del extranjero, posición nueva para ella que reforzaba su capital social y por supuesto simbólico. El nivel de las relaciones personales de Mendeville Respecto del segundo nivel del que hablamos, el de sus propios amigos, Mendeville aparece actuando con independencia del núcleo cercano a su esposa. Reformulando la idea de Bott que encabeza este artículo, diremos que el matrimonio divide y une, articulando la familia dentro de la sociedad en la que están inmersos. Así, la frecuentación de distintos medios por parte del marido y la mujer traía beneficios a la posición de la familia. 29 Como es sabido, Mariquita se adhería al partido unitario y sus años más prósperos los pasó durante el gobierno de su amigo Rivadavia; sin embargo, los "amigos" del cónsul francés no parecían estar en el mismo bando. En realidad, su posición no deja de parecernos ambigua, ya que si bien es cierto que tuvo más problemas durante la gestión unitaria que durante la etapa federal, esto no indicaría de forma fehaciente su predilección por los últimos. 30 Un hecho poco común, ocurrido en 1833, permitirá ver la relación del cónsul con el ámbito local. Contradiciendo por completo el principio de no intervención en asuntos internos del país en el que residían, principio que él mismo había esgrimido como argumento a la hora de forzar a los franceses a dejar las milicias locales, Mendeville comunicó a su gobierno que había colaborado con el gobierno federal para lograr un entendimiento entre partes. Aunque el informe más interesante es demasiado largo como para reproducirlo aquí completo, transcribimos algunos párrafos que fundamentan nuestro análisis. Mendeville había sido convocado como mediador para la confección de una lista única de candidatos del partido federal luego de la división que se había producido entre rosistas y lomos negros, 29 Familia que es imprescindible pensar como conformada de forma muy distinta a la familia actual de "invención reciente". Ver Bourdieu, Pierre: "El espíritu de familia". 30 En un informe que envía al Quai d'Orsay en 1829 afirma haber tenido disidencias con el partido unitario. Suponemos que hace referencia a los conflictos acaecidos por el enrolamiento de soldados franceses en las milicias locales. El cónsul francés se opuso con vehemencia a ésto, llegando a amenazar a sus compatriotas con retirarles la ciudadanía si persistían en su actitud. Esta diferencia lo obligó a exiliarse con toda su familia en Montevideo hasta diciembre de 1829, cuando retornó a Buenos Aires con la promesa de Rosas de que no volvería a suscitarse un hecho parecido. Esto nos deja ver su preferencia, no por un color político, sino por aquellos que benefician su interés. Los problemas entre estas dos facciones federales desembocarían en octubre en la revolución de los Restauradores, que preparó la vuelta de Rosas al poder. Al respecto Mendeville escribió el 16 de septiembre de 1833: "... los jefes del Estado [se trata de Juan Ramón Balcarce 32 ] pusieron sus ojos en mí como si pudiera yo solo, en la situación actual, actuar como intermediario para una reconciliación. Habiendo respondido a las primeras propuestas que se me hicieron que podían contar conmigo para brindar todos los favores compatibles con mis deberes de agente de Francia, tuve inmediatamente conferencias particulares, no solamente con los ministros, sino con el Gobernador y su misma familia,... Unos y otros pensaban que mi carácter de agente de una gran nación me situaba en una posición independiente (...) Por otro lado, la conducta que yo he tenido siempre, en mis funciones consulares me mantuvieron tan extranjero a los asuntos de los partidos, que conservé entre los hombres influyentes relaciones que ningún cambio político había alterado. Finalmente no sólo mi conocimiento de los acontecimientos sino también el carácter de todos los personajes influyentes debido a mi estadía de catorce años aquí completaba los medios de los que disponía para comenzar la negociación. (...) El gobernador me respondió que yo conocía bien la situación del país y que él tenía demasiada confianza en mí como para no dejar a mi consideración el manejo de este tema." Luego de explicar cómo comenzó a negociar con Gregorio Tagle 33 (lomo negro) y cómo planteó el acercamiento a Tomás Guido 34 (rosista), explica: "Ya he intervenido y he hecho intervenir a varios de mis amigos cercanos a algunos hombres influyentes del Partido Apostólico como lo son el sr. Maza y el 31 Ibídem, vol. 6 (1832-1833), n.o 49. 32 Balcarce, Juan Ramón (1773-1836): se opuso a los contrarrevolucionarios (1810) uniéndose al ejército liberador del norte al mando de Belgrano, en 1820 fue por corto tiempo gobernador interino de Buenos Aires, ministro de gobierno durante el primer gobierno de Rosas y electo gobernador de Buenos Aires en 1832, luego depuesto por los seguidores de Rosas. Wright, Ione S.; Nerhom, Lisa P.: Diccionario Histórico Argentino. 33 Tagle, Juan Gregorio (1772-1845): abogado, funcionario público, líder que encabezó sin éxito una serie de conspiraciones en contra de las reformas eclesiásticas de Rivadavia. Fue ministro de relaciones exteriores durante el directorio de Pueyrredón en 1817. En 1833 fue ministro de gobierno y ese mismo año era elegido para la Legislatura provincial, Rosas lo removió de su cargo en 1835. Guido fue activo miembro del gobierno de Rosas; prestó servicios como ministro (1829) e infructuosamente trató de impedir que éste renunciara en 1832. sr. Anchorena, ex ministros, para hacerlos comprometer a que ellos mismos pidan en su partido lo que yo acordé con el señor Tagle: que se conforme una lista mixta de candidatos a la diputación." 35 Analicemos el trasfondo de estas declaraciones. Tenemos un negociador entre partes, elegido por su carácter neutral de agente extranjero, como argumenta en un momento de su informe, o por su conocimiento de los personajes implicados en el conflicto debido a su largo séjour en la ciudad, como señala después. Sea como fuera, fue a Mendeville a quien se le pidió la mediación y no a otro, según él mismo declara, por ser el único poseedor de la doble mirada local-extranjero sobre el asunto. Podemos decir entonces que esta situación lo convierte en actor indiscutido de la política del momento, aparentemente sin interferencia directa de su esposa. Otro aspecto importante del informe nos permite ver cuáles son los procedimientos que utilizaba Mendeville para llegar a un acuerdo entre las partes. Por un lado, realizó entrevistas personales, incluso con las familias "atormentadas por la inquietud y las lágrimas... por la amenaza que representan estos asuntos". 36 Por otro, recurrió a sus amigos, 37 quienes parecían tener peso en los dos bandos de federales en cuestión y que, al mismo tiempo, formaban parte de las redes que él estableció durante esos años, según sus propias palabras. Esta situación nos permite reafirmar lo que enunciamos al comenzar este apartado: la forma de inserción de Mendeville en la sociedad estuvo orientada en dos sentidos. Por un lado, su casamiento con María Sánchez le habría proporcionado la plataforma de despegue para sus negocios, si tomamos en cuenta la fortuna de Mariquita y su vinculación con la sociedad porteña. Por otro, con todo ese capital se inició en la actividad consular, que le abrió las puertas del mundo diplomático y le confirió una aparente neutralidad, permitiéndole intervenir en los asuntos internos en nombre de una gran nación y no a favor de sus propios intereses. Aunque, como veremos más adelante, no le fue fácil convencer de esto a las autoridades de su país. 37 Tomaremos la noción de "amigos" para referirnos a las personas que están ligadas por afecto, y también en referencia a la acepción de favorable, benévolo o propicio, sin desconocer lo que señala Bott (Familia y..., pág. 337) respecto del importante problema empírico que la palabra plantea, cuestión a resolver. El capital relacional de Mariquita y su beneficio en la inversión matrimonial Parece pertinente poner en relieve otra vez el carácter de esta mujer que, cuando sólo contaba con 18 años de edad, se destacó por la defensa que realizó de su derecho al matrimonio. Gracias a sus lecturas, de lo más variadas y modernas, María Sánchez creía en la educación como vehículo de la modernidad. Con esta idea, en 1823, durante el ministerio de Rivadavia, 38 participó en la fundación de la Sociedad de Beneficencia, bajo cuyo amparo se erigieron un hospital, la cárcel de mujeres, la Casa de niños expósitos y todas las escuelas de niñas de la ciudad. En un primer momento, intervino eligiendo a las trece miembros fundadoras de la Sociedad entre lo más encumbrado de los habitantes porteños. 39 Luego, participó como secretaria e inspectora de escuelas hasta los meses previos a su muerte en 1868. Su participación en la Sociedad le daba muchas posibilidades de ejercer su influencia. Por un lado, en el seno de la misma Sociedad, podía influir sobre la gente que se beneficiaba con sus servicios; por otro, podía mediar sobre las personas que colaboraban con esta obra, personas que estaban vinculadas a ella por pertenencia a la misma élite y entre las que se establecían relaciones de reciprocidad. 40 Pero además de esta participación concreta, forma aceptada de injerencia femenina en la vida social, podemos afirmar hoy que Mariquita había fundado su verdadero poder en el culto a las relaciones públicas, que la llevaría a no ausentarse jamás de cuanto acontecimiento social se desarrollarse dondequiera que estuviera (Buenos Aires, Montevideo o Janeiro, 38 Desde 1821 Bernardino Rivadavia era ministro de gobierno del gobernador de Buenos Aires Martín Rodríguez. 40 En este punto es útil tener en cuenta los criterios interactivos (contenido, dirección, durabilidad, intensidad y frecuencia de la interacción) de las redes descriptas por Mitchell en su trabajo ya citado "El concepto y el uso de las redes sociales" en: Redes sociales..., sobre todo en lo relativo a la dirección y la implicación o no de reciprocidad de las relaciones, así como su directa vinculación con la frecuencia de los contactos, por ejemplo en este caso, Mariquita y los beneficiados -Mariquita y los "administradores y beneficiarios". VALENTINA AYROLO como se llamaba en aquella época), y a tener al día su correspondencia. Registro de información nada despreciable, según ella misma lo enuncia en una carta a Mendeville: "En el diario que he llevado he escrito mil ochocientas sesenta notas. Sin contar cartas particulares, te puedes imaginar si es broma, a más cuarenta actas: esto es trabajo de cabeza y pluma". 41 Su casamiento con Mendeville fue el broche de oro y lo que llevaría a W. Parish Robertson a decir en una de sus Cartas de Sud América: "Casada doña Mariquita con el Cónsul General de Francia, puede inferirse que ejercía gran influencia y gobierno en el elemento extranjero, y seguro estoy de que Lord Palmerston, con su reconocido tacto, su talento y savoir faire no ha puesto en los negocios de Downing Street más destreza y crecimiento que doña Mariquita con su diplomacia femenina en aquella espléndida mansión de la calle Empedrado. Desempeñábase -llegado el caso-con la soltura y sencillez de una condesa inglesa, con el ingenio y vivacidad de una marquesa de Francia o la gracia elegante de una patricia porteña, a punto que cada uno de estos países la hubiera reclamado para sí, de momento, con la nación de sus visitantes." 42 Como ya lo señalamos más arriba, cuando se casó con Mendeville Mariquita Sánchez ya era una mujer preeminente en la sociedad porteña del siglo pasado; no necesitaba (teóricamente) de su marido para ocupar el lugar que le era propio desde que nació. Sin embargo, su casamiento pudo otorgarle nuevas posibilidades, no sólo para ella sino también para los cinco hijos de su primer matrimonio. Nos atrevemos a pensar que la estrategia de reproducción familiar de los Thompson-Sánchez, luego Mendeville-Sánchez, estuvo en relación con la estructura del capital que poseía la familia en cuya base, estimamos, el capital social jugaba un rol determinante. Así, juzgamos que no son detalles para olvidar la resolución futura de la vida de la progenie de María Sánchez, en la que tuvo, a nuestro entender, una participación importante como vínculo y orientadora de sus vidas. Su hija mayor, Clemencia Thompson, se casó en 1826 con el socio de su padrastro, Edouard Loreilhe, y poco tiempo después partieron a vivir a Francia. Su hijo Juan estudió y trabajó varios años en Europa, parte de ellos en París, donde ocupó cargos políticos de importancia y residió en casa de Mme. 43 Su tercera hija, Magdalena Thompson, se casó con el marino bretón Chiron de Brossay, quien fre-41 Vilaseca: Biografías..., "Carta a Mendeville, San Isidro 25 de febrero de 1862". 43 Juan Thompson, luego de un larguísimo noviazgo con Carmen Belgrano, sobrina del general Manuel Belgrano, rompió su compromiso y quedará soltero. Tomo LVI, 1, 1999 cuentaba la Tertulia montevideana de Mariquita durante 1841, y luego de su casamiento también se trasladó a Francia. 44 Florencia, su cuarta hija, se desposó con Faustino Lezica, hijo de una destacada familia criolla, y por último su hija menor, Albina, contrajo enlace con Tressera, un importante hombre de negocios catalán que la llevó a vivir a Barcelona. Sus dos hijos Mendeville, Carlos y Julio, se casaron con americanas. Carlos con la chilena Elisa Alessandri y Julio con la uruguaya Catalina Trápani. De esta forma cumplió uno de sus sueños, ser esta dama europea de la que habla Robertson y que, curiosamente, nunca pasó los limites de Río de Janeiro. Al final de su vida, con la familia esparcida por el mundo, sólo su hija Florencia Thompson de Lezica, viuda desde hacía varios años, le haría compañía. 45 Teniendo en cuenta lo dicho hasta ahora, podemos observar que este matrimonio fue una inversión substancial para esta mujer que se iba convirtiendo en una verdadera embajadora rioplatense. Es innegable que, como lo señala Ricardo Cicercha, la institución matrimonial otorgaba identidad a la mujer convirtiéndola en sujeto de derecho y permitiéndole además la disputa de la voz familiar. 46 Pero en este caso nos parece que además, el matrimonio, permitió a Mariquita tener un lugar en la sociedad porteña de la época que parecía considerar que su presencia era valiosa, ya que hacía las veces de centro de encuentro e información social. Su casamiento con Mendeville fue una forma más que interesante de obtener algunas prerrogativas sociales y políticas que sólo un extranjero podía darle, como el privilegio de manejar localmente relaciones e información de corte internacional, ambas cosas constitutivas del capital social. Si, como lo mencionamos antes, el fuerte de la señora Thompson y Mendeville eran las relaciones públicas, la lista de sus conocidos, amigos y corresponsales no hace más que confirmar lo dicho. Entre ellos estaban: Mme Noguié: dama francesa célebre por sus tertulias en Buenos Aires 44 Es interesante destacar que entre las amistades de Magdalena Thompson en París, donde vivía, se encontraban Merceditas de San Martín, casada con Mariano Balcarce -socio de los negocios en Buenos Aires de su hermano Juan, ya que ambos representaban a esta provincia en España-, Mariano Sarratea y Nieves Spano de Lèfevre, casada con el cónsul francés en Buenos Aires en 1841, quien alquiló la casa de Mariquita. 45 Parecería ser que Florencia persistió en su viudez a pesar de que contaba entre sus más firmes pretendientes a Gervasio Ortiz de Rozas, hermano de Juan Manuel de Rosas, quien en algún momento administró los bienes de Mariquita. (Sáenz Quesada: Mariquita Sánchez..., pág. 194). 46 Cicerchia, Ricardo: "Vida familiar y prácticas conyugales. Clases populares en una ciudad colonial, Buenos Aires, 1800-1810", Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani, n.o 2, tercera serie, Buenos Aires, 1. er semestre de 1990, pág. 108. VALENTINA AYROLO y Montevideo; Mr. Bouchet Martigny: encargado de negocios de Francia en Montevideo, 1840; Mr. Depouys: agente de Rivera en Buenos Aires; Mr. Delourde: ministro francés, diplomático, alquila la casa de Mariquita; Mr. Capitain: inquilino de Mariquita; Mr. Jean Baptiste Prelig: comerciante francés con el que las Thompson contrataban la importación de muebles, géneros y adornos y que fue inquilino de María Sánchez, además de administrar sus bienes temporalmente y de ocuparse junto a J.B. Alberdi, de la sucesión de Mendeville en Europa. Vivió en París con Mendeville desde que éste se trasladó allí en 1860 hasta su muerte ocurrida en 1863; Mr. Charles Lefevre de Bécourt: encargado de negocios de Francia en 1841, alquiló la casa de Mariquita; Mr. Castelain: arquitecto francés que pasó por Buenos Aires a pedido de Rivadavia y que en ese marco conoció a Mariquita; Mr. Aimé Bonpland: había dado clase de dibujo a sus hijas. Lo vuelve a ver en Montevideo en 1854; Mr. Joseph Guth: artista, apenas llegado de París fue inquilino de Mariquita. 47 En referencia a su carácter de mediadora y gracias a sus redes, Mariquita consiguió en 1846 cartas de recomendación de Tomás Guido, ministro de Rosas, para el célebre viajero chileno Vicente Pérez Rosales, quien de paso hacia Río de Janeiro había frecuentado su casa acompañando a Sarmiento. 48 También logró que su yerno Loreilhe fuese nombrado cónsul argentino en Francia en 1854 y, según Sáenz Quesada, "Hasta el biznieto [de Mariquita] escribió a Mariquita para agradecerle la gestión". Intercedió ante el presidente Justo José de Urquiza 49 por su hijo Juan, que desde hacía algunos años era uno de los cónsules de Buenos Aires en Madrid, para que se le mantuviese en el puesto que ocupaba; en la misma carta pedía idénticos favores para su yerno Juan Tressera, cónsul argentino en Barcelona, y pone a ambos a su disposición "para cualquier cosa que necesite de Europa". 50 Por último, debe contarse también el nombramiento del pintor francés León Pallière como maestro de pintura en la Escuela Normal de Huérfanas, cargo que obtuvo gracias a su vinculación amistosa con Mariquita, según lo sugiere Julio Payró en su libro Pallière. Mariquita y el Consulado Francés En 1832 fue designado cónsul general de Francia en Buenos Aires el sr. Charles de Laforest, que cumplía en ese momento las mismas funciones en Chile. Sin embargo, el nuevo cónsul no fue aceptado por el gobierno, que argumentaba que las ideas de de Laforest eran reputadas de anti-federales y que ese único hecho impedía su aceptación en Buenos Aires. 52 A pesar de las excusas formales que dio el gobierno, los cónsules que sucedieron a Mendeville sospecharon que María Sánchez había intervenido ante las autoridades locales para que no se aceptara al nuevo cónsul y así su marido pudiese guardar el cargo. Este episodio sería el primero de una lista que tenía como denominador común la imputación de Mariquita como responsable. Estos acontecimientos nos permitirán ver su grado de familiaridad con las cuestiones consulares, situación que ella misma reconoce cuando en una de las últimas cartas que le dirige a J.B. Alberdi 53 le dice: "... dos veces ha estado su Consulado por el suelo; yo lo he levantado" 54; lamentablemente, no menciona los dos momentos, pero sería presumible pensar que sus intervenciones fueron reales y posiblemente hayan tenido que ver con el rechazo de de Laforest. En 1833, el gobierno francés designó finalmente al sucesor de Mendeville, Charles Vins de Peysac, pero nuevamente surgieron dificultades. Esta vez, el reconocimiento oficial se demoró casi dos años, lo que permitió que Mendeville siguiera en su puesto de Buenos Aires hasta 1835, aunque tres años antes había sido designado cónsul de Guaya-51 Payró, Julio A.: Palliére. Representó a la Confederación Argentina ante Francia e Italia entre 1854 y 1861, durante un breve período fue diputado por la provincia del Tucumán en el Congreso Nacional desde 1878 a 1881; sus trabajos publicados llenan veinticuatro volúmenes, incluyendo ensayos políticos y jurídicos que, en muchos casos, proveyeron soluciones aptas para los urgentes problemas argentinos de ese momento y sirvieron para estimular el pensamiento de los intelectuales de su generación y las siguientes. 55 De 1832 a 1835 fueron varios los rumores que circularon en el cuerpo diplomático francés acerca de los favores obtenidos por la señora de Mendeville para mantener a su marido en el Consulado. En cuanto Vins de Peysac tomó posesión de su cargo, escribió al Quai d'Orsay: "... no es mi intención poner en duda la conducta del señor Mendeville; estoy, al contrario, convencido de que fue franco y leal en todo este episodio [se refiere a la tardanza en su aceptación], pero qué podía hacer él con respecto al interés que la gente de este país tiene por la familia de su mujer, y al deseo bien pronunciado, de parte de algunas personas influyentes, para que el Consulado General de Francia quedase en esa familia". 56 Es interesante notar que varios de los conceptos vertidos en este informe demuestran, una vez más, los lazos que unían a la familia Mendeville con las personas influyentes de Buenos Aires, y cómo este único hecho fue suficiente para que se sospechara su intervención en el retraso de dos años que tuvo la aceptación oficial del nuevo cónsul francés. Es evidente que la relación privilegiada existía y que pesaba. Y probablemente por esto, la aceptación de Vins de Peysac no fue suficiente para despejar las sospechas que caían sobre Mariquita y que comprometían al cónsul Mendeville ante su gobierno. Existen otras denuncias algo posteriores acerca de la influencia que María Sánchez ejercía sobre las autoridades en detrimento del nuevo cónsul, pero antes de pasar a ellas, mostraremos otro ejemplo de las diferencias entre Vins de Peysac y la señora de Mendeville. Las desavenencias entre ambos, llegaron al extremo de no respetar las reglas mínimas de cortesía que debían guardarse. Dice en un informe Vins de Peysac, que en ocasión de una fiesta que había dado en su residencia: ".. yo había invitado también a la velada a la señora de Mendeville y su familia, pero ni ella ni ninguno de los suyos me hicieron el honor de venir; ella estará ofendida por no haberla precisado para las invitaciones...". 57 Y aquí hay cosas notables. La importancia que otorga el cónsul al episodio, sorprende, y sobre todo que lo comente en un despacho a su 55 En mayo de 1831, Mendeville rechazó la nominación de cónsul de Cartagena de Indias que le hiciera el gobierno francés, y en agosto del mismo año, la designación para el mismo puesto en Nueva Orleans. Lo cierto es que en 1836 era cónsul de Guayaquil y más tarde, de Quito (según el Quai d'Orsay, en 1840. Tomo LVI, 1, 1999 gobierno y si lo hace, es porque le resulta significativo. ¿Cuál era el motivo que Vins de Peysac suponía detrás de la ausencia de Mariquita? hoy podemos pensar que, tal vez, en la explicación que ensaya Vins de Peysac, el "no haberla precisado para las invitaciones", se encuentre una nueva clave sobre el lugar en el que, creemos, residía el poder de Mariquita: lo que nosotros denominamos la manipulación de información y las relaciones públicas. Acaso, la prescindencia de la señora de Mendeville para el manejo de los asuntos relacionados al Consulado francés, marcaba el punto final de su poder sobre dicha cancillería. En uno de sus últimos informes, de mayo de 1836, Vins de Peysac decía que sus relaciones con el nuevo gobierno -el segundo de Rosas para la Provincia de Buenos Aires-eran buenas, ya que había podido sobreponerse con paciencia a "las más negras intrigas o maquinaciones diabólicas de parte de una mujer más peligrosa aún, porque es del país, y que tiene la rabia en el corazón por no haber podido conservar a su marido en el Consulado General de Francia en Buenos Aires". 58 Un año después de su puesta en funciones ocurrió un hecho trágico que involucraría nuevamente a la señora de Mendeville. Vins de Peysac murió súbitamente. Algunos dijeron que fue por envenenamiento, y atribuyeron la responsabilidad a Mariquita. Luego de una autopsia, se determinó que la muerte se había producido por una congestión cerebral. 59 Una vez aclarado esto, el vicecónsul Aimé Roger, que se había quedado a cargo del Consulado general, escribía al Quai d'Orsay con las explicaciones pertinentes al caso: "La señora de Mendeville, luego de la muerte del sr. Thompson, su primer marido, era todavía, a pesar de su extravagante prodigalidad, dueña de una de las fortunas más grandes del país. Se casó en segundas nupcias con el sr. Mendeville y quiso disfrutar de los únicos placeres que todavía no había probado, la ambición (...) El gobierno francés creyó recompensar generosamente al actual Cónsul de Guayaquil acordándole un puesto en Nueva Orleans, y fue entonces que la señora de Mendeville se convenció de que ella podría probar fácilmente al gobierno francés que su marido era un hombre indispensable en Buenos Aires; de allí surgieron todas la amenazas. Y ahora lea esta frase de una carta que la señora de Vins de Peysac le escribió a su marido: "ojalá que esa mujer no llegue a emplear contra ti el puñal o el veneno" (frase de una carta que me fue comunicada confidencialmente por el señor de Peysac) y ahora que V.E. me diga si yo podía no sacar a la luz la verdad por todos los medios que están en mi poder, y dejar de publicar oficialmente que fue sólo la apoplejía "fulminante" la que terminó con los días del Señor Vins de Peysac." 60 En este largo informe se resumen, en cierta forma, los puntos que tocamos anteriormente. Creemos que el informe muestra bien la estrategia de supervivencia usada por Mariquita y que Roger cree parte de un plan prolijamente perpetrado. Nos parece evidente destacar, por todo lo dicho hasta ahora, que el casamiento de Mendeville y Mariquita les permitió a ambos participar en la política y la sociedad de la época a partir del ensanchamiento de la base de sus relaciones y del inmejorable aprovechamiento de ellas. Si Mariquita Sánchez ocupa un lugar en la historia argentina se debe básicamente a que en su casa se escuchó por primera vez el Himno Nacional Argentino o a que participó con Sarmiento en el gran proyecto de educar al pueblo rioplatense. Creemos justo, después de todo lo que hemos podido ver, que mantenga su lugar, además, como ejemplo de alguien que supo utilizar, maximizando hasta los límites posibles, todo su patrimonio personal: el heredado y el construido y adquirido con los años. Cuando se recorre la vida de este personaje, aparece la tentación de mostrarla como ejemplo de mujer, como caso excepcional, como patriota ilustre, aunque en realidad su caso no haga más que manifestar parte de las reglas de funcionamiento de la sociedad rioplatense que se despojaba con dificultad de su herencia colonial española. Convendría acá pasar revista rápidamente al patrimonio heredado y enriquecido al que hicimos referencia. Patrimonio que irá cambiando de perfil justo en el momento en el que tomamos el ejemplo. Mariquita heredó el capital económico nada despreciable de su medio hermano Fernando Joseph Del Arco, acrecentado por los negocios de su padre Cecilio Sánchez de Velazco. Además de ello, o mejor dicho junto con él, Mariquita heredó una posición social acomodada a la que le sumó un espacio político criollo que obtuvo con su participación en los acontecimientos de la Independencia junto a su primer marido Martín Thompson. Este camino parece común para algunos hombres de Iberoamérica, según lo señala Diana Balmori en su libro. 61 61 "En la mayoría de las áreas de Iberoamérica se pueden rastrear conexiones entre las familias gobernantes recién creadas, formadas a fines del siglo XVIII, y los líderes de los partidos políticos de la época nacional." Balmori, Diana: Las alianzas de familias y la formación del país en América Latina. Tomo LVI, 1, 1999 Ahora bien, podríamos decir que al momento de contraer su segundo matrimonio la familia Sánchez-Thompson no era la misma que se había constituído en 1805. Para 1820 el patrimonio de Mariquita, si bien no era despreciable, había mermado. Las causas probables de esta situación, son varias: mala administración, que en cierto sentido podría estar ligada a las capacidades de Thompson para la gestión del patrimonio de su esposa, el aumento de la familia y sobre todo a la colaboración realizada por ésta a la causa de la independencia. Existe otro detalle al que no hay que restar importancia, y es que a poco de llegar a Estados Unidos de América, Thompson enferma gravemente y Mariquita debe hacerse cargo de solventar los gastos derivados de su cuidado y sanación. Por esto nos parece que el casamiento con Mendeville, hombre sin fortuna, en realidad sólo tuvo un efecto importante como aporte a su capital social. Si tenemos en cuenta las reflexiones de Bourdieu al respecto, podríamos decir que lo de Mariquita fue más bien una estrategia de reconversión de capital a partir del que tenía de su primer matrimonio. Este tipo de estrategia puede describirse como las prácticas que visan a mejorar o conservar una determinada posición social, invirtiendo el capital poseído bajo una particular especie en otra distinta, tendiendo a determinar de esta manera una transformación de la estructura patrimonial. Esto podría reducirse en la frase "transformar para conservar". Con su segundo matrimonio, María Sánchez, ensanchó las bases de esa influencia y participación que ya tenía, haciéndolas de corte internacional. Ella incluyó en su no menos densa red todo el espectro de relaciones provenientes del campo diplomático, pasando a ser en cierto sentido, la "francesita", como la acusara Rosas en una carta. 62 Nos atrevemos a pensar que la elección del candidato, estuvo influenciada por lo que Bourdieu llama habitus. Si como lo define Bourdieu "Historia incorporada, hecha natu-62 Según parece, Rosas y Mariquita entraron en una disputa epistolar desde que Mendeville se exiliara con su familia en Montevideo en 1829 a causa de los problemas entre unitarios y federales. En una carta, Juan Manuel de Rosas le dice: "Conocí antes una María Sánchez buena y virtuosa federal. La desconozco ahora en el billete con tu firma que he recibido de una francesita parlanchina y coqueta" (Zavalía Lagos, J: Mariquita Sánchez y..., pág. 168). La respuesta de Mariquita fue la siguiente: "No quiero dejarte en la duda de si te ha escrito una francesa o una americana. Te diré que desde que estoy unida a un francés, he servido a mi país con más celo y entusiasmo, y lo haré siempre del mismo modo a no ser que se ponga en oposición de la Francia, pues, en tal caso, seré francesa, porque mi marido es francés y está al servicio de su nación. Tú, que pones en el cepo a Encarnación, debes aprobarme, tanto más cuando no sólo sigo tu doctrina, sino las reglas del honor y del deber. ¿Qué harías si Encarnación se te hiciera unitaria?..." (Citado por Vilaseca: Biografías..., pág. 14). VALENTINA AYROLO raleza, y de ese modo olvidada como tal, el habitus es la presencia de todo el pasado del cual es el producto: por lo tanto, es el que confiere a las prácticas su independencia relativa en relación a las determinaciones exteriores del presente inmediato" 63 posiblemente la admiración de Mariquita por Francia, producto de su educación, haya jugado un rol decisivo en la elección del nuevo marido. Por otro lado, seguramente con el paso del tiempo y como consecuencia de una herencia que se remontaba al siglo anterior, comprendió que parte del poder son las relaciones; y así, siguió abriendo su salón de tertulia, recibiendo a cuanto extranjero estuviese de paso, y cultivando con esmero el arte de la correspondencia. 64 Sus logros fueron claros y constituyeron el resultado de este complejo circuito de relaciones que le proporcionaron sobre todo beneficios a nivel social y de prestigio 65 para ella y su descendencia, buenos casamientos y la posibilidad de puestos políticos para sus hijos, convirtiéndola en una power brooker. 66 La particularidad de su caso es que es ella, una mujer, quien asume la empresa de hacer de su matrimonio y de su familia una buena inversión dentro de las limitaciones impuestas por los usos y costumbres de la época. 67 Ella seleccionó, en todo momento, la mejor alternativa, acorde a sus intereses, entre las que le brindaban sus condiciones objetivas. Al no ceder al deseo de su padre de casarse con el rico sobrino de su madre, Diego Del Arco, Mariquita marcó el rumbo de su vida. Obligada por las circunstancias, apostó todo al ámbito exclusivo de su influencia social. Seguramente creyó que el casamiento con Mendeville le otorgaría no sólo las efímeras pero nada despreciables ventajas de ser "La Francia en Buenos Aires", sino también un acomodo económico que no le trajo. Proba-63 Bourdieu, Pierre: El sentido práctico. 64 Según Zavalía Lagos: Mariquita..., pág. 164, Bernardo de Monteagudo decía en una carta sobre Mariquita: "María Thompson... ella es la Gaceta de Buenos Aires". 66 Power brooker: manipulador profesional de personas e información que consigue comunicación para beneficiarse. 67 Teniendo en cuenta el dato que aporta Ricardo Cicerchia sobre el rumbo tomado por las nuevas investigaciones sobre historia social de la familia en América Latina, en las que se señala la existencia de "Elevadísimos porcentajes de mujeres jefas de hogar,... sugiriendo una gran autonomía de la mujer". Cicerchia: "Vida familiar y prácticas conyugales...", pág. 92. Pensamos que detrás de los matrimonios de la Sánchez, sobre todo del último, hay un elemento nuevo que se refiere a la "planificación" de su matrimonio con el objetivo de restructurar su familia. blemente en la frustración de no haberlo logrado, se asentaran las quejas que permanentemente deja ver en sus cartas. El caso María Sánchez parece presentar así algunas particularidades respecto de los modelos que describen Balmori y Lidney, entre otros, ya que con un itinerario familiar parecido al descrito por estos autores, 68 determina con su decisión de casarse con Thompson no sólo un cambio en el rumbo esperado de una familia de la época, sino que, más aún, indica la aparición de una nueva modalidad de matrimonio en la que el uso y la costumbre coloniales de las clases "acomodadas" parecen no estar presentes. 69 Al igual que en la elección de casarse con Mendeville, en la iniciativa de casarse con Thompson, patriota de la primera hora, está presente la injerencia del habitus de una mujer "ilustrada" criolla. Parecería ser que en 1868, con su desaparición, la intensa red que había construido durante su larga vida se desdibujó, quedando tan sólo en el recuerdo un buen apellido criollo 70. Quizás la "desaparición" de esta familia sea tan sólo el producto de los cambios que sufrió la sociedad rioplatense a partir del momento en el que se separa el matrimonio Mendeville-Sánchez. El año de la partida de Mendeville, 1835, coincide con el segundo gobierno de Rosas, inicio de un largo proceso de cambios estructurales para la sociedad porteña del diecinueve. Con respecto a Mendeville, su peculio parece mucho menor que el de María Sánchez y circunscripto exclusivamente al ámbito del Río de la Plata, lo que reduce aún más su horizonte. Durante sus casi veinte años de estancia en el Río de la Plata, logró nombramientos consulares y un cierto poder 68 En el sentido que lo señalan los autores para las Familias recientes. La de Sánchez-Cárdenas, constituida hacia finales del siglo XVIII (1771) entre peninsular y criolla. En el caso de Magdalena Trillo, española y viuda acaudalada residente en el lugar hacía varios años; padre que se dedica a los negocios comerciales de su esposa, a los que suma la administración de un campo (Balmori: Las alianzas..., pág. 27) -como señalaba Thompson en el juicio de disenso-, con cargas públicas y una segunda generación que en este caso no se puede acomodar como desea y es costumbre, pero que cumple con la característica de participar en la emancipación y en el gobierno independiente, del nuevo espacio político. 69 Es muy interesante tener en cuenta aquí las apreciaciones hechas por Cicerchia ("Vida familiar y prácticas conyugales...", págs. 93 y 94), que hace una descripción interesante del matrimonio durante la colonia y de los cambios sufridos a partir de la real pragmática de 1776 "... extendida a los territorios de ultramar dos años después de su sanción" y que respondía a la intención de la monarquía de evitar los matrimonios "desiguales, inconvenientes para la estructura jerárquica de la sociedad, e inspirados en la absoluta e indisciplinada libertad con la cual los jóvenes apasionados e incapaces se comprometían...ofendiendo el honor familiar y amenazando la integridad del estado". 70 Cuatro de los cinco hijos de Mariquita y Thompson terminaron sus días seguramente lejos de Buenos Aires; probablemente sólo Florencia Thompson de Lezica permaneció allí, lo que explicaría que la familia Lezica conserve la mayor parte de los documentos que se relacionan con Mariquita Sánchez. VALENTINA AYROLO político y económico, además de constituir una familia que no siempre estuvo a su lado. Si como lo afirma Zacarias Moutoukias para la época colonial "las redes de vínculos primarios cuyo núcleo eran las parentelas constituían para los miembros de los grupos dominantes el principal recurso con el cual organizaban sus negocios", 71 podríamos afirmar que la participación de Mendeville en el comercio local 72 y las posibles consecuencias de esas actividades en su red de relaciones fueron en un principio fruto de su propio emprendimiento, pero, evidentemente, la fortuna de su esposa y su influencia deben haber colaborado. Finalmente, lo que parece más claro a simple vista es que, durante los años que pasó en el Río de la Plata, su posición -que como observamos tenía el doble carácter de criolla y extranjeray su prestigio le aseguraron una vida políticamente activa y acomodada en lo social y económico, aunque en este último aspecto ciertamente menos. Su casamiento con Mariquita le dejó, además de tres hijos, una carrera diplomática que comenzó en Buenos Aires, presumiblemente gracias a la influencia de su esposa, y que terminó en Quito a finales de 1850. El ejemplo elegido para este trabajo nos ha permitido ver la existencia de una modalidad particular de matrimonio en el que el interés de la unión no sólo estaba dado por sus posibilidades económicas, sino, más bien, por el capital relacional que se incorporaba y por las posibilidades reales de reconvertirlo. Podríamos decir que las bases sobre las que construye la estrategia de reproducción familiar son las del capital social. El cultivo de las relaciones personales y de la correspondencia aseguraron a la primera interesada de la pareja, Mariquita, la permanencia activa en la vida socio-cultural porteña, aún cuando su economía estuviera comprometida seriamente. De manera tal que en la Buenos Aires del diecinueve nadie parecía desconocer, ni dudar, del lugar preponderante que le cabía a doña Mariquita, a la que el viajero francés A. Isabelle llamó "La estrella del sur". 71 Moutoukias, Z: "Redes, autoridad y negocios: racionalidad empresaria y consenso colonial en Buenos Aires (segunda mitad del siglo XVIII)". 72 Desconocemos si el hecho de haber sido nombrado inspector general de Comercio de Francia en Buenos Aires, en 1825, tenía relación o afectaba de alguna manera la posibilidad de tener una casa de comercio en su lugar de residencia. Pero sí sabemos que como cónsul general de Francia no podía comerciar.
Generalmente se supone que la historia política del Perú en el siglo XIX se caracterizó por la inestabilidad y la fragmentación del espacio político. Sin embargo, esta aserción no se basa en investigaciones de historia política sino exclusivamente en estudios de historia económica, social y de las mentalidades. Dirigiendo nuestra atención hacia la historia política, salta a la vista que el sistema constitucional logró pacificar las luchas de modo que en los años setenta se gozó de una estabilidad política hasta entonces desconocida. Todo ello se debió principalmente a la acción política cohesionada de la burguesía limeña, que logró usar el aparato estatal para subordinar los poderes provinciales en cuestiones de política nacional. * Este artículo se basa en una investigación más amplia que no hubiera podido ser realizada sin el apoyo Existe un consenso general en que la historia política del Perú republicano decimonónico se caracterizó por la falta de estabilidad política y el fracaso de las instituciones constitucionales. Esta visión de la historia peruana se encuentra en los manuales de historia -tanto peruanos como extranjeros-1 de ahí que parezca innecesario discutir este tema pues se piensa que los múltiples golpes de Estado, gobiernos de facto y guerras civiles son pruebas suficientes del fracaso político de la República. Sin embargo, vale la pena examinar con mayor atención los diferentes estudios que han establecido esta interpretación. Se pueden distinguir tres enfoques que no se excluyen mutuamente pero que sí ponen el énfasis en diferentes aspectos del desarrollo histórico. El primer enfoque -estre-chamente vinculado a la teoría de la dependencia-analiza los ramos exportadores de la economía peruana. 2 Como los productos exportados eran casi exclusivamente materias primas (guano, salitre, lana, plata, etc.) que se podían generar sin grandes inversiones en infraestructura, se llega a la conclusión que los grupos exportadores no tenían interés alguno en el desarrollo de su país. Por eso, se dice, no surgió una "burguesía nacional" sino una "burguesía rentista y parasitaria", 3 interesada más por la moda de París que por la suerte de sus compatriotas y que, por lo tanto, no se esforzó lo más mínimo en establecer un sistema político sólido en el Perú. El segundo enfoque no presta mucha atención a la economía de exportación sino que centra su interés en los desarrollos regionales. Como varios estudios han mostrado que los ciclos económicos de una región no concordaban con los de otra, de modo que el auge de una región iba paralelo a la depresión de otra, se ha llegado a la conclusión que para el siglo XIX no se puede hablar de una historia peruana sino de diferentes historias regionales. De esto se deduce que la vida política nacional estaba totalmente fragmentada y que la inestabilidad política se explique por esta desarticulación del espacio político. 4 El tercer enfoque explica la falta de estabilidad política con la mentalidad tradicional de los peruanos del siglo XIX. Según esta visión, las pautas liberales de las constituciones políticas no eran aplicables a una sociedad que mantenía estructuras estamentarias del antiguo régimen y que por eso seguía prácticas políticas pre-modernas. En esta interpretación, la inestabilidad política era fruto de la incongruencia entre la realidad política (que seguía siendo tradicional) y las reglas constitucionales liberales que son vistas como un sistema totalmente extraño a la política peruana de entonces. 5 En cada uno de los tres enfoques se pueden encontrar imprecisiones, contradicciones y errores de detalle. Así, por ejemplo, se ha mostrado recientemente que dentro de los grupos exportadores existían proyectos políticos que tenían como meta principal el desarrollo nacional, circunstancia que no era imaginable para los autores influenciados por la teoría de 2 Yepes del Castillo, Ernesto: Perú. Un siglo de desarrollo capitalista, Lima, 1972; Bonilla, Heraclio: Guano y burguesía en el Perú, Lima, 1974; íd.: Un siglo a la deriva. Ensayos sobre el Perú, Bolivia y la guerra, Lima, 1980; Cotler, Julio: Clases, Estado y nación, Lima, 1978. 3 Bonilla: Guano y burguesía..., pág. 33. ULRICH MÜCKE la dependencia. 6 A su vez, la tesis de los desarrollos regionales se basa solamente en el estudio de dos regiones, de las que una (la sierra central) se ve afectada severamente por las campañas militares de la Independencia y la Guerra del Pacífico, que, sin lugar a dudas, eran acontecimientos de carácter nacional. Contra la tesis de la mentalidad política tradicional se ha argumentado últimamente que en la política peruana se hallaban arraigadas ya antes de la Guerra con Chile estructuras, prácticas y estrategias modernas como por ejemplo la sociedad civil, la organización en partidos políticos y la formación de fracciones en los parlamentos. 7 A pesar de estas críticas, los tres enfoques aportan interpretaciones importantes para comprender la realidad política del Perú del siglo pasado. Sin embargo, ninguno de los tres se basa en un análisis de la política nacional del Perú. Todos se ocupan de ciclos económicos regionales y nacionales, relaciones sociales a nivel provincial y discursos políticos capitalinos. Ni siquiera se intenta desarrollar algún parámetro para explicar qué significa estabilidad/inestabilidad política. Obviamente se cree que no es necesario ocuparse de la historia política para comprender los desarrollos políticos del siglo pasado. A diferencia de los estudios mencionados, analizaré en las siguientes páginas la política en el decenio anterior a la Guerra del Pacífico. Intentaré demostrar que estos años se caracterizaron por una estabilidad política hasta entonces desconocida y que ésta se produjo principalmente por la subordinación de las elites locales a la burguesía limeña en cuestiones de trascendencia nacional. Se supone generalmente que la traumática derrota en la Guerra del Pacífico fue una consecuencia lógica de las luchas fratricidas en el Perú. Esta interpretación apareció por primera vez poco tiempo después de la guerra y es aceptada hasta hoy en día. 8 las realidades sociales, económicas y regionales pero carece de una base empírica en la historia política. Desde cualquier punto de vista político, los diez años precedentes a la Guerra del Pacífico se caracterizaron por su estabilidad. Ninguna constitución anterior había regido tantos años. En 1920 se abolió la constitución de 1860 siendo la carta política que más años ha estado vigente en toda la vida republicana hasta el día de hoy. Pero la estabilidad no se expresaba simplemente en la continuidad constitucional. Por primera vez en la vida republicana se realizaron dos cambios presidenciales consecutivos por vía de elecciones (1872 y 1876). En 1872 ganó también por primera vez un candidato de la oposición las elecciones presidenciales siendo al mismo tiempo el primer civil que iba a llevar la banda bicolor. Aparte de las elecciones presidenciales, de 1868 hasta 1878 se realizaron cada dos años elecciones para diputados y senadores en diferentes provincias y departamentos del país. Como las campañas electorales generalmente abarcaron un espacio de seis (para congresistas) a 18 meses (para presidentes), se puede concluir que durante la mitad del tiempo en los años setenta se llevaron a cabo campañas electorales, por lo menos en algunos departamentos. A estas elecciones se sumaban las de los concejos provinciales y departamentales según la Ley de Municipalidades de 1873, que se realizaban simultáneamente a las elecciones de carácter nacional. 9 Vale decir que en los años setenta la práctica de las elecciones desarrolló una continuidad hasta entonces desconocida y que no fue interrumpida por cambios de poder inconstitucionales. 10 Esto no quiere decir que no hubiera levantamientos en la época. Siguieron produciéndose pero generalmente carecían de una perspectiva política nacional. Se trataba de protestas locales contra alguna medida específica, de luchas entre grupos provinciales o de aventuras personales sin ninguna posibilidad de éxito a nivel nacional. Contra esta aserción, se ha sostenido la tesis que los levantamientos de Nicolás de Piérola en 1874, 1876 y 1877 sí tuvieron importancia nacional poniendo en peligro el gobierno central. 11 Sin embargo, es difícil encon-9 Ley orgánica de municipalidades de 9 de abril de 1873 en Evaristo San Cristóval: Manuel Pardo y Lavalle. 11 Demélas-Bohy: L'invention politique, pág. 472; Serena Fernández Alonso: "Las montoneras como expresión política armada en el camino hacia la constitucionalidad del Perú republicano. trar alguna base para sostener tal tesis. Ninguna de las aventuras de Piérola reunió un número elevado de personas armadas. En ningún momento, Piérola logró dominar alguna zona importante del país y tampoco hubo levantamientos significativos en su apoyo. Algunos de los pronunciamientos que ahora son caracterizados como pierolistas, no lo fueron sino que aprovecharon simplemente una coyuntura propicia para llamar la atención hacia reclamos personales.12 Las acciones armadas de Piérola antes de la Guerra con Chile tenían una importancia tan reducida que hasta un historiador pro-pierolista como Alberto Ulloa Sotomayor habla de la "impotencia", el "aislamiento" y la "vanidad pretenciosa" de Piérola en estos años. 13 Las luchas políticas de los años setenta se diferencian de las anteriores por el hecho de que no pudieron derrumbar el gobierno central y en consecuencia las vías constitucionales alcanzaron una importancia que antes no habían tenido. Como los pronunciamientos de las décadas anteriores habían tenido su base, sin excepción, en provincias alejadas de Lima, la causa principal de esta estabilidad política se debía a una redefinición de las relaciones entre el gobierno central y los poderes regionales. Esta redefinición no se puede comprender sin un análisis de la Constitución de 1860. La Carta fundamental de 1860 fue un compromiso entre posiciones liberales y conservadoras. Los liberales se imponían en cuestiones como los derechos ciudadanos, la abolición de la esclavitud y los fueros eclesiásticos. Los conservadores se impusieron en las atribuciones del presidente de la República. El texto constitucional se refiere al presidente como "Jefe del Poder Ejecutivo" y no menciona otro cargo bajo el título "Poder Ejecutivo". 14 El presidente tenía una extensa gama de atribuciones. Le correspondía "hacer ejecutar las leyes y demás resoluciones del Congreso, y dar decretos [...] para su mejor cumplimiento" y requerir a los jueces "la exacta administración de la justicia". 15 Los nombramientos de los vocales y fiscales de la Corte Suprema se llevaban a cabo a propuesta del presidente de la República, y los nombramientos para cargos menores en la judicatu-ra se realizaban por él mismo a propuesta de la instancia superior respectiva. 16 El mando de las "fuerzas de mar y tierra" y la movilización de la Guardia Nacional eran asimismo atribuciones del presidente. 17 Le competían también "la recaudación e inversión de las rentas públicas", el nombramiento de los ministros de Estado y agentes diplomáticos y, además, gozaba de varias atribuciones importantes para las relaciones exteriores y con la Iglesia. 18 Una de las atribuciones más importantes para el poder presidencial era -aparte de su mando militar-el derecho de nombrar los prefectos y subprefectos que, a su vez, nombraban a los gobernadores. 19 Como el Perú se dividió en departamentos gobernados por prefectos, provincias gobernadas por subprefectos y distritos gobernados por gobernadores, el derecho de nombrar prefectos y subprefectos significó que el presidente controlara todo el poder ejecutivo puesto que las municipalidades, concejos provinciales y departamentales tenían atribuciones administrativas de poca importancia sin llegar a tener ingresos suficientes para asumir funciones más importantes hasta la Guerra con Chile. 20 Por eso, el poder del presidente no estuvo limitado por ninguna institución dentro del poder ejecutivo. La división de los poderes fue una división entre el legislativo, judicial y ejecutivo. Dentro del ejecutivo el poder se centralizó en el presidente lo que equivalió a centralizar el poder en Lima. La Constitución instauró una centralización parecida para los poderes judicial y legislativo pero sin llegar a los extremos centralizadores observados en el poder ejecutivo. Los vocales y fiscales de las cortes superiores en los departamentos sí eran propuestos por la Corte Suprema de Lima y nombrados por el presidente de la República. Sin embargo, era casi imposible despedir legalmente a un vocal o un fiscal de una corte superior. 21 De ahí que los miembros de las cortes superiores gozasen, según la ley, de una independencia de las instituciones capitalinas bastante amplia. El Congreso, a su vez, no era una institución muy centralista aunque se reunía en la capital. La mayoría de los congresistas no provenía de Lima y sólo llegaba a la capital para las sesiones parlamentarias. Por eso, los diputados y sena- dores no podían dejar de lado los intereses de las provincias y los departamentos cuya representación se les había otorgado. Los extensos poderes del presidente de la República tenían como consecuencia que la Administración departamental no gozase de independencia alguna. De ahí que un cambio de presidente generalmente significara un cambio de la mayoría de los prefectos y subprefectos. Cuando Manuel Pardo asumió la Presidencia en 1872, el diario oficial El Peruano notificaba el cambio de las dos terceras partes de los prefectos y subprefectos en un período de seis meses. 22 Considerando que El Peruano no dio parte de todos los cambios, se llega a la conclusión que muy pocos prefectos y subprefectos sirvieron tanto bajo la presidencia de Manuel Pardo como bajo la de su predecesor José Balta. Parece innecesario mencionar que los nuevos funcionarios eran partidarios de Manuel Pardo. El nuevo prefecto del Cuzco, por ejemplo, el teniente coronel Baltazar La Torre era miembro fundador del Partido Civil que llevó Manuel Pardo a la Presidencia. Los prefectos de Puno y Arequipa, Miguel San Román y Juan Corrales Melgar respectivamente, habían tenido puestos destacados en la organización de la campaña electoral de Manuel Pardo en los departamentos mencionados. Poder personal y Administración pública Para comprender las relaciones de poder entre el Estado central y las elites provinciales, no basta con interpretar la Constitución y conocer los cambios en el personal subalterno que traía consigo un nuevo presidente. En la realidad política, el poder del presidente no fue tan extenso como debería ser según el texto constitucional. El Estado central no era capaz de imponer su autoridad en todas las zonas del país y necesitaba, por eso, la colaboración de los notables de provincia. De ahí que un presidente de la República no pudiera escoger libremente los prefectos y subprefectos. Más bien tenía que escoger una persona que por su posición social y por su personalidad ya gozase de algún respeto en la zona que se le iba a conferir. Puesto que cualquier funcionario no servía sólo al Estado sino más concretamente a la persona que ocupaba la presidencia, aceptar un cargo equivalía a apoyar al presidente de turno en una región específica con su prestigio e influencia social. El presidente tenía que ganarse en todos los departamentos personas influyentes que le apoyaran. Si no lograba formar una red de apoyo a nivel nacional, peligraba su propia presidencia puesto que era prácticamente imposible controlar desde Lima levantamientos que estuvieran apoyados en varias regiones del país. En la realidad política, la posición del presidente resultó ser mucho más débil que en el texto constitucional. A causa de esta debilidad del Estado central, muchas veces las personas llamadas a ser prefectos exigían privilegios que no formaban parte de su cargo. Algunas veces, había verdaderas negociaciones entre el presidente de la República y una persona particular que había sido llamada para ocupar una prefectura. Un ejemplo muy ilustrativo es el caso de Juan Mariano de Goyeneche. Éste había sido presidente del club electoral de Arequipa que apoyaba a Manuel Pardo en la campaña de 1871/72. Goyeneche pertenecía a una de las familias peruanas más acomodadas y distinguidas. Su influencia política y social en Arequipa, una ciudad con apenas veinte mil habitantes, era enorme. El mismo Goyeneche se vanagloriaba de que Pardo había ganado la elección en Arequipa por las muchas influencias que él, Goyeneche, tenía en la ciudad blanca. 23 Aunque esto no era del todo correcto, no había lugar a dudas de que en una ciudad tradicional y católica, Goyeneche -personaje muy pegado a la Iglesia-era una persona importantísima para el presidente liberal Manuel Pardo. Muchas veces, Arequipa había sido el centro de levantamientos y, de hecho, el último presidente liberal, Mariano Ignacio Prado, cayó por una insurrección arequipeña. Goyeneche como prefecto hubiera sido la solución ideal para un gobierno liberal porque Goyeneche era capaz de asegurar la lealtad de gran parte de los arequipeños conservadores. Pocos meses después de inaugurar su mandato, Pardo ofreció a Goyeneche la prefectura de Arequipa. Goyeneche no contestó ni "sí" ni "no" sino que empezó a solicitar diferentes puestos administrativos para amigos suyos exigiendo a la vez que Pardo impidiera cualquier celebración del segundo aniversario nacional italiano. 24 Cuando Pardo pidió explícitamente que Goyeneche se pronunciara acerca de la prefectura, éste contestó que la aceptaba siempre y cuando pudiera seguir siendo miembro del par-23 AGN, Cartas de Manuel Pardo, 19-1327, Juan Mariano de Goyeneche, 2 de abril de 1872. Las cartas de Juan Mariano de Goyeneche a Manuel Pardo han sido publicadas por Rosas Siles, Alberto: "Epistolario de don Juan Mariano de Goyeneche y Gamio", Revista del Archivo General de la Nación, 9 (Lima, 1986), págs. 169-233. ULRICH MÜCKE lamento nacional, circunstancia prohibida expresamente por la Constitución. 25 Por esta razón, Pardo no pudo aceptar dicha condición y, sin embargo, decidió nombrar a Goyeneche como prefecto de Arequipa aun sin tener su consentimiento. 26 El resultado fue que el prefecto de Arequipa, Juan Corrales Melgar, renunció a su puesto sin que Goyeneche aceptase la prefectura de modo que el prefecto de facto renunciaba mientras que el prefecto nombrado rehusaba ponerse a la cabeza de la prefectura. 27 Goyeneche no hacía nada para resolver este problema, sino al contrario: trataba de desestabilizar la situación política en Arequipa imprimiendo volantes en los cuales se acusaba al prefecto Corrales Melgar de haber cometido una serie de abusos. De este modo, la autoridad de Corrales Melgar seguía deteriorándose y ya se rumoreaba que iba a haber un levantamiento en la ciudad blanca. 28 En esta situación bastante crítica para el gobierno central, Goyeneche ofreció aceptar la prefectura si Pardo le apoyaba económicamente y le dejaba mano libre para escoger los funcionarios que servían en Arequipa. Las exigencias de Goyeneche eran excesivas. En cuestiones económicas, Goyeneche pidió que Pardo garantizara medios para proyectos de construcción que el mismo Goyeneche aún no conocía. "Este dinero lo necesito [...] para comprar a los que por hallarse ofendidos y habiendo sido nuestros se nos han separado y hoy están en la revolución y si no fuese necesario comprar a los individuos que llevo dicho, esa plata la necesito para empezar a hacer bienes a los pueblos desde el día que me reciba de Prefecto dándoles algo para sus templos destruidos o para alguna obra pública." 29 Goyeneche prometió dar cuenta del empleo del dinero pero por sus mismas palabras resulta obvio que él quería decidir la distribución de esos fondos. En cuestiones administrativas, Goyeneche quiso poder escoger los subprefectos en el departamento de Arequipa, los empleados de la aduana (que era la segunda más importante del país), de la prefectura y de la beneficencia. Además, Pardo tendría que asegurar que todos los detenidos que Goyeneche fuese a mandar a Lima, no regresarían a Arequipa. 25 Para dar más peso a sus exigencias, Goyeneche organizó una manifestación en Arequipa en la que se le pedía que tomara la prefectura. Según las palabras del mismo Goyeneche, esta manifestación le había costado mil "pesos". 30 En un discurso dirigido a los manifestantes, comentaba que había informado al presidente sobre sus "pedidos" y que iba a aceptar la prefectura en el caso que Pardo cediera a ellos. 31 De este modo, la situación para el Gobierno central se había vuelto bastante precaria. Si Pardo aceptaba las exigencias de Goyeneche, iba a ceder su poder en Arequipa. Pero si no aceptaba, corría el peligro de verse enfrentado a un levantamiento de los grupos más conservadores de Arequipa, circunstancia que le podía costar la presidencia. Finalmente, Pardo no aceptó todas las exigencias de Goyeneche por lo cual éste le informó que no iba a hacerse cargo de la prefectura. 32 Pardo no podía aceptar las exigencias económicas puesto que el presupuesto de la República se aprobaba por el Congreso y, según la ley, el presidente no podía disponer libremente de 100.000 soles. Aunque Pardo rechazó las pretensiones económicas, sí aceptó la solicitud de poder escoger al personal subalterno. 33 Es decir, Pardo estaba dispuesto a abdicar su derecho constitucional de elegir los subprefectos y otros funcionarios estatales. Aunque la Constitución estipulaba que el presidente eligiera libremente los prefectos y subprefectos, de hecho tenía que nombrar prefectos con influencia en el departamento respectivo y ellos, a su vez, podían exigir el derecho de elegir los subprefectos. La solicitud de Goyeneche no fue ninguna excepción. El prefecto de Cuzco, el coronel Baltazar La Torre, parece haber tenido también el libre poder de escoger subprefectos. Cuando en 1873 Pardo aprovechó la ausencia de La Torre de la capital departamental para nombrar nuevos subprefectos en Chumbivilcas y Canchis (Dávila y Coello, respectivamente), La Torre escribió al presidente: "Hágame U. el favor de colocar de otra manera a Dávila y a Coello: no los quiero. No creo haberlo hecho tan mal hasta ahora que haya sido preciso restringir las concesio-nes que me hizo U. antes de salir de Lima [para hacerme cargo de la Prefectura, U.M.]." 34 La Torre amenazó con renunciar a la prefectura si Pardo insistía en los nombramientos. 35 Como La Torre murió poco después, no sabemos quien se hubiera impuesto en este conflicto. Sin embargo, es evidente que La Torre tenía mucho más poder del que le correspondía según la Constitución. Este poder no emanaba de una base legal sino de convenios informales y verbales con el presidente. Por eso, la balanza de poder entre el presidente y el prefecto estaba expuesta a cambios abruptos. Pardo aprovechó una expedición de La Torre a la selva amazónica para tratar de quitarle el poder que unos meses antes le había conferido. Otros prefectos estaban más subordinados al presidente de la República. El prefecto de Puno, Miguel San Román, no podía escoger por ejemplo por sí solo nuevos subprefectos. A veces, los subprefectos propuestos por San Román no eran aceptados por Pardo y aquél tenía que aceptar una persona que no le convenía mucho. 36 Entonces no es posible hablar de una relación uniforme entre el presidente de la República y los prefectos. Más bien, cada prefecto tenía autorizaciones específicas que, a su vez, podían variar durante su mandato. La Constitución no determinaba la relación entre presidente y prefecto pero sí sirvió de base para las negociaciones. Goyeneche quería decidir sobre los nombramientos de los subprefectos en el departamento de Arequipa, circunstancia que suponía reconocer o aceptar que esta facultad le correspondía a Pardo, quien podía -sin base legal, es decir informalmente-transferirla a una persona subalterna. El poder del presidente Resulta extraño que personas tan influyentes como por ejemplo Juan Mariano de Goyeneche o Miguel San Román no lograran imponerse de una manera mucho más clara sabiendo que el presidente dependía de su apoyo. La fuerza del presidente consistía en la desunión de los notables provinciales. En la mayor parte de las provincias andinas, los terratenientes no tenían relaciones amigables entre sí sino que competían por tierra, agua, mano de obra y poder. Tomo LVI, 1, 1999 solían limitarse al ámbito de una provincia pero que a veces llegaron a tener repercusiones mucho más importantes. A menudo, el poder central no intervenía para resolver esos conflictos pero sí influía en su desenlace nombrando subprefectos, jueces, gobernadores y oficiales de policía. Estos nombramientos -hechos directamente por el gobierno central o por una persona subalterna-tenían gran importancia. En primer lugar, algunos cargos implicaban la disposición sobre ingresos regulares y/o el mando sobre fuerzas armadas y, en segundo lugar, un nombramiento significaba que la persona nombrada mantenía buenas relaciones con el poder central y por eso, podía solicitarle que le apoyara, sea con medios económicos o con fuerza militar. Por lo tanto, el poder de un prefecto, por ejemplo, no emanaba sólo de los medios sobre los que disponía directamente, sino también de la expectativa que el gobierno central le apoyara en un conflicto importante. Por eso, las fracciones locales luchaban por puestos aparentemente poco importantes. Pedro Fernández Baca, oriundo de la provincia Paruro en el Cuzco, escribió lo siguiente al presidente de la República, Manuel Pardo: "... suplico a U. encarecidamente que de ningún modo sea nombrado D. Isidoro Castilla Juez de Paruro pues éste es un hombre muy corrompido, estúpido y bárbaro. Tiene una numerosa familia infernal en la provincia, cometería mil iniquidades y sería la mayor desgracia para mi provincia Paruro tener un Juez como Castilla..." 37 En la provincia cuzqueña de Acomayo, el subprefecto Nicanor Dueñas trató de impedir que uno de sus enemigos personales se encargara de la alcaldía del concejo provincial: "... en esta provincia de mi cargo me hallo en una intransigente rivalidad con Juan Andrés Escalante, suegro del Diputado Emilio Luna, de las mismas tendencias y condiciones que éste, que enrolado en la pasada revolución [de, U.M.] Salas se ha declarado enemigo de la autoridad política y como este Escalante es Alcalde del Consejo Provincial le he acusado por justas y comprobadas faltas del cumplimiento de sus deberes..." 38 El juicio no se llevó a cabo porque el juez competente se fugó de la provincia. En 1876, el nuevo presidente encargó la subprefectura a un miembro de la familia Luna por lo cual Nicanor Dueñas escribió a Manuel Pardo pidiéndole ayuda. 39 En Puno se enfrentaban las familias Lizares y Quiñones de Azángaro por un lado y la familia San Román de Lampa por el otro. 40 Como las tres familias tenían grandes haciendas y ejercían mucha influencia en el departamento, sus querellas repercutían en la balanza del poder. El nombramiento de Miguel San Román como prefecto le dio una gran ventaja en sus pleitos personales. Intentaba impedir, por ejemplo, que ninguna persona vinculada a las familias Lizares y Quiñones ganara un escaño en el Congreso. Para las elecciones de diputados en 1873, el prefecto mandó tropas a la provincia de Azángaro argumentando que iban a garantizar la limpieza de las elecciones. A pesar de que Quiñones había protestado contra esta medida en una carta al presidente, las elecciones en Azángaro se realizaron bajo la vigilancia de una fuerza militar impresionante y ningún familiar o aliado de las familias Quiñones y Lizares salió elegido. 41 San Román cuidaba mucho que todos los nombramientos en Azángaro recayeran en personas adversarias a Quiñones y Lizares. Por haber decidido un juicio en favor de los dos, el juez de Azángaro fue detenido. San Román propuso en su reemplazo un pariente suyo, Daniel Rosel y Salas. 42 El marido de una cuñada de San Román defendía esta acción escribiendo que no era aceptable que un juez de Azángaro defendiese los intereses de los Lizares y Quiñones. 43 En 1875, San Román llegó al extremo de relevar de su cargo al subprefecto de Azángaro, Montoya, sin haber consultado al presidente Pardo. Según San Román, Montoya era muy débil para sobrellevar los conflictos con Quiñones y Lizares. En lugar de Montoya, San Román encargó la subprefectura a José Cáceres lo que motivó una nueva protesta de Quiñones. Primero, Manuel Pardo restituyó a Montoya en su cargo y quitó la prefectura a San Román. 45 En las elecciones de 1875, Montoya fue atacado por un ejército particular de 200 hombres liderados por Quiñones y Lizares que triunfaron después de un combate que costó la vida a seis personas. El nue-vo prefecto Gastó pudo detener pocos días después a los dos líderes. Sin embargo, las elecciones no se anularon y tampoco se entabló juicio alguno contra ellos. 46 En 1876 el nuevo presidente Mariano Ignacio Prado encargó la prefectura a Quiñones, quien ahora podía usar los medios económicos y militares vinculados con este cargo para combatir a San Román. 47 Todos los conflictos descritos aquí tenían carácter local. No se trataba de luchas políticas a nivel nacional, sino de problemas entre diferentes fracciones dentro de una provincia o de un departamento. El gobierno central no había generado estos conflictos y tampoco era capaz de resolverlos. De todas maneras, tenía los medios para apoyar una banda u otra y así inclinar la balanza en favor de una de las dos. Por esta razón, los notables de provincia tenían mucho interés en ganarse las simpatías del gobierno central y ocupar cargos administrativos. Éstos eran una muestra de estar vinculados con el gobierno central y, en algunos casos, implicaban el manejo de fondos, que a su vez podían ser utilizados para fortalecer la clientela propia. Para sobrevivir en las luchas provinciales, los notables necesitaban contactos con el poder central, sea directamente con el Gobierno, sea indirectamente con alguna persona influyente en la política nacional, vale decir limeña. Prescindir de estos contactos a nivel nacional, significaba poder perder su posición social a nivel local. De ahí que los notables provinciales buscasen el apoyo del gobierno central. Para comprender el juego político a nivel nacional en el siglo XIX, hay que analizar las relaciones entre el gobierno central y/o líderes políticos nacionales por un lado y notables provinciales por el otro. 48 El poder político se basaba en estas relaciones de modo que la importancia política de un personaje se podía medir -teóricamente-por la cantidad de sus contactos. El poder del Estado estaba aún estrechamente vinculado con el poder particular de que disponían los hombres que se encontraban a la cabeza de la administración pública. Un presidente era poderoso siempre y cuando tuviese una serie de contactos con personas influyentes en diversas regiones del país. Ningún presidente podía prescindir de estas alianzas con las elites provinciales apoyándose exclusivamente en los medios de poder del aparato estatal. Por eso, se puede decir que la independencia del Perú significaba una ruralización del espacio político. Mientras que antes el poder político residía en Lima, en el Perú independiente, el poder político se encontraba en el campo. Pero a partir de los años sesenta, Lima volvía a ganar importancia en el juego político y las elites provinciales empezaban a perder, poco a poco, la preponderancia. La estabilidad política en los años setenta fue un resultado de estos cambios en la balanza del poder. El nuevo poder de Lima se debía en gran parte al boom del guano. Este fertilizante natural se empezó a exportar a partir de los años cuarenta en grandes cantidades. Como el guano se encontraba en islas no habitadas era propiedad del Estado central que, de este modo, había encontrado un ingreso enorme que, a diferencia del tributo de indios, no se recolectaba por las elites provinciales. Entonces, el guano independizó económicamente al gobierno central de los notables andinos. No resulta extraño por eso, que el tributo de indígenas fuese abolido en 1854. El Estado central ya no dependía de este ingreso puesto que cinco años antes se había otorgado un monopolio de exportación de guano a la casa inglesa Gibbs que tenía como resultado una multiplicación de las cantidades exportadas y de los ingresos del gobierno central. 49 Los ingresos guaneros no quedaron en las arcas del erario público sino que fueron distribuidos de una manera bastante generosa entre un grupo muy reducido de comerciantes y agricultores. Éstos fueron beneficiados por la llamada consolidación de la deuda interna (en la cual se distribuyeron 23 millones de pesos), por la liberación de esclavos (por la cual se pagaron 7,5 millones de pesos) y por varias concesiones de exportación de guano a mercados secundarios. 50 La mayor parte de los beneficiados vivía en Lima o en los valles cercanos. En los años cincuenta, llegaron a acumular un capital tan importante que en 1862 un grupo de ellos podía conseguir el derecho exclusivo de exportación de guano a Inglaterra, el mercado más 49 Acerca de la exportación de guano véase Basadre: Historia de la república, ts. 3-6; Bonilla: Guano y burguesía en el Perú; Hunt, Shane: "Guano y crecimiento en el Perú del siglo XIX", Revista Latinoamericana de Historia Económica y Social, 4 (Lima, 1984), págs. 35-92; Mathew, W. M.: The House of Gibbs and the Peruvian Guano Monopoly, London, 1981; Yepes del Castillo: Perú. 50 Véase Quiroz, Alfonso W.: La deuda defraudada. Consolidación de 1850 y dominio económico en el Perú, Lima, 1987; Aguirre, Carlos: Agentes de su propia libertad. Los esclavos de Lima y la desintegración de la esclavitud. 51 En los diez años siguientes, el flujo de capital tuvo como consecuencias la fundación de una docena de bancos, una vertiginosa expansión de la agricultura de exportación (azúcar y algodón), la fundación de innumerables empresas no industriales (de servicio público, de seguros, etc.) y la construcción de más de mil kilómetros de líneas ferroviarias. En resumen, por la exportación del guano surgió una nueva capa social que generalmente es denominada oligarquía pero que más bien era una burguesía mercantil financiera. Aunque a menudo se hace hincapié en los efectos económicos del boom del guano, es importante recalcar que la riqueza guanera cambiaba también la estructura y la vida social en Lima. 52 La llamada oligarquía no era sólo la totalidad de los guaneros, banqueros y terratenientes costeños, sino que formaba a la vez una red social que se encontraba en los clubs recién fundados, leía los mismos periódicos y visitaba los mismos eventos sociales como por ejemplo las regatas y las carreras de caballos. Es decir, a partir de los años cincuenta surgió en Lima una nueva capa social que se caracterizó tanto por sus negocios comerciales como por sus estrechos vínculos en la vida social. Dentro de esta capa social, llámese oligarquía o burguesía, existió un amplio consenso político que rebasó las diferencias entre conservadores y liberales. Este consenso tenía dos puntos básicos: primero, una política económica de dejar hacer y segundo, el fortalecimiento del Estado central. A primera vista, estos dos puntos parecen contradictorios. Sin embargo, gobiernos estables y paz política eran condiciones básicas para el bienestar de la burguesía limeña puesto que sus inversiones corrían peligro de perderse en cualquiera de los muchos levantamientos. Por eso, desde los años cincuenta empezó a extenderse la convicción de que los cambios de gobierno deberían realizarse por vía pacífica, es decir sin levantamientos armados. Esto se expresaba primero en escritos teóricos y después en la práctica política. Ya en 1855, Juan Espinoza escribió en su Diccionario para el pueblo: "El caudillaje ha salvajizado la pobre América, la ha aniquilado y le ha impedido llenar sus destinos, una vez alcanzada su independencia. ¡Malditos caudillos!" 53 Unos diez años más tarde, Luis Benjamín Cisneros 51 El gobierno otorgó esos derechos a cambio de empréstitos sobre elevadas sumas de modo que sólo casas comerciales con gran capital podían conseguir consignaciones de exportación de guano. 53 Espinoza, Juan: Diccionario para el pueblo: Republicano democrático, moral, político y filosófico, Lima, 1855, pág. 139. recalcó que para alcanzar el progreso económico deseado era necesario "...vivir veinte años consecutivos -¡nada más que veinte años!-sin dar el escándalo de nuevas guerras civiles..." 54 Cuando en 1869 el presidente Balta arrebató el negocio de guano a los comerciantes peruanos para entregarlo a la casa francesa Dreyfus, los comerciantes afectados ni siquiera intentaron derribar a Balta por un levantamiento. Dos años más tarde, el líder de la oposición, Manuel Pardo, escribió a José Antonio de Lavalle: "Coincido completamente en opiniones contigo sobre la incompatibilidad que hay entre las ideas que yo represento y la revolución. Jamás me ha pasado por la imaginación ponerme a la cabeza de ella, cualquiera que fuese el éxito de la lucha [electoral, U.M.]..." 55 En 1872, Manuel Pardo llegó al poder precisamente porque el golpe de Estado de la cúpula militar en su contra no encontró ningún apoyo en las filas conservadoras limeñas, que al contrario, condenaron el golpe a pesar de que habían luchado contra la candidatura de Pardo en las elecciones anteriores. 56 Asimismo, un líder de la oposición contra Pardo, Luis Benjamín Cisneros criticó en 1874 los planes revolucionarios de Nicolás de Piérola: "... felizmente para todos, el país soporta tranquilo y resignado [la política equivocada del gobierno, U.M.], con un buen sentido superior a las malévolas instigaciones de los que quieren lanzarlo de nuevo en la senda de la revolución." 57 La riqueza guanera tuvo un impacto indirecto pero importantísimo para la estabilización política. Independizó al Estado central del tributo indígena generado en los Andes (que tampoco se volvió a introducir durante la crisis fiscal en los años setenta) y ayudó a formar una clase política limeña que por su riqueza poseía poder político y que además tenía intereses comunes, como la paz política, a pesar de tener diferencias en cuestiones específicas. La balanza de poder entre el gobierno central y los poderes regionales cambió en las décadas anteriores a la guerra con Chile porque el poder central se basaba cada vez más en el apoyo de grupos 54 Cisneros, Luis Benjamín: "Ensayo sobre varias cuestiones económicas del Perú", pág. 140, en: íd., Obras completas, t. 56 Véase la lista de los 103 firmantes de la "Protesta del Congreso condenando el movimiento revolucionario de 22 de julio de 1872, ejecutado por una parte de la Fuerza Armada", en Evaristo San Cristóval: Manuel Pardo y Lavalle, págs. 557-559. 57 Cisneros, Luis Benjamín: "¿Que no hay remedio?", pág. 361, en: íd., Obras completas, t. Esto no significaba que el gobierno central se independizara de los notables provincianos pero sí que su poder no se sustentaba ya exclusivamente en estas relaciones. Negociando con los poderes regionales, el gobierno central se encontró en una posición mucho más ventajosa que en las primeras décadas posteriores a la independencia. El fortalecimiento del poder central no llegó hasta el punto que pudiese implementar proyectos políticos específicos en alguna provincia en abierta oposición a la elite local. Exceptuando la construcción de los ferrocarriles, hasta la Guerra del Pacífico se podía hablar de una no-política del gobierno central en las regiones andinas. El Estado central, por ejemplo, no hizo intento alguno de expropiar la iglesia y las comunidades indígenas. Muchos proyectos no se tuvieron en cuenta debido a que las elites provinciales eran capaces de impedir cualquier medida que no les conviniera. Gran parte de las medidas dictadas por el gobierno central simplemente no se aplicaba en las provincias andinas y cuando el gobierno central tomaba la iniciativa para implementar alguna reforma, muchas veces encontraba resistencia activa. Así, por ejemplo, en 1875 se impidió que profesores alemanes mandados por el Gobierno para reformar la enseñanza secundaria realizaran su trabajo en el Cuzco, llegando al extremo de encarcelar a uno de los alemanes. 58 El año anterior, en Arequipa, se había quemado públicamente el periódico pedagógico El Educador Popular que se editaba por el Gobierno para mejorar la enseñanza. 59 Esta impotencia del gobierno central era generalmente aceptada y encontró una base legal en la Ley orgánica de municipalidades del 9 de abril de 1873. 60 Esta ley creó concejos departamentales, provinciales y distritales y les otorgó una gran cantidad de atribuciones de carácter administrativo. La ley equivalía a una promesa del gobierno central de no intervenir en asuntos de ámbito provincial, dicho en palabras de un contemporáneo: "... se dictó la ley que descentraliza la administración de las localidades y por la cual se devuelve a éstas el derecho y la facultad de gobernarse." 61 puesto que el gobierno de la República no iba a depender de ningún modo de instituciones departamentales o federales. 62 Descentralización significó no-intromisión del gobierno central en asuntos provinciales lo que dejó a merced de las elites provinciales la realización de cualquier reforma. 63 Por un lado, el gobierno central se ausentó de la realización de proyectos políticos a nivel local y por el otro llegó a limitar la influencia de las elites provinciales en cuestiones de carácter nacional. Así por ejemplo en los años setenta, cualquier levantamiento con ambiciones más allá de los límites provinciales era sofocado rápidamente por las fuerzas del orden. El éxito del Gobierno se debió a dos causas. En primer lugar, se llegó a disciplinar el ejército que, a pesar de todas sus deficiencias, superaba el poder militar de cualquier alianza local de terratenientes. En segundo lugar, la construcción del ferrocarril de Mollendo-Arequipa-Puno facilitaba el transporte de las tropas en una zona que hasta entonces había sido el centro de los levantamientos antigubernamentales. En 1874 por ejemplo, el prefecto de Puno podía mandar en un día la tropa estacionada en dicha localidad a la ciudad de Arequipa, circunstancia que quitaba a Piérola cualquier posibilidad de tomar esta importante ciudad sureña por un golpe de mano. 64 La estabilidad política en los años setenta no se debió a un cambio brusco de la mentalidad política de las elites rurales. No existe base documental para asumir que en los Andes "sectores terratenientes comprometidos con la modernización y la democracia" hubieran tratado de implantar un sistema político más representativo y democrático. 65 Al contrario, hasta los aliados del presidente liberal Manuel Pardo tenían visiones políticas bastante tradicionales. El arequipeño Juan Mariano de Goyeneche, por ejemplo, estaba muy vinculado a la Iglesia y se oponía a cualquier medida que afectase al poder religioso. El prefecto de Puno, Miguel San Román se burlaba en sus cartas al presidente de la República de los fundamentos más básicos del sistema republicano, llamando a los principios del Estado de 62 Compárese McEvoy: La utopía republicana, pág. 161. 63 Véase también el debate entre Karen Spalding y Nils Jacobsen en el cual Spalding opinó que las tomas de tierras por terratenientes surandinos desde los años setenta eran posibles gracias al apoyo del gobierno central, mientras que Jacobsen atribuyó la expansión de las haciendas a la demanda creciente de lana en mercados europeos, Spalding, Karen: "Estructura de clases en la sierra peruana. Según San Román, los adversarios políticos eran "ratas" y "reptiles" a los que había que combatir sin consideración de las leyes. 66 Resulta bastante exagerado hablar de dos modelos políticos enfrentados en los años setenta: el "republicanismo cívico" de Manuel Pardo y el "modelo patrimonalista" formado por Ramón Castilla. 67 La estabilidad política de los años setenta no era el resultado de una mayor participación política. En primer lugar, la participación política siempre había sido mucho más grande de lo que generalmente se supone y, en segundo lugar, la burguesía limeña no quería ampliar la participación política. 68 Resulta mucho más convincente de explicar la estabilidad política con el desarrollo de las relaciones de diferentes grupos de elite a nivel nacional. Así, se puede decir que dentro del mismo sistema político existente desde hace décadas, cambiaba la balanza de poder a favor de un grupo capitalino recién surgido por lo cual algunos aspectos del sistema perdían importancia (los pronunciamientos) mientras que otros la ganaban (las elecciones). Es decir, que la estabilidad política no se debió a un "pacto de elites" 69, ni a una "convergencia de elites" 70 sino al surgimiento de una nueva elite que logró cooptar miembros de elites provinciales y subordinar de este modo otras fracciones de dichas elites provinciales. Tanto la cooptación como la subordinación se realizaban con medios políticos ya establecidos desde hace décadas, es decir, no era necesario crear una nueva cultura política a nivel nacional para estabilizar el sistema político. Resumiendo los argumentos de este artículo, se llega a la conclusión que los años setenta se caracterizaron por una estabilidad política hasta entonces desconocida. 67 ULRICH MÜCKE bilidad de derrumbar el gobierno central por vía de levantamientos. La estabilidad política se debía en gran parte a la redefinición de las relaciones entre el poder central y los poderes regionales. La Constitución de 1860 concentraba el poder ejecutivo en el presidente de la República que tenía el mando supremo de las fuerzas armadas y nombraba directa o indirectamente a casi todos los funcionarios del poder ejecutivo. Sin embargo, en la realidad política resultó ser mucho más débil de lo que preveía la Constitución. No podía elegir libremente los funcionarios del poder ejecutivo puesto que el poder de un funcionario no emanaba sólo de su puesto sino más bien de su posición social. De ahí que cualquier presidente estaba obligado a buscar miembros de las elites provinciales en todos los departamentos que le apoyaran. La fuerza real del presidente radicaba en el hecho de que los notables de provincia no formaban un bloque homogéneo sino que en cada provincia estaban divididos en diferentes fracciones. Como en muchos casos los cargos públicos implicaban el mando de fuerzas armadas y/o la disposición sobre medios económicos, cualquier notable estaba interesado en ocupar algún cargo público. De este modo existía una dependencia mutua entre el gobierno central y los notables provinciales. El auge de la exportación guanera no hizo desaparecer esta dependencia mutua pero sí la cambió reforzando la posición del gobierno central básicamente por dos razones. En primer lugar, el gobierno central abolió el tributo indígena independizándose de este modo de los ingresos generados en los Andes. En segundo lugar, la burguesía limeña que surgió a raíz de la exportación del guano, buscaba estabilizar la vida política nacional puesto que los frecuentes pronunciamientos y guerras civiles ponían en peligro sus inversiones, sea en las plantaciones de azúcar y algodón, sea en los bancos. Sin embargo, en ningún momento el gobierno central llegó a tener suficiente poder para implantar en alguna provincia una reforma que afectara a los intereses de la elite de dicha provincia. De ahí que el gobierno central nunca impusiera programa político alguno a nivel provincial sino que más bien dejase actuar a los notables de provincia. Por otro lado, para conquistar el poder político a nivel nacional era imprescindible estar aliado con la burguesía limeña. Con el auge del guano desapareció la preponderancia política del campo y los grupos limeños -que ya no eran los mismos de antaño-volvieron a jugar un rol dominante en el espacio político peruano, ahora llamado nacional. Pero la dominación a nivel nacional no se basaba exclusivamente en la fuerza propia de la burguesía sino más bien en la cooptación de una buena parte de las elites rurales. Tomo LVI, 1, 1999 Desde los años veinte se debate la cuestión si la burguesía limeña era una burguesía nacional. Mientras unos lo niegan, subrayando que estaba vinculada estrechamente a capital y mercados extranjeros, otros lo afirman sosteniendo que sí existía un proyecto político nacional. 71 Por los argumentos expuestos en este artículo queda bien claro que la burguesía limeña logró imponer una paz política desconocida y controlar las instituciones centrales del Estado nacional. Sin embargo, no cambió las relaciones sociales prevalecientes y tampoco amplió la participación política de una manera significativa. Entonces la burguesía era nacional en el sentido que tenía un impacto importante en la política nacional, pero no era nacional en el sentido de que intentara crear una nación de ciudadanos con igualdad de derechos o extender la esfera del poder estatal hasta el distrito más apartado del territorio nacional. La Guerra con Chile acabó con la estabilidad política recién establecida. Tanto la derrota contra el vecino sureño como las guerras internas destruyeron gran parte del capital de la burguesía limeña. Por más de quince años, el Perú volvió a sufrir las sangrientas luchas internas conocidas desde la independencia. Recién en la llamada República Aristocrática (1895-1919), se encontraron nuevamente mecanismos políticos para apaciguar las luchas entre las diferentes elites. 72 Esta paz política se basó, como en los años setenta, tanto en el fortalecimiento del poder central (uniéndose viejos protagonistas antagónicos) como en la cooptación de elites provinciales. Es decir, políticamente los años setenta se parecían a la época situada entre 1895 y 1919 por el hecho de que se logró estabilizar el país sin ampliar la participación política. El Perú seguía siendo una república de notables lo cual era un progreso importante en comparación con la posindependencia. Pero considerando los retos sociales y económicos de principios del siglo XX, se trató de un modelo bastante atrasado. 71 Mariátegui, José Carlos: Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, Lima (47.a ed.), 1986, págs. 20-24; Bonilla: Guano y burguesía; McEvoy, Carmen: Un proyecto nacional en el siglo XIX. 72 Acerca de esta época, véase Basadre: Historia de la república, ts. 11 y 12; Burga, Manuel y Flores Galindo, Alberto: Apogeo y crisis de la República Aristocrática, Lima, s.f.; Miller, Rory: "The Coastal Elite and Peruvian Politics", Journal of Latin American Studies, 14, 1 (Cambridge, 1982), págs. 97-120.
El presente artículo quiere ser una aportación al conocimiento de los mecanismos de control ejercidos por la hacienda andina sobre sus trabajadores. La tesis principal es que estos mecanismos eran, primordial aunque no exclusivamente, económicos: se fundamentaban en la necesidad de la población colona de acatar unas relaciones de producción que, a la vez que la explotaban, le permitían subsistir y reproducirse. Para explicar esta ambivalencia se utiliza un concepto creado y desarrollado por Carlos Marx: el de "coerción sorda de las relaciones económicas". Se usan como fuente entrevistas realizadas a colonos de las haciendas de la isla de Amantaní, en el lago Titicaca. "Qué corazón podríamos tener para quejarnos al patrón, decían, cómo vamos a quejarnos del patrón, el dueño de la tierra, el dueño de la hacienda. Nosotros estamos viviendo en la propiedad del patrón, nos beneficiamos con el agua, con el pasto,... Así hablaban todos en favor del patrón" HUGO NEIRA Huillca: habla un campesino peruano Afirma Anrup 1 que las formas de control y las estructuras de dominación de la hacienda andina han sido insuficientemente estudiadas. Podríamos añadir que cuando esto ha sucedido, normalmente ha sido en el seno de investigaciones más amplias, cuyo interés no era exclusivamente la hacienda o las relaciones sociales de producción que en ellas se establecían. El presente trabajo quiere ser una aportación a este campo. En concreto, pretendemos discernir cuáles eran los mecanismos económicos en los que se sostenía el sistema de hacienda, y que permitían a los propietarios nominales de la tierra mantener en un estado de subordinación a los campesinos que la trabajaban y enajenarles su excedente de trabajo y producción. Un estado de la cuestión La mayor parte de las explicaciones sobre las estructuras de dominación de la hacienda andina se han centrado en las formas de coerción extraeconómicas. Incluso para algunos autores, la enajenación de los excedentes campesinos sólo era posible mediante mecanismos como la violencia. 2 Otros encuentran las causas de la subordinación de la población colona en aspectos ideológicos, tales como la acción de los clérigos, que predicaban la resignación y la obediencia, o la función de la fiesta en su faceta catártica, que liberaba al campesino oprimido de sus tendencias agresivas al romper las estructuras establecidas durante un breve espacio de tiempo sin poner en peligro el orden social. 3 Sin embargo, en el presente artículo pretendemos incidir en un aspecto que la bibliografía sobre el tema ha tratado parcial o superficialmente, cuando no ha obviado: los mecanismos de carácter económico que permitían a los propietarios mantener una relación social de producción de tipo servil con sus trabajadores, y que consideramos los esenciales. Posiblemente el endeudamiento o servidumbre por deudas ha sido el sistema de coerción económica más investigado. 4 Estos estudios han evi-denciado que el endeudamiento tenía una doble faceta: por un lado, impedía al colono eximirse de las relaciones sociales de producción en las que estaba inmerso; por otro, aseguraba al campesino su acceso a la tierra y a una parte de los excedentes de la hacienda. El principal problema con el que se enfrentan estos estudios, a la hora de entender el funcionamiento del sistema de dominación servil, es su carácter parcial, pues el endeudamiento es sólo una forma de coerción entre otras que permiten la reproducción de las relaciones de producción existentes en la hacienda. Por lo tanto, no puede explicar por sí solo la complejidad de los mecanismos de dominación. Esta falta de globalidad puede crear la sensación de que, al obtener ambos agentes sociales beneficios de la servidumbre por deudas, propietario y trabajador vivían en un equilibrio entre pares, olvidando que para el hacendado se trataba de un mecanismo de dominación y control de la mano de obra, y para el campesino de supervivencia. 5 Alberti y White,6 y en cierta medida también Cotler, 7 desarrollaron en los años 70 una tesis sobre el funcionamiento de las relaciones de dominación, que aspira a dar una explicación del fenómeno en su totalidad. 8 Para ellos, el poder del hacendado se fundamentaba en el control de los recursos materiales (capital, tierras,...) e inmateriales (prestigio, información,...). El propietario utilizaba este poder para, en primer lugar, aislar al colono de un mundo exterior (mercado, instituciones gubernamentales, etc.) que quedaba mediatizado a través de su figura, y en segundo lugar, para establecer relaciones individuales con los campesinos y limitar las relaciones entre ellos. Manrique 9 ha criticado este modelo negando que las relaciones económicas intercampesinas fuesen muy limitadas o inexistentes. Ciertamente, se daban relaciones de producción entre los colonos que tomaban formas de reciprocidad (ayni, minka,...), y ello iba acompañado de institu-ciones políticas e ideológicas, semejantes a las de comunidades libres, que permitían la reproducción de estas relaciones (cargos comunales, fiestas, etc.). Aunque esta crítica es acertada, pensamos que el principio teórico en el que se fundamenta el modelo (el control de los recursos por parte del hacendado) es correcto. Y que también lo es que este control permitía el aislamiento del campesino de hacienda del mundo exterior. Pero este aislamiento no se daba tanto por la acción de mecanismos extraeconómicos (prohibición de salir de la hacienda, obligación de casarse entre colonos,...), que también existían o podían existir, como por otros estrictamente materiales: la enajenación del sobretrabajo y de la sobreproducción del que era objeto el colono le impedía tener relaciones con el mercado laboral y de bienes, pues carecía de mercancías con las que interrelacionar. A lo largo del artículo desarrollaremos esta tesis. En esta misma línea, Deere10 ha descubierto como las haciendas de la Sierra Norte del Perú controlaron la mano de obra campesina hasta bien entrado el siglo XX gracias a que monopolizaban la tierra; es decir, a que controlaban los medios de producción. Las relaciones de producción existentes en la hacienda también han sido tratadas en numerosos estudios cuyo objetivo era discernir cuáles fueron las causas del fracaso de la modernización (en el cambio tecnológico y en las relaciones de producción) del fundo surandino. Este tema ha generado un intenso debate. Una de las tesis que más éxito ha tenido es la del "asedio interno" planteada por Martínez Alier, 11 según el cual numerosos hacendados promovieron un proceso de modernización, pero fracasaron ante la oposición de sus colonos; la propiedad nominal de la tierra no suponía, por tanto, su pleno control. 12 El área de estudio: la isla de Amantaní Para desarrollar nuestro trabajo nos centraremos en un espacio territorial delimitado: Amantaní, la isla más grande y poblada que Perú tiene en el Lago Titicaca, y que durante más de cuatro siglos fue tierra de haciendas. Las relaciones sociales de producción establecidas entre propietarios y colonos eran de tipo servil. Estas relaciones se caracterizaban por permitir al colono el usufructo de parte de la tierra de la hacienda, a cambio de sufrir la enajenación de su sobretrabajo y su sobreproducción. En condiciones normales, es decir, siempre que las relaciones entre colono y hacendado se mantenían en los cauces prescritos, las parcelas que usufructuaba el campesino pasaban de generación en generación. Por tradición, el contrato entre propietario y campesino también establecía que las nuevas familias que se formasen se quedasen en la hacienda a la que pertenecían sus padres; éstos cedían parte de sus propios terrenos a la nueva pareja, la cual posteriormente realizaba un nuevo contrato con el hacendado. El trabajo del colono para el fundo era esencialmente agrícola, pero también estaba obligado a realizar labores para los propietarios como personal doméstico. Aunque estos servicios fueron abolidos oficialmente a principios del siglo XX, en Amantaní no perdieron vigencia hasta poco antes de la venta de las haciendas a los campesinos a mediados de siglo. La coerción sorda de las relaciones económicas La principal tesis del presente artículo es que los mecanismos de dominación en los que se sostenía el sistema de haciendas eran básica, aunque no exclusivamente, infraestructurales. 13 En concreto, entendemos que el factor fundamental que permitía el control y la explotación de la población colona era la necesidad de esta población de acatar unas relaciones de producción que la explotaban pero que, a la vez, le permitían subsistir y reproducirse; es lo que Marx llama "la coerción sorda de las relaciones económicas". 14 13 Nos situamos en la misma línea que Archetti, Eduardo P.: "Relaciones de producción en el campo: el problema del feudalismo y de la coacción extraeconómica", en Campesinado y estructuras agrarias en América Latina. Quito, 1981, págs.173-196, quien afirma que las relaciones de producción "feudales" existentes en la hacienda latinoamericana se explican por razones económicas. Para este autor, el factor principal era el acceso a la tierra, pues el control de la mano de obra colona se realizaba monopolizando los recursos productivos. Nuestro artículo pretende ser un desarrollo de esta tesis. 14 Marx, Carlos: El Capital: Crítica de la Economía Política. LA MANO DE OBRA COLONA EN LA HACIENDA ANDINA PERUANA Tomo LVI, 1, 1999 Esta coerción sorda, en el caso que nos ocupa, operaba básicamente a dos niveles. El primero hace referencia a la forma de tenencia de la tierra. El campesino usufructuaba unas parcelas cedidas por la hacienda. Esto le obligaba a aceptar las relaciones de producción serviles en las que estaba inmerso, pues en caso contrario el propietario nominal de la tierra le habría privado de esas parcelas que eran su medio de subsistencia. El segundo nivel se encontraba en la relación del campesino con los mercados capitalistas de bienes y de trabajo. Distintos mecanismos enajenaban al colono su excedente de producción y de trabajo; de esta manera, el acceso a los mercados capitalistas de bienes y de trabajo le era vetado, pues carecía de mercancía con la que interactuar. Así, se impedía que realizase una primera acumulación de capital que le podría haber permitido romper su dependencia de los medios de producción cedidos por el propietario. El primer nivel de la coerción sorda: el acceso a la tierra Las siguientes transcripciones, extraídas de un juicio entablado muy tardíamente por un hacendado amantaneño contra sus colonos, evidencian como funcionaba este primer nivel de la coerción sorda de las relaciones económicas. 15 El propietario Emiliano Arias, dueño de la hacienda Arias y, por matrimonio, de la Herrera, entró en conflicto con sus colonos, posiblemente por el deseo de acrecentar o sostener la extracción de los excedentes campesinos en un momento (finales de la década de 1940) en que el sistema de hacienda ya estaba en crisis. Así explican los colonos acusados en el juicio la presión a que se vieron sometidos por parte del hacendado: "Por otra parte don Emiliano Arias (...) quiere a todo evento apropiarse de nuestras tierras, manifestando que dentro de los linderos de sus títulos están nuestras propiedades i que el presentante i muchas decenas de familias que tenemos nuestras casas o nuestros terrenos donde hemos vivido desde tiempos inmemoriales le pertenecen a él i que todos debemos desocupar o sino servirles de colonos i pagar por las tierras que ocupamos, concepto inventado por don Emiliano Arias que ha hecho consentir a las autoridades políticas, donde hemos tenido que esclarecer i desvirtuar las pretensiones que abriga el señor Arias con respecto a nuestras tierras." En demanda de sus reclamaciones, y en este contexto de tensión con Arias, los colonos de las dos haciendas llegaron a realizar una huelga de brazos caídos. Pero finalmente esta protesta fracasó ante la amenaza de expulsión, ya que los colonos "no tienen donde ir". "OTROSI.-Hago presente que el robo se ha producido cuando los indígenas colonos de las Hdas. Arias y Herrera estuvieron en una huelga de brazos caídos y nos encontrábamos en comparendos y trámites administrativos para ver si volvían al trabajo o abandonaban las Hdas. que es lo que ha debido ocurrir, pero que habiéndose sometido muchos de los indígenas a seguir trabajando porque no tienen a donde ir, es que se ha normalizado en parte la situación de trabajo en la Isla." En resumen, la dependencia de los medios de producción obligó a los colonos a acatar las relaciones de producción, ya que era mediante estas relaciones como podían acceder a esos medios. Como hemos visto en el primer fragmento transcrito, aunque el amantaneño no poseía la propiedad de iure de las parcelas que usufructuaba, de facto se consideraba su dueño: "Todas [las tierras] eran del misti. Por su servicio daba tierras. Luego los colonos decían 'es mi tierra'. Pero a la gente daba el misti. No había tierra propia de la gente. La daba el misti y la gente decía 'es mi tierra'." Y así era, siempre y cuando se sometiese a las relaciones sociales de producción en las que se hallaba inmerso. En estas condiciones, es lógico que el campesino colono se identificase con la hacienda y que temiese una posible expulsión, pues su acceso a la tierra estaba mediatizado por el contrato que le ataba al fundo. En este sentido, el campesino era plenamente consciente de la prerrogativa del propietario a desahuciarle: "Si un colono no hacía caso al misti, el misti le echaba de la hacienda." "El trato de los mistis era muy malo. El campesino que no hacía caso era expulsado de sus tierras y le quitaban sus chacras." La memoria colectiva, en forma de narraciones, le recordaba su posición inestable y de dependencia al hacendado. Dos casos de desahucio, que a varias décadas de la desaparición de las haciendas aún perduran en el recuerdo colectivo, ejemplifican el temor del amantaneño a perder el acceso a la tierra. El primero explica las peripecias de un grupo de colonos despachados de sus respectivas haciendas y, por ende, de Amantaní, pues rara-LA MANO DE OBRA COLONA EN LA HACIENDA ANDINA PERUANA mente un colono expulsado era aceptado por otra hacienda de la Isla. Seis fueron los colonos expulsados: Celestino Quispe y su hijo Domingo, Simón Pacompía, un tal Fortunato, y los apodados Purisaca y Malatito. Al menos los dos primeros pertenecían a la hacienda Luna, y Purisaca a la de Natalia Herrera. La razón del desahucio fue que se trataba de "rateros" reincidentes. Una vez en tierra firme se encontraron con Máximo Arias, propietario de una de las haciendas de Amantaní, quien se los llevó "por compasión" a trabajar a Marcapata, en la ceja de selva cusqueña. Posiblemente Máximo Arias también poseía tierras o administraba alguna hacienda en esa zona. Al poco tiempo se dirigieron a Cusco, donde de nuevo fueron contratados para ir a trabajar a la selva, esta vez a Quillabamba. Ahí residieron durante varios años, hasta que finalmente regresaron a Puno para morir, aquejados de enfermedades tropicales. Nunca se les permitió retornar a Amantaní. Los acontecimientos de la segunda narración debieron acaecer en la década de 1920. El padre de Simón Calsín fue acusado de robar productos del almacén de la hacienda Arias, a la que pertenecía. Este fue el punto de partida de una serie de conflictos entre propietario y colono que desembocó en la expulsión de este último y su familia. En este caso parece ser que el desahucio venía favorecido por el hecho de que los Calsín no eran colonos antiguos de la hacienda, sino que pertenecían, en origen, a la hacienda Ávila; la familia había heredado el puesto de colono en el fundo Arias a través del padrino de bautizo del abuelo de Simón Calsín, Manuel Suaña, que no tenía hijos. Atemorizados por la perspectiva de expulsión, la familia Calsín consultó su problema con el paqo Lino, de la parcialidad de Sancayuni, quien les aconsejó realizar un pago a la tierra. Poco después recibieron un comunicado de Arias para que toda la familia se presentase ante él en Puno, "de rodillas". Los Calsín pensaban que ya nunca más podrían regresar a la Isla. Cuando llegaron a Puno, la mujer del hacendado tuvo una conversación con la esposa de Calsín, a la que reprendió duramente por haber permitido que su marido realizase las acciones de las que se le acusaba y frecuentase determinadas malas compañías. Finalmente las demandas de perdón y clemencia de la familia Calsín fueron aceptadas. La familia Calsín, de ser una de las más conflictivas, se convirtió en la más fiel a Arias, como demuestra que posteriormente el padre de Simón Calsín fuera nombrado mayordomo y se hiciera cargo de las llaves de la casa-hacienda y del almacén, y que con el tiempo el propio Simón heredara este cargo. Los Calsín, unas pocas décadas después, se caracterizarían por su decidida JORGE GASCÓN GUTIÉRREZ Anuario de Estudios Americanos defensa del hacendado frente a las luchas campesinas que se generaron por el deseo de los colonos de adquirir las tierras que trabajaban. Pero el desahucio no era una medida recurrente y fácil de adoptar por los propietarios. Por el contrario, eran raras las ocasiones en las que tenía lugar, y sólo, como hemos visto en estas narraciones, cuando el colono repetía con insistencia el motivo de la expulsión: "El misti no podía botar a los colonos. Sólo cuando habían problemas. Cuando los colonos hacían problemas cuatro o cinco veces. Cuando hacían una o dos veces no botaba." Y es que, como sucedía frecuentemente en la hacienda serrana, la propiedad del fundo no suponía su pleno dominio. El ausentismo, que alejaba al dueño de sus posesiones y le dificultaba actuar sobre ellas de forma directa, o en palabras de Bourricaud, "el complejo sistema de tradiciones" 16 al que estaba ligado, son motivos a tener en cuenta. Pero la principal razón hay que achacarla al temor a la reacción campesina. Si el acceso a la tierra era el factor coercionador sordo que impelía al campesino a acatar una relación de producción servil, la expulsión de la hacienda sin un motivo razonable a sus ojos, es decir, la precariedad del acceso a los medios de producción, podía llevarle a poner en duda y a contestar aquellas relaciones sociales. En otras palabras, si el factor coercionador sordo no está garantizado tampoco lo está su infalibilidad. Las decisiones que pudiese tomar el propietario de la tierra no respondían simplemente a sus intereses, sino que también dependían de los límites establecidos por las relaciones sociales de producción en las que participaba. Se podría alegar que al colono siempre le quedaba la posibilidad de abandonar la hacienda y vender su fuerza de trabajo como trabajador libre. No obstante, hemos de considerar el contexto económico de la región surandina peruana de la segunda mitad del siglo XIX y de la primera del XX, donde no existía un mercado libre de trabajo. La región estaba volcada en la producción de lana para la exportación y de bienes agroalimentarios para el autoconsumo y el mercado interno. Ambas actividades se producían en las comunidades y en las haciendas; es decir, en el seno de relaciones sociales de producción no-capitalistas. La escasa población asalariada eran funcionarios del Estado, empleados de las casas exportadoras arequipeñas, administradores de haciendas, etc., pero no se había desarrollado aún un mercado de trabajadores productivos libres (obreros rurales o industriales), que es el único tipo de trabajo al que el campesino serrano podría haber aspirado. Es cierto que muchas haciendas contrataban a campesinos de las comunidades aledañas para realizar tareas en los momentos del ciclo agropecuario en que más mano de obra se requería, pero estos trabajos eran temporales y sólo permitían a los comuneros equilibrar su economía doméstica, pero no liberarse de sus medios de producción. El segundo nivel de la coerción sorda: la relación con los mercados capitalistas de bienes y de trabajo El campesino-colono surandino formaba parte de la base productiva del mercado capitalista internacional que le extraía sus excedentes en forma de productos y/o trabajo. Pero esto no significa que se relacionase con este mercado de forma capitalista. 17 Por el contrario, el amantaneño se hallaba imbricado en unas relaciones sociales de producción no-capitalistas; no había un pago de salarios al trabajador, ni un mercado libre de trabajo, ni una separación del trabajador de los medios de producción, características todas ellas de una relación de producción capitalista, 18 sino que se hallaba imbricado en unas relaciones sociales de producción serviles que le coartaban el acceso directo al mercado capitalista. Su relación con ese mercado, por tanto, quedaba mediatizada por la figura del hacendado. Esta mediación se encarnaba en diversos mecanismos por los que el hacendado enajenaba el excedente campesino. De esta manera, el colono veía reducidas drásticamente sus posibilidades de interactuar con el mercado capitalista de bienes, al carecer de productos para mercar; e igualmente, como también era enajenado de su sobretrabajo, no podía venderse temporalmente como mano de obra en el mercado capitalista de trabajo. 19 17 El desarrollo del sistema capitalista no supone necesariamente la desaparición de las relaciones de producción no-capitalistas, sino su subsunción. Montoya, Rodrigo: A propósito del carácter predominantemente capitalista de la economía peruana actual (1960-1970). Lima, 1978; Peña, Sergio de la: Capitalismo en cuatro comunidades campesinas. 18 Montoya, Rodrigo: Capitalismo y no capitalismo en el Perú: Un estudio histórico de su articulación en un eje regional. Lima, 1980; Meillassoux, Claude: Mujeres, graneros y capitales. 19 A esto hay que sumar otras medidas extraeconómicas, más explícitas, tomadas por los hacendados: prohibiciones de salir de la isla sin permiso, exoneración del servicio militar, etc. En síntesis, al sistema le era imprescindible desligar al campesino de sus excedentes, ya no sólo para obtener beneficios económicos, sino también para mantener su estado de dependencia. De lo contrario, el colono habría tenido la posibilidad de acumular un capital e independizarse de los medios de producción cedidos por el propietario; es decir, de romper con el primer nivel de la coerción sorda de las relaciones económicas y emanciparse. El principal mecanismo de exoneración de los excedentes del campesino de hacienda era el establecido por el contrato de colonaje, que por sí solo ya suponía la enajenación de la mayor parte de su sobretrabajo. Pero no era el único. El hacendado como comerciante Aun con todo, el aislamiento del colono respecto al mercado capitalista de bienes no era absoluto. Las ocasiones que el amantaneño tenía de relacionarse directamente con este mercado eran escasas, en parte debido a que las pocas veces que tenía oportunidad de salir de la Isla era para trabajar para el hacendado, transportando la producción o para realizar labores domésticas en las casas de los propietarios, que vivían en Puno u otras ciudades más alejadas; pero especialmente porque, al serle enajenados sus excedentes, su nivel de monetarización era muy bajo. Con el dinero que conseguía vendiendo parte de su producción, compraba sal, pimienta y coca, si bien en los últimos años en que se mantuvo en vigencia el sistema de hacienda el número de productos adquiridos de esta manera aumentó considerablemente: azúcar, arroz, pan, petróleo, cerillas, alcohol, pinturas, sombreros, algodón, productos manufacturados, objetos ceremoniales, ornamentos para fiestas, etc.20 "Los colonos no vendían cosecha. Normalmente sobraba, pero había que guardar. Pero siempre llevábamos a Puno una arrobita, algo así, para vender. Sin embargo, aunque no estaba generalizado, algunos hacendados procuraban que estas relaciones comerciales también se realizasen a través de ellos, asumiendo el papel de comerciantes. Con ello reducían todavía más los ya escasos contactos de los colonos con el mercado. Y de paso acaparaban parte del excedente campesino en forma de ganancia comercial. El tema del endeudamiento del colono ha generado una cierta controversia respecto a quien sale beneficiado con este sistema. Frente a la tesis clásica, que afirma que el endeudamiento servía a los intereses hacendados (permitía extraer la sobreproducción y el sobretrabajo de los trabajadores, y retenerles en la hacienda), en los últimos años han surgido otras opuestas. 21 Para los autores que apoyan estas nuevas tesis, el colono también saca provecho del sistema de endeudamiento. Algunos sostienen que el endeudamiento le aseguraba su trabajo y no ser expulsado de la hacienda: 22 el colono deseaba seguir en la hacienda y mantener el mismo tipo de relaciones serviles, pues sus ingresos como tal eran superiores a los que podía percibir como obrero rural y su nivel de vida era superior al de los pequeños parcelarios. 23 Otros afirman que, si bien el endeudamiento ataba la mano de obra (ya fuese porque el colono no podía marchar de la hacienda sin cubrir su deuda, o porque los préstamos permitían estabilizar la economía de la familia colona y así mantener su complacencia para quedarse en el fundo) y aseguraba su reemplazo generacional (las deudas se transmitían por herencia), el colono también salía favorecido en cuanto que era una deuda perenne que nunca se llegaba a cubrir. En este caso, al colono le interesaba endeudarse, ya que una mayor deuda no acarreaba un mayor desgaste laboral, y por el contrario, mayor era el acceso a los excedentes de la hacienda y más alto su nivel de vida. 24 Posiblemente habría que comprender el endeudamiento como una institución que a lo largo de la historia, a medida que el contexto socio-económico fue variando, tuvo efectos distintos. En origen fue creada por el grupo dominante en favor de sus intereses: en un contexto de fuerte demanda 21 Paralelamente, se ha generado una controversia sobre el sistema de enganche de trabajadores libres por parte de la hacienda andina. Para una visión general de esta polémica, véase Bedoya Garland, Eduardo: "Bonded Labor, coercion and capitalist development in Perú", Quaderns de l' ICA, 10, 1997, págs. 9-38. 24 Guerrero, Andrés: La semántica de la dominación: El concertaje de indios. de mano de obra fue usada por el hacendado para liberar al campesino comunero o minifundista de sus medios de producción y convertirlo en colono, 25 y una vez alcanzado este fin, para retenerlo en la hacienda. Pero con el tiempo, este contexto varió; la mano de obra, hasta entonces un bien escaso, se volvió excedentaria, ya fuese por el crecimiento demográfico, intenso desde el siglo XVIII, o por el interés que mostraron algunos hacendados surandinos en las primeras décadas del siglo XX en desarrollar los medios productivos, lo que pasaba por reducir el número de colonos. 26 Ahora el hacendado no podía desligarse de su excedente de trabajadores debido a las obligaciones contraídas con ellos. En parte, estas obligaciones venían generadas por el sistema de endeudamiento, que de ser una institución que le beneficiaba pasó a convertirse en un lastre. El hacendado quedó atrapado, de nuevo, en aquel "complejo sistema de tradiciones" del que hablaba Bourricaud, o como dice Deere, "limitado por las relaciones de clase de las que formaba parte". 27 En el caso amantaneño, el endeudamiento se daba con cierta asiduidad, y era vital para la subsistencia y reproducción del grupo doméstico campesino. La agricultura es una actividad arriesgada en términos económicos a causa de su dependencia de los fenómenos meteorológicos. En las zonas aledañas al Titicaca el riesgo se multiplica, por ser estos fenómenos muy comunes. Aunque en un año con cosecha aceptable ésta era suficiente para mantener al grupo doméstico, una helada, una sequía o una granizada podían desequilibrar la economía familiar. En estos casos, el hacendado prestaba parte de la cosecha del fundo a sus colonos. "El misti en época de sequía, con escasez de víveres, vendía comida a los colonos. Un colono no tenía plata, pero daba, y cuando ya tenía plata la pagaba. 25 El enganche ya fue descrito a finales del siglo pasado por el viajero y espía alemán Kaerger, Karl: Condiciones agrarias de la Sierra Sur Peruana: 1899. El hacendado adelantaba un dinero al campesino que luego éste no podía retornar, por lo que debía ceder sus tierras para cubrir la deuda; y sin medios de producción en propiedad, entraba a formar parte de los trabajadores de la hacienda. En los años cincuenta y sesenta, este sistema de reclutamiento de mano de obra aún se mantenía vigente en áreas de selva alta del Alto Huallaga, Cusco, Chanchayo, etc. En realidad se trataba de un sistema de reclutamiento de mano de obra propio de un capitalismo en expansión, pero incapaz de desarrollar un mercado de trabajo libre. 26 Estos intentos acabaron en fracaso, en buena medida debido a la oposición de los trabajadores colonos. Martínez Alier (Los huacchilleros del...) fue el primero en evidenciarlo. Más recientemente Jacobsen (Mirages of transition...) ha publicado una completa investigación sobre este tema. Pero a diferencia de lo que otros autores señalan para otras zonas, 28 las haciendas amantaneñas podían reclamar la devolución de estos préstamos, y a un buen interés: "En época de escasez los mistis daban comida a los colonos. Después había que devolverlo con creces. Por una arroba de chuño tenían que pagar un quintal de papas." Es muy posible que en la mayor parte de los casos el hacendado no tuviese la posibilidad de recuperar el préstamo. Pero la existencia de la deuda impedía a los colonos crear capital, pues en ese caso el hacendado podía exigir el pago de la deuda con él contraída. De esta manera, el colono veía limitado su acceso al mercado, porque si acumulaba un capital, ya fuese accediendo al mercado capitalista de trabajo o vendiendo su sobreproducción en el mercado capitalista de bienes, podía ser enajenado por el hacendado en reclamo de la deuda. Ante esta perspectiva, el colono veía más beneficioso mantener la deuda y dedicar su posible sobreproducción a otras actividades, como el sistema de fiestas. El sistema de fiestas Éste participaba en la reproducción de las relaciones de producción existentes entre los campesinos: las generaba y fortalecía. 29 Pero también ayudaba al sistema de hacienda: extraía los excedentes del colono, impidiendo que pudiese formar un capital con el que acceder al mercado capitalista. 30 En Amantaní, la mayor parte de las fiestas públicas se mantenían gracias a los cargos de alferado y mayorazgo. El primero costeaba los gastos de tipo religioso (misas, gastos del sacerdote, etc.). El segundo, los propia-28 Guerrero: La semántica de la dominación.... Aun siendo de origen colonial, el sistema de fiestas se perpetúa porque acaba formando parte de la lógica económica campesina, y es campesino en cuanto a su ideología y participantes. El campesino ha hecho suya la fiesta aprovechándola como ha podido: los campesinos ricos gastan en su comunidad la riqueza que acumulan al no poderla invertir en el mercado capitalista, y así logran o mantienen estatus (Harris, Marvin: Patterns of Race in the Americas. New York, 1964; Smith, Waldemar R.: El sistema de fiestas y el cambio económico. México, 1981); los pobres fuerzan a los más ricos a asumir cargos festivos para así distribuir esa riqueza e impedir que la acumulación de excedentes en una sola mano pueda conllevar una mayor diferenciación (Mamani, Mauricio: "Agricultura a los 4.000 metros", en X. Albó (comp.): Raíces de América: El mundo Aymara. JORGE GASCÓN GUTIÉRREZ mente festivos (bailes, música, etc). Ambos, además, tenían que preparar chicha y alimentos para toda la comunidad. El extraordinario costo en trabajo y en bienes que suponían las fiestas, y que los patrocinadores debían soportar, era su característica más sobresaliente: "Yo también hice, hace tiempo, de monamentero (alferado de la Iglesia en las fiestas de Semana Santa). Todos los días de Semana Santa traían los familiares comida, en ollas grandes. El alferado tenía que escavar toda la chacra de papa para que comiese la gente. Cargas de cebada había que moler, para la gente. Y chicha de quinua había que hacer, harto. Nos teníamos que sacrificar." A cambio de ello recibían prestigio social y político. Los cargos festivos eran ostentados en ocasiones por motu propio; en otras, como resultado de la presión social. Y generalmente, por una combinación de ambos factores. El sistema de fiestas era, pues, coactivo y voluntario a la vez: los más acomodados se veían motivados a aceptar los cargos festivos tanto porque la comunidad esperaba eso de ellos, y en caso contrario podían ser castigados (murmuraciones, pérdida de poder social y político, etc.), como porque sabían que su aceptación les daría prestigio entre la comunidad. El siguiente testimonio de quien ocupara un cargo de autoridad en la Isla deja entrever esta ambivalencia: "Ese año yo [como autoridad] tuve que llamarlos [a los posibles candidatos]:'sean amables con los lugareños de Amantaní para nuestra fiesta de Pentecostés y aproximen para recibir [el cargo]'. Entonces hay uno que se aproxima voluntariamente. Entonces nombré, y dimos abrazos. Desde ese momento, él se encarga ya.(...) Si no se presenta nadie voluntariamente, las autoridades han de elegir. Pero hay voluntario siempre. Hay unos, hay otros,... Tienen esa fe de recibir, que le dicen Santo Espíritu. Entonces tienen fe, ellos con toda confianza aproximan:'yo voy a ser el cargo para año entrante'. Aquellos que no tienen fe, tampoco no aproximan". Por lo común, los cargos festivos eran detentados por miembros de las familias campesinas más solventes; es decir, aquellas que recibían de la hacienda más tierras en usufructo. 31 Sólo estos grupos domésticos poseían los suficientes medios de producción para acceder a los excedentes que permitían acumular a priori los costos de los festejos, o endeudarse a fin de poderlos sufragar. 31 Las haciendas no otorgaban a todos los colonos la misma cantidad y calidad de terreno en usufructo. De esta manera se impedía la homogeneización del campesinado y se incentivaban las relaciones clientelísticas con el propietario. LA MANO DE OBRA COLONA EN LA HACIENDA ANDINA PERUANA Tomo LVI, 1, 1999 La siguiente transcripción de una entrevista, en la que un ex-colono narra los esfuerzos que tuvo que realizar cuando le tocó el turno de asumir un cargo de alferado, nos descubre como sólo esos campesinos acomodados podían hacer frente a los gastos de las fiestas, y la presión que sobre ellos se ejercía para aceptar los cargos: "Yo no tenía plata, pero tenía ganados. Ese año era encargado [alferado] de la Iglesia. Sólo la gente de tener era encargado. Había un tal Hilario, que era el que me dijo: entra a la Iglesia. Hilario era el mayordomo. Yo le dije:'yo no tengo plata, pero tengo ganados, y te daré'. Y me daba velas, incienso,... Rápido pasaban los meses y llegó la Pascua. Yo era alferado de Pascua. Pero cuando llegó Pascua, esa vela, ese incienso, no me llegaba, y tuve que vender más ganado [una vaca]. Luego me dijeron:'tu vaca ha dado una cría. Bonita, es; ¿por qué has vendido?'. Y yo tenía bastante pena de mi vaca. Así pues, mucha plata gasté." Además, únicamente los colonos más acomodados tenían el suficiente número de allegados con los que sostener parte de la carga del trabajo y de los gastos, allegados que lo eran por ser parientes de sangre o rituales. 32 A estas fiestas también hay que añadir las que no se mantenían gracias a alferados y mayorazgos, como las de la Candelaria y la de San Sebastián, que se costeaban entre todos los isleños, si bien las autoridades locales eran los que más aportaban. Igualmente los festejos de celebraciones privadas, como el casamiento, suponían un fuerte gasto. La celebración de boda duraba tres días, en los que novios, padres, familiares y padrinos tenían que aportar comida y bebida para todos los invitados. Por último señalaremos que el hacendado, merced al sistema de fiestas, también podía salir beneficiado en otros dos aspectos. Por un lado, era habitual que la situación de dependencia del colono con cargo festivo aumentara, pues normalmente se veía obligado a endeudarse con su patrón para poder hacer frente a los gastos ceremoniales: "Los patrones ayudaban a los alferados, para su plata. Entonces los colonos, de todo dependían de sus patrones." Por otro, en muchas ocasiones la mayor parte de los excedentes colonos destinados a gastos ceremoniales acababan en manos del hacendado en forma de ganancia comercial, al proveer a los campesinos de los productos necesarios para las celebraciones (alcohol, coca, velas, etc.). El papel de terceros agentes No eran los hacendados los únicos actores sociales que extraían la sobreproducción y el sobretrabajo colono. Otras figuras, como la del sacerdote, utilizaban su cargo para obtener prerrogativas económicas: "Los casamientos sólo se hacían el tres de mayo, y había que pagar al sacerdote gallinas. También había que darles lo mejor de la cosecha." Hacía retribuir su participación en todos los eventos en los que el campesino se veía forzado a solicitar su asistencia. Pero quienes han quedado en la memoria de los amantaneños como los individuos más abusivos son las autoridades políticas del distrito de Capachica, a cuya jurisdicción perteneció Amantaní hasta la década de 1960. 33 Estos personajes eran temidos por los campesinos, pues todo contacto con ellos siempre conllevaba su explotación como mano de obra gratuita o la pérdida de bienes materiales: tenían que realizar servicios personales para el gobernador y de arreglo de infraestructuras en el pueblo de Capachica: En ese tiempo también teníamos que ir a Capachica. Y con la hacienda, dos servicios teníamos. Si entonces había hacienda, ¿por qué también teníamos que ir a Capachica a trabajar?. ¿Por qué dos servicios?. Las autoridades isleñas debían desplazarse todos los domingos para recibir órdenes de las autoridades distritales, lo que éstas aprovechaban para imponerles multas si no podían asistir: "El gobernador de Capachica, para las Fiestas Patrias hacía trabajar. Las autoridades tenían que estar presentes en Capachica cada domingo. Si no les hacían pagar multa, se hacían pagar su trago. A la fuerza había que llegar, aun con lluvias, con viento." 1993; afirma que uno de los factores causales esenciales que permiten explicar las rebeliones puneñas es la frustración del campesino ante el papel mediador ejercido por las autoridades políticas locales. Estos mostraban al Estado, institución con la cual los campesinos no podían relacionarse directamente, un dibujo distorsionado de la realidad en favor de los intereses gamonales. LA MANO DE OBRA COLONA EN LA HACIENDA ANDINA PERUANA Tomo LVI, 1, 1999 Los cargos festivos también tenían que trasladarse a Capachica para realizar onerosos gastos ceremoniales: "A hacer fiesta íbamos a Capachica. Mucho gasto era, pues todo de comida había que llevar: quispiño, chicha de quinua,... Los familiares también tenían que ir, con su olla de comida." Además, cuando visitaban Amantaní, robaban ropas y alimentos a los campesinos; 34 etc. "Luciano Supo siempre era teniente-gobernador. Nunca dejaba de serlo. Siempre venía a la Isla. Venía como comisión, de orden del gobernador, para notificar cosas a los de Amantaní. Luciano a la gente no trataba bien. Se apropiaba de su ropa. (...) El gobernador se aprovechaba. Mandaba a los teniente-gobernadores, y se llevaban ropa, palo,... La presión de las autoridades distritales era tan fuerte que, en varias ocasiones, los isleños se dirigieron a instancias políticas más elevadas en demanda de justicia. 35 En resumen, mediante multas, cobros abusivos y enajenaciones violentas, las autoridades distritales y el bajo clero se apropiaban de parte de la sobreproducción campesina, y mediante trabajos gratuitos, personales y para la colectividad, de parte de su sobretrabajo. 36 34 Ávalos de Matos, Rosalía: "L 'organisation sociale dans l' ille Taquile", Travaux de l 'Institut Francais d' Etudes Andines, 3, 1951, págs. 74-87, que realizó trabajo de campo en los primeros años de la década los cincuenta en la isla de Taquile, vecina a Amantaní, recuerda como... "...hasta una época reciente, las autoridades de Capachica llegaban a menudo de noche y hacían por sorpresa una verdadera razzia de productos de la Isla". [la traducción es nuestra] 35 En una carta fechada el 5 de abril de 1918, el amantaneño Lorenzo Pacompía se quejaba al subprefecto del Cercado de Puno de que el gobernador de Capachica le había maltratado por negarse a viajar a Bolivia para comprarle productos (Calisto, Marcela: "Campesinos puneños y resistencia cotidiana, 1900-1930", Allpanchis, 37, 1991, págs. 169-202). Igualmente, en otro oficio con fecha del 12 de enero del mismo año y dirigido a la Prefectura de Puno, Lucas Ramos y Mariano Mamani protestaban por los abusos del gobernador. El documento, encontrado en posesión del amantaneño Ambrosio Mamani, finaliza así: "A Ud. ocurrimos, suplicándole se sirva disponer de una manera terminante que el Gobernador de Capachica, nos deje en plena libertad para atender a nuestros sembríos i demas labores agrícolas, lo mismo que a nuestros compañeros Sebastián Pacompía, Gerónimo Mamani, i en general para todos los indígenas de la mensionada isla de Amantaní; teniendo presente que nosotros no molestamos a nadie, ni pretendemos nada de lo ajeno, exijiendo únicamente se nos conceda libertad, no se nos persiga, ni se nos obligue a prestár servicios que ya fueron suprimidos, como es el pongeaje; amparándosenos en la posesión de los terrenos, en que hoy nos hallamos." 36 Este estado de cosas no era particular de Amantaní. Por el contrario, eran prácticas bastantes generalizadas en la región. Lima, 1977, un terrateniente de la provincia de Azángaro comprometido en las luchas internas gamonales del departamento de Puno a principios de siglo (Burga y Flores Galindo: Apogeo y crisis de...), se quejaba en 1916 de las extralimitaciones de curas, gobernadores y jueces con los campesinos: recibían servicio de punku y mitamae, JORGE GASCÓN GUTIÉRREZ Los propietarios de las haciendas no se oponían a esta explotación de sus colonos por terceras personas; por el contrario, lo aceptaban de buen grado. Autoridades, religiosos y hacendados vivían en una relación simbiótica: a cambio de la utilización de la mano de obra controlada por los fundos y de la obtención de parte de sus excedentes, el cura adoctrinaba a los colonos en favor del hacendado, y las autoridades vetaban las protestas que realizaban por medios legales. Y sobretodo, ayudaban a mantenerlos aislados del mercado capitalista al extraerles parte de sus excedentes. En otras palabras, autoridades y sacerdotes recibían parte del excedente extraído a los colonos en su papel de "clases subsumidas"; es decir, porque proporcionaban ciertos procesos de tipo económico, cultural y político que aseguraban la existencia y la reproducción de la "clase fundamental" hacendada y de la relación social de producción servil. La coerción sorda de las relaciones económicas no explica por sí sola el mantenimiento del sistema de hacienda. Ésta también generó y utilizó estrategias extraeconómicas de control de la mano de obra campesina. Una de ellas es la incentivación de la diferenciación campesina, que se lograba mediante el establecimiento de una jerarquía dentro del fundo, o concediendo en usufructo lotes de terrenos de tamaño y calidad diferentes. Tal estratificación no se basaba en estamentos infranqueables; por el contrario, el sistema promovía la movilidad social, al dar a los colonos expectativas de promoción. Esto suscitaba la competencia y la búsqueda de pactos de tipo clientelístico con el propietario, que era quien permitía esa promoción, ya fuese donando más tierras en usufructo o cambiando los cargos de la hacienda. Otras estrategias iban dirigidas a incrementar el aislamiento físico en el que el amantaneño vivía: no desarrollo de los medios de comunicación; 37 obligaban a las autoridades indígenas a prestarles servicios personales gratuitos, etc. Estas afirmaciones parecen coincidir con la realidad, aun cuando las declaraciones de Urquiaga han de ser tomadas con precaución, pues la defensa del indígena era frecuentemente utilizada en el discurso de los diferentes sectores gamonales enfrentados entre sí para esconder una lucha por la tierra y por el control de la mano de obra campesina (García Jordán, Pilar: Iglesia y Poder en el Perú Contemporáneo: 1821-1919. 37 Hasta mediados del siglo XX no se construyeron las primeras barcas de madera, más rápidas, seguras y con mayor capacidad de carga que las tradicionales balsas de totora. LA MANO DE OBRA COLONA EN LA HACIENDA ANDINA PERUANA Tomo LVI, 1, 1999 impedimentos a la educación formal del campesino; prohibición de que realizase el servicio militar, etc. Finalmente, tampoco fue extraño en Amantaní la utilización de mecanismos estrictamente represivos, como el uso de la violencia física o el control de los aparatos de justicia. 38 Sin embargo, pensamos que la coerción económica es la fundamental a la hora de explicar la dominación socio-política y la explotación económica que el sistema de hacienda mantenía sobre la población colona. Y es que era esencialmente cuando este tipo de coerción entraba en crisis, cuando el amantaneño establecía movimientos de resistencia; es decir, cuando los mecanismos de control se colapsaban. No fueron extraños los procesos de resistencia entre los amantaneños, al menos desde el último tercio del siglo XIX, cuando su acceso a los medios de producción y el aislamiento económico entraron en crisis. El sistema de hacienda necesitaba un determinado nivel de población; era un sistema formado cuando la mano de obra era un bien escaso, y por ello se basaba en unas relaciones de producción que ataban a los trabajadores e incentivaban su reproducción. Pero en la segunda mitad del siglo XIX, el número de colonos empezó a superar el nivel óptimo que exigía el buen funcionamiento del sistema; ahora el bien escaso no era la fuerza de trabajo, sino la tierra. 39 En estas circunstancias, el sistema podía reaccionar de cuatro maneras: desarrollando los medios de producción e intensificando la agricultura; mediante una expansión territorial; cediendo mayor cantidad de tierra en usufructo a la población colona y reduciendo la sobrepoblación relativa; expulsando a la mano de obra excedente. La primera posibilidad ni se planteó, como sucedió en toda la región surandina peruana. 40 La segunda no fue posible por razones obvias, ya que Amantaní es una isla. Sólo quedaban dos posibilidades: una que favorecía a los campesinos, pero que suponía la reducción de las ganancias de la hacienda, y otra que beneficiaba a los propietarios, pero que conllevaba la 38 Gascón Gutiérrez, Jorge: Mecanismos de dominación y resistencia campesina en la hacienda surandina peruana (Isla de Amantaní-Lago Titicaca). Tesis de licenciatura, Universidad de Barcelona. 1997; en ella hemos hecho un estudio más profundo y exhaustivo de estos mecanismos de control extraeconómicos. 39 Mörner, Magnus: En torno a las haciendas de la región del Cusco desde el siglo XVII. 40 Alrededor de la imposibilidad de las haciendas surandinas peruanas de intensificar su producción se ha generado un intenso debate, que hemos explicado en Gascón Gutiérrez, Jorge: "Recreando la propia historia: Luchas campesinas e historia oral en una comunidad del altiplano peruano (Isla Amantaní, Lago Titicaca)", en García Jordán/Izard/Laviña (coord.): Memoria, creación e historia: Luchar contra el olvido. Anuario de Estudios Americanos expulsión de parte de los campesinos. Ninguna de las dos fue posible. La primera, porque los hacendados no tenían la intención de disminuir sus rentas. La segunda, porque la expulsión de los colonos de la hacienda habría supuesto el colapso de los factores coercionadores sordos de las relaciones económicas: si el acceso a los medios de producción no estaba asegurado, el buen funcionamiento de los mecanismos de dominación tampoco lo podía estar. Ante el crecimiento demográfico, el hacendado intentó reducir los beneficios de sus colonos, aunque sin expulsarlos. Esto se concretó en una mayor dificultad para las generaciones más jóvenes en el establecimiento de nuevos contratos de colonato, y en una menor cantidad de tierras en usufructo en estos nuevos contratos. Pero el sistema no se planteó establecer algunas nuevas ventajas para el amantaneño en contraprestación, tal como una disminución en la enajenación del excedente campesino, que le habría permitido acceder a los mercados de bienes y de trabajo temporal y mantener un nivel de vida semejante al de las generaciones precedentes; esto habría acabado con el segundo nivel de la coerción sorda de las relaciones económicas. De esta manera, los factores coercionadores sordos se relajaron (si no había los suficientes medios de producción, no se podía esperar que los mecanismos de control funcionasen), y se produjeron violentos levantamientos campesinos. Finalmente, las haciendas tuvieron que ceder y permitir a sus trabajadores la relación directa con el mercado capitalista; en otras palabras, el segundo nivel de la coerción sorda se vino abajo. A partir de ahí, el sistema entró en una crisis irreversible. Fue un proceso largo, que duró siete u ocho décadas, pero que supuso el fin de las haciendas en Amantaní tras más de cuatro siglos de existencia.